Mi recuerdo de Borges en Austin
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MEMORIAS MI RECUERDO DE BORGES EN AUSTIN Por Lily Litvak No recuerdo exactamente el año pero sí el acontecimiento. Creo que fue en l985, una de las veces en que Borges vino al auditorio Lyndon Baines Johnson de la Universidad de Texas a dar una conferencia. Llegué muy temprano, mucho antes de la hora y el enorme recinto estaba ya lleno, pero seguía entrando la gente y al poco rato no había ni un asiento libre. Los estudiantes que continuaban llegando se quedaban atrás de pie, y se amontonaban afuera del edificio, para por lo menos ver al visitante cuando llegara. Tal vez a los lectores de estas líneas no les cause sorpresa la expectación suscitada por este evento, pero debo aclarar que aunque se trataba del gran escritor argentino que cambió el rumbo de la literatura hispánica, lo asombroso era que, aunque había muchos profesores, el público estaba formado sobre todo por estudiantes norteamericanos que no se especializaban en literatura y que en su gran mayoría no hablaban español. Eran jóvenes que en general se preocupaban más por el siguiente partido de fútbol que por la literatura, pero sabían perfectamente quién era Borges, pues ya habían leído u oído » Ramón Martínez López, Jorge Luis Borges, Leonor Acevedo e Ricardo Gullón, na Universidade de Texas en Austin
Mi recuerdo de Borges en Austin 35 Borges siempre dijo que esa había sido para él una de las épocas más felices de su vida. Su madre lo había acompañado y fue la primera vez que pudo vivir ese tipo de experiencia en los Estados Unidos. Confesó a su amigo Bioy Casares “estará Madre, con quien puedo comentar cualquier cosa”, y agregó una frase profética: “Todos los caminos llevan a Austin. También es cierto que todos los caminos llevan al regreso de Austin”. Había quedado fascinado con Texas, su Universidad y su gente, y se cita que escribió: “Si pudiéramos juzgarla imparcialmente, Texas sería superior a la Argentina. Me siento bastante feliz dando clase y hablando de Hernández y de Lugones. Los alumnos son jóvenes gigantes, respetuosos y un poco inalcanzables; mis colegas, españoles republicanos que extrañan la Puerta del Sol como yo la Plaza San Martín”.2 Borges regresaría a Texas cuatro veces más, la última con su esposa, María Kodama. En esos viajes, se quedaba dos o tres días en Austin, y entonces, yo me unía a un pequeño grupo de profesores del departamento y lo acompañábamos a algunos lugares que le gustaban particularmente. Íbamos a cenar a uno de sus restaurantes favoritos; el Night Hawk , ahora desaparecido, y nos quedábamos conversando hasta la madrugada. Era un placer inenarrable el oír su plática llena de ingenio e ironía y sembrada de anécdotas. Recuerdo por ejemplo, que hablaba de su afición por la literatura inglesa y americana. Admiraba como novelistas a Joyce, a Virginia Woolf y a Dickens y guardaba una deuda especial con Kipling, Chesterton y Stevenson, siendo éste ultimo su escritor favorito. Alargaba sus comentarios con frases que a veces me hacen relacionarlo con su época ultraísta, como cuando dijo que admiraba el inglés, y comparándolo, explicaba que en español los lazos lógicos de la frase, preposiciones, adverbios, etc, amortiguan la capacidad metafórica de la palabra que en cambio se encuentra muy vívida en inglés. Puso por ejemplo moonlight , que ya es una metáfora formada, y “claro de luna,” en español, que es una explicación racional del fenómeno. Citó algunas frases de Kipling, Tennyson y Shakespeare, afirmando que no se podrían lograr en español. Sobre poesía, le entusiasmaba Walt Whitman, pero me dijo que su poeta favorito era Quevedo. Una especie de ceremonia matutina que le gustaba particularmente era ir por las mañanas con un pequeño grupo de profesores a visitar el Capitolio. 2 Guido Carelli Lynch, Ñ Revista de Cultura , 28 abril, 2015, “El universo inagotable de Borges,”, http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Borges-inedito_0_1135686427.html. Ver también Taya Kitayski, “Borges in Texas,” Alcalde , nov.-dic., 2014, 1. 34 EVOHÉ LILY LITVAK sobre algunos de sus cuentos; puzzles mentales sobre el tiempo y el espacio, sobre la realidad y la imaginación, y se habían convertido en sus fans. Por fin llegó Borges acompañado por algunos profesores; elegante, delgado, ciego… y al verlo, la gente que esperaba en la calle estalló en aplausos. El escritor saludó brevemente haciendo una señal con la mano, entró al teatro y empezó a atravesar el larguísimo pasillo que se extendía entre las butacas hasta el escenario. Desde su entrada, la gente se ponía de pie a su paso y aplaudía. Borges subió al podio, pero nadie dejaba de aplaudir. Fue una estruendosa ovación que duró más de media hora. Cuando por fin los aplausos se lo permitieron, Borges empezó a hablar; en inglés, de memoria, con voz baja y pausada. El título de su conferencia, desconocida hasta entonces y casi hasta ahora, era “Mi amigo Don Quijote” y muchos recordamos aún la emoción del escritor argentino, hacia el final de la charla, cuando mencionó que Cervantes se conmovía por la muerte de su personaje. Cuando terminó, hubo otra larguísima salva de aplausos. La gente no quería salir del auditorio y simplemente no querían que Borges se retirara del escenario. Fueron varias las visitas de Borges a Austin. Su primera estancia fue como profesor visitante durante el semestre de otoño, desde septiembre de 1961 a enero de 1962. Enseñaba un seminario graduado sobre Leopoldo Lugones y un curso sobre Cansinos-Assens, y aprovechando su estancia, asistía como oyente a un curso sobre inglés antiguo. Aunque sus clases eran de cupo limitado, cientos de estudiantes querían tomarlas y para solucionar el problema se tuvieron que trasladar al auditorio de la biblioteca. Quienes fueron estudiantes suyos comentan que le encantaba dar clases y conversar con estudiantes y colegas. Yo no estaba aún en Texas, pero muchos colegas guardan el recuerdo de aquellos meses, y Miguel Enguídanos, que era entonces profesor aquí, escribía en su introducción a la traducción inglesa de El Hacedor , Dreamtigers, (Austin, University of Texas Press, 1964), que desde que Borges llegó solo se hablaba de él, se había convertido en una verdadera obsesión.1 1 Dreamtigers, Austin, University of Texas Press, 1964, Traducción Mildred Boyer y Harold Morland, grabados, Antonio Frasconi. Eric Benson, “Forgotten but ot gone,” Guermica, a Magazine of Art and Politics . July 1 2011, https://www.guernicamag.com/features/eric_benson_borges_7_1_11/
Mi recuerdo de Borges en Austin 37 La Fama Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar. Recordar el patio de tierra y la parra, el zaguán y el aljibe. Haber heredado el inglés, haber interrogado el sajón. Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín. Haber conversado en Palermo con un viejo asesino. Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro. Leer a Macedonio Fernández con la voz que fue suya. Conocer las ilustres incertidumbres que son la metafísica. Haber honrado espadas y razonablemente querer la paz. No ser codicioso de islas. No haber salido de mi biblioteca. Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote. Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo. Agradecer los dones de la luna y de Paul Verlaine. Haber urdido algún endecasílabo. Haber vuelto a contar antiguas historias. Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas. Haber eludido sobornos. Ser ciudadano de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma. Ser devoto de Conrad. Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino. Ser ciego. Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara Una fama que no acabo de comprender. 36 EVOHÉ LILY LITVAK Le encantaba el edificio y su historia. Palpaba con las manos los muros de granito rojo y quería que le describiéramos los mosaicos que conmemoran las doce batallas peleadas en territorio tejano: Álamo, Anahuac, Bexar, Coleto, Galveston, Goliad, Gonzales, Palmito, Palo Alto, Sabine Pass, San Jacinto y Velasco, y los dos cuadros monumentales de fines del siglo diecinueve, pintados por el artista tejano Willian Henry Huddle, “La Rendición de Santa Ana” y “David Crockett”. Pero su mayor placer era llegar hasta la gran rotonda central, y se detenía ante los grabados de los pisos que incluían los seis sellos de los países cuyas banderas han flameado sobre Texas; entre ellas, la primera, la bandera acuartelada de Castilla y León. Se puede decir que entre Borges y Texas hubo un largo idilio que duró hasta su muerte. Desde que llegó como profesor en 1961 se enamoró de Austin, que se convirtió en su lugar favorito de todo Estados Unidos. Por entonces, su ceguera avanzaba y ya no veía claramente. Pero durante toda su vida, cuando se le preguntaba porqué le gustó tanto Austin, respondía: “allí yo soñaba muy bien”. Cuenta el novelista Paul Theroux, en su libro The Old Patagonia Express , que lo entrevistó en Buenos Aires en 1978, y que en cuanto empezaron a conversar, Borges se puso a hablar sobre Texas. Le preguntó a Theroux si conocía Austin y cuando éste le dijo que no, Borges lo reprendió: “Debería haber pasado por Austin”. Muchas veces Borges mencionó a Texas. En su poema “Elegía” (1963), considera su curioso destino, el haber navegado sobre diversos mares y haber sido parte de “Edimburgo, de Zurich, de las dos Córdobas, de Colombia y de Texas”, y por supuesto está su maravilloso soneto “Texas” (1964): Aquí también. Aquí, como en el otro confín del continente, el infinito campo en que muere solitario el grito; Aquí también el indio, el lazo, el potro. (...) Aquí también esa desconocida y ansiosa y breve cosa que es la vida En uno de sus últimos poemas “La fama,” (1981), una especie de revisión de toda su vida, Borges se refiere a sí mismo como ciudadano de Austin: “Ser ciudadano de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma”. Este poema fue escrito poco tiempo antes de su muerte y, cuando murió en junio 14 de l986, la Universidad de Texas izó su bandera a media asta, un raro tributo que solo se otorga a quienes tienen muy profundas raíces en esta tierra.