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La utopía del hombre feminista

Benítez Palma, Enrique

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44 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura HAN PASADO QUINCE AÑOS DESDE LA histórica Cumbre de Pekín y sin duda se han producido avances significativos en cuanto a la igualdad de las mujeres. La visibilidad de las cuestiones de género ocupa importantes espacios de la agenda pública, política y mediática. Los grandes organismos internacionales cuentan con divisiones específicas destinadas a la consecución de los objetivos de igualdad entre hombres y mujeres. Cada vez más mujeres llegan a la cima en grandes y pequeñas empresas, en gobiernos locales, regionales y nacionales. Es importante que para nadie sea ya un secreto que existe la desigualdad, que tiene causas culturales y políticas, y que corresponde a todos la responsabilidad de luchar contra ella. Y sin embargo, se discuten aún muchos de los postulados que se ponen encima de la mesa. Sobre todo en España, un país que ha hecho de la agresividad su particular signo de distinción. Cuando todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para diseñar políticas encaminadas a la disminución de la brecha de género. Cuando sabemos que los países más avanzados del mundo, aquellos a los que nos queremos parecer, son países que han dado protagonismo social, político, económico y cultural a sus mujeres en pie de igualdad con los hombres –¡sí, señoras y señores, utilizando las cuotas!–. Cuando somos cada vez más conscientes de la barbaridad que supone menospreciar la capacidad de trabajo y el potencial de nuestras madres, compañeras, amigas e hijas. Cuando todo esto ocurre, el debate en torno a estas cuestiones básicas se convierte en las redes sociales y otros espacios públicos en una batalla sin cuartel, donde lo obvio se interpreta como un ataque interesado a una situación maravillosa que no requiere ni de cambios, ni de impulsos. ¿Para qué? Veamos la parte económica del asunto. Las mujeres son hoy prácticamente la mitad de la fuerza laboral de los países occidentales y de las democracias avanzadas. Sin embargo, la desigualdad es patente. Existe la brecha salarial, que hace que las mujeres perciban un salario menor que el de los hombres que desempeñan tareas y funciones similares. Las mujeres –sobre todo las jóvenes– están aprovechando la educación con más talento que los varones, sacando mejores notas, desarrollando mejores expedien - tes y aprobando con más frecuencia las oposiciones más difíciles. La persistencia del techo de cristal para el ascenso de la mujer en la carrera profesional es un hecho innegable. La maternidad sigue siendo una penalización brutal a las legítimas ambiciones personales de nuestras compañeras, hermanas o hijas. El reparto de tareas y responsabilidades La utopía del hombre feminista Enrique Benítez Palma Economista y crítico literario. 44 45 Número 19 Enero 2016 en demasiados hogares (también entre los jóvenes) perpetúa las diferencias de género y los roles tradicionales. Para la mujer, es más difícil y complicado llegar a los puestos de toma de decisiones. Y cuando se diseñan políticas públicas a favor de la maternidad y de la paternidad, o de la natalidad en general, se cuestionan y se atacan, sin más argumentos que la supuesta procedencia feminista de sus defensores y defensoras. Pasemos al sagrado mundo de la cultura. Hay que conocer la historia de nuestra Real Academia de la Lengua Española para saber cuánto tardaron las mujeres en formar parte de tan loable y esplendorosa institución. Han tenido que pasar noventa años para que conozcamos a Las sinsombrero, las mujeres heroicas de la generación del 27. Un conocido editor plantea sin inmutarse que la poesía escrita por mujeres es más bien de segunda categoría, dada la evidente superioridad poética masculina y singular. Un editor es entrevistado y le preguntan por qué tiene a mujeres escritoras en su catálogo (¡en serio!). Cada premio literario concedido o ganado por una mujer es criticado y hundido por la sospecha de obedecer a una cuota, y no a la calidad literaria de su protagonista. Los sanedrines literarios y culturales siguen dominados por los hombres. Y pese a todo, las mujeres leen más, escriben cada vez más y mejor, y el panorama literario se llena de novedades escritas por mujeres y que todos los hombres sensatos desearían no sólo leer, sino incluso haber firmado. Y si nos detenemos en los aspectos sociales de la desigualdad, los datos y las evidencias son ya arrolladores. La dependencia resultó ser –¡qué sorpresa!– una dedicación casi exclusivamente femenina. Su desmantelamiento ha causado graves daños a millones de mujeres que permanecían unidas a sus maridos o hijos enfermos, gratis, sin costarnos nada al Estado, o sea, a todos y cada uno de nosotros. Entre los jóvenes brotan de nuevo impulsos primarios porque el avance de la mujer es imparable, su independencia corre, su criterio vuela, su carácter puede crecer por fin ajeno a dominaciones pretéritas y arcaicas. Y por supuesto está la violencia de género, mucho más que una lacra, una epidemia social cuyo vértice conocido son los asesinatos machistas, pero que también supone tener miedo; o aceptar la humillación insolente del tipo al que has dejado; o ese reproche inquietante; o esa oscura sensación de soledad cuando caminas a solas por la noche por una calle desierta; o la angustia de no poder decir no cuando quieres hacerlo; o someterte a una mirada más que cálida de un superior jerárquico; o aguantar presuntos piropos que son frases sucias; o creer que vales menos que tu pareja y actuar como si así fuera porque en casa el sueldo más importante es el masculino; o renunciar a una vida laboral cuando llegan los hijos; o tener lista la casa y la comida y disponer el responso del guerrero. Las manifestaciones de la desigualdad de género nos rodean y apabullan. Y sin embargo, insisto, se cuestionan, se discuten, se critican las medidas y los planteamientos dedicados a conseguir una sociedad más justa y con más equidad y menos miedo. ¿Quién tiene miedo al cambio? El paraíso, si existe, no es el mundo desigual en que vivimos. En este sentido, hay diversas propuestas que quizás podrían contribuir a sosegar un debate necesario. Y también a conciliar una visión mucho más objetiva e imparcial de las cuestiones de género. La primera tiene que ver con el conocimiento. La segunda, con la empatía. Para saber de lo que se está hablando, hay que estudiar primero. No se sabe «La lectura del devenir, la memoria del futuro, tiene un mucho de juicio sobre el presente elaborado en clave de profecía de salvación o condena.» 46 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura de género por ser mujer, sin más, ni es uno un ignorante en la materia por ser un hombre. Basta con tener ganas de aprender y cierta curiosidad personal e intelectual. No se puede ver el género como una abstracción, y mucho menos como una invención. Las diferencias existen, y todos los informes internacionales ya incluyen la evaluación específica de la igualdad entre hombres y mujeres y de sus avances. A quienes siguen negando la mayor (y muy especialmente a las mujeres que se siguen viendo al margen de todo esto), les recomiendo la lectura atenta de Caitlin Moran y su divertido libro Cómo ser mujer: Necesitamos recuperar urgentemente la palabra ‘feminismo’. Cuando las estadísticas señalan que sólo un veintinueve por ciento de las mujeres norteamericanas se describían a sí mismas como feministas, y sólo un cuarenta y dos por ciento de las británicas, yo solía pensar: ¿Qué creéis que ES el feminismo, señoras? ¿Qué aspecto de la ‘liberación de la mujer’ no va con vosotras? ¿Es el derecho al voto? ¿El derecho a no ser una propiedad del hombre con que te casas? ¿La campaña por la igualdad de salarios? ¿El Vogue de Madonna? ¿Los vaqueros? ¿Todo esto tan cojonudo TE PONE DE LOS NERVIOS? ¿O Sólo ESTABAS BORRACHA EL DÍA QUE TE HICIERON LA ENCUESTA? De la misma manera que nos lanzamos a internet, a las librerías y a los quioscos de prensa a leer vorazmente cualquier cosa que nos permita comprender la crisis política, la guerra de Siria, los problemas de Venezuela, los avances científicos, cómo usar las nuevas tecnologías y un sinfín de cuestiones similares, defiendo y propongo la necesidad de poseer un conocimiento relativamente sólido sobre feminismo y género, seamos hombres o mujeres, y basado en fuentes expertas. La desigualdad existe, y conviene acercarse a este planteamiento desde la objetividad necesaria, desprovistos de prejuicios, y con la sana y amable intención de aprender de quienes saben. Exactamente igual que hacemos con otros temas que nos interesan. Al fin y al cabo es algo que está presente en nuestra vida cotidiana, y que interviene en nuestras relaciones de pareja, en la educación de nuestras hijas, en el desarrollo personal y profesional de nuestras amigas, en la vida quizás última de nuestras madres. Tantas cosas importantes deberían hacernos pensar sobre la necesidad de saber un poco más del tema, creo yo. La segunda proposición tiene que ver con la empatía. Ana Llurba publicaba hace unas semanas un interesante artículo en AHORA Semanal titulado En la piel del otro. La ficción como motor de la empatía. Un artículo que defiende lo mismo que se plantea en este texto sobre la utopía del hombre feminista: el poder de la literatura –y muy especialmente de la ficción literaria– para conseguir que nos pongamos en la piel del otro. Leamos, pues, a las mujeres. Llenemos nuestras estanterías con los libros que están ausentes: Cumbres borrascosas, La grieta, Jane Eyre, Nada, Olvidado Rey Gudú. Asaltemos las bibliotecas en busca de Margaret Atwood, de Judith Butler, de Virginia Woolf, de Gioconda Belli, de Selva Almada, de Claudia Salazar. Leamos y leamos y sintamos qué ocurre cuando eres mujer. Qué pasa por tu cabeza. Qué dificultades invisibles existen. Qué muros te atrapan. Qué redes te atan. Como escribe Chimamanda Ngozi Adichie en su librito Todos deberíamos ser feministas, obligatorio por cierto en las escuelas suecas: «Feminista es todo aquel hombre o mujer que dice: ‘Sí, hay un problema con la situación de género hoy en día y tenemos que solucionarlo, tenemos que cambiar las cosas’. Y tenemos que cambiarlas entre todos, hombres y mujeres». La utopía del hombre feminista es la utopía del cambio hacia una sociedad más justa. De lo contrario no sería una utopía. Por eso merece la pena. La mitad del cielo nos espera.– 46 «Se cuestionan, se discuten, se critican las medidas y los planteamientos dedicados a conseguir una sociedad más justa y con más equidad y menos miedo. ¿Quién tiene miedo al cambio?»