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El corso berberisco y sus efectos en la monarquía hispánica en la Edad Moderna

Manso Fraga, Tomás

Abstract

El fenómeno del corsarismo berberisco se engloba dentro de la actividad piráticocorsaria del período moderno. Pero al mismo tiempo presenta unas características propias que le otorgan un carácter diferenciador. Va a servir de complemento (como guerra de baja intensidad) al enfrentamiento mediterráneo entre el Imperio otomano y la Monarquía Hispánica en el siglo XVI, para después adquirir una trayectoria política propia en el XVII, expandiéndose por el Atlántico, y finalmente ir languideciendo a lo largo del XVIII. Tiene un claro cariz religioso, en el marco del choque entre el cristianismo y el islam, que lo dota de carácter cruzadístico. Un cariz potenciado por las órdenes de redención, para fomentar las limosnas. Destaca también porel peso que en él tiene el cautiverio de seres humanos (no incidental como en otros modelospiráticos, sino buscado). Un cautiverio con dos caras, una humana (asociada a la experienciavital del que lo sufre) y otra económica. El corso berberisco es una actividad económica deprimer orden para las ciudades que participan en él (por contraste con lo que sucede en el ámbito cristiano), lo que nos permite hablar de economía corsaria, y también de economía esclavista.

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EL CORSO BERBERISCO Y SUS EFECTOS EN LA MONARQUÍA HISPÁNICA EN LA EDAD MODERNA Tomás Manso Fraga Trabajo de Fin de Grado, Grado de Historia Dirigido por María del Carmen Saavedra Vázquez, Departamento de Historia Universidade de Santiago de Compostela Curso 2020-2021 1 RESUMEN: El fenómeno del corsarismo berberisco se engloba dentro de la actividad piráticocorsaria del período moderno. Pero al mismo tiempo presenta unas características propias que le otorgan un carácter diferenciador. Va a servir de complemento (como guerra de baja intensidad) al enfrentamiento mediterráneo entre el Imperio otomano y la Monarquía Hispánica en el siglo XVI, para después adquirir una trayectoria política propia en el XVII, expandiéndose por el Atlántico, y finalmente ir languideciendo a lo largo del XVIII. Tiene un claro cariz religioso, en el marco del choque entre el cristianismo y el islam, que lo dota de carácter cruzadístico. Un cariz potenciado por las órdenes de redención, para fomentar las limosnas. Destaca también por el peso que en él tiene el cautiverio de seres humanos (no incidental como en otros modelos piráticos, sino buscado). Un cautiverio con dos caras, una humana (asociada a la experiencia vital del que lo sufre) y otra económica. El corso berberisco es una actividad económica de primer orden para las ciudades que participan en él (por contraste con lo que sucede en el ámbito cristiano), lo que nos permite hablar de economía corsaria, y también de economía esclavista. PALABRAS CLAVE: Corso, berberisco, cautivo, redención, Edad Moderna. RESUMO: O fenómeno do corsarismo berberisco englóbase dentro da actividade piráticocorsaria do período moderno. Pero ó mesmo tempo presenta unhas características propias que lle outorgan un carácter diferenciador. Vai servir como complemento (como guerra de baixa intensidade) ó enfrontamento mediterráneo entre o Imperio otomán e a Monarquía Hispánica no século XVI, para despois adquirir unha traxectoria política propia no XVII, expandíndose polo Atlántico, e finalmente ir languidecendo ó longo do XVIII. Ten un claro cariz relixioso, no marco do choque entre o cristianismo e o islam, que o dota de carácter cruzadístico. Un cariz potenciado polas ordes de redención, para fomentar as esmolas. Destaca tamén polo peso que nel ten o cativerio de seres humanos (non incidental como en outros modelos piráticos, senón buscado). Un cativerio con dúas caras, unha humana (asociada á experiencia vital do que o sofre) e outra económica. O corso berberisco é unha actividade económica de primeira orde para as cidades que participan nel (por contraste co que sucede no ámbito cristián), o que nos permite falar de economía corsaria, e tamén de economía escravista. PALABRAS CHAVE: corso, berberisco, cativo, redención, Idade Moderna. ABSTRACT: The Barbary corsair phenomenon is encompassed within the piratic and privateering activity of the Early Modern period. Although it also presents its own characteristics, which provide it with a distinguishing nature. It serves as a complement (acting as low-intensity war) of the Mediterranean clash between the Ottoman Empire and the Hispanic Monarchy in the 16th century, to later acquire an independent political path in the 17th, expanding into de Atlantic, and finally languishing throughout the 18th. It has an obvious religious aspect, in the context of confrontation between Christianity and Islam, which relates to the Crusade. An aspect promoted by the redemption orders, to foster charity. It also stands out because of the weight the captivity of human beings has in it (not incidental, as in other piratical models, but purposely). Captivity has two faces, one human (associated to the life experience of the person subject to it), and another economic. The North-African privateering is a first class economic activity for the cities which take part in it (in contrast to the Christian counterpart), and it allows us to refer to a privateering economy, as well as a slavery economy. KEY WORDS: Corsairs, Barbary, captive, redemption, Early Modern Age. 2 ÍNDICE INTRODUCCIÓN ........................................................................................................................................... 3 1. EL CONCEPTO DE CORSO ..................................................................................................................... 4 2. LA TRAYECTORIA DEL CORSO BERBERISCO EN LA EDAD MODERNA ...................................... 5 3. EL FACTOR RELIGIOSO ....................................................................................................................... 11 4. LAS DIMENSIONES ECONÓMICAS DEL CORSO BERBERISCO ..................................................... 15 4.1. LOS BENEFICIOS ECONÓMICOS DERIVADOS DEL CORSO ............................................................................ 16 4.1.1. Esclavos, un activo económico ........................................................................................................... 17 4.2. IMPACTO ECONÓMICO EN LOS LUGARES DE CAPTURA: EL CASO ESPAÑOL ............................................... 19 5. CONDICIONES DEL CAUTIVERIO EN BERBERÍA ............................................................................ 25 CONCLUSIONES ......................................................................................................................................... 29 BIBLIOGRAFÍA ........................................................................................................................................... 31 3 INTRODUCCIÓN Este trabajo se propone estudiar el corso practicado en la Edad Moderna desde Berbería (región que en las fuentes de la época engloba el norte de África, desde Libia a Marruecos), identificando los elementos clave que lo caracterizan y diferencian de otros modelos corsarios y piráticos del mismo período. Además, para tener una imagen completa de su impacto, no solo abordaremos los efectos que tiene en las sociedades que lo practican, sino también en las que lo sufren. Para ello, nos centraremos en la Monarquía Hispánica, por ser el estado europeo que mantiene un enfrentamiento más prolongado con los corsarios norteafricanos, y por la mayor facilidad para acceder a estudios y fuentes sobre ella. El estudio del corso berberisco está muy condicionado por la disponibilidad de fuentes, pues las que describen el corso y la vida en las ciudades corsarias son de autores cristianos hostiles a los musulmanes, sobre todo cautivos que recuperan la libertad y clérigos redentores. No disponemos de textos de cautivos que se quedan voluntariamente en Berbería (convertidos o no). Además, hay algún documento de diplomáticos europeos, generalmente menos críticos con los musulmanes. Por otra parte, en la Península Ibérica hay algunas fuentes de información, como las declaraciones de renegados arrepentidos ante la Inquisición (bastante homogéneas), los libros de cuentas de las redenciones (con información sistemática, detallada, estandarizada y poco descriptiva), y las noticias dispersas en la documentación notarial y contable, sobre todo de préstamos relacionados con rescates (escuetas y poco estudiadas). A nivel historiográfico, el estudio del corso berberisco lo inaugura en 1890 el británico Stanley Lane-Poole, con Los corsarios berberiscos 1 . El interés recae inicialmente en los aspectos políticos y militares, estudiando a los berberiscos en el marco del Imperio otomano, con alguna mención al cautiverio. En 1949, Fernand Braudel incluye en El Mediterráneo un capítulo sobre la piratería y el corso mediterráneos, donde estudia el caso berberisco (y sobre todo argelino) desligándolo del Imperio otomano y demostrando que se trata de una realidad asociada a él, pero que va mucho más allá 2 . Desde entonces, sin abandonar lo político y militar, han ido apareciendo nuevos estudios centrados en las derivadas económicas, sociales, religiosas o literarias del corso. Es un campo de estudio bastante fructífero actualmente en España, con bastantes publicaciones en la última década, y nuevas propuestas para el estudio, como la de F. Andújar 3 . 1 Stanley Lane-Poole, Los corsarios berberiscos, Sevilla, Renacimiento, 2011 (1ª ed. 1890). 2 Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1976. 3 Francisco Andújar Castillo, «Los rescates de cautivos en las orillas del Mediterráneo y en el mar (alafias) en el siglo XVI», en Wolfgang Kaiser (ed.), Le commerce des captifs, Les intermédiaires dans l’échange et le rachat des prisonniers en Méditerranée, XVème-XVIIIème siècle, Roma, École Française de Rome, 2008, pp. 135-164. 4 1. EL CONCEPTO DE CORSO El concepto corso/corsario está íntimamente relacionado con piratería/pirata, y las definiciones de ambos han variado desde la Edad Moderna hasta hoy. Además, su uso plantea problemas de unos países a otros, porque aunque ambos conceptos aparecen en todos los idiomas, existen matices entre ellos, lo que dificulta establecer definiciones comunes 4 . Actualmente, la diferencia entre corso y piratería es de base jurídica. Ambos conceptos hacen referencia al robo en el mar, pero el corso cuenta con una patente otorgada por una autoridad política que lo respalda y legitima 5 , convirtiéndolo en una forma de guerra heterodoxa, que se diferencia de la guerra stricto sensu en que no busca la derrota del enemigo, sino debilitarlo mediante la capturas de botines y lucrándose con ellos 6 . Mas la línea entre corso y piratería se difumina si acudimos a las definiciones de la Edad Moderna. Hemos analizado los casos castellano, francés e italiano, por ser los territorios más expuestos a la actividad de los berberiscos. En castellano, tanto el Tesoro de Covarrubias (1611) como el Diccionario de Autoridades (1726-39) definen a corsario y pirata como como ladrones de mar, sin hacer distinciones. En italiano, las diferentes ediciones del Vocabolario della Crusca (1612, 1623, 1691 y 1729-38) presentan corsale y pirato como sinónimos. Sin embargo, los diccionarios de la Académie française (1694, 1718, 1740, 1762 y 1798) sí matizan que el corsaire cuenta con una comisión de un príncipe o Estado, frente al pirate que carece de ella. Aun así, las ediciones de 1762 y 1798 advierten del uso de corsaire como sinónimo de pirate, poniendo precisamente como ejemplo a los «corsaires d’Alger». Además, los diccionarios franceses incluyen el término armateur, como aquel que arma una expedición corsaria (la capitanee o no). Este término será adoptado por otras lenguas en el XVIII, apareciendo en la edición de la Crusca de 1729, y en el Diccionario de Autoridades en 1726. Este último define armador como el que arma una expedición corsaria, «llevando patente», pero no va a bordo como el «corsario». Esta definición demuestra que en el castellano dieciochesco sí se reconoce diferencia entre tener o no patente, aunque no se refleje en la definición de corsario 7 . 4 Michael Fontenay, «Los fenómenos corsarios en la “periferización” del Mediterráneo en el siglo XVII», Áreas: Revista de Ciencias Sociales, v. 10, 1986, p. 116, por ejemplo, considera que el corso italiano no es equiparable a la course francesa. 5 En la actualidad, el castellano diferencia entre corsario y pirata, el francés entre corsaire y pirate, o el italiano entre corsaro y pirata. El inglés distingue privateer (corsario) y pirate, pero también existe el término corsair, para ambas realidades, y en especial para referirse al caso berberisco en la Edad Moderna. 6 Miguel Ángel de Bunes Ibarra, La imagen de los musulmanes y del norte de África en la España de los siglos XVI y XVII. Los caracteres de una hostilidad, Madrid, CSIC, 1989, p. 143. 7 Definiciones tomadas de Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 [en línea]; Diccionario de Autoridades, Real Academia Española, 1726-1739 [en línea]; Vocabolario degli accademici della Crusca, Accademia della Crusca, eds. 1612, 1623, 1691, 1729-38 [en línea]; Dictionnaire de l’Académie française, Académie française, eds. 1694,1718, 1740, 1762 y 1798 [en línea]. 5 Aun admitiendo el criterio de las definiciones contemporáneas, resulta difícil aplicarlo al caso berberisco. Como veremos a continuación, existe una sumisión al sultán otomano (según avance el período más teórica que efectiva) de muchas ciudades corsarias (aunque no de todas). Al mismo tiempo, los puertos norteafricanos sede del corso actúan en buena medida como entidades políticas autónomas cuyos gobernantes participan (capitaneando o armando) en las expediciones. ¿Al otorgar una patente sirven al Estado o se sirven a sí mismos? Resulta difícil responder. Por otra parte, sabemos que la documentación de la época (al menos en España, Francia e Italia) utiliza habitualmente corso para referirse a los robos marítimos berberiscos 8 . La historiografía, aceptando las patentes pese a las dudas que plantean y basándose en el criterio de las fuentes modernas, habla de corso berberisco, como también nosotros haremos aquí. 2. LA TRAYECTORIA DEL CORSO BERBERISCO EN LA EDAD MODERNA Es difícil ofrecer pautas generales sobre la trayectoria histórica del corso berberisco en los siglos XVI-XVIII, porque este concepto engloba una realidad muy variable geográfica y cronológicamente. El corso y la piratería no eran una novedad en el Mediterráneo, se practicaban desde la Antigüedad y en la Edad Media, tanto por cristianos como musulmanes. Por ello, F. Braudel define el corso como una actividad «endémica» del Mare Nostrum 9 . En la Baja Edad Media, el fenómeno tenía unas características similares en todo el norte de África. Era practicado por particulares que aprovechaban puertos y abrigos de la costa para refugiar sus flotas. No existía coordinación entre arráeces, y las autoridades políticas toleraban la actividad, pero no participaban 10 . Pese a ello, el corso infligía cuantiosos daños a las embarcaciones y poblaciones costeras cristianas, y por eso influye en la política de expansión africana de los Reyes Católicos tras la toma de Granada (y sobre todo durante el reinado en solitario de Fernando). Esta política consistió en la conquista de puntos estratégicos de la costa norteafricana, donde se construyen plazas o presidios para acoger guarniciones. Su objetivo era entorpecer la actuación de los corsarios controlando las principales radas, intimidar militarmente a las autoridades africanas para forzar su vasallaje, y vigilar y facilitar la navegación cristiana 11 . El sistema de presidios alcanza su máximo desarrollo con Carlos V (r. 1516-56), aunque ya empieza a desbaratarse en la segunda mitad del reinado, y a la muerte de Felipe II (1598) 8 Braudel, El Mediterráneo, v. 2, pp. 285-286. 9 Ibid., p. 287. 10 Jacques Heers, Los berberiscos, Barcelona, Ariel, 2003, p. 33. 11 Beatriz Alonso Acero, España y el norte de África en los siglos XVI y XVII, Madrid, Síntesis, 2017, pp. 228-229. 6 quedaba reducido a Orán, Mazalquivir y alguna plaza marroquí 12 . Aparte de Ceuta, Melilla y el peñón de Vélez, que aún hoy pertenecen a España, existen otros ejemplos de la política de presidios que merecen citarse. Orán, en un punto estratégico de la travesía entre Argel y el Levante ibérico, destaca por su prolongada ocupación (1509-1708 y 1732-92) y porque se desarrolla una ciudad a la sombra del presidio. El Peñón de Argel, una isla en forma de promontorio frente al puerto argelino, cuenta desde 1510 con una guarnición castellana que dificulta el atraque a los corsarios, cuya flota queda expuesta a las tempestades. Este peñón ejemplifica los objetivos de la política de presidios y evidencia también su fracaso: fue tomado en 1529, y desde entonces Argel se convierte en la capital del corso norteafricano. El presidio de La Goleta, en el punto de entrada al puerto de Túnez, permite a los españoles forzar el vasallaje de la dinastía Hafsí entre 1535-69, que concluye con la expulsión de los españoles por los otomanos y la sustitución de los hafsíes por un pachá que nombra Estambul 13 . En el primer cuarto del siglo XVI, el Imperio otomano adquiere presencia en el Mediterráneo centro-occidental, transformando las dinámicas políticas y dotando al corso berberisco de una nueva dimensión. El corso adquiere gran envergadura (por el volumen de flotas, tripulación y presas). En esta transformación juegan un papel fundamental los hermanos Aruj (1474-1518) y Jeireddín (1475-1546) Barbarroja. Nacidos en Mitilene, empiezan su actividad corsaria en Egeo. Aruj capitanea una flota con la ayuda de sus hermanos Jeireddín e Isaac, y ya en el primer lustro del XVI operan en el norte de África. Allí, Aruj organiza una gran flota aliándose con corsarios locales 14 . Presta sumisión al sultán otomano, informándole sobre sus éxitos y enviándole presentes. A cambio, recibe hombres y quizá algún barco. En 1518-20, Selim I envía a los Barbarroja artillería y 2 000 jenízaros para ayudar a someter a las hostiles poblaciones indígenas (árabes y bereberes). Para hacerse con el territorio, Aruj y sus hermanos aprovechan la inestabilidad interna de Berbería, unida a la inacción de los españoles tras la muerte de Fernando el Católico (1516), por la inestabilidad generada por las revueltas de las Comunidades y las Germanías, y por el interés prioritario de Carlos V en la elección imperial 15 . 12 Las plazas africanas de oeste a este, con los años de de posesión entre paréntesis, son: Santa Cruz de la Mar Pequeña (1476-1524), Mazagán (1580-1640), La Mamora (1614-1681), Larache (1610-1689), Arcila (1580-1589), Tánger (1580-1643), Ceuta (desde 1640; desde 1415 de Portugal), Peñón de Vélez de la Gomera (1508-1522, y desde 1564), Peñón de Alhucemas (desde 1673), Cazaza (1506-1533), Melilla (desde 1497), Honein (1531-1534), Mazalquivir (1505-1708, 1732-1791), Orán (1505-1708, 1732-1791), Peñón de Argel (1510-1529), Bugía (15101555), Bona (1535-1541), Bizerta (1535, 1573-1574), Porto Farina (1573-1574), Túnez (1573-1574), La Goleta (1535-1574), Mahometa (1540-1541), Susa (1540, 1550), Monastir (1540-1541, 1550), Mahdia (1535, 1550-1554), Islas Querquenes (1540-1541), y Trípoli (1510-1530; entregada a la orden de Malta, que la conserva hasta 1551). 13 Mercedes García Arenal y Miguel Ángel de Bunes Ibarra, Los españoles y el norte de África, siglos XV-XVIII, Madrid, Mapfre, 1992, p. 184. 14 Heers, Los berberiscos, pp. 51-53. 15 García Arenal y Bunes Ibarra, Los españoles, pp. 182-183; y Francisco Velasco Hernández, Corsarismo, piratería y guerra costera en el sureste español. El acoso turco berberisco a las costas de Alicante, Murcia y Almería en los siglos XVI y XVII, Murcia, Nova Spartaria, 2019, p. 43. 7 Aruj se apodera de los reinos de Argel y Tremecén, pero en 1518 sufre una rebelión interna apoyada por los españoles, huye, y es apresado y ejecutado; poco antes habían matado a Isaac. Jeireddín asume el mando de las tropas y se hace fuerte en Argel. Argel se convierte en la capital corsaria del Mediterráneo. Además, tras la toma del Peñón en 1529, se refuerza el puerto y se hace apto para grandes flotas 16 . Jeireddín sirve a la Sublime Puerta de avanzadilla occidental en el Mediterráneo, con una potente flota para acosar a Carlos V, con el que a su vez mantenía otro frente en Hungría. A cambio del vasallaje, el sultán lo nombra beylerbey (título de los gobernadores de las principales provincias otomanas). Esta relación de dependencia de Estambul se replica luego en Trípoli y en Túnez. Ambas ciudades quedarán bajo el mando de un pachá designado por el sultán y dependiente del beylerbey de Argel. Deseosas de mayor autonomía, Túnez y Trípoli presionan a la Sublime Puerta, consiguiendo escapar del control argelino en 1587, a la muerte de Eudj Ali (el Uchali del Quijote), último beylerbey. Desde entonces quedan constituidas tres entidades políticas autónomas, las regencias berberiscas de Argel, Túnez y Trípoli. Autónomas, pero con vasallaje al sultán otomano, que designa al pachá 17 . La dependencia del sultán permite diferenciar las regencias de Marruecos. En el caso de las regencias, desde tiempos de los Barbarroja hasta la batalla de Lepanto (1571), la actividad corsaria va en paralelo a la política exterior del Imperio. Los corsarios se suman al enfrentamiento mediterráneo con la Monarquía Hispánica y se adhieren a la alianza con Francisco I de Francia (Jeireddín llega a sumar su flota a la francesa en 1543) 18 . En estos años, resulta muy difícil distinguir corso de guerra naval; predominan las grandes escuadras y los sitios de ciudades (p.ej. el intento frustrado de Carlos V para tomar Argel en 1541, el saqueo de Mahón por Jeireddín en 1535, o el fallido sitio de Malta por Dragut en 1565). Son los años de los grandes beylerbeys (Jeireddín, Dragut, Eudj Ali...). La Monarquía Hispánica será incapaz de ofrecer una respuesta contundente que frene los ataques norteafricanos. Tanto Carlos V como Felipe II dan prioridad a los asuntos europeos. Apuestan en general por una política de contención, complementada con expediciones concretas (de éxito bastante escaso) cuando los frentes europeos están tranquilos. Una política de contención consagrada en la década de 1580, cuando la Monarquía desiste de las expediciones de conquista y se limita a tratar de retener las plazas. Además la Corona trata de vigilar la costa 16 Heers, Los berberiscos, pp. 57-58. 17 García Arenal y Bunes Ibarra, Los españoles, p. 188. 18 Juan Laborda Barceló, En guerra con los berberiscos. Una historia de los conflictos en la costa mediterránea, Barcelona, Turner, 2018, p. 175. 8 (sin éxito), y financia y fiscaliza los rescates de sus súbditos cautivos desde tiempos de Felipe II 19 . No habrá cambios en este proceder hasta la segunda mitad del siglo XVIII. La dinámica de guerra abierta finaliza con la batalla de Lepanto, y así lo ratifican las paces firmadas en 1581-87 por Felipe II y Murat III 20 . La tesis tradicional, planteada por S. LanePoole en 1890, sostenía que tras Lepanto «los corsarios berberiscos degeneraron en piratas menores», pero fue abandonada en favor de la propuesta de F. Braudel, que desliga el corso berberisco de la trayectoria del Imperio otomano, y sitúa la «Edad de Oro» de las regencias en 1580-1620 21 . El perjuicio de Lepanto para los corsarios fue bastante limitado. Una decidida política de construcción naval permitió recuperar —y aun superar— el número de navíos al llegar a 1580. De hecho, fue más decisiva la derrota de los españoles en Túnez (1574), que permite el desarrollo de una nueva regencia y elimina los últimos presidios del Mediterráneo central 22 . Al desaparecer el enfrentamiento abierto entre la Monarquía Hispánica y el Imperio otomano (que dificultaba diferenciar guerra y corso) queda solo el corso, facilitado por la ausencia de grandes escuadras cristianas y porque la creciente independencia de Estambul le permite fijar objetivos propios. Esta independencia se produce de facto en el tránsito al siglo XVII, cuando el dey (jefe de los jenízaros) asume las labores de gobierno en las tres regencias; y de iure en 1613 en Túnez, 1659 en Argel, y 1711 en Trípoli, cuando desaparece el cargo de pachá. Los dos grupos que controlan las regencias, los jenízaros (milicia) y la taifa de arráeces (especie de gremio de los corsarios), están interesados en promover el corso (los jenízaros participan en las expediciones desde 1568) y (sobre todo Argel) plantean esta actividad como elemento fundamental del Estado 23 . Desde el último cuarto del XVI, Inglaterra y Holanda establecen relaciones diplomáticas y amistad con las regencias berberiscas, sumándose a las que ya existían con Francia. De hecho, el primer cónsul de Inglaterra en el mundo fue el de Argel, desde 1580 24 . Todos compartían un enemigo común, la Monarquía Hispánica 25 . Los berberiscos adquirían de estos países productos fundamentales para el corso (pólvora, armas, metal, materiales navales...), y daban salida a los 19 José Antonio Martínez Torres, Prisioneros de los infieles. Vida y rescate de los cautivos cristianos en el Mediterráneo musulmán (siglos XVI-XVII), Barcelona, Bellaterra, 2004, p. 85, sitúa en 1575 las primeras disposiciones específicas de la Monarquía respecto a las redenciones. 20 José Antonio Martínez Tores, «Europa y el rescate de cautivos en el Mediterráneo durante la temprana Edad Moderna», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, n.º 18-19, 2005-2006, p. 71. 21 Lane-Poole, Los corsarios, p. 164; Braudel, El Mediterráneo, v. 2, p. 307. 22 Heers, Los berberiscos, pp. 99-100. 23 García Arenal y Bunes Ibarra, Los españoles, pp. 187-188 y 191-192. 24 Lane-Poole, Los corsarios, p. 227. 25 En palabras de los holandeses, «mejor turcos que papistas», citado en Ibid., p. 200. 15 en Europa 66 . Sólo en casos excepcionales se restringían estas libertades, como en 1579 en Argel, cuando se prohibieron las misas e imágenes por consejo de los morabutos durante una severa hambruna 67 . Por supuesto, todo tenía un límite; no resulta sorprendente que fray Pedro de la Concepción fuese quemado en Argel en junio de 1667 «porque entró a 17 del messmo mes en la mezquita grande a donde empezó a ynstruir a nuestra santa fe a los moros» 68 . Además, resulta erróneo pensar que la esclavitud en Berbería solo la sufrían los cristianos. En los ataques a la costa de Granada en el siglo XVI, se capturaban por igual moriscos y cristianos 69 . Además, conforme decae el corso en los siglos XVII-XVIII, la mano de obra cristiana es paulatinamente reemplazada por esclavos negros subsaharianos, en su mayoría musulmanes 70 . 4. LAS DIMENSIONES ECONÓMICAS DEL CORSO BERBERISCO El corso y la piratería son una actividad económica que requiere de una inversión previa; es potencialmente muy lucrativo, pero también arriesgado. Para armar los navíos se formaban compañías equiparables a las mercantiles 71 . Por ello, muchos historiadores ven en el corso un tipo de empresa capitalista 72 . Pero la dimensión económica en el caso berberisco es incluso mayor. Frente a la piratería y corso cristianos, cuyos beneficios son accesorios para las economías de sus estados, el corso berberisco en la Edad Moderna tiene un impacto decisivo en la economía del norte de África. Esto ya fue percibido por los contemporáneos, como el trinitario fray Bartolomé Serrano, que en 1670 decía «si les faltase a estos señores el corso por mar y tierra, que se comerían los vnos a los otros», o el comisario de Marina francés Laugier de Tassy, que en 1725 señalaba que «las presas [del corso] son el más sólido y más considerable de los ingresos del gobierno» 73 . Resulta difícil corroborar estas afirmaciones, pues la escasez de fuentes impide conocer cuantitativamente el peso que los ingresos corsarios tenían en la economía 66 José de Tamayo y Velarde, Memorias del cautiverio y Costumbres, ritos y gobiernos de Berbería, según el relato de un jesuita del siglo XVII, editado por Felipe Maillo Salgado, Oviedo, Universidad de Oviedo, 2017 (1ª ed. 1683), pp. 81 y 91, explica cómo él mismo, ante la ausencia de baño en Tetuán, organiza durante su cautiverio una capilla en el consulado de Francia, para que los esclavos oyesen misa, y cómo les administra el viático con permiso de sus amos musulmanes en las casas de estos. 67 Ellen G. Friedman, «The Exercise of Religion by Spanish Captives in North Africa», The Sixteenth Century Journal, v. 6, nº. 1, 1975, p. 31. 68 Según cuenta fray Batolomé Serrano, citado en Juan de Contreras y López de Ayala, «La redención de cautivos en Argel desde el año de 1670 al de 1677, según las memorias del padre Bartolomé Serrano, de la orden de la Santísima Trinidad», Boletín de la Real Academia de la Historia, v. 161, n.º 2, 1967, p. 97. 69 Andújar Castillo, «Los rescates», p. 156. 70 Felipe Maíllo Salgado en la introducción a Tamayo y Velarde, Memorias del cautiverio, p. 25. 71 Diego de Haedo, Topografía e historia general de Argel, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1927 (1ª ed. 1612), p. 82, explica que se hacía «compaña con algunos otros turcos corsarios o mercaderes [...] contribuyendo pro rata para todo el bastimento [...] se reparte entre ellos por rata la ganancia y presa que hacen». 72 Velasco Hernández, Corsarismo, piratería, p. 96. 73 Citado por Contreras y López de Ayala, «La redención», p. 105; Laugier de Tassy, Histoire du royaume d’Alger, Avec l’État Présent de Son Gouvernement, de Ses Forces de Terre & de Mer, de Ses Revenus, Police, Justice Politique & Commerce, Ámsterdam, Henri du Sauzet, 1725, l. 3, c. 20, p. 305. 16 estatal 74 . Pero sí sabemos que se configura un sistema económico en el que el corso es clave: la mano de obra esclava es esencial, y ofrece especialistas cualificados inexistentes; al tiempo, los beneficios derivados de los botines (materiales y humanos) permiten una acumulación monetaria y mayor presencia en las redes comerciales 75 . Por eso, parte de la historiografía entiende que el corso es un mecanismo para «equilibrar» la desigualdad económica entre Europa occidental y el norte de África. La venta de botines y esclavos, o la captura de profesionales especializados, permitían acceder a innovaciones técnicas o comprar manufacturas, y mantener la prosperidad económica pese a carecer de exportaciones atractivas más allá de productos agrarios 76 . Europa juega así un papel doble: proporciona las presas al tiempo que financia el corso comprando los botines o intercambiándolos por materiales imprescindibles para continuar con la actividad (aperos navales y artillería). La presencia de mercaderes cristianos era fundamental para la prosperidad de las urbes norteafricanas, como explicaba Haedo a principios del XVII 77 . Este autor menciona comerciantes españoles, lo que demuestra el incumplimiento de las prohibición de comerciar con el Magreb. Para saltarse estas prohibiciones, algunos actuaban como rescatadores de cautivos, consiguiendo licencia para la exportación de mercancías por el valor del rescate, un valor que se alteraba (cifrándolo en miles de ducados) 78 . Otros, traficaban directamente a espaldas de la Corona, o a través de puertos extranjeros 79 . 4.1. Los beneficios económicos derivados del corso Los botines del corso reportaban cuantiosos beneficios a los berberiscos y sus estados, pues entre un quinto y un octavo de cada botín correspondían al gobierno 80 . Los botines estaban formados por objetos materiales y seres humanos. El botín material tenía la ventaja de que 74 Ellen G. Friedman, «Christian Captives at “Hard Labour” in Algiers, 16th-18th Centuries», The International Journal of African Historical Studies, v. 13, n.º 4, 1980, p. 630, recoge una estimación del trinitario fray Alonso Cano, que decía en 1768-69 el corso en Argel reportó 103 000 pesos, lo que sería un 19,35 % de los ingresos del Estado, y el 50,91 % de la ciudad, porcentajes elevados para un momento en el que la actividad corsaria ha decaído mucho; estos valores son difíciles de corroborar por la ausencia de otras fuentes y porque desconocemos cómo los calculó Cano. 75 Braudel, El Mediterráneo, v. 2, p. 309, definía, de hecho, el corso como una «forma violenta de cambio de mercancías en todo el espacio mediterráneo». 76 Friedman, «Christian Captives », p. 632. 77 Haedo, Topografía, p. 94: Los bajeles que vienen de Inglaterra traen mucho hierro, plomo, estaño, cobre, peltre, pólvora y paños de toda suerte. Los de España, especialmente de Valencia y Cataluña, aljófar o perlas, olores, aguas destiladas, aceites adobados, olorosos, granas, barretes colgados, frazadas teñidas de grana, sal, vino y mucho escudo de oro y reales de a cuatro y de a ocho [...] De Marsella y otros lugares de Francia, toda suerte de mercería, como cotonias para velas, hierro, acero, clavazón, salitre, pólvora, azumbre, azufre, pez, aceite si en Barbaria falta, navajas, cuchillos, papel agallas, caparrosa, goma, buenas agujas, alfileres, y aun mucha avellana y castaña, sal, vino, y muchas destas y otras mercaderías [...] De Génova y Nápoles y Sicilia llevan mucha seda suelta de todo color, muchos terciopelos, damascos, rasos y tafetanes de toda suerte. De Venecia, calderas, calderones, damascos, cajas, arcas, vidrios, panes de jabón blanco y otras cosas. 78 Andújar Castillo, «Los rescates», pp. 138-139. 79 Por ejemplo, Sadok Boubaker, «Les majorquins», pp. 169-171, evidencia la existencia de relaciones comerciales entre Mallorca y Túnez en el siglo XVII, tanto de forma directa como a través de puertos italianos. 80 Lane-Poole, Los corsarios, p. 196. 17 reportaba ingresos monetarios al momento. Turbet Delof ha constatado que las principales exportaciones de Túnez y Argel eran mercancías robadas en corso, y que Trípoli celebraba una feria anual para la venta de estos productos, con gran afluencia de mercaderes extranjeros 81 . Por otra parte, el botín humano, los esclavos o cautivos, servían como mano de obra forzosa, y una parte de ellos también reportaban numerario mediante su rescate. 4.1.1. Esclavos, un activo económico Otro elemento que diferencia al corso berberisco es el peso fundamental de los esclavos o cautivos en él 82 . Si en el resto del corso la captura de seres humanos es incidental, para los berberiscos es premeditada y prioritaria. La utilidad de los cautivos para la economía era doble, como mano de obra y como venta. Los cautivos eran una inversión, pues sus compradores pagaban cifras que pretendían rentabilizar, haciéndolos trabajar o consiguiendo que pagasen su rescate. Aquellos cautivos de los que se esperaba obtener un precio elevado, por su condición socioeconómica en su lugar de origen, se clasificaban como «de rescate», quedando exentos del trabajo para reducir el riesgo de muerte y la pérdida de la inversión. Por eso era esencial determinar la condición de los apresados 83 . Entre los que trabajan, su labor depende de sus conocimientos y de su amo. Los trabajadores especializados eran altamente demandados, en especial los vinculados a la construcción naval y la guerra. El norte de África depende sistemáticamente de los conocimientos europeos en construcción naval y armamento para mantenerse al día de las innovaciones de la Edad Moderna. Fray Jerónimo Gracián explica cómo los cristianos «fabrican las galeotas, funden artillería, labran escopetas y forjan las industrias de guerra» 84 . Por eso, a estos especialistas se les dispensaba el mejor trato, llegando algunos a gozar de buena posición 85 . Aunque también eran apreciados los profesionales de otras actividades: ingenieros, artesanos (carpinteros, marmolistas...), médicos y cirujanos, u oficiales militares. Sus captores no querían desprenderse de ellos, porque sus conocimientos excedían la ganancia que podían obtener del rescate. Por eso encontramos casos como el de José Martínez Navarro, formado en matemáticas, que pasó más de veinte años prisionero, primero sirviendo al sultán en Estambul y después supervisando las obras del puerto de Túnez. También lo demuestra la petición del sultán 81 Citado por López Nadal, «Entre la cruz», p. 419. 82 Cautivo es el término utilizado mayoritariamente por las fuentes cristianas modernas, pero es sinónimo de esclavo. 83 Por ejemplo, el carmelita fray Jerónimo Gracián fue tomado por un arzobispo que viajaba a Roma para ser nombrado cardenal, y Miguel de Cervantes por un caballero ilustre porque llevaba unas cartas de recomendación del duque de Sessa para Felipe II, por lo que se les pidieron elevados rescates; el primero consiguió una rebaja, y el segundo hubo de esperar a la redención y recurrir a prestamistas. 84 Gracián de la Madre de Dios, Tratado de la redención, p. 48. 85 Friedman, «Christian Captives», p. 624, el esclavo catalán Maestro Pedro, mayor responsable de la construcción de galeras en Argel en las décadas de 1570-80, contaba con casa propia con capilla (solo él y el cónsul de Francia la tenían). 18 marroquí a Carlos III, tras acordar la liberación de los cautivos españoles en 1765, de retener algunos especialistas un tiempo «con objeto de que finalicen algunos trabajos en el palacio imperial», y pidiendo al monarca español que enviase nuevos marmolistas y carpinteros, que serían bien pagados y podrían marchar cuando gustasen 86 . El resto de esclavos desempañaban labores muy diversas, y bastante similares a las que se asignaban a sus homólogos musulmanes en Europa. Los privados trabajaban a menudo como criados domésticos 87 , o labrando las pequeñas explotaciones agrícolas de tamaño familiar situadas a las afueras de la ciudad, las maseries 88 . Los esclavos de propiedad estatal, o públicos, trabajaban fundamentalmente en minas, canteras, talando bosques, o en la construcción. Eran trabajos bastante duros por su intensidad, prolongadas jornadas y exposición a la climatología (sobre todo al calor), lo que se traducía en una mortalidad elevada 89 . Aunque, sin duda, el peor de los destinos era la galera. Servían de galeotes tanto cautivos públicos (cuando el Estado participaba en la expedición) como privados (si lo hacía su dueño). Además, ambos tipos podían ser alquilados a terceros como galeotes, cuando los armadores no tenían suficientes 90 . Aparte de su uso como mano de obra, los cautivos reportaban sustanciosos beneficios a través de sus rescates. El precio lo fijaba el amo en función de la edad, sexo, condición física, profesión y condición socioeconómica en origen. Como ya hemos comentado, cuanto mayor el rango, mayor el precio. Los profesionales cualificados tenían rescates elevados, o este incluso se impedía. Las mujeres tenían precios mucho mayores que los hombres porque eran más escasas y muy apreciadas como esposas (sobre todo por los renegados) 91 . Los niños casi nunca se rescataban, porque se aprovechaba su edad para convertirlos al islam, siendo a menudo enviados como presente al sultán para formarlos como jenízaros. Los jóvenes fuertes eran preferidos por su mayor capacidad de trabajo 92 . J. A. Martínez ha estudiado los precios de los rescatados por las redenciones entre 1575-1692 (períodos de mayor actividad corsaria y redentora), y la media es de 1 516,5 reales por cautivo, llegando hasta los 2 000 reales en 1645-59, y de solo 1 000 86 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, pp. 43 y 109. 87 Diego Galán Escobar, Cautiverio y trabajos, edición crítica por Matías Barchino Pérez, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2001 (original h. 1620), p. 191: «mi dueño me dio por cargo el cuidado de lavar la ropa, poner y quitar las mesas en el suelo, porque ellos no usan comer en alto, barrer las salas, escribir el gasto de la casa y otras cosas que se ofrecían»; esta descripción de las labores de un doméstico muestra que era una de las ocupaciones más agradecidas. 88 Robert C. Davis, Christian Slaves, Muslim Masters. White Slavery in the Mediterranean, the Barbary Coast, and Italy, 1500-1800, Nueva York, Pallgrave Macmillan, 2003, p. 85. 89 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 66. 90 Haedo, Topografía, p. 82: «El Arráez, que no tiene tanta copia de cristianos que con ellos baste armar el bajel [...] alquila los cristianos a mercaderes que los suelen tener para esto [...] y por cada uno paga doce escudos de oro por cada viaje». 91 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 129, calcula un 92,01 % de hombres y un 7,98 % de mujeres en las redenciones de los siglos XVI-XVII, aunque resulta difícil saber si esos datos reflejan la realidad de las capturas, ya que los redentores debían dar preferencia al rescate de mujeres, y los berberiscos eran reticentes a venderlas. 92 Ibid., p. 62. 19 reales en 1575-94. Pero evidencia también que los precios son muy superiores para niños, mujeres o personas cualificadas (superando dos, tres, y hasta seis veces la media). Por lo demás, los precios variaban en función de la oferta y la demanda 93 . El rescate de cautivos reportaba cuantiosos ingresos al Estado. En primer lugar, por la venta de los públicos, que en el caso de Argel tenían preferencia sobre los demás en las redenciones 94 . Pero, además, se lucraba por todos los rescates gracias a los impuestos sobre la venta de cautivos. Como resumía Laugier de Tassy en 1725, «el Estado encuentra un beneficio considerable en la venta de los esclavos, pues nadie puede ser comprado si no es pagando un diez por ciento del precio de su compra y otros varios derechos, que se llaman derechos de puerta o derechos de salida» 95 . Estos tributos se encuentran minuciosamente detallados en los libros de cuentas de algunas redenciones. C. Larquié, trabajando con las redenciones españolas en Argel en 1660 y 1664, ha calculado que el 20,30 y el 17,41 % del gasto de la redención correspondió, respectivamente, al pago de tributos en la ciudad africana 96 . Para tener una idea adecuada del peso de los esclavos en la economía, debemos añadir a lo explicado que su número era muy elevado. Para los siglos XVI-XVII se ha cifrado en un quinto de la población (algunas estimaciones lo aumentan a un cuarto) 97 . Estos porcentajes, y lo anterior, permiten a muchos historiadores concluir que existe una economía esclavista en Berbería, al menos en la época de mayor actividad del corso, entre la segunda mitad del XVI y hasta finales del XVII (fechas que se alargan respecto a las de los ataques en sí porque el cautiverio suele prolongarse años) 98 . 4.2. Impacto económico en los lugares de captura: el caso español El impacto económico del corso berberisco se produce también en la otra orilla del Mediterráneo, de la que proceden las personas esclavizadas; nos centraremos aquí en el caso español. En primer lugar, la captura de personas supone una pérdida de capital humano, especialmente porque el perfil del cautivo es de un hombre joven 99 . En segundo lugar, la Corona financia un sistema de vigilancia en la costa para tratar de minimizar los daños del corso. Este se compone de una flota de galeras que vigila la navegación, de defensas para las ciudades 93 Ibid., pp. 144-145; el rescate más elevado que documenta es el de José de Luna y Peralta, oidor del Consejo de Castilla y de la Real Audiencia de Sevilla apresado en 1663, y redimido por 40 000 reales. 94 Zúñiga, Descriptión i república, f. 200v, criticaba que esto se aprovechaba para colocar aquellos cautivos inhábiles para el trabajo, pues «la rredemción de Argel es limpiarles la tirra de ynútiles y gente que le ayuda a gastar los vatimientos, y lleuarles el dinero, que es lo que ellos tanto estiman». 95 Tassy, Histoire du royaume, c. 16, p. 274. 96 Claude Larquié, «L’église et le commerce des hommes en Méditerranée: l’exemple des rachats de chrétiens au XVIIème siècle», Mélanges de la Casa de Velázquez, v. 22, 1986, p. 319. 97 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, pp. 23 y 50. 98 Bunes Ibarra, La imagen, p. 144; y García Arenal y Bunes Ibarra, Los españoles, p. 203. 99 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 134; menor de 40 años. 20 costeras y de atalayas y torres vigía por el litoral. Esta red de defensa era de base medieval y se refuerza en la Edad Moderna, especialmente por Felipe II 100 . Su eficacia es limitada, pues los corsarios llegaban a operar delante de las torres de vigilancia. Además, algunos concejos desarrollan sus propias iniciativas de defensa. Cartagena contaba con una milicia anticorsaria, que existía también de forma modesta en Villajoyosa y Calpe; su impacto fue reducido y fundamentalmente disuasorio 101 . En tercer lugar, actividad corsaria también perjudica mucho al comercio, por la inseguridad para la navegación. En 1616, el diplomático inglés Francis Cottington informaba al duque de Buckingham de la presencia de una flota berberisca «frente a Málaga hasta hoy interceptando todos los barcos que pasan por allí, e impidiendo por completo el comercio en esas zonas de España» 102 . Todavía en 1761, cuando el corso berberisco ha perdido relevancia, los mareantes barceloneses enviaban al rey una relación de los 113 barcos capturados en los once meses que van de octubre de 1759 a febrero de 1761, cuyas pérdidas cifraban en 1 031 247 reales de vellón 103 . Una cuarta repercusión económica es la de los rescates. Existían dos modalidades fundamentales, el rescate individual pagado por personas cercanas y la redención general practicada por las órdenes religiosas. Ambas modalidades hunden sus raíces en las guerras peninsulares de la Edad Media, y las dos van a estar presentes toda la Edad Moderna. Sin embargo, las redenciones van ganando importancia frente al rescate privado, sobre todo desde que la Monarquía participa en ellas, financiándolas regularmente desde el reinado de Felipe II. Las rescates particulares los pagan generalmente los familiares de los apresados, recurriendo a diversos mecanismos para obtener la suma: ventas, hipotecas, préstamos a elevado interés... Ello que llevaba a algunos a situaciones límite, sobre todo cuando el principal sustentador del hogar era apresado y las mujeres debían reunir el rescate solas 104 . De hecho, el impacto económico de los rescates produjo una «fuerte descapitalización» de las ciudades del sureste (las más afectadas), demostrada en el caso de Cartagena 105 . Los concejos o la Corona trataban de ayudar otorgando licencias de mendicidad o, desde el reinado de Felipe II, licencias para la compraventa de seda «horra» (exenta del pago de derechos) 106 . Aunque también había rescates particulares pagados por instituciones, como diócesis, órdenes religiosas o, sobre todo, concejos. De hecho, algunos concejos en las áreas más expuestas al corso contaban con fondos 100 Braudel, El Mediterráneo, p. 306; Felipe II recibe a comienzos de su reinado quejas por el abandono de la costa, en las Cortes de Castilla de 1560. 101 Velasco Hernández, Corsarismo, piratería, pp. 121 y 137-143. 102 Lane-Poole, Los corsarios, p. 201. 103 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, p. 41. 104 Heers, Los berberiscos, p. 185. 105 Velasco Hernández, Corsarismo, piratería, p. 69. 106 Andújar Castillo, «Los rescates», p. 138; se concedían pocas licencias de seda, unas seis anualmente. 21 para el rescate de sus vecinos (Orihuela o Palma), o al menos de los soldados (Cartagena) 107 . La mayoría de rescates particulares se realizaban mediante una red de intermediarios especializados, tanto en la Península como en el norte de África 108 . Otra opción más económica, eran los ladrones de cautivos, musulmanes dedicados a hurtar cautivos a cambio de un pago. Y una tercera modalidad era la alafia, el rescate directo en el momento del apresamiento. Se acordaba un precio in situ y permitía al cautivo ser liberado inmediatamente, y a los corsarios les reportaba ingresos que escapaban de la fiscalización de las autoridades berberiscas 109 . Pero el mecanismo fundamental de rescate (desde 1575) son las redenciones; expediciones organizadas para rescatar de un número considerable de cautivos sin decidir de antemano cuáles (aunque se pueden fijar perfiles de preferencia). Las redenciones generales (las más importantes y que tienen respaldo de la Corona) las organizan dos órdenes, la de la Trinidad y la de Nuestra Señora de la Merced, ambas de origen medieval. Esto no es óbice para que otras practiquen algún rescate puntual (capuchinos y franciscanos terciarios), o para que existan redenciones generales promovidas por la Corona encargadas a civiles (alfaqueques en Castilla, exeas en Aragón, de origen medieval y nombrados por la Corona, se mantienen activos en el XVI, practicando redenciones pequeñas; en el XVII han desaparecido) 110 . El «monopolio» de la redención por trinitarios y mercedarios comienza en 1575, cuando Felipe II decide ofrecerles sostén económico e institucional a través de varios consejos; hasta entonces su actuación había sido limitada y esporádica. La decisión filipina se explica por el aumento de los cautivos, que ante la escasez de los rescates a menudo renegaban (habrían renegado a finales del XVI unos 6 000 cristianos en Argel y 3 000 en Túnez). Además, un buen número de ellos habían sido capturado sirviendo como soldados, lo que daba al rey una responsabilidad añadida 111 . La Corona no desarrolla un sistema nuevo, sino que reformula las redenciones, con la colaboración de la Iglesia. Desde 1575, con la redención general de los mercedarios a Argel, estas se repiten cada tres años grosso modo, hasta la última, en 1768-9, por los trinitarios, también en Argel. En ellas intervienen seis consejos, los de Castilla, Cruzada, Órdenes, Hacienda, Cámara e Indias, a los que se sumaba el de Aragón si la redención viajaba por un puerto de esa Corona. El Consejo de Castilla aprobaba la propuesta de redención presentada por 107 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, p. 285; Velasco Hernández, Corsarismo y piratería, p. 70. 108 Redes difíciles de estudiar, pues deben rastrearse a través de las escrituras de obligación que con ellos contraen los familiares del cautivo: Boubaker, «Les majorquins», p. 166, ha comprobado que en los rescates de mallorquines en Túnez en 1645-1665, el 81 % las gestiona el mismo mediador; Andújar Castillo, «Los rescates», pp. 143-152, ha estudiado las redes de mediadores de Andalucía oriental. 109 Andújar Castillo, «Los rescates», pp. 141 y154-158. 110 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 44 y pp. 78-79; hay sólo 7 redenciones realizadas por laicos en la Edad Moderna. 111 Ibid., pp. 82 y132; las instrucciones regias darán prioridad en 1575-1617 al rescate de soldados capturados en las batallas de Mostaganem (1588), Djerba (1560), Lepanto (1571), Túnez (1573), La Goleta (1574), Alcazarquivir (1578) y La Mamora (1614). 22 las órdenes, supervisaba su composición, designaba un escribano para acompañarla y fiscalizarla, y otorgaba las licencias, cédulas e instrucciones. Estas últimas insistían en rescatar cristianos (vigilando que no se colasen renegados arrepentidos), dar preferencia a los súbditos de la Monarquía (españoles, italianos, portugueses o extranjeros avecindados), y dentro de ellos a soldados, mujeres, niños y ancianos. Además, los redentores dan también preferencia a los religiosos. La redención tenía que inventariar su tesoro al salir y remitir el informe al Consejo de Castilla un mes antes del embarque (estaban exentos de tasas, pero los oficiales aduaneros debían comprobar que llevan lo que detallaban). También se le entregaba un registro minucioso de los cautivos redimidos, para asegurarse que se seguían las prioridades de rescate. Felipe II ordena registrar precio, tiempo de cautiverio, procedencia geográfica y lugar de captura de cada uno, aunque esto no se aplicó sistemáticamente hasta el reinado de Felipe III 112 . Al regresar se entregaba también —en este caso al Consejo de Hacienda— el libro de cuentas realizado por el escribano. Las irregularidades estaban penadas con una multa de 2 000 ducados 113 . El Consejo de Órdenes Militares contribuía siempre de forma reducida, y solo para el rescate de vecinos de localidades de la jurisdicción de las tres órdenes 114 . El Consejo de Cruzada otorgaba siempre 500 ducados, que debían dedicarse al rescate de militares, aunque podían extenderse a los más pobres. Además, a través de la Comisaría de Cruzada se concedían libranzas de rescate a familiares de cautivos que las solicitasen, en función de lo recaudado por las Tres Gracias. El Consejo de la Cámara de Castilla y el Consejo de Hacienda (aparte de la ya mencionada supervisión), ofrecían el dinero legado en los testamentos de los monarcas 115 . Por último, el Consejo de Indias controla desde el siglo XVII las limosnas americanas para que se destinen a personas capturadas en la Carrera 116 . Al margen de la supervisión regia y de los fondos ofrecidos por algunos consejos, las redenciones se financiaban con aportaciones particulares, mediante adjutorios y limosna común. Los adjutorios los entregaba la familia de un cautivo para redimirlo, y solo podían gastarse en eso, si no había que devolverlos. Para evitar la picaresca, los redentores llevaban descripciones minuciosas (J.A. Martínez habla de «retratos robot») de los cautivos con adjutorio 117 . El resto de 112 Estos registros son una fuente de enorme utilidad para estudiar los perfiles de los redimidos. Existen numerosos estudios que los han utilizado, siendo el más completo el de Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, que aborda las redenciones de los siglos XVI-XVII; para el XVIII, Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos. 113 Larquié, «L’église», pp. 310-313; Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, pp. 93-94 y 96-98;la multa aparentemente nunca se impuso, pero sí hay constancia de investigaciones a cuentas dudosas 114 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 95, el Consejo de Órdenes Militares solía contribuir con 40 000200 000 mrs., lo que permitía el rescate de 4-6 personas. 115 Ibid., p. 96, cifra en 98 536 ducados el total testado por reyes y reinas para redenciones en 1558-1700, destacando los 30 000 ducados legados tanto por Felipe II como por Felipe III. 116 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, p. 241; coincide con el paso de los corsarios al Atlántico y el aumento de limosnas procedentes de América (un 67-69 % más que las recaudadas en la Península en ese siglo). 117 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 41; si el cautivo había renegado no podía redimírsele, aunque contase con adjutorio. 23 los fondos proceden de la limosna común. Aparte de las aportaciones de la Corona, la limosna incluía mandas testamentarias o juros de instituciones 118 . Pero, sobre todo, procedía de las limosnas de los fieles. Para potenciar estos donativos, meses antes de la redención ésta se «proclamaba» por las ciudades, se repartían octavillas recordando la importancia de la caridad y las penurias de los cautivos, se daban sermones y se celebraban procesiones, tanto en la Península como en Indias 119 . Sumando las cifras de J.A. Martínez para los siglos XVI-XVII, a las de M. Barrio para el XVIII, las redenciones generales españoles rescataron 35 499 cautivos 120 . Respecto a los costes, resulta difícil compararlos por la oscilación en los precios y las diferentes condiciones establecidas por las autoridades de cada lugar. Las redenciones en Argel eran más caras que en Túnez 121 o Marruecos 122 . De todos modos, para los años 1523-1692, J.A. Martínez ha calculado el gasto de las redenciones en 1 019 167,52 ducados, con un déficit acumulado de 65 835,64 ducados 123 . Este gasto en el marco de una economía maltrecha, genera críticas, sobre todo por parte de los arbitristas. Estos no ven con buenos ojos la salida de moneda de plata y oro hacia Berbería (contexto de ideas mercantilistas), y entienden que así solo se financia el corso. Las soluciones propuestas son varias. Las dos más radicales son el abandono total del norte de África, o el desarrollo de una política de conquista y control territorial de la costa berberisca para liquidar el corso (algo inasumible por su coste) 124 . Una propuesta más realista era la llamada «redención preventiva», una defensa marítima sólida que neutralizase a los corsarios. La idea comienza a proponerse en el reinado de Felipe III (memorial del duque de Osuna, virrey de Sicilia, en 1612), pero se plantea con más fuerza en el de Felipe IV, a raíz de un memorial leído por el capitán Guillermo Garret en las Cortes de Aragón de 1626, que desata en ellas un debate con el general de la Merced. El discurso de Garret da lugar a manifestaciones a favor y en contra de la redención; en 1629 Olivares se llega a pronunciarse en pro de Garret 125 . Pero no hubo cambios y la polémica se reavivó en la década de 1730, cuando miembros del 118 García Arenal y Bunes Ibarra, Los españoles, p. 279, las mandas testamentarias eran por lo general muy modestas, aunque estaban muy extendidas; Larquié, «L’église», p. 312, un ejemplo de juro es el otorgado por el Colegio Imperial de Jesuitas de Madrid en 1664. 119 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, p. 240. 120 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 53, y Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, p. 286; 15 513 en Argel, 13 014 en Marruecos, y 5 100 en Túnez y Trípoli (la mayoría en la primera). 121 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, p. 238, en Túnez, las cargas eran menores (no hay derechos de entrada, derechos de salida más bajos, exenciones fiscales, no hay rescates forzosos...). 122 Larquié, «L’église», p. 316, en Marruecos, además de unas cargas más reducidas, se aceptaban los pagos en especie, por lo que la redención compra productos en España (tejidos, bonetes, joyas...), dañando menos en la economía estatal. 123 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, p. 84. 124 Bunes Ibarra, La imagen, pp. 180-181. 125 Por ejemplo fray Gabriel Gómez de Losada, Escvela de trabaios, l. 3, c. 1, pp. 384 y sig., realiza una defensa de la utilidad de la redención, justificándola en la necesidad de desmentir el memorial de Garret. 24 gobierno llegan a desaprobar la redención. Los recelos de los ministros de Felipe V explican que en la década de 1740 solo se organice una redención, y de poca envergadura. Parece que Fernando VI era favorable, pues en su reinado se organizan ocho. Carlos III y sus ministros tampoco las veían con buenos ojos, aunque no plantearon su reforma porque los acuerdos de paz con los berberiscos las dejaron sin razón de ser 126 . Las órdenes redentoras salen en defensa de la actividad que las justificaba a sí mismas. La redención es la mayor obra de caridad, pues la necesidad de salvación de las almas se impone sobre cualquier otra, y si se frenasen las redenciones los cristianos renegarían en masa 127 . Para los redentores, el beneficio que obtenían los corsarios por los rescates era un mal menor. Además, aseguraban que ellos eran los más capacitados para negociar, gracias a su experiencia, contradiciendo las voces que decían que se obtenían mejores precios mediante negociaciones privadas. Lo cierto es que este último aspecto despierta aún hoy debate en la historiografía y no está claro 128 . Además, como parte del discurso en defensa de la redención, los frailes querían transmitir las crueldades impuestas a los cautivos (a través de prédicas, textos e ilustraciones), denunciando la insensibilidad de los críticos. Este interés ha planteado dudas sobre la veracidad de los relatos de los redentores. Lo que sin duda había fue una decidida teatralidad. A su llegada a España, la redención viajaba del puerto arribada a Madrid, entrando solemnemente en procesión en las ciudades de la ruta. El cautivo más anciano abría el paso con un palo coronado por un bollo del intragable pan negro que comían los esclavos del baño 129 . Los cautivos marchaban con las barbas sin cortar, albornoces comprados ex profeso por los redentores antes de la partida, e iban encadenados. El objetivo era despertar la compasión del espectador y animarle a dar limosna 130 . Laugier de Tassy denunciaba en 1725 la teatralidad de estas procesiones, que según él no respondían a la realidad de los cautivos en Berbería. El francés denunciaba que los frailes les colocaban «cadenas que no han llevado jamás. Tales figuras morunas, tales barbas y tales cadenas despiertan la compasión del público, que hace grandes liberalidades y echa monedas de oro y plata» 131 . Esta cita, como 126 Barrio Gozalo, Esclavos y cautivos, pp. 232-235. 127 Gómez de Losada, Escvela de trabaios, l. 3, c. 4, p. 404: Y es certíssimo que quando todo el gasto que se ha hecho en las redempciones y el que se hiziere hasta el fin del mundo, no huuiera ovrado más que la preseruación de que vno solo no huuiera renegado ni faltado en la fe católica, estaua bien hecho y empleado, aunque para esto se huuieran vendido los cálices y vasos sagrados y dexado de acudir a otras obras de piedead, porque todo no equiuale a la saluación de vn alma. 128 Leila Maziane, «Les captifs européens en terre marocaine aux XVIIème et XVIIIème siècles», Cahiers de la Méditerranée, v. 65, 2002, p. 9. 129 Tamayo y Velarde, Memorias del cautiverio, p. 72, recoge la copla de los cautivos españoles de Tetuán sobre este pan: «El pan de panizo, / la hambre lo hizo; / sembrólo Mahoma, / su gente lo coma». 130 Martínez Torres, Prisioneros de los infieles, pp. 100-105, describe estas procesiones. 131 Tassy, Histoire du royaume, c. 16, p. 285. 31 BIBLIOGRAFÍA ACADÉMIE FRANÇAISE: Dictionnaire de l’Académie française. 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