1 Forma y sentido del espacio público: una lectura morfológica de la ciudad informal Form and sense of public space: a morphological reading of informal city Deborah C. Lefosse1 1Dipartimento di Architettura e Progetto, Sapienza Università di Roma, deborah.lef[email protected] Rosalba Belibani2 2Dipartimento di Architettura e Progetto, Sapienza Università di Roma,
[email protected] Palabras clave: Espacio público, morfología urbana, identidad, inclusión social, sostenibilidad urbana Resumen: La ciudad informal surge como respuesta concreta a la necesidad primaria del hogar, en gran parte desatendido por las políticas sociales incapaces de sostener la urbanización imperante que vincula el futuro del hombre con el de la ciudad. El espacio público, de interés secundario, se sacrifica o se reduce a a su mínima expresión, donde la función social se lleva a cabo mediante un camino o una plaza temporal y cambiante, pronto ocupada por nuevos edificios. La ausencia de espacios públicos es una característica común de los asentamientos espontáneos, pero, por otra parte, constituye su contradicción más evidente. Si la ciudad informal se basa en relaciones de necesidad mutua entre habitantes que construyen el tejido social antes de componer espacios urbanos, ¿cómo puede esa comunidad no exigir lugares dónde reunirse? Si hay un prototipo de espacio público, ¿cómo se define en términos de recognoscibilidad e identidad? Refutando la posición de quienes asocian la informalidad con el fin de la ciudad, la investigación intenta responder a estas preguntas a través de la lectura de las formas urbanas configuradas en el signo de la autonomía. El estudio analítico, basado en las teorías morfológicas de la escuela Italiana (Muratori, Caniggia), se realiza sobre la Villa 21-24, un caso de estudio emblemático en la historia de Buenos Aires. Desde la perspectiva de la sostenibilidad urbana y la inclusión social, este trabajo trata de superar la dicotomía habitual entre las ciudades formales e informales. Regenerar la ciudad a partir del espacio público significa redescubrir su función original, restituir la forma y el significado a los lugares, crear una nueva identidad entre sus habitantes.
2 1. Introducción Según los datos más recientes, el 55% de la población mundial reside en áreas urbanas, un porcentaje que alcanzará el 68% para 2050 (ONU, 2019). Gran parte del ella se registra en países en desarrollo y en las próximas décadas el 95% de la expansión urbana se concentrará en las principales megaciudades de Asia, África y América Latina. Las ciudades se han convertido en entidades autónomas, extendiendo sus fronteras en el respecto de la planificación tradicional (ciudad formal) o mediante ocupaciones abusivas y urbanizaciones espontáneas (ciudad informal). La ciudad informal surge como respuesta concreta a la necesidad primaria del hogar, en gran parte desatendido por las políticas sociales incapaces de sostener la urbanización imperante que vincula el futuro del hombre con el de la ciudad. En América Latina, el 30% de los ciudadanos viven en asentamientos informales caracterizados por el hacinamiento, las viviendas deterioradas e insuficientes, las condiciones higiénico-sanitarias precarias, la falta de infraestructura e la incertidumbre respecto la propiedad (UNCHS, 2003). Las pocas grandes ciudades del subcontinente americano son las de mayor desigualidad del planeta, que son resultado del crecimiento descontrolado de la población en el siglo pasado, de geografías inhóspitas y de la pobreza extrema en las zonas rurales que activan flujos migratorios constantes hacia la ciudad. En ausencia de una dimensión urbana intermedia, la única posibilidad de supervivencia es la megalópolis, dividida entre segregaciones socioeconómicas y espaciales. Aquí la ciudad informal encuentró terreno fértil para asentarse: en un principio sufrió acciones de erradicación por las fuerzas públicas, luego fue aceptada como la forma más rápida y prolífica de dar forma a la ciudad. Este estudio no deriva de la necesidad de reconocer el valor o la calidad de la otra arquitectura, sino que asume un asentamiento informal como parte integral de la ciudad, con sus problemas, oportunidades y lecciones de inclusión (Fiori y Brandao, 2010). Lo informal es una estructura urbana y social con diferentes manifestaciones, define el paisaje urbano construyendo casas sobre casas como si fuera un producto espacial alternativo (Roy, 2009), pero también es un proceso antrópico en continua evolución que hace orgánica la ciudad, porque se basa en un complejo sistema de interrelaciones (Ramírez, 2010). Sin embargo, no hay un proyecto de casa o de ciudad. Dada la ingente cantidad de asentamientos y la adversa topografía del lugar, el espacio público, de interés secundario, se sacrifica o se reduce a su mínima expresión, donde la función social se lleva a cabo mediante un camino o una plaza temporal y cambiante, pronto ocupada por nuevos edificios. La ausencia de espacios públicos es una característica común de los asentamientos espontáneos, pero, por otra parte, constituye su contradicción más evidente. Si la ciudad informal se basa en relaciones de necesidad mutua entre habitantes que construyen el tejido social antes de componer espacios urbanos, ¿cómo puede esa comunidad no exigir lugares dónde reunirse? Si hay un prototipo de espacio público, ¿cómo se define en términos de recognoscibilidad e identidad? La investigación intenta responder a estas preguntas a través de la lectura de las formas urbanas configuradas en el signo de la autonomía. El estudio analítico, basado en las teorías morfológicas de la escuela Italiana (Muratori, Caniggia), se realiza sobre la Villa 21-24, un caso de estudio emblemático en la historia de Buenos Aires. Superando la dicotomía formal/informal y refutando la posición de quienes asocian la informalidad con el fin de la ciudad, este trabajo investiga el espacio público informal con el objetivo de comprender sus forma y sentido: qué es, cómo está configurado, qué papel juega entre los habitantes que lo construyen y lo viven. La ciudad se concibe desde el punto de vista de su uso, de las dinámicas sociales que configuran el espacio sobre la base de hábitos compartidos y valores colectivos. La investigación implica una definición inicial del concepto de espacio público reinterpretado en la lógica de lo informal. Sigue la fase analítica en la cual el enfoque morfológico ayuda a identificar las matrices espaciales elementales para reconstruir el proceso de formación del caso de estudio. Este último se presenta en relación con la ciudad que lo contiene y sus eventos históricos comunes, por lo tanto, se deconstruye en signos tangibles e intangibles. Desde la perspectiva de la sostenibilidad urbana y la inclusión social, la regeneración de la ciudad a partir del espacio público significa redescubrir su función original, restituir la forma y el significado a los lugares, crear una nueva identidad entre sus habitantes. 2. Espacio público informal En la concepción más tradicional de la ciudad planificada, el término "espacio público" se asocia con un área grande y vacía, accesible para cualquier persona en todo momento (o en casi todo). Es un espacio estático o dinámico, capaz de acoger a muchas personas y sus flujos. Es un espacio natural o construido, que concentra múltiples funciones en un lugar abierto o cubierto. Parques, jardines, plazas, calles, centros culturales y comerciales: todos son reconocidos como áreas de propiedad y atención pública. Sus formas que varían con el tiempo cuentan la historia de ciudades y civilizaciones. Así, la sociedad urbana se encuentra en la práctica filosófica del ágora, en el uso político del foro romano, en los momentos lúdicos y comerciales de las plazas medievales, en el
3 intercambio de los puertos, en el culto religioso de la plaza ante la iglesia. El espacio público es el ámbito físico de la memoria colectiva, es el escenario de acción y comunicación dentro de una sociedad que se identifica en él como una comunidad (Goodsell, 1988). En el hábitat informal, el espacio público es un componente importante de la vida cotidiana. En comparación con los lugares más convencionales mencionados anteriormente, adopta formas diferentes pero significados similares. Las áreas de uso público están realizadas por los propios vecinos, y se configuran como un espacio resultante, negativo y complementario al entorno construido, adecuado para el tamaño mínimo de paseo peatonal (Segovia y Oviedo, 2000). La primera y más frecuente forma de espacio público informal es la calle que actúa como un umbral para la esfera privada, divide las aglomeraciones y concentra el tránsito, pero no hace distinciones en los flujos ni hay en ella carriles, señales o aceras (Nino y Chaparro, 1997). Según la orografía del sitio, la calle puede ser plana o muy empinada, como una escalera urbana, y puede incluir pequeñas áreas de descanso donde es posible reunirse en grupos reducidos. Sin embargo, el espacio más importante es el parque del barrio, también llamado cancha, ya que desempeña varias funciones al mismo tiempo: es una plaza para encuentros, fiestas y paseos; es un campo deportivo para el fútbol aficionado; es un mercado al aire libre para el tráfico ambulante del barrio (Beardsfey y Werthmann, 2008). Dentro de las geometrías caóticas de lo informal, es el lugar más fácilmente reconocible, porque es uno de los pocos espacios no ocupados por casas, corresponde a un área central o a una polaridad que marca el comienzo o el fin del asentamiento. Además, tiene un perímetro vagamente regular que recuerda a la plaza principal de la típica colonia española fundada en el patrón ortogonal de la Ley de las Indias (Riano, 1990). El espacio público informal no se articula sobre morfemas recurrentes porque se adapta a diferentes usos, pero tiene un valor social fundamental para la comunidad. Es el símbolo de un esfuerzo colectivo que traza todo el proceso formativo del asentamiento, desde la ocupación del sitio hasta su realización: sin título de propiedad privada, el sentido de propiedad pública es mucho más vivido aquí que en muchas otras partes de la ciudad formal. Recuerda el papel participativo de cada habitante y es particularmente utilizado porque es la única posibilidad de escapar de las pequeñas habitaciones privadas sin ninguna comodidad (Hernández García, 2013). El espacio público también coincide con el poder de la comunidad y la mediación política, cuando constituye una zona neutral en la que los habitantes se encuentran con fuerzas políticas u ONGs para obtener ayuda externa destinada a mejorar sus condiciones de vida (Carmona et al., 2003). Sobre él, de hecho, se concentran los proyectos más recientes de regeneración urbana para favorecer una mayor integración con el resto de la ciudad, activar incubadoras sociales, garantizar servicios básicos y un medio ambiente más saludable. En un asentamiento informal, el espacio público refleja la estructura social y el conjunto de relaciones entre personas y colectividades que lo forman y que a su vez son alimentados por él (Lefebvre, 1991). 3. Metodología Los métodos actuales de lectura, interpretación y diseño de la ciudad se refieren a las herramientas formales tradicionales de la disciplina, identificando una serie de parámetros que no siempre pueden decodificar la realidad informal en su complejidad híbrida y cambiante (Lutzoni, 2016). Esto sucede porque el carácter formal de los usuales códigos de diseño analítico coincide con el lenguaje utilizado por la planificación urbana moderna, con sus leyes de orden geométrico y jerarquía funcionalista. La planificación resulta de una cultura urbana 'a posteriori' basada en modelos abstractos y no incluye y, por tanto, rechaza la lógica espontánea de los asentamientos informales. En cambio, esta se ve afectada por la experiencia antrópica de siglos de construcción que organiza y sintetiza el espacio a través de un tipo 'a priori' reconocible como una matriz elemental (Muratori, 1967). El habitante informal se basa en un patrimonio de caracteres comunes transmisibles que precede a la formación del organismo (Strappa, 1995). La ciudad se analiza como relación entre la forma espacial y el proceso cultural, igualmente a como la arquitectura expresa en una forma la sociedad que se autodetermina en un proceso civil (Muratori, 1963). Los asentamientos informales presuponen un principio de forma estructurada en una organización social jerárquica y en una ley progresiva que gobierna un proceso continuo. Es un hábitat dinámico, flexible en el tiempo, coherente con el territorio, espontáneo no porque sea adverso a la conciencia crítica de la planificación urbana moderna, sino porque la precede como una expresión de conciencia espontánea. Para descifrar el caos aparente de lo informal, se utiliza la morfología urbana que estudia la forma de la ciudad a partir de las modalidades compositivas, de las causas que generan particulares estructuras espaciales y de la lógica que guía su evolución en el tiempo. Consciente o no, la ciudad informal propone morfologías y tipologías conocidas. Así, la lectura y el análisis se llevan a cabo descomponiendo el espacio antrópico en tipos espaciales mínimos, ruta matriz y módulo elemental, que se repiten, se especializan, se combinan en formas cada vez más complejas desarrollando relaciones seriales u orgánicas entre sí. La morfología es el resultado de un proceso tipológico que
4 revela las principales etapas evolutivas del asentamiento reconstruyendo en el espacio las modificaciones que el tipo ha experimentado a largo plazo. Tales variantes sincrónicas y diacrónicas identifican el tipo a priori como el origen mismo del proceso urbano (Caniggia, 1981, Strappa 1995). Al analizar el espacio público informal, se prestará atención tanto a la ruta matriz como eje de ordenación del sistema urbano caracterizado por usos específicos a lo largo del tiempo, como al modulo elemental que primero identifica la vivienda básica y después se convierte en uso colectivo. 4. Buenos Aires, Villa 21-24 La configuración territorial del Área Metropolitana de Buenos Aires y en particular de la Capital Federal expresa su alto grado de fragilidad en diferentes configuraciones informales, pero la villa miseria prevalece en la geografía porteña. Esta expresión se refiere a asentamientos populares no planificados, de trazado irregular, que surgieron debido a la ocupación ilegal de tierras fiscales en áreas urbanas abandonadas o no calificadas (Cravino, 2009). Las villas miserias caracterizan la capital argentina de las primeras décadas del siglo XX; su posición privilegiada en el centro de la ciudad las convirtió en áreas internas de exclusión y desigualdad urbana. El asentamiento espontáneo más antiguo de este tipo apareció en 1932 a lo largo del litoral norte de la zona portuaria, correspondiente a la actual Villa 31. Posteriormente, el fenómeno se extendió al sector sureste de la ciudad, cerca del río Matanza que llega a Buenos Aires con su estuario, el Riachuelo, donde surgían las estructuras productivas en las que los villeros eran empleados (Snitcofsky, 2012). En el siglo pasado, varios eventos históricos han determinado su crecimiento o desaparición. En los años 60 se contaban 200.000 habitantes informales y desde entonces se refuerza la idea de que la villa ya no es una condición transitoria, sino un problema dividido en dos dimensiones: una espacial y la otra cultural (Vitale, 2009). Así, en 1967 se lanzó el Plan de Erradicación de Villas de Emergencia (PEVE), que preveía una primera reubicación de las personas desplazadas dentro de Núcleos Habitativos Transitorios (NHT), en espera de una vivienda permanente. Cuando se estableció la dictadura, una violenta acción militar eliminó las villas de norte a sur de la ciudad, dejando sólo 12.593 habitantes en suelo federal y dirigiendo a los villeros desplazados a áreas periféricas o incluso a sus respectivos países de origen (Suárez, 2014). Con la llegada de la democracia, se produjo una clara repoblación de las villas, mientras el gobierno disponía una serie de enmiendas para favorecer la integración y la redistribución de las propiedades entre las organizaciones vecinales. La crisis económica local y global que ha afectado a Argentina desde principios del siglo XXI también ha tenido efectos en las villas: el aumento de la pobreza se ha traducido en un aumento en el mercado inmobiliario informal, causando el hacinamiento de los asentamientos existentes, así como la formación de nuevos Asentamientos Urbanos. A pesar de las repetidas protestas, las luchas populares y las leyes de urbanización ya aprobadas, la urbanización de las villas aún parece estar lejos de lograrse para los actuales 275.000 habitantes informales de Buenos Aires (Ferrara, 2018). Villa 21-24, la "ciudad al sur de la ciudad", constituye la más grande y poblada villa miseria dentro de los límites de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Vitale, 2010). La relevancia del caso es tanto posicional, ya que este se encuentra a lo largo de la costa norte del Riachuelo junto con la mayoría de las villas de la zona bonaerenses, como histórica, porque en él se encuentran la identidad de la capital argentina, pues fue el puerto de América del Sur para los españoles y meta de trabajo para emigrantes europeos. Sin embargo, su importancia actual se puede leer en el tamaño y la cantidad de personas que la pueblan y construyen: más de 50.000 personas ocupan una superficie de 83 hectáreas. El asentamiento continúa creciendo en términos de densidad, y sus habitantes provienen en parte del interior del país, pero son principalmente inmigrantes de Paraguay, Bolivia y Perú. En sus 70 años de historia, la Villa 21-24 ha tenido diferentes formas, estructurando un modelo urbano incremental. El origen del asentamiento se remonta a la década de 1950 cuando 35 familias se establecieron allí después de un incendio en el vecino barrio de Boca. En solo veinte años, la población había alcanzado los 12.000, hasta que las políticas de erradicación la hicieron disminuir. Además, los primeros asentamientos transitorios (NHT) de Buenos Aires se construyeron aquí: 560 viviendas temporales que pronto se estabilizaron, según los planes estatales. Se trataba de casas de una planta con dos o tres habitaciones, equipadas con servicios mínimos y fabricadas con materiales de baja calidad. Hoy en día aún se reconocen por su estructura más regular que el tejido orgánico de alrededor. Desde 1976, el último acto de terror del régimen militar tuvo lugar en la Villa 21-24. Entre la destrucción y los desaparecidos, la Villa 21-24 llegó a perder hasta la mitad de su población, mientras que los núcleos principales se mantuvieron gracias a la fuerte resistencia opuesta por las organizaciones de villeros reducidas a solo 100 familias. El siguiente retorno de la democracia marcó un crecimiento demográfico sin precedentes que lo convirtió en el sector informal con el mayor número de personas asentadas. Actualmente, la Villa 21-24 tiene 57 manzanas que forman un tejido de geometrías irregulares dispuestas en bandas, llamadas tiras. Las casas en línea se desarrollan repitiendo el módulo elemental,
5 primero horizontalmente y luego verticalmente. Incluso en el mismo contexto, son evidentes algunas diferencias en el grado de densificación, consolidación y dotación de servicios. El crecimiento progresivo hace variar el trazado de los típicos pasillos, caminos internos que se abren o cambian de dirección según las nuevas aglomeraciones. Figura 1. Asentamientos Informales en la Capital Federal de Buenos Aires y su entorno. Fuente: Lefosse D.C., 2020. La Villa 21-24 es un emblema de la segregación socio-económica y espacial, pues allí se concentran varias condiciones de marginalidad urbana. A pesar de la proximidad al centro histórico, la falta de servicios básicos (agua potable, electricidad, alcantarillas, sistemas de calefacción, tratamiento de residuos, iluminación y transporte) se suma a la existencia de viviendas precarias. El bajo nivel de educación y la tasa de desempleo también afectan a la calidad de vida. Además, el problema ambiental tiene una gran resonancia. La elección del sitio, tan favorable en su origen debido a su proximidad a un curso de agua, a la zona de producción y a una vía de ferrocarril, se revela ahora muy peligrosa. El punto de inflexión particular, que precisamente en este lugar configura el meandro del Riachuelo, provoca frecuentes inundaciones de aguas altamente contaminadas por un uso antrópico inadecuado, que trata el lecho del río como un vertedero a cielo abierto, y por la presencia de complejos industriales en desuso que han contaminado el agua y el suelo por décadas. La cuestión es una prerrogativa del Gobierno de la Ciudad, que reconoció el embalse de Matanza-Riachuelo como una entidad metafísica a preservar. Para una mayor protección del medio ambiente, se creó la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo, que preparó una serie de medidas destinadas al saneamento del lugar, la rectificación del curso de agua y la consolidación de sus márgenes,
6 que soportan incluso el peso de las construcciones espontáneas de la Villa 21-24, probablemente destinadas a un próximo desplazamiento (Fernández Castro, 2013). Figura 2. Villa 21-24, Capital Federal de Buenos Aires. Fuente: Google Earth (Elaboración propia, 2020). 5. Otras formas, Otros sentidos Según la disciplina morfológica, leer formas urbanas para interpretar sus significados socioculturales equivale a descomponer el entorno construido en constantes espaciales conocidas: rutas, tejidos y polaridades. Por otra parte, los habitantes informales constiituyen su asentamientos guiados por una práctica que pertenece a la historia de la humanidad: como primer acto de fundación, recorren el territorio para identificar el área más favorable donde establecerse, trazan ese itinerario como ruta matriz del marco urbano, combinan en un solo patrón ejes
7 comunicantes y lotes de propiedades, construidas como corrales, habitaciones, casas, para luego formar agregados, tejidos, ciudades. Las rutas se ramifican y jerarquizan en función de la posición, frecuencia y régimen de los flujos o de la importancia asumida entre los usuarios. Asimismo, también los tejidos urbanos que derivan de ellos tienden a especializarse y polarizarse con el tiempo. En los lotes aparece primero una vivienda unifamiliar, que luego se expande con nuevas habitaciones y otras funciones. Alojan a familiares, amigos y vecinos de forma gratuita o como inquilinos, o incluyen las pequeñas actividades de producción iniciadas por la unidad familiar original, transformándose así en espacios privados para uso público. Espacio público y espacio privado toman forma simultáneamente y casi indistintos el uno del otro. Debido a la necesidad y a la economía de las superficies, la presencia de edificios privados prevalece sobre el vacío de los espacios públicos, generados como ámbitos residuales entre una vivienda y su sucesora en un proceso que si hoy los contempla como espacios comunes, mañana los niega por un nuevo pasillo u otra casa. En una ciudad en continua progresión, los lugares para la comunidad también se vuelven dinámicos. A partir del análisis del espacio público, es posible reconstruir la formación de la Villa 21-24. Los elementos relacionados con la esfera pública se dividen en dos categorías fundamentales: rutas y polaridades, concebidas como espacios abiertos o construidos. La ruta matriz desde la que se originó el asentamiento coincide con la traza del ferrocarril ahora abandonada y cruza longitudinalmente toda la villa, la conecta con el resto de la ciudad y la proyecta más allá del Riachuelo. Los otros ejes de estructuración se pueden reconocer en los dos caminos marginales que marcan el límite del asentamiento convirtiéndose de hecho en otras rutas matrices o polaridades axiales. El sistema de rutas internas se componen de caminos de implantación para facilitar las conexiones transversales y para dirigir la obstrucción progresiva de las manzanas. Entre un agregado y el otro, se insinúan pasajes o pasillos como caminos menores de nivel local. Aquí, independientemente de la sección de la calle o de su función conectiva inicial, cada ruta o pasillo corresponde a un espacio público, de tránsito o de estacionamiento. La calle es la continuación natural de las habitaciones más íntimas de la casa, tan reducidas que carecen de servicios, confort y privacidad. Así, se realiza espontáneamente el concepto de calle-salón propuesto por Hertzberger (1996), que expresa el alto grado de sociabilidad de una comunidad abierta y cohesionada. Los espacios de relación se ubican tanto en los pasillos más estrechos como en sus intersecciones, esquinas o en las áreas de pertinencia entre las casas, donde los espacios abiertos y las pequeñas plazas aciogen el encuentro público o semipúblico (de vecinos). Como tendencia urbana natural, el tejido urbano, expandiéndose en diferentes direcciones genera nodos y polaridades. Esto sucede debido a su ubicación central o terminal con respecto a una ruta establecida, pero es sobre todo el uso que los habitantes hacen de estas polaridades que las convierte en una referencia urbana para la comunidad. Gracias a climas favorables, esa prefiere vivir al aire libre que en viviendas mínimas. Puntuales y difusos en la Villa 21-24, los espacios libres de mayor extensión están ocupados por la cancha, un campo de juego definido en la tierra por trazos manuales y perimetrado por las quintas variables de las viviendas de alrededor. Además de celebrar el juego del fútbol tan connatural a la cultura latinoamericana, esta área combina parque y plaza al mismo tiempo y, si es necesario, se convierte en un lugar de representación y convivencia. Otras polaridades públicas aparecen dentro de los espacios construidos del tejido urbano. A menudo con vistas a la cancha, surgen como sedes especializadas, construidas con las mismas dimensiones, herramientas y técnicas que las viviendas, pero tienden a ocupar más módulos elementales. Incluyen actividades vecinales organizadas y autogestionadas por la misma comunidad: enfermerías, comedores, centros culturales, escuelas y servicios de asistencia. Las tiendas y actividades artesanales son parte de las plantas bajas especializadas de las casas. Los lugares de culto de la Villa 21-24 son capillas dispersas dentro del tejido residencial o son constituidos por iglesias aisladas en un loteo proprio con varios módulos donde realizar las funciones típicas vinculadas a la iglesia cristiana (campanario pequeño, altares votivos, patio de la iglesia en el frente, oratorio, varios símbolos e iconos). Estos ambientes exaltan el papel clave que la Iglesia siempre ha tenido en estos sectores urbanos marginados; aquí el sentido religioso es más bien vivo y fortalece el tejido social a través de muchos eventos sagrados. La población, variada según sus orígenes, se reconoce en la multiculturalidad de la villa, donde el fuerte sentido cívico se basa en el respeto por el otro y en la contaminación como valor añadido para el desarrollo colectivo. Al igual que en las primeras fases del asentamiento, los lugares públicos de intercambio encuentran aún espacio en casas privadas, espacios abiertos y calles, pero están flanqueados por polaridades edificadas más importantes, como el centro cultural y las estructuras de la escuela primaria de la Villa 21-24. Siendo el resultado de la colaboración conjunta entre los organismos estatales y las organizaciones vecinales, estas obras testimonian las primeras etapas de un recorrido muy largo hacia el reconocimiento oficial de las villas miserias y su completa urbanización.
8 Figura 3. Análisis morfológico de la Villa 21-24: Ruta matriz, Polaridad axial, Polaridad pública, Espacio público. Fuente: Lefosse D.C., 2020. Figura 4. Polaridad religiosa: Parroquia Nuestra Señora de Caacupé en loteo propio, Capilla Nuestro Señor del Mailín y Capilla Santa María Lavardén ambos en el tejido urbano, Villa 21-24. Fuentes varias (Elaboración propia, 2020).
9 6. Conclusiones El paisaje urbano expresa dos idiomas de civilización, las lógicas que lo conforman no siempre se identifican con signos conocidos (rutas, tejidos, nodos, polaridades, márgenes, referencias). La ciudad planificada sigue siendo reconocible a través de ellos, en cambio los asentamientos espontáneos producen otros nuevos o los revisan en una perspectiva simplificada, económica y práctica. Aunque rechazan los cánones de la planificación urbana moderna, los habitantes informales configuran la ciudad recurriendo a sus propios componentes, pero en diferentes tamaños, métodos y tiempos de construcción. Esto los hace dinámicos como parte integrante de un proceso que evoluciona con el tiempo; el lugar no pierde su sentido, sino que lo renueva. Contra la dialéctica formal/informal habitual, la morfología urbana enseña que incluso la realidad más compleja puede entenderse si no se parte de la mera forma sino del sentido de la forma como un reflejo de la conciencia humana. La cultura se compone de teorías y principios, pero también es hija de conocimiento, voluntad y experiencia que, si se comparten, crean una identidad común. Lo informal, subvirtiendo el proceso de la construcción tradicional, parte de un enfoque antropológico y social. La ciudad no está estructurada sobre un modelo superior, sino que está hecha a la medida, uso y necesidad humana. Esto es aún más evidente en el estudio del espacio público que revela todo el proceso informal. El espacio público es un lugar sin una forma específica y adquiere su propio carácter sólo a través del valor que la comunidad le atribuye; la función individual o colectiva concreta su forma. Además, el espacio físico refleja una fuerte estructura social que se sustenta en la persona y sus interrelaciones, que hace que la comunidad sea más justa e inclusiva y, en consecuencia, hace también la ciudad más sostenible. Figura 5. Pasillos internos, Esquinas, Espacio abierto/públic (cancha), Villa 21-24. Fuentes varias (Elaboración propia, 2020). Referencias Beardsley, J. y Werthmann, C. 2008. lmproving Informal Settlements: ldeas from Latin America. Harvard Design Magazine, 28, 31-35. Caniggia G. 1981. Strutture dello spazio antropico: studi e note. Firenze: Alinea. Carmona, M. et al. 2003. Public Places, Urban Spaces. Oxford: Architectural Press.