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La tecnología como innovación: pros y contras

Caerols Pérez, José Joaquín

Abstract

La exposición se articula en torno a la idea de que el uso de la informática y de internet en los estudios del ámbito de la Filología Clásico, en particular en sus usos docentes, si bien está deparando considerables mejoras, entraña también serios riesgos que deben ser tomados en consideración. 2. No se busca en modo alguno desalentar del empleo de tales herramientas, sino procurar una información que permita obtener de ellas u beneficio digno de tal nombre. En efecto, el discuso habitual –y, desde luego, el oficial– es positivo sin más, es decir, sin el menor asomo de crítica o prevención. Ésta, sin embargo, es una visión que no se corresponde con la realidad. Se hace preciso, pues, tener identificados y adecuadamente valorados los problemas (contras), tanto o más que las ventajas y mejoras reales que deparan la informática e internet (pros), y, no menos importante, disponer de un conocimiento preciso de la forma en que éstas deben ser utilizadas para evitar los primeros y alcanzar las segundas. 3. El punto de partida es la valoración de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC): éstas no son más que un instrumento –caracterizado por su potencial multiplicador, en todos los sentidos–, y en modo alguno se les puede reconocer, como suele leerse, la condición de elemento director o condicionador del proceso de generación y transmisión del conocimiento. Esta afirmación se hace en contradicción –consciente– con el muy anunciado cambio del paradigma cultural y educativo, y en franca confrontación con las preocupantes señales de degradación del conocimiento que se observan tanto en la calle como en las aulas.

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La tecnología como innovación: pros y contras Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Málaga) Septiembre 2015 1. La exposición se articula en torno a la idea de que el uso de la informática y de internet en los estudios del ámbito de la Filología Clásico, en particular en sus usos docentes, si bien está deparando considerables mejoras, entraña también serios riesgos que deben ser tomados en consideración. 2. No se busca en modo alguno desalentar del empleo de tales herramientas, sino procurar una información que permita obtener de ellas u beneficio digno de tal nombre. En efecto, el discuso habitual –y, desde luego, el oficial– es positivo sin más, es decir, sin el menor asomo de crítica o prevención. Ésta, sin embargo, es una visión que no se corresponde con la realidad. Se hace preciso, pues, tener identificados y adecuadamente valorados los problemas (contras), tanto o más que las ventajas y mejoras reales que deparan la informática e internet (pros), y, no menos importante, disponer de un conocimiento preciso de la forma en que éstas deben ser utilizadas para evitar los primeros y alcanzar las segundas. 3. El punto de partida es la valoración de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC): éstas no son más que un instrumento –caracterizado por su potencial multiplicador, en todos los sentidos–, y en modo alguno se les puede reconocer, como suele leerse, la condición de elemento director o condicionador del proceso de generación y transmisión del conocimiento. Esta afirmación se hace en contradicción –consciente– con el muy anunciado cambio del paradigma cultural y educativo, y en franca confrontación con las preocupantes señales de degradación del conocimiento que se observan tanto en la calle como en las aulas. 4. Esta cautela puede contrastar, asimismo, con planteamientos extendidos en nuestra disciplina, ya sea entre el profesorado (en particular, en el ámbito de la enseñanza secundaria), ya sea en la bibliografía especializada, coincidentes, en términos generales, en la idea de que la presencia de los nuevos medios en los distintos campos de la Filología Clásica es una realidad inevitable que entraña, como consecuencia igualmente obligada, sustanciales beneficios, sin el menor asomo de duda o reticencia acerca de los costes y, puntualmente, las posibles pérdidas y retrocesos que semejante cambio acarrea. Esta forma de enfocar el asunto contrasta con el debate existente en otras áreas de conocimiento, donde se está articulando un discurso muy matizado, con abundancia de datos y reflexiones, acerca de las consecuencias de la implantación de las nuevas herramientas, pero es coherente, en cambio, con la opinio vulgaris de una parte muy sustancial de la población (tanto nacional como mundial), cuyo decreciente nivel de formación y conocimientos va parejo a una fascinación y subordinación crecientes ante la máquina informática e internet. Así, en la actualidad, cualquier cuestionamiento de estas herramientas y, por volver a nuestro ámbito, de su papel en la transmisión de conocimiento se considera propio de outsiders y excéntricos. 5. Dos ejemplos recientes sirven para fundamentar el llamamiento a adoptar un sano distanciamiento en cuanto a la valoración de las TICs. El primero de ellos se encuentra en un artículo publicado en el número 151 de la Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, con el título “¿Qué ofrecen los MOOCs”: su autora, Didina González, reconoce que a pesar de las enormes expectativas suscitadas en el mundo universtario por los “cursos en línea abiertos y masivos” –al punto de anunciar con ellos una revolución destinada a acabar con “los modelos de educación establecidos”– y del frenesí con que se han lanzado a su producción universidades y centros de educación superior en todo el mundo, desde 2013, apenas dos años después de su aparición, han empezado a manifestarse serios problemas que cuestionan tanto el concepto como su continuidad (importantes tasas de abandono, dudas sobre la fiabilidad de las evaluaciones, cuestonamiento de la validez de estos cursos para alumnos de todo tipo, dificultades para encontrar un modelo de negocio sostenible por su coste de producción, evidencias de que no son los programas de educación popular y universal que pretendían ser...). El segundo caso se encuentra en la reciente publicación de un informe de la O.C.D.E. sobre calidad docente e implantación de las TIC en las escuelas (la noticia se encuentra, por citar un medio, en la edición El País del 15 de septiembre) presenta un panorama inesperado para muchos, que sin embargo no ha suscitado demasiado debate público, quizá porque hay un interés en que no lo haya. El informe cuestión que el uso de estas herramientas en el colegio suponga ventaja alguna, ante bien, puede resultar incluso perjudicial a falta de criterios y planificación previos, tal y como lo demuestra el caso de España, con una alta tasa de implantacion de TIC en las aulas y, en cambio, escasos resultados en cuanto al nivel de competencia informática de los alumnos. De ahí la recomendación de que se modere el uso del ordenador y, sobre todo, se preste atención a las enseñanzas fundamentales, muy por delante de las auxiliares que ahora es habitual situar en el centro del proceso de formación. 6. ¿Qué ventajas aportan las TIC frente a las herramientas tradicionalmente utilizadas en los procesos de transmisión del conocimiento? Para empezar, internet disfruta de dos capacidades que la convierten en el más formidable modo de comunicación de que se ha dotado la humanidad en toda su historia: velocidad y cantidad. A través de esta red, en efecto, es posible transmistir en segundos volúmenes ingentes de datos. Otras dos cualidades que han contribuido a forjar su prestigio son su ubicuidad geográfica y temporal: exento de limitaciones espaciales o temporales, internet puede ofrecer información en cualquier punto de la tierra y a cualquier hora. A éstas aún cabe añadir una quinta no menos relevante: la capacidad de ofrecer de forma simultánea y entrelazada diversos formatos de información, como texto escrito, sonido, imagen y vídeo. Son estos aspectos los que deberían hacer de las TIC y, en especial, de internet un formidable instrumento de producción y transmisión del conocimiento, que es justamente el propósito de todo proceso educativo. 7. Junto a ellas, pero un segundo nivel, se pueden encontrar otras capacidades con un enorme atractivo para el docente. Así, las TIC son capaces de combinar características distantes como la adaptatibilidad (los contenidos se pueden modificar permanentemente) y la exactitud (los contenidos, una vez introducidos, son siempre los mismos) y, vinculada a ésta, la facilidad para la repetición ad nauseam. Así consideradas, las TIC pueden resultar un auxiliar extremadamente capaz en manos de un docente con competencia tecnológica y criterio para utilizarla. 8. Sin embargo, estas luces esplendentes también arrojan sombras. Algunas de ellas preocupantes. Ese quintento inicial (velocidad, cantidad, ubicuidad geográfica y temporal, variedad) está produciendo efectos contradictorios que afectan gravemente al proceso de generación y transmisión del conocimiento. En efecto, nos encontramos con el advenimiento de un cambio drástico en el sistema de valoración del conocimiento que se difunde con estas herramientas: importa más la cantidad que la calidad de los datos, se concede mayor credibilidad a lo inmediato y lo fácil que a aquello cuyo acceso requiere un tiempo superior a un puñado de segundos o cuya lectura exige pasear la vista por un número de líneas superior a diez o quince, la aceptación de una información no se encuentra ligada a su permanencia en el tiempo, sino todo lo contrario, a su carácter efímero, a su velocidad de cambio, a su capacidad para renovarse de modo constante y acelerado, la imagen y el video se consideran el único paradigma aceptable de transmisión de la comunicación. Pudiera pensarse que hay aquí un punto de exageración. Quizá lo haya, pero la triste realidad es que este tipo de transformación se está deslizando tan silenciosa como rápida en los hábitos de comunicación del común de la población, y muy especialmente entre los jóvenes, el sector más expuesto por su falta de formación y por su hábito en el uso y manejo de las máquinas. Cabe hablar, en este sentido, de un problema que en la mayor parte de los centros de enseñanza está obligando a adoptar medidas: el síndrome del alumno hiperconectado, necesitado de mantener un diálogo constante e intrascendente con una plétora de destinatarios, “enganchado” a su móvil (ayer a su ordenador). Son los mismos alumnos que, sin embargo, muestran una sorprendente torpeza en el uso de esas mismas herramientas a la hora de ejecutar tareas básicas de localización, valoración, selección y utilización de información; los mismos, paradójicamente, que exhiben con notable desenfado la falsa seguridad de saberlo todo por el mero hecho de tener acceso a la corriente de información que circula por internet con unas cuantas pulsaciones de ratón. Son ellos los que en nuestras aulas se desesperan cuando se les somete a la tortura de hacer una lectura en profundidad de un texto de extensión media, los mismos que son incapaces de analizarlo, de desentrañar su sentido y su armazón conceptual, los que no saben cómo extraer de él información relevante y, en su lugar, se entregan a la triste práctica del plagio, confundidos por la misma facilidad que por doquier les ofrece internet como regalo envenenado. Son ellos los que se atoran cuando se les pide que elaboren una argumentación mínimamente construida, los que no pueden, en fin, componer textos que vayan más allá del centenar escaso de caracteres de un “tuit”... 9. Lo anterior se dice con carácter general. La situación no mejora cuando nos acercamos a nuestra disciplina. Como es sabido, la aproximación filológica al conocimiento se caracteriza por una forma de trabajar meticulosa, detenida, siempre a la busca de niveles más y más profundos... exactamente en las antípodas de la fácil superficialidad que define el viaje de la información por internet. ¿Cómo enseñar y adiestrar a nuestros alumnos en un hábito de trabajo que resulta ser lo contrario de eso que les tiene frenéticamente aferrados, sin pausa alguna, a sus terminales? 10. Concluyamos este recorrido a vuelapluma señalando uno de los más graves, y desatendidos, problemas a que se enfrenta nuestra forma de entender el conocimiento. Internet está produciendo en el mundo académico, al menos en el de los saberes humanísticos, un cambio parangonable al que más arriba se señalaba a propósito de la valoración del conocimiento. En efecto, se observa una aceptación creciente de la tendencia a nivelar e indiferenciar la información que circula por esta red. En buena medida, siguiendo el dictado seductor de esas capacidades que explican su éxito arrollador: la cantidad, la variedad de formatos, la facilidad de acceso están deviniendo los criterios de valoración y selección de la información que se considera relevante también en el medio académico. Un cambio que a muchos les parece adecuado y conveniente: esta falsa horizontalidad democrática ha granjeado a internet el reconocimiento entusiasta de ciertos sectores de la intelligentsia occidental. Pero, en la mayoría de los casos, los motivos no son ideológicos, sino simplemente prácticos. Así, un número siempre en aumento de profesores, sea de la enseñanza secundaria o de la superior, aceptan complacidos la validez de los resultados que ofrece un selector de información tan sesgado y poco fiable como Google . O dan por buenos los datos que se encuentran en un amontonador que, sacado del entorno electrónico en que pulula y prospera, no resistiría el más leve examen de fiabilidad: me refiero, naturalmente, a eso que llaman Wikipedia, cuya legitimidad académica reside, no en la calidad científica de quienes firman y se responsabilizan de sus materiales, sino en el consenso de una masa indiscriminada de personas guiadas por los más variados intereses, orientaciones y niveles de formación. Podrían multiplicarse los ejemplos, todos ellos ilustrativos de una triste realidad: la inexistencia en internet de criterios adecuados para valorar y jerarquizar la información académica, lo que está conduciendo a una degradación de esta relevante parcela del conocimiento. Todo ello, otra vez, se encuentra en las antípodas de la forma de trabajar en nuestras disciplinas, anclada en la idea de que hay grados en la calidad de la información, de que es preciso que existan autoridades que establezcan esos grados, autoridades que gozan del respeto, acreditado por una trayectoria previa, de la comunidad académica, y, en fin, de que no cabe progreso en el conocimiento que no se asiente en la crítica permanente de lo anterior, por muy asentado que parezca. ¿Qué hay de todo eso en internet? Nada. 11. En su obra Los bárbaros, publicada en Italia en 2006 y en nuestro país en 2009, Alessandro Baricco da la voz de alarma ante la mutación que a su juicio se está produciendo a raíz de la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación: Si tuviera que resumirlo [sc. el asunto de la mutación] diría lo siguiente: todo el mundo percibe, en el ambiente, un incomprensible apocalipsis inminente; y, por todas partes, esta voz que corre: los bárbaros están llegando. Veo mentes refinadas escrutar la llegada de la invasión con los ojos clavados en el horizonte de la televisión. Profesores competentes, desde sus cátedras, miden en los silencios de sus alumnos las ruinas que ha dejado a su paso una horda a la que, de hecho, nadie ha logrado, sin embargo, ver. Y alrededor de lo que se escribe o se imagina aletea la mirada perdida de exégetas que, apesadumbrados, hablan de una tierra saqueada por depredadores sin cultura y sin historia (Baricco 2009, p.12). Sin llegar a este extremo, un tanto lúgubre y fatalista, esta exposición ha intentado poner de manifiesto las luces y las sombras que acompañan la llegada de estas nuevas tecnologías y su implantación en el proceso de difusión del conocimiento, en el convencimiento de que sólo una percepción precisa y aquilatada de los pros y los contras permitirá que aquéllas trabajen realmente en nuestro beneficio, en lugar de convertirnos, sin darnos cuenta, en sus apéndices, supeditando a su dictado nuestro saber y nuestra capacidad de saber, en una nueva versión –blanda, pero no menos destructiva– del conocido lema goyesco “el sueño de la razón produce monstruos”. José J. Caerols Universidad Complutense