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Eurípides (Ifigenia en Áulide), rediseñador de Esquilo (Agamenón) El sacrificio de Ifigenia: un escenario de emociones

Silva, Maria de Fátima

Abstract

Aunque el contraste entre el más antiguo de los tres grandes trágicos atenienses - Esquilo - y el más reciente e innovador - Eurípides – esté consagrado desde la crítica literaria que les fue contemporánea, en particular los cómicos, la verdad es que un análisis minucioso de ambos permite darle un retoque a esta que era una opinión intuitiva. De hecho, y aunque lo haga para comprometerse con nuevas interpretaciones, Eurípides es, sin duda, un espectador atento de Esquilo; y si queremos encontrar, para sus creaciones innovadoras, un modelo en la tragedia anterior, él será, seguramente, mucho más evidente en Esquilo que en Sófocles, teniendo en cuenta solamente a estos tres grandes nombres.

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1 Eurípides (Ifigenia en Áulide), rediseñador de Esquilo (Agamenón) El sacrificio de Ifigenia: un escenario de emociones Maria de Fátima Silva Universidad de Coimbra Aunque el contraste entre el más antiguo de los tres grandes trágicos atenienses - Esquilo - y el más reciente e innovador - Eurípides – esté consagrado desde la crítica literaria que les fue contemporánea, en particular los cómicos, la verdad es que un análisis minucioso de ambos permite darle un retoque a esta que era una opinión intuitiva. De hecho, y aunque lo haga para comprometerse con nuevas interpretaciones, Eurípides es, sin duda, un espectador atento de Esquilo; y si queremos encontrar, para sus creaciones innovadoras, un modelo en la tragedia anterior, él será, seguramente, mucho más evidente en Esquilo que en Sófocles, teniendo en cuenta solamente a estos tres grandes nombres. De este diálogo entre los dos poetas, vamos a enfocarnos en el tema del SACRIFICIO de Ifigenia, tratado en una obra de referencia de cada uno de ellos, el Agamenón de Esquilo (458 a. C.) e Ifigenia en Áulide de Eurípides (hacia 405 a. C., fecha de su representación ya póstuma). Es desde luego evidente que los elementos de fondo en general se corresponden, aunque la versión de Eurípides obedezca más claramente a una CONVENCIÓN del sacrificio humano voluntario que, entre tanto, por fuerza de la insistencia de ese mismo poeta en el asunto, se fue estableciendo en moldes dramáticos. Pero una valoración atenta demostrará como, recuperando, con fidelidad, elementos centrales de la producción de su antecesor, Eurípides establece nuevos ritmos y alcanza, globalmente, un sentido profundamente innovador para su tragedia. La estructura de un episodio de sacrificio voluntario tiene por AGENTES esenciales, además de la víctima, el decisor, responsable por los argumentos que fundamentan la necesidad del ritual, y los familiares que asumen la expresión de angustia y sufrimiento que la condenación a muerte en el altar de una criatura joven y promisora no puede dejar de causar. Teniendo como imagen central a la víctima - siempre joven, perfecta y, en su virginidad, impoluta -, cercada por los que afectivamente le están próximos, en confronto con los decisores de su muerte, este cuadro es, por naturaleza, un acumular de EMOCIONES, que la motivación por causas más importantes, muchas veces de interés colectivo o institucional, no son suficientes para diluir. El diseño de las emociones es sin duda el condimento que mejor 2 distingue la versión de Eurípides de la de la Orestea; más que causas profundas, como la voluntad de los dioses o la fuerza del destino - temas determinantes en Esquilo -, el poeta de Ifigenia en Áulide está concentrado en el diseño de personalidades humanas que, por detrás de los nombres y rango tradicional que las caracteriza, son PERSONAS 'COMUNES', llamadas a reaccionar con sentimientos puramente humanos en momentos de tensiones extremas. Estos son los agentes de un momento altamente dramático, en el que razones de fuerza mayor - o de peso discutible – empujan hacia la ejecución ritual de un ser en la flor de la juventud, ante la angustia o emoción que de todos se adueña, sobre todo cuando la víctima asocia, a las intenciones de sus verdugos, la decisión libre de morir, por una causa que la ennoblece y la impone a consideración de todos. Agamenón, padre y sacrificador Pesado es mi destino, si no obedezco. Pero pesado es igualmente, si debo sacrificar a mi hija la joya de mi casa, manchando con la sangre de una virgen degollada mis manos paternas, junto al altar. ¿Cuál de las elecciones está exenta de males? ¿Cómo transformarme en un desertor, perjudicando a mis compañeros? Si calma los vientos, ese sacrificio de la sangre de una virgen, con ardor, con profundo empeño, es legítimo desearlo. ¡Y que todo salga bien! Esquilo, Agamenón 205-217 Fueron estas las palabras con las que, en la memoria del coro, el Agamenón esquiliano, con breves interrogaciones, solucionó el DILEMA, igualmente pesado en sus alternativas, que la voluntad divina de Ártemis le ponía por delante, en un intento de llamar la atención para los excesos de la campaña: desistir de avanzar contra Troya, o tener que pagar el más alto precio, Ifigenia, su primogénita, a cambio de los cachorros de una liebre preñada, el genocidio simbólico que amenazaba la ciudad de Príamo. Con esta reflexión, Esquilo trazaba un retrato, rápido pero eficaz, del Atrida, el padre y además el decisor del sacrificio de una joven, su hija. Hablar de vacilación, en su actitud, resbala en una sencilla interrogación. La duda - la alternativa que verdaderamente lo perturba - está en la deserción, en abdicar de la campaña y decepcionar a sus compañeros y subordinados. Cuanto al sacrificio, parece conducirlo una certeza: la de que, si ese sacrificio es el precio a pagar por el seguimiento de la campaña, vale la pena y es LEGÍTIMO. Por otra parte, la imagen del horror que la 3 muerte violenta de una joven comporta no deja de imponerse en su imaginación. El acto gana forma, cuando es por sus propias manos que el general imagina el golpe que hiere a la víctima; joven, bella, indefensa, Ifigenia se va a cubrir de sangre dominada por las manos asesinas de su propio padre. Más que satisfacer a la imposición de la diosa, rápidamente aludida como una autoridad que no admite desobediencia, el Atrida busca encontrar fuerzas para su decisión en su ánimo de JEFE, de conductor de hombres, que se movilice con ardor y determinación como aliado de la voluntad de los dioses. No que Agamenón no tenga sentimientos de padre; pero busca silenciarlos sacando partido para su responsabilidad de hombre público y, nos damos cuenta, para su ambición de conquista y prestigio. Con su último deseo - "¡Y que todo salga bien!" -, da voz a un ligero temor por las consecuencias de su acto, del que, sin embargo, no pierde tiempo a tomar conciencia. La decisión es exclusivamente suya, tomada en un monólogo reflexivo. Bien presentes tiene a sus hombres y a la opinión pública, que le parece indispensable preservar. Para CLITEMNESTRA, su esposa y madre de la víctima, ni un solo pensamiento; Agamenón se reserva en exclusivo la decisión, en lo que ella conlleva de público y privado. EURÍPIDES, regresando ampliamente al tema en Ifigenia en Áulide, no deja de tomar como lema esta memoria del coro del Agamenón y le da cuerpo con gran amplitud y profunda innovación. La escena deja de ser un recuerdo del pasado, relatado por un testigo, para transformarse en una experiencia directa, donde su protagonista, el Atrida, se fortalece de un caldo de emociones. Lo que en ESQUILO era tan solo una vacilación breve - en el fondo tomada ya la decisión regia -, se transforma, en la versión EURIPIDIANA, en una profunda duda, que el poeta a toda costa redimensiona. Agamenón sigue siendo EL COMANDANTE, preocupado con el poder y el prestigio, con el desempeño de un liderazgo que le costó alcanzar y del que no quiere abdicar. Sus compañeros, simplemente mencionados por Esquilo en un colectivo anónimo, ganan cara y nombre - Menelao, Ulises, Calcas - y concretizan su desilusión en un juego de intereses y cobros; son, por lo tanto, una fuerza más concreta de oposición al liderazgo. Pero, sobre todo, Eurípides redimensiona el lado personal y familiar de Agamenón, confrontándolo con la gran omitida en el monólogo esquiliano: CLITEMNESTRA, la esposa y la madre. Y si la primera imagen que Eurípides nos proporciona de Agamenón, en la apertura de la obra, sigue siendo la de quien se debate con el eterno DILEMA - desistir de la campaña o sacrificar Ifigenia -, esta vez el Atrida cuenta con un interlocutor, un 4 confidente y receptor del conflicto de emociones que lo sacude, ahora más complejo ante la nueva personalidad del heredero de Atreo. Y se, como el Viejo siervo se esfuerza por hacerle sentir, Agamenón es un aristócrata, con todas las responsabilidades que esa condición le impone, valorizándole por lo tanto el rango y la intervención pública, la verdad es que las preocupaciones que dominan al comandante de los aqueos en este momento destacan al marido y al padre sobre el general. Colocado ante la exigencia de un oráculo transmitido indirectamente por Calcas, el comandante euripidiano, al contrario de su modelo, de forma espontánea toma una decisión y esa es en favor de Ifigenia (94-96): "Al escuchar el oráculo, le ordené yo que Taltibio, en una proclamación clara, desmovilizara al ejército, porque yo nunca sería capaz de matar a mi hija". Y, en el entretanto, a pesar de esta victoria de los sentimientos de padre sobre las ambiciones del general, Agamenón cedió a los argumentos de los que lo rodeaban, Menelao en primero, dándole prioridad a sus intereses. CLITEMNESTRA, por su parte, gana ahora, en las aprensiones de Agamenón, un protagonismo desconocido. Con ella, el rey busca dialogar a distancia, a través de una CARTA que le envió, cargada de sombras y falsedades (IA 98-103), para obtener de la mujer y madre una anuencia que la verdad nunca consentiría: bajo la capa de una boda de Ifigenia con Aquiles, capaz de entusiasmar a cualquier madre aristócrata, Agamenón le solicita que envíe a su hija a Áulide. Menelao, que conoce bien las debilidades de su hermano, hará un diagnóstico correcto de los motivos que le dictan las decisiones vacilantes y los subterfugios malévolos, en los momentos cruciales ("Un espíritu inconstante transforma a quien lo tiene injusto y poco firme con sus amigos", 334). De hecho, en el dilema que le aflige, no solo el Atrida teme la reacción de Clitemnestra, sino que sabe manipular argumentos para disuadirle resistencias: la posibilidad de una boda con el primer héroe de Grecia es, para los pergaminos de la hija de Tíndaro, un motivo decisivo. El relacionamiento conyugal de la pareja real de Micenas tiene aquí una primera definición; impotente ante la personalidad fuerte de su mujer, Agamenón no tiene coraje para mantener con ella un diálogo abierto y directo; "usa de persuasión" (πειθώ, 104), "miente" (ψευδῆ, 105), se refugia en un juego de argumentos sofísticos, para mantenerla alejada de una decisión que él mismo reconoce como criminosa y repugnante. Porque esa "legitimidad" que el general esquiliano encontraba en la satisfacción de sus deberes públicos no engaña al nuevo Atrida. Él es crítico con el sentido de su decisión. Las censuras que Esquilo colocaba en la boca del coro - para 5 preservar la determinación de Agamenón -, que no hesitaba en apodar la decisión del rey como "impura, impía y sacrílega" (δυσσεβῆ, ἄναγνον, ἀνίερον, Ag. 219-220), Eurípides las transfiere al propio decisor, que las usa como argumentos de defensa para su cambio de opinión: matar a Ifigenia "no está bien" (οὐ καλῶς, 107), merece vivas recriminaciones y resulta de una obnubilación puntual (136-137): "Ay de mí, ¡he perdido la cabeza! ¡He caído en la locura!" (Οἴµοι, γνώµας ἐξέσταν, / αἰαῖ, πίπτω δ᾽εἰς ἄταν). Por eso, Agamenón se apresura a remitir una segunda carta que anule la primera, o sea, abandona la decisión que le fue inspirada por Menelao para recobrar su propia voluntad. En las recomendaciones que le hace al portador de la segunda carta, la que tiene que impedir que Ifigenia venga en dirección a la muerte, Agamenón persiste, sin embargo, en demonstrar algún ALEJAMIENTO en relación a la actitud expectable por parte de Clitemnestra. En las recomendaciones que le hace al Viejo, para que no se distraiga y deje escapar, de entre otros viajeros con los que se cruce, a los que traen a la princesa de Micenas, el Atrida nunca refiere sino "la carroza que conduce a mi hija" (147), o "el séquito que la acompaña" (150), sin nunca imaginar la presencia de la madre. Y, sin embargo, ¿cómo podría Clitemnestra ausentarse de la boda de su primogénita y con semejante novio? Lo que antes era un contacto a distancia, por carta, con la madre de la víctima, es ahora, con el sorprendente anuncio de la llegada de la reina, UN CONFRONTO DIRECTO, la necesidad de un diálogo cara a cara para que el marido de Clitemnestra no está psicológicamente preparado. Y, de igual modo que, por escrito, Agamenón había forjado mentiras, la presión del momento vuelve a exigir simulaciones para que la confusión entre ritual de sacrificio y de bodas persista. Porque es una inseguridad aterrada la que se apodera de Agamenón en este momento, cogido de sorpresa, pero teniendo aun así de reconocer el motivo que ocasiona la presencia de una madre en tal momento de la vida de una hija (457-459). Luego la falsedad de su propia posición se hace evidente, no solo por la causa principal - el crimen oculto bajo tanta aparente felicidad -, sino también por la falta de adecuación de sus suposiciones a lo que son las normas de la familia, de las que la reina se muestra una atenta defensora. Hay por lo tanto un paralelismo en superlativo, entre el diálogo epistolar y aquel, de viva voz, que la llegada de Clitemnestra deja antever. En consecuencia, una REACCIÓN INSTITUCIONAL parece ser la única salida para el comandante del ejército - la de hacer valer su autoridad pública -, que ahora no hesita ni censura el sacrificio como un 6 acto que antes le había parecido criminoso, antes lo asume como un deber ineludible ante sus hombres. Tal vez este sea un intento de afirmación frente a una voluntad que reconoce más grande que la suya - la de la siempre temida Clitemnestra -, a quien irá confrontar con las prerrogativas de un decisor público, terreno donde una mujer no puede tomar lugar. Hay que reconocer, por otra parte, que un otro temor se va imponiendo, el que el comandante prevé en resultado de la manipulación que, entre sus hombres, Calcas y Ulises, el adivino y el sofista codiciosos, van haciendo en nombre de tremendas ambiciones. Por lo tanto, es evidente que esa decisión, ahora obstinada, de realizar el sacrificio es la respuesta al miedo que de él se adueña cuando llega la reina, el momento para una decisión definitiva. Para empezar, Agamenón se obstina en mantener a Clitemnestra en el desconocimiento de sus decisiones, hasta que la coloque frente al hecho consumado (539-542). Un momento de expansión afectiva, ante Ifigenia, su hija preferida, no pasa de una tregua en la batalla que tiene que lidiar en este momento, ante una adversaria pesada, Clitemnestra. Y, como que para encerrar el proceso de mentiras con el que conduce el relacionamiento con su mujer, hasta que la denuncia evidente de sus intenciones le desenmascare, Agamenón vencido por las razones legítimas de una madre de familia y por la determinación natural en la personalidad de Clitemnestra, tiene que reconocer lo cuan inútiles son sus eternos subterfugios, tanto los que expresó a distancia en una carta, como los que esgrimió en vivo (744-745): "Tanto invento sofismas y crio artificios frente a quienes quiero, que termino totalmente derrotado". Le resta un suspiro de lamento por una alianza tan poco a su medida, cuando era una mujer "virtuosa y buena" (χρηστὴν κἀγαθήν, 750) lo que la prudencia le recomendaba. Pero, al final ¿qué es para Agamenón lo que se dice una esposa "virtuosa y buena"? Clitemnestra, esposa y madre resentida ...que Ártemis a los buques de los danaos no mande vientos contrarios, que los amarren al puerto en una larga espera, exigiendo por su turno un sacrificio monstruoso, cuya víctima le pertenecerá por completo. Ella que traerá la discordia al seno familiar y ni una esposa respetará. Porque a punto de incorporarse un día, terrible, una gestora pérfida guarda la casa, la Cólera, que no olvida y quiere vengar a una hija. Esquilo, Agamenón 147-155 7 Ahora me condenas al exilio de la ciudad, a la ira de los ciudadanos y a las imprecaciones de un pueblo, mientras contra él nada hiciste, contra ese hombre que, sin escrúpulos, como quien, de su rebaño de buena lana, retira una víctima, inmolaba a su propia hija, el fruto adorado de mis entrañas, para hechizar los vientos de Tracia. Esquilo, Agamenón 1411-1418 De las memorias del pasado, el coro del Agamenón esquiliano recuerda los temores, en relación al futuro, expresos por Calcas, en el momento en que el presagio de las águilas les prometía a los Atridas la victoria. Cuando la exigencia de Ártemis no pasaba aún de una profecía, y antes que Agamenón fuese llamado a elegir, ya el adivino podía anticipar la reacción, de esposa y madre, de Clitemnestra. En defensa de los valores de la casa y familia, la reina es por Calcas confundida con la propia CÓLERA, la mano de la venganza que no dejará de victimar también a Agamenón. O sea, son de dos niveles las consecuencias que se imponen al señor de los ejércitos, como preventivas de la campaña: el desacuerdo de la diosa protectora de las crías y la revuelta de la maternidad ofendida de Clitemnestra por la matanza de una hija. Más tarde, al sopesar el dilema que la exigencia del sacrificio le trae, cuanto más imperiosa es la omisión de Agamenón más grande el poder de esta otra opositora, la Cólera, encarnada en la 'gestora de la casa'. Nunca, en ESQUILO, el tema del sacrificio es materia de diálogo entre los dos progenitores de la víctima. Lo que está en causa, en la primera obra de la Orestea, es no una, sino un cúmulo de causas, personales, familiares y públicas, que hasta cierto punto justifican la muerte del ahora vencedor de Troya a manos de su mujer. El sacrificio de Ifigenia es tan solo una de ellas. Sin embargo, es legítimo el lamento que la reina dirige al coro, ya consumado el golpe de la venganza; no solo Clitemnestra acusa a Agamenón de un acto, además de "impuro, impío y sacrílego", también humanamente liviano, sino que añade a lo que son agravios divinos la ofensa indescriptible que la muerte de Ifigenia representó para sus afectos de madre. Tal vez lo haga en un tono ya egoísta, donde, a par del crimen cometido contra su hija, Clitemnestra se resiente del atentado contra sus derechos de madre. Una vez más estos son temas retomados por EURÍPIDES en Ifigenia en Áulide, pero, como siempre, con tonalidades distintas. El gesto vengativo, central en la Orestea, en Eurípides está relegado para un futuro que va más allá de los sucesos en Áulide. En contrapartida, la construcción de una Cólera, más que una FUERZA EXTERNA, un 8 SENTIMIENTO ÍNTIMO, se va diseñando paso a paso, de una normalidad que degenera en un gigantesco conflicto familiar. Porque la Clitemnestra que acompaña al campamento a su hija para un presunto casamiento con Aquiles, empieza siendo una madre de familia y una esposa 'común', tolerante y resistente a una sucesión de ofensas de que fue siendo víctima por parte de un esposo titubeante, alternadamente débil y violento, y por ello constructor de una relación conyugal socialmente 'normal', sin dejar de ser profundamente distante y fría. La consolidación de su cólera es un proceso que el poeta nos invita a testimoniar. Por ello, cuanto más cumplidora de su papel de mujer y madre es Clitemnestra, más evidente se hace la debilidad de Agamenón y la ilegitimidad de su comportamiento. La primera imagen, que antecede la entrada de Clitemnestra, es avanzada por un mensajero que anuncia la llegada eminente de la comitiva oriunda de Micenas. Además de Ifigenia, cumpliendo las determinaciones de Agamenón, la reina reserva a su marido una sorpresa haciéndose acompañar también por Orestes, aún infante, "para encantar los ojos de su padre tras una tan larga ausencia de casa" (IA 417-419). Esta iniciativa valoriza en Clitemnestra su sensibilidad de madre, su lealtad como esposa y además el orgullo por la misión familiar que viene desempañando con éxito. De hecho – digámoslo ya -, la sombra de Egisto y del adulterio está totalmente ausente de esta relectura de Eurípides del mito de los Atridas. En los objetivos de Clitemnestra están la defensa de los valores de la familia, que quiere movilizar para una fiesta de gran significado y, a la vez, agradar al marido y padre, el militar hace tanto tiempo ausente. No le falta asimismo LA DIGNIDAD que el rango aristocrático le aporta. Alertado de su LLEGADA, el ejército en masa moviliza curiosidades alrededor de lo que sabe ser "un espectáculo" de la realeza (εἰς θέαν, 427). Y, si es cierto que, ante las agruras del viaje, madre e hija se comportan como viajeras comunes, fatigadas del camino, que se descalzan para relajar sus pies en la frescura de las fuentes (420-421), no por ello su llegada decepciona las expectaciones de todos. La impresión causada la ponen de manifiesto las mujeres del coro, en la actitud respetosa con la que relatan la ostentación de riqueza y fausto, de la que una casa como la de los herederos de Atreo es paradigma, y se disponen rápidamente a ayudar, a bajar de la carroza, a los recién llegados; Clitemnestra, por su parte, toma naturalmente el mando del momento (607630): que las mujeres ayuden a sacar de la carroza los regalos de boda, que le den una mano a Ifigenia para que se apoye y a la propia reina para bajar, y que tomen en sus 9 brazos a un pequeño Orestes a quien el balanceo de la carroza hizo dormir. Siempre preocupada en salvaguardar la imagen de la gran dama que todos esperaban, intenta reponer el orden después de vencidos los trámites de la llegada, consolidando el perfil de la madre de familia atenta y responsable que el Mensajero antes había anunciado. Ante su marido, la señora de Micenas adopta la actitud esperada. Es una CORDIALIDAD CONVENCIONAL la que trasparece por parte de la esposa de Agamenón, tanto más evidente por contraste con la efusión afectuosa de Ifigenia ante un padre hace tanto tiempo ausente de casa. Su saludo es expresivo en ese sentido (633634): "Esposo digno del mayor respeto, señor Agamenón, aquí estamos para cumplir tus órdenes". Y de inmediato reconoce en el rey la afectividad del padre como superior a la proximidad del marido; por ello, es sin reservas que le da espacio a Ifigenia para que manifieste su entusiasmo de hija, reservándose, como esposa, algún formalismo en el saludo. Las atenciones en este momento las tiene puestas en la BODA de su primogénita y en lo distinguido de su prometido. El diálogo que mantiene con el marido es el de progenitores vulgares, que ven llegada la hora de casar a una hija; sobre los sentimientos de la pareja, dada la ausencia que los mantenía apartados, nada hay que decir. Del PROMETIDO Clitemnestra quiere conocer en detalle ascendiente y estamento, sin dramas emotivos, sino con una RACIONALIDAD evidente. El interrogatorio es minucioso, no le escapa ningún detalle. Le interesa, una vez más, cuidar de la reputación y bienestar de la familia aristocrática de la que forma parte, sin quiebras ni emociones refinadas como las que llevan a un padre a llorar ante la separación de una hija que se casa (650-651, 685-694). Ante esta carácter de Clitemnestra y su comportamiento de madre de familia, ¿cómo pudo Agamenón imaginar que la apartaría del ritual, presuntamente de matrimonio, pero al final de sacrificio? Sin duda un ejercicio de persuasión inútil que solo ilustra el desconocimiento que el Atrida tiene de su mujer, o su impotencia para reaccionar contra lo que sabe que son sus reacciones determinadas. Dentro del mismo escrupuloso cumplimiento de la etiqueta familiar, Clitemnestra recita el nomos y no da marcha atrás en lo que considera sus deberes (734), dando a Agamenón una lección de competencias (740-741): "Tu trata de los asuntos de afuera, que de los de la casa trato yo. Los asuntos de bodas y de nuestras hijas son asuntos míos".