Una aproximación a las cuestiones sobre la feminización del lenguaje en las columnas sobre la lengua (CSL) en la prensa española
Abstract
En el trabajo he analizado un corpus de columnas sobre la lengua (CSL) obtenido de la base de datos en construcción del Proyecto METAPRES: El discurso metalingüístico en la prensa española (1940-hoy). Análisis multidimensional y caracterización.
Full text
UNA APROXIMACIÓN A LAS CUESTIONES SOBRE LA FEMINIZACIÓN DEL LENGUAJE EN LAS COLUMNAS SOBRE LA LENGUA (CSL) EN LA PRENSA ESPAÑOLA Coloquio Internacional ILPE3. Ideologías lingüísticas en la prensa escrita: el caso de las lenguas románicas (Universidad de Alicante, 25-27 de octubre de 2017) Susana Guerrero Salazar [email protected]
Proyecto METAPRES: El discurso metalingüístico en la prensa española (1940-hoy). Análisis multidimensional y caracterización.
OBJETIVO: Estudiar las CSL sobre la feminización del lenguaje •Catalogar todos los temas y observar cómo se van introduciendo progresivamente. •Establecer los juicios de valor que se llevan a cabo. •Determinar cuáles son la/s autoridad/es en que se basan los autores de las CSL para establecer criterios normativos. •Observar cuáles son (si las hay) las diferencias entre los columnistas según sean lingüistas o no. •Comprobar si se pueden apreciar cambios en la actitud hacia el lenguaje de género a lo largo del tiempo. •Analizar el discurso sexista de los propios columnistas.
1. Julio Casares. Columnas recogidas en los libros (1918): Crítica efímera. Divertimentos filológicos (39 columnas) (1961): Cosas del lenguaje (59 columnas) (1961): El humorismo y otros ensayos (31 columnas) (1963): Novedades en el diccionario académico. La Academia trabaja (33 columnas). 2. Ramón Carnicer. Los cuatro libros que recogen sus CSL “Sobre el lenguaje” publicadas en La Vanguardia: (1969): Sobre el lenguaje de hoy (65 columnas) (1972): Nuevas reflexiones sobre el lenguaje (65 columnas) (1977): Tradición y evolución en el lenguaje actual (40 columnas) (1983): Desidia y otras lacras sobre el lenguaje de hoy (42 columnas)
3. Lázaro Carreter. (1998): El dardo en la palabra (242 columnas) (2005): El nuevo dardo en la palabra (50 columnas) 4. Luis Calvo el Brocense (152 columnas de 1980 a 1984 en ABC, bajo el título “Diálogo de la lengua”). 5. José María Vaz de Soto (1981): Defensa del habla andaluza (26 columnas).
6. El Marqués de Tamarón: Mora-Figueroa y Williams, S. (2005). El guirigay nacional, (74 columnas publicados en ABC de 1985 a 1988). 7. Emilio Lorenzo (55 columnas publicadas en ABC de 1982 a 2002) 8. Luis Magrinyá (22 columnas “Lengua y Literatura” en El Paísdigital)
9. Humberto Hernández (2009): Una palabra ganada, segunda edición, 84 CSL publicadas en la prensa canaria de 1998 a 2003) 10. Álex Grijelmo (2004): La punta de la lengua (226 CSL)
TEMAS 1. Nuevas feminizaciones y masculinizaciones de los términos (azafata, modisto). 2. Refranes sexistas. 3. Demandas al diccionario académico. 4. Distinta formas de hablar según el sexo. 5. Duales aparentes y definiciones asimétricas. 6. Neologismos “conflictivos” (género, miembra). 7. Confusión género/sexo. 8. Nuevos procedimientos de uso igualitario del lenguaje (formas desdobladas, barra, arroba…)
Ramón Carnicer publica una CSL (“Sobre el lenguaje”) en La Vanguardia. •(1969): Libro: Sobre el lenguaje de hoy (65 CSL): “La preposición de” “La familia política” “Masculinos y femeninos” •(1972) Libro: Nuevas reflexiones sobre el lenguaje (65 CSL) “Playboy” “Los diminutivos” •(1977) Libro: Tradición y evolución en el lenguaje actual (40 CSL) “El movimiento de liberación de las mujeres” “Rótulos que desaparecen” “El nirvana de los pantalones” “Masculinos y femeninos en función diminutiva y aumentativa”
“Otro ejemplo lo hallamos en relación con las cátedras. A estas alturas, hay muchas mujeres que las desempeñan. Pues bien, a pesar de que en los nombramientos del Ministerio, y luego en el “Boletín Oficial”, figuran con el nombre de catedráticas, bastantes de ellas siguen llamándose catedráticos y haciéndolo constar así en sus tarjetas. Y los periódicos, cuando se refieren a alguna, dicen estas o parecidas cosas: “La distinguida catedrático…”, como si esta última palabra fuese de género común, invariable en sí, aunque no lo sean los artículos y adjetivos que puedan acompañarla (la testigo, la despejada joven, etc.) (pp. 132-133)
“En los periódicos del siglo pasado podía decirse que en la Sociedad Filarmónica había cantado una serie de romanzas la conocida socia Fulanita de Tal. Hoy sería arriesgado, y puede que motivo de querella ante los tribunales, llamar socia a una señorita honorable, dado el sesgo inmoral adquirido por la palabra” (p.133)
“Algo similar sucede con poeta y poetisa. Es evidente que salvo dos o tres ilustres excepciones, las mujeres no cuentan en la historia de nuestra poesía ni en ninguna otra. En la mayoría de los casos, poetisa es sinónimo de mediocridad o ñoñez. No es de extrañar, por tanto, que las excelentes creadoras de poesía con que ahora contamos rechacen terminantemente el nombre de poetisa y se llamen a sí mismas poetas” (p.133)
“[…] ¿en virtud de qué privilegio los virtuosos de la tijera dedicados a la indumentaria femenina se titulan modistos? ¿Se trata de ciudadanos más varoniles y musculosos que los que ganan pan y gloria a punterazo limpio por los campos de fútbol? Nunca un futbolista estimó contrario a su virilidad ese final de apariencia femenina. Uno sospecha que los modistos son ajenos asu propia denominación. Debieron de crearla las damas que a principios de siglo decidieron someter su persona a la cinta métrica, el jaboncillo y los alfileres de un caballero. Si tales damas hubieran hablado entonces de “mi modista”, no habría quedado clara la naturaleza masculina del artífice, que era lo importante, como altísima manifestación de lujo y audacia. Había que decir “mi modisto”.Y ellos se vieron obligados a seguir el juego.Ese anómalo masculino será resultado, pues, de una precisión diferencial inventada por aquellas damas para apabullar a las recatadas señoras y señoritas que sólo se atrevían a comparecer en paños menores ante una mujer, y que sólo de ella estaban dispuestas a admitir comentarios o recomendaciones de carácter anatómico” (133-134)
“[…]al menos hasta ahora, las españolas animadas por iguales objetivos no parecen haber llegado al terreno lingüístico, acuciadas acaso por más urgentes reivindicaciones jurídicas y sociales “(pp.99100). “Aparte lo dicho, el Women’s Lib. ha debido de influir, de modo directo o indirecto, en la consideración legal y social del hoy llamado tercer sexo, así como en los nombres dados a sus componentes” [pansy, homosexual, lesbian, gay, queer](p.101) “Todo adelanta, en efecto, una barbaridad, y con ello el lenguaje, instrumento al servicio de todos los adelantos e invenciones humanas” (p.102)
“De este mismo e importante país llegan noticias de que, además de los viejos rótulos, pueden desaparecer un día los modernos símbolos plásticos. En efecto, el Women’s Lib. Movement (es decir, el Movimiento de Liberación de las Mujeres)se niega a la división tradicional de los repetidos lugares, cosa que considera discriminante, marginante y acaso traumatizante, y propone que sean comunes a los dos sexos, lo cual, llevado a sus últimos extremos, puede originar una verdadera revolución, no sólo terminológica, sino semántica. Y hasta sintáctica, porque bien podrían proponer aquellas mujeres que, en las lenguas en que tal cosa existe, se suprima la distinción masculina y femenina de artículos, sustantivos, adjetivos y pronombres”.(p.16)
“[…]En el mundo administrativo nacional es ya viejo el uso del par varón/hembra para señalar la condición masculina o femenina del declarante o del sujeto incluido en papeles diversos. Lo he encontrado en censos de población del siglo XVIII, y es posible que aparezca antes, pero no está conforme con él la mayoría de las mujeres. Y no sin razón porque de las nueve acepciones de “hembra” incluidas en el artículo correspondiente del diccionario de la Academia (edición de 1970), sólo la séptima hace referencia a “mujer, persona del sexo femenino”, aunque en el Suplemento de la misma edición la acepción séptima pase a ser segunda, expresada así: “Persona del sexo femenino, mujer”; las otras acepciones se refieren a animales, vegetales y objetos, como queda dicho”.(p.14)
“Se preguntan a veces aquellas mujeres por qué en lugar de “varón”,que tiene cierto aire distinguido, no se dice “macho”. A ello se opone el hecho de que de las quince acepciones de este artículo, solo la sexta, y en sentido figurado, se refiere al hombre, pero como “hombre necio”;la acepción 14 registra, como adjetivos figurados, “fuerte, vigoroso, valiente”, condiciones las tres, más la anterior de “necio”, que, por no darse en todos los hombres, lo invalidan como término general. Contra “macho” –muy utilizado ponderativa y amistosamente por la gente joven de hoy–actúa también el hecho de que además de ser alusivo a animales, plantas y objetos es sinónimo de “mulo”, lo cual lo convertiría, aplicado al hombre, en una denominación ofensiva. Por lo demás, ha de señalarse que “hembra”(procedente del eufónico “fémina”, cultismo incorporado al Suplemento de 1970) puede emplearse en elogio de la mujer, aunque se trate de un elogio más relacionado con los atractivos sexuales que con los estéticos o espirituales”.(pp.14-15)
“Es comúnmente aceptado que lo que se gana en extensión se pierde en profundidad. Referido esto a los pantalones largos, prende exclusiva de los hombres hasta hace poco, ha de señalarse que su adopción por las mujeres supone la pérdida de unos valores simbólicos, profundos, como todos los símbolos, que no son sino significaciones yacentes bajo la superficie de las cosas. Me referiré a dos de estos símbolos: virilidad y autoridad.En virtud del primero, los muchachos de mi generación ganábamos el derecho a usar pantalones largos cuando la vellosidad de las piernas revelaba nuestro ascenso a la categoría de hombres, fenómeno coincidente con el apuntar del bozo, la gravedad de la voz y otras manifestaciones de índole no revelable en tiempos en que la educación y la pedagogía sexual no había sentado sus reales en institutos, escuelas primarias y parvularios, tanto seglares como eclesiásticos. Entonces, unos pantalones largos daban acceso, en lo social, a los bailes y a la sala de billar de los casinos provinciales: eran el equivalente de la puesta de largo de las chicas;en lo profano y pecaminoso, constituían salvoconducto para bares, cafés cantantes y cabarets, y para otros lugares de mayor licencia que años más tarde perderían sus estatuto legal.”
“El segundo de los símbolos del pantalón largo era el de la autoridad conyugal, con todos los rigores y exigencias del código del honor. Tanto es así, que si en la vida doméstica el hombre dimitía su poder decisorio en favor de la mujer o ésta se lo tomaba por iniciativa propia, se decía, tanto en agravio de la masculinidad como en duda de la feminidad de la mujer, que era ella quien “llevaba los pantalones”.Estas dos muestras bastan para subrayar la ruina simbólica del pantalón y su entrada en los predios de la frivolidad o del simple utilitarismo. Con todo, al igual que en otras mudanzas de lo humano, no estaría de más señalar un par de compensaciones. Una de ellas, la de liberarnos de la contemplación, muy triste a veces, de infinidad de extremidades divorciadas de lo estético. Otra, el hecho de que el pantalón ha venido a convertirse en escaparate de aquella zona anatómica femenina que con más persistencia atrae el interés de los viandantes españoles, los cuales, gracia al pantalón largo, y por vía meramente óptica, pueden llegar a conclusiones casi matemáticas acerca del volumen, curvatura, proporción y consistencia de la aludida zona, aquella donde, al decir de los caballeros bienhablantes, la espalda pierde su nombre”(21-22)
“Existe en castellano una serie de sustantivos cuyas formas masculina y femenina no hacen referencia (frente a gato/gata) al género biológico, puesto que se trata de cosas. En ellos, unas veces es la forma masculina la derivada de la femenina, y otras es ala inversa. En ciertos casos, podría pensarse que la comparación con lo biológico está presente en la justificación y uso de estos masculinos y femeninos, como ocurre con el verbo “machihembrar”, muy usado en carpintería. En otros, nos sentimos inducidos a pensar en el perfil generalmente escueto del varón y en la tendencia a la obesidad perceptible a menudo en las mujeres. En ocasiones, el uso de la forma masculina o la femenina parece determinado por la dimensión longitudinal de los objetos designados, en concordancia con la común diferencia de estatura entre hombre y mujer”.(p.189)