Paisaje y viñedos en la DO “Rueda”: de la diferenciación a la singularidad
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Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) eISSN: 2605-3322 Cómo citar este trabajo: Baraja Rodríguez, E., Herrero Luque, D., & Martínez Arnáiz, M. (2023). Landscape and vineyards in the PDO “Rueda” (Spain): from differentiation to singularity. Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98). https://doi.org/10.21138/bage.3492 Paisaje y viñedos en la DO “Rueda”: de la diferenciación a la singularidad Landscape and vineyards in the PDO “Rueda” (Spain): from differentiation to singularity Eugenio Baraja Rodríguez [email protected] Departamento de Geografía Universidad de Valladolid (España) Daniel Herrero Luque [email protected] Departamento de Geografía Universidad de Valladolid (España) Marta Martínez Arnáiz [email protected] Departamento de Historia, Geografía y Comunicación Universidad de Burgos (España) Resumen Los espacios vitivinícolas del Duero han logrado una gran proyección comercial al amparo de las marcas territoriales que avalan su calidad en los mercados globales. Sin embargo, la evolución de las preferencias de los consumidores, unido a los límites y contradicciones de los modelos productivos desarrollados tanto en la viña como en la bodega, explican la emergencia de nuevas Recepción: 28.07.2023 Aceptación: 22.10.2023 Publicación: 01.11.2023 Este trabajo se publica bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
estrategias de diferenciación. El presente artículo analiza el caso de la DO «Rueda», un territorio donde la especificidad de su variedad principal, la verdejo, y las inversiones realizadas para modernizar el sector, generaron un dinamismo económico y demográfico inusual en una región donde la despoblación se generalizaba. El crecimiento acelerado de las plantaciones de viña y de la producción de vino, junto al bloqueo comercial derivado de la COVID-19, han actuado como revulsivo en la activación de estrategias de singularización. El artículo indaga en estos procesos y, mediante métodos participativos, se plantea el papel que el paisaje, como expresión de la diversidad territorial y vitivinícola, puede desempeñar en la comercialización de vinos singulares de La Seca, en el corazón de la DO «Rueda», donde tradición productora y dinamismo empresarial se materializan en el municipio de mayor densidad vitícola de Castilla y León. Palabras clave: marcas de calidad; vino; paisajes de viñedos; participación ciudadana. Abstract The wine-growing areas of the Douro river have achieved a great commercial projection under the protection of territorial brands that guarantee their quality in global markets. However, the evolution of consumer preferences and the limits and contradictions of the production models in the vineyard and in the winery, explain the emergence of new differentiation strategies. This article analyses the case of the PDO, where the specificity of its main variety −verdejo− and the investments made to modernise the sector, generated an unusual economic and demographic dynamism in a region where depopulation was widespread. An accelerated growth of vine plantations and wine production and the commercial blockade resulting from COVID-19 have acted as a catalyst in the activation of singularisation strategies. Using participatory methods, the paper explores these processes of change and the role that landscape −as an expression of territorial and viticultural diversity− can play in the marketing of singular wines from La Seca. This municipality, located in the heart of the PDO, stands out for its winemaking tradition and business dynamism, being the most densely wine-growing area in the region of Castilla y León (Spain). Key words: quality brands; wine; vineyard landscapes; citizen participation. 1 Introducción En una etapa de transiciones, de cambios y transformaciones estructurales, ciertos acontecimientos se presentan como hechos disruptivos. La crisis económica de 2008, la Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 2
COVID-19 o el reciente conflicto bélico en Europa han marcado hitos en la evolución de los patrones económicos, sociales y territoriales precedentes, y no tanto por su modificación radical, sino porque han acelerado las transformaciones que se venían observando años atrás. En el caso de los sistemas alimentarios han puesto en evidencia la facilidad con la que pueden ser interrumpidos los intercambios en el marco del capitalismo global y, de esta forma, los límites de un sistema convencional “dotado de muy poca resiliencia y flexibilidad debido a la posición de debilidad que tienen en él los productores y a la falta de verdadera democracia en la relación entre consumidor y productor” (Armesto et al., 2022, p. 112). Con ello se ha planteado la oportunidad, como señalan los autores citados, “para rediseñar la agroalimentación impulsando la transición hacia patrones de suministro y producción más sostenibles” (Armesto et al., 2022, pp. 112-115). Los sistemas agroalimentarios multifuncionales y territorializados (SAMUTER) se inscriben en este proceso, pues no solo expresan una nueva forma de entender la producción, transformación, distribución y consumo de los alimentos, sino que colocan el territorio en el centro del debate, esgrimiendo su diversidad y singularidad frente a los modelos globalizados. Esta cuestión es particularmente relevante en el caso del sector vitivinícola, cuyo análisis resulta de interés geográfico por dos circunstancias. La primera, porque se trata de una de las ramas de la producción agraria más dinámicas y competitivas de España, clave en el tejido económico y en el desarrollo de muchas comarcas rurales. La segunda, porque este sector, dadas sus particulares características, ha proporcionado un modelo de certificación basado en indicaciones de origen que está siendo referente para otros productos alimentarios (Alonso & Parga, 2019), por lo que su evolución resulta reveladora y, en cierto modo, anticipadora de nuevos modelos espaciales y estrategias de competitividad territorial. En las primeras décadas del siglo XX, cuando la crisis de la filoxera y la integración de los mercados nacionales abrieron paso a la fase industrial productivista, los territorios de la vid y el vino se redefinieron completamente (Silva, Fernández & Molinero, 2016). En la década de los ochenta, la vitivinicultura española se abrió a los mercados globales, más complejos y competitivos, donde las marcas territoriales (Indicaciones Geográficas) avalaban la calidad de un producto al tiempo que se adaptaban a la progresiva estandarización de los patrones de consumo. Esta forma de anclaje territorial ponía el acento en la diferenciación por la calidad y saber hacer de los territorios, transfiriendo su peculiaridad a unos vinos que, recíprocamente, colocaban a esos lugares en el imaginario de los consumidores. Por este camino, se ha consolidado una rama del sector agroalimentario cuya entidad económica y social se destacaba en el reciente informe de la Organización Interprofesional del Vino en España, que cifraba la Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 3
actividad de la cadena de valor vitivinícola en el 2,2 % del Valor Añadido Bruto, y elevaba a 427 700 los puestos de trabajo generados (OIVE, 2020). Pero este modelo está cambiando. Por un lado, se están poniendo en evidencia las limitaciones de unas Indicaciones Geográficas (Denominaciones de Origen Protegidas, DOP, e Indicaciones Geográficas Protegidas, IGP) que, si bien han venido cumpliendo con eficacia sus objetivos de identificación, garantía de autenticidad y distinción del producto en el mercado comunitario e internacional (Comisión Europea, 2021), han propiciado que la diversidad y las características distintivas se plegasen a la homogeneización de los vinos (Esteban & Climent, 2017). Con ello, la renta de “especificidad” se ha ido perdiendo en la medida en que los grandes distribuidores se han aferrado a una producción abundante y estandarizada, concentrada y con precios competitivos (Gómez et al., 2012). Por otro lado, los nuevos patrones posproductivistas se hacen evidentes en el aprecio por las formas extensivas de producción, el reforzamiento de la imagen de marca, la valoración ambiental y patrimonial del cultivo de la viña y de la elaboración del vino, o en la diversificación funcional para integrar las constantemente renovadas experiencias enoturísticas (Foronda, 2018; Binimelis Sebastián, 2019). Estas razones explican que, en estas primeras décadas de la presente centuria, las prácticas asociadas al modelo productivista convivan, incluso en una misma demarcación, con otros planteamientos abiertamente críticos con un sistema masificado de “vinos comercializados en base a una diferenciación ficticia o simbólica por parte de las agroindustrias” (Alonso & Parga, 2019, p. 68). Modelos alternativos que buscan nichos de oportunidad en los caminos de la singularización y excepcionalidad, convertida en sinónimo de exclusividad y expresión de lo sofisticado. Las estrategias de esta nueva generación de bodegueros y viticultores se basan en la innovación creativa en la vitivinicultura, recurriendo a prácticas productivas poco convencionales en su afán de buscar vinos expresivos, que reflejen la diversidad del territorio y sus particularidades. De esta forma, se ponen en valor variedades específicas (residuales, en muchos casos), viñas viejas o técnicas de vinificación creativas, pero también se subraya la singularidad de los pagos y se recurre a los valores extraproductivos que amplían las posibilidades de diferenciación. Se alude así a la sostenibilidad como principio (particularmente en su vertiente ambiental) y se apela a la dimensión cultural de las viñas y de las bodegas, a sus valores patrimoniales (materiales e inmateriales) y al paisaje como expresión de una identidad colectiva. Las modificaciones recientes de los pliegos de condiciones de muchas DOP revelan pasos en este sentido, con la ampliación del abanico de variedades permitidas, de tipos de vino Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 4
y el reconocimiento de unidades geográficas menores como fórmula de diferenciación en el etiquetado (Martínez et al., 2022). En este contexto cobra fuerza la idea del terroir, que va más allá de la materialidad física de un determinado lugar para involucrar las distintas facetas (también inmateriales) de la cultura vitivinícola (Binimelis Sebastián, 2019). Y cada vez es más frecuente la puesta en marcha de políticas de zonificación en el marco de las DOP para identificar los vinos con criterios de origen, identidad y autenticidad, pues “solo a través de los viñedos de excepción y del conocimiento de nuestros parajes, lograremos hacer grandes vinos que den prestigio a nuestro país y posibiliten la dinamización de las regiones vitícolas sacándolas del anonimato” (Landi, 2015, p. 11). Este proceso de diferenciación se viene practicando históricamente en Francia, en Borgoña particularmente, pero también en Italia (Piamonte) o en Alemania. En España, sin embargo, pese al desarrollo de numerosos estudios al respecto, la zonificación dentro de las DOP solo recientemente se ha incluido en los pliegos de condiciones. La primera en implementar un modelo de zonificación fue la DOCa Priorat, que desde 1999 comienza a calificar los vinos mediante cata, iniciándose los trabajos tendentes a una demarcación interna, si bien, hasta 2009 no se permitirá etiquetar con las menciones facultativas de “Vin de Vila de” o “paraje de” seguido del nombre del topónimo o nombre tradicional de la unidad geográfica menor a la que se hace referencia. Sus pasos, y en los mismos términos, fueron seguidos por la DO Bierzo en 2019. Ambas denominaciones operan en un territorio de relieve anfractuoso, en el que quedaba fundada la diferenciación potencial de los vinos como expresión del lugar específico de procedencia de las uvas. Sin embargo, a partir de 2020, muchas denominaciones vitivinícolas españolas, grandes y pequeñas, de llano y de montaña, renombradas o nacientes, han ido incorporado a sus pliegos de condiciones esta vía de diferenciación interna. Como señalan Alonso y Parga, la conexión entre territorio y vino abre un rico campo de investigación, “ofreciendo oportunidades colaborativas entre disciplinas tales como la antropología, sociología, historia y/o ciencias sociales en general” (2019, p. 84). Esto inquiere directamente a la geografía a la hora de dar respuestas a preguntas como ¿Qué puede aportar la disciplina en los procesos de zonificación intra-DOP? ¿Es un concepto tan genuinamente geográfico como el paisaje una herramienta en este sentido? ¿Debe ser un argumento de autoridad o consensuado a partir de procesos participativos? Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 5
Este artículo parte de la hipótesis de que el paisaje es un argumento y es una herramienta valiosa en esta tarea. Un argumento en tanto que sintetiza, mejor que otro discurso, las dimensiones «extraproductivas» que la actividad agraria aporta a la sociedad, como demuestra la nutrida representación de los paisajes vitivinícolas entre los bienes reconocidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco (Martínez et al., 2019; Porcal 2023). Pero también es una herramienta que orienta la zonificación en los territorios del vino, pues “el mensaje del paisaje es más preciso hoy que nunca” (Peñín, 2015, p. 15), de tal forma que, para el consumidor, el paisaje “debería ser esa tarjeta postal que nos envía un bodeguero, junto con el comentario de cómo fue la añada, a la hora de presentarnos el vino nuevo” (Bellver, 2015, p. 5). Silva, Fernández y Molinero ya partieron de la “noción de carácter del Convenio Europeo del Paisaje y de su traslación metodológica por la Landscape Character Assessment (LCA) para acercarse a los valores que singularizan los espacios vitivinícolas a escala local”, pues entendían que “constituyen un buen punto de partida para la identificación de los valores singulares del viñedo como tipo de paisaje y como paso previo e ineludible para la selección de paisajes concretos (o unidades de paisaje), delimitados (o delimitables) y conocidos y reconocidos con nombres propios” (2016, p. 900). El propósito de este artículo es profundizar y aplicar esta idea, ensayando un procedimiento metodológico a partir de procesos participativos que se desarrollen desde la base (bottom-up) para sistematizar una idea de singularidad de perfil territorial que complemente las propuestas llevadas a cabo desde los consejos reguladores (topdown). Para ello se ha elegido el territorio de la DO Rueda, en Castilla y León y, singularmente, a modo de laboratorio, el municipio con mayor densidad vitivinícola de la región: La Seca, cuna de la variedad Verdejo, donde el vino no solo es el soporte de su economía, sino la base de una identidad muy marcada. La elección es intencionada, pues estos movimientos que reivindican el terroir se encuentran, por lo general, “en regiones vinícolas marginales y en decadencia económica. (...), al menos en España, y contribuyen a la redistribución económica y la fijación de población en el territorio” (Alonso & Parga, 2019, p. 67). Por ello, ponderar sus expresiones en el corazón de una de las DOP más globalizadas y dinámicas resulta de particular interés geográfico. 2 Área de estudio El papel de las figuras de calidad de los vinos de Castilla y León –nueve Denominaciones de Origen (DO), cuatro Vinos de Calidad (VC) y tres Vinos de Pago (VP)– (Figura 1) ha sido Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 6
decisivo a la hora de configurar un sector de notable relevancia económica y social, que aporta “el 3,1 % del PIB y que ayuda a mantener un 3,8 % del empleo en la región (33 130 empleos, en términos de puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo)” (OIVE, 2022, p. 1). Figura 1. La DO Rueda en el contexto de las DOP de vino de Castilla y León (España) Fuente: elaboración propia a partir de los Pliegos de Condiciones de las DOP y de información espacial extraída de las bases cartográficas y topográficas del IGN Las que más tempranamente aunaron voluntades y esfuerzos aprobando sus respectivos reglamentos en los años ochenta, han sido las más dinámicas. De ellas, la DO Ribera del Duero, en tintos, y la DO Rueda, en blancos, son referentes nacionales. Aprovechando su tradición y buenas condiciones ambientales, así como los avances agronómicos y enológicos, la mentalidad productivista se impuso en ambas para enfocarse desde su inicio a promover una producción en cantidad creciente bajo parámetros homogeneizadores (Huetz de Lemps, 2000). Rueda ilustra este camino desde que, en 1980, fuera la primera DO en Castilla y León que amparaba unos vinos de calidad muy arraigados en la historia, pero que habían ido decayendo hasta que los Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 7
viñedos quedaron acantonados en los pagos menos productivos de las altas plataformas de gravas y acumulaciones de arenas del sur del Duero. Sin embargo, el alto potencial de una variedad tradicional, la verdejo, para satisfacer las preferencias de un mercado cada vez más decantado por los vinos blancos jóvenes y afrutados, fue todo un revulsivo para la comarca (Esteban de Íscar, 2015). Las cifras de ventas, que en 2003 eran 25,4 millones de botellas, superaron los 50 millones en 2010 y, tras el bache de la pandemia, prácticamente llegaron a los 110 millones en 2022, la mayor parte para el mercado nacional (86 %). Paralelamente, el viñedo, que ya alcanzaba las 6519,5 ha en 2000, casi duplica su extensión una década más tarde (11 738 ha), para superar las 20 724 ha en 2022. La práctica totalidad de variedades son blancas –solo 417 ha son de tinto–, y dentro de ellas el dominio de la verdejo es absoluto – 17 835 ha–. Del cultivo de la vid se encargan 1646 viticultores, cuyo número tampoco ha dejado de crecer −1478 en 2015−, como también lo ha hecho el segmento elaborador, con 74 bodegas adscritas a la DO −68 en 2015−. Con esta expansión, las formas de cultivo, elaboración y comercialización han cambiado radicalmente. Las nuevas plantaciones, enteramente modernizadas, con conducciones en espaldera, profusamente tratadas, regadas y mecanizadas en todas las fases del cultivo, han hecho del viñedo una opción más, cualitativamente no muy distinta de los otros cultivos en su objetivo de incrementar los rendimientos para maximizar los beneficios a corto plazo. De esta forma, agricultores experimentados en técnicas productivistas, y en un camino inverso al abandono seguido hasta entonces, se encargaron de extender los viñedos desde los pagos tradicionales hacia las vegas y campiñas, donde ahora se encuentran las nuevas y modernas bodegas, que también cuentan con sus propias viñas. Con ello, el paisaje entero se ha modificado, expresando la naturaleza de un modelo (vinos de calidad a precios competitivos) cuyo éxito comercial es indiscutible: en 2022 la DO se consolidó como el referente nacional de los vinos blancos de calidad con el 41,8 % de la cuota de mercado. El panorama es similar en los 72 municipios que forman parte de la DO, pero solo tres (La Seca, Rueda y Serrada, en la provincia de Valladolid) concentran lo sustancial de la superficie (7455 ha en 2022, el 36 % del total de la DO). De ellos, La Seca es el grand cru de la DO Rueda, la cuna de la verdejo (Figura 2). Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 8
Figura 2. Municipio de La Seca en la DO Rueda Fuente: elaboración propia a partir del Pliego de Condiciones de la DO Rueda y de información espacial extraída de las bases cartográficas y topográficas del IGN (2021) Este municipio tiene la mayor cantidad de viñedo de toda la DO ‒el 17,5%, lo que convierte su término en el de mayor densidad vitícola de Castilla y León‒, y en él se concentran 18 de las 75 bodegas adscritas a la DO. Si a ello le agregamos la marcada tradición vitivinícola, con unos recursos patrimoniales que son la base de una identidad profundamente sentida por la población, entenderemos que La Seca sea un buen laboratorio para analizar los procesos que explican las estructuras productivas presentes y que orientan su futuro inmediato a partir de dos realidades que conviven en un mismo escenario. Dos modelos contrastados que autores como Luis Vicente Elías (2022) había observado en otros ámbitos del país, como la DOCa Rioja. Por un lado, el productivista, basado en poner en el mercado vinos homogéneos a un precio asequible para que la mayoría de los consumidores puedan permitirse consumir un verdejo, un Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 9
Si la infraestructura física constituye el armazón del paisaje, su organización es un hecho enteramente humano, que aprovecha los recursos del medio para integrarlos en las estructuras económicas y sociales de cada momento histórico. De esa disposición, y en virtud de su dominancia, devienen distintos patrones paisajísticos que dan lugar a las áreas de paisaje: unidades con carácter diferenciado delimitadas a partir de su representatividad, su singularidad, su integridad y su valoración social. El trabajo colaborativo desarrollado en los talleres 2 y 3, ha permitido que, finalmente, los tres tipos de paisaje iniciales queden subdivididos en un total de 23 áreas de paisaje (Figuras 7 y 8). Figura 7. Muestras de información geográfica empleadas para la delimitación y caracterización de áreas de paisaje Leyenda: a) Parcelario catastral; b); Infraestructuras y asentamientos c) Mapa de cultivos; d) Recorridos de las visitas de campo. Fuente: elaboración propia a partir de información geográfica tomada de la Dirección General de Catastro (a), la IDECyL (b), el ITACYL (c) y el registro de GPS (d) Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 16
Figura 8. Áreas de paisaje en el municipio de La Seca en la DO Rueda Fuente: elaboración propia A partir de estas áreas, el taller número 4 se centró en la identificación de aquellas unidades cuyo patrón fuese netamente vitícola. En esta tarea, el criterio de dominancia fue ampliamente respaldado, pues, aunque el cultivo de la vid esté muy extendido por todo el término, resulta clara la vocación vitícola de ciertas unidades en las que llega a superar el 75 % de la superficie cultivada. De este proceso, en el que hasta la denominación es consensuada a partir de referencias toponímicas, se deriva un mapa que identifica diez unidades que, en conjunto, representan el 61,26 % de la superficie del término municipal y agrupan 2923 ha de viñedo (el 82 % de todo lo plantado en el término de La Seca) (Figura 9). Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 17
Figura 9. Unidades de paisaje singularizadas por su carácter vitícola en el municipio de La Seca en la DO Rueda Fuente: elaboración propia Como paso previo a la valoración, también en este taller se ahondó en los criterios de singularidad, llegándose al consenso de que uno de los más importantes debería ser el de la permanencia, pues los trabajos de teledetección realizados determinaron que, en algunos pagos situados en las arenas y en las gravas de las terrazas más altas, el dominio del viñedo era ya patente al menos desde 1977. En estos sectores, representaba entre el 40 % y el 60 %, mientras que en las terrazas más bajas esta proporción descendía hasta el 22-40 %. Esta permanencia, a juicio de los participantes, otorga autenticidad e integridad funcional a esos pagos. Algo que se refuerza al considerar otros dos aspectos: la conducción de los viñedos y la estructura del parcelario (Figuras 10 y 11). Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 18
Figura 10. Muestras de información geográfica empleadas para la elaboración de cartografía sobre los criterios de singularidad en la sesión del taller 4 Leyenda: a) Vuelo Americano 1956-57; b) Vuelo Interministerial 1977; c) Sentinel 2 2021. Fuente: elaboración propia a partir de fotogramas del Vuelo Americano Serie B proporcionadas por el IGN (a), Ortofotos Interministerial del IGN (b) y de los Mosaicos nacionales Sentinel 2 del IGN (c) Figura 11. Muestra de uno de los trabajos de georreferenciación y análisis espacial realizados Leyenda: a) superficie de viñedos existentes en 1977 y b) porcentaje de superficie de viñedo respecto al total de superficie en cada área de paisaje de La Seca. Fuente: elaboración propia a partir del trabajo de georreferenciación de la superficie de viñedo en 1977 a partir de las ortofotos del vuelo Interministerial (IGN) Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 19
Por lo que al primer aspecto se refiere, la mecanización de la mayor parte de las labores realizadas en los viñedos ha generalizado la conducción en espaldera o, lo que es lo mismo, la modificación de los marcos de plantación y el arrumbamiento de los majuelos en vaso. Todas las nuevas plantaciones adoptan este sistema; incluso en los viñedos más antiguos ha sido una práctica común “levantarlos”. Por esta razón, la pervivencia de los marcos de plantación tradicionales es un criterio de singular relevancia en estas áreas, donde, por otro lado, también encontramos mayor diversidad varietal (Figura 12). Figura 12. Superficie de viñedos de plantación en vaso en 2021 y porcentaje respecto al total de superficie en cada área de paisaje de La Seca Fuente: elaboración propia a partir del trabajo de georreferenciación de viñedos en vaso con las ortofotos de 2021 (IGN) El segundo aspecto tiene que ver con el alcance de la concentración parcelaria. Los viñedos quedaron excluidos de la aplicación de esta política, por lo que las fincas resultantes del reagrupamiento de parcelas se concentraron en las vegas, laderas y terrazas meridionales ocupadas por otros cultivos, dejando al margen las unidades de viñedo más antiguo que, a resultas de ello, presentan una morfología de mosaico compuesto por múltiples teselas de diferente tamaño y disposición; rasgo que le otorga una textura claramente diferenciada. Por tanto, antigüedad de los majuelos, marcos de plantación y formas de conducción, así como estructura parcelaria se convierten en aspectos clave de la singularidad. Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 20
Concluida esta fase, el taller 5 se centró en ponderar los valores de estas diez unidades singulares. Si el vino y la vid forman parte del patrimonio cultural del municipio de La Seca, definiendo una de sus señas de identidad más marcadas, se puede entender la importancia que la participación ciudadana tuvo en esta fase del proceso, pues entraron en juego los distintos componentes de un legado que tiene expresiones muy diversas. Dado que los valores de cada unidad no son homogéneos, para su distinción se consensuó una escala con cuatro niveles que identifican la posición relativa de cada una de las unidades dentro del conjunto. En orden ascendente los cuatro niveles reconocidos fueron: “de interés”, “destacable”, “relevante” y “excepcional”. El resultado de la evaluación (Figura 13) identificó dos unidades con una singularidad excepcional, tres con una singularidad relevante, otras tres con singularidad destacable y dos más con una singularidad de interés. Figura 13. Valoración de unidades de paisaje resultantes del proceso participativo Fuente: elaboración propia Finalmente, en el último de los talleres se certificó la validez de método y resultados, y se ajustó la demarcación de unas unidades de paisaje vitivinícola que fueron presentadas al público Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 21
general en forma de catálogo de viñedos singulares –articulado en diez fichas cuyo contenido sintético se recoge en la Figura 14–, donde se realizaron observaciones y debates que respaldaron definitivamente la propuesta. Figura 14. Ficha de la unidad 6 “Entremajuelos” del Catálogo de Viñedos Singulares de La Seca Fuente: elaboración propia Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 22
4 Discusión La diferenciación territorial en los ámbitos de las DOP vitivinícolas es un proceso que cada vez cobra más fuerza y que se orienta a afianzar la categoría de los vinos excepcionales en mercados altamente competitivos (Esteban & Fernández, 2022). Su esencia descansa en un principio: la zonificación interna discriminaría territorios escalarmente sucesivos conforme a su potencial para producir vinos de calidad y características típicas. De acuerdo con ese planteamiento “un buen conocimiento del espacio geográfico con base territorial, paisajística y social, puede llegar a complementar los enfoques empresariales de carácter económico del sector vitivinícola” (Jorge, 2020, p. 360). Así pues, una diferenciación en unidades geográficas menores ajustada al concepto integral de terroir, exigiría un minucioso estudio de las características edáficas, climáticas o hidrogeológicas de los diferentes pagos o parajes, pero también de la evolución de los viñedos, de sus variedades, de las prácticas agronómicas y de todos los aspectos materiales e inmateriales de la cultura vitivinícola, como paso previo a promover una legislación identificativa de los valores territoriales específicos (Álvarez, 2015). El Observatorio Internacional del Vino aprobó en 2012 una guía metodológica para la zonificación vitivinícola sobre la base de suelo y clima (OIV, 2012). Partiendo de la ampliamente contrastada idea de que las características del vino están directamente vinculadas a las influencias del suelo y el clima en la viña, la guía maneja criterios técnicos de base geológica, geomorfológica y pedológica, a los que se agregan datos climáticos combinados a diferentes escalas, con el propósito de cartografiar unas demarcaciones con características homogéneas. Entiende la zonificación como una herramienta no solo para producir vinos con rasgos diferenciados, sino para orientar también las prácticas, los riesgos o las aptitudes del terreno para el cultivo de las diferentes variedades. Este tipo de criterios técnico-agronómicos, arropados por estudios y propuestas, es una de las vías seguidas en los procesos de zonificación de las DOP españolas (Lorente & Franco, 2018). En el caso de Castilla y León, a modo de ejemplo, Ribera del Duero en 1992 y 1994, Rueda y Toro en 2002, El Bierzo en 2003, Cigales en 2007 y Arribes del Duero en 2010 realizaron mapas y clasificaciones edafológicas, basadas en la Soil Taxonomy a escala 1:50 000 y 1:25 000, con el propósito de clasificar sus demarcaciones por su aptitud para el cultivo del viñedo.1 Pero, la realidad pone de manifiesto que la mayoría de las DOP españolas que han incorporado recientemente la zonificación de unidades geográficas menores en sus normas reguladoras lo hacen apoyándose 1 ITACYL. Mapas en las denominaciones de origen de vinos. https://suelos.itacyl.es/mapas Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 23
en criterios de naturaleza administrativa. Por lo común, se alude a la indicación facultativa “Vino de pueblo” o “Vino de villa” en referencia a los términos municipales (y en algunos casos, también a las entidades locales menores) que se detallan en el apartado del área geográfica amparada por la DOP en sus respectivos pliegos de condiciones. La propia DO Rueda, en sus normas de etiquetado, permite hacer uso del nombre de una unidad geográfica menor (términos municipales) en el mismo campo visual que la expresión "Rueda Denominación de Origen", con la mención “Vino de Pueblo”, esto es, del municipio, siempre y cuando el vino amparado haya sido elaborado con un 85 % de uvas procedentes de parcelas ubicadas en dicho término municipal.2 Tal manera de zonificar elude el fondo de la cuestión, pues no se fundamenta en criterios técnicos y está lejos de ahondar en la complejidad ambiental y cultural inherente a la singularización. En Castilla y León, solamente en las DOP Bierzo y Cebreros se ha avanzado en una identificación territorial que va más allá del municipio y las entidades locales. En 2014, y netamente inspirado en los principios sobre los que se estaba trabajando en la DOCa Priorat, el consejo regulador de la DO Bierzo se propuso apostar por un modelo alternativo al seguido por las DO más productivistas. Era una visión estratégica acorde con la propia riqueza y diversidad geográfica de la comarca. Una visión que “alejándose de patrones de clasificación de vinos tradicionales, basados en la duración del periodo de envejecimiento (vino crianza, reserva, etc.), han desarrollado modelos de puesta en valor mediante la trazabilidad y lo autóctono” (Jorge, 2020, p. 369). Esa visión pasaba por la zonificación, y en 2019 se aprobaba una modificación del pliego de condiciones que incorporaba una serie de disposiciones sobre el etiquetado3. Indicaba la posibilidad de hacer mención (de manera facultativa y siempre que se cumplieran las condiciones precisadas) al nombre de una unidad geográfica menor, como la de “Vino de Villa” con el nombre de municipio o de pedanía; o bien de “Vino de Paraje” con el nombre geográfico de una de las demarcaciones identificadas como parajes por la DOP Bierzo. A su vez, dentro de estos parajes, caben las menciones de “Viña Clasificada” o “Gran Viña Clasificada” para los vinos elaborados con uvas procedentes de parcelas concretas y tras un número de años utilizando las menciones previas. Por su parte, en Cebreros, además de la 2 Acuerdo del CRDO Rueda. Revisión Instrucciones de etiquetado 1 de junio de 2023. https://www.dorueda.com/es/crdo/etiquetado/ 3 BOE núm. 201, de 22 de agosto 2019. https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE B-2019-35528 Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 24
mención “Vino de pueblo”, se contempla la zonificación en ámbitos supramunicipales (Sierra de Gredos, Valle del Alberche, Valle del Tiétar y Valle de Iruelas). La piedra angular de este sistema de anclaje territorial es el paraje, una referencia identificativa de perfil catastral que alude y evoca la singularidad geográfica. En la regulación vitivinícola española este término se contempla como mención de calidad en la legislación que afecta a las DOP e IGP de ámbito territorial supraautonómico, cuya tutela corresponde al Estado (Ley 6/2015 y RD 267/2017, que la desarrolla). Dadas las especificidades territoriales de la DO Cava, se da a los operadores la posibilidad de distinguir vinos elaborados en un paraje vitícola identificado como singular, pudiendo solicitar la designación de «cava calificado» en el etiquetado (disposición adicional cuarta de la Ley 6/2015). Esta regulación relativa a parajes vitícolas identificados como unidades geográficas menores es extensible a todas las DOP de vinos de ámbito territorial supraautonómico, y en la DOCa Rioja se ha concretado en la figura de «viñedos singulares», con estatus de marca registrada propiedad de su Consejo Regulador. También se menciona el paraje en La Ley de la Viña y el Vino de Castilla-La Mancha como la unidad de menor entidad geográfica admisible como mención. No obstante, el término paraje ha sido utilizado ampliamente en el ámbito agrario para la identificación de los lugares mediante referencias literales (denominación toponímica) desde las recopilaciones del Catastro de Ensenada de 1749-1756 (Copano & Ventura, 2020, 119), si bien, sus limitaciones se han puesto en evidencia en las últimas décadas. Hay autores que opinan que procesos como “la despoblación que ha experimentado el campo español (...) hace prácticamente imposible localizar una finca auxiliándose exclusivamente por el nombre del paraje; las relaciones de parajes agrarios suelen estar obsoletas (cuando existen) y por supuesto son incompletas; las delimitaciones de los parajes suelen coincidir con límites geográficos que no han tenido que mantenerse, obligatoriamente, con el transcurso del tiempo” (Alcázar Molina & Sánchez de la Orden, 2001). El catastro de rústica otorga a cada parcela una etiqueta de paraje (por lo general un topónimo tradicional) y, por agregación de las que tienen similar denominación, se genera un polígono que, convenientemente ajustado por personas conocedoras de las características del lugar, acaba convertido en la referencia territorial. La nomenclatura tradicional no solo otorga al paraje “continuidad y permanencia”, sino que expresa “la trascendencia de los nombres de la tierra, que debemos respetar y utilizar como lo que somos, custodios temporales de este patrimonio privilegiado” (CR DOCa Priorat, 2019). Por este camino se han demarcado y cartografiado 2325 parajes en El Bierzo, que no necesariamente valoran su calidad y singularidad vitivinícola, pero sí garantizan la trazabilidad. Es un proceso de zonificación de Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, (98) 25
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