El alegato feminista en "La Disputa" de Marivaux
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12, 2020, 125-140Pygmalion el alegato feminista en la disPuta1 de marivauX claudia Pena lóPez Universidad del País Vasco UPV/EHU MariVaUX ForMa Parte de esos autores desestimados en su época que no obtuvieron el honor de erigirse como referentes de su siglo hasta su muerte. Pese a haber tenido que vivir tras la sombra de Molière, considerado uno de los mejores dramaturgos de todos los tiempos, Marivaux supo permanecer fiel a su esencia y grabó su nombre con letras de oro en la historia de la dramaturgia universal. Tal hazaña no estuvo exenta de polémica y aún hoy en día abundan quienes ven al teatro marivaldiano como simplista y sentimentalista. Nada más lejos de la realidad. En el siglo XVIII el autor de Candide [Voltaire, 1759] sentenciaba que Marivaux había pasado su vida reescribiendo una misma obra. Cómo lograr que calase el fondo de su mensaje fue, y sigue siendo, uno de los obstáculos que hacen que el autor no siempre goce de su merecido reconocimiento. Esta problemática puede vincularse con la lacra actual de una sociedad que no termina de sustentarse sobre los ideales encarnados por el feminismo; lo que resulta cuando menos alarmante, puesto que en el siglo XVIII Marivaux ya había defendido el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. En palabras de Gaudry-Hudson [1991]: «Marivaux tenía gran afinidad con las mujeres inteligentes y a menudo hablaba a su favor»2. Su obra teatral, que ya a partir del siglo XX comienza a recibir la atención merecida y a ser muy representada en Francia, 1 Marivaux concibe La disputa hacia el final de su carrera literaria. La obra consta de un acto compuesto por veinte escenas y transcurre en una misteriosa casa en los confines del bosque. La trama pretende elucidar si la infidelidad es innata al ser humano y determinar si esta se manifiesta más en los hombres o las mujeres. Para ello, cuatro bebés, dos niños (Mesrín y Azor) y dos niñas (Eglé y Adina), crecen aislados los unos de los otros hasta el día en que por fin se conocen, y se enamoran. Herminia y Mesrú serán los encargados de educarlos, a petición del padre del Príncipe. 2 La traducción es nuestra.
claUdia Pena lóPez126 12, 2020, 125-140Pygmalion es una auténtica joya en la que se refleja la reivindicativa filosofía del autor. Sin embargo, muchos estudiosos del siglo XVIII no parecen tener en cuenta la lucha feminista de Marivaux y siguen insistiendo en la misoginia de la época: «La mala reputación de la mujer es un hecho en el siglo XVIII. (…) Es inconstante, tiende demasiado al placer…» [Richardot, 2002: 12]3. Parece que Marivaux sea el único que defiende, en la primera mitad del siglo XVIII, la causa de las mujeres libres y liberadas, que experimentan deseo. Lo más fascinante de la creación teatral de Marivaux son la pertinencia y actualidad de su pensamiento a pesar del paso del tiempo; y es precisamente esta perennidad la que hace que su obra pueda concebirse como un profundo estudio de la naturaleza humana, aplicable a todo contexto. Lo que Voltaire parecía no entender era la metáfora oculta bajo esa apariencia simplista de unas obras de teatro protagonizadas casi siempre por unos mismos personajes tipo. Los vaivenes sentimentales, las dudas, los malentendidos amorosos y las alcahuetas son las herramientas que presentan al ser humano en toda su crudeza: como un ser vano y plano. Precisamente detrás de lo que dicen los personajes es donde se encuentra el auténtico mensaje, la enseñanza de nuestro autor, que se esmera en susurrar a gritos que el ser humano es incapaz de trascender, de ir más allá, de percibir (y en consecuencia de apreciar) lo real. Una mordaz crítica social tan acertada en su época como en la nuestra, y es que el único ciego mayor que el que no quiere ver, es el que no puede hacerlo. Remitirse a este mensaje de Marivaux puede contribuir a explicar por qué ha pasado desapercibido, infiltrándose sigilosamente en nuestras bibliotecas y teatros, sin que nadie se atreviese a darle forma al claro mensaje feminista del autor. A pesar de ello, en la crítica de Voltaire reside la clave para comprender lo que Marivaux predica en su obra: el amor es el sentimiento universal capaz de elevarnos, que no reducirnos, a todos a un mismo nivel, el amor equipara y nos define como personas. Para entender el pensamiento del autor, que será desentrañado más adelante, es 3 Ibid.
Poder FeMenino en PlUMa MascUlina: traVestidas, Poetisas 127 12, 2020, 125-140Pygmalion fundamental remitirse a las acepciones que la palabra amor tiene en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): 1. Sentimiento del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. 2. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. 3. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo. 4. Tendencia a la unión sexual. 5. Voluntad, consentimiento. Estas definiciones del amor nos permitirán descifrar mejor el mensaje inherente a toda la obra del autor, sin duda más evidente en La disputa4. Esta comedia de un solo acto, adalid del amor como un sentimiento natural en el ser humano, demuestra que este necesita de la complementariedad del ser amado. Para nuestro autor, una pareja son dos partes iguales de un todo que los lleva a querer unirse en todos los sentidos (incluida la consumación del deseo carnal) y, lo que es más importante, desde la voluntad y el consentimiento mutuos. Quizás, la filosofía de enseñanza pasiva (predicando con el ejemplo) del autor no fuese el método más eficaz para lanzar un mensaje que Simone de Beauvoir sí explicitó e hizo visible en El segundo sexo [Beauvoir, 1949]. Podría resultar útil establecer un vínculo ideológico entre ambos autores que ayudase a comprender el tan travestido y «silencioso» alegato feminista. En su magistral ensayo, Simone de Beauvoir señala con acierto que la mujer ha sido históricamente alienada por el hombre, atribuyéndosele un rol que no solo no le permitía ser por sí misma, ni la consideraba parte de un «par humano» (al igual que hembras y machos de otras especies) sino que ni siquiera la concebía como complemento del hombre. Una insultante realidad que sigue vigente y que contrasta con el tratamiento de la alteridad que Marivaux hace en su obra. Para él, comprender al Otro implica comprenderse a uno mismo, a sus iguales, independientemente del género. Así pues, su concepción sociológica analiza la reali4 Pierre Carlet Chamblain de Marivaux, La dispute, 1744.
claUdia Pena lóPez128 12, 2020, 125-140Pygmalion dad desde una perspectiva humana, lo que proyecta una imagen de hermanamiento entre personas, constituyentes todas ellas de un colectivo cuya igualdad, de no ser por la corrupción social, no tendría fisuras. Nos parece que La disputa [1744] es la obra que mejor permite defender el feminismo en Marivaux. Pese a haber visto la luz a mediados del Siglo de las Luces, y al igual que la práctica totalidad de la obra del autor, La disputa podría constituir perfectamente un retrato de la sociedad actual. En ella, los personajes femeninos defienden ya en el siglo XVIII lo que empieza ahora a calar en nuestra sociedad, aunque a cuentagotas. Por una parte, defienden la sexualidad femenina, el derecho y la necesidad del disfrute, del goce, como argumento de que una relación sexual basada en la igualdad es el único medio de legitimarla y darle sentido. Eglé es muy consciente de ello y recrimina a sus cuidadores que consideren que está en peligro en presencia de Azor, como si ella, también humana, no pudiese decidir y pensar por sí misma: ¿Ayuda para qué? ¿Para protegerme del placer que me procuraba? Estaba feliz de que me tomase la mano, lo hacía con mi permiso, la besaba mientras podía, y enseguida lo llamaré para que vuelva a besármela, tanto para su placer como para el mío [Marivaux: Escena 5]5. Otra de las premisas defendidas por el autor, lo que es algo excepcional en su época, la constituye la defensa de la libertad amatoria femenina. Resulta cuando menos paradójico que, en el siglo del libertinaje, este solo se perciba, en la inmensa mayoría de los casos, como positivo si es ejercido por varones. Afortunadamente Marivaux es consciente de tal paradoja y la quebranta gracias a Eglé: «Me agrada ser amada, lo confieso, y en lugar de un camarada, si hubiera cien, querría que todos me amasen, se trata de mi placer. Quiere mi belleza para él solito, y yo pretendo que sea para todo el mundo» [Marivaux: Escena 15]. De nuevo Eglé, que profiere tan firme alegato, no duda en aseverar también en la Escena 15 que nadie más que ella es dueña de su cuerpo: 5 La traducción es nuestra. Los nombres de los personajes han sido hispanizados.
Poder FeMenino en PlUMa MascUlina: traVestidas, Poetisas 129 12, 2020, 125-140Pygmalion «Mis manos son mías, digo yo, me pertenecen, y él prohíbe que otro las bese». No obstante, ese amor, tan exaltado en un primer momento, es sensible al cambio, a la inconstancia («infidelidad», en el lenguaje del autor), en cuanto se pretende controlar al otro, privarlo de autonomía, algo de lo que Eglé es más que consciente cuando le relata a Carisa que Azor no le permitió quedarse a solas con Mesrín: Y ese fantoche de Azor no le concedió ni la mano ni la compañía, lo regañó y se lo llevó bruscamente sin tener en cuenta mis deseos. ¡Ja! Así que no soy dueña de mí misma, no confía en mí, ¿acaso teme que me amen? [Marivaux: Escena 15]. Cabe señalar que las ejemplares muestras de la impronta feminista en la obra marivaldiana son comunes a todas sus obras y a ellas se une la oposición a una de las cuestiones más polémicas todavía en el siglo XXI: la necesidad social de atribuir etiquetas a uno y otro sexo. Así pues, Marivaux se sirve de una disputa acerca de la inconstancia (¿quién es infiel por naturaleza, el hombre o la mujer?), que conducirá a los personajes a presenciar un experimento social que pretende esclarecer la incógnita. De acuerdo con la filosofía del autor, y con la propia definición de la palabra amor (DRAE), mujeres y hombres son dos partes de un todo indisoluble cuya única concepción posible es la humana. De acuerdo con esto, todos somos personas y compartimos valores, necesidades y pulsiones independientemente de los roles que se nos adjudican por nacimiento. El Príncipe, en un diálogo con su interlocutora y amante, Herminia, explica de dónde surge la idea de este experimento social: EL PRÍNCIPE.— La cuestión es la siguiente: hace dieciocho o diecinueve años que esta misma disputa acaeció en la corte de mi padre [...] Este, filósofo por naturaleza, no compartía vuestra opinión, y decidió llevar a cabo un experimento que no dejaba nada que desear y que le permitiría descubrir a qué atenerse. Llevaron a cuatro bebés, dos de vuestro sexo y otros dos del mío, a un bosque en el que mi padre había hecho construir esta casa expresamente para ellos. Todos tenían sus propias dependencias y aún ahora ocupan un terreno del que jamás han salido, de tal modo que nunca se han visto [...] Así pues, se les va a conceder por primera vez la libertad
claUdia Pena lóPez130 12, 2020, 125-140Pygmalion de salir de sus respectivos recintos y de conocerse; les han enseñado la lengua que hablamos. Podemos concebir las interacciones que van a tener como si acaeciesen en el principio de los tiempos, asistiremos al renacimiento de los primeros amores, veamos qué sucede [...] [Marivaux: Escena 2]. Si bien es cierto que se aprecian en el autor tratamientos o actitudes diferentes en mujeres y hombres, estos no son, en su mayoría, más que el fruto de las convenciones sociales. Lo primordial es ser conscientes de que el análisis ejecutado por el autor no diferencia en ningún momento entre mujeres y hombres, sino que aborda esencialmente situaciones de carácter humano. Uno de los reflejos comportamentales de los estereotipos sociales fruto de los roles educativos que se esfuerzan en sexualizar a las personas desde la cuna derivaría, entre otras, en que la primera interacción entre dos mujeres suele ir acompañada de rivalidad, mientras que para los hombres se partirá de la camaradería. A continuación, comparamos, respectivamente, las reacciones de Eglé y Adina al verse por primera vez, que destacan por la comparación y la envidia, [Marivaux: Escena 9] con las de Mesrín y Azor, que caricaturizan la conducta simplista de los hombres, que nada tiene que ver con la sofisticada conducta femenina: EGLÉ.— Me está considerando detenidamente, pero no me está admirando, no es un Azor. (Se mira en un espejo.) Y mucho menos una Eglé... y sin embargo creo que se está comparando. ADINA.— No cabe duda de que es la más bella quien debe esperar que se fijen en ella y se asombren. MESRÍN.— Os dijeron: ¿conocéis a personas? [...] AZOR.— Eso es lo que es, lo mismo digo, un buen camarada, yo otro buen camarada, ¡qué importa el rostro! MESRÍN.— [...] Por cierto, ¿vos coméis? [Marivaux: Escena 13]. En este diálogo, en la escena 9, entre Eglé y Adina, Marivaux logra plasmar a la perfección cómo las mujeres, en un primer encuentro, tienen tendencia a dejarse llevar por una vanidad que es propia al ser humano pero en la que las mujeres encuentran un peligroso cobijo, por ser un dardo envenenado lanzado por la sociedad que históricamente siempre les ha impuesto la dictadura de lo estético. Cuando Carisa invita a Eglé a contemplarse
Poder FeMenino en PlUMa MascUlina: traVestidas, Poetisas 131 12, 2020, 125-140Pygmalion en el arroyo, «despierta en ella una pulsión autoerótica de una intensidad que evita limitar a toda costa» [Martin, 2006: 150]. Dicha vanidad se descubre al mismo tiempo que se toma consciencia de la propia apariencia física, lo cual sucede para nuestros personajes, y en especial para Eglé, por mediación de las aguas de un arroyo, de un espejo y de una fotografía, sucesivamente, que le devuelven un reflejo bellísimo y encantador: ¿Cómo que bella? ¡Admirable! Tal descubrimiento me fascina. (Vuelve a mirarse). El riachuelo reproduce todos y cada uno de mis gestos, y todos me gustan. Han debido disfrutar mucho mirándome, Mesrú y vos. Me pasaría la vida contemplándome; ¡cuánto me voy a estimar en adelante! [Marivaux: Escena 3]. En La disputa, el dramaturgo va más allá de la ruptura de los prejuicios y perfila un alegato del feminismo que, si bien en su época no recibió la atención merecida6, se posiciona hoy como una excelente defensa del feminismo contemporáneo, lo cual era difícilmente imaginable tras el revuelo que provocó el montaje de Patrice Chéreau7. Sin embargo, La disputa es, hoy en día, una de las obras de Marivaux que más se representa en Francia, gozando de una gran aceptación por parte del público, lejos ya de atribuirle la transgresión que se le reprochara antaño. Fiel a las inquietudes sociológicas de su época, Marivaux se interesó por el libertinaje, el ser humano y su inconstancia. En esta obra de teatro se reflexiona precisamente acerca de una realidad que todavía no está socialmente asumida en el siglo XXI: la inconstancia es tan inherente a mujeres como a hombres. Para defender su punto 6 Esta obra de Marivaux suscitó una gran polémica en su época y solo fue representada en una ocasión en 1744. La representación en un acto es una suerte de sucedáneo formal que Marivaux privilegia, ya que le permite condensar todos los principios de su escritura sin sacrificar la facilidad de la simplificación; ello deriva en una obra de gran densidad y eficacia, campo de experimentación en los que el autor se lo permite todo. 7 El montaje de Chéreau fue tan rompedor que parece que nos encontremos ante otra «disputa». Su interpretación de esta obra de Marivaux marcó a toda una generación, tanto despertando admiración como todo lo contrario [Leal, 2006]. Chéreau elaboró una lectura crítica de Marivaux y reinterpretó su obra para sugerir una construcción dual de la oposición entre naturaleza y cultura. Su montaje aúna la ligereza y la gravedad de la obra de Marivaux.
claUdia Pena lóPez132 12, 2020, 125-140Pygmalion de vista, Marivaux recurre irónicamente a uno de los grandes tópicos sobre la esencia femenina: el pudor y la timidez. De este modo consigue criticar dicho tópico y lo ataca directamente sirviéndose de él de manera burlesca, en una suerte de psicología invertida: «La alusión al pecado original pone de manifiesto la fragilidad del argumento (de Herminia). En la Biblia, la timidez y la vergüenza a verse desnudos no aparece hasta que no se consume el fruto del árbol del conocimiento, y este pudor recién descubierto no está, que se sepa, reservado a Eva» [Martin, 2006: 141]. Veamos cómo lo exponen los promotores del experimento: HERMINIA.— Sí, señor, y lo sigo pensando. La primera inconstancia o la primera infidelidad tuvo que venir de parte de alguien tan audaz que ni se sonrojase. No se puede pretender que las mujeres, con el pudor y la timidez que les era y es natural, desde que el mundo y su corrupción existen, hayan sido las primeras en sucumbir a un vicio del corazón que requiere tanta audacia, tanto libertinaje sentimental y todo ese descaro del que hablamos. ¿Cómo van a haber sido ellas? ¡No hay quien se lo crea! EL PRÍNCIPE.— [...] No tengo aprecio alguno al corazón de los hombres, he de admitirlo; lo creo de lejos más propicio a la inconstancia y a la infidelidad que el de las mujeres; solo excluyo al mío, a quien tampoco le concedería tal honor si amase a cualquier otra mujer en lugar de a vos [Marivaux: Escena 1]. Si de acuerdo con los estereotipos una mujer carece de voluntad, de decisión y es púdica por naturaleza, sería naturalmente imposible que la primera inconstancia surgiese de una figura femenina, sobre todo teniendo en cuenta que los hombres son naturalmente libertinos, descarados y pérfidos; defectos que solo la fuerza del amor es capaz de corregir. Para desmontar esta teoría, Marivaux recurre a cuatro personajes (dos mujeres y dos hombres) a los que incomunica desde su nacimiento al más puro estilo rousseauniano8 con el fin de demostrar que, en un contexto de aislamiento social, es la naturaleza humana quien toma las riendas y pone de manifiesto que las pulsiones no son propias de un género, sino de personas: 8 Rousseau sostenía que el ser humano era bueno por naturaleza y que se corrompía al entrar en contacto con la sociedad.
Poder FeMenino en PlUMa MascUlina: traVestidas, Poetisas 133 12, 2020, 125-140Pygmalion EL PRÍNCIPE.— Vamos a preguntárselo directamente a la naturaleza, solo ella puede responder a la pregunta sin equívoco, y seguro que se pronunciará a vuestro favor [...] Para saber con certeza si la primera inconstancia o la primera infidelidad provino de un hombre, como vos lo presumís, al igual que yo, tendríamos que haber sido testigos del inicio del mundo y de la sociedad [...] Lo presenciaremos. Sí, los hombres y las mujeres de aquel entonces, el mundo y sus primeros amores aparecerán ante nuestros ojos tal y como fueron, o al menos tal y como debieron de haberlo sido. Puede que las aventuras no sean las mismas, pero los caracteres y los sentimientos serán idénticos, y las almas tan puras como las primeras, más puras aún si eso es posible [...] [Marivaux: Escena 1]. Azor y Eglé son presas nada más verse de la belleza del otro, se consideran dignos de ser amados, amables, y son víctimas de una reciprocidad admirativa que hace que los pasos lógicos del arte amatorio se vayan sucediendo a una velocidad vertiginosa, que pasen de contemplarse a desear tocarse y terminen por afirmar que ya no conciben la existencia el uno sin el otro. Por consiguiente, ambos parecen respetar a rajatabla las definiciones del amor, anteriormente referidas. El mayor valor simbólico recae indiscutiblemente en el hecho de Eglé declare que él es suyo y ella suya. Ello lleva al amor al intrincado terreno de la posesión del otro, pero sin que se establezca supremacía alguna, desde la igualdad: AZOR.— El placer de veros me ha dejado sin palabras [...] Mi corazón desea vuestras manos. AZOR.— En mi propio mundo, al que no pienso regresar, puesto que no estáis en él, y no quiero perder vuestras manos, mis labios y yo ya no sabríamos vivir sin ellas. EGLÉ.— Ni mis manos vivir sin vuestra boca... Pero, he oído un ruido, son personas de mi mundo. Escondeos tras los árboles, no vayan a asustarse, ya os llamaré [...] Me lo han dicho, estáis hecho expresamente para mí, y yo para vos, me lo acaban de decir. Esa es la razón de que nos amemos tanto: soy vuestra Eglé, y vos mi Azor [Marivaux: Escena 4]. Paradójicamente, la imagen más bella de la concepción amorosa viene de la mano de Amina, que describe a su contendiente a través de la concepción del amor que ella misma tiene gracias
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