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Alonso Fernández de Avellaneda (Baltasar Navarrete), Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (edición)

Blasco Pascual, Francisco Javier

Abstract

Producción Científica

Full text

ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA (Baltasar Navarrete) SEGUNDO TOMO DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA Edición de Javier Blasco BIBLIOTECA CASTRO FUNDACIÓN JOSÉ ANTONIO DE CASTRO BIBLIOTECA CASTRO Ediciones de la F U N D A C Ó N JOSÉ ANTONIO DE CASTRO Presidente JUAN MANUEL URGOITI Vicepresidente TOMÁS MARÍA TORRES CÁMARA Vocal-Secretario SANTIAGO RODRÍGUEZ BALLESTER BIBLIOTECA CASTRO Dirección SANTIAGO RODRÍGUEZ BALLESTER Director Literario DARÍO VILLANUEVA (Catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela) Queda prohibida cualquier forma de reproducción total o parcial de la presente obra sin la autorización expresa y escrita de la Fundación José Antonio de Castro, titular del «copyright>>, extendiéndose la prohibición al tratamiento informatizado de su contenido y a la transmisión del mismo, en todo o en parte, y para cualquier fin y por cualquier medio, ya sea electrónico 1 mecánico, fotocopiado o por otros sistemas de reproducción de textos, fotografías o grabados. © edición FUNDACIÓN JOSÉ ANTONIO DE CASTRO Alcalá, 109Madrid 28009 www.fundcastro.org ISBN: 978-84-96452-34-3 DEPÓSITO LEGAL: M. 24.932-2007 F ÍNDICE GENERAL INTRODUCCIÓN . . . . .. . . .. . . . . .. . . .. . . .. . . . . . . . .. . . . .. . . . .. . . . .. . . .. . . . . . . .. . . . . . . XIII SEGUNDO TOMO DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, QUE CONTIENE SU TERCERA SALIDA Y ES LA QUINTA PARTE DE SUS AVENTURAS ................................... . Textos preliminares . . .. . . .. . .. . . . .. . . .. . . .. . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . .. . . . . 5 Al alcalde, regidores y hidalgos de la noble villa del Argamesilla de la Mancha, patria feliz del hidalgo caballero don Quijote, lustre de los profesores de la caballería andantesca ............................................... 6 Prólogo .......................................................................... 7 QUINTA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUITOTE DE lA MANCHA CAPÍTULO PRIMERO De cómo don Quijote de la Mancha volvió a sus desvanecimientos de caballero andante, y de la venida a su lugar del Argamesilla ciertos caballeros granadinos .................................... .-..................................... 13 CAPÍTULO!! De las razones que pasaron entre don Álvaro Tarfe y don Quijote sobre cena, y cómo le descubre los amores que tiene con Dulcinea del Toboso, comunicándole dos cartas ridículas,· por todo lo cual, el caballero cae en la cuenta de lo que es don Quijote. 2 3 VIII ÍNDICE CAPÍTULO JI! De cómo el cura y don Quijote se despidieron de aquellos caballeros, y de lo que a él le sucedió con Sancho Panza después de ellos idos . . . . . .. . . .. . . . . . .. . . . . . . 3 5 CAPÍTULO IIII Cómo don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, salieron tercera vez del Argamesilla, de noche, y de lo que en el camino de esta tercera y fumosa salida le sucedió . .. ... .. .. ... .. .... ... .. . ... .. . . .. ... . .. .. . .... .. 4 3 CAPÍTULO V De la repentina pendencia que a nuestro don Quijote se le ofreció con el huesped al salir de la venta .................................... ~..................................... 55 CAPÍTULO w De la no menos extraña que peligrosa batalla que nuestro caballero tuvo con una guarda de un melonar que él pensaba ser Roldán el Furioso . .. .. . ... . .. ... 6 1 CAPÍTULO VII Cómo don Quijote y Sancho Panza llegaron a Ateca, y cómo un caritativo clérigo, llamado mosén Valentín, los recogió en su casa, haciéndoles todo buen acogimiento ...... ..................... ..... .......... .... .... ............ 7 3 CAPÍTULO WII De cómo el buen hidalgo don Quijote llegó a la ciudad de Zaragoza, y de la extraña aventura que a la entrada della le sucedió con un hombre que llevaban azotando .. . . .. . . .. . . . . .. . . . . . . . .. . . . .. . . . ... . . .. . . . . . .. . . . . . . . .. . . . . 8 3 CAPÍTULO WIII De cómo don Quijote, por una extraña aventura, fue libre de la cárcel y de la vergüenza a que estaba condenado . . . . . . . ... . . .. . . . . . . . .. . . ... . . . .. . . . . .. . . . . . . . . . .. . . . .. . . .. . . . .. 9 3 CAPÍTULO X Cómo don Álvaro Tarfe convidó ciertos amigos suyos a comer, para dar con ellos orden qué libreas que habían de sacar en la sortija . .. .. . .. .. .. .. .. .. . .. .. .. . .. .. .. .. .. . . 9 9 ÍNDICE CAPITULO XI De cómo don Álvaro Tarfe y otros caballeros zaragozanos y granadinos jugaron la sortija en la calle IX del Coso, y de lo que en ella sucedió a don Quijote. 1 o 7 CAPITULO XII Cómo don Quijote y don Álvaro Tarfe fueron convidados a cenar con el juez que en la sortija les convidó, y de la extraña y jamás pensada aventura que en la sala se ofreció aquella noche a nuestro valeroso hidalgo .............................................................. 121 SEXTA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUijOTE DE LA MANCHA CAPITULO XIII Cómo don Quijote salió de Zaragoza para ir a la corte del rey católico de España a hacer la batalla con el rey de Chipre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1 3 7 CAPÍTULO XIII! De la repentina pendencia que tuvo Sancho Panza con un soldado que, de vuelta de Flandes, iba destrozado a Castilla en compañía de un pobre ermitaño............................................................................ 149 CAPÍTULO XV En que el soldado Antonio de Bracamonte da principio a su cuento del rico desesperado .... .. . .... .. .. .. .. 1 6 1 CAPITULO XVI En que Bracamonte da fin al cuento del rico desesperado ....................................................... 175 CAPÍTULO XVII En que el ermitaño da principio a su cuento de los felices amantes .......................................................... 18 7 CAPITULO XVIII En que el ermitaño cuenta la baja que dieron los felices amantes en Lisboa por la poca moderación que tuvieron en su trato .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . .. .. .. .. .. 2 o 1 X ÍNDICE CAPÍTULO XIX Del suceso que tuvieron los felices amantes hasta llegar a su amada patria . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . .. . . . . . . .. .. . 2 1 1 CAPÍTULO XX En que se da fin al cuento de los felices amantes .. . 2 2 3 CAPÍTULO XXI De cómo los canónigos y jurados se despidieron de don Quijote y su compañía, y de lo que a él y a Sancho les pasó con ella .. ... . . . . . . . . . . . . . . . . . ...... .. . . . . . .. . . .. . . . . . . . . 2 3 1 CAPÍTULO XXII Cómo, prosiguiendo su camino don Quijote con toda s~ compañía, toparon una extraña y peligrosa aventúra en un bosque, la cual Sancho quiso ir a probar corno buen escudero . . . . . . . . . . ............ .. . . .. . . . .. .. . 2 3 9 CAPÍTULO XXIII En que Bárbara da cuenta de su vida a don Quijote y sus compañeros hasta el lugar, y de lo que les sucedió desde que entraron hasta que salieron dél ...... 2 51 CAPÍTULO XXIII! De cómo don Quijote, Bárbara y Sancho llegaron a Sigüenza, y de los sucesos que allí todos tuvieron, particularmente Sancho, que se vio apretado en la cárcel. 2 6 3 SÉPTIMA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUUOTE DE lA MANCHA ' CAPÍTULO XXV De cómo al salir nuestro caballero de Sigüenza encontró con dos estudiantes, y de las graciosas cosas que con ellos pasaron hasta Alcalá . . .. . ... . . . .. ... . .. . . . .. . . 2 s 1 CAPÍTULO XXVI De las graciosas cosas que pasaron entre don Quijote y una compañía de representantes con quien se encontró en una venta cerca de Alcalá ........ ....... 2 9 3 CAPÍTULO XXVII Donde se prosiguen los sucesos de don Quijote con los representantes .... . .... .... .. .. . .. .. . . .... .. .... ... .. . . .. .. .... .... 3 o 7 ÍNDICE CAPÍTULO XXVIII De cómo don Quijote y su compañía llegaron a Alcalá, do fue libre de la muerte por un extraño caso, y del peligro en que allí se vio por querer proXI bar una peligrosa aventura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . .. . . . . . . . . . . . 3 2 1 CAPÍTULO XXIX Cómo el valeroso don Quijote llegó a Madrid con Sancho y Bárbara, y de lo que a la entrada les sucedió con un titular . . . .. . .. . . . .. . . . . . . .. . . . ... . . . . . . . . . . . . . .. .. . . . . . ... .. 3 3 5 CAPÍTULO XXX De la peligrosa y dudosa batalla que nuestro caballero tuvo con un paje del titular y un alguacil .... ... 3 4 5 CAPÍTULO XXXI De lo que sucedió a nuestro invencible caballero en casa del titular, y de la llegada que hizo en ella su cuñado don Carlos en compañía de don Álvaro Tarfe .......................................................................... 353 CAPÍTULO XXXII En que se prosiguen las graciosas demostraciones que nuestro hidalgo don Quijote y su fidelísimo escudero Sancho hicieron de su valor en la Corte . . . 3 6 5 CAPÍTULO XXXIII En que se continúan las hazañas de nuestro don Quijote y la batalla que su animoso Sancho tuvo con el escudero negro del rey de Chipre, y juntamente la visita que Bárbara hizo al Archipámpano . . .. . . .. . . . 3 7 5 CAPÍTULO XXXIII! Del fin que tuvo la batalla aplazada entre don Quijote y Bramidán de Tajayunque, rey de Chipre, y de cómo Bárbara fue recogida en las Arrepentidas ........................................................................... 387 CAPÍTULO XXXV De las razones que entre don Carlos y Sancho Panza corrieron acerca de que él se quería volver a su tierra o escribir una carta a su mujer . ...... ... .... ..... ... ..... 3 9 7 1 11 j¡ XII ÍNDICE CAPÍTULO XXXVI De cómo nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha fue llevado a Toledo por don Alvaro Tarfe y puest? allí en prisiones en la Casa del Nuncio, para que se procurase su cura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . .. . . .. . 4 o 7 INTRODUCCIÓN En los inicios del otoño de 1614 y al amparo de un seudónimo (Alonso Femández de Avellaneda), salía de la imprenta un libro, titulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha. Este nuevo Quijote iniciaba su andadura sobre las pautas que Cervantes había anticipado en su creación original y, así, aprovechando ciertas palabras que Cervantes puso en el último capítulo del suyo («la tercera vez que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron») pretendía dar continuidad a la historia del caballero manchego a partir del punto en el que el alcalaíno la había interrumpido. No obstante, a ningún lector del primer Quijote, al encontrarse en las primeras páginas del nuevo libro a un personaje con el rosario en las manos y enfrascado en la lectura del Flos sanctorum, se le escaparía la transformación que el protagonista había sufrido en manos del autor de esta continuación apócrifa. El personaje de don Quijote, en el libro de Avellaneda, guarda en su memoria lo vivido por su homónimo cervantino y asume sus proyectos y sueños, pero su personalidad tiene escasos puntos en común con este. Aunque se llama también don Quijote, es un personaje muy distinto a aquel que Cervantes nos había dado a conocer: hace cosas diferentes a las que el primer don Quijote hacía y, sobre todo, está rematada y permanentemente trastornado, sin aquellos paréntesis de cordura y humanidad XX INTRODUCCIÓN el cuerpo a toda afectación, epíteto y sinónimo» (Gonzalo de Céspedes y Meneses); «La sintomía [sic] es asimismo notada por vicio [ ... ] Cométese cuando loando o vituperando se acumulan [ .... ] nombres que importan lo mismo, como si se dijese en alabanza: "Fulano es cortés, ... , es liberal, lo que tiene no es suyo"; o al contrario: "Fulano es avaro, es miserable, es estrecho y tenaz", que son todos sinónomos» (Cristóbal Suárez de Figueroa). Y, a estos, pueden añadirse nuevos ejemplos, tomados de Alonso López Pinciano, de fray Diego de Estella, de Paravicino, y de otros, entre los cuales citaré solo dos, que me parecen especialmente interesantes, en tanto en cuanto reflejan, respecto a los «sinónimos» (que «algunos vulgarmente dicen synónomos», según el Diccionario de Autoridades), una conciencia lingüística y estética muy cercana a la de Avellaneda: en Instrucción de predicadores, Francisco Terrones del Caño sentencia que «de lo dicho y probado se sigue, lo primero: que no se han de decir muchos sinónimos; basta un vocablo o dos para una cosa; en demás, si no hay sinónimos en el mundo [ ... ] Algunos hay muy usados como culpas y pecados, mercedes y beneficios, útil y provechoso, quieto y sosegado [ ... ] No hay sino guardarse dellos. El rey, que esté en el cielo, solía decir de cierto predicador, a quien gustaba de oír: "Fulano no·sabe más de un vocablo para cada cosa, pero es el propio". Parece que había leído lo de Quintiliano: propria verba. Síguese lo segundo: que mucho menos se han de decir en el púlpito» (Capítulo I, Tratado IV); y algo similar piensa fray Bernardino de Sahagún, quien, en el prólogo «Al lector» de su Historia general de las cosas de Nueva España, sentencia: «Otra cosa hay en la lengua que también dará desgusto al que la entendiere, y es de una cosa van muchos nombres sinónimoS>>. Como se puede observar, los sinónimos constituyen, en este momento, un tema debatido entre retóricos y preceptistas, con singular relevancia en todos los debates sobre el arte de la predicación. Frente a tantas citas (que solo representan una pequeña muestra), no hemos encontrado en la literatura de la época ningún testimonio que avale la lectura que Riquer hace del término «sinónomo» aplicado a nombres propios. Pero, además, Suárez Figaredo trae a colación otros textos del INTRODUCCIÓN XXI Guzmán apócrifo ( 1602), que sirven para documentar el valor de voluntario como "innecesario" o "excesivo", lo que le permite concluir que los atractivos «Ginés de Passamonte» y «Vicente de la Rosa» quizá no sean los «sinónomos voluntarios» de que hiciese «Ostentación» Cervantes. Parece claro, pues, a qué se· refiere Avellaneda en su Prólogo: distanciándose de Cervantes, renuncia al recurso de los sinónimos (por desaprobarlo, no por ignorancia) y evitará ofender a otros (porque no sabría cómo). Creo que Suárez Figaredo tiene razón y que, cuando Avellaneda le reprocha a Cervantes la ostentación de «sinónimos voluntarios», es el gramático competidor quien habla; no, el moralista. El abuso interpretativo, artificiosamente sustentado sobre el sintagma «sinónomos voluntarios» del prólogo de Avellaneda, invalida el principal de los argumentos que han orientado el estudio de la autoría del falso Quijote hacia jerónimo de Pasamonte. Es cierto que Cervantes, que con toda seguridad conoció la Vida de Pasamonte, lo caricaturizó en el personaje de Ginés de Pasamonte y lo convirtió en material importante de sus dos entregas del Quijote. De ello no hay duda alguna. También es cierto que Pasamonte es originario de una zona en la que el autor del apócrifo sitúa una parte de la acción de su novela. Pero pretender, por eso, converti~lo en Avellaneda es saltar al vacío con una red trenzada a partir de una inacabable serie de «hipótesis voluntarias» y exigir del lector una indefinida sucesión de actos de fe: Pasamonte debería de estar vivo en fechas posteriores a 1605 y, por supuesto, debería de haber leído el Quijote cervantino (y de ninguna de las dos cosas hay constancia); dada la amplia cultura latina y romance demostrada por Avellaneda y dado el carácter totalmente iletrado del Pasamonte de la Vida, entre 1605 y 1613 debería de haber hecho un curso acelerado de lectura rápida y otro de expresión verbal (y tampoco hay constancia de ello); por añadidura, para hacer todo lo XXII INTRODUCCIÓN anterior, pues en 1605 era ciego de un ojo («y perdí la vista del ojo derecho, que era el que más me servía») y del otro -según confesión propia- «era tan corto de vista» que «no me podía cocinar», antes debería de haber recuperado la vista (y de tal milagro tampoco hay constancia); finalmente, y sobre todo, a sus cincuenta y muchos años, debería de haber adquirido una conciencia lingüística que en la Vida no poseía, además de haber cambiado sus usos verbales (lo cual parece de todo punto imposible). Tampoco la insinuación cervantina, apuntando a Aragón como posible patria del falsario, resulta muy fiable, si antes no resolvemos varias cuestiones previas. Y, así, deberíamos ponernos de acuerdo en algo que resulta esencial: ¿conoció Cervantes la identidad de quien se escondía tras el nombre de Avellaneda? No lo podemos saber con certeza. Mayans creyó que lo llegó a identificar, pero cervantistas tan acreditados como Vindel (1937), Alberto Sánchez (1952: 325) ~ Rodolfo Schevill, lo ponen en duda con argumentos sólidos. Desde luego, parece claro que Cervantes tenía algunas sospechas al respecto ( (¿ n, caps. LIX, LXI, LXXI), pero sus continuas vacilaciones indican que, en 1615, no estaba en disposición de poner nombre a las mismas (Rojas, 1948; Sánchez, 1952). En primer lugar, las insinuaciones del Quijote de 1615, apuntando a Aragón como patria del apócrifo, siempre están puestas en boca de los personajes de la novela, en tanto que llama la atención que, por propia iniciativa, Cervantes no avale nunca a sus personajes ni en el prólogo de su libro (que presumiblemente fue lo último que escribió, antes de enviar el segundo Quijote a la imprenta, y que prácticamente se dedica en su totalidad a abordar la cuestión del imitador), ni en otros lugares en los que de nuevo se enfrenta con el tema del falso Quijote. Pudo hacerlo en la dedicatoria al conde de Lemos de las Ocho comedias y ocho entremeses, donde solo se lee lo siguiente: «Don Quijote de la Mancha queda calzadas las espuelas en su Segunda parte para ir a besar los pies a V. E. Creo que llegará quejoso, porque en Tarragona le han asendereado y malparado, aunque, por sí o por no, lleva información hecha de que no es él»; pudo hacerlo en el prólogo INTRODUCCIÓN XXIII de esta misma obra, donde, apelando al lector, le dice solamente: «Y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes»; y, finalmente, pudo hacerlo también en el Persiles. Pero no lo hizo. No tenemos ninguna certeza de lo que Cervantes quiso decir al calificar a su rival como aragonés (Carballo Picazo, 1960: 293). Desde luego, no hay ninguna seguridad de que Cervantes hubiera realmente identificado al autor del falso Quijote, lo que nos invita a poner en cuarentena la equívoca observación cervantina ( «ellengu~e es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos ... » [Q, II, 59, 1006]); observación que, desde luego, puede apuntar en una dirección muy distinta a la generalmente aceptada: por ejemplo, puede ser simplemente una forma de seguirle el juego a Av~llaneda, quien había trasladado la responsabilidad de su rdato a la persona ficticia de Alisolán, historiador aragonés; puede ser, como propone A. Sánchez (1952: 326), una forma cervantina de identificar la «rusticidad» caracterizadora del lenguaje en muchos lugares de la obra; puede ocurrír, como señala García Salinero (1967: 277-283), que la calificación de aragonés simplemente fuese en Cervantes un modo de «llamar a quienes no son castellanos» y de calificar -tanto en Cervantes como en Avellanedaa alguien como «falso», de acuerdo con el conocido refrán de Correas: «Aragonés, falso y cortés» (~arda Salinero, 1967), que Avellaneda demuestra conocer bien (véase la descripción que hace Bárbara del estudiante que la engaña; o finalmente puede, en su equivocidad,. contener una insinuación política, que hoy se nos escapa en su intencionalidad, pero que bien podría emblematizar la irrupción en la novela de ese soldado Bracamonte que, en el viaje de Zaragoza a la Corte, acompaña durante parte del camino a los dos protagonistas y cuyo apellido remite a una familia abulense señalada a finales del siglo XVI por sus vinculaciones con Antonio Pérez y las revueltas aragonesas de finales del siglo XVI (Marañón, 2002: 545), siendo este Antonio Pérez un personé!ie que, sin estar explícitamente mencionado (salvo XXIV INTRODUCCIÓN en el nombre de pila del soldado abulense), sobrevuela el texto del falso Quijote. Con todo, la patria aragonesa (sugerida por Cervantes) no puede ser definitivamente desdeñada. Ella puso a diferentes historiadores sobre la pista de nombres como el de fray Luis Aliaga, Alfonso Lamberto o los Argensola, todos ellos originarios de esa región. Salvo el caso de Alfonso Lamberto, yo no descartaría, en principio, a ninguno de los otros nombres, al menos hasta someter su obra a un examen comparativo con la de Avellaneda; como no descartaría a Liñán de Riaza, recientemente puesto en la órbita de Avellaneda por José Luis Pérez López (2005), en hipótesis que merece ser considerada. Tampoco descartaría -aunque estos no sean aragonesesa Tirso (una vieja apuesta de doña Blanca de los Ríos), ni a Cristóbal Suárez de Figueroa, introducido en el debate de la autoría del falso Quijote por Espín Rodrigo y, recientemente, por Suárez Figaredo, en ambos casos con planteamientos muy interesantes y dignos de consideración crítica. Pero me interesa ahora insistir en que, si Cervantes se atrevió a localizar en Aragón la patria del falsario, no fue, desde luego, por razones lingüísticas. A pesar de los esfuerzos críticos ge'nerosamente invertidos en probar la adscripción aragonesa de la lengua del Quijote de Avellaneda, nada sólido se ha podido demostrar al respecto. Hendrika C. A. Gevers y Fernando Navarro Domínguez, en el estudio lingüístico más extenso y minucioso de los que ha merecido . Avellaneda, llegan a afirmar que los rasgos aragonesistas perceptibles en el falso Quijote «no están en la obra porque se le hayan escapado al autor, sino que él los emplea intencionadamente» (Gevers y Navarro Domínguez, 2005: 112). De las conclusiones de su estudio podemos deducir que en el Quijote de Avellaneda existen aragonesismos, como existen arcaísmos, vulgarismos, coloquialismos, voces de germanía, italianismos o latinismos. Pero, al margen de que los cajistas catalanes pudieran también haber dejado su sello en el texto impreso, los aragonesismos detectables en Avellaneda -como los arcaísmos o las voces de germaníano son fruto involuntario y natural de alguien nacido en Aragón, sino un rasgo INTRODUCCIÓN XXV de estilo, plenamente voluntario, usado -entre otras razonespara dar verosimilitud a la elección de un historiador agareno (Alisolán). El autor se declara de Tordesillas, pero trabaja sobre un manuscrito aragonés. Esta ficción debería ser suficiente para poner entre paréntesis el valor de los supuestos dialectalismos aragoneses del texto del falso Quijote, porque la voluntad de lograr una cierta verosimilitud verbal en el habla de los personajes es muy grande. Gevers y Navarro Domínguez llegan a la conclusión de que «la tendencia general en Avellaneda es emplear formas "normales" al lado de formas que divergen del castellano de la época» (2005: 108), lo cual lo único que demuestra es que el autor, fuera quien fuera, posee una conciencia lingüística muy bien informada. Descartan rotunda y documentadamente que el autor del falso Quijote sea un autor aragonés descuidado, ya que los posibles aragonesismos no son fruto de la espontaneidad inadvertida, sino de la intención y de la premeditación. El texto demuestra claramente que el autor conoce la forma castellana correspondiente para la casi totalidad de las que supuestamente, en uno u otro momento, algunos críticos han considerado aragonesas (por ejemplo: pedir por 1 preguntar por; menudo 1 mondongo; hincar carteles 1 fijar un cartel; cantones 1 esquinas; amprar 1 pedirle prestado; malagana 1 indisposición; tomar la mañana 1 madrugar; rendir gracias 1 dar gracias), de la misma manera que conoce la forma castellana para la totalidad de la voces de germanía o para la totalidad de los arcaísmos que, en uno u otro momento y por una u otra razón, emplea. Por tanto, y teniendo en cuenta que Cervantes da muestras de no estar seguro de quién pueda ser su rival (o, cuando menos, no quiere dárnoslo a conocer), conviene ser prudentes a la hora de valorar los arcaísmos, aragonesismos o dialectalismos de cualquier tipo que se registran en el Quijote apócrifo. Tampoco, como ya se ha dicho, se puede suscribir la tesis de que, hallando en el Quijote de 1605 el «seudónimo voluntario» de un «ofendido» por Cervantes, habremos localizado a la persona que se esconde tras la máscara de Fernández de Avellaneda; ·y no se puede suscribir por la sencilla razón de XXVI INTRODUCCIÓN que dicha tesis se sustenta sobre una interpretación abusiva del mencionado sintagma. El enigma de la autoría del falso Quijote (que en absoluto es cuestión baladí, como muestra el lugar al que la crítica literaria ha llegado tras la «muerte del autor»), que durante siglos ha suscitado tantos desvelos, no se ha afrontado con el sentido común suficiente, hasta el punto de que historiadores con criterio, como Gómez Canseco, hablan de «cazadores de avellanedas» para referirse a tantos estériles esfuerzos como ha concitado el autor del falso Quijote. Y Canseco, como en tantos otros puntos, tiene razón. RETRATO DE AUTOR El falso Quijote, lógicamente, hubo de escribirse entre 1605 como fecha a quoy 1614 como fecha ad quem. En un ajuste fino todavía podríamos afirmar que, por referencias internas contenidas en el texto, se puede conjeturar que su redacción alcanza un momento crítico en torno a 1610: la expulsión de los moriscos aragoneses, mencionada en el primer capítulo, se concreta en 1610; en 1612 y 1613 se acuña el «real amarillo que no sabemos cuánto vale»; y las Novelas ejemplares de Cervantes, a las que se alude en el Prólogo, ven la luz en 1613. No son, pues, muy precisos los límites temporales para una identificación de Avellaneda. Y, aunque algunos han hecho especial hincapié en ellas, las referencias geográficas que ofrece el libro de 1614 tampoco nos ayudan mucho. Después de considerar atentamente los argumentos que en esta dirección se han barajado, en modo alguno me parecen sustanciales para concretar el perfil de la persona que se esconde tras la máscara de Avellaneda. En efecto, aquellos que defienden la autoría de Jerónimo de Pasamonte ponen el acento en la importancia que en la historia del falso Quijote cobra la comarca de localidades como Ateca, Ariza y Calatayud, pues en ella se ubica el pueblo de Ibdes, que vio nacer a Pasamonte. Sin embargo, antes de extraer cualquier otra conclusión, conviene tener en cuenta algunos INTRODUCCIÓN XXVII datos: en principio, las localidades mencionadas no aparecen en el libro por el capricho :qostálgico o chauvinista del autor, sino que, al hallarse en el camino real hacia Zaragoza, están prefiguradas ya, desde 1605, en el anuncio cervantino del viG9e de don Quijote a la ciudad del Ebro; en segundo lugar, el conocimiento que el autor demuestra tener de Alcalá o de Toledo no es inferior, ni menos preciso, que el que de su libro puede deducirse para Zaragoza y su provincia; finalmente, las referencias a otras zonas de .la geografía española no se limitan a las citadas: los «felices amantes» recorren una parte de Extremadura; Antonio de Bracamonte hace el elogio de Ávila (recurren temen te citada, por cierto); el ermitaño, fray Esteban, va camino de Cuenca; don Álvaro Tarfe viene de Granada y parece ir (posiblemente por descuido del narrador) a Córdoba; y, finalmente, no debe echarse en olvido que en el párrafo de cierre de la novela se anuncia una posible cuarta salida del caballero manchego («la vuelta de Castilla la Vieja»), que le llevaría a Valdestillas, a Salamanca, a Ávila y a Valladolid. Las referencias geográficas son tan vagas en todos los casos que no es posible decidir, en ningún lugar del texto, si un dato mencionado en el relato procede de una vivencia del autor o de una fuente libresca~· Curioso es un pasaje del falso Quijote, en el que vagamente se describe una pintura que representa el momento de la resurrección de Cristo ante «unos judiazos despavoridos». Algunos críticos han visto en la descripción de esta pintura una especie de firma. A partir de ahí, José Luis Pérez López cree haber identificado la mencionada referencia del texto de Avellaneda en un cuadro de Juan Correa de Vivar, localizado en el retablo mayor de la Colegiata de Torrijas (donde Liñán fue capellán), lo que le sirve para confirmar su atribución a favor de este escritor. Frente a la tesis anterior, Alfonso Martín Jiménez identifica el cuadro aludido por Avellaneda con la Sarga de la Resurrección de la iglesia de San Miguel Arcángel de Ibdes, y a partir de esta identificación «confirma» su tesis a favor de Pasamonte. Sin embargo, poco esfuerzo cuesta, a cualquiera que se lo proponga, localizar ejemplos alternativos sobre los que concretar la vaga descripción que nos ocupa: XXVIII INTRODUCCIÓN en el altar mayor del hospital de la Resurrección, el mismo del Coloquio de los perros cervantino, el rival de Cervantes pudo tomar como modelo para la mencionada descripción un cuadro de Pantoja Cruz, titulado «Resurrección», que hoy puede contemplárse en la sede de la Diputación de Valladolid y que juega con la misma composición y con los mismos elementos pictóricos que los anteriores. Y otro tanto ocurre con otra referencia de Sancho a un retablo de la Adoración de los Magos, pues estos retablos, como acertadamente afirma Gómez Canseco «eran muy comunes en la pintura religiosa de la época, especialmente en la pintura flamenca, de enorme éxito en España». Conviene ser prudentes, pues los datos puntuales en que se concreta la geografía del falso Quijote o son muy vagos e imprecisos, o están al alcance de cualquier escritor del momento medianamente informado. Muchos proceden, sin duda, de Luis Cabrera de Córdoba, pero la mayoría de ellos remiten a materiales de carácter mostrenco que la literatura, oral y escrita, había vulgarizado. Baste un nuevo ejemplo: el caso de la sortija que se corre en el Coso zaragozano muy bien puede proceder, por ejemplo, del Peregrino en su patria, donde Lope pinta una galería de retratos semejante a la que adorna los arcos triunfales de Avellaneda y la sitúa, también, en la calle del Coso en Zaragoza (Lope de Vega). Si es verdad que la geografía de la historia del Quijote de Avellaneda remite en una parte del libro a Aragón, las menciones de Alcalá o de Toledo son igual de precisas (o, mejor, imprecisas) y significativas que las aragonesas. Con todo, las · referencias culturales son principalmente castellanas. Interesante, aunque no puedan sacarse de ello conclusiones mayores, me parece la referencia del falso Quijote, en varias ocasiones, a Peranzules, en contextos en los que siempre forma serie con otros héroes legendarios de la historia de Castilla: «en los cándidos siglos del conde Fernán González, Peranzules, Cid Ruiz Díaz y de los demás antiguos». Peranzules, es la forma vulgar de nombrar al conde Pero Ansúrez, legendario fundador de Valladolid, único lugar de la geografía hispana del siglo XVII en el que adquiere sentido la serie de person~es citada por Avellaneda. Además, la conciencia lingüística, INTRODUCCIÓN XXIX tanto del narrador como de los personajes, es claramente castellana: «ya no se usan esos vocablos en Castilla», advierte nada menos que el morisco granadino Álvaro de Tarfe; y doña Luisa, en el relato del ermitaño conquense, avisa de estar «hablando a lo sano de Castilla la Vieja». Para el enigma de Avellaneda, a falta de un documento que certifique la autoría, «la guía más certera» sigue siendo el propio texto de Avellaneda ( Gómez Canseco, 2000: 4 7), porque sus páginas, nos permiten extraer algunos datos seguros para la elaboración de un perfil, al cual -si acertamos a leer su libro~ se debería ajustar la personalidad del incógnito autor. Mi recomendación no puede ser otra que la de escuchar lo que el libro nos dice respecto de su autor. Y, ciertamente, nos dice mucho: Notable conocimiento de la literatura del momento Necesariamente el autor del falso Quijote ha de ser una persona con un notable conocimiento de la literatura del momento, a la que además le gusta hacer alarde de una erudición (Ananías, Azarías, Misael, Anaxárete, Radamante, Diana de Éfeso, Policena, Dido, Lucrecia, Doralice, Medea, Eneas, Ulises, Belisario, Sardanápalo, Cayo Mucio Escévola, Clarindiana, Secano, Bucéfalo, Namur, Nuño Rasura, Laín Calvo, Heliogábalo, son --entre otras muchasalgunas de las referencias que salpican las páginas de su libro) digna del aplauso de preceptistas como el Pinciano. Es verdad que todos estos nombres remiten a materiales mostrencos y de acarreo, pero resulta igualmente cierto que la propiedad y la intención con las que los mismos se citan en cada caso ponen de manifiesto que el discurso se sustenta sobre una cultura notable (Gómez Canseco, 2000: 126-138). Además, la variedad y pluralidad de referencias literarias (romances y latinas, populares y cultas, antiguas y modernas) que es posible identificar en su obra (Aristóteles, Cicerón, Ovidio, Homero, Virgilio, Horacio, Lucano, Plinio, Accursio, Juan Bautista Mantuano, Bartolomé Casaneo, Petrarca, Sannazaro, Ariosto, Fernando de Rojas, Pérez de Hita, Martín de XXXVI INTRODUCCIÓN demuestra una fina contaminación de expresiones y frases hechas, que proceden del mundo universitario alcalaíno: Vendí los .muebles y hice todo el dinero que pude dellos, con que me bcyé a Alcalá, do he vivido más de veinte y seis años, ocupada en servir a todo el mundo, y más a gente de capa negra y hábito largo; que en efeto soy naturalmente inclinada a cosa de letras; si bien las mías no se extienden a más que a hacer y deshacer bien una cama, a aderezar bien un menudo, por grande que sea y, sobre todo, a dar su punto a una olla podrida y avahar de pópulo bárbaro una escudilla de repollo, sopas y caldo. Lo demás de la desgracia última que me sacó de aquella vita bona ya se lo tengo dicho a vuesa señoría. Tampoco ellengucye del narrador (que no siempre se cyusta al Alisolán del primer capítulo). se mantiene en un nivel neutro: caracterizan su escritura los períodos largos, con abundancia de paréntesis, zeugmas, incisos y circunloquios, sustentados sobre proposiciones en paralelo, que se alargan en construcciones de relativo o se .complementan con oraciones circunstanciales, preferentemente introducidas por gerundios. Y todo ello se halla subordinado siempre a un gusto no reprimido por recargadas enumeraciones (de las que también gusta su don Quijote), que responden a un afán exhibicioil.ista de erudición que el Pinciano aplaudiría. En el gusto por el chiste que lo acredite como ingenioso (basado sobre todo en la dilo- ~a y en la alteración de los nombres propios), la voz del autor · se superpone con frecuencia a la del narrador. Y son muchas las ocasiones en las que el narrador abandona los márgenes de su relato para irrumpir con voz propia en la historia y catequizar al lector. Convertido en predicador, el narrador se resiste a contenerse en los límites de su relato y, con frecuencia, se transforma en portavoz de la persona real que se ha disfrazado de Avellaneda para poder sacar a la luz su historia. Está familiarizado con ciertas interioridades de los conventos y, a la vez, tiene noticia bastante puntual de la vida universitaria. INTRODUCCIÓN XXXVII El autor del falso Quijote demuestra un notable conocimiento de lo que es la vida al otro lado del torno. Los dos relatos interpolados (Quijote de Avellaneda, XV-XVI y XVII-XX), que están protagonizados por personajes vinculados a la vida monástica, ·son coherentes en lo que cuentan. El autor conoce perfectamente los escalafones de la vida religiosa («estoy por volver al lugar y desafiar a singular batalla, no solamente al cura, sino a cuantos curas, vicarios, sacristanes, canónigos, arcedianos, deanes, chantres, racioneros y beneficiados tiene toda la Iglesia Romana, Griega y Latina». Pero es, sobre todo, en muchas de las sales con las que pretende sazonar su historia, donde se percibe con bastante claridad un evidente tufillo conventual. Podemos todavía tener dudas con la referencia al «encender las candelas y el escurrir las ampollas», pero creo que el cuento que pone en boca de Sancho, en el capítulo XXI, es bien elocuente de la procedencia de la voz que hace hablar al escudero: «Érase que se era, que en hora buena sea, el bien que viniere para todos sea y el mal, para la manceba del abad; frío y calentura, para la amiga del cura; dolor de costado, para la ama del vicario; y gota coral, para el rufo sacristán; hambre y pestilencia, para los contrarios de la Iglesia». Con razón, Fernando García Salinero, en su edición anota a pie de pagina: ~Todo este comienzo de cuento, estereotipo de la época, es además letanía paródica de execraciones comunes entre seminaristas y postulantes y debió de nacer en los claustros de los conventos» (2005: 283). · Y no es el de los conventos el único ambiente que conoce bien Avellaneda. Como la propia Bárbara de Villalobos (la vieja celestina, procedente del mundillo escolar alcalaíno, que don Quijote convierte en la «reina Zenobia»), el autor está familiarizado con «la gente de capa negra y hábito largo» de las escuelas y los colegios universitarios; está al día de sus costumbres; entiende de la rotulación de un «Víctor», de las h~za ñas de los capigorrones y de la afición de los estudiantes a «vayas, fisgas-y matracas»; describe perfectamente las mascaradas académicas y sus fiestas; sabe cómo se lleva a cabo la elección de un nuevo catedrático; y, finalmente, para él no XXXVIII INTRODUCCIÓN tienen secretos los frecuentes cambios de registro dellenguc:ge de los estudiantes, desde el argot (machuca, zancarrón) a las «pláticas [ ... ] en un latín macarrónico y lleno de solecismos», pasando por conceptos especializados de los debates escolásticos (como «potencia remota» y «po~ncia propincua»). Bien informado de las costumbres cortesanas, cercano a centros de poder e ideológicamente identificado con los valores de esos centros. Bastaría recordar los enigmas que, aprovechando el encuentro de los protagonistas con unos estudiantes, incorpora Avellaneda a su narración para constatar su conocimiento de un género de gran prestigio cortesano, imprescindible en las justas poéticas de la época (Redondo, 1982: 445-458). Tampoco el mundo de la escena le es ajeno. Por las obras de las que explícita o implícitamente demuestra estar informado, Avellaned~ es conocedor del teatro del momento y no ignora ciertos coloquialismos (metemuertos, sacadillas) relacionados con el mundo de la representación. Como ha demostrado puntual y copiosamente Gómez Canseco (2000: 49-59), a quien remito para este punto, no se halla lejos de los intereses cortesanos a los que sirve el teatro de Lope de este momento, el cual-en palabras de Gilman (1951: 29)- da expresión a la ortodoxia y a los valores aceptados por la clase dominante, mediante acciones dramáticas que persiguen la ejemplarización, cuando no la propaganda. Conoce, igualmente, los usos de las justas y fiestas públicas, a tenor de su relato de la sortija que se corre en el Coso zaragozano ( Quijote de Avellaneda, XI) y de la precisión con la que describe los arcos triunfales, con los emblemas que los adornan, los motes, las divisas y las libreas. Sobre todo, tiene puntualísima noticia de los entretenimientos cortesanos, del papel de los bufones en las mascaradas palaciegas, así como del gusto nobiliario por el disfraz concebido y realizado sobre motivos literarios del momento. Los capítulos dedicados al Archipámpano, o aquellos pasajes en que el secretario de don Carlos INTRODUCCIÓN XXXIX elogia las. posibilidades de la pareja de protagonistas como «pieza tan singular y que es tan de rey», demuestran que Avellaneda es buen conocedor de los placeres de la «gente de título» y de sus divertimentos cortesanos. Y, desde luego, está muy conforme con la teatralización que el grupo formado por don Carlos, Perianeo de Persia y el Archipámpano, pretenden imponer a la vida, cambiando la realidad y convirtiendo el mundo en escenario donde la risa (lejos ahora de cualquier connotación crítica) sanciona el orden social establecido. La información de los ambientes cortesanos que Avellaneda demuestra poseer merece un comentario: si bien es cierto que podía conocer los elementos y usos de la fiesta (tanto popular como cortesana) como mero espectador, el simbolismo de los colores y las empresas que describe, así como el sentido de la emblemática arquitectura de los arcos triunfales, tiene origen libresco (directamente dependiente -como ha señalado la críticade La Arcadia y de La hermosura de Angélica, de Lope), lo cual parece indicio de que nuestro autor alguna vez tuvo una participación más activa que la de espectador en festejos de este tipo. También está familiarizado Avellaneda con el gusto de este momento por las genealogías. Este género da ocupación a muchos escritores (los preliminares de La pícara justina y una parte del teatro de Lope de estos años ofrecen buenos ejemplos de ello) y proporciona rentabilidad y provecho político a las ambiciones cortesanas. Como explica La pícara ]ustina, nos hallamos en un momento en el que, por influencia de ci~rtos usos de los que era muy amigo el duque de Lerma, «los [ ... ] que se quieren engrandecer toman de atrás el salto, acógense a la torre de Babel o al arca de Noé y salen tan godos como Ramiro Núñez» (López de Úbeda, 1977: 167). Quizás convenga releer ahora, al hilo de estas reflexiones, un parlamento del falso don Quijote: Valerosos leoneses, reliquias de aquella ilustre sangre de los godos, que, por entrar Muza por España, perdida por la alevosía del conde Julián, en venganza de Rodrigo y de su incontinencia y en desagravio de su hija Florinda, llamada XL INTRODUCCIÓN la Cava, os fue forzoso haberos de retirar a la inculta Vizcaya, Asturias y Galicia, para que se conservase en las inaccesibles quiebras de sus montes y bosques la nobilísima y generosa sangre que había de ser, como ha sido, azote de.los moros africanos, pues alentados del invencible y gloriosísimo Pelayo y del esclarecido Sandoval, su suegro, amparo y fidelísima defensa, a cuyo celo de be España la sucesión de los católicos reyes de que goza, pues dél nació el valor con que los filos de vuestras cortadoras espadas tomaron cumplidamente a recobrar todo lo perdido y a conquistar nuevos reinos y mundos, con envidia del mismo sol, que solo hasta que vosotros les asaltastes sabía dellos y los conocía, ya veis, ínclitos Guzmanes, Quiñones, Lorenzanas y los demás que me oís, cómo mi tío el rey don Alonso el Casto, siendo yo hijo de su hermana y tan nombrado cuanto temido por ~emardo, me tiene a mi padre, el de Saldaña, preso, sin querérmele dar; demás de lo cual, tiene prometido al emperador Cadomagno darle los reinos de Castilla y León después de sus días, agravio por el cual no tengo de pasar de ninguna manera; pues, no teniendo él otro heredero sino a mí, a quien toca por ley y derecho, como a sobrino suyo legítimo y más propincuo a la casa real, no tengo de permitir que extranjeros entren· en posesión de cosa tan mía. Por tanto, señores, partamos luego para Roncesvalles y llevaremos en nuestra compañía al rey Marsilio de Aragón, con Bravonel de Zaragoza; que, ayudándonos Galalón con sus astucias y con el favor que nos promete, fácilmente mataremos a Roldán y a todos los Doce Pares. La historia subyacente a este parlamento la había popularizado el romancero nuevo (incluido un pasquín que se difunde en Zaragoza con motivo de las revueltas de 1591 [Gascón Pérez, 2003: 194-197]) y Lope de Vega la aprovechará en El casamiento en la muerte. Pero no es esto lo que ahora me interesa. Lo que realmente importa es el modo en que Avellaneda se sirve de estos materiales para trenzar con ellos una genealogía del duque de L~rma y de los Sandovales (otra más, entre las muchas del momento), que es muy posible que proceda, INTRODUCCIÓN XLI directamente, del tapiz que ornaba uno de los comedores que se utilizaron en 1605 p·ara agasajar al almirante de Inglaterra, durante las fiestas celebradas en Valladolid con motivo del nacimiento del príncipe (Marín, 2005). El alucin.ado parlamento de don Quijote parece querer poner voz, con los textos del romancero, a ese tapiz, en el que se podía ver la historia completa de los Sandovales hasta desembocar en «Don Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma, marqués de Denia, comendador mayor de Castilla, del Consejo de Estado, sumiller de Corps y caballerizo mayor del Rey, nuestro señor, y su capitán general de la caballería de España». Las genealogías se prestan a todo tipo de juegos. Alguna hubo en estos tiempos en la que se remontaba el origen del apellido de los Sandovales desde antes de Noé (Blasco, 2005). En efecto, la moda de las genealogías más o menos legendarias, de clara intención propagandística y forma de pública legitimación del poder, conoce su auge a la sombra del de Lerma. Dentro de esta moda, habría que recordar los trabajos de fray Prudencia de Sandoval (primo lejano de Francisco Gómez de Sandoval), que en 1598 saca a la luz una Crónica del ínclito emperador"de España Alfonso VIII, dedicada a Felipe 111, pero destinada esencialmente a la exaltación de los principales apellidos del reino, con una atención especial a la familia de los Sandoval. Este mismo deudo del de Lerma será el encargado de construir la Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V (Valladolid, 1604, 1606), libro de cabecera de Felipe 111, cuyo núcleo esencial lo constituye igualmente el estudio del papel de los Sandoval durante el reinado del emperador que fi~ra al frente del título. Pero, por estos años circuló también una «curiosa genealogía de Felipe 111 y el duque de Lerma, compuesta por el licenciado Diego Matute de Peñafiel bajo el título de Prosapia de Cristo (Baza, 1614)» (García García, 2001: 75), en donde se hace coincidir las dinastías de Felipe 111 y el de Lerma en un legendario rey Troe, origen de Príamo (de esta rama deriva Felipe 111) y de Eneas (de esta rama deriva el duque de Lerma). En esta genealogía, el principio de los Sandovales se remontaría hasta la primera generación de la humanidad. Lerma, según Matute, XLII INTRODUCCIÓN pertenecería a la CXXI generación de Adán. Pero ejemplos semejantes podrían multiplicarse. El autor de La pícara]ustina no ignora nada de esto, cuando exclama: «¡Bien haya el tiempo que hacían la torre y el que alcanzó el mundo antes de sér pasado por agua, que en aquellos.tiempos todos eran guzmanes y todos eran villanos!» (López de Úbeda, 1977: 67). Con todo, ese buceo en el pasado que llevan a cabo las genealogías tiene también sus sorpresas, pues el pasado es realmente imprevisible. Si mi suposición respecto a La pícara es cierta,' el autor de esta singular novela picaresca (que también bromea con los apellidos Quiñones y Lorenzanas, como ocurre en el fragmento que estoy comentando) conocía bien el linaje de los Sandovales y, desde luego, sabía que uno de los nudos de este linaje, ahora tan encumbrado, había sido el conde de Castrogeriz, don Diego Gómez de Sandoval, quien había recibido las villas de Lerma y de Saldaña de manos de don Fernando de Antequera, rey de Aragón. Este Sandoval había contraído matrimonio con doña Beatriz de Avellaneda, y por ese camino les llega a los Sandovales la propiedad de la villa de Gumiel de Mercado. Sin embargo, en las genealogías de la época que he consultado, al apellido Avellaneda apenas se lo publicita, quizás porque dicha doña Beatriz fue mandada «afogar» en 1436 por su marido, acusada de «haber usado mal de su persona» en ausencia de éste. Y, sin embargo, el apellido Avellaneda vuelve a salir a la luz en la portada del mismo libro que contiene el aparentemente elogioso parlamento de don Quijote sobre los Sandovales. El autor del falso Quijote demuestra ser una persona bien informada del poder e influencia de cada una de las familias que cita. En tanto que se permite hacer chistes con los apellidos de algunos (conde de Uñate), la mención de otros, con evidente poder en la época, se halla signada por la adulación (no sé si sincera) y por la habilidad. Por otra parte, la mención de Francia en el texto de Avellaneda que se acaba de citar, aunque esté prefigurada ya en alguno de los romances de Bravonel de Zaragoza, en modo alguno puede considerarse inocente, en unos días en los que las relaciones con el país vecino se halla- 1 ""'--- INTRODUCCIÓN XLIII han en un punto crítico (por el asesinato de Enrique N, sobre el que siempre se sospechó la mano de españoles), que en principio se saldará con las dobles bodas reales de los Habsburgo y los Barbones. Aunque la opinión pública no fue unánime en aplaudir estas bodas, para dar contenido a la imagen de Felipe 111 como campeón de la llamada pax hispanica eran importantes los principios de acuerdo a que se había llegado a partir de Vervins y en las gestiones subsiguientes en las que se empleó a fondo, y directamente, el de Lerma. De lo que no hay duda es de que el punto de vista social del «afligido» autor (así lo califica Cervantes) es piramidal y, si partimos de la división del genero humano que se nos propone en el falso Quijote (la «gente bahuna» o, lo que es lo mismo, «gente rústica y ociosa» y la «gente de cuenta»), la perspectiva de Avellaneda se sitúa inequívocamente en el segundo grupo, en tanto que a los protagonistas, convertidos en materia de entretenimiento, el libro los coloca en el primer bloque. Los «buenos ratos» que don Quijote ha hecho pasar en Zaragoza a don Carlos y a otros señores «de título» no le merecen al «muy juicioso» mosén Valentín otro comentario que el siguiente: «¡Que me maten si algunos caballeros de buen gusto no han hecho alguna invención de gigante para reír con don Quijote!». Todas las burlas padecidas por caballero y escudero en Zaragoza no son, para él, otra cosa que pasatiempos nobles de las gentes de «buen gusto». No hay en las palabras de mosén Valentín, ni tampoco en las de Avellaneda, reprobación alguna del cruel y extravagante juego de don Álvaro y don Carlos. Y, de acuerdo con esta valoración de la burla y en sintonía con la gente de «buen gusto», el autor, para dejar nota de ingenio, no tiene empacho alguno en degradar a sus protagonistas por el precio de un chiste, como ocurre, por ejemplo, cuando le hace decir a Sancho que su mujer es «tan buena y honrada que puede, con su persona, dar satisfación a toda una comunidad». Su perspectiva, también en este punto, dista mucho de la de Pasamonte, quien en todo momento da pruebas de estar escribiendo desde una óptica social marcada por la exclusión; y, por supuesto, dista mucho de la de Cervantes, que sitúa la locura de sus perso- XLIV INTRODUCCIÓN najes y la de los duques de la segunda parte en un mismo registro. Avellaneda, por el contrario, se encuentra bien acomodado y su obra, lejos de criticar el orden social en el que se halla instalado el autor, viene a ser una especie de confirmación del mismo. «El bueno de Avellaneda. [ ... ] da un paso al frente -según apreciación de Américo Castropara increpar y reducir a buen orden al atrevido Cervantes»· ( 1951: 11), quien había sobrepasado los límites de la «gente de buen gusto», al arrogarse la facultad de construir un mundo de gentes que viven según «viene a cuento a cada uno» y «quilatando con su estimación las cosas». A Avellaneda le molesta, y le molesta profundamente, la confianza cervantina en la capacidad del hombre para enfrentarse a los problemas de su vida en términos exclusivamente humanos, o su fe en la verdad ·percibida desde la existencia y desde la coyuntura. Para Avellaneda, desde una posición que se caracteriza por una total subordinación de lo humano a lo divino, no existe otra verdad que la dictada por la doctrina; y, puesto que lo que la doctrina dice es que la verdadera cordura reside en el desengaño, de lo que se trata es desengañar al lector frecuentemente «desvanecido» en las cosas del mundo. El Quijote de 1614 es un libro -en usos y en valores ideológicosescrito, desde un contrarreformismo inequívoco, para los círculos literarios de la Corte; y el «nobres leyenderos» del soneto inicial, a cargo de PeroFernández, declara con precisión sociológica el grupo al que va dirigida la obra; .un grupo similar al de los «principotes» a quien se había dirigido años antes La pícara Justina. Se ha dicho que posiblemente la enemistad de Avellaneda con Cervantes se fraguó en el seno de alguna academia literaria. Bien pudo ser así, estando tan cerca de Lope como está el autor del falso Quijote, pero más bien creo que el choque entre ellos apunta en otra dirección: muy lejos ideológicamente de Cervantes, Avellaneda le disputa al autor de las Novelas ejemplares un lugar en el aprecio de los hombres de letras y en el de los posibles patronos y mecenas. En este momento, en que el escritor esta convirtiéndose en autor, muchas plumas se ponen bajo el patronazgo de ciertos nobles que, a su vez, precisan de la habi- INTRODUCCIÓN XLV lidad de los escritores para construirse su propia imagen social y lidiar en el campo de las letras, puesto que sus armas «tomadas de orín y llenas de moho luengos siglos había que estaban puestas .y olvidadas en un rincón» ( (¿ I, 1), las batallas - políticas y cortesanas del día. Avellaneda, cGmo Cervantes, es consciente de esta situación. Es hombre afecto a las materias religiosas, devoto del rosario, y versado en teología No repetiré aquí lo que hizo patente, bastantes años atrás, Toribio Medina: una tupida red de referencias religiosas salpican, en todos los capítulos, la historia que se narra en este Quijote, hasta teñir las palabras y los gestos de la totalidad de los person~es de la obra (Medina, 1918). Aunque al autor le gusta mostrar su dominio de diferentes materias (la medicina, lo militar, la arquitectura), las cosas religiosas y eclesiásticas constituyen el campo que en mayor medida nutre su imaginación: el calendario en el que se inscribe la 'totalidad del desarrollo argumental se rige por el santoral; la actuación de los representantes de la orden de los dominicos son decisivas en puntos sustanciales de·la acción; y, finalmente, las referencias a la devoción del rosario, muy frecuentes, resultan decisivas en varios niveles del relato, hasta el púnto de que, para sorpresa del lector cervantino, al protagonista del libro se lo encuentra el lector a:r:mado, desde su primera aparición, con el rosario. Con todo, · en este libro la materia religiosa no limita su presencia a lo argumental, ni a lo temático, sino que --como he dicho-- impregna también el habla de los personajes y conforma su mentalidad, adscribiéndola a una forma de religiosidad contrarreformista, en la que destacan el culto a las imágenes (sobre todo de la Virgen), el respeto a la autoridad del papa, la defensa de las indulgencias y la importancia de todo lo ritual. Stephen Gilman (1951: 37), considerando todo lo anterior, concluyó que su autor había de ser «dominico, o por lo menos eclesiástico». Y así parece ser en realidad. Si Cervantes, en La entretenida, no sabe cuántos son los santos auxilia- L I I INTRODUCCIÓN Caminando desde Medina del Campo, donde estaba la corte del rey católico, a Trujillo, su patria, y pasando por la ciudad de Caria, [Diego García de Paredes] llegó de noche <;:on solo un paje a la posada, dejando atrás la gente que le acompa~aba, que eran unos 25 arcabuceros, que traía de Italia, y entrando en el mesón, halló la lumbre rodeada de huéspedes y entre ellos de dos hombres y de dos mujeres de mala vida, aderezando no mal que cenar; y, como le viesen vestido de pardo, calado un papáhigo y de pocas razones, no se contentaron con apodarle y reírse dél, sino que uno de ellos se llegó a reconocer su tr~e por burla y le tiró del papahigo con violencia. Viéronsele las armas, que en todas ocasiones le acompañaban, porque no rehusase su peso en ningún tiempo el cuerpo, y dijo una de las mujercillas, que si había escapado del sepulcro; otro, que si eran hurtadas. Él sufría, deseoso de ver si se cansaban. Y todavía es posible rastrear otros lugares de esta obra, que inciden en puntos quizás no del todo irrelevantes en el enigma de Avellaneda. Pero no es ocasión de comentar ahora textos· como los que en la Historia y anales refieren las mascaradas, procesiones, arcos triunfales, festejos con que se celebra la festividad del Corpus; o como aquellos en los que se da cuenta de cuán cerca están algunos dominicos de la poesía y comedias del momento. También la biografía de Alonso Fernández, por lo que conocemos, lo acerca al retrato que hemos trazado para iluminar la figura del autor del falso Quijote: su cuna (Malpartida de Plasencia, 1573) lo sitúa ya en un área geográfica sobre la que el ducado de Béjar tiene considerable influencia. En 1587 toma el hábito de los dominicos en el convento de San Vicente Ferrer de Plasericia. Hacia 1603 residía en el convento de la orden en Atocha; más tarde pasa a Toledo, al de San Pedro Mártir, donde se ocupa de recabar datos para la elaboración de su Historia eclesiástica de nuestros tiempos (Toledo, 1611); de regreso a Madrid, colabora con el cronista Juan de la Puente y redacta su Historia de los insignes milagros que la Majestad Divina INTRODUCCIÓN L I I I ha obrado por el Rosario Santísimo (Madrid, 1613) . A partir de esa fecha, sabemos que residió también en los conventos de la orden en Valladolid, donde se gesta su Tratado de los servicios que la Orden de Predicadores ha hecho a los reinos de España con la institución del Santo Oficio de la Inquisición (Valladolid, 1615) . Y no serán los citados hasta aquí los únicos libros de este prolífico dominico, buen cono~edor (por los conventos que recorre) de una parte sustancial de la geografía del falso Quijote. La apuesta de Castro a favor de fray Alonso Fernández volvió a interesar a otros críticos (Baig Baños, 1915; Medina, 1918). Sin embargo, y a pesar de los muchos cruces de su biografía y de su bibliografía con el texto del falsario, desde 1918 apenas nadie se ha vuelto a acordar de su nombre en relación con el Quijote de 1614. A la vista del estado actual de los estudios sobre Avellaneda, ninguno de los nombres que se acaban de citar (Liñán, _ Suárez de Figueroa, Alonso Fernández) puede ser descartado de una manera segura. Y junto a los anteriores, atentos siempre al mencionado retrato que traslucen las páginas del falso Quijote, hoy es necesario detenerse en otro nombre, Baltasar Navarrete, que desde 2005 aparece vinculado al enigma de Avellaneda. Navarrete era, hasta hace bien poco, un personaje desconocido para la historia de la literatura, pero un documento notarial de compraventa (de 18 de abril de 1605); cuyo hallazgo hay que agradecer a la diligencia de Anastasia Rojo (2005), acaba de situárnoslo en primer plano, convertidp en el autor -sin que contra la fuerza de lo acreditado documentalmente quepan argumentos de consideracióndel Libro de entretenimiento de la pícara Justina. El hallazgo de Rojo resulta deextraordinaria importancia, pues Baltasar Navarrete ya no es el médico-bufón que la crítica pretendió ver detrás del nombre de Francisco de Úbeda (que aparecía en la portada de La pícara), sino que es el secretario de don Rodrigo Calderón, hombre ambicioso y obsesionado con construirse un linaje. Navarrete ya no se ríe con la risa del bufón (aunque conoce bien la figura), como pudiera haberlo hecho López de Úbeda (médico-bufón de corte, según conjetura de Marcel Bataillon [1969]), porque él se halla insta- LIV INTRODUCCIÓN lado en el mismo barco que el futuro marqués de Siete Iglesias. No son muchos los datos biográficos que conocemos de Baltasar.Navarrete (1560-1640), pero en principio todo lo que sabemos se ~usta bastante bien al retrato que de él esbozó Cervantes en su Viaje del Parnaso: «Haldeando venía y trasudando 1 El autor de La pícara]ustina, 1 Capellán lego del contrario bando» (Viaje del Parnaso, VII). Navarrete recibió el hábito de los dominicos en el Colegio de San Pablo de Valladolid y alcanzó el grado de maestro de Teología en la U niversidad pinciana, donde ocupó en 1611 la cátedra de prima de Teología de Santo Tomás fundada por el duque de Lerma. Con anterioridad a esta fecha, leyó Artes y fue maestro de estudiantes en San Pablo de Valladolid, y explicó Teología en los colegios de la orden dominica en Salamanca, en Nieva, y en Alcalá (Alcacer Martínez, 1930: 96-97). Las actividades de la orden le llevaron a lo largo de su vida a diversos lugares de la geografía española (con mucha frecuencia a Sahagún y a Tríanos, pero también a Salamanca, Alcalá, Palencia, Toledo, Toro). Dentro de las actividades de la orden, ejerció de prior en el Colegio de San Pablo de Valladolid (en tres ocasiones) yen el Colegio de Santo Tomás de Alcalá. Varios pasajes de La pícara se construyen sobre chistes y dobles sentidos que tienen como referente a los dominicos. Pero la biografía de este fraile no se agota dentro de los muros de los conventos. Sabemos que participó activamente en la vida universitaria vallisoletana y salmantina, y es esta vida la que hace inteligible alguna de las «vayas o matracas» de las que su Libro de entretenimiento es pródigo, como aquella en la que alude a tres famosos teólogos dominicos de Salamanca (Domingo de Soto, Juan de la Peña y Juan Gallo): «Pero dejado esto para los sotos frescos, para los gallos briosos y para las peñas fuertes, que son los floridos de nuestra Salamanca ... » (López de Úbeda, 1977: 314). Fray Gonzalo de Arriaga (1930: 364y ss.) destaca en Navarrete la faceta de teólogo, elogiando el significado de «tres eruditísimos y copiosos libros» de teología, dedicados, el primero, al duque de Lerma; el segundo, al arzobispo de Toledo y cardenal de la Santa Iglesia Romana, L_ INTRODUCCIÓN LV don Bernardo de Sandoval y Rojas; el tercero, al obispo de Valladolid don fray Gregario de Pedrosa. De sus cualidades como teólogo, Arriaga afirma que Navarrete es «doctísimo, ingeniosísimo, de entendimiento todo especulativo, metafísico en delg.adez y precisión, argüitivo, trabajador, fidelísimo intérprete y acérrimo defensor del angélico doctor santo Tomás». Esta calificación de fray Baltasar Navarrete cuenta además con un corolario que no puedo dejar de reproducir aquí. Arriaga, al valorar los libros de N avarrete, dice de ellos que son tan «celebrados en Italia y extranjeras naciones, como venerados en la nuestra» ( 1930: 364-365). Me importa destacar la fórmula que ofrezco entrecomillada, porque todo hace suponer que Arriaga tr~baja el perfil de Navarrete a partir de documentos de época y es muy probable que reproduzca literalmente lo que en ellos se lee. Y lo que en ellos se lee respecto a los libros de Navarrete resulta muy próximo a otra fórmula que, en este caso, se encuentra en el prólogo del Quijote de Avellaneda, en aquel lugar en el que se queja de Cervantes por sus ofensas «a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras y la nuestra debe tanto». Otra faceta a la que Arriaga presta también importancia en su retrato de Navarrete tiene que ver con labor realizada por el dominico en relación con el patrimonio artístico de la orden. Siendo prior de San Pablo, fue Navarrete quien «trazó y ejecutó» el altar mayor, la custodia y el sagrario; colaboró económicamente en «el retablo y escultura artificiada por el famoso Gregario Hernández» para la capilla de Santo Domingo; y edificó el torreón que todavía hoy se conoce como de Navarrete, en el que puso un segundo reloj. Además fue el responsable de la decoración de la biblioteca del convento con retratos «de varones ilustres de la casa, para que, a mira de los próceres en méritos que precedieron, se alienten a serlo los que siguen». A este gusto por la decoración («con taijetas de oro y colores y pinturas») también le dio Navarrete satisfacción en «la librería del colegio que mandó adornar con jeroglíficos concernientes a la sabiduría y curiosos lazos», lo que no me parece irrelevante si tenemos en cuenta que los LVI INTRODUCCIÓN jeroglíficos son una auténtica pasión en La pícara, y no le son ajenos a Avellaneda. En relación con la condición de religioso de Navarrete, Arriaga califica su vida del claustro con los siguientes términos: «Gobernó con maravillosos ejemplos, solícito en la observancia regular y medras temporales, premiaba los virtuosos, alentaba los estudiantes, como reprimía los altivos y aguijaba los flojos; celaba el silencio, guarda de la Religión y cebo del estudio» ( 1930: 365); y un poco más abajo lo elogia de una manera que, por momentos, nos lo aleja de entretenimientos como La pícara. En efecto, dice Arriaga: «En la compostura exterior del cuerpo, en las palabras pocas y con voz sumisa pronunciadas, enfrenaba al más silencioso. En la persona y celda era pobre, contento con un Cristo, libro, dentro y fuera, escrito de canciones lúgubres y amorosas, unas disciplinas y la librería. Cuanto tenía repartía entre personas necesitadas, así religiosas como seculares; y, siendo para sí menesteroso, era para los demás liberal y largo». Pero,. cuando estas palabras parecían situarnos definitivamente a Navarrete en los antípodas de la personalidad que podríamos imaginar para el autor de La pícara, Arriaga añade: «Por sus muchas prendas, grandes merecimientos y virtudes, fue en la religión venerado, en el siglo querido y honrado de los reyes y príncipes. Buscaron su consejo, llamábanle a consultas y fiábanle ejecuciones graves. Fue consultado para confesor del príncipe, hoy rey, nuestro señor Filipo IV. El gran duque de Lerma le comunicó muy interior y amigablemente, así en la privanza. como en el desvío ... Retirado le acompañó, cuando los más se desviaban. Confesole, quietó su conciencia y asistiole hasta la muerte» (1930: 368-369). Esta precisión, por fin, hace justicia al trasfondo «secular» de este capellán de nobles, tan afín -aparentementea los Sandoval y Rojas, y tan vinculado al destino de estos: a la cátedra de Teología de la Universidad de Valladolid llega por designación personal del de Lerma. La dedicatoria de La pícara nos lo sitúa (no sé exactamente si a favor o en contra) próximo a los círculos de don Rodrigo Calderón y es muy probable que la mascarada que se celebró la noche de san Juan de 1605, en la Ventosilla, ton los asis- INTRODUCCIÓN LVII tentes «disfrazados a lo pícaro» y «de hábito de mugeres», se realizase a partir de La pícara]ustina (Cabrera de Córdoba, 1997: 253). En realidad, la totalidad de este libro está construida sobre un viaje de Felipe III a León, en el que -por lo detallado que· se hace el relato en algunas referencias geográficases posible que participase Baltasar Navarrete. En 1611 está en El Escorial con Lerma, y luego encontraremos su nombre y firma en testamentos de gentes «de título» (don Antonio de Luna, conde de Fuentidueña, en 1605; doña Antonia de Ulloa, condesa de Salinas, en 1605; el conde de Ayala en 1606), lo que demuestra que Navarrete frecuentaba los palacios de la nobleza. Esta vinculación cortesana alcanza su punto más elevado con el nombramiento de confesor de Felipe IV. Bastarían estas referencias para comprobar que nuestro fraile se hallaba bien introducido en lo más granado de la corte vallisoletana. Con su nombre y apellido dio a la estampa varios tratados de teología escolástica en la lfn.ea del padre Báñez (dos de los cuales fueron editados por la misma familia de impresores que dió a la estampa la edición barcelonesa de La pícara, y que en 1614 sacó el Quijote de Avellaneda), una Epístola Ad Patres provinciae S.S. Rosarii Philippinarum, y un Sermón predi- . cado en las fiestas de beatificación de santa Teresa de Jesús, el año de 1615. Estas obras dan sentido a una faceta de la personalidad de Baltasar Navarrete, de la misma manera que La pícara ]ustina y en su caso el falso Quijote podrútn darla a otra que, en los materiales que nos han llegado, se halla mucho menos documentada. No debemos olvidar que este dominico, además .de entender en teología,_ leyó y fue maestro de Artes en el Colegio de San Pablo; y, entre los méritos que los historiadores de la orden le reconocen está, también, el de haber sido el artífice de la restauración de una de las capillas de San Pablo, que «se aventaja a las demás, cuya advocación es la del señor santo Domingo» (Antolínez de Burgos, 1987: 279). Desde luego, Baltasar Navarrete ofrece un perfil que se ajusta al retrato que nos permiten esbozar las páginas del Quijote apócrifo; un retrato que está lejos de convenir a muchos de los personajes que; a lo largo de los años, se han propuesto LVIII INTRODUCCIÓN como solución del enigma de Avellaneda. Es un escritor de notable talento, con excelente dominio del castellano en sus más variados registros y con habilidad suficiente para adecuar a cada situación y a cada personcye el nivel de lengua que verosímilmente le corresponde; se mueve en los ambientes de la Corte y conoce bien los entretenimientos que se usan en las casas de recreo del de Lerma; es un buen latinista y está versado en cuestiones de teología; y, puesto que además Domingo Báñez (que había enseñado en Salamanca la misma materia que Navarrete enseñará en Valladolid) pasa sus últimos años en el Colegio de San Andrés de Medina del Campo, no es arriesgado presumir que estaba bien informado de la polémica de auxiliis, que deja claras huellas en sus tratados teológicos y también -como hemos podido comentaren el falso Quijote. Con todo, sobre este perfil y sobre su adecuación al retrato que trazamos más arriba a partir del texto, solo podríamos aventurar conjeturas. Las cosas cambian cuando un pasaje del apócrifo permite abrir una nueva puerta para afrontar el enigma. Me refiero a la entrada de don Quijote en la universitaria ciudad de Alcalá. Cuando, de regreso de Zaragoza, Don Quijote, Sancho y Bárbara llegan a Alcalá, se están celebrando las honras por la elección de un nuevo catedrático, lo que a Avellaneda le da ocasión para explayarse en la pintura de un ambiente que demuestra conocer bien: el de las fiestas universitarias. Quienes ven al caballero ataviado con su armadura piensan que se ha vestido así para formar parte de la mascarada, de modo que le instan a incorporarse a la fiesta y lo hacen con estas palabras: -Si vuesa merced ha de ir al paseo, bien puede; que ya es hora, pues llegará en esta el catredático al mercado; que aquí no hay justas ni jayanes de los que vuesa merced ha dicho, sino un paseo que hace la universidad a un dotor médico que ha llevado la cátreda de Medicina con más de cincuenta votos de exceso, y llevan delante dél, por más fiesta, un carro triunfal con las siete virtudes y una celestial música dentro, y tal, que si no fue la que se llevó el año L INTRODUCCIÓN LIX pasado en el paseo del catredático que llevó la cátreda de prima de Teología,jamás se ha visto otra igual. Y las trompetas y atabales que vuesa merced oye, es que van ya paseando por todas las calles principales, con más de dos mil estudiantes que con ramos en las manos van gritando: «¡Fulano, VÍctor!». Sorprende el detallismo (cátedra de Medicina, cátedra prima de Teología), la precisión («con más de cincuenta votos de exceso») y, en general, el verismo, con los que el interlocutor de don Quijote introduce al lector en la escena. Desde luego, una «fiesta» estudiantil como esta pudo tener lugar en cualquier ciudad universitaria española del momento, pero llama la atención la puntualidad con la que Avellaneda se refiere a la misma. El hecho de que sean más de cincuenta votos los que el nuevo catedrático de Medicina recibe de ventaja sobre su rival, y el que se pongan en relación los festejos de esta cátedra de Medicina con los celebrados el año anterior para la cátedra de Teología, se me antojan más propios del cronista que del novelista. Tanta puntualidad y precisión resultan además de sumo interés en otro sentido; aunque las fiestas que el autor del falso Quijote describe se localizan, por exigencia de la ficción, en Alcalá, lo que el texto refiere -y lo hace con mucha exactitudes lo ocurrido mucho más cerca del lugar en el que él se halla escribiendo, que no es otro que Valladolid, exactamente en 1612. En efecto, ese año de 1612, en competición con el doctor Martínez Polo, gana la cátedra de vísperas de Medicina un tal Fernández Talavera, y lo hace con las siguientes votaciones: Fernández Talavera obtiene 35 votos, 107 grados y 22 calidades, frente a su oponente, que obtiene 20 votos, 75 grados y 11 calidades, lo que arroja unas cifras totales de 164, frente a 110: es decir el vencedor de la cátedra de Medicina la obtiene con esos «más de cincuenta votos de exceso» de los que habla el texto del falso Quijote. Pocas dudas pueden caber respecto a que sea esta cátedra vallisoletana la que el capricho narrativo de Avellaneda hace que se celebre en Alcalá, si tenemos en cuenta que los feste- LX INTRODUCCIÓN jos por esta cátedra no cumplen en el texto otra función que la de encarecer, por encima de cualquier otra cosa, los brillos de las fiestas que se habían hecho el año precedente para honrar la dotación de la cátedra de Teología. No creo, aurique no he podido confirmar este extremo, que en los años 1611 y 1612 se produjera en ninguna otra universidad española, directamente relacionada con el falso Quijote, un relevo en las · cátedras de Teología y de Medicina que permita documentar la secuenciación que el relato de Avellaneda nos ofrece. Tampoco se produce en la de Alcalá, pero sí que se da -exactamente como el texto citado lo refiereen la Universidad de· Valladolid, donde un año antes quela de Medicina, en 1611, se crea y se dota la cátedra prima de Teología. En cualquier caso esta circunstancia (la existencia de otra universidad en la que se produjera la misma secuencia de cátedras) sería irrelevante, ya que el texto de Avellaneda, equívoco en otras ocasiones, resulta en esta tan definitivamente inequívoco que suena a voluntaria y meditada exhibición de firma, pues, en el desfile de la mascarada estudiantil que se describe, figura un estudiante «representando [ ... ] la Sabiduría, ricamente vestida, con una guirnalda de laurel sobre la cabeza, trayendo en la mano siniestra un libro y en la derecha un alcázar o castillo pequeño, pero muy curioso, hecho de papelones, y unas letras góticas que decían: «SAPIENTIA AEDIFICAVIT SIBI DOMUM», que, como resulta bien conocido, es el lema que preside los estudios de la Universidad de Valladolid. En consecuencia y aunque la ficción sitúe la escena en Alcalá, la historia la localiza muy precisamente en Valladolid, en 1612. En Valladolid, en este año, es donde Fernández Talavera, con más de cincuenta votos, gana la cátedra de Medicina a Martínez Polo y, si echamos mano de lo que dicen los archivos, ello ocurre un año después de que se dotase la cátedra prima, de Teología en la persona de Baltasar N a va:. rrete, dominico que -hoy lo sabemos documentalmente ya (Rojo, 2005)- en 1605 había dado a la estampa, también con nombre fingido (Francisco de Úbeda) y con notables irregularidades en los textos de los preliminares, un Libro de entretenimiento de la pícara Justina, que pocos meses des- INTRODUCCIÓN LXI pués de la edición castellana conoció una segunda edición, salida de los mismos talleres que llevaron a cabo la impresión del falso Quijote. El hechQ de que solo Baltasar Navarrete pueda ser el catedrático de Teología al que se alude en el pasaje comentado suena a firma disimulada. Y Navarrete, autor de La pícara, encaja -como vamos viendoen el retrato robot que podemos reconstruir a partir de las evidencias internas ( estilísticas, ideológicas y temáticas) que ofrece el texto del falso Quijote. Nuestro orgulloso -y a la vez vergonzanteautor es un hombre culto, con unas lecturas que van desde los tratados de teología a los libros de facecias, desde los libros de la antigüedad clásica a las últimas novedades de su tiempo; que se mueve bien entre los nobles y que, como ellos, tiene mucho de mundano; que conoce lo que se cuece en las cocinas y en las salas capitulares de los conventos, donde ha aprendido a vestir de catequesis sus lecturas profanas y sus infolios escolásticos; que se siente muy cercano al ámbito universitario y que no está dispuesto a perderse ninguna fiesta, siempre que la misma sea sanción, trasunto y canalización del orden establecido. Vive en Valladolid; se mueve, aunque con humildad, entre los poderosos, y nb es la prim~ra vez que ha entregado a la imprenta un libro en el que los datos de la portada son falsos. Lo mismo había hecho ya antes, como demuestra el documento encontrado por Rojo, con La pícara Justina. El dominico Navarrete sí reúne los conocimientos y sí posee las habilidades para dar cabo a una empresa como la que· ha llegado a nosotros bajo la fingida paternidad de Alonso Fernández de Avellaneda. El Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha guarda, sin duda, muchos paralelismos con el Libro de entretenimiento de la pícara ]ustina: a ambas obras se las ha vinculado, desde antiguo, con la orden de los dominicos; la primera edición catalana de La pícara, editada también bajo la máscara de un nombre falso, ve la luz; tomo el·falso Quijote, en las prensas de Sebastián de Cormellas, con la aprobación de un dominico, Francisco Diago; si la obra que oficiosamente firma Avellaneda se presenta en abierta confrontación con Cervantes, LXVIII INTRODUCCIÓN mundano entregado a sus vicios, pero no tiene tantos enemigos domésticos como la de un fraile ambicioso fieras que muchas veces desde la niñez ha criado a sus pechos, tanto más peligrosas y carniceras, cuanto más halagüeñas. Y cuanta buena sangre cobramos por una renunciación de mundo necha en la profesión, nos va chupando y desecando y esterilizando todas nuestras obras, que tocadas con tan pestífero tósigo se convierten en ponzoña (de la Ilustre carta del devotísimo y religiosísismo Padre Maestro Fray Baltasar Navarrete a la Provincia del Santísimo Rosario de las Filipinas, Orden de Santo Domingo) (Aduarte, 1962: 112). Esta carta de Navarrete es muy interesante por varios motivos y quizás no sea lo menos relevante en ella el hecho de que nos permite conjeturar un posible parentesco de este dominico «de la casa de Valladolid» con el beato Alonso Navarrete, procedente también de la casa de Valladolid, prelado dominico de la provincia de Nuestra Señora del Rosario, misionero en Filipinas y mártir en japón. A este Alonso Navarrete (con mención a circunstancias de su muerte que muy probablemente hubo de conocer de boca de Baltasar o de Pedro Fernández Navarrete) le dedica varias escenas Lope de Vega en Los primeros mártires de japón: En la jornada tercera de esta obra se lo describe así: «Fray Alonso Navarrete; 1 hombre noble, que en España 1 tuvo ilustres ascendientes, 1 que en las letras y en las armas 1 a Dios y a su Rey sirvieron. 1 Las armas negras y blancas 1 de Domingo, español santo, 1 le agradaron, y en la casa 1 de Valladolid, famosa [ ... ] 1 [ ... ] vida sagrada 1 eligió, dejando el siglo, 1 que aún niño le despreciaba». Y esta vinculación de Baltasar Navarrete con Alonso, con independencia de que sean realmente parientes (lo que no he podido confirmar), basta para introducir en la escena de la falsificación al hermano de fray Alonso, el licenciado Pedro Fernández Navarrete, poeta vinculado (como Cervantes en cierto momento) al cardenal Ascanio Colonna, y luego (hacia 1596) elevado a canónigo de Santiago de Compostela (Goñi Gaztambide, 1979: 27-48). Quizás no resulte irrelevante, en el tema que me ocupa, recordar que la primera versión de Con- 1 L INTRODUCCIÓN LXIX servación de monarquías (de Pedro Fernández Navarrete) apareció, impresa también por Cormellas, en 1621, en una edición que se presenta como ajena a su autor (Goñi Gaztambide, 1979: 32:-33). Pero ahora me importa llamar la atención sobre la mala conciencia que evidencia la anterior cita de Baltasar Navarrete. De lo que este (con los mismos términos con los que se disculpaba en el prólogo de La pícara) se confiesa en su carta A la Provincia del Santísimo Rosario de las Filipinas es de no haber sido capaz de renunciar a «las menudencias y niñerías y juguetes» para, descuidado de lo temporal, «enviar sus letras al cielo y tener allá correspondencia». Baltasar Navarrete es un fraile con ambiciones en el mundo universitario y con un .cierto reconocimiento como teólogo. A diferencia de esos «custodios angelicales», que han sabido resistir a «importunos ruegos» y a «promesas de grandes intereses y ofertas» de «los potentados holgazanes», él no ha sabido evitar la complicidad de los «entretenimientos» de las clases nobles conjuguetes ocasionales. Sin embargo, exponer su vanidad de escritor «a campo abierto y al cielo claro», colocando su firma y comprometiendo su patria en la portada de «comedias y libros profanos», era algo muy distinto. De hecho, a Baltasar Navarrete no le basta con ocultarse detrás de un nombre falso; sino que, en el prólogo de La pícara, ha de hacer verdaderos equilibrios para, después de haber condenado en su totalidad los libros profanos, justificar las páginas que siguen a los preliminares, prometiendo en ellas nada menos que un arte poétic~, un muestrario de flores retóricas y un catecismo de virtudes. Y, así, porque no hay quien arrastre a leer un libro de devoción, ni una historia de un sancto, me he determinado a sacar a luz este juguete, que hice siendo estudiante en Alcalá, a ratos perdidos, aunque algo aumentado después que salió a luz el libro del Pícaro, tan recibido. Este hice por me entretener y especular los enredos del mundo en que vía andar. Esto saldrá a ruego de discretos e instancia de amigos. Diles el sí. ¿Cumplirelo? No más, sí. Pero será de manera que en LXX INTRODUCCIÓN mis escritos temple el veneno de cosas tan profanas con algunas cosas útiles y provechosas, no solo en enseñanza de flores retóricas, varia humanidad y letura, y leyendo en ejercicio toda el arte poética con raras y nunca vistas maneras de composición, sino también enseñando virtudes y desengaños emboscados donde no se piensa, usando de lo que los médicos platicamos, los cuales, de un simple venenoso, hacemos medicamento útil, con añadirle otro simple de buenas calidades, y de esta conmistión sacamos una perfecta medicina purgativa o preservativa. . . ( 1977: 73-7 4). El canónigo toledano del Quijote cervantino, al dar cuenta de sus pinitos literarios, explica con meridiana exactitud unos escrúpulos de conciencia que el autor de La pícara ]ustina, a tenor de lo que dice su prólogo, debió de compartir con él: a pesar de llevar escritas más de cien hojas, el canónigo, después de consultar con hombres «doctos y discretos» (como también hace el autor de La pícara) deja sus escritos, «así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión, como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes» ( Q, I, 48, 494). Navarrete participa de los mismos prejuicios que el canónigo cervantino, a pesar de lo cual, y tras apelar a la juventud de la que proceden, proseguirá con sus juguetes literarios, si bien para hacerlo habrá de esconderse bajo la máscara de un nombre inventado. NOVELAS INTERPOLADAS El Quijote de Avellaneda es una obra en la que un pensamiento y una visión del mundo barrocos y contrarreformistas se vierten en unas estructuras presididas por la voluntad de equilibrio y simetría, que muy bien pueden ponerse en relación con la división en tres jornadas del teatro de Lope de Vega (Gómez Canseco, 2000: 115). Sus treinta y seis capítulos se reparten en tres partes, de doce capítulos cada una de ellas, y dentro de cada una de estas partes lo discursivo y lo narrativo se equilibran de un modo muy calculado. Si, al r i L_ INTRODUCCIÓN LXXI comienzo del libro, Avellaneda justifica la necesidad de un prólogo en función del género en el que pretende inscribir su relato (la comedia), la conciencia compositiva se mantiene despierta a lo largo de toda la historia. En la primera parte, la sucesión de aventuras se inscribe entre dos núcleos discursivos, presididos por la explicación de la terapia a que someten a don Quijote el cura y el barbero, y el sermón con el que mosén Valentín amonesta al caballero para que se cure de sus devaneos con la lectura de libros religiosos; y lo mismo ocurre en la parte tercera, donde las aventuras desembocan -argumental y temáticamenteen el rosario de sentencias con que recibe a don Quijote el «sabio» alojado en la Casa del Nuncio. Por el contrario, en la parte central la secuencia narrativa, emulando un recurso cervantino del primer Quijote, se ve «suspendida» por la interpolación de dos novelitas, que serán ahora las que de un modo indirecto canalicen, más allá de servir para la exhibición literaria de dominio de varios registros y géneros, la voluntad doctrinaria del relato. La primera de las novelitas («El rico desesperado») sigue a Bandello, en tanto que la segunda («Los felices amantes») procede, como el propio Avellaneda hace explícito, de los Sermones de Johannes Herolt, que habían sido reimpresos en Venecia en 1606. A la crítica le ha llamado la atención la diferencia de estilo entre estos relatos y el cuerpo de la historia en la que se insertan, y para explicar tal ruptura de estilo se ha tendido a pensar que quizás los relatos interpolados perteneciesen a una pluma diferente a la del resto de la novela. Puede ser; o puede ser, lo que me parece más probable, que las diferencias de estilo que se observan no sean otra cosa que una muestra más de la capacidad del autor de amoldar en cada momento su registro a las circunstancias del contexto o a las demandas del género. En cualquier caso, no es éste el problema que ahora me interesa. En cambio, y sin negar que los dos relatos están escritos con una corrección literaria notable, sí querría llamar la atención sobre dos cuestiones: el grado de incoherencia del desenlace de ambos excursos y la manifiesta voluntad de construir dialécticamente entre ellos un diálogo, con claros fines LXXII INTRODUCCIÓN de adoctrinamiento. En el primero de los dos relatos, resulta que Dios, a través de un fraile dominico, llama ajapelín a la vida religiosa y él responde puntualmente a la llamada. Sin embargo, la conversación con unos amigos de juventud (presumiblemente herejes) le hará ajapelín olvidarse de aquella -llamada divina, de modo que sus talentos, envueltos en un «pañizuelo» (como explicará don Quijote en cierto pasaje de la novela), se tornan improductivos. Y ese es el pecado que conducirá a Japelín y a toda su familia (incluido un inocente niño recién nacido) a una muerte horrorosa y a la condenación eterna. Completamente opuesto a este será el final de la historia de «Los felices amantes», que narra el ermitaño. También sus protagonistas, don Gregorio y doña Luisa, despilfarran sus talentos y, convertido cada uno de ellos en objeto de la pasión del otro, enderezan sus vidas («quizá -apostilla el narradorpor permisión divina para reducirlos a su conocimiento mediante la necesidad» [Fernández de Avellaneda, 2000: 465]) hacia la propia degradación social, moral y religiosa. Son tan pecadores como Japelín, si no más. Y, sin embargo, doña Luisa (por la intercesión de la Virgen) y don Gregorio (a partir de las palabras de un predicador dominico) reciben el auxilio divino (ya que sin él no hay salvación posible) y ambos reconducen sus vidas, reintegrándolas a los planes de la providencia. Con un resultado muy diferente al del primer relato, en «Los felices amantes» la vergonzosa y pecaminosa vida de la protagonista es sancionada, tras el preceptivo arrepentimiento, con el perdón y con la santidad. Para un lector actual (y me temo que para el lector de aquella época) resulta incomprensible que, por el «error» de Japelín, se condene eternamente a inocentes, como ciertamente lo es el hijo recién nacido, en tanto que, en la segunda de las novelitas, doña Luisa y don Gregorio, protagonistas de una vida mucho más escandalosa que la de Japelín, se salvan. Sin embargo, la perplejidad que los respectivos desenlaces provocan en el lector se resuelve cuando se leen los relatos a la luz de la doctrina teológica a la que sirven de vehículo, que no es otra que la defendida por los dominicos en la polémica de auxiliis. L __ _ INTRODUCCIÓN LXXIII En las dos novelitas la presencia de la orden de los dominicos es fundamental en el desarrollo argumental: en la primera,Japelín, «Un domingo de Cuaresma dirigió acaso los suyos [pasos] a oír un sermón en un templo de padres de Santo Domingo, por predicarle un religioso eminente en dotrina y espíritu, donde, tocándole Dios al libre y descuidado oyente en el corazón con la fuerza y virtud de las palabras del predicador, salió de la iglesia trocado, de suerte que comenzó a tratar consigo proprio de dejar el mundo con toda su vanidad y pompa y entrarse en la insigne y grave religión de los Predicadores»; en la segunda, después de haber pecado gravemente don Gregorio, «quiso Dios apiadarse» de él, « [ ... ] tomando por medio un sermón que acaso oyó a un religioso dominico de soberano espíritu, en una parroquia de la Corte, que, moviendo el cielo la lengua en él, se engolfó a deshora en las alabanzas de la Virgen y en las misericordias que había hecho y hacía cada día con infernados pecadores, por la suave devoción de su benditísimo rosario, trayendo en consecuencia desto el sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donación de su alma al demonio con cédula escrita y firmada de su ·mano y sangre, por la dicha devoción fue libre de todo y acabó su vida perseverando en ella, santísimamente». Pero donde la presencia de los dominicos resulta fundamental es en el desenlace, solo comprensible desde las conclusiones a las que, en su polémica con Luis de Molinos, llega el dominico Domingo Báñez en su Apologia: Entonces argumentamos contra Molina así: Dios pudo crear a unos hombres, que puestos en un orden de cosas presupo [Dios] que se condenarían, en otro orden de cosas, sabiendo por ciencia media que en este otro orden de cosas harían un buen uso de su libre arbitrio. Por tanto, es propio de alguien duro y feroz, antes que del clementísimo principio, que por su sola voluntad, haya querido y elegido ese orden de cosas y en él haya creado a esos hombres, presabiendo que en ese orden de cosas harían un mal uso de su libre arbitrio y se condenarían para siempre y, · sin embargo, a otros los haya puesto en otro orden de cosas, LXXIV INTRODUCCIÓN presabiendo que, con seguridad, en este orden harían un buen uso de su libre arbitrio. Por tanto, queremos saber, ¿por qué decide establecer antes un orden de cosas que otro, sabiendo que en este orden algunos se van a salvar y otros van a perecer? [ ... ] Ciertamente, a ninguna razón primera se podrá atribuir esta diferencia de efectos, salvo a la voluntad divina, que elige a algunos en particular y a todos los demás, por el contrario, no elige sino que permite que pequen, para así mostrar en estos su justicia y su poder, y en aquellos, en cambio, su misericordia. Pero por qué habrá querido en particular mostrar en algunos su misericordia y en todos los demás su justicia, no se puede atribuir a ninguna razón, excepto a la voluntad divina (Báñez, 2002). A «mostrar en algunos su misericordia y en todos los demás su justicia» es, exactamente, a lo que responden el relato de «El rico desesperado» y «Los felices amantes». Poco le importa al autor la coherencia del desenlace, atento como está a ejemplificar un cuerpo de doctrina. Así es, en efecto: las dos novelitas, tan aparentemente injustas en su desenlace, cobran pleno sentido a la luz de los argumentos de la Apología de Báñez: la voluntad divina sitúa aJapelín en un orden de cosas y permite que peque, para mostrar en él su justicia y su poder, por el contrario, a doña Luisa y a don Gregorio los sitúa en un orden de cosas diferentes, donde sabe que se van a arrepentir y a salvar, para mostrar en ellos su misericordia. Japelín, que acaba sus días de manera tan radicalmente trágica, es una creación literaria construida desde la teología bañista para mostrar la justicia y poder de la voluntad divina. Su lamentable final ya se lo había anticipado al lector el prior con palabras que son un calco de las de la Apología, arriba citadas: Acordaos también, hijo, que me habéis oído decir cómo hasta hoy ninguno dejó el hábito que una vez tomó de religioso que haya tenido buen fin; que justo juicio es de Dios que quien, siendo llamado por su divina vocación a su servicio, si después le deja de su voluntad en vida, que el mismo Dios le deje a él en muerte, siendo esto lo que Él INTRODUCCIÓN LXXV dijo a los tales por su Profeta: Vocavi, et renuistis; ego quoque ·in interitu vestro ridebo. Por el contrario, la segunda novela pretende servir, dentro de las conClusiones de Báñez en la polémica de auxiliis, a la demostración de la misericordia divina (hasta quince veces se repite la palabra «misericordia» a lo largo del relato). Y, así, en un calco de la doctrina de la Apología, el ermitaño contesta a la perplejidad de Sancho (y nuestra): «¿No veis, Sancho -respondió el ermitaño-, que todo fue permisión de Dios, el cual de muy grandes males suele sacar mayores bienes, y no permitiera aquellos, si no fuera por ocasionarse con ellos para mostrar su omnipotencia y misericordia en estos otros?». El desenlace de las dos historias interpoladas nos deja a los lectores tan perplejos como al bueno de Sancho, pero todas nuestras objeciones se disipan cuando las contemplamos como ejemplificación artificiosa de la tesis del padre Báñez, cuya biografía -estudiante de Artes en Salamanca (1546), estudiante de Teología en Sigüenza (1565), profesor en la Universidad de Ávila y colegial de Santo Tomás de Alcalá (1567), rector de San Gregorio en Valladolid (1573), catedrático de prima de Teología en Salamanca (1580-1599)- no deja de tener interés, al tratar del falso Quijote, si tenemos en cuenta que los dos relatos que comentamos se cuentan en el camino a Sigüenza y que, más allá de esto, la geografia del Quijote apócrifo coincide en más de un punto con la del teólogo. A diferencia de las de Cervantes, que son el planteamiento narrativo de una quaestio (Blasco, 2005a) [ver Bibliografía], las novelitas de Avellaneda ponen en pie una narración que ejemplifica una doctrina (indiscutiblemente de origen dominico) y que solo se entienden a la luz de esta doctrina. Pero no puedo concluir este apartado sin llamar la atención sobre un punto que, de nuevo, vuelve a poner en contacto el falso Qp,ijote con lo, pícara ]ustina y con el entorno de Baltasar Navarrete. El «todo fue permisión de Dios, el cual de muy grandes males suele sacar mayores bienes», que funciona a la vez como cierre del segundo relato y como conclusión de la argumentación doctrinal sobre la que el mismo se sustenta, no hace otra LXXVI INTRODUCCIÓN cosa que repetir la misma idea y -casilas mismas palabras que Baltasar Navarrete emplea para cerrar el libro de La pícara Justina: «Mas como Dios sea infinitamente bueno, de los males saca bienes para los suyos y para su divino nombre, honra y gloria» (López· de Úbeda, 1977: 7 40). Y esta conclusión de La pícara lo que viene a hacer no es sino dar respuesta a un prejuicio que, según se nos cuenta en el prólogo, había asaltado a su autor en el momento de entregar su obra a las prensas: Consulté este libro con algunos hombres espirituales, a quien tengo sumo respecto, y sin cuyo consentimiento no me fiara de mí mismo, y dijéronme de mi libro que, así como Dios permitía males para sacar dellos bienes, y junto con el pecado suele juntar aviso, escarmiento y aun llamamiento de los escarmentados, así (supuesto que en estos tiempos miserables tan desenfrenadamente se apetece la memoria de cosas vanas y profanísimas) es bien que se permita esta historia desta mujer vana (que por la mayor parte es verdadera, de que soy testigo) con que, junto con los malos ejemplos de su vida, se ponga (como aquí se pone) el aviso de los que pretendemos que escarmienten en cabeza ajena (López de Úbeda, 1977: 76). No se me escapa que, si fuera este el único contacto entre las dos obras, la coincidencia de dos textos en una misma sentencia y en una misma doctrina no bastaría para establecer un parentesco de autoría entre ellos. Pero, como hemos visto, los puntos de contacto entre ambas obras van mucho más allá. Las citas anteriores, con todo, me interesan todavía por otra razón: en la última de ellas, la paternidad de la idea de que «Dios permite los males para sacar de ellos bienes» la atribuye el autor de La pícara ]ustina a «algunos hombres espirituales» con los que consultó su libro y, hoy, podemos saber que esta afirmación puede ser algo más que un adorno retórico, si reparamos en que la sentencia común a los dos textos procede de los Tratados de Séneca, donde en el libro primero, titulado «De la divina providencia», el capítulo inicial lleva el siguiente epígrafe: «Cómo habiendo esta Providencia, suce- L INTRODUCCIÓN LXXVII den males a los hombres buenos» (Séneca, 1929: 5). Y todo ello remite a un neoestoicismo cristianizado (bien representado en Avellaneda en la figura de mosén Valentín, al que contesta Cervantes con el personaje del «verde gabán») que, de nuevo, nos sitúa en la órbita de los Navarrete, pues Pedro Fernández Navarrete, que fue el traductor de los Tratados a los que remiten las citas anteriores, reúne todas las condiciones para ser uno de esos «hombres espirituales» a los que se refiere Baltasar N avarrete en La pícara ]ustina y con los que dice haber consultado sobre su libro. Por debajo de las locuras del caballero y de las bromas de quienes se lo encuentran en su camino, el falso Quijote va tejiendo una sostenida apología de la religión, especialmente personalizada en la Orden de los dominicos: la inicial salud de don Quijote se hace depender de su lectura, entre otros libros religiosos, de la Guía de pecadores de fray Luis de Granada; un predicador dominico es el que despierta enjapelín la vocación religiosa y el que provoca la conversión de don Gregorio, que, por cierto, tiene también como escenario el convento de Nuestra Señora de Atocha, también dominico. Y, si la Orden de Predicadores constituye uno de los pilares de la religiosidad que propugna este libro, los otros fundamentos de la misma son la religiosidad popular (omnipresencia del santoral, indulgencias, peregrinaciones, reliquias, imágenes religiosas, exvotos) y un matizado neoestoicismo reconvertido en catolicismo contrarreformista, que comienza manifestándose en la conversión -en las primeras páginas del librode don Quijote en el Caballero Desamorado; que se ejemplifica en el error de un personaje que está empeñado en la teatralización de su vida, mediante la imitación de los soñados caballeros andantes; y que, finalmente, alcanza su mejor expresión discursiva en el sermón, basado en una laudatio de la aurea mediocritas cristianizada, con que mosén Valentín amonesta (de pecado mortal califica su «locura», a la vez que le acusa de «andar escandalizando») al ingenioso hidalgo en Ateca: desde una visión neoestoica, muy grata al ascetismo del momento, mosén Valentín argumenta que don Quijote es culpable del gran error de pretender ajustar su vida a los LXXXIV INTRODUCCIÓN tasar Navarrete me perdone y asista, rogándole a su Dios que me ponga en aquel orden de cosas, en el que Él sabe por ciencia media que haré un buen uso de mi libre arbitrio. Y a quienes han llegado hasta aquí, salud. JAVIER BLASCO NOTA A NUESTRA EDICIÓN Reproduzco, por el ejemplar R-32541 de la Biblioteca Nacional de Madrid, la edición princeps, que según la portada (con toda seguridad falsa) ve la luz en Tarragona, en 1614; una edición salpicada de innumerables erratas y lecturas dudosas que, en la mayoría de los casos, es muy problemático atribuir al autor, ya que este no tuvo ocasión de revisar lo impreso. No he tenido en cuenta otros ejemplares de la princeps, ya que los que se conocen no ofrecen variantes, respecto al utilizado, dignas de consideración. La carencia de fe de erratas, el origen catalán de los ccyistas que compusieron la edición de Tarragona y el hecho, bastante probable, de que al menos una parte de esta edición se compusiera al dictado, complica la labor del editor moderno, obligado en muchos lugares a decidir entre la fidelidad a la princeps (de la que en última instancia el autor no es responsable) y la enmienda del texto, que, si en el caso de las abundantes erratas (cambios y omisiones de letras o de palabras) · es sencillo de resolver, no ocurre lo mismo en otros casos abiertos a la conjetura. Esta edición, dadas las circunstancias antes descritas y certificado que la edición de 1614 no refleja el habla del autor, enmienda de manera bastante conservadora la princeps, corrigiendo sus erratas y modernizando la puntuación y la acentuación de acuerdo con la norma actual. Modernizo la grafía en los casos en que ya no implica a la fonética ( u/v/b; x/g/j; ss/s; z/r;), ni tiene valor diacrítico para ninguna búsqueda; regularizo la ortografía según la norma actual (poniendo hen formas que en el Siglo de Oro podían aparecer con o sin ella; uniformando la vacilación v/b, de L INTRODUCCIÓN LXXXV modo que transcribo siempre había, por avía y havía), pero conservo las vacilaciones vocálicas e/i; o/u; e/ a que ofrece el texto de la princeps; mantengo los grupos consonánticos y las contracciones del tipo destoso dél, así como la f-, cuando responde a una imitación arcaizante de la antigua fabla; respeto también los casos de síncopa, los arcaísmos, y, en general, todos aquellos fenómenos que ofrecen formas léxicas y morfológicas divergentes (despedirles y despedilles), detrás de las cuales podríamos encontrar una voluntad por parte del autor de imitar diferentes registros de habla, como ocurre con frecuencia en los parlamentos de Sancho, plagados de solecismos o de deformaciones de palabras. Tampoco enmiendo la sintaxis, aunque no hay que descartar que la actuación de los cajistas alcanzase también este nivel gramatical. En mi proceder he contado con la impagable ayuda de la edición crítica de Gómez Canseco (2000) apostillada y enmendada ( Gómez Canseco y Sevilla, 2006: 1 O y ss.), de la que solo en muy contadas ocasiones disiento. Agradezco a Daría Villanueva el encargo y a mis colegas y amigos, Emilio de Miguel, Rosa Navarro, Anastasia Rojo, Carmen Morán y Patricia Marín, el impulso de ellos recibido. J. B. BIBLIOGRAFÍA .A.tiUARTE, Diego de, Historia de la provincia del Santo Rosario de la Orden de Predicadores en Filipinas, Japón y China, ed. de Manuel Ferrero, Madrid, CSIC, 1962, 2 vol. ALcacER MARTÍNEZ, Mariano, Historia de la Universidad de Valladolid, Valladolid, Imprenta Castellana, 1930, vol. 2. ANDRÉS Gn., Carlos M., «El libro de Avellaneda como purgante de la locura quijotesca», Cervantes, XVI (1996), 3-11. 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