Traducción de Miraculum de nouitio hispanico (El milagro del novicio hispánico) de Herberto de Sobrado
Abstract
El documento que a continuación reproducimos se ha conservado en copia única, en un manuscrito medieval belga. Allí, bajo la rúbrica Miraculum de nouitio hispaniense un autor que se presenta a sí mismo como Herberto, abad de Sobrado, refiere con extraordinario pormenor, vivacidad y estilo un suceso asombroso ocurrido en 1184. Un suceso digno, ciertamente, de sus grandes dotes narrativas.
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EVOHÉ | 61 Traducción de Miraculum de nouitio hispanico (El milagro del novicio hispánico) de Herberto de Sobrado JOSÉ MARÍA ANGUITA JAÉN Profesor de Latín da Facultade de Humanidades Universidade de Santiago de Compostela El documento que a continuación reproducimos se ha conservado en copia única, en un manuscrito medieval belga. Allí, bajo la rúbrica Miraculum de nouitio hispaniense un autor que se presenta a sí mismo como Herberto, abad de Sobrado, refiere con extraordinario pormenor, vivacidad y estilo un suceso asombroso ocurrido en 1184. Un suceso digno, ciertamente, de sus grandes dotes narrativas. Por sí mismo, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, el Miraculum es un texto que guarda enorme interés histórico y literario. Sin embargo, lo que lo convierte en pieza excepcional es su carácter de superviviente único del naufragio en que pereció en su práctica totalidad la riquísima producción literaria que —se supone— debió salir de esos espaciosos y bien provistos scriptoria albergados en los entonces muy pujantes, y hoy todavía imponentes cenobios cistercienses de Galicia. El autor, Herberto, se puede identificar sin problemas, gracias a la documentación de los Tumbos del monasterio, como abad de Sobrado dos Monxes, entre 1180 y 1184. Sin embargo, una reciente investigación del profesor de nuestra facultad José María Anguita Jaén ha ido más allá, demostrando cómo el desconocido abad de Sobrado fue en realidad uno de los narradores más influyentes y reputados de su tiempo, Herberto de Claraval o de Torres, biógrafo de san Bernardo y autor de una colección de relatos titulada Liber Visionum et Miraculorum, llamada a trascender por múltiples razones, tanto formales como temáticas. El propio lector podrá comprobar por qué la publicación de este texto en un número consagrado a la música es pertinente: en el Miraculum, la
62 | EVOHÉ ambientación musical a cargo del coro de monjes de Santa María de Moreruela es constante, pero se pone en primer plano en uno de los momentos centrales, donde se reproduce con pormenor una visión del novicio Fernando que incluye una serie de oficios (la misa Sancta parens y unas vísperas también marianas) cantados por agentes celestiales, pero en el modo particular, pausado y puntilloso, estipulado en las disposiciones normativas cistercienses. Otro momento musical relevante lo constituye la noticia de una antífona desconocida en el repertorio de la época, pero que siglos más tarde dio lugar a un hermoso motete, debido a John Dunstable. Quizá no estaría mal acompañar la lectura del texto con la audición de estas piezas, para una mejor contextualización, como no estaría tampoco de más su lectura en la lengua en que fue escrito, el latín, un latín escolar propio de su tiempo, no exento en todo caso de fuerza ni de estilo. Por falta de espacio no lo reproducimos aquí, conformándonos con la traducción al castellano que nos facilita el prof. Anguita, y que forma parte de un trabajo que incluye además la edición del original y un estudio integral del texto. Quede aquí, pues, constancia de nuestro agradecimiento al profesor por compartir con Evohé esta primicia de su labor. Traducción: Es manifiesto que redunda en la gloria del Rey Eterno siempre que un milagro suyo es propagado por uno sus soldados terrenos. Por esa razón yo, Herberto de Sobrado, manifiesto mi deseo de que unos sucesos que tuvieron lugar bajo mi presencia lleguen al conocimiento de otros muchos auditorios, para refuerzo de su fe. En el año del Señor de 1184, cumpliendo las órdenes del abad de Claraval, me encontraba yo en España visitando una abadía de nuestra Orden Cisterciense, llamada Moreruela, donde delante de mis ojos ocurrieron las cosas que, de forma ordenada, voy a exponer como testigo de los hechos. Vivía allí por entonces cierto joven escudero de natural simple, ignorante e iletrado, aunque de noble prosapia. Este, cuando murió su padre, quiso dejar la vida seglar y encaminarse por senderos más estrictos; y con el objeto de llevar
EVOHÉ | 63 esta voluntad a término, buscó refugio en la mencionada abadía de Moreruela. De ella fue arrancado a la fuerza por sus familiares, quienes lo retuvieron bajo vigilancia durante un año o algo más, hasta hacerle desistir de su antiguo designio. Pero en cuanto la vigilancia se relajó, volvió a escaparse al monasterio, donde acogido y puesto a prueba, tras haber vivido tres meses de forma sencilla e inocente, cayó en las asechanzas del diablo de la siguiente forma: Cierta noche en la que el novicio había asistido a los maitines, acuciado por el frío salió del coro para ponerse una túnica, pero cuando entró en el dormitorio y se dirigió a su lecho, no la encontró, por lo que encaminó sus pasos a los servicios. En el trayecto, se tropezó con una túnica que primero tanteó con los pies, y finalmente tomó en sus manos para examinarla a la luz de una lámpara y comprobar que era la suya. De vuelta al dormitorio con la túnica, escuchó detrás de él una voz que le decía: — «¿De verdad crees que te vas a quedar en este monasterio? Vayas donde vayas, yo te voy a perseguir hasta echarte de aquí». Aterrorizado por la voz y completamente conmocionado, el novicio volvió temblando al coro y, a la mañana siguiente, contó lo que había pasado al abad y al maestro de novicios. Estos, tras consolarlo, lo despacharon y se despreocuparon del asunto, cosa que también hizo él. Pasadas tres semanas, el novicio fue asechado por tentaciones (quien las esconde a sus consejeros espirituales, va a caer en ellas siempre, pues, aunque la herida oculta no se observe, la infección mortal por dentro crece) hasta el punto de llegar a planear su fuga del monasterio. Y en efecto, un día, mientras la comunidad echaba la siesta después del almuerzo, el novicio salió del dormitorio y, tras alejarse un poco de la abadía, se desvió hacia una casa. Allí un diablo se apoderó de él, que perdió el conocimiento mientras aquel lo atormentaba. Pasado un rato, el diablo lo dejó en paz. Consciente de que no había actuado bien, el novicio regresó al monasterio y entró en el coro mientras se cantaban vísperas. Quienes lo habían estado buscando y pensaban que se había escapado, se regocijaron en silencio al verlo.
64 | EVOHÉ La noche siguiente, cuando todos dormían, tuvo otra vez la misma mala idea, pero al intentar abandonar el dormitorio, no supo ni encontrar la puerta de salida ni volver de nuevo a su lecho, con lo que se pasó la noche entera dando vueltas, tanteando de cama en cama hasta que tocaron a maitines y sufrió un durísimo ataque demoniaco. Mientras deliraba, los hermanos lo redujeron y lo llevaron a la enfermería. Allí, en estado de enajenación mental, se le apareció cierto monje difunto, un joven de buenas costumbres y amable en toda situación, también en su cometido de atender a los huéspedes del monasterio, de los que había sido, mío también, servidor diligente. Su nombre era Rodrigo, y estas las palabras que le dirigió al novicio: — «Mal te has portado, hermano Fernando (ese era el nombre del novicio), pues cual perro a su vómito, te disponías a volver a la inmundicia del siglo. Por eso te ves ahora torturado y confundido por el diablo. Cuando arrastrado por los demonios querías salir del dormitorio, fue san Miguel, situado al otro lado, quien cerró las puertas del dormitorio y te impidió salir. Pero, bueno, ahora haz que te lleven ante el altar de san Bernardo y pide que te den el escapulario del abad Pedro, que el hermano Ogerio tiene en un cesto bien doblado y escondido, por la santidad y la devoción profesada a tan gran hombre. En cuanto te lo pongas, te protegerá de los ataques del demonio» El hermano Ogerio negó tener el escapulario, que debería ser reintegrado a la comunidad. Sin embargo, en cuanto este se ausentó, los hermanos lo buscaron y lo encontraron entre sus pertenencias, tal como había sido revelado. En cuanto al difunto abad Pedro, cabe decir que había sido un hombre de gran santidad, famoso por sus milagros y su espíritu profético. De sus milagros se acuerdan algunos de los que están todavía en el monasterio. Por su capacidad profética vaticinó a la reina de España que iba a tener un hijo. Como esta, que estaba sin ellos, le había mandado llamar y le había pedido que rezara al Señor por este motivo, él le respondió que ese mismo año iba a gestar y parir un hijo, como así aconteció.
EVOHÉ | 65 Durante el tiempo en que el novicio enfermo estuvo acostado delante del altar de san Bernardo, quienes estuvimos allí presentes escuchamos en él tres voces tan distintas y disonantes que podíamos distinguir nítidamente cuando estaba en sus cabales de cuando estaba en éxtasis en compañía de los fieles difuntos o de cuando estaba siendo atormentado por el diablo. Así estuvo prostrado durante cuatro días, en los que vio cómo los diablos se llegaban manifiestamente hasta él, momento en el que se ponía a gritar entre temblores: — «Ya vienen, ya vienen para atormentarme. Están entrado por esa ventana y por esa otra; por aquella puerta y por aquella otra». A pesar de haberse ceñido la orla del escapulario alrededor del pecho y el cuello, siguió dando muestras de terror irresistible y profiriendo gritos horripilantes, hasta el punto de que los que le asistíamos, movidos por la compasión, mandamos que le trajeran el manto de san Bernardo que poseía el monasterio. Él lo agarró y se lo apretó con fuerza al pecho y al cuello, intentando protegerse por todos los medios. Mientras el diablo lo maltrataba, él profería horrísonas blasfemias contra Dios, echando espuma por la boca y rechinando los dientes entre penosas convulsiones y retorcimientos. Entonces, el abad de aquel lugar, yo mismo y el resto de los que asistíamos llenos de compasión ante sus padecimientos, hicimos traer una cruz de oro que había en el propio monasterio —pues en ella se contenía un fragmento de la cruz del Señor— y se la introducimos reiteradamente en la boca del paciente, hasta la garganta, conminando al diablo para que saliera de allí. Como respuesta, él abrió la boca, enseñó los dientes y, evitando tocar la cruz como si fuera un hierro candente, bramó furioso dirigiéndose a ella: — «¿Por qué pretendes echarme de mi casa, y más cuando me pertenece, pues él mismo se me entregó? ¿Y por qué me ataca vuestro hirsuto y velloso Bernardo? No será ese quien me haga salir de aquí». Nosotros, por nuestra parte, nos guiamos por la autoridad de las escrituras cuando dicen que todo es posible al que cree (Mc. 9, 22), repitiéndolas con
66 | EVOHÉ vehemencia para obligar al diablo a salir. Vencido al final, este se expresó de la siguiente manera: — «¿Queréis que salga? ¿Me echáis de mi casa? ¿Por dónde tengo que salir, por los cuartos traseros o por la boca?». A lo que respondimos: — «Ni por el trasero ni por la boca. No queremos que hagas nada deshonesto delante de nosotros ni que hagas daño de ninguna de las maneras a esta criatura de Dios». Dándose finalmente por vencido, abandonó su interior, aunque desde fuera tanto este que había salido como los demás demonios seguían atormentando al novicio con golpes y azotes, de forma que el desdichado no veía término para su mortificación. Entre los demonios estaba uno que había sido cristiano, un soldado de nombre Martín Carrillo, tan malo en vida que a su muerte trocó directamente de hombre en diablo. Entre otras malandanzas, se había dedicado a rescatar cautivos a los que después sometía a tormentos inauditos, como ceñirles la cabeza con argollas, colgarlos de los pulgares o aplicarles los suplicios más refinados que su maldad pudiera concebir. Todo ello con el fin de pedir por ellos un rescate con el que ganar el doble o más de lo que él había entregado para redimirlos. También había asesinado a su propia mujer, que abominaba de tanta crueldad. Ese era el Martín Carrillo que se distinguía del resto de demonios a la hora de acosar al novicio, hiriéndolo con flechas y lanzas por el hecho de haberlo tenido bajo sus órdenes y perpetrado con él algunas fechorías, cuando aún estaba vivo. Después de un largo tormento, los demonios dejaron al novicio agonizante y él, con los ojos cerrados, entró en éxtasis. Durante el mismo, fray Rodrigo y el abad dom Pedro le condujeron a un templo de esplendor y belleza sublimes, pleno de amenos deleites, en el cual se congregaban monjes y difuntos de toda clase para celebrar el oficio divino. Entre ellos se encontraba ya el arrobado novicio, como pudimos deducir a partir de los cantos que entonaba. De la
EVOHÉ | 67 veracidad de al menos esto nos daba fe el hecho de que el novicio no sabía apenas leer más allá del silabeo que había aprendido de niño, y esto de forma tan exigua que ni aún cuando se le marcaban las sílabas de una en una con una varilla sabía juntarlas. Y eso todavía en el tiempo en el que ya estaba a prueba como novicio en el monasterio. Estaban, pues, celebrando la misa en el modo pausado y solemne acostumbrado en la Orden Cisterciense, distinguiendo cada uno de los neumas. Participaba en el canto el novicio doliente, cuya voz escuchábamos claramente mientras que las otras apenas si las percibíamos. La misa que se estaba celebrando era la Salue sancta parens. En ese punto el coro, dividido en dos, estaba entonando de forma alterna el Kyrie eleison, y en efecto, el novicio pronunciaba el Kyrie eleison cuando le tocaba a su coro. Entre los monjes de esta comunidad no había nadie que se supiera esta misa salvo un sacristán ya muerto, llamado Pedro Dei, quien por esa razón se había ganado el derecho de oficiar, siempre que estuviera libre de ocupaciones, la misa de santa María, y era considerado casi como su capellán. Tras el Kyrie eleison, al «Gloria in excelsis Deo» del oficiante respondió el novicio «Et in terra pax hominibus bonae uoluntatis etcétera». Y cuando, dado su estado de extrema debilidad, no era capaz de cantar, decía en su lengua materna: — «No puedo cantar. Fray Rodrigo, mi señor Pedro Dei, cantad vosotros». Y después de toser y descongestionar de esta manera el pecho, volvía de nuevo a cantar, situación que se repitió con frecuencia. Después del Gloria, respondió al «Dominus uobiscum» del sacerdote con el preceptivo «Et cum spiritu tuo»; y con un «Amen» tanto a la primera colecta como a las tres que siguieron. Pasada la lectura de la epístola, el gradual, el Aleluya y el Gloria tibi Domine, el novicio cantó «Et cum spiritu tuo» en respuesta al ofertorio, al Sanctus, al Pater Noster, al Agnus Dei, a la oración de comunión y a las últimas preces. Respondió, finalmente, con un «Deo gratias» al «Ite missa est». El canon se había recitado con tal parsimonia, que en ese tiempo se podrían haber cantado siete salmos, y cuando se entonaban las preces, la epístola, el evangelio, el canon o cualquier otra
68 | EVOHÉ parte, el novicio guardaba en silencio con los ojos cerrados, como si estuviera en éxtasis. Después de la misa cantaron unas Vísperas de santa María, entonando el Dixit Dominus de forma alterna. El novicio había respondido al versículo que inicia las vísperas con el reponso «Domine ad adiuuandum me festina». Después, cantó el salmo Dixit dominus prolongándolo de forma pausada y sostenida hasta el final del verso cantado por su coro, haciendo ahí una larga pausa, tal como es costumbre. Tras esto, el novicio guardó silencio mientras el otro coro cantaba su verso. Después comenzó el Virgam uirtutis tuae y de esta forma continuaron cantando los demás salmos. Como antífona del Magnificat entonó una pieza que ninguno de los presentes habíamos oído nunca antes, y que tuvimos oportunidad de escuchar de su boca tantas veces como necesitamos para aprendernos la letra y la música. La letra de la antífona era como sigue: Sancta Maria, non est tibi similis orta in uniuerso mundo, inter mulieres florens ut rosa, flagrans sicut lilium, ora pro nobis, sancta Dei genitrix, alleluia [Santa María, no vio el mundo nacer a otra comparable a ti, entre las mujeres radiante como la rosa, fragante como el lirio. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios. Aleluya]. En el coro, dom Pedro ocupaba siempre el puesto del abad, excepto cuando estaba también presente san Bernardo, en que pasaba a ocupar el puesto del prior. Entre los oficiantes estaba también Esteban, obispo de Zamora, que se ocupaba de dar las bendiciones. Esto lo dedujimos porque, después de las vísperas, el novicio respondió «Deus meus sperantem in te» y «Deprecabilis esto seruum tuum». Del tal Esteban, cabe decir que siempre tuvo gran devoción y afecto por la orden del Císter, pero especialmente por los monjes de Claraval. Era él el encargado de asignar las diferentes misas, cosa que hacía de este modo: — «Vosotros —decía— cantad por los hermanos que se afanan aún en el mundo. Y vosotros, cantad por los hermanos difuntos. Vosotros, cantad la misa del Espíritu Santo. Y tú, hermano Pedro Dei, la misa de santa María». Y así sucesivamente con las restantes misas. Tras esto se allegaron al novicio fray Rodrigo y el abad dom Pedro para echarle en cara sus desobediencias y para informarle sobre las causas de sus padecimientos. Eran
EVOHÉ | 69 estas estar de charla sin permiso con un hermano llamado Juan Zabata, con quien había planeado fugarse. Del mismo modo, hablar también sin licencia con un clérigo con el que había decidido sustraerse a la disciplina, y al que sin permiso había sacado de la enfermería para comer algo. Después de deambular durante algún tiempo, llegaron a unos frutales y se comió una manzana. Todo esto le echaron en cara según pudimos colegir de las respuestas del novicio, que les replicaba así con voz sumisa: — «Cierto es que hablé con el hermano Juan Zabata y con el clérigo; y también que me comí la manzana». Por su parte, el abad Pedro le instaba a soportar la penitencia, a lo que él contestaba dócilmente: — «¿Queréis que haga penitencia? Me parece bien, me parece bien. Así lo haré». Y después de alzarse, se desvistió con toda la precaución y el respeto del mundo hasta la cintura, se arrodilló y se golpeó el pecho, diciendo en su lengua materna: — «Reconozco mi culpa. Me voy a enmendar». Después de pasar un rato, volvía a golpearse el pecho, repitiendo: — «Reconozco mi culpa. Me voy a enmendar». Esto lo hizo muchas veces más, hasta un total de veinticinco. De ahí deducimos que el número de correazos con que se había disciplinado debía corresponder al total de veces que se había golpeado el pecho. Y ciertamente todos estuvimos de acuerdo en considerar como hecho milagroso que un joven que nunca había tenido ocasión de ver cómo se daba y se recibía la disciplina, se preparara para recibirla de forma tan correcta. Y mucho más el hecho de que un adolescente tan profundamente simple e ignorante fuera capaz de cantar salmos que nunca había aprendido de una forma tan afinada y ajustada al ritmo.