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Echarle Aceite a la Lámpara. El Sabio (Anaxágoras) y el Político (Pericles)

Pérez-Jiménez, Aurelio

Abstract

En el capítulo 16 de la Vida de Pericles Plutarco, para censurar que el político ateniense se desentendía de sus amigos ocupado por sus numerosas obligaciones de gobierno, cuenta una anécdota que sólo conocemos por él y que, además de esa crítica a propósito de los amigos, nos denuncia el contraste entre el βίος πρακτικός representado en esta ocasión por Pericles y el βίος θεωρητικός, propio del sabio, que a diferencia de aquél cuenta con la σχολή y que está representado aquí por Anaxágoras. Esta anécdota nos da pie (además de entender que va muy bien con el pensamiento de Plutarco y que probablemente tuviera una intención referida a su posición con los amigos del Imperio) para revisar de nuevo las relaciones entre el sabio y el político en esta Vida y la función biográfica que tiene la larga referencia a Anaxágoras en los capítulos iniciales de este libro en relación con la personalidad ética, política y filosófica que se nos quiere presentar de Pericles.

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ECHARLE ACEITE A LA LÁMPARA EL SABIO (ANAXÁGORAS) Y EL POLÍTICO (PERICLES) Aurelio Pérez-Jiménez Universidad de Málaga 1 Per. 16.8-9: 8 καὶ μέντοι γε τὸν Ἀναξαγόραν αὐτὸν λέγουσιν ἀσχολουμένου Περικλέους ἀμελούμενον κεῖσθαι συγκεκαλυμμένον ἤδη γηραιὸν ἀποκαρτεροῦντα, προσπεσόντος δὲ τῷ Περικλεῖ τοῦ πράγματος, ἐκπλαγέντα θεῖν εὐθὺς ἐπὶ τὸν ἄνδρα καὶ δεῖσθαι πᾶσαν δέησιν, ὀλοφυρόμενον οὐκ ἐκεῖνον, ἀλλ' ἑαυτόν, εἰ τοιοῦ τον ἀπολεῖ τῆς πολιτείας σύμβουλον. 9 ἐκκαλυψάμενον οὖν τὸν Ἀναξαγόραν εἰπεῖν πρὸς αὐτόν· “ὦ Περίκλεις, καὶ οἱ τοῦ λύχνου χρείαν ἔχοντες ἔλαιον ἐπιχέουσιν.” Cuentan, por cierto, del mismo Anaxágoras que, desatendido por las muchas ocupaciones de Pericles, yacía con la cabeza cubierta, ya viejo, dispuesto a dejarse morir; cuando llegó el asunto a oídos de Pericles, asustado corrió enseguida en busca de él y le rogaba con toda clase de súplicas, llorando no por aquél, sino por sí mismo ante el miedo de perder a semejante consejero de la república. Entonces Anaxágoras se descubrió y le dijo: "Pericles, también los que necesitan la lámpara le echan aceite" Los intelectuales grecorromanos, entre los que se cuenta Plutarco, que tenían un alto concepto de la política griega antigua, superior a la que practicaban en su época los emperadores del siglo I d.C. rodeados de una corte de funcionarios y altos cargos movidos por la ambición personal y por las intrigas, no es raro que vean tras el gobernante ideal una figura prestigiosa de la filosofía. Unas veces el buen político debe su formación al sabio (con más o menos éxito) como el caso de Alcibíades y Sócrates; otras es aquel quien llama a éste para preparar su tarea educativa del pueblo, como ocurrió con Solón y Epiménides; en otras ocasiones, el filósofo anima a su discípulo a poner en práctica su concepción de Estado, como intentó Platón con Dionisio o el político toma conciencia de su misión pública animado por el sabio, como en el mismo contexto histórico hizo Dion siguiendo las enseñanzas de Platón. Siempre que es posible los moralistas de este siglo I/II d.C. y los escritores griegos posteriores que siguieron reflexionando sobre el alto grado de sacrificio que implica la carrera pública de los grandes hombres del pasado (ahora ya griegos y romanos), como Plutarco, Dion Crisóstomo, Elio Aristides, Clemente de Alejandría, Eusebio, etc. intentan ligar la tarea legislativa y política de sus héroes a los consejos y orientaciones de un intelectual prestigioso que canaliza en favor de la comunidad la φιλοτιμία y la φιλοδοξία de estos personajes que hicieron posible la unidad administrativa entre griegos y romanos. Teseo tendrá a Piteo y Cónidas, Licurgo a Taletas, Numa a Pitágoras, Alejandro a Aristóteles, etc., etc1. No podía ser una excepción la figura que supo canalizar la energía de los atenienses para el engrandecimiento de su ciudad y que aparece a los ojos de Plutarco como modelo principal para el discípulo de sus Praecepta gerendae reipublicae. Y si no, como el modelo con que ejemplificar muchas de sus doctrinas sobre el buen gobierno. Así, entre los muchos pilares con que Plutarco construye la biografía de Pericles su estructura pilotará principalmente sobre la influencia de sus maestros. Y, entre ellos, se lleva la palma un sabio, científico, sofista y filósofo, cuya influencia sobre el político será recordada desde Platón y gracias en parte a Plutarco hasta el final de la literatura ético-política de la Antigüedad: Anaxágoras. No vamos a discutir aquí la veracidad de esas relaciones que parece fuera de duda, tanto por la abundancia de material al respecto, como por la verosimilitud de las fechas, que las hacen posible hasta el presumible abandono de Atenas por el filósofo hacia 430 a.C.2 Ahora bien, que dé Plutarco tanta importancia al sabio de Clazómenas como referente para el juicio favorable a Pericles no es arbitrario ni casual. Cuando lo hace, Plutarco tiene en cuenta sin duda los únicos testimonios en que Platón se muestra condescendiente con el político ateniense: la Carta séptima donde recuerda la necesaria e interesada relación entre gobernante y filósofo, donde recurre de pasada al ejemplo de Pericles y Anaxágoras y, sobre todo, el Fedro, en que precisamente el valor filosófico de la retórica de Pericles, objeto de crítica en el Protágoras, el Menéxeno y el Protágoras en favor de la figura de Sócrates3, se fundamenta en su relación con el clazomenio. Partiendo de esta necesaria referencia platónica, la importancia que dicha relación tuvo a los ojos de Plutarco supera las noticias aisladas que pudieran haber transmitido sus fuentes. En su ansia por buscar la huella de grandes intelectuales en la actividad pública de los gobernantes (lo que en cierto modo reivindica su papel con !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! 1 La fructífera relación entre el sabio y el político, con referencia a nuestro ejemplo concreto PericlesAnaxágoras, es tema de análisis ya en Platón, Ep. 310-311a: ἔπειτα καὶ οἱ ἄνθρωποι χαίρουσιν περὶ τούτων αὐτοί τε διαλεγόμενοι καὶ ἄλλων ἀκούοντες ἔν τε ἰδίαις συνουσίαις καὶ 311a ἐν ταῖς ποιήσεσιν. οἷον καὶ περὶ Ἱέρωνος ὅταν διαλέγωνται ἄνθρωποι καὶ Παυσανίου τοῦ Λακεδαιμονίου, χαίρουσι τὴν Σιμωνίδου συνουσίαν παραφέροντες, ἅ τε ἔπραξεν καὶ εἶπεν πρὸς αὐτούς· καὶ Περίανδρον τὸν Κορίνθιον καὶ Θαλῆν τὸν Μιλήσιον ὑμνεῖν εἰώθασιν ἅμα, καὶ Περικλέα καὶ Ἀναξαγόραν, καὶ Κροῖσον αὖ καὶ Σόλωνα ὡς σοφοὺς καὶ Κῦρον ὡς δυνάστην. Isócrates igualmente, con el ejemplo de Solón y su condición de sabio y de Pericles, discípulo de Anaxágoras y Damón, subraya el interés cultural de los políticos atenienses antiguos (Orat. 15.235). 2 Una discusión del tema puede leerse en Podlecki 1998, p. 23. 3 Albi respecto a los mandatarios de la corte de Trajano y del propio Emperador) Plutarco convierte la amistad entre Pericles y Anaxágoras, con sus luces y sus sombras, en un tema esencial para el diseño político del ateniense. No sabemos si el último encuentro entre ambos personajes referido en la Vida (donde Anaxágoras echa en cara a Pericles el abandono en que tiene al anciano maestro) realmente corresponde a esa relación ni si Plutarco encontró la anécdota en alguna de sus fuentes o la adaptó a este caso o la inventó él mismo; pero lo que sí es cierto es que algunos límites de la caracterización plutarquea de Pericles tienen su clave en las relaciones entre ambos personajes: el sabio y el político. Pues bien, hemos elegido la anécdota del encuentro del viejo Anaxágoras con el maduro Pericles porque aparentemente en ella hay una cierta censura al personaje; porque es probable que el mismo Plutarco, asumiendo el papel del filósofo, tuviera una intención personal con esta anécdota, aplicada a sus relaciones con el o los destinatarios de las Vidas; y, sobre todo, porque evidencia su simpatía por la necesidad de que el político cuente con el sabio anciano hasta el final de sus días. La anécdota se inserta en un capítulo en que Plutarco defiende a Pericles de algunas posibles acusaciones de mezquindad y de interés por las riquezas, argumentando que es propio del βίος θεωρητικός, representado por el filósofo, prescindir de aquellas, mientras que el representante del βίος πρακτικός, el político, debe utilizarlas para el bien del pueblo y, por consiguiente, en este caso es un bien necesario y noble; una justificación, esta última, que es con casi total seguridad una aportación original del biógrafo en defensa de su personaje, como suele aceptarse por la bibliografía pertinente. Pues bien, con la anécdota de la lámpara, Plutarco justifica el abandono de Anaxágoras por las obligaciones públicas de Pericles, que no le dejan tiempo suficiente para cuidar del maestro y del amigo. Curiosamente, sólo la transmite Plutarco y no hay constancia de su existencia con referencia a ningún otro sabio. Se ha sugerido que pudo leerla en alguna de las colecciones a su disposición; y aunque el argumento ex silentio es siempre discutible, resulta extraña sin embargo la ausencia de este detalle en la tradición literaria contraria a Pericles. No podemos excluir, por tanto, que la anécdota (aunque puesta en boca anónima, λέγουσι) pueda haber sido una elaboración del propio Plutarco; o, al menos, parte de ella. El simbolismo de la previsión de añadir aceite a la lámpara para el momento en que se necesite de ella o su uso como imagen de las relaciones personales, es bastante raro, aunque cuenta con el testimonio de la novela donde un beso de Quéreas a Calírroe aviva su fuerza, al reconocer al amado, como la luz de la lámpara cuando le echan aceite (ὥσπερ τι λύχνου φῶς ἤδη σβεννύμενον ἐπιχυθέντος ἐλαίου); y, si la imagen de Caritón habla sobre cierta popularidad de la imagen de la lámpara en la época de Plutarco, más significativo es que él mismo la utiliza, en un contexto más próximo al del Pericles, al comienzo de sus Praecepta gerendae reipublicae, a propósito de las enseñanzas de los filósofos a sus jóvenes discípulos y futuros políticos: pues, dice, los filósofos que instruyen a éstos y no les enseñan nada ni les hacen sugerencias, son semejantes a los que le ponen la mecha a las lámparas y no le echan aceite (ὅμοιοι γάρ εἰσι τοῖς τοὺς λύχνους προμύττουσιν ἔλαιον δὲ μὴ ἐγχέουσιν). Si en Caritón el aceite de la lámpara es el amor y en los Praecepta las enseñanzas útiles de los filósofos, en la anécdota de Anaxágoras y Pericles se trata del trato que implica la amistad y vale la pena que nos detengamos en el análisis literario de la misma, sobre todo en un contexto en el que Plutarco justifica con sutileza algunos comportamientos dudosos del político en comparación o en relación con el sabio. Lo cierto es que la historia, tal como lo leemos en Pericles, cuenta un respetable grado de elaboración literaria, lo que nos inclina a defender la originalidad de Plutarco en su versión o al menos en parte de ella, lo mismo que a propósito de la oposición entre la conducta del sabio y del político en el uso de los bienes materiales, que la precede. No quiero detenerme mucho, pero apunto algunos de los recursos literarios con que se estructura la anécdota: 1) Primero se presenta la situación de un Anaxágoras viejo dispuesto a dejarse morir de hambre por el abandono de Pericles. Aunque esto podría hacernos pensar en la tradición negativa del político, la crítica queda atenuada por la razón del abandono que es la propia de la vida práctica: la falta de ocio (que caracteriza en cambio al filósofo). Estilísticamente el pesimismo del sabio se refleja con los verbos de estado (κεῖσθαι), con el participio de perfecto (συγκεκαλυμμένον) y con el preverbio de ἀποκαρτεροῦντα en aliteración clara con la ἀprivativa de ἀσχολουμένου ... ἀμελούμενον que implican el abandono por parte de Pericles y, por consiguiente, hacen relevante el estado psicológico del viejo sabio indicado por el participio ἀποκαρτεροῦντα. 2) Podemos decir que Plutarco rompe una lanza a favor de Pericles cuando presenta el genitivo absoluto que contextualiza el conocimiento por parte de éste de la situación de aquél: προσπεσόντος δὲ τῷ Περικλεῖ τοῦ πράγματος. La aliteración de todos los términos importantes de este sintagma indica la importancia de la noticia; el quiasmo, que coloca al político en el centro, dirige toda nuestra atención al receptor de la noticia y el tema de aoristo utilizado para la misma (προσπεσόντος) marca la urgencia y requiere una respuesta por parte de Pericles inmediata. El genitivo absoluto es, pues, un momento de inflexión para el asunto planteado y hace injustificable ahora por la ignorancia motivada con el participio ἀσχολουμένου, el abandono del participio ἀμελούμενον. 3) Si podíamos tener alguna duda sobre el sentido más o menos crítico de la anécdota en su presentación (ingratitud del discípulo y amigo que abandona al viejo maestro), se disipa inmediatamente por la reacción de Pericles nada más conocer la noticia. Al carácter puntual de ese conocimiento, comentado en el colon anterior, responde la reacción inmediata de Pericles, magistralmente estructurada con los recursos lingüísticos y retóricos: a) Al aoristo προσπεσόντος, le responde ahora (manteniendo la aliteración del fonema inicial) el participio concertado ἐκ-πλαγέντα cuya intensidad se refuerza con el preverbio; b) en cuanto a los verbos que indican la reacción de Pericles, es cierto que son presentes, pero frente al valor estático que tenía el κεῖσθαι con que se describía la situación de Anaxágoras (subrayado con el participio de perfecto συγκεκαλυμμένον) los de Pericles tienen en el aspecto durativo un valor de urgencia que denota la preocupación del personaje por el anciano y que se indica para θεῖν con el adverbio εὐθύς y con la preposición ἐπὶ del acusativo de dirección ἐπὶ τὸν ἄνδρα cuya fuerza en este sentido es mayor de lo que sería πρός o εἰς y que participa también a su vez de la aliteración ἐκπλαγέντα... εὐθὺς ἐπὶ...; en cuanto al otro verbo, δεῖσθαι la impaciencia de Pericles está marcada por el acusativo etimológico δέησιν elevado a la categoría máxima por el adjetivo πᾶσαν. La importancia de las dos acciones está implícita, desde el punto de vista de la estructura retórica del colon, por su posición también central (como el Περικλεῖ que recibía la noticia) de un quiasmo (1-2-2-1) en el que ambas acciones están flanqueados por los participios que las explican como resultado de los estados de ánimo de Pericles; c) si ἐκπλαγέντα exigía una reacción apresurada e insistente como era θεῖν, la presión sobre Anaxágoras representada por δεῖσθαι πᾶσαν δέησιν también tiene una causa emocional importante y clara en el ánimo de Pericles que está bien expresada por ὀλοφυρόμενον que, a diferencia de ἐκπλαγέντα cuya explosión puntual venía requerida por la inmediatez del conocimiento, es un sentimiento (el de lamento y compasión) que va necesariamente ligado al acto continuo de los ruegos motivándolo. 4) Parecía que todo quedaba así arreglado y que la censura al Pericles desagradecido se limpiaba suficiente con la doble reacción de este quiasmo y con sus motivaciones psicológicas. Pero de pronto nos sorprende ese οὐκ ἐκεῖνον, ἀλλ' ἑαυτόν, ampliación magistral del quiasmo, que lo rompe y puntualiza el objeto de la pena que motiva los ruegos. No se puede decir más con menos: una oposición entre dos pronombres (ligados otra vez con el recurso a la aliteración) que representan a Anaxágoras y al propio Pericles, con negación del primero como objeto de ὀλοφυρόμενον y afirmación del segundo gracias a la adversativa y que trae la positiva reacción de todo el colon al interés personal, egoísta del político, alejándola de una aparente preocupación por el maestro y el amigo. Tanto si la anécdota ha sido tomada por Plutarco de la tradición hostil a Pericles, como si es invención suya, estoy convencido de la originalidad de esta ampliación a ὀλοφυρόμενον con que Plutarco vuelve a jugar con nosotros y parece ceder a los principios de la tradición hostil a su personaje, como parecía hacerlo cuando (en las anécdotas anteriores) barajaba la mezquindad de Pericles. 5) Pero no juega. Si la anécdota forma parte de una colección de dichos de Anaxágoras, lo más seguro es que el final se refiera sin más al contenido de las peticiones dirigidas por Pericles al sabio: que no prive a Atenas de semejante consejero. Pero con la introducción de los motivos de la petición (ὀλοφυρόμενον) y su aparente aplicación egoísta (si como pienso es un añadido original del biógrafo), Plutarco lo que hace es enaltecer la figura política de su personaje; pues, como leemos en el último colon de su período, εἰ τοιοῦτον (1) ἀπολεῖ (2) τῆς πολιτείας σύμβουλον (1), otro quiasmo, no se lamenta por sí mismo como persona, sino por sí mismo en cuanto que estadista, en la medida en que representa el bien común de todos los atenienses. Para el Pericles de la anécdota, Anaxágoras ha dejado de ser el maestro y el amigo para convertirse ahora en el consejero político. Y como tal, lo que Pericles lamenta es el daño que su abandono pueda causar al futuro de la república. Otra vez el escritor baraja interesadamente los tiempos: del estado del primer período y del presente inminente del comienzo del segundo, pasamos al futuro de este colon final que ocupa de nuevo el centro de un quiasmo y que potencia su relevancia como parte del destino político gracias a la homonimia sugerida en ἀπολεῖ τῆς πολιτείας. La cláusula con que se cierra todo el período, tanto si queremos interpretarla como docmio con todas las sílabas largas (- τείας σύμβουλον) como (más probablemente por su frecuencia) dispondeo (-ας σύμβουλον) va de acuerdo con la solidez de la intención política con que Plutarco nos presenta la anécdota por cuanto se refiere a su personaje.!