Full text
Universidade de Santiago de Compostela
Facultade de Ciencias da Educación
Departa mento de Teoría da Educación, Historia da Educación e Pedagoxía Social
TESIS DOCT ORAL
Educación y partic ipación ciuda dana e n la
dem ocratización de la Adm inistración L ocal:
realidades y pe rspectiva s de futuro en Galicia
Miguel Ángel Ro dríguez Fernánd ez
Directora:
Dra. M. Belén Cab allo Villar
Santiago de Co mpostela, julio de 2 014
Esta Tesis Doctoral fue realizada en el marco del Programa de Formación del Profesorado
Universitario (FPU) del Ministerio de Educac ión, Cultura y Deporte (AP 2008-02773 ).
Diseño de portada: Nuria Díaz I lustración & Dise ño
DEPA RTA MENTO DE TEORÍA DA
EDUCA CI ÓN, HIST ORIA DA
EDUCA CI ÓN E PEDAG OXÍA SOCIAL
Facultade de Cie ncias da E ducación
Campus Vi da
15782 Sa ntiago de Compostel a
Tfno. 881 8 13 824 F ax 88181 3713
Dña. M. Belén Caballo Villar , profesor a titular del Dpto. de Teoría de la Educación, Historia de la
Educación y P edagogía So cial de la Universidad de Santiago de Compostela, como directora de la
Tesis Doc toral rea lizada por D. Miguel Án gel Rodr íguez Fernández, ti tulada:
Educación y part icipació n ciudadana en la de mocr atización de la Ad minist ración Local:
realidades y per spectivas de futuro en Ga licia
HACE C ONSTAR:
Que el citado trabajo r eúne las condiciones de rigor y cientificidad exigible a es te tipo de estudios
académicos y cumple las carac t erísticas formales propias de la s Tesis Doctora les.
Y, para que a sí conste a los efectos de iniciar los t rámites previos a la defensa pública de la Tesis ante
el corr espondiente tribuna l, doy mi visto y place .
En Santiago de C ompostela , a 29 de julio de 2014
Fdo. Dña. M . Belén C aballo Villar Fdo. Migu el Ángel Rodr íg uez Fernández
Directora de la Tesis de Doctoral Autor de la Tes is Doctoral
AGRADECIMIENTOS
A Belén por se r dire ctora y actu ar como guía y orienta dora, encaminando la intención y las
operac ion es a un determinado fin. Por ser siempre constructiva y por demostrar día a día que
todo se puede c ompagina r y , lo que es más importante, con una sonrisa .
A todos los compañeros de SEPA- I nt erea por dejarme aprende r y crecer como persona a su
lado.
A mis padres, a los dos por igual, por estar siempre a mi lado y d arme lo que todo se r humano
necesita, mucho amor. Por animarme a seguir formándome aguardando qu e ello represente la
oportunidad de un futuro agrada bl e.
A mi padre, Manuel, por su fuerza de voluntad y por darlo todo por quié nes le queremos.
A mi madre, Oliva, por su pacienc i a, su capacidad de sacrificio y por cuidar de todos.
A mi hermano, Manuel, por enseñarme a aprender a vivir, por conseguir sonrisas y motivar
reflexiones a partes igua les. Por la ironía y el sa rcasmo y p orque, sencill amente, es el más
grande.
A Nuria Díaz por la ilustración de portada y por la amabilidad y diligencia en todo lo que se le
pide.
A mi tía Marga por transformar el cariño a distan cia en amor cotidiano, p or su generosidad y
por todo lo que da sin esperar rec ibir nada a cambio .
A Laura, porqu e con esta va una tesis y media. Eso sin contar los Doctorados que ca d a día
construy e , con ma y úscul as, en amor, cariñ o, comprensión y diversión. Por tu confianza en mi
capacidad y por creer e n mí. Pórtate bien! Te quiero!
A S ote porque a pesa r d el paso el tiempo, la confianza no decrece y porque, al final de cada
año, sigue aparec i endo en las fotografías y los r ecuerdos más agradables.
A Jorge por ser un amigo con mayúsculas, por estar e n todo y siempre d e corazón .
A toda la gente que he c o nocido como consecuencia de iniciar este camino, en especial:
A Yesi y Fer por convertirse, espero que para siempre, en la familia que n o es familia.
A Juanjo por las conversa ciones escl arecedoras y extremadamente agradab les y a s ea sobre el
deporte, la vida o la metafísica. Ere s un g rande!
A Tania por su capacidad para c ons eguir sonrisas y por las experiencias vividas en paralelo .
A Paula Alonso, Diana Priegue, Cris Varela y Eva M aría Barreira porque siempre
contribuy eron, y siguen haciéndolo, a difuminar las barreras entre el trabajo y la dive rsión. Y
a Luc ía por dejarme entrar e n la “Golden List”. Os llevaré para siem pre en mi corazón .
Aunque sólo fuera por vosotros, esta experienc ia ya ha bría mere cido la pena.
A toda la gente con la que he compartido espacio y ti empo en el des pacho 33. Ángela,
Mónica, Laura, Mar ía, M arly… una parte de esto también os corresponde.
A Olaya Queiruga por ayudarme con las entrevistas y los grupos de discusi ón .
A las/os técnicas/os, concejalas/es y ciudadanas/o s que, con extrema am abilidad, han tenido a
bien participar en este estudio.
Este trabajo es el resultado de un proceso académico pero representa, sobre todo, la
oportunidad de explorar y explotar mis int ereses e inqui etudes personales . Me ha permitido,
además, construir un discurso que legitime aquella frase que se atribu ye a T homas Jefferson y
según la cual “la masa d e la humanidad no ha nacido con sil las d e monta r a la espalda ni unos
cuantos han nacido con botas y espu elas” re tra tando una r ealidad en l a que, c omo diría
Bakunin, “s e golpea al pueblo con la va r a del pueblo” .
GRACIAS!
“Resignars e es una cob ardía, es el sentimien to que jus tifica el
abando no de aquello por lo cua l vale la pena luchar, es, de alg una
manera, un a indignid ad”
Ernesto Sabato (20 00 : 118)
“Existir, human amente, es pron unciar el mundo , es transforma rlo. El
mundo pronunciado, a su vez, retorn a prob lematizado a los su jetos
pron unciantes, exigiend o de ellos un nuevo pronuncia miento”
Paulo Freire (200 3: 104 )
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN .................................................................................................................... 11
CAPÍTUL O 1 . LEGI T IMIDAD, IMPLICACI ÓN Y CORRESPONSABILIDAD CÍVI C A.
EL PAPEL DE L A PAR T I C IPACIÓN EN EL BIENESTAR COLECTIVO ......................... 29
1.1. Breves apuntes: la participación en las nuevas adjetivaciones de la democracia. ..... 47
1.2. Refere nt es legales de la participación. ....................................................................... 71
1.3. Los ay unt amientos como promotores de la participación en un contexto de tensión
estructural local-global ................................................................ ....................................... 107
1.3.1. Nueva organización municipal ante la exigencia de políticas complejas. ........ 136
1.4. Factores, determinantes y condiciones para la parti cipación ................................... 149
1.4.1. La educación en los proc esos participativos: hacia una ciudada ní a implicada 171
CAPÍTUL O 2 . LOS MOVI M IENTOS SOCIALES COMO CI MIENTO DE L A
DEMOCRACIA PARTICI PATIVA ...................................................................................... 183
2.1. Democracia repre s entativa y limitación de la participación: la democracia
participativa c omo alternativa ............................................................................................ 191
2.2. La s di námicas participativas como herramientas para el desarrollo comunitario ... 211
2.2.1. Repensando el conce pto de bienestar y l a noción de desarrollo. Hacia una visión
más equitativa y hum ana en un contexto de crisis mundial ........................................... 217
2.2.1.1. Neolibera lismo y Estado del Bienestar ..................................................... 219
2.2.1.2. El papel del ¿ciudadano?........................................................................... 242
2.2.1.3. El concepto desarrollo y otros reduccionismos ........................................ 253
2.2.2. El decrecimiento como alternativa pa r a otro desarrollo ................................... 277
2.2.3. Participación, comunidad y ciudadanía orga nizada ............................................. 308
2.3. El concepto de movimiento social: estructura s para el cambio social ........................ 320
2.3.1. Movimiento asociativo y dinámica s pa rticipativas no formalizadas .................... 348
2.3.2. El 15M como paradigma del descontento. Un movimiento de movimientos ...... 360
CAPÍTULO 3 . D ISEÑO METODOL ÓG I C O DE LA INVESTIGACIÓN: LOS PROCESOS
PARTICIPATI V OS EN LA REALIDAD LOCAL GA LLEGA ........................................... 377
3.1. Definición del problema de investigac ión ................................................................... 401
3.2. Objetivos, metodología y diseño de la muestra ........................................................... 406
3.3. I nstrumentos de recogida de datos .............................................................................. 417
3.3.1. El cuestionario ...................................................................................................... 419
3.3.2. La entrevista ................................................................................................ ......... 428
3.3.3. Los grupos de discusión ....................................................................................... 435
CAPÍTUL O 4 . PARTICIPACIÓN, MOVIMIENTOS SOC I A LES Y DEMOCRAC I A EN
LAS COMARCAS GALLEGAS ........................................................................................... 443
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Por ello, si la im plementación de mecanismos de la democracia de base r esulta crucial en
la política de los Estados, en los espacios locales, nivel administrativo -territorial más próximo
a los ciudadanos, se nos antoja imprescindible para tratar de solventar los conflictos que se
genera n en sociedades cada vez más problematiz adas como consecue n cia de ese carácter
interdependiente y globa l. L os a y unt amientos pueden resultar un punto de inicio valioso para
implementar las dinámic as señaladas puesto que en muchos casos cuentan con es e extra que
aporta la identificación y el sentimi ento de pertenencia con respe cto a otras person as, al
mismo territorio y a las iniciativas sociocultural es que con/en ellos se ponen en práctica,
contribuy endo a recuperar, en cie rta medida, el depauperado sentido de la comunidad. Un
sentimiento que se presenta como promotor de valores que nos acercarían a un im aginario
social que, como seña la mos a nteriormente, se aproxime progresiva y decididamente a la
equidad y la justicia so cial. Esa condición de privil egio de los municipios debe ser reforzada,
en todo caso, por una or ganización municipal que elimi ne f alaces r acionalidades burocráticas
sustitu y éndolas por un modelo relac ional que , basado en la transversalidad y e l carácter
colaborativo, comp rometa e implique a los ciudadanos en la toma de d ecisiones públi cas y
que, dentro d e un pro yecto global con objet ivos comunes y compartidos, permita el avance
hacia una nueva cultura polí tica.
En este orden de cosas el papel de los movimientos sociales se hace imprescindible
estableciéndose, en sus difere ntes formas, eti quetas o denominaciones -asociaciones,
fundaciones, entidades, clubes, ONGs, dinámicas participativas de carácter espontáneo,
agrupac ion es vecinales, etc.-, como foros propici os para la defensa de los derechos sociales y
espacios fecundos para el ejercicio d e esos mismos derechos ofreci endo, a la vez, la
oportunidad de adiestr arse en el mismo: se reivindica democracia desde un espacio
democrátic o, se defiende el derecho a la participación y se apre nd e a participar participando; y
tratando de conseguir, en muchos casos -lo c ual implica un compromiso polí tico-, la
transformación de las estructuras económicas y sociales a través de la toma de conciencia y de
la responsabilidad c olectiva.
Es por ello que la vin culación en movi mientos sociales de dive rsa n aturaleza cumple un a
importante función, tanto pedagógica como política, puesto que socializa a las personas en la
cultura de la participació n, condición fund amental para su desarrollo inte g ral y para el a cceso
al bienestar o la calidad de vida, concienciando a los ciudadanos acerca d e su protagonismo y
de la necesidad de implicación en los asuntos públ icos que les afectan, ya sea de forma directa
I nt roducción
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o indirecta, e intentando combatir, en todos los f rentes, los d esequilibrios y l as desigualdades
sociales.
Motivaciones de tr ab ajo
En la génesis de esta investigación convergen mot ivaciones de diversa índ ole que tienen
como resultado la firme convicción y el interés, t anto personal como colectivo, por desarrollar
un estudio que, en colaboración con los verdaderos protagonistas, sea de utilidad para el
contexto seleccionado, en base a sug erir propu estas de actuación que permit an avanzar, como
venimos rec alc ando, hac ia mayores cotas de equidad y justi cia social, a partir del
fortalec imiento de la cohesión ciudadana. P ara alcanzar un ma yor grado de precisión en lo
referente a las motivaciones señalaremos lo siguiente:
La existencia de una motivación p ersonal tendente a trabajar cuesti ones
relativas a la participación ciudadana y a la demo crac i a en las administ raciones locales,
junto con la inquietud por la reflexión en torno al modelo de sociedad en q ue vivi mos y
su responsabilidad en relación con el ma y or o menor protagonismo de los ciudadanos en
los asuntos que les incumben.
Interese s convergentes con las líneas de trabajo del Grupo de I nv estigación
SEPA-Interea (Pedagogía S ocial y Educación Am biental) de la Universidad de S antiago
de C ompostela, de lo que emana un notable in terés col ectivo que a ctúa como motor
impulsando el entusiasm o, el afán de sup eración y el emp eño por desarrollar un estudio
del que extraer cu estiones relevantes y qu e resulten de utilidad en su implementación
concre t a. El citado Grup o de Inve stigación cuenta con lí neas de trabajo c e ntradas en la
reflexión en torno a la “ Educación y des arrollo en las comunidades ru rales y urbanas” y
a la “Acción e intervención socioeducativa en la Administración L ocal ”; éstas y ot ras
líneas temáticas cuentan con puntos comunes c on respecto a los intereses p ersonales que
destacábamos con inmediata anteriorid ad, lo que favorece tanto el d esarrollo del
presente trabajo de inve st igación, así como la cimentación de posibles trabajos futuros.
Asimismo, tomamos como punto de partida la presentación, en el año 2011, del
Trabajo de Investigación Tutelado (TIT) que baj o el títul o Parti cipación, movimientos
sociales y democracia en la Administración Local: realidad y prospectiva en la
comarca de Santiago y con la dirección, al igual que esta Tesis Doctoral, d e la pro fesora
María Belén Caballo Villar, abordaba cuestiones similares, relativas a in dagar acerca
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del protagonismo de la ciudadanía en la elaboración de las dife rentes polí ticas en la
realidad muni cipal gallega. El estudio se ceñía a los siete municipios que componen la
comarca de Santiago y to maba las aportaciones, mediante entrevistas en pro fundidad, de
los técnicos municipales que desarrollaban su labor profesional en áreas v inculadas con
la promoción de la participación ciudada na.
La falta de protagonismo de los ciudadanos en la toma de decisiones relativa a
los asuntos que les incumben en su cotidianeidad, restando contenido a l a democracia,
en el contexto de una sociedad de consumo que, desde implacables posicionamientos
neoliberales prioriza, como decíamos, la acumulación material y el consu mismo a costa
de las máximas desigual dades y la de gradación a mbiental, son cuestiones que suscitan
el int erés de buena parte de la población, constituy éndose, por ello, en una importante
preocupación social . Asimismo, las reivindicaciones en torno a la construcción de una
democracia real, de base, deliberativa, s e han acrecentado en los últimos años como
consecue n cia de las políticas de ajuste implementadas por los gobiernos occidentales a
raíz de la crisis financiera iniciada en el año 2008 con la bancarrota de diversas
entidades financieras r elacionadas con el mercado de las hipotecas inmobiliarias, como
el banco estadounide nse de inversión Le hman B rothers. Dichas políticas, a la vez que
socializan las pérdidas de las entidades privadas o bligando a que los ciudadanos asuman
los costes de arriesgadas e ilícitas operaciones fin ancieras, aprovechan para aminorar la
capacidad de decisión de la ciudadanía pues inciden en maniobra s orientadas al
repliegue de l Est ado del B ienestar.
Todo ello ha ocasionado importantes protestas que derivaron en movimientos como el
15-M español, dinámicas que centraban sus reivindi caciones en establecer un nuevo
orden político que con tase con las aportaciones de los ciudadanos a la hora de
determinar las medidas a implementar. Es fácil estable cer una relac i ón entre est a
argumentac ión y esa función de servicio públi co que ha de cumplir, tanto la
investigación e n particular, efectuando propuestas de mejora para los ámbitos
estudiados, como la propia universidad en general.
Construimos, pues, un e nsamblaje en el que las motivaciones de carácter personal s e
articulan con los intereses grupales, generando espacios fecundos para el estudio de
fenómenos actuales y c o n una gran relevancia en el devenir de la sociedad.
I nt roducción
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Delim i tación del problema, objetivos y metodología
La realidad qu e estudiamos se enmarca en un modelo socioeconómico que promuev e lo s
aspectos materiales y /o económicos como único salvoconducto a la felicidad, a la calidad de
vida, un modelo qu e, a su vez, tiene su refl ejo en el sis tema político de d emocracia
repre sentativa en el que el protagonismo y la par ticipación del individuo es extremadamente
reducida. La p roblemática se agudiz a en los es pacios locales en los que, en virtud de su
proximidad al ciudadano, son más visibles eso s défic it s participativos incrementa dos por
planteamientos paternalistas, jerarquizados y no exentos de comportamientos clientelares. La
propuesta se centra en definir un nuevo modelo d e calidad de vida qu e, de sde el ámbito local
y c omunitario, se oriente a la vertiente relacion al, que valore el contacto personal y qu e
potencie la posibilidad del ciudadano d e participar en el gobierno de su territorio. Un modelo
que se apoye en las dinámicas cívicas como mecanismos para fomentar procesos
colaborativos con las ins tituciones, ocasionando sinergias que redunden en un incremento de
la legiti midad de las decisiones públi cas. Un g obierno pa ra los ciudadanos pero con los
ciudadanos.
El presente estudio parte, pues, de una argument ación teórica que entiende los contextos
locales como espacios clave a partir de los cuales comenzar a conquistar mayor protagonismo
por parte de los ciudadanos, constru yendo un pro y e cto global con objetivos comunes y
compartidos, cimentando la verda dera democracia y el autogobie rno y a vanzando, a su vez,
en la construcción de alt ernativas conducentes al bienestar y a la calidad d e vida. Alternativas
sustentadas en dinámica s participativas y relacionales que, desde el protagonismo de los
movimientos ciudadanos en el ca mbi o social, escapa n de las p autas consumistas,
competitivas, individualistas, etc., d el modelo ca pitalista o neoliberal, posibi litando trasladar
esas dinámicas al c ontexto global y constru y endo, de ese modo, un mundo más justo y
habitable.
Del mismo modo, la particular idiosincrasia territorial de Galicia, caracter izada por la
existencia de gran cantidad de municipios, la gran ma y oría con un marcado carácter rura l y
una más que notable disp ersión poblacional, dificulta tanto la participació n ciudadana como el
acceso de las personas a los servicios públi cos que han de se r res ponsabilidad de las
administraciones públicas. Ante tal problemática, nos planteamos la posib il idad de incluir un
nuevo factor de análisis vinculado con el territorio, en concreto con una división cu ya
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aplicación práctica y utilidad pública está insufi cientemente analiz ada: la comarca . De esa
manera, tratamos de definir si tales entidades poseen atribuciones propias, si esa citada
división genera mecanismos de cooperación entre los municipios que las integran y si ello, en
caso de producirse, ocasiona beneficios para los ciudadanos en términos de ma y or
accesibilidad a los servi cios públicos o d e un p rotagonismo efectivo en la gestión d e sus
espacios vitales.
En base a todo ello, señalamos como obj etivo fundamental de nues tro trabajo el
siguiente:
Estudiar y analiz ar la realidad de los procesos participativos en la
democratización de la Admi nistración L oc al gallega.
Asimismo recogemos como objetivos específicos los que siguen:
Identifica r problemáticas que dificultan la p articipación e implicación
ciudadana , determinando las causas que se encuentran en la génesis de tale s
impedimentos.
Estudiar el protagonismo de los movimientos sociales (asociaciones,
fundaciones, agrupacion es vecinales, dinámicas cívicas, etc.) en l a constr ucción de una
democracia p articipativa y en el avance h acia un modelo d e sociedad más justo,
equitativo y sostenible, visi bilizando su importanc ia a la hor a de canalizar la
participación ciudadana .
Determinar la respons abilidad de las Administraciones Loca les e n la
promoción de la participación ciudadana y analiz ar la r elevancia de la divi sión comarcal
en la implementación de políti cas públicas de carácter colaborativo entre los diferentes
municipios.
Definir posibles soluciones que conduzcan al esta blecimiento de sistemas más
democrátic os favorecedores de la cogestión y la corresponsabilidad c ívi ca.
Incre m entar el interés por el estudio, desde la investigación en ciencias soci ales
y de la educac ión, de los movimientos cív icos como dinámicas generadoras de nuevos
derec hos soci ales y de la propia participación como inductora de una nueva concepción
de bienestar y calidad de vida.
I nt roducción
21
En cuanto a l a aproximación metodológica escogida ad emás d e la investigaci ón
documental, apostamos decididamente en la part e empírica del estudio p or la triangulación,
integrando instrumentos y técnicas d e r ecogida de datos propios de las metodologías
cualitativa y cu antitativa, adaptando los mecanismos, en la medida de lo posib le, a la
naturaleza de los datos a los que pretendemos tener acceso y también a l as fuentes que nos
proporcionarán es as informaciones. Del mismo modo, el diseño de los mismos -
fundamentalmente en lo relativo a su contenido -, ha seguido patrones similares a decuándose a
las características d e las fuentes d e info rmación c on las que íbamos a tom ar contacto en cada
momento.
En este sentido, y de ac uerdo a los objetivos que perseguimos con este estudio, resulta
imprescindible ac udir a t res actores principales en el desarrollo de la problemática relativa a la
participación ciudadana en la Administ ración L o cal, a saber:
Los té cnicos municipales encargados del área referida a la promoción de l a
participación ciudadana, a quienes suponemos una cierta proximidad tanto con los
vecinos como con los gestores p olíticos, desarrollando un a labor de bisagra y
posey endo, al menos en teoría, un profundo conocimiento tanto de las necesidades,
deseos, requerimientos, preferenc i as, etc., por p arte de l a ciudadanía, como de las
limi taciones o las líneas de actuación diseñadas por los gestores político s. En su caso
abogamos por el diseño y aplicac ión de un cuestionario ad hoc.
Los políticos responsables de esa área en los difer entes municipios que forman
parte d e la muestra, fundament almente en calidad de decisores a la hora d e determinar,
como decíamos, qué líneas de actuación, de entre las ofrecidas por los técnicos, se
llevan a cabo. A e llos se les realizó una entrevista.
Y, en último lugar , los representantes de entidade s asociativas de carácter
vecinal que se esfuerz an por alcanzar cierto protagonismo en el diseño y la
implementación de política s públicas, puesto que reúnen y re pr esentan a vecinos con
inquietudes diversas y actúan como amplificador de la voz de la ciudadanía. En bu sca
de una cierta pluralidad en cuanto a los instrumentos empleados y en pos de un mayor
grado de confort para los participantes nos decidimos por la celebración de grupos de
discusión.
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Estructura y conte n ido del inf orm e de investigación
La secuencia de este informe de Tesis Doctoral se configura a través d e cinco capítulos,
de los que los dos primeros presentan un cariz más teórico. En ellos tratam os de configurar un
orden coherente que nos permita avanzar de un modo lógico, evoluc ionando desde la
caracterización del con cepto participa ción y sus diversas ramificaciones, haciendo espe cial
hincapié en el p rotagonismo de los esp acios loc ales al respecto, h asta la situ ación de la misma
en el actual sis tema de democr acia representativa, pasando por el análisis del modelo
socioeconómico qu e co nstitu y e un in evitable macroc ontexto que condiciona cualquier
actuac ión, con indep endencia d e la n aturaleza de ésta y del nivel territorial en el que se
implemente. L os tres capítulos siguientes se centran en el apartado emp írico, caracterizando la
investigación y d elimitando la aproximación metodológica empleada, las características de la
muestra, el trabajo de campo, así como los resultados obtenidos a través del análisis de la
información recogida.
A pesar de esto, reitera mos que pa ra la comprensión real d e lo que se p retende con este
estudio y de la base argumental e ideológica que se ubica en su génesis, es necesario efectuar
una lectura glob al del mismo, perc ibiendo cad a uno de los capítulos como integra ntes de un
todo cohesionado y no como compartimentos estanco individualmente evaluables y que
retratan realidades desvinculadas. Asim ismo, nada más lejos de nues tra intención que
enfatizar una división e stricta entre t eoría y p ráctica -la cual nos parecería cie rtamente
irracional y más en las temáticas que nos ocupan - y a que consideramos que ambas se
complementan y se retroalimentan. Sin embargo, el desarrollo lógico de esa secuencia a l a
que hacíamos re ferencia con anterioridad dem anda, de un modo inequívoco, la creación d e un
espacio que delimite los referentes teóricos en l os que nos hemos basado en cuanto a la
construcción d e un dis curso que expresa un posi cionamiento, para signi ficar el traslado d e los
mismos al análisis de una problemátic a socioeducativa particular.
As í las cosas, el trabajo se inicia, en el capítulo primero , con una reflexió n en torno a la
importancia de la participación como un elemento esencial para la consecución del bienestar
personal y de la calidad de vida, a partir d e const ituirse como un mecani s mo para facilitar la
implicación en los asuntos referentes al espacio público. Los condicionantes, las limitaciones,
los determinantes y los fac tores que mediatizan la participación y su impacto real en las
I nt roducción
23
políticas im plementadas, así como el p apel de la educación a la hor a de c apacitar a las
personas para participar disponen también de su espac io en este capítulo inicial.
A modo de contextualización se presenta, sin áni mo de exhaustividad, un resumen de las
disposiciones legislativas que, en esencia, regulan los derechos de p articipación y asociación a
fin de entender cuál es el margen en el qu e se mu eve la ciudadanía. Los aspectos referentes al
impacto de las problemáticas globales en los espacios locales, la estructura y los modelos
organizativos y de funcionamiento de las administ raciones públicas, su relación con las
dinámicas ciudadanas, la necesidad de diseñar políti cas más complejas desde instancias
municipales y de una implicación activa, comprometida y cooperativa de políticos y
ciudadanos ante los nuevos retos sociales, también encuentra n su lugar en este primer capítulo
que viene a reclamar, de un modo deliberado, la necesidad de una nueva filosofía, de una
nueva cultura, tanto política como organizativa, que sirva de soporte a esos mecanismos
participativos que defendemos.
El segundo capítulo se centra en el análisis del sistema de democracia representativa y
sus posibilidades de mejora a través d e la introducción de mecanis mos propios de la
democracia deliberativa, de b ase, avanzando h acia la construcción de una d emocracia
participativa que conceda parcelas de poder a los ciudadanos en los procesos de toma de
decisiones. La radiografía del modelo de la sociedad de mercado como sistema inj usto que
prioriza la acumulación material como finalidad esencial del pro y ecto vital, reduciendo el
margen de acción del ciudadano, así como su capacidad de decisión, a las vertientes
relacionadas con el consumo, ocupa buena parte de este capítulo pu es se constituye, desde un
marco general, como un o de los obstáculos esenciales para alcanzar una sociedad más justa,
equitativa, democrática , dialogal y p articipativa.
La búsqu eda de alternativas desde los movimientos sociales -su labor de c reación, diseño,
promoción e implementación de actividades culturales, artís ticas, deportivas, recreativas,
lúdico-festivas, etc. así como su aportación en lo que a l a defensa de los d erechos ciudad anos
y a la cohesión soci al se refiere- y d esde la comunidad como referente ineludible en la
recuperación de valores esenciales -reciprocidad, mutualismo, altruismo, cooperac ión ,
solidaridad, etc.- impregnan todo el contenido d e este segundo ca pít ulo. En este sentido,
hacemos especial hincapié en la alternativa d el de crecimiento y dirigimos el foco de atención
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
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hacia el movimiento 15M como iniciativa ciudadana de carácter espontáneo que se centra en
el empodera mi ento de las personas y e n su prot agonism o en la toma de decisiones.
El tercer capítulo describe y a rgumenta la elección del diseño metodológico. S e recogen,
pues, tanto la delimitación del problema de investigación como los objetivos que guían
nuestra aproximación a l a realidad. Hacemos, igu almente, un recorrido pormenorizado por los
tres instrumentos de recogida de datos emple ados, señalando los motivos por los que cada uno
de ellos se adecúa, a nuestro juicio, a las fuentes a las pretendíamos tener acceso. Asimismo,
nos ocupamos de los criterios que enmarcaron la selección de la muestra y de las dificultades
surgidas en nuestro contacto con la realidad loca l gallega.
En el cuarto cap ítulo efectuamos una breve incu rsión teórica en la que nos ocupamos de
analizar las dist intas cuestiones que han caracterizado el desarrollo histórico de la comarca,
fundamentalmente en el contexto gallego. Se tr ata de un “capítulo bisagra” que consta de
elementos teóricos y de aspectos contextua les de la investigación empírica. A fin de no
centrarnos en lo pur amente descriptivo ofrecemos nuestro posicionami ento al respecto,
ensalzando las potencialidades que una división territorial de es a naturalez a pod ría tener de
acuerdo a l as c aracterísticas idiosincrásicas de la municipalidad gallega. Con una finalidad d e
carácter contextual atendemos a los principales signos de identidad que determinan a las
diferentes comarcas que forman parte del estudio.
En el qu into capítulo presentamos el debate argumental a rticulado en torno a los
principales resultados de la investigación, añadiendo análisis que tratan de establecer nexos de
unión entre los razonam ientos explicitados en el referencial teó rico y los aspectos qu e se
muestran como evidentes en la rea li dad municipal gallega. Lo hacemos a travé s de un
recorrido por los tres colectivos que participaron en el estudio, vinculando los resultados y
efec tu ando una lectura que pueda trascender de lo particular a lo general.
En esa mi sma lí nea nos manifestamos en el apartado dedicado a las conclusiones en el
que, del mismo modo, presentamos un a serie de propuestas, pa ra cada problemática
particular, pr etendiendo avanzar hacia el espacio de las soluciones y bus cando situarnos en el
territorio propositivo. La autocrítica aparece en e ste capítulo a través de un subapartado
centrado en determinar posibles care n cias y limitaciones de l estudio, si empre en aras de que el
mismo pueda suponer u na cierta utilidad social que tendr á su conti nuación -esperamos-en
futuras investigaciones que mitiguen esos déficits y p rofundicen en temáticas particul ares de
I nt roducción
25
un modo más intenso. Para finalizar aport amos los referentes documentales y un espacio
destinado a los anexos en donde incluimos los instrumentos empleados para la recogida de
datos y las transcr ipcion es, tanto de las entrevistas como de los grupos de discusión (en CD).
No deseamos que las reflexiones que se inclu y en en este trabajo de investigación puedan
interpretar s e como una instalación en la queja, de la que en muchos casos se acusa a
determinada s ramas d e l as Ciencias S ociales, así como a diferentes perfiles profesionale s que
se ocupan bien de la investi gación, la reflexión o el tr abajo directo en realidades de esta
naturaleza. En ocasiones , desde distintas instancias se efectúa esta crítica a los profe sionales
de lo social, acusándolos de un carácter excesivamente pesimist a y nad a constructivo en sus
aportaciones, r adiografiando diferentes realidades para terminar sin proponer ningun a
solución que trate de hacer evolucion ar al contexto real, sin caer en l a cu enta de que el trabajo
de esos profesion ales, q ue no busca sino activar la autonomía de la población, ha de ser
necesariamente eventual o provisional en el sentido de que el propio contexto en/con el que
actúan los convierta, a través de procesos de autogestión y d esarrollo endógeno, en
prescindibles; lo cual, a nuestro e ntender, mitiga cualquier ataque al respecto.
La filosofía desde la cual se constru y e este tr abajo es, ad emás de una ma nera de retratar
realidade s sociopolíticas , una forma de entender el mundo. A este respecto consideramos
esencial analizar la realidad, desde esa cosmovis ión y d el modo más exhaustivo y fidedigno
posible, como condición fundamental para poder siquiera plantearse la necesidad de
cambiarla . A raíz de ahí la denuncia y la crític a, siempre desde el optimi smo sociopedagógico
y el carácter constructivo, han de constituir puntos de partida para el aporte de soluciones y
mecanismos de mejora o siquiera para tratar de generar debate al respecto.
No queremos terminar esta introducción sin antes acometer un aleg ato br eve y conciso
que busca, por encima de cualquier otra cosa, dar aliento a las personas, a los ciudadanos que,
ante un mundo que l es resulta difícil de reconoce r y aceptar, lu chan, d esde sus posibil idades,
por pequeñas qu e éstas sean, para operar cambios que cimenten el avan ce hacia socied ades
más justas, igualitarias y dialogales. A los integrantes de movimi entos sociales, a los políti cos
y técni cos que, desde sus diferentes ámbitos territoriales y div ersos márgenes de acción, dotan
día a día de significado a la expresión “se rvicio público”; a los asociados que buscan esp acios
para dignificar prácticas sociales y que, a través de ellos y en el día a dí a, (re)construyen
comunidad(es); a los ciudadanos de a pie que desde dentro de la sociedad de consumo tratan
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
32
instrumento para legitimar o acomodarse en las posiciones de poder, es deci r, para consegui r
los propios fines”. Lo que quer emos poner de manifiesto es que, por mucho que el “tomar
parte en algo” resulte , como hemos indicado, evoca dor y motivador, si nos movemos en el
análisis de realida des s ociopolíticas y educativas, es necesario construir definiciones más
rigurosas, perseguir precisión en los apuntes vertidos y , en síntesis, des arrollar análisis más
densos, de ma y or profund idad, que permitan pon er d e manifi esto la importancia del concepto
y combatir, evitando vag uedades, esa mencionada y en o casiones int encionada banalización.
A eso es a lo que pretendemos dedica r los pá rrafos que siguen.
Cuando alguien desea explicar la diferencia entre participación e implicación y po r mu y
rudimentario que pued a parecer es usu al recurrir al sím il gastronómico qu e compara la dispar
aportación de la gallina y el cerdo e n un prototípic o desayuno continental (la primera participa
ofrec iendo algo de su producción, los huevos, mientras que el segundo se implica, se
sacrifica, ya que da li teralmente su vida para t rasladar al plato unas lonchas de bacón). Pues
bien, nuestra concepción de la participación se aproxim a mucho más a esta últim a perspectiva
y a que, como señalábamos anteriormente, la entendemos como un acto consciente,
responsable, sistemático, duradero, comprometid o, implicado, visible, que es fin pero sobr e
todo medio para alcanzar fin alidades sustantivas y que, de esta forma, entronca con una s
perspec tivas de m ejora para un e cosistema social concreto, perspectivas est rechamente
vinculadas, a su v ez, a u na particul ar cosmovisión y a una forma de entender y de v er, junto
con otros, el mundo. Supone un sacrificio puesto que implica el hecho de asumir
responsabilidades que, sin embargo, garantizarán una contrapartida en la ca li dad d e vida
relacional conseguida a l alcanzar cierto protagonism o e n la toma de decisiones y al ser
partícipe en el devenir d e tu territorio y tu vid a coti diana junto con los demás conciudadanos
combatiendo, además, esa suerte de secuestro de l a democ racia que vivimos en la actualidad.
Nos encontramos, en este punto, con otra de las cuestiones que resulta clave para operar una
comprensión global del término participación y que gira en torno a la idea de entenderla,
desde el punto de vista político, como la capacidad de decidir o de influir en las dec isi ones
(con un a pluralidad de modalidades que se presentan como delibe ración, debate, diálogo,
consulta, colaboración, cooperac ión, control, etc.).
Resulta interesante, a est e respecto, acudir a t erminología más propia del derecho que, si n
embargo, puede realizar un aporte crucial en c uanto a clarificar de qué hablamos cuando
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
33
hablamos de participación ciudadana. De este modo, siguiendo García de Enter ría y
Fernández (1991) podemos referir de tres modalidade s de participación esenciales:
Participación uti singul is , en la que el ciudadano está int eresado en un
procedimiento administrativo por ser titul ar de int erese s o d erechos propios y
singulares.
Participación uti civ es, que es aquella que se deriva de la co ndici ón de
ciudadano.
Participación uti socius, entendiendo al ciudadano como portador de intereses
menos amplios, pero siempre genéricos, colectivos o difusos.
Así las cosas y según est as interpretaciones, sólo las dos últimas modalida des podrían ser
consideradas como verdadera participación ciudadana. Dicho de otr a forma, participar sería
tomar parte en un acto, proceso o asunto colectivo, de carácter de cisorio o no, siempre que los
participantes tengan una influencia o control real sobre la toma de dec is iones, y actúan uti
cives o uti socius. En ocasiones, el mencionado carácter individualista y competitivo,
predominante en la so ciedad actual, supone un im portante obstá culo p ar a la gen eralización d e
estas dos formas de participación, siempre en base a la dificultad de las persona s para
percibirse como parte de una colectividad cívica.
Alguacil (2006a), cuando define la p articipación, se refiere a las tr es c es ( comunicación,
conocimiento y conciencia), afirmando qu e “c om unicarse no solo potencia la confianz a y la
complicidad, sino que también fortalece y optimiz a el conocimiento” para continuar
argumentando que la co municación y el conocimiento “nos indican que los sujetos integrados
y e n contacto directo son parte de grupos qu e s e encuentran an clados a un l ugar” ( Ibídem ,
2006a: 25). De esta for ma, la comunicación y el conocimiento condu cen a la p ersona a la
concienc ia de formar parte de un g rupo, dentro de un territorio, constru y endo una identidad e n
relación a los otros – alteridad- que a su v ez le permite tomar parte de las decisiones que le
afec t an, conduciéndole a compartir, a cooperar y a corresponsabilizarse. El mismo autor
señala que “no es posible la conciencia, sin ser y estar, y no es posible el tomar pa rte en las
decisiones, sin sentirse parte” ( Ibídem, 2006a: 25).
De esta manera, l as implicaciones de la citada fórmula de las tres ces son diversas puesto
que puede que nos hablen de diferentes niveles de compromiso y de impli cación en el hecho
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
34
participativo y de ir as cendiendo peldaños haci a un verdad ero sentimiento de integración
desde una persp ectiva co munitaria. De esa m anera, entendemos que el dis poner de una serie
de habilidades de n aturaleza relacional ( comunicativas, entre ot ras) nos ot orga la posibilidad
de “entrar” en un grupo (con lo que ello conlleva) y asumir cierto protagonismo en conjunción
con los demás miembros. Por otra parte, el h echo de que ese g rupo esté ubi cado (geog ráfica y
culturalmente) en un determinado luga r posi bilita el sentimi ento de pertenencia, confiere un
sustrato común a los co mponentes y of rece la po sibilidad de una id entificación más p rofunda,
sentida y du radera, con formando una conc ienci a del “nosotros”. Con tal base fundac ion al el
desarrollo de procesos en riquecedores en un sentido pluridimensional (para la persona, p ara el
grupo, para el ter ritorio) semeja as egurado , puesto que la mencionada evolución se apo y a en
mecanismos que tienen a la educación como sustrato fundamental : la adquisición de
habilidades de naturaleza relacional y comunicativa es un pro ceso educativ o ; el conocimiento
de los referentes cultur ales y la idi osincrasia propia de un territorio es educación; la
adquisición de una c onciencia colectiva del nosotros im plica y evo ca a la educación.
En este sentido, para enfatizar la complejidad del concepto que nos ocupa y representar
gráficamente lo que aca b amos de describir, presentamos el siguiente cuadro:
Cuadro 1.1. La com ple j idad del conce pto pa rticipación.
SER PA RTE
De redes socia l es
I ncl usivo
Colectivo
COMUNICA CIÓN
ESTAR EN
Un lugar
I nt egrado
Próximo
CONOCI MIENTO
SENTIRS E
PART E
De una com uni dad
I dent idad-Alteridad
Territorial ización
CONCIEN CIA
TOMAR PAR TE
TENE R PARTE
En un proyec t o de
futuro
En los procedim ientos
Decidir
Actuar
ACCIÓN
HACER
PART ICIPACIÓN
Proceso
Implicarse
Donde la s p er so na s
cooperan,
comparten, se
corresponsab i lizan.
SE EDU CAN
FUENTE : Elaboración pro pi a a partir d e Alguacil ( 2006a: 26)
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
35
Es esta visión de la p articipación, a su vez, la que nos lleva a establece r inevitable s
vínculos c on las cuestiones políticas, especialmente en los espacios más pr óxim os a los
ciudadanos, y a plantearn os interrogantes relativos a la legitimidad, la tom a de de ci siones y el
bienestar colectivo, entr e otros, si bien estaremo s de acuerdo en que l a participación, como
mecanismo par a dotar de mayor legitimidad a las medidas políticas o para alcanzar consensos
de otra naturaleza es indiscutiblemente positiva, más cuando el sistema de gobierno
predominante, la demo cracia representativa, pr esenta impo rtantes e indis cutibles défic it s en
cuanto a su potencial a la hora de posibilitar esa participac ión sistemática y continua da qu e
entendemos como crucial. De hecho, la política instit ucional y las vías, escasas, vetustas,
puede qu e obsoletas, que ésta o fre ce a l a participación ciudadana obti enen cada vez un meno r
grado de adhesión y dan idea del m alestar y el d escontento de l a sociedad c ivil por su falta de
protagonismo en los asuntos que le c ompeten.
Es ello lo que nos conducía con ant erioridad a poner de manifiesto el h echo de qu e la
democracia parece qu e s e encuentra, en cierto mo do, secuestrada, d esde el momento en que la
toma de decisiones parece asemejarse al coto privado de polí ticos profesionales anc lados en
planteamientos paternalistas y def ensores de una excesiva y paraliz ante jerarquización. L os
ciudadanos perciben l a política como algo ajeno y juzgan su labor como más cercana a los
intereses financieros y empresariales y no a la d efensa d e los derechos de la ciudadanía y a l a
búsqueda del biene st ar y la calidad de vid a. Como afirma Subirats (2011: 13 -14 ) “mientras los
poderes públicos buscan obstinadamente salidas ortodoxas que satisfagan las exigencias de
los mer cados finan cieros, hasta el punto de modificar u rgentemente c onstituciones, mucha
gente en España y en otros países, se e mpi eza a mostra r tre mendam ente molesta por la
docilidad y servidumbre política (… ) Hemos pasado d el conflicto social que buscaba
respuesta en el sistema democrático, a un con flicto social que entiende que no ha y respu esta
posible sin transformar y modificar también el propio sis tema democrático ”. En ocasiones
semeja que tal sistema democrá ti co ha pasado de ser la solución a f o rmar parte del problema.
Como señalaba S herry Arnstein (cf. Lindström , s/f: 15), y volviendo a los símiles
gastronómicos, “los discursos sobre participación son como las espinacas, nadie está en contra
en principio, todo el m undo sabe que son saludables y buenas para las personas”. Sin
embargo, es la carga ideológica del propio discurso así como l a forma de ent ender l a
participación (con menor o may o r protagonismo de los ciudadanos en las decisiones públi cas)
la que marca el de cantarse por unos u otros posi cionamientos en relación al nivel de
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
36
empoderamie nto ciudadano que se “permite” o se acepta. De ahí que ha y a mos reclama do una
mayor d ensidad en las definiciones de participación que permitan do tarla del suficiente
protagonismo de modo y manera que coopere en el pretendido cambio social.
Debemos reseñar que u na de las problemá ti cas esenciales asociad as a la participación
viene representada por la dificultad a l a hora de delimitar qué es y qué no es participación,
tratando de homogeneizar realidades profundamente diversas en su coti dianeidad. Es obvio
que no vamos a ser nosotros quienes sentenciemos a este r especto, co ncediendo a cie rtas
experiencias la etiqueta de participac ión depaup erando, como conse cuencia de ello, a otras
tantas de acuerdo a nues tros posicionamientos particulares. Sin embargo, y a pesar de ello,
reitera mos nuestr a apuesta por una p articipación comprometida, constante, duradera y
significativa que encuentre sus cimientos en las administraciones loc ales a tr avés de l a
descentralización de las decisiones y en la transversalidad en la propia organización municipal
así como en la coopera ción bidireccional con las organizaciones ciudadanas, sin infravalorar
otras ini ciativas que, de una fo rma pa ralela, sí pueden des arrollar una labor interesante e
inherente a las propias dinámicas participativas. En ese terreno pa rece obvio que queda
mucho por avanzar y más, habida cuenta de las int erpretac iones de la participación que s e
ofrecen desde las instituciones y los organismos públicos que, salvo cel ebradas excepciones,
hacen un flaco favor a la evolución de esta parcela con innegable protagonismo en el bienestar
ciudadano siempre desde una interpretación más relacional y coop erativa de la c alidad de
vida.
Estos problema s relativos a la identificación de qué es y qué no es pa rticipación se
agudizan, como es comprensible, cuando ésta apa rece acompañada del adjetivo ciudadana , es
así que “ la diversidad de las prácticas p articipativas y la heterogeneidad de las realidade s
sociales, polí ticas, económicas y culturales dificulta enormemente la posibilidad de encontrar
una definición úti l para todas las ex periencias ” ( Parés, 2009: 17). Este mismo autor cita al
anteriormente referenciado Arnstein (1969) re curriendo a la clasificación que el autor
estadounidense efectúa e n cuanto a las formas de participación s eñalando cinco, orden adas d e
acuerdo a su intensi dad de menor a ma y o r; así hablaríamos de información, comunicación,
consulta, deliberación y decisión. Esa clasificación termina por se r una esq uematización de la
escala qu e el mismo autor había diseñado sobre los usos y abuso s de la participación y que a
continuación pres entamos readaptada. Un a mi rada hacia ella y otra h acia la realidad actual
nos da una idea, como anticipábamos, de las parcelas que quedan por conquis tar y el terreno
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
37
que se ha de avanzar pa ra evolucionar hacia modelos de participación como los que hemos
tratado de pergeñar e n la s líneas precedentes.
Cuadro 1.2. Es cal a de She rry Arnstein sob re usos y abusos de la partic i pación .
8
Control ciuda dano
Niveles de pode r ciudadano
7
Delegación de p oder
6
Asociaciones
5
Aplacar a los ci udada nos
Niveles de pa rticipación ap ar ente
4
Consulta
3
I nf ormación
2
Terapia
Niveles no par t icipat i vos
1
Manipulación
FUENTE : Elaboración pr opia a partir de Lindström (s/f: 15) Recup erado el lunes 5 de abril de
2010
Se progresa desde niv eles claramente unidireccionales y verticales en los que la
responsabilidad absoluta recae en las administraciones, hacia esp acios que ofrecen ma y ore s
márgenes de maniobra a las personas y que profundizan en la horizontalidad a la hora de
fomentar el diálogo y el d ebate entre los propios ciudadanos, en el int erior de la
administración y entre é sta y los primeros. Se pu ede establecer de esta forma una suerte de
paralelismo en el avance desde los mecanismos clásicos y básicos de participación ciudadana
en la democracia r epresentativa (el voto en las elecciones y la mi litancia en partidos políti co s
fundamentalmente) que cuentan con un profundo control por parte del Estado , hacia prácticas
con un carác ter más autónomo e independiente con respecto a las instituciones y que tratan de
profundizar, como decíamos, en la bidireccionalidad y el reparto de poder . Prácticas, por otr a
parte, no exentas de fuertes resistencias y reticencias por parte de las inst ituciones y sus
repre sentes aque jados, a nuestro juicio, de un intenso inmovilismo y reacios a conceder
protagonismo a los ciudadanos en temas que les afectan.
Pindado (2000: 26-27) señala, en este sentido, que “los ciudadanos y las ciudadanas,
individualmente considera dos, pero sobre todo encuadrados en organizaciones, tienen un
ámbito competencial, además del derecho de voto en las elecciones. Este á mbito competencial
es irrenun ciable (…) ha y otro tipo de actuaciones que, necesariamente y con tal de ser
efec ti vas, h a y que h acerlas de mane ra colectiva, como es el seguimiento y control de las
actuac iones públicas y del funcionamiento de los servicios públicos, de la discusión y
elaboración de políticas y programas dirigidos a mejorar las condiciones de vida de la
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
38
sociedad, y para hacer efectiva la libertad, la igual dad e impulsar la solidari dad y otros valores
democrátic os”. P arece u n sinsentido que la ciudadanía permanezca aislada de los procesos
decisorios y , aun manifestando ansias por implicarse en los mismos, la política inst itucional
no ofrezca vías par a canalizarlas y enriquecer la democracia reforzando la legitimidad de las
políticas implementadas. Más descabellado p arece aun que actos de naturaleza simbóli ca que
reclama n tal protagonismo ciudadano, como las concentraciones alrededor de P arlamentos o
instituciones públicas, sean califica dos por dirigentes públicos como i ntentos de golpe de
Estado. Pudiera parecer que se percibe al ciudada no como un enemigo desenfoca ndo -un a vez
más- la verdadera labor y la r azón de ser de la prá ctica política: el servi cio público de carácter
transitorio.
Estamos aludiendo, por lo tanto, a la corresponsabilidad cívica, a coo perar con los
políticos en la toma de dec isi ones, de una forma c onstante, siempre con el objetivo de
incrementar, como dec í a mos, la legitimi dad de las políticas que se implementen desde las
administraciones en los sis temas democráticos qu e, de una u otra forma y en mayor o men or
medida, acaban prioriz ando la delegación de responsabilidades y h aciendo recaer todo el peso
del gobierno en los representante s políticos. Huir de planteamientos paternalistas según los
cuales las ca pa cidades de los ciudadanos y sus conocimientos únicam ente los habilitan para
elegir a quienes les representen, y prof undiz ar e n la horizontalidad en la toma de d ecisiones
por parte d e las administraciones públi cas, constitu y en dos pr emisas básicas a partir de las
cuales conseguir un a mayor impli cación ciudad ana. La labor de la educación vuelve a
manifestarse , a nuestro juicio como im prescindible, en este caso, cuanto menos, en una doble
vertiente: concienciación de la clase polí tica acerca de la necesidad de integrar, de manera
real, a los ciudadanos en la to ma de decisiones y c apacitación de la ciudadanía para asumir un
rol protagonista y erigirse en responsables de su coti dianeidad vital.
Como acabamos de ver existen diferentes formas de participar que depend en, en esencia,
del nivel de compromiso e im plicación de la ciudadanía y también, porqu e no decirlo, de los
márgenes d e maniobra q ue las administrac iones habilit en. En este sentid o, López -Cabanas y
Chacón (2001) señal an q ue la p articipación pu ede adoptar distint as exp resiones y efectúan, al
respec to, una categorización que nosotros sint etizamos de la siguiente ma ne ra:
Ejercicio individual de derechos: siendo el ej emplo más representativo el del
voto en procesos electorales. Se supone que tal de recho se ejercita en base a un contrato
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
39
que el ciudadano establece con un p artido político y que tom a carta de id entidad en los
programas electorales. Sin embargo, esos compromisos adquir idos acaban
convirtiéndose en prome sas incumpli das que justifica n, cuanto menos, la indignación y
ponen en duda el valor, en solitario, de esta herramienta.
Apoyo social in formal: se trata de iniciativas de a y uda, gene ralmente de
naturaleza espontánea, dirigidas hacia miembros próximos de la comuni dad (f amilia,
amigos, vecinos) y que solían ser inst rumentos mu y empleados en comunidades
tradicionales de naturaleza predominantemente rural .
Voluntari ad o: alude a una acción de a yuda planificada que se realiza
normalmente a través de organizaciones públ icas o privadas y que supone un a
implicación a lo largo d el tiempo. En no pocas ocasiones actúa como l a antesala a la
vinculación en un movimiento social de naturaleza diversa y difícil etiqueta je normativo
(asociación, fundac ión, c lub, dinámicas espontáneas no for malizadas, etc.) .
Movimientos sociales: se refiere a la adh esión a una dinámica ciudadana para
la resolución colec tiva de un prob lema social de ca rácter puntual. Supone un avance
considerable hacia esa mencionada conciencia del nosotros.
Asociacionismo: pertenencia a una organiz ación que agrupe a dist intas
personas en torno a una temática y motivación co mún. L a pluralidad es una de las señas
de identidad más características del movi miento asocia ti vo de índol e político, cultural,
recreativo, dep ortivo, l údico, artístico, etc. componen un panorama diverso que
fortalece la c oh esión social y constituye un ejemplo de compromiso e implicac ión
constante, dura d era y responsable.
En otra clasificación, igualmente interesante, Or duna (2000), refiere cuatro niveles de
participación, que sintetizamos a continuación y que nos ay udan a comprender, en buena
medida, es e necesario avance hacia espacios con una participación más intensa y ac us ada:
La asistencia que, como mera presencia física, im plica el acudir a una acti vidad
organizada y dec idida por otros y actuar como público o como rec eptor de la acción
programada. Supone un nivel de compromiso y de enriquecimiento personal li mitado ya
que redunda en el consumo cultura l de productos acabados, sin asumir
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
40
responsabilidades r elativas a la creación, al trabajo grup al y a la cooperación.
Desatiende , en cierta medida, los procesos para centrarse en los productos.
La colaboración: ha ría referencia a tomar parte o intervenir en actividades en
las que, sin embargo, el control básico y la responsabili dad principal son ajenas al
participante. Es una pa rticipación temporal ya que al finalizar la actividad e n cuestión lo
hace también la rel ación. En este sentido, “la p articipación como colaboración se sitúa
como estado intermedio entre la e x clusión, la asis tencia o la dependencia y la autonomía
o autogestión” ( Ibídem, 2000: 49-50).
La cooperación. En este caso hablaríamos de impli cación responsable, dir ecta,
activa y efectiva en una tare a colectiva. Trabajo conjunto encaminado a un fin común.
En ocasiones se equipara la cooperación con la ay ud a mut ua. Supone un importante
mecanismo de cohesión que as egura la continuidad de un a socied ad ya que “el
individuo se incorpora e n el seno de los grupos y colectividades donde vive, en los
cuales exp resa libremente su s ideas, opiniones y valores e interviene jun to con otros
individuos para llegar a s olucionar un problema común” ( Ibídem, 2000: 50).
La codecisión, es el grado más elevado de participación que exige, por ello, un
alto índice de responsabilidad a los participantes ya qu e están des empeñano un ejerc icio
de poder. Están tomando decisiones, lo que realmente supone un proceso de cogestión.
La continuidad de proces os de esta n aturaleza en el tiempo suele produ cir beneficios d e
diverso tipo tanto a la s comunidades que los implementan como a los propios
componentes (a título personal) de esas colectividades
Esa maximización de l a complejidad a l a que alu díamos en párrafos ant eriores cu ando el
sustantivo participación se ve acompañado del adjetivo ciudadana nos llevará, a lo largo d e
este capítulo, a hacer un a breve incursión en lo que entendemos por ciudadanía a la luz del
papel de l a educación en los proc esos participativos. De este modo, el adjetivo ciudada n a
otorga nuevos e interesantes matices al término participación y a que, como apunta Pindado
(2000: 21), “participar no es tan sólo colaborar, ni opinar sobre una dete rminada actuación.
No es darse por entendido, o sentirse informado, de lo que hacen los representantes. Participar
supone un plus d e volun tad, de int ervención, un sentimi ento de pertenencia a un colectivo, a
un grupo, a una ciudad, a un país…, un mínimo esbozo de un proyecto propio, de una
finalidad propia. La participación ti ene que ir enc aminada a un a finalidad. No es en sí misma
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
41
una finalidad, tan s ólo el medio para conseguirla”. Sobre al activismo y el finalismo que
caracter iz an a muchas iniciativas volveremos más adelante en este capítulo.
En esta dirección, con respec to al protagonismo que en los último años adquiere la
participación en el plano s ociopolítico, entre otros campos, Font (2001: 1 4) pone de relieve
que “las asociaciones cí vicas renuevan su presi ón en las administraciones en demanda d e
mayores y mejores espacios participativos y d esde los ámbitos académicos se difunde a los
estudiantes y al conjunt o de las sociedades las virtudes redescubiertas de la int ervención
ciudadana . Y, sobre todo, a partir d e las respectivas redes existentes, los p olíticos copian a sus
colegas que han desarrollado experiencias participativas exitosas, las organiz aciones cívicas
comparten pro y e ctos, discursos y victo rias y los acadé micos int ercambian conoc imientos y
entusiasmos a travé s d e congresos y publicacio nes” aunque, en c onsonancia con lo que
nosotros opinamos, precisa que “estamos hablan do más de un fenómen o emergente, que de
realidade s consolidadas que gene ren unanimidades” ( Ibídem, 2001: 15), algo verificable al
comprobar que entre l a clase polí tica siguen predominando las reticenc ias hacia la apertura de
nuevos espacios pa rticipativos; entre buena p arte de la ciudadanía se con stata la apatía y l a
falta de implicación; y en el debate académico sigue ciertamente pre s ente la desconfianza
hacia un ex cesivo prot agonismo ciudadano ( construida, en ocasiones, tomando como
cimientos el paternalismo y los planteamientos jerárquicos) lo que vuelve a poner de
manifiesto el carác ter poliédrico de la problemática de la participación ciudadana.
Por ello parece acertado afirmar qu e, si bien el término participación os tenta un papel
principal en el actual panorama sociopolíti co, no lo es menos que las realidades participativas
que comienzan a generarse se encuentran con múl tiples obstáculos para su implementación y,
sobre todo, su generali zación y su aceptación como mecanismos c apaces de mejorar el
funcionamiento de los si stemas democráticos y c omo estrategias para alcanzar un bienestar
personal y colectivo dife rente al predominante en el contexto de la sociedad de consumo. Una
sociedad en la que observamos, en base al incremento de la capa cidad d e maniobra de las
grandes corporaciones económicas y al sometimiento político -instit ucional a tales dictados, un
“creciente des apoderamiento de la capac idad pop ular de influir y condicionar las decisiones”
(Subirats, 2011: 21) lo que ha ce qu e las políticas públicas implementa das pierdan buena part e
de su legitimidad en base a “una democracia que solo mantiene abiertas las pue rtas de los
ritos formales e institucionales” ( Ibídem, 2011: 21).
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
48
2010: 195). Somos de la opinión de que, para con quistar nuevas par celas y acceder a ma y o res
márgenes d e maniobra y cotas de pod er, es estrictamente ne cesario expl otar con intensidad
aquellos meca nism os que y a están reconocidos, el sufragio es uno de ellos.
De hecho, el mismo Instituto Nacional de Administración Pública, depe ndiente del
Ministerio de Administraciones P úblicas, ll ega a afirmar, en un info rme correspondiente al
año 2008 en el que s e evalúa la participación ciud adana en la elaboración d e políticas públicas
que la d emocracia repres entativa muestra signo s de agotamiento, desgaste y se ria erosión de
modo “que pod ríamos es tar asistiendo a la transición de la tradi cional democracia cont ractual ,
esto es, a la « represen tación permanente » en el que el « c ontrato » in icial fruto de las
elecc iones se debilita y donde los ciudadanos destinatarios de las decisiones pasan a
desempeñar un papel de examen y control” (INAP, 2008: 15). Basta con atender de modo
superficial al lenguaje e mpleado par a darse c u enta de que composicione s como “c iudad anos
destinatarios de las decisiones” redunda n en planteamientos paternalistas a la vez que
evidencian que queda un largo camino que recorrer para llegar a incorporar a la ciudadanía en
los procesos de toma de decisiones y para aproximarse al planteamiento de Niemelä (2008:
27) en relación a la fundación de la democracia q ue se basaría “ en un ciudadano activo como
individuo y como miembro de la comunidad y de las asociaciones” .
Como posible punto de partida a estas reivindicaciones democráticas aludimos a lo que
Fernández (2005: 24) de nomina como política de movimientos, una di námica que, con un
auge importante en las décadas de los ses enta y l os setenta (con un empuje desta cado en la s
democracias occidentales) vinculad a al fenómeno del asociacionismo “cons idera que no basta
con elegir a unos representantes cada cuatro años, para desentenderse d e lo s asuntos públicos
hasta las p róximas elecciones; sino que la realización efectiva del principio democrático p asa
necesariamente por un a prolongación de la parti cipación d e los ciudadanos en las propias
estructuras administrati vas donde radican los poderes decisorios d e facto, por una
participación en el proceso administ rativo de tom a de decisiones y su control”. Buen resumen
previo sobre e l qu e podría edificarse todo aquello a lo que aludiremos a continuación.
Además de los factores señalados hasta el momento nos vemos obligados, dada la
vigencia de la cuestión en la actualidad, a hacer mención a una última circu nstancia que pu ede
ubicarse en la base de la carencia de participación y que tiene que v er con el descrédito y el
desprestigio de aqu éllos que ejercen la política institucionalmente. A nadie le sorprende y a el
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
49
hecho de que cada día aparezcan en los medios de comunicación nuevos ca sos, cada vez más
graves, en los que algú n representante político, a diferente nivel o con diverso grado d e
responsabilidad (alcalde, concejal, diputado, sen ador, etc.), se vea involucrado en casos de
corrupc ión generalmente relacionados con e l ilegít imo aprovecha mi ento de su puesto de
responsabilidad pública para en riquecerse pe rsonalmente o para f avorecer negocios de
personas vinculadas consigo. S e configura en nuestros días una mis celánea del crimen
institucional en el que hechos a todas luces reprobables (tanto judicial como éticamente)
terminan por cotidianiz arse y por oc asionar leves consecuenc i as en ciudadanos que parecen
“vacunados” y, hasta cierto punto, adormecidos ante tales sit uaciones. Sin ánimo de
genera li zar, sí resulta obvio que tal es circunstancias hacen un flaco favor a la ya de por si
depauperada im agen d e la polí tica inst itucional. P ero la cuestión es de un calado más
profundo y nos traslada al ámbito de los valor es que se están difundiendo y gen eralizando en
la coyuntura a ctual (que amenaza con evolucion ar de coyuntura a estructura y adueñarse de la
cotidianeidad también en el medio y largo plazo) y que acaban dañando a la propia política y
a la misma democracia.
En este s entido, cabe recordar que Francois de la Rochefoucauld afi rmaba que “la
hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”, pues bien, ho y e n día la hipocresía,
bien maridada con im portantes dosi s de cinismo, parece ser una de las tón icas dominantes en
la vida política. Dirigentes corruptos, altos dignatarios delincuentes que, como decíamos, en
virtud de los puestos d e respons abilidad que o cupan, deberían constituirse en ejemplos,
destacan por sus conductas inmorales (e ileg ales) y son, a p esar de ello, co nsiderados modelos
dignos de admiración y de seguimi ento por parte de los ciudadanos que, en una depresiva,
desoladora y catastrófica muestra de irracionalidad, los votan reitera damente, como si los
valores d erivados d el pri ncipio de justicia se viesen difuminados en una sociedad en la que el
planteamiento marxista de que, al fin y al cabo, todo se transforma en merca n cía se armase
progresivamente de legitimidad ante la evidencia de que los seres humanos también nos
vendemos siempre que haya otros dispuestos a comprarnos pervirtiendo, por otra part e, el
sign ificado del término libertad. A decir de Edua rdo Galeano (2008: 183) “la democracia ha
sido muy desprestigiada por sus propios protagonistas, que ha n pe cado contra la esperanza” .
Cualquiera que sea la r eacción del c iudadano ante estos hechos, bien haciendo ca s o
omiso de los mismos y sus implicaciones del ictivas y oto rgándoles su confianza a los
políticos corruptos a través del voto (como acabamos de señalar), bi en tomando la parte por el
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
50
todo, aborrec i endo al colectivo de polí ticos “profesionales” y d ando, por ta nto, la espalda a la
política institucional y , c on ello, a la vid a pública y a su legítimo protagonism o en la misma,
lo evidente aparece ant e nuestros ojos con una no table crud eza: la re gen eración del sistema,
que parece pedirlo a grit os, resulta harto complicada bien porque una pa rte de los que están
dentro omiten su funció n de se rvicio público a l a ciudadanía y de carácter transit orio, bien
porque quienes están fu era, desencantados por tantos desengaños prefieren mantenerse ajenos
a aquello que les aborrece y qu e, además y e n prin cipio, escapa a su margen de maniobra.
De cualquier manera y analizados algunos de los motivos que podrían ser causa -
consecue n cia (límites difusos) de la crisis política d e nuestras sociedades, lo que sí parece
cierto es el h echo de que “la demo cracia exige un trabajo continuado para corregir la
repre sentación e inst aurar algo así como un régimen de la opinión pública (…) un sis tema que
articula diversos criterios: la participación de los ciudadanos, la calidad de las deliber aciones,
la transparencia de las d ecisiones y el ejercicio de las r esponsabilidades. De esa forma puede
haber m ás participación efectiva a través d e un debate público abierto y sustancial que con un
simple voto” (I nne rarit y , 2006: 67). El autor hace refere ncia a la perplejidad que nos produce
el desacuerdo entre gobernantes y gobernados señalando que tal s entimiento pueda tener su
origen en nuestra debili dad a la hora de legitimar la democracia representativa. Asimismo,
habla de lo que él denom ina la teoría del subcontrato social señalando que “al sistema político
repre sentativo se le encarga, con todos los límites y la correspondiente supervisión popular, la
realización de un a serie de tareas cu ya complejid ad requiere unas inst ituciones específicas y
unos determinados procedimientos para el análisis y la discusión. P ues bien: el subcontrato
social consiste en que el titular de aquel encargo representativo lo delega en otros, a veces
incluso en aquellos mismos que lo realizaron” ( Ibídem, 2006. 67). Y alude a la existencia de
dos posibilidades básicas para llevar a cabo esa deslocalización: “la versión elitista pasa el
expediente a los e xpertos; la populista lo devuelve a los ciudadanos. La versión de derech as
del subcontrato social se reconoce por la apel ación insistente a la soc iedad civil; la de
izquierdas tiende a formularlo en t érminos de d emocracia directa” ( Ibídem, 2006: 67-68). En
todo caso nos encontraríamos con un retrato que dibuja un sistema político deficiente
caracter iz ado por la falta de legitimi d ad en la t oma de decisiones y , en sentido general, su
falta de calidad democrática. Es u rgente repensarlo y tratar de l egitimarlo a trav és de
procedimientos que lo enriquezcan.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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En ocasiones las dificultades o las resistencias existentes a la hora de acomet er
modificaciones (de ma yor o menor calado) puede tener su origen en la so brevaloración de la
democracia, no desde el punto de vista de lo que sería su definición ideal, sino centrándonos
en el hecho de considerar el sistema actual como inamovible. Si la r ealidad social es
cambiante y dinámica parece evid ente que el sistema de gobierno y los procedimientos d e
consulta y tom a de decisi ones que se implementen han de serlo también, da ndo respuesta a los
requerimientos ciudadanos que parecen dirigirse hacia el empoderamiento de la socie dad
civil. De este modo, Ginsborg (2010: 196) señala que “no d ebemos considerar la democra cia
como una forma polí tica inm utable, definida de una vez por todas (…) si se queda como está,
ni reforzada ni reformada, es sumamente vuln erable”.
Sea como fuere, y tenien do en cuenta la pluralidad de factores a los que estamos haciendo
referenc i a de continuo en este capítulo, lo que resulta ciertamente evidente es la necesidad de
regeneración del sistema democrático, regeneració n que, desde nuestra visi ón, ha de partir, de
forma indef ectible, desd e la participación ciudadana constante como mecanismo para otorg ar
mayor legitimidad a las d iferentes políticas im plementadas desde las instituciones públicas. Si
nos basamos en lo que entiende Subi rats (2011: 21) por legitimidad cuando señala que “u n
régimen democrático consigue legitimidad cuando sus decisiones emanan de una completa y
abierta deliberación entre sus grupos, órgano s y representantes” ob servamos que l a
legitimidad de las políti cas implementadas por los dirigentes s e basan, úni ca y
exclusivamente, e n los resultados obtenidos en unos procesos elec torales en los que los
programas de gobierno, como hemos visto anterior mente, actúan como mera propaganda y
son incumplidos de manera sistemática durante los periodos de gobierno. La deliberación, que
sería a tod as luces n ecesaria, parece da rse más en tre corporaciones y lobbies económicos qu e
no e nti enden otra soberanía que la del capital y que marcan e l compás de las medidas
aplicadas con la co nnive ncia de los dirigentes polí ticos. Como señala el propio Subirats, “los
poderes públi cos son c ada vez menos c apaces de condicionar la a ctividad económico -
empresarial, y en cambio las corporaciones siguen influ y endo y presionando a unas
instituciones que no disponen de los mismos mecanismos para equilibrar ese juego de los que
disponían antes. Y que tampoco parece que q uieran o pued an reequilibrar la sit uación”
(Ibídem, 2011: 21).
Los polí ticos parecen co nsiderarse autosuficientes en su g estión, en lo q u e respecta al
pueblo; más acce sibles se muestran, sin embargo, a los intereses privados más poderosos
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
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configurando un escenario a todas luces injusto que retrata una democracia de baja int ensidad.
El hecho de comprobar cómo personas que ocuparon cargos de responsabili dad política
acaban formando parte, bajo la etiqueta de asesor o consejero, de corporaciones
multinacionales que c onsiguieron benefic ios efectivos durante ese espacio de tie mpo, no
contribuy e par a nada a e spantar esos f antasmas que acercan ecos en fun ción de los cuales la
influencia empresarial en las decisiones de gobierno es notablemente mayor de la que debería
y sobrepasa, de forma aplastante, al poder efectivo que se le otorga al ciudadano.
Esa regeneración d e la q ue hablábamos puede tomar, para Ibarra (2011: 22), dos caminos
diferentes, operativizándose ya sea por m edio de “la mejor a de la d emocracia r epresentativa a
través de una ma yor participación ciud adana en los meca nismos democráticos
repre sentativos”, o bien acometiendo “la complement ación (en algunos supuestos la propuesta
es de sust itución) d e la d emocracia representativa por otro tipo d e demo cracia: la democracia
participativa” . Ambas op ciones, si bien pretenden pavimentar el camino que permita avanzar
hacia una d emocracia m ás densa y un ma yor g rado de justicia social en el reparto de pod er a
la hora de acometer la to ma de de cisiones, pr esentan una importante divergencia: mi entras en
el primer caso s e juz ga el sistema a ctual como “salvable”, en el segundo ca so “lo que se
entiende es que sólo a través de otras formas democr átic as, e n las que básicamente los
ciudadanos no d eleguen su poder decisorio, es posible la reg eneración de la democracia, o
más exactamente la implantac ión de un a verdadera democracia” ( Ibídem, 2011: 22).
Lo que se destila de ese debate es, siendo sintéticos, una doble visión del papel de aquello
a lo que se alude bajo la denominación de democracia participativa. Por un lado, es habitual el
escuchar que es bueno para la democracia que los ciudadanos participen en las decisiones
públicas que les atañe n. Que, en este sentido, conviene que se agrup en y delibere n un poco
entre ellos, que de cidan lo que más les conviene, eleven sus decisiones a las I nstitucione s
públicas y que éstas ati endan sus pe ticiones colectivas. Este discurso suele añadir que las
Instituciones, dada su bondadosa naturaleza, y los responsables de las mismas, en base a una
ética incorruptible, tenderían a incorporar adecuadamente a sus dec isi ones políti cas esas
decisiones populares. Frente a esa tibieza y ese discurso bienintencionado cabe una
interpretación y una prop uesta, en cierta medida, más radical, la “de presentar a l a democracia
participativa con sus dificultades y sus retos. No tanto como un conjunto de medidas
destinadas a arreglar, a mejorar, las desacreditadas democracias representativas, las realmente
existentes, sino como un arma para cambiar la realidad. Como una herramienta pa ra
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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transformar el pod er; en su relación entre las instituciones y los ciudadanos; en su
distribución; en sus espacios de ejer cicio. Para transformar la democracia en genera l ( y la
repre sentativa en particul ar) cambiando y extendiendo el número de sujetos que deciden en la
política. Para ge nerar una nueva cultura demo crática. Para e li minar la desigualda d, para
construi r la igualdad” ( Ibídem, 2011: 31-32).
Por todo ello, lo que resulta de vital importancia es la necesidad de en riquecer el juego
democrátic o favoreciendo la implementación de mecanismos que configu ren un sistema más
plural con un re pa rto, como decíamos, más equilibrado de los márgene s en la toma de
decisiones. Mecanismos que, del mismo modo, asegure n la transparencia y permitan una
mayor fiscalización de la labor de los dirigentes. Además, claro está, de implicar a la
ciudadanía, por encima de todo, en la di scusión sobre la adecuación o no de unas u otras
medidas dotando a estas últim as de ma y or legitimidad que aquella que les otorgan el hecho de
ser establecidas por representantes políticos que fueron elegidos en un proceso electoral. En el
sistema hacia el que se pretende avanzar no sólo el individuo manifiesta y deba te sus
preocupaciones po r lo p úblico sino que también junto con los otros de cide sobre los asuntos
públicos. El individuo no sólo afir ma que en él, como un elemento más de la comunidad,
reside la soberanía, sino que además ejerce con responsabilidad la misma. Y la ejerce en la
persec ución, minada d e obstáculos, de aquello a lo que deb ería orientarse, en esencia, la
política, y qu e no es otr a cosa que la def ensa d e l os intereses generales. En la m edida en que
el ciudadano p articipe, tendrá más posibilidades de acceder a los procesos decisorios y será
ello lo que lo faculte para operativizar su compromiso hacia el interés general en los asuntos
cotidianos. A ello es a lo que nos referimos, en síntesis, cuando hablamos de democr acia
relacional y de democracia deliberativa.
Hemos centrado nuestr a argumentación, hasta el momento, en el hecho de que la
participación pu ede llevarnos a es e enriquecimiento de la democracia avanzando hacia
fórmulas y mec anismos dotados de ma y or justicia. Sin embar go, resulta necesario efectuar
una serie de precisiones que establezcan suti les diferencia entre la part icipación (sin más
adjetivo) y el sistema de nominado como democracia participativa. Así, en primer lugar, “la
democracia participativa lo qu e cuestiona es el pod er y su ejercic io. La democracia
participativa lo que plantea y exige es que el pod er sea ejercido por otros. Que sean otros los
que decidan sobre los asuntos públicos. Est os otros, conjuntos de ciudadanos o de
organizaciones ciudadanas, pueden compartir su poder con los representa ntes elegidos de las
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
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instituciones políticas” (Ibarra, 201 1: 32). Por su parte, “la participación, s in más adjetivación
(y excluida la participación electoral) hace (…) r eferencia a transfo rmaciones en el seno de la
sociedad y m ás esp ecíficamente en la so ciedad civil . Propondrá que los ciudadanos pa rticipen
más en sus propias organizaciones o en los espacios públicos, a la hora de formular sus
demandas a las inst ituciones políticas” (I bídem, 2011: 32). La diferencia que se establece se
basa en que “en la d emocrac i a participativa lo que se discute es sobr e quien decide. Tr ata
sobre la transformación del poder. Y en la participación a secas, sobre qui én – y cómo- exige
el que se tomen de terminadas decisiones polí ticas. Trata sobre la presión al poder” ( Ibídem ,
2011: 32).
Una de las claves se ubicaría en el hecho d e construir una nueva cultura política que
situase al hecho político en si mismo en el centro de la cotidiane idad de los indivi duos, “se
trata de crear un clima cultural difer ente en el qu e se desarrolle ad ecuadamente la política. Si
la política puede llegar a ser considerada, al meno s en parte, no como un conjunto de acciones
distantes de individuos ambiciosos e inescrupulosos, n i como sometimiento a las jerarquías
clientelistas, sino como parte d el entr amado d e l a vida cotidiana, entonces es concebible que
se abran nuevas dinámicas y perspectivas para la democracia en su conjunto” (Ginsborg,
2010: 219).
Volviendo a la cu estión de las adjetivaciones qu e la participación confiere al sustantivo
democracia, ent endemos estas diferentes denomin aciones como eslabones propios del sistema
de democracia p articipativa que se d esea construir. En este sentid o, la democracia
deliberativa propondrá s obre todo que los ciudadanos deliberen, discut an de forma ord enada y
racional sobre las cuestiones públicas; la democracia directa insistirá en l a relevancia d e las
consultas vinculantes; e n la democrac i a asociativa el papel protagonista es concedido a
asociaciones y organizaciones sociales que partic ipan junto con las inst ituciones políticas en
los espacios decisorios. Todas ellas serían, por lo tanto, opciones de democ racia participativa.
En la tot alidad de las mismas se propone que en última inst an cia las decisiones tom adas por
ciudadanos y /o grupos ciudadanos complementen en may or o menor grado las decisiones
tomadas por lo representantes políticos surgidos desde los mecanismos de la democra ci a
repre sentativa.
Sin embargo, la participación es un tema complejo y multifactorial que no depende única
y exclusivamente de la e xistencia de lo que pod ríamos denominar como v oluntad política, es
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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decir, la predisposición de los gobernantes a tomar las medidas n ecesarias para la
implementación de nuevos mec anis mos que pe rmitan la “cesión” d e parcelas decisorias a l a
ciudadanía. En este sentido, el concepto volunt ad alude a una dinámic a dual y a que la citada
voluntad política ha de venir imprescindiblemente acompañada por la existencia de voluntad
ciudadana para participar. Y como h emos destacado en las p áginas ant eriores y seguiremos
haciendo de aquí en adelante, el hecho de part icipar e implicarse en los asuntos públicos
supone compromiso, sacrificio y asun ción de responsabilidades).
Es a sí que Del Río (20 03: 133- 134) indi ca que “s e pued e p ensar que hay impulsos
participativos larvados que ho y no se manifiestan y que podrían tomar cuerpo en otras
condiciones. Tambié n se puede opinar lo contrario (no se ve una gran disposición para
participar más en sectores ampli os, quizá sí en mi noritarios). Tenemos delante un punto de
intersecc ión entre la voluntad de participar, las vías abiertas para la p articipación y las
medidas (informativas, educa tivas, etc.) desti nadas a propiciarla haciendo frente a la
inacce sibilidad del pod er. Una m a y or voluntad de intervenir log raría más medios para
hacerlo, y , a la v ez, la e xistencia práctica de má s medios permitiría que se liberasen nueva s
energías participativas, aunque poco sabemos del techo o de los techos que ev entualmente
podr ían definirse. La pescadilla se muerde la cola”. Adem ás de esto, la voluntad para
participar exige una mot ivación que active el estado de latencia en el que, de algún modo,
parecen encontrarse el compromiso y el sacrifico dentro del ciudadano. Dicho de otr a forma
“el problema de la participación no sólo afecta al volumen de los esfue rz os dedicados a la
cosa pública, sino también al contenido o a la o rientación moral de esa a ctividad, es decir, a
los objetivos y valores a cu y o servicio se pone” ( Ibídem, 2003: 135). En relación a ello, I b arra
(2011: 90) habla de la exist encia de tres id eas que necesariamente han de ubicarse en la bas e
del establecimiento de p rocesos demo cráticos pl urales que cristalicen en la configuración de
una democracia participativa real y que hace referencia tanto a la voluntad política como las
ansias de la c iudadanía por participar. Se refiere a que:
“L os ciudadanos deben estar pe rmanentemente activos en exigir al p oder
político la toma de determinadas dec isi ones.
El poder político debe tratar de acercar sus decisiones a esas exige ncias
ciudadana s.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
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Lo que los ciud adanos, por sí mi smos o en grupo, exigen a los gobernantes,
debe ser el resultado d e un proceso colec tivo de elaboración; los intereses y valores
ciudadanos nunca debe n darse po r dados”.
A pesar de lo que pudiera pensarse, y au n toman do en consideración el hecho d e que la
implantación de una democracia más densa exige la implementación de mecanismos
innovadores por medio de los cuales incorpora r a la ciudadanía a los procesos dec isorios de
manera cotidiana, la resolución de las problemáticas públicas por medio del debate y de la
deliberac ión no constituye algo novedoso sino que llega a formar parte de la sustancia de lo s
asuntos sobre los que s e decide. Dicho de otra manera, es na tural que l os ciudada nos tomen
partido en la vida pública y participen de manera efectiva en el ejercicio de la política y e s qu e
la idea de d emocracia del iberativa es tan antigua como la democ racia misma. Remontándonos
al sigl o V a. C . enc ontra mos el sigu iente fra gmento de Pericles en su panegírico de Atenas:
“Del mismo modo que los que se ocupan de los asuntos públicos pueden ocup arse
simultáneamente de los negocios privados, tamb ién aquellos que s e ded ican a actividades
particulares entienden d e polí tica en medida no menor, porque solamen te entre nosotros el
que no se interesa por la políti ca no es considerado como persona pacífica, sino como un ser
inútil, y nosotros mismo s, tanto si tomamos decisiones como si estudiamos cuidadosamente
los acontecimientos, con sideramos no que las discusiones sean una rémora para las acciones,
sino más bien qu e es p erjudicial no examinar las cosas a fondo con los deb ates, antes de pasar
a la acción” ( Tucídides; cf. Elster, 2001: 13).
Comprobamos que hace mi les de años se presentaba la política como algo que atiene a la
totalidad de la población y qu e no estaba exenta, tampoco en aquella época , de planteamientos
jerárquic os y paternalistas que buscaban conv ertirla en coto privado para quienes formasen
parte d e las institucio nes que copaban los márge nes de decisión. El planteamiento a cerca de
una democracia deliberativa no alude, por tanto, a cuestiones de naturaleza extravagante o que
permanezca n fuera d e toda lógica, sino que s e trata de fac tor es consustanciales a l a propi a
idea de d emocracia y su vinculación con l a voluntad de la ciudadanía. Vol untad e interés que ,
en no pocas o casiones, h a tratado de focalizarse, desde los estamentos pú blicos mediatizados
por el poder e conómico, hacia la dinámica de t rabajo y gasto (Ginsbor g, 2010) buscando
disminuir la preocupación de los ciud adanos po r cuestiones de naturaleza políti ca, reduciendo
sus inquietudes al hecho de traba jar para obtener recursos para poder consumir.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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Uno de los principales defe nsor es del sistema de gobierno a través de la discusión fue
John Stuart Mill para quien el modelo de la deleg ación de r esponsabilidades y d el gobierno a
través de representantes políti cos implicaba, desde un principio, que un representante no tení a
nada importante que ap render de un intercambio natural con sus pares, con el resto de
ciudadanos. D el mismo modo, criticaba el sis tema representativo pues consideraba que esa
supremacía de la que disponían los represe ntant es polí ticos no partía, en ningún caso, de la
existencia de una inteligencia, de cu alidades o de virtudes superiores sino que se originaba por
consecue n cia de la naturaleza excepcional de la propia situación legislativa. Para Elster (2001:
18) “cuando un grupo de individuos iguales ti ene qu e tomar una decisión acerca de una
cuestión que les concierne a todos, y cuando la dist ribución inicial de opiniones no obtiene
consenso, pueden sortear el obstáculo de tres mane ras diferentes: discutiendo, negoc iando o
votando (…) Los g rupos pueden llegar a u na decisión empleando uno de los tres
procedimientos, una co mbinación de dos de ellos o los tres a la vez. Adviértase que la
discusión y l a negociación constitu ye n formas d e comunicación, o sea que son actos de habla,
mientras que la votac ión no lo es”. El propio Els ter relacionaba esta tricot omía con otra que
hace referencia al hech o de que “en un proceso de tom a colectiva de decisiones las
preferenc i as de los miembros están sujet as a tres operaciones: agregació n, transformación y
tergiversación” ( Ibídem, 2001: 18). La agregación se correspondería con la votación, la
transformación de las preferencias de cada u no a través de la delibera ción permiti ría
establecer una analogía con la discusión, mientras que la tergiversación de las preferencias
puede ser inducida por cada uno de los tres procedim ientos mencionados.
El autor señala un ejemplo de cada uno de eso s tres mecanismos. Nuestro interés se
focaliza, en un p rincipio, en el ejemplo de la discusión. Ésta estaría genuinamente
repre sentada por el pro ceso que se desarrolla en un jura do, indicando lo s obstáculos o los
impedimentos que suel en dificultar ese proce so dialogal y que son, a nuestro jui cio,
extrapolables en todo momento a lo que podría ocurrir en procesos democráticos de
naturaleza deliberativa. En lo relativo a l a nego ciación es n ecesar io tom ar en consideración
las armas con las qu e cuenta cada uno de los impl icados lo que afecta directamente a la
posibilidad de los m ismos de efectuar ofertas y contraofertas, sin olvidar, por tanto, las
posiciones de poder, las amenazas y promesas, etc. L a reflexión en torn o a la votación, el
último mecanismo, se centra en la concepción rousseniana de l a toma col ectiva de d ecisiones
concebida como un pro ceso en el que los ciud adanos “tenían que d efinir sus preferencias
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
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emparentada c on sus n uevas adjetivaciones, fundamentalmente en lo que se refie r e a la
democracia de liberativa.
A pesar de todo lo que hemos enunciado hasta el momento y como es lógi co, los sistemas
propios de la d emocracia deliberativa no están exentos de importantes problemáticas qu e
constituye n obst áculos e im plican la existencia de riesgos en su im plementa ción, más allá de
las clásicas críticas que suelen cargar las tintas en la dificultad de operativizar procesos de
esta naturaleza cua ndo se llevan a cabo de un modo genera liz ado (es decir continuado en el
tiempo) y a diferente escala (sin incidir única y exclusivamente en el ámbito local qu e sería, al
menos en principio, el enclave más adecuado para su desarrollo).
El debate, la deliberación y /o la discusión no constitu y e n la panacea pa ra un
empoderamie nto ciudadano que cargue de leg itimidad a las decisiones tomadas y su
consideración como tal ha despe rtado no pocas c ríticas entre dist intos teóri cos de las Cien cias
Sociales. Es, por ejem plo, la opinión de Stokes (2001: 177 ) quien argumenta que la
deliberac ión “pued e permitir que las polí ticas se rijan por intereses creados que manipulan las
ideas de los ciudadanos comunes acerca d e lo qu e quieren que haga el gobierno”. D el mi smo
modo indica que la dinámica de l a deliberación pue de pr ovo car que se reemplacen “las
preferenc i as reales de los ciudada nos por preferencias qu e los políticos, embauc ados po r
grupos de presión y por la prensa, les atribuyen equivocadamente. Y puede intr oducir en los
ciudadanos identidades que de otro modo proba blemente no sostendrían y que, según
cualquier patrón de senti do común, no coinciden con sus int erese s” ( Ibídem, 2001: 177-178).
Del mismo modo, en el establecimiento de los d ebates es más que prob able que se produzca
una influencia decisiva de las características personales de los ciudadanos implicados de
manera qu e aquellos con ma y ores habilidades comunicativa s llegu en a imponer sus
preferenc i as e intereses silenciando los de sus congénere s y vi ci ando el proceso desde sus
inicios. Hablaríamos, por lo tanto, de riesgos, de d ebilidades o de amenazas resumidas en dos
puntos fundamentales:
Ineficacia de la participación, al no producir, por diferentes circunst ancias, una
influencia real en la to ma de decisiones. Existen autores que añaden a la señalada
ineficac i a el sustantivo inuti lidad aunque, a nuest ro modo de entender la participa ción,
centrados en los procesos que se desarrollan y lo s beneficios que de éstos se derivan,
ésta siempre resulta de utilidad.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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Participación dirigida o manipulada. L os pode res públicos son los que ejecutan
una función de control y no los propios participantes a los que, hasta cierto punto, se
quiere calmar o contentar con procesos puramente estéticos que distan de redundar en el
empoderamie nto ciudadano o en el avance hacia la codecisión.
Adam Prz eworski (2001: 183) señala qu e la deli berac ión “es una forma de debate cuyo
objeto es cambiar las preferencias que permiten a la gente decidir como actuar”. Y en base a
esta definición establece que la dominación ideológica o el adoctrinamiento constituye uno de
los posibles riesgos de la propia deliberación y a que en democracia “qu eremos persuadir a
otros porque sabemos qu e pueden votar una d ecisión que ha de comprometernos. Queremo s
influir sobre las opiniones de otras p ersonas porque esa s opiniones han de afec tarnos ”. E l
mismo autor pone de manifiesto que una de las tónicas domi nantes de los procesos
deliberativos es que, en democracia, suel en terminar con una votación, lo que en s u opini ón
resta valor y r elevancia r eal al d ebate y a qu e “es el resultado d el voto, no del deb ate, lo que
autoriza a los gobiernos a gobern ar, a imponer”, señalando, del mi smo m odo, que “el desafío
con que se enfrentan los que proponen la democracia delibe r ativa es persuadirnos de que l a
gente va a votar sobre la base de buen as r azones si participa en un d ebate públi co libr e,
igualitario y f und amentado” ( Ibídem, 2001: 185).
A este respecto, y desde nuestra perspectiva, aun cuando el proceso deliberativo se vea
abocado a terminar en una votación, nunca está de más que se fomenten pr ocesos interactivos
de debate y discusión que impliquen a la ciudadanía y qu e se caracteriz an, además y como
hemos visto con anterioridad, por of recer otro s beneficios de naturalez a int angible que
trasciende n a la misma toma de decisiones. Todo ello sin menoscabo de señalar que se trata de
ir efectuando conquistas, andamiando procesos y optimiz ando mecanis mos siempre d e una
manera paulatina, sin acometer un cambio traumático que per siga modificaciones repentinas y
casi espontáneas de las mentalidades y las res istencias, tanto ciudadana como político -
institucional. Además de expresar nuestro con vencimiento acerca de que los procesos
políticos que se basan, única y exclusivamente, en l a agregac ión de pre ferencias o de int ereses
(votación) depauperando cualquier otra modalida d en la toma de decisiones, carecen de los
recur sos moral es necesarios para legitimar cualq uier decisión colectiva que generen, siendo
necesario enriquecerlos/sustit uirlos por procedimientos de un cariz más plural que puedan
perseguir e s a demandada legitimi dad.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
66
Por su parte, Innerarity (2006: 65) indica qu e “la democracia deliberativa t iene todas la s
debilidades de los modelos normativos en general, a los que cabe acus ar d e desentenderse de
la realidad concreta, lo que, tratándose de política, es especialmente grave, y a que una idea
regulativa sin su co rrespondiente condición de posibilidad no es un ideal muy elevado, sino
un idea l equivocado”. Sin embargo señala que “ cuando un e nfoque normativo está bien
pensado resulta m enos normativo de lo que parece, en el sentido de qu e h ay más experienci a
que exhortación mor alizante. Lo más empírico que tiene la teoría deliberativa de la
democracia es la constatación de que no sab emos exactamente lo que qu eremos, nos interesa
o nos constituye (esta constatación es más pertine nte cuanto más compleja es la sociedad, por
lo que la contr aposición entre deliber ación y complejidad no funciona ne cesariamente)”
(Ibídem, 2006: 65-66). Destaca, por lo tanto y a n uestro entender, las virtu des del modelo por
encima de los posibles defectos que se le puedan achacar enfatizando, en gran medida, la ide a
a la que venimos haciendo referencia en p árrafos anteriores acerca de la ne cesidad de generar
procesos comunicativos y dialógicos en el seno de la ciudad anía que reporten beneficios que
vay a n más allá d el, ya de por sí, extremada m ente deseable pod er compartido y que se lean en
términos de cohesión social, identidad re lacional y (re)construcc ión comu nitaria.
Así las cosas, ya modo de recapitulación, es preciso mencionar qu e la dem ocracia, en su
perspec tiva d eliberativa, no se caracteriza por ser exclusivamente una fo rma política sino que
además, y según C ohen (2001: 236) “es un marc o de disposiciones sociales e institucionales
que:
facilitan e l razonamiento libre entre c iudad anos iguales al suministrar, por
ejemplo, condiciones favorables para la expresión, asocia ción y participación, a la vez
que aseguran que los ciudadanos sea n t ratados como libres e iguales en ese debate, y
vinculan la autorización para ejercer el pod er públi co – y el eje rcicio del
mismo- a ese razonamiento público, al establecer un marco que asegure la comprensión
y l a responsabilidad de l poder político ante él por medio de periódicas elecciones
competitivas, de condiciones de publicidad, de vi gilancia legislativa, etcétera” .
Se trataría, pues, de gen erar cambios en la ment alidad de la ciudadanía que
trascendiesen las modi ficaciones puramente superficiales de los sistemas decisionales y
los núcleos de poder. Co mprometer a los ciudada nos con los problemas que afectan a su
ecosistema social haciendo circular la idea d e que su protagonismo polí tico ha de ser
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
67
constante dejando de lad o la delegación de respo nsabilidades. Eliminar resistenci as de
tipo institucional que contribu y en, única y exclusivamente, a bu rocratizar la política y a
privatizar la toma de decisiones. En de finitiva, cargar de legitimidad a las difer entes
políticas que se implementen a través de la gener alización de los proce sos deliberativos
configurando, po r medi o de un cariz más dialogal, una sociedad más próxima a l a
equidad y a la justicia social, también en la toma de decisiones (eliminando el
monopolio institucional de las mi smas) y es que “si queremos una democracia vi va, si
queremos una polí tica c ompartida, necesitamos espacios y oportunidades que p ermitan
debates abiertos, donde se constru y an ideales y vi sones también compartidos” (Subirats,
2011: 6).
Conviene efectuar una aclaración que abre, además, un nuevo factor d e análisis en lo
relativo a la participació n ciudadana y las circunstancias que l a rodean, bien animándola, bien
limitándola. Hemos estado mencionando de manera constante el término poder para referirnos
a los puestos de responsabilidad polí tica en los qu e se goz a, al menos e n principio, de una
considerable capacidad decisoria en cuanto a las medidas a implementar y hac iendo alegatos a
favor de que la ciudadan ía tenga cotas d e decisió n que le otorguen ese citado poder. En este
sentido, merece la pena i ndicar que cuando hablamos de poder, el factor polí tico, y puede que
en nuestros días más qu e en ningún otro momento en la historia, es ins eparable del factor
económico
2
. El protagonismo de este últ imo se materializa, cuanto menos, en dos parce l as
fundamentale s.
En primer lugar, y como veremos más adelante, las grandes corporaciones
multinacionales mediatizan la labor de los gobiernos exigiendo (no necesariamente de manera
explícita) medidas legislativas favorables y los mercados castigan aquellas políticas qu e
puedan atentar contra s u constante enriquecimiento. Como señala Subirats (2011: 13) “l as
instituciones políticas de los estados tienen crecientes dificultades, ya no p ara controlar sino,
simplemente, para respo nder o acomodarse a dinámicas económicas y f i nancieras qu e les
desbordan y c ondi cionan por completo”.
Por otro lado, la promoción de un imaginario social en el que asociamos dinero y
posesiones materiales con bienestar y f elicidad, a demás de someter todas las facetas vitales a
2
E n el capít ulo 2 entra mos d e manera más pormenorizada en el análisis del pro tagonismo de la econo mía en la
política ocupándonos de la parad oja que supone que los políticos, presionados por los grandes pod ere s
econó m icos, pueden hoy día a cceder al gobierno p ero no al poder.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
68
menestere s l aborales de scuidando otras parcelas, han animado los sal vajes procesos de
urbanización generando irracionales y excluyentes fisonomías de ciudad que fomentan el
individualismo y la incomunicación a la vez que provocan la fr agmentación de los lazos
comunitarios propios de los espacios rur ales, po niendo en tela d e juicio la tesis del espacio
público como generador e impulsor de ciudadanía . El espacio público “ concebido (…) como
instrumento de redistribución social, de cohesión comunitaria, de autoestima colectiva (…) es
espacio polí tico, de formación y exp resión de voluntades colectivas” (Borja, 2003: 29). El
propio J ordi Borja (2003) en su obra “La ciudad conquistada” acomete u n atractivo análisis
de estas cuestiones reseñando que “urbanización no es ciudad” ( I bíd em, 2003: 30) tratando de
resaltar, con esa expresió n, el hecho de que “la ciudad « emergente » es « difusa » , de bajas
intensidades y altas segregaciones, te rritorialmente despilfarradora, poco so stenible, y so cial y
culturalmente dominada por tendencias p erversas de guetización y dualización o exclusión”
(Ibídem , 2003: 30). Y alcanza c omo una de las conclusiones el hecho de que “el libre
mercado todopoderoso no tiene capacidad integ radora de la ciudadanía; al contrario: f ractura
los tejidos urbanos y sociales” ( Ibídem, 2003: 30).
Subirats efectúa una interesante reflexión que alu de a los viejos y a los n uevos sentidos
de la democrac ia cuando cita el célebre discurso d e Constant
3
sobre la libertad de los antiguos
y l a libertad de los modernos, algo que nos sirve para profundizar en ciertos posicionamientos
relatados con anteriorid ad y atinentes a las dificultades y los im pedimentos de naturaleza
operativa que se establecen a otros modos de d emocracia deliberativa, di recta, participativa,
etc. y que pued en escon der trab as más profund as y basadas en formas dif erentes de entender
la organización social y los derechos políti cos de la ciudadanía. La confro ntación consiste en
que “frente a l a libertad de los « antiguos » , entendida como participación directa e n las
decisiones públicas y en la formación de las le y es a tr avés del cu erpo p olítico que expresa la
asamblea de los ciudadanos, se entendía que ello no solo y a no era posi ble por la expansión
del « demos » , es decir, por la cantida d de gente a quién re unir y con quién deba t ir, sino que
más allá de ese impedimento físico o cuantitativo, la lógica que existía de trás del ideal de l a
democracia directa podría llegar a ser contraproducente. La li bertad d e los « modernos »
implica el reconocimiento de d erechos políticos f undamentale s, entendie n do la pa rticipación
3
Benja min Con stant d e Reb ecque fue u n filósofo, escritor y político francés d e o rigen sui zo que, entre finales
del siglo XVI II y las pri m eras décad as del XIX , se ocupó en s us obr as de exponer su teor ía de la lib ertad basada
en la posesión y el disfrute d e los de rechos civile s. Ap ostaba por la elecció n de repr esentantes que ser ían los que
ejer cerían los derec hos de la ciudadanía.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
69
política como una liberta d política más, que s e ex presa en el d erecho a expresarse, a reunirse,
a organizarse para influir en la política del país, y que comprende además el derecho a elegir a
sus representantes en las insti tuciones y el derecho, asimismo, a s er elegidos” (Subi rats, 2011:
56-57).
Es, ni más ni menos, y como lo significa Ginsborg (2010 ), un p aralelismo entre la
confrontación que se establecía entr e la democrac ia directa (modelo ateniense, ciudada no s
varones decidían el de s tino de la pol is en asa mblea) y la democracia re presentativa (un
gobierno en nombre de los ciudadanos) de forma que la p rimera “aseguraba el reparto del
poder social a través de l a participación constante , pero la segunda garantiz aba las liber tades
individuales y p ermitía a los hombres el disfrute de la seguridad en los placeres privados”
(Ibídem, 2010: 197) respondiendo de ese modo a las problemáticas generadas en las
sociedades modernas caracterizadas por su crecie nte complejidad. La perspectiva de Const ant
no deja de aproximarse a posi cionamientos liberales que, premeditada o aleatoriamente, alejan
a la ciudadanía de la toma de decisiones.
Estas nuevas adjetivac io nes de la democracia d e las que nos hemos ocupado en las
páginas precedentes bus can constituirse en un imprescindible e innegociable apo y o de un a
democracia representativa que, aunque seriamente enfe rma, se nos antoja como insustituible
(exce pto en comunidades locales mu y r educidas). Y hablamos de innegociable puesto que el
ac tual sis tema ha dado a lo largo de la historia señales inequívocas de ine ficacia a la hora de
incorporar a los ciudadanos a la toma de dec isiones públicas en los diversos ámbitos
territoriales. En este sentido, y apo ya dos en la afirmación atribuida a Alber t Einstein, según la
cual locura es hacer lo mismo en repetidas ocasiones esperando resultados diferentes, el
inmovilismo del actual sistema, por más que s e de puren hechos como los re lativos a la
corrupc ión, nos seguirá traslada ndo a parajes similares caracteriz ados por planteamientos
paternalistas y jerarquizados basados en l a f alta de compromiso, implicación y en la
delegac ión de responsabilidades. Quiz ás la hipótesis de la locura queda descartada si
reflexionamos en el más que probable hecho de que las é lites, que gozan de posi ciones cada
vez más privilegiadas, no quieren ni oír hablar d e remodelaciones del sis tema que pudieran
comprometer su dominio sobre e l m ismo.
Sea como fuere, se tr ata de cuestiones todas ellas más patentes, si cabe, en el nive l
mun icipal. Así es como lo seña la F ernández (2005: 339) cuando destaca que “debido a la
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
70
extensión de det erminados fenómenos soci ales d e distanciamiento entre l a clase polí tica y la
sociedad civil y a la propia evolución legal de una organización municipal cada vez más
próxima al modelo organizativo estatal y autonó mico, el propio sistema democr ático local
reclama un ma y or desarrollo e innovación que contribuya a mejorar la credibilidad y
legitimidad de las decisiones públicas”. La participación ciudadana no es, ni mucho menos,
incompatible con la e ficiencia en la g estión pública. Y, en último caso, dicha afirmación
habría sido, h asta el momento, difícilmente cor roborable, pu esto que los d iversos mec anismos
de democr a cia direc ta han estado siempre subor dinados a la decisión final de los órganos
repre sentativos. Por ello apoy amos, de forma decidida, el hecho de que democracia
repre sentativa y participación ciudada na se complementen y r e fuercen mutuamente.
En definitiva, el objetivo que se persigue con las diferentes cuestiones que hemos tratado
de plantear en este apartado no es otro que el alcanzar un momento en el ti empo y una
pluralidad de luga res en el espacio en los que la democracia pued a ser definida, sin ambages,
como un “ré gim en político en el que existen u n deter mi nado conjunt o de relaciones, o
espacios públicos, confli ctivos o cooperativos, entre gobe rnantes y gobe rnados que generan
condiciones coyunturales o permanentes favorables a lograr la coincidencia entre lo que los
ciudadanos deciden que debe hacer se y lo que d eciden los gobernantes” (Ibarra, 2011: 56).
Este epígrafe h a de servir, del mi smo modo, como una contextualización int roductoria a parti r
de la cual analizar los márgenes de acción de los que actualmente dispo ne la ciudadanía. Y
trata, asimismo, de radiografiar el protagonismo de los enclaves muni cipales en es a nueva
política, en esa nueva democracia, con un a novedosa pluralidad d e adjetivaciones que le
devuelva su c a rácter originario, atendiendo a las cuestiones de d iferente naturaleza
(personales, instit ucionales, etc.) que se ubica n en la base sobre la que asentar una nueva
forma de hacer política con un modelo que orbite necesariamente en torno a la participación
de la ciudadanía y que busque, decididamente, la equidad y la justicia social.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
71
1.2. Referentes l egales de l a participación
A pesar de qu e la partici pación ciudadana no sie mpre se desarrolla siguiendo los cauces
establecidos por el marco legal, sí re sult a imprescindible el aná lisis de éste último pue s
constituye un punto de partida desde el que c aracterizar p rocesos participativos y asentar
nuevas fo rmas de tomar partido e implicarse en la esf era pública. No d ebemos olvidar que
aquellas cuestiones recogidas en los textos legisl ativos, así como los derechos que en ellos se
establece n, poseen un c arácter p rogresivo, de man era qu e se h a de ir av anzando en conquistas
que supongan el perfeccionamiento de ciertos derechos y qu e posibil iten, a su vez, la
implantación de nuevos mecanismos y la consecu ción de mayores márgenes de maniobra par a
la ciudadanía. En este s enti do, Calvo (2009: 153) indica que las dif erentes normativas, desd e
sus diversos rangos y e n sus distintos marcos de aplicación, han de ser entendidas como
“mandatos del poder co nstitu y ente a los poderes públi cos establecidos e n la may or parte de
los casos con un criter io cualitativo de avance en las polí ticas sociales a que se refieren”,
debiendo tomarse en consideración el hecho de que “entre la formula ción d e estos mandatos y
la re alidad social ha y un gran espacio que d ebe ser llenado por las ley es y las norma s
reglamentarias” ( Ibídem, 2009: 154).
Lo farragoso que pued e resultar, a priori, cualquier escrito que se fundam ente y que tom e
como referente para su construcción documentos legales caracterizados, d e manera constant e,
por un profundo formalismo, tratará de ser comb atido, en este caso, por la clar ifi cación qu e
supone el analiz ar medidas que r epresentan el sust rato legal sobre el que se pueden cimentar
las dinámicas y las ini ciativas participativas, sobre todo en ámbitos en los q ue, en muchas
ocasiones, el de recho emerge de reivindicaciones ciudadanas y los textos legislativos que
regulan un a d eterminada pa rcela surg en motivados por el descontento social y la acción
coordinada de la ciudadanía. Cuestión ésta que resulta de gran a yuda a la hora de enlazar esta
temática con uno de los puntos centrales del estudio que orbita en torno al protagonismo de
los movi mientos sociales, asociaciones, dinámicas cívicas, etc., en la tom a de decisiones y en
la construcc ión d el marco convivencial de una comunidad.
Huelga señalar que la importancia y la magnitud de los textos legales que aquí se citan en
relación al desarrollo de la participación, así como a otros derechos fundamentales de los
ciudadanos, reflejarían una entidad suficiente como para que esta temátic a fuese objeto de una
Tesis Doctoral y más si se aborda , cosa que no haremos aquí (cuanto menos con profundidad),
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
72
un análisis crítico de los textos legales. Por ello, anticipamos nuestra pretensión sint ética y la
finalidad de este epígrafe, que no es otra que ap roximarse al cu erpo norm ativo que establece
el margen de m aniobra de la ciudadanía.
En un principio sí podemos afirmar que el espacio participa ti vo a disposición de la
ciudadanía no es todo lo amplio que sería deseable concordando co n Revenga (2007: 15)
cuando señ ala que, a este r especto, la participación polí tica se caracteriza por sus
“inconsistencias y desviaciones”. Del mismo modo, la apatía, la pasividad y la inacción
terminan por hacer que no se exploten, con la inte nsidad sufic iente, aquellas atribuciones que
el marco legal sí contempla de modo que “el hábito de acomodarnos a las distancias que
separa n lo que propugnamos en nuestros textos constitucionales y lo que practicamos, ha
acabado por hacer poco visible el cará cter liter almente insostenible de ciertas fórmulas qu e
han ido perdiendo sustancia, para aparecérsenos como dudosos homenajes verba les a unos
tiempos pretéritos que, p or lo demás, t ampoco fueron precisamente gloriosos” ( Ibídem, 2007:
15-16). Asimism o, la posibilidad de hacer uso de determinados procedimientos propios de la
democracia directa en ciertos asuntos es, a menudo, objeto de desp recio de manera que “bajo
el pretexto de la impos ibilidad materia l de l a democracia dir ecta, en el nivel de nuestra
repre sentación « g lobal » como sociedad organizada, tende mos a ser poco conscientes del
espacio qu e tenemos di sponible para formas alternativas de participación directa en los
ámbitos más cercanos de nuestra convivencia. En tales ámbitos, donde a menudo sí es posible
la decisión cara a cara, s e ventilan asuntos que afectan de lleno a nuestra calidad de vida del
día a día, y en ellos la co artada de la asfixia participativa por obra del peso de las maquinarias
partidistas raras veces si rve a modo de excusa j ustificadora para nuestr as desafecciones y
apatías” ( Ibídem, 2007: 17).
Recapitulando, se just ifica el empleo de l a democracia r epresentativa ante lo inasumible
de im plementar mec anismos propios de la democracia directa en la glob alidad del territorio,
sin embargo, l a r elación entre representante y representado adolece d e im portantes carencias
que hacen que ra y e el ra quitismo democrático. U na de esas carencias, qui z á la más genuina,
viene representada por el protagonismo y la intermediación permanente de los partidos
políticos entre el ciudadano y su representante. Por otra parte, las quejas, el desinterés y la
apatía de la ciudadanía, junto con los déficits en relación a la existencia d e una participación
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
73
efec ti va y visible
4
, motivan que aquellos e s pacios habilitados para la participac ión
permanezca n, como decíamos, vírgenes e insaturados. El resultado, a todas luces desolador, se
traduce en una anemia p articipativa que amen aza con reforzar un sistema sociopolítico que
olvida a los ciudadanos y sigue fielmente los dictados de l orden económico dominante. La
construcción de un a legislación más acorde con estas pretensiones, cimentada siempre en las
dinámicas reivindicativas de derechos para las personas, se nos antoja instrumento
fundamental en el ca mi nar hacia una nueva consideración de la polí tica y del pape l de la
ciudadanía en los distintos enc laves te rritoriales.
Sea como fuere, l a participación, como h emos venido apuntando con insistencia en el
preámbulo d e este primer capítulo, impregna todas las fa c etas de la vi da y s e en cuentra
intensamente emparentada con otros derechos básicos de la ciudadanía, esencialmente con el
derec ho a la información (prerrequisito y presupu esto imprescindible para la participación), l a
reunión y la asociación. Hasta el punto de poder afirmar, sin miedo a equivocarnos, que el
derec ho a la participación implica el ejercicio de los derechos de a sociación, reunión e
información. De acuerdo a esto, y dada la n aturaleza de esta Tesis Doctoral, hemos
seleccionado los derechos de participación y asoc iación como referentes c lave a partir de los
cuales iniciar la elaboración de este repaso por el marco legislativo.
En relación al asociacionismo en su vertiente legal, y tomando en consideración una
comparativa con el derecho a la participación, Calvo (2009: 1 57) señala que “el
asociacionismo en España se asienta sobre un cimiento constitucional y legal mu y sólido y
que se apo y a en un a ampli a experienc i a” algo que, en su opinión, no ha ocurrido, al menos en
la misma medida, con la participación, y a que és ta últ ima “ha seguido un proceso en cierta
medida paralelo al asociacionismo, aunque más reducido por l a existencia de límites más
concre tos, sobr e todo en las democracias representativas” ( Ibídem, 2009: 158-159). Dicha
reducc ión es achacada p or el autor, junto con otr os factores, a las funciones atribuidas por el
ordenamiento a poderes y órganos políticos que suponen, lógicamente , una restricc ión de la
participación. Las alusiones al carácter m ejorable de las demo cracias repr esentativas parecen
resultar inevitables también en aquellos textos que, lejos de mantener un tono crítico y basado
en posicionamientos políticos opuestos a los predominantes, asumen una perspectiva más
4
Es habitual que uno d e los motivo s por los cuales los espacios y las platafor mas d e participación directa no
acaben cristalizando y establec iéndose en la nor m alid ad d emocrática r adique en que l as aportacio nes d e los
ciudadanos no tienen co nsecuencias visibles p ara ellos e n sus ecosi stemas más cer canos. Acaban siendo
mecanismos paliati vos del desco ntento que vuelve n a redund ar en plantea m iento s de naturaleza paternalista.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
80
cayendo en las limi taciones achacables a otros procedimientos propios de la democracia
repre sentativa.
El excesivo poder que se concede a los pa rtidos polí ticos, citado con
anterioridad en el comentario correspondiente al artículo 6 de la Const itución, lejos de
colaborar en l a construcción de un modelo de democracia mi xta que conceda
protagonismo y fomente la impli cación de los ciudadanos, abona el te rreno para el
monopolio de la participación electoral cimentada en l a de legación de
responsabilidades.
“Existe un tratamiento constitucional garantista de las inst itucion es de la
democracia representativa, frente a un tr atamiento restrictivo de las instituciones de
democracia semidirecta. Dicho de otro modo, la participación electoral en que la
democracia representativa se concibe como garantí a frente a una posible regulac ión
restrictiva por parte d el legislador; por el contrario, las instituciones de democracia
semidirecta, más que g arantizadas frente al legislador, aparecen limitadas o restringidas
frente a un eventual intento por parte de éste de regularlas de forma más amplia o
generosa” ( Ibídem, 2007: 51). En re sumen, la de mocracia representativa y la
participación electo ral son el mínimo indispensable garantizado por la Constitución
mientras que los citados instrumentos de d emocracia s emidirecta, lejos d e presentarse
como alternativa, se constitu yen en meros complementos. La participación
repre sentativa se garantiza, la directa se restringe.
Sea como fuere, y m ás a llá de este aná li sis y d e otros que aludan a di versas parcelas
como la ordenación d el territorio (que admit irían opiniones divergentes y evidentes
desencue nt ros), la Constitución española, en cuanto al modelo d e democrac ia, se nos p resenta
como un instrumento profundamente mejor able que, si bien en sus int enciones persigue la
soberanía popular y la construcción de una de mocracia densa y profu nda, en su conjunto
acaba resultando deficitaria pu es refuerza la delegación de responsabilidades a la vez que
obstaculiza, hasta cierto punto, el empoderamiento de la ciudadanía así como su capacidad de
influir, de forma di recta, en la toma de d ecisiones que afecten a su quehacer cotidiano. A
pesar de ello, debemos v olver a resaltar que, en lo re ferido a d eterminados derechos básicos
para los ciudadanos (sa nidad, educación, vivi enda, trabajo), la aplicación estricta de l o
re cogido en el t exto con stitucional generaría un a mejora evidente en las condicione s de vida
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
81
de la ciudadanía y pavimentaría el avance hacia criterios más próximos a la equidad y a l a
justicia social. En este se ntido (y más allá de reformas express ope radas desde el bipartidismo
a espaldas de la ciudadanía) sería necesaria una re visión del texto constitucional en lo relativo
al modelo de democracia que diera respuesta a una evidente agitación so cial que comienza a
ser tan patente como justificada. Los procesos descentralizadores, de cesión de competencias
y d e fortalecimiento de l poder local a compañados de la territorialización de iniciativas
contribuirían a que ese modelo ganase en densidad y pro fundidad.
Aunque sean, como y a h emos reiterado, las dos n ormas c itadas con anterioridad las que
de alguna forma v an a orientar todo nuestro análisis, no podemos obviar hacer referencia al
articulado de otras l e yes im portantes que tr atan la participación ciudadana en los asuntos
públicos, su promoción, canalización, etc. Así l as cosas, s erán abundantes las referencias,
dentro de este epígrafe, a la Ley 7/1985, de 2 de a bril, Reguladora de Bases de Régimen Local
(L R BR L), comentando también ciertos aspectos de l a Le y 5/1997, de 22 d e julio, d e
Administración Loca l de Galicia, siempr e guiados por el interés de propo rcionar un panorama
genera l acerca de lo que la legislación vigente dispone en materia de participación ciudadana.
En lo relativo a la Ley 7/1985, de 2 d e abril, Regulad ora de Bases de Régimen Local
(LRBRL)
8
diremos qu e constitu y e , en su glob alidad, un referente cl ave pa ra tod as las
cuestiones r elativas al fu ncionamiento de las adm inistraciones locales, no en vano se tr ata de
la le y que a rticuló las reglas básicas de la org anización de los A yuntamientos democrático s y,
por ello, resulta ineludibl e hacer mención a ella cuando es la particip ación lo que nos ocupa.
Paricio (2000: 186) se refiere a la LRBRL com o “el alféizar d el régimen jurídico de las
Administraciones local es”. Para Ibáñez (2007: 18 0) una d e las princi pales virtudes de esta le y
radica en que “deja a las C orporac iones Locales una amplia autonomía reglamentaria para
regular nuevos cauces d e participación ciudadana”. En este sentido, Jordi Borja (1987: 135)
señala que “la participación es un campo bast ante abier to para la regla mentación original,
específica, por parte de l os Municipios y Entidad es locales en general. La legisl ación permite
la diversidad y la innov ación, aunque int roduce limitaciones”. Sin embargo, esa s eñalada
autonomía local contrasta, par a Fernández (2005 : 46), con el tratamiento que s e efectúa en
relación a la particip ación ciudadana, poniendo de manifiesto que la LRBRL es
“exquisitamente resp etuosa con la autonomía muni cipal pero marcada mente escueta con el
8
La Le y 7/198 5 Reguladora de Bases de Ré gimen Loca l es modificada en al gunos puntos d e su articulado p or la
anterior m ente citada Ley 57/20 03 d e Medidas par a la Modernización del Gob ierno Local.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
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derec ho a p articipar”. E n base a todo ello, en nuestro comentario referido a la L R BR L,
destacaremos lo siguiente:
Ya en el artículo 1 de la mencionada le y se dic e que los municipios han de
constituirse como cauces inmediatos de participación ciudadana en los asuntos públicos,
que institucionaliz an y gestionan con autonomía los intereses propios de las
corre spondientes colectividades.
Asimismo el artículo 2, en su punto primero, enf atiza la necesidad de qu e las
diferentes leyes s ectoriales del Estado o de las Comunidades Autónomas a tribu yan
competencias a las entidades locales con el fin de preservar su autono mía. Debería
añadirse que dich a cesión de competencias no deja de redundar en un beneficio a l a
ciudadanía que se traduce en ma y or proximidad en la gestión y en un conocimiento más
profundo de las necesida des de la población respondiendo, de un modo má s adecuado, a
aquellos colectivos minoritarios y /o de s favorecidos. Para Ibá ñ ez (2007 ) la señalada
proximidad que demanda la LRBRL, si bien no asegura , al menos por sí sola, beneficios
directos par a los ciudada nos, sí contribuy e a g enerar un a serie de efectos p ositivos entre
los que destaca n los sigui entes:
o May or identificación ent re el indi viduo y su comunidad política. Esta
ventaja se maximiza en aquellos núcleos que p resentan un número d e habitantes
relativamente reducido ( como ocurre predominan temente en el caso de G alicia) y
puede debilitarse en grandes ciudades, e n cuyo c aso sería n ecesario r eforzar el
papel de los barrios. D e hecho la p ropia LRBRL regula, en el artículo 128 y p ara
lo s municipios de gran población, la figur a de los Distritos como órganos de
gestión desconcentrada para im pulsar y desarrollar la participación ciudadana e n
la gestión de los asuntos públicos.
o “La ma yor cercanía e identificación del gobierno local con los
ciudadanos, origina, en principio, una ma y or po sibilidad de participación de los
mismos en los asuntos públicos (…) Así, la existenc ia de inst ituciones
democráticas locales, co ntribuye , por si misma, al reparto de pode r no sólo entre
los diversos entes territoriales que constitu yen el Estado, sino también entre las
distintas clases sociales” ( Ibídem, 2007: 28).
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
83
o Desarrollo de una r elación más estrecha y persona li zada de los
repre sentantes locales con sus vecinos estableciéndose, por lo tanto, un mayor
control democrático por parte d e la ciudadanía con respecto a la gestión del día a
día de la institución.
o La cercanía contribu y e, del mi smo modo, a generar cauces alternativos
de participación ciudadana como pueden ser aquellos que vienen representados
por el protagonismo de las Asociaciones de Vecinos, que suelen aglutinar a u n
alto porcentaje de la ciudadanía asegurando la pluralidad en las demandas y
favoreciendo el desarrollo de una gestión próxima y transparente, base de un a
democracia dotada d e mayor densidad y prof undidad.
o La eficacia, flexibilidad y sensibilidad del gobierno local con respecto a
las de mandas y problemas socia les se inte nsifican como consecuencia de esa
mayor cercanía, pudiend o reducir el plazo de tiempo para la resolución de las
diversas problemáticas que vivan los ciudadanos. Tanto en este como en los
anteriore s puntos , esa mayor proximidad ha de venir a compañada de un a
adecuada dotación de medios y recursos para las corporaciones locales que
permitan hacer efectivo el autogobierno y la re spu esta eficaz a las demandas de la
ciudadanía.
En el artículo 18 se indica, del mismo modo, que participar en la gestión
municipal constituye un derecho y un deber de los vecinos, mientras que en el 24 se
pone de manifiesto que para facilitar esa p articip ación ciudad ana en la gestión de los
asuntos locales tra tando de mejorar é sta, los muni cipios podrán estable cer ór g anos
territoriales d e gestión d esconce nt rada, con la or ganización, funciones y competencias
que cada a yuntamiento les confiera, atendiendo a las carac terísticas del asentamiento de
la población dentro de l t érmino municipal.
En el capítulo cuarto del título quint o de la LRBRL se establece la necesidad
de que los a y untamiento s dispongan de mecanismos, formas, medios, procedimientos,
etc., tendentes a facilitar la información y p articipación ciudadana. Es un denominador
común en todas aquellas normas que hagan refere n cia, de una u otra forma, a l a
administración local, el que se recoja la obligación de los poderes públicos de habilitar
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
84
esas vías que permitan satisfacer los derechos ciudadanos a los que estamos haciendo
mención en este apartado.
En la LRBRL se señala, igualmente, que los ay un tamientos deberán establecer
y regular en normas de carácter org ánico procedimientos y órganos adecuados para la
efec ti va pa rticipación de los vecinos en los asuntos de la vida pública loca l, tanto en el
ámbito del municipio en su conjunto como en el de los distritos, en el sup uesto de qu e
existan en el muni cipio dichas divi siones territoriales, enfatizando, ademá s, la potestad
de los vecinos para ejercer la iniciativa popular presentando propuestas en materias y
asuntos de la compete n ci a municipal.
El artículo 72 de la LRBRL alude a la obli gación de los a yuntamientos de
promover la creación y fomentar el protagonismo de las asociaciones p ara la defensa de
los int ereses g enerales o sectoriales de los vecinos, impulsando su labor con dotaciones
económicas y colaborando con ellas en asuntos de interés ciudadano s eñalando, d el
mismo modo, que podrán ser declaradas de u tilidad pública. Se insiste a lo largo de l
articulado de este capítulo en la necesidad de q ue los Ayuntamientos faciliten a los
ciudadanos toda la información r elativa a las de cisiones que se va ya n tomando en los
plenos municipales señalando, ade m ás, que e n determinados asuntos, siempre que la
corporación lo considere necesario, se convocarán consultas públic as a fin de
determinar cuál es e l posi cionamiento de la ciudadanía al respecto.
Puestos a centrarnos, de un modo estricto, en aquellos cauces participa tivos que recoge l a
LRBRL podemos, siguiendo a Ibáñez (2007) y efectuando un esfuerzo de sínt esis, resaltar los
siguientes:
Derecho de los vec inos a ser elector y elegible, siguiendo lo establecido en la
legislación elec toral.
Derecho de los vecinos a part icipar en la gestión municipal de acuerdo c on lo
dispuesto en las le ye s y , en su c aso, cuando la c olaboración con c arácter voluntario d e
los vecinos sea interesada por los órganos de gobi erno y administración m unicipal. Esto
supone dejar un espacio abierto para aquello qu e se disponga en las dif erentes l e ye s
(estatales o a utonóm icas) y e n los r eglamentos municipales.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
85
Derecho de los vecinos a pedir la consulta popu lar en los términos recogidos
por las leyes corre spondi entes.
Se indi ca la potestad de los municipios para establece r órg anos de gestión
desconce nt rada, a fin de facilitar la participación ciudadana en la gestión de los asuntos
locales y m ejorar ésta. A lgunos ejemplos los encontramos en las Juntas Municipales d e
Distrito así como en los Consejos S ectoriales que tratan de canalizar la participación
ciudadana así como de impul sar el protagonismo de las a socia ciones.
La s diferentes ordenanzas locales, así como los presupuestos, serán public adas
para e l conocimiento de los vecinos.
La s consultas populare s.
La promoción de las asociaciones de vecinos y de su participación en la ges tión
del muni cipio. En este sentido, se establece que las Corporaciones locales deben
facilitarle s la más amplia informac ión sob re sus actividades, y el uso de los medios
públicos y el a cceso a las a y ud as económicas para la realiz ación de sus actividades, así
como impulsar su participación en la gestión de l a y untamiento. A este respecto, la s
asociaciones pueden ser declaradas de u ti lidad pública.
En no pocas ocasiones, estas dispo siciones q ue acabamos de resaltar no ll egan a
cristalizar, puesto que encuentran obstáculos importantes de natura leza burocrática y
administrativa. Del mismo modo, su de pendencia de otras normas legales (tanto a nivel
autonómico como estatal) las hace vulnerables a la existencia de contradicciones. Como
señalábamos con anterioridad, la LRBRL se v e modificada en ciertos as pectos por la Ley
57/2003, de 16 de diciembre, de M edidas para la Modernización del Gobierno Local.
Nosotros nos centraremos en aquellas cu estiones que atienden a la temática que nos ocupa: la
participación ciudadana. En este sentido, la le y trata de int roducir nuevos cauces de
participación poniendo de manifiesto, en la misma Exposición de Motivos, el hecho de que la
LRBRL ti ene un carácter meramente declarativo en lo que a participación ciudadana se refiere
y que, si bien en esta temática, ha y que dej ar cierta potestad a los municipios, sí resulta
positivo el hecho de que la legislación básica co ntenga unos estándares mínimos concretos
que permitan la efectividad de esa participación. A pesar de las intenciones declaradas las
modificaciones implementadas no fueron tan p rofundas como c abría esperar. A continuación
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
86
pasamos a enumerar, de un modo resumido, aquellas novedades principales que int roduce la
citada ley (Ibáñe z , 2007):
Nece sidad de establecimiento de reglamentos orgánicos de participación
ciudadana en todos los ayuntamientos. D e estos d ocumentos nos ocuparemos en la parte
final de este epígrafe si bien vale la pen a mencionar que su aprobación y /o existencia no
genera , de forma inequ ívoca y como parece e vidente, un incremento inmediato y
automático de la participación ciudadana. Pueden existir municipios que funcionen bien
en cuanto a participaci ón de la ciudadanía sin contar con un d ocu mento de esta
naturaleza, aunque el mismo puede suponer un bue n punto de refere ncia que oriente a
los vecinos en cua nto a los derec hos y debere s que les asisten. Del m ismo modo,
originariamente, se vinculaba la existencia d e e stos re glamentos con la mas a
poblacional del muni cipio estando más indi cados para aquellos núcleos q ue presentan
un cierto número de hab itantes. A nuestro juicio, si se redactan de un modo estudiado,
con la participación de los vecinos, bien individualmente, bien a través de asociac iones ,
y se respetan, y endo má s allá de un sim ple documento que sirva como just ificación de
determinada s líneas de ac tuación, pu eden resultar valiosos, si bien consideramos que
otros factores detentan un may or protagonismo en lo que a promoción de la
participación ciudadana s e refiere.
Se reconoce como un nuevo derecho de participación la iniciativa popular,
siendo sus ti tulares los vecinos con d erecho de sufragio activo en l as elecciones
municipales. Su finalidad e s que los vecinos presenten propuestas de actuac ión en
determinada s materias que tienen que ver con la gestión del municipio. Dichas
iniciativas podrán inco rporar una propuesta de consulta popular local debiendo estar
suscritas, al menos, por el siguiente porcentaje d e vecinos del municipio (vecin os del
municipio y no sólo vecinos electore s, lo cual incrementa los porcentajes): 20% en
municipios de hasta 5000 habitantes, 15% en municipios cuya población se encuentre
entre los 5001 y los 2000 0 habitantes y un 10% en aquellas poblaciones que superen los
20000 habitantes. Sea como fuere, y en lo qu e se re fiere a los efectos d e la iniciativa,
ésta deberá ser sometida a d ebate y vota ción en el pleno. Todas estas carac t erísticas
parecen trasladarnos a una normativa que más que garantizar la igualdad y el derecho de
los vecinos a participar de la g estión municipal, restringe el alcance d e esta forma d e
implicación y corresponsabilidad cívica.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
87
Se hace un énfasis especial en la necesidad de qu e los municipios im pulsen la
utilización interac ti va de las tecnologías de la informac ión y la comunic ación a fin de
facilitar la participación y la relación con los vecinos, la presentac ión de documentos y
la re alización de trámites administrativos, de e ncuestas y , en su caso, de consultas
ciudadana s. En ningún c aso puede llegar a valorarse esta medida como un nuevo cauce
de participación ciudadana que incremente el em poderamiento de los veci nos, sino más
bien como un instrumento que busca incrementar la información. Del mismo modo, las
dudas con respecto a la bidireccionalidad de la comunicación y al grado de
implantación, en muchos municipios, de tecnologías de esta n aturaleza, ha cen poner en
tela de juicio a e sta clase de medidas.
La le y también est ablece otra técnica de participación consistente en la
repre sentación de los usuarios y d e las entidades ciudadanas en el C onsejo de
Administración de las empresas pública s mun icipales.
Asimismo, en los municipios de gran población se preveían otras normas
específicas de participación ciudada na, algunas de las cuales y a han si d o citada s, de
forma somera, en párrafos anteriore s:
o La creación de los Dist ritos como divisiones territoriales propias
dotadas de órganos de gesti ón desconcentra da que tratan de impulsar y d esarrollar
la participac ión ciudadana en la gestión de los asunt os municipales.
o Creación del Consejo Social de la Ciudad con el fin de emitir informes,
estudios y p ropuestas en materias de desarrollo económico local, planificación
estratégica de l a ciudad y g randes pro yectos urbanos. Dicho órgano estarí a
integrado por representantes de las organizac iones e conómicas, s ociales,
profesionales y de vec ino s más representativas.
o El P leno deberá crear una Comisión Especial de Sugerencias y
reclamaciones para defe n der a los vecinos ante la Administración municipal.
Vale la pena mencionar que la citada L e y 57/200 3, de 16 de diciembre, de Medidas para
la Modernización del Gobierno L o cal que vení a a reformar ciertos aspecto s de la L RBR L del
año 1985 surgió, en bue na parte, como consec u encia de una r ecomendación efectuada desde
la Unión Europ ea a los Estados mi embros, en concreto, la Recomendación (2001)19 del
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
88
Comité de Ministros d el Consejo de Europa d el 6 d e diciembre de 2001 , sobre la
participación de los ciudadanos en la vida públi ca local. En el citado documento, para
Fernández (2005: 29), “si bien se parte d e la convicción que la democracia representativa
forma parte del patrimonio común de los Estados miembros y es el fundamento de la
participación de los ciudadanos en todos los niveles territoria les de la vida pública, se
constata, no obst ante, qu e el nivel de confi anza de los ciudadanos en sus insti tuciones electas
ha desc endido, de mod o que es necesario que las instituciones pública s restablezcan la
conexión con la ciudadanía, con objeto d e mantener la legitimi dad d e los pro c esos d e
adopción de d ecisiones públicas”. Así las cosas, uno de los puntos es enciales en los que
incidía la citada re comendación se centraba en l a necesidad d e fomentar el diálogo entre los
ciudadanos y los representantes locales trat ando d e reforzar la le git imidad de las instituciones
democráticas a la v ez que se incidía en la efi cacia de su acción. A modo de resumen, las
medidas señaladas por esta recomendación europea se dividían en tres gr upos fundamentales
(Ibídem, 2005):
Acciones y m edidas relat ivas a la participación en las ele cciones locales y en el
sistema de democracia represe ntativa.
Acciones y medidas rel ativas a la participación di recta de los ciudadanos en el
proceso de adopción de las decisiones públicas en el ámbito local y en la gestión de l os
asuntos locales.
Acciones y medid as esp ecíficas relativas a categorías de ciudadanos que, por
diversas razones, encuentran dificultades para participar (mujeres, jóv enes, grupos
sociales desfavorecidos, etc.) .
Si bien cualquier iniciativa que busque un incremento de la participación ciudadana es
bienvenida, parece evidente que las modi ficaciones establecidas por esta ley , los principios
señalados en la recomendación eur opea, así com o los instrumentos seña lados en la propia
LRBRL , distan de crear un mar co lega l amplio que anime a la participa ción c iudadana.
Volvemos a caer en declaraciones oficiales y e n medidas de naturaleza cosmética que no
ataca n la raíz del problema y que no superan el nivel, por otra p arte s atu rado, de l as buenas
intenciones institucionales, de los discursos solemnes y aparentemente comprometidos cu yo
efec to se plasma únicamente sobre el papel y no genera ef ecto alguno en la ciudadanía, más
allá que el complic ar su efectiva participación en la gestión municipal.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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Hay que reseñar que la citada LRBRL ha sido sustit uida por una nueva le y , la Ley
27/2013, d e 27 de d iciem b re, d e Racionalización y Sostenibilidad de la Administración
Local . Una nu eva norm a legal, en vigor desde el 30 de diciembre d e 2013, que vi ene a
suponer un complemento a lo establecido en la reforma constitucional del año 2011 (acuerdo
secre to de PP y PSOE sin referéndum ni nada qu e se le asemeje), en la que se modificaba el
artículo 135 de la Carta Magna recogiendo un pr incipio de estabilidad presupuestaria como
principio re ctor que debi era p residir las actuaciones de todas las Administraciones Públicas,
una reforma que se acometió siguiendo fielmente lo ordena do por la Unión Europea, más
concre t amente por Alemania. De una forma resumida podría decirse que dicha le y viene a
debilitar, aun más si cabe, el poder de los ayuntamientos en la gestión de recursos económicos
y la at ribución de comp etencias reforzando el p apel de las Diputaciones Provinciales, todo
ello re fugiándose en el argume nto de la austeridad. Una norma que refuerza el carácter
centralista y reduce, con ello, el margen de maniobra de los ayuntamientos de modo que niega
el papel principal de éstos en cuanto a la atención a la diversidad, las minorías y el tratamiento
de la exclusión social. Valdría la pena pararse a pensar por un moment o en que una d e las
primeras medidas qu e se tom aron en las dict aduras europeas del siglo XX (Hitler en
Alemania, Mussolini en Italia, Franco en el Estado español u Oliveira Salazar en Portugal) fue
eliminar las libe rtades y autonomías de municipios y regiones para abrir el camino a sus
propósitos totalitarios para analizar la importancia de l a desc entralización en la
democratización de los Estados. La aprobación de normas que apo yan la descentralización del
Estado es, al menos a priori, garantía de democracia y libertad, puesto que son los municipios
quienes pueden dar una respuesta más adecuada a las necesidades, requeri mientos, demandas,
deseos, etc. de la ciudad anía, atendiendo a aquellos colectivos desfavorecidos e impulsando
actuac iones de naturaleza integral. Todo aqu ello que refiera disposiciones de signo contrario
(y la mencion ada le y lo e s) nos conduce a desandar lo andado y a depauper ar la prestación d e
servicios básicos a l as personas, retrotrayéndonos varios lustros en lo qu e a derechos s e
refiere.
Bajo el disfraz de racionalizar la estructura de la Admini stración Loc al (se habla de
“disciplinar la actividad de las Admini straciones públicas sin menoscabo de la calidad de los
servicios que prestan”), juzgando ésta como sobredi mensionada, y garantizar su sostenibilidad
financiera se pretende aprobar esta l e y que viene a completar, en parte y como anticipábamos,
a la Ley Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibili dad
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
96
o En la sección cu arta, “S istema de defensa y de protección de los
derec hos de los ciudada nos”, también compuesta únicamente por un artículo, s e
recomienda a los a y unt amientos que pongan en funcionamiento aquellos medios
específicos que consideren más o portunos a la hora de alcanzar la de fensa y la
protección de los derechos de los ciudadanos que se recojan, tanto en el
Reglamento como en la legislación cor respondiente.
El capítulo tercero, titulado “Órganos de participación”, desarrolla, en sus tres
secciones, aquellos aspectos relativos a la definición, la composición y el
funcionamiento de los órganos de pa rticipación, de tal manera que:
o La sección primera se r efiere al Consejo d e Ciudad, que tendrá como
atribuciones fundam entales el debate acerca de l o s planes de actuación generales,
canalizar las suger encias, emitir informes, promover estudios y ha cer propuestas
en la materia de desarrollo económico, local, planificación estratégica de la ciudad
y g randes pro y e ctos u rbanos. Se compone de miembros de c ad a uno de los grupos
municipales, el mismo alcalde, representantes de asociaciones y d e otras
administraciones públicas con competencias en e l ámbito territorial de la ciudad,
etc.
o En la secc ión segunda se analizan los Consejos Territoriale s, con l as
mismas funciones que el Consejo de Ciudad pero limi tados a un ámbito territorial
específico, tratando de favorecer la participación directa y desc entralizada de l a
ciudadanía y de las entid ades. Mantiene una composición semejante al Consejo de
Ciudad ciñéndose a personas pertenecientes al marco del municipio
(representante s d e entidades, ciudadanos “independientes”, etc.).
o La s ección tercera se oc upa de los Consejos Sectoriales como órganos
de participación que c analizan las iniciativas y las inquietudes ciudadanas e n
temas concretos de interés pa ra la ciudad (escuela, cultura, d eporte, medio
ambiente, juventud, etc.). Tiene las mismas funciones que los Consejos
Territoriale s aunque limitadas a su sector concreto de actividad. C uenta con una
composición similar a los anteriores. Además, a lo la rgo del articulado de est a
sección se hace r eferencia a la conformación del Consejo de Niños y Ni ñas, y a
mencionado, y d el Consejo de Equipamiento como un órgano de participación
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
97
relacionado con la gestión de equipamientos públi cos para facilitar la implicación
de la ciudadanía, tanto en su programac ión como en su funcionamiento.
El capítulo cuarto, titul ado “Fomento de las meto dologías participativas” , hace
una escueta referencia a la definición del proceso participativo in dicando como fases del
mismo:
o La in formación, consistente en la difusión del proy e cto.
o El de bate ciudadano, centrado e n la pre sentación de pr opuestas por
parte de la ciudada ní a.
o La devolución, ha ciendo llegar a las personas im plicadas los resultados
del proceso.
Del mismo modo se hac e mención a que el p rograma de actuación muni cipal
recogerá, cada año, q ué pro y e ctos se impulsarán mediante metod ologías
participativas, r eflejándose los resultados de los mismos en una me moria de
evaluac ión.
Cuestiones importantes se abord an también en las siete dispo siciones adicionales que
ponen punto y final al R eglamento, un punto y fi nal que, en su concepción de modelo o guía
para los diversos municipios constituy e, en realidad, un celebrado punto y seguido. De esa
parte fina l, tenemos a bien reseñar, como obligaciones del a y untamiento:
Elaborar una carta ciudadana que a y ude a clarificar, difundir y emplear los
medios necesarios para el ejercicio de los derechos de participación, asociación ,
información, etc .
Promover la elabor ación de un plan de participación que mejore la
organización municipal a la vez que la hace más permea ble a las iniciativas ciudadanas,
fomentando el interés de la ciudada nía por intervenir en la mejoría de la ciudad.
Promover la creación d e un plan para el fom ento del asociacionismo, de
manera que se pot encie la incorporación e impli cación de más personas en el tejido
asociativo.
Diseñar un plan de comunicación que garantice una ma yor y mejor
información ciuda dana.
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Desarrollar un plan de uso de los equi pamientos cívicos, sociales, cultural es y
deportivos que optimi cen el ejercicio de los derechos d e r eunión, asociación y
participación.
Esta parte final del R eglamento de Participación Ciudadana de la FEMP bien podría
hacer las veces de resumen, pues se recogen algunas de las cuestiones esenciales sobre las que
se centra la atención a lo largo de todo el articulado.
Tal y como hemos puesto de manifiesto con anterioridad y como a cabamos de corroborar
en el análisis del Reglamento de Participación Ciudadana de la FEMP, el derecho de
asociación es uno d e los aspectos más estrechamente vinculados a la partic ipación ciudadana,
fundamentalmente por s us potencialidades a la h ora de servi r como vehí culo para canalizar
esas ansi as de participar o en su f aceta d e “a gitador” de es e estado d e latencia en el que en
ocasiones parece encont rarse la capacidad del ciudada no par a tomar partido en los asuntos
públicos.
Así las cosas, conviene dirigi r la vista hacia la Ley que regula el derecho de asociación y
que, como ocurría con el Reglamento de Participación Ciudadana d e la FEMP , constituye un
referente en al ámbito municipal a la hora de regular, gestionar, promover, normalizar, etc.,
todo aquello que tiene que ver c on entidades ciudadanas y dinámica s p articipativas.
En el c aso de l a L ey Orgánica 1/2002, de 22 de marz o, reguladora d el Derecho de
Asociación estamos obli gados a un esfuerzo s intético similar al que hemos tratado de
acometer hasta el momento con los otros refere n tes que han sido objeto de nuestro análisis,
pues su extensión inst a a destacar únicamente aquellos aspectos que consideremos sustantivos
en relación a nuestros in tereses y al contenido de esta Tesis Doctoral. La citada Ley tr ata de
poner orden y de estructurar un mundo como el asociativo en el que la di versidad en cuanto a
la morfología y la tipología, y la complejidad en lo a tinente a la categorización de las
dinámicas son dos d e las tónicas dominantes. Antes de entrar en materia es prec iso destacar
que las ley es que se centran en la participación ciudadana conceden una importancia
significativa a l as asocia ciones para l a de fensa d e los intereses g enerales o sectoriales de los
vecinos de manera qu e, l a propia LRBRL, se refiere a ellas como entidad es de p articipación
ciudadana . Una de las denominaciones q ue se ha n atribuido a estas organiz aciones se centra
en el té rmino part icipación cooperativa , “aquell a participación en la qu e la ciudadanía, sin
integrarse en la o rganización públi ca ni eje cutar funciones materialmente públicas, se
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
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organiza de forma asoci ativa para la realizació n de inter eses generales, en su caso, en
colaboración con la Administración Pública” (Fernández, 2005: 313). El mismo autor destaca
que “las a so ciaciones const ituyen una inneg able manifestación democrática, tanto por la
libertad de asocia rse o c rear asociaciones, como por la regla según la cual, y a dife rencia d e
otras organizaciones jurídi co-privadas, la orga ni zación int erna y el funcionamiento de las
asociaciones d eben ser democráticos, con pleno respeto al pluralismo” ( Ibídem, 2005: 314).
Cuestión ésta que se recoge, de forma explíc ita, en la mi sma le y cu y o b reve análisis
emprendemos a continuación.
En la misma exposición de motivos se reconoc e que el derecho de asociación constitu y e
un fenómeno sociológico y político, como tendencia natural de las personas y como
instrumento de participación, proy e ctando su extensión desde una doble perspectiva: por un
lado, como un der echo d e las personas en el ámb ito de la vid a social y, por otro lado, como
capacidad de las propias asociaciones p ara su fu ncionamiento. Del mi smo modo, se pone de
manifiesto que el ámbito de la Le y queda limitado a las asociaciones sin f in de lucro, lo que
excluye a las sociedades civiles, mercantiles, industriales y laborales, a las cooperativa s y
mutualidades, y a l as co munidades de bienes o d e propietarios. En esta línea se reconoce l a
importancia del fenómeno asocia tivo como instr umento de integración e n la sociedad y de
participación en los asuntos públicos, desempeña ndo un papel fundamental en los diversos
ámbitos de la actividad social, contribuyendo a un ejerc icio ac ti vo de la ciudadanía y a la
consolidación de una democracia avanzada, representando los intereses de los ciudadanos
ante los poderes públic os y d esarrollando una función esencial e im prescindible e n el
quehacer político.
Quizás una de las representac iones más características de las asociaciones en el ámbito
local corra a cargo de l as asociaciones de vecinos. Agrupa ciones qu e, creadas en no po cas
ocasiones de una forma espontánea, aglutinan a buena p arte de las personas de los diferentes
barrios, distritos, parroquias, aldea s, etc. ( en fun ción del tamaño y número de habitantes del
municipio) realizando, al menos, una doble función: una a la que podrí amos adjetivar como
más oper ativa, c entrada en el control de los responsables de la g estión municipal, en la
defensa de derechos y en la reivindicac ión de intereses generales ( asignación de recurso s
municipales, por ejemplo); y otra pu ramente inf ormal y, si se nos permite, más emociona l o
vivencial, vinculada a su categorización como lugar de encuentro, de expresión de intere ses
comunes (construcción de comunidad), con un carácter lúdico y recreativo. De esta manera, el
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
100
fomento de l as aso ciaciones vecinales se en cuadra dentro del más amplio fomento de l as
ac tividades de interés ge neral a cargo de entidades organizativas creadas p or la so ciedad civil
sin ánimo de lucro. L a declaración de interés gen eral depende de los siguientes requisitos que
se detallan (Ibídem, 2005):
Fines de interés general. Los fines que se recojan en los estatutos de la
asociación deben tende r a promover el inter és general, oscilando entre lo s de carácter
cívico (donde se en cuadrarían las entidades vecinales), hasta la promoción y atención a
las person as en riesgo de exclusión, p asando p o r f ines de n aturaleza educativa, cultural,
deportiva, sanitaria, de a sist encia social, de cooperación para el desarrollo, etc.
Ausencia de ánimo de lu cro.
Carácter abierto a la sociedad: “la actividad d e la asociación no deb e estar
restringida exclusivamente a beneficiar a sus asociados, sino abier ta a cualquier otro
posible beneficiario que reúna l as condicion es y caracteres exigidos por la índole de sus
propios fines” ( I bídem, 2005: 323).
Idoneidad de la organi zación: “la asociación debe contar con los m edios
personales y materiales ade cuados y con la organiz ación idónea pa r a garantizar el
cumplimiento de los fines estatutarios” ( Ibídem, 2005: 323). P ara el acceso a
subvenciones públicas se escruta, del mismo modo, su labor en los dos años precede ntes
de acuerdo a l cumplimiento de sus fines estatutarios.
A continuación y del mismo modo con el que hemos actuado en relación al Reglamento
de Participación Ciudad ana de la FEMP, nos disponemos a acometer u n re cor rido por los
aspectos prin cipales de l a L e y que r egula el d erecho de asociación, r etratando y enfatizando
aquellas cuestiones destacadas en cada uno de los ocho capítulos que la componen. De tal
modo hacemos menc ión a:
El capítulo primero, que incluy e las Disposiciones Generales y se c onfigura
con un carácter marcadamente int roductorio, re saltando los aspec tos generales que
circundan al derecho de asociación. L a libre constitución de a sociaciones, s u
funcionamiento interno de cará cter necesariamente democrático, las relaciones con l a
Administración (a y ud as, subvenciones, as esoramiento, información, etc.), la exclusión
de los colectivos señalados con anterioridad en el comentario acerca de la exposición de
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
101
motivos, la posibilidad de constituir federa ci ones, confederac iones o uniones de
asociaciones, etc.
El segundo c apítulo se ocupa expresamente de la constitución de las
asociaciones. Éstas serían creadas mediante acuerdo de tres o más pe rsonas físicas o
jurídicas legalmente con stituidas para el desarrollo de finalidades lícitas, comunes, de
interés general o particular dotándose, para ello, de unos estatutos y fo rmalizando ese
acuerdo m ediante un acta fundacional. Los ve ricuetos relativos a los requisi tos que han
de reunir tanto el ac ta fundac ion al como los estatutos (denominación, domicilio,
duración, fines y actividades de la asociación, requisitos y modalidade s de admisión y
baja, derechos y obligaciones de los asociados, patrimonio inicial, recursos económicos,
etc.) y l as cu estiones referidas a la denominación, domicilio e inscripción en el Registro
de Asociac ion es son tenidos en cuenta en este capítulo.
El terc er capítulo ce nt ra su atenc ión en el func io namiento de las asociaciones
destacando la referencia que se hace en el régime n de actividades a qu e en caso de que
las asociaciones obtengan algún beneficio, éstos deberán destinarse única y
exclusivamente al cumpl imiento de los fines por los que se constitu y eron, sin que exista
la posibilidad de repartir tales contraprestaciones entre quiénes formaliz aron la
asociación ni con respecto a personas próximas a los mismos. La modificac ión de lo s
estatutos, las obligaciones documentales y cont ables, y el proceso de disolución y
liquidación de las asociaciones también en cuentran, entre otros asp ectos, su lugar en
este tercer capítulo.
El capítulo cuarto hace menc ión a los integrantes de las asociaciones, los
asociados. L o más destacado son las referenc i as que se e fectúan a sus derechos y
debere s. Ent re los derechos se mencionan los siguientes:
o A participar en las actividades de la asociación, así como en los órgan os
de gobierno y repre s entación y a ejercer su derecho al voto.
o A ser informados a cerca de la composición de los órganos de gobiern o
y representación de la asociación, de su estado de cuentas y del desa r rollo de su
actividad.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
102
o A ser oído con carácter previo a la adopción de medidas disciplinarias
contra él y a s er informado de los hechos que den lugar a tales medidas.
o A impugnar los acuerdo s de los órganos de la asociación que estime
contrarios a la ley o a los estatutos de la propia a s ociación.
Como deberes se citan los siguientes:
o Compartir las finalidades de la a sociación y colaborar para l a
consecuc ión d e las mismas.
o Pagar las cuotas, derramas y otras aportaciones que, con arreglo a los
estatutos, puedan corre sponder a cada socio.
o Cumplir las obligaciones que se señalen en los estatutos.
o Acatar y cumplir los a cuerdos adopt ados por los órganos de gobierno y
repre sentación de la asociación.
En este capítulo se r egula también la s eparación voluntaria por parte de los
asociados.
El ca pít ulo quinto se focaliza hacia una temática ciertamente densa, la que se
refiere a los Registros de Asociaciones. L a existencia de un Registro Na cional, de
Registros Autonómicos y la necesidad de cooperación y colaboración entre Registros,
así como todo lo relativ o a la inscripció n de la asociación y al régimen jurídico de la
misma.
El sexto capítulo analiza las medidas de fomento en la conformación o creación
de las asociaciones señalando que las Administ raciones públicas promoverán y
facilitará n el d esarrollo de las asociaciones y federaciones, confederaciones y uniones
que persigan finalidades de interés g eneral, respetando siempre la libe rtad y autonomí a
frente a los poderes p úblicos prestando, además, la colaboración n ecesaria a las
personas que p retenden emprender cualquier pr o yecto asociativo. Todo ello sin óbice de
lo indicado con ante rioridad en referencia a la prestación de as esoramiento,
información, la c on cesión de a yuda s, subven ciones, etc.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
103
Especialmente interesante es la referencia qu e se hace en este capítulo a las
asociaciones de utili dad públi ca que, p ara obte ner tal conside ración o declarac ión,
deberá n cumplir una serie de requisitos:
o Sus fines estatutarios deberán tender a la promoción del interés general,
siendo de carácter cívico, educativo, científico, cultural, deportivo, sanitario, de
promoción de los valores constitucionales, de promoción de los derechos
humanos, de asistencia s ocial, de cooperación para el desarrollo, de promoción de
la mujer, de promoción y protección d e la familia, de defensa del medio ambie nte,
de promoción y atención a las per sonas en riesgo de exclusión, etc.
o Su actividad no puede estar restringida exclusivamente a beneficiar a
sus asociados, sino que ha de estar abierta a cu alquier otro posible beneficiari o
que reúna l as condiciones y c aracteres exigidos por la índole de sus propios fines.
o Los miembros de los órganos de r epresentación que per ciban
retribuciones no de b erán hacerlo con cargo a f ond os y subven ciones públicas.
o La s asociaciones, feder aciones, etc. deben co ntar con los medios
personales y mat eriales adecuados y con la organización idónea para garantiz ar el
cumplimiento de los fines estatutarios.
o La s asociaciones, fe d eraciones, e tc. han de encontrarse constituidas,
inscritas en el Registro c orrespondiente, en funcio namiento y dand o cumplimiento
efec ti vo a sus fines estatutarios al menos en los dos años anterior es a la
presentación de la solicitud par a ser declaradas de utilidad pública.
La s asociaciones que s ean d eclaradas de utili dad pública dispo ndrán de
exenciones y beneficios fiscales y e conómicos estando sujetas, por ello, a un
control más exhaustivo por parte de las autoridades. S egún se establece en la
disposición transitoria segunda , la lista de estas asociaciones s e publicará en el
plazo de un año en el Boletín Oficia l del Estado (BOE).
El capítulo séptimo se ocupa de las garantías jurisdi ccionales, es decir, todo lo
relativo a las sit uaciones de tutela judici al de una asoci ación, a la suspensión y
disolución judicial de la misma, y todo aquello q ue guarde relación con las situaciones
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
104
en que la asociación incu mple lo establecido en la le y, persigue fin es ilícitos, no respeta
sus propios estatutos, etc.
El capítulo octavo se reduce a una escueta referencia a l a posibilidad de
constituir Consejos Sectoriales de Asociaciones a fin d e as egurar la colaboración entre
las Administraciones públicas y las asociaciones, como cauce de participación
ciudadana en asuntos públicos. Serían órganos de consulta, información y
asesoramie nto en ámbitos concretos de actuación y estarían integrad os por
repre sentantes de las Admini straciones públi cas, de las asociaciones y por otros
miembros que se designen en virtud de sus especiales condi ciones de experiencia o
conocimiento.
Pues bien, en base a estas y otras normativas, sometiéndose a ellas, aca tand o su contenido
y tomándolas como ineludible y obli gado referente aparecen, en el contexto de los
municipios, los Reglamentos d e Participación Ve cinal . Habíamos dicho con anterioridad
que, siquiera de un modo somero, nos gustaría abordar el an álisis del contenido de un
Reglamento de esta n aturaleza a fin de observar cómo, a nivel municipal, se int entaban
operativizar todas las cuestiones puestas de manifiesto en las disposiciones legales
mencionadas a lo largo de este epígrafe. Anticipábamos, también, qu e el muni cipio
seleccionado, en base a ostentar una tipología o morfología común en la realidad local
gallega, era e l de Vedra.
En este sentido es conve niente señalar la relevancia de l a existencia de reglamentos de
ese ti po en los municipios pues operan c omo una guía de proximidad, a disposición de los
ciudadanos, recogiendo s us derechos es enciales y las obligaciones de la Administ ración para
con ellos. Del mismo modo esos Reglamentos, por constituir una norma jurídica, pueden ser
invocados ante los tribunales si se vulnera alguno de los preceptos que en ellos se inclu ye . Así
las cosas, podríamos afirmar que otorgan una mayor “seguridad” a los ciudadanos a la hora d e
ejercer sus derec hos y su ponen, además, una herramienta de autoorganización municipal.
En las líneas que siguen realizaremos un b reve análisis que permita obtener una visión
genera l acerca de cómo los a yuntamientos trasladan a sus contextos particulares la s
declaraciones de buena s i ntenciones que se recogen en los textos legales.
Quizás, tras leer el citado Reglamento de Pa rticipación Ve cinal y luego de hab er
escrutado la opinión de su técnico de cultura (tarea que, como hemos anticipado, acometíamos
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
105
en el Trabajo de Investigación Tutelado previo a esta Tesis Doctoral), se pueda experimentar
una sensación de cierta dece pción pues la mayor parte de lo señalado se extrae de las
normativas analiz adas con anterioridad, y el le nguaje, si bien no está tan plagado de los
formalismos característicos de los textos legales, dist a mucho de aproximarse a un l enguaje
llano y comprensible para el pueblo. Sin embargo, y como el análisis de los textos no es lo
que nos ocupa en este epígrafe sino que lo que pretendemos es señalar sobre qué base legal
puede la ciudadanía, indi vidual o colectivamente, cimentar su par ticipación y desarrollar sus
iniciativas, vamos a señalar como aspectos más d estacados del R eglamento de Participación
Vecinal de Vedra, los siguientes:
En el artículo ocho se establece la creación, en las dependencias del
ay unt amiento, de una Of icina de Inf o rmación Municipal y de Asesoramiento a las
Asociaciones que p retende recoger las iniciativas, quejas, reclamaciones, etc.,
presentadas por los vecinos o por las entidades ciudadanas, además de ofrecer
asesoramie nto en cuanto a subven ciones, a y udas, etc., tr atando d e gen erar una r elación
más fluida entre la admi nistración municipal y la ciudadanía en gen eral, en especial con
las asociac iones.
Merece la pena, a modo de resumen y para ofrece r una panorámica general del
Reglamento, hacer referencia a los objetivos del mi smo que recogen lo m ás importante
de lo señalado a lo l argo del articulado. Así, aparecen como principios básicos:
o Facilitar información sobre las actividades, obras y servic ios,
desarrolla das por el a y un tamiento.
o Hacer efec tivos los derechos ciudadanos recogidos en la legislación
vigente.
o Facilitar y promover la iniciativa y participación de los v ecinos, la s
vecinas y las e nti dades ciudadanas en la gestión municipal.
o Fomentar la vida asociativa del municipio.
o Acercar la gestión municipal a los ciudadanos y c i udadanas.
Para finalizar con este e pígrafe, y de una fo rma mu y r esumida, nos gusta ría señalar que,
tras el análisis de la l egislación vigente en materia de participación con referencias a la
Administración local, llegamos a la conclusión d e que, en materia de derechos ciudadanos, no
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
112
que nos sirve de ejemplo para resaltar cómo las circunstancias glo bales mediatizan el
quehacer en los contextos locales, condicionando fuertemente la labor de sus gobernantes e
influye ndo, de fo rma intensa, en la capacidad d e los ciudadanos p ara hacerse prot agonistas de
sus propios procesos de desarr oll o.
Cuadro 1.3. Ca mbios contex tuale s e impac tos comu nitarios.
Cambios con textuales
Contenidos bás i cos
Impactos sobr e l a es f era l ocal
Fragmenta ción soc ial
Nuevas estruc t uracione s de la
desigualdad
Articulación com unitaria de los
colectiv os vulnerabl es a
procesos de ex cl usió n social
Reestructu ración de l os
referentes d e i dent idad
Reorientación de las
estrategias d e i dentida d hacia
la experiencia compartida
Em er gencia de la d i mensió n
comunitaria d e la cultura política
del bienestar
Cambio de parad igma
productivo
Del m odel o fondista a l a
acumulació n flexible y
reflexiva
Cotidianeid ad articulada a la
crisis del em pleo. Estrategias de
desarrollo endóg eno. Ofert a
flexible de po líticas
FUENTE : Brugué y Go m á ( 1998: 43)
Sea como fuere, y teniendo en cuenta lo indi cado hasta el momento, la descentralización
se convierte, pues, en un mecanismo de gran importancia para el logro de gobiernos que, a
diferente escala (tanto para da r respuesta a problemáticas globales como para enfrentarse a
otras con un componente , hasta cie rto punto, más territorializado), sean capaces de responder
a las necesidades y t ambién, en la medida de lo posi ble, a las p referencias de la ciuda d anía,
intentando superar “la vi sión de un sector públic o que gobierna desd e la autosufic iencia, sin
necesidad aparente de interaccionar con otras esf eras sociales, y que lo hace ad emás desde
parámetro s exclusivos de legitimidad elec toral y racionalidad bu ro crática” (Ibarra , Gomá y
Martí, 2002c: 66).
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
113
La nueva situación glo bal, el macrocontexto, exige cambios en las estructuras de
gobierno de carác t er micropolítico, cambios no sólo de forma (a los que luego aludiremos),
sino también de fondo, avanzando hac ia perspectivas centradas en la democracia participativa.
En este sentido, Borja (2000: 5) habla d el principio de subsidiaridad indicando que su
aplicación sistemática “supone no sólo descentralizar a favor del nivel r egional -local todas
aquellas competencias y f unciones ejercitables en este nivel, sino también atribuir a la
institución territorial la coordinación de los programas y pro yectos concertados” preservando,
en favor de los entes muni cipales, aquellas funciones que requieren más proximidad. Un
camino que, desgra ci adamente y como hemos vist o en el aparta do dedicado a la legislación
(la que hay y la que se e spera), no resulta liberado sino que se plaga de obstáculos en forma
de normativas centralizadoras que limitan el poder de a ctuación d e los niveles administ rativo-
territoriales más próxim os a la ciudadanía. C omo ejemplo clarificador de tales cuestiones
presentamos el sigui ente cuadro que alud e al poder y a las respons abilidades en tales
escenarios:
Cuadro 1.4. Gob iernos a múltip l es nive les: las redes local-global.
Relaciones in tergubernament ales clás i cas
Relaciones de
governance
multinive l
Federalism o
funcional
Federalism o
Dual
Federalismo re t icular
Relaciones de pod er
Jerarquía
Autonom í a
Interdepende ncia
Responsabil i dades
Especializadas
Segm ent adas
Compartidas
FUENTE : I bar ra, Gomá y Martí (2002c: 60)
Sin embargo, y al contrario de lo que pueda pensarse, esa asunción de responsabilidades
por parte de los enclaves locales no se produce como consecuencia de una inercia positiva
(proce sos descentralizadores intencionados), sino que resulta obli gada de acuerdo, como
señalábamos con anterioridad, a “la pérdida de l as funciones que le son propias al Estado
nación y la me rma de su capacidad polí tica op erativa, tanto en el interno de los propios
estados como en sus relaciones externas” (Alguac il, 2006a: 19). Me r ma o pérdida qu e, como
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
114
y a hemos visto, deviene de un sistema sociopolít ico y económico (modelo neoliberal) que
otorga el mando al mercado “vaciando” d e funciones a los, otrora sober anos, Estados nación.
Es esa situación, junt o con la necesaria colaboración d e la ciudada nía en común, l a qu e
provoca que “los gobiernos locales y los movi mientos sociales ganen conciencia de sí y
tiendan hacia una a lianza cohere nte para la aplica ción de políticas su pletorias, a la vez,
locales, integradas y universalistas con una potencia relacional que trasciende sus propios
territorios” ( Ibídem, 200 6a: 19). En este sentido, Ibarra y otros (2002b: 259) entienden que,
desde una con cepción di aléctica de l a hist oria y a la hora de combatir o reformar los mod elos
institucionales heg emónicos en los diferentes niveles territoriales o de gobierno, “es ne cesario
entender la existencia y el rol de los movimientos sociales como un fenómeno im prescindible
en el proceso de creación y renovación de la cultura política democr ática; permanentem ente
innovador y radicalmente crítico”.
Siguiendo al mismo a utor al que veníamos haciendo r eferencia con anterioridad
(Alguacil, 2006a), nos encontramos con que esa pérdida de funciones p or parte del Estado
nación ac epta un análisis bidimensional, como imp actos y como oportunid ades, pudiendo ser
proy ectadas, éstas últimas, como políticas locales integradas vinculadas a una perspectiva de
democracia compleja, m ultidi mensional, integral e interactiva. Una democracia participativa,
deliberativa, reflexiva, que se fundamente en el compromiso radical de los ciudadanos con sus
propios procesos de desa rrollo y con la persecuci ón de la calidad de vida y el bienestar, una
calidad de vida relacional y un bienestar compartido. Es obvio que el a uge del modelo
capitalista o neoliberal tr astoca multitud de aspect os relativos a la vida coti diana (económica,
productiva, cultural, social, ambiental, política, lúdica, etc.) en el ámbito lo cal. Las principales
dimensiones a ana lizar y sus impl icaciones son las siguientes:
Dimensión económico- laboral. L a deslocalización de las activid ades
productivas motivada por la búsqueda de mano d e obra barata así como p or el aug e d e
las tecnologías rompe con los determinantes territoriales y la heg emonía de los sectores
productivos tradicionale s. Como consecuencia s e produce una eno rme f lexibilización
del mundo laboral y una desre gula ción en las relaciones labo rales qu e de sembocan en
una segmenta ción social determinada por la creciente hete rogeneidad en las formas de
empleo y d e la organiz ación del trabajo, lo que lleva a una precarización del empleo y al
desempleo estruc tu ral.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
115
Esas cir cunstancias obli gan a adoptar políticas d esde una persp ectiva d el desarrollo
local. Se busca el d esarrollo de una economía social y solidari a, basado en un a
democracia económica que viene definida por el control del proceso productivo por
parte de los participantes que cooperan en el mismo, y por la apropiación de los medios
de producción y lo producido por p arte d e los trabajadores, tratando de escapa r de l as
dinámicas globales. Todo ello sin menoscabo de mencionar alternativas tendentes al
decrecimiento y l a autosuficiencia que analizaremos en el segundo capítulo.
Dimensión cultural. La atomiz ación y homogen eización cultural que se dest ilan
de esa suerte de nuev a colonización que es la globalización, generan una gran
fragmentación y ruptur as sociales en el ámbito de lo local (dominación cultural,
desigualdades estructurales, etc.). Abordar es a multidimensionalidad y complejidad
precisa d e polí ticas locales de cohesión social, e intervención int egrada e inclusiva que,
basadas en la democracia cultural como superadora de los límites de la de mocratización
cultural, sólo se podrán alcanzar con la introduc ción de innovaciones participativas de
carácter tr ansversal, que busquen la inclusión en la vida social a través, entre otras, de l a
igualdad entre g éneros; la interculturalidad; la igualdad de opo rtunidades; o el acceso a
los recursos culturales, al conocimiento, a la c omu nicación, etc.
Dimensión ambiental. La huella ecológica de las ciudades, de lo local, deja
sentir su impacto tant o a escala menor, co mo a nivel pl anetario. P or ello, l a
sostenibilidad ha de comenzar en las ciudades y r equiere de la corresponsa bilidad de los
ciudadanos en l as políti cas urbanas de sostenibilidad. L a instau ración de una
democracia ambiental sólo será posible en la medida en que la corresponsabil idad cívica
se traslade también al pl ano ecológico, es decir, el desarrollo de los comportamientos
prototípicos de un com unidad local (l a ide ntif icación con un te rritorio, con uno s
semejantes, el desarrollo de actividades productivas de índol e cooperativo, etc.)
supondrán la asunción de una responsabilidad c om partida en el contexto ambiental.
Es preciso destacar que, cuando nos referimos a encl aves loc ales t ratamos de integrar en
tal denominación a todos los contextos municipales con independencia de su tamaño, si bien
esta cuestión ostenta un fuerte protagonismo a la hora de diseñar las políticas que s e desean
llevar a cabo. Lo hacemos desde el firme convencimiento de que la promoción de la
participación es igualmente importante en núcleos urbanos que en espacios rurales, en grandes
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
116
poblaciones que en núcleos más reducidos. En est a lí nea, a pesar de lo qu e pueda pens arse, si
se efectúa un aná li sis superficial d e la cuestión re fe rida a la participación ciudadana, en
cuanto a que los municipios grandes (territorio y población) encuentran m ayores dificultades,
en virtud a las carac t erísticas mencionadas con an terioridad, a la hora de tr atar de cat al iz ar la
participación de amplias capas d e la población alcanzando la totalidad de su territorio, y aun
pudiendo aceptar como lógica tal argumentación, ese razonamiento no puede llevar asociada,
por extensión, la idea de que en los municipios pequeños (tant o en t erritorio pero, sobr e todo,
en población) la p articipación, su fomento, su ponen una tarea a desarrollar con ma y or
facilidad, a l menos por lo que ocurre en la realidad local gallega.
Esa tipología de ayuntamientos, con un número reducido de habitantes es la que abunda,
como decíamos, en el contexto gallego (marco de estudio y re ferencia para este trabajo). E n
tal contexto, y a pes ar de que la ma y or o menor amplit ud territorial se vea relativizada por el
factor h abitantes, abund a la dispersión poblacional con pequeños nú cleos, en ocasiones mu y
alejados del consistorio, ya no tanto en distancia e fectiva, que también, sin o en comunicación,
diálogo, colaboración, objetivos , lenguaje, etc. En esos enclaves, la participación, lejos de
encontrar un aliado en el reducido tamaño del mu nicipio y en el escaso nú mero de habitantes,
descubre nuevos obst áculos en fo rma d e es a señ alada dispersión poblacional y en el cinismo
político en ciertas ocasiones asociado a tal circunstancia: se les ti ene en cuenta en cu anto a
que son votos pero se l es deja de lado cuando d e l o que se trata es de ofrecer alternativas para
que expresen sus necesidades, deseos, pr eferencias, etc. y participen, en de finitiva, en la vida
política de la que de p ende la evolución de su espacio vital.
Se a como fu ere, con c ierta independencia en relación al tamaño y al número d e
habitantes, parece obvio que e s “en el ámbito de lo local donde los ciudadanos pueden
alcanzar ma y or autonom ía y obten er la oportunidad de incorporarse a una estructura común
de acción política. En este ámbito se encuentran estructuras de orden gubernamental
(gobiernos locales) y de orden societario (organizaciones social es). Ambas estructuras, po r su
carácter privilegiado d e proximidad y de ser potencialmente difusores de los princ ipios
universalistas son escuel as de democracia” (Alguacil, 2006a: 17). Del mis mo modo, y si nos
detenemos en l a educación para la participación, en la que profundizaremos en la parte fin al
de este capítulo, el mis mo autor ( Ibídem, 2006a: 17), argumenta qu e “estas estru cturas se
encuentran en mejor dispo sición para incorporar a los ciudadanos a procesos de comunicación
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
117
y d e delibe ración, y por tanto, están en mejor dis posición de transmitir a los ciudadanos las
habilidades necesaria s p ara moverse en la esfe ra d e la política”.
Para Innerarity (2006: 202) el complejo equilibrio entre el Estado y los gobiernos locales
junto con la existencia de una sociedad más interdependiente y globalizada de la que emerge n
problemáticas cada vez más complejas, plurales y div ersas motivan que “las tareas públicas
y a no se pu edan realiz ar dentro de los lí mites institucionales”. Sería preciso cont ar con la
colaboración de diversos agentes tratando “de salvar al poder haciéndolo cooperativo, de
transformar la política d e manera q u e pueda así cumplir las funciones que le asignamos”
(Ibídem, 2006: 202). Hablamos pues, y como lo h acíamos con anterioridad, de un pro y e cto d e
innovación política local que permita “ establecer una separación -confrontación con el sis tema
político estatal” (Borja, 2000: 7). Este autor, desde la conciencia de la ne cesaria cooperación
entre administraciones, reclama la necesidad de una ruptura que se centre en los tres aspectos
que siguen (Ibídem, 2000):
La cultura política a la que hemos hecho referencia con anter ioridad ha de
favorecer el h echo de qu e la política se entie nda como algo cotidiano y que atañ e a l a
totalidad de la ciudadanía. Supone, por lo tanto, “el pr oceso de legit imación y de
hegemonización de los valores y objetivos implícitos en los temas ( ya al o rden del día)
de la subsidiarid ad, el gobierno de proximi dad, la p articipación c iudadana, el
federalismo, la identida d local-regional- nacional (no estatal), la autodeterminación”
(Ibídem, 2000: 7). Es algo dinámico que emerge como causa y consecuenc ia, como
reflejo, del f un cionamiento pol ítico de una sociedad.
El sis tema representativo local que debiera dist inguirse en gran medida del
estatal de modo que los partidos políticos de dicho ámbito no pudieran presentar se a las
elecc iones locales. Se trata ría de configurar un sistema político local independiente en el
cual, si bien podrían darse l as mismas situaciones que se dan en otros niveles
(cac iqui smo, insolidarida d, populismo, etc.), serían mas fá ciles d e combati r avanzando
hacia la necesaria transpa rencia y la deseable conquista de poder por parte de los
ciudadanos.
La conquista de competencias se rí a la consecuencia de las modificaciones
implementadas en las dos parcelas citadas con inmediata anterioridad y a que “el
gobierno democrático del territorio exige co nquistar competencias en promoción
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
118
económica, justicia y seguridad, infraestructuras y equipamientos del territorio,
bienestar socia l, cultura y medios de comunica ción social” ( Ibídem, 2000: 8).
El protagonismo de los municipios es, por lo tanto, indiscutible, configurándose como
una realidad inevitable que puede ser r etratada “como una importante unidad de gestión de la s
políticas públicas (…) de organización y p articipación políticas (…) Una parte importante de
las actividades interdependientes, de la movilidad de las personas, de la organización de los
servicios y de las empresas, de las relac iones sociales y de la percepc ión simbólica
corre sponde al territorio municipal” (Borja, 200 3: 36). Es el mar co ideal a partir del cual
combatir la fragmentación espacial (generada, en muchas ocasiones, por la citada
irracionalidad de los procesos urbanizadores), la desestructuración soci al y el mencionado
debilitamiento del rol del Estado. Se trata, en buena parte, de f avorecer, a pa rtir de la
actividad sociopolítica en los espacios locales, la conquista de n uevos derechos para la
ciudadanía (identidad colectiva como comunidad, calidad del medio ambiente, derecho al
espacio público, etc. ). El desarrollo y legitimación de los mismos exigiría un triple proceso
(Borja, 2000):
Cultural, “hegemonía d e los valores que están en l a base d e estos derechos y de
explicitación o especificación de los mismos” ( I bí dem, 2000: 25).
Social, centrado en la mo vilización ciudadana que haga efectivos esos derechos
crea ndo los mecanismos, instrumentos, procedimientos, etc. que los h agan efectivos.
Político-institucional, formalizando tales derechos e implementando las
políticas que los hagan e f ectivos.
Reiteramos que l a labor de los a yuntamientos como promotores de la parti cipación, sin
obviar el protagonismo que necesariamente ha n de asumir las dinámicas cívicas como
mecanismos paliativos, por e jemplo, de esa señalada disp ersión poblacional, requiere un
ingente esfuerzo por part e de los responsables de t ales inst ituciones que han de asumir la tarea
del liderazgo; como apunta B orja (2006: 63) “la gestión democ rática y l a particip ación
ciudadana solo serán efectivas si los ciudadanos ti enen delante su y o un os poderes locales con
capacidad de decidir, o d e incidir eficaz mente delante de otros pod eres pol íticos, económicos
o culturales”. Así las cosas y antes de abrir un espacio destinado a anali zar los procesos de
colaboración, así como las posibles fricciones, que surgen entre organiz aciones sociales y
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
119
municipios, es necesario resaltar tres aportaciones fundamentales de los movimientos cívicos
a la gestión del espacio municipal (Borja, 2003):
Han contribuido de una forma decisiva a lo que p odríamos denominar como la
revalorización del lugar, tratando de incrementar la calidad de vida desde e l disfrute
compartido del espacio público.
Han realizado una labor importante centrada en l a exigencia de la democ racia
ciudadana , de la concertación y de la participación en planes y pro yectos, de progr amas
integrados, la gestión de proximidad, etc., tr atando de materializar en los contextos
próximos las citadas exigencias en cuanto al repa rto de cotas de poder con la
ciudadanía.
Como consecue ncia de los dos factores y a res eñados, han favorecido una
consideración del ciudadano ineludiblemente li gada a la pa rticipación efectiva en l a
construcción y gestión de su espacio vit al, favoreciendo pro cesos int egradore s,
(re)surgimiento de lazos comunitarios y , como c onsecuencia de t o do ello, un
incremento d e la autoestima de las personas qu e se sienten re cono cidas y que son
tenidas en cue nta. A decir de Borja (2003: 131 ) “la ciudadanía se conquista en el
espacio público” .
Los vericuetos de es a labor de promoción de la participación en los contextos locales, así
como todo aquello que aparece asociado a la mi sma, son objeto de estudio en este epígrafe
que intenta constituirse en una ll amada de atención, y h asta de soc orro, en cuanto al
desaprovechamie nto del potencial y la capacidad de ar rastre d e los municipios desde una, a
nuestro juicio, equivocada concepción del té rmino servicio público que obvia e incluso
margina a aquellos a los que debería dirigi rse. En este sentido resulta fundamental la
consideración del espacio públi co, a la que aludiremos más adelante, así como el hecho de
alertar de que, en situac iones de crisis y adelgazamiento forzoso de lo p úblico en la esfera
local, la dieta suele centrarse pode rosa y alarmantemente en aquello que se juz ga como
prescindible y que afecta a aqu ellas partid as relacionadas con educación, cultura,
participación, ocio, etc. dando idea d e la consideración políti ca de tales ámbitos y
amenazando a las mismas con la más absoluta inanición que repercutirá, como no podía ser de
otra manera, en las oportunidades de de s arrollo personal de la ciudadanía.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
120
En el cuadro 1.5 podemos observar algunas de las relaciones y de las dinámicas
interactivas que tienen lu gar como conse cuencia del encuentro d e los gob iernos locales y las
organizaciones sociales, encuentro que, en no pocas ocasiones, se topa con fuertes resistencias
institucionales basadas en las anteriormente mencionadas consideraciones jerarquizadas y
paternalistas. S e trata fundamentalmente de efectos beneficiosos para la c iudadanía y para la
gestión democrática de l a vida pública que se leen esencialmente en t érminos de colabo ración
y , v alga la r edundancia, de cog estión, enfrentándonos a procesos de n aturaleza gradual que se
han de ir anda mi ando poco a poco hasta llegar a fra guar un verdadero cambio de l a cultura
política y de l a consideración de la participación ciudadana.
Cuadro 1.5. Ad mi nistrac ión local y asoc i acionism o.
Ámbitos
Sociedad civi l
Autoayuda
Asociacionism o
Movim ient os sociales
DESAR ROLLO
COMUNI TARIO
Legislación
Subvencione s
I nf raestructura
PROMOCI ÓN
ASOCI ACIONISMO
Administrac ión
Presión
Colaboración
CONTR OL DE GESTIÓ N
Descentral i zación
Gestión indi recta de se r vicios
GESTI ÓN DEMOCR ÁTICA
Sociedad civi l
Administrac ión
Agentes
FUENTE : López de Ag uil eta (2000 : 231)
Esa pretendida labor conjunta por parte de inst ituciones y de la iniciat iva social que
reclama mos de forma insistente como un camino adec u ado hacia la consecución de una
democracia y de un procedimiento en la toma de d ecisiones públicas armado de legitimidad
encuentra, sin embargo y como anticipábamos en párrafos anteriores, importantes resistencias
en ambas partes. La s inst ituciones suelen ser r eacias a otorgar poder a la s dinámicas cívicas
desde el equivocado pos icionamiento de que la l abor d e gestión y decisión es competencia
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
121
suya en exclusividad. Así, L óp ez -Cabanas y C hacón (1997) identifican tres malentendidos de
la Administración hac ia la iniciativa social que nosotros resumimos de la siguiente manera:
La iniciativa social es r esidual. Tal argumento implica que ésta desaparecerá
cuando los recur sos del Estado sean ajustados a los problemas sociales, gara ntizando
una buena planificación y gestión. Razonamiento utópico puesto que ni la naturaleza del
propio Estado, ni la de las problemáticas sociales posibilitará, en ningún caso, que se
alcance esa sit uación id ílica en la que el Esta do responda de forma inequívoca y
permanente a los problemas sociales que, por otra parte, en cuentran en el dinamismo y
el carácter ca mbi ante dos de sus señas de identidad principales.
Es instrumento de tratamiento de ciertas patologías sociales. La inici ativa
social actúa desd e una perspectiva pu ramente reparatoria y asistencial en el tratamiento
de ciertas patologías qu e deben ser contenid as en pro del buen funcionamiento del
sistema (mendicidad, soledad del anciano, etc.), que surgen por una respo nsabilidad de
la que el Estado hace d ejación y que son signos d e la miseria estructural generada po r el
propio sistema.
Es mano de ob ra b arata. La Administración paga los servicios de la inici ativa
social a través de subven ciones que no corresponden al valor real de dichos servicios. A
este respecto, el uso abusivo del voluntariado, so bre todo en épocas de crisis, termina
genera ndo conflictos entre la iniciativa priv ada sin ánimo de lucro y el movi miento
sindical que luch a por los derechos laborales de l os trabajadores, d erechos de los qu e el
voluntario no disfruta en la may o r parte de las ocasiones.
Por otra parte, también existen malentendid os de la iniciativa so cial haci a l a
administración (Ibídem, 1997), que se centra n, en esencia, en las siguientes cuestiones:
O ellos o nosotros. La in iciativa social suel e cons iderar que en el campo d e la
acción social hay parcelas que le son propias, en las que la in tervención del Estado se
vive como una exprop i ación.
Ellos cuando nosotros no ll eguemos. Se debe dejar que la ini ciativa social trate
de resolver por sí misma las situaciones de necesidad. El Estado intervendr á cuando esta
situación no se prod uzca. Ello ocasiona importantes deficiencias centrada s
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
128
social que se desarrolla en su seno. Si bie n esa estructura actúa como u no de los factores
responsables del gra do de comunicación, encue ntro, diálogo, etc. que se pueda lleg ar a
alcanzar, no determina tales facetas de un a manera inequívoc a. Es más, podemos llegar a
entender que se a la morfología so cial la que tenga la última palabra – a tra vés de su uso- a la
hora de determinar para qué sirve y qué sig nifica un espacio construido. Aun así, y siguiend o
a Delgado (2011: 10), es conve niente combatir esos riesgos que supone la generalización de
una determi nada ordenación territorial (factor condicionante aunque, como acabamos de ver,
no determinante) en función de la cual, mediante estímulos físicos, se puede inducir el
desenca d enamiento de d eterminada s pautas de comportamiento o, cuando menos, predispone r
a ellas a los ciudadanos, de modo que el esp acio público debi era co ncebirse “como la
realización de un valor ideológico, lugar en el que se materializan diversas categorías
abstractas como democracia, ciudadanía, convivencia, civismo, consenso y otros va lore s
políticos”.
Un ejemplo de lo citado con inmediata anterioridad, es el establecimiento de grandes
bloques residenciales, polí gonos de viviendas, en la periferia d e las ciudades que, además d e
detentar una función económica basad a en el enriquecimiento privado a través de l a
especulación inmobiliaria, no se hallaban despojados de una atribución desde el punto de vista
social fundada, por un lado, en la separac ión radical de la vivienda con respec to al resto de
actividades vitales y, por otro, en la seg r egación s ocial. Tales objetivos se enmascaraban tras
los que se hacían públi cos y que se centraban en evitar el h acinamiento de los obreros en
barrios viejos en el inter ior de las ciudades, obje tivos, pues, basados, al menos en prin cipio,
en la salubridad pública y el bienestar social. P ara Delgado (2011: 81- 82) “la producción en
cadena de la fábrica s e traslada ahora de manera gen eralizada – justo de la mano de los
grandes polígonos de vivienda- a la « vida en cadena » que c aracteriza – o debería c aracterizar-
la manera de habitar los grandes polígonos de viviendas en las periferias urbanas”. S e trataba,
de alguna manera, de usurpar el espacio público, abonado para la polí tica, sometiéndolo al
mundo del trabajo y de las nece sid ades de modo que, en vez de actuar y discutir, los
automatismos propios de la producción y el consumo se extrapolasen y se adueñasen d e todos
los ámbitos vitales. Paradójica mente, esos objetivos, hasta cierto punto ocultos, que
perseguían, termina ron por materia li zarse en un efecto contr ario y a que muchos de esos
núcleos de “casas bara tas”, “viviendas sociales”, etc., se convirtieron en componentes
esenciale s de barrios obreros que a ctuaron como importantes referentes del conflicto so cial,
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
129
de la lu cha d e clases, lo que viene a confirmar lo que apuntábamos en el párrafo ant erior en
cuanto a que la mo rfología de los esp acios es condicionante pero no determinante d el
encuentro, el diálogo, la vida comunitaria, e tc., qu e se desarrolle en su interior.
Esos citados riesgos de los que hablábamos nos trasladan a pa rajes en los que la identidad
y el compromiso con respecto a un territorio y unos referentes culturales (a nuestro entender
fundamental para que ex ista una verdadera integr ación y comience a cime ntarse el ansia po r
participar e im plicarse en la ciudadanía así como el compromiso con los otros conciudadanos)
son obviados. Asim ismo, la ordenación ter ritorial se guía por los mencionados criterios del
capital y la especulación inmobiliaria catalizados, en much as ocasiones, p or una errada, a l a
pa r que errática, concepción del ocio y d el turismo de tal suerte que “lo que bien podría
reconocerse como el idealismo del espacio públi co aparece ho y al servicio de la reapropiación
capitalista de la ciudad, una dinámica de la qu e los elementos fundamental es y recurrentes son
la conversión de gr andes sectores del espacio urbano en parques temáticos, la gentrificación
10
de centros históricos de l os que la historia ha sido definitivamente expulsada, la reconversión
de barrios industriales enteros, la dispersión de una miseria c reciente que no se consigue
ocultar, el control sob re un espacio público cada vez menos público, et c.” ( Ibídem, 2011: 10) .
Dicho de otro modo, se fomenta un desarraigo con respecto al territorio qu e favorece y facilita
que esos procesos de u r banización irracional, estrechamente relacionados con el beneficio
empresarial y cercanos al feísmo, no se vean obli gados a pag ar ex cesivos peajes en forma d e
protestas ciud adanas. Se opera una especie de r enovación d e la pobla ción de determinados
espacios de mane ra qu e el binomio ciudadano-territorio pierde su carácter simbólico y
evocador y el segundo elemento deja de formar p arte de la raíz identitaria del primero. Nada
de lo que acabamos de describir sucede, a nuestro entender, de forma ale atoria o casual sino
que se acom ete en bas e al criterio regidor del mundo capitalista: la obtención de beneficio
económico y/o mater ial p or encima de cualquier otra conside ración.
Asimismo el mencionado proceso avanza con la connivencia d e los poder es políticos (a
todos los niveles, también y maximizado, si cabe, en el muni cipal) de man era que se produce
una dimisión de los agentes públicos de su hipotética misión de g arantizar de rechos
democrátic os fundamentales y la desarticulación de los restos d e lo qu e un día s e presumió el
10
El término se refiere al fenó meno p or m ed io del cual se lleva a cabo un proceso de ab urguesamiento o
elitización que supone q ue la població n o riginal de un d eter minado barrio, norm al mente deteriorad o, se v e
sustituida po r otra de un mayo r niv el ad quisiti vo. La e xtrapolació n del fenó m e no y su gener alización for ma parte
de la explicació n de esa caren cia de identidad d el ciudadano co n respecto al ter ritorio que habita.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
130
Estado del bienestar. S u cometido fundamental que sería el de buscar, desde la perspectiva d e
servicio a la ciudadanía, el bien común se ve p rofundamente di fuminado en una sonrojante
sumisión a los interese s empresariales acompañada, además, de pobres retóricas legitimadoras
de esa irrac ional planificación territorial.
Sea como fuere, parece evidente qu e la orden ación del te rritorio y l a configuración del
espacio público juega n un papel fundamental a la hora de ac ercar la ciuda danía al territ orio
que habita y favorec er, de ese modo, el establecimiento de re lacion es entre los propios
ciudadanos (vínculo social) y de éstos con respecto a los políticos que toman las riendas de las
instituciones de gobierno (r elación con el poder). En este sentido , la noción de e spacio
público se asociaría “a esfera pública o reunión de personas particulare s que fiscalizan el
ejercicio del poder y s e pronuncian sobre asuntos concernientes a la vida en común”
(Delgado, 2011: 18). Co ntribuyen, asimismo, a despertar u n sentimiento de compromiso d e
las personas a la hora de mejorar los espacios que habitan, poniéndolos al servicio de otro
modo de hacer políti ca y de construir sociedad(es) que busquen la equidad y l a justicia social
por medio de la participación ciudadana, comenzando por los enclaves locales, por tratarse del
nivel administrativo-territorial más próximo al ciudadano.
Encontraría mos que, en la temática que nos ocupa, sería ne cesario que la génesis de una
nueva cultur a política emergiese inextri cablemente imbricada con una nueva c ultura de lo
público, incidiendo en el derec ho de la ciudadanía a disf rutar de pod er de decisión en los
asuntos que le competen de manera que los equipamientos, infraestruc tur as, etc. así como la
misma morfología del terr it orio y el diseño de los espacios se convirtiesen en un elemento
más que sumase e n la persecución de tal objetivo.
Si nos centramos en la connotación políti ca del espac io público (a nuestro juicio
constituye n dos realidades inseparables) y acepta mos las consideracio nes efectuadas en torno
a su protagonismo, tanto sim bólico como efectivo, en el plano de las relaciones sociales, es
necesario señalar que el espacio público, no como lugar sino como discur so “trabaja a partir
de su conside ración como ámbito en que cobra d imensión ecológica un a organización social
basada precisamente en la indeterminación y en la ignorancia de la identidad ajena, puesto
que lo que cuenta en es e escenario no son las p ertenencias, sino las pert inencias” ( Ibídem,
2011: 50). Dicha int erpretación política del espacio público guarda no pocos puntos de unión
con la democracia deliberativa a la que h acíamos referencia en páginas anteriores pu esto qu e
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
131
se entiende lo público como un espac io para la convivencia entre los ciudadanos, un
mecanismo de interacción generalizada que abre lugares para el diálog o y la deliberación
estableciéndose “una polifonía gigantesca en la q ue distintas voces argumentan y deliberan
con el objetivo de con formar un cosmos comparti ble” ( Ibídem, 2011: 51). En este sentido,
par a Innerarit y (2006: 14) es ne cesario resaltar “l a idea d e que el espacio públi co – esa esfera
de deliberación dond e s e articula lo común y se tramitan las diferencias - no constitu y e una
realidad d ada, sino que se trata m ás bien de una construcción labo riosa , f rágil, variable, que
exige un continuado trabajo de representación y argumentación, cuyos pr incipales enemigos
son la inmediatez de una política estratégica y la inmediatez desestructurada de los espacios
globales abstrac tos ”.
Uno de los puntos clave se centra en el hecho de configurar pro cesos de c omunicación y
diálogo que permitan alcanzar acuerdos sin limitarse, sim plemente, a generar espacios de
intercambio de opiniones sin una finalidad constructiva. De este modo “el viejo principio
ontológico de qu e el todo es más que la suma de las partes se traduce políticamente en una
esfera públi ca entendida como algo que no se limita a equilibrar sin más las pr eferencias
individuales ni resulta de la yuxtaposición de las opiniones que revelan los sondeos. S e tr ata
de pensar un a cierta i dea de bien común en un espacio más civil y republicano qu e
individualista” ( Ibídem, 2006: 59 -60). Y centrados en la ne cesaria alusió n a la democracia
deliberativa el mismo a utor señala que ésta “p arte del supuesto de que el p roce dimiento
democrátic o no consiste simplemente en agregar preferencias ya establecidas” sino que el
espacio delibe rativo “supone un tipo de comunicación argumentativa qu e se caracteriza por el
intento de proporcionar alguna justificación o evidencia para apo y a r las afirmaciones, los
juicios y l as pretensiones, que no son prese ntadas con una certeza absoluta, sino que están
abiertas a las objeciones y r econocen su falibilidad” ( Ibídem, 2006: 60 ). Se trataría, en cierto
modo, de encontrar una just ificación de la democracia que tratase de d evolverle a ésta su
sentido originario así como su razón de ser, expl otando la importancia de los proce sos y los
beneficios que d e ellos se extr aen y ab andonando el te rreno de la inmediatez y d e l a polític a
como hecho ajeno. Decisiones del pueblo p ara el pueblo sin entender a éste último como una
construcción dada e inmutable sino como una realida d dinámica que obti ene importantes
beneficios y qu e continuamente se (re)crea a través de las relaciones y los vínculos que se
genera n en la toma de decisiones conjunta.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
132
El mismo autor pone de manifiesto la necesidad de evolucionar hacia lo que él denomina
una polí tica constructivista que se valga de lo pú blico para h acer partícipes a los ciudadanos
indicando que “frente a los automatism os de la política y la d ebilidad inst itucional, la
reconstrucción de un co ncepto normativo de lo público permitiría int roducir proce dim ientos
de r eflexión en una vida política qu e suel e est ar dominada por lo inmediato: la tiranía del
presente, la ine rcia ad ministrativa, la desatención hacia lo común, la irresponsabilidad
organizada” ( Ibídem, 2006: 14). En sínt esis, la política ho y en día ha abandonado su carácter
de construcción social y se sitúa en el horizonte de la inmediatez, “cuando la polí tica consist e
en prescindir d e la polí tica, la sociedad deja d e ser una civili zada convers ación en la que d ar
cauce también a los desacuerdos” ( Ibídem, 2006 : 49). Algunas de estas ta ras son las que se
intentan paliar, dentro d e los enclaves municipales, a través d el m odelo de gestión relacional
(que se describe en el siguiente subepígrafe) que busca una planifica ción estratégica,
coordinada, integral e int egradora en la qu e es as cit adas inercias administ rativas, junt o con la
temible buroc racia, pasan a un segundo plano y tratan de ser desterradas del día a día,
tomando el protagonismo esencial el servicio a (con) la ciudadanía generando procesos de
cogestión y autogestión e incrementando l a corresponsabilidad cívica en, por ejemplo, la
gestión de equipamientos e infr aestructuras. E sa planificación estratégica se p resenta, a
nuestro juicio, como un o de los puntos es enciales en el desarrollo de la política a dif erente
nivel y su implantación resulta básica p ara la imprescindible evolución hacia una nu eva
cultura y/o filoso fía política que no olvide la necesidad de dota rse d e un carácter integrador y
que entienda y haga entender la visi ón de la política como asunto públi co (accesible a todos,
que a todos con cierne, común y compartida) qu e demanda, pa ra legitim arse, la p artic ipa ción
de una pluralidad de ciudadanos. De esta manera la renovación del espa cio público podría
hacer operativa un a cul tura política abi erta hac ia el la rgo plaz o, una formulac ión de la
responsabilidad acorde con la complejidad de nuestra s sociedades y una praxis democrática
capaz de construir lo común – desde el autogobierno local hasta los espacios de la
globalización- a partir de las difere n cias.
Como acabamos d e anticipar, ent endemos que el espacio públi co y la polí tica son
realidade s consustanci ales pues comparten un a esencia común bas ada e n los procesos d e
naturaleza dialógica y en el compartir, como punto de partida, para partici par en el gobierno y
acceder al poder. Innerarity (2006) alude a factores como la d esafección hacia la polí tica, la
degeneración de la opinión pública, la buroc ratización y tecnificación de la política o la
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
133
dejación de los deberes de la ciudadanía a la hora de diagnosti car los males que aquejan al
espacio público vist o bajo el prisma de la políti ca. Del mismo modo, señala que “ sin espacio
público en sentido estricto, el poder es entendido como dominación; el Estado, como instancia
de los controles sociales, y l a opinión pública, como lugar de las manipul aciones medi áticas”
(Ibídem, 2006: 20) y argumenta que uno d e l os principale s ejemplos de esa s eñalada
despolitización y empob recimiento lo tenemos en el tipo de comunicac ión que se desarr olla
en la opinión pública. Una comunicación banalizada, sin auténticos debat es y en la que prima
el espec tá culo sobre el debate. Para el autor “un espacio público así bana li zado pierde su
carácter de instan cia de mediación porque no transforma las opiniones privadamente
elaboradas, sino que se limita a escenificar su confr ontación pública” ( Ibídem, 2006: 20). A
esa raíz trata d e atacar la democracia deliberativa a la qu e h emos hecho referencia en páginas
anteriore s y que intenta, entre otras cosas, devolver a la ciudadanía el interés por lo común
como una su erte de vínc ulo social a través del cual alcanzar la id ea d e poder como acción
conce rtada, conceptos estrechamente relacionados con la noción de público. Y es que “sin
espacio público la políti ca se r educe al ejercicio de una domi nación estraté gica o al d esarrollo
de una técnic a pur amente instrumental d e con figurar las relaciones sociales ” ( Ibídem, 2006:
23-24). Dicho de ot ro modo, la política, en general, y la acción política, en particular,
trasciende n los mecanismos estratégicos que s e implementan para mantenerse en el poder,
para resolver una situación puntual, gestionar una crisis, et c., de manera qu e resultan
indisociables de la for m a ción de una comunida d humana en el sentido amplio del término.
Sin embargo, esa men cionada connotación políti ca del término esp acio público ha de
ostentar, adem ás de un fuerte poder simbólico y d e una d e nsa riqueza discursiva, una
materialización real y efectiva de manera qu e el espacio concebido se tr ansforme en espacio
dispuesto y visibiliz ado a través del cual “ el Es tado logra desmentir m omentáneamente la
naturaleza asimétrica de las relaciones sociales qu e administra y a las que sirve y esc enifica el
sueño imposible de un consenso equitativo en el que puede llevar a cabo su función
integradora y de mediación” (Delgado, 2011: 28). Se trataría de una suerte de cosificación
mediante la cual el espacio púb lico tiene la responsabilidad, por medio de quiénes lo ordenan
o gestionan, d e conv ertirse en lo que se presupone que es y que en la realidad actual
únicamente e s un debería ser.
La búsqu eda de tal mat erialización en una re alidad objetiva ha de formar part e de la
agenda política de las inst ituciones de gobierno por la citada influencia que ostenta en esa
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
134
pretendida d emocratización de la vida pública (con una ma y o r im plicación de los ciudadanos
en la toma de decisiones basada en una relación más estrecha con los gobernantes). Dicha
materialización, y en general la propia noción de e spacio público en un sentido general -como
lugar de d eliberación y discusión, siempre en cl ave política - goz an, a n uestro parecer, de
especial releva n cia en el ámbito muni cipal, el terreno, al menos en un principio, mejor
abonado para que el ciud adano participe y se implique en la toma de d ecisiones alcanzando un
cierto poder compartido, explotando la ne cesaria proximidad con el gobierno y avanzando, d e
esta manera, en la correspons abilidad cívica. Se trataría de ha cer, de tal at ribución, un factor
de integración en el m edio en el que habita así como un mecanismo de cohesión de la
comunidad local, convirtiendo a la primera persona del plural, no en una coartada pa ra eludir
responsabilidades, sino en un lugar para el encuentro confortable y el incremento del bienestar
de la ciudadanía.
En definitiva, antes de ac ometer el análisis de todo lo rel ativo a la organiz ación municipal
y en consonancia con lo que ac abamos de indicar, conve nimos con Borja (2006:60) cuando
señala que “el ámbito municipal es el lugar de `otra política´, de las relaciones personalizadas
entre electores y el egidos, de la adecuación de la gestión pública de los equipamientos y
servicios a las demandas heterogéneas, in cluso individualizadas, de la población, de la
aplicación cuidadosa de programas de acción positiva hacia los colectivos más vulnerables, de
la cooperación o concertación ágil con entidades cívicas, colectivos sociales o empresas, de la
reconstrucción o `invención´ de id entidades cole ctivas, ho y más necesarias que nunca p ara
contrarrestar los efectos de la globalización homogeneizadora” . Son difíciles retos que exigen
un fuerte y de cidido compromiso por parte de div ersos estamentos y que sitúan a los enclav es
locales en el centro del debate, un debate polite mático (político, socioed ucativo, económico,
cultural, etc.) y qu e promete extenderse en el tiempo.
Antes de adentrarnos en el análisis de los mod elos relacionales de organización municipal
presentamos, a modo de resumen, una serie de id eas qu e tomamos d e J ordi Borja (2003). Se
trata de un conjunto de puntos que resultan básicos para la innovación política local y la
concesión de ma yor es márgenes de decisión a la ciudadanía y que reflejan, a la vez y con g ran
claridad, los retos a los que se enfrentan los espacios municipales ante el declive de poder de
los Estados-nación. En este sentido conviene de st a car:
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
135
La s relaciones entr e poderes políticos tenderán a la contractualización más que
a la compartimentación, a la negociación más que a la jerarquía. Es necesario
revalorizar los poderes d e proximidad y estable cer procesos colaborativos tanto internos
(con asociaciones, movi mi entos, dinámicas cívicas, ciudadanos, etc.) como exter no s
(con otros niveles administrativo-territoriales).
Reforzar redes de cooperación entre las inst ituciones básicas y generar una
dinámica de reforzamiento de los elementos result antes. Se trata d e responder a l as
necesidades de los ciudadanos en div ersos plano s sin recurrir a la creaci ón de nueva s
instituciones que podrían incidir en la duplicidad de funciones e incrementar la y a
destacada burocratización.
May or autonomía local y menos uniformismo político -administrativo. Las
legislaciones estatales necesitan una modificación radical. S obre la base del respeto de
unos principios básicos, los entes locales y regionales deben poder autorre gularse. No se
justifica que haya una regulación estatal del sistema electoral y del modelo organizativo.
Si aceptamos que la solución pasa por pro cesos descentra li zadores ha y que eliminar
temores infundados y aplicar una cierta r acionalidad que otorgue a los municipios los
instrumentos nec esarios para responder a las demandas de la ciudadanía . L os nuevos
marcos de r eferencia han de aprovechar la id entificación del ciud adano con un territorio
y con las prácticas cult urales idiosincrásicas que en el mismo se desarrollan ya qu e
nuevas r ealidades y el aprovechamiento de las oportunidades reclaman nuevas
estructuras político -administrativas que no sólo a po y en las dinámicas positi vas
existentes, sino que uti licen la representativida d de las instituciones y los medios
públicos para hace r de guía y d e motor de las mismas.
Los gobi ernos locales y t erritoriales deberán asum ir su r elación de coo peración
conflictual con los esta dos y plantearse estrategias de conquista de co mpetencias y
recur sos qu e ahora requieren y no tienen. De ahí la necesidad de implementar procesos
de naturaleza descentr alizadora que posibiliten el hacerse a creedores de t ales
atribuciones.
La participación polí tica a nivel muni cipal no puede regirse por los mismos
modelos presentes en el ámbito estatal. La solución de las complejas problemáticas
propias de los ay unt amientos requieren d e mecanismos innovadores: listas abiertas,
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
136
consultas populare s, etc. que además cont ribuirán a combatir la falta de credibilidad
social en re lación a la política instit ucional.
El ámbito local constituy e el campo de experimentación y desarrollo más
apropiado para las nuevas formas de dem ocracia participativa y delibera tiva
(presupuestos participativos, consejos ciudadanos, evaluac ión de polít icas públicas
mediante consultas a la ciudadanía, etc.). El pro tagonismo de las nuevas tecnologías
(Intrane t, Internet, etc.) en el establecimiento de estos mecanismos innovadores r esulta
innegable debiendo favorecer, en todo momento, la fluidez en las relaciones que se
establezcan entre el gobierno local y la ciudadanía a la vez que colaboran en el hecho de
acercar la política a los ci udadanos y viceversa.
1.3.1. Nueva organización municipal ante la exigencia de polí ticas com plejas .
Ante la situación que acaba mos de describir (prob lemáticas mul tinivel, reivindicac ión de
parce l as de soberanía por parte de los ciudadanos, nuevos mecanismos de exclusión, etc.),
resulta obvio que se hace estrictamente necesaria una nueva forma de org anizar la gestión en
los enclaves municipales. Sin embargo, parece pertinente aclarar que esa nueva org anización
que reclamamos no alude estrictamente a lo imperioso de diseñar una estructura novedosa o al
hecho de obsesionars e c on plasmar un organigrama diferente al existente en los distintos
enclave s municip ales au nque ello, en ciertas ocasiones, también pueda a yudar. Compartimos,
pues, con Rebollo (2007: 50) la idea d e que “la transversalidad no se resuelve dibujando un
organigrama nuevo”.
Nos estamos refiriendo, en esencia, a un a nu eva forma de ent ender la ges tión municipal,
al establecimiento, si se quiere, de una nueva filosofía a la hora de decidir qué se hace con los
recur sos, equipamientos, servicios, a ctividades, etc., de carácter público. Una nuev a cultura
política y org anizativa que reclama, en la actualidad y desde diferentes inst ancias, l a
evolución hacia un modelo de gestión relacio nal que profundice en la codecisión y l a
corre sponsabilidad cívic a, que permita, simultáneamente, ma y or es cotas y márgenes de
decisión a las entidades ciudadanas y, a su vez, un cierto apo y o a la l abor de los gobiernos
locales, en ocasiones de sbordados por la complejidad dominante desde las últimas décadas del
siglo XX y persistente en estos inicios del siglo XXI. En este sentido, Fernández (2005: 18)
señala que “el impulso de la participación ciud adana en la gobernanza de la ciudad est á
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
137
llamado a constituir una estrategia transversal que debe envolver la a cción municipal y
plasmarse en cualquier f ase de la creación d e un proyecto: desd e el análisis y di agnóstico de
la realidad y l a elabora ción de propuestas, h asta el seguimiento y posterior evaluación de las
grandes actuaciones municipales”. Una nueva cultura democrá ti ca q ue impregne de
participación e im plicación todas las instancias muni cipales y que otorgue a los vecinos un
papel protagonista e n l a gestión y a signación de los recursos.
Antes de seguir profundi zando y de comprometer nuestra opinión con respecto al modelo
por el que nos decantamos, es obligado hacer un breve repaso por los diferentes mod elos de
administración y g estión municipal, a fin de establecer el contexto que nos permita
aventurarnos en la defensa de una u otra de las alternativas. Ello lo haremos des de la premisa
de que no existe un modelo organizativo ideal, sino que cada municipio d eberá halla r aquel
que más le convenga (Caballo, 2001) en función de su situación política, sus condiciones
económicas, su experien cia, su cultura, el nivel de implicació n ciudada n a, etc. Del mismo
modo, y de acuerdo al carácter mutable de los di stintos elementos que influ y en en l a política
municipal, huelga señalar que el modelo de gestión puede evolucionar y /o modificarse en
función de los cambios que tengan lugar en esa s citadas condiciones (recursos disponibles,
dinámicas poblacionale s, etc.).
En el marco del modelo burocrátic o s e busca, valga la redundancia, u na racionalidad
burocrá tica ent endiendo a la Administración local como b razo ejecut or de l as políti cas
diseñadas por el Estado (centralizado). No existe participación, ya que es el municipio el que
gestiona de forma directa los equipamientos, servicios, actividades, etc., sin contar para ello
con los ciud adanos. S e tr ata del modelo tradicional propio del Estado del bienestar que s e nos
antoja como profundamente deficiente ante el dinamismo y el carácter heterogéneo de las
diferentes realidades mu nicipales. Dicho modelo, centra do, pues, en una serie de mecanismos
inamovibles y en un funcionamiento rígido, resulta ext remadamente in apropiado para afrontar
las problemáticas propias de la épo ca actual, siendo, del mismo modo, impermeable a l a
influencia y participac ión en la gestión por parte de las organizaciones ciudadanas.
El modelo gerencial tr ata de inst aurar un a per spectiva neoempresarial. Pa rtiendo de la no
exclusividad del Estado en la satisfacción de las necesidades y en la gesti ón de los recur sos
públicos, pretende la externalización de servicios y su gestión por parte d e otros agentes, con
independenc ia de que éstos tengan o no carácter lucrativo. Esa externaliz ación, una de las
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
144
a la consulta y la propuesta. L as entidades ciudadanas son informadas de las actividades
que se van a des arrollar en los diferentes equipa mientos municipales, pueden propon er
otras, pero nunca decidir ni mucho menos participar en la gestión.
Codecisión y g estión compartidas: participación en un plano de reciprocidad y
corre sponsabilidad entre la Administración y las entidades ciudadanas y grupos
informales que se incorporan a las actividades, servicios o equipamientos de
proximidad. La g estión compartida requiere d el consenso entre Admini stración y
ciudadanía y de cierta c apacidad técnica por pa rte de las entidades ciudadanas, por lo
que, además, trae consigo un aprendizaje. Se trata de una perspectiva que introduce
elementos sumamente importantes como pueden ser e l encuentro (consensuar) y l a
corre sponsabilidad (compartir).
Autogestión: supone el control y la apropiación plena, por parte de los
ciudadanos, de espacios y de actividades de carácter pú blico. En ese c aso la
responsabilidad de contr ol recae en la Administración que debe ocuparse d el buen uso y
aprovec h amiento de los servicios, actividad es y espacios públicos. Se tr ata, a nuestro
juicio, de una sit uación ideal pero ciertamente compleja puesto que exige una gran
implicación por pa rte d e la ciudadanía, además de una sóli da formación técnica y d e
elevada s cotas de diálogo y confianza entre la Administración y las entidades
ciudadana s.
No resulta complejo est ablecer un cierto paralelismo entre un modelo relacional y el
modelo de compactación de servi cios que d esde d iversas instancias se reclama para el área d e
Servicios Sociocomunitarios, sobre todo si atendemos a algunas de sus característica s bási cas
(Caballo, 2001) que pueden resultar clarificadoras a fin de incrementar la comprensión sobre
la forma de hacer que reivindi camos:
Incorpora ac tuacion es d e varios departamentos o áreas muni cipales, lo que
incide en la transversalidad y en la existencia de un pro yecto global con objetivos
compartidos.
Se ampara en un órgano int egrador, con una fó rmula políti co -administrativa
clara que dirige y supervisa las diversa s actuaciones realizadas en el marc o del proyecto.
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
145
Se introduce la participación activa de políticos, funcionarios y ciud adanos a lo
largo de todo el proceso.
El proy e cto sigue fases o líneas que marcan el ritmo y los planes de ejecución
desde su inicio hasta el final.
Sin embargo, y a pesar de todo lo d estacado hasta el momento, el proceso que p ermita
alcanzar ese gobierno relacional es ciertamente complejo puesto que, como acabamos d e ve r,
exige implicación y compromiso constante por parte de toda la ciudadanía (dinámicas cívicas ,
entidades ciudadanas, grupos de int erés, et c.) y d e las personas que ocu pan puestos d e
responsabilidad – política o técnica - en la Administración municipal, además de una auténtica
complementarie dad, a coplamiento y cooperación entre el gobierno local y la ciudad anía
implicada en los procesos de gobierno. Borja y Castells (1997) señ alan tres aspectos
esenciale s que refuercen los enclaves locales e n el campo de la innovación y el
fortalec imiento demo crático y qu e, a nu estro jui cio, resultan fundamentales para el desarrollo
de la perspectiva relac ion al:
La estructuración de ámbito s de gestión, re pr esentación y participación. La
transversa lidad y la eliminación de muros que separan a los distintos departamentos
municipales no implica que no existan diferentes órganos municipales con funciones
diversas lo cual, a su vez, tampoco exclu y e que tales estructuras cooperen de una forma
decidida y continua g enerando l as sinergias que estamos r eclamando de sde un primer
momento.
La descentralización interna de los grandes municipios. Los enclaves de gran
tamaño requiere n de un funcionamiento i nterno regido, en buena parte, por el reparto de
poderes que favorezca la coordinación y fom ente la eficacia en la aten ción al ciudadano,
así como en el esta bleci miento de proce sos colaborativos administración -ciudadanía.
El establecimiento de nuevas figuras de partici pación y la configuraci ón de
nuevos derec hos sociales . L os déficits participativos a todos los niveles (también en el
local) son patentes y responden, entr e otros factores, a l a inexistencia de una legisl ación
inteligible que regule los derech os y las facultades de las que dispone la ciudadanía a la
hora de implicarse en el gobierno municipal. La cr eación de esas dinámicas de
cooperación, colaboración, int erdepende nci a, e tc., entre la a dmi nistración y los
ciudadanos ha de cristaliz ar, necesariamente, en la génesis de órganos participativos
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
146
regulares que ostenten un protagonismo real y efectivo en el devenir de los territorios y
de las políticas a implementar a nivel municipal.
El mismo autor citado con anterioridad, Algua cil (2006a: 29), señ ala qu e “la perspectiv a
relacional implica una comuni cación y participación interna a las estructuras administrativas y
una comunica ción y p articipación externa con el entorno y l as estructuras societar ias. Las
alianzas nece s arias se def inen en que todos los a gentes/actores descubren sus necesidades, a la
vez que reconocen las n ecesidades de los dem ás; todos los agentes/ actores cooperan en el
establecimiento de los satisfactores; todos los agentes/ac tores comparten las soluciones; todos
los agentes/actores se implican en la acción; y todos los agentes/actores intervienen en el
balance social de los r esultados”. Esa implicación común de todos l os agentes puede
traducirse en un modelo de g estión relacional similar al que se pro yecta en el sigui ente
cuadro:
Cuadro 1.7. Secuenc ias de la par ticipación.
FUENTE : Alguacil (20 06a: 30)
El modelo relacional demanda, por lo tanto, una colaboración extrema por parte de la
ciudadanía, con un a implicación rea l y e fectiva d e toda la población y co n una asunción de
responsabilidades que pe rmita avanzar desde la apatía y la inacción hacia compor tamientos
más saludables democráticamente h ablando. P ara t al fin, y como he mos indicado con
anterioridad, resulta esen cial la labor de los movimientos ciudadanos y de las organizaciones
sociales como estructuras capaces de aglutinar a buena parte de la ciu d adanía y de a ctuar
ESTRATE GIA
PARTICIPATIVA
EN
Análisis de l a
realidad
Diseño de
Estructuras y de
Program as
Formulación de los
servicios
Producción de los
Servicios
Balance soc ial de
los resultados
M ODELO DE
GESTIÓN
RELACIONAL
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
147
como mecanismos capacitados para asumir diversa s atribuciones fundada s en la
corre sponsabilidad cívica. Dichas dinámicas p articipativas han de ir c reciendo, en cierta
medida, al abrigo de un consistorio caracterizado por la volunt ad de evolucionar
democráticamente de la mano del ciudadano y p or la confianza en la capacidad real de la
población de participar en la gestión municipal desterra ndo, paso a paso, los señalados
planteamientos pater n alistas y ex cesivamente jerarquizados.
La administración municipal ha de tender, pues, puentes que permitan la entrada ef ectiva
del ciudadano en el gobierno local y el establecimiento de procesos colaborativos en lugar de
dinamitar las ya de por sí lábiles estructuras que facultaban a la población a pe netrar,
simbólicamente, en lugares que de ninguna manera deberían resultarle ajenos. Esos puentes
pueden comenzar a cimentarse a trav és de los equ ipamientos de proximidad de los municipios
que permiten, según la f undación kaleidos.red (2008: 171), “ pas ar de la cercanía físic a a la
proximidad relacional para ejercer una función di namizadora y facilitador a de la implicación
ciudadana con su ciudad y, por último, sobre los efectos que tienen esos cambios en la propia
organización muni cipal y en su concepto de función pública”. En el siguiente cuadro tratamos
de plasmar esas dinámicas cooperativas que s e pueden establecer entre el municipio y la
ciudadanía empleando c o mo plataformas a los equipamientos de proximidad.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
148
Cuadro 1.8. S i nergias co laborativas ciud adanía-municipio.
FUENTE : Elaboración pr opia a partir de Fundació n kale idos.red (200 8: 154)
En síntesis, los ay untamientos, como enclaves pri vilegiados de acuerdo a su proximidad
en relación con el ciudadano, han de desarrollar un papel fundamental en el fomento de la
participación. T al labor, que exige compromiso d ecidido y voluntad firme tanto por p arte de
Dinamización
iniciativas
ciudadana s
Escucha
Dinamización
iniciativas
institucionales
EQUI P AM IENTO DE PROXI M IDAD
Modelos de g estión
Program aci ones
Cesión de e spacios
Fom ent o vida
asociativa y rel ación
entre asoc i aciones
I nt errelación tejido
asociativo y
ciudadanía
Relaciones en t re
colectiv os
Organiz ac iones
ciudadanas
Personas
SERVICIOS CENTRALES
R
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C
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P
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Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
149
los políti cos, como de los técnicos, además de por parte de la propia ciudadanía (entidades
ciudadana s, dinámicas cívicas, asociaciones, agrupac iones, org anizaciones, etc.), verá
facilitada su labor por el tratamiento transversal que int egre e n un pro yecto global, con unos
objetivos comunes y d e un modo coordinado, la s diferentes iniciativas q ue se implementen
desde las distintas área s o departamentos. En este sentido, nos planteamos como esencial el
avance hacia un modelo relac ional que elimine el enfoque estrictamente jerárquico y
paternalista y que c o mprometa e implique a los c iudadanos e n la gestión de los
equipamientos, servicios, recursos, actividades, etc., fomentando el desarrollo endógeno de la
comunidad loca l (revalorización de l territorio) y profundizando en los proc esos de
descentralización y te rritorialización que, con el paso del tiempo, faculten a la ciudad anía para
adquirir autonomía (desde la acción colectiva y la identidad comp artida en la comunidad
local), responsabilidad y protagonismo en la toma de decisiones, de forma q ue todo ello pueda
cristalizar en el compromiso con sus propios procesos de desarrollo y en el establecimiento de
una democracia participativa.
1.4. Factores, d eterminant es y condiciones para la participación
La pluralidad de aspectos que condicionan la par ticipación y que la influ y en, directa o
indirectamente, nos obl iga a comenzar ef ectuando una aclaración. Nos hemos atenido,
fundamentalmente, a los que para nosotros son los factores principa les siempre desde una
óptica que nos lleva a vi ncular la participación ciudadana con la actividad política y con un
proy ecto de cididamente asociado con el avance hacia la equid ad y la justicia social. Esto es,
entendemos que la vinculación en una asociación, la impl icación en un movimiento vecinal, la
asistencia a una manifestación, el tom ar parte en una asamblea de barrio, el acudir a votar en
los procesos electorales, etc., son hechos que contienen, de modo inherente, una cierta
actividad política, de dif erente grado e int ensi dad; es decir, están relacionadas, de uno u otro
modo, con reivindicaciones que ayudarían a configurar el modelo d e sociedad que ca da un o
de nosotros perseguimos. Asimism o, los factores que impulsan la participac ión aceptarían una
gradac ión y una dife renciación en función de p ara qué actividad a ctuasen como catalizadores,
a pesar d e lo cual entendemos que, en un sentido general, se pueden indicar un conjunto de
determinantes qu e suelen estar p resentes a l a hora de propiciar que la ciuda danía tom e parte y
su posicionamiento político adquiera carta de identi dad. Por ello diremos, antes de iniciar el
análisis, que no están todos los que son pero sí son todos los que están y que éstos
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
150
permanecen interrelacio nados entre sí a veces c on límites difusos (por ejemplo podemos
hablar del carácter de una persona extrovertida o habladora como un aspe cto beneficioso a la
hora d e participar en un grupo humano sin s aber con exactitud, o en que medida, tal carácter
es fruto del adiestramiento que supone el im plicarse du rante largo tiempo en una dinámic a
cívica, o constituye un a cualidad natural y un rasgo consustancial a su personalidad).
Hablamos, pues, de interre lación entre los factores y de límites difusos entre algunos de ellos.
Si nos centramos en el aspecto del desarrol lo integral del ser humano no son pocas las
opiniones que nos llevan a la afirmación d e que el hecho d e pa rticipar c onstitu y e un f actor
esencial a la hora de completar tal desarrollo. Dicho de otro modo, y como afirma I barr a
(2011: 20), “el ciudadano (…) e xhibe una actitud pasiva, si no de manifiesto desprecio frente
a la actividad pública”. Tal actitud que tiene una nítida manifestación en la constatación de
que el ciudadano vive, h abitualmente, de espaldas a la políti ca de fine a éste como “limitado
en su condi ción humana” y lo caracteriza c omo “una p ersona menos capaz, menos
desarrolla da (…) inc apaz de decidir junto con los otros qué es lo que a él, y a la comunidad en
la que vive, le resulta conveniente o justo” ( I bíde m, 2011: 20). En estos ca sos en los q ue el
ciudadano presenta un i mportante desinterés en relación a la vid a públi ca y al hecho polí tico,
la participación actúa como una estrategia para romper esas limitaciones y combatir la figu ra
de un “ciudadano empobrecido en la defensa y aislamiento de s u priva cidad – que- ap arece
como un indi viduo limitado (…) que no ha pu esto en marcha todas sus capacidade s como ser
humano” ( Ibídem, 2011: 20). El beneficio habría de analizarse, cuanto me nos, desde un dobl e
enfoque puesto que, a l a vez que favorece el d es arrollo integral del ciudadano, opti miza los
procesos democrátic os dotándolos de un carácter deliberativo que les confiere ma y o r densidad
suponiendo, por ello, un bene ficio para la comunidad en la que habita.
Resulta obvio indicar que existen una serie de “rasgos i dentificativos” de las personas que
desempeñan un papel crucial como det erminantes de una ma yor o m enor propensión a
participar y qu e no nos vamos a detener en su análisis y a qu e, salvo ciertas referencias que
incluiremos a lo largo de este epígraf e, consideramos de mayor interés la radiografía de
determinada s condiciones contextuales que actúan como cu estiones influ y entes de la
participación ciudadana. Aun así, Morales, Mota y Pérez - Nievas (2006: 157) indi can qu e “lo s
estudios clásicos sobre la participación de los ciudadanos e n el ámbito público han establecido
la existencia de relaciones importantes entre dete rminadas características de los individuos y
las desigualdad es de part icipación. Ciertos recursos socioeconómicos como la educación, los
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
151
in gresos o la edad están s istemáticamente relacionados con dist intas formas de participación”.
En este sentido, los mi smos autores ( Ibídem, 2006: 158) establecen una categorización
agrupando, de un modo indicativo, “las ca racterísticas sociodemográficas d e los indi viduos en
tres tipos de factore s posibilitadores de la participa ción: los recursos socioeconómicos
(educación e ingre sos, fundamentalmente) , las cara ct erísticas que determinan su posición
social y sus experienci as vitales (principalmente, la clas e social u ocu pación, la edad, el
género, la situación famili ar y el tipo de comunidad en la que residen) y el grado en que est án
socialmente integrados e n su comunidad (condiciona do por sus hábitos religiosos, el tiempo
de residenc i a en la com unidad, el lugar de origen de sus progenitores y la integración en
grupos de pares)”. Ello nos sirve para enfatizar ese carácter p olicausal y/o multifactorial al
que hay que hacer obligada refere n cia cuando se habla de participación ciudadana.
Así las cosas, vale la pena mencionar que uno de los recur sos capita les de los que
disponen los individuos a la hora de participar es la cualifica ción, categoría que guarda una
estrecha relación con los estudios cursados y la formación académica de cada uno. De este
modo, “los ma yo re s niveles educativos favo recen la participación porque disminu ye n las
barreras cognitivas y aportan elementos de infor mación que son útiles en la esfera pública”
(Ibídem, 2006: 159). Esas barreras cognitiva s de las que hablan l os autores podrí an
perfectamente r eferirse a la ausencia de determinadas capacidades que se hacen
indispensables a la hor a de participar ( y a sea en una asociación, as amblea, dinámica
ciudadana , etc.) como son las habilidades de tipo relacional y comunicativ o (saber expresarse
y transmitir una opinión, saber escuchar, llegar a un consenso, identificar puntos comunes en
los debates, dinamizar p rocesos de debate y diálogo, etc.). En este punt o reivindicamos el
protagonismo de las dinámica s ciudadanas (bajo una pluralidad de morfologías,
denominaciones, tipologías, etiquetas, etc.) como escuelas de pa rticipación y viveros para el
fomento y la adquisición de ese tipo d e h abilidades volviendo a en fatizar, a este respecto, la
importancia de tener en cuenta los procesos y los resultados que d e ellos, progresivamente, se
van derivando. Esto es, si bien el objetivo de un movimiento social entronca con finalidades
sustantivas relacionadas con procedimientos de mejora para un ecosistema social concre to y
basadas en una particular cosmovisión - y volviendo a manifestar una de cidida huída del
activismo- parece evidente que el hecho de participar conlleva, en sí mismo, bene ficios,
outputs, que se leen en los términos que acabamos de expresar y que redun dan en la idea d e la
participación como capacidad inherente a la condición humana, que contribu y e a l a
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
152
construcción y realización de la mi sma, p ero que representa, al mismo tiempo, una parcela
educable.
A este respecto, el proceso de socialización de los indi viduos merece un análisis asociado
a lo indicado h asta el momento en referencia al nivel educativo de la ciudadanía. La
socialización es fundamenta l para la comprensió n del comportamiento d e las personas en el
ámbito público. El desarr oll o del ciudadano desde su infancia viene marca do por los
referentes comportamentales que se encuentran a su alr ededor, siendo uno de esos focos
fundamentales e l que viene representado por los progenitore s. La propensión de éstos a
participar en asociaciones, dinámicas cívicas y , en definitiva, a im plicarse en la vida púb lic a
puede suponer un aprendiz aje y una toma de contac to del neófito con esa faceta de su
condición de ciudadano. Los valores transmitidos, de forma intencionada o no, por los agentes
de socialización primaria (familia y escuela, fundamentalmente) resultan cruciales para el
comportamiento posterio r en relación al hecho públi co y al compromiso participa tivo. Esta
influencia se produce, esencialmente, por medio de dos mecanismos: mediante la transmisión
de valores de interés por lo público, compromiso, soli da ridad o cooperación, y mediante el
aprendizaje d e pautas co operativas g racias a las p rácticas realizadas por figuras de r eferencia
y / o agentes de socializ ación como pueden ser, indistintamente, los padres, los compañeros de
escuela o los profesores.
Del mismo modo, es relevante seña lar el hecho de que las características propias del
sistema educativo (co mpetitividad, meritocracia, aprendizaje memo rístico, ausencia d e
crea ti vidad, falta de co mpromiso, enfoque estratégico – el discente persigue dar lo que el
docente solicita para sup erar una materia y no b u sca, en verdad y en una pluralidad de casos,
el auténtico conocimiento de la misma -, et c.) no favorecen que los ciudadanos se ejerciten,
desde bien pronto, en f acetas d e tipo comunicati vo y relacional por lo que la form ación
académica de alto nivel no asegura po r sí misma, a nuestro entender, que se va y a a disponer
de esas habilidades que resultan clave para pode r participar y hacerlo de un modo efectivo.
Quizás los procesos que en ese sistema cerrado se ll evan a cabo sí favorezcan el hecho de que,
a través de una apertura al entramado no reglado, se desarrollen en éste los aprendizajes a los
que estamos aludiendo de forma constante. A posteriori, la perte nencia a una deter mi nada
“categoría” puede motivar tamb ién l a activación de esas mismas destr ezas de modo que las
personas con ma y ores ni veles de educación están más expu estas, al meno s en un p rincipio, a
Capítulo 1. Leg itimidad, im plicación y corres ponsabilidad cív i ca. El papel d e la participación en el
bienestar col ectivo
153
los estímulos positi vos hac ia l a actividad pública debido a su más frecuente int eracción con
otras persona s de elevados ni veles educa ti vos.
Los recursos estrictamen te económicos son asiduamente percibidos como releva ntes para
la participación por mot ivos de diversa naturaleza que se relacionan fundamentalmente con la
disposición, a priori, de may o r capacidad p ara afrontar los costes de ti empo y rec ursos
genera dos por la participación en asuntos públicos. El poderío económ ico permitiría, a l
mismo tiempo, a las personas que lo detentan, contribuir “al sostenimiento de un ma y o r
número de grupos que defiendan int ereses afines a los su y os u organicen actividades que les
atraigan” así como “formar nuevas aso ciaciones que se ajusten a sus preferencias de ocio o a
sus intereses individuales o colectivos” (Morales, Mota y Pérez -Nievas, 2006: 159).
La socied ad atemporal p arece poner en duda esta hipótesis pues la dinámica laboral suele
inducir procesos en los que los ingresos elevados van asociados con el incremento de
responsabilidad que ac ostumbra a ir acompañado, a su vez, de un mayor tiempo d e
dedicac ión. De he cho, e sa característica referida a la centralidad d emoledora de la actividad
laboral (en cuanto a tie mpo dedica do) suele citarse como un mecanismo premeditado de los
poderes para p rovocar que la propia vorágine evite que los ciudadanos piensen, reflexionen y
diseñen alternativa s al modelo socioeconómico que genera esos pro cesos de alienación y
enajenación vit al (trabajar y consumir) en los q ue pareciera que al día l e faltasen horas. El
consumo exacerbado y e l hecho de ubicar el umbral de felicidad, d e un modo inequ ívoco, en
función de los recursos económicos y materiales de los que se dispone valida cu alquier
actividad produc ti va, a la vez que pone en seria duda aque llas cuy os be neficios gozan, al
menos a priori, de un a m ayor intangibilidad y qu e hu y en del materiali smo, la inmediatez y el
cortoplacismo. Algo así como qu e participar, impli carse, d ebatir, dialogar, comprometerse,
etc., no es productivo e implica perder el tie mpo. P or ello es menester ser sum amente
cuidadosos con aquellas argument aciones q ue refieren fa ctores económicos como
determinantes directos de la participa ción en un sentido posi tivo.
La s c aracterísticas individuales de cada sujeto, es decir, los rasgos propios de la
personalidad de cada uno, también se citan, al modo en el que lo indicábamos con
anterioridad, como factores que juegan un papel decisivo a la hor a de result ar más proclive a
implicarse en dinámicas c ívi cas, en organizaciones socia les y en la vida comunitaria en
genera l. Parec e evidente el hecho de que una persona, en la medida en que s ea más
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
256
“adquirió un virulento poder colonizador, p ronto apr ovechado por los políticos: Convirtió la
historia en un progr ama, con un destino necesa rio e inevitable. La sociedad industrial se
convirtió en la definición del estadio Terminal del camino unilineal de la evolución social. Se
presentó como la culminación na tural de las potencialida des ya existentes en el hombre
neolítico, como su evolución lógica. La historia fue así formulada en términos occidentales
privando a los pueblos de culturas dif erentes la o portunidad de definir sus propias form as de
vida social” ( Ibídem, 2006: 177-178)
29
.
En un principio, al margen de consid eraciones id eológicas
30
, cuando nos referimos tanto
al desarrollo como al crecimiento, nos topamos c on términos que, indudablemente y a priori
(aunque con ciertas salvedades), despiertan más filias que fobias, términos ev ocadores de
realidade s más pla centeras y deseables. S egún el diccionar io de la Real Aca demia Española
de la Lengua s e entiende el desarrollo, dicho de una comunidad humana, como p rogreso,
crec im iento económico, social, cultural o político. Desde la óptica de las Ciencias Sociales
hablamos, para Caride y Meira (2001: 110), d e “u n proceso deliberado y g radual d e cambios
económicos, culturales, sociales, demográficos, etc., supuestamente orie ntados a satisfacer
intereses y expectativas l igadas a la felicidad d e las person as y a sus oportunidades vitales” o,
con un cierto sentido utópi co, como indican los mismos autores ( I b ídem, 2001: 113),
aludimos a “un proceso sociopolítico favorecedor de cambios estructurales profundos,
decididamente liberadores e igualitari os r especto de los derechos d e to das las personas y
pueblos, de un sentido d emocrático d e la vida pública y de un a convivencia pacificadora; y ,
por ello, acor d e con un ordenamiento local- global más dialogal, justo y armónico”.
A menudo, y a pesa r de estas definiciones, en unos casos asépticas y en o tros utópicas, al
hablar de desarrollo nu estro subconsciente nos tra slada, automáticamente, al plano económico
o material lo cual no refiere una cuestión de orden casu al sino que el sis tema que venimos
describiendo en lí neas pr ecedentes exige que los ciudadanos teng an presente esa filosofía de
vida que permita la subsistencia de un sistema paradójicamente insostenible; los medios y
artificios publicitarios se ocupan eficazmente de t al labor. A p esar de esos, en mu chos c asos,
ímprobos esfue rzos del sistema, la profecía del cre cimiento -d esarrollo ilimitado, tanto de
29
La occide ntalización del tér min o desarrollo será analizad a con po sterioridad haciendo referencia a la s
publicaciones de Gilb ert Rist, que r eflexiona acerca de la ause ncia de si gnificado y /o contenido del término
desarrollo en lenguas pertenecientes a c ulturas y civilizacion es alejad as del mundo occiden tal.
30
Partimos de la base de q ue en conceptos que evocan rea lidades soc iales, el carác ter aséptico, neutral,
independiente o total mente ob jetivo es sencilla mente impo sible d e alcanzar.
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
257
recur sos como de riqueza, que se propugnaba como uno de los princi pios esenciales del
Estado del Bienestar, ha terminado por descubrirse convirtiéndose e n una de las grandes
falacias del ca pit alismo.
Compartimos la opinión de Latouche (2012: 51) cuando afirma que “habría que distingui r
(…) entr e desarrollo y c recimiento (en minúsculas) – fenómenos d e evolución que afectan un a
realidad precisa (la población, la produc ción de patatas, la cantidad de re siduos, la toxicidad
del agua, e tc.) y que pu eden ser (o no) deseables inmi nentemente-, y Des arrollo y Crecimiento
(en ma y úsculas), con ceptos abstractos para designar el dinamismo económico, siendo este su
mismo fin”. Afirmando, en est e sentido, qu e “la confusión no es cu lpa nuestra, es el
pensamiento dominante quien la cultiva hábilmente” ( Ibídem, 2012: 51).
Otros autores como M anfred Linz (2007: 38) defi enden la hipótesis de que el crecimiento
deviene de una sue rte de constante antropológica y que es “algo natural” y que “sucede por sí
mismo” y a que “mientras hay a seres humanos que deseen salir de sus carencias y crear
mediante su acc ión algo que previamente no ex istía, habrá crecimiento” . Linz (2007: 39)
también señala que “la s uposición de que el crecimiento caracteriza sistemáticamente a una
economía sana, que ésta o bien crece o bien se de sploma, es errónea. El crecimiento (…) no
es planifica ble: sucede o no sucede” cimentando su argumentación en el hecho de q u e la
obligación de consumir que propugna el modelo li beral es autocontradictoria ya que si dicho
modelo sigue, en teoría, los deseos de los consumidores el consumo pue de estabilizarse en
algún momento de man era que la no existencia d e crecimiento económic o no significa que un
Estado esté en crisis o en decade n cia puesto que “una economía goza de salud cuando oferta y
demanda se encuentran en equilibrio” ( Ibídem, 2007: 39). L os pl anteamientos sobre
suficiencia y sost enibilidad de este autor ponen en tela de juicio las tesis liberales acerca de la
bondad objetiva del crec imiento económico y su mimética equipara ció n con el concepto
desarrollo, a la vez que cuestiona el h echo d e que pueda considerarse desarrollo aqu ello que
está estrechamente vinc ulado con el e xpolio de la naturaleza y la degradación ambiental.
Todo ello no es óbice a l a hora de indicar que las posiciones mayoritarias hoy en día en torno
a los conceptos de desarr ollo y crecimiento orbita n alrededor de sus vincul aciones con índices
cuantitativos y crecimiento exponenc ial.
Jorge Riechmann (2007: 81 -82) pone el acento en una cuestión fundamental que clarifica
ciertas polémicas en torno al término desarr ollo indicando que “e stán los que desean el
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
258
desarrollo entendido convencionalmente (como crecimien to del P I B) y a la vez sostenibili dad.
No se dan cuenta de que desean un imposible: conce bido en estos términos, « desarrollo
sostenible » es un oxímoron, una expresión autocontradictor ia. Y estamos quienes deseamos a
la vez desarr ollo humano (una insuficiente aproximación al cual ofrece el Índice de Desarrollo
Humano de Naciones U nidas) y sost enibilidad, a spiraciones que no son contradictor ias. P ero
debe quedar cl aro que si « desarrollo » se entiende al modo convencional, entonce s no ha y
posibilidad ninguna de desarrollo sostenible”. L atouche (2007: 37), e n una línea similar,
define el desarrollo sostenible, aludiendo a su cará ct er antinómi co como “una chapuza
conceptual que intenta ca mbiar las palabras porque no se pueden cambiar las cosas” y
profundiza indicando que “es como el infie rno, está plagado de buenas intenciones” ( Ibídem ,
2007: 41).
La actitud, a menudo prepotente, destilada desde l a ciencia e conómica puede obrar en el
trasfondo de las interpretaciones sectarias. Verdú (2009: 17) indica que “la economía, l a
ciencia social mat emáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada. Y ello
obedece a que con frecuencia se abstrae d e las condiciones sociales (… ) que son inseparables
de las actividades mercantiles. Como consecuencia, los expertos económicos resultan
especialmente inc apaces para int erpretar las causas y las cons ecuencias de las perturbaciones
monetarias o bursátiles y de prever el curso de la economía incluso en el corto plazo.
Obedientes a l cálculo, ignoran lo que no es calculable ni mensurable, como la vida, e l
sufrimiento, la alegría, el amor, el honor, la magnanimidad, la mod a, la emulación, las
comunicaciones y el mal humor. Su medida de la satisfacción vien e a s er el crec im iento de la
producción, de la productividad o de los ingresos”. Atendiendo a magn itudes de naturaleza
macroeconómica d eso y en cuestiones fácilmente constatables en el día a día, como o curre en
la interpretación del concepto desarrollo. Así, “la economía pued e establecer con precisión las
tasas de pobreza monetaria, pero ignora la subordinación, la humillación o el dolor que
experimentan los pobres. Ignora, en otros casos, la confianza o la duda cir cunstancial en uno
mismo y en el gobierno. Y la voluble, excitante o temeraria inclinación a apostar” ( Ibídem ,
2009: 17). Dicho de otro modo, “los indicadores de la Contabilidad Nacional, como el PIB o
el PNB, miden las transacciones mer cantiles dentro de una e conomía. Tomarlos como
indicadores del progreso humano -suponer que vivimos mejor cuanto más dinero cambie de
unas manos a otras - equivale a des conocerlo casi todo sobre el mundo que habitamos, y sobr e
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
259
los movimientos del corazón humano. Pero en e sa i gnorancia pa recen su midas las ma yorías
sociales de hoy e n dí a…” (Riechmann, 2007: 90).
Esa identificación del término desarrollo y de otr os como c alidad d e vida o bienestar con
magnitudes de naturalez a económica atrajo, como apuntan Ca ride y Meira (2001: 1 10) a las
políticas públi cas y a los Organismos I nternacionales que “además de concebir el desarrollo
como una evolución cuantitativa de las macromagnitudes socioeconómicas, considera n que
supone una transformación cualitativa de las estruc turas que las so portan cotidianamente,
posibilitando que los pueblos avancen en sus proc esos de civili zación”, debiendo plantearse la
cuestión de si la economía, al contrario de lo q ue par ece acaecer ho y en día “¿no debe e n
realidad ser subordinada : instrumento para logra r la buena vida?” (Riechmann, 2007: 91).
En este sentido, entre los diferentes indica dores de naturaleza macroeconómica cabe
destacar la incidencia del Producto Inter io r Bruto (P I B) que recoge la prod ucción de bienes y
servicios de un país, normalmente en el periodo de un año. Han exist ido intentos de
configurar otro ti po de alternativas contables que considera sen cuestiones relacionadas con el
progreso y el desa rrollo humano que tuvieron su génesis en los ataques hac ia el P IB por no
ser un modo fiable d e e valuar el biene star de los ciudadanos. Como s eñala H amilton (2006:
71), “quizá el problema esté en que nue stros índices de progreso son erróne os. Nuestra
medida del progre so nacional (crecimiento del P IB o del PNB) está inseparablemente ligada
al sistema de precios. Se supone que una actividad contribuye al bienestar nacional por el
mero hecho de que se produce para ser vendida, y sólo en cuanto tal. El rasgo definitorio de la
prosperidad es la trans acción monetaria. Esta forma de m edir el bienestar naciona l omi te dos
grandes c ampos: las aportaciones al bien estar r ealizadas por la familia y el medio social, y l as
del medio ambiente. Ambos son fundamentales para nu estro bienestar, pero como lo que
aportan queda fuera d el mercado, simplemente no cuentan”. Una d e las tentativas más
destacadas viene representada por el Indicador de Progreso Genuino (IPG), conocido también
como Índic e de Bienestar Económico Sostenible (I BES) (Hamilton, 2006), aunque sigue
contando con la debilidad, compartida con el P IB, de consid erar qu e el bienestar es una
función del consumo. A pesar de ello considera tanto los costes como los beneficios del
crec im iento económico ( no es lo mi smo qu e una economía crezca un 4 % con subidas en las
tasas de dese mpl eo a que lo haga en ese mismo porcentaje manteniendo las tasas de paro).
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
260
Taibo (2009a: 5) pone un ejemplo gráfico acerca de esa tendencia de los indicadore s má s
utilizados a contabilizar todo como cre cimiento, independientemente d e sus consecuencias
sociales, e indi ca qu e “si un país retribu ye al 10% de sus h abitantes por destruir bienes, hacer
socavones en l as c arreteras, dañar los vehículos …, y a otro 10% por r eparar carreteras y
vehículos, tendrá objetivamente e l mismo producto int erior bruto que un país en el que el 20%
de los empleos se consagre a mejor ar la esperan za de vida, la s alud, la educación y el ocio
(…) Y es que debe subray a rse que los indicadores al uso contabilizan como crecimiento - y
cabe suponer que, también, como bienestar - todo lo que es producción y gasto: las agresiones
medioambientales y los procedimientos orientados a ponerles freno o corregirlas, la
fabricación de cigarrillos, los fármacos y las drog as, las secuelas de los accidentes de tráfico
en forma de vehículos remolcados, reparaciones, transfusiones d e s angre, mé di cos y
abogados, o, claro, el propio gasto militar. Esos indi cadore s apenas nada nos dicen, en
cambio, de elementos q ue se antojan vitales para e ntender la condición de una sociedad”.
Algunos de los puntos clave que tiene en cu enta e l I PG con r especto al P IB son los siguientes
(Hamilton, 2006):
La distribución de la r enta. El PI B da implícitamente por supue sto que la
distribución de la renta es perfecta sin tener en cuenta si se destina a las rentas más
elevada s o si se distrib u y e entre los núcleos familia res más necesitados (lo cual sí
supondría, en cierta medida, una señal de progreso y /o desarrollo). El IPG ajusta el
crec im iento en el consumo teniendo en cuenta l os ca mbios en la dist ribución de los
ingresos.
La contabilización de las tareas domésticas y sociales. En el P IB dichas
ocupaciones (cuidado de niños y ancianos, cocina, limpieza, etc.) no se tienen en cuent a
en la contabilidad nacional por situarse fuera del mercado, así, “colocar a un niño en
una guardería acrecienta el producto interior bruto, en tanto cuidarlo en casa no ti ene
ese efecto” (Ta ibo, 2009a: 6). El I P G incluye un cálculo del valor de dichas tareas.
Una ampliac ión de miras (I PG) en la valoración de las consec uencia s del
incremento de las tasas de desempleo (r uptur as fa mi liares, delincu encia, etc.) que va
más allá de la simple p érdida de producción registrada en las contabilidad es nacionales
(PIB).
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
261
Una parte importante d el gasto tenido e n cuenta por el P I B es de ca r ácter
defensivo, es decir, se r ealiza para protegernos de alguna reducción d el bienestar (el
incremento del gasto en seguridad doméstica es entendida como una aportación positiva
al bienestar). El IPG deduce d e los gastos de consumo los de ti po defensivo
relacionados con la criminalidad. Algunos otros tipos de g asto sanitario y de reparación
de accidentes son también de ca r ácter defensivo y se desc uent an en el cálculo del IPG.
El P I B ignora el im pacto ambiental generado por el incremento de la actividad
económica y por la producción de bienes y se rvicios (contabiliza el v alor de la madera
de los bosques como un benefic io): “un bosqu e convertido en p apel acrecienta el
producto interior bruto, en tanto que es e mi smo bosque indemne, decisivo para
garantizar la vida en el p laneta, no computa como riqueza” (Taibo, 2009a: 6). Mientras,
el IPG sí contabiliza esas consecuencias (la producción de gases d e efecto invernadero,
por ejemplo, es considerada como un coste).
La tou che (2008) señala l a existencia de otra se rie de indicadores que intentaron ampliar
el espectro de valoración asumido por el P IB considerando otras cuestiones del quehacer vital
de la ciudadanía. Salud, alimentación, educación, condi ciones de trabajo, hábitat, vestimenta,
ocio, seguridad social, etc., eran algunos de los elementos olvidados que emergían desde la
línea fundacional de estas tentativas digamos alterna ti vas, c omo la que pudo suponer e l
conocido como P ID (Pro ducto Interno Suav e de Québec). Del mismo modo, y a este respecto,
vale la pena mencionar el denominado IBED (Índice de Bienesta r P ermanente) que se bas aba
en la siguiente fórmula: consumo comercial doméstico + servicios de traba jo domésti co +
gastos públicos no defensi vos – gastos privados defensivos – gastos de degradación del medio
ambiente – desvalor ización del capital natural + formación de capital productivo.
La construcción de estos indicadores alternativos no deja de ser un modo más de
cuestionar el con cepto d e crecimiento y d esarrollo, así como su equiparac ión con la felicidad
propugnado y difundido por la cosmovisión neoliberal. D e este modo, “la actividad
económica toma todo lo que necesita d el ámbito s ocial y d el mundo n atural, y es así, sólo así,
como las cosas adquieren un prec io y pu eden incluirse en la contabilidad nacional. L a
actividad económica ex pulsa lo que no nece sita – trabajadores sobra ntes, residuos tóxicos-,
que, de ese modo, deja de ap arecer en l a contabilidad nacional. Las apo rtaciones a nuestr o
bienestar sólo cuentan s i se transfieren al sector del mercado; los efectos secundarios del
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
262
mercado que reducen nuestro bienestar se reenvían a los sectores sociales y
medioambientales, donde y a no cuentan. La economí a sólo valora lo que necesita. Lo que n o
necesita, c arece de valor” (Hamilton, 2006: 76 -77). Naredo (2006: 38) apoya estas
argumentac ion es señalando que “el problema originario estriba en que la civilización
industrial, al utilizar el razonamiento monetario como guía suprema de la gestión, resa lta la
dimensión crea dora de valor o utilidad, pero cierra los ojos a los dete rioros sociales o
ambientales que dicha gestión origina”.
Todo ello nos abre el camino a una interesante reflexión según la cua l, d urante muchas
décadas, el desarrollo se ha vis to fu ertemente impregnado de plant eamientos paternalistas y
transitivos ( La touche, 2 007), como si d e algun a forma los países ricos o las inst ituciones
supraestatales del primer mundo desarrollase n a las naciones menos avanz adas, con todo lo
que esto puede significar si lo leemos tanto en t érminos de explotación y esquilmación de
recur sos, como desde el punto de vista de la má s que posible negación de la autonomía e
identidad cultural de los pueblos, así como d e su incapacidad par a com prometerse con sus
propios procesos de desarrollo. Muchos de los estudiosos del (de )crecimiento (L atouche,
2012; L inz , 2007; Rie chmann, 2007) señalan como probable punto d e partida en estas
consideraciones d e naturaleza paternalista el denominado efecto goteo (trickle -down effect )
según el cual el incremento de la riqueza de unos acaba reca y e ndo en todos, tanto si se trata
de individuos como de países (algo que, por otr a pa rte, ya h abía sido enunciado por Adam
Smith en varios de sus escritos).
En este sentido, las célebres “a y uda s al d esarrollo” pueden representar y de he cho, en
muchas ocasiones, así su cede, un mecanismo para lavar conciencias occidentales y suponen el
“reparto de las migajas” en el Sur. Quizás una ordenación más justa con respecto a los países
subdesarrollados ev itaría “limosnas” y plante amientos paliativos que tienen su origen en la
concepción de tal es luga res como viveros de m ateria primas baratas y ma no de obra a p recio
de saldo. Eso no es desa rrollo, es lo que podría ll amarse d esarrollismo coloniz ador. Y es qu e
“la globaliz ación actual nos enseña lo que ha sig nificado el d esarrollo y l o que nunca h emos
querido ver. Es, a la vez, el estadio supremo del desarrollo realmente exis tente y la negación
de su concepto míti co” (Latouche, 2007: 19). Es e concepto mítico q ue refi ere La tou che viene
repre sentado por definiciones, en cierto modo idealistas, que aluden a la autonomía de los
pueblos y al desarrollo int egral de la personalidad del ser humano, ignorando el contexto
mundial. Todo ello, por no aludir a las declaraciones de int enciones de dichos organismos en
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
263
cuanto a los objetivos del desarrollo que hacen re f erencia, nada menos, a cuestiones del
calibre de acabar con el hambre y alcanzar la paz mundial. El desarr ollo es, en este sentido y
de alguna forma, “e l mirlo b lanco, ¡nadi e lo ha vist o jamás!” ( Ibídem, 2007: 20). Las
perversas adjetivaciones con las que se ha maridado el conce pto desa rrollo (social, humano,
local) desde l as instit uciones supraestatales no dejan de ser, d el modo en q ue lo manifestamos
anteriormente, un manto que trata de disfrazar lo que en realidad es im perialismo (también
cultural) y etnocentrismo pues “el desarrollo consti tuye a la vez una impostura conceptual,
por su pretensión universalista, y una impostura práctica, por sus contradicciones p ro fundas”
(Ibídem , 2007: 53). En s íntesis, y ahondando en l os aspectos conceptuales, “desarrollo, igual
que crecimiento, son p alabras tóxic as, sea cual sea el adjetivo con el que se adornen”
(Latouche , 2012: 48).
El carácter etnocentrista de l término desar rollo, que nos tr aslada a la primera d e las
imposturas de las que habla Latouche (la i mpostura conceptual), alude a la fuerte
occidentalización de esta palabra y al h echo d e que dicho con cepto se encontraba ausente en
muchas civili zaciones antes del contacto con Occidente. Gilbert Rist (2002) analiza tal
cuestión reflejando el significado del término desarrollo en lenguas per tenecientes a otr as
civilizaciones mu y al ejadas, geográfica y cultur almente, de la occidental (la traducción del
término a las lenguas africanas, por ejemplo, ha su puesto un im portante quebradero d e cabeza
a expertos en la mate ria). Para Rist (2002: 273) “los problemas relacionados con el desarrollo
se inscriben en lo más profundo del imaginario occidental. Que el crecimiento o el progre so
puedan continuar inde finidamente, es una afirmación que dist ingue de manera radical a la
cultura occidental de todas las demás. Esta característica, tan extraña y tan moderna, establece
entre los pueblos una fractura cu ya importancia v a mucho más allá q ue cu alquiera de las qu e
se han forjado a lo largo de la historia pa ra justif icar, de manera sociocéntrica, la pretendida
superioridad de Occidente (salvajes/civilizados; culturas orales/culturas escritas; sociedades
sin historia/sociedades históricas, etc .)”.
Y no sólo se trata del propio término desarrollo sino de otros concept os íntimamente
relacionados con éste, como por ejemplo l a pobr eza. Así las cosas, po r ejemplo, “en África,
no se considera pobre a quien carece d e bien es materiales, sino a quien no tiene nadie a quien
recurrir y viv e una es pecie de orfandad social (…) La frugalidad colectiva no debe
confundirse con l a pobreza. No se trata, naturalmente, de ha cer un elogio rousseniano de la
pobreza sino simplemente de evitar qu e se confunda la sencil lez de algu nos modos de vida
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
264
con la pobreza modernizada que se crea por la expansión del sis tema de mercado” ( Ibídem ,
2002: 289). De la misma manera que “la hegemonía del desarrollo sólo ha podido establec e rse
gracias a una forma d e ilusi onismo semántico: el establecimiento y la di fusión de la idea de
subdesarrollo” ( Ibídem, 2002: 273).
Para Latouche (2007: 54 ) lejos de tratarse de una cuestión casual o que pudiese obedece r
a motivos de otra naturaleza, la ausencia de palabras para expresar el significado d e desarrollo
tiene su origen en el hecho de que “los valores sobre los que se basa el desarrollo, y
particularme nte, el progreso, no se corresponden en absoluto con aspiraciones universales
profundas. Esos valores van unidos a la historia de occidente, per o segu ramente no tiene n
ningún sentido para las otras sociedades”. Estas interpretaciones occidentales son también
recha z adas por otras culturas por lo que suponen en cuanto a la pretensión de dominio sobre
la naturaleza. En resumen, “todos los pueblos opr imidos, estrangulados, humillados del
planeta no aspiran necesariamente a lo que esconden los milagros y espejismos del desarrollo,
sean cuales sean los en voltorios. Aspiran, sin duda, principalmente, a s obrevivir. No sólo
mediante una supervivencia puramente biológica, medida en calorías, o p uramente materia l,
como lleva a pensar la visión economicista y desarrollist a, sino a través de una supervivencia
cultural en términos de calor humano. As piran, si es posible, a vivir « b ien ». Bien, y no
siempre más, ni mejor. Eso significa vivir con dignidad, según sus valores, sus normas y sus
opciones culturales, sin estar entra mp ados en la competencia por el más alto PNB” ( I bídem ,
2007: 88).
Siguiendo a Rist (2002) podemos construir una definición de desarrollo que resulta
ciertamente cla rificadora desde el punto d e vista de es as concepciones occ identales
ciertamente predominantes. Así las cosas, el d esarrollo estaría constituido por un conjunto de
práctica s a v eces aparentemente contradictorias que, para asegurar la re producción soci al,
obligan a transformar y a destruir, de forma generalizada, el medio natural y las relaciones
sociales a la vista de una producción crec i ente de mercancías (bienes y ser vicios) destinadas, a
través del intercambio, a la demanda solvent e. El mismo autor llega a establecer el desarrollo
como una religión moderna apoy ando su afirmación en las argumentaciones que siguen:
“Es una consecuencia de la arr og ancia o ccidental que considera a la so ciedad
moderna distinta de las demás con el pretext o d e que sería r acional y s ecularizada”
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
265
(Ibídem, 2002: 32). Pero la modernidad misma (y sus tradiciones) se inscriben en la
tradición.
Es creencia y no ideología, ya que mientras la ideología se discute la creencia,
por su parte, como suc ede en el caso del desarrollo, constitu ye “un tipo de certeza
colectiva cu y as modalid ades son discutibles, o de las que se pu ede dudar, en privado,
pero que su legiti midad es inconveniente discutir e n público (…) se cree en ellas porque
se piensa que todo el mundo cree , por qu e no se p uede hacer otra cosa que creer, porque
todo el mundo lo dice” ( Ibídem, 2002: 33).
Son cree ncias eficaces puesto que obligan a quienes las comparten a a ctuar de
una determina da manera por más que se dude, en privado, de su verdadera bondad.
Estas creencias se r eavivan constantemente mediante unos rituales (“las
diferentes cumbres polí ticas, las reuniones del G7
31
, los rounds de negociaciones
comerciales y demás s esiones de la As amblea G eneral d e N aciones Unid as” ( Ibídem ,
2002: 34)) y unos signos qu e tratan de difundir la idea de que el progreso está en
marcha.
Se trataría, ( Ibídem , 2002: 247), de “una c reencia que hunde sus raí ces en el imaginario
occidental (…), afirma que la buena vida de todos puede garantizarse mediante los progresos
de la tecnología y de un crec imiento ilimitado de la producc ión de bienes y s ervicios, de la
que todos acabaremos por beneficiarnos. Este desarrollo constitu y e, por tanto, la promesa de
una abundancia generalizada y , a imagen de lo que pasa en el orden biológ ico, se le considera
natural, positi vo, necesario e indiscutible”. Y vuelve a profundizar en esa suert e de
sacra lización efectuada con el propio término indicando que “si las sociedades modernas se
identifican con la necesidad de des arrollo es porque han elevado este pri ncipio al nivel de
verdad sag rada capaz de simbolizar al conjunto de sus prác ti cas y darles, al tiempo, un
carácter obligatorio. Si hace falta ha cer crecer, es para hacer hacer” ( Ibídem, 2002: 247). El
papel de los gobernantes y de las autoridad es polí ticas también tienen un espacio para el
análisis y la reflexión, siguiendo una línea similar y s eñalando, de esta manera, que “de l a
31
Recibía esa denominación en el año de publicació n de la obra, El desarrollo: hist oria de una creencia
occiden tal (2002), un grupo d e p aíses ind ustrializad os cu yo peso político, eco nómico y militar era cier tamente
relevante a esca la global (Ale mania, Ca nadá, Estad os Unidos, Francia, Ital ia, Jap ón y Rei no Unido ). Ha pasad o a
ser G8 (tras la i ncorpo ración de Rusia) y e n la ac tualidad se m a nej a el nu m er ó nimo G8+5 añad iendo a las
principales eco nomías e mergentes ( Brasil, C hina, India, Mé xico y Sudá frica). Sea co mo fuere, se trata d e foros
en los que se deter mina el futur o de los ciudadanos, sin los ci udadanos.
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
272
principio, se pod ría aplicar la tan clá sica como dudosa etiqueta de “desarrollados”).
Considerablemente más abajo, en c oncreto en los puestos 41, 45, 46, 50, 62 y 105, se
encuentran, respectivamente, Reino Unido, Japón, Alemania, Francia, España y Estados
Unidos. P arec e que la presuntamente inf alible fórmula que equipara bienestar con
acumulación mat erial pi erde vigencia si utilizamos como fuente de información aquella que ,
previsiblemente y empl eando el s entido común, resultará más fiable: las opiniones y
perce p ciones de los afectados que no son otros qu e los propios ciudadanos.
Ello no hace sino volver a poner en t ela de juicio a los clásicos indicadores representados
principalmente, como veíamos en páginas precedentes, por el P IB. Para Latouche (2012: 69 -
70), datos y paradojas de esta naturalez a, eviden cian que “la sociedad llamada « desarrollada »
se basa en la producción masiva de decadencia, es decir, en una pérdida de valor y una
degradación gene r alizada tanto de las merc anc í as, que la ac eleración de lo « desechable »
transforma en desperdici os, como de los hombres, excluidos y d espedidos después de usar,
desde el director general y el gerente desechables hasta los d esempleados, los sin techo, lo s
vagabundos y otros dese chos humanos”. Para él “es necesario recorrer en sentido inverso el
camino de lo económico, que nos ha hecho pa sar de la felicidad, forma terrestre de la beatitud,
al producto interior brut o per cá pita, a través de reducir el bienestar viv ido a un bientener
estadístico, medido finalmente por la cantidad de bienes mercantiles consu midos
individualmente, sin preocuparse de los demás ni de la naturaleza. Sin embargo, dicha
metanoia ( regresión) no debe quedarse a m edio camino y de ja r que perdure el mito d el
progreso inde finido. Recuperar el sentido de la medida, ¿no es en p rimer lugar salir de la
obsesión de lo medible y despedirse de la economía para recuperar lo socia l?” ( I bídem , 2012:
85). En resumen, y como indica Taibo (2010 a: 10) , “somos víctimas de un mito inconsistente:
el que sugie re que el crecimiento económico, además de oxig e nar todas las relaciones, es un a
fuente de cohesión social que permite fortalecer los servicios públicos y red uce sensibl emente
la desigualdad y el desempl eo”, mito que tiene su génesis en la utilización de indi cadore s
macroeconómicos que “dist orsionan dramática e interesadamente la realidad” ( Ibídem, 2010a:
11).
Del modo en que lo poníamos de manifiesto en el epígrafe dedicado al papel de los
ciudadanos, para proseguir con su feroz funcionamiento el sistema neolibera l requi ere que las
personas vincul emos la felicidad con objetivos externos y qu e dej emos de lado el
establecimiento de relaciones interpersona les y los procesos de colaboración. Sin embargo,
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
273
los datos extraídos d e investigaciones p arecen po ner de manifiesto que “las personas cu y o s
objetivos ponen el acent o en la confianza y la asociación con otros (reflejando un int erés por
establecer relaciones profundas y mutuamente satisfactorias) p resentan ni veles de bienestar
más altos que quien es hacen hin capié en el poder ( como reflejo de un deseo d e ejer cer
ascendiente e influencia sobre otros)” (Hamilton, 2006: 55).
Cuando tratamos de vinc ular bienestar y felicidad con objetivos externos (ingresos altos,
un cuerpo perfecto, etc.) tendemos a ser, aun alcanzándolos, más infelices y a desarrollar
patologías psicológicas que si centramos nuestras metas en recompensas de tipo intrínseco
(más tiempo con la familia, relaciones sociales, etc.). Debiendo tener en cuenta el hecho de
que la felicidad evoca e n ma yor medid a un p roceso y no un resultado final o un mom e nto
puntual, “las personas o bsesionadas por acumular riqueza se c entran ne cesariamente en sus
propias circunsta n cias y en los miembros de su fa milia más inmediata. Centrarse en las
necesidades propias significa orientarse psicológicamente h acia el inte rior de la person a, co n
lo que las ne cesidades ajenas pasan a un segundo plano. Además, la búsqueda de la riqueza es
intrínsecamente competitiva: el éxito exige aparta r a los rivales a codazos; la superioridad
propia depende de l a inf erioridad de los demás” ( Ibídem, 2006: 61). Eso no es todo, y a qu e el
factor temporal juega un papel relevante en el sentido de que “quienes van detrás de la riqueza
se someten a la presión del tiempo, que les faltará para dedicarse a actividades enriquecedoras
para su medio social, incluidas algunas tan sencillas como hablar con los vecinos y tomarse la
molestia de interesarse por el resto del mundo y sus afanes” ( Ibídem, 2006: 61). Para
terminar, el aspecto relacional del individuo sufre im portantes deter io ro s de acuerdo a que
“la s personas obsesionad as por el dinero y las adquisi ciones materiales tienen más afinidad
psicológica con los objetos que con las re laciones, y es más p robable que las relaciones qu e
mantienen se estructuren para cont ribuir a la b úsqueda de la ac umulación d e bienes. Las
relaciones con la familia , los amigos y el medio social más amplio están mediatizadas por
objetivos materialistas” ( Ibídem, 2006: 61).
La falacia de a ma y or c recimiento ma y or es cotas de bienestar y felicidad personal qu e
actúa como sustento del modelo capitalista es explicada a la perfección por el mismo
Hamilton (2006: 94- 95): “el moderno capitalismo c onsumist a florece r á mientras la gente
desee más d e lo que ti ene. Por tanto, para la reproducción del sis tema, es fundamental que lo s
individuos se sientan constantemente insatisfechos con sus pertenencias. No deberíamos pasar
por alto la ironía inher ente a ese s entimiento: mientras se nos di ce que el crecimiento
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
274
económico es el proceso por el que se satisfacen los deseos d e las personas para qu e puedan
ser más f elices, la teo ría económica se d efine como el estudio pa ra utilizar unos recursos
escasos de la mejor manera posible con el fin de maximi zar el bien estar – en realidad, el
crec im iento económico sólo se puede sustentar mientras la gente siga sintiéndose insatisfecha-
. El crecimiento económ ico no crea f elicidad: es la infelicidad la que sostiene el crecimiento
económico. Por tanto, para la supervivencia del moderno capitalismo consumista se debe
fomentar continuamente el descontento”. Para Latou che (2012: 43) “después de todo este
tiempo, si el crecimiento produjera automática mente el bienestar, deberíamos estar viviendo
hoy en día en un auténtico paraíso. Pero es más bien el infierno lo que nos espera, pues este
crec im iento vertiginoso c onsiste en primer lugar e n una sangría de las ene rgías fósiles y de los
recur sos no renovables, de los residuos y de la contaminación, en definitiva, en la destrucción
de nuestro ecosistema”.
Linz (2007) señala una serie de motivos de naturaleza tanto psicológica co mo política que
gozan de una importante fuerza sug estiva y que se encuentran detrás, en muchos casos, d e la
prevalencia de esas int erpretaciones economicistas de los conceptos crecimiento, desarrollo,
etc. Algunos de e llos serían los siguientes:
La idea del prog reso de la modernidad ha visto e n el “más l ejos, más deprisa,
más grande” un valor en sí y una fuente de ga nancia, y sigue vigente su impronta
cultural.
El crecimiento económico promete aumentar el tipo de bienestar que s igue
parec i endo a la ma y or ía la medida de la vida bue na: poderse permitir más bienes y má s
servicios. Y todavía má s allá: el dinero ha ejercido desde siempre una fascinación
inmediata. El dinero permite la diferenciación social, el dinero reduce la incertidumbre
del futuro, el dinero da liberta d de elección.
La ot ra cara d e esta f ascinación por el c recimiento es el difundido temor de que
no crecer signi fica d etención y la detención significa estancamiento; que con
porcentaje s próximos al cero el camino está expe dito hacia la depresi ón económica, lo
que traería consigo una d isminución del nivel de vida.
Parece evidente que es a concepción de los términ os en torno a los cuales gira la atención
de este subepígrafe no d eja de ser nociva a largo plazo ( y a no tan largo) para la civiliz ación
humana y par a el propio planeta en sentido físico. Es algo consustancial al propio modelo ya
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
275
que, como apunta Bauman (2007: 121) “una sociedad de consumo sólo puede ser una
sociedad de exceso y prodigalidad y, por end e, de redundancia y despilfarro”. El m odelo
parece, por otra parte , profundamente agotado y a que “ el c recimiento ho y en día sólo es un
asunto rentable a condición de que el peso y e l precio recaigan en la naturaleza, en las
generaciones futur as, en la salud de los consumi dores, en las condicio nes de trabajo de los
asalariados y , más au n, en los países del Sur” (Latouche, 2009b: 43).
Naredo (2006: 228) resalta una serie de indicadores clave de la crisis social y ecológica
genera d a por la visión predominante del térm ino desarrollo y por lo s compo rtamientos
promulgados desde la ideología ca pitalista. Serían los siguientes:
“Creciente incidencia de la espec ie humana sobre los recur sos y sumid eros
planetarios.
El transporte, la com ercialización y el manten imiento del orden (control,
policía, tribunal es, cárceles, armamentos,…) r eclaman una fracción creciente de lo s
recur sos utilizados.
El coste ec ológico se dispara mientras la c alidad de vida se derr umb a: el
tiempo se dedica sobre todo a tra nsporte -trabajo-intendencia-TV.
Polarización y marginación so cial a todos los niveles: la creciente fr a ctura
social observada en los países ricos impide la integración de los inmigra nte s”.
Teniendo en cuenta los factores a los que a cabamos de aludir, Latouche (2007), apunta l a
necesidad de s alir del desarrollo y señala la entrada en el denominado posdesarrollo,
indicando que éste, “tiene que s er plural. Se trata de buscar modelos de plenitud colectiva en
la que no se favorezca un bienestar material dest ructor del medio ambiente y del bien social.
El objetivo de la buena vida se declina de múl tiples maneras según los contextos en que se
inscribe. En otras palabras, se trata de reconstruir (¿encontrar de nuevo? ) nuevas culturas”
(Ibídem, 2007: 66). Y se trata, sobre todo, de recuperar el sentido de la equidad y de la justicia
social puesto que cuando se establece la analogía entre desarrollo y crecimiento, entendiendo
que el primero contiene al segundo y que ambos cohabitan en la positividad junt o con la
calidad de vida y el bien estar de toda la ciudadanía en el vecin d ario del progreso social, nos
olvidamos (puede que de forma inconscientemente voluntaria) del hecho de que el desarrollo,
ese que im plica cr ecimiento, supone también el crecimiento de las desigualdades sociales, en
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
276
una tendencia instau rada y avivada desde el establecimiento de la competi tividad como valor
central de las soci edades occidentales. En definitiva, “el crecimiento era el problema y no la
solución” (Latouche y Harpa gès, 2011: 35).
Lo que reclamamos es otra forma de bienestar y calidad de vida al ejadas de esos
parámetro s de n aturaleza económica y m aterial, y esa alternativa pas a indefectiblemente po r
la posibilidad de que el c iudadano participe y se i mplique en la gestión de los recursos y en la
toma de decisiones en el entorno más próximo, al canz ando una calidad de vida relacional qu e
reemplace a las p ercepciones individualistas y materialistas que ven en el dine ro y las
posesiones materiales un tótem que augura bienes tar y felicidad. Iniciativas enmarcada s en el
desarrollo comunitario, el desarrollo sust entable, alternativas de ecodesarrollo fundamentadas
en una lógica plural que bebe de las fuentes de la equidad y la just icia social, opciones como
el decrecimiento y la suf iciencia, comienzan a avanzar en ese c amino. Además, concordamos
con García (2004: 130) cua ndo afirma, aludiend o al derecho al desa r rollo, que “la búsqu eda
de la equidad a nivel internacional constitu ye u n nuevo derecho” y el marco interpretativo
basado en l a lógica d el mercado imposibilit a que en dete rminados contextos se pueda avanzar
en esa direcc ión.
Volvemos a reitera r que el análisis del sistema sociopolíti co y económi co imperante,
abordado en los párrafos que precede n, re sult a cruc ial puesto que para que la verdadera
democracia y l a iguald ad políti ca que ésta conlleva sean reales, serí a ne cesario ir gener ando
simultáneamente un m undo en que las desi gualdades estructurales descritas fueran
desapareciendo; porqu e s i no se superan es as desi gualdades de p artida en cuestiones relativas
al suste nto, la supervivencia, etc., no se pued e alcanzar esa equidad en lo atinente a la
participación o a la posibilidad de implicarse en lo s procesos de toma de decisiones.
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
277
2.2.2. El decrec i miento como alternativa para otro desarrollo
33
Son dos los motivos fundamentales que nos emp ujan a plantear alte rnativas a los he chos
que venimos describiendo a lo largo de este ca pítulo. Una situación que adquiere carta de
identidad en la medid a en que la asumimos y entendemos como una pluralidad de
problemáticas de carácter poli édrico (condiciones laborales precar ias, degradación ambiental,
atomización cultural, falta de democracia real, individualismo, competitividad, codicia , etc. )
que surgen como consecuencia del a fianzamiento del modelo capitalista neoliberal y que
configuran nuestra sociedad contemporánea, “un a sociedad fagocitada por una economía cu y o
único objetivo es el crecimiento por el crecimiento” ( Latouche , 2012: 45). Hablaríamos, po r
un lado, de la tan patente como interesada tendencia reduccionista en la interpretación y el
análisis de los té rminos a los que acabamos d e aludir (desarrollo, bienest ar, c alidad de vida ,
progreso, etc.), dotándolos, de manera inequívoca e indisputable, de un s esgo economicista.
Por otro, de la n ecesidad de combatir, d e un modo decidido, la crítica que desde ciertos
sectores de la investigación se dirige hacia las Ciencias Sociales atribuy é ndoles, en cierta
medida y de un modo, a nuestro parecer, extr emadamente injusto, un carácter pesimista y
destructivo patentado por la instalación en la queja y la ausencia de me didas que puedan
solventar, siquiera mejorar, a quellas p roblemáticas que son objeto de aná li sis .
Vivimos en una sociedad “que mide el éxito del in dividuo por el número y el poder de los
medios de que dispone para tener la comunidad a dist ancia, para escapar al desti no común,
para aislarse y dif erenciarse de todos, para construirse un caparazón contra el mundo: auto,
casa, confort, propied ades privada s, reducen su dependencia ante los demás, y limitan sus
contactos con ellos. Consi dera que la coronación de una vida es el espléndido aislamiento del
rico y re finado propietario. Pero a aquellos que no quisi eran poseer, aislarse y consumir a
expensas de todos, sino dar, comunicar y constru ir con y par a todos, ella no tiene nada que
ofrecer” (Gorz, 2008: 46 -47). Para Taibo (2009b: 45) se trata de “un modo de vida esclavo
que hac e pensar que cuantas más horas se tr abaje, más dinero se g ane y , sobre todo, más se
consiga consumir, mayor será la fe li cidad”. Es, ni más ni menos, que el sistema consumista
del que Latouche (2012) cifra en tres sus pilares esenciales, responsables de su
33
La e scasez de auto res q ue a bord en el decrec im ie nto co mo una alter nativa pa r a o tro desarrollo, y má s au n
desde el p unto de vista de otorgar u n importante pr otagonis m o al factor relacional (ne xo de unión con la te mática
referida a las dinámicas cí vicas), nos lle va a configurar este epígrafe guiándonos p or aq uellos referentes que han
publicado obras en este sentid o, a sab er: Riechmann, Lato uche, Taibo , Linz, Hamilto n Sempere y Tello .
M IGUEL Á NG EL R ODRÍGUEZ F ERNÁNDEZ
278
funcionamiento y de su para dóji co a la par que contradictorio pot encial creador -destructor.
Hablaríamos de :
La publi cidad, que recrea incansablemente el deseo de consumir.
El crédito, que proporciona los medios para hacerlo incluso a los que no los
tienen grac i as al sobreendeudamiento.
La obsolesc encia p rogramada, qu e garantiza la renovación obligad a de la
demanda.
Nos trasladamos, pues, a para jes c aracterizados por la ideología del crec im iento y l a
ac umulación que deberá obtener en teorí as centradas en el decrecimiento un indispensable
contrapunto que mitigue, en la medida de lo posible, su innegable carácter autodestructivo.
Un contrapunto que se cimiente en el hecho de que “el hombre no es sólo un át omo
calculador, sino que se p roduce so cialmente y sig ue la lógica de la triple obligación del don:
obligación de dar, obli gación de recibir, obligación de devolver. Esta le y de la r eciprocidad
está en la base de la socialidad primaria, de la familia, de la vecindad y d e las redes
relacionales. No es de extrañar que l a econ omía de l a f elicidad otorgue, como el
decrecimiento, un lugar importante al espíritu del don, como antídoto al espíritu mercantil”
(Latouche , 2012: 71).
Se tra tarí a, e n este se ntido y en un principio, de acometer una disminución regular
controlada de la produ cción económica con el ob jetivo de establecer un a nueva r elación de
equilibrio de los seres humanos entre sí y con respecto al medio ambiente. Dicho de ese
modo, y teniendo en cuenta la cosmovisión promovida por la ideología domi nante, podría
parecer que estamos hablando de una suerte de desaceleración de l a dinámica desarrollada en
las últimas décadas. Na da más l ejos de l a r ealidad. Conviene enfatizar, desde un principio,
“que el decrec imiento no es un cre cimiento negativo, expresión contradictoria que revela la
supremacía del imagin ario desarrollista. Ha y que huir (…) de cu alquier percepción
cuantitativa del d ecrecimiento: no se trata de hacer lo mi smo pero en menos cantidad” (Taibo,
20 09a: 16). Prosigue en esa lí nea cuando señ ala que “si d eclaramos rechaz ar el concepto de
crec im iento porque ent endemos que incorpora u na aberrante inclinación en provecho de lo
estrictamente cuantitativo y en detrimento de la consideración de variables soc iales y
medioambientales funda mentales, corremos el riesgo de qu e, al contraponer el vocablo
decrecimiento, éste se v ea impregnado del cuantitativismo de su contrario, de tal suerte qu e se
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
279
traslade la idea de que, en los hechos, lo único que demandamos es que se verif iquen
reducc ion es en los nivele s de producción y de consumo” ( Ibídem, 2009 a: 2 7). No se trata, en
ningún caso, de hacer más de lo mismo o, en esta coyuntura, menos de l o mi smo y a que “la
idea de que resolveremos los problemas de la mano de una ma y or eficiencia en el uso de los
recur sos, sin reducir el consumo y el crecimiento, se antoja una crasa equivocación” (Taibo ,
2009b: 48). El propio Ta ibo (2009a: 21) señala q ue “la apuesta por el d ecrecimiento reclama
expresa mente el despliegue de reglas diferentes de las que ho y d eterminan el mal
funcionamiento, y la injusti cia, de nuestras sociedades”. Se podrían resumir tales reglas en los
seis puntos que a continuac ión relat amos:
Reivindicación de sobri edad y simpli cidad voluntaria. Entre las razones q ue
explican dicha cu estión “se cuentan el pésimo escenario económico que hemo s
hereda do, la dramática ausencia de tiempo para l levar adelante una vida saludable, la
necesidad de mantener una relac ión equilibra da con el medio, la ce rteza de que el
consumo no deja espaci o para el desarrollo personal y , en suma, la conciencia de las
diferencias que existen entre quienes consumen en exceso y quienes carecen d e lo
esencial” (Taibo, 2009a: 21).
La d efensa de un ocio creativo que combata la dinámica del tra b ajo ob sesi vo.
Un rep arto diferente del trabajo. Como señalarem os más adelante se tr ataría de
expandir la actividad de aquellos segmentos de la economía vinculados con la
satisfacc ión de las necesidades sociales y la atenci ón al medio ambiente, a la vez que se
re parte el trabajo en los sectore s económicos tradicionales.
Apostar por el triunfo d e la vida social frente a los impulsos que nacen de la
propiedad y de l consumo ilim itado.
Reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, d e las
organizaciones administrativas y de los sistemas de transporte, favoreciendo el consumo
de aquello que se produce en cerca nía.
Defender l a lógica de l o local frente a lo global, favoreciendo fórmulas d e
democracia directa y a ut ogestión.
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280
Por su parte, La touche (2 012: 71) se manifiesta en una línea sim ilar cuando habla “de las
ocho R
34
que forman el círculo virtuoso propuesto para llevar a cabo la utopía de la sociedad
autónoma”. Se tra ta ría de los siguientes principios esenciales (Latouche, 2008, 2012):
Reevaluar , porque se tr ata de sustituir los valore s de la socie d ad mercantil
como son la compet encia exacerbada, el individualismo, la acumulación sin límites, y la
mentalidad depredadora en las relaciones con la n aturaleza, por los valores de altruismo,
reciprocidad, convivencialidad y respeto por el entorno. L a abundancia combinada con
el individualismo produce miseria, mientras que el c ompartir, incluso dentro de la
frugalidad, pro duce la satisfacción de todos.
Reconce ptualizar, se bas aría fundamentalmente en la necesidad de replantearse
la riqueza y la pobreza así como adoptar otra manera de aprehender la realidad
enraizada en ese cambio de valores qu e supone la primera R (reevaluar). “ La
« v erdadera » riqueza está hecha de bienes relacionales, que precisamente se basan en la
reciprocidad y en el compartir, en el saber, en el amor y en l a amistad. Inversamente , la
miseria es ante todo psíquica y resulta del ab andono en la « multi tud solitaria », por la
cual la moder nidad ha susti tuido la comunidad solidaria” ( Ibídem, 2012: 72).
Reestructurar, adaptar la producc ión y las re la ciones sociales al mencionado
cambio de valores.
Relocalizar
35
, como indis pensable contrapunto a la lógica deslocaliz adora
dominante en diversos ámbitos, no sólo en el laboral y /o productivo, tratand o de
devolver, como ve remos más adelante cuando ha blemos del loca li smo, un cierto y
necesario protagonismo a los enclaves locales. Significa “producir localmente los bi enes
esenciale s para satisfacer las necesidades de la población, en empresas locales
fin anciada s con el ahorro recogido localmente” (Latouche, 2009b: 51).
Redistribuir, lo que nos remitiría a la ética del compartir. L a reestructuración
de las relaciones sociales y a supone una redistribución, que comprende el reparto de la s
34
El p ropio autor señ ala en su o bra anterior: “Pequeño tr atado d el decreci miento sere no” que esa l ista de ocho R
es a mpliable, casi de for ma indefinida, con tér minos co mo p ueden ser “radicalizar, reco nvertir, r edefinir,
reinventar (la democracia), redimensionar, re modelar, rehabilitar, reducir (el paso), rela jar(se), restituir,
readquirir, reembolsar, renunciar , repensar, etc. ” (Latouche, 2 009b: 4 6).
35
Reestructurar y relocalizar son tér minos que no apar ecen de for m a explícita en las págin as de la o bra de Serge
Latouche d e 2 012 “Salir de la sociedad de consumo ” en la s q ue se analizan las o tras sei s R. Sí lo hacen en s u
trabajo de 2008 “La apuesta po r el decr ecimiento”.
Capítulo 2. Los m ovimientos socia les com o ci m i ento de la democrac i a participa tiva
281
riquezas y el acceso al p atrimonio natural entre el Norte y el Sur, así co mo dentro de
cada sociedad, entre la s clases so ciales, las g eneraciones y los individuos. Dicha
redistribución “tendrá un doble efec to positivo en la reducción del consumo:
directamente, reducirá el poder y los medios de l a « clas e consumidora mundial » y mu y
particularme nte de los d e la oligarquía de los g randes depredadores; in directamente,
disminuirá la invitación al consumo ostentoso” ( Ibídem, 2009b: 50).
Reducir, basada en el rechazo de la depredación y el acapa ramiento. Se trataría
de reducir el impacto que tienen en la biosfera nuestras form as de p roducir y consumir,
además de hacer otras re ducciones, desde disminui r los riesgos sanitarios hasta reducir
los horarios de tra bajo.
Reciclar, aplicando la tecnología a materiales ya empleados para que, mediante
el tratamiento adecua do, sean susceptibles de volver a ser utilizados.
Reutilizar, llevando a la prác ti ca el argumento e n función del cual resultaría
deseable incrementar la vida útil de los difere ntes productos, limitando el impa cto
ambiental, tanto el g enerado por el produ cto desechado como el qu e deviene de su
proceso de fabricación.
Para L atouche (2009: 58 ), si bien todas las R tienen la misma importancia ha y tres que
destacan por encima del re s to ostentando “un p apel « estratégico » : la r eevaluación, porque
conduce a todo cambio; la r educción, porque condensa todos los impera tivos prác ti cos d el
decrecimiento, y la relo calización, porque c oncierne a la vida cotidiana y al empleo de
millones de pers onas”.
Como veremos, los planteamientos centrados en el medio ambiente físico resultan
indisociables -a l a vez q ue necesariamente compatibles - con aquellos que cargan las tintas en
el medio ambiente social. No hay qu e olvi dar, como señala Sempere (2007: 20 ) que “nos
encontramos ante una situación histórica inédita, en que el despilfarro colectivo en el
aprovec h amiento de un os recursos naturales crecientemente escasos pone en peligro la
supervivencia de la humanidad, o por lo menos su supervivencia civiliz ad a”. Se trataría, d e
modo mu y sintético y to mando prestada la expresión, de “deshacer el desarrollo/ rehacer el
mundo
36
”. Hamilton (2006) se refiere a la polí tica de reducción de escala s eñalando que esta
36
Título de un coloquio internacio nal sobre el posdesarro llo celebrado en el Palacio de la UNESCO e n P arís
entre el 28 de febrero y el 3 de marz o de 2 002.
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288
por su utilidad sino por s u carácter posicional. Las rentas medi as intentan igualarse con
las altas por medio del consumo y éstas desean ma ntener su estatus accediendo a nuevas
y exclusivas conquistas materiales en una espiral sin fin.
Seguridad. La tendencia de las personas a dot arse de bien es mate riales p ara l a
etapa final de su vida se ve alentada por l a crisi s de los mecanismos de seguridad social ,
así como por el incre mento de los comportamien tos individualistas. En p erspec tiva de
que los sistemas públicos de pensiones esté n en peligro -o que l os subsidios
proporcionados se an m uy bajos- los sujetos están invi tadas a hacerse con planes
privados de pensiones y a aumentar su patrimonio. Una seguridad social garantizada y
sólida desincentivaría estos comportamientos desacelerando la preocupación por la
seguridad.
Desarrollo personal. P ara la satisfacción de necesi dades psicosociales (de
pertenencia a la comunidad, reconocimiento, participación en la colectividad, autonomía
personal, autorrealizaci ón) tendemos a acumular recursos mate riales y bienes
manufacturados en vez de preocuparnos po r incrementar nuestra calid ad de vida
relacional y por obtener satisfacción y bienestar a través de la austeridad y la
suficiencia.
La s iniciativas person ales de austeridad voluntaria. Tienen su base en el
siguiente planteamiento: “una sociedad ecológicamente sost enible sólo será es table si se
dota de una moralidad dominante de frugalidad y su ficiencia, si estos valores y la s
prioridades que implica n se aceptan como los mejores” (Sempere, 2007: 30).
El decrecimiento, pues, alude a un a serie de medidas económicas y productivas (entre
otras) encaminadas, como no podía ser de otra manera, a finalidades de rango social que
orbitan en torno a un nuevo modo de concebir el bienestar, el progreso y la calidad de vida,
dotando de contenido y significado a un término que en el capita lismo parec e aludir a un
concepto vacío: la suficiencia. Así, Latouche (2 007: 68), alerta de qu e “el d ecrecimiento
debería estar organizado no sólo para preservar el medio ambiente, sino también y tal vez,
especialmente , p ara restaurar el mínimo de justicia social si n el cual el planeta está condenado
a la explosión, S upervivencia so cial y supe rvivencia biológica parecen así estrechament e
unidas. L os límites del « ca pital » natural no solamente plantean un problema de equidad
intergenerac ional en el reparto de las partes disponibl es, sino un problema de equidad entre
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