Full text
UNIVE RSID AD DE MÁL AGA
Facultad de Fi losofí a y Letras
Tesis Doctoral
El problem a judeoconverso durante el siglo XV II:
el caso malagueño
Lorena Roldá n Paz
Málaga, 2015
AUT OR: Lorena Roldán Paz
http://orcid.or g/0000-0002-8186-928X
EDIT A: Publicaciones y Divulgación Científica. Universidad de Málaga
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-
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Esta T esis Doctoral está depositada en el Repositorio Institucional de la Universidad de
Málaga (RIUMA): riuma.uma.es
UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
Facultad de Filosofía y Letras
Tesis Doctoral
El problema judeoconverso durante el siglo XVII:
el caso malagueño
Tesis Doctoral realizada por la
Licenciada Dª. Lore na Roldán Paz,
bajo la dirección del Dr . Juan Jesús Brav o Caro.
Málaga, 2015
A mi familia, por tanto…
A mi tío Antonio Paz Fraile,
in me mor i am
Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca tem as,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y lim pia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las m añanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca v istas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas m ercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en la m emoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras em prendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañara Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.
K ONSTANTINO K AVAFIS , Ítaca
C UANDO SE emprende un proyecto de las caract erísticas de una Tesis Doctoral,
difícilmente uno puede m ás que intuir lo que va a depararle ese camino. Por m uchas
certezas que se posean al comienzo, el recorr ido, al final, acaba siendo transitado de un
modo bien diferente a como inicialm ente esta ba planeado. En mi caso, el trayecto ha
sido más largo de lo que hubiese querido, pero más enriquecedor de lo que jam ás pude
imaginar. Mi aprendizaje y crecim iento pers onal en estos años son el resultado del
esfuerzo, de la dedicación puesta en este trabajo, aunque también de mi encuentro con
una serie de personas que, de una u otra forma, han contribuido a que todo llegara a
buen puerto. Por ello, citarlas en una hoja de agradecim ientos, lejos de cualquier
formulismo, se convierte en una fran ca necesidad.
En primer lugar, debo expresar m i más prof unda gratitud al doc tor Juan Jesús
Bravo Caro, director de esta Tesis, por su generosidad, pa ciencia y absoluta confian za
depositada en mí. Sin duda, él es el principa l artífice no solo de la materialización de
este trabajo, sino también de m i labor como i nvestigadora, en la que m e inició hace ya
algún tiempo y en la que hoy con tinúa guiándom e, siempre desd e el buen hacer, con la
honestidad y humanidad que tanto le caract erizan. Gracias por las enseñanzas, las
orientaciones y esa mirada crítica de la que espero seguir aprendiendo.
Asimismo, he de hacer extensivo m i agradecimiento a los com pañeros y
profesores del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad
de Málaga, en especial, del Ár ea de Historia Moderna, po r la afabilidad con que me
acogieron desde el primer día, así como por el apoyo y cariño que de ellos recibo. En un
lugar muy especial, deseo m encionar las tris tes ausencias de los docto res Joaquín Gil
Sanjuán y María Isabel Pérez de Colosía Rodríguez, pioneros en los estudios sobre la
minoría judeoconversa m alagueña. Sus provec hosos comentarios, sus instructivas
sugerencias y, por supuesto, el ánimo que co nstantemente m e infundieron constituyen
para mí un valioso bagaje del que m e precio tener.
Finalmente, no puedo concluir estas líneas sin referirm e a quienes forman parte de
mi entorno m ás cercano y que, por esto mi smo, les ha tocado vivir el lado más difícil , y
a la vez el más complaciente, de es ta Tesis Doctoral. Las palabras no bastan para saldar
SIGLAS
7
AGI: Archivo General de Indias
AHN: Archivo Histórico Nacional
AHPG: Archivo Histórico Provincial de Granada
AHPM: Archivo Histórico Provincial de Málaga
AMM: Archivo Municipal de Málaga
BMM: Biblioteca Municipal de M álaga (Archivo Muncipal)
BNE: Biblioteca Nacional de España
I NTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
11
N O HAY exceso alguno en afirmar que los ju deoconversos cons tituyen un co lectivo
esencial y de ineludible referencia en la historia de España de la Modernidad.
Difícilmente, capítulos significativos de nue stro pasado m oderno pueden desligarse de
la minoría y de los conflictos que en tor no a ella se produjeron entre los siglos XV y
XVIII : la lucha por la uniform idad religiosa, tan necesaria para la materialización del
emergente Estado; el intenso proceso de en ajenación de patrimonio público como vía de
financiación de un erario perennemente extenuado; o la obsesión por la limpieza de
sangre, por citar solo tres ejemplos, no se entenderían sin la presencia de los judíos
convertidos y de sus descendientes, un grupo social cuya importancia num érica no
estuvo, en absoluto, en correspondencia con el papel histórico que llegó a desempeñar.
Singularizados por su origen religioso, aunque insertos de lleno en la sociedad
mayoritaria y afectados, por tanto, por las fuerza s motrices que se dieron en ese preciso
marco contextual, el estudio de los judeoconversos discurre pa ralelo al análisis de los
acontecimientos y procesos que jalonaron la Edad Moderna y que incumbieron al
conjunto del entramado social. Es justam ente en este ejercicio de reconstrucción d el
pasado que conecta el examen peculiar de un grupo con el de la escena general de la que
aquel forma parte cuan do se comprueba, con diáfana evidencia, cómo la cues tión
judeoconversa fue mucho más que un asunto sociorre ligioso: lo económ ico, lo político,
lo cultural y lo ideológico tam bién ocuparon un lugar, y no baladí, en la conformación
de la problemática.
La riqueza y complejidad del tem a se manifiestan, incluso, en la propia
terminología que se emplea, en ocasiones de manera inadecuada, para designar a los
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
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protagonistas de esta historia: judío , judaizante , criptojudío , marrano , judeoconverso o
converso , cristiano nuevo ... se utilizan a menudo com o palabras sinónimas, y si bien
algunas de ellas tienen sentidos equivale ntes o afines, otras presentan en sus
significados diferencias, matices que las dist inguen entre sí y que no justifican su uso
indiscriminado. En consecuencia, a m enos que queramos correr el riesgo de incurrir en
graves errores conceptu ales, debemos ser rigu rosos en el m anejo de tales vocablo s. La
confusión, a decir verdad, se detecta ya en la documentación de la época, donde, como
reflejo del modo de pensar de entonces, lo judío y lo converso se concibieron como una
mism a cosa, con lo cual no hacía falta establ ecer distin ciones ter m inológicas. Por todo
esto, y pese a que quizá parezca obvio, consid eramos oportuno, como paso inicial antes
de profundizar en la materia, definir brevem ente esta serie de términos, tratando de
evitar un caos sem ántico y las inexa cti tudes que de ahí puedan derivarse.
Para empezar, cuando h ablamos de judío aludimos al crey ente en el judaísm o, al
seguidor de la ley de Moisés, mientras que el judaizante es el judío cristianizado,
forzosa o espontáneamente, que continúa apegado, sin em bar go, a su credo primigenio,
practicándolo en la clandestin idad. De esta form a, el mundo judai zante surge fruto de
las conversiones insinceras y en él se exterioriza explíc itamente la herejía. Jaime
Contreras ha expuesto con acierto cómo am bas voces poseen una denotación religiosa,
ambigua en el segundo caso, pero perfectam ente delim itada en el primero, el cual, a su
vez, apunta a una etnia y cultura específicas 1 . Asimismo, para nombrar al falso
convertido contamos con otras expresiones de valor sim ilar, lo que permite aplicarlas
indistintamente, o casi, pues c on cada una de ellas se enfa tiza algún aspecto p articular
del fenómeno: cripto judío , por ejemplo, insiste en las condiciones de encumbrim iento y
secretism o bajo las cuales los neófito s profes aban el hebraísmo; igualmente, la palabra
marrano , de etimología incierta y debatida, se em pleaba en el siglo XV con una clara
connotación peyorativa, aunque en la actualidad los investig adores suelen señalar con
ella a los neocristianos de procedencia portuguesa, instalados en los territorios
1 C ONTRERAS C ONTRERAS , J., «Convers os y judai zantes des pués de 1492: u na relación desig ual», en
M ÉCHOULAN , H. (dir.), Los judí os de Espa ña. Histo ria de un a diás pora ( 1492- 1992) , Trotta-Fundación
Ami gos de Sefarad -Sociedad Quinto C entenari o, Vallad olid, 19 93, pá g. 60; «Hi pótesis y reflexi ones: l a
minorí a jude ocon versa en l a hist oria de Esp aña», e n Á LVAREZ S ANTALÓ , L. C. Y C REMADES G RIÑÁN , C.
M. ª (eds .), Menta lidad e ideología en el Antigu o Régime n. Actas de la II Reunión Científica de la
Asociación Espa ñola de Histori a Moderna , vol . II , Univers idad de M urcia, 1 993, pág. 37.
INTRODUCCIÓN
13
castellanos a lo largo del s eisciento s y entre lo s cuales la f e judaica aú n persistía tan
viva como desvirtuada con respecto a su tronco originario, dado el am biente de
aislamiento e ilicitud donde ha bía de desenvolverse el culto 2 ; la locu ción cristian o
nuevo , en fin, resalta el carácte r reciente del cristianism o de estos individuos como
argumento de la discrim inación que padecían. Ahora bien, resulta bastante más habitual
que esta última denom inación, la de cristiano nuevo , junto con la de judeoconverso o
converso , se utilicen desde una perspectiva más am plia para hacer ref erencia tanto a
quien abandonaba el mosaísm o y adoptaba los preceptos cristianos com o a las
generaciones venideras, cristianizadas desde el instan te del nacimiento, sin precisar en
ningún supuesto si se cometía judaización o no. Así, podemos aseverar que, siendo los
cristianos nuevos, judeoconversos o conversos un todo, los juda izantes, criptojudíos o
marranos constituy en una parte de ese todo 3 . En definitiva, e n el estudio de la m inoría
conviene no identificar dos realidades netam ente diferenciadas, pero en estrecha
conexión mutua a pesar de ello: la judía y la conversa, para la cual existen diversas
expresiones con las que designarla, unas que inciden en la vertiente disidente del
fenómeno y otras de m ati z mucho más genérico.
Desde luego, la trasce ndencia de la temática se ha tradu cido en un palm ario
interés dentro del ámbito historiográfic o, lo que ha fructificado en una producción
bibliográfica abundante y, sobre todo, heterogé nea en lo relativo a las premisas teórico-
metodológicas que desarrolla. Es tas especificidades que aflora n, esta diversificación de
posturas, no impiden, en cualqu ier caso, reconocer dos grandes estilo s o corrientes en
las investigaciones centradas en el colectivo: de un lado, la que se halla ligada a los
2 Entre las pr opuestas etim ológi cas y semá nticas del térm ino marrano , destacamos aquella que indica su
relación metonímica con el cerdo, aun que en sen tido antitético, por prohibir el judaísmo el consumo de
este animal; o la que lo vi ncula con el ve rbo marrar ‘desviarse de lo recto’, ‘erra r’, en la acepción de
‘faltar, n o cumplir con l o que se debe ’, de m anera que el ma rrano sería el desvi ado, el que i n cumple su
comprom iso con la rel igión cri stiana. A demás, se ha entr oncado co n las voces hebreas mara h ‘rebelar’ y
maranat ha ‘a natema’, o con las árabes murain ‘h ipócrita’ y mumar ‘apóstata’. C ARO B AROJA , J., Lo s
judíos en l a Españ a moderna y co ntempor ánea , vol. I , Istm o, Madrid, 1978, pá gs. 405 -407. G ARCÍA
C ASAR , M. ª F., «El vocablo converso : su uso y abuso» , en Convivencia de culturas y socie dades
mediterr áneas. V Escuentros Judaic os de Tudel a , Unive rsidad Públ ica de Navarra- Gobierno de Na varra,
2004, págs . 163- 165. B ENITO R UANO , E., « El conve rso. Un prototi po hi stóric o español» , en A NES Y
Á LVAREZ DE C ASTRILLÓN , G. (coord.), Las tres culturas , Real Academia de la Historia, Barcelona, 2004,
pág. 64. Vid. también la monografía d e: F ARINELLI , A., Marra no (storia di un vit uperi o) , Olschki,
Genèv e, 1925.
3 Cierto es que los vocablos cristiano nuevo y converso se aplican asimismo a los mudéjares bautizados o
moriscos; no obsta nte, te niendo e n cuenta el tem a que aquí nos oc upa, en este trabajo los us arem os
exclusivam ente para aludir a lo s c onverti dos de origen judí o.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
14
sectores historiográficos más tradicionales y cuyo s representantes son,
predominantem ente, de confesión hebrea; de otro, aquella que, partiendo de un marco
conceptual más reciente y novedoso, cultiv an principalm ente autores no judíos.
Por lo que respecta a la primera de estas dos tendencias, si hay un rasgo que la
caracteriza, ese es, sin duda, la idea de ho mogeneidad y cohesión que rige en su
percepción de judíos y conve rsos: portadores unos y otro s de una entidad étnico-
religiosa distintiva e inquebra ntable –lo que los convierte en un pueblo, en una nación–,
su asimilación en el orden cristian oviejo s upone, para esta línea historiográfica, una
hipótesis sencillamente invi able. Nos situam os, por ende , frente a una historia
esencialista , de identidades compactas y estáticas, en la que lo judío funciona como eje
vertebrador del decurso históric o. Ello significa que, en la s obras gestadas conforme a
esta visión, los judíos y los judeoconvers os constituyen, tomando las palabras del
profesor Contreras, «dos formas distintas de estar, pero […] una sola manera de ser»,
con lo cual de unos a otros únicamente vari aron las circunstancias históricas, nada más 4 .
Asimism o, y por lo que toca a l papel que es ta corriente asign a a la m inoría como sujeto
de la Historia, su análisis no se concibe como un capítulo más de la historia de la
España moderna, sino que se trata de una historia de los judíos en España, o sea, del
relato de un tramo de la Diáspora 5 .
Tras el precedente representado por el al emán Heinrich Graetz, a quien s e reputa
como padre de la historia judía por su m onumental Historia de los judío s , aparecida en
diversos volúmenes durante la segunda mitad del siglo XIX , las figuras m ás eminentes
en la época anterior a la II Guerra M undial fueron Cecil Roth, responsable de su
conocida Historia de los marranos , editada en 1932, y Yitzha k Baer, a quien debemos
la hoy clásica Historia de los judíos en la España cristiana , que se publicó por vez
4 C ONTRERAS , J., «Historiar a los judíos de España: un asunto d e pueblo , n ación y etnia», en Anale s
1995/19 96 , Real Socieda d Econ ómi ca de Amigos del Paí s, Valenci a, 1996 , pág. 27 1 (tam bién publi cado
en M ESTRE S ANCH ÍS , A. y G IMÉN EZ L ÓPEZ , E. (coor ds.), Disidencias y exilios en la España Mod erna.
Actas de la IV Reunión Científica d e la Asociación Esp añola d e Historia Moderna , vol. II , Caja de
Ahorr os del Medi terráne o-Un iversidad de Alicant e-Asocia ción Es pañola de Histori a Mode rna, Al icante,
1997, p ág. 128) .
5 C ONTRER AS , J., «Historio grafía angl osajona e hi storia de E spaña: pe rcepción de judí os y conve rsos», en
B ERNARDO A RES , J. M. DE (ed.), El his panismo a nglonort eameric ano: aport aciones, pr oblem as y
perspectivas sobre Historia, Arte y Literatura españolas (sig los XVI - XVIII ). Actas de la I C onferencia
Internaci onal «H acia un Nuevo Huma nismo» , Publicaciones Obra Social y Cultural Cajasur, Córdoba,
2001, pá gs. 625-6 26.
INTRODUCCIÓN
15
primera en hebreo, en 1945 . Una rápida ojeada a estos títu los puede induci rnos a pensar
en un objeto de estudio diferente según cada text o: judíos en el primer y tercer caso,
convertidos en el segundo. Sin embargo, tant o Graetz como Roth y Baer dirigen sus
ojos hacia el mismo punto: la nación he brea –lo hem os advertido ya–, porque, como
pueblo elegido por la divini dad, como depositario de la señal divina, su identidad
permanecía indeleble bajo toda condición (cri stianización violenta y obligada, apostasía
voluntaria…). Avanzando un poco más en el tiem po, Haim Beinart, discípulo fiel de
Baer, incidirá en los postulados m ás caract erísticos de esta escu ela judía con su
monografía Los conversos ante el Tr ibunal de la Inquisición (1965). En efecto, apoyado
en la literalidad de las causas que e l Santo Oficio abrió contra numerosos
judeoconversos, fuente que él consideró una pr ueba segura de la juda ización de aquellos
individuos, rechazó la integr ación de los cristianos nuevo s de judío en la so ciedad
cristiana de la Península Ibérica. En este sent ido, para Beinart en particular y para esta
historiografía en general, la pr áctica criptojud aica, el denominado marranismo , se
entiende como un verdadero acto de proeza, que sirvió p ara reforzar la fe mosaica desde
1492 en adelante 6 .
A partir de este primer y sólido núcleo historiográfico, como lo define Jaime
Contreras, sus tesis se propagaron por Europa y América, donde tuvieron una
repercusión más que notable, especialm ent e entre los historiadores judíos, quienes,
desde entonces, aunque han proporcionado nu evos y valiosos plantam ientos, no han
llegado a quebrantar los parámetros m edulares que determinan esta corriente, salvando
alguna excepción 7 . Entre las figuras m ás señeras que han aportado novedades, nos
encontramos con Yosef Hayim Yerushalmi y su trabajo, fundam ental para el
conocimiento de la realidad conversa, De la corte española al gueto italiano.
Marranismo y judaísmo en la España del XVII . El caso Isaac Cardoso , editado en 1971.
6 En el prólog o a la edic ión española de L os conversos… Haim Be inart sostiene co n relación al grupo
converso: «Al quitar su cobertura cristia na exterior, sale a la lu z la vida cotidiana judía de estas personas
que, en su m ayoría, fuer on cruelm ente separadas de ella […]. Los expedientes del Tribuna l contienen una
descripció n de l a vida y el m artirio que e sos hom bres y m ujeres hubie ron de afro ntar por su fe y su
adhesión a su pasado judío […] ». B EINART , H., Los conversos ante el Trib unal de la Inquisició n ,
Riopiebras, Barcelona, 1983.
7 En España, cu riosament e, el eco resultó m odesto y, de hecho, los libr os de Roth y B aer no se tradu jeron
al castellano hasta casi cincuenta a ños después de su publicación inicial, en 1979 y 1981 respectivamente.
C ONTRERAS , J., «Historiar a lo s judíos…», págs. 269 y 276-277 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
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Consecuentemente, para él, la institución de l Santo Oficio no se debió a una m otivación
religiosa (la acuciante heterodoxia), si no a un arraigado sen timiento antisemita
dimanado, en gran m edida, del vigor so cioeconómico y político logrado por los
advenedizos , con los cuales los cristianos viejos hubieron de competir y rivalizar. De
resultados mucho más serenos , el israelí Yosef Kaplan se ha especializado en la
diáspora sefardí y, como Yerushalmi, ha examinado la transform ación de cristiano
nuevo a judío nuevo que protagonizaron algunos judeoconversos. Contrario a visiones
idílicas , Kaplan recalca la dificultades persona les y sociales q ue acarreaba este proceso.
Tomando como referente m etodológico esta tendencia historiográfica que,
interesada en las diná micas sociales, econó micas, políticas y culturales, huye de
interpretaciones monolíticas y respuestas ún icas sobre el pasado, pretendemos con esta
Tesis Doctoral acercarnos a la mino ría judeoconversa malacitana del siglo XVII . Dos
razones básicas justifican la elecció n de es te marco espacio-tem poral: de un lado, la
importancia que, desde la Antigüedad, desempeñaron en Málaga los pobladores
israelitas –primero como declarados fieles mosaicos y luego, a partir de 1492, bajo la
categoría de cristianos nuevos–, una circuns tancia explic able por las condiciones geo-
económicas de la ciudad (floreciente tradici ón mercantil, facilidades de fuga ofrecidas
por el enclave ante las persecuciones, etc.); de otro, y en lo tocante a la delimitac ión
cronológica, el seiscientos supuso una fase de recrudecimiento del problema converso,
que se vivió en la urbe con particu lar ve hemencia, y m ás todavía entre las décadas de
los sesenta y ochenta de la centuria, cuando fueron conducidos a las cárceles
inquisitoriales un elevadísimo núm ero de v ecinos, algunos de ellos con cierto renombre
en la esfera local, lo cual vino a acentuar la sensación global d e angustia y desasosiego.
Hemos estructurado nuestra investigación en dos grandes partes. La primera de
ellas consiste en una presen tación general del fenómeno c onverso en la historia de
España, con la que tratamos de ofrecer una panorám i ca cabal sobre cuanto ocurrió en el
territorio hispánico con respecto a la m inoría. El relato de es te escenario histórico queda
articulado, a su vez, en dos capítulos: el in icial se configura com o un repaso diacrónico
a los acontecimientos más destacab les que afectaron al grupo, desde los tiem pos más
remotos, cuando aún no había un problem a de nuevos cristianos, sino de devotos del
INTRODUCCIÓN
23
hebraísmo, hasta la agonía y extinción de la problemática durante la Ilustració n,
pasando por episodios claves, como el reinado de Isabel y F ernando, con la instauración
del Tribunal del Santo Oficio y el decreto de e xpulsión judía, o bien, el enérgico
renacimiento de la cuestión judeoconversa en la decim oséptima centuria, preludiado en
las postrimerías del quinientos. Tras esto, dedicamos el se gundo capítulo al análisis de
las relaciones trabadas entre el neo y el veterocristianismo, dibujando los cauces por los
que discurrió tal maridaje, las estrategias desp legadas por los bautiza dos en su deseo de
diluirse en la sociedad hegemónica y el clima de cordialidad o crispación donde
transcurrieron esos contactos. Los estatu tos de lim pieza de sangre, junto con las
acusaciones ante la Inquisición, constituyeron los principale s instrum entos de respuesta
frente a la intromisión de los manchados , armas de lucha anticonversa a las cuales
destinamos, asim ismo, varias páginas.
Ya en la segunda parte, nos centramos en las especificidades del tema en el
ámbito m alagueño. Para comenzar, y después de esbozar la situación de judíos y
convertidos en la ciudad de Málaga hasta el siglo XVI , mostramos cómo afrontó el
emporio el resurgir del espinoso asunto converso a lo largo del XVII . Nuestro propósito
no es otro que el de trasladar al lector el ambiente que entonces se respiraba en la urbe y
dejar de manifiesto cómo la herejía, sobre t odo la herejía criptojuda ica, representaba una
amenaza de prim er orden, constante, que no daba tregua y que, en momentos de
dificultad, podía em plearse como arma arrojadiza para ciertos fines. Complem ento del
anterior, el cuarto capítulo de la Tesis a borda de qué manera la Inquisición persiguió y
castigó a los judaizantes del obispado malacitano en la centuria, atendiendo a los
aspectos cuantitativos, pero también a los cu alitativos, de esa represión. Por su lado, el
quinto y último capítulo conforma un estudio de caso, donde trazamos el perfil de una
importante complicidad –como la designaban los inquisidores– de judaizantes
vinculados a Málaga, que fue procesada al calo r de la s intensas reda das inquitoriales del
último tercio del sig lo XVII . Además de exam inar su composición nu mérica, f iliación
geográfica..., nos hemos fija do en su desenvolvim iento económico-social, que en
ocasiones resultó bastante ventajoso, al menos hasta que tuvo lugar el tropiezo con el
temible Trib unal.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
24
La Tesis se completa con un apartado de conclusiones donde, m ovidos por un
afán de esclarecimiento, recapitulam os lo s puntos más sobresalien tes de nuestro
discurso, enunciando aquellas noc iones fundamentales que se coligen de los eventos
históricos narrados. De igual modo, y en lo co ncerniente a las fuen tes de información de
las cuales nos hemos valido, describim os en unos breves párrafos los conjuntos
documentales consultados e incluimos un repert orio con las referencias bibliográficas
que nos han servido como apoyo de nuestra investigación.
Finalmente, se cierra la Tesis con un apé ndice en el que, aparte de recoger en
varias tablas y figuras determinados datos que exigían, para su m ejor comprensión, una
plasmación sistem atizada, transcribimos, con intención ilustra tiva, algunos de los
manuscritos en los que nos hem os basado y que nos han parecido significativos de la
temática.
Comienza ahora este recorrido por uno de los fenóm enos identitarios de la
sociedad hispano-moderna, una historia de hom bres y mujeres cuyo m ayor drama vital
fue conciliar el peso de una f uerte tradición religioso- cultural con su progreso en un
sistema social que, aferrado a los ciegos di ctados de la ortodoxia católica, receló de
ellos por su diferente origen confesional. Ahí radicó el conflicto. Sobre cómo lo
encararon, sobre qué desenlace tuvo, tratamos de dar cuenta en las páginas que a
continuación siguen.
PARTE PRIMERA
E L PROBLEMA JUDEOCONVERSO
Es im portante, para l legar a una com pren sión exact a del problem a
[…], consi derar los hec hos en una pe rspect iva histórica […] y no
desde el sent imient o o los va lores actuales . La tarea del historia dor
consiste en explicar y no en juz g ar. Por ello es imprescindible trazar
la trayect oria en que los suce sos se ha n pro ducido.
L UIS S UÁREZ F ERNÁNDEZ , «Puntualizaciones
en la trayectoria del antijudaísmo hisp ano»
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
31
1.1. Los orígenes: del problema judío al problema judeoconverso
F UE LA sociedad española de la Edad Moderna el escenario preciso donde discurrió la
problemática alrededor de los judeoconversos , esto es, los judíos convertidos y sus
descendientes, un colectivo social de innegable trascendencia en la r ealidad de aquel
momento. Nuestra pretensión de abordar este asunto, de a quilatar sus características,
supone, indudablemente, una puerta abierta a una com prensión certera y cabal de una
etapa concreta de la Historia: el Antiguo Ré gimen, al tratarse de un fenómeno en el que
confluyen aspectos de muy variado género. Lo religioso, lo soci al, lo económico y lo
político se amalgam an y entremezclan aqu í de manera extraordinaria, generando una
panorámica rica y a la par com pleja.
Un tema el de estos nuevos cristianos que, además, confirió esp ecificidad al
Estado hispánico entre los siglos XV y XVIII , pues, como se ha advertido en otro lugar,
conforma un «hecho diferencial respecto del tratam iento que las monarquías europeas
dieron a la cuestión judía. So lo Portugal, y por [...] presió n de los reyes hispanos, vio
cómo, de su relación con la m inoría judía, surgía un segundo problem a, el del converso,
con las mismas connotaciones que en Castilla» 1 . Preliminarmente al conflicto
judeoconverso existió, por lo tanto, uno judío, cuya importancia fue recortándose
lentamente, cediendo su prim acía a aquel, ha sta desaparecer por completo a raíz del
decreto de expulsión de 1492. Con todo, es tamos frente a dos acontecim ientos
1 C ONTRERAS C ONTRERAS , J., «Hipótesis y reflexiones: la m inoría judeoc onve rsa en la Hist oria de
España», e n Á LVAREZ S ANTALÓ , L. C. y C REMADES G RIÑÁN , C. M. ª (eds.), Mentalidad e i deología en el
Antiguo Ré gim en. Actas de la II Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Modern a , vol.
II , Universidad de Mur cia, 1993, pág. 39.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
38
Necesitamos avanzar en el tiempo y alcan zar la fase bajoimperial para obtener
demostraciones m ás fidedignas atinentes a España. En los comienzos del sig lo IV se
inscriben las actas del Concilio de Elvi ra, celebrado entre 300 y 306 o 309, algunas de
cuyas resoluciones dictaminaron contra el hebraísmo, intentando conjurar su
contaminación a los cristianos, como resulta do de una convivencia entre am bas
confesiones que se nos adivina estrecha . Por lo tanto, los discípulos de Moisés y el
proselitismo hacia sus vecinos de religión cristiana sign ific aban para e sta una traba a
solventar sin demora 28 . Sobresale, adem ás, San Gre gorio, obispo de la ciudad
iliberritan a durante la misma centuria, a quien pertene cen unas pláticas adversas a la ley
judaica –básicam ente, las hom ilías III , IV y VIII de s u Tractatus Origenis 29 –, con las que,
aparte de regalar a sus oyentes y lectores argum entos contundentes para sus disputas
ideológico-relig iosas contra los isra elitas –pr eferentemente en torno a la circuncisión y
al descanso sabático–, reflejaba un recelo sim ilar al de la junta eclesiástica arriba
indicada, a saber, la judaización de fieles de Jesucristo, por razón de l diario roce con los
judíos y de sus campañas propagandísticas 30 . En suma, estos testim onios legados por el
prelado, junto con los de la reunión concilia r, traslucen un grupo hebraico de
considerable peso en urbes como la granadina.
Tampoco hemos de olvidar al poeta hisp anolatino Aurelio Prudencio Clemente,
fervoroso paladín de la cristiandad. Su obra, encuadrada entre fines del siglo IV y
principios del siguiente, em biste a veces cont ra el mosaísm o, como se contem pla en más
especialistas del África septentrional en la Antigüeda d clásica rechaza n casi unánim emente un desa rroll o
judiego e ntre Túnez y Marru ecos anteri or a la segunda ce nturia d. C. Vid. G OZALBES C RAVIO TO , E., op.
cit. , pág. 1 94.
28 Clarificadoras apreciaciones sobre esta re glamentación cont raria a los de la fe m osaica, así como de
otras norm as disciplinal es de este sínodo t eóricam en te inspirad as en rituales y uso s hebreos en: G ARCÍA
I GLESIAS , L., «Los cánones del Concilio de Elvira y los judíos», El Olivo , 3-4, 1977, págs . 61-70; Los
judíos en ... , págs. 69-81. Por lo que toca a l a proscri pción crist iana de co ntraer nu pcias con hereje s, cf r. :
L OMBARDÍA , P., «Los matrimonios mixtos en el Concilio de Elvira (a. 303?)», Anuario de Historia del
Derecho Espa ñol , 24, 1954, págs. 543-558. Muy ú tiles también las anotaciones de: G OZALB ES C RAVIOTO ,
E., «Los judíos en la Ilíbe ris r omana» , Revista del Centro de Estudi os Históri cos de Gr anada y s u Reino ,
5, 1991, pá gs. 17 -21. B LÁZQUEZ , J. M. ª , op. cit. , págs. 413-4 17 (extract ando a G ONZÁLEZ S ALINER O , R.,
El antijuda ísmo cristiano occiden tal (siglos IV y V ) , Trotta, Madr id, 2000). Las actas ínte gras del Con cilio
en: V IVES , J. et alii (eds.), Con cilios visigóticos e h ispano-romano s , CSIC-Instituto Enrique Flórez,
Madrid -Barcelona , 1963, pá gs. 1-15 .
29 Pueden consultarse en: V EGA , A. C. (ed.), Tract atus in SS. Scriptur am. S. Gre gorii Eliberritani
Episcopi , Typis Augustinianis Monasterii Escur ialensis, El Escorial, 1944.
30 G ARCÍA I GLES IAS , L, Los judíos en… , págs. 49-50 . Una descri pción m ás detenida de estas al ocucione s
en: Á LVAREZ , J., Judíos y cr istianos ante l a histori a , Aguila r, Madri d, 1972, págs. 5 9-60. G OZALBES
C RAVIOTO , E ., supra , págs. 25 -27.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
39
de doscientos versos de su Apotheosis (321-551) 31 , donde procura certificar ante Israel
la divinidad de Cristo. Sin em bargo, vislumbramos en el apologeta una mirada optim ista
y proconciliadora, esperanzada en que, un día, los judíos rectif icarán su yerro y
reconocerán a Jesús como el verdadero mesí as. En cualquier caso, dicha com posición
constituye una muestra patente de la luch a ideológica antijudiega que se emprendía
entonces y amplificarían otros –J uvenco, Potam io de Olisipo, etc.– 32 . Por último, San
Jerónimo nom bra a España como zona de asiento israelí, desde donde regresarían
miembros de la grey en la época de plenitud m esiánica ( Ad Isaiam , LXVI , 20) 33 . Acaso
cabe agregar a esta lis ta de documentos litera rios la encíclica de Severo de Menorca,
mediante la cual dibuja los porm enores del bautismo masivo de los judíos de Mahón en
el primer cuarto de la quinta cen turia. No obstante, los entendidos disienten en lo
referido a la autoría y datación del escrito 34 .
Si a simple vista los restos arqueológi cos y epigráficos se configuran como
indicios en apariencia fehacientes, las i nvestigaciones acometidas en este sentido
refutan tal deducción, al menos en lo que atañe a las huellas de mayor vetustez.
Prescindiendo de dos falaces lápidas sepul crales descubiertas en Murviedro, hoy
Sagunto, aducidas como prueba de una adm ini stración de Salomón en Hispania y de la
estancia en ella de hebreo s en el reinado de Amasías 35 , las pistas más arcaicas p roceden
de la primera centuria, así, un ánfora m arcada del Museo de Ibiza o un puteal 36 de
Córdoba, pero ya sea por su inconsistencia científico-histórica, a propósito de esta
segunda pieza, o por no aclarar si nos encont ramos ante una estadía duradera o un mero
comercio, directo o no, con la isla –aunque una opción no excluye la otra–, como
31 O RTEGA , A. y R ODRÍGU EZ H ERRERA , I. (eds.), Obra s completas de Au relio Prud encio , La Editorial
Católica, Madrid , 1981, págs . 202-215.
32 G ARCÍA I GLES IAS , L, Los judíos en… , pág. 50. Á LVAREZ , J., s upra , pág. 58. V IDAL M ANZANARES , C.,
«Prude ncio: lo s judíos e n la obra de su padre hispan o», Espacio, Tiem po y Forma, Serie II, Historia
Antigua , 6, 1993, págs. 529- 541. G OZALBES C RAVIOTO , E., «Los judíos en…», pág. 22. G UERREIRO , R.,
«La im agen del ju díos en l os text os hagiog ráficos y pat rístic os. Siglo s V al VIII », Espacio, Tiempo y
Forma, Serie II, Historia Antigua , 6, 1993, pág s. 543-5 50.
33 Cfr. G ARCÍA I GLESIAS , L, Los judíos e n… , pág. 5 0.
34 Ibidem , pá gs. 87-92. Á LVAREZ , J., op . cit. , págs. 69-71. B LÁZQUEZ , J. M. ª , op. cit. , p ágs. 421-424
(sintetizando nuevam ente a González Salinero). La m e nci onada mon ografía de Ga rcía Moren o adjunta un
apéndice con l a circular severiana. Cfr. G ARCÍA M ORENO , L. A., op. cit. , págs. 177-200 .
35 A MADOR DE LOS R ÍOS , J., op. cit. , pá gs. 35-36.
36 Pequeño muro que rodea un recinto fulm inado por un rayo o un sitio sagrad o. Cfr. F ATÁS , G. y
B ORRÁS , G. M., Diccionario de términos de Arte y element os de Arqueologí a, Heráldi ca y Numismát ica ,
Alianza, Madr id, 1999, pág. 272.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
40
sucede con la vasija ibicenca, no estamos en condiciones de estimarlas enteram ente
válidas, sobre todo el ejemplar cordobés 37 .
Signos no tan ambiguos de fundaciones judaicas en la Península Ibérica se
registran desde el siglo II en adelante: el epitafio emeritense de Iustinus , sam aritano;
otro de una niña judía en Adra (siglo III ); las ruinas de una si nagoga, con rótulos en su
pavimento, en Elche (siglo IV ); otro epígrafe bilingüe, gr ecolatino, en T arragona (siglo
V ); tres plomos mallorquines ta llados con caracteres hebraicos, en Santa María del C amí
(siglos IV - V )…, pero las discrepancias entre los estudiosos no disminuyen aquí. La
onomástica (antropon imia semítico -oriental aplicada a la epigrafía) y la numism ática
(hallazgos en Elche, Mataró, Ampurias , Algeciras…) han co adyuvado a ilum inar,
siquiera levemente, este difuso paisaje 38 .
El cruce de la información brindada por las fuentes, predom inantemente
epigráficas, tanto las evidencias m ás se guras como aquellas que no traspasan la
divisoria de lo hipotético, bos queja la propensión entre las ge ntes de Palestina hacia los
centros urbanos costero-fluviales o del in terior y con cierto fuste , bien comunicados y
azuzados por un enérgico dinamism o económico 39 . Inevitablem ente, el consabido
arquetipo socioprofesional hebreo sobreviene de inmediato a nuestra m ente y, de hecho,
es bastante factible la veni da voluntaria de judíos solventes, em pleados en las grandes
transacciones mercantes y las finanzas, im pul sados por el aliciente de fortalecer sus
haciendas. Sin embargo, se debe huir de la generalización de circun stancias a lo mejor
menos comunes de lo intuido a priori y aprobar, asim ismo, un advenim iento de
individuos de rango social inferior: pobres , sin apenas recursos, con avidez de
medranza, quienes no objetarían dem asiado en desemp eñar el oficio que fuese (en
37 Ejempl os sacados d e G ARCÍA I GLESIAS , L., Los judí os en... , págs . 50-5 1.
38 Un esclarecedor com pendio de los descubri mientos arque ológi cos, epig ráficos y numi smátic os y de las
controversias interpretativ as de ellos derivadas en: G ARCÍA I GLE SIAS , L., Los judíos e n… , págs. 50-59.
S AYAS A BENGOCHEA , J. J., op . cit. , p ágs. 502-527. C ANTERA Y B URGOS , F., «España Medieval:
arqueología», en B ARNETT , R. D. (ed.), The sephardi heritage. Essays o n the histo ry and cultur al
contribut ion of the Jews of Spai n and Port ugal. The Jew s in Spai n and Portug al before and after the
expulsion of 1492 , vol. I , Vallentine, Mitchell & Co. Ltd., London , 1971, p ágs. 31-34. G OZALBES
C RAVIOTO , E., «Algunos datos…», págs. 196-197 (enu merando los últimos materiales ap arecidos). Para
una in dagación m ás prof unda: C ANTERA , F. y M ILLÁS , J. M. ª , Las inscripci ones hebrai cas de Es paña ,
CSIC-Instituto «Ben ito Arias Mon tano», Madrid, 1956.
39 G ARCÍA I GLES IAS , L, Los judí os en… , pá gs. 67-68. S AYAS A BENGOCH EA , J. J., supra , págs. 517-518.
S ANTOS Y ANGUAS , N., op. cit. , pág. 251.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
41
modestos negocios m ercantiles, artesan ale s, etc.) y, por otro lado, deportados,
subyugados a la esclavitud, cuyo destino laboral estaría atado al de sus propietarios 40 .
Durante el Imperio Rom ano pagano, la s ubsistencia par a los creyentes en la
palabra de Moisés transcurrió dentro de un marco habitual de tolerancia, solo
perturbado por puntuales incidentes de viol encia y avasallamiento, sintom áticos de
hostilidades sustancialmente políticas o del fanatism o religioso manifestado por varios
emperadores 41 . No obstante, los altercados no llegaron a quebrantar la respetabilida d
hacia la congregación mosaica, manteniéndose su s privilegios, entre ellos, el perm iso de
asamblea y cultual, ex ención del servicio milita r en atención a la observ ancia del Sabbat
o la creación de tribunales privativos para asun tos intrínsecos al judaísmo 42 .
La situación se trocaría distinta con la conversión de Constantino al cristianismo,
pues a partir de entonces este dogma experimentaría un ascenso im parable,
instituyéndose en 380 como la única reli gión del Estado (Edi cto de Tesalónica,
promulgado por Teodosio). Sem ejante coyuntura se tradujo en una merma de las
prerrogativas de los judíos y en el accionamiento de una se rie de preven ciones desde la
administración claram ente desventajosas para ello s –acompañadas, adem ás, por
ocasionales desmanes perpetrados por la s m asas populares–: prohibición de poseer
esclavos (cristianos o gentiles), obligación de satisfacer grav ámenes a favor de la curia
municipal –de los que ante s se habían visto exonera dos–, equiparación de los
matrimonios m ixtos con el adulterio, mengua en las competencias de sus juzgados,
denegación de auxilio y pr otección a los alborotadores, veto al ejercicio del cargo de
defensores civitatis … Inicialm ente, el miedo a revueltas coh ibió el recrudecimiento de
este program a, aunque, de todos modos, poco a poco el celo antijudaico debió mitigarse
40 Acerca de esta heteroge neidad ocupacional en ép oca rom ana, prol ongable a l a visigoda, véase: G ARCÍA
I GLESIAS , L., «Profesiones y econ omía fam iliar de los judí os espa ñoles e n la Ant igüeda d: apr oximaci ón a
un probl em a», Revista Intern acional de Soci ología , 13 -14, 197 5, págs. 165- 183. G ARCÍA M ORENO , L. A.,
op. cit. , págs. 70- 89. En algú n aspecto di fiere de García I glesias, com o en su i nsistencia en los sujeto s
enriqueci dos.
41 Para Luis García Iglesias, «en el trato con los romanos, la cond ición religiosa o sociorreligio sa de los
judíos ocupaba un segu ndo pl ano, […] en un a sociedad que […] se caracterizaba por la di versidad y en l a
que cualquie r credo […] era admi sible con tal de que no a fectara a los fundam entos del m ínimo de
estructura ide ológica q ue articul aba el Imperi o. Rom a tuvo probl emas con l os judíos […] cuando la
religiosida d, su c oncienci a de puebl o teoc rático y su excl usivism o, […] com portaba razones de í ndole
política». G ARCÍA I GLESIA S , L., Los ju díos en... , pá g. 14.
42 Ibidem , págs. 16-17 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
42
ligeramente ante la u rgencia de a tender dificu ltades mayores, com o las invasio nes
germanas 43 .
La irrupción de la barbarie en los contornos hispanos acarreó como desenlace
más notorio el surgim iento de la monar quía visigoda. Conexioná ndola con la m ateria
que nos interesa, pueden discernirse, a lo largo de su vigencia –entre 507 y 711 44 –, dos
fases, cuyo punto de inflexión estaría repres entado por el bautismo católico de Recaredo
(587) y la adhesión de los godos al cristianismo niceno en el III Conc ilio de Toledo
(589). Gracias a la riqueza de las fuentes, conservamos un conocim iento proporcionado
de las vicisitud es soportadas p or los se farditas en los diferentes reinados.
Esencialmente, la docum entación consiste en d isposiciones e manadas de las jerarqu ías
civil y eclesiástica, dos cuerpos normativos c on frecuencia coincidentes e indicativos d e
las sanciones y cortapisas legales de este sector s ocial minoritario 45 .
Los antecedentes a la catoliza ción son momentos definidos confesionalm ente por
el arrianismo, y en ellos se practicó una severidad restringida hacia los partida rios del
mosaísmo, por lo m enos si la compar am os con la descomunal dureza consumada
después, en la etapa católica. Como ciuda danos rom anos que eran, se regían por el
Breviario de Alarico II, com pilación donde se insertaban, además, estipulaciones
conformes a su tip icidad religiosa 46 . Dicha codificación agrupaba prim itivas leyes
imperiales, s eleccionadas dependiendo de su validez y de las neces idades existentes. El
Código Teodosiano tan solo aportó diez reglas antijudías, no por una presunta bondad
alariciana para con la minoría, sino porque lo s restantes dictám enes que acerca de ella
43 Ibide m , págs. 84-85. Coetáneamente, la Iglesia cristian a se había reunido en el ya referido Concilio de
Elvira, conviniéndose en él unas pa utas que seguían la di rección descrita. Así, el canon 16 censuraba los
casamientos entre doncellas cristianas y hom bres israe litas o infieles; el 49 la costumbre hebraica de
bendecir los fr utos de los cam pos de dueños cri stianos; el 50 reprim ía que los devotos c omparti eran mesa
con los judíos, mientras el 78 reprobaba el adulterio masculino con mujeres hebreas o g entiles. Vid.
G ARCÍA I GLESIAS , L., Los judíos e n... , pá gs. 70-71.
44 La entrada de los vi sigodos e n Iberia ha bía ocurri do en el primer cuart o del si glo V , como federados del
Imperi o Romano , con el c ometi do de ex pulsar de est os do minios a s uevos, ván dalos y a lanos, inst alados
desde 409.
45 David Rom ano rem arca la plural idad de es ta regulaci ón, ponderá ndola como un c úmulo de precepto s
cambiantes, sometidos a iteradas re vocaciones, expresas o tácitas. R OMANO , D., «L os judí os hispánicos en
los siglos IV - IX », en De l a Antigüe dad al Medievo. Si glos IV -VIII. III Congres o de Estudi os Medi evales ,
Fundación Sánchez- Albornoz, M adrid, 1993, pág . 260. Entre otra s nuevas l íneas de análisi s, el text o
plantea la de destap ar la filosofía preparato ria o subyacente a esas ordenaci ones mosaicas, pretendie ndo
dilucida r si sus más acérrim os prom otores p rovení an de la esfera seglar o r eligiosa ( pág. 265 ).
46 G ARCÍA I GLESIAS , L., «Oscuro origen y avat ares…», pág. 33.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
43
englobaba el Codex –de elevado número– habían si do confirmados o derogados por
otros más tardíos o no se adecuaban al tiem po presente 47 .
De acuerdo con la legislación, se vedaba a los hebreos, en tre otras cosas, el acceso
a la milicia, la abogacía y las profesiones públicas –salvo las de la curia municipal,
cuyas tasas debían sufragar–; la construcción de sinagogas; incordiar a quienes, de los
suyos, elegían cristianizarse; la tenencia de esclavos cristianos por procedimientos
distintos de la sucesión o el fideicomiso –obstaculizándoseles, de esta forma,
comercializar con ellos–, así com o circuncid arlos; o las bodas entre cónyuges de las dos
religiones, castigándose con la pena capital la infracci ón de estos dos últimos
mandatos 48 .
El talante negativo de este reg lamento y la suspensión de pretéritas facultades
estatuidas por los em peradores –la posibilidad de los cr istianizados de retorna r al credo
de Moisés, la autonom ía de mercado o las in munidades a los serv idores en la liturgia–
dieron como resultado un cuadro legislati vo adverso, a pesar de todo dulcificado por la
verificación de varios der echos –la licencia para reha bilitar sus aulas cultuales
deterioradas; la instauración de tribunales propios; no ser arrestados en sábado o durante
sus festividades…–, y por la abolición de ór denes visiblemente perjudiciales –el abono
de impuestos especiales o la co artación de su libertad en diversas celeb raciones
cristianas– 49 . Para algunos investigad ores, esta relativa indulgencia jurídica , sumada a
lo que, según ellos, fue un exiguo rigor en el acatamiento de esa norm ativa, solamente
pueden concebirse con relación a una auto ridad no muy preocupada por la cuestión
judiega y más proclive a la transigencia que a un a obstinación e inf lexibilidad tajante s 50 .
En realidad , la determinación del grado de condes cendencia de la soberanía visigodo-
arriana ha desencadenado una acalorada dial éctica, donde la mayoría de quienes se han
enfrascado en ella, mediatizados por un tópico historiogr áfic o forj ado ya en el siglo XIX
y que proclam aba la perm isividad de la cua l habían gozado los de la grey m osaica en el
47 G ARCÍA I GLESIAS , L., Los judío s en... , págs. 93-95.
48 Ibidem , págs. 95-97 .
49 Ibidem , págs. 97-98 .
50 Entre estos autores, destacam os a García Igle sias, quie n basa su opi nión en t res moti vos: a) el mayor
oponente religio so era el catolicismo; b) para el arrianismo, antitrinitario, el mosaísmo no se distanciaba
tanto de él como la doctrina católi ca; c) el hebraísm o no atenta ba contra las aspiracio nes inminent es del
incipiente Estado: identid ad, se guridad y unidad . Cfr . G ARCÍA I GLESIAS , L., Los j udíos en... , pá g. 98.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
44
período precatólico, se han decantado, con dife rente énfasis, por una conducta to lerante
del poder, radicalmente antagónica a la desplegada con posterioridad a 589 51 .
Sea como fuere, los año s de suprem acía cató lica se singulariza ron por su palmaria
exaltación y rigidez, dictándose preceptos an tisemitas que incluso previeron torm entos
corporales c on una finalidad punitiv a. Planifica dos deliberadam ente por las instanc ias
políticas y eclesiásticas godas, no exhibier on siempre la misma fiereza, ante las
reticencias de ciertos reyes y cl érigos hacia un a austeridad exacerbada 52 . En cualquier
caso, las determinacion es en torno al prob lema judío distaban de la origin alidad, al
reincidir en discriminaciones parecidas a las que las habían preludia do: privación de la
propiedad sobre es clavos cristianos, ento rpecimiento a los enlaces matrimoniales
mixtos, cerram iento al ingreso en la gest ión pública…, medidas que, en definitiva,
perseguían prevenir cualquier manifest ación de preem inencia hebraica sobre la
cristiandad y frenar el aum ento del número de adeptos entre las filas d el hebraísmo 53 .
Tal vez lo innovador radique sencillamente en una crueldad desorbitada, como queda
corroborado con la entronización de Sise buto en 612, cuyo temperamento piadoso y
efusiva devoción, junto con su ideal monár quico de corte cesar opapista y hasta su
reacción anímica a las expectativas m esiánicas que pululaban en los am bientes judiegos,
51 G ONZÁLEZ S ALINE RO , R., «Los judíos en el r eino v isigodo de época arr iana: consider aciones sobre un
largo de bate», en R OMERO , E. (e d.), Judaísmo his pano. E studios e n memo ria de José Luis Lac ave Riaño ,
vol. II , Junta de Casti lla y León- Diputació n Provinci al de B urgos-T he Rich Foun dation-CSIC , Mad rid,
2002, pá gs. 399- 408; « Catholi c anti-jud aism i n visigot hic Spain» , en F ERREIRO , A. (e d.), The Visigoths.
Studies i n Culture a nd Soci ety , Brill, Leiden-Boston-Köln , 1999, pá gs. 12 3-150. Para Salinero, entre
ambos re gím enes –el arria no y el cat ólico–, no hay una ru ptura, sin o una pr ogresión que, hundi endo s us
raíces en el Im perio Crist ianorrom ano, evolucio naba ahora ha cia cotas supe riores de represi ón, quizá
debido a que, con l a convers ión, l a liza reli giosa, hasta entonces encauzada prioritariam ente contra los
católicos, hubo de m odifica r su sign o y focali zarse en otr os diside ntes. Ah ondando en esta p ostura,
esgrime como ratificación de ella el desarr ollo de una literatura arriana antihebrea. Cfr. «J udíos y
arrianos: el mito de un acercamiento in existente», Sefarad , 6 4/1, 2004, pá gs. 2 7-74. C on un pensam iento
afín, G ARCÍA M ORENO , L. A., op. cit. , págs. 142-144. Más com edida en s us cavil aciones J IMÉNEZ
G ARNICA , A. M. ª , «Los judíos en el reino de Tolosa: en tre la tolerancia y el p roselitis mo arriano»,
Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua , 6, 1993, pá gs. 567-5 84; «La coexist encia con l os
judíos en el rein o de Tolosa», Gerión , 12, 19 94, págs. 269 -278.
52 C ORDERO N AVARRO , C., «El probl ema judío com o visión del “otro” en el reino visi godo de Toled o»,
En la España Medieval , 23, 2 000, pág. 21.
53 Para un repaso conciso a la legalidad he braica en vigor con cada m onarca remitimos a la comunicación
de L ACAVE R IAÑO , J. L., «La l egislación a ntijudía de l os visi godos», en Si mposio «T oledo Judaic o» , vol.
I , Publicaciones del Centro Universitario de Toledo-U nive rsidad Com plutense, Madri d, 1973, págs. 29-42
(en particular, 34-41). Con una expo sición más de tallista: G ARCÍA I GLESIAS , L., Los judíos e n… , pá gs.
103-141. So bre las rest ricciones inter puestas a la s uniones jude o-crist ianas, vid. : L OMBARDÍA , P., «Los
matrim onios mixt os en el derecho de l a Iglesi a visigoda» , Anuari o de Historia del Derecho Esp añol , 27-
28, 19 57-1 958, pá gs. 61- 107.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
45
no debieron resultar ajenos a sus designios de restaurar –matizándolas, aum entándolas y
perpetuándolas– las burladas norm as de Recar edo y, m ás aún, de extirpar para siempre
la alteridad confesional, arrastrando a la totalidad de sus súbditos isr aelitas a la pila
bautismal 54 . Aunque se desconoce al pie de la letra el conten ido del estatuto 55 y, por
consiguiente, si consintió o no la vía del destierro a m odo de alternativa, de fórmula con
la cual sortear una orden de ese calibre, sabemos de hebreos que abandonaron el solar
hispánico –ya como exiliados o como prófugo s– y de otros quienes, a la inversa, se
plegaron a la sentencia regia 56 . Poco importó en ese m omento la tibieza religiosa de los
neófitos y que su cristianización la hubiera an im ado, verdaderamente, el tem or a perder
una vida estabilizada, si bien el p recio a pagar por esa inadvertencia fue oneroso. Como
contrapartida a ella, nacían los convertidos y adquiría carta de naturaleza el espinoso
asunto de los judaizantes, de lo s cristianos simulados –que tanto obsesionarían a los
hombres de la Modernidad–, tam bién margina dos y tratados vejatoriam ente, ante el
tenaz pero fallido empeño –a partir de Sise nando y el IV Concilio de Toledo– para que
perseveraran en la doctrina de Jesús 57 . Con Égica culm inaría este ensañamiento, con la
esclavización y esparcimiento de judíos y conversos –entonces, la inm ensa mayoría,
fruto de las periódicas mani obras de erradicación del m osa ísmo que se sucedieron tras
Sisebuto–, en contestación a las sospechas de una conspiración contra la nación urdida
54 Una solució n de ese cariz no e ra com pletamente no vedosa, cont ando con d os precedentes no m uy
lejanos: el canon 14 del III Concilio de To ledo, a tenor del cual se compelía a b autizar a los hijos d e
padres que practicaran dogmas diferentes; y u na ley sisebutian a que revalidab a la directriz con ciliar
antedicha y que hacía extensible la ex igencia de catolizarse al cons orte infiel, en defect o de lo cual l a
Justicia disolv ía la pareja. Vid. O RLANDIS , J., «Hacia una m ejor com prensió n del prob lem a judío en el
reino visig odo-católi co de España», Gli ebrei nell’Alto Med ioevo. Settimane di S tudio del Centro Italiano
di Studi su ll’Alto Medioevo , 26/1, 1 980, pág. 159. G ONZÁLEZ S ALINER O , R., Las conversiones forzosas de
los judíos en el reino visigo do , CSIC-Esc uela Espa ñola de Historia y Arq ueología de Rom a, Rom a, 2000,
págs. 23-2 6 y 30-34.
55 Precisemos que el Liber I udicioru m no recoge el dec reto, del cual t enemos const ancia a través de otras
fuentes: San Isidoro de Sevilla; la Crónica Mozárabe de 754, asimismo deno minada Continua tio Hispana
o Cróni ca de Isidoro Pacens e; el apéndice al cronicón del obispo Mario de Avenches, de confecci ón
anónima y contemporá nea a los hechos (hacia 624); e, im plícitamen te, las instruccion es emitidas en el IV
Concilio to ledano o el III de Sevilla, al regular los in convenientes anejos a lo s bautismos oficiado s bajo
constreñimiento. O RLANDIS , J., op. cit. , págs. 160-161. G ONZÁLEZ S ALI NERO , R., supra… , pá gs. 27- 29.
G ARCÍA I GLESIAS , L., Los judíos e n… , págs. 108-10 9.
56 Podría añadirse un tercer grupo, num éricamente insigni ficante, que logró pe rmanecer en Iberia sin
recibir por ello las aguas sacram entales, acaso por su pri vilegiad a posición social. Cfr. G
ONZÁ LEZ
S ALINERO , R., supra , págs. 30 y 36-37.
57 Las tácticas arbitradas en pro de este objetivo iban desde la firma de placit a , pactos colectiv os y
obligatori os, por los cuales los neocristianos se com prometían a guardar fidelidad al credo recién
abrazado, hast a el diseño de métodos de vigilancia episcopal, pasando p or la suscr ipción opt ativa y
personal de p rofesione s de fe o la concesi ón de ve ntajas a los bauti zados sincer os. O RLANDIS , J., op. cit. ,
págs. 166- 172. G ONZÁLEZ S ALINE RO , R., Las conversi ones… , págs. 58-70, 73-76 y 92-99.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
46
por los sefardíes y sus hom ólogos norteafricanos 58 . Desde ese instante, la perfidia
judaica , a la cual habían invocado los polemistas cristianos en sus diatribas contra los
judíos, desbordó los límites teologales en los que se había movido, para adentrarse en el
campo m enos etéreo de la política y fraguar la im agen dual del judío hereje y traidor del
poder, tan profusamente alegad a en las etapas venideras 59 .
Paralelamente, presenciam os el florecimiento de una producción literaria y
teológica, cuyos artífices, eximias personalida des de la Iglesia, com o San Isidoro de
Sevilla, San Braulio de Zaragoza o San Ildefonso y San Julián de Toledo, haciendo
acopio del antijudaísmo propugnado por la patrísti ca anterior, se centran en com batir las
enseñanzas de Moisés, por medio de argum entaciones a menudo fundadas en la Sagrada
Escritura e, incluso, en episodios milagrosos 60 . En el siglo VII prorrum pieron con
esplendor estas corrientes, bajo las cuales se ocultaba la i nquietud por el fingim iento de
los judeoconversos y, todavía más, por su s actos proselitistas y los d e sus antigu os
correligionarios. No ha de desp reciarse la significación de este ideario, el cu al debió
repercutir en la mentalidad de no pocos gobernantes, dada la nom bradía de sus
creadores 61 .
No hay duda de que el reino hispanovisi godo se alzó como abanderado de un
lacerante proyecto de agresión y extermin io del hebraísmo y aunque esa im petuosa
embestida lo asem ejó a otros países de Europa, conviene aclarar, sin embargo, que el
modelo despuntó, dentro de las fronteras hispánicas, po r su pertinacia, por la
58 Enrique Goz albes valora esa confe deración –i ntegra da, según él, p or hebreos del ot ro lado de l
Mediterráneo y no por los de la o rilla del norte de África– como un pretexto y califica d e improbable el
que el judaí smo, al de clinar el si glo VII , sim bolizara un peli gro para el cristiani smo ibéric o. G OZALBES ,
E., «Los “haebrei tran smarini” del XVII Concilio de To ledo (añ o 694 d . J.C.)», Boletín d e la Aso ciación
Española de Orienta listas , 17, 1981, págs. 242-244.
59 G INIO , A. M,, «El concepto de “perfidia judaica” de la é po ca visigoda e n la perspectiva castellana del
siglo XV », Helmántica , 46, 1995, p ágs. 299-311.
60 H ERNÁNDEZ , R., «El problem a de los judíos en los PP. Visi godos», en La Patro logía To ledano-
Visigoda . XXVII Sem ana Esp añola de Te ología , CSIC, Madrid, 1970, págs. 115-120. Barrunta Hernández
la proliferación de una literatu ra equivalente entre los devotos mosaicos, atacando al catolicismo o
replicando a sus acusaciones, obra s que la norm ativa civil y religiosa goda se encargó de an iquilar (pág.
116).
61 G ARCÍA I GLESIAS , L., «O scuro orig en y avatares…», pág. 40; Los judíos… , págs. 14 1-14 6. En cuant o al
dilema suscitado por el uso de la pers ua sión o coacci ón en las cristianizaciones, vid. : G ONZÁLEZ
S ALINERO , R., Las conversiones… , págs. 117-136.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
47
inexistencia de inte rrupciones en su aplica ción 62 . De una m anera u otra, ¿cómo justificar
este plan coercitivo? Los hist oriadores han lanzado a la pale stra discursos disímiles, que
pueden deslindarse en dos fracciones: una at enida a criterios socio económ icos y otra
para la cual imperan los ag entes políticos y/o religiosos. A nuestro juicio, ninguna de
estas tendencias es ex acta si se consid era en exclusividad, pues apostamos una
multicausalidad, con factores de influjo variable. Nos avenimos al convencim iento de
aquellos que se inclinan por la alianza del Estado con la Iglesia cató lica como alegato
crucial de la opresión judiega. Ello no contradice totalm ente una lectura en términos de
economía y sociedad, en función de la cual el brío económico he braico avivaría la
codicia de los dignatarios, prestos a c onfiscarles sus patrimonios, aprovechando,
asimismo, la im popularidad de este colec tivo –supuestamente no asimilado– en tiempos
de crisis. Todo señala, por el contrario, que esta no fue la tóni ca más extendida: los
israelitas se distribuyeron en las distintas categorías socioeconómicas y entablaron una
vecindad respetuosa con lo s moradores cristian os 63 . Seguramente, la ideología regia,
cimentada en su m aridaje con el catolicis mo, careció de la resonancia prevista,
circunscribiéndose su difusión a los círculos más próxim os al gobierno. De otra forma
no se entiende la reiteración –por ineficacia– de las ley es. Por su parte, la coalición
laico-relig iosa, en aras de una identidad y aglutinación nacionale s, conllevó la
correspondencia entre el infiel y el discre pante político, por lo cual este había de ser
eliminado. Además, merece tom arse en cuen ta la secular confrontación mosaísmo-
cristianism o, dos sistemas de creen cias de vocación p roselitis ta y universalis ta y, por
esto, excluyentes entre s í 64 .
62 Algo achaca ble a la m odalidad m onárquica vigent e y al rol adjudicado a la Iglesi a en ella. Cfr.
H ERNÁNDEZ , R., supra , págs. 99-100, 102-106 y 120.
63 Con respecto a esta diversifi cación de l os hebreos en la economía: G ARCÍA I GLESIAS , L., «Pr ofesiones
y…», págs. 17 2-183. A LONSO Á VILA , Á., «Aspectos económicos de la sociedad judía en la E spaña
visigoda» , Hispania Antiq ua , 8, 1978, pá gs. 231-25 5. Desmi tificando el prot otipo de un mono polio
judaico en el com ercio occidental de envergadura: G ARCÍA M ORENO , L. A., «C olonias de com erciantes
oriental es en la Peníns ula Ibérica. S. V-VII», Ha bis , 3, 1972, págs. 127-154. Por lo que se refier e al sector
de los terratenientes: G ONZÁLEZ S ALINER O , R., «Los judí os y la gr an propie dad en l a Hispa nia
tardoantigua : el reflejo de una realidad en la Passio M antii », Gerión , 16, 1998, p ágs. 437-450.
64 Vid. G ARCÍA I GLESIAS , L., «Mo tivacion es de la política antijud ía del reino visigodo en el siglo VII »,
Memorias de Histori a Antigua , 1, 1977, págs. 257-268; Los judí os en... , págs. 183-198. C ORDERO
N AVARRO , C., op. cit., págs. 30-37. S ubray amos t ambi én la pro puesta d e G ARCÍA M ORENO , L. A., «La
legislación an tijudía del reino visigodo de Toledo. Un ensayo sociopolítico», Miscelánea de Estudi os
Árabes y Hebraicos , 42/2, 1993, pá gs. 37-4 9 y, más conc retam e nte, 47-4 9, entr oncando dicho
ordenam iento con la inte nción entre l os diri gentes de fracturar, e n bene ficio pro pio, las redes de
solidaridad ve rticales y jerarquizadas que recorrían internamen te las colectividades mosaicas. Insistiendo
en la t rascende ncia de est e ti po de a grupam iento en el período g odo, véase del mism o autor: «Las ju derías
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
54
al norte 85 ; de otro, el avan ce militar d e los cristian os hacia el sur, adueñándose de villas
con significativas juderías, co mo Toledo (1085) o Zaragoza (1118) 86 .
Impelidos a albergar grupos judaic os, que progresaban cuantitativa y
cualitativamente, los po bladores cristianos, de esta m anera, comenzaron con ellos una
peculiar andadura, particularizada por la inelud ible cercanía con la cual unos y otros
transitaron en ese nuevo tramo del decurs o histórico. Una vecindad, cabría puntualizar,
complicada y que, según las épocas, propendi ó a una sosegada fam iliaridad o, en
cambio, a una tensa fricción. A este respecto, secundam os la clasificación en dos etapas
de la coexistencia jud eocristiana hispano-m edieval efectuada por Julio Valdeón
Baruque. El profesor medievalista distingu e un intervalo inicial, caracterizado por la
cordial avenencia entre am bas colectividades (siglos XI / XII - XIII ), de otro en el cu al ese
diálogo se enrareció hasta el súmmum, abocando a una furibunda pugna (siglos XIV y
XV ) 87 .
Sin duda, la promulgación de ley es tuitiv as, principalmente desde la realeza,
resultó esencial en la conform ación del cicl o favorable. Hemos hablado antes del apoyo
regio y señorial a los hebreos, un auxilio, en realidad, sin ningún ápice de altruismo. El
poder, la sociedad, aún em brionaria, los requería en los qu ehaceres administrativos,
científicos y técnicos, donde ostentaban una lo able pericia –en parte, por su experiencia
previa con los musulmanes y en un espacio, ahora bajo som etimiento cristiano, que ya
conocían–, además de solicitarlos com o ab astecedores de m oneda, extremadamente
necesaria y que varios poseían en cantida d, o como repobladores p ara consolidar
exitosam ente los embates al Is lam 88 . Podem os aducir también la influencia de la sublime
85 Las migraciones desde al-An dalus en absolu to cons tituían una nov edad; es más, en conexión con la
desaparició n de la com unidad he brea de Córd oba, en ple na agonía del Cali fato, acontec ió la prim era gran
huida hacia el septentrión penins ular, d onde se refugi arían n o mucho de spués algunas de las víct imas de
determ inados e pisodios virule ntos q ue conv ulsionar on la c otidia nidad de diversas taifas. No obsta nte, fue
con la intransigen cia religiosa de los imperios norteafricanos cu ando ese éxodo ganó auténtica poten cia.
86 V ALDEÓN B ARUQUE , J., «Los judíos e n…», pá g. 44. Se encontra rá un elenc o –e nriqueci do con
pertinentes comen tarios– de las ju derías e xistentes e n los sigl os XII - XIII en: V ALDEÓN BA RUQUE , J.,
Judíos y c onversos… , págs. 28-33 (centrada en la coron a de Castilla). L ACAVE , J. L., S efarad , cultura s… ,
pág. 27.
87 V ALDEÓN B ARUQUE , J., «Los judíos e n…», pá g. 45; Judíos y c onversos… , págs. 25- 46 y 47-129.
88 En alguna ocasión colab oraron en las operaciones b élicas contra los ismaelitas, a pesar de estar
excusados del deber castre nse, acaso en reciprocidad con el padrinazgo del c ual disfrutaban. En l a
malogra da –para los cri stiano s– batalla de Sagra jas (1096) pelearon m iliciano s mosaicos junto a Alfo nso
VI, riva lizando, incluso, con co rreligion arios qu e cooper aban con el contend iente almoráv ide. Asimismo,
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
55
civilización árabe, la cual, como prestigioso paradigma, impulsaba a demandar
consejeros y ayudantes educados en esa cu ltura, siendo los judíos quienes más se
beneficiaron de ello, habida cuenta de que los mandatari os cristianos m aliciaban tanto
de los sarracenos, con sus inhe rentes intereses nacionales y religio sos, cuanto de sus
hermanos de fe, am biciosos políticamente y preparados para re belarse contra su
superior si procedía 89 .
El soberano trababa con la grey de Mois és un vínculo patrimonial-vasallático, por
el cual sus m iembros conseguían u na seri e de garantías –solo las que aquel deseara
asignarles–, único ava l de su estabilid ad en un medio en princ ipio hostil 90 . Como
contraprestación, los judíos juraban lealtad y subordinación a una voluntad extrínseca a
sus personas, la del monarca o el señor 91 . Se erigía una ligazón sui generis , a caballo
entre la libertad y la servidumbre 92 , materializad a, no pocas veces , en la realización por
hebreos de eminentes m enesteres polític o-administrativos, económ ico-financieros y
científico-culturales 93 . La nóm ina es bastante exte nsa: Yosef ibn Ferrrusel (o Cidello),
se cree que lu charon en Uclés (1 108), aunque no está confirmado . V ALLECILLO Á VILA , M., op. cit. , págs.
44 y 47 . Muy posiblemente, como gratificació n a sus in terven ciones militares o de otra clase se les hizo
adjudicat arios de l os repa rtimie ntos diseña dos tra s la funda ción o a pode rami ento de una localidad.
89 B AER , Y., op. cit. , pág. 4 8.
90 Si en la protección regia resi día la fuerza y resistencia mosaica, tam bié n de ella brotaba su fra gilidad: la
volubilid ad de esa dependencia –ante determin adas coyunturas el princeps no lograba asegurar su tutela –
podía deja rlos i ndefensos .
91 De la m ism a forma, a est a sumi sión se veía n estim ulados po r las recom endaciones de Jerem ías:
«Procura d el bien de la ciudad a don de os he deporta do y ora d por ella a Yahveh, p orque su bien será el
vuestro» ( Jeremías , 29, 7). U BIETA , J. A. (dir.), op. cit. , pág. 1111. Cfr. B ANGO T ORVISO , I. G. , «Judíos,
moros y cristianos bajo la autoridad del rey», en M UÑOZ P ÁRRAGA , M. ª DEL C. (coord.), Memor ia de
Sefarad , Sociedad Estatal para la A cción Cultural Exter ior, Madr id, 2002, pág. 259. La ben evolencia –no
gratuita– h acia los sefarditas, sobre todo mientras con tinuó en curso la Conquista y urgía recurrir a ellos,
embarazó las perennes tentativas de la Ig lesia cris tiana p or menosca bar el ju daísm o, empeño q ue se había
reanudado co n veheme ncia desde finales del siglo XI y después de un paré ntesis de postergaci ón a raíz del
dominio islá mico, cuando la prop ia superviven cia de la institució n era una pr ioridad. S IMONSOHN , S., «La
Iglesia y los judíos en la España cristiana», en I Congr eso Int ernacional «Enc uentro de las Tres
Culturas» , Ayunt amie nto de Toledo, 19 83, pág. 7 0. Una vi sión concisa a cerca del estatus he braico en la
legislación eclesiástica en: G ARCÍA Y G ARCÍA , A., «Judíos y moros en el orden amiento canónico
medieval», en Actas del II Congreso Internacion al «Encuentro de la s Tres Culturas» , Ayuntamiento de
Toledo, 1985 , págs. 167- 181. R OMAN O , D., «Marco jurídico de la minoría ju día en la co rona de Castilla
de 1214 a 13 50. (Síntesis y p ropuestas de trab ajo)», en Actas del II Cong reso Interna cional «Encu entro
de las Tres Culturas » , Ay untam iento de Tole do, 198 5, págs. 264- 267 y 2 83-288.
92 No por casuali dad leem os en la docum entación las ex presiones mi s judíos , los judíos so n cosa mía o los
apelativos hombres / siervos del rey , con que se apunta a un preciso tipo relacional, cuya ba sa teológica
estribaba en una tesi s de San Ag ustín de Hipona, c onforme a la cual aquellos quedaban condenados a una
eterna subyugación cristiana. K RIEGEL , M., Les juifs à la fin du Moyen Age dans l’Eu rope
méditerr anéenne , Hachette, París, 1979, págs. 13-19 (y más particularmente 16-18).
93 Las cortes de Alfonso X el Sab io y de Jaime I presen ciaron especialmente esta concurren cia israelita.
V ALDEÓN B ARUQUE , J., «Los judíos en …», pág. 46. H INOJOSA M ONTALVO , J., op. cit. , pág. 27.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
56
R. Seset Benveniste, Yehudá ibn Ezra, Yose f ibn Sosán, Selomó ibn Sadoc (o Zulem a)
y su hijo Ishac ibn Sadoc (o Zag de la Maleha), Todros Haleví Abulafia, Abraham el
Barchilón, Yehudá de la Caballería, Yose f y Mosé Ravaya, Yehudá ben Mosé, Ishac
ben Sayyid, etc. Desde sus aven tajados puestos, con propicias derivaciones en la esfera
mayoritaria y en el seno de su com unidad –como remuneración a sus servicios, el rey
los recompensaba con heredades e inmueble s urbanos, dispensas fiscales, indemnidad
frente a oficiales locales y jueces ordinari os, relevación de la jurisdicción de sus
correspondientes aljamas, derecho a percibir gratis y diariam ente carne de la carnicería
judía…–, estos magnates intercedieron en fa vor de los de su pueblo, si bien el
desempeño de sus funciones entrañó de cua ndo en cuando la ejecución de fastidiosas
medidas para el com ún de los habitantes, fuera cual fuera su credo 94 . Por otro lado, no
siempre la confraternidad, el respaldo a los suyos, guió la conducta de esos cortesanos,
quienes, sumergidos en una progresiva dege neración m oral y seducidos por el modo de
vida de la aristocracia cristi ana, iban apartándose de sus prístinas usanzas y tradiciones,
engendrando lógicos descontentos entre los judíos de estratos inferiores 95 .
Obviamente, el alto rendim iento de los judíos –tam bién se les gravaba con
tributos (específicos para ello s o aplicables al conjunto de la socied ad), m ás lucrativos,
por insoslayables, que los desembolsados por la mayoría de cris tiano s– invitaba a reyes
y señores a acatar y responder con puntualida d a su comp romiso preservador con ellos 96 .
La Carta inter Christianos et Judaeos , aprobada por Alfonso VI en 1090, o los fueros
de Sepúlveda, Cuenca o Astudillo, ilustran con diafanidad el afable tratamiento
otorgado a los sefarditas, tendente a e quipararlos a los fieles de Jesús 97 . Por ello, se
comprende con facilidad que esa política de tuición desem bocara en un destacado aflujo
al área cristiana de hebreos, proveni entes tanto de al-Andalus, donde, según
señalábamos, sus condiciones de seguridad decrecían sensiblem ente desde la invasión
94 L ACAVE , J. L., Sefarad, cu lturas… , pág. 22. B ANGO T ORVISO , I. G., «Judíos, moros…», págs. 26 2-263.
95 B EINART , H., Los judí os en… , págs. 1 19-1 21. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., Judíos español es… , pá g. 95.
96 S UÁREZ F ERNÁNDE Z , L., supra , pág. 21. V ALDEÓN B ARUQUE , J., Judíos y converso s… , pág. 36. B EL
B RAVO , M. ª A., op. cit. , pág. 150.
97 V ALDEÓN B ARUQUE , J., supra , págs. 24 y 34 -35. So bre el régim en hebraico en la norm ativa foral,
consúltese: S UÁREZ B ILBAO , F., El fuer o judieg o en la Espa ña cristi ana. Las f uentes j urídicas. Sigl os V-
XV , Dykinso n, Madri d, 2000, págs. 55-8 2. L EÓN T ELLO , P., «Disposici ones sobre judíos en los f ueros de
Castilla y León», Sefarad , 4 6/1-2, 1986 , págs. 279 -293. Los te xtos de los dive rsos fue ros se hallan
compilados en: M UÑO Z Y R OMERO , T. (ed.), Colección de fueros municipales y cartas pueblas de los
reinos de Ca stilla, León, corona de Aragón y Navarra , Atlas, Madrid, 197 2 (facsímil de la edición de
Madrid, Imprent a de do n José M aría Al onso, 1 847).
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
57
almorávide, com o de varias regiones de Europa, espoleada por un frenético torbellino
de fustigación a lo mosaico, que arrancó con la predicación en el Concilio de Clerm ont
de la Primera Cruzada, en 1095, y que crista lizaría en el estallido de airadas turbas
contra la minoría, en matanzas y saqueos, en la redacción de esta tutos lesivos, en un
reavivamiento de la polém ica doctrin al e, incluso , en deportaciones 98 . La propagación a
España de aquel hervidero de delirio antise mita todavía se retr asaría por unos años.
Mientras, parte de nuestra Península ofreció una singular estam pa en la paisajística
predominante: aplacado refugio, m as no libre de riesgos , numerosos judíos se acogieron
en ese ínterin al patrocinio de m onarcas o señores, ya fuesen eclesiásticos, nobles u
órdenes militares 99 .
Durante la Edad Media, los israelitas vivieron interagr upados en juderías, barrios
generalmente urbanos, separados de los cris tianos y en ocasiones cercados por m uros
con puertas. Así se preceptuó en distinto s mom entos, realzando la predisposición
natural y voluntaria de estos individuos a c ohesionarse por su afinid ad étnico-religiosa.
Ahora bien, hasta finales del siglo XIV o principios del XV este apartamiento –
discrecional o impuesto– no se transform ó en una obligación legal respetada con
estrictez –al tiempo que se radicalizaban lo s obstáculos al acceso de cristianos a las
juderías–, aunque nunca faltaron caso s de transgresión de la norma 100 .
La zona de residencia hebraica podía dife rir perceptiblemente en cada núcleo de
población: las había de minúsculo tam año, estr ucturadas en una sola calle, m ientras
98 M ITRE , E., Judaísmo y Crist ianismo. Raíces de un gran conflicto histórico , Istm o, Madrid , 1980, págs.
173-181. S UÁREZ F ER NÁNDEZ , L., Judíos es pañoles… , pá g. 63.
99 No se detecta n diferenci as sustan ciales entre aquellos grupos sujeto s al realengo y los supeditados al
señorío, cuy a situación se m ostró sem ejantem ente favore cedora, quizá debido a la repro ducción e n los
dominios señoriales de la organización re gia y a que la depende ncia hacia el señor no anulaba el s uprem o
vasalla je c o n e l r e y . B ECEIRO P ITA , I., «La vinculaci ón de l os judí os a los p oderes señoria les castell anos
(siglos XII - XV )», en B ARROS , C. (e d.), Xudeus e convers os na Hi storia. A ctas do C ongreso Int ernaci onal.
Sociedade e I nquisici ón , vol. II , Deputacio n Ourense -La Editorial De La Histori a, Ourense- Santiago de
Compostela, 1994, pág. 95. L EÓN T ELLO , P., «Judíos de Toledo en t ierras de señorí o», en C ARRETE
PA RRONDO , C. (ed.), Act as del III Congres o Internaci onal «E ncuentro de las Tres Culturas» ,
Universi dad de Tel-Aviv -Ayunta miento de Tol edo, Toledo , 1988, pá g. 78. M UÑOZ J I MÉNEZ , I., «Juderías
de realengo y juderías de se ñorío: la juderí a de Calata yud», en L ÓPEZ Á LVAREZ , A. M. ª e I ZQUIER DO
B ENITO , R. (c oords.), Juderías y sinagoga s de la Sef arad medi eval. E n memoria de José Luis Lacave
Riaño. XI Curso de Cultura Hisp anojudía y Se fardí de la Universidad d e Castilla-La Man cha ,
Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca, 2003, págs. 159-160.
100 B ANGO G ARCÍA , C., «Un barrio de l a ciudad: la juderí a», en M UÑOZ P ÁRRAGA , M. ª DEL C. (coord.),
Memoria de Sef arad , Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, págs. 63-65 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
58
otras despuntaron por su amplitud o por una engorrosa elevada densidad demográfica –
resultante de inmigraciones o de un increm ento en la natalidad–, que se resolvía
mediante el levantam iento de un nuevo ba rrio en otro paraje más o m enos cercano 101 .
Ateniéndonos a su lo calización, también acusa n dis imilitu des, al emplazarse en sitios
dispares, como los aledaños –y aun el interi or– del castillo-fortaleza del sobe rano, el
casco viejo de la urbe o su periferia, ubicaci ones por lo co mún aparejadas al tem ple de
la política ensayada con la minoría, o s ea, según primara en ella una intención
protectora o segregacionista 102 .
Pese a la variabilidad, estos guetos participaban de un determ inado sistema
organizativo, el cual, en úl tima instancia, no era sino la proyección tangible de un
colectivo social –el judío– sobre el encl ave donde moraba y que, por tanto, debía
modelar con arreglo a sus necesidades e in teres es materiales y espiritua les 103 .
Habitualmente, la judería estab a articulada en torno a una o diversas vías principales, de
las que se bifurcaban descuidadas calle juelas angostas, de trazad o sinuoso, con
abundantes recodos e incluso carentes de salida, conformando un anárquico
aglomerado , el cual, por otro lado, en nada discordaba de la red viaria de aquellos
sectores de habitación cristiana o islám ica. A veces, en el abigarrado entram ado de
callejones, se abría, además, una plaza de la judería o de la sinagoga 104 .
La mayorí a de la s uperficie construida funcionaba c omo áre a re sidenci al, alojando
las viviendas de las diferentes familias, or dinariam ente una por casa, que poseían como
titulares o inquilinos. No obstante, el usufruct o de la finca solía compartirs e, porque con
frecuencia los dueños alquilaban sus habitáculos, en especial la planta baja para tareas
101 En algunos lugar es, la existencia d e dos juderías derivó del cumplimiento de ciertas leyes en caminadas
a mudar l os hogares judi egos a distantes perí metros, ai slándolos de la cristi andad. L ACAVE , J. L., Juderí as
y sinagogas españo las , Mapfre, Madrid, 1992, pá gs. 12-13.
102 Ibidem .
103 La impronta de lo religioso será caracter ística en esta configuración, dadas las pautas teocéntricas a las
que se ceñía la so ciedad mosaica, dond e la di vinidad, sobrepasando el plano de la liturgia, inund aba
asimismo la co tidianidad y p rescribía el compor tami ento al cual tenían que ajustarse los fieles en
innumerables aspectos del día a día. Vid. I ZQUIERDO B ENIT O , R., «Espacio y sociedad en la Sefarad
medieval», en L ÓPEZ Á LVAREZ , A. M. ª e I ZQUIERDO B ENIT O , R. (coords.), Jud erías y sinago gas de la
Sefarad me die val. En me mor ia de José L uis Lacave Ria ño. XI C urso de Cultura Hispanoj udía y Sef ardí
de la Un iversidad d e Castilla -La Man cha , Universi dad de C astilla-La M ancha, Cuenca, 20 03, págs . 29-
32 y 52-53 .
104 L ACAVE , J. L., supra , pág. 13. B ANGO G ARCÍA , C., op. cit. , pág . 65.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
59
económicas. Desde un punto de vista arquitect ónico y com o el hebr aísmo no establecía
ningún canon al respecto, estas ed ificaciones no exhi bían cualidades di stintivas que las
alejaran de las cristianas, exceptuando, eso sí, un detalle en sus pu ertas, inconfundible
señal identif icativa de la grey y a la cual se a tribuían fac ulta des preservadoras. Nos
referimos a la mezuzá , una fina hendidura en el tercio superior de la jamba derecha,
donde era depositado un estuche con un pergamino enrollado, en el que se hallaban
escritos fragmentos de la or ación de profesión de fe o Semá . Por supuesto, la posición
social del grupo familiar tenía una plasm ación directa en el tipo de construcción, lo que
provocaría la formación, dentro de la judería, de conjuntos dom icili arios con niveles de
suntuosidad desemejantes 105 .
Aparte de estos núcleos de funcionalidad doméstica, el barrio j udío se dotaba de
una serie de instituciones com unales, cuyas prestaciones resultaban básicas para las
gentes de esa confesionalidad y el mantenim iento del m odo de vida que implicaba. No
todos estos edificios estaban en cada judería, pero sí lo s más representativos. Veamos
cuáles. Empecemos por los m ataderos y las carnicerías , indispensables para sus
prácticas religiosas, que exigía n un sacrificio cerem onial de lo s anim ales destinados a la
alimentació n. Ese degüello lo ejecutaba el matarife en el m atadero, una estancia
corrientemente des techada y situada, a ser po sible, en las afueras, con el objeto de
desviar los malos olores. La carne ya m anipulad a se vendía en la carn icería, provista de
cubierta y de varios puestos o tablas, las cuales habituaban a darse en arrendam iento 106 .
Otros de los inmuebles a com entar son los ba ños higiénico-lúdicos, de hondo arraigo en
el Medievo y que imitaban el m odelo romano-arábigo 107 , así com o los hornos, para la
cocción del pan del pueblo llano –los aca udalados contaban con uno privado–. Sin
embargo, no fue extraño que, sobre todo las comunidades de poca entidad y con una
105 I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit . , págs. 35-40. B ANGO G ARCÍA , C., op. cit. , pág. 66.
106 Las pescadería s no menudea ban en las j uderías, pues a unque en la di eta kaser , esto es, la legalm ente
apta para el consumo, sí figuraba el pe scado, más en concreto, aquellas variedades con aletas y escamas
que se desp ojaran fácil mente de l a piel, es tas no reque rían una preparación ritu al, por lo cual podían
adquirirse sin problemas en las tiend as cristianas. I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit. , págs. 42-43. M ORE NO
K OCH , Y., «La vida cotidiana de los judíos españoles e n la Edad Me dia» , en M UÑOZ P ÁRRAGA , M. ª DEL
C. (coord.), Memoria de Sef arad , Sociedad Estatal para la Acción Cu ltural Exterior, Madr id, 2002, págs.
84-85 .
107 Cuando el ba rrio hebreo no disponía de ellos, sus moradores acostumbraban a utilizar los abiertos en
otros emplazamientos de la ciudad, pero respetando las cláusulas estipuladas en las ordenanz as
municipales, inclinada s a evitar la coincide ncia en estas instalaciones de judí os y crist ianos, pa ra lo cual
les reserva ban determ inados d ías de us o exclusivo. I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit. , pág. 44.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
60
infraestructura deficitar ia, se sirvier an de los hornos cristianos o compraran las piezas
panificadas en ellos por sus oponentes relig iosos, al no precis ar una elaboración
específica, con connotaciones litúrgicas, el pan comido cotidianam ente por los
israelitas. Las circunstancias cambiaban cuando se trataba de la producción de pan
ácimo o massot con motivo de la Pascua o Pesah , conm emorando la liberación mosaica
de la férula egipcia; entonces, la impe rativa inhibición de cualquier contacto con
alimentos ferm entados mediante levadura forzaba a em plear solamente los hornos
judaicos, fabricándose unos provisi onales allí donde no los había 108 . Tam bién debemos
mencionar la alcaicería, un m ercado cerrado, de procedencia musulmana y regulado por
una reglamentación propia. Presente en aquell as juderías de relativa envergadura, su
aparición, no obstante, acaeció av anzados lo s años, de form a que, por lo general y
particularmente en las fases más antiguas, ba stan tes judíos frecuentaban las otras plazas
existentes en la urbe, donde, además, muchos de ellos trabajaban como tenderos, en
inmediata proxim idad con los minoristas cristianos 109 . Las tabernas, expendedoras de
vino kaser , es decir, procesado de acuerdo co n una receta precepti va, junto con la
cárcel, bajo competencia del tribunal rabíni co, y el castillo, de embrollado significado –
¿defensivo?; ¿simbólico-político?–, comple tan nuestra rápida ojeada a los ámbitos
público-profanos más señeros de ese vivaz microcosmos que conform aba el barrio
judío 110 .
Ahora bien, no podríamos terminar este recorrido sin dete nernos, si quiera
someramente, en otro agregado de edif icaciones com unitarias, varian tes de las
anteriores, cuyo manifiesto car ácter religioso, consecuencia de las actividades en ellas
desarrolladas, las impregnaba de un halo palpable de sacralidad, de una serena
circunspección a la que conduc ía el acercamiento a lo di vino. La sinagoga se alza,
indisputablemente, como el elem ento más emblem ático en este sentido, una casa de
rezos para los fieles, de instrucción y lectura de la Torá , que no necesitaba de una
108 Ibidem , pá g. 43. B ANGO G ARCÍA , C., op. cit. , pág. 70. Este rito proced e del relato bíblico alusivo a la
precipit ación con que Moisés y sus epígono s abandona ron Egipto, si n tiem po para que l a masa del pan
leudara. Cfr. L ÓPEZ Á LVAREZ , A. M. ª , «El judaí smo com o modo de vi da», en M UÑOZ P ÁRRAGA , M. ª DEL
C. (coord.), Memoria de Sef arad , Sociedad Estatal para la Acción Cu ltural Exterior, Madr id, 2002, págs.
171-172 . D ÍAZ -M AS , P., Los sefardíes. Historia, Lengua y Cultura , Riopiedras, Barcelona, 1986, págs.
40-43 .
109 B ANGO G ARCÍA , C., op. cit. , pág. 69.
110 I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit . , págs. 42 y 4 4-45.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
61
arquitectura predeterminada, m as el influjo de la praxis cultual en la distribuc ión del
espacio germinaría en un patrón a m enudo repetido en los distintos templos 111 . Según
esa ordenación, un patio o atrio, aprovechado as imismo para fines diversos –com o zona
de estudio, para colocar el calzado las jornadas de ayuno …–, hacía de um bral de la
sinagoga propiamente dicha, asiduam ente apre stada con tres puertas y varias ventanas
en altura, que no dejaban ver el interior para dif icultar que lo s orantes se d istrajeran po r
los acontecim ientos de fuera 112 .
Dentro, la nave central constaba de un estrado – bimah o tebá –, desde donde un
rabino o un varón de más trece años dirigía la oración y leía textos canónicos, delante de
un auditorio masculino acoplado en as ientos y engalanado con un solideo – kipá –, un
manto – tallit – y unas filacterias – tefilim – en la frente y en el brazo izquierdo p ara el
oficio matutino, el m ás solemne de los tres celebrados al cabo del día, excepto durante
el Shabbat y otras festiv idades 113 . Las mujeres, exim idas de intervenir activam ente en la
ceremonia sinagogal , acudían a ella en raras ocasione s y, de asistir, la seguían por
separado, apostadas casi siempr e en una galería de un piso superior, estrecha y apen as
iluminada 114 . A espaldas del entarimado para presidir el ritual, se elevaba una pared
orientada hacia Jerusalén, con un nic ho en el cual s e metía un arca – arón o hejal – que
custodiaba los rollos de la Ley – sefarim ; el Pentateuco , manuscrito– y sobre el cu al
pendía una lámpara que lo alum braba permanentem ente 115 .
111 Por otr o lado y a pesar de esa plantilla mo délica , así como de alguna s prescripciones em anadas del
poder d ominant e –com o luego i ndicarem os–, la a usenc ia, por super fluas, de directrices const ructivas
permitió la gestación d e sinagogas artísticamente diferentes entre sí, en concordancia con los estilos en
boga cua ndo fuero n levantad as. I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit. , pá g. 47.
112 Ibidem , págs. 47-48 .
113 D ÍAZ -M AS , P., supra , pág. 30. L ÓPEZ Á LVAREZ , A. M. ª , op. cit. , pág. 16 1. C OHN -S HERBOK , D.,
Judaísmo , Akal, Madri d, 2001, págs. 79-81. Los escaños o banca s de la sa la revel aban u na jerar quizació n
conforme a su ubicación en ella, de manera que el lu gar en el cual se sentaba el devoto, tras abona r un
importe por ese pu esto, era expresivo de su categ oría social. La ocup ación de los sitios próximos a la t ebá
–los má s apetecidos y tam bién los m ás caros– e nfren tó a fam i lias pudientes, enzarzadas e n riñas que
evidenciar on sus dese os patri moni alizadores so bre aquel los ba ncos. I ZQUIERDO B ENI TO , R., op. cit. , págs.
48-49 .
114 Entre los ask enazíes primó otra solución arq uitectónica, co nsistente en la aper tura de cámaras al fondo
de la nao principal y aislada s de ell a por un tabi que ligero y m ovible. Vid. C ANTERA M ONTENEGRO , E.,
«La mujer judía en la España medieval», Espacio, Tiem po y Forma, Serie III, Historia Medieval , 2, 1989,
págs. 47-48.
115 L ACAVE , J. L., Ju derías y… , pág. 13. I ZQUIERDO B ENIT O , R., op. cit. , pág. 48 . C OHN -S HERBOK , D.,
supra , pág. 78.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
62
La construcción de una sinagoga había de estar avalada por la previa y doble
anuencia del rey y de los obispos, aunque más de una vez ese beneplácito debió
esquivar ciertos óbices legale s cursados en momentos críticos, de extrem ismo, y que
vetaban la fundación o reforma de tem plos hebr aicos. No obstante tal aquiescen cia, las
autoridades impusieron límites con los que patentizar la inferiorid ad de aquellos
edificios y, por ende, del credo en nombre del cual se erigían: com únmente, im pedían
que excedieran en altitud y be lleza –externa– a las iglesi as cristianas. Por ello, y
salvando contados casos anómalos , presentaban reducidas dimensiones, una planta
cuadrada o rectangular y una fachada pobrem ente ornam entada e, incluso, tosca. La
decoración interna, sin embargo, pudo desplegarse sin ataduras , com o bien
comprobamos en Toledo y Córdoba 116 .
Considerando que el minyán o quórum imprescindible pa ra instaurar una sinagoga
se fijaba en solo diez judíos hom bres c on más de trece años, no sorprende que po cas
juderías –las escasamente pobladas– careciera n de ella, m ientras las muy concurridas
contuvieron varias, entre las cuales una lucía el rango de sinagoga mayor , cuya
preponderancia ratificaban su cé ntrica localización dentro del barrio y la solidez de su
arquitectura 117 .
De un modo u otro, aquel reci nto distó de ser únicamente el entorno físico para la
asamblea religiosa, pues tam bién, y quizá por esa particularidad, por actuar como
infalible punto de encuentro, constituyó el es cenario perfecto para ventilar infinidad de
cuestiones que concernían a la colectividad : investidura de dignidades, adopción de
normas y acuerdos, despacho de querellas…, conf igurándose como el eje vertebrador de
la vida cívica y espiritual judiega 118 .
116 L ACAVE , J. L., supra , págs. 13-14.
117 I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit . , pág. 4 6.
118 Ibidem , pág . 49. C ANTERA B URGOS , F., «La sina goga», en Simpos io «Tol edo Judaic o» , vol. I ,
Publicaciones del Centro Universitari o de Toledo-Uni versidad Com plutense, Ma drid, 1973, pág. 10. De
este autor sobresalen adem ás Sinago gas de Tole do, Segovi a y Córdob a , CSIC-Instituto «Benito Arias
Monta no», Ma drid, 1 973 y Si nagogas es pañolas , con especi al estudio de la de Córd oba y la tol edana de
El Tránsito , CSIC-Instituto «Ben ito Arias Montano», Madr id, 1984, famosa catalogación de los templos
sefardíes medievales.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
63
Relacionadas con la sinagoga por su rele vancia para la liturgia y para la
conservación del dogma, m erecen reseñars e otras dos dependencias frecuentem ente
adosadas a aquella, cuando no eran parte integ r al de la misma: la escuela, dedicada con
preferencia al adiestramiento religioso de los niños 119 , y los baños rituales – miqué –,
fundamentales en la purificación de las judías contaminadas –a causa de la
menstruación y el parto– o que hubieran de asegurar su lim pidez antes de la boda, pero
también par a depurar la vajilla y utensilio s usad os en la Pas cua o, si no, el instrum ental
destinado al sacrific io de los anim ales. Asimismo, se sometían a estas ablucion es el
apóstata que retornaba a la grey y, a veces, quienes sanaban de una grave enfermedad.
De igual manera, com o preludio a las conm emoraciones más trascendentes, se visitaban
estas bañeras, instaladas en las inmediaciones de un ma nantial y equipadas con una
adecuada red de canalización y evacuación de aguas 120 .
Por último, estaba el cem enterio, extram uros de la ciudad, aunque accesible desde
la judería, evitándose así que el fin ado y la comitiva fúnebre franquearan los barrios
cristianos. E l triple requisito que debía reunir el suelo –tierra virg en, en pendiente y en
dirección a Jerusalén– supuso el emplazamiento de algunos cam posantos en solares
apartados. Circundado, probablemente, por una ce rca con puerta que lo resguardaba del
área en derredor, ignoramos, sin embargo, cómo se organizaban en su interior las
lápidas que acogía, las cuales, en forma de túm ulo, identificaban al f allecido y
marcaban los linderos del enterram iento pa ra que este no fuera pisado y, por ello,
impurificado. Toda comunidad dispuso de, al m enos, un ceme nterio, en tanto que se
prohibía la incineración 121 .
La judería y sus organismos corres pondientes com ponían la aljama, unidad
jurídica equiparable al co ncejo, que aglutinaba al colectivo y lo reglab a internamente, en
119 Las niña s aprendían en el contex to del ho gar y de la mano de sus madr es las respon sabilidades
religiosas, m o rales y dom ésticas a afronta r, ya que el mosaísm o nunca fom entó la eru dición f eme nina en
el ámbito de la religió n. De ahí que la mujer velara por la observanci a de aquellos dict ámenes hebraic os
relativos a los asunt os de la casa –l avad o y purga de la carne, amasad o del pa n…– o q ue se le
encomenda ran m uchos de los pre parativos d e las celebracione s hoga reñas, com o la adafina –guis o para la
fiesta del sá bado y cocinado la víspe ra– y el encendido de los ca ndiles los viernes al atardecer. C ANTERA
M ONTENEGRO , E., op. cit. , págs. 4 8-49.
120 I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit. , págs. 50-51. B ANGO G ARCÍA , C., op. cit. , pág. 69 .
121 I ZQUIERDO B ENITO , R., op. cit. , págs. 51-52.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
70
municipales y las ecle siásticas eran las tercias, los diez mos y las primicias, los
portazgos, los montazgos, etcétera 140 .
Aunque, en principio, la fiscalidad judiega –ya fuera la invertida en el seno de la
grey como la que redundaba en beneficio de instancias políticas ajenas– discurría con
completa independencia y separadam ente de la cristiana, la documentación demuestra
cómo, en ciertos momentos, cristianos y j udíos cotizaron de m ancomún en el entorno
ciudadano, para sufragar obras en la localidad, por ejemplo. No obstante, únicam ente en
circunstancias extraordinarias se practicó una tr ibutación conjunta 141 .
Aquellas personas que por cuyas características vitales padecían un estatus de
relativo desvalimiento quedaban exoneradas del deber contributiv o: viudas, jóvenes
célibes, huérfanos menores de edad o que estuvi eran solteros y tuviesen una baja renta –
paliada gracias a la limosna–, quienes no co ntrolaran sus m iembros... A ellos se unían
los que, en virtud de determinadas franquicias con las cuales habían sido distinguidos,
participaban de esa excepcionalidad , desper tando un profundo malestar entre la m asa
pechera, obligada a responder a una mayor pres ión desde el erario, com o resultado de
una disminución en la cifra de contribuyent es y no en el im porte final a satisfacer 142 .
Por otra parte, las aljamas conocieron, alrededor del siglo XIII en adelante, la
aparición y paulatino perfeccionamiento de va rias formas de asociacion ismo, plasm adas
en la instauración de sociedades benéficas –de atención a pobres, enfermos, difuntos…–
o gremiales –com o las de zapateros o sastres– 143 .
De preferente vocación urbana, los hebreos desempeñaron tod a clase de
profesiones, con especial inci dencia las vinculadas a la ar tesanía y al comercio, m ucho
más desde que, a partir de las postrim erías de la decimotercera cen turia, diversas leyes
les impidieran poseer heredades, sin olvida rnos del crecim iento generalizado que iban
140 R UIZ G ÓMEZ , F., op. cit. , pág. 63. C ANTERA M ONTE NEGRO , E., Los j udíos en l a Edad M edia hispana ,
A-Z, Madr id, 1986, pá g. 61. M ORENO K OCH , Y., «Organización de las…», pág. 140. V ALDEÓN
B ARUQUE , J., Judíos y co nversos… , pá g. 36.
141 R UIZ G ÓMEZ , F., op. cit. , pá g. 63.
142 M ORENO K OCH , Y., «Organización de las…», págs . 140-141 ; «La vida cotidiana…», pág. 85.
143 R UIZ G ÓMEZ , F., op. cit. , pág. 59. L ACAVE , S efarad, cultura s… , pág. 29.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
71
experimentando las ciudades hispanas y la s repercusiones de es te hecho para la
economía. Hasta entonces y m ás en las fases prim igenias, bastantes sefarditas habían
vivido de la agricultura y la ganadería, si bien gradualmente su número m archó en
retroceso; es verdad que pers istieron propietarios de parcel as y ganados hasta el tiem po
de la expulsión, pero, desde luego, no eran el los quienes cultivaban sus tierras –viñas en
su mayoría– o criaban las reses. Caso dife rente lo representaban aquellos terrenos
contiguos al domicilio, explotados por los propios dueños con m iras al
autoabastecimiento, como suplem ento o subsid io de lo que les reportab a su actividad
económica principal 144 .
Por lo que respecta a las manufacturas, predom inaron en el sector tex til –
tejedores, sastres, jubeteros, tundidores, toqueros, arqueadores, perailes…–, así como en
el de los curtidos –pellejer os, zapateros, peleteros, talabarteros, pergamineros…–, m as
no debemos subestim ar su labor como herrero s, plateros, doradores, orfebres, joyeros,
encuadernadores, etc. Com o en la praxis cristiana, los menestrales m osaicos
formalizaron contratos de aprendizaje, a dest ajo o de sociedad, y con su diversificada
producción, la cual abarcaba desde artícu los básic os a ot ros suntuos os, ate ndier on las
demandas de una clientela igualm ente he terogénea, pues entre sus com pradores
figuraron gentes de las tres religion es y de las distintas capas s ociales 145 .
Su desenvoltura en las faenas m ercantiles, por otro lado, se enfocó esencialmente
hacia empresas de lim itada envergadura: humildes com erciantes-artesanos, tenderos o,
como mucho, m ercaderes cuyo radio de acción se extendía por las poblaciones
limítrofes. S in embargo, algunos, aunque menos, se arriesgaron con las transacciones
internacionales, atravesando las vigorosas rutas del tráfico com ercial como negociantes
de grueso, que podían aunar sus fuerzas mediante la entablación de compañías. Unos y
144 V ALDEÓN B ARUQUE , J., supra , pá g. 37. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., Judíos españ oles… , pá g. 102.
R OMANO , D., «Judíos hi spáni cos y el m undo r ural», Sef arad , 51/2 , 1991, págs . 353-36 7. B LASCO , A.,
«Trabajo y oci o en el m undo hispan ojudío», en M IRANDA G ARCÍA , F. (coord.), El le gado de l os judí os al
Occident e europe o. De los r einos hi spáni cos a l a mon arquí a español a. Cu artos E ncuentros Judaic os de
Tudela , Universi dad Pública d e Navarra-G obierno de Nava rra, 2002, pág. 106.
145 B LASCO , A., supra , pá gs. 107- 111. H INOJOSA M ONTALVO , J., op . cit. , pág. 39 ; «Artesanía y artesan os
judíos en el reino de Vale ncia dura nte la Eda d Media», en R OMERO , E. (ed.), Judaísmo hispa no. Estudi os
en memoria de José Luis Lac ave Riaño , vol. II , Junta de Castilla y León-Dipu tación Provincial de Burgos-
The Rich Foundatio n-CSIC, Madr id, 2002, págs. 629-6 48. V ALDEÓN BA RUQUE , J., Judíos y conversos … ,
pág. 37.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
72
otros trajinaron con m ercancías de natural eza y calidad disp ares –acaso con pred ilección
por los tejid os, las piele s y los alimentos– y, para lo s más ellos, estos tratos entrañ aron
una fuente de ganancias complementaria a las devengadas por su quehacer prim ordial 146 .
A pesar de la estampa propagada por los estereo tipos –aún no pl enamente
extinguidos– que proliferaron en la aguda crisis bajomedieval, solo unos pocos se
consagraron com o financieros, bien en el ám bito del préstamo monetario o en el del
arrendamiento y recaudación de impuestos 147 . La dedicación de los hebreos a las
operaciones crediticias supuso una auténtica especialidad de la grey, a raíz de la repulsa
de la Iglesia hacia la entrega de dinero a in terés entre cr istianos, una práctica tipificada
como pecado, pero im posible de erradicar ante la necesidad imperante de solicitar
adelantos de num erario. Es más, esta última circ unstancia –l a indispensabilid ad de los
créditos– explica también el fracaso de la normativa civil promulgada en contra de la
usura, la cual roza ría tasas porcentuales m uy altas –un 20 % anual en la corona de
Aragón y un 33 % en la de Castilla, al margen de la tendencia a cam uflar el verdadero
rédito en el capital pactado–, debido precisamente a la dificultad para amortizar las
sumas proporcionadas por la parvedad de metálico en circulac ión. Como en otras
ocupaciones, apreciamos aquí un horizon te plural, donde coexistieron potentados
acreedores, quienes socorrían con sus ingent es aportac iones a los jerarcas polític o-
religiosos, y sobre todo pres tamistas de inf erior reliev e, cubriendo las peticiones
pecuniarias, habitualmente discretas, de agri cu ltores y artesan os del lugar de residencia
y su contorno. Como deudores, se hallaban numerosos cristianos, algunos mudéjares y
146 H INOJOSA M ONTALV O , J., «Los judí os e n…», pá g. 40. B LASCO , A., op. cit. , pág. 1 14. L ACAVE , J. L.,
«Aspectos de la...», pág. 20. C ANTERA M ONTEN EGRO , E., «Los jud íos y el nego cio de la lana en las
diócesis de C alaho rra y Osm a a fines de la Edad Me dia», en R OMERO , E. (ed.), Juda ísmo h ispano.
Estudios e n memori a de J osé Luis Lacave Riaño , vol. II , Junta de Castilla y León-Diputació n Provincial
de Burgos-The Rich Fou ndation-CSI C, Madrid, 2002, págs. 617 -627.
147 Los escritos literarios fuer on un eficaz conducto de tra nsmisión de estos clichés conceptuales sobre l a
minoría , com o verificam os en: A RBÓS A YUSO , C., «Los judíos en la literatura medieval española (siglos
XIII - XIV ): los judí os y la economí a; protecciones y privilegios», en V IUDAS C AMAR ASA , A. (ed.), Actas de
las Jornadas de Estud ios Sefardíes , Universidad de Ext remadura -Institu to de Ciencias de la Educaci ón,
Cáceres, 1981, págs. 141-150; H ERMOSILLA Á LVAREZ , M. ª Á., «Referencias antise míticas en la literatu ra
popula r del Siglo de Or o», en V IUDAS C AMARASA , A. (ed.), Actas de las Jornad as de Est udios Sef ardíes ,
Universidad de Extrem adura-Institu to de Ciencias de la Educaci ón, Cáceres, 1981, págs. 161-168.
G LASER , E., «Referencias antisemíticas en l a literatura peninsu lar de la Edad de Oro», Nueva Revista de
Filologí a His pánic a , 8/1, 19 54, págs. 39- 62. M ARTÍN F ERNÁND EZ , M. ª I., «Referencias judaicas en la
poesía satírica de Quev edo», Anuario de Estudios Filoló gicos , 2, 1 979, págs . 121-1 46. Entre l os
historiadores de nue stro tiempo que se hicieron eco de tales ge neralizaciones arquetípicas –o de parte de
ellas–, vid. : C ASTRO , A., España en su hist oria. Crist ianos , moros y judí os , Crítica, Barcelona, 1983.
S ÁNCHEZ -A LBORNOZ , C., España. Un e nigma histórico , Edhasa, Barcelona, 1973, 2 vo ls.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
73
ningún judío, dado que el mosaísmo prohibía es tos contratos entre sus correligionarios.
En ocasiones, los prestadores se coaligab an en una especie asociación bancaria –a la
cual quizá se incorporaran, de manera clande stina, individuos de confesión cristiana– y
con bastante asiduidad no ej ercían esta sola profesión, porque no siem pre obtenían un
lucro suficiente, además de acarrear dem asiados riesgos como para que la economía
doméstica dependiera meram ente de ella 148 .
Sus andanzas en la gerencia de tributos result aron también florecientes y notables,
aunque alejadas de la intensidad inces antemente m onopolizadora que han propugnado
los estereotipos 149 . Sin du da, su destreza, su aptit ud para estas diligencias, no pasó
desapercibida a reyes, señores y hasta cabildos municipales y eclesiásticos, que
acudieron a ellos con probada persistencia, pe se a las reiteradas resolu ciones legales
coartando o vedando la participación de is raelitas en las funciones hacendísticas 150 . En
momentos de apuros económ icos o para es tar en disposición de competir con los
postulantes de m ás opulencia y ascendiente, se constituy eron com pañías temporales, de
duración finita –mientras se ef ectua ran los recaudos–, donde, sin em bargo,
prevalecieron los com portamientos insolid arios e individ ualistas, una ausencia casi
absoluta de camaradería que ju s tifica la riva lidad no ya de unas agrupaciones con otras,
sino de los socios entre sí 151 .
Fue a través de esta intervención juda ica en el patrimonio de la Iglesia y,
particularmente, en el regio –bien a modo de prestamistas o de colectores tributarios–
cómo varios integrantes de la m inoría logr aron nuevas responsabilidades económicas e,
148 L ACAVE , J. L., «Aspectos de la...», págs. 20-21. H INOJOSA M ONTALVO , J., «Los judí os en…», pá gs.
40-41 . C ARRASCO P ÉREZ , J., «Prestamist as judíos de T udela a fines del sigl o XIV (1382-138 3)»,
Miscelánea de Estudi os Árabes y Hebrai cos , 29/ 2, 198 0, págs. 87-141. R OMANO , D., «Prest adores judí os
en los estados hispánicos medievales», Est udios Mira ndeses , 8, 1988, págs . 117-126 (reimpreso en De
historia judía hispá nica , Publicacions de la Uni versitat de Barcelona, 1991, págs. 421-430).
149 Entibiando este ex orbitante pape l, cfr. : L ADERO Q UESADA , M. A. , «Los ju díos castella nos del si glo XV
en el arrenda miento de impuestos reales», Cuadernos de Historia. Anexos de la Revista Hispania , 6,
1975, pá gs. 417-4 39.
150 Asimismo, el propio sistem a recau datorio –según el cual los gravám en es salían a subast a y el licitador
en quien se remataba el arriendo anticipaba el montan te acorda do, para luego cobrarlo él por su cue nta
con una p ingüe rentabilidad – favorecía la actu ación en el mismo de cu alquiera con disponib ilidad de
líquido y cierto s devotos m osaicos l o poseían en abunda ncia.
151 De una u otra form a, hubo sociedades dominad as por el compadra je, con frec uencia frut o del
parentesco e ntre sus m iem bros. N IETO S ORIA , J. M., «Los judí os de Tole do en sus rela ciones fi nancieras
con la Monarquía y la Ig lesia (1252-1312) », Sefar ad , 41/2 y 42/1, 1981 y 1982 , págs. 309-312 y 90.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
74
incluso, en otras esferas de la administraci ón, convirtiéndose en personajes de influencia
fuera y dentro de sus respectivas comunidades. Entendemos, por esto, el ahínco y los
enfrentamientos por acceder y m antener es as atribuciones, así como por dar ancha
cabida en ellas a los parientes, a fin de perennizar al linaje en aquel estatus de
preeminencia. No obstante, la perm anencia de determinadas familias en com etidos
prominentes que, de hecho, se constató, vi no también auspiciada por la certidum bre
sentida entre príncipes y prelados de que e llo equivalía a un aval, a un signo inequívoco
de infalibilidad y acierto 152 .
Pero junto a las finanzas, otras sendas intr odujeron a los sefardit as en los círculos
cortesanos y de poder: el ejercicio de la medicina, el conocim iento del árabe –
valiosísimo instrumento para las m isiones diplomáticas–, o sus realizaciones en el
ámbito de la cultura, la ciencia y la intelectualidad. En un caso u otro, la confinidad
sostenida con las élites cristianas, sus ne xos con ellas, los configuró como selecta
aristocracia, adinerada, pujante e in struida, ubi cada en la cúspide de la pirámide en que
iba ordenándose la sociedad judeoespañola, expuesta a un proceso de estratif icación
marcadam ente acusado en las juderías de m ás entidad.
Militando asimismo en este patric iado, encontramos a aquellos con cargos
públicos de la aljama (políticos, adm inistra tivos, religiosos…), aunque insistimos en su
carácter minoritario : muy pocos alcanzaban e stas alturas y la m ayoría de judíos
trabajaron en modestos destinos, algunos de apenas estim a social, como tampoco
faltaron indigentes, desamparados, vaga bundos…, abocados a m alvivir en los
desesperanzadores límites de la m arginalidad.
Los inconvenientes anejos a la doc um entación conservada (exigüidad;
desperdigamiento cronológico-espacial; pre dominio de fuentes fiscales, confusas y
propensas a la ocultación de datos; etc.), han obligado a historiadores y demógrafos a
desistir de su pretensión de computar con exactitud a cuánto ascendía la población
hispanohebraica y a resignarse ante la única opción del tant eo o cálculo por
aproximación. A pesar de las desem ejanzas en tre las cantidades m anejadas, actualmente
152 Ibidem , pág. 89.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
75
los expertos desaprueban los hinchados recuentos ofrecidos años atrás, de cantándose, en
cambio, por otros m ás moderados, cuyas conc lusiones esbozan un colectivo que, para
los siglos XIII y XIV , rebasaría las 100 000 almas, hasta un tope máximo de 250 000 153 .
Aun conscientes de estas carencias en lo cuantitativo, sí podemos formular
brevemente una serie de rasgos definitori os del poblam iento mosaico en esta etapa.
Cabría resaltar, en primer l ugar, la suprem acía numérica de los sefardíe s (incluidos los
portugueses) en comparación con las com u nidades judiegas de los demás países
europeos. De otra parte, es de suponer que, por efecto del crecimiento dem ográfico
natural y de las inmigracione s procedentes de al-Andalus y E uropa, las proporciones de
la grey afincada en suelo peni nsular durante esta fase supera rían a las evaluadas para los
instantes inmediatos a la expulsión, cuando las muertes por calam idades, los pogromos,
el aumento de las cristianizaciones y las emigracion es provocadas por la crisis del
trescientos, habían de traducirse, forzosamen te, en una brusca reducción de la cifra de
habitantes hebreos. Por últim o, merece ser comentada la desigual dis tribución territorial
de la minoría, de tal suerte que obs ervamos diversas ciudades con nutridas
concentraciones judaicas –Toledo, Bar celona, Zaragoza, Valencia, Córdoba,
Granada…–, junto con otras casi desiertas 154 .
Caeríamos en un grave desatino si interpretáram os como una armoniosa cadencia
el paisaje judeohispán ico perfilado para estos siglos medievales. Ciertam ente, hubo una
legalidad benigna y una permisividad indulge nte hacia el credo de Moisés, acrecentada
por la familiaridad a que conducía la propia dinámica de la cotidianidad, d onde
cristianismo, islam ismo y judaísm o converg ían inevitablemente. Para Henry Kam en, «la
existencia de un marco multicultural produjo co mo resultado un extraordinario grado de
respeto mutuo» 155 , a diferencia de lo sucedi do en otras naciones europeas 156 . Ahora bien,
153 H INOJOSA M ONTA LVO , J., «Los ju díos en…» , págs. 34-35. L ACAVE , J. L., «Aspect os de la…» , págs.
14-15 . V ALDEÓN B ARUQUE , J., «Los judíos en…», pá g. 45.
154 H INOJOSA M ONTA LVO , J., «Los ju díos en…» , págs. 3 4-35. L ACAVE , J. L., «Aspect os de la.. .», págs .
14-15 .
155 K AMEN , H., La Inquisic ión españ ola. Una revisión hist óric a , RBA Coleccionables, Barcelona, 2005,
pág. 10.
156 Jaime Contreras asegura el ro l de intermediarios de los sefard itas entre dos mundos contrapuesto s, el
cristia no y el i slámi co, pero, « ante la im posible neut ralidad exig ida, encué ntr ase co n prob lemas e n uno y
otro lado». Vid. C ONTRERAS , J., «D omí nguez Orti z y la hi storiogra fía so bre judeoc onve rsos», Manuscrits ,
14, 1996, pá g. 74.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
76
esto no debe llevarnos a engaño: la convivencia de las tres culturas, o mejor, de las tres
religiones –como ha subrayado Mikel de Epalza 157 –, com pone una debatida im agen que,
aunque veraz y repetidamente m ostrada por los investigadores, no ha escapado a un
relativo idealismo , con el cual ha sido embellecida hasta hacer de ella una percepción,
creemos, dem asiado amable y, por eso, susceptib le de matizaciones 158 . Al judío
perpetuamente se le m iró con recelo y desde el nivel superior aparejado a la profesión
de fe hegemónica, la cristia na. Aquella relación no partía de la equidad, sino que se
fundaba en la inferioridad y supeditación de los hebreos, quienes eran tolerados en la
cristiandad bajo dos p rem isas elementales: a) com o remembranza de su condición de
estirpe deicida –para los cristianos, no podía bor rarse de la memoria colectiva el crimen
perpetrado por los judíos–; b) porque, como depositarios de la Escritura –la hebraica
veritas –, representaban el testimonio vivo de cómo las prom esas de Dios al pueblo de
Israel se habían cumplido en Jesucristo, se gún proclamaba la tesis agustiniana, luego
recogida por diversas disposic iones eclesiásticas –com o la Constitutio pro iuadeis , de
Inocencio III, en 1199–. Además, la consecuente y ejemplarizante proxim idad con los
cristianos, fomentó, entre estos, la esperanza de la convers ión de aquellos, a la cual
tarde o temprano se rendirían , inspirados por la verdad de Cristo, una circunstancia que
indicaba la provisionalidad de la situación jurídica m osaic a –el bautismo abrogaría su
ligadura con el soberano y los desem barazaría de su peculiar c autiverio 159 –.
Así, incluso el período genéricament e calificado por Valdeón Baruque de
tranquila cohabitación judeocristiana estuvo enturbiado por episó dicos ataques a
israelitas, ocurridos m uchas veces en momentos de inestabilidad política, como el
asesinato de, se presum e, sesenta judíos en Castrogeriz al fallece r Sancho III, en 1035;
el fenecimiento de otros tantos en Allari z (Orense), en 1047; el motín estallado en
Toledo, en agosto de 1108, tras la derrota de Uclés; el acometimiento contra las juderías
157 Aclara el autor que fue fundamental mente a través de lo religioso y lin güístico cómo se expresaron las
«subcul turas» del Mediev o hispano, ensombrecidas por la p rimacía de la cultura cristiana, a cu yo influjo
nada se sustr aía; en to das y cada una de las esferas de la vi da se esparci eron s us cauce s de
materialización. E PALZA , M. DE , «Histo ria medieval de la Pen ínsula: tres culturas o tres religiones», en I
Congreso Int ernaci onal «Enc uentro de las Tr es Culturas» , Ayuntamiento de Toledo , 1983, p ágs. 99 -104.
158 De ahí que algunos prefieran hablar de coexistencia . Cfr. R OMANO , D., «Coesistenza/convivenza tra
ebrei e cristiani ispanici», Sefarad , 55 /2, 1995, págs. 359-3 81.
159 Para Maurice Kri egel, en l a privació n de pode r de los judí os, en su inca pacitación para interferi r en la s
acciones del grupo dominante, consistía el criterio que señalaba esa su bordinación. K RIEGEL , M., op. cit . ,
pág. 14.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
77
de Castrogeriz, Cea, Carrión, Saldaña y del va lle de Anebra durante la guerra civil entre
doña Urraca y su esposo Alfonso I, en el primer cuarto del siglo XII ; o los tum ultos de
Monzón en la década de 1260, com o réplica a un mandato regio facultando a los fieles
judaicos para cobrar deudas. También se promulgaron por varios precep tos de
indiscutible voluntad antijudiega, com o la segregaci ón dictada en el Concilio de
Coyanza (1050), o la imposición de pagar el diezmo a la Iglesia sobre las tierras
compradas a cristianos, concertada en el Concilio de Gerona (1068) 160 . Además, pese al
benévolo tratamiento dispensado a la grey en la legislación f oral, asom aba en ella una
tenue «tensión racial o religiosa», como la denom ina José Luis Lacave, registrada, por
ejemplo, en la consideración de in sulto el llamar a alguien judío –fueros de Coria,
Cáceres y Usagre–; en las recias punici ones previstas para los casos de íntim a
convivencia cristianohebraica –fuero extenso de Sepúlv eda–; o en la utilización
separada de los baños públicos, reservando un os días para los cristianos y otros para
quienes no lo eran –fueros de Teruel -Albarracín y afines, Cuenca, Brihuega,
Sepúlveda– 161 .
La conjunción de diversos factores, pr oducto del devenir histórico, promovió, sin
embargo, la pausada aunque firm e conformaci ón de una nueva fase, donde el latente
encono hacia los de Moisés abandonó su letargo, para bullir con colérico furor y arro jar
a un hebraísmo lacerado de m uerte a su ir revocable extinción. Im peraron entonces los
mensajes execrativos, las exhortaciones al en ardecim iento, los disturbios más fogosos y
exaltados, rasgando irremisiblem ente una coexistenc ia que nunca había dejado de ser
quebradiza.
La Iglesia jugó un papel determinante en aquel fatal desencue ntro. Su intrínseca
aversión a lo mosaico se radicalizar ía notoriam ente a partir del siglo XIII , alimentada por
el espíritu cruzado –«visceralm ente antiislám ico y accesoriam ente antijudío» 162 –, por las
160 S UÁREZ F ERN ÁNDEZ , L., Judío s españoles… , págs. 49 y 65. G UTWIRTH , E., «Acerca de la teoría del
judío fel iz en el Mediev o», en S ÁENZ -B ADILLOS , Á. (ed.), Judíos entre ár abes y cristianos. Luces y
sombras de una convi vencia , El Almendro, Córdob a, 2000, pág. 114.
161 L ACAVE , J. L., Sefarad, c ult uras… , pá g. 21 . S UÁREZ B ILBAO , F., op. cit. , págs. 58-59. Atrayen tes
disertacio nes sobre l as barre ras le gales co n las cuales romper los ví nculos entre in divid uos de religion es
diferentes, concretam ente en el ámbito de la sexualidad, vi d. : N IRENBERG , D., Comunidades de viole ncia.
La persecució n de las minorías en la Edad Media , Península, Barcelona, 2001, págs. 183-2 36.
162 M ITRE , E., op. cit. , pá g. 184.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
78
tentativas r eform istas ensayadas en el se no de la institución eclesiástica y por la
profusión de herejías en Europa, coyunturas que acuciaban a la defensa d e la unicidad
del dogma y al robustecim iento de sus cimi entos m ás puros y esenciales. Las órdenes
mendicantes, m ayormente los dom inicos, resu ltaron vitales en la contención de la
heterodoxia. Según sus postulados teológico s, la aceptación de lo s hebreos dentro del
universo cristiano obedecía a razones llaname nte hum anitarias y siem pre abrigando el
deseo de que contrajeran el sacramento ba utism al, una aspiración a la cual debían
encarrilar sus esfuerzos y que requería, m ientras no fuera consumada, la total
incomunicación entre ambas confesiones 163 . Así pues, imbuidos de un aprem iante
comprom iso catequístico, desplegaron una enfática campaña de evangelización,
valiéndose de todos los resortes posibles, entre ellos, conseguir, con la ayuda del
pontífice, que se im pusiera la obligatorie dad de los israelitas de escuchar sus
sermones 164 .
La celebración de disputas doctrinales, donde rabinos y doctores cristianos
batallaban públicamente sobre los soportes científicos de sus respectivos credos,
contribuyó también al enfriam iento de las relaciones y a la intensificación de las
desavenencias. Por medio de una concienzuda sapiencia en las Sagradas Escrituras,
aquellos hombres pretendían c onvencer y argumentar a la a udiencia asistente sobre la
certitud de cada una de sus posturas, dinamizando e im primiendo viveza a las inertes
controversias teóricas, un espectáculo que asiduam ente se empapó de tintes virulentos y
hasta coactivos, a consecuencia de las ap eten cias de triun fo entre los contendientes.
Datadas ya en la época del obi spo Severo, en Menorca, estas justas adquirieron gran
ímpetu desde el doscientos, con hitos com o la organizada en Tortosa (1413-1414), a la
cual nos referirem os más adelante, o, anterior mente, en Barcelona ( 1263), en la cual se
enfrentaron el judeoconverso Pablo Cristia no y el insigne rabí Najmánides, sin un
desenlace satisfactorio para ninguno de los ba ndos: a pesar de la meritoria intervención
del líder hebraico, quien gozó, por merced real, de plena lib ertad de expresión, Jaim e I
tuvo que suspender la lid, ante la agresi vidad que iba tomando, es pecialm ente por el
163 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., Judío s españoles… , pág. 108. L ACAVE , J. L., supr a , pág. 25.
164 B ANGO T ORVISO , I. G., «Iglesia frente a...», págs. 357-358 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
79
fragor popular. No obstante, la simpatía del m onarca hacia Najmánides y otros
correligionarios que tr abajaban en su corte condiciona rían igualmente su decisión 165 .
Con la promulgación de distintas disposici ones la Iglesia prosi guió su política de
hostigamiento al m osaísmo. Varios cánones de l IV Concilio de Le trán (1215), de las
Decretales de Gregorio IX (1234) y de posteriores asambleas eclesiásticas, com o la de
Vienne (1311) 166 , Zamora (1312, publicándose sus re soluciones en 1313), Valladolid
(1322), Salamanca (1335)…, junto con determ inadas bulas y requerimientos papales a
los dignatarios civiles, instaban un a y otra vez a la discrim inación y al segregacionismo
judaico: constriñendo a los miembros de la m inoría a portar seña s distintivas en su
vestimenta o a abonar el diezm o sobre las posesiones que hubieran pertenecido a
cristianos; vetándoles el desempeño de la m e dicina y de cualquier puesto de poder sobre
los devotos de Jesucristo, así como la praxis de la usura con estos o testificar en su
contra en un juicio; reprimie ndo toda exteriorización de superioridad o de mero
desarrollo del judaísmo, conf orme a lo cual se prohibí a la construcción de nuevas
sinagogas y habían de recuperar su apariencia originaria las reform adas –al elevar su
altura, que jamás debía sobrepasar la de un templo cris tiano, o al m ejorar su estado y
ornamentación–; y, como es lógico, excusando los contactos entre personas de los dos
dogmas 167 . Si bien este acervo de leyes no podía sino influir en el corpus norm ativo
progresivamente delineado desd e los ámbitos seglar y reli gioso en su propósito de
controlar el problema judío, a m enudo estas prescripciones se ejecutaron con laxitud,
cuando no eran ignoradas, en especial, por los reyes.
El grueso poblacional no disentía en demasí a de la actitud de la Iglesia, y no solo
por la incidencia de esta en aquel, a través d e sus prédicas , los debates doctrinales, otras
empresas misionales e, inclus o, la propia legislación. Para las m asas cristianas, se
165 Ibidem , págs. 359-369 . L ACAVE , J. L., Sefarad, cu lturas… , p ág. 26.
166 Algún investigador ha sugerido la minim ización del componente antijudiego de est a confere ncia
ecuménica convoca da por Clemente V, algo que, e n su opinió n, ha si do exagera do por l a historio grafía.
Cfr. R OMANO , D., «Marco ju rídico…» , págs. 266-267.
167 Ibide m , págs. 264-267 y 283- 288. V ALDEÓN BA RUQUE , J., Judíos y conv ersos… , pá gs. 50 -51. S UÁREZ
B ILBAO , F., op. cit. , págs. 33- 43. M OXÓ Y O RTIZ DE V ILLAJOS , S. DE , «Los judíos cast ellanos en la pri mera
mit ad del siglo XIV », en Simposio «T oledo Judaic o» , vol. I , Publicacione s del Centro Universitario de
Toledo- Unive rsidad Com plutense, Madri d, 19 73, págs. 86-88. M ONSALVO A NTÓN , J. M. ª , Teoría y
evolución de un conflicto so cial. El antisemitismo en la corona de Castilla en la Baja Edad Media , Siglo
Veintiuno de E spaña E ditores, Madri d, 1985, págs. 150-15 8.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
86
reyes no quisieron desapropiarse de aquellos siervos suyos cuya colaboración,
inestimable en las tareas repobladoras, segu ían necesitando –particularmente en la
esfera económ ico-financiera–, lo que les oblig ó a lidiar con m ultitud de obstáculos
venidos de los círculos opuestos a esa c onducta de la realeza. Las revitalizad as
presiones que, desde el siglo XIV , procuraron abortar el filo judaísmo de los soberanos no
pudieron, sin embargo, frenar a estos, quienes , no obstante, hubieron de encarar más de
un vidrioso trance en su anhelo de ma ntener un sensato equilibrio en dicha
confrontación de fuerzas y de no concitar sediciones. A través de las ambivalentes
respuestas regias a las peticiones de las Cortes captamos con claridad ese tiento de los
príncipes, su premeditada contención al patro cinar a los sefa rditas, un valim iento, por
otro lado, nacido de la utilidad, no de una afectividad cariñosa, y que jamás anuló el
concepto peyorativo aplicado al mosaísmo desde la no rmativa y la doctr ina legal
emanada de la Corona 183 . Asim ismo, no es casual que las m ayores complicaciones para
la grey sucedieran en etapas de vaivenes políticos, de cris is y transició n en el poder,
cuando los adversarios de los judíos se afan aban en avanzar posiciones, aprovechando
la debilidad real.
El antijudaísmo se cebaba sobre las tierras de Castilla y Aragón. Casi sin tregua
por las frecu entes arremetidas del pu eblo bajo –m ás que por las de las capas a ltas de la
sociedad 184 –, aquel estruendo de odios y resentim ientos estuvo también propiciado por
los infaustos ejemplos llegados desde m ás a llá de las fronteras ibéricas: la condena
parisiense del Talmud a la hoguera (década de 1240); la expulsión judía de Inglaterra
183 De lo que nos cercioramos mediante la lectura de: S UÁREZ B ILBAO , F., op. cit. , págs. 82 -91 y ss .
R OMANO , D., «Marco jurí dico…», págs. 268-27 8; «Alf onso X y los…» , págs. 15 3-158 . M ON SALVO
A NTÓN , J. M. ª , supra , págs. 143 -150 y 158-16 3. M OXÓ Y O RTIZ DE V ILLAJO S , S. DE , op. cit. , págs. 81-85 .
C ARPENTER , D. E., Alfonso X and the jews: an edition of and commentary on «S iete Partidas» 7.24, «De
los judíos» , Univ ersity of Californ ia Press, Berkeley-Los Ange les-London, 198 6.
184 Al igual que la Monarquía, la rica nobleza y ot ros potentados, junto con el propio estam ento
eclesiásti co, acudie ron, aun e n los períodos de ha bitu al conflictividad y exec raci ón hacia los hebreos, a
los servicios de estos, coparticipand o ami gable mente unos y otros en dive rsas transacciones. El panorama
variaba con res pecto a la gent e de a pie: si en l os comi enzos la inquina ve rtida sobr e el colectivo m osaico
en general no entorpeci ó los ne xos pe rsonales e ntre indi viduos de lo s dos credos, con los a ños su
distanciamiento se volvería irreconciliable y atroz. Así se comprende que la co munidad de Zaragoza
pagara u n impuest o por el c ual se gara ntizara s u protecc ión, por que la l ey prohi bía a los devotos de
Moisés poseer armas, no pu diendo defe nderse de l os desenfre nos crist ianos, tan us uale s en los días de
fiestas religiosas, como la Semana Santa. Cfr. B LASCO M ARTÍNEZ , A., «Los judíos de la España m edieval:
su relación con m u sulman es y cristianos», en V ALDEÓN B ARUQU E , J. (ed.), Cristianos, mu sulmanes y
judíos en la España medieval. De la aceptación al rechazo , Á mbito-Fundación Duqu es de Soria,
Valladolid, 200 4, págs. 84-85 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
87
(1290); la decretada en Franci a (1306); la sublevación de los pastorellos (1320), antes
reseñada…, acaecim ientos los dos últimos con secuelas dire ctas en los reinos
aragoneses, dada su colindancia geográfica con el país galo 185 .
Pero el declive que se cernía sobre el sefardism o no era exclus ivamente
consecuencia de fenómenos externos a él, sino q ue aquella decadencia se vio agudizada
por las disensiones religioso- intelectuales, económ ico-sociales y políticas entabladas,
desde el siglo XIII , en las aljamas hispánic as. Bajo esta perspectiva , la dicotom ía
espiritual que, a raíz de las discusiones alrededor del pensamiento de Maim ónides, se
produjo entre racionalistas y místico-pietista s resultó fundam ental en el desapego y
divergencias entre las élites, a menudo si m patizantes del raciona lism o averroísta y
maimonidiano, y los estratos inferiores, qu ienes abogaban por el aferramiento a la
pureza de la fe y al cultivo del ascetism o, c on los cuales contrarres tar el relajamiento
dogmático-moral, el libertinaje y hasta el descreim iento preconizado por una abusiva
exégesis de las ideas del célebre pensador cordo bés 186 . Esa propensión al misticism o, a
una piedad depurada y a una obs ervancia estricta halló en la Cábala su m anifestación
más floreciente y reacia a aquellos movim ientos ensalzadores de la razón 187 .
Otros aspectos de índole más prosaica inte nsificaron las rivalida des en el seno de
la grey, particularmente entre el patricia do y el com ún de la población, molesto y
desazonado por el detestable pr oceder del primero. Si la exo n eración fiscal de este, su
185 Muchos de los de portad os en 1306 huy eron a Aragón, donde Jai me II le s dejó asenta rse lib rement e,
tras las prot estas de alg unos por la incomodi dad de los lugares que l es había ad judicado para vivir,
revocand o su m andato p rimigeni o que l os con streñía a re sidir dentro de l realengo . Este afl ujo m igratori o
increment ó la actividad de la Inquisi ción –en f uncionam iento desde 1238–, y a que entre los expat riados
arribaron conver sos con el propósito d e tornar a su pr imitiva confesión y, además, incumbía a la
jurisdicción inqu isitorial el procesami ento de los faut ores heret icum , en este caso, de los israelitas que
facilitaran a esos neófito s su reincorporación al hebraísmo. L ACAVE , J. L. , Sefa rad, cu lturas… , pág. 35.
R OTH , N., «Coexist encia y confro ntación de judíos y cristianos espa ñoles» , en S ÁENZ -B AD ILLO S , Á. (ed. ),
Judíos e ntre árabe s y cristian os. Luces y s ombras de una convivencia , E l Alm endro, Córdoba , 20 00, pág.
105.
186 Como oportunamente ind icó Haim Beinart, los ma gnates hicieron de la filosofía una «patente de
corso» para obr ar sin ninguna clase de restriccion es en la sociedad . B EINART , H., «La cont roversi a
maimonidian a y sus repe rcusione s en Castilla y Aragón», en Actas del I Congres o de Historia de
Andalucí a. Andal ucía Medie val , vol. I , Publicaciones del Monte de Piedad -Caja de Ahorros de Córdoba,
Córdoba, 197 8, pág. 211.
187 L ACAVE , J. L., Sefara d, culturas… , págs. 30- 31. V ALDEÓN B ARUQU E , J., Judíos y conversos… , pá gs.
39-40 y 52. B EINART , H., supra , págs. 207-213. Para conocer más en profun didad cómo entend ieron los
escritos bíblicos cada un a de estas tendencia s, vid. : S ÁENZ -B ADILLOS , Á. y T ARGARONA B ORRÁS , J., Los
judíos de Sefarad an te la Biblia. La interpretación de la Biblia en el Medievo , El Alm endro, Córdoba ,
1996, p ágs. 115 -ss.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
88
inmunidad jurídica y distintos privilegios de los cuales disfruta ba –normalmente como
retribución a sus prestaciones al monarca– irritaban por sí solos a la plebe, la
exacerbación se desbordaba al com probar có mo tales p reeminencias se extendían a los
descendientes de aquellos cortesanos 188 . La injusta distribu ción im positiva que algunos
de estos principales gestionaban en sus comunidades –siempre en provecho de los
suyos– y la nula representación de los no poderosos en los cargos directivos –
monopolizados por unas cuantas familias– empeoraban tod avía más las cosas. Como
reacción a ello, los estratos me dios emprendieron su peculiar com bate por intervenir en
el juego político, una meta en cuya c onsecución hubieron de cruzarse con las
pendencias entre los diversos clanes de la o ligarquía por am pliar sus prerrogativa s tanto
dentro como fuera de sus aljamas. De esta m anera, la cohesión grupal se tambaleaba sin
remedio 189 .
La crispación judeocrist iana tocaría su cenit en 1391, cuando explosionaron un
sinfín de sangrientas persecuciones, desatadas por la combinación de varios
acontecimientos que, en ese trasfondo de m áximo desabrimiento y ardor antim osaico,
funcionaron como detonantes de dichos tu m ultos. Nos referim os al fallecim iento, en
1390, de Juan I de Castilla –con el subsigui ente vacío político, dilatado por un tiempo,
mientras se preparaba u na regencia que suplie ra la minorida d del sucesor, Enrique III– y
de Pedro Gómez Barroso, arzobispo de Sevill a, ambos de tem peramento prudente, así
como a la actuación influyente desde entonces de Ferrán Martínez, arcediano de Écija y
provisor de la diócesis hispalense. Escudándos e en asiduas citas bíblicas, este clérigo
había comenzado, hacia 1378 y en un ambien te tan peliagudo como el que hemos
apuntado, una incendiaria labor de predicación fo calizada en contra de los hebreos, a la
vez que, en calidad de su condición de juez diocesano, se inmisc uía continuam ente en
los litigios donde estuvieran implicados m i embros de la m inoría, con el firme propósito
de perjudicarla. En agosto de 1378, Enrique II lo reconvin o por sus osadas injerencias
188 La oposición a estos judío s francos , como se les llamaba, sobresalió en la corona aragone sa. Sobre el
ejemplo zaragozano, léase: B LASCO , A., «Franq uicia perpe tua otorga da por la aljam a de Zaragoza a favor
de un matri monio judío en 1366 », en R OM ERO , E. (ed.), Judaísm o hispa no. Estudios e n mem oria de José
Luis Lacave Riaño , vol. II , Junta de Castilla y León-Diputación Provincial de Burgos-Th e Rich
Foundation- CSIC, Madrid, 2002, p ágs. 537-548, donde se recog e la insólita, a priori paradójica y, quizá,
única exe nción tri butaria d espac hada por l os diri gentes a ljami ales, una cesión a la qu e debier on verse
coaccionados desde la realeza.
189 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., Judío s españoles… , págs. 104- 106. L ACAVE , J. L., supra , págs. 29-31 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
89
en los pleitos, y algo después, en 1383, rein ando Juan I, este cen suró sus inflam adas
pláticas. Como aquellas reprimendas no amilana ron al eclesiástico –antes al contrario–,
Gómez Barroso no tuvo otra opción que la de negarle, en 1389, su papel de arengador y
su asistencia a juicios, destituyén dolo de sus responsabilid ades sacerdotales. Sin
embargo, la defunción del arz obispo y, repentinam ente, la del soberano tres meses m ás
tarde, sumado al nom bramiento de Martínez como adm inistrador interino de la diócesis
sevillana y como confesor de la madre del niño rey, pusieron el camino expedito a sus
mensajes 190 .
Tras el preludio inm ediato que constitu yeron los desm anes exhortados por el
arcediano desde los últimos días de 1390, sin ninguna rém ora ya capaz de malparar sus
designios 191 , la violencia prorrum pió definitivam ente a primeros de junio en Sevilla,
cuya opulenta y poblada judería fue derruid a. Muchos de sus ocupantes, quienes
rehusaban bautizarse, perecieron asesinados, pe ro los m ás prefirieron tomar las aguas de
Cristo. Varios de los templos hebraicos existe ntes en la urbe ardieron en llamas y otros
se transformaron en iglesias, a las cuales se donaron los bienes incautados, asimismo
repartidos entre los nobles favoritos de Su Majestad 192 . Con celeridad, las agresiones se
propagaron por el valle del Guadalquivir, la Meseta y la corona de Aragón,
reproduciéndose los actos de pillaje, el vanda lis mo, las muertes, las con versiones y las
fugas a sitios más o m enos lejanos donde hallar cobijo, aunque hubo diferencias
regionales. Si Andalucía, Cataluña y Vale ncia protagonizaron e normes destrozos, en
Extremadura, en la cual la coexisten c ia de cristianos y hebreos no había sido
problemática, apenas se ocasionaro n daños –la demarcación extrem eña pasó a ser una
190 V ALDEÓN B ARUQUE , J., Judíos y conversos… , págs. 7 5-77; « El siglo XV …», págs. 13 9-141. L ACAVE ,
J. L., Sefa rad, cultu ras… , pág. 40. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., supra , págs. 203 y 205-207 . B LÁZQUEZ
M IGUEL , J., op. cit. , pá gs. 22-23.
191 El 8 de di ciem bre el prel ado or denó al clero de su circunscripci ón la presta de molici ón de las
sinagogas habidas e n sus localidades, lo que se ejec utó en divers os enclaves (Écija, Alcalá de
Guadaira…), y desde los inicios d el año entrante se detectaron crecientes alg aradas en Sevilla, algunas
sofocadas con éxito por el al guacil m ayor, Alva r Pérez de Guzm án, su prim o el conde de Niebla, Juan
Alonso de Guzm án, junto c on los alcal des may ores de la ci udad, ag uijone ando ello, a ún má s, los díscol os
ánimos. V ALDEÓN B ARUQUE , J., Judíos y c onveros… , pág. 77. B LÁZQUEZ M IGUEL , J., op. cit. , pág. 23.
W OLFF , P., «The 1391 po grom in Spain. So cial crisis o r not?», Past and Present , 50, 1971 , págs. 4-18.
M ACKAY , A., «Popular movements and pogroms in fifteenth-century Castile», Past and Present , 55,
1972, p ágs. 33-67 .
192 B LÁZQUEZ M IGUEL , J., s upra , pág. 23. L ACAVE , J. L., Sefara d, cultur as… , pág. 40. M ITRE
F ERNÁNDEZ , E., «Los judí os y la corona de Ca stilla en el tránsit o al siglo XV », Cuadernos de Histori a.
Anexos de l a Revista Hi spania , 3, 1969, págs. 349-350 y 35 2-353.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
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especie de guarida judaica–, al igual que en determ inados puntos de Aragón –Zaragoza,
Tarazona, Montalbán–, o en Ga licia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra. De
modo sucinto, podemos afirm ar que los dist urbios iban templando su fogosidad
proporcionalmente a su extensión hacia el norte, en parte por que las autoridades
ganaban tiempo para diseñar medidas c on las cuales dom inar las agitaciones 193 . No
obstante, la represión por parte de los gobern antes frente a tales perturbaciones dejó que
desear, pues la impunidad fue la tónica de aq uel contexto en am bas Coronas, y más en
Castilla por el cambio de reinado. E l castigo de los culpables no resultaba nada sencillo,
al consistir en asaltos gene ralizados, consum ados por una caterva anónima , engrosada,
además, por ciertas personalidades ciudadana s y por frailes. Se establecieron multas
colectivas, m as pronto se consideró que las multitudinar ias cristian izaciones de judíos,
pese a derivar del terror y la intimidación, entrañaba, a fin de cuentas, una victoria. ¿Por
qué penalizar entonces a quienes las habían ind ucido? La ó ptica se modificaba en lo
relativo a los expolios perpetra dos, en tanto que significab an, en el fondo, una lesión
contra el patrimonio del rey. De cualquier m anera, bastantes inculpados lograron pactar
su perdón con aquel, entregá ndole un a cantidad pecuniaria en resarcim iento del agravio,
aunque desconocemos si ese dinero se abonó rigurosam ente 194 .
Como es obvio, el pernicioso corolario de la catástrofe afectó a m uchas parcelas
de la vida. Los exterm inios humanos m enguar on los efectivos demográficos, reforzando
la tendencia a la baja debida a las carestías alimentarias, las enfermedades, los choques
armados, otras aniquilaciones previas... 195 . Económ icamente, la panorámica aparecía
193 Indudablemente, la presencia de Juan I e n la cap ital zaragozana justo cuando eclosionaron las re vueltas
libró de la traged ia a las aljamas de la zon a –el monarca, de hecho, prorro gó allí su estadía con esa
intención–, mientras que la anarquía política castellan a dificultaba a la enflaquecida potestad regia
cumpli r un cometi do restringente y moderado r, y m enos en los lugares distanciados de la corte, c om o
Sevilla, epicentro de la v orágine. B LASCO M ARTÍNEZ , A., «El impact o de los ataques de 139 1 y del
adoctrinam iento de Tortosa en la sociedad judía ara gonesa», en G ONZÁLEZ J I MÉNEZ , M. (ed.), La
Península Ib érica en la Era de los Descubrimien tos (1391-1 492). Actas III Jornadas Hisp ano-
Portuguesas de Historia Medieval , vol . I , Junta de Andalucía-Universidad de Sev illa, 1997, págs. 264-
265. M ITRE F ERNÁNDEZ , E., supra , pág. 356.
194 D OMÍN GUEZ O RTIZ , A., Los judeoc onversos en la Es paña moder na , Mapf re, Madri d, 1993, pág. 13.
M ITRE F ERNÁ NDEZ , E., supra , pág. 35 6. L ACAVE , J. L., Sefarad, cultu ras… , pág. 41. B LASCO M ARTÍNEZ ,
A., «El impacto…», pág. 270.
195 Sin embargo de la inviabilidad a la hora de concretar el número de víctimas, investig aciones actuales
han descartado los recu entos basados en cifras astronóm icas e insistid o en la primacía cu antitativa de lo s
converso s, en virt ud de lo c ual no pocos a utores re puta n incorrect o el uso del vocabl o pogrom –ac uña do a
propósito de las m atanzas judiegas en la Rusia zarista– para designar estas trop elías: no vemos en ellas el
brío gen ocida que sí se co nstató en l os albores del siglo XX . Entre otros , cfr. : C ARRETE P ARRONDO , C.,
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
91
asimismo desoladora: descalabro de una artesanía y un comercio propulsados en su
mayoría por hebreos y pérdida de eficie ntes colaboradores adm inistrativos y
financieros. Las agrupaciones mosaicas fuer on reestructuradas. Unas, incluso siendo
muy añejas, se extinguieron para siempre. La s m ás relevantes se restauraron con el
respaldo real –y la perseverante negativa de los dignatarios m unicipales–, pero
empobrecidas y sin la brillantez de antaño. Po r último, algu nos de los qu e resistieron a
los crímenes se afin caron en modestas villas, aldeas rurales y señoríos 196 .
Espiritualmente, el pesim ismo y el abatimiento cundieron entre los sobrevivientes,
acentuándose posturas: la irreligiosidad de los g rupos más elevados, la cual condujo a
un porcentaje cada vez mayor a repudiar su fe; el m oralismo de otros, quienes
disparaban dardos envenenados contra los av erroístas; el m isticismo; y, singularm ente,
las esperanzas en to rno a la llegada del Me sías entre los m ás humildes, una constante de
la grey de Israel que reavivaba la palabr a de Moisés en m oment os de desaliento y
decepción. Conexionado con este auge de l mesian ismo, difundido también entre los
recién convertidos, aun vacilantes, prospera ron las salidas a Tierra Santa, cortadas
enseguida por los soberanos 197 .
Con todo, el desastre de 1391 ha de figurar como un hito en el periplo histórico
que estamos trazando, al alberg ar el germ en más cercano a los cristianos nuevos como
grupo propiamente dicho. Las m asivas conversi ones a raíz de estos funestos eventos
portaron consigo una escisión en dos de la minoría : los pr actican tes hebraicos, cuya
cuantía numérica iba decr eciendo, y los neófitos en el cristianismo, a los cuales el agua
bautismal le s abrió la puerta para be neficiarse de m anera plena de los derechos civiles.
«Los judíos de Castilla en la Baja Edad Media», en M AÍLLO S ALGADO , F. (ed.), Esp aña. Al-Andalus.
Sefarad: sí ntesis y nuev as perspect ivas , Uni versidad de Sal amanca, 1 990, pág. 14 6. R OMANO , D., «Judíos
hispánicos: coexist encia, t olerancia, ma rginación (1 391-149 2). De los albor otos a la expulsión» , en
G ONZÁLEZ J IMÉNEZ , M. (ed.), La Península Ibérica en l a Era de los Desc ubrimie ntos (139 1-14 92). Actas
III Jornad as Hispano-Po rtuguesa s de Historia Medieval , vol. I , Junta de Andalucí a-Unive rsidad de
Sevilla, 1997, p ágs. 32 y 34. B LASCO MA RTÍNEZ , A., supra , pág. 261. R OTH , N., op. cit. , p ágs. 109-110.
196 D OMÍNGUE Z O RTIZ , A., op. cit. , pág. 13. V ALDEÓN B ARUQUE , J., Judíos y convers os… , pá gs. 84 -85.
S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., Judío s españo les… , pág. 217.
197 B AER , Y., op. cit. , págs. 587-590. L ACAVE , J. L., Sefarad, cultur as… , pág. 42. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L. ,
supra , págs. 217-218. C ARRETE P ARRONDO , C., «Movimien tos mesiánicos en las jud erías de Castilla», en
Las tres cultura s en la corona de Castilla y los sefardíes. Actas de las Jornada s Sefardíes y del Seminario
de las Tres Culturas , Junta de Castilla y León, Valladolid , 1990, págs. 65-69 (inicialmen te publicado con
el título «Mesianismo e Inquisición en las juderías de Castilla la Nuev a», Helmántica , 95, 19 80, págs .
251-256 ). S ÁENZ -B ADILLOS , Á., «Milenaris mo y Cábala entre l os judí os hispa nos», en I GLESIA D UARTE ,
J. I. DE LA (coord.), Milenarismos y mile narist as en la Europa me dieval. IX Se mana de Est udios
Medievales , Gobierno de La Rio ja-Institu to de Est udios Rioj anos, Logroño, 1999 , págs. 201-202.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
92
En verdad, anteriormente a esta fecha se h a bían registrado cristi anizaciones que, según
las circunstancias y ante la progresiva languidez del mosaísm o, podían obedecer a un
sentido pathos religioso o estar más vi nculadas a las aspiraciones de llevar una vida
cómoda . Mencionemos, si no, al rabino Abner de Burgos –quien recibi ría el nom bre de
Alfonso de Valladolid–, o al financiero de Juan I Samuel Abrabanel –luego Juan
Sánchez de Sevilla–, por recordar un par de ejemplos notorios. Ahora, sin embargo, no
se trataba de casos individuales y aislados: una oleada de bautismos vino a henchir, de
golpe y con desmedida prodigalidad, el núm ero de adeptos cristianos, y la sinceridad d e
aquellos actos suscitaba una razonable desconfia nza, pues ¿no había sido el instinto de
supervivencia el m otor primordial qu e las había motivado? 198 .
El siglo XV prolongó los dictámenes y tropelías an tijud aicas, lo cual precipitaría el
ocaso del hebraísmo español. En efecto, no solo prosiguieron los as altos a juderías (en
Gerona, Murcia, Burgos…), de frecuencia interm itente, aunque acelerando su ritmo y
extensión en los años finales de la centu ria, sino tam bién la promulgación de una
normativa desfavorable, ya fuera a instanci a de las Cortes (Valladolid, 1405; Toledo,
1462 y 1480; Madrigal, 1476) o a través de las autoridades concejiles (Maqueda,
Murcia…), de la Monarquía o de la Iglesia 199 . Por lo que atañe a estas do s últimas, en
1408, los tutores de Juan II, doña Catalina de Lancaster y el infante don Fernando,
madre y tío del rey m enor, enviaron cartas a sus reinos proscrib iendo la dedicación de
los hebreos a tareas de arrendamiento y reca udo de tributos. No obs tante, su más férrea
ofensiva sucedió en 1412, con la aprobación por la viuda de Enrique III, a primeros de
enero en Valladolid, de las denominadas leyes de Ayllón , tras la entrevista celeb rada en
198 Un buen resumen de est os desórdenes en la s distintas regiones en B LÁZQUEZ M IGUE L , J., op. cit. , págs.
23-31. La hi storiog rafía ha abor dado el tem a con interé s, pero falta n monog rafías de con junto –l a de
Philippe Wolff es una de el las; vid. nota 19 1–, predom inando, e n cambio, las ci rcunscrit as a una de las
Coronas o las q ue adoptan un enfo que local. Sobre Castilla, d estacamos: M ITRE F ER NÁNDEZ , E., Los
judíos de Castilla en tiempo de Enriqu e III. El pogrom de 1391 , Universida d de Valladoli d, 199 4. En
cuanto a Arag ón: R IERA S ANS , J., «Los tum ultos cont ra las juderías de la coro na de Arag ón en 13 91»,
Cuadernos de Historia. A nexos de la Rev ista Hisp ania , 8, 1977, págs. 213-225 . Encontraremos un a
selección de los títulos centra dos en localidades específicas en: C ANTERA M ONTENEGR O , E., Los j udíos
en… , págs. 45-46. P or otro la do, los alterc ados co nforma n un ítem de insoslayabl e exam en dentro de
obras m ás amplias que ve rsen sobre el perí odo en que aque llos ocurri eron y /o sobre la hi storia de la grey.
A este res pecto, hem os de a gregar a l os trabajos gene rales señala dos: B AER , Y., op. cit. , págs. 531- 544.
M ONSALVO A NTÓN , J. M. ª , Teoría y evolució n… , pá gs. 245- 263. C on el obje tivo de ilust rar
documentalmente la materia, remitimos a l os textos tran scritos en el apénd ice de: V IDAL , C., España
frente a l os judíos : Sefar ad. Del profeta J onás a l a expul sión , La Es fera de los Li bros , Madrid, 2006,
págs. 263-276 (documentos 13 , 14 y 1 5).
199 B LÁZQUEZ M IGUEL , J, op. cit. , págs. 35-40.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
93
dicha villa segoviana entre los regentes y San Vicente Ferrer, quien a la sazón recorría
Castilla declamando sus evangelizadoras y persuasivas palabras y que en aquella
conferencia se erigió como portavoz de Bene dicto XIII. De acuerdo con el articulado de
esta pragmática, en la que subyacía el m odelo de unas or denanzas murcianas de 1411 –
y, según Amador de los Ríos, la voluntad de l judeoconverso Pablo de Santa María,
ferviente mentor del monarca cas tellano, junto con la de Ferrer 200 –, se pretendía asediar
a los judíos, hostigarlos hasta el extremo, para , así, en combinación con las campañas de
predicación, obligarlos a apostatar de su cre do. El ordenamiento, incluso en su versión
más suavizada expedi da en Cifuentes me ses después, rezum aba una severidad
incuestionable: d ecretaba la radical guetización de los sefarditas; les vetaba el
desempeño de infinidad de profesiones, la ostentación del título honorífico de don y los
contactos con sus vecinos cristianos; prescrib ía cóm o debían ataviarse, remarcando su
inferioridad; cercenaba la aut onomía judicial y fiscal de las aljam as..., etc. Ferrer, a su
regreso a Aragón, trabajó por la divulgación y ejecución de este estatuto, atinente, en
realidad, a mudéjares y a devotos mosaicos , pese a pivotar alrededor de los segundos 201 .
Si la reglamentación vallisoletana de 1412 acabó exportándose a las comarcas
aragonesas por el de Antequera, honrado ya c on la corona de Aragón como Fernando I,
en julio de 1415, su generalización a la cristiandad, aunque efímera, se consiguió
mediante la bula publicada, en m ayo de es e año y desde Valencia, por Benedicto XIII,
el discutido Papa Luna, cuyos trece punt os dimanaban de la regulación de doña
Catalina 202 .
Deteriorando m ás el clima de hostilid ad, proliferaban, como nunca antes, los
bulos oprobiosos, las fábulas injuriosas, que at ribuían a los hebreos m aldades siniestras:
sacrilegios, sobre todo profan ación de hostias, como en Segovia, en 1410; asesinatos
200 A MADOR DE LOS R ÍOS , J., op. cit. , pá g. 5 32.
201 V ALDEÓN B ARUQUE , J., Judí os y conversos… , págs. 88-89 . S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., Judíos
españoles… , págs. 224-226. M ONSALVO A NTÓN , J. M. ª , Teoría y evolución… , págs. 158-163. B AER , Y.,
op. cit. , págs. 594-596. A MADOR DE LOS R ÍOS , J., supr a , p ágs. 532- 538 y 965-9 70. S UÁREZ B ILBAO , F.,
op. cit. , págs. 110-113 . T ORRES F ONTES , J., «Moros, judíos y conversos en la regencia de don Fernand o de
Anteque ra», C uadernos d e Historia de Españ a , 31-32, 196 0, págs. 64- 69 y ss.
202 La destitución, al poco, del Pontífice acarreó la invalidación de sus resolu ciones. M ONSALVO A NTÓN ,
J. M. ª , supra , págs. 163-167. A MADOR DE L OS R ÍOS , J., op. cit. , págs. 538- 541 y 9 70-985 . V ENDRELL DE
M ILLÁS , F., «En torno a l a confi rmación real, en Aragón, de l a pra gmática de B enedi cto XIII» , Sef arad ,
20/2, 1 960, págs. 3 19-35 1.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
94
rituales, como en Palma de Mallorca, en 1435, donde, se decía, cuatro judíos habían
crucificado a un joven musulmán, o en Valla dolid, en 1452, siendo entonces la víctima
un niño cristiano; y crímenes de enferm os por sus médicos de confesión m osaica,
imputación que, entre otros, hubo de padecer Ma yr Alguadex, culpado de dar m uerte a
Enrique III. Sobra añadir la conturbación que esas supercherías y denuestos provocaban
en la influenciable plebe 203 .
Las múltiples barreras que pau latinam ente iban asfixiando al mosaísm o
empujaron a m uchos de sus fieles a retirarse a lo s parajes rurales m eseteños de Castilla,
en busca de paz y seguridad, activando una em igración que partía de 1391 y se sostuvo
durante el cuatrocientos. Los escasos qu e permanecieron en las ciudad es m ás
urbanizadas fueron objeto de un sistema de control espacial y económ ico-profesional
por parte del poder regio y municipal, m étodo del cual obtenían pingües
compensaciones, com o la aplicaci ón de un eficaz régimen im positivo 204 .
Sin embargo, el judaísm o todavía no es taba herido irremediablem ente. El
irregular, voluble y hasta i noperante cuadro legislativo pr oyectado hacia la minoría, así
como el patrocin io con que, en la medida pe rmitida por las circuns tancias, continu aron
arropándola los soberanos 205 , posibilitaron una postrera normalización de la vida judía,
no carente, incluso, de algunos momentos de prosperidad. En 1432 aconteció lo que se
ha calificad o de «último intento de reconstru cción» del hebraísm o castellano-leonés: las
Takkanoth de Valladolid, código salido de la ju nta que, bajo el liderazgo de Abraham
203 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., supra , págs. 240- 242. V ALDEÓN B ARUQUE , J., Judíos y c onversos… , pá g. 9 7.
Similares difamacion es se irían lanzand o también con tra los convertido s, resultando p aradigmática la
causa inquisitorial del Santo Niño de La Guardia . Vid. B
AER , Y., op. cit. , pág s. 829-849. B ANGO
T ORVISO , I. G., «Historia de una calum nia: El Santo Niñ o de La Guar dia», en M UÑOZ P ÁRRAGA , M. ª DEL
C. (coord.), Memoria de Sefarad , Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, pág.
419 y fichas c atal ográficas 257- 258, redact ad as por Jesú s Gaite Pastor (págs. 419-421 ). F ITA Y C OLOMÉ ,
F., «La verda d sobre el m artirio del Santo Niñ o de La Guardia, o sea el pr oceso y que ma (16 n oviembre ,
1491) del judí o Jucé Franco en Ávila », Boletín de la Re al Acad emia de l a Historia , 11, 1887, pá gs. 7-
134; «M emoria del Santo N iño de La Gu ardia, escri ta en 1544» , Boletí n de la Rea l Academia de la
Historia , 11, 1887, págs. 135-160. Las incongruencias del caso ha n lleva do a los especi alistas a concluir
que se trat ó, proba blem ente, de una provoc ación ma quinada por los in quisidores con la idea de caldear
más los ánimos y pre parar el terreno para una acentuación de la re presión cont ra judaizantes. Cfr. P ÉREZ ,
J., Los judí os en Es paña , Marcial Pons, Madrid, 2005, pág s. 185-186.
204 C ONTRERAS C ONTRERAS , J., «Hipótesis y reflexiones...», pág . 41.
205 A pesar de l as adversid ades, subsist ieron l os magnat es hebreos –en menor número, l ógicam ente–,
sobre todo financieros. Con viene advertir que la di sminución cuan titativa de la grey no se correspondió
con una depreciación cualitativa de ella, po rque, a grandes rasgos, persistió en su s faenas más típicas.
V ALDEÓN B ARUQUE , J., «Motivaciones socioeco nómi cas...», págs. 76-77.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
95
Benveniste – rab mayor y hombre de confianza de Ju an II–, congregó a los delegados de
las aljamas, sus rabino s y va rios sefarditas corte sanos 206 . Revisadas y ratificadas por el
rey, la finalidad de estas ordenanzas estrib aba en reorgani zar, sin anular por ello el
aparato preceptivo general –al que se amolda ba–, el gobierno interno de la com unidad –
desde cuestiones políticas, fiscales o judi ciales, hasta las religiosas, morales y
cotidianas–, con lo cua l se le confería independencia gu bernativa, pero com o parte
integrante del reino, aunque de otro credo. Para Suárez Fern ández, los nuevos atributos
legales de las aljamas eran reducidos al parangonarlos con los del siglo XIII , si bien en
ciertos aspectos se mostraron m ás flexibles y ef ectivos. La recupe ración estim ularía, a
su vez, un renacim iento intelectual, que dio lugar a enriquecedores debates
dogmáticos 207 .
La época fue también testigo de dos inic iativ as encarriladas a agotar el problem a
de estos disidentes: la Disputa de Tort osa (1413-1414) y las predicaciones de San
Vicente Ferrer (1350-1419). La primera res pondió a la convocatoria de una reunión por
el antipapa Benedicto XIII en su corte de Tortosa, con el pr opósito de que doctores
rabínicos y cristianos polemizaran en públic o sobre sus respectivas confesiones y de
fomentar, con el fracaso judaico, las cris tiani zaciones entre los seguidores de Moisés. El
converso Yehosu’a Halorquí –bautizado como Jerónim o de Santa Fe–, médico papal y,
quizá, promotor del encuentro –había conceb ido uno semejante, a escala local, para
luego trasladarlo a otras z onas–, encabezó el bando cristiano, mientras que diversos
rabinos defendieron la posici ón mosaica: Yosef Albo, Zera hya Haleví, Astruc Haleví,
Mosé Abenabez…, a quienes aco mpañaron dife rentes políticos y pensadores de las
aljamas aragonesas, adem ás de simple s curiosos. Concurrieron, igualmente,
espectadores cristianos, en nutrida proporci ón. Pese a las espléndidas argumentaciones
y réplicas hebraicas, la dial éctica se saldó con la derrota del mosaísmo, com o no podía
206 C ONTRERAS C ONTRERAS , J., supra , pág. 41.
207 V ALDEÓN B AR UQUE , J., supra , pág. 75; J udíos y co nversos… , págs. 90-91. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L.,
Judíos espa ñoles… , págs. 24 2-245; La ex pulsi ón de los judí os de España , Mapfre, Madrid, 1991, pág.
246. B AER , Y., op. cit. , págs. 698-708. S UÁREZ B ILBAO , F., op. cit. , págs. 1 26-131. Di sponem os de
distintas transcripcion es de este reglamento, cfr. : F ERNÁNDEZ Y G ONZÁLEZ , F. (ed.), Ordenamien to
formado p or los pr ocurador es de las aljamas hebreas pertenecie ntes al territori o de los est ados de
Castilla en la a samblea celeb rada en Valladolid el a ño 1432 , Imprent a de Fortanet , Madrid, 1 886.
M ORENO K OCH , Y., De iure hispano-he brai co. Las Taq qanot de V allado lid de 143 2, un estat uto comunal
renovador. Fon tes Iudaeo rum Regn i Castellae , vol. V , Un iversidad Pontificia de Salamanca-Universi dad
de Gr anad a, 1987.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
102
(consejero de Juan II y Enrique IV), o veterocristianos como Lope Barrientos (obispo de
Cuenca), el jurista Alonso Díaz de Montal vo y Alonso de Oropesa (General de los
Jerónimos). El otro de lo s razonamientos, de palpable traza anticonversa, proclam aba la
marginación del grupo, toda vez que judaizaba en su m ayoría y únicamente
ambicionaba lucrarse, aprovechando su e ngañosa adhesión a los dogm as de Jesús, con
la consecuente ausencia de barreras jurídi cas. Algunas de estas proposiciones rayaban el
racismo, al determ inar que la vilez a se extendía asimismo a quienes h ubieran abrazado
el cristianismo de coraz ón, debido a la indeleble mácula que les afectaba por su
prosapia hebraica. Farsantes o no, fueron, al igual que los judíos, descalificados y
vejados en estas formulaciones teóricas, e xpresadas por person alidades como el
bachiller Marcos García de Mora y del f ran ciscano Alonso de Espi na –tradicionalmente
considerado de progenie mosaica; hoy no se acepta esa adscripci ón–, o por escritores
anónimos, de cuyas plum as saldrían textos como el Libro llamado el Alboraique 222 .
Muchas de estas com posiciones s e redactaron instigad as por la s ublevación toledana de
1449, a la cual aludiremos inm ediatamente 223 .
Queda claro, por tanto, que el recibimi ento de los convertidos en el universo
cristiano se configuró como un arduo proceso, proclive al surgim iento de beligerancias,
pero no solo entre viejos y nuevos cristia nos. Explotaron, además, fricciones en el seno
222 Reproduci do en el ane xo docum ental de: L ÓPEZ M ART ÍNEZ , N., Los judaiza ntes castellanos y l a
Inquisición en tiemp o de Isabel la Católica , Publicaciones del Seminario Metropolitano de Burgos, 1954,
págs. 391- 404.
223 V ALDEÓN B A RUQUE , J., Judíos y conversos… , págs. 103-105. P ULIDO S ERRANO , J. I., Los conversos en
España y Portu gal , Arco Libro s, Madrid, 2003, págs. 25-2 6. B EINART , H., Los j udíos en… , págs. 184-194
y ss.; «The converso commun ity in 15 th century Spain», en B ARNETT , R. D. (ed.), The sephardi heritage .
Essays on the history an d cultural contrib ution of the Jews of Sp ain and Portug al. The Jews in Sp ain and
Portugal before and af ter the expulsion of 1492 , vol. I , Vallentine, Mitchell & Co . Ltd., Londo n, 1971,
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16-31 y ss. B E NITO RU ANO , E., Los orígenes… ; « Del pro blema ju dío…», págs. 14-17; Toledo en el siglo
XV . Vida política , CSIC-Escuel a de Estu dios Medi evales, Ma drid, 19 61; «El memori al contra los
conversos del bachiller Marcos Ga rcía de Mora (“Ma rquillos de Mazarambroz”)», Sef arad , 17/2, 1957,
págs. 314-3 51. G ONZÁL VEZ R UIZ , R., «El bachiller Pal ma, autor de una obra desconocida en favor de los
conversos», en Simp osio «T oledo J udaico» , vol. II , Publicaciones del Centro Universitario de Toledo-
Universi dad Com p lutense, M adrid, 1973, pá gs. 29 -48. R OTH , N., «Anti-con verso ri ots of the fifte enth
century, Pulgar, an d the Inquisition », En l a España Medieval , 15, 1992, págs. 373-381 y 386 -394.
V ERDÍN -D ÍAZ , G., Alonso de Cartagena y el Defensorium Unitatis Ch ristianae , Universi dad de Oviedo,
1992. C ANTERA M ONTENEGRO , E., «El obisp o Lope d e Barrient os y la soci edad jude oconve rsa: su
intervención en el debate doctrin al en torno a la “Sentenc ia-Estatuto” de Pero Sarmiento», Espacio,
Tiempo y Forma, Serie III, Historia Me dieval , 10, 1997 , págs. 11-2 9. V ALLE R ODRÍ GUEZ , C. DEL (ed. ),
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conversa) , Aben Ezra, Madrid, 2002. O ROPESA , A. DE , Luz pa ra conocimiento de los g entiles , Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2002 (e d. digita l de José Ma nuel Dí az de Bustam ante).
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
103
de las fam ilias trastornadas por la conversi ón, así com o entre hebreos y cristianizados.
En el núcleo familiar judiego, el conflicto se iniciaba cua ndo, bajo la presión exterior
(social, económica, cultural), uno de los miembros –usualm ente de entre los más
jóvenes– daba el paso hacia el cristianismo, como apuesta por el futuro , con lo cual se
fracturaban las ligaduras familiares, s i bien, a veces, varios deudos imitab an al desertor.
Los padres se resistían más que los hijos, las mujeres que los hom bres y los pobres que
los ricos 224 .
En cuanto a las desavenencias entre judíos y conversos, basta apuntar que
numerosos seguidores mosaicos despreciaban a los renegados, ya que estos, con tal
proceder, estaban condenando al hebraísmo a su m ortal consunción. Particular repulsa
suscitaban los de turbia convicción, los que ingresaban en la com unidad de Cristo
interesadamente, para optim izar su desenvolvi miento en la sociedad, y de quienes se
vengarían no pocos hebreos, sus hermanos de antes, delatándol os al Santo Oficio 225 .
Teófanes Egido advirtió con atino que, hasta la actuación sistem ática de la Inquisición,
en las postrimerías del siglo XV , los neófitos soportaron m ás rechazo por sus antiguos
congéneres que por la ma yoría veterocristiana 226 . Inversam ente, algunos de estos
bautizados se afanaron por ganar prosélito s entre los de su grey primigenia y aun
impulsaron, junto con cristianos de la m ás genuina ralea, una auténtica propaganda
antijudía: Pablo de Santa María, Jerónimo de Santa Fe, Pedro de la Caballería o Alfonso
de Valladolid. Quizá, lo que les incitó, en pa rte, a injuriar a sus otrora correligion arios
fue la idea de que el repudio despertado por los cristianizados se debía a la permanencia
del mosaísmo en el área hispánica, de m a nera que su desaparición zanjaría también la
antipatía cristianovieja con la cua l se topaban 227 . Desairados por unos y otros, los
judeoconversos conformaban, en definitiva, un colectivo de d ifícil acomodo en la
sociedad de la época.
224 C ONTRERAS , J., «Dom ínguez Ortiz y l a...», pág. 77 .
225 C ARRETE P A RRONDO , C., «Sefarad 1492: ¿una expu lsión anunciada?», en M IRAND A G ARCÍA , F.
(coord .), Movimient os migr atorios y expulsi ones en la diáspor a occident al. Terc eros Encue ntros
Judaicos de Tudela , Universidad Pública de Nava rra-Gobi erno de Na varra, 20 00, págs. 51- 52.
226 E GIDO , T., «El problem a históric o de los ju deos-c onver sos español es», en Las tres culturas en la
corona de Castilla y los sefardíes. Actas de las Jornadas Sefardíes y del Seminario d e las Tres Culturas ,
Junta de Castilla y León, Vallado lid, 1990, pág. 166.
227 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeoco nversos en Es paña y.. . , págs. 18-19.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
104
La hostilidad –y no solamente religiosa– que concitaban se corroboró, asim ismo,
con ocasión de las luchas políticas entre facciones nobiliarias ta n habituales en la
anárquica Castilla de mediados del cuatro ci entos. Neocristianos –y judíos– se vieron
involucrados en estos conflictos y acabaron malparados por el efecto co mbinado de un
trasfondo de crisis económica y social 228 . Los m onarcas y magnates que lidiaban por el
poder no dudaron en granjearse su apoyo a fi n de alcanzar sus objetivos, lo cual no
impidió que, si les convenía, apelaran igualm ente a la impopularidad del grupo para
incendiar los ánimos del pueblo y contar co n el sostén de este. En todo caso, el
establecimiento de lazos con los judeoconver tidos no tenía nada de innovador: la alta
nobleza se valió corrientemente de ellos com o gestores de los señoríos, m ientras que
otros se vincularon a lo s círculos co rtesanos 229 .
De los trágicos sucesos vividos por los judeoconversos a lo largo del siglo XV ,
sobresalen por su gravedad los ocurridos en T oledo y Andalucía, los cuales, además,
ilustran cabalmente lo indicado en el párrafo anterior acerca de las rencillas por el poder
político. La ciudad del Tajo, pese a la eviden te agonía de su famosa aljama, se hallaba
dominada en buena m edida por estos convertid os, normalmente integrados en el estrato
dirigente y mercantil 230 . En 1449, Juan II, acuciado por perentorias necesidades
económicas, im puso un servicio de 60 cuentos de m arave díes. En su nombre, don
Álvaro de Luna se presentó en la urbe toledana, ordenando al converso Alonso Cota,
agente del fisco, la exacción inmediata de un millón, a modo de empréstito, para
financiar el combate contra la endém ica indi sciplina nobiliaria. Ante esto, los cristianos
viejos se amotinaron y guiaron sus descontentos con agresiones hacia Cota y la totalidad
de los judeoconversos toledanos, de quienes se rumoreaba que gozaban del favoritismo
228 Así se com probó, por ejem plo, a raí z de los altercados desat ados por la denom inada F arsa de Ávi la , e n
1464, cuando una im portante fracción del estam ento noble depus o en efigie a Enrique IV, proclam ando
en su lugar al infante Alfonso. Las sacudidas cont ra la minoría conv ersa se repitieron en tonces por
infini dad de po blacione s.
229 Acaso la peculiarida d vital de esto s cristianos nuevos – su existencia veleidosa , a expe nsas del dec urso
histórico, que amenazaba co n trastocarla en cualquier i nstante– y l os vínculos m antenidos con la realeza
expliquen su protagonism o en las teorizaciones sobr e la conceptualizaci ón del nacient e Estado Moderno,
asiduas en este perí odo, donde ofrecieron diferent es imágenes de la autoridad regi a, acordes con el
ambi ente ideol ógico-c ultural im perante y la trayectoria per sonal de cada un o, pero no si ntom áticas de su
especificidad religiosa. N IETO S ORIA , J. M., «Las concepcione s monárquicas de los intelectuales
conversos en la Castil la del siglo XV », Espacio, Tiem po y Forma, Serie I II, Histori a Medieval , 6, 1993,
págs. 229- 248.
230 G ÓMEZ -M ENOR F UENTES , J., Cristianos nuevos y mercade res de Tol edo , Gómez-Menor, Toledo, 1970,
pág. 6.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
105
del rey y de su privado. Capitaneando la re vuelta se situó Pedro Sarmiento, enem igo de
don Álvaro, quien se encargó de trocar lo que en principio era un levantamiento
antifiscal en un movim iento de cariz polític o con tintes religioso- sociales, utilizando
para ello el eterno odio hacia los conversos . Los sublevados afirmaban que se había
lesionado la autonom ía ciudadana y viola do determinadas exenciones impositivas, lo
cual justificaba su desacato al soberano. Achacaron la insolenc ia regia al influjo de los
nuevos cristianos, portadores de una estirpe in famada, la judaica, donde siem pre brotaba
el mal. Reunidos los insurrectos en una especie de ayuntam iento, declararon a los
neófitos sospechosos en la fe e inhábiles para ocupar oficios públicos en Toledo y su
término, con lo cual de una intolerancia social se pasó a otra legal. Ciertamente, esta
sentencia, derogada con prontitud g racias a la acción de un frente proconverso qu e
poseía el derecho de su lado, puede ser considerada com o el precedente de los estatu tos
de limpieza de sangre, tan com unes en las etapas venideras. Años m ás tarde, en 1467,
en un contexto caracterizado por el desgobierno y la im potencia de Enrique IV, acaeció
otra turbulencia anticonversa, enred ada con luchas entre las dos banderías en que se
dividía la ciudad, y que restauraría la Sent encia-Estatuto de 1449. Como consecuencia,
muchos bautizados murieron y otros huye ron, siendo sus propiedades robadas o
destruidas. Ahora bien, poco después los prófugos regresaron y los cesados en sus
atribuciones fueron repuestos por resolución regia, reflejand o ello las hondas raíces de
la comunidad judeoconversa en el m unicipi o. No obstante, a partir de entonces, la
Corona, tradicional defensora de los conversos, adoptó una actitud ambivalente,
mediatizada por un fuerte pragm atismo y mu y consciente de la intim idación social
ejercida por los afectos a la segregación 231 .
231 Para un c ompleto c onocimient o de los a contecim ientos tole danos, han de m anejars e los clásic os
trabajos de su principal es pecial ista, Eloy Benito R uano, a lguno s ya seña lados: Toledo en el… , págs. 33 -
81; Los or ígenes… ; «Del prob lema judío…», págs. 5-28 ; «El memorial co ntra…», págs. 314-351 ; «Don
Pero Sarmiento, repostero mayo r de Juan II de Castilla. Datos biográficos-documentales», Hispania , 69,
1957, pá gs. 483- 504; «L a “Sentencia-Est atut o” de Pero Sarm iento cont ra los conve rsos tole danos» ,
Revista de la Uni versidad d e Madrid , 6, 1957, págs. 277-306. Véase, asimismo: R OUND , N. G., «La
rebelión tol edana de 1449. A spectos ideol ógicos», Archivum , 16, 1966, págs. 385-446. G ONZÁL VEZ , R.,
«Fundam entos d octrinales de la Sent encia-Est atuto de T oledo c ontra los co nversos (1449)» , en L ÓPEZ
Á LVAREZ , A. M. ª et alii (eds.), Inquisición y conversos. Conferencias pronun ciadas en el III C urso de
Cultura Hispan o-Judía y Sefard í de la Universidad de Castilla -La Manch a , Asociación de Amigos del
Museo Sefardí-Caja d e Castilla-La Mancha, Toledo, 1994, p ágs. 279-296. L EÓN T EL LO , P., Judíos de
Toledo… , vol. I , págs. 207 -212 y 233-237 . M ACKAY , A., «Popula r m ovem ents…» , pág s. 33-6 7. R OTH , N.,
«Anti-co nverso r iots…», págs. 368 -385. V ALLE R ODRÍGUEZ , C. DE L (ed.), «Trat ado cont ra los… , págs.
19-28 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
106
Los terribles hechos de Toledo repercut ieron en Ciudad Real, donde el elem ento
hebreo-converso también era significativo. En las tierras andaluzas el antijudaísmo
adquirió más belicosidad, dándose episodios verdaderam ente penosos, como los de
Córdoba en 1473. Entonces, los enemigos de don Alonso de Aguilar, liderados por el
conde de Cabra, utilizaron la inquina popular contra algunos conve rsos, hechuras de
aquel e instalados en cargos públicos. Los veterocris tianos se al borotaron porque corría
el rumor de que desde la casa de un cristiano nuevo había sido arrojada
intencionadamente agua sucia al paso de una im agen sagrada en una procesión. En
realidad, tal hecho resultó ser algo casual, debido al descuido de un niño, pero el pueblo,
cegado de ira y acaudillado por un herrero, com etió tremendas salv ajadas contra los
judeoconversos. Estos contaron con el apoyo de parte de la nobleza cordobesa y, en
particular, del referido señor de Aguilar, qui en encerró en el Alcázar a los perseguido s y
mató al herrero, pero los ánimos no se calmaron, m ultiplicándose las agresion es.
Finalmente, don Alonso, los judíos convertidos y los que no, todos ellos, fueron
desterrados. Las asonadas se extendieron a otras ciudades, como Montoro, Bujalance,
La Rambla, Porcuna, Cañete o Jaén, donde el condestable Miguel Lucas de Iranzo
defendió abiertamente a los agra viados, costándole ello la vida 232 . Los atropellos
incitaron la huida de muchos, algunos de los cuales encontraron la protección de ciertos
señores, refugiándose en sus jurisdicciones (S evilla, Sanlúcar de Barram eda, Gibraltar,
El Puerto de Santamaría...) 233 . Conviene insistir en que, con independencia del
sentimiento de antipatía dom inante, bajo todos estos ataques si empre subyacían, m ás o
menos explícitam ente, rivalidad es nobiliarias por el poder.
232 B LÁ ZQUEZ M IGUEL , J., op. cit. , págs. 45-46. C ABRERA , E., «Los conversos de Baena en el siglo XV»,
Meridies , 5-6, 2002 , págs. 247-248. N IETO C UMPLID O , M., «La revuelta cont ra los conversos de C órdoba
en 1473 », en Homenaje a A ntón de Mont oro en el V cent erario de su muerte , Ayunta mi ento de Mo ntoro ,
Córdoba, 1977, pá gs. 29-49. C ABRERA , M ., «El probl ema converso en C órdoba. El incidente de la Cruz
del Rastro» , en G ONZÁLEZ J IM ÉNEZ , M. (ed. ), La Penínsul a Ibérica en la Era de los Descubrimien tos
(1391-149 2). Actas III Jo rnadas Hispan o-Portuguesas de Historia Med ieval , vol. I , Junta de Andalucía-
Universidad de Sevilla, 1997 , págs. 331-339.
233 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Lo s judeoconversos en la Españ a... , págs. 16-1 7.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
107
1.2. Tentativas de solución durante el reinado de los Reyes Católicos
E L AÑO 1474 supuso una fecha clave en la historia de nuestro país, cuando se produjo el
acceso al trono de los Reyes Católicos, que as entarían con su reinado las bases de un
nuevo concepto de Estado, característic o de la Modernidad y perfeccion ado
especialmente por la casa de Austria. El increm ento y consolidación de la autoridad
real, el centralismo político-adm inistrati vo, la uniformidad religiosa..., conforman
algunos de los rasgos definitorios de este incipiente Estado Moderno, y toda la labor
realizada por los monarcas es tuvo encauzada a su consecución.
Una vez resueltas las tr abas iniciale s por la guerra sucesori a, Isabel y Fernando
decidieron afrontar sin dilaci ones el secular problema alrededor de los conversos y de
los judíos, ordenando el establecimiento de la Inquisición con respecto a los primeros y
la expulsión general para los segundos. Aunque dirigida cada una estas medidas contra
sendos colectivos cuya diferenciación quedaba netam ente perfilada en el plano jurídico
–recordem os, solamente a los in corporados a la cristiandad se les consideraba
ciudadanos de pleno derecho–, hubo sin embargo entre ambas actuaciones una
complementariedad evidente, puesto que el obj etivo perseguido por el las era en realidad
el mism o: acabar con la judaización de los neófitos, sacánd olos definitivamente de su
amenazadora perseverancia en el error 234 . De esta m anera, si el Santo Oficio se
esforzaba por separar a los falsos convertidos de los que habían abr azado el cristianismo
con franqueza, castigando a aquellos con severidad e incluso elim inándolos físicamente,
el destierro de Sefarad obed ecía al propósito de suprimir uno de los m ás activos focos,
según se juzgó entonces, de instigación heréti ca entre los cristianizados; nos referimos a
sus contactos con antiguos correligionarios, a los nexos que continuaban sustentando
con la grey mosaica pese al distan ciamiento religioso de unos y otros.
Mas no por eso debemos precipitarnos y co legir una conducta regia singularizada
por la suspicacia y malicia hacia los de es tirpe hebraica, bautizados o no. Antes al
contrario, y principalmente en las fases m ás tempranas, Isabel y Fernando, al igual que
sus predecesores, cuidaron y protegieron a los judíos en virtud de su condición de servi
234 P ULIDO S ERRANO , J. I., op. cit. , pág. 2 8.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
108
regis y de la concepción patrimonial asociada a tal estatus. Por consiguiente, no es
extraño que los reyes m anifestaran abiertamente en diversos textos su inclinac ión hacia
la minoría o que extendieran cartas de segur o a favor de aljam as o de determinados
individuos con la finalidad de resguardarlos f rente a las arrem etidas de la sociedad
veterocristiana, paulatinam ente m ás reaci a a acatar esos m andamientos de amparo,
cuando no osaba a infringirlos sin rodeos 235 . Atendiendo a este contexto de socorro y
benevolencia a cargo de los monarcas, se com prende que, en 1487, los grupos judiegos
castellanos declararan a sus homólogos de Ro ma y de Lombardía su satisfacción por
vivir bajo unos soberanos ecuánimes y caritativos 236 .
Pero, sin duda, uno de los puntos donde me jor se plasm ó esa cordialidad y afecto
fue el relativo a los muchos hebreos y judeoconv ersos que s e colocaron a l servicio de la
administración del reino , ejecutando su trab aj o con fidelidad y dest reza –el talen to y la
experiencia funcionaban como criterio s fundamentales en la selección los
colaboradores–, una estampa, por otro lado, en absoluto novedosa y sobradam ente
atestiguada en las etapas prev ias. Abra ham Seneor, Yuce Abrabanel, Lorenzo Badoc,
Hernando del Pulgar, Fernando Álvarez de Toledo, Andrés de Cabrera… son algunos
célebres nombres de o ficiales reales de li naje semita. No obstante, existieron otros
menos conspicuos, aunque con qu ehaceres de igual modo notables, en especial en el
ámbito de la financiación y del arrendam iento de rentas 237 .
235 Se hallarán varios e jemplos de este pat roc inio desde lo s círculos mayestáticos en: L ÓPEZ M ARTÍNEZ ,
N., «El fact or religi oso en las relaci ones entre ju díos, jude oconve rsos y crist ianos vie jos a fines del sigl o
XV », en G ONZÁLEZ J IMÉNE Z , M. (ed.), La Penín sula Ibérica en la Era de lo s Descubrimiento s (1391-
1492) . Actas III Jornad as Hispan o-Portugue sas de Histori a Medieval , vol. I , Junt a de Andalucí a-
Universidad de Sevilla, 1997, págs. 102-103. Entre lo s casos expuestos por el autor, qu isiéram os poner de
relieve aquí , por su vi nculaci ón con nu estro tem a de estudio, el salvocon ducto del cual disfrut ó una
delegación de hebre os malagueños form ada para recorr er las distintas com unidades judaicas y recaudar
dinero c on el que rescata r a los ju díos de Málaga, ca utivados a raíz d e la tom a de la ci udad. Pr onto,
recuperada la libertad, la reina los autorizó a instalarse en cualquier judería de Castilla. Otros testimonios
–reprod ucidos íntegr amente– de este tutelaj e ej ercido por lo s Reyes Católico s se recogen en : S UÁREZ
F ERNÁNDEZ , L. (ed.) , Doc umentos acerca de l a expuls ión de l os judí os , CS IC-Pat ronat o Menén dez
Pelayo, Valladolid, 19 64.
236 B EL B RAVO , M. ª A., «E xtinción y diáspo ra del judaí smo español », Revist a de la Facultad de
Humani dades de J aén , 1/2, 1992, pág. 41. P ÉREZ , J., Los judíos en… , pá g. 1 75.
237 Para un cabal análisis sobre las personalidade s conversa s más egre gias y representativas que
cooperaron estrecham ente con Isabel y Fe rnando disponem o s de la Tesi s Doctoral de Marí a del Pila r
Rábade Obra dó, Los judeoconversos e n la corte y en la época de los Reyes Católicos , Universidad
Complutense, Madrid, 199 0 ( vid. particul arment e su segunda parte, págs. 503- 981), junt o con su
monog rafía Una élite de poder en la corte de los Reyes Ca tólicos. Los jud eoconversos , Sigilo, Madri d,
1993, com pendio pa rcial de la obra prece dente, o artíc ulos com o «El docto r Juan Díaz de Al coce r:
apuntes biográ ficos de un servid or de los Reyes Católi cos», Espacio, Tiempo y Fo rma, Serie III, H istoria
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
109
Huelga insistir en que esos vínculos convenían a cada uno de los implicados,
provocando un efecto simbiótico que aumentaba proporcionalm ente a la relevancia de
los lazos entablados. Mientras la Corona se beneficiaba de la asistencia de unos vasallos
eficientes en su ta rea, a la par que afianzaba s us cimientos com o suprema institución
política gracias a los leales apoyos de tales sirvientes, es tos ganaban una salvaguardia
necesaria para am inorar los em bates del c reciente antis emitism o, sin olvidar las
opciones de ascenso social y económ ico aparejadas al desem peño de sus cometidos:
jugosos salarios, asignación de empleos de superior catego ría o de oficios concejiles,
concesión de dádivas económ ico-patrimoniales y hasta de títu los nobiliarios, si b ien
esto último no con tanta frecuencia 238 .
La recíproca utilidad de esos enlaces, singularmente de los que conllevab an
responsabilidades de mayor envergadura, determ inó su formidable solidez, que se
reflejaba no solo en su prolonga da vigencia –los judíos cort esanos consagraron su vida
profesional a trabajar para la realeza, prorrogando su colabor ación a pesar de las
sucesivas entronizaciones–, sino tam bién en la tendencia a la concentración de cargos
muy diferentes en una única persona, fenóme no sintom ático de la débil especialización
del régimen adm inistrativo y que ponía a pr ueba la aptitud y versatilidad de es tos
subordinados. Aclaremos además que, má s que sujetos aislados, fueron grupos
familiares quienes pro tagonizaron esa ligazó n con el entorno áulico; el carácter
Medieval , 3, 1 990, pá gs. 259-2 87 y «L os judeoc onvers os en la co rte y en l a época de lo s Reyes C atólic os:
una int erpretac ión de c onju nto», Es pacio, T iempo y Form a, Serie IV, Histori a Modern a , 6, 1993, págs.
25-38. Asim ismo, aconsejamos la l ectura de: M ÁRQUEZ V ILLANUEVA , F., Investigaciones so bre Juan
Álvarez Gato. Contribu ción al conocimiento de la litera tura castellana d el siglo XV , Real Academia de la
Historia, Madr id, 197 4 (en c oncreto, págs. 2 9-33 y 43-103 ). Resalt ando la si gnificac ión hace ndísti ca-
fiscal de judíos- conversos: C ARRETE P ARR ONDO , C., «La haciend a castellana de Rabb i Meir Melamed
(Fernán Nú ñez Coronel )», Sefarad , 37/1-2, 1977, págs . 339-349; «R. Abraham Seneo r (Fernán Pérez
Coronel): co njeturas tradicion a les y realidad documental», Sefarad , 46/1-2, 1986, págs. 111-121, especie
de suplem ento de l a publi cación a ntedic ha. Á LVAREZ G ARCÍA C., «Los judíos y la Hacienda real bajo el
reinado de los Reyes Católicos. Una compañía de arrendadores de rentas reales», en Las tres culturas en
la corona d e Castilla y los sefard íes. Actas de las Jornadas S efardíes y del Seminario de las Tres
Culturas , Jun ta de Castilla y León, Valladolid, 1990, págs. 87-12 5. C ANTERA M ONTENEGR O , E., «Una
famili a de prestam istas y arrendadores j udíos en tiempos de la ex pulsión: los Sot o de A randa de D uero»,
Espacio, Tiempo y Forma, Se rie III, Historia Me dieval , 12, 1999, p ágs. 11-46.
238 En ocasiones, estas m ercedes se materializaban dent ro del contex to repoblador y del sistema de
repartim ientos q ue en él se desarroll ó, adjudi cándoles t errenos y casas en el lugar reci entement e
conquistado. Cfr. M ORENO N ÚÑEZ , J. I., «Las rel aciones judí os-m onarquía en la época de l os Reyes
Católi cos: El ca so de Maym ón Leví», En la España Medieval , 21, 1998, págs. 143-158 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
110
hereditario de ciertos ministerio s, sum ado al deseo de introduc ir a parientes en la escena
palaciega, facilita ron la cr eación de verdaderas dinastía s hebraicas de agentes regios 239 .
¿Qué convenció entonces a los Re yes Católicos para decantarse por unas medidas
tan tajantes? En pocas palabras, motivos políticos y religios os y, m ás específicam ente,
las preocupaciones de Fernando por leva ntar un Estado homogéneo y vigoroso,
controlador de todos los resortes del poder, así como las obsesiones religiosas de
Isabel 240 . En consecuencia, y transcribiendo a Do mínguez Ortiz, «la actitud de los reyes
no tuvo [...] nada de racista» 241 , como tam poco hubo en ellos un plan deliberado y
expreso de atosigamiento hacia judíos y conve rsos; m ás bien cabría aludir a la premura
de frenar el problema de las conversiones ficticias y de velar por la ortodoxia, y esto
dentro de un proceso histórico nítidam ente delimitado, a saber, el de la constitu ción del
Estado Moderno 242 .
A lo anterior habría que agregar el infl ujo d e la atmósfera de into lerancia y
rechazo preponderante, mayormente en el me dio popular, cuyos sentim ientos de repulsa
eran atizados con fervor por la Inqu isición y las órdenes m endicante s, aunque la política
de acercamiento al tercer estam ento ensayada por los m onarcas a fin de granjearse su
respaldo –la cual englobaba medidas ventajos as para el pueblo, pero nocivas para el
colectivo mosaico– debió azuzar aún más las tensiones, pese a que los soberanos no
buscaban exactam ente ese resultado 243 . No obstan te, todavía el antisemitismo discur ría
por cauces mesurados, lejos del delirio racial en que se transforma ría con el avance de
los años. La no ocultación de las prosapias entre los que po rtaban sangre judía en sus
239 R ÁBADE O BRADÓ , M. ª DEL P., Una élite de… , págs. 26-30. Confirm ando la fuerza de esos lazos, l os
monarcas rea nudar on, tras la deportaci ón hispánica de 1492, el trato co n algunos hebreos, básicam ente
con aspiraciones po líticas, por ejemplo, en su expansión por el Mag reb. Vid. B EINART , H., «Relaciones
entre judí os y l os Reyes Cat ólicos después de l a expulsi ón», Sef arad , 46/ 1-2, 198 6, págs. 63-67.
240 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeoco nversos en Es paña y... , págs. 29-3 0. Obviam ente, estas razones
están interc onectadas, p ues ¿acaso u na com ún devoci ón religiosa no coady uvaba fav orabl ement e al logro
de la unificación y el robuste cimiento estatales ?
241 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeoconverso s en España y... , pág. 29 .
242 R ÁBADE O BRADÓ , M. ª DEL P., Una élite de… , pág. 2 4.
243 H ALICZER , S., «Conversos y judíos e n tiempos de la expulsi ón: un análisis crítico de investigaci ón y
análisis», Espacio, Tiempo y Forma, Serie III, Historia Medieval , 6, 1993, págs. 289-29 5. La estrategia
segregacionis ta practi cada con l os de la grey de Mois és para evit ar, o por l o meno s reducir, su
comunicación con los neófitos cristianos, en combinación con la a probación de leyes s untuarias y de otras
normas discriminatorias con quiene s profesaban el hebra ísm o, reforza ron des de el punto de vista psi co-
social la estigmatización de lo judai co, enra reciendo m á s el ambiente (págs. 290-291).
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
111
venas o la ascendente –y a veces m eteórica– trayectoria económ ico-social de varios de
ellos parece corroborarlo 244 .
Por último, y a hilo de la am bivalencia de la que dio ejem plo la Corona hacia sus
súbditos de progenie judía, aquella lo mismo hostigaba a los cristia nos nuevos, ya fuera
a supuestos apóstatas –a trav és del Tribunal de la Inquisi ción– o a la generalidad del
grupo –mediante lo s estatutos de lim pieza–, que ideaba a rtificios para tem plar ese
acorralamiento. Arguyamos, si no, la laxit ud con que se cum plían las informaciones
genealógicas o el otorgamiento de habi litaciones y composiciones, las cuales
permitieron a los penitenciados – siempre prev io pago– recobrar los derechos civiles y
sociales arrebatados por la i nhabilitación , además de exonerar parcialmente sus
caudales del yugo confiscatorio y punitivo-p ecun iario desplegado por la Inquisición 245 .
En síntesis, la Monarquía de las postrimerías del cuatrocientos caminaba sum ida
en la paradoja entre su acoso institucional y social a la población judía- conversa y el
accionamiento de m ecanismos propiciadores de la prom oción política y socioeconómica
de la minoría 246 .
1.2.1. El establecimiento de la Inquisición
E L T RIBUNA L del Santo Oficio y de la Inquisición nació con el particular designio de
inquirir los delitos contra la fe a manos de judeoconversos, penalizándolos en su caso,
pues había de erradicarse a toda costa la presencia de elem entos heterodoxos, los cuales
hacían peligrar la propia supervivencia del Estado. Aquel organismo, por lo tanto,
respondía a un preciso proyecto político-religioso, donde la herejía simbolizaba una
enturbiadora disfunción 247 . Ahora bien, no se trataba de una invención del em brionario
244 R ÁBADE O BRADÓ , M. ª DEL P., Una élite de… , págs. 25- 26 y 30-31.
245 Ibidem , pá gs. 24-25. P ÉREZ V ILLANU EVA , J. y E SCANDEL L B ONET , B. (dirs.), Histori a de la I nquisici ón
en España y América. El cono cimiento científico y el pro ceso histórico de la institució n (1478-1834) , vol.
I , Biblioteca de Autores Cristianos-Ce ntro de Estu dios Inquisitoriales, Ma drid, 1984, pág. 399.
246 R ÁBADE O BRADÓ , M. ª DEL P., «Los j udeoc onvers os en…», págs. 37-38.
247 La opini ón an tisem ita divul gada e n la socie dad his pánica del siglo XV ayudó asim ismo a la fundación
del Tribunal. No solo los adve rsarios de los converso s, también sus defensores, clam aban por la erección
del Santo Ofic io: los prim eros para aniq uilar a este sector social y l os segundos para di stinguir –y sal var–
a los sincero s neocri stianos de los cript ojudíos . Vid . V ALDEÓN B ARUQUE , J., «Los orí genes de la
Inquisición en Castilla », en L ÓPEZ Á LVARE Z , A. M. ª et alii (eds.), Inquisición y converso s. Conferencias
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
118
la Inquisición: «en la cúspide, un inqui sidor general designado por la Corona y
nombrado por el papa; junto a él y como órgano colegiado, la Suprema, un consejo de
juristas y teólogos. Finalmente la existencia , cubriendo el territori o de ambas Coronas,
de unos tribunales de distrito con dos o tr es inquisidores que act uaban como jueces,
asistidos de un fiscal y de un conjunto de pequeños oficiales administrativos» 265 .
Si bien la bula fundacional de 1478 significó el arranqu e oficial del Santo Oficio,
hasta 1480 no se puso en funciona miento. Ignoramos a ciencia cierta las razones de este
interludio, cabiendo la posibilidad de que en él se ultim aran las negociaciones con
Roma y las consultas a partidarios y detrac tores de aquella ingente m aquinaria. En
cuanto a esto segundo, quizá los reyes aún conf iaban en un arreglo más prudencial del
problema judeoconverso, tal y com o lo recomendaban el m onje jerónimo Hernando de
Talavera, confesor de Isabel y de casta conversa, el aludido don Pedro González de
Mendoza y varios clérigos más, dedicados por entonces a un a intensa catequesis entre
los recién bautizados que se revelaría improductiva 266 . Sevilla acogió la sede del prim er
tribunal, tras el cu al proliferaron otros m uchos , con la doble mira de averiguar y extirpar
la herejía judaica y, más todavía, de asegurar el control de las áreas su jetas a la potestad
inquisitorial 267 . Empezó, así, un velocísim o proceso de conformación de departamentos
o provincias, con unos límites trazados sobre la base de circunscr ipciones religiosas –
obispados, arciprestazgos...–, más que políticas 268 .
265 C ONTRERAS , J., Historia de la Inquisición. .. , pág. 27. So bre los pasos pri miti vos que desem bocaron en
esta configuració n, cfr. : M ARTÍNEZ M ILLÁN , J., «La formación de las estructuras inquisitoriales: 1478-
1520», Hispania , 153, 1983, págs. 23-64. Para una caracteri zación sobre la figura de l inquisidor local, de
distrito, vid. : G ARCÍA C ÁRCEL , R., «El señor inqui sidor» , Historia 16 , 259, 19 97, págs. 6 4-69. D e más
arraigo ciudadano que ru ral –singularmente en Castilla–, el Santo Oficio desarrolló una precisa
estructuración administrativo-burocr ática alrededor de las diferentes demarcaciones territoriales, que l e
permitiría avanzar en su progra m a de confesionalización, tant o desde una perspectiva re presivo-
coercitiva, como en lo co ncerniente al encu adramiento de algunos segmen tos de la so ciedad, o sea, a la
creación de un fuerte soporte social afecto, unido al Tribunal de la Fe y que remi tía a un modelo
antropol ógico concr eto: el cri stianovie jo honesto y de buenas cost umbres. L ÓPEZ V ELA , R., «La
Inquisi ción de l a época confesional en el mundo ur bano (1 550-17 40)», en F ORTEA P ÉREZ , I. (ed.),
Imágenes de la d iversidad. El mundo urbano en la co rona de Castilla (siglos XVI - XVII I ) , Universida d de
Cantabria -Asam blea Regional de Ca ntabria , Santan der, 1 997, pá gs. 36 3-390.
266 C ONTRERAS , J., supr a , pág. 23. D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeoconve rsos en la España... , pá g. 24.
P ÉREZ V ILLANUEVA , J. y E SC ANDELL B ON ET , B. (dirs.), op. cit. , págs. 295-297 .
267 C ONTRERAS , J., Historia de la Inquisición... , pág. 24.
268 En las futuras remode laciones espaciales se observ aría una au tonomía frente a las f rontera s
admi nistrativas –eclesi ásticas o segl ares– y una pr opensi ón hacia l as divisi ones c oincidentes c on
accidentes geográficos naturales. C ONTRERAS , J. y D EDIEU , J.-P., «Ge ografí a de la Inqui sición espa ñol a:
la form ación de los distri tos. 1470-1 820», Hispania , 14 4, 1980, págs . 42 y 47-48 . El art ícul o nos bri nda
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
119
La introducción de la Inquisición moderna en la corona de Aragón, desde sus más
remotos amagos por 1481-1482 en Valencia y Zaragoza, encontró una gran y m ayor
resistencia que en Castilla, lógicamente y ante todo entre los grupos de conversos,
bastantes de los cuales se habían encar amado en em inentes posiciones dentro la
burocracia aragonesa, mientras algunos, ya m enos, hasta emparentaron con la
aristocracia, aprovech ando unos y otros esa notoriedad pa ra invalidar al Santo Oficio.
Su disconformidad, sin em bargo, no fue la úni ca; se escucharon i gualmente las quejas
de un nutrido número de ciudadanos vetero cristianos que, adictos al régim en foral-
pactista, veían en el Tribunal una agresión a los fueros y a sus libertades, adem ás de un
elemento perjudicial para la econom ía . Rehusaban subyugarse al poder de los
inquisidores –nombrados por la realeza y no ra tificados por la Diputación– y se sen tían
alarmados por determ inadas especificidade s d el procedimiento jurídico-penal, e ntre
ellas, la prá ctica de la inquisitio –esto es, la facultad de lo s jueces de incoar causas sin
necesidad de instancias de parte–; lo s indicios de un desbordamiento jur isdiccional más
allá del terreno estric tamente conf esional; el desempeño de los cargos inquisitoriales por
foráneos, no oriundos del reino; las prerrogativas y exenciones de los familiares; el
anonimato de los testigos; las iteradas c onfiscaciones; o la ap licación generalizad a y
arbitraria d el torm ento. Para justificar esa in cursión en contrafuero, los soberanos
apelaron a la esencia teocrático-sacral de la nueva Inquisición, a su filiación con el
arquetipo medieval-pontificio –implantado en la confederación arag onesa– y a la
prelación de los intereses reli giosos por encima de los polí ticos. Ello sig nificaba rele gar
cualquier aspecto en pos de la preservación intacta del dogma y de la lucha por derrocar
la herejía, una prioridad que, de hecho, as umían asim ismo los fueros. Secundariam ente
y con relación a las críticas lanzadas por la población c ontra el derecho procesal
inquisitorial, Fernando destacó el fundamento y derivación de este de los sagrados
cánones, esgrimiendo que si la antigua Inqui sición no había ostentado ese rigor era por
motivo de la negligencia y vicios de sus magistrados 269 . La repetición hasta la saciedad
información exacta y porm enorizada acerca de la apar ición y evolución de las diversas dem arcaciones
inquisitoriales.
269 C ONTRERAS , J., «La Inquisición de Aragón: estr uctura y opo sición (155 0-1700)», Estudios de Hist oria
Social , 1, 1977, págs. 113-141; «La Inquisición aragonesa en el marc o de la monarq uía autoritaria»,
Revista de Hi storia Jeró nimo Zurit a , 63 -64, 1991, págs. 7- 50. Las sa nguina rias for mas del té rmin o
valenciano ha cia la minoría judeoconversa hasta 1530 testim onian sin paliativos la eficacia y dureza
idiosinc rásicas del perí odo m oderno. Remitim os a los cómputos ofreci dos por: G ARCÍA C ÁRCEL , R.,
Orígenes de la In quisición esp añola. El Tribuna l de Valen cia, 1478-1 530 , Península, Barcelona , 1985,
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
120
de estos argumentos y la postrera aceptación de la férula del Santo Oficio –en su
modalidad más secularizada y feroz– no conseguirían, empero, evitar los casos de
obstrucción a su desenvolvimiento, con m ani festaciones dispares: sublevaciones co mo
la de Teruel 270 ; explosiones violentas, concretadas, por ejemplo, en el asesinato del
inquisidor Pedro de Arbués en 1485 271 o en el presunto envenenam iento de su colega
Gaspar Juglar con rosquillas o dulces 272 ; embajadas, com o la de Ruis de Eliori y Joan de
Marimón, delegados por Valencia y Barcelona respec tivam ente para exponer sus
desavenencias al monarca 273 ; la contestación en las Cort es, resultando paradigmáticas
las de Monzón de 1512 y 1518; y hasta la r econvención verbal, unas veces más próxim a
a la dialéctica y otra s a la injuria im pulsiva 274 .
Inicialmente, el proceder i nquisitorial despuntó por su inclem encia, lo cual se
tradujo en una m ultitud de arresto s y en una crudeza punitiva que ca si no permitió
tregua. Sus víctimas predilec tas: los judaizantes 275 . Las denuncias contra ellos bulleron
entonces sin pausa, no solo por la av ersión cristianovieja hacia lo sem ítico, sino también
por el descuido de algunos criptojudíos, qui enes, desacostumbrados aún a la acechanza
págs. 177-185 ; Herejía y sociedad en el siglo XVI . La In quisición en Valencia 1530- 1609 , Peníns ula,
Barcelona, 1980, p ágs. 206-216 . H ALICZER , S., Inquisi ción y socie dad en el rei no de Valencia (14 78-
1834) , Edicions Alfons el Magnànim-Institució Vale nciana d’Estudis i Investigació-Gen eralitat
Valenciana-Dip utació Provincial d e València, Valen cia, 1993, págs. 329-380, 383-429, 433- 464 y ss.
270 F LORIANO C UMBREÑO , A. C., «El Tribunal del Santo Oficio en Aragó n. Establecimiento de la
Inquisición en Teru el», Boletí n de la Real A cademi a de la Histori a , 86, 1925, pág s. 544-605 y 87, 1925,
págs. 173-260 ; «Teruel en el siglo XV . La vida económ ica y la cuestión monetari a», Boletín de la Rea l
Aca dem ia de la H is tor ia , 88, 1926, págs. 785-824 .
271 La connive ncia de l os judeoc onversos –entr e ellos varias personalidades encu mbra das– con el crimen,
cuando no su participación directa en él, d esencadenó un viraje, t an previ sible com o indeseado, e n el
ánim o de los vecinos, quienes, de golpe, retiraron su apoyo a l os de cepa hebra ica –de l os que
abominarían por trastocar peligrosa mente la paz social– para prestarlo a la acción inquisitorial. La
insensatez de la conspiraci ón, no obstant e, plantea sospechas s obre la autén tica intervención de los
neocristi anos, y se baraja, de hecho, la te sis de un a premedit ada provocac ión desde las altas esferas para
consolidar la in stauración del Tribun al. A LCALÁ G ALVE , Á., Los orígenes de la Inquisició n en Aragón.
San Pedr o Arbués, mártir de la auto nomía aragonesa , Diputaci ón Gene ral de Ara gón, Zaragoza , 1984.
K AMEN , H., La Inquisición esp añola… , p ágs. 58-59. C ONTRERAS , J., Historia d e la Inquisición... , pág. 26.
272 L EA , H. C H ., op. cit. , pá g. 27 7.
273 G ARCÍA C ÁRCEL , R., «La Inquisici ón en la cor ona de Arag ón», Revista de la Inquisición , 7, 1998 , pág.
153.
274 C ONTRERAS , J., «La Inquisició n de Aragón…», págs. 135-137 . El autor relata además otros ep isodios
de levant amie ntos y m uertes, l a mayorí a de ellos c oncebid os por m oriscos.
275 R ÁBADE O BRADÓ , M. ª DEL P., «Los “tiempos ” de la Inqui sición dura nte el reinad o de los Reye s
Católicos», en G ONZÁL EZ J IMÉN EZ , M. (ed.), La Penínsul a Ibérica e n la Era de los Descu brimien tos
(1391-149 2). Actas III Jo rnadas Hispan o-Portuguesas de Historia Med ieval , vol. I , Junta de Andalucía-
Universidad de Sevilla, 1997, págs. 321-330. D EDIEU , J.-P., «Los cuatro tiempos de la Inquisición », en
B ENNASSAR , B. et alii , Inqu isición esp añola: poder po lítico y control so cial , Crítica, Barcelona, 1981,
págs. 18-20, 24-27 y 33 -37. Ce ntrados esto s dos trabaj os en la ci rcunscripción de Ciud ad Real/Tol edo,
sus deducci ones son general izables a los restant es distrit os peninsul ares.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
121
inquisitorial, exteriorizaban sin reparo su s creencias. Ahora bien, en ocasiones a los
neófitos se les encausó por simples actos cotidianos, lo s cuales, aunque propios del
ritual jud ío, tras la cristianización y con el transcurso de los años habían perdido su
acepción religiosa. Esto aconteció con hábitos m osaicos como el de vestir ropa lim pia
los sábados o con pautas alimentarias com o la prohibición de comer carne de cerdo.
Incluso la desatención a las obligaciones puram ente cristian as, pese a no ser vigiladas
preceptivamente todavía, podía cond ucir a muchos a las cárceles secretas. Los edicto s o
sermones de la fe , que compelían a los fieles, intim i dándolos, a desvelar cualquiera de
las irregularidades dogmáticas por ellos descritas, h ubieron de acrecentar las
delaciones. Por otro lado, la promesa de no pro cesamiento a quienes se autoin culparan
en un plazo de gracia incitaría a los neocris t ianos a confesar, con la ventaja de que estos
servían de denuncia ntes de terceros 276 . Independientemente del medio por el que se
canalizaran tales deposiciones, estas solían afectar a hebreos de reciente conversión, en
cuyo comportam iento no era raro detectar vestigios de la religión apenas abandonada 277 .
Sin embargo, otras tantas acusaciones se refe rían a transgresiones pretéritas, m uy atrás
en el devenir temporal, pero que en su m omento no habían sido castigadas ante la
carencia de un instrumento ju rídico represor adecuado 278 .
No todos los cristianos nuevos reaccionaron de manera idéntica frente a la mirada
inquisitorial que los atenazaba. Unos escogieron la fuga, a los señorío s o fuera del país:
a Portugal, Berbería, Roma..., espe cialmente cuando comp robaron la vulnerabilidad del
auxilio señorial. Otros se enca raron al Tribunal, recurriendo a la violencia, a las armas.
Reseñábamos anteriorm ente el asesinato de Arbués, un suceso de funesta repercusión
para los judeoconvertidos zaragozanos y del que existen casos análogos en otros
núcleos urbanos adonde llegaban los inquisidores, prestos a estrenar sus dotes
276 C ONTR ERAS , J., Historia de la Inquisició n... , p á g s . 3 5 - 3 6 . D e l a m i s m a f o r m a , e l c o m p r o m i s o d e l a
delación obligab a a los propios jud íos. En 1485 los inquisid ores de Toledo co nvocaron a los rabino s para
que pronunciaran en las sinagog as la excomunión de quienes no incriminar an a los falso-conv ersos de los
cuales tuviesen noticia. No sabemos si esta exig encia se hizo efectiva, mas se han constatado, hasta 1492,
imput aciones cont ra judeoc onversos por part e de judíos . Las disensi o nes ent re los hispan ohebreos , antes
y después de l os bautismos, acaso influyeron en ello. Vi d. B LÁZQUEZ M IGUEL , J., op. cit. , pág. 86. La
molesta y amenazante presencia de est os delatores lleva ría a determinados conversos de judío, m ás a los
fingid os, a resp aldar la de port ación judi ega. C ARRETE P ARRONDO , C., «Sefar ad 1492…», p ágs. 52-54 .
277 C ONTRERAS , J., «Judíos, j udaizant es y conversos en tiem pos de la expulsión» , Hist oria 16 , 264, 1998,
pág. 73.
278 P ÉREZ , J., Los judíos en.. , pág. 17 1. Consideran do la ant igüedad de es os queb rantam ientos, es lógic o
que frecue ntem ente se incoa ran proces os póstum os.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
122
inquisitivas. Así ocurrió en la capital hispalense casi de inme diato a la entrada en ella, a
finales de 1480, de los dom inicos Juan de Sa n Martín y Miguel de Mo rillo, sus primeros
jueces inquisitoriales; o en la conjura tole dana coetánea a la de Zaragoza, si bien,
diferentemente a esta, la de Toledo fue dest apad a y abortada con cel eridad, al igual que
en Sevilla, quedando ambas confabulaciones en intentonas m alogradas. Conscientes
posiblemente de la tem eridad de esas acome tidas y de sus escasas expectativas de
triunfo, ciertos sectores de la minoría se en zarzaron en una contienda m ás sutil, aunque
asimismo espinosa y no libre de sinsabores , a través de la com posición de escritos
reprobatorios, críticos, como los debidos al cr onista Hernando del Pu lgar o a la plum a,
más profunda, del protonotario Juan Ramírez de Lucena, donde desaprobaban
juiciosamente los desm anes de la Inquisición con los de cuna hebraica, al tiempo que
ensalzaban las bondades de la persuasión y del aleccionamiento cristiano para con
ellos 279 ; o, si no, enviando embajadas a la sede papal, las cuales en un principio
parecieron dar su fruto –los relatos oídos en la curia romana sobre los perm anentes
atropellos inquisito riales pudieron c ontribuir a los titub eos de Sixto IV, cuando quiso
retroceder en sus concesiones a los monar cas católicos, expidiendo diversas bulas
restrictivas en medio de un gr ave conflicto diplom ático con la corona hispánica–. Estas
conquistas, no obstante, se m ostraron, en últim a instan cia, efímeras e ineficaces, p ero
ello no arredró a los judeoconversos. Continua ron batallando, ya en Roma, ya utilizand o
otras tácticas –según comentábamos–, por la m itigación de la iniq uidad del Santo
Oficio, lo que no era poco, puesto que abol irlo iba transformándose poco a poco en un
imposible 280 .
279 Por supuesto, estos textos est imularon la redacción de réplicas, de acre s refu taciones, desarrollándose
una cont roversi a en torno a la f uncionali dad del Santo Oficio com o herramienta de exterminio del
criptomosaísmo.
280 R ÁBAD E O BRADÓ , M. ª DEL P., Los judeoconve rsos en la corte… , págs. 98-108. L LORCA , B., «Los
conversos j udíos y l a Inquisi ción es pañola» , Sefarad , 8/ 2, 1948, págs. 3 57-ss.; «La Inqui sición espa ñola y
los conversos judíos o “m arranos”», Sefar ad , 2/1, 1942, págs. 121- 125. Ca rlos Car rete ha recogi do
algunos de l os negativ os dictám enes que con tra el Santo Oficio em itió el jude ocon verso com ún, de a pi e,
con frecue ncia afectad o direct o de las batid as inquis itorial es, y más todavía en las épocas iniciales. Cfr.
C ARRETE P ARRONDO , C., «Críticas a la Inquisición por judaizantes castellanos», Cuadernos Sa lmantino s
de Filoso fía , 17, 199 0, págs. 523-527; El judaísmo esp añol y l a Inquisici ón , Mapfre, M adri d, 1992, pá gs.
70-73; « Los judai zantes caste llanos ant e la Inquisición, 1482-1 505», en L ÓPEZ Á LVAR EZ , A. M. ª et alii
(eds.), Inquisición y co nversos. Conferen cias pronunciadas en el III Curso de Cultu ra Hispano-Jud ía y
Sefardí d e la Universidad de Castilla-La Mancha , Asociación de Amigos del Mus eo Sefa rdí-Caja de
Castilla-La Mancha, Toledo, 1994 , págs. 191-201.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
123
A pesar del desarrollo de un m odelo proces al genérico, en esta fase prim igenia el
talante de los inquisidores infundió a cada tribunal su peculiar estilo, percibiéndose
distinciones regionales, posteri ormente atenuadas por el ej ercicio unificador –y a veces
también moderador– de la Suprem a. De spiadados modos se practicaron en las
demarcaciones de Sevilla, Córdoba o Toledo, cont rariam ente a los partidos de las zonas
del norte peninsular (Valla dolid, Galicia...), quizá como consecuencia de la menor
densidad conversa en él y de la mayor integr ación del colectivo si lo com param os con la
Hispania meridional 281 .
Enfocada originariam ente a cercenar la her ejía judaiza nte, la Inquisició n
terminaría extendiendo sus zarpas represoras a varios campos, forjando una tipología
delictiva do nde tenían cabida no s olo aquello s cristianos que cont ravenían la verdad
católica, como m oriscos pers everantes en su primer credo o segui dores de la reforma
del siglo XVI , sino asimismo supersticiosos, brujos u otros individuos que conculcaban
la ideología y m oralidad vigen tes mediante ví as múltiples : la bigam ia, la blasfem ia, la
solicitación, ciertas cor rientes de pensamiento, etc. Esta mutabilid ad sem ántica del
vocablo herejía , esta polisemia, ha de enlazarse con el hecho de que, más que el objeto
herético , a los inquisidores importaba el sujeto y su significado en el espacio social,
porque debía procurarse el bien público, es decir, conservar la ortodoxia en todos los
órdenes 282 .
Nadie se eximió de la justicia del Tribunal, que no se retrajo ante ninguna
pretendida inmunidad socio-estam ental. La escisión podía anidar en cualquier persona,
al margen de su rango dentro de la soci edad, de su edad o sexo, por lo cual la
cristiandad en conjun to era suscep tible de ser encausad a 283 . Las víctimas, por esto,
resultaron numerosísim as, máxim e si entre ellas contabilizamos, además de a quienes
padecieron directamente los procesos, a los deudos de los reos, m ancillados por la
deshonra vertid a sobre la fam ilia, así como a los que soportaron el pav or desprendido
por la Institución. El miedo, no está de más señalar, constituyó un engranaje medular en
la urdimbre inquisitorial y en su inm ens o ascendiente sobre las masas. El secreto
281 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeocon versos en la España... , págs. 30-3 9.
282 C ONTRERAS , J., Historia de la Inquisición… , págs . 29-3 2.
283 Ibidem , pág. 28.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
124
procesal, el baldón de la infamia vinculado, indeleble, a la fama de los condenados y de
sus parientes, junto con el oscuro porvenir que generalmen te les agu ardaba tras el
tropiezo con la Inquisición desataron ese terro r, avivado por la calculada ubicuidad del
Santo Oficio, siempre afanado en dejar huell a de su asistencia en la comunidad –a
través de los autos de fe, de las visitas al distrito, de la presencia de com isarios y
familiares en las ciudades…–. Con aciert o, Bartolom é Bennassar acuñó la locución
pedagogía del miedo para definir este fenómeno 284 .
Las normas reguladoras del procedim iento inquisitorial no configuraron un código
jurídico cerrado, estático y matizado desde su génesis. Consistieron, en cam bio, en una
colección dinámica y abierta, fraguada de m anera asistemática en función de los
requerimientos de cada mom ento 285 . Dicha legislación apenas discrepaba de la m anejada
por la Inquisición medieval. Sus fuentes bebían del derecho canónico (pontificio y
conciliar) y de las glosas y estudios s obre esta norm ativa y su praxis conf eccionados por
juristas, mayormente italianos. La profusa casuística acum ulada con los años fue objeto
de varias codificaciones, entre las cuales b r illan con luz propia la de Nicolau Eym eric
en su Directorium inquisitorum (1375) y la ampliación y actualización de esta por
Francisco de la Peña, en 1578, con ediciones sucesivas en 1585, 1587, 1595 y 1607 286 .
Los inquisidores generales también se ejerci taron com o compiladores y redactores de
leyes. Torquemada publicó sus Instrucciones en 1484, completadas en 1485, 1488 y
1498. Diego de Deza y Jiménez de Cisneros hicieron más aportacio nes, pero sería
Fernando de Valdés el promotor de una reglam entación mucho más m etódica, en
284 B ENN ASSAR , B., «La Inquis ición o l a peda gogía del m iedo», e n B ENNASSAR , B. et alii , Inquisi ción
española: poder político y control socia l , Crítica, Barcelona, 1981 , págs. 94-1 25; «Mod elos de la
mentalidad inq uisitorial: método s de su “pedago gía del miedo”», en A LCALÁ , Á. et alii , Inquisición
española y m entalidad i nqui sitorial. Pone ncias del Simposi o Internac ional sobre In quisició n , Ariel,
Barcelona , 1984 , págs. 1 74-182. M AQUEDA A BREU , C., «L a propagan da social del Santo Ofic io», en
M ARTÍNEZ R UIZ , E. y P AZZ IS P I , M. DE (coords.), Dogmatismo e in tolerancia , Actas, Madrid, 199 7, págs.
169-189. C ONTRERAS , J., Histo ria de la Inquisición … , págs. 32-33.
285 T OMÁS Y V ALIE NTE , F., «Relaciones de la Inq uisición con el aparato in stitucion al del Estado», en
P ÉREZ V ILLANUEVA , J. (dir.), La Inquisición esp añola. N ueva visi ón, nuevos horizontes. I Symposium
Internaci onal s obre la Inquisi ción Español a , Siglo Veinti uno de Es paña Edi tores, Ma drid, 1980, pá g. 54.
286 P ÉREZ -P RENDES M UÑOZ -A RRACO , J. M., «El pr ocedimi ento inqui sitori al. (Esquem a y signi ficado) »,
en L ÓPEZ Á LVAREZ , A. M. ª et a lii (eds.), Inquisición y convers os. Conferen cias pr onunciadas en el III
Curso de Cultura Hisp ano-Jud ía y Sefardí de la Un iversidad de Castilla-La Mancha , Asociación de
Amigos del Museo Sefardí-Caja de Castilla-La Mancha, Toledo, 1994, págs. 149-150.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
125
1561 287 . El profesor Francisco Tom ás y Valiente añade un últim o foco de donde se
alimentaba la legalidad procesa l: las cartas acordadas por la Suprem a y enviadas a las
diferentes circunscripciones 288 .
Prescindiendo de cualquier posicionamiento ideológico, nos gustaría subrayar la
incontestable crueldad d e este régimen penal, el cual dio alas a la discrecionalidad de
los inquisidores, en detrimento de las garantías y seguridad de los acusados. Tal fiereza
procedimental, no obstante, debe analizarse con los parámetros de la época y no desde
nuestra óptica de hoy, donde, afortunadamente, se ha avanzado bastante en la defensa
de los derechos humanos. Solam ente amoldándonos al pasado y reparando en sus
discordancias con el presente, podremos ponderar los acontecim ientos con cierta
rigurosidad y concluir cómo entonces la incólume suprem acía de la ortodoxia,
imbricada en una empresa po lítica muy es pecífica, ju stificó una barbarie que
descansaba acaso m ás en la provechosa a mbigüedad jurídica d el delito, e n la
maleabilidad de la herejía, que en la abyección intríns eca del proceso 289 .
El ocaso de la institu ción inquisitorial co menzó a av istarse con claridad a p artir
del siglo XVIII , etapa de actividad insustancial alen tada sobre todo por factores políticos.
Durante el reinado de Carlos III se planteó su supresión, pero Carlos IV le otorgó un
nuevo impulso com o instrumento para hostil izar a los elementos revolucionarios. En
adelante y hasta su cese irrevocable en 1834, el Tribunal, extremadamente politizado,
experimentaría interm itentes disoluciones y restauraciones en conson ancia con el
enfrentamiento entre conservadores y liberales.
Como epílogo a este epígrafe creem os oportuno mencionar, al m enos
sucintamente, la controversia historiográf ica existente sobre las m otivaciones de la
instauración del Santo Oficio. Superadas ya las ideologizadas discusiones que alrededor
de la Inquisición mantuvo la hist oriografía tiempo at rás, las líneas de exam en actuales,
287 B ANGO T ORVISO , I. G., «Inquisición», en M UÑOZ P ÁRRAGA , M. ª DEL C. (coord. ), Memoria de Sefarad ,
Sociedad Estatal pa ra la Acción Cultural Exterior , Madrid, 2002 , pág. 409. M ARTÍNEZ M I LLÁN , J., op. cit. ,
págs. 58-63.
288 T OMÁS Y V ALIEN TE , F., supra , pá g. 57.
289 El salvajism o demost rado por el Sant o Ofic io ha sido un tem a altament e controve rti do entre los
estudiosos . Un balance s obre este debate en: G ARCÍA C ÁRCEL , R. y M ORENO M ARTÍNEZ , D., op. cit. , págs.
188-193 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
126
sin embargo, han continuado disintiendo y polem izando frente a determinados capítulos
de la historia inquisitorial , aunque desde enfoques distinto s, que se alejan de la
predominante subjetividad anterior para recom poner discursos con mayores dosis de
cientificidad e im parcialidad 290 . Uno de estos puntos objeto de disputa en nuestros días
atañe precisam ente a las razones d el nacimiento del Tribunal.
La aparición del libro de Benzion Netanyahu The origins of the Inquisition in
fifteenth century Spain (1995) y su posterior traducción al castellano ( Lo s orígenes de la
Inquisición en la España del siglo XV , 1999) entrañaron la deci dida irrupción de esa
pugna, aún activa, donde han rivalizado, y riva lizan, posturas de ardua conciliación. El
autor israelí, habida cuenta de la, para él , sin cera cristian dad de la mayoría de los
judeoconvertidos, rechaza cualquier argumentación etiológica en térm inos religiosos,
decantándose por razon amientos que parten de prem isas en torno al racismo. Según
Netanyahu, fue la enraizada inquina de los cr istianos viejos hacia la raza judaica el
motor primordial que indujo a la im plantaci ón de la Inquisición. Gestada con el grupo
propiamente judío para luego cebarse con los conversos, es a animosidad racial halló,
además, un vigorizador estím ulo en la coyuntur a entonces atravesada, tanto en el orden
socioeconómico –renovada, e irritante , inf luencia de la m inoría en la socied ad
hegemónica–, cuanto en el político –pro ceso de configuración de una identidad
española y conceptuación de la etni a hebrea como un menoscabo de esa conciencia
nacional –. En este contexto, los soberanos patr ocinarían el advenimiento del Santo
Oficio como ardid con el cual com placer a muchos de sus súb ditos, precaver ag itaciones
y progresar en su proyecto monárquico. Por lo que respe cta a la teoría de que las
apetencias económicas de la Corona sobre el patrim onio de los reos auspiciaron la
fundación del Tribunal –conforme especularon en el siglo XIX varios eruditos, entre
290 Para unas nociones básicas acerca de las corrientes que han jalonado la investigación referente a l
Tribunal de la Fe, véase: P ÉREZ V ILLANUEVA , J. y E SCANDELL B ONET , B. (dirs), Historia de la
Inquisi ción en España y A mérica. Te mas y probl emas , vol. III , Biblioteca de Autores Cristianos-Centro de
Estudios I nquisi toriales, Ma drid, 20 00, págs. 83-168. G ARCÍA C ÁRCEL , R., «Henry Charles Lea y la
histori ografía angl osajona s obre Inqui sición», e n B ERNARDO A RES , J. M. DE (ed.), El hispanismo
anglonort eamerican o: aport aciones, pr oblemas y perspect ivas sobr e Histori a, Art e y Literat ura
españolas (siglo s XVI - XVIII ). Actas de l a I Conf erencia I nternaci onal «Haci a un N uevo Hu manis mo» ,
Publicaciones Obra Social y Cultural Cajasur, Có rdoba, 2001, págs. 631-6 41; «Veinte años de
historiografía de la Inquisición. Algun as reflexiones», en Anales 199 5/1996 , Real Soci edad Económ ica de
Ami gos del País , Valencia , 1996, págs. 231-2 54. H ENNINGSEN , G., «¿Por qué estudiar la Inquisición?
Reflexiones sobre la h istoriografía reciente y el futu ro de una disciplin a», Manuscrits , 7, 1988, págs. 35-
49.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
127
ellos, Juan Antonio Llorente 291 –, Benzion Netanyahu no la acepta como causa única y
primaria, si bien reconoce que, una vez erigida la Inquisición, Isabel y Fernando no
dudaron en utilizarla para incr ementar su capacidad financiera 292 .
A estas tesis, que han encontrado en Ángel Alcalá su mejor portavoz y
simpatizante dentro del ám bito historio gráfico hispano –no sin objeciones a ciertos
aspectos 293 –, se oponen, como cabe esperar, otros hi storiadores, entre los que destacan
José Antonio Escudero 294 o Antonio Dom ínguez Ortiz, quien ha rectificado con singular
contundencia las exégesis alusivas a la voracidad económ ica regio-inquisitorial. Junto
al subsidiario aliciente político de lograr una unificación interna, el profesor sevillano
invoca el taxativo móvil religioso. En su opinión, a la Monarquía no le interesaba
masacrar a un «sector burgués», sustentador f undamental de la econom ía y generador
de abultados beneficios, añadiendo que las confiscaciones eran menos rentables de lo
que puede pensarse, pues no cubrían los gastos del Tribunal. Incluso el importe de las
abundantes requisas de la époc a inaugural, prosigue , resultaba «inferio r a las cantidades
que dejó de percibir por el quebranto económ ico causa do por la persecu ción y más tarde
por la expulsión de los judíos» 295 . Solo las capas populares más desfavorecidas
considerarían a los conversos com o acérrimo s enem igos por cuestiones sociales. De
hecho, con relativa asiduidad la aristocracia trabó afables relacione s con estos cristianos
nuevos. Aparte de esto, no hay que perder de vista que los conversos poderosos
representaron, en realid ad, una corta proporción y que en tre los imputados por la
Inquisición prevalecían los conversos de procedencia más modesta. «Sin hacer
291 Cfr. L LORENT E , J. A., Historia crítica de la Inqu isición en España , vol. I , Hiperión, Madrid, 1980,
págs. 123- 125.
292 N ETANYAHU , B., Los orígenes de la Inquis ición en l a España del si glo XV , Crítica, Barcelona, 1999.
Estas ideas las anticipó en : «¿Motivos o pretexto s? La razón de la Inquisició n», en A LCALÁ , Á. et alii ,
Inquisi ción esp añola y me ntal idad inq uisitor ial. P onencia s del Si mposio Internaci onal s obre In quisició n ,
Ariel, Barcelon a, 1984, págs. 23-44 .
293 A LCALÁ , Á., «Principales innovacione s metodol ógicas y t emáticas sobre “Los o rígenes de la
Inquisi ción” en la obra de B enzion Neta nyahu. Algunos reparos», Revista de la Inquisición , 7, 1998,
págs. 47-80.
294 E SCUDERO , J. A., «Netan yahu y lo s orígen es de la In quisición española», Revista de la Inquisición , 7,
1998, pá gs. 9-46.
295 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeoco nversos en Es paña y.. . , pág. 38.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
134
Hubo, eso sí, quienes esquivaron esta prohibició n mediante el contrabando o con
la complicid ad interesada de of iciales reales o nobles, un des afuero intole rable frente al
cual la Corona, claro es tá, no perm aneció impasible 313 . Las graves infraccion es
recogidas en los ates tados levantados al efecto de terminaron que, ante la im posibilidad
de hallar y capturar a los malhechores, se prev iera una sanción general: la confiscación
de las propiedades y derechos de obligaci ón que aún conservaran en España, por medio
de contratos de depósito, los ya expulsos. El conjunto de estas posesiones debía ir a
engrosar el erario regio. Enseguida, Isab el y Fernando tomaron medidas para ello:
bloquearon la liquidación de esos bienes y la ex acción de los adeudos en curso; trataron
de interrumpir el envío de dinero en fo rma de letras de cam bio a los deportados,
informando a los banq ueros genoveses –a la cabeza en esas gestiones– que si las
ingresaban en la Cámara y Fisco serían prem iados con un beneficio del 20 % –en el
supuesto de que no actuaran conforme a estas recomendaciones , habrían de abonar una
multa del «quarto tanto»–; pa ralela mente, em pezaron las i nvestigaciones para precisar
la cuantía y ubicación de tales activos , un escudriñam iento minucioso que se
prolongaría hasta el 26 de julio de 1494 314 , cuando Sus Altezas decretaron la
apropiación de aquellos caudales para la s bolsas del reino, completándose estas
cobranzas hacia fines de 1496 315 .
Los dominios com unales de las aljam a s o de las corpor aciones judaicas
configuran otro apartado di gno de atención. También se auto rizó su venta, pero, al
objeto de socorrer a los hebreos más em pobrecidos, el fondo obtenido de estas
operaciones se utilizaría para sufragar lo s viajes de los menesterosos –no hay que
313 Ello no fue incompatible con el hecho de que los monarcas, de manera extrao rdinaria, se saltaran la
norm ativa y otorgara n a don Ishac Abraban el el privi legio de l levarse consig o, al em prender la di áspora,
ciertas cantidades de metal precioso. S UÁREZ F ERNÁNDE Z , L., «La salida de lo s judíos», en R EGLERO DE
LA F UENTE , C. M. (coord.), Poder y sociedad en l a Baja E dad Medi a hispáni ca. Estudi os en h omenaje al
profesor L uis Vicente Díaz Martí n , vol. II , Secretariado de Publica ciones e Int ercam bio Edito rial-
Universidad d e Valladolid, 2002, p ág. 1143 .
314 La lentitud con qu e transcurrieron las indagacione s –un os dos años– propiciaría las ocultacio nes y una
mengua en la c otización de las here dades y demás pertenencias judías.
315 L ADERO Q UESADA , M. A., «D espués de 14 92…», pág s. 731-732 y ss. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., La
expulsión de los… , págs. 345-346. Este último autor lanza la h ipótesis de que se practicaron excep ciones,
excluyendo de la incautaci ón los ca pitales de quienes demostraron su inocenci a. Cfr. S UÁREZ
F ERNÁNDEZ , L. (ed.), Document os acerca de… , pág. 6 3. En ot ro orden de cosas , los sobe rano s en
ocasiones emplearon estas fo rtunas para recompensar servicios y lealt ades, como hicieron con don
Fadrique Ál varez de Tole do, seg undo duque de Alba. Vid. M ORALES M UÑIZ , M. ª D.-C., «Una m erced de
los Reyes C atólicos al duque de Alba rela ciona da con la expul sión de los ju díos», Espaci o, Tiempo y
Forma, Serie III, Hist oria Medieval , 1, 1988, pá gs. 401-4 08.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
135
olvidar que los gastos generados por aquello s forzados desplazam ientos (flete de los
barcos, impuestos de paso, m anutención… ) corrían por cuenta de los m ismos
proscritos–. De manera parecida a lo acaeci do con los patrimonios priv ados, surgieron
dificultades y contratiempos en las transacciones 316 , por lo que, agotado el período para
rematar el destierro, todavía quedaban bienes com unitarios sin vender. Carentes de
propietarios, el tesoro real los adquirió entonces para sí, aunque esto no truncó el
entusiasmo de m uchos –nobles, eclesiástic os y oligarcas locales mayorm ente– por
fortalecer sus riquezas a expensas de esos inm uebles, a los cuales term inaron
accediendo por diversos procedim ientos, dife rentes de la opción de compra que
inicialm ente se les ofreció: las donaciones r egias y la legitim ación de antig uas
usurpaciones constituyeron los métodos de adjudicación m ás frecuentes. Las
transferencias en la titularidad de los tem plos mosa icos comportaron, asimism o, una
alteración, a veces brusca, de su funcionalidad originaria, pu es si los hubo que
mantuvieron sus com etidos religiosos –ahora, evidentemente, de orientación cristiana–,
otros asumieron com petencias tendentes a lo social, transformá ndose en hospitales,
enfermerías, escuelas y hasta m ataderos 317 . Con todo, y a pesar de que la m alevolencia
cristiana preponderó en este contexto, se dieron muestras de respeto, de cierta
compostura, actitudes de deferencia hacia la grey de Moisés, cuya prueba m ás
fehaciente quizá la tengam os en Vitoria: el regim iento, en agradecimiento a los judíos
de la ciudad por la ayuda que médicos de su religión habían prestado en un reciente
brote pestilencial, se comprometió a no prof anar el cementerio hebreo y a usar los
terrenos únicamente como dehesa, una prom esa que acató cumplidam ente durante
siglos, hasta mediados de la pasada centu ria, cuando la comunidad hebrea de Bayona,
heredera jurídica de la vitoriana, rele vó al municipio de aquel deber, como
contraprestación a la protección dispensada por España a la m inoría frente a los nazis
316 Por ejempl o, el concejo de Palencia int entó prohi bir la enajenaci ón de la sinago ga y de dos
dependencias anejas – una casa y un co rral–, con el propósito , prese ntían los ju díos pale ntinos, de
adueñarse de esas edificaci ones sin pagar por ellas precio alguno. La int ervención de los m onarcas, sin
embarg o, frus tró el pr oyecto. S UÁREZ F ERNÁN DEZ , L., La expulsión d e los... , pág. 329. S UÁREZ
F ERNÁNDEZ , L. (ed.), Documentos acerca d e... , pá gs. 411-41 2.
317 S UÁREZ F ERNÁND EZ , L., La expulsión de los… , pá gs. 329-330. R UIZ P OVED ANO , J. M. ª , «Las
“conversiones” de sinago gas a raíz del decr eto de expulsión (1492)», Miscel ánea de Est udios Ár abes y
Hebraic os , 29/ 2, 1980, pá gs. 14 3-162. El a rtícul o se hace e co de la erróne a interpretaci ón de Jose ph Jacob
en An inquiry into the sou rces of the hist ory of the jews in Spain (Londres, 1894), según la cu al los
monarcas establecieron, por carta de 25 de mayo de 1492, la inalienabilidad d e los comunales de las
aljamas.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
136
en la Segunda Guerra Mundial 318 . Por otro lado, y ciñéndonos a 1492, las arcas del
Estado recibieron, además, entregas en m etálico com o adelanto de la tributación de una
o varias anualidades con la que se grav aba norm almente al colectivo sefardita 319 .
Para asegurar que el dictam en era conocido por la totalidad de lo s habitantes de la
Monarquía, los Reyes Católicos re quirieron su máxima publicidad:
E porque esto pueda benir a notiçia de todos e ni nguno pueda pretender ynorançia
mandamos que esta nuestra carta sea pregonada por las plazas e lugares
acostumbrados [...] de las prinçipales çi bda des e villas e lugares de su obispado por
pregonero e ante escrivano publico 320 .
Aunque refrendado el 31 de marzo, la pr om ulgación del edicto por las distintas
urbes castellano-aragonesas ocurrió semanas m ás tarde, entre finales de abril y
comienzos de m ayo, al parecer por los esfuer zos fallidos de algunos judíos, como Ishac
Abrabanel o Abraham Seneor , por revocar el bando 321 .
En esa tesitura, solo existía una manera de sustraerse a la inexorable disposición:
el bautism o. Resulta aventurado calibrar cuántos se arrimaron en aquellos mome nt os a
la pila bautismal. Historiadores coinciden en que la mayor parte de los fieles judaicos
demostró una franca adhesión a sus creencias, anteponiendo los apuros y trastornos de
cualquier movimiento de éxodo, y m ás el emanado de la coacción, con tal de no abjurar
de su fe 322 . Especialmente los de extracción m ás humilde optaron por el exilio, m ientras
que los de más solvencia y consideración, unos pocos al fin y al ca bo, debieron sentir la
conveniencia de continuar en España, por su descreim iento y/o por tener más que
318 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., La expulsión de los… , págs. 330-3 31; Judíos espa ñoles… , pág. 271 .
319 B AER , Y., op. cit. , pág. 8 78.
320 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L. (ed.), Document os acerca de.. . , págs. 394 -395.
321 B AER , Y., supra , págs. 877- 878. Consi guie ntem ente, los plazos para conclui r la dep ortación se vier on
rebajados en la práctica a tres meses.
322 Los motivos ya los expuso Luis S uárez: tras un siglo de im placables hostigam ientos, se había
produci do un f enómeno de depuraci ón en el sen o de la grey , de modo q ue los red uctos subsi stentes eran,
por lo ge neral, los afe rrados con más ve hem encia a sus con vicciones y qui enes no se am ilanaban fre nte a
los go lpes asestados desde la sociedad cri stiana; asimism o, el acecho del Santo Oficio y sus crue ntas
actuaciones significaban una preocupa nte amenaza que de salentaba a m uchos a la hora de decantarse por
el fingimiento religioso . S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., La expulsión de los… , pág. 327.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
137
perder 323 . Es innecesario comentar el grado de sinceridad de estas repentinas
conversiones, lo cual no obstaba para una ulterior asimilación.
Los frailes, por su lado, acometieron una en érgica campaña de predicación con el
ánimo de ganar m ás prosélitos 324 . Probablem ente, tanto los soberanos como ciertos
cristianos de los estrato s elevados encontra ban más positiva la cristianización que la
expulsión, sabedores del rendimiento de los ahora proscritos y desem barazados, merece
subrayarse, del antisem itismo que crispaba con saña las vo luntades de la plebe. De
hecho, Isabel y Fernando siguieron atentament e la adm isión en la cristiandad de judíos
señeros –apadrinaron en el monasterio de Guadalupe al referido Abraham Seneor, a su
yerno Mayr Melamed y a todos sus fam iliares–, con el propósito añadido de
conmocionar, m ediante aquellas ceremonias solem nes protagonizadas por personajes de
altura, a la maltrecha com unidad hebrea y arra strarla a la mutación religiosa. De igual
forma, quisieron gratificar con diversos priv ilegios a quienes decidieran bautizarse, una
táctica de persuasión no infalible sin embargo: si funcionó en sitios com o el condado de
Luna, donde se condonó a los judeoconverti dos una deuda de 700 000 maravedíes que
pesaba sobre ellos an tes de tomar en m asa las aguas sacr am entales, las acciones del
duque del Infantado por lograr lo propio con las destacadas aljam as de Maqueda y
Torrijos no cosecharon frutos, y de nada va lieron los of recim ientos brind ados: absoluta
exoneración impositiva por unos añ os y excusaci ón de los rastreos inquis itoriales. De la
conducta de los monarcas se infiere, por en de, que m ás que eliminar al judío, lo que
ellos buscaban era abolir el culto jud aico, al juzgarlo in compatible con el ideal polític o
al cual aspiraban 325 .
En general, la experiencia de quienes cr uzaron las fronteras hi spanas fue, cuando
menos, desagradable y calam itosa, no solo por haber sido apremiados a enajenar sus
bienes, sin otra alternativa que la de re signars e ante los exces os perpetrados, sino
además por los percances de sus viajes –onerosos costes, abono de peajes, robos,
323 D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los judeoco nversos en Es paña y.. . , págs. 40-42.
324 Yitzha k Baer nos habla de la contraofensiva de R abí Selom ó, con cuy os sermones disuadí a a los
judíos de l a apost asía. Este rabino serí a expulsa do de Albarrací n y de Ter uel por s us mensajes
robustecedores de la ley he braica. B AER , Y., op. cit. , pág. 879 .
325 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., La expulsión de los… , págs. 325-326. P ÉREZ , J., La Inqu isición españo la.
Crónica negra del Santo Oficio , Martínez Roca Edicio nes, Madri d, 2005, pág. 103.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
138
crímenes…–, y el colofón de una desabrida bien venida en sus lugares de destino, ya por
parte de cristianos o m usulm anes como de lo s judíos allí residentes . El impacto de tales
adversidades entre los desterrados cabría calificarlo, como poco, de profundo, porque,
seguramente, el decreto de e xpulsión cogió por sorpresa a los afectados: habituados al
respaldo que, com o servi regis , les proporcionaba la Corona e, incluso, a la estrecha y
fecunda vinculación que algunos mantenían con la corte, es improba ble que vaticinaran
no tanto un agravamiento del régimen discrim inador vigente 326 , como la adopción de
una medida de sum o extremismo 327 . Por otro lado, y en cuanto a las secuelas que en el
pensamiento, en las m entalidades, causó la catástrofe –como la consideraron–, su
explicación se cifró en térm inos éticos: trat ábase del castigo con que la justicia divina
respondía a los pecados com etidos por la grey, la cual aceptaba sin d ramatismo s lo
sucedido y se autorresponsabilizaba por comple to de ello. Así, la lectu ra del terrib le
acontecimiento se anunciaba esperanzadora, pu es si en el pueblo hebreo había radicado
la culpa, el yerro, también en sus manos es taba la enm ienda. Divisaban, por esto, un
futuro perfectible, en el que recuperarían la más pura eticidad y se congraciarían
nuevamente con la divinidad 328 .
La diáspora se encarriló hacia distintas direcciones. A m enudo, los emigrados,
acaso confiando en que los reyes acabaría n por m odificar su veredicto y por
readmitirlo s en la patria dejada, pusieron sus ojos en espac ios adyacentes , en los cuales
sus circunstancias vitales no difirieran demasiado. Fundam entalmente los del norte
hispánico se desplazaron hasta Navarra –de donde serían deportados en 1498,
refugiándose en Francia e Italia quienes, por segunda vez, rechazaron convertirse, un os
grupos ahora más escasos, según narra el cronis ta oficial del reino, el jesuita Francisco
Alesón–, o bien, la Europa del noroeste (Inglaterra, Fl andes), aunque este flujo
migratorio apenas revistió im portancia, a dife rencia de lo que sucedería siglos después,
326 ¿No apuntaba en ese sentido la tónica dominante en las últim as décadas? Si recordam os, en estos
momentos todavía quedaban jude rías en proceso de rem o ción y aislamie nto, acatando lo aprobado por l as
Cortes de Toled o en 1480.
327 La tranquila pr osecució n de las ac tividades económ icas judías e n los instantes previos al decreto, la
total normalidad en el desenvolvim iento cotidiano, si n signos de al arma, parece certificar el carácter
inopinado d e la res olución , que, de presagiarse, hubie ra provoca do, com o mínim o, una l eve réplica e ntre
los magnates c ortesanos de ese linaje . C ARRETE P ARRONDO , C., «Sefar ad 1492…», pág. 53 .
328 G ARZÓN S ER FATY , B., «Rep ercusión de la expulsión entre los sefarditas», en S ÁENZ -B ADILLOS , Á.
(ed.), Judíos entre árabes y cristianos. Luces y sombr as de una convivencia , El Almendro , Córdo ba,
2000, pá gs. 158-1 59.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
139
cuando bastantes judeoconversos luso-esp añoles, huyendo de la Inquisición, se
dirigieron hacia ciudades norteuropeas 329 . Los judíos de la corona de Aragón transitaron
al Estado navarro o se embarcaron en los pr incipales pu ertos catal anes y levantinos
rumbo a Italia, F rancia o el Magreb. Casi todos los castellanos se trasladaron a
Portugal, pero Juan II solamente consintió su estancia a cambio del pago de tributos con
los cuales aplacar la penuria económ ica del país, hasta que la interacción de una serie
de factores, cuatro años más tarde, dese mbocaron en la expulsión de Portugal. Se
cobijaron entonces en Berbería, a donde ya ha bían ido diversos contingentes desde el
litoral andaluz-m urciano y desde el propio te rrito rio portugués –en concreto, quienes no
pudieron satisfacer las exacciones de don Ju an y no quisieron vers e reducidos a la
esclavitud–, conformando comunidades de he breos hispano-lusos que se esparcían por
Marruecos, Argelia y Tunicia 330 . Insis timos, la hospita lidad no siem pre esperó a estos
hombres en los puntos de llegada. V erdaderam ente desapacible fue el recibimiento en
Fez: superadas las vejacione s que en la misma travesía por mar sufrieron algunos –
como los que alcanzaron Salé–, el camino y ulterior asiento en aquella zona del África
septentrional aún les reservaron nuevos padecimientos, a cargo, incluso, de los
correligionarios nativos o arabizad os por efecto de su dilatada permanencia allí, con
quienes, adem ás, surgirían fricciones en lo cutu ral-religioso 331 . Más sosegadam ente se
les albergó en Italia (Nápoles, Ferra ra, Roma…), aunque estallaron asim ismo
329 Junto c on las del sudoeste gal o y de Itali a. Vid. K APLAN , Y., «Los se fardíes en Eu ropa», e n B EL
B RAVO , M. ª A. (coord .), Diáspora sefardí , Mapfre, Madrid, 1992 , págs. 49-76 y 84-90.
330 A RIÉ , R., «La expulsió n de los ju díos de Espa ña y su a cogida e n tierra del Islam , de la Baja Edad
Media al si glo XVI », en B ARRIOS A GUIL ERA , M. y V INCENT , B. (eds.), Granada 1492-1992 . Del reino de
Granada al futuro del mundo mediterrán eo , Universida d de Gra nada-Dip ut ación Provincial de Granada,
1995, p ágs. 67-71 .
331 S ERELS , M. M., «La prim era generaci ón de judí os español es en Marr uecos: lle gada y asentam iento»,
en A LCALÁ , Á. (ed.) , Judíos. Sefarditas. C onversos. La ex pulsión de 1492 y s us consecuenci as. Pone ncias
del Congreso Internacional , Ámbito, Valladolid, 1995, págs . 236-245. C ANTERA M ONTEN EGRO , E., «El
asentamiento de judíos cas tellanos en el norte de África tras la expulsión de 1492 : causas y
consecuencias», en R IPOLL P ERELLÓ , E. (ed.), Actas del Congreso Interna cional «El estrecho d e
Gibralt ar». Hi storia de la Ed ad Media , vol. II , UNED-Ay untam iento de Ceuta, M adrid , 1988, págs. 2 83-
287. Com o resultad o de estas desvent uras, de las asi duas afli cciones, fom entadas también p or las
calamidades y reveses de la época (ca restías, ep idem ias, guerras, re beliones…) , hubo he breos que
resolvieron regresar a su patria y solicitaron al gobern ado r de Arcila su reincorporación a la cristiandad.
G OZALBES C RAVIO TO , E., «Arcila, puer to norteafricano d e recepción de los sefarditas ( 1492-1493) »,
Espacio, Tie mpo y F orma, Serie IV, Hi stor ia Modern a , 6, 1993, pá gs. 54-5 6. No obstant e, otros ta ntos
prefirieron resistir y, pese a las desgracias arrostra das, consiguier on arr aigar y reconstruir, en cierta
maner a, su modus vivendi en Sefarad, practicando su culto y dotándo se de un sistema org anizativo
codificado en un as ordenanzas que sancionaron los dign atarios político-relig iosos. Sin embargo, tampoco
aquí escaparon a los sinsa bores de la marginación , el desprecio y hasta la afre nta m ás virule nta.
Destacando el paralelismo entre el j udaísmo sefard í anterior a 1 492 y e l magrebí post erior a esa fecha,
tenemos la monografía citada de Haim Zafrani ( vid. nota 78).
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
140
confrontaciones 332 . Mejor su erte corrieron los judíos que se desviaron hacia las distantes
áreas de Oriente –varios de ellos tras haber recalado antes en las regiones italianas–,
hallando en el Imperio Otom ano una mayor benignidad, una especie de remanso de paz
–que no destino idílico–, donde resp landecieron con magnífico lustre 333 . América, en
fin, constituyó otro de los escenarios de la dispersión de los hispanohebreos, que se
diseminaron por el vasto continente al com pás de la conquista ultramarina em prendida
por las potencias coloniales en las que ello s moraban 334 .
Las penalidades sobrellevadas inclinaron a muchos a retornar a suelo hispánico,
pero debían hacerlo como nuevos cristianos, presentando certificados p robatorios de su
bautismo o notificando su deseo de cristianizarse. Fueron quienes se refugiaron en
Portugal los pioneros en pedir su reingreso, a raíz de lo cual, el 10 de noviembre de
1492, se promulgó la apertura de las puert as españolas a todo judío que quisiese
volver 335 . La entrada se efectuaría por Badajoz, Ciudad Rodrigo o Zamora, las cuales,
hacía solo unos meses, habían funciona do com o puestos de salida. En dichas
localidades, las autoridades civiles y re ligiosas presenciarían la conversión o
revalidarían la legitimidad del acta bautis mal si el sacra mento se había realizado
previamente en el país lusitano:
…tomamos e reçebim os so nuestra guarda e anparo e defendimiento real a todos
los judios e judias que ansi quisieren venir a los dichos nuestros reynos e señorios
syendo primeramente torn ados christianos en la dicha Çibdad Rodrigo o en el
dicho reyno de Portogal o tornandose chri stianos e reçibiendo agua de Espiritu
Santo en el primer lugar de nuestros re ynos conviene a saber, los que sallieren de
Portogal por Badajoz que se tornen christia nos en la dicha çibdad de Badajoz e los
que salieren por Çibdad Rodrigo que se to rnen christianos en la dicha Çibdad
Rodrigo e los que sallieren por la dicha çibda d de Çamora que se tornen christianos
en la dicha çibdad de Çamora. E que en qualesquier de las dichas çibdades que se
332 B ONFIL , R., «It alia: un trist e epílo go de la expulsi ón de l os judí os de E spaña», e n A LCALÁ , Á. (ed.) ,
Judíos. Sef ardit as. Conversos. L a expulsi ón de 14 92 y sus c onsec uencias. Po nencias del Congres o
Internaci o nal , Ám bito, Vall adoli d, 1995, pá gs. 246- 268.
333 A RIÉ , R., op. cit. , pág. 72. B OWMAN , S. B., «La llegada de lo s sefardíes a las tierras del Mediterráneo
oriental », en A LCALÁ , Á. (ed.), Judíos. Sef arditas. Conver sos. La ex pulsión de 14 92 y sus consecue ncias.
Ponencias del C ongreso Internaci onal , Ám bito, Vallado lid, 1995, págs. 269-28 1.
334 Para una vi sión gl obal e instr uc tiva sobre el peculiar peregrinaje judí o, cons últense las obras colectiv as
conducidas po r B EL B RAVO , M. ª A. (co ord.), Diáspora s efar dí , Mapfre, Ma drid, 1992, y por
M ÉCHOULAN , H. (dir.), Los judí os de Esp aña. Histo ria de una diás pora ( 1492- 1992) , Trotta-Fundación
Amigos de Sefarad-Sociedad Quinto Centenario, Valladolid , 1993.
335 B EINART , H., «Vuelta de l os judíos a E spaña des pués de l a expulsió n», en A LCALÁ , Á. (ed.), Judíos.
Sefarditas. C onversos. L a expulsi ón de 1492 y sus c onsecuenci as. Ponenci as del Congr eso Internacio nal ,
Ámbi to, Valla dolid, 19 95, págs. 1 81-182.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
141
batizaren se bautizen seyendo presente el obispo o su provisor e el corr egidor o
alcaldes de la tal ciudad e que tray gan fe autentica como reçibiero n bautismo en la
forma suso dicha la qual dicha fe asi mismo mandamos que traygan los que se
convertieren en el dicho reyno de Portugal e que q uesieren entrar en los dichos
nuestros reynos por que podamos ser çiertos co mo los dichos judios se tornan
christianos e non pueda aver en ello cav tela nin simulaçion alguna. E defendem os a
los dichos judios que estan en el dicho reyno de Portogal que se quisieren tor nar
christianos en los dichos reynos que se vengan por las dichas çibdades e por
qualquiera dellas para que puedan gosar de lo en esta carta contenido e non por otra
parte alguna… 336 .
La escritura real consignaba, igualmen te, la devolución –supervisada por los
agentes municipales– de sus antiguas pert enencias al m ismo precio que las hubieran
vendido, más las mejoras –si existían–:
…mandam os que cada e quando por los dichos judios que ansi se tornaren
christianos como dicho es fueredes requeridos fagades llamar ante vos las person as
a quien asi ellos vendieron las dichas sus ca sas e bienes ray zes al tiempo que
salieron e fueron destos nuestros reynos, e averiguando entrellos las contias de mrs
por que las vendieron y pagandolas con los dichos ma joramientos que en ellas
ovieren fecho ge las fagades volver e restituy r libremente para que esten e vivan
libremente en las dichas sus casas e bien es rayzes sin que en ello les sea puesto
inpedimiento alguno por quanto nuestr a merçed e voluntad es que ansi se faga e
cumpla… 337 .
También se contem plaba el reembolso de las deudas no usureras:
…si algunas personas les devian algunas devdas ge las fagades p agar las que justa
e liçitamente se fallaren que se les devian no n siendo de usura nin de logro ni de
que las leyes de nuestros reynos qu ieren e disponen que non sean pagadas… 338 .
Todo ello despertaba resentimientos c ontra los recién llegados, y m ás entre
quienes habían hecho una lucrativa operación de compra a bajo valo r. La readquisición
judaica de sus haciendas acarreó un enm ara ñado proceso en el cual abundaron los
pleitos y apelaciones, no siempre enm endados satisfactoriamente. Como comp ensación,
la Corona excusó la desobediencia de algunos que burlaron, en el inst ante de su inicial
alejamiento de Sefarad, las prescrip ciones de no sacar ciertos artículos de la nació n
(oro, plata, monedas, joyas…) 339 .
336 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L. (ed.), Document os acerca de.. . , pág. 488 .
337 Ibidem , págs. 488- 489.
338 Ibidem , pág. 489.
339 B EINART , H., «Vuelta de los…», pág. 183
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
142
Si bien los retornados confesaban haber sido «alumbrados del Espiritu Santo
conosciendo el herror en que estavan» 340 , ansiando por esto convertirse a la «Santa Fe
catholica e permanescer e m orir en ella como catholicos christianos» 341 , seguramente
hubieron de incidir en su determinaci ón cuestiones m enos etéreas, como sus
angustiosas peripecias en el destierro. No obs tante, quienes tornaban lo hacían porque
tenían un lugar al cual regresar o algo que reclam ar 342 . Difícilm ente, aquellos sin
ninguna oportunidad de aliviar en España su precaria situación os arían a rebasar el
limes hispánico, pues, además, se verían obligado s a renunciar a su identidad religios a.
De esta manera, preferían seguir errando com o judíos por otros Estados en busca de un
bienestar.
El 30 de julio de 1493 los Reyes Católicos reiteraron el permiso de repatriación ,
extendiéndolo ahora a los habitantes de Navarra 343 . Las inmigraciones habían
menudeado desde poco después del edicto del 31 de marzo de 1492 y, aunque sus
protagonistas debían pasar indispensablem ente por la conversión cristiana, podemos
intuir algunos conatos para so rtear este requisito, ya que de otra form a no se entiende el
precepto regio de 5 de septiem bre de 1499, es tableciendo la pena de m uerte para todos
los hebreos regresados, aun si afirmaban
que quieren ser christianos salvo si antes que entraren en nuestros regnos vos
enbiaren manifestar e f aser saber co mo vi enen a tornarse christiano s e convertir a
nuestra santa fee catholica e lo pusieren por obra ante escrivano e testigos en el
primer lugar donde entraren 344 .
Desconocemos la cifra de judíos moradores en nuestro país en 1492.
Tradicionalm ente los investigadores ha n barajado cuantías hiperbólicas –acaso
seducidos por la creencia de que así conf erían m ayor empaque histórico al fenómeno
judaico–, pero en la actualidad la historio grafía se m ueve por senderos más cautos. Sus
conclusiones, apoyadas en el entrecruzamiento de las fuentes fiscales y otras de diversa
naturaleza, sobre todo los datos transm itidos por Andrés Bernáldez, proponen cifras
340 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L. (ed.), Document os acerca de.. . , pág. 487 .
341 Ibidem .
342 B EINART , H., «Vuelt a de l os…», pá g. 19 2.
343 Ibidem , pág. 183.
344 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L. (ed.), Document os acerca de.. . , pág. 535 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O
143
fluctuantes entre 75 000-80 000 y 100 000-110 000 almas en Castilla –sobre un total de
4 500 000–; 10 000-12 000 en la corona de Aragón –sobre una población de 850 000–, y
unas 200-250 familias en Navarra, donde vivían m ás de 100 000 personas 345 .
Tampoco sabemos cuántos se bautizar on, librándose del decreto. Todo parece
indicar que frecuentaron tras la expulsión –con los retornos – y no en el ínterin planeado
por la provisión regia, a causa del clima de exaltación religiosa imperante en los
primeros mom entos, cuando las co ntrariedad es del ex ilio todavía no habían hecho
mella en los espíritus 346 . Sea como fuere, carecem os de certezas en este sentido.
La explicación concreta s obre los motivos por los cual es los soberanos decidieron
extinguir el mosaísmo supone un resbaladizo asunto m uy deba tido por los especialistas,
quienes ponen su acento en distintos aspectos económicos, sociales, políticos,
religiosos o simultáneamente en varios de ellos 347 . En cualquier caso, una medida de tal
calibre en parte nos aso mbra, al provenir de unos m onarcas cuya relación con esta
minoría no se había caracterizado, precisam e nte, por la repugnancia hacia ella, tan
intensa, en cambio, en otros sectores de la sociedad. Quizá, por esto, la expulsión solo
deba ser dilucidada por medio de la conjunc ión de factores desem ejantes. Desde esta
perspectiva, tenemos que traer a colación la injerencia de la Inquisición, y en particular
de Torquemada, quien argum entó a Isabel y Fernando que la asim ilación conversa no
sería viable m ientras perdurara el acicate hebraico, el cual había de ser abrogado 348 .
Pero también la avidez regi a por desvanecer la heterodox ia, fruto de sus inquietudes
345 L ADERO Q UESADA , M. A., «El número de ju díos en la España de 149 2: los que se fueron», en A LCALÁ ,
Á. (ed.), Ju díos. Sef arditas. C onversos. L a expulsión de 1492 y sus consec uencias. P onencias del
Congreso Intern acional , Ámbito, Valladolid, 1995 , págs. 174-175.
346 Ibidem , pág. 175.
347 P ÉREZ , J., «La expulsión de…», págs . 389-395. Resum e de forma cl arificadora las tesis desar rolladas
en torno a este tema y lo que se le puede objetar a ca da una de ellas.
348 La mediación del Inqu isidor General se explicita en la versión a ragonesa del edicto: «presum iendonos
el venerable p adre pri or de Santa Cr uz, general in quisido r de la dicha h eretica pra vidat en los rey nos y
senyorios nues tros por desca rgo de su officio y de nuestr a real conscienci a, que pa ra exti rpar del todo la
dicha he regia […] echassemos […] perpet uament e e para si empre l os dichos judi os e ju dias». Pu blicado,
entre otros, por A LCALÁ , Á. (ed.), Judíos. Sefarditas . Conver sos. La ex pulsión de 1492 y sus
consecuencias . Ponenci as del C ongreso Inte rnacional , Ámbito, Valladoli d, 1995, págs. 129-133. Incluso
no se descarta que el b orrador de Torquem ada del dec reto, data do el 20 de marzo de 1492, ins pirara los
otros dos , el d ocument o castell ano y el de Aragón . Vid. P ÉREZ , J., supra , pág. 385. K RIEGEL , M., «El
edicto de expulsión : motivos, fines, contex to», en A LCALÁ , Á. (ed.), Ju díos. Sefar ditas. Conver sos. La
expulsión d e 1492 y sus consec uencias. Po nencias del Congreso Int ernacional , Ám bito, Valladolid,
1995, pág. 138.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
246
pues el 21 de abril de 1490 el concejo exhortó a los israelitas a que en un m áximo de
dos meses abandonaran la urbe y se dirigieran a los parajes rurales, concretam ente a la
Ajarquía y Garbía, una restricci ón de la cual se verían exim idos los que gozaran de la
preceptiva aprobación d e los soberanos. Fenecido el plazo, el desahucio , sin embargo,
no se consumó y, lo que nos asombra todavía más, empezó ipso facto a tramitars e el
levantamiento de un nuevo barrio ju dío con sinagoga. Estaría emplazado extram uros, en
el sector despoblado de la re ferida Puerta de Granada, en tre lo que actualm ente son las
calles Muro de Santa Ana y Santa Ana, y en él se prev eía cabida para unas cincuenta
familias. Estas habían de constru ir sus casas de com ún acuerdo y con arreglo a sus
ponderaciones, pero poco después, el 28 de noviembre, ya fuera para soslayar
disensiones y conflictos o para ejercer autoridad, se comunicó a diez v ecinos hebraicos
la distribución y dimensiones de los solares que serían sus futuros hogares 27 . Además de
los antiguos deportados a Carmona, al gueto malacitano de la tem prana Modernidad
habrían acudido judíos veleños –dado que su judería se ha llaba inse rta en una fase
irreversible de despoblamiento, concluid a antes de 1492– y otros provenientes del
medio agrario –de ahí las instrucciones conm inatorias sobre su regreso al campo– 28 .
3.1.2.2. Las expulsiones
E L PANORAMA propicio al mosaísmo mostró limitaciones 29 y su vigencia, en realidad,
quedó simplificada a una ilusión pasajera. Tr anscurrido un cortísim o lapso temporal, y
en concordancia con el escenario de adve rsidades im perante en la Monarquía, se
estatuyó, el 29 de marzo de 1491, la expul sión de Málaga de los israelitas y
mahometanos en ella instalados. El m andato, del cual solamente se libraban Alí Dordux,
sus familiares y clientela –com o estipulaban las capitulaciones de 1487– y, de entre los
hebreos, el mimado linaje de los Alascar, fue pronunciado en público el 16 de abril en
27 B EJARANO R OBLES , F., op. cit. Se sugiere aquí, com o una de las ra zones esclarecedora s de este relativo
patrocini o a lo sem ita, la teórica mediación de Sam uel Alascar e n los círculos próxim os al monarca,
requiriend o am paro para su s herm anos de fe, idea, po r lo dem ás, bastant e plausi ble, en ta nto que el
valerse un judío de la pri macía obt enida dentro l a socieda d cristi ana para p roteger a s u grey co nstitu yó
una estam pa más que repetida en estas época s.
28 L ÓPEZ DE C OCA C AS TAÑER , J. E., op. cit. , págs. 19-20.
29 Como l a que, po r determ inación del cabil do el 6 de diciembre de 1490, im pedía a los j udíos a dueñars e
de mercancí as en las prim eras veintic uatro ho ras de ve nida a la ciudad, pues s olían c omprarl o «todo en
llegando pa ra reven der». AM M, Actas Capi tulares, vol. 1, fol. 63r. Cfr. B EJARANO R OBLES , F., supra .
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
247
diferentes sitios, lógicamente, tamb ién a la puerta del templo judaico 30 . Se ab ría un
término de quince días para observ ar la orde n, pero al final el municipio accedió a la
solicitud cursada por los dam nificados y prorrogó el ap lazamiento un m es 31 . No
debieron faltar las complicaci ones en la ejecución de esta expatriación local, habida
cuenta de que un año más tarde los Reyes, a petición del bachiller Serrano, reiteraron su
voluntad 32 . Al parecer, los proscritos s e guarecier on en el valle del Guadalhorce o en los
montes de Málaga 33 .
Culminando una compleja y habitualm ente pe nosa trayectoria por el decurso de la
historia hispana, el decreto de 31 de marzo de 1492 situó al grupo en la disyuntiva de la
conversión o salida de los dominios castell ano-aragoneses. En la capital malagueña,
cuyo puerto, junto con el de Almería, func ionaría entonces como puesto de embarque 34 ,
la terrible resolución se divulgó a través de un pregón voceado en el Arenal (Puerta del
Mar) y a la entrada de la morería y ju dería 35 .
Ante las norm as que mermaban la ínteg r a disponibilidad de sus pertenencias –
recordem os, imposibilid ad de portar consigo «oro ni plata n i m oneda amonedada ni las
otras cosas vedadas por las leys de nuestro s reynos, salvo en mercaderias que no sean
cosas vedadas o en canbios» 36 –, los sefardíes hubieron de liquidar sus heredades y
bienes muebles prohibidos, para lo cual adquirieron seda o cédulas de cam bio. El
menoscabo derivado de esta cláusula hizo de l fraude una alternativ a difícilmente
rechazable y, de esta forma, algunos recurr ieron a la ayuda de musulmanes y genoveses,
a quienes confiaron transitoriamente su s propiedades para eludir un voraz régimen
impositivo. Consciente de esto, el poder puso en práctica un severo aparato de
fiscalización 37 .
30 AMM, Actas Capitulares, vol. 1, fols. 86v y 88 r. Vid. B EJARANO R OBLES , F., op. cit.
31 AMM, Actas Capitulares, vol. 1, fol. 91r. Cfr. B EJARANO R OBLES , F., supra .
32 L ÓPEZ DE C OCA C AS TAÑER , J. E., op. cit. , pág. 19.
33 B EJARANO R OBLES , F., supra .
34 L ADERO Q UESADA , M. Á., «Dos tem as de...», pág. 3 40.
35 B EJARANO R OBLES , F., op. cit .
36 S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L. (ed.), op. cit. , pág. 394.
37 Los deste rrados te nían que em bolsar en las arcas estatal es un di ezmo de s u riquez a y un t ributo s obre la
seda tasado e n nueve m aravedíes por li bra. Vid. L ADERO Q UESADA , M. Á., «Dos temas de...», págs. 340-
341.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
248
Ignoramos la cifra de los que se m arc haron y los que, opuestamente, optaron por
no desprenderse de sus caudales ni, en definitiva, de una vida estable, forjada a lo largo
del tiempo, aunque el coste de su decisión requiriese pasar por la pila bautismal 38 . Si los
expatriados iban a toparse con mu ltitud de vicisitudes y penalidades 39 , lo cual incitaría a
varios a tornar y cristianizars e 40 , las expectativas de los segundos no preludiaban ser
más halagüeñas. Con el deseo de conseguir el perfecto adoctrin amie nto de los neófitos,
se intentó facilita r su aprendizaje del dogm a y concentración en este com etido religioso,
evitando su diversificación en otros quehaceres, com o los fi scales o usu rarios, de los
cuales estos neocristianos fueron relegados durante seis años. Para escapar a esa
vigilancia, muchos no vacilar on en cobijarse en núcleos al ejados del entorno urbano,
donde predominaba el com ponente mudéjar, a lo cual los monarcas respondieron con un
precepto obligándolos a vivir rodeados de veterocristianos y, ulteriorm ente,
restringiendo su dom icilio a las ciudades en exclus iva, también allí con bastantes
trabas 41 .
3.1.2.3. La Inquisición sobre Málaga
L A INCORPORA CIÓN malacitana a Castilla había con llevado inexcusablem ente la
vinculación de su devenir a los sucesos acaeci dos en aquella. A este respecto, las redes
inquisitoriales terminarían ram ificándose en un breve lapso por el espacio m alagueño,
más si consideram os que se concebía com o una comarca potencialm ente peligrosa , esto
es, proclive a acoger en su seno individuos cuya confesión cristiana era una mera táctica
38 Los expulsos t omaron pre ferentem e nte el camino hacia el Magreb. L ADERO Q UESA DA , M. Á., supra ,
pág. 340.
39 G OZALBES C R AVIOTO , E., «Las desventuras de un judío m alague ño en Marr uecos», Jábega , 63, 1989,
págs. 25-30.
40 Hemos de sacar a col ación aquí la not icia de la arriba da a las playas de la m etrópol i de unas naves
venecianas, e n las postri mería s de 1492 o en los inici os de 1493, c on judí os prete ndiend o reingresa r como
cristianos y condena ndo los p adecim ientos soporta dos desde el edi cto gene ral de deport ación. B EJARANO
R OBLES , F., op. cit . G ONZÁLEZ S ÁNCHEZ , V., Málaga: perfiles de su historia en documen tos del Archivo
Catedr al (14 87-1 516) , Málaga, 1994 , págs. 14 4-145. Asimi smo inte resantes nos result an las peripeci as de
los hebre os, mayorm ente andal uces, quienes, en vei nticinco b uques com andados por Pedro Fernán dez
Cabrón, eligieron la ruta que, d esde Cádiz y El Puerto de Santa María, los conduciría hasta Orán: la
inviabilidad de alcanzar el litoral por el bloqueo del corso los empujó a retroceder hacia Arcila, pero, a
causa de los cont ratiem pos de l clim a, debieron desp laza rse a Cartagena y Málaga, donde centenares de
ellos dem andaron el bauti smo –seg ún Bernáldez, cuat rocient as personas ren unciaro n al judaísm o en el
empori o ma lagueño–; l os rest antes llegarí an fi nalment e a Arcila, para luego proseg uir casi t odos ellos
hasta Fez. B ERNÁLDEZ , A., op. cit. , cap. CXII , págs. 342-343. S UÁREZ F ERNÁNDEZ , L., La expulsión de los
judíos de Es paña , Ma pfre, M adrid, 1991, pág. 3 39.
41 L ÓPEZ DE C OCA C AS TAÑER , J. E., op. cit. , págs. 21-22.
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
249
para continuar en su antiguo lugar de resi dencia. Su vocación comercial, dinam ismo e
idiosincrasia cosmopolita, especia lmente de la capital, auspiciaron el asentam iento de
gente originaria de m últiples partes del m undo, trayendo creencias y pensam ientos
dispares. Adem ás, por su anterior integrac ión en el principado nazarí, un am plio
porcentaje de sus habitantes tuvo, hasta 1570, raíces agarenas, al igual que un nutrido
sector de la población esclava existente –asiduamente oriunda del ám bito norteafricano
y de Guinea–, incrementando estas circunstancias la inseguridad de la zona. Por otro
lado, en los instantes inmediatam ente posteri ores a la Conquista, la ausencia de una
organización político-a dministr ativa delimitada , con instituciones precisas, sum ado al
hecho de configurar una nueva extensión por repoblar, ex enta de las ataduras impuestas
por la memoria histórica, conformaron a Má laga com o refugio para quienes, por un
motivo u otro, huían de la Inquisición.
Ahora bien, en el caso malagueño no cabe hablar de un tri bunal inquisitorial
propio. Tras una primitiva y confusa etap a de subordinación interm itente a las
demarcaciones cordobesa, jiennense y jereza na, fue adscrita para siempre a la
circunscripción de Granada en 1526, cuando esta, después de una serie de tentativas
frustradas entre 1498-1501, pudo consolidarse y adoptar un carácter autónomo y fijo 42 .
Su jurisdicción abarcaba el arzobispado y ciudad de Granada –cabeza del distrito–, los
obispados de Málaga, Guadix y la Abadía de Baza, así como la Almería de la
actualidad 43 . Casi la m itad de su superficie global, unos 28 485 kilómetros cuadrados,
correspondía a la diócesis malacitana 44 .
3.1.2.3.1. Primeros tiempos
T ODO APUNTA a que las primeras operaciones del Santo Oficio en la región se
produjeron a fines del siglo XV , en relación con el proceso repoblador entonces en
42 C ONTRERAS , J. y D EDIEU , J.-P., «Geograf ía de la Inqu isición esp año la: la formación de lo s distritos.
1470- 1820» , Hispania , 144, 1980, pá gs. 55- 56, 65- 68 y 70. G IL S ANJUÁN , J., «La Inquisición de Granada:
visita a Málaga y su comarca en 1568», Baetica , 1, 1978 , pág. 314. M ESEGUER F ERNÁNDE Z , J., «Fernando
de Talavera, Cisneros y la Inquisición en Granad a», en P ÉREZ V ILLANUEVA , J. (dir.), La Inqui sición
española. Nueva visión, nuevos horizontes. I Symposium Interna cional sobre la Inq uisición Esp añola ,
Siglo Veintiuno Editores, Madr id, 1980, págs. 371-400.
43 C ONTRERAS , J. y D EDIEU , J.-P., supra , pág. 67.
44 G ARCÍA C ÁRCEL , R., Prólogo a P ÉREZ DE C OLOSÍA R OD RÍGUEZ , M. ª I., Auto inquisitoria l de 1672: e l
criptojudaísmo en Málaga , Diputación Provin cial de Málaga, 1984, pág. 9.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
250
curso, donde los judeoconvertidos fundame ntalmente, pues por estas fechas el
hebraísmo se encontrab a ya en franco decliv e, participaron de m a nera muy activa. Sin
embargo, esto, en principio, solo resultó fac tible en los m omentos inaugurales, durante
el segundo lustro de la década de los ochenta del cuatrocientos, porque a partir de 1490
se acentuaron las paut as selectivas de la repoblación y, de este modo, junto a la
categoría social, lo s criterios ideológicos co m enzaron a ser atendidos en la elección de
los que iban a emigrar a suelo granadino. De sde esta perspectiva, el bachiller Juan
Alonso Serrano, pesquisidor regio, retiró a los reconciliados por la Inquisición la
vecindad en Vélez-Málaga, escondite de muchos, lo cual había inquietado a los
inquisidores por el mínim o control a que los penitentes estaban sometidos en los
terrenos de frontera a la hora cu m plir correctamente sus cond enas 45 . Idéntica prevención
había sido aplicada con anticip ación en Málaga, hacia 1489 –el 28 de enero se pregonó
en la urbe dicha orden real –, aunque convendría cu estionar su efectividad y presumir
una persistente recepción de descarriados en el municipio. De lo contrario, no se
entendería que, en 1492, los Reyes Católicos , en contestación a diversas consultas e
instancias f ormuladas por Serran o, conf irmaran su actitud con una disposición
semejante, la cual ensanchaba el veto a los herejes convictos en general y a sus
cónyuges 46 . Aun así, recientes invest ig aciones aluden a una d ism i nuida resonancia de la
normativa o, m ejor quizá, a su praxis un tanto laxa, al advertir cómo un grupo de
colonos, de más que probable ascende ncia hebraica y puede que con tropiezos con el
Tribunal de la Fe, conservó, tras la refo rmación del Repartimiento y sin apenas
modificaciones, la hacienda que prelim inarmente se le h abía asignado a cada uno de
ellos 47 . Igualm ente, cierta incuria en la observa ncia de la legislación acaso impulsó la
promulgación de unas pragm áticas en 1501, en virtud de la cuales los reconciliados
asentados en Andalucía orien tal debían volver a sus áreas d e procedencia 48 .
45 Por ello, instigaron a las autoridades locales a que coope raran e n ese sentido y denegaran el
avecindam iento a tale s sujetos, so pena de excom unión m ayor. L ÓPEZ DE C OCA C ASTAÑER , J. E., op. cit. ,
págs. 10-11.
46 No obstante, quienes disf rutaran d e dispen sa inquisito rial eran redi mido s de esta exclusi ón geográ fica.
L ÓPEZ B ELTR ÁN , M. ª T., «Los inicios d e la Inquisición en Málaga y su obisp ado», Ch ronica Nova , 30,
2003- 2004, págs. 2 15-21 7.
47 Ibidem , págs. 218- 223.
48 L ÓPEZ DE C OCA C ASTAÑER , J. E., supr a , págs. 11-12. LADERO Q UESADA , M. Á., «Notas sobre la política
confesional de los Reyes Católico s», en Homenaje a l excelentísimo seño r don Emilio Alarcos García .
Colabor ación , vol. II , Un iversida d de Va lladolid, 1965 , pág. 699 .
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
251
Las deficiencias docum entales detectadas para esta época prim igenia, además de
la indefinición administrativa que la carac terizó, en la cual empezaron a delinearse
modelos organizativos básico s, con instituciones cru ciales com o el Santo Oficio,
determinan que nuestros conocim ientos sobr e la comunidad judeoconversa m alagueña
de entonces sean parcos. Principalmente, se gún las noticias recopi ladas, sus problemas
con la Inquisición derivaron de acciones prom ov idas por el Tribunal de Córdoba, ya que
prácticamente nada se sabe acerca del hostigam iento inquisit orial en el corto período de
vigencia del tribunal independiente de Granada 49 . En cualquier caso, de lo que no hay
duda es de que los cristianos nuevos de Má laga sufrieron, com o sus homólogos de la
demarcación cordobesa, el rigor descom unal de Diego Rodríguez Lucero, con cuya
designación como inquisidor las arrem e tidas contra herejes –particularmente
judaizantes– aumentaron extrao rdinariamente, alcanzándose alta s cotas de intolerancia y
violencia, tan distin tivas de estas fas es iniciales 50 .
A tenor de los trabajos abordados por la profesora López Beltrán, las referencias
más antiguas sobre el procesam iento de jude oconversos en Málaga se remontan a 1502
y, más todavía, a 1505, con el encarcelam iento y la condena por judaizar de personajes
como Diego Díaz de Mo ntilla, Ana Fernández, Martín y Gómez de Córdoba, Alonso de
49 Seguramente, como indica M.ª Teresa López Beltrán , s u im plantación p rovoca ría em igraciones y fu gas
desde Mála ga, intensifi cando u na corrient e que ha bría ar rancado c on las prim eras intervenci ones de l a
Inquisición en la zona. L ÓPEZ B ELTRÁN , M. ª T., op. cit. , pág. 230 .
50 El licenciado Lucero desempeñó el cargo de inquisidor en Jerez de la Frontera, Gran ada y Córdoba
(aquí en dos ocasi ones, antes y después de su m andato granadi no) y pese a que posibl emente su fa natism o
se dejó sentir en estas tres sedes, fue durante la segunda eta pa cordobesa cuando acontecieron los
luctuosos sucesos por los que ha pa sado al recuer do. Sobre las causas de su exacerbado talante, se ha
señalado el fervien te celo religioso, desd e luego, pero asimis mo otros factores destacables, com o el deseo
de prosper ar en la carrera de méritos; el interés económ ico, ma terializado t al vez medi ante la apropiaci ón
ilícita de confiscaciones; e, incluso, el insti nto de satisfacción se xual, al arrestar a m ujeres que habían
rechazado sus reque rimientos am orosos. C UADRO G ARCÍA , A. C., «Acción inquisitorial contra los
judaizantes en Córdoba y crisis eclesiástica (1482- 1508)», Revista de Histori a Moderna , 21, 2003, págs.
18-19 y 24-25. Al margen de la ma yor o menor i nfluenci a de cada u na de estas ci rcunstanci as sobre los
desafueros mencio nados, ten emos que repa rar, por otro l ado, e n la inci dencia eje rcida p or el c ontexto
político- social del momento: estamos pensand o en la puesta en marcha del ambicioso proyecto de
fortalecimiento estat al en torn o a la fi gura de l monarca , donde la persec ución de la disi dencia en aras de
una perfecta h omogeneida d religiosa result ó esencial. Sin em bargo, ese prop ósito no sie mpre se mant uvo
dentro de lo es trictam ente espi ritual y, de esta f orma, ba jo l a cobertura que proporci onaba la unici dad de
credo, se casti gó a quienes a yudaban a l os conver sos, a los q ue discrepaba n del aut oritari smo y de la
centralización incipientes, o bien a aquellos que se al ejaron de Fe rnando el Católico con la problem ática
abierta a raíz de la m uerte de Isabel y la entronización de Felipe el Hermoso. Ibidem , págs. 23-24.
A ZCONA , T. DE , «La Inq uisici ón español a procesa da por l a Congre gación Ge neral de 1508)», en P ÉREZ
V ILLANUEVA , J. (d ir.), La Inquisición española. Nueva visi ón, nuevos ho rizontes. I Symposium
Internaciona l sobre la Inquisició n Españo la , Siglo Veint iuno de Es paña Editores , Madri d, 1980, pá gs.
119-120 .
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
252
Xea, Guiomar Fernández… Hombres y mujere s entre quienes se entretejían lazos de
parentesco, familiaridad, amistad y, por supue sto, vínculos profesi onales, desarrollados
predominantem ente en la esfera mercantil, aunque tampoco podem os obviar su notorio
papel en la gestión económ ico-hacendístic a de la ciud ad, con frecuencia como
administradores de rentas y tributos 51 . El paralelismo con lo oc urrido en otros puntos de
la circunscripción cordobesa, en estos instantes de fuerte represión inquisitorial, se
manifestó en Málaga con un increm ento no so lo de las detenciones, también de las
huidas hacia otros lugares por parte de judeoconvertidos, c onstreñidos por el miedo a
que su porvenir –y el de sus descendientes– se truncara de repente. Además,
empeoraban la situ ación los abusos y ar bitrariedades que desde las instancias
inquisitoriales se cometían, concretamente en lo que respecta a los procedimientos
utilizados por los ministros d el Secreto p ara lograr arrancar confesion es –falsas– entre
los imputados 52 . Si así se ha docum entado en la ur be malagueña, para otros sitios de
Andalucía consta que hubo no menos atropell os con los bienes de los encausados, y
cabe la posibilidad de q ue en Málaga se reg istraran incidentes sim ilares 53 .
51 Ello no ob staba para q ue algunos ot ros se dedicara n a dife rentes ram os de la a rtesanía. L ÓPEZ
B ELTRÁN , M. ª T., op. cit. , págs. 230-2 35; «La oligarquía mercan til judeoconversa del reino de Granada en
época de los Reyes Católicos: la proyección internacional de los Có rdoba-Torres», en B ARBAZZA , M. C. y
H EUSCH , C. (eds.), Familles; pouvoirs, solida rités. Domaine méditerranéen et h ispano-américain ( XV e - XX e
siècle) , Université de Montpellier III, 2002, págs. 398-40 4 y 406. Aparte de estos estudios, la autora
publicó otros cent rados i gualm ente en el colect ivo jude oconvers o malaci tano en los al bores de la
Modernidad, muy prov echosos por el enfoque proso pográfico en el que aho ndan. Vid. «El poder
económico en Málaga: la familia Córdoba-Tor res (1493-1538 )», en La s ciudades anda luzas (sig los XIII -
XVI ). Actas del VI Co loquio Internaciona l de Historia Medieva l de Andalucía , Universidad de Mála ga,
1991, pá gs. 463- 482; «Per fil de un j udeoco nverso del reino de G ranada: el escribano Ant ón Ló pez de
Toledo ( 1490-15 16)», Revi sta del Ce ntro de Est udios His tóricos de Granada y su rei no , 18, 2006, págs.
53-76; « Contr ibución a una p rosopogr afía so bre judeoc onve rsos en Málaga en época de lo s Rey es
Católicos: el ap ellido Beltrán (1487-1 518)», Baetica , 28 /2, 2006, págs. 351-3 71; «La ascendencia judía
de Góm ez Serón de Moscos o, vecin o de Mála ga y goberna dor de P opayá n en 1561» , Baetica , 29, 2007,
págs. 281 -291; «El u niverso fam iliar de los Santiste ban, r egidores de Mál aga en époc a de los Re yes
Católicos. Una co ntribución desd e la prosopogr afía», Ba etica , 31, 2009 , págs. 255-274; «Mer ced de la
tenencia de la Torre de l a Mar de Vél ez-Mála ga al tesorer o Ruy López de Toledo ( 1487- 1517)», Baetica ,
33, 2011, págs. 225-251; « Redes familiares y movilidad so cial en el negocio de la renta: el tán dem
Fernando de C órdoba -Rodri go Álvarez de Madrid y los judeoc onve rsos de M álaga», Revi sta del Cent ro
de Estudi os Histót icos de Granada y s u Reino , 24, 2012, págs. 3 3-72. Desde una perspectiva asimis mo
prosopo gráfica, aun que aplicada al conjunto del reino gra nadino, vid. : G ARCÍA P EDRAZA , A., « La
prosopografía de los interm ediarios fiscales de rein o de Granada (1492-1515). Una historia por hacer»,
Chronica Nova , 31 , 2005, págs. 147-19 5.
52 L ÓPEZ B ELTRÁN , M. ª T., «La olig arquía mercantil…», págs. 408-409.
53 Ibidem , pá g. 407. E n Córdoba, por ejem plo, Lucero ac ogía en su pr opia casa a l os presos y enta blaba
con los oficiales subordinados un trato un tanto pe rsonal ista, pagá ndole s de su m ano y quitándoles l os
manteni mientos de l os reos que no declara ban lo que los inqui sidores esperaban. A ZCONA , T. DE , op. ci t. ,
págs. 96 y 1 01.
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
253
De cualquier modo, la pesadumbre y exasperación generalizadas acabaron
trasladándose a los sob eranos, ya fuera a trav és de m emoriales, com o el remitido a la
reina Juana en 1506, o por medio de delegaci ones, como la que se entrevistó con
Fernando el Católico en 1507, con el objetivo último de que la Corona corrigiera tales
extralimitaciones, revisando –y penalizando en su caso– la actuación inquisitorial,
restaurando la honra a los infam ados y de volviendo las confiscaciones realizadas
ilícitamente. A este efecto se acom etió la organización de una Congregación General
liderada por Francisco Jiménez de Cisneros, nombrado inquisidor general el 5 de junio
1507, tras la destituci ón de Diego de Deza 54 . Entre el 1 de junio y el 10 de julio de 1508
se celebraron en Burgos las sesiones de dicha reunión, un total de cuarenta,
transcurridas sin interrupción, donde, después de ser escuchadas las diferentes versiones
que sobre los acontecimientos ofrecier on unos y otros, se efectuaron las
correspondientes pesquisas y quedó dirimi da la controversia. Los resultados,
promulgados el 1 de agosto en Valladolid –donde radicaba en tonces la corte–, lejos de
comportar la am nistía general que ansiab an numerosas poblaciones, denotaron una
cautela incuestionable. Reconoc iose la culpabilidad de algunos reos, que habían de
cumplir con la san ción im puesta, pero igualmente la inoc encia de otros, m andados
excarcelar. De otra parte, se decidió la re moción de varios inquisidores –entre ellos,
Lucero–, así como la red acción de unas norm as de procedimiento para los tribunales, o
sea, de unas pautas de intervención que unifo rmaran criterios y evitaran desm anes como
los producidos. Sin embargo, aunque los ánimos exaltados consiguieron calmarse y una
relativa mesura y sens atez habían de presidir en adelan te el modus operandi de los
jueces, a la larga el fervor en la d efensa de l dogm a obstaculizaría el surgim iento de una
nueva forma de impartir justicia. De hecho, pronto volvieron a elevarse quejas en ambas
54 Favorable a Lucero o, quizá mejor, no contrario a él , su cese, evidentem ente, debió complacer a
muchos y ser vir para a quieta r desconte ntos, a pesa r de lo cual se han valora do otra s razones s obre su
apartamiento: la vejez, según fuen te s cercanas a la época (Luis de Páramo, Pedro Salaz ar de Mendoza), o
la diverge ncia de opiniones con el rey F ernan do en lo co ncerniente a las funcio nes del T ribunal.
MA RTÍNEZ M ILLÁN , J., «La formación de las est ructuras i nquisitori ales: 1478-1 520», Hispania , 153,
1983, pág. 3 1. De todas m aneras, no puede nega rse el ambient e de disc onform idad exist ente hacia los
usos del Sant o Oficio. E n la capital cordobesa, la cris pación ext rema desem bocó en un m o tín que, a
finales de 1506, asaltó el Alcázar, se de inquisitorial , liberó a los reclusos que allí permanecían y quiso
linchar a Lucero, quien se vio obli gado a escapar en m ula por una puerta trasera de la fortaleza. La
graved ad de la revuelta, inserta en un clima de inestabilid ad y contestación hacia la autoridad fern andina,
indujo al monarca a vislumbrar en ella un amago de sedición política. C UADRO G ARCÍA , A. C., op. cit. ,
págs. 20-2 1. D OMÍNGUEZ O RTIZ , A., Los jude oconversos en la España mod erna , Mapfre, Madrid, 1993,
págs. 33-34.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
254
Coronas, si bien la Inquisición había comenzado ya una andadura hacia su
estabilización y robustecimiento, que, no sin problem as, culminaría con éxito 55 .
En Málaga, las resoluciones de la Congr egación General afectaron diversamente a
los judeoconversos con causas incoadas en tiempos del temido cancerbero de la fe.
Unos fueron soltados del apresamiento en Córdoba y regresaron ensegu ida a su ciudad,
probablemente alentados por la idea de reto m ar sin demora sus actividades económ icas
y resarcirse del menoscabo acarread o por meses o años de encierro. Otros, en cam bio,
sintiéndose más desconfiados ante un horizonte incierto, vendieron apresuradam ente su
hacienda y marcharon a una localid ad distinta, donde a m enudo empezaban desde cero.
Lógicamente, tam bién los hubo más desafortun ados y, a ellos, la tarea de revisión
emprendida por la junt a cisneriana no los exon eró de una condena que merecían por
haber incurrido en delito. No pocas veces, los efectos económ icos de estos procesos
generaban un choque de intereses entre el Santo Oficio y el penado, desatándose litigios
que si en ocasiones se despachaban con rap i dez, en otras se complicaban y dilatab an,
con serio agravio para el reo y sus fam iliares, máxime cuando acaecía el fallecim iento
de aquel 56 .
Como es de im aginar, todos estos acontecim ientos vinieron a tam balear, en buena
medida, los cim ientos de la comunidad j udeoconversa malacitana y debilitaron los
nexos trabados entre sus miembros. No obstante, y a pesar de que los arrestos por
judaizar continuaron tras Lucero y la Congregación, la recuperación del grupo no
revistió de grandes dificultades y pronto se hizo realidad, paralelamente a la
consolidación de Fernando el Católico en el trono 57 . Respecto a ello, hay que tener en
cuenta la menor in tensidad represiv a para con la m inoría en este momento, pero más
aún la necesidad de pecunia y de ex pertos en la adm inistración y en las finanzas que el
emergente Estado padecía, lo cual lo llev a ría a atenuar –y hasta revocar– los castigos
55 A ZCONA , T. DE , op. cit. , págs. 109 -119.
56 Asimi smo, el patrim onio de qui enes em igraban una vez s upera do su en contro nazo con la In quisición
suscitó más de una que rella, en esencia porque lo s bienes eran enajena dos precipitadam ente y se
descuida ba la com isión de irregul arida des, que l uego ha bían de e ncarar los nuevos p ropietar ios,
defendiendo sus derecho s frente a los que alegab an los inquisido res. L ÓPEZ B ELTRÁN , M. ª T., «La
oligarquía mercantil…», págs. 409 -411.
57 Algunos, i ncluso, gozarí an de una pu janza soci oeconóm ica m ayor que la di sfrutada previam ente a la
crisis de principios de la cent uria. Ibidem , pág. 410.
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
255
inquisitoriales, ajustando con los culpados una serie de pactos pagados a un precio
específico. En este sentido, y según la docum entación de la época, cabría diferenciar
tres tipos de prácticas absolutorias : las conmutaciones, con las que se condonaban
penitencias leves; las reconciliaciones, o indu ltos plenos; y la s habilitaciones, las cuales
permitían a los inhabilitados acceder a aquellos cargos para los que habían sido
incapacitados con una finalidad pu nitiva, adem ás de precautoria –frenar el nocivo
influjo de estas personas en el cuerpo social– 58 . Los estudios sobre el tema apuntan a
que el móvil económico, presente en estas dispensas, no fue, sin em bargo, tan
determinante com o el deseo regio de asimilar socialmente a los judeoconversos
penalizados y sacar provecho de su peri cia en la gestión política y económico-
financiera. Al parecer, las sumas percib idas por este concepto resultaron inferiores a las
colectadas en razón de las sanciones decret adas –en general, se ha calculado que no
superaban el cinco por ciento del conjunto de la hacienda de cada habilitado, por
ejemplo– y no debió ser un negocio precisam ent e lucrativo para el erario, pues, con
independencia de su montan te, esas partidas solían destinarse a sufragar el
sostenimiento de la Inquisición, así com o de la política bé lica (flotas de guerra en el
Mediterráneo y el Atlántico). Por otro lado, hemos de considerar que tales cantidades,
poco sustanciosas para la Corona, llega ban a perjudicar prof undamente a ciertas
familias, hasta e l punto de provo car su ruin a, con lo cual se agotaba una fuente de
recursos monetarios, de la que la Monar quía, en consecuencia, había de prescindir 59 .
Para nosotros, de entre los tre s sistemas de mitig ación penal reseñad os, poseen
especial relevancia las habilitaciones, las cuales, de hecho, ostentaron un papel más que
destacado dentro de la acción polí tico-religiosa de fines del siglo XV y comienzos del
58 La inhabilitación, que podía contener prohibiciones suntu arias –lucir joyas, vestir seda, montar a
caballo, portar armas…–, se extend ía a los reconciliado s y a los descen dientes de relajados, aunq ue en el
caso de estos últim os el alcance del impedim ento va riaba en fu nción de si se trataba de un hom bre o de
una mujer: q uedaba n afectados hi jos y ni etos por línea paterna y ú nicam ente hijos por la m aterna.
L ADERO Q UESADA , M. Á., «Judeoconve rsos andaluces en el siglo XV », en I Congr eso Intern acional
«Encuent ro de l as Tres Cult uras» , Ayunta miento de Tol edo, 1983, pá g. 51. D EDIEU , J.-P., «Herejía y
limpieza de sangre: la inhabilitación de los herejes y de sus desce ndientes en España en los primeros
tiempos de la Inquisició n», en P RADO M OURA , Á. DE (coor d.), Inqu isición y sociedad , Secretariado de
Publicaciones e Intercambio Editorial -Universida d de Valladolid, 1999 , págs. 139-146. Para una visión
general del fen ómeno, vi d. : R ÁBADE O BRADÓ , M. ª DEL P., Los judeoceonversos en la corte y en la época
de los Reyes Católicos , Unive rsidad C omplute nse, Madri d, 1990, págs. 224-2 35.
59 L ADERO Q UESADA , M. Á., «Judeocon versos andaluces …», pá gs. 51- 52.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
262
las açepte y confirme el summo pontifize como fueros de aq uel reyno ». Alarm aba sobre
todo la condición número 21 –de las 47 que lo integraban–, al proclamar la supresión
del Santo Oficio, la ces ión de la praxis i nqu isitiva a la Iglesia y la aplicación de los
costos inquisitoriales a destinos bélicos 78 . Llegado el caso, ni siqu iera la autoridad regia
escapó a las injurias: hacia comienzos de 1663, un pasquín procedente de Rom a –según
se rumoreaba– satirizaba al m onarca, cab eza y epicentro del aparato estatal, lo que
exigió la inmediata respuesta de la Inquisi ción, que a mediados de año ya había activado
sus habituales estrategias de control 79 . No obstante, no se necesitaban ofensas de tal
calibre para que la censura hiciera acto de presencia. A m enudo, bastaban obras con un
blanco de tiro menos excelso y m ensajes no tan perturbadores, pue s un alegato a favor
de la usura 80 o el simple tono burlesco de un pronóstico im preso en Sevilla 81 movilizaron
idénticos mecanism os de represión. Vem os, de este modo, cóm o el Santo Oficio no
discriminaba, sino que desplegaba con i gual fuerza y prevención su celo co activo,
tratando de evitar que ninguna grieta –grande o pequeña– resquebrajara el coloso
ideológico sobre el que se sustentaba la Monarquía. Por lo demás, considerando que,
para garantizar la correcta propagación de lo s edictos, e stos solían publicarse en la
iglesia mayor de la loc alidad, no fue extraño q ue se desencadenaran airados conflictos
jurisdiccionales entre el cabildo catedralicio y los agentes inquisitoriales, en razón de
preeminencias u otros asuntos protocolarios 82 .
Otro de los dispositivos más com unes para frenar la entrada y extensión de la
heterodoxia consistió en las llamadas visitas de navíos , que convirtieron la arribada a
los puertos malagueños –y españoles– en un mo lesto trámite entre los co merciantes que
pretendían desarrollar allí sus negocios. Pese a su denominación, en aquellas
inspecciones no solo se registraban las na ves –su cargazón y dependencias–, antes al
contrario, tripulación y pa saje eran sometidos a un e xhaustivo reconocimiento. Bien
sabía la Inquisición que, aparte de la am en aza que entrañaba el desembarco de ciertos
78 «La 21 dize q ue se quiten la s Inquisi ciones y se den a l os obisp os y ellos nom bren dos canonigos de la
Iglesia principal y secretario s de la m esma Iglesia y ellos sustançien las caussas y sus gastos que son ca da
año tres millones se gasten en la guerra». AHN, Inquisición, leg. 2650, n.º 134. Carta d e 10/12/1675 .
79 AHN, I nquisic ión, leg. 2 642, n. os 131 bis y 191 (c arta de 13/6/1 663).
80 AHN, I nquisic ión, leg. 2 665, n.º 130. Ca rta de 29/10/ 1697.
81 AHN, In quisic ión, leg. 2641 , caja 2, n. º 170. Carta de 21/ 3/1661.
82 Valga como ejem plo el episodio acaecido en Má laga entre agosto y septiembre de 1663. Cfr. AHN,
Inqui sición, leg. 264 2, n. os 219 bi s (cart a de 4/9/ 1663) y 220 bi s. E n el epígra fe 3.2. 1.5. 1 presta remos má s
atención a este tipo de rivalidades, muy frecuentes en la E dad Moderna.
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
263
libros, el pensamiento de los viajeros, su ideario, podía suponer otro riesgo una vez
descendieran a suelo firme, y por eso conm in aban a los com isarios de los tribunales
costeros para que «demas de reconocer con mucho cuidado todo lo que viene en ellos
[los buques], y en especial lo que puede ser sospechoso de veneno o contagios, hagan
tambien exacta diligencia exam inando las personas» 83 .
En los primeros tiempos de su prácti ca, no hubo una reglamentación concreta que
asegurara una adecuada ejecución de estas batid as, con lo que su operatividad dependía,
a fin de cuentas, del proceder de quienes se ocupaban de ellas 84 . Tal vacío leg al
degeneró, como cabe esperar, en anomalías, excesos y tensas pugnas de com petencias, a
lo que se intentó poner remedio en 1579, m edi ante el establecimiento de unas pautas
acordadas entre la Suprema y el Consejo Real . Se precisó entonces la prioridad de la
Inquisición –y del Consejo de Guerra– sobre la s otras autoridades i nvolucradas en la
fiscalización de bajeles –sanidad, adu anas...–, así como que todos lo s barcos extranjeros
y los nacionales que comerciaran con el exterior quedaban sujetos a la visita
inquisitorial 85 . Al frente de la requisa, como respons able principal, estaba el com isario,
aunque acompañaban a este en su labor va rios oficiales: un notario, un alguacil o
familiar, un intérpre te, soldados de la m ilicia municipal… Subidos a bord o, iniciaban su
tarea tomando juram ento al maestre de la embarcación, quien tenía que contestar a
multitud de cuestiones tanto relativ as a sí (f iliación geog ráfica, lugar de residencia,
profesión de fe), como acerca de la mercan cía transportada y del itinerario proyectado.
Tras esto, pasaban a revisar los fardos y comp artim entos de la nao, pero también al resto
de pasajeros y, si no hallaban ninguna objeción, autorizaban la bajada a tierra 86 . Cuando
las naves traían cargamentos grandes y vol uminosos, se optaba, con el propósito de
agilizar el procedimiento, por reconocer los diversos géneros en la aduana, más
espaciosa, siempre y cuando un primer y so mero registro dentro del barco no hubiera
83 AHN, Inquisició n, leg. 2620, caja 1. Carta de 7/10/163 0.
84 Los profes ores Gi l Sanjuá n y Pérez de Colosí a situaron l a noti cia m ás antigua s obre re gistros a naos en
una carta de Fe lipe II para Ma rgarita de Parm a, donde el rey i nstaba a su herm anastra y goberna dora de
Flandes a realizarlos. G IL S ANJUÁN , J. y P ÉREZ DE C OLO SÍA R ODRÍGUEZ , M. ª I., «Inspec ción inq uisitori al a
los naví os y co ntrol de libros» , Jábe ga , 25, 197 9, pág. 28.
85 P ÉREZ V ILLANUEV A , J. y E SCANDELL B ONET , B. (dirs.), Historia de la Inquisición en España y
América. El conocimiento científico y el pr oceso histó rico de la institución (1478-1834 ) , vol. I , Biblioteca
de Autores Cr istianos-C entro de Estudios I nquisitorial es, Madri d, 1984, págs . 760-761. L EA , H. C H .,
Historia de la Inquisición española , vol. III , Fundación Uni versitari a Español a, Mad rid, 19 83, pá gs. 320-
321.
86 P ÉREZ V ILLANUEVA , J. y E SC ANDELL B ON ET , B. (dirs.), op. cit. , pág. 761.
EL PROBLEMA JUDEOCONVERS O DURANTE E L SIGLO XV II : EL CASO MALAGU EÑO
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detectado nada raro 87 . Existía, asim ismo, el sistem a de efectuar la vis ita en casa del
comisario, circunstancia en la cual las aver iguaciones se limitaban a interrogar al
patrón, cuya sola declaración acreditaba la ve racidad de los hechos, para, finalmente, el
delegado inquisitorial amonestarle sobre las graves consecuencias de contravenir la
ortodoxia 88 .
La regulación de la visita no impidió, sin embargo, la picaresca, tan característica
del tempera mento hispánico de la Edad M oderna, favorecida, en este caso, por los
estorbos y perjuicios que para la activ idad m ercantil acarreaban las inspecciones, sin
olvidar que la venalidad de no pocos funcio narios servían de cl aro estím ulo a esos
comportam ientos ilícitos. Hay indic ios, ef ectivam ente, que nos llevan a creer en una
elevada frecuencia de estos desafueros en Málaga y Cádiz, donde los hombres de mar se
referían a la Inquisición con el mordaz apelativo de santo ladrocinio 89 . En 1620, por
ejemplo, el inquisidor don Diego de Gámiz, que se encontraba en el em porio m alagueño
realizando la visita del partido, denunció cómo allí los negociantes, en ocasiones,
sacaban sus m ercaderías de la aduana sin haber sido examinadas previam ente por el
comisario, quien, hasta transcurridos cuatro o seis días –a veces m ás– no acometía el
preceptivo reconocim iento. Ello daba pie a los abusos, pues los com erciantes
aprovechaban ese lapso sin vigilancia no solo para burlar al Santo Oficio, introduciend o
sin problemas escritos heréticos, sino tam bié n para defraudar a la Real Hacienda, al
ocultar ciertos a rtículos por los que dejaban, consecu entemente, de pagar los
correspondientes tributos 90 . Como es obvio, el Tribunal se esforzó por corregir los
atropellos, emitiendo órdenes con las que reco rdaba a los comisarios de los puerto s y
demás m inistros que asistían en las visitas su obligación de no cometer desmanes, con
apercibimiento de proceder contra ellos 91 .
Tampoco los conflictos jurisd iccionales f u eron resueltos. Quizá, las m uestras de
deferencia que, a pesar de la normativa, se acostum braba a dispensar al Santo Oficio,
87 AHN, In quisici ón, leg. 2615, caja 2. Trasl ado de ca rta de 5/12/ 1620.
88 G IL S ANJUÁN , J. y P ÉREZ DE C OLOSÍA R ODRÍGUE Z , M. ª I., supra , pág. 29.
89 L EA , H. C H ., op. cit. , pág. 329. G IL S ANJUÁN , J. y P ÉREZ DE C OLOSÍA R ODRÍGUEZ , M. ª I., «In spección
inquisitorial…», p ág. 30.
90 AHN, In quisici ón, leg. 2615, caja 2. Trasl ado de ca rta de 5/12/ 1620.
91 AHN, Inquisició n, leg. 2632, n.º 89 . Carta de 27/4/164 9.
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
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concediéndosele por «cortesia» prelación incluso sobre el Almirantazgo, unido a que no
siempre se guardaron lo s mism os usos en m ateria de precedencias, junto con los lógicos
enojos que se generaban por anteponer unas autoridades a otras, ayudan a entender la
persistencia de es tas disputas. Resultaron co rrientes las porfías de algunos corregidores
particularmente imbuidos de su poder, qui enes, interpretando en beneficio propio
determinadas cédulas regias 92 , o enarbolando la suma importancia de la causa sanitaria
–que a ellos incumbía– 93 , por citar dos ejem plos, se arrogaron momentáneam ente un
honor que no les correspondía. No debe so rprendernos, por ende, que a menudo el
monarca hubiera de tomar cartas en el asunt o, prom ulgando decretos donde dilucidaba
la concurrencia de la Inquisición con las otras jurisdicciones que participaban en las
visitas. Y aunque desde la sede del distrito los inquisidores secundaban el precepto de
Su Majestad y se comp rometían a acatarlo, nada nos permite aseverar que los pleitos de
competencias cesaron 94 .
Otros tantos debates su scitó la percep ción de derechos por parte del personal
encargado de los registros. No sabemos desd e cuándo se cobraban esas cantidades, pero
parece que ello era fruto de una práctica repeti da a lo largo de los años, no reglada
stricto sensu por el Santo Oficio. Ante la dudosa lega lidad que im plicaba la f alta de
normas, el acuerdo de 1579 deci dió prohibir tales retribuci ones, con la consiguiente
molestia de los perjudicados. Su repulsa se expresó con reacciones diversas : mientras
unos dejaron de desempeñar una labor no re m unerada, otros continuaron ejerciéndola,
mas resarciéndose del estipendio perdido a través de deshonest os artificios, que,
evidentemente, ensuciab an la respetabilidad y el pundonor de la institución inquisitorial.
Es bastante probable que la conveniencia de preservar intacta esa honorabilid ad indujera
a la Suprema en 1649 a consentir la cobranza de emolum entos antes que dar rienda a las
conductas abusivas y, de esta manera, m andó qu e los oficiales que «acuden a las visitas
de los navios […] no conpren ni reçivan na da dellos sino que por aora lleven los
derechos que se suelen llevar» 95 . En realidad, la respuesta del Consejo p oco extraña si
reparamos en que, en un núm ero predominan te de casos, se siguieron satisfaciendo las
92 AHN, I nquisic ión, le g. 2629 , n.º 6 7. Carta de 7/9/ 164 1 y Cédul a real de 1/4/163 0.
93 AHN, Inquisició n, leg. 2630, n.º 58 . Carta de 24/10/16 43.
94 AHN, Inquisició n, leg. 2632, n.º 72 . Carta de 22/12/16 48.
95 AHN, Inquisició n, leg. 2632, n.º 89 . Carta de 27/4/164 9.
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tasas habituales, con el refrendo del poder centr al o sin él. Piénsese que había intereses
en juego y que inquisidores, comisarios y restantes agentes que intervenían en la
inspección de barcos congregaban un profuso cúmulo de razones para mantener aquella
exacción. A fin de obtener un respaldo firme, puertos del litoral hi sp ánico manifestaron
a la Suprema en varios momentos sus m oti vos, tratando de hacerlos valer con los más
sólidos argumentos a su alcance. Lo ocurrido en Málaga durante la prim avera de 1614
ejemplifica a la perfección esto que comentamos. El punto de partida fue la petición que
presentó Juan Rodrígu ez, quien trabajaba como lengua en las visitas, al com isario
malacitano, Juan de Aguirre, so licitándole beneplácito de los ju eces granadinos para ser
recompensado por sus servicios, pues Madr id había dictado –de nuevo– la derogación
de los honorarios fijados en las requisas de los navíos 96 . Incorporab a la súplica un
completo y bien argüido discurso, donde Juan Rodríguez refería las ca usas justificativas
de su demanda: em pezaba aludiendo a la m ódi ca cuantía de los dere chos, sobre todo si
eran comparados con los que se cobraban en otros emporios del país o con los que, en la
propia Málaga, recaudaban las dem ás jurisdicciones 97 . De ahí que los mercaderes n o
tuvieran queja al respecto y que abonaran el dinero «con mucho gusto». Para reforzar su
argumentación, apelaba asim ismo a su deli cada situación personal: de orígenes
humildes, casado y con hijos, el empleo de intérprete en una ciudad com o Málaga,
96 Ciertam ente, el que prosigui eran pagá ndose un os aranceles pese a s u proscri pción desde 15 79 expli ca
que, de f orma peri ódica, el Consej o inquisi torial v olviera a decl arar su nulida d. No o bstante,
consideramos sugerente la tesis p ropuesta por Gil Sanj uán y Pérez de Colosía, se gún los cuales factores
de gran cala do, como la reconciliaci ón c on Inglaterra en 1604 –Paz de Londres– y la necesidad de limar
asperezas en el terreno ec onóm ico, reper cutieron e n esa reiteración de la normativa, c on la cual se
sacrificaban las exigen cias religiosas –que garantizab an la salvaguard a de la ortodox ia– en pos de
ventaj as en la política y la economía. G IL S ANJUÁN , J. y P ÉREZ DE C OLOSÍA R ODRÍGUEZ , M. ª I.,
«Inspección inquisitorial…», pág. 35 . Sobre los efectos del antagonism o que expe rimentó la Monarquía a
la hora de compatibilizar su pragmatismo político con la rig idez de su ideario religioso- moral, léase:
R OLDÁN P AZ , L., «Po lítica versus religión. In tereses enfrentados alrededor de la presencia extranjera en la
España del Anti guo Régi men (M álaga, sigl o XVII )», Baetica , 28/2, 2006 , págs. 503 -524.
97 Por cada visita en la urbe m alagueña, las embarcaciones m ayores entregaba n 6 reales a los
representantes inquisito riales, 4 las menores, que se repartían ent re el comisario, el notario, el
alguacil/familiar y el intérprete; en cambio, la justicia regia percibía, in dependientemente de la
envergadura de la nave, 14 reales, desti nados a un ú nico funcio nario, el alguacil mayor. AH N,
Inquisición, leg. 2612 , caja 1. Petición de 29/3/161 4. Desde luego, el monta nte aume ntaba notablem ente
en otras localidades port uarias, dond e los buq ues daban a la Inquisic ión 19 o hasta 30 reales y la s naos
más pequeñas , 8 o 1 9 (en los l ugares m ás gravos os). G IL S ANJUÁN , J. y P ÉREZ DE C OLOSÍA R ODRÍGUE Z ,
M. ª I., supra , pág. 36. S ubrayand o aún m ás la difere nciación entre Málaga y otros n úcleos c osteros de la
Península, rel ataba el comisario A guirre a los inq uisidore s de Grana da cómo su hom ólogo de B ilbao,
además de l os emolum entos acostum brados, se be neficia ba de un salar io que recibía de parte de l os
comerci antes «de la ti erra», estipul ado en 550 real es al año y recientemente increm entado a 1000. Lo s
distintos tribunales elevaron, por ello, una reclamación a la Suprem a y aunque esta había realizado
consultas al rey , todaví a no se había res uelto la c uestión. AHN, Inquis ición, leg. 2612 , caja 1. Petición de
2/4/161 4.
EL EJEMPLO DE M ÁLAGA : EVO LUCIÓN ...
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donde de ordinario había visitas, lo obligaban a una dedicación plena y si esta dejaba de
reportarle aprovechamiento alguno, pasaría por serios padecimientos, ya que carecía de
una actividad que complementara la dé bil econom ía doméstica. S in embargo, las
dificultades no solo sobrevenían en su contra : de manera no tan lesiva, eso sí, también el
resto de oficiales sentía este tipo de menoscabos materiales , puesto que, en pro de los
cotidianos registros, habían abandonado parcialmente el cuidado de sus negocios y
haciendas, con la merma patrim onial consecuente 98 . Junto a los daños económ icos,
hablaba Rodríguez del modo en que él y sus compañeros ponían en riesgo sus vidas al
acudir a reconocer los bajeles, lo cual asoc iaba a la singular conf iguración del puerto
malagueño com o «playa abierta», donde los barc os fondeaban a una legua de la orilla.
Ello significaba exponerse, por u n lado, a las amenazas m eteorológicas del m ar:
borrascas, tormentas, maretas…, pero por ot ro, al peligro del cautiverio, mal endémico
que, fundamentalmente a través del corso, ca racterizó las relaciones con el poder turco
en el Mediterráneo de la Modernidad. As í lo decía el propio Juan Rodríguez:
…muchas vezes an venido so color de paz muchos navios a esta playa que debajo
de cubierta an traydo mucha cantidad de turcos moros y otros ene migos de la fee
por donde se ve la evidençia del riezgo y que podian llevarnos cautivos… 99 .
Finalmente, no dudó en invocar la fuerza de la tradición, señalando que el recaudo
de derechos constituía un a práctica «muy usada y guard ada de tiem po inmemorial» 100 .
Por si aquel conjunto de motivos no era sufici ente, el com isario se m ostró enteramente
partidario de las prem isas sostenidas por el intérprete. Las palabr as que acerca del tema
dirigió a los inquisidores de Granada insistieron, de hecho, en los mismos
razonamientos e in cluso añadieron otro más: la percep ción de em olumentos servía de
aliento a los m inistros para esmerarse en su labor 101 . Además, la petición de Juan
Rodríguez adjuntaba un inform e, confeccionado a instancia suya por el com isario
Aguirre, donde este plasmaba el resultado de las averiguaciones aco metidas sobre el
particular. Reunía el escrito los testimonios de siete personas vinculadas al m undo del
98 Indicaba el comisario Juan de Ag uirre, en este sentido, que poseía «yglesia en que resedir a donde
pierdo m uchas oras y anni versari os que son de conside raçion». A HN, Inquis ición, le g. 2612, caja 1.
Petici ón de 2/4/16 14.
99 AHN, Inquisició n, leg. 2612, caja 1. Petición de 29/3/1614.
100 Ibidem .
101 AHN, In quisic ión, leg. 2612 , caja 1. Pet ición de 2/4/ 1614.
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