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Evolución de la figura materna en "Canción de tumba"

Fernández Villanueva Meda, Paula

Abstract

Para este trabajo me propongo analizar la evolución de la figura materna en la novela de autoficción del autor Julián Herbert, Canción de tumba.

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EVOHÉ | 49 Evolución de la figura materna en Canción de tumba PAULA FERNÁNDEZ VILLANUEVA MEDA Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa (México) Para este trabajo me propongo analizar la evolución de la figura materna en la novela de autoficción del autor Julián Herbert, Canción de tumba. Si bien el carácter predeterminista ha acompañado a la literatura durante mucho tiempo 1 , en esta novela no se queda atrás, puesto que la madre —cuyo nombre original es Guadalupe— parecería adoptar el papel de la figura religiosa mexicana como madre e, incluso, como base también de todos los mexicanos muy a pesar de lo escabrosa que podría parecer su profesión. El epígrafe que nos abre las puertas a la narración tiene un tinte, a mi parecer, de clara resignación: “Madre sólo hay una. Y me tocó.” (Herbert, 12) La primera mención que Herbert hace —en voz propia— acerca de su madre, tras describirnos su experiencia al no poder lidiar con el pensamiento de la Tierra como planeta redondo nos da a entender directamente que se trataba de una mujer no estable, al menos en el plano espacial. En pocas palabras, desarraigada. “Mamá había huido, en uno de sus clásicos arranques de histeria gitana, no sé si a Coatzacoalcos o a Reynosa, dejando abandonados lo mismo a su padrote que a sus hijos.” (Herbert, 20- 21) nos sirve como ejemplo. No obstante, es humana al fin y al cabo. Tuvo, según nos comenta Herbert en la mención de su primer recuerdo, un solo amor platónico. Descrito como muy barbudo, es gracias a la reacción de la madre que nos es posible apreciar que las hormonas a todo ser humano por igual le afectan: “[...] lo escuchó toda la tarde poniendo cara de boba. . . se sujetaron de ambas manos y se miraron a los ojos.” (Herbert, 119) Acto seguido, Guadalupe es descrita entonces como su único amor. Por otro lado, Guadalupe cuenta con otro recuerdo: el de la humillación por parte de su madre. “[...] así que cómo no iba a tener puteada la vida… la niña mi mamá azotaba confundida con el polvo sólo para ser molida a patadas y bofetones…” (Herbert, 123) Siendo humillada por todo, especialmente por su pasión por los boleros. El vínculo compartido con la madre es poco ortodoxo 2 , hasta pareciera que nos encontramos con un guiño de complicidad poco frecuente en la relación madre hijo, puesto que Herbert cataloga el gusto de su madre de dos maneras, tanto bueno como malo. Un ejemplo explícito podría ser: “Mi padre, Gilberto Membreño, es el novio menos espectacular que tuvo Marisela.” (Herbert, 21) Así como la mención de la constante confianza que Guadalupe le tiene. Casi al final de la obra, Herbert nos dice: “[...] sabe que está cerca de morir y que yo soy su único apóstol, el solitario evangelista de su existencia...” (Herbert, 132) La herencia directa de los antecesores, sin embargo, no es endémica de España; en México podemos encontrarnos con el ejemplo proporcionado por el 1 En la literatura de los Siglos de Oro, por ejemplo, el caballero será hijo de caballero y el pícaro hijo del pícaro. 2 Podría catalogarse como una relación de amor-odio. 50 | EVOHÉ autor de El Periquillo Sarniento en otra de sus obras: “[...] tan cabales catrines que en nada desmerezco su linaje. Mis padres, pues, limpios de toda mala raza y también de toda riqueza —¡propensión de los hombres de mérito!— me educaron según los educaron a ellos, y yo salí igualmente aprovechado.” (Fernández de Lizardi, 11) En cuanto a herencia clásica, Knibiehler escribe: “[...] se creía que la leche se elaboraba a partir de la sangre; por lo tanto, como la sangre, era susceptible de transmitir ciertas características.” (Alda, 98) Herbert se confiesa, avanzada la novela: “No hay que olvidar que soy una puta: tengo beca, el gobierno mexicano me paga mes con mes por escribir un libro.” (Herbert, 42) Poco después, también nos dice: [...] le impedí ver a mis hijos para que no los contagiara. Que por miedo también a contagiarlos (y porque no soy lo que llaman una buena persona) yo mismo los abandoné… dormí con mujeres cándidas sórdidas orales anales icónicas alcoholizadas ágiles débiles mentales verdaderas artistas frígidas apasionadas compañeras de lucha bastardas de la casa Borbón sin desnudarme nunca de esta espina en el limbo de mi oreja llamada dos hijos contaminados de mí que ya no soy una princesa soy también un papá padrastro una piedra en el zapato de sus adolescencias arruinadas. (Herbert, 44) Un poco más adelante, Herbert y Guadalupe comparten, a través del recuerdo, una experiencia en carne propia: ambos comparten infancia una vez instalados en el barrio El Alacrán, entre las calles de Progreso y Renacimiento 3 . Tal como Guadalupe, Julián no tuvo siempre un nombre fijo: “De niño me llamaba Favio Julián Herbert Chávez... El acta nueva difiere de la original por una letra: dice «Flavio»… Así que todos mis recuerdos infantiles vienen, fatalmente, con una errata.” (Herbert, 78) Su madre tuvo una cifra contada de cinco amantes, mientras que Julián tuvo siete mujeres y “pocas” amantes ocasionales 4 ; Guadalupe tuvo cinco hijos 5 , mientras que Julián, en total, tres. 6 Le hereda (Julián) a su hijo Arturo la afición por temas mórbidos, como historias y leyendas de asesinos seriales. “Me aterra la posibilidad de haber legado a mi hijo una afición perturbadora.” (Herbert, 81) Tras la narración de la historia del segundo cadáver al que conoció en vida, Herbert nos esboza una historia tanto curiosa como cardíaca que nos hace ver a Guadalupe 7 como fugitiva, quizás hasta cobarde. Claro está que de la convivencia nace el afecto. “[...] mamá no se conformaba con ir del tingo al tango: casi siempre era uno sólo de sus hijos (frecuentemente yo; años después mi hermana pequeña) el elegido para acompañarla en sus orgías ferroviarias. Entretanto, los demás eran o éramos abandonados con parientes y/o en hogares de «señoras de confianza»…” (Herbert, 28) No resulta difícil imaginar porqué la mayor parte de los hijos decidió irse y también es más fácil de entender el vínculo compartido con Julián. El ligero rencor contra la madre me remite, de manera inmediata, al mito mexica de Coatlicue y Huitzilipochtli: Coyolxauqui y sus hermanos planean matar a Coatlicue, mientras que Adriana, Jorge, Saíd y hasta Diana dejan sola a Guadalupe conforme van creciendo. Julián, no obstante, no puede reclamar la falta de atención, puesto que Guadalupe fue leal enteramente 3 Esto tiene ubicación más precisa en Michoacán. 4 Esta cifra no nos es dada a los lectores. 5 Cada uno con un diferente amante. 6 Hijos también de diferentes mujeres. 7 Bajo el nombre, en ese entonces, de Marisela. EVOHÉ | 51 acompañándolo a cada partido de fútbol cuando aún vivían en Michoacán; junto con la anécdota narrada de la fiebre 8 en la cual se cuestiona el tipo de relación llevado con su madre: “[...] me leía… El principito… mientras yo ardía. Me palpaba la frente con los labios, me daba sopa de pollo, me llevaba al baño en brazos. Yo le pago ahora verificando la caducidad de sus medicamentos y arrullándola con canciones boricuas y cubanas: ya no he visto a Linda, parece mentira. Porque soy su hijo. No soy un perro rabioso.” (Herbert, 101) Nos es posible observar que la mujer no guarda en sí belleza ni vigor dadas las condiciones de su cuerpo físico: “Especialmente hoy,… veo a mamá desguanzada e inmóvil con los brazos llenos de moretones por agujas, conectada a varios venopacks traslúcidos manchados de sangre seca, transformada en un mapa químico mediante letreritos… sus pezones marchitos… Borracha de tres transfusiones.” (Herbert, 14) Conforme el tiempo pasa y la enfermedad la carcome se va haciendo cada vez más débil. No obstante, han habido cambios. En su época de juventud, sin embargo, Guadalupe 9 “Era bellísima: bajita y delgada, el cabello lacio cayéndole hasta la cintura, el cuerpo macizo y unos rasgos indígenas desvergonzados y relucientes… Era muy agogó: aprovechando que tenía caderas anchas, nalgas bien formadas y un estómago plano se vestía sólo con unos jeans y un ancho paliacate cruzado sobre sus magros pechos y atado por la espalda.” (Herbert, 18) Entre las múltiples facetas con las que nos podemos encontrar, las flores para Guadalupe no cesan; Julián la ve como inteligente dada su capacidad de leer mucho y poder hacer aritmética sin dificultad, además: “[...] era una mujer de principios inquebrantables. Era, sobretodo, incorruptible respecto de las finanzas ajenas, algo que en este país lo vuelve casi extranjero a uno.” (Herbert, 54) No obstante, Herbert puntualiza: “La ideología de Marisela Acosta —como la de cualquier verdadero ciudadano que haya habitado el siglo XX— es un misterio… Trabajó de sirvienta para un par de familias guanajuatenses. De ahí le vino, infiero, el fervor por san Francisco de Asís... también el racismo, y el consiguiente odio a sí misma, siendo como era una india de cepa.” (Herbert, 129) Combinado con el cariño por su padre, Marcelino Chávez, de quien “es probable que mamá haya tomado de él sus primeros conceptos marxistas.” (Herbert, 130) Luchadora infatigable tras enfrentarse a una segunda quimioterapia. Después de un recuerdo de infancia evocado por Herbert vemos que hay enseñanzas: “Pero gracias al comentario de mamá logré, años más tarde, relacionar el sexo con la música…” (Herbert, 19) Junto con las lecciones de estilo al escribir. Por último me gustaría presentar la última enseñanza: Me permitió intuir que los sentimientos profundos no admiten distinciones tajantes entre soportes sublimes y banales, y que esta incómoda condición de la belleza será siempre cínicamente usufructuada por diletantes y burócratas del gusto: es fácil manipular a los cursis semi cultos con un par de yambos famélicos, y en cambio todos nos avergonzamos de la ignorancia, esa desgarradora noche oscura del alba. (Herbert, 40) Del mismo modo, es posible encontrarnos con la existencia de un código de valores: “Siempre se vanaglorió de ser una prostituta con un código de acero y su regla principal consistía en no realizar coitos a cambio de un pago…” (Herbert, 32) 8 Situación que ponía a Guadalupe particularmente cariñosa. 9 De un modo no tradicional. 52 | EVOHÉ Recuperando el tema de la predestinación, nos enfrentamos al carácter tradicional mexicano el cual, incluso hoy en día, permanece latente en algunos casos. Al nacer su madre el 12 de diciembre se le nombró, apropiadamente, Guadalupe. Empero, “[...] ella asumió —en parte por darse un aura de misterio, en parte porque percibe su existencia como un evento criminal— un sinfín de alias a lo largo de su vida.” (Herbert, 17) Los nombres que llegamos a conocer gracias al autor son: Lorena Menchaca 10 , Vicky 11 , Juana 12 . Como constante nos encontramos con el alias de Marisela Acosta. La denigración, en lo que a nombre se refiere, es dicha por la abuela del autor. “[…] comúnmente, la llamaba Condenada Maldita…” (Herbert, 17) Claro que esto tendría sus respectivas consecuencias: “Lo que ninguno sabíamos es que, al practicar esta simbólica renuncia a su fantasía de ser Otra y tener por lo tanto un sobrescrito nombre de princesa, mamá había decidido también envejecer.” (Herbert, 22) Al cambiársele el nombre en el Hospital, sucede algo asombroso a nivel psicológico en Julián. Al ser registrada como Guadalupe Charles, Herbert vuelve a confesarse: “A ratos, en medio de la oscuridad, cuando tengo más miedo, trato de hacerme a la idea de que velo el sueño de una desconocida.” (Herbert, 25) Los adjetivos para describir a Guadalupe continúan. “Un Día de Muertos, soñé que la calaca era mi madre.” (Herbert, 31) Esto ocurre mientras Julián y Guadalupe recorren Michoacán sin los demás hermanos 13 . En la pesadilla, Herbert percibe a su madre como una calavera tanto dura como blanca, con olor a azúcar e inyecciones 14 . En el siguiente capítulo se denomina a Guadalupe como Mamá retórica. El retrato realizado a mano alzada de Herbert de su madre inevitablemente contará con metáforas que —de algún modo— podrían embellecerla, visión alentada por Oscar Wilde, quien sugeriría: “la belleza importa más que la existencia. La belleza es la verdadera vida.” (Herbert, 38) Nuestro autor consigue esto a través de la ornamentación. Del mismo modo, menciona que Wilde percibe la escritura como un método para aminorar la experiencia estética, mientras que Herbert encuentra en la escritura de la vida de su agonizante madre como un desahogo terapéutico. En el tercer capítulo, titulado “Mamá madrastra”, Herbert presenta una apología para justificarse. Directamente ligado con la mención de su banda de rock llamado Madrastras, Herbert se justifica -y nos da también cuentas de la relación amor-odio entre Guadalupe y él: [...] la llamé así para burlarme de mi madre, la mezquina, la pedinche, la dictadora, la maltratada mujerzuela hija de mala madre a quien secretamente llamé 10 No ha sido sencilla la empresa de identificar el significado de este nombre. Partiendo de una página religiosa, pareciera que Lorena significa “Reino de Lothar”, esto es, una zona de Francia. 11 El apodo “Vicky” es un diminutivo del nombre Virginia, variante femenina de Virgilio. Virginia puede significar tanto “doncella” como “virginal”. Aquí nos enfrentamos con una suerte de oxímoron: una prostituta no es virgen. Sin embargo, habrá que recordar que la mujer se escuda bajo el nombre bajo el cual la mujer se escuda para ejercer su trabajo no será el de “Virginia” o “Vicky”, sino “Marisela”. 12 Imposible no pensar en Juana de Arco, mártir francesa condenada finalmente por ser mujer. Nuestra trabajadora sexual pasará, del mismo modo, por una martirización dada su enfermedad incurable. 13 ¿Podría tratarse este de otro motivo por el cual se ve a la madre, inconscientemente, como una calaca? 14 Esta percepción de la madre me parece premonitoria. Si bien somos conscientes de lo mortal de nuestra condición, esta novela —posiblemente— no existiría si Guadalupe hubiese sobrevivido. “Me pregunté si mi madre no sería en realidad, debajo de todo aquel maquillaje, la mera muerte: la calavera de mis sueños.” (Herbert, 37) EVOHÉ | 53 por años mi madrastra porque yo era una princesa y ella una bruja metomentodo arruinándome la vida, lo mejor, lo barato, robándose una cadenita de oro de mi segunda esposa o diciendo cómo debía cambiarle los pañales a mi primer bebé. Que tocó muchas veces a la puerta... para recordarme que soy un mestizo basura que estos diplomas y recortes de periódico elogiándome son nada que llegué a la clase media por la puerta de servicio con un suéter rabioso... ella gritaba ábreme hijito yo sé que estás ahí yo sé que andas muy mal estoy preocupada estoy aquí sentada en la puerta no tengo ni un centavo no he comido desde ayer estoy enferma ábreme por qué eres así por qué te convertiste en un perro rabioso y luego otra vez el llanto ábreme hijito por favor... la dejé de ver durante años porque su sola presencia me volvía miserable... la odié desde septiembre de 1992 hasta diciembre de 1999... durante esos años me di religiosamente cada día un instante de odio para ella con la misma devoción con la que otros rezan el rosario. (Herbert, 43-44) El siguiente capítulo que nos abre las puertas es sentencia: “Mamá Leucemia”. La mera descripción es bastante preocupante, estremecedor: “El matiz papel estraza de su piel luce diluido, amarillento... Nos cuenta que tuvo una dura infección en los intestinos. Que no logró obrar durante cuatro días pero últimamente ha conseguido ir al baño y se siente mejor. Ahora, dice, sólo se siente débil. Es que no ha comido bien. Promete empezar a hacerlo hoy mismo. Se le nota triste.” (Herbert, 46) Unas pocas páginas más adelante, dada la observación de Herbert, es posible apreciar a Guadalupe más viva que muerta dada la agresividad: “Supongo que todo esto podría interpretarse como una buena noticia.” (Herbert, 59) “[...] la emprendió contra medio mundo. Se levantó de la cama, se bañó sola, pidió que le cortaran el escaso cabello que le queda... comió con apetito... machacó todo el santo día con que estaba lista para volver a casa.” (Herbert, 60) Conforme la enfermedad avanza, parece que las definiciones podrían hacerse más oscuras: “Ella es un vampiro y yo soy su Reinfeld: mami se chupó a la mitad de mis amigos por la vena.” (Herbert, 60) y “Mamá sibarita y gótica.” (Herbert, 61) Una vez en Alemania, la psique de Julián tiene un juego interesante porque, en el Hotel Mandala, constantemente sueña a su madre en calidad de cadáver. También, más allá de los paralelismos encontrados con las construcciones, le es posible observar a las elegantes prostitutas húngaras. Ve, pues, acerca de lo que conoce. 15 La última visión, la de las sexo servidoras, es recuperada en la alucinación en La Habana, allá en El Diablo Tuntún, “[...] n duty free de putas...” (Herbert, 140) La fantasía tiene lugar puesto que, recuperando las ideas de Freud, Herbert cuenta con el recuerdo de un anhelo de su madre. “Si un día tuviéramos dinero como para irnos a vivir a otro país, a mí me encantaría que nos fuéramos a La Habana. En Cuba la gente pobre es más feliz que en ningún otro lugar del mundo.” (Herbert, 158) Se aprecia, a lo largo de la novela, cómo va cambiando la relación entre Julián y su madre. Las cosas empiezan a cambiar una vez que la madre es ingresada en el hospital. Incluso la devoción sin límites de la madre, la entrega de su cuerpo, la relación tan íntima que establece con su hijo. “... Sorano de Efeso... Dice claramente que “[...] para el niño la leche de la madre es preferible a cualquier otro alimento.” (Alda, 98) 15 De acuerdo con la ideología freudiana, en los sueños se cumplen fantasías realizadas. Podría sospechar que Julián anhela la muerte de su madre para evitarle el sufrimiento o bien, para que la novela tenga su razón de ser. 54 | EVOHÉ De pronto, nos encontramos con una negación que nos abre el capítulo Fantasmas en La Habana: “Mi madre no es mi madre. Mi madre era la música.” (Herbert, 117) La negación no es el único aspecto negativo, junto con la visión casi de madrastra, enjaretado a Marisela Acosta. “[...] lo cierto es que no siempre cuidó de mí como es debido.” (Herbert, 147) No obstante, la reconciliación sucede. Guadalupe le dice a Julián, justo antes de salir del hospital: “[...] No sabes cómo lloré porque no me dejaban ir a cuidarte como me cuidas tú.” (Herbert, 178) Pareciera, según Herbert, que al morir su madre todo el país se fue por el caño o fue sólo una macabra coincidencia. Lo más importante es que, en ningún momento deja de ser madre y Julián se lo reconoce: “No había nada que decir: habíamos tenido un año entero de dolor lúcido. Por si las dudas, se lo dije. Dije: — Te amo. Soy el hijo de mi madre.” (Herbert, 206) Es curiosa la correspondencia con el mito: “[...] Habiendo oído Coatlicue / las palabras de su hijo, / mucho se consoló, / se calmó su corazón, / se sintió tranquila…” (Zetina, 18) _______________ BIBLIOGRAFÍA ALDA, Carmen, BAYO-BORRÁS Regina, CAMPS Nuria et al. Figuras de la madre. TUBERT, Silvia (ed.). Ediciones Cátedra. Madrid. 1996. 322 pp. FERNÁNDEZ DE LIZARDI, José Joaquín. Don Catrín de la Fachenda. Clásicos para hoy (CONACULTA). México. 2014. 134 Pp. 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