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La novela del "Ángel Rojo"

Litvak, Lily

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EVOHÉ | 79 La novela del “Ángel Rojo” LILY LITVAK Profesora emérita de Literatura Española e Hispanoamericana University of Texas at Austin Joaquín LEGUINA y Rubén BUREN, Os salvaré la vida, Barcelona, Espasa, 2017, 349 págs. Premio 2017 de novela histórica Alfonso X el Sabio, convocado por la Editorial Espasa, con colaboración de la Fundación Caja Castilla La Mancha. Esta obra es una versión novelada de la vida del héroe anarquista Melchor Rodríguez (Sevilla, 30 de mayo de 1893 - Madrid, 14 de febrero de 1972), llamado El Ángel Rojo, quien durante la Guerra civil salvó la vida de miles de personas de toda ideología política. Una frase del Ángel Rojo “Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas” resume su moral y el valor que el anarquismo otorga a todo ser humano. Melchor Rodríguez fue nombrado concejal delegado de prisiones de Madrid en 1936 por el ministro de justicia del gobierno republicano, el anarquista García Oliver. Desde su puesto logró poner fin a los linchamientos y ejecuciones de presos perpetrados por diversas militancias políticas. Acabó con las “sacas” organizando escoltas que protegiesen el traslado de presos desde la Cárcel Modelo de Madrid a las cárceles de Alcalá de Henares y de Alicante evitando así que muchos fueran fusilados a medio camino en Paracuellos del Jarama o Torrejón de Ardoz. Poniendo en peligro su propia vida se enfrentó con los cabecillas de diversos grupos militantes, y para impedir los asesinatos de presos sospechosos de colaborar con el bando nacionalista, prohibió que se les sacara por la noche sin su autorización, acabando con los llamados “paseos nocturnos.” Una de sus primeras acciones fue firmar salvoconductos para evitar los abusos resultantes del asalto al cuartel de La Montaña. A menudo, proporcionó documentos e inclusive pasaportes a perseguidos políticos y a familias en peligro de muerte, El 6 de diciembre de 1936, luchó contra una multitud que pretendía tomar la justicia por su propia mano en la cárcel de Alcalá de Henares. Así consiguió salvar a los 1500 presos allí recluidos, entre quienes estaban varios falangistas que ocuparían puestos en el gobierno de Franco, entre ellos, Muñoz Grandes, Raimundo Fernández Cuesta. Martín Artajo y Peña Boeuf. Fue el último alcalde de Madrid nombrado por la República, y el 28 de marzo de 1939, se encargó de entregar el poder a los franquistas. Comenta su hija Amapola que su padre llegó a casa llorando porque se había perdido la guerra. Durante el franquismo Melchor fue condenado a veinte años y un día de cárcel, por su actuación en la administración republicana y por sus actividades anarquistas. Fue puesto en libertad antes de cumplirse el plazo, gracias a las firmas de más de 2.000 personas que le debían la vida. Entre los testimonios a su favor estaba el de Agustín Muñoz Grandes, general del Ejército Español y exsecretario general de la Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista de España, quien en una entrevista con los autores del libro comentó que el Ángel Rojo, poniéndose él mismo en peligro, le salvó la vida cuando estuvo en prisión. Durante el resto de su vida Melchor continuó con el activismo y propaganda de los ideales ácratas, y participó activamente en la CNT clandestina. Murió en 1972, y en su 80 | EVOHÉ entierro se reunió gente de todas las ideologías, y se cantó el himno anarquista "A las barricadas.” La novela responde a la necesidad que se siente hoy en día de conocer la experiencia vivida durante la guerra civil. Está dividida en tres partes, la primera empieza en marzo de 1939 cuando la guerra estaba a punto de finalizar. Sitúa al lector en el Palacio de Viana en la Calle del Duque de Rivas de Madrid, que Melchor había incautado y convertido en refugio para sus colaboradores y varias personas de diversas tendencias políticas. Esta parte tiene un marco cronológico definido. El fondo está formado por los acontecimientos que van desde el jueves 23 de febrero cuando el comité central del Partido Comunista Español (PCE) llamó a la resistencia total, y lo sucedido después; el martes 28 la dimisión de Azaña como presidente de la república, y el reconocimiento del gobierno franquista por Francia e Inglaterra, y días después, el domingo 5 de marzo el levantamiento de Segismundo Casado, y la lucha subsiguiente entre los partidarios del gobierno y los comunistas contra las fuerzas de Casado. La acción de la novela empieza el jueves 9 de marzo, cuando el IV cuerpo del ejército, comandado por el anarquista Cipriano Mera llegaba a Madrid. Desde el albergue se oían los tiros y explosiones de la calle, y por la radio Besteiro anunciaba la “decapitación” de la República por la ausencia y renuncia de Negrín y animaba a las representaciones de izquierda, incluyendo al movimiento libertario, a ayudar al ejército republicano. Se sabe lo acontecido en los días siguientes; el domingo 12 de marzo el final de la lucha en Madrid, el martes 14 el discurso de Casado buscando una paz honrosa para todos los combatientes, el domingo 19 la respuesta terminante del cuartel general de Franco, exigiendo la rendición incondicional, el domingo 26 de marzo el colapso de las fuerzas republicanas y el martes 28, siendo Melchor Rodríguez el último alcalde, la toma de Madrid por las fuerzas nacionales, el viernes 31 la caída de Cartagena, última ciudad republicana y el sábado 1 de abril, el fin de la guerra y la victoria de los nacionalistas. El continuo hilo de la narratividad y la emoción del suspenso permiten al lector seguir los acontecimientos históricos a través de los refugiados del Palacio de Viana. Estos forman un grupo muy variado; anarquistas, falangistas, un cura, una dama de la nobleza madrileña, asilados temporales y varios milicianos armados con mosquetones y distinciones de CNT-FAI. Prevalecía allí una sensación de amenaza pues el Palacio ya era conocido en la calle como centro anarquista, y podía ser blanco de los comunistas. Reinaba la ansiedad debida a la violencia como parte de la vida y de la muerte en las calles, y a ello se agregaba la precariedad del alojamiento pues no había con que calentarse y faltaba la comida. No obstante, se percibe allí un orden extraño, algunos milicianos se encargaban de proteger el local y a pesar de sus diferencias, todos formaban parte de una especie de comunidad emocional nacida por la convivencia cotidiana, y en cierta forma ese refugio es una poderosa señal de paz. Sin presentación previa van apareciendo los personajes. La primera es Amapola la hija de Melchor, una joven de diecisiete años, temerosa, pero con una ametrallado entre las manos, y dispuesta a impedir la entrada de los comunistas al refugio. Batista, que había sido funcionario de la Cárcel Modelo, ahora era protegido por Melchor. Juliana la abuelita, una mujer con un parche de cuero negro en el ojo izquierdo; se había refugiado en el palacio con su marido Juan. Seguía la batalla librada en las calles siempre atenta y a veces perpleja, preguntándose quienes “eran EVOHÉ | 81 los nuestros en esa guerra fratricida.” Josito, un miliciano que custodiaba el Palacio, Juana, una joven comunista que es la portavoz de la versión comunista del alzamiento. La había salvado Melchor, “aquel samaritano alto y fuerte que la había cogido casi en brazos arrastrándola por medio Madrid para ponerla a salvo en aquella casa de ricos.” Se conoce a Pepe, el Joririto, simpatizante de los republicanos, hermano de Ramón, el chófer. En su fusilamiento fallido había sido herido en la cabeza por una bala y quedó con la mente de un niño. Se ponía muy nervioso con los disparos y contaba los botones de la camisa o para distraerse sacaba unos cromos e intentaba ordenar las alineaciones del Athletic de Bilbao o del Barcelona. Muchas veces los personajes quedan caracterizados por sus pensamientos o por pequeños actos o gestos. Por ejemplo, El Cura; un sacerdote peruano a quien Melchor había salvado de la violencia de las calles. Se secaba el sudor con un pañuelo blanco que había traído de Perú, lo había bordado su madre, que era mucama, y la recordaba en su casa peruana sentada en una sillita de enea cosiendo cerca de la ventana. La Señora Tita, una modista cubana, había sido detenida y violada en una checa. Antes, en los buenos tiempos, fumaba cigarrillos franceses “muy chic” colocados en una larga boquilla negra. Proveniente de una capa social totalmente diferente es Inmaculada; Condesa de Quintana, amante de Melchor; una hermosa mujer de “mucho nombre y pocos recursos.” Estaba casada con Antonio Gómez de Haro, que había hecho su carrera militar en la caballería y tenía firmes lazos con las fuerzas armadas. La asonada de la guerra separó a la familia, e Inmaculada y su criada Remedios se habían refugiado en el Palacio de Viana. Uno de los personajes más interesantes es Ramón, el chofer de Melchor, pues a través de él se puede constatar cómo en esta densa trama asociativa, la unidad de sentimiento era más fuerte que las diferencias partidarias. Ramón se había enrolado en la Falange y llegó a ser jefe en su pueblo, Colmenar Viejo. Los de la FAI habían tiroteado a sus hermanos y los dejaron heridos en una cuneta. Melchor nunca supo que eran falangistas, y los había recogido. Ramón le había jurado que nunca lo traicionaría y se convirtió en su chofer. Desde entonces se jugaron juntos la vida muchas veces y aunque su ideología era diferente, a ambos les repugnaban los asesinatos políticos que sucedían en la retaguardia republicana. Otro importante personaje es Francisca Muñoz; Paca, la mujer de Melchor y madre de Amapola. Pasa brevemente por el refugio, pues terminó separándose de su marido, pero es un eslabón para conocer la vida de la pareja en el barrio obrero de Lavapiés. Paca era bailaora, había actuado al lado de Pastora Imperio, una de las figuras más representativas del flamenco. Cuando el matrimonio se estableció en Madrid forjó amistad con La Niña de los Peines, la famosa cantaora que había debutado a los once años en el Café del Brillante y había posado para Zuloaga y Julio Romero de Torres. Paca introdujo a Melchor en las tertulias de los cafés frecuentados por los intelectuales y artistas amantes del flamenco, entre ellos Manuel y Antonio Machado, Azorín, Benavente, Julio Romero de Torres. Los protagonistas pasan por la narración de forma sencilla y creíble, y permiten sentir el transcurso de la lucha. Cada uno tiene su propia historia y sus conversaciones, aún las más triviales, con palabras y frases que establecen su proveniencia, sus temores o trastornos emocionales, sus cambios de conducta debidos por la guerra, forman un cuerpo de testimonios que permite que el lector crea que la novela es una historia basada en la realidad, y sienta que participa en ella. 82 | EVOHÉ A la vez, los personajes forman una especie de narrador múltiple, pues cada uno de ellos da a conocer una perspectiva ideológica diferente. Por ejemplo, Amapola detestaba a los comunistas que apoyaban al gobierno de Negrín, explicaba que eran más malvados que los fascistas. Sabía que su padre y los de la CNT nunca se fiaron de ellos desde que Ángel Pestaña y Fernando de los Ríos revelaron los abusos contra la libertad en el supuesto “paraíso comunista.” Por el contrario, Juana la joven comunista, pensaba que “los anarquistas eran lo peor de la República,” que por ellos se había perdido todo. Creía que las colectivizaciones ácratas no tenían futuro, y que era mejor obedecer al mando único del Partido. Melchor domina toda la obra. Se perfila como un hombre del pueblo, idealista, bondadoso, un héroe moderno que no vacila en denunciar la injusticia y los abusos. Habla a menudo contra la violencia, contra el Estado y sus represiones, y cree firmemente en la reforma social y moral por el anarquismo y en una de sus virtudes capitales; la solidaridad. Sus ideas y su forma de vida quedan puntualizadas en su famosa frase: “Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas.” Con sus colaboradores, el grupo “Los libertos” solía recorrer los centros de detención y salvó la vida de muchos presos encarcelados por su ideología o por su posición económica pudiente. Actuaba a menudo con Celedonio, del grupo de Los Libertos y su mejor amigo, que era como él “anarquista convencido, de la vieja escuela.” Ambos hablaban sobre el futuro de las ideas libertarias. En realidad, nunca les había gustado la República, pues no olvidaban hechos como la masacre de Casas Viejas, pero ahora había que defenderla porque “los otros” eran mucho peores. Se da amplio lugar en la novela a las discusiones entre anarquistas, destacando su serio contenido moral, encaminadas a la defensa de la justicia y a favor de la gente desposeída y marginada. Melchor creía firmemente que una revolución social anarcosindicalista podía liberar a la humanidad de los prejuicios morales y políticos y de la desigualdad económica y social. Los viejos anarquistas lo consideraban un tipo íntegro, aunque no estuvieran de acuerdo en que hubiera salvado tanta gente de derecha. Había estado preso tanto tiempo y tantas veces, que cuando tuvo que hacerse cargo de los presos, lo hizo con gran respeto a la vida. El final de la primera parte presenta “el peor día de la vida para Melchor,” cuando, como alcalde de Madrid, tuvo que entregar la ciudad a los generales franquistas. A pesar de su tristeza, Melchor se dirigió al pueblo, habló del sufrimiento de la gente, de la muerte, de la guerra, del enemigo que iba a entrar en la ciudad, y se despidió con las siguientes frases: “Madrileños, hagamos frente a la adversidad con sensatez y buen juicio! Vivamos en paz, cicatricemos nuestras heridas y despidamos esta guerra que nunca debió empezar.” La segunda parte de la novela, “Por la senda de la rebeldía,” completa el retrato de Melchor. Su padre, de origen gallego, se había casado y establecido en Sevilla, trabajando como maquinista. El niño creció en el barrio de Triana, quedó huérfano de padre desde muy pequeño y su madre, costurera y cigarrera, acuciada por la pobreza, tuvo que meterlo en un hospicio. Al salir, aún niño, encontró oficio como aprendiz de calderero. Desde su adolescencia su sueño era ser torero, y recorrió diversas ferias intentándolo. 44 Una riña tabernaria provocó su detención, la 44 La enciclopedia taurina El Cossío contiene una referencia a Melchor Rodríguez, citado como único diestro que combinó el toreo con la política. Melchor toreó en Sanlúcar de Barrameda en 1913, y EVOHÉ | 83 primera de muchos otras a lo largo de su vida, pues pasó por la cárcel más de 30 veces. Estando preso compartió su celda con Pedro Vallina, un médico anarquista quien le reveló su nuevo camino. “¿Qué es el anarquismo?”, preguntaba, y Vallina respondía: “es como un Norte, un farol al que hay que seguir en la oscuridad.” Le enseñaba que era la esperanza en un mundo mejor, donde no hubiera patrones ni esclavos, y que “aquello que cada cual produce llegue a todo el pueblo.” Aseguraba que los anarquistas “creemos en las personas, no en el poder. Creemos en la posibilidad de hacer algo bueno todos juntos, sin reyes, sin guerras, sin Estados, sin propiedad. Una conjura de la buena gente.” Cuando Melchor salió de la cárcel, el anarquismo había arraigado en España, propagado por el enviado de Bakunin, Fanelli, que había inspirado a Anselmo Lorenzo. Tanto como las fábricas de Cataluña, el campo andaluz era una región fértil para esas ideas, y al constituirse en 1910, la Conferencia Nacional del Trabajo, (CNT), se propagó en España el anarquismo revolucionario y antipolítico, de carácter comunitario y solidario, basado en las ideas de Bakunin y Kropotkin. A fines de 1923, Melchor vivía ya en Madrid cuando fue arrestado y recluido en la Cárcel Modelo de Madrid, a la que tuvo que volver varias veces detenido por su activismo “redentor y revolucionario.” En las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 votó republicano, y estuvo en la Puerta del Sol para unirse a la alegría popular. La novela explica el fracaso de la República; las expectativas eran tantas que era difícil cumplirlas. La CNT había florecido en esos meses, pero los enfrentamientos con el gobierno provisional republicano llegaron pronto y los actos más violentos ocurrieron en el campo, en Corral de Almaguer, en Castilblanco, y el 11 de enero de l933 en Casas Viejas, localidad gaditana de dos mil habitantes, de los cuales una cuarta parte eran braceros sin tierra. La huelga general declarada el 1 de junio de 1936 había llevado a la cárcel a Melchor junto con otros líderes anarquistas, entre ellos David Antona, Teodoro Mora, Cipriano Mera, Mauro Bajatierra y Eduardo Val. Fue puesto en libertad el 16 de junio y junto con sus compañeros fueron a pedir que se dejara en libertad a todos los presos, El 20 de julio de 1936, Melchor y su amigo Eduardo de Guzmán, el periodista y anarquista director de La Tierra, escritor de novelas policiacas y de artículos taurinos, presenciaron el asalto al Cuartel de la Montaña. Reunido con el grupo Los libertos ocupó el palacete del Marqués de Viana y lo convirtió en un albergue para quienes buscaban refugio de la retaguardia republicana y de los paseos nocturnos. Mientras tanto, los militares sublevados avanzaban matando a su paso a todo el que se les oponía; era la Guerra, un desastre que duró casi tres años con centenares de miles de muertos. Los anarquistas debían enfrentarse al manejo del poder y a las diferencias políticas, luchando tanto contra los comunistas como contra los franquistas, y también contra muchos “indeseables “que se escondieron bajo los colores de la CNT-FAI para matar y aterrorizar.” El 23 de noviembre de 1936 Melchor fue nombrado delegado de prisiones por García Oliver, con el propósito de detener los asesinatos de presos. La tercera parte de la novela empieza en Madrid en 1940, presenta a Melchor nuevamente en la cárcel, en una celda que era como la antesala de la muerte. Iba a ser sometido dos veces a juicio, acusado de crímenes que no había cometido, inclusive el de haber matado a Rafael Salazar Alonso, antiguo ministro republicano, posteriormente en plazas cada vez más importantes hasta llegar a la de Madrid. Allí sufrió una grave cogida en Agosto de 1918, retirándose en 1920 tras algunas corridas en Viso, Salamanca y Sevilla. 84 | EVOHÉ a quien Melchor, de hecho, había salvado de la muerte. La novela sigue de manera apasionante el segundo juicio por consejo de Guerra, ocurrido el 11 de mayo de 1940. Al principio, se escuchó una serie de acusaciones falsas. Con el paso de las horas, iban llegado a manos del abogado de Melchor, una cantidad de pliegos y cartas con testimonios que establecían otro retrato del acusado. Melchor tomó la palabra, negó los cargos que le achacaban y explicó al tribunal que lo podían acusar de salvar vidas, de enfrentarse con la muerte para salvar a los presos, de jugarse la vida y de sobrevivir a diecinueve atentados durante la guerra. Insistió en que se le podía acusar de ser anarquista: “Lo soy y lo seguiré siendo hasta el día del juicio.” Después de un silencio, el presidente del tribunal anunció que alguien venía a presentar un alegato a favor del acusado. Para asombro de la concurrencia se presentó un hombre impecablemente vestido, dando su nombre; Agustín Muñoz Grandes, General del Ejército Español y exsecretario general de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista de España. Venía “a agradecer a este hombre el haberme salvado la vida, poniendo en juego la suya, cuando tuve la desgracia de caer preso. He venido a defender la verdad. Aquí traigo varios pliegos con más de dos mil firmas que avalan la figura de Melchor Rodríguez, y si eso no es suficiente, puedo conseguir dos mil más, y si esas no fueran suficientes podría conseguir otras dos mil.” (pp. 282-3). Gracias a ello, semanas después, el tribunal decidió conmutar la sentencia de la pena de muerte que había pedido a veinte años y un día de prisión. Melchor Rodríguez cumplió cinco años de su sentencia y fue puesto en libertad. Pasó tranquilo el resto de sus días en su casa en la Calle Libertad. Escribía con seudónimo artículos y crítica taurina y comenzó varias veces a escribir sus memorias. Un periodista chileno Bobby Deglané, que en esos años era un conocido locutor de radio, a quien Melchor había salvado durante la Guerra, organizó en 1964, un homenaje en su honor en el Circo Price. El Ángel Rojo murió un frío día, el 14 de febrero de 1972, y la noticia se dio a extendió entre sus antiguos amigos y los compañeros libertarios Al día siguiente, cientos de personas se acercaron al sepelio para despedirlo. En un instante de reconciliación se reunió allí gente de toda ideología política; aún enemigos acérrimos entre sí; personas del régimen y luchadores de la libertad. Eduardo de Guzmán, el viejo amigo de Melchor, sacó la bandera rojinegra y la colocó sobre el féretro. Fue, nos dicen los autores, “una pequeña victoria,” pues Melchor fue el único que, en esas fechas, enterrado con la bandera anarquista, y comenzó a escucharse cada más fuerte el himno anarquista, cuyo verso más representativo es “El bien más preciado es la libertad.” **** El 7 de julio de 2009, la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias (Ministerio del Interior) inauguró, en la localidad de Alcalá de Henares, un Centro de Inserción Social con el nombre de Melchor Rodríguez en honor a su persona y como reconocimiento a su labor en favor de la inserción y resocialización de los internos.