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Nenikékamen

Navarro-Martínez, Felipe Ramón

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54 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura ESTOY HABLANDO DE UN TRAMO DE CARRETERA LOCAL DE UNOS 23 kilómetros que une dos pequeñas poblaciones, con prácticamente ni un metro llano. El cordón de asfalto, un cordón muy gastado y deshilachado salvo reparaciones puntuales que simulan oscuras nubes desplomadas, sólo sube o sólo baja; un cordón que ata colinas y altozanos, promontorios, hondonadas, arroyos secos que cada mucho se atorrentan. Un cordón que apenas te sujeta al terreno si no eres un vehículo, si caminas por él, debido a la ausencia de arcenes practicables. O si corres. Siguiendo las instrucciones de las ordenanzas de tráfico, yendo a pie, desplazándote a pie, debieras enfrentar al tráfico desde tu izquierda, esto es: una ordenanza establece el punto de vista inicial, el sentido de la marcha; la perspectiva del hombre. En mitad del páramo, en mitad del terreno más inhóspito, siempre brota un reglamento. Estoy hablando de un tramo de carretera local que sólo puede ser adjetivado, desde el punto de vista de un conductor, como de tramo de mierda. Uno circula, se come un bache tras otro, el alquitrán se deshace bajo los neumáticos, diluido en grasa sucia y agua sucia y tierra, cae de repente el peralte. El agujero que ayer no estaba lo está hoy, chirría entonces cualquier esquina inesperada de la carrocería, y el conductor siempre sorprendido sólo alcanza a exclamar entre grieta y resalte, Vaya mierda de carretera. El arreglo, el pasado, el presente, el futuro, claro está, depende del dictado de alguna norma que no se dicta, o que ha sido dictada de modo insuficiente o a destiempo: esencialmente la calificación de la norma, de cualquier norma, sería a destiempo. El tiempo del hombre regido por la norma es un tiempo a destiempo. Vestidos con ropa deportiva, un grupo de hombres corre por la carretera de mierda. Hace unos años, preparando un maratón, uno de ellos tuvo la ocurrencia de hacerlo para llegar a la casa de unos familiares. Pensó que no era mala idea aprovechar el viaje para probar un entrenamiento exigente; pidió que su familia lo dejase al principio del tramo para correr Nenikékamen Felipe R. Navarro Abogado y escritor. 54 55 Número 19 Enero 2016 desde ahí hasta el lugar en el que todos se reunirían. Durante dos horas subió y bajó mientras los escasos coches lo esquivaban y él sudaba y contemplaba los cambios de color del terreno y del cielo, el estado de los cultivos, los animales rebuscando entre la rala hierba de los campos de olivos. Un tiempo sin testigo y aislado, sin cobertura de teléfono por la compleja e improductiva orografía. Es de suponer que antes de la carretera de mierda el trazado correspondía quizás a un camino de mierda, hecho de pasos reiterados y lleno de roderas secas. O quizás no, quizás el antiguo camino circulaba por espacios distintos, atravesaba de modo diferente las colinas por su pendiente más larga y suave, permitía una distinta perspectiva de los paisajes; ahora abandonado, la naturaleza habrá recuperado el espacio y lo habrá llenado progresivamente de malezas; de olvido. El tiempo del hombre genera la ilusión de conquista de un espacio. Después de aquel entrenamiento, duro, exigente, ideal para afinar las piernas frente a la exigencia de un maratón, el hombre lo comenta con otros compañeros. Ante el buen resultado de aquella carrera, para preparar la siguiente decide repetirlo, y alguien más decide acompañarlo. Y luego otros. No necesitan ser amigos, ni conocerse mucho de antes. Uno sólo conoce a otro que, y que también: el origen de una comunidad es un empeño común. Un empeño solitario realizado junto a otros. Los hombres corren junto a la gastada línea de pintura, van uno detrás de otro pues no hay espacio para otra cosa. No charlan, salvo alguna palabra aislada, algún ánimo, alguna queja, alguna broma. No pueden ser localizados, no van a poder ser controlados o vigilados, durante un lapso de espacio y de tiempo, y ello en un tiempo, una época, de ultra control, de monitorización y localización continua. Un tiempo tomado por el análisis, un análisis permitido por la sobreabundancia de datos sin relato; el número de relatos posibles, sin embargo, no ha aumentado, ni tampoco su tipo. Su variedad permanece inalterada. El hombre se desplaza para la conquista o el mensaje, en el caso de que ambos sustantivos no pertenezcan al mismo campo semántico. La polisemia genera poéticas: también para el sustantivo tiempo. El hombre pretende conquistar el espacio y prolongar esa conquista en el tiempo, y genera el relato, la narración, de ese intento. La conquista adquiere sentido con la transmisión del mensaje, del relato que la cuenta, que la anuncia. Por la ondulante llanura que une Atenas con Maratón un hombre corre. Es un guerrero, un mensajero: ambos sustantivos pertenecen al mismo campo semántico. Corre para contar, y esa carrera, ese habitar el espacio durante el mínimo tiempo posible –contar a tiempo– supone conquistar ese espacio. El gran relato reclama su repetición: es asimilable a un sendero formado por la reiteración de pisadas que impiden el crecimiento de la hierba. Llegado un tiempo, como anuncia Borges, no será el hecho sino su relato, el mensaje, lo «Estoy hablando de un tramo de carretera local que sólo puede ser adjetivado, desde el punto de vista de un conductor, como de tramo de mierda.» 56 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura que se recuerde y repita: narrar. Contar convierte a hecho y relato en eventuales sinónimos. La conquista, la ocupación, la habitación, son enumeraciones, son enumerables. Las enumeraciones generan mitos, construyen metáforas. Las metáforas sobre acontecimientos físicos o hazañas deportivas son lugares comunes, son topoi. El topos, el lugar común, es una construcción espacio-temporal exigida de una primera conquista física, de una ocupación o habitación primeras, seguida de un mensaje en relato: su construcción depende de su sugestión, de su utilidad poética, de su capacidad metafórica y mítica, y ello hasta el límite de la banalización o dilución de su inicial sentido. La hermosura de la apertura de un camino, de lo que será un camino, caminarlo por vez primera, de hollar por vez primera un paisaje y apropiarnos de una inédita perspectiva, acaba finalmente emparedada tras un agrietado reglamento que pretende gobernar sin posibilidad de reflexión, esto es, doblegar, el espacio y el tiempo que pretenden narrar. El asfalto es la evidencia física de la mutación del camino en topos. El asfalto reglamenta la narración del viaje, da por supuesto, aniquilándolo, el sentido del viaje. El lugar común, el topos, fue antaño un espacio físico y temporal ahora abandonado. Su relato ha renunciado a la transmisión de mensaje, a su poética, a su capacidad mítica. Es el tiempo del ultracontrol. Los grandes viajes y los grandes viajeros sólo son ya narraciones más o menos legendarias. Es la sociedad de la ultraconexión, de la vigilancia permanente, de la libertad panóptica. La sociedad ultracomunicada del silencio en red. El tiempo de banalización de los mensajes –y por tanto de las hazañas narradas por estos– se ha acortado hasta hacerse casi imperceptible. La sustitución del hecho por su inmediata narración elimina la fisicidad y elimina el contacto entre transmisores y receptores y produce una permanente falsificación de la experiencia. El cansancio de la conquista espacio-temporal no es ahora un cansancio físico, el habitar no es un hollar de modo continuo, sino su recreación digital. La construcción del topos prescinde –pretende prescindir o se multiplica la idea de que sea posible prescindir–, ya, del directo conocimiento contemplativo, en beneficio de una virtual rapidez nerviosa, histérica, sin objetivo. Todo ello hace desaparecer el aspecto físico del programa utópico. Por ello, la imagen de un grupo de hombres corriendo casi en sielncio y en fila por una carretera, un espacio reservado a las máquinas, hombres aislados del ruido digital, conectados físicamente al paisaje por su propia mirada y conectados físicamente entre sí, solidarios, por compartir el mismo el mismo objetivo, una comunidad de sentido, deviene metáfora, acontecimiento «La sustitución del hecho por su inmediata narración elimina la fisicidad y elimina el contacto entre transmisores y receptores y produce una permanente falsificación de la experiencia.» 56 57 Número 19 Enero 2016 extraordinario. Hasta las utopias sociales venían tradicionalmente a exigir una transformación del espacio físico, que la virtualización, la comunidad en red, la hiperconectividad y el ultra control –generados desde la consciencia de, y el miedo a, una incertidumbre y volatilidad extremas–, aspiran ahora abolir. Se sustituye la experiencia sensorial directa por su recreación en laboratorio: todo como si. La conformación del nuevo paradigma utópico del ultracontrol no es un proyecto explícito, y sin serlo va hollando los caminos antiguos y asfaltándolos mediante la hiper normativización. Cada Me gusta es una aceptación de condiciones de un nuevo contrato social sin objeto declarado. La sociedad digital viene a conformar la primera utopía con ausencia del hombre, el hombre es el obstáculo a su establecimiento porque genera riesgos. Aumentar la predictibilidad de su comportamiento, normativizarlo hasta lo extenuante, mejora el control con bajo riesgo de revuelta y permite su transformación en cliente. Las grandes exploraciones humanas ya han sido acometidas, esto es, el esfuerzo individual frente al, contra el, medio físico, y su narración. Ahora la proeza, que antaño parecía surgir de una necesidad que se oculta ahora tras capas de etiquetado, sólo se financia si puede ser narrada para su posterior venta. Convencido por la técnica de que las experiencias extremas de autoconocimiento se extinguen, el hombre es orientado hacia la tecnofilia, que no es sino otra nueva manifestación del ultracontrol. El comportamiento de la máquina mejora con la sobreabundancia de datos que le permitan un permanente análisis predictivo. El miedo a la máquina, sí, también forma parte de los topoi, pero por vez primera abandona el terreno de lo distópico, de lo fantástico, para presentarse corpóreo –una ironía mientras lo digital busca prescindir al máximo de lo corporal– ante nosotros. Frente a ello situemos el grupo de hombres tomando una carretera local en mal estado para entrenar una carrera que recrea y conmemora la entrega de un mensaje; el aislamiento y esfuerzo físico que implican la transmisión de un mensaje, la construcción de un sentido real para la extenuación del hombre. Ello es un episodio tan resistente al análisis de la máquina como, por ejemplo, un hombre aislado en una cabaña entregado a la reflexión y el caminar –ambas actividades pertenecen al mismo campo semántico–. Cuando todo ha sido hecho y banalizado y vendido, sometido a producción masiva, pero las historias a narrar no han aumentado, sólo restaría como posibilidad utópica la reconquista de los espacios habituales, la perspectiva de una nueva mirada física sobre ellos, la reconstrucción del mensaje que los cuenta, el nuevo llenado de sentido, las nuevas poéticas: la re-narración de los topoi.–