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El populismo en América Latina, especificidades y modelos

Alcántara-Sáez, Manuel

Abstract

La conferencia realiza una aproximación histórica a la evolución del populismo en América Latina, plantea los elementos que lo definen como ideología y como tipo de régimen político. Se presentan diferentes modelos en su desarrollo. Finalmente se analizan casos europeos, con especial énfasis en el caso español de Podemos en contraposición con las experiencias latinoamericanas.

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1 El populismo en América Latina: especificidades y modelos Manuel Alcántara Sáez Universidad de Salamanca Muchos de los términos que se usan en política tienen un carácter polisémico debido, en gran medida, a que aluden a cuestiones que han llegado a conformar en sí mismas sistemas complejos de interpretación de la propia realidad. Esto sucede con términos como igualdad, libertad, justicia o democracia. La rica reflexión llevada a cabo sobre los mismos desde los tempranos avances del pensamiento occidental ha dado paso a teorías que suponen microcosmos en los que el vocablo simple queda completamente desvalido. En otros casos, han surgido términos, a veces muy ligados con la coyuntura política del momento. Así que su comprensión es procelosa por tratarse de palabras que nunca han sido bien definidas o cuya ligazón a un hecho concreto las vincula al mismo, aunque luego se extiendan a otros que pudieran ser aparentemente similares, pero en lugares con contextos muy diferentes. Este sería el caso de términos como gobernabilidad, transición, consolidación y populismo. Además en sendas circunstancias hay que tener en cuenta que la terminología utilizada en política no está exenta de “ser militante” ella misma en el sentido de convertirse en arma arrojadiza de unos frente a los otros. Sin llevar a cabo un repaso minucioso a la evolución del término populismo, conviene recordar que el mismo tiene una vigencia de algo más de un siglo y cuarto, utilizándose para definir a grupos políticos que en el medio agrario ruso y estadounidense intentaban organizar propuestas políticas, ya en ese momento de contenido muy distinto, frente al statu quo del momento. Se trataba, en cualquier caso, de proyectos que al amparo del desarrollo del sufragio dotaban de un protagonismo nuevo a masas populares no articuladas por otro tipo de organización social (sindicatos), pero activas en escenarios nuevos que tenían una fuerte movilización social. Un componente singular que estaba presente en ese marco era la existencia de actores no integrados en organizaciones estructuradas cuya presencia era necesaria y funcional a otras personas (políticos) que querían entrar en el sistema gracias al voto de aquellos. Este escenario en España, como bien documentó José Álvarez Junco, si bien no recibió entonces el apelativo de populista, lo protagonizó Alejandro Lerroux en la Barcelona de principios del siglo XX cuando buscaba el voto del proletariado inmigrante cuya proximidad al anarquismo era notable. Es posiblemente en América Latina donde las secuelas de la gran depresión y la configuración de sociedades nuevas con un fuerte componente migratorio hicieron que floreciera con mayor vigor, estructuración y éxito el populismo. El legado de aquello, junto con los numerosos estudios que se hicieron y se continúan haciendo, más la entrada del término en los diferentes manuales y enciclopedias de ciencias 2 sociales, supuso la gestación de una categoría propia para definir una de las variantes más enjundiosas de la vida política de la región entre la década de 1930 y la de 1970 y que, bajo diferentes modelos e intensidades distintas, afectará a un gran número de países. De hecho, la referencia al populismo latinoamericano es imprecisa y lleva a equívocos. Esto es así porque se dieron procesos populistas en los que los militares no solo estuvieron excluidos de los mismos sino que fueron sus antagonistas, mientras que en otros se constituyeron en actores fundamentales; hubo regímenes populistas vinculados a una sola persona que desaparecieron tras su muerte mientras que otros estructuraron movimientos sólidos; igual sucedió con el tipo de políticas implementadas, tanto en relación con los Estados Unidos, la justicia social, la reforma agraria o la fiscalidad. La literatura especializada llegó a referirse al populismo como un adjetivo que acompañaba a régimen, discurso, liderazgo y tipo de políticas. En general se generó un común denominador aupado en el protagonismo del pueblo que se identificaba con la nación y con el propio proceso populista. Este factor fue sumamente eficaz en la construcción de la identidad nacional de sociedades nuevas, bien muy afectadas por flujos migratorios extensos o por la incapacidad del Estado liberal durante el siglo XIX y tras la emancipación de los países latinoamericanos de construir la nación. Al identificar la identidad nacional como un eje motriz fundamental se sustentó un actor externo como elemento aglutinador por su carácter imperialista y claramente diferenciado cultural e históricamente: los Estados Unidos. De ahí que la posición anti norteamericana constituirá un argumento integrador muy potente. En segundo lugar se articuló un Estado fuertemente interventor y centralizado financiado fundamentalmente por las rentas del superávit del comercio exterior logrado por la expansión de las exportaciones y la contracción de las importaciones debido a la puesta en marcha de políticas sustitutivas y a una agresiva imposición arancelaria. En tercer lugar, y en cierta medida en consonancia con la tradición del caudillismo latinoamericano, alentado por la configuración institucional del presidencialismo, la política giró en torno a líderes que supieron encandilar a las masas, generando una relación de intenso afecto. Esta personalización de la política tuvo su correlato en la baja capacidad de institucionalizar el proceso por el propio componente movimientista del mismo, su carácter demandante de lo nacional y su oposición al desmembramiento que suponía la política partidista. En este sentido no se trataba de una propuesta originariamente autoritaria pues las urnas estaban en el inicio de su puesta en marcha, pero sí en su desarrollo ulterior. El populismo latinoamericano de esa época pareció culminar en el periodo de la década siguiente a 1977 y buena parte de la siguiente que trajo la ola de las transiciones a la democracia junto con el credo neoliberal, como consecuencia de la crisis de la deuda externa iniciada en 1982. Pero ni se dio el correcto funcionamiento de los nuevos patrones políticos de la recién estrenada democracia representativa, con 3 problemas en el ámbito de las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, debilidad de los partidos, corrupción y violencia; ni se solventó con éxito el deterioro de la economía sumiéndose algunos países en un dramático proceso de empobrecimiento y de crecimiento galopante de la desigualdad. En este marco, el viejo trasfondo populista volvió a tener resuello imponiéndose como antídoto a la quiebra producida. Al caso más conocido de Venezuela (1998), le siguió el de Argentina (2003), Ecuador (2006) y Bolivia (2006). Cuatro casos en los que la opción populista supuso una salida mayoritaria a su hundimiento político y económico y que se va a ver beneficiado inmediatamente de la bonanza superlativa de los precios de sus exportaciones tradicionales. A ello habría que añadir el papel fundamental de un liderazgo altamente personalizado que supone generar una enorme empatía con sectores mayoritarios de poblaciones fuertemente esquilmadas. Los elementos del canon populista se cumplieron fielmente con matices propios de cada país. Si en Venezuela el involucramiento de los militares fue mayor por el propio origen de Chávez; en Bolivia lo fue el movimiento indígena socialmente mayoritario pero apenas incorporado a la vida política nacional y el liderazgo sobre el mismo desde el sindicato cocalero de Evo Morales; en Argentina, por su parte, fueron los rescoldos del peronismo, aparentemente finiquitado tras la década de gobierno de Menem, los que empujaron a los Kirchner, primero desde una posición minoritaria a tener un componente hegemónico; y en Ecuador, una virtuosa combinación de movimientos sociales muy diferentes gestados en el lustro anterior tuvieron el protagonismo suficiente para llevar a Correa al poder. El ciclo presente del populismo latinoamericano parece entrar en declive por el fallecimiento de dos de sus artífices (Néstor Kirchner y Hugo Chávez) cuyo liderazgo ha sido difícilmente reemplazable, pero también por los problemas de sostenibilidad del modelo económico implementado. El enorme endeudamiento, junto con la debilidad del tirón de los mercados asiáticos y la potencial caída de los precios de las materias primas son aspectos que deben tenerse en cuenta cuestionándose la durabilidad de la etapa de bonanza. Asimismo el manejo ineficiente de diversas políticas públicas ha traído consigo problemas de desabastecimiento y de inseguridad ciudadana, siendo Venezuela el país más afectado. Mientras que Argentina se abre en 2015 a un cambio inequívoco que dilucidarán las urnas, en Ecuador Correa dispone hasta 2017 para asentar un proyecto que ya tuvo su primer impacto negativo en las elecciones municipales de febrero de 2014. Finalmente, Bolivia con gran probabilidad ratificará el modelo seguido en las elecciones presidenciales del próximo mes, el carácter étnico de su populismo funciona como un reservorio identitario de gran calado.