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Post-humanos y utopía

Moya, Andrés

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4 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura ALGUNOS DE LOS FILÓSOFOS MÁS relevantes que a lo largo de la historia han pensado y visionado mundos futuros lo han hecho a partir de la formulación de postulados que deberían regular las normas de la convivencia humana a todos sus niveles (educación, trabajo, economía, ocio, etc.). Tal ejercicio intelectual es fundamental, dicho sea de paso. En efecto, es importante reflexionar sobre mundos futuros en una suerte de lógica deductiva difusa a partir del mundo actual, entendiendo por mundo actual el compendio de las formas de relación de los humanos a todos sus niveles (de los pueblos y las naciones entre sí, de los individuos en las sociedades, de las relaciones con la naturaleza y del aprovechamiento de sus recursos, etc.). Es importante llevar a cabo este ejercicio para que todos dispongamos así de elementos de juicio que nos permitan formarnos un criterio sobre qué tipo de sociedad deseamos. Las utopías de sociedades futuras constituyen importantes ejercicios de reflexión que tienen un efecto poderoso para la evaluación de la calidad moral de la civilización actual. Sirven, o pueden servir, como guía para la renovación permanente. En resumen: a partir de lo que ahora somos y tenemos formulamos mundos futuros que, a su vez, nos retroalimentan para formular dictámenes sobre la bondad de lo que ahora somos, además de darnos guías para lo que podríamos llegar a ser. Las utopías proporcionan bases para la formulación de principios que deben regular las sociedades y la conducta de los individuos dentro de ellas. En el contexto de esta retroalimentación que las utopías posibilitan, es importante percatarse de algo bien relevante: que probablemente tenga mayor trascendencia y sea más determinante para la configuración de una nueva sociedad la naturaleza de determinados avances científicos y tecnológicos que la implantación de las ideologías que regulan la convivencia social o la economía. Simplemente pensemos en la trascendencia cultural de la invención del fuego, de la rueda, de los cultivos vegetales y la mejora animal, del vapor, de la electricidad, la radio, la televisión, los antibióticos o el internet, por indicar unos cuantos ejemplos representativos a lo largo de la historia de la humanidad. La ciencia y la tecnología, aunadas, tienen una presencia muy singular en nuestra especie, tanto que hemos de reconocer que los cambios culturales y sociales que han acontecido desde nuestros orígenes y que aparecen en las diversas sociedades a lo largo de la historia están muy determinados por ellas. La tesis que sostengo es que el futuro (no me atrevo a formular cómo de inmediato) nos depara hallazgos científicos y tecnológicos de mayor envergadura, si cabe, que los que ya he citado. Tanto, que probablemente nuestro propio estatus ontológico está en la diana (Moya, 2011, 2014). Nuestra especie ha intervenido, e interviene, sobre la Naturaleza, sin ningún género de dudas. Más allá de cualquier otra consideración sobre la bondad o no de tal acción, hemos de aceptar que nuestra forma de interacción con ella ha sido Post-humanos y utopía Andrés Moya Catedrático de Genética. Universitat de València. 4 «Las utopías de sociedades futuras constituyen importantes ejercicios de reflexión que tienen un efecto poderoso para la evaluación de la calidad moral de la civilización actual.» 6 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura la de su modificación. Pero nosotros no somos ajenos a la Naturaleza, formamos parte de ella. Por lo tanto, habremos de aceptar que también nos hemos intervenido, en forma más o menos racional. Se podría afirmar que la dinámica de nuestra intervención sobre la Naturaleza, lo que denomino lo natural otro, además de lo natural propio, ha sido crecientemente racional. La ciencia viene, en determinado momento, a complementar a la tecnología, logrando formas de explicación racional de sus intervenciones. No es solo que las hemos llevado a cabo, en una suerte de pulsión natural muy vinculada con nuestra propia supervivencia, sino que lo hemos hecho progresivamente sabiendo lo que hacíamos, entendiendo o explicando por qué hemos tenido éxito en unas u otras transformaciones. Dos cuestiones, esenciales a mi juicio, podemos formular al respecto: ¿Adónde nos lleva este intervencionismo racional, propio y ajeno? ¿Por qué vamos a dudar del mismo? En este pequeño escrito me interesa más la primera cuestión que la segunda. No obstante esta última merece una breve reflexión. La duda en torno al intervencionismo es de doble naturaleza. Por un lado tenemos la cuestión de si la tendencia al crecimiento científico y tecnológico va a cesar, es decir, si llegaremos a una suerte de plateau donde ya no podamos crecer más. Es un flaco favor que hacemos a nuestra propia inteligencia, la clave de nuestro éxito evolutivo. Pero por otro lado, obviamente, está el tema de si limitar o reducir la tendencia a tal crecimiento por razones morales o sociales, dado que está en juego nuestra propia supervivencia porque el planeta ya no aguante más. Como se podrá observar esta segunda duda, cuyo práctica, todo sea dicho de paso, es muy saludable socialmente, vive sobre la negación de la primera. En efecto, la duda moral que puede imponer un freno al crecimiento científico y tecnológico admite, de facto, que este es imparable. El alto o la limitación al crecimiento científico y tecnológico parte del supuesto de que nuestra especie es lo suficientemente inteligente como para seguir creciendo en ciencia y tecnología, y además hacerlo en forma acelerada. Si no lo estuviera, si se vislumbrase que hemos llegado al límite de nuestras posibilidades científicas y tecnológicas, que nuestro intelecto no da para más, no estaría en discusión el frenarlos. En realidad siempre hemos asistido al debate entre los que reclaman desacelerar o parar el ritmo de cambio científico-tecnológico y aquellos otros que abogan por mantenerlo. Lo que ocurre es que los colectivos implicados han variado cuantitativay cualitativamente a lo largo de la historia. La propia racionalidad humana, a tenor de los efectos de las intervenciones sobre la Naturaleza, incluida la nuestra, impone reflexiones necesarias y obligadas, moratorias y direccionalidad. Utópico sería disponer de procedimientos consensuados a escala mundial para orientar la direccionalidad del cambio científico y tecnológico en pro del bienestar. Pero esto no es todo, porque está en juego nuestro propio estatus ontológico. Veamos por qué. La historia de la tecnología y de la ciencia muestra algo sorprendente: que la evolución científico-tecnológica es exponencial, que las innovaciones aparecen con intervalos de tiempo cada vez menores. No todas tienen la misma trascendencia, es verdad, pero la pregunta que se puede formular al respecto de tal tendencia es importante: ¿cómo será ese mundo futuro que experimente una tasa de invención incluso más vertiginosa que la que ahora tenemos? Y dado que he hecho referencia a que tanto lo natural propio como lo ajeno ha sido objeto de intervención por nuestra parte desde nuestro origen, y que la tasa de intervención es exponencial, al menos hasta ahora: ¿qué podemos decir sobre cómo será la naturaleza ajena intervenida y «¿Cómo será ese mundo futuro que experimente una tasa de invención incluso más vertiginosa que la que ahora tenemos?» 6 7 Número 19 Enero 2016 nuestra propia naturaleza en un futuro? ¿Por qué nos vamos a sustraer a pensar que podemos cambiarnos a entes cuya naturaleza ya no sea la nuestra? En realidad el instinto de supervivencia, condimentado con la inteligencia y el sentido del yo, está tan arraigado en nosotros que cualquier reflexión en torno a posibles cambios de nuestro estatus ontológico lo consideramos como una agresión manifiesta contra la humanidad. A priori nos resistimos a pensar que podamos disponer de voluntad propia como para renunciar a nosotros mismos en pos de otros entes que, siendo producto de nuestra propia creación, nos pudiesen superar en muchas cosas. ¿O vamos a ser tan narcisistas como para asumir que somos inmejorables? Si algo pone de manifiesto la naturaleza de los seres vivos es que son francamente mejorables; nadie los diseñó y echaron mano de lo que tenían para sobrevivir. ¿Podemos, entonces, vislumbrar un futuro con seres post-humanos, en realidad nuestros propios hijos? ¿Estaríamos dispuestos a tamaño sacrificio? Parece que nuestro instinto de supervivencia, y la condición de tener conciencia del yo, como comento más arriba, nos hace aborrecer ese planteamiento. Ahora bien, esto ya ha ocurrido: la historia evolutiva nos muestra que tales sacrificios existen, que han evolucionado con éxito, que no es la primera vez, aunque sí lo sería en forma consciente, en que en algunas especies los padres dan la vida por sus hijos. La cuestión a debatir, asumiendo que la tasa exponencial al crecimiento científico y técnico nos lleve a la situación de crear entes post-humanos, es si lo que deseamos es una sociedad humana futura con todas las mejoras sociales y de convivencia que podamos imaginar o, por el contrario, una post-humana de la que apenas poco puede decirse ahora mismo sobre la naturaleza de su organización social. En realidad existe un franco desequilibrio a favor del humanismo porque no hemos llevado a cabo el ejercicio intelectual apropiado para pensar sobre la naturaleza de la sociedad post-humana. La historia de la humanidad arrastra, a pesar de sus grandes logros sociales y de convivencia, enormes lastres. Nuestra especie no parece capaz de subvertir en modo alguno el enfrentamiento y la barbarie que supone la auto-destrucción por la guerra, y el desarrollo científico y tecnológico no vienen a aminorar esta circunstancia; todo lo contrario: se pone al servicio de ella. Algo cainita nos conforma que, si bien ha sido determinante para traernos hasta aquí y hacernos gozar del esplendor de la cultura y la civilización que ahora disfrutamos, también nos ha encaminado hacia la destrucción y el exterminio. ¿Cabe pensar en un mundo no cainita? ¿Realmente sería humano?.– Agradecimientos Este trabajo ha sido financiado por los proyectos SAF2012-31187 y SAF2013-49788-EXP del MINECO, y PROMETEO/2014/065 de la Generalitat Valenciana. Literatura citada Moya, A. 2011. Naturaleza y futuro del hombre. Editorial Síntesis, Madrid. Moya, A. 2014. Biología y espíritu. Editorial Sal Terrae, Cantabria.