Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa
Full text
Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Tese presentada por Adrián Vázquez Fernández Dirixida por Doctora María Xosé Agra Romero Facultade de Filosofía Departamento de Lóxica e Filosofía Moral
3 ÍNDice Agradecimientos. 7 Introducción. 9 1ª PARTE: Los límites retóricos de la política 25-186 Capítulo 1: Política y retoricidad. 29-70 .El irónico olvido de lo político. Retoricidad constitutiva. 31-41 1.1 1.2. Ejemplos prácticos de formulaciones retóricas políticas. 41-55 1.3. La libertad estructurada. 55-70 Capítulo 2: Consentimiento, justicia y estafa: crisis de los modelos emancipatorios. 71-105 2.1. De la estafa de un procedimiento a la crisis de los modelos emancipatorios 73-79 2.2. Bienestarismo y economía: retóricas excluyentes. 79-105 Capítulo 3: De la hegemonía a la revolución democrática. 107-186 3.1. Socialismo, retórica y hegemonía. 112-138 3.2. Los límites de lo social: lo “real” instituido. 138-157 3.3. De la sociedad a la diferencia: la necesidad de un nuevo imaginario socio-político. 157-186 3.3.1 .Feminismo (s) 161-186
4 2ª PARTE: Sociedad VS Política; deuda contraída, promesas incumplidas. 187-373 Capítulo 4: Perspectiva social. 189-212 4.1. ¿Cómo está usted?: características o “prejuicios de nuestra política desde una perspectiva social”. 193-202 4.2. Características de nuestra sociedad desde una perspectiva sociológico “objetiva”. 202-212 Capítulo 5: Perspectiva crítico-intelectual. 213-373 5.1 Deconstrucción: apertura hacia al otro; otras voces otros ámbitos. 216-246 5.2. Praxis, ironía e indecibilidad: Diálogos con Rorty, Laclau y Mouffe. 247-326 5.2.1 Ironía como estrategia de la indecibilidad. 250-266 5.2.2 Compromiso democrático: Derrida versus Rorty. 266-282 5.2.3 Corrientes legitimatorias: autonomía vs. heteronomía. 282-305 5.2.4 ¿De la tolerancia al agonismo político?: la sombra del diálogo. 305-326 5.3. Habermas, Derrida: un consenso indecidible. 326-373 5.3.1. La concepción pluralista de la racionalidad práctica. 329-341 5.3.2. La formulación del principio del discurso. 341-350 5.3.3. Del uso público deconstruído de la razón. 350-373
5 3ª PARTE: a-síntesis de los conceptos. 375-420 Capítulo 6: Ética de la (des)adecuación y democracia. 377-420 6.1. ¿Cuál es el lugar de la democracia? 382-398 6.2. (Des) adecuación como proceso triádico. 399-414 6.2.1. ¿Cuál es el lugar de la democracia?: la ciudad. 408-414 6.3. Plurifederalismo: cosmopolitismo efectivo como práctica de (des)adecuación. 414-420 ConCLuSionES 421-430 BiBLiogRAfíA 431-449
7 Agradecimientos: No podríamos comenzar el presente estudio sin antes agradecer la ayuda, el apoyo y consejos recibidos durante todo el proceso que conlleva la preparación de una tesis doctoral. Por todo ello queremos hacer patente nuestra deuda con aquellas personas e instituciones que nos han facilitado y brindado tanto los medios como la confianza necesaria para desarrollar nuestro estudio. En primer lugar el agradecimiento más cercano a nuestra familia, especialmente a nuestros padres, Manuel y María Jesús, cuyo ánimo, paciencia e ilusión ha posibilitado la conclusión del trabajo. También queremos mencionar a nuestra pareja Ana, que en gran medida ha sufrido los altibajos propios de un proceso largo y en ocasiones absorbente, y que no obstante nos ha empujado hacia nuestro objetivo aportando ideas y conocimiento de un modo notable. En general gracias a todas aquellas personas, principalmente amigos, que de manera constante se han preocupado por el desarrollo de un estudio, que ha sido a su vez reflejo de nuestra evolución personal durante un largo periodo de tiempo. Especialmente queremos hacer patente nuestro más profundo agradecimiento a la Directora de tesis, la catedrática María Xosé Agra Romero. Gracias por haber aceptado proyecto, por habernos permitido desarrollar parte de nuestros sueños docentes e investigadores, y sobre todo por su carácter tenaz, cercano y sincero que nos ha obligado a pensar lo obvio para descubrir la diferencia, al mismo tiempo que por posibilitarnos un marco de independencia y confianza absoluto. Por su amistad y por su criterio siempre objetivo, gracias. También señalar el inestimable apoyo de una organización privada como “Caja Madrid” que durante dos años nos brindó su confianza otorgándonos una beca Doctoral de Filosofía; beca que no solo nos proporcionó un espacio de estabilidad económica sino que a través del seguimiento semestral de la evolución del trabajo nos obligó y enseñó a ser meticulosos, ejerciendo la responsabilidad de un modo práctico. Gracias a Caja Madrid por su elección.
8 Al mismo tiempo debemos reconocer y agradecer la ayuda otorgada por la Xunta de Galicia mediante la Consellería de Innovación e Industria. Esta ayuda, no solo nos ha permitido realizar una estancia en la Northwestern University en Illinois-EEUU, sino que gracias a ella hemos podido compartir impresiones con uno de los protagonistas de la investigación, el profesor Ernesto Laclau. Por supuesto, no podríamos finalizar sin agradecer a la Universidad de Santiago de Compostela y especialmente al Departamento de Lóxica y Filosofía Moral de la Facultad de Filosofía su apoyo durante mi vínculo a esta institución. Pero de manera especial, queremos hacer público nuestro afecto a todas y todos los compañeros de despacho por su cercanía y complicidad. Ya por último gracias a la Filosofía y a filósofos como Jacques Derrida, un amigo desconocido.
9 “En toda la filosofía política, el discurso dominante sobre la democracia implica esa libertad como poder, facultad, facilidad para hacer, fuerza, en suma, para hacer lo que se quiera, energía de la voluntad intencional y decisoria. Por consiguiente, resulta difícil entender –y eso es lo que queda por pensarcomo podría otra experiencia de la libertad fundar de una forma inmediata, continua, consecuente, lo que todavía se llamaría una política democrática o una filosofía política democrática.” 1 Introducción: Podemos afirmar que nuestra tesis se compone y toma sentido a través de dos reflexiones que se complementan: a) partiendo del análisis y descripción de un panorama socio-político globalizado que demanda la necesaria reformulación y resignificación de los presupuestos básicos con los que la política, en su traducción democrática, ha operado desde su consolidación como mecanismo de orden social, económico y moral. b) Se formula la apuesta decidida por un nuevo significado de la política y de la democracia. Para comprender este nuevo significado de la política, que no renuncia a las estructuras liberales de la tolerancia, sino que las transforma desde su interior, acudimos a las reflexiones que Jacques Derrida realiza a lo largo de su obra acerca de la democracia y su significado. Al mismo tiempo que las combinamos con el pensamiento postmarxista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, con la lectura ilustrada de Jürgen Habermas, y con los nuevos modelos de gestión política y participación ciudadana. Por lo tanto nuestra tesis afirma la necesidad imperiosa de un nuevo compromiso y significado político para la sociedad actual y sus desafíos; reformulación que encuentra en las reflexiones filosóficas de Jacques Derrida, Laclau y Habermas combinados, los pilares desde los que edificar un nuevo modelo de relación social y política. 1 Derrida, J: Canallas, ob.cit, pág. 63
16 Siguiendo esta línea en el capítulo cinco se desarrollan las principales características del pensamiento de estos autores, intentando establecer nexos de unión así como las diferencias que constituyen su identidad y originalidad, y en las cuales podemos hallar algunos de los presupuestos que fundamenten una nueva lectura democrática. Este recorrido nos permitirá establecer un diálogo entre ellos a través de las críticas, tanto individuales como comunes, que se les ha efectuado –y que se han dirigido entre ellos- a cada uno de ellos, lo que nos posibilita comprender la importancia de sus diferencias y el alcance de sus similitudes; ya que sostenemos que la alternativa democrática podría asentarse en una nueva lectura que combinara la vertiente racionalista habermasiana y la deconstrucción derridiana. Este capítulo comienza, pues, con la exposición del pensamiento derridiano, poniendo de manifiesto en nuestro desarrollo su pertinencia para un análisis político. Esta posibilidad parte de su propia lógica desedimentadora mediante la cual se someten a crítica los principales principios y conceptos de la tradición político-democrática, mediante la que la deconstrucción establece una reformulación de las bases que otorgan solidez a nuestras democracias. Al llevar a cabo esta lectura Derrida señalará las graves deficiencias que los significados básicos de la política democrática actual ha heredado de nuestra tradición. Uno de los principales problemas es la rigidez de estas descripciones que son incapaces de establecer y acoger aquellos aspectos ajenos a la propia tradición, pero también aquellos que son inherentes a su producción y génesis, pero que han sido restringidos en su alcance y orientación. Por ello Derrida parte de la necesidad de pensar la tradición a través de la diferencia; no debemos de confundir la noción de diferencia en Derrida con la presentación que Lyotard efectúa del diferendo. Sin embargo ambas partirán de la necesidad de encontrar un lenguaje de acceso a la realidad social y política a partir de su propia diferencia constitutiva, por ello podemos introducirnos en Derrida a través de Lyotard a la hora de comprender la función de la diferencia en un análisis político-democrático. Frente a las síntesis totalizadoras Lyotard pretendía desarrollar un pensamiento de la multiplicidad que él concebía dentro de los límites de la lógica de la identidad. Esta lógica se despliega sobre un campo heterogéneo del discurso en la cual las diferencias se expresan como diferendos irreductibles, aunque no
17 incomunicados. De ahí la importancia que le otorga a los juegos del lenguaje (Wittgenstein) y a la crítica del juicio (Kant), en la cual se inspira para plantear una nueva distribución de los géneros de discurso: explicativo, prescriptito y narrativo, inconmensurables entre si. La inconmensurabilidad es una forma lógica de afirmar la multiplicidad como discurso sin renunciar a la especificidad de los géneros que la expresan. Pero es también la forma de establecer una topología de acceso a la multiplicidad del ser a través del lenguaje, siguiendo tres grandes series: el Acontecimiento, la Ley y la Forma, esto es, ontología, ética y estética. Lyotard, para mostrar la separación entre un género y otro defiende la hipótesis de una suerte de disenso fundamental, según la cual cada género –científico, narrativo, prescriptivoposee su propia finalidad. Con ello, se pretende reforzar la heterogeneidad constitutiva del lenguaje que expresa nuestra condición originaria del mundo antes de cualquier consenso entre los seres humanos o entre los géneros del discurso. Esta pluralidad originaria del lenguaje permitiría desactivar la hegemonía de los discursos que tienden a establecer conmensurabilidades entre los elementos del sistema, sea para postular la anterioridad causal de alguno de los elementos, o su preeminencia constitiutiva. De esta manera, los candidatos a establecer esta hegemonía los encontraríamos en los grandes relatos de nuestra tradición política –emancipación, contrato social como fuente de legitimidad y legalidad; así como la verdad asimilada a representación científica de nuestra realidad-. Derrida partirá de estas mismas premisas, pero intentará demostrar la primacía de la heterogeneidad de otro modo. Para Derrida la identidad encuentra su definición en la diferencia constitutiva, o en su exterior constitutivo. Para ello, el pensador francés instala en la deconstrucción el aire demostrativo y aparentemente no histórico de la paradojas lógicoformales. Aplicando un comentario de Barthes a su propia estrategia retórica, podríamos afirmar que Derrida utiliza la deconstrucción como si quisiera mostrar que los conceptos, en apariencia fundamentalmente opuestos, se pueden emplear uno por otro, en una composición metonímica. Esta estrategia es la causante de que gran parte de la tradición se sienta confusa
18 o impaciente, ya que la deconstrucción impone la fuerza de la articulación contingente, del juego como un modo de movilizarla y desarticularla al mismo tiempo. Este carácter intercambiable de la oposición barthiana es incorporado en Derrida, bajo el nombre de indecidible. La indecibilidad señala y radicaliza ese valor doble presente en muchos de los conceptos canónicos de la filosofía derridiana, conceptos como rastro, escritura y suplemento. Estos conceptos se insertan en la deconstrucción que el autor francés efectúa del logos occidental a través del análisis relacional entre el habla y la escritura. Esta relación señala la subordinación histórica de la escritura al habla, describiéndose históricamente a esta última como reflejo y acceso a la verdad, a la idealidad de la razón. Esta subordinación, a la que Derrida dedica la mayor parte de su obra durante los años sesenta y setenta, será muy criticada y tachada de irracionalidad nihilista. Sin embargo en los estudios derridianos localizamos una crítica desfundamentadora que intenta desenmascarar los naturalismos y universalismos que se han querido presentar como necesarios, y que aporta interesantes lecturas y propuestas sobre nuestra tradición política y cultural. En la lectura derridiana de la política nos encontramos con interesantes reflexiones acerca de la justicia y su relación con el derecho. Esta relación sirve a Derrida como medio para reflexionar acerca de la legitimidad de los órganos de gobierno para monopolizar la violencia como medio de garantizar el cumplimiento de la ley y de la justicia, al mismo tiempo que profundiza en el significado del derecho y de la justicia, definiendo a esta última como indecidible. El derecho, para el franco-argelino no puede ser establecido de modo esencial sino abierto a la reflexión constante de la justicia, pues en muchos casos la justicia reclama modos que el derecho no es capaz de satisfacer en su articulado legal, ya que el derecho no agota el ámbito de la justicia, pudiendo únicamente realizar pequeñas lecturas retóricas de la justicia, pequeñas narraciones mediante las que se dota de sentido y unidad a una sociedad, pero que en muchos casos reproducirán situaciones injustas. De este modo, su pensamiento acerca de la justicia lo sitúa en una posición idónea a la hora de establecer una reflexión sobre la democracia y sus posibilidades. Derrida observa como la
19 democracia ha sido constituida como un medio de identificación grupal a partir de una serie de principios cuya lógica se muestra preocupantemente excluyente. Así en obras como El otro cabo, o en Políticas de la amistad se encargará de recorrer la historia de las democracias, señalando como ésta se ha formalizado a partir de presupuestos lógicos de pertenencia. Estos presupuestos, -en los cuales la igualdad se confiere por nacimiento, así los hermanos son los iguales-, son el fundamento sobre el que se han consolidado los conceptos de soberanía, de nación, de ciudadano, y también de democracia. Según Derrida, esto ha consolidado un modelo político excluyente e irresponsable que genera con facilidad desigualdades y problemas de convivencia. La democracia, y sus mitos fundacionales, son analizados en sus obras, mostrándonos sus orígenes contingentes, así como la imposibilidad de significar la democracia de modo esencial, lo que nos introduce en una reflexión ético-normativa en la que se analiza el papel del ciudadano, de la ciudad, pero también de Europa, a la hora de constituir una democracia basada en un principio abierto a la diferencia, en la amistad como vehículo del diálogo y como posibilidad de minimizar la hostilidad que los modelos homogeneizantes como el neoliberal han instaurado. De este pensamiento también extraemos lo que hemos denominado como principio actitudinal. Este principio está referido al hecho de que la deconstrucción señala el ámbito de la práctica vital social e individual, una actitud plenamente autónoma que se encarga de someter los presupuestos de la tradición al análisis permanente de la indecibilidad, esto es, a la acción responsable. Es, por lo tanto, una actitud de coraje ante los desafíos reales de nuestra existencia, pero una actitud que busca desarrollar una nueva propuesta no vinculada a un ideología, ni a un líder, sino al ejercicio concreto de ciudadanos y ciudadanas mediante su acción y pensamiento. Así, en este capítulo introducimos el debate con Mouffe y Laclau, ya que sus conclusiones así como la política que se deriva de ellas, son diferentes. Consideramos necesario reintroducir el pensamiento retórico-político de Ernesto Laclau y Mouffe; esto nos permitirá dilucidar un nuevo modelo de consentimiento que no podrá ser adscrito a la teoría de la hegemonía propuesta por los dos autores postmarxistas, aunque si partirá de su descripción retórica del ejercicio y formación política. Esto debido
20 a varios problemas: en primer lugar, el carácter heterónomo de la decisión en los contextos descritos por la lógica hegemónica, y por lo tanto, un modelo de consentimiento ligado a la formación, no siempre autónoma, de nuevas hegemonías. Efectivamente, la propuesta de Laclau y Mouffe nos parece descriptivamente muy acertada pero sin embargo limitada a la hora de describir una práctica política, ello por su negativa a otorgar algún presupuesto normativo a la política. Esta negativa hace que las propuestas de los autores de la hegemonía sean difusas, no perfilando con claridad el ¿cómo? de una democracia radical. Otro punto problemático serán las críticas a cualquier modelo consensual y dialógico, así como a los procesos de democracia y tolerancia liberal. Y es que nosotros defenderemos que solo mediante la asunción crítica de estos mecanismos es posible llevar a acabo la transformación y resignificación de la democracia y de la sociedad. Pero, ante todo, nos separamos de su lectura política desvinculada de modo absoluto de una función ética. Este punto será de los más discutidos en el estudio ya que la defensa de este vínculo supone una piedra angular para la consolidación de un componente actitudinal que modifique la orientación y respuesta a la pregunta esencial de ¿qué es la política? Estas críticas y la necesidad de estructurar una alternativa real y práctica, junto al convencimiento de la idoneidad del modelo diálogico en su función instrumental nos obligarán a hacernos a cargo del modelo habermasiano al final del capítulo cinco. Mediante la exposición del pensamiento habermasiano intentaremos mostrar como las propuestas deconstructivas, y aún la propia teoría dialógica se completan de modo bidireccional. Será, principalmente el sentido deconstructivo mismo, inserto en la deliberación el que constituya uno de los puntos de acercamiento, no desde la perspectiva que sostiene el diálogo consensual como un mecanismo para acomodar diferencias e introducirlas en el horizonte homogéneo de una hegemonía en vigor. Nosotros presentaremos la vinculación de estas teorías como instrumentos que podrían ser utilizados a la hora de constituir un nuevo modelo político y social, que parta del individuo concreto y de sus pensamientos ejercitados en común con los demás.
21 Afirmamos esto último ya que encontramos entre los dos pensadores puntos en común que complementan sus respectivos trabajos. Así localizamos en ambos una preocupación por la herencia de nuestras tradiciones y por el rumbo socio-político de nuestras sociedades; un compromiso con la normatividad ético-política a partir de un principio no regulativo como es “utopía”, tanto en el alemán como en el franco argelino; también es interesante la vinculación existente en los dos autores entre finitud, falibilidad y universalidad. Como veremos, el principio de discurso en Habermas presenta una estructura consensual en la que la universalidad es significada a partir de contextos falibles y contingentes. La verdad de lo universal queda vinculada a lo que Derrida denomina indecibilidad, siendo lo finito la condición transcendental de lo transcendental; por ello el consenso se presenta como una estructura de adecuación contingente a la hora de establecer principios de acción que nos ayuden a conducir nuestras vidas de acuerdo a una pregunta, ¿qué hacer? El consenso, introduce la diferencia a través de un proceso triádico en el que la identidad de los sujetos es expuesta a la reciprocidad, reversibilidad, esto es, abierta a un exterior que se muestra constitutivo en estos procesos, al mismo tiempo que la universalidad es descentralizada del esencialismo apolíneo. El consenso muestra una profundidad mayor que el mero engranaje hermenéutico, siendo desde nuestro punto de vista una posibilidad de articular la indecibilidad de modo eficaz, permitiendo introducir la decisión en un marco indecidible pero estableciendo la contingencia y la falibilidad como condiciones inherentes a lo político y a lo ético, y a las decisiones tomadas en estos campos. Siguiendo esta lógica, la universalidad en estos dos autores se muestra como un principio de responsabilidad, y lo que denominamos principio de responsabilidad se inserta en los dos autores en lo que podría definirse como matriz agnóstica moral. Frente a las acusaciones que tachan a estas obras como comprehensivas moralizantes, tanto la ética comunicativa como el principio de indecibilidad derridiano se presentan como lecturas no substantivas de la moral ya que solo articulan un deber ser como ejercicio de apertura y comunicación, pero no conllevan un listado de significados y normas a seguir. Así, la deconstrucción muestra un componente actitudinal que encuentra expresión formal en la lógica consensual.
22 Por consiguiente, la democracia alcanza de nuevo protagonismo, ya que si queremos responder a ¿qué es la política? y a ¿que podemos hacer?, esto nos obliga a replantearnos nuestra acción, la adecuación de nuestros principios rectores, así como el lugar desde el que ejercer uno de los conceptos claves, el consentimiento. Esta reflexión, el llevarla a la práctica nos obligan a replantear la hegemonía democrática vigente para entender si esta puede ser llevada a otro lugar, ser significada de otro modo, ser (des)adecuada. La tercera parte de nuestro estudio, pretende unificar el sentido de nuestra tesis y de las diferentes teorías que hemos expuesto a través de la presentación de un nuevo modelo de acción ético-política que parta del seno de nuestras sociedades. Por ello, la pregunta fundamental, es de nuevo ¿qué es la política?, ¿qué podemos hacer con ella?, y como no ¿desde donde? En la segunda parte habíamos mencionado que uno de los problemas principales de nuestra sociedad actual es la desorientación y la sensación de que las decisiones no competen ya a la ciudadanía. La ética de la (des)adecuación no pretende ser una ética normativa que nos diga que está bien y que está mal, no parte de principios axiológicos que rijan nuestro juicio. Esta ética solo busca que ejerzamos como ciudadanos y personas que interactúan en un espacio común, por lo tanto se estructura a partir de la observancia de la retoricidad constitutiva, de una noción práctica de la legitimidad y del consentimiento, que no renuncia a establecer nuevas hegemonías. En, este sentido, desde esta perspectiva se establece la ciudad como el marco necesario desde el que recobrar la acción y decisión política en un mundo que ya ha sido definido, para bien y para mal como “aldea global”. Por consiguiente, se partirá de la necesidad de implementar las reformas dialógico-deliberativas en los ámbitos locales, esto es: más democracia local, discusión real sobre todos los problemas –no solo aquellos típicos del localismo- y menos estructuración internacional anónima. Creemos que una democracia ligada al pensamiento y su ejercicio produciría nuevas significaciones y realidades. Para que esto sea posible es necesario profundizar en el significado de la constitución y democracia a la luz de las teorías presentadas y de los problemas señalados. Debemos de entender la función de una constitución en una sociedad que se presenta en tránsito, por lo que también nos encargaremos de examinar distintas leyes concretas de
23 carácter actitudinal positivo, leyes que se insertan en una perspectiva cosmopolita pero que se desarrollan en el marco de la inclusión y participación local. Es por ello que estudiaremos algunos de los presupuestos de la nueva arquitectura público-administrativa: redes horizontales, políticas transversales estratégicas y gobiernos multinivel; en ellos podríamos encontrar una plataforma desde la que acometer reformas que se dirigieran a establecer una vinculación directa entre soberanía, consentimiento y participación, teniendo siempre en cuenta el presupuesto de relaciones intra y supranacionales. Por lo tanto señalaremos el valor de la municipalidad/localidad como traducción próxima de un cosmopolitismo efectivo. En definitiva estamos hablando de la necesidad de reflexionar acerca de nuestros fundamentos, de la moral socio-política que estructura nuestras vidas, y de las posibilidades que nos ofrece este mismo panorama que se muestra como una incógnita. La filosofía y la ciencia política siempre han incidido en la necesidad de responder a la pregunta ¿qué es la política? Esto se ha hecho desde la tradición, desde la adaptación de nuevos métodos exportados de la ciencia, de la empresa, etc. Sin embargo, nosotros sostenemos que siempre han sido ineficaces ya que han prescindido de la complejidad, diversidad y carácter concreto del ciudadano y de la ciudadanía. Solo (des)adecuando la función de la política y estableciendo vínculos efectivos entre ciudadanos, no solo nacionales, sino cosmopolitas, podremos consolidar una democracia cosmopolita efectiva en la que los estados se asocien plurifederalmente a partir de códigos de acción, pactados por políticos y sectores privados, pero ante todo por una sociedad bien informada y con capacidad de ejercer su consentimiento, como acción política. Esta es la apuesta decidida de nuestra tesis.
1ª PARTE: Los límites retóricos de la política
32 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Partiendo de esta diferenciación, nosotros sostenemos que cualquier realidad política concreta, instititucionalizada mediante un sistema constitucional o incluso religioso, está en primer y último término asentada sobre “lo político”, esto es sobre la capacidad retórica de estructurar significados múltiples y acondicionarlos en una metáfora elevada a verdad. Este mismo proceso lo observamos en lo que denominamos “la sociedad”. Este término posee un carácter indisociable respecto a la política, no siendo fácil diferenciar cual posee primacía sobre el otro. La sociedad es un modelo concreto de ordenamiento de personas, un sistema concreto que observa unos patrones comunes culturales, aún dentro de sociedades plenamente complejas y diversas. Podríamos decir que la sociedad se conforma a partir de mitos comunes dotadores de sentido y que, por lo tanto, la sociedad poseería un carácter óntico, al igual que la política, ya que sería la institucionalización de estos mitos lo que conformaría la sociedad. Sin embargo, podemos observar como lo social estaría en el mismo plano que “lo político”, esto es en el plano ontológico, articulatorio, y discursivo. O lo que es lo mismo, tanto “lo político” como “lo social” responden a criterios significativos retóricos, esto es, admiten acotaciones múltiples en su significado y, por lo tanto, son campos plenamente retóricos. Por supuesto esto, lo corroboraremos mediante ejemplos históricos en los que es posible contemplar la consolidación de diferentes significados político-sociales, que partiendo de una comprensión retórica de la política y la sociedad, fueron formulados a posteriori como descripciones naturales e universales de lo político y social. Principalmente esto se pone de manifiesto, en la conformación y desarrollo de una de las categorías clave de nuestra tradición político social, nos referimos al concepo de consentimiento. Como ya señalamos en la introducción: Es necesario replantear el alcance y dimensión del principio básico de consentimiento si queremos redefinir políticas adecuadas a nuestro tiempo. Para ello se muestran muy eficaces los análisis teóricos que abordan el campo político, como un campo que se desarrolla y constituye respondiendo a bases articuladas según reglas retóricas –y por lo tanto no como categorías esencializables sino contingentes-, lo que nos permite una comprensión más compleja del fenómeno mismo de lo político. Desde esta perspectiva conectaremos la noción de consentimiento, con las de autonomía, soberanía y conflicto
33 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa intercultural, al mismo tiempo que insertaremos toda esta diversidad en una noción compleja de hegemonía, ¿cómo y que debe ser una hegemonía? Esto nos permitiría introducir una nueva orientación en nuestras políticas, y en la función que la democracia debe cumplir. Para esta investigación partimos del carácter retórico, constructivo y articulado de nuestros presupuestos socio-políticos, ¿quiere decir esto que se pierde seriedad, responsabilidad, eficacia? Al contrario, la comprensión retórica de la política, su retoricidad constitutiva reclama todo lo contrario, reclama responsabilidad y el ejercicio real de la labor política, esto es reflexión y coraje a la hora de abordar nuevas metas. Por ello la categoría de consentimiento como ejercicio activo de nuestra voluntad política es primordial, tanto en su defensa como en su replanteamiento. Y es que el consentimiento y la retoricidad están originalmente unidos, incluso como principios incuestionables de la política, y aún más de su definición democrática. Esta retoricidad constitutiva se observa fácilmente. Si nos situáramos ante un auditorio en el que se recogiera una representación porcentual de la población de cualquier país democrático occidental, y por que no mundial, preguntando, ¿qué significa la sociedad?, ¿qué significa la política?; las respuestas serían probablemente variopintas aunque de seguro se podrían clasificar a partir de grandes bloques que recogerían las tendencias principales que han sido protagonistas a lo largo de nuestra historia. Llegando, como no, a las respuestas consolidadas alrededor de posicionamientos ciudadanos múltiples que, en nuestra actualidad, parten de la crítica común a una política y a un sistema que en lugar de alternativas parece producir apatía, ineficacia y hostilidad, ciudadanos con ideas pero en muchos casos hastiados de las ideologías. Por lo tanto, lo que nos debería llamar la atención es que no nos serviría para llegar a una definición esencial de los términos básicos de nuestro imaginario político a partir de un ejercicio consultivo, y no por una falta de coraje o carencia intelectual, pues tampoco lo podríamos hacer reuniendo en ese mismo auditorio a las mentes más lúcidas de las Ciencias Políticas. Y es que seguramente, acabaríamos estableciendo luchas acerca de esos significados, apropiamientos estratégicos, o fidelidades históricas, pero en realidad no podríamos definir la
34 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa política, ni la sociedad, cualquier consenso respondería a una lógica eficientemente retórica, como intentaremos demostrar. Lo que parece emerger de nuestro ejercicio, es la idea e imagen de estos campos como discutibles, campos no saturados por una definición o esencia que los agote, por ello mismo afirmaremos que están vacíos, siendo su significado una clara muestra de ejercicio retórico mediante el que pretendemos copar o hegemonizar su vacío, tal y como veremos en el capítulo tres. Claro está, que quizá este ejercicio sea ya una respuesta. La política no posee una base apropiable, ni unas leyes esenciales, es como pretenderemos mostrar una práctica retórica, una narración. Esto no resta seriedad ni profundidad, sino que otorga y demanda responsabilidad, así como nuevos mecanismos que permitan articular una política de resultados y eficacia eficientemente democráticos, no definibles mediante la apropiación indebida del cálculo económico, tal y como se ha venido haciendo desde la caída del estado de bienestar a partir de la década de los setenta del pasado siglo, como vamos a ver en breve. Esta necesidad y esta lógica de estructura retórica la estamos situando en la génesis misma de nuestra tradición liberal. Concretamente, en la configuración racional del contractualismo liberal de Hobbes, donde se plantea el desarrollo necesario de un método que substituya las prácticas de poder asentadas en una lógica de la verdad, en su mayoría adscritas al oscurantismo religioso. Esto es, describe la necesidad de un nuevo imaginario. Se trata por lo tanto de un método, de una nueva narración que proponga y defienda las necesidades que la sociedad emergente de su época entendía como básicas, y que fueron recogidas en un tríptico operativo: libertad, seguridad y propiedad. De este planteamiento surgirá un modelo democrático al que denominaríamos posteriormente protector. Hobbes en todo momento presenta una estrategia retórica, desde la portada estudiada del Leviatán, hasta los principios constitutivos del acuerdo; jamás habla de verdad ni de esencia, acaso de necesidad, pero como todos sabemos con ello no se refería a una necesidad natural e incuestionable, sino a un estado de necesidad que describía su época. Hobbes presenta desarrolla su contractualismo mediante un ejercicio de imaginación y equipara el momento constituyente a un acto fundacional en el que su fuerza no se puede retrotraer a una realidad o esencia que lo defina; sino que su fuerza radica en la aceptación de pequeñas metonimias
35 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa orientadas a la consolidación y aceptación de una última metáfora que aceptemos todos, la metáfora del Estado (tanto el de naturaleza como la organización de poder). De hecho el consentimiento, piedra angular del liberalismo proto-democrático surge como motor imprescindible de esta estrategia; consentimos nuestra metáfora convirtiéndonos en padres fundadores, en libertadores y nos encaminamos hacia la comunidad de ciudadanos. Pero en realidad, siguiendo a Horkheimer, la metáfora, la estrategia misma, fue naturalizada y esencializada por aquellos que habían protagonizado un ejercicio de ficción. El liberalismo y los liberales en el transcurso de los siglos han efectuado estrategias diversas que en muchos casos han operado procesos de esencialización; realizando en realidad una hipóstasis entre política, verdad y naturaleza. No queremos decir que el liberalismo no haya alcanzado cuotas de desarrollo democrático inigualables, negarlo solo denotaría desconocimiento y quizá cierta obcecación. Es más, nuestro estudio parte desde el compromiso profundo con la tradición liberal democrática; pero como pretenderemos mostrar, el liberalismo ha traicionado sus propias bases. Esto es lo que sostenemos en nuestra tesis, la necesidad de abordar una reforma democrática, tanto en el seno de las naciones democrático-liberales, como en las relaciones internacionales que soportan la actual sociedad global. Pero, primero deberemos adentrarnos un poco más en esta noción de retoricidad, y para ello acudiremos a dos autores principales, Ernesto Laclau y Jacques Derrida; que serán abordados con mayor profundidad en la segunda parte. Tanto Laclau, como Derrida defenderán que la política puede ser descifrada a partir de las reglas de la retórica, por lo que ambos mantienen que la política posee una retoricidad constitutiva, pero… ¿A qué nos referimos al hablar de una retoricidad constitutiva? Con ello queremos señalar que el campo sobre el que se asientan todas nuestras construcciones culturales puede ser descifrado y explicado como campo retórico, y desde la analogía con términos propios como discurso, metáfora o metonimia. Esta es la visión que Ernesto Laclau defiende en sus estudios4, entre los que cabe destacar uno de sus últimos trabajos, 4 Laclau, Ernesto:. Hegemonía y estrategia socialista, FCE, Buenos Aires, 2006; On populist reason, Verso, London, 2007; Emancipation(s), Verso, London , 2007
36 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa nos referimos a “Articulation and the limits of metaphor”, donde, de la mano de Jackobson, Gennette o Saussure, desarrolla los mecanismos de significación y resignificación política, lo que como veremos nos llevará a la noción de hegemonía. La política, junto a lo social, en el estudio anterior no responden a ninguna definición verdadera ni es un campo que pueda ser descifrado de una vez por todas, pues como afirma Connolly5, la política es un término esencialmente discutible, prevaleciendo el elemento instituyente polemos sobre el elemento instituido polis. Esto será recogido por Iñaki Martínez de Albeniz6, en cuyo estudio, y de la mano de Laclau, Zizek y Jankelevitch entre otros, mantendrá que ni las vertientes descriptivistas, ni las antidescriptivistas de la política aciertan en su visión de lo político, pues ninguna observaría el antagonismo inscrito en la noción de lo político. Y es que si para los primeros (descriptivistas) existe un significado, un contenido cierto que debemos descubrir, siendo erróneas todas aquellas lecturas que olviden este contenido correcto7; para los segundos (nominalismo/antidescriptivismo) realmente el término política no remite a referente alguno, la lucha en torno a su significado surge de una confusión epistemológica y se apacigua y neutraliza en la coexistencia de una pluralidad de significados. Sin embargo, nos dice Zizek: “Lo que ambas perspectivas no ven es que la lucha por la hegemonía , la lucha por el contenido particular que funciona como contenido universal de lo político, no tiene ninguna base; es lo Real que no puede fundamentarse en una estructura ontológica. De ahí que toda ontología, toda ontología de la política, sea en esencia una (onto) política”. 8 Laclau, a su vez, sostendrá que lo político es la articulación de elementos heterogéneos, y que cada una de de estas articulaciones es esencialmente tropológica, lo que presupone la 5 Connolly W., The terms of political dicourse, Blackwell, Londres, 1988 6 Martínez de Albeniz, I. “Usar la palabra política en vano. Blasfemia, parodia e ironía como reapropiaciones de lo político”, Foro Interno, 5, (2005), págs. 13-35 7 En ciertos aspectos, autores representantes de las corrientes dialógicas como Habermas han sido acusados de defender posturas de este tipo, siendo catalogados como “apolíneos”. Desde estas críticas a las políticas consensuales se recalca el excesivo empeño de unificar y acelerar procesos de acuerdo lo que según estos pensadores, acrecienta el poder de las capas mayoritarias. Este tipo de críticas, entre ellas cabría destacar a autores tan diferentes como Zizek, Laclau o Mouffe, les llevan a proponer modelos alternativos al mayoritario, articulando en sus lecturas propuestas democráticas inclusivas frente a la estructura deliberativa, que desde su punto de vista descuida aspectos distributivos. Intentaremos establecer un diálogo entre Habermas, Derrida y Laclau en la segunda parte de la tesis. 8 Zîzek, S., El sublime objeto de la ideología, S. XXI, México, 1992, p. 96
37 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa dualidad entre institución y subversión de posiciones diferenciales. De este modo nosotros podemos definir esto, como una intervención retórica, a través de la combinación de diferentes metonimias que siempre tenderán a constituir una metáfora, esto es una unidad de sentido que aglutine particularidades identificadas en ese significante vacío bajo una operación de equivalencia, esta será la estrategia de la hegemonía, como veremos, cuando analicemos la democracia después de la constitución de la denominada sociedad de bloques, y del fracaso del proyecto socialista. Laclau, usando la distinción efectuada por Husserl, defenderá que lo social es equivalente al orden sedimentado (la metáfora instituida), mientras lo político conllevaría el momento de reactivación. 9 Sin embargo, el argentino mantendrá junto a Chantal Mouffe10 que las formas contemporáneas de tecnocracia presentes en la política oficial, estarían diluyendo lo político, entendido como este campo de construcción y reactivación permanente. La política actual ha convertido el gobierno en una mera cuestión de expertos. Por ello, es preciso introducir las líneas de pensamiento que serán esenciales para el desarrollo de nuestra investigación, nos referimos a la teoría de la hegemonía y a la deconstrucción. . Hegemonía y deconstrucción La teoría de la hegemonía, fue desarrollada por Laclau a mediados de los ochenta del siglo pasado, completándose con sus estudios posteriores sobre la génesis y lógica de los procesos populistas. Con ello pretendía enfrentarse a las lecturas orgánicas del socialismo y marxismo ortodoxo que buscaban la unidad y esencia política en una piedra angular como era la pertenencia de clase. A partir de sus estudios, y apoyándose en los trabajos de G. Sorel, y A. Gramsci principalmente, se buscaba encontrar una estrategia que modulase un nuevo imaginario socialista que pudiera aglutinar y satisfacer las demandas de una sociedad compuesta y compleja. Para ello reformula las categorías políticas dentro de un análisis 9 Esto se observa en los acontecimientos revolucionarios donde se aglutinan diferentes grupos bajo un mismo estandarte, se construyen nuevas metáforas donde la diversidad encuentra una nueva identidad. 10 Mouffe, Chantal: On the political, Routledge, New York, 2006
38 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa de vertiente retórica. Así la política se muestra como un concepto vacío, al igual que sus categorías clave. La hegemonía se presenta como una descripción de los procesos de asignación y significación política por las que un particular (concepto, significado) asume la tarea imposible de representación universal; esto reitera su descripción de la estructura social y política como contingente, y dislocada, haciendo imposible (para ello se sirve de la teoría psicoanalítica) una sutura final del sistema. De este modo, la política adquiere significados diversos siempre mediados por procesos de apropiamiento de ese vacío constitutivo. Así, cuando las demandas de una sociedad no son satisfechas por un sistema y su geometría de significación, se inician procesos de equivalencia por los que en principio, se conformarían significantes flotantes alrededor de los cuales se unificarían grupos y personas de índole e ideología diferente, hasta que al final, y tras un proceso de identificación, la contingencia primitiva queda estructurada como una nueva hegemonía política. Por lo tanto surgirán significados flotantes (lógicas metonímicas) que al final constituirán un nuevo concepto político (estructuración metafórica). En sus estudios se propondrá el ejemplo del movimiento Solidaridad en Polonia. Laclau y Mouffe, desarrollarán esta teoría mediante sus estudios del populismo, como ejemplificación clara de esta arquitectura. Según su punto de vista la política siempre ha obedecido a esta lógica, y su teoría buscaría la finalidad práctica de estructurar un nuevo proyecto que nos condujese a una nueva hegemonía, que tuviera presente sus fundamentos retóricos, esto es, su clara vocación democrática. Como veremos en el capítulo tres y en la segunda parte, intentará demostrar que las estructuraciones políticas no responden a una lógica esencialista sino que se disponen claramente en la lógica de un proceso de identificación regido por leyes retóricas, por tanto de leyes que operan en el ámbito simbólico. A su vez, el término deconstrucción fue acuñado por el pensador francés Jacques Derrida en la década de los sesenta del pasado siglo. Este término se generó a raíz de sus trabajos sobre lingüística. En estos se pretendía examinar las técnicas de la lingüística sausseriana desde la perspectiva de las ciencias humanas, lo que ya suponía un planteamiento novedoso, al mismo tiempo que se abordaban los procesos significativos desde la perspectiva
39 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa postestructuralista, teniendo para ello muy presente los estudios realizados por Lyotard11 acerca del diferendo y su papel en la revisión del paradigma socialista, y su extrapolación a la cultura occidental. La finalidad de estos trabajos no era otra que la de examinar y someter a una crítica antiimperialista y antihegemónica los principios que rigen nuestra metafísica, ciencia y política (en realidad toda la cultura occidental). Con ello no se buscaba una disolución, o vaciamiento de sentido, no se perseguía una destrucción nihilista de nuestra tradición desde un principio de ignota finalidad (tal y como algunos han querido señalar). La principal orientación de sus estudios podríamos decir, recogía lo que el pensador alemán Heidegger había denominado como destruktion (no entendida como destrucción, sino como una des-estructuración para deshacer algunas etapas estructurales dentro del sistema) y como abbau, que en el mismo sentido se centra en deshacer una edificación (en sus primeros estudios, centrándose en la lingüística y metafísica) para ver como está constituida. Mediante el análisis de textos (literarios, históricos, jurídicos), pretendía mostrar como la supuesta orientación de nuestra cultura hacia, o desde un principio superior escondía una tergiversación de sus principios. Esto suponía una crítica al esencialismo y una apuesta por una lectura que se asentaba en una realidad contingente y abierta a re-estructuraciones y diferencias que se mostraban constitutivas. Por lo tanto, la deconstrucción no era ni un sistema, ni un método, y en cierto sentido deberíamos hablar de deconstrucciones, y es que estas operaban en diferentes textos y campos de estudio, desde el arte a la arquitectura, pasando por el derecho y sus fuentes. Se trataba de deconstruir nuestra realidad, y para ello deberíamos acudir a nuestra herencia, leyendo y buscando en su origen este principio de diferencia, esto es, su contingencia como seres finitos abiertos a la repetición. Esta contingencia estructural era denominada por Derrida como archiescritura, definiendo con ello el carácter esencialmente retórico de nuestra cultura, pues cualquier identidad se encontraba abierta a la diferencia misma que portaba su nombre, su significado, y en su origen estaba la posibilidad misma de lo diferente. Las reglas mismas 11 Lyotard, Jean-François: La diferencia, Barcelona: Gedisa, 1999. Lyotard, J.F.: Peregrinaciones, ley, forma, acontecimientos, Madrid: Cátedra, D.L. 1992.
40 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa del lenguaje operan una especie de juego que nos abre a la repetición de la identidad a través de la diferencia. Derrida pretendía reflexionar haciéndose cargo de nuestra herencia y tradición tratando de profundizar en el significado de sus conceptos clave: responsabilidad, igualdad, justicia, ley, poder, soberanía, democracia, verdad, etc. Como resultado de ello, la responsabilidad y la justicia se deberían ejercitar desde la indecidibilidad. No se trataba de hacer imposible la decisión, la norma o la ley, sino de abrirla a la necesidad de re-estructuraciones y modificaciones, más allá de una supuesta necesidad o verdad. El derecho debe de orientarse a la aporía de la justicia y no desde la realidad de su fuerza. La responsabilidad jurídica debería partir del análisis de sus principios y no desde un supuesto ordenamiento jurídico originario.12 De este modo, es erróneo hablar de un giro político en la obra derridiana, ya que las lecturas y repercusiones políticas estaban presentes desde su primera obra, si bien esta orientación se acentuará con el paso de los años. Así, sus últimas obras constituirán un valiosísimo análisis de términos como justicia, ley, fuerza, poder, constitución, o democracia. Todo ello, desde el análisis de las gramáticas constitutivas de nuestras instituciones, operando de este modo, una vinculación directa entre responsabilidad y procesos de hostilidad-hospitalidad. Estas dos perspectivas, que iremos desarrollando con más detenimiento en el transcurso del presente estudio, son idóneas a la hora de acometer reformas políticas que puedan trascender los meros cálculos estratégicos así como dar respuesta a las demandas que la sociedad actual nos exige. Por ello sostenemos que los procesos de análisis retórico se perfilan como mecanismos irrenunciables a la hora de acometer resignificaciones políticas que supongan una renovación del paradigma actual, así como catalizadores de nuevas hegemonías políticas. 12 Derrida J., Laclau E., Critchley S., Mouffe: Deconstruction and pragmatism, Routledge, New York, 1996 Derrida, J: “Hoy en día”, entrevista realizada por Thomas Assheuer, en No escribo sin luz artificial, Cuatro, Valladolid, 1999, p.122 Derrida, J: L`autre cap, Minuit, 1991, p.79 Derrida, J. y Élisabeth Roudinesco: y mañana que…, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2001, pp.29-42 Derrida J:. Le monolinguisme d`l autre, Galilée, 1996. Derrida J: Spectres de Marx, Paris, Galilée
41 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Lo que pasaremos a analizar en el siguiente apartado son diferentes ejemplos de formulaciones retóricas en el campo político. Centrándonos principalmente en la génesis del paradigma liberal y en la complejidad del origen del paradigma comunista; todo ello sin descuidar el impacto de estos modelos sobre la categoría de consentimiento que es central para comprender la imperiosa necesidad de estas reformas. Con ello estaremos en disposición de analizar la noción de hegemonía y su pertinencia para una propuesta política teniendo en cuenta antes el contexto actual de nuestras sociedades. 1.2. Ejemplos prácticos de formulaciones retóricas políticas. Debemos de señalar que los casos que ahora pasaremos a tratar solo constituyen un ejemplo contextualizador desde el que poder comprender la función retórica en el campo de la política, así como para poner de manifiesto las deficiencias que estas lecturas, predominantemente liberales, han desarrollado. La categoría de consentimiento es clave en nuestro análisis, no tanto como concepto originado en el seno de una tradición, sino como concepto que se asumirá con posterioridad como piedra angular de cualquier política democrática. Para ello, nos ocuparemos de los autores fundacionales del liberalismo, teniendo en cuenta que nuestra exposición será descriptiva. Este recorrido nos permitirá comprender la génesis de una lectura política paralela al liberalismo, nos referimos al comunismo. Será de suma importancia entender como esta lectura surge sobre todo del malestar general en la sociedad y como crítica a la artificialidad del modelo liberal, y al sometimiento que sus cláusulas políticas imponían a gran parte de ellos. Veremos como afectó esto a la categoría de consentimiento y al panorama político en general. . El poder del artificio. Si bien podemos localizar múltiples construcciones retóricas en el campo político y social, un ejemplo claro sería la constitución de la noción de “naturaleza humana”, “género humano” o “humanidad”en la España del siglo XVI de la mano de la Escuela Española de
48 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa correlato con una realidad objetiva, sino que el lenguaje supone ante todo un constructo de representaciones que genera el “discurso mental”, que en términos generales, basado en las pasiones, determina la acción de un ser humano. Por ello la realidad de la opinión, de la artificialidad o posibilidad de una certeza se hayan ambas en la posibilidad de un lenguaje no originario, ni revelado; la verdad será la que se decide en la búsqueda de un orden mediante un método. De ahí que la razón y la ciencia, sean reclamadas en la búsqueda de un discurso coherente lingüísticamente. Pero la razón no será algo que se adquiera por naturaleza, sino que será algo que requiere esfuerzo y un buen uso del lenguaje. Hobbes está persiguiendo y siguiendo una mecánica con la cual conseguir un marco político certero, visible, e incuestionable. Pretende recuperar la certeza acabando con la verdad. Así, nos dirá, que el buen uso del lenguaje posibilita que las personas adquieran talentos, aunque estos también dependerán de las diferentes pasiones que poseen los distintos hombres y también de su educación. Hobbes construirá un nuevo discurso político basado en la razón. Critica la política anterior basada en la superstición, en un ente invisible y en un ser personalizado que se sustenta en la opinión. Él pretende construir un poder visible y abstracto, que será el Estado. Lo que debemos observar es como esta racionalidad que prescribe, articula y calcula, está actuando a modo de regla dotadora de sentido. Se presenta un método que parte de nuestra libertad, pero que al mismo tiempo la define y codifica. Se parte de un artificio retórico pero se apunta hacia una validez universal y naturalista. Lo que debemos de tener en cuenta es que estos procesos de significación política y social los podemos encontrar en la constitución de diferentes opciones políticas, tal y como veremos de la mano de Laclau. En estos procesos, el consentimiento y su radicalidad queda confundida en el marco retórico que ha significado y dotado de sentido a la política. Acabamos de hablar del consentimiento y lo hemos asociado a su radicalidad ¿por qué? Con radicalidad nos referimos al acto de voluntad que se ejerce mediante el consentimiento, tanto individual como colectivo. Este acto, no puede ser abordado en los márgenes de una ideología ni de una estructura social concreta, sino que por su propia constitución, siempre
49 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa desborda estos continentes. El consentimiento no es un ejercicio simple de ciudadanía, de clase, o un derecho de participación, sino que, defendemos, se descifra como la expresión indecidible, no acotable de la decisión personal y social, por lo que no es capaz de abandonar el ámbito de lo ético, el consentimiento reclama por lo tanto un ejercicio de responsabilidad en los márgenes de la política. En el capítulo seis veremos como este punto contituye una de las diferencias entre Laclau y Derrida. Nos parece interesante señalarlo ahora, antes de pasar al capítulo tres, donde analizamos la noción de hegemonía como herramienta descriptiva que nos ayude a comprender la constitución de movimientos políticos como el comunismo socialista, y que Laclau desarrollará a partir de criterios plenamente retóricos. Como veremos, estamos de acuerdo con la decripción de la política efectuada por el argentino, pero no con sus conclusiones. Pero antes de esto retomemos de nuevo ese proceso de naturalización que desde los albores del liberalismo trató de hipostasiar artificio y natulareza. Como hemos mencionado al comienzo del capítulo uno de los autores que han profundizado en los procesos de naturalización del liberalismo es Max Horkheimer. Ahora, nos serviremos de sus conclusiones. .Hipóstasis y olvido: una compresión retórica. Horkheimer desarrollará dicha reflexión en su obra Historia, Metafísica y escepticismo17 . Aquí afirma: “Hobbes extrae de sus principios filosóficos generales una serie de conclusiones que afectan a la política y a la cultura en general y que coinciden con las opiniones filosófico-históricas de otra serie de autores; a todos ellos podríamos englobarlos en la llamada tendencia materialista dentro de la filosofía de la historia de la burguesía ascendente, cuyos representantes más característicos son Maquiavelo, Spinoza, Pierre Bayle, Mandeville y algunos pensadores radicales de la Ilustración francesa, como D’Holbach, Helvetius y Condorcet. 17 Horkheimer, Max, Historia, Metafísica y escepticismo. Tr. María del Rosario Zurro. Ed.Alianza 1982, Madrid.
50 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa La argumentación de estos autores procede del modo siguiente: al margen de la naturaleza que se expande en el espacio, no existe realidad alguna. Los hombres mismos son un pedazo de la naturaleza, a cuyas leyes generales están sometidos al igual que el resto de los seres. La historia no es otra cosa que la narración de una serie de sucesos de la naturaleza humana, de la misma manera que la otras parcelas de la historia natural describen sucesos acaecidos en otros ámbitos de la naturaleza. El verdadero conocimiento se refiere siempre a la realidad natural, la cual se da en la misma medida en la naturaleza inorgánica que en la vegetal, animal o humana, tanto en los individuos como en la sociedad que éstos constituyen. También el Estado y la Sociedad, que como sabemos, todavía están conceptualmente indiferenciados, pertenecen a la realidad, ya que son formas de organización de los individuos. Estado y Sociedad, lo mismo que cualquier otra máquina en funcionamiento, deben ser considerados como reales por estar constituidos por relaciones entre partes reales.”18 Habíamos dicho que Hobbes separa política y verdad; la estructura y razón política se basan ante todo en un método y en un mecanismo que nos separaría de la religión y sus dominios ideológicos para poder de esta manera alcanzar una independencia personal, dentro del marco consentido del ser artificial que es el Estado. Sin embargo estamos viendo como Hobbes hace derivar y coincidir la artificialidad de un acuerdo con la presunta naturalidad de su creador. De esta manera el ser humano naturaliza su orden interpretativo. Aquí el concepto de mecanicismo materialista entra de lleno a la hora de formular las características principales del Estado que con posterioridad recibirá en sus sucesivas revisiones el nombre de estado liberal protector. Y lo más importante, la duda y artificio son interpretados como “razón” infalible, el instante interpretativo o signo temporal elevado a temporalidad, y tiempo dogmático. El ser humano que Hobbes dibuja es, libre, instintivo, impulsivo, amoralmente malvado, manipulado, y ante todo, egoísta en un mundo de escasez. En un Estado de naturaleza se vería expuesto al pillaje, al asesinato, a la fuerza y al sometimiento no cosentido mediante la privación de su libertad. A nadie se le escapa que este panorama, como se ha indicado, no es más que una trascripción del estado de las cosas tal y como estaba en su época, y que eleva a lo natural del ser humano (tan duramente criticado Rousseau), cualquier persona preferiría dar su consentimiento a un Leviatán que solo nos impone ciertas cargas a cambio de ejercer nuestra libertad. Pero antes de seguir y ver en que consiste esta libertad llamada “negativa” 18 Horkheimer, M (1982), Ibid. pág.65-66.
51 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa por Isaiah Berlin avancemos de la mano de Horkheimer un poco más: “Según Hobbes, la paz interna está condicionada en gran parte por las ideas que se inculcan a los hombres. Por tanto según él, la organización científica del trabajo en las universidades –que son los principales semilleros de las opiniones dominantesdebe ser concebida de modo que concuerde con los intereses del Estado.”19 Hobbes lleva a cabo toda una reformulación de la estructura organizativa feudalideológica y la pone al servicio de la nueva conciencia que posteriormente llamaremos burguesa. Hobbes acorde con su materialismo, sigue un análisis psicológico de las motivaciones, peligros y ventajas que el ser humano puede sufrir o aportar. La contención y tutela del Estado lo serán no tanto por la mera imposición de fuerza, de la cual sin duda el Estado debe dar muestra, sino que la implantación del Estado debe ser reconocida de manera “subliminalmente aceptada”, de ahí la importancia del lenguaje y su significado. El lenguaje y con ello todo lo que articula nuestra noción de sociedad y seguridad deben irradiar a partir de un método preciso que busque la maximación de resultados y eficacia en la implantación de un orden que posea el poder, de ahí la importancia de la educación como medio de naturalizar y armonizar el artificio contractual. El Estado deberá ser visto como una realidad plena, con poder de castigo, pero su poder máximo estará en la capacidad que este tiene o debe tener para hacer de sus consignas, no tanto ordenes, como deseos que la gente sienta como propios; para ello la educación se formulará como un medio de instrucción e identificación que asegure la cohesión del grupo, minimizando de este modo la posibilidad del conflicto, etc. 20 “Cuando declara que el Estado tiene que poner a su servicio la Religión y la Iglesia, de lo que se trata, según el, es de la explotación de las ilusiones por parte del Estado; conocimiento para él, se identifica con el contenido de la doctrina de la naturaleza y del Estado. El Estado debería declarar como Religión aquellas ilusiones que fueran mas provechosas para sus fines, debería convertir en ley el culto correspondiente y, según la práctica de la Iglesia Anglicana, debería hacer que se cultivara y extendiera mediante la labor de una serie de clérigos por el remunerados.”21 19 Horkheimer, Max (1982), Ibid. pág.70 20 Hobbes, T, (2002): parte 2, cap.30, p.291-299 21 Horkheimer,M (1982), pág.80
52 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Con Hobbes el Estado comienza a liderar la sociedad, de esta manera será labor suya nutrirse de mecanismos de promoción y autodefensa. Quizás, sea este punto el más problemático a la hora de analizar el siguiente paso, que será el formulado por la filosofía política de Locke. El Estado es el que articula una libertad política que será defendida por la ley, sin embargo en Hobbes también se encargará de velar por nuestro tipo de “libertad”, siendo de esta manera programadamente libres. Por lo tanto, Hobbes lleva a cabo una caracterización crítica de los poderes antiguos de corte teológico, anteponiendo a esta crítica una interpretación psicológica que se apoya en intenciones claras como son las de acumular poder, manipular la sociedad, enriquecerse, etc. Sin embargo sea o no acertada la crítica que Hobbes realiza, lo curioso, al igual que en Maquiavelo, es que se utilizan las mismas armas que la crítica saca a la luz revestidas de oscuridad y siniestra familiaridad, para alcanzar lo que se supone una libertad desde una igualdad primitivamente moderna que se denomina consentimiento. Antes de retomar de nuevo el concepto de consentimiento atendamos a la opinión que tiene Horkheimer de este análisis de los sentimientos sociales, de la manipulación por medio de la religión, y por lo tanto de las convicciones que Hobbes ataca en su estudio: “Ahora bien, esto es precisamente el problema de la ideología. Cierto es que la falsa conciencia se desenmascara como tal confrontándola con el nivel de la ciencia real; pero, para el conocimiento de la historia, no basta tratar las representaciones religiosas o metafísicas que ya no pueden armonizarse con el nivel alcanzado por la ciencia como si fueran meros errores, del mismo modo que, en la ciencia natural, se rechaza una falsa hipótesis achacándosela al error de algún investigador. Reducir la religión a una mera invención subjetiva de los clérigos es falso, en primer lugar porque, por ejemplo, las cualidades que Hobbes presupone como móviles de la acción en los clérigos y nobles –ante todo el afán de lucroson momentos psíquicos que no se desarrollan más que con el advenimiento de la sociedad burguesa.”22 Horkheimer, por lo tanto, está describiendo claramente la constitución de un poder, el acto instituyente de una alianza que no puede reclamar para si un origen natural o divino, sino retórico y estratégico. Lo que tenemos que poner de manifiesto es que la cuestión del 22 Horkheimer,M (1982), pág. 90
53 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa consentimiento, si bien no puede ser tratada de modo unitaria, simplemente porque es obvio que su significado no es el mismo hoy en dia que en el siglo XVII, si puede ser presentada de modo evolutivo. Es decir, podemos asegurar que la cuestión del consentimiento, de partida, es una cuestión estratégica para dotar de poder y protección a un grupo social concreto, y esto hasta cierto punto se seguirá produciendo hasta finales del siglo XIX, por lo tanto la cuestión sería la de ¿quién? consiente, y con posterioridad con Madison y la mayoría de los liberales del XIX será la de ¿cómo? se consiente, claro está, sin perder el sentido del quien. Solo a finales del XIX se retomará la cuestión acerca del ¿qué? se consiente con Mill. Por lo tanto la cuestión acerca del sentido y conveniencia de las decisiones. Pero este paso no será sencillo ni tan claro, y aún en la actualidad deben ser tratados conjuntamente. Lo que nos interesa de Horkheimer es que en sus estudios desarrolla la constitución de este artificio, y al mismo tiempo plantea el impacto que un tipo de sociedad así formalizada puede tener sobre nuestra vidas, o en nuestros términos, muestra el impacto que el tipo de consentimiento basado en el ¿quién? y sus intereses, sin prestar atención a las consecuencias que puede tener sobre toda una civilización. Así en 1947, escribe la Dialéctica de la Ilustración; una pregunta está detrás del sentido de esta obra; ¿por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie? Para la corriente de pensadores que se aglutinan en la primera etapa de la denominada Teoría Crítica (Horkheimer, Adorno, From, Marcuse), la repuesta a esta pregunta se encuentra en el triunfo de un tipo de racionalidad que se empezó a gestar en la modernidad (siglo XVII) y que se irá conformando hasta alcanzar su culmen en el siglo XIX con la revolución industrial y el establecimiento de la razón como pieza clave de conceptos tales como desarrollo, progreso, fin o democracia. Este tipo de racionalidad recibirá según los autores diferentes denominaciones; razón subjetiva o instrumental (Horkheimer), subjetiva o identificadora (Adorno), unidimensional (Marcuse), etc. Según ellos (nunca debemos olvidar las fechas y orientaciones desde las cuales una escritor o pensador conforma su obra, pero con esto no quiero quitar peso a su análisis) la historia de la Ilustración ha estado marcada por el afán del hombre de imponer a la naturaleza
54 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa su domino; incluso a la propia naturaleza del ser humano. Recordemos al propio Foucault, sus críticas irán directamente dirigidas a este tipo de razón, sobre todo en sus últimas obras como Tecnologías del yo; pero este esquema, también está muy presente en las críticas feministas (por supuesto hablamos de modo genérico) en el que la razón instrumental respondería al esquema “sujeto-objeto”, siendo el hombre sujeto actor y manipulador, mientras la mujer solo sería un objeto que el hombre codifica, significa y posee. Así, marcan como motor en la historia no la lucha de clases; sino el conflicto hombrenaturaleza, que se identifica perfectamente en el esquema moderno de conocimiento sujetoobjeto. De esta manera este ser humano “desencantado” en el sentido de Weber, ha dado prioridad a la razón subjetiva que se orienta únicamente a la “adecuación de los medios a los intereses subjetivos de la autoconservación”, reduciéndose el papel humano y de la razón a un cálculo que busca la seguridad y maximación de éxito en una dieta de probabilidades. La razón instrumental romperá la máxima moral kantiana, atendiendo a los medios y no a los fines, convirtiendo la sociedad en algo a explotar. Los fines se considerarán indiferentes, incapaces de ser estipulados, siendo su elección no racional, sino producto de apetencias absolutamente irracionales. Detrás de la razón instrumental se esconde la búsqueda de un instrumento para todas las empresas de la sociedad, y ha renunciado a su tarea de juzgar los actos y el modo de vivir del hombre. Así analizaremos los orígenes de este paradigma en Locke y la separación entre público y privado. Esto nos ayudará a ver como la razón en vez de ser un instrumento liberador, nos ha conducido a la barbarie de la dominación universal de la Naturaleza y del hombre. La Naturaleza ha sido cosificada, degradada a pura materia. El dominio se convierte en un fin en si mismo. Ante esta razón, ellos (Escuela de Francfort) situarán la “razón objetiva”, es decir un logos o racionalidad inherente a la realidad misma (así en Platón, Aristóteles, Escolástica, el Idealismo alemán), que permite la determinación de ideales y fines “de por si deseables”. Para ellos, esta será justamente el tipo de racionalidad olvidada y repudiada por la Ilustración: Eclipse de la razón (1947) es el título de la obra de Horkheimer que en (1967)
55 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa aparecerá ampliada bajo el título de Crítica de la razón instrumental. Aquí, Horkheimer argumentará que no se trata de optar por ninguna de las dos formas de racionalidad, ya que ambas conducen a excesos. La razón objetiva lleva a afirmar “valores ilusorios y a crear ideologías reaccionarias”; pero la razón subjetiva nos conduce al “materialismo vulgar” como barbarie de dominación. De esta manera la autocrítica de la razón tiene que reconocer y salvar la limitación de ambos conceptos, y buscar su síntesis dialéctica. Nosotros defendemos que el único modo de estructurar una alternativa política y social es desde la reactivación del principio de consentimiento individual, enmarcado en el seno de una acción colectiva, lo que conlleva la crítica y resignificación del concepto e institución democrática. Esto será lo que desarrollaremos en el capítulo seis. Pero primero debemos entender la constitución de la vertiente liberal, como una articulación del consentimiento en cuanto a quienes y como se consiente. Esto nos permitirá enlazar con la crisis político-social del siglo XIX, la llamada lucha de clases. Desde aquí veremos cuales han sido las alternativas a estas grandes visiones (liberal y comunista-socialista), y nos preguntaremos sobre el papel de estas hegemonías, y acerca de la posibilidad de trascenderlas. Esta posibilidad solo la resolveremos en la propuesta que desarrollaremos en el segunda parte. Por lo tanto, debemos tener presente las preguntas, ¿quién consiente?, ¿cómo? 1.3 . La libertad estructurada. En realidad no trataremos a estos autores de manera claramente individual, pues lo que realmente nos interesa en este trabajo es la estructura narrativa y el modelo de democracia que se genera de su visión política. Por lo tanto no pretenderemos hacer una crítica de cada uno, ni a las claras deficiencias que sus obras presentan; sino a la relevancia que estas tuvieron para la política venidera, y para sus parcialidades. Al mismo tiempo, solo trabajaremos en detalle el modelo protector, ya que los modelos23 posteriores responden directa o indirectamente a 23 Seguimos la articulación propuesta por Held en: Held, David: Modelos de democracia. Alianza Universidad, Madrid, 1993
56 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa esta formalización política; y en cierto modo la reestructuración derridiana de la democracia entablará su diálogo con la “democracia moderna”, en el mismo “mito artificioso” que da origen a una lectura sesgada de la democracia mediante el contrato social que se impone como norma positiva, en un horizonte natural-racional. Locke nace en 1632; era un hombre partidario de la Revolución y del acuerdo de 1688 mediante el que se limitaba la autoridad de la Corona. Precisamente por ello, Locke estaba en clara disonancia con Hobbes. Y es que Locke buscaba una limitación de los poderes del gobierno, no un poder absoluto y descontrolado ante el cual el ciudadano solo podía someterse. Locke comienza a ahondar en el concepto de consentimiento ya presentado por Hobbes. Para Locke se consiente en la búsqueda de la libertad y esperanzas individuales como protección que el gobierno debe brindar; pero el gobierno irradia del pueblo, por lo tanto el gobierno no puede ser un monstruo todopoderoso ante el que el pueblo no pueda hacer nada. Locke comienza la búsqueda de la limitación del gobierno atacando a los pilares de la estructura absolutista, como son el patriarcalismo clásico desde el cual se defiende el poder del rey como poder de generación del padre, legitimando de esta manera el poder del monarca. Ante esto y en clara disonancia con Filmer, que era el máximo representante de la teoría monárquica, plantea la dificultad de hacer análogos, el poder paternal y el poder político. De esta manera pretende separar lo que desde entonces se presentarán como sectores completamente separados; esto es la familia como relación natural prepolítica, y el pacto entre varones que da lugar a la sociedad política. Mediante esta reformulación del patriarcalismo clásico (seguimos a Pateman24), Locke da paso a lo que comúnmente se denomina patriarcalismo moderno. Con este adjetivo “moderno” se indica que la igualdad refiere a los varones propietarios, responsables y capaces de formar y tener derecho a “contratar” y “tratar” cuestiones políticas; por lo tanto las mujeres no tendrán derecho y serán “privadas”, solo rozarán lo público en el momento de consentir ante el “altar”. Esto es, su “consentimiento expreso” ante el altar implica “dis-lógicamente” un consentimiento tácito 24 Pateman, C. 1983. En G. Duncan (ed.), Democratic Theory and Practice.Cambrigde University Press. Pateman, C.: El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995.
57 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa a la formulación patriarcalista del espacio público-político. De este modo la familia, será un espacio prepolítico, y las mujeres, relegadas al ámbito privado, no serán “ciudadanas” de pleno derecho. Será precisamente el derecho y su manifestación por medio de la ley; lo más perseguido por Locke a lo largo de su Ensayo sobre el gobierno civil25. Así en la primera parte del Ensayo echará por tierra la idea de Filmer que nos dice que el origen político comienza en el monarca revestido de porder divino; ya que no puede tolerar la idea de que el poder político sea absoluto, arbitrario, soberano y limitado, con poder sobre la “vida, propiedad y libertad” de cualquier hombre. Por ello mismo Locke cree necesario separar el mundo privado de cada uno, un mundo de libertad y realización personal en la búsqueda de lo que uno estime oportuno, y un mundo público en el cual se debe entrar voluntariamente, y que debe existir para defender en primer y último término los valores fundamentales del liberalismo que ya hemos presentado en el tríptico. Será precisamente esta separación entre público y privado, como protección de la libertad individual, y la identificación de libertad individual con la libertad mediada por la propiedad lo que criticará MacPherson con el término “individualismo posesivo.”26 Locke comenzará a replantear la cuestión de la legitimidad desde la convicción y necesidad de defender determinados intereses, que en la mayor parte de los casos coincidía con los de los pequeños comerciantes. La legitimidad para Locke solo puede darse de acuerdo a un pacto normativo y reflejado en un contrato racional que estipule las condiciones legales de acuerdo a las cuales un gobierno puede detentar un poder sobre sus ciudadanos, no sobre sus vidas. En la segunda parte del Tratado (publicado por primera vez en 1690), expondrá la necesidad de establecer un pacto o contrato mediante el que se pongan las bases legales de un gobierno legítimo; se está formulando la necesidad legitimar el gobierno de acuerdo a unas normas de arbitrio, según leyes; por lo tanto legitimidad y legalidad son el nuevo 25 Locke, J: Ensayo sobre el gobierno civil, Orbis, 1985. 26 MacPherson, C.B: La teoría política del individualismo posesivo; Fontanella, 1979.
64 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa en su capacidad colectiva, de toda coparticipación en el gobierno”, Estados Unidos era una república “en la que tiene lugar un sistema de representación”; mientras Alexander Hamilton decía en 1788 que era una “democracia representativa”31 Para consolidar su visión del gobierno representativo se nutrió de las aportaciones de autores clásicos y punteros, de la ciencia política de su tiempo; de esta manera su visión de la política será una mezcla entre Hobbes, Locke y Montesquieu, con resultados novedosos. Respectivamente recogerá de cada uno: la convicción en el principio egoísta del ser humano; la necesidad de defender la libertad por medio de un poder político instituido y la necesidad de respetar el principio de la división de poderes. Así atendiendo al “principio egoísta” en el cual está asentada la naturaleza del hombre, mantendrá que el desacuerdo, el debate, la confrontación entre opiniones, los conflictos de intereses y la formación de facciones enfrentadas, son inevitables. Además, Madison entiende que la fuente de discordia más común es “la variada y desigual distribución de la propiedad”, y es que claro está “los propietarios y los no propietarios han constituido siempre intereses distintos en la sociedad”. El problema para Madison no estriba en la necesidad de reconducir la desigual distribución de las propiedades lo cual es imposible debido al afán de diferenciarse y recrear sus patrones de desigualdad, afán inscrito en todo ser humano. El problema es articular estas diferencias y desigualdades que originan las facciones contrapuestas, de manera productiva; y es que el problema de la política era el de contener las facciones. Madison llama facción a “un número de ciudadanos, ya equivalgan a una mayoría o a una minoría del conjunto, que están unidos y actúan por algún impulso, pasión o interés común, que se opone a los derechos de otros ciudadanos, o a los intereses agregados de la comunidad32”. Lo que Madison busca es la manera de entrelazar estos intereses de tal forma que se vieran implicados en las operaciones de gobierno. Para ello cree necesario que exista un gobierno fuerte que defienda la libertad de Norteamérica y que a su vez controle las 31 Gordon S. Wood: “La democracia y la Revolución norteamericana” en Democracia. El viaje inacabado (508 a.C.- 1993 d.C.) bajo la dirección de John Dunn. Trd. Jordi Fibla, Tusquets, Barcelona, 1995 32 Madison, J: The federalist papers. Nueva York: Doubleday, 1966,
65 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa facciones. Este gobierno tendría que rendir cuentas de manera regular ante los ciudadanos por medio de elecciones, en las que se podrían cambiar los representantes (debemos entender que Madison difícilmente extendería la capacidad de voto a las mujeres y a los trabajadores no-propietarios). Por lo tanto el pensaba que una forma de “gobierno popular” con estructura federal y división de poderes podría ser útil para la contención de las acciones destructurantes de las facciones, involucrando a su vez, de manera decisiva, a los ciudadanos en el proceso político para “proteger sus intereses”. Con esta lectura surge la problemática democrática de las mayorías como relación entre estado y ciudadano; lo que posteriormente será reformulado en el sentido de proteger al estado de las acciones desestructurantes de colectivos de masas conflictivas. Este problema constituirá como explicaremos una articulación problemática entre teoría política y realidad social. La admirada contemplación de la democracia americana por parte de Tocqueville, responde a esta dificultad entre democracia y orden. Precisamente el tema de los intereses filtrado por el “número” será central en la discusión acerca de la democracia representativa en las grandes naciones. Así las facciones minoritarias y sus intereses antisociales podrán ser superados gracias a las elecciones periódicas. A su vez, si una facción mayoritaria utiliza los mecanismos representativos para llevar a cabo sus intereses, sacrificando el bien público, así como los derechos de otros ciudadanos, la denominada “tiranía de la mayoría”; existirán disposiciones constitucionales para impedirlo, tales como un extenso cuerpo electoral y un sistema de representación política. Uno de los primeros intentos de definir la política acorde a una noción tolerante de diferencia, pero que sigue dando preferencia a la noción de identidad sobre las identidades. Madison define la representación como “un pequeño número de ciudadanos elegidos por el resto”33 . Gracias al sistema representativo las opiniones públicas pueden ser “pulidas y extendidas” mediante el debate de aquellos representantes elegidos por el pueblo. El proceso de elección de los candidatos, así como el tamaño de una gran república, dan al gobierno, 33 Madison, J: The federalist papers. Nueva York: Doubleday, 1966, núm. 10, p.19. Para este autor nos hemos guiado por la obra de David Held: Modelos de democracia. Alianza Universidad, Madrid, 1993.
66 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa según Madison, unas ventajas que no podrían existir con otro sistema, ni en una república pequeña como las de la antigua Grecia. Estas ventajas son las siguientes: a) una población extensa que dará un número suficiente de representantes que garanticen la diversidad de opiniones, no cayendo bajo el influjo de unos pocos, b) un número de personas elevado implica un mayor número de personas capaces, teniendo por lo tanto el electorado más posibilidades para escoger, c) un electorado extenso tendrá más posibilidades de reconocer a aquellos candidatos que no estén a la “altura”, d) en un estado grande existirá una mayor diversidad cultural que garantiza la no creación de una mayoría tiránica. De este modo queda garantizada, la legítima persecución de intereses por parte de los individuos, y la protección de estos por medio del gobierno. Por lo tanto el estado federal representativo será leído como un mecanismo de contención y agregación de intereses, y como protector de los derechos de los ciudadanos (se entiende, seguridad, propiedad e intercambio de mercancías). Ahora bien, hemos llegado a una configuración de la “democracia protectora34”, en la cual se fundamentarán las democracias del XIX. Ya hemos puesto de manifiesto que no queremos caer en este trabajo en una crítica al estilo marxista simple, pero que tampoco podemos dejar de tener presentes determinados “apuntes” que todo “el mundo conoce”, y que nos acercarían bastante a un marxismo depurado o reformulado, podríamos decir. Para esto último, nos parece interesante apoyarnos en D. Goldhagen35. Si bien sus ensayos se centran en un acontecimiento determinado, esto es la Segunda Guerra Mundial; nos sirven para comprender desde la historia analizada la implicación directa de la sociedad de carne y hueso en los acontecimientos históricos. Por ello nos interesa el uso público de la historia que Goldhagen realiza, y a su vez a partir de aquí posibilitar una autocomprensión ético-política libre de malentendidos moralistas; y que a su vez nos dotará de cierta “distancia estratégica” para poder decir si la democracia está ciertamente anquilosada, en su sentido moral, político, e institucional, y por lo tanto para situar una de la preguntas clave de este trabajo, ¿es posible una autocomprensión democrática en la sociedad de la libertad, esto es, en la sociedades “democrático liberales”?, ¿de qué manera?, ¿se está produciendo? 34 Held, David: Modelos de democracia. Alianza Universidad, Madrid, 1993. 35 D.Goldhagen, Los verdugos voluntarios de Hitler, Madrid, Taurus, 1998.
67 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Para empezar, podríamos retomar algo que ya hemos mencionado; esto es el problema existente entre “teoría política” y “realidad social”, es decir entre la no equivalencia de los análisis teóricos y la realidad social concreta36. ¿Por qué surge este problema? Naturalmente porque teoría y práxis van de la mano de manera diferida. Pero veamos de manera exacta a que nos referimos. Europa estalló por los aires en 1789, y con ello se anticipó un problema que solo hoy en día se puede tratar de manera calmada y política. Súbitamente se pasó de un régimen cuasi feudal a un intento de instaurar una sociedad igualitaria y libre. Este intento se eclipsó, porque quizás la propia revolución y sus revolucionarios no fueron capaces de encontrar un sistema político idóneo, y es que tal vez esto era imposible; el propio Hegel “no tuvo más remedio que racionalizarlo como un movimiento del Espíritu mediante el que se alcanza la autoconciencia; pero no la razón”; acaso ¿los tiempos no estaban maduros?, ¿demasiados intereses enfrentados? Ciertamente, en la Revolución francesa, apoyada por la gran nación naciente que después llamaríamos Estados Unidos, no fue un movimiento de conciencia de “clase”, fue un movimiento de “justicia” en el que infinidad de discontinuidades y fracturas conjugaban una pluralidad de temporalidades que originaron una única revolución que no supo o no pudo rendir cuentas a esta misma diversidad. Sin embargo esta revolución supuso alguna de las cotas más altas en la configuración del imaginario occidental sobre derechos humanos. Lo que se corrobora en la consecución de uno de los avances más importantes en justicia universal, esto es la asunción y “declaración” de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, proclamada por la Asamblea el 26 de Agosto de 1789. Ahora bien, este acuerdo, no tuvo su asiento en una legislación positiva. Lo que ocurría era que, tras la caída de la monarquía autoritaria, la sociedad estaba embriagada de un ataque igualitario, nadie podría imponer al otro sino su derecho a ser ciudadano, ¿pero que era ser igual?, ¿quiénes eran los iguales?, ¿qué ocurría con las minorías? Se reconocen los límites abstractos de la 36 Debemos ver las similitudes de este problema con las abordadas por John Rawls en Justicia como equidad, Trad. Miguel Angel Rodilla, Editorial Tecnos, Madrid 1986; pero su sentido diferente que nos conducirá a una reformulación de los argumentos de Rawls en obras como El liberalismo político, o El derecho de gentes.
68 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa autoridad estatal, pero nadie articuló una reforma legislativa que garantizase la división de poderes y su control; por lo tanto no nos debe extrañar que la democracia directa inspirada en las repúblicas griegas se fuera al traste, y cayera en el más puro despotismo y crueldad37. Sin embargo, no queremos decir con ello que el sentimiento que surge en la revolución, fuera equivocado sino que sus mecanismos no fueron los idóneos a la hora de plasmar un gobierno; esto mismo fue lo que argumentaron los conservadores y reformadores para atacar no solo las formas sino para cortar cualquier posible modificación profunda de la sociedad, y esto no es superchería marxista. Después de la caída de la monarquía el poder absoluto no fue distribuido entre una serie de instituciones: una o más asambleas legislativas, una ejecutiva y un cuerpo de funcionarios jurídicos, al modo inglés; sino que fue transferida en bloque a la Asamblea Nacional. La Constitución de 1791 establecía un derecho a votar próximo al sufragio universal masculino, pero sin partidos políticos y sin listas electorales, las elecciones resultaron caóticas, y lo peor es que entre 1792 y 1794 el gobierno jacobino recuperó la siniestra “razón de estado” para matar e imponer la tan solicitada Declaración de los Derechos, haciéndose otra suerte de poder despótico; muchos de los revolucionarios empezaron a actuar como aquellos que habían mandado a la guillotina. Aún así, el fracaso del sistema de representación revolucionario se debía más a factores externos que internos: la guerra y la crisis económica, el creciente temor de las clases propietarias, la hambruna que amenazaba a los pobres y la creciente presión del terrorismo político. Así tras el golpe de Termidor, que acabó con Robespierre y el liderazgo jacobino superviviente (representantes de la libertad de los antiguos, por lo menos en teoría); la nueva Constitución de 1795 señaló un rápido retroceso, estableciendo un derecho a voto restringido y basado en la propiedad. 37 Dahl, Robert A: ¿Despues de la Revolución?. La autoridad en las sociedades avanzadas. Gedisa, Barcelona, 1996. No debemos perder de vista, el análisis que Dahl realiza en esta obra. Quizás el sentido común sea el menos común de los sentidos; pero podemos observar que los argumentos de Dahl son muy certeros, cualquier crítica a los principios de idoneidad y economía deben tener en cuenta la articulación que Dahl hace de ellos como baluarte de cualquier “equilibrio democrático”.
69 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Lo que ocurre, por lo tanto, es que de unas aspiraciones justas y solidarias se pasa a un poder despótico; de las discusiones en la Asamblea, se pasa a una actuación “mafiosa” encarnada en la ejecución de acciones de terrorismo de estado por parte del Comité de Salvación Pública, que no poseía rango legal. No es de extrañar que cuando el régimen jacobino sucumbe, la opinión de gran parte de la población es que existe la necesidad de un poder ejecutivo fuerte que administre orden y seguridad; de esta manera se entiende como a nadie le sorprendió demasiado el que un general victorioso se proclamase emperador de todas las Francias. Había llegado Napoleón, y la era de las revoluciones sociales, que la democracia no supo, no quiso o no pudo contestar. Lo que podemos observar, y ahora lo haremos con mayor profundidad, es como el consentimiento se articula y desarrolla a partir de una noción como igualdad y libertad, del pensamiento acerca de quien consiente en este momento se pasa a un desarrollo acerca del qué consentimos, habría una reflexión que parte de lo justo y adecuado, en relación con lo político. Sin embargo el consentimiento, muy pronto, será traducido dentro de los márgenes que posibilita las nuevas hegemonías emergentes en el seno de la sociedad; por un lado el liberalismo y por otro lado los que podríamos denominar movimientos post 1789, de claro cariz obrero, y que vincularán la noción de consentimiento a una nueva traducción del “quien”, sin efectuar una reflexión óptima acerca del “que” significa o debe significar la democracia. Por un lado, la universalidad de los derechos, y conceptos como igualdad en el seno del liberalismo, quedarán adscritos al desarrollo de un modelo de partida: en el que los iguales son ante todo los hombres propietarios, blancos, y libres; y lo mismo ocurrirá del lado de los movimientos sociales de corte anarquista y socialista, en los que a finales del XIX se hipostasia y confunde claramente ser humano con posición de clase, y por lo tanto se consiente realmente desde una posición de clase, que por supuesto en la mayoría de los casos responderá a una clara realidad marginal y al sentimiento de exclusión respecto a las democracias liberales, pero que a su vez, y como veremos con Laclau, respondió a la más clara estrategia arquitectónica de configuración e imposición de una nueva hegemonía, la socialista.
70 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Pero antes de pasar a esta cuestión, debemos de efectuar un pequeño recorrido por el siglo XIX, para situar nuestra discusión. Necesitamos comprender el contexto de emergencia de estas grandes hegemonías políticas que serán protagonistas durante todo el siglo XX, y que se perfilan como depositarias y productoras de nuestros imaginarios políticos. Imaginarios que, ligados a sus nociones de justicia, se radicalizarán a finales de la década de los setenta del pasado siglo, lo que abrirá el camino a una separación y acomodación (se darán por igual) entre sociedad y política, acrecentando la necesidad de una reforma y de una nueva noción de consentimiento, que dote de eficacia e impulse un nuevo modelo de democracia y política. Pasemos a analizar este proceso.
Capítulo 2: Consentimiento, justicia y estafa: crisis de los modelos emancipatorios
73 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa 2.1. De la estafa de un procedimiento a la crisis de los modelos emancipatorios . Representación y estafa: El siglo XIX fue, como ya hemos dicho, un siglo convulso, dubitativo, victorioso y podríamos decir del fin de la inocencia. Cada uno se posicionó, como le convenía, como podía, donde le tocaba o donde le asignaban; pero lo que nadie puede negar es que el mundo alcanzó el desarrollo práctico de dos conceptos teóricamente argumentados; los de política y sociedad. La lectura que se hizo de ellos fue la única posible en ese momento; ambos conceptos no se correspondían a pesar de ser inseparables, es más, la política se muestra y “descubre”, como política de clases sociales; la política es sospechosa de imponer, valores, costumbres, y de crear diferencias que supuestamente la democracia vigente, claro está protectora liberal, habría abolido Este tipo de análisis sería el desarrollado por Marx y Engels, que recogerían en sus obras todo el bagaje teórico y practico de lo que desde principios del siglo XIX, venía siendo el tema candente de todo análisis político y económico: es decir, la “cuestión social”38. Europa se encontraba en el dilema que se derivaba de las estructuras económicas asentadas en el liberalismo económico y las formaciones sociales que recogían y sufrían la división del trabajo, así como la división de la sociedad entre los que participaban del sistema y los que eran absorbidos por el; intencionalmente para unos y estructuralmente para otros de forma irremediable. C.B.Macpherson, en La democracia liberal y su época, pone de manifiesto la división de clases, el advenimiento de la democracia sustituye a los estamentos del Antiguo régimen y las visiones comprensivas de una sola clase. El problema de las clases y su concepto alude a la difícil relación que se mantiene entre dos principios (en teoría no contrapuestos) que implanta la democracia protectora, estos son los conceptos o principios de igualdad y mercado competitivo. Al igual que las sociedades estadísticas39 que nacen en el XIX, 38 Marx, K: Miseria de la filosofía, Madrid, Aguilar, 1969. Manuscritos: economía y filosofía, Madrid, Alianza, 1972, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Ariel, 1982. 39 Las sociedades estadísticas se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XIX en el seno de la denominada Economía Social.
80 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa protección de derechos sociales, lo cual pretendía incorporar las demandas de la clase obrera y de esa manera también contener las revoluciones y revueltas surgidas en la segunda mitad del XIX. De este modo el estado social de bienestar perseguía desde su aparición, ya en las teorías de su padre intelectual John Maynard Keynes, la conjugación entre economía, justicia, y privacidad, como una síntesis de los procesos articulados desde una concepción negativa de la libertad y una positiva. Así surgen los procesos retóricos que configurarán la supremacía bienestarista hasta nuestros días, pero que entrarán en quiebra cuando su némesis comunista entre en crisis. Sin embargo, el estado de bienestar se articula desde concepciones no meramente económicas sino que dispondrá una visión ética, y esto seguirá sucediendo en la actualidad, a nuestro juicio de modo negativo, con los procesos de consolidación de la hegemonía neoliberal; claro está, es en este último una ética sin sujetos, una ética sin razón. Al fin y al cabo una ética y política donde el consentimiento se efectúa sobre un menú hipotecado por un único actor, la economía institucionalizada por un liberalismo que ha traicionado sus propios presupuestos esencializando su propia contingencia. La relación entre ética y economía puede ser estudiada de muchos modos: sociológicamente, investigando los componentes éticos de la conducta de los agentes económicos (Weber); psicológicamente, averiguando las complejas relaciones entre motivación y convicciones morales; o metodológicamente, discutiendo la conveniencia, la verosimilitud o aun el contenido empírico de su propuesta. Nosotros nos ocuparemos de la teoría de justicia normativa, o economía del bienestar, que estudia, critica y trata de fijar criterios, la satisfacción de los cuales, a la hora de asignar y distribuir recursos, permitiría decir que una sociedad es justa o buena, o ético-socialmente estimable. Las teoría de la justicia pueden ser de dos tipos: 1) teorías que se limitan a establecer una conjunto de procedimientos, la estricta observancia de los cuales haría a una sociedad justa independientemente del resultado; estaríamos hablando de teorías deontológicas49, 2) 49 En el bloque dos, perspectiva intelectual recuperaremos esta temática en diálogo con Derrida acerca de la justicia: medios, fines e indecibilidad misma de la justicia.
81 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa teorías que determinan substantivamente un resultado al que debe llegar cualquier sociedad que quiera merecer la calificación de justa. En este caso, estaríamos hablando de teorías teleológico-consecuencialistas, cuyo esquema de acción general sería el siguiente: primero definen el distribuendum, aquello que hay que distribuir, y luego determinan el criterio o conjunto de criterios para proceder a la distribución. En primer lugar nos ocuparemos de estas últimas ya que en las teorías clásicas de la democracia, y del estado de bienestar son las que han operado con mayor profusión; si bien las teorías contemporáneas se centran en los aspectos formales de la articulación de la diversidad a través de complejos mecanismos de representación que irremediablemente desembocan en la síntesis de las perspectivas consecuencialistas y deontológicas. .Cardinalismo Como señala Doménech, en el utilitarismo clásico, el distribuendum, la métrica de la justicia distributiva, aquello que hay que distribuir entre los componentes de la sociedad, es la utilidad cardinal. Por utilidad podemos entender dos cosas distintas: a) el grado de satisfacción de los deseos o preferencias de los individuos; o b) la cantidad de placer de los individuos. A esto tendríamos que añadir que para el utilitarismo clásico, la utilidad tiene dos propiedades métricas, precisamente definidas por la economía de bienestar: en primer lugar, la utilidad es cardinalmente medible. Es decir, podemos medir y contrastar cuanto más desea una cosa sobre otra una persona; esto supone que podemos hacer operaciones aritméticas tales como sumar, restar, multiplicar y dividir las diversas utilidades que un objeto o actividad puede generar sobre un individuo. En segundo lugar, la utilidad es una medida interpersonalmente conmensurable, es decir, podemos comparar la utilidad que una persona o sociedad produce respecto a otra. De este modo, definidas tanto la interpretación material del distribuendum, como sus propiedades formales queda por determinar el criterio de distribución. El utilitarismo decimonónico clásico había propuesto la fórmula de “la mayor utilidad para el mayor número de individuos” (Bentham, como ya hemos señalado). El utilitarismo de la primera economía del bienestar substituye esa confusa divisa por un
82 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa criterio más preciso: “es justa la sociedad que consigue maximizar la suma de la utilidades de todos los individuos”, es decir, maximizar la felicidad del conjunto de la sociedad. Un gobierno, o una política que suscriba las tesis utilitaristas, no tendría más que una política económica justa, a saber: empezar una distribución a gran escala de recursos, expropiando a los ricos en favor de los pobres; un proceso que solo habría de detenerse en el momento en que el último céntimo arrebatado a un rico generara en éste una desutilidad igual a la utilidad que el destinatario pobre del mismo fuera capaz de conseguir. Por ello esta teoría utilitarista ha sido el baluarte de no pocos gobiernos bienestaristas, a pesar de que son múltiples las críticas que cabe efectuar. Entre ellas: la incapacidad de una gestión informativa acerca de la idoneidad misma de las preferencias, al mismo tiempo que del origen mismo de la acción política. Por ello nos vamos a centrar brevemente en algunos de los principales problemas éticos, técnicos y prácticos del utilitarismo cardinalista. Como se puede deducir de lo expuesto hasta ahora, la teoría cardinalista tiene un actractivo metodológico incuestionable: es muy informativa. Se dice que una teoría es muy informativa cuantos más mundos posibles es capaz de excluir. Y es incuestionable, que la formalización que el utilitarismo cardinalista hizo de la economía del biesnestar clásica satisface con creces ese desideratum: de un conjunto infinito de mundos sociales posibles, selecciona como justo uno solo, aquel en el que esa función alcanza su máximo. Esto es importante ya que explica como a pesar de los incontables y devastadores cargos acumulados durante años y repetidamente presentados en su contra, esta teoría logró sobrevivir. Estos cargos, tal y como señala Domenech, son de naturaleza triple: ética; técnico-metodológica, y práctico-metodológica. Y afectan 1) al formato consecuencialista de la teoría, 2) a su distribuendum (la utilidad cardinal) y 3) a su criterio de justicia (maximación de la suma de utilidades)50. 50 En este estudio solo nos interesa la incorporación de estas teorías a la estructura democrática concreta, no nos ocuparemos de las reformulaciones utilitaristas ni de las acertadas contrarréplicas, así como de las diferencias existentes en el propio seno del utilitarismo decimonónico, nos referimos a las diferencias existentes entre un utilitarismo cuantitativo (Benthan), y un utilitarismo cualitativo (Mill). Solo perseguimos una sucesión de hechos que nos permitan centrar nuestro trabajo.
83 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa 1) Problemas del consecuencialismo. Se suele asentir en el convencimiento de que el principal problema de esta teoría radica en sus dificultades para respetar los derechos incondicionales de los individuos. De este modo, podríamos sostener que para ser antiesclavistas el utilitarismo necesitaría demostrar, no el carácter inmoral de un estado esclavista, sino que existe una alternativa social y económica no esclavista capaz de producir una utilidad social agregada superior. Ante este tipo de situaciones un tanto ilógicas e irracionales, los filósofos morales utilitaristas reaccionaron de modo distinto al de los economistas normativos. La respuesta filosófica más interesante a esa dificultad fue la reformulación del utilitarismo como utilitarismo de las reglas, intentando de este modo sacar a la teoría de los problemas que acarreaba el paradigma del utilitarismo de los actos. Según esta nueva teoría, habría que admitir que la promoción de la máxima utilidad social puede venir más de la observancia de determinadas reglas, que de la de determinados actos. Pero surge un nuevo problema derivado de los criterios operativos que este modelo debe satisfacer: i) los argumentos utilizados para abrir ese espacio de reglas dentro de un esquema consecuencialista no pueden ser argumentos ad hoc que rebajen el contenido informativo de la teoría. Y ii) el compromiso adquirido al admitir un huésped deontológico (derechos, etc.) en un albergue consecuencialista debe ser un compromiso estable51. El utilitarismo de las reglas es dudoso que satisfaga estos dos requisitos. 2) Problemas de la utilidad cardinal. En este punto presentan tres problemas de índole moral en relación al modelo de justicia propuesto. Principalmente en lo referente a su distribuendum, y es que parece que la pretensión de que la única información relevante a la hora de hacer juicios normativos proceda de la cardinalización de la utilidad no responde a muchos interrogantes: a) en primer lugar, la información sobre el origen de las funciones de utilidad de los individuos (formación de sus deseos y preferencias) queda fuera del alcance valorativo de la teoría. Excluir este tipo de información sobre el origen de las preferencias 51 Una teoría normativa es estable si y solo si no proporciona incentivos a los individuos para violar sus criterios. Y en este caso, la teoría consecuencialista del utilitarismo de las reglas no parece estable, pues cualquier sospecha bien fundada de que una regla no promueve la utilidad social sería un incentivo para violarla.
84 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa implica la imposibilidad conceptual de distinguir entre mecanismos “legítimos” e “ilegítimos” de adquirir deseos, al mismo tiempo esto proyectaría una segunda crítica, pues ¿cómo se formaliza el consentimiento en esta teoría?, ¿qué función otorga la democracia al ciudadano?, ¿no quedaría el individuo aislado y sujeto a la satisfacción de sus propias preferencias sin analizar estas?, pero sobre todo ¿en último término no se encargaría el estado infiltrado en la sociedad de determinar la adecuación de los deseos y el significado de lo deseable?52 En segundo lugar, y claramente relacionado con lo que acabamos de exponer, nos encontraríamos con el problema de la responsabilidad de los individuos sobre sus preferencias. Aunque con frecuencia se presenta al utilitarismo como producto de una sociedad individualista, lo cierto es que en la cultura pública de una sociedad utilitarista los individuos nunca se harían responsables de sus preferencias y gustos (claro está que Mill no estaría de acuerdo con esta afirmación.) Por último y en tercer lugar, siguiendo a Doménech, surgiría el problema de lo que se podría llamar las “preferencias inmorales”, técnicamente conocido como el problema del “dominio no restringido” de la función social agregada de utilidad o “atentado a las lealtades personales”. Pero lo que debemos de tener en cuenta es la diferencia entre la vertiente filosóficomoral y la vertiente o versión económico-normativa. Muchas presentaciones populares del utilitarismo acostumbran a presentarlo como una teoría apologética del individualismo y del cálculo racional de interés personal, pero esto es un malentendido que hace a su versión más ético-filosófica. Lo contrario sería lo cierto, ya que un individuo que se tomara al pié de la letra la doctrina moral del utilitarismo sería un individuo sin ápice de privacidad y de vida personal. Por eso se ha sostenido, en no pocas ocasiones, que el utilitarismo clásico resuelve la tensión entre la ética personal y la ética social, politizando el espacio de la ética individual. Ante esta afirmación, y desde nuestra posición, uno no puede dejar de articular un “pero” rotundo. Obviamente como hemos mencionado, el estado social bienestarista será 52 Este tipo de críticas son resaltadas por Elster en su obra Sour Grapes, Cambrigde University Press, Cambrigde 1983.
85 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa puesto en tela de juicio a finales de los setenta del XX, desde teorías de la Nueva Derecha que entendían al estado como un problema, frente a la necesidad de salvaguardar la acción de los individuos en todas sus facetas (economía, cultura, etc); el estado no debería valorar ni entrar en los presupuestos morales de cada persona, sino que su función sería articular una estructura legal (“estado mínimo”) que posibilitara la convivencia tolerante de una diversidad no inidentificable. Claro está, según ellos todos perseguimos nociones de felicidad no definibles, pero que si podrían ser satisfechas por un mercado libre y competitivo. Será tal el auge de estas lecturas defendidas, como ya hemos señalado por Nozik y Hayeck, que en la mayor parte de los estados liberal-democráticos actuales, el libre mercado figura en sus constituciones como baluarte y piedra angular de nuestras constituciones. Sin embargo, ¿hemos ganado en nuestra libertad?, ¿en su ejercicio?, ¿realmente las articulaciones formales de las que se sirve el neoliberalismo son neutrales y permiten un ejercicio de la diferencia?, ¿se ha consentido una acotación del significado de la política en estos términos? En realidad solo hemos asistido a la conformación retórica de un nuevo paradigma político que, con cautela, parece responder únicamente a los intereses de unos pocos, aquellos mismos que han creado la metáfora; lo preocupante son las consecuencias de este abandono de responsabilidades. Hasta aquí los principales problemas éticos que presenta el distribuendum propuesto por la teoría cardinalista clásica. Pero también encontramos importantes escollos técnicometodológicos y práctico-operativos. Los más importantes tienen que ver con la dificultad de: cardinalizar la utilidad y hacerla interpersonalmente comparable. 3) Problemas de la maximización de la suma de utilidades. Simplemente señalaremos que muchas de las dificultades éticas, y prácticamente todas las técnicas-operativas, que suelen asociarse al criterio de maximización de la suma de utilidades proceden de los problemas derivados de la métrica, de la utilidad cardinal. Esto nos obliga a ocuparnos del ç Ordinalismo: Principalmente las dificultades técnico-metodológicas y operacionales, pero también las éticas, serán las encargadas de que el grueso de la economía normativa siga los pasos de la
86 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa teoría económica positiva substituyendo la utilidad cardinal interpersonalmente comparable por la meramente ordinal. Esto significa conformarse con la información acerca del orden de preferencias de los individuos (Juan prefire A a B), renunciando a la información sobre la intensidad de esas preferencias. Una implicación importante de este cambio de métrica es que con números ordinales no se pueden realizar operaciones aritméticas (suma, resta, multiplicación, etc.). Ante esta dificultad, la nueva economía del bienestar recurrió inmediatamente al criterio de eficiencia económica usado por la teoría económica y lo hizo suyo como criterio normativo de justicia; a saber, el celebérrimo criterio de optimalidad de Pareto, que podríamos definir de la siguiente manera: una situación es un óptimo de Pareto si y solo si nadie puede mejorar su utilidad sin empeorar la del otro, tal como señala Domenech. Este criterio también puede ser entendido desde una condición de unanimidad: no estamos en un óptimo de Pareto si nadie veta un posible cambio; o al revés estamos en un óptimo de Pareto si al menos uno veta el cambio. Ante la optimalidad paretiana surgen dos problemas, uno metodológico y derivado de este, uno ético-social: el metodológico se definiría acorde a la poca información que se deriva del criterio de justicia paretiano, ya que este óptimo sería compatible con las estructuras más dispares desde el punto de vista distributivo. El ético-social tendría que ver con el hecho de que este criterio de optimalidad es compatible con situaciones de extrema desigualdad. Así Doménech nos pone como ejemplo una sociedad de libre mercado en la que, debido a unas dotaciones iniciales extremadamente desiguales, se llegara a un óptimo en el que el 1% de la población recibiera el 99% de los recursos. Según la propia definición del óptimo de Pareto esta sociedad sería justa. Teniendo esto en cuenta parece necesario hallar un criterio que permita seleccionar entre óptimos distintos. Para ello, los nuevos ordinalistas creyeron que una manera de controlar y definir la optimalidad podría encontrarse en los propios mecanismos democráticos de información. Se creía que de esta unión podría emerger un nuevo criterio de justicia destinado a devolver al utilitarismo la capacidad de selección en información que se había perdido con el cambio al paradigma ordinalista. Sin embargo, estas esperanzas se vieron truncadas por la demostración, en la década de los cincuenta, de
87 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa un teorema matemático de imposibilidad. Este mismo teorema reformado por John Kenneth Arrow, demuestra53 que la combinación de optimalidad paretiana y democracia no es viable. Esta afirmación se sostiene, en que según Arrow, ningún mecanismo de elección social (incluida la democracia) es capaz de respetar simultáneamente un conjunto de condiciones, según él, muy razonables: COa. Dominio no restringido de la función de elección social (lo que garantiza que todas las ordenaciones individuales de preferencias serán tenidas en cuenta por la función de elección social). COb. Las preferencias son exógenas al proceso de elección social, y no varían a lo largo de ese proceso. C1. Racionalidad colectiva: se respetará alguna condición débil de transitividad. C2. Independencia de las alternativas irrelevantes (que asegura que si, por ejemplo, en el menú de un restaurante se puede optar entre carne y pescado, y Juan elige pescado, luego por el simple hecho de que se le ofrezca una tercera posibilidad, pasta, Juan no nos comprometerá diciendo: Estupendo, entonces comeré pasta. C3. Optimalidad paretiana. C4. No dictadura (que excluye la dictadura de uno de los miembros como mecanismo de elección social). Arrow demostró que, dadas COa, COb, (C1, C2, C3, C4) es inconsistente cuando hay al menos tres alternativas disponibles. Sin embargo, todas las condiciones impuestas por el teorema son altamente discutibles: El resultado de Arrow es más relevante para la ciencia política que para la economía 1. normativa. Quien así argumenta debe completar de otro modo el criterio de optimalidad paretiana para obtener una teoría de la justicia ordinalista más precisa e informativa. Una posibilidad es el criterio leximin de agregación de las preferencias. Línea sugerida por primera vez por Serge Christophe Kolm, y que tendrá gran 53 Ciertamente, a nuestro parecer este teorema arroja diferentes problemas a tener en cuenta para la ciencia política. Creemos, que sus conclusiones son muy discutibles.
88 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa influencia sobre construcciones normativas posteriores como las de John Rawls y Amartya Sen. El resultado prueba el fracaso del giro ordinalista. Hay que volver al cardinalismo2. 54. La condición C2 hipoteca las elecciones estratégicas, que son un criterio de racionalidad 3. que opera en nuestras elecciones diarias, sobre todo en aquellas de carácter político. Por ejemplo, cuantas veces quisieramos votar en blanco, pero como sabemos que esta elección favorece a la mayoría, ya que el voto en blanco no computa como voto de castigo, ni como fuerza política, decicimos votar a un tercer partido, que creemos desde un punto de vista estratégico podría contrarrestar el poder hegemónico vigente. Como vemos, la condición C2 deja de ser una condición manifiestamente razonable, y puede ser objeto claro de controversia. Otra réplica se fundamentaría en el hecho de que para muchos la condición C1 no es 4. razonable. No tiene sentido exigir a una función de elección social propiedades de racionalidad que solo son exigibles legítimamente a la ordenación de preferencias individuales. Esta réplica, proviene desde perspectivas (como la nueva derecha) que niega la acción pública de redistribución, afirmando que el único papel reservado a las autoridades públicas es la fijación de un marco normativo adecuado al libre funcionamiento del mercado, a los resultados del cual no puede imponérseles la condición C1. Ya para finalizar, y en un sentido contrario al punto cuatro, se puede contrastar que 5. las precondiciones COa y COb no son razonables y debe ser violadas. Ésa es la objeción democrático-republicana a la concepción pluralista liberal subyacente en estas precondiciones. Según los republicanos, no es cierto que las preferencias sean exógenas al proceso político, ya que el proceso mismo forma, informa y deforma las preferencias de los individuos. Por eso es normativamente deseable que la democracia organice una deliberación política pública, en el transcurso de la cual nuestras 54 Un ejemplo de ello pueden ser las teorías de Harsanyi que avanzaron los presupuestos expuestos en la archiconocida “posición original” de Rawls. Esta teoría sera posteriormente reformadas por Gauthier.
89 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa preferencias y opiniones podrán ser modificadas en un sentido que posibilitará la elección social55. De esta manera, y a pesar de las críticas y réplicas cada vez mayores al utilitarismo, este sobrevivió quizá gracias a la incapacidad de sus adversarios para ofrecer una alternativa tan global e informativa como el. Sin embargo, estaba apunto de emerger una nueva teoría que cambiaría la perspectiva y paradigma, pasando del bienestarismo a los recursos. . del bienestarismo a los recursos Esta nueva teoría será la formulada por John Rawls, que en 1971 publica Teoría de la justicia, considerada una obra maestra del pensamiento ético-políticoy social. Ofrecía una teoría completa y tan informativa como el utilitarismo ordinalista. Esta teoría conocida como justicia como equidad, prescinde de la utilidad, del bienestar subjetivo (cardinal u ordinal), y propone un distribuendum totalmente distinto: los bienes primarios; mientras que su criterio de distribución será el leximin. El distribuendum: los bienes primarios.a) Lo que hay que distribuir, no son utilidades, sino bienes objetivos de uso universal. El abandono de la métrica y de una perspectiva estrictamente bienestarista (utilidad) trae consigo dos perspectivas éticas interesantes: 1) hace a los individuos responsables de sus preferencias, y en principio 2) abre la puerta para una concepción de los individuos como personas distintas y separadas. La idea básica que articula el rechazo al bienestarismo utilitarista puede formularse 55 El republicanismo en filosofía política es una familia de concepciones normativas acerca del proceso de toma de decisiones políticas colectivas. Esas concepciones tienen en común la insistencia en la autonomía y en la virtud ciudadanas, en la deliberación política pública, en cierta igualdad socio-económica que garantice la igualdad política, etc. En principio, una posición republicana no implica necesariamente una teoría de la justicia, pero hay teorías de la justicia que parecen implicar concepciones republicanas de la vida política. Así, el liberal Dowrkin sugiere que su igualitarismo exige una concepción republicana del proceso político. Rawls apunta la compatibilidad entre la visión republicana y su propia teoría de justicia como equidad (Political Liberalism, Columbia University Press, New York, 1993, pp. 205-206). La célebre teoría de acción comunicativa de Habermas puede entenderse como una forma de republicanismo estrictamente político.
96 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa demandas de los participantes en la política de grupos. Por lo tanto, lo que se estaba criticando eran las bases establecidas por las políticas bienestaristas asumidas tras la Segunda Guerra Mundial, estas críticas exponían que el estado al tener que satisfacer las demandas de grupos en pugna que reclamaban ayudas y prestaciones, había tenido que ejercer su dominio sobre el sector privado para así conseguir los beneficios necesarios que garantizasen el apoyo de estos grupos demandantes, esto habría supuesto, según los neoliberales, que el estado se sobrecargase de funciones que no debían ser su competencia, funciones que a mayores tenían una repercusión extremadamente negativa sobre el funcionamiento del mercado y de la acción individual privada, que debía ser protegida. Siguiendo esta lógica, los autores neoliberales llegan a la conclusión de que el estado estaba deslegitimado en sus funciones, no era capaz de una acción no mediada por intereses. Con estos argumentos, se comprometían con la doctrina liberal clásica, según la cual el bien colectivo (o el bien de todos los individuos) únicamente puede alcanzarse de forma adecuada, en la mayoría de los casos, a través de la actuación de los individuos privados aislados, en competencia unos con otros, con vistas a alcanzar sus objetivos sectoriales, y con la mínima interferencia del estado. Este compromiso con el mercado, como el mecanismo clave para la regulación económica y social, tiene, por supuesto, otra cara significativa en la historia del liberalismo: el compromiso con un estado fuerte que proporcione las bases seguras sobre las que, se cree, los negocios y el comercio y la vida familiar prosperarán. Este programa se basaba tanto en la aversión a la intervención y al control de los dominios económicos y sociales clave por parte del estado como en la creencia de que el estado no tiene la capacidad de dirección, ni la responsabilidad, para garantizar un mejor funcionamiento de la economía y de las instituciones relacionadas con ellas. Nozick será unos de los máximos exponentes de esta teoría que pretende acabar con el intervencionismo de estado. Siguiendo a Locke, afirma que los únicos derechos de los que se puede hablar legítimamente son los derechos inalienables (naturales) del individuo, derechos independientes de la sociedad (una de las bases de la denomina libertad negativa, la anterioridad de un individuo provisto de derechos, anterioridad a la propia constitución de la
97 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa sociedad creada por un pacto) y entre los que se incluye, fundamentalmente, el derecho de cada uno a perseguir sus propios fines, siempre y cuando no interfiera con los derechos de otros. Este derecho, cree Nozick, está estrechamente relacionado con el derecho a la propiedad y a la acumulación de recursos (aunque esto produzca grandes desigualdades). La propiedad y la plena apropiación de los frutos del propio trabajo están completamente justificadas, si todo lo que se consigue, se consigue en principio justamente y/o como resultado de transacciones abiertas y voluntarias entre sujetos maduros y entendidos. Nozick presenta un número de argumentos que conciernen a lo que él llama “estado mínimo” o el “marco de la utopía”, la forma menos entrometida de poder político, que se corresponda con la defensa de derechos individuales. Trata de establecer que moralmente ya no se puede justificar una estado tan extenso, ya que violaría el derecho de los individuos a no ser forzados a hacer ciertas cosas. Nozick cree que los individuos son extraordinariamente diversos. No existe una comunidad que pueda servir como ideal de todas las personas, porque existe un gran abanico de concepciones de la utopía. La utopía misma, sería el marco de las utopías, en donde “las personas tienen libertad para reunirse voluntariamente, para perseguir e intentar llevar a cabo su propia visión de la vida buena en una comunidad ideal, pero donde nadie puede imponer su propia visión a los demás”. 61 62 El estado va más allá de sus límites legítimos cuando se convierte en un instrumento para promover la igualdad, ya sea de oportunidades o de resultados. ¿Cuál será pues en el futuro el papel adecuado para el estado democrático liberal? En opinión de Nozick, el estado debería ser tan solo un organismo protector contra la fuerza, el robo, el fraude, y el incumplimiento de los contratos. Debe sostener el monopolio de la fuerza, de tal forma que pueda proteger los derechos individuales en territorios delimitados. En este marco de utopía, esta tarea consiste en poner en funcionamiento el marco, juzgando los conflictos 61 Ob. Cit, pág. 312 62 Creemos que todos estaríamos de acuerdo con estas últimas palabras, por supuesto y más cuando lo que perseguimos es un proyecto democrático constituido desde la diversidad y temporalidad contingente. Sin embargo, pronto descubriremos como el propio neoliberalismo, e incluso liberalismo han traicionado a sus propios principios, consolidando una visión totalizante, a través de la creación de un metarelato elevado a dogma.
98 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa entre comunidades, protegiendo los derechos de los individuos a dejar una comunidad dada y haciendo todo lo que pudiera ser necesario, en nombre de la defensa nacional y de las relaciones internacionales (veremos en que ha desembocado este tipo de principios). De acuerdo con Nozick, Hayek sostiene que tan solo especificando un medio capaz de servir a una gran variedad de propósitos es posible un acuerdo entre ciudadanos. Este medio debe ser un estado limitado, mínimo en sus funciones y regulado por una ley estricta, esto es, en sus palabras, un estado regulado por el imperio de ley, que asegure el disfrute y alcance de nuestras libertades. El imperio de la ley proporciona, de acuerdo con esta concepción, las condiciones en las que los individuos pueden decidir como usar las energías y recursos a su disposición. Es, por lo tanto, el límite crítico del poder coercitivo, y condición de la libertad individual. La “democracia legal”, como ellos la denominan puede situar por si misma la libertad en su centro. Esta democracia legal sería la protección, neoliberalmente hablando, que debe proporcionar un estado constitucional. Y según ellos, ningún sistema proporciona un mecanismo de elección colectiva tan dinámico, innovador y sensible como el funcionamiento del libre mercado. El liberalismo en general, y la Nueva Derecha en particular, proyectan una imagen de los mercados como mecanismos de coordinación “desprovistos de poder”, pero al hacerlo, olvidan la naturaleza distorsionada de su propia metáfora, de ese poder económico en relación con la democracia (acabamos de señalar los problemas de la democracia en el siglo XIX). No se percatan, o no quieren hacerlo, de que, de nuevo, su propuesta del libre mercado regulador solo responde a la veracidad de una nueva metáfora, una estrategia retórica para consolidar un tipo de sociedad y de visión que en último término no respeta la diversidad y mucho menos la propia libertad, y que, por lo tanto, difícilmente puede ser conjugada con una noción desarrollada de consentimiento. La realidad del libre mercado es controlada y creada por complejos patrones de formación del mercado en los que las estructuras oligárquicas y monopolíticas tienen las riendas. Pero, debemos de plantarnos algunas preguntas ya que con la propuesta neoliberal se está conformando una nueva hegemonía que llegará hasta nuestros días y en la que
99 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa podremos señalar que estrategias retóricas han operado y como se han traicionado los propios presupuestos de partida ¿por qué surge la Nueva Derecha?, o lo que es lo mismo ¿por qué entra en crisis el estado de bienestar? La primera causa, era que la productividad comenzó a crecer. Una de las bases del 1. pacto keynesiano era que el tipo de beneficio de las empresas era intocable, así como también la distribución de renta de los trabajadores. Sin embargo, los trabajadores, no podían aumentar su participación en la “tarta”; podían comer trozos de tarta cada vez mayores porque la tarta crecía, pero era intocable la distribución del producto. Pero el pacto keynesiano fue roto, porque para conseguir el pleno empleo con aumento de la productividad los salarios crecen, y crecen a mayor ritmo que el incremento de la productividad, de forma que se produce un reparto a favor del trabajo, y por tanto, con la consiguiente caída del beneficio empresarial, cosa que no se quería en este pacto. La segunda es que la sociedad en la que surge y actúa el estado de bienestar es 2. una sociedad democrático capitalista-liberal, en la que supuestamente el estado solo debería tener un peso determinado dentro del total. Pero sucedió que al aumentar la productividad, también aumentó el peso del estado en el conjunto de la economía. En efecto, para mantener el pleno empleo, empezó a producir los bienes que antes producía la empresa privada, con lo que entró en competencia con ella. Y de pronto, aparece el (mayo del 68) la fuerza de los jóvenes, que no habían conocido 3. las condiciones de vida de sus padres. En un contexto de crecimiento económico, los jóvenes no estaban satisfechos con el modelo de sociedad que los estados liberales estaban construyendo. Estos jóvenes, pedían mayores libertades, el fin de las políticas imperialistas, las prácticas bélicas como mecanismos de consolidación hegemónica, y reactivar el sistema capitalista con principios provenientes de ideologías diversas entre las que destacaban el marxismo reformulado de la escuela de Frankfort. Estos tres puntos, que poco a poco habían ido mellando la solidez que el estado de bienestar había conseguido durante décadas, se hicieron todavía más presentes a partir del
100 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa año 1973, año de una fuerte crisis económica a la que los estados bienestaristas no supieron o no pudieron dar una acertada respuesta. No son pocos los que a raíz de esta crisis económica, que se extenderá a la de los años ochenta, han cuestionado la posibilidad misma del estado social de bienestar. Tres son los puntos que se esgrimen: En primer lugar, el objetivo del pleno empleo (condición básica para la a) sostenibilidad del estado bienestarista) no parece que se puede conseguir. En segundo lugar, se ha hablado de la crisis fiscal del Estado de bienestar, b) aludiendo al crecimiento del gasto público, sobre todo del gasto social. Este aumento no es arbitrario; el paro provoca el aumento de las prestaciones correspondientes; el sistema público de salud demanda más personal y medios técnicos cada vez más sofisticados; el éxito sanitario provoca el aumento de las pensiones y jubilaciones, lo que sobrecarga todavía más al estado; al mismo tiempo el sistema educativo sumado al desarrollo tecnológico pide una educación más prolongada y lo más completa posible. En tercer lugar, la presión fiscal se encuentra con la rebelión de las clases c) medias, que no están dispuestas a pagar con sus impuestos los progresos sociales que benefician a una minoría, mucho más cuando el estado encargado de administrar esta fiscalidad tiene fama de ineficaz y de caro. Teniendo en cuenta estos puntos, no podemos creer que el neoliberalismo sea el único culpable de la caída del estado de bienestar. Efectivamente, esta tendencia, acentúa o apuntilla, lo que ya era una herida en el seno mismo del bienestarismo, nos referimos a la tensión entre economía e igualdad, que como veremos es una tensión retórica, pues constituye el criterio directriz, o sentido, de la sociedad bienestarista. Esta tensión sería el factor que explicaría su hegemonía, su resistencia frente a otras configuraciones sociales y políticas durante más de sesenta años. Esto se entiende mejor si nos centramos en los principios que articularon la relación entre estos dos términos (igualdad y economía) en el origen del estado de bienestar, estos principios eran ante todo prudenciales, ya que pretendían claramente contrarrestar el avance
101 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa del eje socialista, pero también eran principios solidarios con su base ética. El estado bienestarista, debemos recordar, buscaba no una definición de la vida buena a partir de una noción de ciudadanía activa, de construcción comunitaria del deber ser en la asamblea, ni de un ideal de persona constituida en el seno de lo social, lo cual son características de la libertad positiva. No, el estado de bienestar atendiendo a sus principios utilitaristas, conjugaba algunos de estos presupuestos con sus principios constitutivos claramente liberales, y por lo tanto adheridos a la libertad denominada negativa. ¿Cómo entender esa vinculación con la ética, o de la economía y de la ética? Ante todo entendiendo su adhesión a su perspectiva liberal. Recordemos que el cardinalismo y aún el ordinalismo, buscaban implementar los resultados económicos desde una perspectiva social (ya hemos especificado sus dificultades); la economía debía de crecer como un factor que posibilitara la distribución, y por lo tanto la satisfacción de las preferencias sociales, la economía era entendida como un medio óptimo para el logro político, esto es, una sociedad con el índice mayor de utilidad, o si se quiere tal y como se definiría en las tesis morales de los utilitaristas, felicidad. Esto apunta un problema, pues puede pretender consolidar una lectura comprehensiva de la sociedad, cuando no definir lo social y lo bueno, aunque en realidad el utilitarismo como tal nunca ha pretendido tamaña labor. No hay que confundir la búsqueda de la excelencia a través de la educación, y ejercicio de la libertad, con un adoctrinamiento, ya que sería lo mas opuesto a una moral y ética utilitarista como la de J.S. Mill, aunque claro está las derivaciones de estas teorías si han producido sociedades claramente unidimensionales63. Pero esto ha ocurrido también, como veremos en breve con profundidad, en el bloque socialista, estandarte de la libertad positiva. Si bien es cierto, que el utilitarismo contemplaba mecanismos asamblearios de participación ciudadana, la primacía para el utilitarismo era el individuo, y lo que se debía desarrollar era la individualidad, no desde una perspectiva solipsista, sino como un medio para la excelencia social. Este era el principio que originó las vertientes economicistas del utilitarismo, y su visión del estado como un mecanismo de control y supervisión de la 63 Marcuse, H.: El hombre unidimensional, Ariel, 1987
102 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa economía, el estado como responsable de garantizar la mayor utilidad social, mientras el individuo puede consolidar grupos, o vertientes propias con las que codificar el mundo, o eso es lo que se creía. ¿Por qué entra en crisis el modelo de bienestar? ¿por qué sigue en crisis? Estas preguntas, creemos que ya han sido respondidas, por lo menos desde una perspectiva histórica. Quizá habría que añadir que el bienestarismo ya no era capaz de dar significado pleno a la sociedad, o mejor, no era capaz de vincular la diversidad social que constituía las democracias occidentales. Si los neoliberales criticaban el intervencionismo, los socialistas, comunistas, anarquistas, y un largo etc., criticaban que el estado se había transformado en un orden de gobierno al servicio de la economía, repleto de mediaciones e intereses que hipotecaban su imparcialidad. Y lo peor, es que estos sectores entendían que el estado y todas sus instituciones (desde la educativa a la lúdica) estaban produciendo un tipo de sociedad homogeneizada, una sociedad que era moldeada sin darse cuenta por poderes no tan ocultos. Ahora la vinculación entre economía e igualdad, y la función del estado habían caído del lado de la economía; lo sociedad no daba crédito a sus gobernantes, pero tampoco al propio sistema; de nuevo la sociedad democrática liberal reavivaba el fuego que a finales del XIX se había encendido entre bloques sociales diferenciados, solo que ahora la complejidad era mayor. Hay que tener en cuenta que, a mediados del los años setenta, las bases bienestaristas, no eran capaces de convencer a la gran mayoría de la sociedad, sus retóricas acerca de la igualdad y productividad se veían contradichas por crisis económicas y por una sociedad convulsa, de nuevo. La paz social, construida a base de cesiones solidaristas, se asentaba sobre dos recuerdos cada vez más borrosos, que habían configurado la semántica política con la que los países occidentales habían dado contenido a sus políticas: a) la política entendida como mecanismo reconciliador y canalizador del sufrimiento y la barbarie experimentada en la segunda guerra mundial se configuró como una táctica internacional (podríamos decir de bloques) más o menos solidaria que se reflejaba en las políticas bienestaristas a nivel interno, intentando con ello acrecentar la igualdad social y
103 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa contrarrestar cualquier conato disidente. La sociedad tras la guerra abrazaba la democracia, identificándola con otro significado mucho más amplio en el subconsciente social, la paz. El problema es que estos significados, no eran plenos, sino que se habían constituido en el marco de una postguerra y bajo la sombra de las luchas sociales del XIX. Ahora, en los años sesenta y setenta, la concordia fraternal que el final de la guerra había hecho experimentar se situaba de nuevo sobre una pluralidad social que reclamaba su parte, y sobre heridas que no habían sido curadas. El estado de bienestar había sido diseñado para articular un sistema de progresión económica igualitaria, pero no para indagar sobre la noción misma de igualdad, y mucho menos para otorgarle significado, déficit que se reproduce en su reformulación rawlsiana, como ya hemos señalado. Por lo tanto nos encontramos con frentes abiertos que el estado no podía absorber. Hay que destacar la evidencia que apunta hacia una marcada insatisfacción, particularmente entre los grupos de renta más bajos y las mujeres, con el tratamiento de las instituciones del estado de bienestar, y una tendencia a considerar la provisión de beneficios excesivamente rígida, paternalista y burocrática64. Derivado de esta insatisfacción, no fácilmente inidentificable, pues cada grupo intervenía con un factor disolutivo propio, emergerá una nueva hegemonía, la neoliberal. Esta hegemonía no se asienta sobre una base ético, e incluso pretende no sostener una vertiente ideológica. Se alimenta de una sociedad diversificada, y por lo tanto con estilos de vidas plurales, diferentes y en algunos casos no conjugables. Cree fielmente que la economía debe de ser el garante social, y que el medio adecuado de acrecentar la economía es la liberalización absoluta del mercado. Inspirados por las tesis del “dulce comercio” propuestas por Hirschman y Rosanvallon65 y herederas de Adam Smith se comienza a creer que el mercado debe de tener preferencia sobre la política, pues tal y como sostiene Hayek: “La decisiva contribución de Adam Smith fue la idea de un orden que se autogenera y se construye espontáneamente si los individuos se someten al freno de la leyes apropiadas. La riqueza de las naciones de Smith marcó, en mayor medida tal vez que cualquier 64 Lewrg (London Edinburgh Weekend Return Group). 1980: In Agaisnt the State. Londres: Pluto. 65 Rosanvallon, P, Le liberalismo économique. Histoire de l`ideé de marché, París, Ed. du Seuil, 1989.
104 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa obra, el comienzo del pensamiento liberalmoderno. Dicha obra hizo comprender que esas mismas restricciones a los poderes del gobierno, originadas exclusivamente en la desconfianza hacia toda autoridad arbitraria, se habían convertido en la causa principal de la prosperidad económica británica”. 66 Este mercado sería el lugar privilegiado para la actividad productiva y mercantil, de modo que podría poco a poco ir desplazando a la actividad política en favor de una democracia económica basada en producir, consumir e intercambiar; se especula con la políticas de “eficacia y resultados”, siendo sus máximos exponentes los gobiernos Reagan y Thatcher. El neoliberalismo comienza a constituirse como una hegemonía sin ideología, o eso es lo que se mantiene, en la que la diversidad tiene cabida, solo debe aceptar las leyes del mercado. Sus gobiernos se presentan como neutrales, y los únicos capaces de soportar políticas realmente democráticas67. El neoliberalismo prometía con euforia, poder, prosperidad y verdad. Y estos principios convencieron a la mayoría de las clases medias, mientras la clase política victoreada y apoyada por ciertos intelectuales como Fukuyama, se olvidaba del otro principio que había consolidado la hegemonía bienestarista: b) la presencia del enemigo, del comunismo socialista. En los años ochenta surge la perestroika y Rusia comienza a desmoronar su invierno soviético. En occidente todos celebrarán la caída del muro alemán, y los acontecimientos estructurarán un panorama hostil, donde el ejercicio retórico se observará con claridad meridiana. Pero claro está, esta ausencia de compresión de lo político, del tipo de política que se había propuesto durante más de cinco décadas traerá consigo un panorama confuso. Sin embargo, el neoliberalismo, ya en sus apoteósicos comienzos encontró grandes adversarios, al mismo tiempo que graves déficits. Y es que al definir todas las cuestiones distributivas como ipso facto contrarias al imperio de la ley, las cuestiones que conciernen a las desigualdades económicas, sociales y raciales son consideradas como asuntos ilegítimos 66 Hayek, F.Principios de un orden social liberal, Madrid Unión Editorial, 2001, pág 61 67 En el segundo bloque, dentro de la perspectiva social, observaremos la supuesta neutralidad de esta vertiente política y económica, y el tipo de sociedad. Solo así podremos entender que tipo de democracia es necesaria para nuestras sociedades actuales.
105 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa para el análisis y examen político, a pesar de que como hemos visto y veremos, estas cuestiones y desigualdades son centrales en un análisis minucioso de la naturaleza de la libertad moderna. Son imprescindibles para una consolidación de aquello que era el garante de la legitimidad misma del modelo liberal; nos estamos refiriendo de nuevo a la noción de consentimiento. Por consiguiente, cómo se consiente, a que y quién, son cuestiones que están por debajo de todos los problemas de índole social. La representatividad de grupos diversos, con intereses diversos, no puede ser adecuadamente resuelta por un mecanismo “sobrenatural” de mercado, pues son asuntos políticos, de lucha política, y de significación política que solo pueden ser resueltos en el marco de las instituciones democráticas adecuadas al efecto. Más aún, en un mundo en donde es evidente la existencia de grandes desigualdades entre culturas, clases, sexos, y regiones, es difícil imaginar como la libertad –la libertad para desarrollar los gustos opiniones, talentos y fines personalespodría, de hecho realizarse si no tenemos en cuenta un conjunto mucho más amplio de condiciones que lo que permite el paradigma neoliberal. Y es que como iremos subrayando, el liberalismo ha traicionado en gran medida sus propios presupuestos. Por otro lado, esto se reproduce en el bando socialista, donde se ve necesario un proyecto alternativo al neoliberalismo pero también al organicismo de clase. Será de este intento, de esta alternativa, de la que ahora nos ocuparemos deteniéndonos en los análisis de Ernesto Laclau.
112 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa en la regulación de la sociedad y del estado. Por lo tanto, desde un compromiso claro con la vertiente positiva de la libertad, el consentimiento solo se puede efectuar en la praxis de la acción y ejercicio político, no depositario en un representante. Defiende la necesidad de transformar nuestro sistema político, proponiendo una especie de sistema mixto, en el que se conjugasen partidos competitivos y organizaciones de democracia directa. El sistema de partidos tiene que ser reorganizado partiendo de principios menos jerárquicos, en los que la responsabilidad de las decisiones recaiga directamente sobre los agentes políticos, de manera que se rinda cuentas a los electores y a la sociedad. Para una democracia participativa sería imprescindible que los partidos se democratizaran según principios y procedimientos de democracia directa, y que así constituidos operaran en la estructura parlamentaria o del congreso, en el lugar de trabajo y en las estructuras sociales. Solo así podríamos acabar con la apatía social, con la deslegitimación del sistema político liberal. Esto no quiere decir que se prescindan de las estructuras del sistema democrático liberal. Muchas de sus instituciones centrales –competencia entre partidos, representantes políticos, elecciones, etc.- serán imprescindibles para la consolidación de una sociedad participativa. 3.1. Socialismo, retórica y hegemonía En aquella misma línea desarrollan sus estudios Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, unos de los máximos exponentes del denominado postmarxismo. Nosotros nos centraremos en sus aportaciones por considerarlas clarificantes a la hora de profundizar en la compresión retórica de la política, ya que el propio Laclau la usa como base para la reformulación democrática que juzga imprescindible: “la izquierda debe comenzar a elaborar una alternativa creíble frente al orden neoliberal, en lugar de tratar simplemente de administrar a este último de un modo más humano. Esto, desde luego, requiere trazar nuevas fronteras políticas y reconocer que no puede haber política radical sin la identificación de un adversario”. 72 72 Laclau, E. y Mouffe, Ch.: Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia, Ed. F.C.E., Buenos Aires, Argentina, 2004.
113 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa El pensamiento de Laclau y Mouffe, pero ante todo el de Laclau73, constituye a nuestro parecer una reflexión sumamente compleja y rica, en la que podemos señalar varios aspectos que nos sirven como guía en nuestra reflexión: En su obra encontramos un intento sin precedentes, por lo menos en cuanto a a) complejidad y recorrido, de reformular el paradigma socialista, abandonando para ello las viejas estrategias: pertenencia de clase, lucha obrera, etc. Se trata, sin abandonar una política dicotomizada en bloques, de construir una alternativa a la que se puedan sumar movimientos y reivindicaciones que no pueden ser sometidos a la descripción de clase. A este movimiento, a este fenómeno por el que una diversidad es capaz de construir un significado común –sin renunciar a su especifidad-, se la denominará, como ya hemos visto, hegemonía. Y por lo tanto, la función de un proyecto socialista debe consistir en la articulación y desarrollo de una nueva hegemonía de base retórica. Se persigue la revisión del paradigma socialista, pero al mismo tiempo, esta b) revisión no puede alcanzarse desde la perspectiva clásica y ortodoxa del socialismo-soviético. Los estudios de Laclau y Mouffe comportan un análisis de la política que podríamos denominar como integral; la política se aborda teniendo en cuenta diversos campos de estudio, como el psicoanálisis o la retórica aplicada. Precisamente, esta diversidad de instrumentos de análisis proporciona una base sólida desde la que comprender y describir el fenómeno político, en su faceta instrumental (la política), y en su descripción ontológica (lo político), como hemos expuesto antes. A nuestro modo de ver lo que aporta la descripción interna de “lo político” es una nueva manera de abordar este campo. Lo político será entendido como un campo vinculado a la lógica presente en los campos simbólicos de la retórica; de esta manera se parte de que 73 En el capítulo cinco desarrollaremos las múltiples diferencias que nos separan del pensamiento de Laclau, pero sobre todo de la vertiente agonística de la política defendida por Mouffe.
114 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa no existen definiciones per se, sino construcciones semántico-significativas mediante las que se dota de sentido a lo que denominamos la política, pero que en realidad responde a lo que denominan como “vacío constitutivo”. Esta transitividad entre “lo político” y “la política” será, desde su punto de vista, lo que se ha perdido en las democracias liberales contemporáneas. Una estrategia socialista debería consistir en potenciar este tipo de perspectiva, y servir de plataforma para la conformación de nuevos significados producidos desde una diversidad de opciones socio-políticas que, sin embargo, son capaces de articular un significado común como equivalencia de este proceso. La hegemonía y su implementación son el objetivo de un proyecto socialista. Desde nuestra perspectiva mantenemos que este tipo de orientación no solo es novedosa, sino que sus aportaciones son sumamente enriquecedoras a la hora de constituir un nuevo modelo democrático, político y social. Es interesante señalar que los estudios de Laclau y Mouffe nos sirven para c) recuperar, desde el punto de vista analítico, la dicotomía presente en la orientación histórica del consentimiento, y que hemos localizado en “quién” consiente, y “qué” consiente. Obviamente, en su obra desarrollan una profundización tanto en el aspecto referente al “quién” como al “qué”, pero será en la conexión de estos dos aspectos donde enfrentaremos a los puntos más problemáticos de su propuesta. En la teoría postmarxista de Laclau y Mouffe el consentimiento queda perfilado e introducido en el marco de la hegemonía y de la representación. Sin embargo, hay que precisar que no debemos precipitarnos a la hora de dar un significado al término representación, dado que en la obra de estos autores su significado es dual: 1) representación como carácter propio de la política, como representatividad de múltiples orientaciones y significados, derivado este aspecto de su carácter contingente y retórico; 2) representación como el acto de representar, sea la voluntad de una persona, de un grupo, o una nación; mas esta representación en sus
115 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa análisis, siempre estará asociada al factor emergente de una hegemonía en la que se define nuestra voluntad mediante cadenas de equivalencia que emergen de una diversidad. Por lo tanto, de nuevo vemos como se reproduce una preocupación por el “quién”, ahora en el marco de una hegemonía constituida y descrita mediante una lógica retórica, pero se produce un grave descuido en cuanto al “qué”. El propio Laclau entenderá que este tipo de reflexión no es propia del ámbito de la política, catalogando a aquellas corrientes que si se encargan del, como corrientes que efectúan una etización de la política74. Teniendo estos puntos presentes, cabe señalar que para su análisis Laclau y Mouffe se centrarán en un momento de partida, la constitución de la ortodoxia marxista que subsumirá toda la diversidad existente en la sociedad bajo los parámetros concretos de pertenencia a un partido y a una clase. Esta identificación de individuo, clase y partido se hará de manera organicista, y desde presupuestos supuestamente científicos derivados de la asunción acrítica del denominado materialismo histórico y de su mecanicismo objetivista. La ortodoxia marxista, y la fe de partido, comenzarán a formalizarse como la necesidad de establecer una hegemonía política plena, ante lo que algunos anunciaban como “crisis del marxismo”75. Esta crisis, que constituirá el trasfondo de todos los debates marxistas desde fines del siglo hasta la guerra, aparece dominada por dos momentos fundamentales: la nueva conciencia de la opacidad de lo social, de las complejidades y resistencias de un capitalismo crecientemente organizado; y la fragmentación de las distintas posiciones de los agentes sociales respecto a la unidad que, de acuerdo al paradigma clásico, hubiera debido existir entre las mismas. Por lo tanto la crisis no era solo un momento pasajero dentro del marxismo. A partir de entonces una proliferación de cesuras y discontinuidades pasan a quebrantar la unidad de un discurso que se consideraba profundamente monista. El 74 Que señalar, que en el presente apartaddo haremos una presentación de su obra cumbre Hegemonía y estrategia socialista, lo que nos permitirá adentrarnos en la lógica que presentan a la hora de construir su concepto y propuesta política. Nuestras críticas, serán abordadas en el capítuclo seis. 75 En 1898, Thomas Masaryk acuñará una expresión que pronto habría de popularizarse: la «crisis del marxismo».
116 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa marxismo comenzará a formalizar una ortodoxia, unos principios de partido, que asuman la tarea de actuar claramente como principios cohesionadores de la diversidad, identificándolos como pertenecientes a una misma clase, y consiguientemente como miembros de un mismo colectivo e interés. Una de las primeras en tratar este tema, es decir, el problema de la diversidad dentro de la supuesta unidad incontestable de clase será Rosa Luxemburgo. Ella discutirá un tema muy concreto: la eficacia y el sentido de la huelga de masas como herramienta política; pero este tema implica, para ella, la consideración de dos problemas vitales para la causa socialista: la unidad de la clase obrera y el curso de la revolución en Europa. Primero analizará el problema de la unidad de clase en el marco de la revolución proletaria en Rusia, centrándose en el proceso de la huelga de masas76. Según Luxemburgo encontramos diferencias significativas entre los procesos revolucionaros ruso y alemán, lo que incide directamente en la posibilidad de hablar de unidad de clase. La experiencia rusa mostraba que hay una interacción y enriquecimiento mutuo y constante entre las dimensiones política y económica de la huelga de masas. En el contexto del Estado zarista ningún movimiento reivindicativo aislado quedaba encerrado en sí mismo, sino que se transformaba en un ejemplo y un símbolo de resistencia y, consecuentemente realimentaba y daba origen a otros movimientos. Estos movimientos surgían en puntos no preconcebidos y tendían a expandirse y generalizarse en formas imprevisibles; de tal modo, estaban más allá de la capacidad de regulación y organización de ninguna dirección política o sindical. Este es el sentido del «espontaneísmo» luxemburguiano. La unidad entre lucha económica y lucha política —es decir, la unidad de la clase obrera en cuanto tal— es la resultante de este movimiento de realimentación e interacción. Pero, a su vez, este movimiento no es otra cosa que el proceso mismo de la revolución. Y este aislamiento y fragmentación no es un hecho aislado: es un efecto estructural del Estado capitalista, que sólo es superado en un clima revolucionario. Es decir, que las leyes necesarias del desarrollo capitalista se erigen en garantía de la futura situación revolucionaria en Alemania. De modo 76 Luxemburgo, D.: Huelga de masas, partido y sindicatos, Madrid, Siglo XXI de España, 1974.
117 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa que el problema de las diferencias entre Oriente y Occidente, que de Bernstein a Gramsci habría de tener tanta importancia en la discusión estratégica del socialismo europeo, era resuelto así en la dirección de su anulación77. Pero la teoría “espontaneísta” propuesta por Luxemburgo, de por si no aseguraría una identificación de clase, ni mucho menos la afirmación y demostración del carácter necesario de las leyes objetivas del desarrollo capitalista, leyes que conducen a la proletarización de los sectores medios y del proletariado, lo que garantizaría la unidad de la clase obrera. Afirmación que se derivaría de su propia teoría: el espontaneismo señala que en una situación revolucionaria es imposible fijar el sentido literal de cada lucha parcial, porque cada una de ellas es desbordada en su literalidad y pasa a representar, en la conciencia de las masas, un simple momento de una lucha más global contra el sistema. Esto significa que, en una situación revolucionaria, el sentido de toda movilización aparece, por así decirlo, desdoblado: aparte de sus revindicaciones literales específicas cada movilización representa al proceso revolucionario como conjunto; y estos efectos totalizantes son visibles en la sobredeterminación de unas luchas por otras. Ahora bien, esto no es otra cosa que la característica definitoria del símbolo: el desbordamiento del significante por el significado78. La unidad de la clase obrera es, por tanto, una unidad simbólica. Por todo ello, la obra de Luxemburgo es imprescindible ya que en ella se avanza como en ninguna, había la determinación de los mecanismos específicos de esta contingencia. Aquí, sin embargo, comienzan los problemas, pues para Rosa Luxemburgo la unidad que se constituye como resultante de este proceso es una unidad muy precisa: es una unidad de clase. 77 Sobre el conjunto del debate alemán en torno a la huelga de masas, véase L. Salvadori, «La sozialdemocrazia tedesca e la rivoluzione russa del 1905. Il dibattito sullo sciopero di massa e sulle differenze fra Oriente e Occidente», en E. J. Hobsbawm et al. (comp.), Storia del marxismo, vol. II, 1979, pp. 547–594. 78 Cf. T. Todorov, Théories du symbole, Paris, 1977. « [...] Podría decirse que hay condensación cada vez que un solo significante nos induce al conocimiento de más de un significado; o más simplemente: cada vez que el significado es más abundante que el significante. Es así que ya definía al símbolo el gran mitólogo alemán Creuzer: por «la inadecuación del ser y de la forma y por el desbordamiento del contenido en comparación con su expresión [...]», p. 291
118 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Ahora bien, no hay nada en la teoría del espontaneísmo que asegure lógicamente esta conclusión. Al contrario, la lógica misma del espontaneísmo parecería implicar que el tipo de sujeto unitario resultante debería ser, en gran medida, indeterminado. Pero si la unidad es ese proceso de sobredeterminación, habría que justificar por qué debería acontecer una superposición necesaria entre subjetividad política y posiciones de clase; explicación que Luxemburgo no realiza. El concepto de “hegemonía” surgirá precisamente en un contexto dominado por la experiencia no sólo de la fragmentación, sino también de la indeterminación de las articulaciones entre distintas luchas y posiciones de sujeto, y como intento de proveer una respuesta socialista en un universo político–discursivo que había asistido a la retracción de la categoría de “necesidad” al horizonte de lo social. Sin embargo la respuesta marxista, constituyó su propia ortodoxia, un dogma de partido. Conscientes de la necesidad de cerrar la grieta abierta en la identidad de clase, al mismo tiempo que entendiendo la dislocación a la que los diferentes grupos y facciones se enfrentaban, se constituirá un ideario en el que se formalizará la necesidad de un movimiento de infraestructura que consolide la unidad de clase. Para ello es necesario constituir unas bases sólidas que solo se podrían conseguir mediante las leyes científicas aportadas por la ciencia marxista, el mecanicismo objetivista del materialismo histórico. Tal y como nos dice Laclau: “Es sabido cómo esa “necesidad” fue concebida por la Segunda Internacional: como una necesidad natural, fundada en la asimilación entre marxismo y darwinismo. La influencia darwiniana ha sido con frecuencia presentada como sustituto, en el marxismo vulgar, de la dialéctica hegeliana; pero la verdad es, por el contrario, que en la concepción ortodoxa hegelianismo y darwinismo se combinaron para formar un híbrido que pudiera satisfacer los requerimientos estratégicos” 79 Será esta línea la que dé forma a la estrategia seguida por los sectores “ortodoxos” del marxismo. En la génesis de sus idearios cabría destacar a Kautsky80, quien sostuvo como prueba irrefutable de la ciencia marxista, los acontecimientos ocurridos en la Alemania posterior a 1849: la autonomía de la clase obrera, su unidad y el colapso del sistema 79 Ibid. pág. 47 80 Kautsky K., The class struggle, Nueva York, 1971.
119 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa capitalista se presentaban como datos de la experiencia. Kautsky pretendió negar la realidad, configurando un ideario intelectual en el que la cientifidad de la teoría no podía ser negada por los acontecimientos, ya que éstos, en última instancia, a corto o largo plazo sucumbirían a lo que la ortodoxia intelectual señalaba. La historia será leída desde el dogma intelectual ortodoxo como una sucesión lineal de acontecimientos que, curiosamente, al estilo teleológico cristiano, apunta una supuesta dirección y sentido irreversible del proceso, esto es, de la sociedad, de la política y de la economía. Un buen ejemplo de la forma en que Kautsky concebía la lucha proletaria lo encontramos en su concepto de “guerra de desgaste”. Con este concepto no se refería a una táctica especial, sino al conjunto de acciones políticas que la clase obrera había llevado a cabo desde la década de 1860. La guerra de desgaste supone tres cosas: 1) la identidad preconstituida de la clase obrera, que mina progresivamente el poder del adversario y que no modifica en ningún sentido esencial su identidad a través de esa lucha; 2) una identidad igualmente preconstituida de la burguesía, que acrecienta o reduce su capacidad de dominio, pero que bajo ninguna circunstancia cambia de naturaleza en dicho proceso; 3) una línea de desarrollo prefijada —nuevamente, las “leyes inexorables” — que da sentido tendencial a la guerra de desgaste. Esta estrategia ha sido comparada a la “guerra de posición” gramsciana. En realidad, los dos conceptos son profundamente diferentes. La guerra de posición presupone el concepto de “hegemonía” que, como veremos, es incompatible con la idea de un desarrollo lineal y predeterminado y, sobre todo, con el carácter preconstituido de los sujetos kautskianos. De esta manera la ortodoxia marxista estructuraba su dogma, cada vez con mayor intransigencia y opacidad. Ante esto no tardaron en aparecer visiones críticas en el seno del marxismo, algunas de las más importantes en Italia con Croce y Gentile; también en Austria con Bernstein, o en Francia con Sorel. Visiones que intentarán plantear una descripción de lo político de una manera menos estricta y más adecuada a los datos reales de la formación del poder, así como del significado político-social. Para comprender estas posiciones debemos emprender un camino, desde las primeras críticas del reformismo al gradualismo; comenzando con la aportación de Bernstain. Pero
120 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa antes lo primero que debemos de tener en cuenta son las diferencias entre los diferentes movimientos, más o menos críticos, que surgen dentro del marxismo: reformismo, revisionismo y gradualismo. Y lo haremos recurriendo Laclau y Mouffe: “Al intentar precisar, pues, la diferencia entre reformismo y revisionismo, debemos indicar que lo esencial en la práctica reformista es el quietismo político y el encerramiento corporativo de la clase obrera. El dirigente reformista intenta defender las conquistas e intereses inmediatos de la clase y tiende, por tanto, a considerar a ésta como a un sector segregado, dotado de identidad y fronteras perfectamente definidas. Ahora bien, para esto no es necesaria una teoría «revisionista»; una teoría «revolucionaria» puede cumplir la misma función —en muchos casos mejor— en la medida en que aísla a la clase obrera y remite a un futuro indeterminado todo cuestionamiento de las estructuras de poder existentes. Ya hemos visto el carácter conservador del radicalismo kautskiano. El reformismo no se identifica con ninguno de los dos términos en la alternativa revisionismo/ ortodoxia, sino que corta transversalmente a ambos. Lo que enfrenta básicamente a revisionistas y ortodoxos no es, por tanto, la cuestión del reformismo. Tampoco lo es el problema de la transición pacífica o violenta del capitalismo al socialismo —punto respecto al cual, por lo demás, los «ortodoxos» estaban lejos de tener una posición clara y unánime. El punto central de divergencia es que, mientras para los ortodoxos la superación de la fragmentación y división propias de la nueva etapa capitalista había de ser la resultante de un movimiento de la infraestructura, para el revisionismo había de resultar de una intervención política autónoma”.81 Por lo tanto el reformismo es una práctica político-sindical que en lo principal no cuestiona el estatus preferencial de la clase obrera, mientras que el revisionismo efectúa una revisión profunda del paradigma marxista, ya no se puede hablar de una clase obrera única y cerrada, sino que debemos comprender la convivencia de diversos grupos en el seno de lo que se definía como clase obrera. Por ello el revisionismo escindía la política y la economía. Esto supone un ataque directo contra la ortodoxia marxista. Por último el gradualismo puede ser definido como una teoría de la transición al socialismo. Pero lo más reseñable en Bernstein es su descripción de la autonomía de lo político respecto a la infraestructura, lo cual es la verdadera novedad de la intervención bernstiana. Ni la evolución económica conducía a la proletarización de las clases medias y del campesinado y a la polarización creciente de la sociedad, ni la transición al socialismo podía esperarse de un estallido revolucionario subsiguiente a una dura crisis económica. En tales condiciones, el socialismo debía cambiar de terreno y de estrategia. 81 Hegemonía y estrategia socialista; Ob. cit., pág. 61
121 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Según Bernstein la unidad de clase a diferencia de Kautsky no podía ser sostenida, ni afirmada desde la necesidad de supuestas leyes inamovibles. En el caso del autor austríaco, la especifidad del vínculo político escapa a la cadena de necesidad defendida por la ortodoxia; y es que si la clase en la esfera económica aparece cada vez más dividida, y su unidad se construye autónomamente a nivel político, ¿en qué sentido esta unidad política es una unidad de clase? Para él es necesario adoptar reformas de nivel gradualista y revisionista que nos acerquen a una perspectiva y realidad socialista. Insiste en que el partido socialdemócrata debe ser un partido de todos los oprimidos y no sólo de los obreros, al mismo tiempo que concibe a esta unidad como la de un conjunto de sectores que aceptan el punto de vista de los obreros y que los reconocen como la clase dirigente. La superioridad de la clase obrera sigue siendo mantenida, pero no desde presupuestos deterministas; la centralidad de la clase obrera partirá de un tipo de argumentación histórico contingente –por ejemplo, desde el argumento que sostiene que la clase obrera está mejor preparada que otros sectores para desempeñar el papel de líder debido a su grado de concentración y organización. Sin embargo, a pesar de que el esencialismo parece desaparecer en la obra bernstiana, de nuevo nos encontramos con la primacía de la clase obrera, pero ante todo de la clase obrera como vehículo del progreso y del carácter ascendente del ser humano; lo que lo llevará a hablar del concepto de evolución, de Entwicklung82. De ahí que si “los hechos” se liberan de las conexiones esencialistas, que en la concepción ortodoxa los ligaban entre sí, es para volver a unificarse en una teoría general del progreso no ligada a ningún mecanismo determinable. La ruptura con el objetivismo mecanicista que consideraba a las clases como sujetos trascendentes se verifica a través de la postulación de un nuevo sujeto trascendente —el sujeto ético— que, en una humanidad crecientemente liberada de la necesidad económica, pasa a imponer su dominio. A partir de aquí es imposible avanzar hacia una teoría de la articulación y la hegemonía, tal y como señalan Mouffe y Laclau. Por ello, es hora de pasar a la segunda propuesta crítica que analizan los dos postmarxistas, la del sindicalismo revolucionario de Georges Sorel. 82 Acerca de las características de la Entwiklung bernsteineana, véase Vernon L. Lidtke, «Le premesse teoriche del socialismo in Bernstein», Annali, Istituto Giangiacomo Feltrinelli, xv, 1973, pp. 155–158.
128 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa .Del autoritarismo monológico a la democracia ideológica: Gramsci Laclau y Mouffe, por lo tanto, consideran que el comunismo soviético no era capaz de diseñar una estrategia óptima que pudiera establecer alianzas no doctrinales, a la vez que permitiera un cálculo político que se enfrentara a las bases liberal-capitalistas. No obstante, si encontrarán las bases de esta estrategia en la revisión del socialismo llevada a cabo en Italia por Gramsci. A juicio de nuestros autores, Gramsci ha sido leído de dos maneras diferentes: Bien como un autor netamente italiano que desarrolla y centra su teoría en los grandes problemas que sacuden la Italia de su época: fracaso del proyecto risorgementalista de constituir un Estado unificado; la fuerte división regional existente entre un norte rico y altamente industrializado frente un Mezzogiorno agrícola; una flaccidez política de los sectores católicos aglutinados bajo la hegemonía del Vaticano; o la inestabilidad de un sistema capitalista inconsecuente con la realidad deficitaria italiana. Sin embargo, otros autores como Laclau, constatarán una profundización en la compresión del poder y de la formación de las hegemonías políticas, todo ello desde la asunción de la ideología como factor constitutivo de la acción política. Gramsci desarrolla una teoría de la revolución que sirve para operar en las sociedades occidentales que se definen por su complejidad y fragmentación. Pero, ¿qué es lo realmente nuevo frente a la doctrina lenilista? Simplemente su propia compresión del fenómeno político, y de la asignación y formación de significados político sociales. Gramsci ve este fenómeno como una producción de significados comunes bajo los cuales los intereses fragmentados pudieran encontrar uno común desde el que las propias identidades de los sujetos fueran transformadas. Por lo tanto, lo radicalmente nuevo “es una ampliación, mayor que en cualquier otro teórico de su tiempo, del terreno atribuido a la recomposición política y a la hegemonía, a la vez que una teorización de la naturaleza del vínculo hegemónico que va claramente más allá de la categoría leninista de alianza de clases.” 90 90 Hegemonía y estrategia socialista, ob.cit., pág. 100
129 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Gramsci, aunque partiendo de un enfoque lenilista en el que la clase obrera se perfila como la clase elegida y dirigente, desarrollará una noción muy novedosa de la acción y formación política. Esto se observa de manera muy clara en su reflexión acerca de la cuestión meridional. La sociedad meridional, según Gramsci, está constituida por tres clases fundamentales: jornaleros y campesinos pobres, políticamente inconscientes; pequeños y medios campesinos que no trabajan la tierra pero que obtienen una renta que les permite vivir en la ciudad, normalmente como empleados estatales, los cuales desprecian y temen al trabajador de la tierra y hacen de intermediarios para el consenso entre campesinos pobres y la tercera clase, aquella de los grandes terratenientes que, a su vez, contribuyen a la formación de la intelectualidad nacional, con personalidades del valor de Benedetto Croce y de Giustino Fortunato. Para poder despedazar este bloque se necesitaría de la formación de una clase de intelectuales medios que interrumpan el flujo del consenso entre las dos clases extremas favoreciendo así la alianza entre campesinos pobres y proletariado urbano. Por lo tanto, es en este movimiento del plano “político al plano intelectual y moral” donde se opera la transición decisiva hacia un concepto de hegemonía que va más allá de la “alianza de clases”. La ideología será el nexo unificador, en el que la diversidad de intereses pueda constituirse como un “bloque histórico”. La ideología, leída de esta manera, se muestra como impulso sin precedentes a la hora de constituir una comprensión retórica de la política, en el mismo sentido que en Sorel las nociones de mito, o “blocq”. Sin embargo, la noción de Gramsci implica un claro avance por cuanto la teoría de la hegemonía como articulación supone la idea de una pluralidad democrática, en tanto que el mito soreliano estaba simplemente destinado a recrear la unidad de la clase, y sus sucesivas versiones trataban siempre de asegurar una línea de partición radical en el seno de la sociedad y nunca de construir, a través de un proceso de reagregación hegemónica, un nuevo Estado integral.
130 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa .De la “sociedad” a una articulación democrática radical Según nuestros autores para encarar los desafíos de nuestra sociedad, la respuesta, obviamente, no radica en un esencialismo economicista ni socialista, y ni mucho menos neoliberal. Una respuesta acertada solo podría establecerse desde la reelaboración democrática, a través de su inserción en una teoría de la hegemonía que proponga la significación de los conceptos políticos y relaciones sociales, a partir de un marco contingente, y en definitiva abierto al devenir de una pluralidad significativa. Esto es, que permita la adhesión y creación de nuevas metáforas y metonimias bajo las que integrar esa pluralidad de luchas y significados. A esta práctica de constitución de significados bajo los que se produzca una identificación, se la denomina hegemonía, y al marco que sustente esta política, democracia radical. El socialismo hasta el momento presente, afiman Laclau y Mouffe, ha estado estancado en viejos presupuestos, a saber: el estancamiento socialdemócrata en viejas categorías esencialistas, y las reformulaciones de estas categorías en el interior de teorías abstractas e ideales que pretenden superar la fragmentación mediante una serie de artilugios teóricos al servicio del consenso y de la verdad ideal. Como, ya se habrá identificado, la segunda tendencia está representada principalmente por el teórico de la Acción Comunicativa, Jürgen Habermas91. Pero ahora debemos ocuparnos de su argumentación respecto al estancamiento socialdemócrata en viejas categorías esencialistas: 91 Habermas es uno de lo baluartes de la reforma democrática de corte deliberativo, que constituye sin duda, uno de los paradigmas actuales de mayor vigencia y alcance. La relación de Mouffe y Laclau con este autor y modelo democrático es sumamente ambivalente, cuando no, ampliamente crítica. Decimos ambivalente porque una parte comparten los presupuestos críticos que impulsan al germano (crítica al modelo neoliberal, necesidad de reformular la democracia y la acción social desde bases contingentes y discursivas, etc.), pero discreparán ampliamente con la lógica interna de la teoría (su formalismo, su carácter aglutinador y sintetizador, una supuesta tendencia a la homogeneización y reproducción social, etc…). Aunque las posturas en este caso serán diferentes entre Laclau y Mouffe. Podríamos sostener que la postura de Ernesto Laclau es moderada, en cuanto sus críticas pretenden estructurar una propuesta que profundice en las bases de las instituciones de la democracia liberal, sin por ello señalar una negatividad constitutiva en las mismas; por la contra, la postura de Mouffe, como veremos, sobre todo en su obra On the political es sumamente crítica frente a estos paradigmas. Mouffe incluirá a Habermas dentro de lo que denominará “puritanismo de las buenas intenciones”, al que identifica con el ideal liberal del multiculturalismo. Según Mouffe lo único que lograrán estas teorías es reproducir y afianzar el liberalismo. Ella propondrá un sistema político abierto a las coaliciones y al principio de antagonismo, inherente a la praxis política: a este sistema lo nominará como “democracia agonista”. Nosotros discreparemos en muchos puntos con estos autores, tanto en sus críticas a la propuesta democrática derridiana, como en la críticas paralelas al modelo habermasiano. Esto lo estableceremos mediante un diálogo a tres bandas.
131 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa El socialismo transformado, como hemos visto, en la reformulación socialdemócrata y aún bienestarista, no logrará adoptar las medidas oportunas que garanticen una alternativa al bloque liberal. Las razones de este fracaso son varias, pero pueden reconducirse finalmente a dos que son fundamentales. La primera es la ausencia de todo proyecto hegemónico: habiendo renunciado a todo intento de articular un vasto frente de luchas democráticas, y aspirando a representar pura y simplemente los intereses obreros, la socialdemocracia era impotente para alterar la lógica social y política de los aparatos del Estado. Una segunda razón que explica la parálisis de la socialdemocracia respecto a la posibilidad de todo cambio estructural, es la persistencia del economicismo de la Segunda Internacional, la idea de que la economía constituye un espacio homogéneo dominado por leyes necesarias y que no es susceptible de regulaciones conscientes. Laclau y Mouffe argumentarán que el socialismo, a pesar de los atisbos de reformulación teórica que ha experimentado, sigue siendo deudor de lo que ellos denominan como último reducto del esencialismo, refiriéndose al economicismo. Ya que en última instancia la economía será la piedra angular que permita explicar la constitución de grupos, ideologías, y hegemonías. Pondrán como ejemplo de este esencialismo, Braverman y sus opositores Edwards, Gordon y Reich92. Mientras el primero sigue definiendo la clase desde presupuesto homogéneos economicistas; los segundos definirán la clase obrera de las sociedades contemporáneas desde los presupuestos básicos de fragmentación y complejidad. Estos, señalarán que para una adecuada compresión de nuestras sociedades, y por lo tanto para un posible proyecto socialista, deberíamos de abandonar las trasnochadas categorías economicistas. Lo mismo ocurrirá en la confrontación entre Olin Wrigth y Nico Poulantzas93, tal y como desarrollan en su estudio Mouffe y Laclau. 92 Braverman H. B: Labour and monopoly capital. The degradation of work in the twentieth century, Nueva York, 1974. Gordon D,. Edwards R y Reich M: Trabajo segmentado, trabajadores divididos, Madrid, Ministerio de Trabajo, 1986. 93 Poulantzas N.: Las clases sociales en el capitalismo actual, Madrid, Siglo XXI, 1977; E. Olin Wright, Clase, crisis y Estado, Madrid, Siglo XXI, 1983.
132 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa . Sociedad: articulación y antagonismo Laclau y Mouffe dedicarán su estudio, a desarrollar una teoría coherente de la hegemonía, como ya hemos estado observando. La hegemonía debe convertirse en un concepto bien estructurado capaz de establecer una lógica y acción acorde a lo que ellos entienden es la política. Pero para ello a su vez, es necesario comprender, a su agente principal: la sociedad y los sujetos. La sociedad, desde su perspectiva no puede ser abordada como una entidad abstracta, o como un concepto que podamos definir de manera positiva. Es un concepto laxo, abierto a reestructuraciones y a resignificaciones, tanto externas como internas, ya que principalmente una categoría define el fenómeno y acción social, la categoría de antagonismo y su formulación en una práctica articulatoria, esto es hegemónica. Nuestros autores buscan una teoría que refleje la práctica política que ellos mismos encuentran descrita en los episodios de captación y formación político-social a lo largo de la historia. Según este “recorrido”, la piedra angular sobre la que se asienta el fenómeno político, es el antagonismo. La dialéctica contingente sin sutura, esto es sin una síntesis reconciliadora. La dialéctica destinada a ser una fuerza, un poder creador de lo social y de lo político. Esto mismo será la hegemonía. Para desarrollar el concepto teórico y “práctico” de hegemonía, Laclau y Mouffe se servirán de múltiples puntos de apoyo, entre ellos cabría destacar: la filosofía romántica del siglo XVIII, el psicoanálisis (en concreto el desarrollado por Lacan), y también las reflexiones efectuadas por autores postestructuralistas como Deleuze y Derrida, entre otros. Como ya hemos indicado, lo social es una realidad que no puede ser remitida en última instancia a un significado esencial, ni a una totalidad irrefutable, lo social es como lo político una realidad discutible y abierta a múltiples reestructuraciones. La sociedad solo adopta significados parciales por la confluencia de una multiplicidad de grupos con significados (intereses) diferentes, ante un problema o una finalidad común en un momento y espacio determinado. Pero, de aquí no podemos desprender que los sujetos que forman parte de estos grupos son los artífices absolutos de este “nuevo significado social”. No, ya que, en efecto, el antagonismo solo se presenta en una realidad no definitoria o suturada, sino en una realidad
133 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa parcial y contingente abierta a reestructuraciones, que además de transformar lo social y lo político (aunque propiamente lo político será esta acción reestructuradora y resignificativa que se deriva de la contingencia estructural), transforma a los propios sujetos que forman parte de estas prácticas, que son definidas por Laclau y Mouffe, como articulatorias: “En el contexto de esta discusión, llamaremos articulación a toda práctica que establece una relación tal entre elementos, que la identidad de éstos resulta modificada como resultado de esa práctica. A la totalidad estructurada resultante de la práctica articulatoria la llamaremos discurso. Llamaremos momentos a las posiciones diferenciales, en tanto aparecen articuladas en el interior de un discurso. Llamaremos, por el contrario, elemento a toda diferencia que no se articula discursivamente. Estas distinciones, para ser correctamente entendidas, requieren tres tipos de precisiones básicas: en lo que se refiere al tipo de coherencia específica de una formación discursiva; en cuanto a las dimensiones de lo discursivo, y en cuanto a la apertura o el cierre que una formación discursiva presenta.” 94 Atendiéndo a ello, es conveniente introducir algunas aclaraciones, en concreto sobre: el tipo de coherencia de una formación discursiva.a) Uno de los principales teóricos en introducir el carácter esencial de la contingencia a la hora de emprender una definición y práctica política de nuestra sociedad es L. Althusser95. El pensador francés, partiendo de los análisis de Kojevé sobre la dialéctica hegeliana, comenzó su trayectoria teórica intentando diferenciar drásticamente su concepción de la sociedad como “conjunto estructurado complejo” de la concepción hegeliana de totalidad. Frente a este concepto, la complejidad en Althusser se refiere y es descrita como proceso de sobredeterminación. Aunque como señalan Laclau y Mouffe, este concepto encuentra su génesis en los estudios freudianos: “Para Freud la sobredeterminación no es cualquier proceso de «fusión» o «mezcla» —que lo reduciría en última instancia a una metáfora establecida por analogía con el mundo físico, compatible con cualquier forma de multicausalidad—; es, por el contrario, un tipo de fusión muy preciso, que supone formas de reenvío simbólico y una pluralidad de sentidos. El concepto de sobredeterminación se constituye en el campo de lo simbólico, 94 Hegemonía y estrategia socialista, ob.cit., pág 143 95 L. Althusser, La revolución teórica de Marx, México, Siglo XXI, 21. ª ed., 1985.
134 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa y carece de toda significación al margen del mismo. Por consiguiente, el sentido potencial más profundo que tiene la afirmación althusseriana de que no hay nada en lo social que no esté sobredeterminado, es la aserción de que lo social se constituye como orden simbólico. El carácter simbólico —es decir, sobredeterminado de las relaciones sociales implica, por tanto, que éstas carecen de una literalidad última que las reduciría a momentos necesarios de una ley inmanente.” 96 Sin embargo, esta apertura a la contingencia y al carácter hegemónico de la acción política fue desapareciendo poco a poco de los análisis de Althusser. Así en su obra “Sur la dialectique materialista”, ya comienza un proceso de acercamiento a los planteamientos esencialistas de la ortodoxia socialista, planteamientos que se formulan con claridad en Lire il Capital. Según nuestros autores, Althusser no consiguió desarrollar su teoría, ni dar un significado alternativo a las nociones complejas de política y sociedad, porque en última instancia su teoría se encontraba encerrada en los presupuestos economicistas de la teoría socialista. De ahí que Althusser no pudiese llevar más lejos su intuición a acerca de la sociedad y su contingencia, o “dislocación estructural”. En una formación discursiva –dice Laclau-, la necesidad no deriva de un principio subyacente, sino de la regularidad de posiciones estructurales. Por lo tanto, la articulación permite coherencia, permite la configuración de una unidad; pero ninguna formación discursiva es una totalidad suturada, y por lo tanto la fijación de los elementos que la constituyen en momentos no es nunca plena. las dimensiones de lo discursivo b) El análisis que llevan a cabo Mouffe y Laclau niega la posibilidad de distinguir entre prácticas discursivas y no discursivas, afirmando que todo objeto se constituye como objeto de discurso en la medida en que ningún objeto se da al margen de la superficie discursiva de emergencia. Al mismo tiempo, toda distinción entre lo que usualmente se denominan aspectos lingüísticos y prácticos (de acción) de una práctica social, o bien son distinciones incorrectas, o bien deben tener lugar como diferenciaciones internas a la producción social de sentido, que se estructura bajo la forma de totalidades discursivas. Esto se muestra con 96 Hegemonía y estrategia socialista, ob.cit., pág 134
135 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa claridad cuando analizamos los procesos constituyentes del populismo. En estos procesos se observa claramente, tanto la operatividad del concepto “hegemonía”, como la idoneidad del análisis retórico para la comprensión de la política y lo social. la apertura o el cierre que una formación discursiva presenta.c) Lo que se está señalando es, prioritariamente, el carácter incompleto de toda totalidad, por lo que “la sociedad” y “la política”, no pueden ser abordadas como totalidades suturadas y autodefinidas. La imposibilidad de fijación última del sentido implica que tiene que haber fijaciones parciales. Porque, en caso contrario, el flujo mismo de las diferencias sería imposible. Incluso para diferir, para subvertir el sentido, tiene que haber un sentido. Si lo social no consigue fijarse en las formas inteligibles e instituidas de una sociedad, lo social sólo existe, sin embargo, como esfuerzo por producir ese objeto imposible. El discurso se constituye como intento por dominar el campo de la discursividad, por detener el flujo de las diferencias, por constituir un centro. Es en este punto, en el análisis postmarxista se nutre de los estudios contemporáneos que –de Heidegger a Wittgensteinhan insistido en la imposibilidad de fijar significados últimos (haciendo mención explícita a Derrida97). Basándose en los estudios llevados a cabo por el postestructuralismo, Laclau y Mouffe sostendrán: “El análisis saussuriano de la lengua la consideraba como sistema de diferencias, sin términos positivos; el concepto capital era el de valor, según el cual el significado de un término es puramente relacional y se determina sólo por su posición a todos los otros. Pero esto ya nos hace ver que las condiciones de posibilidad de un sistema tal son las de un sistema cerrado: sólo en él es posible fijar de tal modo el sentido de cada elemento. Cuando el modelo lingüístico fue importado al campo general de las ciencias humanas, fue este efecto de sistematicidad el que predominó, y de tal modo el estructuralismo se constituyó como una nueva forma de esencialismo: como la búsqueda de las estructuras subyacentes que constituyen la ley inmanente de toda posible variación. La crítica al estructuralismo se llevó a cabo en ruptura con esta concepción del espacio estructural como espacio plenamente constituido; pero como al mismo tiempo se rechazó todo retorno a una concepción de unidades cuya delimitación estaría dada, al modo de una nomenclatura, por su referencia a un objeto, la concepción resultante fue la de un espacio relacional que no logra, sin embargo, llegar a constituirse como tal, de un campo dominado por el deseo de una estructura que está siempre finalmente ausente. El signo es el nombre de una escisión, de una imposible sutura entre significante y significado.” 98 97 Ob. cit., pág. 151 98 ob.cit., pág 153
136 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa En definitiva, podemos afirmar que el concepto de articulación establece: que toda identidad es relacional, pero que al mismo tiempo esta identidad (este sistema relacional) nunca consigue fijarse en un conjunto estable de diferencias, ya que todo discurso, por su propia lógica discursiva (metaforicidad) hace fracasar y desbordar la configuración instituida. Mostrándose, por ello, imprescindible en su estudio el análisis del antagonismo como mecanismo potenciador de nuevas configuraciones. .Antagonismo como límite de lo social La filosofía romántica del siglo XIX tuvo una gran influencia sobre los autores postmarxistas, principalmente sobre aquellos postalthusserianos, como Balibar, Ranciére, Badiou, Zizek o Laclau. La razón es que el tipo de teorización emprendida por el romanticismo alemán será la primera en especificar los elementos sobre los que operan las prácticas articulatorias, como fragmentos de una totalidad estructural u orgánica perdida. El punto de partida de este tipo de reflexión, será la experiencia de fragmentación y división. Ello dará lugar a la búsqueda infructuosa de la unidad perdida; búsqueda que estructura todo el pensamiento de la generación del Sturm und Drang. Por lo tanto, la experiencia de la fragmentación como negatividad será el punto neurálgico que la filosofía romántica mantiene, y que encuentra su máxima expresión en la dialéctica hegeliana. Sin embargo, la dialéctica siempre se enfrenta al carácter artificioso de su propia articulación de las partes hacia la supuesta totalidad. Dada la especificación de los elementos a rearticular como fragmentos de una unidad perdida, resultaba claro el carácter artificial de toda recomposición, frente al carácter natural de la unidad orgánica que se le suponían a la panacea del mundo griego. Ahora bien, todo depende de como se conciba la organización que seamos capaces de darnos a nosotros mismos, reconduciendo los fragmentos a una nueva forma de unidad, o bien entendiendo esa organización como contingente y, por tanto, externa a los fragmentos. A esta forma de organización, como ya se intuirá se la denominará articulación.
137 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa La experiencia de negatividad será la que en el pensamiento de Laclau y Mouffe se denomine antagonismo. El antagonismo, para Laclau, escapa a la posibilidad de ser aprehendido por el lenguaje, en la medida en que el lenguaje sólo existe como intento de fijar aquello que el antagonismo subvierte. Ambos, insisten en que el antagonismo no puede ser equiparado, ni a la oposición real, que sería una oposición objetiva (un choque entre dos coches); ni a la mera contradicción que también es definible entre conceptos (A y no A). Sin embargo en el caso del antagonismo nos encontramos con una situación diferente, ya que la presencia del Otro me impide ser totalmente yo mismo. Aquí señalaremos un punto importante apuntado por nuestros autores: la relación no surge de identidades plenas, sino de la imposibilidad de constitución de las mismas. El antagonismo, por tanto, constituye los límites de toda objetividad, que se revela como objetivación, parcial y precaria. “El antagonismo, por tanto, lejos de ser una relación objetiva, es una relación en la que se muestran —en el sentido en que Wittgenstein decía que lo que no se puede decir se puede mostrar— los límites de toda objetividad. Pero si, como hemos visto, lo social sólo existe como esfuerzo parcial por instituir la sociedad —esto es, un sistema objetivo y cerrado de diferencias— el antagonismo, como testigo de la imposibilidad de una sutura última, es la experiencia del límite de lo social.” 99 El antagonismo se muestra como una estructura inmanente de nuestra realidad, sea esta social, cultural, política, etc. Y será esta estructura la que deba de ser abordada a la hora de construir un modelo alternativo a la hegemonía neoliberal. Es pertinente en este momento acercarnos al estudio El sujeto espinoso100 de Slavoj ŽiŽek101, pues en el se desarrollan las características del antagonismo, a partir de una lectura compleja del idealismo alemán hegeliano. El interés prioritario de Zizek se centra en la posibilidad de establecer las relaciones y conexiones lógicas que han perfilado la subjetividad en la cultura occidental. Para ello articula una lectura en la que compagina, al igual que hace Laclau, el análisis filosófico, psicoanalítico y político, rastreando sus hilos conductores en la 99 ibid., pág. 170 100 Zizek, Slavoj: El sujeto espinoso. El centro ausente de la ontología política, Editorial Paidos, 2001, Barcelona. 101 De aquí en adelante escribiremos Zizek en lugar de ŽiŽek, lo haremos atendiendo a una lógica simplificadora, y teniendo en cuenta que en gran parte de los textos sobre Zizek su nombre aparece así escrito.
144 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa constitutivo de lo político se hace patente, y cuando las estrategias retóricas comienzan con la formación de nuevos significados que pretenden aglutinar la mayor cantidad de personas y grupos, significados, al principio, que luchan entre ellos hasta constituir una nueva metáfora política, como una nueva acotación de lo político, esto es una nueva hegemonía. Pero ¿por qué son posibles los populismos? Existe una “dislocación de base”, dice Laclau, de ahí la posibilidad de la hegemonía, como equivalencia, de un ahora con un inconcreto que sería la política. El proceso político, será entonces, la lucha por hegemonizar estos espacios, por hacer “equivalentes” lo universal político y el particular significante –a modo de metonimiasque le da una sociedad, grupo, o época: así “solidaridad” en Polonia”, “honestidad” en algunos países ex-socialistas, “eficacia” en las democracias liberales. Todos ellos, funcionarían como el absoluto político, como la “plenitud ausente” sostiene Laclau, señalando lo que Zizek denomina “legibilidad”, es decir, el hecho de que la política se articula desde una necesidad (social, cultural, histórica), hegemonizando el acontecimiento político que siempre permanece desplazado El surgimiento del populismo pone de relieve, para Laclau, el carácter retórico del campo político y social, es decir, la imposibilidad de mostrar una definición última de estos conceptos. Esta retoricidad constitutiva del campo socio-político se hace evidente en la articulación de tres conceptos, algunos de ellos ya presentados, que se manifiestan claramente en los populismos: a) discurso, b) significados vacíos, flotantes y hegemonía; y c) retórica. a) En los populismos, efectivamente lo que podemos observar es una articulación discursiva entre elementos antagónicos. Esta relación puede ser de dos tipos: 1) un antagonismo simple, en el que un orden instituido (gobierno, religión, cultura) no es capaz de absorber las demandas que operan en el seno de una sociedad compleja, con una multiplicidad de demandas, en algunos casos antagónicas entre si. En este caso, siguiendo los propios análisis que Laclau utiliza en otro estudio107, lo que se produciría sería un acceso al vacío constitutivo de nuestra realidad, lo que podríamos denominar como “retoricidad 107 Laclau, E: “Articulación y los límites de la metáfora”; Conferencia presentada en diferentes universidades. En el servicio informático do “Consello da Cultura Galega” fue presentada en Abril de 2008. Se puede acceder a ella en www.consellodacultura.org
145 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa constitutiva”, o el fundamento discursivo de toda la realidad. Lo instituido sería leído como una acotación particular de un espacio no saturable, en el que lo único que se puede realizar son pequeñas representaciones bajo las que se identifiquen una multiplicidad de visiones. Y, precisamente, el populismo surgiría cuando la acotación instituida no es capaz de reflejar la multiplicidad de “pequeñas acotaciones” que conviven en la sociedad. 2) El segundo tipo de antagonismo es múltiple, y consistiría en las relaciones antagónicas que conviven en la sociedad (diferentes grupos e intereses). Lo interesante es que estas relaciones se convierten en populismo, cuando entre ellas se identifica a un adversario (o antagonismo base), que siempre sería el orden instituido. Teniendo en cuenta lo que acabamos de señalar se podrá comprender la b) operatividad de los conceptos de “significados vacíos”, “significados flotantes” en relación a la consolidación de una hegemonía108. Lo primero que nos encontramos en la configuración de un populismo es con una multiplicidad, una estructura que funciona bajo los presupuestos de una articulación. Esto es, una multiplicidad en la que los diferentes grupos interactúan de tal modo que sus identidades se ven transformadas. Por lo tanto, lo que se produce, en segundo lugar, es una articulación de las diferencias y antagonismos, fruto de la cual surgen lo que se denominan “significados flotantes”. Pero para que surjan estos significados primero se debe de acceder a los “significantes vacíos”, que constituyen la realidad contingente de cualquier acotación parcial de nuestra realidad. Para que esto ocurra, el orden instituido debe de perder su fuerza de cohesión y codificación (lo que nos acercará a las nociones de legalidad y legitimidad, tal y como abordaremos en el capítulo cinco), debe de permitir que emerja la estructura contingente, frente a la cual los diferentes grupos comenzarán a efectuar sus “acotaciones particulares”, esto es, sus pequeñas significaciones particulares de la realidad. A estos nuevos significados bajo los que se aglutinan grupos concretos se los denomina “significados flotantes”. Sin embargo para que emerja un populismo, tiene que producirse un tercer 108 Esta temática también será abordada por Laclau en “Why do empty signifiers matters to Politics?” en Emancipation(s), Verso, London, 2007.
146 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa acontecimiento. Este estaría representado por las diferentes equivalencias que pueden surgir entre estos significados emergentes o flotantes. Entre ellos, por lo tanto, se encontrarán similitudes y puntos de vista comunes bajo los que se comenzará a articular una nueva acotación de ese espacio no saturable, pero que dan unidad y bajo las que una diversidad de grupos se encuentran representados. En esto consiste la“equivalencia”. De esta forma, conviene observar que, uno de los componentes principales del populismo es la operatividad de esta totalidad como tensión discursiva. Es la articulación de estas diferencias la que permite el acceso a una nueva acotación. Tras estos pasos, el populismo se consolidaría como fuerza resignificativa, mediante la asunción de estos “significados flotantes”, que ahora son asumidos por la totalidad como “representaciones” de sus creencias y demandas. Con este último paso se habría consolidado una nueva hegemonía; o lo que es lo mismo la hegemonización, siempre precaria, del vacío constitutivo. c) Una de las cuestiones de mayor importancia que, para Laclau, se desprenden del análisis de los populismos es la operatividad retórica que los constituye y, por ende, que constituye cualquier orden de nuestra realidad humana, siempre mediada (como ya hemos visto en el análisis de Zizek) por el lenguaje. Así: “Cicerón, al reflexionar sobre el origen de los desplazamientos retóricos, imaginó un estado primitivo de la sociedad en el que había más cosas para ser nombradas que las palabras disponibles en el lenguaje, de modo que era necesario utilizar palabras disponibles en el lenguaje en más de un sentido, desviándolas de su sentido literal, primordial. Esta escasez de palabras representaba para él, pro supuesto, una carencia puramente empírica. Imaginemos, no obstante, que esa carencia no es empírica, que está vinculada con un bloqueo constitutivo del lenguaje que quiere nombrar algo que es esencialmente innombrable como condición de su propio funcionamiento... En la retórica clásica, un término figurativo que no puede ser sustituido por otro literal se denominó catacresis (por ejemplo, cuando hablamos de “la pata de una silla”). Este argumento puede ser generalizado si aceptamos el hecho de que cualquier distorsión del sentido procede, en su raíz, de la necesidad de expresar algo que el término literal simplemente no transmitiría. En este sentido, la catacresis es algo más que un figura particular: es el denominador común de la retoricidad como tal.”109 Este denominador común será profundizado por Laclau en su estudio “Articulation 109 Laclau, E: La razón populista, FCE, Trad. Soledad Laclau, Buenos Aires, 2005, pág, 94-95.
147 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa and the limits of metaphor”, en donde, intenta comprender los procedimientos articulatorios que operan discursivamente en nuestra realidad. Sirviéndose del trabajo de Gérard Genette, concretamente de “Métonymie chez Proust110”. Según Laclau, Genette investiga el significado de las relaciones que establecen entre si las dos figuras retóricas por excelencia: la metáfora y la metonimia. Genette, insiste desde el principio, en que no se trata de una simple cuestión de reconocimientos o coexistencia, de ambas, metáfora y metonimia, en el texto de Proust; sino que nos muestra como ambas se requieren la una a la otra, como sin la una dando sombra a la otra, ninguna de ellas podría jugar el específico rol que se espera de ella en la constitución de una economía narrativa. Es decir: “es este cruce entre metáfora y metonimia lo que asegura que exista narratividad”. Laclau aplicará el estudio de las relaciones de significación retórica al campo de la política. Y es que, tratando de la distinción efectuada por Jacobson entre “metonimia como la dimensión prosaica del discurso” y de “metáfora como la poética”, Genette argumenta que “uno debería considerar los escritos de Proust como la tentativa más extrema hacia un escenario mutuo, asumiendo y activando totalmente los dos ejes del lenguaje, los cuales deberían ciertamente ser llamados “poema en prosa” o “prosa poética”, y lo cual constituye absolutamente el texto. Será la combinación relacional de estos dos términos la que configure las bases de la significación. En un sentido puede decirse que la metáfora es el telos de la metonimia, el momento en el cual la trasgresión de la reglas de combinación ha alcanzado su punto de no retorno: una nueva entidad ha advenido. Pero sin esas prácticas transgresivas, esencialmente metonímicas, la nueva entidad metafórica podría no haber emergido. Nosotros podemos dibujar aquí una conclusión: contigüidad y analogía no difieren esencialmente la una de la otra, pero estos dos polos serán imprescindibles en su combinación: “…Anticipando lo que nosotros discutiremos en este mismo trabajo, podemos decir que esto (“contiguity shades into analogy, metonymy into metaphor”) es inherente a la operación política central, que nosotros llamamos hegemonía: el movimiento desde la metonimia a la metáfora, desde la articulación contingente a la esencial correspondencia.” 111 110 Genette, G., “Métonymie chez Proust”, en Gérard Genette, Figures III, Editions du Sueil, 1978, p. 41-63 111 ibid., pág. 9
148 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Por lo tanto, los procesos de constitución de sentido, aquellos que permiten la apertura del texto a una nueva significación, a la pluralidad de significados, o la misma reinterpretación de ellos, pueden ser extrapolados a la génesis de las hegemonías políticas. Y, no es una mera superchería teórica sino que refleja con amplitud la mayoría de los acontecimientos políticos. No podemos separar significación y acción. La diferencia entre contigüidad y analogía es que, en ambas, aunque a través de sus cadenas de substitución trastornan una lógica diferencial, la visibilidad de lo que es subvertido está mucho más presente en el caso de la metonimia, mientras tiende a desaparecer en el caso de la metáfora. Pero si la subversión de localizaciones es inherente a la retoricidad, y la retoricidad es una de las dimensiones de la significación, esto significa que ésta sólo pude ser concebida como un proceso sin fin de sucesivas instituciones, y subversiones de diferentes localizaciones. La retoricidad, como dimensión de significación, no tiene límites en su campo de operación. Está vinculadaq, es un co-término con muchas estructuras de objetividad. “Esto, antes de nada, se conecta con la noción de discurso, que nosotros hemos utilizado en otros trabajos, lo cual no está exclusivamente vinculado al discurso escrito, pero si a cualquier practica de significación. Esto envuelve, que es equivalente a la producción social de significado, esto es, a la fabricación de vida social. No hay posibilidad de una separación estricta entre significación o acción.”112 Laclau, por lo tanto, sostiene que la retoricidad es constitutiva de la significación. El extrapolará con acierto estas conclusiones a los procesos de constitución política. La política es una articulación de elementos heterogéneos, y cada una de las articulaciones es esencialmente tropológica, lo que presupone la dualidad entre institución y subversión de posiciones diferenciales, las cuales encontramos como definiendo una intervención retórica. “Usando una distinción husserliana, podríamos decir que lo social es equivalente a un “orden sedimentado”, mientras que la política envolvería el momento de “reactivación”. La formas contemporáneas de tecnocracia expresarían esta disolución de la política y la reducción de la gestión de la comunidad a una mera cuestión de expertos.” 113 112 ibid., pág. 11 113 ibid., pág. 14
149 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Laclau ejemplifica sus afirmaciones con la génesis del populismo lenilista. Pero es necesario profundizar un poco más en su pensamiento. .Representación y democracia: Los procesos populistas generadores de sentido construyen significados flotantes, tras los cuales se producen mecanismos de equivalencia, necesarios para la constitución de una nueva hegemonía, y por lo tanto necesarios para llevar a término el necesario proceso de representación, mediante el que lo particular “hegemoniza” la insaturable universalidad. Ahora bien, Laclau mantiene que no todos los procesos deslegitimatorios acarrean demandas populistas. Existen dos tipos de lógica inherentes a las relaciones sociales complejas, según el carácter de sus demandas: En primer lugar tendremos que hablar de la “lógica de la diferencia” producida por un tipo de demandas concretas definidas como “demandas democráticas”. La “lógica de la diferencia114” operaría como aglutinador de demandas diversas, pero que no producirían un acceso a la dislocación de la estructura, esto es, no acarrearían la emergencia de un populismo y el acceso a un proceso de hegemonización. Esta lógica –lógica de la diferenciaserá una lógica de la simplificación del espacio político, en tanto que la lógica de la diferencia es una lógica de la expansión y complejización del mismo. Lo que quiere decir que en este proceso las demandas serán democráticas, en el sentido de que pueden ser asumidas por el orden instituido, sin suponer una amenaza, sino una cimentación del mismo orden. b) En segundo lugar, Laclau mencionará la “lógica de la equivalencia”, apoyada en un tipo concreto de demandas, las “demandas populares”. En ese caso si estaríamos ante una lógica de emergencia hegemónica, en la que se producirían nuevos significados alternativos, fruto de los procesos articulatorios y equivalenciales operativos entre diversos grupos. Como resultado, el orden instituido es subvertido por la aparición de una nueva hegemonía. Laclau lo recoge del siguiente modo acudiendo al ejemplo del acceso populista mejicano: 114 On populist reason, ob.cit., pág.80-90/ Hegemonía y estrategia socialista, ob.cit., pág. 170-177
150 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa “Ésta es la transición de lo hemos llamado demandas democráticas a demandas populares. Las primeras pueden ser incorporadas a una formación hegemónica en expansión; las segundas representan un desafío a la formación hegemónica como tal. En México, durante el periodo de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la jerga política entre las demandas precisas, que podían ser absorbidas por el sistema de una modo transformista (por utilizar el término gramsciano), y lo que era denominado el paquete, es decir, un gran conjunto de demandas simultáneas presentadas como un todo unificado. Era sólo con estas últimas que el régimen no estaba preparado para negociar –generalmente respondían a ellas con una despiadada represión-.”115 Es importante resaltar que, mediante la lógica de la equivalencia, tiene lugar uno de los procesos constitutivos para cualquier populismo, y por lo tanto para la hegemonía. Este momento, es la configuración ideológica de una identidad equivalencial a la que se denominará Pueblo/People116. “Pueblo”, sería el momento de cristalización en el que, por un mecanismo de equivalencia, las diferentes demandas construyen una identidad que se manifiesta antagónicamente unida luchando por un proceso de hegemonía. En este proceso se observaría la vaciedad de todo significado, y la constitución retórica de una nueva metáfora, en la que las demandas particulares (metonimias) se verían reflejadas. Para Laclau la política se constituye retroactivamente como un efecto de nominación. Es decir, que la configuración de metonimias perfila la transformación misma de la sociedad, no es que se produzca una transformación desde un punto de vista nominalista, sino que la propia política y la sociedad particular que la representa son fundadas. -Por ello, Laclau acude a los estudios de Kripke, Copjec, y Zizek-. Según Laclau debemos de tener en cuenta dos aspectos: a) las operaciones de significación, y b) la fuerza que opera tras esas operaciones. El nombre y la acción de nombrar serán formuladas desde operaciones de significación a) que operan en el ámbito de una apertura radical. Por ello, Zizek117 entenderá que la acción de nombrar, la creación de nuevos significados operan un ejercicio de producción retroactiva. Mediante la acción de nombrar, el constitutivo vacío de 115 La razón populista, ob.cit., págs. 108-109. 116 Ibid. pág. 93-100 117 Véase, Zizek, S., The sublime Object of Ideology, ob. Cit.
151 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa nuestra realidad es acotado. A diferencia de Kripke, y su nominalismo, no se trata de la mera asignación de un nombre concreto a un objeto particular; para Zizek, siguiendo, como ya hemos visto, a Freud: la unidad del objeto referenciado es el efecto retroactivo de la nominación. Por lo que la nominación, no es únicamente un puro juego de atribuir un nombre vacío a un sujeto preconstituido; sino que las operaciones de significación en el ámbito social, se constituyen como fundantes del sujeto mismo. La fuerza que estaría detrás de estas operaciones es representada en los estudios b) de Copjet a través del psicoanálisis lacaniano. De este modo, en los procesos de significación populista operaría una apertura a lo Real, un acceso a la retoricidad constitutiva de lo existente, esto es, a lo inabarcable, que Copjet nomina como “Madre primera”. Sin embargo esta acotación es precaria por lo que solo se conformarían pequeñas metáforas, lo que demonina “pequeño objeto a”, que servirían como codificación, o marco de sentido de una nueva vertiente. Por lo tanto, lo que observamos de nuevo, es como una particular apertura de lo real, simboliza y representa lo universal, siempre inabarcable. Y es que como, volveremos a decir, la controversia en torno al contenido del significante vacío política, es la lucha política por excelencia. Por ello mismo, la representación es posible y necesaria. Sería esta la que nos permite asumir la incardinación de la universalidad y aglutinar una diversidad dislocada en una unidad compleja. Hay que tener en cuenta que la política, para Laclau, consiste en un indecidible juego entre el “vacío” y el “flotante”. De ahí que, por esta razón la política es la posibilidad misma de la diferencia, en cuanto la construcción permanente del “Pueblo”. En la asunción de la “representación” la estructura interna del populismo se ilumina. Pero para que el “Pueblo” pueda emerger se requieren tres variables: “La emergencia del pueblo depende de las tres variables que hemos aislado: relaciones equivalenciales representadas hegemónicamente a través de significantes vacíos; desplazamientos de las fronteras internanas a través de la producción de significantes flotantes; y una heterogeneidad constitutiva que hace imposibles las
152 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa recuperaciones dialécticas y otorga su verdadera centralidad a la articulaciónb política.”118 Así pues, la teoría de Laclau opera una relectura de la democracia dentro de los presupuestos de la tradición socialista, mediante la que se persigue la configuración de un nuevo proyecto que pueda: a) subsanar los déficit de la ortodoxia socialista; b) que permita introducir la diferencia sin renunciar a la creación de una hegemonía plural; c) indirectamente, la comprensión no institucionalizada del proceso político mediante un ejercicio democrático legítimo, d) y como no, servir de alternativa a la hegemonía neoliberal. Sin embargo, su teoría deja múltiples incógnitas sin despejar, y que solo las podremos abordar desde las críticas que el propio Laclau dirigió a Derrida, tales como: a) la categoría ética de la decisión política, b) el proceso democrático y su operatividad, c) la vinculación de conceptos como, legitimidad, universalidad y diferencia, o, no menos importante d) como articular un proceso de estas características119, con que medios sin caer en una heteronomía. En todo caso, desde nuestra perspectiva, solo a través de un diálogo, sencillo pero profundo, entre Derrida, Laclau y Habermas estas repuestas pueden ser abordadas. Pero, ahora, es preciso señalar un problema agudo: la noción de democracia que se desprende de su teoría. Laclau persigue una revitalización de la política, a partir de la instauración de la lógica de la equivalencia, como lógica operativa de nuestras prácticas políticas. Sin embargo, es obvio que una lógica de este tipo no tendría porque concluir en presupuestos de acción democrática, es más, ¿por qué no llenar ese vacío con lo que “uno” cree?, ¿por qué optar por un ejercicio de autoridad, y no de potestad? Estas preguntas, Laclau no las responde, y no puede. A Derrida, como tendremos ocasión de ver, se le criticará su etización de la política, pero Laclau, claramente apuesta por una clausura determinada de lo “real”, por lo tanto la decisión que guía su determinación es operativamente ética; y esto posee gran importancia, 118 La razón populista, ob. cit., pág. 197 119 Podemos caracterizar a loa democracia radical a partir de los siguientes principios constitutivos: a) la comprensión y aplicación de principios retóricos a la hora de fundamentar una implementación de la democracia; b) inclusión de múltiples perspectivas, combinándolas y articulándolas hacia, c) la generación de nuevas identidades, d) que nos permitan constituir hegemonías, siempre desde un principio de multipolaridad.
153 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa pues nos permitirá reformular con Habermas y Derrida, la función misma de la política, y de los mecanismos institucionales que soportan el ejercicio social, político y económico. Teniendo esto en cuenta, podríamos comprender mejor sus diferencias con Lefort y su concepción de la democracia120, lo que al mismo tiempo nos permitirá resaltar las dificultades que acabamos de mencionar. Lefort intentará, en sus reflexiones acerca de la democracia, asentar el valor democrático como inherente al propio discurso occidental y a su categoría humana. Entiende que la democracia representa la posibilidad misma de establecer articulaciones políticas múltiples ya que el lugar del poder, siguiendo a Kantarovitch, está vacío y no hegemonizado por la figura de un rey, un tirano o una clase. Pero, a su vez, las democracias solo alcanzan su máximo desarrollo si son vinculadas a las estructuras liberales de lo social, que son las únicas que garantizan la imparcialidad de este lugar vacío. Al mismo tiempo que Lefort no comparte la lectura “optimista” de Laclau, ya que los populismos pueden abocar a la conformación de totalitarismos. Conclusiones con las que Laclau no está de acuerdo: “La contrucción de una cadena de equivalencias a partir de una dispersión de demandas fragmentadas y su unificación en torno a posiciones populares que operan como significados vacíos no es en sí misma totalitaria, sino la condición misma de una voluntad colectiva, que en muchos casos puede ser profundamente democrática. El hecho de que algunos movimientos populistas puedan ser totalitarios y que presenten muchos o todos los rasgos que describe Lefort tan apropiadamente es sin duda cierto, pero el espectro de articulaciones posibles es mucho más diverso de lo que la simple oposición democracia/totalitarismo parece sugerir. La dificultad con el análisis que hace Lefort de la democracaia es que se concentra exclusivamente en los regimen democráticos liberales y no preta una atención adecuada a la construcción de los sujetos democráticos populares. Esto tiene una serie de consecuencias que limitan el alcance del análisis. Para dar un ejemplo: el lugar del poder en las democraciasestá, para Lefort, vacío. Para mí, la cuestión se plantea de manera diferente: es una cuestión de producción de vacuidad a partir del funcionamiento de la lógica hegemónica. La vacuidad es, para mi, un tipo de identidadm no una ubicación estructural.” 121 Hay varios puntos interesantes a señalar que nos permitirán concluir con la presentación de la propuesta postmarxista frente a la hegemonía neoliberal y que retomaremos más adelante: 120 Lefort, Cl., “The Question of Democracy”, en Democracy and Political Theory, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1988. 121 La razón populista, ob. cit., pág. 209-210
256 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa debemos hacer nuestro; en definitiva la pregunta es ¿qué significa realmente la amistad, la fraternidad, la igualdad, y la democracia? Parte de la noción griega en la que los iguales eran la condición necesaria para la asunción de un régimen democrático; entendiendo los iguales como aquellos con padres y madres iguales, los hijos -que no las hijas, recordemos su crítica al falogocentrismode una patria. Será aquí cuando, de la mano de Schmitt, Derrida analice la diferencia entre el enemigo interno a una nación, el enemigo fraterno, y el enemigo de la patria; en definitiva, la diferencia entre ekhthrós ( inimicus en latín) que es el enemigo en sentido general, enemigo de guerra, político, objeto del odio en general; y polémos (hostis en latín) que será el enemigo en un sentido interno, el desorden de una guerra civil (stasis), que en la visión schmittiana, y clásica, nunca será entendida como una auténtica guerra, ya que una guerra (polemios) no puede darse entre hermanos. Ante esta articulación histórica de la democracia, nuestro autor se formula las siguientes cuestiones: “¿sigue siendo en nombre de la democracia como intentaremos criticar tal o cual determinación de la democracia o de la aristodemocracia?,…, ¿sigue siendo en nombre de la democracia, de una democracia por venir, como intentaremos deconstruir un concepto, todos los predicados asociados en un concepto ampliamente dominante de la democracia, aquel cuya herencia se reencuentra sin falta en la ley del nacimiento, la ley natural o “nacional”, la ley de la homofilia …?”, Y un poco más adelante, concluye: “al decir que el mantenimiento de este nombre griego, la democracia, es asunto de contexto, de retórica o de estrategia, de polémica incluso, al reafirmar que ese nombre durará el tiempo que haga falta pero no más, al decir que las cosas se aceleran singularmente por los tiempos que corren, no se cede necesariamente al oportunismo o al cinismo del antidemócrata que esconde su juego. Todo lo contrario: se conserva su derecho indefinido a la cuestión, a la crítica, a la deconstrucción (derechos garantizados, en principio, por toda democracia: no hay deconstrucción sin democracia, no hay democracia sin deconstrucción).”257 257 Derrida, J: “El amigo aparecido (En nombre de la democracia)” en Políticas de la amistad, ob.cit, p. 124- 129
257 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa .Lecturas y estrategias: críticas y apoyos. Precisamente, esta es la labor y la aportación de la deconstrucción a nuestra filosofía, un pensamiento de la diferencia en toda su amplitud, recorriendo las sendas perdidas, y los futuribles insospechados. Sin embargo, hay que seguir abordando en la respuesta a la pregunta acerca, de ¿cuál es la implicación ético-política de su obra?, o más concretamente ¿cómo ha sido recibida esta? Teniendo en cuenta lo que ya hemos anticipado, unas lecturas defenderán la pertinencia de sus análisis para una reflexión ético-política, y otras posturas lo catalogarán de una lectura “privada”, tal es el caso de Rorty que nada puede decir acerca de problemas de justicia y democracia; además de definirlo como nihislista, irresponsable y dogmático. Comenzaremos por sus defensores (en realidad iremos intercalando las visiones críticas) que argumentan desde posturas en ocasiones prácticamente contrapuestas. Derrida se preocupa por su herencia, abriéndola a la pregunta acerca de su posibilidad, dibujando y observando esta posibilidad desde el acontecimiento; entendido esto último como aquello, que a diferencia de la filosofía y lógica tradicional (la de la modernidad), no lleva a cabo un programa previsto de antemano. Será desde esta noción de acontecimiento, como posibilidad “aquí y ahora” (no como presente encaminado a un futuro, sino como tiempo finito), no como condición aritmética y calculada de posibilidad, desde donde introduzca su noción de différance en el contexto político. Así, partiendo de las preguntas por un origen, mediante la noción de suplemento y khôra, contestadas desde la contingencia de una estructura textual que soporta nuestra codificación del mundo, sostiene la visión de un no lugar. Este no lugar –khôraes descrito como un lugar infigurable, un acontecimiento fuera de la lógica de un espacio tiempo relacional y dirigido, inanticipable e inseparable, incontrolable, que al mismo tiempo no es un ideal, sino aquello mismo que nos constituye, aquello, que como ya hemos dicho, nos da posibilidad, lo real aquí y ahora. De ahí que en algunos momentos Derrida diga que ese acontecimiento, eso que llega, esa utopía, es la khôra de lo político.
258 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa En el lenguaje de Deleuze y Guattari, esto se traduce como líneas de fuga, refiriéndose a la posibilidad inherente a todo sistema de salir de su propia opresión258. Para estos autores259, estas brechas se definen de acuerdo al movimiento de una sociedad nómada que no puede reducirse a una significación homogénea, sino que se muestra como multitud indescifrable260, y siempre en movimiento, que precisamente por ello posibilita la reinvención del espaciotiempo. Guattari y Deleuze consideran la actividad revolucionaria como la producción de cortocircuitos en la realidad del sistema, que abren el presente a la llegada del porvenir. En este sentido, el Mayo del 68, es para ellos un acontecimiento. Como vemos la indecibilidad estructural de la cual nos habla Derrida es descifrada por estos autores como un impulso utópico, que nos abre al acontecimiento. Esto mismo será reformulado por Negri y Hardt, quienes parten de la convicción de que existe un nuevo orden mundial que se basa en lo que ellos denominan malla de poder, y que se extiende desde los estados nación, a las relaciones transnacionales e instituciones internacionales. La cara positiva de esta malla es que posibilita encuentros entre multitudes para comunicarse, colaborar y organizarse. Así, esta multitud es una malla abierta e inclusiva, que nos permite, sin dejar de ser diferentes, descubrir lo que tenemos en común261. Con ello, se observa como la deconstrucción es ligada, y descifrada como “utopía” al mismo tiempo que introducida dentro de lo que autores como Eagleton, llamaría, teoría crítica. Esta interpretación de la deconstrucción como utopía también será avalada por Drucilla Cornell en su obra The Philosophy of the limit y por Simon Critchley en The 258 Deleuze, G.: Conversaciones 1972-1990. Ed. Pre-textos, Valencia, 1999. P. 144. 259 En determinados puntos no podemos compartir su noción utopía, ni mucho menos creemos que la fuerza política de la deconstrucción se reduzca a una fuerza utópica; sin que por ello se renuncie a este concepto, siempre desde una perspectiva popperiana, esto es, no totalitaria. Tendríamos que decir, que en la obra de Derrida, cualquier planteamiento utópico resultante de su deconstrucción, sería de por si antiautoritario. Precisamente, derivado de las condiciones impuestas por indecidibles, tales como “resto, ruina, ceniza, suplemento o huella” 260 Ya hemos presentado lo que denominamos, “la compleja construcción de identidades en nuestra contemporaneidad “(primer apartado). Volvemos a recomendar al efecto, las obras de Nestor García Canclini: Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Méjico, Grijalbo, 1990. Imaginarios urbanos. Buenos Aires, Eudeba, 1999 La globalización imaginada, Buenos Aires, Paidós, 2000. 261 Hardt, M. y Negri, A: Multitud, Ed. Debate, Barcelona, 2004, pp. 16-17 y 110-111
259 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Ethics of Deconstruction262 , aunque con diferencias en sus planteamientos, que sin embargo dibujan una línea conjunta de exposición. Ambos pensadores presentan la obra derridiana dentro de los márgenes de una filosofía ética de corte levinasiano. De esta manera el carácter aporético resultante de la operatividad de una lógica indecidible, presente en toda la obra de Derrida, es visto por Critchley y Cornell como la estructura ética de un infinito no acotable, de lo exterior a la esencia descrita por nuestra tradición metafísica; exterior que representa para Levinas el Otro, como posibilidad y apertura del Decir frente a lo dicho, como condiciones de enunciación (recordemos sus disputas con Wittgestein). Desde esta perspectiva, la incondicionalidad e indecibilidad hallan su mayor aporte y sustento en la visión ética de Levinas, que avalaría y soportaría las nociones de texto general, de promesa o herencia, en la vinculación con la apertura como responsabilidad e indecibilidad que se deriva de la propia estructura de la lengua como entramado de marcas sígnicas, entendidas como combinaciones posibles. Esto es, la hospitalidad lingüística hacia el otro, que en Derrida describe la responsabilidad no como una estructura fenomenológica sintiente (Levinas) que se articula en el sentido de Buber (yo-tu), sino como la radicalidad de la indecibilidad cuestiona mi libertad y autonomía (en el sentido monológico descrito por la tradición) incidiendo su crítica, en la visión de una autonomía constituida por la diferencia (ya hemos insistido en la estructura grafemática que compone nuestra identidad; aquí se encuentran a nuestro parecer diferencias importantes que Morag, y Laclau recuperan para acentuar el carácter político de la deconstrucción). De ello se deriva una lectura de la obra derridiana, en la que la responsabilidad es determinada, primero como una relación con lo Otro y de este modo como una estructura de subjetividad, en la que el Ego es puesto en tela de juicio (en el sentido de Levinas). Un responsabilidad ante lo Otro y ante el otro carnal que sufre y padece, en términos de Critchley en su análisis de la experiencia del duelo y de la temporalidad derridiana263. 262 Critchley, S: The Ethics of Deconstruction, Blackwell, Oxford, 1992 Cornell, D: The Philosophy of the limit, Routledge, London, 1990 263 Este tema es retomado y desarrollado por Simon Critchley en su obra Ethics, Politics, Subjectivity: Essays on Derrida and Contemporary French Thought, Londres, Verso, 1999.
260 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa El problema es que Critchley interpreta la obra derridiana desde los presupuestos de Levinas, donde la indecibilidad es introducida en el planteamiento del límite, entendido como la reformulación, de la que ya hemos hablado, entre “fin” de la “filosofía” y “clausura” de la filosofía. Critchley encontrará que la obra derridiana tiene una clara preocupación por la herencia y por la necesidad de abrir sus límites tradicionales a la diferencia, aquello que en términos levinasianos, está fuera, el exterior de la esencia, el exterior del ser. Será en este punto donde la deconstrucción pretenda ser enlazada con la ética de la alteridad de Levinas. Es lo que Drucilla Cornell recoge con las siguientes palabras: “Levinas understands that the resolution of his call for the syncrhronitation of the affirmation of the Saying and its cancellation in the said can only an aporia. Yet he insists that even so we must philosophically both affirm the Saying and negate the Saying in the said. For Derrida, what we confront in the aporia presented by Levinas is différance, the inevitable difference between the Saying and the said that can only indicate the beeyong allegorically. In others words, one can only “speak” of the Saying in the language og ontology.” 264 A partir de aquí, como ya se puede observar, las posturas de Critchley y Cornell se separan265. Cornell defiende que la experiencia de la aporía en Derrida es radicalmente diferente a la experiencia de la otreidad en Levinas. Derrida no pretende encontrar otro camino al Decir, respecto a lo dicho por la metafísica tradicional, sino abrir lo dicho a la posibilidad inherente del Decir, desde la noción, antisubjetivista y antitrascendentalista (contraria al sentido de una fenomenología husserliana, de un conciencia que constituye un objeto, cogito-cogitatum), de una estructura grafemática, como contenido y esencia del propio sujeto, por lo tanto lo otro presente en la identidad de lo mismo. En otras palabras, no pretende constituir otra ontología que nos aproxime a lo excluido (basta recordar el significativo título de la obra de Levinas De otro modo que ser, o más allá de la esencia) que de esta manera se presentaría, como portando las características de una verdad, una autenticidad que, como veíamos reproduce las características (ya presentadas), que harían de la obra de Levinas, al igual que la de Heidegger, un reducto que correría el peligro de caer en aquello mismo que pretendía criticar266. 264 Cornell, D: ob. Cit, p. 70 265 Morag, P : ob. Cit, « Part Two : Rewriting responsability and politisc », pp. 71-158 266 Derrida, J: «Violence et métaphysique. Essai sur la pensée d’Emmanuel Levinas » en L’écriture et la différence Collection Tel Quel. Paris: Seuil, 1967.
261 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Por ello, la lectura de Critchley y su aportación es dudosa, debido a las propias críticas de Derrida a esta lectura de Levinas. Sin embargo, para Cornell, la argumentación aporética de la obra de Derrida nos sitúa en una noción diferente, ahora se pretende mostrar como lo Otro habita en lo mismo, como la deconstrucción nos señala la falta de origen, por ello mismo su metaforicidad entendida como argumento de verdad, la verdad como lo útil no positivista, un pragmatismo solidario con nuestra contingencia, pero a diferencia de Rorty, no cerrado en nuestra visión etnocentrista. Será por lo tanto nuestra contingencia un fundamento cuasi-trascendental de una ética y una política, un principio formal y substancial para cualquier visión del mundo267. De esta visión, Cornell extrae consecuencias críticas para las sociedades dadas y sus tradiciones. La aporía, lejos de ser una fuerza negativa, nos acerca de veras al sentido de la justicia como infinitud, que el propio Levinas y Critchley defienden, y que Derrida, desarrolla en su obra Fuerza de ley, en el sentido de la imposibilidad de acotar la justicia al derecho. La diferencia entre estos dos pensadores respecto a la obra de Derrida, radica en que Critchley defiende una lectura ética de Derrida desde Levinas, dudando en determinados momentos de su capacidad política; mientras que Cornell argumentará que la deconstrucción ostenta características convincentes para una lectura novedosa de la política, que lo acercan a una lectura utópica de la realidad. Lo cual, a pesar de las críticas de Morag, y de algunos textos realmente confusos de Critchley, no quiere decir que Critchley renuncie a las connotaciones políticas de la obra de Derrida. El problema se centra en la siguiente pregunta, respecto al carácter indecidible e incondicional de la Justicia y de la responsabilidad en Derrida: ¿sería posible hallar una línea de mediación entre la universalidad de la regla y la singularidad de la decisión268? 267 Volvemos a insistir en que nuestro estudio pretenderá formular una ética (des)adecuada, a partir de la tradición kantiana y utilitarista, que ateniéndose a las visiones contemporáneas reformule los estadios de Kohlberg desde este principio de finitud y contingencia, que a modo de las categorías e imperativos kantianos, impone a priori unas condiciones a nuestra estructuración vital y moral de mundo. Un principio, de libertad, participado y activo, de ahí la semiautonomía del sujeto, desde la cual nosotros estableceremos una fundamentación democrática en la deliberación, con y contra Hebermas. 268 Laclau, E: New Reflections on the Revolution of Our Time, London, 1990 ( en castellano Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993)
262 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Ante esta pregunta se reciben diferentes respuestas. Y aquí también tomarían la palabra los críticos de la aportación derridiana a la política, ética, o incluso a la sociedad. Lo que se está barajando es lo siguiente: debido a la indecibilidad radical, que para Derrida forma parte de cualquier institución, política, y cultura humana, ¿cómo podemos actuar, llevar a cabo la praxis en una realidad guiada y sometida a la indecibilidad como prueba de su libertad y autonomía moral? Y es que recordemos que Derrida mantiene que la experiencia de la aporía, que el también denomina indecibilidad o double bind, no es ni un “quedar en suspenso de la indiferencia” ni la “neutralización interminable de una decisisión”; tampoco “viene a manifestar el límite, la impertinencia, la incompetencia de un dispositivo de la decisión”, sino que por el contrario, resulta imprescindible para tomar una decisión y para asumir una responsbilidad “dignas de ese nombre269” Por ello son muchos los pensadores que ven en Derrida, y en su obsesión por la experiencia de la indecibilidad, una especie de nihilismo270 que introduce la entropía en la realidad social. Sería como la introducción del principio de contradicción por Hegel, y los románticos; esa acentuación de la diferencia conllevaría el peligro de la destrucción social. Pero concretamente la crítica al “supuesto nihilismo” presente en la obra derridiana, será argumentado por Dews, que ataca esa noción semiautónoma del sujeto, y de la indecibilidad que ve como una debilidad e incapacidad propia de una cultura posmoderna incapaz de proponer nada271. Al mismo tiempo la deconstrucción, en esta misma línea, ha sido acusada de irresponsabilidad, debido a su negativa a cualquier estructuración política de corte consensual, o a cualquier pacto, lo cual no es incierto. Sobre todo, le achacan que su perspectiva obedece a una visión intelectual, desde la crítica literaria que nada puede decir acerca de la realidad 269 Las citas entrecomilladas, corresponden a la obra de J. Derrida Altérités (con P. J. Labarrière), París, Osiris, 1986, pp. 32-33 Esta misma temática también la encontramos desarrollada en Fuerza de ley ob. Cit., pp. 51-70, donde Derrida presenta la irreductibilidad de la Justicia, (entendida desde los presupuestos de su Infinitud Levinas, justicia judía), a una norma de derecho; para ello expondrá una reconstrucción de los estadios instituyentes de estado y del poder, siempre ligados a una noción de fuerza y violencia que se ejerce contra una estadio anterior, que en Derrida se correpondería con la propia indecibilidad. Por ello presentará tres aporías de justicia “la epohé de la regla”, la “obsesión indecidible”, y “la emergencia que obstruye el horizonte del saber”. 270 Estas críticas son contestadas con agudeza por Geoffrey Bennigton en Jacques Derrida ob. cit 271 Peter Dews: Logics of Desintegration, Verso, London, 1987
263 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa ético-política. Y es que tenemos que tener en cuenta que en las últimas décadas la izquierda y la derecha intelectual se han desmembrado en una multitud de vectores, “pro” y “anti” postmodernos que con una asiduidad sorprendente han recurrido a Derrida para fijar posicionamientos, erigir autocomprensiones y remarcar diferencias. En lo que a la “sección progresista” se refiere, pensadores como Norris y Eagleton se caracterizan por mantener una repulsa tajante ante la penetración del pensamiento postmoderno en determinados sectores izquierdistas. El primero de ellos incorpora a Derrida a la corriente crítica y comprometida de la teoría, lo que le obliga a desgajar la deconstrucción de la postmodernidad “baudrillaresca”. Eagleton no dudará en atribuir a Derrida el rol de “síntoma”, de plasmación paradigmática de un nuevo tipo de intelectualidad progresista que ha sustituido la preocupación hacia los conflictos de clase por el desmantelamiento de los conflictos inherentes a la materialidad del significante y las infraestructuras del texto. Por su parte, la denominada Izquierda Cultural ha desarrollado nuevas formas de lucha y resistencia en las que las aportaciones postmodernas en general y derrideanas en particular cuentan con un protagonismo esencial. Como partes integrantes de esta izquierda, la teoría feminista, el multiculturalismo y el poscolonialismo atacarán el enfoque totalizador y absolutista de Norris y Eagleton, por no hablar del de Habermas o Wellmer. En una posición intermedia se encuentra Jameson, quien combina el materialismo marxista con lo “mejor” del planteamiento deconstructivo. Pero eso no es todo. Stanley Fish se enfrenta a todos estos sectores. A los “modernos” que profesan la fe racionalista por ser devotos de una doctrina que acaba confluyendo con el esencialismo de la derecha intelectual. A los “modernos” historicistas por traicionar su punto de partida, “todo es una construcción histórica”, en nombre de una nueva verdad acontextual, las condiciones de validez de la pragmática habermasiana por ejemplo, que, de nuevo, desemboca en el paradigma fundamentalista de la derecha. Y a la mayoría de “postmodernos” por el mismo motivo: por dejar de serlo a mitad de trayecto. Richard Rorty puede completar este mosaico forzosamente esquemático y reductor, y, a la vez, incorporarse a unas páginas de las que será protagonista. En su opinión, la Izquierda Cultural estadounidense malgasta sus energías en actividades que carecen de repercusión política. Deconstruir textos es políticamente un
264 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa ejercicio irrelevante, “desenmascarar el sistema” una práctica inofensiva. La izquierda, si quiere constituirse en una fuente de proyectos concretos que puedan aplicarse al mundo cotidiano para ayudar a los más desfavorecidos debe “conceder una moratoria a la teoría”, sea esta de índole marxista o deconstructiva272, e implicarse de lleno en las luchas civiles. Rorty coincide con Eagleton y Norris273 en el convencimiento de la vacuidad política del pensamiento postmoderno. Coincide igualmente con, entre otros, Jameson y Zizek274 a la hora de denunciar unos estudios culturales desvinculados de lo político, pero se aleja radicalmente de todos ellos, al igual que de Paul. A. Bové275, Cornel West, Jonathan Culler, Frank Lentricchia y los mismos estudios culturales como consecuencia de la perspectiva antiteórica que comparte con Fish. En definitiva, el debate en el que se enmarca es el que se cuestiona la relación que el intelectual contemporáneo siente en relación con la filosofía la política y su papel en ambas276. Aquí, entraría la ya aludida y desarrollada crítica, que tacha de irresponsable a la deconstrucción efectuada por Thomas MacCarthy277. Y como no, tendríamos que resaltar la opinión de algunos que como Richard Wolin, catalogan a Derrida de dogmático y obsesionado por la indecibilidad, lo que lo incapacita para la acción278. Ante esto quizás cabría escuchar a Derrida, cuyo objetivo es esclarecer la relación entre este particular de la decisión y la universalidad de una regla de acción política y social: “Thought, requires both the principle of reason and what is beyond the principle of reason, the arche and an-archy. Between the two, the difference of a breath or an accent, only the enactment of this “thought” can decide. To claim to eliminate that risk by an institutional program is quite simply to erect a barricade against the future. The decicion 272 Toda esta temática puede seguirse con claridad meridiana en, R. Rorty, Forjar nuestro país. El pensamien- to de izquierdas en los Estados Unidos del siglo XX, Barcelona, Paidós, 1999. 273 Ch. Norris, Teoría acrítica: posmodernismo, intelectuales y la guerra del golfo, Madrid, Frónesis, 1997. Esta obra es esencial para conocer las críticas izquierdistas a Rorty y a la postmodernidad en general. También ¿Qué le ocurre a la postmodernidad?, Madrid, Tecnos, 1998 274 F. Jameson/S Zizek, Estudios culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Barcelona, Paidós, 1998. 275 P. A. Bové, En la estela de la teoría, Madrid, Cátedra/Frónesis, 1996. 276 Un estudio, escueto y completo al respecto es el firmado por Francisco Martorell Campos, “Elogio de la lectura: Filosofía y política en la divulgación pragmatista de Derrida” en la web Tertulialatina: http://www. tertulilatina.com/Archivo/index.php?option=com_content&task=view&i 277 Thomas MacCarthy: “The Politics of the Ineffable: Derrida´s Deconstructionism”, in the The Philosofical Forum, Vol. XXI, Nos. 1-2, (1989-90), nº. 64 278 Richard Wolin: The Terms of Cultural Cristicism, Columbia University Press: New York, 1992
265 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa of thought cannot be an intra-institutional event, an academic moment. All this does not define a politics, no even a responsibility.”279 De nuevo nos encontramos ante la lógica de un “entre”, de una mediación que combine la necesidad de una legislación, de una norma positiva, y que tienda puentes entre las diferencias; pero que al mismo tiempo sea fiel a la misma “anarquía” (entendiendo anarquía como contingencia específica de nuestra existencia), de la que parten. Derrida no persigue la disolución del orden, de la ley, o del derecho; lo que si sostiene es la necesidad de replantear que entendemos por ello, y de este modo agilizar procesos de entendimiento que, a diferencia de las doctrinas dialógicas, no se articulan mediante una racionalidad, que en la persecución de un consenso pueda establecer parcelamientos de aquello, lo político, que denominaríamos, de acuerdo a esta acotación, como lo “correcto, serio, ordenado”; lo que supondría una nueva suerte de exclusión, tal y como critica Mouffe280. Aún cuando esto venga mediado por la inclusión de los procesos de tolerancia. Esta es la crítica principal que autores como Chantal Mouffe, Laclau, Derrida (aunque en sus últimas entrevistas afirmaba un notable acercamiento a Habermas281), realizan a Habermas. Estos pensadores, a pesar de su crítica al racionalismo y al universalismo, se sentirán fuertemente comprometidos en la defensa del aspecto político del Iluminismo, el proyecto democrático. Por ello podemos afirmar que su desacuerdo con Habermas no es político sino teórico. Comparten su compromiso con la política democrática, pero consideran que la democracia no necesita fundamentos filosóficos, y ante todo, que no es a través de un fundamento racional como pueden reformularse sus instituciones. La fuerza política de la obra derridiana radica en su obvio compromiso social, que hace de la reflexión acerca del fenómeno político en sí, un principio de reflexión teórico-práctico que persigue: a) una actitud ético vital: que conlleva la reformulación del consentimiento 279 En Beardsworth, R., Derrida & the Political, Routledge, London, 1996. pág. 107. 280 Mouffe, Chantal: Deconstrucción y pragmatismo, ob. Cit, pp. 13-33 281 Nosotros recuperaremos esto para conjugar las visiones de estos dos autores, a nuestro juicio imprescindibles. Este punto lo desarrollaremos en el tercer apartado de nuestras tesis (correspondiente al segundo bloque). Por lo tanto no hablaremos de ello en este estudio.
272 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa no le permite ver la complejidad de la trama entre las dos esferas y lo que le lleva a denunciar cualquier intento de articular la búsqueda de la autonomía individual con la cuestión de la justicia social286”. Defender la existencia de dos ámbitos tan nítidamente separados uno del otro supone ignorar la permanente contaminación, hibridez e interdependencia de ambos, obviar el lema feminista “lo personal es político”, caer preso de los clichés del pensamiento político más discutible. Habria que preguntarse, junto a Simon Critchley, como es posible ser un ironista nietzscheano en la esfera privada, lo que significa concebir a la democracia y los principios liberales como síntomas del instinto de venganza y resentimiento, y liberal en la esfera pública, donde se actuaría de acuerdo a esos principios. Eagleton con ironía y acierto, sostendrá que la distinción entre lo público y lo privado, la ironía y la solidaridad, reproduce la lógica metafísica que, sorprendentemente, parece no preocupar a Rorty: “la creencia de que una minoría de teóricos monopolizan un conocimiento basado científicamente en cómo es la sociedad, mientras el resto de gente está sumida en una conciencia falsa o poco clara, no encaja particularmente en una sensibilidad democrática. Una nueva versión de este elitismo es la propuesta por la obra del filósofo Richard Rorty, en cuya sociedad ideal los intelectuales serán «ironistas», es decir, practicarán una actitud caballeresca y distante hacia sus propias creencias, mientras que la masa, para quien tal ironía pudiera resultar un arma demasiado subversiva, seguirá saludando a la bandera y tomándose la vida en serio.” 287 Respecto a los procesos de inclusión, como ese irse acercando a nuestro modo de ver las cosas, Rorty defiende en el contexto de universalización de los derechos humanos tratado en su estudio “Human Rights, Rationality and Sentimentally”, que este proceso de acercamiento no podrá lograrse mediante una formulación trascendental, sino que se precisa una educación de nuestros sentimientos que acerquen nuestras perspectivas. Ante esto, Mouffe da crédito en gran medida a esta estrategia, pero en seguida critica el grado de complacencia que esto supone con los sentimientos liberales, y la carencia de profundidad en la complejidad de nuestras sociedades por parte del análisis rortiano288. 286 Ibid. p.15 287 Eagleton, T: Ideología. Una introducción, Barcelona, Paidós, 1997, pág 31-31 288 En nuestro país, Rubio-Carracedo, mantendrá que es obvio que la nueva cosmópolis no puede construirse
273 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Después de haber presentado la estrategia de Rorty, comprendemos como su respuesta a la pregunta que regula este apartado de nuestra reflexión; aquella que se pregunta por ¿cúal es la línea de mediación entre la universalidad de la regla y la singularidad de la decisión?, se centra en la cuestión singular de la decisión que, curiosamente en su lectura, es universalizado bajo los conceptos de solidaridad, verdad y etnocentrismo. La pragmaticidad de nuestra existencia es descifrada desde la perspectiva inconmensurabilista, lo cual a pesar de las críticas habermasianas que luego veremos, no tendría que suponer un problema; a no ser porque en la lectura de Rorty, esta inconmensurabilidad podría leerse como complaciente con nuestras estructuraciones, que solo deberían ser cambiadas desde nosotros, con nuestro beneplácito, y teniendo clara nuestra supremacía, ante esto Hillary Putnam, responde que “la democracia que tenemos no es algo para ser despreciado, pero tampoco con lo que sentirse satisfecho”. Según Rorty, Derrida seguiría la estela abierta por Hegel en la Fenomenología del Espíritu, en la cual la filosofía se convirtió en un comentario interminable de textos legados por la tradición, en un deseo de modificar nuestra comprensión previa del discurso de la filosofía a través de la lectura de momentos cumbres de nuestra tradición. Derrida mediante la supresión del “sentido” (como lógica subterránea) como cúlmen teleológico de la filosofía, nos abre a la libertad del signo, que muestra la radicalidad de la contingencia y de esa manera nos ayuda a escribir filosofía y no Filosofía, ya que vemos como la filosofía y la literatura soportan la misma seriedad y el mismo humor que nos posibilita la idea de un texto general sin costuras e indiferenciado. La deconstrucción, según Rorty, nos permite imaginar el aspecto de las cosas si estas no estuvieran limitadas por el modelo representacional kantiano289. Sin embargo y ante las lecturas que en USA se hacen de Derrida, Rorty entenderá que la obra derridiana, cuya esencia es la elaboración de significados estéticos y privados, corre el peligro de reproducir una especie de neoplatonismo, pues estructuras como las representadas por las nociones de solo con argumentación racional, pero dirá, la educación de los sentimientos precisa de reflexión, entendida esta dentro de los parámetros constructivistas de la escuela de Erlangen, esto es mediante algún proceso de deliberación que impida que el sentimiento no sea un instrumento de manipulación. 289 Rorty, R: “Deconstrucción y estratagema” en Objetividad, relativismo y verdad, Barcelona, Paidós, 1991, págs. 85-106
274 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa logofonocentrismo son tomadas como totalidades bajo las cuales introducir toda la historia occidental, suponiendo esto una nueva clase de esencialismo, o recaída onto-teológica290. Por ello, Rorty se aferra al que el denomina segundo Derrida y que localiza en textos como “Envois291”, donde cree ver al auténtico Derrida, aquel, divertido que se ríe de la seriedad de una tradición y que queda ensimismado en la combinación de registros y significados, haciendo de la metáfora el inicio de un filosofía sin esencia. Dicho con sus palabras: “En mi opinión, De Man y la tensión constructiva y polémica del primer Derrida (...) no representa más que una inversión más de una posición filosófica tradicional –una «transvaloración de todos los valores» más que, no obstante, permanece en la gama de alternativas especificadas por «el discurso de la filosofía”. 292 Derrida, replica: “Insisto mucho y sin cesar sobre la necesidad de esta fase de inversión que quizá se ha buscado desacreditar prematuramente. Dar derecho a esta necesidad significa reconocer que, en una oposición filosófica clásica, no tenemos que vérnoslas con la coexistencia pacífica de un vis-a-vis, sino con una jerarquía violenta. Uno de los dos términos se impone al otro (axiológicamente, lógicamente, etc.), se encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado, invertir la jerarquía. Olvidar esta fase de inversión es olvidar la estructura conflictual y subordinante de la oposición (...) Dicho esto –y por otra parte-, permanecer en esta fase, todavía es operar sobre el terreno y en el interior del sistema deconstruído. También es necesario, mediante esta escritura doble (...), la emergencia irruptiva de un nuevo «concepto», concepto de lo que no se deja ya, no se ha dejado nunca, comprender en el régimen anterior.” 293 La deconstrucción no pretende ser una nueva religión, ni un nuevo. Descubimiento. No nos cansaremos de repetir, que la deconstrucción es ante todo una pregunta acerca de cómo vivir, y acerca de cómo heredar. Ahora bien, lo que Rorty parece obviar es el contenido y finalidad de la filosofía de Hegel, porque de no ser así, no se comprende la equiparación de un autor como Derrida con otro como Hegel (para bien y para mal). Quizás esto se produce 290 de Man, P: “Retórica de la ceguera: Derrida lector de Rousseau” en Manuel Asensi, Teoría literaria y deconstrucción, Madrid, Arco, 1990. Las citas corresponden a las páginas 185 y 188 respectivamente. Aquí de Man considera que Derrida falsea al ginebrino, no teniendo en cuenta el contexto significativo de su obra, así como su complejidad; llevando esto a tal extremo que acaba por “falsear” a Rousseau, con tal de poder establecer su sometimiento al logocentrismo. Eagleton, desde otro punto de vista, también pone en evidencia el pseudohistoricismo que se deriva del antilogocentrismo. Ver el apartado “Historias” en; Las ilusiones del posmodernismo, Barcelona, Paidós, 1997. 291 Derrida, J: La carte postale, ob. cit 292 R. Rorty, Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos, pág 166 293 J. Derrida, Posiciones, Valencia, Pre-textos, 1977, pág 54-55.
275 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa como resultado de la obcecación del norteamericano con buscar similitudes, y con mantener su separación entre público y privado. Es curioso, por otra parte, como Rorty “olvida” las últimas obras de Derrida -a nuestro parecer toda la obra de Derrida posee una apertura ético-política- donde la temática y reflexión es “crudamente” política. A nuestro juicio, Rorty cae en gran medida prisionero de sus propias afirmaciones, pues pretende limitar el ser de algo desde un argumento filosófico, para al final acabar realizando filosofía de la Filosofía. Pero antes de presentar nuestra propia respuesta a la pregunta acerca de la posibilidad de encontrar una línea de mediación entre la universalidad de la regla y la singularidad de la decisión, nos gustaría presentar (de manera simple y esquemática) las respuestas de Critchley y Laclau a esta cuestión, así como a la visión, para ellos pública, de la obra Derridiana. .La problemática “moderna” en torno a la legitimidad-legalidad Tanto Critchley como Laclau responderán con convicción a las críticas de Rorty, y su negativa a ver en Derrida un autor público. Sin embargo sus caminos son muy diferentes. Como ya hemos indicado Critchley, argumentará que la obra derridiana puede ser descifrada en términos levinasianos, y que su “publicidad” radica en su lectura ética como relación con el otro, una experiencia ética primordial que nos impone un cuidado y preocupación por el otro, así nos dice: “la ética no es una obligación hacia el otro mediada a través de una universalización de máximas formales y procesadoras, o cierta apelación a la buena conciencia; más bien –y esto constituye lo verdaderamente provocativo en Levinasla ética se vive en la sensibilidad de una obligación corporal hacia el otro. Dado que el yo es sensible, es decir vulnerable, pasivo, susceptible de ser herido, de sufrir ofensa y dolor, pero también abierto al movimiento de lo erótico, el yo es capaz o es digno de la ética.” 294 Desde esta base ética, Critchley presenta a Derrida como un filósofo público, y es más, argumentará que, si Rorty define lo privado como el estar preocupado con “proyectos 294 Critchley, S: Ethics, politics, subjectivity, ob.cit, p. 64. Citado en Crespo Perona, Miguel Ángel: “¿Un sujeto desmembrado y ético-políticamente responsable? (sobre Ética, política y subjetividad, de Simon Gritchley)” en Daimon, nº19, 1999, 165-170
276 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa idiosincrásicos de autosuperación”, mientras que lo público es definido como “tener que ver con el sufrimiento de otros seres humanos”, entonces por la definición rortyana de “publicidad”, Derrida se mostraría como un autor con todas las características de un pensador público. Esta concepción ética, dirá Critchley, vendrá determinada por la noción de justicia en Levinas en su obra Totalité et infinte, donde la justicia funciona como un sinónimo de la ética; siendo Derrida heredero de ella. Sin embargo esta noción de justicia levinasiana será transformada y relacionada con una perspectiva política en la otra obra de Levinas, nos referimos a Autrement qu`être ou au-delà d l`essence295. Critchley afirma, que el hecho de que Derrida adopte un concepto de justicia ético y no político de Levinas no significa que la concepción derridiana de la justicia sea apolítica. Por lo tanto la respuesta a nuestra pregunta acerca de la mediación entre lo universal y lo particular es derivada y focalizada en una propuesta ética. Este será el camino seguido por Simon Critchley. Nosotros, ante esta afirmación matizaremos: a) que la noción de justicia en Derrida posee una gran cantidad de componentes de crítica política a pesar de que en Fuerza de ley, es cierto, establece una vinculación con la noción levinasiana de infinitud como justica; de lo cual sin embargo, a nuestro juicio, Critchley saca demasiadas conclusiones, ya que esto es cierto en esta obra, pero la noción de porvenir, de espectro, de democracia, son tratadas como componentes cuasi-fenomenológicos que articulan una reflexión acerca de las diferentes posibilidades del acontecimiento y experiencia política. Esto se puede observar en gran parte de sus estudios a lo largo de toda su obra, y a partir El otro cabo, la reflexión política es manifiesta y persistente, sin que por ello quepa hablar de un giro político en su obra; esto nos lo dice el propio Derrida: “…lo que yo propongo aquí –afirma Derrida, refiriéndose a su pensamiento de las últimas décadasno dibuja ningún ethical turn, como ha podido decirse, lo mismo que tampoco lo hacen las anteriores alusiones a la responsabilidad, a la hospitalidad, al don, al perdón, al testimonio, etc. Intento únicamente llevar adelante con cierta coherencia un pensamiento comprometido desde hace tiempo con las mismas aporías. La cuestión de la ética, del derecho o de la política no surgió ahí de improvisto, como a la vuelta de la esquina. La manera en que es tratada no siempre es, por lo demás, tranquilizadora para una moral –y quizás porque la pide demasiado-.”296 295 Levinas, E: Autrement qu`être ou au-delà d l`essence, The Hague, Martinus Nijhoff, 1974 296 Papier Machina, Galilée, Paris, 2001, p.306
277 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa De esta manera y en segundo lugar b) Morag, entiende que Derrida puede establecer una reflexión acerca de las condiciones de experiencia que nos lega una tradición, abriendo esta a la “estructura” y “superestructura” de la indecibilidad, que actuaría como un codificador de nuestra experiencia, teniendo por lo tanto graves, y posiblemente beneficiosas, connotaciones para nuestra política; pues la indecibilidad sería la condición de la praxis, y de la acción; y por ello cita un fragmento de su obra Limited Inc: “Uncondionality announces itself as much only inthe opening of context… Following this, what remains is to articulate this uncondionality with the determinate conditions of this or that context; and this is the moment of strategies, of retorics, of ethics and of politics297”. Morag mantiene que el supuesto “fallo” que Critchley achaca a Derrida, a la hora de poder concretizar su teoría en una política, es solo una incapacidad de no “dar visto más allá”, ya que en último término, la teoría derridiana está replanteando una crítica a los supuestos de legitimidad y legalidad en los que se asientan nuestras constituciones, y nuestros sentidos dados de lo político. En el estudio de Richard Beardsworth, Derrida & the Political298 se comparten estas mismas ideas. Aunque lo que nos interesa es señalar las conclusiones de Beardsworth en las que especula acerca del futuro de la filosofía derridiana: “The first would be what one may call within classical concepts, of the political a left-wing derrideanism. It would foreground Derrida´s analises of originary technicity, avoiding the risk of freezing quasitranscendental logic by developing the trace in terms of mediation between human and technical –the very process of hominitation- In order to think future spectralization and establish a dialogue between philosophy, the human sciencies, the arts and the techonosciencies, this future of Derrida´s philosophy would return to the earlier texts of Derrida which read metaphysical logic in terms of the disavowal techne. The second could be called, similarly, a right-wing derrideanism. It would pursue Derrida´s untying of the aporia of time from both logic ans technics, maintaining that even if there is only access to time through technics, what must be throught, articulated and witnessed is the passage of time. To do so, this derrideanism would mobilize religius discourse and prioritize, for example, the redically passive nature of the arts, following up on more recent work of Derrida on the absolute originarity of the promise and his reorganization of religious discourse to think and describe it.” 299 297 ob. Cit, pág. 152 298 Beardsworth, R., Derrida & the Political, Routledge, London, 1996. 299 Derrida & the Political, ob. Cit., pág. 156-157
278 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Si bien no negamos, las dos posibles conclusiones que Beardswoth apunta, nos parecen que éstas son sumamente limitadas, y que responden más a un a priori que el autor establece, que a las posibilidades reales de la obra derridiana. Efectivamente, Derrida efectúa una crítica a la tecnificación del derecho, de la sociedad, de la economía; pero la espectralidad es un concepto que va mucho más allá de una crítica a la tecnificación irracional que el modelo actual neoliberal ejercita. Ni mucho menos puede ser aceptada la exigua conclusión apuntada por él, mediante la que la “espectralidad” queda reducida a un decimonónico diálogo entre filosofía, ciencias humanas, artes y tecnociencias. No negamos que esto no sea posible, o deseable, pero creemos que este tipo de conclusiones sitúan a la deconstrucción en una suerte de torre de marfil, de la que el argelino renegaría. Lo mismo ocurre con la segunda propuesta, la del diálogo religioso; Beardsworth no es capaz de desarrollar las posibilidades del “mesianismo” en la obra, Espectros de Marx y ni siquiera de conectar sus propuestas con los modelos actuales de democracia. Beardworth, podríamos aceptar que establece de modo preciso una crítica a las nociones de legitimidad y de legalidad, que son traspasados por las nociones aporéticas de justicia y ley, sin embargo no es capaz de desarrollar una propuesta alternativa. Por todo ello, nos parece una obra aceptable desde el punto de vista descriptivo, pero de escaso valor desde un punto de vista ético-político normativo. Podríamos decir que la obra derridiana no nos da un camino, o una respuesta, pero si establece una reflexión acerca de la posibilidad política desde un componente actitudinal, que responde a la estrategia irónica y que no solo se centra en los compromisos individuales desde una noción ética, sino que articula unos principios ético-políticos desde la propia pragmaticidad, constituyendo algo a si como reglas de argumentación desde las cuales poder establecer una política y su ejercicio –lo que podremos ver a través de las críticas efectuadas por Laclau. Mostrándose, de nuevo, Derrida mucho más pragmático que el pragmatismo, pues no se pliega a lo dado como si se tratase de un naturalismo conformista, sino que lo reformula desde su propia esencia contingente; esta sería por otro lado la realidad de una estrategia irónica.
279 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Ernesto Laclau300, será otro de los estudiosos que acuden a la obra derridiana para clarificar su incidencia política, aunque su postura es cautelosa al respecto. Laclau no comprende como un imperativo ético (caso de Critchley) puede establecer una mediación entre la universalidad y la decisión sin supeditar siempre la decisión al imperativo ético. El establecerá como lugar de mediación entre la indecibilidad y la decisión, al sujeto (no en el sentido trascendental), que será entendido como la distancia entre la indecibilidad de la estructura y la decisión. Lo que estaría a su vez conectado con la tesis de que la dislocación es la huella de la contingencia dentro de la estructura. El desarrollo de estas dos tesis se podría sintetizar en los siguientes puntos: 1) toda posición de sujeto es fruto de un relación estructural (de una regla), no teniendo por lo tanto un estatus trascendental, no hay sujetos sin estructura; 2) pero al mismo tiempo ninguna estructura es consistente, ya que está cifrada por la lógica de la indecibilidad, por lo que el sujeto debe de asumir un posición que nunca, sin embargo, puede ser plena; 3) esta posición de sujeto desde la que se toman decisiones conforma una identidad, que nunca podrá establecerse del todo, ya que la necesidad de ser sujetos, determinada por la indecibilidad de una estructura que al mismo tiempo nos conforma, solo puede producir efectos de identidad, esto es procesos de identificación; 4) esta identificación escinde la nueva identidad del sujeto: por un lado es un contenido particular de un ser particular, y por el otro se observa como la completud ausente de un sujeto; 5) lo que quiere decir que como la completud es imposible nuestra identidad nunca estará del todo determinada sino dislocada por la contingencia operativa dentro del sistema; 6) pero al mismo tiempo, nuestra decisión responde a la contingencia como a la particularidad de una situación dada, por lo que la libertad de su acto esta mediada por la situación, es un proceso azaroso-determinista. Por lo tanto la locura de la decisión, de la cual Derrida nos habla y presenta (por medio de las tres aporías ya mencionadas) en Fuerza de ley, es siempre una locura regulada. 300 Laclau, E: Deconstrucción y pragmatismo, ob. Cit 97-136; también en Nuevas reflexiones de nuestro tiempo, ob. Cit, pág. 41-45; y en “Why do Empty Signifiers Matters to Politics?” en Jeffrey Weeks (comp.), The Lesser Evil an the Greater Good. The theory and Politics of Social Diversity, Londres, 1994, págs. 167-178
280 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Laclau sostiene que la más alta forma de racionalidad que una sociedad puede alcanzar es la de una locura regulada. Entendiendo cualquier intento de avanzar más allá como un regreso a la ideología de la racionalidad subyacente. De ahí que el pasaje entre indecibilidad y decisión no puede tener una fundamentación ética: “Esto no es resultado de ninguna insensibilidad ética por mi parte, sino de la convicción de que ninguna dimensión ética puede derivarse de la estructura general de la experiencia. Estoy definitivamente en contra de las corrientes contemporáneas que tienden a una “etización” de niveles ontológicos. No existen desde mi punto de vista, principios éticos o normas cuya validez sea independiente de todo espacio comunitario.” 301 Laclau defenderá una lectura de la deconstrucción, en la cual su mayor problema y aportación será el de la producción político-discursiva de la sociedad. El centralizará esta aportación en el estudio de dos fenómenos políticos: la hegemonía y la democracia. La hegemonía, como ya hemos visto, hace referencia a la relación por la cual un elemento particular asume la tarea imposible de representación universal. Así, la misma experiencia de la contingencia de lo social es lo que proporciona a la deconstrucción las condiciones de su aceptación como discurso teórico, permite a la lógica hegemónica desarrollar enteramente su potencial de dislocación y reconstrucción. De esto se desprende para Laclau que a pesar de que la “democracia” no tiene porque ser el destino manifiesto de la deconstrucción, sin embargo, es posible mostrar cómo, si se parte de la teoría democrática actual, la deconstrucción ayuda a radicalizar algunas tendencias y debates contemporáneos. Y es que como ya he dicho, y volvemos a insistir; la indecibilidad y decisión son nombres de esa tensión inerradicable y constitutiva que hace posible la sociedad política. Nosotros, a pesar de compartir muchas de las conclusiones del argentino, si creemos que la dimensión de nuestra experiencia (en su dimensión óntico-ontológica, la cual determina nuestra visión concreta de la realidad particular, sea una estado, una región, o un barrio) nos exige determinaciones políticas y éticas; o por el contrario Rorty podría estar en lo cierto y tampoco se entendería porque asociar deconstrucción y democracia; a no ser por aquello que nos decía Derrida: la deconstrucción es la democracia. Lo que Laclau está 301 Laclau, E: Deconstrucción y pragmatismo, ob.cit., pág.121
281 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa recogiendo en su reflexión, a nuestro parecer, es el hecho de que en la deconstrucción se da una reflexión acerca del poder, poder entendido no como relaciones de mercado (Hobbes) o como relaciones de consenso (Rousseau, Rawls)302; Derrida no se plantea los valores morales como los límites o las bases que regulan nuestras relaciones, no se plantea únicamente el poder como la legitimidad que deriva de la autoridad en su capacidad de hacer cumplir la ley (Weber). El poder en Derrida se establece desde la incondicionalidad de una estructura, desde el universal indecidible que debemos acotar en nuestras formalizaciones positivas, pero que sin embargo no podemos establecer al modo naturalista de Rorty, imposibilitando la reflexión y aceleramiento de las modificaciones que se muestran necesarias para dar respuesta a la realidad; aunque Rorty argumenta: “Una diferencia entre derridianos como Critchley y deweyanos como yo, es que a Derrida le gusta poner las cosas en cuestión, mientras que Dewey insistía en preguntar: ¿Cuál es el problema? Nuestra actitud es que si no está roto, no hay que arreglarlo. Sigamos usándolo hasta que se pueda pensar en cierta clase de herramienta que pueda hacer mejor el trabajo.” 303 Quizá Rorty ha reformulado la ironía en parodia, o simplemente ha privatizado tanto su reflexión que parece no atisbar lo que sucede fuera de su “mundo feliz”. La democracia debe cambiar, tal y como Robert Dahl admitía en 1985304; el proceso a pesar de sus modificaciones indudables, hace aguas, está roto, mientras la ciudadanía mira con melancolía los límites del mundo. Claro que se nos podría preguntar, ¿Cuáles?, ¿dónde establecerlas?, y si es la democracia en su sentido indecidible, ¿dónde está su lugar?, ¿Cuál es el lugar de la democracia? Precisamente, hablaremos de ello, como si de una ética de la (des)adecuación se tratase, pero para poder hacerlo es necesario recorrer un camino, que nos ayude a perfilar una respuesta a este tipo de cuestiones: en primer lugar nos debemos ocupar de las diferencias de Derrida 302 Un buen estudio al respecto de la ética y el poder público, es el desarrollado por Paulette Dieterlen: “Ética y poder público” en Osvaldo Guariglia Cuestiones morales, Trotta, Madrid, 1996, págs. 131-144 303 Rorty, R: Deconstrucción y pragmatismo, ob. Cit. pág. 93 304 Dahl, R: A Preface to Economic Democracy, Cambrigde University Press, 1985. También en ¿Despues de la Revolución?. La autoridad en las sociedades avanzadas. Gedisa, Barcelona, 1996
288 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa particular de lo político, sino una comprensión de lo político desde la estructura misma de la experiencia, por ello la acción política quedaría codificada desde la apertura a la diferencia constitutiva, y en ello consistiría su legitimidad. A estos grupos, Derrida lo denomina “Nueva Internacional”, no identificados con las estructuras clásicas de partido, ni regidos por un cálculo técnico de pertenencia. El problema para Laclau surge en como se produce la transición de esta estructura general de la experiencia –la promesa- a los contenidos del proyecto emancipatorio clásico. Por lo tanto, el tercer nivel, y el más conflictivo del estudio derridiano, se localizaría en el tipo de vínculo establecido entre “la promesa”, entendida como un (post-) transcendental o (post- ) ontologico (no)sustrato, y los contenidos políticos y éticos de un proyecto emancipatorio. Lo que sucede es que en Derrida este paso se consigue mediante, lo que Laclau denomina, una “transición ilegítima”. Esta consistiría en pensar que, desde la imposibilidad de una presencia encerrada en sí misma, desde una condición ontológica en la que la apertura al acontecimiento, a lo heterogéneo, a lo radicalmente otro es constitutivo, se pueda derivar un presupuesto ético que permaneciera siempre abierto a lo heterogéneo, y del que se derivaran presupuestos normativos. Por lo tanto, para Laclau, Derrida caería en la ya mencionada etización de la política que, según él perjudica gravemente la articulación de una política real –lo mismo que sucedería en Habermas-. De este modo, no existiría conexión entre la indecibilidad estructural y una supuesta necesidad ética desde el aspecto ontológico, y como veremos en relación aspecto normativo las conclusiones serán similares: “This does not sound much like an ethical injunction but like ethical nihilism. And if the argument is reformulated by sying that openness to the other does not necessarily mean passive acceptance of her but rather active engagement which incluyes criticizing her, attacking her, even killing her, the whole ergument starts to seem rather vacuous: what else do people do all the time without any need for an ethical injunction? ...These consequencies, however, depend on deconstruction´s ability to go down to the botton of its own radicalism and avoid becoming entangled in all the problems of a Levinasian ethics ...” 309 Para evitar esto, Laclau insta a la deconstrucción a asumir la propia herencia marxista perfilada en los análisis de Gramsci, constitutivos de la teoría de la hegemonía. Pone de 309 ibid. pág. 78
289 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa maniefiesto como en la tradición marxista habían operado ciertos procesos de etización de la política que había acarreado las configuraciones organicistas del partido, precisamente aquellas que partían de la posibilidad de la absoluta reconciliación de la sociedad consigo misma a través de la supresión de las formas de representación distorsionadas –Derrida y Laclau señalan esto constantemente, no solo el francés-. Para Laclau la obra derridiana borra la distinción entre lo ético y lo político, presentando el momento de lo ético-político como una unidad. Esto podría suceder de dos modos: a) en el sentido hegeliano de reconciliación; o b) en el sentido gramsciano de una politización de la ética. Esta se produciría a través de la compresión de que los actos de institución de la sociedad son actos contingentes –Derrida señala una y otra vez este aspecto, con claridad meridiana en Fuerza de leyde decisión que presuponen relaciones de poder. Esto es para Laclau, lo que da una primacía ontológica a la política y a la hegemonía como lógica prioritaria en cualquier intervención política. No es de extrañar que el argentino diga, “my optimistic reading of Spectre de Marx is that represents a step forward in the prosecution of this task310”. Esto es, para Laclau la deconstrucción debe de ser adscrita a un movimiento que solo podría alcanzar su propia comprensión dentro de los presupuestos de la teoría de la hegemonía, y que, por lo tanto, su tarea prioritaria sería consolidar desde su aparato teórico un proyecto democrático radical. Sin embargo, a pesar de los puntos comunes de ambas teorías sus diferencias son también profundas, sobre todo en la compresión que mantienen de la función política, así como del tipo de sociedad que se genera desde estas dos perspectivas. Pero prosigamos con las críticas del argentino, que podrán ser aplicadas paso por paso a su propia teoría. Laclau, desde nuestro punto de vista, en toda su obra persigue la comprensión del poder, entendido como las operaciones de acotación, formación y mantenimiento de la estructura social hegemónica. Esta comprensión del poder se sitúa en los albores de la modernidad cuando nace la política moderna, y por lo tanto la reflexión acerca del ejercicio del poder y de la noción misma de lo político. Sobre todo lo podemos encontrar en el paso de Maquiavelo a Hobbes: a) el primero centra su teoría en los mecanismos de control y mantenimiento de lo social como protección de un orden concreto; b) sin embargo la 310 ibid. pág., 81
290 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa operación teórico-política de Hobbes es, si cabe, mucho más compleja. En este caso se trata de articular y definir mecanismos de control y producción de lo social como una totalidad: por primera vez, y este es un paso crucial para la modernidad, la acción política es descrita desde su representabilidad radical. La postmodernidad pone en tela de juicio el carácter fundante de estas representaciones y del poder que las sostiene, reduciéndolas a meras articulaciones contingentes que operan desde tradiciones y prejuicios confundidos con verdades esenciales, cuando en realidad no son más que parcelaciones y decisiones que operan en un terreno contingente e insaturable, o lo que es lo mismo, indecidible311. Esto lo hace, no para acabar con una tradición y sus mitos constituyentes, sino para relativizar sus categorías haciéndonos reflexionar sobre su significado y operatividad, lo que permite abrirnos a una nueva configuración de nuestros presupuestos culturales, sociales y económicos –claro está que aunque Laclau no lo admita, esto es ética-. Reiterando la pregunta central que guiaba el apartado anterior, la que intentaba unir decisión, particular y universal: ¿cuál es el lugar de mediación entre la particularidad de la norma y la universalidad de la ley?, ese lugar para Laclau se encuentra en la decisión de un sujeto inmerso en los procesos articulatorios y discursivos de significación social, por lo que de nuevo deberíamos hablar de un sujeto semiautónomo, pero como veremos mucho menos autónomo que el Derrida -debido a la concepción que Laclau baraja como lógica de la equivalencia, y que en no pocos casos reproduce los presupuestos básicos de una sociedad heterónoma-. 311 Recordemos los análisis de Foucault sobre las paradojas del liberalismo: sin recurrir a las nociones de ideología o alienación —que, a su juicio, imponen una noción previa de sujeto antes de su descripción, o resuelven moralmente mecanismos que resultan más interesantes si se los ve bajo la lente de la producción, y no de la represión— el análisis de instituciones como el hospital, la fábrica, la cárcel o la escuela, harían famoso a Foucault por su descripción de la modernidad como la época que se caracteriza por la producción de sujetos concomitante a la fabricación de objetos en serie. A tal efecto, junto a las teorías liberales clásicas, la Europa de los siglos XVII y XVIII inventó una serie de códigos de individuación disciplinaria ligados a la vida escolar, militar, médica y productiva. Se trataba ya de formas «rudimentarias» de escritura disciplinaria que permitían transcribir los rasgos individuales homogenizándolos y que, según Foucault, «marcan el momento de una ‘formalización’ inicial de lo individual en el interior de las relaciones de poder»./ Así como los análisis críticos de Lyotard sobre la diferencia como lógica a seguir frente a las tesis totalizantes del marxismo ortodoxo, y su extrapolación a la relación entre lo pagano y lo racional.
291 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Laclau sostiene que las dos teorías –hegemonía y deconstruccióncomparten más puntos en común que diferencias. Esta similitudes, las ejemplifica tomando el análisis que Derrida desarrolla acerca de Husserl; en el como ya hemos explicado, el alemán subordina el aspecto formal –contingente, radical, combinatoriomeaning, a la necesidad de un supuesto sentido correcto, necesario y esencialista, esto es la intuición knowledge. A este acto de decisión, por el que la totalidad adquiere un significado, se lo denominará poder. En este punto, Laclau afirma, la deconstrucción y hegemonía se entrecruzan: “For deconstruction discovers the role of decision out the undecidability of the structure, hegemony as a theory of the decision taken in a undecidable terrain requires that the contingent character of the connections existing in that terrain is fully shown by deconstruction. The category of hegemony emerging other to think about the political character of social relations in a theoretical arena thet had seen the collapse of the classical Marxist conception of the dominant class –the latter conceived as a necessary and immanet effect of a fully constituted structure. The hegemonic articulations were from the beginnig conceived as contingent, precarious and pragmatic constructions.” 312 Por lo tanto la indecibilidad sería el nexo que une a los dos pensadores. Lo que el argentino esgrime, es que si lo social es un campo indecidible, la política es precisamente la operación de acotación, la sutura siempre errática que persigue una codificación de la totalidad. A estas codificaciones determinadas por las decisiones de sujetos particulares, siempre enmarcados en el seno de un proceso social articulatorio, se lo denomina poder. El poder es el acto y pretensión de configurar un nuevo sentido, una nueva metáfora desde la que abordar la inconmensurabilidad de la existencia. Según Laclau debemos de ser capaces de configurar un nuevo proyecto político que respete las bases de una retoricidad constitutiva que la teoría de la hegemonía ha puesto al descubierto, permitiendo nuevos significados flotantes así como nuevas hegemonías. Solo de este modo se podrá contrarrestar la hegemonía neoliberal, y al mismo tiempo garantizar la representatividad de los grupos minoritarios. Por supuesto, nosotros debemos señalar que estamos de acuerdo con los principios, la lógica, así como la necesidad que impulsa la 312 Ibid., pág. 90
292 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa teoría de la hegemonía. Pero cuando comenzamos a analizar su posibilidad y su practicidad descubrimos múltiples problemas. El primero se ceñiría a la relación que desde esta teoría se establecería entre dos términos capitales: representación y consentimiento. Los dos términos tienen, como ya hemos visto, un bagaje muy largo en nuestras tradiciones, y como sabemos su “maridaje” no siempre ha sido fácil. Laclau baraja una noción de la representación que parte de su comprensión de lo social, y de la hegemonía como lógica de formación política. Sin embargo, aunque él pretende presentarlo desde otro punto de vista, no elabora una teoría acerca de la decisión, y lo más curioso es que ni siquiera hace una mínima mención a su relación con la noción de consentimiento. Cuando en realidad, lo que se está perfilando en su teoría es el desarrollo y necesidad de una nueva estructura política que implemente esto, el consentimiento. Pero, este concepto, al ser insertado en una lógica de la objetividad social articulatoria, pierde capacidad –aunque sea indirectamente-, y a Laclau parece no importarle, o por lo menos no hace mención a ello. Desde su perspectiva lo que se persigue es la construcción de un imaginario social postmoderno, y para ello deberíamos de establecer como lógica operativa los principios radicalizados por la teoría de la hegemonía. Pero: a) ¿cómo llevarlo a cabo si no es mediante mecanismos de consentimiento, y de diálogo?, ¿cómo y cuál es la función real de la decisión y como posibilitar su autonomía?, ¿no reproduce su teoría la lógica clásica de las visiones heterónomas de la sociogénesis? . Refutaciones lógicas, diferencias prácticas: deconstrucción VS hegemonía Si queremos responder a aquellas preguntas, y lo vamos a hacer, debemos de seguir varios pasos: 1) establecer las críticas principales que a nuestro parecer se le podrían realizar a Laclau. Esto nos permitirá especificar las diferencias que se desprenden en el ejercicio político desde una teoría hegemónica y otra deconstructiva; 2) esto nos obliga a abordar la relación que la teoría de la hegemonía mantiene con las estructuras liberales de la tolerancia. Como veremos esta fluctuará dependiendo del autor en el que nos situemos. A nuestro entender Laclau mantiene una relación moderada, mientras que Mouffe y Zizek son radicales
293 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa anti-tolerancia; 3) teniendo claros estos dos primeros puntos, será necesario plantear un proyecto real, en consonancia con las políticas actuales de corte inclusivo y plurifederal. Esto nos obligará a presentar a un autor imprescindible, Habermas. Con ello podremos comprender el sentido general de nuestro estudio: introducir la diferencia en las políticas actuales consensuales, a través de su codificación desde los presupuestos presentados en la teoría deconstructiva de Derrida. Tanto la deconstrucción como la teoría de la hegemonía se presentan como teorías enfrentadas a aquellas lecturas orgánicas de la política, pero también a desarrollos acomodaticios con una realidad dada, con supuestos sentidos pragmáticos y correctos de lo político, por lo tanto son teorías que se enfrentan a la pretendida “necesidad natural” de las descripciones realistas. Sin embargo y a pesar de los puntos en común, las interpretaciones y sobre todo la posible aplicación de sus estudios suponen reformulaciones dispares de nuestra realidad socio-política. Derrida dispone la contingencia y la indecibilidad de la estructura como cláusulas de acción y ejercicio del poder, no pretende únicamente una descripción de los procesos políticos destinada a una posible alternativa política, sino una normatividad de la acción y poder, determinada por su estructura misma, esto es por su alteridad constitutiva. En este punto radican algunas de las diferencias que ahora pasamos a exponer: a) Laclau afirmará, que definitivamente está en contra de las corrientes contemporáneas que tienden a una etización313 de niveles ontológicos; ya que, según su opinión no existen principios éticos o normas cuya validez sea independiente de todo espacio comunitario. Lo que se persigue es la configuración de una nueva hegemonía, sin presupuestos éticos, sino como proceso político de satisfacción de demandas. b) La teoría de Laclau pretende equiparar la deconstrucción con las teorías de Deleuze y sus estudios sobre las lógicas entrópicas del capitalismo, enlazándolo con su noción de 313 Término utilizado por Laclau para referirse a las teorías políticas que pretenden articular una práctica política a partir de “supuestos principio éticos”. Según el, autores como Habermas, y Derrida efectuarían esta operación.
294 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa “líneas de fuga314”, y con los trabajos de Hardt y Negri con su noción de “mallas de poder315”, al mismo tiempo que con la noción de acontecimiento en Badieu. Según el argentino todas ellas supondrían articulaciones previas o inmaduras de la teoría de la hegemonía. c) Si la hegemonía se desarrolla como lógica descriptiva y como posibilidad de proyecto para alcanzar un poder que se enfrente a una hegemonía neoliberal, esto es política pero también es la operatividad de un concepto ético. Derrida no podría ser criticado por su compromiso ético, ya que está diciendo algo muy diferente a una lógica descriptiva como la hegemonía. No por ello, se pierde fuerza de análisis. Si queremos crear una propuesta tendremos que proponer algo. Esto es, una visión del mundo, sino estaríamos en la misma formalidad que se le pretende criticar al liberalismo de Rawls, y herederos. En definitiva, la hegemonía aunque no lo quiera está “a priori” decidida desde un compromiso ético, y ello en términos kantianos, ya que las condiciones de posibilidad inherentes al propio análisis ontológico de la política se descifran en su lectura, no como una tiranía que pudiera ser, sino como un postulado de razón cuya formalidad se descifra en una instancia ética. Y ello porque la relación socio-democrática presentada por Laclau responde a un principio operativo, la contingencia o dislocación estructural que en su teoría –aunque no lo admita-, presuponen principios normativos. Es cierto que la contingencia no produciría un articulado normativo de por sí, pero en la presentación de Laclau –lo mismo que en Derridala contingencia sí supone la necesidad de un proyecto, de una forma de relación política, de un tipo de legitimidad y compresión de la legalidad, y, como no, de relación entre “agentes sociales” a partir del compromiso que transcienda los solidarismos etnocéntricos –Rorty-. Desde nuestra perspectiva afirmamos que, cuando se abandona la simple descripción histórica de unos hechos, la propuesta es ético-política, y lo es por la propia constitución del hecho y necesidad apuntada. Pues, el proyecto es traducido en los términos de la contingencia, queremos instaurar un sistema de democracia socialista que contemple esta descripción de lo político; no queremos un régimen de universalidad, 314 Deleuze, G.: “Repetición y diferencia”, en FOUCAULT, M. y DELEUZE, G.: Theatrum Philosophicum / Repetición y diferencia, Anagrama, Barcelona, 2005. Pp. 50-101. 315 Hardt, M. y Negri, A: Multitud, Ed. Debate, Barcelona, 2004
295 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa queremos multipolaridad. Y esto es, claramente, un posicionamiento político, pero su decisión es ética, y lo es siguiendo la propia descripción del acontecimiento político en su estudio. Por otra parte, la puesta en práctica de la hegemonía como proyecto, no como d) mera descripción, es dificultosa y nos llevaría a estructurar una topología hegemónica en su aspecto práctico. En principio, podría producir cualquier tipo de estructuración, pero como ya hemos señalado su propósito es otro. De esta manera, nos encontramos con la ausencia de un programa, una estructura, y un modelo en todos los estudios de Laclau. Curiosamente, cuando lo que critica a la deconstrucción es precisamente el no querer instaurar una nueva hegemonía, lo que hace a su juicio inviable una práctica política. Pero lo más preocupante es que cabe observar en sus estudios se hipoteca la función de los sujetos políticos, de su responsabilidad y de su decisión -no nos referimos al sujeto pleno y cerrado de la antropología metafísica-. Esto se desprendería de su descripción del populismo hegemónico: los ciudadanos/as simplemente responderían como actores involuntarios a los menús más apetecibles que les propusieran los gurús de turno, o las movilizaciones sociales más diversas -esto por lo menos llevando su lógica al extremo-. Efectivamente, la propuesta hegemónica no estructura de forma adecuada un análisis del ejercicio político, ni de la función de los ciudadanos: no analiza el carácter ni peso de las tradiciones, la función del liderazgo carismático, la problemática derivada de una lógica moral claramente heterónoma como la que se desprende de su teoría. Quizá esto se deba a que, a pesar de su formidable revisión del marxismo y del liberalismo, Laclau sigue anclado en el dilema, ya clásico en nuestras sociedades, entre liberalismo y marxismo. Efectivamente, este dilema existe y no puede ser obviado, pero las categorías que articulan sus relaciones tienen que ser transformadas, y en el caso de Laclau lo social –a pesar de su indecibilidadsigue representando un carácter prioritario sobre el individuo. e) Por la contra, la deconstrucción pretende ejercer la praxis política desde el compromiso con la acción contingente pero justa de la sociedad, y ello desde el principio de “iterabilidad” -apertura a través de la repeticiónque opera en toda nuestra realidad y
296 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa nos abre desde la incertidumbre a la responsabilidad. Derrida ante el fenómeno Obama, estamos seguros que sonreiría -no queremos decir que no compartiese puntos de vista-, ya que observaría en él los procesos más clásicos de populismo, y mesianismo. La voluntad sometida de nuevo a una formalización que no necesariamente se hace cargo de una lógica política, sino populista. Pareciera que Laclau, en su respuesta a ¿qué es la política?, se olvida de la pregunta. Y es que la libertad quizá es una invención por ello, cabe imaginarla no solo hegemonizarla, y en esta imaginación cabe una emancipación desde un estrato no apropiativo, esta es la diferencia de Derrida al efectuar una relectura de Hegel y la modernidad. Si se comprende esto, se entenderá que si se quiere respetar la sola descripción política de la ontología hegemónica, entonces esto requiere de una decisión moral y política. Pues, “dejar ser” de esta manera a la política, o existe Dios, o es una decisión que antecede a esa política, y como no, toda decisión es de por si un compromiso de acción, y por lo tanto ética. Y es que, si una política contingente parte de un suceso, “estoy vivo” surge en seguida una necesidad “vivir”, y de ésta seguramente una cuestión “¿cómo puedo aprender a vivir?, y esta es la cuestión, ética y política más radical. Esta es la pregunta que Derrida busca responder en toda su obra, por ello reclama un derecho a la justicia, a una justicia no mediada o anquilosada por el derecho circunstancial elevado a origen, sino por la infinitud del margen, de la aporía que no posee final. Lo hace desde una certeza, aquella que en Espectros de Marx, expresa: “quiero aprender a vivir”, la que se pregunta en El otro cabo316 siguiendo la sombra de Valery “qu`allez-vous faire aujourd`hui?”, o la misma con la que Blanchot endeuda toda la obra de Derrida, nos referimos a aquella que se hace eco de la “locura del día”en Políticas de la amistad317. Derrida dice “no” desde la necesidad de responder con responsabilidad a esta “locura del día”, a esta necesidad de alcanzar una gramática posible, que formule una necesaria reforma de nuestras leyes, y modos de representar la vida. Recordemos sus escritos sobre la noción de hospitalidad -tan ligada y diferente de 316 J. Derrida: L`autre cap, Minuit, 1991, p.79 317 J. Derrida y Élisabeth Roudinesco: y mañana que…, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2001, pp.29-42
297 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa Kant, tan próxima a Arendt-, de la “nueva Internacional”, una Internacional de hombres y mujeres que saben conjugar “universalismo y comunitarismo” mediante la noción de “perfectibilidad318”. Pero la perfectibilidad es una exigencia que Derrida extiende a la acción individual, no para aniquilar la autonomía sino para llevarla más allá. No existe en su lectura la posibilidad de sucumbir a los programas políticos estratégicos, sino la necesidad de estructurar lógicas autónomas desde los sujetos, las instituciones, y la propia reformulación de la noción de soberanía. La política y su acción no se guían en su perspectiva desde presupuestos activos, sino desde la acción propia de los estados y personas que regulan su propia decisión, y para ello hay que pensar. f) Y, curiosamente, Laclau nos dirá que la mejor forma política a la que podemos aspirar es la de una “locura regulada”, y Derrida en la que nos hagamos cargo de la “locura del día”. Por ello, tampoco compartimos las críticas a Derrida en “Emancipation(s)319”. El carácter del por venir parte de la contingencia, pero establece una lectura ética como compromiso a partir de una pregunta; ¿cómo aprender a vivir?, es aquí cuando la emancipación es recuperada como “por venir”. Se trata, no de abrirse a cualquier otro inconcreto -esta es la crítica de Derrida a Levinas-, sino de, siguiendo las presentaciones más clásicas de la ausencia y el doble texto, introducir lo otro en lo mismo, lo que es una cláusula de indecibilidad, el quien o la promesa -el zusage heideggeriano-, no operan como estructuras totalizadoras, pero tampoco como simples moralidades extrapoladas. Y ni mucho menos la solución es llevar la estructura del por venir derridiano a una lectura hegemónica, pues esta es todo lo contrario de lo que Derrida está defendiendo. Tampoco de permitir la apertura contingente del otro concreto, de pequeñas aperturas particulares que resignifiquen la realidad -esto es un multiculturalismo reformado, que por supuesto es necesario-. No, se trata de algo mucho más difícil; del desarrollo de una nueva noción de bien común, que se construiría desde la base común de una indecibilidad constitutiva lo que potenciaría la responsabilidad interpersonal e internacional. Es la apertura de un 318 Ibid. 319 ob.cit.
304 Deconstrucción y participación: en camino hacia una posible democracia participativa 3) La corriente representada por las “políticas de la amistad” nos conduce necesariamente a la necesidad de concretar, de establecer, y de inventar nuevos imaginarios para nuestra sociedad. En esta posición localizamos una plataforma idónea a la hora de replantear los paradigmas clásicos con los que opera nuestra política. Aquí situamos a dos autores principalmente, Derrida y Laclau. Ambos, como ya hemos visto detenidamente, parten de la aplicación común del campo retórico al análisis político. Este análisis retórico permite reformular las grandes categorías con las que opera el realismo y toda nuestra política. Pero sin embargo, como hemos tratado de expresar, aunque comparten posiciones, de sus análisis se desprenderían estructuraciones político sociales diferentes. Teniendo en cuenta estas diferencias, de las que nos hemos ocupado antes, sostenemos que los medios apropiados para una transformación de nuestra política que incorporase las tesis derridianas, serían: 1) implementación de las descentralizaciones estatales persiguiendo cercanía y transparencia, lo que, por otra parte, está contemplado como criterio prioritario de la UE; 2) sistemas de asociación, deliberación e inclusión en asuntos como: economía, cultura, comercio, y política institucional, esto se lograría, a través de sistemas de governanze que hagan de la ciudad un centro neurálgico de lo político, con horizontes transacionales y cosmopolitas, políticas horizontales, transversales y dinámicas 3) aplicación de un sistema de “fuerza legislativa estatal” a las decisiones mixtas -comites de ciudad, asambleas de distrito, comisión política, y comisión de representación económica, lo que dotaría a las políticas macroestatales de un freno alternativo a la “única alternativa” de sistemas legislativos tan pobres como las comisiones internacionales. Estudios estadísticos, y posibilidad de un ministerio supra-y-nacional de inclusión, deliberación y opinión pública, 4) un programa para implementar lazos culturales y económicos mediante estudios de viabilidad entre zonas desiguales (ciudades de Africa- Europa; Asia-Sudamérica, etc), potenciación de mercados regulados, cercanos y no solo macroeconómicos, “lógicas contactuales”; 5) códigos éticos que regulen las políticas de los países involucrados de acuerdo a esta noción de política contingente. A estos 5 puntos se los englobaría dentro de lo que hemos denominado “cosmopolitismo efectivo”.
[Document text truncated for crawler view.]