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Libros y lecturas en la España de Carlos II

Rey Castelao, Ofelia

Abstract

En el reino de un rey, Carlos II, que aprendió a leer y escribir muy tarde, el acceso a la lectura y a los libros no era fácil para la inmensa mayoría de la población. El analfabetismo generalizado y el mal estado de la educación no merecieron atención por parte de los poderes civiles y eclesiásticos. Estos tampoco se preocuparon de la imprenta y del comercio del libro, salvo para controlar y censurar lo que se imprimía y circulaba. En ausencia de una política cultural, nadie intentó asociar la figura del rey a los libros y a la lectura, como sí se hizo en Francia en la misma época en torno a Luis XIV. Sin embargo, en ese panorama negativo se descubren aspectos positivos que se estudian en este artículo, y que permiten explicar la aparición de la generación de los novatores, una minoría cultural abierta a la novedad y a la influencia extranjera.

Full text

e-Spania Revue interdisciplinaire d’études hispaniques médiévales et modernes 29 | février 2018 Stratégies argumentatives dans le dialogue espagnol / Góngora et les humanités numériques / La España de Carlos II Libros y lecturas en la España de Carlos II Ofelia Rey Castelao Edición electrónica URL: http://journals.openedition.org/e-spania/27568 DOI: 10.4000/e-spania.27568 ISBN: 979-10-96849-06-2 ISSN: 1951-6169 Editor Civilisations et Littératures d’Espagne et d’Amérique du Moyen Âge aux Lumières (CLEA) - Paris Sorbonne Referencia electrónica Ofelia Rey Castelao, « Libros y lecturas en la España de Carlos II », e-Spania [En línea], 29 | février 2018, Publicado el 01 febrero 2018, consultado el 02 mayo 2019. URL : http://journals.openedition.org/espania/27568 ; DOI : 10.4000/e-spania.27568 Este documento fue generado automáticamente el 2 mayo 2019. Les contenus de la revue e-Spania sont mis à disposition selon les termes de la Licence Creative Commons Attribution - Pas d'Utilisation Commerciale - Pas de Modification 4.0 International. Libros y lecturas en la España de Carlos II Ofelia Rey Castelao Introducción 1 El reinado de Carlos II ha merecido menos atención que el de su padre, Felipe IV, tanto porque el Siglo de Oro ya había llegado a su declive como porque a la faceta que nos interesa se le ha aplicado el mismo concepto de decadencia que se atribuye a ese período en general: Escasez y pobreza de la producción intelectual, falta de soluciones para resolver los problemas que la explicaban y aislamiento con respecto al exterior son los elementos que lo definirían1. Los datos disponibles –relativamente escasos– no desmienten esa percepción, pero la existencia de un movimiento intelectual aperturista y modernizador, el de los novatores, abre una interrogante que es preciso considerar, ya que su existencia misma es la consecuencia del contacto con el exterior y del conocimiento de lo que se hacía en Italia y en Francia. 2 Por otro lado, conviene señalar que la desatención a la época de Carlos II proviene de una desesperante falta de documentación sistematizable: Desde las dificultades para saber cuántas imprentas y librerías había en España, hasta la casi imposibilidad de hacer cálculos sobre alfabetización o sobre la presencia de libros en casas e instituciones, pasando por la dificultad de obtener cifras sobre el número de ediciones anuales. Todo lo cual pone a prueba la capacidad de los investigadores para llegar a conclusiones –de ahí que la historiografía se haya centrado en el Siglo de Oro–, y abre una brecha casi insalvable con respecto a la vecina Francia, tan rica en datos para el reinado paralelo, el de Luis XIV. 3 En efecto, la abundancia de información permitió a Peter Burke estudiar cómo, de la mano de Colbert y del abate Bignon, se fabricó la imagen intelectual de un rey2, señoreando un complejo sistema cultural y un proyecto de modernización y de racionalización, que tenían su centro en la generalización de la escuela, el impulso al saber y a los sabios, la apertura de academias y del observatorio, la revitalización de la Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 1 imprenta real, la reorientación de la industria y del comercio de libros, la defensa del francés como idioma de la cultura y del saber, y de un sistema censorio que, convirtiendo al rey en protector de los buenos libros, disimulaba un férrea censura3. 4 Del lado Sur de los Pirineos, la monarquía que acabaría en manos de los mismos Borbones que la francesa, tuvo en su trono desde 1665 a un rey que tardó en saber leer, que apenas leía, y al que era inapropiado presentar como un mecenas del saber y de la cultura4. En síntesis, Carlos II reinó sobre un país poco alfabetizado, con una industria impresora y editorial pobre y deficiente y un mercado de libros dependiente del exterior, y sobre autores, editores, impresores y lectores sometidos al escrutinio de la Inquisición, lo que redundaba en pérdida de valores exportables al final del glorioso Siglo de Oro, lo que incluía a la lengua castellana. Después de la Paz de los Pirineos (1659) todavía se publicaban en Francia adiciones a la Historia de España del padre Mariana u obras históricas, en París se vendían cientos de gramáticas españolas, se hacían traducciones de obras y los libros seguían llegando a las librerías5y bibliotecas francesas6, pero la muerte de Ana de Austria (1666) marcó el descenso de esa presencia7. Y aunque Charles Sorel, en su Bibliothèque française (1664), seguía situando el español como la primera de las lenguas extranjeras, lo hacía ya desde la superioridad del francés, y en pleno avance del italiano8. Por otra parte, ciudades como Rouen, especializadas en libros españoles, los fueron abandonando: Antes de 1660, los autores españoles eran mayoritarios en sus ediciones, pero en el último tercio del XVII fueron superados por los italianos, por cuanto España ya no era una referencia ni en la literatura ni en la teología9. 5 Sin embargo, sería imprudente aceptar este diagnóstico sin hacernos unas cuantas preguntas clave y sin buscar los aspectos positivos, no tanto la existencia de los novatores, como aquellos que pudieron influir en la evolución general de la cultura del país: Cuántos y quiénes estaban en condiciones de leer, y qué vías de acceso tenían a la cultura escrita, si se hizo algo por mejorar la instrucción y la educación, cuáles era las dimensiones del mercado potencial de impresos y libros, qué capacidad tenían las imprentas y librerías para producir y atender al mercado y si hubo medidas oficiales para favorecerlo y reducir la competencia, qué incidencia tuvo el sistema de censura, cuántos y quiénes tenían libros y cuántos y qué tipo de libros tenían, qué papel jugaron las bibliotecas colectivas, y en definitiva, cuál era el contexto que permitió el surgimiento de la generación de los novatores10. Las mediciones imposibles: ¿Cuántos y quiénes sabían leer? 6 En Francia se ha podido calcular que en 1686 solo sabría firmar el 21 % de la población, pero esto supondría un enorme potencial de lectores –más de 4,2 millones de personas, el triple que en España–, aunque desigualmente repartido, con niveles superiores al 30/40 % al norte de la línea Saint-Malo/Ginebra, e inferiores al sur, incluso por debajo del 10% en amplias zonas del suroeste11. La Francia más favorecida era la más urbanizada y mejor comunicada y donde la Iglesia hizo mayor hincapié en la instrucción religiosa y anular la presencia protestante. En ambos lados de esa línea, las mujeres y la población rural distaban de alcanzar aquellos niveles, cruzándose en algunos casos el factor lingüístico, que retardaba el aprendizaje en algunos territorios, si bien el clero enseñaba la doctrina en patois12. Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 2 7 Careciendo de una base estadística similar y a falta de fuentes fiables y homogéneas para España, sabemos poco y no se pueden hacer comparaciones. Los cálculos para Madrid mediante firmas en escrituras notariales, dan entre el 36,3 % y el 39,2 % de firmantes a mediados del XVII, cifra positiva que oculta las enormes diferencias por sexo –por ejemplo, en los testamentos ellos firmaban en un 67 % de los casos, ellas solo el 31 %– y por nivel económico. Nobleza, administración y clero estaban casi totalmente alfabetizados, pero no así el sector del comercio y de servicios, si bien sus cifras crecieron –del 66,3 % al 82,1 % entre 1659 y 1700–, más por necesidad de competir en un período de crisis, que por facilidad de obtener promoción por esta vía. Pero el artesanado no solo tenía un nivel mucho más bajo, sino que descendió del 58,1 % en 1650 al 40,62 % en 1700, debido a que la crisis económica impedía enviar a los niños a la escuela13. Fuera de la capital, hay pocos datos. Los estudios para Galicia demuestran la escasa alfabetización rural y las diferencias entre núcleos urbanos y sociedades rurales, pero también indican una cierta mejoría. Así, por ejemplo, en 1635 solo sabía firmar el 28 % de los hombres en Santiago de Compostela, entre el 16 y el 18 % en otras ciudades y villas y el 6 % en el campo; pero en 1700, en las ciudades firmaba entre el 22 % y el 30 % y en el rural entre el 13 % y el 18 %, lo que se corresponde con una situación económica más positiva que la de Madrid y con la aparición de más maestros14. 8 No hubo en tiempos de Carlos II ni una sola acción a favor de la educación en cualquiera de sus niveles y mucho menos a favor de la instrucción popular. En Francia, las órdenes religiosas educadoras de nuevo cuño fueron esenciales en la escolarización de los niños urbanos pobres y Luis XIV obligó por ley (1686) a establecer una escuela por parroquia para los menores de catorce años; esto obedecía a la re-catolización del país tras la revocación del edicto de Nantes, y la monarquía delegó en la Iglesia toda la responsabilidad, de modo que los resultados fueron desiguales según los territorios, y con pocos progresos entre las mujeres y el campesinado. Pero no hubo nada parecido en España: después de las normas de 1623 que obligaron al cierre de escuelas y cátedras de gramática municipales, se mantuvieron las escuelas parroquiales, las anejas a conventos, monasterios, colegios de los jesuitas, catequesis, colegios de doctrinos u otras instituciones benéficas, pero su acción seguía siendo urbana y limitada, y las tarifas de los maestros eran altas y al margen de los salarios de las clases populares, en gran medida en paro, mientras en el ámbito rural, a falta de fundaciones, todo dependía de los padres. 9 La acción de los obispos, trascendental en Francia, no lo fue en España. Se celebraron pocos sínodos en tiempos de Carlos II y solo contienen referencias a la vigilancia de la instrucción religiosa: Sin excepción, insisten en la vida y costumbres de los maestros –el de la diócesis de Barbastro en 1674, por ejemplo, ordenaba que fueran examinados de ambas cosas por el obispo y vigilados luego por cada párroco–; algunos mencionan las cartillas y catecismos a utilizar –el de Zaragoza de 1697 lo hace de modo explícito–. El lado positivo se observa en diócesis ricas como Toledo, donde en 1662 el sínodo del arzobispo Portocarrero ordenó que en cada parroquia hubiera un clérigo o sacristán para enseñar a leer, escribir, contar, y el de 1682, que los maestros enseñasen la doctrina diariamente, además de recomendar que estos fuesen hábiles y suficientes en su oficio; fuese efecto o no de una acción real de los prelados, lo cierto es que pasó de haber enseñantes – sacristanes en su mayoría– en el 42 % de los pueblos en 1650-1660 al 59 % en 1680-169015. Esa fórmula del sacristán/enseñante era propia de las diócesis del centro y sur de Castilla, pero en las del Norte predominaban los maestros de ejercicio libre y, a veces, pagados por fundaciones, escasas por entonces16. Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 3 10 Otro signo positivo del período de Carlos II es la llegada de los escolapios, a pesar de que tuvieron dificultades para abrir sus escuelas y colegios debido a la oposición de clérigos que se ganaban la vida como maestros y de las otras órdenes, como los franciscanos y mercedarios, que no querían competidores en el reparto de las limosnas. Así pues, los escolapios decidieron instalarse en pueblos pobres o secundarios del norte –Moyá en 1683; Oliana en 1690; Peralta de la Sal en 1695; Balaguer en 1699–, mediante acuerdos con los obispos o con los municipios para impartir enseñanza gratuita para los niños, a cambio de aportaciones en dinero o de las rentas de bienes que les eran cedidos; aún así algunas escuelas tuvieron que cerrar por la oposición de aquellos grupos, como sucedió en Barbastro, donde solo duró tres años17. 11 En cuanto al factor lingüístico como posible factor de retraso en la destreza lectora, la diversidad era en España más acusada que en Francia y puede afirmarse que en casi el cuarenta por ciento de la población no era castellano-hablante. Además, algunos estudios revelan que en los niveles sociales inferiores y entre el campesinado de las zonas castellanas, había dificultades para comprender el castellano literario, lo que incluso afectaba a la lectura en voz alta, no siempre comprensible para la mayoría analfabeta18. Las lenguas autóctonas tenían eco entre el clero, interesado en hacer entender la doctrina, de modo que, por ejemplo, el sínodo de Calahorra de 1698 ordenaba que se imprimieran cada año doctrinas cristianas en “lenguaje acomodado a las provincias” que allí eran “romance y vascuence”19; esto se constata también en Cataluña y Valencia, pero no así en otros territorios con idioma propio, como Galicia. Catalán y valenciano habían tenido cierta importancia en la imprenta en el siglo XVI pero estaban en regresión en el período, pero no había publicaciones en vasco o en gallego, incluso en este no se imprimieron cartillas de primeras letras20. 12 En el nivel secundario de la enseñanza, los colegios de los jesuitas eran una densa red que atendía a una numerosa clientela procedente de las clases mejor situadas. En tiempos de Carlos II se crearon siete colegios más, en villas de importancia mediana – Onteniente 1669, Canarias en 1680; 1681, Cáceres; 1689, Lequitio e Higuera; 1698, Cervera y Lorca–. En todos se seguía el sistema educativo de la Compañía, lo que incluía historia religiosa y profana, geografía, doctrina jurídica, ciencias físicas y naturales, si bien se notaba cierta esclerotización. Sin embargo, en algunos centros se acogió la renovación científica, en especial el Imperial de Madrid y entre los profesores de los Reales Estudios; allí fue catedrático en los años setenta el padre José de Zaragoza, autor de muchas obras de matemáticas y astronomía, con algunas contribuciones originales, que elevó la cultura científica española21. Es una otra positiva a reconocer. 13 Las universidades pasaban por momentos malos, pero la monarquía no adoptó medidas al respecto. La de Salamanca, la más antigua y poderosa, tenía poco más de dos mil estudiantes –5000 a comienzos de siglo–, pérdida que se detecta también en Alcalá, Valladolid, Santiago, etc., aunque, en sentido contrario, en 1692 se puso en funcionamiento la universidad de Palma en las Islas Baleares. Al menos en apariencia, la vida universitaria estaba enzarzada en luchas internas y en problemas de precedencia entre colegiales, pero también hubo pinceladas positivas. Así, por ejemplo, aunque se mantenía la filosofía escolástica, se conocieron algunas enciclopedias europeas, la matemática de Juan de Caramuel (1670) o el curso del jesuita Claude Millet. Y en varias universidades, pocas, hubo personalidades interesantes. En Salamanca, el profesor de medicina Luis Rodríguez de Pedrosa, en cuya obra (Selectarum, 1666) cita a Gassendi, Charleton, etc., o José Pérez, lector de Hobbes, Milliet Dechales, Descartes, Riccioli, etc. Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 4 (1674); y allí se publicaron las obras filosóficas del cardenal Sáenz de Aguirre (1671-1675), muy actualizadas y con citas a Torricelli o a Galileo. En la universidad de Valencia, la novedad entró a través de la matemática, gracias a catedráticos como Juan B. Corachán (1696), quien llegó a elaborar un plan de reforma de la cátedra incorporando las nuevas tendencias, y estuvo también el mencionado padre Zaragoza, cuyo discípulo Félix Falcó, fue uno de los novatores en la observación astronómica22. Imprentas, librerías y mercado editorial 14 Como ya se dijo, de la mano de Colbert, Francia consolidó una industria impresora y editorial, concentrada, sostenible y competitiva, aunque sometida a dos tensiones: las ediciones fraudulentas y el mercado clandestino derivados de un sistema de privilegios y exclusivas que dejaba fuera a muchos impresores y editores, y la fuerza del sistema de censura, en especial después de la revocación del Edicto de Nantes. Francia sacaba a la calle entre 200 y 400 obras cada año; las librerías de París tenían magníficos fondos, entre 2 500/3 000 libros las más pequeñas y 60 000 las mayores23; había imprentas en 158 ciudades, y sumando solo París, Lyon, Rouen y Burdeos, se superaba el número de imprentas de España. 15 Por el contrario, Carlos II heredó una industria impresora dispersa, pequeña y anticuada, incapaz de competir por sus elevados costos –el papel se importaba de Francia e Italia, la fiscalidad era fuerte–. En 1700, había imprentas en 32 núcleos urbanos –28 en Madrid, 13 en Barcelona y en Zaragoza, 11 en Valencia, 9 en Sevilla, 6 en Granada, etc.–, y su capacidad productiva era escasa24. Pero nada se hizo desde el poder, salvo publicar leyes de rango menor (3-5-1682 y 22-12-1692) para reiterar la obligación de pedir licencia de impresión y otras de 1680, 1681, 1684 para impedir la impresión de gacetas, memorias y relaciones de sucesos militares y mantener la vigilancia sobre lo que iba a América25. En esas condiciones, no solo era imposible hacer ediciones internacionales –ni siquiera reediciones y traducciones– ni evitar que, a pesar de las prohibiciones de 1610 y 1617, muchos textos se mandaran a imprimir fuera, a Francia sobre todo26. 16 No se puede achacar todo a la censura y a la Inquisición porque leyes como la de 1627 destinadas a aumentar el control de la imprenta, revelan su inefectividad e incluso su debilidad ante la corrupción. Obviamente, nada era fácil y en tiempos de Carlos II se constata la fuerza y diversidad de las censuras preventivas. Los jerónimos de El Escorial mantenían su capacidad de censurar las impresiones de los libros del Nuevo Rezado, recibida del rey en 1575. Los generales de la Congregación benedictina de Valladolid habían prohibido en 1657 que los monjes pudieran imprimir obras sin su permiso y en 1685 ordenaron que no pudieran ser cronistas del rey o de cualquier persona o institución sin licencia e instituyeron un sistema de control sobre los libros de Historia escritos por los religiosos27. En las universidades, los rectores podían censurar las obras de sus claustrales. En Aragón era necesaria la licencia del ordinario para todas las obras, salvo papeles jurídicos, que controlaba el regente de la Audiencia, y en Valencia y Cataluña la censura civil era competencia de los virreyes. Todo lo cual daba ocasión a conflictos jurisdiccionales que hacían menos operativo el sistema, en especial cuando se trataba de la Inquisición, cuyo control se disputaban entonces monarquía e iglesia28. 17 En cuanto a la producción y venta de libros e impresos, Madrid era el centro más importante. A mediados del siglo XVII tenía 48 librerías y una actividad intensa29. Sus imprentas publicaban libros, claro está, pero sobrevivían con cosas menores –normativa Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 5 oficial, pliegos sueltos–, sin la necesaria renovación y sin que la imprenta real sirviera de ejemplo30. El margen de actividad se vio reducido por la crisis económica y por las importaciones, de modo que si por un lado en 1658 se denunciaba presencia de mercaderes franceses vendiendo libros en la capital, por otro, impresores y libreros se enzarzaron en pleitos como el sostenido entre 1651 y 1668 bajo el pretexto de la impresión de libros prohibidos. En ese contexto revuelto, desarrolló su carrera el mercader de libros más importante del momento, Gabriel de León. Miembro de la Hermandad de Libreros (1642-1662) y exportador de libros a Lima a través de su hijo, allí presente hasta 1664 –llegó a enviar 46 cajones de libros, 55 docenas de comedias, 200 tratados de las paces con Francia, etc.–, su actividad más intensa fue la de editor, con más de 250 ediciones –en su mayoría de religión–, para cuya producción recurrió siempre a impresores madrileños; publicó sobre todo obras de religión, literatura e historia, y algunas de navegación, albeitería, clásicos, etc., todo lo cual publicitaba a través de catálogos de venta –se conocen tres de 1688 a 1690, uno solo de comedias–, en los que al lado de sus ediciones, había numerosos libros impresos en Madrid, en latín y castellano. El otro gran negocio de Gabriel de León y de su familia entre 1655 y 1700 fue la edición del Arte de Nebrija en exclusiva para Castilla, León e Indias, que obtuvo a cambio de una notable cantidad de dinero31. 18 Sevilla disfrutaba todavía de la buena conexión con América, de modo que algunos impresores emplearon esa vía para vender sus productos y reforzaron su actividad con la de exportadores de libros de otros impresores de la ciudad, del resto de España y del extranjero. Bajo Carlos II se exportaron desde allí 6 636 cajones de libros destinados a los compradores americanos, para quienes los libreros sevillanos publicaban catálogos, como el Catalogus librorum de Diego Cranze (1680) que contiene los que envió a Puebla de los Ángeles con licencia de la Inquisición, o los de Tomás López de Haro. Este impresor publicó al menos 133 textos de 1678 a 1693 y trabajó también por encargo, haciendo algunos relacionados con América, como las obras de Sor Juana Inés de la Cruz. Desde 1662 era ya exportador a Indias, mientras mantenía la venta de libros al por menor. Su red de relaciones y de factores en América le dio grandes oportunidades de negocio, que reforzó publicando catálogos con su oferta, al menos cinco entre 1680 y 1689; el de 1682 tiene 741 asientos (617 de libros, 124 de comedias) y una parte importante (330) estaban en latín; un 45 % eran obras de religión –sermones, devoción, espiritualidad–, 20,8 % de derecho, 7,8 % de medicina y 26,3 % de letras; de las comedias sueltas se recontaron nada menos que 526 docenas (6 132 ejemplares). En gran medida eran obra de impresores y editores de Sevilla32, que, junto con los de Cádiz, revelan una capacidad notable para desarrollar sus negocios en un período de dificultades33. 19 En cuanto a Barcelona, cuyo número de imprentas era bueno, producía muchos pliegos de cordel y menudencias, baratos y en castellano, destinados a sectores populares foráneos, así como libros de religión34. En el período que nos interesa, la cofradía de libreros, que tenía el privilegio de editar salmos, misas y cartillas de primeras letras de Barcelona, estuvo en permanente conflicto con la de impresores, lo que desde 1671 se tradujo en pleitos interpuestos por estos ante la Real Audiencia para poder vender libros al público. En 1677 una real provisión confirmó los privilegios de los libreros, pero permitió que los otros vendieran en sus talleres y en 1680 se amplió ese permiso a la venta de papel, imágenes, pliegos sueltos y libros sin encuadernar. Los libreros defendían la libertad del oficio y la importancia de la formación intelectual para asegurar la calidad del producto, pero aún así, en 1684, el municipio aprobó las ordenanzas de la cofradía de impresores, Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 6 que les dio el monopolio de imprimir35. Ese conflictivo ambiente revela las luchas por un mercado en malos momentos. 20 Valencia, ciudad universitaria y episcopal, y capital política de un reino, generó una actividad interesante, gracias al surgimiento de un grupo de novatores. A lo largo del período, trabajaron allí 25 impresores que publicaron 258 obras, entre una o dos cada uno, con excepciones los Villagrasa, Macé, Mestre o Bordázar, que superaron las veinte. Se trataba de publicaciones en castellano (87,3 %) y latín (9,3 %) y algo de valenciano (7.36 %), de autores locales, clérigos muchos de ellos –de ahí la frecuencia de los sermones, vidas de santos y catecismos–, pero también bastantes abogados –publicaron pleitos–, y médicos –textos de medicina–, apareciendo la historia como tema transversal36 . Zaragoza, otra ciudad capitalina, episcopal y universitaria, con su propio núcleo de novatores, era otro centro redistribuidor y sus libreros estaban agremiados, aunque sufrían el monopolio del Hospital de Gracia sobre los libros de gramática, latín y retórica difundidos en Aragón37. Valladolid, Granada o Santiago de Compostela, donde se reunían numerosos clérigos, universitarios o funcionarios, tenían una demanda constante, de tiradas cortas y temas convencionales, pero eran también redistribuidoras en sus zonas de influencia. 21 Los impresores de las otras ciudades soportaban la competencia de las grandes, ni la desventaja de carecer de privilegios o monopolios de edición, la estrechez e inmovilidad de la clientela local y la falta de autores y editores, por lo que estaban condenados a hacer impresos menores y no intentaron mejorar la calidad. Y los libreros, poco especializados, mediocres en existencias y en su capacidad comercial, sufrían los efectos de la circulación de libros entre particulares y la mediación de mercaderes o transportistas entre los centros productores o re-expedidores y los clientes locales más poderosos –en especial, las instituciones–, lo que les dejaba una clientela escasa, local y privada. De modo que no se advierten cambios en este período. 22 De lo ya dicho, se deduce que la oferta temática de impresores, editores y libreros era tradicional, con una parte fundamental de religión. Se daba la paradoja de que los textos más relevantes, los del Nuevo Rezado, controlados por los jerónimos de El Escorial, se imprimían en Flandes y aunque en tiempos de Carlos II se pretendió importar de allí las matrices para que los libros se imprimiesen en España, no se hizo38. Por otro lado, muchos libros de teología se mandaron al exterior: Baste decir que la Congregación benedictina de Valladolid hizo que el Cursus Utriusque theologiae del padre Andrés Moneta, insignia de su escuela teológica, se publicara en Lyon en 1672. Lo mismo sucedía en el derecho o en la historia, otros dos temas clave, aunque no tanto en la literatura39. 23 Imprentas y librerías vendían sobre todo relaciones de sucesos; libritos de piedad, artes de bien morir o vidas de santos, que también pasaban a América40; coplas e imágenes impresas; textos de la administración y de las instituciones en el ámbito político, judicial, económico, militar, sanitario y religioso, etc.41 Y muchas piezas de teatro, sueltas o en volúmenes cosidos. El teatro devino un fenómeno socio-cultural en el XVII que repercutió incluso en la lectura, allí donde no había representaciones, de modo que solo en tiempos de Carlos II se han controlado más de 340 ediciones, como las ya mencionadas de los herederos de Gabriel de León42. 24 Por supuesto, se imprimían los libros básicos de la enseñanza, como las cartillas. En el siglo XVII la cartilla de Valladolid seguía estando bajo el monopolio concedido en 1583 por Felipe II a los canónigos de la catedral, y seguía siendo el producto impreso más vendido: Texto de no más de ocho páginas, muy básico, sin grabados o ilustraciones, era Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 7 consumido para la instrucción primaria, al lado de otros libros de orientación moral y religiosa, como el Catón christiano de fray Gerónimo de Rosales publicado en 1673, que acabaría convertido en el segundo libro de lectura43. De la cartilla se publicaban versiones en Madrid, Barcelona, Tarragona, y las que producía la catedral de Valladolid en tiradas enormes y constantes, se distribuían por medio de concesiones o estancos, en especial en Andalucía, de donde una parte iba a América44. 25 De otro cariz eran los panfletos y libelos políticos, una innovadora producción clandestina derivada de las tensiones partidistas de la Corte: Utilizados por don Juan José de Austria para crear una opinión favorable a sí mismo y contraria a la regente durante la minoría de Carlos II, él mismo los sometió a censura rigurosa cuando accedió al poder, consciente de su efecto en la formación de opinión. En el mismo contexto, surgió la prensa periódica: Fue también don Juan José quien impulsó la creación de la Gaceta en 1661, que se publicó con variantes y por poco tiempo en Madrid, Sevilla y Zaragoza; estando aquel en Zaragoza, en 1676, se creó allí otro órgano de prensa, Noticias Regulares de los Asuntos del Norte, también para gloria de don Juan y con vida también breve, y la Gaceta Ordinaria de Madrid salió semanalmente desde 1677. Pero tras la caída del infante bastardo en 1680 se prohibió la publicación de este tipo de impresos45. 26 Lo que las imprentas españolas no producían, llegaba de otros países, de modo que España era un mercado dependiente, pero esto no debe magnificarse, por cuanto la coyuntura económica no era favorable a este comercio y en la mayoría de las bibliotecas privadas los libros extranjeros eran poco numerosos, ya que el número de quienes podían acceder a la información y a los precios de esos libros, era limitado, especialmente en provincias. La producción italiana se conocía con facilidad gracias al trasiego y a los viajes constantes de clérigos, funcionarios, políticos o militares, era menos sospechosa que la francesa y en su casi totalidad estaba en latín, por lo que era comprendida por ese tipo de lectores y compradores46. En lo que respecta a Francia, también una parte de los libros estaba en latín y los mercaderes franceses se hacían notar en España, pero en tiempos de Carlos II se nota el escaso conocimiento del francés por parte de la potencial clientela hispana. Convertido en idioma dominante en la producción impresa, en parte por impulso oficial desde la Académie Française47, era necesario saberlo para acceder a la cultura francesa, como reconocía Gutiérrez de los Ríos, conde de Fernán Núñez, en El hombre práctico (1680), justificándolo por lo mucho y bueno que había publicado en esa lengua, y por su mayor utilidad con respecto al italiano, sin negar la excelencia de los escritores de ese otro idioma. Ese interés también se constata en la publicación de gramáticas francesas: En 1673 se publicó en Zaragoza, quizá por haber un grupo novator, la Gramática francesa de Pedro Pablo Billet, reeditada varias veces en Madrid, al igual que la de Juan Pedro Jarón, de 1688. Pero si los particulares tenían esos problemas para hacerse con libros extranjeros, no se puede decir lo mismo de las instituciones, en cuyas bibliotecas, en especial las de los regulares, eran abundantes por su conexión con las ramas extranjeras de sus órdenes, sobre todo de Italia, de donde llegaban los grandes textos religiosos y de derecho canónico, pero también de filología, literatura o historia. Los dueños de los libros: ¿cuántos, quiénes y dónde? 27 En su Traicté des plus belles bibliothèques, el padre Louis Jacob de Saint-Charles elogiaba en 1644 las bibliotecas francesas identificando a sus propietarios con hombres sabios, algo que repetía el abbé Pierre Le Gallois en otro tratado de 1680 referido a Europa48. En Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 8 XVle-XlXe siècles, París: CNRS, 1987, p. 73-93. José Manuel PRIETO BERNABÉ, Lectura y lectores. La cultura del impreso en el Madrid del Siglo de Oro (1550-1650), Mérida: Ed. Regional de Extremadura, 2004, p. 121-122. 14. Ofelia REY CASTELAO, “Niveles de alfabetización en la Galicia de fines del Antiguo Régimen”, Lisants et lecteurs en Espagne, Bulletin Hispanique, 100 (2), 1998, p. 271-311. 15. Bernabé BARTOLOMÉ MARTÍNEZ, Historia de la acción educadora de la Iglesia, Madrid: B.A.C, 1995, p. 581. 16. Antonio VIÑAO FRAGO, “Alfabetización y primeras letras (ss. XVI-XVII)”, in: James AMELANG y Antonio CASTILLO (ed.), Escribir y leer en el siglo de Cervantes, Alcalá: Universidad de Alcalá, 1999, p. 39. 17. Vicente FAUBELL ZAPATA, “Los escolapios en España”, Analecta calasancia, 99, 2008, p. 57-65. 18. Margit FRENK, Entre la voz y el silencio, Alcalá: C.E.C., 1997. François LOPEZ, “Las malas lecturas. 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Estos tampoco se preocuparon de la imprenta y del comercio del libro, salvo para controlar y censurar lo que se imprimía y circulaba. En ausencia de una política cultural, nadie intentó asociar la figura del rey a los libros y a la lectura, como sí se hizo en Francia en la misma época en torno a Luis XIV. Sin embargo, en ese panorama negativo se descubren aspectos positivos que se estudian en este artículo, y que permiten explicar la aparición de la generación de los novatores, una minoría cultural abierta a la novedad y a la influencia extranjera. Dans un pays où le roi avait appris à lire et à écrire fort tard, l’accès à la lecture et aux libres ne fut pas chose aisée pour la grande majorité de la population. L’analphabétisme généralisé et l’état désastreux de l’éducation n’ont pas été l’objet de l’attention des pouvoirs civils et religieux. Ces derniers n’ont pas prêté davantage attention à l’imprimerie ou au commerce du libre, si ce n’est pour contrôler et censurer ce qui s’imprimait et circulait. En l’absence de politique culturelle, nul Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 18 ne songea à associer la figure du roi aux livres et à la lecture, comme cela se faisait alors en France, à la même époque, autour de Louis XIV. Néanmoins, dans ce panorama de désolation, des aspects positifs émergent, qui sont analysés dans cette étude et permettent d’expliquer l’émergence de la génération des novatores, petite minorité culturelle ouverte à la nouveauté et aux influences étrangères. ÍNDICE Palabras claves: Carlos II, España, libros, librerías, imprenta, edición, instrucción, bibliotecas, novatores Mots-clés: Charles II, Espagne, livres, librairies, imprimerie, édition, instruction, bibliothèques, novatores AUTOR OFELIA REY CASTELAO Universidad de Santiago de Compostela Libros y lecturas en la España de Carlos II e-Spania, 29 | février 2018 19