Discurso leído en la Universidad de Santiago en la solemne inauguración del curso académico de 1871 a 1872 / por José Fernández Sánchez
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DISCURSO LEIDO EN LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO, jerv x - zk . SOLEMNE INAUGURACION DEL CURSO ACADÉMICO DE 1871 A 1872, POR EL DOCTOR D. JOSÉ FERNANDEZ SANCHEZ, CATEDRÁTICO DE HISTORIA. nXebo Á*) <\d ^\í(i\iw<NbAÁoÁ). SANTIAGO: ESTABLECÍMIKXTO TIPOGRÁFICO DE JOSÉ M. PAREDES, ■ Virgen di: l.i Cerca níun. 12. ««-yx. se UNIVERSIDADF DE SANTIAÍ^ u
Simo. Señor: S ig u ien d o las tradiciones universitarias en solemnidades como la presente, voy á diser tar brevísimos momentos sobre un puntó de Historia, cuya cátedra tengo á mi cargo en esta renombrada Escuela. Al recorrer el cam po vastísimo de tan útiles cuanto amenos es tudios, han llamado mi atención, entre otros hechos de no menos interés y trascendencia, las Cruzadas, sobre cuyas catisas, vicisitudes y consecuencias emitiré algunas consideracio nes, contando con la indulgencia del ilustrado UN1VERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTEl
— 6 — concurso que me escucha, ya que solo el cum plimiento de un estricto deber me hace subir á tan elevado sitio, y por circunstancias es peciales apenas he tenido tiempo de escribir este pobre discurso. I. Señalan las Cruzadas una de las fases mas gloriosas de la terrible lucha largo tiempo empeñada entre los adoradores de la Cruz y los sectarios de la media luna. Saliendo de los desiertos de la Arabia, los sucesores del Profeta habían llevado su dominación y fiero despotismo á la Siria, Palestina, Persia y Asia Menor; al Egipto y al Africa Septentrional; á España é Italia; acampando á las puertas mis mas de Constantinopla. Los pueblos cristia nos de esas diferentes regiones habían sido inundados de sangre, vertida por la cimitarra agarena, que habría sometido á su imperio el mundo todo, á no haberse levantado el Occidente como un solo hombre en defensa de su religión y de su independencia. Por u se UN1VERS1DADE DE SANTIA' O DE COMPORTELA
fortuna la Europa estaba prevenida para este empuje salvador. El imperio casi se Rabia declarado vencido en su prolongada contien da con el Pontificado, en el cual veian los pueblos un centro, un foco de luz vivísima, el único resorte "que podría conducirlos á em presas gloriosísimas y que salvasen, avivando el sentimiento religioso, la cristiandad ame nazada. Además habíase dado tregua á las ri validades de familias, pueblos y naciones; y la nobleza feudal buscaba teatro mas gran dioso donde satisfacer su sed de gloria. La guerra, pues, debía estallar terrible entre dos solos contendientes, la familia mu sulmana, que arrogante soñaba en la domina ción del mundo, y el pueblo cristiano, que amenazado en su independencia religiosa, po lítica y civil, uníase estrechamente para de fender los países no sometidos todavía, para vengar á sus hermanos oprimidos, y para re conquistar las comarcas que estaban en po der de los infieles. Por otra parte, en una época como la Edad Media de ardentísima fé, la - cristiandad UN1VERS1DADE DE SANTIAGO DE CÓMPOSTEL
— 8 — no podía sufrir que el Sepulcro de Cristo fuese profanado por los sectarios de Mahoma. Al lado de esta consideración ¿qué va lían los trabajos, los insultos, las vejaciones y la muerte misma que en los lugares de nuestra redención encontraban tantos líeles generosos, que, cual ejércitos ordenados, emprendian diariamente el camino de Jerusalen, sin otras armas que el bordon y la es clavina? Y sin embargo era menester también dar garantías de seguridad, de libertad y de respeto á los nobles y esforzados adalides que partían; y de tranquilidad á los que me nos animosos y no tan felices, después de la despedida, quedaban pidiendo al Cielo pro tegiese la santa peregrinación. ¡Qué espectáculo tan tierno el de aquel adios! Con dificultad podremos comprender le nosotros, que vivimos en una época de menor exaltación religiosa, y en que los me dios de comunicación se han multiplicado tanto y son tan fáciles y rápidos, y afortuna damente, aunque todavía ¡ay! la tumba ele Jesús está en poder de los infieles, no aguarUNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
— 9 — dan allí al piadoso romero las vejaciones de otros tiempos. Durante la misa mayor, á que asistía todo el pueblo, el párroco entregaba al peregrino elbordony la esclavina, dándo le al propio tiempo la bendición, que repetía una muchedumbre, anegada en lágrimas de ternura. Los parientes y amigos le acompa ñaban largo trecho, y al despedirse en fin entre abrazos y sollozos, repetíanle una y mil veces sus piadosos deseos de buen viaje, y pedían á Dios le diese sus ángeles por guias. Su único pasaporte era una carta del Obis po, que bastaba para que obispos, sacerdo tes y simples fíeles se apresurasen á darle caritativa hospitalidad. Nadie, ni aun los ma yores facinerosos, se atrevía á molestar* al piadoso romero, y los buques de Marsella le trasportaban gratuitamente á uno de los í* puertos de Tierra Santa, si no prefería para sufrir mas por Aquel que dió su vida por los hombres, seguir el camino de Hungría, Transilvania, Constantinopla, y pasando el Bosfo ro llegar á Palestina, después de haber atra vesado los interminables desiertos, y vadeado se UN1VERSIDADE DE SANTIAGO
— 16 — ejército de guerreros de todos los pueblos de Europa, sobre los que descollaba el piadoso, el casto, el noble, el intrépido Godofredo de Bullón, duque de Lorena. Llegado á Constantinopla, Alejo Comneno tiembla ante los 600,000 cruzados. Su política pérfida é insidiosa no aminora, sin embargo, el ardor de los denodados guerreros, que pasando el Bosforo, sufren hambre, miseria, enfermeda des, fríos, calores; rechazan todas las acome tidas, y no decaen por las sorpresas. La ba talla de Dorilea les abre los desfiladeros del Tauro, desde donde penetran en la Siria. Edesa y Antioquía caen sucesivamente en po der de los soldados de la Cruz, que el 7 de Junio de 1099 al amanecer se estremecían de entusiasmo, é hincaban la rodilla en tier ra á la vista de Jerusalen. «Reyes y profetas de los antiguos tiempos, diremos aquí con un inspirado publicista católico, salid de vuestros sepulcros para recibir á los Salva dores, venidos de las remotas playas del oca so! David, pulsa tu arpa para repetir que el Señor prefiere las puertas de Sion á todas se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DL COMPOSTELA
-17 — las tiendas de Judá; y tú, Hijo de Amos, anuncia á Jerusalen, que es llegada la hora en que va á salir del polvo, y á quebrantar las cadenas de su cuello.» Cuarenta dias des pués, la ciudad santa caía en poder de los heroicos guerreros, á la hora misma en que el Salvador del mundo había dado su vida en el precioso madero por la redención del gé nero humano. No podemos aprobar los excesos de cruel dad á que se entregaron los cruzados en los primeros momentos del triunfo; pero obsér vese que de 600,000 que eran al entrar en Constantinopla, solo 20,000, en estado de to mar las armas, se presentaron delante de Jerusalen, y aun esos extenuados por la fa tiga y las inclemencias de un sol canicular en el ardoroso suelo de la Palestina. Los de más habían sucumbido por los rigores del clima también, y mas aún por la pérfida ale vosía de los griegos, ya en inteligencias con los musulmanes. Si á esto se añade la resis tencia desesperada de los sitiados, y las crueldades de que venían siendo víctimas los UN1VERSIDADE DE SANTIAGO se
— 18 — cristianos de la ciudad, redobladas durante la heroica campana, ¿no merecerá la conduc ta de los cruzados un átomo siquiera de in dulgencia? La fundación de un reino feudal en la Pa lestina, cuya capital era Jerusalen, con todas las instituciones políticas y sociales que eran su consecuencia; el establecimiento de un Pa triarcado latino, con la gerarquía eclesiástica correspondiente; y la creación de las órdenes militares, que luego adquirieron tanto desar rollo, y tan señalados servicios prestaron á la causa de la religión y de la humanidad, tales fueron los resultados inmediatos de es ta primera cruzada. Podemos considerar al duque de Lorena como el primer rey, por mas que su humil dad, contentándose con el título de Barón del Santo Sepulcro, no haya consentido ce ñir la corona de oro allí donde la había lle vado de espinas el Salvador de los hombres. Pero ni la virtud y valor probados de Godofredo de Bullón, que pasó por el trono como sombra, ni el heroísmo y actividad de su
— 19 — hermano Balduino, que le sucedió, pudieron consolidar el nuevo reino, que antes de tras currido medio siglo hicieron conmover en sus mismos cimientos los triunfos de Noradino. La Europa tembló también al anuncio de la caída de Edesa en poder del afortunado guerrero; y San Bernardo recorrió los pue blos de Francia y Alemania predicando una segunda cruzada, cuyos jefes fueron el rey Luis VII y el emperador Conrado III. La perfidia de Manuel Comneno, los celos y ri validad de los dos monarcas, de los señores y del ejército, no menos que el hambre, la sed, los rigores del clima y hasta la intempe rancia y relajación que se desarrolló en el campo cristiano, fueron causa de que fraca sara por completo la obra del elocuente abad de Claraval; pues mientras regresaban á Eu ropa con sus huestes Conrado y Luis, Noradino llevaba el espanto por toda la Palestina, y San Juan de Acre caía en poder de su su cesor Saladillo, quien derrotaba y hacia pri sionero á Guido de Lusiñan en la terrible batalla de Tiberiades, y se apoderaba otra DE COMPOSTEL^ se
^20 — vez en el mismo año de la Ciudad Santa (1187). No por eso se entibia el fervor de la cris tiandad. A la consternación que se apodera de todos los ánimos, al anuncio de las tristes nuevas, sucede un generoso arranque, mas entusiasta y universal, si cabe, que los ante riores. Los jefes de esta tercera cruzada, que predicó Guillermo, Arzobispo de Tiro, fueron Federico Barbaroja, emperador de Alemania, Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León, reyes de Francia y de Inglaterra respectiva mente. Los preparativos eran inmensos, los ejércitos numerosísimos y brillantes, la con fianza de la Europa en el éxito de la empre sa, absoluta. La Tierra Santa va definitiva mente á dejar de ser esclava; los fieles de Jerusalen respirarán libremente, y la cristian dad entera podrá satisfacer sus vivas ansias de visitar sin peligros, ni vejaciones, el sepul cro de Cristo. Pero, ah! también esta cruza da abortó, y de aquí el desaliento, la frialdad y hasta la indiferencia, que empieza á apo derarse de la Europa en la prosecución de las gloriosas empresas. Federico Barbaroja se UN1VERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
— 21 — muere, bañándose en las aguas de Cydno. La mayor parte de su ejército sucumbe también. Los reyes de Inglaterra y Francia embárcanse juntos en Marsella; pero bien pronto los celos de mando, y una funesta rivalidad los separa, esterilizando los efectos de tan acertada unión. Por desgracia no reinaba mejor armonía entre los cristianos de Pales tina, donde dos pretendientes se disputaban el vano título de rey de Jerusalen. Felipe Augusto regresó bien pronto á sus Estados, y Ricardo Corazón de León, á pesar de sus prodigios de heroísmo, no pudo rescatar la Ciudad Santa, que ni siquiera se atrevió á mirar cuando en una de sus correrlas llegó hasta las alturas de Emmaus, exclamando con voz ahogada por los suspiros: no me rece verla el que no fue capaz ele conquis tarla. Sin embargo todavía la Europa intentó con tener los triunfos de Malck-Adel, que prosi guiéndola obra de su hermano Saladino, ame nazaba poner término al imperio cristiano de Oriente, é invadir el Occidente. Pero si el lin se UN1VERS1DADE DE SANTIAGO
— 22 — de aquellas gloriosas expediciones seguía siendo el mismo; y la Iglesia y los Papas y el pueblo le proseguían con entusiasmo y no ble ardimiento; para muchos señores, condes y barones iban degenerando de su carácter primitivo. La vanidad, el espíritu caballeresco y la sed de gloria, fueron los principales mó viles de la tercera cruzada. La ambición, la codicia y otras pasiones mas ruines aun em pañarán el brillo de las restantes; y empe queñecerán y quizá esterilizarán sus resulta dos. ¿Qué importa que de vez en cuando apa rezcan héroes como Juan de Briena y San Luis, si las divisiones y espíritu egoísta y mercantil, que se desarrollan en el campo cristiano estorbarán el triunfo de la nobilísi ma causa; y la despreocupación y hasta im piedad de un Federico II la harán mas daño que las armas mismas de los infieles? Por esta razón era fácil prever ya que el fin principal que la cristiandad se había pro puesto al llevar á cabo esas grandes, civili zadoras y gloriosísimas empresas, desgracia damente no había de verse cumplido. Así fué
— 23 — como ni la cuarta cruzada tuvo otro resulta do inmediato que el destronamiento de los Colímenos y la fundación del imperio latino en Constantinopla; ni la quinta pasó de un conato, aunque fué lo bastante para trasmi tir á la posteridad cubierto de gloria el nom bre del esforzado Juan de Briena; ni la sex ta sirvió para otra cosa que para escandalizar á la cristiandad las torpes condescendencias de Federico II con los infieles; ni las dos úl timas sino para realzar la caridad y abnega ción del santo, del mártir Luis IX, digno hi jo de D. a Blanca de Castilla. Todavía, sin embargo, los Sumos Pontífi ces recordaban frecuentemente á los pueblos el empeño sagrado, que la Europa cristiana había contraído, de arrancar á los infieles un pais, que el honor no consentía tuviese otros dueños que los discípulos de Jesús; pero su voz se perdía casi siempre en medio del fra gor de los combates y de las luchas intesti nas; que parecía llevaban á un abismo á nuestro continente en los siglos XIV y XVy su celo, que crecía á medida que las difise UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOS 1 LLA
— 24 — cultades de la empresa eran mayores, estre llábase contra la glacial indiferencia que se iba apoderando de la cristiandad. Nicolao V, cuyo corazón traspasa de pena la noticia de la caída de Constantinopla en poder de los turcos, promovió una cruzada; pero le sorprendió la muerte sin ver puesto por obra el ardiente deseo de su pontificado. Calixto III baja también al sepulcro sin poder realizar sus grandiosos proyectos, y cuando Pío II te nia empeñado en tan gloriosa empresa al rey de Francia, al duque de Borgoña y ála repú blica de Venecia, pasó á mejor vida en An colia al tiempo de embarcarse para ponerse él mismo al frente de los cruzados. Bien pue de decirse que hasta los tiempos de Clemen te XI apenas deja de cruzar por la mente de un solo pontífice el pensamiento de libertar los Santos Lugares. Clemente XI envía lega dos á todas partes para empeñar á los pue blos y á los reyes en tan cristiana empresa. Una escuadra numerosa compuesta de na ves de España, Portugal, Genova, Toscana, y la orden de Malta, y en cuya capitana onse UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DL COMPOS IELA
— 25 — dea el pabellón de la Iglesia, recorre los ma res de Asia, auxiliando los triunfos que ob tienen los ejércitos imperiales y suizos, para cuyo equipo el Papa había prodigado sus te soros, y quería vender hasta los vasos sagra dos. «Entonces, dice el mas célebre historia dor de las cruzadas, los otomanos oyeron la voz elocuente del destino, que les mandaba detenerse, y no pensaron en adelante sino en defender su imperio, amenazado á la vez por los alemanes y los rusos. Por otra par te, luego que cesó la alarma para la cristian dad la Iglesia no tuvo ya que predicar nue vas expediciones contra los infieles, y las guerras de Oriente en adelante no tuvieron otro móvil que la ambición de los soberanos, y los recuerdos de la antigua Grecia.)) III. Tales son en brevísimo compendio los acontecimientos mas importantes de esas glo riosas expediciones, que durante siglos llenan las páginas de la historia universal. Apenas u UNIVERSIDAD'; DE SANTIAGO DE COMPÓSI LE
— 32 — tendientes, y del encarnizamiento y convic ciones profundas, con que cada cual se lan zaba á la pelea. Y calumnian inicuamente la memoria de aquellos ilustres paladines, quie nes los creen víctimas de pasiones brutales y bastardas, á ellos tan desinteresados, tan llenos de abnegación, que abandonaron bie nes, emanciparon siervos, y sacrificaron sus vidas por la mas noble, la mas patriótica, la mas santa de las causas; á ellos que des preciaron las delicias del hogar, los goces de la familia, las comodidades y bienestar de la paz, no por conquistar reinos y adquirir tí tulos y señoríos, sino por rescatar del poder de los infieles el Sepulcro del Redentor; á ellos, en fin, que á semejanza del divino Maestro, cifraban su mas legítimo orgullo en servir á los pobres y pequeños, y brillaron extraordinariamente mas que por su valor intrepidez y heroísmo, por su caridad ardien te, por el espíritu de fraternidad, y por su humildad, inverosímil para los hombres de otros tiempos y singularmente de los nuestros. ¿Pero es cierto que las cruzadas no pro-
— 33 — dujeron absolutamente ningunos beneficios, ó cuando mas fueron tan insignificantes que no bastan para borrar el eterno estigma, que pesa sobre tan locas arentnras? La historia en todas sus páginas responde que no, y nos otros vamos á demostrar en muy breves tér minos que apenas se registra un hecho tan fecundo en consecuencias beneficiosas á la sociedad. En primer lugar las cruzadas libraron á Europa de la dominación musulmana. Efec tivamente, el pensamiento político de Mahoma, que de él heredaron sus sucesores, no era otro que el de someter á todos los pue blos de la tierra á la ley del islam. Los pri meros triunfos hacen creer á sus fanáticos sectarios que Dios está con ellos, y que por su santa causa y la de su profeta empuñan el alfange, embrazan los escudos, pelean, triun fan y mueren. Su entusiasmo no reconoce límites: su ardimiento allana todos los obstá culos. La Arabia entera, que en un principio persigue al epiléptico marido de Cádija, re conoce pronto que no hag mas Dios que
— 34 — Dios y que Mahoma es su profeta; y lo reco noce igualmente la Siria, la Palestina, gran número de comarcas clel Asia Menor, la Mesopotamia, Persia, y las apartadas regiones de la India; y también el Egipto, la Cirenáica, la Numidia, la Mauritania y otras regiones de Africa. España entera, menos las tristes breñas de Covadonga, había rendido algún día su cuello á la vergonzosa coyunda, y lo mismo Francia basta el Loira, y parte de Italia, y Sicilia y las demás islas del Medi terráneo. Y tiembla el caduco imperio de Constantinopla, y tiembla el resto de nuestro continente, y tiembla toda la cristiandad ame nazada. Tiene razón para estremecerse, pues está á punto de sucumbir bajo la ley del is lam. Y sabéis lo que habría sido la Europa bajo tan bárbara y opresora dominación? Que os lo digan esas regiones vastísimas de Asia, tan florecientes en otro tiempo, tan ricas y tan pujantes, esterilizadas ahora por el soplo asolador de una civilización de falsa brillan tez en su superficie, en su fondo gangrenada, y agostada apenas nacida. Que os lo diga la
— 35 — patria de San Cipriano, Tertuliano y San Agustin, cuna de tantos genios ilustres, sumida hoy en las tinieblas de la barbarie mas es túpida. Bajo el punto de vista político no fueron menos importantes los bienes que las cruza das produjeron en la sociedad. Antes de la época á que nosvamos refiriendo tenían con turbada á la Europa las luchas intestinas de familias y pueblos, constantemente promovi das por la turbulenta actividad de los seño res feudales. A duras penas la iglesia había conseguido el establecimiento de la tregua de Dios. Pues ahora bien, el grito de guerra con tra los infieles, fue al propio tiempo el anun cio de la paz, que bajo la sagrada garantía de esa misma iglesia, firmaban todos los pueblos cristianos. ¡Qué espectáculo tan hermoso el de aquellas familias, largos siglos separadas por odios inextinguibles y que cifraban su felicidad en la mútua desgracia, darse el ós culo de paz perpétua en nombre de Cristo, bajo cuyas banderas como simples soldados iban á militar! se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
-36 — De aquí resultó otro bien inapreciable. La Europa estaba fraccionada hasta un extre mo deplorable. Contaba casi tantos estados como poblaciones, tantas soberanías como castillos; el principio de autoridad yacía pi soteado, el de la propiedad casi desconocido. El emperador, el rey habían quedado redu cidos á una condición precarí'sima: el último barón suponía con frecuencia mas que ellos. Ni era mas desahogada la suerte de las ciu dades; la clase media no existia; fuera de los señores, todos eran siervos pegados al terru ño, como la ostra á la concha. El feudalismo que había sido una necesidad y prestado ser vicios importantes, amenazaba ahogar la vi da de aquella misma sociedad que había con tribuido á establecer. ¿Comprendéis la im portancia política de las cruzadas? Los reyes, aprovechando la ausencia de aquellos turbu lentos magnates, pudieron consolidar su po der en beneficio de las legítimas libertades de los pueblos, concediéndoles cartas pue blas, y emancipando multitud de ciudades. Los mismos señores se habían adelantado á
-37 — aquella obra reparadora dando libertad á multitud de siervos; y la vista de los Santos Lugares y de otros países, de otras costum bres, otras instituciones, había amansado su fiera condición. Al fraccionamiento feudal, pues, iba reemplazando la unidad monárqui ca, á la anarquía el orden, al privilegio el derecho común, á la ley de la fuerza, en fin, la fuerza de la ley. " También en el orden religioso influyeron beneficiosamente las cruzadas. Estensos ter ritorios abrazaron el cristianismo en el Orien te de Europa y en las regiones Occidentales de Asía, por la predicación y virtudes de los monjes y sacerdotes, que iban en compañía de los ejércitos de la Cruz. Las órdenes monástico-militares también contribuyeron mu cho á ensanchar los vastos dominios de nues tra religión santa. Recuérdese la fatigosa y por largos siglos no interrumpida cruzada de aquellos denodados campeones que se lla maron caballeros hospitalarios, teutónicos \ templarios, los cuales no envainaron su espa da hasta que la Europa dejó de temer la dose UNIVERS1DADL DE SANTIAGO
— 38 — minacion de los sectarios del Profeta. Los ca balleros del orden teutónico convirtieron la Prusia y gran número de pueblos de las cos tas del Báltico. A semejanza de esas órdenes se fundaron otras en la mayor parte de los estados de Europa, como las de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa en España; cuyo instituto principal era combatir contra los enemigos de nuestra patria y de nuestra le sin tregua ni respiro. ¡Qué historia tan in teresante, tan bella y tan poética la historia de las órdenes militares! A sus heroicos hijos, mas mansos que corderos, mas fuertes que leones, según la hermosa sentencia de S. Ber nardo, ya se les ve ante el ara santa elevan do sus plegarias al cielo; ya asistiendo en los hospitales á los enfermos á quienes llaman sus Señores: ora conduciendo á los peregri nos en medio de riesgos indecibles con una intrepidéz que raya en temeridad; ya riñiendo uno contra cien las batallas del Señor. ¿Qué corazón capaz de latir en presencia de lo bello y lo sublime no se conmoverá al contemplar tan puras glorias?
— 39 — No se dejó sentir menos en las costum bres el poderoso influjo de aquellas grandio sas empresas. Cierto que nosotros mismos hemos tenido que deplorar la corrupción que de vez en cuando contaminaba los campamen tos de los cruzados, debida á la falta de pre visión con que se emprendían semejantes ex pediciones; á la pérfida alevosía de los grie gos, que obligaban alguna vez á entregarse al pillaje á los cruzados, privados como se veían de los medios de subsistir; á la falta de acuerdo entre los principales jefes y á sus celos y rivalidades; á las condiciones de un clima corruptor, y finalmente al desarreglo propio de la vida de los campamentos. Pero recuérdese también con que sinceridad de corazón se volvían á Dios y le pedían perdón de sus pecados, en vista de las derrotas con que, cual en otro tiempo al pueblo escogido, castigaba el cielo sus estravíos. Recuérdese la humildad grande con que ellos mismos re conocían sus faltas y con cuanta eficacia pro curaban la enmienda. Recuérdese que en una edad en que el crimen, el vicio y el pecado se UN1VERS1DADE DL COMPOSTELA
— 40 — se llamaba por su propio nombre, el arre pentimiento seguia inmediatamente á la ofen sa cometida contra Dios y contra los hom bres, y que los grandes criminales solían ir á expiarla a Tierra Santa de donde volvían tan cambiados de costumbres, que eran ejemplo de austerísima virtud los que habían sido el escándalo y terror de la sociedad. La caridad de los cruzados excede de toda ponderación. ((Cuidad, les decía el Obispo Ademare, cuidad á esos pobres clérigos y débiles peregrinos, pues aunque ellos no pueden pelear como vosotros, ni procurarse las cosas necesarias para la vida; mientras que vosotros arros tráis las fatigas y peligros de la guerra, ellos ruegan á Dios que os perdone los muchos pecados que cometéis cada día.» Y los solda dos de la Cruz se mostraron fíeles cumpli dores del caritativo encargo. ((Cuando un bretón ó un germano me dirigía la palabra, escribe Pulques de Ghartres, yo no sabia res ponderle; pero aunque separados por la len gua, parecía que no formábamos mas que un solo pueblo, en vista de nuestro amor á Dios
-41y nuestra caridad por el pueblo.» ¿Por qué los que con repugnante hipocresía ofenden la memoria de aquellos héroes, citando al gunos testimonios coetáneos, no acotan igualmente estos y otros en infinito núme ro, de los mismos historiadores, que hacen olvidar las faltas de aquellos paladines in mortales? Las comunicaciones de los pueblos occidentales entre sí, y de estos con los orientales, contribuyeron á suavizar las ru das costumbres de los hombres de la edad media; y los caballeros andantes que debie ron su existencia á las cruzadas, y ostenta ban como glorioso emblema el célebre por mi Dios y por mi Dama, son el dechado mas cumplido de religiosidad, honor, galan tería, y esmerado trato social. Las ciencias, las letras y las artes recibie ron igualmente gran impulso con las cruza das, gracias también á la comunicación y trato frecuente con los griegos y árabes. De esta manera la medicina aplicó muchos re medios hasta entonces de esclusivo conoci miento y uso de los orientales. La fármacose UN1VERS1DADE DE SANTI AGO
— 48 — El temor de ser demasiado pesado no me permite ampliar estas consideraciones. Basta sin embargo lo dicho para demostrar la in justicia de los que las condenan como fuente de inmensas calamidades, y estériles en toda clase de bienes. ¿Conocéis, vuelvo á decir aquí, un hecho inspirado por sentimientos mas nobles y generosos, y á la vez mas fe cundos en consecuencias? Las cruzadas ase guraron á Europa su independencia, que brantando las fuerzas de la raza musulma na; prepararon la ruina del feudalismo, dan do vigor á la monarquía en provecho de las legítimas libertades; contribuyeron á la con versión de muchos pueblos al cristianismo; mejoraron las costumbres, suavizándolas; desenvolvieron en muchos sentidos el espí ritu humano; fomentaron el comercio, la in dustria y la navegación; y perfeccionaron la táctica militar. Y no se nos diga que los cru zados no comprendían toda la trascendencia de su obra. Mejor, responderemos con Balmes, pues cuanto menos parte haya tenido la previsión de los hombres, mas será lo que
— 49 — debe atribuirse á las cosas, y las cosas aquí no son mas que los principios y sentimien tos religiosos, en sus relaciones con la con servación y felicidad de las sociedades, no son mas que el catolicismo cubriendo con su égida y vivificando con su soplo la civiliza ción europea. «Gloria y prez, diremos con el mismo publicista católico, para concluir, glo ria y prez á la religión que ha sido capaz de inspirar tan elevados pensamientos, que ha podido realizar tan arduas y generosas em presas.» — H e d ic h o . i
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