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© Copyright 2005: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia. Murcia (España) ISSN edición impresa: 0212-9728. ISSN edición web (www.um.es/analesps): 1695-2294 anales de psicología 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre), 244-258 ¿Qué unidades debemos emplear? Las “dos disciplinas” de la psicología de la personalidad Estrella Romero* Universidad de Santiago de Compostela Resumen: Uno de los debates más duraderos en psicología de la personalidad hace referencia a las unidades de análisis que definen la disciplina. El problema fue formulado por G.W. Allport hace ya varias décadas, fue ampliamente discutido con la crisis de la consistencia y, en la actualidad, parece recrudecerse, con dos grandes posturas enfrentadas: los modelos de rasgos (especialmente el modelo de cinco factores) y los planteamientos socialcognitivos. Este artículo realiza una revisión del debate, examinando ambas posturas, su historia, argumentos y puntos críticos. Además, se analiza en qué medida los dos planteamientos son realmente antagónicos, y se revisan las alternativas que se han propuesto para su integración. Las conclusiones de esta revisión crítica muestran que, pese a las diferencias, los modelos basados en rasgos y las modernas propuestas socialcognitivas presentan semejanzas nada triviales, lo cual abre puertas a la integración. La psicología de la personalidad debe contemplar un amplio rango de unidades (de las más estáticas a las más cambiantes), y para ello los modelos multinivel suponen una interesante opción. Palabras clave: Psicología de la personalidad; rasgos; modelos socialcognitivos; modelos integradores; estabilidad y cambio. Title: What units should we employ? “Two disciplines” in personality psychology. Abstract: One of the more pervasive controversies in personality psychology deals with the units needed to define the discipline. The problem was posed by G.W. Allport some decades ago; then, it was widely discussed during the consistency crisis, and now, it seems to arise again, with two confronted proposals: trait models (particularly, the Five Factor Model) and socicognitive models. This paper reviews the debate, examining both positions, their history, statements and critical points. The paper also discusses to what extent the two proposals are actually antagonistic, and reviews the integrative options. This critical review concludes that, in spite of the differences, trait-based and sociocognitive models show nontrivial similarities, which open doors to integration. Personality psychology should look at a wide variety of units (from the most static to the most mutable), and, for that reason, multi-level models are shown as an interesting option. Key words: Personality psychology; traits; sociocognitive models; integrative models; stability and change. 1. Introducción ¿Qué unidades debemos emplear para estudiar la personalidad? Esta es una cuestión nada trivial, que ha estado formulada desde los propios comienzos de la psicología de la personalidad, y que, lejos de solventarse de un modo armónico, ha dado lugar a debates muy duraderos y muy sustanciales para el propio desarrollo de la disciplina. Probablemente el debate “persona-situación”, que se extendió desde los años 60 hasta bien entrados los 80, representó el momento de máxima tensión entre los defensores de distintas vías para el estudio de la personalidad. Hoy los ecos de la crisis suenan ya lejanos. De hecho, hace tiempo que la palabra “crisis” parece haber desaparecido del discurso de los psicólogos de la personalidad, y cada vez más, se alzan cantos optimistas sobre la situación de esta área (cf. Funder, 2001; Romero, 2002). Pese a ello, un seguimiento atento de la literatura actual deja entrever que los viejos dilemas no se han desvanecido. Hoy, de los rescoldos de la crisis parece re-emerger, con cierta vehemencia, una polémica que, una vez más, no puede dejar indiferentes a los psicólogos de la personalidad. A ello dedicamos el presente artículo. Pretendemos revisar el estado de la cuestión, identificando los representantes de la actual controversia, sistematizando sus argumentos, y realizando una lectura crítica de las alternativas implicadas. Ahora que se recrudecen las tensiones, cabe examinar qué hay de * Dirección para correspondencia [Correspondence address]: Estrella Romero. Departamento de Psicología Clínica y Psicobiología. Facultad de Psicología, Campus Sur, 15782 Santiago de Compostela (España). Email: [email protected] dejá vu en las nuevas propuestas, qué hemos avanzado tras los años de la crisis y hasta qué punto las posturas son irreconciliables. En primer lugar, debemos partir de que, aun cuando las definiciones y los matices del concepto “personalidad” son innumerables, probablemente muchos psicólogos de la personalidad podríamos acordar que hablamos de características psicológicas que imprimen coherencia al comportamiento de las personas (véase, por ejemplo, Caprara y Cervone, 2000; Pervin, 1996). El asunto a aclarar es cuáles son esas características que deben merecer nuestra atención. Esta es una cuestión que Allport percibió como crucial hace ya bastante tiempo. En 1958, un capítulo de este autor llevaba como título What units should we employ?. En él, Allport señalaba que el éxito de nuestra disciplina, como de cualquier ciencia, “depende en gran parte de su habilidad para identificar las estructuras, subestructuras y microestructuras (elementos) que componen la porción del cosmos que le compete [...]. Está claro que la psicología va detrás de la química, que tiene su tabla periódica de los elementos; de la física, con sus verificables, aunque evanescentes ‘quanta’; e incluso detrás de la biología, con su célula [...]. Su investigación no ha alcanzado aún acuerdo sobre qué unidades de análisis emplear” (Allport, 1958, p. 239, 240). De acuerdo con Allport, algunas unidades, como humores, facultades e instintos eran ya recuerdos del pasado, que parecían poco provechosos para la psicología de la personalidad. Sin embargo, identificó hasta 10 clases de unidades que se utilizaban, con mayor o menor éxito, en la investigación sobre personalidad. Entre ellas se encontraban motivos inconscientes, “síndromes de temperamento”, actitudes so- - 244 -
¿Qué unidades debemos emplear? Las “dos disciplinas” de la psicología de la personalidad 245 ciales, intereses y valores, rasgos expresivos y estilísticos, etc. Si consideramos los trabajos actuales sobre personalidad, a estas unidades podríamos añadir muchas otras: proyectos, tareas vitales, competencias, expectativas, atribuciones, estilos, planes, estrategias adaptativas, constructos personales, categorías, afectos, “yoes posibles”, guiones y un largo etcétera. En esta madeja de unidades, se ha ido produciendo una polarización entre dos posturas. Uno de los protagonistas es el rasgo, una unidad que tiene una larga tradición en nuestra disciplina, y que Allport sistematizó como un elemento básico de la personalidad. Desde entonces, los rasgos fueron considerados por muchos investigadores como la verdadera materia prima de la personalidad. La otra postura está representada por corrientes que fueron derivando del conductismo hacia el cognitivismo y el interaccionismo, hasta llegar a formar una cierta identidad de grupo: son los planteamientos “socialcognitivos”. Estos planteamientos son herederos de la crítica a los rasgos durante los 60 y 70. Bajo la tutela de Mischel y Bandura, se ha ido aglutinando un conjunto de investigadores que, con mayor o menor exclusivismo, parecen estar dispuestos a formar filas contra los enfoques de diferencias individuales y contra las explicaciones “rasguistas”. Apelan a unidades de análisis de carácter cognitivo (ahora también afectivo), y muestran sus preferencias por expectativas, autoeficacia, “yoes”, metas, esquemas... haciendo énfasis en los procesos intrapersonales (lo dinámico, el funcionamiento) frente a la estructura de las diferencias individuales. Insisten en explicar la coherencia no a partir de constructos descontextualizados, sino a través de los mecanismos cognitivos que, interactuando con la situación, producen regularidades en el comportamiento. Frecuentemente, la distinción entre rasgos y unidades socialcognitivas es expresada con el clásico “tener” frente a “hacer” que ya Allport había propuesto y que tanto difundió Cantor. Hasta tal punto se han desarrollado como corrientes independientes, que, en 1991, Cervone ya identificaba “dos disciplinas” en la psicología de la personalidad. Dos disciplinas que parecen evocar la brecha de Cronbach: de hecho, los rasgos han estado más identificados con la metodología correlacional y los planteamientos socialcognitivos, con la experimental. Pero Cervone no es el único en percibir dos líneas paralelas en psicología de la personalidad. Hettema y Deary (1992) también utilizan la expresión “dos disciplinas” para referirse a las aproximaciones “biológicas” y “sociales”: “la biológica tiende a atribuir la conducta al organismo [...], favorecer a los rasgos como unidades fundamentales de la personalidad, y a usar métodos correlacionales. La aproximación social atribuye primariamente la conducta al ambiente, deriva sus concepciones procesuales del aprendizaje (social), favorece a las unidades cognitivas y utiliza métodos experimentales para recoger datos” (p. 4.). Igualmente Costa y McCrae (1998) detectan la división entre dos “escuelas principales en la psicología de la personalidad académica, la de los rasgos/disposiciones y la socialcognitiva” (p. 104). Por su parte, Mischel y Shoda (1998) identifican dos aproximaciones a la personalidad “que han competido (a menudo encarnizadamente) en la búsqueda de una teoría adecuada de la persona como individuo y de las diferencias individuales importantes entre las personas [...]. Como consecuencia, el campo ha estado dividido en dos subdisciplinas, persiguiendo dos tipos de metas: procesos de personalidad y diferencias individuales, con diferentes agendas y estrategias que a menudo parecen entrar en conflicto” (p. 230, 231) Así pues, diferentes investigadores parece proyectar la imagen de una disciplina desdoblada en dos frentes paralelos. Estos dos campos podrían percibirse incluso en la sección de personalidad de la prestigiosa Journal of Personality and Social Psychology; una sección que aparece bimembrada: “Personality processes and individual differences”. Veamos cuáles son, en líneas generales, las características de unas y otras aproximaciones y qué vías se han planteado para su integración. 2. La personalidad como rasgos Probablemente se puede decir que los rasgos son el tipo de unidad que más investigación ha generado en psicología de la personalidad, y que ha tenido más repercusión en el campo de las aplicaciones. El rasgo vivió momentos de florecimiento y luego de tambaleo; pero hoy es una especie de “ave fénix”, que se ha recuperado con creces, y ocupa una porción amplia de páginas en nuestras revistas (Romero, 2002). Los rasgos han estado presentes en los orígenes de la psicología de la personalidad, en los momentos de más expansión, han sido protagonistas de excepción en los momentos más críticos y han sido responsables, en gran parte, del nuevo “boom” de nuestra disciplina. De hecho, describir la historia de la psicología de la personalidad, con su esplendor y sus caídas, es, en parte, describir los avatares de los rasgos. Después de haber sido cuestionados muy severamente, parece haberse producido un resurgir muy entusiasta de los rasgos como las piezas básicas de la personalidad. Como señala Snyder (1994, p. 162), “en estos días los psicólogos de los rasgos permanecen en pie, hablan con orgullo y en voz alta”. Es más, diversos autores señalan, explícitamente, que los rasgos son imprescindibles, e incluso definen la esencia del estudio de la personalidad. Un artículo muy citado de Arnold Buss (1989) lleva un título significativo: Personality as traits. En él afirma que “lo que distingue a la personalidad de otras especialidades son las diferencias individuales llamadas rasgos [...]. Si existe un campo distintivo de estudio llamado personalidad, su característica central y definitoria deben ser los rasgos”. (p. 1387). Otros investigadores se han manifestado en este mismo sentido. El libro de Matthews y Deary (1998), dedicado exclusivamente a los rasgos, tiene como objetivo reaccionar contra los manuales de teorías especulativas y mostrar que los rasgos no sólo están bien vivos, sino que están alcanzananales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
246 Estrella Romero do el estatus de un paradigma, que convierte a la psicología de al personalidad en una disciplina científica, empírica y útil. El libro “sitúa al concepto de rasgo en el centro del estudio científico de la personalidad humana” (p. 4). Hofstee (1994) también señala “¿Qué queremos decir cuando hablamos de personalidad en general? Cualquier profesor y escritor de manuales se enfrenta a esa cuestión. Más tarde o más temprano, el problema se traduce en definir los rasgos de personalidad” (p. 151). A pesar de estas declaraciones, y a pesar de que se hable de un “paradigma”, los rasgos pueden ser entendidos de formas diversas. De hecho, aunque existe un núcleo conceptual compartido, los usos del término “rasgo” no son idénticos (Báguena, 1989; Johnson, 1997). En lo más básico, los rasgos se consideran como disposiciones (tendencias, inclinaciones, propensiones), que se expresan en patrones de comportamiento (y, para algunos, también de pensamientos y sentimientos) relativamente estables y consistentes (Johnson, 1997; Pervin, 1994a). Pero dentro de este marco común, emergen las diferencias. El propio Allport, al que se considera impulsor del concepto de rasgo, mantenía una concepción distinta a la que luego fue dominante. Para Allport, los rasgos importantes, los que más interesan a la psicología de la personalidad (las “disposiciones personales”) deberían analizarse en cada individuo, a través de estudios idiográficos. Allport rechazó las iniciativas que se limitaban a buscar rasgos comunes a todos los individuos y a compararlos en términos cuantitativos. Rechazó, en definitiva, las aproximaciones diferenciales, dimensionales y factoriales que son las que más se han desarrollado. Pero si hablamos de diferencias en las formas de entender los rasgos, debemos referirnos a una especialmente importante: ¿son los rasgos características explicativas o simplemente tienen un estatus descriptivo? ¿son simplemente pautas de conducta que, a su vez, requieren una explicación? ¿o son estructuras subyacentes que, en sí mismas, explican la regularidad del comportamiento? Esta dicotomía ha sido expresada en términos diversos (rasgos fenotípicos vs. genotípicos; rasgos superficiales vs. fuente, etc.), y es uno de los campos de batalla que no acaban de pacificarse. Las aproximaciones de “frecuencia de actos”, las aproximaciones léxicas y las ópticas constructivistas sostienen una visión descriptiva. Los rasgos son “resúmenes de actos” (véase por ejemplo, Romero et al., 1994) , descriptores utilizados por un observador, o categorías construidas, pero no estructuras subyacentes, latentes en el actor, que “causen” la coherencia del comportamiento. Por el contrario, las versiones genotípicas van más allá. Los rasgos existen como entidades “reales”, endógenas (con frecuencia, con base biológica), que proporcionan una explicación directa de la conducta. Allport se refería a los rasgos como “estructuras neuropsíquicas” que tienen “más que existencia nominal” (Allport, 1966, p.3), y esta idea ha sido asumida por muchos autores. Una vez superada la crisis persona-situación, la versión “genotípica” salió fortalecida. Aunque, tras la crisis, cabría esperar que se optase por un término medio entre la posición más escéptica (los rasgos en el ojo del observador) y la más endogenista, en realidad triunfó una versión “fuerte” de los rasgos. Se habló de una “vuelta a lo básico”, y Funder (1991) escribía una especie de manifiesto “neo-allportiano” cuyos primeros principios eran muy explícitos: “los rasgos son reales” y “son más que meros resúmenes”. Pero, en los últimos diez años, han sido Costa y McCrae los portavoces más entusiastas de los rasgos como genotipos, intentando alejarse de los oenfoques léxicos. Los “cinco” son considerados por estos autores como rasgos de temperamento, cuyo origen y desarrollo es independiente de la influencia del ambiente, aunque su expresión pueda estar moldeada por él (McCrae et al., 2000). Repetidamente han celebrado que se haya llegado a acuerdos sobre la consistencia transituacional de los rasgos, su base genética, estabilidad temporal y estructura universal1 (Costa y McCrae, 1998). Para Costa y McCrae estos acuerdos están dando lugar a una psicología de la personalidad más madura. En su opinión, el conocimiento sobre el modelo de cinco factores beneficiará a todas las ramas de la psicología (vocacional, educativa, clínica...), y relegará a las teorías clásicas de personalidad a las asignaturas de historia de la psicología. Los rasgos, como disposiciones endógenas, son el fundamento para construir nuevos acercamientos teóricos; son una fuente de influencia básica, de la que emanan otras unidades de la personalidad. Bajo el influjo de estos autores, el modelo de cinco factores ha extendido su dominio. Las revisiones de la investigación publicada muestran, de hecho, que los “cinco” son el enfoque más representado en las principales revistas en inglés (Romero, 2002). Este auge ha hecho que, como reacción, hayan surgido distintas posiciones críticas; una vez más la utilidad del concepto de rasgo está siendo cuestionada. Al menos, su utilidad explicativa. Las críticas van dirigidas, muy especialmente, al modelo de Costa y McCrae (explícita o implícitamente) pero se irradian hacia “la teoría de rasgos”, de un modo más general. Al margen de la conocida crítica de Block (1995, 2001), más orientada hacia la adecuación de la estructura de cinco factores, en la última década otros autores se han empeñado en desvelar las limitaciones de los rasgos como unidades de análisis. Por ejemplo, McAdams (1992), en un especial dedicado al modelo de cinco factores, presentó a los rasgos como una “psicología del extraño”. Para este autor, son pinceladas demasiado genéricas, superficiales y descontextualizadas para describir en profundidad a las personas y, además, despiezan al individuo, sin dar cuenta de sus aspectos más organizados. McAdams pide precaución a la hora de considerar los rasgos como los cimientos de la personalidad. 1 Aunque el consenso es menos amplio que lo que se desprende de sus textos. De hecho, la estructura de cinco factores no es aceptada por todos, y no son raros los trabajos que cuestionan su universalidad. Esto es algo que, a los críticos de los rasgos, no pasa desapercibido. anales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
¿Qué unidades debemos emplear? Las “dos disciplinas” de la psicología de la personalidad 247 El temor al “imperialismo teórico y metodológico” de los rasgos (Pervin, 1994b, p.177) también impulsó la crítica de Pervin (1994a, 1994b), que fue el centro de un animado debate en el Psychological Inquiry. Pervin intenta moderar el optimismo de Costa, McCrae y de los rasguistas más convencidos. Por una parte, intenta hacer ver que la evidencia sobre algunos de los puntos centrales de la moderna teoría de rasgos no es tan convincente. Por ejemplo, a juicio de este autor, se ha sobredimensionado la influencia genética sobre los rasgos, su estabilidad a lo largo del tiempo y su capacidad predictiva (Pervin retoma la “barrera” del .30); además, en contra de lo que proponen Costa y McCrae, no existe acuerdo sobre su estructura, y las diferencias entre culturas hacen dudar de la universalidad del esquema de cinco factores. Pero Pervin va más allá y subraya las debilidades conceptuales de la teoría e investigación sobre los rasgos. En primer lugar, bajo la apariencia de acuerdo, no está claro qué es lo central en la definición de los rasgos; algunos autores parecen referirse a conductas abiertas, pero otros incluyen pensamientos, sentimientos y motivos. La confusión entre rasgos y motivos es, para Pervin, especialmente importante; mientras que algunos autores como Murray distinguieron claramente entre unos y otros, muchas teorías de rasgos dejan sin clarificar si son lo mismo o son diferentes (la confusión estaba presente en el propio Allport), y, en su caso, si los rasgos emanan de los motivos o viceversa. En segundo lugar, tampoco hay acuerdo sobre si los rasgos son descripciones o explicaciones; aunque muchos autores utilizan el término “rasgo”, parecen hacerlo en sentidos muy distintos. Finalmente, la teoría de rasgos se centra en las diferencias individuales, pero no en los individuos; se ocupa de “sumas” o “agregados” en las respuestas a distintas situaciones, pero no capta la dinámica intraindividual de la personalidad; se centra en estructuras estáticas, pero no atiende al funcionamiento. Por todo ello, también Pervin cuestiona que los rasgos puedan considerarse como el núcleo de nuestra disciplina, y que el estudio de la personalidad haya de basarse en ellos. Este último aspecto (estructura de diferencias individuales frente a funcionamiento intraindividual) es una de las críticas más repetidas. Y ese es uno de los argumentos más manejados por quienes se erigen como “la alternativa”: los modelos socialcognitivos. Los planteamientos socialcognitivos no son nuevos. Han ido formándose desde las teorías del aprendizaje social a lo largo de varias décadas, y se hicieron especialmente visibles a partir de la crisis de los rasgos. Últimamente, con los rasgos fortalecidos, y quizá como un intento de no perder terreno, los ataques de los socialcognitivos a los rasgos, y, en general, la polémica entre ambos, se recrudece. Los teóricos socialcognitivos están siendo especialmente beligerantes en sus intentos por recordar que la personalidad no puede reducirse, ni siquiera fundamentarse, en rasgos. Algunos autores, como Mischel, revisan y sistematizan su propuesta original y ofrecen formas alternativas de representar la personalidad. Un libro editado por Cervone y Shoda (1999) reunía a diferentes investigadores (Bandura, Mischel, Higgins, Dodge, Dweck, Cantor, Markus...) para dejar claro que, pese a su popularidad, los rasgos no son los elementos idóneos para dar cuenta de la coherencia de la personalidad. Se trata de articular un “no” a la “personalidad como rasgos”. 3. La beligerancia socialcognitiva Muchas figuras importantes en la historia de la psicología podrían considerarse antecedentes de los modernos planteamientos socialcognitivos. Podríamos referirnos, entre otros, a Tolman, Lewin, la gestalt, Kelly, Rotter y el propio conductismo skinneriano. No obstante, se suele considerar que tres tipos de contribuciones fueron especialmente influyentes. Por una parte, Bandura, que amplió la concepción de los procesos de aprendizaje y destacó que las experiencias sociales contribuían al desarrollo de la personalidad. Su interés por los procesos cognitivos en el cambio de conducta y en la personalidad fue cada vez mayor; y sus planteamientos sobre la naturaleza proactiva, “agéntica”, del ser humano tuvieron un fuerte impacto. Por otra parte, Mischel, su ataque a los rasgos y, posteriormente, su oferta de un conjunto de unidades cognitivas para reconceptualizar la personalidad. Su trabajo de 1973 Toward a social learning reconceptualization of personality hoy sigue siendo teniendo el rango de “manifiesto” para los socialcognitivos. Además, su investigación empírica sobre aspectos el autocontrol y la demora de la gratificación ilustraba cómo los procesos cognitivos podían arrojar luz sobre algunos temas clásicos de la psicología de la personalidad. Finalmente, un tercer desarrollo vino de la psicología social experimental. Los investigadores en el campo de la cognición social se interesaron por las fuentes de varianza personal (inteligencia social, autoesquemas...) que, junto con las situaciones, subyacían al afecto, la motivación y la conducta. Así pues, no se puede hablar de una “teoría socialcognitiva” unificada. Más bien existe un grupo de autores y líneas de trabajo que parecen compartir ciertos supuestos, filias, fobias y formas de investigar. Por eso sería más pertinente hablar de una “familia” (no muy compacta) de planteamientos, que aborda diferentes tópicos, pero que últimamente parece interesada en reunirse y poner en común su forma de concebir la personalidad. Como principios básicos de estas corrientes, se suele apelar a los siguientes (Caprara y Cervone, 2000; Cervone y Shoda, 1999). Por una parte, asumen el interaccionismo recíproco entre la persona y el entorno. Las personas seleccionan y dan forma a sus ambientes, y los interpretan de acuerdo con sus modos particulares de codificación. El ambiente, a su vez, va creando formas particulares de percibir y construir el mundo. Por otra parte, como sus antecedentes conductistas, son corrientes especialmente preocupadas por el cambio de conducta y por los aspectos más maleables del ser humano. Uno de los representantes más eminentes señala, por ejemplo, que anales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
248 Estrella Romero “el valor de una teoría psicológica se juzga no sólo por su poder explicativo y predictivo, sino por su poder operativo para guiar el cambio en el funcionamiento humano. [La teoría social cognitiva] proporciona directrices explícitas para estructurar las condiciones que promueven el cambio personal y social” (Bandura, 1999, p. 168). En relación con todo ello está la preferencia por cierto tipo de unidades de análisis. Esta es la nota más distintiva de estos modelos. Sus unidades son cogniciones y capacidades por las cuales las personas simbolizan, construyen y dan forma a los sucesos. De esta forma, pretenden captar los procesos cognitivos básicos que, activados por los contextos sociales, van dando lugar a una conducta flexible, variable a través de las situaciones, pero coherente. A esto responde el rótulo de “teorías socialcognitivas”. No obstante, cabe señalar que, ante el auge de las emociones, y su reconocimiento como componentes importantes de la personalidad, los procesos afectivos cada vez tienen más cabida. De hecho, Mischel prefiere hablar de un sistema “cognitivo-afectivo” de la personalidad. Y, por otra parte, aunque estos modelos nacieron bajo el signo del procesamiento de la información y sus esquemas secuenciales, ahora subrayan las interacciones recíprocas, complejas, entre los distintos elementos, y se adhieren a representaciones de corte conexionista. Aquí, los rasgos, tal y como se entienden habitualmente, tienen escasa cabida. Los textos socialcognitivos están repletos de argumentaciones contra ellos. Bandura (1999), por ejemplo, contrapone “diferencias individuales” y “determinantes personales”. La conducta humana es condicional, se adapta a los contextos, así que un resumen taquigráfico de las diferencias individuales no dice nada sobre la forma particular de responder a las situaciones: “Gran parte del campo de la personalidad está buscando las causas de la conducta humana en conglomerados “omnibus”, abstraídos de las realidades sociales de la conducta diaria. [...] La influencia de los factores personales en el funcionamiento humano no se reconoce suficientemente, porque la cuestión se construye en términos estáticos de diferencias individuales, más que en la determinación personal de la acción. El interrogante de más interés en la ciencia de la personalidad no es cómo las diferencias de los individuos en un continuo se relacionan con la conducta, sino cómo los factores personales operan en estructuras causales produciendo y regulando la conducta bajo las condiciones altamente contingentes de la vida cotidiana” (Bandura, 1999, pp. 166-167). Para Bandura, los rasgos son agregados de conductas que, como tales, no pueden invocarse para explicar otra conducta. Más bien, ellos mismos deben ser explicados en función de los “determinantes personales”. De hecho, se han realizado trabajos que, a través de modelos estructurales, “explican” los cinco “grandes” a partir de unidades de autoeficacia (social, autorreguladora, académica, etc.) (por ejemplo, Caprara, 2000). En términos semejantes se han expresado otros autores. Las críticas han llovido sobre el análisis factorial como forma de identificar las estructuras básicas de la personalidad. En los textos socialcognitivos se suceden las metáforas para ilustrar sus deficiencias: “En un estudio analítico-factorial de las características de aviones, por ejemplo, uno puede descubrir factores como velocidad máxima, manejabilidad, fiabilidad, comodidad y ergonomía como cinco factores ortogonales [...] Pero esos factores no revelan la estructura de los aviones ni nos dicen qué hacer cuando uno se estropea; y no pueden reemplazar ni a las concepciones más rudimentarias de sus componentes (e.g., alas) y cómo éstos se interconectan para hacer que los aviones vuelen de formas distintivas” (Mischel y Shoda, 1994, p. 157). Así pues, los socialcognitivos muestran su preocupación por el “salto” de lo descriptivo a lo explicativo. Explicar el funcionamiento de la personalidad implica conocer las “piezas”, el engranaje, y no sólo un resumen grueso del producto. La variabilidad situacional no debe quedar reducida a “ruido”, sino que debe incorporarse como un aspecto del funcionamiento personal que puede ser explicado. Las perspectivas socialcognitivas han dado lugar a muchas corrientes de investigación sobre autoesquemas, autodiscrepancias, inteligencia social, etc. Pero los representantes más emblemáticos, y los que intentan ir más allá de microteorías, siguen siendo Bandura y Mischel. Bandura (1986) basa su teoría en los mecanismos cognitivos que permiten aprender sobre el mundo y sobre uno mismo, y que permiten utilizar ese conocimiento para regular la conducta. Concretamente, propone un conjunto de cinco capacidades básicas: simbolizar, capacidad para aprender a través del modelado, anticipación de sucesos, capacidades autorregulatorias y autorreflexión. Aquí adquiere importancia el concepto de autoeficacia, que ha sido muy productivo en diversos campos de investigación. A través de estas habilidades básicas la persona es capaz de dirigirse hacia sus a metas, influir sobre sus experiencias y sus acciones. La persona no se limita a reaccionar, sino que está dotada de “agencia” para ejercer control sobre su vida. Por su parte, Mischel ha venido ofreciendo un esquema que intenta incorporar tanto procesos como diferencias individuales (Mischel y Shoda, 1995, 1998; Mischel, 1999a). Su modelo está siendo presentado como una opción para conjugar a ambos desde la lente socialcognitiva, sin tener que recurrir a los rasgos tradicionales. Se ofrece como una forma alternativa de entender las disposiciones, donde la variabilidad sea contemplada como parte importante del individuo. Dada su centralidad para el debate sobre las unidades de análisis, merece que le dediquemos un espacio. La propuesta de Mischel y Shoda es una ampliación y revisión del trabajo de 1973. Allí se postulaban cinco tipos de “variables de persona”, que filtraban y reconstruían las situaciones, dando lugar a la conducta. Ahora esas variables de persona son consideradas componentes de un “sistema cognitivo-afectivo de la personalidad” (CAPS). A las unidades ya existentes, se han añadido algunas otras (afectos y metas), de forma que el conjunto total es el siguiente: Constructos de codificación (para categorizar y ordenar el mundo externo e interno); expectativas y creencias (acerca del mundo soanales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
¿Qué unidades debemos emplear? Las “dos disciplinas” de la psicología de la personalidad 249 cial, de los resultados que tendrá una conducta en una situación, de autoeficacia); afectos (sentimientos, emociones, respuestas afectivas); metas y valores (resultados deseados o indeseados, proyectos); competencias y planes de autorregulación (guiones, estrategias para organizar la acción). Estas unidades interactúan de un modo dinámico, y se influyen recíprocamente. Ante una situación determinada, se activan ciertas unidades y se enciende un sistema complejo de activaciones y desactivaciones, que da lugar a una conducta. Por ejemplo, esperando por resultados médicos, un individuo construye la situación como una amenaza; esto activa ansiedad, y más atención a las claves amenazantes de la situación; se activa la percepción de incontrolabilidad; de nuevo más ansiedad y expectativas de resultado negativas; esto da lugar a determinados planes y guiones de conducta. Todo ello a través de patrones de activación que ocurren en paralelo, al estilo conexionista. La conducta será el resultado: a) de las características de la situación y b) de la red de cogniciones y afectos que se haya activado. El CAPS genera un determinado perfil “situaciónconducta”. Mischel y colaboradores le han venido llamando perfil “si.... entonces”: Si se producen determinadas situaciones, con determinados componentes, entonces, por medio de un determinado juego de activaciones en el CAPS, se producirá una conducta determinada. Cada persona, en virtud de su CAPS particular, tendrá su propio perfil. Esta será, en términos de Mischel, su “firma conductual”, que viene a sustituir a los “agregados” de conducta (los rasgos). Una persona puede sentirse irritada ante la situación A, pero no ante la B; este puede ser el patrón opuesto al de otra persona, que se irrita ante B, pero no ante A. Estas diferencias se consideran importantes (no “ruido” ni variabilidad que haya que promediar), ya que reflejan propiedades esenciales del sistema de personalidad. La situación entra a formar parte de la descripción personal de cada sujeto. Los estudios de Wright, Mischel y Shoda sobre conducta social en niños han avalado la existencia de perfiles estables del tipo “si... entonces...” (Shoda, Mischel y Wright, 1993; Wright y Mischel, 1987). Aunque a dos individuos se les pudiese atribuir el mismo nivel de un rasgo (por ejemplo, agresividad), son diferentes las situaciones que evocan conductas típicas de ese rasgo; unos niños presentan conductas agresivas “cuando un adulto amonesta”, mientras que otros lo hacen “cuando los iguales se aproximan a ellos de un modo positivo”. Los patrones “si... entonces...” pueden entenderse como disposiciones estables (reflejo de un CAPS estable); pero, a diferencia de los rasgos, son disposiciones “condicionales”, definidas en términos de situaciones y formas de conducta concretas. Estos patrones pueden estudiarse en un plano idiográfico, aunque es posible identificar “tipos” de personas que comparten un perfil determinado en el CAPS y, por tanto, un patrón “si... entonces...”. Finalmente, las conductas son codificadas por la propia persona, a través de la autoobservación, y también por otras personas en la interacción social. Tales codificaciones asumen, con frecuencia, la forma de rasgos o de tipos. No obstante, Mischel ha presentado evidencia de que, a medida que se conoce a una persona y esa persona es considerada importante, los individuos utilizan menos los rasgos y utilizan más otras unidades de corte sociocognitivo, como metas (Idson y Mischel, 2001). Así pues, el perceptor lego no siempre es un teórico de rasgos; de acuerdo con Mischel “puede ser un interaccionista intuitivo” (Mischel, 1999b, p. 210). El proceso completo, desde la situación a las percepciones de personas, se presenta en la Figura 1. Cultura y sociedad Perfiles de conducta si…entonces … Consecuencias de la conducta-juicios de observadores Interacciones concurrentes Influencias en el desarrollo Fondo genético Historia de desarrollo Sistema Cognitivo-Afectivo de la Personalidad Historia biológica Historia del aprendizaje cognitivo social Características psicológicas de la situación Figura 1: Sistema Cognitivo-Afectivo de la Personalidad (CAPS), con sus antecedentes y sus consecuencias (adaptado de Mischel y Shoda, 1995). anales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
250 Estrella Romero En la figura se muestra que las características psicológicas de las situaciones activan el CAPS. Lo importante no es la situación “nominal”, “objetiva”, sino sus “ingredientes activos”, que varían entre las personas; por ejemplo, para algunas, una fiesta tiene como componente activo las posibilidades de diversión; para otras, las posibilidades de ser sometida a la atención y la crítica de los demás. Pero además, el sistema puede ser activado internamente (la flecha que se curva sobre el CAPS). Esto puede ocurrir, por ejemplo, a través de la rumiación, el recuerdo o la fantasía, que pueden disparar patrones intensos de cognición y afecto. La activación del CAPS da lugar a un perfil coherente “si... entonces”, que es autopercibido y percibido por los demás. Estas reacciones contribuyen a moldear y reconstruir las situaciones. Por otra parte, el CAPS se va formando a partir de determinados antecedentes evolutivos. El bagaje genéticobiológico, junto con la historia de aprendizaje va dando lugar a una organización distintiva de elementos cognitivoafectivos. Curiosamente, Mischel parece conceder cada vez mayor importancia a lo que denomina “pre-disposiciones” biológicas. Éstas afectan a las unidades cognitivo-afectivas que la persona tenga más accesibles, y a la forma en que se interrelacionen. Reconoce que, dado la cantidad de conocimientos actuales sobre la influencia genético-biológica sobre la personalidad, ésta no puede ser obviada. Y no sólo se refiere al sustrato neuroquímico o fisiológico. Apela, explícitamente, al temperamento: “Por ejemplo, variables de temperamento o reactividad, como actividad, irritabilidad, tensión, distrés y labilidad emocional, visibles desde etapas tempranas de la vida (Bates y Wachs, 1994), parecen tener importantes vínculos, complejos e interactivos, con el procesamiento emocional y atencional y la autorregulación [...] y esto debería influir sobre la organización entre las unidades mediadoras del sistema” (Mischel y Shoda, 1995, p. 260). Sobre esto volveré más adelante. Cabe preguntarse hasta qué punto se ha conseguido conjurar al fantasma de los rasgos. En definitiva, Mischel y Shoda proponen una opción que, en sus propias palabras, intenta difuminar la línea que separa diferencias y procesos. Los modelos procesuales tradicionalmente han sido criticados por descuidar las diferencias individuales. Mischel habla de una “reconciliación”. Pero con unas características muy particulares. Se trata, sí, de dar paso a la idea de “disposición” como tendencia estable. Pero evitando la referencia (al menos explícita) a los rasgos como entidades causales. Para finalizar con los autores socialcognitivos, éstos parecen dispuestos a cooperar y a “mezclarse” con diferentes perspectivas de la psicología de la personalidad. Cervone y Shoda (1999) señalan que las teorías socialcognitivas tienen afinidad con otros puntos de vista, como los proyectos y afanes personales (Little, Emmons), las narrativas autobiográficas (McAdams, Singer), los modelos de emoción basados en la valoración cognitiva (Lazarus), el interaccionismo de Magnusson e incluso la investigación psicodinámica más moderna. El único anatema parecen los rasgos. En palabras de estos autores, “si los rasgos se entienden como estructuras psicológicas universales que se corresponden y causan patrones amplios de respuesta, entonces la mezcla con ellos no es aceptada” (Cervone y Shoda, 1999, p. 10). Caprara (1996) señaló que existe más voluntad de acercamiento por parte de los socialcognitivos que por los estudiosos de los rasgos. Sin embargo esto parece cuestionable, a la luz de estas declaraciones, y de otras que luego veremos. Así las cosas, parece que se está potenciando una especie de bipartidismo (cada uno intentando ganar la tierra de nadie), que no favorece a la comprensión de la personalidad como un todo2. Cabe preguntarse si no es posible una integración real de unidades de análisis, donde los rasgos (que, por otra parte, no han proporcionado tan malos dividendos a nuestra disciplina) puedan desempeñar su papel. Seguramente la personalidad sea algo más que rasgos, pero quizás haya que contemplarlos. Después de todo, la personalidad se define como una organización compleja, donde tendrán que convivir lo amplio y lo específico, lo más endógeno y lo más dependiente de las situaciones, lo que es difícil cambiar y lo que podemos variar. Veamos, en el próximo apartado, distintas posturas sobre las posibilidades de integrar unidades y datos de las “dos disciplinas”. 4. ¿Es posible la integración? 4.1. El escepticismo de Cervone ¿Es posible reunir en un mismo molde la tradición de rasgos y la socialcognitiva? Hace años que Cervone viene señalando que “las teorías de rasgos y las socialcognitivas no pueden ser fácilmente reconciliadas”. Esa integración se considera “conceptualmente problemática y empíricamente innecesaria” (Cervone, 1999, p. 304, 329; véase también Cervone, 1997; Cervone, Shadel y Jencius, 2001). La razón es que, de acuerdo con este autor, el problema va más allá de estudiar diferentes unidades de análisis, o atender a diferentes facetas de la persona. La diferencia es más fundamental y difícil de salvar. Son diferentes estrategias de explicación. En la teoría de rasgos, las variables disposicionales tienen estatus causal. Para los socialcognitivistas, las tendencias disposicionales son fenómenos a explicar. 2 En esta especie de batalla los rasgos parecen dominar si atendemos a qué cosas se investigan. Sin embargo, curiosamente, Pervin y John (1997, p. 444) señalan que la aproximación socialcognitiva “es actualmente la favorita entre los psicólogos de la personalidad académicos”. Quizás el diagnóstico de Pervin y John no sea muy acertado. De otro modo, habrá que preguntarse por la “esquizofrenia” de los psicólogos de la personalidad entre lo que opinan y lo que hacen. anales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
¿Qué unidades debemos emplear? Las “dos disciplinas” de la psicología de la personalidad 251 Cervone retoma la distinción de Lewin (1935) entre dos tipos de conceptos explicativos: aristotélicos y galileicos. Las estrategias explicativas aristotélicas buscan “clases definidas abstractamente que constituyen la naturaleza esencial de un objeto y, por tanto, como la explicación de la conducta” (Lewin, 1935, p. 15). Así pues, se busca una especie de cualidades abstractas, inherentes al individuo, y que se expresan en distintos tipos de situaciones. De acuerdo con Cervone, la teoría de rasgos es prototípicamente aristotélica. Como las categorías aristotélicas, los rasgos encapsularían las propiedades estáticas, esenciales, del individuo, y esto se tomaría como explicación de su conducta. Por el contrario, las explicaciones galileicas buscan los procesos dinámicos que explican los fenómenos. No se trata de buscar las propiedades inherentes del objeto, sino de especificar qué mecanismos interactivos entre el objeto y su ambiente dan lugar a una acción concreta. En este sentido, las aproximaciones socialcognitivas serían explicaciones galileicas, como las que Lewin reclamaba para la psicología. Una distinción relacionada con esta es la diferencia entre estrategias de explicación “arriba-abajo” (top-down) y “abajoarriba” (bottom-up) (Kitcher, 1985). En las estrategias arribaabajo, los hechos particulares se explican encajándolos en un marco organizativo sencillo y amplio. Este marco proporciona un sistema preexistente donde los nuevos actos pueden ser anticipados y entendidos, reduciendo y simplificando al máximo los principios que hay que asumir. Cada objeto individual es “explicado” como ejemplo de algún tipo de tendencia o fenómeno más abstracto. Sin embargo, las aproximaciones abajo-arriba procuran identificar los mecanismos específicos que entran en juego en un caso particular, haciendo hincapié no sólo en las tendencias, sino también en las violaciones de la “norma” estadística. De acuerdo con el análisis de Cervone, los modelos de rasgos serían explicaciones arriba-abajo. Organizan las variables de diferenciación individual y proporcionan una explicación simple ubicando a la persona en un sistema común para todos. Las explicaciones socialcognitivas serían perspectivas abajo-arriba. Delimitan procesos internos, e intentan explicar no solamente a las tendencias “agregadas”, sino patrones únicos de respuesta. De acuerdo con Cervone, los modelos abajo-arriba, como los socialcognitivos, son los apropiados para estudiar la personalidad; al menos si se desea ir más allá de la predicción y proponer verdaderas “causas” de la acción individual. Los propios rasgos deben ser explicados por medio de procesos socialcognitivos. El análisis factorial, la base del modelo de rasgos dominante, identifica patrones que sólo son descriptivos y que, en distintos individuos, pueden responder a mecanismos distintos. En definitiva, desde una perspectiva “abajo-arriba”, los rasgos no son admitidos como genotipos y, por ello, de acuerdo con Cervone (y también otros autores; Zelli y Dodge, 1999) los modelos socialcognitivos no pueden “integrarse” con la moderna teoría de rasgos. A pesar de su atractivo superficial, los rasgos son constructos rudimentarios de los que, salvando alguna utilidad práctica, una ciencia madura podría prescindir. 4.2. Los niveles de análisis de McAdams Algo más benevolente con los rasgos es McAdams. Al menos, los incorpora como uno de los “niveles” necesarios para conocer a una persona. McAdams (1994, 1995, 1996) intenta dar respuesta a la pregunta “¿Qué conocemos cuando conocemos a una persona?”. McAdams no se adentra, a diferencia de Cervone, en los problemas de la explicación y de qué unidades son las verdaderas causas. Antes de poder explicar los fenómenos de la personalidad, o de hacerse cargo del desarrollo, la estabilidad y el cambio, la tarea más primaria es la descripción. Por ello, es prioritaria la tarea de ordenar y reunir, en un marco integrador, las unidades de análisis necesarias para describir la personalidad. Para dar respuesta a ese interrogante, McAdams hace una propuesta sencilla: tres niveles de análisis que difieren en el grado de contextualización y de estabilidad. En el nivel I se encuentran los rasgos. Es el nivel de las dimensiones comparativas, estables, relativamente descontextualizadas y generalizadas. Los rasgos proporcionan una primera lectura de las personas; el individuo queda ubicado en un marco general, en una serie de dimensiones socialmente significativas. Es una información valiosa especialmente para una primera evaluación de personas que conocemos muy poco. En este sentido McAdams define a los rasgos como una “psicología del extraño”. Los rasgos nos proporcionan un esquema inicial, necesario pero no suficiente, del individuo; así que cuando deseamos conocer más de una persona, debemos movernos hacia otros niveles. El nivel II es una categoría un tanto heterogénea de unidades, que incluye motivos, esquemas, estilos de afrontamiento, afanes, proyectos, tareas vitales, estilos de apego, valores, representaciones del yo-con-otros, estrategias, tácticas y habilidades específicas. Las unidades de este nivel se agrupan bajo el nombre genérico de “intereses personales” (personal concerns). Son unidades definidas en términos de motivación, estrategias o desarrollo. Se refieren a qué buscan las personas durante períodos determinados o dominios particulares de sus vidas, y qué métodos (planes, estrategias...) utilizan para lograrlo. La diferencia fundamental con los rasgos es que serían unidades contextualizadas: en el tiempo, el espacio y/o en roles específicos. Algunas, como las tareas de vida, se vinculan a etapas del desarrollo; otras como las metas y los planes, son unidades proyectadas hacia el futuro; en ambos casos, el tiempo es un referente importante. Otras unidades están contextualizadas en ámbitos específicos: competencias en dominios concretos, actitudes, esquemas, etc. Finalmente, otro contexto importante son los roles sociales. Algunas tareas, afanes, estrategias, competencias, valores, etc., pueden ser específicos de algún rol particular (por ejemplo, se puede buscar un alto grado de ejecución en el rol profesional, pero no en otras actividades). En este segundo nivel quedarían recogidas muchas unidades “favoritas” para los modelos socialcognitivos, aunque esta no sea la etiqueta utilizada por McAdams. Con todo, el anales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)
252 Estrella Romero propio McAdams reconoce que es un conjunto de unidades desordenado y pobremente definido (McAdams, 1996, p. 305), y que todavía no está claro qué incluir en ella. Precisamente, de acuerdo con este autor, una de las tareas pendientes para los psicólogos de la personalidad debería ser su clasificación y organización. Finalmente, el nivel III se situarían las historias de vida. El nivel I nos proporcionaba una descripción general del individuo; el nivel II lo asentaba como un actor en escenarios concretos de vida; pero un aspecto importante que no queda suficientemente recogido en ninguno de ellos es la integración, la unidad y el propósito general de la vida de una persona. Esto es lo que aportan las narrativas personales y, concretamente, las historias de vida propuestas por McAdams. Si el nivel I representaba el “tener” y el nivel II el “hacer”, el nivel III tiene que ver con “construir” el yo. De acuerdo con McAdams, en las modernas sociedades occidentales, los individuos, a partir de la adolescencia, reúnen el “material” que han ido recogiendo a lo largo de su vida, y lo hilan en un relato interiorizado. De esta forma se integran los distintos roles, valores, habilidades y cambios experimentados por el sujeto, y se organiza una identidad coherente, influida por el contexto y los mitos de la cultura en que se vive. Se ha propuesto que estos tres niveles podrían ayudar a clarificar aspectos tan cruciales como la estabilidad y el cambio en personalidad. Éstos dependen del nivel al que nos estemos refiriendo. Los rasgos serían la parte más estable. Los proyectos, afanes, estrategias, tareas, etc. (nivel II) son facetas más fluidas, que se ajustan a las demandas situacionales y evolutivas del individuo. Finalmente, las historias de vida (nivel III) son, en esencia, cambiantes. Un aspecto a tener en cuenta de la propuesta de McAdams es que los tres niveles se consideran conceptualmente independientes, como tres niveles paralelos. Cada nivel merece estudiarse en sí mismo, en sus propios términos, utilizando modelos, gramáticas y lenguajes “autóctonos”. En distintos escritos, McAdams parece reacio a establecer conexiones apresuradas entre los niveles: “Los niveles no tienen por qué existir en relación significativa con los otros para existir como niveles significativos [...]. Incluso probablemente ni es aconsejable ahora mismo implicarse en una búsqueda febril de conexiones entre niveles, ya que haciendo esto el investigador puede acabar intentando justificar un nivel en términos del otro” (McAdams, 1994, p. 309). McAdams teme que se pueda intentar reducir un nivel al otro (y que, eventualmente, “todo” intente ser explicado apelando a los rasgos). De hecho, indica que no se trata de una jerarquía vertical; ningún nivel es la “base” sobre la que se sustentan los otros. McAdams (1994) llega a dudar que la palabra “nivel” sea la adecuada y propone que quizá sea mejor hablar de “dominios” muy diferentes. Las reticencias ante la posibilidad de buscar conexiones entre niveles han sido blanco de muchas críticas (Little, 1996; McCrae, 1996; Singer, 1996). Ciertamente, el temor a que la personalidad quede diluida en el “imperialismo” de los rasgos parece llevar a McAdams a una postura defensiva y un tanto forzada. Es difícil resistirse a la tentación de buscar vínculos entre los distintos niveles (o dominios), y de hecho, esta parece una tarea muy legítima si partimos de que la personalidad es una organización coherente. En nuestra opinión, la propuesta de McAdams es útil como intento de evitar que la psicología de la personalidad quede reducida a rasgos. Anima a los psicólogos de la personalidad a no dejarse absorber por los cantos de sirena de algunos rasguistas empedernidos. Se debe reconocer que la personalidad es un mundo plural, donde son necesarios conceptos y ángulos distintos, y en ello insiste este autor. Su esquema es una especie de ordenación “ecuménica” donde conviven unidades de familias diferentes, desde la disposicional a la personológica (retomando el hilo del debate que planteamos en páginas anteriores, coexisten rasgos y unidades socialcognitivas). Es una convivencia pacífica, en la medida en que no se establecen relaciones entre ellos. Pero una auténtica integración debe ir más allá. La personalidad exige que nos ocupemos de interacciones, funcionamiento global, sinergias..., y para ello hay que buscar enlaces entre los tres niveles “flotantes”. Singer (1996) señaló que la propuesta de McAdams es más bien una “sociología de la disciplina”; resume nuestro campo de estudio, mostrando qué es lo que ha interesado a los psicólogos de la personalidad. Pero no aborda las cuestiones fundamentales de dinámica y organización. De todas formas, seguramente ese no era el propósito de McAdams. No es aleatorio el que su artículo lleve por título Qué conocemos cuando conocemos a una persona. Es una propuesta sobre formas distintas de estudiar personas, pero no un modelo completo de personalidad. Esto es algo que, a diferencia de McAdams, sí parece interesar a McCrae y Costa. 4.3. La integración rasguista de Costa y McCrae Una de las críticas más frecuentes al modelo de cinco factores es la falta de teoría. Se le ha considerado un esquema muy inductivo, nacido de nociones populares (folk concepts), pero sin un armazón de conceptos y postulados que los arrope y que sirva para guiar la investigación. Ante estas acusaciones, en 1996, Wiggins invitó a los investigadores asociados con el modelo a articular sus perspectivas teóricas. Se formularon propuestas muy diversas (la perspectiva interpersonal del propio Wiggins, la teoría evolucionista, la teoría socioanalítica de Hogan...), pero quizá la de mayor impacto fue la de McCrae y Costa. Muchos de los recelos que generan los rasgos, tiene que ver con la postura de estos autores, que convierten a los “cinco” en la base para integrar otras unidades de la personalidad. La propuesta integradora de Costa y McCrae se ha ido gestando a lo largo de los 90 y ha sido rotulada como “teoría de los cinco factores” (five-factor theory; McCrae y Costa, 1996). Los autores intentan dar sentido a la explosión de resultados que se van acumulando sobre el modelo de cinco factores. Se trata de construir una teoría que explicite cómo concebir la naturaleza humana, cuáles son las variables necesarias para estudiar la personalidad y los procesos que las anales de psicología, 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre)