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Pastoral que dirije a los súbditos castrenses del Departamento del Ferrol y diócesis de Mondoñedo, Santiago y Orense... Teniente Vicario General del mismo con motivo de la próxima cuaresma

Aparici y Zubeldia, Miguel de

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G¿\ íxyt u u K.'2^-'SI3 Miiom QUE DIRI JE A LOS súbditos Castrenses del Departamento del Ferrol y diócesis de Mondoñedo, Santiago y Orense 3355» SI3 c j?t<I>3X ' DR. D, MI61ÍEL DE APARICI Y ZUBELDIA , TENIENTE VICARIO GENERAL DEL MISMO, CON MOTIVO DE FERROL: 1861. Imprenta y Litografía de Taxonera. se imVKRSlüAlJh DE SANTIAGO u DE SANTIAGO NOS EL DR. DON MIGUEL DE APARIC1 Y ZUBELDIA , PRESBITERO, COMENDADOR DE NUMERO DE LA REAL OR  DEN AMERICANA DE ISABEL LA CATOLICA, CABALLERO DE LA DISTINGUIDA DE CARLOS ELI, DE LA DE SAN FERNANDO DE PRIMERA CLASE, SECRETARIO DE S. M?, SUBDELEGADO APOS  TOLICO Y TEN IEN TE VICARIO GENERAL DE LOS EJERCITOS DE MAR Y TIERRA EN EL DEPARTAMENTO DE FERROLY DIOCESIS DE MONDOSEDO, SANTIAGO Y ORENSE ETC. A nuestros muy amados hermanos los Sacerdotes, y á todos los fieles Castrenses de este Departamento y diócesis espresadas, salud en nuestro Señor Jesucristo. Bonas fácite vías véstras ...... lerem. VII. 3. Enmendad vuestra conducta..... C o r r ie n d o los tiempos han pasado las cosas humanas, ha  ciéndonos conocer prácticamente la pequeñéz é instabilidad de los intereses del mundo. Han corrido también las fases de nuestra fortuna, tomando y dejando según el viento que las ha impelido en el mar borrascoso de la vida y con la estrañeza singular de que nos afanamos por prepararnos para recibir los bienes caducos si su efímera aurora nos alumbra, ó para contrastar los males también caducos, si sus negras sombras manchan el horizonte. ¿Y no es tristí  simo y doloroso en demasía que nos preparemos al haber de recibir bienes ó males terrenales, contemplando al paso con indiferencia la venida de lo que atañe á la ventura y porvenir de nuestras almas? Harto conmovido nuestro co  razón, dejamos escapar estas espresiones sentidas, porque palpamos la realidad que motiva nuestro dolor profundo; pero hoy en que con voces vivas, nuestro Dios y Señor nos llama desdo el cielo con su divina gracia, y en la (ierra con la presencia do la cuaresma Santa, no podemos pasar en si  lencio sin dirigir nuestra débil voz á cuantos el común Pastor de la jurisdicción castrense sometió á nuestro cuida do y celo espiritual, á fin de que escitados por los recuerdos de salud de la Escritura santa, piensen seriamente en ¡as necesidades (pie agovian su espíritu, y en los remedios .que nos ofrece la Iglesia de Jesucristo. Esto es el tiempo de salud; estos son los dias de gracia, los dias de penitencia, y' seremos muy ingratos, muy ciegos y obstinados, si no nos acerca  mos á la fuente de las felicidades, para beber en ella los re  medios de nuestros males. En estos tiempos de pecado, de obstinación y de iniquidades, pasto general de toda la (ier  ra; tiempos en que la cristiandad parece ver ante su presen  cia las cuchillas de Nerón y Diocleciano, de Aíila y Alarico, y los dias que serán el presagio de la hora postrera; tiem  pos en que el ungido del Señor padece desamparado del favor de los hombres, la razón se encuentra hollada ñor la planta de sátiros infernales, y la justicia sentada en el tro  no de los mercenarios; en estos dias en que por todas partes luchan y triunfan al parecer, el crimen y el infierno; en es  tos dias, en fin ¿no hemos de alzar el grito mas fervoroso desde esta punta de la tierra para hacer frente á los males se I.NIVbKSlOADK que nos afligen y á otros que nos amenazan, sino para des  truirlos, siquiera para atenuarlos y hacer ver al orbe entero, que la barquilla del Pescador donde quiera que respire un católico, tiene defensores que quieren dar y darán, si es preciso, la sangre desús venas para defender su fó santa? Si, amados hermanos en Jesucristo ; los males que hemos apuntado, cunden en todas parles: en el palacio del magnate, y en la choza del pastor, porque el infierno tiene ministros de su empresa inicua en los rincones y en las plazas. Abrid los ojos y mirad en torno vuestro; y si mas de lleno queréis conocer la verdad lastimosa de estas apreciaciones, examinaos á vosotros mismos, y muy raro será el que con mas ó menos fortuna, no sienta en su conciencia aquellos efectos desas  trosos. Dejando á un lado mil y mil causas que pudieran analizarse, fijaos por hoy en el Sacramento de la Peni(encía, que es la tabla de salvación después de naufragar en los mares de la culpa. ¡Qué descuido tan criminal ! ¡Qué des  precio tan funesto ! Los hombres aprisionados en las redes del infierno, unos, aunque pocos, no quieren creer en aquella luz brillante que alumbra en las alluras del mundo, y oíros aunque creen arrebatados por la fuerza de la razón y de la justicia, ó su creencia es puramente vana y estéril pres  tando su 'aquiescencia y respeto á las doctrinas con sus solos labios, ó á lo sumó creen y cumplen con los mandatos mas sencillos y fáciles de nuestra Iglesia, olvidando los que son mas difíciles ó repugnantes á sus pasiones. Quisieran los hom  bres que la Religión fuera el comodín de sus placeres, équivalenle á querer que Dios sancionára los pecados, y osla es la razón, porque en el dia es cosa muy corriente respetarlos preceptos fáciles y reprobar los difíciles. En este caso se en  cuentra el Sacramento de la Penitencia, objeto especial de la reprobación de los Protestantes, y de lodos los malvados, que por cierto para un buen criterio debe ser suficiente razón para reverenciarla y practicarla, por que cuando el mal la detesta, seguramente habrá de ser su natural enemigo, y el enemigo del mal es la gracia. Aqui como en muchas parles palpamos este contagio del siglo diez y nueve, contagio que* ha nacido de la indiferencia religiosa, entidad personificada por el egoísmo, rey de la tierra y principalmente de Europa que al paso que, con una mano dá su ausilio á la jus  ticia y al bien, con la otra oculta, los empuja y precipita para abismarlos. Lean sus corazones en este instante esos hombres repletos de placer, de abundancia y de saber, y contesten sino es verdad que su ínteres privado, su honor mal entendido, sus compromisos mundanos, y para decirlo de una vez, digan si su egoísmo no es el monstruo que les asusta y les hace repeler y maldecir con sus obras lo que aman con su inteligencia. No puede ser otra cosa, porque de otro modo no comprendemos ni esplicamos sus aberraciones; en el siglo diez y nueve no concebimos la negación de la ver  dad cristiana, porque han aparecido tales atestados en el ho  rizonte de las inteligencias, que ni aun por moda es digna ya la impiedad filosófica. En estos dias los que presentan guerra abierta á las verdades de Jesucristo, mas bien que el epíteto de filósofos é ilustrados, lograrán el de necios y petulantes. ¿Porqué, pues, tanta iniquidad y desprecio ha  cia el Sacramento que nos justifica y lleva al cielo? dicho está, que por el indiferentismo religioso, hijo natural de la embriaguez y letargo en que los hombres descansan abisma dos, consecuencia precisa de sus placeres y del pecado. Por lo tanto, muy amados hermanos, ios que por vuestro origen y circunstancias no habéis adquirido aquella dosis de cien  cia que os abra camino para ver filosóficamente las verdades de nuestra doctrina Santa; descansad en la enseñanza cató  lica de hoy, que es la de Dios y la de diez y ocho siglos. Estad con Jesucristo creyendo en él, esperando en él, y amándole con buenas obras; y cuando tropezáreis en los es  collos de la culpa, acudid á la Penitencia que remediará u vuestras penas. Y á vosotros, hombres de ciencia, quecreeis y no obráis, y que si obráis, os avergonzáis y ocultáis por consideraciones del mundo, ó del infierno, abrid los ojos del corazón... sed consiguientes con las doctrinas que Dios de  positó en vuestras almas... no hagais traición á lo que pen  sáis... obrad como sentís. Los obstáculos que os lo impiden son pasageros; la muerte corre precipitada por toda la tier  ra... vuestro amigo vivía ayer en la abundancia, y hoy no existe..; mañana esta suerte será la vuestra que entre pla  ceres vivís en el mundo...; vosotros erguís la frente un dia, y en tanto ¿no hay en vuestra familia un ser que sufra en el lecho del dolor? ¿no hay una madre, un hijo, una espo  sa ó un pariente á quien la vida le sea pesada? ¿pues por  qué vosotros estáis soberbios y aletargados? Despertad, despertad, mortales: los dias están contados; las horas pa  san; la muerte es segura, y en señal de su incierto instante, el cólera, la fiebre, las guerras, las inundaciones y mil ma  les mas, cruzan las llanuras y montañas del emisferío. Aun  que débil, en las obras, fuerte en la fé por la misericor  dia del cielo, nuestro deber espiritual, nos hace llamaros á penitencia...; la época ha llegado... un Salvador nos brin  da con su ejemplo; y ¿qué haremos nosotros? Penitencia, amados hermanos: no os llamo á una virtud que pida morar en los desiertos; el yugo de Jesucristo es suave, su ley san  ta es muy llevadera con la gracia; podéis doleros de vues  tras culpas, empezar á rejenerar vuestro espíritu; en una palabra, podéis ser buenos cristianos, y sin embargo usar de los bienes que os regaló el Omnipotente. El templo santo os espera; allí sonará la eterna palabra y allí el nombre del Señor será alabado en estos dias de salud y gracia con la que todos iremos á la santa Sion. Y á vosotros, hermanos nuestros de Sacerdocio, los respetables párrocos castrenses con quienes hemos compar  tido la noble, elevada y penosa misión de guiar las almas,