La memoria histórica en España: Del movimiento memorialista a la conciencia histórica
Abstract
En conformidad con las condiciones del contrato de edición de "Ediciones Universidad de Valladolid", esta monografía se publicará inicialmente en papel. Transcurrido un periodo de embargo, se difundirá en formato digital y en acceso abierto.
Full text
ISBN: 978-84-1320-121-4 Pablo García Colmenares Universidad de Valladolid LA MEMORIA HISTÓRICA EN ESPAÑA DEL MOVIMIENTO MEMORIALISTA A LA CONCIENCIA HISTÓRICA Pablo García Colmenares LA MEMORIA HISTÓRICA EN ESPAÑA La recuperación de la memoria histórica de la Guerra Civil y la represión en España ha sido fruto de un esfuerzo colectivo en todo el país. Eso sí, con notables diferencias en los apoyos institucionales, como se comenta en el texto. Y se ha hecho como un deber de memoria para conocer y, desde ese conocimiento, para que no vuelva a repetirse. Una investigación coral que ha ido desde la recuperación de nuestro pasado más traumático, exhumando fosas comunes, hasta nuestra memoria democrática reciente, que nos permiten entender y explicar la España actual. Ese esfuerzo conjunto ha tenido resultados encomiables que es necesario destacar: desde la recopilación de los nombres de las víctimas inocentes, hasta la creación de numerosos memoriales de reconocimiento y homenaje. Ha sido, además, una labor con propuestas y actuaciones para aliviar heridas y superar traumas generacionales. Pero el movimiento memorialista ha impulsado, también, el desarrollo normativo de políticas de memoria en muchas CCAA de este país, que han iniciado las siguientes fases de actuación, como son: la incorporación de la memoria histórica democrática en los libros de texto y la elaboración de itinerarios pedagógicos con los “Lugares de la Memoria” o “Lugares de Conciencia” donde se recogen, desde la localización de las fosas comunes hasta los memoriales e hitos-tótem de la memoria, o de edificios de especial significación y conciencia de la violencia traumática de ese territorio. Un proceso que está siendo coordinado por Centros e Institutos de la Memoria Democrática de algunas CCAA con el uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías, y que tiene por objeto no solo difundir el conocimiento, sino utilizarlo para reconciliarnos con nuestro pasado. Este es hoy el campo de trabajo que más interesa al movimiento memorialista y a los investigadores sociales, porque su aportación tiene más interés para el futuro al conformar la conciencia histórica de qué somos y qué queremos ser. LINEA DE CORTE LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE
Pablo García Colmenares Universidad de Valladolid LA MEMORIA HISTÓRICA EN ESPAÑA DEL MOVIMIENTO MEMORIALISTA A LA CONCIENCIA HISTÓRICA Pablo García Colmenares LA MEMORIA HISTÓRICA EN ESPAÑA La recuperación de la memoria histórica de la Guerra Civil y la represión en España ha sido fruto de un esfuerzo colectivo en todo el país. Eso sí, con notables diferencias en los apoyos institucionales, como se comenta en el texto. Y se ha hecho como un deber de memoria para conocer y, desde ese conocimiento, para que no vuelva a repetirse. Una investigación coral que ha ido desde la recuperación de nuestro pasado más traumático, exhumando fosas comunes, hasta nuestra memoria democrática reciente, que nos permiten entender y explicar la España actual. Ese esfuerzo conjunto ha tenido resultados encomiables que es necesario destacar: desde la recopilación de los nombres de las víctimas inocentes, hasta la creación de numerosos memoriales de reconocimiento y homenaje. Ha sido, además, una labor con propuestas y actuaciones para aliviar heridas y superar traumas generacionales. Pero el movimiento memorialista ha impulsado, también, el desarrollo normativo de políticas de memoria en muchas CCAA de este país, que han iniciado las siguientes fases de actuación, como son: la incorporación de la memoria histórica democrática en los libros de texto y la elaboración de itinerarios pedagógicos con los “Lugares de la Memoria” o “Lugares de Conciencia” donde se recogen, desde la localización de las fosas comunes hasta los memoriales e hitos-tótem de la memoria, o de edificios de especial significación y conciencia de la violencia traumática de ese territorio. Un proceso que está siendo coordinado por Centros e Institutos de la Memoria Democrática de algunas CCAA con el uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías, y que tiene por objeto no solo difundir el conocimiento, sino utilizarlo para reconciliarnos con nuestro pasado. Este es hoy el campo de trabajo que más interesa al movimiento memorialista y a los investigadores sociales, porque su aportación tiene más interés para el futuro al conformar la conciencia histórica de qué somos y qué queremos ser. LINEA DE CORTE LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE LINEA DE PLEGADO LINEA DE PLEGADO LINEA DE CORTE LINEA DE CORTE
La memoria histórica en España Del movimiento memorialista a la conciencia histórica
Serie: HISTORIA Y SOCIEDAD, 228 GARCÍA COMENARES, Pablo La memoria histórica en España : del movimiento memorialista a la conciencia histórica / Pablo García Colmenares. – Valladolid : Ediciones Universidad de Valladolid, 2021 308 p. ; 24 cm. – (Historia y Sociedad ; 228) ISBN 978-84-1320-121-4 1. España – Historia – Siglo XXI I. García Colmenares, Pablo, aut. II. Universidad de Valladolid, ed. III. Serie 946.0
P ABLO G ARCÍA C OLMENARES La memoria histórica en España Del movimiento memorialista a la conciencia histórica
En conformidad con la política editorial de Ediciones Universidad de Valladolid (http://www.publicaciones.uva.es), este libro ha superado una evaluación por pares de doble ciego realizada por revisores externos a la Universidad de Valladolid. © PABLO GARCÍA COLMENARES, VALLADOLID, 2021 EDICIONES UNIVERSIDAD DE VALLADOLID Motivo de cubierta: Inauguración, el 14 de abril de 2014, del hito memorial a las víctimas de la represión en Torquemada (Palencia). Diseño, escultura y fotos de Javier Ayarza. ISBN: 978-84-1320-121-4 Dep. Legal: VA-255-2021 Preimpresión: Ediciones Universidad de Valladolid Imprime: GGL - Valladolid No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, ni su préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión de uso del ejemplar, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.
La necesidad de una reflexión crítica sobre el pasado se hace aún más evidente, más imperativa, si pensamos que nuestro segundo objetivo -primero en cuanto a su importanciaes la transmisión de una memoria histórica a las nuevas generaciones. (Semprún, 1995 a) Todos los Nombres… la divisa no escrita de este Cementerio General es Todos los Nombres… (Saramago, 1998: 251) Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos. (Méndez, 2004: 28)
Este libro tiene que estar dedicado a los familiares de las víctimas inocentes de la Guerra Civil española, y a todas las personas que han contribuido con su investigación y esfuerzo a la recuperación de la Memoria Histórica.
16 La memoria histórica en España conocimiento es una conquista del siglo XX debido, entre otras causas, a la entrada en escena del pueblo de la memoria, justo en el momento en que se hacía visible el fracaso de una racionalidad moderna que confundía realidad con facticidad. Hay que decir, sin embargo, que la complicidad entre memoria y conocimiento había estado siempre presente de alguna manera. ¿No decía Platón que la razón es anamnesis? Y hasta su realista discípulo, Aristóteles, sostenía la provocadora tesis de que “hay más verdad en la poesía que en la historia” porque la Historia trata de hechos mientras que la poesía tiene en cuenta lo que fue (memoria) o lo que pueda ser (utopía). Y algo de esto barruntaba Martin Heidegger cuando hacía derivar el concepto “pensar” de una palabra arcaica, “Gedanc”, que lleva en su raíz la referencia a la memoria (“Gedächtnis”). A partir de ese momento, el destino del pensamiento iba ligado al tiempo y, por tanto, a la memoria. Recordemos que la crisis de racionalidad que supuso la Primera Guerra Mundial se llevó por delante la autoridad del presente. Para la razón moderna ilustrada solo existe el presente, decía Hegel, lo que es tanto como decir que es una racionalidad atemporal, porque si nada pinta ni el pasado ni el futuro, el presente queda situado fuera del tiempo. Ahora bien, si queremos hacer valer el pasado y el futuro, hay que pensar un tipo de logos-con-tiempo. Y eso es la memoria: la nueva encarnación del logos. El sentido del presente no estaría por tanto en él sino en su pasado y en su futuro. Imaginemos que estamos hablando de la democracia española. Si queremos medir su calidad no bastaría con recurrir a los índices de transparencia o de corrupción o de resultados educativos que emiten organismos internacionales; habría que mirar al pasado y analizar en qué medida la democracia actual se hacer cargo de las injusticias pasadas. Con el añadido de que solo haciendo presente esa deuda pendiente la democracia que dejemos a nuestros descendientes no será una prolongación de la presente sino una cualitativamente mejor. Ahí se ve que la memoria no es un añadido o complemento a la Historia, por ejemplo, sino otra forma de hacer Historia, porque es otra forma de entender la racionalidad que debe animar toda práctica científica, también la Historia. El carácter anamnético de la memoria no consiste solo en reconocer el valor documental del testimonio, sino en entender la Historia de otro modo. El autor menciona como segundo elemento característico de una concepción memorial de la Historia poder hablar de la justicia transicional. Más allá del alcance jurídico de esta figura, lo que se quiere dar a entender es que el nuevo historiador no es indiferente a los problemas morales (y jurídicos) con los que se topa en su lectura del pasado; obliga a una lectura moral del pasado. La presencia de la
Presentación. Por una Historia anamnética 17 memoria en la elaboración histórica obliga a plantearse de una manera nueva la relación de la Historia con la verdad y la justicia. Ahora resulta que los actores de la Historia se nos presentan como ejecutores, víctimas o testigos, es decir, no como meros objetos de análisis. Esto desasosiega a los historiadores, solicitados incluso por tribunales de justicia para que determinen la culpabilidad o inocencia de los actores. Se hace verdad el dictum hegeliano Die Weltgeschichte als Weltgericht (la Historia como tribunal del mundo). Muchos historiadores se han negado a ese papel aduciendo que el historiador no es un juez. Su papel no consiste en juzgar sino en comprender. Lo suyo no es dictar sentencia, sino establecer la verdad de los hechos. Ahí hay un problema efectivamente. Quizá sea de ayuda lo que dijo Charles Peguy a propósito del affaire Dreyfus: “la historia no emite sentencias judiciales; hasta se puede decir que no pronuncia ni siquiera juicios históricos. Lo que hace es elaborar juicios históricos. Siempre está elaborándolos”. La Historia no hace juicios, sino que suministra material para hacerlos. Lo que pasa es que en la elaboración de esos juicios históricos no pueden faltar las voces de las víctimas porque, si se acallan, en nombre de la objetividad de la lectura, entonces daríamos razón a quienes acusan a la Historia de ser el relato de los vencedores. Porque la memoria es conocimiento y no solo sentimiento es por lo que el concepto de “deber de memoria” casa con re-pensar y no solo con re-cordar. Por eso no se sostienen las críticas al “deber de memoria” que pierden de vista el verdadero plano del debate, que es el epistémico y no solo el moral. Lo que se debate no es tanto si hay que recordar y cómo a las víctimas, cuanto cómo pensar y construir el mundo después de la barbarie. Ese concepto de “deber de memoria” o, como prefiere decir Adorno, “Nuevo Imperativo Categórico”, nace en el momento de liberación de los campos de exterminio, cuando la humanidad toma conciencia de que ha ocurrido lo impensable. Deber de memoria no significa tener que acordarnos periódicamente del sufrimiento que tuvieron que soportar los deportados en los campos de concentración o de exterminio. Consiste, más bien, en tomar conciencia de lo que significa la expresión “aquello fue impensable”. Ocurrió efectivamente lo nunca visto, lo impensable, lo inimaginable: hacer desaparecer a todo un pueblo por el mero hecho de ser diferente sin dejar rastro físico para que no hubiera posibilidad de reconstruirle metafísicamente. Aquello fue lo que ocurrió. Y ¿qué pasa cuando ocurre lo impensable? Pues que lo ocurrido se convierte en lo que da que pensar. Pensar bien es una reflexión sobre lo ocurrido o, si se prefiere, un proceso cognitivo que no arranca de premisas o principios sino de lo ocurrido.
18 La memoria histórica en España El deber de memoria es un imperativo teórico que afecta en primer lugar a nuestro modo de conocer. Una cura de humildad porque lo que se nos está diciendo es que no podemos fiarnos de nuestras habilidades cognitivas para prever lo que pueda ocurrir o para interpretar lo ocurrido partiendo de categorías anteriores. Nuestros conceptos, aprendidos en los libros, quedan desbordados y, nuestros sistemas de conocimiento, descosidos. Hay que rehacer nuestro universo mental partiendo de lo que hemos hecho, aunque no fuéramos capaces de pensarlo. Lo ocurrido es lo que da que pensar. Y llamamos a eso “deber de memoria” porque ese pasado ocurrido e impensable es la cita obligada para la reconstrucción de otra forma de pensar y de realizar la Historia. “El deber de memoria” despide un tipo de epistemología que creía poder adelantar la realidad pensando bien. Fin del mente concipio motum de Galileo. Decía el sabio italiano que él prescindía totalmente de los movimientos reales que hacen los cuerpos y que, cerrando los ojos a esos movimientos efectivos que percibimos con los sentidos, construía en su mente, con el puro pensamiento, los movimientos de la realidad. Eso ya no es posible en el campo de la Historia y de la acción humana. ¿Qué consecuencias prácticas se derivan de todo esto? Las consecuencias van en dos direcciones: hacia adelante y hacia atrás. Hacia adelante, el deber de memoria nos impone pensar de nuevo las piezas que conforman la Historia (la política, el derecho, la ética, la estética, la religión…) partiendo de la barbarie. En el horror murió no solo el judío sino parte de nuestra cultura. Primo Levi, por ejemplo, decía que en los campos no valía la ética de la buena conciencia que mandaba y manda. Había que repensar la ética porque con la que tenemos -la kantiana o la habermasianatendríamos que juzgarles y condenarles. Benjamin, por su lado, cuestionaba la lógica del progreso, piedra angular de la política moderna. Decía que progreso y fascismo se dan la mano. Habría que pensar una política que no fuera progresista. Adorno, por su parte, se preguntaba cómo hace poesía después de Auschwitz. El tribunal de Nurenberg tuvo que inventarse una nueva figura jurídica para aproximarse a lo ocurrido y por eso hablamos de genocidio y de imprescriptibilidad, algo inédito. Son todas expresiones de ese “deber de memoria”. Los filósofos también estamos emplazados a pensar con imaginación y dejar de arrastrarnos por lugares trillados. Tengamos bien en cuenta que mirar hacia adelante no es una invitación a construir utopías sino a pensar con memoria. El “deber de memoria” también mira hacia atrás. La irrupción del pasado en el presente cuartea la seguridad del presente. Ya no es verdad, como decía Hegel, que “solo el presente es; el pasado y el futuro, no”. Gracias a la memoria, el pasado
Presentación. Por una Historia anamnética 19 no está a disposición del presente, sino que hay como un salto del tigre del pasado al presente que le desestabiliza. No es lo mismo juzgar el pasado desde el presente que interpelar el presente desde el pasado. Es la memoria la que se constituye en tribunal de la Historia porque pone en evidencia su indiferencia respecto al coste humano y social de su construcción. La memoria, tribunal de la Historia; y no al revés como siempre hemos hecho. El deber de memoria invita a re-pensar la política, momento fundamental de la construcción de la Historia. Y aquí surge un problema que García Colmenares registra y sobre el que conviene reflexionar. Me refiero a la relación entre memoria y democracia. El autor lo plantea al hacerse eco de las reflexiones que se hace el historiador Ricard Vinyes. El historiador catalán asocia “memoria” a recuerdo del dolor. Y, claro, si se entiende así la memoria entonces se subrayaría su lado sentimental y se debilitaría su sentido político. La memoria, germen despolitizador, amenazaría también a la racionalidad, pues tiende a sustituir la lógica por el sentimiento, añade. Un grave despilfarro que Vinyes lamenta, porque la memoria tiene un potencial que debidamente encauzado puede potenciar la democracia. Todo depende de que consigamos traducir esa experiencia dolorosa de los republicanos que perdieron la guerra y fueron luego represaliados en un patrimonio político que pueda ser transmitido a las generaciones posteriores. Hay que poner el acento en las políticas públicas actuales que serán más eficaces si se nutren de toda esa experiencia dolorosa. Hay que convertir esa experiencia en patrimonio cultural, es decir, hay que esforzarse en hacer ver a las nuevas generaciones lo que supuso la pérdida de la vida democrática, lo que ha costado conseguirla, que siempre está amenazada y que por eso hay que cuidarla, etc. Con razón entonces se subsume esta interpretación de la memoria bajo el epígrafe de “memoria democrática”. Creo que este inteligente discurso tiene, sin embargo, un pequeño problema, y es este ¿qué hacer con la memoria de las víctimas que no eran republicanas? No es un problema menor porque o entendemos que tan víctima y digna de memoria era la monjita asesinada por ser religiosa como el maestro republicano por ser socialista o, en caso contrario, reducimos el ser víctima a la ideología, sea de la víctima o del victimario. Tengo para mí que el ser víctima no tiene que ver con la ideología sino con el hecho de ser víctima, es decir, con el hecho de ser objeto de una violencia inmerecida. Por eso digo y repito que lo que caracteriza a la víctima es ser inocente. Y eso es clave para el asunto que nos ocupa: el alcance político de su memoria. Lo que esta cuestiona es la violencia y lo que demanda es una política sin violencia. Y esa demanda viene tanto de la víctima de un lado como del otro.
20 La memoria histórica en España Por eso resulta confuso apellidar a esa memoria “democrática”, porque su recuerdo no tiene por objetivo primero reforzar la democracia actual ni la república pasada, sino propiciar un modo de hacer política, distinto al que causó la víctima que recordamos (la una y la otra). Y la confusión sube de tono cuando queremos corregir las insuficiencias de la democracia actual con la memoria de la II República de suerte que traducimos memoria de la guerra o de la represión franquista en reivindicación de la III República. La memoria de todas esas víctimas se substancia en un modo de hacer política distinto: que corrija lo que ese pasado no fue capaz de evitar, a saber, resolver los conflictos sociales sin tener que matarse. El patrimonio cultural que conformaría esa experiencia traumática no se identificaría tanto con el epígrafe “democracia” cuanto con el de “interrupción”. Esta manera de entender la dimensión política de la memoria es mucho más exigente –sin que se oponganque la memoria democrática porque no solo interpela al franquismo por golpista, sino a la República, porque no supo evitar la violencia que victimizó a tantos inocentes. No se trata de equidistancia, porque la significación política de unas víctimas y otras es radicalmente distinta: las que causó el franquismo, como bien explica el autor, eran sistémicas, formaban parte de la estrategia exterminadora de los sublevados; las otras, frutos de la ira o del odio descontrolado que la propia República perseguía. Pero el punto central es la existencia de víctimas en ambos lados. Naturalmente que esta memoria de las víctimas conforma un rico patrimonio moral que enriquecerá a la democracia. Pero es mucho más que eso. Alcanza mucho más lejos. La memoria se relaciona con la democracia como lo prepolítico con lo político. La memoria conforma una filosofía de la Historia en la que se insertan las formas políticas, por eso la memoria tal y como aquí se entiende se convierte en logos moderno (un logos-contiempo) que puede ejercer de instancia crítica respecto a cualquier forma política concreta, por ejemplo, la democracia que tenemos. Lo que la memoria persigue es un modo nuevo de hacer política, distinto del dominante en el pasado y en el presente tan ligado a la violencia (sic Hegel), y eso solo es posible si hacemos la política de otra manera, de una manera distinta a como la hemos hecho, es decir, sin víctimas. Y esto explica la centralidad en el concepto de memoria del “nunca más”, es decir, la interrupción del modo y manera con que hemos hecho política hasta ahora. El “nunca más” anuncia el proyecto de un futuro distinto algo que solo será posible si superamos el pasado del que provenimos. Y eso explica la importancia del perdón, entendido como hacer Hanna Arendt, es decir, como virtud
Presentación. Por una Historia anamnética 21 política. Juega en Arendt el concepto de perdón el mismo papel que el de interrupción en Benjamin. El libro de García Colmenares abre un debate sobre la naturaleza de la Historia que se hace necesario. Algo parecido a lo que ocurrió en Alemania, en los años ochenta, con el “debate de los historiadores”. Lo que ahí se discutía era el lugar de la memoria de Auschwitz en la interpretación de la identidad alemana. Hubo dos bandos: el de Ernst Nolte y todos aquellos para quienes “la solución final” fue una hora tonta que no podía afectar al orgullo de ser alemán; el de quienes, como Habermas, pensaban que Auschwitz afectaba tan profundamente el ser alemán que solo les cabía el orgullo propio de un “patriotismo constitucional”, una expresión muy irónica ya que la Constitución alemana fue impuesta por los aliados. Fue en ese contexto cuando forjó un titular que dio la vuelta al mundo: “Alemania ha sido democrática cuando no era nacionalista y cuando ha sido nacionalista no ha sido democrática”. ¡Orgullosos de algo que habían recibido, impuesto! También nosotros tenemos que discutir el alcance teórico y político de una Historia construida, como diría María Zambrano, sobre el olvido. Afloran en este libro muchos temas antiguos tratados de una forma nueva, por ejemplo, el papel de la Iglesia Católica en la sublevación militar y en la represión franquista. Ahí están las claves de por qué la sociedad española actual es una de las más secularizadas de Europa y también por qué se encuentra tan cómoda en el lado más conservador. No ha habido en ella duelo ni, por tanto, asunción de responsabilidades. Del libro se desprende el convencimiento de que el daño provocado por ese pasado ha sido tan devastador que solo un duelo proporcional podría conjurar los demonios familiares. Me parece muy ilustrativo lo que ocurrió en Alemania después de la II Guerra Mundial. En los años sesenta publicaron los psicoanalistas Alexander y Margarette Mitscherlich un estudio titulado “La incapacidad de duelo de los alemanes”. Los alemanes no fueron capaces de asumir sus responsabilidades después de la guerra -de hacer dueloy por eso seguían siendo iguales que antes: igual de antisemitas, de anticomunistas, de tribales. El duelo al que se referían era… por Hitler. Se hace duelo tras una gran pérdida. Nadie tan querido por los alemanes como Hitler. Pero, cuando es derrotado y se suicida, nadie quiere enfrentarse a la pérdida. Lo que hace la inmensa mayoría es desconocerle, desinteresarse. Eso les privó de asumir las responsabilidades derivadas de su identificación con el monstruo y, por tanto, de cambiar en su profundo modo de ser. Siguieron iguales, hasta que hicieron duelo en los años ochenta. La tesis de los Mitscherlich vale para España. Los franquistas no han hecho duelo por la pér-
22 La memoria histórica en España dida de su tótem ni la Iglesia por un modelo de sociedad que en el fondo muchos siguen ansiando. El pasado se eterniza. Se entenderá por qué este libro, aunque hable del pasado, es de la mayor actualidad. Rastrea la huella que ha dejado entre nosotros el pasado reciente. Lo hace con conocimiento de causa y brillantez narrativa. Al hacer visible lo que queda de ese pasado, ayuda a comprender las sombras de la convivencia actual.
PRÓLOGO Del conocimiento a la asunción del pasado histórico a historiografía actual sobre la Guerra Civil y el franquismo, con las lógicas referencias a la II República, trata de avanzar en el conocimiento cada vez más exhaustivo, fijando los conceptos científicos y las ideas bien definidas para superar, así, los tópicos y desenmascarando los mitos y las tergiversaciones de las políticas de memoria impuestas por la dictadura franquista. La historiografía sobre la guerra lleva proponiendo otras miradas destacando el análisis de los mecanismos de la violencia, que nos permiten entender y explicar la represión que se comete en las retaguardias, tanto de los sublevados como de las zonas fieles a la República. Del mismo modo, esta nueva mirada tiende a un análisis más cualitativo, antropológico y psicológico y especialmente a la atención a las víctimas: hombres y mujeres sobre las que se ha puesto el foco, por fin, atendiendo al concepto de “violencia” en función del género. Así como también a las diferentes formas de represaliados/as, la persecución y marginación sobre los familiares, y el trauma generado y sufrido por la violencia mantenida en sus múltiples formas a lo largo de toda la dictadura. La recuperación de la historia de las víctimas es la reivindicación de su Memoria Histórica (MH) que se ha puesto en el centro del debate científico hoy en el mundo y en España. Debemos recuperar el valor de la lucha antifranquista, la lucha por los derechos humanos que todo país democrático debe tener en sus políticas públicas de memoria. Todo ello fruto del trabajo de los historiadores desde los años noventa, aunque con muchas limitaciones para su difusión fuera del mundo académico. Ha sido a partir de esa fecha y, sobre todo, con la llegada del nuevo siglo, cuando se ha producido una auténtica explosión investigadora a nivel provincial y local, de la mano de una pléyade de nuevos historiadores o al amparo de las demandas del movimiento memorialista que recorre el país iniciando en el campo mediático un debate que ha ampliado y mejorado nuestro conocimiento. La investigación que se presenta tiene por objeto analizar la situación del conocimiento de nuestro pasado reciente sobre la Historia y memoria o memorias L
24 La memoria histórica en España de la Guerra Civil (1936-1939) y el franquismo (1939-1975). Su interés viene avalado por el notable esfuerzo realizado en las últimas décadas para mejorar nuestro conocimiento en estos campos de estudio e investigación y la ineludible necesidad de documentarlo y ordenarlo en una investigación científica. Desde la última década del pasado siglo XX se han venido sucediendo noticias, actuaciones y publicaciones que han ido ampliando nuestro conocimiento de la historia reciente, a la par que se producía un aluvión de publicaciones sobre la Guerra Civil (GC) y el franquismo, por lo que la mayor parte del espacio nacional dispone de estudios locales y de síntesis sobre este periodo de la Historia de España. Por otra parte, en lo que se refiere a la recuperación de la memoria histórica (RMH), se trata de un proceso de reconstrucción de la memoria de las víctimas y vencidos que ha tenido un desarrollo extraordinario en las últimas décadas en España. Y sin entrar en las definiciones y relaciones entre “Historia” y “Memoria”, pero sí con el ánimo de precisar algunos aspectos siguiendo a Henry Rousso, entiendo la memoria como una representación mental del pasado que podría definirse como la presencia o el presente del pasado, como una presencia del pasado reconstruida o reconstituida. Pero sin perder de vista a Halbwachs y sus tesis sobre que no existe memoria individual que no se halle inserta en los marcos de la formación colectiva, que proporciona la familia, la escuela, la clase social o la nación (Rousso, 2007: 347-349). Este es el contexto sobre el que hacer historia de la memoria colectiva, que es campo de estudio de otras muchas áreas sociales (Filosofía, Antropología, Psicología Social, Sociología) y que está dentro de la renovación de la historia del tiempo presente y del “tiempo de memoria” en el que nos encontramos. Como escribe Pierre Nora, es el presente el que se ha convertido en el dominio de la Historia: «Un presente que se escribe por y bajo la mirada de los actores, de los vivos, de los testigos, de las víctimas. Una Historia que, a su vez, revitaliza la vieja rivalidad entre la memoria y la historia» (Nora, 2012: 60). Es la “era del testigo” o “la era de la rememoración”, pues la historia tradicional basaba su exploración en el pasado con exclusión del presente. El historiador disponía de un cierto monopolio sobre el pasado, pero el peso de lo contemporáneo le ha desposeído de esa autoridad y, al mismo tiempo, el pasado «ya no es un saber, ahora es lo que está en juego» (Nora, 2012: 62). Otros autores de referencia como Le Goff y Todorov insisten en el sentido de que «La memoria intenta preservar el pasado solo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuraremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su someti-
Prólogo. Del conocimiento a la asunción del pasado histórico 25 miento» . (Todorov, 2000: 5). Del mismo modo, la MH debe tener un sentido más allá del mero reconocimiento científico y social: Sin duda, todos tienen derecho a recuperar su pasado, pero no hay razón para erigir un culto a la memoria por la memoria; sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril. Una vez restablecido el pasado, la pregunta debe ser: ¿para qué puede servir, y con qué fin? (Todorov, 2000: 33) Como señalaba hace tiempo Paul Ricoeur (1996: 167) «cuando el historiador es confrontado con lo horrible, figura límite de la historia de las víctimas, la relación de deuda se transforma en deber de no olvidar». En el caso español es urgente actuar como reconoce Josefina Cuesta, porque se han dejado pasar décadas antes de hacerlo. Debió hacerse durante la Transición o los años inmediatos: Estas “batallas de la memoria” son una anécdota, tienen un significado; son un exponente, codificado… de conflictos larvados, de traumas no superados, de rupturas no bien saldadas, de añoranzas de poderes perdidos; en suma de sociedad que no han acometido en profundidad una asunción del pasado en el presente, de esta forma el pasado se enquista en la sociedad, se convierten una rémora para la plena convivencia y reencuentro social del presente; lastra a las democracias recobradas de un déficit de verdad y justicia. (Cuesta, 2008: 17) La memoria colectiva y, por tanto, la MH, como elaboración posterior y resultado de un proceso de “explicación y comprensión”, es materia de la Historia que en la década de los ochenta se hizo relevante en Francia y otros países europeos, en Estados Unidos y, a partir de la década de los noventa, en España, como señala Cuesta Bustillo, que define las diferencias entre “memoria colectiva” e “Historia”, siguiendo a Halbwachs: La memoria colectiva se presenta como un río que amplía su cauce a medida que avanza su curso sobre una línea continua, mientras que la historia divide y recorta periodos y privilegia las diferencias, los cambios y otras discontinuidades. En el desarrollo continuo de la memoria colectiva, no hay líneas de separación claramente trazadas, como en la historia. (Cuesta, 2008: 35) Hoy estamos haciendo Historia de la memoria de ese acontecimiento en el presente teniendo en cuenta a los testigos y sus testimonios: El conocimiento del pasado, llamado “objetivo”, no basta para explicar el presente; es preciso añadir el conocimiento de la percepción presente del pasado. Este “presente del pasado” es precisamente la memoria, y el análisis historiográfico de ésta permite conocer mejor los procesos que utiliza para estructurar la realidad presente sobre la que incide… El historiador estudia tanto los hechos como el tiempo y los procesos que se desarrollan en él…. (Cuesta, 2008: 48)