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1 UNIVERSIDAD DE MÁLAGA DEPARTAMENTO DE SALUD PÚBLICA Y PSIQUIATRÍA TESIS DOCTORAL PSICOPATOBIOGRAFÍA DE LEOPOLDO MARÍA PANERO José Daniel Gutiérrez Castillo Málaga 2015
AUTOR: José Daniel Gutiérrez Castillo http://orcid.org/0000-0002-1258-4651 EDITA: Publicaciones y Divulgación Científica. Universidad de Málaga Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercialSinObraDerivada 4.0 Internacional: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode Cualquier parte de esta obra se puede reproducir sin autorización pero con el reconocimiento y atribución de los autores. No se puede hacer uso comercial de la obra y no se puede alterar, transformar o hacer obras derivadas. Esta Tesis Doctoral está depositada en el Repositorio Institucional de la Universidad de Málaga (RIUMA): riuma.uma.es
2 A mi director de tesis, el Profesor Francisco Ruíz Ruíz de León, por la orientación, el aliento y los consejos a la hora de realizar esta tesis doctoral y por animarme a trabajar en este apasionante tema. A la doctora Adriana Oris y a la doctora María Gracia Navarro por hacerme llegar y entender la enseñanza de Lacan y por todo lo que aprendí de ellas. A mis padres, a mi hermano y a Marta.
3 ÍNDICE 1. Resumen……..………………………………………………...5 2. Introducción……………………………………………...……6 3. Metodología……………………………………………….…10 a. Objetivos……………………………………………...12 b. Hipótesis…...………………………………………....13 c. Fuentes y método de análisis de la investigación………………………………..………...16 4. La psicosis en el psicoanálisis y en la fenomenología……….20 a. La psicosis desde el psicoanálisis freudiano……….…21 b. La psicosis desde el psicoanálisis lacaniano………….33 c. La psicosis desde la fenomenología………………..…46 5. Resultados del estudio del objeto de investigación (psicopatobiografía de Leopoldo María Panero)……….....….54 a. Estudio psicopatológico………………………………55 i. La poesía y Panero………………………...…131 b. Identidad y existencia en Leopoldo María Panero…..135 i. La infancia……………………………………136 ii. La vida adulta………………………………...141
4 1. La vida: la nada, el miedo y el dolor…………………………………..142 2. La experiencia de la soledad………….145 3. El miedo………………………………147 4. Ser objeto de goce del Otro……...…...148 5. Ser el loco…………………………….151 6. La identidad en juego………………....153 7. Panero ante el amor y el sexo………...162 8. Panero y Artaud………………………174 iii. La vejez………………………………………175 c. Panero y el padre………………………………….....181 d. Panero y la madre …………………………………...202 6. Conclusiones…………………………………………….….239 7. Anexo………………………………………………….……249 8. Bibliografía…………………………………………………255
5 RESUMEN Se estudia la psicopatobiografía del poeta Leopoldo María Panero desde las perspectivas psicoanalítica y fenomenológica. Para ello se han utilizado como fuentes de investigación los textos poéticos y en prosa, los artículos, cartas y entrevistas así como fuentes externas (biografías y estudios realizados sobre el poeta). Se contrastan hipótesis sobre creatividad y psicopatología, fenomenológicas y psicoanalíticas. En el estudio psicopatobiográfico se expone la psicopatología del poeta donde puede comprobarse la presencia de fenómenos psicopatológicos tales como ideas delirantes, alucinaciones, interpretaciones delirantes, fenómenos de difusión y control del pensamiento, entre otros, y su desarrollo a lo largo de la vida. También se estudian aspectos existenciales como la vivencia de la infancia y la vejez para el poeta y cuestiones como la posición del psicótico, la identidad y la sexualidad así como la relación con el deseo y el goce. Por último también se aborda la influencia y la relación con las figuras materna y paterna. Palabras clave: psicopatobiografía, psicoanálisis, fenomenología, psicopatología, Leopoldo María Panero.
6 INTRODUCCIÓN
7 Nos proponemos el estudio de un caso clínico en profundidad desde la perspectiva psico-pato-biográfica, estableciendo las relaciones entre psicopatología y creatividad. Nos planteamos la esencia del caso clínico, la vida del enfermo en su contexto familiar, histórico y cultural considerando los aspectos físicos, psíquicos y sociales. Consideramos que el caso clínico de Leopoldo María Panero estudiado desde la vertiente psico-pato-biográfica puede convertirse en un modelo paradigmático de especial importancia para la clínica psicopatológica y para las relaciones entre creatividad y psicopatología. Entre el arte y la ciencia la psicopatología ha intentado, desde los diferentes conjuntos paradigmáticos, estudiar la relación existente entre la creación artística y la vida psíquica. A partir del estudio de casos clínicos de genios, la patografía precisó las primeras hipótesis sobre la producción artística y los trastornos psicopatológicos, y esto sirvió para elaborar los conceptos psicopatológicos iniciales e influyó profundamente en la independencia de la psiquiatría y la psicología (1). La psicobiografía se encarga de estudiar las diferentes etapas del curso vital y las crisis personales decisivas. A la patografía hay que situarla en la tradición clínico-fenomenológica y a la psicobiografía en el desarrollo de las disciplinas de la psicología de la personalidad y la psicología social desde la perspectiva psicoevolutiva y psicoanalítica. Basándonos en este paradigma, hemos de entender que gran parte del psiquismo es inconsciente y que la historia reproduciría la repetición del conflicto (por fijación en una de las etapas del desarrollo psicosexual) (2) y la regresión a una etapa infantil para explicar el
8 curso de la vida (1), lo que se traducirá en la relación del sujeto consigo mismo, los otros, el deseo y el goce (3). Las patografías, desde la perspectiva fenomenológica, son historias clínicas cuyo objetivo consiste en comprender los fenómenos psíquicos y psicopatológicos y aclarar su significación en la génesis de la creación artística (4), contribuyendo a la comprensión de los fenómenos psicopatológicos y al diagnóstico de la enfermedad mental teniendo en cuenta el curso de la vida del sujeto. El análisis patográfico (daseinanalyse o análisis existencial) se aplicó a la clínica siguiendo la metodología de los filósofos Husserl y Heidegger obteniéndose importantes avances en la comprensión de las enfermedades mentales (1). La medicina y la filosofía de comienzos del siglo XX estaban interesadas en las vidas de personajes geniales, y las nuevas teorías intentaron comprobar sus hipótesis estudiando la personalidad de estos personajes. Desde el psicoanálisis se investiga la personalidad del artista y es en ese momento cuando la literatura proporciona elementos esenciales a la psicopatología. Los conflictos inconscientes, las tendencias reprimidas, los sueños o los delirios se reflejarán de forma más o menos clara en la producción de los artistas (1). La historia del psicoanálisis y de la fenomenología están íntimamente unidas al estudio de casos clínicos, existiendo casos paradigmáticos de cada una de las perspectivas: el caso del dramaturgo August Strindberg para la fenomenología y el de Daniel Schreber para el psicoanálisis. El primer caso le sirve a Jaspers para elaborar sus conceptos y teorías psicopatológicas (5) y en el segundo, Freud intenta demostrar su hipótesis de las defensas homosexuales en el origen de la
15 c) El poeta se sitúa en una posición de objeto frente al goce del Otro. d) Los escritos son, en gran parte, autobiográficos y la escritura cumple una labor de suplencia del nombre del padre.
16 Fuentes de investigación A la hora de abordar la obra de Leopoldo María Panero nos encontramos con la principal ventaja de que su obra está escrita casi totalmente en lengua castellana, a excepción de algunos poemas escritos en italiano, francés o inglés, de importancia menor. Otra característica a la hora de abordar la psicopatobiografía de Panero es el hecho de que haya fallecido y que su obra no esté inconclusa, especialmente en un autor en el que su producción ha aumentado a un ritmo vertiginoso, saliendo a la venta incluso varios libros al año. El material usado como fuente de investigación se puede clasificar en cinco grupos: a) Obra poética. Se han estudiado los poemarios escritos únicamente por Leopoldo María Panero, descartándose los elaborados junto a otros poetas (como Claudio Rizzo, Félix Caballero o José Luis Pasarín Aristi) donde la autoría no puede establecerse con claridad. Se ha utilizado la “Poesía completa” recopilada por el Prof. Túa Blesa, en la que se recoge, en dos tomos, la producción poética desde 1970 hasta 2010. También se han utilizado ediciones originales de sus poemarios. b) Obra narrativa, autobiografía y epistolario. La obra narrativa de Leopoldo María Panero se puede clasificar en tres subgrupos: los relatos y cuentos, la narrativa autobiográfica y la epistolar. Los primeros están reunidos en el volumen “Cuentos
17 completos” editado en 2007 por el Prof. Túa Blesa y donde se incluyen todos los libros de cuentos y relatos publicados por Leopoldo María Panero (“El lugar del hijo” de 1976; y “Palabras de un asesino”, en la edición ampliada de 1982) y una serie de cuatro cuentos dispersos publicados en distintas fechas. Son dos las obras que podemos citar como narrativa autobiográfica: una, “Prueba de vida. Autobiografía de la muerte” de 2002 y considerada por Panero como su autobiografía, y “Papá, dame la mano que tengo miedo”, obra en prosa de gran contenido autobiográfico y publicada en 2007. Para este trabajo se han usado los dos libros autobiográficos, la edición de “Cuentos completos” y la original de “Palabras de un asesino”. En cuanto al género epistolar Panero tiene publicado un epistolario con el escritor Diego Medrano titulado “Los héroes inútiles” del año 2005. c) Obra audiovisual Se han realizado dos películas documentales sobre Leopoldo María Panero, las cuales han sido usadas para este trabajo: “El desencanto” de Jaime Chavarri del año 1976 (9) y “Después de tantos años” de Ricardo Franco de 1974 (10). La segunda puede considerarse una continuación de la primera. En ambas encontramos el testimonio en primera persona de Leopoldo María Panero, sus hermanos y su madre. También se ha utilizado como fuente el cortometraje documental “Un día con Panero” (11) realizado por Jacobo Beut y donde se recoge
18 una charla entre Leopoldo María Panero, Enrique Bunbury y Carlos Ann; asimismo se han utilizado entrevistas aparecidas en televisión. d) Entrevistas y artículos Se han recogido entrevistas realizadas a Leopoldo María Panero fundamentalmente en prensa, revistas literarias y radio junto a las ya mencionadas en el apartado anterior aparecidas en televisión. En cuanto a los artículos nos referimos a aquéllos escritos por el propio Leopoldo María, parte de los cuales han sido publicados en la obra “Prosas encontradas”, editada por Fernando Antón. e) Biografías y trabajos sobre Panero Existe una biografía sobre Leopoldo María Panero bastante documentada y publicada en 1999 por Benito Fernández con el título de “El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero” (12) donde se recogen, además de múltiples datos biográficos, un buen número de cartas escritas por el poeta. Por otro lado hay dos libros dedicados a Leopoldo María Panero: “Leopoldo María Panero, el último poeta” publicado en 1995 por Túa Blesa (13) y “Después de tantos desencantos. Vida y obras poéticas de los Panero” (14) de Federico Utrera y publicado en 2008, donde se aborda parcialmente la vida y obra de Leopoldo María Panero. Su madre escribió unas memorias tituladas “Espejo de sombras” (15) que sirven de material externo así como el libro de Luis Antonio de Villena “Lúcidos bordes de abismo. Memoria personal de los Panero” (16).
19 Además hay dos tesis doctorales sobre Leopoldo María Panero. Una de Concepción Pérez Rojas titulada “Creación literaria y psicosis: tragedia, símbolo, mundos posibles, movimiento. La Prueba de vida de Leopoldo María Panero” (17) de 2009 y otra de Sergio Augusto Sánchez Bustos con el título “Leopoldo María Panero: enfermedad mental y literatura” (18). En el primer caso se trata de un trabajo donde se estudia la relación de la psicosis con la creación artística aplicándose a la obra de Panero. El segundo es una tesis muy documentada donde se analizan las relaciones de Panero con conceptos como el yo, la muerte, la enfermedad mental así como con otros autores literarios; sin embargo no se aborda el estudio psicopatobiográfico ni se toman las teorías fenomenológica y psicoanalítica como enfoque teórico. Se han usado los libros biográficos y además varios artículos publicados en prensa y revistas especializadas sobre el poeta.
20 LA PSICOSIS EN EL PSICOANÁLISIS Y LA FENOMENOLOGÍA
21 Este capítulo introductorio tiene por objetivo situar las coordenadas teóricas de la conceptualización de la psicosis tanto en el psicoanálisis (freudiano y lacaniano) como en la fenomenología. La intención es aclarar conceptos que en muchos casos son difusos y cuyo significado ha variado con el tiempo o es utilizado de forma diferente en función de los autores. Sirve también para poder situar los elementos analizados en el capítulo de resultados en un contexto teórico que haga comprensible y ágil la exposición. LA PSICOSIS DESDE EL PSICOANÁLISIS FREUDIANO. En 1845 Ernst Von Feuchtersleben, decano de la Facultad de Medicina de Viena, introduce el término psicosis para designar la enfermedad psíquica, pero sin desligarla de la neurosis (enfermedad del sistema nervioso) apuntando que “toda psicosis es al mismo tiempo una neurosis, puesto que sin la intervención de la vida nerviosa no se manifiesta ninguna modificación de lo psíquico; pero no toda neurosis es igualmente una psicosis” (19). A lo largo del siglo XIX el concepto de neurosis fue evolucionando hacia afecciones en las que se presuponía una afectación nerviosa pero sin lesión (se incluía desde la neurosis digestiva o la histeria a la corea o la epilepsia) mientras que el término psicosis se fue relacionando con las afecciones que presentaban síntomas psíquicos. Sucintamente se puede decir que las neurosis eran del médico y no se enviaban al asilo mientras que las psicosis pertenecían a los alienistas (19).
22 Una de las primeras cuestiones clínicas que se plantea Freud es la de establecer la diferencia entre psicosis y neurosis. Hay que recordar que Freud era neurólogo de profesión y que su acercamiento al estudio del psiquismo parte de observaciones de la histeria (20). Freud establece una diferenciación de las psicosis y las neurosis en un conjunto de escritos redactados entre 1894 y 1896, de los cuales destacan las “Cartas a Wilhem Fliess” (21) y “La neuropsicosis de defensa” (22). En las neuropsicosis de defensa incluye la neurosis histérica, la neurosis obsesiva, la fobia, una forma de psicosis alucinatoria y la paranoia, diferenciándolas de las neurosis actuales que serían la neurastenia, la neurosis de angustia y la hipocondría. Los dos grupos presentan etiología (causalidad infantil en las neuropsicosis frente a causalidad actual en las neurosis actuales) y mecanismos diferentes (mecanismos de defensa) (23),(19),(24). En esta época Freud expone el concepto de defensa como una acción del yo frente a representaciones intolerables (fundamentalmente sexuales) (22). Lo que se ha reprimido en el inconsciente, por ser inasimilable, intenta retornar, siendo las defensas los obstáculos o estrategias para evitar o camuflar estos contenidos. Entre estas defensas se encuentra la proyección, en la que el sujeto expulsa de sí mismo cualidades, sentimientos, deseos... y los coloca en el otro, es el mecanismo característico de la paranoia (19), como más abajo se apuntará; pero hay un mecanismo de defensa más enérgico y eficaz, consistente en que “el yo rechaza (verwift) la representación intolerable conjuntamente con su afecto y se conduce como si la representación no hubiese jamás llegado a él” (22). Freud aporta como ejemplo del retorno de lo reprimido las alucinaciones en un caso de psicosis y añade que “el yo separa la representación intolerable, pero ésta se halla inseparablemente unida a un trozo de la realidad, y al
23 desligarse de ella, el yo se desliga también, total o parcialmente, de la realidad” (22). El sujeto ha huido de la representación intolerable por medio de la psicosis. Posteriormente Freud se encarga de establecer las diferencias entre las psiconeurosis, estableciendo dos grandes grupos: el de las neurosis de transferencia y el de las neurosis narcisistas. La característica de la neurosis narcisista es el repliegue de la libido sobre el yo (25) ejemplificado especialmente en la megalomanía; este grupo estaría formado por las psicosis funcionales, que son básicamente la paranoia y la esquizofrenia (término creado por Bleuler en 1911 y que sustituiría el de demencia precoz). El grupo de las neurosis de transferencia lo integrarían la neurosis de histeria y la neurosis obsesiva y, a diferencia de las neurosis narcisistas, en las de transferencia la libido se proyecta sobre objetos reales o imaginarios en lugar de hallarse retirada sobre el yo (19). En este punto fundamental la teoría freudiana se ha servido en gran medida de las aportaciones de Bleuler, Jung y Abraham. La primera obra en la que Freud expone ampliamente su teoría sobre la psicosis es “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente” publicado en 1911 y en el que se realiza un estudio psicobiográfico de Daniel Schreber a partir de sus memorias autobiográficas (26). En esa obra Freud realiza una puntualización metodológica importante: “la investigación psicoanalítica de la paranoia sería totalmente imposible si los enfermos no presentaran la peculiaridad de revelar espontáneamente, aunque alterado por la deformación, aquello que los demás neuróticos ocultan como su más íntimo secreto. Dado que los paranoicos no pueden ser obligados a vencer sus resistencias internas y sólo dicen lo que quieren decir, resulta factible sustituir en esta enfermedad el
24 conocimiento personal del enfermo por la descripción escrita o impresa de su historial patológico” (6). En esta obra Freud propone que la paranoia es una defensa frente a los impulsos homosexuales, y lo argumenta a partir del caso de Schreber: “la motivación de esta enfermedad [la psicosis] fue, pues, un avance de la libido homosexual, orientada, probablemente desde un principio hacia el doctor Fleschig [médico que trató a Schreber] como objeto, y la resistencia contra este impulso libidinoso creó el conflicto del que surgieron los fenómenos patológicos” (6) y añade: “la causa estimulante de su enfermedad fue una irrupción de libido homosexual, y el propio doctor Flechsig fue probablemente el objeto de tal libido, y fue su lucha contra tales impulsos libidinales la causante del conflicto que terminó por producir los síntomas” (6). Para apuntalar esta teoría Freud cita a Schreber cuando piensa “qué maravilloso sería ser una mujer durante el coito”. Unas páginas más adelante Freud ofrece una interpretación hipotética: que la personalidad de Fleschig debió recordarle a Schreber a su padre o a su hermano (6). En relación al delirio escribe: “del estudio de una serie de casos de delirio persecutorio he extraído, y han extraído otros investigadores, la impresión de que la relación del enfermo con su perseguidor puede quedar explicada por medio de una sencilla fórmula. La persona a la que el delirio atribuye tan gran poder y tanta influencia, y en cuyas manos convergen todos los hilos de la conspiración, es siempre aquella misma que antes de la enfermedad integraba análoga importancia para la vida sentimental del enfermo, o una sustitución de ella, fácilmente reconocible como tal. La importancia sentimental es proyectada como poder exterior y, en cambio, el tono sentimental queda transformado en su contrario. La persona odiada y temida ahora por su persecución es siempre una persona amada o respetada antes
31 rival (generalmente un hermano mayor) y por un mecanismo de represión transformaría la hostilidad en atracción erótica por los antiguos rivales. Como puede observarse se trata de una de las aportaciones teóricas más débiles de Freud (29). A partir de su segunda tópica (donde aparecen las tres instancias Yo, Superyó y Ello) (30) Freud modifica algunos aspectos de su nosología (23) que da a conocer en “Neurosis y psicosis” (31) y “La pérdida de realidad en la neurosis y en la psicosis” (32), ambos de 1924. En “El Yo y el Ello” Freud había situado al Yo entre el mundo exterior y el Ello y sometido a las servidumbres de éstos y a la del Superyó (30). En una formulación sencilla diferencia la psicosis de la neurosis de esta forma: “la neurosis sería el resultado de un conflicto entre el Yo y su Ello, y, en cambio, la psicosis, el desenlace análogo de tal perturbación de las relaciones entre el Yo y el mundo exterior” (31). Aporta como ejemplos la amencia de Meynert (un cuadro de psicosis caracterizado por el cese total de la percepción del mundo exterior como consecuencia de una realidad intolerable, de modo que el Yo se procura un nuevo mundo exterior e interior construido de acuerdo con las tendencias optativas del Ello), el embotamiento afectivo de la esquizofrenia, muestra de la pérdida por parte del paciente de todo interés por el mundo exterior y en la paranoia observa que el delirio surge precisamente en aquellos puntos donde se ha producido una solución de continuidad en la relación del Yo con el mundo exterior (31). En la etiología de la psicosis se encuentra siempre la privación, el incumplimiento de algún deseo infantil. Se hallaría en el fondo de esta privación un origen exterior, pese a la apariencia de una génesis superyoica, como garante de las exigencias de la realidad. Habría una psicosis si en este conflicto el Yo se pliega al Ello y excluye una parte
32 de la realidad. Observa que en la melancolía el conflicto se halla entre el Yo y el Superyo, motivo por el que realiza un importante ajuste nosológico distinguiendo las neurosis de transferencia (en las que hay un conflicto entre el Yo y el Ello), las neurosis narcisistas (es decir la melancolía, donde encontramos un conflicto entre el Yo y el Superyo) y psicosis (conflicto entre el Yo y el mundo exterior) (31). El psicótico intenta sustituir la realidad negada mediante una elaboración que recoge las huellas mnésicas, las representaciones y los juicios tomados hasta entonces de la realidad y que la representaban en la vida anímica. El hecho de que las alucinaciones, los delirios y los falsos recuerdos se acompañen de tanta angustia muestra, escribe Freud, que este proceso de transformación se realiza con la oposición de poderosas energías y con cierto fracaso. Al igual que en la neurosis aparece la angustia cuando lo reprimido trata de retornar a la conciencia, en la psicosis la realidad negada trataría de imponerse en la vida anímica (32). Freud en “Neurosis y psicosis” no llega a saber si el proceso de separación del Yo de la realidad es un mecanismo análogo al de la represión. En resumen, entre las aportaciones de Freud al campo de la psicosis destacan: una etiología en el que operan el inconsciente y los mecanismos de defensa, la búsqueda de fenómenos comunes en todas las psicosis (en concreto la retracción de la libido y el delirio de grandeza) y una nueva concepción del delirio donde éste se considera la expresión de un intento de curación.
33 LA PSICOSIS DESDE EL PSICOANÁLISIS LACANIANO Jacques Lacan (1901-1981) realiza una relectura de la obra de Sigmund Freud. Partiendo de sus estudios de la psicosis (33) desarrolla una teoría psicoanalítica donde lo original freudiano se articula con la lingüística estructural de Ferdinand de Saussure y el estructuralismo de Claude Levi-Strauss, pero se influencia también de Hegel, de Heidegger y de Marx. Imbricando la obra de estos pensadores con el psicoanálisis abre éste al terreno de la filosofía, llegando a Foucault y a Derrida. El primer Lacan, influenciado por la primacía de lo simbólico, establece la máxima de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, como un conjunto de significantes articulados en una cadena. Esta cadena se articula con la cadena de significados, siendo el significante una imagen acústica y el significado el concepto. Significante y significado se encuentran en relación mediante el signo lingüístico. Saussure une el significado y el significante por una línea, a modo de fracción numérica, situando el significado encima y el significante debajo (34). Lacan invierte la relación entre significado y significante, colocando por encima de la línea de separación el significante y por debajo el significado, anunciando la autonomía del significante en relación al significado (35). Lacan habla entonces de que los significantes van fijándose a significados, de modo que un solo significante puede remitir a varios significados y que por medio de la represión un significante (consciente) puede remitir a un significado inconsciente sin relación aparente entre ambos. A este proceso de sustitución lo
34 llama metáfora. Mediante la metáfora se designa un concepto mediante el nombre de otra cosa: “un significante que va en lugar de otro significante” (36) tal como lo define Lacan. Una de las aportaciones más relevantes de Lacan es la del estadio del espejo, que es un proceso doble en el que, por un lado, el niño conquista la imagen de su propio cuerpo y por otro esboza un tipo de identificación basado en una relación específica con la madre. El estadio del espejo tiene lugar entre los seis y los dieciocho meses de vida del niño, cuando aún no ha alcanzado la madurez motriz pero es capaz de captar, reconocer su imagen en el espejo. En una reformulación posterior (37), añade que es necesaria una figura simbólica (los padres habitualmente) que apruebe esa imagen, que la sancione, de modo que el niño la asume de modo jubiloso pues, al conjunto de las sensaciones fragmentarias que tiene sobre su cuerpo puede darle una unidad, aunque sea más allá de él dando lugar a la estructuración del yo (moi). Del estadio del espejo se deduce que el yo es una ilusión, una ilusión imaginaria y además alienada, pues su génesis viene del exterior, del otro. No hay una unidad del yo sino una imagen de unidad. Lacan observa que la vivencia del cuerpo fragmentado aparecerá en los sueños y en la psicosis (35). Al salir del estadio del espejo el niño sigue manteniendo una relación de fusión con su madre, tratando de identificarse con lo que él supone que es el objeto de deseo de la madre: intentando ser lo que cree que desea la madre, lo que a ésta le falta, pretendiendo completar a su madre; siendo el falo el objeto susceptible de satisfacer la falta en el otro, en este caso, en la madre (38). Si el deseo de la madre es el falo,
35 el niño quiere ser el falo para satisfacerlo (35). Para gustarle a la madre es necesario y suficiente ser el falo (36). El falo no debe entenderse como una realidad anatómica, como el miembro viril, sino como la representación psíquica inconsciente del atributo presente en algunos y ausente en otros, en una doble vertiente imaginaria y simbólica. En cuanto a falo imaginario encontramos la imbricación de tres factores: el anatómico (como realidad ausente o presente en el cuerpo), el libidinal (como fuente de placer) y fantasmático (en el sentido de la posibilidad de perderlo, de la castración). Como elemento simbólico admite varias acepciones: como objeto intercambiable con otros objetos, como patrón de intercambio simbólico (referencia de objetos equivalentes en el deseo humano) y como significante de la ley (24). En este periodo del complejo de Edipo el niño mantiene, como hemos dicho, una relación de fusión con la madre, ya que no se ha triangulado aún esa relación, y se bate en la disyuntiva de ser o no ser el falo para la madre. Seguidamente el padre prohíbe la íntima unión del niño y su madre y lo hace en ambos sentidos: prohíbe al niño ser el objeto de deseo de su madre (dándole a conocer que es el padre el objeto de deseo de la madre) y a la madre tener al hijo como su objeto de goce, introduciendo de este modo la ley; enseñándole que no todo es posible, que existen límites, frustrándolo de su pretensión de ser el falo de su madre y privándola de ésta. En definitiva, castrándolo. El niño entonces pasa de la posición de ser el falo a la de tener el falo. En este proceso la madre no se sitúa como una figura pasiva, sino que se encarga de mostrar al padre como el portador de la ley, enseñándole al niño que el padre es el depositario del falo, elevando al padre real (o a su equivalente) a la posición de padre simbólico. A esta función simbólica que realiza el padre le llama Lacan el significante del
36 nombre del padre. Al prohibir el goce con la madre ha creado una falta en el niño que éste intentará completar, constituyendo al niño como sujeto del deseo (36). Además el padre ha dado significación a la relación que el niño y la madre tenían, esta significación, como todas las significaciones, se ha realizado a posteriori. Lacan, usando el símil del punto de capitón 1 de los tapiceros muestra como la metáfora paterna permite el anclaje de los significados a los significantes sin necesidad de recurrir a ningún referente absoluto. Este punto permite la asimilación de la estructura del lenguaje, sin él todo se deshace (3). Sintetizando, en el complejo de Edipo el padre como función simbólica (nombre del padre) ha dado significación al deseo de la madre, el niño deja de querer ser el falo imaginario y lo reprime para constituir el inconsciente y adentrarse en la ley simbólica o ley del significante, desde entonces el niño buscará otra manera de satisfacer el deseo del otro, de un modo socialmente aceptable, en consonancia con la ley simbólica, dando paso a lo que Lacan llama el Gran Otro (le Grand Autre) que no es más que el mundo de la ley, del significante, de la cultura, el mundo al que accedemos por la castración y contra el que nos rebelamos, tal como Freud muestra en “El malestar en la cultura” (6). Pero esta operación está fallida en el psicótico. A este defecto de inscripción en el inconsciente de la experiencia normativa de la castración se le llama forclusión (el verwerfung freudiano) y supone la expulsión de un significante primordial a las “tinieblas exteriores”, en 1 En la jerga de los tapiceros es el punto que permite unir el botón a la tela sin necesidad de anclarse en otro soporte .
37 palabras de Lacan, que desde ese momento faltará (7). Puesto que en el Edipo el niño se instala en el registro simbólico, da paso a la represión, asume una identidad sexual y es capaz de reconocer sus límites. Sin embargo, en el psicótico, en quien el complejo de Edipo no se ha resuelto de esta manera, no ha habido castración, encontramos incertidumbre respecto a la identidad sexual y el sentido de la realidad y no existe represión, o al menos ésta es muy precaria (24). Para Lacan ésta es la causa de la psicosis (7). El deseo materno no ha sido nombrado por el padre (por inoperancia de la función paterna, por un deseo de la madre devorador que impide cualquier atisbo de separación, etcétera), no ha sido sustituido, quedando el psicótico a merced de éste. El padre (en su función simbólica, no como el padre real) (35) a través de su nombre, de su nom (que significa también “no” en francés) introduce la ley que prohíbe el goce con la madre, enuncia para el sujeto que la madre le es vedada, que el goce con la madre sólo le está permitido a él. Pero esta función paterna, como se ha visto, va más allá: prohíbe también a la madre gozar con su hijo. Si no se ha producido la castración, el niño queda a merced del goce de la madre, quedando como mero objeto de goce del Otro. El psicótico percibirá al Otro como perseguidor o enamorado. En resumen, el psicótico no se ha convertido en sujeto del inconsciente, no ha sido castrado, no está en falta, por tanto no ha llegado a ser un sujeto deseante. Hay que aclarar que el diagnóstico en el psicoanálisis lacaniano no es igual que en otros modelos teóricos. Lacan reduce los diagnósticos a tres grandes estructuras: la psicosis, la neurosis y la perversión. Desde aquí se pone de manifiesto que es diferente ser psicótico que “estar”
38 psicótico. En el primer caso (la estructura psicótica) la psicosis es consustancial al sujeto pudiendo haber desencadenamiento psicótico (como en la esquizofrenia o la paranoia) o no, en lo que llama Lacan psicosis ordinarias o normalizadas y que muestra con el caso de James Joyce (39). El segundo, el estar psicótico, apela a la presencia de síntomas psicóticos en las otras estructuras clínicas o en el desencadenamiento de la estructura psicótica, como ejemplo puede citarse la psicosis histérica o la presencia de alucinaciones punitivas en el obsesivo. Se hace patente que el concepto de estructura es diferente a la mera reunión de síntomas, que es estable (el psicótico siempre será psicótico y el neurótico será siempre neurótico) que las estructuras son mutuamente excluyentes y que éstas se muestran en la clínica de los pacientes (23). La estructura es lo que subyace al sujeto, a pesar de las veladuras, la forma en la que el sujeto se enfrenta al mundo exterior, al goce y al deseo. Al referirnos a la psicosis lo estamos haciendo a la estructura psicótica, es en ésta en la que se ha producido una forclusión del nombre del padre cuyas consecuencias son una pléyade de manifestaciones clínicas que desarrollamos a continuación: -Trastornos del lenguaje. Lacan explica que en la psicosis la cadena significante se ha roto. Decíamos más arriba que la función paterna permitía la asimilación de la estructura del lenguaje y la puesta en marcha del proceso de significación, en el que un significante remite a otro significante. En la psicosis hasta tal punto esto no ha tenido lugar que la cadena significante “se impone por sí misma al sujeto en su dimensión de voz, toma como tal una realidad proporcional al tiempo, perfectamente observable en la experiencia, que implica su atribución
39 subjetiva y su estructura propia, en cuanto significante es determinante en esa atribución que, por regla general, es distributiva, es decir con varias voces, y que pone pues, como tal al percipiens, pretendidamente unificador como equívoco” (35). En la psicosis no sólo existe la certeza de que la percepción ha existido, sino de que ésta es ajena al sujeto pero le concierne a él, va dirigida a él. Al haber una falla en la asimilación del lenguaje, las cadenas significantes, especialmente en la descompensación, se encuentran rotas, pudiendo hallarse en la exploración frases interrumpidas y asíndesis desde su forma más leve a la disgregación (expresión del pensamiento totalmente desorganizado). En las frases interrumpidas y en la asíndesis se observa claramente cómo no es posible una significación, nunca se llega a decir nada, aunque no se pare de decir. Otra figura que aparece en la psicosis es el neologismo, concepto al que Lacan da una gran importancia. Dice que “a nivel del significante, en su carácter material, el delirio se distingue precisamente por esa forma especial de discordancia con el lenguaje común que se llama neologismo. A nivel de la significación se distingue justamente – hecho que sólo puede surgir si parten de la idea de que la significación remite siempre a otra significaciónporque la significación de esas palabras no se agota en la remisión a una significación” (7). Es decir que el neologismo, a diferencia de otras palabras, no remite a nada más que a sí mismo. “Antes de poder ser reducida a otra significación, significa en sí misma algo inefable” (7). La diferencia entre el neologismo creado por cualquiera y el del psicótico es, como dice Maleval, su función para el sujeto, su vital importancia para el sujeto que intenta establecer un cierto orden simbólico (23), un intento de curación. No tiene por qué ser una palabra nueva, puede ser un estribillo, una cantinela o una palabra ordinaria con un conjunto de características (40):
40 - no ser metaforizable, en todo caso sólo puede ser sustituido por otro neologismo. - carecer de significación y no remitir a ninguna otra significación. - tener la capacidad de anular la capacidad del lenguaje de crear lazos sociales. - Ser un intento fallido, pero intento a fin de cuentas, de limitar el goce del Otro. -La relación con el cuerpo Como hemos explicado más arriba la concepción de la unidad del cuerpo tiene lugar merced al estadio del espejo; sucintamente explicado, existe un atrapamiento de la unidad corporal a partir de una imagen que existe fuera de nosotros que es discordante con la sensación de fragmentación percibida; la captura de esta imagen da lugar a la ficción de la unidad del cuerpo. Lacan explica que una de las consecuencias de la forclusión del nombre del padre es la regresión al estadio del espejo y la sensación que expresan muchos psicóticos, especialmente en las descompensaciones, de desunión de miembros, de fragmentación, de castración, mutilación... (41) -La relación con los otros Una de las características más visibles de los psicóticos es su soledad. Bleuler privilegia el autismo dentro de las características de las esquizofrenias, Freud habla del autoerotismo de los psicóticos y lo entronca con el narcisismo (27). Es como si el psicótico se bastara consigo mismo. Muchas veces observamos que las únicas relaciones sociales del psicótico se reducen a su familia y los profesionales de
47 detenerse sino ante la irreductibilidad evidente (49) (50); Heidegger, por otro lado, lleva a la fenomenología a descifrar al único ser que da cuenta de su existencia, el dasein, el ser-ahí, el ser que se encuentra arrojado a la existencia, el hombre (51). Partiendo de un enfoque existencial Karl Jaspers, médico en Heidelberg, introduce la fenomenología en la psiquiatría. En su obra “Psicopatología general” advierte que usa la palabra fenomenología como la primitiva concepción husserliana, es decir, designando la psicología descriptiva de las manifestaciones de la conciencia. La fenomenología en la forma de Jaspers plantea la misión de presentar intuitivamente los estados psíquicos que experimentan realmente los enfermos, de considerarlos según sus condiciones de afinidad, de limitarlos y distinguirlos lo más estrictamente posible y de aplicarles términos precisos. Jaspers deja claro que se refiere a los fenómenos psíquicos realmente conscientes. Debido a que el acontecer psíquico ajeno no puede ser percibido directamente, para obtener una introyección o comprensión de él, se han de describir las manifestaciones externas del estado de ánimo y estudiar las condiciones, comparaciones y simbolizaciones sensorialmente intuidas. La fenomenología se valdrá, sobre todo, de las autodescripciones de los enfermos y da un lugar de privilegio a los casos individuales frente a las series de casos (4). La exploración de los signos y los síntomas en psiquiatría no es equivalente a la de la clínica convencional. La objetivación en escalas y cuestionarios no capta la esencia de las manifestaciones psíquicas y psicopatológicas. Desde esta perspectiva es necesaria la comprensión psíquica del mundo subjetivo del paciente (52).
48 Recibiendo una notable influencia de la fenomenología jaspersiana surgieron otras aportaciones de autores como Carl Schneider, Mayer Gross, Tellenbach o Kurt Schneider. Este último destaca por la descripción de las personalidades psicopáticas (53) y su “Psicopatología clínica” (54). Son también figuras importantes inscritas en la psiquiatría fenomenológica Klaus Conrad y Ernst Kretschmer. La orientación fenomenológica se vio enriquecida por aportaciones de otras corrientes filosóficas y también del psicoanálisis. Así, Minkowski acompasó las doctrinas husserlianas con la comprensión de la vida y el tiempo de Henri Bergson (55). Por otro lado, Ludwig Binswanger aplica las tesis de Heidegger y crea el análisis existencial que pretende explicar la biografía y comprender las modificaciones de la estructura de ser-en-el-mundo como un proyecto existencial (56). En Medard Boss se produce un encuentro entre el psicoanálisis y la filosofía heideggeriana, materializándose en los Seminarios de Zollikon (57). Hay que destacar también a Ronald Laing quien explora el existencialismo sartreano especialmente en la psicosis (58). Teniendo estas referencias generales sobre los autores que pueden incluirse en el conjunto paradigmático fenomenológico - analíticoexistencial, pasemos a ver las aportaciones que hicieron en el campo de la psicosis. En primer lugar tenemos que citar a Kraepelin, quien sistematiza la locura creando el concepto de demencia precoz y diferenciándolo de la paranoia y la psicosis maniacodepresivas. La demencia precoz consistía en una forma de locura caracterizada por su evolución progresiva hacia el deterioro y por trastornos afectivos tales como indiferencia, apatía y sentimientos paradójicos. Habría tres formas de
49 demencia precoz: la hebefrenia o forma simple; la catatónica; y la paranoide, caracterizada por la importancia de las ideas delirantes más o menos extravagantes e intrincadas (59) (60). En 1911 Bleuler sustituyó el concepto de demencia precoz por el de esquizofrenia para señalar que estos enfermos no son dementes sino que sufren un proceso de disgregación de su capacidad asociativa (61). La psiquiatría francesa, por su lado, había diferenciado psicosis alucinatorias y psicosis delirantes en sus formas agudas y crónicas, siendo especialmente prolija en la descripción de delirios crónicos: pasionales, reivindicativos, interpretativos, de imaginación… (62) (63) (64). En la nosografía psiquiátrica de principios del siglo XX encontramos por tanto, y excluyendo la psicosis maniacodepresivas, dos grandes formas de psicosis crónicas: la esquizofrenia y la paranoia. Jaspers, desde la fenomenología, aporta una distinción básica entre los conceptos de proceso y desarrollo, basados en las perspectivas de la comprensión y la explicación, y que fue clave para la distinción entre la esquizofrenia y la paranoia. En el caso de la paranoia hablamos de desarrollo ya que ésta es comprensible desde la biografía y la personalidad del paciente, en el desarrollo no hay una ruptura biográfica. En los procesos esquizofrénicos, no obstante, se observa una ruptura biográfica, una interrupción del curso biológico, no siendo posible explicar los fenómenos psicopatológicos desde la biografía y personalidad del paciente, siendo por tanto incomprensibles. Esta diferenciación también la aplica a las ideas delirantes primarias y secundarias, siendo las primarias incomprensibles y las secundarias comprensibles desde el devenir vital del paciente. Finalmente también
50 aporta el concepto de “transformación del mundo” como punto clave de atención para los clínicos (4). La teoría psicopatológica de Jaspers es continuada por psiquiatras de la escuela de Heidelberg como Mayer Gross, Carl Schneider, Berlinger o Grule. Hay que destacar la aportación de Kurt Schneider. Este autor distingue las variedades anormales del psiquismo de las consecuencias de enfermedades; en el primer grupo se hallarían las psicopatías y las reacciones vivenciales anormales, fundamentalmente las neurosis, quedando las psicosis dentro del segundo grupo. Es decir, las psicosis son sólo síntomas psicopatologicos de enfermedades orgánicas conocidas o desconocidas (pero con base corporal fuera de toda duda) por lo que hay que explorar a los enfermos para hallar signos somáticos que justifiquen la causa orgánica de los trastornos mentales. Schneider define los signos de primer rango y advierte que les llama así no porque los considere trastornos fundamentales sino porque tienen un peso esencial en el diagnóstico, es decir, que ante la presencia de estos signos podemos estar prácticamente seguros de que nos hallamos ante una esquizofrenia. Los signos de primer rango son: sonorización del pensamiento, audición de voces en forma de diálogo, la audición de voces que acompañan con observaciones los actos propios, las vivencias de influencias ejercidas sobre el cuerpo, la sustracción del pensamiento y otras influencias ejercidas sobre el pensamiento, la difusión del pensamiento, la percepción delirante, así como todo lo hecho e influido por otros en el campo de los sentimientos, tendencias (impulsos) y voliciones. En contraposición a estos signos de primer rango define los de segundo rango, a saber: engaños sensoriales que no se hallan en los signos de primer rango, la ocurrencia delirante, la perplejidad, las distimias depresivas y las distimias alegres y el empobrecimiento sentimental vivenciado, entre
51 otros. La importancia de los signos de primer rango en la psiquiatría actual es palmaria en la relación de síntomas diagnósticos de la esquizofrenia de los manuales diagnósticos DSM y CIE (54) (65) (66). Ernst Kretschmer planteó que el delirio puede ser el resultado de una estructura particular del carácter, el carácter sensitivo. De modo que al confluir una especial forma de reacción y las consecuencias de motivos o contenidos vivenciales de la trayectoria vital del sujeto se desarrollaría una psicosis, el delirio sensitivo de referencia. Sería, pues, una psicosis de causa psicógena (67). Posteriormente Kretschmer dirigió sus investigaciones a relacionar biotipos con diferentes tipos de carácter. Klaus Conrad desde la Gestalt, aunque reconociendo el legado de Jaspers y la escuela de Heidelberg, se hace eco de la concepción de la esquizofrenia como una forma de fracaso humano, el signo de un hombre sumido en una crisis que no es capaz de soportar: una posibilidad de incumplimiento de la existencia como tarea. Conrad intenta desligar el estudio de la esquizofrenia de la mera categoría de incomprensible sin caer en la renuncia de la psicopatología como ciencia, por lo que plantea un tercer camino desde la psicología aplicada sin someter a análisis los hechos fenoménicos y sin tomar en consideración conceptos puramente existencialistas. Recoge de la fenomenología la exigencia de tomar sólo lo que aparece en la conciencia para posteriormente describirlo con el afán de la comprensión y, puesto que el análisis de hechos fenoménicos es siempre un análisis de configuraciones, de las formas, Conrad llama a esta labor análisis gestáltico. En su obra “La esquizofrenia incipiente”, somete a tal análisis la estructura vivencial del brote psicótico, definiendo una serie de fases en el brote psicótico que pueden simultanearse o ausentarse:
52 -una primera de trema, que se caracteriza por un aumento de la tensión, una afectividad basal elevada, angustia, un humor delirante como impresión de que algo está ocurriendo en el ambiente pero sin saber aún de qué se trata, en esta fase el enfermo se encuentra empujado a un mundo que sólo es suyo y donde no existe la casualidad. -Se sigue de una fase apofánica en la que se produce lo que Jaspers llamó conciencia de significación anormal, la anastrofé, donde el paciente tiene la sensación de que todo parece girar en torno a él y en la que se despliegan síntomas psicóticos tales como la percepción delirante, fenómenos corporales, falsos reconocimientos, vivencias de omnipotencia, alucinaciones… -La siguiente fase es la apocalíptica, en la que se produce una profundización del estado anterior y el paciente tiene dificultades para expresar su vivencia. Esta fase es la característica de la esquizofrenia catatónica. -Por último habría un estado residual que consistiría en el déficit respecto al estado basal. Aportaciones desde el campo de la filosofía y de la antropología enriquecieron la psiquiatría. Eugène Minkowski, a partir de la filosofía de Henri Bergson, sostiene que el trastorno fundamental de la esquizofrenia, como paradigma de lo psicótico, es la pérdida del contacto vital con la realidad. Es decir, no es que el esquizofrénico pierda la posibilidad del contacto sensorial con su entorno sino que, lo que pierde, es la dinámica de ese contacto, todo aquello que le da una condición viva a la relación del sujeto con los demás. Minkowski amplia tanto el concepto de esquizofrenia que recoge en su seno la esquizoidía (55).
53 Con la influencia de Husserl y especialmente de Heidegger, Ludwig Binswanger aplica su análisis existencial a casos de psicosis como el de Ellen West o Suzanne Urban (56). El análisis existencial pretende investigar el ser-en-el-mundo, la estructura fundamental de la existencia, basándose en dos ejes: el inmanente (orientado hacia la conciencia) y el trascendente (hacia el mundo, hacia los otros). Parte de la explicación de la biografía y la comprensión de las modificaciones de la estructura del ser-en-el-mundo como un proyecto existencial (50). El saber filosófico consiste en hacerse preguntas sobre lo que estamos haciendo y de qué manera ignoramos la realidad y ocultamos detrás de las cortinas del escenario los orígenes de la función terapéutica (68). Las clasificaciones estandarizadas pueden ser muy útiles para el funcionamiento de las instituciones y, sin embargo, impedir en ocasiones la comprensión de la esencia del ser humano, cerrando el camino terapéutico del paciente desde la perspectiva existencial. Reconociendo su deuda intelectual con la tradición existencial, especialmente con Sartre, Ronald Laing se propone hacer comprensible la locura y el proceso de volverse loco, tal como afirma en “El yo dividido”, ver y oír al paciente de una forma diferente a como lo había hecho la psiquiatría, sin dar por hecho que su discurso contenga “señales” de enfermedad y expone como rasgo fundamental de los psicóticos la inseguridad ontológica (58).
54 RESULTADOS DEL ESTUDIO DEL OBJETO DE INVESTIGACIÓN (PSICOPATOBIOGRAFÍA DE LEOPOLDO MARÍA PANERO)
55 ESTUDIO PSICOPATOLÓGICO
56 En primer lugar vamos a referirnos a la estructura familiar y los antecedentes familiares. Leopoldo María Francisco Teodoro Quirino Panero Blanc nació en Madrid el 16 de junio de 1948. Sus padres fueron Leopoldo Panero Torbado y Felicidad Blanc Bergnes de las Casas, que se habían casado en 1941. Su padre falleció en 1962 y su madre en 1990. Antes de Leopoldo nació Juan Luis, en 1942 (fallecido en 2013) y un primer Leopoldo Quirino que nació en 1945 y sólo vivió unas horas. Tras Leopoldo María nació en 1951 el último de los hermanos José Moisés (Michi), fallecido en 2004. Fue por tanto el segundo de los tres hermanos vivos. Residieron en Madrid, en el número 35 de la calle de Ibiza y pasaban las vacaciones en la finca Villa Odilia, en Castrillo de las Piedras (León). En cuanto a los antecedentes familiares, según se recoge en su biografía, un tío materno se suicidó, otro padecía esquizofrenia y su tía Felisa (hermana de Felicidad) padeció una encefalitis letárgica y posteriormente fue diagnosticada de esquizofrenia (12). Acerca de su infancia hay que empezar diciendo que el parto fue lento debido a que estaba en posición podálica, pesó 4250 gramos, no constan alteraciones en el período neonatal ni en los primeros meses. Panero era alegre y nervioso, aunque también hay que señalar una timidez excesiva, de la que él mismo habla: “[escribía poesía] pero hablar, no hablaba. ¿Y sabes por qué? Porque me avergüenza la desnudez, siempre me ha avergonzado... ¡Y hablar es desnudarse! Por eso no me comunicaba. Por eso, y porque intuía que si hablaba, mi padre notaría que era maricón” (69). Hay referencias a episodios de violencia ejercida por su padre, tema que aquí sólo reseñamos y que se
63 de una impresora, pasearse por las calles en zapatillas, estando además sin apenas dientes y muy envejecido. En ese año hay constancia de que seguía tratamiento con “Largactil” (clorpromazina) de 100 mg y que, en una carta que escribió a su madre dice que estaban “volviendo a aparecer todos los contenidos angustiosos que el delirio “«equilibraba»”, en esa misma carta dice haber superado satisfactoriamente la “neurosis obsesiva”, de la que no hay constancia que le hubiera sido diagnosticada (12). En 1973 publicó “Teoría” donde aparecen (74) sus compañeros de andanzas, sus amores (“Luis Ripoll, José Sainz, o Eduardo [Haro Ibars] o Ana [María Moix] desaparecidos como serpientes”), referencias a la enfermedad mental (“la enfermedad es aún movimiento, pero la mía está inmóvil”), a los hospitales psiquiátricos (“el manicomio lleno de muertos vivos”), a su madre (“mirada que perfora, mirada que destruye”), a su padre (“padre madre y paloma si conchabados/ en el triángulo de aniquilación perpetuado”) o reflexiones en torno a la existencia (“estas flores son cadenas/ y yo habito en las cadenas/ y las cadenas son la nada/ y la nada es la roca/ de la que no hay retorno”). Y también encontramos poemas que parecen una reunión de significantes sin nexos de unión, como si fuera fruto de la disgregación del pensamiento. Por ejemplo: “Verf barrabum qué espuma/ Los bosques acaso no están muertos?/ El libro de oro la celeste espuma los barrancos/ en qué vuela una paloma/ en el árbol ahorcado está un espejo/ palacio de la noche, fulgor sordo/ a las ondulaciones peligrosas/ voracidad se interrumpe y el silencio nace/ vaso de whisky o perlas/ (y en el resplandor penumbra envuelta)/ las hadas/ dulces y muertas sus vestidos sin agua/ M preguntó a X/ X no le respondió (…)/ Verf barrabum qué espuma/ reencarnación/ en lo dorado de mi pensamiento/ Alicia/ Verf barrabum/ qué hago/ ves la espuma inmóvil en mi boca?/ aquí solo a caballo Verf barrabum qué/
64 hagoaliciaenelespejojoven/ aquí a mi palacio de cristal: hay ciervos/ cuidadosamente sentados sobre alfileres/ y es el aire un verdugo/ impasible. (Tacere és bello Silentium/ Verf/ qué hago muerto a caballo/ Verf/ alto ahí ese jinete que silencioso vuela/ contrahecho como un ángel:/ caen del caballo todos los jinetes/ y la cigarra απαθής/ en el verde que tiembla/ luz que de la inmovilidad emana/ luz que nada posee/ y el enmascarado usó bala de plata/ punteó la tiniebla con disparos/ y dijo:/ a) fantásticos desiertos los que mis ojos ven/ b) barrabum: bujum/ c) la llanura muy larga que atravieso/ con la sola defensa de mi espalda/ d) mi mano no es humana” (74). Es más, verf barrabum puede interpretarse como un neologismo. Verf en alemán significa “aprovechar” y en holandés “pintar”, sin embargo una simple búsqueda en “Google” de “verf barrabum” sólo conduce al poema de Panero, lo que lleva a pensar que no tiene ningún significado más allá de ese poema. Y en el poema tampoco tiene un significado. Aparece en varias ocasiones y sin significar al verso. El neologismo es un significante o conjunto de ellos cuyo significado es particular para el paciente, y por tanto se encuentra por fuera del intercambio que supone la comunicación humana (23). Puede ser tanto una palabra o palabras inventadas por el paciente como palabras nuevas con un significado sólo para el paciente (75) y su origen puede ser una alucinación o una resignificación de un significante o significantes por parte del paciente. Lacan da una importancia capital al neologismo, dice que la significación del neologismo sólo conduce a sí mismo y traduce lo inefable de la experiencia psicótica (7). Sin embargo tenemos que considerar que Panero no es un poeta clásico y que sus poesías están en sintonía con los experimentos creativos de la época. Esto puede ser una crítica a la consideración de verf barrabum como neologismo. Sin embargo, unos años después encontramos este verso: “y una voz escupe en nuestros sesos la
65 palabra: ¡giloria!” (76). Panero aclara que se trata de un insulto síntesis de “gilipoyas” (así escrito en el texto original) y “gloria”. En el verso encontramos la traducción de lo que puede interpretarse como alucinación (“una voz escupe en nuestros sesos”) y el contenido alucinatorio en cuestión “giloria”, que es un insulto, pero ante todo un neologismo. Sin entrar todavía en la experiencia alucinatoria en Panero, sirve este verso para dar cuenta de las características del neologismo, que ya han sido tratadas en el capítulo anterior. Giloria, es una palabra o alocución nueva, cuya significación es particular para el paciente (por mucho que nos digan “giloria” no vamos a sentirnos insultados, sólo es un insulto para Panero) y cuyo origen, en este caso, es una alucinación. El neologismo es propio de la psicosis. Entre finales de 1974 y 1975 se rodó “El desencanto” (9), película documental dirigida por Jaime Chávarri y que protagonizaron Felicidad Blanc y los tres hermanos Panero. Fue una película que se convirtió en el ejemplo del derrumbe de la España del franquismo en general y de la familia Panero en particular. “El desencanto” hacía aflorar los fantasmas de la familia tradicional. La cinta, que causó gran escándalo, supuso una diatriba contra su padre, y especialmente contra su madre, por parte de Leopoldo María Panero. Del padre dijo que es brutal y a la madre la acusó de haberlo encerrado en manicomios y de haber sido incapaz de entender las motivaciones que lo llevaron a intentar suicidarse. En el documental no es evidente que Panero sufra ningún trastorno de la forma o contenido del pensamiento ni que se halle deteriorado o presente sintomatología negativa. En suma, no hay síntomas de descompensación de una enfermedad mental. Sí hay que señalar una censura por parte de Panero a su madre en su papel de madre, que analizaremos en el capítulo correspondiente.
66 Por tanto hasta 1975, donde tenemos una grabación de una entrevista con Panero, disponemos de un diagnóstico de psicosis realizado en 1968 y de elementos en su obra que son propios de la psicosis. Sin embargo, Panero llevaba una vida errante, sin estudiar ni trabajar, era mantenido económicamente por su madre, su vida estaba marcada por el consumo abusivo de drogas (alcohol, cannabis, anfetaminas, ácidos), conductas bizarras y extravagantes, la provocación en torno a la homosexualidad y el incesto (en esto recuerda al Marqués de Sade (10)), la escritura, las fiestas y los destellos de lucidez. Mercedes Blanco, pareja intermitente, de Panero durante dos años, dijo de él que tenía un pensamiento incoherente, que provocaba “cierta fascinación por su imaginación verbal, cuando el delirio cesaba” y que cuando lo conoció, a finales de 1975 “su locura estaba en período de latencia, vivía una vida improductiva y tranquila, con relativa sumisión a su madre, muchas lecturas y charlas y moderados excesos”. Y añadió: “por desgracia nuestro encuentro coincidió con el inicio de un período fecundo de su psicosis (tal vez contribuyó a desencadenarlo por oscuras razones) (…) Comenzó entonces una producción delirante de mitos apocalípticos en que él era el personaje principal de una conflagración cósmica, el Anticristo o su adversario. Todo ello enormemente confuso y turbulento. En esos mitos me concedió a mí un papel menos aberrante, de divinidad femenina, en un proceso al que asistí con curiosidad e impotencia” (12). A partir de esa fecha hay claros elementos que permiten apuntar hacia la esquizofrenia, sin embargo queda poco claro si con anterioridad puede sospecharse ese diagnóstico de forma fehaciente. El período que va desde 1973 a 1979 brilla por la escasez de material autobiográfico o literario. En estos años sólo publicó algunos textos y traducciones con muy poco interés para el tema de esta tesis.
67 A fin de esclarecer cómo estaba Panero en este período nos pusimos en contacto con Mercedes Blanco, que amablemente nos respondió lo siguiente: “Mi tormentosa relación con Panero duró unos dos años, con intermisiones a las que debí mi supervivencia. Lo conocí en el 75 y dejé en absoluto de verlo en la primavera del 77. Él conocía de antemano a mi hermano, Antonio (...), poeta y loco él también, y ambos (mi hermano, sobre todo) admirábamos su poesía, sobre todo el libro llamado “Teoría”. Apenas he leído lo que publicó después y mi impresión es que es de menor interés. Yo era entonces sumamente joven y lo vi durante varios períodos de unos meses en París, donde vino a verme porque yo estudiaba allí y tenía ciertos medios económicos. La cosa acabó cuando le cerré radicalmente la puerta. (…) Para mí, profana, no cabe duda de la psicosis, o dicho de otro modo, de que Leopoldo estaba loco de atar, y que su locura no era cosa pasajera ni accidental, sino consustancial a su personalidad, seguramente desde siempre. Es verdad que, cuando lo conocí en Madrid, en casa de su madre, no estaba en eso que Lacan llama momento fecundo, que si entiendo bien es el momento de agitación dolorosa y de confusión que trata de aliviarse mediante el delirio. Hablaba, mucho, pero en plan literario, de su pasada vida en el o los manicomios y en el psiquiátrico penitenciario. No sé qué parte de ello era inventada. La vida en casa de su madre lo sedaba, tal vez, a menos que tomara alguna medicación y luego dejara de tomarla. No dijo nada de ello y en mi opinión no tomaba nada porque la medicina para casos como el suyo atontaba terriblemente y él no estaba en absoluto atontado, sino muy despierto y vibrante. Su relación conmigo, el ir a París, provocó u ocasionó un episodio delirante agudo que incluso físicamente tenía consecuencias visibles: adelgazó muchísimo y apenas dormía ni comía. Es cierto que era alcohólico, y que se drogaba, aunque tampoco tanto; un poquitín de cocaína, cuando tenía medios para ello o conseguía que se la regalaran (que era pocas veces) y algo de haschich [escrito así en el original], pero lo principal era el consumo continuo de alcohol y cierta perversión polimorfa de dominante masoquista. Sólo una vez o dos se inyectó heroína en todo el período en
68 que lo conocí, y no le interesaba en exceso. No creo que nada de ello fuera determinante. Tenía un sistema de interpretación del universo, donde se mezclaban lecturas variopintas y no muy intelectuales: Peter Pan, Alaister Crowley, esoterismo y satanismo barato, “En pos del milenio” de Norman Cohn; otras lecturas menos tontas, pero que se le escapaban en gran parte: “La gnosis” de Leisegang, algún escrito sobre la cábala del genial Gerschom Scholem. Su delirio era de tipo apocalíptico-soteriológico: él era figura salvadora, aunque tenía sus agentes dobles y secretos compartidos con el Anticristo. Afortunadamente, era poeta y tenía imaginación verbal e ingenio, por lo cual esas fuentes de pésima calidad daban un discurso que no dejaba de tener su originalidad e incluso cierta gracia, aparte de los momentos de máxima inestabilidad y sufrimiento, en que su comportamiento y actitud se volvían malvados y podían dar lugar a acciones de extrema violencia (menos física que simbólica, sin embargo) y a varias formas de autodestrucción. Cada incidente de la vida cotidiana, cada anuncio visto en el metro, palabras oídas por la radio, dichas por mí o por otros, le estaban destinadas y cobraban un significado ominoso, alusivo, clarísimo para él, oscuro para mí y para cualquiera en su sano juicio. Había que llevarle la corriente (torrencial, porque su personalidad era enérgica y extrovertida) y seguir sus vertiginosos juegos con las cosas y las palabras. Por supuesto, yo tenía un papel en su delirio: como esas figuras femeninas todopoderosas e inquietantes que uno se encuentra en la gnosis y la cábala. No sé si todo eso se llamará esquizofrenia pero de que era una grave psicosis no cabe duda. Siento no haber conservado las cartas que me mandaba todos los días después de que yo lo despidiera por primera vez, y él volviera a Madrid con su mamá durante un mes y medio, de enero a marzo del 77. Estaban bastante bien escritas, aunque repetitivas. De todo ello quedan huellas muy claras en la literatura que produjo después” (77). De estas palabras se desprende que Panero sufría un episodio psicótico al menos en 1976-77, aunque Mercedes Blanco apunta a que existían síntomas psicóticos previos a esa crisis. Por lo que relata ella hay que deducir que Panero presentaba un sistema delirante de tipo mesiánico.
69 En 1976 escribió mucho, sobre todo cartas, algunas tan oscuras como ésta y que dejan ver una existencia desdichada: “la huida ha concluido, no haciéndolo todo huir, sino en una caída, de bruces, contra los límites de lo posible (que hubiera sido, sin embargo, que fue tan fácil traspasar) (No sabéis leer) Me niego a seguir escribiendo” (12). Algo que es explícito en otra carta “toda mi existencia no escrita es sólo un acto fallido cuyo secreto designio es el fracaso” (12). En septiembre de1976 se publicó “El lugar del hijo” donde se recogen siete cuentos muy libremente traducidos, con añadidos e incluso lejanas referencias con el texto original, lo que Panero llama perversión en lugar de traducción. Aquí la etimología de la palabra perversión adquiere todo su valor: pervertir viene de la palabra latina pervertere, que es volver del revés, volcar, invertir, erosionar, desordenar, cometer extravagancias (64). Justo lo que Panero hizo con los textos originales. Aunque son traducciones a la forma de Panero, pueden señalarse elementos con un claro tinte autobiográfico. En primer lugar hay una coherencia entre los temas tratados en los cuentos, aspectos de su vida y contenidos que aparecen en poemas, artículos, entrevistas… Sin ir más lejos el editor ya lo señala en el prólogo: “por lo demás, no serían pocos los textos poéticos que se deberían citar ahora y que muestran una continuidad –temática, ideológicaen la escritura de Panero, independientemente de cuál sea su carácter genérico” (78). Así, por ejemplo, en el cuento “Mi madre” se trata abiertamente el incesto del personaje con su madrastra: “me pareció, al natural, más
70 atractiva”, “me pareció que me miraba con algo así como avidez, no como al hijo de su marido ni tampoco como a su hijo, sino como a un posible amante. Aquello me repelió, porque yo no quería a una amante, sino a alguien que imitara bien la palabra “madre”, “al despertar, consideré el acto caníbal una metáfora del deseo de mí que había creído ver en mi madre, y atribuí mi propio placer a ese triste símbolo que es el Edipo”, “había empezado a pensar en mi madre en los términos del amor” (78). Estos elementos incestuosos se han repetido tanto en “El desencanto” (9) como a lo largo de su literatura. En el cuento “Presentimiento de la locura” trata la historia de un hombre que siente que su hijo adoptivo quiere enloquecerlo y ha asesinado a su esposa, y de cómo tras el suicidio del hijo piensa en descuartizarlo. En la obra aparecen alusiones a las alucinaciones (“una voz decía en mi cerebro, riéndose de él”) y a lo que pueden considerarse interpretaciones delirantes autorreferenciales: “Le hablé a él directamente, mostrándole la botella con miedo y con cólera: y él entonces volvió a reírse, a reírse con una risa ronca, como si quisiera evitar que Cristina [la madre] le oyera, como si quisiera por todos los medios aislarme de todo y de todos, para mejor destruir así mi cabeza” (78). Van a recorrer también el texto reflexiones sobre la locura (“ninguna medicina, ninguna teoría, ninguna ciencia puede dar cuenta del dolor de la locura”) y sobre la posición como objeto de goce del otro (“la vi [a su madrastra] en esa facha masticando con codicia unos huesos que recordaba habían sido antes yo, y extrayendo con delicia su tuétano para también devorarlo. Pero lo extraño era que sentía aquello yo también como una voluptosidad –unas enormes carcajadas servían de coro e inquietud”); aparecen además elementos existenciales (“me hicieron desde un principio considerar mi existencia como algo
71 innoble que debía ser ocultado”), referencias al padre (“mis exiguas esperanzas estaban concentradas todas en la figura de mi padre, cuyo rechazo había fundado al parecer mi existencia; un rechazo que nunca dejé de esperar que algún impreciso milagro transformara en amor” (78). En los siguientes capítulos de la tesis podrá apreciarse con mayor claridad la matriz autobiográfica presente en los cuentos. En 1977 continuaron los excesos: salidas nocturnas y consumo de alcohol. Su madre le administraba haloperidol de forma oculta. También persistían las conductas extrañas, como disertar sobre la obtención de energía de los excrementos, inundar su casa, vagabundear por París viviendo de la basura, recoger el agua de la ducha donde, según él, quedaba recogida la energía corporal, con el objetivo de contagiar a quienes había que salvar, buscar colillas en los charcos… Además en esa época estaba en un estado físico lamentable. Él mismo lo relató años más tarde: “cuando me dejó ella, en París, me dediqué a recoger la basura por toda la ciudad, y a practicar una extraña alquimia de la mierda. Dormía en la calle, con dinero, y quería salvar a los clochards” (70). Mientras tanto no podía olvidar a Mercedes Blanco, a pesar de que en abril de 1977 conoció a María Luisa (Marava) Domínguez Torán, con quien mantuvo una relación de varios años. En julio de 1977 tuvo lugar una situación que marcó a Panero de por vida. Con el objetivo de impedir la urbanización de la isla “La Dragonera” los colectivos anarquistas “Talayot Corcat” (a su vez nombre de un bar donde se reunía este colectivo) y “Terra i Llibertat” organizaron una ocupación de la isla. Panero se sumó a la movilización. Dos amigos lo expulsaron de sus casas debido a su
72 comportamiento, que también presentó en un bar, llevando a que una persona le diera una paliza y lo amenazara con una navaja. Panero realizó una interpretación delirante de estos acontecimientos. De forma precoz, Marava reconoció que “vino paranoico perdido. Obsesionado con que le querían matar, que la CIA le quería matar”. De Mallorca saltó a Madrid y de ahí a París, donde siguió interesado en la cábala, la alquimia y el esquizoanálisis, de hecho quiere curar a su madre de la esquizofrenia que él mismo le había diagnosticado, para lo cual llevaba consigo una caja de cigarrillos elaborados con tabaco y sus propias heces. Durante un tiempo se alimentó sólo de sardinas en lata, pues era, para él, el alimento total y dador de una inteligencia indiscutible. En esos días lo detuvieron unos gendarmes porque andaba mojando “cruasanes” en los charcos de las calles. Volvió a España. A finales de 1977 intentaron violar a Marava, lo que achacó a una pelea que él tuvo días antes en una discoteca llamada “O’Clock”. Según se recoge en su biografía intentó exiliarse y en la estación de tren pensó que había policía secreta por todas partes. Una vez dentro del tren, al estar éste vacío interpretó que había una trama contra él del gobierno de Adolfo Suárez, pero consiguió llegar a París (12). En una carta que envía a Mercedes Blanco en esas fechas escribe lo siguiente: “Querida Mechita: el otro día te llamé, pero tuve miedo de tus “guardaespaldas”; el caso es que tout simplement no puedo volver a España, cada vez que vuelvo se arma, como te probarán estos testimonios que una amiga mía ha tenido la gentileza de enviarme; en el titulado la noche de O’Clock podrás enterarte de que a Wilmore [amigo al que también dieron una paliza en la discoteca] le han partido la mandíbula, y está enfermo de manía persecutoria (grave) en el [hospital] Francisco Franco, sección médico quirúrgica; y por si todo el coté político del affaire
79 El 8 de agosto de 1980 ingresó durante una semana en el Hospital Psiquiátrico Provincial de Madrid. Panero mantenía su vida errática (con cada vez menos prédica en el mundo literario y artístico), el consumo de alcohol y las conductas bizarras. El 11 de diciembre volvió a ingresar en el mismo hospital por un período de doce días, y tuvo un nuevo ingreso de dos días en el Hospital de Día donde ya había estado, siendo dado de alta el 23 de enero de 1981 (12). A finales de 1980 publicó “El que no ve”, con interesantes alusiones a sus padres (81). En un estado lamentable hizo un nuevo ingreso el 28 de abril de 1981, esta vez en el Hospital Psiquiátrico Nacional Santa Isabel, donde permaneció en régimen semiabierto hasta el 16 de septiembre. Durante el ingreso Panero siguió bebiendo, volvió al hospital el 14 de octubre y allí estuvo hasta el 22 de marzo. El psiquiatra que lo atendió durante el ingreso realizó las siguientes declaraciones al biógrafo de Panero en el año 1995: “Leopoldo no es un loco pero sabe especular muy bien con la locura. Es un hombre mal hecho. Él está dentro de la realidad y la maneja como quiere. Tiene un juego perfectamente lúcido y racional. Trató de seducirme y engancharme a él pero yo nunca le seguí. Tiene el embrujo especial del loco que, a la vez, no lo es. Aquí se le respetó como persona y no como sujeto que deslumbra. Es un personaje curioso: un psicópata listo, como todos, con garra y con arte. Y ha construido una personalidad perfectamente estudiada” (12). El psiquiatra parece decir que en lugar de una psicosis crónica lo que padecía Panero era una psicopatía, en el lenguaje de Kurt Schneider (54) un trastorno de la personalidad. Más adelante discutiremos este extremo.
80 En diciembre de 1981 escribió el artículo “Dolor real y sufrimiento imaginario” publicado en 1982 en la “Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría”, donde expone que la locura proviene del dolor y acusa a la psiquiatría de desplazar el dolor al lado de lo imaginario. “Todo el brillo de las palabras no puede vencer al dolor. Porque el dolor es un lugar que escapa por excelencia al decir: quiero decir al decir abstracto, al decir de la ley o razón” (82). Panero, usando el lenguaje del psicoanálisis lacaniano, señala que el dolor está en el campo de lo real, puesto que no es simbolizable ni se deja apresar por lo imaginario. Aspectos que se aparecen en su libro “Dioscuros”, publicado en 1982: “yo, mientras/ buscaba entre las ratas la razón de mi vida”, “miedo/ a encontrar un día, tras de la nieve, lleno/ de miedo y frio/ mi recuerdo” (83). El 21 de agosto de 1982 ingresó en el Hospital Provincial de Madrid en el que permaneció hasta el 27 de septiembre y donde fue diagnosticado de “psicosis endógena (cuadro residual)”. Cabe reseñar lo curioso de que unos meses antes el psiquiatra que lo atendió en Leganés opinara que no padecía ninguna psicosis y que en este ingreso se considerara que padecía un cuadro psicótico ya residual. Sin embargo en un nuevo ingreso en el Hospital Provincial en junio de 1983, se le diagnosticó de “toxicomanía y alcoholismo. Personalidad psicopática”. Antes de ese ingreso Panero estuvo internado de nuevo en régimen semiabierto en Leganés entre el 14 de noviembre de 1982 y el 14 de junio de 1983, por esos días escribió: “mis libros no valen nada frente a ese loco deseo de muerte. La metáfora de mi vida no servirá de lección a nadie: un monstruo es tan sólo una categoría del silencio. Queda por saber si me negarían la tumba, la lápida, mi nombre en ella inscrito (…). Fuera de la literatura, que la verdad es que a fuerza de “golpes de estado” en la cabeza cada vez escribo peor, la verdad es que cuesta morirse con semejante público” (12).
81 Pero todo siguió igual: alcohol y vida errática, como un auténtico vagabundo. Tras ser encontrado en la calle por una intoxicación etílica fue ingresado en el Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos el 1 de julio de 1983, fugándose en octubre de ese mismo año. En lo que quedaba de 1983 ingresó dos veces más en el Hospital Provincial de Madrid. Del segundo ingreso salió el 23 de enero de 1984 para retornar al hospital el 17 de febrero y el 15 de marzo otra vez ingresó en Ciempozuelos hasta el 17 de julio (12). Continuó bebiendo y escribiendo. Ese mismo año saliñó a la luz “El último hombre”, dedicado a quienes lo ayudaron a escaparse del hospital psiquiátrico “salvándome así de la locura”. El libro abunda en referencias existenciales y a su madre, que se analizarán en los capítulos correspondientes, sin embargo vamos a citar íntegramente un poema de importante calado autobiográfico: “Baut de foras 2 -cuatro años sin vozha-/ blando demasiado y sin oírme, errando/ en mi cerebro con sed, como/ un pez rojo en el fango, y/ -dinanzi a Lei tittu/ gli spirti miei ern fuggitiaún/ no perdí el canto (ni el estigma/ de “pobre loco”). Cuatro años la misma/ borrachera noche y noche, ola batiéndose/ -practicar sin armas la esgrimacontra el duro/ mar de la “tenebrosa/ “generación”- Y en una de ellas/ dije, a alguien que a mi lado estaba, dije, le/ dije “acércate y escucha cómo/ me muero”. Lago que/ para cumplir su venganza se seca/ en esta página, concavidad que deja/ y/ todos los ahogados que aparecen ahora/ lívidos, intactos, como ayer./ Baut de foras:/ ya/ acepté el insulto, lo vestí como una/ trágica y sonrosada muñeca. Where/ are you? I/ am in the shop-window frente/ a la muchedumbre que/ mira, como siempre, con los bestiales ojos. Mi alma/ en el escaparare. gentío que aplaude/ en la hoguera los últimos gestos/ de Juana de Arco. (…)/ Según/ Robert Redd (“Bedlam on the Jacobean Stage”) la visita/ de esa casa de locos 3 era una de las grandes diversiones/ dominicales de los 2 “Baut de foras” es un insulto que significa “vete afuera” y que es también sinónimo de revolución (79). 3 El Psiquiátrico de Bedlam.
82 londinenses. Los visitantes pasaban/ por esas verjas llamadas “penny gates” porque/ la entrada costaba muy poco, muy poco. El visitante/ después/ de haber depositado su/ espada en el vestuario, donde quedaba hasta su vuelta, tenía/ derecho/ a recorrer todas las divisiones, las celdas, ha-/ blar con los enfermos, y burlarse de ellos. A/ cambios de sus agudezas dábales/ en ocasiones algo de comer, o bien les/ hacía beber alcohol para/ estimularles a seguir divirtiéndole (…)” (84). Podemos contemplar en el poema las alusiones a la vida de Panero en esos años: el estigma del loco, las borracheras, el no ser escuchado… Pero también se nombra la vivencia autorreferencial: “frente/ a la muchedumbre que/ mira, como siempre, con los bestiales ojos. Mi alma/ en el escaparate, gentío que aplaude/ en la hoguera los últimos gestos/ de Juana de Arco” donde puede apreciarse cómo el autor está situado en posición de objeto de goce del Otro. Lo que vuelve a repetirse al describir las visitas a los enfermos en el Hospital Psiquiátrico de Bedlam, donde los internados servían de divertimento de los visitantes. Es decir, como cosas, como objetos para el goce del Otro encarnado en los visitantes. Poco tiempo después de “El último hombre” se editó el libro de cuentos “Dos relatos y una perversión” (85), reeditado en 1992 como “Palabras de un asesino”(86). En el texto hay referencias autobiográficas como ésta del cuento “Páginas de un asesino”: “Fue en Mallorca el principio y el final, hará cosa de un año, o dos: digo eso porque desde entonces he perdido el sentido del tiempo. Hoy sólo, que vuelvo a escribir y a sentirme de nuevo un escritor, lo que yo era, mis ojos, mis ojos de asesino vieron en el calendario una fecha: 1979. Creía que ya había perdido, y no sabía si reunirme pronto, en la cama, con la ayuda del alcohol, con el dulce mareo de las pastillas. Arrojar la cabeza hacia atrás y reunirme conmigo mismo. Le había pedido a mi amiga Franca que no me enterraran, que me dejaran sólo pudrirme en la hierba y así sentir encima el sol y el aire hasta que mi alma se marchara. El fuego fatuo.
83 ¿A dónde? Quién sabe en qué compañía: no lo esperaba buena. Porque sabía que, como dijo Heráclito, “El hombre desciende de inmortales, y a su muerte tiene jueces que lo juzgan”. Y los temía, pero a veces... temía más la vida. Temía más la vida acosado, temiendo la luz y el sueño, temiendo, temiendo a esta luz que no se apaga y que espanta al mundo y hace huir y reírse a los hombres. El alcohol y el miedo, y otra vez, mañana, la misma ola enfurecida batiéndose contra un pasado que ya no existe, una vida borrada, una cultura que no me atrevía a saber, para simular que era un hombre bueno en lugar del más refinado de los canallas. Simular con los ojos, con un cine amargo que me costó mi mente, pero me salvó aquel otoño la vida. Y aquel invierno. Y aquel sol repentino en un cielo de espanto” (86). El cuento está escrito en París, con el objetivo de deshacerse de España y en él resuenan las ideas paranoides posteriores al suceso de Mallorca, cuando Panero, precisamente acaba en París, pero la fecha de composición no está registrada. El texto prosigue: “Pero allí está la piel, brillando, y allí aprendí la espantosa ciencia del cuerpo, en el frío, en una escalera vacía, durmiendo. O recogiendo la basura para evitar, gracias a ese teatro, que me mataran. La epopeya falsa de los otros me importaba poco. Sólo quería un testigo, el basurero, para evitar que me mataran. Para evitar que me dejaran solo en la oscuridad, con mi vida entera. Bueno, en resumidas cuentas, quería ganar tiempo para que la calle se llenara de gente, y evitándome sorpresas, poder llegar así al “Talayot Corcat”(86). Justo aparece el Talayot Corcat, el bar donde se reunía el grupo anarquista del mismo nombre que organizó la protesta de Mallorca en la que agredieron a Panero. Un poco más adelante escribe: “Sabes, Franca, Cristina, Begoña, Charo, había inventado en París una especie de lenguaje especial. Como el de Joyce, pero más útil. Y en ese idioma “talayot” quiere decir ahora: Tala-yo, porque allí me iban a derrumbar la vida, y a dejarme en la selva como un árbol cortado. En la
84 selva más empavorecedora. En el bosque, en la marea de la especie. Yo he descubierto la especie humana” (86). En este último fragmento “talayot” se ha convertido en neologismo, es decir, el significante “talayot” se ha deslindando de su significado general para unirse a otro significado, pero en este caso particular, sólo para Panero. Él mismo lo dice, en el idioma inventado talayot significa “tala-yo” con una resignificación absolutamente autorreferencial: “porque allí me iban a derrumbar la vida, y a dejarme en la selva como un árbol cortado”, es decir, talado. De una selva que no es cualquiera, sino la selva de la especie humana, la selva del Otro, del Otro gozador. Por mucho que Panero quiera introducir este neologismo en la lengua es imposible que pueda compartirse ese significado particular, este nuevo signo lingüístico es exclusivo de él, no es intercambiable, es un signo lingüístico muerto, que sólo se dirige a sí mismo. Insistimos mucho en el neologismo pues es característico de la psicosis, uno de sus signos más determinantes de cara al diagnóstico y porque en la obra de Panero puede verse el proceso de formación. El 20 de junio de 1984 Panero publicó en “El País” un artículo titulado “Acerca de la literatura” cuya parte final merece ser rescatada: “Si hay fallos en mi obra -particularmente lo reconozco a propósito de El que no ve-, tengo, sin embargo, la satisfacción de haber siempre considerado la literatura como un en-sí indiferente a su inscripción social - "el vicio radical estriba en la transmisión del discurso"-; es decir, en definitiva, como algo serio. Si los demás no se comen el tarro, es problema suyo. Que no entren en el bosque de la noche. Desde el principio supe que no había salida. Que no usen mi torpe biografía para juzgarme. La literatura no es un modo de vida. "La no-vida es un estado de disolución / del yo en vida, causa de la escritura y a la vez su resultado", decía ya en Teoría. Por
85 lo demás, me agrada el que tanto vitalmente como por escrito haya cumplido la profecía. Si yo no fuera yo, tampoco Dios habría sido” (87). Panero era sabedor de que su conducta lo ha proscrito del mundillo literario. Era ya el maldito de la poesía española y trató de defenderse de eso, se reivindica en el texto como un escritor al margen de sus andadas: “que no usen mi torpe biografía para juzgarme”. Pero Panero mantuvo su estilo de vida (alcohol, trastornos de conducta) y sus ingresos después de ese artículo. Estuvo internado entre el 14 de septiembre y el 3 de octubre en el Hospital de Guipúzcoa donde fue diagnosticado de episodio depresivo agudo, de ahí pasó a la Clínica de las Hermanas Hospitalarias de Elizondo, en Navarra, y poco tiempo después ingresó durante algo menos de un mes en el Hospital de Basurto, de donde salió el 23 de diciembre de 1984 (12). Durante la estancia en Elizondo escribió un artículo titulado “La fecha de la locura”, que publicó ABC tres años más tarde, y donde reivindica el alcohol y la marginalidad, lo que se aparta de la norma y parece el contra artículo de aquél en el que pedía que no se le juzgara por su biografía (87): “Ahora bien, lo que abre el camino a la sinceridad, lo que desvela los caminos del espejo, el hambre del amor en el hombre, es el alcohol, el beleño negro, la magia del medioevo; y quien abre el camino a la sinceridad es el borracho, el homosexual, el pasota, el proletario o descarado (esto es, carente de máscara), el que no miente y sólo mira. Así, en el ascenso al poder de la burguesía, el espejo y la comunicación humana acabaron por ser el mayor de los estigmas, y la mirada, la transparencia, síntoma de ceguera, de oscuridad o de locura” (88). A Basurto regresó el 19 de julio de 1985 y allí permaneció hasta el 15 de agosto, entonces volvió a Madrid e ingresó en el Hospital Psiquiátrico Provincial entre el 2 y el 30 de diciembre. Durante ese ingreso escribió “Diario casi imaginario” (12) en el que acusaba a su
86 madre de abandonarlo a la muerte: “pueden matarlo perfectamente. Eso no es mi hijo. No debes beber”, donde está claro que Panero queda cosificado, eso no es mi hijo, no ése es mi hijo. A la vez, en la anotación del día anterior escribe: “si yo tuviera una madre, para poder decir tan sólo mamá, mamá, mamá”, lo que supone una llamada terrible a su madre. Pero en el texto también refiere que “la televisión me insulta y me llama “loco”. Borracho, etc.”, que “hablan de matarme por televisión”, que “me creo el Anticristo”, que quieren endurecerle el hígado para poder envenenarlo, que le dan estricnina y que el Modecate 4 que le inyectaban era falso. Pocos días después del alta escribió un artículo en “El País” titulado “Balada de la cárcel de Reading o de la jaula de Pound”, con el subtítulo “Requisitoria contra el fascismo” donde relata el suceso de Mallorca: “Nunca José Antonio, el gran gomoso, dijo, pese a todo, que el fascismo fuera la Inquisición, quemar herejes en nombre de no sé qué hoguera ni de qué sol. Y a todo esto, entre miedo y miedo, diríase que estamos en pleno siglo XX, i.e, en 1985, a pleno sol, o debajo de la lluvia. No es de ahora la historia, ni de hoy, ni de nunca. Proviene, precisamente, de la Edad Media, que es el instante exacto en que nos encontramos. Empieza, para mí, en 1977, Año Internacional de la Infancia; me encontraba entonces en Palma de Mallorca, trabajando para los anarquistas del Talayot Corcat. Allí me creía Jesucristo, y de ahí que los mencionados sujetos me vigilaran constantemente por si perdía la razón que en parte alguna se halla, a lo que se aparece. Pero repito que entonces, por muy risueña e infeliz que parezca la historia, me creía Jesucristo, y no es que me quisiera casar, sino volverme a encontrar con la virgen, sí, con esa chica que salió en televisión el otro día. 4 Marca comercial del decanoato de flufenazina, un antipsicótico inyectable de larga duración (184).
87 Y mientras no se cumplió la profecía, todo circuló por los debidos trámites, esto es, por los círculos concéntricos del infierno de la usura mental. Pero ya aparecerían los Guerrilleros de Cristo Rey a sustituir la libertad por la penitencia y la tortura. Por el momento, lo que a mí más me importaba era la isla de Dragonera, que los anarquistas, y compris moi, queríamos que no urbanizaran. Sin embargo, nada les importaría luego a tan fascistas y siniestros personajes que el infierno se apareciera allí en la figura del dinero, o sea, de la inmobiliaria que en aquella isla había invertido millones. Lo que tan sólo les interesaba, al parecer, era su santidad, esto es, su escisión simbólica, su astilla en la cabeza: léase Cristo o el Anticristo. Pero hasta que, como dije, no se cumplió la profecía, no anduvieron tan pelmas. Y la forma en que aquélla hubo de cumplirse fue la muerte. Tres o cuatro provocadores, cinco o seis guardias civiles que defendían la isla, unos de infarto de miocardio y otros perdiendo el retrovisor, o lo que es lo mismo, los ojos, que en francés se dice vue, o vie. Au volant la vue c'est important, la prudence aussi, como dijera el anuncio de algún metro parisiense en donde jamás recé. Y entonces todos creyeron en el milagro, en lo oscuro, en lo que Freud apodara para ninguna hora lo unheimlich, o mejor, lo indecible, esto es, lo producido por la verdadera forclusión, que era para el verdadero Freud, no una denegación simbólica esclava de cierta misteriosa ley, sino una prohibición cultural. Leánse señores y, perdonen el paréntesis en medio de tan oscura biografía, el texto de Freud Lo siniestro. A la venta está. Pues bien, si lo han leído, observarán ustedes que tal paréntesis procede, no de una enigmática ley, sino que es producto de la única ley que existe entre las geografías, que es la ley de relatividad cultural. Paso a Georges Devereux, Ensayos de etnopsiquiatría, sobre lo relativo del malestar. En fin, el caso es que al fin creyeron. Sólo la muerte demuestra que la existencia es cierta y, de paso, si me matan, que yo existo, y que no he desaparecido en la lejana Argentina, ni mi cuerpo está hundido bajo flechas que no le pertenecen y que, como las flores del Ártico, n'existent pas. Y cuando creyeron en la muerte, creyeron en el Anticristo, esto es, volviendo a Freud, en lo siniestro, en lo puramente sin nombre, en lo indecible, en lo unheimlich. De nada me sirvió tratar de explicarle a un
88 periodista medio subnormal que si Hegel decía que Napoleón era Jesucristo, i.e., el sujeto absoluto, que si tal que si cual. No, muerta la religión y muerto de una vez por todas Jesucristo, sólo quedaba lo unheimlich, la inquietante extrañeza: cuando los dioses no tienen nombre: ésta era la denegación cultural que sólo Jung, el más perseguido de los hombres, tuvo el cuidado de tratar de indagar. He aquí lo que desconoce la psiquiatría: lo mismo que tanto preocupaba a los Guerrilleros de Cristo Rey, esto es, la fe que ellos mismos, y al parecer toda España, detestan, por mucho que la Internacional Antifascista quisiera dar "el golpe de Estado por la fe", esto es, en nombre de lo que no existe, de una certidumbre sin nombre. Pero he aquí que, parecido a un fantasma, parecido a un libro que no existe, semejante a la ceguera, al ojo, algo vuelve a mirar, a mirarnos. Tras largos años de dictadura psíquica burguesa, de lógica de la apariencia, un fantasma recorre el mundo, el fantasma del comunismo, el proletariado o la cultura corporal. Simplicitas. Cae de las estatuas el oscuro goce, el sadismo, la perversión cerebral debida al dogma, y de las Iglesias llueve ceniza. El fascismo ha muerto.” (89) Este artículo es interesante por varias cuestiones. En primer lugar es un artículo que poco tiene que ver con su título ni con la temática de la que supuestamente habla, que es el fascismo. Lo que tenemos es la expresión escrita de la interpretación que Panero realiza del suceso de Mallorca donde aparecen elementos que pueden ser considerados psicóticos. En septiembre de ese año Panero escribió una carta al director que transcribimos a continuación y que analizaremos junto al anterior escrito. Mencionar antes que en el período que va entre los dos textos estuvo ingresado en dos ocasiones: por un período de 42 días y otro de 20. “Harto como estoy de las graves intromisiones desde los locutorios de RTVE en mi vida privada, y al margen de la locura que aún queda para defenderla, me veo obligado a resolver este problema, que consiste en los
95 3) Tiene un carácter centrípeto y autorreferencial. Esto es, que los pacientes afectos de esquizofrenia viven la realidad como si todo viniera de fuera, como si les invadiera (carácter centrípeto) y además todo tiene relación con ellos (carácter autorreferencial). La realidad se dirige y se refiere a ellos. 4) Tiene carácter de vivencia impuesta. Todo viene de fuera y lo viven como una imposición. 5) Es un fenómeno directo e inmediato. El delirio surge en la conciencia sin una reflexión previa o deducción de otros fenómenos psíquicos, sino de forma directa. 6) Va incorporándose a la vida del paciente de manera progresiva. Jaspers señaló la sensación de extrañeza del mundo, de que algo malo iba a ocurrir. Esta sensación desagradable, que se da en la fase que Conrad llama trema (93), es la que el delirio soluciona, en tanto que da un sentido a lo que ocurre. Un sentido patológico, pero un sentido al fin y al cabo. El delirio va a ir invadiendo al paciente o, dicho de otra manera, el paciente va a ir entregándose al delirio, y cada vez irá presentado menos conflicto anímico hasta poder llegar incluso a la indiferencia cuando lo narra. 7) Supone un cambio en la personalidad del paciente, pues modifica el conjunto de significaciones con que se construye y se concibe el mundo, que es lo que Jaspers llama personalidad. Hay un antes y un después en la vida del paciente, y esta ruptura es además incomprensible para el observador. Esta modificación es, en lenguaje jaspersiano, un proceso. 8) Tiene carácter disgregado. El delirio primario es un delirio poco coherente, con contradicciones internas, mezcla de contenidos reales e irreales, poco sistematizado. Es un reflejo
96 de las alteraciones del curso del pensamiento de los pacientes con esquizofrenia. El delirio de persecución de Panero en torno a los incidentes de Mallorca y de la discoteca O’Clock de Madrid no puede considerarse incomprensible, pues hubo una agresión real. Panero tuvo una interpretación delirante de unos hechos, lo que constituye, según Jaspers, un trabajo delirante y por tanto estas ideas deben considerarse ideas deliroides y no auténticas ideas delirantes o delirio primario. Menos comprensible es creerse Jesucristo, pero tampoco sabemos si estamos ante una interpretación delirante de una alucinación o de cualquier otro fenómeno. Por otro lado, el delirio primario se da en una fase muy inicial de la esquizofrenia, como se ha dicho antes: en marzo de 1968 una amiga da cuenta de que presentaba un discurso incoherente y confuso. Tal vez ahí pudieran verse las pruebas del delirio primario, o puede que ya fuera tarde. En cualquier caso lo que solemos encontrar cuando entrevistamos a un paciente esquizofrénico son ideas deliroides, siempre desde el decir de Jaspers y teniendo en cuenta que Jaspers quiso encontrar en el delirio primario un síntoma patognomónico de la esquizofrenia, postura que se ha abandonado hoy en día (75). Desde el Psicoanálisis el delirio es un intento de curación del sujeto, de poner orden en el desequilibrio general consecuencia de la psicosis. Además el contenido del delirio es interpretable, no se delira con cualquier cosa. Jaspers critica a la escuela psicoanalítica por intentar comprender los delirios, buscando “la razón en la sinrazón”; objeta que transfieren los conceptos adquiridos en el campo de la histeria a la esquizofrenia, sin embargo también señala que en los síntomas psicóticos pueden haber contenidos comprensibles (4).
97 El síntoma, en psicoanálisis, siempre es un trabajo activo, una metáfora que esconde un significado para el sujeto en relación con el goce y el deseo. En la psicosis, una manera de apartarse de lo real que se vive como invasor (23). En ese sentido la función del delirio como solución del humor delirante al que se refiere Jaspers no dista mucho de la propuesta psicoanalítica del delirio como forma de curación del sujeto. Lacan se refiere al delirio como un campo de significación organizado por un significante (7), lo que quiere decir que hay una significación particular, no universal, de los fenómenos. El delirio significa lo que hasta entonces era inefable. Puede decirse que el delirio simboliza lo real, y este proceso, insistimos, similar a la función solucionadora del humor delirante de Jaspers, contiene a lo real, lo que hasta entonces no se había dejado simbolizar pero que aparece en el sujeto. En tanto que lo inefable se significa por el delirio puede hablarse del delirio como metáfora delirante, tal como el deseo materno hace lo propio por el nombre del padre en la llamada metáfora paterna. Hay un fenómeno de sustitución o de dación de sentido, supliendo así la falla de la metáfora paterna. La metáfora delirante es, por tanto, un intento de restitución de la forclusión del nombre del padre. Con el último Lacan diremos que la metáfora delirante anudará, o por lo menos lo intentará, los tres registros: simbólico, imaginario y real, de modo que puede contenerse de algún modo la invasión de lo real, el goce sin medida del Otro. Lo interesante de esta propuesta es que desde el psicoanálisis se afirma que hay una manera de compensar la psicosis y que el delirio no es lo patológico sino una vía de curación. No será el delirio la única forma de suplencia, sino que, como ocurre con Joyce, esa función puede hacerla la escritura u otro mecanismo (39).
98 El delirio, en tanto que metáfora, significa a algo. ¿Cuál es la función del delirio en Panero? Cabe suponer, en primer lugar, que está poniendo coto a lo real, el cual se vive como invasor y se experimenta a través de las alucinaciones y los fenómenos de control y de difusión del pensamiento, en los que el sujeto se vivencia como objeto de goce del Otro. Como veremos en el capítulo siguiente son abundantes las referencias en la obra de Panero a esta vivencia. Pero también los delirios de sentirse perseguido por la CIA, el Gobierno, de ser Jesucristo (o el Anticristo, como más adelante comenzará a decir), encierran un claro narcisismo que contrasta con el Panero “real” que va siendo apartado de los círculos artísticos, que va perdiendo amigos a raudales, que no deja de ingresar en hospitales psiquiátricos y que compara su existencia con la nada, con el desecho o con la muerte, como expondremos en el siguiente capítulo. Sugerimos que la función del delirio es compensar esa realidad que rechaza (incluyendo también aquí lo real retornado como goce del Otro) pero que no deja de estar presente, una manera de soportar una existencia insoportable. De hecho a medida que avanza la psicosis desaparecen los intentos de suicidio. Continuando con los textos que estamos analizando hay una característica en la forma de redacción de éstos que reproduce las alteraciones en el curso del pensamiento de los pacientes con esquizofrenia. Sólo hay que leerlos para ver que se trata de un texto incoherente o, por lo menos, con asociaciones laxas siendo muy poco comprensible y revelando un pensamiento desorganizado. Ocurre que es muy difícil, por no decir imposible, dar un sentido al texto en su conjunto, incluso a las frases individuales. Por ejemplo: “Entonces, por muy risueña e infeliz que parezca la historia, me creía Jesucristo, y no es que me quisiera casar, sino volverme a encontrar con la virgen,
99 sí, con esa chica que salió en televisión el otro día”. Es difícil relacionar, desde el mundo simbólico que compartimos, creerse Jesucristo con querer casarse, además con una virgen que por similitud de significantes puede asociarse a la Virgen María por la relación con Jesucristo o con Mercedes Blanco, a quien conocía en la época de Mallorca y a la que se refiere como “la virgen” en “Prueba de vida” (70), suponiendo que hubiera salido en televisión días antes de la escritura del artículo. Pero, en cualquier caso, sigue sin haber una conexión entre creerse Jesucristo y querer casarse, sea con la Virgen María o con Mercedes Blanco. El sentido se da a lo escrito o a lo dicho a posteriori, los significantes se van articulando S1-S2-S3…Sn y, en un momento, al modo del punto de capitón del que ya hemos hablado, se significa la cadena de significantes. Por ejemplo, si la cadena de significantes “Conversación-en-la-Catedral” se interrumpe ahí podemos pensar que estamos hablando de una conversación entre uno o varios interlocutores en un edificio religioso, sin embargo, si añadimos “deMario-Vargas-Llosa” la cadena adquiere otro significado, ya se sabe que no nos estamos refiriendo al edificio religioso sino al libro de Mario Vargas Llosa donde la Catedral es un bar. Esa imposibilidad de dar sentido al texto, de modo que parece escaparse constantemente, sin poder cerrarse en ningún momento lo que quiere decir, es una de las claves de la escritura psicótica para el psicoanálisis lacaniano, algo que Lacan señala a propósito de la obra de James Joyce (39). Con el objetivo de apartarlo de la vida de Madrid y confiando en la eficiencia de la sanidad del País Vasco, Felicidad ingresó a Panero en el hospital de Santa Águeda de la Orden Hospitalaria de San Juan de
100 Dios en Mondragón el 25 de noviembre de 1986, donde permaneció hasta finales de febrero de 1987. Su madre se trasladó a vivir a Guipúzcoa para cuidar de él, incluso para comprarle hachís. En febrero de 1987 le escribe a Marava una carta en la que dice: “Soy el Anticristo, ni tan siquiera soy yo, soy un espectro masticado, digerido por la boca de seres malolientes y sin otro rostro que la baba del insulto. Aquello que he perdido no era una batalla. Mi enemigo tiene un nombre: España, pero no un rostro, es como una serpiente visceral y sudorosa, un animal peludo y hambriento que no teme a Dios ni al diablo. Me ha escupido limpiamente en el suelo como un material de desecho, como a un despojo. Mi locura rozó los límites de la suya, y eso fue lo que me hizo merecer la muerte. Recuerdo aún una vieja gangosa insultándome, a un deportista sudoroso masticando mi cerebro en la radio, sin importarle un bledo lo que fuera el terrible sueño de la cultura. Ni siquiera muerto seré alguien o algo para él. Eres el Anticristo, entonces te adoro, es lo último que acertó a decir el sapo” (12). En estas breves líneas se anuda la vivencia existencial de ser una cosa, un desecho, un objeto de goce del Otro que representa como “España” y que describe de una manera que perfectamente podría usarse como definición del Otro para un psicótico: “Mi enemigo tiene un nombre: España, pero no un rostro, es como una serpiente visceral y sudorosa, un animal peludo y hambriento que no teme a Dios ni al diablo”. Vuelven a aparecer temas ya conocidos: ser masticado, los insultos… a la vez que se sitúa como una figura cuasi-divina, en este caso el opuesto de Cristo, con quien ya se había identificado: el Anticristo. Es significativo cómo Panero realiza esa doble identificación: Cristo y Anticristo, como si fueran la misma persona. Durante su estancia en Santa Águeda escribió “Poemas del manicomio de Mondragón”, donde refiere estar ingresado sin motivo y en el que hace una reivindicación de la hermosura dedicado a su madre, que fue
101 precisamente quien lo ingresó en el hospital. En el texto hay también referencias a no ser nada o menos que nada: “ya que nací del excremento/ te amo”, “en mi alma podrida atufa el hedor a triunfo/ la cabalgata de mi cuerpo en ruinas” (94). En el epílogo del libro refiere que hay tres casos de paranoicos, siendo el último de ellos el que realmente tiene perseguidores, y por tanto, debe deducirse, no es un paranoico: “Ese es el caso al que yo llamo el caso Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F. N. Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros” (94). Por lo que ahí se puede inferir que el nombre de los perseguidores no es más que un invento, sin embargo, al poner a sus perseguidores en tan alto rango como la CIA, o el Gobierno, el propio paranoico que, supuestamente lo ha inventado, se quita a sí mismo credibilidad, siendo la credibilidad, precisamente, lo que busca. Todo psicótico se empeña en ser creído. Continúa analizando el caso de Dreyfus para compararlo con su propia historia: “El caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entendimos el origen de la persecución; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto “bola de nieve”: se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Así, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte,
102 primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelara los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme “Cervantes”, para llamarme después, en el juicio, “el escritorzuelo”. Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquismo animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorosamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren al sexo y a la vida” (94). El trabajo delirante continúa. Está claro en este texto cómo lo primordial es ser el objeto de goce del Otro. Podemos verlo cuando dice: “yo he sido la diversión de España [el Otro] durante mucho tiempo”. El suceso de Mallorca ya no queda aislado junto con el de la discoteca O’Clock sino que es consecuencia de defenderse de ser la diversión/goce de España, y se une al intento de querer matarlo en el manicomio Alonso Vega. Los motivos quedan lejos de estar claros: no se sabe si por sus ideas de izquierdas o porque era conocedor de un golpe de Estado donde fue utilizado “como un muñeco” (de nuevo puede objetivarse la posición de objeto en la que se sitúa) o porque no querían que fuera una persona reconocida (“el escritorzuelo”). Panero se sabe objeto de España, de cualquiera, pero no sabe por qué. El 2 de mayo de 1987 comenzó una colaboración semanal en el diario “ABC” que se prolongó hasta junio de 1993. El 30 de mayo reingresó en Mondragón. Allí se sentía “vencido por la realidad y por España”,
103 según le escribió a Marava en una carta a la que adjuntó un poema que había compuesto en esos días y que reapareció en varias entrevistas y libros con posterioridad: “Dime ahora, payo al que llaman España si ha valido la pena destruirme bañando con tu inmundo esperma mi figura. San Pedro y San Rafael en una esquina comentan mientras avanzo borracho sobre esa piedra, payo, que llaman España” (12). Por esta época España era el perseguidor, el Otro gozador, que puede adquirir la forma de los militares: “¿Quién me matará hoy, por orden de los “militares”? (95). La vida en Mondragón era aburrida, aunque Panero siguió escribiendo y realizando salidas, de hecho participó en un programa de TVE y dio alguna conferencia. El 1 de octubre de 1988 publicó un artículo en ABC donde explicaba cómo se sentía: “Llevo aquí cerca de un año sin otra protesta que la palabra y esperando un juicio que sólo él cancelará las diferentes tentativas de asesinato, estafas y vejaciones habidas tanto en mi persona como en la de mi madre, quien me observa desde la butaca de al lado, completamente aterrorizada. Por tapar algo tan obvio como mi tumba, se ha enredado el país en un proceso tan inefable como fue en Francia el de Dreyfus. Lo que antes fuera un cómodo asilo psiquiátrico en donde la única prohibición era la de beber, se ha convertido ahora en una prisión donde la sola idea de ir a juicio tiene como respuesta el pavor. De manera que todo parece indicar que mi destino aquí sea algo parecido al de Prometeo, al menos en su eternidad, y que me vea obligado a seguir siendo tratado en una clínica sin creer por principio en sus métodos, esto es, en la Psiquiatría Biológica, y menos aún en las terapias que aquélla indica, las llamadas terapias de shock, calmantes de insulina y electroshocks. Sólo faltaba la lobotomía para completar el mapa de la destrucción sistemática de un individuo, mientras aquél sigue escribiendo, también por sistema, en contra de una ciencia que la realidad desvela en toda su hipocresía y barbarie” (96). De nuevo aparece la identificación con Dreyfus, el encierro injusto y sin posibilidad de salida, cosas que contrastan con la realidad de su
104 internamiento en régimen semiabierto. En enero de 1989 en otro artículo escribió lo siguiente: “En España no hay rata que no me conozca, y ello por culpa de mis escándalos callejeros, más que por la mucha o poca valía de mi poesía” y pasa a exculpar al gobierno: “y no debe culparse al Gobierno de la ruindad de mi existencia”, lo que supone una novedad que, en cualquier caso, no se mantiene en el tiempo. En el artículo a quien culpa es “a los aparatos ideológicos del Estado, que son la televisión, la radio y los periódicos, así como las editoriales, sobre todo las que llevan mi firma” (97). Podemos ver cómo el delirio es poco estructurado, y cómo la inconsistencia aparece a cada tanto, lo que lo diferencia del delirio organizado de los delirantes crónicos (75). A finales de año volvió a escribir sobre su asunto de preocupación: “El caso es que me salen las heces cuasi verdosas después de casi un mes de ingerir veneno en las comidas. El arroz envenenado con cera; el agua, con bromuro; el pollo, con estricnina; la Pepsi-cola, con matarratas: éste es más o menos el “dibujo de la muerte”. Si no lo he escrito ahora ha sido por temor a no ser creído. Un manicomio, en efecto, es un lugar ideal para no ser creído. A veces no sé, incluso, si es verdad mi cuerpo. A todo esto, los autores de la pena de muerte, los locutores de la radio y de la televisión, que, al parecer, tampoco me han leído, hablan y hablan delante de unos peligrosos don nadie. Los epítetos que se me dirigen son perro y pedo. Al parecer, es la palabra “loco” la que garantiza tanta injusticia. Todos están seguros diciéndose entre sí: este hombre no habla. A todo esto, mis amigos tampoco lo hacen, habiendo podido intervenir. Por lo demás, en un más que necesario juicio “final”, “comme on dit”, se piensa que estoy loco: incapacitado ilegalmente por parte de tres psiquiatras a los que no había visto. Ni siquiera la incapacitación está firmada por mí.
111 En otro momento de la entrevista dice que el camarero es telépata, igualmente sin resonancia afectiva, pero ahí está señalando un síntoma característico de la esquizofrenia como es la lectura del pensamiento (75), que Schneider señaló como uno de los síntomas de primer rango (54). Desde el 29 de enero de 1996 y hasta el 14 de julio de 1998, Panero tuvo una colaboración periódica con el diario abertzale “Egin” (79). Los textos están, en general, bien escritos y abundan en citas, algunas ciertas y otras no, lo que apunta a que sus capacidades cognitivas no estaban alteradas de manera significativa. En uno de sus primeros artículos señala que el Anticristo es figura de lo “no humano”, observándose cómo se anuda en este significante el delirio y su revés: el delirio resignificando el lugar de desecho, de objeto, donde el psicótico se halla. Mantiene que está siendo “linchado por toda España, y no por sus ideas, sino por su extrañeza –extraño fue también Dreyfus-, es difícil de perdonar para quienes no creen que la Literatura sea la Verdad y se valen de ella para conquistar el poder merced a la burguesía”. Aclara que “he aquí lo que se escondía debajo de la palabra España, una especie de Carlota Corday 7 con cien mil cabezas, en donde los que antes clamaban contra Cristo se visten ahora la toga de jueces, clamando aún contra no se sabe qué monstruo, siendo así que no ya otro monstruo que la Hidra de Lerna, que después de matarme reclama ahora no sé qué misteriosa justicia, un juicio justo en que el único asesino soy yo, como si no hubiera otros, y mis envenenadores fueran santos” (79). El delirio va sumando componentes, y desde el suceso de Mallorca su mundo va transformándose y la persecución y creer ser Jesucristo o el Anticristo son elementos que significan, dan sentido, a su mundo. Sin llegar a 7 La asesina de Jean Paul Marat, dirigente jacobino durante la Revolución Francesa.
112 rechazar totalmente la realidad, de ahí las referencias existenciales que pueblan su obra. El 21 de julio de 1997 Panero dejó el Hospital de Mondragón, pasó tres meses en casa del poeta Claudio Rizzo, y el 23 de octubre ingresó de forma voluntaria en el Hospital Psiquiátrico Insular de las Palmas de Gran Canaria (105). En noviembre de 1997, en una entrevista (106), refirió que “las primeras internaciones no eran políticas, las que me metía mi madre en Reus y en el frenopático de Barcelona. Ésas no eran políticas, pero desde el golpe de estado llevo con internaciones políticas” y modifica en parte la motivación de la persecución: “los Guerrilleros de Cristo Rey se los inventó Adolfo Suárez para inventar la amenaza de la transición. Me querían matar por la película El Desencanto”. Da cuenta de cómo es una interpretación delirante: “un loco del manicomio de Mondragón apagaba la TV. Que quiere decir, como yo era famoso apagaba la TV por eso. Son detalles que todo el mundo sabe, pero nadie los dice”. Es un ejemplo de cómo se resignifica un gesto, que puede entenderse como un significante, de una forma delirante, que en síntesis es en lo que consiste la interpretación delirante. También se pone de manifiesto cómo se presentan las alucinaciones que atribuye a la televisión: “Yo soy telépata. Aprendí telepatía en París. Leyendo en voz alta y luego retrayendo la lengua, como los ventrílocuos. Y leo los pensamientos de la TV. El presentador se dice a sí mismo, -Soy un pobre hombre. Y con Leopoldo María Panero la han cogido como Hitler con los judíos. ¡Panero no mates más!”(106). En 1998 se publicó “Guarida de un animal que no existe” (107), y en 1999 “Teoría Lautreamontiana del plagio” (108) y “Abismo” (109).
113 En julio de ese año participó en el programa “Negro sobre Blanco” de Fernando Sánchez Dragó. En el programa se ve a un Panero desmejorado, algo desaliñado, con dificultad para la dicción, con frecuentes pararrespuestas, llama asesina a su madre, reconoce que tiene una relación de amor y odio con ella, y dice que lo quisieron matar en el hospital de Mondragón (110). En 2000 salió “Teoría del miedo” con alusiones existenciales, como “la vida es tan sólo un espasmo en el desierto” (111) y también a las alucinaciones: “De la poesía sólo quedan las voces/ que en lecho oscuro insultan y se burlan/ de este viejo chiflado que yo soy/ que adora el pájaro de la ruina/ ah temblor del árbol bajo el granizo/ que golpea en mi cabeza/ descompone mi rostro/ escribiendo en el poema/ el blanco semen de la nada” (111). En 2001 publicó su libro más autobiográfico: “Prueba de vida” que subtitula, precisamente, “autobiografía de la muerte”. En el libro desarrolla ampliamente sus ideas delirantes: “Los anarquistas queríamos que no urbanizaran la isla de Dragonera, y una inmobiliaria había invertido en aquélla millones. Y si para mí el nombre de la isla tenía que ver con liberar a los dioses -al monstruo del Lago Nessde su prisión galáctica, a la inmobiliaria toda aquella historia le importaba un pito: le importaba la eficacia de mis proclamas tales como «comer y amar vienen en hindú de una misma raíz: y por eso prestadnos vuestras lanchas si no queréis terminar con un almuerzo desnudo» («with a naked lunch»). Y así empezó la revolución más sangrienta de la historia, mientras un viejo anarquista leía La risa de los viejos dioses. No obstante, yo, en el Talayor [Talayot] Corcat aplastaba cigarrillos con los ojos, y miraba un recorte de un soldado que caía y decía ¿Why?, es decir, que no se explicaba por qué moría: así vacié yo -sospechode guardia civil la playa de Dragonera. Nadie se explicaba cómo.
114 Y así empezó una larga historia que me condujo a Barcelona. Al parecer, para los fascistas, yo no podía matar pero ellos sí, y si yo mataba era por efecto de una tentación diabólica, no de la más miserable defensa propia. Ellos me obligaron en Mallorca a dejar cigarrillos debajo de las ruedas de los automóviles, para ver si yo también moría” (70). Podemos apreciar en esta última frase cómo Panero siente que su voluntad no le pertenece, los fascistas le obligaron a poner cigarrillos debajo de las ruedas de los automóviles. Éste es uno de los signos más característicos de la esquizofrenia: sentirse controlado por otro, tal como señala Kurt Schneider en los síntomas de primer rango (54). Continúa el relato explicando por qué le hacían eso: “y todo porque me identificaba con Jesucristo, que para mí era el inocente, no el culpable, que para mí era el Iº, «Rey de reyes», no el último «Yo soy el Alpha y el Omega, el principio y el fin», así rezaba el Apocalipsis, atribuido a san Juan. En cualquier caso, yo quería deshacerme de la fe, y pensé en largarme a Barcelona al Jazz Colon, como cuando me creía Jesucristo y era el rey del woodoo. Así que me fui con mi amigo Wilmore a Barcelona, con una superparanoia -porque entonces la colectividad de la calle y de los bares existía, y no era como sé hoy subconsciente. Veía a la CIA por todas partes, y la CIA no cree en milagros -cree solamente en un asesino político molesto, tal como Andreas Baader y Ulrike Mein-hof—: porque la sangre no es ningún milagro” (70). Aparece que él se creía Jesucristo. Por la forma en que lo hace no parece haber certeza, sino que lo atribuye a un período concreto de su vida donde probablemente asumía esa creencia pero en la actualidad ya no. Igualmente hace referencia a la CIA en lo que reconoce como una superparanoia. Podemos entender esto como una mejoría del
115 cuadro clínico, una crítica a las ideas delirantes, pero el relato continúa y esa supuesta falta de certeza se desvanece: “Fue así por lo que decidí cargarme a Helmut Smith -asesino de Andreas Baader y de la banda Meinhof a 3.000 km de distancia- ¡más difícil todavía! Porque la política lo mismo que la verdadera fe, tienen por función poner fin a las injusticias de este mundo, y es así que para la teología de la liberación hemos de aplicar todos los medios, inclusive la muerte, para conseguir la liberación de los oprimidos” (70). Claramente él no asesinó a Helmut Smith, y relaciona ese asesinato con lo que antes era sólo paranoia. “En cualquiera de los casos, en Barcelona ardió la calle, y ello de una forma que yo aún no me explicaba” (70). Resulta significativo que señale que no se explicaba lo que estaba pasando de una manera que guarda mucha relación con la descripción de trema de Conrad. El paciente percibe que algo está cambiando, hay tensión, fenómenos que no se explica, desconfianza, humor delirante… (93) Sin embargo, se ha señalado que eso es típico de los inicios de la esquizofrenia, y sabemos que antes de esa fecha Panero ya había presentado síntomas psicóticos, de modo que esto puede ser una discordancia respecto de la teoría de Jaspers de delirio primario, que estaría al inicio del proceso y que es incomprensible (4). Esta descripción es comprensible (como ya hemos dicho con anterioridad) y además no ocurre al inicio de los síntomas psicóticos. De hecho la propuesta jaspersiana ha sido criticada y hoy se entiende que no hay un delirio primario (75). Sirva la descripción de Panero como ejemplo. “Había ya americanos por ahí, pero de una forma que ellos tampoco se lo explicaban: luego entendí que era el psiquismo animal, o como diría Freud, la animalidad de lo inconsciente: porque todos los animales son telépatas y por ello no tienen conciencia ni yo, es decir, no hablan: como sabe la moderna etología, se comunican por la mirada y los gestos, y están en un
116 estado de empatía profunda. En cualquier caso, los ojos, y la radiación biológica, quema y mata, porque el hombre ha olvidado ser un animal, ha olvidado su alma -su chijjuth o alma animalen la calle, donde está el cuerpo entero y los gestos matan. En cualquiera de los casos ahí estaba yo, en la «bodega bohemia», bebiendo sin parar, porque no soportaba la calle. Bebiendo, también, por desesperación, porque como decía yo en un poema «están las letras en la acera borradas/de toda la cultura». El grito nos sitúa en los límites del ser», y como decía Bataille «en el periscopio del doctor Petiot está la cumbre de la condición humana». Y ahí estaba yo, buscando medio desnudo un chulo para que me enculara, oh Jean Genet, encontrarse en los límites del hombre. Pero entonces, para el fascismo que me rodeaba, no se trataba de explicaciones científicas, sino alegóricas o teológicas, es decir, de si yo era Cristo o el Anticristo. Y esto en un podium en plena calle, tal como en la predicación del Anticristo de Lúea Signorelli. Cualquier gesto era un juicio, no precisamente de un juicio final, sino de algo más sórdido. Yo cantaba, perdido entre los sueños «He sabido que es peligroso decir siempre la verdad»” (70). Entendemos que la afirmación que hace de que los animales son telépatas y que se comunican con la mirada no es inocente. Por esa época si Panero pensaba que lo perseguían y lo querían matar, debía de realizar interpretaciones delirantes, tal como podemos ver cuando escribe “cualquier gesto era un juicio”. Era una época marcada por la suspicacia y la angustia. Hasta ahora la mención política es mínima y a lo que hace referencia es a la cuestión de si él era el Anticristo o Jesucristo, cosa que, como se ha visto anteriormente, Panero incorporó más tarde al delirio. Pero la Política no desaparece, sino que es un elemento más de la persecución, junto con la psiquiatría. “Pero la vida continuó, inexplicablemente. Aficionado a la oscuridad, topé, después de haber fichado por los anarquistas, con los masones, a los que yo llamaba «amigos en la oscuridad», como en un programa de televisión
117 reciente. Topé también con un proletariado desnudo y obsesivo, y con una larga serie de internaciones políticas. Y es que los masones, por odio a la CIA queríamos llevar a juicio al Rey, proclamar la república y abolir las bases nucleares yanquis. Y por eso tanto dinero. En cualquier caso, lo que descubrimos yo y mis amigos masones es que en este país «en verdad», y después de tanto rollo, no cree en Dios ni su puta madre, nunca mejor dicho. Es un país maldito, que no cree en Dios y menos aún en la Virgen, un país sórdido y ruin. (…) En todo caso, detrás de la Cia estaba la CIA, y aún peor: envenenándonos, al amparo de esa máscara de lenguaje que es la psiquiatría, a mí y a los masones en manicomios. (…) Encima lo mío fue crimen sacrílego por cuanto más que masón me creía Jesucristo, y al brillar el sol por mí, se lo creyeron. Los masones dijeron que eran los apóstoles, pero no se lo creyeron, porque en este mundo no existen dos locos. En cualquier caso, Rasputín no estaba loco, y resistía tarta de cianuro tras tarta de cianuro, hasta que al final se lo tuvieron que cargar a balazos, y ni a balazos podían”(70). Prueba de que no es un delirio sistematizado como el de la paranoia clásica o trastorno de ideas delirantes es que después de leer lo que dice Panero no queda claro ni quién quiere matarlo ni por qué, ni hay coherencia en el delirio. Además de aparecer elementos muy bizarros: “Fue en Mondragón, en cualquier caso, cuando empezaron las resurrecciones, y de ellas se derivó el veneno, por cuanto al astuto hermano Javier Cuesta, hoy quemado al rojo vivo con un camión de CAMPSA, se le ocurrió que si yo resucitaba, con todo el cuerpo intoxicado de veneno, me moriría otra vez. Pero la CIA ya había tenido pactos conmigo, en París: allí quisieron quemarme con lanzallamas, ya que tan obsesionado estaba con el dichoso
118 fuego: mi halo rechazó el fuego, y se creyeron que era un milagro: lo denuncié en plena calle, y se acabó la muerte, es decir, el «fuego». Y por lo que quieren matarme es precisamente por las resurrecciones” (70). Lo de las resurrecciones es un elemento que hasta entonces no había aparecido. Ya no es porque él fuera un elemento peligroso para la seguridad del Estado, ni siquiera por ser Cristo o el Anticristo sino por sus resurrecciones. “El descuartizamiento también era una medida para evitar las resurrecciones-. Y a todo esto, entre muerte y muerte, lección de religión al canto, a ver si soy Cristo o el Anticristo: yo sonriendo en el bar de al lado de Mondragón, donde pasé diez años en plan veneno intermitente, como decía el gilipoyas de Aitor, hijo del hermano Javier Cuesta, yo sonriendo cantaba: «Un viejecito me encontré, y al despedirme pregunté, oiga compai, como se llama usted». A pesar de todo mi vida continuó, inexplicablemente. Y ya con la marca de la Bestia en la frente, que era Jesucristo y/o el Anticristo. Y ello para luchar, con el arma suprema de la literatura, contra un país sin dioses pero con estatuas de dioses, contra un país donde la gente cree en Dios media hora, la media hora de ir a misa, para luego seguir pecando, esto es, haciendo daño. (…) Mi desgracia fue fundir el cristianismo y el anarquismo (…) Y, siendo Jesucristo, o tal vez sólo un loco como en Ordet de Theodor Dreyer, resucitar y ser un resucitado, y volver de la nada sin nada de abrigo” (70). Aparece que la literatura es la forma de defenderse de la persecución, del goce mortífero del Otro. Panero está describiendo el uso de la literatura como cierta suplencia, como una forma de anudar los
119 registros real, simbólico e imaginario, y así establecer cierto dique de contención frente a lo real (39). “Al parecer, y siguiendo con la prueba de vida, para la CIA acabar con mi vida se había convertido en un problema técnico, y nadie sabe por qué ni para qué; porque si soy republicano, en cualquier caso no soy la República, y sólo a un loco se le pudo ocurrir semejante cosa, y si soy demócrata no soy la substancia antigolpista: y si el sol brilla por mí, hay una tienda de ultramarinos de Madrid que se llama «El sol sale para todos». En cualquier caso si soy León David Trotsky, ha habido miles de Ramón Mercader, obsesionados por matarme por una causa oscura. Miles de pobres hombres, como Mocénigo o Ramón Mercader, obsesionados por matarme al amparo de una cama oscura. En cualquiera de los casos si en el manicomio de Elizondo estuve a punto de morir por efecto del veneno, y me salvé por escribir diez cartas a mis amigos hablando de la verdad, ya que tanto hablaban de su Jesucristo. De ahí a Basurto, donde me envenenaron con estricnina, y allí me salvó mi oscura madre. Y de ahí a Mondragón, donde estuve cuatro años, como Justine o los infortunios de la virtud, inoculando veneno, y en plan pelea permanente con los locos, con los locos pega-hostias como yo los llamaba, una pelea eterna, de la que me salvó el célebre adagio, ‘Dos no se pelean si uno no quiere’, humillándome así, y llamándome hijo puta, para que no me pegaran en la boca, ya que tan anticristo soy: de ahí me salvó el tristemente Claudio Rizzo, que me trajo aquí a Canarias para aprovecharse de mi nombre, y amparándose en mi firma, que valía, por muy destruido que estuviera, salir de una situación de ostracismo y ridículo y devenir él también una firma, como un jardinero sin rostro, que conoce a todo el mundo, con unos labios tan húmedos y babosos como mis labios, como mi frente que boquea en la página: pull down your vanity, I said pull down: pero haber puesto en juego toda la literatura y la vida, sobre la página, eso no es vanidad.
120 Y fue aquí [en Canarias], bajo la inspiración del tétrico Claudio Rizzo, donde aprendí a morir y a resucitar, como decía hace poco el célebre pobre hombre Félix de Azúa, como autor de una recogida de firmas, que por poco, en la clínica san Roque, le cuesta la vida: yo soy Gregorio Samsa, una cucaracha sobre el límite de la página, donde me metamorfoseo en hombre, porque la cucaracha es el yo estigmatizado, como dijera Gottfrit Benn. (…) Ahora bien si Jesucristo resucitó una vez, yo he resucitado cuarenta, y es que esta historia del veneno, se le ocurrió a un pobre hombre llamado Javier Cuesta, hermano de san Juan de Dios, que en paz descanse. Ahora bien, el pobre hombre llamado Javier Cuesta -siguiendo con mi expresión favorita que es ahora bien, y con otra de mis palabras favoritas que es no obstante-, a ese hombre digo, se le ocurrió que si yo resucitaba cosido a balazos, con todo el cuerpo lleno de veneno, me volvería a morir. (…) Y más descuartizado, canibalizado, para evitar resurrecciones: quería quitarme la vida eterna, y he aquí que estoy aquí para siempre, soy Yo, Yo el Supremo, aquí para siempre. (…).” (70) Y añadirá más, pues dirá que en Las Palmas también quieren matarlo: “El doctor Segundo Machado [su psiquiatra] me canibaliza (…). Ahora me empalan en uno de los barrotes del jardín (…). Juegan con mi cabeza al footing” (70). Panero va a seguir relatando su delirio pluritemático. Puede observarse, además de los contenidos delirantes, cómo las cadenas significantes se enlazan sin uniones lógicas, en asíndesis: “Todos mis amigos y amigas: Margarita Palacios, Juan Manuel Bonet, José Luis Brea, estaban comprados para dar no sé qué misterioso golpe de Estado por la fe. Con el rollo del sol, pensaban que era el chollo perfecto
127 esta frase: “tengo la cabeza llena de voces y no puedo evitarlo, ten piedad de mí”, o cuando habla del neologismo “giligloria”: “una voz escupe entonces en mitad de mis sesos la palabra “giligloria”, insulto entre gilipollas y gloria”, “una noche se lo dije al Sol, telepáticamente, en el Madrid de mis infiernos: “Estoy atormentado de que me carguen pedos y pedos”. Él me contestó: “No te preocupes, lo sé de sobra, España es una mierda y no le des más vueltas”), hace extensiva su persecución a sus amigos (“desde aquí a un punto remoto del pasado todos mis amigos me han envenenado, porque todos mis amigos son o eran de la CIA”), habla de que lo envenenan en el hospital (“aquí me envenenan todos para después irse a misa”) e incluso en una época pasada (“y así empezó el rito satánico de envenenar a Panero de mil maneras distintas, utilizando amigos míos homosexuales, empleando las máscaras del lenguaje “Fe” y “Psiquiatría”, utilizando a sabiendas el silencio pegajoso de los manicomios, el grito terrible de la piel bajo el horror físico de los electroshocks”), de que lo han utilizado “para el golpe de estado”, del vivenciar del psicótico cuando está anulado su discurso, lo que narra de forma delirante (“el tipejo llamado Claudio R. me sustrajo, lo mismo que una tal Sandra, alrededor de tres millones seiscientas mil pesetas que estaban en una cuenta a plazo fijo (…) Hago unas preguntas: ¿Cómo desaparecieron misteriosamente?, ¿quién me los robó y con qué consentimiento de los del banco? La policía no me hizo entonces ni puto caso, porque un enfermo como yo no es escuchado por la policía, y yo me fui con Félix Caballero a la comisaría, donde vieron o comprobaron telepáticamente que yo estaba loco y no quisieron escucharme”) y de contenidos delirantes propios de la esquizofrenia: “me tratan públicamente de asesino, cuando Santiago A., al que ejecutó y dio por culo un famoso marionetista, fue resucitado gracias a mí en una noche de hermosura, demostrando que tan asesino no soy, como dicen
128 constantemente los de TVE, que están todos trabajando para la CIA y nadie lo sabe. No soy un asesino, aunque a veces juegue a serlo, y en cualquier caso, como decía mi amigo José Ramón Rámira: “Yo al maco no voy solo”. Los borrachos necesitan mucha compañía, lo dijo Ambroise Bierce. Y “Yo acuso”, siguiendo el ejemplo de Émile Zola, a quien es el vicepresidente primero de la Gobernación, a su Majestad el rey Don Juan Carlos, al secuestrado por el poder José María Aznar, que no puso una denuncia a quien quería ponérsela por miedo atroz a que saliese a la luz lo de las orgías de sangre del Palacio del Pardo. Se ha confundido el pecado y el delito, y la soberbia será pecado pero delito no es, y aplastar cigarrillos en el suelo será pecado pero delito no es. Pedro Ancoechea fue quien ejecutó a mi madre, junto a los juzgados de Mondragón, quitándole los cables que aún la unían a la vida. (…) Y hablando de crímenes parapsicológicos, Javier Bardem se cargó a Lola Flores por temor a que denunciara las orgías de sangre del Palacio del Pardo” (118). En una entrevista de 2007 (119) afirmó que la CIA quiere cortarle “los pies y la polla”, y puede verse como continuaban las interpretaciones delirantes (“este camarero está pensando cómo matarme”) y las alucinaciones (“no soporto andar por la calle. Todo el rato me llegan mensajes telepáticos de la gente, me llegan sus pensamientos, aunque yo no he oído voces en mi vida”). En 2010 a raíz de una pregunta sobre el presidente Rodríguez Zapatero y la lucha de ETA respondió lo siguiente: “Zapatero no es tan mal presidente. Abolió la pena de muerte. Con Aznar estábamos mucho peor. Pero siempre he creído que cada país tiene el gobierno que se merece. Yo soy un gran defensor de la lucha de ETA. Los de ETA son los hombres más valientes y honorables de toda España. Los de ETA no son asesinos. A mi hermano Michi Panero lo envenenaron con una botella de ginebra. La CIA ha querido hacer lo mismo conmigo, pero no han podido. Y también han tratado que me suicide, pero tampoco han podido. Los asesinos son los otros. Los de ETA son ateos y por eso están
129 más cerca de la verdad. Yo te diré que me cago en la Virgen y en Dios” (120). Sirva la respuesta para ver cómo mantiene las ideas delirantes y cómo el hay alteraciones formales del pensamiento. En los años que siguen hasta su muerte el 5 de marzo de 2014 su obra literaria no dejó de crecer pero la calidad es menor, con repeticiones de frases y versos, poemas en torno a los mismos temas, lo cual traduce el deterioro. Los síntomas psicóticos que se han expuesto se mantienen. Como muestra tenemos la última entrevista concedida (121), el 6 de junio de 2013, donde aparecen pararrespuestas ya desde el inicio: responde con un “yo no creo en la locura” a la bienvenida de la presentadora; cuando le pregunta si ha firmado en la feria del libro dice “yo ya he perdido mi identidad”, luego dice que ya la ha recuperado, y más adelante que la gente de la calle piensa que es un poetilla; pregunta si ha muerto uno de sus compañeros de tertulia en la época del programa “La ventana”, solicita hablar del golpe de estado y dice que fue utilizado para darlo, también aparece el delirio: “mi vida es un infierno, sobre todo en el manicomio de Canarias (…) llevo diez años tragando veneno (…) me dan insulina sabiendo que tengo diabetes (…) y estricnina, arsénico y cianuro”, dice que nadie sabe por qué está ingresado ni “por qué me querían matar”. La presentadora, claramente superada por la entrevista, le dice que está ingresado por los “problemas mentales que tiene, por la paranoia”, él dice que “a Dreyfus no se lo cargaron”, más adelante refiere “soy el chivo expiatorio desde el 77 que es cuando empezaron todas estas cosas”, habla de una organización que ha secuestrado a varios personajes famosos como Julio Iglesias, Manuel Benítez “El Cordobés” o Pere Gimferrer, dice que “creen que soy el Anticristo (…) también Michi se creía el Anticristo y no lo intentaron matar”, que en el hospital
130 quieren matarlo, “es un crimen de la CIA”. Su editor intenta mediar diciendo que él sabe que lo cuidan bien en el hospital pero él sigue negándolo y lo llama usurero; acerca de la locura dice que “es un proceso de confusión pero no un estado orgánico, la locura no existe, más que por la psiquiatría, precisamente”, dice que el infierno es lo único que conoce, que cumple 65 años y que aparenta 80, refiere que a Jaime Chávarri lo volvieron loco “después de las orgías de sangre en el Palacio del Pardo” y que escucha voces, cuando la presentadora le dice que trató mal a su madre le responde que a ésta le pagó dinero Adolfo Suárez para que lo echara a la calle para matarlo, dice que Michi se cargó a Ricardo Franco, el director de “Después de tantos años”, y que a Michi “se lo cargaron con ginebra envenenada”; dice que ha sido diagnosticado de “neurótico obsesivo solar, que es el diagnóstico más raro de la historia”. Finaliza diciendo “me veo extraño pero no loco”. La vida de Panero fue, más allá de su genialidad, la de un psicótico al uso: múltiples ingresos, nula conciencia de enfermedad, único soporte en la familia, en su caso, como en el de tantos, sólo en su madre, aislándose cada vez más. Además persistieron las ideas delirantes, las alucinaciones, las interpretaciones delirantes, trastornos formales del pensamiento, que sólo lo disimula en la poesía, probablemente por las revisiones que hace de los textos, pero que es evidente en muchos escritos y en las entrevistas, especialmente en las no editadas. E igualmente cabe destacar el deterioro cognitivo apreciable a lo largo de los años, así como el físico, bastan ver las fotografías que aparecen en Internet. Tenemos que señalar que Panero hizo una exhibición casi constante del delirio: éste aparecía en sus escritos, en las entrevistas, aunque no se le pregunte por él. Puede decirse que hay un goce en el delirio, de
131 ahí la necesidad de mostrarlo, de que el psicótico escriba. El delirio de persecución revela en última instancia la omnipotencia, el narcisismo del psicótico, como afirma Fernando Colinas (122). El delirio transforma la alusión vivida en la autorreferencialidad en distinción. Además, como ya se ha señalado, hay en él un efecto tranquilizador y reparador de la vida psíquica. LA POESÍA Y PANERO La relación de Panero con la poesía ha sido más que íntima. Dice que desde los 4 años ya escribía poesía (12). Además su vida siempre ha sido la de un poeta, aunque haya malvivido del oficio. Por otro lado su producción poética es ingente: hasta 2010, su poesía completa, sin contar colaboraciones ni escritos en prosa, ocupaba casi dos mil páginas. Lacan sostuvo que Joyce no desencadenó la psicosis gracias a que la escritura funcionó como un nombre del padre, anudando los registros real, simbólico e imaginario. De modo que la introyección del significante primario no era un acontecimiento que sólo pudiera ocurrir en la infancia, y que si estaba forcluido no había más camino que el de la psicosis. Lacan flexibilizó su teoría añadiendo esta posibilidad a la que llamó suplencia: es posible que algo supla el nombre del padre, funcionando como éste, no de la misma manera pero al menos parcialmente (39).
132 Si en Joyce la escritura fue capaz de frenar la psicosis no vemos lo mismo en Panero, en quien la psicosis está plenamente desencadenada. Podría aducirse que la escritura le habría permitido conservar su genialidad. Sin ir más lejos, además del psiquiatra al que ya hemos mencionado que afirmó que Panero no padecía una psicosis, también encontramos al doctor Segundo Machado, quien en conversación telefónica, hizo referencia a que Panero “no estaba loco”. También le habría permitido lograr que el deterioro no fuera tan grande o que los trastornos formales del pensamiento no resultaran tan limitantes. Sin embargo supone forzar mucho el concepto de suplencia. Es más, que en Joyce la escritura fuera una suplencia no implica que en Panero tenga que serlo, por mucho que compartan el oficio de escritor. Por otro lado la suplencia puede estar representada por otros elementos, como algún tipo de lazo social, un trabajo o los dispositivos de salud mental, por citar sólo unos ejemplos. En el caso de Panero ¿a qué puede achacarse, si es que se verdaderamente se puede, la suplencia? No sabemos si ha habido algo que haya suplido el nombre del padre, ni siquiera, como hemos dicho, puede darse por hecho que haya un neo nombre del padre que hiciera esa función. Entendemos que en el caso de Panero la psicosis no se ha frenado. Además el hecho de que haya necesitado un ingreso durante los últimos treinta años de su vida, de que los síntomas psicóticos positivos no dejaran de estar presentes, que los negativos hayan aparecido y que sólo se haya podido conseguir una muy ligera conciencia de enfermedad es una señal de que la suplencia no ha existido. Por tanto, no puede achacarse a ningún elemento el haber operado como suplencia. Esto sin embargo no es óbice para señalar que la poesía ha cumplido una función en la vida de Panero, más allá de haber sido el arte al que
133 se ha dedicado. Que no haya servido de suplencia no implica que la escritura carezca de valor o de función terapéutica. A lo largo de su obra apreciamos este rol de la escritura. Aunque Panero llega a afirmar que la poesía sólo sirve para ganar dinero y que no quiere decir nada con ella, “porque, como dijo Vicente Aleixandre, si hubiéramos querido decir otra cosa la habríamos dicho” (123). Sin embargo, esta afirmación queda desmentida por la propia obra de Panero y los comentarios que realiza y que vamos a ver en este apartado. En una entrevista de 2001 afirmó que la poesía es “la única esperanza” en el hospital, “escribir es todo lo que se puede hacer en un manicomio” (112), dijo también que ha escrito para sobrevivir (116). Escribir, y publicar, es una manera de hacer lazo social, de dirigirse al Otro, escribe “para ser adorado, para ser querido” (116), “escribimos para ser escuchados, no se trata de una reproducción tosca de la realidad, sino que toda ficción, para iluminar o transfigurar una realidad, debe tener cierta residencia en ella” (124). Para él la poesía ha ocupado un lugar incluso más relevante. Dijo que “la poesía es lo único que me separa del suicidio” (125). Le preguntan si el poema es pesadilla o redención y responde que “una salvación de la vida”, “¿escribe para salvarse?” le vuelven a preguntar y responde que sí, “¿para salvarse de quién?”, “de la gente de la gentuza, responde (126). Podemos ver cómo la poesía es usada como una protección frente al goce del Otro. Panero sitúa en la gente al sujeto perseguidor, al Otro gozador. Es una manera de defenderse, de igual modo que el delirio. Es una función terapéutica pero no llega a ser una suplencia. “La poesía para mí es venganza, lo mismo que la denuncia del siniestro manicomio de Mondragón, donde los animales rugen
134 contra las formas y los locos se juegan a las cartas mi cabeza” (106). La poesía como escudo en oposición al goce del Otro, como dique de contención. Frente a una existencia que ha definido como horrible, como la de un muerto, “la poesía es la única verdad de la pesadilla” (127), lo que redime de esta vida, “joven o viejo siempre hui a través de la palabra, a través del delfín del verbo por los anchos mares” (118). Es más, “el poema es el único supuesto de que yo existo/ la única garantía de mi ser: el único rezo por que el no ser sea como el ser” (128). Panero es ante todo poeta, su ser, su maltrecha identidad es la de un poeta. Panero no ha dejado de escribir, como si escribiendo pudiera apuntalar su ser. Será recordado sobre todo por ser poeta y por tanto inscrito en el Otro. La poesía en Panero exorciza su dolor, pone coto al goce del Otro, a su existencia: “he cubierto con sábanas santas/ los espejos de mi casa/ por miedo a que salgan mis fantasmas” (129). Y escribir es enfrentarse con el dolor, el poema bordea lo real para intentar apresarlo: “el verso es una partida/ de ajedrez con el horror/ y el poema es peor que la muerte” (111). Ese intento de acotar lo real lleva aparejado el sufrimiento, ya lo decía Truman Capote: “cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse” (130). La poesía sirve para limitar lo Real, para calmarlo, pero es preciso jugar ese acto de flagelación que supone vérselas con los fantasmas. “Oh flor del miedo/flor del grito/ rosa de los vientos/ que señalan sólo en dirección al poema” (111). Los fantasmas que no se reflejan en los espejos, como él decía, pero sí en su obra.
135 IDENTIDAD Y EXISTENCIA EN LEOPOLDO MARÍA PANERO
136 Este capítulo se estructura en tres partes concernientes a los tres períodos de la vida humana: la infancia, la edad adulta y la vejez. En la primera y última parte se analiza la vivencia de Panero de estas etapas, sin embargo en el caso de la vida adulta no planteamos específicamente cómo vivencia Panero este período de la vida sino que nos sirve para tratar una serie de temas que están presentes a lo largo de su vida, adulta sí, pero sin una relación directa con la adultez como período, sino que alguno pueden arrancar incluso de la juventud y desde luego han seguido como elementos clave en la (corta) vejez del poeta. LA INFANCIA En su primer libro de poemas, “Así se fundó Carnaby Street”, de 1970, Leopoldo María Panero hace referencia a la infancia perdida, se referirá a él como un libro de la “búsqueda de la infancia, del Absoluto, y rechazo del mundo presente a través de la nostalgia del mundo infantil” (12). Tiene 22 años cuando se publica el poemario y en él encontramos poemas como éste: “Los osos de trapo. Los caza-mariposas. Los erizos en cajas de zapatos. Los amigos invitados a comer por primera vez. Cómo ha pasado el tiempo. La noche de Reyes. Expulsado fuera del colegio. No podrá ingresar en ninguna otra escuela. Me pregunto dónde estará aquel traje de Arlequín, que llevé a la fiesta de disfraces. Cómo ha pasado el tiempo (131). El asunto de la infancia que se ha ido retornará de forma insistente a lo largo de toda su obra incluyendo la vejez: “este niño que fui y me empeñé en seguir siendo y que por ello ha acabado por hacer real el
143 “y la vida es sólo nausea, estertor final del poema” (127), “y Panero es un perro llamado dolor/ Y el dolor es la única verdad de mi existencia” (129), “teniendo sólo al dolor como la única certeza” (135), “porque no es otra cosa la vida que un cuento de miedo” (136), “y escucho solo por las mañanas/ El ruido terrible de la vida/ El disparo de la memoria/ El recuerdo de mí mismo en el verso/ Que llora de nuevo caído ante la nada/ Y estremece al alcohol de la vida/ La trágica borrachera/ El alcohol del silencio y de la nada” (136), “porque la tristeza es peor que la vida, y la vida es una lacra, una especie de pústula, una herida que no se cierra, una larga borrachera, un triunfo de la nada” (117), “yo voy buscando limosna de vida en el estiércol” (117), “página honrada a la tiniebla del ser, el atroz sufrimiento de la nada, de la nada que embiste la vida y logra su sufrimiento” (117), “yo sé lo que es la vida, al igual que Alonso Quijano dice en mitad de sus falsos tormentos: “Yo sé quién soy”. La vida es sólo un inmenso cenicero, violeta pálida destruida por el mundo, sílaba atroz en el cenicero repleto de palabras” (118), “Mi vida no merece el nombre de vida, no hay rastro en ella de lo que significa la palabra vida” (118), “La vida no es más que mentira en la sombra, palabra inútil, sollozo sin sollozo” (118), “La vida no es más que un río de mierda que hay que aplastar como quien aplasta una cucaracha. No hay emoción posible, el más mínimo sueño ha quedado aniquilado. La vida es esa cucaracha que se arrastra sobre el papel, posándose sobre los libros, adoptando movimientos circulares, mientras una flor abstracta, no sé si bella o no, va formándose en el meollo del asunto. Esa flor que construimos a base de nuestra vida empleada en esta
144 mierda de cometido, el peor del mundo, despojando a la vida de años y mínima felicidad en pos de esa flor que es toda basura y nada sino basura puede que merezca. La basura de mis labios, y mi ano marchito, y estos dedos que ya no controlo porque me han traicionado al límite” (118), “una vida que es peor que el sepulcro” (70), “qué importa si el infierno es lo único que he conocido yo” (70). A pesar de esta visión tan desgarrada de la existencia los intentos de suicidio que realizó se circunscriben a los años de la juventud, en torno a los veinte años. Posteriormente, aunque el dolor es una constante no volverá a llevarlos a cabo. En esta entrevista se arroja luz sobre el asunto: “-Pregunta: ¿Qué secuencia de su vida elegiría para convertirla en eternidad? -Respuesta: Canibalizarme, la nada. Me gustaría desaparecer de aquí. -Pregunta: ¿Cree que ese momento llegará? - -Respuesta: No, tampoco creo en eso. No creo en nada, ni siquiera en el suicidio” (137). Incluso en el documental “Después de tantos años” afirmará que le “gusta la vida (…) a pesar de todo quiero vivir” (10). Y es que una existencia descrita en los términos en que lo hace no tiene por qué aparejar el suicidio. Panero está anudado a la vida, pese a que las referencias positivas de la vida sean escasísimas a lo largo del tiempo y que insista en declarar, de forma explícita, que sólo fue feliz en su juventud: “-Pregunta: Wittgenstein en Tractatus dijo que el mundo de los felices es distinto del mundo de los infelices. ¿En qué mundo está usted? -Respuesta: En el mundo de los infelices -Pregunta: ¿Alguna vez estuvo en el mundo de los felices? -Respuesta: Cuando escribía poesía con [Pere] Gimferrer (…) Vivía en casa de Ignacio Prado, un poeta muy guapo amigo mío y yo era feliz y no estaba
145 muerto, como decía Pessoa. Hasta que me suicidé por Ana Mª Moix y empezó toda esta historia de los manicomios” (137). -La experiencia de la soledad En su biografía podemos ver cómo Panero va quedándose solo, de los muchos amigos y conocidos con los que compartía vida en su juventud quedó el vínculo prácticamente limitado a su madre y en menor medida a su hermano Michi (12): “me siento solo. Y mi hermano Michi ha muerto” (117). En sus últimos años de vida sus lazos sociales quedaron reducidos casi en exclusiva a los hospitales, los profesionales sanitarios y sus editores. De esta experiencia da cuenta en el siguiente texto: “Mi pasado fue el de alguien un poco guarro que estaba todo el día escribiendo por ahí. Lo que pasa es que en los vertederos no se puede almacenar obra. Ni siquiera en los portales. Que es donde yo dormía o tenía por costumbre dormir. Porque no tenía dinero. Porque el alcoholismo lo exigía. Y porque a mí siempre me gustó reunir soledad y basura. Es lo que decía yo en alguna parte de EL DESENCANTO, que el alcoholismo es escuela de soledad, que yo he estado solo por loco y por borracho, un borracho no puede tener demasiados amigos, porque cuando llamas a una hora a alguien que crees tu amigo borracho éste te cuelga el teléfono, si lo llamas dos veces te manda a la mierda, luego no te saludan cuando te ven durmiendo en un banco. La cárcel fue el único sitio donde yo sentí la amistad a pulso. Allí sí había auténticos amigos. Pero luego con los amigos de la cárcel, los amigos que me fui encontrando de ese período, tampoco me saludaban ni me hablaba nadie. No sé qué explicación hay para todo eso.
146 Tengo frío…” (117). La explicación se llama psicosis. La experiencia clínica nos enseña que la soledad es una de las experiencias más frecuentes y dramáticas del psicótico. Sus relaciones sociales son escasas, débiles, difíciles. El lazo social suelen hacerlo con los padres (si no están incluidos en los delirios) y frecuentemente se limita únicamente a los dispositivos de Salud Mental. La falla estructural del psicótico le lleva a una soledad persistente, puede decirse que a una verdadera soledad, la soledad de no estar anclado al Otro, de no compartir un mismo universo simbólico: “¿A usted quien le habla?” le preguntan, “Nadie”, es su respuesta (137). Es imposible una soledad más radical. En este poema podemos contemplarlo: “No es que esté solo, es que no existo/ es que no hay nadie en esta playa/ y ya ni yo aún me acompaño, / son estos dos ojos cual dos cuevas/ y en mi cabeza sopla el viento:/ será la muerte como un vino? / habrá mujeres en la tumba?/ Qué larga es la ribera de la noche,/ qué larga es” (81). Ésta es la realidad de la psicosis, aunque Panero diga que quiere estar solo: “La verdad está co-determinada, en cualquier caso, como decía Heidegger, y la soledad es imposible, aunque sea ésta mi única ambición: estar solo, estar solo para siempre, y escribir solo. Yo soy el no nacido de mujer, el pájaro que olvida por cansancio, el ave solitaria que vuela sobre el mundo en llamas diciendo sólo una palabra: abismo” (118). No es que quiera estar solo, es que no puede dejar de estarlo. Y la prueba es su biografía. A pesar de ser un poeta brillante, de haber disfrutado de una posición acomodada, de un buen número de amigos y conocidos en su juventud, de una buena atención sanitaria, Panero ha pasado los últimos años de su vida de una manera similar a la de muchos psicóticos con menos posibilidades: en una institución,
147 cuidado por médicos, enfermeros y editores a los que acusaba de querer matarlo. -El miedo El mundo del psicótico es el mundo del miedo. Hay un Otro perseguidor, amante… un Otro amenazante ante el que el psicótico se encuentra desprotegido. Si la angustia en la psicosis es un concepto discutible (40), el del miedo no admite debate. “Tengo frío, padre, tengo frío/ “daddy give me your hand/ I am afraid”/ Tengo miedo del silencio y de la nada,/ tengo miedo de dormir/ tengo miedo al sueño,/ y el sonido de un revólver es poco para el miedo/ atroz de existir/ frente a la nada-mientras/ ellos-ils matenellos me espían/ más crueles que el sueño y que la nada/ y estoy sólo frente a una puerta cerrada/ que nadie abrirá nunca, que se parece a la mirada/ y al rostro azul de la nada, del silencio/ que tiembla ante mi voz, que me susurra/ palabras espantosas, que dan miedo a la mirada/ que dan miedo a la vida,/ que es el ser más cruel –april is the cruellest month/ engendra lilas de la tierra muerta,/ remueve como con molinillo los huesos,/ y el cerebro, o sus restos/ danzan aun sobre la nada” (127). Estos pocos versos recoge bien la experiencia del miedo del psicótico. “Tengo miedo del silencio y de la nada”. Y es que el psicótico vive la posibilidad de la aniquilación como cierta, además en un mundo del que parece no poder escapar “tengo miedo de dormir, tengo miedo al sueño”. La vivencia atroz de lo que siente queda bien ejemplificado en la frase: “y el sonido de un revólver es poco para el miedo/ atroz de existir frente a la nadamientras/ ellos –ils matenellos me espían”. Ahí está el miedo del psicótico frente a la realidad de su propia muerte, no futura sino eternamente presente (ya lo dirá en una entrevista, que es la muerte lo que le da miedo (115)), y frente al Otro, en este caso, que espía. Y ante ese escenario se revela su soledad más
148 absoluta: “y estoy solo frente a una puerta cerrada/ que nadie abrirá nunca”. Miedo y soledad como experiencias radicales en la psicosis. -Ser objeto de goce del Otro. La experiencia de ser objeto de goce del Otro está muy presente en Panero. Un verso donde claramente puede apreciarse cómo se sitúa como objeto es éste: “yo ya no soy sino eso que torturas” (84). No ése ni aquél ni ese hombre, sino eso, el sujeto reducido a la cosa. Una imagen que va a representar bien qué es vivenciarse como objeto de goce del Otro es la del alma pisoteada, pasto del Otro, que podemos ver en “Ma mère” (71), poema que se analizará en el capítulo dedicado a la madre. También puede ejemplificarse con este otro poema: “Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,/ una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,/ mi alma, mi alma: y repito esa palabra/ no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,/ en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente/ para hacer ver que no tiene sentido./ Mi alma. Mi alma/ es como tierra dura que pisotean sin verla/ caballos y carrozas y pies, y seres/ que no existen y de cuyos ojos/ mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres/ sin cabeza cantarán sobre mi tumba/ una canción incomprensible./ Y se repartirán los huesos de mi alma./ Mi alma. Mi/ hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí” (71). El alma como lo más íntimo del ser humano que se encuentra expuesta “frente/ a la muchedumbre que/ mira, como siempre, con los bestiales ojos. Mi alma/ en el escaparate, gentío que aplaude/ en la hoguera los últimos gestos/ de Juana de Arco” (84), “mientras los hombres escupían sobre mi alma/ y lloraban” (136). Hasta ahí llega el Otro gozador. O en estos versos:
149 “Será mi alma/ buen alimento para perros?” Y contestaste: “no esperes/ que ella sirva para otra cosa: fue creada/ y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para/ nutrición de los perros finales –lo mismo/ que tu palabra”. “Y ¿nada he de esperar?” “Nada” (71). La experiencia se muestra aquí de una manera contundente. El cuerpo, el alma y la palabra, es decir el sujeto, colocado en posición única de objeto de alimentación de los perros finales, de objeto de goce del Otro. Sirva este poema como ejemplo de que el goce del Otro no se limita a la persecución del paranoico sino que es mucho más profundo, el sujeto por entero está a merced de una fuerza devoradora que lo sigue no ya en la calle donde es mirado, donde es causa de risa, no ya en la casa donde es espiado, ni siquiera en la alucinación que lo insulta, el Otro llega a poseer por entero al sujeto, en cuerpo, alma y palabra. El Otro no se limita a perseguir sino que se apodera del ser del psicótico: “Soy el Anticristo, ni tan siquiera soy yo, soy un espectro masticado, digerido por la boca de seres malolientes y sin otro rostro que la baba del insulto” (12).Y es una experiencia angustiosa, más que la muerte: “Tengo miedo de vivir,/ la vida me asusta, la muerte no/ sólo temo al dolor, sólo temo al recuerdo/ que mañana, desnudo en medio de la calle/ me sitiará otra vez, escupiéndome/ en la cara y jugando/ a la pelota con mi rostro” (127). Esta humillación es aún mayor pues lleva el añadido de la risa. Y ya está claro en “Ma mère” cuando es su madre la que ríe (71), o en estos versos: “Más que nunca reíste/ ahora que este ridículo soporte de mi alma/ se deshace en el lecho como cuando cagabas/ encima de mi rostro o cuando con el chorro/ ferviente de tu falo aún velabas/ el dolor de mis ojos mejor que una oración:/ mañana en la taberna no seré más que un nombre/ mi
150 imagen y mi cuerpo, y todas mis acciones/ y mi esposa y mi tumba, alimento del vino” (83). Y es también vivida como el triunfo del Otro: “y celebran mi ruina y orinan encima, por las noches/ de esta tumba inmensamente humillada” (80), “en mi alma podrida atufa el hedor a triunfo/ la cabalgata de mi cuerpo en ruinas” (94). “La corporeidad total del desastre/ de la sima en que vuelan los pájaros/ atroces de la Nada/ como una resina para morir tan sólo/ arrojo mi bilis negra en sacrificio/ para alimentar a los perros de la Nada/ a los lobos atroces que he visto en la calle/ comer de mi cerebro, cual gusanos/ que nutriera mi cadáver/ y mi cuerpo emana fluidos muertos al cielo/ con algún objetivo del que ríen los hombres/ señalando al cielo con una mano muerta/ sobre la que vuelan los pájaros/ entonando himnos a la ruina y celebrando el desastre/ como si la mano de un muerto me acariciase/ así es el poema” (129). Como se ha dicho más arriba el Otro puede estar encarnado por distintos otros particulares. Ya se ha visto como inicialmente lo es por la madre y en la obra de Panero puede verse cómo la madre encarna a este Otro, por ejemplo en el ya varias veces citado poema “Ma mère”. Se ha visto también como otras veces ese Otro no tiene un otro que lo ocupe pero queremos señalar aquí algunos ejemplos de la encarnación del Otro. Así, cuando escribe “mis amigos y mi familia me escupen/ como apestado de la Luz” (129). También puede verse en este texto: “Muchas hembras juegan al baccarrá con mi cabeza, y cantan sobre las ruinas de mi cabeza, y cantan sobre la interminable agonía de mi cabeza” (117). Cabe destacar que en el párrafo anterior de este poema habla de la madre en un sentido similar: “Ah, sí, el susurro de la mierda en la sombra. Una mano de madre torturando mi muñeca predilecta, conduciéndome a un lugar seguro como es la mesa del
151 bacarrá en plena noche” (117). Por último haremos mención a la encarnación del Otro por parte del rey Juan Carlos. En diferentes momentos Panero ha señalado que se siente vigilado por el rey, pero ese más allá que supone el ser objeto de goce del Otro puede apreciarse bien en el poema titulado “Himno a la Corona de España” que dedica al rey Juan Carlos I y donde dice: “Sólo soy un payaso de una cuerda pendiente/ ante aquel que la luz vino a traer a España/ e hizo que el sol ardiera en la mano más pura” (99). Son sólo unos ejemplos, también puede verse esta vivencia de Panero en los camareros, la gente de la calle, el presidente Adolfo Suárez, la CIA, sus editores, los profesionales de la Salud Mental… como ya hemos visto en el capítulo dedicado a la psicopatología. -Ser el loco La experiencia de la locura tiene un lugar importante en la vida de Panero. Por un lado podemos ver que no hay apenas conciencia de enfermedad, lo cual puede constatarse a lo largo de las múltiples entrevistas y de su obra. Como ejemplo sirva la respuesta que da Panero a la pregunta “¿se considera usted loco?”, “no, yo no me considero loco” (137). En una entrevista dirá “Yo seré un monstruo, pero no estoy loco”, el periodista le pregunta que por qué dice eso, Panero responde: “porque me veo monstruoso. Aplasto los cigarrillos en el suelo, como si fueran niños” (112). Alguna conciencia de enfermedad sí que hay, pero apenas es citada por el poeta, aunque en una entrevista responde que tiene miedo de curarse, porque eso sería la muerte de verdad (114). Si habla de curarse presupone una enfermedad, la esquizofrenia.
152 Queda patente que no puede negar la evidencia de quien ha sido diagnosticado de esquizofrenia, ha recibido tratamiento psiquiátrico y ha vivido buena parte de sus años en hospitales psiquiátricos. La experiencia de la locura está ahí: “Dios me proteja de ser un anciano/ al que todos adulan y llamen/ por el vacío de su nombre; oh, qué soy,/ ¿quién si no puedo más, / que/ parecer – por amor de cantar/ entera la canciónsiempre un loco? / Rezo –pues las palabras vacías se marcharon/ sin ser oídas y sólo la plegaria queda/ en pie –para que aun cuando tarde mucho/ en morir y en escribir mi nombre/ al fin sobre la lápida puedan/ un día decir sobre este frío/ que no estuve loco” (71). Lo que se revela para Panero es el estigma de la locura, todavía presente a pesar de las campañas realizadas para mitigarlo: “y sólo la palabra “esquizofrénico” designa ese lugar sucio, ese oscuro pozo negro llamado también “crónico” (70), “y releo uno de mis libros Agujero llamado nevermore (…) Y creen que el agujero es el agujero del culo, sin saber que me refiero a un agujero mucho más inmundo, ¡el de la locura!” (70). Y es que “nadie quiere a un loco. Cuando entras en un manicomio te detestan hasta tus mejores amigos” (10). Panero se siente por fuera del mundo por el hecho de tener una enfermedad mental: “A todo esto, una señora de la limpieza me apaga la luz, como si no existiera, como si fuera un loco, un sapo clavado en la cruz de la existencia, en la cruz de la vida: cincuenta y tres clavos han anudado al fin este cuerpo a la nada” (70). La experiencia de la que habla Panero es superponible a la de cualquier persona con esquizofrenia: “En España no hay rata que no me conozca, y ello por culpa de mis escándalos callejeros, más que por la poesía o la valía de mi poesía.. (…)
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