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Las lenguas hispánicas

Gómez-Moreno Martínez, Manuel

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.V" LAS LENGUAS HISPÁNICAS O I U ■ -.• «^hi^dores de España, ¿quiénes eran, de Los iberos, primiíivos poDiaooi^s k dónde venían, qué conservamos suyo? Pn^eros tropezones de nuesira historia. De fi jo nada sabemos acerca de ello, solo un ahsbo. </ (>' TI 1 "4 (> 9 ^ I A11, 1^5^r(ivHfy:í^Arf\í^9 H ^-eAlT^íiT AO^^'Tf/$ í/\y úi-$UAArAi ( K ■ hm r i\(^ A/mrAr(^CAP'<?K':0( \/<ii a í^m f>;f Yi>f ?<?(tri'írrí'^M:- 1 m ünL\^ K av ? A Wi (dti m fi I i) rw HÚ w; I ['í ''-AA A-Wa MIK ri{B IAV ft n Al«i A6V Plomo de Alcoy. a mi modo de ver; aquellas gentes no han dejado rastro fuera del área peninsular, que se prolonga hasta el Qarona. Por allí, hacia acá, (1) Debemos a la bondad del Maestro el honor de reproducir en nuestro Bolet/n la parte doctrinal de su discurso de recepción en la Real Academia Española, con una adición (página 23) que lo avalora. 14 MANUEL QÓMEZ-MORENO mantiénese un testimonio vivo de primitivismo: el habla vasca, cuyas características responden muy bien al tipo de nomenclatura geográfica y personal que a aquellas gentes se atribuye, y al aspecto externo de sus monumentos escritos, en un alfabeto cuya fijación aproximada creo que me corresponde; mas no pienso hacer uso de él ahora, sino presentar un texto en letra jónica y, por consiguiente, bien legible. Verdad es que el plomo de Alcoy, a que me refiero, pudo ser primeramente explicado, por eruditos locales y por escrito en un alfabeto ibérico, aquel que acreditó 'ras de otros y hubo su poquito de controversia, pero esas son cuestiones bizantinas. Hoy se admite el helenismo de su escritura, y he aquí '^°'"«iX"^orti garokan dadula bask | buistiner bagarok sssxc ...rlbriíL legusegik baserokeiunbaida | urke basbidirbart.n irjke baserlokar tebind belagasikaur isbin|ai asgandis tagisgarok binike|bin salir kideí gaibigait arnai 1 sakariskcr ^ iunstir salirg basirtir sabari|dar birinar gurs boisttngisdid | sesge sduran sesdirgadedin | seraikala naltinge bidudedin ildu|niraenai bekor scbagediran». Nada se entiende ni cuadra a estructuras indoeuropeas; va, en cierto modo, con lo vascuence, y sobre éste se intenta ahora irlo dMCifrando. 'con menguado éxito aún. El escollo, pues, del iberismo está precisamente en dificultades de transcripción, sino en su "Lncia lingüística, y no extrañe nuestra torpeza, porque dentro de zonas más cultivadas, en el Mediterráneo oriental y en Italia, tenemos las inscripciones de Chipre y Lemnos, las eteocrcíenses, etruscas, prelatinas y aun galas fácilmente legibles, pero ininteligibles también. La filología europea, entre pinitos, anda en mantillas aún. No se puede garantizar, por hoy, que desde Aquitania hasta la Tartéside se hablara una misma lengua, como tampoco que la vascuence deje de estar profundamente infiltrada de voces cántabras, puesto que a territorio de cántabros vino a refugiarse aquélla; pero lodo induce a ver un tronco lingüístico desparramado en dialectos con caracteres de aglutinación o composición típicos. La onomástica personal de vascones c ilcrgeíes, revelada en el bronce de ÁscoM. sirve de guía'para reconocer algo de ello, y a su vez el plomo de Alcoy contiene radicales y palabras enteras repelidas en inscripciones en letra Ibérica, procedentes de Liria, Sagunto, Tarragona y Mogente, que acreditan lo dicho. El plomo, a juzgar por su alfabeto, datará "vvjjiprr'cwH LAS LENGUAS HISPÁNICAS 15 del siglo V anfes dé Crisío, precediendo a lodos los epígrafes de tipo Ibérico, no aníeriores al m probablemeníe. Resulta así, que a la serranía de Alcoy hubo de llegar, desde las colonias cosieras limítrofes, un influjo helénico, de la Jonia asiática, y cuajó en escritura antes de correrse hacia sur la ibérica, forjada, al parecer, entre Ampurias y Sagunto, y de llegar en sentido contrario la tartesia desde Andalucía. Aparte las inscripciones, son elemento de iberismo perceptible los nombres geográficos, ya recogidos por griegos y latinos, ya consignados en monedas, cuya estructura empareja por su aspecto con la onomástica personal, y sirve especialmente para revelarnos la. expansión primitiva de aquellas gentes por toda la Península. Su enumeración es tema trillado, si bien con mal método, al englobarse en un fondo común todo lo indígena, sin apartar lo que corresponde a oleadas sucesivas de pobladores con hablas diversas. Pero esta selección ni es fácil ni lleva a conclusiones útiles por sí misma, quedando en más aventajada posición crítica la onomástica personal, que localiza los tipos étnicos al tiempo de la conquista romana, y con mayor elocuencia los testimonios epigráficos, a fin de lograr el avance definitivo a que tienden estas aportaciones de ahora. Desde luego, cabe hacernos la ilusión de que, si algo es factible en problemas raciales, la incógnita del iberismo cuenta con buen acopio de elementos para despejarla. El mediodía peninsular obtuvo mayor exaltación, acreditada por leyendas clásicas, con sus íaríesios, turdetanos y túrdulos, que llegaban hacia el Tajo por occidente y hasta la cuenca del Segura por el Mediterráneo. Descontado lo tradicional, sabemos de ellos menos aún que de los iberos: todo presunciones, sobre el hecho de una cultura, como reflejo del Oriente mediterráneo, que encumbra a Andalucía sobre todos los países occidentales, desde la época prehistórica que llaman del Cobre, trayendo ritos funerarios y formas de arte concordantes con lo egipcio y cgeo. Y es impulso que estaría determinado por la explotación de minerales, oro y cobre, que nuestro país suministraba en grande, a partir del tercer milenario antes de Cristo, así como estaño y plata en los últimos siglos del milenario sucesivo, cuando suena en Oriente el nombre de tursos y tarsis para designar a nuestros tartesios. Entonces hubieron de recibir ellos, como primicia de insospechado valor, aquella escritura en que vertieron sus poemas y leyes. Una escritura acaso la más 16 ' MANUEL QÓMEZ-MOR'bNO vetusta entre las lineales de cepa cretense; anterior, de seguro, al alfabeto fenicio y, desde luego, a todos los europeós, siguién dole directamente, como filiación suya, el ibérico. Mas si ésí^ puede considerarse descifrado, el íaríesio se resiste algo a esfuerzos, lo bastante para desconfiar de su lectura: no hablemos de ello. Lo decisivo sería concretar la personalidad tartesia, mediante asimilaciones con los cretenses o sus aledaños, por ejemplo lo^ filisteos, que en el terreno lingüístico explicasen el desarrollo de toda la cultura occidental europea en las edades prehistóricas; pro lem^ capital, apenas vislumbrado y no sin contradicciones aún. Por ahora tenemos que limitarnos a estudiar algo sus estructura^ fonéticas, destacando ciertos caracteres diferenciales respecto de ibérico, perceptibles tanto en nombres personales como en lo^ geográficos, Entre aquéllos sobresale una familia semirromanizada, que tuvo por cabeza a un Icstnis; le suceden Aninna y Nanna; colaterales, Velaunis, Ildrons e Igalchis; aparte, Insghana y Velgatia. A la par salen otros nombres más o menos análogos, cuales soq; Urchail Chilasurgun, hijo de Atiíta; Urcestar, hijo de Tascasecer; Soccdeiaunin, hija de Istamiuris; Galduriaunin, Uprenna, Aítunriq^ Sillibor, Insüur, Ceturgis, Titilicuta, Attisaga, Nusaíita, Sisanna, Siseia, etc. Entre los nombres geográficos vayan estos de muestra. Urcj^ Tutugi, Acatucci, Iptuci, Arucci, Baesucci, Olontigi. Lacimurgí^ Aratispi, Baesippo, Cedripo, Acinipo, Ventipo, Ostippo, Sisipo^ Ipsca, Salpesa, Arunda, Ategua, Lascuta, Lacilbula» Iponubg^ Ipolcobulcola, Obulco, Ilurco, Urso, Igabrum, Ipagrum, Cisimbriut^ y muchos más. Sería elocuente hallar en Mauritania nombres simi lares, pero nada entre los de personas, y de lugares son compg.. rabies Tueca, Ucubi, Astapa, Mastc, Hippo, Ituke, Obba, Vescetria; insuficientes para aclarar nuestro problema de orígenes. En otra dirección y sobre el hecho de la peregrina escritura tartesia, obsérvase que sus inscripciones proceden de derecha a izquierda con tendencia a la espiral, conforme a las etruscas y al disco de Fcsíos, y sin separar palabras, salvo a lo último en la comarca levantina por influjo ibérico, y sus signos coinciden todos con otros de la escritura egea en la época minoica, resultando ella simplificada, si bien no tanto como la fenicia, de la que es imposible destacar por derivación lo tartesio, aunque nos valga para reconocer el valor de una parte de sus signos. Prescindiendo de utilizar tales LAS LENGUAS HISPÁNICAS 17 inscripciones, limitémonos a transcribir una en letra laiina, descu bierta en Cástulo, que dice así: «111 . folvi . garosa . uninaunin . vebag . marc. la . 1 . unininit . sierouciul.» (Hübner: M. L. I.j n.° xliv). Poca cosa todo ello, y que no satisface para acreditar diversidad a fondo entre ibérico y tartesio en cuanto a su lengua. Sin embargo, parecen características íarteslas el abundar grupos de re y rg, así como la reileración de sílabas seguidas con s, / y, sobre lodo, n, coincidiendo con un asegunanait en inscripción cretense del siglo vi a. de C., ininteligible, donde también se dan contactos de consonantes oclusiva y continua, frecuentes en lo andaluz y extraños a lo iberovasco. Es indudable que entre Andalucía y el Mediterráneo oriental minoico hubo relaciones culturales, difíciles de explicar sino por colonización remota; pero el argumento lingüístico aparece aún demasiado flojo para apoyarla. Dato curioso de aproximación a lo ibérico es la leyenda saca! íscer, en moneda autónoma de Cástulo, concertando con el arnai sakarisker del plomo de Alcoy, un sakarbiska, en letra ibérica, del de Mogeníe, y un ar...sakaris... en Tarragona. De no sobrevenir hallazgos más esclarecedores, lo tartesio seguirá envuelto en sugerentes interrogaciones. Lleguemos a otra gran crisis de nueáíra prehistoria, que ya nos pone en contacto de supeditación respecto de lo europeo, tierras adentro. Es la iriupción aria o indoeuropea, que se manifiesta primero con la de aqueos en Grecia, que vino a cortar el florecimiento micenico, hijo del cretense, y luego por la de dorios hasta barbarizarla. Y aquellas gentes avanzaron hasta nuestra Península, con la esvástica por signo religioso, revalidando la Edad del Bronce, en oleadas sucesivas, que dan de sí luego la Edad del Hierro, >iasta chocar con las invasiones militares y ya históricas de púnicos y rotnanos. Dos nombres adjudicó la tradición griegó a los nuevos señores del Occidente: ligares y celtas, y ambos aparecen localizados aquí en España. Sobre los iigures viénesc discutiendo con argumentos contrapuestos; mas, a juzgar por lo que en su territorio mejor definido se trasluce, la Liguria, entre las faldas alpinas y el valle del Po, su tronco lingüístico era indoeuropeo, difícilmente segregable del celta y resultando inseguro definir sus reliquias. Como hipótesis, acaricio la idea de si les correspondería un núcleo de tribus que desde Canta bria se corrieron por la meseta castellana hasta el Tajo, coherentes en sus manifestaciones arqueológicas y lingüísticas, a juzgar por la 2 18 MANUEL GÓMEZ-MORENO onomástica personal, muy destacada. Localización que no afecta a los territorios que dan por célticos los geógrafos antiguos, así en el confín occidental como en la sutura entre dichos pobladores de la Meseta y los tartesios e iberos hacia Sur y Oriente. Por consecuencia, impónese un criterio de unificación seguro, por encima de sus apela ciones fragmentarias de cántabros, astures, vácceos, veítones, lusi tanos y cárpetenos, que ante el problema racial nada dicen. Monumentos escritos de aquellas tribus abundan, pero desco nocidos los más hasta el día, y son utilizables por estar consignados en alfabeto latino casi todos. Hay teseras con estas enigmáticas frases: «tridoniecu . cada ] cadessuaeona ] nemaioso.»—«h . 1 . 1 quom elandorsan». Otra, en leira ibérica, dice al parecer: «iroregío® nomidugos menaios ¡| aledures». En páteras de bronce: «stenionte . docilicol mu . gente . monimam»—«cougio . viscico . monimam». ero lo más señero son dos grandes epígrafes rupestres. El principal, copiado en un yermo de Extremadura, lo escribió cierto Anibaio y dice: «Cariae praisom | secias . erba . mu¡Iie|as . arimo . praeso|ndo . singeieío | ini . ava . indi . vea|un . indi . vedaga|rom . teucaecom | 1 ■ nurim . \ndí\ uderec . rursenco | ampilua | indi—loemina . nu| petanim . indi . arlimom . sintamolm . indi . leucom 1 sintamo». (riubnerVI i i . ' . ■ 1 1. L. I., nums. xlvi, xlvu). 1^*? ^ nuestros oídos; casi adivinamos un dialecto entendemos; pero los celtistas se dan poi oriin* ^ o\ros monumentos peninsulares del mismo g upo No los pueden traducir, en absoluto. La ciencia lingüística se lo itálfn^" ? ^^clico y lo bretón; luego, en lo germánico; aparte, en Nimea ri n r Etruria para arriba y hasta Ambat'n nr."/!\ Ambalo, sigue todo en el misterio, aauitánir, H céltico; mas le cuadra la significación 3ea los A, P°'- Ennio y César. Su radical hacia el nn t onomásíica personal, sin pasar de Tréveiis en nuestra P susodicha abunda, como ningún otro, Lta Ex re^ a l°« vadinienses cántabros precisamente.^ ^ P®'"° fa"a en los territorios célticos. Avancemos a lientas, por si adivinamos io que nuestro Ambalo qutso escnbir allá en la pefia de Arroyo del ^ercr ¿Será una demarcación de linderos, un coto? ¿Acusarán sus ¡alones el w'. com® avx en griego, y la reiteración de indi, en sentido de 1.9a o del inde LAS LENGUAS HISPÁNICAS 19 latino? Es curioso que praisom se parezca tanto a los phraaona y praisoiinai eíeocrctenses; acaso explicable por el griego upcíaaw, hacer, o el latino frango, partir; arimo se acerca a lp7ip.oí, yermo; singeieío convida a compararlo con «üyyeÍTwv, vecino; sinfarnom con o-jvTájjLvw; ir por el camino más corto; ampilua, con apiTtsXoí, viña; loemína, con Xetpiwv, prado, y así sucesivamente; pero todo incierto, sobre la desconfianza, cuando menos, a que mi impericia obliga. ' El otro peflasco escrito subsiste cerca de Viseo. Principia por la palabra veaminicorí, que parece nombre gentilicio, asimilable a los veamini alpinos de Niza, nombrados como ligures entre oíros que guardan cierta similitud con pueblos nuestros de la Meseta: segovii, segusini, medulli, carpetoracte, venisani, carystum. También alude la inscripción de Viseo a unos caelobricoi^ que trasparenlan entrar en serie con tantos nombres de ciudades en —briga (ciudad, según Stéfano), correspondientes al habla de la Meseta, puesto que desde Cantabria al Tajo entra en composición con nombres romanos (luliobriga, Caesarobriga, Augustobriga, Flaviobriga). Veamos el contexto de la tal inscripción: «vcaminicori [ doeníi | amucom | lammaticom | crouceai maca|rcaicoi petranio elladom porcomi oveas | caelobricoi», (Hübner: M. L. I.; n.° LVii). Se me ocurre si tal vez responderá esto a cosa de ofrenda; si í/oe/7//se explicará por SíSovit o dant; lammaticon por XíiapiaTOí, dádiva; crouceai por xpxioi, brazaletes, asimilable a un krouk con idea de redondez, en gaéiico; macareai^ por espadas, y coi como xat o el gue, partícula conjuntiva latina. Y perdónese lo burdo de estas comparaciones, sólo presididas por mi buen deseo. Y vamonos a otra parte. De los célticos gallegos y portugueses apenas se nos alcanza su habla sino en nombres propios y, sobre todo, de dioses; advocaciones tal vez de carácter local, siempre inexplicables. Aunque nada aclaren, he aquí algunos para dar idea de su estructura dominante: Bandiarbariaico. Bande velugo toiraeco. Reuveana baraeco. Revelanganitaeco. Aegiamuniaego. Naviae sesmacae. Nabiae elaesurraecae. Consuneneoeco. Cosoudaviniago. Tongoenabiago. Vacodonnaego. Lucoubus arovieni. Laribus tarmucenbacis ceceaecis. Crougin touda digoe, etc. No me detengo a analizarlos; pero sí acusar su diferencia respecto de otros, que caen cerca de los letreros rupestres arriba transcritos y justifican diversidad racial frente a lo celta. Son estos: en Viseo, «Iuno \ veamvaearum I 20 MANUEL QÓMEZ-MORENü tarbolam I ancnunarum». En Brozas, «Bandiae Apolo scgrolu». «¡ovi soluforio as(ur slureü riíilas», donde tal vez pueda clarearse un «ctffTTip crTépotlí rutüans» o cosa así. En Talaván, «Muñidle . berobrigae . toudp paiandaigfae». Pasemos al borde oriental de la Meseta, ta Celtiberia, que ofrece sorprendentes novedades; y, para hacer boca, he aquí la lís'a topónimos bilbilitanos evocados por Marcial: Congedus, Derceniis» Nutha, Perusia, Salo, Tuelonissa, Turgonlus, Vadaverus, Bolerdus, Burado, Cardua, Peteris, Riga, Rixama, Vativesca y Voberca. En general, todo esto, sin disonar ante lo gaéllco, no entra en su onomástica, lo que ya es bastante para prevenirnos acerca divergencias caracíerisíicas de lo español, auil en las zonas donde parece acreditada una hermandad racial. Advertido ello, vamonos ¿i' país de los lusones celtíberos, hasta más allá de Teruel, sobre el Turia recién nacido y ante la cantera de Peñalba de Villastar: una faja blanquecina de peña tajada, por base de la meseta dominante, si" rastro de población vetusta allí, pero salpicada la peña de dibujos y letreros, grabados a punzón, pues lo blando de la caliza se presta a arañarla fácilmente, y ellos corresponden a etapas entre sí alejadasAlgunos, con signos de cristianismo avanzado; otros, enigmáticos aiín; algo que parece caracteres ibéricos y, sobre lodo, una serie homogénea de letreros, fechables en el siglo i de Cristo, escritos en alfabeto latino arcaico, y redactados casi todos en lengua exótica. E' misterio los acompaña: nada en los dibujos de aquellas groserías ta" frecuentes en el arte parleta!; el tracista más fecundo era un refinado, que copió allí nada menos que un verso latino; «Tempus eral qu® prima quies morlaiibus aegris»..., y en vez de seguir compleí^"*^'^ la vlrgiliana frase: «incipit, ct dono divum gratissima serpü» {Aeneidos, II, 268, 269), añade, en grandes letras al pie, un «nescio qui», que nos deja parados. Mas no vayamos en busca suya al sitio aludido. Allí teñida por los siglos, deslaca una serie de blancas heridas, acusando el arranque de los trozos donde la gran mayoría de los letreros y dibujos iba impresa. Aun quedan allí unos pocos, otros en el vecino pueblo de Viüel, muy secundarios; el resto, vergonzosamente almace nado, desde hace treinta años, en el Museo arqueológico de Barce lona, con ese miedo a lo peligroso y difícil que tanto cunde entre los eruditos, con esa prevención a desentonar que esteriliza muchas investigaciones. Recién descubierto, fotografiado y dibujado todo ello por Cabré, LAS LENGUAS HISPANICAS 21 nuestro gran zahori campesino, él mismo lo publicó, brindando al P. Fita el estudio de ios letreros, sin resultado alguno. Apuellos materiales me fueron luego suministrados por el descubridor; más adelante calqué los originales y obtuve nuevas fotografías, sin que mis atenciones removiesen la inercia de la dirección del susodicho Museo, y asi hasta hoy. Sería fatigoso en esta ocasión presentar y discutir todo lo que los letreros de tipo romano dicen; adivinar quienes serían aquel «Turos carorum vlros veramos», repetidamente nombrado; aquel «Calaitos voramos ednoum», aquel «Guandos cotiricum» y el «aio Guandos», con otras frases más o menos inteligibles, para concentrar oM Grafito de Peñalba de Villastar iTerueij, , nuestra atenci(Jn en el letrero principal, por bien escrito y copioso, que dice así: «eniorosei | uta . tigino . tiatumei | crecaias . to . luguei | araianom. comeimu | eniorosei . equeisuique | ogris . olocas . ío . oias . sisíaí . luguei . tiaso [ togias». ¿Verdad que también esto suena a lengua familiar? Apelo ahora a mi propia y modestísima eficiencia fi lológica: no entiendo ni una palabra, ni siquiera barrunto de qué se trate. Pero todo lleva un aire de latinismo y una normalidad fonética tan nuestra, que invitan a reconocer algo ancestral en este grafito y a un intento de adivina ciones. Por de pronto, la cita de la Eneida hace creer que fuese un italiano culto el tracista, con la sospecha de si en lo demás vertiría sus ocurrencias en lengua vernácula: nada de eso. Es evidente que 28 MANUEL GÓMEZ-MORENO siempre muy distanciada de lo posterior a la invasión árabe. Estas muestras caligfráficas, comparadas con las de fuera de España, acreditan cierta unidad en todo lo que fué imperio romano, hacia los siglos V a VI, que luego se resuelve en las escrituras nacionales bárbaras; pero faltaba su comprobación respecto de lo visigodo, ahora tan fácil y decisivamente lograda. Todavía otro hallazgo de pizarra congénere, descubierta bien lejos, en un rincón inexplorado de Asturias, en Carro, sobre el Navia. Es la mayor de todas, repartida en dos hojas y con escritura tan apretada, desigual y en parte borrosa, que se me han ido muchí simos días en la tarea desesperante de descifrarla. Creo haberlo logrado; mas no la explicación de su contexto, ni ello será posible, dado el carácter esotérico que revela, como documento de hechicería envuelta en proteccionismo cristiano, con planes de aventura revolu cionaria entre personajes de categoría, y quizá dictado por un taumaturgo misterioso. He aquí la parte menos oscura e incoherente del tal escrito: «Aguro uos o/77nes paíriarci | mica! grabrieí ceciteil oriel rafael ananiel marmoniel qui ilas | nubus coníis tinetis in manu uestras estoíe. liueri de uila nomine clslcau ubi auitat famulus áei auriolus prcsu cimeterios cum fratribus ucl uici|nibus sui ucl de omnes pose siones eius I ediciantur de i uila e de ilas auitaciones eius per montes uada et reuertam ubi ñeque calus conía ñeque gallna ca|cena ubi ñeque aratore ñeque seminaíor semina ubui ñeque nula | nominare sunt. aguro tesaoras per issu dom/nz/m nostrium fü/i/ru/T? qui te licluit in clubes ciuitate ub non noceas ñeque asbori ñeque menis|s¡bus ñeque ameneis ñeque frautiferis ñeque asboribus ñeque | colíucs nobegiam tiui . ibi esí meus do/77/nissimus sceíru firmu»... etc. Unos patriarcas, entre los ángeles, enteramente desconocidos; peregrinación por tierras desoladas; tesaoras prometidas; otras tierras fértiles intangibles; una ciudad, Cinbes; nubus, nobegia, y hasta un dominissimus que actuaba con cetro firme por allí, y '"ás y más cosas peregrinas; todo ello imposible de traducir en realidad para nosotros: ¿Locuras, prodigios; algo relacionado con las pri meras etapas de la Reconquista? jQuién sabeí Quedan en pie sus modismos y palabras raras, sus grafías reveladoras del lenguaje en disolución; su letra, cursiva también; menos romana que la de las pizarras salmantinas y mejor caracterizados los signos; afín de lo primitivo mozárabe, mas no de lo cancilleresco asturiano ni de lo merovingio. LAS LENGUAS HISPÁNICAS 29 Asturiano, mozárabe: fases de cultura nuestra en el ciclo de la Reconquista. Ya de entonces, archivos y bibliotecas conservados; legión de códices y documentos en los que se revela progresivamente la caída del latín, de su sintaxis complicada, de sus galas retóricas, sobreponiéndose miseria de léxico, giros nuevos, acogida de palabras exóticas, especialmente árabes, y esta lengua árabe sustituyendo al latín, como reacción erudita, en traducciones, glosas y comentarios. Luego, un resurgir de clasicismo a fines del siglo xi, con imitación de textos cultos latinos y estudio en glosarios artificiosos, por un lado, marcando una educación eclesiástica erudita, y frente a ello el vulgo indocto, que sigue elaborando su lenguaje sobre lo tradicional, hasta hacerse intérprete del pensamiento colectivo y afianzar el romance con categoría de instrumento literario. Todo esto ya no es cosa de analizar ahora; sólo una digresión final no impertinente. Cuando allá en 1910 se organizaba el Centro de Estudios Históricos, inició D. Ramón Menéndez Pidal sus leccio nes de laboratorio con la presentación en fotografías de las «Glosas silcnses». Una revelación para mí, entre cavilaciones sobre: |si yo pudiese hallar algo semejanteí Y la suerte, que tantas veces, gracias a Dios, me asiste, hizo que, yendo por camino propio al estudio de los códices de letra visigoda, o sea mozárabe, en sus iluminaciones y caligrafía, hojeando uno de la Cogolla, se me ofreciesen las que bauti zamos con el nombre de «Glosas emilianenses», paralelas de aquellas otras y con venlajas en antigüedad y por resolverse en una brevísima composición literaria, primera romanceada que alcanzamos. La publi qué en 1915, como primicia del hallazgo, y arroja lo siguiente: «Con o ajutorio de nuestro dueño, dueño Christo, dueño Salbalore, qual dueño get en a honore e qual dueño tienct ela mandatione con -o Patre con o Spirllu sancto en os siéculos de lo siéculos. Fac a nos, Deus omnipoíes, tal serbitio fere ke denaníe da sua face gaudioso segamus. Amen». Así se podían ya en el siglo x formular ideas, glosando la evocación agustiniana al honor y al imperio de Cristo, como si ella removiese el espíritu español en un primer impulso hacia la conquista de su personalidad social. Y se acabó el filón de mis aportaciones a través de la literatura arqueológica nuestra. Por vez primera van recogidos aquí fragmentos de las lenguas peninsulares muertas y, al oirías, quizá se haya notado con sorpresa que suenan bien y suenan a nuestro, como si fuese verdadero lo de que la fonética, el ritmo vocal es permanente y 30 MANUEL GÓMEZ-MORENO fi jo en cada pueblo. Mas no han de satisfacernos las exterioridades a que mi labor llega, con abrir el libro sellado de lo que feneció, sino penetrar en la intimidad del pensamiento español a través de tos siglos, y esto lo brindo a los maestros en fi lología y erudición literaria, a ver si descubren el arcano de iberos y tartesios, de supuestos ligures y célticos, y luego espigar en la mies de latinidad provinciana sus granos de hispanismo, que fueron creciendo y desarrollándose hasta abarcar en el romance nuestra habla. Claro está que si lo dicho ha de servir para algo, no es simplemente dejándose llevar de mis impresiones, sino merced a un trabajo a fondo, con la totalidad de documentación que a cada tipo de lengua corresponde, para lo que no ha de faltar, Deo voíentey mi ayuda. Sirva, pues, lo antedicho de programa, de muestra, que abra entre los eruditos la apetencia de estudio. Y sirva también por corolario de estas disquisiciones inquirir algo del espíritu nacional, a que responde la expresión hablada en cada época revelando la personalidad española: síntesis, en el tiempo y en el espacio, de sus aptitudes, y augurio de lo que puede dar de sí en lo futuro. Uno de los hombres sabios de mi siglo, José M. Quadrado, al contemplar en ruinas un pueblo de abolengo, frente a otro de advenedizos próspero, exclamaba: íDichosos los pueblos que no tienen historia! Que es como decir: jdichoso el expósito! Mas eso no va bien para quienes ostentamos en alma y cuerpo, con nuestro propio ser, el de nuestros padres; y, si por las rayas de la mano se tramaban adivinaciones, en la ascendencia se vinculan indicios de lo que nuestra sangre arrastra de potencialidad heredada. Y no sién donos indiferente la alcurnia, tampoco nos hemos de considerar desligados de lo colectivo nuestro, de nuestra raza, de la individua lidad social española, reflejada en lo que subsiste de aquellas generaciones cuyas hablas intentamos reconstituir ahora. Si oímos hablar a un francés. lo diputamos extraño a nosotros por su acento, y si le medimos el cráneo se confirma el hecho. Pero si olmos la lengua vascuence nos suena tan a nuestro que la acogemos gustosos. Y, de hecho, ahí está el hombre vasco, el ibero, pesando sobre nuestra historia, con su mentalidad no conformista permanente, su inquietud; hoy. gueiTlllcro; ayer, en aventuras de mar; antes, soldado a merced de Roma, por Italia y Sicilia, sin apegos fuera de lo suyo; y ahí le tenéis conservando su hombría de bien, tanto como su encoríezada fiereza. LAS LENGUAS HISPÁNICAS 31 ¿Son ellos los aborígenes españoles? Así se dijo y así lo confirma su primitivismo. Pero ahora me asalta una sospecha: rodando mundo he tropezado con el vasco puro en Navarra, quizá en el Maestrazgo, y en el Alto Aragón bien definido; pero también observé al villano de Castilla, el labriego de los Campos góticos, el sayagués y hasta el jurdano envilecido, mirando humildes al cielo, irreductibles frente al vasco y aun disociados del montañés vecino suyo. Todo inclina a suponerlo aborigen nuestro también, sin historia, sin nombre, y hasta asignarle un atisbo cultural adjudicándole el arte de los dólmenes, remedando al tartesio prócer, constructor de los sepulcros con galería y cúpula, desde Almizaraque hasta el Tajo. Y si hubiésemos de buscarle ligazones de origen, sería en África, con el elemento líbico. Desde luego, tales gentes, acaso desligadas siempre de los iberos, constitui rían nuestro sustrato pasivo nacional, inconmovible a través de invasiones. No soy castellano y puede tenerse en poco a Castilla; pero aquí no hay terremotos y aquí se duerme tranquilo como en ninguna otra región de la Península. y del andaluz ¿qué diré? La hermana monja de Unamuno decía que las andaluzas son siempre niñas, y estoy por admitir como exacto este infantilismo; pero no se juegue con el andaluz, que tiene malas pulgas. Él adolece de quietismo también, de conformista algo estoico, seiiequismo diriamos; individualista y disociable, cuanto apegado al ambiente nativo; mas, si por fuerza de. las circunstan cias se airea cosmopolita, entonces, rehaciéndose, domina la siluación, vaya donde vaya. Por algo convive a gusto con el gitano, subyu gándolo, y juntos expresan en cantos y danzas el sentido artístico primitivo, la infancia eterna del vivir a gusto. Son dotes que me guardaré de achacar a un fondo tartesio; porque la revolución de pobladores allá durante la Edad Media no permite hacerse ilusiones con entronques remotos, ni aun casi tampoco buscarlos en el invasor árabe: una síntesis de hispanismo con algos de oriental pudo acaso informarlo. Mejor podemos definir el otro factor esencial que actúa sobre nosotros: el montañés, el cániabro-astur; aquellos bandoleros prehis tóricos, a que alude Estrabón, cazadores y ganaderos; duros, indómitos y agresivos siempre, dominadores de la Meseta y luego fautores principales de la Reconquista. Los tenemos aún alrededor de la cordillera cantábrica y a lo largo del Duero, en Fermoselle, por ejemplo; es el maragato despierto, el serrano de Ávila, el charro de las dehesas salmantinas, el montaraz altivo, menospreciador del 32 MANUEL QÓMBZ-MORENO destripaterrones; y ese mismo bajó armado hacia Cáceres, y salló, en conquistador otra vez, con ios Pizarros hasta América. Luego, parece verosímil considerar a los celtíberos como célticos, a juzgar por el lenguaje bilbilltano y turoiense de que antes presenté muestras; pero el carácter aragonés de hoy, la opinión de los escrito res antiguos sobre su valentía y progresos técnicos, y el crédito, aun más merecido por su tesón que por fieros en Numancia, inclinan a ver un feliz injerto de iberismo en ellos con la fusión de ambas razas, prestando valores de honda raigambre a la vida nacional. Su contraste con el gallego céltico es elocuente: raza de plasti cidad seductora, de intimidades delicadísimas, lírico por excelencia, destacándose en lo práctico por sagazmente acomodaticio y, como abnegado trabajador que es, no da mucho, sabiendo lo que cuesta la vida. Otras fuerzas periféricas peninsulares, aunque pesen muy mucho, actuaron menos a gusto, en virtud de su orientación hacia el exterior y su autocentralismo peculiar: fieles a nuestra tesis, con oír el habla de Barcelona, Valencia y Lisboa nos damos cuenta de que factores extraños les prestaron su acento. Considerando todo eso, parece lógico intentar una síntesis con vistas al acervo lingüístico netamente español, dentro de las proteicas fases de su desarrollo. Asi llegaríamos hasta definir acaso nuestra personalidad racial, con un fondo exiraeuropeo, que se traduce en genialidad, exclusivismo, improvisaciones, arranques magníficos sin continuidad, sin fruto adecuado, y a vueltas un instinto de autarquía, individual casi, antes bien reductible a unidad por virtud de sugestiones que por razonamientos. Y como si ia sonoridad un habla obedeciese a presunciones en'ei ansiado ideal no formulado aún. cabe ia ilusión de que algún d^ . futuro próximo, sepamos dirigirnos por camino prop . a conciencia, sin claudicaciones ni servilismos. Manuel Gómez-Moreno