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Análisis crítico-jurídico del proceso a la orden del Temple, 1309-1312 (prolegómenos, disolución y repercusiones posteriores)

Domínguez Alarcón, José Eugenio

Abstract

El proceso contra la orden del Temple ha sido calificado por algunos autores como el juicio más conocido de la Edad Media y uno de los más famosos y escandalosos de la historia de la Humanidad, junto a otros procesos célebres, como el llevado a cabo en Atenas contra Sócrates en el siglo cuarto A.C. y el celebrado en Galilea contra Jesús de Nazaret en el siglo primero. Además, es el proceso más antiguo de cuya instrucción existe una detallada documentación. En esta obra no sólo se hace un concienzudo análisis del proceso ordenado por Clemente V contra la orden del Temple, sino que se analizan las causas reales y las ficticias de la persecución, la orden de detención indiscriminada emitida por Felipe IV, con la colaboración necesaria del gran inquisidor de Francia, los artículos de cargo formulados por el papa y las presiones y tormentos a los que se les sometió por orden del papa y del gran inquisidor. También se realiza un análisis más somero y sucinto de los procesos contra las personas de los templarios llevados a cabo en los diferentes países de la Cristiandad donde estaba implantada la Orden, análisis que pone de manifiesto las triviales y anodinas declaraciones, en todo caso exculpatorias, expresadas por los templarios en los países en que no fueron sometidos a tortura. La obra se completa con un primer capítulo en el que, a partir de textos históricos, se trata de fijar la fecha de fundación de la Orden y se analizan las motivaciones que dieron lugar a su nacimiento de la Orden en el primer cuarto del siglo XII, y a la aprobación de la Regla en el Concilio de Vienne en 1128, circunstancia que es aprovechada para llevar a cabo un análisis de la Regla de Edimburgo, décima de las que se conocen en la actualidad, sacada a la luz por nosotros de su letargo de siglos en las estanterías de la Biblioteca Nacional de Escocia, y con un tercer capítulo dedicado al análisis de las repercusiones posteriores a la disolución, en el que se hace un especial hincapié en el juicio y condena de los dignatarios y en la situación de los templarios sobrevivientes, completándose el capítulo con un estudio sobre la sucesión y eventual continuidad de la Orden. La estructura expositiva de cada capítulo es la misma y consiste en una parte en la que en varios epígrafes se recogen los hechos históricos a los que se refiere a partir de la bibliografía que consideramos más rigurosa sobre la época histórica a que se refiere y un epígrafe final en el que se realiza el análisis crítico jurídico de los hechos más relevantes. Por último se incluye un capítulo de conclusiones con las más relevantes que, a nuestro juicio, se ponen de manifiesto tras el análisis crítico-jurídico de cada capítulo.

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AUT OR: José Eugenio Domínguez Alarcón http://orcid.or g/0000-0003-2475-749X EDIT A: Publicaciones y Divulgación Científica. Universidad de Málaga Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial- SinObraDerivada 4.0 Internacional: http://creativecommons.or g/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode Cualquier parte de esta obra se puede reproducir sin autorización pero con el reconocimiento y atribución de los autores. No se puede hacer uso comercial de la obra y no se puede alterar , transformar o hacer obras derivadas. Esta T esis Doctoral está depositada en el Repositorio Institucional de la Universidad de Málaga (RIUMA): riuma.uma.es Manuel Juan Pelá ez Albendea , catedrático d e Historia del Derecho y de las Inst i- tuciones de la Universidad de Málaga y Patricia Zambrana Moral , profesora t i- tular de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universid ad de Málaga, CERTIFICAN Que el licenciado en Derecho D. Jo sé Eug enio Domíngue z Alarcón ha elabor ado bajo nuestra dirección, el trabajo de investigación que lleva por título «ANÁLISIS CRÍTICO-JURÍDICO DEL PROCESO A LA ORDEN DEL TE M- PLE, 1309-1312 (PROLEGÓMEN OS, DISOLUCIÓN Y REPER CU SIONES POSTERIORES)» que será presentado como tesis doctoral para su defensa ante el tribu nal que se s e- ñale al efecto. Dicho trabajo se ha realizado en el área de Historia del Derecho y de las In stit u- ciones, departamento de Derecho Priv ado Especial, d e la Universidad de M álaga En consecuencia y a teno r de las disposiciones vigentes, AUTORIZAMOS la pr e- sentación de este trabajo como tesis docto ral. Málaga, quince de septiembre de d os mil quince. i ÁREA D E HISTORIA DE L DERECHO Y DE LAS INSTITUCIO NES DEPARTAMENTO DE D ERECHO PRIVADO ESPECIAL ANÁLISIS CRÍTICO-JURÍDICO DEL PROC E- SO A LA ORDEN DEL TEMPLE, 1309-1312 (PROLEGÓMENOS, DISOLUCIÓN Y REPE R- CUSIONES POSTERIORES). Tesis doctoral que presenta el Licenciado en Derecho, Don José Eugenio Domínguez Alarcón bajo la dirección de los profesores, Doctor don Manuel Juan Peláez Albendea y Doctora doña Patricia Zambrana Moral Málaga, 2 015 ii iii ÍNDICE. ÍNDICE. ............................................................................................................... III AGRADECIMIENTOS ................................ ...................................................... XI RESUMEN ........................................................................................................ XIII ABSTRACT ...................................................................................................... XIV INTRODUCCIÓN: ESTADO DE LA CUESTIÓN. ........................................... 1 CAPÍTULO I: FUNDACIÓN DE LA ORDEN. .................................................. 5 1.1 Contexto históric o. ....................................................................................... 5 1.1.1 Marco geo-polí tico. ...................................................................................... 5 1.1.2 Iglesia-Papado-Cristi andad. ......................................................................... 8 1.1.3 Filosofía y Teología. ..................................................................................... 9 1.1.4 Educación, arte y cultura. .......................................................................... 10 1.1.5 Las cruzadas. ................................................................ .............................. 10 1.1.6 Sociedad. .................................................................................................... 11 1.2 Nacimiento de la orden del Temple. ........................................................... 13 1.3 Hugo de Paganis, primer maestre. .............................................................. 25 1.4 Del concilio de Napl usa al concilio de Troyes. ............................................. 26 1.5 La Regla. .................................................................................................... 36 1.6 Expansión de la Orden. ............................................................................... 37 1.7 Análisis crítico-j urídico de la fundació n de la Orden. ................................... 49 1.7.1 Análisis de l origen de las órdenes militares. .............................................. 49 1.7.2 Análisis de la fundación de la orden del Temple. ...................................... 60 1.7.3 Análisis de la iniciativa. .............................................................................. 65 1.7.4 Análisis de l primer asentamiento. ............................................................. 66 1.7.5 Análisis de l número inicial de herm anos. .................................................. 67 1.7.6 Análisis de la persona del fundador: Hugo de Paganis. ............................. 69 1.7.7 Análisis de la Regla. .................................................................................... 77 1.7.7.1 Análisis de la Re gla de Edimburgo. .................................................... 87 iv 1.7.7.2 Análisis de los esta tutos jerárquicos. ................................................. 94 1.7.7.3 Análisis del pro cedimiento de elec ción del maestre. ........................ 98 1.7.7.4 Análisis de las f altas y sanciones. ....................................................... 99 1.7.7.5 Análisis de la vida conventual. ......................................................... 102 1.7.7.6 Análisis de las asam bleas capitulares . ............................................. 106 1.7.7.7 Análisis del pro cedimiento de recep ción en la Orde n. .................... 108 CAPITULO 2: EL PROCE SO Y LA DISOLUCIÓN. .................................... 111 2.1 Los actores. ............................................................................................... 11 1 2.1.1 Felipe IV. .................................................................................................. 111 2.1.2 Clemente V. ............................................................................................. 112 2.2 La Francia de Felipe IV. .............................................................................. 113 2.2.1 Introducción. ............................................................................................ 113 2.2.2 La corona. ................................................................................................ 114 2.2.3 Los estamentos o esta dos y las clases social es. ....................................... 114 2.2.3.1 La nobleza. ....................................................................................... 115 2.2.3.2 El clero. ............................................................................................ 116 2.2.3.3 El terce r estado. ............................................................................... 118 2.2.4 El crecimie nto del dominio real. .............................................................. 119 2.2.5 El poder l egislativo. .................................................................................. 120 2.2.6 Los estados generale s. ................................ ............................................. 121 2.2.7 La Adminis tración. ................................................................................... 122 2.2.8 Administ ración financiera. ....................................................................... 124 2.2.9 Actuaciones contra los j udíos y los lombardos. ....................................... 127 2.2.10 Las fluct uaciones monetarias. ................................ ............................... 127 2.2.11 Política exterior. ..................................................................................... 128 2.2.12 La Justicia. .............................................................................................. 130 2.2.12.1 La Prime ra Instancia. ...................................................................... 131 2.2.12.2 La Segunda Instancia . ..................................................................... 131 2.2.12.3 El parlame nto: la tercera Instan cia. ............................................... 132 2.2.13 La Justicia eclesi ástica. ........................................................................... 133 2.2.14 La Inquisi ción. ........................................................................................ 134 2.2.14.1 Orígenes. ................................ ........................................................ 135 2.2.14.2 Delitos perse guibles. ...................................................................... 136 2.2.14.3 Normativa inquisi torial. .............................................................. 137 2.2.14.4 Procedimie nto. ............................................................................... 138 2.2.14.4.1 Formación y sustanciación de las causas. .............................. 140 2.2.14.4.2 Los Testigos. ........................................................................... 142 2.2.14.4.3 Interr ogatorio del procesado. ................................................ 143 2.2.14.4.4 La defensa. ............................................................................. 144 2.2.14.4.5 La vexatio o prisi ón preventiva. ............................................. 144 2.2.14.4.6 La tortura. ............................................................................... 145 2.2.14.4.7 La r ebeldía. ............................................................................. 146 2.2.14.4.8 La sentencia. ........................................................................... 147 v 2.2.14.4.9 Modos de impugnación. ......................................................... 149 2.2.14.4.10 Penas. ................................................................................... 149 2.2.14.4.11 La abjura ción. ....................................................................... 150 2.2.14.4.12 Efe ctos económicos de la conde na. ..................................... 152 2.3 Prolegómenos de la or den detención. ....................................................... 153 2.3.1 Relaciones de la I glesia con Felipe I V y con los templari os. ..................... 153 2.3.1.1 Relaciones de la Iglesia con Felipe IV. .............................................. 153 2.3.1.1.1 Pontificado de Bonifacio VIII: el enf rentamiento. .................... 153 2.3.1.1.2 Pontificado de Benedicto XI: el perdón. ................................... 156 2.3.1.1.3 Pontificado de Clem ente V: la cola boración. ........................... 157 2.3.1.2 Relaciones del Tem ple con el papad o. ............................................. 157 2.3.2 La elección de Clemente V. ...................................................................... 158 2.3.3 Intentos de fusió n de las órdenes mili tares. ............................................ 160 2.3.4 La elección de Jacques de Molay ............................................................. 162 2.3.5 Convocatori a de los maestres de las ór denes militares. ......................... 162 2.3.6 Los rumores y la denuncia. ...................................................................... 164 2.3.7 Jacques de Molay y sus acompañantes en Fra ncia. ................................ . 166 2.3.7.1 Préstamo templari o a Felipe IV. ....................................................... 166 2.3.7.2 Fusión de las órde nes militares . ....................................................... 168 2.3.8 Conferencia de Poitiers. ........................................................................... 172 2.4 La detención y enca rcelamiento. ............................................................... 174 2.4.1 La orden de deten ción. ............................................................................ 174 2.4.2 La detención. ........................................................................................... 181 2.5 Actuaciones tras la detención. ................................................................... 182 2.5.1 Primer in terrogatorio. .............................................................................. 182 2.5.1.1 Interrogatorios ante el gran inquisidor. ........................................... 184 2.5.1.2 Interrogatorio de Jacques de Mola y. ............................................... 187 2.5.1.3 Presiones sobre los detenidos: torturas y ame nazas. ...................... 189 2.5.2 Acusaciones presen tadas en el auto de fe de París. ................................ 191 2.5.3 Reacción de Cleme nte V. ................................ ......................................... 192 2.5.4 Segundo interr ogatorio a Jacques de Molay. .......................................... 195 2.5.5 Panfletos a favor del rey. ......................................................................... 196 2.5.6 Consulta a la Univ ersidad de París. .......................................................... 197 2.5.7 Estados Generales de 1308. ..................................................................... 200 2.5.8 Panfletos y libelos contra Clemente V ..................................................... 201 2.5.9 Reunión del papa y el rey en Poitiers. ..................................................... 202 2.5.10 Acuerdos de Poitiers . ............................................................................. 204 2.5.11 Comparecen cia ante Clemente V. ......................................................... 207 2.5.12 Bula Subit assidue . ................................................................................. 207 2.5.13 Otras bulas del m es de julio. .................................................................. 208 2.5.14 Bulas del mes de agosto. ....................................................................... 208 2.5.14.1 Bula Regnans in coelis. ................................................................... 209 2.5.14.2 Bula Faciens miseric ordiam. ........................................................... 211 2.5.14.3 Bula Ad omnium f ere notitiam. ...................................................... 213 vi 2.5.15 Declaraciones e n Chinon ante la comisión de cardenales . .................... 214 2.5.15.1 Constitución de la comisión de card enales en Chinon. ................. 214 2.5.15.2 Acta de Chino n: Tercer interroga torio de Jacques de Molay. ........ 215 2.5.16 Lista de cargos. ...................................................................................... 220 2.5.17 Nuevo intento de fusión de las órde nes militares. ................................ 221 2.6 Juicios contra los Templarios como per sonas. ............................................ 222 2.6.1 Actuaciones previ as. ................................................................................ 222 2.6.2 Celebraci ón de los diferentes con cilios provinciales. .............................. 225 2.6.3 Concilio de Se ns. ...................................................................................... 225 2.6.4 Concilio de Ráv ena y otros procesos s eguidos en Italia. ......................... 228 2.6.5 Concilios en los rei nos de la Península I bérica. ....................................... 228 2.6.6 Concilio de Londre s y otros celebrado s en las Islas Británicas. ............... 230 2.6.7 Concilios de Alema nia. ............................................................................. 231 2.6.8 Arrestos y juicio en Chipre. ...................................................................... 231 2.6.9 Concilio de Prov enza. ............................................................................... 232 2.7 Proceso contra la Orden. ................................ ........................................... 233 2.7.1 Constitución de la comisión papal de investigación. ............................... 233 2.7.2 Primera f ase de la instrucción. ................................................................ 234 2.7.2.1 Constitución de la comisión y prime ra sesión. ................................ 234 2.7.2.2 Cuarto interrogatorio a Jacques de Molay. ...................................... 236 2.7.2.3 Interrogatorios del veintisiete de noviembre de 1309. ................... 237 2.7.2.4 Quinto interrogatorio del maestre. ................................................. 239 2.7.3 Segunda fase de la instrucción. ............................................................... 241 2.7.3.1 Sexto interrogat orio del maestre. .................................................... 243 2.7.3.2 Lista de acusa ciones contra la Orden . .............................................. 243 2.7.3.3 Nombrami ento de abogados defens ores. ....................................... 244 2.7.3.4 Visita notarial a los detenidos. ......................................................... 245 2.7.3.5 Continuación de la instrucción. ........................................................ 252 2.7.3.6 Conflicto de jurisdic ción provocado por el arzobis po de Sens. ....... 257 2.7.3.7 Últimas sesiones de la segunda f ase. ............................................... 260 2.7.4 Bula Alma Mater , nuev a fecha para el concili o de Vienne. ..................... 261 2.7.5 Tercera fase de la i nstrucción. ................................................................ . 262 2.7.6 Paréntesis hasta el concilio de Vien ne. .................................................... 264 2.8 Concilio de Vie nne. ................................................................................... 265 2.9 Análisis crítico-j urídico de la disol ución y sus prolegó menos. ..................... 278 2.9.1 Análisis de los prolegómenos. ................................................................ . 278 2.9.1.1 Análisis de la ele cción de Clemente V. ............................................. 278 2.9.1.2 Análisis de la ele cción del maestre Ja cques de Molay. .................... 281 2.9.2 Análisis de la detención. .......................................................................... 284 2.9.2.1 Análisis de la diffam atio. .................................................................. 284 2.9.2.2 Análisis crítico de la orden real de de tención. ................................ . 290 2.9.2.2.1 Análisis de las causas. ............................................................... 293 2.9.2.2.2 Análisis de los móviles. ............................................................. 297 xiii RESUMEN El proceso contra la orden d el Temple ha sido calificado por algunos a utores como el ju icio más con ocido de la Edad Med ia y uno de los más famosos y es - candalosos de la historia de la Humanidad, junto a otro s procesos célebr es, como el llevado a cabo en Atenas contra Sócrates en el sigl o cuarto A.C. y el celebrado en Galile a co ntra Jesús de Nazaret en el siglo primero. Ade más, es el proceso más antiguo de cuya instruc ción existe una detallada docu mentación. En esta obra no sólo se hace un concienzudo estudio del proceso orden ado por Clemente V contra la orden del Temple, sino que se analizan las causa s reales y las ficticias, la or den de deten ción indiscriminada emitida po r Felipe IV, con la colaboración necesaria del gran inquisidor de Francia, lo s artículos de cargo fo r- mulados po r el papa y las presion es y tor mentos a los que se sometió a los caball e- ros por orden del pap a y del gran inquisidor. También se realiza un análisis de los procesos contra las person as de los templarios llev ados a cabo en los diferentes países de la Cristiandad donde estaba implantada la Orden, an álisis que pone de manifiesto la s declara ciones excul patorias exp resadas por lo s templarios en los países en los que no fueron sometidos a tortura. La obra se completa con un capítulo en el que se analizan las motivaciones que dieron lugar al nacimiento de la Orden en el primer cuarto de l siglo XII, y a la aprobación de la Regla, circun stancia que es aprovechada para llevar a cabo un análisis de l a Regla de Edimburgo, sacada a la luz po r no sotros de su letargo en las estanterías de la Biblio teca Nacional de Escocia y ot ro capítulo dedicado al anál i- sis de las repercusiones posteriores a la disolución , haciendo un especial hincapié en el juicio de los dignatarios, la situación de lo s te mplarios, así c omo un estud io de la sucesión y con tinuidad de la Orden. Por último se incluye un capítu lo de con clusiones con las más relevantes que, a nuestro juicio, se ponen d e manifiesto tras el análisis crítico -juríd ico de cada capítulo. xiv ABSTRACT The trial agai nst the order of the Temple has b een described by schol ars as one of the most well known of the medieval times and famous and scandalous in human history, together with other well known processes , as the trial against So- crates in Athens during the fourth century B.C. and that of Jesus of Nazareth in Galilee i n the first century. Not on ly that but it is the most anci ent trial of which detailed documentation exists. In this work we present not on ly a conscientious study of the process o r- dered by Clemente V against the order of the Temple, but an analysis of the false and real causes for it, the indiscriminant detention orders emitted by Phillip IV t o- gether with the grand inquisitor of France, the charge s formulated by the Pope a nd the pressure and to rment the Templar bore. We also add the analysis of the trials against the T emplar monks held across the Chri stian world and th e exposure of the exculpatory statements of the brothers in the countries where they were not su m- mited to torture. This work is co mpleted wi th a chapter dedicated to the motives durin g the fir st quarter of the XII century for the cr eation of the Templar orde r and the study of the Rule approved by th e council of Troyes, with a special emphasis on the analysis of the Rule of Edi nburgh, brought forth by us after centu ries of lethargic rest within the shelves of Scotland’s National Library, as well a s a special cha pter dedicated to the repercussi ons of the dissolution of the Order, th e trials of its dign i- taries and the succession and cur rent state of the Order. Finally we present a chapter that hol ds an analysis of conclusive statements of the highest relevance man ifested at the end of each chapter. 1 INTRODUCCIÓN: Estad o de la cuestión. Cuando hace unos año s -bastantes- cayó en mis manos el primer lib ro so bre la orden del Te mple 1 , despertó en mí el interés por un tema que, hasta enton ces, me era totalmente des conocido pero que, con el tiempo, se ha c onvertido en una quasi obsesión. Tras aquel primer libro, no demasiado bueno por cierto, leído con creciente in terés, vino otro , y despu és vini eron much os más. Al principio lo leía todo, indiscriminadamente. Con el tiempo me he vuelto selectivo y hoy sólo leo las obras que vi enen avaladas por su autoría y, en contadas ocasiones, las qu e cuentan con buena crítica o me son aconseja das por amigos y conocid os que co- participan de mi afición, o q uizás sería mejor decir, debilidad. Es mucho, muchísimo, lo que se ha publicado y cada día se publica, sobre el Temple y los templarios. Su misteriosa fund ación, su exitoso crecimiento en los escasos dos siglos de existencia, la crueldad de su desaparición, la piedad y el p o- der militar, político y econó mico de sus monjes guerreros, ha hecho co rrer tantos ríos de tinta que no siempre es fácil distin guir el oro de la paja, la fic ción de la hi s- toria. Para los novato s en este campo la elección no suele ser fá cil. No faltan los reclamos publicitarios, unos mejores y otros peo res intencio nados. Los que llaman a la lectura desde las librerías y los que aconsejan la lectura desde las pantallas de los ordenadores. A través de la publicidad, los potenciales lector es reciben info r- mación, suge rencias, orien tación y, también, hay que decirlo, la ma nipulación e n- cubierta o descarada del producto que ofrecen. Producto que a veces se present a como ob ra rig urosa co n la realidad histórica, y en verdad lo es, y otras, haciendo gala de esta misma rigurosid ad histórica, no pasa de ser, en el mejo r de los casos, un mero intento hi storicista d e algú n aficionado o, lo que es peor, una obra inte n- cionadamente embaucadora y m anipulada. El proceso contra la orden del Temple ha sido calificado po r algunos auto- res 2 como el juicio más con ocido de la Edad Media y uno d e los más famosos y es - candalosos de la historia de la Hu manidad, y colocado ju nto a otros procesos cél e- bres, como el llevado a cabo en Atenas contra Sócrates (siglo IV A. C.) y el cel e- brado en Galilea contra Jesús de Nazaret (hacia el a ño 33 de nuestra era 3 ). Ade - 1 A lo la rgo de este trab ajo frecuentemente nos referire mos a la misma simpl emente como la «Orden». 2 Carlos Barquero Goñi, «El proceso contra los templarios en Europa y sus repercusiones en la Península Ibérica (1307-1314)» , Cli o y Crimen , nº 6, Sociedad Española de Estudios Medie vales, Madrid, 2009, pp. 294-343 y Jules Michelet, Le procès des Templie rs , T. I, Imprimerie Royale, París, 1861, p. IV. 3 Aunque la fecha es cuestionada, se sabe que tuvo que ser entre el año 26 y 36 d. C. , período en q ue 2 más, como indica Jules Mich elet, es el proceso más antiguo de cuya instruc ción existe una detallada doc umentación 4 . La temática te mplaria tien e la ven taja (¿virtud? ) de que, entre la multitud de autores que la han tratado, los hay que son excelentes historiadores, aunque en a l- gunos se manifieste una clarísima tendencia a favo r o contraria a la Orden, que e n modo alguno, tratan de ocu ltar. Tal sucede, po r ejemplo con dos autores pro - fusamente citados en este trabajo, como son Pierre Dupuy (1 582 -1651), conocido apologista de Felipe IV y, po r lo tanto, anti te mplario acérrimo, y con el padre Claude M. Lejeune auto r de una historia crítica y enco miástica sobre la Or den. La tesis e stá estructurada en tres capítulo s y unas conclusiones finales. Cada uno de los capítulos se corresponde con uno de tres períodos concretos de la O r- den: la fundación, la disolución y la posteridad. Dichos períodos tienen una dur a- ción desigual, pu es la fundación comprende los primeros años de la Orden, es d e- cir desd e el acuerdo de creación hasta el tiempo inmediatamente posterior al co n- cilio de Troyes (1128). La disolución abarca desd e l os pr olegómenos de la orden de detención de los templarios (v iernes t rece de octubre de 1307 ) ha sta la pro mu l- gación de la bula de abolición de la Orden (dieciocho de marzo de 1312). Y las r e- percusiones de la disolució n se extienden desde este suceso h asta nuestros días, si bien su exposición y análisis lo extendemos hasta la mediación del siglo XX. Conscientemente hemos prescindido de realizar un a nálisis de los año s de vida regular de la Orden po r nuestro convencimiento de qu e son muchas las obras, ta nto actuales como de sig los pasado s, qu e han tratado con profundidad el tema, algunas incluso con desap asionamiento y desde posiciones neutras. A ellas nos remitimos para un estudio en profundi dad de esta etapa de la orden templaria. El primer capítulo trata sobre los o rígenes de la Orden y si bien es ci erto que a alguno s pudi era parecer extraño su inclusión en una obra que, en pr incipio, d e- biera circun scribirse a los últimos tie mpos de la misma, nos hemos decidido a i n- cluirlo, además de porq ue una in terpretación no laxa de la palabra «prolegó meno» 5 que aparece en el título así lo permite, porque al profundizar en el estudio del pr o- ceso han caíd o en nu estras manos no pocas obras en las que se po nen de m anifie s- to las más variadas dudas sobre la pureza y san tidad de lo s fines y objetivos qu e inspiraron la fundación, lo qu e nos ha llevado a investigar, a partir de los doc u- mentos y crónicas que nos han llegado, la realidad histórica de la creación del in s- tituto religioso -militar y del espíritu de profunda relig iosidad cristiana qu e la insp i- ró. Por ello, en la redacción de este capítulo hemos utili zado co mo referencia, lo s gobernó Galilea el romano Poncio Pilato, habie ndo sido fijado el día de la muerte de Jesús en el viernes 3 de abril del año 33 por los investiga dores, Jeffe son Williams del Supersonic Geophysical y Markus Schwab y Achim Brauer del Deutshes Geoforschungzentrum , tras una investigación de los sedimentos dejados por el terremoto al que hace re ferencia el capítulo 27 del Evangelio de san Mateo. ( Williams, Jefferson B., Markus J Schwab and A. Brauer «An early first-century earthquake in the Dead Sea» en International Geology Review , Volume 54, Issue 10, 2012, pp. 1219-1228). 4 Jules Michelet, Le procès des Templiers , T. I, p. IV. 5 Prolegómeno, (del giego προλεγ όμενα, preámbulos): 1. m . Trat ado que se pone al princi pio de una obra o escrito, para establecer los fundamentos generales de la materia que se ha de tratar después. U. m. en pl. 3 textos de las crónicas de los autores más cercanos en el tiempo, tales co mo Gu i- llaume de Tiro, Mich ael el Sirio, Walter Map, Ja cobo de Vitry, Ernoul, Bernard el Tesorero y las investigaciones y recopilacio nes de autores modernos, como Mich el Lami y Alain Demurger y, por supuesto, la inesti mab le aportación de Henry Cu r- zon con su traducción al francés mo derno de la Regla del Temple y la reco pilación documental, llevada a cabo a pr incipios del siglo XX, por el francés marqués A n- dré de Albon. En el segundo capítulo se estudia el proceso a la Orden como in stitución y sus preparativos y antecedentes, y hemos utilizado como obras de referencia las de autores que recogen do cumentos inéditos refere ntes a la persecución y pro ce - samiento de lo s templarios, tales como el mencionado Pierre Dup uy y Étienne B a- luze, Jules Michelet, Georges Lizerand , Edgard Bou taric y Henry Finke, co m - pletado con las magníf icas aportaciones a la historia del Temple realizada s en el siglo XVIII po r autores como Claud e Lejeune y Pedro Rodríg uez Campomanes, en el siglo XIX por Louis Lavocat, y Philippe Grouvelle y y a en el siglo XX por Henry Ch. Lea, Adrea Beck, Ivan Gobry, Simon etta Cerrini, Bárbara Frale y, so - bre todo , las recientes, co mpletísimas y documentadas obras de los profesores H e- llen Nicholson, Alain Demurger y Malcolm Barber. Aunque en este trabajo se e s- tudia el proceso con tra la Orden como person a jurídica dentro de la Iglesia y no los procesos pa ralelos a los qu e se vieron sometido s sus miembros en todos los países de la Cristiandad, hem os incluido una breve referencia a éstos con objeto de reali - zar un a comparación entre los mismos y , especialmente, con los juic ios llevados a cabo contra los templarios en Francia y sus zonas de influencia. En el tercer capítulo se analizan las repercusiones de la disolución papal, tanto las mediatas, en el siglo XIV, referidas a los efectos de tal decisión pontificia sobre los bi enes y las personas de los templarios, como las más remotas hasta el siglo XX, referida a la suc esión o continuidad de la orden abolida . Concreta mente hemos fijado el final de nuestro estudio en la mediación de la centuria pa sada po r- que a partir de la II Guerra Mundial no es difícil seguir el rastro de las organiz a- ciones que en el siglo XIX reclamaban para sí la herencia templaria y, sobre todo, porque a partir de esta fec ha tiene lugar la división y subdivisión hasta límites i n- verosímiles de las tales entidades, lo que unido a la aparición de numerosas nuevas asociaciones que se autoproclaman suc esoras ideológicas del primitivo Temple, introduciría en este trabajo una complejidad que considera mos innecesaria a los efectos de plas mar la posible continui dad o sucesión co mo parte de las repercusi o- nes. Para ello nos hemos apoyado en la obra de excelentes auto res, tales co mo Laurent Dailliez, quizás el más prolífic o escritor sobre el Temple de todos lo s tiempos, Delaville Le Roulx, Hipólito Samper, Fabiano Fernandes, Jerónimo R o- mán, Rob ert L. Cooper, James Burnes, Karem Ralls, Michael Bai gent, Richard Leigh, René Le Forestier y, en caso del Temple e scocés, James Maid m en t y su magnífica recopilación documental en la obra Templaria , con una cortí sima ed i- ción de veinticinco ejemplares, de los cuales hemos tenido la oca si ón de consultar el que se encuentra en la Bib lioteca Nacional de Escocia en Edimbu rgo. La estructura de cada capítulo es la misma y comprende unos epígrafes en los que se recogen los hechos y c ircunstancias históricos, qu e consideramos más 4 importantes, del perío do de vida de la Orden que abarca y un epígrafe final con un análisis crítico de los aspectos más sobresalientes de di cho período, desarro llado en di ferentes sub-epígrafes. Este análisis, realizado con un a perspectiva ju rídico- histórica, constituy e nuestra aportación al estudio de los inicios y la fase final de la vida de la Orden, el proceso judicial al que se vio sometida, sus prole gómenos y las repercusiones posterio res. Por último s e incluy e un capítulo de conclusiones con las más relevantes que, a nuestro juicio, se ponen d e manifiesto tras el análisis crítico -juríd ico de cada capítulo. Por supuesto los autores mencionados no son los únicos qu e hemos consul - tado. Sólo son los que consideramos que tienen un mayor peso en este trabajo. En el desarrollo del mismo se irán citando otras fuentes que hemos manejado. Tam - bién consideramos ne cesario recalcar que, a las obras que en esta tesis se citan, han de añadirse otras muchas que se han publicado sobre esta te mática. Algu na de indudable excelente factura qu e, posiblemente, de biera hab er sido consult ada. Si no ha sido así sólo es achacable a la torpeza o igno rancia del autor y a un de seo de no hacer demasiado prolijo u n trabajo que, en definitiva, no es de historia, sino que utiliza un hecho histórico para some terlo a la crítica ju rídica, ut ilizando como ref e- rencia la legislación positiva aplicable de la época y, a partir de tal con fro ntación, sacar las conclusiones que procedan. La mayor parte de los documentos utilizados están en latín, francés, cata lán antiguo o en la lengua de Ox. En todos lo s casos, sa lvo que expresamente se di ga otra cosa, la traducción es nu estra por lo que los posibles errores o i mper fecciones sólo a nosotros son achacables. Los textos en catalán antiguo y occi tano, dad o nuestro desconocimiento de tales lenguas y que, suponemos, e n su mayor parte son comprensibles para los castellano -parlantes, los h emos transcrito tal como ap a- recen en las obras de referencia, respetand o incluso las falta s de ortografía y gr a- maticales que en los mismos se pudi eran con tener respecto a los criterios m ode r- nos de edició n científica de dichos documentos 6 . De la misma manera hemos a c- tuado, aunque po r diferentes razon es, con los texto s en romance o castellano ant i- guo. Aunque todos los documentos consultados han sido publicados y se rese ñan en la bibl iografía, hemos optado por in cluir los qu e consideramos más i mpor - tantes, o de más difícil lo calización, en un os Apéndices final es en los que se tran s- criben cincuenta y cinco de ellos en sus idiomas originales, si bien hemos de acl a- rar que tales transcripciones no muestran en algunos casos una fia bilidad ab soluta, entre otras cosas, por no serlo la edición de los mismos o por errores introducidos en el proceso de reproducción . 6 Es por ello que, en el caso de los textos catalanes, es posible qu e no se adapten a los criterios de publicación del Institut d’E studis Catalans y a lo que viene siendo habitual desde la normalización al respecto de 1914 y la que marca el propio Institut en su Diccionari de la Lengua Catalana , Barcelona-Palma-Valencia, 1995, 1908 páginas. 5 CAPÍTULO I: Fundación de la Orden. 1.1 Contexto histórico. 1.1.1 Marco geo-políti co. El inicio de la historia de la orden del Temple hay que ubicarlo dentro de lo que se ha da do en llamar «Plena Edad Me dia» 7 , perío do que comprende desde el siglo XI al XIII, lapso cuy o origen y final estuvieron marcado s por dos hechos hi s- tóricos de indudab le trascendencia para Europa: las cruzadas y la peste negra. El cambio de milenio supuso para Europa, el paso de un p eríodo de oscu- ridad y estanca miento cultural a una etapa de crecimiento demográfico, cultural, espiritual y artístico desconocido hasta entonces, distinguido por la vitalidad reli - giosa, pero que, desafortun adamente, no se vio acompañado en el terr eno so cial. Este tie mpo de la historia (lla mado por algunos «época clásic a de la Cristiandad medieval» 8 ), estuvo caracterizado por la consoli dación de las urbes y la extensión de los espacios urbanizados, el renaci miento intelectual y la exp ansión militar. La llegada del nuevo milenio trajo tam bién consigo cierta estabilidad política y el f i- nal de las últimas invasiones «bárbaras», con la breve excepción de la invasión de los mongoles en el Este. Al tie mpo que en los países nórdicos se asentaban l os reinos cristianos y empezaba a cuajar la identid ad escandinava, lo s vikingos, cuyas incursiones de s a- queo se habían extendido por las Islas Británicas, Fr ancia e, incluso, po r los países mediterráneos del Sur, al final del siglo X entraron en declive. En el centr o de E u- ropa los magiares cesaron su exp ansión y consolidaron un reino cristiano. Las 7 La denominac ión de Edad Media está referid a a su situación de «medianera» entre la Edad Antigua y la Edad Moderna, y comprende la Alta Edad Media, desde el 476 al 1084, la Plena Edad Media, desde el 1084 a 1212 y la Baja Edad Media desde 1212 a 1453, para Europa en general, a 1492 para Castilla y León y a 1479 para Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca. Con respecto a Francia la Alta Edad Media comprende desde el 476 al 987, la Plena Edad Media ocupa desde el 987 al 1285 y la Baja Edad Media desde 1285 al 1453. 8 José Orlandis, Historia de la Igles ia , Ediciones Rialp, Madrid, 2001, p. 86 . Capítulo 1: Fundación de la Orden. 6 fronteras tradicionales del imperio Franco se extendieron hasta más allá del río E l- ba, consiguiendo triplicar la superficie de lo qu e hasta entonces h abía sido la Ge r- mania, llegando h asta el mar Báltico. En la Península Ibérica, que hab ía sido ocupada por los moros del norte de África en el 71 1, continuó la recon quista del territorio por parte de los reyes cris - tianos. En la época de la f undación de la Orden los mahometan os sólo ocupaban en el Sur y en Levante una fracción de lo que habían sido sus posesiones. En el resto se asentaban los reino s de Castill a, León , Aragón y Navarra y los condados de Galicia y Portugal. Desde 1109 reinaba en Castilla y León doña Urraca, hij a mayor de Alfonso VI de León, la cual, para cumplir la condición impuesta por las Cortes de Toledo , dado que era viuda de Enrique de Borgoña, hab ía tenido qu e contraer matrimonio el mismo año con el rey Alfonso I de Aragón (lla mado el Bat allador) del que las continuas desavenencias l a habían llevado a separarse en 1115, tras haber pr o - clamado a su hijo Don Alfonso rey de Galicia (1111) el cual la sucedió a su mue r- te, producida en 1126, como Alfonso VII, al que se llamó el Emperador 9 . En Aragón continuó reinando hasta su muerte en 1134, el qu e fuera esposo de Doña Urr aca, Don Alfon so, llamado el B atallador, que, además, era también rey de Pamplona. A su m uerte fue suce dido por Ramiro II, apo dado «el Monge», esposo de su única hija Petron ila 10 . El con dado de Portugal, que comprendía las tierras entre los ríos Miño y Duero, fue cedido en 1095 por el rey Alfonso VI a su hija Teresa de León al co n- traer matrimonio con Enrique de Bor goña. A partir de la muerte de éste, en 1112, doña Teresa go bernó Portugal en nomb re de su hi jo Alfonso, adoptando el título de reina 11 . En Bizancio, en 1118, ascendió al trono Juan II Comneno, (1 087 -1143), considerado un hombre recto, inteligente y prudente, cuyo reinado se caracterizó por los continuos enfrentamientos con reinos de Ori ente (Antioquía, Edesa y Trí - poli) y de la Europa continental (Hungría, Serbia y en los Balcan es). Murió co mo consecuencia de las heridas m ortales su fridas en un accidente de caza cuando e s- taba a punto de emprender la conq uista de Palestina 12 . Tras la conquista de Jerus alén po r lo s co mponentes de la I cruzada, en P a- lestina se estableció un reino in dependiente cuyo primer titular fue Godofredo de Bouillon, duque de Lorena, que adoptó el títu lo de « advocatus Sancti Sepul chri » 13 9 Luis Suarez Fernández, Historia de España antigua y media, volum en 1, Edici ones Rialp, Madrid, 1976, pp. 533-555. 10 Luis Suarez Fernández, Historia de España antigua y media, volumen 1, pp. 533-555. 11 Antonio Henrique Rodrigo de Olive ira Marques, History of Portugal , Columbia Univer sity Press, New York, 1972, pp. 54-57. 12 Georges Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino , Akal/Universitaria, Madrid, 1984, pp. 370- 372. 13 Defensor del Santo Sepulcro. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 7 y se negó a llevar coro na de re y «donde Cristo la hab ía llevado de e spinas» 14 . A su muerte en 1100 fue sucedido, y a con el títu lo de rey, po r su hermano Baldu ino I, que extendió las fronteras del reino, conqu istando los puertos de Acre (1104), Be i- rut (1110) y Sidón (1111), sometiendo al mismo tiempo a su soberanía a otros E s- tados cruzados: el condado de Edesa (fundado por él), el principado de Antio quía, y más tarde, el con dado de Trípol i. Todo su reinado se vi o env uelto en gue rras continuas con los musulmanes, tanto los fatimíes de Egi pto al oeste, a los que aplastó en Ramala y en otro s lugares al sudoeste del reino , co mo los musul manes de Damasco y Mosul, en el noreste. A su muerte, ocurrida en 1118, fue elegido p a- ra sucederl e Balduino de Bourq, a la sazón conde de Edesa, que ado ptó e l nombre de Balduin o II, cuya intervención en la fundación de la or den del Temple fue tra s- cendental. Los colonos de la región recibi eron el apela tivo genérico de «francos», por referencia a los primeros cruzados, que en su mayo r parte procedían de las r e- giones de Europa occidental ocupadas por los fran cos. Esta denominación se hizo extensiva posteriormente a todo s los peregrinos europeos 15 . A partir de la conquista de Jerusalén, la peregrin aciones a los Santos Luga - res tuvieron un fuerte incremento. Los peregrinos solían emprender sus viajes en primavera y c onforme la travesía por mar se hizo más segu ra, esta vía de llegada a Tierra Santa fue ganando adeptos en detri mento del camino terrestre, mucho más largo y por ello más expuesto. Los puntos de partida más habituales estaban situ a- dos en el Sur de Fran cia, en la costa italiana, en Sicilia, Creta, Rodas o Chi pre y tras un viaje de varias semanas, d e isla en isla, co mo se había hecho dur ante siglos, la última sing ladura era desde Chipre a Acre, Tiro, Be irut o Jaffa en la costa cont i- nental. El camino hacia Jeru salén par tía desde Jaffa, por lo que los que no llegaban a est a ciudad tenían que trasladarse a ell a po r los ca minos de la cos ta. Desde Jaffa, por una calzada in terior, en pocas jornadas llegab an al Mont e del Gozo o Mont e- gaudio 16 , así llamado po r ser el prim er lugar desde el cual los peregrinos divisaban Jerusalén 17 . Los peregrinos llegaban a Jerusalén con el tiempo jus to para con memorar la Pascua que se celebraba c on gran pompa en la iglesia del Santo Sepulcro, y tras visitar los de más lugares santo s y, eventualmente, tomar parte en alguna campaña militar, zarpa ban de nuevo, rumbo a los puntos de partida, a final del verano o principios de otoño, antes de la época de tormentas 18 . 14 Jacques Paul Migne, Patroligiae cursus completus , ( Patrologia Latina ), Tomo CLV, Ed., 1844- 1855, p. 378. La Patroligiae cursus completus , ( Patrologia Latina ), es una colección de te xtos cristianos del Medioevo y de la Antigüedad que recoge los escritos de los padr es de la Iglesia y otros autores eclesiásticos en 217 volúmenes, publicada por Jacques-Paul Migne entre 1844 y 1855. 15 Helen J. Nicholson, Los templarios , una nueva historia , Crítica, Barcelona, 2006 , p. 34. 16 Mont Joie o Mons Gaudii , en donde se estableció a mediados del siglo XII la única orde n española que tuvo su sede en Tierra Santa, la de Nuestra Señora de Montegaudio, funda da por el conde leonés don Rodrigo Álvarez. (A. J. Forey, «The Order of Mountjoy», Spec ulum , Medieval Academy of America, Vol. 46, nº 2, Apr. 1971, p. 250-266). 17 Alan J. Forey, «The Order of Mountjoy», p. 253. 18 M. H. Chevalier, Histoire du Moyene Age , Imprimirie et Librairie Classique, París, 1850, pp 468 - 469. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 8 1.1.2 Iglesia- Papa do -Cristi andad. En el año 1054 tuvo lugar la separació n formal de las iglesias de Oriente y Oc cidente tras la exco munión recíproca que se lanzaron el papa León IX y el pa - triarca Miguel I, principalmente de bido a las diferencias surgidas entre ambos acer ca de la aut oridad papal sobre los cuatro patriarcas orient ales 19 . En Occidente, con tinuó la costu mbre de intromisión de la autoridad civil en asuntos eclesiásticos, verdaderos abusos de poder que llevaron a reyes y se ño res incluso a intervenir, más o menos abiertamente, en la elección de los pap as. En los albores del milenio , la Iglesia tuvo que hacer frente a tres graves proble mas que afectaban al clero 20 :  El nicolaísmo, o inobservancia del celibato por algunos clérigos 21 ;  La simonía, o compraventa de b ienes espirituales 22 ;  La investidura laica de oficios eclesiásticos po r parte de reyes, emper a- do res, señores o patrono s de iglesias 23 . A e stos tres problemas había que añadir la aparición de nuevas herejías, de las cuales la Igle sia de Occidente se había visto libre desde el final del arria nismo, de las cuales, quizás, la más im portante fue la de los cátaros o alb igen ses 24 . Una de las características de la épo ca son los esfuerzos cada vez más inten - sos del papado por mantener la independencia de la Igle sia, esfuerzos en los que hay que insertar el hecho de que por primera ve z se celebraron, e n la Eu ropa oc- cidental 25 , concilio s general es o ecuménicos qu e hasta entonces sólo habían te nido lugar en Oriente. Todos estos concilios, a di ferencia de los anter iores, fuero n pr e- sididos por el pap a y se ocuparo n principalmente de asun tos disciplinarios y cue s- tiones in ternas y no de cuestiones teológicas, salvo el concilio de Letrán III con v o- cado para hacer frente a la herejía cátara. Para ata jar la simonía, la investidura la i- ca y el nicolaísmo, se convocó el I co ncilio d e Letrán el cual se celebró en 1123 26 . En el siglo XI floreció la vida religiosa monacal de la que, si bien el ger men 19 Víctor Postel , Historia de la Iglesia : desde nuestro Señor Je sucristo ha sta el Pontificado de Pio IX , Imprenta de Pablo Riera, Barcelona, 1863, p. 314. 20 José Orlandis, Historia de la Iglesia , p. 83. 21 La expresión procede del papa Nicolás II que en 1059 prohibió el casamiento de presbíteros y religiosos en general y Ordenó qu e los que y a estaban casado repudiasen a sus esposas. (Para mayo r información, consultar Martin Careaga, El cautiverio de babilónico de la Iglesia , eBook, 1994. 22 León IX convocó conc ilios y mandó redactar reglamentos para extirpar la simonía (Víctor Post el, Historia de la Iglesia , p. 322). 23 El «problema de las investiduras» enfrentó a Gregori o VII con el emperador Enrique IV (José Orlandis Rovira, La Iglesia Antigua y medieval , Ediciones Palabra, Madrid, 2003, pp. 289-292 ). 24 Para m ás infor mación sobre l a herejía cátara: René W eis, The Yellow Cross , the history of the last Cathars (1290-1329) , Viking-Penguin Group, Londres, 2000. 25 Cuatro en Roma, dos en Lyon y uno en Vienne. 26 Henry Joseph Schroeder, Disciplinary Decrees of the General Councils: Text, T ranslation and Commentary , B. Herder, St. Louis, 1937, pp. 177-194. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 15 de ser meras conjetura s, por lo que al no hacer refe rencia a hecho concreto o d o- cumento alguno, no nos deten dremos en su análi sis y simplemente lo dejamos s e- ñalado como una aportación más al tema. Hay datos suficientes para asegurar que en la segunda década del siglo XII existía en Tierra Santa un a « militia Chr isti » 52 formada por caballeros francos mí- nimamente organizados. Varios autores, entre los qu e figur an la profesora Helen Nicholson y el profesor M alcolm Barber, recogen en sus obras la referencia a una carta qu e Iv o, ob ispo de C hartres 53 , escribió en 1114 o 1115 a Hugo de Champañ a reprendiéndole po r haber abandonado a su esposa y encuadrarse en lo que llama «milicias de Cristo » y «caballería evangélica» 54 . Por su parte, Alain De murger, haciéndose e co de una crónica de Alberto de Aix, señala qu e en 1101 el patriarca de Jerusalén contrató, entre los cruzados qu e residían en Jerusa lén, a trein ta cab a- lleros a sueldo para la defensa del Santo Sepulcro, de la misma ma nera que «había caballeros al servicio de san Pedro en Roma» 55 y reitera en otro lugar que «en la órbita del Santo Sepulcro se hallaba gente ar mada, que constituía una especie de cofradía de laicos, o de orden tercera, as ociada a los canónigo s», aclarando que el cometido de estos caballeros era la salvaguarda d e la iglesia homónima y de lo s edificios y terrenos anejos. Continúa di ciendo que no se tra taba de una orden y que los caballeros estaban bajo la tutela de los canónigos y del prior de los mismos y que «es probable que entre ellos se reclut aran a los pr imeros templario s» 56 . Asimismo, de la Crónica de Ernoul, de la que más a delante se tra nscribe un fragmento, se de duce claramente que lo s que fundaron la Militia Templi saliero n de las filas de los m ilite s Sancti Sepulcri , reiterándose en la misma obra qu e los t a- les caballeros «obedecían a los priores del Sepul cro» 57 . En base a este mismo text o de Ermoul, en la parte que dice qu e una vez que se independiza ron tales caball e- 52 Según dicen Angeliki E. Laiou y Roy P. Mottahedeh ( The Crusades from the Pe rspective of Byzantitium and the Muslim World , Dumbarton Oaks, Washington, 2001, p. 35) Milites Christi o Milites Dei era la denominación que recibían los cruzados en oposición a su enemigos que eran los «infieles, bárbaros o paganos» . 53 San Ivo de Ch artres, (c. 1040 – 1116), nacido en Beauvais, fue un reputado canonista y obispo de la ciudad de Chartres. Se distinguió por la condena de la simonía y por su activa intervención en el conflicto que enfrentó a la Santa Sede con el Sacro Imperio en la «Querella de las Investi duras». (Para mayor información sobre su vida y obra véase Christof Ro lker, Canon Law and the Letters of Ivo de Chartres , Press, Nueva York, 2009; Andrieu-Guitancourt, P., Introduction sommaire à l’étude du droit en général et du droit canonique contemporain en particulier , Sirey, París, 1961, pp. 10, 638, 656, 677, 719, 720, 722, 723, 724, 726, 727, 728, 732, 736, 737, 740, 741, 742, 1279 y 1280 ; Paul Fournier y Gabriel Lebras, Histoire des collections canoniques en Occide nt depui s les fauss es Décrétales jusqu’au Décret de Gratien , París, 1932, pp. 55-114 ; de los mismos autores «Collections italiannes où l’o n discerne l’influance d’Yves de Chartres», pp. 222 -226 y «Les collectiones cisalp i- nes ayant subi l’influance d’Yves», pp. 265-313). 54 Helen J. Nicholson, Los templarios , p. 37. 55 Alain Demurger, Caballeros de Cristo , templarios , hospitalarios , teutónicos , p . 40. 56 Alain Demurger, Caballeros de Cristo , templarios , hospitalarios , teutónicos, p. 40. 57 Loui s de Mas Latrie, Chronique d’Ernoul et de Bernar d le Tresorier , Ed. SHF, J. Renouard, París, 1871, p. 8. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 16 ros, «el Hosp ital los echó del Templo y les concedió las sob ras y la enseña» 58 , De- mu rger concluye que estos caballeros, v inculados al Santo Sepulcro y al Hospital, fueron los que fundaron la nueva caba llería del Temple y que entre ellos «se hall a- ba muy probablemente Hugo de Paganis, señor de Montigny (Champaña)» 59 . Del tenor literal de lo s textos que hemos citado, se colige la existencia de una relación entre los fundadores de la milicia del Temple con el Santo Sepu lcro y el Hospital y que dicha relación fue de dependencia y subordinación. Lo que a ciencia cierta no podemos afir mar es si t odos tenían esa do ble relación o si unos la tenían con el Hospital y otros con el Santo Sepulcro. En cualquier caso, lo qu e si podemos aseg urar es que estaban bajo la regla de s an Agu stín, que era la qu e i m- peraba en ambo s instituto s. A este r especto result a esclarecedora la afirmación que hace Rodríguez Campoman es en sus « Di ssertaciones» do nde dice: « En Jerusalén havía varios Templos, à más d e la Ig lesia Patriarchal, de dist inguido nombre: uno, era el del Santo Sepulcro, con su prelado, que le governaba con titulo de prior, con jurisdicción omnimoda quas i e pisco pal, uso de Anillo, Mitra, y Baculo, y demás insignias, in mediatamente sujeto al patriarca de Jerusalè n: tenia un Cap itulo co mpuesto de doce Canoni gos, in s- tituidos luego que los C atólicos tomaron à Jerusalèm ; y esta Comu nidad fuè muy respetada, y copiosas las rentas que la liberalidad Cristiana les asignò,… fueron vulgar mente llamados Ca nonigos d el Santo Sepulcro, que en aquel tiempo fueron Reglares de S. Agusti n. Avia otra Comunidad n o menos respetable en el T emplo de Salomón, compuesta desde su fundación de canónigos Reglares de san Agustin, y un abad Reglar, que los governaba, y por estar asistiendo en sus fun ciones Ca- nonicas, y Eclesisticas dentro del mismo Templo de Salo món, les dieron co- múnmente el nom bre de Canon igos d el Tem plo, y su abad se llama ba abad del Templo, que en n uestro antiguo Español es el abad del Temple. Produxo sin dificultad la ignorancia de es tas noticias error, creyendo algunos tal vez, que el gran maestre de la Caballería del Tem ple u ltramarino se intitulase abad del Temple; pues varios instr umentos antiguos estan p ersuadiendo ha - ver sido los dos oficios totalmente distintos… pues este [el abad] con sus Monges hacian continua, y per enne mansión en el Templo, a labando al Se- ñor, baxo de la Reg la de san Agustin, qu e desde su fundacion pr ofesaron: … Es de advertir también, para remover toda duda, que la religión d e san Juan de Jerusalén, que oy llamamos de M alta… tuvo su origen p oco después 58 La s relivias o reliefs , a propósito de las cuales, la escritora italiana Simonetta Cerrini, que presentó en 1998 una tesis doctoral titulada « Una experiencia nuev a en el seno de la Cristiandad medi eval: la Orden de los templarios (1120- 1314). Estudio y ediciones de las reglas lat inas y francesas », se hac e eco de ello y cuenta que el derecho a las sobras les fue concedido a los templarios, antes incluso de la fundación de la Orden, cuando ejercían la vigilancia y custodia de los caminos que llevaban a Jerusalén, especialmente el entonces conocido como «Desfiladero de l os Peregrinos» y posteriormente como «Desfiladero de Chateau Pelerin», lo conservaron hasta bastante tiempo después de su creación. Est e derecho a las relivias o sobras fue mantenido h asta tiempos del maestre Garin de Montaigu (1207-1228) en que fue comprado por éste a su hermano Pierre de Montaigu, a la sazón maestre del Temple, a cambio de un caballo. (Simonetta Cerrini, La revolución de los templarios , Ed. El Ateneo, Buenos Aires, 2008, p. 83). 59 Alain Demurger, Caballeros de Cristo , templarios , hospitalarios , teutónicos , p . 40. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 17 que la de los templarios, aunque hay Autores que se la dàn antes; pero “quidquid fit”, lo que n o admite duda es, que su aproba ci ón fuè poste rior mucho en tiempo à la de los templarios, y sus ind ividuos profesaron la Regla de san Agustin » 60 . En lo tocante a la existencia de u na iglesia en el antiguo Templo de Salo - món y de una comunidad de relig iosos bajo la dirección de un abad o prior, he mos podido con statar la veracidad de las afirmaciones d el Letrado Rodríguez Cam - pomanes consult ando la Pa trologiæ, Cursus completus y la Regesta Regn i Iher o- solymitani 61 , dedicadas al reino de Jerusalén, en las que hemos encontrado dive r- sos documentos que las confirman. Así, en un do cumento emitido por el rey Ba l- duino II en el año 1120 , aparece como aceptante el patriarca Gor mondo de Picqui - gny (1119 -1128) 62 y como confirmantes: Bernardus, e pisconus Nazarenus, Acard us, prior Templi Domini, G i - rardus, prior (S.) Sepulchri, Paganus, cancellari us regis, Eustachius Grane - rius, Willelmus de Buris, Balduinus de Ramis, Manasses de Caiphas, Bal - duinus de S. Abraham, Radulp hus de Fontenellis, Wido de M iliaco, Ulricus, vicecomes Neapolitanus, Hugo d e Joppe, filius Hugonis de Puteolo, nondum miles … 63 Además de este documento, en el qu e el sup erior del Templo del Señor apa - rece ostentando el título de pri or, hemos encontrado otros muchos en que apa rece confirmando un tal Gaufridus, Templi Domini Abatis . Sea cual fuere el títu lo del superior, lo importante a nuestros efecto s es la exis tencia en el Templo de Sal o- món de una comunidad de canónig os bajo la regla de san Agustín. Son escasos los testimonios es critos que han llegado a nosotros sob re la fe - cha de fund ación de la Orden, buena prueb a de lo poco qu e representaba para sus coetáneos. En un escrito fechado entre 1120 y 1130, el monje Or derico Vita lis 64 escribe sobre la incorporación en 1120 a lo s caballe ros templarios, a los que se r e- fiere como venerandis milite s 65 , del conde francés Fulco V de An jou 66 que, ad e- 60 Pedro Rodríguez Campomanes, Disertaciones Históricas sobre el Orden de Caballería de los templarios , Pérez de Soto, Madrid, 1747, p. 190. 61 La Regesta Regni Iherosolymitani es una colección de más de novecientos documentos procedentes de la cancillería del reino de Jerusalén recopilados por Gus tav Reinold Röhricht (1842 - 1905) en el último cuarto del siglo IXX. 62 Gormondo, Garmond, Germond, Guarmond o Waremond, (? -1128), obispo de Picquigny. 63 Gustav Reinh old Röhricht, Regesta Regni Hierosolymitani (MXCVII -MCCXCI) , Libra ria Academica Wagneriana, Insbruck, 1893, p. 20. 64 Monje del monasterio normando de Saint Evroul que vivió entre 1075 y 1141. 65 Caballeros admirables. 66 Foulques d’Anjou nació en Angers hacia 1190. En 1109 sucedió a su padre como conde de Anjou. En torno a 1120 peregrinó a Tierra Santa donde conoció los comienzos de la orden del Temple por la cual se sintió atraído. Fue rey de Jerusalén desde 1133 hasta 1143 en que murió en un accidente de caza. (François-René Chateaubriand y Gaspar y Roig, Los mártires o el triu nfo de la religi ón cristiana , Imprenta de Gaspar y Roig, Madrid, 1852, p. 103). 67 Hugoni militi Christi , et magistro Militiae Chisti , Bernardus Clarae-Vallis solo nomine abbas , bonnum certamen certere, (S. Bernardo, Abatis primi Carae-Vallensis, Opera Omnia , Vol. Primum , Biblithecae clero universae, París, 1859, p. 921). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 18 más, continuó contribuyendo hasta su muerte, acaecida en 1143 , con treinta libras angevinas anuales al sostenimiento de la Orden. La re ferencia a 1120 es un claro indicio de que en ese año la Orden ya había sido creada. Lo mismo se puede decir de una carta de san Berna rdo de Claraval a Hugo de Paganis (de la que más tarde hablaremos c on más extensión) di rigida a «m i muy apreciado Hug o, caballero de Cristo y maestre de los caballeros de Cristo» 67 , escrita a principios de la década s i- guiente, en la que, si bien no data la fundación de la Or den, si es una buena ev i- dencia de la existencia d e la misma en la fecha en que f ue escrita. Por los mismos años, hacia 1135 o 1137, escribía Si món de Saint Ber tin 68 : «Mientras é l [Godofredo] reinaba magníficamente , algunos [ca balle ros cruzados] ha bían dec idido no volver a las sombras del mundo despué s de s u- frir tales peligros por amor de Dios. Por consejo de los príncipes del ejé r cito de Dios, se co mprometieron a servir al Templo de Dios bajo esta regla: ellos renunciarían al mundo, donaría n sus bienes personal es, se li berarían al objeto de alcanzar la purez a y llevarían una vida e n c omún, vistiendo hábitos pobres, ha ciendo uso de las arma s sólo para defender la tierra contra l os ata ques de l os paganos insurgen tes cuando la ne cesidad lo exigiera» 69 . En este texto, cuyo relato comienza en 10 99 con la to ma de Jerusalén, se ocupa de las actividad es inmediatas de los cruzado s y de la entro nización de Go - dofredo como Defensor del San to Sepulcro. Recalca el autor el carácter volunta rio, la renuncia al mundo y a los bienes materiales y el compromiso de hacer uso de l as armas en caso necesario. Además, sug iere que la ob ligación adqui rida po r los c a- balleros cruzados de servir a Dios en s u Templo, con someti miento a una regla, fue insinu ada por los príncipes cristianos, seguramente con la aquiescencia de G o- dofredo. Parece lógico pensar qu e la idea de la fun dación de la cab allería del Te m ple no fuera repen tina y que su gestación ocupara varios años del primer cuarto del s i- glo XII. Helen Nicholson recoge tres escritos de autores religiosos en los que la fundación de la Orden se fija en tiempo s de Godo fredo 70 . Estos son : An selmo, obispo de Havelburg, que la vi ncula al papa Urban o II; Otón, obispo de Freising que la une a la querella de las Investidur as; y Ricardo de Poitou, monje de la ab a- día de Cluny, que la fija en el mismo año del fallecimiento del abad Hug o de Cluny, o sea en 1109. Así decía en 1145 Ansel mo, obispo de Havelburg 71 : 67 Hugoni militi Christi , et magistro Milit iae Chisti , Bernardus Clarae-Vallis solo nomine abbas , bonnum certamen certere, (S. Bernardo, Abatis primi Cara e-Vallensis, Opera Omnia , Vol. Primum, Biblithecae clero universae, París, 1859, p. 921). 68 Simón de san Bertin fue un abad de la abadía de este nombre que murió en 1148. Anteriormente había sido abad de la abadía de Auchy en el Norte de Francia. Es autor, entre otras, de una obra titulada Anales. 69 Simon de Saint Bertin, «Gesta abbatum Sancti Bertini Sithensium» , Monu menta Germaniae Historica , vol. 13, p. 649, (Helen J. Nicholson, Los templarios , p. 41). 70 Helen J. Nicholson, Los templarios , p. 44. 71 Anselmo (c. 1100 – c. 1158) eclesiástico y políti co alemán, obispo de Havelburg y posteriormente de Ravena y Milán. Entre sus obras están, De ordine canonicorum regularium , Apologeticum pro Capítulo 1: Fundación de la Orden. 19 «Una cierta instit ución religiosa nueva se fundó en Jerusalén, la ciu dad de Dios. Un os laicos, hombres religiosos, se han c ongregado a llí y apartánd o- se de la ropa superflua y costosa, se han dispuesto a defender e l glorioso S e- pulcro del Señor contra las incursiones de los sa rrace nos [...] el papa Urban o confirmó la forma de vida de estos hombres y s ometió al pare cer de muchos obispos q ue todo a quél que s e pusie ra en esta sociedad con la e speranza de v i- da ete rna, y perseverara en ella fielment e, debía tener la re misión de todos los pecados. Confirmó que és tos n o ti enen menos mé rito que cualquiera de los monjes o can ónigos, se llaman a sí mi smos los cabal leros del Temple . De s- pués de haber dejado su propiedad, viven una vida común y luchan baj o [u n voto de] obedienci a a un maestre» 72 . La importancia de esta carta radica en que el «papa Urban o» al que se re - fiere no puede ser otro que Urbano II que había muerto en 1099 en Roma, de aquí que el obispo Anselmo haga la fun dación de la Ord en coetánea con la Pri mera Cruzada, lo cual parece enteramente un lapsus o, incluso, un error de Ansel mo al confundir a Gelasio II con Urbano II. En cualqui er caso, dado que cons tituye una aportación histórica a la f undación de la Orden, dejamos constancia de la misma sin realizar un análisis más profundo ya que no es ese el objeto de esta tesis. Escasamente cincuenta año s más tarde de la fu ndación, el histo riador Gui- llermo de Tiro 73 escribió su obra Historia rerum in partibus transmarinis gesta - rum , que, a pesar de la brevedad de la referencia a la creación de la Orden , es en la que se basan directa o indirectamente la mayoría de los investigadores y auto r es que han estudiado la creación del Temple. En esta ob ra, el libro duodéci mo trata de la «historia de los hechos acaecidos en las regiones de ultra mar, desd e lo s tie m- pos de los sucesores de Mahoma hasta el año del Señor de 1184» , y en él, el cap í- tulo VII está dedicado a la fund ación de la «orden militar del Te mple Jeroso - limitano» el cual, por su indudable valor docu mental y por cuanto supone un re- sumen de los inicios de la historia de la Orden en Tierra Santa, es transcrito a co n- tinuación en su traducci ón al español, incluyendo en el texto las acotaciones que al mismo realiza Malcolm Barber 74 y otras que hemos añadid o nosotros: ordine canoni corum regularium , y los tres Dialogi Antikeimenon , en la Patrología Latina . (Friedrich Wilhelm Bautz, Anselm Bischof von Havelberg , Biographisch-Bibliogra phisches Kirchenlexikon , Band 1, Bautz, Hamm 1975, pp. 184-185). 72 Anselm de Havelberg, Dialogues , Vol. I, traducción, notas y apé ndices de Gaston Salet, colección «Sources Chrétiennes», nº 118 , Éditions du Cerf, Parí s, 1966, pp. 98-101. 73 En el tema del Temple, la obra de Guill ermo de Tiro ( Siria, c. 1130-? 1185) ha sido desde siempr e considerada por los investigadores y estudiosos como la fuente más fia ble de información, a pesar de ser y estar escrita en forma de crónica. Fue un eclesiástico e historiador de las cruzadas, de origen francés. Fue canciller del rey Balduino IV de Jerusalén, canónigo y , posteriormente, arzobispo de Tiro 1175. Adem ás del latín y griego, tenía conocimientos del árabe. Es autor de la más im portante crónica del Oriente latino del s. XII, la Historia rerum in partibus transmarinis gestarum 1095-1184, relato de la actuación de los latinos en el Próximo Oriente, a cuyo capítulo XII hacemos re ferencia. (Para mayor información sobre Guillermo de T iro ver Pete r W Ed bury, William of Tyre: Historian of the Latin East , Press Syndicate of the University of Cambridge, Cambridge, 1990 ). 74 Malcolm Barber es un profesor e investigador británico, especializado en la historia del Temple y en la Edad Media. Además ha escrito sobre Felipe IV de Francia y sobre los cátaros. Fue hasta su jubilación profesor de Historia Medieval en la universidad de Reading (Inglaterra). Su obra será tenida muy en cuenta en esta tesis. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 20 «En e ste mismo a ño [1118], a lgunos hombres nobles con rango de ca - balleros, hombres religiosos, dedicados a Dios y teme rosos de É l, obligados a sí mismos al servicio de Cri sto en las manos del señor pat riarca [Gor mondo de Picquigny, pat riarca de Jerusalén entre 1118 y 1128]. Promet ieron vivir a perpetuidad como canónigos reglares, sin posesiones, con suje ción a los votos de castidad y obediencia . Sus principales líderes fueron el venera ble Hugo de Paganis y Godofre do de Saint -Omer. Como no tenía n ninguna iglesia ni ni n- gún domicilio fijo, el rey [Bal duino II, r ey de Jerusal én de 1118 a 1131], le s dio por un tiempo un lugar de habita ción en e l ala Sur del palacio [Te mplo de Salomón, posteriormente mezquita de Al -Aqsa], cerca del Te mplo del Señor [mezquita de la Roca]. Los canónigos del Te mplo del Señor les dieron, bajo ciertas condiciones, un rincón cerca del palacio que ellos poseí an, que estos caballeros utilizaron como c ampo de entrenamiento. El señor rey y sus nobles y también el señor patriarca y los pre lados de la iglesi a le s hicieron donaci o- nes de sus dominios, unos por un tiempo limitado y otros de forma p ermane n- te al obje to de que los cabal leros tuvieran alimentos y ropa. El deber princi pal que les fue impuesto por el señor patriarca y los demás obispos para la rem i- sión de los pe cados, era el de prote ger lo s cami nos y rutas de los ataques de ladrones y bandidos. Así lo hicieron sobre todo con el fin de sa lvaguardar los peregrinos. Durante nueve años después de su fundación, los cabal leros vistieron ropa se cular usando la s mi smas prendas q ue la gente, para la salvac ión de sus almas. En el nove no año [de su fundación] se cele bró en Francia, en Troyes, un concilio [concili o de Troyes de 1129] en el que los señores Arzo bispos de Reims y de Sens [Reginaldo de Martign y, arzobispo de Reims de 1124 a 1138 y Enrique Sangli er, arzobis po de Sens de 1121 a 1142] y sus s u fragá neos e s- tuvieron prese ntes, así como el obispo de Albano [Ma teo de Remoi s, ca rd e- nal-obispo de Albano], que fue el legado de la Sede Apostó lica, y los abade s de Citeaux [Esteban Harding abad de 1 109 a 1134], Clair vaux [ Bernardo de Claraval abad de 1115 a 1153], Pontigny [H ugo de Vitry], y muc hos otros. Este c oncilio, por mandato del señor papa Honorio [Honorio II papa desde 1124 a 1130] y del señor Est eban, pat riarca de Jeru salén [Esteban de Chartres , patriarca de 1128 a 1130], estableció una regla para los cab alleros y les a signó un hábito blanco» 75 . Si bien el texto transcrito no nos dice la fecha de fu ndación de la Orden, sino qu e emplea la fórmula, muy utilizada en textos históricos de la antigüedad, de «En este mismo año…», podemos deducir la fecha a la qu e se refiere Guillermo de Tiro de otros pasajes de la misma obra. Así, en el cap ítulo IV del mismo lib ro, r e- firiéndose a la coronación del Baldui no II, dice el autor: «Fue ungido y tambié n coronado el se gundo día del mes de abril en el año de la Encarnación del Señor de 1118, presidiendo la Iglesia de Roma el señor papa Gela sio segundo…» 76 . 75 Guillermo de Tiro, Historia rerum in partibus transmarinis gestarum , Li bro XII, capítulo VII, Ordo mili tiae Templi Hierosolymis instituitur , en: <http://www.thelatinlibrar y.com/williamtyre/ 7.html>. 76 Coronatum autem et consacratus est , anno ab Incarnatione Domini MCXVII , mense Aprili , secunda die mensis; praesidente Romanae Eclesial domino Gelasio papa secundo… Capítulo 1: Fundación de la Orden. 21 Los siguientes capítulos, V, VI y VII comienzan con la mencionada frase de estilo «En este mismo año…» 77 , luego podemos deducir que la fundación «ofi cial» de la Orden, según este autor, tuvo lugar en día y mes indeterminados del año 1118, pero en to do caso po sterior al do s de abril fecha de coronació n del pap a G e- lasio II. Pero esta conclusió n cho ca frontal mente con un párrafo de la mis ma cró nica en la que Guiller mo de Tiro dice que «en el noveno año [ de su fundación] se cel e- bró en Francia, en Troyes, un concilio [que] estab leció un a regla para los ca - balleros y les asignó un hábito blanco», reiterando en el siguiente párrafo que «aunque los caballeros ya se hab ía e stableci do desde h acía nueve años, todavía s e- guían siend o sólo nu eve…». De esta s dos frases, puestas en relación con la del inicio del capítulo VII transcrito, se deduce un craso error, sea en la fijación ini cial de la fecha de fund ación, sea en los nuev e años qu e segú n él transcurrieron entre la fundación y la celebración del concilio de Tro yes, y a que si el concilio de Troyes inició sus sesiones en ener o de 1129, ello qu iere decir que la Orden se ha bría fu n- dado en 11 20, es decir, do s año s más tarde de lo qu e in icialmente habíamos fijad o. Así pues, seg ún la Crón ica de Guillermo de Tiro, pode mos establecer una horq u i- lla de do s años como fecha probable de fundación de la Orden: la que va de 1 118 a 1120. Miguel el Sirio, qu e fue patriarca de Antioquia entre 1166 y 1199, coincide más o menos en cuanto a la fecha con Guillermo de Tiro y menciona q ue: «A principios del reinado de Balduino II 78 vino de Roma un caballero franco para rezar e n Jerusalén. Este caballero y los tre inta caballeros que lo acompañaban, habían he cho voto de no volve r a su país y de hace rse monjes y terminar su vida en Jerusalén, tras un período de tres años si rviendo al rey en la guerra. Pas ados los tres años, el rey y sus barones, en vista de lo bien que h a- bían cumplido, les aconsejaron que conti nuaran sirviendo en la milicia en lugar de hacerse monjes y trabajar exclusivame nte en la salvación de sus al ma s. Este hombre, cuyo nombre es Hug[o] de Pain, aceptó el consejo y los treinta ho m- bres q ue le acompañaban se alegraron y se unieron a él. El rey les dio para vivir la Casa de Salomón y algunas alde as para subsistir. Tambié n el patriarca les donó algunas aldea s de la Iglesia y les impuso una regla de vida monás tica con - sistente en no tomar muje r, no bañarse y n o tener posesione s personales sino t e- nerlo todo en común. Comenzaron a ilustr arse y su rep u tación se expa ndió por todos los países, al punto que príncipes, reyes, grandes se ñores y personas h u- mildes vinieron y se unie ron a ellos en esta fraternidad espiritual y todos los nuevos miembros, al ingres ar, hacían donación a la comunidad de todo cuanto poseían, ya se tra tara de villas, tierras o torres, los cuales se multipli caron y desarrollaron, no solo en Palestina sino en todas partes, p rincipalmente en Italia y Roma» 79 . A continuación, El Siri o hace una detallada descripción de la regla de la O r- 77 Eoden anno… 78 Por otros autores sabemos que Balduino II fue coronado el 14 de abril de 1118. 79 Chronique de Michel Le Syrien. Patriarche Jacobite d’Antioche 1166 -99 , Ed. Jean Baptiste Chabot, vol. 3, Ernest Leroux, París, 1899, p. 201. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 22 den y termina haciendo referencia a l a i nvestidura de nu evos caballeros, a la i mp o- sición de la cruz y a la emisión de los votos. En definitiva, su relato coincide ba s- tante con el de Guillermo de Tiro, s alvo en el número de caballeros qu e acompañ a- ron a Hugo de Paganis que los fija en treinta en vez de en nu eve, canti dad que c u- riosamente c oincide con el número de caballeros que, según Alberto de Aix, co n- trató en 1101 el patriarca para servir en el Santo S epulcro, de la cual se hace eco Demurger según hemos indicado más arrib a. De aproximadamente la misma época es un texto del cronista inglés Walter Map, que tiene un a visión diferente. Así, en un apartado de su ob ra titulado «De l origen de los templarios», dice: «Un ca ballero, llamado Pagano Paga nus, de un lugar de Borgoña ll a - mado igual, vino a Jerusalén como pere grino. Cuando se enteró de que los cristianos eran constantemente atacados por los paganos c uando llevaban sus caballos a beber en un abreva dero, no lejos de las puertas de Jer usalén, y que muchos cristianos eran asesinados en e stas emboscadas, tuvo piedad d e ellos y con celo y justicia intentó protegerles en la me dida en que le fuera posible. Frecuentemente acudió en su a yuda desde escondites bien elegidos y mató a muchos enemigos. Y s ufriendo, dado q ue estaban vigil ando, ninguno pudo i g- norar s us ataques, y los atraparon al abandonar el abrevadero. En cambio, P a- gano, que no era fuerte ni fácil de vencer, pidió humilde mente auxilio al S e- ñor, y se apropió de una gran casa dentro del recinto del te mplo del Se - ñor,…» 80 . Tal como dice Shara Newman 81 , este auto r ve al fundador de la Orden como una especie de lla nero solitario que finalmente aceptó la colab oración de otros c a- balleros qu e se le unieron en es ta tare a. Añade esta autora que es poco probable que si un solo hombre hu biere llevado a cabo tal es acciones, como las que cuent a Walter Map, viviera lo suficiente para ll egar a constituir una orden. Tampoco Jacobo de Vitry 82 en su Historia Orientales seu H ierosolymitana , escrita a principi os del siglo XIII, nos aclara nada en cuanto a la f echa exacta de fundación de la Orden, co mo era de es perar, dado que su ob ra, en el capítulo qu e trata de este tema, está basada en la del arzobispo de Tiro o, incluso, «c opiado p a- labra po r palabra», como di ce Antoni o Galera García 83 . En op inión de este autor, la única aportación de Jacobo de Vitry a la historia del Temple es la inclusión en 80 Walter Map, D e nugis curialium/Courtiers Trifles , traduction by Frederick Tupper and Marbury Bladen Ogle, Londres Chatto & Windus, Londres, 1924, p. 33, (Shara Newman, The real history behind the Templars, Berkley Publishing Group, New York, 2007, p. 4). 81 Shara Newman, The real history behind the Templars, Berkley Publishing Group, New York, 2007, p. 4. 82 Jacobo de Vitry (c. 1160-1240) prelado e historiador francés, elegido obispo por el clero de san Juan de Acre. Estuvo presente en el sitio de Damieta en 1218 donde fue el culpable de varios desastres debido a su fogosa oratoria. En 1229, fue nombrado cardenal, obispo de Túsculo, le gado papal en Francia y en Alemania y obispo de Jerusalén. Su obra principal , que dejó inacabada, es Historia Orientales sive Hierosolymitana et Occidentales (Remi Ceillier, Histoire générale des auteurs sacrés et ecclésiastiques , Vol. XIII, Louis Vivès, París, 1863, pp. 537-38 ). 83 Antonio Galera Gracia, La verdadera historia de la Orden del Templo de Jerusalén , Ed. Edaf, Madrid, 2007, p. 24. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 23 su libro de los siete no mbres que faltan en la obra d e Guillermo de Tiro, co n lo que la lista completa de los nuev e fundadores es como sigue: - Hugo de Paganis. - Godofredo de Saint-O mer. - Godofredo Visto (o Bisol). - Payen de Mont-Didier. - André de Montbard (a v eces citado como Hugo de Mon tbard) 84 . - Archibaldo de Saint-A mand. - Hugo Rigaud. - Gondema ro 85 . - Rolando (o Rossal). Por su indudable interés tra nscribimos a contin uación la traducción de parte del texto de la obra de Vitry en el que se refiere a la fundación de la Ord en: «Algunos caballeros amantes y devotos de Dios renu nciaron al mundo y se con sagraron a Cristo mediante una profesión de fe y votos sole mnes, pr o- nunciados ante e l patriarca de Jeru salé n, se comprometieron a defen der los p e- regrinos con tra e stos bandidos y ladrone s, a proteger las vías públicas, a l u- char por el rey soberano y a vivir como los canónigos regulares e n la obe - diencia, en la castidad y sin propiedades. Los principales entre ellos, fueron dos hombres verdaderos ami gos de Dios, Hugues de Pains, y Godofredo de Saint-Aldémar. Al principio no eran más que n ueve los que tomar on una res o- lución tan sa nta. Durante nueve años sirvie ron como sec ulares vistiendo las ropas que les daban los fiele s. El rey, los caballe ros y el se ñor patria rca, llenos de compasi ón por estos nobles hombres, que había n abandonado todo por Cristo, los sos tuvieron con su propios rec ursos y les concedieron, por la salud de sus almas, algunas dona ciones y propie dades. Como no tenían aún una r e- sidencia fija ni una iglesia que le s perteneciera, el señor rey les cedió temp o- ralmente una pequeña vivienda en una p a rte de su palacio, c erca del te mplo del Señor. El abad y los ca nónigos del mis mo templo les donaron tamb ién, p a- ra sus necesidades, el lugar que ellos poseía n al lado del palacio del rey. Y como tuvieron desde entonc es sus viviendas cerca del templo del S eñor, fu e- ron llamados hermanos caballeros del Temple . Cuando llevaban nueve años de profesión de fe y santa pobre za, viviendo en esta casa, todos en común y como un solo hom bre, el año de gracia de 1 128, recibi eron una regla, de acuerdo con las órdenes del se ñor pa pa Honorio y del se ñor Est eban, patriarca de Jerusalén, y se les adjudicó un hábito blanco sin ninguna cr uz. Esta dec i- sión fue ad optada en el concilio de Troya, vil la de Champa gne, bajo la pres i- 84 Este cofundador era tío de san Berna rdo, hermano de su madre Alepa , y sobre él algunos autores ciernen al gunas dudas, porque le dan una edad de unos dieciséis años en 1120. Lami fij a la fec ha de su nacimient o en 1095, luego su eda d sería de 25 años en la fecha de fundación de la Orden. (Michel Lami, La otra historia de los templarios , p. 36). 85 La identidad de Gondemaro al día de hoy permanece siendo una incógnita. Alexandre Ferreira lo identifica con el portugués Arnaldo da Rocha y dedica todo un apéndice de su obra, el segundo, a justificar su aseveración (Alexandre Ferreira, Memorias e Noticias Historicas da Celebre Ordem Militar dos templarios na Palestina , Tomo II, Da Silva Impressor, Li sboa, 1735 , pp. 749-760). Lami también dice que pudiera ser de orige n portugués (Michel La mi, La otra historia de los te mplarios , p. 36). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 24 dencia del señor obispo de Albano, legado de la S ede apostólica,… » 86 . Otro texto medieval que recoge la fu ndación de la orden del Temple es La Crónica de Ernou l 87 escrita a final del sigl o XII y compilada por Bernardo el Tes o- rero hacia 1232. En ella se d ice: «Quiero contarles sobre los templarios y la forma en que fueron cre a- dos. Cu ando l os c ristianos conquistaron Jerusal én, much os cabal leros se ded i- caron al templo del Santo Sepul cro, y más tarde muchos de todas las partes se dedicaron también a lo mismo. Y obedecía n a los priores del Sepulcro. Los que así hici eron eran bue nos caballeros y se consultaron entre sí y di jeron: «Hemos dej ado nuestras tierras y nuestros seres queridos y hem os veni do aquí para resta urar y honrar la ley de Dios. Nos det uvimos aquí para comer, beber y gastar dine ro, sin hac er nada más. Ni siquiera se realiza ninguna a cción de armas a pesar de la necesi dad que este país ti ene de eso. Obedece mos a un s a- cerdote y e stamos aquí sin combatir. Tome mos una decisión y elijamos mae s- tre a uno de nosotros para que, con el permiso de nuestro prior, nos dirija en la batalla cuando sea necesario. Por e se mo mento Baldui no [II] era el rey. Así que lle garon a él y le dijeron: «Señor, por Dios, ac onséjanos. Hemos decidido hacer a uno de nosotros maestre que nos guíe en la bat alla para ayudar al país». El rey se interesó mucho y les conte stó que de buen grad o accedería a su petición y les daría su a yuda. Acto seguido, el rey convoc ó a consejo al pa - triarca, a los arzobispos, a los obispos y a los prínci pes de ti erra [santa] para escuchar sus opi niones. Se reunieron en concili o y decidieron lo que había que hace r. Y vino el rey a ellos y les dio tierras y castillos y pueblos. Y el rey y sus consejeros lograron persuadir al prior del Sepul cro para que los dispe n- sara de la obedie ncia a él y los dej ara partir. Y ca mbiaron la insignia d el háb i- to del Sepulcro de la que aún conservan u na parte. La insignia del Sepulcro es una cruz roja con dos traves años (ig ual que la que lle van los del Hospital) y la del Temple es tambié n roja con una c ruz de un solo tra vesaño. E l Hospital los echó del Templo y les concedió las s obras y la en seña que ellos llaman bauçant . Ahora les diré por qué se llaman te mplarios. Cuando dejaron el Sepu l- cro no tenía n donde quedarse y el rey, que tenía tres lujosas residencias en la ciudad de Jerusalé n: una arriba en la Torre de David, una abaj o frent e a la T o- rre de David, y la te rcera frente al Templo, allí donde se hicieron ofrendas al Señor. Esta residenci a se llama el Temple de Salomón y e s la más lujosa. Ellos le pidieron a l rey que le s pre stara esa residencia hasta que pudieran construir otra. El rey le s dio esa, a la que llaman el Temple de Salomón, de donde tomaron el nombre d e templarios, con la condición de que se quedaran allí. En ese lugar comió el rey cuando lle vó la coro na de Jerusalén. Luego 86 Jacobo Vitriaco, Historia Orientales seu Hierosolymitana , Ex Officina Typographica Balthazari o Belleri, 1597, cap. 65, p. 115. 87 De Ernoul se sabe poco y este poco está basado en lo que dice de sí mismo en su crónica de la batalla de Nazaret en la que refiere que era escudero del noble Balian d’Ibelin, a quie n acompañó en 1187 en una embajada enviada por Gu y de Lusigna n, rey de Jerusalén de 1186 a 1192 (título meramentre honorario desde el 4 de julio de 1187 en que Saladino venció a los ejércitos cristianos en la batalla de los Cuernos de Hattin) ante el conde Raimundo III de Trí poli. Su Chronique , de la que no se conserva ningún ejemplar, abarca hasta 1220 y fue continuada por otros autores. Está considerado una fuente creíble, en especial su relato de la batalla de los Cuernos d e Hattin. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 31 nimo como veremos más a delante. A este primer capítu lo o prólogo, le sigue un segundo, con el título de «El o- gio de la Nueva Milicia», un tercero que trata «De la Milicia Seglar», un cua rto «De los Sol dados de Cristo» y un quinto «Del modo de vivir de los Soldados de Cristo». Comienza haciendo hincapié en que nos encontramos ante una situación antes nunca vi sta: «Nunca se conoció nada igual: el combate contra los ho mbres de carne y hueso, y contra las fuerz as de l m al... Que un a misma persona se ciña la es pada, con valentía, y destaque por la nobleza de su lucha espiritual, debemos admirarlo co mo algo totalmente insólito». A con tinuación hace una valoración de la muerte por Cristo: «Si son fe l ices los que mueren en el Señor, ¿no lo se rán m u- cho más l os que mueren por el Señor? », y razona ampliamente lo que es y conll e- va el morir y el matar por Cristo recalcando qu e en esto «no tien e signifi cación criminal alguna y en cambio sup one una gran glor ia. Además s e con sigue dos f i- nes: muriendo, sirven a Cristo, y matando, el prop io Cristo se les entreg a co mo premio». Sobre el uso de las espadas, dice que Jesús «nun ca conden ó el uso de l as armas», y concluye expresando que lo que no está prohibido está permitido y pa ra justificarlo incluy e en el capítulo III una serie de cit as del Nuevo y Antiguo Te s- tamento que confirman su pensamiento. Continúa exponiendo lo que, a su ente n- der, debe ser el id eal de la vida de los templarios, de donde se coli ge que, si bien la carta va dirigida a Hugo de Paganis, su verdadero destinatario es to do el que te nga acceso a la misma. Sig ue diciend o que los templarios observan una rígida discipl i- na «tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, se visten con lo que les dan y no bu scan comida ni vestidos por otros medios. Viven en comunidad , sobrios y alegres, sin mujeres ni hijos. No juegan al ajedrez ni a los da dos; aborrecen la c aza tanto como a los bu fones, los magos y los ju glares. Se tonsuran el cabello, se b a- ñan raramente, descuidan su peinado, van cubiertos de polvo, negro s por el sol que los abrasa». Respecto a su actitud ante la guerra y la lucha afir ma que «anhelan la victoria, no la glor ia; quieren ser más te midos qu e admirados; perf ectamente org a- nizados para la batalla, esperan la victoria del poder del Dios de los Ejércitos. So n más mansos que los corderos y más feroces que los leon es porque saben compa - ginar la mansedumbre del monje con el carácter intrépido del soldado». Sobr e su forma de vida, de la que, evi dentemente, habla de oídas, pues nunca estuvo en Ti e- rra Santa, dice que «viven en ot ro Templo, m uy diferente del templo lujoso de S a- lomón» y que po r las pare des sólo hay escudos y por todas partes «bridas, mont u- ras y lanzas» y añade que «han echado violentamente fuera de los San tos Lugares toda la in mundicia de la i nfidelidad satánica y ahora se entregan noche y día a ocupaciones provechosas». Pero quizás lo más sorp rendente sea la afirmación qu e hace sobre el ori gen de los caballeros que han profesado como t emplarios: «S on muy po cos los qu e antes no habí an sido unos malvados e impíos: ladrones y sacr í- legos, homicidas, perjuro s y adúlteros, de aquí que su nu eva vida dé lu gar a la d o- ble satisfacción que se pr oduce: para los de su entorno, porque parten hacia Tierra Santa, y para los templarios porq ue los ne cesitan; para los unos, porque los defe n- derán, para los otros, porque se los quitan de encima. En su patria pier den con s a- tisfacción a los más crue les devastadores; en Jerusalén acogen con gozo a u nos fi e- les defensore s». Los úl timos capítulos en realidad se ded ican más que a otra cosa a Capítulo 1: Fundación de la Orden. 32 glosar los Santos Lugares, lo qu e resulta interesante desde un pu nto de vista turí s- tico pero sin aportar nada sobre la condu cta o forma de vida de los templa rios. Como todo el escrito, el final es laud atorio y reflejo de lo que sobre los te mplarios pensaba el santo doctor de la Iglesia: «Estos son los hombres valientes que el S e- ñor ha elegido desde, de u n confín del mundo a otro, entre los más valerosos de I s- rael para hacer de ellos sus m inistros y con fiarles la guardia d el lecho del verdad e- ro Salomón, es decir la g uardia del Sant o Sepulcro, como a c entinelas fieles y vig i- lantes, armados de la espada y hábiles en el manejo de las armas». Todo hace pensar que el maestre Hugo llevaba cartas de presentación del rey Balduino a los soberanos de los lugares po r donde tenía planeado pasar y muy especialmente una dirigida al conde Fulco V de Anjou a qu ien, ade más, tenía la misión de convencer para que contrajera matrimonio con la hija de Balduino, m i- sión de suma importancia ya que al carecer éste de hijos varones, si acep taba h a- bría de ser coronad o rey de Jerusalén. Una vez en Anjou 115 , el maestre intervino, a solicitud de Fulco, como mediador en una disputa de éste con los monjes de Ma r- motear y es posible que asistiera a la bod a de Godofredo, primogénito del conde con Matilde, hija de Enrique I de In glaterra y v iuda de Enrique V de Alemania 116 . En la Crónica Anglo -Sajona se puede leer qu e el grup o encabezado por H u- go de Pagan is vi sitó al rey Enrique de Inglaterra en su corte de Normandía antes de e mbarcar hacia Inglaterra y que este rey les hizo cuantiosas do naciones en di - nero (oro y plata) y que después los envió a Inglaterra donde fue recibido por los nobles que así mismo les hicieron cuantiosas donacio nes. Desde a quí fueron a E s- cocia, donde fueron agasajados po r el rey David I que ta mbién les hizo grand es ofrendas en terreno s y también en oro y pl ata, y «convocó a la gente a qu e fueran con él a Jerusalén y fueron tantos los qu e respondieron como no lo ha bían hecho nunca antes» 117 . Antes de volv er a Troy es, sobre mediados de septiembre, aún h i- cieron una parada en Flan des, donde vi sitaron al conde de Alsacia y Flandes, Thi e- rry I, el cual reunió una asamblea de nobles, con la presencia de la jerarqu ía ecl e- siástica, en la que co nfirmó las donacio nes realizadas por su p redecesor, Guillermo Clito. Los documentos recogen que, además del maestre Hugo, estaban pre sentes Godofredo de Saint-Omer, Paganis de Mont didier y «otros her manos» referencia que algunos autores han interpretado como hecha a los nuevos miembros reclu t a- dos en el viaje 118 . De esta épo ca se conserva n dos cartas que en cierto modo ponen de mani - fiesto algu na desavenencia en ciertos sectores de la Iglesia y el de saliento en tre los propios miembros de la Orden que habían qu edado en Tierra Santa. La primera es una carta que le dirige el prior de la gran Cartuja al maestre Hug o, cuya fecha no 115 Alain Demurger en la página 52 de su obra Auge y Caída de los templarios hace referencia a que varios aut ores, siguiendo en eso a Víctor Carriere, fecha n err óneamente la visita de Hugo a Anjou en la primavera de 1129. 116 Boda que daría origen a la dinastía de los Plantagenet. 117 Benjamín Thorpe, Rerum britannicarum medii aevi scriptores , the anglo saxon chronique , Longman, Green, Longman and Roberts, Londres, 1861, p. 225. 118 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , Doc, nº VII, p . 5. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 33 consta, en la que le critica y le recomienda que más valiera que su dedicación la dirigieran a nosotro s mismos, «los cristianos de Eu rop a», antes de lanzarse a ave n- tu ras externas, clara referen cia a la lucha contra los in fieles musulmanes 119 . La otra carta, de la que solo existe un a copia 120 , redactada para consumo in - terno, está escrita por un tal « Hugo Peccator » o Hugo Pecador, seudónimo bajo el cual se pensaba que estaba Hugo de san Víctor 121 pero modernamente se cre e que corresponde al mismísimo Hug o de Paganis 122 . Las razones que se aducen, para atribuirle esta misiva, conocida como Christi Militibus 123 , son: que el estilo es d e- masiado sencillo e impropio de un teólogo de la altura de san Víctor; que está dir i- gida «a los caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén», sin ningun a mención a su maestre, cosa impen sable en la Edad Media; y que la misma fue encontrada con copias de la carta de Bern ardo « De Laud e » y copias de la R egla 124 . Pero sobre t o- do, hay una explicación de peso en atribuirle esta carta a Hugo de Pagan is y no a Hugo de san Víctor y es que mientras que no hay prueba de una relación entre éste y la Orden sí hay una explicación para l a carta si ésta es atribui da a Hugo de Pag a- nis y es que, después de un tan largo e incierto viaje, al llegar a Europa Hugo dir i- giera la carta a los her ma nos que hab ían quedado en Jerusalén. A demás, el cont e- nido de la carta se explica si se consider a al m a estre como su autor, dado los pu n- tos de contacto de la misma con la Regl a, suponiéndose que la carta recog e parte 119 « A Hugo, maes tre de la santa milicia, y a todos los que son conduc idos por sus parecere s, los hermanos de la Cartuja, sus servidores y amigos, desean plena victoria sobre los ene migos espirituales y corporales de la reli gión cristiana y la paz por Cristo Nuestro Señor. Como ni a vuestro regreso ni a vuestra marcha hemos podido disfrutar del placer de con versar de viva voz, nos ha parecido bien dirigiros al menos algunas pa labras por carta… Es en vano que ataquemos a los enemigos de fuera si antes no vence mos a los de dentro…, purifiquemos nuestras almas de los vicios primero y a continuación purguemos la tierra de los bárbaros que la manchan…. Si proponemos esas reflexiones, hermanos, es porque hemos oído decir que a lgunos de vosotros estáis trastornados y confundidos por algunas gentes de pocos conocimientos, como si la profesión por la que habéis consagrado vuestras vidas a llevar armas contra el enemigo de la fe y de la paz para la defensa de los cristianos, como si vue stra p rofesión, digo, fuera ilícita o perniciosa, dicho de otra forma, como si ella constituyese un pecado o impedi mento de un gran progreso » (Pierre Girard-Augry, Aux origines de l'Ordre du Temple , Ed. Pardès, Nantes, 1992, en José Luis Corral, Breve h istoria de la Orden del Temple , Edhasa, Barcelona, 2006, p. 25). 120 Forma parte de un manuscrito de la Regula Templi que se encuentra en la Biblioteca Municipal de Nimes, nº 37 . Ha sido estudiada por varios autores, entre los que están, Jean Leclerq, Recueil d’études Sur saint Bernard et ses éc rits , vol. IV. Un document Sur le debut des Templie rs y Simonetta Cerrini, La revolución de los templarios. 121 Hugo de san Víctor (c. 1096 - 1141). Fue un reputado teólogo escolátic o de la Edad Media. Se educó en los agustinos de Hamer slben en su Sajonia natal. Hacia 1115 (1118 según otros) ingresó en la abadía de Saint-Víctor de París, que había fundado Guillermo de Champeaux, en la que llegó a ser prior en 1133, cargo en el que permaneció hasta su muert e en 1141. (Más información sobre Hugo de san Víctor en: Paul Rorem, Hugh of Saint Victor , Oxford Univer sity Press, Oxford, 2009; y Dominique Poirel, Hugues de Saint-Victor , Initiations au Moyen Age, Cerf, Paris, 1998). 122 Simonetta Cerrini, La revolución de los templarios , p. 48. 123 Primeras dos p alabras de la carta que comienza: Christi militibus in Templo Jehrosolimitano religiosa conversatione studium sue devotionis sanctificantibus, Hugo peccator pugnare et vi ncere et coronari in Christo Jesu, Domino nostro . 124 Jean Leclercq, Recueil d’ études Sur saint Bernard et ses écr its, vol. II, Edizioni di Storia e Letteratura, Roma, 1966, pp. 87-98. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 34 de la exposición sobre la Orden que Hugo hizo posterior mente en su interven ción en el con cilio de Tro yes. La carta, que ocupa varios folios, comienza con una e x- hortación de carácter gen eral y con cita de las Escrituras para hacerles co mprender mejor su pap el en el seno de la Iglesi a. A contin uación se enfrent a con las objeci o- nes que desde el exterior se le hace a l a Orden, empezando por las oc up aciones militares, apa rentemente il ícitas desde e l punto de vista de algunos, que son ju st i- ficadas por Hugo haciendo hincapié en las razone s religiosas y espirituales qu e animan tales ocupaciones. Seguidamente, Hugo hace referencia a la tentació n de sublimación o espiritualidad en la qu e pueden incurrir alguno s hermanos, y les r e- cuerda qu e n i el há bito ni el lugar son elementos constitutivos de la religio sidad del cristiano . Más adelante hace alusió n a la tensió n entre los deberes militares y los debere s monacales, a los que Hugo responde diciend o que incluso los ascetas y los monjes contemplativos necesitan vestirse y alimentarse y que alguien les ha de proporcionar el vestido y los alimentos, lo que se hace extensivo a su carácter mil i- tar, de lo cual se aprovecha el demonio para sugerir a los soldados que no son sus hermanos sino sus servidor es. Termina Hugo insistiendo en la impor tancia de su labor como soldados 125 . El gr upo llegó a Troyes justo a tiempo para estar presente en la solemne apertura del con cilio el trece de enero del «año de la Encarnació n» de 1128 y lo ocurrido en el mismo se conoce por el Pró logo de la regla, escrita por un notario, del que sólo se s abe que se llamaba Juan Miguel, que asistió al con ci lio. La tr a- ducción de dicho prólo go, a partir de la copia publicada por Henry Curzon, co n- trastada con la copia existe nte en la Biblioteca Nacional d e Escocia 126 , dice: «1. Nos dirigimos, en primer lugar a todos aquellos quie nes con luc idez rechazan su propia volunta d y desean de todo corazó n, servir a su rey sob e- rano como caballe ro; llevar con supremo afán, y perma nen teme nte, la muy noble arma dura de la obediencia. Y por tanto, nosotros les invit amos, a seguir a los e scogidos por Dios, en virtud de su sutil misericordia, de entre la masa de perdición y a los dispuestos, e n virtud de su misericordia, para de fender a la Santa Iglesia, l o que vosotros anheláis abrazar por siempre. 2. Pero sobre todas las cosas, quien q uiera ser un c aballero de Cristo, escogiendo la s sagradas ordenes en su profesi ón de fe, debe unir a la sencilla diligencia una firme perseveran cia, que tan valiosa y sagrada es, y se revela tan noble, que si se mantiene impoluta para siem pre, merecerá acompañar a los má rtires que dieron sus a lmas por Cristo Jesús. En esta [ nueva] orden rel i- giosa ha florecido y se reverdece la orden de caballería. La ca ballería, a pesa r del amor por la justicia que constituye su deber, no cumpli ó con ellos, defe n- diendo a los pobres, viu das, huérfanos e igle si as, sino que se apresta ron a de s- truir, despojar y mata r. Dios que actúa con forme a nosotros y nuestro salva dor Cristo Jesús, ha enviado a sus partidarios desde la ciudad Sant a de Jerusal én a los c uarteles de Francia y Borgoña, para nuestra salvación y muestra de la verdadera fe, pues n o c esan de ofrecer su s vidas por Dios, en devoto sacrif i- 125 Jean Leclercq, Recueil d’études Sur saint Bernard et ses écrits , vol. II, pp. 93-94. 126 Esta copia de la Regl a Latina (la décima que ve la luz) fue descubierta por nosotros en el curso de nuestra investigación sobre la continuidad del Tem ple en Escocia. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 35 cio. 3. Es por ello que nosotros, en completo gozo y frat ernidad, a requer i- miento del maestre Hugo de Paga nis, fundador de la mencionada orden ca b a- llería, con la gracia del Espíritu Santo, nos reunimos e n Troyes, entre varias provincias de más allá de las monta ñas, en la fiesta de san Hilario, en el a ño de la e ncarnación de Cristo Jesús de 1128, en el noveno año tras la fundación de la orden de cabal lería antes mencionada. En Capítulo general hemos oído de labios del citado maest re, hermano Hugo de Paganis, el relato de sus c o- mienzos y, de acuerdo con las limitacio nes de nuestro entendimiento, hemos alabado lo que nos pareció c orrecto y bene ficioso, y hemos rechaz ado lo que nos pareció erróneo. 4. Y todo lo q ue ha acontecido e n este concilio no p uede ser contado n i re contado; y pa ra que no sea tenido en cuenta con sa bia prudencia, no con l i- gereza, lo hemos dejado a discre ción de ambos, nuestro honorable padre el señor H onorio y el noble patriarca de J erusalén, Esteban, quien co noce los problemas de Oriente y de los Pobres Caballe ros de Cristo, lo cual hemos aprobado por unanimidad en el concilio general. Aunque un gra n núme ro de los padres re ligiosos reunidos e n capítulo aprobó la veracidad de nuestras p a- labras, no debem os silenciar los verdad eros pronunciami entos y juicios que emitieron. 5. Por lo tanto yo, Juan Miguel, a quien se ha encomendado y c onfiado [este] ta n divino oficio, por la gracia de Dios, he servido de h umilde e scribano del presente documento por orden del concili o y del venerable padre Ber - nardo, abad de Cla raval. Los nombres de l os Padres que asi stieron al concilio: 6. Primero fue Mat eo, [cardenal] obispo de Albano, por la grac ia de Dios, legado d e la sa nta Iglesia de Roma; Rena ud, arzobispo de Reims; Henri, arzobispo de Sens; y sus clérigos: Jocelin, obispo de Soissons; el obispo de París; el obispo de Troyes; e l obispo de Orlèans; el obispo de Auxerre; el obispo de Meaux; el obispo de Chalons; el obispo de Laon; el obispo de Be auvais; el abad de Vèze lay, quien poste riormente fue arzobispo de Lyon y legado de la Iglesi a de Roma; el abad de Cîteaux; e l abad de Pontigny; el abad de Trois-Fontaines; e l abad de Saint Denis de Reims; el abad de St -Étienne de Dijon; e l abad de Molesme s; al mencionado Bernardo, abad de Clairvaux: c u- yas palabras el anteriormente citado alabó francamente. También estuvie ron presentes el maestro Aubri de Reims; e l maestro Fulcher y varios otros que sería aburrido me ncionar. Y de otros que no se ha n menc ionado, es i mportante dejar dicho, que son amantes de la verdad: [entre] ellos están, el conde The o- bald; e l conde de Nevers; An drè de Baudema nt. Es tuvieron en el concilio y actuaron de tal proceder, con perfec to y cuidadoso estudio seleccio nando lo correcto y desechando lo que no les parecía justo. 7. Y ta mbién estaba presente el Hermano Hugo de Paganis, maestre de la Caballería, con algun os de los herma nos que le a compañaron. Estos eran Hermano Rola nd, Hermano Gode froy, y Hermano Ge offroi Bisot, Herm ano Payen de Montdidier, Herma no Archa mbaut de Saint -Ama nd. El propio maestre Hugo con sus seguidores ante dichos, ex pusieron las costum bres y o b- servancias de sus humildes comie nzos y uno de ellos dijo: Ego principium qui et loquor vobis , que significa: “Yo, quien os habla a vosotros, soy el princ i- pio”, todo ello se gún lo recuerdo. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 36 8. Agradó al concilio general que la s deliberaciones se hic ieran allí y, tras un examen deta llado de las Sagradas Escrituras, con la sabiduría de mi señor Honorio , papa de la Santa Iglesia de Roma y del pa triarca de Jerusalén y en conformidad c on el capítulo. Juntos, y de acuerdo con los Pobres Caball e- ros de Crist o del Te mplo que est á en Jerusalén, se debe poner todo por esc rito para que no s ea olvidado y cuidadosamente guar da do de tal forma, que para una vida de observanci a se puedan referir a su creador; comparación más du l- ce que la mi el en pari dad con Dios; cuya piedad parece óleo, y nos permi te ir hacia Él a quien dese amos servir. Per infinita seculorum se cula. Amen » 127 . El con cilio de Troyes no solo supuso la confirmación eclesiástic a de la o r- den del Temple, sino el respaldo y legitimación por parte de to da la comunidad cristiana y sobre todo la aprobación de una regla qu e no solo regulara la vida i n- terna de la O rden sino qu e, además, dejara claro que el co mpromiso personal y permanente de los caballer os del Temple con Cristo y su Iglesia. 1.5 La Regla. La pri mera n oticia qu e s e tiene de la Regla, tras los luctuosos sucesos de principios del siglo XIV, data de 1610 y se trata de un manuscrito e ncontrado en la abadía de san Víctor en Fran cia, el c ual se con serva hoy en día en la Biblio teca Nacional de Francia (París). La traduc ción del latín al francé s de la épo ca fue re a- lizada por el historiador y decano de la Facultad d e Anvers, Aubert de Mere. Po s- teriormente, en el siglo XIX Henri de Curzon fu e el primero que llevó a cabo un estudio sistemático de la Regla en bas e a los únicos tres manuscri tos de que ya e n ese momento se disponía, los de París, Ro ma y Dijon. Este últim o, que desapar e- ció en 1985, se ha datado en principios del siglo XIII y con tiene exclusivamente la Regla Primitiva y los Estatutos jerárqu icos. Los otros dos están fec hados a finales del XIII o principios del XIV y contienen los cinco documentos señalados. Todos están escritos en el francés medieval co nocido como lengua d e Ox. De la Regla, tal co mo fue aprobada en el concilio de Troyes, no ha llegado a nosotros ningún ejemplar, sin embargo, se estima por los especialistas en diplom á- tica que las cop ias exi stentes de los sigl os XII y XIII responden con bastante exa c- titud a lo que la asamblea de obispos aprobó. Está escrita en latín y consta de s e- tenta y dos artículos 128 . Fue revisada y modificada posteriormente al concilio, se 127 Johannes Miquaelensis, «Regula Pauperum Commilit onum Christi Templique Salomonici» , M. S. en Pièces relatives à diverses cérémonies et à l'héraldique, sicles XII à XVII , Nati onal Library of Scotland, anterior a 1156 [Apéndice N° 55] y Henry Curzon, La règle du Temple , Librairi e Renouard, París, 1886, pp. 10 -20. [Apéndice Nº 43]. La traducción es nuestra a partir de los t extos de estas dos obras y de la traducción de Judith Upton-Ward, The Rule of the Templars , The Boydell Press, Woodbridge, 1992. 128 Dependiendo de la versión, pues varían entre sesenta y ocho y setenta y seis art ículos. Upton- Ward dice que la considerable extensión de la regla se debe a que está basada en lo que había sido práctica en la Orden desde sus comienzos. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 37 dice que por el patriarca d e Jeru salén, Esteban de L a Ferté, suce sor de Gormondo de Picquigny, qu e le añadió vein ticuatro artículos y modificó otros doce 129 , cosa que algu nos autores han puesto en du da ya que este pa triarca tuvo poco tiempo p a- ra tal menester, pues murió en 11 30. En tiempo del maestre Robert de Craon fue traducida a fr ancés vulgar de la época, supri miendo los capítulos referente s al n o- viciado e incluy endo la po sibilidad de ad mitir caballeros excomulgados, con el previo arrepentimiento y la autorización del obispo. Alain Demurger establece tres fases en l a elaboración de la Regla 130 : 1. Una primera, en la que no había regla escrita y en la que lo fundamen tal eran los votos de po breza, castidad y obediencia, ca racterizándose ésta en una fuerte dependencia del patriarca jeroso limitano y en elementos disciplinarios (comidas en común, carne tres vec es por semana, vest i- menta igual para todos, deberes de cada uno, … etc.) y obligaciones reli - giosas similares a los de los canónigos regu lares del Santo Sepulcro que se regían por la regla de sa n Agustín. 2. Una segund a, qu e sería la deriv ada del concilio de Troyes en el que se estableció la primera reglamentación escrita con la regulación de todo lo necesario para la vida de la Or den, dando prioridad a lo religi oso. Se i n- trodujeron elementos nuevos en la regulación, tales como la admisión de nuevos miembros, prohibición de ad mitir niños, nor mativa sancionadora y por último se acentuó el carácter religioso de la Orden. Está fuerte me n- te inspirada en la regla del Cister es crita por san Benito. 3. Una terce ra, en la que el patriarca de Jerusalén, tras realizar una revi sión de la Regla, añadió veinticuatro artículos y dio una nueva redacción a una do cena con la intención, según Demur ger, de poner de manifiesto su dominio sobre la Orden 131 . En el último epígrafe reali zaremos un a nálisis po rmenorizado de la regla y los estatutos jerárqu icos. 1.6 Expansión de la Orden. En el mismo in stante en que el maestre Hugo, acompañado de los cinco her - manos fundado res, puso el pie en Europa, la Orden empezó a crecer. El grupo se dividió y mientras el maestre se fue a Anjou, Normandía, Inglaterra y Esco cia, Godofredo de Saint-O mer se dirigió a Flandes y Pagano de Montdidier marchó a Picardía. A éstos hay que añadir, Hugo Rigaud , que no sabemos cómo en esos momentos se encontraba en Europa, que se encargó de la Provenza y el Languedoc 129 Alain Demurger, Auge y Caída de los templarios , p. 63. 130 Alain Demurger, Auge y Caída de los templarios , p. 61. 131 Alain Demurger, Auge y Caída de los templarios , p. 63. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 38 y un templario de nuevo cuño, Ramon Bernardo, fue encargado de la Península Ibérica. A la vista de los resultados, se puede considerar que el vi aje fue un éxito total, pues no solo se consiguió una regla, y con ella la con firmación de la Orden, sino gran número de adeptos y muchísimas donacio nes de la más variad a natu ral e- za: tierras, casas, castillos, granjas, p astos, puentes, caminos, etc. La primera donación, consistente en una granja, la efe ctuó el conde Teoba l- do de Cham pagne. A la do nación de sus prop ias tierras que hizo Hug o de Paganis, se unieron pronto las de God ofredo de Saint -Omer de la casa qu e poseía en Pirex (Flandes) y Pagano de Montdidier de su señorío en Fontaine. Y a éstas hay que añadir ot ras muchas. Tanto de nobles y grandes señores como de pe queños terrat e- nientes, pues todos deseaban contribui r con parte de lo que tenían a la magna e m- presa em prendida por los templarios. A este respecto dice Lamy que «los qu e no se comprometieron en las filas de la Orden se sin tieron a menudo obligados a h a- cer donaciones a fin de participar en el impu lso» 132 . Una de las primeras adquisiciones de la Orden tuvo lugar antes del concilio de Troyes, el veintinuev e de marzo de 112 8 133 en Portugal, y con sistió en el cast i- llo de Soure, cerca de Coimbra, donado por la reina Teresa 134 . Si bien todo parece indicar que esta donación no se deb ió tanto a la labor propagandística de los te m- plarios como al celo y devoción del gallego don Fernando Pérez de Traba 135 , a quien la reina, a la sazón vi uda de Enrique de Borgoña, estaba un ida senti menta l- mente, el cual había peregrin ado a principio s de la dé cada a Jerusal én, donde había entrado en contacto con lo s primeros caballeros templarios. En 1128, el hermano Hugo Rigaud , que se encontraba en Tolosa, recibió p a- ra el Temple a Pedro Bernard y su esposa Borella, qu e se «entregaron a sí mismos y todo cuanto po seían al Te mple» con ciertas provisiones para el caso de tener hi- jos [varones] en el f uturo 136 . Durante su estancia en Pro venza y Lang uedoc Rigaud recibió para l a Orden numerosas donaciones, que incluían tierras, viñedos y der e- 132 Michel Lami, La otra historia de los templarios , p. 86. 133 Si bie n algunos autores moderno s como Miche l Lamy, en la página 152 de la obra citada, fijan la fecha en 1129, dado que el año de la Encarnación tenía su comienzo el 2 5 de marzo la fecha de 1128, que figura en el título de donación, ha de ser man tenida. 134 Teresa de León (1080 -1130), infanta de León y condesa de Portugal. Era hij a ilegítima de Alfonso VI de León. Fue esposa de Enri que de Borgoña y madre del primer rey de Portugal, don Alfonso I. Hacia 1095 el rey Alfonso VI de León cedió al matrimonio el condado de Portugal. Al enviudar se unió al noble gallego Fernando Pérez de Traba, que estaba casado, lo que originó que los nobles portugueses y su propio hij o se pusieran en contra de ella. Durante la minoría de Alfonso Enriques, gobernó el reino en nombre de su hijo adoptando el título de reina, lo que dio lugar al enfrentamiento de ambos, siendo las fuerzas de Tere sa derrotadas en la batalla de san Mamede en 1128. Falleció el 11 de novie mbre de 1130. De su unión con Pérez de Tra ba nac ieron dos hijas, una de ellas, Sancha, fue madre de don Rodrigo Álvarez, fundador de la Orden de Montegaudio, única Orden de orige n español que tuvo su sede maestral en Jerusalén. (José M aría Canal Sánchez -Pagín, «El conde don Rodrigo Álvarez de Sarria, fundador de la Orden militar de Monte Gaudio», Compostellanum , Vol. 28, Archidiócesis de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 1983, pp. 395-396). 135 Volvió por segunda vez a Jerusalén hacia 1150, poco antes de su muerte. 136 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , Doc. nº XVIII, p. 12. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 39 chos e, incluso, una camisa y pantalones y su mejor manto después de su muerte realizado po r parte de una aldeana 137 . En los títulos de estas donaciones Rigaud aparece unas veces simplemente con su nombre, sin más, otras como fratris soci e- tatis Templi Salomon is , y las más como domni Hugon is Rigauldi . En alguna de ellas figura, además, como procurator militum . Shara Newm an dice en su obra que pronto la nueva orden tuvo que enfre n- tar un problema i mportante cual era la falta de medios para mantener y administrar tal cú mulo de donaciones, pues, a diferencia de otras ór denes r eligiosas, los te m- plarios carecían de la or ganización e infraestructura necesaria s par a ello, y a que la mayor parte de las donaci ones no lo eran en forma de dinero sino en bienes mu e- bles e inmuebles todo s los cuales (campo s, casas, caballos, barri cas de vino, ropa usada e, incluso, siervos) eran bi en recibidos 138 . A pesar del voto de pobreza, los papas dejaron siempre claro a través de sus bu las, que el atesoramiento de riq uezas por parte de la Orden estaba plena mente justificado dado que constituía el medio de contribución de la Cristiandad a las cruza da s 139 . Un pr oblema añadido era que la efectividad de muchas de las donaciones que daba diferida hasta la ocurrencia de un evento cierto pero variable en el tie m- po, com o po día ser la recogi da de una cosecha o la muerte del donante, po r lo que pronto se pu so d e manifiesto la necesidad de contar c on establecimientos, que a c- tuaran a modo de sucursales, que se hicieran cargo de las do naciones, las ad mini s- traran y dirigieran a la sede maestral en Tierra Santa los prod uctos y ganancias. La misma autora sugiere que p ara resolver este problema los te mplarios adopt aron el modelo puesto en práctica desd e principio s del siglo XII por los ho spitalarios, lo s cuales, según Helen Nicholson, crearon, tanto en el Sur de Francia como en la P e- nínsula Ibérica, «centros administra tivos» que actuaban a modo de sucursales 140 , situadas en sitio s estratégicos para la gestión de sus do naciones y, siguiendo el modelo organizativo de estos, hicieron agrupaciones según las lenguas. En las líneas que siguen hacemos una breve descripción de la exp ansión del Temple en aquellos países en l os que tuvo una mayor implantación. Francia. La primera de todas las donaciones que recibió la Orden en Euro pa tuvo l u- gar, como y a se ha dicho , en Marsella, en 1120. Se trató de una iglesia donada por Guillermo de Marsella a omniu m militum Templi Salomonis 141 que en 11 24 fue d e- vuelta por los te mplarios por no poderla mante ner 142 . Tras esta donación hubo que esperar hasta que la Orden fue aprobada en el concilio de Tro y es para que nuevas donaciones vinieran a inc rementar el patrimonio del Temple. 137 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , Doc. nº XXXIII, p. 25. 138 Shara Newman, The Real History Behind the Templars , p. 41 139 Cent ros de estudios del románico, Los monjes soldados , los templarios y otras órdene s militares , Ediciones Polifemo, Madrid, 1997, p. 42. 140 Helen J. Nicholson, The Knights Hospitaler , Boydell & Brewer, Rochester, 2001, pp. 8-9. 141 A todos los caballeros del Templo de Salomón. 142 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , p. 1. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 40 Entre 1128 y 11 36 Hug o Rigaud realizó una activísima labor en el Sur de Francia y en el nordeste de Españ a, dando lugar a una flo reciente implantación de encomiendas. Aun que la dona ción fue la figura juríd ica más utiliz ada, no fue la única pues también se llevaro n a cabo contratos de compraventa y de permu tas o trueques. En estos primeros tie mpos en el Sur de Fra ncia una fa milia so bresalió en su ayu da al Temple, los Trencavel del Languedoc, lo que, dada su posición en la región, hizo que el eje mplo cundiera con otras muchas familia s, c omo l as familias de Canet y de Barbaira que donaron a la Orden el castillo de Douzens, que llegó a ser la mayor encomienda de la Ocitania. In cluso dos miem bros d e esta últi ma f a- milia se co mprometieron a integrarse e n la Orden en el futuro y, si así no lo h a- cían, se obligaban a pagar una cantidad i mportante de dinero 143 . En el Languedoc, cuenta Miche l La my 144 , se convocó un a reunión en la catedral de Tolosa para dar a conocer la Orden entre los feligreses, l o que supuso para la misma la colecta de una cuantiosa suma y, además, nu merosas donaciones de tierr as. Alain Demurger cita un total de di eciséis donaciones en tre 11 29 y 1134 145 . A partir de 11 36 el nombre de Hug o Rig aud no vu elve a apa recer en ningún título lo qu e, habida cuenta de la actividad desarrollada en los años in mediatamente ante riores, per mite suponer su muerte. Pero no solo en el Sur creció la Orden, sino en todas partes. En el Norte, en la Picardía y en Flandes, fueron muchos los que siguieron el ejemplo de God o- fredo de Saint-Omer, y en pocos días se fundaron, además de la de Saint -O mer, las encomiendas de Ypres, Cassel y Bas -Warneton y otras muchas más. Por su par te, Guillermo Clito cedió a la Ord en los impuestos que gravaban la s h erencias. El cartulario del marqués de Albon permite confeccionar un mapa de lo que llegó a ser la Fran cia templaria bastante aproximado a lo que seguramente fue la realidad. Mestre da la siguiente distrib ución de las propiedades templarias: la Isla de Francia llegó a tener un centenar de encomiendas, que unidas a las de Norma n- día, Borgoña, la Picardía y la Champaña sumaron más de tres cien tas cincuenta. La Provenza tu vo och o encomiend as, la Aqu itania seis, y el Rosellón un total de cie n- to veinticinco. La lista se cierra con la Alvernia y el Lemosín para las cuale s calc u- la cincuenta encomiendas. Refiere el m ismo autor que las encomiendas en Francia llegaron a ser unas setecien tas, agrupando cada una la media de u na docena de d e- pendencias, más las casas y los campos y a veces pueblos entero s 146 . En el Roselló n, entonces territorio aragonés, dond e y a se había formado la encomienda de Masdéu , continuaron las donaciones, siendo de destacar las dive r- sas casas dadas por el conde Godofredo en 1149, 1153 y 1155. También hubo d o- naciones en Perpiñán donde el vizconde de Fonallet hizo varias en 1141 y 1142. Península Ibérica. 143 Shara Newman, The Real History Behind the Templars , p . 43. 144 Michel Lamy, La otra historia de los templarios , Ediciones MR, Madrid, 2002, p. 90. 145 Alain Demurger, Auge y Caída de los templarios , p . 54 146 José Mestre, Los templarios , Edicions 62, Barcelona, 1999, p. 142. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 47 de la prop iedad de los te mplarios, fechado del dieciocho de junio de 11 79, del r e- fugio para peregrinos de san Giac omo d'Albareto. Islas Británicas. Aunque como hemos visto Hugo de Paganis fue recibido en Inglaterra por Enrique I, que le col mó de regalo s, fue su sobrino y sucesor Es teban, casado co n Matilda, sobrina de Godofredo de Bou illon y de Balduino I, quien hiz o la primera donación de tierras en Inglaterra. Ne wman opina qu e ha bía una cierta predisp os i- ción en Enrique y Matild a para ayudar de la forma que mejor pudie ran en la defe n- sa de Tierra Santa 175 . La pri mera donación fue he cha por Matilda en mem oria de su padre, Eu staquio, conde de Boulogne. Por su parte, Esteban con firmó las don a- ciones de sus vasallos e, incluso, hizo él mismo algunas donaciones. Ta mbién hace referencia en su obra a la existencia de un censo de todas las pr opiedades templ a- rias realizado por la Orden en 1185. El documento, que ha llegado hasta nosotros, muestra que las propieda des de los templarios en la isla eran en todo similares a las de otras comuni dades religiosas y estaban co mpuestas de campos de labor, r e- baños de ovejas, diezmos eclesiásticos y rentas inmobiliarias. Señala también que en Bristol el gremio de tejedo res utilizaba como capilla la Iglesia del Temple 176 . Si bien está contrastada la existencia de templarios en Inglaterra desde 1135, el primer maestre provi ncial conocido es de 1140 y fue Hugo de Argenten. La sed e de la Orden estaba en Lo ndres, en Holborn Bars en el nordeste de la City, y co m- prendía un edificio destinado a casa hab itación, una iglesia de pl anta cir cular y un cementerio, todo ello ro deado de huertos y jardi nes con árboles frutales y circu n- dado de un foso. A Hug o le suc edió e n el cargo de maestre pro vincial Osto de Saint-Omer, probablemente hermano del fundado r Godofredo y a Osto le sucedió el anglonormando Ricardo de Hasting, pero ambos s iguieron colab oran do durante más de veinte años hasta que Osto se fue a Tierra Santa. En 1185 Ricardo siguió los pasos de Osto y se marchó a Tierra Santa donde probablemente murió en la b a- talla de los Cuernos de Hattin. A Ricardo se debe el auge del Temple en Inglaterra, ya que fu e él quien co mpró el terreno junto al río Támesis en el que se construyó la que, con el tiempo, se convirtió en la sede central de la Orden en In glaterra. En Irlanda los templarios se establecieron, tras la conquista de la isla po r Enrique II, y sus principales propiedades estaban situadas mayormente en el Este . En la crónica anglo -sajona se dice que las tierras irlandesas de los templarios fu e- ron las terceras de mayor valor de la Orden y que tenían unas ganancias de mil cuatrocientas libras anuales las cuales provenían en su mayor parte de las rentas y de la cría de caballos para las necesidades de la Orden en Tierra Santa 177 . El maes- tre provincial de lo s templarios en Irlan da era un su pervisor de la hacienda lo cal que muchas veces tenía que actuar de mediador entre lo s nativos y los in gleses. 175 Shara Newman, The real history behind the Templars, p. 46. 176 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , doc. nº CXXIII, p. 86. 177 Evelyn Lord, The Knights Templar in Britain , Pearson Education Lted, Harlow, 2002, p. 141. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 48 Como se ha dicho más arriba, el m aestre Hugo de Paganis en su viaje a Eu - ropa fue recibido y agasajado por el rey David I de Escocia 178 que le hizo di versas donaciones y, entre las mismas, los die zmos eclesiá sticos de Renfrewshire 179 . El centro de la Orden en Escocia estuv o en Ballantrodoch, a unas diez millas al Sur de Ed imburgo. Segú n dice Evelyn Lord, todas las donaciones de tierras en Es cocia provinieron de familias normandas y no se encuentra entre lo s te mplario s de Esc o- cia ningún nombre de origen escocés siendo todos normandos, si bien, aclara, que en los archivos del Temple en Inglaterra sí apa recen alguno s designados co mo scot o scotho que pudieran ser de origen es cocés. No era una comunidad rica, pr ov i- niendo sus mayores ingresos de la crianza de ov ejas y de un molino. Señala la misma autora las siguientes posesiones principales de los templarios en Esco cia: Ballantrodoch, Maryculter, East Feston, Peffer, Swaston, Glasgow tenement , Ki k Lis ton/Temple, Callander Saltwork s y Gullanes 180 . Organizativamente la Orden en Escocia dependió del maestre pr ovincial de Londres y su cargo máximo unas veces era llamado preceptor y otras, maestre, siendo todos los qu e hoy conoce mos ingleses y la may oría de ellos de ascen dencia normanda. En el tiempo de máxima expansión en las Islas Británicas, el número total de encomiendas, sumand o las de Inglaterra, Irlanda y Escocia pueden estimarse en trescientas. Alemania y Polonia A diferencia de Oriente y de la Penínsu la Ibé rica, dond e los templarios h a- cían la guerr a a los musulmanes, en la Europa del Este, los ene migos eran los pa - ganos. Los territorios de Polonia, Pru sia, Bohemia, Moravia, Lituania y Livonia, formado principalmente por tierras s alvajes entre la Rusia orto doxa y la Europa católica, estaba ocupado mayoritaria mente por tribus paganas q ue se resistía n al avance del cristianis mo impulsado por los papas y sostenido por los príncipes germanos que, con el apoyo de los obispos, veían en ello una forma de agrandar sus posesiones terrestres. Tras la des aparición en 1238 de la o rden de Dobrin , reconocida oficial mente por la Santa Sede con la denominación de or den de los Caballeros Pru sianos de 178 David I de Escocia (c. 1083 – 1153), fue el hijo menor de Máel Coluim Mc Donnchada y santa Margarita de Escocia. En 1093, tras la infancia en Escocia, se e xiló en la corte de Enrique I de Inglaterra hasta 1124 en que volvió a Escocia debido al fallecimiento de su hermano, a cuyo hijo disputó el trono escocés hasta 1134 en que lo venció por las armas. Durante su re inado tuvieron lugar importantes cambios en E scocia, tales como la int roducción del feudalismo, a través de la inmigración de caballeros normandos, y la fundación de burgos y monasterios. Es venerado como santo de la Iglesia Católica, siendo su fiesta el veinticuatro de m ayo. (Para más información co nsultar: Richard Oram, David the King who made Scotland , Tempus, Stroud, 2004) 179 Geoffrey Wallis Stewart Barrow, The charters of David I, the written acts of David I King of Scots, 1124-53, and of his Son Henry, Earl of Northumberland, 1139-52 , The Boydell Press, Woodbridge, 1999, p. 164. 180 Evelyn Lord, The Knights Templar in Britain , Pearson Education Lted., Harlow, 2002, p. 186. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 49 Cristo, los templarios fuer on invitados a establec erse en Europa Orient al, siéndole s concedidas varias poblaciones en las orillas del río Bug y las fortalezas de Lukov. A lo largo del siglo la presencia templaria se hizo cada vez más importante, ll e- gando a contar con catorce establecimiento s y dos fortalezas. En Polonia los templarios no estuv ieron activos hasta el siglo XIII, en que el príncipe Henryk Brodaty de Silesia les h izo diversas donacio nes. Con el tiempo, la Orden llegó a tener doce enco miendas con unos efectivos totales de alrededor de los ciento cincuenta o do scientos caballero s 181 . Hungría y Croacia. Según refiere Shara Newman las primeras enco miendas se instalaron en Croacia po co años después de la II Cruzada, si bien no se sabe cómo llegaron te m- plarios. Pien sa esta auto ra qu e es po sible qu e el maestre provincial d e Francia, Everard Barres, qu e aco mpañó a Luis VII, viera la necesidad de proteger a los p e- re grinos que tomaban la ruta de Croacia hacia Tierr a Santa. En 1169 el papa en - tregó a los templarios el antiguo monasterio de los benedictinos de Vrana con la úni ca condición de dar albergue a los le gados papales que pasaran por allí. Ta m- bién el obispo de Zagreb, Prodanus, dio algunas propiedades en Zagreb y en las cercanías. En 1217 Andrés II se fue a la cru zada y en v ez de llevar a los te mplarios con él los dejó a cargo del reino, el cual fue gobernado po r Portius de Cruce, mae stre provincial, desde la encomienda de Vrana. Aun que resulta ob via la exis - tencia de templarios originarios de Hun gría y Croacia, la mayoría de lo s comend a- dores fueron franceses o italian os 182 . 1.7 Análisis crítico-jurídico de la fundación de la Orden. 1.7.1 Análisis del orig en de las órdenes milit ares. Para comprender el surgimiento de la orden del Tem ple, y de todas las ó r- denes religioso - mi litares, h ay qu e situarse en el contexto de principios del segund o milenio, con la predicación y el desarr ollo de la I Cruzada en Oriente Medio y el inicio de lo que se ha dado en llamar la segund a etapa de la Reconquista en la P e- nínsula Ibérica. La evo lución en el pensamiento cristi ano respecto d e la guerra y la muerte del ene migo, aún en acciones en defensa prop ia, fue lenta y no siempre bien ace p- 181 Shara Newman, The Real History Behind the Templars , p. 43. 182 Shara Newman, The Real History Behind the Templars , p. 44. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 50 tada por t odos. La primitiva posición de rechazo to tal de la violencia en los prim e- ros siglos del Cristianismo, ade más de por razones ob vias 183 , en base al cumpl i- miento a r ajatabla del quinto de los antiguos mandamientos bíblicos 184 y del pri n- cipal de los mandamientos de la nueva doctrina predicada por Jesús de Nazaret («amar al prójimo como a uno mismo») 185 , sufre un drástico cambio a parti r de la victoria de C onstantino sobre Mag encio en la bat alla del puente Milvio, atribuida al uso po r aquél de la cruz como estandarte 186 , y del subsiguiente Edicto de Milán ( Edictum Mediolanense ) o Edicto de la Tolerancia 187 , de 31 3, que declaró la libe r- tad religiosa en todo el Imperio con una referencia especial a los cristiano s. Este cambio radical en las leyes civiles tuvo su manifestación inmediata en lo s cánones de la Iglesia y, fiel reflejo de est a incipiente colab oración con el estado, fue que, sólo un año más tarde, en el c on cilio de Arlés del año 314, se decretó la excom u- nión de todos los que rehusaran cu mplir el servicio militar y que en el año 325, en el concilio de Nicea, se dictaran medidas punitivas para evitar la deserción de so l- dados 188 . Bien pronto prestigiosos pensa dores cristianos, como san Agustí n de Hipona (siglo IV) 189 y san Isidoro de Sevilla (siglo V) 190 , introdujeron el concepto de gu e- rra justa aunque limitada a los casos de defensa propia. Aún habría de transcurrir otros tres siglos hasta que en el 853, el papa L eón IV (847-85 5), al ver amenazada Roma, prometiera la salvación et erna al que mu - riera en la batalla en defensa de la ciud ad contra lo s sarracenos, lo que reiteró po s- 183 Persecuciones y matanzas de los cristianos por parte de las autoridade s de Roma. 184 «No matarás». 185 Jesús afirma: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lucas 10:27); «Y el segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39). 186 Se cuenta que en una visión o sueño Constantino recibió el mensaje de In hoc signus vincit (con este signo vencerás), utilizó la cruz como estandarte y venció en la batalla. 187 El Edicto de Milán, o Edictum Mediolanense , fue promulgad o en Milán en el año 313. En él se estableció la libertad religiosa en to do el imperio r omano «a los cristianos y todos los demás», poniendo fin a las persecuciones contra diferentes grupos religiosos , particularmente los cristianos. Fue acordado por los emperadores Constantino ( el Gran de), emperador d e Occidente, y por Licinio, emperador de Oriente. (José Orlandis, La conversión de Europa al cristianismo , Ediciones Rialp, Madrid, 1988 , p. 19. 188 Man uel Fuertes de Gilbert y Rojo, La Nobleza Corporativa en España : Nueve Siglos de Entidades Nobiliarias , Ediciones Hidalguía, Madrid, 2007, p p. 16- 17. 189 «Es justa una guerra cuyo fin es establecer la paz y la justicia, y no lo será una cuyo mot or sea la codicia o el deseo de dominación; una vez conseguido el objetivo, además, la guerra debe cesar. La guerra es un mal en sí, pero necesario. La guerra es consecuencia del pecado pero también su remedio. Defensa de la patria y de las leyes, recuperación de bienes arrebatados injustamente, y reparación de las injurias» (Agustín de Hipona, Ciudad de Dios, 1,3; 19,12). «Suelen llamarse justas las guerras, que tie nen por o bjeto vengar inj urias, cuando se trata de castigar a una nación o ciudad, que o no ha querido castigar una acción mala cometida por los suyos, o devolver lo que se ha quitado injustamente» (Agustín de Hipona, Qq. sup. Jos . q. 16). 190 «La guerra justa es la que se hace por edicto para recobrar cosas qu e han sido arrebatadas o rechazar a enemigos» (Isidoro de Sevilla, Etimologías, c. 18 ). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 51 teriormente Nicolás I (858 a 867) al p ermitir a los peregrinos y penitentes el uso d e la s armas contra los pagano s 191 . A pr incipios del segund o milenio y a era constatable un cambio profun do e n la motivación de guerra justa y la limitación de la misma a los casos de propia d e- fensa, dio paso a la permisividad como tal de la guerra of ensiva, sie m pre qu e fuera en defensa de le fe. Con ello se estaban poniendo los cimientos para un nuevo concepto, el de guerra sant a, qu e predicaría Alejan dro II con tra los infieles m u- sulmanes en dos ocasiones: en 1061 en la conqu ista de Sicilia po r los Nor mandos y en 1064 con ocasión de la batalla de Barbastro en el contexto de la Reconquista española, ofreciendo, en ambos c asos, una indulg encia a los participantes. Pocos años más tarde, en 10 74, el papa Grego rio VII lanz ó un llamamiento a los mil ites Christi (soldados de Cristo) para que fuesen en ayuda del Imperio bizantino. F i- nalmente, Urbano II en 1095, con su famoso discurso en el concilio de Cler m ont, provocó un estallido de fervor religioso en toda Europa, tanto en el pueblo llano como en l a pequ eña nobleza, al predicar la guerra santa para la recup eración de los Santos Lugares, que se materializó en la I Cruzada. Como hemos visto en epígrafes anteriores de este cap ítulo, tras la conqu ista de los santos lu gares y la formación del Reino de Jerusalén, Godofred o de Buillon decidió la constitu ción de un cuerpo de élite, formado por caballeros francos, para la defensa del Santo Sepulcro y de sus canóni gos, a los cuales puso bajo las órd e- nes del prior del templo. Tales caballeros, laicos, estaban organi zados bajo la regl a de san Agustín y residían en dependencias del Hospital de san Juan. Pasados unos años, nueve de ellos, liderados por Hugo de Paganis y Godofredo de Saint -Omer, decidieron hacerse religioso s sin dejar su condición de milites , pero como estaban lig ados por voto con el prior del Santo Sepulcro, fueron a hablar con el patriarca y con el rey a quienes propusieron su pr oyecto. Tanto a un o como a otro les ent u- siasmó la idea y con siguieron del dicho prior qu e les liberara de s us voto s, con la bendición de Go rmondo de Picquigny, a la sazón patriarca de Jerusalén (1119 - 1128). Si bien las ór denes jerosolimitanas (Sepulcro, Temple y Hosp ital) fueron las primeras órde nes religioso-militares, el o rigen de tales in stituciones no está en Ti e- rra Santa sin o en el corazón de la Europa medieval, en las hermandad es y confr a- ternidades laicas de caballeros surgidas por toda la Cristiandad para defender c a- minos, iglesi as, monasterios y haciendas de los at aques de bandidos e infieles. Si bien la religiosidad era común a todas ellas, estas pr imeras or ganizaciones de gu e- rreros no pueden ser consideradas, en sentido estricto, como órdenes religiosas, y a que esta denominación está reservada para las que contaron con el ben eplácito, aprobación y control d e la Iglesia. Las expresio nes «orden militar», «ord en de caballería» o, simplemente, «caballería» son utilizadas en este trab ajo indistintamente y de manera sinónima pues tal era el sentido d e dichas expresion es en la época medieval. La palabra «orden» tiene multitud de signi ficado s, pero el que más se ad e- 191 Epígrafe 1.7.1. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 52 cua a nuestros propó sitos es uno de los que ofrece el d iccionario de la Real Acade - mia Español a de la Lengua en el que es definida co mo «institu to religio so aprob a- do por el papa y cuyos individuo s viven bajo las reglas estab lecida s por su fund a- dor o por sus refor madores, y emiten votos sole mnes» 192 . El mismo diccion ario d e- fine «orden de caball ería» co mo «dignidad, títu lo de hono r que se daba a los ho m- bres nobl es o a lo s esfor zados que prometían vivir justa y ho nestamente, y d efe n- der con las armas la relig ión, al rey, la patria y a los agra viados y menester o- sos» 193 . Dado que estas definiciones son incompletas, y a que nad a di cen del carácter o condición de las personas que constituyen una orden militar, hemos de acudir a obras especializadas y, entre las muchas que tratan el tema, he mos elegido las más antiguas que hemos encontrado por entender que al ser más cercanas en el tiempo a la existenci a de estas organizaciones s u percepción de las mismas es más pr óx i- ma a la realidad. Así en una de ellas, «De las órdenes militares», escrita en el siglo XVII por Andrés Mendo, única de las tres escrita en el espa ñol propio de la época, en el comienzo del capítulo primero, t itulado «Del fin que tuvo la institución d e las órdenes militares», del libro primero de su obra, dice este autor: « Dispuso la provid encia diuina, que fin almente quedasse España libre de la Morism a, y como en todos tiem pos ha cuyda do, que para vencer à los enemigos d e la Iglesia sa liesen à luz doctores, Escritores, y Maes tros, y se fundasen Religiones Sagradas, que con sus plum as, sermones, disputas, y ejemplos de virtud los conu eciessen, assi mirando à su Es paña tan cercada de enemigos, pr evino el remedio par a sujetar los. Mas como par a conseguir vi c- torias e n la guerra, no son medi os las plumas, y disp utas, ni basta el r etiro d e los Religiosos , armò Milicias Religiosas para que las armas fuese n pertr e- chadas con letras, y ayudadas con la oracion, y virtudes fuesen mas poder o- sas, para ganar triunfos de tan p oderosos contrarios. Para este fin s e instit u- yeron en España las O rdenes Militares y fueron aproba das de los Sum os Po n- tifices, y favorecidas con muchos privilegios; porque militasen contra los enemigos de la fe, y de la Igle sia, y juntamente con ejercic ios d e virtudes p r o- curasen el pr ovecho de sus almas, y conquista sen con armas la tierra: con virtudes el Cielo » 194 . La ref erencia a Españ a que hace Andrés Mendo en esta cita, no la priva de valor, por cuanto que puede hacerse ext ensiva a toda la Cristiandad. Quizás la mejor definición de orden militar, a pes ar del tie mpo transcurrido, es la que hace Adrien Schoon ebeek al comienzo de su obra en la que di ce: «Algunos, considerando que la religión es un lazo que une todos los e s- tados, juzgaro n adecuado co nstituir una s ociedad o hermandad con varios c a- balleros bajo el mi smo techo, dán doles un cuerpo de reglas ecl esiásticas como normas de conducta, que después han pasado de mano en mano a sus suces o- 192 RAE, Diccionario de la Lengua española, XXII edición, Madrid. 193 RAE, Diccionario de la Lengua española, XXII edición, Madrid. 194 Andrés Mendo, De las Órdenes Militares, sus principios, go bierno, obligaciones, y de todos los casos morales que pertenecen a los cavalleros, y religiosas de las mismas ordenes , Impr. de Juan García Infançon, Madrid, 1681, pp. 1- 2. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 53 res, por la que se obligaban a vivir juntos, a defender a la religión, a la coron a, al prínci pe y a sus vecinos y a todas las personas, inclui dos los Eclesiásticos, de toda clase de violenci a» 195 . Añade este mism o autor que los papas «tenían la costumbre de poner su s e- llo para indicar que habían sido aprobadas po r ellos» 196 . De hecho, ning una orden era considerada como tal si n o contaba con la aprobación de sus reglas por parte de la Iglesia 197 , la cual tenía también un importante papel en la cerem onia de in ici a- ción o investidura de los caballeros. Debido a su doble condición, religio sa y civil, además del beneplácito ecl e- siástico, las ó rdenes militares habían de contar con la aprobación de los prín cipes y señores, que eran quienes de tentaban la soberanía, para los cuales constitu ían p o- derosas armas de defensa y expansión, por lo qu e eran sumamente estimadas. A este respecto traemos a colación lo escrito en 1609 por el Padre Le Mire: «El honor de la Caballería es ta n estimado por los p ríncipes soberanos que ellos mismos reciben el orden de la Caballería en sus personas o en la de sus hijos» 198 . Si bien el uso de la caballería como formación militar de hombres a caballo se remonta a 3000 años a. C., el origen remoto de las agrupaciones de caballe ros 199 hay que fijarlo en Germania en época de la república romana. En tie mpos de Al e- jandro Magno fu e empleada por el ejército griego y el macedonio, en unión de la falange, como formación cerrada, lo qu e les per mitió la con quista del Imperio Pe r- sa. La caballería medieval como cuerpo, según afirma Maurice Keen, «surgió en Francia, pero tomó forma en un contexto europeo » 200 . Según este autor, en sus inicios, la caballería sur gi ó ligada a la nobleza y a la guerra, si bien complement a- da con una alta do sis de religiosidad , factor éste qu e en una segunda etapa pasó a ocupar un lugar destacado 201 . Buena parte de este acercamiento del pensamien to cristiano al pensamiento caballeresco hay que achacárselo a Urbano II y a su ll a- 195 Adrien Schoonebeek, Histoire des tous les Ordres Militaires et de Chevalerie , Desbordes, Sceperus et Brunel , Amsterdam, 1699. Prefacio, p. 38. 196 Adrien Schoonebeek, Histoire des tous les Ordres , p. 38. 197 A pesar de todo existieron al gunas ordenes laicas, como la de la Terraza, fundada en torno a 1040 en Nájera por el rey García Sánch ez, o la de san Jorge de Hungría, creada por el rey Carlos I en 1326. Aunque sus miembros eran todos de confesión cristiana, sería más correcto llamarlas hermandades o fraternidades ya que la palabra orden tiene una connotación eminentemente religiosa. Si bien al principio estas asociaciones laicas eran completamente independientes de las órdenes militares, en la Edad Moderna, las que no habían desaparecido, terminaron fusionadas con ellas. A este efecto se puede consultar Alain Demurger, Caballeros de Cris to , templarios , hospitalarios , teutónicos y demás órdenes militares en la Edad Media. Sigl os XI a XVI , Editorial Universidad de Granada, Granada, 2005, pp. 14 y 339. 198 Aubert Le Mire, Origin des Chevaliers et des Ordres Militaires , David Martens, Bruselas, 1609, p. 1. 199 En el sentido de «hombres a caballo». 200 Maurice Hugh Keen, La Caballería , Ed. Ariel, Barcelona, 2008, p. 65. 201 Maurice Hugh Keen, La Caballería , p. 69. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 54 mamiento a la guerra contra el infiel produciéndo se un punto de inflexión en la tensión histórica entre el ideal pacifista cristiano y la tr adición de raíces bíbl icas que no s pr esentaba a Yah vé com o el Dios de las batallas. Con Urbano II se pasó de imponer una peni tencia por cada enemigo muerto en el campo de batalla a u na indulgencia plenaria (indulgencia de cruzada) po r tomar las armas cont ra los o c u- pantes de los Santos Lugares 202 . Pero el verdadero cambio de doctrina en la Iglesia, se había producido en el año 853 con León IV cuan do, al ver amenazada Ro ma, pr ometió que «al que mu e- ra en esta bat alla no le será negado el reino de los cielos por que el Todopoderoso sabrá que murió po r la verd ad de nuestra fe, por la salvación de la patri a y en d e- fensa de la C ristiandad», lo que se r eiteró posteriormente por Nicolás I al permitir a los pereg rinos y penitentes el uso de las armas contra los pagano s 203 . Años más tarde, cuando ya habían tenido lugar las dos pr imeras cruzadas, otro papa, Greg o- rio VII, qu e fue procla mado santo, «llegó incluso a bendecir el servicio de los c a- balleros que ofrecieran su aportación armada en defensa de la Ig lesia» 204 . En la antigua Ro ma la p alabra ordo tenía una sign ificación de clase social y existían dos diferentes, la senatorial y la ecuestre, cada una con funciones ( di gn i- tas ) diferentes y con mínimos de capitales específicos para ser c onsiderado int e- grante de ellas y así, en tiem pos del emperador Augusto (3 1 a. C. – 14 d. C.), para la ordo senatorius se exigía un capital de un millón de sest ercios y para la perten e- cía a la ordo equester la ex igencia era de cuatrocientos mil sestercio s 205 . La palabra chevalier , de la que deriv a directamente la españo la «caballero », apareció en Francia en el siglo XI como una acepción de la latina miles que había evolucionado a ésta desde su significado original de soldado 206 o militar o, en g e- neral, hombre de armas, en perjuicio de la más ajusta da, en latín cl ásico, de eques , lo qu e dio lugar a un a ver dadera confu sión ter minológica o poli sem ia de la qu e en 1421, en la respu esta del obispo de Burgos a una cuestión sobre el De Re Militari , planteada por el marqués de Santillana, aquél se hací a eco y decía 207 : « E este nombre de cavallero, que en latín “mi les” se llama, quien bien 202 En este aspecto resulta intere sante la obra de François Chatelet Historia de las Ideolo gías , Ed. Akal, Madrid, 2008. 203 Barbara Frale, Los templarios , Alianza editorial, Madrid, 2008, p. 50. 204 En su discurso de clausura del conc ilio de Cle rmont, entre otras cosas, dijo Urbano II: Todos los que mueran por el camino, ya sea por tierra o por mar, o en batalla contra los infieles, recibirán de inmediato el perdón de sus pecados. Esto lo otorgo en virtud de la potestad que por el mismo Dios me ha sido concedida…. (Ergun Mehmet Cane r y Emir Fethi Caner, Yijad cristiana: Una mirada a las cruzadas hechas en nombre de Cristo , Editorial Portavoz, Grand Rapids, 2005, p. 253). 205 Pedro López Barja de Quiroga y Francisco Javier Lomas Salmonte, Historia de Roma, Ediciones Akal, Madrid, 2004, p. 332. 206 Literalmente «soldado de infantería». 207 Nos referimos a la cuestión planteada por don Íñigo López de Mendoza, conde del Real de Manzanares, marqués de Santillana, en ca rta enviada el 15 de enero de 1444, a don Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos, que le respondió mediante escrito de 17 de marzo del mismo año (Carlos Alvar, Traducción y adaptación cultural , Donaire y Lafarga Editores, Servi cio de Publicaciones de la universidad de Oviedo, 1991, p. 309). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 55 lo catare fallará que ansi en los libros commo en el común uso de n uestro f a- blar le traemos de gran tiempo acá equivocado, entendiéndole de di versas maneras. Más si q ueremos a daptar la manera antigua de escribir algúnt tanto a lo que oy en la fabla traemos, de tres maneras p odríamos enten der el voc a- blo “ miles”, que por cavallero solemos romanear. La primera es muy larga , entendiéndole por todos los deputados a guerrear; y se gúnd ésta, non le r o- mançearíamos cavallero, m as yo le llamaría combatiente… La otra signific a- ción es espeçi al, diciendo “miles ” al de ca vallo, qu e más propiame nte en l a- tín se diría “eques” y según d ésta en nuestro romançe, non di ríamos cavall e- ro, mas omme de armas … com batientes a cavallo… La terçera es par ticular, entendiendo “mile” por cavallero arm ado por el rey, o por otro que armarle pueda; y ésta es su pr opia y estrecha sign ificación » 208 . Sobre este mis mo tema, más recientemente Demurger, en su o bra «Caball e- ros de Cristo : templarios, teutónicos y demás órden es militares en la Ed ad Media», ha dicho: «A lo largo de la Edad Media, la caballería se convirtió en el arma principal de los ejércit os, y el caballero en el modelo de combat iente. A éste se le llamaba “miles” (“milites” en el plural). Pero esa palabra, a la vez que conservaba e l sentido técnico del que combate a caballo, cobró un sentido ét i- co y pasó a designar a la elite de los comb atientes a caba ll o… pero n o por e llo se puede definir esa s órden es como de cabal lería. Empezaron siendo órdene s religiosas, como Cluny, como Citeaux (ade más todas las órdenes española s, con exce pción de la de Santi ago, e staban afiliadas a Citeaux) pero se tra taba de órdenes religiosas cuya primera destinata ria era -aunque no exclusiva me n- te, claro está - la caballería y que respondían a exigencias religio sas» 209 . De las tres clases funciona les en que estaba dividida la sociedad de la época, oratores (reli giosos e intelectuales), bellatores ( militares) y la borator es (agri - cultores y artesanos), los caballeros se ubicaban en la segunda de ellas que, en d e- finitiva, era la que tenía el p oder ya que poseía la fuerza 210 . Así pues, lo primero que podemos deci r de las órden es militares es qu e fu e- ron un a creación propia del mundo cristiano del Medievo, formadas por ho mbres religiosos que empuñaron las armas en defensa de la fe cristiana y de los op rim i- dos. Eran, po r así decirlo, una mezcla de monjes y gue rreros, con la particul aridad de que estas condiciones confluían en cada uno de sus componentes o, dicho de otra forma, eran guerreros que hacían votos religio sos propios de las órdenes m o- násticas 211 de las que heredaron precisamente el nombre d e «orden». Mucho se ha discutido si el modelo constitu tivo de las órdenes milita res respondía más al de milicia, al de monacato, o al d e her mandad hospit alaria, sin 208 Ángel Gómez Moreno, «La Questión del marqués de Santillana a don Alfonso de Car tagena», El Crotalón, Anuario de Filología Española , nº 2, Madrid, 1985, p. 353. 209 Alain Demurger, Caballeros de Cristo. templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes militares en la Edad Media , p. 13. 210 Manuel Fuertes de Gilbert Rojo, La Nobleza corporativa en España: nueve s iglos de entidades nobiliarias , Ediciones Hidalguía, Madrid, 2007, pp. 19-49. 211 Principalmente las de san Agustín y san Benito. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 56 que al día de hoy el asunto sea pacífico. Incluso hay autores, como Alain Demu r- ger y José Luis Corral 212 , que encuentran ciertas si militudes con el ribat 213 de los musulmanes con quienes los cristianos de Al -Andalus llevaban más de tres siglos en contacto, alternando las épocas de paz y de guerra 214 . Otros, como Alan Forey, por el contrario, rechazan con vehe mencia esta relación 215 . Incluso hay un tercer grupo de hi storiadores, no menos pro minentes, que sólo lo consideran un a posib i- lidad 216 . La estructura organizativa de todas las órdenes era si milar y respondían al siguiente esquema: el órgano máximo de la orden era el capítu lo general, al cual correspondía las decisio nes más i mp or tantes; en la cúspide de la misma se enco n- traba el maestre 217 , maestre general o gran maestre, que era la autoridad personal máxima, con funciones similares a la de los aba des y señores feudales, auxiliado de un pequeño número de altos dignatarios. Po r d ebajo del maestre general, en c a- da país estaban los que en un as órdenes se llamaba n maestres prov inciales y en otras priores; por último, en el escalón más bajo de la estructura, se encontra ban los bailíos, preceptores y comendadores, responsab les, generalmente, de una un i- dad militar o productiva (castillo, gr anja, molino, huerta,…etc.). E n la base se e n- contraban los milites a caballo o caballeros, que eran reclutados entre la nobleza, los escuderos y sargento s prov enientes del pueblo llano, los auxiliare s que eran ejercientes de los diferentes oficios y los capellanes que pertenecían al estamento eclesiástico. Las órdenes militares llegaron a ser ve rdaderos estad os dentro de los est a- dos, reproduciendo en su seno las estructuras de la sociedad civil, lo que ha llev a- do a muchos medievalistas e investi gadores a realizar estudios sob re las mismas a fin de analizar las condiciones qu e fueron necesarias para q ue surgieran. Las casas, templos y haciendas de las órdenes militares gozaban de los mis - mos priv ilegios y beneficios que los de la Ig lesia, en cuyo organigrama ocupa ban un lugar especial y a que dependían directamente de la Santa S ede, es tando por lo tanto exentas o, dicho de otro modo, sustraídas de la autoridad de los obi spos. Los miembros de la s órde nes militares solían usar hábito s específicos que los distinguía de los legos y de los miembros de otras órdenes. Común a todas las órdenes militares era el us o de una cruz, cosid a, pintada o estampada, sobre el h á- 212 José Luis Corral es Profesor Titular de Historia Medieval de la Universidad de Zarago za. 213 Alain Demurger, Auge y caída de los templarios , pp. 36 -37 y «L’or igine des ordres militaires». <http://www.clio.fr/BIBLIOTHÈQUE/l_origine_des_ordres_religieux_ militaires.asp8>; José Luis Corral, Breve historia de la Orden del Temple , Edhasa, Barcelona, 2006, p. 23. 214 Juan G. Atienza, El Legado templario, Swing, Barcelona, 2007, p. 52. 215 Alan Forey, «The Emergence of the Military Orders in the Twelfth Century», en Journal of Ecclessiastical History, vol. 36, Cambridge University Press, Cambridge, (1985), pp. 175-195. 216 Thomas F. Click, From Muslim Fortress to Christian Castle: Social and Cultural Change in Medieval Spain, Manchester University Press, Manchester, 1995, pp. 150-176. 217 Definido como tí tulo eclesial conferido a aquél que debe instruir al pueblo, según Charles du Fresne du Cange et alii , Glossarium mediae et Infimae latinitatis , Le opold Favre Editeur, Niort, 1883, col. 168a. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 63 mismo se da para que clérigos y religiosos pudieran portar armas y hacer uso de ellas, algo inaudito en lo s anales de la Iglesia que hasta ento nces hab ía prohibido taxativamente a los r eligiosos, bajo pen a de excomunión, no sólo el uso sino la mera po sesión de armas, a pesar de que, como hemos vi sto, en las po strime rías del primer m ilenio se produj o un punto de inflexión en esta do ctrina secular sobre l a guerra y como diversos papas pronunciaron bendiciones y concedieron indulge n- cias a los que tomaban las armas en def ensa de la fe y para pr oteger a los per egr i- nos y lugares de culto 245 . Pero el hecho es q ue en estos ca sos, como resalta Frale 246 , «no se tratab a de monjes sino de laico s que habían empleado siempre el instr u- me nto de la guerra y lo seguirían haciendo en cualquier caso» 247 . Parece tambi én lógico que éste fuera el momento elegido po r Balduino II para recabar del prior del Santo Sepu lcro, o de su superior inmediato, el patriar ca de Jerusalén, a mbos presentes en la asamblea con ciliar, el levantamiento d e los v o- tos que, a perpetuidad, unían a los caballeros fun dadores de la nueva milicia con los canónigos del Santo Sepulcro. La decisión del con cilio de Naplusa de permitir la pos esión y uso de las a r- mas a los religiosos y clérigos, de capital importancia para el naci miento de las ó r- denes religioso-militares, fue posteriormente ratificada en la Regla de la orden del Temple aprobada en el con cilio de Troy es 248 y ensalzada po r Bernardo de Claraval a través de la carta dirigida a Hugo de Paganis, conocida como «Loa a la nueva caballería» 249 , lo que supuso el espaldar azo en la aceptación generalizada en el seno de la Iglesia, gracias a l prestigio personal del santo cisterciense . La confirmación de la Orden, y la aprobación de la Regla po r el concilio de Troyes, es el final del periodo que hemos dado en llam ar de fundación de la orden del Te mple, cuyo naci miento supuso para los cristianos un a nueva y sorp rendente vía hacia la s antidad a través de la gu erra santa. Hasta el momento de la aparición del Temple, primera de la órdenes militares en senti do estricto, los que deseaban 245 Lawrence Duggan relaciona el levantamiento de la prohibición a los religiosos para port ar armas con varios hechos que tuvieron lugar el año anterior al de celebración del concilio de Naplusa. Estos son: el ataque de los bandidos, alrededor de la Pascua, a un grupo de unos setecientos pelegrinos de los que unos trescientos fueron muertos y sesenta capturados y la matanza del p ríncipe Rogelio de Antioquía y su ejército el 27 de junio, lo que dejó sin def ensa a la ci udad, dando lugar a que el patriarca B ernardo de Valence (1100-1135) ordenara a clérigos, monjes y laicos tomar las armas y defender las murallas de la ciudad (Lawrence G. Duggan, Armsbearing and the Clergy in the History and Canon Law of Western Christianity , The Boydell Press, Woodbridge, 2013, pp. 102-103). 246 Barbara Frale, nació en Viterbo el 24 de febrero de 1970 en cuya universidad estudi ó la licenciatura de Conservación de Bienes Culturales. En 1996 consiguió el diploma de postgrado en Paleografía, espe cializándose en Diplomática y Archivística en la esc uela del Archivo Secreto Vaticano y en 1998 en Paleografía griega. En el año 2000 obtuvo el doctorado y desde 2001 presta servicios en el Archiv o Secreto Vaticano. Obras de suyas sobre los Templarios son: L’ultima bataglia dei Templarii. Dal codice ombra d’obbedienza militare alla costruzione del processo per eresia , Roma, Edizioni Viella, 2001 y I Templari , Ed. Il Mulino, Bolonia, 2004. (Datos de su web en Facebook). 247 Barbara Frale, Los templarios , p. 51. 248 « Regula Pauperum Commilitonu m Christi Templique Salomonici ». 249 Epígrafe 1.4. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 64 escoger el camino de la oración y santidad, clase de los oratores , tan sólo podían elegir el s acerdocio o el monacato. La orden del Temple primero, y posteriormente las demás órde nes militares que se crearon a su imagen y semejanza, abrió una nueva vía para seguir a Cristo y alcanzar la santidad del Evangelio 250 y al m ismo tiempo permanecer en la clase de los guerreros o bellatores . Pero no se con tent a- ron con ello los monjes guerreros, sino que también incorporaron a su regla el ora et labo ra de la de san Benito 251 . Con ello consiguieron unificar en un mismo gr upo las característ icas de los tres estamentos de la época: bellatores (los qu e gu errean), oratores (los que rezan) y laboratores (los que trabajan). Los templarios, como todos los miembros de las órdenes religiosas, vi vían agrupados en ca sas y, como aquéllos, prof esaban los tres votos monacales: pobr e- za, obedien cia y castidad. La orga nización y actividad de la Orden en Europa est u- vo siempre sup editada a las necesidade s de la insti tución en Tierra Santa a la que se env iaban las donaciones y los pr oductos qu e se obtenían de la actividad normal de sus enco miendas, con una sola excepción, la de la Penínsu la Ibérica, en la que los templarios hispanos y lusitanos estaban involucrados en la lucha contra los musulmanes 252 . Toda la vida del templario estaba regida por la Regla 253 , que en cierto sent i- do puede ser considerada c omo un manual religioso-militar. Así en diversos apa r- tados se regulan la or ganización jerárquica, el comportamiento en las batallas, el orden de marcha y la disposición de lo s campa mentos. También las actividades diarias, de cuando no estaban en campaña, estaban perfectamente descritas: los r e- zos, la liturgia de las horas 254 , la confesión, la eucaristía, los ayunos y también otras actividades más prosaicas, tales como: l as comidas, el sueño, la enfer medad, las relaciones con personas ajenas a la Orden,… etc. Asi mismo recoge la regla una detallada lista de faltas y las sanciones qu e correspo nden a cada una de ellas. Así pues, no insistiremos en est e extremo y, a partir de lo s documentos y medios que contamos, daremos por buena la ho rquilla de 1118 a 1120 com o fecha de creación, o di cho de manera más ap ropiada, de pu esta en marcha de la Orden, que al parecer es la mayoritaria, aun que con las reservas mencionadas y sobre todo decantándonos po r el año 1119 (y dentro de él, la fecha del veintitrés de enero en que se celebró el concilio de Naplu sa) que es el que se desp rende de nuestra pr opia investigación. 250 «Jesús lo miró con amor y añadió: Una s ola cosa te falta: anda, vend e todo lo que tie nes y dáselo a los pobres, y t endrás un tesoro en el cielo. Luego v en y sígueme». (Marcos 10, 21); «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, re cibirá el ciento por uno y heredará la vida e terna» (Mateos 19, 29). 251 No hay que olvidar que el inspirador de la Regla del Temple fue san Bernardo que, como cisterciense, era seguidor de la primitiva Regla de san Benito. 252 Aunque en los reinos ibéricos, al igual que el resto de Europa, a medida que la Reconquista avanzaba, los te mplarios iban abandonando su función bélica y constituyendo explotaciones agropecuarias. 253 Incluye la Regla latina, los estatutos jerárquicos y los estatutos conventuales. 254 Laudes · Tercia · Sex ta · Nona · Vísperas · Completas. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 65 1.7.3 Análisis de la inici ativa. Se plantea a veces l a cuestión de quien tu vo la iniciativa en la fundación de la Orden, que es algo en lo que las crónicas de l os di ferentes aut ores no están de acuerdo. Así, en el antes mencio nado texto de Guiller mo de Tiro, vemos que «el deber prin cipal qu e les fue impuesto por el señor patri arca y los demás obispo s p a- ra la re misión de los pecados, era el de proteger los camino s y rutas de los ataques de ladrones y bandidos», de dond e parece desprenderse que la iniciativa fundaci o- nal fue del prelado. Carlos Ay ala 255 dice que «la fu nción m ilitar, po r tanto , sería el resultado de la imposi ción de los eclesiásticos jerosolimitanos y no tanto el de seo de los nuevos religiosos que la recibían en concepto de pen itencia» 256 . Las versi o- nes que ofrecen Jacobo de Vitry y Bernardo el Tesor ero son bien distintas, y atr i- buyen la iniciativa a los caballeros, de los cuales dice el primero que «se compr o- metieron a defender los per egrinos contra estos ban didos y ladrones, a proteger l as vías públicas, a luchar por el rey sob erano y a vivir como los canónigo s regulares en la obediencia, en la castid ad y sin propiedades» y en la crón ica del segundo se cuenta que se dirigieron al rey, que entonces era Baldu ino II, y le dijeron : «Sire, hemos decidido hacer a un o de nosotros un m aestre que nos gu íe en la batalla para ayudar al país» 257 . Estimamos más ajustada a la realidad estas dos últimas versiones, dado q ue las mismas no sólo no excluyen la de Guillermo de T iro sino qu e las a clara y co m- plementa. Ad emás, es i mpensa ble qu e lo s caballero s se hubieren avenido a un cambio tan drástico de su estatus si la ini ciativa no hubiera partido de ellos. Sea como fuere, y con independencia de quien o qu ienes partiera la inicia tiva, lo i m- portante es subrayar lo s hechos anteriores y los subsigui entes y estos son: - Los caballeros decidieron constituirse en comunidad o fraternidad rel i- giosa y elevaron su propuesta al rey y al patriarca. - Hicieron profesión de fe, pronunciando l os tres vo tos monásticos, ante el patriarca de Jerusalén. - La actividad pr imordial que les fue encomend ada por el patriarca no fue re ligiosa sino militar: la s eguridad de los camin os, la guarda de los al - bergues y refugios y la protección d e los peregrinos. - Se pusieron al servicio y bajo la p rotección del rey de Jerusalén. El resultado fue totalmente novedoso : Había nacido la primera orden militar de la Cristiandad . 255 Carl os Ayala Martínez es profesor titular de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Madrid. 256 Carlos Ayala Martínez, Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media siglos XII-XIV , Ed. Marcial Pons, Madrid, 2007, p. 25. 257 Todos los te xtos entrecomillados de los autores que se citan, excepto el de Carl os Ayala, figuran en referencias ya recogidas anteriormente. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 66 1.7.4 Análisis del prim er asentamiento . Puestos los cimientos de la nueva organización, surgió inmediatamente el problema de do nde ub icarla, puesto que habían de desalojar las dependencias que hasta entonces ocupaban, probablemente en locales del Hosp ital, situados junto al Santo Se pul cro, pu es Bernardo el Tesor ero clara mente nos dice en su Chronique d’Ernould et Bernard le Tresorier 258 que «el Hospital los echó» 259 . De to dos los textos que hemos citado, seleccionamos las si guientes referencias a la viviend a de los miembros de la nueva M ilitia :  Este mismo autor [Bernardo el Tesorero] nos dice que el rey tenía mu - chas residencias en J erusalén y qu e les cedió una que se llamaba T emplo de Salomón.  Jacobo de Vitry reitera la misma idea y comenta que el señor rey les ce - dió temporalmente una pequeña vivienda en una parte de su palacio, ce r- ca del templo del Señor y qu e desde entonces fueron lla mados her manos caballeros del Temple.  También Miguel el Sirio se refiere a este episodio y dice que el rey les dio para vivir la casa de Salomón y algunas aldeas para sub sistir.  Pero qu izás el más expresivo de todo s sea el párrafo que Guiller mo de Tiro dedica a l tema diciendo que como no tenían ni nguna iglesia ni nin - gún domicilio fijo, el rey les dio por un tie mpo un lugar de habitación en el ala Su r del palacio [Templo de Salo món], cerca d el Templo del Señor [Mezquita de Al-Acsa] y que los canónigos del Templo del Señor les dieron, bajo ciertas con diciones, un rincón cerca del palacio qu e ellos po - seían qu e est os caballeros utilizaron como campo de e ntrenamiento y «debido a que tienen una sede en el palacio real junto al templo del Se - ñor, como hemos dicho antes, se les lla ma los Her manos de la Milicia del Temple» 260 . Mucho se ha dicho sobre las razones q ue llevaron a Baldu ino a cederles el uso de un lu gar tan emblemático co mo era el Templo de Salo món, pero al no tener datos fidedignos que avalen ninguna de las prop uestas no nos aventuraremos por los caminos, siempre fáciles, de la especulación. Lo único cierto es que el sitio en el que habitaron y que u saron como campo de entrenamiento y del que a partir de entonces fueron sus gu ardianes, era un lugar sagrado desde la más rem ota antigü e- dad en el que había estado el Templo de Salo món 261 y posteriormente estaría la 258 Louis de Mas Latrie, Chronique d’Ernould et Bernard le Tresorier , p. 8. 259 Et si jeta li Ospitaus le Temple et si li dona son relief et l’enseigne c’on apele l’enseig ne del Bauçant. 260 Guillermo de Tiro, Historia Rerum in Partibus Transmarinis Gestarum , en: <http://www.the latinlibrary. com/williamtyre/7.html>. 261 El Templo de Jerusalén, el principal santuario del pueblo de Israel, estaba situado en una gran planicie en el monte Moira donde el la actualidad se ubic an la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al -Aqsa (Alain Demurger, Auge y caida de los templarios , p p. 58-60). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 67 mezquita de La Roca 262 y ésta es la razón por la qu e a partir de entonces los mie m- bros de la orden fueron conocidos como Hermanos o Caballeros de la Mil icia de l Temple o simplemente templarios. 1.7.5 Análisis del núm ero inicial de hermano s. A muchos historiadores les ha llamado la atención el hec ho de que Baldu ino II concediera un espacio tan eno rme a tan sólo nueve caballeros y que durante los primeros años de existencia del Temple fueran pocos los nuevos miembros de la Orden. Estas dos circun stancias han dado pábul o a un sinfín de especu laciones s o- bre la a ctividad real a la que se ded icaron los templarios en sus co mienzos. Los documentos históri cos que han llegado hasta no sotros no hacen referencia algu na a la actividad de la Orden en estos primeros tiem pos desde su fundación, por lo que no es po sible saber si cumplía o no las fun ciones para l as que había sido creada, es decir, la cust odia de los camino s y la protección de los peregrinos. De to das man e- ras, tampoco nos ha llegado n ingún documento en sen tido contrario. Algunos autores, sin ba se fáctica alguna, hacen elucub raciones sobre la a c- tividad de los te mplarios en estos años y sugieren que bien hubieran po dido ded i- carse a la búsqueda de documentos antiguos o del llamado tesoro del Templo, que habría quedado enterrado cuando el mismo f ue derr uido por las tropas romanas al mando de Tito en el año setenta de nu estra era. Lo más probable es que se dedic a- ran a limpiar y desescombrar los locales qu e, por los avatares de las gu erras y del tiempo transcurrido, debían de estar e n estado de rui na y llenos de escombros. Como hemos apuntado , hoy día no hay dato alguno que avale estas conjetur as, por lo que simplemente las mencionamos como algo que forma parte de leyenda tejida alrededor de los templarios. También hay muchos autores qu e, con una lectura excesivamente rigorista de las crónicas antiguas, s e hacen eco y ponen un exagerad o énfasis en el hecho, de que el número de miembros de la Orden, en sus pri meros nueve año s de exi s- tencia, se mantuvieran en nueve y sacan de ello conclusiones sin base factual a l- guna, rayanas en lo mágico o exotérico 263 . Guiller mo de Tiro, se refiere a ello en la continuación del texto que hemos ins ertado anteriormente y dice qu e aunqu e los caballeros llevaban establecidos desde hacía nu eve años, todav ía seguían s ien do sólo nu eve en tiempos de l papa Eugenio [Eugen io III, pap a de 1145 a 1153 ] en 262 La gran explanada de La Roca o de la s Mezquitas se ubica en el ángulo Sureste del recinto amurallado del Jerusalén medieval, formando un cuadrilátero irregular de unos 800 metros de lado, unas 64 hectáreas de superficie. El espacio de la expl anada del Templo era enorme; ocupaba una quinta parte de la ci udad, en un re ctángulo casi perfe cto de 440 por 27 5 metros. En ese amplio recinto, además de la mezquita de al-Aqsa, situada en el lado Sur, se levantaba la mezquita de la Roca, (también conoc ida como de Omar), llamada así porque para los musulmanes la roca que ocupaba el centro de la mezquita había sido el lugar desde el que su profeta Mahoma había ascendido al cielo. (Alain Demurger, Auge y Caída de los templarios , pp. 58-60). 263 Por la reiteración en el número nueve, tres veces tres, múltiplo de tres, la Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 68 que e mpezaron a colocar cruces de pa ño rojo sobre sus mantos y que hacia 1170 ya eran cerca de 300 lo s caballeros e innu merables los de más her manos y que t e- nían inmensas posesiones en Tierra Santa y en el extranjero 264 . Otros autores, c o- mo J acobo de Vitry, inciden en qu e los primeros templarios fueron nueve y que durante nueve año s el número permaneció invariable, pero la crón ica de e ste autor, como ya hemos apuntado , es casi copia literal de la de Guil lermo de Tiro. Algunos han querido ver en esta reiteración del número nueve un simboli s- mo nu merológico en base a la cita de Salo món «Per o tú todo lo dispusiste con m e- dida, número y peso » 265 y subray an qu e el número nueve, que simbol iza a la Trin i- dad, es tres veces tres (tres al cuadrado) es decir la imagen multiplicada de la Tr i- nidad. También, según el abad benedictino Rábano Mauro (c. 780 - 856) 266 , el nu e- ve representa místicamente la Pasión del Señor, pu es el prop io Jesús en la hora no na, habiendo dado un fuerte clamor, expiró. También en el texto bíblico de la Sabiduría se l ee que nueve son las categorías de los áng eles: ángel es, arcanos, tr o- nos, dominaciones, virtud es, principados, potestades, querubines y serafines 267 . Hay, pues, un significado simbólico inserto en los textos de di chos cronistas, si m- bolismo que va más allá de la simple in formación cu antitativa suministrada por los autores, para los que, pese a su natural antipatía por la independencia de las órd e- 264 «Aunque los caballeros ya se habían establecido desde hacía nueve años, todavía seguían siendo sólo nueve. A parti r de este momento en adelante su número comenzó a crecer y sus posesion es comenzaron a multiplicarse. Más tarde, en tiempo del papa Eugenio [Eugenio III, papa de 1145 a 1153], se dice que tanto los caballeros como sus sirvientes más humildes, llamados Sargentos, comenzaron a colocar cruces de paño rojo sobre sus mantos, así como para disti nguirse de los demás. Ahora han crecido tanto que hoy hay e n esta Orden [Guillermo de Tiro estaba escribiendo entre 1170 y 1174] cerca de 300 caballeros que visten mantos bla ncos, además de los hermanos, que son casi innumerables. Se dice que tienen inmensas posesiones, tanto aquí como en el extranjero, de tal manera que en la actualidad no hay una provincia en el mundo cristiano que no haya concedido a los hermanos antes mencionados un a parte de sus bie nes. Se dice hoy que su riqueza es igual a los tesoros de los reyes. Debido a que tienen una sed e en el palaci o real junto al templo del Señor, como hemos dic ho antes, se les llama los Hermanos de la Milicia del Templo. A pesar de que mantuvi eron su establecimiento honorablemente durante mucho tiempo y cumplieron su vocación con la prudencia suficiente, más ta rde, debi do a la pérdida de la hum ildad (que es conocida como la salvaguarda de todas las virtudes y que, al encontrarse en el lugar más bajo, no puede caer), se sustrajeron a la autoridad del patriarca de Jerusalén, gracias al cual se fundó su Orden y se re cibieron las primeras donaciones y le negaron la obediencia que le habían prestado sus predecesore s. También han quit ado los diezmos y primicias de las iglesias de Dios, han perturbado sus posesio nes, y se han hecho sumamente incómodos». (Guillermo de Ti ro, Historia rerum in partibus transmarinis gestarum , Libro XII, capítulo VII, en: <http://www.thelatinlibrar y. com/williamtyre/7.html>). 265 Sap. XI-20. 266 Rába no Mauro (Maguncia ca. 780, Renania 856) nació en Fulda. Estudió en la abadía benedictina de su ciudad natal y luego en la Escuela de Tours. En el 822 fue nombrado abad de Fulda, cargo en el que estuvo veinte años. Fue consejero de Ludovico Pío, de Lotario y de Lui s el Germánico. Fue arzobispo de Maguncia desde el año 847 hasta su muerte. Comentarista de casi todos los libros de las Sagradas Escrituras, poeta, autor de un diccionario bilingüe sobre las partes del cuerpo e introductor de las Artes Gramaticales en Alemania (Más información sobre Rába no Mauro: Paolo Rosano, Sensi letterali e sensi figurati nel “De Re rum naturis di Rábano Mauro” , Caosfera Edizioni, Vicenza, 2011). 267 Jean Lauand, Rábano Mauro e o Significado Místico dos Números . (http://www . hermbis.com.br /LivrosVirtuais/LVRabanoMauroeoSignificadoMisticodosNumeros.htm). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 69 nes frente a los podere s eclesiásticos, veían en la fundación de la Orden un mens a- je divino del que lo s protago nistas eran los nuev e caballeros fundado res, miembros de un a nueva milicia de Dios integrada por los Caballeros de Cristo, a la qu e se r e- ferirá poco después Bernardo d e Claraval como «hombres valientes, elegidos del Señor» 268 . En cualquier caso, las afirmaciones de Guillermo de Tiro no han de ser t o- madas al pie de la letra, pues, al fin y al cabo, se trata de una crón ica, escrita hacia 1170 con ánimo historicista po r alg ui en que no era histori ador. El propio autor s e desdice reiteradamente a l o largo de su ob ra, en la cual «da al menos hasta qu ince nombres de caballeros hasta el año 1125» 269 que para Miguel el Sirio en 1127 270 , pasan a ser treinta. Sin ir más l ejos, en el cartulario de la or den del Temple del marqués d’Albon se recogen los nombres de do s hermanos, Roberto y Henrico , que en los albores de la Orden, años 1123 y 1124, actuaron en su nombre en las escrituras de sendas donacio nes, recogidas por dicho autor en su o bra con los numerales III y IV 271 . Además, no es ló gico pensar que seis de los n ueve hermanos fundado res vi a- jaran a Europa y que sólo quedara en Jerusalén Hugo de Cha mpagne y otro s tres hermanos para realizar todas la s labores que la Orden tenía encomendada s, como dice Demurger, añadi endo que, en todo caso, dicho número de nueve de hermanos sólo incluye a los caballeros, dejando al margen los sargentos y los subalternos 272 , concluyendo qu e los templarios debían ser mucho más de nueve y que el viaje de Hugo de Paganis a occidente en 1127 fue, además de para reclutar nuevo s mie m- bros, a causa de una crisis d e crecimiento y una crisis de identidad 273 . 1.7.6 Análisis de la persona del fundador: Hugo de P a- ganis. De Hugo, fu ndador de la Orden, junto con otro s ocho cab alleros, lo único que nos dice el cronista G uillermo de T iro en su obra, escrita haci a 1170, es que su patronímico era Paganis. El anónimo traductor de la c rónica del de Tiro , cincuenta años más tarde, lo tradu jo como Paiens y añadió de lez Troie s , es decir, cerca de Troyes, en la Champaña, una pequeña población, que hoy cuent a con menos de mil hab itantes. Este añadido aclaratorio para el mayor especialista existente sob re Hugo de Paganis, Thierre Leory, «es fundamental pu es muestra que cien años más tarde de la fundación de la confraternidad de los Pobres Caballeros de Cristo, lo s 268 Bernardo de Claraval , Loa a la Nueva Milicia . 269 José Luis Corral, Breve historia de la Orden del Temple , nota 39, p. 129. 270 Chronique de Michel Le Syrien. Patriarche Jacobite d’Antioche 1166 -99, Ed. J. B. Chabot, vol. 3, Ernest Laroux, París, 1899-1924, p. 201 y ss. 271 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , pp. 3-4. 272 Alain Demurger, Caballeros de Cristo, templarios, hospitalarios, teutónicos , p. 38. 273 Alain Demurger, Caballeros de Cristo, templarios, hospitalarios, teutóni cos , pp. 38-39. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 70 occidentales había guardado en su mem oria quien había sido el primer maestre de los templarios» 274 . No se sabe a ciencia cierta la fecha de su nacimiento, pero se cree qu e fue alrededor de 1070, ya qu e en un documento, datad o entre 10 85 y 1090, aparece como Hugo de Pedan o, seño r de Montigny 275 , confir mando una donación efectu a- da por el conde Hugo de Cha mpaña a la abadía de Mo lesme y para actuar de test i- go era preciso ser mayor de d ieciséis años. Su presencia confirmando múltiples documentos en los que el conde de Cham paña era parte ha sido señalada por alg u- nos autores c omo prueba de su perte nencia al círculo más cerc ano al con de, que no hay que olvidar en aquel momento era el seño r soberano de un amplio territo rio. De acuerd o con De murger, «Hugo estaba casado y mantenía una estrecha re lación con la fa milia de los condes de Cha mpaña y con la de Montbard, familia de la madre de san Bernar do. Se fue de cruzada con el con de Hugo d e Cha mpaña en 11 04 y volvieron hacia 1110. Am bos regresaron en 1114, él [Hugo de Paganis] para qu edarse » 276 . Sh ara Newman dice que aparece en otros documen tos emitido s por el mismo conde, lo que es bu ena prueba de un a relación bastante estrecha y que el último diploma en el que confirma en la Champaña es de 1113, prueb a ev i- dente de su ausencia, quizás po rque había partido para Tierra Santa 277 . En esos t í- tulos en los que actúa de testigo apa rece como Hugo de Pean z o Hugo de Pedans, lo qu e ha hecho qu e alguno s dudaran de si se trataba de la misma persona, cosa que para la mayoría de los auto res no presenta duda alguna. La si gu iente vez que aparece su no mbre es ya en Jerusalén en 1120 actuando de testigo en una donación del rey Balduino a los hospitalarios, l o que viene a confirmar la presencia de P a- ganis en Jerusalén en esa fecha. Se sabe que Hugo de Paganis estaba casado con una dama de la nobleza de la que lo único que se conoce es que se lla maba Isabel. Y también que el hi jo de ambos, Thibaud, se hi zo monje y en 1139 llegó a ser abad del monasterio de La Colombe por un documento que obra en dicho monasterio 278 . Cuando Hugo de Champaña volv ió de Jerusalén, tras el viaje emprendido en 1114, Hug o de Paganis se quedó en Tierra Santa l o qu e hace suponer que su m ujer Isabel había fallecid o o había ingresado en u n convento, pues si n o hubiera sido imposible a Hugo profesar con los vo tos religiosos 279 . Algunos autores 280 , dando pábulo a un rumor absolut a- 274 Thi erry Le roy, Hugue s de Paganis. Chevalier Champenois, Fondateur de l’Ordre des Templiers , Ed. de la Maison du Boulanger, Tro yes, 2001, p. 54. 275 Thi erry Le roy, Hugues de Paganis. Chevalier Champenois, Fondateur de l’Ordre des Templiers , p. 194. 276 Alain Demurger, Caballeros de Cristo, templarios, hospitalarios, teutónicos , p. 41. 277 Shara Newman, The real history behind the Templars , p. 13 278 « Thibaud de Pahens, filius Hugonis primi magistri temple Jerosolymitani» , citado en Thierry Leroy, Hugues de Paganis. Chevalier Champenois, Fondateur de l’Ordre des Templiers , p. 95. 279 Aunque la Iglesia permitía a los esposos ingresar en conventos con la condición de que lo hicieran los dos, per o al no constar el ingreso de ella en ningún conve nto, algunos autore s suponen que había muerto. 280 Edvar Olsen y Lynn Piknett, El Secreto del Temple , Ed. Eda f, Madrid, 2007, p. 188; Michael Capítulo 1: Fundación de la Orden. 71 mente gratuito, se hac en eco de una posible unión posterior de Hu go de Pagan is con Catherine Saint -Clair, de los Sinclair de Esco cia, lo cual, por mucho que se escriba y repita, no deja de ser un a presumible falsedad sin base do cumental alg u- na. De acuerdo con lo que afir ma Guillermo de Tiro, Hugo de Paganis, junto co n Godofredo de san Amaro o Saint-O mer, natural de Picardía, f ueron los cofun - dadores de la Orden de la que Hugo fue su primer maestre, por elección de los miembros fundadores, lo que pudo ser debido a sus dotes naturales de lide razgo o a sus contactos con los poderes instituidos de la época. Entre los escritos más antiguos, en los que aparece su nombre relacionad o con el Te mple, está un título de 1123 en el que Hugo de Paganis aparece confi r- mando una escritura de donación del pa triarca Gorm ondo de Jerusalén a la aba día de Santa María de Josaphat, en la que figura como « Hugonis de Peans », pero su inclusión al final, entre los laicos, permite suponer no sólo que en este año aún no era maestre, sino que ni siquiera le era reconocido un carácter relig ioso 281 . En las actas del concilio de Troyes de 1128 con la Regla de la Orden, en sus versiones l a- tinas, datadas en el siglo XII, figura como « magistri Hug onis » o « magister miliciæ Hugo » 282 . En la versión francesa de la misma, y en los manuscritos de Baltimore y Dijon, aparece como « maistre Hug ue de Païns » y como « maistre Hugue de Paens » en las copias de París y Roma. Esta diferencia también existe en los dif e- rentes textos históricos qu e he mos visto en el epígrafe anterio r. El párrafo co mpl e- to de la versión latina del Prólogo de la Regla se dice: «… Nos ergo cum omni gratulatione a c fraterna pietate precibusque ma gistri Hugonis, in quo predicta milicia sumpsit exordium, exordium, cum Spiritu sancto intimante ex diversis ultra montan æ provinci æ mansionibus, in sollempnitate Sancti Hylarii, anno M C XX VIII ab incarnato Dei fi lio, ab i n- choatione pr edictæ m iliciæ nono, ad Trecas, De o duce, in unum con venimus. Et modum e t observantiam equestris ordinis per sin gular capitula ex ore i p- sius predicti magis tri Hugonis audir e …» 283 . Mientras que la versión francesa del mismo párrafo, bastante posterior en el tiempo, es: « … Adonques nos, a toute joie et a tou te fratern ité, par les prôieres d e maistre Hugues de Pa ens, (o Païens) sour lequel la devant d ite chevalerie Michael Baigent, Richard Leigh & Henry Lincoln, The Holy Blood and the Holy Grail, Jonathan Cape, Londres, 1982. 281 Henry Franç ois de Laborde, Chartes de Terre Sai nte provenant de l'abbaye de N. D. de Josaphat , fascículo 19, p. 38. 282 Johannes Micha elensis, Regule pauperum commilitonum Christi Templique Salomomonici , [APÉNDICE N° 56]; Henri Curzon, La Règle du Temple , pp. 13 y 19. 283 «Finalmente, nosotros, con toda la afección y pie dad fraternal, a ruegos del maestre Hugo, en quien la sobredi cha Milicia tuvo principio por la gracia del Espíritu Santo, esta ndo juntos, en Troyes diversas provincias ultramontanas, en la fiesta de san Hilario, en el año de la Encarnación de l Hijo de Dios de 1128, y noveno del principio de dic ha Milicia, merecimos oír de la boca del mism o maestre Hugo, el modo y observancia de esta Orden militar, capítulo por capítulo». Henry Curzon, La rè gle du Temple , Librairie Renoir, París, 1886, pp. 13-14). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 72 prist comence ment par la grâce dou saint Esprit, asemblâmes a Troyes des dy verses provinces d'outre les mons, a la feste de mon seigneur Saint Ylaire II, en l'an de l'Incarnation Jhesu Crist M et C et XXVIII, au novisme an dou comencement de l'avandite chevalerie. Et la mani ère et l'es tablissement de l'orde de la chevaleri e oymes par comun chap istre de la bouche do u devant dit maistre frère Hugue d e Paens (o Païen s);… » 284 . Esta inserció n en el texto francés del patronímico de Paens o Païen s ha dado lugar a un a v iva pol émica, no exenta en muchos casos de aviesas espe culaciones, que acusan al traductor francés de chauvinismo, ponen en duda el origen champ a- ñés del maestre Hugo y proponen los más diversos lugares como nacimiento del mismo. Entre las propuestas más o menos fundadas que se han hecho, figura el or i- gen nap olitano del maestre Hug o, defendida por Pierre Dupuy, en su «Historia de la orden militar de los templario s», escrita en 1751: « Hugo de Paganis, tambié n dicho Payens, era de una famili a originaria del Reino de Ná poles: pero había nacido a lrededor de Troyes, en Champaña. En 1118 se asoció con Godo fredo de san Omer y siete otros cabal leros para fundar la Ord en de la Milicia del Temple… Se encon traba también en e l co n- cilio de Troyes en e l que la orden fue aproba da por el papa Honorio II » 285 . Sin embargo, este reputado historiador no documenta su afirmación, por lo que hemos de descartarla. Laurent Dailliez, probablemente el investig ador más prolífico de toda la hi s- toria en asuntos relacionados con el Temple 286 , afir mó el or igen provenzal de H u- go, en base a un documento conser vado en el archivo municipal de Carpentas en el que es mencionado como natural de Vivi ers, en Ardéche y qu e su padre te nía por sobrenombre «el Mo ro de la Gardill e». Gérard de Sède incide en est e origen pr o- venzal de Hugo y mencion a co mo fu ente un artículo escrito por un tal Esquieu, t i- tu lado « Les Templiers de Cahors » y publicado en el Bulletin de la Société Litt é- raire, Scietifi que et Artistique du Lot en 1898, en el que sostiene la existencia d e una partida de naci miento según la cual Hugo habría nacido en 1070 en el castillo de Mahun, en la comuna de Saint -Synphoni en de Mahun, siendo su padre efect i- vamente el lla mado «Moro de Gardeville», natu ral de Lang ogne (Lo zère), cerca de las fuentes del río Aller 287 . Ninguno de los dos auto res, sin embargo, ofrece expl i- ca ción alguna de cómo se p roduce la vincu lación del maestre, si hu biera nacido en Langogne, con el conde de Champaña que vivía en Troyes, distando ambas ciu d a- des entre sí más de qui nientos k ilómetros. Aunque, po r otro lado, por la fecha d e la 284 Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 13-14 . 285 Pierre Dupuy, Histoire de la Condamnation des Templiers , Libr. François Foppens, Bruselas, 1713, p. 2, nota 2. 286 La doctora Cerrine menciona en la página 43 de la obra citada que la biblioteca y ficheros de Dailliez se conservan en Pont Saint-Esprit, cerca de Nimes, en más de cincuenta baúles que aún están sin catalogar. 287 Géraud María de la Sede, Les Templiers sont parmi nous ou l’enigme de Gisors, Ed.R. Julliard, París, 1962, p. 135. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 79 lén y a Hugo de Paganis 319 que fue quien la presentó y defendió en el concilio. Una vez debatida por los asistentes, «seleccionando lo correcto y desechando lo que no les parecía justo» 320 , se encargó a san Bernard o su redacción fin al para lo cual se valió del notario Johannes Michaelensis para plas marla en pergamino 321 . Los retraits compr enden todo s los documento s que se han añadi do post e- riormente, tales como los Estatutos Jer árquicos, la elección del maestre, las faltas, la vida conventual, la manera de celebrarse los capítulos, las sancion es y la rece p- ción en la Orden. Debido a que los textos fueron redacta dos en diferentes épocas y por diferentes personas, sin tener en cuenta los anteri ores, contie nen innumerables reiteraciones. Al contrario de lo que sucede hoy en día que, jerárquicamen te, el reglame n- to es inferior a la ley (estatuto), en la Ed ad Media se dotaba a las órdenes de una regla corta que posteriormente era desarrol lada en estatutos que regulaban aspe c- tos específicos. La regla tenía que ser aprobada sie m pre por una autoridad e cle- siástica (obispo o concilio) y confirmada por el papa. Esto equivalía a un recon o- cimiento de la orden 322 . En el contexto en el que aquí se ut iliza, la palabra re gla significa no rma j u- rídica y en referen cia específica a una orden religiosa la regla alud e a la ley o con- junto de normas juríd icas que la rigen, dictada por la autoridad religiosa 323 . En el Código de Derecho Canónico actual la norma que r ige la convivencia de una c o- munidad se d enomina «código fundamental» o «constituciones», cuando se refi e- ren a la regulación de lo s institutos de vida con sagrada (u órdenes en la acepción tradicional) 324 y su aprobación está reservada a la Santa Sede, mientra s qu e reciben el nombre de «estatutos» cuando se refiere n a la regulación de las asociaciones de fieles 325 cuya apro bación puede ser llevada a cabo po r los obis pos. Los retraits , p a- labra de origen francés, en desuso ho y con la significa ción con qu e es utilizada en la Regla, pueden definirse co mo normas regla mentarias de desarrollo. En el análisis de la Regla segu imos la versión publicada por Curzon en 1886, la cual está basada en las copias de los siglos XIII y XIV conservadas en Roma, París y Dijon y con el complemento de la Regla Latina enc ontrada en la b i- blioteca de la abadía de San Víctor. Posterior mente h an aparecido otros manuscr i- tos, cinco escritos en latín y uno en catalán, que son recogidos en la obra de la do c- tora Cerrini. Se trata del manus crito de Nîmes, del siglo XII, qu e contiene exc lus i- 319 Louis Léon Lucien Lavocat, Procès des Frères et de l’ordre du Temple , p. 11. 320 « quod ei s videbatur absurdum vitupérantes, in concilio sic asistebant » (Curzon, La Règle du Temple , p. 18). 321 « Ego Iohannes Michaelensis presentis pagine, jussu concilii ac venerabilis abbatis Glarevallis B[ernardi], cui creditum ac debitum hoc erat, humilis scriba esse divina gralia merui» (Curz on, La Règle du Temple , pp. 15-16) 322 Alain Demurger, Auge y Caída de los templarios , p. 92. 323 Obispo, concilio o papa. 324 Iglesia Católica, Catecismo de la Igle sia Católica , Librería Editr ice Vaticana, Vaticano, 1997, 573. 325 Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica , 298. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 80 vamente la Regu la Templi y un a copia de la carta De Laude de san Bernardo; el manuscrito d e Londres, de la s egunda mitad del siglo XII, que además de la Regla, añade una genea logía de los reyes ingleses, un calendario y varias crónicas; el m a- nuscrito de Praga, de la segunda mitad del siglo XII, descu bierto por Cerrin i, que comprende exclusivamente la Regla; el manuscrito de Múni ch, de la segunda m i- tad del siglo XII, que con tiene, además de la Regla, las fiestas y los retraits ; el ma- nuscrito de Baltimore, que al igual que el anterior contiene la Regla, los retrai ts y la relación de fiestas; el manuscrito de Brujas, fechado en la segunda mitad del s i- glo XII, que, además de la Regla, contiene la carta De Laude de san Bernard o, v a- rias cartas y un ensayo sobre simonía; y el manuscrito de Bar celona, escrito en c a- talán, probablemente del siglo XIII, que contiene un a versión in completa de la R e- gla y los retraits 326 . Por último, el décimo manuscrito, el qu e hemos llamado m a- nuscrito de Edimburgo, que contiene exclusivamente la regla tal como fue apro b a- da en el concilio d e Troyes. El pequeño número de copias de la Regla que existen se exp lica por lo caro que resultaban en la Ed ad Media los utensilios de escrit ura, especialmente el pe r- gamino, por la prohibición a lo s her manos de poseer copias de la Regla 327 , por la restricción que la propia Orden impuso a la confec ción de copias, especialment e en lo concerniente a lo s retraits y, sobre todo, por la destrucción a la qu e fueron sometidos los documentos del Te mple con ocasión de los procesos del siglo XIV. Creemos que nunca existi eron muchas copias de la Regla pues en la edad media eran pocos los que sabían leer y escribir y, además, como hemos dicho, los materiales de escritura eran caros. Pero sí es de suponer que cada casa o enc o- mienda del T emple de cierta importancia tuviera un ejemplar de la Regla y de los retraits . Por razones que desconocemos todas las copias qu e poseían lo s templ a- rios fueron destruidas o hechas desaparecer, y tanta fue la eficacia en dicha labor que los inquisidores no hallaron ninguna cop ia pese al ahínc o en encontrarlas que sin duda pusieron 328 . Las pocas copias que han llegado hasta nosotros han pasado muchos años escondidas en las estanter ías de los monasterios o hábilmente c am u- fladas, co mo sucedió con la de Lond res y la de Ed imburgo, junto con otros doc u- mentos intrascenden tes en libros encuadernados con títulos que nada tenían que ver con su verdadero contenido. Según Henri Curzón, el te xto latin o de la Regla adopta como modelo la R e- gla de san Benito 329 . Otros, como Ca mpomanes, dicen que el autor e s san Bernard o y, por lo tanto, según él, la Re gla está inspirad a en la la de la orden del Cister . Aún hay otros, como Dug dale, que op inan que «su regla es la de lo s canónigos regul a- res de s an Agustín » 330 . Para Martínez Díez, es lógico qu e en un primer momento el 326 Simonetta Cerrini, La Revolución de los templarios . 327 «Nul frère doit tenir re trais ne règle, se ne les tient par le congié dou couvent...Le couvent establit que nus frère ne les tenist, nul frère se il ne fust ba illi, tel qu'il le peust tenir por l'office de la baillie». 328 Henry Curzon, La règle du Temple , p. vi 329 Henry Curzon, La règle du Temple , p. xj. 330 William Dugdale, Monasticon Anglicanum, T. VI, Parte 2 , Harding and Lepard, Londres, 1830, pp.812-813. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 81 patriarca jerosolimitano atribuy era a la Orden la misma regla que regía en los r e- cién creados canónigos del Sant o Sepulcro, es decir la regla de San Agustín . Esta confusión es explicada por Curzón aludiendo a la analogía entre las reglas de las diferentes organizaciones r eligiosas implantadas en Jeru salén 331 . Así pues, nuestra opinión es que la Regla que Hugo de Paganis, y los cinco templarios que le acompañaron , presentaron y defendieron en el concilio de Tr o- yes estaba basada en la de San Agustín 332 , si bien con las adaptacion es impuestas por práctica de nueve años y que ésta fue la regla qu e san Bernardo tomó co mo base para redactar la definitiv amente aprobada po r el concilio la c ual cuenta con evidentes influencias cistercienses introducidas por el santo abad de Claraval. Maillard de Chambure es tablece los si guientes períod os di stintivos en la aplic a- ción de la Regla: - Hasta 1128 : regla de san Agu stín otorgada por el p atriarca de Jerus a- lén. - El concilio de Tro yes revisó la regla y añadió nu evos preceptos, e n- cargando a san Bernardo su confección final. - Johannes Michaelensis fue el encargado de la redacción final. El resu l- tado fue la primitiva Regla Latina de setenta y dos artículo s del m a- nuscrito encontrado en la abadía de san Ví ctor. - Esta regla primitiva fu e compl etada con los retraits y los estatuto s j e- rárquicos 333 . En to do caso, por enci ma de cualquier ot ra considerac ión religiosa, histórica o literaria, hemos de afir mar que la Regla es un código, es decir un ins tru mento l e- gislativo de cumplimiento ob ligatorio . Co mo bien dice Curzon, «si hay algo que prueba la Regla es una cosa, que la orden del Tem ple estuvo regida hasta el últi mo de sus días por no rmas irreprochables, verdadera mente m onásti cas e, incluso, e x- tremadamente severas» 334 . En conclusión, la Regla, la jerarquía y la obediencia abso luta eran la pi edra angular en la vi da de la Orden 335 y tal era la i mportancia que los actos de desob e- diencia estaban castigados con la may or de las penas: la expulsión de la Ord en 336 . Al leer la Regla lo pr imero que sorp rende es qu e si bien el título inicial que le da el escribano es el de «Regla de los Po bres Compañeros de Ar mas de Cri sto y del Te mplo de Salo món» ( Regula Paup erum C ommilitonu m Christi Templi que 331 Henry Curzon, La règle du Temple , p. xj. 332 Para demostrar esta afirmación, Maillard de Chambure recoge en su obra varios artículos de la r e- gla templaria que son similares a la agustiniana (Maillard de Ch a mbure, C. H., Règle et Statuts s e- crets des Templiers, précedés de l’Histoire de l’Établissement, de la destruction et de la cont inuation mo derne de l’Ordre du Temple , Brockus et Avernarius Libraires, París, 1840, pp. 47-48). 333 Maillard de Chambure, C. H., Règle et Statuts secrets des Templiers, précedés de l’Histoire de l’Établissement, de la destruction et de la continuation moderne de l’Ordre du Temple , pp. 52-54. 334 Henry Curzon, La règle du Temple , p. civ 335 Artículo 39 y ss. 336 Artículo 587 de los estatutos jerárquicos. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 82 Slomonici ), una vez escrito el prólogo 337 , al inicio del texto nor ma tivo propiamente dicho, lo cambia y dice «Aquí comienza la Regla de los Pobr es Compañe ros de Armas de la Sant a Ciudad ( Regula Pauperum Commilitonu m Sanct æ Civitatis )», cambio sustancial, cuyo fundamento desconocemos, pero que así leído y sin más información podría indicar que se refiere a distinta s instituciones, pues mientras que la primera claramente señala el carácter relig ioso de la nueva her mandad, la segunda bien podría indicar qu e la norma está desti nada a re gular la convivencia de una milicia cívica ciuda dana. Gracias al prólog o que, a manera de acta, escribiera Johannes Michaelensi s es posible reconstruir a grosso modo las sesiones del concilio y saber el papel que cada uno tuvo en él. El autor, tras un inic io dedicado a lo s caballeros templar ios, en el qu e no nos dice nada sob re el transcurso de la a samblea conciliar, des taca a n- te todo la figura de Hugo de Paganis a qu ien eleva a la categoría de prot agonista de las primeras escenas. No en vano era el fundador de la Orden y el que la había dirigido en los últimos nueve años. Del acta se desprend e qu e Hugo hizo un a det a- llada exposición de la Regla que proponía, «capítulo por ca pítu lo» en palabras del escribano, que probablemente era la que ya se estaba ob servando en Jerusalén a u- torizada por el patriarca, y seguramente se extendió en detalles y explicaciones en respuesta a preguntas que le pudieron formular los padres conciliares. Aunque son muchos los autores que han adju dicado al abad san Bernardo su autoría, prob a- blemente basados en la carta que le escribiera el rey Balduino, transcrita más a rr i- ba, lo más pr obable es que él se limitara a darle algunos retoques para mejor ada p- tarla a la propia regla cisterciense, pues en el proyecto de regla, leído por Hugo a los asistentes al concilio, se cont ienen pasajes que es seguro que se le escapaban al santo abad. Detalles tales como el largo de la barba o el nú mero de baños anuales y ot ros muchos de esta naturaleza ha cen pensar que fueran los que y a estaban en vigor en Jerusalén desde la creación d e la Orden. También es posible, y así lo creen algunos autores, qu e en la redac ción del proyecto final interviniera al guna persona letrada y nadie mejor para ello que el propio patri arca de Jeru salén, Go r- mondo de Picquigny. Es más, el mismo prólogo recoge un a autorización abierta al papa y al patriarca de Jerusalén 338 para co mpletarla o mod ificarla en lo que estim a- ren necesario. De aquí qu e, la Regla, en su redacción fi nal, no pueda ser atrib uida a nad ie en pa rticular y mucho menos a Juan Michael ensis que, co mo él mismo d i- ce, se li mitó a ser el escrito r, redactor o c o pista del acta conciliar qu e, en principio, parece que debía haber redactado y escrito el abad de Claraval. Como bien afirma la doctora Cerrini, «la Regla del Temple no tiene un solo autor, sin o varios: todos los qu e participaro n en el con cilio de Troyes dese mpeñaron un papel de mayor o me nor importancia en el estableci miento de la regla pri mitiva de la Orden» 339 . Aunque aparece citado en el acta y se dice qu e sus palabras en el concilio fueron elogiadas pr ofusamente, algún historiado r ha dudado de la presencia en el 337 Henry Curzon, La règle du Temple , p. xiv, Artículos 1 a 8, ambos incluidos. 338 El nuevo patriarca era Esteban de La Ferté debido al fallecimiento en 1128 de Gormondo de Picquigny. 339 Simonetta Cerrini, La revolución de los templarios , p . 22 Capítulo 1: Fundación de la Orden. 83 concilio de B ernardo de Claraval, que es tenida por segura por la may oría de aut o- res que han escrito sobre él. El mismo Bernard o alude, en una carta escrita antes del con cilio al carden al Mateo, ob ispo de Albano, legad o po ntificio y presidente del concilio, a las causas d e su tardí a incorporación a las sesiones conciliares. D i- cen así los primeros párrafos de la carta: « Estuvo de verdad para o bedecer el coraçon mio muy prompto, pero no lo estuvo el cuerpo. Apre tado de una calentura ardiente, y aguda, y con los suores la carne enflaq uecida, no p udo el es píritu prestar la obedien cia. Qu i- se, pues, pero a las alas de la voluntad pus o el es torvo la referida o casión…. Ahora pues (o bien se enojen, o bien se q uieten) por el divino juicio ha sido dispuesto el que yo, aunque quiera, no pueda ponerme en ca mino… Con todo eso vos (y à vos d igo Padre) avre is conocido, que estoy dispuesto, y no estoy turbado, para cumplir vuestros precepto s. De vuestra indulgencia, y piedad sera el perdonarm e, donde viereis qu e fuera necesario el per d on » 340 . A la vista de esta carta y del acta del concilio antes transcrita, parece que si bien san Bernardo no estuvo presente en el sesión inau gural del mismo, y po- siblemente tampoco en las primeras jornad as, se incorporó tan pronto como le fue posible e incluso parece razon able suponer su interven ción en favor de la Orden. Los primeros artículos 341 están dedicados a las obligaciones religiosas de los freires, entre las que señal a la de asistir a los maitines y al resto d e los of icios «s e- gún la ley canónica y la costumbre de los maestros de la Ciudad Santa de Jerus a- lén» 342 , en la que es conocid o la costu mbre que imperaba era la regla de san Agu s- tín y, es un hecho aceptad o, que la nu eva regla estaba in spirada en la del Ci ster. Inmediatamente se regula la excepción a la regla general, «si cual quier hermano es enviado por el trabajo de la casa…y no puede oír el oficio divino, deberá de cir en lugar de maitines trece padr enuestros, siete cada hora y nueve por las vísperas» 343 . A contin uación regu la la forma en qu e deben ser recib idos los hermanos e s- ta bleciendo que les sea leída la Regla (imperativo que rápid amente cayó en desh u- so) y si le complace y él co mplace al maestre y a los hermanos, sea admitido 344 , pero si estuviere excomulgado, la admisió n será condicional hasta qu e se reciba la absolución del obispo 345 y salvo que, sea admitido, no se permitirá la compañía con excomulgados 346 . Seguidamente la norma desaconseja la admisión de menores para evitar que al ser mayores se arrepie ntan 347 . Se regula la forma de estar en la capilla, di sponiendo que tanto las oraciones 340 José de Almonacid, Cartas del Glorioso padre y doctor de la Iglesia san Bernardo , p. 179. 341 La s expresiones artícu lo, capítulo y otras similares, deb en ent enderse en su sentido modern como partes en las que se dividen los escritos (RAE). 342 Henry Curzon, La règle du Temple , p. xiv, Artículo 1. 343 Henry Curzon, La règle du Temple , p. xiv, Artículo 2. 344 La règle du Temple , Artículo 3. 345 La règle du Temple , Artículo 4. 346 La règle du Temple , Artículo 5. 347 La règle du Temple , Artículo 6. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 84 como los cánticos se hagan sentado s 348 , añadiendo que al final los hermanos se pondrán de pie, excepto lo s enfer mos qu e solo inclinarán la cabeza y que se ha rá igual cuando se cante el T e Deum 349 . Sobre algo tan primordial, no solo para los miembros de la Orden sino para la sociedad en general, como es la vest imenta de los hermanos, se establece que tanto en invierno com o en verano lleven capas bl ancas (análo gamente a como ve s- tía n los cistercienses, de donde se deduce que la autoría de esta d isposición es de san Bernardo), símbolo de la castidad, sin riquezas y sin ningún símbolo externo de vanidad 350 , y que a nadie que no sea hermano le esté permitido ll evar capa de este color 351 . Al qu e contradiga este mandato se le deb e dar la peo r vestimenta di s- ponible 352 . Los artículos anteriores se com plementan con otro en el que se permite, debido al calor en Tierra S anta, que desd e Pas cua hasta lo s Santos se l e dé, a quien lo solicite, una camisa de l ino 353 . De lo s zapatos se dic e que se pr ohíben los pu n- tiagudos y con cord ones de lazo, porque son cosa de paganos. Se añade que ni el pelo ni el hábito serán demasiado largos 354 . Sobre la ro pa de cama se ordena que todos tengan al menos un colchón, un almohadón y una m anta y aquél a quien falte la manta pueda utilizar un tapiz o al - fombra siempre que sea de pelo fino. Añade la Regla que dormirán siempre ves t i- dos con camisa y pantalón y la luz encendida 355 . La comida se efectuará en el refectorio, todos juntos y en silencio 356 y escu- chando la lectura de las sa gradas Escrituras 357 . Debido a la escasez de puche ros, comerán po r parejas, utilizando el mismo recipiente y comiendo un o mien tras el ot ro mira 358 . La carne estará limitada a tres veces por semana, excepto en Navidad, Todos los Santos, la Asunción y la festividad de los doce Apósto les 359 . Los días que no coman carne, comerán legu mbres y vegetales con pan 360 . Los vi ernes desde Todos los Santos hasta Pascua se hará abstinencia, except o los mismos días que los mencionados anterior mente 361 . Siempre, después de cada co mida o cena, se d a- rá las gr acias a Dios 362 . A la puesta del sol, antes de la oración , el que qu iera podrá 348 La règle du Temple , Artículo 7. 349 La règle du Temple , Artículo 8. 350 La règle du Temple , Artículo 10. 351 La règle du Temple , Artículo 9. 352 La règle du Temple ,Artículo 11. 353 La règle du Temple , Artículo 12. 354 La règle du Temple , Artículo 14. 355 La règle du Temple , Artículo 13. 356 La règle du Temple , Artículo 15. 357 La règle du Temple , Artículo 16. 358 La règle du Temple , Artículo 17. 359 La règle du Temple , Artículo 18. 360 La règle du Temple , Artículo 19. 361 La règle du Temple , Artículo 20. 362 La règle du Temple , Artículo 21. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 85 merendar moderadamente 363 . A la salida del capítulo se deb erá mantener el silencio, salvo emer gencia y si alguno necesita hablar con el escudero lo hará en voz baja 364 , prohibiéndose las p a- la bras vanas y las risas y quien desobedezca est a orden deb erá rezar un pater - nóster 365 . Lo hermanos que estén enfermos y no puedan levantarse para maitines, po - drán permanecer acostados con el permiso del maestre o de quien haga su ofi cio, rezando en su lugar trece pad renuestros 366 . Los menos enfermos cuidarán de lo s enfermos y ninguno deberá ob servar excesiva absti nencia 367 . El maestre podrá entregar el caballo y la armadura de un hermano a otro y aquél habrá de con tentarse 368 . El maestre po drá discrecionalmente pedir con sejo a algún hermano o reun ir al capítulo para tal fin 369 . Los her manos que viajen o hay an de pernoctar fuera de la casa se comporta - rán debidament e y pr ocurarán que la luz qu ede encendid a 370 . Cada hermano pro - curará no enojar a otro 371 . Todos obedecerán al maestre o a aquél en qu ien haya delegado su a utoridad 372 . Ninguno saldrá por la no che sin el permiso del maestre, excepto si es al Santo Sepulcro o a otro lugar de ora ción 373 . Las sali das de l a cas a se hará por parejas y ningún hermano deberá luchar o descan sar por decisión pr o- pia sino siguiendo las órdenes del maestre 374 . Ningún hermano podr á intercambiar con otro cosa alguna, salvo si es de escaso o nulo valor 375 . Sin permiso del maestre ningún hermano tendrá bo lsa o mone dero que se pueda cerrar, ni cartas de parie n- tes 376 , ni podrá aceptar regal os de segla res y si fuese carne o prod ucto pereceder o lo entregará al maestre o al encar gado de avituallamiento 377 . Si un hermano com etiere pecado venial de palab ra lo someterá a juicio del maestre y si la falta fuere muy seria se le castigará a co mer y estar solo 378 . El he r- mano que pecando de orgullo desee p ro mocionarse será castigado y si no quiere 363 La règle du Temple , Artículo 22. 364 La règle du Temple , Artículo 23. 365 La règle du Temple , Artículo 24. 366 La règle du Temple , Artículo 25. 367 La règle du Temple , Artículo 26. 368 La règle du Temple , Artículo 27. 369 La règle du Temple , Artículo 28. 370 La règle du Temple , Artículo 29. 371 La règle du Temple , Artículo 30. 372 La règle du Temple , Artículo 31. 373 La règle du Temple , Artículo 32. 374 La règle du Temple , Artículo 33. 375 La règle du Temple , Artículo 34. 376 La règle du Temple , Artículo 35. 377 La règle du Temple , Artículo 36. 378 La règle du Temple , Artículo 37. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 86 enmendarse será s eparado del resto 379 . El maes tre, que tendrá a mano su bastó n, se ocupará de ello 380 . Si un hermano sabe de otro que murmura le reprenderá en privado y si no hace caso se hará acompa ñar de ot ro herm ano y, si sigue sin obedecer, lo expondrá en el capítulo 381 . Se prohíbe hacer gala an te los hermanos de las acciones propias en la vida secular y hab lar de las relaciones que mantuv o con mujeres inmo rales y quien lo oiga deberá silenciarlo o abandonar el lu gar 382 . Ningún hermano pedirá a otro su caballo o armadura y si lo s que posee no son aptos para el servicio deberá acudir al maestre 383 . Cada her mano tendrá no más de tres caballos y un escudero al que se abstendrá de pegarle po r las faltas que c o- meta, si sirv e en la casa por caridad 384 . Se proh íbe el uso de oro o plata en bridas , estribos o espuelas y si le son regalados los pondrá a dispo si ción del maestre 385 . Ningún hermano tendrá funda para la lanza o par a el es cudo porq ue es perju d i- cial 386 . Ningún hermano deberá guard ar comida ni tener bolsa para tal menester 387 . Se prohíbe la caza de aves con aves, la matanza de animales con lanzas o ar - cos y la captura de bestias salvajes 388 , «salvo si se trata de leones » 389 . Los caballeros del Te mple pueden matar a lo s enemigos d e la Cruz sin pecar y pueden poseer tierras y mantenerlas y villanos y campos 390 . Los que vivan en comunidad pu eden recibir diezmos para la Orden 391 . Si alguien solicita el arbitrio de un caballero en un pleito éste lo podrá dar siempre con la aquiescencia de la otra parte 392 . Los hermanos ancianos y enfermos deberán ser atendid os en sus necesid a- des y, en conse cuencia, se orden a al enfer mero que los provea de carnes, viandas y los manjares que sean necesarios para su mejoría, segú n las po sibilidades de la c a- sa 393 . Los hermanos qu e est én convalecientes serán t ratados con du lzura y ca - riño 394 . Cuando un hermano fallezca se oficiará una misa por su alma y los herm a- 379 La règle du Temple , Artículo 38 380 La règle du Temple , Artículo 39. 381 La règle du Temple , Artículo 40. 382 La règle du Temple , Artículo 41. 383 La règle du Temple , Artículo 42. 384 La règle du Temple , Artículo 43. 385 La règle du Temple , Artículo 44. 386 La règle du Temple , Artículo 45. 387 La règle du Temple , Artículo 46. 388 La règle du Temple , Artículo 47. 389 La règle du Temple , Artículo 48. 390 La règle du Temple , Artículo 49. 391 La règle du Temple , Artículo 50. 392 La règle du Temple , Artículo 51. 393 La règle du Temple , Artículo 52. 394 La règle du Temple , Artículo 53. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 87 nos rezarán cien padrenuestros durante los siete días sigu ientes y ade más un me n- digo será alimentado du rante cuarenta días en memoria del fallecido 395 . Todos e s- tarán preparado s para of recer su vida por los demás como el propio Cristo dio su cuerpo 396 . Se entregará ropa y comida a capellanes y clérigo s y cualquier otra cosa que el maestre auto rice 397 . Si durante su estancia en la casa falle ciese un her mano se- glar, un mendigo será alimentado durante siete días por la salvación de su alma 398 . Todo caballero seglar que se una temporalmente a la milicia deberá aportar un c a- ballo y armas adecuados para la tare a, todo lo cual será evaluado, dejando con s- tancia escrita para que cuand o termine su servicio voluntario le sea devuelta la mi - tad 399 . Lo s escu deros y sargentos que se incorporen a la Orden para cu mplir una promesa por tiempo deter minado serán bien recibidos 400 . Lo s escuderos y sar - gentos vestirán hábitos neg ros y, si no se pudiesen encontrar, los que hay a en el lugar siempre que no sean blancos 401 . Los hombres casados pueden ser ad mi tidos en la Orden con la condición de llevar una vida honesta y que al mo rir dejen a l a misma una parte de sus propiedad es y lo que hayan obtenido tras el ingreso 402 . P a- ra que la cast idad no se ve a comprometida, las mujeres no serán admitidas en la casa 403 . Todos los hermanos se abstendrán de besar a una mujer, «se a viuda, niña, madre, hermana, tía u otro parentesco » 404 . Así mismo «se proh íbe que los herm a- nos lleven niños a la pila bautismal» 405 . «Todos estos mandatos que se han me n- cionado y escrito aquí, en esta Regla a ctual, está sujetos a la discreción y juicio del maestre» 406 .Terminamos este epígrafe con una cita de Curzon respecto a la Regla, en relación con las acusaci ones de que fueron ob jeto los Te mplarios al s er pers e- guidos en el siglo XIV, a cuyo respecto dice: «Nada en la Regla c onfirma o autoriza cestas acusaciones ; por e l co n- trario en ella se refleja una disciplina se vera y fuertemente i mplantada». 407 1.7.7.1 Análisis de la Regla de Edimburgo. A no sotros no s ha cabid o la suerte d e «descubrir» una copia de la Regla, 395 La règle du Temple , Artículo 54. 396 La règle du Temple , Artículo 55. 397 La règle du Temple , Artículo 56. 398 La règle du Temple , Artículo 57. 399 La règle du Temple , Artículo 58. 400 La règle du Temple , Artículo 59. 401 La règle du Temple , Artículo 60. 402 La règle du Temple , Artículo 61. 403 La règle du Temple , Artículo 62. 404 La règle du Temple , Artículo 63. 405 La règle du Temple , Artículo 64. 406 La règle du Temple , Artículo 65. 407 Henry Curzon, La règle du Temple , p. xv. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 88 inédita hasta ahora, la décima apar ecida tras la disolución de la Orden , en la B i- blioteca Naci onal de Escocia, en Edimburg o, cuando investigábamos algunos do - cumentos bu scando datos sobre la posible continui dad de la Orden en Escocia tras la disolu ción. Se trata de un manuscrito de veinte fo lios de pergamino, reseñado con la re ferencia MS 32.6.9 de la bibl ioteca, escritos en latín , por ambas caras, d a- tados según algún autor, con anterioridad a 1156 408 , encuadernados junto con otros catorce documentos varia dos, bajo el título genérico de « Pièces relatives à dive r- ses cérémonies et à l' héraldique, siècles XII à XVII » («Piezas relativas a diversas ceremonias y a la her áldica, sigl os X VI a XVII») . El pergamino s obre el que está escrito e s bas tante más obscuro, grueso y duro al tacto que el del resto de los d o- cumentos con los que está encuadernada, por lo que todo ha ce indicar que quien encargó la encuad ernación del libro preten diera la oc ultación de la Regla templaria junto con otros documentos de contenido intrascendente, op inión ésta que se ve reafirmada por el hecho d e que el docume nto in mediatamente anterior, de un solo folio, únicamente contiene un título, «Estatutos de la Orden de la Jarretera», y el escudo de ar mas de Eduardo VI (1537 - 1553) , como si quisie ra advertir que los f o- lios que siguen se refieren a esta orden y no a la d el Temple. Si bien la impresión del escudo de armas de est e monarca 409 po dría ser indicativa de que la fecha de e n- cuadernación de la Regla e s el siglo XVI, la referencia en el título al siglo XVII hace que nos decantemos por éste co mo fecha más prob able. He mos entrecomillado la palabra «descubrir» porque aunque el documento como tal era con ocido por diversos autores que lo mencionan , entre otro s la doct o- ra Kare m Ral ls 410 , ning uno de ellos llegó a captar la imp ortancia del mism o , al qu e le asignaron un ám bito meramente lo cal, como si se trataran de los estatutos part i- culares de la Orden en Escocia, y llegando a confundir a Johannes Michaelensis, es cribano de la Regla, con el cardenal Mateo, del título de Albano 411 o alba nensis , legado papal en el concilio de Troyes, al que esta aut ora atribuy e ser natural o r e- sidente en Escocia (cuyo nombre antig uo era « Alba ») 412 . También los autores de The Temple an d the Lodge , Michael Baigent y Richard Leigh , hacen mención, en la página 16 9 de su obra, a una copia de la regla, de la qu e dicen que la «han visto 408 Michael Baigent y Richard Leigh, The Temple and the Lodge , Arcade Publishing, New York, 2011, p. 169. 409 Aunque fue su padre Enrique VIII el que rompió las relaciones con la Iglesia romana, está cons i- derado el primer monarca anglicano de la Historia. 410 Karem Ralls es doctora en Historia Medieval por la Universida d de Edimburgo (Escocia). Ad e- más de en esta Universidad, la doctora Ralls ha impartido docencia en Oxford y Berkeley. Está esp e- cializada en el Temple escocés. 411 Albano es una de las siete sedes suburbicarias de la diócesis de Roma, en la región ec lesiástica de Lacio. Hasta 1966 el título de obispo de Albano o albanensis iba unido al cardenalato. La catedral de Albano fue mandada construir por el emperador Constantino (Alberto Galieti, Contributi alla storia dela diocesi suburbicaria di Albano Laziale , Tip. Poliglotta Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1948, pp. 92-112). 412 «This Rule bears the title Regula Pauperum Commilitonum Christi Templique Salomonici, and was writ ten by Johannes Michaelensis, who describes himself as a resident of Albanensis. “Alba”, of course, was the eaerlier name for what is now called Scotland» (Karem Ralls, The Templars and the Grail, Wheaton, The Theosophical Publishing House, Ad yar, 2003, p. 113). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 95 man gran maestre, en realidad tal título, a diferencia de otras ór denes milita res 426 , no existió nunca, oficial mente, en la orden del Tem ple, aunque extraoficialmente el uso de tal deno minación, o de otras similares, se hizo costumbre co mo for ma de distinguirlo de los m aestres provinciales 427 . Si bien habitualmente er a elegido para el cargo un caballero de larga trayectoria militar y en puestos de responsabilid ad en la Orden, en ciertos mo mentos intervin ieron rey es y pap as en la elección, pr e- sionando para colocar a sus p upilos. En los estatutos jerárquicos se regulan las funciones del maestre 428 , el senes- cal 429 , el maris cal 430 , el co mendador del reino de Jerusalén 431 , el co mendador de l a 426 En la orden del Hospital de san Juan a partir del siglo XV se le lla ma gran maestre. 427 En algunas actas de los diferentes procesos a que se sometió a los templarios en los diversos países se hace referencia al maestre denominándolo Magnus Magister , Magister Major o Magister Generalis. Ver, entre otras, el acta del segundo interrogatorio ante la comisión papal que se recoge en el Apéndice nº 31 . 428 El maestre era el superior de la Orden, con dependencia directa del papa y con prerrogativas en muchos casos de príncipe soberano en lo militar y de abad en lo religioso, pero con competencias reales muy limitadas, pues para todo lo verdaderamente importante te nía que contar con la aprobación del capítulo. A partir de la promulgación de la bula Omne Datum Optimum en 1139, en la que se le reconoce la dignidad de prelado, solo debía obediencia al papa. El maestre tenía a su servicio un equipo compuesto por dos caballe ros, que tenían asignada la labor de lo que hoy serían ayudantes de campo, un asistente personal, un sargento, un her rador, un amanuense, un traductor y un turcople. Colocaba su tienda junto a la que actuaba de capilla. Tenía asignados cua tro caballos y hasta cuatro mulas como bestias de carga. Tanto las unas como los otros recibían una ración extra de cebada con re specto a los otros ani males. Entre sus obligaciones figuraba la de velar por el cumplimiento de las sanciones y si éstas consistían en estar postrado en el suelo el castigado no podía levantarse hasta no ser ay udado por él. También le correspondía solo a él, o al hermano en quien delegara, conceder o denegar permiso para derramar sangre, correr caballos, bañarse y celebrar justas y torneos. En señal de humild ad, debía sentar a su mesa a cinco pobres cada día en la casa donde estuviera comiendo y el Jueve s Santo tenía que lavar los pies a trece pobres. La descripción de sus funciones termina con la frase: «Todos los hermanos del Te m ple deben obedecer al maestre y el maestre debe obedecer al convento». (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 75-86). 429 El senescal era el segundo cargo en importancia. Actuaba como lugarteniente del maestre al cual sustituía cuando éste estaba ausente. Para su servicio disponía de un caballero, dos escuderos, un sargento, dos infantes, un diácono, un turcople y un amanuense sarra ceno. Tenía asignados cuatro caballos y un palafrén para cargar el equi po. Era el portador de la bauçant o estandarte del Temple y usaba el mismo sello que el maestre. Su tienda de campaña, similar a la del maestre, se colocaba junto a la de éste en las cercanías de la capilla. (Henr y Curzon, La règle du Temple , pp. 86-88). 430 El mariscal, cuya función era eminentemente military, di sponía para su ayuda de dos esc uderos, un sargento y un turcople. Se le asigna ban cuatro ca ballos, un ca ballo turc omano y un rocín sin castrar. Cuando estaba en campaña, residía en un pabellón con cuatro faldones y tres postes y una tienda para sus escuder os y su equipo. Todas las armas del Temple eran de su compete ncia, tanto la s compradas como las ganadas en botín de guerra, excepto las ballestas y las armas turcas. En la s batallas actuaba de planificador o estratega y se encargaba de dar las órdenes dire ctas de combate, no pudiendo ser sustituido en esta función salvo que se encontrara enferm o o impedido. Una vez que el mariscal daba el grito de guerra, los comanda ntes debían reunir a sus tropa s y acudir a formar junto al mariscal, bajo cuyo mando debían permanecer en tanto durara la contienda. Como experto militar, era el encargado de comprar los caballos de batalla y de asignarlos e inspeccionarlos. De él dependía el aprovisiona miento de acero para forjar armas y de alambre para fa bricar cotas de malla. Si lo estimaba conveniente, podía nombrar a un vice-mariscal, que era un sargento encargado de dir igir a los artesanos. También le correspondía la desi gnación del ab anderado, el cual disponía de dos caballos y de un escudero que era el que materialmente s ostenía el estandarte. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 88-94). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 96 ciudad de Jerusalén 432 , lo s comendad ores de Trípoli y Antioquía 433 , el pañero 434 , los comendadores pr ovinciales y de las ca sas 435 , los comendadores de los caball e- 431 El comendador del reino de Jerusalén, contaba con un equipo formado por dos escuderos, un sargento, un diácono (que supiera escribir), un turcople, un amanuense sarraceno y dos infante s. Además tenía asignados cuatro caballos, un palafrén, un pabellón como el del mariscal y una tienda para sus ayudantes. Su función principal era la de ejercer como preceptor y tesorero supremo de la Orden, recepcionar las propie dades y ser guardián del t esoro. Estaba aut orizado a comprar las bestias de ca rga, camellos inc luidos, necesarios para pod er desarrollar su tra bajo. Recibía todos los tributos, impuestos y rentas que ingresaban la Orden, así como los bene ficios procedente s del botín de guerra. También era el encargado de la flota y del astillero que la Orden tenía en san Juan de Acre. (Henr y Curzon, La règle du Temple , pp. 94-100). 432 El comenda dor de la ciudad de Jerusalén disponía de un equi po integrado por dos escuderos, un sargento con dos bestia s, un amanuense sarraceno con una bestia y un turcople con una bestia. Tenía asignados cuatro caballos y otro ext ra ocasionalmente, que podí a sustituir por un caballo turcomano o un rocín. Fuera de la casa contaba con una tienda redonda y un esta ndarte bauçant , bajo el cual debían ca balgar todos los caballeros que se encontraran en Jerusalén. Su principal misión era organizar la s escoltas que protegían a los peregrinos en el trayecto de Jerusalén hasta el río Jordán, para lo cual te nía diez hermanos a sus órdenes. Tenía pleno derecho sobre el botín de guerra ganado más allá del río Jordán, del cual podía quedarse la mitad y repartir el resto. El cargo desapareció en 1187 tras la toma de Jerusalén por Saladino. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 100-102). 433 Los comendadores de Trípoli y Antioquia disponían como ayudantes de un caballero, un sargento, un diácono, un t urcople, un amanuense sarraceno y un infante. Te nían derecho a cuatro caballos, un palafrén, una tienda redonda y un esta ndarte. Ejercían la s funciones del maestre en su nombre en los territorios bajo su mando. Estaban obligados a proporcionar a la s forta lezas bajo su jurisdicción todo lo necesario para su mantenimiento, realizar inspecciones en las mismas, controlar los te soros de cada lugar y disponer que estuvieran listas y preparadas las guarniciones. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 102-105). 434 El pañero, o encargado de la ropería, tenía asignados dos escuderos y un encargado de la s bestias de carga; además, disponía de cuatro caball os, un pabe llón como el del marisc al, una tienda par a sus ayudantes y otra para los sastres, y varias bestias de ca rga para portar sus pertenencias y el equipo de los sastres. Era el encargado de toda la ropa de la Orden, lo que incluía los hábitos y la ro pa de cama de todos, salvo las mantas de lana. Cuando llegaban ropas de Europa las inspeccionaba, hacía los correspondientes lotes y los repartía entre los hermanos. Supervisaba la uniformidad y si alguno no iba correctamente vestido podía darle órdenes y cor regirle. Su cargo era considerado el tercero en la jerarquía de la Orden, sólo precedido por el maestre y el senescal. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 105-106). 435 Los comendadores provinciales eran los responsables de la Orden que se encontraban al fre nte de cada una de las grandes provincias en las que ésta estaba organizada territorialm ente. A veces era llamado maestre provincial, dado que ejercía las funciones del maestre en el territorio de su jurisdicción. Era elegido por el capítulo provincial , pero, a diferencia del maestr e, que era elegido de por vida, ejercía el cargo por cuatro años, aunque podía prorrogarse. Era ayudado por un lugarteniente o vice-comendador, al que se denominaba compañero, y un capellán que hacía las veces de escribano. Los comendadores de las casas (encomiendas) eran los jefes de la Orden en ca da casa, hacienda o convento de la misma. A veces reci bía el nombre de maestre de enc omienda o preceptor. Disponía de dos escuderos y de cuatro caballos, o en cualquier caso siemp re un caballo más que el resto de los caballeros de la enc omienda. Sus atribuciones estaban sujetas a las directrices emanadas del capítulo general y a lo que ordenara el maestre, a quien debían pedir permiso para cualquier decisión extraordinaria, aunque estaba facultado para entregar a los hermanos del convento un besante (moneda bizanti na de oro o plata ), una sobreveste, una camisa, una copa, una piel de oveja y un paño de lino. No podía construir edificios nuevos sin aut orización, pero sí reconstruir o reparar los y a ex istentes. Cada escuadrón de diez ca balleros tenía a un comendador o comanda nte al frente. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 106-109). Capítulo 1: Fundación de la Orden. 97 ros 436 y los caballeros y sargentos. Los caballeros y sargentos eran los verdaderos hermanos o freires de la O r- den. Tanto los sar gentos como lo s caballeros estaban exent os de r ealizar trabajos manuales, per o po dían ser castiga dos a e jercer tareas de los artesanos o de los sie r- vos. Los caballeros eran reclutados entre los miem bros de la aristocra cia europea y debían demostrar su pur eza de sangre y la n obleza de su linaje, ade más de ser hijos legítimos. Su número dentro de la Orden fu e variab le y os ciló a lo largo de lo s do s siglos de existencia, desde los nu eve fundadores a un número en torno a los mil en la época de mayor presencia en Tierra Santa. Eran los ún icos que po dían llevar la capa y sobreveste completa mente blanca con la cruz roja sobre el lado izquierdo, y para sus funciones disponían de tres cab allo s y un escudero, e incluso un cuarto caballo y un segund o escudero si lo autorizaba el maestre. Había caballeros de tres clases: 1. Permanentes: eran los que habían profesado con los tres votos 437 . Eran los verdaderos monjes-sold ados; 2. Temporales: eran los que se co mprometían con la Orden por un tiempo de terminado en las mismas condicion es que los caballeros per manen tes, pero una vez cumplido el compro miso regresaba a su vida anterio r. Esta noción de servicio temporal, extrañ a al monacato cri stiano, es vista como una influencia del ribat musulmán y generalmente era debida a una pr o- mesa, al celo religioso o al afán de aventuras; 3. De la orden tercera: caballeros que deseaban servir en el Tem ple pero en el mundo. Podían seguir c asados, si y a lo estaban, pero en ese caso d e- bían dormir fuera del convento. Tal fue el caso, entre otros, de Fulques de Anjou, García Ramírez o Sancho VI de Nava rra. Los sargentos ingresaban por los mismos cauces que los caballeros, pero se diferenciaban de éstos por su condición social y a que eran in dividuos de condi ción no nobi liaria. Vestían hábito con capa y sobreveste de color negro, a veces marrón si no se disponía del color negro, pero nunca blanco, con un a cruz roja delante y otra detrás, y disponían del mismo equipo que los caballeros, salvo el número de caballos (sólo se les asignaba uno) y no disponían ni de tienda ni de caldero pr o- pio. Sólo cinc o sargentos podían poseer dos caballos: el vicemaris cal, el abander a- do, el coci nero, el herrero y el comandante del astill ero de Acre, que además te - nían también un escudero. U no de los sargen tos era denomi nad o gonfalon ero 438 y se encargaba de mandar a los escuderos. Siguen a contin uación una serie de artículos en los que se regula cómo se debe acampar, cóm o se debe marchar con la tropa, com o deben ir l os herma nos en 436 Los comendadore s de los caballeros, bajo la dependencia de los comendadores de la tierra, allí donde no había mariscal con las funciones de dar permisos de ausencia y para bañarse a los hermanos y también para hacer galopar a los caballos. (Henry Curzon, La règle du Temple , p. 109). 437 Obediencia, pobreza y castidad. 438 Abanderado. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 98 escuadrón y cómo debe el mariscal asir el gon falón 439 para la carga. En los artículos fin ales de este capítulo se regulan las funciones del tu rc o- ple 440 , el vi cemaris cal 441 , el go nfalonero 442 , los escuderos 443 , los artesanos y sier- vos 444 y, finalmente, los capellanes 445 . 1.7.7.3 Análisis del pr ocedimiento de elección del maestre 446 . La Regla habla de la elección del « Maistre dou Temple » y en ningún sitio se re fiere al sup erior de la Orden como gran maestre o maestre general, títulos tar díos que, en todo caso, nunca fueron reconocido s po r la Santa Sede, pero que devini e- ron en costumbre para diferenciarlo de los maestres provinciales. Una vez elegido y habiendo tomado posesión del puesto, el maestre per m a- ne cía al frente de la Orden hasta su muerte. El procedi miento de elección de cad a nuevo maestre estaba perf ectamente definido en la Regla 447 . Así, c uando el mae s- tre fallecí a er a sustitu ido de manera prov isional por el mariscal, que se encargaba de or ganizar los funerales y de convocar a capítulo gen eral extraor dinario a los miembros que tenían derecho a participar en la asamblea. Los funerales eran sencillos pero llenos de una gran religiosidad; se ence n- día un gran número de velas, honor que estaba reservado exclusiva mente a los maestres, y era enterrado con to da so lemnidad. Dur ante lo s siete días si guientes los her manos rezaban doscientos padrenu estros, ay una ban a pan y agua durante tres viernes y cien pobres eran ali mentados en la comida y la cena. Acabados los funerales y convocado el capítulo, éste debía reunirse, si era posible en Jerusa lén 448 , en un día fijado por el mariscal y el comendador del reino de Jerusalén. A partir de ese momento era el comendador quien se encargaba de la 439 Estandarte o bandera terminada en una o dos puntas. 440 El turcople o turcopolier era el hermano que estaba al mando de los turcoples, mercena rios que integraban las tropas auxiliares cont ratadas para reforzar los efect ivos en Tierra Santa. La mayoría procedían de Turquía, de donde deriva el nombre. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 127-129). 441 El vice -mariscal era un sargento que esta ba a las órdenes de mariscal y que ejercía sus func iones sobre los sirvientes de los oficios y , cuando no había gonfalonero también sobre los escuderos. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 129-132). 442 El gonfalonero tenía el mando sobre los escuderos y la responsabilidad del estandarte o bauçant . Cuando la tropa marchaba en formación él debía ir delante del estandarte que era portado por un escudero. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 132-133). 443 Los escuderos o armigers era n los ayudantes d e los caballeros, y se encargaban de mantene r su equipo militar y de asistirles en el combate. (Henry Curzon, La règle du Temple , p. 54). 444 Los artesa nos y siervos eran los freires de los mestiers u oficios, que realizaban actividades auxiliares ta les como panadería, forja, establo , construcción, vestidos... Estaban exentos de reali zar actividades militares. (Henry Curzon, La règle du Temple , p. 187). 445 Los capellanes eran sacerdotes que no combatían y se dedicaban a los servicios religiosos, además de actuar como notarios y escribanos. (Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 164-169). 446 Henry Curzon, La règle du Temple , 142-152. 447 En los artículos 198 a 223. 448 Lo que no fue posible a partir de 1187, tras la pérdida de la C iudad Santa. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 99 custodia del sello del maestre. El día previsto para la elección, al amanecer, los electore s, que la Regla su - giere que sean dos o tres «hermanos il ustres» por c ada casa, despu és de asis tir a los maitines, acudí an a la sala capitu lar. Una vez reunidos, el comendador del reino de Jerusalén tomaba la palabra y proponía la elec ción de un «co mendador de la elección», que debería recaer en un hermano qu e, a ser posible, «ha blara todas las lenguas, amara la paz y la concord ia y no alentara las discrepancias». Elegi do el comend ador de la elección, él mismo nombraba a otro hermano para que le ay u- da ra. Ambos pasaban la noch e rezand o y sin hablar, salvo qu e tu vieran que c o- me ntar algu na cosa con respecto al proceso ele ctivo. El día transcurría en tre una misa dedicada al Espíritu Sant o para implorar su gracia, ora ciones y re zos en la capilla. Acto seguido el comendador del reino se reunía con el comendador de la elección y el hermano elegido por éste y les exhor taba para que eligiesen a ot ros dos hermanos con lo que ya eran cuatro. Hecho esto, lo s cuatro escogían a dos más, con lo qu e y a eran seis; los seis a otros dos, con lo ya sumaban ocho; los ocho elegían a do s más con lo que se llegaba a diez, y los diez elegí an a otros dos, con lo que el número de electores ya era de doce. Por fin, los doce ele gían al últ i- mo elector, que tenía que ser capellá n y ocupar así el lugar simbólico de Jesucri sto en la Ultima Cena. De lo s do ce electores más el capellán, ocho tenían que ser caballeros y cu a- tro sargentos. Ade más debían ser de distintas nacionalidades para evitar que una de ellas monopolizara el cargo. Concluida la elección de l os electores, estos se retiraban de la sala del cap í- tulo y se reunían en otra estancia e mpezando ento nces, con absoluto secreto, el proceso de elección del nuevo maestre mediante la ad misión de las prop uestas nominales iniciales que cada un o de los trece fuera r eali zando. Si no se ponían de acuerdo, el comendador de la elección lo ponía en conocimiento del ca pítulo los cuales rezaban implorando la intercesión del Espíritu Santo. La sesión de la com i- sión electora continuaba hasta la elección del nu evo maestre. Una vez que el maestre había sido elegido, el comendador de la elección co - municaba su nombre al cap ítulo y solicitaba su asentimiento, tras lo cual, si estaba presente, el maestre juraba su cargo. En caso contrario se env i aba una delegación para comunicarle el nombramiento. Una vez qu e aceptaba el cargo, era conducido a la capilla, se arrod illaba ante el altar y se ofrecía un Te Deum de acción de g r a- cias. 1.7.7.4 Análisis de las faltas y s anciones 449 . Al comportamiento, las faltas y las sanciones están dedicados dos apartados de los retraits 450 . 449 Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 153-164 y 285-336. 450 Por un lado los artículos 224 a 278 en los que se trata de las faltas y por otro los artículos 416 a 542 que trata de las sanciones. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 100 Los templarios, además de los votos de po breza, castidad y obediencia, ju ra - ban, con ocasión de su investidura, contribuir a la conquista y a la defensa de la presencia cristiana en Tierra Santa, dan do su vida para ello si fuera necesa rio y, por este motivo, desde el principio, l a Regla impuso una conducta extre madamen te disciplinada y férrea al objeto de conseguir un grupo humano cohe sion ado y co m- prometido con los votos e ideales que habían jurado mantener y defender. La norma básica, al igual que en los conventos religiosos, era el silencio siempre que fuera posible, sobre todo dentro de la casa. En los casos en que le era preciso hab lar, el templario debía hacerlo sin grito s ni a spavientos, en voz baja y dirigiéndose a su interlocutor de manera comedida. Tanto durante los oficios, c o- mo al salir de los mismos, estaba prohibido hablar, salvo causa mayor, espe - cialmente en las oracion es nocturnas. Estaban estrictamente proh ibidas las charlas ociosas y aquéllas que pudi eran derivar en situaciones jo cosas o de re go cijo por causa de asun tos triviales y m undanos. En su conducta debían procurar siempre la cortesía y la elegancia, incluso a la hora de dar ór denes, que se solían impartir c on expresiones tales como «gentil y dulce hermano». Pero este buen trato entre los her manos no estaba reñido con el fin sup erior que era la Orden y así, si un templario tenía conocimiento de la comisión de una falta por otro her mano estaba obli gado a den unciarlo de inmediato. El templario se debía a su labor, y por tanto tenía que estar siem pre preparado para lo que sus s u- periores les demandaran y por ello les estaba prohibido salir del convento sin pe r- miso, salvo para ir a rezar ante el Sepulcro del Señ or o a otros lugares de culto en la Ciudad Santa, pero siempre debían hacerlo en pa reja, norma que, lógicamente sólo era de aplicación a los freires qu e se encon traban en Jerusalén. Estaban obligados a evitar la envidia, la calumnia, el rumor y el despec ho y a no despreciar a nadie. Tenían proh ibido realizar cualqui er tipo de manifestación y sus virtudes más preciadas ha bían de ser la pr udencia, la fortaleza y la tem - planza. El excesivo protagonismo era mal visto pues se supon ía qu e todo lo que hacían estaba destinado a mayor gloria de Dios y de la Orden. Así pues, el indi v i- duo no importaba nad a, la Orden lo era todo y todo era de la Orden. A ninguno le estaba permitido poseer nada, aunque fuera de ínfimo valor y tan era así, que i n- cluso tenían prohibido dedicar dinero al rescate de cautivos, po r lo qu e si un te m- plario era apresado en batalla, el único destino que podía esperar era trat ar de e s- capar, morir ejecutado o pu drirse en pri sión de por vida o mien tras durase la co n- dena. Para los templario s la c astidad era no solo un voto al que se hab ían ob ligado voluntariamente de po r vida, sino que, ade más, consideraban que su energía me n- tal y física procedía de ella , po r lo que les estaba absolut amente prohibid o todo a c- to que pudiera tener una conno tación sex ual, incluso abrazar o to car a una mujer, aunque fuera un a fa miliar pues, se dec ía, qu e er a p eligroso tan sólo mirarlas de frente a los ojos. El incumplimiento de las normas o el no seguir los preceptos contenidos en la Regla era cas tigado con la i mposición de penas que se clasificaban en dos apa r- tados, pero cuyo contenido real era el mism o: la expulsión y/ o la pérdida del há b i- Capítulo 1: Fundación de la Orden. 101 to. La única diferencia en tre ambos castigo s era la du ración: permanente en el primero y temporal en el segundo. Para pequeñas falt as, como por ejemplo tener descuidado el equipo, los castigos consistían en dormir en el suelo, ser privado de alguna comida, realizar tar eas reservadas a los sier vos o ser som etido a cilicios o a azotes. Las faltas más graves eran castigadas con la expul sión, lo cual implicaba la sa lida de la Orden para siempre, en tanto qu e las faltas leves o menos graves eran sancionadas con castigos corporales, no participar en las actividades dia rias de la Orden, trabajos denigrantes, prisión o la pérdida tempo ral del hábito dependiendo de la graveda d de la falta. Se po día castigar desd e un día sin há bito hasta un año. La sanción podía ir acompañada de castigo corpor al. Las falta s que conllevaban la aplicación de estos castigos eran las siguientes: Desobedecer. Poner la mano encima y/o golpear a un hermano. Golpear a un cristiano o a u na cristiana. Tener contacto con una mujer. Acusar a un hermano en falso. Autoacusarse para obtener u n permiso. Cambiarse a otra orden, o amenazar con hacerlo, sin autorización. Amenazar con irse con los sarracenos. Bajar el estandarte para golp ear. Cargar sin permiso siendo el portado r del estandarte. Cargar sin permiso (salvo si se viera a u n cristiano en peligro d e muerte). Negar el pan y el agua a un her mano. Entregar el hábito a alg uien a quien no se debe. Aceptar un donativo de quien desea apo yo para ingresar en la Orden. Abrir una carta, sellada sin p ermiso. Forzar un cerrojo sin p ermiso. Dar limosna sin permiso. Prestar cualquier pertenencia de la Ord en sin permiso. Prestar el caballo a otro h ermano sin permiso. Mezclar las pertenencias de un señor con las del Temple. Declarar que pertenecían al Te mple unas tierras siendo falso. Matar, herir o perder a un esclavo por error propio. Matar, herir o perder a un caballo por error propio. Cazar. Probar las armas y el equipo si se derivaba de ello algún mal. Entregar un animal del aprisco sin per miso. Edificar una casa sin per miso del maestre o del comendador d e la zona. Causar a sabiendas o por error una p érdida de cuatro dineros o más. Atravesar la puerta del convento con intención de irse y luego regresar arr e- pentido. Dormir dos noches fuera del conv ento. Devolver el hábito o tir arlo por ira. Coger el hábito que o tro ha tirado y ponérselo al cuello. Capítulo 1: Fundación de la Orden. 102 La expuls ión era la sanción más gr ave y se aplicaba sólo a lo s actos más i n- fa mantes. Era impuesta por el capítulo , ante el cual debía acudir el inculpado ve s- tido sólo con sus pantalones y una cuerda alrededor del cuello y cumplir peniten cia por un año y un día. L as faltas castigadas con la expu lsión eran las siguientes: Simonía: haber entrado en la Orden ganándose a un hermano med iante la compra. Revelación: contar a un hermano qu e no estuvo presente, o a cualquier otra persona, lo deliberado en una sesión del capítulo . Asesinar a un cristiano o a u na cristiana. Robar. Salir de un castillo o casa fortificada por un lugar que no fu era la puerta s e - ñalada. Conspirar. Marcharse con los sarracenos. Cometer un acto de herejía. Abandonar el estandarte y huir por miedo a los musul manes. Sodomía. A pesar de todas estas proh ibiciones y limitaciones, los templarios tenían permitidos algunos juegos y diversiones como medio para escapar de la rutina co - tidiana. Así, podían realizar pequeñas apuestas con otros de sus he rmanos, siempre que no mediara dinero, como po día ser con flechas si n punta, clavijas inservibles, cuerdas gastadas, etc. En cuanto a los juegos, sólo estaba per mi tido jugar a las t a- blas, al llamado marelles o rayuela, practicado sob re un tablero con fich as, y al desconocido forbot , pero estaban expresamente prohibido s el ajedrez o los dados. 1.7.7.5 Análisis de la vida conventu al 451 . Se ded ica est e capítulo homónimo de l a Regla, a describir las nor mas que rigen la rutina dia ria en las casas 452 , indicando ya la pr imera frase cual es el debe r primordial del templario y, en defini tiva, el objetivo de la Orden: «Cada her mano del Temple debe saber que ante todo está obli gado a servir a Dios ». Como en t o- das las órdenes religiosas, el rit mo diario de los templari os era monó tono y reiter a- tivo, salvo cuand o estaban en camp aña o preparánd ose para la batalla. Es curioso que la Regla, que de manera tan minuciosa reglamenta la vida religiosa de los templarios, n o haga mención alguna al entrenamiento o preparaci ón para e l co m- bate, por lo que hemos de suponer que todo el tiempo qu e no estaban dedicados a la oración éste era el menester en que se ocupaban. Todo cuanto hacían estaba r e- glamentado y escrito en la s normas de comportamiento: dormir, re zar, co mer, ve s- tir, hablar,..., tod o estaba regulado. Una jornada hab itual en cualquier encomienda co menzaba con el rezo de mai tines en la madrugada. Al sonar la campana el templario tenía que levantarse 451 Henry Curzon, La règle du Temple , pp. 170-215. 452 Se recoge en los artículos 279 a 385 Capítulo 1: Fundación de la Orden. 103 cubrirse con la capa y acudir con el res to de hermanos a la capilla a rezar v eintiséis padrenuestros. Sólo los enfermos, o los que hubie ran trabajado en algún servici o especial el día anterior, tenían per miso para quedarse en la cama. E n la capilla, d u- rante las ora ciones, permanecían siempre en pi e, para do minar así el cuerpo, au n- que la Regla admite que s e podían sentar tras oír el salmo Venite para levan tarse después del Gloria Patri . Fin alizado el oficio, se di rigía a los establos y allí in s- peccionaba los caballos y su equip o, y si algo no estaba bien debía dejarlo en pe r- fectas condiciones con la ayuda de su escudero. Una vez finali zada esta tarea r e- gresaba a la cama para seguir dur miendo, dado que aún era de noche. A la hora prima, al amanecer, sonaba de nuevo la camp ana, y tenía que le - vantarse de inme diato y acudir a la capi lla para asistir a la misa y al segu ndo oficio religioso del día. Fin alizado éste, acudía de nuevo a revisar su armadura y el resto del equip o. A lo largo de la mañana t enía qu e asis tir a dos nuevo s oficios religi o- sos, los de las horas tercia y sexta, y rezar hasta sesenta pad renuestro s, treinta por los vivos y treinta para librar a los muertos de las penas del Purgatorio. A mediodía se co mía en dos tu rnos señalados con toqu es de campana. El primero para los caballero s y el segundo para los sargentos . Salvo causa mayo r, nadie podía faltar en el ref ectorio. Una vez en el comedor esperaba hasta la llegada del capellán para bendecir l a mesa y dirigir la oración del p adrenues tro. En la mesa siempre había pan, agua y vino. Mientras comían en silencio y s in hacer ruido, un hermano leía las Sagradas Escrituras en voz alta. Nadie estaba auto rizado a levan - tarse de la mesa mientras co mía salvo po r causa de gu erra, por enfer medad súbita o porque se hu biera prendi do fuego en alguna dependencia. Acabada la comi da, acudía a la capilla en compañía de to dos los her manos y se rezaba un padrenuestro para dar gracias a Dios. A media tard e disponía de u nas horas de asueto, du rante las cuales po día ha - cer aquello «q ue le instruy a Nuestro Se ñor», pero tenía qu e permanec er localizado en todo momento. A la hora nona, al atardecer, repicaba d e nuevo la campana y a su sonid o de - bían acudir a la capilla para escuchar el oficio religioso correspond iente a esa h ora y rezar trece padrenuestros. El oficio se repetía a la hora d e vísperas y a puesto el sol, pero rezando dieciocho padrenuestros. Ter minado el oficio de vísperas, se llamaba para la cena, que discurría de manera similar a la comida. El día terminaba con la llamada al oficio de co mpletas, de noche, para asi s- tir a la capilla, aunque antes, el que lo deseara podía reuni rse con los hermanos p a- ra beber vino, rebajado con agu a, pero sin cometer excesos. Terminado el oficio y la oración de la hora de completas, a cudía a inspeccion ar su caballo y su equipo antes de irse a dormir previo rezo de un padrenu estro. Una lám para tenía que pe r- manecer siempre encendida para iluminar el dormitorio, al igual que ocurría en los monasterios cistercienses, sin duda para evitar cualquier tentació n de carácter h o- mosexual. Dor mía con la camisa, las calzas o pantalón bien atado, dejan do la cap a o el manto conve nientemente colgado. Rezar, r evisar y reparar el equ ipo y comer, y siempre en silencio , era cuant o hacía a lo largo del día un templario, incluidos los domingos, que tan solo se dif e- Capítulo 1: Fundación de la Orden. 104 renciaban en la celebración del capítulo. Sin lugar para la diversión, el ocio o la r i- sa. Incluso la s conversa ciones agradables, o que indujeran a l a diversió n, estaban mal vistas. Ni siquiera podían practicar la caza, salvo la del león. Como ya se ha dicho, sólo le estaba permitido jugar a tablas, a la rayuela y al forbot . Las cartas de familiares y amigos eran leídas públicamente. Jamás se mostra ban desnudos y d e- bían llevar barba y el pelo corto con una gran tonsura como la de los monjes. Toda la vi da de la Orden giraba alrededor de las festividades religiosas con - memorándose de manera especial la N avidad, Pentecostés y Todos los San tos, de s- tacando ade más, otras fiestas como las de san Juan Ba utista, san Juan Evangelista, san Miguel Arcángel, san Bartolom é, san Juli án y sobre todo María, la madre de Jesús. El in greso tenía lugar cuando el caballero alcanzaba la mayoría de edad pues se consideraba que antes de esa edad la voluntad no estaba formada y que, además, carecía de la fu erza física nece saria para manejar las armas. Acostumbr a- ban a per manecer en Tierra Santa tomando parte en las batallas contra los musu l- ma nes y en las patrul las de escolta a los peregrinos. Cuando po r la edad, las heri das o las enfermedades di sminuía la capacidad física, solían regresar a Euro pa para terminar plácidamente sus días en algu na de las muchas encomiendas de que disponía la Orden. Al morir eran enterrados sin ninguna celebración especial, salvo el rezo de cien p adrenuestros por su alma, por los compañeros de la casa, en algunos de los cementer ios de qu e disponí a la Orden o en alguna i glesia que les hubiera concedid o tal merced, como hizo Jocelin, obi s- po de Soissons 453 . Tal como ocurre con las órden es monásticas, lo referente a las comidas e s- taba perfectamente regulado en la Regla, siendo la frugalidad y la moderación la norma que la regía. La dieta era equilibrada y variada, pues comían carne tres v e- ces a la s emana, además de pescado, verduras y legumbres, que p odían ser sust i- tuidos si se consideraba que estaban cru dos o estropeados. El ayuno era una excepción limitada a un os cuantos viernes, de bido a la condición de monjes-soldados que tenían que estar c onve nientemente alimentados para no desfallecer en la lucha contra el ene migo. Los enfermos recibían una dieta especi al, pu es podían co mer carne tod os los días salvo los viernes. Al in gresar, cada templario recib ía un ajuar de mesa con si s- tente en una escudilla, dos copas de b oca ancha y una cuchara. Las co midas eran siempre en común, en el refectorio de la casa y en pr ese n- cia de to dos los hermano s, aunque po r turnos separados: primero los caballeros y luego los sargentos. Comían en silencio m ientras escuchaban las Sagradas Escritura s leídas po r un clérigo o un caballero desde un púlpito. El maestre, o el comendador en s u c a- 453 André d’Albon, Cartulaire Général de l’Ordre du Temple , Honore Champion Éditeur, París, 1913. En el documento del 25 de marzo del año 1133, catalogado bajo la signatura XLIX página 42, recoge la concesión del obispo Jocelin de Soissons de un derecho de sepultura a los templarios. 111 CAPITULO 2: El proceso y la dis olución. 2.1 Los actores. 2.1.1 Felipe IV. Fue hijo de Felipe III y de su pri mera espo sa Isabel de Ar agón, nació en Fontainebleau y ascendió al trono francés en 1285, a la edad de diecisiete años, si bien, por su matrimonio con Jua na de Navarra, desde 1284 y a era rey de Nava rra y conde de Champaña. Tuvo siete hijos, de los cuales tre s (Luis X, Felipe V y Carlos I V) ll egaron a ser reyes de Francia. Su h ija Isabel fue reina consorte de Ingl aterra y su hija Ma r- garita estuvo prometida al rey Fernando IV de Aragón, pero el matrimonio se fru s- tró debido a su muerte prematura. Otros dos hijos, Blanca y Roberto murie ron siendo niños. En su in fancia fue amigo de Bertr and de Got, futuro pa pa Clemente V, rel a- ción qu e, a decir de algunos, tuvo cierta influencia en la última etapa de su rein a- do 461 . Si bien las cr ónicas lo tachan de piadoso, como su abuelo san Luis (canon i- zado a su in stancia) su gobierno fue cruel y caracterizado por los constantes e n- frentamientos con la Santa Sede, especialmente con el papa Bonifacio VIII, lo que sugiere una alta dosis de hipocresía en s us actos 462 . Se ro deó de un grupo de consejeros, lla mados legist as po r su con ocimiento de las l eyes, a los que encomendó la transfor mación de la monarquía feudal en una monarquía absoluta al est ilo de la monarquía de los em peradores latinos y que, aunque no inspiraron, sí ju stificaron sus políticas. En po lítica fortaleció el centralismo y limitó de manera no table el poder de la nobleza y , si bi en en lo referente a la administración i ntrodujo indudables mej o- 461 Louis Léon Lucien Lavocat, Procès des Frères et de l’Ordre du Temple , p. 79. 462 George Weber, Compendio de Historia Universal , T. I, p. 265. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 112 ras, su reinado está considerado como uno de los más conflictivos, tanto en el á m- bito externo como en el interno. En aquél, debido a sus enfren tamientos con Ar a- gón, Inglaterra y Flandes y a las desavenencias con la Santa Sede. En és te, debido a su nefasta política económica que le llevó a continuas devaluacio nes y revalor i- zaciones que di eron lugar a levantamientos populares, alguno de los cuales lle gó incluso a poner en peli gro su vida. De gran repercusión en toda Europa fue la persecuc ión a que sometió a la orden del Temple hast a conseguir del papa su supresión , persecució n que, según dicen algunos autores, e stuvo moti vada po r móviles económicos, al igual que la expulsión de los judíos y los lombardos q ue habían tenido lugar con anterioridad. El veintinueve de no viembre de 1314, en Fontainebl eau, murió Felipe el Hermoso a conse cuencia de un accidente de caza, si endo enterrado en la abadía de Saint-Denis (cerca de París) 463 . 2.1.2 Clemente V. De no mbre Bertrand de Got, nació hac ia 1264 en Villandraut, en Gascuña , actual territorio de la Girond a. Estudi ó Artes en Toulouse y Derecho Canónico en Bolonia y Orléans. Tras ser ordenado sacerdote fue sucesiva mente canónigo de Burdeos, vicario gen eral de Lyon, capellán del papa Bonifacio VIII, obispo de Comminges y arzobispo de Burd eos. Fue elegido papa el 5 de junio , en el largo cónclave de once meses, por las disputas entre las fac ciones italiana y francesa del colegio cardenalicio, celebrado en Perugia tras la muerte de Bene dicto XI. Aunque fue requ erido para que se pr e- sentara en Roma, dado que al no ser cardenal no había asi stido al cónclave, él el i- gió la ciudad de Lyon para su coronació n, la cual tuvo lu gar el 14 de no viembre de 1305 en presencia del rey de Felipe IV, adoptando el no mbre de Cle mente. La deb ilidad de su carácter hizo que durante todo su pontificado estuviera sujeto a los capri chos y deseos de Felipe IV, lo que se pone de manifiesto En m u- chos de sus actos, co mo fu e el no mbramiento de nueve cardenales f ranceses al p o- co tiempo de acceder al pontificado, la anulación de la bula Clerici s la icos de B o- nifacio VIII, contraria a los intereses de la corona francesa 464 y la persecu ción de los templarios también instigada por Felipe IV. Además de éstos, otros aspectos importantes de su pontificado fueron la 463 Louis-Philippe de Ségur, Histoire des règnes de Philippe III, dit le Hardi, et de Philippe IV, dit le Bel , Alexis Eymery, Librairie-Éditeur, París, 1824, pp. 58-171. 464 Esta bula fue promulgada el 18 de agosto de 1296 por Bonifacio VIII y en ella se prohibía a los miembros del clero el pago de toda ta sa e impuesto sin el p ermiso previo de la Santa Sede y amenazaba con la excomunión a los príncipes y señores que los exigie ran (Francois Mathieu, El poder te mporal de los papas: justifi cado por la historia. Estudio sobre el origen, ejercicio e influencia de la soberanía pontifical , Imprenta y Li brería de don Eusebio Aguado, Madrid, 1865, p. 22 ) Capítulo 2: El proceso y la disolución. 113 compilación de los cánones y la promulgación de las lla madas «De cretales Cl e- mentinas» y el traslado en 1309 de la sede po ntificia a Aviñón , que si bien al pri n- cipio tuvo carácter prov isional, se prolongó hasta 1377, en que Gre gorio VII di s- puso la vuelta a Roma. Hito importante de su pontificado fue la implantación de la Iglesia Católica en China con la creación del arzobispado de Pekín y siete sedes ep iscopales sufr a- gáneas de éste. Hay quien atrib uye algunas de las deci siones d e Cle mente V a la discrasia, enfermedad que arrastro durante muchos años 465 Falleció el veinte de abril de 1314 en Roquemaure (Laguedoc) , poco tiempo antes que el otro gran protago nista de su pontificado, el rey fran cés Felipe IV 466 . 2.2 La Francia de Felipe IV. 2.2.1 Introducción . «En todas las cosas y en todos los tiempo s se debe evitar confundir hecho con derecho: esta distinción es sobre todo necesaria c uando uno se ocupa de la hi s- toria en la Edad Media, que es la época en la que la fuerza ejercía un im pe rio casi soberano y en la que el abuso, cuando podía con se guir una larga exis tencia, se er i- gía en derecho» 467 . Esta frase, con la que Edgard Boutaric 468 co mienza el capítulo primero de s u obra, La Fran ce sous Philip pe le Be l , nos da pie para bu cear en la s instituciones francesas en la Baja Edad Media, tiempo en el qu e tuvieron lugar los hechos que se refieren en esta tesis, en los cuales el prota gonismo de Francia y su rey fue abso luto, con la necesaria répli ca del pap ado co mo institución y del sob e- rano pontífice co mo su cabeza. En los primeros epígrafes de est e capítulo utiliz a- remos profusa mente co mo referencia la ob ra de este aut or, reputado por su rigur o- sidad y por sus profundo s conocimientos de la Francia medieval . 465 C. Wenk, Clemens V und Heinrich VII , Halle, 1982. 466 Datos biográ ficos obte nidos de: Sophia Menache, Clement V , Cambridge University Press, Cambridge, 1998. Sobre Clemente V ver también: Valdrini, P., Durand, J.-P., Échappé, O., y Vernay, J., Droit Canonique , París, 1999, 2 a ed. p. 11; Andrieu-Guitancourt, P., Introduction sommaire à l’étude du droit en général et du droit canonique cont emporain en particulier , Sirey, París, 1961. pp. 585, 589, 770, 776, 788, 793, 794, 795 , 798, 801 y 805. 467 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , Henri Plon, Libraire-éditeur, París, 1861, p. 1. 468 Edga rd Boutaric (1829-1877), fue profesional de la Paleografía y la Diplomática (1841), funcionario de los Archivos Nacionales, donde alcanzó el rango de jefe de la sección administrativa. También fue profesor de I nstrucción política, administrativa y judicial de Francia en la École de chartes . (Bibliothéque Nationale de France <http: //data.bnf.fr/12368468/edgard _boutaric/>). Capítulo 2: El proceso y la disolución. 114 2.2.2 La corona. A partir del siglo XI la corona representó un a idea abstracta, vaga y mal d e- fi nida que hoy podríamos encajar en tér minos tale s como nacionalidad o patria. Estaba en la ci ma de la pirámide feu dal y como tal, la superioridad real era ad - mitida por todos: nobles, clérigos y pueblo llano . Los de rechos de la corona no e s- taban recogid os en ninguna ley escrita y se consideraba qu e su poder dima naba de Dios y como tal ejercía un señorío absoluto sobre to dos y sólo a Él respondía. Esta ausencia de regulación en la legislación positiva constituía, precisamente, la fuerza de la corona. Tampoco los derechos políticos de los n obles ni del pueblo llano habían s i- do objeto de reglamentación positiva, sólo los privilegios del cler o estaban san ci o- nados por bulas pontificias que tenían fuerza de ley en toda la Cristiand ad. Esta s i- tuación daba lugar a con tinuos abusos de poder, y a qu e a las a ctuaciones arbitra - rias no se les podía opon er otra cosa que los usos y costumbres 469 . Al acceder al trono Felipe IV se encon tró con una difícil alte rnativa: librarse de todos los obstáculos que podían impedir a la corona llegar a convertirse en una monarquía abso luta o acceder a una alianza de l a no bleza con alguno de los otro s estamentos y permitirle un a cierta p articipación en los asun tos públicos, debilita n- do con ello la posición que habían alcanzado sus ante cesores, prin ci palmente Fel i- pe -Augusto y san Luis, que acr ecentaron notablemente el poder real con la ay uda inestimable del tercer e stado y del clero, dando lugar con ello a un fuerte debilit a- miento del sistema feudal. En palab ras de Boutaric, el forta lecimiento de la corona, consegu ido po r F e- lipe el Hermoso, «puede constatarse por dos series de hechos diferentes: por un l a- do, el progreso material, que se manifiesta en la expan sión geográfica de los d o- minios y po r otro, el progreso mo ral, que se paten tiza en la extensión del poder l e- gislativo. Las vicisitudes del poder legislativo son , en efecto, una excelente escala para medir el progreso de la autorid ad real, pu es el derecho de hacer las l eyes es la más alta prerrogativ a de la soberanía» 470 . 2.2.3 Los estament os o estados y las clas es sociales. Como en el resto de la Eur opa de entonces, en Francia la sociedad se divi día en tres estamentos, estratos o estados, definidos por un estilo de v ida común o análoga fu nción social 471 : nobleza, clero y pueblo llano. La diferencia entre los dos primeros estamentos, (nob leza y clero) y el ter cer estamento, terc er estado o esta do 469 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 2. 470 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 4. 471 Los estamentos son grupos sociales formados por individuos poseedores de una condi ción social jurídica similar y que disfrutan todos de los mismos privilegios. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 115 llano (equivalente al pueblo llano o común de Castilla) es taba en la situación de privilegio de que gozaban, que ponía en evidencia la condición desigual de las personas, tanto jurídica como so cialmente. Lo s estamentos fueron una forma de estratificación de la sociedad, m ás a mplia qu e la de clases so ciales que, aunqu e en algunas ocasiones puede coincidir con éstas, no e s lo corriente, con stituyendo más bien una agrupación amplia en la qu e tienen ca bida varias clases sociales 472 . A los mencionados estamentos había que añadir una clase social, los sie r- vos, los cuales, como pago por la ocupación de la tierra, debían entregar a su señor parte de su propia cosecha y de los frutos qu e producían. Estaban sujetos, además, a muchas ot ras oblig aciones e impuestos. Care cían de indep endencia fuera de los límites de predio que ocu paban y s i se vendí an, o transferían las tierras po r cua l- quier otro título, ellos también entraban en el lote. En contraprestación, recibían protección frente a los ataques de otros señores o de mal hechor es. Desde el pu nto de vista representativo, n o contaban 473 . 2.2.3.1 La nobleza. Aunque pueda parecer par adójico, el ad versario más temible de la co rona, en la Francia de la Alta Edad Media, era la nobleza, pero su mucho poder se vio frenado por el clero y el tercer estado , que hicieron causa común con la coro na d e- bido a los continuos ataques, perjuicios y abusos que sufrieron p or parte de aqu é- llos. Ésta por su parte in trodujo cada vez más fuertes limitaciones en los derechos de la nobleza. Se perdieron su s poderes administrativos; se establecieron tribu nales de ju sticia para entender en segunda instancia los fallos de los nobles; se prohibi e- ron las guerras inter nas entre vasallos; se posibilitó el acceso a la nobleza de miembros del estamento común. En suma, se atacaron lo s signos de sob eranía qu e detentaban 474 . Lo s grandes vasallos se vi eron obligados a reconoc er la superior idad de la co rona y a permitir qu e sus sentencias, o las sentencias emanadas de sus tribu - nales, fueran casadas por el parlamento. El derecho a po rtar armas fue supri mido y las luchas con derramamiento de sangre fueron consideradas como un atentado a la seguridad general y como tal castig ado po r el rey, el cual, con la excusa de h a- cer leyes de po licía, atacó los ci mientos del feud alismo. A sí na cieron los «casos reales» o ca sos sometidos a la autoridad de lo s representantes del rey , los cuales en tiempo de Felipe IV s e in crementaron notable mente en detri mento de la co mp e- tencia de los señores feudales. En los asun tos civiles sucedió ot ro tanto y lo s bu r- gueses r eales, junto con las instituci ones comunales y las iglesias escaparon a la jurisdicción señorial 475 . Hasta Felipe III la nobleza había sido un coto cerrado en el que era impos i- 472 Bernardo Beerdichewski, Antropología social, introducción , pp. 251-253. 473 Bernardo Beerdichewski, Antropología social, introducción , pp. 169-170. 474 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 43. 475 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 44. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 116 ble entrar, pero este rey, al ennoblecer a su orfebre, inau gu ró una larga serie de otorgamientos de títulos de nobleza a plebeyos. Felipe IV hizo un gran uso de esta figura y , entre otros, ennobleció a los plebeyos de su ento rno, los cuales fueron llamados despectiva mente Chevaliers ès lo is 476 por la nobleza de la es pada, en co ntraposición de los caballeros portado res de armas, deno minación qu e con el tiempo perdió el car ácter despectivo. A pesar de ello, el parla mento, en una de las pocas decisiones que tomó contra el rey, declaró a los plebeyos inhábiles para ser armados caballeros en el sentid o militar de la expr esión 477 . En tiempos de Felipe IV concurrieron en la corona tres títu los de par de Francia 478 , por lo qu e al objeto de re stablecer su nú mero, nombró pares a los ti - tulares de las casas de Bretaña, Anjo u y Artois. Tradi cionalmente el derecho más importante anej o a la dignidad de par era qu e solo podían ser juzgados por sus iguales. Felipe IV no cesó du rante todo su reinado de proferir fuertes ataques a la no bleza en u n in tento de restringir sus priv ilegios, pero no ob stante, continuaron siendo un bastión del r eino, probablemente el más importante, y a que de ella salían los cuadros militares que comandaban el Ejército, y precisamente las gu erras y las confrontaciones militares fueron algunos de los elementos qu e dis tinguieron su reinado 479 . 2.2.3.2 El clero. Gl obalmente con siderado, este estamento era rico y po tente, además de im - portante en nú mero, ya que el sacerdocio era práctica mente la única oportuni dad que se le ofrecía a los plebey os de subir en el escalafón social, por lo que eran m u- chos los que abrazaban el camino del servicio a la Iglesia guiados por esta motiv a- ción. Para Beerdichew ski, el estamento constitu ido por el clero es taba integrad o por dos clases sociales dif erentes y , a veces, con intereses an tagónicos, pues por un lado estaba el alto cler o, formado por miembros de la aristocracia y, por otro, el bajo clero, integrado p rincipalmente por burgueses 480 . En defensa de sus muchos privilegios tuvieron frecuentes enfrentamientos con la corona y con el papado, si bien de índole d iversa según se trat ara de clérigos regulares o cl érigos seculares 481 , pues ésto s al estar sometidos por el voto de ob e- 476 Que podríamos traducir como «caballeros por ley» o caballeros honorarios. 477 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 55-56. 478 En un princ ipio había doce pares, seis ec lesiásticos y seis la icos. La dignidad de par de Francia estaba un ida a un título de nobleza o de la Igle sia (Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 58). 479 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 43-63. 480 Bernardo Beerdichewski, Antropología social, introducción, p. 252. 481 Clérigo secular es el que vive en el «siglo», a diferencia del re gular que es el que vive ap artado del siglo (según una «regla») y se liga con los tres votos de pobreza, obediencia y castidad (Real Academia Española, Diccion ario de la lengua española , 22. a ed. 2001, consultado en http://www.rae.es/rae.html ). Capítulo 2: El proceso y la disolución. 117 diencia a superiores generales, a menudo extranjeros, no podían ser considera dos como integrantes del clero francés. Parte sobresaliente de este cuerpo fuero n los monjes cistercienses, exte ndidos po r todo el Centro y el Nort e de Fran cia, y los dominicos que contaron co n la predilección de muchos reyes. Po r su parte, el clero secular, aunqu e obediente a la Santa Se de, conservó siempre una cierta indepe n- dencia compatib le con la fe católica, indep endencia de la que los obispo s eran los principales promotores. Desde el final del siglo X los ob ispos hicieron causa común con l a corona, alianza de la qu e ambas in stituciones ob tuvieron beneficios. Por un lado, los pr e- lados aportaron al gobierno real su experiencia y las reglas de una sana admini s- tración y por otro proporcionaron hombres preparados y fieles. A cam bio recibi e- ron de la corona protección frente a los señores feudales y con tra las exi gencias de Roma. Las relaciones con la Iglesia fueron generalmente fluidas y estaban perfecta - mente reguladas. Existían dos regalías a favo r del rey: la te mporal y la espiri tual. Por la primera el rey adquiría la posesi ón de los bienes de las sedes va cantes, las cuales eran administrad as por la corona, de la misma manera que el resto de los dominios real es, hasta que el nuevo titular era confirmado por Roma, en el caso de los obispos, o por el ordinario en caso de los abades. Mediante la segu nda, se r e- conocía al rey el derecho a intervenir en los nombramientos de los cargo s superi o- res en el seno de la institu ción eclesial, princi palmente obispos y abades, los cual es estaban sometidos a la previa auto riza ción del rey bajo pena de nulidad, pero la falta de ésta era convalidab le mediante el p ago dinerario o en especie 482 . En los siglos anteriores, las causas entre la Iglesia y los señores ha bían sido juzgadas po r de legados pap ales, pero a partir de la mitad del siglo XIII estas ca u- sas fueron conocid as por el parla mento con la aquies cencia d e la Iglesia y a que en el parlamento se sentaban un bu en número de dignatarios e clesiásti cos. Felipe IV corroboró esta competencia del parla mento y acordó qu e los prelados podían co n- currir ante esta institución personalmente o representado s mediante procurador, tanto en los casos en que fueran actores como en los que eran demandados. La piedad de los fieles y la entrada en las órdenes religi osas de personas r i- cas aumentaron considerablemente la s po sesiones de la Iglesia. Cuando un a pr o- piedad inmobiliaria pasaba a manos de una iglesia tenía que recabar la au - torización del señor del feudo en el que estaba situada, autori zación que a me nudo era concedida a cambio de dinero, y si no lo conseguía, el titular tenía que des - prenderse de ella en el plazo de un año y un dí a. Esta tierra qu e pasaba a ma nos de una iglesia d ejaba de reportar beneficios al noble titu lar del s eñorío, po r lo qu e se consideraba que pasaba a estar muerta. El derecho de asilo, que en tie mpos pasados había sido el recurso m ás utili- 482 Boutaric recoge en su obra dos casos ple namente documentados. Uno ocurrido en 1286 en la ciudad de Clermont en la que su cabildo se vio obli gado a pagar mil libras tornesas por habe r elegido un obispo sin las formalidades previstas y el sucedido en 1294 en Chalons, cuyo obispo se comprometió a pagar una multa para ser efectiva su elección en la que no había intervenido el rey. (Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 64-65). Capítulo 2: El proceso y la disolución. 118 zado contra l a opresión, había sufrido fuertes restricciones deb ido al abu so que se había hecho de él. En m uchos lugares, a pesar de la prohibición papal, el clero d a- ba asilo en la s iglesias a los deu dores que en ella s se refugiaban para burlar a los acreedores. Los laicos que ayudaban a estos deudo res en su bú s queda de la imp u- nidad fueron perseguidos judicialmente y cuando entraban en ju ego intereses del rey se llegaba, en ciertos casos, a permitir la entrada en sa grado de los persegu id o- res para atrapar al culpable. En lo que respecta a la justicia, la Iglesia, en tanto que titular de feud os, a c- tuaba como c ualquier otro señor feudal y contaba con vasallos y arrendatarios. P e- ro sobre todo era titular de una jurisdicción pr opia que le pertenecía como instit u- ción, jurisdicción que era espiritual y temporal y q ue era ejercida por los obi spos, a la que dedicamos un epígrafe posterior 483 . 2.2.3.3 El tercer estado. El tercer estado estaba constituid o por una coalición de clases, que in cluía la burguesía, la pequeña burguesía y el campesinado. La comuna, cuyo carác ter di s- tintivo, en palabras de Boutaric, «era el aislamiento» 484 , fue a partir del si glo XII la expresión de la emancipación, de la independen cia armada y revo lucionaria de los grandes feudos frente al centralismo monárquico. Consultand o la relación de ci u- dades y villas que enviaron representan tes a la asam blea de los e stados gen erales de 1308 se pu ede observar qu e bajo el títu lo de «comu nidades» hay una multitud de localidades cuy a erección en comunas había sido confirmada en el siglo XII por títulos reales. Durante el reinado de Felipe IV no se concedió ninguna «carta de comuna» y solamente unas po cas fueron con firmadas. El parlamento persiguió con saña a las comunas, pero su trato era dife rente según se tratara de ciudades bajo do minio del rey o de ciudades situ adas en feudos señoriales, pues mientras qu e las primeras eran suprimidas, las se gun das solame n- te eran castig adas, situació n que cambió de manera importante desde el final del siglo XIII en que el rey se erigió en protector de todas las co munas, incluso de las más pequeñas y de las sit uadas en terrenos de los gran des feudos. Este hecho fue una de las causas del desarrollo que tuv o la centra lización administrativa. Incluso se prescribió que los alcaldes fueran una vez al año a París a rendir cuentas ante los co misarios reales desig nados para tal fin. También estaba prescrito que al dejar el cargo rindieran cuentas de su g estión ante su sucesor. Boutaric atrib uye el mal estado de las finanzas de las comunas a Felipe IV, de bido a sus exi gencias desmesuradas de contribuciones, a las fuertes sanciones impuestas por el parlamento por infracción de las ordenanzas y a la extorsión de los comisario s rea les 485 . Este estado de cosas llegó a tal pu nto qu e las comu nas, a s- fixiadas por las deudas, conscientes de su quiebra económica, aba ndo naron todos 483 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 64-87. 484 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 148. 485 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 132. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 119 sus bienes y privilegios, incluso los referentes a su título de co muna. Los habitant es de las comunas sólo encontraban protección dentro de lo s límites de la misma, quedand o sin defensa, y expuesto s a la persecución de los s e- ñores, fuera del recinto de las villas. Aqu éllos que se establecían en una tie rra suj e- ta a servidu mbre, perd ían su libertad, pu es el estado de siervo se adqui ría por pre s- cripción, en el transcurso de u n año y un día. A final del siglo XIII frente a la lib ertad comunal, qu e era may oritariamente local, se propició por la corona la de la burguesía real qu e tenía carácter person al y se mantenía aunque se cambiara de domicilio después de adquirid a. Esto hizo qu e muchos habitantes de las comunas situa das en feudos señoriales traslada ran su r e- sidencia a co munas situadas en dominios del rey, pues esta con dición les protegía frente a los ataques y los abusos de los señores, lo que hizo qu e, tras la airada qu e- ja de los no bles al rey, éste promulgara una ordenanza regu lando el derecho de la burguesía y la forma de adquirirlo 486 . Só lo los hombres li bres podían ser burg ueses y se era burgués mientras no se renu nciara solem nemente a la burguesía. El bu rgués real era el hombre libre por excelencia, sigu iéndole su condición de libre en los feudos de los señores o entre la gente sometida a esclavitud. Era la condición del civis roman us trasladado a la Edad Media. Felipe IV, sigu iendo el ejemplo de algunos de sus antecesores 487 , liberó a los siervos de sus do minios los cuales, a parti r de la liberación, disfrut aron de todos los derechos al igual que los ho mbres nacidos libres. Pero esta manumisión no fue un gesto magnánimo del rey, y a que los manumitidos debieron pagar un censo anual. El ejem plo fue seguido pronto por los señores qu e eman ciparon en m asa a sus siervo s, s iendo mucho menos frecuentes las eman cipaciones s ingulares. Pero tales manu misiones solo eran válidas una vez refrendadas por el rey, previo pago de los correspon dientes derechos. De aquí que no podamos atribui r estas manum i- siones a un senti miento cristiano de c ompasión, pi edad o de eq uidad, pu es las mismas fueron ocasionadas p or la necesidad de di nero 488 . 2.2.4 El crecimiento del dominio rea l. El crecimiento de los dominios reales en tie mpos de Felipe IV fue muy i m- por tante debido prin cipalmente a las dotes apo rtadas por las tr es mujeres con las que estuvo casado y a las numero sas adqu isiciones, permutas e incautaciones qu e llevó a cabo. Entre las primeras, cabe destacar la incorporación al reino galo de 486 Para adquirir la condición de burgués, basta ba con que el interesado compareci era ante el alcalde y le expresara su dese o en tal sentido ante dos testigos. A partir de ese momento era admitido en el burgo a condici ón de que en el plazo de un año y un día adquiriera una casa de valor superior a tres libras parisinas. Tras lo cual prometía fidelida d al rey y a la villa y recibía un justificante que debía mostrar a su antiguo señor. (Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 152). 487 Principalmente Luis X. 488 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 147-162. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 120 Navarra, Champaña, Brie y Bar por su matrimonio con la reina Juana, si bien hay que puntualizar qu e él nunca ejerció de manera directa el poder en Navarra y que a la muerte de su esposa c edió el reino a s u hijo Luis. En 1291 firmó un tratado con Otón, conde de Borgoña, por el cual éste cedía al monarca todo el Franco - Condado, del que su hija Juana, que po sterior mente casó con Felipe 489 , apodado el Largo, era heredera, a ca mbio de una renta vitalicia, si bien continuó como va sallo del Emperador. Además, entre 1302 y 13 08 compró vario s condados y señoríos. También adquirió el do minio sobre bienes eclesiásticos en todas las provincias mediante acuerdo con lo s clérigos a cambio de protección, de rentas o de exenci o- nes tributarias. Al final solo quedó fuera de su control las po sesiones inglesas en el cont i- nente y el condado de Flandes en el Norte, con cuyos soberanos estuv o en confli c- to du rante la may or parte de su reinado, lo que se considera por l os historiadores como los prolegómenos de la guerra de lo s 100 años 490 . 2.2.5 El poder legislativo. A fin ales del siglo XIII, el poder legislativo -autoridad de la que emanaban las leyes- era ejercido por la corona sin contestación al gu na, pero con cierta mes u- ra y bajo ciertas condiciones 491 . En el sistema f eudal, la soberanía de la corona era compartida dentro de cada feudo con el señor natu ral del mismo, el cual ejercía funciones soberanas dentro de él, dictando bandos y ordenanzas sin necesidad de permiso del rey. E n este sentido, soberanía se id entificaba con superio ridad, siendo el rey el soberano por encima de todos. En tiempos del rey Felipe IV la expresión soberanía era y a utilizada con la sign ificación que hoy tiene y así se recog e en un a ordenanza del ducado de Bretaña en la que la corona se reservaba el con ocimiento de «las apelaciones por defecto de derecho, falso juicio u otros casos que pert e- nezcan a nuestra soberanía » 492 . A este efecto hay que tener en cuenta que en el rey c on currían do s cualid a- des: una, la que le corresp ondía como monarca; y otra, la que le concernía como señor en los feudos de su titularidad. Cada una de tales cualidades e staba dotada de un poder legislativo diferente. Mediante el que le correspo ndía como mon arc a o «guarda general del reino», podía promulgar leyes generales, o établissements , que te nían que ser obligatoriamente ob servadas por todos, para cuy a aprobación debía de contar con el beneplácito de los barones o señores feud ales y del alto clero, lo que hasta el reinado de san Luis, fue a menudo soslay ado o manipulado por los r e- yes, que se limitaban a co nsult ar a personas de su entorno o de su con fianza. A partir de este rey , la situación sufrió un cambio profun do al in stituirse un verdad e- 489 Cuarto de los hijos de Felipe IV y segundo de los varones. Reinó como Felipe V . 490 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Be l, pp. 4-10. 491 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 12. 492 Ordenanza de febrero de 1296. (Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , p. 12). Capítulo 2: El proceso y la disolución. 127 2.2.9 Actuaciones contr a los judíos y los lombar dos. En 1306, al objeto de llenar el tesoro re al, que de nuevo se encontraba v a- cío, Felipe IV pr omulgó una or denanza por la que los judí os de todo el reino fu e- ron arrestados, sus bienes confiscados y posteriormente expulsados de Francia con la proh ibición de vo lver bajo pena de muerte. Mu cho s murieron en el camino a consecuencia de la fatiga, la miseria o los ataques de los bandidos, a pesar de que solo se les había permitido llevar el dinero estrictamente necesa rio para llegar ha s- ta los lí mites del país 512 . Fleury 513 , en el relato qu e hace de este suceso, dice qu e el rey los hizo detener a todos el 22 de julio de 1306, fiesta de María Magdalena, y que la orden fue transmitida tan secretamente que no se apercibieron, con lo que s e les pudo confiscar casi todos los bienes. Añad e este autor que la ejecu ción de la expulsión se llevó a cabo en los meses de agosto y septiembre y que sola mente se salvaron de ella los poco s que accedieron a ser bautizado s 514 . Esta medida en la Edad Media, lo mismo que en otros países co mo Alem a- nia, España o Inglaterra, era muy popu lar, y a que la gente les repro chaba crímenes tales como el envenenamiento de los pozos o el ro bo de niño s para educarlos en la religión judaica o para utilizar su sang re en medi camentos. De parecida manera se actuó contra lo s co merciantes lombardos cuya pers e- cución se inició en 1291 con su arresto y con la imposición de fortísimas sumas para su libera ción. En 1303 se les dobló los impuestos sin otra razón qu e sus fo n- dos eran necesa rios para financiar la guerra contra Flan des. Finalmente, los que aún quedaban en el país, fu eron obligados a vo lver a sus tierras de origen 515 . La confiscación de los bienes de los judíos y de los lombardos produjo pi n- gues beneficios a la corona y a lo s señores en cuy os feudos estaban radicados 516 . 2.2.10 Las fluctuacion es monetarias. El reinado de Felipe IV se distinguió por muchas cos as y una de ellas es, i n- 512 Edgard Boutari c, La France sous Philippe le Bel , p . 302. 513 Claude Fleury fue un eclesiástico e historiador francés nacido en París en 1640 y muerto en la misma ciudad en 1723. En 1658 fue nombrado abogado del parlamento pero once años más tarde, cambió el mundo de las l eyes por el de la teología haciéndose monje cisterciense. Fue miembro de la Academia y preceptor de los príncipes. A principios el siglo XV III empezó su gran obra, la Histoire Ecclésiatique . En 1683 fue designado abad de Loo -Dieu, en la diócesis de Rodez. En 1716 fue nominado confesor del príncipe heredero por el Regente duque de Orleáns. (Jacques Krynen, «Claude Fleury», en Di ctionnaire historique des juristes français , XII e - XX e siècle, París, 2007, pp. 333-335 ). 514 Claude Fleury, Histoire ecclésiastique , T. XIX (1300-1339), Chez Jean Mariette, París, 1720, p. 108. 515 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 300-305. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 128 du dablemente, por las contin uas fluctuaciones a las q ue fue sometida l a moneda, la primera de las cuales tuvo lugar en 1295, pr ometiendo el rey po r cartas pa tentes compensar a los que recibían la nu eva moneda deva luada y en garantía de est a promesa hipotecó sus bienes y los de la reina. La confusión a que dio lugar originó tal descontento en todo el reino, que en 1303 los prelados of recieron a la corona cuatro decim es de sus beneficios anu ales a cambio de que se co mprometiera po r sí y por su sucesores a no volv er a efectuar cambios en la moneda, sa lvo en caso de extrema necesidad 517 . El rey aprovechó la confusión producida po r la devaluación para privar a los señores del derecho a acuñar moneda del que hasta ento nces habían go zado 518 . El gros tournois 519 , que en 1295 tenía un valor de un sou , llegó a valer tres en 1305 520 . Dicho de otra manera, de un valor de 3,95 gr amos de plata en 1285, se pasó en 1303 a un valor de 1,35 g ramos de plata 521 . Al año siguiente, 1306, el rey restableció el cambio antig uo e hi zo acuñar mo neda parisina tan buena como las del reinado de san Luis, pero al m ismo tie m- po dejó circular la vieja moneda sin reducirla de valo r, lo que dio lugar a un gran levantamiento en París que final mente forzó al rey a la devaluación. En los años siguientes acudió de nuevo el rey a la devaluación como medida de po lítica eco nómica, hasta 1313 en que tuvo lugar la última. En opin ión de De l a Torre las implicaciones políticas y económicas de esta política monetaria tuvieron un profundo impacto en el reinado de Felip e IV 522 . 2.2.11 Política e xterior. La política exterior de Felipe IV estuvo marcada por las guerras co n los pa í- ses vecino s, moti vadas po r su ambición en aumentar las posesiones de la corona, y los subsiguientes pactos, que solían incluir cláusulas matrim oniales que garantiz a- ran un a paz más o menos larga. La sostuvo con Aragón, a la que se puso fin con el tratado de Anagni (1295) 523 , firmado por el pap a Bonifacio VIII, Jaime II de Ar a- Frederic Schoell y Zach Franz Xavie r, Cours d’histoire des états européens , Imprimerie royale et chez Duncker et Humblot, Berlin, 1832, p. 201. 518 En la Franci a d e los Capetos se había her edado el sistema monetario carolingio, según el cual las monedas eran, la libra, el sous y el denier, siendo este último el único con existencia real. 519 Moneda de plata creada por san Luis entre 1260 y 1263 con ocasión de su reforma monetaria. 520 Malcolm Barber, El juicio de los templarios , Editorial Complutense, Madrid, 1999, p. 51. 521 Ignaci o de la Torre, «The Monetary Fluctuation in Philip’s Kingdom of Franc e and Their Relevance to the Arrest of the Tem plars » en The Debate on the T rial of the Temp lars , Ed. Burgtorf, Crawford and Nicholson, Ashgate, Surrey, 2010, p. 57. 522 Ignaci o de la Torre, «The Monetary Fluctuation in Philip’s Kingdom of Franc e and Their Relevance to the Arrest of the Tem plars», p. 57. 523 El tratado de Anagni o paz de Anagni fue un acuerdo firmado entre el papa Bonifacio VIII y los reyes Jaime II de Aragón, Felipe IV de Francia y Carlos II de Nápole s, por el que se puso fin a l os Capítulo 2: El proceso y la disolución. 129 gón, Felipe IV de Fran cia y Carlos II de Nápoles, acu erdo que incluyó una cláus u- la de matrimonio de Jaime II con Blanca de Anjou. Con Inglaterra 524 , a causa de la invasión de la Gu yena 525 , provincia del sudoeste franc és, conflicto cruento y largo hasta qu e por fin en 1299 se fir mó la paz acordando el matrimonio de la princesa Margarita de Fran cia con el rey Eduardo I de Inglate rra. Con Flandes, a la que ocupó con la excusa del p acto firmado por Gido de Da mpierre con Eduardo I de Inglaterra, hasta que un levantamiento po pular expulsó a los fra nceses tr as u na cruenta batalla en Courtrai (1302) que se conoció como «batalla de las espuelas d e oro» 526 po rque con las espuelas recogi das de los soldados m uertos se cubrieron las paredes de la iglesia de Groninga. Los enfrentamientos contin uaron hasta 1305 en que se firmó tratado de Athis. Pero quizás el con flicto más grave de su reinado fue el qu e le enfrentó al papa Bonifacio VIII debido a la neg ativa de éste a aceptar el sometimiento del cl e- ro francés a una fuerte contribución para sanear las arcas del reino , vacías a raíz de la guerra con Flan des, en contra de la bula Clericis laicos (1296) del mismo pa pa, que proh ibía al clero el pago de tributos bajo pen a de excomunión, lo que motivó las promulgación de una nueva bula, la conocida como Unam Sanctam (1302), en la que se preconiza la supre macía del poder espiritual papal sobre el temporal de los reyes, en la que se llega a afirmar que «fue ra de la Iglesia no hay salvación ni remisión de los pecados» 527 . La contestación del rey fue la reunión de los primero s estados generales de los qu e hay noticia, en los que consiguió la condena del papa contra el que mandó una fuerza exp edicionaria, dirig ida por Guillermo Nogaret, que lo hi zo pr isionero en Anag ni (1302) y sometió a vi les vejaciones. Liberado Bonifacio, gracias al apoyo popular, al po co tiempo falleció, convirtiéndo se Felip e IV en el árbitro de los sigu ientes cónclaves en los q ue su influencia fu e decisiva. conflictos surgidos a raíz de la conquista de Sicil ia por las tropas ara gonesas. Dado que Federico II de Sicilia no h abía sido parte d el tratado, siguió luchando hasta que en 1302 se puso fin al conflicto con un nuevo tratado, conocido como la paz de Caltabellota. (José Hinojosa Montalvo, Jaime II y el esplendor de la corona de Aragón , Editorial Nerea, san Sebastián, 2006, pp. 177-180). 524 Los enfrentamientos con Inglaterra tenían su base en que como duques de Guyena, región situada en la Europa continental, los reyes ingl eses eran vasallos del rey francés, vasa llaje que era mal tolerado por los monarcas ingleses y que no siempre estaban dispuestos a pagar. (Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 9-10). 525 Regi ón del suroeste francés, perteneciente a la corona ing lesa, que limitaba con Gascuña y Nava- rra y tenía por capital Burdeos. Fue definitivamente incorporada a la corona francesa en 1472. 526 Durante la guerra con Inglaterra, Guido de Dampierre, conde de Flandes y vasallo del rey francés, tomó parti do por Eduardo II, lo que fue considerado una afrenta por Felipe IV que emprendió una guerra contra Flandes que se mantuvo con altibajos hasta su muerte. En 1300, la s tropas fran cesas al mando de Carlos de Valois, hermano del rey Felipe IV, atacaron y se apoderaron de todo Flandes que quedó integrado en el reino de Francia, encarcelando a su conde. En la noche del 18 de mayo de 1302 los flamencos se levantaron en armas contra los invasores franceses y los degollaron en lo que se llamó los «Maitines de Brujas», causando más de doscientos muertos. Este hecho tuvo gran repercusión en Francia cuyo ej ercitó se enfrentó a los flamencos en Courtrai, el 11 de julio de 1302, en una batalla que recibió el apelativo de la «batalla de las Espuelas de Oro» en la que fueron derrotados. (Aug uste Voisin et alii , Bataille de Courtrai ou des Éperons d’Or, C. Annot-Braeckman Imprimeur, Gantes, 1840 ). 527 « extra quam nec salus est, nec remissio peccatorum » . Capítulo 2: El proceso y la disolución. 130 Mejores resultado s obtuvo en la expansión de las posesiones de la coro na hacia el Este, logr ando implantar su soberanía sobre el Fr anco Con dado (1 301) y la incorporación al reino de las ciudad es de Lyon (1312) y Champaña (1314) 528 . En 13 08, al quedar vacante el trono del Imperio, Felipe retomó el viejo pr o- yecto de hacer elegir a su hermano C arlos de Valois como Emperado r, para lo cual dirigió misivas a los principales príncipes alemanes y env ió a tres embajadores bien provistos de fondos 529 para co mprar volunt ades. Incluso se manejó la id ea de obligar al papa Clemente V a suspender el derecho de los electores alema nes y a nombrarlo di rectamente 530 . Fracasó en su iniciativa y a que fue elegido Enrique VII, pero est o no le amilanó y le felicitó c aluro samente , pr omoviendo el in icio de negociaciones para concluir un tratado de amistad y alianza ofensiva y de - fensiva 531 . 2.2.12 La Justicia. A fines del siglo XIII existían en Francia tres grados de jurisdicción, lo que su ponía que desd e el tribunal d e pri mera instancia se p odía acceder sucesiva ment e, mediante apelación, a una segunda instancia y en casación a una ter cera. Las fue n- tes del Derecho eran la costu mbre en el Norte y el Derecho Ro mano en el Sur, si bien, en este caso, con las modificacion es locales introducidas a lo largo de lo s años 532 . En 13 03 Felipe IV e stableció que los prebostes no podí an juzgar las causas que entrañ aran penas de multas, siendo atribuidas di chas causas a los bailíos, a los hombres bu enos o a los conce jales según la costumbre del lugar. En privilegios otorgados a numerosas villas se atribuyó a los bailíos, asistidos por los concejales, la jurisdicción en primera instancia en causas civiles cuya cuantía no fuera sup e- rior a sesenta sous 533 y competencia en asun tos crimina les que no fueran por del i- tos de muerte, rapto o incend io. El derecho de apelación, qu e nació a finales del siglo XII en las prov incias 528 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 403-404. 529 Boutaric en su obra fija los fondos destinados a este proyecto en 10.500 libras. 530 El Emperador no adqui ría tal condición hasta ser coronado por el papa ya que se le consideraba rey de Roma. 531 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel, pp. 379-414. 532 Era la clásica distinción entre la Francia del Norte, en la que se aplicaba el Derecho de costumbres (droit coutumier), que no quiere decir Derecho consuetudinario, sino contenido en diversos textos de colecciones escritas de costumbres local es, y el Midi, donde imperaba el Derecho Común, es dec ir el Derecho Justinianeo elaborado por las Unive rsidades, el Derecho Canónico de la Iglesia Romana y el Derecho Feudal, tanto del norte de Italia, como el Derecho Feudal del Mediterráneo francés. El Derecho del Midi recibía el nombre genérico de Droit écrit. (Oscar E. Ochoa, Derecho Civl I, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 2006, pp. 138-139). 533 Antigua moneda francesa, procedente del solidus romano, que designaba la moneda de 5 céntimos de libra. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 131 del Midi , estaba extendi do por todo el reino, pero no en todas partes estaba some - tido a las mismas ley es, pues, co mo ya se ha dicho, mientras que en el Norte pr e- valecía la costumbre, en el Sur se aplicab a el Derecho Romano. La apelación fue utilizada por la corona como arma para intervenir en los asuntos entre los señores y sus vasallos poniendo de manifiesto su superio rid ad. Los asuntos relacionados con la Iglesia o con la religión eran competencia exclusiva de la Iglesia la cual contaba con sus propios tribunales y con un Derecho propio, el Canónico, con una rama específica para las causas penales, el Derecho Inquisitorial, qu e será expuesto en otro epí grafe 534 . 2.2.12.1 La Primera Instancia. Aunque en la Edad Media no hab ía reglas absolutas, vamos a hacer refere n- cia a los prin cipios generales, pero con la advertencia de qu e había numerosas ex - cepciones. La competencia en primera instancia p ertenecía casi exclusiva mente a los concejales municipales o bien a los tribu nales de p rud’hommes presididos por el preboste. En las grandes villas y ciudades la competencia er a ejerci da por el bailío que generalmente nombraba un magistrado que actuaba en su nombre. En las pr o- vincias meridionales, do nde el Derecho estaba más avanzado debido a la influe n- cia del Derecho Romano, hab ía jueces, no mbrados po r la corona o po r los señores, que ejercían su jurisdicción en circunscripciones denominadas juzgados o judic a- turas. A partir de la compilación jurídica, conocida co mo Ét ablissements 535 , gen e- ralmente atribuida a san Luis, en el siglo trece, se estableció el juicio mediante j u- rado en toda Francia como no rma general, sobre to do en asun tos crim inales, si bien las provincias del Nort e (Picardía, Flandes y Ar tois) se mostraban reacias y poco a poco se abandonó en asuntos civi les de bido principalmente al desconoc i- miento que del Derecho tenía la gente co mún 536 . 2.2.12.2 La Segunda Instancia. Los bailíos y los senescales tuvieron atribuido a la vez el conocimiento de cau sas en primera y en segu nda instancia. Tenían qu e celebrar ju icio cada do s m e- ses en las principales localidades de su circunscripción , siempre y cuando no est u- vieran bajo el dominio de a badías o señoríos, salvo que la costu mbre local indi cara lo contrario. Al fin al de las sesiones cel ebradas en una localidad tenían qu e indicar la fecha de la siguiente sesi ón. Juzgaban asistidos de jueces inferior es. Las causas en las que estaba involucrado el dominio r eal eran instruidas por 534 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 179-182. 535 Conjunto o código de ley es basados en una ordenanza de Luis IX, el reglamento de procedimiento ante el preboste de París y la costumbre de diversas regiones (Anj ou, Maine, Orleans,…). 536 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 180-186. Capítulo 2: El proceso y la disolución. 132 procuradores del rey bajo la supervisión de jueces reales. Mientras qu e en los bailiazgos del Norte los bailí os ad ministraban la ju sticia personalmente, los senesca les del Sur contaban con jueces adju ntos nombra d os por el gobierno central pero se reservaban el con ocimiento de las apela ciones pr ese n- tadas ante ellos. En algunas ciudades, co mo Tolosa, llegó a existir un tribunal, llamado corte de apelaciones, que resolv ía las apelaciones de p rimer grado 537 . 2.2.12.3 El parlamento: la tercera Instancia. El parlamento funcionaba co mo tribunal de apelación y de casación civil y criminal para lo s asuntos que con cernían al tercer e stado y además co mo tribunal de única instancia par a las caus as en las qu e estaban i mplicad os l os miembros de la alta nobleza y gente con fuero perso nal. El parlamento administraba ju sticia por delegación del monarca por lo que dictaba las sentencias en nombre del rey del momento. Al repre sentar al rey al más alto nivel, en cuanto a sus prerro gativas judiciales, su jurisdicción se ex tendía a la totalidad del reino. Era un trib unal sob erano, po r lo que sus decisio nes eran inap e- lables. El rey podía presidir este tribunal, modificar sus senten cias, interrumpir un procedimiento o llevar un caso ante su con sejo. A solicitud de un litigante, presen - tada por uno de lo s procuradores, podía anular ( cass er = romper) el dicta men b a- sado en error y enviar el caso ante el tri bunal para que éste volviera a diri mir. El parlamento resolv ía las apelaciones de las jurisdicciones reales de menor rango ( bailliages, prévôtés ) y d e los órganos judiciales. En la or denanza de 13 03 para la reforma del reino se estableció la sede del parlamento en París y se prescribieron dos sesiones parlamentarias al año, siendo su duración variable entre tres y cuatro meses. La fecha exacta del co mienzo de la s sesiones se comunicaba a la finalización de la sesión anterior y los días señala dos para cada villa eran comunicado s po r los bailíos a los habi tantes con tiempo suf i- ciente para evitar que tuvieran largas esperas. El período de sesiones er a fijado en función de los casos previstos para cada circunscrip ción, no permitiéndose la comparecencia de nadie fuera de lo s días señalados para cada de marcación. Cada año los miembros d el parlamento eran designados por el rey y eran los únicos que po dían tomar partes en las deliberaciones. El parla mento estaba di - vidido en varias cámaras y cada una contaba con un número suficiente de notarios, nombrados po r el cancille r o por el guardiá n del sello real, para levantar las a ctas de los ju icios. Las resolu ciones se adoptaban por mayoría de los miem bros asiste n- tes. La cámara de litigios, que luego se llamó la gr an cámara, era el corazón del parlamento. J uzgaba las apelaciones contra resol uciones de las ju risdicciones in f e- riores en los procesos que afectaban a los pares, a los miembros d e la casa real, a los parla mentarios y los crí menes de lesa majestad. Estaba integrada por más de 537 Edgard Boutaric, La France sous Philippe le Bel , pp. 186-192. [Document text truncated for crawler view.]