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6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 1/16 e-Spania Revue interdisciplinaire d’études hispaniques médiévales et modernes 42|juin 2022 Las reinas en las crónicas / Historiografia universal na Ibéria dos séculos XII a XV / Journées Cervantines Las reinas en las crónicas. De las representaciones generizadas a las agencias discursivas reginales «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca. 1252-1474) DIANA PELAZFLORES https://doi.org/10.4000/e-spania.44464 Resúmenes Español Français La manera de actuar de la reina obedece a factores relacionados con el contexto político, la parentela regia y el entorno cortesano, pero también a su responsabilidad institucional y sus características personales. El conjunto de todos ellos tiene un reflejo claro en la reginalidad, tanto de manera individual como a la hora de confeccionar la imagen historiográfica de la reina. Este trabajo propone el estudio de los rasgos que identifican la feminidad ideal o normativa y las variaciones de ese canon que pueden rastrearse en las reinas castellanas a través de su presencia en las crónicas entre los reinados de Alfonso X y Enrique IV (1252-1474). De esta manera se atenderá a la arquetipación de la feminidad reginal y cómo esta se transforma, adapta o altera en función de las circunstancias políticas o institucionales, pero también de su control de los instrumentos de construcción de la memoria. Le comportement de la reine tient à des facteurs liés au contexte politique, à la famille royale et à l’environnement courtisan, mais aussi à sa responsabilité institutionnelle et à ses caractéristiques personnelles. Tous ces facteurs se reflètent dans son rôle de reine, à la fois individuellement et lors de la fabrication de son image historiographique. Ce travail étudie les traits qui identifient la féminité idéale ou normative et les variations de ce canon qui peuvent être retrouvées chez les reines castillanes à travers leur présence dans les chroniques entre les règnes d’AlphonseX et d’HenriIV (1252-1474). Ainsi, sera analysé l’archétype de la féminité de la reine et comment il se transforme, s’adapte ou s’altère en fonction des circonstances politiques ou institutionnelles, mais aussi de sa maîtrise des instruments de construction mémorielle. SEARCH All OpenEdition
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 2/16 Entradas del índice Palabras claves : feminité(s), queenship, historiographie, Bas Moyen Âge Palabras claves: feminidad(es), reginalidad, historiografía, Baja Edad Media Notas de la redacción Este trabajo se ha llevado a cabo en el marco del proyecto «Espacios femeninos cortesanos: Ámbitos curiales, relaciones territoriales y prácticas políticas (ca. 1230-1504)», con referencia PGC2018-099205-A-C22, concedido por el MICINN y cofinanciado por la Agencia Estatal de Investigación y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER). Texto completo ¿Un único modelo de reina? Acerca de la feminidad en el contexto del poder A pesar de los notables avances en el ámbito de la Historia de las Mujeres en las últimas décadas, el estudio de las identidades y percepción de la(s) feminidad(es) –así como ocurre en el caso de la(s) masculinidad(es)– en el periodo medieval todavía supone un campo que requiere profundización1. Las atribuciones a varones y mujeres durante la Edad Media son distintas conforme a su sexo, lo que redunda en que sus modos de comportamiento sean igualmente diferentes de acuerdo a lo que se espera de cada uno de ellos. Junto al sexo, otras variables como el estrato social condicionan la configuración de una identidad personal singular, así como la manera de actuar que se espera por parte de la sociedad. El género constituye un factor condicionante en lo tocante a la forma de expresión, actuación o conducta de un individuo, que lo asume como tal en tanto que forma parte de los patrones culturales de un determinado marco social. Esto no quiere decir que, en el caso de las mujeres, limite su capacidad de acción, sino que las predispone a adoptar determinados comportamientos, así como a utilizarlos en su favor en función de las circunstancias2. No obstante, hay que considerar la existencia de divergencias en relación a un cumplimiento estricto de la expresión del ser mujer, que puedan dar pistas acerca de los diferentes perfiles femeninos que pueden detectarse en la Edad Media. 1 En el caso concreto del poder político y de la reginalidad, las crónicas del periodo contribuyen a pergeñar una imagen modélica de la soberana como compañera del monarca y símbolo para la población femenina, pero también se recogen expresiones divergentes. Ocasiones en las que las mujeres observan un comportamiento que, o bien no se ajusta a su condición de reina o bien no coincide plenamente con el modelo ideado para su condición femenina, acercándose al rol o comportamiento asociado al varón. Con el propósito de explorar la configuración del papel de la reina en las cortes ibéricas bajomedievales, partiendo del caso castellano, el presente trabajo se propone el estudio de aquellas percepciones que, desde la historiografía coetánea, permiten indagar en la creación de diferentes modelos de reina a partir de las expresiones de una feminidad plural. 2 A la hora de adentrarse en el ámbito de estudio de las feminidades es necesario fijar las características de aquella que se presenta como normativa. Sin duda es sencillo reconocer el modelo de la buena reina, tantas veces evocado a través de la figura bíblica de la reina Ester3. Conectado de forma explícita en el caso de Isabel de Portugal en la Baja Edad Media4, se trata de un referente presente en el imaginario castellano –y peninsular5– que, como tal, trata de ser reproducido como consejera y compañera del soberano6. A partir del mismo se desprende una identidad femenina modélica en tanto que esposa, en primera instancia, y posteriormente, madre, signo del control social que 3
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 3/16 E quando troxieron al Infante los çient cautiuos primeros, estáuales esperando en la iglesia, en la capilla que dizen de don Bienvenido, e estaua vn clérigo diziendo la misa;e ellos vinieron al tienpo de la ofrenda, e el Infante los ofreció a la misa.E quando vinieron los de la segunda paga, según que avedes oido, por quanto el Infante se sentía enojadode calentura, mandó a la ynfanta doña Leonor que los fuese a ofreçer a la iglesia;e la ynfanta se fué ante el altar mayor, çerca de la capilla de los Reyes, e los cautiuos entraron por el coro de la iglesia, e ella los ofreçió ante el altar, a la misa.E después que el Cuerpo de Dios fué alçado, fincó los ynojos el deán que dezía la misa, e los clérigos que ende estauan, diziendo en canto vna escriptura que sacó el Infante de los Salmos que fizo el rey Dauid, de muy grandes loores a Dios13. puede rastrearse en la Antigüedad clásica7. La reina alcanza su posición precisamente gracias a su matrimonio, lo que muestra el camino normativo a la hora de obtener un puesto que le ofrece capacidad de representación y responsabilidad política8. Esta es una cuestión clave, en tanto que distancia a la reina del común de la sociedad femenina, alejada de la vida pública y de la participación política o cultural9. Al menos así ocurre de acuerdo a la visión más tradicional del reparto de poderes conforme al acceso a las instituciones durante el periodo medieval, un hecho que también puede extenderse al ámbito de la guerra10. Aunque su papel como consorte le otorgue un perfil de acompañante en las tareas de gobierno, nunca equiparable a las del soberano como propietario del reino, la reina posee responsabilidades a nivel diplomático y de consejo, capacidad para ejercer justicia civil y criminal en su señorío11 y, llegado el caso, la ocasión de liderar la defensa de una plaza fuerte o encabezar un cerco militar12. 4 Sus responsabilidades le llevan a sustituir al rey cuando la situación lo requiere, siendo un caso de especial armonía marital la representada por Fernando de Antequera y Leonor de Alburquerque, incluso antes de convertirse en reyes de Aragón (1412-1416). Durante las campañas andaluzas previas a la conquista de Antequera, el infante sufrirá episodios de fiebres que dificultarán sus tareas militares y las consecuentes actuaciones posteriores al combate, como la entrega de cautivos y su presentación ante la comunidad cristiana en los oficios eclesiásticos. Su indisposición permitirá a doña Leonor tomar el protagonismo de la escena, lo que refleja su apoyo, proximidad al campo de batalla y su participación en las tareas ceremoniales afines: 5 Todas estas circunstancias le otorgan un carácter híbrido, distante de la normatividad femenina, al menos en términos teóricos frente a la experiencia que se concede a las mujeres en la Edad Media14. Aceptada esta particularidad inicial, cabe preguntarse acerca de la existencia de diferentes modelos de reina en función de la sexualización que pueden recibir sus actos. La feminidad normativa de la reina comporta una serie de características comunes, tanto físicas o fisiológicas como conductuales. Aunque sin ofrecer detalles específicos, suele mencionarse la belleza de la reina15, así como el equilibrio de su cuerpo, menudo en cuanto a la talla, pero bien proporcionado16. Un canon roto por la reina Catalina de Lancaster de acuerdo a la descripción de Pérez de Guzmán, quien la acerca a lo masculino tanto en los vicios que caracterizan a los reyes y que ella compartía, como por su talle y movimiento17. A diferencia de lo que ocurre con otros tratados de la época en relación a la naturaleza femenina y masculina, las cualidades físicas no se exaltan como un elemento relacionado con la maternidad o la fisiología de la reina18. No obstante, sí pueden relacionarse con una disrupción del modelo de la buena reina. El ejemplo más claro es el de Juana de Portugal, de la que autores como Alonso de Palencia destacan su gusto por afeites o prendas que insinuaban su figura corporal (o que, como en el caso de los verdugos, la ocultaban, llegado el caso), como un signo de libertinaje19. 6 La maternidad es una de las características clave de la normatividad reginal, si bien, no siempre puede verse cumplida. Ya sea por dificultades fisiológicas, cuestiones de índole vital o razones políticas, las reinas que no aportan descendencia al futuro dinástico suponen una anomalía. Frente a los dos primeros supuestos, el vinculado a la política o a la relación entre los cónyuges es el que concede una posición de mayor poder a la soberana, al decidir sobre el acceso a su cuerpo. Se trata de una feminidad 7
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 4/16 E el Maestre partió estonces del Rey, é fue ver á Doña María de Padilla, é á las fijas del Rey, que estaban en otro apartamiento del Alcázar, que dicen del caracol. E Doña María sabía todo lo que estaba acordado contra el Maestre, é quando le vió fizo tan triste cara, que todos lo podrían entender, ca ella era Dueña muy buena, é de buen seso, é non se pagaba de las cosas que el Rey facía, é pesábale mucho de la muerte que era ordenada de dar al Maestre. consciente de su autoridad, que se vale de lo corporal para expresarse de una manera contraria a la responsabilidad que le corresponde de acuerdo a su género20. Ese nivel de consciencia femenina también puede apreciarse en aquellas mujeres que manifiestan problemas para concebir, que alumbran hijas y no varones o que no engendran descendencia, adaptando entonces la recepción y asimilación de su función como esposa en el seno de la monarquía21. En cualquier caso, no se trata de un rasgo que pueda apreciarse en la Corona de Castilla o, al menos, no a juzgar por la reseña que hacen las crónicas al respecto. La maternidad es una condición de gran relevancia en la articulación de la imagen de la reina hasta el punto de ser una de las primeras señales que justifica su incorporación directa en el relato historiográfico en las crónicas plenomedievales22. La noticia de los nacimientos dentro de la parentela regia será objeto de remembranza, aunque la dimensión historiográfica de la reina se irá desarrollando y diversificando también a medida que lo hace la cronística. A propósito, pueden observarse sus aptitudes para la participación política y su colaboración en el gobierno del reino, como indican las descripciones que se realizan de Leonor Plantagenet23 o María de Molina24, pero también de mujeres que se convirtieron en auténticas «reinas sin corona», como Leonor de Guzmán25, o María de Padilla26. 8 En todas ellas, se destaca su carácter mesurado, su bondad, su entendimiento o su sabiduría, cualidades que, más allá de poder asociarse a la reina para el correcto desenvolvimiento de sus funciones, no se atribuyen de manera explícita con asiduidad, como tampoco la estrecha sintonía o afinidad con sus respectivos esposos o parejas27. El impreciso dibujo que López de Ayala realiza en sus crónicas sobre Juana Manuel o Leonor de Aragón pese a la relevancia política de ambas en los reinados de EnriqueII y JuanI, respectivamente, es buen ejemplo de ello. Por su parte, Enríquez del Castillo planteará una conjunción entre las cualidades reginales y la capacidad transmisora de la reina Juana Enríquez que refuerza la normatividad de su rol de buena esposa y madre28. La alusión al amor, como sinónimo de confianza y armonía en el seno de la pareja real señala, además del correcto funcionamiento del ensamblaje formado por el matrimonio regio, su demostración ante la corte29. Se trata de una expresividad política, más allá de la existencia de un vínculo afectivo sólido entre ambos, en el que se expone la normatividad en la conducta individual y mutua entre varón y mujer, y las cualidades que cada uno aporta. 9 Bien es cierto que el equilibrio puede romperse por la conducta del propio monarca, cuando se trata de un comportamiento inadecuado por su debilidad o falta de aptitudes para el gobierno, pero también por su carácter tiránico. Este último es el caso que perfila en su crónica Pedro López de Ayala respecto a PedroI, ayudándose también de la configuración de una caracterización positiva de María de Padilla en contra de la decisión regia de acabar con la vida del Maestre de Santiago, Fadrique Alfonso: 10 El refuerzo positivo de la mujer que de facto está representando la responsabilidad reginal en Castilla contribuye a aislar a Pedro I y a presentarlo como un soberano arbitrario o desproporcionado en su manera de actuar, al contrario de las virtudes cardinales que debían caracterizar al rey. Los desajustes en el comportamiento del rey y la reina pueden llevar a estas últimas a ejercer una mayor injerencia en las directrices cortesanas o en las decisiones gubernativas. La trascendencia de esa anomalía al ámbito historiográfico plantea una inversión, total o parcial, en los roles de género, que pueden obedecer a caracteres variables de los individuos en cuestión, pero también a la forma conforme a la que son percibidos por sus coetáneos o por sus posteriores sucesores en el 11
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 5/16 Roles invertidos: de la defensa del reino al desorden en la corte trono, de cara a la configuración de una imagen coherente de acuerdo a la evolución del reinado o bien, favorable a los intereses de los posteriores soberanos. Los tratados en defensa de las mujeres desarrollados al abrigo de la Querella de las mujeres insisten en diferentes ejemplos femeninos cuya actuación se vincula a la naturaleza masculina o viril. Se trata de reinas como Pentesilea, Nicaula, Tamaris, Oritia, Artemisa, Dido o Semíramis, conocidas por sus capacidades para el gobierno o la guerra cuando se encontraban en disposición de ejercer dichas funciones30. Salvo en el caso de la reina de las amazonas, no suponen un desafío al orden patriarcal establecido, ya que acceden al gobierno en ausencia de varón, conforme a sus derechos familiares o en representación de sus hijos31. La presencia de ese tipo de actitudes durante el periodo medieval tampoco se identifica propiamente como tal. Esto es, se sitúa a reinas desempeñando atribuciones que pueden ser interpretadas como masculinas pero que, en caso de resultar beneficiosas para el reino, no se señalan de manera negativa. En este tipo de comportamientos y la percepción que suscitan es igualmente fundamental la conducta personal del soberano, de manera que responda a un modelo de masculinidad normativa, conforme al cual, sea el responsable último de las decisiones políticas o militares que se toman en el reino. De esta manera, la actuación femenina se entiende como un acompañamiento necesario y positivo, pero no una inversión de roles o una conducta desordenada en el seno de la pareja regia. 12 Ni siquiera se plantea conforme a un comportamiento anómalo la participación o colaboración militar de la reina llegado el momento. El asedio planteado por Juana Manuel de Villena a la ciudad de Zamora en 1371 así lo demuestra. Por el contrario, se apunta que, para conseguir someter las plazas que aún no se habían sometido a la casa de Trastámara, doña Juana, «que bastante coraçón avía», participa de una forma activa, llegando a ordenar el ajusticiamiento de los hijos del alcaide zamorano al incumplir las condiciones pactadas para la rendición32, sin que se interprete como una crueldad excesiva en una mujer33. 13 A diferencia de este modelo, los casos de «dones que feyam d’homens» («mujeres que hacen de hombres»), en palabras de Dawn Bratsch-Prince, conducen a modelos de parejas desordenadas en cuanto a su manera de proceder y a la correcta armonía en el matrimonio regio34. Identificado en reinas como Sibila de Fortiá o Violante de Bar, el autor señala la influencia favorable a sus designios o los de su círculo de poder en los últimos años del reinado de Pedro IV de Aragón y posteriormente en el de su hijo, JuanI. A ambas se les acusa de utilizar su sexualidad para manipular a sus esposos y conseguir un mayor poder en la corte, que aleja a los respectivos monarcas de atender convenientemente los asuntos de gobierno y el equilibrio entre facciones cortesanas. 14 El enfado o la ira regia ante la conducta reginal sirve para demostrar la alteración coyuntural que se plantea, al mismo tiempo que da solidez a su normatividad masculina por la negativa al sometimiento de los designios de la reina y su autoridad. La presentación del rey «enojado»35 o «sañudo» indica tanto la traición a su confianza como desavenencias políticas o militares en el reino36, lo que suele llevar aparejada una «falta de amor» por parte del rey hacia las personas implicadas, como se muestra en diferentes ocasiones en el reinado de EnriqueIV37. Ya se trate de una alteración en el ejercicio de las funciones ceremoniales o de su desplazamiento dentro del entramado cortesano, la reacción del soberano resulta expresiva a la hora de conocer la falta de sintonía en la pareja regia, pero también el intento de relegar a la figura del rey respecto a la toma de decisiones o su papel a la cabeza del entramado cortesano. 15 La polisemia del término hace que se utilice para mostrar contrariedad ante la muerte de una persona cercana o, como ya se expusiera al hablar del infante Fernando de Antequera, para aludir a un estado de enfermedad. Precisamente una lectura literal me 16
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 6/16 llevó a una interpretación errónea a la hora de analizar la escena vivida en la cámara de la reina María de Aragón tras los desposorios de la princesa Blanca de Navarra con su hijo, el príncipe Enrique de Castilla38. El enojo del rey no señalaría una inversión de roles a la hora de acoger a la princesa en la cámara reginal, sino una indisposición de Juan II, que se habría retirado a su cámara, lo que explica su desaparición en los festejos posteriores39. En cualquier caso, la ausencia del rey deja como anfitriona a la reina de Castilla en un momento triunfal para la causa de los infantes de Aragón, lo que podría conectarse con otros momentos posteriores en los que JuanII, aconsejado por Lope de Barrientos, también dice «estar enojado» para poder mantenerse retirado en su cámara mientras se trazan los pasos a dar, concretamente a la hora de estimular el retorno del príncipe Enrique a la causa paterna frente a la de su madre y sus tíos40. La actitud de María de Aragón, particularmente entre 1437 y 1443 supone un desafío a la autoridad de JuanII, llegando a distanciarse incluso físicamente, como ya hiciera Violante de Aragón al final del reinado de AlfonsoX41. Sin embargo, la ruptura no se plantea como una transgresión al modelo reginal. Se trata de conductas con motivaciones personales y familiares de gran calado que afectan a la imagen del soberano, pero la fama de la reina se mantiene intacta. En la Estoria del Alboroço, doña Violante actúa, aunque en nombre de la autoridad alfonsí, de manera distinta a la marcada por este, lo que expone las debilidades del reinado de AlfonsoX. Un relato «subversivo», en palabras de Francisco J. Hernández, frente al modelo de rey que constituía AlfonsoX frente al que aspiraba a representar Fernando de la Cerda gracias al sustento materno, cuya actuación diplomática redundó positivamente frente a la nobleza levantada en Córdoba frente al rey. No hay que olvidar el nexo entre la reina y el autor del relato, su canciller, Jofré de Loaysa42. 17 Del mismo modo, la conexión de Carrillo de Huete o Pérez de Guzmán con Fernando de Antequera, primero, y con el infante Enrique de Aragón, después, se traduce en una mirada mucho menos hostil que la desarrollada posteriormente por Palencia hacia Juana de Portugal43. La actuación de la reina María frente a Álvaro de Luna se ve respaldada a través de modelos de «feminidad viril» en los tratados que se le dedican y que buscan fomentar la autoridad de la reina ante el privado regio. Se estimula un diálogo por parte del autor con la persona a la que se dedica la obra, lo que supone una innovación humanística en tanto que la obra se presenta como un instrumento de comunicación política donde se plantea la percepción del literato respecto a la reina y el papel que debe desarrollar conforme a las necesidades políticas del reino. 18 Pensando en una lectora femenina como María de Luna, Eiximenis recurrió a un curioso ejemplo mediante el que buscaba la instrucción de la lugarteniente aragonesa. En su Scala Dei, dedicado a la reina María, muestra a Roberto I de Nápoles (1275-1343) como un rey aficionado a las trivialidades y los entretenimientos femeninos. Su esposa, la reina Sancha de Mallorca (r. 1309-1343) le reprochará su conducta y le instará a dejarle en sus manos «el escudo y la lanza» («pregeu la filosa i jo prendré l’escut i la llança»), pues «ja que el regne no té necessitat de dues reines»44. El autor franciscano aprovechaba la imagen moral de la reina para transmitir el peso de su palabra y capacidad de consejo, que era automáticamente escuchada y considerada por el soberano napolitano. Aunque presentando un caso de debilidad masculina, se muestra a ambos como pareja modélica por su mutua colaboración y sostenimiento. La anomalía en el comportamiento masculino fomenta la demostración de la sabiduría de la reina que debe presentarse como virtuosa para la completa recepción del discurso por la destinataria de la obra45. 19 Los desórdenes pueden también percibirse en otros elementos de la vida cortesana, redondeando alteraciones como las relacionadas con la sexualidad o la fertilidad. La actitud de EnriqueIV de Castilla conforme a la historiografía del periodo es una buena muestra de ello. La falta de un perfil político, incluso social, adecuado a su estatus por parte del monarca se traduce en cuestiones asociadas tanto a la indumentaria como a la escasez de visitas a la reina o la falta de interés por los rituales cortesanos, en los que se invertían los papeles, a juzgar por el comentario que formula al respecto Diego Enríquez del Castillo: «Hera poco amigo de las ceremonias rreales y jamás quería que fuesen 20
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 7/16 «Reinas viriles». El cuerpo híbrido de la soberana Pero maldita la tierra donde reina un niño y una mujer detenta el poder; un reino no ha de ser gobernado con súplicas o halagos, sino con leyes y con autoridad. Pues ¿a quién de los príncipes ultramontanos no rogó la reina y suplicando no les invitó a que firmara pacto con juramento? Lo blando conviene a los blandos, lo áspero a los ásperos. […] Pero cuántos y cuáles halagos, cuántas y cuáles promesas hizo la reina al obispo, ninguno puede explicarlo si no quien conozca las artimañas de las mujeres56. hechas con gran aparato, mandava que a la rreyna se hezyesen, y así ella hera resçivida con palio y con las ynsinias que a los rreyes pertenecen»46. No puede decirse que doña Juana sea «una mujer haciendo de hombre», pero la parcialidad desde la que se construye buena parte de las crónicas de EnriqueIV busca trasladar una imagen del desordenado modo de vida de la pareja, su vida disoluta y sus frivolidades o excesos, lo que convierte a la reina en una mujer manipuladora, ambiciosa y frívola, rasgos muy distantes al canon esperado en la consorte regia. Si está próxima al combate, lo demostrará su atavío, a medio camino entre la armadura militar y la indumentaria femenina47; si una de sus damas desafía su autoridad, llegará a perder los nervios y enfrentarse físicamente con ella o a motivar que la corte se divida en dos bandos48; y, por supuesto, si cree que los medio-hermanos del rey pueden suponer un obstáculo, se encargará de separarlos despiadadamente de su madre para someterlos a su merced49. Doña Juana no se viriliza; por el contrario, representa la feminidad antitética, aquella que debe desaparecer de la corte, pues la reina debía emular un modelo inalcanzable para las mujeres, tanto por su posición política como por su propia naturaleza femenina50. 21 En torno al año 1143, Bernardo de Claraval se dirigía a la reina Melisenda de Jerusalén para animarla a «sacar el hombre que hay bajo la mujer»51. La minoridad de su hijo a la muerte del rey BalduinoII requería que asumiera el control del gobierno, destacando por su buen juicio a ojos de cronistas como Guillermo de Tiro52. No obstante, el gobierno femenino no siempre despertaba una reacción positiva por parte de la historiografía, como le ocurre a la reina Urraca de León (1109-1126). El ejercicio del gobierno por una mujer o la ostentación de la autoridad regia por su parte supone una alteración en los roles de género establecidos, una transgresión para Anne Bielman53, de forma similar a los términos utilizados por Fanny Cosandey54. 22 En el caso de doña Urraca, la reina es vilipendiada por asumir contra la ley y el derecho el gobierno de un reino que, a ojos del autor de la Historia Compostelana, no le corresponde. Su actuación respondería a un comportamiento masculino pero no puede obviarse su condición femenina, como circunstancia irrevocable y consustancial al carácter peyorativo de su reinado, al usurpar el papel del rey, del buen gobernante («tirannice et muliebriter»), siguiendo el ejemplo bíblico de Jezabel55. 23 Dejando al lado el carácter o la preparación de la reina para acometer la tarea de gobierno por sí misma, el autor de la Compostelana se lamenta del lugar en el que es una mujer la que se hace (detenta, de nuevo acción que se lleva a cabo contra el derecho), con el poder, presentando, al mismo tiempo, los elementos que considera más característicos de la actuación femenina frente a la masculina: 24 Sin entrar en demasiados detalles, está poniendo de manifiesto los roles que una pareja real modélica debía desempeñar: lejos del carácter de la súplica como recurso a la autoridad del rey o la reina, aquí se invierten los papeles, al ser la reina a la que se muestra como suplicante. Se presenta como una falta de autoridad y de apoyos, pero también como una de las estrategias mediante las que las mujeres consiguen determinados objetivos políticos, que guardan relación con recursos gestuales o emocionales como el llanto, «que es acto más mugeril que varonil»57. La política a 25
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 8/16 É dioles este enxemplo de lo que fisieran por el rey D. Fernando su bisabuelo, é que asy como aquel fuera buen rey á quien Dios fisiera mucho bien, é que bien fiaba ella de la merced de Dios que le semejaría este, é que qual lo criasen tal sería; é quando por al no lo fisiesen, que lo devian faser, lo uno por faser derecho, é lo otro por dar ensemplo bueno de sy á todos los del mundo, é por dejar buena fama á todos los que dellos viniesen, é lo otro por faser y su pro, ca todas las cosas en quales el les pudiese faser merced gela faria66. través de la palabra y la negociación se percibe de forma negativa, como técnicas propias del «soft power»58 (de hecho, no debe pasarse por alto la alusión a lo «blando» por el autor de la Compostelana) o los mecanismos de condicionamiento suave59. La condición virtuosa es propia del «vir», del varón, de ahí su asociación semántica en lengua latina. Lo viril, como sinónimo de la «virtus» produce una conexión intrínseca al género masculino, generando una mayor afinidad para el buen gobierno y justificando la subordinación femenina. Autores como fray Martín de Córdoba asocian la virtud al periodo de la madurez y al acto de engendrar hijos varones y no hijas60. Ya sea a través del atuendo en representaciones asociadas a la guerra o mediante la creación de una figura modélica de su actuación gubernativa61, las reinas, como también las mujeres nobles62, pueden llegar a abrazar el estatus de mujeres virtuosas. En él, su naturaleza femenina se ve complementada con consideraciones propias del varón, como el valor, la fuerza o el coraje, pero también la rectitud o la justicia63. 26 Aunque manteniendo las características positivas de la feminidad, las reinas y particularmente regentes, lugartenientes o reinas propietarias, articulan un cuerpo híbrido, en el que también se exponen elementos propios de la condición masculina o viril, es decir, virtuosa. La mención a la utilización del «lugar del rey», presente tanto en la documentación historiográfica relacionada con Berenguela de Castilla o Violante de Aragón, resulta expresiva de la capacidad reginal para acometer la tarea de gobierno al margen de su condición femenina64. A excepción de las reinas propietarias, todas las demás lo son en relación a la posición que ocupan respecto de un varón, lo que refleja una adaptación o convivencia entre el desempeño de las funciones femeninas, propias de la compañera del rey, y las que asumen en representación del cuerpo político del soberano. De esta forma, la complementariedad que desarrolla conforme a las bases del matrimonio penetra en el cuerpo natural de la reina, lo que puede explicar una virilización de (la retórica de) su actuación o la caracterización de un gobierno que se adapta a la expresividad femenina65. 27 El ruego se convierte en una acción íntimamente relacionada con el oficio reginal (aunque tampoco es completamente ajeno al oficio regio masculino), incluso cuando las reinas asumen un papel de mayor relevancia institucional, como ocurre durante los periodos de regencia. La «noble reyna donna María [de Molina]» conjuga las acciones de mandar y rogar en su propósito por hacer reconocer la autoridad de FernandoIV, en particular en el marco de comunicación con agentes de poder como los procuradores de Cortes, a quienes «rogoles mucho humildosamente» que salvaguardaran la autoridad del rey-niño. No solo se trata de una intermediación personal, sino que se plantea como una apelación a la memoria y al deber para con la monarquía a través de la didáctica de la historia: 28 Las emociones son otro de los indicadores del carácter modélico tanto del rey como de la reina. Su atribución o ausencia pone de manifiesto alteraciones que guardan relación con la observación de una actuación discordante a lo que su condición real o reginal requiere. La pareja formada por FernandoI de Portugal y Leonor Teles es un buen ejemplo de ello, en el que la reina se convierte en un personaje incómodo a ojos de la corte inmediatamente después de que se conozca su matrimonio con el rey67. En su crónica, Fernão Lopes transmitirá el anómalo comportamiento de la reina a nivel político, con una actividad y nivel de influencia de gran relevancia, a través de demostraciones emocionales «excessivas, desregradas ou mal ritualizadas», en palabras de Inês Olaia. De hecho, la reina aparece como la única mujer en la crónica capaz de inspirar miedo68, además de su vinculación con la expresión de la ira69. Ambas 29
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 9/16 la reyna Doña Violante amaneciera un día a las puertas de Valladolid por entrar dentro, cuydando que la acogerían ý algunos de la villa en que tenía esfuerço, mas non lo falló asý, ca desque lo supieron los de Valladolid, guardaron servicio de la reyna Doña María e del rey D. Fernando su fijo, e armáronse todos e fuéronse a aquella parte do llegava la reyna Doña Violante e non ge lo consintieron, e ficiéronla tornar a Cabeçón mucho contra su voluntad.E ella por esta rasón fue muy sañudae amenaçólos de muerte.E ellos, quando esto supieron que asý los amenazava, punaron de guardar e de velar la villa de día e de noche muy bien.E la noble reyna Doña María, tanto que aquesto supo, tomó al rey su fijo en unas andas e llevólo consigo para Valladolid;73 e su madre la reyna doña Beringuella non quedaua de dezirle e enseñarlo acuziadamente las cossas que plazía a Dios e a los omes –e lo tenían todos por bien– e nunca le mostró las costunbres nin las cossas que pertenecían a las mugieres, más lo fazía a grandeza de corazón e a grandes fechos; ca esta noble reyna, con tamaña acuçia guardó a este fijo sienpre e le metió en el coraçón fechos de piadat e obras de omne varón, mançebo e niño, e todo linage de omes. E esta noble reyna que mesuraua las cossas deante e las veýa, e seguía las buenas obras de su padre don Alfonso, rey de Castilla, que nunca fue desgastadero del reyno e que sienpre ovo tutores, e las obras d’él siempre fueron con Dios, e por este características rara vez se vinculan a la figura reginal, por lo que la apropiación por parte de Leonor Teles de ellas configura un modelo antitético y, sobre todo, ajeno a su rol como consorte regia70. Su actitud resulta viril en tanto que comúnmente solo se asocia al gobernante masculino y a su carácter pero resulta, en cualquier caso, desmedida para el buen gobernante. Se produce una inversión de comportamientos que indica el desorden existente en la pareja regia71. La ira, como la privanza o la traición, pueden asociarse a las reinas, en especial cuando alcanzan mayores cotas de representación. La sujeción de Catalina de Lancaster a los privados, por un lado, y la expulsión de la corte de Leonor López de Córdoba, por otro, indican la cercanía de la reina a realidades más comúnmente asociadas con el ejercicio del poder regio, también por su mayor visibilidad política72. El clima de hostilidad y desorden puede extenderse más allá del ámbito familiar y ofrecer una imagen anómala de la reina, lejos de la mesura o el carácter sosegado habitual, como ocurre durante la vejez de la reina Violante de Aragón en Castilla, mientras intenta hacerse presente durante la regencia de FernandoIV en defensa de los intereses del linaje de la Cerda y de su propia autonomía: 30 ¿Qué ocurre, entonces, en los casos de aquellas mujeres que asumen responsabilidades de gobierno en solitario, en ausencia temporal o definitiva de sus esposos? Las reinas titulares o regentes ocupan una posición institucional diferente a la que convencionalmente marca el derecho medieval para las mujeres, por el contrario a su rol como consortes. El caso de las lugartenientes resulta interesante en sí mismo, pero a diferencia de las reinas propietarias o reinas madre que asumen el gobierno en nombre de sus hijos, vienen condicionadas por la continuidad en el trono de la figura de su esposo, pese a la imposición de una distancia física o al desdoblamiento de las tareas de gobierno debido a la prolongación de campañas militares. Esto es, la lugarteniente asume una responsabilidad institucional y gubernativa conforme a la voluntad regia74. Aunque desarrollan tareas propias de la condición real no plantean una ruptura en la armonía marital, más bien al contrario, en tanto que se demuestra una confianza significativa en las capacidades de la reina, incluso en parejas muy distanciadas física, temporal y afectivamente, como la formada por Alfonso V de Aragón y María de Castilla75. 31 En cambio, la regencia implica la asunción de tareas de gobierno por parte de la reina ante la desaparición del monarca y la incapacidad del nuevo rey de asumirlas de manera efectiva. Su función como compañeras se adapta ante el fallecimiento del esposo y el hecho de pasar a convertirse en epicentro del gobierno en la toma de decisiones cotidiana. De ellas depende, en buena medida, la recepción del modelo de buen soberano que tiene que asimilar el rey-niño, siendo el caso de la reina Berenguela de Castilla paradigmático en lo tocante a ese proceso de recepción: 32
6/2/24, 17:21 «Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca.1252-1474) https://journals.openedition.org/e-spania/44464 16/16 77 En términos similares, aunque no tan explícitos en cuanto a la dicotomía de género se señala la relevancia de la reina Matilda en la formación de su hijo, EnriqueII de Inglaterra, así como su capacidad de consejo e intervención política. Catherine HANLEY, Matilda. Empress, Queen, Warrior, New Haven–Londres: Yale University Press, 2020, p.223-226. 78 Miguel Ángel LADERO QUESADA, «Isabel la Católica vista por sus contemporáneos», En la España medieval, 29, 2006, p.225-286. José Manuel NIETO SORIA, «Ser reina: un sujeto de reflexión en el entorno historiográfico de Isabel la Católica», e-Spania, 1, 2006, en línea: https://doi.org/10.4000/e-spania.327. Ruth MARTÍNEZ ALCORLO, Isabel de Castilla y Aragón. Princesa y reina de Portugal (1470-1498), Madrid: Sílex, 2020, p.221-222. 79 DE CÓRDOBA, op. cit., p.227-228. Para citar este artículo Referencia electrónica Diana Pelaz Flores, ««Con ánimo viril». Expresiones de una feminidad plural a través la figura de la reina en la historiografía castellana (ca. 1252-1474)», e-Spania [En línea], 42 | juin 2022, Publicado el 24 junio 2022, consultado el 06 febrero 2024. URL: http://journals.openedition.org/espania/44464; DOI: https://doi.org/10.4000/e-spania.44464 Autor Diana Pelaz Flores Universidade de Santiago de Compostela https://orcid.org/0000-0002-5499-4739. Miembro del Grupo de Investigación de Referencia Competitiva «Síncrisis. Estudios en Formas Culturales», de la Universidade de Santiago de Compostela. Derechos de autor Únicamente el texto se puede utilizar bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0. Salvo indicación contraria, los demás elementos (ilustraciones, archivos adicionales importados) son "Todos los derechos reservados".