El Doctor Francisco López de Villalobos y las calenturas
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49 EL DOCTOR FRANCISCO LÓPEZ DE VILLALOBOS Y LAS CALENTURAS. Anastasio Rojo Vega 1 Cátedra de Historia de la Medicina. Facultad de Medicina. Universidad de Valladolid. España. Correspondencia: Prof. Anastasio Rojo Vega Cátedra de Historia de la Medicina Facultad de Medicina Avda Ramón y Cajal s/n 47005 Valladolid. España ARTÍCULOS ESPECIALES AMIGOS Y ENEMIGOS, COMPAÑEROS MÉDICOS El doctor Francisco López de Villalobos es un personaje bien estudiado, por lo que, en lo que se refiere a su biografía y obra, me remito a los libros y artículos contenidos en la bibliografía 2. De su vida de Corte y de expulsado de la Corte, gracias a la correspondencia conservada, podemos conocer, entre otras muchas cosas, las relaciones de amistad y odio que mantuvo con los más importantes médicos españoles de la época. El primero en pasar por ella, de acuerdo con dicha correspondencia y cronológicamente hablando, fue Gonzalo de Moros, “ egregio Doctor médico ”, doctor en Medicina por la Universidad de Zaragoza 3, de quien recibió en 20 de junio 1501 respuesta al envío de ciertas cuestiones: “ recibí con grande entusiasmo los problemas que me enviásteis [...] sobre la visita del pobre soldado y sobre nuestro convite, haré lo que mandáredes ” (Fabié CL, 202-3); y a quien contestó en 22 de abril de 1507, “ desea vuestra merced, ante todo, que le dé noticias de la salud del ilustrísimo Conde ” (Fabié CL, 205). Con el doctor de la Parra, de Salamanca, muestra mantener relaciones en 1508 (Fabié CL, 222). No es otro que Mateo de la Parra, catedrático de Salamanca entre 1478 y 1512 y médico de Isabel la Católica desde 1504 (Iborra, 199); el 5 de junio de 1510 escribió al rey católico, comunicándole noticias acerca de la enfermedad del infante don Fernando de Austria, su nieto 4. Al doctor de la Reina le envió una carta desde Zaragoza el 6 de agosto de 1518. Le retrata en ella ávido de dinero, “ la sed insaciable que teneis de amontonar en vos solo las haziendas y las prerrogativas de todos los físicos [...] No falta sino que tomeis también al Doctor de Herrera la casilla y el majuelo, que ya andava él quexándose que le robávades su sudor ” (Fabié CC, 15), y de haberse puesto a estudiar Astrología, ciencia en la que Villalobos se consideraba experto, siendo ya viejo, concretamente el Almagesto de Ptolomeo y las Tablas de Alfonso X el sabio : “ en tan buena edad os toman las súmulas como al Doctor Julián la música que aprende ahora. Terneçitos son los pimpollitos para floreçer en ellos las artes liberales ” (Fabrié CC, 16-17). Parece ser que penó de mal de orina, pues se refiere a unos cálculos que expulsó, al mismo tiempo que atribuye una hernia al doctor Alfaro: “ las piedras que echastes, como el Doctor Alfaro la potra de Logroño ” (Fabié CC, 16). Finalmente, sin fecha, contestando a un tal Bustamante, sobrino de un doctor Bustamante, afirma que llegó a ser el médico preferido de la familia real: “ acuerda de andar siempre en competencias con el Doctor de la Reina, que es el ídolo del rey nuestro señor ” (Diálogo, 256). Una preferencia que no hizo mucha gracia a Villalobos, como bien se refleja en una de sus supuestas o reales conversaciones con grandes, en la que educadamente le desacredita; el noble pregunta: “ purgais y sangrais como el doctor de la Reina: ¿qué os falta a vos para ser un doctor de la Reina? ”; a lo que responde Villalobos: “ No me pongo yo agora en comparaciones con otro ninguno; mas mucha diferencia va del purgar y sangrar hecho sabiamente al que se hace fortuitamente ” (Castro, 445). Este doctor de la Reina es el bien conocido Hernando de Abarca Maldonado, catedrático de Salamanca y médico de cámara desde al menos 1512. REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research Vol XVIII nº1 (49-56) 2015 Figura 1.- Página del Sumario de la medicina (1498).
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 50 ROJO VEGA, A Desde Zaragoza, 23 de noviembre de 1518, menciona a un nuevo médico, al pedir al condestable “ mande al Licenciado de Almazán que me escriba cómo le va en vuestra casa, porque hay un señor en esta Corte que me mata por que le saque de ahí y le lleve a la suya ” (Fabié CC, 22-23. Por las fechas, siguiendo a Iborra, debería de tratarse de Francisco de Almazán, ya doctor y físico de sus majestades desde 1522 (Iborra, 202). En 23 de junio de 1530, el doctor Escoriaza 5le envía su opinión sobre los Problemas que Villalobos ha tenido la gentileza de remitirle, “ Yo he visto los problemas y los otros tratados que vuestra merced me envió ” (Castro, 459); encomiándole el vitoriano su brevedad, llaneza y sutileza, al tiempo que solicitándole la destrucción de la misiva una vez leída ¿para que no se supiese que se carteaba con un judío?: “ Y porque esta carta se escribió depriesa [...] recibiré gran merced que luego sea rasgada, porque no venga a noticia de los que no son tan amigos míos ” (Castro, 459). En los Problemas (1543), habla también del doctor Torrellas, médico del rey, que se moría de envidia de ser tan sabio como el doctor de la Reina (Castro, 444) y tan gracioso como Villalobos, “ Y de mí también tiene invidia porque huelga el Rey de hablar conmigo, y un día, riendo su alteza mucho de un cuento que yo le contaba de las damas, no lo pudo sufrir Torrellas, y dijo al Rey: Yo, señor, soy doctor y maestro, y como me doy a las cosas de la especulación, no me curo destas gracias, que son cosas de chocarreros ” (Castro, 445; Problemas, fo. XXXVI). No consta la existencia de ningún Torrellas como médico de cámara en la época en que se editaron los Problemas , pero teniendo en cuenta que Villalobos se refiere al rey y no al emperador, la anécdota podría ser llevada más atrás de 1516, año de la muerte de Fernando el Católico, en cuyo caso el Torrellas mencionado podría ser o bien Gaspar (1452-1520), o bien Jeroni Torrella (c.1450-p.1508); el primero, médico de Alejandro VI y Julio II entre sus ilustres asistencias conocidas (Diccionario II, 356-8), y el segundo, su hermano, catedrático de la Universidad de Valencia y examinador de médicos en 1502 (Diccionario II, 3589); ambos con obra escrita. En Rioseco, 13 de agosto de 1546, da su opinión personal al duque don Manrique de Lara sobre los médicos que ha decidido tomar para que cuiden de su salud. Opinión positiva del doctor del Águila, “ de que he holgado mucho, por la buena relación que oí de su doctrina y su juizio ” (Fabié CC, 152); y negativa del doctor León, “ mas dixéronme también que había requerido al Doctor León, que tiene la cátedra de Alcalá, y desto me pesó mucho ” (Fabié CC, 152). De acuerdo con Villalobos, era médico de mala convivencia con otros médicos, sobre todo si se atrevían a opinar algo diferente de lo suyo, “ es hombre que por sostener una opinión, es poco para él matar todos los enfermos de una otoñada ” (Fabié CC, 152), “ trae debaxo de la loba un bracamarte, y en disputando con alguno nunca quita la mano de la empuñadura ” (Fabié CC, 152). Asustaba hasta dando clases desde la cátedra, con su comportamiento de loco furioso: “ Yo le vi leer una vez a los escolares, y era tanto el hervor y el açeleramiento con que leia, que no pudo sufrir el angostura de la cáthedra, y apeose de ella en mi presencia y vínose con tan desordenado ímpetu, que me hizo temblar la paxarilla en el cuero [...] tanto era el esgrimir de los braços que unas vezes corria y otras saltava con los ojos salidos afuera, echando espumas por la boca ” (Fabié CC 152-3). El doctor del Águila referido es Juan del Águila, médico de cámara desde 1540 (Iborra, 205), uno de los profesionales más brillantes de su siglo, según el doctor Lobera de Ávila en su Regimiento (1551), “ médico de la cámara del esclarecido príncipe nuestro señor ”, compañero de fatigas de Dionisio Daza Chacón en Flandes en 1545 (Hernández Morejón III, 278). Desde Medina de Rioseco, 18 de febrero de 1521, en carta a doña Francisca Sarmiento, carga contra el gusto que ha tomado el almirante de Castilla por los médicos catalanes: “ El Almirante tiene por muy buena grangeria traer de Cathalunia para Castilla fisicos como cuescos de alvericoques, y el cirujano ha de ser Figura 2.- Historia Natural de Plinio (1524) Figura 3.- Los Problemas (1543)
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 51 EL DOCTOR FRANCISCO LÓPEZ DE VILLALOBOS Y LAS CALENTURAS de Siçilia, y ha de cerrar todas las heridas con unos polvos de estornudar que tiene “ (Fabié CC, 62). Villalobos afirma que los castellanos tienen letras y experiencia, en tanto los catalanes solamente son “ excelentes mentirosos ” (Fabié CC, 62), que conquistan el favor del almirante por la vía de la astrología judiciaria y, tal vez, de la profecía, al estilo de Nostradamus, “ háles parecido poco mentir de lo pasado y de lo presente, y se pican todos de astrólogos para poder mentir largamente en todo lo que está por venir hasta que el mundo se acabe ” (Fabié CC, 63). Médicos catalanes como debió considerar a Falcón, a quien tuvo oportunidad de conocer en Montpellier, “ yo vi en Montpellier un físico que llamaban maestre Falcón, y era tan sordo que no podía oir campanas ni trompetas, y todos los que esordecian por todas aquella tierras se venían a curar con él, porque decían que conoscía bien la enfermedad ” (Castro, 423). Un Juan Falcón aragonés, decano de la facultad de medicina de Montpellier, a quien debemos, fundamentalmente, una puesta a punto de la cirugía de Guy de Chauliac, varias veces reeditada en castellano, desde un primer Inventario o collectorio en cirugía (Zaragoza, J. Coci, 1523). En 1525, 10 de Mayo, arremete desde Zafra contra Ponte, uno de los motivos de su abandono o expulsión de la Corte: “ el Emperador cree que no hay física, y por eso quando estava quartanario en Valladolid, envió a Villalobos a Estremadura y quedó Ponte por médico de los principales ” (Fabié CC, 159). Sobre su destierro, escribe al almirante, “ os notifiqué como yo determinaba de no estar en la Corte por físico, donde maestre Narciso era el caudillo de todos los médicos imperiales, mancebo italiano de muy pocas letras y muy poca experiençia, que ha pocos dias le conocimos moço de don Hernando de Castriote, y despues asentó de vivienda con maestre Luis [¿Lobera?], físico de su Majestad, y ahora exercita la prefatura y tiranía de la medicina, tan absolutamente que en la Cámara de su Majestad no entra ni sale otro médico sino aquel que le obedeçe en todos sus desvaríos ” (Fabié CC, 72); algo por lo que no pasaba Villalobos: “ yo le obedecería, porque soy más ruin que él, mas hacíaseme conçiençia lisonjear a un hombre de poco valor ” (Fabié CC, 72). El desfavor le empujó a Extremadura, tras dejar en una copla recuerdos al italiano, “ Al campo de Guadiana, / hondón de toda tierra, / vine huyendo de la guerra / de la natura italiana ” (Fabié CC, 75). Todavía en 1549 no se le había quitado la ojeriza de encima, “ como el dicho Ponte era hijo de un molinero, aprendió muy bien a llevar trigo al molino, y otras experiencias no / Asno ” (Fabié CC, 159). Asno y además borracho: “ ¿en qué pensais que trataba su padre después que dexó el molino? / Lino / Es verdad que trataba en lino, y las más de las noches, estando borracho, quemaba las manadas; y aún el señor su hijo, no está todas las horas en buen concierto / Cierto ” (Fabié CC, 159). Se conserva una carta de Carlos V al conde de Ribagorza por la que le recomienda su médico, el doctor Narciso, prior de Santa Cristina 6. En 1549, en Medina de Rioseco, su quehacer profesional estaba teñido de decepción, “ quando estaba la Corte en Valladolid, yo presumía que era el príncipe de la medicina, y así todos los doctores en nuestras juntas me tenían mucho acatamiento, y esto desde el tiempo de los Serenísimos Reyes Catholicos hasta el tiempo de la villa de Medina; adonde he venido a ser las hezes y el deshecho de toda la medicina ” (Fabié CC, 156). Definitivamente, había pasado de gran médico a bufón, sobre todo desde el momento en que le responsabilizaron de la muerte de la reina, “ Yo me contentaría de andar a la par con el doctor López, mas precédeme en el crédito la de Trueba, y la bruxa del patio, y la beata hechizera del hospital, y la saludadera de Santiago, y el hombre derrengado que cura el mal de hijada con el estiércol de ratones ” (Fabié CC, 157). Le hubiera gustado que como médico le guardasen cuando menos el mismo respeto que al joven médico López, pero nadie se fiaba ya de su saber, “ mandan que no se haga nada de lo quel doctor Villalobos dixere, porque ha de matar a la Duquesa como a la Emperatriz ” (Fabié CC, 157). Tiempos en que rumiaba la retirada definitiva de la profesión, antes de que le echasen a patadas de ella: “ Los doctores Alfaro, de Melgar y de Villalobos, ¿qué harán ahora sus mercedes? / Cedes / ¿Qué han dado sus Majestades al doctor Alfaro después de tanta vejez y fatiga? / Higa [...] Y el doctor de Melgar ¿qué quieren hacer del? Decidlo presto, acabad / Abad [...] ¿Y qué le han dado a Villalobos? / Lobos ” (Fabié CC, 158). Compañero de fatigas, Pedro Fernández de Melgar obtuvo la plaza de médico real en 1522 y murió en 1533 (Iborra, 202); se cita una “ Letra al doctor Melgar ”, en la que se habla de medicinas repugnantes como los compuestos de Rasis 7. Es protagonista, juntamente con otros de los nombrados, de dos capítulos de la Crónica de Francesillo, alias don Francés de Zúñiga, los titulados “ De como el emperador regañando adolesció en Valladolid, y de los que hizo regañar y regañaron con él ”, y “ De cómo el Emperador envió a llamar algunos médicos que dél curaban, y lo que les dijo ”. En el primero, según don Francesillo, el emperador, en medio de sus padecimiento, pedía “ azotad al doctor Melgar, que paresce labrador acusado por brujo, y jugad a la pelota con el doctor Alfaro, que paresce bragas de fray Juan Hurtado o religiosa con rija; y si el dotor en artes se agraviare, decilde que le tengo buena voluntad, y que no deje por eso de parescer algo deshonesto, y algodones de tintero o cebolla asada ” (Zúñiga, 27). Pullas y desprecios hacia los médicos de cabecera de los que no se libraba ni el todopoderoso Narciso: “ Dotor, pareceis mula rucia del prior de Guadalupe ” (Zúñiga, 27), el cual podía, no obstante, consolarse de lo suyo viendo el trato de Carlos V daba al mismísimo duque de Béjar: “ Duque, paresceis monja que se caga toda ” (Zúñiga, 27). Figura 4.- Comedia de Anfitrión (1544)
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 52 ROJO VEGA, A En el segundo capítulo, aparece el emperador llamando a los médicos de su persona ante sí y dirigiéndose a cada uno de ellos: “ Amigos médicos y criados míos, malditas sean vuestras medicinas, vuestros Galienos y Avenruices, porque la cuartana ha tenido y tiene en mi novenas; y vos, maestre Liberal, gesto de vizcaino con espiritus o de perra parida debajo de cama, ¿en qué esta mi mal ” (Zúñiga, 27). No hay noticia de este maestro Liberal. Como Liberal no supo qué contestar, pasó a Ponte: “ Macho rucio de fraile jerónimo, o cebolla mondada, ¿qué os parece? qué término tendrá mi enfermedad ”. Tampocó respondió y Francesillo, como burlón que era, nos asegura que el emperador, enfadado, mandó le tirasen rodando desde lo alto de la villa de Portillo: “ El emperador enfermo con enojo mando a este dotor que lo llevasen a Portillo, y lo echasen de arriba a rodar, y asi se hizo; y como este dotor fue rodando, no paró hasta un arrabal que abajo está, y como llegase recio, derribó dos hornos y media iglesia, y mató dos viejas y un niño ” (Zúñiga, 27). Melgar fue el tercer interrogado: “ Dotor, pareceis villana amancebada o loba vieja de judio pobre; maldito seais de Dios, vos y vuestras priesas que teneis en andar; ¿qué será de mi mal? ” (Zúñiga, 27). Todo lo iba oyendo el doctor y protomédico Alfaro, Miguel Zorita de Alfaro, médico real desde 1519 y fallecido en Toledo en 1539 (Iborra, 202), quien tampoco se libró del insulto imperial, ni de la pregunta: “ Alfaro, paresceis gallina cenicienta o dama vieja con lunar en la cara ¿qué me decís? ” (Zúñiga, 27). Ninguno supo, o se atrevió, a emitir un juicio acerca de la enfermedad del césar. La consulta terminó con una cuestión al doctor Narciso: “ Pues que sois estrólogo, hombre de buen saber en todo y en mapamundi ”, pero, en su caso, para inquirirle qué podía pasar en el pleito entre don Pedro de la Cueva y el conde de Siruela, su hermano, sobre la pretensión de Torregalindo. Tampoco supo, o se atrevió, Narciso a dar opinión acera de lo que le preguntaban, pero “ Su majestad, como toviese buena voluntad a este dotor, no le dijo más ” (Zúñiga, 28). En lo único que todos estaban de acuerdo, con vistas a la curación de la cuartana, era en que el emperador debía dejar Valladolid, lo cual se llevó a cabo el 20 de enero de 1524, día en que pasó a Tordesillas (Zúñiga, 28), población tan ligada a su madre la reina doña Juana la loca, para concertar las bodas de su hermana la infanta doña Catalina de Austria con el rey Juan III el piadoso de Portugal. En Tordesillas cesaron las fiebres. VILLALOBOS Y LAS CALENTURAS En un diálogo entre Villalobos, fray Martín y Bustamante, este último recuerda cómo en cierta ocasión Juan Osorio, señor de Mestajes, se dirigió a Villalobos, para contarle “ que él vivia el más del tiempo en Mestajes, que es una aldea suya muy ruin, y que adolescian de calenturas y de otros males él y su casa y sua labradores ”; y de cómo le había pedido “ que en tanto que venía algún físico, le diésedes alguna orden de lo qua había de hacer que aprovechase algo y no dañase, y dístele por escrito una regla con que curaba por toda aquella tierra ” (Diálogo, 254). El señor de Mestajes se convirtió durante un tiempo, gracias a la receta de Villalobos, en el sanador de tercianas y cuartanas de toda una comarca. Las fiebres palúdicas, endémicas en toda la península, parecen haber sido una de las enfermedades que más más interés despertaron en el zamorano, probablemente por ser las más comunes, o una de las más comunes patologías 8. Incluso llegó a escribir un tratado o tratadillo sobre ellas “ yo os certifico que lo vio el otro dia escripto un doctor que vos conosceis ” (Castro 436); algo similar al De potentia vitali que los impresores españoles no le querían editar, porque “ los impresores de España no quieren imprimir libros de latin si el mismo autor no pone la costa de su casa ” (Castro, 439). No monograficamente, como pudieron haber sido consideradas en el supuesto tratado, se refiere a ellas en el Sumario, en el “ Libro quarti fen j de las fiebres ”9, concretamente en el “ Capítulo de putredine que es el podrimiento de los humores ”, base de partida de toda la teoría que sobre fiebres intermitentes manifestará a lo largo de su vida y en distintos trabajos. Su etilología sería la putrefacción de los humores por malos Figura 5.- Congressiones (1514) Figura 6.- Los Problemas (1550)
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 53 EL DOCTOR FRANCISCO LÓPEZ DE VILLALOBOS Y LAS CALENTURAS manjares, “ y del vapor putrido un vapor emana / que va al coraçon do la fiebre se afina / y si es melancolico hazen quartana / pero si es de colora [cólera] haze terciana ”. Su sede estaría en las venas alejadas del corazón, por cuanto de estar los humores corrompidos en su proximidad se generaría otra fiebre diferente denominada causón. Su cura, según Villalobos, la que debió entregar por escrito al señor de Mestajes, sería esta: en las tercianas de cólera pura, durante el acceso febril refrigerar al enfermo, purgarlo con jarabe acetoso y aplicarle un enema, algo que nuestro médico hará, como se verá más adelante, tratando al conde de Benavente. Una vez limpio el cuerpo, quitar los últimos restos de humores putrefactos con una segunda purga de cañafístula, mirabolanos, ruibarbo y tamarindos; añadiendo turbit si hubiese flema mezclada con la cólera. Terminar con sangrías si lo pide la ocasión, viniendo ésta indicada por el aspecto orina: sangrar cuando fuere gruesa y no sangrar cuando ligera. La cuartana, con dolor de bazo, procedería de la melancolía, mezclada o no con los restantes humores, indicando las orinas rojas la participación de la sangre, la falta de sudores la de la flema, y los escalofríos la del cólera. La cura de la cuartana es, así, diversa, dependiendo del humor patógeno colaborante. En la de componente sanguíneo, aconseja primero una dieta de pollo y borrajas, con un purgante suave en forma de jarabe de epitimo y cañafístula, acompañado de un ungüento confortativo para el estómago, seguida de un purgante más potente confeccionado con mirabolanos indos, epitimo, lapislazuli, y eléboro negro, y de la aplicación a la zona del estómago de ungüento estomaticón, y a la del bazo de ungüento desopilativo; también menciona el empleo secundario y ocasional de tisana y triaca magna. El problema teórico fundamental de este tipo de fiebres, el por qué se reproducen y cesan cada tres o cuatro días, es explicado a don Esteban de Almeida, obispo de Astorga, “ porque ha muchos días que está dudoso en esta cuestión, y dice que no ha hallado quien le satisfaga en ella ”. Tras la consabida coplilla, “ ¿Por qué viene la terciana / Sencilla al tercero día / Y responde la cuartana / Al cuarto día con gran porfía? ”, y en un diálogo ficticio entre él y su discípulo, el licenciado Acevedo, “ Y será el que pregunta un discípulo mio que llaman Acevedo, et yo seré el respondiente ” (Castro, 434), vuelve al asunto de la causa, humores expulsados por las venas, “ que lo lanzan y echan fuera de sí, como cosa disconveniente y mala ” (Castro, 434; Diálogo, 258); que corren por el cuerpo y los miembros “ hasta parar en alguno dellos que tenga capacidad y vasija en quien quepa, y que no tenga fuerzas para defenderse dél y echarlo fuera ” (Castro, 435; Diálogo, 260), donde tendría lugar la putrefacción y el encendimiento de la fiebre. Este sería el mecanisno, el origen cólera podrida para la terciana continua y melancolía podrida para cuartana continua (Castro, 435; Diálogo 262). Bien, pero ¿por qué una cada tres días y otra cada cuatro?, porque cada cuerpo corruptible tiene su tiempo y plazo de corrupción, de manera que “ vemos que la carne de vaca dura en verano dentro de la despensa ocho días sin dañarse, y otro tanto diremos del pavo y de la grúa; [y] el perdigón no dura un día entero (Castro, 435-6; Diálogo, 263). Las cuartanas son cada cuatro días porque la melancolía, al ser gruesa y terrestre, tarda ese lapso en corromperse, en tanto la cólera, más delicada, se echa a perder antes. Por la misma razón, las tercianas se curan en unos seis meses, mientras las cuartanas castigan al enfermo durante dos y tres años (Castro, 436). Incluso más en ciertos casos señalados, como el de la condesa de Haro “ treinta años, como dicen que duraron a la santa condesa de Haro; y la causa que dan algunos maledicientes es que competía con la reina doña Isabel, y que tenía envidia porque la Reina tenía más parte del reino que no ella, y desto se le quemaba la sangre, y se le alargaba la quartana ” (Diálogo, 266). El tratamiento, como se ha visto, comenzaba por la dieta, que había se ser “ delgada siete días arreo, que no coma sino lechugas o calabaças o borrajas o espinacas guisadas con aceite y vinagre, y puede comer çiruelas pasas al principio y peras asadas, unas mançanas a la postre, y si fuere alguna persona flaca acostumbrada a tragar mucha carne en salud, porque no se desmaye le darás una presa de caldo de pollo con un cuartillo [de vino] o medio al comer y al çenar ” (Diálogos, 267), pasándose posteriormente a las purgas, ungüentos y sangrías, si estaban indicadas, arriba señalados. El propio Villalobos padeció en 1508 de tercianas, en una aldea camino de Medina del Campo (Fabié CL, 222): “ vomité, a punto de volverme loco, los restos de cuanto había comido. Siguiéronse grandes mugidos, eructos y ruidos como de macho cabrío; estrepitosa música que no cesó hasta que, exonerando completamente el vientre, dejé bien repleta la casa del rústico. Luego, levantándome con ayuda de los criados, me metí en la cama, y allí me acometió horrible frío y quebrantamiento de huesos, seguidos de una franca terciana que me obligó a trasladarme a Medina y apurar la farmacopea. Al fin escapé salvo, a Dios gracias ” (Fabié CL, 223). CASOS PARTICULARES Y LA TERCIANA DEL CONDE DE BENAVENTE. En las cartas castellanas de Villalobos hay una referencia a tercianas padecidas por la duquesa de Medina de Rioseco, esposa del almirante de Castilla: “ Viniéronle a su Senoría unas terçianas antes que pariese, y con el buen parto que huvo y la gran purgacion, no fue menester hazelle cosa de medicina, sino curalla con sus caldos como a parida, y asi se le quitaron las tercianas ” (Fabié CC, 157). Un episodio del que fue dejado al margen, expulsado: “ no se haga nada de lo quel doctor Villalobos dixere, porque ha de matar a la Duquesa como a la Emperatriz ” (Fabié CC, 157). En cuestiones de tercianas, cuartanas y partos, la figura del zamorano había quedado apartada para siempre de la Figura 7.- Escudo de armas de los Abarca
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 54 ROJO VEGA, A medicina práctica; tanto que para esta ocasión llamaron a Rodríguez, seguramente el doctor Hernán Rodríguez, catedrático de la Facultad de Medicina de Valladolid, “ como yo no era bastante para tanto como esto, fue llamado Rodríguez ” (Fabié CC, 157). Pero sí fue rey de las fiebres intermitentes en sus años mozos, como en 1507, cuando informaba al doctor Moros, “ ni el Conde tiene mejoría ni quiere tenerla; y aunque en él hay superabundancia de humores, de que convendría librarle, nada veo aquí más superfluo que el médico. Deléitase tanto en ir contra los preceptos de Hipócrates, que, como suele decirse, deja cortado el puente a sus espaldas para no conservar esperanza de huida o de vuelta; pues cuando la fiebre se le agrava con sus excesos, consumiéndole hasta ponerle a las puertas del infierno, ni se duele, ni se avergüenza, ni se arrepiente de haber violado los preceptos de los médicos y dado coces contra el aguijón, sino que por el contrario exclama ¡Qué ardentísimo y qué infernal fuego! ¡Falsísimo Hipócrates y miserable meretriz Avicena! Y continúa en voz alta sus lamentaciones ” (Fabié CL, 206). El conde de Benavente fue uno de sus mas allegados e indisciplinados pacientes, un tercianario que no solamente hacía caso omiso de Villalobos cuando le apetecía, sino que se automedicaba: “ Por qué afirmas tú, miserable perra sarracena [Avicena], que la víbora es dañosa? Háganme al punto un caldo de ellas, que por Dios vivo, voy a bebérmele ” (Fabié CL, 206). Gracias a su larga y estrecha relación, sabemos que el conde padecía en 1518 de almorranas e infecciones génito-urinarias, si no de enfermedades venéreas, “ Esta es de almorranas, porque me cupiese a mí la más ruín parte; mas ninguna envidia tengo a su amiga, porque nunca está con ella una hora que no venga en escocimiento de orina por un día. Él se disculpa mucho a su amiga, y júrale que no es escocimiento de orina sino potra [hernia inguinal], porque todos los nublados le hazen mal ” (Fabié CC, 22); y sabemos también que en 1525, arrojado de la Corte, acudió a él buscando protección, “ yo fui personalmente a visitar al Conde de Benavente, que a la sazón estaba enfermo ” (Fabié CC, 71), para ser rechazado, “ la misma consolación hallé en casa del Conde de Benavente, y entonces dixe como San Pablo: Pues que estos judíos a quien principalmente somos venidos, no nos quieren recibir, vamos en busca de los gentiles ” (Fabié CC, 73); con todo, 1528 es la fecha propuesta por Fabié para una epístola enviada desde Monzón que su relación con el conde continuaba en dicha fecha, “ anda muy fatigado de sus pasiones, y ya tiene dos sangrías aparte; yo no estoy sin reçelo que se le ha de hazer alli alguna mala cosa, porque lo tiene muy enconado ” (Fabié CC, 111); pero, como se ha dicho, la epístola no lleva data. En sus tiempos de buena amistad, ocurrió un episodio que, narrado en los Problemas , es una de las páginas más divertidas de la medicina española, “ lo que os acaesció con el conde de Benavente cuando le mandastes echar una ayuda ”, es decir un enema. Una imagen extraordinariamente vívida de la manera como los nobles renacentistas pasaban sus enfermedades y de cómo trataban a médicos y criados. Andaba el conde con unas tercianas muy recias, que le tenían enfurecido, tanto, que se entretenía, o vengaba, haciendo mal a sus criados: “ Tenía siempre a la cabecera una ballesta armada con un virote jostrado, y cuando algún paje le enojaba mandábale volver de espaldas y poner sobre las caderas una almohada de seda; y aun [que] la condesa proveyó en que aquellas almohadas fuesen bien rrellenas de lana, porque quedaban lisiado algunos pajes con la ballesta; entonces él tiraba al almohada, y el paje daba un grito y saltaba de allí acuyá como un gamo. Desto había gran placer el Conde ” (Castro, 447). Estudiando a su señoría, Villalobos observó que llevaba seis días sin defecar, lo que le llevó a recomendarle el famoso enema: “ Querría, cuanto a lo primero, que tomase vuestra señoría una ayuda ”; para recibir por contestación del doliente: “ Tomadla vos por mí; yo os hago donación de ella ” (Castro, 447). Tuvo que valerse de los frailes que acompañaban al conde en su dolencia y de la condesa para que finalmente accediese a lo que le recomendaba según arte, eso sí, con algunas condiciones: “ primeramente el cañutillo ha de ser nuevo y de plata, y la vejiga nueva, porque yo me pico de hombre limpio, y no me fio de la limpieza de los otros cañutillos. Lo segundo es, que me la eche María Rodríguez, la dueña de Martín de Sosa, y ha de venir perfumada con las pastillas de la Condesa, y vestida con el sayuelo de terciopelo negro con sus cintas amarillas. Lo tercero es, que yo me tengo de poner sobre las rodillas y sobre las manos a manera de perro, y a los pies de la cama donde yo estuviere, han de estar dos hachas encendidas en dos blandones, por que la dicha doña no diga: No lo vi, si lo vi ” (Castro, 447). El conde era un personaje avieso y malicioso y, ya de puesto, quería obtener de sus males la mayor diversión posible. No solamente quería que la pobre mujer viese con absoluta claridad sus partes pudendas para ruborizarla hasta el nacimiento del cabello, para hacerla pasar una de las mayores vergüenzas de su vida; sino que, la exigió que llevase sus ropas de gala, las mejores que tenía y parte importante de su hacienda, para que a la vergüenza susodicha se uniese el miedo a mancharlas irrecuperablemente. Dio comienzo la operación y al llegar la cuitada, el conde, burlón, preguntó: “ Mirad, María, si está bien descubierto lo que es menester ”, a lo que la ruborizada dueña respondió: “ Señor, y aún lo que no es menester ”. Dicho lo cual, por algo que no había previsto, el tiro salió por la culata del desalmado, y Figura 8.- Reunión de médicos
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 55 EL DOCTOR FRANCISCO LÓPEZ DE VILLALOBOS Y LAS CALENTURAS nunca mejor dicho. María no tenía experiencia y comenzó a actuar sin esperar a que se redujese la temperatura de las infusiones introducidas en el interior del clíster, las cuales comunicaron su calor al canutillo de plata, calentándole en tal medida que, cundo tocó con él el punto sensible “ hizo dar un salto al Conde con los quatro pies, y con un grito iba diciendo: ¡Oh, pese a tal con la puta vieja, que me ha metido un asador ardiendo por el obispillo! Reniego de la leche que mamé, puta vieja; ¿pensábades que era yo perdiz? ” (Castro, 447). Y no solamente eso. Simultáneamente, la desgraciada, con los nervios, había roto la vejiga, derramando todo el contenido del enema sobre la cama. En un instante desapareció, luego se supo que había bajado corriendo a esconderse en la bodega. En un instante la habitación de su señoría y todo el palacio quedaron desiertos, despoblados, con el conde en la cama a cuatro patas, abandonado sobre un fangal de hierbas cocidas malolientes: “ parose la cama como un charco de cieno, la mas abominable cosa del mundo [...] los pajes y camarero huyeron todos, cada uno por su parte; la condesa y sus mujeres, como les llegó el rebato, pasaron a su cuarto a oir misa, y esto todo se hizo en [lo que se tarda en rezar] un credo ” (Castro, 447). Al fin hubo de ser uno de los administradores, un contador viejo, el primero que llegase a admirar la lamentable situación de su señoría, puesto que Villalobos también había desaparecido, prudentemente, como los demás, de aquellos contornos: “ me vino al pensamiento que el Conde era muerto de algún desmayo; y quedara yo bonito, porque todos pensaran que le había echado allí algunas yerbas malas ” (Castro, 447). No son vanos los temores sobre sus “yerbas”, visto que en el caso de la cuartana propone, junto con otros simples farmacológicos, el eléboro negro, la hierba ballestera con cuyo jugo se emponzoñaban las saetas destinadas a la caza mayor, una planta sumamente tóxica, con efectos similares a los de la digital. Él sabía de los peligros de sus yerbas, por eso al hablar de sus recomendaciones contra la cuartana, ya en el Sumario de 1498, avisa: “ ternas tino entero en mezclar la purga si fueres discreto ”10. Un tino que pudo faltarle cuando le acusaron de haber matado a la reina, precísamente, con unas hierbas. El contador era famoso en la casa por su lenguaje zafio y avillanado, una de las razones y virtudes que habían animado al conde a contratarlo (Castro, 447); así, cuando entró en el aposento y oyó a su amo decirle que le limpiase el trasero, le respodió: “ más quisiera focicar en la mujer del trapero ” (Castro, 448). Daban tanto asco los posteriones condales y el potaje de hierbas sobre el que se mantenía a estilo perro, que el contador prefirió marcharse. “ ¿A do vais, viejo ruin? ”. “ A llamar dos o tres triperas que vos sepan alimpiar, que yo non me atrevo ni sé por do comiençe ” (Castro, 448). Las triperas eran las que limpiaban las tripas de los animales para que quedasen listas para la charcutería, blanqueaban los callos, etc. Poco a poco fueron regresando todos, criados, condesa y médico, poniéndose en marcha el aseo del conde y el vaciado del tocador de su esposa, derrochándose un dineral de olores y perfumes, “ no se puede creer lo que se despendió en agua rosada y de azahar y aguas almizcladas para bañarse ” (Castro, 448). Al final el enema no fue necesario. La naturaleza tomó cartas en el asunto y sin necesidad de medicamento alguno obró sobre el paciente, el cual “ rompió en muchas cámaras [deposiciones] coléricas, y nunca más le vino la terciana ” (Castro, 448). Oportunidad al conde de pensar: ¿para qué necesito a Villalobos?. BIBLIOGRAFÍA ✒Alonso Cortés, N. “Dos médicos de los Reyes Católicos”, separata de Hispania, XLV. ✒Antolínez de Burgos, J. Historia de Valladolid, Valladolid: Grupo Pinciano, 1989. ✒Arrizabalaga, J. “Francisco López de Villalobos (c.1473-c.1549), médico cortesano”, Dynamis, 22 (2002) 29-58. ✒Baranda, C. “Las cartas de Francisco López de Villalobos: redes sociales, origen converso y solidaridad vertical”, Librosdelacorte.es, nº 5, año 4, otoño-invierno 2012, pags. 9-30. Figura 9.- Medicina y lapidarios Figura 10.- Las regiones del mundo según Villalobos (1524).
REVISTA ESPAÑOLA DE INVESTIGACIONES QUIRURGICAS Spanish Journal of Surgical Research 56 ROJO VEGA, A ✒Castro, A. Curiosidades Bibliográficas. Colección escogida de obras raras de amenidad y erudición, con apuntes biográficos de los diferentes autores, Madrid, M. Rivadeneira, 1855. ✒Fabié, A M. Vida y escritos de Francisco López de Villalobos, Madrid: M. Ginesta, 1886. ✒Fabié, A M. Algunas obras del doctor Francisco López de Villalobos, Madrid, M. Ginesta, 1886. ✒GarcÍa del ReaL, E. Etudio preliminar al Sumario, Madrid: J. Cosano, 1948. ✒Gaskoin, G. The medical worksof Francisco López de Villalobos, the celetrated court physician on Spain, now first translated, with commentary and biography, Londres: Churchill & Sons, 1870 ✒Granjel, L S. Vida y obra de López de Villalobos, Salamanca: Universidad, 1979 ✒Granjel, L S. Francisco López de Villalobos. Sumario de la medicina (1498), Salamanca, Universidad, 1998 ✒Hernández Morejón, A. Historia bibliográfica de la medicina española, repr., t. III, Nueva York, 1967. ✒Iborra, P. “Historia del Protomedicato en España (1477-1822)”, Valladolid, Universidad, 1987. ✒Jiménez Muñoz, J M. “Salarios de médicos y cirujanos (I) (Nóminas de Corte 153-1600)”, Asclepio, XXXIII (1981) 315-334. ✒López de Villalobos, F. El sumario de la medecina. Con un tratado sobre las pestiferas buuas, Salamanca: A. Barreda, 1498 - Congressiones: vel duodecim principiorum liner nuper editus, Salamanca: L. Liondedei, 1514. - Glossa litteralis in Primum et Secundum naturalis historie libros, Alcalá: Miguel de Eguía, 1524. - Libro intitulado Los problemas, Zamora, J. Picardo, 1543 - Libro intitvlado los Problemas, Sevilla, Hernando Díaz, 1574. - Diálogo de Villaobos y su criado, en Fabié, libro citado arriba, pag. 253-267. ✒Rico Avelló, C. “Los médicos de Felipe II”, Medicamenta, XV, 193 (1951) 35-38. ✒Subiza, E. “Los médicos de Felipe II. Aportación a su estudio”, Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina, VI, 3 (1954) 377-390. ✒Tremallo, B S. Irony and Self-Konowledge in Francisco López de Villalobos, N.Y.-London: Barland, 1991 ✒Zúñiga, F. “Crónica de don Francesillo de Zúñiga”, en Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, Rivadeneyra, 1855, pag. 9-55. NOTAS DEL AUTOR 1. Catedrático de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Valladolid. c/ Ramón y Cajal, 7; 47005 Valladolid. r[email protected] Instituto de Historia de la Ciencia Rodrigo Zamorano. Las imágenes han sido tomadas de Wikipedia y de ediciones insertas en Googlebooks, Gallica y BDH 2. Añadir ROJO VEGA, A., “El doctor Villalobos: de niño judío a converso burlador”, Revista Iberoamericana de Cirugía Vascular (en prensa). 3. CABEZUDO ASTRAIN, J. “Médicos y curanderos zaragozanos en el siglo XV”, Archivos Hispano Americanos de Historia de la Medicina, VII, 1 (1955) 119-125. 4. Índice de la colección de Don Luis de Salazar y Castro, tomo I, Madrid, 1949, pag. 541. 5. Una breve biografía sobre Hernando López de Escoriaza en Diccionario Histórico de Médicos Vascos, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1993, pags. 123-125, firmada por mi. 6. Índice de la colección de Don Luis de Salazar y Castro, tomo IV, Madrid, 1950, pag. 395. 7. VOSTERS, S.S. Antonio de Guevara y Europa, Salamanca, Acta Salmanticensia, 2008; pag. 465. 8. ROJO VEGA, A., Enfermedades hospitalarias en la España interior del siglo XVII, Medicina & Historia, 4ª época, 1, Barcelona, Uriach, 2000. 9. La obra no lleva paginación, ni foliación. 10. Como se ha indicado antes, el Sumario no está