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Escalera al cielo (Stairway to Heaven)

Montiel de Arnáiz, Enrique

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EVOHÉ | 49 Escalera al cielo (Stairway to Heaven) ENRIQUE MONTIEL DE ARNÁIZ 4 A Luis Miguel Martín Mesa Érase una vez una dama convencida de que todo lo que reluce es oro; no es que sea una urraca ni un corvus corax, simplemente se muere, cree que está próxima a ella la señora de la guadaña, y se plantea cosas. La dama sueña con un lugar —es sólo un sueño, piensa— donde las tiendas cierran a su paso antes de que consiga alcanzar el pomo de las herrumbrosas puertas que abren o cierran la vida, el entendimiento. ¿Qué desea comprar? ¿O quizás robar? «Nada», responde, «sólo dispongo de mi voz, del tono atiplado con el que pronuncio tu nombre» (se dirige al tendero viendo en él, quizás, un amor del pasado). – Deseo comprar una escalera. El tipo es alto, grande, rechoncho y poderoso como un baterista. Se llama Juan Enrique y rebosa bonhomía. La mira, bondadoso —quizás ebrio—, y señala al frente. «Hay una señal en la pared», le dice. La dama lee con ojos de niña y una lágrima se precipita del borde de su pestaña: “Alguien muere de hambre cada día”, reza la pared. «Pero yo no tengo hambre», señala. – ¿Está usted segura? —le pregunta el hombre. – Eso quisiera saber —responde la dama—. A veces las palabras tienen dos significados, dicen lo que uno quiere oír, como el canto de un ave del paraíso que remeda el hechizo de una bruja. Pensamos que la bruja nos sirve azúcar y en 4 Cádiz (1977). Es licenciado en Derecho por la Universidad de Cadiz (Campus de Jerez) y reside en San Fernando, donde ejerce como abogado. Impartió clases de derecho en la Facultad de Derecho de Algeciras, además de publicar diversos artículos jurídicos y participar en numerosas conferencias. De 2009 a 2018 fue articulista de opinión del grupo Vocento y actualmente escribe para el Diario de Cádiz. Coordinó las antologías Demonalia, Vampiralia y Supermalia y publicó su propio libro de relatos, Bulerías Nazis, en 2014. En 2017 escribió la biografía autorizada del grupo español de folk rock Saurom. 50 | EVOHÉ realidad dispensa puñados de sal. Hay que estar realmente atentos para no caer en confusiones. – No es malo dudar —interviene el caballero—, la sabiduría está en la naturaleza, tan solo hay que prestar atención. A veces, tumbado a la sombra de un árbol que lame el verde césped con sus raíces ancianas —jóvenes quizás—, suena el canto del pájaro sabio que nos advierte de que todos nuestros pensamientos son dudas. La mujer se estremece, le duele la nuca como si el mero hecho de dudar la hiciera plantearse su propia existencia, como si Descartes hubiera plantado su tienda de campaña junto a un riachuelo decidiendo si en el mismo hay barbos o siluros y cuál se come a cuál. La palabra busca comprar descanso, pero no sabe, duda, si la aceptarán como moneda de cambio. «Mi palabra es ley», se oye a sí misma replicar en un pasado cercano que simula ser futuro. «Estamos en un lugar sin ley, discúlpenos», recibe por contestación. El pájaro dice que sólo somos dudas, entes extraños formados por falsas convicciones, de requiebros y sinuosidades. La dama se tiende en el césped y adopta una postura grácil, diríase que pudiera ser un nenúfar con ínfulas de brújula. – Ahora que lo dice, esto que dice hace que me pregunte, que me pregunte… Pero el hombre la interrumpe y le señala a la izquierda, donde ha aparecido otro tipo, quizás más serio y circunspecto, posiblemente acreedor del nombre de un apóstol. El segundo hombre ha escuchado toda la conversación y se agacha, las rodillas próximas al plexo solar, junto a la dama. Tiene la piel tersa como el lomo de un delfín, piensa la joven. – ¿Nunca ha mirado usted al oeste? (Imagino que sabe orientarse en función del viento, las estrellas, la posición de la luna). Yo suelo hacerlo a menudo. La dama hace un gesto de indiferencia hacia su interlocutor. EVOHÉ | 51 – Mi espíritu grita. Por eso lo hago. Cuando miro hacia el oeste dejando la luz del sol que nace a mi espalda o descubriendo la estela del sol que huye, noto una explosión cercana al amor en mi interior: es mi alma, que quiere marcharse. – ¿Pero qué es un hombre sin alma? —pregunta la dama. – Apenas un animal que llora por lo que ha perdido. – ¿Y no sería la ceguera la solución a sus problemas? – En absoluto. Aunque perdiera la vista seguiría observando anillos de humo a través de los árboles… con la mente. – El recuerdo tiene ojos —concluye la dama. – … y oídos —recalca aquél—. Las voces resuenan, son cantos de pájaro cantor, de hombres que miran sin cesar, que permanecen observándonos desde la distancia (lo que algunos llaman la superioridad moral), día tras día. La dama se queda callada, como preocupada por lo que acaba de oír. Ella no mira con el recuerdo, podría decirse que padece ceguera amnésica, pero duda, está segura de que duda. Quizás la clave sea la música —se le ocurre, de repente—. Puede que lo que ancla el alma al pecho del hombre no sea sino la música. Una vez conoció a una mujer que decía no escuchar música de ningún tipo: era la forma pretérita de un cadáver. Y sin darse cuenta, la dama emite un susurro que apenas haría oscilar la llama de una diminuta vela: «¿Y si todos cantamos a la vez?» —interroga. – El gaitero nos guiará, como ratas en Hamelín, y ése será el comienzo de un nuevo día (quiero decir, de una nueva vida), tan sólo hay que aguantar, apretar la quijada y soportar el peso de los problemas que nos acucian: el bosque es sabio y nos devolverá el eco de las carcajadas de nuestra infancia, cuando desconocíamos el sabor de la muerte ajena y casi de la propia. El que habla es un tipo rubicundo de largas melenas enarboladas. Su delgadez es misteriosa, parece acalorado, como si viviera en una eterna primavera. 52 | EVOHÉ – ¿Nos conocemos? —inquiere la dama. – Es probable que no —responde el hombre con aguda voz—; apenas salgo del bosque. Hoy he notado rumores de ardilla entre los setos y me he dicho «ya está aquí la Reina de Mayo». – ¿La primavera? – La que limpia y calza —contesta el rubicundo de largas melenas enarboladas. La dama duda si seguir hablando con el hombre porque le parece raro, probablemente no tenga ni alma. Siente estar cerca de adquirir una certeza, está llegando al final. Al final del final. El hombre la interrumpe en sus pensamientos, parece haberse introducido por una rendija de su conocimiento para aconsejarla: «Siempre hay dos caminos que seguir, por supuesto, pero aún estás a tiempo de dar la vuelta y seguir por el otro». Aún estás a tiempo, repite la dama con voz lánguida de quien ha vivido demasiado, pero duda, se pregunta… y entonces comprueba que ha aparecido un cuarto hombre, otra melena al viento primaveral, la de un joven no muy alto ni muy guapo, con mirada triste, y que juraría que se llama Crowley. Su pelo cae lacio sobre la frente, como una cascada negra y joven que algún día tornará en plata pura. A la dama le duele la cabeza, siente algo parecido a un timbre, a la llamada a clase tras el recreo, a la bocina que avisa del final del tiempo para el bocadillo, es un sonido que percute en sus sienes como si fueran campanas combadas. – Es el gaitero, que te llama —explica el último hombre. – ¿El gaitero? ¿Por qué se ha fijado en mí? —replica la dama. – ¿Acaso no oyes el soplido del viento, cálido y eterno, que te llama? ¿Acaso no sabes que tu escalera (esa escalera que pretendes comprar con tu voz de damisela en eternos apuros) se apoya en el viento? – ¿Pero el viento no trae las respuestas? —pregunta aquélla. EVOHÉ | 53 – No en este bosque, no en esta canción —contesta el joven ni muy alto ni muy guapo, con idéntica mirada triste—. Baja por el camino en dirección al gaitero, baja mientras tu sombra sea más grande que tu alma. Tu luz blanca será nuestro faro aunque todo se convierta en oro; al final del sendero, cuando dejes de dudar, habrás encontrado la melodía. – ¿Y podré comprar la escalera al cielo? – Únicamente cuando haya llegado tu hora —contestan los cuatro jóvenes al unísono. La dama abre los ojos y mira a su alrededor. A su derecha, sentado en un butacón incómodo y desgastado por el uso, duerme su esposo, la barba sin cortar, blanco como la cera lívida de un cirio de palio. Las paredes son grisáceas, lo que vienen en llamar de un color neutro, pintadas así para evitar que los enfermos se arrojen al vacío por la ventana sin rejas. El color aplaca la desesperación, dicen. Junto a la puerta, una silla. Sobre la silla, un equipo de música portátil. El esposo parece empezar a despertarse, la mira con ojos incrédulos. El equipo suena al mínimo volumen. Se intenta incorporar pero no puede y el marido da un salto hacia su cama, la agarra de la mano (siente la fuerza de una mano ardiente) y comienza a llorar. La canción parece terminar. Había estado dudando, sí, dudando si abandonar la lucha, si dar por perdida la batalla, si arrojarse a la oscuridad, pero no, el gaitero no la había dejado. – … mi amor… —solloza el hombre de ojos incrédulos. – Deberías dejarte melena —aconseja la dama al esposo poco antes de que sus lágrimas le mojen las mejillas como el rocío primaveral acaricia las copas de los árboles del bosque.