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ESCUELA DE DOCTORADO INTERNACIONAL DE LA USC María del Rosario Ayala Carrillo Tesis doctoral Economía de los cuidados, precariedad y género en el municipio de Texcoco, México Santiago de Compostela, 2022 Programa de doctorado en Ciencias Agrícolas y Medioambientales
i TESIS DE DOCTORADO ECONOMÍA DE LOS CUIDADOS, PRECARIEDAD Y GÉNERO EN EL MUNICIPIO DE TEXCOCO, MÉXICO María del Rosario Ayala Carrillo ESCUELA DE DOCTORADO INTERNACIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA PROGRAMA DE DOCTORADO EN CIENCIAS AGRÍCOLAS Y MEDIOAMBIENTALES SANTIAGO DE COMPOSTELA / LUGO AÑO 2022
ii DECLARACIÓN DE LA AUTORA DE LA TESIS Dña. María del Rosario Ayala Carrillo Título da tesis: Economía de los cuidados, precariedad y género en el municipio de Texcoco, México Presento mi tesis, siguiendo el procedimiento adecuado al Reglamento y declaro que: 1) La tesis abarca los resultados de la elaboración de mi trabajo. 2) De ser el caso, en la tesis se hace referencia a las colaboraciones que tuvo este trabajo. 3) Confirmo que la tesis no incurre en ningún tipo de plagio de otros autores ni de trabajos presentados por mí para la obtención de otros títulos. 4) La tesis es la versión definitiva presentada para su defensa y coincide la versión impresa con la presentada en formato electrónico. Y me comprometo a presentar el Compromiso Documental de Supervisión en el caso que el original no esté depositado en la Escuela. En Lugo, España, 20 de mayo de 2022 Firma electrónica
iii AUTORIZACIÓN DE LA DIRECTORA DE LA TESIS Dña. María do Mar Pérez Fra En condición de: Directora Título de la tesis: Economía de los cuidados, precariedad y género en el municipio de Texcoco, México INFORMA: Que la presente tesis, se corresponde con el trabajo realizado por Dña. María del Rosario Ayala Carrillo, bajo mi dirección/tutorización, y autorizo su presentación, considerando que reúne los requisitos exigidos en el Reglamento de Estudios de Doctorado de la USC, y que como directora de ésta no incurre en las causas de abstención establecidas en la Ley 40/2015. En Lugo, España, 20 de mayo de 2022 Firma electrónica
iv AUTORIZACIÓN DE LA DIRECTORA DE LA TESIS Dña. Emma María Zapata Martelo En condición de: Directora Título de la tesis: Economía de los cuidados, precariedad y género en el municipio de Texcoco, México INFORMA: Que la presente tesis, se corresponde con el trabajo realizado por Dña. María del Rosario Ayala Carrillo, bajo mi dirección/tutorización, y autorizo su presentación, considerando que reúne los requisitos exigidos en el Reglamento de Estudios de Doctorado de la USC, y que como directora de ésta no incurre en las causas de abstención establecidas en la Ley 40/2015. En Lugo, España, 20 de mayo de 2022 Firma electrónica
v DEDICATORIA A todas las mujeres que con su trabajo no remunerado hacen que el mundo funcione. A mis hijos Ismael y David. A mi esposo Ismael.
vi AGRADECIMIENTOS A la Universidad de Santiago de Compostela, por darme la oportunidad de realizar mis estudios doctorales. Con especial agradecimiento al Dr. Agustín Merino García, coordinador del Programa, por su motivación y apoyo dentro de la USC. A la Dra. María do Mar Pérez Fra, directora de Tesis en la USC, por siempre estar pendiente, por sus acertadas observaciones y consejos en la dirección de la tesis. A María Mendoza, por su asesoría y apoyo en los trámites administrativos. A las autoridades del Colegio de Postgraduados, campus Montecillo, que me permitieron realizar el doctorado y continuar laborando. Especialmente al Dr. Enrique Becerril y Dr. Alejandro Alarcón, autoridades que facilitaron mi ingreso al subprograma de Formación de Profesores. A la Dra. Emma María Zapata Martelo, por su disposición, apoyo y asesoramiento en todo el proceso de investigación, pero sobre todo por impulsarme a realizar el doctorado y siempre ser inspiración y ejemplo a seguir. Al Posgrado en Desarrollo Rural, por todo el apoyo recibido. Y en general a todas las personas del Colegio de Postgraduados que han intervenido para que concluya el doctorado. A las mujeres y hombres que participaron en la investigación, tanto en las entrevistas a profundidad como en la encuesta online, gracias por compartir sus testimonios y enseñarnos las complejidades de la vida cotidiana. A mis hijos Ismael Nieto Ayala y David Nieto Ayala por el tiempo cedido, porque también como mamá, académica y estudiante viví las complicaciones de los cuidados, y ellos lo resintieron y resistieron. A mi esposo y compañero de vida Ismael Nieto Zarco, por ser apoyo y motivación en este proyecto. Gracias por estar y permanecer. Gracias a todas las personas que forman parte de mi vida y que me han motivado a seguir adelante. A mis papás, Pedro Ayala y Oliva Carrillo. A mi familia, que siempre está presente: Fabián, Alejandra, Diana, Ramón, Fabiancito y Emiliano. A mis amigas Xóchilt, Luz María, Vicky, Marisol y Dulce, quienes estuvieron durante este reto: el doctorado. A quienes leyeron y comentaron esta tesis. Gracias a todos y todas.
vii Economía de los cuidados, precariedad y género en el municipio de Texcoco, México RESUMEN El estudio de los trabajos de cuidados es un tema que el feminismo ha hecho visible desde los años setenta; y aunque los enfoques y propuestas han evolucionado a través del tiempo, siempre han tenido entre sus objetivos valorar social y económicamente el aporte del trabajo no remunerado que realizan las mujeres dentro y fuera de las familias. Se trata de actividades difíciles de delimitar, pues se presentan en un continuum en el tiempo y espacio, en tanto permiten que las condiciones de vida y salud mejoren y que sea posible el sostenimiento de la vida humana. Con una metodología cualitativa, en esta investigación se analiza la forma en que mujeres y hombres del municipio de Texcoco, México, asumen los cuidados familiares; y utilizando el paradigma de la interseccionalidad, se consideraron el género, la precariedad económica, el estado civil y la dependencia de quienes requieren cuidados especiales, estructuras que se intersecan y producen desigualdades con caracteres particulares según la situación personal y grupo social. Por medio de una encuesta online que respondieron 265 personas (212 mujeres y 53 hombres) y de 10 entrevistas a profundidad con mujeres que realizan cuidados intensivos, se dio contestación a seis preguntas: 1) ¿Qué necesidades de cuidados tienen los y las integrantes de las familias texcocanas, según su condición de dependencia? 2) ¿Qué actividades domésticas y de cuidados realizan mujeres y hombres? 3) ¿Qué necesidades personales (autocuidado y de ocio) requieren las y los cuidadores? 4) ¿Qué consecuencias físicas, psicológicas y familiares han tenido los y las cuidadoras ante la intensificación de cuidados por la pandemia de Covid- 19? 5) ¿Qué apoyos sociales y del Estado requieren los y las cuidadoras para poder cumplir con estas actividades? y 6) ¿Cómo se intensifican los trabajos de cuidado ante la necesidad de cuidados especiales? Los resultados demuestran que las mujeres son más sensibles a identificar las necesidades de cuidados de los integrantes de las familias; y son también quienes, en mayor medida, asumen los cuidados, incluyendo el trabajo doméstico. Los y las encuestados/as indicaron que en su casa hay un niño/a mayor de cinco años y adolescentes que demandan cuidados; enfermos crónicos, niños/as menores de cinco años y discapacitados. La investigación pone de manifiesto que los hombres ofrecen apoyo en algunas actividades, especialmente en el cuidado de hijos e hijas, sin embargo, sólo lo hacen cuando tienen tiempo y quieren; es decir, asumen este trabajo como una ayuda, y no como responsabilidad. Las diferencias en la frecuencia de las actividades son amplias, pues más de la mitad de las tareas reportadas por las mujeres sobrepasan en 25 puntos porcentuales las mencionadas por los varones. Las entrevistas demostraron que las mujeres crean más y mejores redes de apoyo, principalmente con otras mujeres; tanto para cubrir los cuidados de sus dependientes, como para los cuidados de ellas mismas, cuando lo requieren, mientras que los hombres se apoyan casi exclusivamente de sus esposas. Esta situación sobrecarga de trabajo a las mujeres, lo cual se refleja en las deficiencias en el autocuidado: ellas reportaron menos descanso que los hombres, menos días libres para realizar actividades personales y menos tiempo para dormir;
viii más de la mitad de ellas tienen mayores consecuencias físicas y emocionales en comparación con los hombres (como estrés, cansancio físico, agotamiento emocional y violencia); y en el caso de los hombres, reportan un ligero mayor porcentaje en depresión, en comparación con las mujeres. Los resultados son consistentes con la carga de trabajo que asumen las mujeres y el hecho de que los hombres participan poco en los trabajos domésticos y de cuidados. Por ello, las consecuencias pueden ser más graves para quienes realizan un mayor número de cuidados y destinan más horas de trabajo, especialmente para las mujeres casadas y, aún más, para aquellas que no pueden contratar algunos servicios que les permitan cubrir sus necesidades o acceder a los pocos servicios que ofrece el Estado, haciéndolo más complicado cuando hay integrantes de la familia con enfermedades o discapacidades que requieren cuidados intensivos. La presente investigación muestra como el género, la precariedad, el estado civil y la dependencia de los y las familiares son variables que se intersecan en las complicadas labores de cuidados. Finalmente, considerando los efectos de la pandemia por Covid-19, pudo verse que los trabajos necesarios e indispensables para el cuidado de la vida se intensificaron, lo cual limitó todavía más el tiempo de las actividades que ya realizaban las mujeres. Y frente a todos los trabajos que deben asumir las mujeres (desde un ambiente familiar), el Estado se muestra ausente. En México no existe un sistema de cuidados integrales y la cobertura pública se reduce a algunos programas asistenciales, lo cual explica que los cuidados continúen siendo familistasfeminizados e individuales. Palabras clave: Cuidados, Precariedad, Género, Covid-19, México
xv ÍNDICE DE CUADROS CAPÍTULO IV Cuadro 4.1 Datos generales de las mujeres participantes en la entrevista a profundidad 80 Cuadro 4.2 Comunidad de residencia de personas participantes en la Encuesta Online, 2020 88 CAPÍTULO V Cuadro 5.1 Tenencia de la tierra en el municipio de Texcoco, respecto al porcentaje estatal y nacional, 2016 95 Cuadro 5.2 Población total urbana y no urbana, según tamaño de localidad, 2015 97 Cuadro 5.3 Principales comunidades de Texcoco por su número de habitantes 97 Cuadro 5.4 Tipo y clase de hogares por sexo del jefe o jefa de hogar, 2015 98 Cuadro 5.5 Número de escuelas, maestros y alumnos en el municipio de Texcoco, ciclo escolar 2015-2016, según modalidad escolar 99 Cuadro 5.6 Porcentaje de la población de Texcoco según tipo de limitación en la actividad, por sexo, 2010 100 Cuadro 5.7 Condición de derechohabiencia por tipo de limitación y sexo, para el municipio de Texcoco, 2010 101 Cuadro 5.8 Distribución (%) de población ocupada según su división ocupacional, 2015 101 Cuadro 5.9 Principales cultivos a cielo abierto en Texcoco, por número de terrenos y superficie sembrada y disponibilidad de agua, 2016 103 Cuadro 5.10 Producción obtenida y vendida a través de agricultura protegida en el municipio de Texcoco, 2017 103 Cuadro 5.11 Personal ocupado: remunerado, no remunerado y subcontratado a nivel nacional, estatal y municipal: Texcoco, 2014 105 Cuadro 5.12 Porcentaje por tipo de actividad económica en el municipio de Texcoco, personal ocupado, remunerado, no remunerado y subcontratado, 2014 106 Cuadro 5.13 Población de 12 años y más que realiza trabajo no remunerado por sexo, Estado de México y Texcoco 107 Cuadro 5.14 Promedio de horas a la semana que dedica la población de 12 años y más al trabajo no remunerado por sexo, Estado de México y Texcoco 108 CAPÍTULO VI Cuadro 6.1 Valor de las labores domésticas y de cuidados en función de la persona que las realiza (millones de pesos) 2016 117 Cuadro 6.2 Distribución de las tareas desempeñadas en el hogar según sexo, en función de quien las realiza de manera principal (%), 2016 119
xvi Cuadro 6.3 Mujeres de 15 años y más que realizan las tareas en el hogar por tipo de tareas, según integrante femenina de la familia que las realiza (%), 2016 120 Cuadro 6.4 Distribución de mujeres de 60 años o más por algunas características de cuidados, según estado conyugal, 2016 121 Cuadro 6.5 Distribución de mujeres de 15 años y más por persona a quien recurre a solicitar apoyo en ciertas situaciones, según estado conyugal, 2016 122 Cuadro 6.6 Actividades económicas por ingreso mensual familiar y sexo del entrevistado/a (%) 130 Cuadro 6.7 Ingreso mensual familiar por número de integrantes de la familia y sexo del entrevistado/a 133 Cuadro 6.8 Porcentaje de personas que requieren cuidados especiales por sexo del entrevistado/a y nivel de ingresos 137 Cuadro 6.9 Cuidados que necesitan diferentes integrantes de la familia, por sexo del entrevistado/a (%) 138 Cuadro 6.10 Población de 12 años y más que realiza trabajo de cuidado no remunerado para integrantes de su hogar, tasa de participación y horas semanales 152 Cuadro 6.11 Actividades domésticas y de cuidado realizadas por los y las encuestados/as, según estado civil 153 Cuadro 6.12 Actividades domésticas y de cuidado realizadas por los y las encuestados, según nivel de ingresos 155 Cuadro 6.13 Actividades que realiza para su autocuidado (%) 167 Cuadro 6.14 Actividades de ocio y esparcimiento que realiza para su autocuidado (%) 168 Cuadro 6.15 Actividades que realiza para su autocuidado (salud física) (%) 170 Cuadro 6.16 Actividades que realiza para su autocuidado (salud emocional) (%) 171 Cuadro 6.17 Consecuencias experimentadas debido a las actividades de cuidado que realiza, por sexo del entrevistado/a (%) 176 Cuadro 6.18 Incremento del trabajo doméstico y de cuidados derivado del confinamiento por Covid-19, por estado civil (%) 180 ÍNDICE DE GRÁFICAS CAPÍTULO V Gráfica 5.1 Población por grupos quinquenales de edad a nivel nacional, estatal y municipal 96 Grafica 5.2 Porcentaje de población total según derechohabiencia a servicios de salud por sexo, 2010 100 Gráfica 5.3 Porcentaje en la distribución de ingresos generados por las actividades económicas en el municipio de Texcoco, 2014 102
xvii CAPÍTULO VI Gráfica 6.1 Peso de las labores domésticas y de cuidados respecto del PIB, 2003-2016 (%) 110 Gráfica 6.2 Tasa de participación de mujeres y hombres en trabajo para el mercado y doméstico, según tamaño de la población y condición de hablante de lengua indígena 111 Gráfica 6.3 Promedio de horas por semana que mujeres y hombres dedican al trabajo para el mercado y doméstico, según tamaño de la población y condición de hablante de lengua indígena 112 Gráfica 6.4 Jornada semanal promedio de trabajo total y brecha horaria 112 Gráfica 6.5 Tasa de participación de mujeres y hombres en actividades de trabajo doméstico no remunerado para el propio hogar 114 Gráfica 6.6 Tasa de participación de hombres y mujeres (%) en función de la actividad de trabajo doméstico no remunerado para el propio hogar y brecha horaria 114 Gráfica 6.7 Tasa de participación de mujeres y hombres en trabajo no remunerado de cuidado a integrantes del hogar 115 Gráfica 6.8 Tasa de participación de hombres y mujeres (%) en el cuidado de integrantes del hogar y brecha horaria 116 Gráfica 6.9 Edades de los y las entrevistadas 126 Gráfica 6.10 Estado civil de los y las entrevistados 127 Gráfica 6.11 Ingreso mensual familiar, por sexo del entrevistado/a 127 Gráfica 6.12 Actividades económicas, por sexo del entrevistado/a 128 Gráfica 6.13 Personas que requieren cuidados especiales en las familias, por sexo del entrevistado/a (%) 136 Gráfica 6.14 Cuidados que requieren los niños y niñas menores de 5 años, por sexo del entrevistado/a 139 Gráfica 6.15 Cuidados que requieren los niños y niñas mayores de 5 años y adolescentes, por sexo del entrevistado/a 140 Gráfica 6.16 Cuidados que requieren quienes tienen alguna discapacidad, por sexo del entrevistado/a 142 Gráfica 6.17 Cuidados que requieren los enfermos crónicos, por sexo del entrevistado/a 143 Gráfica 6.18 Cuidados que requieren las personas adultas mayores, por sexo del entrevistado/a 143 Gráfica 6.19 Cuidados que requieren otras personas adultas, por sexo del entrevistado/a 144 Gráfica 6.20 Además de los cuidados de los integrantes de su familia nuclear, ¿participa en el cuidado de otros familiares? 148 Gráfica 6.21 Actividades de cuidado y domésticas que los y las entrevistadas realizan con su familia, por sexo 150
xviii Gráfica 6.22 Actividades que realizan otros familiares, por sexo de quien hace el trabajo 156 Gráfica 6.23 Quién proporciona los cuidados cuando el/la entrevistado/a lo necesita, por tipo de actividad de apoyo 158 Gráfica 6.24 Quién proporciona los cuidados cuando usted los necesita, por parentesco de quien apoya 164 Gráfica 6.25 Consecuencias experimentadas debido a las actividades de cuidado que realiza (%) 173 Gráfica 6.26 Personas que dijeron que el trabajo doméstico y de cuidados incrementó derivado de la Covid-19 (%) 179 Gráfica 6.27 ¿Cree que alguien más podría proporcionar los cuidados que usted realiza de la misma manera? (%) 183 Gráfica 6.28 Apoyos que recibe del gobierno (%) 184 Gráfica 6.29 Instituciones públicas de las que se apoyan para los cuidados (%) 185 Gráfica 6.30 Personas a quienes se ha contratado para realizar actividades de cuidado (%) 187 Gráfica 6.31 ¿Cómo hace para cubrir los gastos cuando no le alcanza el dinero? (%) 187 ÍNDICE DE FIGURAS CAPÍTULO V Figura 5.1 División política de la República Mexicana y ubicación del Estado de México 89 Figura 5.2 División político-administrativa de la República Mexicana y división municipal del Estado de México 90 Figura 5.3 Ubicación geográfica del municipio de Texcoco dentro del Estado de México y la República Mexicana 91 Figura 5.4 Ubicación geográfica del municipio de Texcoco dentro del Estado de México y sus colindancias 92 Figura 5.5 Relieves del municipio de Texcoco, Estado de México 93 Figura 5.6 Uso del suelo y vegetación en el municipio de Texcoco, Estado de México 94
19 CAPÍTULO I INTRODUCCIÓN Vivimos en una realidad de crisis sistémicas: económicas, sociales, ambientales, políticas y familiares, entre otras, en cuyo contexto se generan problemáticas que trascienden a la vida cotidiana pero que han sido poco estudiadas en México, como la conciliación de los trabajos remunerados con el trabajo doméstico y de cuidados. Los momentos de crisis, además de ser considerados como de dificultades y puesta en jaque de las estructuras, también pueden ser vistos como oportunidades para generar cambios, nuevas propuestas y discusiones contra la retórica ortodoxa, y de este modo voltear la mirada hacia inequidades y problemas estructurales que emergen por las grietas del sistema, los cuales es necesario atender porque trastocan la cotidianidad e impiden re-valorar la vida que realmente se quiere tener, y que vale la pena de ser vivida. Un claro ejemplo es lo que está sucediendo a partir de la pandemia por Covid-19, que ha puesto en jaque muchos de los sistemas económicos, sociales, de salud e incluso los familiares. La organización en torno al trabajo productivo y reproductivo se tuvo que reestructurar, lo cual implicó conflictos y dificultades como la revalorización de los trabajos domésticos y de cuidados, que históricamente habían sido invisibilizados porque se daba por entendido que alguien los realizaba como algo natural de la vida diaria; sin embargo, al estar todos y todas en casa y cambiar las dinámicas de la vida, se visualizaron muy de cerca todas las actividades necesarias e indispensables para mantener la vida y la salud. El cuidado de las personas se ha considerado, básicamente, un coste social que se asumía de forma personal-familiar. Éste no sólo implicaba recursos monetarios, sino la satisfacción de las necesidades biológicas, sociales, emocionales y afectivas, pero ¿cómo y quién cubría y cubre esas necesidades? El papel de las mujeres en el cuidado ha sido fundamental, aunque poco valorado y reconocido. El cuidado, ya sea de niños/as, ancianos/as, enfermos/as, o los cuidados cotidianos, históricamente han recaído en las mujeres, sobrecargando sus jornadas laborales, sobre todo cuando también realizan trabajo productivo o cuando, debido a las actividades sociales y familiares, no tienen tiempo suficiente para cumplir con todas. El debate respecto a los trabajos de cuidado tiene su origen en el feminismo, en los cuestionamientos respecto a la división sexual del trabajo y en las críticas desde la economía feminista a la valoración del trabajo en general y del trabajo doméstico-de cuidados en particular. Cuestionamientos que, por supuesto, se han ido modificando y actualizando a través del tiempo. Según Batthyány y Genta (2018), el concepto de división sexual del trabajo se ha complejizado y ha permitido entender la desigual distribución de tareas, tanto en el trabajo
20 remunerado como en el no remunerado. Dentro del hogar, la división sexual del trabajo se manifiesta en las tareas asignadas a los varones y a las mujeres, naturalizando las actividades de madre-esposa como propias de las mujeres, mientras a los hombres se les asignan labores en el espacio público-productivo-remunerado. Es en este contexto que la presente investigación tiene como objetivo general analizar el trabajo de cuidados realizado en el seno de las familias y la forma en que mujeres y hombres participan de estas actividades, indispensables para la vida. Se consideraron las relaciones de género, las condiciones de precariedad económica (tipo de actividad en que se ocupan y nivel de ingresos) y estado civil. El estudio se ubica en el municipio de Texcoco, en el Estado de México. Se trata de una investigación cualitativa, descriptiva y exploratoria, debido a que el interés se centra en analizar las complicaciones que tienen mujeres y hombres con trabajos precarios para atender los trabajos domésticos y de cuidado, con el fin de resaltar sus voces y experiencias personales, sin caer en generalizaciones. La tesis se estructura de la siguiente manera: en el primer apartado se presenta la introducción. El segundo capítulo, que corresponde al marco teórico, comienza con una reflexión sobre la importancia de los trabajos desde la economía marxista y su invisibilización, para dar respuesta a la pregunta: ¿Cómo surge el debate de los cuidados? Posteriormente, se hace una revisión de las discusiones teóricas-conceptuales del trabajo doméstico y de cuidados; se aborda la economía del cuidado como eje rector de la investigación y se continúa con la definición de los trabajos de cuidado para después discutir, desde la perspectiva del capitalismo y el patriarcado, la reducida visibilización y valoración de las actividades que implican los cuidados. Se abordan algunas de las propuestas para el análisis de los cuidados, tales como la sostenibilidad de la vida y la ética del cuidado. Más adelante se discute el uso del tiempo en los cuidados, como propuesta para valorar el trabajo “invisible” de las mujeres, y el capítulo concluye con una discusión sobre los cuidados en México: algunas visiones, avances e insuficiencias tanto a nivel teórico como en las políticas públicas. En el tercer capítulo se expone el planteamiento del problema. Se inicia con una justificación en donde se reflexiona sobre la crisis de los cuidados que se vive desde hace algunas décadas, y que se agudizó aún más con la pandemia por Covid-19, para posteriormente presentar las preguntas y objetivos de la investigación. En el capítulo cuatro se explica la metodología. Se describe el paradigma de la investigación: el enfoque interseccional, ya que los objetivos se enfocan en el análisis de los trabajos de cuidado considerando el género, el estado civil y la precariedad en que viven las familias texcocanas (actividad en la que se ocupan y nivel de ingresos); posteriormente se describen las metodologías utilizadas para la obtención de datos: la entrevista a profundidad y la encuesta online, método digital que se implementó debido a la pandemia. En el quinto apartado se despliega el marco regional, con el fin de describir el municipio de Texcoco, Estado de México, lugar en donde se llevó a cabo la investigación. Se inicia con la ubicación geográfica del municipio, para después presentar algunas estadísticas que permiten representar su población, los hogares y viviendas, la educación, la salud y la economía y el trabajo doméstico no remunerado.
21 En el capítulo seis se incluyen los análisis y resultados. Se inicia con un breve análisis en materia del trabajo doméstico-de cuidados y su relación con el trabajo remunerado, por género, destacando el valor de las actividades que realizan y tiempos que ocupan unas y otras; así como la forma en que se compatibilizan las actividades, a partir de los datos estadísticos que publica el INEGI a nivel nacional, tales como: la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2014 (ENUT), la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016 (ENDIREH) y la Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México 2016 (CSTNRHM). El objetivo de este apartado es mostrar un panorama general de la situación de la crisis de los cuidados en México. Realizada esta primera aproximación al problema, se analizan los datos obtenidos de las entrevistas a profundidad y de la encuesta online. Primero se incluye la información sociodemográfica y económica de las personas entrevistadas y sus familias, para posteriormente mostrar los resultados más importantes para fines de la investigación: “cuidados necesarios en las familias”, en donde se describen las principales necesidades de los integrantes de las familias; las personas que más demandan de cuidados; los tipos de cuidados requeridos según la edad, condición de discapacidad y dependencia; las actividades de cuidado que realizan (se analiza también por estado civil); apoyo a trabajos domésticos y de cuidados por parte de otros miembros de las familias; cuidados que reciben las y los cuidadores; y actividades para el autocuidado. Se incluye un análisis de cómo el trabajo doméstico y de cuidados se intensificó a partir del periodo de confinamiento por Covid19; así como el papel de la economía y el Estado en la facilitación de los cuidados familiares, los apoyos que reciben del gobierno, el acceso al mercado de cuidados, las formas en cómo afrontan los gastos que generan y los problemas laborales que han tenido que enfrentar debido a la necesidad de realizar cuidados de familiares. Finalmente, se analizan algunas consecuencias personales de los y las cuidadoras derivadas de asumir estos trabajos. El capítulo siete recoge las principales conclusiones, el octavo está conformado por las referencias bibliográficas y en el último apartado se presentan los anexos.
22 CAPÍTULO II MARCO TEÓRICO: ECONOMÍA DEL CUIDADO En este apartado presentamos un primer acercamiento a las discusiones teóricas-conceptuales del trabajo doméstico y de cuidados. Comenzamos con el argumento de la economía del cuidado como eje rector de esta investigación, seguido de un acercamiento a la definición de los cuidados y trabajos de cuidado. Se discute que no existe una definición única, debido a que se trata de un concepto multifacético y en construcción, donde intervienen diferentes variables, protagonistas y entornos, y que se presenta en un continuum difícil de delimitar, al igual que sus acciones e implicaciones. Continuamos con la discusión de cómo el trabajo de cuidados ha sido poco visualizado y valorado por el capitalismo y el patriarcado, dos de los principales sistemas de poder que se han beneficiado del trabajo que realizan las mujeres, aprovechándose de un trabajo desvalorado y poco reconocido. Ante esta problemática, se muestra la “sostenibilidad de la vida” como una de las propuestas que sitúan los trabajos del cuidado en el centro de la economía y la sociedad. Continuamos el capítulo con la discusión del uso del tiempo y los cuidados, como propuesta para valorar el trabajo “invisible” de las mujeres, y finalizamos con algunas discusiones que han surgido derivado de la pandemia por Covid-19. 2.1 EL TRABAJO DE CUIDADOS EN LA ECONOMÍA FEMINISTA Desde finales de los años sesenta del siglo XX, el trabajo doméstico y de cuidados ha sido un tema central en el debate del movimiento feminista y la economía feminista. A pesar de los matices y desencuentros en los pensamientos feministas, se considera que la división sexual del trabajo es una ideología-cultural internalizada y, como tal, encierra relaciones de poder que se reflejan en las actividades que mujeres y hombres realizan, principalmente en la división sexual del trabajo, donde las tareas domésticas y de cuidado siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres. En la década de los sesenta, uno de los ejes de reflexión teórica fueron los problemas que afectaban a las mujeres en el ámbito de lo privado, y la forma como dichas problemáticas se constituyeron en problemas políticos, llegando al postulado de que “lo personal y privado también es político” (Ochoa, 2018). Entonces comenzaron a evidenciarse ámbitos en donde las mujeres se habían situado –a través del tiempo– en posiciones de desventaja en comparación con los hombres, en distintas esferas e instituciones de la vida, incluida la económica (Quiroga y Gómez, 2013). Se discutió el lugar instrumental dado a las mujeres en las políticas asociadas con la pobreza y se propuso el concepto de economía del cuidado, entendida como aquella que sostiene el entramado de la vida social humana, ajusta las tensiones entre los diversos sectores de la economía y se constituyen en la base del edificio económico (Carrasco, 2004; Bosch et al., 2005).
23 Desde la economía feminista comenzaron a cuestionarse los conceptos de economía y trabajo, enfatizando las actividades realizadas por las mujeres invisibilizadas históricamente, es decir, deconstruyendo las dicotomías fundacionales del pensamiento económico (Pérez, 2006b). Desde la perspectiva feminista, se enfatizó la necesidad de incorporar las relaciones de género como variable relevante para explicar el funcionamiento de la economía, y las diferentes posiciones de los varones y las mujeres como agentes y sujetos de las políticas económicas; y también se denunció el sesgo androcéntrico de la teoría neoclásica (Rodríguez, 2015). La invisibilidad femenina no sólo es de tipo cuantitativo, es decir, no se trata únicamente de que las tasas de actividad femenina en el mercado laboral formal sean bajas y los salarios de las mujeres sean menores, sino desde qué enfoque se analiza el trabajo. Generalmente se construye desde una perspectiva patriarcal, de modo que trabajo y mujeres aparecen como dos conceptos excluyentes entre sí. Por ello la economía feminista recupera los elementos invisibilizados, particularmente el trabajo doméstico y de cuidados (Brunet y Santamaría, 2016). Según Balbo (1991), las sociedades industriales se han construido sobre el trabajo cotidiano no reconocido de las mujeres adultas, esto es, sobre el trabajo reproductivo socialmente adjudicado al género femenino. Desde el enfoque feminista, la economía implica mantener la vida no sólo a través de las esferas monetizadas, porque para comprender la estructura socioeconómica (Pérez, 2006a) es necesario, primero, reconocer el género como elemento de poder y organizador del sistema económico. Fraser (2009) señala que desde finales de la década de 1960 y durante los 70s, se planteó una fuerte crítica que mostró cómo el Estado es economicista, androcéntrico, estatista y westfaliano, logrando una politización de “lo personal” (la sexualidad, las tareas domésticas, la reproducción y la violencia contra las mujeres). Además, debido a que la subordinación de las mujeres era sistémica, y se basaba en las estructuras profundas de la sociedad, expandieron el significado de la (in)justicia no sólo económica, sino también las jerarquías de estatus y las asimetrías de poder político. Al rechazar el enfoque exclusivo del marxismo en la economía, se revelaron injusticias situadas en otras partes: en la familia y en las tradiciones culturales, en la sociedad civil y en la vida cotidiana. La misma autora afirma que: […] descubrieron conexiones estructurales profundas entre la responsabilidad de las mujeres en la mayor parte de los cuidados no remunerados, su subordinación en el matrimonio y en la vida personal, la segmentación sexista de los mercados laborales, el dominio de los hombres en el sistema político, y el androcentrismo de las prestaciones sociales, la política industrial y los planes de desarrollo (Fraser, 2009: 93). El debate sobre la invisibilidad del trabajo doméstico y su papel determinante en la reproducción de la fuerza de trabajo, llevó a emerger el concepto de “trabajo doméstico” como la actividad que da respuesta a las dependencias y vulnerabilidades humanas como elementos constitutivos de la existencia (Pérez, 2006b; Pérez y López, 2011; Carrasco, 2009b, Tronto 2010), cuyo objetivo es el cuidado de la vida y el bienestar de las personas del hogar.
24 En la década de los 70 se hablaba de trabajo reproductivo o trabajo doméstico, pero no de cuidados, por lo que empezó a desarrollarse un concepto multidimensional, acentuando la dimensión relacional, afectiva, comunicativa, subjetiva, no reductible a una simple tarea mecánica (Pérez y López, 2011). Así, al concebir la importancia del trabajo de las mujeres, comenzaron a ser reconocidas como activas, actoras de su propia historia, creadoras de culturas y valores del trabajo, distintos a los del modelo masculino (Carrasco, 2009a). También se trató de deconstruir las dicotomías del discurso económico, al pretender compaginar lo femenino (desvalorizado) con lo masculino (superioridad epistémica y social), develando el desigual reparto por género de los empleos y trabajos. Su objetivo fue lograr el reconocimiento público del trabajo doméstico, en el sentido de que éste no es una actividad natural que las mujeres llevan a cabo (por el amor maternal), sino un trabajo obligatorio sin pago alguno y fundamental para mantener la economía capitalista (Brunet y Santamaría, 2016; Sánchez y Palacio, 2013) e impulsado por la cultura patriarcal. Desde el feminismo también se cuestionaron las premisas biologicistas que sostenían la desigualdad entre hombres y mujeres, trascendiendo los paradigmas que atribuyen a una sola dimensión la condición de desigualdad y opresión de las mujeres, principalmente a través de los postulados que defendían las mujeres racializadas, quienes desbordaron las explicaciones marxistas, socialistas o liberales que atribuían la subordinación al ámbito doméstico, a la familia nuclear, al patriarcado, a la sociedad de clases o a la separación entre lo público y privado (Ochoa, 2018). Así nace la idea de la necesidad de una teoría compleja, puesto que en la realidad coexisten muchos sistemas de organización social: capitalismo, patriarcado, colonialismo y racismo, entre otros, que juntos explican la opresión de la mujer. En el caso de la economía del cuidado, se propone una doble metodología: un análisis marxista para comprender el capitalismo y un análisis feminista radical para entender el patriarcado considerando el tiempo, el espacio y las relaciones sociales de poder presentes (Pérez, 2006b; Maruani, 2007; Ochoa, 2018). De este modo podemos ver que, desde el feminismo, se ha cuestionado la división sexual del trabajo, que ubica a las mujeres en el ámbito privado-doméstico-no remunerado, desde donde se intensifican de manera significativa las desigualdades. Por una parte, no permiten a las mujeres incorporarse al trabajo remunerado, dado su natural papel como madres y esposas, pero al mismo tiempo les exigen su ingreso al trabajo remunerado como una necesidad capitalista, pues no puede ser desperdiciada la mano de obra de las mujeres. Sin embargo, no dejan sus actividades domésticas, por lo que su acceso al ámbito productivo se traduce en desventajas para ellas, ya que frecuentemente se ocupan en trabajos poco flexibles y mal remunerados; sobreexplotan sus tiempos y su cuerpo, pues siguen siendo las responsables de los trabajos domésticos y de cuidados de los hogares, sin lograr conciliar las actividades y espacios en los ámbitos público y privado. Además, el feminismo permitió visibilizar el trabajo doméstico y de cuidados como parte fundamental de la reproducción de la vida capitalista, pues si no fuera por todo el trabajo que las mujeres realizan en los hogares, no sería posible cumplir con el tiempo y actividades de trabajo remunerado.
31 inherentes a la condición femenina. Sin embargo, desde la economía política feminista se enfatiza que tanto la cantidad como la calidad de trabajo que realizan las mujeres, sea en la familia, la comunidad o el Estado, no están determinadas por el altruismo, sino por las estructuras institucionales y las tradiciones culturales, a su vez influidas por el género y la negociación individual y colectiva en las relaciones de poder, ya que los compromisos morales y las conexiones emocionales operan dentro del contexto de reglas exigibles y normas internalizadas que atribuyen las obligaciones de cuidar de los demás a las mujeres (Folbre, 2014). Tronto (2013:53) propone una “ética feminista democrática del cuidado”,2 porque considera que las prácticas de cuidado se deben llevar a cabo de manera democrática. La política democrática debe centrarse en asignar responsabilidades para atender y garantizar que todos y todas participen en la asignación de responsabilidades. Desde el punto de vista de una ética de la atención, las personas deben recibir mayor apoyo del Estado y de la sociedad civil para garantizar que se satisfagan sus necesidades de cuidado y las de sus seres queridos; y, al mismo tiempo, comprometerse más con valores, prácticas e instituciones que permitan a la sociedad proveer de cuidados de manera solidaria (Tronto, 2013:72). Izquierdo (2004:134) afirma que la ética del cuidado consiste en “otorgar un lugar central al cuidado en la orientación de nuestras vidas, requiere adquirir conciencia de nuestra vulnerabilidad y de la vulnerabilidad del mundo en que vivimos. Implica aceptar la posibilidad del daño, la enfermedad, la destrucción y la muerte”. 2.2.2 Capitalismo y Patriarcado: estructuras de poder en los trabajos de cuidados Las nuevas posturas feministas requieren análisis más específicos, contextualizados y diferenciados, que revelen la complejidad de las mujeres como grupo sociopolítico, histórico y cultural particular, con una realidad social, étnica, de clase, económica y sexual diversa. Se reconoce la identidad femenina como un proceso múltiple en el que se articula el género, la clase, raza, etnia, edad y otras características que conforman subjetividades complejas y contradictorias irreductibles; y al capitalismo y al patriarcado como dos estructuras de poder que marcan con mayor fuerza las inequidades para las mujeres, especialmente en la discusión de este trabajo. El análisis del trabajo (productivo y reproductivo), como producto social y económico en el que se revela una serie de desigualdades y poderes, requiere de un debate más amplio en donde se considere el capitalismo y el patriarcado como sistemas autónomos de opresión y explotación que se refuerzan mutuamente (Ochoa, 2018; Fraser,2016; Brunet y Santamaría, 2016; Segato, 2016; Federici, 2013; Torns, 2011; Pérez y López, 2011; Carrasco, 2009a y b; Torns, 2008; Pérez, 2006a y b). Como advierte Hartmann (1983), la acumulación del capital se basa en la estructura social patriarcal y contribuye a que ambas se perpetúen, es decir, la ideología sexista asume una forma peculiarmente capitalista, y el capitalismo influye en la división sexual del trabajo. La economía tradicional se ha mantenido desligada de lo social, como si lo económico no fuera humano. Carrasco (2009b) señala que la economía no feminista presenta un profundo 2 En un nivel teórico, la ética del cuidado democrático feminista es relacional, y postula que los seres humanos siempre están en relación con los demás (Tronto, 2013:62).
32 sesgo androcéntrico, ya que invisibiliza las condiciones de vida de la población y oculta parte importante del trabajo: todo aquel que se realiza desde los hogares y tiene como objetivo el cuidado directo o indirecto de las personas. La economía tradicional se enfoca en la lógica del capital y se olvida de la lógica de la vida, del cuidado y del bienestar humano (Carrasco, 2011), y al excluir dichas actividades de los modelos y análisis económicos, se invisibiliza a las mujeres, pues son ellas quienes mayoritariamente realizan ese trabajo. Las mujeres son las encargadas de lo que Carrasco (2013) denomina “la tarea civilizadora”, que no es otra cosa que el haber apostado por la vida, incluso en circunstancias históricas difíciles y complejas. El feminismo decolonial ha mostrado que el modo de producción capitalista interactúa con el modelo patriarcal, y ambos ponen en desventaja a las mujeres en el sistema económico. Cuestiona, además, la posición de la economía como disciplina y ciencia moderna que se encuentra atada a una concepción histórica eurocéntrica, antropocéntrica y androcéntrica; por ello la necesidad de considerar que el género, la raza, clase, edad, escolaridad, condición étnica, la procedencia geográfica, entre otras características, establecen diferencias importantes en la inserción de las mujeres a la economía capitalista. También reconoce las injusticias epistémicas, materiales y simbólicas que han experimentado aquellos considerados como no blancos, no modernos, no ilustrados y no portadores de los ideales de masculinidad o feminidad hegemónicos (Quiroga y Gómez, 2013). Así, al considerarse como trabajo únicamente aquel que recibe una remuneración económica, es decir, el que realizan los hombres, propone visualizar el sesgo androcéntrico de la economía que oculta el trabajo de las mujeres, especialmente el de cuidados. Para Federici (2013), con el advenimiento del capitalismo se dio una bifurcación que separó producción y reproducción, salario y no salario; y se creó la división sexual del trabajo. El capitalismo logró históricamente apropiarse de una cantidad de trabajo no pagado, el cual fue construido estructuralmente sobre la desvalorización y degradación del trabajo de reproducción, que el patriarcado y el colonialismo ya habían establecido. En este contexto, el trabajo reproductivo resulta una suerte de “transferencia gratuita”, un subsidio de los hogares al sistema en su conjunto por el que, dado su volumen y su valor, sería imposible pagar (Esquivel, 2012). Federici (2010: 155) considera que el capitalismo se ve reflejado en tres aspectos básicos: 1) la carestía y degradación de la vida (cinco siglos de capitalismo han esquilmado los recursos del planeta); 2) la división de los trabajadores, que los fracciona –entre otras formas– por medio del trabajo y uso del salario, que otorgan poder a los asalariados sobre los no asalariados (especialmente de los hombres sobre las mujeres) y mediante la institucionalización del sexismo y racismo que el capitalismo naturaliza y mistifica en los regímenes laborales diferenciados; y 3) las luchas antisistémicas, que sostienen principalmente las mujeres, quienes contra todo pronóstico mantienen a sus familias, pese al nulo valor que el mercado otorga a sus vidas y al trabajo que ellas realizan. Segato utiliza los términos dueñidad o señorío3 para precisar que el capitalismo ha llegado a tal grado, que un pequeño grupo es dueño de la vida y de la muerte en el planeta. Este mundo de pocos dueños ha llevado a una precarización de la vida, la degradación de los recursos naturales, la mercantilización y objetivación de la existencia, considerando a las personas como 3 Los dueños o señores son sujetos discrecionales y arbitrarios de un poder de magnitud nunca antes conocido, que vuelve ficcional todos los ideales de la democracia y de la república, logrando tal grado de inmunidad del poder económico que inaugura una fase apocalíptica, completamente anómica del capital (Segato, 2016).
33 mercancías que pueden ser desechadas (Segato, 2016). La dueñidad afecta a mujeres y a hombres, pero especialmente a las mujeres, al apropiarse tanto de su fuerza de trabajo como de sus cuerpos. Brunet y Santamaría (2016:71) lo explican: La propia participación femenina en el mercado de trabajo es el resultado de la continua interacción de dos sistemas interrelacionados, que se refuerzan mutuamente, el capitalismo y el patriarcado. El capitalismo, según Hartmann (1981a, 1981b), produce los puestos, y el patriarcado produce a las personas que ocuparán esos puestos de clase. El capitalismo interactúa, por lo tanto, externamente con el patriarcado (o con otros sistemas de opresión, como el racismo). Por tanto, la conclusión fundamental es que capitalismo y patriarcado son dos sistemas que no operan en el vacío, sino en conexión, y lo que se oculta no es el trabajo doméstico y las amas de casa, sino la relación de producción-reproducción que caracteriza el sistema capitalista. En la economía capitalista que vivimos, todo se traduce a precios de mercado, y lo que no produce valor de cambio –como el trabajo reproductivo y de cuidados– no es valorado. Pareciera que no tienen precio, pero si las actividades no monetarias son asumidas por la economía pública mercantil, entonces sí representan una cuantía (individual o social). Cuando el cuidado sale al mercado laboral, comienza a ser percibido como un coste porque demanda más servicios de mercado (Carrasco, 2004), tal como afirma Comas d’Argemir (2000:189): “las funciones asistenciales sólo resultan visibles cuando no es la familia la que las hace”. Las desigualdades de género en el trabajo proceden principalmente del capitalismo. Las mujeres asalariadas son vistas como ejército de reserva laboral, como trabajadoras de segunda clase que pueden ser empujadas a la esfera privada siempre que el mercado de trabajo no las necesite (Brunet y Santamaría, 2016). El capital extrae plusvalía del trabajo femenino, siendo el salario la forma de explotación directa por parte del capital y el medio para el aprovechamiento de las trabajadoras no asalariadas. El capitalismo, según Hartmann (1981), crea los lugares para los trabajadores, y dependiendo del género y la raza se determinan quién ocupa esos lugares; así, el patriarcado no es simplemente una organización jerárquica, sino una jerarquía en la que personas particulares ocupan lugares particulares. El capitalismo interactúa, por lo tanto, externamente con el patriarcado (o con otros sistemas de opresión, como el racismo). El capitalismo-patriarcal impone como objetivo vital la autosuficiencia en y a través del mercado, cuya permanencia se basa en ocultar a las personas y dependencias que se hacen cargo de ella. Sin embargo, en momentos de crisis muestra su fragilidad y la necesidad de las relaciones humanas, porque reconoce que la vida es vulnerable y finita; es precaria y, si no se cuida, no es viable (Brunet y Santamaría, 2016). Scholz (2013:50) incluso considera que podría hablarse de manera algo exagerada del género masculino como el “género del capitalismo”; y, desde este trasfondo, cabría decir que una comprensión dualista de masculinidad y feminidad es la concepción dominante del género en la modernidad. Tanto Scholz (2013) como Hartmann (1981) apuntan que el modelo capitalista-civilizatorio productor de mercancías se mantiene y sostiene en la opresión de las mujeres, en su marginalización, así como en una postergación de lo social y de la naturaleza. ¿Quién se beneficia del trabajo de la mujer? El capitalista y los hombres, quienes, como cónyuges o parejas y padres, reciben servicios personalizados y
34 gratuitos en casa. El hombre tiene un nivel de vida más alto que la mujer, por lo que se refiere al consumo de artículos de lujo, al tiempo de ocio y a los servicios personalizados. El capitalismo neoliberal también se manifiesta a través de sus posiciones ideológicas, y con un sistema ético que postula que la libertad de elegir y la responsabilidad personal son muy importantes para la economía. No obstante, bajo la bandera de “elección” se busca restringir todas las formas de actividad gubernamental que puedan interferir con el “mercado libre” (Tronto, 2013:63); entonces, la vida humana es vista como la suma de las “elecciones” propias de un individuo, de las cuales él o ella serán responsables, por lo que el cuidado se convierte así en un asunto totalmente personal y privado: los individuos toman “decisiones” sobre el cuidado de sí mismos y de quienes les rodean (Tronto, 2013:66). Confundimos “elección” con libertad, igualdad y justicia, porque nos hemos capacitado únicamente para ser trabajadores y consumidores. En una sociedad en la que nadie está dispuesto a aceptar la responsabilidad de otra cosa que no sean sus propias elecciones, es difícil pensar en la atención más allá del hogar (Tronto, 2013:70). Esta discusión nos lleva también al debate sobre la supuesta autosuficiencia del homo economicus, ya que un hombre trabajador no es autosuficiente por tener un empleo y recibir una remuneración económica; por el contrario, si puede dedicarse sólo al trabajo productivo es porque alguien más (generalmente una mujer) realiza las actividades de cuidado, alimentación, limpieza, etcétera, que necesita para cubrir sus necesidades básicas. Sin embargo, los sistemas económicos presentan la figura del hombre trabajador como autónomo, desligado de la vida humana: un mundo incorpóreo, constituido por personas inagotables, siempre sanas y jóvenes, lo que se ha denominado “el hombre económico, racional o político”. Pero este sistema sólo puede existir porque las necesidades básicas –individuales y sociales, físicas y emocionales– quedan cubiertas con las actividades no retribuidas realizadas por las mujeres, base esencial de la producción de la vida y de las fuerzas de trabajo (Carrasco, 2001, 2004). Como ya mencionamos, todos y todas somos sujetos de cuidado en varios momentos de la vida, pero además se puede ser dependiente del cuidado de otros, aun siendo autónomos; un ejemplo de ello son los varones que se benefician cotidianamente del trabajo doméstico no remunerado que realizan las mujeres en sus hogares, pues éste contribuye a su bienestar (Marco y Rico, 2013). Pérez (2006b:171) señala que el individuo económico es un “dependiente social”, porque a los hombres no se les socializa como “cuidadores” ni siquiera de sí mismos. Como resultado, una parte importante de la población adulta masculina es totalmente “dependiente” de las mujeres en su vida cotidiana y su subsistencia básica, incluida la dimensión emocional (Carrasco, 2011). Esto implica que se haya atribuido a las mujeres el cuidado de los varones adultos ocupados en el mercado laboral (Durán, 2012); y que, haciendo uso de su “irresponsabilidad privilegiada”,4 consideren que la satisfacción de sus necesidades es más importante que la de las mujeres, tal como Tronto (1993:146) lo expone: 4 El concepto de irresponsabilidad privilegiada fue utilizado por primera vez por Joan Tronto en 1990, en su discurso “Chilly Racists” ante la American Political Science Association. En este artículo, comentó sobre la incapacidad de las mujeres blancas para reconocer o imaginar el clima hostil que experimentaron las mujeres negras en el aula de la educación superior de los Estados Unidos, y cómo las mujeres blancas se benefician del racismo. Tronto (1993) desarrolla aún más la noción de irresponsabilidad privilegiada, donde la asocia con las formas en que las responsabilidades de cuidado se equilibran de manera desigual en la sociedad. La autora describe la irresponsabilidad privilegiada de la siguiente manera: “Aquellos que son relativamente privilegiados reciben ese privilegio [como] la oportunidad simplemente de ignorar ciertas formas de dificultades
35 Con una irresponsabilidad privilegiada, solo las necesidades de los privilegiados se consideran legítimas e importantes, mientras que las necesidades del subyugado permanecen sin ser reconocidas e ignoradas. Esto significa que las necesidades de cuidado de los privilegiados tienen más probabilidades de satisfacerse adecuadamente que los marginados o subyugados. Lo que ha sido identificado por los críticos de la ética del cuidado como una consecuencia problemática del cuidado (Tronto, 1993) –parroquialismo– alienta a las personas a ver sus propias necesidades o aquellas que están cerca de ellos como más legítimas e importantes que aquellos que son distantes o no relacionado. Por lo tanto, el parroquialismo puede considerarse directamente responsable de la irresponsabilidad privilegiada, como Tronto lo expresa “una forma de disculpar la falta de atención de los privilegiados”. Para el hombre económico, el trabajo que realizan las mujeres representa un ahorro de recursos, les libera de responsabilidades vitales y les permite disponer de tiempo para actividades de participación social, recreativas y de esparcimiento (Izquierdo, 2004). Para el capitalismo, el trabajo de las mujeres también representa un ahorro en el mantenimiento de los recursos humanos y el sostenimiento de la economía, que no podría dejar de hacerse, pues de lo contrario se agudizarían las crisis sociales y económicas actuales. Como ya señalamos, el patriarcado ha sido fundamental para pensar la manera en que se produce la división del trabajo, que jerarquiza y estratifica el mercado en función de géneros, etnias, clases y edad (Quiroga, 2010). Para entender el trabajo de cuidados es imprescindible incluir en el análisis las subjetividades diferenciadas por géneros, por eso las feministas comenzaron a analizar las estructuras de dominación y poder masculino a través del concepto de patriarcado (Pérez, 2006b). El patriarcado no es una formación transhistórica, transcultural o estática, sino que se transforma y modifica con el paso del tiempo y en relación con otras estructuras de dominación (capitalismo, colonialismo e imperialismo) (Quiroga y Gómez, 2013). Es decir, a través del patriarcado no sólo se cuestiona el poder que ejercen los hombres sobre las mujeres, sino el poder capitalista sobre el cuerpo y el trabajo de las mujeres y el poder ejercido históricamente por el colonialismo en el sur global. Así, desde el feminismo se problematiza la situación de las mujeres, pero además se considera esencial luchar contra toda forma de discriminación y opresión hacia ellas. Las dicotomías sujeto-objeto, espíritunaturaleza, dominación-sometimiento, varón-mujer, etcétera, son dicotomías típicas y oposiciones antagónicas del patriarcado productor de mercancías (Scholz, 2013). Al respecto, Hartmann (1981:14) señala: La base material del patriarcado es el control de los hombres sobre la fuerza laboral de las mujeres. Ese control se mantiene negando el acceso de las mujeres a los recursos económicamente productivos necesarios y restringiendo su sexualidad. Los hombres ejercen control al recibir trabajo de servicio personal de las mujeres, al no tener que hacer las tareas domésticas o criar a los niños, al tener acceso a los cuerpos de las mujeres para tener relaciones sexuales, y al sentirse poderosos y ser poderosos. Los elementos cruciales del patriarcado tal como los experimentamos actualmente que no enfrentan” (Tronto, 1993:120-121). En esta definición vuelve a poner en primer plano la ignorancia, que considera un acto que impide que los privilegiados reconozcan o noten las necesidades de los marginados.
36 son: el matrimonio heterosexual (y la consecuente homofobia), la crianza de los hijos y las tareas domésticas, la dependencia económica de las mujeres con respecto a los hombres (impuesta por acuerdos en el mercado laboral), el estado y numerosas instituciones basadas en las relaciones sociales. Para Folbre (2014), el capitalismo patriarcal ofrece recompensas financieras a quienes persiguen su interés individual y penaliza a aquellos comprometidos con el cuidado de los demás. La competencia se valora más que la cooperación, y los derechos individuales triunfan sobre la obligación social. La vida familiar y comunitaria se trata como actividades de ocio, en gran parte reservadas para vacaciones oficiales. En otras palabras, “[…] el capital canibaliza las condiciones de vida de las clases trabajadoras, impone disciplina a los Estados, transfiere riqueza de la periferia al núcleo capitalista y succiona valor de los hogares, las familias, las comunidades y la naturaleza esencialmente mediante la deuda” (Fraser, 2016:126-127). Por medio del trabajo de cuidados se forman los sujetos humanos del capitalismo como seres sociales, creando el habitus y ethos cultural en los que se mueven (Fraser, 2016), lo cual implica traer al mundo y socializar a los niños/as, cuidar a los ancianos/as, mantener los hogares, construir comunidades y sostener los significados, las disposiciones afectivas y los horizontes de valor compartidos que apuntalan la cooperación social. “Los cuidados son un punto estratégico desde el que cuestionar la perversidad de un sistema económico que niega la responsabilidad social en la sostenibilidad de la vida y cuyo mantenimiento precisa de la exclusión y la invisibilidad –heterogénea y multidimensional– de múltiples colectivos sociales” (Pérez, 2006a:31). Fraser (2009) sugiere que, desde una crítica al androcentrismo, las feministas deberían militar a favor de una forma de vida que descentralice el trabajo asalariado y valore actividades no mercantilizadas, como el trabajo de cuidados, que deberían convertirse en componentes valiosos de una buena vida para todos y todas. Aunque, como señala Pérez (2006a), se debe tener cuidado con las propuestas, porque los alegatos hacia una redistribución más justa del trabajo de cuidados en el seno de los hogares siguen enmarcados en la responsabilidad de cuidados en lo privado, desproveyéndolo de su carácter global, en un contexto en el que ocuparse de esas labores es un factor de vulnerabilidad social y de pérdida de calidad de vida, y en donde las relaciones de género y de poder no se erosionan, sólo mutan. Desde la economía, se sigue ocultando la relación capitalista que mantiene el ámbito familiar doméstico con el sistema social y económico, el cual permite “externalizar los costes sociales originados en las actividades de mercado y utilizar a las mujeres como amortiguador final del dumping social” (Picchio 1999:233). De igual forma, Carrasco (2001) señala que ocultar las actividades que implican cuidar la vida humana, facilita el desplazamiento de costes desde la producción capitalista hacia la esfera doméstica, es decir, los costes de la reproducción de la fuerza de trabajo son asumidos por las familias, específicamente por las mujeres; por ello, sin los trabajos de cuidado que ellas realizan, sería imposible el funcionamiento de la esfera mercantil capitalista, al igual que la reproducción y el mantenimiento del llamado “capital humano”, lo que pudiera llevar a diferentes crisis.
37 2.2.3 Propuesta de sostenibilidad de la vida Como contraparte al capitalismo y al patriarcado, se propone la sostenibilidad de la vida, proceso que hace referencia no sólo a la posibilidad de que la vida continúe, sino a que se desarrolle en condiciones de humanidad (Carrasco, 2009a). Es una propuesta que trasciende las dicotomías fundacionales del discurso androcéntrico (público-privado, producción-reproducción, mercado-hogares), al cuestionar la normatividad de los términos valorados y apostar por centrar el análisis económico en un elemento que los trasciende y, a la vez, los contiene: el cuidado de la vida (Agenjo, 2013: 15). Brunet y Santamaría (2016) se preguntan ¿qué vida se quiere vivir? Pérez (2011) indaga ¿qué vida merece la pena bajo nuestros propios (otros) criterios éticos? La respuesta está en reconocer la vulnerabilidad, la interdependencia y la dependencia. Luchar por un mundo común para mujeres y hombres más allá del discurso dominante y de la simple idea de igualdad, conlleva un cambio radical, ya que exige la reorganización de los tiempos y trabajos (mercantil y de cuidados), cambios en la vida cotidiana, una nueva estructura de consumo y de producción, un cambio de valores (Carrasco, 2013) y, en la actualidad, cambios en la vulnerabilidad colectiva derivados de la pandemia. Mirando al sistema socioeconómico desde una perspectiva que ponga en el centro la sostenibilidad de la vida, se percibe “una profunda contradicción [...] entre los procesos de reproducción de las personas y el proceso de acumulación de capital” (Picchio, 1999:480). Por una parte, encontramos una lógica de acumulación, en la que la satisfacción de necesidades se da en la medida que esto permite generar beneficios monetarios, y la acumulación, por otra, una lógica que podríamos denominar de “sostenibilidad de la vida”, dirigida a la generación directa de bienestar y valores de uso. De igual forma, Fraser (2016) destaca una peculiar relación de separación-dependencia-rechazo, como fuente de inestabilidad: por un lado, la producción económica capitalista no es autosuficiente, depende de la reproducción social; pero, por otro, su tendencia a la acumulación ilimitada amenaza con desestabilizar los procesos y capacidades reproductivas que el capital necesita. Paradójicamente, hacen depender las economías oficiales de los procesos de reproducción social cuyo valor rechazan. Estas lógicas se oponen: mientras que en la primera las personas se convierten en un medio para lograr el fin de la acumulación de capital, en la segunda su bienestar constituye un fin en sí mismo (Pérez, 2006a). La propuesta es que no se establezca una escisión entre trabajo y vida, que se centre la atención “más acá” de los mercados, en la sostenibilidad de la vida. Una persona joven, con cierta capacitación y que produce trabajo, es bien valorada, mientras que un niño, niña, adolescentes, adultos mayores y/o enfermos y discapacitados/as, lejos de ser valorados, se consideran un costo. Carrasco (2004) explica que el objetivo en estas sociedades patriarcales-capitalistas está situado casi exclusivamente en el beneficio empresarial. La vida humana no es un objetivo prioritario, por el contrario, está al servicio de la producción mercantil. Desde esta lógica, las personas como “recursos humanos” deben adaptarse a las necesidades de las empresas para que éstas incrementen sus beneficios, sin importar el beneficio o perjuicio humano. Aun cuando es uno de los pilares de la sociedad, el trabajo de cuidados es prácticamente invisible, está profundamente infravalorado, y tanto gobiernos como empresas dan por sentado que alguien los hará. De hecho, no suele considerarse un trabajo como tal, y los recursos dedicados a realizarlo suelen contabilizarse como gasto y no como inversión, de
38 manera que su aportación resulta invisible a la hora de medir el progreso económico y definir las agendas políticas (Oxfam, 2020). Para Picchio (1994, 1999), lo que permanece oculto no es tanto el trabajo doméstico en sí mismo, sino la relación que mantiene con la producción capitalista, debido a que no se valora el cuidado de la vida de quienes son, serán y/o fueron la fuerza de trabajo, y que sostienen la acumulación y economía de una nación. Al haber excluido de los circuitos económicos el trabajo de cuidado de la vida, la negociación de las mujeres también se ha apartado de la negociación pública y se ha remitido al ámbito del hogar, generando tensiones específicas entre mujeres y hombres, donde las primeras se encuentran en situación de mayor fragilidad y vulnerabilidad en la negociación, todo lo cual podría estar incrementando la violencia contra las mujeres en el espacio doméstico. También se debe reconocer que además de mantener las desigualdades entre sexos, tiende a aumentar las desigualdades entre las propias mujeres, tanto en el trabajo de mercado como en el de cuidados, ya que aquéllas mejor calificadas, con trabajos mejor remunerados y mayor independencia económica, tienen posibilidades de mercantilizar mayor cantidad de trabajo doméstico y de cuidados (Carrasco, 2009b), trabajo que seguramente será transferido hacia otras mujeres. El sistema capitalista no podría subsistir sin el trabajo doméstico y de cuidados, sin el tiempo que las mujeres dedican a la sostenibilidad y al cuidado de la vida, porque depende de él para el mantenimiento de la población y la reproducción de la necesaria fuerza de trabajo; sin él no dispondrían de fuerza de trabajo socializada y emocionalmente estructurada y segura (Carrasco et al. 2011; Carrasco, 2013). El trabajo que las mujeres realizan en los hogares reproduce, mantiene y preserva la fuerza de trabajo por debajo de su coste real, ya que no tiene valor económico ni es reconocido socialmente, no se valora la energía ni el tiempo dedicado a reproducirla. El sistema capitalista mantiene oculto el trabajo de cuidados y se aprovecha de una inmensa masa de trabajo no asalariado ni basado en relaciones contractuales que hace posible la acumulación de capital (Federici 2013). Pero cuando no se realiza ese trabajo ocasiona crisis dentro de los hogares, las cuales se ven reflejadas en la vida laboral y social, además de que, como ocurre con la crisis derivada del Covid-19, los cuidados se intensifican. En la producción capitalista también se debe considerar que la población no sólo se compone de fuerza de trabajo real o potencial, sino también de personas mayores, enfermas, con alguna minusvalía o, incluso, de quienes únicamente realizan trabajos no remunerados (Carrasco, 2011), porque las personas no sólo son criaturas del mercado, también son de cuidados. La sostenibilidad de la vida humana implica un proceso que requiere recursos materiales, así como contextos y relaciones de cuidados y afecto, procesos que permiten dar cuenta de la profunda relación entre lo económico y lo social. Sitúa a la economía en una perspectiva diferente, cuya prioridad son las condiciones de vida de las personas, por lo que se exige no sólo que la vida continúe (en términos humanos, sociales y ecológicos), sino también desarrollar condiciones de vida aceptables para toda la población (Carrasco, 2009b:169). La propuesta de sostenibilidad no es captar esencias, sino procesos de bienestar, calidad de vida y/o estándares de vida, es decir, “abre un espacio al conjunto de relaciones sociales que garantizan la satisfacción de las necesidades de las personas, entendiendo que tales necesidades son multidimensionales y heterogéneas, que se construyen y expresan socialmente y que, por tanto, su definición se ve directamente afectada por las relaciones de poder” (Agenjo, 2013:20).
39 La idea de sostenibilidad humana está íntimamente ligada a un concepto más amplio de sostenibilidad, que incluye también las dimensiones sociales y ecológicas. Entendemos sostenibilidad como un “proceso que no sólo hace referencia a la posibilidad real de que la vida continúe –en términos humanos, sociales y ecológicos–, sino a que dicho proceso signifique desarrollar condiciones de vida, estándares de vida o calidad de vida aceptables para toda la población. Sostenibilidad que supone una relación armónica entre humanidad y naturaleza, y entre humanas y humanos. En consecuencia, será imposible hablar de sostenibilidad si no va acompañada de equidad” (Carrasco, 2009b:183). 2.2.4 Uso del tiempo y cuidados Las mujeres participan mucho más en actividades laborales, sociales y políticas que hace algunos años, lo cual les ha permitido una inserción más diversificada y completa en la sociedad, así como una mayor independencia económica y personal. Pero a pesar de estos avances, las mujeres no han dejado de ser las responsables de las tareas de cuidados. Para ellas, la realización de trabajos familiares es problemática por las limitaciones del tiempo y disponibilidad que se le puede dedicar (Comas d’Argemir, 2000:189). Las consecuencias se pueden ver en la mayor precariedad laboral y/o mayor pobreza relativa en comparación con los hombres, así como en las enormes tensiones al intentar realizar los distintos trabajos de manera simultánea (Carrasco, 2009b). Las mujeres enfrentan casi en solitario el problema de conciliar tiempos y trabajos, con costes importantes particularmente en su calidad de vida. Este proceso de conciliación ha exigido a las mujeres desarrollar distintas formas de resistencia individual, adaptaciones y elecciones que tienen que ver con reducciones del trabajo familiar, con la organización del trabajo de cuidados y con formas específicas de integrarse en el mercado de trabajo (Carrasco, 2001). Por ello debemos cuestionar el valor que se da al tiempo, el cual es mercantilizado y utilizado de diferente manera en el capitalismo por mujeres y hombres. Según Damián (2014), en su avidez por el trabajo vivo, el capitalismo instrumentó mecanismos para domesticar y utilizar la fuerza de trabajo; y, como consecuencia, los/as trabajadores/as perdieron el control de su vida laboral, que pasó a pertenecer al capital. Este proceso “se conoce como subsunción formal y real del trabajo al capital en la jerga marxista”, y es la causa de que el trabajador tenga una escasez de tiempo propio. La misma autora precisa que fue hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX que el capital logró adueñarse de toda la semana del obrero (excepto el domingo, considerado día sagrado), mediante pagos semanales. La generalización de las relaciones capitalistas de producción conllevó la imposición de extensas jornadas laborales, en las que el capital literalmente se apropió de todo el tiempo de vida de los trabajadores. Así, el tiempo de trabajo se vende y se compra, midiéndolo cronométricamente (Legarreta, 2012), por medio de los relojes, convirtiendo el tiempo en dinero por medio de la relación con el trabajo (Adams, 1999; Legarreta, 2012). Entonces, el tiempo contratado para el empleo es remunerado con un salario, y dicho salario permite a los hogares adquirir bienes y servicios para la subsistencia de las personas del hogar, reproduciéndose de este modo la fuerza de trabajo que vuelve a ser contratada por las empresas (Carrasco, 2013). Con ello, se impuso una tajante separación entre el tiempo destinado al trabajo doméstico, realizado sobre todo por las mujeres, y el tiempo para el trabajo remunerado, llevado a cabo de
40 manera predominante por los hombres. Este proceso implicó una separación entre el tiempo libre y el de trabajo, y quedaron subsumidas las actividades domésticas y el cuidado de otros en el hogar, que son esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo dentro de lo que el capital considera “tiempo libre” (Damián, 2014). Al respecto, Carrasco (2001: 61) señala que: […] el resto de los tiempos –en particular, los llamados “tiempos generadores de la reproducción” que incluyen los tiempos de cuidados, afectos, mantenimiento, gestión y administración doméstica, relaciones y ocio […], que no son tiempo pagado sino vivido, donado y generado– “se constituyen en la sombra de la economía del tiempo dominante, basada en el dinero” (Adams 1999:), no tienen ningún reconocimiento y, en consecuencia, tienden a hacerse invisibles. La economía como disciplina académica ha legitimado esta situación: se ha dedicado casi exclusivamente a las actividades llamadas económicas que se realizan con tiempo mercantilizable. En cualquier caso, lo más preocupante es que el estudio de las “actividades económicas” se realiza de forma independiente, como si fuese posible entenderlas y analizarlas al margen de las de no-mercado, como si no dependieran para su realización de ese tiempo “socialmente desvalorizado”. La misma autora (2001) menciona que el tiempo mercantilizado, al identificarse con el dinero, está asociado al poder, al poder del dinero. Este poder-tiempo-dinero no sólo se ve reflejado en las esferas públicas mercantilizadas, como la economía, sino también en las relaciones establecidas dentro de los hogares patriarcales, en donde los hombres –al ser los que poseen más tiempo y dinero– son quienes mantienen el poder. Debido a que las relaciones de poder en el hogar guardan estrecha relación con la aportación de dinero a la economía familiar, se reconoce como autoridad sólo al proveedor de ingresos monetarios. Como resultado, el dinero otorga mayor autonomía y capacidad de decisión a la persona que lo gana en el mercado (Carrasco, 2001:61). La disponibilidad (o carencia) de tiempo afecta directamente la calidad de vida y el bienestar humano (Damián, 2014), puesto que manifiesta las relaciones de poder y la desigualdad de género que se esconden detrás de la forma mercantil de valorar el tiempo, en donde, de acuerdo con Thompson (1979), “el tiempo no pasa, sino que se gasta”. De hecho, no considerar las distintas acepciones del tiempo y resaltar sólo la dimensión cuantificable, es una manifestación más de la desigualdad entre mujeres y hombres (Balbo, 1987). Damián (2013) señala que, al mercantilizar el tiempo, se nos exige también tener hobbies: ver la televisión, ir al cine o a museos, hacer viajes, etcétera, de manera que se ha vuelto más importante cuántas veces se ha realizado alguna actividad que si ésta se disfrutó. En la actualidad, la tecnología podría utilizarse para liberar de tiempo a los y las trabajadores remunerados/as, sin embargo, con la pandemia se ha visto que se mantienen los niveles de explotación en número de horas trabajadas, e incluso aumentaron tanto en el tiempo como en la intensidad del trabajo. El proceso de incorporación laboral de las mujeres les ha significado introducirse en un mundo definido y construido por y para los hombres, un mundo mercantil que funciona de la manera que lo hace porque descansa, se apoya y depende del trabajo familiar-femenino. Un mundo para el que se requiere libertad de tiempos y espacios para producir, y exige la presencia de alguien en casa que realice las actividades básicas para la vida. Sin embargo, si las mujeres
47 • Uso del tiempo. El análisis del uso del tiempo se ha realizado, principalmente, a partir de los datos estadísticos que proporcionan las encuestas a nivel nacional, destacando los cálculos del índice de pobreza del tiempo. • Acciones (des)articuladas en México para la atención de los cuidados, donde describimos brevemente la intervención del Estado mexicano en los cuidados, subrayando la falta de un sistema de cuidados a nivel nacional y la no consideración de los derechos al cuidado. • El caso de la Ciudad de México. Pese a la falta de intervención antes señalada, en los últimos años se ha visto un avance en el tema al proponerse un sistema de cuidados en la capital del país, por lo que se hace una breve referencia a este sistema. • A modo de conclusión, se presentan algunas reflexiones generales sobre las aportaciones en materia de cuidados en México. 2.3.1 Trabajos doméstico y de cuidados en México En este punto resumiremos brevemente algunos artículos recientes respecto a los cuidados en México. El objetivo no es tanto realizar un análisis profundo de lo recogido en cada uno de ellos, sino visibilizar discusiones y aportes generados a nivel nacional para tener una visión de los aportes que se han hecho en el país. a) Las prácticas de cuidados y trabajo doméstico de mujeres y hombres En el artículo de Ceballos (2013), “La intensidad de los trabajos de cuidados no remunerados de las mujeres en los hogares urbanos de México. Análisis con datos de la ELCOS 2012”, se reconoce que la participación de las mujeres en los cuidados no remunerados de los hogares está relacionada con su participación en el mercado, y depende de la intensidad de los cuidados que proporcionan. El estudio clasifica los trabajos de cuidado según su intensidad, destacando que a medida que la intensidad aumenta, disminuye ligeramente el número de mujeres dentro de la PEA (Población Económicamente Activa); asimismo, reconoce que la participación de las mujeres tiene que ver no sólo con la división sexual del trabajo y la asignación social de género, sino también con la paulatina reducción del gasto público en servicios de salud y educación, principalmente, lo cual ha transferido a los hogares, especialmente a las mujeres, una gran cantidad de trabajos de cuidados de los familiares dependientes. “Estos hallazgos muestran la necesidad de avanzar con mayor decisión en la reorganización social del cuidado en México, de modo que el estado asuma cada vez más la tarea de satisfacer las necesidades sociales, hasta ahora sustentadas casi exclusivamente por las familias y, dentro de ellas, por las mujeres” (Ceballos, 2013:195). En el artículo “¿Quién cuida a quién? Diferencias entre mujeres y hombres que realizan trabajo de cuidado en el hogar”, Jácome del Moral (2013) retoma datos de la ELCOS (2012) para señalar cifras que dan idea de las necesidades de cuidado en México y la poca atención que el gobierno le ha dado. Destaca que en el 52% de los hogares urbanos de nuestro territorio vive al menos una persona que recibe cuidados de otro miembro de su hogar; en 45.1% de los hogares viven menores de 15 años (alrededor de 6.0 millones de hogares); en 5.2% habitan personas con algún problema de salud o discapacidad, por lo que requieren de cuidados permanentes (cerca de 694 mil hogares), y en 7.9% alguno de los miembros requirió cuidados
48 de manera temporal, por enfermedad o accidente (1.1 millones de hogares). A pesar de estos porcentajes, en México no existen condiciones para una efectiva corresponsabilidad social del cuidado, entendida como la responsabilidad compartida entre el Estado, el mercado laboral, la comunidad y las familias. Los programas sociales se han limitado a otorgar ayuda económica o en especie a ciertos grupos de población, pero son de poca monta e insuficientes para cubrir las necesidades de cuidado y atención cotidiana de la población a través de guarderías, casas de día para personas adultas mayores o enfermas que no puedan quedarse solas. Respecto a las diferencias entre mujeres y hombres, encontraron que el trabajo de cuidados es una actividad que recae en las mujeres: de las personas que realizan al menos un tipo de trabajo de cuidados en sus hogares, 73.1% son mujeres y 26.9% hombres; la presencia femenina es sobre todo visible en el cuidado de menores de 5 años, como reflejo de su asignación del cuidado y crianza de las y los hijos. Cabe destacar que el nivel de instrucción no difiere entre mujeres cuidadoras y no cuidadoras, pero en el caso de los hombres la escolaridad puede ser un factor que contribuya a una distribución más igualitaria de las tareas de cuidado en el hogar. La relación de parentesco con el jefe o jefa del hogar parece ser determinante en la implicación del trabajo de cuidados; en el caso de las mujeres, el mayor porcentaje de cuidadoras son las cónyuges del jefe (55.2%) y una quinta parte de las cuidadoras son “hijas del jefe”, lo cual es señal de la reproducción de roles de género en los hogares. En el caso de los hombres, el mayor porcentaje de cuidadores son los jefes del hogar, también seguidos de los hijos, que representan 17% de los cuidadores. La mayor presencia de hombres cuidadores se observa en quienes cuidan a personas enfermas temporales, donde representan 30.6%. Los datos de la ELCOS permiten vislumbrar un involucramiento de los hombres en el cuidado, aunque con la limitación de no poder identificar tiempo e intensidad, que es mayor en las mujeres. En el libro de Pacheco (2013): “Los cuidados y el trabajo en México. Un análisis a partir de la Encuesta Laboral y de Corresponsabilidad Social (ELCOS) 2012”, se presentan varios artículos que describen las necesidades de cuidado de niñas, niños y adolescentes, y se destaca cómo las actividades de cuidado se han “invisibilizado” o “normalizado”, quizá por tratarse de actividades cotidianas. Señala que es probable que quienes las realizan y quienes reciben su beneficio hayan perdido la dimensión de lo que representa, a nivel familiar y para la sociedad en su conjunto, cubrir todo el trabajo que implica. En “Los cuidados y la toma de decisiones”, Pedrero et al. (2013) observan cómo a partir del análisis de las características de los hogares se reconoce si el/la cuidador/a está en situación de desventaja frente a otros miembros del hogar en diferentes aspectos de la vida cotidiana, por ejemplo, ser dependiente económico, lo cual pudiera explicar el que “le toque cuidar” y no pueda ocuparse en otras actividades. La asignación de tareas domésticas a las mujeres y extradomésticas a los hombres prevalece y las mujeres siguen siendo las principales responsables de realizar las actividades de cuidado al interior de los hogares. Destacan que dependiendo de las actividades que realizan, pueden usar de diferente manera su tiempo, sin embargo, las mujeres tienen menos capacidad de decisión respecto a qué hacer en su tiempo de manera individual, pues no pueden decidir dedicar tiempo al esparcimiento o el ocio, porque forzosamente tienen que realizar otras actividades, como trabajar para el mercado, realizar trabajo doméstico o cuidar a los integrantes del hogar.
49 Por su parte, Galindo et al. (2015), en el artículo “El trabajo de cuidado en los hogares: ¿un trabajo sólo de mujeres?”, analizaron los microdatos de la Encuesta Nacional de Empleo y Seguridad Social (ENESS, 2013) y de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT, 2014). De la ENESS (2013), se concluye que existe mayor participación económica de las mujeres ocupadas que cuando declaran no tener necesidades de cuidados, mientras que aquellas que pertenecen a hogares con necesidades de cuidados se dedican en mayor proporción a los quehaceres domésticos. El número de mujeres que reside en hogares sin necesidades5 de cuidado y cuya condición de inactividad es estudiar, es más del doble que las mujeres que estudian en hogares que requieren cuidados. Las mujeres ocupadas que residen en hogares sin demanda de cuidados, se desempeñan en mayor proporción como empleadoras; en contraste, las mujeres ocupadas cuyos hogares demandan cuidados se desempeñan en mayor medida como trabajadoras por cuenta propia y trabajadoras sin pago. De la ENUT (2014), se mostró que el tipo de cuidado al que más tiempo se dedica es el proporcionado a los integrantes del hogar de 0 a 14 años; y en la mayoría de hogares donde hay niños/as menores de 6 años se tiene también una jefatura femenina, lo cual demuestra que son las mujeres quienes cuidan más a los niños y a las niñas de 0 a 6 años. La actividad que registra menos diferencia de cuidado es la de ayudar en las tareas de la escuela, porque mujeres y hombres participan casi por igual. Con base en el análisis de ambas encuestas, se reitera que las mujeres aún enfrentan una restricción en cuanto a los usos del tiempo, sobre todo en el cuidado para ellas, y en la dificultad para insertarse en el mercado laboral con condiciones dignas, así como a otras actividades del ámbito público, debido al poco tiempo del que disponen al no dedicarse al cuidado. Marta Lamas (2016), en el artículo teórico y de reflexión “Una mejor división del trabajo implica más igualdad en la calidad de vida”, destaca que en México se sigue conceptualizando el trabajo de crianza de los infantes y de cuidado de las personas ancianas, enfermas, inválidas y con discapacidad básicamente como una responsabilidad natural de las mujeres. En parte, por la idea de que es expresión de amor, pero también por la manera en que tradicionalmente se define trabajo como una actividad económica y porque los cuidados se siguen viendo como una actividad “naturalmente” femenina. A la desigual distribución del trabajo de cuidado y doméstico, junto con la falta de una adecuada provisión de servicios públicos que lo aligeren, se suma la precarización de las condiciones de trabajo, la inestabilidad y la informalidad laborales, así como la carencia de un sistema universal de seguridad social. Todo ello configura un déficit de trabajo decente, que se agrava con la actual crisis económica global. La segregación laboral que viven las mujeres es un problema que obstaculiza un desarrollo socioeconómico y político más equitativo, sin embargo, no lo alcanzan a visualizar como tal los gobernantes y quienes diseñan las políticas públicas. Por eso la propuesta acerca del cuidado se debe enriquecer no sólo con la idea de desarrollar cuidados públicos o la de crear una ley de personas dependientes, sino con el desafío de repensar el lazo social. ¿Qué tipo de vida queremos?, ¿cómo queremos usar nuestro escaso tiempo sobre la Tierra?, ¿qué lugar le queremos dar a las relaciones humanas?, ¿cómo imaginamos las formas de cuidado de niños, ancianos, enfermos y discapacitados? Porque pensar en el cuidado de los seres humanos es pensar en el futuro de la sociedad. 5 La encuesta considera como “sin necesidades de cuidado” cuando no hay dependientes directos en la familia, sin embargo, no consideran que todos y todas de alguna forma requieren de cuidados, aunque no sean especializados.
50 En “Distintas o iguales: las diferencias en el trabajo doméstico de las parejas de doble ingreso entre las uniones libres y los matrimonios”, Sánchez y Pérez (2016) analizan la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares (ENIGH 2010) utilizando modelos de regresión. Los autores exploran si el tipo de unión conyugal tiene un efecto diferenciado en la brecha del trabajo doméstico en parejas donde ambos miembros participan en el trabajo extradoméstico. Los resultados sugieren que la brecha de género en el trabajo doméstico es menor en las parejas en unión libre, en comparación con las parejas casadas. Entre las primeras, la brecha se reduce mayormente conforme aumenta el ingreso, de modo que las parejas en unión libre y de alto ingreso representan el arreglo más equitativo en la división sexual del trabajo no remunerado. Ello se debe a que las mujeres en unión libre dedican menos tiempo al trabajo doméstico que las casadas, mientras que entre los varones no se observan diferencias. También resaltan que en México está aumentando la participación de los varones en el trabajo doméstico, pero ha sido un cambio pequeño y centrado en algunas actividades. Con todo, en años recientes se aprecia una mayor participación en el trabajo doméstico de los varones más jóvenes y más educados. Finalmente, este trabajo muestra que en el reparto más equitativo del trabajo también intervienen variables como la presencia de menores o adultos mayores en el hogar, las horas de trabajo extradoméstico del varón, la aportación al trabajo doméstico de otros miembros del hogar y su nivel de ingreso, así como la edad y el nivel educativo de la mujer. En el artículo de Galindo (2019) “Cuidar: una aproximación desde la epistemología del Sur”, se enfatiza que el trabajo de cuidados es un tema que está en auge en los últimos años, ya que también permite cuestionar el orden jerárquico del sistema capitalista en el que está inserto el trabajo remunerado, por lo que se cuestiona el sistema en el que las mujeres han trabajado y trabajan de forma no remunerada en las labores domésticas y de cuidado en sus hogares y para sus familias. La discusión parte de lo señalado por Boaventura de Sousa Santos, quien plantea que el paradigma dominante está en crisis, lo que lleva a proponer nuevos diálogos entre diversas experiencias del conocimiento tanto para el análisis del trabajo doméstico y de cuidados como de la forma en que se investiga. González et al. (2020), en su artículo “Trabajo de cuidado en las fuentes de información estadística de México”, retoman la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) y la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) para documentar que la organización social del cuidado en México genera desigualdad en las oportunidades de participación económica de mujeres y hombres, debido a que: 1) persiste la visión de ligar los derechos sociales a esquemas formales de empleo, 2) continúa la tendencia de asignar a las mujeres el cuidado de las poblaciones infantil y adulta mayor, los enfermos y las personas con discapacidad, 3) los sistemas de protección social están fragmentados y 4) prevalece el concepto minimalista del universalismo por parte del Estado con servicios de baja calidad para los más pobres y excluidos. Los resultados al comparar la ENUT y la ENOE permiten concluir que ambas fuentes estadísticas capturan de manera adecuada el tiempo dedicado al trabajo de cuidados. Y si bien existen diferencias en sus estimaciones, éstas no son significativas, sobre todo al analizar las tres categorías principales de cuidado (imprescindible, gestión y apoyo al cuidado).
51 b) Cuidados y trabajo para el mercado En el artículo “¿Cuidar y trabajar para el mercado? Expectativas laborales de las mujeres cuidadoras no económicamente activas en México, 2012”, con base en las encuestas sobre uso del tiempo y la Encuesta Laboral y de Corresponsabilidad Social, Hernández (2013) analiza cómo se distribuyen las responsabilidades entre hombres y mujeres, en los ámbitos privado y público. Al caracterizar a las mujeres cuidadoras que tienen la expectativa de incorporarse (o reincorporarse al mercado laboral) y quienes no, los resultados destacan que las mujeres en situación de mayor desventaja económica y carga de cuidados necesitan trabajar para obtener recursos que les permitan atender sus responsabilidades de cuidado, aunque esto implique una doble jornada. A su vez, para aquellas que no han tenido una experiencia previa en el mercado laboral, la expectativa de hacerlo se relaciona más bien con una mayor disponibilidad de tiempo y recursos. Además, las mujeres que ya habían trabajado y lo dejaron por cuidar no tienen la expectativa de reincorporarse al mercado laboral, a menos que se encuentren en una situación muy desventajosa. Por lo que, los recursos de los que disponga una cuidadora, pueden aumentar sus expectativas laborales, aun cuando se enfrenten fuertes demandas de cuidado, en la medida que ofrecen mayores opciones para atender las responsabilidades familiares y del trabajo para el mercado. Nava (2013), en el artículo “Actividades de cuidado, mercado de trabajo remunerado y ciclo de vida familiar en las mujeres urbanas de México”, señala que a pesar de que las mujeres participan en el mercado de trabajo remunerado, las actividades de cuidado y trabajo doméstico no remunerado no se eliminan, más bien la población femenina enfrenta una situación de doble jornada o doble presencia, más recientemente llamada de doble presencia/ausencia, que en la mayoría de los casos crea tensiones, limita sus posibilidades de participación laboral y deteriora la calidad de vida. En la investigación se considera que la participación en las distintas actividades de apoyo y cuidado están relacionadas con las etapas del ciclo de vida familiar, debido a que hay fases en las cuales se requiere de cuidados más específicos y/o intensivos, principalmente durante el inicio, expansión o crecimiento de la familia. La doble presencia/ausencia, el estar y no en ninguno de los espacios, crea tensiones a las mujeres, que se producen al pasar continuamente de la esfera pública a la privada. Mientras que la población masculina, al no responsabilizarse de las actividades de cuidado y dedicarse exclusivamente al trabajo para el mercado, no experimenta estos desplazamientos entre espacios. A partir del análisis de información de la ELCOS (2012), los resultados señalan que 41.3% de las mujeres en el ciclo de pareja joven sin hijas e hijos trabajan de forma remunerada más de 8 horas diarias y 27.9% dedican menos de 8 horas diarias al trabajo para el mercado. En cambio, para los restantes ciclos de vida familiar, poco más de 40% de las mujeres que trabajan de forma remunerada, dedican menos de 8 horas diarias, y aproximadamente 30% más de 8 horas al día. Es decir, el acceso al trabajo remunerado de tiempo completo se reduce en los últimos cuatro ciclos de vida familiar (inicio de la familia, de expansión o crecimiento, de consolidación y salida, y pareja mayor sin hijas e hijos), influido por el cuidado no remunerado de hijas e hijos y para el ciclo de pareja mayor sin hijas e hijos es probable que la edad de las mujeres lo determine. Los resultados también sugieren que las mujeres con mayores responsabilidades de apoyo y cuidado se insertan en empleos precarios e
52 informales, lo cual coloca a las mujeres en una situación de vulnerabilidad, fragilidad y dependencia. En el artículo “Las tareas del cuidado: reflejo de una barrera y diferenciada inserción laboral”, con datos de la ELCOS (2012) Orozco (2013) indaga el efecto que tienen los cuidados en el tipo de situación ocupacional de las mujeres. Señala que las mujeres que logran acceder al mercado laboral a menudo enfrentan un desafío por balancear el trabajo de mercado y la familia, de ahí que se inserten en empleos flexibles. Dadas las diversas situaciones ocupacionales que existen, ser asalariada o por cuenta propia representa condiciones opuestas entre sí, particularmente en lo que se refiere al tiempo y el lugar de realización, ser asalariada significa tener un supervisor o jefe al cual debe rendir cuentas y solicitar permisos, en tanto que siendo por cuenta propia no. De ahí que esta última condición permite una mayor flexibilidad, principalmente en la cantidad y distribución del tiempo dedicado al mercado laboral. Sin embargo, la situación ocupacional por cuenta propia frecuentemente se vincula con condiciones de precariedad, informalidad y baja productividad, con repercusiones negativas en términos de prestaciones laborales y contraprestaciones de salud, licencias por maternidad, enfermedad, jubilación y vacaciones. En este trabajo se señala que, de acuerdo con datos de la ELCOS, 86.8% del total de quienes proporcionaron cuidados fueron miembros de los hogares, siendo 73.1% mujeres. La principal demanda de cuidados intensivos fue el cuidado de niños y niñas, incluso sobre quieres presentan alguna limitación; por ejemplo, 10.1% de las mujeres ocupadas por cuenta propia cuida a dos menores de entre 6 a 14 años, contra 5.9% de las asalariadas. La ELCOS tiene la virtud de identificar aquellos hogares que reciben ayuda externa para los cuidados: 8.3% de las mujeres ocupadas reciben ayuda externa en sus hogares para las tareas de cuidado, mientras que en las no ocupadas solo representa 4.7%. Las conclusiones señalan que la intensidad y tipos de cuidados, así como la disponibilidad de ayuda externa en los hogares, sí reflejan una diferencia en la inserción en el mercado. c) Conciliación del trabajo remunerado y de cuidados En el texto “Armonización entre los ámbitos laboral y familiar en México”, Samaniego y Ochoa (2009) apuntan que concertar la vida laboral y familiar es un importante reto en la sociedad actual. Es también un asunto de justicia social, con serias implicaciones económicas que requieren urgentemente de la atención pública, de la formulación de políticas específicas y de la conformación de un marco legal. Los autores proponen –para México– la contextualización de la legislación correspondiente en una amplia reforma del Estado, que no se limite a la agenda particular de las mujeres, sino que incorpore explícitamente las necesidades y aspiraciones de los hombres; es decir, que se construya desde una verdadera perspectiva de género. Para ellos, es menester tomar en cuenta las transformaciones demográficas, sociales, económicas y culturales prevalecientes en la vida nacional, así como el impacto de éstas en la división sexual del trabajo y en las modificaciones de los roles tradicionales de género. Para lograr esta armonización en un marco de derechos, no basta con buscar la corresponsabilidad de mujeres y hombres en la familia y en el trabajo, es necesario, además, que el Estado asuma su responsabilidad en las tareas de reproducción social y de cuidado de las personas.
53 Las conclusiones destacan que: 1) las políticas conciliatorias son necesarias como un mecanismo de inclusión social, son erróneamente concebidas únicamente para el ámbito laboral y no para producir cambios al interior de los hogares; 2) todas las personas tienen derecho a ser cuidadas, sin cuidados no hay familia, no hay instituciones, no hay Estado, no hay economía, por lo que existen costos por la ausencia de políticas de conciliación con corresponsabilidad; 3) el reto de la armonización aumenta en tiempos de crisis y al mismo tiempo se tienen que crear condiciones para que la conciliación sea parte de la solución ante la crisis, la crisis es una oportunidad para repensar el funcionamiento de la economía global y recolocar a los seres humanos en el centro de las preocupaciones de la economía; 4) por otro lado, la crisis agrava la brecha sobre el cuidado y el trabajo no remunerado, aumenta la demanda del tiempo de las mujeres para suplir los bienes y servicios que ya no se pueden adquirir en el mercado. Salazar et al. (2011), en el estudio “Conciliación, trabajo y familia en México: las responsabilidades compartidas de mujeres y hombres en el debate público”, señalan que la incipiente discusión pública en México de lo que se ha dado en llamar “conciliación trabajo y familia” y la falta de leyes y políticas ajustadas a un mercado laboral mixto, propician que las responsabilidades familiares y el trabajo del cuidado sean aún considerados un asunto de mujeres, privado e individual. Destacan que las políticas de conciliación con corresponsabilidad son prácticamente inexistentes en nuestro país, de ahí la necesidad de iniciar un proceso de debate público sobre el tema de las desigualdades de género en el ámbito laboral y su relación con el hogar y sus integrantes. Este debate es indispensable para posicionar en la agenda gubernamental el tema de las tensiones y dilemas que enfrentan las mujeres, con el objetivo de transformar la concepción, fundamentación y diseño de las políticas públicas que tienen impacto en la vida laboral y personal de las mujeres y sus oportunidades de desarrollo. Se trata de priorizar la intervención gubernamental, para convertir la conciliación con corresponsabilidad social en objeto de política pública; de igual manera, incluir en el debate el tema –promovido por la OIT– de la doble capacidad de la conciliación y los cuidados, como generadores de empleo y proveedores de protección social. En “Conciliación de la vida familiar y laboral”, Hernández e Ibarra (2019) señalan que, en México, el conflicto en las negociaciones para conciliar la vida personal, familiar y laboral se intensifica por la falta de disposiciones en la materia. La indiferencia del derecho ha provocado que no se visibilice esta problemática, por lo cual es necesario sacarlo de lo privado y llevarlo a lo público, para que las políticas establezcan medidas de conciliación que aseguren condiciones de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, que favorezcan la incorporación de las mujeres en el mercado laboral. Para estas autoras la conciliación debe atender, principalmente, tres problemas, a los cuales se enfrentan la mayoría de las mujeres para hacer compatible el cuidado de los hijos/as con la actividad laboral. El primero se presenta cuando los menores se enferman, situación imprevista y difícil de resolver, en cuyo caso la mayoría de las mujeres recurren al apoyo intergeneracional. El segundo problema es la falta de coordinación entre los horarios laborales y escolares; en general, los horarios laborales están “masculinizados”, es decir, asignados tradicionalmente como si los varones no tuvieran responsabilidades familiares, situación que afecta tanto a mujeres como a hombres; y los horarios escolares siguen adaptados a los tiempos de las amas de casa que no participan en el trabajo remunerado. En tercer lugar, las vacaciones escolares,
54 debido a que el gran número de días de vacaciones al año, alrededor de nueve semanas, y las suspensiones de clases, como días feriados y el último viernes de cada mes cuando los maestros/as asisten al Consejo Técnico Escolar, afectan los arreglos entre las madres y los padres trabajadores, pues las guarderías y escuelas deberían ser un apoyo para la conciliación en el cuidado de los menores. Otros problemas a los cuales se enfrentan las mujeres y los varones con responsabilidades domésticas y del cuidado son: falta de coordinación de horarios comerciales y de servicios con la jornada laboral, insuficientes guarderías y servicios escolares deficientes, exiguas prestaciones sociales que no favorecen la conciliación –como permisos laborales y flexibilidad laboral–, centros de trabajo sin políticas internas de conciliación entre la vida personal, familiar y laboral de sus colaboradores y colaboradas. En este trabajo se destaca que, si se pretende la igualdad efectiva de oportunidades y de trato entre trabajadores y trabajadoras, se requiere mayor difusión de los derechos y las prestaciones sociales que tienen madres y padres trabajadores, así como homologar las licencias, pues la enorme diferencia entre los permisos de maternidad (12 semanas) y paternidad (una semana), y el de lactancia exclusivo para ellas, provoca un desequilibrio en los ámbitos privado y público de mujeres y hombres. Si se busca favorecer el empleo femenino y la incorporación plena de las mujeres al ámbito social, cultural y económico, es necesario adaptar los derechos laborales y las prestaciones sociales para modificar los roles y patrones tradicionales de género, con la finalidad de fomentar la participación de los varones en el trabajo reproductivo. La conciliación de la vida personal, familiar y laboral en México debe considerarse para diseñar políticas públicas que favorezcan la igualdad de oportunidades y de trato entre trabajadoras y trabajadores, así como fomentar la corresponsabilidad entre mujeres y hombres; de lo contrario, difícilmente se modificarán los roles para distribuir de manera equilibrada el tiempo en las esferas pública y privada. d) Participación de otros integrantes de la familia en el cuidado: hombres, niñas Figueroa y Flores (2012), en el artículo “Prácticas de cuidado y modelos emergentes en las relaciones de género. La experiencia de algunos varones mexicanos”, analizan casos de varones que participan en actividades de cuidado, con el fin de identificar tensiones con algunos modelos de masculinidad y con las características que se plantean desde la ética del cuidado, documentando procesos de transformación en las relaciones de género. Enfatizan el carácter excepcional de las prácticas de cuidado de los hombres, pues generalmente cuando sus parejas han fallecido es cuando ellos se involucran, lo cual ha generado nuevas formas de vivir su paternidad, impulsando relaciones cercanas con sus hijos e hijas, basadas en el diálogo, la confianza, la empatía y la negociación. Sin embargo, para que las actividades de cuidado den lugar a transformaciones más profundas en las relaciones de género, es necesario cuestionar las estructuras que frenan la desgenerización de estas actividades, como el bajo estatus que conserva el cuidado en relación con actividades productivas de otra naturaleza y la organización social de los recursos que se destinan al cuidado de los demás. Los autores consideran que es indispensable pensar en nuevos modelos sociales, en los que el bienestar de la ciudadanía sea reconceptualizado para reconocer la interdependencia que existe entre éstos, la importancia del cuidado en sus diversas variantes, y la posibilidad de que estas prácticas sean realizadas por hombres y mujeres en igualdad de condiciones, estatus, valoración y disfrute.
55 En el documento “Participación de los hombres en el cuidado no remunerado en las ciudades de México, Guadalajara y Monterrey y las zonas urbanas de México”, Granados (2013) expone que la participación de los hombres en el cuidado de niñas y niños y otros familiares es menor en comparación con la de las mujeres. La participación de los hombres en el cuidado no remunerado es limitada, se mantiene como una actividad predominantemente femenina. Si bien con la revisión de la Encuesta Laboral y de Corresponsabilidad Social (ELCOS 2012) se identifican algunas diferencias en la participación masculina en el cuidado no remunerado por áreas metropolitanas (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey), el cuidado de personas enfermas temporales alcanza importante relevancia –principalmente en Guadalajara– respecto de la participación masculina, sobre todo cuando no hay mujeres que realicen esos cuidados, pues cuando ellas están presentes los hombres participan poco. El nivel educativo de los hombres es una variable a considerar en la realización de cuidados no remunerados, pues registran una mayor proporción aquellos con nivel de instrucción superior, de licenciatura y más, en el cuidado de menores de 15 años, lo cual no ocurre para los cuidadores de personas enfermas y con limitaciones permanentes, donde se tiene una distribución con menor educación. Miranda (2013) se refiere al trabajo doméstico y de cuidados que llevan a cabo niñas y adolescentes en “Niñas que cuidan niños. El aporte de las niñas y las adolescentes a las actividades de cuidados en los hogares de las zonas urbanas de México”. Son ellas quienes relevan a las madres, abuelas u otras mujeres adultas en el trabajo doméstico y en las actividades de cuidados a terceros cuando éstas salen al mercado laboral extradoméstico. Las mujeres mayores enseñan a las menores el oficio, igual que las enseñan a hablar o caminar, como si fuera parte de su desarrollo personal. Por el contrario, en el caso de los hombres, se asume que no están facultados para realizar este tipo de tareas, para las que no necesitan prepararse porque siempre habrá alguna mujer en su vida que las haga; la madre primero, la esposa o compañera después, las hijas más tarde –y si la esposa o compañera falta–. El aporte de las niñas y las adolescentes a los procesos de reproducción y reposición de la población es un claro ejemplo de cómo las desventajas por edad se añaden a las desventajas de género, pues una fuerte carga de trabajo doméstico recae en los hombros de las niñas, y sobre todo de las adolescentes, tarea de la que se ven prácticamente librados los niños y adolescentes varones. A medida que aumenta la edad, aumenta su participación en el cuidado de otros menores en el hogar: aproximadamente 4 de cada 10 niñas de 14 años dijeron haber cuidado a otro niño o niña en su hogar; 6 de cada 10 adolescentes de 15 años igualmente declararon su participación activa en este tipo de tareas; y 6 de cada 10 de quienes tienen 16 años reportan realizar cuidados, al igual que las mayores, o sea las de 17 años. Este aumento por edad podría estar vinculado al fenómeno de la maternidad temprana, pues al ser madres a esas edades seguramente tendrán que ocuparse de tareas de cuidados para sus propios hijos e hijas. e) Otros Gutiérrez (2020), en el documento “Estimación del Costo de un Sistema Nacional de Cuidados de Largo Plazo para Adultos Mayores en México (2015)”, estima el posible costo que tendría un Sistema Nacional de Cuidados de Largo Plazo para adultos mayores. Considerando el cambio demográfico tendiente al envejecimiento en la población mexicana y el acuerdo gubernamental de poner en marcha un Sistema de Cuidados, se calculó dicho costo utilizando la Encuesta Mensual de Servicios (2008) del INEGI y datos de población en México de 50 años y
56 más, tomados del Estudio Nacional de Salud y Envejecimiento en México (2015). La población adulta mayor en México ha crecido en 25 años (1990-2015) poco más del doble, y se estima que para 2030 se incremente hasta casi 4 veces más (20.5 millones de personas adultas mayores). Por otro lado, de esta población que va en aumento, existe un considerable número de adultos mayores con algún tipo de afectación, lo cual resulta en una necesidad de tener cierto tipo de cuidado especial, y no lo está recibiendo o lo recibe de forma errónea o informal; el total de personas mayores con alguna afectación que no recibe cuidado suma 59%, es decir, más de la mitad, y de quienes sí reciben algún tipo de cuidado, el 93% lo recibe por parte de algún familiar, sin el conocimiento especializado que exige esta actividad. Por ello resulta necesario que el Estado intervenga para solucionar este problema, como lo han hecho en otros países, con la puesta en marcha de un Sistema de Cuidados de Largo Plazo; de lo contrario, se corre el riesgo de que empeore. En el artículo “Envejecimiento y atención a la dependencia en México” de López y Aranco (2019), se describen las condiciones de salud y dependencia en México de las personas mayores, así como las principales características sociodemográficas y económicas de este grupo. Las autoras también analizan la oferta de servicios de atención a la dependencia, la normatividad en materia de envejecimiento y discapacidad, así como el papel del gobierno y del sector privado en la provisión servicios. En las conclusiones se destaca la necesidad de generar programas para las personas que brindan servicios de apoyo, que permitan conciliar la vida laboral con las responsabilidades de apoyo, y contar con espacios y acciones que aminoren la carga que sobrellevan. Con respecto a las instituciones de residencia permanente, resulta urgente la organización de los servicios existentes, su evaluación y adecuación, si es necesario, para asegurar que los servicios que ahí se proveen impacten de manera positiva en el bienestar de las personas mayores dependientes. Para ello, es necesario contar con información relevante y de calidad, que permita proyectar con mayor detalle la cantidad y las características de la población dependiente mexicana en los próximos años, así como sus necesidades y preferencias en términos de servicios de cuidados específicos. Con base en las estimaciones de la población usuaria, y del paquete de servicios que se piense ofrecer, deberá realizarse un análisis de costos que incluya posibles alternativas para su financiamiento. 2.3.2 Uso del tiempo Los trabajos de Araceli Damián han estado enfocados a destacar la importancia del uso del tiempo. Por ejemplo, en su artículo “La pobreza de tiempo. El caso de México” (2005), desarrolla la metodología de “La pobreza de tiempo”, por medio de la cual se puede conocer la carencia que los hogares sufren de éste, debido a que sus miembros trabajan en exceso o no tienen recursos humanos suficientes para cubrir sus requerimientos de trabajo doméstico (incluyendo el cuidado de menores). Esto tiene como consecuencia la desatención o abandono de otras actividades, como el estudio, la convivencia familiar, o el tiempo libre en general. Con las estimaciones que hace a través de “el índice de exceso de tiempo de trabajo (ET6)”, destaca que la mayor parte de los hogares pobres de tiempo eran a la vez pobres de ingreso (67.7%) y, 6 Forma parte del Método de Medición Integrada de la Pobreza desarrollado por Boltvinik (1992, 1999, 2000a) (Damián, 2005: 807).
63 La propuesta, aunque parece integral porque atiende a las multidimensiones que requieren el cuidado, se enfoca de manera prioritaria en las personas en situación de dependencia por enfermedad, discapacidad y ciclo vital –especialmente la infancia y la vejez–, y en quienes de manera no remunerada están a cargo de su cuidado, y no como un sistema de derechos universales. A pesar de que todavía no se observan acciones positivas, o por lo menos rutas de acción, sí están sentadas las bases para que el cuidado como derecho sea reconocido en otras entidades federativas, y de este modo se logre una propuesta a nivel nacional. Ahora habría que preguntarse si realmente se aplicará o sólo será parte de un discurso político. Hay que recordar, como advierte Segato (2016:127), que “el campo jurídico es, por encima de todo, un campo discursivo y, por eso mismo, la lucha por el derecho, tanto en el sentido de la formulación de leyes como en el sentido de hacer efectivo el estatus de existencia de las ya formuladas es, por un lado, la lucha por la nominación, […] por el otro, la lucha por publicitar y colocar en uso, en boca de las personas, las palabras de la ley”, es decir, es más un hecho discursivo que de acción. Sería deseable, de acuerdo con Garfias y Trevilla (2019), que se garantizaran los cuidados universales, accesibles, pertinentes, suficientes y de calidad para la población, mediante un sistema integral de cuidados que se vea reflejado en una política pública que no contemple únicamente los aspectos normativos, de capacitación, certificación, regulación y supervisión de los cuidados, sino también que se establezcan mecanismos de evaluación de resultados, que permitan conocer las diversas dinámicas del trabajo de cuidados en el ámbito privado y comunitario, incluyendo el trabajo de cuidado no remunerado, para que se atienda de manera real, según las necesidades particulares de la población. 2.3.5 Reflexiones sobre la situación en México De lo expuesto se deduce que uno de los grandes desafíos que tiene el país, es hacer efectivo el reconocimiento del cuidado como un derecho universal-integral: derecho a ser cuidado, a cuidar y a cuidarse (autocuidado), integrando la participación y corresponsabilidad de la familia, sociedad, mercado y Estado. No es posible seguir depositando en las familias, especialmente en las mujeres, los trabajos de cuidado. Es necesario que el Estado se responsabilice de la sostenibilidad de la vida humana y social, que los mercados paguen parte del trabajo de cuidados necesarios para (man)tener un capital social sano y listo para producir. Dentro de las familias, se deben construir nuevos acuerdos que apuntalen a la colectivización del cuidado, así como a las prácticas responsables de autocuidado en cada una de las etapas de la vida. El papel del Estado, debe orientarse a garantizar el ejercicio y recepción de cuidados como un derecho humano, no encomendado sólo a las mujeres, sino a través de todo un sistema integrador de políticas de cuidado. Es indispensable establecer mecanismos de corresponsabilidad para que tanto el Estadocomunidad-mercado y las mismas familias lo asuman, en el entendido de que es fundamental ampliar los espacios colectivos de cuidado, sobre todo en aquellas sociedades donde hay una arraigada distribución social del cuidado a partir de la división sexual del trabajo. Es indudable que los roles de cuidado deben ser democratizados en los espacios privados y públicos, sin embargo, el gran desafío es avanzar en la construcción de políticas de cuidados bajo una lógica
64 centrada en los derechos, y no como parte de los programas de lucha contra la pobreza, bienestar y equidad de género, con un enfoque de focalización, como se ha hecho hasta hoy. El mayor reto es que no se quede en un discurso, sino que se ponga en práctica, con presupuesto etiquetado para respaldar las acciones en un marco de igualdad, eficiencia y equidad, y no sólo como voluntad política. Es necesario proteger los derechos de las mujeres para evitar que ellas sean penalizadas y paguen individualmente los costos sociales y económicos de los cuidados y su acceso o no a ellos, tanto en el propio hogar como en el mercado, de tal manera que no se fragilice y penalice a quien los provee y lo convierta en un factor de exclusión y discriminación social. Es ineludible reconocer la función social del cuidado, como determinante imprescindible para el sostenimiento de la vida humana y para los procesos de bienestar, pero también debe ser pensado y alcanzado como un asunto político, de interés para el Estado; de ahí que no puede seguir siendo concebido como un asunto privativo de la capacidad individual de cada persona o grupo. Es indispensable que a nivel social se creen y garanticen las condiciones políticas, económicas y culturales para avalar su acceso pleno ya que, como hemos señalado, el problema del cuidado está ligado a otras problemáticas como la pobreza, la discriminación, la violencia e injusticias que afectan principalmente a las mujeres, y que están relacionadas con su condición de cuidadoras, por lo cual es necesario que se reconozca la centralidad política de los cuidados en los procesos de desarrollo social y económico. Dentro de las familias, es preciso reconocer la diversidad familiar y sus acuerdos cooperativos y deberes individuales, así como la distribución de las tareas de los cuidados, que se producen y reproducen en las estructuras patriarcales y androcéntricas de las familias. Para ello, es necesario modificar los aprendizajes que se adquieren y se desarrollan dentro de los grupos familiares, buscando nuevas formas de organizar la vida colectiva, en donde se busquen relaciones más equitativas y una redistribución sexual del trabajo. Es urgente el desarrollo de estrategias enfocadas a involucrar a los hombres en una redistribución de las tareas de cuidado. En suma, la creación de políticas de cuidado que sean capaces de articular diferentes instancias y actores, dependiendo de las demandas propias de los grupos poblacionales (niños y niñas, adultos mayores, discapacitados/as y la población en general), garantizando el acceso a los cuidados como un derecho universal, se torna en una necesidad urgente que sigue pendiente en México.
65 CAPÍTULO III PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA 3.1 JUSTIFICACIÓN En la conciliación de la vida laboral y familiar se enmarca el estudio de la relación entre el trabajo y las mujeres (Torns, 2008). Desde antes de la pandemia, el mundo enfrentaba una inminente crisis de los cuidados, derivada de las consecuencias del envejecimiento demográfico, recortes en los servicios públicos, diferencias en los sistemas de protección social, mercantilización de la vida, efectos del cambio climático y muchos otros factores que amenazan con empeorar la situación y aumentar la carga de las personas que asumen el trabajo de cuidados (Oxfam Internacional, 2020:10), sin embargo, el Covid-19 vino a agudizar dicha crisis. La crisis de los cuidados es un problema socioeconómico de primer orden que afecta al conjunto de la población y sólo puede percibirse en toda su magnitud si dejamos de centrar la visión en los mercados y lo monetizado, y buscamos comprender “las formas en que cada sociedad resuelve sus problemas de sostenimiento de la vida humana” (Carrasco, 2001a:12). La Organización Internacional del Trabajo (Oxfam Internacional, 2020:17) estima que, en 2050, habrá 100 millones más de personas mayores y 100 millones más de niñas y niños de entre 6 y 14 años que demandarán atención y cuidados. A medida que envejezcan, las personas mayores necesitarán una atención más intensiva y, a largo plazo, de sistemas de salud preparados para ello. Por eso no sólo se debe pensar en el cuidado que se necesitará para la población, sino también quién lo proveerá. Las mujeres no pueden seguir siendo las únicas responsables de ese trabajo. A nivel macro, Fraser (2016) sostiene que la crisis de los cuidados puede interpretarse como una expresión más o menos aguda de las contradicciones socio-reproductivas del capitalismo financiarizado.7 Esta formulación sugiere dos ideas: 1) las tensiones a las que están sometidos los cuidados no son accidentales, tienen profundas raíces sistémicas en la estructura de nuestro orden social, denominado capitalismo financiarizado, y 2) la actual crisis de la reproducción social indica que hay algo que no está bien, no solamente en la actual forma financiarizada del capitalismo, sino en la sociedad capitalista per se. Fraser (2016) argumenta que existen contradicciones que llevan a la crisis socioreproductiva y, a su vez, a la crisis de los cuidados: por una parte, la reproducción social es una de las condiciones que posibilitan la acumulación sostenida de capital; y por otra, la orientación del capitalismo a la acumulación ilimitada tiende a desestabilizar los procesos mismos de reproducción social sobre los cuales se asienta. De igual forma, Carrasco (2009a) menciona que 7 Fraser (2016) señala que el capitalismo ha cambiado a través de la historia, asumiendo formas diferentes y distintivas: en el capitalismo liberal competitivo del siglo XIX; en el capitalismo gestionado por el Estado de posguerra; y en el capitalismo neoliberal financiarizado de nuestro tiempo (en donde la vida es vista como una mercancía).
66 la producción capitalista no tiene capacidad ni posibilidades de reproducir, bajo sus propias relaciones de producción, la fuerza de trabajo que necesita. La reproducción diaria, principalmente la generacional, requiere una enorme cantidad de tiempo y energías que el sistema no podría remunerar. Además, el mercado no puede sustituir los complejos procesos de crianza y socialización que implican afectos, emociones, seguridades, etcétera, y que permiten el desarrollo de las personas. Sólo la cantidad de trabajo doméstico y de cuidados que realizan las mujeres hace posible que el sistema económico siga funcionando, porque “la crisis de los cuidados, la crisis capitalista y la crisis de la democracia son dos caras de la misma moneda y el neoliberalismo ha acuñado esta moneda” (Tronto, 2013:62). Por crisis de los cuidados se entiende el complejo proceso de desestabilización en el reparto de responsabilidades de cuidados para la sostenibilidad de la vida. “El déficit de cuidados se refiere a las incapacidades para encontrar suficientes trabajadores de atención para satisfacer las necesidades de las personas, sus hijos, padres y parientes de edad avanzada y familiares enfermos, incluidas las incapacidades de las instituciones gubernamentales” (Tronto, 2013:37). Asimismo, el modelo de cuidados dominante ha dejado de tener validez (Pérez y López, 2011) porque muchas mujeres no pueden dedicarse exclusivamente a los cuidados y los hombres participan de ellos. Pérez (2006a) explica este proceso de cambio: La estructura socioeconómica se organizaba en torno a dos ámbitos claramente diferenciados […] Por un lado, se encontraba el ámbito de lo público, de la economía monetizada, donde operaba la lógica de acumulación. Por otro, el espacio de lo privado-doméstico, de la economía no monetizada, donde las mujeres realizaban los trabajos de cuidados no remunerados. Esta estructura se sustentaba en una estricta división sexual del trabajo, que funcionaba a nivel macrosocial y que venía sintetizada en la familia nuclear tradicional como norma social. La pareja heterosexual con un estricto reparto de roles hombre ganador del pan/mujer ama de casa, funcionaba como base sobre la que se erigía la estructura del mercado laboral y del estado del bienestar. El mercado asumía que los trabajadores (asalariados) eran una especie de champiñones u “hongo de Hobbes” (Carrasco et al., 2004) que brotaban libres de cargas o necesidades de cuidados, plenamente disponibles para el empleo. Sin embargo, dicho trabajador ideal sólo existía si había quien, en la retaguardia, asumía la responsabilidad de mantener la vida día a día. Ahí aparecía la figura del ama de casa plenamente disponible para el trabajo de cuidados. Y era sobre esa pareja heterosexual, basada en la asimetría, aunque parecía complementarse, sobre la que se erigía el estado del bienestar con una estructura de prestaciones organizada en torno a la familia y la distinción entre derechos directos para los individuos autónomos y derivados para las ciudadanas de segunda, cuyo acceso a los derechos económicos y sociales estaba mediado por sus relaciones familiares con dichos individuos. Por tanto, toda esa cantidad de trabajo de cuidados no remunerado formaba parte de la base invisibilizada que sustentaba el conjunto de la estructura. La frontera de la (in)visibilidad estaba estrechamente asociada a una división de espacios (público/privado) y a una barrera monetaria (trabajo remunerado/trabajo no remunerado). Las mujeres tenían una “presencia ausente” (Hewitson, 1999) en el sistema económico: asumían responsabilidades, pero su actividad debía ocultarse, porque sólo así se maquillaba el conflicto entre la acumulación y el cuidado de la
67 vida y se creaba el espejismo social de que los mercados eran autosuficientes y los trabajadores asalariados, autónomos. Bajo este modelo, los cuidados estaban socialmente garantizados” (Pérez, 2006a:18-19). Estos cambios se han agudizado con la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, especialmente porque éste tiene un fuerte sustrato histórico de informalidad y desregulación que dificulta el acceso a derechos asociados al trabajo asalariado formal. Dicho de otro modo, las mujeres “han llegado tarde”, cuando el mercado laboral se precariza para todos y todas. Por otra parte, el incremento en la esperanza de vida, asociado al descenso en la tasa de fecundidad, hace que crezca el número de personas de mayor edad, tanto en términos absolutos como relativos. El alargamiento en la duración de la vida también se traduce en extensión de enfermedades crónicas y, por tanto, en la necesidad de cuidados durante un mayor tiempo de vida. El incremento en la esperanza de vida supone un aumento de la dependencia, dado que en la actualidad se pueden vivir muchos años pese a padecer limitaciones psicomotoras graves (Izquierdo, 2004), sobre todo cuando no se cuenta con sistemas fuertes de salud y políticas públicas que garanticen los derechos y cuidados de las personas que más lo requieren. A pesar de que en cada país se vive de distinta manera esta crisis, en la actualidad es tema de debate público de forma más generalizada: la Covid-19 ha incrementado las presiones económicas, sociales y de tiempo, las cuales se concentran en las mujeres como encargadas de los cuidados. Una vez evidenciada esta crisis y sus efectos sobre el debilitamiento de la reproducción social en su sentido más amplio, se plantean dos preguntas: • ¿Cómo se reorganiza la satisfacción de la necesidad de cuidados en el marco de un sistema que no prioriza las necesidades de las personas, sino las de los mercados? (Pérez, 2006a), porque ningún Estado puede funcionar sin ciudadanos, que se producen y reproducen a través del trabajo de las mujeres (Tronto, 2013). • ¿La pandemia ha propiciado nuevos acuerdos y revalorado el trabajo de cuidados? El tema de los cuidados sigue tratándose de forma individual o familiar. Al ser una tarea asignada genéricamente a las mujeres, son ellas quienes tienen que encontrar las soluciones, organizar sus tiempos y actividades, e incluso comprometer su descanso, tiempo de ocio y salud. Es por ello que los problemas de la crisis de los cuidados se transfieren de unas mujeres a otras, con base en ejes de poder, en una larga cadena de la cual están sistemáticamente ausentes los hombres, o en todo caso presentes únicamente en los eslabones finales (Hochschild, 2001). Las mujeres tienen que desplegar múltiples estrategias de “conciliación” para tratar de redistribuir los trabajos del hogar, apoyadas por trabajo particular y por las redes familiares y vecinales. Entonces, ¿quién cuida cuando nadie quiere cuidar? Pareciera que no es una obligación de las mujeres, sin embargo, no existe la posibilidad de no cuidar, porque el cuidado está presente con diferente intensidad a lo largo de la vida. Sin embargo, esta obligatoriedad debe ir unida a la responsabilidad social y a procesos de decisión colectivos sobre qué cuidados es necesario cubrir. Incluso, cabe reconocer que no siempre el cuidado es realizado de manera libre y decidida, sino como una obligación moral socialmente construida que presiona a las mujeres, y
68 que en muchas situaciones no cumple los requisitos de amor que se le atribuyen. Al respecto, Esquivel (2012: 142) señala que la idea de “cuidado” es muy fácilmente aceptada por visiones que la feminizan, e incluso “maternalizan”, naturalizándolo como lo propio de las mujeres/madres. La apelación moral al cuidado (en particular en el caso de niñas y niños) remite a valores familiares tradicionales (los ideales de “buena madre” y “buena esposa” en la familia nuclear tradicional). El cuidado con sus “alegrías” (porque “se hace por amor”) puede a veces requerir del “sacrificio” del propio bienestar de las cuidadoras (hay menos “cuidadores”, y menos sacrificados también). A veces, el cuidado deja de ser recíproco para tornarse servil, o brindarse en condiciones extremadamente precarias cuando es remunerado (el caso de algunas “trabajadoras del cuidado”). Para las mujeres, los cuidados incluyen actividades que oscilan entre el placer y la obligación moral, entre la necesidad social y la responsabilidad individual y colectiva (Carrasquer, 2013), que difieren según la clase social. Aunque la autora aclara que, más que placer y obligación moral-altruista, las relaciones de cuidado surgen en conexiones de poder, de obligación de cuidar en el futuro, atravesadas por el origen étnico y social, a cambio de soporte en las necesidades de cuidado en el presente, un tipo de relación que podría ser vista como reproductora de la división sexual del trabajo. En palabras de Fraser (2016:114), implica “mantener los hogares, construir comunidades y sostener los significados, las disposiciones afectivas y los horizontes de valor compartidos que apuntalan la cooperación social […debido a que] la reproducción social es una condición de fondo, indispensable para la posibilidad de la producción económica en una sociedad capitalista”. Así, además del capitalismo, el patriarcado ha jugado un papel fundamental en la crisis de los cuidados, en cuanto a que ellas sigan siendo las encargadas del trabajo de cuidados, logrando la construcción de una identidad femenina basada en el cuidado y la maternidad, lo que se ha denominado la “mística del cuidado”, realizado bajo supuestos de amor, altruismo y autosacrificio (Carrasco, 2013). Debido a que en los cuidados también intervienen los sentimientos y afectos, es posible que una misma actividad pueda tener para algunas personas sustitutos en el mercado (si los ingresos lo permiten), pero para otras sea totalmente insustituible. En general, las actividades a través de las cuales se ha establecido la relación afectiva son aquellas que no tienen sustituto de mercado; de ahí que sea casi imposible clasificar las tareas de cuidado en mercantilizables o no mercantilizables, precisamente por la componente subjetiva que pueden incorporar (Carrasco, 2001). En las estructuras patriarcales preexistentes, se mantienen estereotipos de género que siguen reproduciendo la idea de que la mujer está dotada, de forma “natural”, de mayor capacidad para detectar las necesidades de otras personas, para realizar los trabajos de cuidado; y se supone lo contrario en el caso de los trabajadores asistenciales varones (Rincón, 2004). Con frecuencia se naturalizan y se recalca la disponibilidad, cualidades que poseen las mujeres como si fueran innatas, en vez de entenderlas como fruto de la socialización, de la construcción social basada en las prácticas patriarcales hegemónicas y en el peso del mandato cultural que asigna tareas diferenciadas a mujeres y a hombres (Del Valle, 2004; Rodríguez, 2007b).
69 En el caso del cuidado de niños y niñas, aún persisten ideas estereotipadas que perciben a las mujeres como más sensibles y afectivas, con un instinto maternal. Se trata de estereotipos sustentados en la opinión de que la presencia continua de la madre en el hogar es fundamental para un adecuado desarrollo de hijos e hijas (Garrido, 2004) y se culpabiliza a las mujeres por no dedicar suficiente tiempo a sus familias y hogar. Garrido (2004) también señala que la mujer se siente responsable del cuidado de la descendencia y existe consenso en torno a la idea de que el ejercicio adecuado de la maternidad exige sacrificio y renuncia, sacrificio que comienza cuando la mujer abandona su empleo para cuidar de los hijos e hijas. Únicamente en situaciones de sobrecarga las mujeres renuncian a dicho sacrificio, pero entonces surge el sentimiento de culpa y la autopercepción negativa como “malas madres”. Si bien la prestación de cuidados puede ser gratificante, cuando se realiza en exceso y conlleva un alto grado de penalidad obstaculiza las oportunidades económicas y el bienestar de las cuidadoras y cuidadores no remunerados, y menoscaba su goce general de los derechos humanos (OIT, 2018). Además, la donación de tiempo en el ámbito doméstico tiene un fuerte componente moral y una densa carga emocional, que puede vivirse como una experiencia satisfactoria, pero al mismo tiempo con sentimientos de sacrificio y culpabilidad, derivados del incumplimiento de expectativas tanto en el ámbito laboral como en la vida personal y familiar (Legarreta, 2008). Muchos de los vínculos que se expresan en el cuidado tienen que ver con la obligatoriedad proveniente de los lazos de parentesco y de la consanguinidad (Del Valle, 2004), por lo que el cuidado de hijos e hijas es casi ineludible. De hecho, con la llegada de las hijas e hijos muchas mujeres que tienen un empleo remunerado lo abandonan o dejan de buscarlo; y la decisión de que la mujer permanezca en casa para cuidar a hijos e hijas hace que también recaiga sobre ellas el resto del trabajo doméstico (Garrido, 2004). Con las modificaciones de las familias, es frecuente que las mujeres, además de cuidar de sus hijos e hijas, padre y madre, cuiden de los hijos e hijas de su marido habidos en un matrimonio anterior, o velen por el padre y la madre de su marido. Este tipo de disposición hace que las mujeres sean muy vulnerables (Izquierdo, 2004). Los estereotipos sobre los hombres tienden también a mantener su escasa participación en el cuidado. La creencia estereotipada de que ellos no tienen habilidad suficiente para encargarse del trabajo doméstico y de cuidados, está muy extendida (Garrido, 2004). A pesar de que diversos estudios (Carrasquer, 2013; Torns et al., 2003; Meil y Rogero, 2014; Martínez y Rojas, 2016) señalan que la participación del varón en el cuidado de los hijos e hijas es mayor en los hogares de parejas jóvenes y/o cuando la mujer trabaja, no es claro si esto es reflejo de un cambio generacional o efecto de la edad y de la etapa del ciclo familiar en la que se esté. La participación del varón en el trabajo no remunerado es mayor en los momentos iniciales del ciclo familiar y disminuye a medida que pasa el tiempo, pero aun en estos casos la mayor parte del trabajo generado por el cuidado es realizado por las mujeres (Garrido, 2004). Ramos (2006:29), por ejemplo, refiere que, según la Encuesta de Presupuestos de Tiempo en España, las mujeres se ubican en el espacio de la vivienda una media diaria de 17 horas y 25 minutos (73% del tiempo del día), alrededor de dos horas y media diarias más que los hombres, un indicador de que la división sexual actúa bajo un esquema interactivo que se alimenta mutuamente (Brunet y Santamaría, 2016). La OIT (2018:4) también advierte que, sin excepción, las mujeres realizan tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado
70 (76.2% del total de horas dedicadas al mismo); ningún país del mundo registra una prestación de cuidados no remunerada igualitaria entre hombres y mujeres. Ellas dedican, en promedio, 3.2 veces más tiempo que los hombres a actividades de cuidado no remunerado (4 horas y 25 minutos al día frente a 1 hora y 23 minutos en el caso de ellos); esto representa un total de 201 días de trabajo al año (sobre una base de ocho horas diarias) para las mujeres, en comparación con 63 días de trabajo para los hombres. Del mismo modo, Oxfam (2020) destaca que las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados remunerado; además, las mujeres que viven en comunidades rurales y en países de renta baja dedican hasta 14 horas diarias al trabajo de cuidados no remunerado, cinco veces más que los hombres de estas mismas comunidades. Para el caso de México, Martínez y Rojas (2016:642-643) explican que los hombres de sectores sociales más acomodados, urbanos y con mayor escolaridad, tienen cierta ventaja respecto a sus pares de estratos populares urbanos y de ámbitos rurales e indígenas, en la búsqueda de una ruptura con el modelo masculino y paterno tradicional. En las comunidades rurales e indígenas, las transformaciones en la división intrafamiliar del trabajo han sido más lentas debido al fuerte arraigo de concepciones muy tradicionales respecto a los papeles masculinos y femeninos. Las mujeres de estos sectores sociales, sobre todo de generaciones mayores, siguen considerando que ellas son responsables del trabajo doméstico, en tanto que sus maridos de la manutención del hogar. Los hombres que aportan más tiempo al trabajo doméstico en sus hogares son precisamente aquellos que también colaboran con mayor número de horas a la semana en los cuidados de sus hijos/as. Ante este panorama de crisis de los cuidados, es necesario replantearnos preguntas sobre cómo organizamos nuestras vidas, individual y colectivamente (Tronto, 2013:50), ya que no se puede dejar de cuidar, porque es parte de la vida humana. Habría que pensar en la libertad de decidir cuidar y ser cuidados/as, en la igualdad ante los cuidados y la justicia para todos, considerando que todos y todas necesitamos de cuidados en diferentes momentos de la vida. Asimismo, como advierten Batthyány y Genta (2018), uno de los grandes desafíos de la producción de conocimientos en género y cuidados es generar acumulación científica en el área de investigación, y que dicha información se convierta en insumo relevante para las políticas públicas, en el entendido de que el conocimiento debe ponerse a disposición para motivar transformaciones hacia la búsqueda de la equidad de género. 3.2 PREGUNTAS DE INVESTIGACIÓN Una vez expuesto el problema de forma general, se ha considerado de interés conocer las diversas formas en que se organiza la vida cotidiana respecto a los trabajos domésticos-de cuidado en el municipio de Texcoco, Estado de México, así como las necesidades de los y las encargadas de los cuidados, considerando la condición de género y la precariedad laboral. Para ello, planteamos las siguientes preguntas:
71 3.2.1 Pregunta general ¿Cómo participan mujeres y hombres en la organización social del trabajo de cuidados, considerando la precariedad en que viven, el estado civil y las relaciones de género, en las familias del municipio de Texcoco, Estado de México? 3.2.1.1. Preguntas específicas • ¿Qué necesidades de cuidados tienen los y las integrantes de las familias texcocanas, según su condición de dependencia? • ¿Qué actividades domésticas y de cuidado realizan mujeres y hombres? • ¿Qué necesidades personales (autocuidado y de ocio) requieren las y los cuidadores? • ¿Qué consecuencias físicas, psicológicas y familiares han tenido los y las cuidadores ante la intensificación de cuidados por la pandemia de Covid-19? • ¿Qué apoyos sociales y del Estado requieren los y las cuidadores para poder cumplir con estas actividades? • ¿Cómo se intensifican los trabajos de cuidado ante la necesidad de cuidados especiales? 3.2.2 Objetivos 3.2.2.1 Objetivo general Analizar las relaciones de género en la participación de mujeres y hombres en la organización social de los trabajos de cuidados, considerando la precariedad en que viven y el estado civil de personas que radican en el municipio de Texcoco, Estado de México. 3.2.2.2 Objetivos particulares Conocer las necesidades de cuidados que tienen los y las integrantes de las familias texcocanas, según su condición de dependencia. • Reconocer las actividades domésticas y de cuidado que realizan mujeres y hombres, considerando su condición de precariedad económica y laboral. • Describir las necesidades personales (autocuidado y de ocio) que requieren las y los cuidadores. • Conocer las consecuencias físicas, psicológicas y familiares que han tenido los y las cuidadores ante la intensificación de los cuidados por la pandemia de Covid-19. • Reconocer los apoyos sociales y del Estado que requieren los y las cuidadoras familiares para poder cumplir con estas actividades. • Identificar cómo se intensifican los trabajos de cuidado cotidianos ante situaciones de precariedad económica.
72 CAPÍTULO IV METODOLOGÍA En este apartado se describe y justifica la metodología utilizada en la presente investigación, que es de tipo exploratorio-descriptiva desde un enfoque cualitativo-feminista. Según Taylor y Bogdan (1987), la investigación cualitativa se orienta a la producción de datos descriptivos, como son las palabras y los discursos de las personas, quienes los expresan de forma hablada y escrita, además de la conducta observable. Bonilla y Rodríguez (2005) también señalan que este método se orienta a profundizar en casos específicos y no a generalizar, dado que su preocupación no es medir, sino cualificar y describir el fenómeno social a partir de las experiencias de los sujetos de estudio; busca entender una situación social como un todo, teniendo en cuenta sus propiedades y dinámicas (Bernal, 2010). La investigación cualitativa, usada generalmente en el análisis de las ciencias sociales, es un proceso metodológico que emplea como herramientas las palabras, textos, discursos, percepciones e imágenes para comprender la vida social por medio de significados desde una visión holística, es decir, trata de comprender el conjunto de cualidades que producen un fenómeno determinado. Así, en este estudio interesa (re)conocer las experiencias de mujeres y hombres respecto a los trabajos de cuidados que realizan en sus familias, por lo que forma parte de los objetivos captar las experiencias, sentimientos, emociones y otras subjetividades presentes en las actividades cotidianas. La investigación cualitativa es concebida como una propuesta ontológica, epistemológica, y se caracteriza porque genera un gran número de interpretaciones a través de los métodos utilizados. El paradigma de investigación empleado es la interseccionalidad, la cual busca dar cuenta de las profundas jerarquías de género, raza/etnia, clase, sexualidad y conocimiento, entre otras, insertas en los procesos geopolíticos, geoculturales y geoeconómicos del sistema mundo (Agenjo, 2016). Este enfoque proporciona elementos relevantes para analizar las situaciones que viven mujeres y hombres con un empleo precario, al tratar de compatibilizar sus actividades productivas y las de cuidados. La interseccionalidad se aplicó utilizando metodología cualitativa: entrevistas a profundidad y encuestas online que permitieron conocer las características sociodemográficas, económicas y del trabajo productivo y reproductivo-de cuidados que los y las participantes realizan, así como los trabajos de cuidados que requieren los integrantes de las familias y quienes los proporcionan. Cabe aclarar que, si bien nos proveyeron datos estadísticos, estos son sólo frecuencias de carácter descriptivo, por lo que los consideramos parte de la metodología cualitativa. A través de las entrevistas a profundidad se dio voz a mujeres que participan en el trabajo de cuidados, con el propósito de conocer sus experiencias en la vida cotidiana y las dificultades que enfrentan, considerando los trabajos remunerados en los que se ocupan y de otras características de las familias, como el tener dependientes que requieren de cuidados especiales. Darles voz
79 actividades económicas que generen dos o menos salarios mínimos al día (menos de $7,393.2 pesos mensuales) y/o quienes trabajan más de 35 horas semanales. d) Cuidados. Esta categoría ha sido ampliamente descrita en el marco teórico, únicamente queremos precisar que entre más intensivos y demandantes sean los cuidados, y las mujeres sean quienes los realizan, esto puede significar para ellas mayores discriminaciones. Para poner en práctica el enfoque interseccional, hicimos uso de dos herramientas cualitativas: la entrevista a profundidad y la encuesta online, las cuales se describirán a continuación. 4.2 ENTREVISTAS A PROFUNDIDAD Para la teoría feminista de la interseccionalidad, es importante rescatar las subjetividades y las voces de las mujeres (Mohanty, 2008; Lugones, 2012), ya que, a través de ellas, además de un conocimiento situado, pueden hallarse prácticas de resistencia y nuevas apuestas conceptuales, tal como lo señala Spivak (2009). Es necesario reconocer las experiencias de las “subjetividades subalternizadas” en los espacios de opresión (Cubillos, 2015), experiencias que pueden ser aprehendidas mediante entrevistas a profundidad. A través de las entrevistas pudimos indagar sobre la forma en que las mujeres resuelven sus problemas de sostenimiento de la vida humana y la organización social en torno al cuidado, lo cual permitió hacer visible todas aquellas partes del proceso que tienden a estar implícitas y que habitualmente no se nombran (Ver Anexo 1). Carrasco (2001) considera que esta perspectiva permite poner de manifiesto los intereses prioritarios de una sociedad, recuperar todos los procesos de trabajo, nombrar a quienes asumen la responsabilidad del cuidado de la vida, estudiar las relaciones de género y de poder y, en consecuencia, analizar cómo se estructuran los tiempos de trabajo y de vida de forma subjetiva. Pretendimos también desvelar otros aspectos simbólicos –visuales y discursivos–, tales como emociones, ideas, creencias, significados y otros aspectos que se ven reflejados en las estructuras de poder, las relaciones sociales y la división sexual del trabajo, que confiere exclusivamente a las mujeres la responsabilidad del trabajo de cuidados. Las mujeres entrevistadas a profundidad son residentes de diferentes comunidades del municipio de Texcoco. Las informantes fueron seleccionadas a partir de la técnica bola de nieve; de manera que una vez identificadas las primeras entrevistadas, mediante éstas se consiguieron otros contactos, y así, hasta completar diez entrevistas. Considerando que más de 99% de las mujeres realizan trabajo no remunerado en el hogar y los cuidados familiares en México (ver capítulos V y VI), las entrevistas a profundidad se enfocaron a conocer las experiencias y voces de ellas. Empezamos con tres mujeres, quienes nos llevaron a contactar con otras. Se buscó que las participantes: 1) se emplearan en trabajos precarios; 2) realizaran trabajos domésticos y de cuidados familiares no remunerados; 3) tuvieran dificultades para compatibilizar su trabajo remunerado y el domésticode cuidados; 4) sus experiencias de cuidado fueran intensivas, por tener a su cargo algún familiar que así lo requiere, principalmente hijos o hijas dependientes, con alguna enfermedad o discapacidad, debido a que en esos casos se torna más compleja la vida de las mujeres.
80 Se decidió elegir a mujeres con ese perfil porque la precariedad de su vida no sólo está en la parte económica, es decir, en el poco ingreso económico que obtienen, sino que se extiende a otras áreas. El tener dependientes con necesidades intensivas de cuidado, de quienes ellas son responsables casi de manera exclusiva –por el hecho de ser mujeres–, hace que sus experiencias de vida las lleve incluso a una pobreza de tiempo, poco o nulo descanso y ocio, a saturar sus actividades, sin tiempo propio, lo que habla de una precariedad de la vida en general. Lo relevante no es el número total de entrevistas realizadas, sino las experiencias, el potencial y las narrativas recogidas. Todas las experiencias recabadas son únicas e importantes, cada una con sus matices, pero todas convergen en las complicaciones de la cotidianidad de los cuidados, en la precariedad de la vida, de los cuidados, de los tiempos y, en general, de la vida de las personas. Los datos de las entrevistadas se muestran en el Cuadro 4.1. Cuadro 4.1 Datos generales de las mujeres participantes en la entrevista a profundidad Nombre Edad (años) Ocupación Ocupación del esposo Personas que dependen de ella para los cuidados Verónica 37 Trabaja empacando botellas en una fábrica de PET Ayudante de albañil. El esposo, un hijo de 15 años y una niña de 13 años que tiene retraso sicomotriz y no tiene lenguaje. Guillermina 39 Trabaja vendiendo gelatinas en la noche, en una gasolinera Empleado en una gasolinera. El esposo y tres hijos. La mayor de 18 años, un hijo de 17 años y el hijo menor de 10 años. El último tiene mielomeningocele, no camina, está en silla de ruedas. Diana 25 No trabaja. Anteriormente trabajaba como conserje de una escuela. Trabaja en una mina, con maquinaria pesada. El esposo, un hijo de 5 años y una niña de 1 año. El hijo tiene el trastorno del espectro autista. Carmen 58 Prejubilada, empleada del ISSSTE. Mecánico, tiene un taller cerca de la casa. El hijo, la hija y el esposo. La hija, de 29 años, tiene síndrome de Down. Elena 52 Ama de casa y trabaja un día a la semana en un tianguis de Ameca. Costurero. El esposo, un hijo y una hija. La hija, de 26 años, tiene síndrome de Down. El hijo es casado, tiene 28 años, pero está enfermo. María Félix 59 Ama de casa, por las mañanas atiende la tienda de su hijo. Dejó de trabajar por enfermedad, era ayudante de albañil. El esposo (está enfermo) y la hija más chica, de 13 años, tiene síndrome de Down. Gloria 27 Trabaja en la costura. No tiene esposo. La mamá y cuatro niños (tres sobrinos –de 11, 6 y 5 años– y el hijo de 10 años). El hijo y el sobrino de 6 años tienen problemas de aprendizaje. La mamá es diabética. Carmen 39 Vende por catálogo (Tupperware, Jafra) y se ocupa en el hogar. Tornero. El esposo, una hija de 18 años y un hijo de 11 años que tiene síndrome de Angelman. Jazmín 33 Ama de casa. Albañil. El esposo y dos hijos, de 1 y 5 años. El hijo de 5 años tiene lento aprendizaje. Catarina 65 Atiende la tienda de su hijo. Jubilado. El esposo y dos hijos, una mujer de 42 años y un hombre de 37 años. La hija con problemas emocionales y el hijo problemas de visión. Fuente: Elaboración propia con datos de las entrevistas a profundidad, 2020.
81 Es importante explicar que las entrevistas fueron realizadas en un lugar privado, donde se presentaban las menores interrupciones, y se procuró que no estuvieran otros familiares. Todas las entrevistas se realizaron en marzo de 2020, en el periodo prepandemia, se audiograbaron y transcribieron para su análisis. Las entrevistas a profundidad representan voces de mujeres que viven una vida precaria, y a pesar de ser pocas en número, son reveladoras y valiosas. 4.3 LA ENCUESTA ONLINE EN TIEMPOS DE PANDEMIA El aislamiento social derivado de la pandemia por Covid-19 impactó directamente en las actividades cotidianas, tanto en el trabajo productivo como reproductivo. Cuenca y Schettini (2020) señalan que la investigación en ciencias sociales pasó por diferentes momentos: 1) suspensión de las actividades de trabajo de campo y de investigación in situ, cara a cara; 2) acopio de información sobre las dificultades en el cumplimiento del aislamiento, lo cual implicó que los y las investigadores usaran diferentes metodologías y métodos digitales para continuar con las actividades. El presente estudio no constituye una excepción a las dificultades que el confinamiento ha supuesto para la realización de trabajo de campo. De hecho, nos vimos obligadas a modificar el trabajo de campo previsto y recurrimos a las encuestas online para obtener información. Una de las formas más utilizadas fueron los formularios autoaplicables (Google forms), instrumento que ayudó a revelar todo tipo de información, pero que también derivó en preguntas sobre su validez y eficacia respecto al rigor metodológico que requiere la investigación. A pesar de que, en el último siglo, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) han irrumpido con un incremento exponencial en la sociedad, sobre todo entre las personas jóvenes y las y los “nativos digitales” (García, 2015), con la pandemia esta situación se intensificó a tal grado, que incluso las dinámicas sociales y la forma de interacción social se ajustaron a medios digitales. Hine (2011) explica que el agente de cambio no es la tecnología en sí misma, sino los usos y la construcción de sentido alrededor de ella, y la digitalización también está presente en la forma de hacer investigación. Antes de la pandemia, estudios como los de Mosquera (2008), Hine (2011), Gómez y Ardèvol (2013), García (2015), Miller (2019), Di Prospero y Daza (2019), Grillo (2019), Maronick (2009) y Couper (2000), entre otros, evidenciaron las formas en que las ciencias sociales fueron influidas por Internet, ya que atravesaron prácticamente todas las esferas de la vida social, personal y colectiva (Gómez y Ardèvol, 2013: 194). Se desarrolló un modus operandi donde lo online llevó a lo offline y viceversa, en un contexto de interacción y socialización paralelo, con particularidades específicas –atemporalidad, ausencia de espacio físico e incorporeidad –(Arriazu, 2007; Mosquera, 2008; Ruiz y Aguirre, 2015), lo cual supuso reformular e innovar la epistemo-metodología a utilizar (García, 2015). Los avances en las TIC hicieron posible otras formas de realizar trabajo de campo, así como diferentes escenarios en donde recolectar datos. En lo que se refiere a la obtención de datos, las TIC ofrecen la posibilidad de utilizar audios, videos, imágenes, datos en textos escritos o hablados, todos recogidos mediante mensajería, redes sociales, videos, audios, en foros de discusión, cuestionarios, observación en línea, el monitoreo o registros de todas las acciones generadas por los sujetos (Orellana y Sánchez, 2006), por lo que los y las investigadoras también se involucraron como usuarias/os del ciberespacio.
82 En México, la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH 2020) estima que hay 88.24 millones de usuarios de Internet que acceden a este servicio a través de sus celulares, 95.9% del total de la población mexicana activa en la red; 91.5% acceden desde dispositivos smartphones (de baja o alta gama). Los tres principales medios para la conexión de usuarios a Internet en 2020 fueron: celular inteligente (Smartphone, 96.0%), computadora portátil (33.7%) y televisor con acceso a Internet (22.2%); y las actividades que más realizaron: comunicarse (93.8%), buscar información (91.0%) y acceder a redes sociales (89.0%). La población invierte, en promedio, 4 horas y 39 minutos al día en el uso de Internet. En la actualidad existe un creciente número de herramientas tecnológicas, muchas gratuitas o de bajo costo, como los formularios Google, que pueden responderse mediante cualquier dispositivo móvil: teléfono móvil, tablet, computadora y otros medios que son usados de manera permanente por casi cualquier persona (García, 2018). Incluso se cuenta con plataformas que ofrecen plantillas preelaboradas con diferentes tipos de preguntas, las cuales revelan diversas formas para compartir las encuestas y proponen herramientas para analizar la información obtenida (Cuenca y Schettini, 2020). En la experiencia de nuestra investigación también enfrentamos este tipo de dificultades, ya que justamente el cierre de espacios y el confinamiento en el país se produjeron al inicio del trabajo de campo, lo cual implicó ajustes en la planeación. La encuesta directa no podía realizarse, sobre todo por el temor y la incertidumbre en los primeros meses; la sociedad en general no sabía cómo actuar ni qué tan perjudicial podía ser el contacto cara a cara, lo cual se fue intensificando con el paso del tiempo y el avance de la pandemia. En México, el señalamiento del semáforo de riesgo epidémico por Covid-19 durante los meses que duró en color rojo (desde el 23 de marzo de 2020, cuando comenzó el programa de “Sana Distancia”, hasta el 24 de diciembre del mismo año, cuando inició la campaña de vacunación a nivel nacional), restringió muchas de las actividades económicas, educativas y sociales, por lo que no pudimos avanzar en la investigación y tuvimos que buscar otros métodos para completar la información necesaria para la investigación, haciendo uso de herramientas digitales. Sin embargo, ello implicó enfrentarnos a preguntas y retos sobre la forma de planificar, organizar y aplicarlas. 4.3.1 Uso de la tecnología en la investigación En general, las técnicas de investigación presentan ventajas y desventajas en su aplicación y desarrollo, y las técnicas digitales no son la excepción, más aún cuando se aplican en circunstancias poco comunes, como es el caso de la pandemia por Covid-19, en donde los investigadores/as adaptaron y ajustaron las metodologías para aprovechar las ventajas y sobrellevar los inconvenientes (Orellana y Sánchez, 2006). Una de las desventajas inherentes a la investigación digital es la comunicación no verbal, ya que se enuncia a través del texto escrito, lo cual implica la ausencia de otros elementos del proceso comunicativo (Arriazu, 2007; Maronick, 2009), como gestos y señales tácitas proporcionadas por el lenguaje corporal (Orellana y Sánchez, 2006). Otro inconveniente es el acceso a Internet, aunque se ha demostrado que cada año se incrementa de manera exponencial (Díaz, 2012; Alarco y Álvarez-Andrade, 2012; Sánchez et al., 2011; Maronick, 2009; Arriazu, 2007), sobre todo durante la contingencia por Covid-19,
83 donde muchas de las actividades de trabajo, educativas y sociales comenzaron a realizarse utilizando medios electrónicos. Pero aun cuando las estadísticas a nivel mundial y nacional también lo demuestran, la accesibilidad puede limitar a las personas que participan en una investigación. Estudios como los de Lorca et al. (2016) y Díaz (2010) refieren que acceden, principalmente, personas con cierto perfil: jóvenes, en su mayoría de clase media/media-alta, con niveles altos de educación; de modo que las clases bajas y los grupos de edad mayor o de escasos recursos económicos pueden estar infra-representados. No obstante, también debe reconocerse que en la actualidad los perfiles de acceso a Internet progresan rápidamente, y casi cualquier persona puede acceder a la red. Otra dificultad está relacionada con las habilidades y destrezas que deben poseer las y los usuarios, por ello es importante cuidar el diseño, ya que al ser online no hay lugar para ninguna adecuación posterior; los/as investigadores/as permanecen fuera de la escena, sin las riquezas que les da la experiencia cara a cara. Las respuestas se ajustan estrictamente a las preguntas y datos personales necesarios, por lo que la información adicional que pudiera darse, debe limitarse (Orellana y Sánchez, 2006). La privacidad es otra dificultad que puede surgir cuando se contacta con personas que no se conocen o con quienes no se ha tenido un acercamiento previo, por lo cual es necesario valorar el uso de nombres, datos personales y contraseñas; como lo advierte Arriazu (2007), no queda más que apelar a la buena fe de los y las participantes. Otro inconveniente es que la persona entrevistada puede dar por terminada la encuesta cuando quiera, sin ninguna explicación, pues sólo requiere desconectarse de la red o no enviar las respuestas (Orellana y Sánchez, 2006). A pesar de los inconvenientes –muchos de ellos coyunturales y subsanables–, el uso de la tecnología digital ofrece importantes ventajas. Una de ellas es la reducción de costes (Malegarie y Fernández, 2019; Lorca, Carrera y Casanova, 2016; Díaz, 2010 y 2012; Alarco y Álvarez- Andrade, 2012; Maronick, 2009, Arriazu, 2007; Orellana y Sánchez, 2006; Couper, 2000); como no se requiere de infraestructura física para su desarrollo, no es necesario mucho personal ni material impreso, además, el cuestionario siempre está disponible, las veinticuatro horas, los siete días de la semana, por lo que puede ser contestado a la hora que él o la entrevistada pueda, y a través de cualquier dispositivo, lo cual favorece la participación (Lorca, Carrera y Casanova, 2016; Orellana y Sánchez, 2006). Al hacer uso de los medios digitales se sobrepasan las barreras espacio-temporales, debido a que las herramientas digitales facilitan la interacción y comunicación desde diversos espacios geográficos y en diferentes momentos, haciendo posible una interacción múltiple (Lorca, Carrera y Casanova, 2016; Alarco y Álvarez-Andrade, 2012; Sánchez et al., 2011; Arriazu, 2007), pues el desplazamiento de participantes e investigadores queda en segundo plano (Orellana y Sánchez, 2006). Asimismo, las entrevistas online facilitan que las personas respondan cómodamente desde su casa o el espacio que mejor les acomode, sin tener que desplazarse ni adaptarse a un ambiente desconocido (Díaz, 2012; Ardèvol, Bertrán Callén y Pérez, 2003). Por otra parte, debido a que es posible guardar el anonimato en las encuestas online, las personas entrevistadas pueden sentirse con mayor libertad y disminuir la inhibición, con lo cual aumenta la verosimilitud de sus contribuciones, pues se reduce la presión que pudieran generar otros participantes en un encuentro personal (Malegarie y Fernández, 2019; Lorca, Carrera y
84 Casanova, 2016; Díaz, 2010 y 2012; Orellana y Sánchez, 2006). Si bien el anonimato es un elemento clave y una de las características que más condicionan las entrevistas online, una desventaja es que no se sabe realmente a quién se está entrevistando. En estos casos, el anonimato se presenta en doble sentido: tanto para las/los entrevistadas/os como para la/el investigador, lo cual provoca cierta distancia de la situación, que por un lado lo hace más impersonal, pero por otro facilita el control sobre las preguntas y respuestas (Ardèvol, Bertrán, Callén y Pérez, 2003). Algunos investigadores de lo digital, Mosquera (2008) entre ellos, afirman que la incorporeidad y la carencia de relaciones sensoriales entre los sujetos en el contexto de Internet, trae consecuencias indeseadas. Otra ventaja es que no se requiere de la ardua y laboriosa tarea de transcribir, porque las contribuciones de cada participante se almacenan en un formato textual predeterminado que constituye, por sí mismo, la base para el posterior análisis (Arriazu, 2007; Orellana y Sánchez, 2006). De manera que se puede obtener una transcripción literal, información no sesgada por impresiones personales y posibles inferencias e interpretaciones (Lorca, Carrera y Casanova, 2016; Díaz, 2012; Alarco y Álvarez-Andrade, 2012; Sánchez et al., 2011; Ardèvol, Bertrán, Callén y Pérez, 2003). Además de que se proporciona mayor tiempo al entrevistado/a para pensar y construir una respuesta, es posible que expresen mejor lo que quieren decir, e incluso ampliar sus comentarios (Orellana y Sánchez, 2006). En relación con los aspectos técnicos, Kaliniuk y Obez (2017) y Lorca, Carrera y Casanova (2016), resaltan que el uso de medios digitales posibilita la consulta de los resultados en forma simultánea, por parte de los integrantes del equipo. Permite tener información actualizada, en forma permanente, y se puede acceder a una versión resumida de las respuestas que propician el primer análisis, sin perder la posibilidad de analizar cada una por separado. Además, en Internet existe una gran cantidad de aplicaciones gratuitas para organizar, realizar y gestionar encuestas online (Lorca, Carrera y Casanova, 2016; Alarco y Álvarez-Andrade, 2012), por lo que las técnicas metodológicas que pueden implementarse a través de lo digital pueden ser variadas. El cuestionario que se utilizó fue elaborado en la aplicación de Google forms. Se trata de una herramienta gratuita enfocada a la elaboración de forma intuitiva, rápida y sencilla de formularios, cuestionarios y otros instrumentos similares para la recolección de información online. En ella se puede diseñar directamente el cuestionario, sin necesidad de instalar ningún software (García, 2018) y permite compartir, editar y dar seguimiento a los cuestionarios; además, incluye un procesador de textos, una hoja de cálculo, un programa de presentación básica y otras funciones (Alarco y Álvarez-Andrade, 2012). Estos formularios son un recurso excepcionalmente útil por la sencillez de su manejo, su accesibilidad e inmediatez en el registro de los resultados. Sin embargo, al igual que en otras modalidades autoadministradas, ciertos errores se mantienen, por ello es fundamental formular preguntas y opciones de respuesta claras, favorecer la simplicidad de escritura, conocer el lenguaje de la persona entrevistada, hacer las aclaraciones pertinentes para evitar confusiones, etcétera (Malegarie y Fernández, 2019). Por eso se buscó que las preguntas y respuestas fueran claras y abarcaran el mayor número de posibles respuestas; además de que en casi todos los casos se dejó la respuesta “otros”, y un espacio para que contestaran si las opciones propuestas no les significaran. Una ventaja del formulario es que puede programarse para que no se pase a la siguiente pregunta y/o no se pueda terminar y enviar el cuestionario si hay preguntas sin contestar, es decir, se estableció una “obligatoriedad” en las respuestas. Esta acción, que se ejecutó para
85 todas las preguntas cerradas, lo que permitió garantizar que todos los cuestionarios recibidos estuvieran completamente contestados. Así se redujo de manera considerable la tasa de no respuesta por pregunta, uno de los aspectos de mayor conflictividad en los cuestionarios autoadministrados tradicionales, en los que existen altos porcentajes de formularios parciales o incompletos (Malegarie y Fernández, 2019). Para verificar que el cuestionario fuera claro, que la “obligatoriedad” de las respuestas no obstruyera continuar con las siguientes preguntas, que las respuestas abarcaran las mayores respuestas posibles y que la programación del cuestionario funcionara correctamente, primero se realizó un pilotaje a 20 personas (contactos propios), pues se buscó que no interfiriera con las posibles personas que participarían en la investigación. De este pilotaje se ajustaron algunas preguntas, respuestas, condiciones de “obligatoriedad” e incluso la presentación e instrucciones del cuestionario. Después se envió nuevamente a 10 personas, para verificar las correcciones antes de enviar a todas las demás (Ver anexo 2). Como señalamos líneas arriba, una ventaja de las encuestas online respecto a otras modalidades es la reducción de costos y tiempos que implican las encuestas administradas por un encuestador (Malegarie y Fernández, 2019). Al realizar la encuesta online, se redujeron considerablemente los costos, pues no se tuvo que imprimir en papel; así como los costos de desplazamiento, además de que se realizó en menos tiempo, pues en las primeras dos semanas se recibió el 80% de los cuestionarios, a pesar de que se mantuvo abierto el sitio un mes y medio (noviembre-diciembre de 2020). Tipos de preguntas En términos generales, la encuesta online permitió utilizar los mismos tipos de pregunta que aquellas realizadas en otras modalidades de aplicación: preguntas cerradas, abiertas y mixtas. Se buscó indagar sobre datos personales básicos como edad, sexo y ocupación. Posteriormente, las preguntas estuvieron enfocadas a: la percepción respecto a las necesidades de cuidado en sus familias, los cuidados que realizan con sus familiares, las actividades de autocuidado, los efectos personales derivados del cuidado que proporcionan y los apoyos recibidos del gobierno y del mercado para subsanar las necesidades de cuidados. Una grata sorpresa fueron las preguntas abiertas, en donde, por ejemplo, se les pidió que expresaran con sus propias palabras las dificultades que enfrentan al tratar de compatibilizar las actividades en sus trabajos remunerados y las de cuidado dentro de sus hogares, o que narraran cómo se incrementaron las actividades de cuidado que ya hacían, con la pandemia. En todos los casos, los testimonios obtenidos fueron muy valiosos. 4.3.2 Muestreo electrónico El uso de técnicas online se observa, principalmente, en la fase de recolección de datos, sin embargo, el empleo de estas tecnologías como marcos muestrales se ha considerado muy poco en la literatura; a pesar de su progresiva importancia, se mantiene la preocupación por el error de muestreo y la cobertura, errores que no es fácil controlar. Por ello fue necesario preguntarnos sobre los retos en torno a esta nueva modalidad de encuesta, tales como la construcción de muestras representativas, la cobertura, el diseño y la estructura de la encuesta, el rol de la persona encuestadora, las dificultades técnicas y los riesgos sobre la tasa de respuestas (Malegarie y Fernández, 2019), entre otras.
86 Para la presente investigación, se solicitó que quienes contestaran la encuesta fueran residentes de un espacio geográfico concreto: el municipio de Texcoco, Estado de México; que se involucraran en los cuidados familiares y participaran en trabajos remunerados (precarios y no precarios). El muestreo por redes sociales combina frecuentemente la técnica de bola de nieve con un sistema de selección controlada, en donde los sujetos iniciales o semillas son los reclutadores. El muestreo de bola de nieve se define como “una técnica para encontrar al objeto de investigación. En la misma, un sujeto le da al investigador el nombre de otro, que a su vez proporciona el nombre de un tercero, y así sucesivamente” (Atkinson y Flint, 2001:1). Este método se asocia a investigaciones exploratorias, cualitativas y descriptivas, sobre todo cuando los/as encuestados/as son pocos en número o se necesita un alto nivel de confianza. A pesar de que las semillas iniciales en el muestreo de bola de nieve, en teoría, son elegidos al azar, es difícil llevarlo a cabo de esa manera, por lo que generalmente se seleccionan por medio del muestreo de conveniencia, lo cual implica que al final la muestra esté influida por la elección de las semillas iniciales. De esta manera, las muestras tienden a estar sesgadas hacia una mayor participación de las personas con redes de mayor tamaño (Baltar y Gorjup, 2012). A pesar de esos inconvenientes, gracias a la presentación que hacen las semillas resulta más fácil establecer una relación de confianza con los nuevos participantes, acceder a personas difíciles de identificar y que el/la investigador/a tenga menos problemas para especificar el perfil de los participantes (Martín y Salamanca, 2007). Cada participante puede operar como reclutador, hasta que se logre el tamaño deseado de la muestra. La principal ventaja de este método es que el sesgo de selección puede ser controlado, limitando la participación de las personas encuestadas con redes sociales más amplias (Baltar y Gorjup, 2012). Respecto al tamaño de la muestra, no hay criterios ni reglas establecidas, pues se organiza de acuerdo con las necesidades de información; por ello, uno de los principios que guía el muestreo es la saturación de datos (Martín y Salamanca, 2007), es decir, cuando los datos obtenidos ya se repiten o no se agrega información nueva y diferente. Para esta investigación, establecimos que debido a que el lugar de estudio era el municipio de Texcoco, se buscaría que todas las personas que contestaran pertenecieran a él, aunque no se tratara de una muestra aleatoria representativa de dicha localidad. El inicio de la bola de nieve partió de unas semillas que enviaron la encuesta a sus redes sociales. Puesto que ya se habían realizado 10 entrevistas a profundidad, tres de las entrevistadas y dos ayudantes de investigación fungieron como iniciadores de la encuesta, es decir, a través de ellos y ellas se comenzó a enviar la encuesta online. Se decidió enviar un mensaje personal para exponer el propósito del estudio y la importancia de su colaboración, además de que el propio cuestionario (Google forms) comenzaba explicando el objetivo de la investigación y del cuestionario, haciendo hincapié en que se trataba de una investigación científica y que era anónima (no se solicitó nombre). El mensaje fue enviado junto con el link del formulario, por lo que los iniciadores o semillas sólo tenían que reenviar el mensaje. Se pidió a los iniciadores de la encuesta que la enviaran a hombres y mujeres residentes en el municipio de Texcoco, mayores de edad, que participaran en cuidados familiares y en trabajo remunerado.
87 El muestreo continuó hasta que se alcanzó la saturación de la información, es decir, cuando la información obtenida era repetitiva, y las personas comenzaron a decir que ya otra persona les había enviado la encuesta anteriormente, por lo que ya había sido contestada, es decir, cuando las redes sociales se comenzaron a cerrar. Se seleccionaron y eliminaron los casos que no cumplían con los requisitos, sobre todo de quienes no pertenecían al municipio de interés. 4.3.3 Análisis de datos Debido a que la base de datos se construye de manera automática, a medida que las unidades de análisis responden el cuestionario, no fue necesaria la captura de datos. Primero se validó la base de datos en Excel (el formato en que la plataforma lo realiza), y como la información se analizaría en SPSS, se procedió a transformar la base, ajustar y validar nuevamente la encuesta, para después continuar con el análisis. El hecho de que la información vertida en los cuestionarios sea procesada de forma automática, agiliza el procesamiento y análisis, además de que permite visualizar en tiempo real las distintas respuestas a las preguntas, actualizándose a medida que ingresan nuevos casos; también facilita la realización de análisis parciales (Malegarie y Fernández, 2019) y reduce los tiempos asociados a esta actividad. Aun con todo ello, fue necesaria la validación y limpieza de la base de datos, no para detectar problemas de carga, sino más bien inconsistencias de respuestas y cuestionarios que fueron enviados por personas no pertenecientes al municipio de Texcoco. A través de la Encuesta Online, 2020, se obtuvo información de 265 personas: 212 (80%) mujeres y 53 (20%) hombres; 62.26% son casados/as o unidos/as, 24.91% solteros/as, 11.69% divorciados/as y 1.13 viudos/as. En relación a la edad, el mayor porcentaje se concentró en quienes tienen de 41 a 50 años (34.72%) y de 31 a 40 años (32.45%), seguido de 19.24% de quienes tienen 30 o menos años y 13.58% más de 50 años. En el Cuadro 4.2 se recoge también la frecuencia y porcentaje de las y los participantes en función de la comunidad de residencia.
88 Cuadro 4.2 Comunidad de residencia de personas participantes en la Encuesta Online, 2020 Comunidad Frecuencia % Texcoco, centro 104 39.2 San Luis Huexotla 23 8.7 Coatlinchán 16 6.0 La purificación Tepetitla 13 4.9 Tulantongo 11 4.2 San Diego 10 3.8 San Simón 9 3.4 La Magdalena 8 3.0 Los Reyes Pentecostés 8 3.0 San Sebastián 8 3.0 Colonia Nezahualcóyotl (Boyeros) 4 1.5 Nativitas 4 1.5 Santa Cruz de abajo 4 1.5 Xolotlán 4 1.5 La Resurrección 3 1.1 Lomas de Cristo 3 1.1 Montecillo 3 1.1 Santa Catarina del Monte 3 1.1 Tocuila 3 1.1 Otras (16 comunidades diferentes) 24 9.1 Total 265 100.0 Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Como se puede observar, las ventajas de la encuesta online son la rapidez con que se envía y contesta, la facilidad de la realización del cuestionario en el formulario Google, la alta tasa de respuestas completas, la disminución de costos y que no se requiere capturar las respuestas. Sin embargo, enfrentamos dificultades para delimitar y controlar las variables del muestreo, elaborar y programar el cuestionario (considerando la obligatoriedad de algunas respuestas) y la validación de la base de datos. Finalmente, podemos afirmar que las dos herramientas utilizadas para obtener la información se complementaron para arrojar datos que permitieron tener un panorama de las dificultades que enfrentan las personas que proporcionan cuidados a los integrantes de sus familias. Por una parte, a través de la encuesta se obtuvieron datos más generales, comparando la situación de hombres y mujeres, dependiendo del estado civil y la condición del empleo; mientras que a través de las entrevistas pudimos escuchar las experiencias particulares de las mujeres, quienes realizan cuidados intensivos.
95 intensa actividad minera (arena, grava, tepetate), se generan alteraciones por los bancos de materiales pétreos y la hidrodinámica natural. Según datos del INEGI, a través de la Actualización del Marco Censal Agropecuario 2016, el mayor porcentaje de superficie de tierras, según el tipo de tenencia, se concentra en propiedad pública, seguida de propiedad privada y casi en igual porcentaje ejido y comunal. Cuadro 5.1 Tenencia12 de la tierra en el municipio de Texcoco, respecto al porcentaje estatal y nacional, 2016 Entidad federativa y municipio Estados Unidos Mexicanos % del Estado de México respecto al nacional % de Texcoco respecto al estatal Total de terrenos Número 9 299 303.00 9.39 0.89 Superficie total 1 902 721 32.24 1.01 1.78 Tenencia de la tierra Ejidal Número de terrenos 6 282 587.00 8.87 1.01 Superficie total 84 705 714.54 1.01 1.62 Comunal Número de terrenos 792 605.00 14.44 0.63 Superficie total 16 308 347.80 1.69 1.63 Propiedad privada Número de terrenos 2 124 537.00 9.20 0.51 Superficie total 85 279 932.89 0.91 1.97 Colonia agrícola Número de terrenos 35 327.00 0.89 - Superficie total 1 158 010.82 0.08 - Propiedad pública Número de terrenos 64 247.00 9.77 6.93 Superficie total 2 820 126.19 0.78 3.35 Fuente: INEGI (2016a), Actualización del Marco Censal Agropecuario, 2016. 5.2 POBLACIÓN En el municipio de Texcoco habitaban 240 74913 personas en 2015 (113 917 hombres y 126 832 mujeres). Como se muestra en la Gráfica 5.1, se trata de una demarcación cuya población se encuentra ligeramente más envejecida que la del Estado de México y del total nacional: la edad media a nivel nacional y estatal es de 27 años (en 2015), mientras que en el municipio es de 29 años. Asimismo, llama la atención que la población texcocana, a partir de los 15 años, es superior a la registrada a nivel nacional y estatal. 12 Según el Glosario del Censo Ejidal 2007, la tenencia de la tierra son las formas de propiedad reconocidas por la ley en las que una persona o un grupo de personas poseen la tierra o disponen de ella: ejidal, comunal, privada, de colonia o pública. 1) La superficie ejidal se refiere a un área que pertenece a un ejido, y que no ha optado por el dominio pleno. 2) La propiedad comunal son las tierras ejidales o comunales que no se han fraccionado ni distribuido entre sus integrantes; y los derechos para su aprovechamiento pueden ser compartidos por todos los integrantes del ejido o parte de ellos, de acuerdo con las normas establecidas por la Asamblea. 3) La propiedad privada es el área que pertenece a particulares, sea por venta, cesión o herencia, y que se encuentra inscrita en el Registro Público de la Propiedad. 4) La colonia agrícola se refiere al área perteneciente a tierras concedidas a grupos de población con base en las Leyes de Colonización y que se inscriben en el Registro Agrario Nacional. 5) La propiedad privada es el área que es dominio de la federación, gobierno estatal o municipal, y que el productor explota ya sea en posesión o concesión. (https://www.inegi.org.mx/app/glosario/default.html?p=amcag2016) 13 A nivel nacional, la población en 2015 fue de 119 530 753 y de 16 187 608 para el Estado de México. El municipio de Texcoco representa 0.20% de la población a nivel nacional y 1.48% a nivel estatal.
96 Gráfica 5.1 Población por grupos quinquenales de edad a nivel nacional, estatal y municipal Fuente: Datos nacionales y estatales obtenidos del INEGI, Censo de Población y Vivienda, 2010, Tabulados básicos, http://www.beta.inegi.org.mx/app/tabulados/pxweb/inicio.html?rxid=d518b312-a32e-4d23-a8dd- 08a64c187a6c&db=Poblacion&px=poblacion_01 Los datos a nivel municipal fueron obtenidos de cifras estimadas por el IGECEM, http://igecem.edomex.gob.mx/indole_demografica La densidad de población que arroja el Censo de 2015 es de 556 hab/km², lo que sitúa a Texcoco entre los menos densamente poblados de la región, si lo comparamos con la densidad del Estado de México,14 que es de 724 hab/km², o de la Ciudad de México con 5967 hab/km²; y este resultado es coherente con el 60% de superficie de zonas de bosque, comunales y ejidales15 que tiene el municipio. Sin embargo, la población del municipio se ha incrementado de manera notable en las últimas décadas, por lo que se ha convertido en un espacio urbano; el Sistema Nacional de Información Municipal (SNIM, 2018), con base en los censos y conteos de población muestran un incremento poblacional de 71.5% en el período 1995-2015. Según datos del IGECEM (2018), por el número de habitantes en las localidades, 60.97% de la población se clasifica como urbana, 32.36% no urbana y sólo 6.67% rural. Para 2015, el municipio registró un índice de rezago social16 de -1.31 y un índice de marginación17 de -1.49, ambos catalogados como de “muy bajo” grado. 14 En el Estado de México se ubican tres de los municipios con mayor densidad poblacional a nivel nacional, los cuales rodean al municipio de Texcoco: Chimalhuacán, con una densidad de 15 211 hab/km²; Ecatepec, con 8 976 hab/km² y Nezahualcóyotl, el más denso del país, con 16 314 hab/km². 15 Ejido es el conjunto de tierras, bosques o aguas que una población campesina usufructúa de hecho, con fundamento en la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, independientemente de que haya o no resolución presidencial, del tipo de actividad que en ellas se realice y del municipio o municipios en donde se encuentre. 16 El Índice de Rezago Social es una medida ponderada que resume cuatro indicadores de carencias sociales (educación, salud, servicios básicos y espacios en la vivienda) en un solo índice, que tiene como fin ordenar las unidades de observación según sus carencias sociales. 17 El Índice de Marginación es un indicador multidimensional que mide la intensidad de las privaciones padecidas por la población a través de nueve formas de exclusión agrupadas en cuatro dimensiones: educación, vivienda, distribución de la población e ingresos monetarios. La dimensión educación está conformada por indicadores de analfabetismo y de no conclusión de la educación primaria. La de vivienda, por indicadores sobre la inexistencia de servicios: drenaje, excusado, energía eléctrica, 8.81 9.26 8.83 9.06 8.43 7.62 7.40 7.38 6.20 5.13 4.30 3.15 2.42 1.67 1.24 0.80 0.49 0.41 8.63 9.39 9.06 10.04 9.22 7.98 7.84 7.84 6.58 5.69 4.72 3.43 2.68 1.84 1.36 0.87 0.56 0.53 0.00 2.00 4.00 6.00 8.00 10.00 12.00 0 a 4 años 5 a 9 años 10 a 14 años 15 a 19 años 20 a 24 años 25 a 29 años 30 a 34 años 35 a 39 años 40 a 44 años 45 a 49 años 50 a 54 años 55 a 59 años 60 a 64 años 65 a 69 años 70 a 74 años 75 a 79 años 80 a 84 años 85 y más años Estado de México Texcoco Nacional
97 Cuadro 5.2 Población total urbana y no urbana, según tamaño de localidad, 2015 Núm. de personas % Total de población 240 749 100 Urbana Urbana 146 781 60.97 100 000 y más 107 669 44.72 15 000 - 49 999 39 112 16.25 No urbana 2 500 - 14 999 77 913 32.36 Rural Menos de 2 499 16 055 6.67 Fuente: Elaboración propia con datos del IGECEM. Dirección de Estadística con información proporcionada por las unidades productoras de información de los ámbitos federal y estatal. Según estimaciones del Plan de Desarrollo Municipal (2013-2015), 34.38% de la tenencia de la tierra en el municipio es de pequeña propiedad, 5.75% comunal y 59.87% ejidal. De acuerdo con el Censo 2010 (INEGI), las principales comunidades por su tamaño y número de habitantes son: Cuadro 5.3 Principales comunidades de Texcoco por su número de habitantes Población % Total, Municipio 235 151 100 Texcoco de Mora (cabecera municipal) 105 165 44.72 San Miguel Coatlinchán 22 619 9.62 Santa María Tulantongo 15 584 6.63 Santiago Cuautlalpan 12 336 5.25 Montecillo 7 371 3.13 San Miguel Tlaixpán 7 064 3.00 San Joaquín Coapango 6 774 2.88 San Jerónimo Amanalco 6 519 2.77 San Bernardino 5 667 2.41 Santa Catarina del Monte 5 599 2.38 Tequexquináhuac 5 279 2.24 San Dieguito Xochimanca 5 239 2.23 Xocotlán 5 082 2.16 La Purificación Tepetitla 3 790 1.61 Santa María Tecuanulco 2 773 1.18 San Pablo Ixayoc 2 608 1.11 Fuente: INEGI, Censo de Población y vivienda, 2010. Más de 90% de la población dispone de servicios básicos como agua (94.1%), drenaje (97.37%) y energía eléctrica (99.08%); de igual forma, un alto porcentaje cuentan con televisor (95.75%), refrigerador (87.04%), radio (85.99%), teléfono celular (80.67%) y lavadora (72.83%), mientras que en menor medida cuentan con línea telefónica fija (43.93%), automóvil y/o camioneta (43.27%), computadora (38.11%) e Internet (37.44%) (IGECEM, 2018). 5.2.1 Hogares, vivienda y servicios básicos Para 2015 (según el INEGI a través de los Tabulados de la Encuesta Intercensal), en el municipio de Texcoco había 61 978 hogares, de los cuales 73.94% tenían como jefe de hogar agua entubada, y los indicadores de piso de tierra y hacinamiento. La dimensión de distribución territorial, por la población residente en localidades menores de 5 000 habitantes; y la de ingresos, por la población con ingresos de hasta dos salarios mínimos.
98 un hombre y 26.05% jefatura femenina.18 Las diferencias en la jefatura por género pueden verse en la conformación de los hogares, pues cuando los jefes son hombres el tipo de hogar es familiar en mayor proporción que cuando la jefa es mujer: casi el doble de porcentaje de hogares es en este caso no familiar, muchos de ellos unipersonales; además, las mujeres jefas se concentran más en hogares ampliados y compuestos. Esto se entiende porque, cuando una mujer es jefa de hogar, frecuentemente es madre soltera, viuda o divorciada, por lo que recurre a otros familiares; sin embargo, cuando los hombres son jefes, generalmente tienen esposa o pareja. Cuadro 5.4 Tipo y clase de hogares por sexo del jefe o jefa de hogar, 2015 Hogares Tipo y clase de hogar (%) Familiar No familiar No especificado Total Nuclear Ampliado Compuesto No especificado Total Unipersonal Corresidentes Estado de México Total 4 168 206 91.41 68.70 28.72 0.69 1.88 8.31 95.96 4.04 0.28 Hombres 3 009 938 93.65 72.83 24.88 0.66 1.63 6.14 95.41 4.59 0.21 Mujeres 1 158 268 85.59 56.96 39.64 0.79 2.61 13.94 96.59 3.41 0.47 Municipio de Texcoco Total 61 978 90.38 63.75 33.86 0.83 1.57 9.52 84.92 15.08 0.10 Hombres 45 831 92.13 68.00 29.78 0.70 1.52 7.81 80.53 19.47 0.07 Mujeres 16 147 85.42 50.74 46.32 1.24 1.70 14.39 91.70 8.30 0.19 Fuente: INEGI, Encuesta Intercensal 2015. Tabulados. De las 61 978 viviendas particulares habitadas en el municipio (1.48% a nivel estatal), 90.95% son casas particulares, 7.0% departamentos en edificios y 0.91% viviendas en vecindades. Según la forma de tenencia, 63.99% son propias, 17.3% alquiladas y 15.17% prestadas,19 porcentajes que coinciden con los reportados a nivel estatal (62.90%, 16.52% y 13.14%, respectivamente). En cuanto a la adquisición de la vivienda, 17.21% fueron compradas (a nivel estatal 29.22%), 16.40% se mandaron a construir (a nivel estatal 36.96%), 16.69% autoconstrucción (24.16% a nivel estatal) y 15.87% fueron heredadas (comparado con 7.35% a nivel estatal) (INEGI, 2015). Según el material con que están construidas las viviendas, la misma encuesta arroja que 54.87% tienen piso de cemento o firme, 42.76% de mosaico, madera u otro recubrimiento, y 0.93% piso de tierra (en el estado, los porcentajes son de 62.26%, 35.12% y 1.81%, respectivamente). Además, 97.37% de las viviendas disponen de drenaje (95.54% a nivel estatal), el 82.30% conectado a la red pública, 15.09% tienen fosas sépticas o tanque séptico (biodigestor), 1.88% lo desechan a una barranca20 o gruta y 0.73% va directo a ríos o lagos. Las viviendas que disponen de energía eléctrica en el municipio corresponden a 99.08%, porcentaje que coincide con el estatal. Respecto a la disponibilidad de bienes y tecnologías de la información y de la comunicación, la encuesta (2016) indica que sólo 50.34% disponen de estas tecnologías, muy por debajo del nivel estatal (83.34%). En cuanto a la disponibilidad de agua dentro de las viviendas, la encuesta señala que 94.10% tienen agua entubada (95.66% a nivel estatal), de la cual 66.90% está adentro de la vivienda y 33.10% fuera. Llama la atención que 68.47% del agua es abastecida por el servicio 18 El INEGI también clasifica los hogares de acuerdo con la persona que los dirige. Diferenciar quién dirige los hogares ha evidenciado la vulnerabilidad económica y social de los hogares dirigidos por mujeres, así como sus repercusiones en el bienestar de los miembros que los conforman, constituyendo un relevante tema de discusión para la formulación de políticas sociales. A nivel estatal, la jefatura masculina la ejerce el 72.21%, mientras que la femenina 27.78%. 19 El otro porcentaje para llegar a 100% está en otras situaciones no especificadas. 20 Una barranca es un abismo o despeñadero que se produce por corrientes continuas de agua o por otras causas o fallas de tipo geológico.
99 público, sobre todo en la cabecera municipal y sus colonias (en comparación con el 89.74% a nivel estatal), 25.27% proviene de pozo comunitario (7.01% a nivel estatal) y 4.37% se abastecen a través de pipas (0.90% a nivel estatal). Esta situación es relevante porque muchas localidades, en especial las más alejadas de la cabecera municipal, cuentan con pozos de agua que abastecen a la comunidad y el pueblo tiene el control; existe un Comité de Agua Potable, que es el encargado de su administración y de proporcionar el servicio. 5.3 EDUCACIÓN El porcentaje de alfabetización de la población de Texcoco es elevado; únicamente 1.69% de las personas mayores de 15 años son analfabetas (IGECEM, 2016), mientras que a nivel nacional este porcentaje asciende a 5.83% y 4.0% a nivel estatal, según la Encuesta Intercensal 2015 (INEGI, 2015). En 2015, la población tenía un grado promedio de escolaridad de 10.54 años de estudio (10.86 hombres y 10.25 mujeres), lo que equivale a nivel bachillerato inconcluso,21 mientras que a nivel nacional el grado promedio es de 9.16 y en el estado de 9.53. Según el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación en México (INEE, 2015), para el ciclo escolar 2014-2015 en el nivel básico (primaria –seis años– y secundaria –tres años–) existían en el país 21.43 alumnos por cada docente, mientras que la proporción en el municipio de Texcoco era de 24.83. Respecto a la proporción de alumnos por escuela, a nivel nacional fue de 113.84 y en Texcoco de 274.08. En el nivel medio superior (bachillerato –tres años escolares–) había 16.77 alumnos por cada docente a nivel nacional y 11.98 en el municipio de Texcoco; mientras que en el mismo nivel educativo había, en promedio, 297.80 alumnos por cada escuela, y en Texcoco 349. Cuadro 5.5 Número de escuelas, maestros y alumnos en el municipio de Texcoco, ciclo escolar 2015-2016, según modalidad escolar Primaria Secundaria Media superior Superior Modalidad no escolarizada Escuelas 112 61 48 38 49 Maestros 1 088 807 1 399 1 600 382 Alumnos 31 033 16 038 16 763 14 519 11 563 Fuente: Elaboración propia con datos del IGECEM, Dirección de Estadística, con información proporcionada por las unidades productoras de información de los ámbitos federal y estatal. Cabe resaltar que el municipio de Texcoco aún cuenta con población que habla alguna lengua indígena: en 2010, 2.11% de la población de más de tres años. La presencia de esta segunda lengua es mayor en los varones (1.15%) que en las mujeres (0.96%). Las principales lenguas habladas son: 61.05% náhuatl, 6.67% totonaco, 4.27% mixteco y 4.06% otomí (SNIM, 2018 con información del INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010). Esa población es menor si la comparamos con el 6.17% de la población total del país que habla alguna lengua indígena, o con los estados de Oaxaca, Chiapas y Yucatán, en donde se concentra el mayor número de indígenas. 21 Según estadísticas del INEGI, en 2010 el grado promedio de escolaridad a nivel nacional era de 8.6, lo que equivalía a poco más del segundo año de secundaria. Para 2015, este indicador se ubicaba en 9.1, es decir, secundaria concluida.
100 5.4 SALUD Existe una población derechohabiente22 de 113 051 habitantes, de los cuales 54 579 están afiliados al IMSS, 23 099 al ISSSTE, 7 393 al ISSSTE estatal y 2 018 a instituciones como PEMEX, la Defensa Nacional o la Marina, 1 522 habitantes al seguro popular y 2 331 a instituciones privadas. Sin embargo, existen 116 534 que no son derechohabientes. Esta condición por sexo se puede observar en la Gráfica 5.2. Grafica 5.2 Porcentaje de población total según derechohabiencia a servicios de salud por sexo, 2010 Fuente: SNIM, 2018, con información del INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010. En materia de salud, también se destaca la población con alguna limitación o discapacidad. Para 2010, en el municipio existían 8 462 personas con limitaciones (49.30% hombres y 50.70 mujeres). Los principales tipos de limitaciones se incluyen en el Cuadro 5.6, y llama la atención que las diferencias por sexo son mínimas, a pesar de que existen más mujeres con alguna limitación. Cuadro 5.6 Porcentaje de la población de Texcoco según tipo de limitación en la actividad, por sexo, 2010 % Hombres % Mujeres Total* Total, con limitación 49.30 50.70 84.63 Caminar o moverse 24.21 27.46 51.68 Ver 15.43 16.40 31.84 Escuchar 5.59 5.28 10.87 Hablar o comunicarse 4.75 3.82 8.57 Atender el cuidado personal 2.17 2.95 5.13 Poner atención o aprender 2.82 3.06 5.89 Mental 4.44 3.85 8.30 * Número total de personas con alguna limitación o discapacidad, según datos del INEGI, 2010. Fuente: SNIM, 2018, con información del INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010. 22 La derechohabiencia es el derecho de las personas a recibir servicios médicos en instituciones de salud públicas o privadas, es resultado de una prestación laboral, por lo que sólo quienes tienen trabajo remunerado pueden acceder a él. Otra forma de acceso es como beneficiarios de algún trabajador o trabajadora, generalmente los hijos e hijas, la esposa o esposo y los papás y mamás de quien tiene una relación laboral. 0.00 5.00 10.00 15.00 20.00 25.00 Total con derechohabiencia IMSS ISSSTE ISSSTE estatal Pemex, Defensa o Marina Seguro popular o para una nueva… Institución privada Otra institución No derechohabiente No especificado 23.18 11.49 4.60 1.45 3.88 0.33 0.49 1.22 24.59 1.41 24.90 11.72 5.22 1.69 4.63 0.32 0.50 1.16 24.97 0.95 Mujeres Hombres
101 Al analizar la condición de discapacidad con la derechohabiencia en algún servicio de salud dentro o fuera del municipio, podemos ver que 53.92% de las personas con discapacidad cuentan con algún servicio médico; es decir, el 46.06% no cuentan con éste y tienen que pagar atención particular. Cuadro 5.7 Condición de derechohabiencia por tipo de limitación y sexo, para el municipio de Texcoco 2010 Hombres Mujeres Total Derechohabiente No derechohabiente Derechohabiente No derechohabiente Derechohabiente No derechohabiente Total, con limitaciones 2 253 1 916 2 310 1 979 4 563 3 895 Caminar o moverse 1 128 920 1 304 1 020 2 432 1 940 Ver 713 591 771 617 1 484 1 208 Escuchar 272 200 229 217 501 417 Hablar o comunicarse 204 198 147 176 351 374 Atender el cuidado personal 107 77 144 106 251 183 Poner atención o aprender 125 114 138 121 263 235 Mental 190 186 162 164 352 350 Limitación no especificada 171 231 197 240 368 471 Fuente: SNIM (2018), con información del INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010. 5.5 ECONOMÍA De acuerdo con datos de la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI, 51.8% de la población de 12 años y más del municipio de Texcoco es activa, y de ella 97.0% está ocupada. Los análisis de las cifras de actividad por sexo arrojan importantes diferencias; así, en el caso de los varones el porcentaje se eleva hasta 63.8%, mientras que para las mujeres es de 36.2%, cifras que no difieren en mucho de las medias del país.23 En el Cuadro 5.8 podemos comprobar que la economía del municipio está claramente terciarizada. Las dos principales categorías de empleo pertenecen a este sector y aportan de forma conjunta 72.9% del empleo. Cuadro 5.8 Distribución (%) de población ocupada según su división ocupacional, 2015 Funcionarios, profesionistas, técnicos y administrativos Trabajadores agropecuarios Trabajadores en la industria Comerciantes y trabajadores en servicios diversos No especificado 28.44 2.99 22.91 44.46 1.2 Fuente: INEGI, Encuesta Intercensal 2015. Si bien el nivel de terciarización de Texcoco es ligeramente mayor, estas cifras dibujan una estructura económica que no se diferencia del Estado de México.24 Según el Censo Económico 2014, de las 4 230 475 unidades económicas a nivel nacional, 12.64% se ubican en el Estado de México y, de ese porcentaje, 1.83% están en el municipio de Texcoco. La mayoría se concentran en comercios al por menor, servicios de alojamiento y preparación de alimentos e 23 El porcentaje de población activa sobre el total es de 50.3%, de 65.4% para la población masculina y de tan sólo 34.6% en el caso de las mujeres mexicanas (INEGI, 2015). 24 El porcentaje de población ocupada del Estado de México es de 71.09 (INEGI, 2016).
102 industrias manufactureras; por consiguiente, el mayor porcentaje de personal ocupado25 y remunerado26 se encuentra en dichas actividades económicas. Es importante señalar que, según la Encuesta Económica 2014, el municipio de Texcoco generó 17 911 008 millones de pesos en las actividades económicas, ingresos que provienen principalmente del comercio al por menor, la industria manufacturera y el comercio al por mayor. Gráfica 5.3 Porcentaje en la distribución de ingresos generados por las actividades económicas en el municipio de Texcoco, 2014 Fuente: INEGI (2014a), Censos Económicos 2014. Resultados definitivos. El proceso de terciarización está perfectamente consolidado. A pesar de tener un elevado porcentaje de superficie agropecuaria (27%), la terciarización no implica la eliminación de la agricultura como sector productivo, sino que puede darse con un sector agrario relativamente importante pero poco intensivo en el uso de mano de obra. Según la Actualización del Marco Censal Agropecuario (INEGI, 2016a), 92.65% de la superficie total cultivable en Texcoco corresponde a agricultura a cielo abierto, 3.75% a agricultura protegida y 3.58% de los terrenos estaban en descanso –en ese año–. Los principales cultivos a cielo abierto son de maíz, cebada, avena, trigo y frijol; y entre los cultivos perennes el más importante es el de alfalfa. De estos terrenos, 52.13% son de temporal y el resto (25.39%) de riego; y cabe subrayar que únicamente 37 terrenos (0.79%), con una superficie total de 1 619.67 ha (equivalente a 20.75% de la superficie total cultivable del municipio), pertenecen a grandes productores, mientras que 4 609 terrenos (99.20%), con una superficie de 6 183.11 ha (79.24%), son de pequeños y medianos productores. 25 El INEGI clasifica como personales ocupados a todas las personas que trabajaron durante el periodo de referencia, dependiendo contractualmente o no de la unidad económica, sujetas a su dirección y control. 26 El INEGI considera personal remunerado a todas las personas que trabajaron durante el periodo de referencia, dependiendo contractualmente de la unidad económica, sujetas a su dirección y control, a cambio de una remuneración fija y periódica. 0.00 5.00 10.00 15.00 20.00 25.00 30.00 35.00 40.00 45.00 Comercio al por menor Industrias manufactureras Comercio al por mayor Servicios de alojamiento temporal y de preparación de alimentos y bebidas Servicios educativos Otros servicios excepto actividades gubernamentales Transportes, correos y almacenamiento Construcción Servicios de salud y de asistencia social 44.99 25.85 17.50 2.88 1.71 1.27 1.14 1.07 1.03
103 Cuadro 5.9 Principales cultivos a cielo abierto en Texcoco, por número de terrenos y superficie sembrada y disponibilidad de agua, 2016 Número Superficie total Total De temporal De riego Número de terrenos Superficie total Número de terrenos Superficie total Texcoco 4 243 6 379.17 4 945.58 3 257 3 325.47 986 1 620.11 Maíz 2 584 3 498.57 3 498.57 2 078 2 396.18 506 1 102.39 Cebada 66 884.64 459.52 62 439.12 4 20.40 Avena 390 441.15 ND 319 ND 71 ND Trigo 185 333.62 333.62 174 263.16 11 70.46 Frijol 186 163.82 163.82 170 141.28 16 22.54 Haba 35 35.04 29.16 34 27.79 1 1.37 Calabaza 24 25.51 17.04 12 7.84 12 9.20 Cebolla 5 5.52 5.52 0 0.00 5 5.52 Perennes Alfalfa 196 406.04 406.04 24 19.10 172 386.93 Nopal 3 2.89 2.89 2 1.58 1 1.31 Manzana 4 2.89 2.89 4 2.89 0 0.00 Aguacate 5 2.76 2.76 5 2.76 0 0.00 Fuente: INEGI (2016a), Actualización del Marco Censal Agropecuario, 2016. Según la Encuesta Nacional Agropecuaria (2017), la agricultura protegida del municipio de Texcoco se concentra en el cultivo de flores, algunas hortalizas y verduras, principalmente tomate rojo y fresa, como se observa en el Cuadro 5.10: Cuadro 5.10 Producción obtenida y vendida a través de agricultura protegida en el municipio de Texcoco, 2017 Cultivo Producción obtenida Producción vendida Toneladas Número de tallos Toneladas Número de tallos Anuales Antirrhinum 0.00 4 800 0.00 4 800 Arúgula 1.00 0 1.00 0 Brócoli 0.05 0 0.04 0 Campana de Irlanda 0.00 30 760 0.00 30 760 Cilantro 0.12 0 0.06 0 Jitomate (tomate rojo) 548.82 0 399.30 0 Lechuga 5.20 0 1.15 0 Margarita 0.00 29 600 0.00 29 600 Pepino 80.00 0 1.00 0 Rábano 0.02 0 0.02 0 Perennes Alstroemeria 0.00 2 880 0.00 2 880 Crisantemo 0.00 286 120 0.00 250 120 Fresa 20.50 0 20.25 0 Lily (Flor) 0.00 14 400 0.00 12 000 Polar 0.00 15 600 0.00 15 600 Rosa 0.00 86 400 0.00 85 950 Otros cultivos 0.40 253 680 0.40 229 320 Fuente: INEGI (2017a), Encuesta Nacional Agropecuaria, 2017. Respecto a la actividad forestal, en Texcoco existen 65 terrenos que abarcan una superficie total de 373.12 ha dedicadas a la explotación forestal, de las cuales 65.27% se cultivan con pinos y el resto con encino y otras especies menores; en todos los casos, la producción es de pequeños y medianos productores (INEGI, 2016).
104 El aprovechamiento de terrenos para actividades ganaderas es menor, ya que según el INEGI (2016) sólo 39 terrenos, con una superficie de 544.85 ha, se destinan a esta actividad. Es importante resaltar que los grandes productores únicamente ocupan 15.38% de esas tierras, pero este porcentaje equivale a 54.11% de la superficie total, que se usa principalmente para la cría de bovinos y otras especies, como aves. En los terrenos pequeños se producen sobre todo bovinos, porcinos y ovinos. Al momento de caracterizar la estructura económica del municipio de Texcoco, es necesario destacar que es sede de organismos públicos vinculados con tareas de innovación e investigación, en específico, de la Universidad Autónoma Chapingo, el Colegio de Posgraduados (CP), el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) y la Universidad Autónoma del Estado de México. En el municipio hay, además, tres universidades privadas: la Universidad del Valle de México, la Universidad Privada del Estado de México y la Universidad Pedro de Gante. La presencia de estas instituciones posiciona a Texcoco no solamente como un municipio importante por el número de organismos dedicados a la educación e investigación en los niveles de licenciatura y posgrado (Moreno-Sánchez, 2013:68), sino también como fuente de empleo y educación para la población de la región. 5.5.1 Población ocupada Los datos disponibles en materia de mercado de trabajo para el municipio de Texcoco se muestran en el Cuadro 5.12, y nos permiten comprobar diferencias significativas por sexo, tanto en lo que se refiere al personal ocupado27 como remunerado: en ambos, los hombres son más numerosos que las mujeres, y la diferencia aumenta cuando hablamos de personal remunerado. Entre las y los trabajadores no remunerados (personas que aun cuando laboran no reciben un sueldo o salario, como en el caso de trabajadores familiares), las mujeres se encuentran en mayor número, sobre todo en el municipio de Texcoco, en comparación con el porcentaje nacional y estatal; esto implica que a pesar de que ellas realizan algún trabajo, no reciben un pago, principalmente porque el trabajo en el cual se ocupan es familiar. Asimismo, Texcoco presenta una mayor integración de la mujer en el mercado laboral que la media nacional y la del estado, sin embargo, son menos remuneradas: mientras a nivel nacional casi tres de cada 10 del personal ocupado no reciben remuneración, a nivel municipal son cuatro de cada 10. 27 El personal ocupado se conforma por la suma del personal remunerado más el personal no remunerado (propietarios, familiares y otros trabajadores) y el personal no dependiente de la razón social (outsourcing).
111 libertad de tiempos y espacios para producir, y exige la presencia de alguien en casa que se encargue de las actividades básicas para la vida. Sin embargo, si las mujeres imitaran ese modelo, como advierte Carrasco (2001), ¿quién cuidaría de la vida humana con toda la dedicación que ello implica? Las mayores responsabilidades de las mujeres en el trabajo doméstico y de cuidados les impide dedicar tiempo al trabajo remunerado en las mismas condiciones que los hombres, lo que deriva en menores salarios y pensiones en la vejez29 (Carrasco, 2013). La ENUT aporta información sobre la participación de mujeres y hombres en el trabajo doméstico y remunerado y apunta en esa dirección (Gráfica 6.2). Gráfica 6.2 Tasa de participación de mujeres y hombres en trabajo para el mercado y doméstico, según tamaño de la población y condición de hablante de lengua indígena Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. Prácticamente la totalidad de las mujeres declaran realizar trabajos domésticos (99.36%), mientras que su tasa de participación en el mercado laboral es muy inferior a la de los hombres (44.85% y 76.26%, respectivamente). Esta disparidad en el acceso al mercado de trabajo se agrava cuando introducimos variables étnicas y residenciales: la tasa de participación en el mercado de trabajo es de 49.7% para las mujeres que residen en contextos urbanos, frente a 35.4% para las mujeres rurales y 32.0% para las mujeres indígenas. La elevada tasa de participación declarada en el trabajo no remunerado de los hombres, parece contradictoria con los datos que arroja la cuenta satélite. Pero si en lugar de considerar la tasa declarada analizamos los tiempos de trabajo, los resultados cambian de forma sustancial. En la Gráfica 6.3 observamos las diferencias significativas en el tiempo no remunerado de mujeres y hombres, y nuevamente son las mujeres indígenas y residentes en localidades de 29 Derivado de las desigualdades de género, traducidas en persistentes asimetrías salariales o de acceso a posiciones de responsabilidad en las empresas (Estanque y Costa, 2018). 0.00 10.00 20.00 30.00 40.00 50.00 60.00 70.00 80.00 90.00 100.00 Mujeres Hombres Mujeres Hombres Trabajo para el mercado Trabajo doméstico 35.38 78.18 99.39 93.31 49.69 75.26 99.33 97.03 32.02 79.66 99.64 93.91 Población hablante de lengua indígena Localidades de 10 000 y más habitantes Localidades de 1 a 9 999 habitantes
112 menor tamaño quienes dedican un mayor número de horas al trabajo doméstico, trabajo que no se ve reflejado ni económica ni socialmente al no estar valorado y reconocido social y monetariamente, pero que es indispensable para el bienestar social. Gráfica 6.3 Promedio de horas por semana que mujeres y hombres dedican al trabajo para el mercado y doméstico, según tamaño de la población y condición de hablante de lengua indígena Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo nos permite introducir otro elemento de análisis relevante: la jornada de trabajo real que realizan hombres y mujeres. La Gráfica 6.4 muestra los resultados. Gráfica 6.4 Jornada semanal promedio de trabajo total y brecha horaria Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. 0.00 5.00 10.00 15.00 20.00 25.00 30.00 35.00 40.00 45.00 50.00 Mujeres Hombres Mujeres Hombres Trabajo para el mercado Trabajo doméstico 35.05 44.79 32.93 8.29 39.05 49.87 28.20 10.40 30.85 41.25 36.14 7.62 Población hablante de lengua indígena Localidades de 10 000 y más habitantes Localidades de 1 a 9 999 habitantes 18.12 6.98 14.9 10.02 0 2 4 6 8 10 12 14 16 18 20 0 10 20 30 40 50 60 70 80 Población hablante de lengua indígena Localidades de 10 000 y más habitantes Localidades de 1 a 9 999 habitantes Media nacional Hombres Mujeres Brecha horario
113 En México, la media de la jornada de trabajo de una mujer es 10 horas superior a la de los hombres, diferencia que se extiende hasta 18.1 y 14.9 horas semanales entre las mujeres indígenas y aquellas que residen en espacios rurales, respectivamente. Desde la perspectiva de la economía feminista debe cuestionarse el valor que se da al tiempo, el cual es mercantilizado y utilizado de diferente manera por el capitalismo. Es necesario valorar el trabajo doméstico y de cuidados, debido a que no todos los servicios pueden ser pagados, no sólo porque el salario es insuficiente para cubrirlos, sino porque las personas requieren afecto, tiempo y cuidados que no pueden contratarse fácilmente en el mercado. Para el capitalismo, únicamente el tiempo mercantilizado, aquél capaz de ser transformado en dinero, tiene valor; los tiempos no pagados, sino vividos, donados y generados, no tienen ningún reconocimiento y, en consecuencia, tienden a hacerse invisibles (Carrasco, 2001). Gómez (2008:10) señala que “no reconocer el valor económico del trabajo no remunerado equivale a considerar como “no productoras”, “inactivas”, “no ocupadas” y fuera del ciclo económico a las personas que dedican su tiempo al cuidado de otros sin percibir por ello remuneración. Más allá de las consideraciones de justicia en el reconocimiento de las contribuciones a la producción, hay que subrayar que la invisibilidad de esos aportes afecta adversamente a la justicia de la distribución de recursos, beneficios y compensaciones derivados de esa producción”. Las dificultades de conciliar la vida laboral y familiar se explican por el elevado número de horas que deben dedicarse al trabajo extradoméstico (Garrido, 2004). Es decir, las mujeres participan menos en la economía formal porque dedican más tiempo al cuidado de otros, pero tampoco pueden dedicar el tiempo suficiente al cuidado porque deben trabajar para obtener los recursos necesarios. Establecida la importancia del trabajo no remunerado, nos detendremos a analizar el tipo de tareas que comprende la economía de cuidados, apoyándonos en la clasificación del INEGI en la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo, para determinar la complementariedad o no de sexos en la realización de estas tareas. En la Gráfica 6.5 se comprueba que las tareas en donde las mujeres mexicanas participan en mayor medida son: limpieza de la vivienda (94.43%), preparación y servicio de alimentos (93.34%) y limpieza de ropa y calzado (92.64%). La aportación de las mujeres es minoritaria únicamente en “mantenimiento y reparaciones menores”, actividad en la cual los varones alcanzan 32.05% y las mujeres 6.94%; y es significativamente menor en “pagos y trámites”, con 33.82%.
114 Gráfica 6.5 Tasa de participación de mujeres y hombres en actividades de trabajo doméstico no remunerado para el propio hogar Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. El análisis de los tiempos de actividad (Gráfica 6.6) ayuda a interpretar los datos anteriores. Las diferencias en las tasas de participación en actividades domésticas que realizan mujeres y hombres no son tan relevantes como las diferencias del tiempo que dedican a cada actividad. Las tres categorías en las que participan las mujeres de forma mayoritaria son las que implican mayor consumo de tiempo semanal, hasta 28.31 horas, cifra que está muy lejos de las 9.78 horas que ocupan los varones en estas mismas actividades. La única categoría en donde la participación de los hombres supera la de las mujeres es “mantenimiento y reparaciones menores”, la que a su vez implica una menor dedicación semanal de horas, de tal forma que la diferencia es de sólo 76 minutos semanales más de los varones. Gráfica 6.6 Tasa de participación de hombres y mujeres (%) en función de la actividad de trabajo doméstico no remunerado para el propio hogar y brecha horaria* * Diferencia entre el número de horas semanales dedicadas por hombres y mujeres a cada categoría. Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. 0.00 20.00 40.00 60.00 80.00 100.00 Preparación y servicio… Limpieza de la vivienda Limpieza y cuidado de ropa y calzado Mantenimiento y reparaciones menores Compras Pagos y trámites Gestión y administración 93.34 94.43 92.64 6.94 65.53 33.82 69.46 58.19 73.91 61.39 32.05 49.54 32.04 67.31 Hombres Mujeres 0.03 0.03 0.45 -0.76 3.22 5.55 9.76 -2 0 2 4 6 8 10 12 0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 Gestión y administración Pagos y trámites Compras Mantenimiento y reparaciones menores Limpieza y cuidado de ropa y calzado Limpieza de vivienda Preparación y servicio de alimentos Tasa participación de hombres Tasa participación mujeres Brecha horaria
115 El problema de valorar solamente el tiempo que genera ganancia económica radica en que ese valor-dinero está asociado al poder del dinero. Este poder-tiempo-dinero no sólo se refleja en las esferas públicas mercantilizadas como la economía, sino también en las relaciones establecidas en los hogares, donde los hombres –al ser quienes poseen más tiempo y dinero– mantienen el poder y este poder-dinero otorga autonomía y capacidad de decisión (Carrasco, 2001:61). La presencia masculina en porcentajes similares a los que registran las mujeres en las categorías que implican toma de decisiones y uso de recursos monetarios (gestión y administración; pagos y trámites; y compras) apoyan esta visión. Habitualmente, el tiempo de las mujeres es utilizado de forma mucho más flexible y sobreponiendo acciones, por lo que tratar de conciliar el uso del tiempo en estos ámbitos tiene como resultado un enorme conflicto de organización en la vida cotidiana (Carrasco, 2013), donde generalmente intensifican sus jornadas de trabajo y reducen su tiempo de ocio y descanso. El tiempo de ocio es utilizado como variable de conciliación y, en casos extremos, es necesario comprimir también el tiempo dedicado a satisfacer las necesidades personales (Carrasco, 2001). Son las mujeres quienes ajustan y utilizan su tiempo, liberando de responsabilidades familiares a los hombres adultos para que salgan a trabajar libres de restricciones, al espacio que tiene valor y reconocimiento social, haciendo uso de su “irresponsabilidad privilegiada” (Tronto, 1993). La Gráfica 6.7 muestra la participación declarada de los integrantes del hogar en los cuidados. Los resultados de la ENUT (2014) indican que es en la atención a menores de 14 años en donde se concentran los cuidados, siendo la tasa de participación muy superior en las mujeres; la participación en las otras categorías es notablemente inferior, y las diferencias entre géneros se acortan. Resulta especialmente llamativa la tasa de participación declarada de los varones en el cuidado de personas de entre 15 y 59 años, superior en 5.35 puntos porcentuales a la de las mujeres. Gráfica 6.7 Tasa de participación de mujeres y hombres en trabajo no remunerado de cuidado a integrantes del hogar Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. 0.00 10.00 20.00 30.00 40.00 50.00 Cuidados especiales a integrantes del hogar con enfermedad crónica, temporal o discapacidad Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 5 años Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 14 años Cuidado a integrantes del hogar de 15 a 59 años Cuidado a integrantes del hogar de 60 y más años 6.68 26.72 46.31 12.88 5.73 4.96 18.00 33.88 18.23 5.60 Hombres Mujeres
116 El tiempo dedicado al trabajo muestra un panorama diferente (Grafica 6.8): las mujeres dedican un mayor número de horas al cuidado en todas las categorías; incluso en los cuidados a integrantes del hogar de 15 a 59 años, donde los hombres declaraban una mayor tasa de participación (Gráfica 6.7), la brecha temporal está presente. Gráfica 6.8 Tasa de participación de hombres y mujeres (%) en el cuidado de integrantes del hogar y brecha horaria Fuente: INEGI (2014b), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Tabulados básicos. El tiempo que dedican a este tipo de cuidado se agrega al que destinan a las actividades domésticas no remuneradas, y ambas se sobreponen en los tiempos, sobre todo en el caso de las mujeres. Muchas de ellas, mientras cuidan niños, niñas o enfermos, realizan las actividades domésticas y en ocasiones participan en el mercado, especialmente de carácter informal, como la venta de algunos productos o maquila de ropa. Existe una importante superposición de acciones que alarga y sobrecarga las jornadas de las mujeres. No sólo se debe considerar el volumen de tiempo invertido en actividades de cuidado, sino lo que implica ese trabajo en la vida. El cuidado de personas con discapacidad no solamente requiere del tiempo que supone ocuparse del bienestar del familiar, sino el esfuerzo físico y el desgaste emocional de quien lo realiza; lo cual implica disminución en el descanso y sueño, un incremento del tiempo de preparación de alimentos especiales, mayor trabajo en cuanto a la limpieza de la persona dependiente, etcétera. No existe una medida estadística que refleje el desgaste físico y emocional de la cuidadora o cuidador. Es necesario resaltar que tanto la intensificación y alargamiento de las jornadas de trabajo, como el uso y distribución del tiempo de las mujeres, se ven influidos por otras variables que no están recogidas en la ENUT: raza, condición étnica, nivel socioeconómico, edad, contexto geográfico o condición social-civil, las cuales inciden de forma importante en la jornada de 2.79 1.21 13.4 7.75 11.75 0 2 4 6 8 10 12 14 16 0 5 10 15 20 25 30 Cuidado a integrantes del hogar de 60 y más años Cuidado a integrantes del hogar de 15 a 59 años Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 14 años Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 5 años Cuidados especiales a integrantes del hogar por enfermedad crónica, temporal o discapacidad Tasa participación de hombres Tasa participación de mujeres Brecha horaria
117 trabajo no remunerada que asumen las mujeres. Una mujer pobre, indígena, viuda, de edad mayor y responsable del cuidado de otros/as integrantes de la familia, seguramente verá intensificado su tiempo de trabajo y reducido al máximo el tiempo de descanso. Por ello es necesario ubicar el tema del cuidado desde el lugar que han ocupado diferentes tipos de mujeres: indígenas, rurales, negras, mestizas y todas aquellas que han sido subalternizadas. Aun siendo conscientes de lo impreciso de la aproximación, la Cuenta Satélite del trabajo no remunerado de los hogares pone de manifiesto lo acertado de esta afirmación para el caso de México. El Cuadro 6.1 muestra que el valor económico de las labores domésticas y de cuidados se incrementa cuando se trata de hombres y mujeres que viven en pareja: el incremento es de 132.7% en las mujeres, mientras que los hombres al casarse sólo incrementan el valor de las labores domésticas y de cuidados 25.4%. El aporte de los hombres separados, viudos o divorciados aumenta respecto a los que viven en pareja, mientras que las separadas, divorciadas o viudas disminuyen su aportación en términos de trabajo doméstico y de cuidados; no obstante, ésta continúa siendo el doble que la de los varones en su misma situación. Cuadro 6.1 Valor de las labores domésticas y de cuidados en función de la persona que las realiza (millones de pesos) 2016 Mujeres Hombres Valor de las labores domésticas y de cuidados por persona que las realiza (millones de pesos) 51,962 18,943 Valor de las labores domésticas y de cuidados por persona que las realiza, según situación conyugal (millones de pesos) Solteros(as) 28,745 16,225 Casada(o) o unida(o) 66,887 20,343 Separada(o), divorciada(o) o viuda(o) 45,583 21,939 Valor de las labores domésticas y de cuidados por persona que las realiza, lugar de residencia (millones de pesos) Urbano 50,726 19,576 Rural 56,295 16,797 Valor de las labores domésticas y de cuidados por persona que las realiza, según tipo de enfermo al que atendieron (millones de pesos) Enfermo temporal 11,789 7,347 Enfermo crónico 21,752 18,194 Persona con alguna limitación física o mental 20,785 12,033 Fuente: INEGI, 2016, Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México, http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/cn/tnrh/ De igual forma, se observa que el valor económico de las labores no remuneradas que realizan las mujeres en el medio rural es superior al de las realizadas en un contexto urbano; y que donde se invierte más trabajo, respecto al cuidado de enfermos/as, es en los casos de enfermos crónicos y personas con alguna limitación física o mental. Estas cifras pueden interpretarse desde dos perspectivas: en función del aporte oculto que las mujeres hacen a la economía nacional o como una forma de explotación que el sistema capitalista-mercantil hace de las mujeres, o, dicho de otra forma, el ahorro de millones de pesos debido al trabajo no remunerado de las mujeres. En cualquier caso, el trabajo doméstico y de cuidados, considerado tradicionalmente como un asunto que forma parte de la organización
118 privada familiar y sobre el cual el Estado no tiene papel alguno, es un enorme aporte para la economía nacional, y es realizado de forma mayoritaria por mujeres. Al respecto, Izquierdo (2004) señala que las responsables de tratar de compatibilizar los tiempos del trabajo productivo y reproductivo de cuidados son las mujeres, pero visto como si fueran cuestiones de voluntad individual y por tanto una actividad privada, en la que el Estado no interviene. Aunque los cuidados tienen, en muchos casos, una indudable connotación afectiva, su organización es resultado de una decisión política y depende en gran medida del modelo de sociedad. En México, por ejemplo, existen muy pocas políticas enfocadas a los cuidados y no se ha valorado suficientemente la influencia del crecimiento y envejecimiento poblacional,30 que cada vez es más rápido. Al ser la población más vieja, con menos empleos estables, menos pensiones, y mayor dependencia física, el cuidado de los integrantes de las familias sobrecarga a las mujeres, incluso a las abuelas con sus esposos y nietos/as. Así, el trabajo doméstico y de cuidados funciona como amortiguador de los efectos devastadores de la crisis en el bienestar de las personas (Carrasco, 2013). Un claro reflejo son las políticas de desregulación y flexibilización del mercado laboral de los últimos años, cuyo objetivo ha sido reducir costes salariales y adaptar los tiempos de trabajo a las exigencias de la mayor eficiencia y productividad de la empresa, aunque ello signifique efectos negativos en la calidad de vida de las personas (Carrasco, 2001). La crisis implica una reprivatización de la reproducción social. La drástica reducción del gasto público en servicios de cuidados, tiene como uno de sus fines que parte de los cuidados regresen al hogar, ya que algunos trabajos y servicios que se habían mercantilizado ahora vuelven al espacio privado, o se dejan de utilizar por la imposibilidad de asumir los costes monetarios. En este sentido, Gómez (2008) señala que, en su rol de cuidadoras, las mujeres absorben el impacto principal de los ajustes estructurales que erosionan la provisión pública de servicios de atención. 6.2 LA CONCILIACIÓN ENTRE LO REPRODUCTIVO Y PRODUCTIVO EN MÉXICO A pesar de que en cada país se vive de distinta manera esta crisis, se ha convertido en tema de debate público, debido a las presiones económicas, sociales, de tiempo, etcétera, que se anteponen a la reproducción social y la sostenibilidad de la vida. Sobre todo en las mujeres, como encargadas de los cuidados, existen presiones para tener y criar niños, cuidar de amigos y familiares, mantener hogares y comunidades más amplias, y sostener relaciones en general. Pérez (2006a) señala que la actual crisis de los cuidados se desencadena por la quiebra de un modelo previo de reparto de los cuidados ya que, según Fraser (2016), la nueva forma de sociedad capitalista está debilitando de manera sistemática la reproducción social, y el resultado es una enorme crisis no sólo de los cuidados, sino de la reproducción social en su sentido más amplio. La pregunta es: ¿cómo se está reorganizando la satisfacción de la necesidad de cuidados en el marco de un sistema que no prioriza las necesidades de las personas, sino las de los 30 Partida (2005:19) menciona: “las proyecciones demográficas indican que este proceso se recrudecerá en las próximas cinco décadas. La contracción de la pirámide será cada vez más notoria, no sólo en términos relativos, sino incluso en absolutos, y la inercia del rápido crecimiento del pasado se hará evidente en la senectud (60 años o más) conforme avance el presente siglo. La población de la tercera edad se mantendrá en continuo crecimiento, aumentando 76,3% de 2000 a 2015, 83,3% en los tres lustros siguientes y 63,2 % en los últimos dos decenios. Así, el número de los adultos mayores del país se cuadruplicará al pasar de 6.7 millones en 2000 a 36.5 millones en 2050”.
119 mercados? (Pérez, 2006a), porque ningún Estado puede funcionar sin ciudadanos, que se producen y reproducen a través de la atención (Tronto, 2013). El Cuadro 6.2 recoge los datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, la cual ofrece valiosa información sobre la distribución de las tareas desempeñadas en el hogar según el sexo de las personas que las realizan, y permite observar que son las mujeres quienes declaran ocuparse en solitario de la mayoría de las tareas en el hogar. De nuevo, sólo en la categoría de reparaciones es mayoritaria la presencia de hombres que realizan esta tarea de forma principal. Cuadro 6.2 Distribución de las tareas desempeñadas en el hogar según sexo, en función de quien las realiza de manera principal (%), 2016 Tarea desempeñada en el hogar Sexo Nadie No aplica Sólo mujeres Sólo hombres Ambos Cuidar o apoyar a las niñas y niños que viven aquí 38.3 1.0 20.9 0.5 39.4 Cuidar o apoyar a las ancianas y ancianos que viven aquí 10.9 1.2 6.5 2.0 79.4 Hacer los quehaceres domésticos (cocinar, lavar, planchar, asear la casa) 68.6 0.7 30.2 0.1 0.5 Hacer los trámites y compras para el hogar (pagos de luz, teléfono, ir al banco, al mercado, etc.) 46.7 11.5 41.3 0.0 0.5 Atender o apoyar a las personas con alguna discapacidad 5.3 0.6 2.9 1.4 89.7 Hacer reparaciones a su vivienda, muebles, vehículos o aparatos electrodomésticos 8.0 46.3 42.5 1.7 1.5 Atender a personas enfermas 26.7 1.5 17.9 1.6 52.2 Fuente: INEGI, Estimaciones a partir de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016 (ENDIREH). Tabulados básicos. Nota: Las estimaciones se realizan con una población total de mujeres, en la edad especificada, de 46 501 740 mujeres. El problema es que el tema de los cuidados sigue siendo tratado de forma individual o familiar, especialmente realizado por las mujeres, por lo que son ellas quienes deben encontrar las soluciones, organizar sus tiempos y actividades, e incluso comprometer su descanso, tiempo de ocio y salud. Si ellas, como “responsables” de los cuidados, no pueden realizarlos, se apoyan de otras mujeres, en redes de cuidados que pueden ser familiares, de trabajo e incluso de migrantes o trasnacionales, como cuando contratan a mujeres migrantes para el cuidado de los integrantes de la familia.
120 Cuadro 6.3 Mujeres de 15 años y más que realizan las tareas en el hogar por tipo de tareas, según integrante femenina de la familia que las realiza (%), 2016 Tarea desempeñada en el hogar Persona que realiza la tarea* % Entrevistada % Hijas % Madre % Hermanas Cuidar o apoyar a las niñas y niños que viven aquí 81.9 10.8 22.0 5.7 Cuidar o apoyar a las ancianas y ancianos que viven aquí 75.0 18.6 13.5 10.2 Hacer los quehaceres domésticos (cocinar, lavar, planchar, asear la casa) 90.5 14.2 22.6 8.0 Hacer los trámites y compras para el hogar (pagos de luz, teléfono, ir al banco, al mercado, etc.) 80.0 9.5 22.0 5.1 Atender o apoyar a las personas con alguna discapacidad 79.2 12.9 17.8 8.3 Hacer reparaciones a su vivienda, muebles, vehículos o aparatos electrodomésticos 75.0 10.0 21.8 6.4 Atender a personas enfermas 78.1 10.1 25.1 6.2 Fuente: Estimaciones a partir del INEGI, Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016 (ENDIREH). Tabulados básicos. * La suma de las personas declaradas no coincide con el 100%, pues cada mujer pudo declarar más de una persona. Como se observa en el Cuadro 6.3, según estimaciones de la ENDIREH 2016, las principales personas que realizan las tareas son otras mujeres. Así, los problemas de la crisis de los cuidados se transfieren de unas mujeres a otras, con base en ejes de poder, en una larga cadena de la cual están sistemáticamente ausentes los hombres; o, en todo caso, presentes únicamente en los eslabones finales, pues como apunta Hochschild (2001), muchas veces los beneficiarios finales de las cadenas mundiales del afecto son hombres. Para el caso de México, Martínez y Rojas (2016:642-643) señalan que, en la búsqueda de una ruptura con el modelo masculino y paterno tradicional, los hombres de sectores sociales más acomodados, urbanos y con mayor escolaridad, tienen cierta ventaja respecto a sus pares de estratos populares urbanos y de ámbitos rurales e indígenas. En las comunidades rurales e indígenas, las transformaciones en la división intrafamiliar del trabajo han sido más lentas, debido al fuerte arraigo de concepciones tradicionales respecto a los papeles masculinos y femeninos. Las mujeres de estos sectores sociales, sobre todo de generaciones mayores, siguen considerando que ellas son responsables del trabajo doméstico, en tanto que sus maridos de la manutención del hogar. Los hombres que aportan más tiempo al trabajo doméstico en sus hogares, son precisamente aquellos que también colaboran con mayor número de horas a la semana en los cuidados de sus hijos/as. Las mujeres tienen que desplegar múltiples estrategias de “conciliación” que, en general, combinan redistribución de los trabajos en el seno del hogar con la externalización de parte de los cuidados (servicios formalizados en la informalidad), apoyadas por trabajo particular y por las redes de apoyo familiares y vecinales, donde es clave el peso de las abuelas en el cuidado a menores o en las gestiones cotidianas de los hogares. Pero estas estrategias son insuficientes y derivan en un acceso segmentado a distintos tipos de cuidados (y de diversas calidades) y en fuertes tensiones subjetivas (entre un modelo más individualizado y otro de corte familista) (Pérez y López, 2011).
127 Gráfica 6.10 Estado civil de los y las entrevistados Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. El ingreso es una de las principales variables que pueden definir el acceso y disfrute del cuidado. Coello y Pérez (2013) mencionan que se genera un círculo vicioso entre cuidados y desigualdad-precariedad-exclusión-pobreza ya que, a peor posición socioeconómica, más carga de cuidados, porque se dispone de menos alternativas, capacidad de elección y, por tanto, menos posibilidades de pagar por el trabajo de cuidados. También se requieren mayores cuidados, dado que los sectores más vulnerables se ven afectados por más problemas de salud, desnutrición, falta de servicios y guarderías, etcétera. De modo que, entre más carga de cuidados, peor posición socioeconómica, porque cuidar no da acceso a derechos económicos, políticos ni sociales; y en las condiciones actuales, el círculo vicioso se agrava con la crisis de salud, económica y social derivada de la Covid-19. Tiene especial interés conocer el nivel de vida de los y las entrevistadas. En todos los casos se preguntó sobre la actividad económica que realiza el o la encuestada, el ingreso mensual familiar, el número de integrantes de la familia y las horas que dedican al trabajo remunerado. Los datos son coherentes con lo expuesto anteriormente, respecto al papel de las mujeres en la economía formal, concentrándose un mayor número de ellas en las categorías laborales que registran menor remuneración. Gráfica 6.11 Ingreso mensual familiar, por sexo del entrevistado/a Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. 0.00 10.00 20.00 30.00 40.00 50.00 60.00 70.00 Soltero/a Casado/a- Unión libre Divorciado/a Viudo/a 23.58 63.68 11.79 0.94 30.19 56.60 11.32 1.89 Mujer Hombre 0.00 5.00 10.00 15.00 20.00 25.00 30.00 35.00 40.00 45.00 50.00 Menos de un salario mínimo Entre 1 y 2 salarios mínimos De 3 a 4 salarios mínimos Más de 4 salarios mínimos 15.09 25.94 25.94 33.02 5.66 16.98 30.19 47.17 Mujer Hombre
128 Respecto a las actividades en donde se emplean de manera remunerada, casi 50% de los hombres se ocupan en servicios profesionales, como profesores, abogados, asesores de agronegocios y de la industria automotriz; 18.87% dijo ser empleado de alguna empresa privada o de gobierno; y con igual porcentaje (11.32%) se dedican al comercio formal e informal, respectivamente. Las mujeres también se emplean en servicios profesionales, pero en menor porcentaje; además de empleadas, en el comercio informal, como amas de casa, y en hospedajes y elaboración de alimentos. Estos datos coinciden con la distribución ocupacional de la población general del municipio de Texcoco, como se muestra en los cuadros 5.8 y 5.13.31 Gráfica 6.12 Actividades económicas, por sexo del entrevistado/a Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Desde la perspectiva de género, se presenta una segregación ocupacional que responde a los estereotipos de género. Ellas, ubicándose en mayor proporción en actividades de servicio de menor cualificación y estabilidad, entre las cuales está el comercio informal –que incluye ventas por catálogo y por Internet–. Mientras los hombres ocupan puestos que les permiten obtener ingresos más elevados y mayor reconocimiento social, reproduciendo los estereotipos que colocan a los hombres como principales proveedores y a las mujeres como cuidadoras, cuyos ingresos son considerados como “apoyos” al gasto familiar. 31 En el Cuadro 5.8 se observa cómo la economía del municipio está terciarizada: 28.44% son funcionarios, profesionistas, técnicos y administrativos; 2.99% trabajadores agropecuarios; 22.91% trabajadores en la industria, y 44.46% comerciantes y trabajadores en servicios. 2.83 0.94 1.89 3.30 8.02 5.19 8.96 13.21 25.47 30.19 1.89 1.89 1.89 1.89 5.66 11.32 11.32 18.87 45.28 0.00 5.00 10.00 15.00 20.00 25.00 30.00 35.00 40.00 45.00 50.00 Servicios -técnicos Agricultura, ganadería, forestal Manufactura-maquila Hospedaje y alimentos Ama de casa No trabaja Comercio formal Comercio informal Empleados/as Servicios profesionales Hombre Mujer
129 Testimonios como los de Elena, Carmen, María y Verónica lo confirman: Soy ama de casa y trabajo un día a la semana en un tianguis 32de Amecameca. Me voy a las cinco de la mañana y regreso como a las ocho y media o nueve de la noche. Voy los miércoles (Elena, 52 años, entrevista marzo 2020). Trabajo en venta por catálogo en los tiempos libres. Vendo con la familia, en la escuela, con los vecinos más cercanos, porque es poco el tiempo para trasladarse. En los lugares donde está uno, es donde se hace y ya, no más lejos (Carmen, 39 años, entrevista marzo 2020). Yo siempre trabajé en las casas. Haga de cuenta que cuando yo fui niña yo no terminé mi escuela, porque dijo mi papá que a las mujeres nos iban a mantener. Todas las mujeres hijas –fuimos 5 mujeres–, dijo mi papá que nos iban a mantener. Dice, m’hija, ¡pero trabajando!, y no terminamos primaria. Entonces nos quedamos en la casa cuidando a los hermanos. Pero si uno se nos caía, nos pegaban. Y mi mamá, como tejía suéteres, una señora que conocía le dijo: –¿No le da permiso a su hija que venga a cuidar a mi hijo?, y pues yo me fui a trabajar de nana. A que me estuvieran pegando por tirar uno de mis hermanos y de a gratis, mejor que vaya a trabajar, desde los 11 años. Le digo, toda la vida he trabajado, no le tengo miedo al trabajo (María, 59 años, entrevista marzo 2020). Trabajo por las noches, en una fábrica de PET, empacando botellas. Entro a las siete de la noche y salgo a las siete de la mañana […] mi trabajo no está lejos y como siempre he trabajado trato de no alejarme demasiado por ella [su hija, que está enferma]. Prácticamente todos mis trabajos han estado cerca, de la casa, ya cualquier cosa él va y me dice, y ya pido permiso y me salgo (Verónica, 37 años, entrevista marzo 2020). Otro aspecto relevante es que, como era de esperarse dada la estructura económica descrita, la población encuestada se ocupa principalmente en las actividades terciarias y, en menor medida, en las primarias y secundarias. Estos resultados son consistentes con la actual desagrarización y descampesinización a nivel nacional y regional, así como con la proliferación de empleos que llevan a una precariedad laboral y de ingresos. En menos de tres décadas la ruralidad mexicana ha transitado de “un mundo campesino agrario dominado por la producción agropecuaria y la familia campesina, a un mundo rural, en donde predomina el trabajo asalariado, la migración y la familia no campesina” (Carton de Grammont, 2009:16). El mismo autor insiste en que “hoy sólo una tercera parte de los hogares rurales son campesinos, el resto son hogares no campesinos, de asalariados u ocasionalmente hogares con pequeños comercios, actividades artesanales o de oficios (albañiles, mecánicos, etcétera). La pluriactividad se ha generalizado al conjunto de las familias campesinas” (Carton de Grammont, 2009:39) (Cuadro 6.6). Estos datos son coincidentes con las estadísticas a nivel municipal. Respecto a la precariedad laboral, estudios como el de García (2006) y Guadarrama, Hualde y López (2012), señalan que, en México, el principal problema de la población activa no es la falta absoluta de ocupaciones, sino de empleos con remuneraciones y condiciones de 32 El tianguis es un mercado tradicional mexicano que se instala una vez a la semana en las calles de un lugar específico; es itinerante, y también se le conoce como mercado sobre ruedas.
130 trabajo adecuadas y satisfactorias. García (2006) hace hincapié en que la situación laboral se ha tornado cada vez más inestable y menos protegida, y no permite –en muchos casos– obtener recursos suficientes, es decir, genera un mayor nivel de precariedad. Los datos analizados en los apartados 6.1 y 6.2 ponen de manifiesto que estos fenómenos han impactado de manera diferente en hombres y mujeres; ellas se han incorporado masivamente a la fuerza de trabajo como mano de obra flexible, barata y temporal. Así lo han observado autores como Garay (2010), quien señala que las mujeres han aumentado su participación como asalariadas y en actividades como trabajadoras por cuenta propia, pero manteniendo las actividades no remuneradas y del hogar, debido a que gran parte del trabajo remunerado que desempeñan es precario y los ingresos apenas les alcanzan para sobrevivir. Es evidente que el nivel salarial depende del tipo de ocupación. Las actividades menos remuneradas están en el comercio formal e informal, como empleados/as, actividades realizadas principalmente por las mujeres. Mientras que las labores de mayor remuneración son desempeñadas mayoritariamente por los varones. Estos resultados coinciden con los reportados a nivel municipal para Texcoco en el capítulo 5 (Gráfica 5.3). Si bien no se preguntó a las personas entrevistadas por su nivel de formación, los resultados obtenidos en el tipo de actividad desarrollada indican que las mujeres tienen un menor nivel de capacitación, debido a que se reportaron en menor medida en la categoría de “servicios profesionales”, la cual implica un nivel educativo por lo menos de licenciatura. Es necesario considerar que la calidad del empleo, y, eventualmente, su precariedad, dependen de un denso entramado formado por instituciones, políticas públicas, regulación y del equilibrio de poder entre los actores en las relaciones sociales, de género y laborales (de Castro, 2019). Cuadro 6.6 Actividades económicas por ingreso mensual familiar y sexo del entrevistado/a (%) Menos de 1 salario mínimo Entre 1 y 2 salarios mínimos De 3 a 4 salarios mínimos Más de 4 salarios mínimos Mujer Hombre Mujer Hombre Mujer Hombre Mujer Hombre Servicios profesionales 0.47 4.25 7.55 8.96 9.43 16.51 28.30 Empleados/as 4.25 5.66 1.89 8.02 7.55 7.55 9.43 Comercio informal 5.66 3.77 5.19 3.77 1.42 5.66 0.94 0.00 Comercio formal 4.72 1.89 1.89 1.89 2.36 5.66 No trabaja 0.47 1.89 1.89 1.89 2.36 1.89 0.47 Agricultura, ganadería, forestal 0.47 0.47 1.89 Hospedaje y alimentos 0.47 0.47 0.47 1.89 1.89 Manufacturamaquila 1.42 0.47 1.89 Servicios -técnicos 0.94 1.42 0.47 Ama de casa 2.83 0.47 1.89 2.83 1.89 TOTAL 15.09 5.66 25.94 16.98 25.94 30.19 33.02 47.17 Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Las diferencias en el tipo de ocupación y el ingreso obtenido son contundentes. Los empleos que significan menor remuneración están representados, en mayor medida, por mujeres; así, por ejemplo, con diferencias porcentuales de 9.43 puntos en relación con los varones, las
131 mujeres ganan menos de un salario mínimo y 8.96 puntos porcentuales quienes reciben entre uno y dos salarios mínimos, en comparación con los hombres. Por el contrario, en la categoría de tres a cuatro salarios mínimos, los hombres representan 4.25 puntos porcentuales por arriba de las mujeres, cifra que se incrementa cuando se trata de cuatro o más salarios mínimos, donde la diferencia es de 14.15 puntos porcentuales para los varones. Estos datos son reflejo de la precariedad laboral y salarial de la población encuestada, pues casi la mitad de los hombres y dos tercios de las mujeres podrían considerarse en situación de precariedad, por el monto económico tan bajo que reciben, lo cual puede llevar a otra clase de precariedad: la precariedad de la vida, la explotación del continuum de la vida cotidiana, dependiendo de la experiencia corporeizada (Barattini, 2009). Las entrevistas también lo confirman: A mi esposo le dan 1200 a la semana y a mí 1000 pesos. Son muchos gastos, entre pañales, medicamentos, se podría decir que trabajando dos no estamos tan limitados, bueno, no los tengo tan limitados, porque prácticamente trabajamos para ellos, para que no les falte su alimentación, lo que es su desayudo, comida y cena. Tampoco me sobra, pero no me limito, que por ejemplo le hace falta pañales o que tengo que comprar un medicamento, puedo comprarlo (Verónica, 37 años, entrevista marzo 2020). Yo gano unos 300 a la semana, porque ahorita están muy bajas las ventas, por donde quiera y él [su esposo] unos 1000 pesos a la semana, porque es propina, no es pago (Guillermina, 39 años, entrevista marzo 2020). Anteriormente trabajaba como conserje de una escuela, pero ya no. Mi esposo trabaja en una mina, en maquinaria pesada. A la semana le pagan 1000 pesos, casi no nos alcanza, casi hacemos milagros con el dinero, porque pagamos renta (Diana, 25 años, entrevista marzo 2020). Nos dan muy poquito, yo cuando trabajo me dan 500 pesos, a mi mamá le dan 750 a la semana, mi papá gana, le dan cada quincena, pero lo que le dan es su dinero, eso es muy aparte, porque están divorciados, es su dinero, yo no sé (Gloria, 27 años, entrevista marzo 2020). Asimismo, estos resultados confirman lo señalado en estudios como el de Villa (2019), quien argumenta la relación entre el trabajo y los cuidados, y explica que la forma en que se organiza la provisión de los cuidados en México incide de manera más desventajosa en las oportunidades laborales de las mujeres, sobre todo en familias con menores recursos, al reducir sus opciones a empleos informales y a la subocupación. Por otra parte, al ocuparse en los empleos peor pagados, tienen pocas opciones para realizar los cuidados. Lo preocupante es que, en México, la precariedad se ha normalizado a tal grado, que se ha convertido en un problema estructural. Los empleos inestables e inseguros han dejado de ser característicos de ciertos grupos poblacionales y tipos de empleo; han asumido la forma de exclusión laboral y social debido a que abarcan –material y subjetivamente– todas las dimensiones de la vida, y esto repercute en la reproducción y la cotidianeidad de la vida (Capogrossi y Quintana, 2021; Guadarrama, Hualde y López, 2012). La progresiva precariedad en el trabajo provoca incertidumbre e impide crear un proyecto de vida a largo plazo y condiciones de
132 autonomía (Guadarrama, Hualde y López, 2012), pasando de la precariedad laboral a la precariedad familiar, de vivienda y en el “habitar”, atravesando todos los ámbitos de la cotidianidad, particularmente el familiar y el entorno habitado (Lindón, 2003). Así puede verse tanto con los datos de la encuesta como de las entrevistas. No trabajo, he trabajado en costura, pero sólo en temporada; hay más en diciembre. Me voy con una de mis tías a trabajar. Vivo con 6 personas, cuatro niños: tres sobrinos, y mi hijo, y mi mamá y yo. Mi hijo es de lento aprendizaje, tiene 10 años, va en quinto. Vivo con mi mamá, somos tres mujeres (hijas), pero la otra pasó a dejar a sus hijos y yo me hago responsable de dos y mi mamá de uno. Yo les hago de comer, les lavo la ropa, los baño, o sea les hago de la chacha y, pues, mi mamá cuando se pone mala yo la veo, porque padece de la diabetes. Mi mamá trabaja, es despachadora de camiones, pero gana muy poquito (Gloria, 27 años, entrevista marzo 2020). El tamaño promedio de las familias, obtenido a partir de la encuesta, se sitúa entre los tres y cuatro integrantes, lo que concuerda con los datos del INEGI para 2020, a través del Censo de Población y Vivienda 2020, donde se reporta que el tamaño de los hogares en México a nivel nacional es de 3.6 integrantes. Al cruzar el tamaño medio de los hogares con el ingreso mensual familiar, se observa que los y las entrevistadas viven con un salario mínimo por persona. Por ejemplo: una familia con 4 integrantes que tienen ingresos mensuales de entre tres y cuatro salarios mínimos (de 11,089.80 a 14,786.40 pesos mexicanos) viven con un salario mínimo diario para cada integrante de la familia,33 es decir, estarían en la línea de bienestar mínimo. Este ingreso únicamente alcanzaría para cubrir algunas necesidades básicas –como alimentos– , sin embargo, los servicios como renta, luz, agua, teléfono, internet y otros necesarios para la casa; así como servicios educativos y de salud, no podrían ser cubiertos fácilmente, y mucho menos servicios de cuidado (trabajo doméstico, enfermería particular, guardería, etcétera).34 Uno de los testimonios deja ver cómo la falta de recursos económicos los limita tanto en actividades domésticas como de cuidados personales: […] no tenemos agua, ya va para un año que no tenemos agua. Tenemos que cuidar mucho el agua, porque ¿cuánto cuesta una pipa? Entonces, cuando nos avisaron que no íbamos a tener agua, supuestamente medio año, dijo mi hijo mayor: –les doy tanto y mejor que venga una máquina a rascar para hacer una cisterna–. Fue a rascar la máquina, pero como dijo mi marido, no fue suficiente, no fueron suficientes las medidas que le dieron, porque haga de cuenta que hay un árbol y obstruía el movimiento de la máquina y le dijo mi marido: –¡Déjalo así y yo lo termino! Como metro y medio le faltó de un lado porque del otro sí se lo pudieron quitar. Y él fue en lo que comenzó a trabajar, por eso se enfermó más de la ciática y ahora no puede caminar ni hacer nada. Así que los del agua nos dijeron que teníamos que pagar lo 33 El salario mínimo diario en 2020 era de 123.22 pesos mexicanos. 34 Según el CONEVAL (2010), la línea de bienestar mínimo se refiere al valor monetario de una canasta alimentaria básica, es decir, al costo total mensual que le implica a una persona contar con comida suficiente en cantidad y calidad nutricional. Por su parte, la línea de bienestar corresponde al valor monetario de una canasta de alimentos, como el de otros bienes y servicios. Ello significa el costo total mensual que le implica a una persona, aunado al acceso a los alimentos, sufragar gastos inherentes a su transporte, cuidados personales, educación, cultura, recreación, vivienda, vestido y salud, entre otros satisfactores.
133 del año del agua y lo de la perforación del pozo, aunque no tuviéramos agua, y yo le dije que tenía gastos porque tenía una hija especial y mi esposo enfermo. Y sí fue muy cruel porque me dijo: –Mire señora, ése no es mi problema, es problema de ustedes– bueno, le compro medicamentos o le pago lo de ustedes. Tenemos que ver de dónde, ahora si como le digo a mis hijos, comemos o pago lo del agua (María Félix, 59 años, entrevista marzo 2020). Sólo las familias que ganan más de cuatro salarios mínimos y tienen un trabajo estable, podrían cubrir sus gastos para la subsistencia y tener acceso a otros sistemas de cuidados proporcionados por el Estado y el mercado, como guarderías, estancias de día, terapias y servicio médico, entre otros, así como acceder a algunos servicios privados (35.84% de los y las encuestados/as). Todas las demás personas entrevistadas podrían considerarse con alguna dimensión de precariedad, debido a que tienen limitaciones económicas para su subsistencia, es decir, 64.15% de los y las encuestados/as y entrevistadas/os se encuentran en esa condición. Los resultados coinciden con los del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL)35 para el primero y segundo trimestres de 2021 a nivel nacional, en donde se señala que la pobreza laboral pasó de 39.4% a 38.5% en el segundo trimestre de ese año. Cuadro 6.7 Ingreso mensual familiar por número de integrantes de la familia y sexo del entrevistado/a 1 a 3 integrantes 4 a 6 integrantes 7 a 9 integrantes 10 o más integrantes Mujer Hombre Mujer Hombre Mujer Hombre Mujer Menos de un salario mínimo 3.30 1.89 9.43 3.77 1.89 0.47 Entre 1 y 2 salarios mínimos 8.49 5.66 13.68 11.32 3.77 De 3 a 4 salarios mínimos 8.02 16.98 16.98 13.21 0.94 Más de 4 salarios mínimos 16.98 22.64 16.04 16.98 7.55 Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Estudios como los de Castel (2010), Standing (2014), de Lara (2018) y Capogrossi y Quintana (2021) consideran que la precariedad, además de estar presente en los sectores “tradicionalmente informales” o marginados, también se refleja en la pérdida de la calidad del empleo asalariado y de los derechos sociales que lo acompañan. Para Guadarrama, Hualde y López (2012), la precariedad laboral estaría representada tanto por la degradación de las condiciones de trabajo, por quienes viven bajo la amenaza del despido, por los recién empleados que viven al día sin encontrar la manera de asegurar su protección, por aquellos que se insertan de manera intermitente en el mercado de trabajo, y por los que disponen de empleos de bajos ingresos –estos últimos pueden considerarse precarios si están asociados con pobreza o con inserción social insegura–. Todo ello, independientemente del tipo de trabajo y sin importar que se trate de viejos o nuevos trabajos, formales o informales, manuales y no manuales, los no calificados y los especializados. 35 https://www.coneval.org.mx/Medicion/Paginas/ITLP-IS_resultados_a_nivel_nacional.aspx
134 Por eso el comercio informal es tan importante, sobre todo para las mujeres, quienes ven como opción para completar el gasto familiar las ventas por catálogo e Internet, o la venta de postres, antojitos mexicanos u otros alimentos fáciles de preparar y que pueden vender en la calle, o cualquier otro tipo de trabajo considerado atípico.36 En México, la heterogeneidad de los trabajos atípicos es muy elevada: desde instalar un comercio propio (lo que supone comprar productos, venderlos y asumirse como responsable del negocio); vender alimentos previa preparación; vender productos en un comercio como empleada; ser cajera en un comercio, vender en las calles; vender en un local comercial; vender en un espacio privado como una empresa; vender directamente; preparar o comprar el producto y dárselo a un familiar para que lo venda, entre otros (Lindón, 2003). En esta categoría también se incluye el trabajo a tiempo parcial, el trabajo irregular, los falsos autónomos, el trabajo estacional, el trabajo a través de una empresa de trabajo temporal, el trabajo subcontratado y el trabajo desplazado en el marco de algún programa de trabajadores invitados (por ejemplo, programa de contratación en origen) (de Castro, 2019). El problema es que este tipo de actividades, además de generar pocos ingresos económicos, no permiten separar de manera tajante producción de reproducción: cuando las mujeres se emplean en una de estas modalidades denominadas atípicas, las actividades y tiempos se traslapan, no hay una división entre trabajo y vida cotidiana, entre trabajo y tiempo libre, sino un continuum entre el trabajo remunerado y no remunerado (De la Garza, 2011). Barattini (2009) considera que el trabajo remunerado se incorpora en el tiempo de “no trabajo”, de modo que la explotación de la mano de obra se da más allá de las fronteras del trabajo, distribuyéndose a través de todo el tiempo y todo el espacio de la vida. La experiencia corporeizada de la precariedad laboral es diferente para hombres y mujeres, dependiendo de las prácticas en el trabajo remunerado y en la organización del trabajo doméstico y de cuidados en las familias. Así lo demuestran algunas de las mujeres entrevistadas: El trabajo en el hogar es más pesado cuando tenemos otro trabajo, ya cuando llegamos cansadas y con problemas con los compañeros […] y luego ¡llegar a la casa y ver todo el tiradero! Y luego Marisol [la hija]: –¡Ya tengo hambre mami! –Ahorita, cinco minutitos. Mejor me paraba y ya vamos a comer. A veces llegaba que no me aguantaba, porque el trabajo administrativo es muy pesado y cuando no tenía personal tenía que trabajar al doble o al triple y llegaba a casa, de ¡no me hablen!, pero no sé de dónde sacaba fuerzas (Carmen, 58 años, entrevista marzo 2020). El tiempo que debe dedicarse a las actividades remuneradas y de cuidados, y la incompatibilidad de las actividades, son también una condición existencial del trabajo precario, que se organiza en el tiempo continuo de la vida y genera un cruce entre producción y reproducción, trabajo y no trabajo, tiempo laboral y de ocio, lo público y lo privado. Además, como señalan Sosa y Román (2015), aun cuando el arquetipo de parejas con doble proveedor es cada vez más frecuente, la doble actividad en la familia dista de ser una realidad, y sigue cayendo en mayor medida en las mujeres. 36 De la Garza (2011) considera como trabajos atípicos los de tiempo parcial por llamada, por obra, estacional, con agencia de contratación, a domicilio, el teletrabajo, el de aprendizaje o a prueba, el freelance, pero también los tradicionales de salud, transporte, la venta callejera, e incluso las actividades delictivas.
135 6.3.3 Cuidados necesarios en las familias En este apartado se analizan los datos obtenidos para conocer las necesidades, acciones y complicaciones que se presentan en el ejercicio de los trabajos domésticos y de cuidados. Primero se revisan las demandas de cuidados de los integrantes de las familias, según el sexo, condición de dependencia y nivel de ingreso, con la finalidad de identificar quiénes y qué tipo de cuidados requieren. Enseguida se muestran los resultados de los trabajos que realizan hombres y mujeres en las familias, haciendo hincapié en cómo cambian según el estado civil. Posteriormente se presentan los datos respecto a los cuidados que los mismos cuidadores y cuidadoras requieren, quién se los proporciona y cómo ellos y ellas se autocuidan. Finalmente, se exponen las formas en que se han incrementado los trabajos de cuidado derivado del confinamiento por Covid-19. El apartado está organizado de la siguiente manera: 6.3.3.1 Cuidados demandados por los y las integrantes de las familias Dependiendo de la estructura familiar, es posible identificar los grupos que son tradicionalmente receptores de cuidados, por ejemplo, los niños y adolescentes de 0 a 15 años, cuya demanda de cuidados es intensiva en cuanto a actividades y horas de trabajo, principalmente en parejas jóvenes, unidas o casadas. Mientras los cuidados cotidianos que pueden requerir las personas no dependientes, como los cónyuges y los hijos adolescentes, dependen de las concepciones tradicionales del matrimonio, la división sexual del trabajo y la asignación de roles de género en la arquitectura doméstica (Villa, 2019). Estudios como los de Carrasco (2013), Rico (2011) y Llanes y Gómez (2021), señalan que los trabajos de cuidados adquieren especificidades de acuerdo con el ciclo vital de las personas, la edad de sus miembros y los procesos de socialización asociados a cada etapa de la vida; así como del tamaño del hogar y de su estrato socioeconómico, sin olvidar la desigual distribución de las labores domésticas (Pedrero, 2018).
136 Una de las primeras preguntas del cuestionario estaba enfocada a identificar las necesidades de cuidado de los y las integrantes de las familias, por lo que se les preguntó: ¿Hay en su casa algún niño/niña, persona discapacitada, enferma o anciana que requiera cuidados especiales? Poco más de 25% de los y las entrevistadas indicó que en su casa hay un niño/a mayor de cinco años y adolescentes que demandan cuidados; también se identificaron enfermos crónicos, niños/as menores de 5 años y discapacitados (en ese orden de frecuencia).37 Los resultados (Gráfica 6.13) muestran que las mujeres identificaron en mayor porcentaje integrantes de sus familias que requieren de cuidados especiales. Y, como puede verse, el mayor porcentaje se concentra en niños mayores de cinco años y adolescentes, debido a la estructura de las familias y la demografía de la población texcocana, pues como se ha señalado anteriormente tanto la población mexicana como la municipal son jóvenes. Gráfica 6.13 Personas que requieren cuidados especiales en las familias, por sexo del entrevistado/a (%) Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Dependiendo del estado civil, el mayor porcentaje de integrantes de las familias que requieren cuidados especiales (48.30%) se concentra en los casados/unidos, seguidos de solteros (15.09%) y divorciados (5.66%), lo cual reafirma lo antes dicho, sobre la interrelación que existe entre la estructura familiar, el estado civil de quien cuida y los cuidados requeridos. Estos datos coinciden con la Encuesta Laboral y de Corresponsabilidad Social 2012 (ELCOS 2012) a nivel nacional, donde se señala que el principal grupo receptor de cuidados es el de niños y niñas menores de 15 años (86.8%); con personas enfermas de manera temporal (16.5%) y con necesidades de cuidado continuo por limitaciones permanentes (discapacitados) (10.0%). Si se toma en cuenta el nivel de ingresos familiar (Cuadro 6.8), destaca que un porcentaje importante de quienes se ubican en las dos categorías de ingresos más bajos (en el umbral de pobreza), asumen las actividades de cuidado especiales, aun con la precariedad de su ingreso, lo cual, como ya se dijo, abona a la precarización generalizada de la vida, no sólo de quienes cuidan, sino también de quienes reciben los cuidados. 37 Para ver los porcentajes de población con limitaciones en las actividades a nivel municipal, ver cuadros 5.6 y 5.7. 0.00 5.00 10.00 15.00 20.00 25.00 30.00 Niños y niñas menores de 5 años Niños mayores de 5 años y adolescentes Enfermos crónicos Discapacitados 14.62 29.25 19.34 10.38 9.43 24.53 13.21 7.55 Mujeres Hombres
143 Gráfica 6.17 Cuidados que requieren los enfermos crónicos, por sexo del entrevistado/a Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Los cuidados requeridos por los enfermos crónicos son menores en porcentajes, seguramente porque hay menos integrantes de la familia en esta condición, sin embargo, requieren de mucho trabajo; incluso, tener un dependiente por enfermedad es una situación de las que mayormente satura las actividades de cuidado y pueden provocar efectos negativos en la salud, economía o relaciones sociales de las y los cuidadores (Achury et al., 2011; Rogero, 2010). En el caso de las personas adultas mayores, se identificaron en mayor porcentaje necesidades de cuidados como ayuda para vestirse, cuidados para la salud, servicios de la casa y atención y cariño. Gráfica 6.18 Cuidados que requieren las personas adultas mayores, por sexo del entrevistado/a Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. 0.00 1.00 2.00 3.00 4.00 5.00 6.00 7.00 Atención y cariño Ayuda en tareas escolares Ayuda para alimentarse Ayuda para moverse o desplazarse Ayuda para vestirse Ayuda todo el tiempo Cuidados para la salud Servicios en la casa como preparación de alimentos Solo vigilancia 1.42 1.42 0.47 0.47 6.13 3.77 4.25 1.89 1.89 1.89 1.89 1.89 Mujer Hombre 0.00 1.00 2.00 3.00 4.00 5.00 6.00 7.00 8.00 Atención y cariño Ayuda en tareas Ayuda para alimentarse Ayuda para moverse o desplazarse Ayuda para vestirse Ayuda todo el tiempo Cuidados para la salud Servicios en la casa como preparación de alimentos Solo vigilancia 5.66 0.47 0.94 1.42 3.77 4.25 5.19 5.19 0.94 3.77 1.89 7.55 1.89 5.66 5.66 3.77 Mujer Hombre
144 Por último, se identificaron las necesidades de otros integrantes-adultos de la familia, pues como ya se mencionó los cuidados los requerimos todos y todas en el día a día, los 365 días del año, 24/7. Para estos integrantes de la familia, las mayores necesidades consisten en ayuda para vestirse, servicios en la casa, ayuda para realizar ciertas tareas y atención y cariño. Gráfica 6.19 Cuidados que requieren otras personas adultas, por sexo del entrevistado/a Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. Es importante diferenciar estos cuidados, porque se trata de personas adultas, generalmente independientes y autosuficientes, que por el sólo hecho de ser humanos requieren de cuidados. Se trata de cuidados no tan especializados y demandantes como los de los niños/as pequeños o quienes tienen alguna discapacidad, sin embargo, son cuidados cotidianos y constantes que exigen tiempo, uno de los recursos más acotados y poco elásticos, sobre todo para las mujeres (Sosa y Román, 2015). Yo le pido a diosito que me dé licencia para ver a mis hijos, los discapacitados, porque los otros bien que mal ya hicieron su vida. Como dicen los profesores, los doctores, ¿a quién se los voy a dejar de herencia? A Rafa le dio la viruela, grande, hace como seis años, ¡no!, ¡pobrecito! Yo digo, ¡ahorita porque estoy! Yo creo que si no estuviera se hubiera muerto, porque le dio fatal, fatal. Él estaba desfigurado de la cara, todo, todo, era un niño, lo bañaba, lo cambiaba, no se soportaba él solito, tenía otro bebé. Pero si no estuviera yo, ¿quién cuida a mi hijo? (Catarina, 65 años, entrevista marzo 2020). Los datos coinciden con los obtenidos a través de la ENUT (2014), donde se señala que las actividades de cuidados que consumen el mayor tiempo son aquellas que se refieren a los cuidados especiales de miembros del hogar con una enfermedad o con alguna discapacidad y de las/los menores de cinco años. El tiempo promedio semanal acumulado que las mujeres 0.00 1.00 2.00 3.00 4.00 5.00 6.00 Atención y cariño Ayuda en tareas Ayuda para alimentarse Ayuda para moverse o desplazarse Ayuda para vestirse Ayuda todo el tiempo Cuidados para la salud Servicios en la casa como preparación de alimentos Solo vigilancia 1.42 1.42 2.36 1.42 3.77 1.42 1.89 3.77 1.42 3.77 3.77 1.89 5.66 1.89 1.89 3.77 Mujer Hombre
145 destinan a estos cuidados supera las 40 horas, en comparación con las 20 horas que les dedican los hombres, por lo que no sólo se trata de las actividades que se requieren, sino de los tiempos que implica atenderlas. Hasta aquí hemos revisado los cuidados que las/los integrantes de las familias necesitan. Como se observa, en todas las categorías resalta como una de las necesidades de mayor demanda la “atención y cariño”, una de las labores más difíciles de valorar y reconocer, pues no es tangible y puede significar cosas diferentes para cada persona. Sin embargo, queda claro que los cuidados afectivos son de mayor demanda y reconocidos como de suma importancia, lo cual coincide con lo planteado en las teorías de los cuidados (Batthyány, 2015; Carrasco, 2013; Martín, 2009, Carrasco, 2009b), donde se considera que el cuidado tiene como característica central una doble dimensión: la emocional y la relacional, así como la subjetividad y la afectividad, en la medida en que cuidar de otro implica –de manera inexorable– un vínculo emocional y afectivo. Las prácticas de convivencia y vínculos familiares que se requieren para el cuidado emocional en las circunstancias actuales, se han modificado por las condiciones sociales de nuestro país y de un mundo globalizado que nos confronta diariamente con problemas de violencia e inseguridad social, precariedad laboral y, más recientemente, la pandemia, lo que ha exigido replantearse los roles y afectos en las familias (Covarrubias, 2014). Debemos reconocer a la familia como un espacio donde se llevan a cabo diversas expresiones afectivas. Las emociones se entienden como construcciones socioculturales (Hochschild, 2007; Heller, 1999), por lo que el cuidado no puede descifrarse sin tomar en cuenta los componentes emocionales que están íntimamente asociados a las formas en que se expresan y proveen los cuidados (Enríquez, 2014). Aun cuando el objetivo de este trabajo no es hacer un análisis minucioso de las necesidades afectivas en las familias, debemos visibilizar su importancia en el sostenimiento de la vida y, por consiguiente, como parte de las responsabilidades de cuidados, lo cual es una demanda de todos/as los/las integrantes de las familias analizadas (discapacitados/as, menores de cinco años, adolescentes, adultos mayores e incluso los adultos que parecen ser independientes). Además, como lo explica Giddens (1999), los cambios en las relaciones familiares, en la vida privada, han sido de los más importantes en la actualidad; éstos también cambian nuestra vida afectiva y transforman la esfera personal afectiva. No debemos olvidar que, tal como lo señalaron desde el feminismo de la segunda ola, “lo personal es político” (Lamas, 2018), por lo que las emociones y afectos deberían ser dimensiones a considerar en las propuestas de políticas y de los derechos que mujeres y hombres tienen a los cuidados. Asimismo, se debe considerar que las dificultades emocionales se potencializaron con la pandemia, pues el confinamiento ha implicado desequilibrio emocional, ansiedad, miedo, incertidumbre, depresión, tensión, duelos y otras alteraciones que han cambiado las relaciones afectivas en las familias (Galea et al., 2020; Bartol y Ramos, 2020 y Zang et al., 2020). Incluso la OMS ha advertido que el confinamiento puede tener un impacto emocional a largo plazo, por la pérdida o reducción de la interacción social con familia y amigos, y la limitación del contacto físico con las demás personas que nos rodean (Landeros, 2020).
146 Algunas de las entrevistas expresan la forma en que las mujeres apoyan emocionalmente a los y las integrantes de sus familias: Después de la muerte de su abuela se deprimió mucho, no quería saber de nada. Ella convivía mucho con los niños, los vecinos, y jugaba con su triciclo, con sus muñecas; iba al parque con los niños, y después ya no quiso hablar, ya no quiso saber de nada, ya no se quiso levantar. Yo ya nada más le lloraba, porque no sabía ni qué hacer. Nos mandaron al psicólogo, pero el psicólogo no me gustó mucho porque sólo le preguntaba: A ver Marisol, ¿qué tienes?, ¿a ver Marisol qué te pasa? Y yo me desesperaba. Le hice de todo, hasta de brujería, porque no quería ni comer, no se quería ni bañar. La teníamos que bañar entre los cuatro; hasta que dije ¡mejor ya no!, porque la vamos a lastimar, mejor que no se bañe. Hasta que llegó una persona que es espiritista y le platicamos –a ver Marisol, ven para acá–, y no sé qué le dijo, y lo que le dijo o no le dijo, solita se levantó y se fue a comer y se fue a bañar, y de ahí ya no la freno de comer. Pero sí me ha costado mucho porque no quería ir a la escuela (Carmen, 58 años, entrevista marzo 2020). Las emociones que intervienen en los cuidados pueden depender de factores internos o externos. El caso de la pandemia, en tanto experiencia externa, genera sentimientos que se han contenido desde la familia, no obstante, el papel de cuidador/a o cuidado/a también implica diferentes emociones. Por ejemplo, Enríquez (2014) señala que desde quien cuida, principalmente mujeres (parejas, hijas, nietas, nueras), la desesperación, el cansancio, el miedo, el enfado, la flojera, la impotencia y la inacabable demanda de “estar al pendiente del otro”, son sentimientos recurrentes (lo cual se analizará más adelante con mayor detalle). Otras emociones las experimentan quienes ejercen los cuidados. Sólo yo y mi mamá nos apoyamos. Nosotras nos hacemos bolas con todo. Mi mamá cuando se enferma la llevo al doctor para que se tome su medicamento; le tengo que decir que me hagan el favor unas vecinas para que la inyecten, pero se les paga. Yo cuando me enfermo, yo me cuido sola, porque nadie me cuida; también voy al Seguro Popular (Gloria, 27 años, entrevista marzo 2020). Me siento cansada, ¡pero son mis hijos y es lo que tengo que hacer como mamá!, es lo que me corresponde hacer. Aunque me sienta cansada y fastidiada de hacer lo mismo diario, yo luego digo por algo pasan las cosas y, ni modo, así me tocó (Diana, 25 años, entrevista marzo 2020). Hasta que el cuerpo aguante. Porque hay que estar al frente de ella, bueno, principalmente es ella, pero le digo, aparte de eso, pues están nuestros otros hijos, y siempre los hijos necesitan el apoyo de los padres, aunque ya estén separados. Porque ya ve que nunca está de sobra un consejo. Le digo a mis hijos, pues mientras estemos con vida y estemos bien, pues vamos a estar aquí, ya cuando no estemos, decía mi marido – ya cuando nos jalemos una oreja y la otra, no nos la vamos a alcanzar para pedir un consejo con nuestros padres–. A veces hasta caemos gordos, de que luego se les dice: – Eso está mal y ellos, no. Pero ya cuando pasa el tiempo, ahí están: –¡Ay ma’, tenías razón!, –se les dice […] pero no quieren hacer caso, pero al fin de cuentas todos vamos a estar en ese camino y vamos a estar viejos (María, 59 años, entrevista marzo 2020).
147 Habría que discurrir sobre lo que sucede con las emociones de las mujeres, para quienes, por una parte, el mandato cultural que les confiere los cuidados puede afectar su estado emocional y su equilibrio de la vida cotidiana, así como discriminación laboral; y, por otra parte, también les produce inmensa satisfacción psíquica. Hablamos de una ambivalencia, pues el trabajo de cuidados les genera, simultáneamente, gratificación y pérdida de autonomía (Lamas, 2016). Esto se debe, en parte, a la persistencia de un modelo de sociedad androcéntrico y patriarcal, donde el cuidado aún se vincula a la naturaleza femenina y se considera el deber principal de la mujer (primero madre y esposa, y luego ciudadana, trabajadora remunerada, mujer pública), el hombre trabaja y la mujer cuida la casa (Montaño, 2010), lo cual implica que aun si ambos cónyuges tienen actividad en el mercado de trabajo, la mujer es responsable –en mayor medida– de las tareas domésticas, del ámbito privado o reproductivo y de los cuidados (Sosa y Román, 2015). Esta división sexual del trabajo también se constata con los datos de la ELCOS (2012): cerca de tres cuartas partes de las personas que proporcionan cuidados al interior de los hogares son mujeres, sobre todo en el cuidado de niñas y niños menores de cinco años, reflejo del rol asignado al cuidado y crianza de las hijas e hijos. La menor diferencia por sexo se observa entre quienes cuidan de personas enfermas/os temporales, quizá por tratarse de una necesidad eventual, a diferencia de las otras categorías que implican una participación permanente. Un elemento a destacar es que, en México, el modelo de familia extendida es aún muy frecuente, lo cual explica que en una misma familia haya varios integrantes con diferentes necesidades que deben ser atendidas,39 situación que implica un elevado compromiso de cuidados y, por tanto, una enorme carga y sobreposición de actividades y tiempos, especialmente cuando se concentran en una sola persona (casi siempre una mujer). Aunado al trabajo que realizan en sus familias nucleares, aunque en menor medida, también participan de los cuidados de otros familiares. Y, de nuevo, quienes dijeron colaborar mayoritariamente son las mujeres, sobre todo cuidando de sus padres, nietos y sobrinos. Llama la atención que algunas mujeres señalan que incluso cuidan a sus hijos mayores, lo cual no sucede en el caso de los hombres. 39 Según el INEGI (2020, https://cuentame.inegi.org.mx/poblacion/hogares), en México, de cada 100 hogares familiares: 71 son nucleares, formados por el papá, la mamá y los hijos o sólo la mamá o el papá con hijos; una pareja que vive en el mismo hogar y no tiene hijos también constituye un hogar nuclear; 28 son ampliados y están formados por un hogar nuclear más otros parientes (tías(os), primas(os), hermanas(os), etcétera); y uno es compuesto, constituido por un hogar nuclear o ampliado, y al menos una persona sin parentesco con la jefa o el jefe del hogar.
148 Gráfica 6.20 Además de los cuidados de los integrantes de su familia nuclear, ¿participa en el cuidado de otros familiares? Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. A pesar de que sólo se preguntó a quién se cuida y no qué cuidados realiza, investigaciones como la ELCOS (2012) apuntan que las mujeres de 14 a 70 años que proporcionan apoyo gratuito lo hacen, principalmente, en el cuidado de niñas o niños menores de 15 años (54.71%), realizando quehaceres domésticos (42.26%) y en los cuidados de personas enfermas o con limitaciones permanentes (33.41%).40 Los testimonios de las entrevistadas ejemplifican el cuidado que las mujeres también realizan con otros integrantes de su familia que no son dependientes directos: Es que, de hecho, nosotros hemos apoyado a todos los hijos. Mire, mi hijo mayor tiene su niña, pero desde como los nueve meses nos hicimos cargo de cuidarla. Entonces, la hija que está en Oaxaca y mi marido no quedaban de acuerdo que yo les echara la mano, porque haga de cuenta que no le podía pasar nada a la nieta o verla que tenía un moretón, porque eran problemas con la nuera. Entonces, me decía mi marido: –Ya dile que se haga responsable, pero no se hacía responsable. Ahorita dejó de trabajar, pues ya anda buscando trabajo para irse a trabajar. Entonces, le digo, cuándo va a atender a la nieta, ahorita tiene 12 años. Entonces, cuando se vuelva rebelde o ya se salga del huacal, ya no van a poder controlar a la niña. Porque, de hecho, cuando vivían allá en la casa, ella me hacía preguntas, preguntas de cosas y yo le decía: –¡Ay mamita!, pues eso a mí no me corresponde. Pero, ¿qué hacía? (María Félix, 59 años, entrevista marzo 2020). Cuido de mis sobrinos, porque mi hermana los abandonó con mi mamá. Mi mamá tiene 59 años y ella se encarga de dos y yo dos. Mis sobrinos, uno tiene 11 años, va a salir de sexto, y el otro tiene cinco, pasa a tercero de kínder; y el otro tiene seis años, y mi hijo. Ahorita, porque está mi mamá, pero si no, todo se me va a quedar a 40 La suma puede ser mayor al total porque una mujer pudo haber realizado más de un tipo de apoyo gratuito. 70.75 3.30 3.77 12.26 2.36 1.42 2.83 3.30 81.13 1.89 3.77 5.66 1.89 1.89 3.77 0.00 20.00 40.00 60.00 80.00 100.00 No cuido a nadie más Cuido a mis nietos Cuido a mis sobrinos Cuido a mis papás Cuido a mis suegros Cuido a mi esposo o esposa Cuido a mis hijos mayores Cuido a otras personas Hombres Mujeres
149 mí, y con cuatro hombres, sí me está costando trabajo. Es un caos total, pero con el paso del tiempo ya no van a ser niños, sino unos jóvenes que, ¡quién sabe, se ven muchas cosas!, que si se vuelven delincuentes. Yo siempre les digo que no se vayan a volver delincuentes (Gloria, 27 años, entrevista marzo 2020). Mi hijo tiene 37 años, pero desgraciadamente cada vez ve menos. Ya le hicieron varios estudios y todo coincide. Entre más tiempo, va perdiendo la vista. Él cambia lentes cada medio año, hay que estar cambiando porque ya no ve; y eso también es problema, y para mí más, porque mi hijo –afortunadamente–, él no se da por vencido, mi hijo es bailarín, es parrandero, hasta toma, de todo tiene. Entonces, luego mis otros hijos dicen: –Ay, es que Rafa no guarda un dinero. Les digo, si hijo, hasta yo soy alcahueta, porque le digo, que disfrute ahorita que puede, porque ustedes saben que va a llegar un momento en que él ya no va a ver, pues siquiera ahorita que lo disfrute, ¿no? Y él, su problema, es que no es operación, él no tiene campo visual. Si usted está acá, no lo ve, tiene que dárselo de frente. Los otros hijos hacen cada quien su vida, ¡mi marido muy distraído, a él no le interesa que estén o no estén! Pero cuando salen de fiesta, yo –¡Ay, no llegan! Mi hijo Gaby era de los que tomaban mucho y se quedaban dormidos y no llegaban, y yo tenía que ir a buscar a mis hijos. Eran 2-3 de la mañana y tenía que irlos a buscar. Afortunadamente, no fue peleonero, pero se dormía, a donde se emborrachaba se dormía, entonces había que estar al pendiente de los amigos de ellos o con sus familiares, para preguntarles si estaba allá mi hijo, o salirme a las 2-3- de la mañana a buscarlos. Cuando su padre, el día que estaba: –¿Y qué quieres que haga?, –¡Vamos a buscarlos!, –Ya vendrán–. Yo me salía, jamás me siguió para decir, pues dónde vas a las 2-3 de la mañana. Todo eso sí se me ha quedado muy acá adentro [llora] y todo mundo dice: –Tu marido bien buena gente–. ¡Ajá! (Catarina, 65 años, entrevista marzo 2020). El análisis de los datos recogidos tanto en el cuestionario como en las entrevistas a profundidad nos permiten afirmar que los trabajos identificados como requeridos en las familias son muchos, desde los que implican trabajo físico –limpieza, preparación de alimentos y mantenimiento del hogar, entre otros– hasta atención a las personas –ayuda en su limpieza, baño, cambiar pañales, para vestirse, etcétera–, pasando por otros menos tangibles pero igual de importantes, como la contención emocional y la procuración y preocupación del bienestar de los integrantes de la familia, la gestión de los cuidados y de la vida, aun cuando sean personas mayores de edad. Así mismo, hemos comprobado cómo los cuidados identificados en los integrantes de las familias de los y las entrevistadas difieren según la edad y el sexo, la situación de dependencia y la discapacidad. Reflexionar sobre la cotidianeidad puede sorprendernos al mostrar cuánto del tiempo y energía están dedicados al cuidado; por ello resulta paradójico que una práctica tan necesaria y cotidiana sea con tanta frecuencia invisibilizada en nuestras reflexiones teóricas y políticas (Figueroa y Flores, 2012). Es evidente que las mujeres siguen siendo las encargadas tanto del trabajo doméstico como de los cuidados de los diferentes integrantes de las familias, en donde cada uno requiere de cuidados específicos; pero si consideramos que muchas de ellas también tienen un trabajo remunerado, que les ocupa tiempo y energía, entonces podemos vislumbrar la complejidad de la vida cotidiana de estas mujeres, sobre todo porque, como señala Rojas (2010:44), “en el caso de las mujeres asalariadas la estrategia es el alargamiento de su jornada cotidiana en detrimento
150 de sus horas de descanso, de sueño y de esparcimiento. Aun los sábados y los domingos son días de trabajo que se dedican a la ‘limpieza profunda’ en la casa”; incluso, no debe extrañar que una mayoría de mujeres “elija” cuidar a sus familiares por encima de otras opciones. Y aunque las mujeres crean que dicha elección es una decisión “libre”, los mandatos de género inscritos en su subjetividad la favorecen y/o determinan (Lamas, 2016). Cabe señalar que es a partir del análisis del hogar que puede saberse si la persona que cuida está en situación de desventaja frente a otros miembros del hogar en diferentes aspectos de la vida cotidiana, por ejemplo, en lo relativo a la dependencia económica, lo cual podría explicar el que “le toque cuidar”. 6.3.3.2 Cuidados realizados por hombres y mujeres Para completar esta discusión, se mostrará la distribución de las tareas que llevan a cabo hombres y mujeres. Ya vimos quiénes requieren de mayores cuidados en las familias y cuáles actividades son más demandadas; ahora nos enfocaremos en quiénes las realizan, y para ello desagregaremos los datos por sexo, estado civil e ingreso. Se preguntó cuáles son las actividades de cuidado y domésticas que ellos/as realizan con sus familias. Para su análisis, dividimos el trabajo de cuidados que efectúan hombres y mujeres en: 1) actividades domésticas, 2) apoyo en actividades y gestiones con hijos e hijas, 3) actividades que se requieren para el cuidado de la salud y 4) cuidados emocionales. Gráfica 6.21 Actividades de cuidado y domésticas que los y las entrevistadas realizan con su familia, por sexo Fuente: Elaboración propia con datos de la Encuesta Online, 2020. 91.04 84.91 92.45 75.94 91.51 61.79 54.25 63.68 75.00 54.25 81.13 79.72 54.72 54.72 64.15 66.04 75.47 28.30 37.74 35.85 47.17 47.17 60.38 54.72 0.00 10.00 20.00 30.00 40.00 50.00 60.00 70.00 80.00 90.00 100.00 Preparación de alimentos Lavar y planchar la ropa Limpieza del hogar Limpieza en el exterior (jardín, calle, limpiar… Hacer la despensa o compras del mercado Llevar a los hijos e hijas a la escuela Ayudar a los niños y niñas con sus tareas Asistir a reuniones o eventos escolares Llevar a sus hijos e hijas a servicios médicos Atención médica en casa Cuidados de la salud físicaalimentación Cuidados emocionales en casa Hombre Mujer
151 Como se observa en la Gráfica 6.21, las mujeres participan más que los hombres en todas las actividades, y las de mayor demanda son las relacionadas con los trabajos domésticos –como preparar la comida, lavar y planchar la ropa, limpiar la casa o hacer la despensa–, seguidas de cuidados para la salud física y emocional. Las diferencias en la frecuencia de las actividades son amplias, pues en más de la mitad de las actividades reportadas, las mujeres alcanzaron más de 25 puntos porcentuales por arriba de lo reportado por los varones. Los testimonios de las entrevistadas ejemplifican lo que implica proporcionar los cuidados: Pues me levanto, la llevo a la escuela, regreso a casa. Empiezo a hacer lo que pueda del quehacer, regreso por ella, regreso a casa; la comida, termino lo que me falta, comemos. Posteriormente empiezo a arreglarle su uniforme o lo que le pidan para el otro día en la escuela; pasarla a bañar. Porque como yo trabajo, en el día tengo que hacer quehacer, comida, atenderla a ella, pues trabajo en la noche. En la noche su papá se hace cargo de ellos, de cuidarlos, bueno, se podría decir, pues ella se queda dormida. Yo regreso a las 7 de la mañana de trabajar. Trabajo de 7:00 pm a 7:00 am, pero como mi trabajo no está muy lejos de la casa, por mucho llego 7:10 de la mañana a casa y ya llego y la paro, la cambio y vámonos a la escuela […] El cuidado con mi otro hijo y esposo es un poco más relajado. Por decir, de lunes a jueves que trabajo, llego y, ¿saben qué?, nada más les caliento y ya sírvanse, mientras voy a dormir. Y si ellos no salen a trabajar, entonces en lo que yo descanso el niño ya hizo su cuarto y mi esposo ya lavó los trastes o medio limpió la cocina. Pero cuando se van a trabajar nada más es de que pasan a desayunar y se van a trabajar, y ya tengo que hacer todo yo sola (Verónica, 37 años, entrevista marzo 2020). Yo normalmente me paro a las seis de la mañana o veinte para las seis. Mi rutina es arreglarme yo primero, voy a lavarme la cara y todo; de ahí me voy a la cocina para preparar lunch, el desayuno de los dos. Aunque la realidad es que el chiquito [hijo] casi no desayuna, pero el grande pasa a desayunar bien; y si mi esposo se va a ir temprano, si ese día se va a ir a trabajar lejos, le tengo que preparar también a él lunch. Ya que acabé de preparar lunch, llamo a los niños a desayunar. Paso a la salita a planchar ropa, boleo los zapatos si es que no lo hice un día antes, porque procuro ser organizada, pero a veces no me da tiempo y ya termino cansada. Entonces, boleo los zapatos, plancho los uniformes y, ya que acabaron, el grande ya sabe –tómate tu medicamento, guarda tu lunch–, aunque a veces se le olvida porque es muy distraído, por el mismo déficit de atención, entonces necesita indicaciones. Entonces lávate los dientes y las manos y vente a poner el uniforme. Y posteriormente, si ya acabó el chiquito, a él yo lo cambio. Entonces ya mi esposo ya se para y se arregla. Si está en sus posibilidades el irnos a dejar a la escuela, nos pasa a dejar; a mí me pasa a dejar primero y pasa a dejar al más grande allá abajo. Si no nos trae, paso a dejar primero al grande, dejo al chiquito y si me tengo que quedar a algo en la escuela, me quedo y, si no, pues ya me retiro. Y eso es ahora, porque cuando entró mi hijo a la escuela me tenía que quedar, porque tenía que trabajar lo del pañal, porque en su pobre casa ya manejaba lo de los esfínteres, pero obviamente al llegar a un ambiente diferente la situación cambia. Entonces yo le dije a la directora que no quería que retrocediera, pero era más complicado; porque si en su pobre casa, es pequeña, se desplazaba al baño y todo. Afortunadamente el primer año le tocó cerca del baño, entonces nada más era cuestión de salir al baño –y Lalo vamos al baño–, nada más era para que se hiciera esa rutina, porque él es mucho de rutinas. Pero eso implicó que estuviera en la escuela todo el día (Jazmín, 33 años, entrevista marzo 2020).
152 Debemos tener presente que es en el uso del tiempo donde se notan más las diferencias entre las actividades que realizan mujeres y hombres; y aunque en la información recabada para esta investigación no preguntamos sobre el tiempo, sí podemos estimar el tiempo que invierten considerando los datos de la ENUT (2019) y los testimonios, en donde las voces de las mujeres expresan todas las actividades en las cuales ocupan su tiempo. Cuadro 6.10 Población de 12 años y más que realiza trabajo de cuidado no remunerado para integrantes de su hogar, tasa de participación y horas semanales TOTAL MUJERES HOMBRES Tasa de participación Promedio de horas semanales Tasa de participación Promedio de horas semanales Tasa de participación Promedio de horas semanales Cuidados especiales a integrantes del hogar por enfermedad crónica, temporal o discapacidad 10.5 9.6 11.2 11.6 9.6 6.5 Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 5 años 39.7 11.5 43.7 14.8 34.3 6.1 Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 14 años 57.0 5.0 63.0 6.0 49.2 3.4 Cuidado a integrantes del hogar de 15 a 59 años 29.7 2.3 23.0 2.3 38.7 2.3 Cuidado a integrantes del hogar de 60 años y más 5.7 2.4 4.8 2.5 6.9 2.4 Fuente: INEGI, Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT, 2019). Como se observa en el Cuadro 6.10 –y también se había comentado en el 6.1.3–, además de que las mujeres participan en un mayor número de actividades para el cuidado y trabajo doméstico de los hogares, el tiempo que invierten en ellas supera en más del doble el ocupado por los hombres. Ya se dijo líneas arriba que una variable a considerar en la participación de los trabajos domésticos y de cuidado es el estado civil, cuestión que ha sido señalada por diversos estudios entre los que destacan los de Pedrero (2010). Las encuestas nacionales muestran que, las mujeres casadas o en unión libre son quienes dedican más tiempo al trabajo doméstico con relación a las mujeres en otra situación conyugal: las casadas 51:35 horas semanales en promedio, las mujeres en unión libre 52:19 horas, las separadas 39:38, las divorciadas 37:05, las viudas 32:02 y las solteras 20:43 horas. Los hombres separados o divorciados y los viudos son los que destinan un mayor número de horas a las actividades domésticas: los separados 15:56 horas semanales en promedio, los divorciados 15:38, los viudos 14:59, los casados 12:47, los que viven en unión libre 13:07 y los solteros 9:28 horas a la semana en promedio. De nuevo, los resultados de la Encuesta Online son coherentes con los de la ENUT: entre 50% y 60% de las mujeres entrevistadas que son casadas o en unión libre realizan actividades domésticas, entre 59% y 42% llevan a cabo apoyos o gestiones para sus hijos e hijas; entre 50% y 37% realizan cuidados para la salud física y 55.19% destinan tiempo a los cuidados emocionales (Cuadro 6.11). En el caso de los hombres con el mismo estado civil, “hacer la despensa o compras del mercado” es la actividad en que más participan (43.40%); y la