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El miedo y sus infiernos: brujas y demonios en el Siglo de Oro español. Estado de la cuestión

Zamora-Calvo, María Jesús

Abstract

Estado de la cuestión y recorrido bibliográfico sobre la brujería en sus diversas dimensiones y acercamientos críticos (historiadores del derecho y de las religiones, psiquiatras, psicólogos, sociólogos, antropólogos, filólogos, folcloristas, etc.).

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1 I ENCUENTRO MULTIDISCIPLINAR SOBRE EL TERROR, LA CIENCIA FICCIÓN Y LO FANTÁSTICO (LITERATURA, CINE, ARTES PLÁSTICAS) Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Málaga Título: «El miedo y sus infiernos: brujas y demonios en el Siglo de Oro español. Estado de la cuestión». Conferenciante: María Jesús Zamora Calvo (Universidad Autónoma de Madrid) La brujería ha fascinado y sigue atrayendo a un gran número de investigadores que intentan dar una explicación a este suceso. Historiadores del derecho y de las religiones, psiquiatras, psicólogos, sociólogos, antropólogos, filólogos, folcloristas y un amplio etcétera se esfuerzan por analizar, estudiar, comprender y justificar el auge que este fenómeno tiene, sobre todo, durante los siglos XV, XVI y XVII en la Europa occidental; propagación esta que desencadena la denominada «caza de brujas», con todos los miedos, frustraciones y desequilibrios que tras ella quedan ocultos. Ante la vasta cantidad de estudios realizados sobre este asunto, tan solo nos hemos hecho eco de los más destacados, aquellos que aportan alguna novedad, tanto de enfoque como de interpretación, a esta cuestión. Dichos trabajos son los que a continuación ofrecemos. Para muchos antropólogos, la brujería se encuentra muy vinculada con ceremoniales religiosos paganos, cuyos ritos se siguen manteniendo alterados, degradados y envilecidos en este tipo de conventículos. A este respecto, Margaret Murray sostiene que los aquelarres no son otra cosa que pervivencias de un antiguo culto precristiano de la fertilidad, cuyo origen puede localizarse en los pueblos de la Europa occidental dedicados a la caza y al pastoreo. Esta misma opinión es compartida por Pennethorne Hughes, para quien el comienzo de este fenómeno se remonta a prácticas primitivas que, con el paso de los siglos, fueron perdiendo su sentido prístino, pero que se continuaron realizando mezcladas con ritos cristianos en las áreas rurales. Michel Harrison intenta ampliar las teorías de Murray recurriendo al animismo y al chamanismo, con el objeto de explicar la evolución de las creencias religiosas que desembocan en el culto al falo, como símbolo de fertilidad. En determinadas culturas, la procreación del hombre implica la existencia de un poder superior, de una divinidad; la capacidad de transmitir vida lleva aparejada la idea de la inmortalidad y de la trasmigración; por ello las experiencias mágicas aparecen unidas al mantenimiento y activación de la fertilidad. 2 Mircela Eliade, por su parte, da un salto cualitativo en este tipo de argumentaciones, al considerar que en el antiguo culto sexual no se busca la satisfacción carnal, ni el deseo de integrarse en la secta brujeril; sino que lo que atrae a una persona a convertirse en bruja son las fuerzas mágico-religiosas que, en teoría, proceden de las prácticas sexuales prohibidas. Desde otro punto de vista, se considera la brujería como un problema meramente psiquiátrico o incluso de histeria. Para Gregory Zilboorg, el Malleus maleficarum es un verdadero manual de psiquiatría clínica. También R. E. Hemphill y R. E. L. Masters confinan la brujería al mundo de la psiquiatría, vinculada a trastornos psicopatológicos relacionados con la sexualidad. Para este mismo autor, el aumento de los casos de brujería durante los siglos XVI y XVII tiene lugar porque las creencias en este fenómeno se expanden desde los estamentos dirigentes (la nobleza y el clero) hasta el pueblo llano, que lo relaciona con las tradiciones paganas heredadas de su propia cultura. Paulatinamente se va difundiendo la idea de que las brujas suponen una temible amenaza para la sociedad cristiana, en general, y para cada individuo, en particular. Una vez que se ha trasvasado el contexto particular al ámbito general, las explicaciones que la psicología y la psiquiatría ofrecen sobre este tema son múltiples. Para Norman Cohn, la brujería no es otra cosa que una ilusión compleja, mediante la que se exterioriza las emociones y las inclinaciones más reprimidas del ser humano. Esa rebelión inconsciente acaba por convertirse en una imaginación colectiva que surge como resultado de la suma de cada ensueño personal e individual. Algunos autores tratan de hallar una explicación psicológica de la brujería fijándose en determinados componentes de esa sociedad, más concretamente en el estamento eclesiástico. Así, W. R. Trethowan opina que la bruja no es más que una «figura de fantasía» creada por la proyección de la frustración sexual de los monjes. Esta interpretación es compartida por Robert D. Anderson, para quien la represión de los «impulsos naturales» desemboca en las anormalidades y las perversiones sexuales que son uno de los rasgos más característicos de la brujería. Para él, el Malleus maleficarum es un compendio de castración de sus autores, que se proyecta una y otra vez en las ideas de impotencia (en el hombre) y de frustración genital (en la mujer) porque no posee pene. Una de las posturas que más adeptos está teniendo en la actualidad es aquella en la que se establece una estrecha unión entre el fenómeno de la brujería y el consumo de drogas alucinógenas. Al ser la vagina una de las zonas más solicitadas para untarse con 3 dichas pomadas, no es de extrañar que se produzcan inflamaciones e infecciones que pueden explicar las sensaciones de presión y de excitación, relacionadas con determinadas prácticas sexuales. Siguiendo esta línea, Elliot Rose explica la brujería como un culto de corte dionisíaco, en el que se llega al éxtasis mediante danzas frenéticas y orgías de carácter sexual que llevan al individuo a la comunión directa con lo divino. Para García Atienza, el aquelarre acaba siendo la persistencia inconsciente de ritos ancestrales estimulados por el consumo de alucinógenos. La represión eclesiástica tan solo se limita a activar este inconsciente colectivo. El predominio de las brujas sobre los brujos da lugar a que el fenómeno de la brujería se relacione, sobre todo, con las mujeres; de ahí que muchos estudiosos consideren que el origen de esta cuestión debe buscarse en la misoginia. En la actualidad esta teoría encuentra un amplio eco entre las corrientes feministas, algunas de las cuales califican a la brujería como «el primer movimiento feminista de los tiempos modernos», llevando al extremo la opinión de Jules Michelet, quien considera a las brujas como campesinas rebeldes, sublevadas contra su estado social en los «siglos de la desesperación». Para Rosemary Ruether la causa de la misoginia radica en la sexualidad femenina. En la Edad Media, la mujer estaba sexualmente reprimida hasta el matrimonio. Luego, tras un periodo de actividad como esposa, se la obliga a refugiarse en su papel de madre y a reprimir de nuevo sus deseos eróticos. La realidad, sin embargo, es que muchas mujeres, insatisfechas, siguen mostrando interés por el sexo, lo que debe de asustar al varón en una sociedad puramente patriarcal. En ello Ruether basa el rechazo del hombre hacia las mujeres, de manera especial hacia las viejas, rechazo este potenciado por el ascetismo cristiano y por la misma Biblia, donde se las toma como seres inferiores al varón. También para E. William Monter la brujería es un problema de misoginia, con el que se pretende combatir no a Satanás, sino a la misma mujer. En esta época se divulga la imagen de grandes hombres que a lo largo de la historia sucumben a causa de las mujeres. El paradigma es Adán, seguido de David, Salomón, Sansón, Marco Antonio, Sócrates, Aristóteles, etc. Los motivos para este creciente odio hacia el sexo femenino son complejos. Las guerras y las pestes ocasionan un desequilibrio demográfico, produciendo un predominio de las hembras sobre los varones. Ello da lugar a un aumento de mujeres sin pareja: solteras o viudas. De ahí que la sociedad patriarcal las considere o santas o perversas. Según Monter, la perversidad se decanta hacia la brujería. Y 4 dada la disminución de la santidad, el hombre cree en un peligroso incremento de las brujas, con las consecuencias que ello entraña. Por lo que la persecución se impone como un remedio necesario para la supervivencia de la humanidad. Para Stanislav Andreski, este temor hacia las mujeres aumenta también a causa de un nuevo azote en la sociedad Europea: la sífilis, enfermedad dolorosa y a menudo moral, cuyo agente transmisor es la mujer dedicada especialmente al comercio carnal. Junto al problema de la misoginia, se encuentra el del racismo, ya que tanto a las mujeres —sobre todo las mayores y pertenecientes al pueblo llano— como a los extranjeros —con diferente cultura, religión o incluso color de piel— se les achacaba la pertenencia a sectas relacionadas con la brujería. Monter puntualiza que con frecuencia el ser de una raza distinta es motivo suficiente para levantar sospechas. A este respecto, Caro Baroja recuerda que los vascos españoles señalan a las mujeres francesas como posibles brujas. A finales de la década de los sesenta se produce un cambio en los estudios sobre brujería, a través de una serie deinvestigaciones agudas e inteligentes realizadas por Carlo Ginzburg , Hugh Trevor-Ropery Robert Mandrou. A comienzos de los setenta surgen ya los primeros estudios regionales importantes, tal y como se demuestra con los ensayos de Alan Macfarlane, Michel de Certeau, Keith Thomas, H. C. Erik Midelfort, Paul Boyer y Stephen Nissenbaum, William Monter, Alfred Soman, Robert Muchembled, Gustav Henningsen, Christina Larner, John Putnam Demos, Emmanuel Le Roy Ladurie, Jeffrey Burton Russell, Norman Cohn, Richard Kieckhefer, Echvarcl Peters y Franco Cardini. En la década de 1990 el interés en torno a la brujería se centra en estudios realizados bajo un enfoque de género, el folclore, el análisis del discurso, el psicoanálisis y la historia del arte (Jonathan Barry y Owen Davies, Ronald Huttony Fabián Alejandro Campagne). Dentro de esta relación no deberíamos olvidar a Wolfgang Behringer, Brian Levack, Éva Pócs, Gábor Klaniczay, Massimo Centini, Pierrette Paravy, Lyndal Roper, James Sharpe, Robin Briggs, Stuart Clark, Federico Pastore y Maria Sofia Messana, por mencionar tan solo los más destacados. Al comienzo del siglo XXI se siguen potenciando las investigaciones sobre este tema lideradas por Lu Ann Homza, Armando Maggi, Walter Stephens, Elia Nathan Bravo, Giulia Poggi, Franca Romano, Esther Cohen, Hilaire Kallendorf, Adelina Sarrión, María Tausiet, Rafael Mérida Jiménez, María-Helena Sánchez Ortega, María Jesús Zamora Calvo, Alberto Ortiz, Norma Blazquez Graf, Mina García Soormally, Silvia Federici, Fabián Alejandro Campagne, Gunnar W. Knutsen, Eva 5 Lara Alberola, Cecilia López Ridaura, Gerardo Fernández Juárez y Claudia Carranza Vera, entre otros. Vestigios de ritos paganos encaminados hacia cultos de fertilidad, histerismo generado por continuas represiones, anhelo de hacerse con las fuerzas infundidas por prácticas sexuales, ensueños originados por consumo de drogas alucinógenas, escenas de corte dionisíaco, odios intensos hacia la mujer, atisbos de racismo y un largo etcétera constituyen cientos de análisis, estudios y opiniones surgidos con la intención de dar respuesta a un fenómeno como el de la brujería que, en los siglos XVI y XVII, supone el máximo triunfo de la intolerancia, de la coacción y de la crueldad. Cuando los ecos de mil hogueras aún siguen crepitando en nuestro pasado, preferimos acabar este apartado con las palabras que Caro Baroja dice al respecto: […] este negocio de la Brujería es más para producir piedad que otra cosa: piedad hacia los perseguidos, que desearon llevar a cabo cosas malas, aunque no las hicieron, que vivieron vidas frustradas y trágicas en su mayor parte. Piedad también hacia los perseguidores, porque se consideraron amenazados por peligros sin cuento, y sólo por esto reaccionaron brutalmente. Y en una época en la que hemos visto florecer no sólo una serie de sistemas filosóficos llamados existencialistas, sino también un modo de vivir existencial, conforme al cual el hombre rompe todas las barreras y convenciones para enfrentarse con su propia angustia, podemos imaginarnos mejor que en tiempos placenteros en lo que la moral pública y las filosofías y creencias religiosas imperantes tenían un tinte marcadamente optimista, cuál sería la situación del que descubría en sí, espantado, ora un poder demoníaco, ora una sujeción miserable a este poder, ejercido por un enemigo próximo y odiado, tras años y años de vecindad, de sospecha. ¡Cuántos hombres, y sobre todo, cuántas mujeres habrán vivido dominados por la angustia secular y por un concepto de lo real completamente distinto al nuestro!1. 1CARO BAROJA, Julio: Las brujas y su mundo, Madrid: Alianza editorial, 1995,pp. 318-319.