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¿Es posible discriminar declaraciones reales de imaginadas y huella psíquica real de simulada en casos de violencia de género?

Vilariño Vázquez, Manuel

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UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA DEPARTAMENTO DE PSICOLOXÍA SOCIAL, BÁSICA E METODOLOXÍA ¿ES POSIBLE DISCRIMINAR DECLARACIONES REALES DE IMAGINADAS Y HUELLA PSÍQUICA REAL DE SIMULADA EN CASOS DE VIOLENCIA DE GÉNERO? TESIS DOCTORAL Manuel Vilariño Vázquez Dirigida por: Dr. Ramón Arce Fernández Dr. Dolores Seijo Martínez SANTIAGO DE COMPOSTELA, 2010 UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA DEPARTAMENTO DE PSICOLOXÍA SOCIAL, BÁSICA E METODOLOXÍA ¿ES POSIBLE DISCRIMINAR DECLARACIONES REALES DE IMAGINADAS Y HUELLA PSÍQUICA REAL DE SIMULADA EN CASOS DE VIOLENCIA DE GÉNERO? TESIS DOCTORAL Manuel Vilariño Vázquez Dirigida por: Dr. Ramón Arce Fernández Dr. Dolores Seijo Martínez SANTIAGO DE COMPOSTELA, 2010 Ramón Arce Fernández, Catedrático de Psicología Jurídica y Forense de la Universidad de la Universidad de Santiago de Compostela, y Dolores Seijo Martínez, Profesora Contratada Doctora de la Universidad de Santiago de Compostela, en calidad de directores de la Tesis Doctoral “¿Es posible discriminar declaraciones reales de imaginadas y huella psíquica real de simulada en casos de violencia de género?”, presentada por el Lcdo. Manuel Vilariño Vázquez, INFORMAN: Que la mencionada tesis doctoral ha sido realizada bajo nuestra atenta supervisión y que reúne todas las características técnicas y científicas al uso para que pueda ser leída y defendida públicamente. Y para que así conste, a los efectos oportunos, redactamos este informe en Santiago de Compostela a 16 de abril de 2010. Fdo. Ramón Arce Fernández Fdo. Dolores Seijo Martínez Director. Directora. ÍNDICE AGRADECIMIENTOS 1 PRESENTACIÓN 3 FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA 7 1. Psicología de las declaraciones y confesiones 9 1.1. Introducción 9 1.2. Diferencias entre la entrevista clínica y la forense 10 1.2.1. Entrevista Clínica 10 1.2.2. Entrevista Forense 12 1.3. La Entrevista Estándar o Policial 15 1.3.1. Problemas de la Entrevista Estándar 20 1.4. La Entrevista Cognitiva (Fisher y Geiselman, 1992) 22 1.4.1. La Entrevista Cognitiva Mejorada (Fisher y Geiselman, 1992) 28 1.5. La Entrevista Clínico-Forense 35 1.6. Algunas consideraciones sobre estos formatos de entrevista 37 2. Diferentes aproximaciones a la evaluación de la credibilidad del testimonio 41 2.1. Introducción 41 2.2. Correlatos de personalidad del comunicador 42 2.3. Indicios no verbales y extralingüísticos asociados al engaño 43 2.4. Indicios fisiológicos y actividad cerebral 47 2.4.1. El Polígrafo 47 2.4.2. Potenciales Evocados Relativos a Eventos (PRE) y Tiempos de Reacción (TR) 50 2.4.3. La Imagen por Resonancia Magnética Funcional (IRMf) 53 2.5. Análisis de Contenido de la Declaración 55 2.5.1. Control de la Realidad/ Reality Monitoring (RM) 55 2 3 PRESENTACIÓN A lo largo de los últimos años estamos asistiendo a una progresiva concienciación de la sociedad y de la clase política, así como de los profesionales del campo, en cuanto a la necesidad de erradicar la violencia de género. Ejemplo de ello son las leyes que se han aprobado, tanto a escala estatal (Ley 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género) como autonómica (Ley 11/2007, de 27 de xullo, Galega para a Prevención e o Tratamiento Integral da Violencia de Xénero), focalizadas en dicha temática. Estas demandas obligan a los profesionales de las diferentes áreas, vinculadas con la violencia de género, a mejorar y continuar avanzando en sus procedimientos, técnicas o servicios. La psicología jurídica y forense no es ajena a la actual circunstancia, mostrando una rápida y constante adaptación a las demandas de avance social, mediante su contribución desde al ámbito científico y práctico. El presente trabajo se incardina en este contexto, promoviendo la generación de conocimiento empíricamente que contribuya a la mejora de la labor del psicólogo forense. La insuficiencia probatoria representa uno de los principales problemas del proceso penal en casuísticas de violencia de género. En no pocas ocasiones, el juzgador ha de dictar sentencia valiéndose, casi exclusivamente, de los testimonios de las partes. Por consiguiente, la intervención del psicólogo forense, mediante el estudio de la credibilidad de las declaraciones, puede desempeñar un papel central en la carga de la prueba en estos casos. La literatura señala que existe evidencia científica sistemática de que las memorias de la realidad (esto es, lo vivido) y de lo inventado (o sea, lo imaginado), presentan una serie de características en cuanto a su almacenamiento, recuperación y cogniciones que las diferencian. A este respecto, se han desarrollado una serie de procedimientos adaptados a menores objeto de agresiones sexuales, fundamentados en el análisis de contenido de la declaración, que han logrado discriminar entre ambos tipo de testimonios. Entre éstos, los más conocidos y empleados son el Statement Reality Analysis (SRA; Undeutch, 1967, 1988); el Reality Monitoring (RM; Johnson y Raye, 1981) en la versión ampliada por Sporer (1997); y el Statement Validity Assessment (SVA; Steller, 1989; Steller y Boychuk, 1992; Steller, Raskin, Yuille, y Esplin, 1990). Estos procedimientos gozan de un amplio 4 reconocimiento. Así, las evaluaciones a través del SVA son aceptadas como prueba en algunas cortes norteamericanas y en varios países del norte de Europa como Suecia, Alemania y Holanda (Vrij, 2005) y, más específicamente y de forma muy profusa, en nuestro país (Arce, 2005). Ahora bien, estos procedimientos, no se pueden generalizar directamente a otras poblaciones (p.e., adultos) y contextos de evaluación (v.gr., violencia de género), aunque sí los principios subyacentes (Bensi, Gambetti, Nori, y Giusberti, 2009). En esta línea, Arce y Fariña (2006a, 2009) han desarrollado y contrastado un sistema metódico específico para casos de violencia de género. Por otro lado, al margen del análisis de la credibilidad del testimonio, forma parte habitual del trabajo psicológico forense la evaluación del daño psíquico consecuencia del hecho delictivo. El daño psíquico representa la denominada huella psíquica del delito, que puede ser introducida como prueba de cargo. La identificación de la huella psíquica se realiza mediante la evaluación de los efectos en la salud mental o emocional provocados por el acto delictivo. No obstante, al encontrarnos dentro de un ámbito judicial, es imprescindible el establecimiento inequívoco de una relación causa efecto entre el delito y los daños. Esta demanda dificulta en gran medida la evaluación forense, dado que en la casuística de la violencia de género están presentes otras causas que pueden generar daños en la salud mental o emocional. El diagnóstico de Trastorno de Estrés Postraumático se ajusta perfectamente a estos requerimientos, ya que en él puede quedar perfectamente establecida la relación causa efecto (American Psychiatric Association, 2002). De tal forma que se ha tomado como medida primaria de la huella psicológica en casos de violencia de género (p.e., Bryant y Harvey, 1995; Echeburúa, Corral, Sarasua y Zubizarreta, 1998; Freyd, 1996; Taylor y Koch, 1995; Vallejo-Pareja, 1998; US National Comorbidity Survey) y, como trastornos secundarios, estarían la depresión, la inadaptación social, la ansiedad y las disfunciones sexuales (v. gr., Echeburúa, Corral, Sarasua y Zubizarreta, 1998; Esbec, 2000). Además, dado que nos encontramos dentro de un contexto de evaluación forense ha de sospecharse simulación, esto es, realizar un diagnóstico diferencial previo (American Psychiatric Association, 2002). La literatura existente ha puesto de manifiesto que, bajo instrucciones de simulación, los sujetos no sólo eran capaces de reconocer en una evaluación psicométrica la sintomatología que sería propia de su hipotético estado mental, sino que incluso eran capaces de discriminarla de otra no esperada. Estos resultados se han hallado en casos de agresión sexual e intimidación (Arce, Fariña y Freire, 2002), 5 violencia de género (Arce, Carballal, Fariña y Seijo, 2004), accidentes de tráfico (Arce, Fariña, Carballal y Novo, 2006) e imputabilidad (Arce, Fariña y Pampillón, 2002), esto es, se han encontrado de un modo sistemático y consistente inter-contextos. Para acometer este triple propósito, sometimiento a prueba de la relación de causalidad, evaluación del daño psíquico y de la simulación, Arce y Fariña (2007; Arce, Fariña, Carballal, y Novo, 2009) han creado un protocolo de evaluación. Como consecuencia de este estado de la literatura, nos hemos planteado, contrastar la validez de estos modelos de realidad y de evaluación de la huella psíquica en casos reales ya que los estudios de demostración se han llevado a cabo con casos exclusivamente irreales. Para ello, el presente trabajo se estructura en dos partes, una fundamentación teórica y un estudio empírico. En la primera parte, se revisan las diferentes técnicas y los procedimientos empleados en la práctica y en la investigación psicológica forense para la obtención del testimonio y para acometer el análisis de la credibilidad de los testimonios. Además, se aborda la violencia de género y sus consecuencias sobre la víctima, así como las técnicas de evaluación y diagnóstico. Como colofón a la revisión del estado de la cuestión, nos centramos en la importancia del estudio de la simulación dentro del ámbito judicial. En la segunda parte se lleva a cabo un estudio en el que se contrasta la eficacia de los modelos de Arce y Fariña para el establecimiento de la realidad de la declaración y del daño psicológico en casos de violencia de género. Adicionalmente, se someten a prueba los modelos tradicionales o estándar de evaluación de la credibilidad del testimonio y de evaluación del daño psicológico para casos de violencia de género. Finalmente, se compara la eficacia de los diferentes modelos. 6 7 FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA 8 9 1. PSICOLOGÍA DE LAS DECLARACIONES Y CONFESIONES. 1.1.Introducción. El objetivo principal de toda investigación judicial o policial es la búsqueda de información entre las víctimas y los testigos de un delito para continuar con la investigación, esclarecer los hechos o determinar el autor de los mismos. En el contexto de la casuística mundial, Hans y Vidmar (1986), estiman que en torno al 85% de los casos toman como base un testimonio. Como herramientas esenciales para la obtención de información contamos con los interrogatorios y las entrevistas. Los objetivos de una entrevista efectiva son minimizar el trauma que pueda generar la investigación, obtener la mayor cantidad posible de información sobre el evento objeto de estudio, minimizar en la medida de lo posible que la entrevista contamine los recuerdos, y mantener la integridad del proceso de investigación (Colwell, Hiscock-Anisman y Memon, 2002; Yuille, Hunter, Joffe y Zaparniuk, 1993). No obstante, en su éxito intervendrán una serie de factores tales como la habilidad del entrevistador, el grado de colaboración del entrevistado y el tiempo transcurrido desde el suceso. Tradicionalmente, la entrevista ha adoptado dos formas: entrevista narrativa (se pregunta al entrevistado qué ha sucedido y éste se limita a contar los hechos conforme los recuerda) y entrevista interrogativa (el entrevistador después de elaborar una serie de cuestiones sobre lo acontecido solicita al entrevistado que las responda). Diversas investigaciones tras analizar la utilidad de estos dos modos diferentes de obtención de información, muestran que la entrevista cognitiva de formato narrativo proporciona mayor información, fundamentalmente correcta (36%) pero también incorrecta (17,5%) (Köhnken, Milne, Memon y Bull, 1999). No obstante, esto no implica que la exactitud global sea mayor en un tipo de entrevista que en el otro. Así, el porcentaje promedio de información correcta en la entrevista interrogativa es del 82% frente al 84% de la entrevista cognitiva. De este modo, se podría afirmar de acuerdo con Rodríguez, Seijo y Suárez (2005) que “con la entrevista cognitiva el testigo sigue una estrategia de recuperación de la información basaba en la maximización de beneficios, o, lo que es lo mismo, más aciertos a costa de más errores…A pesar de ello, 10 la diferencia entre aciertos y errores sigue siendo favorable a la entrevista cognitiva de lo que se puede derivar un apoyo, en términos de efectividad, a la evidencia obtenida mediante la entrevista cognitiva”. Aditivamente, Lamb, Orbach, Hershkowitz, Horowitz y Abbott (2007), en un trabajo más reciente, compararon la exactitud de la información proporcionada ante ambos tipos de entrevista, detectando una superioridad del formato narrativo. En cualquier caso, Alonso-Quecuty (1993a) ofrece como solución el empleo conjunto de ambas entrevistas, pero estableciendo para ello una secuencia, en la que debe primero realizarse la forma narrativa y, a continuación, la forma interrogativa. De invertirse la secuencia, podría acontecer que el entrevistado integre en su testimonio sucesos que jamás presenció y de los que es conocedor debido a la influencia de los entrevistadores. Lo que se conoce como efectos de la información post-suceso (Loftus, 1979). Cada una de las entrevistas implica un tipo de tarea distinto. En la entrevista cognitiva tendría lugar una tarea de búsqueda holística de la información en forma de imágenes mentales, mientras que en la forma interrogativa el sujeto estaría llevando a cabo una tarea de búsqueda de información analítica mediatizada por esquemas. Asimismo, se comparte esta idea de complementariedad siempre y cuando se mantenga la secuencia presentada. Pero antes de continuar con esta breve aproximación teórica sobre la obtención de la información, es preciso dejar claro la distinción existente entre la entrevista no forense y la forense. 1.2. Diferencias entre la Entrevista Clínica y la Forense. 1.2.1. Entrevista clínica. La entrevista clínica se diferencia sustancialmente de la forense, ya que en esta segunda se persigue establecer con la mayor exactitud posible qué ocurrió en el acontecimiento referido por el entrevistado. Así, en la clínica, el terapeuta asume que la sintomatología referida por el paciente que acude a su consulta es cierta. Su labor no 11 consiste en discernir si la información presentada por el paciente es verdadera o falsa, se limita a establecer un diagnóstico que se ajuste a los síntomas manifestados por el paciente. Por el contrario, el forense debe ir probando las diferentes hipótesis que vayan surgiendo referidas a los hechos relatados, en lugar de tratar de confirmar un diagnóstico determinado para el cuadro que se le presenta (Poole y Lamb, 1998). En ocasiones, a las personas implicadas en un delito puede resultarles de interés simular un trastorno psicológico con el fin de alcanzar un determinado beneficio. Dado que la simulación para el terapeuta consiste, simplemente, en un trastorno mental, no va tratar de averiguar qué motivaciones puede tener el evaluado para presentar una determinada sintomatología. No obstante, para el entrevistador forense la simulación de un determinado trastorno psicológico sí tiene implicaciones de carácter legal. Por lo tanto, la entrevista realizada por el clínico difiere de la del psicólogo forense, dado que no introduce cuestiones que ayuden a establecer la veracidad de la sintomatología relatada. En esta línea, según Rogers (1997a) la mayor parte de los clínicos no cuentan con los modelos más apropiados, en sus entrevistas no estructuradas, para detectar una posible simulación del evaluado. Por ello, el autor establece tres medidas que, tenidas en cuenta, posibilitarían una mejora en los métodos clínicos de cara a la detección de la simulación: añadir a la entrevista tradicional medidas estandarizadas de simulación tales como inventarios multiescala o instrumentos de exploración; introducir cuestiones de índole clínica dentro de las entrevistas tradicionales con la finalidad de obtener una fuente adicional de información; intentar establecer la probabilidad de simulación sobre las bases de la motivación e incentivos externos. Además, plantea como método estándar para la evaluación de la simulación un tipo de entrevista estructurada denominada “Structured Interview of Reported Symptoms” (S.I.R.S) que será presentada, posteriormente, en el apartado dedicado al estudio de la simulación. No obstante, Rogers (1997a) manifiesta que el establecimiento de la simulación ha de realizarse mediante una evaluación multimétodo que incorpora e integra datos desde las entrevistas no estructuradas, tests psicológicos y otras fuentes colaterales. Por lo tanto, la determinación de la simulación no debería ceñirse a tan sólo una única medida. 18 En 1993, Evans, realiza un informe sobre el modo de conducir las entrevistas policiales con sospechosos jóvenes, en el cual se presentan algunas de las técnicas de persuasión empleadas por los agentes: indicación de contradicciones entre su declaración y la de los demás acusados; o entre la declaración del sospechoso y la de los testigos; o incluso, contradicciones en la propia declaración del inculpado; o bien es confrontado con la evidencia de otro de los acusados o testigos; y también puede decírsele al joven que la verdad acabará sabiéndose, por lo cual se sentirá mejor si es él quien confiesa. Según Evans (1993), las dos últimas son las que más se utilizan, aunque el uso conjunto de todas ellas es lo habitual. No obstante, considera que estas técnicas no son necesariamente inapropiadas, ya que se emplean en casos de agresiones muy graves y en los que existen claras evidencias en contra del joven acusado. McConville y Hodgson (1993) estudiaron la frecuencia con que eran utilizadas estas técnicas persuasivas en los interrogatorios con adultos. La que se usaba en mayor medida era la de presentar al inculpado la existencia de una evidencia clara contra él, por lo que sería mejor para él que admitiese su declaración. La siguiente más utilizada resultaba la técnica de “acusación y abuso” (McConville y Hodgson, 1993, p.127) en aquellos casos en los que se producía una negativa a responder al interrogatorio. La tercera en orden de empleo consistía en la técnica de intentar influir en las declaraciones de los sospechosos apelando a las consecuencias que puede tener la confesión. Asimismo, los autores estudiaron la frecuencia de uso de determinados tipos de preguntas, encontrando que en los interrogatorios se empleaban un 20% de preguntas inductivas y un 36% de preguntas legales cerradas. Consideran que este tipo de cuestiones pueden guardar una estrecha relación con confesiones menos fiables o incluso falsas. Los propios autores indican, también, que existen intentos por parte de la policía de negar el derecho que tienen los sospechosos a permanecer en silencio lo que puede resultar contraproducente. Por su parte, Pearse y Gudjonsson (1996) y Gudjonsson(1999) realizaron un estudio en el que revisaron 161 entrevistas policiales llevadas a cabo en dos comisarías londinenses entre 1991 y 1992, para compilar algunas de las diferentes técnicas que fueron empleadas en las mismas. Hallaron que la mayor parte de las técnicas empleadas, en un 75% de los interrogatorios realizados, consistían en la introducción de evidencias. En el polo opuesto, la manipulación de la autoestima de los sospechosos 19 que tan sólo aparecía en un 3% de las entrevistas. Se observó, también, que en el 98% de las entrevistas se planteaban preguntas abiertas. Por otro lado, en un 73% de los interrogatorios las cuestiones planteadas eran de carácter inductivo. Se encontró que, tan sólo en un 20% de los casos, el entrevistador ponía en duda la declaración del sospechoso. En cuanto a la actitud manifestada por los sospechosos, se estimaba que en un 97% de las entrevistas habían sido amables y correctos, en un 83% su actitud fue sumisa y transigente; también se observó que en un 62% de los interrogatorios los sospechosos daban respuestas completas. Conviene destacar que los autores se cuestionan si los resultados pudieron verse afectados a causa del registro en video de las entrevistas, en el sentido de que los interrogatorios fuesen menos amables y apareciesen un mayor número de conductas desafiantes por parte de los entrevistadores, de no haber sido grabadas. Por otra parte, se produjo alguna confesión o admisión de culpa por parte del entrevistado, en torno al 58% de las entrevistas analizadas. Esta tasa de confesión era similar a la de estudios previos. Los autores entienden que “los sospechosos acceden a una entrevista policial habiendo decidido ya si admitirán o negarán las acusaciones contra ellos” (Pearse y Gudjonsson, 1996, p. 73), por consiguiente, las técnicas aplicadas en las entrevistas tendrán un efecto mínimo sobre la ocurrencia, o no, de confesiones. En esta dirección, Gudjonsson (2003) señala que las técnicas de entrevista policial pueden afectar aumentando o disminuyendo la probabilidad de que se produzca la confesión el sospechoso. El autor recoge la aportación de Leo (1996) sobre las cuatro técnicas persuasivas más efectivas para la confesión: apelar a la conciencia del sospechoso; identificar y presentar contradicciones en la negación y el relato del sospechoso; dar justificaciones morales o ayudas psicológicas para el crimen; o emplear alabanzas y halagos. Finalmente, cabe mencionar, según señalan Montimer y Shepherd (1999) en relación con las entrevistas policiales a sospechosos, que la “cultura de la confesión” está todavía presente. Cada sospechoso que confiesa supone el esclarecimiento de un caso, contribuyéndose a mejorar las estadísticas de la policía y a demostrar su rapidez de acción y eficiencia. Partir de la premisa de que la mayoría de las confesiones son verdaderas es una creencia generalizada que sirve de anclaje. Estos y otros estudios, junto con las declaraciones de jefes de Policía de Inglaterra, Gales y Estados Unidos, muestran la necesidad de realizar un estudio sistemático sobre 20 las entrevistas policiales en estos y en otros países y un nuevo planteamiento del entrenamiento a estos profesionales que relacionen sus conocimientos y habilidades con los que les pueda aportar la Psicología para conseguir un desarrollo mejor de las técnicas de entrevista a sospechosos, testigos y víctimas (Memon y Bull, 1999). 1.3.1. Problemas de la Entrevista Estándar. La finalidad de la entrevista estándar es la consecución de una declaración lo más completa posible sobre los hechos que se investigan. Lo importante es la obtención de información relevante para la investigación policial, pruebas o evidencias que sirvan para inculpar a alguien por lo sucedido. Por su parte, en la entrevista forense el objetivo que se persigue es diferente dado que lo que se pretende es la obtención de información relevante de validez psicológica, tomando como base la reconstrucción completa de los hechos incorporando todos los detalles por muy triviales o irrelevantes que puedan parecer para la investigación. Así, para la consecución de este objetivo se requiere de otro tipo de estrategias diferentes a las empleadas en la entrevista policial. Dichas técnicas para ser aplicadas requieren de entrenamiento previo, por lo que sólo pueden ser aplicadas por un entrevistador experimentado en su empleo. Además, el entrevistador ha de ser aséptico, neutral y objetivo, sin partir de suposiciones previas de ningún tipo. Como vemos existen diferencias claras entre ambos tipos de entrevistas en sus objetivos, sus condiciones de aplicación o características del entrevistador. Esto no implica que no debamos mejorar en la medida de lo posible el interrogatorio policial, ya que tal como ahora está concebido supone los siguientes problemas: - Ausencia de un criterio común entre los entrevistadores a la hora de realizar el procedimiento y, por lo tanto, variabilidad en el modo de entrevistar de una comisaría a otra. - El estilo de preguntas inductivas en un interrogatorio de tipo cerrado, puede generar sugestionabilidad en el testigo que parte del hecho de que el suceso que observó es un delito con unos determinados actores implicados. - La información obtenida se consigue a través de un interrogatorio realizado por un entrevistador que parte de una serie de premisas o hipótesis sobre lo acontecido, 21 por lo que podemos encontrarnos con información sesgada por el efecto del entrevistador no ingenuo. - Las carencias de entrenamiento y de conocimientos psicológicos dificultan sustancialmente la consecución de información válida desde el punto de vista psicológico, pero también se produce un deterioro en la consecución de información útil de cara a la investigación policial (Sporer, 1997). Por otro lado, Fisher, Geiselman y Raymond (1987) tras analizar el contenido de entrevistas estándar, encontraron tres grandes problemas que suponen un deterioro en la recuperación de información: frecuentes interrupciones en las descripciones de los testigos; formulación de excesivas preguntas de respuesta corta; y una secuencia inapropiada de las preguntas. Las interrupciones provocan, como consecuencia negativa, una disminución en la habilidad del testigo para concentrarse en el proceso de recuperación de la información con lo que realizará aproximaciones superficiales, resultando la información más vaga o más imprecisa. Con relación al empleo de preguntas de respuesta corta, los autores informan de dos problemas: por un lado, este tipo de preguntas generan menor concentración en el entrevistado que las preguntas abiertas; y, por el otro, que tan sólo se obtiene la información que es solicitada en el interrogatorio, perdiéndose aquella que pueda estar disponible pero que no es requerida. Finalmente, las secuencias de preguntas suelen resultar inconvenientes para el entrevistado dado que son incompatibles con la imagen mental que el sujeto ha activado del delito. Existen tres secuencias prototípicas en los interrogatorios policiales: orden predeterminado, “de vuelta atrás” o arbitrario. El orden predeterminado presenta la desventaja de carecer de la flexibilidad precisa para ajustar las preguntas con el discurrir y la representación mental que tiene el testigo del suceso. Las preguntas de “vuelta atrás” generan interrupciones en el flujo comunicativo lo que resulta muy negativo para el recuerdo. No obstante, de aplicar estas cuestiones siempre han de plantearse inmediatamente después de que el testigo haya afirmado algo en su respuesta, y una vez el sujeto haya finalizado, por sí mismo, la descripción del suceso. Finalmente, con referencia al orden arbitrario señalar que genera disminución o pérdida de concentración en el testigo, lo que acarrea consecuencias en el testimonio. 22 Fisher y Geiselman (1992), ante la demanda de mejorar la entrevista policial por parte de los profesionales de la justicia, desarrollaron la “Cognitive Interview” (Entrevista Cognitiva), que se fundamenta en aquellas técnicas que facilitan la recuperación de la información de la memoria y que se presentará en profundidad en el siguiente punto. Los propios autores encontraron que con este procedimiento se consigue entre un 25 y un 35% más de información que con la entrevista estándar, convirtiéndose en una herramienta muy eficaz para la obtención de información y facilitando así la labor policial. En esta línea, Koehnken, Milne, Memon y Bull (1999) realizaron un meta-análisis que evidenció la eficacia de esta técnica, el cual incluía los resultados de 55 estudios comparativos que sumaban en torno a 2500 entrevistas. Se observó que la Entrevista Cognitiva generaba un fuerte incremento de la información correcta, mientras que el aumento de la información incorrecta era bajo, de tal modo que la tasa de exactitud (proporción de elementos correctos recordados en relación con el número total de elementos recordados) era similar entre la entrevista cognitiva (85%) y la estándar (82%). 1.4. La Entrevista Cognitiva (Fisher y Geiselman, 1992). Son dos los principios teóricos que subyacen a los diferentes procedimientos que conforman la entrevista cognitiva (EC)1: - Existen varios canales de recuperación de memoria para un mismo hecho, por lo que la información no accesible mediante un canal puede serlo mediante otro (Tulving, 1983). - Una huella de memoria comporta varias características, y una ayuda de recuerdo es efectiva en la medida en que hay una superposición entre la huella de memoria y la ayuda de recuerdo (Tulving y Thomson, 1973). Geiselman y Fisher, dos psicólogos norteamericanos, desarrollaron la EC en la década de los ochenta, ante la necesidad derivada de las deficiencias que acarreaban los procedimientos existentes. La EC fue el resultado de una serie de técnicas de entrevista 1 En adelante la Entrevista cognitiva (Fisher y otros1989) será denominada “EC” 23 que pretenden conseguir un incremento en la calidad y cantidad de información. El instrumento elaborado finalmente por Fisher, Geiselman y Amador en 1989, comprende cuatro instrucciones o técnicas generales de recuperación de memoria que deben ser consideradas tanto por el entrevistador como por el entrevistado con el objetivo de obtener la mayor información posible: a) Recuerdo de todas las cosas La primera instrucción consiste en pedirle al entrevistado que relate todo aquello que recuerda, sin necesidad de que su narración sea coordinada. Después debe comentar si existen detalles que carecen de importancia o si es incapaz de recordar algunos aspectos del suceso. Sucede, en muchas ocasiones, que los entrevistados consideran que el policía posee mucha información acerca de lo sucedido, lo que les lleva a no dar determinados detalles que bajo su juicio carecen de importancia, dando por hecho que son conocidos por el entrevistador y de los cuales, en realidad, carece. Puede suceder, asimismo, que entiendan que ellos conocen cuál es la información relevante para la investigación y, por lo tanto, limiten su discurso únicamente a ella. Ambos elementos convierten a esta instrucción en sumamente trascendente ya que, de no producirse, podemos encontrar problemas en cuanto a la exactitud y totalidad de emisión del relato. El recuerdo del discurso está representado en la mente en diferentes niveles, desde el más general al más específico, tendiendo a producirse un relato genérico de lo ocurrido, sino le explicitamos la necesidad de reproducir cada detalle que le venga a la mente. Algunos entrevistados creen que su confianza en lo que dicen es un buen indicador de la exactitud y veracidad de su declaración, lo que les lleva a relatar sólo aquello de lo que están plenamente seguros y en el caso de que existan partes de información que no recuerdan omiten toda la información. Por consiguiente, el entrevistador debe animar a que se relate todo aquello que se recuerda, aunque sólo sea de modo parcial; posteriormente ya especificará si no está seguro de parte de esa información. b) Reinstauración mental de contexto 24 Esta técnica consiste en reconstruir mentalmente tanto el contexto físico (el ambiente) como el psicológico (lo que se sentía en el momento del suceso). Toda aquella información ambiental recordada puede funcionar como indicio contextual importante. Debe solicitar al sujeto que, primeramente dibuje en su mente una imagen o fotografía del suceso, esto es, que se sitúe mentalmente en el lugar del suceso teniendo en cuenta: elementos emocionales (p.e., “trata de recordar cómo te sentías”), elementos secuenciales (v.gr., “piensa qué estabas haciendo en ese momento”) y características perceptuales (p.e. “qué olores podías percibir, qué cosas podías oír”. A continuación, las preguntas que formulemos no deben ser sugestivas ni inductivas, sino que deben plantearse de modo prudente y despacio. Esta técnica se fundamenta en el principio de codificación específica de Tulving, según el cual la información contextual de un suceso se codifica junto con el evento y se conecta de una manera asociativa (Tulving y Thompson, 1973). Además, la recuperación verbal del suceso depende del grado en que los índices ambientales de la situación en la que se lleva a cabo el recuerdo se solapen con las propiedades previamente codificadas (Tulving, 1983). Como podemos comprobar esta técnica es similar a la empleada por los jueces y la policía, denominada reconstrucción de los hechos, aunque en la entrevista cognitiva se realiza de forma mental. Diferentes investigaciones (v.gr., Dando, Wilcock y Milne, 2009; Davis, McMahon y Greenwood, 2005; Emmett, Clifford y Gwyer, 2003; Milne y Bull, 2002) han evidenciado que la activación de la información contextual que se procesa conjuntamente con el evento objeto de recuerdo, incrementa la cantidad de información correcta que se elicita sobre el mismo sin que, paralelamente, se produzca un aumento en el número de errores. Recientemente, Dando y otros (2009) ante los estudios que mostraban que, regularmente, esta técnica no era utilizada por los agentes policiales encargados de llevar a cabo las entrevistas a los testigos (Clarke y Milne, 2001), o que era empleada de modo inapropiado (v. gr., Clarke y Milne, 2001; Dando, Wilcock y Milne, 2008), desarrollaron una variante denominada “sketch plan mental reinstatement of contetx (sketch MRC)”. Entre sus objetivos principales se persigue que resulte de aplicación más sencilla, y que requiera menos tiempo que la reinstauración de contextos; a su vez, se pretende evitar que el entrevistador introduzca elementos que puedan contaminar la 25 recuperación de la información. Se observó que la cantidad y la exactitud del recuerdo obtenido con este procedimiento eran equivalentes a asl conseguidas a través de la reinstauración mental de contextos original pero, además, se reducía el tiempo de la aplicación. Aunque todavía se encuentra en fase experimental, atendiendo a los resultados encontrados, podría resultar una técnica interesante para incorporar en investigaciones futuras, así como en la práctica forense. c) Recuerdo de los sucesos en una variedad de órdenes temporales distintos. Una vez el entrevistado haya hecho un relato libre de su recuerdo y haya reconstruido mentalmente el contexto del suceso, el entrevistador solicita del sujeto que recuerde el hecho empleando diferentes tipos de orden. Se trata de que el entrevistado narre los hechos siguiendo un orden diferente a cómo se desarrollaron (por ejemplo, desde el final al principio, desde el medio hacia atrás) con la finalidad de recuperar pequeños detalles que pueden haberse perdido cuando el relato se lleva a cabo manteniéndose el orden temporal original. Esta técnica trata de reducir el efecto que los conocimientos previos, las expectativas y los esquemas o guiones producen en el recuerdo, y además puede ser efectiva para obtener detalles adicionales (Memon, Cronin, Eaves y Bull, 1993). En el recuerdo libre, relatan el suceso en el orden natural de ocurrencia lo que podría llevarles a ayudarse de esquemas o guiones para completar este recuerdo de lo sucedido. Así, Geiselman (1987) indicó que aquella información del suceso inconsistente o contradictoria con el esquema del sujeto puede no ser recordada por él. Además, de acuerdo con Bower y Morrow (1990) tendemos a recordar el esquema o modelo mental que nos formamos de un evento más que el evento mismo. En esta línea, Geiselman y Callot (1990) observan que los sujetos que relataban el suceso en orden natural (del inicio al final) y en orden inverso (del final al inicio), recordaban más información correcta que aquellos que relataban el suceso dos veces en orden natural. Esa información adicional es relativa a “información de acción”, que sirve para diferenciar el suceso que realmente ocurrió de otros semejantes. Por otro lado, un valor adicional de esta técnica es que puede resultar útil para el estudio de la credibilidad del testimonio. Así, Vrij, Mann, Fisher, Leal, Milne y Bull 26 (2008) hallaron que las declaraciones falsas realizadas en orden inverso contienen más indicios de engaño que las reales, lo que incrementaba la habilidad de los examinadores para detectar los testimonios falsos. De acuerdo con los autores, este efecto se debe al incremento de la carga cognitiva que implica esta técnica, que sumada a la mayor demanda cognitiva que requiere la tarea de mentir, originan la aparición de un número de indicios propios del engaño superior a cuando el testimonio es prestado en orden cronológico. d) Cambio de perspectiva. La técnica del cambio de perspectiva consiste en solicitar al entrevistado que trate de relatar el suceso desde otras perspectivas diferentes a la suya, es decir, en el caso de que sea un testigo se le anima a que se ponga en el lugar de la víctima, o de otro testigo, o incluso del sospechoso y que relate lo que hubiera visto desde esa perspectiva, si ocupase el lugar de esa persona. Esta técnica se apoya en los estudios de Bower (1967), quien indicó que los sujetos al imaginarse los personajes de una historia, recordaban más detalles propios de la perspectiva del personaje con quien se han identificado, que de otros personajes. En esta línea, Milne y Bull (1999) tomaron un estudio realizado en la década de los setenta (Anderson y Pichert, 1978), en el que se concluye que los sujetos recordaban mucha más información y mayor cantidad de detalles si, además de recordar el hecho desde su perspectiva, lo relataban adoptando la perspectiva de otro testigo. Asimismo, los sujetos manifestaban que recordaban más detalles al asumir otras perspectivas distintas, ya que esta nueva visión les estimulaba la memoria o les daba un pequeño impulso que facilitaba el recuerdo. Los autores de la EC señalan que es necesario tomar precauciones al aplicar esta técnica ya que el entrevistado podría malinterpretar la instrucción de “tomar otro enfoque distinto”, y entender que debe realizar conjeturas o adivinaciones sobre lo que podría observar desde esa visión del suceso, es decir, inventarse lo que estaría sintiendo o viendo. De suceder esto, el testimonio se vería tergiversado; por ello, es necesario dejar muy claro al entrevistado, cuando le demos la instrucción, que no hay que conjeturar ni adivinar. 27 La EC, al margen de estas cuatro técnicas, incluye otra que puede ser de gran ayuda de cara a facilitar el recuerdo de un determinado hecho, los denominados memory jogs o impulsos a la memoria que sirven para recordar un mayor número de detalles referidos a personas (nombres, caras, voces, apariencia, etc.) y objetos (vehículos, matrículas, armas, etc.) Fisher, Geiselman y Raymond (1987) encontraron que la mayoría de las informaciones recordadas por un testigo de un atraco se focalizan en detalles acerca de las acciones que tuvieron lugar, frente a una menor parte de informaciones referidas a las personas implicadas en el suceso. Ede y Shepherd (1997) sostienen que una causa de la dificultad de los testigos para recordar información referente a personas puede deberse a la tendencia a generar una impresión general sobre el acontecimiento, en lugar de imágenes mentales específicas de las personas que allí vieron. Además, la transformación de una imagen mental en palabras resulta complejo, siendo precisa la ayuda del entrevistador para aumentar la concentración del testigo en el proceso. De este modo, el entrevistador puede ayudar la estimulación del recuerdo del testigo sobre las personas a través de la técnica “memory jogs”, formulando preguntas del tipo: - ¿Te recuerda a alguien que conoces? ¿Por qué? ¿Tenía alguna característica especial? - ¿Su modo de vestir recuerda a alguien? ¿Por qué? ¿Qué impresión te generó? - ¿Su voz te recordaba a alguien? ¿Por qué? Concéntrate en tus reacciones a las conversaciones que escuchabas. Milne y Bull (1999) ponen de manifiesto la importancia de preguntar siempre por qué al testigo después de estas cuestiones, dado que el entrevistado, mediante este proceder, aclara las razones que permitirán conducir más correctamente su testimonio. 34 por psicólogos en comparación con agentes policiales, se obtenían mayores tasas de información, sin un incremento en el número de errores. Estos datos evidencian la importancia de la formación y entrenamiento en esta técnica, con el fin de obtener resultados fiables y productivos. Otro procedimiento dirigido a la obtención del testimonio es la Entrevista Estructurada (Yuille y otros, 1993; Farr y Yuille, 1988). Este término se ha aplicado a una amplia variedad de formatos de entrevista, con el objetivo común de estructurar la declaración de los testigos usando una buena técnica de interrogatorio para maximizar el recuerdo y minimizar la contaminación del mismo. Generalmente, su formato es similar al de la EC, pero sin recurrir a las técnicas dirigidas a facilitar el recuerdo. En concreto, la técnica desarrollada por Yuille y su equipo se inicia con una tarea de recuerdo libre equivalente a la de la EC. A continuación, se lleva a cabo un interrogatorio que evoluciona de preguntas abiertas a más cerradas para obtener una declaración más exhaustiva y clarificar partes de la misma. Estas cuestiones deben usar los detalles y la terminología empleada por el entrevistado, para evitar introducir nuevo material que contamine el testimonio. La última fase, consiste en solicitar al entrevistado que relate de nuevo el evento en formato de discurso libre. Cowell y otros (2002) compararon la utilidad de este procedimiento con la EC y con otra técnica de entrevista desarrollada por ellos denominada Entrevista Inferencial (Inferencial Interview) y, posteriormente, Entrevista de Realidad (Reality Interview) (Colwell, Hiscock-Anisman, Memon, Taylor y Prewett, 2007) a la hora de discriminar declaraciones verdaderas de falas. Para tal fin, acompañaban estas técnicas con un estudio de la credibilidad. Se observó que la entrevista estructurada era menos efectiva, aunque las diferencias a nivel estadístico no eran significativas. No obstante, de cara a la aplicación práctica sí debe tenerse presente este resultado. En línea con estos resultados, Köhnken, Schimossek, Aschermann y Hofer (1995) observaron que la EC en comparación con la estructurada, ambas acompañadas por un estudio de la credibilidad del testimonio obtenido, era más efectiva a la hora de determinar la credibilidad de la declaración. Por su parte, Wright y Holliday (2007) estudiaron la calidad y la cantidad de información reportada por tres grupos de edad diferentes (17-31 años; 60-74 años; y 75- 95 años) en función del procedimiento de entrevista empleado (EC, Entrevista estructurada y una variante de la EC en la que se eliminaba la fase de cambio de 35 perspectiva). De los tres procedimientos, la EC era la que ofrecía una mayor exactitud de la información recogida en ambos grupos de edad. Por otro lado, aunque la exactitud de la información decrecía conforme al incremento de edad de los participantes, la EC se reveló como un instrumento útil para recabar información en cualquiera de los grupos estudiados. Se ha comparado, dentro de una muestra de castellano-hablantes, la utilidad de la EC y la entrevista estructurada en cuanto a la cantidad y la exactitud de la información producida por cada uno de ellos (Godoy-Cervera e Higueras, 2008). Los resultados mostraron que la entrevista cognitiva era más eficaz en cuanto que generaba un mayor número de detalles. Evidencias similares fueron encontrados en investigaciones previas (p.e., Davis y otros, 2005; Köhnken y otros, 1995). En relación con la tasa de exactitud, ésta fue muy similar entre ambos tipo de entrevista (90,87% para la EC y 89,16% para la entrevista estructurada). Cabe mencionar que esta superioridad de la EC tiene el valor adicional de que no se acompaña de un aumento en la tasa de errores, resultado que apunta en la dirección de la literatura existente (Davis y otros, 2005; Higueras 2003). En esta línea, Bembibre e Higueras (2009b), nuevamente, hallan una mayor eficacia global de la EC, al producir una mayor cantidad de detalles sin aumentar el número de errores y fabulaciones, en relación con la entrevista estructurada. 1.5. La Entrevista Clínico-Forense. Los instrumentos de medida que se emplean en el contexto clínico se asientan sobre la idea de que nos encontramos ante un paciente. Por ello, el estudio de la simulación carece de interés, ya que el terapeuta confía en los síntomas que relata su paciente, tal como se había mencionado al establecer las principales diferencias entre la entrevista forense y no forense. Por lo tanto, las entrevistas estructuradas o semiestructuradas, los checklist e instrumentos de medida psicométricos no pretenden el control de la simulación, ya que facilitan información acerca del trastorno mental. Las preguntas que componen estos instrumentos ofrecen al evaluado indicios para la selección de los síntomas asociados a un determinado trastorno. Para conseguir la simulación bastaría con que el sujeto tuviese la habilidad suficiente para discriminar entre los ítems pertenecientes a una patología u otra. La literatura existente indica que no existen 36 referencias basadas en la instrumentación clínica que lleguen al diagnóstico de simulación, a la vez que los sujetos son capaces de simular efectivamente una enfermedad y discriminarla de otras (Rogers, 1997). Si bien es cierto que algunos instrumentos psicométricos tienen escalas del control de validez de los datos del registro, no son prueba suficiente para establecer fehacientemente simulación, esencialmente, por tres razones: - El diagnóstico de simulación es compatible con la formulación de otras hipótesis alternativas (Graham, 1992; Roig Fusté, 1993). - No clasifica correctamente a todos los simuladores (Bagby, Buis y Nicholson, 1995). - No proporciona diagnósticos, sino impresiones diagnósticas (Arce y Fariña, 2006a). Existen tres tipos de errores que pueden cometerse si nos basamos exclusivamente en este instrumento: falsos positivos, es decir, considerar simuladores a enfermos reales; errores de omisión, que consistiría en la no detección de sujetos que realmente están simulando, y validar como diagnóstico una impresión diagnóstica. Con el fin de minimizar estas fuentes de error se ha propuesto una estrategia de evaluación multimétodo (Rogers, 1997), donde tiene cabida una entrevista de orden clínico que permita un diagnóstico y sirva de contraste para otros métodos. Así, Arce y Fariña (2003) han concretado lo que denominan como “entrevista de orden clínico en formato de discurso libre”. El proceder consiste en solicitar al sujeto que relate los síntomas, conductas y pensamientos que tiene en el momento presente (esto es, EEAG en el eje V del DSM-IV-TR). En caso de que el sujeto no responda por iniciativa propia se le solicita ese relato mediante la formulación de preguntas abiertas, tomando el esquema del eje V del DSM-IV-TR (American Psychiatric Association, 2002). Por lo tanto, deberán informar sobre: sus relaciones familiares (EEGAR), relaciones sociales (EEASL) y relaciones laborales (EEASL). Adoptando este procedimiento, requerimos al evaluado que realice una tarea de conocimiento de síntomas, mientras que en las entrevistas estructuradas, semi-estructuradas, checklist e instrumentos psicométricos el sujeto lleva a cabo una tarea de reconocimiento de síntomas. Es por ello que la entrevista no es en formato de interrogatorio cerrado, sino que es no directiva y 37 orientada a la reinstauración de contextos. Esto es, llevamos a cabo un procedimiento de entrevista abierta y en formato de discurso libre, continuada de una reinstauración de contextos. Este procedimiento se mostró fiable, válido y productivo en la detección de simulación de un trastorno de estrés postraumático asociado a una falsa agresión sexual o intimidación (Arce, Fariña y Freire, 2002; y Freire, 2000) y en simulación de un trastorno mental no imputable (Arce, Pampillón y Fariña, 2002). La información clínica obtenida debe de ser grabada y, después, se procede al análisis de contenido de la misma. Las categorías de análisis consisten en los síntomas descritos en el DSM-IV-TR. Así, se elabora un sistema categorial mutuamente excluyente, fiable y válido, en lo que Weick (1985) ha denominado sistemas de categorías metódicas. Concretadas unas hojas de registro, se señalan los síntomas detectados en el análisis de contenido de la grabación. Si bien la mayor parte de los síntomas, incluso los más adversos, pueden ser directamente explicitados por los evaluados (Lewis y Saarni, 1993), algunos sólo pueden observarse. Por consiguiente, la detección de las categorías consiste en dos métodos complementarios, no excluyentes: expresión directa del sujeto e inferencias de los codificadores tras el análisis de los protocolos. Por ejemplo, un deterioro de la concentración puede ser manifestado por el sujeto directamente o ser inferido por el evaluador tras el análisis de contenido de la entrevista. 1.6. Algunas consideraciones sobre estos formatos de entrevista. El primer inconveniente de estos procedimientos de obtención de la información es que no pueden ser empleados a menos que exista colaboración por parte del entrevistado. A priori, podría creerse que los simuladores o mentirosos se negasen a colaborar, pero todo indica que suelen adoptar la estrategia de ganarse influencia a través del testimonio (Arce y otros, 2002; Rogers, 1997). En segundo lugar, podría suceder que la declaración no sea lo suficientemente amplia como para ser objeto de análisis. Una tercera limitación es el tiempo que se requiere para realizar exitosamente estos procedimientos. Finalmente, no podemos olvidar que la eficacia de la misma recae en las destrezas del evaluador; es decir, si el entrevistador no procede de un modo adecuado, difícilmente se obtendrá un testimonio aséptico y fructífero. 38 Con anterioridad, habíamos referenciado que la EC produce una mayor cantidad de información que la entrevista estándar. No obstante, existe evidencia de que el empleo de la entrevista cognitiva, bajo determinadas circunstancias, presenta una tendencia de incremento del número de detalles incorrectos, detalles fabulados o ambos, frente a la entrevista estándar. En esta línea, autores como Mantwill y otros (1995) y Köhnken y otros (1999) encontraron diferencias significativas entre la entrevista cognitiva y la estándar en el número de detalles incorrectos y fabulados. Köhnken y otros (1999) en relación con esta evidencia indican que la entrevista cognitiva: a) incrementa significativamente la cantidad de detalles recordados, b) aumenta significativamente, aunque en menor grado, el relato de detalles incorrectos y c) produce tasas de exactitud que son, cuando menos, idénticas a las generadas por la entrevista estándar. Por ello, ante la disyuntiva de si el riesgo a incrementar los errores es un coste aceptable para conseguir más detalles correctos, considera que la decisión está en función del propósito de la entrevista. Así, en los primeros momentos de una investigación policial, el obtener mayor número de detalles correctos puede tener más valor que el riesgo de cometer un mayor número de errores. Si fuesen otras las circunstancias, por ejemplo, cuando la declaración es tomada como prueba, el riesgo puede ser inaceptable. En cualquiera caso, debemos tener presente que este riesgo no es exclusivo de la entrevista cognitiva, ya que la evidencia dada por un testigo presencial jamás se puede esperar que sea plenamente correcta. Otra ventaja de la EC que convendría reseñar es que su empleo no afecta significativamente al uso del CBCA (Análisis de Contenido basado en Criterios); esto es, no afecta a los resultados obtenidos con el análisis de contenido de cara a diferenciar declaraciones verdaderas de falsas, en comparación con la entrevista tradicional, como señalan Köhnken y otros (1995). En una investigación reciente, Godoy-Cevera e Higueras (2008) hallaron resultados en esta línea, al detectar que analizados de forma global los criterios del CBCA no se observaba interacción con la EC, esto es, la EC no influía de forma negativa en la eficacia del CBCA. Aunque se observó que, aisladamente, alguno de los criterios que conforman el CBCA sí presentaba interacción, los efectos negativos de la EC no eran tan relevantes como para desaconsejar su empleo conjuntamente con los criterios del CBCA. Por otro lado, siendo necesaria más investigación al respecto, podría ser que la EC facilitase la distinción entre relatos verdaderos y falsos (Hernández-Fernaud y Alonso-Quecuty, 1997). Así, Colwell y otros 39 (2002) en un estudio en el que comparaban la eficacia de tres formatos de entrevista diferentes, entre los que se incluía la CI, acompañados de un estudio de la credibilidad del testimonio, observaron que la combinación de ambos elementos presentaba una elevada sensibilidad y especificidad a la hora de clasificar las declaraciones como verdaderas o falsas. En concreto, el 92,9% de las declaraciones fueron correctamente clasificadas. En definitiva, tanto la entrevista cognitiva como la entrevista forense se muestran como una alternativa válida y como procedimientos robustos para la obtención de la declaración en los testigos. 40 41 2. DIFERENTES APROXIMACIONES A LA EVALUACIÓN DE LA CREDIBILIDAD DEL TESTIMONIO. 2.1. Introducción. A partir del momento en el que un testigo presta testimonio o realiza una elección en una rueda de identificación, es preciso que se tome una decisión por parte del sistema policial-judicial, que supone una actuación conforme a lo extraído en la declaración o identificación: detener y procesar al sospechoso o dejarlo en libertad. Aquí nos encontramos ante una nueva problemática: ¿qué factores determinan que una declaración sea aceptada o rechazada por aquellos que han de tomar las decisiones?, ¿podría suceder que se creyese una declaración que es falsa, o por el contrario, que se tomase como falsa siendo verdadera? De acuerdo con Alonso-Quecuty (1993b) el testigo aún pretendiendo ser honesto puede cometer errores. Por lo tanto, podría otorgarse una gran credibilidad a la declaración del testigo y, sin embargo, poseer esta poca exactitud. Así, Mira (1989) acude a la calidad de los testimonios, para referirse a un tiempo a la exactitud y a la credibilidad. La exactitud haría referencia a si lo relatado por el testigo ha sucedido exactamente como él dice, y la credibilidad se refiere a si cualquier observador considera que ese testigo o parte de su testimonio le produce confianza y le induce a creer que los hechos sucedieron tal como él declara. De acuerdo con esto, la credibilidad consistiría en la evaluación social de la exactitud. Por lo tanto, podemos entender el estudio de la credibilidad desde dos perspectivas complementarias. Por una parte, la credibilidad dada a un testigo o evaluación social de la exactitud y, por la otra, la evaluación empírica de la exactitud. Otra cuestión de interés vinculada con este planteamiento hace referencia a la confianza del testigo en su testimonio y si esta guarda relación con la exactitud del mismo. Los profesionales del ámbito judicial (jueces, jurados, abogados, policías y fiscales) tienden a creer en la existencia de una relación entre ambas. Sin embargo, mayoritariamente, los expertos de la Psicología del Testimonio refieren que los 42 resultados de la investigación científica sobre esta problemática evidencian que la relación es muy pequeña o incluso nula, aunque algunos resultados sí parecen indicar cierta relación entre la confianza y las respuestas correctas (Luna, 2008). La investigación psicológica sobre el testimonio tiene sus orígenes en las primeras décadas del siglo XX en Europa Central, expandiéndose rápidamente alrededor del mundo (Sporer, 2008) y ha tomado diferentes enfoques, que la literatura, en función del valor y de la relevancia judicial, ha concretado en cuatro aproximaciones: correlatos del comunicador, indicios no verbales, indicios fisiológicos y análisis de la declaración (p. e., Sporer, 1997; Vrij, 2000). 2.2. Correlatos de personalidad del comunicador. Una breve revisión histórica da cuenta de que en la Edad Media las mujeres gallegas no podía testificar ya que se encontraban bajo sospecha de engaño, el cual se justificada en el pecado de Eva. Tan sólo se les permitía testificar en “hechos mujeriles” de escasa trascendencia (p.e., sucesos ocurridos en el río, fuente o molino) (Pallares, 1993). Si bien esta situación ha cambiado a lo largo del tiempo, en la actualidad nos encontramos, asimismo, con situaciones paradójicas. Por ejemplo, en los diferentes estatutos legales se establece la posibilidad de que el acusado mienta en su propio interés. Este hecho lo convierte en menos creíble a los ojos de la ley. Asimismo, los niños tienen poco crédito (Heydon, 1984) debido a la imaginabilidad y sugestión que se cree les acompaña (Bull, 1997). También se asocian a la mentira ciertas características de personalidad como el maquiavelismo (Manstead, Wagner y MacDonald, 1986), la introversión/extroversión (Eysenck, 1984), diversos tipos de patología tales como la psicopatía (Hare, Forth y Hart, 1989), el trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad, el trastorno narcisista de la personalidad, el trastorno histriónico de la personalidad, el trastorno límite de la personalidad (Böhm y Steller, 2008) o la deficiencia mental ligera (Ford, King y Hollander, 1988). 43 2.3. Indicios no verbales y extralingüisticos asociados al engaño. Las expresiones faciales no parecen buenos indicadores debido al grado de consciencia y control que el ser humano tiene sobre ellas. Otros indicios no verbales como el tono de la voz, las dudas o el movimiento corporal son más efectivos para detectar la mentira que las expresiones faciales (Manstead y otros., 1986). Tras una revisión de la literatura (Vrij, 2000; Zuckerman, DePaulo y Rosenthal, 1981) comprobaron que la habilidad en la detección de la mentira oscilaba entre un 45% y un 64% con una mayor efectividad en la detección de la verdad. Incluso, la mentira se detectaba más como verdad que como propia mentira; por lo tanto, en el mejor de los casos, discriminamos ligeramente mejor que el azar (50%). En la tabla 1, que se ofrece a continuación, se presentan las variables no verbales que con mayor frecuencia se asocian al engaño. No obstante, su interpretación es diferente en función de si lo hacemos desde una perspectiva empírica o social (véase Vrij, 2000 para una interpretación social). Tabla 1. Indicios no verbales asociados al engaño. Tomado de Vrij (2000) Características vocales Interpretación - Interrupciones del habla: interjecciones (expresiones como “ah”, “um”) >1 - Errores del habla: repetición de palabras u oraciones, cambio de sentencias, oraciones incompletas, lapsus linguae, etc. >1 - Tono de voz: cambios en el tono de voz, tales como subidas o bajadas > - Tasa del habla: número de palabras habladas en un cierto período de tiempo >1 - Latencia de la respuesta: tiempo de silencio entre la pregunta y la respuesta -- - Frecuencia de las pausas: frecuencia de períodos de silencio durante el habla -- - Duración de las pausas: longitud de los períodos de silencio durante el habla > Características faciales - Mirada: mirar a la cara del interlocutor -- - Sonrisa: sonrisas y risas -- - Parpadeo: parpadeo de los ojos -- 50 grave error, a pesar de que la técnica es fiable como promedio en el 80% de los casos. Por lo tanto, ante los términos maximalistas de la técnica, el gran margen de error y la baja eficacia en diferenciar entre verdaderos culpables y falsos acusados han llevado a que esta prueba usualmente sea inadmisible (Morris, 1994). En nuestro ordenamiento jurídico sería una prueba indiciaria ya que no está recogida como medio de prueba en la LECrim. No obstante, puede resultar de utilidad en la investigación policial. En esta línea, la prueba de conocimiento culpable puede ser interesante en casos en los que existan varios sospechosos con la finalidad de reducir la lista de los mismos, sobre la base de que los elegidos poseen conocimiento culpable, aunque esto no implicaría su culpabilidad (Lykken 1981; Saks y Hastie, 1986). 2.4.2. Potenciales Evocados Relativos a Eventos (PRE) y Tiempos de Reacción (TR). Como alternativa al polígrafo se han propuesto otro tipo de medidas de la actividad fisiológica, como el registro de la actividad cortical a través de los potenciales evocados relativos a eventos (PRE). Esta técnica es a menudo utilizada siguiendo el enfoque del TCC, de modo que se mediría el recuerdo de elementos destacados de una determinada situación que sólo podrían ser conocidos por el culpable, los investigadores o los testigos. Se han encontrado múltiples componentes de los PRE que resultan sensibles al recuerdo de experiencias pasadas, entre ellos la onda P3. Esta onda aparece relativamente rápido tras la presentación de estímulos que han sido especialmente interesantes y puede aparecer incluso ante la ausencia de una respuesta manifiesta del sujeto, siempre y cuando el estímulo sea atendido. En el paradigma de la detección del engaño basado en PRE, usualmente, al evaluado se le presentan tres tipos de ítems (de prueba, relevantes y distractores) de manera intercalada. Los estímulos de prueba y relevantes se presentan infrecuentemente (10-15% de las veces), mientras que los estímulos distractores aparecen de modo frecuente (70-80%). Los estímulos de prueba se refieren a elementos relevantes del crimen que sólo son conocidos por el culpable, los testigos o los investigadores, y deberían provocar una onda P3 más larga debido a que serían reconocidos por los evaluados como raros, distintos y relevantes. Los estímulos relevantes se refieren a 51 cuestiones que son conocidas por todos y deberían provocar una onda P3 más larga por el mismo motivo que los ítems prueba. El uso de ítems relevantes permite, por un lado, controlar que los sujetos están atendiendo a la presentación de los estímulos y, por el otro, posibilitará comparar las ondas P3 que, a la postre, será lo que permita establecer conclusiones en torno a la veracidad. Los ítems distractores no presentan relación relevante con la prueba y se espera que no generen ondas P3 o, en el caso de hacerlo, que éstas sean muy pequeñas. Además, posibilitarán establecer un patrón de PRE de respuestas a estímulos no familiares. Finalmente, la comparación de las PRE ante las tres modalidades de estímulos permitirá determinar si el evaluado posee o no conocimiento culpable. De esta forma, se espera que los sujetos inocentes presenten una actividad similar ante los ítems prueba y distractores debido a que ambos son desconocidos para el evaluado. Por el contrario, en los sujetos con conocimiento culpable las ondas P3, ante los estímulos prueba, se entiende que serán similares a las registradas ante los ítems relevantes, ya que, a diferencia del caso anterior, ambos tipos de ítems son familiares para el sujeto. Algunos autores señalan que este enfoque puede alcanzar niveles de exactitud del 100% (i. e., Farwell y Smith, 2001; Feder, 2001). No obstante, las limitaciones de esta técnica son referidas por un importante número de investigadores (p.e., Meijer, Smulders, MerckelBach y Wolf, 2007; Mertens y Allen, 2008; Rosenfeld, 2005; Rosenfeld, Soskins, Bosh y Ryan, 2004; Zirinsky, 2002). Así, de igual modo que acontecía con el polígrafo (Sierra y otros, 2006), los registros se pueden ver afectados por artimañas de tipo físico o mental que lleve a cabo el sujeto. Rosenfeld y otros (2004) evidenciaron que enseñando a los evaluados a incrementar la importancia de los estímulos distractores mediante artimañas de tipo conductual o psíquico, las diferencias en la amplitud de la onda P3 se veían claramente reducidas, dificultando la determinación del conocimiento culpable del evaluado. Resultados similares fueron encontrados por Mertens y Allen (2008). Además, señalan, de cara a la práctica, que el veredicto de inocente a través de este procedimiento no aporta nada (en su trabajo el numero de culpables clasificados correctamente era siempre inferior al 50%, empleasen o no artimañas) se da tanto entre inocentes como culpables. Sin embargo, el veredicto culpable sí resulta más informativo, debido a que se produce casi exclusivamente entre culpables, es decir, el número de falsos positivos es muy reducido. Con el objetivo de reducir el efecto de estas artimañas, Rosenfeld y otros (2008) desarrollaron un 52 protocolo “Complex Trial Protocol” que pretende ser un método exacto para detectar información oculta a través de la P3, sobre el que continúan investigando e introduciendo mejoras. Continuando con las limitaciones de esta técnica se ha evidenciado, asimismo, que el mero reconocimiento de un ítem relevante, no es condición suficiente para generar una amplitud mayor de la onda P3 (Kubo y Nittono, 2009; Meijer y otros, 2007); que la amplitud de la P3 ante determinados estímulos no sólo depende de las categorías definidas por el evaluador, sino que la percepción del sujeto determina la relevancia del estímulo y, por lo tanto, puede considerar relevantes estímulos que el examinador había definido como irrelevantes (Meijer, Smulders y Wolf, 2009; Rosenfeld, Biroschak, Kleschen y Smith, 2005); o que el tamaño de la amplitud de la P3 puede deberse a otros procesos diferentes del engaño o del mero reconocimiento (Kubo y Nittono, 2009). Otra propuesta existente para analizar si un individuo posee o no conocimiento culpable o información que trata de ocultar, es el estudio de los tiempos de reacción (TR). De modo resumido, el Concealed Information Test (Test de Información Oculta) consiste en registrar los TR ante estímulos de prueba (ítems que incorporan conocimiento culpable o información que es conocida por la persona) y estímulos distractores (información no relevante), descartando aquellas respuestas que se demoren demasiado para controlar que los sujetos no manipulen los resultados. Después, se comparan los registros ante ambos tipos de estímulos para comprobar si existen diferencias. Entre los beneficios que se esgrimen para apoyar su uso en detrimento de otras medidas fisiológicas, está su bajo coste, su sencillez y rapidez. Algunas investigaciones de PRE en las que también se estudiaban los tiempos de reacción detectaron que estos identificaban la información de conocimiento culpable (p.e., Meijer y otros, 2007; Rosenfeld y otros, 2006; Rosenfeld y otros, 2008). Asimismo, se ha encontrado que el análisis a través de los TR, de manera aislada, puede ser altamente válido (Seymur y Kerlin, 2008; Seymur y otros, 2000) y que su poder discriminativo es similar al del polígrafo (Verschuere, Crombez, Degrootte y Rosseel, en prensa). Uno de los principales problemas de esta técnica es que existe una importante disparidad entre los resultados de las investigaciones, resultando complejo la réplica de los mismos (v. gr., Gronau, Ben-Shakhar y Cohen, 2005; Verschuere, Crombez, De Clercq y Koster, 2004). 53 2.4.3. La Imagen por Resonancia Magnética Funcional (IRMf). Al margen de las propuestas presentadas anteriormente, en los últimos años, se han desarrollado un importante número de investigaciones dirigidas al estudio de la actividad cerebral asociada al engaño, mediante la técnica de imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) (p.e., Abe, Suzuki, Mori, Itoh y Fujii, 2007; Kozel y otros, 2004; Lee y otros, 2009; Mohamed y otros, 2006; Spence, Kaylor-Hughes, Farrow y Wilkinson, 2008). No obstante, estos conocimientos y procedimientos, a diferencia del polígrafo que dentro del ámbito anglosajón se emplea en una amplia gama de servicios (Sierra y otros, 2006), todavía están lejos de ser utilizados como sistemas auxiliares en la investigación policial o judicial. A pesar de ello, señalar que, en general, los resultados obtenidos en estas investigaciones muestran patrones de actividad cerebral diferente en función de si la persona es sincera o no en sus respuestas. A continuación, se presentan algunos de los hallazgos obtenidos en este campo de investigación. Así, Spence y otros (2001) hallaron que la mentira estaba asociada con tiempos de respuesta más largos y una mayor actividad en el córtex prefrontal ventrolateral. Otra investigación basándose en el Test de Conocimiento Culpable detectó que las respuestas falsas estaban asociadas con un incremento en la actividad frontal, en el cíngulo anterior y en las regiones parietales (Langleben y otros, 2002). Por su parte, Ganis, Kosslyn, Stose, Thompsom y Yurgelun-Todd (2003) observaron, además de diferentes patrones de actividad neuronal en función de si la mentira era espontánea o previamente preparada, que el mentir en relación con narrar la verdad, correlacionaba con una mayor activación en la corteza prefrontal anterior, en el giro parahipocampal, precuneus derecho y el cerebelo izquierdo. Posteriormente, Kozel y otros (2004) revelaron que el córtex órbitofrontal y el cíngulo anterior presentaban una activación significativa durante el engaño. Davatzikos y otros (2005) usaron un método de clasificación de patrones de actividad cerebral asociados con la verdad y la mentira. En la investigación participaron 22 sujetos, el 99% de las respuestas verdaderas y falsas fueron clasificadas correctamente. Estos resultados llevaron a los autores a plantear que 54 la IRMf puede tener un importante papel en el estudio del engaño. Otro estudio, mediante la tomografía por emisión de positrones, evidenció que la corteza prefrontal medial y lateral presenta una actividad general en el engaño, mientras que el córtex cingulado anterior presentaría una actividad más específica (Abe y otros, 2006). Por su parte, Mohamed y otros (2006) estudiaron la actividad neuronal que correlacionaba con la mentira y la verdad a través de la IRMf, a la vez que llevaban a cabo una evaluación con el polígrafo. Observaron que la mentira generaba activación en el lóbulo frontal inferior y medial izquierdo, en el hipocampo derecho, en el giro temporal medio derecho, en el giro lingual izquierdo, en el cíngulo anterior, en el giro fusiforme derecho y en la ínsula sublobar derecha. Por otro lado, la verdad mostraba correlatos de actividad en el giro subcallosal izquierdo, en el núcleo lentiforme y en el giro temporal inferior izquierdo. Además, el polígrafo presentó una exactitud del 92% a la hora de detectar los participantes mentirosos y del 70% para los sujetos que relataban la verdad. Más recientemente, Abe y otros (2008) detectaron diferencias en la actividad cerebral entre la mentira intencionada y las falsas memorias. En la misma línea, Lee y otros (2009) encontraron que la actividad neural era distinta para los errores intencionados de memoria (p.e., intento de fingir un daño) y para los errores involuntarios. En las respuestas falseadas intencionadamente se detectó una activación significativa en el córtex prefrontal ventrolateral, en la región cingulada posterior y en la zona medial de la corteza parietal superior; mientras que los errores involuntarios no generaron una activación significativa. De acuerdo con los autores, fingir daños en la memoria presenta, además de una mayor demanda cognitiva, procesos cognitivos diferentes. De acuerdo con la mayoría de los resultados encontrados mediante estudios con IRMf, se puede señalar que el engaño está asociado con actividad en las regiones prefrontales (Lee y otros, 2009) y, más concretamente, con la función ejecutiva prefrontal (Spence y otros, 2008). En suma, nos encontramos ante un campo de investigación todavía muy reciente, pero que puede ofrecer resultados interesantes de cara al futuro. No obstante, las mismas limitaciones atribuidas anteriormente al polígrafo, pueden ser aplicadas a este tipo de procedimientos (Sierra y otros, 2006), además de ser una técnica costosa, incómoda y que suscita una fuerte controversia (Vul, Harris, Winkielman y Plasher, 2009) lo que hace improbable su aplicación en un corto período de tiempo (Rosenfeld, 2009). 55 2.5. Análisis de contenido de la declaración. Esta aproximación mantiene que el contenido de un mensaje en sí mismo presenta indicios que nos ayudan a desvelar su veracidad o falsedad. Por consiguiente, su relevancia en el ámbito forense es de suma trascendencia, dado que nos posibilitaría elaborar un instrumento de medida con capacidad para evaluar empírica y objetivamente la validez de una declaración sin entrar a evaluar la persona que declara, pudiendo efectuarse el análisis sin la presencia física del testigo. Aunque tal objetivo está aún lejos de conseguirse, contamos con instrumentos lo suficientemente refinados como para ser utilizados exitosamente en determinados casos. Así, tenemos como instrumentos más prometedores: el Análisis de Contenido Basado en Criterios (Criteria Based Content Análisis, CBCA, Steller y Köhnken, 1994), el Control de la Realidad (Reality Monitoring, RM, Johnson y Raye, 1981), el S.R.A. (Undeutsch, 1967) y el SVA (utilizado por diversos autores y que puede verse en Steller, 1989; Steller y Boychuck, 1992). En un último apartado, también, se introducirán otros procedimientos, basados en indicios verbales para la distinción de verdad y mentira. 2.5.1. Control de la realidad (Reality Monitoring, RM). Johnson y Raye (1981) establecieron un marco de referencia para entender cómo pueden discriminarse los sucesos percibidos o externos de los imaginados o internos. Consideran que las memorias varían en una serie de rasgos, aquellas que tienen un origen externo, es decir, que se fundamentan en la observación de un suceso, poseen más información sensorial, mayor número de detalles contextuales y menos referencias a procesos cognitivos que aquellas otras que son de origen interno, esto es, imaginadas. El proceso de discriminación entre recuerdos de origen externo y recuerdos de origen interno recibió el nombre de control de la realidad (Reality Monitoring). A 56 continuación, se presenta la estructura que resume el modelo de Control de la Realidad propuesto por Johnson y Raye (1981): g) Tipos de atributos que pueden formar parte de los recuerdos · Contextuales · Sensoriales · Operaciones cognitivas h) Dimensiones que generalmente diferencian los recuerdos según su origen · Origen externo: más atributos contextuales (espacio-temporales) y sensoriales (sonidos, olores, etc.) · Origen interno: más información sobre operaciones cognitivas, esto es, información idiosincrásica (por ejemplo, yo pensé, recuerdo ver, me sentía nervioso, etc.) Alonso-Quecuty (1995), pionera en la aplicación de este modelo al estudio de la veracidad/falsedad de las declaraciones, llevó a cabo varias investigaciones en el campo de la mentira con los criterios del modelo. Estudió los efectos del tiempo, contexto experimental, tipo de crimen, grado de involucración, edad y tipo de declaración, sobre las predicciones del modelo, demostrando la efectividad de los modelos. Sin embargo, encontró que si los sujetos tenían tiempo para desarrollar la declaración falsa, tan sólo se cumplía el criterio de que la información idiosincrásica es mayor que en las declaraciones verdaderas; a la vez, se producía una inversión de los otros criterios, esto es, nos encontraríamos con testimonios falsos que tienen, también, mayor información sensorial y contextual. Por consiguiente, la declaración debe de ser obtenida lo más contigua posible a la ocurrencia de los hechos. Por otro lado, no conviene olvidar que la secuencia de las declaraciones “contamina” los trazos de memoria percibidos con elementos imaginados por el sujeto, es decir, de origen interno (Manzanero y Diges, 1994). Si normalmente el procedimiento habitual de validación del origen de los atributos de memoria consiste en el contraste de los resultados de la declaración con los criterios del modelo, también podría realizarse a través de un proceso de razonamiento que implica el análisis de las características cualitativas del trazo, las características de los trazos relacionados, y las suposiciones mnésicas. Que se proceda con un mecanismo 57 u otro, va a depender de factores tales como el tiempo, los diferentes tipos de información disponible, los cotos de los posibles errores, etc. Resulta necesario, asimismo, ejercer control sobre las fuentes de error, es decir, si el trazo no es típico de su clase, las características de trazos incorrectos semejantes y los fallos en el proceso de razonamiento. Por su parte, Sporer (1997) incrementó la lista de criterios a ocho: a) Claridad (viveza en vez de vaguedad). b) Información perceptual (información sensorial tal como sonidos, gustos o detalles visuales). c) Información espacial (lugares, ubicaciones). d) Información temporal (ubicación del evento en el tiempo, descripción de secuencias de eventos). e) Afecto (expresión de emociones y sentimientos durante el evento). f) Reconstrucción de la historia (plausibilidad de reconstrucción del evento tras la información dada). g) Realismo (plausibilidad, realismo y sentido de la historia). h) Operaciones cognitivas (descripción de inferencias hechas por otros durante el evento). Los siete primeros criterios se considera que caracterizarían a las declaraciones verdaderas, mientras que el octavo estaría vinculado con declaraciones falsas. Esta nueva categorización resulta más efectiva que las anteriores (Arce y Fariña, 2006a). 2.5.2. Análisis de la Realidad de las Declaraciones (Statement Reality Analysis, SRA). Durante la década de los treinta en Alemania, la literatura jurídica y psicológica mencionó una serie de características vinculadas con el contenido de las declaraciones que funcionaban como indicadores de veracidad o falsedad (Köhnken, 1999). Sin embargo, las primeras formulaciones que ofrecieron unos sistemas de análisis de la declaración precisos y semi-objetivos, bajo el etiquetamiento genérico de “criterios de 58 realidad”, no aparecieron hasta la década de los sesenta y setenta (p.e., Arntzen, 1970; Undeutsch, 1967, 1988). Undeutsch fue el iniciador de la investigación en este campo, así en 1967 estableció el primer compendio homogéneo y amplio de los criterios de realidad aplicables a declaraciones de menores víctimas de abusos sexuales, el Análisis de Realidad de las declaraciones (Statement Reality Analysis; SRA). El supuesto teórico subyacente al análisis de declaraciones basado en criterios de realidad, la hipótesis Undeutsch, establece que las declaraciones que tienen su fundamento en la observación de hechos reales se diferencian cualitativamente de las declaraciones que no se basan en la experiencia directa y cuyo génesis es la fantasía o inventiva del sujeto. Por lo tanto, los criterios de realidad reflejarían las características específicas que diferenciarían los testimonios verdaderos de los inventados. Sin embargo, no explicó el motivo de la inclusión de estos criterios ni presentó apoyo empírico alguno. De hecho, su validez y fiabilidad no han sido estudiadas experimentalmente; el autor estima que está avalado por cuarenta años de uso en la práctica forense (Bembibre e Higueras, 2010). El SRA tiene como punto de partida el estudio del sumario al completo, lo que supone el conocimiento completo de las declaraciones del menor (a la policía, al juez, etc.), de otros testigos y del agresor. A continuación se realiza una entrevista en formato de recuerdo libre conjuntamente con preguntas, en un clima óptimo que favorezca una declaración completa que ha de ser grabada. Una vez hayamos obtenido la declaración, procedemos a su análisis de la realidad empleando los criterios que aparecen a continuación: Criterios derivados de la declaración. a) Criterios generales, fundamentales. - Anclaje, fijación espacio-temporal (concreción de la acción en un espacio y tiempo). - Concreción (claridad, viveza). - Riqueza de detalles (gran cantidad de detalles en la narración). - Originalidad de las narraciones (frente a estereotipos o clichés). - Consistencia interna (coherencia lógica y psicológica). - Mención de detalles específicos de un tipo concreto de agresión sexual. 59 b) Manifestaciones especiales de los criterios anteriores. - Referencia a detalles que exceden la capacidad del testigo (que van más allá de su imaginación o capacidad de comprensión). - Referencia a experiencias subjetivas: sentimientos, emociones, pensamientos, miedos, etc. - Mención a imprevistos o complicaciones inesperadas. - Correcciones espontáneas, especificaciones y complementaciones durante la declaración. - Auto desaprobación (declaración en contra de su interés). c) Criterios negativos o de control: - Carencia de consistencia interna (contradicciones). - Carencia de consistencia con las leyes de la naturaleza o científicas. - Carencia de consistencia externa (discrepancia con otros hechos incontrovertibles). Criterios derivados de las secuencias de declaraciones. a) Carencia de persistencia (estabilidad en el tiempo y contextos). b) Declaración inconsistente con la anterior. Como se puede apreciar, las tres primeras agrupaciones de criterios se aplicarían sobre una única declaración, mientras que el último criterio se vincularía con más de una declaración. Por lo tanto, no se analizan las declaraciones de manera independiente, sino que a la vez se estudia la relación entre ellas, a través de este último bloque de criterios. Los dos primeros factores se vinculan positivamente con la veracidad, o lo que es lo mismo, su presencia indica que la declaración es verdadera, aunque su ausencia no supone la falsedad de la misma. Por otro lado, la presencia de los criterios de control y de consistencia restaría valor de verdad a la declaración. En cualquier caso, 66 estos resultados a factores motivacionales, a la escolaridad, al desarrollo evolutivo y, a características individuales de personalidad y memoria, señalando que pueden ser factores que intervienen en las puntuaciones obtenidas en el CBCA. Al margen de esta serie de factores mediadores que parecen afectar a la eficacia del CBCA, Vrij y Akehurst (1998) en una revisión de la literatura experimental, hallaron un valor predictivo del SVA/CBCA que oscilaba entre el 65 y el 85%, además de una efectividad mayor en la detección de declaraciones verdaderas que falsas. Sin embargo, en los estudios de campo alcanza un valor de clasificación correcta del 100%. Por lo tanto, parece que en las actuaciones reales el valor discriminativo es mayor que en las simulaciones. De acuerdo con Fariña, Arce y Real (1994) esa capacidad predictiva diferencial podría deberse a la distinta ansiedad situacional entre ambos contextos, a la falta de empatía, a los intentos de respuestas a las demandas del experimentador y a la falta de implicación en los sujetos que responden en una tarea de laboratorio. Con el objetivo de poder generalizar al contexto real los datos experimentales, Raskin y Esplin (1991) recomiendan llevar a cabo estudios con el SVA en los que exista un alto grado de implicación, un elemento de pérdida de control, y que presenten connotaciones negativas para el participante. Teniendo en cuenta que estas premisas no se cumplen en los estudios experimentales, el contexto en el que se obtienen los datos podría ser el responsable de las discrepancias existentes en la literatura. En cualquier caso, lo que parece evidenciarse es la superioridad del sistema en el contexto real. En esta línea, destacan los datos hallados en un estudio de Esplin, Boychuk y Raskin (1988), en el cual se puso a prueba el valor discriminativo de los distintos criterios del CBCA, a través de un análisis de contenido de 20 agresiones sexuales confirmadas (confesión del acusado o evidencia de la agresión) y no confirmadas (falsas). Hasta siete categorías aparecían en el 100% de los casos confirmados: estructura lógica, cantidad de detalles, engranaje contextual, descripción de interacciones, detalles superfluos, correcciones espontáneas y detalles característicos de la ofensa. De los resultados, podemos inferir el peso de cada categoría y de la importancia de no basarnos en categorías aisladas, sino que se trata de una impresión global en la que, al menos, deben presentarse unas siete categorías de contenido diferentes para estimar la veracidad. Aunque, no debemos olvidar que la ausencia de los criterios no supone ausencia de veracidad. Una revisión ulterior (Vrij, 2000) informó de tasas de exactitud del 68% y del 76% en la clasificación de testimonios falsos y reales, respectivamente. Estudios posteriores 67 a esta revisión ofrecen tasas de exactitud incluso superiores (p.e., Parker y Brown, 2000; Tye y otros, 1999). Más recientemente, de acuerdo con Vrij (2008), la investigación sobre el CBCA refiere tasas de exactitud del 70,81% y del 70,47% para las declaraciones verdaderas y falsas, respectivamente. Por su parte, Bensi y otros (2009) señalan como posible explicación, de parte de las discrepancias encontradas entre los diferentes estudios, el procedimiento metodológico empleado en los mismos. Generalmente, las investigaciones recurren a diseños inter-sujeto comparando un grupo que relata la verdad con otro que presta un testimonio falso. Los resultados extraídos pueden verse afectados por las diferencias individuales relativas a la conducta de engaño, ya que no son controladas por estos diseños. Una estrategia posible para controlar estos factores podría ser la utilización de diseños intra-sujeto, en los cuales se compara el rendimiento del participante en una tarea de mentira y otra de verdad. Los resultados de su investigación reforzaron este planteamiento, observándose más cambios en el comportamiento verbal entre relatos verdaderos y falsos cuando se recurría a diseños intra-sujeto (Bensi y otros, 2009). A pesar de las limitaciones que pueda presentar el CBCA, son muchos los estudios que evidencian la presencia de más criterios en las declaraciones de eventos verdaderos que falsos. En una amplia revisión de 37 estudios sobre el CBCA (Vrij, 2005) se evidenció que el 92% de los trabajos verificaban esta hipótesis. Asimismo, estudios posteriores van en esta misma dirección (i. e., Bensi y otros, 2009; Godoy-Cervera e Higueras, 2008; Lee y otros, 2008). Por otro lado, tanto la revisión e Vrij (2005) como estos estudios (Bensi y otros, 2009; Godoy-Cervera e Higueras, 2008; Lee y otros, 2008) lo que sí señalan es que no todos los criterios son igual de efectivos, a la hora de discriminar entre declaraciones verdaderas y falsas. Así, Vrij (2005) refiere que el criterio 3 (cantidad de detalle) es confirmado como el más efectivo, en el 80 % de los estudios las declaraciones reales presentaban más detalles que las falsas. De modo similar, el 69% de las investigaciones coincidían en presentar como criterios efectivos la elaboración inestructurada (criterio 2), el engranaje contextual (criterio 4) y la reproducción de conversaciones (criterio 6). En esta línea, Lee y otros (2008), en una investigación con reclusos y en sintonía con el trabajo de Vrij (2005), detectaron que los indicadores cognitivos del CBCA parecen discriminar mejor que los motivacionales entre declaraciones reales y falsas; en concreto, los criterios de engranaje contextual, reproducción de conversaciones, 68 complicaciones inesperadas y atribución del estado mental del autor del delito presentaban una mayor frecuencia dentro de las declaraciones reales. En otro estudio reactual (Bensi y otros, 2009) se ha establecido, en base a sus resultados, un perfil de testigo verdadero, que se caracterizaría por descripciones del evento claras y detalladas, con especial atención a las personas y objetos presentes en el contexto; presencia de detalles superfluos en el relato; y admisiones de falta de memoria. En el contexto del Estado Español, un estudio reciente de Godoy-Cervera e Higueras (2008) con adultos puso de manifiesto que los criterios que discriminaban significativamente entre ambos tipos de declaraciones fueron: elaboración inestructurada, cantidad de detalles, reproducción de conversaciones, complicaciones inesperadas durante el incidente, detalles inusuales y detalles superfluos. Otra cuestión de relevancia, en relación con el CBCA, la plantean Blandón-Gitlin, Pezdek, Lindsay y Hagen (2009), quienes sugieren que la capacidad del CBCA para discriminar entre testimonios de eventos reales y eventos falsos que el declarante cree reales puede presentar problemas en la práctica forense. Existe evidencia que apoya la efectividad de los criterios del CBCA para discriminar entre ambos testimonios (p.e., Erdmann, Volbert y Bohm, 2004; Porter, Yuille y Lehman, 1999). Sin embargo, el proceso constructivo de las falsas memorias (Pezdek, Finger y Hodge, 1997) puede llevar a que estas sean especialmente ricas, completas y aparentemente reales. Blandón- Gitlin y otros (2009) observaron que el poder discriminativo del CBCA era bajo para los eventos falsos que el declarante asimilaba como reales y sobre los cuales había formado una memoria completa del evento, aunque sí discriminaba en aquellos casos en los que la memoria del evento era parcial. De acuerdo con Blandon-Gitlin y otros (2009): […], los individuos que creen haber experimentado un evento sugestivo, es más probable que sus declaraciones aparentes reales y que, por ello, sean clasificadas como reales por el CBCA. Aunque esto no es un fracaso del CBCA en sí mismo, ya que su principal objetivo es discriminar entre quién dice la verdad y quién miente”. (p. 916). Por otro lado, detectaron diferencias en las puntuaciones del CBCA entre declaraciones reales y declaraciones falseadas deliberadamente, resultando la categoría características generales la de mayor sensibilidad a la hora de discriminar entre ambas. 69 A modo de resumen, para terminar con este apartado dedicado al CBCA, señalar que, a pesar de las limitaciones que presenta el procedimiento tales como las variables que median en sus resultados, un importante número de estudios sugieren un nada desdeñable potencial para discriminar entre declaraciones reales y fabricadas. Asimismo, es aconsejable seguir investigando sobre el mismo, con el objetivo de continuar esclareciendo, por ejemplo, en qué contextos o bajo qué circunstancias su valor discriminativo es mayor, o cuáles de sus criterios discriminan significativamente entre testimonios verdaderos y falsos. Reality Monitoring (RM) Schooler, Gerhard y Loftus (1986) realizaron un estudio en el que pusieron a prueba el RM, encontrando que en las historias reales, con relación a las falsas, había menos referencias a procesos cognitivos, autorreferencias y palabras, y más referencias a los atributos del estímulo (espacio, tiempo, sonidos, etc.). Sin embargo, tal y como se había mencionado con anterioridad, los resultados parecen cambiar de dirección si los sujetos cuentan con tiempo para preparar la mentira. En esta línea, Alonso-Quecuty (1995) halló resultados similares, pero pasada una semana del suceso, aparecía en las declaraciones verdaderas mayor cantidad de información idiosincrásica, y en las falsas más del tipo contextual y sensorial. Por otro lado, los estudios de contraste de la capacidad predictiva del RM, evidencian un valor predictivo ligeramente menor que el CBCA (Vrij, 2000). Asimismo, Arce, Fariña y Freire (2002) encontraron que los criterios del RM resultaban más robustos a la introducción de información extralegal en casos de no agresiones sexuales que los del CBCA, o lo que es lo mismo, son más fiables en contextos diferentes al de la agresión sexual. De modo similar al CBCA, los resultados del RM se ven afectados por la edad de los evaluados, conforme se avanza en años, hasta llegar a la adultez, el número de criterios se incrementa (Roberts y Lamb, 2009; Vrij y otros, 2004). Masip, Sporer, Garrido y Herrero (2005) tras una revisión de las investigaciones llevadas a cabo con el RM en varios países, informaron que eran pocos los criterios que discriminaban significativamente entre los diferentes estudios. Sin embargo, sugieren que estos datos contradictorios pueden deberse a los diferentes procedimientos de investigación empleados en cada uno de los trabajos. De hecho, los estudios más 70 recientes ofrecen resultados prometedores, alcanzándose una capacidad de discriminación superior al nivel de azar y unas tasas de exactitud similares a las conseguidas con el CBCA. En una revisión posterior de 29 estudios (Vrij, 2008) se observó que, de acuerdo a los principios teóricos que subyacen al RM, los testimonios verdaderos contienen más información sensorial y contextual que los falsos. No obstante, se obtuvieron resultados inconclusos en relación con la información afectiva y las operaciones cognitivas. Además, se examinaron 10 estudios de cara a comprobar la capacidad de clasificación del RM, detectándose una clasificación correcta del 71,70% de los sujetos con testimonio verdadero y del 66,10% para los relatos falsos. En esta dirección, los resultados de Blandón-Gitlin y otros (2009) constataron que las declaraciones de eventos reales presentaban más criterios del RM, de acuerdo a los introducidos por Sporer (1997), que las declaraciones de eventos falsos. En concreto, las declaraciones reales se caracterizaban por mayor claridad, más cantidad de información afectiva, perceptiva y espacial, y eran más fácilmente reconstruibles que las falsas. De modo similar, Gnisci, Caso y Vrij (en prensa) verificaron que se puede discriminar entre testimonios verdaderos y falsos a través del RM. Así, los testimonios reales incluyen más información visual, auditiva y detalles espaciales que los falsos, a la vez que presentan menor número de operaciones cognitivas. Por otro lado, algunas investigaciones atribuyen un mayor poder de discriminación al RM en relación con el CBCA (p. e., Granhag, Strömwall y Landström, 2006; Strömwall, Granhag y Hartwing, 2004; Strömwall, Bengtsson, Leander y Granhag, 2004; Vrij y otros, 2004; Vrij, Mann y Kristen, 2007). Sin embargo, otros estudios ofrecen resultados en la dirección opuesta (v. gr., Santtila, Roppola y Nieme, 1999; Vrij, 2000; Vrij, Edward, Roberts y Bull, 2000). Aún es más, se aconseja el empleo de criterios de esta técnica conjuntamente con el CBCA. Así, Vrij y otros (2004) observaron que realizar el análisis de la declaración a través del CBCA, incorporando el criterio “operaciones cognitivas” del RM, incrementaba las tasas de exactitud. Éste es un criterio de mentira que, a diferencia de los CBCA, que son todos de verdad, se espera esté presente en mayor medida en las declaraciones falsas. En resumen, a pesar de las discrepancias existentes en los estudios, de igual modo que acontecía con el CBCA, una gran cantidad de trabajos confirma que existen diferencias entre las declaraciones reales y las falsas en los criterios del RM. Por lo 71 tanto, la propia investigación será la que haya de continuar arrojando luz sobre en qué contextos y bajo qué circunstancias de la práctica real forense se maximiza la efectividad de estos sistemas de análisis. Otros métodos basados en el análisis de contenido. Colwell y otros (2007) encontraron evidencia científica que muestra un buen funcionamiento del ACID. En su trabajo, observaron que el procedimiento clasificaba correctamente 33 de 38 casos analizados (86,84%). Sin embargo, todavía se requiere desarrollar más investigación sobre el mismo para determinar su utilidad en la práctica forense. Por otro lado, en relación con el análisis de contenido científico (SCAN), que aunque se denomine científico, se fundamente exclusivamente en la intuición del evaluador (Sapir, 1987), se evidenció que la aproximación de la diversidad léxica no diferenciaba entre la verdad y la mentira (Porter y Yuille, 1996). 2.5.7. Una aproximación integradora: el Sistema de Evaluación Global (SEG). Arce y Fariña (2009) han desarrollado y validado un protocolo psicológico forense, el Sistema de Evaluación Global (SEG), que tiene como propósito evaluar la credibilidad del testimonio y la huella psíquica controlando, asimismo, una potencial simulación. El SEG se estructura en torno a diez fases que se enumeran y describen a continuación: obtención de la declaración, repetición de la declaración, estudio de la motivación, análisis de la validez de las declaraciones, análisis de la realidad de las declaraciones, medida de las consecuencias clínicas del hecho traumático, análisis de la fiabilidad de las medidas, evaluación de la declaración de los actores implicados, análisis de las características psicológicas de los actores implicados y, finalmente, implicaciones para la presentación del informe (Arce y Fariña, 2009). Por otro lado, señalar que, aunque puede ser aplicado en una amplia gama de tipos delictivos, la versión que se presentará a continuación, está diseñada de manera concreta para ser aplicada en casos de violencia de género. 72 a. Obtención de la declaración. La declaración de las partes implicadas constituyen el primer material de trabajo. Para ello, se aplica el procedimiento de obtención de la información que mejor se ajuste al evaluado, ya sea la entrevista cognitiva o aquellos formatos existentes para casos especiales (menores o discapacitados). b. Repetición de la obtención de la declaración. De limitarse a una única declaración no se podrá llevar a cabo un análisis de la consistencia de la misma en el tiempo. Además, obtener nuevamente la declaración no tiene por qué contaminar los datos procedentes de una entrevista no viciada externamente (v. gr., Campos y Alonso-Quecuty, 1999), si el protocolo de obtención es el adecuado. Así, en la primera entrevista se procede solamente con la reinstauración de contextos, el recuerdo libre, el cambio de perspectiva y el recuerdo en orden inverso, dejando el interrogatorio para la segunda medida, con el objetivo de no contaminar el recuerdo del suceso. De la segunda declaración se obtiene un análisis de la consistencia que, siguiendo la hipótesis Undetsch (1967), debe entenderse en función de la centralidad-periferia del material que entra en contradicción. Por lo tanto, la contradicción sería relevante en la medida en que afecta a detalles centrales para la acción de juicio. En el caso de que existiese inconsistencia en información periférica u omisión de cierta información, sólo tendría importancia si fuese trascendente para la construcción de un evento verdadero. Con el objetivo de dar entrada a las interferencias (teoría de la interferencia del olvido), a la aparición de nueva información (hipótesis constructiva del olvido) y a la curva del olvido, el tiempo entre ambas entrevistas ha de ser superior a la semana, pero no mucho más allá. En este punto se plantean tres hipótesis básicas. En primer lugar, al tratarse de un evento vital estresante el efecto del desuso será menor (en cuanto al testimonio de víctima y agresor, y contiguo a los hechos). En segundo lugar, se plantea una teoría de racionalidad por parte del mentiroso que se materializa en que la mentira es planificada, aprendida y, por consiguiente, consistente en el tiempo, no viéndose afectada por interferencias e información post-suceso (hipótesis constructiva). Para tal fin, es necesario que la declaración sea obtenida en formato de recuerdo libre, ya que el empleo del interrogatorio podría dar lugar a la entrada de información postsuceso que se acomodaría a la nueva reconstrucción. En tercer lugar, una persona que dice la verdad relata imágenes provocando que la narración de los hechos, aún 73 siendo muy semejante, presente una construcción diferente, al no responder a esquemas episódicos. Por lo tanto, en formato de recuerdo libre, la declaración verdadera se caracterizará por ser menos consistente y la narración será significativamente distinta tanto en su recuperación como en su contenido aunque el evento siga siendo el mismo (p.e. omisiones, inconsistencia en información periférica, recuperación de nueva información de escasa relevancia para los hechos, aparición de sucesos diferentes a los hechos pero que guardan relación con los mismos). Frente a esto, el sujeto que miente relata una historia aprendida, sirviéndose de un esquema, lo que lo llevará a repetir básicamente lo mismo en las dos declaraciones. c. Estudio de la motivación. Consiste en la realización de tres pasos: contraste de las declaraciones hechas a lo largo del sumario; análisis del contexto en el que se presenta la denuncia, y estudio de los motivos/intereses para denunciar falsamente. De este modo, es necesario recabar todas las declaraciones que se han realizado a lo largo del proceso judicial. Sin embargo, es necesario tener presente que su valor es relativo. Muchas de ellas no reflejan con exactitud el testimonio de los implicados, ya que son transcripciones de lo que han manifestado. Asimismo, el tipo de interrogatorio puede haber afectado la respuesta. Así, no es difícil que en los interrogatorios a menores aparezcan expresiones y conceptos que preguntando al menor no sabe qué son. Por consiguiente, la falta de consistencia entre las declaraciones recabadas a lo largo del sumario, con las obtenidas por los peritos tiene un valor muy relativo. De ser así, debe explicitarse que esta inconsistencia no es trascendente para el análisis de la plausibilidad de la declaración. Además, debe tenerse presente que, como señalan Arce y Fariña (2009) en base a su experiencia, las denunciantes no refieren todos los hechos objeto de la denuncia. En relación con el estudio del contexto, en el que se produce la denuncia, señalar que puede aportar conocimientos relevantes acerca de la motivación que subyace a la denuncia. Por ejemplo, aquellas situaciones de separación/divorcio, en las que está en juego la custodia de los hijos, son propicias para denuncias falsas o infundadas (Mikkelsen, Guthel y Emens, 1992). Asimismo, el perito ha de considerar cualquiera presión o interés para presentar una denuncia falsa. 74 Por último, conviene señalar que la motivación no es criterio para la refutación de la prueba, sino para la justificación de posibles inconsistencias y para que el perito adquiera conocimientos para la defensa de la pericial (Arce y Fariña, 2009). d. Análisis de validez de las declaraciones. Antes de proceder con el estudio de la credibilidad de la declaración, se ha de determinar si es prueba suficiente. Para ello, el forense ha de plantearse dos cuestiones: ¿la declaración supera la capacidad de memoria del testigo? y ¿Contiene toda la información necesaria de los hechos? De este modo, la declaración ha de superar la capacidad de memoria del testigo para garantizar que éste no la ha aprendido de memoria y contener un evento narrativo completo de los hechos. Por otro lado, la declaración ha de ser prueba válida, ya que de lo contrario no podría ser sometida a un análisis de contenido. Para evaluar la validez de una declaración se ha de estudiar la consistencia interna, la consistencia externa, la consistencia entre declaraciones, la persistencia de las declaraciones y la consistencia con las leyes científicas y de la naturaleza. e. Análisis de la realidad de las declaraciones. Arce y Fariña (2009) proponen, para analizar la credibilidad de la declaración, un sistema combinado de las categorías de realidad pertenecientes a las técnicas de análisis de contenido presentadas previamente (CBCA, RM, SRA). Así, el resultado de esta combinación se compone de 23 categorías, prestadas a continuación: CARACTERÍSTICAS GENERALES. Los criterios aquí englobados se refieren a la declaración tomada en su totalidad. 1.- Estructura lógica. 2.- Elaboración inestructurada. 3.- Cantidad de detalles. 4.- Concreción (SRA). CONTENIDOS ESPECÍFICOS. Se avalúan partes específicas del testimonio referidas a la presencia o fuerza de ciertos tipos de descripciones. 5.- Engranaje contextual. 6.- Descripción de interacciones. 7.- Reproducción de conversación. 8.- Complicaciones inesperadas durante el incidente. 75 9.- Información perceptual (RM). 10.- Operaciones cognitivas (RM, codificación inversa) PECULIARIDADES DEL CONTENIDO. Se incluyen aquí aquellas características de una declaración que aumentan su concreción o viveza. 11.- Detalles inusuales. 12.- Detalles superfluos. 13.- Incomprensión de detalles relatados con precisión. 14.- Originalidad de las expresiones. 15.- Asociaciones externas relacionadas. 16.- Relatos del estado mental subjetivo. 17.- Atribución del estado mental del autor del delito. CONTENIDOS REFERENTES A LA MOTIVACIÓN. Estos criterios desvelan la motivación del testigo para hacer la declaración. 18.- Correcciones espontáneas. 19.- Admisión de falta de memoria. 20.- Plantear dudas sobre el propio testimonio. 21.- Auto-desaprobación. 22.- Perdón al autor del delito. ELEMENTOS ESPECÍFICOS DE LA AGRESIÓN. Elementos del testimonio que no se relacionan con la viveza general de la declaración, sino con el crimen. 23.- Detalles característicos de la agresión. En relación con los criterios propios de violencia de género señalan los siguientes (Arce y Fariña, 2009): 1.- Síntomas clínicos no accesibles a la simulación 2.- Justificación de la agresión. 3.- Intento de ocultar hechos que agravan la agresión. 4.- Comportamiento protector del agresor. 5.- Exculpación del agresor. 6.- Medida educativa o represora del agresor. 7.- Echar de menos la agresión. 82 b.2. Víctima participante: el comportamiento de la víctima guarda relación con la conducta del delincuente, aunque sea de un modo involuntario. b.2.1. Por imprudencia: se lleva a cabo un acto que favorece la ejecución del delitos (p.e., dejar un bolso a la vista dentro de un coche). b.2.2. Alternativas: las víctimas se colocan en posición de serlo dependiendo sólo del azar resulta ser el autor o sujeto pasivo, (p.e., el duelo). b.2.3. Provocadoras: de modo directo o indirecto la víctima incita la comisión del delito, (p.e., el individuo que sale del banco mostrando una determinada cantidad de dinero). b.2.4. Voluntarias: la víctima adquiere esta condición tras aceptar y consentir un hecho que normalmente es instigado por la misma persona que resultará ser sujeto pasivo, (p.e., la eutanasia, suicidio). c) En función de la creencia de víctima: c.1. Falsas víctimas: nos referimos a la persona que manifiesta haber sufrido agresiones o comportamientos criminales por parte de otros sin que ello sea cierto. c.1.1. Imaginarias: se da en el plano consciente una total "buena fe" porque la falsa víctima "cree" haber sido agredida, (p.e., las problemáticas derivadas del estado mental: psicopatías, psicosis, etc.). c.1.2. Simuladoras: se produce una acusación por venganza u otras motivaciones siendo consciente de que, ordinariamente, su acusación constituye un delito de calumnia, (p.e., la mujer que quiere vengarse de un hombre y le acusa de un delito de abusos sexuales). Además y, al margen de tipologías específicas, existe una clase de víctimas que poseen la peculiaridad de permanecer ocultas, ya sea a causa de falta de información, errores en el recuerdo, habituación, miedo a una victimación judicial o por debilidad social. De hecho, es tal la importancia de este tipo de victimación, que entre las conclusiones y recomendaciones adoptadas en el 11 Simposio Internacional sobre la 83 Victimología, celebrado en Jerusalén en 1973, se destacó concretamente la necesidad del estudio e investigación sobre la victimación oculta. 3.1.2. Procesos de victimación. Adoptando una perspectiva dinámica, se pueden diferenciar tres niveles de victimación (Arce y Fariña, 1995): a) Victimación primaria. Ésta hace referencia al hecho de convertirse en víctima por causa de un acto punible de uno o más autores, en donde determinadas situaciones y disposiciones de la víctima (poco control social, inseguridad, miedo, modo de vida dinámico) pueden presentar un rol activo a igual que las relaciones especiales autor-víctima. La víctima padece, habitualmente, un impacto psicológico que aumenta el daño material o físico del delito (Landrove, 1989). Además, la respuesta que la sociedad ofrece al sufrimiento de la víctima no es siempre solidaria; como mucho de compasión, lo que a su vez contribuye a la victimación. La prevención del delito a través de una primera línea de actuación sobre la comunidad, con intervenciones globales sobre un territorio concreto y asesoramiento de los profesionales en contacto con la problemática delictiva; y una segunda línea de intervención específica sobre los grupos sociales de riesgo (personas de tercera edad, colectivos humanos marginales, estilo de vida peligrosa, mujeres, menores de edad) (Soria, Maeso y Ramos, 1993), hacen posible evitar este tipo de victimación. Además, se requieren modelos de actuación de asistencia adecuados a los patrones que presente cada víctima, ya que ésta no constituye un grupo homogéneo. b) Victimación secundaria. Una vez que la víctima denuncia el delito, se encuentra con respuestas inapropiadas ante las cuales se siente revictimada (Lösel, Bender y Bliessner, 1992), sus expectativas se ven frustradas ante la falta de reacción por parte del medio social próximo y de las instituciones (policía y tribunales). En algunas ocasiones, llega a tratarse a la víctima, en cierto modo, como acusados y a sufrir la falta de tacto y la incredulidad de algunos profesionales, algo que está 84 siempre presente en los procesos de victimación (Urra y Vázquez, 1993). Por su parte, Soria y otros (1993) señala, en un segundo plano, que la asistencia sanitaria también puede producir repercusiones psicosociales cuando un acto delictivo ha causado lesiones físicas a la víctima; caracterizadas por el contacto frío y rutinario de los profesionales con la víctima, la atención inadecuada de sus necesidades básicas y la burocratización del funcionamiento interno de los centros sanitarios públicos. La prevención de la victimación secundaria es entendida como el principal objetivo de la asistencia a las víctimas. Esto sólo es posible si el problema es diagnosticado correctamente y se tiene un adecuado conocimiento sobre su origen y causa. La ignorancia, los descuidos, la rutina de la conducta, los malos modos, una falta de consideración y empatía, son vistas como una de las mayores causas de las inadecuadas respuestas a las víctimas. Por ello, con la finalidad de prevenir estas deficiencias, sería conveniente recurrir a la formación de los mediadores sociales (policía, abogados, jueces, etc.) que están en contacto con las víctimas, la información a éstas sobre la organización de la administración de justicia, su papel e incluso la propia ley, y un asesoramiento psicológico óptimo, con posterioridad al hecho. c) Victimación terciaria. Es consecuencia de las vivencias y de los procesos de adscripción y etiquetamiento resultado de las victimaciones primarias y/o secundarias precedentes, y destaca que la autodefinición como víctima se convierte en un elemento de su personalidad (Dünkel, 1989). Por consiguiente, puede llevar a la víctima a una situación límite de modo que experimente una desintegración social más o menos fuerte. No obstante, este desarrollo no es irreversible, puede truncarse con el correspondiente apoyo social, bien sea en acción comunitaria a través de las redes sociales, o con tratamiento clínico. 3.2. Las consecuencias del acto delictivo en las víctimas. Aunque el delito revista poca gravedad, puede igualmente, afectar de manera bastante grave a la víctima, y a pesar de que los componentes exactos varían, la mayoría de las investigaciones demuestran que las reacciones de la víctima siguen una 85 secuencia predecible (Hanson, Greenber y Hymer, 1987) pasando por dos etapas distintas que abordamos a continuación. 3.2.1. Reacciones contiguas. Habitualmente, se produce un shock que inhabilita a la víctima para actuar en esa situación. Maguire y Corbett (1987) entrevistaron a 242 víctimas de allanamiento de morada, robo y asalto; la gran mayoría se describe como muy afectada por el delito y un 40% refirió que su primera reacción fue de shock, pánico y confusión. Además de estas reacciones, numerosos estudios (Haward, 1981; Soria y otros, 1993) encuentran otras consecuencias inmediatas del delito como sentimientos de angustia, desconfianza, miedo, negación, vulnerabilidad e indefensión. En aquellos delitos donde existe una pérdida material, el impacto es mayor en personas de estatus económico débil, quienes son muy vulnerables, puesto que una pérdida limitada puede acarrear consecuencias importantes en la vida cotidiana (Peters, 1989). Estas reacciones contiguas pueden reducirse con el transcurso del tiempo. No obstante, sin el apoyo necesario y sin una intervención adecuada tales respuestas pueden cronificarse. 3.2.2. Consecuencias psicológicas ulteriores. En la actualidad, además de las pérdidas de dinero y/o tiempo y de las lesiones físicas, está ampliamente reconocido el impacto psicológico que puede provocar cualquier hecho delictivo sobre la persona. Este impacto que presenta una respuesta diferenciada en función de la víctima, ya que las consecuencias psicológicas de la victimación están en función de las diferencias interpersonales, contextuales y del delito en cuestión (Arce y Fariña, 1995). Por ejemplo, las víctimas de una violación sufren un impacto traumático y un deterioro en las relaciones personales que no aparecen en las víctimas de un robo. Se ha identificado un conjunto de síntomas y fases parecidas al síndrome clínico conocido como Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) (APA, 2002). Los síntomas 86 característicos suponen la reexperimentación del acontecimiento, la evitación de estímulos asociados con él, dificultades para conciliar o mantener el sueño, cambios conductuales y reactividad fisiológica ante aquellos estímulos que recuerdan el acontecimiento. Los mayores temores expresados por las víctimas son: miedo a encontrarse solos, vuelta al acontecimiento, a la muerte; cólera y frustración, asumen la forma de censura a alguien o al destino de la victimación (Hanson y otros, l987). Mawby y Walklate (1994) analizan las mediciones realizadas por el BCS (British Crime Survey) en 1988, diferenciando entre delitos personales y delitos en la vivienda subdividiendo estos a su vez en delitos serios (delitos sexuales, robo con intimidación y robo en el domicilio) y delitos menos serios (amenazas, asalto o tentativa de asalto (agresión/assault). Las reacciones experimentadas por las víctimas después del incidente fueron de ira (45%), shock (14%), miedo (9%), dificultades para dormir (7%) y llanto (5%). Además en los delitos personales estas reacciones eran mayores que en los delitos en la vivienda (Véase la Tabla 2) Tabla 2. Reacciones experimentadas por las víctimas. Delitos personales/Delitos en la vivienda. Delitos Personales Delitos en la vivienda Serios Menos serios Total Serios Menos serios Total Global Ira 55 43 46 49 42 45 45 Shock 55 25 27 11 6 8 14 Miedo 23 22 22 6 3 4 9 Dificultades 19 13 15 5 4 4 7 para dormir Llanto 17 11 13 3 2 3 5 Fuente: Mawby & Walklate (1994) Si se pretende entender las reacciones de las víctimas es necesario poner de manifiesto que su sistema de creencias se ve fuertemente afectado, resultando necesaria una reestructuración del sistema cognitivo. Por ejemplo, muy pocas personas consideran ser potenciales víctimas de un delito, por ello cuando se produce, su 87 concepción del mundo, sus ideas personales son destruidas, dando lugar a sentimientos de ansiedad, desesperanza y temor. Autores como Hanson y otros (1987) explican estas reacciones sobre la base de la pérdida del sentido de invulnerabilidad, a la percepción de la pérdida de valía personal y a la definición del mundo como un lugar justo. Siguiendo a los autores se explicarán estos tres aspectos por separado. En primer lugar, la pérdida del sentido de invulnerabilidad provoca en el individuo el sentimiento de inseguridad; la ilusión de la invulnerabilidad nos protege del estrés y la ansiedad asociados a la amenaza de un delito. Aunque, a su vez, puede acarrear ciertas amenazas ya que puede llevar a la gente a subestimar la probabilidad de sufrir hechos delictivos (p.e., "descuidar" algunos aspectos a la hora de llevar a cabo ciertas actividades, como por ejemplo salir de un cajero o banco dejando ver el dinero retirado). El hecho de ser víctima destruye esa creencia y después es fácil imaginarse a uno mismo en el rol de víctima de nuevo. En segundo lugar, la percepción de la pérdida de valía personal. Las víctimas se preguntan por qué fueron víctimas; el espectro de respuestas abarca desde decirse que ellas no obraron bien, a autopercibirse como diferentes de otras personas por “haber sido seleccionadas”. Como resultado brota una autopercepción negativa de sí misma y una pérdida de autoestima. Finalmente, la definición del mundo como un lugar justo (Lerner, 1970). Asumir la ilusión de invulnerabilidad nos lleva a pensar que la gente “tiene lo que se merece”. Ante la experiencia de una victimación aparece la cuestión “ ¿por qué a mí?" y ante la ausencia de respuesta, la víctima se suele culpar a sí misma de sus experiencias. La superación de la desestructuración que genera una experiencia de victimación va a depender de las competencias del sujeto para integrar el hecho en sus esquemas personales. Así, se verá obligado a reestablecer su sistema conceptual, usando para ello sus estrategias personales o demandando la ayuda necesaria, en caso de que se den factores que modifiquen la capacidad personal para poner en práctica dichas estrategias (Arce y Fariña, 1995). 88 3.3. Víctimas y violencia de género. 3.3.1. Introducción En los puntos anteriores se ha abordado el concepto de víctima y las consecuencias del acto delictivo sobre la misma desde un punto de vista genérico. En este apartado, nos adentraremos en la tipología concreta de la violencia de género, con el objetivo de conocer más pormenorizadamente los rasgos que la caracterizan. El maltrato a la mujer, por parte de su pareja, representa una de las formas de violencia contra las mujeres más frecuente en las sociedades occidentales, convirtiéndose en un grave problema de derechos humanos y de salud pública, debido al contundente impacto que ocasiona sobre el bienestar de la mujer (Matud, Bermúdez y Padilla, 2009). Aunque, en la actualidad, el término violencia de género resulta familiar debido a su popularización a escala social e institucional, lo cierto es que las referencias al mismo en los textos internacionales son casi nulas hasta la década de los noventa. A partir de este momento, empieza a consolidarse su uso por mor de iniciativas relevantes como la Conferencia Mundial para los Derechos Humanos celebrada en Viena y la Declaración de Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer del año 2003, la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer de 1994, o la Conferencia Mundial de Mujeres de Beijing de 1995 (Maqueda, 2006). A continuación, haremos una revisión sobre el concepto de violencia de género, la evolución y desarrollo legal, así como las consecuencias que esta manifestación específica de la violencia provoca sobre las víctimas. 3.3.2. La violencia contra la mujer: una cuestión de género. El 20 de diciembre de 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer expuso que: “por 89 violencia contra la mujer se entiende todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o que pueda tener como resultado un daño o un sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”. Adicionalmente, recoge que “constituye un manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre el hombre y la mujer que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedido el adelanto pleno de la mujer, y que la violencia contra la mujer es uno de los mecanismos sociales fundamentales por los que se fuerza a la mujer a una situación de subordinación respecto al hombre” Por su parte, WalKer (1994) define a la mujer maltratada como aquella que padece maltrato físico, psicológico o sexual provocado por alguien con quien mantiene una relación íntima. Además, refiere que se trata de un patrón de conducta obsesiva y no de una expresión repentina de falta de control. A escala del Estado Español, en la Ley 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género recoge en el art. 1.3 que la violencia de género es “todo acto de violencia física y psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de la libertad”, incluso leve, y el art. 1.1 establece que este tipo de violencia se ejerce “sobre las mujeres, por parte de quienes sean sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aún sin convivencia, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres”. Asimismo, identifica este tipo de violencia como “una manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres”. De las anteriores aproximaciones, se extrae que nos encontramos ante un tipo de violencia que sufre la mujer por el mero hecho de su pertenencia al sexo femenino. Koss y otros (1995) manifiestan que, a escala social es una manifestación de la desigualdad de género y un mecanismo de subordinación de las mujeres, y para ser entendida, se requiere analizar las desigualdades de poder entre hombres y mujeres que impregnan la construcción social del género y la sexualidad, determinando las relaciones íntimas entre ambos sexos. Por consiguiente, para comprender adecuadamente este tipo de 90 violencia es necesario conocer qué es el género y su impacto en la persona y en la sociedad (Matud y otros, 2009). A pesar de la existencia de ciertas discrepancias en el empleo de los términos sexo y género, habitualmente se asocia género con lo cultural y sexo con lo biológico. En sintonía con esta consideración, el género fue definido por Unger (1979) como los componentes no fisiológicos del sexo que son considerados culturalmente como adecuados para hombres y mujeres. De este modo, el uso del término género, en detrimento de sexo, reside en que la violencia de género no es una cuestión biológica, esto es, nos encontramos ante un tipo de violencia que no es ejercida por quien ostenta una posición de superioridad física (hombre) sobre el sexo más débil (mujer), sino que resulta de una situación de discriminación intemporal con origen en una estructura social de naturaleza patriarcal (Maqueda, 2006). En este sentido, el patriarcado se entiende como un sistema de organización social en el cual los puestos de poder están, mayoritariamente, en manos de varones (Puleo, 2005). Hombres y mujeres son partícipes de este sistema interiorizando sus ideas, valores, actitudes y comportamientos (Osborne, 2009). Asimismo, la idea de género supone reconocer que hombre y mujer son construcciones culturales, ya que cada individuo se desarrolla dentro de una sociedad determinada, con una serie amplia de creencias y expectativas sobre estas categorías sociales (Ashmore, 1990). Desde el nacimiento e, incluso desde que se conoce el sexo de la persona, existe un trato diferente en función del mismo por parte de todo el entorno social del individuo. Este fenómeno se intensifica en la adolescencia y se expresa en la edad adulta a través de roles diferenciados. Sin embargo, no sólo nos encontramos ante diferencias, son también desigualdades, debido a que los roles masculinos tienen más privilegios y poder que los femeninos, los cuales se caracterizan por mayores demandas y obligaciones (Matud y otros, 2009). La violencia contra la mujer, antes de alcanzar el reconocimiento oficial la terminología de violencia de género, ha recibido diferentes denominaciones a lo largo del tiempo, a saber: crímenes pasionales, violencia familiar, violencia de pareja, violencia contra la mujer, violencia machista o violencia conyugal. En la actualidad, los conceptos se han delimitado, empleándose violencia de género para hacer mención a las agresiones vinculadas al ámbito de la pareja y violencia doméstica para incluir las agresiones dentro del ámbito familiar de manera genérica (Carballal, 2009). En el siguiente, apartado se abordará, someramente, la distinción entre ambos tipos de 91 maltrato, así como su evolución en el Código Penal hasta su distinción y el reconocimiento pleno de la violencia de género como una realidad independiente. 3.3.3. El reconocimiento legal de la violencia de género. De acuerdo con la “Guía de Criterios de Actuación Judicial frente a la Violencia de Género” del Consejo General del Poder Judicial, aprobada el 19 de septiembre de 2008, violencia de doméstica y violencia de género no son conceptos equivalentes y no deben emplearse de manera indistinta. Desde una perspectiva médico-forense, la violencia doméstica se define como los malos tratos que se ejercen sobre los miembros más vulnerables del entorno familiar (físicos, psicológicos, sexuales o de otra índole) que provocan la aparición de trastornos físicos y psíquicos de diferente naturaleza (Queipo, 2006). De acuerdo con esta definición, la violencia doméstica provoca secuelas de tipo físico y psíquico, y sus objetos serían la mujer, el anciano, el niño e incluso el hombre cuando se encuentra en una posición de vulnerabilidad con respecto a su agresor o agresora (García-López y Curiel, 2006). Por otro lado, desde una aproximación jurídica, este tipo de maltrato hasta el año 1989, no adquiere un tratamiento autónomo, disgregándose del régimen general. Además, en ese momento, no existían referencias explícitas a la violencia de género, siendo considerada desde el punto de vista penal un caso más de violencia doméstica (Ribas, 2008). De este modo, hubo de esperarse a la década de los noventa para que ambos conceptos fuesen adquiriendo connotaciones diferentes hasta alcanzar un estatus independiente (Maqueda, 2006), y que el término violencia de género referenciara, exclusivamente, la violencia ejercida sobre la mujer en el ámbito de la pareja consecuencia de la discriminación, la desigualdad y las relaciones de poder establecidas entre hombres y mujeres (Curiel, 2006). Hecho que alcanza su cenit, con el reconocimiento pleno de la violencia de género, en la Ley Orgánica 1/2004 de 28 de diciembre de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Martín (2009) ha llevado a cabo una revisión en la que aborda la evolución de ambos conceptos en el Derecho español, desde la inserción de la violencia doméstica en el Código Penal hasta la implantación de la Ley Orgánica 1/2004. A continuación, siguiendo sus aportaciones, se señalan los aspectos centrales de este proceso: 98 de parto, la tercera causa que provoca más muertes prematuras y más secuelas físicas y psíquicas en las mujeres (Lorente, 2001). Comúnmente, las consecuencias que la violencia de género provoca sobre la víctima se han etiquetado bajo la etiqueta de Síndrome de la Mujer Maltratada. Sin embargo, no existe una categoría diagnóstica, reconocida por la comunidad científica, que esté directamente relacionada con la violencia de género (Carrasco y Maza, 2005). En este sentido, Krug y otros (2002) ofrecieron tres conclusiones derivadas del estudio de las consecuencias que la violencia de género acarrea sobre la mujer, a saber: a mayor severidad del maltrato, mayor impacto en la salud física y mental de las víctimas; las consecuencias pueden perdurar aún cuando el maltrato haya cesado; y el impacto en el tiempo de diferentes tipos de violencia y de repetidos episodios de la misma parecen ser acumulativos. En relación con la segunda de estas conclusiones, se ha observado que tras la remisión del maltrato puede producirse una mejoría en la salud de la víctima, pero, abundantes investigaciones detectan que los efectos físicos y psicológicos consecuencia de la violencia de género se prolongan en el tiempo aunque la mujer haya abandonado la relación de maltrato y rehecho su vida (i.e., Campbell, 2002; Ellsberg y otros, 2008, Loxton, Schofield y Hussain, 2006). Para presentar las consecuencias de la violencia de género hemos optado por dividirlas en dos categorías distintas en función de si el daño es físico o psicológico. No obstante, nuestro análisis profundizará fundamentalmente en las secuelas psicológicas. En relación con las consecuencias sobre la salud física, señalar que, si bien es cierto que la lesión más observada es la contusión, los daños que puede presentar la víctima abarcan todas las posibilidades traumatológicas posibles, desde contusiones simples a heridas originadas por armas. Asimismo, las áreas anatómicas y las estructuras orgánicas afectadas también cubren todas la posibilidades (Osuna, 2009). En una investigación realizada con mujeres que acudieron a servicios de urgencia de varios hospitales, Muelleman, Lenaghan y Pakieser (1996) detectaron que la lesión más común en la mujer maltratada era la ruptura del tímpano, y una elevada probabilidad de presentar lesiones en la cabeza, el tronco y el cuello, mientras que las no maltratadas presentaban una mayor frecuencia de lesiones en la columna vertebral y las extremidades inferiores. Además, las víctimas de este tipo de violencia, generalmente, son sometidas a un mayor número de operaciones quirúrgicas, acuden más 99 frecuentemente al médico, presentan más ingresos hospitalarios, visitan más a menudo las farmacias y realizan más consultas de salud mental que aquellas que no han padecido violencia de género (Heise y García-Moreno, 2003). Además, se ha observado que aquellas mujeres que han sido maltratadas psicológica, física y sexualmente por sus parejas suelen padecer más sintomatología somática como dolores de cabeza, dolores de espalda, infecciones vaginales, dolores pélvicos, coitos dolorosos, infecciones del tracto urinario, pérdida del apetito, dolores del abdomen y problemas digestivos (Campbell, 2002; Schollenberger y otros, 2003; Woods y otros, 2005). Son comunes, también, problemas para caminar, dificultades en las tareas de la vida cotidiana, pérdidas de memoria, vértigo y dolores crónicos (Ellbsberg y otros, 2008); problemas ginecológicos, del sistema nervioso central (Matud, 2004; Schollenberger y otros, 2003) y del sistema inmunitario (Wood y otros, 2005). Otras consecuencias son embarazos no deseados, abortos de repetición, partos con hijos de bajo peso, partos prematuros, problemas genito-urinarios, patologías crónicas como la diabetes y estilos de vida de riesgo (Carrasco y Maza, 2005; García, López y Curiel, 2006). Las secuelas físicas de la violencia contra la mujer, como hemos podido observar, son amplias y variables tanto en lo referente a su tipología como a su gravedad. A escala psíquica, las consecuencias no son menores, más bien todo lo contrario, pueden adquirir una extrema gravedad, alterando la vida cotidiana de la víctima y resultando necesaria una terapia específica para superar el daño generado por las vivencias traumáticas. Las consecuencias sobre la salud mental más comúnmente asociadas con la violencia de género son: a. Trastornos de ansiedad. Un rasgo definitorio de la violencia de género es que se produce de modo repetido e intermitente, alternándose periodos de agresión y arrepentimiento, generándose en la víctima una ansiedad extrema, y una respuesta de alerta y sobresalto (Carballal, 2009). En esta línea, Gleason (1993) halló que la fobia específica, la agorafobia, el trastorno de ansiedad generalizada, el trastorno obsesivo compulsivo y el trastorno por estrés postraumático presentaban una mayor prevalencia en las mujeres maltratadas. En esta línea, Loxon y otros (2006) observaron que aquellas mujeres de mediana edad que habían mantenido, en algún momento de sus vidas, una relación de pareja violenta habían sido diagnosticadas en alguna ocasión de un trastorno de ansiedad y padecían sintomatología ansiosa de manera frecuente. De entre estos trastornos de ansiedad que hemos señalado, destaca, 100 por su relevancia en el ámbito forense, el trastorno por estrés postraumático. Es el único diagnóstico que posibilita establecer una relación de causa-efecto entre los eventos traumáticos, en este caso la violencia de género, y el daño consecuencia de los mismos que aparece en la víctima. Dicha relación de causalidad representa un requisito imprescindible dentro del ámbito judicial a la hora de concluir que el daño detectado en la víctima es ocasionado por los hechos denunciados (Vilariño, Fariña y Arce, 2009). Abundantes investigaciones evidencian la relación entre el haber sido víctima de violencia de género y padecer Trastorno por estrés postraumático (Coker, Weston, Creson, Justice y Blakeney, 2005; Echeburúa y Corral, 1998; Labrador, Fernández-Velasco y Rincón, 2010; O´Campo y otros, 2006; Vilariño, Arce y Carballal, 2009). Dada la relevancia que presenta este trastorno para la práctica forense, será objeto de una revisión en profundidad en el siguiente aparatado. b. Trastornos del estado de ánimo. Los estados depresivos presentan una elevada prevalencia, ya sea aisladamente o bien conformando un cuadro comórbido con otros trastornos. De las entidades nosológicas recogidas en los principales tratados de enfermedades mentales, la depresión constituía, hasta hace poco, el diagnóstico que se daba con mayor frecuencia a las víctimas del maltrato (Labrador y otros, 2004). Aunque en algunos estudios no queda del todo clara la relación causal entre violencia de género y depresión (O´Campo y otros, 2006), abundantes investigaciones evidencian que la sintomatología depresiva aparece en muchas de las víctimas del maltrato (Amor y otros, 2002; Golding, 1999; Labrador y otros, 2010; O´Leary, 1999; Riggs, Caufield y Street, 2000). De acuerdo con Osuna (2009) los síntomas más frecuentes son la inhibición psicomotriz y de pensamiento, apatía, sentimientos depresivos, autoestima pobre, autorreproches, tristeza, sentimientos de culpa, e ideación o consumación del suicidio. c. Trastornos somatoformos. Los conflictos psicológicos pueden convertirse y expresarse en síntomas físicos, tales como la somatización, la conversión o la hipocondría (Carballal, 2009; Osuna, 2009). d. Trastornos disociativos. La disociación supone la alteración de las funciones integradoras de la conciencia, de la identidad, la memoria y la percepción del entorno (Vázquez, 1998). Representa un mecanismo de defensa para minimizar el daño o alejar la experiencia traumática, posibilitando dividir la experiencia física de la agresión de la experiencia cognitiva de estar siendo agredida. Los trastornos más 101 frecuentes dentro de esta categoría son la amnesia disociativa y el trastorno de identidad disociativo (Osuna, 2009). e. Trastornos adaptativos. Ante la violencia de género la víctima puede responder emocional o comportamentalmente de forma adaptativa (Carballal, 2009). En estos casos predomina la sintomatología ansiosa y un estado de ánimo tendente al polo depresivo. f. Trastornos sexuales. Destacan los trastornos por disfunción sexual, del tipo de deseo sexual hipoactivo, aversión al sexo, trastornos orgásmicos, trastornos sexuales por dolor, dispareunia o vaginismo (Osuna, 2009). Por su parte, Rojas (1995) observó que el 55% de las mujeres víctimas de agresión sexual fueron incapaces de retomar las relaciones sexuales con normalidad durante dos años y muchas continuaron sufriendo frigidez. g. Trastornos alimenticios. Son habituales las alteraciones alimenticias, generalmente las de tipo bulímico (Osuna, 2009). h. Trastornos del consumo de sustancias. No son infrecuentes las alteraciones debidas al consumo de sustancias que pueden llevar a situaciones clínicas de abuso, dependencia o intoxicación (Osuna, 2009). Las sustancias más empleadas son el alcohol, los analgésicos, los ansiolíticos y los hipnóticos. En un metaanálisis desarrollado por Golding (1999) se encontró que la prevalencia de abuso o dependencia del alcohol variaba entre los diferentes estudios objeto de revisión de un 6,6 a un 44%, con una media ponderada de 8,9%. En relación con el abuso o dependencia de otras drogas se observaron unas tasas de prevalencia que iban del 7 al 25% con una media ponderada de 8,9%. i. Trastornos del sueño. Son habituales derivados de la situación de conflictiva (Osuna, 2009). El sueño inquieto e irregular y las pesadillas presentan una incidencia significativa entre las víctimas de violencia de género. Al margen de estos trastornos, la literatura advierte que la violencia de género provoca otras consecuencias en la salud psíquica de las víctimas que no se corresponden con ninguna entidad nosológica. De este modo, se ha observado la existencia de esquemas cognitivos disfuncionales, de aislamiento social y familiar, indefensión aprendida, dependencia emocional, pérdida de empleo y absentismo laboral, disminución del nivel socioeconómico, autoculpabilización por la violencia, 102 negación o minimización de la situación de maltrato, baja autoestima, déficit en la solución de problemas, inadaptación en la vida cotidiana, y cogniciones postraumáticas (Bermúdez, Matud y Navarro, 2009; Calvete, Estévez y Corral, 2007; Echeburúa y Corral, 1995; Echeburúa, Corral, Amor, Sarasua y Zubizarreta, 1997; García, López y Curiel, 2006; Labrador y otros, 2010; Labrador y otros, 2004; Mirat y Armendáriz, 2006; Vázquez, 2008). Como hemos podido observar, las consecuencias que acarrea la violencia de género sobre la víctima son múltiples tanto a escala física como psicológica. En el siguiente punto, nos centraremos más pormenorizadamente en el trastorno por estrés postraumático, ya que, desde el ámbito psicológico-forense, éste ha sido tomado como la medida primaria en casos de violencia de género, esto es, representa la huella psíquica esperable en aquellas víctimas que hayan padecido este tipo delictivo (p. e., Bryant y Harvey, 1995; Echeburúa, Corral, Sarasua y Zubizarreta, 1998; Taylor y Koch, 1995; US National Comorbidity Survey; Vallejo-Pareja, 1998). 3.4. La huella psíquica de la violencia de género: el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT). Acontecido el crimen se pone en marcha un proceso que, para ser superado, resulta necesario la superación efectiva de una secuencia de eslabones. Resulta imprescindible que el hecho se detecte o sea denunciado. De no ser así, el delito y la víctima pueden quedar ocultos. La carga de la prueba sobre los hechos y autoría recae en la acusación, mientras que la inocencia o no culpabilidad no necesita de demostración alguna. La complejidad que reviste la carga de la prueba es profusamente conocida y, en mayor medida, en aquellos delitos cometidos en la intimidad del hogar. En esta casuística, las pruebas recabadas suelen ceñirse a las testimoniales, específicamente de la propia víctima, y las documentales provenientes de las secuelas físicas (Arce y Fariña, 2006a). En esta línea, de acuerdo con Bonachera (2009): Uno de los mayores problemas que presenta el proceso penal por hechos constitutivos de violencia de género es la insuficiencia probatoria, circunstancia esta que deriva del modo en que se cometen este tipo de delitos, que normalmente se realiza en la intimidad del hogar donde no existen testigos directos de las agresiones, o en presencia de menores de edad, y en los que en ocasiones incluso se carece de un parte 103 médico de lesiones. En este orden de consideraciones, la declaración de la víctima suele constituir la principal o única prueba de cargo, […]. (p. 109). En el contexto judicial es imprescindible comprobar que el daño psicológico encontrado en la víctima es consecuencia de los hechos denunciados. De entre los diferentes trastornos recogidos en los principales manuales de referencia de las enfermedades mentales, el único que se ajusta a este requisito es el Trastorno por Estrés Postraumático. Por consiguiente, la huella psíquica de la violencia de género se ha opetarivizado a través de este trastorno (Arce y Fariña, 2009). 3.4.1. El Trastorno por Estrés Postraumático. Aunque las consecuencias psicológicas de la victimación están en función de las diferencias interpersonales, contextuales y del delito en cuestión (Arce y Fariña, 1995), las víctimas pueden desarrollar un conjunto amplio y persistente de problemas inducidos por el delito que vienen recogidos bajo el diagnóstico de Trastorno por Estrés Postraumático en el DSM-IV. La denominación de Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) se recoge oficialmente, dentro de la terminología psiquiátrica, en la tercera versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III) de la Asociación Americana de Psiquiatría publicado en 1980. En los años previos se había producido una importante presión social proveniente, esencialmente de dos grupos, los excombatientes de la Guerra del Vietnam y las feministas, que reclamaban el reconocimiento de la afectación psíquica consecuencia del conflicto bélico, para el primer caso, y de la violencia contra la mujer en el segundo. Adicionalmente, las formulaciones de los psiquiatras, los argumentos judiciales, la reivindicación moral y la presión política (González y Pérez, 2007), contribuyeron a que estas dolencias emocionales se introdujesen en el DSM-III (American Psychiatric Association, 1980) con el título de Trastorno por Estrés Postraumático (Avia y Vázquez, 2006; Calcedo, 2003). Esta contingencia invitó a González y Pérez (2007) a señalar que la introducción del TEPT como categoría diagnóstica supuso, más que un reconocimiento clínico del trastorno, un reconocimiento oficial (público, moral y político) de los veteranos del Vietnam y de otros grupos de víctimas que permanecían ocultas. 104 A lo largo de estas tres décadas, hemos asistido a un creciente interés por el TEPT desde muy diferentes ámbitos, no sólo desde la investigación y la práctica clínica, también por parte de los medios de comunicación que trasladaron la atención sobre el mismo a la opinión pública en general, adquiriendo su máxima divulgación con los atentados terroristas de del 11 de septiembre en Estados Unidos (Carvajal, 2002) y, más concretamente a escala del Estado Español, con motivo de los atentados del 11 de marzo de 2003 y con el accidente aéreo de agosto de 2008 del vuelo de Spanair en la terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Sin embargo, a pesar de que su inclusión oficial dentro del DSMIII es relativamente reciente, existen descripciones de sintomatología postraumática desde la antigüedad, proviniendo los primeros relatos de la Grecia clásica. De este modo, en el siguiente punto, abordaremos brevemente algunas de las descripciones que se han hecho de esta sintomatología y cómo ha sido conceptualizada y teorizada a lo largo de la historia, hasta su introducción en los principales manuales de referencia de las enfermedades mentales, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud y el DSM de la APA. 3.4.1.1. La sintomatología postraumática a lo largo de la historia. A lo largo de la historia, se ha concedido una especial atención al sufrimiento de los seres humanos ante situaciones de una adversidad extrema. Asimismo, se ha reconocido que los eventos traumáticos pueden ocasionar graves problemas a escala tanto fisiológica como psicológica (Ray, 2008). Por consiguiente, aunque la mayoría de las descripciones de cuadros clínicos que se corresponden con lo que actualmente denominamos TEPT se hayan realizado a lo largo del siglo XX, no resulta extraño encontrarnos con relatos en que se hace referencia a esta sintomatología en la Grecia Clásica. De hecho, los primeros relatos provienen de este periodo. Crocq y Crocq (2000) llevaron a cabo una sucinta, pero interesante, revisión de lo que ellos denominan historia de la psicotraumatología. En ella se recoge como Hipócrates menciona que los soldados sobrevivientes a ciertas batallas sufren pesadillas en las que se reexperimentan los combates y Heródoto, en su Tratado sobre la Historia, aborda los síntomas padecidos por los soldados intervinientes en la Batalla de Maratón (Crocq y Crocq, 2000). Asimismo, en las primeras obras literarias de la humanidad también emergen 105 ejemplos de esta problemática. En la Biblia, especificamente en el libro del Deuteronomio, se narra como muchos soldados tenían que ser retirados del campo de batalla por mor de una crisis nerviosa. Ray (2008) en una revisión de índole semejante introduce otro ejemplo extraído de la Iliada de Homero que contiene descripciones de las reacciones de los soldados a la guerra como la retirada, la tristeza o sentimientos de culpa por los compañeros caídos. Varios siglos más tarde, en la obra de Jean Froissart, el cronista más representativo de la Guerra de los Cien Años, se relata el caso de Pierre de Béarn quien no podía dormir cerca de su mujer e hijos debido a que se despertaba por las noches y tomaba una espada para combatir con enemigos producto de sus fantasías. Esta reexperimentación de batallas pasadas es común dentro de la literatura clásica, existiendo ejemplos en Romeo y Julieta. Al margen de los daños psicológicos ocasionados por los conflictos bélicos, Charles Dickens, describe la presentación de síntomas de ansiedad, problemas de memoria y de concentración, irritabilidad, hiperactivación, dificultades en el sueño, sobresaltos, pesadillas, disociaciones y somatizaciones tras sufrir un accidente de tren. Durante la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas en un intento por ofrecer una hipótesis sobre la etiología de la síntomatología observada en los soldados, los médicos militares establecieron el síndrome de “vent du boulet”, referente a que los sujetos eran atemorizados por el viento de las balas de los cañones. Con la figura de P. Pinel se da inicio a la psiquiatría moderna, incorporándose esta especialidad al resto de la medicina (Carvajal, 2002). En su tratado “Nosographie Philosophique” narra el caso del filósofo Pascal quien después de estar a punto de perder la vida al caer su carruaje al río Sena padecía pesadillas con un precipicio al lado izquierdo lo que le llevaba a colocar una silla a ese lado de la cama para superar el temor a caerse. Por otro lado, Pinel nos ofreció, en base a sus experiencias con pacientes que habían sufrido shocks tras eventos traumáticos y con soldados de la Revolución Francesa, una descripción precisa de la neurosis de guerra que denominó neurosis cardiorespiratoria y de los estados postraumáticos estuporosos que llamó idiotismo. La Revolución Industrial y el progreso tecnológico que la acompañó, concretamente el ferrocarril y los accidentes ocasionados por su uso, dieron lugar a los primeros casos de síntomas psicológicos compatibles con el actual TEPT en población civil ajena a los campos de batalla. Es en este momento, cuando surge una destacada controversia en torno a la etiología de la sintomatología registrada en víctimas de 106 eventos traumáticos. Frente a las teorías que abogaban por causas orgánicas se encontraban aquellas que postulaban un origen psicológico. Como ejemplo de las primeras, tenemos los postulados del médico inglés, Erichsen, que atribuía a lesiones microscópicas en la médula espinal o en el cerebro la causa de los síntomas postraumáticos, elaborando el concepto de “railroad spine syndrome”. En contraposición, tenemos las aportaciones de Page que entendían improbable que fuesen las lesiones en la médula espinal las responsables de la sintomatología, a la vez que otorgaba al miedo el papel preponderante en la etiología del trastorno. Esta concepción lo condujo a formular los conceptos de shock nervioso y trastorno funcional. No obstante, aunque señalaba que el shock nervioso era psicológico en su origen, también reconocía que éste terminaba por generar un mal funcionamiento fisiológico del sistema nervioso. Esta polémica entre la aproximación biológica y la psicológica no sería superada hasta después de la II Guerra Mundial, con el reconocimiento de la interacción entre elementos de carácter psicológico y neuropsicológico en la etiología de la sintomatología clínica postraumática (Ray, 2008). A lo largo del siglo XIX, tuvieron lugar tres conflictos bélicos que ampliaron el conocimiento de los síntomas observados en los combatientes, estos son la Guerra de Crimea (1853-1856) que enfrentó a Rusia contra la alianza formada por Francia, el Reino Unido, el Imperio Otomano y el Reino de Piamonte y Cerdeña, la Guerra de Secesión Americana (1861-1865), y las dos Guerras de los Boer (1880-1881; 1899- 1902) entre el Reino Unido y los colonos de origen neerlandés, llamados Bóer, en Sudáfrica. En su revisión Ray (2008) destaca las aportaciones de Myers (1870) y de Da Costa (1871). El primero acuña el término corazón de soldado (soldiers´hearth) referente a un trastorno observado en soldados en combate que incluía una serie de síntomas como la fatiga extrema, temblores, disnea, palpitaciones, sudoración, y en ocasiones un síncope completo. Por su parte, Da Costa, que ejerció como médico durante la Guerra Civil Americana, introdujo los conceptos de irritabilidad del corazón, síndrome del esfuerzo y el síndrome Da Costa, que habían sido observados entre soldados veteranos de la Guerra Civil y de la de Crimea. Posteriormente, en las Guerras de los Bóers también se documentaron afectaciones en la actividad del corazón y enfermedades valvulares del mismo. Oppenheim en 1884, a partir de sus estudios con pacientes que habían sufrido accidentes de tren o laborales, menciona, por primera vez, el término neurosis 107 traumática. Esté diágnóstico fue fuertemente criticado por Charcot, quien mantuvo que estos casos eran simples formas de histeria, neurastenia o histero-neurastenia. Charcot junto con Janet son las dos figuras más representativas de la escuela francesa de mediados del siglo XIX, en la que se enraíza una importante parte de la base teórica del TEPT (Carballal, 2009). Ambos autores señalaron la importancia de las experiencias traumáticas en el origen de la histeria y de los síntomas disociativos. A pesar de que la histeria se concebía como una afectación femenina, Charcot describió varios casos en hombres que pertenecían a la clase obrera después de haber sufrido accidentes laborales. Además, elaboró el concepto de choc nerveaux que se refería a que la experiencia de un trauma puede provocar en el paciente un estado similar al inducido por la hipnosis, condición fundamental que debía darse en el proceso que acuñó como autosugestión histerotraumática. Por su parte, Janet, continuando la línea establecida por Charcot, fue el primero que estudio sistemáticamente la disociación como un proceso crítico en las reacciones al estrés de carácter insoportable. Desarrolló la idea de fobia de memoria, relacionada con la disociación de los acontecimientos traumático, y observó la reexperimentación ante situaciones que provocaban el recuerdo del trauma (Van der Kolk y Van der Hart, 1989). Freud, discípulo de Charcot, reinterpretó, posteriormente, desde la perspectiva psicoanalítica la sintomatología traumática. Originalmente atribuyó el origen de la neurosis a experiencias traumáticas del pasado (Carvajal, 2002), pero la revisión de su teoría lo llevó a minimizar la importancia de los eventos traumáticos externos, focalizando su atención sobre los problemas premórbidos, como los conflictos intrapsíquicos (Miller, 1997). De este modo, vinculó la neurosis traumática con la represión de pulsiones sexuales durante los conflictos de la fase edípica Antes de adentrarnos en las aportaciones derivadas de la I Guerra Mundial, conviene señalar las figuras de Honigman, médico alemán, que en 1907 acuñó por vez primera el término neurosis de guerra (Kriegsneurose), y la Edouard Stierlin. Este segundo, de un estudio llevado a cabo con sobrevivientes de un accidente minero y de un terremoto, detectó que el 25% de los evaluados presentaban disfunciones en el sueño y pesadillas. Los resultados señalan la existencia de cierta vulnerabilidad hacia el TEPT más que una predisposición hacia el mismo (Breslau, Chilcota, Kessler y Davis, 1999; Breslau, Davis, Andreski y Peterson, 1995; Yehuda, Schmeidler, Wainberg, Binder- 114 6. Intensificación de los síntomas frente a la exposición de acontecimientos que simbolizan o recuerdan el acontecimiento traumático. Además, se establecieron dos subtipos: el agudo y el crónico. Para el primero, los síntomas han de iniciarse durante los seis meses posteriores al trauma y su duración tiene que ser inferior a los seis meses; mientras que la segunda tipología establece como requisito que los síntomas han de durar más de seis meses o aparecen por lo menos seis meses después del trauma. Posteriormente, la revisión del DSM-III (APA, 1987) incorporó entre los criterios diagnósticos que los síntomas debían durar por lo menos un mes. Por otro lado, señaló que el TEPT no podía ser diagnosticado ante estresores normales (i.e. problemas económicos, duelos, divorcios, etc.), esto es, el evento estresor tenía que estar fuera de los márgenes ordinarios de la experiencia humana (v.gr. Violaciones, guerras, desastres naturales, etc.) generando miedo intenso, terror o desesperanza en el individuo. En el año 1994 se publica el DSM-IV, en el que el TEPT que se componía de los siguientes criterios diagnósticos: A. La persona ha estado expuesta a un acontecimiento traumático en el que ha existido (1) y (2): 1. La persona ha experimentado, presenciado o le han explicado uno o más acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o de los demás. 2. La persona ha respondido con temor, desesperanza u horror intensos. B. Durante o después del acontecimiento traumático el individuo presenta tres o más de los siguientes síntomas disociativos: 1. Sensación subjetiva del embotamiento, desapego o ausencia de reactividad emocional. 2. Reducción del conocimiento de su entorno (por ejemplo estar "aturdido"). 3. Desrrealización. 4. Despersonalización. 115 5. Amnesia disociativa (por ejemplo incapacidad para recordar un aspecto importante del trauma. C. El acontecimiento traumático es reexperimentado persistentemente en al menos una de estas formas: imágenes, pensamientos, sueños, ilusiones, episodios o flashbacks recurrentes o sensaciones de estar reviviendo la experiencia y molestar al exponerse a objetos o situaciones que recuerden el acontecimiento traumático. D. Evitación marcada de estímulos que recuerdan el trauma (por ejemplo pensamientos, sentimientos, conversaciones, actividades, lugares, personas) E. Síntomas marcados de ansiedad o aumento del alerta (arousal) (por ejemplo dificultades para dormir, irritabilidad, mala concentración, hipervigilancia, respuestas exageradas de sobresalto, inquietud motora). F. Estas alteraciones provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo, o interfieren de forma notable con su capacidad para llevar a cabo tareas indispensables, por ejemplo, obtener la ayuda o los recursos humanos necesarios explicando el acontecimiento traumático a los miembros de su familia. G. Estas alteraciones duran un mínimo de dos días y un máximo de cuatro semanas y aparecen en el primer mes que sigue al acontecimiento traumático. H. Estas alteraciones no se deben a los efectos fisiológicos directos de una sustancia (por ejemplo drogas, fármacos) o a una enfermedad médicas, no se explican por la presencia de un trastorno psicótico breve ni constituyen una mera exacerbación de un trastorno preexistente en los Ejes I o II. En esta versión, el primer criterio se compone de un elemento objetivo y otro subjetivo. De este modo, ha de existir un agente estresor, pero además éste desencadenará en el sujeto una respuesta de temor, desesperanza u horror intensos. Otra incorporación relevante la constituye el criterio que especifica que los síntomas deben provocar un malestar clínico significativo o un deterioro social, laboral o de otras áreas importantes para la actividad del individuo. Por otro lado, en esta versión se incluye el diagnóstico de trastorno por estrés agudo (TEA) que ya había sido recogido en la CIE- 116 10 (OMS, 1992) y cuya principal diferencia con el TEPT es el criterio temporal, en este caso, en el TEA los síntomas deben presentar una duración inferior a un mes. La versión actual, el DSM-IV-TR (APA, 2002), recoge al TEPT dentro del apartado dedicado a los trastornos de ansiedad y lo define de acuerdo a los siguientes criterios diagnósticos: A. La persona ha estado expuesta a un suceso traumático en el que concurren las siguientes circunstancias (en nuestro caso sería el acto delictivo): 1. La persona ha experimentado, presenciado o le han explicado uno (o más) acontecimientos caracterizados por muerte o amenazas para su integridad física o la de los demás. 2. La persona ha respondido con un temor, una desesperanza o un horror intensos. Nota: En los niños estas respuestas pueden expresarse en comportamientos desestructurados o agitados. B. El acontecimiento traumático se reexperimenta persistentemente por lo menos en una de las formas siguientes: 1. Recuerdos del acontecimiento recurrentes e intrusos que provocan malestar y en los que se incluyen imágenes, pensamientos o percepciones. Nota: En los niños pequeños esto puede expresarse en juegos repetitivos donde aparecen temas o aspectos característicos del trauma. 2. Sueños de carácter recurrente sobre el acontecimiento, que producen malestar. Nota: En los niños puede haber sueños terroríficos de contenido irreconocible. 3. El individuo actúa o tiene la sensación de que el acontecimiento traumático está ocurriendo (se incluye la sensación de estar reviviendo la experiencia, ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos de flashback, incluso los que aparecen al despertarse o al intoxicarse). Nota: Los niños pequeños pueden reescenificar el acontecimiento traumático específico. 4. Malestar psicológico intenso al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático. 117 5. Respuestas fisiológicas al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático. C. Evitación persistente de estímulos asociados al trauma y embotamiento de la reactividad general del individuo (ausente antes del trauma), tal y como indican tres (o más) de los siguientes síntomas: 1. Esfuerzos para evitar pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el acontecimiento traumático. 2. Esfuerzos para evitar actividades, lugares o personas que motivan recuerdos del trauma. 3. Incapacidad para recordar alguno de los aspectos importantes del trauma. 4. Reducción acusada del interés o de la participación en actividades significativas. 5. Sensación de desapego o enajenación frente a los demás. 6. Restricción de la vida afectiva (p. ej., incapacidad para tener sentimientos de amor) 7. Sensación de un futuro desolador (p. ej., no espera obtener un empleo, casarse, formar una familia o, en definitiva, llevar una vida normal) D. Síntomas persistentes de aumento de la activación (arousal) (ausente antes del trauma), tal y como indican dos (o más) de los siguientes síntomas: 1. Dificultad para conciliar o mantener el sueño. 2. Irritabilidad o ataques de ira. 3. Dificultades de concentración. 4. Hipervigilancia. 5. Respuesta de sobresalto exageradas. E. Estas alteraciones (síntomas de los Criterios B, C y D) se prolongan más de 1 mes. F. Estas alteraciones provocan malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo. 118 Asimismo, nos ofrece una serie de posibles estresores para el TEPT: ser partícipe o combatir en un conflicto bélico, ser víctima de violencia personal, secuestros, sobrevivir a desastres naturales o provocados por el hombre, accidentes en medios de transporte y ser diagnosticado con una enfermedad terminal. Además, incorpora la distinción entre TEPT agudo (los síntomas duran menos de tres meses), crónico (los síntomas duran tres meses o más) y de inicio demorado (cuando el trastorno se desarrolla transcurridos, al menos, seis meses desde la experiencia del evento traumático). Por su parte, la CIE-10 (OMS, 1992) define el TEPT de acuerdo a los siguientes criterios diagnósticos: A. Exposición. El paciente ha estado expuesto a un acontecimiento estresante o situación (tanto breve como prolongada) de naturaleza excepcionalmente amenazadora o catastrófica, que podría causar profundo disconfort en casi todo el mundo. B. Reexperimentación. Recuerdo continuado o reaparición del recuerdo del acontecimiento estresante en forma de reviviscencias disociativas (flashbacks), recuerdos de gran viveza, sueños recurrentes o sensación de malestar al enfrentarse a circunstancias parecidas o relacionadas con el agente estresante. C. Evitación. Evitación de circunstancias parecidas relacionadas con el acontecimiento traumático. D. Una de las dos: 1. Incapacidad para recordar parcial o totalmente aspectos importantes del periodo de exposición al agente estresante. 2. Síntomas persistentes de hipersensibilidad psicológica y activación, manifestados por al menos dos de los siguientes: a. Dificultad para conciliar o mantener el sueño. b. Irritabilidad. c. Dificultades de concentración. d. Facilidad para distraerse. e. Sobresaltos y aprensión exagerados. 119 E. Los criterios B, C y D se cumplen en los seis meses posteriores al acontecimiento estresante o del fin del período de estrés (si el inicio de los síntomas se produce tras más de 6 meses es necesario especificarlo). A diferencia del DSM-IV-TR, no establece la distinción entre TEPT agudo, crónico y de inicio demorado, pero sí recoge un diagnóstico denominado transformación persistente de la personalidad tras experiencia traumática (F62.0) dirigido a situaciones tales como los campos de concentración, desastres y catástrofes, situaciones de cautiverio prolongado, exposiciones prolongadas a situaciones que representan una amenaza para la vida o torturas. Otra diferencia entre ambos manuales alude al criterio A2 del DSM (respuestas de temor, desesperanza u horror intensos) que no es necesario en para la CIE-10 (Yule, Williams y Joseph, 1999). Por otro lado, en el criterio de evitación la CIE-10 recoge que es suficiente una única forma de evitación para entender que el criterio está presente, mientras que en el DSM se requiere de la presencia de, al menos, tres. En esta línea, señalar que si bien las diferencias entre ambas clasificaciones carecen de relevancia desde un punto de vista clínico, sí pueden tener consecuencias importantes a escala epidemiológica. No obstante, los dos sistemas coinciden en el papel crucial que juega la reexperimentación como elemento diferenciador del resto de los trastornos mentales (Carballal, 2009). Resumiendo la evolución del trastorno presentada anteriormente, podemos decir que, en la actualidad, cuando nos referimos al TEPT, éste se caracteriza por la existencia de un evento traumático que representa una amenaza para la vida o la integridad física y que puede ser experimento de diferentes maneras por la persona, esto es, puede sufrirlo sobre sí misma, presenciarlo sobre un tercero o enterarse a través de otros de los ocurrido. No obstante, cualquiera de estas tres formas ha de generar una respuesta en la persona de fuerte temor. Por otro lado, la sintomatología del TEPT se compone de una tríada clínica que comprende fenómenos invasores (reexperimentación), respuesta de evitación y embotamiento emocional, y un estado general de hiperalerta. 120 3.4.1.3. Diagnóstico diferencial, comorbilidad, curso y epidemiología. Como diagnósticos diferenciales del TEPT se establecen el trastorno adaptativo, el trastorno de estrés agudo, el trastorno obsesivo-compulsivo, los trastornos de personalidad, la reacción de duelo, los trastornos disociativos, los facticios y la simulación. El TEPT presenta una elevada comorbilidad, llegando a alcanzar en algunos estudios el 80% (i.e. Brady, 1997; Solomon y Davidson, 1997). Se ha evidenciado que puede aparecer acompañado de los siguientes cuadros: trastorno depresivo mayor, otros trastornos de ansiedad, abuso de sustancias y suicidio, psicosis reactiva breve, trastorno disociativo de identidad múltiple, fuga disociativa, amnesia disociativa, trastornos de conversión, de despersonalización, por somatización, de personalidad tipo límite o antisocial o trastornos mixtos de la personalidad, hipocondriasis, histeria o trastorno adaptativo (p. e., Brooks, 1995; Echeburúa, Corral y Amor, 2002; Embry, 1990; Green, Lindy y Grace, 1985; Schiebe, Bagby, Miller y Dorian, 2001). Más concretamente, en veteranos de Vietman, se ha observado que el 66% padece otro trastorno afectivo o de ansiedad, y el 39% presenta abuso o dependencia de alcohol (Center for Disease Control, 1988). En una investigación desarrollada sobre población general, Kessler, Sonnega, Hughes y Nelson (1995) encontraron que el TEPT se acompañaba de otro trastorno en el 17% de las mujeres y en el 12% de los hombres, pero, además, en el 44% de las mujeres y en el 59% de los hombres existían tres o más diagnósticos. Los resultados encontrados en el estudio mostraban que los diagnósticos que acompañan al TEPT con mayor frecuencia eran el abuso de alcohol en hombres (51,9%), depresión mayor (48%), trastornos de conducta en hombres (43,3%, fobia simple (30%), fobia social (38%), abuso de alcohol en mujeres (27,9%) y agorafobia en mujeres (22,4%). Finalmente, reseñar de acuerdo con Ferrada-Noli, Asberg, Ormstad, Lundin y Sundbom (1998) que el diagnóstico de TEPT constituye en sí mismo un elevado riesgo para intentos suicidas. Existen cuatro enfoques diferentes sobre la etiología de la comorbilidad del TEPT. En primer lugar, algunos modelos establecen que la comorbilidad es consecuencia del TEPT, esto es, los trastornos que aparecen asociados lo hacen como reacción al mismo. El segundo enfoque, asume que el evento traumático provoca los 121 diferentes trastornos que aparecen en el individuo, es decir, tanto el TEPT como los otros trastornos comórbidos serían consecuencia de los factores de vulnerabilidad (McMillen, North, Mosley y Smith, 2002). El tercer modelo establece que el TEPT sería un diagnóstico falso consecuencia del solapamiento de los síntomas que componen los otros trastornos con el TEPT; no obstante, este modelo, de acuerdo a varias investigaciones, no puede explicar satisfactoriamente la comorbilidad de los trastornos del humor y de ansiedad con el TEPT (Blanchard, Buckley, Hickling y Taylor, 1998; Franklin y Zimmerman, 2001; McMillen y otros, 2002; Perkonigg y Wittchen, 1998). Por último, el cuarto enfoque sostiene que psicopatologías preexistentes crean la vulnerabilidad que propicia el desarrollo del TEPT; sin embargo, sólo se ha observado psicopatología en un tercio de los casos de TEPT (Perkonigg, Kessler, Storz y Wittchen, 2000). En un estudio reciente, Wittmann, Moergeli, Martin-Soelch, Znoj y Schnyder (2008) pusieron a prueba los dos primeros modelos explicativos e introdujeron la posibilidad de que la tipología del trauma también podría influir sobre la comorbilidad, considerando ésta como un tercer modelo; sus resultados les llevaron a concluir que la integración de los tres modelos es la que mejor describe la comorbilidad. En relación con el curso del TEPT, Carvajo (2002) recoge una revisión de varios estudios sobre el curso de la patología en diferentes tipos de víctimas. En víctimas de violación a los nueve meses del hecho traumático un 47 por ciento presenta síntomas y a largo plazo (11-17 años) sólo un 16%. En víctimas de accidentes de tráfico, a los tres años del mismo, un 11% permanece aquejado. Se han detectado síntomas de TEPT, al cabo de un año, entre el 30-40% de los sujetos que habían sufrido lesiones físicas graves. Asimismo, se ha detectado que entre el 10 y el 15% de los pacientes evolucionará hacia la cronicidad. Al adentrarnos en la epidemiología del TEPT, lo primero que se aprecia es una amplia heterogeneidad en los resultados de los estudios. Algunos autores señalan cifras de prevalencia en población general del 1-2% (Helzer, Robins y McEvoy, 1987; Perkonigg y otros, 2000), mientras que otros ascienden la prevalencia a valores muy superiores, llegándose a un porcentaje del 18,3% para población femenina (Breslau, David, Peterson y Schultz, 1997). Carvajal (2002) en una revisión de los estudios de Lessler y Breslau, elaboró la prevalencia del TEPT en función del hecho traumático y del sexo (véase Tabla 3). 122 Tabla 3. Prevalencia (%) del TEPT en función del hecho traumático y del sexo Tipo de Trauma Hombres Mujeres Violación 65 45,9 Abuso sexual 12,2 26,5 Asalto 1,8 21,3 Accidente 6,3 8,8 Desastres naturales 3,7 5,4 Comabate 38,8 ------ Testigo de muerte o graves lesiones 9,1 2,8 Informarse acerca del hecho traumático 1,4 3,2 Muerte súbita de un ser querido 12,6 16,2 Dentro del Estado Español, Echeburúa y Corral (1998) corroboraron, entre víctimas de violencia de género, una prevalencia entre el 50-55%. Posteriormente, se observó una prevalencia del 54,5% en una muestra compuesta por víctimas de agresión sexual, violencia familiar y terrorismo. Específicamente, se detectaron prevalencias del 66,7% en víctimas de atentados terroristas, del 69,9% para las agresiones sexuales y del 46,2% en los pacientes afectados por violencia de género (Amor y otros, 2002; Echeburúa y otros, 2002). También, entre de víctimas de violencia de género, Vilariño, Arce y Carballal (2009) hallaron una prevalencia del 56%; no obstante, un estudio actual (Labrador y otros, 2010) informa de un porcentaje inferior (37%). Finalmente, en relación con la prevalencia del TEPT, Rosen (2006) señala la necesidad de ser cautos a lo hora de tomar como reales los valores encontrados en la investigación, debido al riesgo considerable de que estén sobreestimados como consecuencia de la simulación del trastorno. De hecho, se ha documentado la existencia de cuadros simulados de TEPT (Burkett y Whitley, 1998; Lynn y Belza, 1984; Rosen, 1995) y la dificultad que entraña la detección de presentaciones fingidas del Trastorno (Hickling, Blanchar, Mundy y Galovski, 2002; Rosen y Phillips, 2004). En esta línea, Rosen y Taylor (2007) desarrollaron el concepto de Pseudo-PTSD, para referirse a aquellos casos en los que la sintomatología presentada por el paciente es una simulación. Con el objetivo de proteger los datos epidemiológicos del TEPT, sería conveniente, tal y como recomiendan los autores, que se siguiesen las recomendaciones 123 de la APA, referentes a la necesidad de descartar la simulación en aquellos casos en que pueda presentarse y que aparecen recogidas en el DSM-IV (APA, 2002). De este modo, cuando los evaluados estén inmersos en procesos judiciales de los que podrían obtener algún beneficio o ventaja por padecer el TEPT, existe un claro riesgo de presentación simulada y, de no llevarse a cabo un estudio de la misma, corremos el riesgo de realizar un diagnóstico falso. En este sentido, Rosen y Taylor (2007) identifican una serie de investigaciones en las que se observa una más que posible sobreestimación de los resultados de prevalencia, por no tomar en consideración estas recomendaciones (i.e., Blanchar y otros, 1996; Daly y Johnston, 2002; Yule y otros, 2000). En estos estudios, la mayoría de los sujetos estaban inmersos en procesos judiciales, pero no se consideró la posibilidad de que la presentación del TEPT fuese simulada, o si se consideró, se limitaban a mencionar que los sujetos parecían honestos a la hora de presentar la sintomatología o que los evaluadores no tenían la impresión de haber sido engañados, sin llevarse a cabo un adecuado estudio de la simulación. Por consiguiente, no es de extrañar que los datos de prevalencia obtenidos resultasen superiores a los encontrados anteriormente para casos semejantes. En definitiva, sería recomendable adoptar una postura cauta en relación con los datos de prevalencia del TEPT y, para favorecer una adecuada estimación de los datos epidemiológicos, cuando se realicen investigaciones, llevar a cabo un estudio de la simulación con todos los medios existentes. 3.4.1.4. Factores intervinientes en el desarrollo del TEPT. Nadie está exento de padecer a lo largo de su vida algún evento traumático con la potencialidad suficiente de desarrollar un TEPT, pero esta condición no garantiza la aparición de la patología. De hecho, se estima que en torno al 30% de la población general se ve expuesta a acontecimientos de estas características, pero sólo entre el 10%-20% desarrollarán el TEPT (Simon, 1995). En esta línea, estudios realizados con población norteamericana (Breslau y otros, 1995; Davidson, 2000; Kessler, Sonnega, Hughes y Nelson, 1995) hallaron cifras de prevalencia de exposición a sucesos traumáticos, que oscilan entre un 39,1% y un 60% a lo largo de la vida. Por consiguiente, podría decirse que las situaciones traumáticas son un fenómeno bastante habitual. No obstante, la probabilidad de desarrollar un TEPT es relativamente baja, lo 130 No obstante, como señalan Rogers y Vitacco (2002) no podemos limitarnos a estos indicadores de simulación que nos proporciona la APA. De acuerdo con los datos disponibles podría cometerse una elevada tasa de falsos positivos, en torno al 80%. Por ejemplo, Kucharski, Duncan, Egan y Falkenbach (2006) encontraron que aunque existe cierta relación entre psicopatía y simulación, la psicopatía no es un indicador útil de la misma. Por ello, se han desarrollado métodos estandarizados para detectar la simulación que se presentarán posteriormente. 4.2. Prevalencia de la simulación. De acuerdo con Inda, Lemos, López y Alonso (2005) la simulación puede presentarse en todo tipo de enfermedades somáticas y trastornos mentales, siendo el trastorno por estrés postraumático (TEPT), el síndrome de daño cerebral postraumático, la amnesia y la psicosis los principales trastornos que suelen ser objeto de simulación. No obstante, resulta excesivamente complejo establecer unas tasas de prevalencia esclarecedoras, éstas son muy difíciles de determinar, entre otras cuestiones, porque los simuladores exitosos no son detectados y, por lo tanto, no pueden ser incluidos (Conroy y Kwartner, 2006). De este modo, el signo predominante que se extrae de los datos ofrecidos por las diferentes investigaciones es la variabilidad y la ausencia de consenso. Aronoff y otros (2007) han recogido las tasas de prevalencia de simulación de los trastornos mentales, de las alteraciones cognitivas y de los dolores crónicos, arrojadas en diferentes estudios (véase Tabla 4). Tabla 4. Tasas de prevalencia de simulación Simulación de trastornos mentales Keiser (1968) TEPT 1% Miller y Cartlidge (1972) TEPT 50% Henderson (1986) TEPT 50% Rogers (1986) Simulación de locura y juzgado cuerdo 24,5% Simulación clara 4,5% Probable simulación 20% Rogers (1990) Simulación en población encarcelada 5-50% 131 Rogers y otros (1994) Casos forenses 15,7% Casos no forenses 7,4% Schretlen y otros (2000) Acusados de delito 11,3% Simulación de alteraciones cognitivas . Hopwood and Snell (1933) Simulación de amnesia 22% Clara simulación 14% Probable simulación 8% Kiersch (1962) Amnesia falsa detectada por hipnosis 41% Simulación de amnesia reconocida 25% Heaton y otros (1978) . 64% Helbrun y otros (1990) Daño neuropsicológico 67% Daño neuropsicológico en trabajadores inmersos en procesos de compensación 47% Binder (1993) Daño neuropsicológico 18-33% Trueblood y Schmidt (1993) Daño neuropsicológico 7,5-15,7% Frederick y otros (1994) Daño neuropsicológico 10-25% Rogers y otros (19949 Casos forenses 15,7% Casos no forenses 7,4% Greiffenstein y otros (1994) Déficits en litigantes por lesión personal 60-64% Guilmette y otros (1994) Reclamaciones a la Seguridad Social 18% Meyers y Diep (2000) Síntomas cognitivos secundarios al dolor En procesos legales 29% No en procesos legales 0% Meyers y Volbrecht (2003) Daño neuropsicológico 15-20% Simulación de dolor crónico Leavitt y Sweet (1986) 5-20% Kay y Morris-Jones (1998) 20% Fishbain y otros (1999) 1,25-10,04% Gervais y otros (2001) Dolor crónico por fibromialgia Solicitando invalidez 44% En situación e invalidez 23% Meyers y otros (2002) En proceso legal 36% 132 No en proceso legal 0% Larrabee (2003) Media de varios estudios 40% 4.3. Diferentes clasificaciones de la simulación. Seguidamente, revisaremos algunas tipologías de simulación y de simuladores de trastornos físicos y psíquicos. La primera fue presentada por Porot en 1921, proponiendo la siguiente clasificación de simulaciones de síndromes mentales: a) Simulación mental total o verdadera. La persona es absolutamente consciente a la hora de fingir un determinado trastorno y lo hace con la finalidad de alcanzar unos beneficios que previamente se ha propuesto. El autor entiende que este tipo de simuladores suelen ser identificados debido a que, en la mayoría de los casos, presentan síntomas absurdos o estructuras sindrómicas incoherentes. b) Sobresimulación. Los individuos exageran ciertas anomalías o trastornos psíquicos que verdaderamente padecen. La idea subyacente a esta definición está en la noción compartida por muchos autores de que bajo la simulación se esconde generalmente una personalidad anómala. c) Metasimulación. Como el propio término indica, el simulador se vale de los conocimientos que tiene sobre la simulación, con la salvedad de que éstos tienen su origen en una enfermedad que ha padecido anteriormente. Además, se requiere que busque obtener determinados beneficios. Ulteriormente, Porot (1977), en base a la personalidad del simulador y la actitud que adopta, amplió su descripción con la tipología de simuladores: a) Simuladores pasivos. Simulan principalmente defectos funcionales. Adquieren actitudes negativistas, de inhibición. b) Simuladores activos. Crean y mantienen su sintomatología por medio de procesos psicomotores activos (se provocan lesiones, fingen cojera, etc.). c) Simuladores absurdos. Se trata principalmente de individuos que simulan trastornos mentales adoptando una conducta extravagante, con la manifestación de síntomas absurdos. 133 Por su parte, Vallejo-Nájera (1930) diferenció, en función de la personalidad del simulador, entre simuladores “ocasionales” y simuladores “perpetuos o permanentes”, entre los que, según el autor, aparece un mayor porcentaje de anomalías psíquicas o psicológicas que conforman la base constitucional de su tendencia a la simulación. Además, para el grupo de los simuladores permanentes, Vallejo-Nájera estableció la siguiente tipología: a) Simulador inculto. Se refiere a sujetos de escasa inteligencia y cultura. b) Simulador sugestionable. Se trata de individuos de personalidad psicopática con fuertes sentimientos de inseguridad que simulan la enfermedad como forma de afrontar las dificultades. c) Simulador paranoide. Hablamos de personas que sobreestiman su personalidad lo que los lleva a no reconocer situaciones de inferioridad. d) Simulador histérico. Para este tipo la simulación de la enfermedad es un modo de demandar atención. En la histeria auténtica resulta complejo distinguir entre simulación consciente y aquello que se genera en base a mecanismos inconscientes. e) Simulador mitómano o fabulador. Se refiera a personas para las cuales la simulación responde a una necesidad de suscitar admiración y asombro en los demás, con el objetivo de satisfacer su vanidad. f) Simulador emotivo. Se trata de individuos caracterizados por su timidez y cobardía, que simulan por miedo al ridículo. g) Simulador amoral. Consiste en una persona que simula para obtener una recompensa económica por parte de un seguro o eludir la responsabilidad por haber cometido un determinado delito. h) Simulador profesional. Hablamos de individuos cuya manera de vivir es la simulación de enfermedad en busca de las ventajas que esto pueda proporcionarle aprovechándose, por ejemplo, de la caridad de las personas. Desde la perspectiva de las implicaciones cognitivas para el sujeto de la simulación, Utitz (1950) diferenció entre “autosimulación”, y “disimulación”. La autosimulación sería el proceso por el que el individuo que finge un determinado trastorno, llega a autoconvencerse de la autenticidad de sus síntomas, generándose el 134 desarrollo de un auténtico trastorno. Por su parte, la disimulación consistiría en el ocultamiento, de forma consciente y orientado a la consecución de determinados objetivos, de aquellos síntomas que padece. Más recientemente y desde el marco jurídico, se han presentado otras clasificaciones atendiendo a la finalidad de la simulación, a la naturaleza del fraude y a las motivaciones de la simulación (Gisbert, 2005). De este modo, de acuerdo con las “finalidades” de la simulación, se diferencian los siguientes tipos: a) Simulación defensiva. Se trata de una simulación que pretende evitar una condena o sanción. b) Simulación ofensiva. Radica en una simulación cuyo objetivo es intentar dañar a otro mediante la atribución del origen del trastorno que finge. c) Simulación exonerativa. Se refiere a una simulación que tiene como finalidad la evitación de una obligación. d) Simulación lucrativa. Designa un tipo de simulación que tiene como pretensión el explotar la caridad de los demás. e) Simulación aduladora. Consiste en la simulación, por parte de los discípulos, de defectos o dolencias de sus maestros. f) Simulación ambiciosa. Equivalente a la anterior pero con el objetivo de obtener honor. g) Simulación afectiva. Se refiere a que la simulación tiene su origen en razones sentimentales o afectivas. Con respecto a la “naturaleza del fraude”, se diferencian varias enfermedades: a) Enfermedades provocadas. Estamos ante una enfermedad real pero sus síntomas o lesiones tienen un origen intencionado por parte del sujeto con el objetivo de conseguir determinados fines. b) Enfermedad alegada. El sujeto informa de una sintomatología de la cual no existe manifestación objetiva. c) Enfermedad imitada. El individuo imita los síntomas o características externas de la enfermedad. 135 d) Enfermedad exagerada. El sujeto exagera síntomas que ha padecido con anterioridad. e) Enfermedad imputada. El simulador trata de falsear el origen de una enfermedad que existe realmente. f) Enfermedad disimulada. La persona trata de ocultar una patología que realmente padece. En la evaluación de un posible simulador resulta de interés conocer las “motivaciones” que pueden llevar a un individuo a fingir un trastorno. A continuación, se exponen las causas de simulación más habituales, que incluirían: a) Eludir obligaciones oficiales, como por ejemplo, prestar declaración ante tribunales y autoridades judiciales, evitar el ingreso en prisión, etc. b) Obtener indemnizaciones y/o perseguir venganzas personales, atribuyendo a otros el origen de la enfermedad o trastorno. c) Explotar la caridad pública, provocando sentimientos de lástima en los demás. d) Reclamar indemnizaciones a los seguros por enfermedades o accidentes laborales o bien conseguir y/o aumentar el tiempo de baja en el trabajo. e) Rehuir la responsabilidad penal por un delito grave, alegando un trastorno o enajenación que lo exima según las leyes recogidas en el Código Penal. f) Conseguir ser declarado inválido de forma oficial, con los beneficios que ello conlleva. g) Evitar el cumplimiento del servicio militar. h) Disimular enfermedades que realmente padece el individuo, para evitar la incapacidad civil, poder acceder a determinados puestos de trabajo, hacerse un seguro de vida, etc. Gisbert (2005), en función de la intencionalidad del simulador clasificó la simluación en: a) Simulación total y verdadera. El sujeto es plenamente responsable y consciente de la simulación. Ésta también se refiere como: fake bad, faking bad, malingering, feigning o fingimiento negativo (Jiménez y Sánchez, 2003). 136 b) Sobresimulación. Existe una patología de base, que es exagerada por el simulador. c) Metasimulación. Ésta consiste en la perseveración de un cuadro clínico que ya ha remitido. d) Disimulación. Ésta se relaciona con la ocultación de sintomatología con el fin de obtener un alta médica o con la obtención de un fin en el contexto jurídico. Otras denominaciones son: fake good, faking good o fingimiento positivo (Jiménez y Sánchez, 2003). Por otro lado, conocer los aspectos que caracterizan a los simuladores puede resultar muy útil a la hora de tomar en consideración la posibilidad de simulación ante determinados sujetos, favorecer su comprensión y facilitar la evaluación en tales casos. En esta línea, algunos autores han establecido, a partir de diversas investigaciones, diferentes rasgos que se observan frecuentemente en sujetos simuladores. Por ejemplo, Aldea (1994) ha elaborado un perfil de simulador. Así, señala que la simulación presenta mayor frecuencia entre los hombres con una edad de comienzo entre los 24 y los 56 años. Generalmente, pertenecen a un nivel sociocultural bajo y se caracterizan por una adaptación social oportunista y cambiante. Por otro lado, refiere que sus ingresos hospitalarios se caracterizan por su escasez y baja duración, aunque en ocasiones, pongan en peligro su vida al intentar simular una enfermedad grave. Asimismo, la mayor parte de los simuladores rechazan las evaluaciones y terapias psicológicas y psiquiátricas, dificultando el conocimiento de la base psicopatológica subyacente. Finalmente, entiende que el origen de la perturbación es consciente, que existe un control voluntario sobre la sintomatología y que persigue la consecución de algún tipo de indemnización o ventaja. En cuanto a la sintomatología de la simulación, Gisbert (2005) destacó que son muchos los síndromes y procesos patológicos que un sujeto puede llegar a simular, agrupándolos en cuatro categorías: a) Alegación de síntomas. En este caso no existe manifestación externa de síntomas. El sujeto simulador se restringe a dar una descripción subjetiva sobre los mismos. 137 b) Simulación propiamente dicha. En ésta se observa una manifestación externa de la sintomatología, como puede ser lentitud cognitiva cuando se realiza la evaluación. c) Imitación. El sujeto recurre a aparatos externos y productos químicos. d) Provocación de sintomatología. Mediante este procedimiento el sujeto simulador tratará de provocarse una determinada sintomatología y modificará el origen de la misma. En suma, en el análisis de la simulación deben considerarse todas las modalidades del simulador, su perfil, así como la motivación y los objetivos a alcanzar. 4.4. La detección de la simulación de trastornos mentales. En ocasiones, se ha cuestionado la capacidad de los clínicos para identificar a las personas que de modo deliberado exageran o fabrican síntomas asociados a algún trastorno mental. Rosenhan (1973), por ejemplo, encontró como un grupo de “pseudopacientes” no eran clasificados como simuladores a pesar de su presentación atípica y deliberada. Además observó que, si los profesionales eran alertados de la posibilidad de que en muchos casos se encontraban ante individuos simuladores, se incrementaba considerablemente el número de falsos positivos (Rosenhan, 1973). De hecho, no debemos olvidar que la evaluación forense y la clínica no son equiparables. Los objetivos que se persiguen, así como las consecuencias que se derivan de las mismas, son claramente distintas. Por consiguiente, la labor de evaluador presenta importantes diferencias en función del contexto en que esté trabajando, tanto en lo referente a su actitud como al procedimiento de evaluación. De este modo, en la práctica clínica no se describen casos de simulación, por el simple hecho de que no se buscan (Rogers, 1997a). El propósito del profesional consiste en ayudar al paciente a superar la problemáticas que refiere, careciendo de la necesidad de cuestionarse la veracidad de la sintomatología manifestada. Por el contrario, el forense no sólo ha de limitarse a evaluar el estado clínico y a interpretar los resultados, sino que, además, ha de estudiar la 138 simulación, ya que las conclusiones de su análisis poseen consecuencias legales que podrían motivar al evaluado a falsear su sintomatología. Se han señalado otra serie de circunstancias, ampliando las recogidas en el DSM-IV, que de estar presentes, aconsejan sospechar simulación. Por su parte, Conroy y Kwartner (2006) refieren que la simulación se caracterizaría por: a) Las respuestas serán menos psicóticas con la fatiga. Por ello es recomendable realizar entrevistas largas cuando se sospecha simulación. b) Mayor presencia de síntomas negativos que positivos. Esto es, habitualmente, aparecerán delirios o alucinaciones, pero un comportamiento catatónico o un afecto aplanado raramente serán simulados. c) Es probable que el simulador enfatice sus delirios. d) Las aberraciones aparecen más en lo que verbaliza que en la forma de pensar. Por ejemplo, es complicado simular un lenguaje desorganizado o la fuga de ideas a lo largo de una entrevista de larga duración. e) Respuestas aproximativas. f) Aquiescencia del sujeto ante los síntomas sugeridos por el evaluador. Los simuladores tienden a asumir que padecen la sintomatología que refiere el evaluador, cuando consideran que incrementará la apariencia de psicopatología. g) Combinación de síntomas no consistentes con ninguna enfermedad mental. Los simuladores suelen relatar síntomas de modo indiscriminado, ya que creen que a mayor número de síntomas mayor será la gravedad del trastorno. Desde el ámbito de la Neuropsicología Forense y con el objetivo de evaluar la simulación de trastornos cognoscitivos, se recogen una serie de criterios que, de estar presentes, aconsejan sospechar simulación. Así, García-Domingo, Negredo-López y Fernández-Guinea (2004) señalan los siguientes: a) Incompatibilidad entre los resultados de las pruebas y el perfil de los síntomas propios de las lesiones neurológicas subyacentes. b) Bajo rendimiento en tareas motoras y sensoriales y actuación normal en pruebas de medida de capacidades cognitivas, como la memoria. 139 c) Inconsistencia en las respuestas del sujeto, yerra en tareas sencillas y contesta adecuadamente a cuestiones que suponen los mismos procesos cognitivos. d) El paciente no presenta sintomatología una vez abandona el hospital, apareciendo las quejas después de un periodo de tiempo y evolucionan progresivamente. e) El paciente manifiesta permanentemente su incapacidad para retornar al trabajo anterior. Por su parte, Lezak, Howieson y Loring (2004) recogen la siguiente relación de criterios: a) Presencia de importantes incentivos externos. b) Evidencia de los tests neuropsicológicos: b.1 Tendencia de respuesta negativa b.2 Tendencia de respuesta probable en un test válido. b.3 Discrepancia entre los datos del test y los patrones de funcionamiento cerebral. b.4 Discrepancia entre los datos y el comportamiento observado. b.5 Discrepancia entre los datos e informes fiables. b.6 Discrepancia entre los datos y el historial clínico. c) Evidencia de la información del paciente: c.1 Discrepancia entre la historia autoinformada del paciente y la historia documentada. c.2 Discrepancia entre los síntomas autoinformados y los patrones de funcionamiento cerebral. c.3 Discrepancia entre los síntomas autoinformados y el comportamiento observado. c.4 Discrepancia entre los síntomas autoinformados y los informes de informadores cercanos. d) Evidencia de disfunción psicológica exagerada o inventada. 242 Langleben, D. 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