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Un desafío para la bioética : la cuestión del especismo

Horta Álvarez, Óscar

Abstract

Los animales no humanos son utilizados rutinariamente en toda una serie de procedimientos en el ámbito biomédico. En la práctica totalidad de los casos estos consisten en tratamientos notablemente agresivos, que además conllevan la reclusión, aislamiento y, finalmente, la muerte de los animales empleados. Todo esto tiene lugar de un modo generalizado e institucionalizado, dándose un amplio consenso alrededor de su aceptabilidad. Se asume comúnmente que los intereses de los animales que no pertenecen a nuestra especie pueden ser dejados a un lado si ello resulta conveniente para la satisfacción de intereses humanos, sin necesidad de efectuar ponderación alguna del peso de los intereses implicados en cada caso. Encontramos, a la luz de esto, que la consideración dada a los animales no humanos contrasta con la que, de manera general, se asume que los humanos deben recibir. Los animales no humanos son utilizados en prácticas en los que se censura el uso de humanos, y ello se lleva adelante con un notable consenso. En el ámbito biomédico esto puede verse con claridad examinando el documento que se ha convertido en la referencia para la regulación de la investigación llevada a cabo en humanos, la Declaración de Helsinki. En esta se incluye toda una serie de consideraciones sobre el modo en que la experimentación con sujetos humanos ha de ser llevada a cabo…

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UN DESAFÍO PARA L A BIOÉTICA LA CUESTIÓN DEL ESPECIS MO TESIS DOC TORAL Autor: Óscar Hort a Álvarez Director: Dr . Luís Garcia Soto Facu lda de de Fi los of ía Depart am ento de L óxic a e Filosof ía M or al Univ er sid ad e de Sa n tia go de C om post el a 2007 Quero agradecer a axuda que rec ebi n de Luís Garci a Soto, as i como de Ingmar Persson, Barbro Nordling, Dagma r Borchers, Anabel García, Iria Vázqu ez Si lva , Lars Hert zberg , Alicia Pu leo e Kas p er L ipp ert - Rasmus sen, e daqueles e aquelas que discutiron s eccións deste traballo nos seminários levados a termo en Åb o Akademi e Göteborgs U niversitet. Esta investigación tivo o apoio económico da Co nsell ari a de Inovación e Indú st ria d a Xunta de Galicia ao longo dos anos académicos 200 3-04 e 2004-05. UN DES AF ÍO PAR A L A BIO ÉTI CA LA CUESTI ÓN DEL ES PECISMO 1 ____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _ 1 INTR ODUC CIÓN * ____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _ 1.1. Punt o de parti da de la i nve st igac ión 1.1.1. El uso de ani males no hu manos en el á mbito bio médico Los animales no hu man os 1 son utilizado s rutinari amente en toda una ser ie de procedimientos en el ámbito biomédico. E n la práctica totalida d de los casos estos consisten en trata mientos notable mente agresivos, que ade más conll evan la * Esta es una versión d e est a tesis doctoral rev isad a a f ech a de 20 1 5 , en la cual s e h an corregido distintos errore s, de tipo lingüístico o estilístico y de contenido. No se ha realizado e n ella, sin emba rgo, una act uali za c ión de la bibliograf ía , con lo que las referencias más t ardías continúan sien do de 2006, dado qu e fue a f inales de tal año cuando se con cl uy ó esta te sis (defendida el año sig ui ente). Tampoco se ha a ña dido ning una nueva secci ón , permaneciendo si n m odificaciones t oda la e structura de la i nvestig ación y la tesis defendida en ella . 1 A pesar de que la d e nominación m á s común que estos recib en hab i tu almen te es simple mente l a de “ani males ”, cuando nos refiramo s a animal es de es pecies distint as de l a humana utilizaremos términos como el que aca ba mos de introduc ir (“animales n o humanos”) para una may or precisión (a l a luz de que ta mbién los humanos so mos anim ales ). Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 2 reclusión, aislamiento y, finalmente, l a muerte de los animales e mpleados. 2 Todo esto tiene lugar de un m odo generalizado e in stitucionalizado, dándose un amplio consenso alrededor de su aceptabi lidad. Se a sume comú nmente que lo s in tereses de los animale s que no per tenecen a nuestra especie pueden ser dejados a un lado si ello resulta conveni ente para la satis facción de i nter eses humano s, sin necesid ad de efectuar ponder ación algu na del peso de lo s int ereses i mplicado s en ca da caso. 3 2 El daño ocasionado a los animale s no humanos es a menudo olvidado o infravalorado . En relación a nuestra relación actual con los a ni males no humanos, L eahy ha afirma do que “the prevailing social climate is one of extreme generosity to a nim als, with pro lific leg islat ion af fecting every as pect of their tr eatmen t fro m zo os t o slaug hterhous es” (L eahy , Michael P.T., Against Liberation: Putting in Animals in Perspective , Routledg e , London, 1991, p. 265). Esto tiene poco que ver con la realidad del uso ampliamente extendido de los animales no human os. No es la intención de este trabajo dar una descripción pormenorizada del modo e n que este tiene lugar. Puede consultarse a este respecto, por ejemplo, Ryder, Richard D., Victims of Scienc e. The Use of Animals in Re search , Da vi s - Poynter, London, 1975; Vyvy an, J ohn, In Pity and in Anger: A Study of the Use of Animals in Science , M i cah Publishing , Marbl ehead, 1988; L angle y , Gill (ed.), An i mal Experimentation: The Consensus Changes , MacMillan, London, 1990 ; Singer, Peter, Liberación animal , Tro tta, M adrid, 1999; y Rowan, Andrew N. & L oe w, F ra nklin M., “Animal Research: A Rev ie w of Developments, 1950-2000”, in Sale m, Deborah J. & Rowan, Andrew N. (eds .), The State of the Anima ls 2001 , HSUS , Washing ton, 2001, 111- 20. 3 Podría ser que se considerase que los intereses humanos tienen un m ay or pe so, sin negar que los de los d emás animal es car ezcan d e este. P ero es ta n o es r ealm ente l a posició n qu e de forma habitua l se sos tiene. Como indi ca Robert Ba ss: “once y ou a dmit som e weig ht to animal interests, y ou may say , for example, that a hum an life is a thousa nd t imes as valuable as a r a t’s life, bu t y ou wil l also have to draw the consequence t hat it is not worth sacrificing 1001 rats to save a human lif e ” (Bass, Robert, “Undermining Indirect Duty Theor ies” Between the Sp ecies , 6, 2006, http://www.cla.calpoly .edu/%7E jlynch/there albass.htm [visitado el 24 de octubre de 2006] ). Hoy en día se actú a asum iend o que cualquier suma de intere ses de animal es no humanos , por alta que pueda s er, resultará siempre insuficiente par a ser comparada co n la de un ser humano. Introducción 3 1.1.2. Una disanalogía definida por la pertenencia a la es pecie Encontramos, a la luz de esto , que la co nsideración dada a los ani males no humanos contrasta con l a que, de manera general, se asume que los hu m anos deben recibir. Los animales no humanos son utilizados en práctic as en los que se censura el uso de humanos, y ello se lleva adelante con un notable consenso. E n el á mbito biomédico esto puede verse con claridad ex aminando el doc umento que se ha convertido en la re feren cia para la regula ción d e la inv estigació n llev ada a cabo en humanos, la D eclaraci ón de Helsinki. En e sta se incl uye toda u na serie de consideraciones sobre el modo en que la e xperimentación con sujetos humanos ha de ser llevada a cabo. Se com ienza indicando que el individuo en tanto tal es el principal be neficiari o de esta: 1) En inv estigación médica en s eres humanos, la preocupación por el bie nestar de los seres humanos debe tener siempre primacía so bre los intereses de la cie nc ia y de la sociedad. 4 2) En la investigación médica, es deber d el médico pro teger la v ida, la salud, la intimid ad y la dig nidad del ser humano . 5 Asimismo, se introducen distintas garantías de stinadas a salvaguardar en la mayor medida posible la seguridad de aq uellos en qui enes la investigación se realiza. 4 Asociación Médica Mundial, D eclaració n d e Helsinki de la Asociación Médica Mundial , 1964 (Helsinki), revisada en 1975 (Tok io), 1983 (Veneci a), 1989 (Hong Kon g), 1996 (Somerset W e st) y 2000 (Edimburgo), párrafo 5. 5 Ibid., párrafo 10. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 4 Todo proy ecto de i nvest ig ación médic a en seres humanos debe ser prece di do de una cuidadosa comparación de los riesgos calculados c on los beneficios previsi bles para el individuo o para otros [ ...] L o s médicos deben absten erse de part icipar en proyectos de investigació n e n seres humanos a menos de que estén seguros de que l os riesgos inherentes han sido adecuadamente evaluados y de que es posible hacerles f rente de ma ner a sat isfacto ri a. 6 Y se estable cen requi sitos refer entes al cons enti miento de los p artici pantes: 7 Para tomar pa rte e n un p ro y ecto de investig ación, los individuos deben ser participantes vo l untarios e inform ados . 8 Sin embargo, en el c aso de los ani males no hu manos, la situac ión es completa mente diferent e. Leemos en esta misma declaració n: L a in ves tigación m édica en seres humanos de be conformarse con los principios ci entíficos gen e ralmente aceptados, y debe apoyarse en un profundo conocimiento d e la bibliografía científ ica, en ot ras fuentes d e informa ción pertinentes, así como en experimentos de labor atorio corr ect amente realizados y en animales , cuando sea oportuno [...] 6 Ibid., párrafos 16 y 17. 7 En lo referente a este punto s e dan salvedades de di stinta índole, como puede ocurrir po r ejemp lo en el c aso d e la ex per iment ació n ter apéutic a y si el s ujeto no puede dar su consentimiento, pero e l lo no alt era el hecho de que la v ol untariedad es con todo un princi pio bás ico ten ido en cuen ta en esta d eclar ación . 8 Ibid., párrafo 20. Introducción 5 Al investigar, hay que prestar atención adecuad a a los factores que puedan p erjudicar el m edio ambiente. S e deb e cuidar también del bienestar de los a ni males utiliza dos e n l o s experimentos. 9 Podem os co mprobar a sí el di ferente rasero al q ue hu manos y no humanos se enfrentan. Tal trato dist intivo proviene de una diferencia ción en la con sideració n mor a l dada a unos y otros (en breve, una diferenciación moral) que se encuentra, de hecho, profundamente enr aizada en esta declaraci ón. No es ya que la experimentación con animales no humanos no esté cubierta por las salvaguardas por las que lo está la llevada a cabo en humanos, sino que constituye un r equisito previo par a la r ealización de esta. La experi men tación con ani males no humanos se lleva a cabo en bas e a los b ene ficios que se esp era que ello prop or cionará a miembros de la esp ecie hu mana. 10 El abismo entre la consideración dada a unos 9 Ibid., párrafos 11 y 12. 10 Podría plantearse l a posi bilidad de qu e la experim ent ació n con an im ales se llev ase a cabo con el fin de benef iciar a estos. Esto ocurriría en el caso de l a investigaci ón con fines veterinarios. Con todo, l a defensa d e esta práctica sigue mostrando el segui m iento de un rasero distinto al empleado en el caso de los s eres humanos. Y es que, dej ando a un lado la investigación clínica terapéutica, aun en aquellas situaciones en que algún animal no humano pudiese beneficiarse de estos experimentos, en ningún caso sería uno de aquellos que padecen estos e n s u pro pi a pi el. S e tr atar ía, ló gicamen te, de otros ani males. A este respecto hay que tener en cuenta que el móvil de esta práctica, como no es difícil intuir, es, en el caso g eneral de los an i males emple ados para su consumo u ot ros usos, el de refinar el modo en que aquellos puedan ser más f á cilmente utilizados. En muchos casos los procedimientos están directamente dirigidos a la consecución de un aumento en l os ingresos conseg uidos a c osta de los ani males – c om o cuando se r e alizan altera ciones gen éticas para au me ntar o especificar la productivid ad de su explotación, muchas veces a costa d e su b ien est ar – . En otros, a paliar los efectos de su abuso, disminu y é ndose los gas tos lig ados a est e – como en el caso d el torr ente d e antibi óticos ad min is trado a lo s anim ales de granja, infestados de enfermedades por mor de las pésimas condiciones en que se encuentran–. Algo semejante ocurriría también en el caso de la reducidísima Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 12 considerada de maner a desvent ajosa . E sto es así debido a que en ocasione s se defiende que la int ensidad con l a que se traza una diferencia ción moral r esulta algo relevante para qu e esta pueda estar justi ficada o no. De s er así, en el caso d el especismo podría pens arse que solo cuando este supone la privaci ón total de consideració n de quien es son considerado s o consideradas desfavorabl emente por él podemos estar ante una posi ción objetable. El capítu lo 4 estar á ded icado a dar cuenta de esta id ea. d) Análisis de la cuestión del valor de la vida . Por otra part e, se defiende en ocasiones que los ani males no humanos pose en un inter és en no sufrir o disfrutar de bienestar, pero no en vivir . De ser esto así, l as conclusiones a la s que llegue mos en lo que respecta a si el antropocentrismo es una posición justificable r esultarán de una relevancia limitada. Esto sería así debido a que, independientemente de cuál fuese el resultado al qu e hubiése mos llegado e n lo que toca a e sta cuestión, e ste como mucho re sultarí a signific ativo en lo relat ivo a aqu ellas pr ácticas en l as que s e ocasiona sufrimiento a los animales no humanos, pero no en lo concerniente a aquellas otras en l as que se les provoca una muerte i ndolora. Se hace pr eciso, pues, investigar si efectivamente es ci erto que los ani males no humanos no ti enen interés en no morir. Para ello será preciso analizar qué motivos pue de haber para considerar que la mu erte es un daño, y comprobar si estos son ocur ren tes únicamente en el caso d e aquellos y aquella s que per tenezcan a la e speci e humana . Asimismo, en ocasiones se mantiene que podríamos caracter izar el dilema que nos presenta la experimentación con animales co mo de “conflicto entre vidas”. Este dilema s urgiría al tener que elegir s e en tr e las vidas de lo s animales n o humanos utilizado s y la s de aquellos seres hum anos que se pu edan ben eficiar de lo s resultados obtenidos. De acuerdo con esto, nos encontra mos con que, incluso en el caso de qu e lo s animale s n o humanos teng an interés en vi vir, habrá que indagar qué criterios han de ser c onsiderados cuando nos e ncontremos ante caso s en los qu e la continuidad de la vida de distintos individuos e ntre en conflicto. Todas estas cuestiones serán examin adas en el capí t ulo 5. Introducción 13 e) Examen de los criterios posible s para la conside rabilidad moral . Otro problema, que quizás cabría pensar que el capítulo 3 dejaría pendiente, s ería el de las alternativas posibles al antropocentr ismo. La cuestión de si esta posición está justif icada o no va de la mano de la de cuál puede ser la opción que, si rechazamos el antropocentrismo, ha de ser abrazada. Deber emos contra star, pues, las distint as posiciones alter nativa s que quepa de fender ante este. Esto será llevado a cabo en el capítulo 6, partiendo de las conclusione s a la s que h ayamos ll egado con anterior idad. Los punto s de vi sta que habr á qu e poner cara a cara a este resp ecto serán tres: el enfoque centrado en la posibilidad de tener experiencias positivas y negativas, el b asado en el hecho de estar viv o y el c entr ado en l a defen sa de lo s ecosiste mas. El análi sis de l as do s últim as perspectiv as re feridas llevará a introducir la cuestión d e los criterios a favor o en contra del conservac ionismo del medio a mbiente o de las especies, d e los que ha bremo s de dar cuent a. f) E xamen de la cuestión desde distintas perspectivas. Finalmente, resultará preciso cotej ar el modo en que el te ma ha de ser tratado desde diferent es posicio nes teóricas. Esto es así porque podría ocurr ir que el anális is llevado a cabo en los capítulos anteriores estuviese condicionado p or la adopción de unos principio s normativos determinados. Para co mprobar si ello es el caso, en el capítulo 7 se llevará adela nte un examen de la cu estión con forme a alguna s de la s perspectiva s más pujant es en el pa norama de la éti ca nor mativa actual (en conc reto, desde planteamien tos utilitaristas, d eontológicos – diferenciando estos según d escansen o no en una propuesta contractualista–, de inspiración aristotélica y basados en una ética del c uid ado –de inspiración feminista– ). g) Derivación de co nclu siones. Una vez que tod as estas cuestiones hayan sido tratadas, podremos vol ver de nuevo nuestra mirada a la conclusión pr esentada en función de los resultados obtenidos en el capítulo 3. Contrastando estos con las distintas conclusiones a las que ha yamos llegado a lo largo de lo s capítulos siguientes podremos llegar a for mular una conclusión definitiva. L os corolarios prácticos a derivar de ello a nivel general serán explorados en el capítulo 8. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 14 C omprobaremos, tras haber repasado cuáles son estos, si la tesis formulada anterior mente se sosti ene o deb e ser ret irada. h) P lanteamiento de la panorámica gene ral y c onclusiones en inglé s. Una vez desarrollada la investigación y derivadas las conclusiones se expo ndr á, en el capítulo 9, un resu men de est as en lengua ingl esa, exponiendo los dist intos pasos seguidos para su formul ación y los argu mentos más destacables utilizad os en estos. i) Formulación de un a teoría gene ral de la diferenciación m oral y la discriminación. Como se ha indicado, lo s pl anteamientos que s e procederá a presentar a lo largo de toda la inve stigación descansarán en el e squema conceptual formulado en el capítulo 2. Ahor a bien este te ndrá que ba sarse, a su vez, en una teoría más amplia de la di ferenciación moral y la discri minación ( la di ferenciació n moral injustif icada) . M ás aun, ta mbién las co nsideracione s qu e se e fectúen en el capítulo 4 precisarán, para su enunciación, u na teoría de e ste tipo en la que asentarse. E sta debe apor tar un a concepción de qué significa ser considerable moralmente y, con forme a esta, una for mulación an alítica d e l as var iable s implicadas en el trazado de las diferenci aciones morales. Y, s obre esta b ase, deberá dar cuenta de qué es un a discr iminación y de qué f actores han de tener se en cu enta para su análi sis. Serán las catego rías a sí re sultantes l as que per mitan efectu ar u n análisis del especismo y el antropocentrismo, así como de las distintas posiciones especi st a s. Ahora bien, la exposición de tal teoría (aun que sea únicamente de sus líneas generales) re sulta po sib lemente de masiado exte nsa para ser incluid a en el capítulo 2 (o para ser dividida entre este y el 4, algo que, por otr a parte, puede no s er lo más adecuado para su for mulación más ordenad a). Por este motivo será incluida d e manera independiente, a modo de apéndice, en el capítulo 10. Con todo, ello no debe llevar a sube stimar su importancia para la formula ción de las tesis más relevantes qu e serán pl anteadas en esta inv estig ación. 15 ____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _ 2 QUÉ ES E L ESPECIS MO ____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _ 2.1 . Def i ni ción 2.1.1. Una caracterizaci ón inicial En principio, el espec ismo puede ser defini do como una di scriminación ligada a la pertenencia a una e specie . A este r especto cabe i ndicar qu e puede ser que las discri minacione s ligadas a la pertenen cia a una especie co ns tituyan una clase vacía, lo cual ocu rrir ía si no existiesen diferenci aciones moral es de este tipo o si todas las diferenci aciones morale s traza das en base a esto estuvi esen justif icadas. 14 Lo pr imero no parece que sea el ca so: de hecho , la existe nc ia de tales diferenciaciones morales ha constituido el punto de partida afirmado al inicio de esta investigación. Lo segundo ya no e stá en principio tan clar o: po dría ser, ciertamente, que t odas las diferenci aciones morales de e ste tipo est uviese n justificadas. Ahora bien , ello no supondría que la búsqu eda de una de finición de especismo carezca de sentido, ni que la definic ión dada del especis mo hubiese de ser incorrecta. Por el contr ario, al definir a qué podemos llamar especis mo lo que estamos hac iendo es facilitar el análisis s obre si ef ectivamente hay distincion es de 14 Vere mos e n detalle de los conceptos de di fer enciación moral y discriminación en e l apéndice, “Consideración moral, diferenci ación moral y discriminación”, en el capítulo 10. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 16 especie que son moralmente injustificable s. Esta cuestión será, de hecho, la que en últ ima instancia no s inte rese, y en función d e la cual se e mprender á en este capítulo un trabajo de clar i ficación acerca de qué pode mos entend er que e s el es pecismo. 2.1.2. Problemas al def inir el especismo La definición qu e acabamo s de dar pue de ser cuestionad a si ate ndemo s al hecho de que, como hemos visto, l as discriminaciones pueden tener di ferentes dimensiones (psicológi ca, socio - econó mica, p olítica, leg al…) q ue n o se verían reflejadas nece saria mente en una definición c omo la que he mos dado. El especis mo puede c onstituir un fenómeno muy complejo, y dar de él una definición completa y precisa no es una tar ea fácil. E s por lo tanto import ante clari ficar q ué ámbito buscamos que cubra l a definición que quer emos dar aq uí. Ahora bien, he mos anticipado ya cuál ser á este: vendr á dete rminado p or el ob jeto d e esta investigación , que consi ste en evaluar si una serie de diferenci aciones mor ales trazadas en ba se a l a pert enencia a la e specie son moral mente ju stifica bles. A sí, lo que aquí se busca e s dar cuent a de la cuestión en el plano de la justificación moral objeto de la éti ca normativa. La d efinición aquí pr esentada as pira a cu brir el fenómeno del e speci smo en tal marco. Desde e l momento en q ue ob ser vamos esto evitamos los problemas relacionados con la naturaleza multid imensional de la discriminación (psicológica, socio - econó mica, política, legal, moral…). No obstante, queda todavía trabajo que hacer para encontrar una definición adecuad a que satisfaga lo que cabr ía esperar de ella incl uso solo en el plano moral. En efecto, la definición que acab amo s de ver al inicio de este capítulo está lejos de estar libre de controversia. Podemos, de hecho, presentar varios sentidos posibles que pueden ser asignados de manera significativa a este tér mino pero que reflejan ideas que son diferentes e incluso inconsistentes. Cada una de ellas conlleva un modo particular de entender qué es el especism o que parece tener sentido en cierto modo, y dispone de razones propia s para ser la preferida. Por ot ra parte, tod as ellas tien en tamb ién que hacer frente a argu mentos en co ntra. Una de las razon es más i mportant es para ¿Q ué es el es pe cismo? 17 tal pluralidad de en foques se deriva del hec ho de qu e ha habido va rias formas distintas de def ender u na diferenci ación moral de especi e, y estas ha n aludido a criterios m u y diverso s. De acuerdo con esto, puede surgir l a cuestión de si alguna de ellas deber ía ser con siderada especista o no. Y también en rela ción con e sto – dependiendo de lo s factores que to memos en c uenta – una definición u otr a puede parecer aprop iada y las otras, en contraste, inad ecuadas. Por esta r azón, decant arse por una de ellas no será una misión fácil. Abordaremos en breve esta tarea. Pero antes, con el fin de poder consider ar las diferentes altern ativas disponibles, ne cesitamos pon er sobre l a mesa la c ausa de tal pluralidad, esto es, las diferentes maneras en las que se ha defendido una diferenciación moral en función de la especie. U na vez pres entadas esta s, podre mos analizar cu ál de l as d istintas definicione s p osibles de especis mo resulta más adecuada . Par a ello veremos en pri mer lugar cuál puede ser su estructur a. 2.1.3. Estructura de la diferenciación moral ligada a la pertenencia a la especie El especismo efectú a una diferencia ción moral entre miembros de di stintas especies. Est a adopta la siguie nte for ma: 1. Quienes satisfagan el cri terio C serán consid erad os moral mente. 2. So lo los m iembro s de una determinada especie (o especies) satisfacen C. 3. So lo los m ie mbros de una determinada especie serán considerado s moralmente. Como veremos posterio r mente, esta constitu ye una car acter ización gener al. Cuando una di ferenciación moral de e spe cie se efectúe con r especto a circunstanci as part icula res entrarán en jue go d istintos factores. Pero l a estructur a básica del especis mo, sobre la que otras posicion es más co mplejas pueden descansar, e s esta. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 18 Al quedar abier ta la var iable C se introdu ce la posibilidad de que se propongan distintas d efensas del especis mo. Esto es lo que nos p ermitirá establecer las distinciones que veremo s a continuación. 2.1.4. Dife rentes modos en los que p ued e ser de fendida una diferenciaci ón moral ligada a la perte nencia a la especie La clasificación de l os distintos criter ios en lo s que se basan la s defen sas de una diferenciación moral de e specie puede tomar distinta s for mas. Aqu í se distinguirán dos de ellas que parecen las más relevantes. 15 En primer lugar, v a mo s a ver una que pivote so bre las diferencias entre los argumentos utilizad os en base a tales criterios (esto es, en función de la lógica confor me a la cual se entienda que la satisfacción de un criter io puede ser vinculante) . En segun do lugar, se clasificarán los distintos criterios confor me a la posibilidad de comprobación d e su satisfacción. 2.1.4.1. Clasificación e n función de la clase d e argumento basado en el criteri o diferenciad or 1) Especismo definicional Se han esgrimido múltiples razone s con la intención de defender una diferenciació n moral lig ada a la pertenencia a una especie. Sin e mbarg o, hay casos en los que esta es mantenida sin mayores exp licaciones. Podemos llam ar a es ta posición “ especismo definicional ” , pue s lo que la distingue de otr as posibles 15 Podríamos utilizar otros metacriterios para esta blecer una clasificación entre las defensas del espe cismo. Pero parece qu e no nos da rí an ninguna clase de inf ormación de inter és a la hor a d e juz g ar la re levanc ia mo ral qu e un criterio pueda tener. Sin embargo, los do s met acrit erios in cluid o s aquí resultan, ambos , básicos para juzg a r esta cuestión. ¿Q ué es el es pe cismo? 19 versiones de especis mo es que, en lugar de verse respaldada por ar gumento alguno, se sostiene so bre la ba se de una mera definic ión. Se a firma si mple mente que el hec ho de ser humano es moralmente relevante de por sí. En ocasio nes, podrá mantenerse que lo es en sí mismo, en otras, que lo es para no sotros y nosotras que so mos ser e s humanos. 2) Defensas argument adas de una diferenciación moral ligada a la pertenencia a una e spec ie En muchas otras ocasiones, sin e mbargo, quienes de fienden el esp ecism o intentan presentar razon es que, argu mentan, son de hec ho relevantes para justificar la exclusión de qui enes no pertene cen a una c ierta esp ecie. S apontzi s car acteriza estas posiciones co mo sigue: A speciesist doct rine is one whi ch giv es such great moral importance to what ty pi call y di stinguishes one species from others that it l eads to disregarding the interests of those others in fav or of satisfying the interests of memb er s o f t he fav ored s pecies. 16 Como pod emos ver, esta definició n se refier e a aquell as d efensas d el especismo que inte ntan aportar razones para justificar este, apuntando a lo que, s e afirma, “typically di stinguishes one species fr om others” (cabr ía plantear, com o crítica a esta definición dada por Sapontzi s, que no deja hu eco a las posiciones especista s meramente d efinicional es). Ahora bien, las posicio nes que defiendan quie nes asuman po sturas d e este tipo podrán ser muy diferentes en cada caso, dependiendo d e la clase de cr iterio en el que basen su argu mento. Veremos a continua ción qué distintas alternativas hay: 16 Sapontzis, Steven F , “The Meaning of Speciesism and the Forms of Anima l Suffering”, Behavioral and Brain Sci ences , 13, 1990, 35-36, p. 3 5. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 20 2.1) Defensas de una diferenciación mo ral ligada a la p ertenencia a una especie que aluden a criter ios metafísicos cuya satisfacción no es susceptib le de comprobación En ocasione s se defiend e una dif erenciación moral d e este tipo sobr e la base de criterios cuya satisfacción no puede ser cons tatada en modo alguno. Esto será lo que ocurri rá en el caso de la cre encia de qu e lo s intere ses de lo s miembros de una cierta especie son en ellos m i smos más valiosos que los de otros individuos por motivos que no tien en que ver con las cap acidades comprobable s que estos t engan, sino que s on de tipo metafísi co (en ciert os ca sos podrán tener una ba se religiosa). 17 2. 2) Defensas de una diferenciación mo ral ligada a la p ertenencia a una especie que aluden a características individuale s comprobables Otras perspe ctivas han defendid o una di ferenciación moral conect ada con la pertenencia a una espec ie o especi es ar gument a ndo que solo qui enes per tenecen a una cierta e specie ( o de una serie de especie s) tienen ciert as caract erísticas cu ya posesión es comproba ble, y que sería n necesari as para que lo s intere ses de alguien sean considerable s moralmente. L as caracter ísti cas que prácti camente sie mpre son citadas a tal respecto consisten en ci ertas ca p acidades , motivo por el cual para referirnos a tale s caract erísticas de aqu í en adelant e hablare mos básicamente de capacidades. Estas pueden consistir, por ejemplo, en facultades de tipo intelectual, el dominio de un lengua je, la posibilidad de a sumir responsabilidades, etc. 17 Cabría así llamar metaf ísicos a estos criterios cuy a ocurrencia no resulta empíricam en te comprobable, en línea con la terminolog í a empleada por Moore (Moore, Geo rge Edward, Principia Ethica , Cambridg e Universit y Press, Cambridge, 1976, pp. 1 10 -12) – si bi e n a q uí los atributos a los que nos estaríamos refiriendo serían aquellos susceptibles no de ser identificables con “bueno”, sino de g arantizar considerabilidad a las entidades de las que se pr edi carí an –. ¿Q ué es el es pe cismo? 21 2.3 ) Defensas de una diferenciación mo ral ligada a la p ertenencia a una especie que aluden a fa ctores relacionale s comprobables Finalmente, algunas posicione s han indicado que debemos dar una mayor consideració n moral a aquellos seres qu e man tienen cierta s relacio ne s especial es con otros cuya existe ncia es comprob able . Una perspectiv a como esta s erá mantenida, por ejemplo, por quienes sost enga n las siguientes dos afir maciones: i) tenemos e l imperativo moral de asis tir a aquellos individuos con lo s que tenemos un vínculo e mocional; y ii ) tenemos tal vínculo con todo s los de más hu manos y no con otros individuos. Otros ejemplos de este tipo de posición se rán aquellos que se refieran a la r eproducció n soci al, la s posibili dades d e interac ción o las r elaci ones de poder. 18 Por último, p ode mos consider ar ta mbién do s di stintos modos de cla sificar las diferenciacio nes mor al de quienes per tenecen a especies distint as gen er al es en los que también cabe. A lg unas perspectivas d efienden que existe una di ferencia de especie que h a de re sult ar moralment e relevant e en un sentido univ ers al. Afirman que, independientemente de cuál sea nue stra situación y nues tra relación con los entes de distintas espe cies, habremos de defender una diferenciació n moral de 18 Mark Bernstein i ntroduce e l término “ne oespecis mo” (“ neo - sp ecie sism ”) p ara ref erirs e a aquellas defensas del especismo basa das en criterios rel acionales (Bern ste in, Mark, “Neo - species is m”, Journal of Social Philosophy , 35, 2004, 380 -90). N o parece que result e conv eniente es tab lece r una dis tin ción en tre “es pec is mo” y “neoesp ecismo ” ( al men os s i esta ter minolo gí a pret ende apli carse par a dif erenci ar entr e las distin tas defens as de una dif erenciac ión d e espec ie). El lo es as í en la m edid a en q ue las p osicio nes d e est e tip o no result an cualita tivamente d if erentes d e las otras d ef ensas d el espe cismo antr opocéntr ico (independientemente de que pudiese haber una dif erencia temporal clara entre la emerg encia d e cad a una d e las d istint as def ensas del esp ecis mo antro po céntrico, lo que tampo co parec e ser el c as o). Parece, pues, que quizás sea mejor no establecer una distin ció n e ntre estas d efensas del especi s mo qu e as igne a una d e ellas u n a de nomin ación de novedad. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 28 2.1.4.4. Sumario: ti pos de d efensas de l a difer enciación moral de e speci e Así pues, vistas las di stintas manera s de defender la diferenciació n moral basada en la especie, p rocede en conse cuencia clasific ar los distintos modos de defender el esp ecismo c omo sigue: DEFENSAS D E LA D IFERENCI ACIÓN M ORAL DE ESP ECI E (1) No argumentadas Argumentadas Especismo d efinicional Alusión a característica s individuales comprobables Alusión a relaciones comprobables Alusión a atributos metafísicos no comprobables DEFENSAS D E LA D IFERENCI ACIÓN M ORAL D E ESPECI E (2) Basadas en criterios cu ya satisfacción es susceptible de comprob ación Basadas en criterios cu ya satisfacción no es susceptible de comprobación Especismo definicional Alusión a característica s individuales comprobables Alusión a relaciones comprobables Alusión a atributos metafísicos no comprobables ¿Q ué es el es pe cismo? 29 2.1.5. Diferent es defini ciones po sibles de especis mo Como ya se observó en un principio, los diferentes modos en los que ha sido defendida una di ferenci ación moral ligada a l a per tenencia a un a espec ie han dado lugar a varias definiciones de es pecismo. Podemos, por eje mplo, considerar que todos lo s casos de di ferencia ción moral lig ada a la e specie son for mas de especismo. O pode mos entender que s olo el especis mo definicional es d e hecho especismo. Asi mismo, cabe sostener que el es pecismo de finicional y las defensas de una diferenci ación moral l igada a la espe cie que no aluden a c apacidade s individ uales son a mbas posicion es genu in amente es pecistas, pero no a quellas que aluden a las capacidade s individuales, incluso s i trazan un ámbito moral similar en términos extensivos. O, todavía, que una distin ción de especie solo es especista si se encuentra injustificada. E xaminaremos ahora estas posiciones y los distintos argumentos de los que podemos disponer para adoptar cada una de ellas. Comenzaremo s con la q ue en pri ncipio p arecerí a adaptars e más a la pre sentada con anterioridad de maner a provisional, para lu ego dar cuenta de l as posi bles alternativas por las que poda mos optar. 2.1.5.1. Una d efinición omniabarcante de la diferenciación moral ligad a a la especie Espe cism o 1 es la diferenciación moral desfav orable de quienes no pertenecen a u na cie rta especie. Esta definición es la más simple que podemos dar, pero es ta mbién, sin embargo, cier tament e ind efinida. Ob sérvese q ue se refiere únicament e al do minio constituido por quienes no di sfrutan de plen a consider ación debido a l especi smo , sin apuntar a l os motiv os por lo s que ello se b uscaría ju sti ficar. De e st a forma, s e trata de una suert e de definición omniabarcan te, en la que todos los diferentes modos de defend er una diferencia ción moral lig ada a la especie serán in cluidas. Sin Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 30 embargo, podemos demandar que una definició n de especismo incluya no solo el ámbito que sería tr azado sino t ambién el criter io en función del c ual e ste se traza. La cuestión en este pu nto sería, pues: ¿no de bería el tér mino “espec is mo” decir algo más acerca de l a diferencia ción moral efectu ada, en lu gar de limitarse a delimitar qué cla se de entes serían los ex clui dos? Las siguientes definiciones intentan solv entar este pr oblema. 2.1.5.2. Una supuesta d istinción entre “e specismo estricto” y otras posiciones Espe cism o 2 e s la diferenciación moral desfav orable de quien es no perten ecen a un a cierta esp ecie po r motivo s que no tienen que ve r con las capacidades ind ividuales que tienen. Po r lo tanto, una posición es especista si d efiende la diferen ciación moral de cierto s sere s por n o ser mie mbros de un a cier ta especie a no ser qu e ello se deba al hecho de que, por tal m otiv o, carecen d e cierta s capacidad es q ue son considerada s moral mente relevante s. Quienes asu man esta d efinición negarán q ue l a defens a como m oralmente relevantes de cierta s capacid ades usual mente tomadas co mo típicas de una cierta especie sea un a forma d e especismo. En ri gor, di rán, tal posición no sería especist a. El argumento para opt ar por una definición de este tipo sería q ue una decisión puede basar se en u n crit erio que no tenga n ada que ver con l a especie de pertenencia de cada individuo y, aun así, favorecer a los individuo s de una especie determinada sobre miembros de otra. Est e ar gumento parece contu ndente. De acuerdo con él, qui zás esta de finición de esp ecismo sería más apropi ada que la anterior. Como apunta R yder: Two slightly di fferent, but not often cle arly distinguished usages of “speciesism” should be n oted [...] Bu t more strictly , i t is when the discrimination or exploitation [se ¿Q ué es el es pe cismo? 31 justif ica sobr e la bas e única mente d e la] spe cies th at it is spec iesi st. This [...] usage should perhaps be call ed stric t spec iesi sm . 25 De este modo, la de fini ción previa mente dada de especis mo (esp ecismo 1 ) no sería adecuada, al ti ldar de especistas a posicion es que realmente no l o serían. Esto ocurrir á en el caso de aquellas per spectivas c entradas en la s diferenc ias entre las capacidades indiv idual es. Es cier to que estas defend erían la exclusión del mismo colectivo de sujetos que el especismo en sentido estricto (los animales no humanos). Per o la razón en la que se basaría t al diferenciació n moral sería ot ra distint a, s in nada qu e ver con la pertenencia a un determinado gr upo biológico. La apelación a las capacidades individuales y el concepto de pers oneidad plena de Pluhar Una posición si milar parece ser t ambién manten ida por Evel yn Pluhar, que ha propuesto lo siguiente: L et us identi fy those who locate the sourc e of maximum moral signif icance in the capaci ty for fully developed personhood as followers o f the full -p ersonhood view . 26 De este modo, ha agrup ado esta autor a todas aquellas p osiciones que aluden a las capacidades in divid uales bajo una sola etiqueta: “la persp ecti va de la personeidad plena”. L a razón para dicho nombr e es que quienes mantienen tal 25 Ryder, Richard, “S peciesism”, in Bekof f, M arc & Meaney , Ca rron A., (eds.), Encyclopedia of Animal Rights and Animal Welfare , Fitzroy Dea rborn Publishers, Chicago, 1998, 320, p. 32 0. 26 Pluhar, Evely n, Beyond Prejudice. The Moral Significance of Human a nd Nonhuman Animals , Duke Univ ersity Press, Durham, 1995, p. 57. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 32 posición d efenderían l a idea de qu e para qu e los inter eses de algui en sean plenamente c onsiderad os debe ser u n sujeto plenamente considerable en un sentido moral, y par a ello es p reciso ser lo que se denomina en un sentido técnico una “persona” : un ser que tiene ciertas ca pacidad es (ciertas facultades i ntelectuale s, competencia s lingüí sticas, c apacid ad de tener r esponsabilidades …). Así , el requisito para no ser considerado desfavorablemente sería ser una persona en sentido pleno. Un ejemplo de este tipo de posturas lo representa la posición de H. Tristram Engelhardt. En opinión de este autor, ser una person a (algo ne cesario para ser plenamente considerable en un sentido moral) i mplica ser “self conscious, rational, and in possession of a minimal moral sense”. 27 Por ello indica lo siguiente: Adult higher mammals e nj oy t heir lives, pursue their pleasures, and av oid suff e rings in elaborate and complex ways. Their lives in this very straight forward sense can hav e both value and disvalue for them. But since they are not persons, they cannot require that they be re spected. 28 La definición de Pluhar es sin lugar a dudas ingeniosa. Resume una idea bastante compleja con u n término corto y preciso. Debemo s, sin embargo, tener e n cuenta que no todas las pos iciones que aluden a las capacidades individuales lo hacen por con siderar es tas un requisito para se r una persona en sentid o pleno. S e puede manten er si mplemente que el hecho de tener tales capa cidades hace de quie n las po see un ser con intereses más significativos, de manera que es tos han de ser considerados por encima de aquellos que otro s seres puedan poseer. Si defendemos tal posición no sostenemo s necesariamente qu e quienes tien en tale s capaci dades son personas en un sentido pleno. Simplemente afirmamos que sus inter eses tienen un peso mayor. En consecuencia, parece apr opiado mantener la terminología 27 Engelhardt, Jr., Hug o T ri stram., The Foundat i ons of B ioethics , Oxford Univ ersity Press, Oxford, 1986, p. 109. 28 Ibid., p. 112. ¿Q ué es el es pe cismo? 33 inicialmente propuest a y simple mente hablar d e perspectivas que est ablecen una diferenciación moral en función d e las capacida des individuales. Esto no quiere decir que el término “full - personhood view” sea impreciso. Ni tampoco que no describa adecuada mente muchas de las po siciones que son de hecho defendidas para excluir a quiene s carecen de cierta s capacidad es. Simplemente comporta que hay ta mbién otras posiciones que, con el fin de establecer un a diferenci ación mor al, aluden a l as capacidade s individ uales que no se encuentr an ba sadas en el requer imiento de ser una persona en un sent ido pleno. En cualquier caso, este comenta rio acerca de la designación propuest a por Pluhar no supone rebatir la idea de que las posici ones que esta autora d enomina con ella puedan ser consider adas especist as. Se trata de pr oblemas diferentes. Debemos, pues, examinar si espe cismo 2 es una buena definición independientemente de lo dicho sobre el término “full personhood”. A este respecto cabrá apuntar dos factores que llevarán a dudar de que proceda tr azar una distinción entre aquellos argumentos que aluden a capacid ades indiv iduales y aquellos que aluden a circunstanci as de otro ti po. E l primero de ellos apuntará a la e structur a similar a la que ambos tipos de argumentos se ajustan. E l segundo, al he cho de que el especismo definicional no solo será inco mpatible con aquellas posiciones que defienden como criterio la posesión de capacidades individuales, sino también con otras defens as de una di ferencia ción moral ligad a a la especie. La e struc tu ra sim ila r de aquellos argumentos que aluden a las capacidades individuales y aquellos que no Pluhar distingue clarament e la perspectiva de la personeida d plena de la que llama “ho mocentrismo” ( homocentrism ) – qu e sería en términos generales la versión antropocé ntr ica del espe cismo 2 . 29 Dice: 29 L a definición que da Pluhar de homocentrismo es: “all and only human beings can be maximally morally signif ic ant” (Pluhar, Beyond Prejudice , p. 10). Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 34 Although the full-personhood v ie w can arise out of the homocentric concern to find a morally relevant tra it that is exclusively huma n, it is not at all a hom ocentri c v iew [...] “ful l - personhood”, not “humanity ”, i s claimed to be t he sour ce of maximu m moral s ign ifican ce. Kant w a s certain ly aware of this when he spoke of “rational beings in g e neral” being ends in themselv es. 30 El supuesto aquí viene a ser que, a diferencia de otr as defen sas de diferenciació n moral de especi e antropocént ri ca, la apelación a la s capacidad es individuales apunt aría a un criterio más imparcial, que no d elimitaría di rectamente la especie como el dominio resultante. Ahora bi en, debemos recordar aquí lo que se apuntó ya cuando e xa min amos los diferentes tipos de defensas de una diferenciación moral ligada a la especie. Se advirtió allí , cuando discutimos las diferentes ter minología s propuesta s para nom brar las que apelan a las capacidad es individuales y las que no lo ha cen que no s olo aquellas, sino también estas últimas introducen argumentos que a menudo son notablemente ela borados. C iertamente, introducen consideraciones que llevan a que el ámbito moral trazado sea coincidente con el de ci erta especie o esp ecies – usual mente la hu mana – (veremos esto con posterioridad cuando analicemos la siguiente posible d efinición e introduzcamos el que ll ama mos “argumento de la premisa menor”). Tomemos, por ejemplo, la idea de que los humanos d ebemos excluir a los otros ani males porque tenemos deberes haci a los demás humanos que surgen de nuestros lazo s emocionales exclusivo s con ellos. Este ar gumento no solo asume como pre mis a la idea de qu e debería mos tener d eberes haci a aquello s individuos c on quienes tenemos un vínculo e mocional: ta mbién incluye la i mportante con sideración de que tales individuos con quienes tenemos lazos emocionales son los humanos. Y lo mismo ocurr e en el c a so de aquella s po siciones qu e aluden a la s capacidad es individuales. Estas no solo indic an que par a ser tenidos o tenidas en cuenta moralmente deb e mos satisf acer un cierto criter io: afir man ta mbién que ello so l o 30 Ibid., p. 61. ¿Q ué es el es pe cismo? 35 ocurre en el caso de quienes pertene cen a una cierta especie. De este modo, tenemos que afirmar que hay un c laro paral elismo entre la estructura de los argumentos de ambo s tipos. Todos ellos precisa n hacer s uposiciones en referencia a quié n puede satisfacer los criterios que propon en. No parece, pues, que deba mos trazar una disti nción e n la consid eración q ue se a signa a cada u na de estas posiciones de m anera que solo algunas de ellas sean esp e cist a s. N o solo los argumentos basados en las capacidade s individuales van más allá de la mera afirmación d efinicional del espe cismo: otr os arg umento s también lo hacen. Delineando distintos ám bitos La otra razón para adoptar la definición de especismo co mo especis mo 2 ser í a la que Pluhar llama “the incompatibility of the full - personhood view and homocentris m”. 31 E sta incompatibilidad tendría lugar debido a los diferentes dominios que estas dos pos iciones delinearían. Co mo observa Pluhar, “it is entirely c onceivable that God, extr aterrestrials, or even other animals are full persons”. 32 Comenta así que, aunq ue el crit erio estaría funda mentalment e pens ado para su satisfación por los hu manos, también s ería posible qu e hubiese a nimales no humanos que lo satisfi ci esen: The view certa inly leaves room f or nonhuman membership in the moral community . However, t he view remains “human centered” in as much as, to the b est of our knowledge, only hum ans can be fu ll pe rsons. 33 Pero quizás lo s casos más interesant es en los que la incompatibilidad tendrá lugar serán aquellos en los que haya hu manos que no satisfagan lo e xigido par a ser 31 Ibid. 32 Ibid. 33 Ibid. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 36 personas en un sentido pleno, como los niño s y niñas d e corta ed ad o a quellos que no poseen cier tas ca paci dades intelectu ales ( v e r emo s e sto c on mucho más detalle en capítulos posteriores). Dado esto, par ece que l a inconsi stencia que apunt a Pluhar es b astante clara. Sin embargo, debemos tener de nuevo en cuenta que tal incompatibilidad no ocur re solamente en el cas o de aquell as de fensas del antr opocentrismo que aluden a las capacidades indiv idual es. Algo se mejante tend rá lugar en el caso de lo s criterios relacionales. Como ver emos más en detall e poster iormente, ta mbién h ay seres humanos que se ven excluidos por e stos. No par ece que haya motivo, p ues, p ara distinguir entre ambas p osiciones tildando de especista s solo a una s de ell as. Hay que concluir, pue s, que tenemos que desec har la de finición de especis mo como especismo 2 . Esta no aporta una buena caracterización de lo que entende mos que es el e s pecismo. Sie ndo esto así, parece qu e la primer a alternativa q ue tenemos es volver a l a definición de especismo pr opuesta anteriormente. P ero hay otra opción, que pasará por p resentar una tercera de finición. 2.1.5.3. Especismo co mo especis mo definicional Espe cism o 3 e s la diferenciación moral desfav orable de quienes no pertenecen a una cierta e specie efectua da ún icamente en función de la especie a la que pertenecen. Conforme a esto, una posición no e s especista si defiend e una d iferenciación moral des favor able de quie nes no pertenecen a una esp ecie o e sp eci es por otros motivo s. Como podemos ver, esta definición reserva la denom inación “especismo” para aquella s diferencia ciones morale s que no se hacen s obre la base de ningún criterio a m ayo res de la me ra pe rt enencia a una cierta e specie . Y asu me que estas, por su arbitrariedad, no están nunca justificadas, siendo, pues, discriminator ias. De este modo , u s ar í a mo s el tér mino “especis mo” p ara no mbrar sol a mente la r azón por la cual discrimina mos a algunos seres, y no el dominio que cubrir ía a quiene s ¿Q ué es el es pe cismo? 37 sufrirían tal discri minació n. De esta manera, en caso de conflicto entr e interese s de miembros de espe cies distintas, el es pecismo as í definido toma a l a mera especie a la que esto s perte necen como un cr iterio de di fe renciac ión moral, independientemente de cualquier otr o factor ligado a este. A sí , e sta definición asume las razones para rechazar l a definición especi smo 1 en favor de especi smo 2 . Pero evita la objeción que le presentamos, pues rechaza también que las defen sa s argumentadas de una diferencia ción moral liga da a la especie que no aludan a las capacidades indiv idual es puedan ser con siderad as especistas. Al igual que las anteriores, es ta definición entr aña serios problemas. Estos afectarán ta mbién a la definició n anter ior mente dada (e specis mo 2 ) , pero serán má s clar o s en este c aso. Ver emos a c ontinuación do s objecion es que cabe presentar le. Selección de criterios sesgada Cabría inicia lmente cuestionar si las defensas no definicionales de una diferenciación mora l de especie no constituye n una forma de especismo. Podría afirmarse qu e tales po siciones e starían a sentadas en un pr ejuici o especista. Diríamos que, a l a hora de der ivarlas, no es que, t ras reflexi onar i mparcialm ente sobre la cuestión, se concluya que los criterios que tales po siciones defi enden sean moralmente relevantes y que, con posterioridad, se descubra que vienen a delimitar un ámbito moral cuya ext ensión coin cidiría co n el que tr azaría el e specis mo. En lugar de e sto, p arece qu e el modo en el qu e se r azona va justo en senti do inverso . Los criterios en los qu e estos se basan son e legidos e introducidos ad hoc , de manera que se ade cuan al pr opósito que ha sido establecid o de ant eman o para ell os: trazar, de cualqu ier manera posibl e , el á mbito moral que incluye a todos los animales no humanos y e xcluye a todos los no humanos. Se puede considerar razonable mente, una ve z hemos llegad o a este punto, que lo que aquí tenemos entre manos es un modo de intentar justif i car una posición antropocéntrica evitando la acusación de arb itrari edad. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 44 de su comunidad de a finidad, ocupan un lugar secund ario en la concep ción divina del mundo o carece n de algún atributo que él considera moralmente relevante. Si aceptamos la d efini ción de raci smo coher ente con especi smo 3 , habr emos d e convenir en que no se rá racista. Co mo ta mpoco será sexista discri minar a la s mujeres no por el mero hecho de que lo sean, sino conforme a la idea de que fueron elegidas por la divinidad para servir a lo s varones o de que se encuentr an en una situación de sfavorable e n las relacion es de pod er con respecto a esto s. Esto choca con la p ostura mantenida d e manera gener al ho y en día. Posiciones como la que acaba mos de examin ar son v ist a s de manera c omún co mo efectiva mente racistas y sexistas. Si aceptá semos la d efinición ar riba pr esentad a, la tarea más difícil que ell o implic aría s ería que te ndríamo s que ca mbiar el signi ficad o que de hecho es tos tér minos tienen hoy. Por racismo se entiende normalmente cualquier discri minació n de quienes no tienen ciertos rasgos f ísi co s o de modo más preciso, de los colect ivos a los qu e históricamente se les ha a plicado la denominación de “raza”. Y por sexismo, todo tipo de discri minación de quienes no poseen un sexo determinado. Y la cuestión es que es tos términos han llegado a co nseguir una notable difusión entre el público, de for ma que parece muy poco posible que podamos cam biar su sentido de la mane ra en que hemos visto . El especismo es un tipo d e discriminación menos reconocido, y esa e s la razón por la cual pued e ser más difíci l referir qué es lo que e xacta mente quier en deci r al utilizar el término que lo denot a quienes lo utiliz an hoy en día. Tal vez por ese motivo sería más fácil en e ste caso i ntroducir instruccione s técnicas esp ecíficas sobr e el modo en que el espe cismo se define qu e garan tizar ían que ello se llevase a cabo de acuerdo con la de finición de e speci smo 3 . Pero e sto no tiene por qué entrañ ar que al final tal definició n fue se a ser general mente ace ptada. E n el escenario más probable el término “ especis mo ” ser ía ent endido de un modo muy si milar a aquel en el que lo son hoy en día el racismo y el s exismo. Lo que es más importante: podemo s imaginar lo que sería esperable que sucedi ese si intentáse mos introdu cir la distinción conceptual qu e hemos visto y, así, re serváse m os el uso de térm in os c om o “especismo”, “raci smo” y “sexismo ” a caso s parti cularmente r estringi dos. Parec e que, inclus o aunqu e llegáse mos a ten er éxito al hacerlo en el ca so del es pecismo, en ¿Q ué es el es pe cismo? 45 lo que toca al sexismo y el racismo no se conseg uiría tal cambi o en el modo común de entender estos términos. Como resultado de esto, parecería que hay una diferencia con ceptual ent re la s diferencia ción es mora l e s sexi st a s y ra ci stas y las especista s . De hecho, es ta es la visión del a sunto que resulta más común hoy en día, dado que vivi mos e n sociedade s en las q ue el especis mo es aceptado de manera general, mientras que el racis mo y el sexi smo han comenzado a s er cuest ionados. 38 En definitiva, parece qu e hay razones para no intentar r estringir el significado de “es pecis m o”, “racis mo” o “sexismo” con el fin de denotar única mente aquellas diferenciaciones morales basadas únicamente en la pertenencia a un grupo definido por la especie, la raza o el sexo (como se define especi smo 3 ). La posible luz que se arrojar ía sobre la cuesti ón no merecería la pena frente a la gran confu sión que sería asimismo generada. Más aun, pr obable mente conduciría a una di vergencia e n la práctica entre el modo en que se conciben por una parte el e specismo y por otra diferenciacio nes morales co mo el r acismo o el sexis mo. Esto, de hec ho, servirí a para socavar la cau sa contr a la di scriminació n de qui enes no per tenecen a una cierta especie o e speci es , lo cual no parece ade cuado. Considerando esto, da la impresión de que la primera definición vendría a rec obrar fuerzas, aunqu e, ciertamente, no con gran ímpetu. Todavía no parece que tengamos una solución p lenamente sati sfactor ia. P arece apropiado en este punto, pues, enfocar l a cuestió n desde u na perspect iva más a mplia. 2.1.5.4. Discriminación de quienes n o pe rtene cen a una esp ecie Espe cism o 4 es la discriminación de quienes no pertenecen a una cierta especie (o especies). 38 Si bi en ac aba lleg ando a u na d ef inició n de es p ecis mo que aquí no s erá co mp artid a, est as razones son considerad as también por Jo an Dunay er con e l objeto de rech azar la reducción de la acepción de este término como sinó ni mo de especismo def i nicional (véase Dunayer, Joan, Species ism , Ryce, Derwood, 2004, p p. 2-3). Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 46 Ante el proble ma que s e puede ac haca r a la an terior propuesta, parece que l a definición m ás adecuad a será la qu e acaba mos de ver . Ahora bien, habrá quien pueda suger ir que e sta definición est aría ya ad o ptando una posició n sobre si está justif icado o no conside rar desfavorable mente a quienes no pertene cen a una cierta especie (pues, recorde mos, una discriminación es una diferenciación moral injustif icada). 39 Pero el hecho es que esta objeci ón incurre en una confusión. E st a definición de esp ecismo lo i dentifica como una discriminación, pero no afirma que todas la s di ferenciacio nes morales de qui enes no perten ecen a una ciert a se an necesariament e casos d e discrimin ación. A l aceptar esta definición no estamos tomando ninguna posic ión acerca de esta cuestión . S olo v aría la int erpr etación terminológica y concept ual que hace mos de cuál es son las difer enciacion es morales injustif icadas que con stituye n form as de especismo y cuále s no . Así, s i una posición está justificada, no será una forma de especismo conforme a esta definición. En cambio, si sí está injustificada , sí ser á discriminatoria . Y s i suced e que, además , a qui enes considera desventajo sa mente es a quiene s no pertenecen a cierta especie o espe cies, será t ambién es pe cist a . Afirmar eso no supone decir nada acerca de qu é diferenci aciones morales d e esp ecie están ju stific adas. Quizás to da diferenciació n moral de especie est é justificada , quizás ninguna lo est é , quizás lo est é n algunas. No pode mos saber esto en principio, con solo dar una definición y sin examinar la cuesti ón. Pero ello no impide tildar de esp ecistas a aquell as discriminaciones que e fectivamente no tengan justificación . (En el capít ulo 3 y posteriores se defenderá que toda s las diferen ci aciones mor ales de e ste ti po serán , de hecho, especistas. Pe ro esto no es algo que vaya i mplicado necesariamente por la definición del especis mo que esta mos viendo). De hecho, el mis mo uso del tér min o “ especi smo ” parece v erse lig ado a la creencia de que una discriminación e stá teniendo lugar. El par alelismo c on otras discriminaciones que resultan más familiares a la mayoría de la gente , y que son usualmente co nsider adas arbit rarias, parece a p untar pr ecisamente a e sto. Co mo Shanks y L aFollete co mentan: 39 De nuevo, v éase en e s te punto el capítulo 10 p ara una explicación en det alle del asunto. ¿Q ué es el es pe cismo? 47 Anima l liberation ists comp are s pecies ism with r acis m to focus our attention on the human tendency t o unref lectiv ely accep t con tempor ary moral s tandards . W e are fallible. Even our de e ply held views may be wrong. O ur ancestors forg ot (or ne ver knew) this important lesson. Thus , although most were not evil people, they indi sputably did ev il things. We must be leer y le ss we likewise err in our t reatment of animals. 40 Así, la co mparació n entr e racis mo, sexis mo y especis mo a yuda a ver lo inadecuado de las inv itaciones a de spreciar por ir relevante la cue st ión de la discriminación de especie. En las sociedades modernas se da un amplio r echazo de discriminaciones como el racis mo y el se xis mo, y de hecho es significativo que incluso quienes m antienen posturas que se muestran co mo racistas o s existas defienden que sus posiciones no son de este tipo. Así que se asu me generalmente que el suf ijo “- i s mo ” en t ales términos arr astra una connotación nega tiva. De est e modo, su inc lusión en la expresión “ especis mo ” de nota este mismo tono de desaprobación. Estaría así transmitiendo no so lo una de signación para un t ipo de diferenciación moral, sino también una evaluación negativa de ella. Lo que es más: tal estimación tendría una relevan cia mu y nota ble. El par aleli smo traz ado con el racismo y el sexismo nos llevaría a consider ar qu e el especismo no sería un pequeño vicio más o menos susceptible de indulgencia. Vendría, por e l contrario, a constituir una fa lta moral inadmisible, tan censurabl e co mo cual quier otr a exclusión moral arbitr aria. Puede parecer que, co n esto, estamos hacien do depender la re futación del especismo en su analogí a como siste ma con el r acismo o el sexi smo ( apoyándo nos en que para muchos y muchas estas po sici ones resultan inac eptables). Por el contrario, lo que se pon e de manifiesto con to d o esto es algo muy distinto. Se trata de explicar que am bos sistemas responderían a un modelo común. La falta de justificación, tanto del racismo como del especismo o de cualqui er otro sis tema de 40 L aFollette & Sha nks, “ T he Origin of Spec iesism”, p. 41. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 48 este tipo, derivaría de la de es te mismo modelo que compartirían. El especismo continuaría careciendo de justificación, de acuerdo con ello, aunque nunca hubiesen existido el sexis mo o el racismo. Otra objeción a e sta def inición va a ser , en c ambio, m ucho más preo cupante. Esta la podrán esgrimir quienes defiendan defini ciones como la que v i mos en tercer lugar . Se refiere al escaso poder des criptiv o de esta última defini ción. Serí a seguramente bueno que el término qu e usásemos se refiriese a la razó n por l a cual la discriminación de es pecie tiene lugar ( hici mos precisa mente hincapi é en esto al hablar de la deno minación a d ar a los di stintos t ipos de defen sas de discr iminación ligada a la especie). El hecho de que la definición arrib a presen tada no lo haga constituye sin duda un defecto. El motivo por el que, pe se a ello, aquí se seguirá defendiend o es que las consideraciones pr ác ticas ya señalad as parecen tener más peso que tal ob jeción, pese a ser esta cier tament e notable. 2.1.5.5. Conclu sión en relac ión a las dis tintas definic iones posibl es de “especis mo” Mediante este examen de la cuestión he mos visto que la discriminación ligada a la especie es un fenómeno co mplejo y poliédrico, con distintas d imensiones, incluso si nos limitamos a inv estigar su vertie nte moral. El problema al que no s tuvimos qu e enfrent ar aquí r esulta a l a ve z inter esante y co mplejo , debido a qu e las distintas definiciones de l especismo de las que pode mos dispon er delimitan dominios diferentes. Una posibilidad por la q ue optar ante esto podr ía ser la de mantener las po sible s definiciones y no rechazar, a fav or de una d e ellas, la s restantes. Qui zás para i nvestigar un cierto fenó meno no necesita mos re almente un a única definición satisfactor ia de él, sino todas las diferentes opciones en las que podemos pensar, con el fin de m ostrar sus distintas facetas. Sin embargo, ello parece contradecir claramente el id eal de claridad que deber ía guiar nuestr a investigación. Lo más procedente parece qu e es llevar adel ante esta una vez se h a delimitado clar amente su objeto. Esto lo confir marían la s consideracio nes prácti cas ¿Q ué es el es pe cismo? 49 ya señaladas . De lo con tr ario, estarí amos prese ntando de finicione s que acarr earían una mayor confusión, indeseable, al te ma, sin realmente a yudar a dilucidarlo. Así , de acuerdo con el significado que hoy en día tienen aquellos términos referidos a discriminaciones , esto es, a di ferenciacion es moral es injustificadas, t en e mo s razones de peso para ad optar la siguiente definición del tér mino “especis mo”: El especi smo es l a dis criminación de quiene s no pe rtenecen a una cierta espe cie (o especies ). En términos más for males podemos presentar e sta definición co mo sigue: El especismo es la prescripción de (E) : (E) Quienes no sati sfagan cierto criterio C no deben disfrutar d e un cierto benef icio B , 41 siendo C (i ) un criterio no moral mente justificado, y (ii) un criter io satisfecho por y solo por quienes pertenecen a una cierta especi e (o es pecies ). Podríamos pensar en presentar una prescripción más si mple en es te punto como d efinitoria de aquello en lo que consi ste el especismo, indicando: (E’) Quienes no p ertenezcan a una dete rminada es pecie ( o especies) no deben disfr utar de un cierto benefi cio B . Sin embargo, esta definición podría ser interpr etada de tal modo que result a se equivalente a l a de esp ecismo definici onal, al entender se que en ella estaríamos fijando el m otivo último que determina que se pu eda disfrutar o no de cierto s 41 L a variable B cubrirá tanto un benefic io concre to individual como un conjunto d e beneficios, en plural. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 50 beneficios. Debe mos q uedarnos , pues, con la definición dada en función de l a prescripción anterior. El especis mo es la prescri pción de (E). 2.2. Algu nas conf usio nes e n torno al c oncepto de espe cism o Una vez que tenemos una definición del concepto con el que estamos tratando, ha y algunas co nfusiones co munes qu e es necesario clari ficar e n relación a lo que es y lo que no es el especismo. 2.2.1. Especismo significa di scriminación de ind ividuos, no de especi es No son las e species, sin o los individuo s miembr os de estas , quienes su fr en l a discriminación en la q ue con siste el especi smo. Lo s animal es no humanos son usualmente considerado s no como individuos, sino como meras ejemplificaciones de una especie . Así, es habitual que al hablar de ellos se haga hincapié no en ellos mismos, sino en la especie a la que pertenecen. Podemos distinguir dos factore s que llevan a qu e ello sea así: i) En primer lugar, cabe observar que esto se debe básic amente a las actitudes antropocéntr icas a mpliamente ext endi das. Andr ew L inzey se re fiere a esto cu ando afirma: Piv otal to spec iesist th ink ing is the us e of the notio n of ‘species’ – rather than the individual within the sp ecies – to make assesments of their ontological or mora l worth. 42 42 L inzey, Andrew, “S peciesism”, in Linzey , Andrew (ed.) & Cl arke, Paul Barry , Dictionary of Ethics, Theo logy and Society , Rout ledge, L ondon, 1996, 788-91, p. 788. ¿Q ué es el es pe cismo? 51 ii) En segundo lugar, habría que apuntar, co mo una segunda causa , a la presencia de concep ciones ontoló gicas resulta do de redu cciones simplistas. Estas tendrían su reflejo en problemas de ex presión lingüística que con fundirían la especie con los individuos que pertenecen a ella. Es habitual utilitar t érminos genéricos incluso cuando son individuos, y no grupos, las entidades a las que n os referi mos, y esto condi ciona nu estra for ma de v er las co sas. 43 En cualquier caso, no es difícil ver de qué manera esto resulta equiv ocado. Los intereses de un individuo son suyos propios, no de la especie a la que pertenecen. La i dea de los inter eses de una especi e es en sí misma altamente confusa, como se verá posterior mente. Mas incluso aunque u sáse mo s (erro neamente) el tér mino “ interés ” como apli cable en el ca so de la s especies ( de manera que la expr esión “ intere ses de una especie ” signi ficase algo re lativo a su existencia continuada, su número de individu os o el grado de diferen ciación con respecto a otros de estos), el hecho es que no vamos a poder relacionar t al “interés” con los intereses (que son algo bien di stinto) de l os miembros de tal e specie. Podríamos pe nsar que la conservaci ón de las especi es es una con secu encia directa de nuestra preocupación por las vidas y el bienestar de sus miembros. Pero, como veremos en su momento, incluso esto va a ser cuestionable en términos tanto teóricos como prácticos. A nivel teórico, resulta claro que conc eptualmente estamos ante cosas distintas si hablamos de respeto por individuos o por los grupos de los que estos for man parte. De hecho, p odremos comprobar c uando de mos cuenta de la cuestión que el interés por la con servación de las e species puede descansar en difer entes posicion es de cor te antr opocéntrico , pero no depende d el bienestar de los individuos. Y en un nivel práct ico, la conservación de las especie s puede entrar en cl ara confrontación con e ste. Hay v arios ejemplos típicos que han sido utilizado s repetida mente par a rechazar la i dea de un vín culo ne cesario ent re 43 Esto ocurre a sí también d ent ro del g rupo humano, en determ inadas o casiones en l as qu e se hab la d e “la h um anid ad” o “ el homb re”, así c omo cuan do s e ref ieren na cionalid ades en contextos en los que a lo q ue se alude es a indiv iduos. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 52 preocupación por los individuos y protección de las especies. Quizás el caso más interesante al que nos p odemos referir sea el d e nuestra propi a especie. Muy poco s entre los seres hu manos apo yarían un desdén masivo por los intereses de los individuos humanos por el bien de la es pecie humana como tal (por ejemplo, matando a aquello s individuos con pr oblemas d e salud con el objeto de obtener una es pecie más fuerte, en u n modo per feccioni sta). Se con sidera co mún mente que lo s seres humanos , en tanto que individuos, debemos ser objeto de respeto de un m odo tal que prohíba tal trato, incluso si la especie h umana, como entidad separada, se beneficiase co mo result ado de ello ( lo cual, por otra parte, es ta mbién cuestionable, pues, ¿cómo identificar lo que podamos consid erar un beneficio para la especie?) . A pesar de esto, po siciones de e ste tipo son mantenidas a menudo e n el caso de poblaciones de animales no humanos (como ocurr e cuando se m at a a algunos miembros de estas con el fin de mantener su “pureza”). Po de mos d ecir que en casos como estos hay una preocupación por la especie, pero que esto significa poco o nada a la hora de respetar a sus mie mbros. Es ta di ferencia de tr ato es un claro ejemplo de una actitud e specista. En consecu encia, el ab andono de una posició n esp ecista ( y de la s pr ácticas derivadas de esta) no supone un beneficio para la especie (o no lo supone, al menos, necesaria mente). Son los individuos qui enes se podrán ben efici ar por ello. Como advierte Edward Johnso n, en un caso así, “it is not the species that is being liberated, but individual member s of the species ”. 44 2.2.2. La con sideraci ón ecuáni me de intere ses no signi fica que l os inte reses sean idénticos El especismo no deberí a ser confundid o con la consideración (de algún modo obvia) de que ani males d e diferentes especies pu edan tener n ecesidade s di ferentes. 44 Johnson, Edward, “Animal L iberati on ag ainst the Land Ethic”, Environmental Ethics , 4, 1981, 265-73, p. 267. ¿Q ué es el es pe cismo? 53 En primer lugar, es i mportante aclarar que por especismo se entiende una dis criminación moral en función de la especie . Su rechazo exige, por tanto, que nuestros intereses sean ecuánimemente ponder ados y respetados. Ahora bien, es claro que de l a consider ación imparcial de los i nterese s de dos sujetos distintos se puede perfecta me nte d erivar que cada uno de ellos sea tratado de un modo diferente. Esta pu ede p arecer una observa ción bastante simplista, p ero el hecho es que tal confusión no es inusual, como m uestra el siguiente ejemplo. E n un intento de diferenciar al especi smo de otras for mas de discrimin ación (co mo el r acismo o el sexismo), Mary Midg ley argumenta como sig ue: Race in humans is not a sig nificant grouping at a l l, bu t species in animals certainly is. It is never true that, in order to know how to treat a hu man being, y ou must find out what race he belongs to [...] But with an animal, to know the speci es is absolu tely essential. Ev en member s of quite similar and closely related species can have entirely diff ere nt needs about temperature and water-supply , bedding, exercise- sp a ce, solitude, company a nd many other things. Their vision an d experience of th e world must ther efore be p rofoundl y diff erent. 45 Podría decirse que las afirmacione s de Midgley aquí no son del todo pr ecisas. En algunos casos, el conocimiento de l as circu nst anci a s relativas a distintos seres humanos pueden ser rel evante s para di scernir algunos interes es que pueden tener. Por ejemplo, quienes han defendido políticas de acción positiva a favor de quienes forman parte de grupos discriminados asumen esta idea. En tales c asos se asume que sí hay dif erencias q ue pueden ser relevante s a la h ora de cono cer l o que cada uno o un a necesit a, incluso si estas son menos s ignificativas – o hasta mucho menos 45 Midgley, M ary, Animals and Why They Matter , U niversity of G eorgia Press, Athens, 1983, pp. 98-99. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 60 solo uno de los nu merosos ámbitos que la discr iminación ligada a la especie puede trazar, aquel q ue levant a una bar rera moral ent re humanos y no hu manos (que, si n o está justifi cada, será especi sta). Inclu so si la ma yoría de l os ca sos de especis mo son también instancias de especismo antropocéntrico, no todos lo son. L a especie humana no es la única existente, de manera que cabe e sta blecer otr as discriminaciones que acoten co mo grupo a f avorecer a los mie mbros de alguna o algunas de las muchas otras especies existentes. Es arbitrario limitar la clase de especies susceptible s de ser el referente de una discriminación esp ecista . Podr íam os pensar que el especi smo sería una cl ase cuyo únic o ele mento sería el antropocentrismo si solo existie se la especie h umana. Per o si fuese a sí no habría ningún individuo discriminado, pues n o habría miembro s de especies distintas. No habría, pues, especismo. Y aun en el caso de q ue solo exi stiesen dos especies, una compuesta por los sere s humanos y otra por tod os los demás seres, sería ya posible También la definición de Waldau es problemática , si bien por motivos bien distintos. Cualquier tipo de discriminación que fav orezca a los mie mbros de una especie determinada sería espe cista, aunque no implique que los seres discrimi nados sean excluidos de lo que cabe llamar cí rculo moral –si entendemos que inclusión en el c írculo moral es sinóni mo de ser moralmente considerado–. A sí, la def i nición de W a ldau puede dar la impresión, eq uivocada, de que una discri minación será espe cista s olo si priva totalmente de co nsideraci ón a los ser e s discri minados. Ahora b ien, ocurre que, como se expondrá en detalle en el capít ulo 4, las posiciones especista s pueden ser combin adas o simples, siendo las simp les definibles al modo en q ue lo hace W a ldau, y las combinad as una agreg ación de estas c on otr as d ifer en ciac iones morales. Una posi ción especis ta pu ede basarse solamente en un a discriminación de espe cie o puede levantarse sobre v arios criterios, siendo tal discri minación uno de ellos. So bre esta base, se concluy e que hemos distinguir entre especism o y pos ición especista (esto es, aquel la posición que incluy e a l especismo entre sus premisas). Por ese motiv o una definición de especismo en términos de inclusión en el círculo moral, como la de W a ldau, sería en última inst ancia correcta. Pero es s usce ptible de ser malint erpretad a con enorme f acilid ad si no v a aco mpañad a d e un análisis de l a cuestión de la com binación de diferenciaciones morales, dado que no e s una definición correcta de lo que sería una posición e specista. Véase el capítulo 4 para una expli cación d e esta cu estión . ¿Q ué es el es pe cismo? 61 formular dos tipos de discri minaciones especistas ( la que favoreciese a lo s humanos y l a que favor eciese al res to d e los ser es). Vemos, pues, que el especis mo puede ta mbién oper ar en el caso de es pecie s distintas de l a hu mana. Si decidi mos est ablecer una difer enciación mora l semejant e entre, digamos, reptile s y el re sto de los animales no humanos, n uestra posición será igualmente especista, aunque cierta mente no de un tipo antropocéntrico. El olvido de esta cuestión resulta enormemente problemático. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en la siguiente afirmación de Edwin Hettinger: Since an ti - specie sism allows f or discriminating between animals, critics can consistently object to the raising, slaughtering, and consu mpt ion of veal calves while not objecting to commerci a l shrimp farming an d shrim p consumption. 53 Como no es dif ícil de comprobar, las consecuencia s su sceptibles de ser derivadas de esto podrán ser enorme mente significativas. Pode mos verlo en el caso de un autor que def ender á una diferenci ación moral de especie entre animales no humanos, Jesú s Mosterín. E ste se referirá a la caza tildándol a de inmoralida d y d e falta de consideració n por sus víctimas, afirmand o que carece de justificaci ón alguna: 54 Matar g ratuita mente a u n anim al salv aje, es d ecir , cazarlo, es una inmoralidad sin justif icación pos ible, una 53 Hettinger, Edwin Conv erse, “The Responsible Use of Animals in Biomedical Research”, in Miller, Harlan B. & W illiams, William H. (eds.), Ethics and Animals , Humana Press, Clifton, 19 83, 115-27, p. 125. 54 Aun aquí establece Most e rín diferencias, consid erando la caza de un l ince mucho peo r que la de un conejo y la de un urogallo mucho p eor que la de una p a loma por m otivos de tipo conservacionista. V éase Mosterín, Jesús, ¡ Viva n los animales! , Debate, M a drid, 1998. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 62 completa falta de respeto y consideración al a nima l matado, a su vida y sus i nte re ses. 55 Sin embargo , algo má s adelante, cu ando s e trata de dar cuent a de la pe sca su criterio cambia, y pasamos ya a estar frent e a una práctica que úni camente ha y que reducir y controlar, manifestándose dispuesto a asumir el precio que ello conlleva (mediante lo cu al no s e refiere Mo sterín a l a muerte o el su frimien to de e stos animales, sino a que el precio que tendrían est os animales para sus co nsumidores sería más caro) : Hay que red ucir y limit ar sev era men te la pesca, sus artes y captur as, au nque e llo pued a ser p arcialm ente compensado con la moderna piscicultura. El pescado ser á algo más caro, pero en un mundo en el que cada vez hay más gen te y men os p eces es ló g ico que as í sea. 56 Estas últi mas afir maciones d e Mosterín re su ltan chocantes, pues ¿de qué manera puede ser esto así, si previ a mente se nos había indi cado qu e d ar muerte a un ani mal salvaje er a una co mplet a inmorali dad? ¿Por qu é no es l a caza una práctica que única mente hay que reducir y por qué no es la pesc a una in moralidad sin justificación alguna y una total falta de resp eto? Ello solo puede ser el caso si damos una distinta consideración a los seres que viven en el m ar y los que viven en tierra firme. Lo que ocurre es que Mos t erín entiende que debemos considerar los intereses de los mam ífer os y de las aves de un modo distinto a los de los peces . Pues bien, si una di fer enciación como e sta no encuentr a ju stificación , habrá que 55 Ibid., pp. 285-86. 56 Ibid., p. 308. En una pr i mera lectura po drí a no quedar clara l a posición d e Mos terín an te el uso de animales en l a s piscifactorías. S i vemos el contexto de su af irmación, sin embargo, entendemos que lo que defiende Mosterín es que las piscifactorías pueden paliar el imp acto en la r edu cción de la of erta que t enga la d isminu ción d e la pes ca. ¿Q ué es el es pe cismo? 63 considerarla especista. No es preci so en modo alguno que el grupo fa vorecido no sea el hum ano. Podemos entender esto de for ma más sencilla si echa mos mano de nue vo del paralelismo con otras formas discri minatorias internas al colectivo humano. Por ejemplo, no consid era mos menos r acista a qui en desprecia a tod os aquello s individuos que no tiene n unos rasgo s y color d e piel como l os suyos ( por eje mplo, un individuo de ascende ncia nórdica europea) que a l que di scrimina solo a quienes tienen unos rasgos y color de piel deter minados (por ejemplo, si ese m i s mo individuo, en lugar de discriminar a todos aquellos y aquella s que no sean de ascendencia nór dica, di scrimina solo quienes tienen los ojo s rasgados). Esto ha sido adecuadamente señalado por Joan Duna yer, 57 quien, con el fin evitar esta confusión, ha definido espe cismo co mo a failur e, in at titude of prac tice, to accord a ny nonhuman being equal co nsideracion and respect. 58 Esta definición esquiva así el problema que acaba mos de apuntar. Co n todo, hay que decir que incurre en otros dos. Primeramente, deja de lado el hecho de que la discri minación esp e cista no tiene por qué ser una discri minación de seres no humanos. Incluso aunque en la práctica ning ún ser hu mano sea discri minado en función de una di ferenciación e specista, ello e s lógica mente posible. Por otra part e, la definición de Dunayer conllevar ía el p roblema de que no acota l a especie co mo dominio de diferenci ación moral. Ello implica que cubriría aqu ellos c asos en los que un animal no h umano no r ecibiese con sideración y resp eto igualitar io en función de factores que no trazasen extensionalmente una dif erenciación de especie. Supongamos, por ejemplo, que alguien considera de modo igualitario a, digamos, todas las ov ejas excepto a u na. Ello podría ocurrir por cualquier motivo, por ejemplo, por sentir una antipatía par ticular hacia tal oveja. O pe n s em os e n 57 Véas e Dun ay er, Speciesism , pp. 2-4. 58 Dunay e r, Species ism , p. 5. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 64 alguien que sostuviese un sexismo tr ansespecífico que lleva se a discriminar a todo s los seres de sexo fe menino, ind ependiente mente de la especie a la que pertenezcan, de manera que haya hembras no humanas discriminadas por él. Pues bien, amba s dis criminaciones serían consideradas especista s de acuerdo con esta definición. Este uso del tér mino parece clar amente i nade cuado. Un a dis criminac ión co mo la descrita no sería m ás e specista de l o que serí a sexista la discri minación de una muj er – por ejemplo, por otra mu je r – por razones diferente s al sexo o género (por ejemplo, por el motivo r acista d e no ser de ascen dencia europe a). 2.3.3. Antropocentrismo y posiciones basadas en pre misas antropocentristas Puede ocurrir, por otr a parte, que d eter minados pre juicios antropocentristas nos lleven a defender una posición que no sería realmente antropocéntrica en el sentido literal del término. Supongamos que, en base a un prejuicio antropocentr ista, consi deramo s que ciert as capacidad es que toma mos por típicamente humanas so n moralmente relevantes. Ahora bien, ponga mos por caso que no todos los humanos las pos een, de modo que habrá humanos que, se gún tal criterio, no serán moralmente con siderables. Una posición así no se rá, en rigor, antropocéntrica. Es fun damental entender e sto, pues, de lo contrario, pode mos efectuar análi sis qu e ll even a mezclar posici ones di stintas. Dav id Sztyb el, por ejemplo, ha presentado una posición cu yo criterio se basaría en las posibi lidades de enriquecimiento de una vida con el fin de mostrar que, conforme a ella, los animales no humanos n o serían moralmente co nsiderables. Ahora bien, conclu ye de ahí que ello supondría una de fensa del antropo centrismo. Sin embargo, co mo por otra parte el propio Sztybe l adecuadamente señala, no todos los seres humanos se verían favorecido s en función de tal criterio. Más aun, otros seres hi potéticos (por ejemplo, extr aterrestre s, androides o seres fantástico s – como comenta remos en el capítulo siguiente–) podrían tal vez cumplir tal requisito. Con lo cua l, lo que se ha de concluir e s que t al pl anteamiento no se ría en r ealidad un a d efensa del antropocentrismo. L o que e s más: lo que la argumentación de Szt ybel muestra a lo s ¿Q ué es el es pe cismo? 65 defensores y de fen sora s del antropocentris mo es que no pueden defender este aludiendo a un criterio como el que Szt ybel apunt a. 59 Dicho esto, pode mos considerar qu e, pese a no con stituir una forma de antropocentrismo, parecería que un pla nteamiento co mo el arriba citado sí qu e estaría, de un m odo u otro, basándose en premisas que serían asumid as so br e la base de prejuicios antropocentristas. S e hace preciso distinguir, así, entre antropocentrismo y posiciones basadas en premisas antropocentristas. Tal diferenciación se basa en la que se da entre antr opocéntrico y antropocentr ista. Por “antropoc éntrico ” se entiende aquello que es relativo al antropocentrismo. Por “antropocentrista” , aquell o que está o a quien e stá a favor del antropoc entrismo. 60 De tal modo, un a pre misa antropocéntri ca h abrá de ser u na que sustente una posición antropocéntrica, mientras una pre misa antropocentrista será una asumida con la idea de que sus tente una posi ción antropocéntr ica. 61 De esta manera, las posiciones basadas en premisa s antropocentristas pueden no coinc idir con el antropocentrismo. Lo que las definirá será, s imp lem ente, el hecho de descansar en supuestos que se a sume (o que se pudo asumir en el momento de ado ptarlas) que llevarán a so stener un a posición antropo céntric a. 59 Véas e Szty bel, David, Empathy and Rationa lity i n Ethics , tesis doctoral, University of Toronto, Toronto, 2000 ; y “ Taking Humanism Serio usl y: ‘Oblig a tory’ A nthropoc entrism”, Journal of Agricultural an d E nvironmental Ethics , 1 3, 2000, 181–203. 60 Obsérvese que no existe una dualidad terminológica se mej ante en el caso d e la v oz “es pecis ta”, que s ig nif ica ig ualment e aquell o que es rela tiv o al es pe cismo y aqu ello o aquél que es partidario del especismo. Esto puede dar lugar a confus iones más fácilmente aun que en el caso del antropocen trismo. 61 Comprob a mos as í que, mientras el q ue un a pr emis a sea ant ropoc éntr ica es alg o independiente de la intención de quien la fórmul a, es precisamente tal inten ción lo que la puede definir como antrop oc entrista. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 66 2.3.4. Posiciones basad as en premisas antrop ocentristas extendidas Como hemos visto, hay di ferentes formas posi bles de especismo segú n cuál sea el grupo de sere s que resultan favorecidos. Esta s pueden adop tar distinta s formas sobre las que podemos no haber reflexionado anterior mente, pero que sin embargo se dan en muchos casos. Por ejemplo, hay quien ha defendido que no solo los humanos, sino también aquellos animales más cercanamente e mparentados con nosotros merecen consideración moral, sin extender tal consideración a otros seres con la capacidad de su fri r y disfrutar. 62 O que quienes mere cen c onside ración son aquellos y aquella s que poseen cierta s capacid ades, 63 de manera tal que se dé l ugar a propuestas que limiten su atención al gr upo constituido por los mamíferos denominados “superiores” – terminología qu e, como se comentará en su mo mento, res ulta muy cues tio na ble – . En este se ntido, Marc Bekof f ha denunciado, por ejemplo, lo que ha llamado “primatocentris m” 64 para denotar la que sería una diferenciació n moral muy caract erística resulta nte de la apl icación de los criter ios indicados. Y Sapontzis ha indicado qu e un pl anteamiento de este tip o puede se r criticado por suponer un paso del “chauvinismo del humano” al “chauvinismo del humanoide”. 65 Pero puede haber otros factores menos explí citos en la base de una 62 Esta será l a posición que mantendrá Mos terín, que estar á en la base d e las tom as de postura por las que hemos visto más arr iba que opt a (véase Mos terín, ¡ Vivan los animales!). 63 Véas e W ise, Steven M., Rattling th e Cage: Towar d Legal Rights for An imals , P rofile, L ondon, 2000; y Unlocking t he Cage: Science and the Case for Animal Rights , Per seus, Oxford, 2002. 64 Bekoff , Marc, “Deep Ethology, Animal Rights, and the Great Ape/An i mal Proje ct: Resisting Speciesism and E xpanding th e Communi t y of E quals”, Journal of Agricultural and Environmental Ethics , 10, 1998, 269–96 , p. 269. 65 Véase Sapontzis, Steve F ., “Imita ndo a las personas : pros y contras”, in Cavalieri, Pao la & Sing er, Peter (eds.), El Proyecto “Gran Simio”: l a i gualdad más allá d e la humanidad , Trotta, Madrid, 1998, 335-46, p. 338. ¿Q ué es el es pe cismo? 67 posición de este tipo, que den lugar a di ferenciaciones di stintas. David Morton apunta a una forma inter esante en l a que esta p u ede tener lugar , señalan do: Siz eism, a f orm of s peciesis m, specif ically relates to the failu re to emp athize w ith [. ..] or g ive s mall ani mals the sam e consideration that would be g i ven to la rger animals [...] scientific procedures are carried out on them that w ould not be carried out on larger animals without an anaesthetic, for example, amputation of digits, docking of tails, c astration, cardiac puncture, and intracerebra l injections. 66 Parece que las po siciones de est e tipo no r esultar ían antropocéntr icas en el sentido más inmediato que la de finición de este término nos muestra, ya que los límites del dominio moral delineado por ellas no se corresponden con el del grupo h umano. Ahora bien, lo cierto es que a m enudo las posiciones especistas no coincidentes con el ant ropocentris mo suelen estar vinculad as a este de un modo como el descri to en el p unto anterior. Mantienen en c omún con el antro pocentrismo toda una ser ie de carac terí sticas. A la luz de esto, p uede de fender se que lo que encontramos en l a práctica cu ando analizam os las diferentes di scriminaciones ligadas a la especie es q ue muchas de las que se establecen entre di stintos ani males no humanos tienen su raíz en un prejuicio antropocentrista. Michael L ockwood ejemplifica esto cuando indica: If we are con c erned abou t puppies, b ut indiff e rent to th e fat e of , say , v eal calv es, this may well b e be cause we, understandably but irrationally , accord the latter, but not the fo rme r, some sort of “associate membership in the family of men”. 67 66 Morton, David B., “S izeism”, in Bekoff , & Meaney, Encyclopedia of Animal Rights an d Animal Welfare , 318, p. 318. 67 L ockwood, Michael, “Sin ger on Killing and the Pre ference for L i fe”, Inquiry , 22, 1979, 157-69, p. 169. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 68 Parece que al asu mir una po sición co mo esta lo que e stamo s hacie ndo e s pasar a a dopta r una suer te de punto de vista basado en premisas antropocentristas extendidas, que incluirí a en su dom ini o a aquellos seres no humanos con característica s se mejan tes a aqu ellas t enidas por tí picamen te human as. Una perspectiva de este t ipo, aunque diferiría de lo que en ri gor sería el antropocentr ismo, mani festaría las dos siguient es característi cas definit or ias que lo vincularían a aquel : i) compartiría la asunción de alguno de lo s criterios esgrimidos como mo ralmente relevante s para la def ensa de posicione s antropocéntricas (por ejemplo, la ap elaci ón a determinad as capacidad es intelectuale s o a cri teri os rel acionales); y ii) d elimitaría un dominio d e individuos favorecidos que, sin coincidir en sus límites con los de la especie humana, contendría a los miembros de e sta . Una posición co mo esta es l a que adoptarían las de fensas de una apert ura del dominio m oral li mitada s en exclusiva a aquell os animale s más cercan os al grupo humano (bien por sus características, bien en un sentido parentela r), pero sin extenderse más allá. Podemos así deri var de lo anterior , en de finitiva, una últi ma se mejanza entre las posiciones antropo céntricas (ceñidas al g rupo humano) y las q ue asumen premisas antropocentristas en un sentido a mpliado: estas últimas posiciones estarán también motivadas, en último término , por prej uicios antropocentrista s, que op eran incluso cuando se busca conscientemente evitar una posición antropocéntrica. Estaríamos, pues, ante un tipo particular de posiciones derivadas de planteamien tos antropocentristas, tal como e sta s fuer on descri tas en el punto anterior. Hay algunas for mas de diferenciación e specist a e ntre distintos animales no humanos que no e stá claro ha sta qué punt o se adecuan a lo q ue sería un planteamiento de este t ipo. Un eje mplo de e sto sería el p arci alismo h acia ci ertos animales deno minado s comúnment e “domésti cos” o “de compañía ”. 68 Por una 68 Keith Burgess-Jackson, por ejemplo, ha defendido la consideración de estos, independiente de una c onsideración del resto de lo s animales con capacidad de suf ri r y ¿Q ué es el es pe cismo? 69 parte , podría con siderarse que se aplica en e ste caso un criteri o que en tra en juego también en la d efensa del antropocentri smo, si entende mos que lo q ue ocurre es que se siente una simpatía particular por estos ani males. Por otra, según otros criterios blandid os com únmente en pro de una distinción antropoc éntrica (como los referidos a ci ert as capacidade s cognitivas), otros animales habr ían de ser considerado s antes que estos. Parece, a p esar de esto, que efe ctiva mente sí esta mos ante una posición b asada en pre m isas antropo ce ntristas. La razón para a firmar lo e s que no hay motivo por el que cons iderar que una defensa del antropocentrismo haya de re sultar “más antr opocéntrica” o “más ant ropocentr ista” que ot ra. Dunayer ha introducido una categoría que podría ser confundida, en términos prácticos, con una posición basada en premisas antr opocentristas extendidas. La ha llamado “nue vo especismo”, y la ha de finido como sigue: New - speciesist advocate rights for only some non- humans, those whose thoughts and behavior see m most human- like. They mai ntain a moral div ide betwee n humans and most other animals, w hom they de value. 69 Parece, cuando le emos esto, que lo que de nota Dunayer con e ste término se identificaría con el tipo de posiciones caracterizada s arriba. Con todo, l a caracterización qu e co ntinúa r ealizando d e lo q ue sería el “nu evo especi smo” comienza a di vergir a p art ir de aquí de aquell as. Prosigue Dunayer dicie ndo: Further, new-speciesist accord greater mora l consideration and strong e r basic rights to humans t ha n to any other animals. 70 disfrutar. Véas e Burg ess - J ackson, Keith, “Doing Ri ght by Our Animal C ompanions”, Journal of Ethics , 2, 1998, 159-85. 69 Dunay e r, Species ism , p. 77. 70 Ibid. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 76 aff etto, di sim patia, di cura, perché no i dobbiamo trattar e imparzi almente tu tti quan ti. 76 Lo que resulta nece sar io, dice Battaglia, par a rechazar el esp ecis mo antropocéntrico es oponerse a la discriminación, lo que no implica amar a quienes la sufren . N o se requier e ser lo que ha sido a v eces denominado co mo “ amante d e los animale s ”. Sentir cariño por los humanos con un cierto color de piel o s in recursos económicos no es un requisito para oponerse a su discriminación: lo mismo ocurr e en el ca so de la discr iminación ligada a la e specie. U n crítico del antropocentrismo como Leonard Nelson irá d e hecho más allá al hablar no ya de simpatía, sino in clu so de altruis mo, indicando: Our analy sis must not be interpreted as an attemp t to champion altruism in rela tion to animals. It me r el y r ea ffi r m s the principle of justice. 77 Esto no conlleva, obvia mente, que una a ctitud de si mpatía hacia los an imales no humanos no pueda ir de la mano de un rechazo del antropocentrismo. Solamente que no hay un vínculo n ecesario entre estas do s actitudes. Puede apuntars e aquí que el rechazo d el antr opocentri smo necesari amente comporta la capacid ad d e empatizar con los anima les no hu manos. Pero, aun si esto es así, ello no tiene consecuencias a mayores en el sentido que esta mos viendo , dada la di ferencia entr e empat ía y simp atía. 76 Batt ag lia, L uisell a, “Esis te un’ etica per gli ani mali ?”, Encicloped ia multim edia le d elle scienze filo so fiche , 1998, htt p://www.emsf .rai.it/grillo/trasmission i.asp?d=210 [visitado el 3 de enero de 2006]. 77 Nelson, L eonard, System of Ethics , Yale University P ress, New Hav en, 1956, p. 142. ¿Q ué es el es pe cismo? 77 2.4. Sum ario, disc usió n de r esultados y c onclusi ón de l capít ulo 2 En este capítulo se han presentado las bas es a nivel conceptual para poder desarrollar la investiga ción que nos ocupa. Hemos da do con una d efinición d e especismo sati sfactoria, tras valor ar los pros y contras de cada una de las opcione s a nuestro alcance a tale s efectos. En el ínter i n, en este capítulo se ha n introducido tamb ién otros concepto s (bien definiéndolos de modo ya explícito, bi en dando a entender este i mplícitament e) . E ntr e est os que cabe citar el de antropocentr ismo mor al, el de di ferenci ación moral y el de discrimi nación. 78 E stos resultarán fundamentales a la hor a de e structurar la inve stigación que seg uirá a lo l argo de los capítulos siguientes. A simismo, se ha aporta do una cartogra fía de las distintas defensas po sibles de una distinció n de e specie ( que re sultará bá sica pa ra l a indagación que llevare mos a cabo en el capítul o siguiente). ¿Cabría plantear un ma rco alternativo? Cabría tal vez señalar, una vez vistos los resulta dos a los que se ha lleg ado en este capítulo, que el tr abajo que habría mos llevado a cabo en él se ría m ás de construcción que de descubrimiento. Se podría afirmar que las conclusiones a las que hemos llegado aquí podrían per fectamente haber sido di stintas. El especis mo podría haber sido cara cter izado de un modo diferente: aquí habría mos postulado una definición de conveniencia, que habría mos elegido entre otra s igualmente plausibles. Así, la s razones aportadas a lo lar go del c apítulo mostra rían lo que podría resultar más o menos conveniente en un sentido u otro, pero no argum ento s concluyentes para optar por una definición u otr a. Este apunte es correcto hasta cierto punto. Es innegable que definicio nes de especismo di stintas a la que s e ha defendido aq uí pueden se r mantenidas de forma plenamente con sistente, y que en base a ella s es posible e fectuar aná lisis de la 78 Una d efi nic ión m ás detal lada d e est as noc iones s e encontrará en el capítulo 10 . Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 78 cuestión perfecta mente válidos (de hecho, est o ha ocurrido en el caso de otro s trabajos sobre el tema qu e distintos autores h an llevado adelante ant eri ormente). Ahora bien, cabe indi car que los motivos para optar por la defini ción aquí propuest a no resultan f ortuitos. Descansan en los resultados del aná lisis de dos cuestiones clara mente r elevant es de cara a opt ar por una definición u otr a: a) los distintos modos en lo s que cabe de fender una di stinción de e specie; y b) el modo en que se entiende ho y en día qué es una discri minación, así co mo, en rel ación a ello, qué quieren de cir tér minos co mo “racis mo” o “sexismo”. Y pare ce que tal es resultados difícilmente podrían haber sido muy distintos de los plant eados aquí: En primer lugar, en lo que respec ta a la tipología d e las defensas del especismo, esta podría, cier tamente, haber sido elabor ada en base a factores distintos de los criterio s asumidos en cada ca so. Ahora bien, si el obj eto de la clasifica ción es el es tudio de la posible jus tifi cación de e stas defensas, entonces la variable a tener en cue nta ha de ser el crit erio en el que se basan. Y, si este es el factor que asu mimos como relevant e, la tipol ogía r esultante no puede ser arbitr aria: los tipos de criterios q ue pueden ser invo cados en d efensa del antr opocentrismo caen dentro de las clases que hemo s determinado. Otras posible s tipologías alternativas válidas basadas en criterios tendría n que dar cuenta de las distinciones que se han llevado a cabo aquí o resultarían incom pl etas, aun cuand o pudi ese n añadir otras dimensiones de interés a la cues tión de las que aquí no se hay a dad o cuenta. En lo referido al modo en que se entiende qué es una dis criminación, y qué cabe llamar racis mo o sexismo, el tema puede resultar tal vez más prob lemático. A fin d e cu entas, no se tra ta ya d e una cl asi ficació n analítica, si no de un a apreciación del modo en el que en la prácti ca son comprendidos ciertos conceptos. Si tal valoración resulta incor recta, la propue sta efect uada sobre su bas e lo s erá también. Sin embargo , no par ece que ello sea el caso: lo s conceptos de racis mo, sexismo y discriminación en g ene ral vien en a ser realmente los que se ha n referido: las discriminacione s en fun ción de di ferenci as sexual es, o en el color d e piel y otros rasgos físicos, s on vi sta s como sexis mo y racismo re spectivamente, a no ser que ¿Q ué es el es pe cismo? 79 apelen a criterios claramente relevantes (como podrí a ocurrir, por ejemplo, si se dice que los varones no han de recibir atención ginecológica). La conclusión a este re specto e s, pues, que aunq ue cabría haber pr opuesto ot ra definición de especismo, hay motivos para considerar que la que se ha presentado aquí resulta la más apr opiada. 81 ____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _ 3 ANÁLIS IS Y CRÍT IC A DE LAS DISTI NTA S DEFENS AS DEL ANTR OPO CENTR IS MO ____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _ Una vez clarificado el esque ma conceptual ne c esario pode mos ya pasa r a dar cuenta del probl ema a l que se en frenta est a i nvestigació n: el examen d e los distintos argu mentos que pueden apo yar o rebat ir el antropocentri s mo. La totalidad de este capítulo estará d edicada a esta tare a. Cabe apuntar que lo s argu mentos que pueden ser e mpleados p ara defender tal po sición r esultarán ta mbién apl icables a la hora de proponer otras formas de discriminación, tanto de especie como d e otro tipo. De esta manera, a l llevar a cabo el examen de los argu mentos esgrimido s a favor del antropocentri smo podr emos sacar con clusiones relativas al modo en qu e tales argumentos podrían o no j ustificar otras diferenciaciones morales susceptible de ve rse basad as en ello s. De acuerd o con la d isti nción ( anticipad a ya d e maner a muy breve) en tre los distintos tipos de defensas del especismo, nos aproximaremos pr imero al antropocentrismo defini cional. A continuaci ón, consider aremos las d ef ensas argumentadas del antro pocentrismo. En pri mer lugar, vere mos qué su cede en el caso de aquella s que apel an a cr iterios su sceptibles de ser co mprobados , comenzando por la s que aluden a l as capa cidades individ uales y sigui endo por la s que se refieren a factor es relacional es. Finalmente, examinar emos aquellas argumentaciones basadas en supue stos cuyo cu mplimiento no resulta c omprobable. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 82 3.1. Defensa s definici ona les del antropo centr ismo El antropocentrismo es en ocasiones defendido sin dar ningún argumento en que lo pueda j ustif icar , asumiendo que constituye una posición que deberíamos aceptar por mera defini ción. Estas defensas d el antropocentri smo se presentan de forma mucho más común de lo que en prin cipio podría pare cer. S in embargo, resultan enormemente c uestionables. 79 Veremos a continuación por qué. 3.1.1. Elfos, extraterrestres y androides sintie ntes Una primera línea de cr ítica a este tipo d e posiciones pa sa por indicar que en toda una serie de ca sos contr afáctico s el ant r opocentris mo defini cio nal tendría consecuen cia s que se guramente no s resulta rían d ifíciles de a ceptar . Varios ejemplos en los que podemos pensar (algunos de los cuale s nos resultarán muy familiares ) muestran esto. Los cuentos, las historias fantásticas y las pe lículas están 79 Habría otro pro bl ema que podría s er suscitad o e n relac ión al an tropocentrism o definicional: el que surg e a la hora de ad optar un a u otra def inición de es pec ie. ¿Cuá l adoptaremos, la que nos ofrece la biología o la construida socialmente? Ocurre que la idea aceptada de especie, a lo largo de la historia , no ha estado siempre de acuerdo con lo que sería la clasif icación biol ógica . Muchos hum a nos no han sido c onsiderad os por otros humanos como miembros de su misma espec ie. Midgle y ha afirmado en re lación a esto: “th e speci es - barrier, as we now f ind, i s not even accepted in t he same f orm by all human communities” (Midg ley , Animals and W hy They M atter , p. 111). De acuerdo con esto, ha echado mano Midgley de una categorización de identidades en la que, ademá s de humanos y no humanos, entrarían los que ll ama “Human non-huma ns” y “non-human humans” (ibid., pp. 109-10). Pero el problema no se limita a lo arriba indicado. Aunque no desarrollaremos aquí una crít ica al es pecis mo sobre es ta base, cabe i nd icar que el con cepto de es pecie r esul ta problemático incluso en la biología. Véase Dupré, John, Humans and O the r Animals , Claredon Press, Oxf ord, 2002. Distintas defensas del antr opocentrismo 83 llenos de ellos. Podemos, por eje mplo, echar una mirada a los que podemos encontrar en novelas o películas muy conocidas. Los elfos y enanos de El señor de los anillos , los extraterrestres de E .T. o La guerra de las galaxias o los androides conscientes de las hi stor ias de Philip K . Dick o Isaac Asi mov son clar os ejemplo s de esto. Todo s ellos son individuos que no pert enecen a la e specie Ho mo sapiens . Con todo, el público puede empatizar fue rtemente con ellos, y la mayoría defendería que deber ían ser considerados moralmen te si fuese n sere s r eales. De hecho, algunas de estas historias, como E.T. o B lade Runner , por ejemplo, precisamente tratan de l a cuestión a la que nos estamos en frentando aquí: si aquellos sere s que no pe rt enecen a una cierta e speci e deber ían ser tr atad os de modo de sventajoso o no. Su s prot agonistas no human os son forzados o forza das a luchar o escapar par a no ser víct imas de los sere s humano s. En relación a esto resulta significativo q ue en rel atos como estos l a línea argument al y la caract erización de estos personajes estén dirigidas a persuadirnos de que nos posicionemos de s u lado y en contra de quiene s , exclu yéndolos moralmente, quieren dañarlo s. Y tienen, la verdad, bastante éxito: la mayoría ciertamente adopta mos una postura a favor de estos seres no humanos. Cuando lo hacemos estamos de hecho rechazando implícitamente que ser humano sea un req uisito para ser tenido en cuenta moralmente. Por supuesto, puede afirmarse que todos estos s eres son (1) personajes ficticios, ine xistentes; y (2) m uy similares al es tereo tipo de ser humano, entre otras cosas en s us r asgos inte lectuales y e motivos. Pe ro el lo no altera l a valid ez de e stos ejemplos para desafiar al antropocentrismo definicional. En pri mer lugar, el hecho de que estos individu os sean ficticio s no cambia el que su exi stencia sea lógicamente posible, ni que sirvan para objetar al antropocentrismo definicional de un modo perfectamente válido. Parece que nue str as propuestas morales no deberí an descansar en supuesto s contingentes que no resisten objeciones basadas e n hipótesis que nos presentan escenarios lógicamente posibles. En lo tocante a la segunda objeción, resul ta funda mental tener en cuenta que poseer ca racterísticas semejantes a las de ci ertos individuos miembros de un gr upo determinado no signif ica ser ta mb ién miembro de tal grupo. Más aun, si lo que el argu mento afirma Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 84 es que poseer ciertos atributos que resultan comunes entre lo s humanos es moralmente r elevante, entonces es q ue ya no estamos so steniendo una def ensa definicional del antropocentr ismo, sino más bie n una defensa de esta p osición que se refiere a las capacid ades individuale s que p oseerían quienes perten ecen a una cierta especie ( en este c aso la hu mana). 3.1.2. Una definición q ue no puede validars e a s í m is ma A menudo s e adopta un punto de vis ta antropocéntrico si n que es te sea siquiera tematizado de for ma explícita, dánd ose por sentada su val idez sin un cuestionamiento de las razones que lo puedan fundamentar . Esto ocurr e en la mayoría de los caso s porque las actitudes esp ecistas mantenidas no s on siquiera pensadas: se sostienen irr eflexivamente, sin plantearse si se encuentran fundadas o no. Se a sume que qui enes h an de dis frutar de plena consideración han de ser únicamente los seres humanos, sin aportar ninguna justificación a mayores al resp e cto. Co mo Plu mwood y Sylvan (Routle y y R outley ) comentan: According to the definitional appro ach, moral and eval uat iv e ter ms are, as a matter o f the ir def inition s, restri cted in their application to m embers of the human spe cies; only in a secon d way at be st do such terms find a wider application, according as evaluated items are instrumental t o human inter ests. 80 Routley y Routley explican lo que consider an un error en tal posición, afirmando qu e esta 80 Plumwood & Routley , “Against the Inevitability of Human Chauvinism”, p. 105. Distintas defensas del antr opocentrismo 85 inv olv es the f allacy of taking def initions to b e self - validating and unchallengeable, and appears to be based on the confusion of a bbreviative definitions with those inv ol ving or presupposing subs tantive claims, such as cre ative definitions, which may be ac cepted or reject ed. 81 Contra lo que esta forma de antropocentris mo asumiría, una mera definición no proporciona una justificación si surge un desacuerdo y no disponemos de motivos convin cente s par a aceptarla. Un a vez que expl icita mos cualqui er clase de posición es necesario dar cuenta de los argumentos que p u edan s ostenerla si queremos que esta sea co nsiderada j ustificada . Es más, si la justific ación de ta l posición es tan ob vi a, no debería h aber pr oblemas para proporcionar tal explicación. Ahora bien , no aportamos ninguna razón nueva si, para v ernos libres d e tal tarea, lo que hacemo s es si mplement e afi rmar que l a mera p erte nencia a t al grupo resulta ya de por sí de terminante. Procedi endo de tal ma nera tan solo da mos vueltas en una explicación circular. No estamos, pue s, ante un argumento que justif ique la co nsideraci ón desfavorable de los seres no humanos: de alguna for ma, se asume que la corr ección d e tal posición re sulta autoevide nte. Per o esta mera suposición no con stituye argu mento alguno par a quienes podamos dudar de la corrección de la posición asumi da. Una defi nición pued e ser acep tada co mo premisa si todos aquellos y aquellas que se supone que han de ser convencidos por el argumento en el q ue se inclu ye la dan por válida. Pero una po sición moral qu e tenemos motivos para cuestionar no puede cumplir tales requisitos. En este punto resulta claro que ha cen falta más ra zones para encontr ar convinc entes las de fensas definicional es del antro pocentrismo. Con todo, esto no significa que una posición de este tipo no vaya a tener quienes la si gan . La s posiciones morales son a menudo asumidas incluso cuand o se c arece de razone s que puedan j usti ficarlas. Lo que se podrá apuntar al respecto es que al proceder así los y las de más pasan a encon trarse en situación de poder p romover po siciones a la s que pode mos oponernos en todo punto, pero sin que podamos argumentar de forma cons istente cont ra e llas . El 81 Ibid., p. 106. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 92 impulsos o intuicione s con el fin de hacer val er modos de co mportamiento a lo s que preferi mos dar prioridad. 90 El camino a la irracion alidad Hay algo más que comentar en relación a una posición como la de Posner. Esta queda seriamente tocada desde s u propia formulación, puesto que, por su propia lógica, no puede ser defe ndida contra una crítica r acional. Cier tamente, Posner la defiende a firmando que tal objeción no debería res ultar aplicable (puest o que censura l a própia crítica éti ca). Pero ¿có mo puede tal afir mación r esultar convincente en modo alguno, si ha rec hazado el mecanis mo mediante el qu e ello resultaría posible – e l razonamiento sobre cuestiones morales– ? R enunciar a justificar las posiciones que mantenemos lleva d e hecho, en última instancia, a una posición irracional. Podemos co mprobar esto de modo bastante claro en el siguiente pasaje. I feel no obligation to d e fend this reaction, any more than I do to prov e that my legs remain attached to m y bod y when I am asleep, or for tha t matter when I awake. M y certitude about my bodi ly integrity is deeper than any proof that could be of fered of it to refute a s kept ic. L ik ewise th e superior claim of t he human inf ant than of the d og on our consideration is a moral i ntuition deeper than any r eason that could be giv en for it and imperv ious to any r eason that any one could give agains t it. Membership in the human speci es is not a morally irrelev ant f act, as the ra ce an d g ender of human bei ngs hav e come t o seem. If t he moral irrelevanc e of humanity is what philosophy t eaches, so that we ha ve to 90 Y es muy proba ble que así sea debido a que las con ductas que prior izamos la s derivamos de lo que dicta n otros impulsos cuy a sati sfacción nos parece más i m portante. Distintas defensas del antr opocentrismo 93 choose between ph ilosophy and the intuition that says that memb ersh ip in the hu man sp ecies is morally relev ant, philosophy will have to go. 91 Una respuesta de este ti po resulta ciert ament e pr eocupante. Las consecu encias de adoptar tal posición son altam ent e problemáticas, puesto que esta dej a de lado la propia posibilidad de discusión y la evaluación racional de diferent es posturas alternativas. 3.1.4. La apelación a lo s pre- juicios II: el rech azo d e la justific ación en éti ca También Cora Dia mond ha afir mado que defi ende una po sición semejante. Adopta Diamond un enfoque de in spiración wi ttgensteini ana, conf orme al cual se opone a toda reflexión que intente probar la falsedad del sentido que les damos a las cosas. Considera, así, que el pensamiento moral debería tener como objeto descubrir tal sent ido, no i mponer uno nuev o. No int entaría bus car justificacione s morales, sino descubrir qué es lo que queremos decir cuando hablamos en términos morales. Parte así Diamond de una crítica de la que llama “ the orthodox view”, 92 que sería aqu ella qu e buscaría e fectiv amente j u stif icar las opciones morales para considerarla s aceptabl es o no. Contr a esta, lo qu e asume como relev ant e Diamond son las convicc iones y las ideas que hemos adquirido en nuestra vi da como miembros de una comu nidad lingüística respec to de cómo hemos d e act uar. E stas darían lugar a una seri e de concepciones i maginativas que articularí an nuestras conviccione s morale s. Cabe a sí reflexionar sobr e estas para co mprender las mejor e intentar transmitirlas a otros sujetos mediante razone s que sugi eran se mejantes 91 Posner, “Animal Rig hts”, pp. 64-65. 92 Diamond, Cora, “The Importance of Being Human”, in Cockburn, Dav id (ed.), Human Beings , Supplement to Philosophy 29, Roy al Institute of Philosophy , Ca mbridge, 1991, 35- 62, p. 53. Dirá Diamond que esta posición se cara cterizarí a por sostener que “conce rn for a being is moral only if it rests on m orally r elev ant prop er ties ” (ibid .). Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 94 con tenidos i maginativos a los demás, pero no p ara so meterlas a crítica y pretender mostrar sus contradiccio nes. Ello signi ficaría, dice Diamond, to treat thought about morality as capable of g oin g on withou t los s in a cont ext emptied of all intimacy with suc h imagin ativ e shaping s [d e s ig nif icado mor al] 93 En los contenidos imaginativos a los que se refiere Diamond residiría algo esencial para el fenómeno moral. La filosofía moral habría construido una ficción irreal, en l a que se buscaría determinar prin cipio s relevantes para que los agentes morales se co mportasen con respecto a ot ro s entes con res pecto a las propi edades (y consiguientes necesidades) de e stos. Sin embargo, la moralidad tradicional mente vigente ha bría prescindido por completo de tales m ecanis mos . E sta asu miría ciertas diferenciaciones morales independientemente de toda pretensió n de justificación, las cuales confor ma rí a n el c entro de la vid a moral. Y así h a de ser, en opinión d e Diamond. La cuestión , así, no sería si la s difer encias morale s traza das serían o no relevantes. Esto no inte resa, pues la cuestión no r adicaría realmente en buscar una posición no arbitraria, sino en dar cuenta de los s entidos que viven en nuestro imaginario. De este modo, la filosofía moral no debería adoptar una posición imparcial, sino una c a racterística mente hu mana (Dia mond sosti e ne que nue stra filosofía moral deberí a ser cl ara mente distint a de la que d esarrollar í an “rational robots or Martians”). 94 Afirma así que “the teaching of philo sophy” 95 separar ía a quienes cuestio nan la v alidez de nuestra s conc epciones irreflexiv as d e lo qu e sería “their sense of their humanity ”. 96 La labor de la reflexión sobre la moral tendría 93 Ibid., p. 48n. 94 Ibid., p. 48. 95 Ibid., p. 57. 96 Ibid. Distintas defensas del antr opocentrismo 95 que ser di ferente: de berí a partir de nu estr as acti tudes, entr e ell as, de la s antropocentr icas. 97 Así, in di cará con resp ecto a esto: Critical reflection consis t s in asking whether some imaginative conception of what it is to be a cert ain kind of being is a precious part of human life, whether its ending would be a loss or a benef it. 98 De este modo, en línea co n lo señalado arriba, la filosofía moral no debería cuestionar el antropocen trismo. Según Diamond, esta tendría qu e llevarse a cabo de un modo “continuous with or fed by i maginative response to hu man life”. 99 Sostiene Diamond que los conc eptos morales se desarrollan en un conte xto dado en función de una forma concreta de vida, que es la que los torna significativos. Y esta sería una for ma de vid a humana. Es así como nuestr as concep cio nes morale s partirían de una elaboración imaginativa de qué es, qué significa ser humano y tener una vida humana. Y esto implicaría, a su vez, una concepción imaginativa de la diferencia entre humano y no hu mano. Sosti ene así Diamond, en línea con esto, lo siguiente: 97 En cierto sentido, l a filosof ía moral, más que prescrib ir nos llevaría a d escubrir las prescripciones y a exi stentes (y s us orígenes). Dice sobre esto Di amond: “I f you w ant to know whether it is a good thing to treat men and women diff e rently, or to treat the old with respect simply because they are old, or to t reat dog s differently from other animals, or cows diff e rently from other an imals – it is absurd to think th e se are questions you s hould try to answer in some sort of totall y general terms, quite independent ly of seei ng what particular human sense pe opl e have actually made out of the differences or similarities y ou are concerned wi t h” (Diamond, Cor a, “Eat ing Meat and Eating Peopl e”, in The Realis tic Spirit: Wittgenstein, Philosophy and the Mind , MIT Press, Ca mbridge, 199 5, 319-34, p. 351). 98 Ibid. 99 Diamond, “The Import ance of Being H uman”, p. 47. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 96 In the cas e of the differ en ce be twee n animals and people, it is clear that we form the idea of this diff e rence, create the concept of the difference, knowing perfectly well the overwhelming obv i ous similarities. 100 De esta manera surgiría la que ll ama esta autora “the invention of the idea of human life as something s pecial ”, 101 invento sobr e el que descansarían nuestras concepciones morales. El antropocentrismo se basaría a sí, mantiene Diamond, en una noción, no biológica sino imaginativa, de lo que es ser humano, que los seres humanos habríamos ideado. Y ello constituiría un motivo suficiente para discriminar a los demás ani males, algo que no tendría p or qué ser justificado mediante una argument ación a mayores. 102 De este modo, aunqu e en tér minos prácticos los argu mentos de Diamon d y de Posner conlleven por ig ual un rech azo de la búsqueda de razones r elevantes para nuestras tomas d e decisi ón morales, en contramos que difieren entre sí. Diamond no renuncia al razonamiento moral en sí, sino a la idea de dar justificaciones m ediante este. Lo que Diamond intenta e s: i) mostrar los motivos por lo s que def ender el antropocentrismo; y ii) negar que deba h aber una justi ficación de las posiciones morales. Como resultado de co mbinar ambas ideas, lo que encontra mos es que Diamond dice que renu ncia a justificar su po sición, pero no a d ar argumentos para 100 Diamond, “E ating M eat and Eating P eople”, p. 324. Le seg ui rá en este pu nt o R a i mond Gaita, que indica la importancia moral, que no necesitarí a una justificación ulterior, de “our sense of the dif fere n ce ” (Gaita, Raimond, The P hilosopher’s Dog: Friendships with Animals , Routledge, L ondon, 2003, p. 117). 101 Diamond, Cora, “Exp erimenting on Anim als”, in T he Realis tic Spir it , 335-65, p. 352. 102 L a otra cara de la moneda sería, claro está, que, conf orm e a una visión del rol de la reflexión sobre la moral c omo la de Diamond, nuest ro entendimiento de lo qu e signif ica el término “animales” inc luye y a nue stro trato con ello s, se v e determinado, conformado p or este, que a su vez s e ve caracterizado por su uso. Así, obv iamente, da do que su no consideración resulta con venie nte, es claro que est a, si aceptamos un pl anteamiento como el de D i amond, nunca llegará a tener lugar. Distintas defensas del antr opocentrismo 97 defenderla. R echazar l a posibilidad de justif ica r nuestras posiciones no implicaría , así, car ecer de motivo s para decantarnos por un a u otra po sición. Y, de acuerdo con esto, lo que Diamond vendría a hacer es explicarnos los motivos que e lla reconoce para optar por la posici ón que ell a asu me , que intenta que lleven a otros y o tras a que también lo s acepten . Para analizar la po sició n de Di amond proc ede remos ex aminando en primer lugar las ideas que presenta para explicar por qué tendríamos unas concepciones imaginativas antr opocén tr icas (o para inclin arnos a tener esta s). Una vez hecho esto evaluaremos su abando no de la justificación co mo baremo en filosofía moral. La base del antropocent rismo para Diamond Introduce Diamond distintas sugerencias a re specto de por qué habríamo s de ser antropocentristas. Di ce así: A human being is someone who has a huma n life to lead, as do I , so meon e whos e fate is a human f ate, as is mine. 103 Ligado a esto, dirá que los humanos tendría mos en común el que lla ma “feeling of solidari ty in mysteriou s origin an d uncertain fate”, 104 lo cual, dice, “binds us to eac h other”. 105 Y añade que tendríamos una solidaridad de este tipo con alguien por el mero hecho de haber sido engendrado o engendr ada por dos seres h u mano s. 106 103 Diamond, “The Import ance of Being H uman”, p. 59. 104 Ibid., p. 55. 105 Ibid. 106 Ibid., p. 35. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 98 E stos argumentos han sido re spondidos crític amente por Jeff Mc Mahan. 107 Como ha indicado est e, no e stá claro por qué nos tendría que resultar c onvincente, a la hora de trazar una distinción entre la c onsideración que deba mos dar a distintos individuos , el mer o hecho de la espe cie de proc edencia de nue stros progenitores. Ni parece que haya r ealmente nada de misterioso en nue stro origen. Y ta mpoco da l a impresión de que el tener un destino incierto (algo que no es exclusivamente humano) deba res ultar algo que no s impr esione moralmente en p erjuicio de terceros. Estamos, así, ante r azones muy poco convincente s a la hora de inclinar nos a ser antropoce ntristas. Diamond abre otr a línea de especula ción distint a para sosten er sus posi ciones. Esta, en lugar d e cent rar se en los motivos p or los que tendrí amos que poseer determinados contenidos imaginativos, vendr á a remitirnos a lo s r esultados derivados de la posesión de estos últimos. Señala Diamond con respecto a las diferenciaciones morales que habrían sido traz adas a lo largo d e la hi stor ia: W hat we hav e made o f t hese d if f erences may be valueless or valuable or a m ixture of g ood and bad. 108 De este modo, dice D iamond, habremos de preguntarnos qué es lo que ocurre en el caso de la consideración desfavorable de lo s animales no hum anos: W e can, for instance, ask what human b eings have made of the diff erence between humans and animals . 109 En el caso de l a diferenci ación antropo cén trica deber íamos decir que habríamos sin duda gan ado mucho con ella: 107 Véase McMahan, Jeff , “ ‘ Our F ellow Creat ures’ ”, J ournal of Ethics , 9, 2005, 353-80. 108 Diamond, “Experimentin g on A nimals”, p. 352. 109 Ibid. Distintas defensas del antr opocentrismo 99 W e have made s omethin g of g reat human signific ance out of the very notion of human life . 110 Sin e mbargo, en el c aso de otras d iferenci aciones intraesp ecífica s cree Diamond que los resulta dos serían dispare s: W e have made somethin g of human signif i cance and great depth out of the difference betwe en men and women – and we have nev er made any thi ng humanly valuable of the diff erences between races, the my thology of the America n South notwithstanding . 111 Esta argumentación resulta enor memente objetable. En lo que toca a la significación de la noción de “vida humana”, lo que señala Diamond es que ha sido importante para los propios humanos, lo que resulta un argumento circular, pues está intentando explica rnos por qu é ser antro pocéntricos. E n lo que toca a la diferenciación de género, es muy cuestionable que la significación q ue esta ha tenido haya de ser evaluada po sitivamente. Sin entrar en la pol émica entre feminismos de la i gualdad y de la diferencia, pa rece que los re sultados de conjunto que tal diferenciación ha aportado han sido negativos , en la medida en que ha venido de la mano de la opresión patriarcal de las mujeres. En lo referido al racismo cabría llegar a una conclusió n semejante. Ahor a bien, ello no implica que, como dice Dia mond, no haya habido nada “h umana mente valioso” que se h a ya derivado de ello. La opresión racista ha resultado, a lo largo de la historia, algo muy valioso para quien es se beneficiaban de ella. Ahor a bien, por su puesto, para los oprimidos no fue así, y ello es el motivo de q ue ha ya que evaluarla negativamente en tér minos generales. La cue stión depende del gr upo que tome mos como referencia. Y lo mis mo ocurre en el caso del antropoc entrism o. Desde el punto de vista mera mente hu mano puede ser evaluado po sitivamente, p ero no si se 110 Ibid. 111 Ibid. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 100 ve desde la posición d e todos los afectado s y afectadas . A e sto se responder ía , desde una posición como la de Dia mond, que nuestra perspectiva solo puede s er antropocéntrica. Ante lo cual podría haber una contr arrépli ca esperable: sobr e la base de los mismos pl anteamientos que a sume Dia mo nd en cuanto al modo d e reflexionar en ética po drían defend erse po siciones que exclu yesen mor almente a miembros de la especi e humana . Así, a sumiendo su concepción de la ética, un texto como el de Dia mond podr ía haber sido escrito con vari aciones en l o toca nte a l racismo . El t exto de Diamond fue inicialmen te redactado en la década de los setenta. En tal mom ento el apartheid en Su dáfrica gozaba de una salud considerable. Quienes se bene ficiaban d e él ciertam ente tení an una concep ción imaginativa de lo q ue er a ser de ascendencia eur opea y de la difer encia en tre ello y el ser de ascenden cia na tiva africana . Confor me a una visión de la éti ca como la de Diamond podríamos i ntentar que lo s racist as sudafricanos cam biasen sus concepciones i maginativas. Pero de ningún modo podría mos afirmar que e l antirraci smo esté más j ustificado que el raci s mo. Quiene s así pien sen habrán de abandonar la concepción de la étic a que de fiende Diamond. Indic ar aquí que nuestro punto de vista ha de ser ne cesariamente antropocéntrico, como asum e Diamond, no soluciona el caso, pues esto está todavía por probar, de modo que suponerlo previamente en nuestras pre misas no aporta nada. Como señal a McMahan, lo que quiere Diamond que conciba mos imaginativamente acaba siendo algo puramente imagina tivo. 112 Los problemas del aban dono de la justificación Pese a las diferencia s pr esentes entre el pl anteamiento de Dia mond y el de Posner, cabe indicar que, como en el caso de este últi mo, Diamond puede únicamente hablar en nombre de quienes compartan su pun to de v ista. Dada la posición que asu me Diamond en epistemología moral, todo l o que pue de hacer es 112 McMahan, “ ‘Our F e llow Creatures’ ”, p. 376. Distintas defensas del antr opocentrismo 101 insistir en que los agentes morales humanos vemos a los humanos como moralmente considerab les de un modo cuali tativamente distinto. Vimos que rechaza Diamond la ide a de fundamentar en criterios anteriores nues tras posiciones morales. Con esto, e ncontramos que solo quienes puedan co mparti r ciertos contenidos i maginativos podrán a sentir a tal d efensa del antropocentri smo. Ahora bien, cierta mente, una autor a como Dia mond puede re sponder que, del mismo modo, las po siciones de quienes busqu en justi ficar sus po sturas sol o podrán ser compartidas por quien es asuman tal pre misa, esto es, que nue stras posiciones d eben ser consistentes (pues esto es básicamente lo que la justif icación , en el sentido más básico, que es el coh erentista, i mpli ca: la b úsqueda de con sisten cia entre la s posiciones mantenidas). 113 Podrá decir Diamond que quienes no comparta n la idea de que es preci so ju stificar nuestro s juicios morales per manecerán i mpasibles ante la argumentación que poda mos da r en búsqueda de una propuesta que resulte consistente. 114 Así las co sas, ¿qué motivos podr íamos tener para r ealme nte exigir 113 Esto es, al menos, la base que tienen en común todos aquellos planteamientos qu e buscan justificar una posición. Para defender una posición fundacionalista se requerirán adem ás c iertos f a ctores a m ay ores, como el d e la asunción de l principio que se a dopta como base de la postura defendida. Pero este no re sulta esencial para otr as propuestas d e justificación, que pueden asumirlo de manera única mente hipotética. De manera que, dado que lo que a quí buscam os es lo que caract eriza a las posi ciones que bus ca n justific ar nuestras posiciones m orales, tom aremos como idea c e ntral la de la b úsqueda de consistencia. De todos modos, el planteamiento d e la idea de justificación de Diamond no est á claro. Par ece red ucir la jus tifica ción a aque llas posicion es que ape lan a la posesió n d e ciertas capacidad es, dejando de lado otros crit erios “ the only tool used in th em to explain what d if f erences in tr eatmen t ar e ju stif ied is the ap peal to th e capaci ti es of the beings in question” (Cora Diamond, “Eat ing Meat and Eating Peopl e,” p. 322). 114 Para una explicación m ás en detalle de las con cepciones de Diamond s obre est as cuestiones pueden verse sus comentarios en Diamond, Cora, “ Anything but Argument?”, in T he Re ali st ic S pi rit , 291-308; “Hav i ng a Rough Story about What Moral Philosophy Is”, in Th e Realistic Spir it , 367-81; y “How Many Legs?”, in Gaita, Raimond (e d.), V al ue and Understanding: Essay s for Pe ter W inch , Routledg e, L ondon, 1990, 149-78. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 108 resulta incon v eniente p ara estos. Si l a esclavi tud humana ha p erdurado durante milenios es porque se trata de algo que ha sido, y todavía es, útil para quienes se benefician de ella. Su abandono i mplica consec uencias indeseables par a quienes se han estado beneficiand o de ella, y ese es el motivo por el que la esclavitud h a persistido tanto y todavía a día de ho y lo sigue haciendo. E l argu mento que Beauchamp y Cohen h an defendido en este pu nto no puede más que oponerse de plano a su abolición. Much a gente , sin embargo, se opondrá a tal uso y considerará que las consecuencias indeseables para un cierto gr upo no justifican la explotac ión de otros u otras . Dado esto, ¿có mo podrá r esult ar aplicable este argumento en el caso de los no hu manos? Un trato diferen ciado podría re sul tar aceptable si probásemo s la existencia de una di ferencia mor almente rel evante entre humanos y no humanos. Pero precisamente esta cuestión, la de si es justificable o no dar este paso en el caso de los sujetos no humanos, es la que este argumento rechaza tratar. De manera que re spuestas co mo la de B eauchamp no hac en sino a sumir como una premisa para dar una respuesta al problema la propia respuesta que concluyen. Si los intereses humanos tienen pr ioridad, ello habr á de ser mostrado con algún argumento distinto. La conclusión, pues, es que tampoco esta clase de motivos van a resultar acepta bles a l a hora de jus tificar una di ferenciaci ón moral antropocéntrica. Estamos ante una posición que no va a poder servir para justificar una diferenciación en la consideración moral de animales no hu manos y humanos. 3.1.6. La falacia ad hom inem Otro de los argumentos que han sido empleados cont ra la oposic ión al antropocentrismo ( y la defensa de lo s intere ses de los anim ales no hu manos) procede mediante un ata que a sus de fensores, acusando a esto s, sorprend entemente, de discriminar a los seres humanos. Este argumento ha sido pre sentado de distinta s maneras, pero una particular mente notable pasa por a firmar que el na zismo mantuvo una actitud de simpatía por los animales no humanos, reconociéndoles, Distintas defensas del antr opocentrismo 109 supuestamente, los derechos que se les negaban a los humanos. Posner, por ejemplo, ha afirmado The Nazis [...] believ ed passionately in a nimal rights. 126 En ocasiones se defiend e esta idea argumentand o que durante el régimen na zi los animales no humanos disfrutaron de prote cción legal, o que Hitle r tenía gran afición por estos. Est o constitu ye un claro eje mplo de falacia ad homin em . En lugar de dar una explicación de los m otivo s por los que el antropocentrismo debería ser consid erado una posició n aceptable, se ata ca a sus críticos afirmando q ue su punto de vista sería mantenido ta mbién por quienes mantienen una po sición que se considera inaceptable, e sto es, la exclusión moral de seres hu manos. Una respuesta que tal v ez cabría dar a est e argu mento en pr imer lugar sería l a misma que probabl emente daría mos a otr os raz onamientos de este tipo : el que una posición resulte justificable no dep ende de que quienes la mantengan puedan tener actitudes cuestion able s. Veremos más ad elan te que t en e mo s ar g u me nt o s má s fuertes que d ar en e ste ca so. Pero va mos a dar cuenta antes de esta pri mera respuesta. Incluso aunque el régimen nazi hubiese mantenido una actitud favorable hacia los animales no humanos ello no i mplicaría, ciertamente, que el rechazo del especismo suponga la a ceptación del nazismo. Pensemos igual mente, por ejemplo, que en el rég imen nazi se hablaba un idioma germánico, que sus promotores eran de ascenden cia europe a y que algunos de s us líderes estimaban l a música de Wagner. Con todo , el h echo de habl ar un a lengu a ger mánica, de te ner ascendencia europea o de apr eciar las composicio nes d e Wagner no es un motivo par a ser considerado un seguidor del nazis mo. El antiespecis mo simplemente defiend e que la pertenenci a a la es pecie no puede s er u na razón para con side rar o t ratar 126 Posner, “Animal Rig hts”, p. 61. L lama l a atención es ta afirmación viniendo d e parte de un jurista como Posner. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 110 desfavorablemente a nadie. La falacia resulta t an evident e que parece baladí entr ar a rebatirl a. 127 El propio Posner ha subra yado esto. Dirá: I am n ot sug g esting that the ani mal r igh ts mov ement is tainted by Hitler’s s u pport, any more t han Hitler’s enthusiasm fo r limited - access hig hways should be a n embarras sment to our highway builde rs. The po int is only tha t ani m al rights have no particular politic al v alence. 128 En este punto pode mos introducir un segundo apunte para a firmar que una posición a favor de la c onsideración igualitaria de todos los seres sintientes no sol o no tiene por qué derivarse del nazis mo, sino que no puede inferirse en absoluto de este. Con esto nos vamos a oponer a lo que pr ecisamente defiende Posner en la última frase del pasaje anterior . Veremos aquí los motivos a los que antes hicimos alusión cuando observa mos que había raz ones para ir más allá de un a refutación típica de un argumento ad hominem . El rechazo de la di scriminación de los ani males no hu manos se enco ntrará basada en principios que coinciden con aquellos en los que de scansará la oposición a la discriminación de seres hu manos. Y el caso del nazismo nos sirve de utilidad para mostrar esto. Veá moslo. La afir mación de que lo s Nazis manifestar on simpatía hacia el pl anteamient o de los derechos ani males resulta total mente insostenibl e. En el Tercer Reich en ningún momento se abrazó la idea de que todos los animales deberían ser moralmente con siderad os. De hecho, el régi men nazi masacró a innu merab les animales con intereses, tanto par a conseguir sus objetivos políticos co mo por otros motivos. Esto inclu ye a muchos seres hu manos, que encontraron la muerte a su s manos por el único motivo de pertenecer a ciertos grupos –como judíos, romaníe s y 127 Estaríamos aquí ante un caso de generalización incorrecta – al asu mirse que s i cie rt os individuos manifiestan una ciert a actitud, todos aquellos que manifiesten tal actitud pertenecerán al mismo g rupo del que f orman parte los primeros–. 128 Ibid. Distintas defensas del antr opocentrismo 111 mie mb r o s de otras comunidades – (o d e ser clasificado s como tales, –disidentes, homosexuales…– ). Tod os ellos eran se res con i ntereses, y, por tanto, una posición que base la c onsidera ci ón moral en tal cri terio se opon drá ter minante mente a tal masacre. Pero no d ebe mos olvidar que el Tercer Reich no solo acabó con la vid a de seres humanos, sino también con la de millones de animales no hu manos. 129 Es claro que durante el régimen nazi estos continuaron siendo considerado s propiedades para uso humano, y su utilización siguió ininterrumpida mente. 130 E s absurdo pensar que dis frutasen de pr ivilegios de los que se privó a ciert os hu manos. Se discriminó y agred ió en con secuencia tanto a no hu manos como ciertos humanos. Es cierto qu e durante el T ercer Reich se introdujeron ciertas r egulaciones en Alemania en rela ció n a ciertos modos en que l os animales no hu manos eran utilizados: al igual que ha ocurrido en toda una serie de país es desde el siglo XIX. Esto no supone en mod o alguno que se ha ya reconocido derechos a los animales no humanos ni durante el T ercer Reich ni ho y en día. Debemos recor dar que la s citadas regul acione s aprueban co mo plen ament e aceptable el u so de animales no humanos. Simplemente establecen normas en el modo en que tal uso debe tener lugar. In cluso cab e apu ntar que, en realidad, e n el régi men nazi exi stían ta mbién regulaciones re specto d el modo en que debía matar se a aquellos ser es humano s 129 Ver Patterson, Charles, Eternal Treblinka: Our Treatment of Animals and the Holocaust , Lantern Books , New York, 2002. 130 Se di ce en o casion es que H itler er a veg etaria no y un aman te d e l os animal es . Apar ent emen te, Hitl er (bajo cu y o mandato v arias asoci aciones v eg etari anas f ueron cerradas) se abstenía de cierta clase de productos animales mo tivado por preocupaciones propagandísticos y de bienestar físico, no porqu e sostuviese ninguna clase de pos ic ión igualitarista, y s egún parece continuó comiendo pro ductos animales de otro tipo. También es conocida su af ición por algunos animales como l os pastore s aleman es, lo que de nuev o carece de relevancia para mantener un punto de vista no discrimin atorio. Hemos v isto que el antiespecismo es dif e rente del sentimiento de s impatía o amor por los a nimales no humanos. De hecho, co mo ejemplo de esto podemos recordar, en este punto , que bajo el mandato de Hitl er se mató a aquellos p e rros que era n propied ad de los j udíos, llamándo los “perros judíos”. Véase d e nuevo P atterson, Eternal Treblinka . Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 112 confinados en campos de concentración. P ero ello, por supuesto, no significa en modo alguno que se estuviese respetando lo s intereses de aquello s y aquellas que estaban siendo asesinad a s. A sí, la afirmación de que los nazis respetar on a los animales no h umano s se encuent ra total mente de sinfor mada. Valga todo esto en r elación a cuestione s de hecho, pero es pre ciso hacer algún ap unte má s en el plano de las id eas. Lo s plantea mientos del r égi men nazi tienen muy poco que v er con una per spectiva moral de re speto hacia quie nes pu eden experimentar sufrimient o y bienestar. La ideología nazi se opone a un punto de vista igua litario como e ste. A sume, por el cont rario, una posición disc riminatoria antitética con la consi deración igualitaria de intereses. Así, una consideración igualitari a nos llevará a oponernos al raci smo y la xeno fobia propios del r égimen nazi. Pero t a mbién a r echazar el e speci smo. Es así paradójic o que Posner haya presentado un argu mento como este. Sostien e es te autor: The Nazis were contanstl y blurring the line betwee n the human and a nim al kingdoms, as when they described Jews as ver min. Th e other sid e of the coin w as th e g lorification of animals that had g ood Nazi virtues, predatory animals like the eagle [...] the tiger and the panther [...] These examples show how animal rights th inki ng c an assimilate people to animals as well as assim ilating animals to people. 131 Sin e mbargo, como acabamo s de ver, la supuesta “glorifi cación” de la i magen de ciertos ani males no ti ene nada que ver con un respeto por e stos, que sigui eron siendo explot ados dur ant e el Tercer Reich. Por otra parte, el motivo por el que Posner afirma que duran te el régimen nazi la línea entre ani males humanos y no hu manos era di fuminada es que los nazi s no solo dis criminaron, co mo hace Posner, a lo s animales no hu manos, sino también a muchos seres humanos. Ahora bien, la cue stión es que no hemos encon trado hast a el momento argu mento alguno que permit a justifica r ninguna de esta s 131 Ibid., p. 62. Distintas defensas del antr opocentrismo 113 discriminaciones. Y, en tanto tal argumento no sea aportado, encontraremos que todas ellas result an ina ceptable s. Las mi smas razones qu e llevan a cuestionar la actitud mantenid a hacia lo s humanos durante el r égimen nazi c uestionan su actitud y la de Posner (qu e r esulta coinci dente) en la medida en que lo s afectados y afectadas son ani males de otra s especies. De hecho, el pr ejuicio ma ntenido por Posner sale a la l uz co n clari dad cuando d efie nde la exi stencia de un a línea ent re humanos y no hu manos: en la medida en que n o demos argu mentos convincentes para que tal fronter a pueda ser t razada, esta res ulta arbi traria, como lo serán las qu e podamos trazar entre miem bros del propio gr upo humano con intere ses propios. 3.2. De fensas ar gum entadas de l an tropoc entris m o: re quisi tos a sati sfac er par a su justi ficació n Para dar una razón verdaderamente válida a favor del antropocentr ismo tendremos que poder citar alguna circun stancia moralmente relev ante i denti ficable con el hecho de per tenecer a e se grupo, que explique la distinción c onsiguiente. Como adelantamos ya al discutir la definición de especismo, esto podremos hacerlo de varias manera s, resultando de ello distin tas for mas de d efender el antrop ocentrismo. Una de ellas consistirá e n definir como releva nte alguna característica indi vidu al cuya pose sión sea exclusiva de los mi emb ros de una especie concreta, en e st e caso la humana. Otr a posibilidad consistirá en intentar mostrar que una deter minada distinción de espec ie resulta moralmente si gnificativa por motivos que tienen que ver con la clase de relaciones que mantienen quienes pertenecen a esta. F inalmente, otr a solución consistirá en sostener que los interes es de los individuos pert enecientes a una deter minada especie tienen prioridad debido Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 114 a razones basada s en premisas no verifi cables (co mo ocurre en el caso de la apelación a la intuición o a supue stos de tipo metafísico) . 132 Daremos cuenta, pues, de las di stintas razones q ue han sido pre sentadas con la intención de justi ficar cada uno de e stos criterios de fendidos co mo relevantes para justificar un a diferencia ción moral. La vali dez de estos arg ument os pa ra legiti mar la adopción de una posición antropoc éntrica dependerá de que lo s criterios invoca dos cumplan do s r equisitos: 1) ser efect ivos en el caso d e todos lo s seres humanos y tan solo en tales casos; y, sobre todo, 2) ser de hecho c apacidades verdadera mente rele vant es en un sentido moral. Veremos a continuación do s argumentos que cuesti onarán r espectiv amente el primero y el segun do de estos supuestos. 133 132 Se puede encontrar un a nálisis muy de talla do y ri guroso de las distintas def e nsas de l especismo en Pluhar, Bey ond Prejudice . Se t rata d el t rab aj o más profundo en este s entido de los que se han publicad o hasta el momento sobr e el tema. 133 No se plan tear á aquí un tercer arg um ento, de meno r fuerza, referido al hecho de que es dif ícil a menudo plan tear u na dif erencia cua litat iv a clara a la hor a de dis tin g uir una espec ie, por cons tituir r ealmen te la i dea d e espe cie un in stru mento clas ificado r cuya ref erenc ia es real mente alg o dinámico y cambi ante, de f ronteras a v eces bo rros as. Es to se ref leja en par ticula r en e l momen to de limitar temp oralm ent e a la es pec ie hu mana. Como indica DeGrazia: “I t might be c laimed that our unique kind is that of H omo sapiens – a social animal with the capacity for autonomy, creativity , knowledge, and enj oyment. But species evolv e graduall y . If Homo sapie ns is a unique kind, di d our hominid ancestors jump from kind to kind –say, f rom Homo ha bilis to Ho mo erectus, and from Hom o erectus to Homo Sapiens? If so, at what points in the gradual e volution proces s did these jumps occur? No poss ible answer seems credible ” (DeGrazia, David, Ta king Animals Seriously: Mental Life and Moral Status , Cambridge University Press, Cambridge, 1996, p. 230). Si bi en esta cu e stión vo lve r á a sa l i r en algún pun t o más adelante, no será desarrollada en d etalle. Distintas defensas del antr opocentrismo 115 3.3 . El a rgu ment o d e l a s up erpo s ici ón de es p ecies Este argumento apunta a algo que es habitua lmente olvidado por quiene s defienden la pri vación de plena consideración moral a los animales no hu m a nos . Los diferentes modos d e argumentación en defensa de esta posición asum en q ue l os criterios que presentan son cumplidos por todos los humanos. Pero esta es una asunción equivocada. Podemos comprobarlo e n el caso de aquellos criter ios que apelan a una cierta capacidad individual (c omo, por ejemplo, las facultades intelectuales, el do minio de un lenguaje o l a posibilidad d e tener respo nsabilidades o deberes morales o legales). Ha y un gran número de humanos que no poseen tales capacidades. 134 E ste es el ca so de aquellos con lo que se ha deno minado diversidad funcional intelectual o de los bebés (esto es, de todos los humanos al pr incipio de sus vidas). 135 Y conclu si ones si milares pued en ser in ferida s en el caso de las 134 Esta idea f ue y a apunt ada y a en el s ig lo XV III por filósof os mora les como Hum e y Bentham – como s e com entará m ás adel ante – (Ver Hume, David, Tr eatise on Human Nature , §176 [edición m aneja da: S cientia Valag A alen, L ondon, 1964]; Bentham, Jeremy, Introduction to the principles of moral and legislation , Clarendon Press, Oxford, 1996, p. 282n). Humph ry Primatt es c rib ía ta mbién en ese mismo s iglo: “ if amon gs t men, the diff erences of their powers of the mind, and of their comp lexion [...] do not give any one man a right to abuse or insult any othe r man on ac count of these diff e rences; for the same reason, a man can h ave no nat ural right t o abuse and torment a beast, merely beca use a beast has not the mental powers of a m an” (Primatt, Humphry , A Disser tation on the Du ty of Mercy and the Sin of Cruelty to Brute Animals , T . Cad ell , J. Dodsley & Co., London, 1776, p. 12). 135 Pued e pens arse q u e la po sesión d e det erm inad as facult ades cog nitiv as es gener al en tr e los seres humanos, de modo que los casos de se res humanos afectado s serán m uy reducidos. Ahora bien, e l hec ho e s que aunque su n úmero sea reducido, no por ello van a dejar de vers e af ectados . Además, n o h a de perd erse d e v ista lo que s e acaba de indica r: se da el caso de que un supuesto así se ve negado por e l hecho de que t odos los se res humanos , al menos dura nte un a etap a de su s v idas, v an a carecer de t ales c apacidad es. Has ta un a cierta edad lo s seres hum anos no lleg amos a pos eer las facult ades que quienes Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 116 defensas del antropoce ntrismo basada s en factor es relacion ales tale s como lo s vínculos emocionales, las posibilidades de inte racción o las relaciones de poder. Hay muchos seres humanos con quienes nadi e tiene ningún vínculo emoc ional . Hay quien sostendrá a e ste respecto que los humanos ti enen un víncul o emocional universal entre ellos, esto es, que todo s los hu manos sienten af ecto p or el resto de los seres humanos. Sin embargo, aunqu e hay quienes pu eden efect ivament e tener tales sentimientos, no es difícil comprobar q ue estos no son poseíd os de fo rma unánime entre los seres humanos: hay muchos que no a man a los demás miembros de su especie ( de lo co ntrario, las terri bles agr esiones entre los humanos qu e hoy vemos diariamente no tendrían lugar). De modo similar, hay muchos h umanos con los cuales no tene mos posibilidades de int eractuar . Al igual que ha y muchos otro s que se ven clara mente desfavoreci dos por la s relacion es de pod er. E sto s ser án privados de plena cons ideración, como lo son hoy los animales no humanos, si aceptamos que tal es crit eri os son moralmente re levantes. 3.3.1. Formulación del argu m ento La consecuencia de todo esto es que no se da una identificación entr e el cumplimiento de tales criterios y la pertenencia al grupo humano, de f orma que no resulta posible una defensa del antropoc entrismo sobre la base de tale s criterios. En consecuencia, cabe formular el ar gument o de l a superposició n de es pecies co mo sigue: 1. Debe mos justifi car nue stras decisione s morale s sobre la ba se de razones válidas de un modo universalizable. defienden el especismo afirman que son mor alment e relev antes. Cab e indic ar, finalmen te, a este r especto que r esulta ex tr emad amen te lla mativ a la form a en que l os de f enso res d el antropocentrismo han olvi da do todo esto al f ormular s us propuestas. Distintas defensas del antr opocentrismo 117 2. E stá j ust ifi cado con side rar d esfavorable mente a los animales no humanos con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de que no satisfacen un cierto criterio C (donde C podrá denotar, entre otr os requisitos, l a posesión de cie rtas capacid ades cognitivas o lingüí sticas o la po sibilidad de t ener deberes, así como circunstanci as rel acionale s como el hecho de tener vínculos emocionales con nosotros, de encontrarse en una situación en la que tienen poder sobr e otros u otra s o de inter actuar habitualmente con nosot ros). 3. Está j ustificado cons iderar desfavorable mente a los seres humanos con la cap acidad de sufrir y dis frutar que no satisfacen un cierto criterio C. Es perfecta mente clar o el modo en q ue de l as dos pre misas asu midas se infiere la con clusión señalada . Por l o tanto, esta solo puede ser falsa si lo e s también alguna d e las p r emisas (o ambas). Y no par ece que pu eda serl o la pr imera, el requisito de qu e nuestros jui cios sean uni versalizables (lo s costes que ello entrañaría serí an enor mes, muy difícile s de asumir). Parece que tendremos, por lo tanto, que renunciar a la segunda de las pre misas. Esto implica qu e cabrá pro ceder de d os modo s en lo tocante a lo s crit erios soste nidos hasta el momen to para intentar justificar el aislamiento moral del grupo humano: a) Podemos seguir manteniéndolos, con lo que defendere mos la desconsideración de lo s ani males no humanos y de los hu manos que no cumplan los requis itos citados. Ello podrá servir para justificar las prácticas para las que actualmente lo s animal es no huma nos son utilizados, pero extendiendo, eso sí, dicha autorización al uso en ellas de los seres hu manos referidos. Deb emos recordar lo que advierte S ônia Felipe al apunt ar que en nuestras deci sion es morales Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 124 Esto no será óbic e para que en algunos c asos hable mos de diferenci as e nt re humanos. El motivo es, obvia mente, que cuando hablemos de l os criterios blandidos en defensa del antropocentrismo enco ntraremos que la superposición de especies se da sobre la b ase de tales di feren cias. 3.3.4. Diferent es ver sio nes del argu mento Existen varias maneras mediante las que pode mos pre sentar y entend er este argumento. Las diferenc ias entre est as tienen q ue ver básicamente con l as pre misas que estas asumen. Las e xaminaremos ahora. 3.3.4.1. La versión cate górica La versión categór ica de l argumento se basa en dos pre misas: 1. Debemos justific ar nuestras deci sione s morales sobre la base de razones válidas de un modo universalizable. 2. No está ju stificado co nsiderar de s favorablem ente a ningún ser humano con la capacida d de sufrir y dis f ruta r. Según esto, el argu mento continúa como sigue: 3. No está justificad o considerar des favorable mente a ciertos humanos con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de que no sati sfacen un cier to criter io C (donde C podrá denotar, entre otros requisitos, la posesión de cier tas capacidades cognitivas o lingüística s o la posibilid ad de tener debere s, así como circunstancia s relacionale s como el hecho de tener ví nculos emocionales con no sotros, de encont rarse en u na situación en l a Distintas defensas del antr opocentrismo 125 que tienen pod er sobre otr os o de interactu ar habit ualmente co n nosotros). 4. No está justificado considerar desfavorabl e mente a los ani males no humanos con la cap acidad de sufrir y disfrut ar sobre la base de que no satisfacen un cierto criterio C . 142 142 Regan ha llevado a cabo un análisis de la estructura del arg um ento que se vendría a corresponder con su f ormul ación categóric a. En esta ha distinguido dos f ases: a ) una p rimera, crítica, que llevaría al rechazo de los criterios comúnmente invoc ados en defensa de l a desconsidera c ión de los an imales no hu m anos; y b) una segunda, constructiva, qu e buscaría encontrar un nuevo criterio que se viese libre de l as objeciones lig a d as a los criterios y a rechazados. D e acuerdo con la p ropuesta de Regan, ta les f ases se desarrollarían como sigue: “The Critical Phase 2 [El s ubíndi ce se debe al h echo de que c onsider a prev iament e Reg an otra posibilidad de formulación de las fases del argum ento menos refinad a, que acab a dejando paso a la seg unda presentación que aquí se i ncluy e] 1. Given certain criteria of the possession of rights, some marginal humans who are not irreversibly comatose and nor just all animals wi l l be exc luded from t he class of right holders. 2. Humans, howev e r, including all those who, t hough marg inal, are not irrev ersibly comatose, do have rig hts, and so belong in the class of right holders. 3. Therefore, each and e very one of the criteria satisfy i ng (1) must be rejected as setti ng a requirement for the posses sion of rights. The Constructive Phase 2 4. Humans, including al l those who, t hough they a re marginal, ar e not irreversibly comatose, have rig hts and therefore belong in the clas s of right holders. 5. Given the most reasonable criterion of t he po ssession of rights, however, one th a t permits us to inc lude all non com atose marg inal humans in the class of rig ht s holde rs, this same criterion will requ ire us to include so me, and exclude some other, animals . Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 126 Objeciones a la vers ión categórica Se pueden pres entar dos obje ciones a esta versión del argu mento, o lo que viene a ser lo m ismo, a su asunción a modo de prem isa de la idea de que los 6. Therefore, if we include these margina l human in the class of right holders, w e must also in clude s ome an im als in this cl ass” (R egan, To m, “ An Ex aminat ion an d Defen se of one Argument Concerning Anima l Rights”, in All That Dwell Therein. Essays on Animal Rights and Env ironm enta l Eth ics , Univ ersity of California Press, Berk eley , 19 82, 113 -47, p. 131). Cabe presentar est a formulación en dos f ases del arg um ento de un m odo menos comprometido, sin embar go, de forma que no tenga por qué asum ir necesariamente n i el leng uaje d e los dere chos n i el d e la m arginal id ad: F ase cr ítica: 1. Hay c iertos criterios ( c 1 , c 2 , c 3 ... ) para recibir un a c ons i de ra ci ón moral igualitaria que excluyen a toda una serie de seres humanos. 2. Tales seres humanos d eben recibir una considera ción m o ra l igu ali ta ria . 3. Hay que rechazar tales criterios ( c 1 , c 2 , c 3 ...). F ase co nstr uctiv a: 4. Todos los seres humanos deben recibir una considera ción moral ig ualitaria. 5. Si buscamos un criteri o que justifique que todo s los seres huma nos deb a n rec ibir una con si d e ra ció n m ora l igual itaria, este o p erar á tamb ién en el cas o de los de más animales no humanos. 6. Considerar moralmente de maner a igualitaria a los humanos que no satisf acen los criterios que discriminan a los animales no humanos implica tener que conside ra r moral mente d e man er a ig uali tar ia tam bi én a los animal es no hum anos. Distintas defensas del antr opocentrismo 127 humanos no deben ser considerado s desfav orablement e. Las anali zaremos a continuación. a) Una premisa controv ertida La idea de que todos los humanos que pueden experimentar su frimiento y disfrute merecen una consideración moral notable no debe darse po r asumida. Históricamente ha habido un debate muy extenso sobre el asunto. Y en muchos casos esta suposición ha sido rechazada. Hoy en día, hay un consenso más o menos amplio alrededo r de ell a, per o eso no signific a que deba ace ptarse acr íticamente como correcta. Introduc iendo el argumento de l a superposición d e especies, lo que estamos buscando es un a plataforma imparcial desde la que podamos examinar qué posiciones son aceptabl es y cuáles no. Por consiguiente, par ece que no debe mos partir de supuestos cuesti onables. Esta objeción tiene mucho sentido. Con todo, p uede argu mentarse que h oy en día parece h aber un co nsenso más o meno s gener alizado sobr e la cuestión de la igualdad entre los hu manos. 143 b) Una premisa explícit amente antropocént rica La idea de que todos los humanos merecen consideración moral puede ser ciertamente co mpartida de manera m uy amplia. Pero podría plantea rse que su 143 Por otra parte, merece la pena apuntar u n comentario de tipo táctico respecto de est a cuestión. Quienes se oponen a esta idea asume n normalmen te posicion es discr iminator ias, como el racismo o el sexismo, que se ade cuan al mismo modelo que el es pe cismo. El argumento probablemente no s ea mu y tenido en c uenta por estos, pero parece que algo así sucedería también aun en el caso de que fuese pre sentado de otro modo, pu esto que de hecho pa recen menos dis puestos a cuestion arse el especismo d e bido a su aceptación d e otras discriminaciones s emejant es . Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 128 aceptación co mo pr emisa signifi ca la aceptaci ón de supuestos antrop océntr icos. Evidentemente, no se necesita mantener un p unto de vista antr opocéntrico para afirmar que ningún ser hu mano con l a capacidad de sufrir y disfrut ar debe ser privado de plena co nsideración . De hecho , qu ienes defienden el argu mento que esta mo s ex a mi n ando mantienen comúnmente que nadie que pueda exper imentar placer y dolor debe ser desconsiderado , y esto incluye a los humanos. Pero asu mir expl ícitamente que los miembro s de la especie humana deben ser teni dos en cuenta mientras la pregunta t odavía está debatiéndo se en el ca so de los no hu manos implica afir mar una diferenci a que puede dar fácilment e la impresión de que la igualdad humana es anterior a la igualdad entre todos los demás se res conscientes. Partir de tal asunción es quizás, en ci ertos casos, una bue na estr ategia para cuestionar el antropocentrismo, pues muestra que es una posición que termina por rebatirse a sí misma. Pero, por otr o lado, puede ser un punto de partida problemático, dado qu e, como esta mos viendo, podría esgri mirse que quiene s atacan a l antropocentris mo tienen en la práctica , de hecho, la obligación de aceptar esta premi sa. Por con sigu iente, parece q ue ser ía mejor evitar incluirla como tal. 3.3.4.2. La versión bico ndicional A la luz d e estas do s objeciones, funda mentalm ente de la segu nda, par ece qu e sería prefer ible for mular el ar gumento sin tene r que compr ometerse d e la maner a en la que l o hace la v ersión c ategórica, manten iendo al mis mo tie mpo el poder de convicción argumentativo. Esto lleva a la presentación de la versión bi condicional del argumento. Esta constitu ye una formulación que no da por sentada la idea de que los hu manos no deben ser m oralmente excluido s. La pr emi sa que la presentación categórica del argumento asume ( la idea que todos los intereses humanos deben teners e en cuenta), no e s presupuesta por la presentación bicondicional. E sta afir ma si mplemente que si no acepta mos ciertos criter ios en algunos casos (por ejemplo, cuando hay se res hu manos afectad os) ento nces no Distintas defensas del antr opocentrismo 129 podemos aceptarlos cu ando otros individuos se ven afectados por e llo. Evelyn Pluhar ha enunciado esta versión del argumento como sigue: 1. Beings who are similar i n a ll import ant morally re le va nt respects are equally mora lly s ignificant. 2. Nonhumans exist who are s imilar in all important morally relevant respects to marg inal humans. 3. The ref ore, those nonhumans who are similar in all important morally re levant respects to marginal h um ans are max imally morally signif icant if and only if marg inal humans are m aximally morally sig nificant. 144 En realidad, hay algo que objetar a una formulación de este tipo, y es que esta supone ya en su redacción que estamo s hablando de car acterística s “moral m ente importante s” cuando nos referi mos a aqu ellas que quienes defienden el antropocentrismo han citado como tales. Sin embargo, tal suposición es precisamente la que este argu mento busca mostrar, en últi mo término, co mo improcedente. S u utilid ad es la de h a cernos ver que los motivos para considerar moralmente a los seres humanos no tienen nada que ver con sus fa cultades cognitivas, lingüísticas o culturales; y que, por lo tanto, estas ya no podrán ser aducidas p ara justi ficar ninguna clas e de consid eración des favorable, sean humanos o no quienes la sufran. En la form ulación que aquí se propondrá se intentará, por t anto, evitar una form ulación que implique una confusión en esta línea. De este modo, esta versión del a rgumento será expre sada, más bien, como si gue: 1. Debemos justific ar nuestras deci sione s morales sobre la base de razones válidas de un modo universalizable. 144 Pluhar, Beyond Prej udice , p. 65. Una primera versión de su aport ación en este punto s e encuentra en Pluhar, Evely n, “The Personhood View and t he Argument from Marginal Cases ”, Philosophica , 39, 1987, 23-38. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 130 2. Si está jus tificado privar de plena consideración a ciertos seres con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de que no satis facen ciertos criterios, ello supone que está justificado privar de plena con sideración a otro s seres con la capacidad de sufrir y disfrutar que tampoco cumplen tale s criterios; y si no está justif icado privar de plena con sideració n a cier tos seres con l a capacidad de su frir y di sfrutar sobr e la base de que no sati sfacen ciertos criterios, ello supone que no está justificado privar de plena con sideración a ot ros seres con la capacidad de sufrir y disfrutar que tampoco cumplen tales criterios. Llegados a es te punto p odríamos introducir una premisa como la sigui ente a modo de postulado: 3. Está justificad o privar de plena con sideració n a los ani males no humanos con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de que no sati sfacen un cier to criter io C (d onde C podrá denotar, entre otr os requisitos, l a posesión de cier tas capacidades cognitivas o lingüística s o la posibilid ad de tener debere s, así como circunstancia s relacionale s como el hecho de tener ví nculos emocionales con no sotros, de encontr arse en u na situació n en l a que tienen poder sobre otros o de interactuar habitual mente con nosotros). Y concluiríamos entonces: 4. Está justif i cado privar de plena consideración a los s eres humanos con la cap acidad de sufrir y dis frutar que no satisfacen un cier to criterio C . Distintas defensas del antr opocentrismo 131 De manera alternativa, se podría haber pre sentado una premisa diferente en lugar de la que introducimo s. Pudimos haber supuesto que está justifica do pri var de consideració n moral a seres hu manos por las razones mencionadas. Habr ía mos conclu ido, en consecue ncia, que está ju stificado hacerlo en el caso d e los ani males no humanos. O pudimos haber supuesto que no está justificado excluir moral mente ni a humanos ni a no humanos. En tal caso, habr íamos concluido que tampoco lo está hacérselo a los miembros del otr o grupo. Objeciones a la versión bicondicional: ¿de vu elta a la versión categórica? Los defensores de la versión categórica p ueden aún objetar que para tener éxito el argumento nec esita asumir la pre misa de que ningún h umano consciente puede ser privado de plena consideración. E xaminaremos dos posibles objeciones a la versión bicondicion al que se pueden pre sentar co n el fin de defender la categórica. a) La premisa categóric a todavía resulta necesa ria Se puede decir que incluso si no q uere mos present ar explícit ament e la premisa de que ni ngún hu mano debe ser priv ado de consideración, el argumento todavía hace desc ansar su causa en dicha a sunción. Si no qui siéramos proteger a todos los humanos, no tendríamos ninguna ra zón para rechazar la privación de consideració n de los n o humanos. Aquello s y aquellas que han defendido l a exclusión moral de quie nes no pertenecen a la e specie humana deben abandonar s u posición antropocéntric a solo en un c aso: en l a medida en que q uieran pr oteger a los hum ano s. 145 145 De este modo podemos entender qu e Regan, qu e ha presentado una f ormulació n categórica del argumento, mantenga que la conclus ión a la que pretendía lleg ar con ell o Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 132 Esta afir mación es acert ada en un punto. De u na manera u ot ra, lo que este argumento hace es mostr ar que las defe nsas del antrop ocentr ismo acaban rebatiéndose a sí mismas. Por consiguiente, el argumento tiene sentido cuando es presentado a quienes s ostienen que todos lo s humanos deben ser pro tegidos. Sin embargo, de aquí no se sigue que debamos asumir tal idea de partida para pr esentar el argumento. Para func ionar, el argumento sol o necesita manifestar una condici ón: si se asume como pre misa que todos los hu manos deben ser protegidos, entonces se tiene n que aceptar ci ertas consecuen cias. Afir mar que p i mplica q no conlleva afirmar p . b) La necesidad como premi sa de la protección contra la descon sideración moral Hay otra manera en la que pu ede a fir m arse que, de hecho, para el éxito de este argumento resulta necesaria la suposición de que todos lo s intereses hu manos han de ser considerados. Se podría argu mentar que si queremos garantizar pleno respeto moral a los animales no humanos, la r elación bicondicional no será suficiente. Podríamos, de hecho, decidir d esconsider ar a todo el mundo y universalizar t al criteri o. Si queremo s que la consideració n igualitar ia se vea universalizada necesitamo s introducirla en el argumento de un modo u otro. La premisa de la universali zación es insu ficiente par a tal fin. Es to es , necesitamos otra pr e mi sa , en la q ue se a firme que al men os algunos seres tien en que ser era mer amente bi condi ciona l (en correspondencia personal). De ac uerdo con esto, cabría plantear que un modo de present ar una versión categ órica con un fondo bicondi cional sería es ta: 1. Supongamos como premisa que todos los seres humanos son considerables moral mente. 2. Se sigue entonces el arg umento de la superposició n de e species (v e rsión categ órica). Distintas defensas del antr opocentrismo 133 considerados para pode r universalizar tal prote cción. Por tanto , la pre misa que la visión categórica i ncluirí a (la asunción d e que ning ún humano debe ser desconsiderado ) serí a necesaria despu és de tod o. La única maner a en que podr ía universalizar se la protección contra la pr ivación de consider ación moral ser ía asumiendo que los hu manos deben tenerla. Esta obje ción puede p arecer convincent e a pr imera vista. P ero, u na vez analizada cuidadosamente la cue stión, descubr imos razones para cues tionarl a . La objeción asume que el f i n que tiene el argumento de la superposición de especies es inferir la univer salizaci ón de la pr otecció n con tr a la desconsid eración moral . Per o esto no es real mente el c aso. Vere mos por qué. 3.3.4.3. Lo que el arg umento de la superpo sición de e species de muestra y lo que no a) Lo que no demuestra La versión categ óri ca asu me que hemos de as um ir como premisa qu e todos los humanos debe n se r plenamente consider ados, cumplan o no los criterios esgrimidos por quienes defienden el antropocentri smo . Esta es una manera de argumentar que hasta cierto punto es compren sible, pero se enfrenta a un ser io p roblema: el argumento de la s uperposición de especies no de muestra que los humanos no deban ser excluidos. No ofrece ninguna prueba en absoluto de tal creencia. Ni siqui era la ver sión categórica lo ha ce. Esta si mplemente la presupone en una de sus pre misas . Pero n o la ju stific a: si mplement e la da po r ci erta. El argumento solo de muestra que si se debe prote ger de la exclusión a los hu manos, entonces también se debe prot eger a los no h umanos, y viceversa. P ero eso no significa que humanos y no humanos deban ser protegidos: el argumento no ofrece ninguna demostración de por qué no debemos descon siderar a unos y otros. Los defensores d e la ver sión categór ica asu men una premi sa más que q uienes opt an por la versión bicondicional , pero no la prueban. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 140 Nothing much [...] should be inferred from our not presently ha ving a theory of the moral importance of speci es membership that no one has spent muc h time trying to formulate one because th e issue hasn’t seem ed pressing . 152 Esta respuesta puede ser cr iticada por distintos motivos: i) Una solución de este tipo resulta sorpr endente por el hecho de que no aporta razón alguna. No parec e que sea nec esario ex tender se en expli car esto, p ues parec e algo cierta mente patente . ii) Por otra parte, esta respuesta, al margen de su limitad a meticul osidad reflexiva, va a s er, asi mismo, fácilmente rebatible por lo discutible de sus supuestos. Y es que, a la luz de la evolución del debate en lo s últi mas tr es décadas, en las que se han ensayado por parte de quienes defienden el antropocen trismo toda suerte de argu mentos y propuestas, parece que podemos afir mar que l o que hace Nozick es más bien ign orar el fraca so cosech a do en tal bú squeda. C o mo c o men t a Singer: 1) The sear ch fo r a def ence of s peciesism was contrary t o Nozick’s remark, already well under w ay b y 1983, and has not abated s inc e. 153 2) The time has co me to rev erse Noz ick’s r emark : there is, by no w, a good dea l to be inf erred from the failure of all this philosophical activ ity to find a sound defence of spec iesi sm. 154 152 Ibid., p. 308. 153 Singer, Peter, “ A Response”, in Jamieson, Dale (ed.), Singer and H i s Critics , Blackwell, Oxf ord, 1999, 269-335, pp. 295-96. 154 Ibid., p. 296. Distintas defensas del antr opocentrismo 141 iii) Po r otra par te, es imp ortante desta car de qu é forma la solució n de Nozick puede ser esgri mida para justificar t oda suert e de abuso. Richard Arneson lo pone de manifiesto del siguiente modo, señalando: The problem with this sugg e stion is that if it works at all, it works t oo ef fectiv e l y . Asked to justify fav oring a demented human ov er a cog ni tively better endowed non- human, one responds that we see the human against a dif f erent tapestry of co mplex as sociat ions than w e see the non- human animal. But b y the same token, asked to justify discriminating in fav or of Ary a ns and against Jews, the would- be discriminator can respond th a t there is no simpl e moral ly relevant dis tin ctio n, bu t rather a diff erence so compl ex as to b e ef f ectiv el y unstateabl e. W e see the J ew placed in an intricate tape stry that is quite diff erent from the Aryan tapestry . 155 Cabría aun complementar lo que Arneson i ndica añadiendo que no so lo podemos ver en un distinto tapete a quienes p ert enezcan al grupo qu e queramo s beneficiar, sino que si no tenemos ningún argumento para hacerlo es porque este no ha sido aún adecuada mente buscado. Una postura como la aq uí caracterizada p or Arneson no sería aceptad a por el propio Nozick. Sin embar go, este argumenta de un modo que la po sibilit a. c) Necesidad de aceptaci ón social de la filosofía Nozick va a apelar a otro motivo distinto para no tener en cuen ta este argumento. Partirá del hecho de que l a mayor ía de la gente (inclui do él mismo) 155 Arneson, Rich ard J., “ What, if Any t hing, Renders All Huma n s Mo r a ll y Eq ua l ” , in Jamieson (ed.), Singer an d His Critics , 103-28, p. 1 24. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 142 asu me la s actitudes es pecistas como algo evi dente y necesario. En base a esto, afirma Nozick que las opiniones de l os filósofos morales no serán tenidas en serio mientras no prueben l a existen cia de una dif er encia moral mente rel evante ent r e humanos y otros animales. 156 Este argu mento ter mina con l a po sibilidad d e reflexio nar más allá de l o comúnmente aceptado. Ahor a bien, las opiniones i mperantes puede n incurrir en contradiccione s flagr antes. Ac eptar el pl antea miento de Nozick en este punto supone cerrar toda posi bilidad de mostrar tales inconsistencias y, en consecu encia , de corregirlas. Ello puede quizás resultarnos confortable y fácil de asumir a corto plazo. Pero implica, en realidad, renunciar a l a reflexión. Por otr a parte, la r enu ncia a cuestionar contr adicciones nor mativas entraña consecuencias que antes o después resultan inaceptable s. Para mos trar lo, cabe incidir aquí en una idea que se repetirá a lo larg o de esta inve stigación: los distintos ejemplos de actitud es ampliamente suscrit as en el pasado que hoy en día much a gente con sidera in justifi cables, co mo el raci smo y el sexis mo. De haber se aceptado en su momento el plan teamiento que d efiende aquí Nozick, nunca habrían sido contradichas. Con todo, pode mos ver como muy positivo que ta l cuestionami ento haya tenido lugar. En cualquier caso, incluso sin recurrir a ejemplos de este tipo tenemos motiv os par a rechazar un a autoc ensur a del pen samiento co mo la qu e aquí defiende Nozick , que re sulta cognit ivam ente irracion al. d) Acusación de degradar a much os seres huma nos Algunos autores, como Richard Nor man y Leslie Francis, 157 arr emeterán contra este argumento por considerarlo ofensivo para muchos seres hu manos. Posner ha explicado est a idea, sosteniendo: 156 Nozick, “Do A nimals Have Rights?”, p. 307. 157 Francis, Leslie & Norman, Richard, “S ome Ani mals Are More Equal th a n Others” , Philosophy , 53, 1978, 5 07 -27. Francis y Norma n conside rar án as imismo of ensiv a la Distintas defensas del antr opocentrismo 143 If we f a il to ma intain a br ight lin e b et ween an ima l s an d human beings, we may end up treating human being s a s badly as w e tre at an imals , rath er than tr eating animals as well as we treat (or aspire t o treat) hu man beings. Equation is a transitive relation. 158 Cabría responder t al vez que el objetivo de quienes plantean e ste argumento es ciertement e diferent e. Co mo señala Waldau: It is not mere ly the inclus ion of all humans tha t is th e target of antispe ciesism adv ocates. Rather, the prob lem is th e exclusion of all o t her animals s olely be cause the y ar e not members of the human species. I t is the concentration on the speci es line as the b ord er of moral co nsid erabili ty that has led to the charge that membership in the human species has been the real criterion for det er mining which a nimals are valued. 159 Pero habr ía algo más que decir a este respect o. Lo cier to es que, com o no resulta difícil consta tar, son precisament e los pr opios defe nsores del antropocentrismo quienes están excluyendo (incluso aunque lo hagan de un modo tal vez inconscie nte) a quienes pertene cen al amplio colectivo de seres humanos que no cumplen los criterios que ellos mismos han planteado como relev antes. Y no solo eso: la ú nica a ct itud auténti camente r espetuo sa po sible con estos ser es humanos es justamente destapar e ste hecho y mostrar los motivos que o casionan su exclusión ( la apela ción a la racio nalidad, el l enguaje o facultade s r elacionada s como moralmente relevantes), para proc eder a su supr esión, con todas la s comparación de la l iberación animal y la de los c olectivos humanos desf avorecidos, enten dien do que triv ializ a esta últi ma. 158 Posner, “Animal Rig hts”, p. 61. 159 W aldau, Paul, “Speciesism: Historical Views”, in Bekoff & Meaney (eds. ), Encyclopedia of Animal Rights and Animal W e lfare , 321-22, p. 321. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 144 consecuencias que ello tenga. Así, son c uriosamente aquello s y aquel la s que critican el antr opo centr ismo quiene s realm ente acuden en ayuda d e todo e ste colectivo de seres humanos excluidos i mplícitamente por los criterios antropocéntr icos, al opo nerse a estos. Cierta mente, la r elación que el argumento plantea es bicon dicio nal. P ero la asunción de que se ha de privar de con sideración a los animales no human os (de donde se deriva ría también la exclusió n moral de ciertos humanos) no s ol o no está implícita en el argumento, si no que es precisamente defendid a por quiene s critican e ste. Por ot ra parte, e s impo rtante tener en cuenta qu e no es el argumento el que crea l a relación bicond icion al qu e señala: lo que este hace es, si mplement e, mostr árnosla. e) Acusación de degradar a los animale s no humanos John Rodman ha sostenido que el uso de este ar gumento supon e una degradación de los animales no hu manos. Mediante él, argu menta Rodman, estos son comparado s a seres humanos carente s de ci ertas capacidades. E llo resulta análogo, dice Rodman, a si dijésem o s que las mujeres equivaldrían a hombres incompletos o de fectuosos, por car ecer de al gunas de las caracte rísticas que normalmente los ho mbres poseen; o los h umanos a cetáceos de fectuosos, por estar privados de sónar. 160 De hecho, e sta línea d e crítica a sume lo q ue se supone qu e el ar gume nto pretende cuestionar. Si los animales no hu manos son degradados al ser comparados con los hum anos que n o poseen ciertas capa ci dades, ello conllev a que la car encia de estas es algo d egradante. Per o si la pos esión de tale s capacid ades re sult a moralmente i rrelevante ( como s e intenta mostrar mediante el uso del argumento), entonces no hay razón para pensar que es to sea así. 161 El supuesto en que se bas a 160 Rodman, John, “The L ibe ration of Nature?”, Inquiry , 20, 1977, 83- 131, p. 94. 161 Curiosamente, acaba Rodman concluy e ndo que no existe ning una obligación para qu e abandonemos el uso de ani males no hum a nos –se opone a su do m esticación, mas no a su Distintas defensas del antr opocentrismo 145 Rodman para crit icar el argumento es preci samente un a de las id eas que el argumento viene a cue stionar. 3.3. 5.2. Respuestas que no aceptan el argumento de la superposición de especies a) Negación de las difer encias William Paton responderá al argumento afir mando que la existencia de seres humanos con diver sidad funcional intelectu al es puramente accidental y que futuro s adelantos médicos eliminarán tal problema (poniendo como ejemplo el caso del cretinis mo, para el que, i ndica, fue encontr ada l a cura en la década de 1890). Dir á así: W e could indeed assert strictly the re are no “h opeles sly ” def ective human b ein gs. 162 Respuestas semejantes, aunque puedan r esultar lla mativas, han sid o dada s también, con alguna va riación, por otr os autores. De e ste modo, H. J. McCloske y afirmará It is s eldom th at we c an say with conf idence t hat t here is not potentiality for sanity and moral autonomy . 163 consumo (véase ibid., p. 106) – , pero sin aña dir que el uso de los seres humanos que teng an capac idad es equiv alentes a las de estos sea igualmen te adm isible. As ume así las prescripciones prácticas que el argumento de la superposición de especies cues tiona como especistas. Con esto nos encontramos con que en re a lidad Rodman acaba dis criminando, y, con ello, degradando a los animales no humanos, no por utilizar este argumento, sino por no considerar q ué cr iterios han de s er relev antes a la hora de ten er i nteres es que respetar, algo que pre cisamente el argumento ay uda a ver. 162 Paton, W illiam, Man and Mouse , Oxford University Press, O xford, 1984, p. 33. 163 McCloskey , Henry John, “M oral Rights and Animals”, Inquiry , 22, 1979, 23- 54, p. 42. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 146 No parece que un argumento a sí vaya a permitir saldar la cuestió n. L as razones que este alega no resultan en absoluto convincentes. ¿Pued e ser que en un futuro llegue el día e n el que no nazcan h umanos con div ersidad fun cional intelect ual o mental? E sto parece, com o mínimo, contr overtido. Pero, en cualquier caso, lo más importante es que, aun si efec tivamente Paton estuviese e n lo cierto y ese día fuese a llegar , en este momento con cret o la situación e s otra: hoy en día existen efectiva ment e seres hu manos privado s de las capacidad es citadas. Par a muchos de ellos, pace Mc Closkey, no exi ste posibilidad alguna de llegar a ser autónomos en el s entido asu mido por qui en es defien den esta capacidad co mo criterio para establecer una diferencia ció n moral. E l problema queda, por lo tanto, todavía abierto. Para terminar, no d ebemos olvid ar que, incluso aunque ning ún h umano tuviese div ers idad funcional alguna, h abría aú n humanos qu e carece rían d e las capacidades señaladas: los bebé s. El argumento que Pat on y McC losk ey esgrimen los deja de lado. Jon Wetlesen ha intentado dar una solución distinta en este punto m e diante la introducción de la que, en su opinión, sería la diferencia entre “ability” y “ capability ” . De a cuerd o con Wetlesen, el pr i mero de est os tér minos signific aría la capacidad de algo, mientras el segundo de ellos denotaría la posibili dad de ser capaz de algo. P or “capabil ity” se entend erí a así la posibil idad d e tener una ciert a “ability”. Y lo moralmente relevante, en opinión de Wetlesen, n o sería la posesió n de una cierta capacidad, sino la de la posibilid ad de esta. L a cuestión, pues, sería si los seres humanos que no poseen ciertas capac idades – “ abilities” – po seerían, sin embargo, la s “capabil iti es” vinculada s a ellas. Esto es, si, a pesa r de n o poseer de hecho ciertas capacidad es, poseer ían la po sibilidad de pose erlas. Segú n Wetlesen , no pode mos real mente saber si ello es a sí: p uede ser que esto s ser es hu manos carezcan tanto de la s capacidade s como de la p osibil idad de tenerla s, o puede q ue Distintas defensas del antr opocentrismo 147 aú n mantengan esta últ ima. De este modo, pr opone Wetlesen que le s demos el beneficio de la dud a. 164 Un argumento co mo est e parece cierta mente po br e. El propio Wetlesen dice: Admit edly, this is a somew hat ad hoc assumption. Even if it is not a good scientific explanation, how ever, it may be a good moral reason. 165 Se trata a todas l uces de un r ecurso ing eniado con el fin de parchear consecuencias no des eadas de una posición qu e, por lo de más, disfrut a del apo yo de Wetlesen. Ello puede llevarnos a sospechar que probable mente constitu ya un mal argumento. Es ciert o que no e s algo que t enga que i mplicar necesari amente que así sea. Sin e mbargo, cu ando se analiza la cue stión se descu bre que e fectiva mente es así. En primer lugar, la distinción entre “ abilit y” y “capability” no es completamente clara en términos prácticos. En segundo lugar, incluso si la aceptamos acrí ticamen te, encontramos que la solución de Wetlesen sigue resultando muy cue stionable. Si habl amos de capacidade s cuya posició n puede ser confirmada em p írica mente, encontramos que muchos seres hu manos no solo no poseen ciert as capacid ades, sino ta mpoco la po sibilidad de t ener las. L a diferencia entre la po sesión d e un a cierta “capab ility” y su cor respondi ente “abili ty” se dar ía únicamente en la medida en q ue algún factor contingente i mpidiese que una facultad poseída de he cho por ciertos sere s humanos pudies e ser ejerc ida por estos. Ahora bien, si es así, es claro que muchos seres humanos no po seerán determinadas “capabilitie s” que autores co mo Wetlesen ent i enden como relevantes. E l propio hecho de que Wetle sen tenga qu e asumir qu e no pode mos saber si estos seres humanos las poseen o n o muestra esto. D e este modo, cabe concluir qu e la posesión de una cierta “ capabili ty” no es susceptible de ser comprobada. P asa mos a sí a asumir una po sición de tipo metafísico cu ya plausibilidad n o tene mos forma algun a 164 W etlesen, Jon, “The Moral Status of Being s Who Are Not Persons: A Casuist ic Argument”, Envi ron men tal Valu es , 8, 1999, 287-323 , pp. 301-2. 165 Ibid., p. 302. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 148 de comprobar . Revisare mos las po siciones de este tipo más adelant e (y veremos entonces que ha y razones de pe so para con sider ar que estas no se encuentran justif i cadas). Por lo de ahor a, valga decir que no pod emos con siderar que una solución co mo la de Wetlesen reali ce real mente una ap elación a l a pose sión de ciertas capacid ades cu ya pose sión result a co mprobable. Cabe indicar, final mente, que no se puede soste ner con éxito una po sición que trace un dominio moral sobr e la base de la posesión de ciertas capa cidades sin poder dar cuent a de hecho de que tales capaci dades sean e fectivame nte po seídas por aquellos en torno a los que tal dominio se traza. Por este moti vo hay que concluir que, si su explicación no es una buena explicación empírica, no podr á ser una bue na explicación m oral en modo alguno, como sugiere Wetlesen. b) Negación de la utilid ad del uso de sere s humanos Jan Narveson plantea el siguiente argumento para distinguir l a situación de los seres humanos con diversidad funcion al intelectual o los niños de la de los animales no h umano s: 1) There is an evident pr oblem about the treatment of what I have ca lled “ marg inal cas es” on t his v iew, of course: infants, the feeble - mind ed, and the in capacita ted are in vary ing degrees in the positi on of the animals in relation to us, are they not? True: b ut the situa tion is v ery different in several way s. For one thing , we generally ha ve ver y littl e to gain from treating th e m well. F or another, margin a l humans are invariably members of families or members of other grouping s, which makes them the obje ct of love and inter est. 166 166 Narv eson, Jan, “A nimal Rig hts Rev isited”, in Mi ller & W illiams (eds.), E t hi c s and Animals , 45-59, p. 58. Distintas defensas del antr opocentrismo 149 2) Various animals have much to of fer us whi ch motiv ates imposi tions o n them : th e culin ary interest, o f course, but also in furs, etc. Apart f rom the special case of medical experimenta tion there is no comparable sy stem atic interest in marginal huma ns. 167 De este modo, lo único que distinguiría la situación de uno s de la de ot ros sería el i nterés q ue teng amos en su explotaci ón. S e apela a la circunsta nci a práctica de que no tenemo s interés en usar a ningún se r humano. Esta asunción no e s ya dudosa, sino claramente falsa. Los seres human os son susceptible s de ser util izados en prácticas en las que hoy día se usan animales no humanos. Y, en realidad, lo han sido en el pasado y lo continúan siendo hoy (los experimentos realizados con prisioneros en Alemani a durante la Segunda Guerra Mundial son solo un ejemplo de ello). De hec ho, expl ícitamente r econoce Na rves on que en est e ámbito sí podría resultar de utilida d tal empleo. 168 P aton ha intentado destac ar una diferen c ia en este punto, señalando que as a practica l point, it is unlik ely to be r egarded as scient ifica lly satisf actory that whatev er exp eri men ts do n e sho uld be done, not on normal adult organisms, b ut on the infantile, congenitally defic ient, senile, or dise ased. 169 Sin embargo, e sto par ece ser una racion aliz ación dirigi da a justificar el empleo de no hu manos censurando el d e humanos. Es pr esumible que el o rganis mo 167 Narveson, Jan, “On a Case for Anima l Rights”, The Monist , 70, 1987, 31-49, pp. 46- 47. 168 Tiene en mente est e autor otros us os, como el cu linario, pero incluso e n un caso co mo este se podría r ecordar que muchas so ci edades hum anas han sido antropófag a s, de manera que, ni aun llev a ndo el ar gumento a lo que se tend rí an por extre mos, se ve este libre d e répli ca. 169 Paton, Man and Mouse , p. 33. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 252 mor de las otras variab les que han deter minado en el pasado y en el presente su constitución, que han dado por re sultado pr ocesos evolutivos opues tos), han de enfrentarse a problemas o situaciones muy semejantes o inclu so coincid entes. Y, en tales situaciones, las soluciones aportada s a estos proble mas resultan , funcionalmente, de una gran se mejanza, incluso entre seres que gua rdan escaso parentesco ent re sí. E s este el caso de la s lla madas con vergen cias evo lutivas. Par a mantenerse en el aire, tanto los insect os como lo s murciélago s o las aves han de sarrollado si stemas semejant es. Co mo ta mbién la for ma de la s patas delanter as de un topo nos recuerdan en todo a la s de un gr illo por las similitudes p resentes en las funciones que debe n cumplir en el medio en el que viven . Por no hablar del parecido entr e escu álidos y cetáceo s. Ah ora bien, sabemo s que, pese a tal coincidencia en lo fun cional, los mecanis mos mediante lo s que tales propi edades se han desarrollado difieren profundamente entre si, por razón, como venimo s insistiendo, de las diferencias bioquím icas y an atómicas previa s de las que par tían. Este hecho h a sido r eferido por L aFoll ette y Shanks co mo asim et ría causal/funcional ( “ causal/functional asymmetry ”) : 295 la no nece sidad de que una determinada p ropiedad funcional de un org anismo implique un d eter mi na do mecanismo cau sal . Est a asimetría pu ede ser formulada con t res r eglas bá sicas bastante clar as y sen cillas que lo s propios LaFo llett e y Shanks for mulan : i) De se mejantes propie dades funcionales biológicas no podemo s inferir una semejanza e n los meca n ismos cau sales . 296 Esto ser ía precisament e lo qu e ocur riría en los anteriores eje mplos, y básic amente en cada ca so de convergen cia evolutiva. Una misma solución a un mismo probl ema se origina a partir d e distintos mecanismos. Ello no quiere decir que los organismos que han dado lugar a estas presenten idénticas estr ucturas. Los recursos utilizados varían, el resultado coincide. 295 Ibid., pp. 99-101. 296 Ibid., p. 100. Distintas defensas del antr opocentrismo 253 ii) De diferencias entre mecanis mos causales no podemo s inferir diferente s propiedades funcionale s . 297 Esta regla no sería m ás que una implica ción de la anterior . Si puede haber un a convergencia de ca racterísticas funcional es sin haberla de las estructuras bioló gicas que las originan, es obvio que, ante una disi milaridad de mecanis mos cau sales no vamos a e star en situ ación de con cluir ni una semejanza, ni un a difere ncia de funciones cubi ertas. iii) De semejante s mecani smos causale s sí pod emos inferir una semeja nza de propiedades funcionale s . 298 Ahora bien, aquí ca be apuntar una últi ma c uestión, y de una r elevancia difíci lmente de spreciable. Y es qu e, si bi en r esultados an álogos podían ser debidos a diferentes soporte s biológicos, si la si militud se da en los propios mecanismos el r esultado solo pued e ser coincidente. Es así como LaFollette y Shanks nos facilitan una explicación de por q ué los sistemas receptores de dolor y, más generalmente, la constitución física que nos permite ser consciente s n o tienen por qu é ser iguales en cada s er: puede haber variaciones que, con todo, ocasion en los mismos efectos. En consecuencia, podemos concluir que tenemos razones fisiológic as para pensar que muchos animales no humanos pueden tener experi encias positivas y negativas, que las posibles objeciones n o acaban de rebatir. 3.5.1.3.4. Lógica evolut iva La constitución fisiológica que tenemos los organismos vivos viene dada en función de los di stintos proble mas y retos c on los que nue stros an tepasados y antepasadas se en contrar on en su momento, por constituir una solu ción a estos. A sí, los animales tenemos aparatos dige stivos porque nos nutrimos de mater iales 297 Ibid., p. 101. 298 Ibid. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 254 externos qu e necesit a mos tran sformar en sustan cias nutr itivas. O ten emos determinados sentidos, como la vista o el oído, par a manejarnos en nu estro medio. Todas estas cara cteríst icas han apar ecido y han sido trans mitidas a t ravés de generaciones debido a su utilidad para la supervivencia: aquello s organis mos que las han poseído ha n estado mejor c apacita dos y capacit adas par a pasar su información genética a otros seres (su descen dencia). Pues bien, la cu estión en el caso de la consci encia r adicará en c uáles s on las circunstancias que hacen que sea algo que h aya podido surgir a lo largo de la evolución natural. En o tras palabras: ¿por qué ha sido seleccionada la consciencia como una solución úti l? Lo que n os ll eva a la si guiente pregunt a: ¿en q ué punto e n la evolución natural es r azonable pen sar que la consciencia apare ce? ¿Qué ti po de seres será, en con secue ncia, razonable p ensar que son con scientes de acuerdo con el rol que la con sciencia pueda jugar para pres ervar y, más aun, hacer posible su existenci a pr ecisamente en función del tipo de seres que son? En relación a esto, un especialista en el tema de la bas e fisiológica de la consciencia, António D amásio ha indicado: Survival depends on finding and incorporating sources of energy and on prev enting all sorts of situations which threaten th e integ rity o f liv ing tissues . I t is certainl y true that without actions organisms such as ours w ould not surviv e since the sources of energy required for renewing t he organism’s structure and mainta ining life would no t be found and harnessed to t he ser vice of the org ani sm, ne ver mind staving off environment al dangers. But o n their own, w ithou t the guidance of i mages, a ctions would no t take us far. Good actions need the comp a ny of good images. Images al low us to choos e among repertoir es of prev iously available pattern of actions and optimize the delibery o f the chosen action – we can, more or less deliberately , more or less automatic ally, rev iew men tally the imag es w hich rep resent dif ferent op tion s of action. We can pick and choose the most appropriate and Distintas defensas del antr opocentrismo 255 reject the bad ones. Images also allow us to in vent new actions to be applied to novel situations and to c onstruct plans for f ut ure act ions – the ab ility to trans fo rm an d comb ine images of actions and scenarios is the wellspring of creativ ity . 299 La conscien cia habría así sido selec cionad a en la historia natur al por constituir una herra mienta excelente que propo rcionaría una ventaja considerable a la hora de adaptar nuestr a actividad a los desa fíos de nuestro entorno: Eff icient management of life regulation depends on taking the right action, and, tha t, in turn, can be greatley improved by purposeful preview and manipulation of images in mind and optimal planning. Cons ciousness allowed the connection of the two disparate aspects of the process – inner life regulation and imag e making. 300 Tenemos, así, argu mentos convincente s para d a r cuenta de lo s motivos por los que muchos animales no humanos son conscientes. La consciencia es una herramienta poderosa que hace posible dirigir de modo integrado num er osas actividades que posibil itan una existen cia que requiere re spuestas c omplejas al medio: Consciousness opens the possibility o f constructing in the mind some count erpart to th e regulatory speci fications hidden in the br ain core, a new way for the li fe ur ge to press its claims and for th e organism to act on th em. Consciousness is the rite of pass age whi ch allows an org a nism armed wi th the abili ty to reg ulate its metab olism, wi th inna te reflexes , 299 Damásio, An tónio R., Th e Feeling of What Happens: Body and E motion in th e Makin g of Consciousness , Harcou rt, San Diego, 1999.pp. 23 -24. 300 Ibid., p. 24. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 256 and with the form of learning known as conditioning to become a minded organism, the kind of org anism in which responses are shaped by a mental concer n over the organism’s own life. 301 Vemos, pues, que cuando partimos de una perspectiva evoluc ionista comprobamos que hay ar gumentos de peso para reafir mar lo ya apuntado de acuerdo a criterios ante riores. Lo que se deriva de todo ello es, pues, que tene mos argumentos de pe so par a considerar que un gra n número de ani males no hu manos son seres con scientes. 3.5.1.3.5. Conclusión Tener exper iencias positi vas y/o negativa s parece cier tamente un cri terio a la vez suficiente y necesar io par a ser consider able moral mente. P ero tene mos fuertes razones para de fender que no es satisfecho solo por los seres hu manos, sino también por muchos otr os animales. Ante estas, la a cusación de antrop omorfismo se viene abajo. E xpone estas Rollin al afir mar: It is not the people w ho impute pain t o animals who ar e anthropomorphic; they ha ve good evolutionary, physiological and behavioural reasons to do so. It is, rathe r, those who deny pain to animals on the gr ounds tha t their behav i our is unlike ours who are anthropomorphic; for who else besides s omeone guilty of t he grossest anthropomorphism woul d expect expressions of animal fee ling s to be precisely like ours . 302 301 Ibid., p. 25. 302 Rollin, The Unheeded Cr y , pp. 146-47. Distintas defensas del antr opocentrismo 257 Hemos repasado los indicadores a los que Rollin se refiere. Y pudimos ver, al hilo de lo que estos no s indicaron, que l a actitud antropomor fizante no la muestran quienes, a la luz de razones como las expuesta s, reconocen la posesión de determinadas facult a des (incluyendo fundament almente la de sufrir y disfrutar) por parte de los animales no humanos. Como vi mos, la defensa de que los ani males no humanos tienen experiencias conscient es no se asienta en afirmacione s dudosas, sino en una apr oximación rigur osa a los he chos y explicacione s disponible s. Afirma de nuevo Rollin: Ther e is nothin g mys tical in attribu tin g men tal s tate s to animals. Mental states a re just like any othe r theoretical entity , not dire ctly observ able but ha ving explanat ory a nd predictive po wer. 303 Considerado esto, viendo las evidencias pr oporcionadas mediante los anteriores argumentos, cabe concluir que la ne gación de la posibilidad de que lo s animales no humanos puedan poseer experienci as estaría incurriendo en una visión reduccionista qu e, fren te a la presenci a de dato s coincident es para expli car un mismo fenómeno en casos distintos aceptaría solo la posibilidad de afirmarlo en uno de ellos, sin más criterio que la presencia d e individuos hu manos implicados en un caso y no en el otr o. La conclusión, pues, será la que ha s eñalado (tras su proceso auto crítico) Michael All en Fox: W e share with al l sentient being s the capacity to suffer, and hence with all an interest in not being caused to do e ither or both. 304 303 Ibid., p. 204. 304 Fox, M ichael Allen, D eep Veg etarian ism , T emple Univ ersity P ress, Philadelphia , 1999, p. 82. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 258 A este respecto e s imp ortante acl ar ar que, sin embargo, co mo se ha referido ya, toda un a serie d e ani males carec en de l as caracter ísticas qu e pode mos considerar rel evantes (e ste parec e ser con clar idad el ca so de ani male s como lo s protozoos o los espongiar ios y cabe la po sibilidad que t ambién e l de otros invertebrados). Así, au nque hablamos aquí de l reino animal co mo fronter a en un sentido amplio, e s claro que esto s animale s carecen de la nece sidad de ser obj eto de atención moral. En rigor, parece que, aun int roduciendo esta aclaración, de beríamos hablar de una parte o de un gran núm ero de ani males no humanos, puesto que es a ellos a q uienes nos re ferimos, más que de los ani males no humanos en general. (E xisten, sin e mbargo, razone s para que optemos por no r emarcar tal puntualización. Esta s son, en primer lugar, de carácter co municativo, para ha cer más sencilla de exponer la idea que queremos tr ansmitir. Y ta mbién, por otro lado, de tipo estratégic o, debido a l a existencia, a l a que he mos hecho ya alusión, de distinciones especista s –muchas de ellas d e ra íz antropocentr ista – ent re especies distintas de l a hu mana. 305 De esta forma, si hablásemo s de “algunos ani males no humanos” o incluso de “ la mayor parte de los animales no humanos”, podr ía darse pié a entender qu e nos r eferimos no al conjunto de los animale s con la c apacidad de sufrir y disfrutar, sino s olo a un cierto grupo de ellos dentro de este). 3.5.2. Capacidades inte lectuales complejas Se afirma en ocasione s que l a pose sion de ca pacidade s intelect uales de una cierta co mplejidad r esul t a moralmente relevante. E sta idea p uede ser de fendida de dos modos distintos. En primer lugar, se ha i ndicado que para ser cons ciente es preciso poseer capacidades intel ectuales de una cierta compl ejidad. De a cuerdo con esto, su carencia signi ficar ía no se r susceptible de perjuicio o beneficio alguno. En segundo lugar, se ha afirm ado también que incluso si la poses ión de tales 305 Incluso autores y autoras considerados import antes entre quienes han cuestionado el antropocentrismo han traz ado distinciones en este s entido. L o veremos más adelante. Distintas defensas del antr opocentrismo 259 capacidades no e s nec esaria par a ser con scie nte, quiene s las posee n resultar án mayormente con siderab les. Exa minare mos a conti nuación ambo s argumentos. 3.5.2.1. Consciencia y capacidades intelectual es La afirmación de qu e solo los humanos poseerían las capac idades intelectuale s que r esultar ían precisa s para s er c onsiderado s seres con scientes vi ene de lejos, habiendo sido sostenida en particul ar por Descar tes. 306 He mo s v i st o ya el modo en que este afirmó que los animales no h umanos vendrían a ser una suerte de autómatas mecáni cos in capaces de ten er exper ien cias de ningún tipo, y cómo tales afirmacione s pueden ser rebatidas. P arece qu e lo s requisitos p ara estar dotado de consciencia son mucho menos estrict os de los que el plantea miento cartesiano exigiría. No es así extra ño que un autor co mo Damásio ha ya rechazado firme mente tal visión, apuntando qu e not infrequently , consci ousness is simply explained in terms of other cognitiv e functions, such as languag e, memory , rea son, attention, and working m emory. W hi le such functions are indeed nece ssary for the top tiers of extended consciousness to operate norma lly , the stud y o f neurol ogical pa tie nts sugg ests tha t they are not required for core con sci ousness. 307 Para poseer capacidad es co mo las mencionada s necesita mos ser consc ientes. Pero el inver so no es el caso. La cons ciencia, señala Da másio, tien e lug ar a un niv el mucho más básico. T ener ciertas capacida des i ntelectuales compl ejas no es un requisito par a ser cons ci ente. 306 Para una defensa contemporánea de pos iciones co mo las cartesianas v er Carruthers, La cuestión de los animales , por ej emplo, pp. 172- 73, 192 y 194. 307 Damásio, The Feeling of What Happens , p. 18. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 260 3.5.2.2. Intereses y complejidad El segundo tipo de argu mento de fiende que la complejidad de la s capacidades intelectuale s significarí a la posesió n de intereses más significati vos. 308 Sin embargo, no está claro que esta conexión pueda sostenerse. Co mo indica R obin Attfield: 308 En ocasiones se presenta esta idea introduci endo un paso intermedio en la arg ument ación: l a apelac ión al h ech o de s er un “s er complejo ”. Así, el argumento procedería como sig ue: 1. Aqu ellos s eres qu e ti enen cap acid ades i nte le ctu ales complej as s on s eres co m plejos . 2. L o s ser es comp lejo s t iene n inter eses m ás s ig nif icativ os. 3. L a satisfacción de los intereses más signif i cativos debe tener prior i dad. 4. L a satisf acción de los inte reses de los ser es más co mple jos deb e ten er pr ioridad . Una variación del argumento que si tu aría la r elev anc ia mo ral d irect amen te d e la complejidad, sin la apela ción a los intereses m ás signif i cati vos, proc e dería como s igue: 1. Aqu ellos s eres qu e ti enen cap acid ades i nte lect u ales compl ejas s on s eres co mplejo s. 2. L a satisf acción de los inte reses de l os seres más co mplejos debe tener pr ioridad. Estos argumentos son cuestionables. Al marg e n de los proble mas env ueltos en la supuesta inf erencia d e interes es más sig nificativ os de la complej idad de l as capa cidad es poseídas , hay problemas relati vos a l a pro pia id ea de co mplejid ad. Est a, ap li cada en u n cont exto como el presente, es bas tante ambigua y , de he cho, puede posiblemente constituir un concepto que no es posible definir distintivamente. ¿Qué puede querer decir exactamente ser un ser complejo? Quiz ás podemos tener solo una ca pacidad (por eje mplo, la vista) y desarrollarla de un modo muy compl ejo. O tal v ez podemos tener un g ra n número de capacidades muy simples organizadas conjuntamente de un modo complejo. Aparte de esto, la segunda f orma del argumento i mpl icar ía as unciones acerca d el s ignif icado en términos morales de la c omplejidad que estarían fundadas en r azones no morales s ino metaf ísicas no v erif icables . Distintas defensas del antr opocentrismo 261 The interests of an au tonomous creature should not take preference when autonom y is not itself at stake. 309 Con esta a firmación se vendr ía a recha zar algo que o curre a menudo: que una cierta caracter ística que pu ede ser relevante en ciertos ca sos es in vocada para justificar una consideración desfavorable en casos en los que no resultaría de aplicación. A la l uz d e est o, la a firmación de Att field qu e a cabamos de l eer resultaría apropiada, pero sie mpre y cuando se cumpliese una condición: las capacidades co mplejas deben ser considerada s única y exclusivamente cuando su desarrollo está en juego de un modo moralmente relevante. Ahor a bien, de acuerdo con ello, en el c aso de las diferenciacione s morales debemo s probar, par a tener en cuenta a la complejid ad , que su desarr ollo o ejer cicio es algo que det erminará un a diferencia m oralmente r elevant e con r especto a los interes es del ser que las pos ee. ¿En qué sentido, pues, cabe decir que tener es tas capacidade s o carec er de ellas es relevante? Vere mos ahora do s respu estas posibl es. a) Capacidades intelectuales complejas e intere ses más significativos En ocasiones, se argumenta que los s eres dotados de c apacidade s más co mp l ejas po seen cier tas caract erísti cas partic ular es que hacen que sus inter eses tengan un peso mayor. Se aduce que la posesión de ciertas capacidades cognitivas complejas influiría en nuestra posibilidad de experimentar sufrimiento o bienestar, pues tales fa cultades p ueden generar nos , en ciertas situaciones de malestar, u n padecimiento extra, dad o que al reflexion ar sobre nuestro sufrimiento o l a previsión de estados futuros se mejantes nos angustiaremo s y padeceremos todaví a más. Esto puede ocurrir , sin luga r a dudas. Sin e mbargo, debemos t ener en c uenta algo importante: lo opuesto puede ser tam bi én el caso. Lo cierto es que tam bién la capacidad de co mpren der nuestra situación pu ede hacer q ue, en to da o tra seri e de 309 Attfield, Robin, A Theory of Value and Obligation , Croom Helm, New York, p. 85. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 268 point d’autre ani mal, tant parf ait et tant h eureusement né qu’ il puis se êtr e, que f asse le s emb lab le. 317 Esta afirmación resulta, obviamente, err ónea: hay seres humanos con una diversidad funcional tal que les hacen i mposible el uso de un le nguaje. Pero esto n o es lo único problemá tico en el planteamiento de la cuestión que realiza el f ilósofo francés. Descartes pasa a concluir, a partir de lo ya indicado, lo siguiente : Et cec i ne t émo ig ne pas seule men t qu e les bê tes on t moins de raison que les hommes, mais qu’elles n’ en ont point du tout. Car on voit qu ’il n’en faut que fort p eu savoir parler. 318 Vemos que Descartes ar gumenta qu e los humanos se diferen cian de los demás animales en el h abla y l a razón ( siendo esta so l o posible si a qu ella se da) . 319 No debemos olvidar que D escartes viene a identificar aquí la posesión de consciencia con la de ciertas capaci dades intelectu ales. De acuerdo con esto, lo que hace no es negar que los no hu manos carezc an de ciertas capacidades intel ectual es, sino que carecen de to da capacid ad en ab soluto a e se res pecto. Esto r esulta par ti cularmente relevante por que, co mo he mos visto , De scartes a sume que de tal carencia se desprende la imposibilidad de su frir daños o be neficios. 320 317 Des cart es, D iscours de la méthode , p. 57. 318 Ibid., p. 58. 319 Argumenta Descartes af i rmando que, a diferen cia de lo que ocu rriría en el c a so de u n autómata con la forma d e un anima l no humano, uno que en todo se par e ciese a un humano ni hablaría ni ra z onaría, por lo que sería distinguido como no huma no (ibid., pp. 56- 57). (Vimos y a su compa ración, precisa mente, de los animales no humanos con autómatas). 320 De hecho, en f unción de esto po drí amos h aber dado cuenta de este ar gumen t o d e ntro del apartado aquí dedica do a la idea de que los animales no humanos n o son seres conscientes. Tanto por las conclusiones finales del argumento cartesiano considerado en Distintas defensas del antr opocentrismo 269 Parece que es mucho l o que est á en juego, pues. Si el argumento cartesiano tiene éxito las con secue ncias serán no tables. S in emb argo, parece que e se no será el caso, pues este incurr e en una falacia fácil mente r econocible. E fectúa Descarte s una negació n del ant ecedente falaz. Dad o A → B ( si un ser do mina un lenguaje, entonces ese ser tien e c apacidades intele ctuale s) , deriva Descar tes qu e ¬A → ¬B (si un ser no domina un lenguaje, entonces ese ser no tiene capacidad es intelectuale s). De esta forma, la argu mentación que aporta para negar las capacidades de los animales no hum anos queda invalidada. 3.5.3.3. F rey: i ntereses, prop osicione s y creen cias Aunque de corte di stinto, la po sición de Fre y tiene muchos elementos en común con la de Desca rtes. Su intención será mostrar q ue solo qu ienes poseen un lenguaje pued en tener d eseos. E l argumento que pr esenta es el siguiente: If interests are analy sed in t erms of desires and desires at least p ar tially in terms of specif ied sor ts, then bein gs who cannot form beliefs of the requisite sorts just do not have desi re s. 321 El motivo por el que lo s animales no hu manos no podrían tener creencias l o expondría Donald Davi dson al defender que su conjunto, como por economía a la hora de presentar este de manera un itaria, podríamos haber optado por haberlo hecho así. El motivo por el que aq uí se ha preferido dar cu enta de modo separado de su alusión al leng uaje ra dica en que, pese a lo dicho, esto parece más conveniente para poder presentar de modo conju nt o las propuestas que r ealizan una apelación semejante, y as í hacernos una idea más ordenada de los dist i nt os argumentos presentados a fav or del antropocentrismo. 321 Frey, Interests and Rights , 163. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 270 in order to have a belief it is necessary to have the concept of belief. 322 y continuar so steniendo que “in oder to it one must have language”. 323 L o s supuestos teóricos en los que se basa Davidson para afir mar esto son lo s siguientes: 1) Because of the fact th at beliefs are individuated and identified by t heir relations to other b e liefs, one m ust have a large number of bel iefs if one is to hav e any . Beli ef s support one another, and give each oth er content. Be l iefs also hav e logical relations to one a nother. As a resu lt , unl ess one’s beliefs are roughly c onsistent with each other, th ere is no identify ing the cont ents of beliefs. A degree of rationality or consistency i s therefore a condition for hav ing belief s. 324 2) In these remarks, I am emphasizing the holism of the mental, the extent to which v arious aspects of the mental depend conceptually , and in fact, on each other. The re are, as I hav e argued, no beliefs without many rela ted belief s, no beliefs without desires, no de sires withou t beliefs , no intentions without both be liefs and desires. 325 En opinión de t eóricos como Fre y y Davidson, desear algo es desear que el e nunciado que describe el estado de co sas en el que tal de seo se cumple sea 322 Davidson, Donald, “Ra t ional Animals”, in L ePore, E rnest & M cL aughlin, Bri an , Actions and Events: Persp e ctives on the Philosophy of Donald Davidson , Basi l Blackwell , Oxford, 1989, 473-80, p. 478. En base a este argumento sugiere Davidson que la conducta de los animales no hum anos podría ser explicada sin apelar a la consciencia, poni endo el símil d e un misil g uiado p or sensor es tér micos (ibid. , p. 477). 323 Ibid. 324 Dav idson, Donald, “The Emergence of Thought”, Er kenn tnis , 51, 1999, 7-17 , p. 9. 325 Ibid., p. 10. Distintas defensas del antr opocentrismo 271 verdadero. Y ell o solo va a ser posible en el caso de seres que posean un dominio del lenguaje (pues sol o quien tenga este podr á distinguir si un enunciado e s verdadero o fal so). Pero única mente lo s seres hu manos poseen tal domin io: por esta razón, afirmará Frey, los ani males no humanos no pueden po seer intereses. Hay tres pasos distintos en su argum ento. El primero, el que afirma que es la capacidad de ten er deseos ( wa nt s ) lo que h a de decidir si un ser es o no considerable moralment e. El segundo, que tal c apacidad es reducible a la de tener creencias sobr e estado s del mun do posibl es en el futuro relativos a las necesid ades y de seo s del pr opio individuo. El tercero, que la posesión d e tales creencias tien e como requisito indispen sable el dominio de un lenguaje. El primero de los pa sos resulta ciertamente cont rovertido. Distintas teorí as del valor han defendido concepciones diferente s de lo qu e resulta estimable y moralmente pr eceptivo . Una de ellas es f or mulable en función de preferencias, o deseos. Si entend emos que Fre y utiliza el tér mino “want” de tal modo que i mplica que su posición e s de tipo preferencialista, estar emos ante un criterio q ue podemos considerar moralmente relevante en conformidad con lo qu e se h a señalado anteriormente, aunque haya también otr as concepcione s rivales puedan r eivindicar que son ellas l as qu e verd aderamente c apturan lo rel evante en l a idea de int erés. Ahora bien, como ya se indicó más arriba, aquí no ne cesitamo s entrar en esta disputa. Si aceptamos lo indicado acerca del concepto de interés y el argumento de la relevancia, para qu e un cri terio sea un c andidato sólido a ser moral mente relevante solo resulta necesaria una condición. Tal condición consiste en que tal criterio se debe adecuar a una de finición amplia de los requi sitos para la posesión de interes es co mo la formulada más arriba. Y el criter io prefere ncialist a sí satisfa ce tal condición. Para la cuestión que e stamos tr atando re sulta mucho más pro blemáti co, sin embargo, el segundo su puesto. Este viene a i mplicar que para que podamos desear algo debemos poder h a cernos una id ea de un estado de cosas en el que lo q ue deseamos se ha ya cump lido. Tal idea no está muy clara. S in lu gar a d ud as es así en ci ertos casos, pero no en otros. Podemos dar ejemplos de ello. Si estamos padeciendo un su frimiento podemos de sear qu e este finalice sin necesidad de que Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 272 nos podamos hac er una idea clara de c ó mo puede ser la situa ción en la que estaremo s cuando tal su frimi ento de saparezca. Alguien que haya p erm anecido to da su vida en una silla de ruedas p uede d esear lleg ar a ca minar algú n día, a pesar d e no poderse hacer en modo alguno una idea muy c lara de lo que ello pue de ser, pues nunca ha tenido tal exp eri encia. Mucha gente c ree en la existencia d e un paraí so y un infierno al que podrán ir en alma una vez hayan m uerto y desean poder i r al primero, y no al segund o, a pesar de no t ener re almente ni l a más re mota noción de cómo puede ser la exi stencia en t ales l ugares. E l pr opio hecho de que poda mos estar hablando del d eseo de q ue algo ter mine y el concebir c ó mo puede ser nuestro estado cuando ello s uce da revela que hay una d istinción entre desear y concebir un mundo en el que ta l deseo fuese cumplido. El argumento de Frey mu estra que estos pueden ir ligados, pero no prueba que haya de ser así siempre. Con todo, v a a ser po sible mente el ter cero d e los paso s el más alt amente problemático de todos. Como ya se ha apuntado, Fr ey tomará como base para darlo la conocida propue sta davidsoniana de entender el conc epto de sig nificado en función de la co ncepción sem ántica de l a verdad formulada por Tarski ( “p” es verdadero si y solo si p) . 326 Co mo es sabido, indica Davidson que conocer el significado de “p”, sup one saber bajo qué condicion es será el caso que “p” e s verdadero, lo que en otras palabras, de acue rdo con la formulación de Tarski, equivaldrá a decir bajo qué condiciones será el caso que p. Se ha vertido mucha tinta a propósito de una noción tan resbaladiza com o es la de signi fica do, sin que poda mos decir aún ho y que dispon emos de una concepción perfecta mente sati sfactoria de est e concepto . No es n ec esario entrar aquí a dar cuenta d e los distintos proble mas que una concepción como la de 326 Véase Tarski, Alf re d, “The Co ncept of Tru t h in F ormalized Languag e s”, in Logic, Semantics, Metamathema tics: Papers from 1923 to 1938 , Hacket t, Indianapolis, 1983 , 152- 278; y Davidson, D onald, Inquiries in to Truth and In te rpretation , Cl a rendon Press, Oxford, 1984 (en particular la primera sección, de título T ruth and Meaning (pp. 1- 75) y más en concreto el art ículo de mismo nombre “Tru th and Meaning ” , (pp. 17-36). Distintas defensas del antr opocentrismo 273 Davidson puede implicar. P odemos quedarnos, simple mente, con un análisis del argumento para la exclu sión de los ani males no humanos que la asu me. El problema con que se encuentra una argumen tación como la de Frey es que los resultados a los que nos lleve podrán ser correctos, en el caso de que lo sea n, únicamente dentro del campo de aplicació n adecuado, cuando estudiemos como son los fenómenos mentales de los individuos dotados de tal tipo de lenguaje. Frey incurre en un a fal acia se mejante a aquell a en la que v imo s que caía el planteamiento d e De scart es. Parte de qu e podemos afirmar que quie nes creen q ue una proposición “p” es verdadera han de creer que es el he cho que p. Y de ahí infiere que qui enes creen que es el h echo que p han d e cre er que una pr oposición “p” es verdadera. En ot ras palabras, incur re aquí Fr ey en una a firmación del consecuente falaz: de A → B, in fiere B → A. Y cuando lleg a aquí, de riva Fr ey ¬A → ¬B, esto es: que quienes no pued an creer que una proposición “p” es verdadera, no podrán creer de hecho que p pueda dar se. Esto constituye una negación del antecedente i gualmente falaz (al inferi rse de la anter ior afirmación d el consec uente inválida). Lo que ocurre es que toma Fre y por una conectiva bicondicional una ligación que es válida solo en uno de los sentidos. Puede afir marse que tene r a la proposición “p” por verdadera supon e creer que p ocurr e (lo cual supone tener un determinado dominio de un lenguaj e a través d el cual enunciar “p”). Pero de aqu í no puede inferirse que, inversamente, creer que es el caso que p im plic a tener a la pro posición “p” por verdadera. Que de lo primero se desprenda lo segundo no supone que de lo segun do se derive lo primero. Por supuesto, no sería im posible que la r elació n fuese de hecho bicond icional. Pero no existe ningu na implic ación ne cesari a para que sea a sí . Y no tene mos prueba alguna de que ello tenga qu e ser a sí en e ste caso: más bien, por el contrar io, argumentos como lo s in dicados con ant eri oridad en lo r elativo a otra s capacidad es de los animales no humanos muestran que ha y seres que no utili zan un lenguaj e pero poseen, sin e mbargo, creencias. Al asdair MacInt yre, por ejemplo, va a defender esta idea, ind icando q ue, en el caso de los animales no hu manos (por ejemplo, en el de un animal que per sigue a otro que se desplaza de un lu gar a otro) , Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 274 hay un r econoc imiento ru dimen tario de la distin ción entre verdad y falsedad i ncorporado en l a for ma como cambian las creenc ias del animal, siguie ndo los ca mbios en el objeto percibi do. 327 En realidad, el argumento del que Frey e cha mano para oponerse a esta posició n se reduce a afi rmar que, dado que te ner una propo sición po r verdadera supone tener una creencia, tener una creencia h a de implicar tener una proposición por verdader a. Así, in cur re en una falacia de afir mación del cons ecu ente. Esto le lleva a concl uir qu e no poder tener una propo sición por ver dadera supo ne no poder tener creencias, lo que constituye una negación del antecedente falaz, como ocurría en el caso del ar gument o cartesiano. Al margen de este erro r, es significativo por otra parte que descubra mos de nuevo en un enfoque com o este otro ejemplo más de reduccionismo antropocéntrico. Otra vez se da una confusión de la parte por el todo: s e pretende que, para poder tener creencias, ha ya que tenerl as de un determinado modo (a la sazón, caract erístico de gran nú mero de sere s humanos, aquellos qu e dominan un lenguaje). Pero esto es asumido sin aportar ningún motivo para ello. S implemente se parte de analizar la cuestión presuponie ndo ya tal punto de partid a. La única base para as umir tal posición e s que aquello s a quienes se dir ige la arg umentación (sus lectores) son ciert amente individuos que pueden formular su s creencias en términos de enunciados tenidos por verdad eros. Pero de ello no s e puede deducir que un sujeto que carezca de la posibilidad de formula r así sus creencia s no pueda tener estas. 328 327 MacIntyre, Alasdair, Animales racionales y dependientes: por qué los seres humanos necesitamos las virtudes , Paidós, Barcelona, 2001, p. 53. 328 A su vez, Stephen Stich ha presentado otro a rgumento que en cierto modo pu ed e recordar a los de Frey y Davidson . As ume que p ara poder ten er in tereses es ne cesari o ten er creencias. Añade a esto otro requisito: en su opi ni ón, podemos atribuir c ontenido a l a creencia de un indiv i duo si tal individuo posee un a red de creencias sem ejante a la nuestra. Se requiere un iso morf ismo en tre nues tras cr eenc ias y las de aqu el par a q ue po dam os Distintas defensas del antr opocentrismo 275 Un argumento se mejante resulta apl icable para i ndicar qu e la red de creencias que Davidson defiende que es preci sa para te ner una creencia no ti e ne por qué coincidir con l a red de cr eencias que lo s seres h umanos a costumbr amos a ten er. La s creencias de un perro no son las mismas que las de un ser humano, de modo que, cuando ve a un gato r efugiar se en un árbol, el contenido de su creencia será diferente del que tendr á la creenci a que yo pueda tener. Pero ello no i mpl ica que el perro no tenga ninguna cr eencia en absoluto. Cabe añadir, finalmente , que la mejor prueba de que un plantea miento como el de Frey resulta confuso radica en el hecho de que no niega este autor que los afirmar que efectivamente posee una creencia. De este modo, procedería su argumento, como los animales no humanos no pueden tener u na red de creencias como la nuestra, no puede decirse ta mpoco que t engan creenci as. Conforme a e ste argumen to, lo que m ás bien cabría concluir es que n o pode mos saber exa ctamente qué es lo que creen aquellos animales que no comparten nuestra red de creencias. (Véa se Stich, Stephen, “Autonomous Psy chology and the B e lief - Desire Th esis ”, The Mo nist , 61, 1978, 573- 91; “ Do Animals Hav e Beliefs ? ”, Australa sian J ournal of Philosophy , 57, 1979, 15- 28; y F rom Folk Psychology to Cognitive Science: T he Case agains t Belief , MIT Press, Ca mbridge, 1991, pp. 103 -5). Este arg ument o tampoco parece conv i ncente. El hecho de que un no humano no comparta nuestra red de creencias no supone que no pueda tener creencias propias (algunas de las cuales, o quizás muchas, serán compartidas por mu chos seres humanos ). Una ar di lla q u e es capa d e u n p eligro s ubiéndose a un á rbol posiblem ente no co m parte nuestra red de creencias. Sin embargo, no parece muy a venturado conjeturar que, cuando asciende por el tron co del árbol hasta encaramarse e n un lugar seguro en é l la ard illa no está actuando por azar. La ardill a ha decidio trepar por el árbol. Y lo ha hec ho aunque no hay a subido nunca a e se á rbol en concreto. Parece ciertam ente que cree que si s ube por el árbol podrá evitar el pe ligro que la acecha. Un argumento muy semejante sería sostenido por Davidson para negar qu e los an imales tengan creencias, al indic ar que “each belief requires a world of further beli efs to give it content and identity ” (Davidson, “Rational Animals”, p. 475). Argumenta Dav idson indicando que un animal no humano, a la vista de un árbol, no podría tener una serie de creen cias genera les sobr e él – po r ejemplo, no podría tener el concepto de “e l árbol más vi ejo a l a v ista” ( i bid., 474) – . L a réplica dada a S tich sería pro cedent e aquí t ambién. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 276 animales no h umano s posean la capacidad d e s ufrir y di sfrutar. Señ ala este autor que esto sería aceptad o por “everyone exce pt rabid cart esians” 329 (señalando además que estos últimos constituirían lo que llama “an extin ct species”). 330 Así , vemos que Fre y presenta un con cepto de in terés que, aun en el c a so de ser aceptado, n o puede r esultar aceptable como moral mente r elevante, pues dej a de lado verdaderamente la posibilidad recibir un perjuicio o un beneficio en un sentido moralmente r elevante. Casos humanos i) El problema de la adquisición del lenguaj e. Regan ha dado otr o argumento contra el modo de entender por parte de Frey la relación entre poseer un lenguaje, tener creenci as y desear . Ha indi cado que si ac eptamos el ar gum ento d e este autor tendríamos que concluir que aprender un lenguaje sería im po sible, pues la falta de creencias pr evias ( así como d e deseo s) h aría que re sulta se un a tarea de cumplimiento inalcanza ble. A esta objeción, qu e par ece ciertamente de peso, ha respondido Leahy afirmando que puede ser dejada de lado dando una explicación alt ernativa del modo en el que surge el lenguaje: The acquisition of a first l anguage, howev e r, requires a diff erent explanation and there is no shor t age of ca ndidates. Noam Chomsky has argued t hat chi ldren are born with th e knowledge of univ e rsal principles of grammat ical structure. This might appear to give comfort to Regan’s pre -verbal beliefs but, upon inspect ion, does not. Ch omsky ’s principles manifest themselves as an innate ‘determina tions’ or ‘predispositions’ requirin g no mediation of belief , a situa ti on 329 Frey, Interests and Rights , p. 163. 330 Ib id. Distintas defensas del antr opocentrismo 277 not unlike the pec king habits of the newly hatched chicks, although of a d iff e rent order of complexity . Another, even more plausible, account is that the baby begins randomly to imitate sounds, much like a parrot. When certain utterances are reinforced by rewards it re sponds to these e ver more predicably, much like r ats or pig eons in Skinner boxes, but soon outstrips the animal s in l earning to replace be haviour [...] with speech acts. 331 Con todo, este argumento no parece que vay a a tener éxito. Supongamos que aceptamos la explicació n dada p or Cho msk y a l a pregunta sobre có mo es posible que adquiramos un len guaje (aunque se podr ían presentar distinta s objeciones a esta, la asu miremos para poder seguir c on el ar gumento). E l hecho e s que, aunque tengamos una estructura predispuesta, seguimos necesitando dotarla llenando de contenido, que e s lo que vamos haci endo segú n vamos adquiriendo competencia s lingüísticas, de acuerdo con este enfoque. Sin embargo, no re sulta po sible llevar adelante t al adqu isición si no pod emos tener creencias sobre los hecho s que tiene n lugar en el mundo que podemos ir identifican do con expresiones lin güísticas, de manera que e stas cobren signi ficado. Si la posesión de un lenguaje e s pr ecisa para tener creenci as l os niño s peq ueños car ecerí an de e stas. Ocur rirí a que, c iertament e, los niños pequeños simplemente i mitarían sonidos de manera aleatoria sin asignar significado alguno a tales di cciones. Pero esto, en sí mismo, resultaría insuficiente para poder llegar a aprender un lenguaje. Como el propio L eahy indica, para poder aprender a uti lizar est e de for ma correct a, un a vocalización al eatoria n ecesita ser reforzada o corregida por quienes tienen ya un do minio adecuado del lenguaje. Pero sería imposible qu e los niños pudiesen ap render na da de tales cor r ecciones si no fuesen ya de for ma previ a seres con scientes, con ciertas creenci as sobr e el mundo, que pudiesen a sociar con la s expresione s corregidas previa mente proferidas por ellos. Imaginemos, por ejemplo, que un niñ o pronuncia la palabr a “azul ” frente a un coche rojo y un adulto le corrige diciendo “no, rojo”. Si el niño puede 331 Leahy , A gainst Liberation , p. 65. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 284 Por qué es cuestionable este argumento Hay razone s para dud ar d e que la ar gumen tación de Leah y con siga su objetivo. Es cierto que pode mos hablar y reflexionar sobre experienci as como el dolor y que, de tal modo, algo como lo que Leahy lla ma un “complex social phenomeno m” puede surgir alrededor de el las. Pero parece que se trat a de experiencia s que ciertamente existen ante s de que podamos hablar de ellas; no pueden ser reducidas a un fenómeno social/lingüístico. El dolor es un tipo de experiencia que aquel los a los que se refier e Leahy como “animale s pre - lingüísticos” también poseen. El hecho de que algunos de los seres que pueden sentir dolor pueden también realizar algunas re flex iones sobr e ello es di ferente del hecho de que pueda n experimentarlo. Sentir dol or es diferent e de reflex ionar sobre el dolor. La reflexión sobre el dolor nos puede reportar sufrimiento a mayores (o aliviarlo, como ya vimos). Per o este sería más sufrimiento a añadir al previamente existente. Si tengo qu e pasar por un a operación quir úrgica sin anestesia sentiré dolor. Si puedo también reflexionar al respecto sufriré también porqu e me sentire angustiado por ello. No parece que lo que ocurra sea que experiment aré el dolo r que sufriré durante l a operación de un modo di ferente e inten sificado, como Leah y defiende. Si no he sido nunca capaz de apre nder un lenguaje y me rompo una pierna no sentiré menos dolor qu e el q ue sentir é si me la ro mpo de hecho ahora. Todo esto dejando d e lado otr a asunción dud osa que Leah y da por cierta: que podemos tener el tipo de reflexiones sobre el su frimiento a las que se refiere solo si podemos involucrarnos en juegos del lenguaje. Si esta mos dispuestos a referirnos a modos determinad o s en los que tal reflexión puede tener lugar, puede entonces ser cierto que ciertas formas de reflexión conllevan una implicac ión previa en procesos sociales que para tener l ugar necesitan del len guaje. Ahor a bien, ta mbién será el caso que otros tipos de pensamiento deter minados sobre el sufri miento, seguramente menos complejos pero pensamientos de todos modos, no requieren satisfacer t ales requi sito s co mplejos r especto a la socializació n en una comu nidad lingüística . Pode mos imaginarnos exp eriment ando una experiencia dolorosa que h emo s pasado o espera mo s pasar, y reflexionar sobre ella sin que tal proceso Distintas defensas del antr opocentrismo 285 necesite satisfacer lo s estrictos requisitos exigidos por Leah y. El su yo no es un argumento convincente para considerar que no sería posible que alguien fue se capaz de i maginar se a sí mism a o mi s m o en tal situación si no hubiese aprendido un lenguaje. Podría mantener se que la afirmació n de Leahy en este punto má s bien consiste en que in cluso aunque este sea el caso, el he cho de que una cierta experiencia n o sea expe rimentada del modo en que lo son los fenómen os sociales hace que sea sentida de un modo mucho menos intenso. Pero no hay ningún motivo claro para que esto ha ya de ser así. No solu ciona el prob lema baja r el listón y afirmar que una experiencia no lingüística del d olor no es qu e no s e dé, sino que se da en un grado menor. Se ha defendido aquí q ue no hay razones para considerar que el hecho de que un a experiencia se dé e n un contexto lingüí stico dote de un a intensidad nueva al mo do en que se siente t al experi encia. La a firmac ión de que ello sería compatible con la posibilidad de tener experiencias no lingüísticas torn a esta tesis menos implausible, pero no proporc iona realmente un argumento a s u favor más allá de esto. 346 Así las cosas, parece q ue he mos de contin uar teniendo por válid as las conclusion es a las que h emos llegado en lo s anteriores apart ados, r eferidas a la posibilidad d e ten er exp eriencias y a las capaci dades intelectual es de l os ani males no humanos. El argumento de L eahy no parece r ebatirl as. 3.5.4. La posibilidad d e asumir responsabilid ades morales Una defensa co mún del an tropocentr ismo basada en las capaci dades individuales s e refiere a l a capacidad de efect uar reflexiones de tip o moral. Se 346 Puede cotejarse, por otr a parte, un pl anteamiento d e corte wittgensteiniano q ue l lega a concl usiones o pu estas a las de L eahy en Pleasants, Nigel, “ Nonsense on Sti l ts? W ittgenstein, Eth ics, and the L ives o f A nimals”, Inquiry , 49, 2006, 314-336. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 286 argumenta que solo qui enes sean capa ces de a s umir responsa bilidades pueden a su vez ser re spetados co mo seres hacia qu ienes otr os pueden t ener deber es. Este punto de vi sta po demos verlo r eflejado en la siguiente afir mación de Kant: Contando con toda nuestra experiencia, no conocemos ningún otro ser capaz de o bligación ( activ a o pasiv a) más qu e el hombre. De ahí que el h om bre no pueda tener ning ún debe r hacia cualquier otro ser más que hacia e l hombre. 347 Esta posición ha sido de fendida también por Scr uton, quien a firma: 1) Because animals cannot deliberate and take no responsibility for themselv e s and others, human b e ings f ind no moral obstacle to breeding them with their future use in mind. 348 2) The concept of th e person belong s to the ongoing dialogue which binds the moral community . Creat ures who a re by nature incapable of entering into this dialog ue ha ve neither rights nor duties n or personality . If anima ls had rights, then we should require th e ir consent bef ore taking them into captiv ity , training them, domest icating th em or in an y way putting the m to o ur uses. But there is no c onceiv a ble process whereby this consent could be delibered or w ithheld. 349 347 Kant, I mmanuel, La metafísica de las costumbres , 6:442 [edición manejada: Tecno s, Madrid, 1999]. 348 Scruton, Animal Rights and Wrongs , p. 91. 349 Ibid., p. 80. Distintas defensas del antr opocentrismo 287 3.5.4.1. Una relación n o bicondicional La posición que de esta forma de fiende Scruton es que para tener de rechos hay que t ener deb eres. Asu miéndose que lo s animales no humanos no pueden ten er esto, la conclusión será, en cons ecuencia, que se verán privados de derec hos. 350 La idea en la que descansan tales afir maciones es alta mente cuestionab le. No hay una relación bi con dicional entre ser ca paz de tener respon sabilid ades hacia otros y necesitar ser co nsiderado moral mente. El requisito de reciprocidad pued e que sea necesario para alguna clase de práctica, pero en abs ol uto supone una exigencia que podemos afir mar allí donde nos relaciona mos con los demás (d e seguir tal visión de las cosas, p arece que de beríamos obtener el d octorado en Medicina antes de pod er acudir a la unidad de ur gencias, por poner un ejemplo llamativo pero que se adecua al pl anteamiento que estamos analiz ando) . Poder asumir responsabilida des no e s neces ario par a tener interes es. S e puede experimentar algo positivo o negativo de maneras que no se encuentran relacionadas con la capacidad de tomar decisiones morales. Por t anto, no hay razón, en principio, p a ra considerar que resul te un criter io distintivo a tener en cuenta. 351 Que se dé el caso de que quie nes puedan tener deberes sean hum anos no 350 Al proponer es ta idea, as ume equivocadamente S cruton que conceder dere chos a lo s anim ales no human os i mplicar ía neces ariamen te obligar les a ten er d ebe res h acia los demás. Afir ma as í: “A ny morality which really attribut ed rights to an imals wou ld theref ore con stitu te a g ros s and callous abuse of them” (ibid .). Esta id ea r esul ta chocan te, pues parece que el abuso que estos pueden sufrir depende más bien del hecho de no disfrutar de considerac ión moral. Parece, más bien, que el móv i l de Scruton al no considerar a los anim ales no humanos no es su pre oc upación por ellos, s ino más bien lo contrario. 351 En rela ción a la ap elació n concre ta a este cr iterio para ju st ificar e l espe cismo, Carme n Velayos , en línea con la distin ción que resul ta necesario llev ar a cabo entre lo “antropog énico” y lo “an tropocéntrico”, ha diferen ciado entre deberes antro pogénicos y antropotélicos. Véase V e lay o s Castelo, Carmen, “Los dere chos de los an imales: un reto Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 288 significa que aquello s individuos ha cia quien es estos se dirigen tengan que ser ello s mismos humanos. 3.5.4.2. Intereses no ex presados Podría indicarse que el hecho de as umir responsabilidade s tiene otra dimensión a mayores, en el sentido de que implica la posibilidad de tomar parte en un debate entre agentes morales en el cual p odemo s expres ar nue stros inter eses. Este argu mento se encont raría ínt imame nte liga do al de tipo lingüísti co, que he mos repasado ya. Respect o a él cabría ob serv ar que lo s ani males usado s en investigaciones bio médicas y con ot ros fines son cierta mente incapaces de entender los objetivos y el contexto en el que estas tienen lugar, ni l a lógica de la mayor parte de lo s de más usos que p adecen. P ero lo relevante es que de ell o no se deriva que estos animales sean indiferentes a lo s daños que su fren al ser utilizados. A sí, no puede ser un requisito para que una práctica no pueda ser rea lizada el q ue el sujeto perjudicado por ella ten ga que expres ar su disconfor midad. Debe ser a la invers a. Para que tal procedimiento pueda ten er lugar la expresión de dicha conformidad ha de ser un requisito obligado. Si un sujeto, sea este humano o no, no pue de asentir a un experimento que se va a reali zar en él, y que le va a ocasionar al guna clase de daño, tal experimento n o puede ser justi ficado. Finalmente, y al marg en de las anter iores c onsideracion es, cabe ta mbién señalar qu e muchos animales no humanos, si bi en no expre san su desacuerdo con el hecho de sufrir daños d e forma explícita y mediante un lengu aje , sí m anifiestan a menudo su m alestar de otras f or mas cuando son utilizados. Un conejo que c hilla y patalea cuando sus ojos son ulcerados con quí micos abrasivos, o un per ro que gime mostrando miedo cua ndo ya ha sido utili zado en un laborator io para un procedimiento y ve que este va a s er repetido, tal vez no estén dictando una para la ética”, in Riechmann, Jorge (coord.), Ética ecológica , Nordan, Mont e video, 2004, 135-43. Distintas defensas del antr opocentrismo 289 declaración for mal de rechazo del exp eri mento que van a sufrir. P ero result a bastante evidente que están mostrando su malestar, malestar provocado por los experimentos a los que son sometidos. Está n exhibiendo con su conducta que no darían su aprobación a esto s experimentos si mediante un a expresión lingüística explícita se pudiesen dar las condiciones pa ra ello. Acerca de est o Catharine MacKinnon ha apuntad o: Do animals dissent from h um an hegemony ? I think they often do. They vote with their feet by runni ng away. They bite back, screa m in pain, wi thhold aff ec tion, approach wari l y, fly a nd swim away 352 Niegan así implí citamente tal c onsentimiento. Esto, obviamente, no i mplica que para que un ser sea dañado deba m a nif estar su des contento de forma que nos resulte visible . Muchos animales no ex presan e ste de manera externa, sin que po r ello dejen de estar pade ciendo co mo lo h acen lo s que sí lo muestran abier tamente (determinados animales pueden dar menos muestras de su frimiento que otr os a pesar de estar padeci endo más) . Hay que prestar atenció n aquí al hecho de que determinadas di fere ncias entre distintos animales llevan a unos a protestar má s ante el daño que a otros. Per o nue stro conocimiento de sus se mejanzas en ot ros a spectos debe llevarnos a concl uir que no ha y necesari amente una mayor c apacidad de sufrimiento en unos ca sos que en otros. 3.5.4.3. Salvaguarda s para la to ma de decisiones morales Otro modo en que este cr iterio ha sido defendido es mediante la afirmación de que quiene s son agente s morale s necesit an pro tección co n el fin de po der r ealizar decisiones morales. Ma chan a rgumenta en tal s entido, indicando: 352 MacKinnon, Catharine, “ Of Mice and Men: A F e minist Fragment on Anim al Rights” , in Sunstein & Nussbaum (eds.), Anima l Rights , 263–76, p. 270. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 290 Rights are borders n e eded by mora l agents so t hat they are secure in their sov ereignity , in their freedom to make moral decisions. To be ing s tha t do not make such decisions the concept of rig hts is, then, out of pla ce. 353 Es innegable que, como Machan asume, quienes pueden t omar decisiones morales tienen un interés en poder hacerlo li bremente. Así que podría mos sostener que se les debería garan tizar la pro tección necesaria para hacerlo. Per o aquellos seres que carecen de la po sibilidad de to mar t ales decision es no car ecen tampo co de intereses. Tienen inte reses de otro tipo, no lig ados a la to ma de deci siones. Y los mismos motivos que ent ren en juego en el caso de quiene s pueden to mar decisiones morales habrán d e ser a plicad os para pr oteger los interes es de otros. Ahora bien, Machan y otros proponentes de este argumento pueden a firmar que hay algo especial e n el hecho de tomar de cisiones morales. Puede n defender que cuando decimos que los agente s morales necesitan protección no s olo sugieren que su interés en tomar decisiones debe ser respetado. Pueden indic ar que lo que quieren decir es que si necesitan protección en cualquier c aso es por que son agentes morales. Todos sus intereses deben ser protegidos con el fin de garantiza r que no encuentren obstá culo alguno para to mar sus decisiones morales. ¿Cuál puede ser la base de tal posición? Como podemos compro bar, la defensa de est e argu mento implic a asu mir que la toma de d ecisiones morales e s algo valioso en sí m i smo. Lo que es má s, lleva a dar más valor a las decisione s morales que a la met a que est as supue stament e buscan cu mplir. Esto parece, sin embargo, una objetab le inversión de prior idades. Poder re flexionar sobre cuestiones morales no par ece tener valor si las conclusiones que de rivamos de nuestras delibera cione s carecen de relevancia a lguna. L a reflexión sobr e la moral puede tener significado en tanto pueda tener un efecto en el modo en qu e las cosas ocurren en el mundo real. Pode mos ilustrar est o mediante el siguiente exper imento mental. 353 Machan, Tibor, “W h y Humans May Use Animals”, Journal of Value Inquiry , 36, 2002, 9-14, p. 13. Distintas defensas del antr opocentrismo 291 Felinonmor y Nonfelimor . Imagine mos dos mundos diferentes. En ambos ha y un gra n número de sere s que pueden experi mentar sufrimiento y bienestar. Pero difieren en dos modos i mportantes. En el primer mundo, que lla maremos Felinonmor , tod o el mundo vive vidas muy felices. Los y las que moran aquí tienen to do lo que precisan para satisfacer sus di ferentes interese s. Aunque ha y mo mentos en los que pueden sentirse tr istes o su frir dolor, estos son poco habitu ales, y el sufrimiento que entonces pade cen es real mente muy reducido . E xisten recursos disponibles par a todos sin necesidad de competición por ellos. Más aun, todo el mundo par ece capaz de consegui r lo que nece sita por sí mismo, sin necesidad de la ayuda de otros. Todo parece irles bien a los h abitante s de este mundo. No tienen ta mpoco pr oblemas personales notables (dado su particular carácter pací fico) entre ell os. Pues bien, comentemo s ahora una cir cunstancia dif eren te que ti ene lug ar en Felinonmor . Ocurre que en este lugar no existe a quello q ue ll a ma mo s reflexión moral. Quizá s hay seres intelige ntes en este mundo, pero, dada la forma en la qu e l as cosas funcionan en él no hay confli ctos de intereses y no tiene luga r ninguna reflexión sobr e el tema. Dirijámonos ahora a ot ro mundo, Nonfelimor . Aquí las cosas funcionan de modo muy diferente. Todos lo s individuos que viven aquí padecen vi das mi serables. Su existencia es co mo vivir en un infierno, de forma que quienes habita n este mundo s e suicidarían si pudiesen. Este es, pu es, un mundo muy distinto de Felinonmo r . Pero diverge de él ta mbién con r especto a otra cir cunstanci a. Los tr istes seres que pueblan Nonfelimor sí reflexionan profunda mente sobre temas morale s y han desarr ollado ética s teóricas de una gr an profundidad. Aunque l a dura situació n en la qu e v iven hace di fícil par a ellos la puesta en práct ica de muchas de sus ideas morales, de todas maneras i ntentan con a hínco actu ar moral mente en la med ida en q ue pueden. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 292 Ahora bien, dados esto s dos mundos, si tuviés emos que elegir c uál de ellos consi deraría mos pre feribl e que existie se, ¿q ué r espuesta daría mos? A la lu z de la descripción reali zada pa rece que carecer ía de mucho sentido optar por Nonfelimor . Nonfelimor puede s er más rico en lo tocante a su filosofía moral, y podemos encomiar el c arácter moral de su s habitantes (es probable qu e nos i nspiren, de hecho, una simpatía que los m oradore s de Felinonmor , en cambio, no nos despierten). Pero no debemos olvidar que para ellos y ellas su vida es un infierno. Preferirí an la muerte si esta estuvi ese al alc an ce de su m an o. Nonfeli mor resulta, por lo tanto, un mundo terr ible. Parece clar o que Felinon mor es cier tamente preferible (en r ealidad, parece que hast a la nada resultar ía mejor que la existenci a pavorosa de Nonfelimor ). Un resultado así lleva a pensar que la discu sión éti ca (más allá de ci ertos intereses intelectuale s que deberían ocupar un l ugar secundario) tiene v alor en ta nto que puede ayudarnos a hacer del mundo un l ugar mejor . Si sostene mos lo opuesto, y defendemos que la reflexión moral tiene valor en sí mism a, independientemente de esto, estaremos manteniendo una posi ción para cuya validación ca recemos de argumentos que puedan estar ba sados en premisas susceptibles d e const atación. Este argumento impli ca así, paradójica mente, s ustituir la que de b ería ser la meta para la cual tendría sentido la reflexión sobre la moral, poniendo en su lugar algo que resulta sola mente instru mental para tal fin. Y esto es especial mente preocupante cuando, como consecuencia de ello, implica e l propio sacrificio del f in en aras del m edio. Hemos de concluir, pues, que este argumento se rebate a sí mi s mo . 3.5.4.4. ¿Un criterio dirigido a maximizar los bene ficios de aquellos indirecta mente afectad os? Otro modo posible de defender este criterio pa sa por a firmar que su a plicación vendría a garantizar las me jores consec uencias globales para todos los involucrados, incluyend o a quienes se ven directam ente afectado s o afectada s. Al Distintas defensas del antr opocentrismo 293 favorecer a los agentes morales estaríamos, de acuerdo con este argumento, promoviendo que estos beneficiasen a otros mediante sus tomas de decisión morales. Esto justificaría pri orizar sus intereses. Sapont zis ha indic ado que un criterio como este se de finir ía por dar preferenci a to fulf illing the in t erests of t hose beings capable o f the gr eater r ange of moral actions. 354 Una posición se mejante puede tal vez ser de fendida si lo qu e a sumimos que implica es q ue debe mos favorec er a aquello s y aquel las que a yudarán a los de más, pues de este modo estaremos ayudando indire ctamente a todos. Ahora bien, es te argumento sería di ferente del pre sentado en el punto a nterior. En e ste caso, el hecho de ayudar primariamente a alguno s individuos sería únicamente algo instrumental para ayuda r, realmente, a todo s los implicados. Esta idea tiene, cier tamente, sentido, pero no deja de resultar controverti da. De hecho, no supone u n planteamiento que separ e claramente entre quienes son agentes morales y quienes no lo son. Es un plantea miento que tiene, en realidad, muchas más i mplicacio nes. Supo ne qu e deber íamos hacer u na di feren ciación entr e quienes parece que pueden ayudar a los demás y quienes no. Y deberíamos también distinguir entre quienes parece que puedan beneficiar de un modo más o m enos importante a los de más. De manera inversa, los intereses de quiene s podemos es perar una dispo sición a dañar a los y las dem ás deberían ser t enido s en cuenta mucho menos, especial mente si cabe l a posibil idad de que tal dañ o sea notable. E n realidad, aplicando este principio de manera co nsistente, parece qu e es tos últimos deberían ser dañ ados o dañadas, con el fin de r educir sus po sibilidades de dañar a los de más. 355 Podemos tal vez indicar en este punto que e l hecho de causar 354 Sapontzis, Morals, R eason, and Animals , p. 80. 355 Tal y como se co menta rá m ás ade lante, u n arg umento determ inist a podr ía ta l v ez oponerse a este modo de proceder sobre la base d e que quienes p erjudicasen a los d e más no habrían elegido en últ ima instancia las circunst ancias q ue l es ll evarían a ello (v éase Persson, The R etreat of R eason ). Ahora bien, téngase en cuenta que la propuesta que se Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 300 cumplan. En otra s palabr as: hay razone s para considerar que la s premisas en l as que estos argu mentos d escansan h an sido sel eccionadas ex pr ofeso , con el fi n de que acaben por defender un punto de vista antro pocéntrico. 3.5.6.2. Criterios elegid os ad hoc Es significativo que t antos argumentos di ferentes h ayan llevado a una conclusión coi ncid ente. Da la i mpre sión de q ue l os criter ios a lo s qu e apelan no han sido propuestos de manera independiente d el fin buscado. La creencia en l a exclusivida d de las car acterí sticas “humanas” es, así, r ealimentad a: el punto de partida antropocéntrico condiciona por co mpleto el modo d e analizar l os hechos, para que estos finalmente se adecuen al que había sido el pr esupuesto inicial. Parece que quien es defiend en el antrop ocen tri smo eligen cuidado sament e los criterio s a los qu e alud en con t al fin , e st o es, pa ra que ex cluyan a lo s no hu manos. Podemos co mprobar esto simplemente repa sando las defensas del antro pocentrismo y las capacidades pue stas de manifie sto por muc hos animales no hu manos. Quien es argumentan que estos deberían ser discri minados intenta n hacer aparecer su posición como neutral, afirmando que los criterios que defiende n son los moralmente relevantes independientemente de su sati sfacción por los hu manos. Afirma sobr e esto Scr uton: If there ar e non-human a nimals who are rational and sel f -c onscious, then they , like us, are persons, and s houl d be described and treated a ccordingly . 359 Pero debemos observar que est a no es la for ma en la que proceden cuan do hay no humanos que satisfacen alguno de estos requisitos. Co mo de nuevo apunta Francione, 359 Scruton, Animal Rights and Wrongs , p. 79. Distintas defensas del antr opocentrismo 301 we do not consider it suf ficie nt that an an imal poss ess a char acter ist ic tha t we have f or centur ies denied them – t h e y must possess some undetermined quan t ity of tha t quality, and this allows us to up the stakes every tim e we encounter proof that ani mals p oss ess such a characteristic. W he n we f i nd out that parrots or chimps ha ve the capacity t o understand and manipulate beyond single- digit numbers, w e demand th at they be able to mani pulate bey ond single digits to be “like us”. In this game of special charac teris tics , animals can nev er win. The irony , of course, is that some animals m ay possess the sp ecial charac teristic to a greater deg ree than do some humans. Some animals m ay have more intellig e nce, or greater ability to engage in rational thinking , than so me humans, such as infants or severely retarded adults. A parrot with the conceptu al a bi lity of a fiv e - y e ar old chi ld by definition has more cognitive ability than a four - y ear - old child and may ha ve more than some brain- da maged adults. 360 Vemos, pues, que los pr ejuicios especistas propi cian una búsqued a cuidadosa del criter io esgrimido p ara excluirl os , con el fi n de que este pueda ar r eglarse al fin procurado: ser adecuado para separar a los humanos de los no huma nos. Esto puede suceder de dos maneras: a) S ele ccionando una ci erta capacidad Como hemos visto, pa rece que las capacidad es que son apuntada s como moralmente relevantes lo son porque se espera que sean exclusiv amente humanas. De nuevo Francion e co mentará a cola ción de e sto: 360 Francione, Gary L., Introduction to Animal Right s: Your Child or th e Dog? , Temple University P ress, Philadelphia, 2000, pp. 117-18. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 302 Birds can fly ; we cannot . What mak es th e abili ty to use words and sy mbols better for moral purposes than the ability t o fl y? T he answer, of course, is that we sa y s o . 361 b) Estableciendo un u mbral determin ado en relación a la po sesión de una cierta capacidad Las capacidade s eleg id as no son el único factor que a yuda a separar a humanos de no human os. En muchos casos p arece que, más que a d eterminadas capacidades en gen eral, a lo que se apela para defender el antr opocen trismo es a ciertos grados o niv eles en la po sesión de estas, c uidados amente sele cci onados par a que sirvan para excluir a los animales no hu manos e incluir a lo s humanos. Y, una vez que tal estándar queda deter minado, se pasa a identificar la pose sión de una determinada capacidad en un cierto modo o grado con su pose sión en términos absolutos. Se asu me, así, que la posesión de un determinado tipo y grado de inteligencia, cultura o sistema de comunicaci ón equivale a la po sesión de e stas facultades como tal es. De est a maner a, se con sider ará que aqu ellos in di viduos que no manifiesten la posesión de tales facultades en el modo citado no la s poseerán en absoluto. Si, por ejemplo, el grado de desarrollo cultural de una comunidad de animales no humanos no llega al po seído por las comunidades humanas, se considera que esto s ani males no son seres cultu rales. Si las cap acidad es cognit ivas de un animal son inferior es o distintas en función del patrón tomado co mo típico de los humano s, se afir ma que carece d e ellas. Se f ija un umbral o lí mite dent ro del tal continuo, a partir del cu al aquellos sujetos cu yas capacidades superen un determinado nivel serán admitidos como “rac ionales”, mientras que los que no lleguen a tal listón se verán privados de tal atributo. Ello lo m uestra de modo m uy claro otro defensor del antropocentris mo, Jame s Reich mann que afir mará, de un modo cierta mente par adój ico: 361 Ibid., p. 119. Distintas defensas del antr opocentrismo 303 Though the animal is a living a nd sentient being, an d thus capable of expe riencing pain, and th ough it acts in a hig hly intell igen t mann er, the animal is not a n in t ell i gen t being ; it is not refle xiv e ly conscious o f itself as a knowing subject or agent. 362 Vemos, pues, que el he cho de “actuar de un modo altamente inteligen te” no es suficiente para ser in teligente, en opinión de un autor co mo Reichmann, pue sto que para ser “intelig ente” en el modo en que estos definen tal término, las capacidades de un sujet o tienen que sobrepa sar un determinado u mbral. Parece bastante claro qu e un modo de proceder como este ha brá de ser t ildado de arbitrario, y nos conduce de vuelta al punt o central que esta sección ayuda a subrayar: los criterios aludidos para defender e l antropocentrismo sobre la base de característica s individu ales parec e que son pr eviamente seleccionado s para jugar este rol. Así, más qu e ser las distincio ne s especistas el re sult ado de tal argument ación, parece que son tales argument os los que vienen a s er el resultado de actitude s especistas. 3.5.6.3. La infravalora ción de las capacidad es de los ani males no humanos Con todo, las as uncion es que parecen condicionadas por el prejuicio no se limitan simplem ente a la selección de un cier to criter io específico como moralmente r elevant e. P arece tambié n que la vi sión de lo s ani males no human os es desfigurada par a que pu edan ser d esconsider ados de forma más aceptabl e. De hecho, toda una serie de animales n o humanos muestran poseer capacidades suficiente s par a satis facer algun os de los cr iterios a duc idos con l a intención de justificar una diferenci ación moral de especi e. No es nec esari o entrar a examinar en detall e como ocurre esto , pero se puede indicar mu y brevemente alg o 362 Reich mann, J ames , Evolution, Animal ‘Rights’ a nd the Environm ent , The Ca tholi c University of America Press, W ashington DC, 2000, p. 374. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 304 al respecto. El motivo por el que e sto puede ser de interés es que pue de servirnos de complemento a otras indicacione s que podamos hacer respecto del punto hasta el cual los prejuicios a ntropocentristas dan forma a la visión de lo s animal es n o humanos que hoy en día común mente se mantiene, dist orsionando est a. Al bu scar presentar una caracter ísti ca cuya posesion abri ría una brecha ent re humanos y no humanos, se a signa a estos un a serie de característica s que no se ajustan necesariamen t e a sus capacidade s reale s. Ell o r esulta nece sario para que estos no se adecuen a lo s requisito s morale s establ ecidos par a que lo s inter eses de alguien reciban plena consideración. Es importante tener en cuenta, pues, que, cu ando nos aproxi mamos a la s capacida des que alg uno s no humanos tienen, nuestra inten ción es la de arrojar más luz sobre el modo en que el antropoce ntrism o afecta a nuestra visió n de los no humanos: no es, en modo alguno, una forma d e intentar reb atir los arg umentos que defienden su exclusión moral. La raz ón es si mple: si intentá semos oponernos al antropocentrismo mostrando que lo s no human os tienen las capacid ades alegadas en su de fensa podrí amos e star i mplícitament e asu miendo que tale s criteri os serían moralmente r elevantes, q ue es precisame nte lo que hemos estado intentando refutar. Hemos visto ya que el hecho de que haya o no anim ale s no humanos que carezcan de e sta s capac idades resulta i rreleva nte para l a consid eración que deb an recibir sus intereses. Ga ry Francione h a co mentado esta id ea indicando que the att empt to iden tify whether animals , or cer tain anim als, p oss ess char acteri sti cs that w e hav e histo ric ally thought to be the sole province of human beings may be inter esting from a s cientif ic point o f v iew. But it h as absolutely nothing to do with the moral iss ue of how w e should treat animals w ho are sentient but who l a ck a giv en characteristic. Althoug h the work of cognitive etho l ogists has been very important, it is also dangerous in that it threatens to creat e new hierar chies in w hich we mov e some an imals, such as the great apes, into a “ preferred” group based on their Distintas defensas del antr opocentrismo 305 similarity to hum ans, and conti nue to tre at other animals as our property and re sources. 363 Este comentario debería ser tenido muy en cuen ta, aunque ello no es sie mpre lo que ocurre: en mucho s casos, quienes argumentan contr a la ide a de q ue los ser es humanos son los únicos considerables moral mente lo hacen af ir mando que otros animales pos een cierta s capacidad es habi tual mente con sideradas pa radigmáticas humanas (siendo Steven Wise un exponente bien conocido de tal forma de argumentar ). 364 E l resultado de esto es, c omo Francione apunta, que de este modo muchos otros animales son dejados sin consideración. Esto puede quizás ayudarnos a entender por qué u na línea de razona miento como la de Wise puede ser cuestionable: pero no es el motivo en sí por el cual lo es. La razón de fondo por la que tal modo de argu mentar no resulta adecuado es, co mo se ha dicho an tes, porque asume un criterio moral que no resulta relevante (la posesión de cierta s capacidade s que no deter minan la posibilidad d e recibir un perjuicio o un bene ficio en sentido experiencial) . Una vez que se ha hecho esta muy impor tante clarificación, po demo s aproximarnos ya al modo en que la visión actual de los animales no hu ma nos e s prejuiciosa y, como consecuencia, distorsion ada, no reconociendo, en muchos casos, las car acterísti cas que pueden manif estar. a) Capacidades intelectuales A menudo se afirma qu e solo los hu manos po seen capa cidades int electuales, solo ellos pu eden tener concepto s y conoci mient os. Pero ¿es tal asunci ón cier ta? ¿O pueden ser estos también poseído s por otros seres que no son hu manos? Rollin ha defendido esto últi mo. De un modo original, ha expue sto un argument o a favor de 363 Francione, Introduction t o Animal Rights , p. 119. 364 Véas e W ise, Rattling the Cage y Unlocking the Cage . Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 306 la posibilidad de cognición no hu mana por medio de una e structura conceptual epistemológica kantiana . Expl ica esta idea co mo sigue: 1) In his epistemology, Kant clearly ass ets t hat everything he is saying about knowledg e and experience is true for any be ing possessed of an “ecty pal intell ect”, – th at is, an intellect wi c h depends on material receiv ed from outside itself for its experience. No one, including Kant, can deny that ani mals with sen se-organs perceive objects. 365 2) They ob viously experience obj e cts and c ausal interaction. By the same token, their access t o t he w orl d is via sense - organs which are e xt remely similar to ours, and which in and of th e mselves, can provide only fragmented atoms of experience. Theref ore, as Kantians, we m ust con clude tha t they, too, poss ess a priori concepts fairly similar t o our own. And since they l earn from e xperience, ev en, as Hume points out, from single experiences – for example, to avoid hot objects after b e ing hurt – they must sur el y posse ss a mechanisn f or generating empirical conc e pts. Afte r al l , an organism with no power of generalization and abstraction, which could experience only partic ulars, could neit he r learn nor surviv e . 366 Rollin nos recuerda que los principios de la epistemología kantiana no eran por sí mismos antropocéntricos, aunq ue Kant asu miese finalmente que solo los humanos fuesen individuos dotado s de razón. Por tanto, pode mos considerar de manera separ ada la defi nición de Kant de có mo el conoci miento pu ede t ener lugar y s us opinione s posteriores acerca de quiénes cumplirían los requisitos precisos para ello. Y, sigue el argum ento de Rollin, si seguimos un enfoque episte mológico 365 Rollin, The Unheeded Cr y , p. 138-39. 366 Ibid., p. 139. Distintas defensas del antr opocentrismo 307 kantiano concluiremos que los animales no hu manos, co mo los humanos, satisfacen los requisitos que Kant establece para conocer, incluso a unque él mismo no fuese capaz de verlo en su mo mento. Y, como Rollin i ndica que el argu mento muestra, si aceptamos que los animales no hu manos per ciben lo que les ocurr e, tendremos qu e aceptar que, de acuerdo con la teor ía de Kant, sí tienen concept os. Esto l o afirmaría asimismo Hume, a quie n también Rollin se re fiere, al indicar que the animal infers s ome f act bey ond what immediately strikes his senses [...] this inference is altogether founded on past experience, whi le the crea ture expects from the present objec t the s ame consequences, which it has alway s found in its obs e rv ation to resu lt from s imilar ob jects . 367 De modo consistente co n esto, Rollin seguirá co n el argumento indicand o: One can take Kant’s logic a bit further. According to Kant, having innate concepts allows one to have a “tr anscen d ent al un ity o f appercep tion ” – that is, a unity of sel f - awareness [...] They must be able to realize that an ev e nt is happening to them i n order to learn f rom it. We are surely licen sed, I beli ev e, to as er t th at an imal s h ave a sen se of self as distinguished from th e world [...] Co mmon sense assumes that animals know the difference between what happens to them and what doesn’t. 368 Una vez que hemos visto que hay un caso definitivamente de peso a favor de la cognición no humana, a quellas afirmacio nes desestimand o las capacidade s intelectuale s de los ani males no human os debe n ser re estimad as. Pued e so stenerse 367 Hume, David, Enquiries Concerning Human Understanding and Concerning t he Principles of Morals , § 83 [edición manejada: Clarendon Press , Oxf ord, 1978]. 368 Rollin, The Unheeded Cr y , p. 140. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 308 que las capacidade s que mucho s (o la mayoría) de los humanos manifiestan a este respecto son cier tament e mucho más co mpleja s que aquellas de los no humanos. Pero es ciertament e falaz inferir de aquí que carecen de ellas total mente. Algo q ue en su momento señaló ya, de un tan sencillo co mo claro, Porfirio, con comentarios como los que siguen: 1) Por supuesto, s i nue stra activ ida d intele ctu al es superior a la de los animales, no debemos tampoco por ello quitar les la f aculta d de pensar , co mo igual mente no le vamo s a suprimir a las perdices la f aculta d de v olar, porque l os halco nes vu elen más a lto que el las. 369 2) Pues muchos de ellos d e jan atrás a todos los hom bre s por su tamaño y agilidad, por un l a do, y , por otro, por la potencia de su vista y la agudeza de su oído, pero no por ello es el hombre sordo, cieg o ni incapa z; ta mbién corre mos, aunque con mayor lentitud que los ciervos, y v emos, aunque peor que los halcones. L a naturaleza no nos privó de potenci a y t amaño, a unque nada se amos en este aspecto con relación a un elefante y un camello. Por consiguiente, de igual modo, no digamos que los a nimale s salvajes, si sus p e nsamientos s on más len tos y sus r efl exiones más def icient es, n o tien en inteligencia ni p iensan d el todo ni poseen un a razón , sino que la tienen dé bil y pert urbada, com o un ojo con escasa v isión y alterado. 370 Podemos así de scartar la idea de que lo s no h umanos car ecen de cualquier capacidad cogn itiva o in telectual. 369 Porfirio, Sobre la abst inencia , 3, 8, 8 [edición ma nejada: Gredos, Madr id, 1984]. 370 Ibid., 3, 23, 7-8. Distintas defensas del antr opocentrismo 309 b) Lenguaje La comunicación e s un a faceta co mún entre un gr an número d e animales no humanos. No es un fenómeno restringido a los hum anos. Más aun, hab ría una base evolutiva común sobre la que se desarroll aría la comunicación en el caso de los seres humanos y en el de otros animales. Radner y Radner han comentado al respecto: According to the theor y of ev olution, al l complex biolog ical sy stems have resulte d from h istorica l develo pmen t through v arious stage s. Huma n speech is not an exception. 371 Ahora bien, algunas defensa s del antropocen trismo indican que todos los casos de comunicación entre no humanos s on esencialmente diferentes de lo que debemos llamar lenguaje en sí, incluso aunque claramente impliquen una transmisión de sentido mediante signo s. Podría sostenerse que el lenguaje hablado típico de los humanos es una forma p articular, muy compleja, de lenguaje. Pero lo que se sos tiene es algo distinto: que solo este es lenguaje, que otras formas de comunic ación no podrán disfrutar de tal denominación. Esto supon e limitarse a una definición d e lo qu e e s un len guaje cier tament e r estrictiva. P arece q ue estamos aquí ante un ejemplo claro de lo que sería un um br al levantado con el fin de distinguir a humanos de no humanos. Por otr a parte, puede tal v ez ser interesant e apunt ar que en el caso del lenguaje hu mano hay a lgunos no hu manos que tienen cierto do minio de él. Cab e referir a propós ito de esto los resultados de distintas investigaciones realizadas desde los setenta con algunos grandes s imios no humanos (gorilas, chimpancés, bonobos y orangutanes). S e ha hecho aprender a varios de estos animales el lenguaje sígnico utilizado por los sordos, mediante el cual se han podid o comunicar 371 Radner, Daisie & Radn er, Michael, Anima l Consciousness , P rometeus B ooks, New York, 1989, p. 172. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 316 concluir en este punto q ue toda una serie de ani males no humanos manifiestan una serie de capacidad es y comporta mientos su ficientes co mo para qu e poda mos considerar que el fenómeno que conoce mos como moral est á ya pres ente en ellos. Han mostrado esto tanto en la convivencia en los grupos de los que f orman parte en estado natural, como en situacione s forzadas por seres humanos – al pr ecio de frustrar s u libertad y t oda otr a serie de inter ese s básico s de esto s animal es – . Ciertamente, no parece que de esto podamos inferir la posibilidad de exigirl es cuent as sobre sus actos del mismo modo en que podemos hacerlo a un gr an número de seres hu manos adultos. A pesar del reconocimiento y respecto q ue pueden presentar con respecto a ciertas normas, el grado en que podem o s considerarles sujetos responsables es muy reducido. Pero, de nuevo, el hecho de que las capacidades de otros an imales no lleguen a ser como las manifestadas por un gran número de sere s humanos no entr aña en modo alguno que carezcan tot almente de ellas. Al igu al que en l o tocante a la s capacida des cognitivas de modo general, en este punto podemos ver de nuevo que lo q ue se da es un continuo entre las capacidades poseídas entre los distintos animales. No es que estas estén por completo ausen tes y aparezcan solo cuand o estamos frente a seres humano s, s ino que toda una serie de a nimales sociales las poseen, si bien la forma pa rticular que cobren y su grado de de sarrollo es diferente en cada caso. d) Libertad Tampoco la posesión d e liber tad par ece una c aracterística que in dicar ía una diferencia clara entre los no humanos y el paradigma de hu mano que vimo s que un teórico como Fer ry asume. Existe, de hecho, u n continuo a tal re specto. Por libertad (en el sentido uti lizado p or Ferr y) se quiere decir la capacidad de to mar decisione s de un cierto nivel, que los animales no humanos serían incapaces de tomar. En su opinión, lo que resultaría específico del tipo d e decisiones que muchos hu manos pueden to mar es que estos serían capaces, a través d e ellas, d e evitar las restricciones q ue lo que se denomina “la natura leza” le s habría i mpuest o. Mientras Distintas defensas del antr opocentrismo 317 los animales no hu manos tendrían que vivir de ac uerdo con su “naturaleza” o “instintos”, mu chos humano s (o al menos la mayoría) serían c apaces de dejar esto atrás y co mportarse co mo solo ellos decidiesen. Aquí encontra mos uno de los mitos más profunda mente ar raigados en lo que c oncierne a las caracte rísti cas que humanos y no hu manos manifiestan. V ea mos est e breve men te . En pri mer lugar, es int eresante const atar que tal concep ción de lo qu e es “natural” e n cada caso dep ende bá sicamente de lo qu e e ntendamos por nuestra “naturaleza”. Si co n este tér mino denota mos el conjunto de voli ciones que un individuo tiene, entonces por supuesto ningún animal, ni humano ni no humano, será capaz de evitar ha cer lo que su “naturale za” o rdena, simplemente porque tal concepto d e naturale za es tan a mplio que e star á siempre en la nat ural eza de uno actuar de un ci erto modo. Si, por otra parte, r estringi mos la definición de nu estra “naturaleza”, y simplemente denota mos con tal término nuestro des eo de actuar en función de razones fácilmente distin guibles (co mo, por eje mplo, apare arse, comer, descansar, etc.), entonc es no es cierto que solo los individuo s pertenecientes al grupo humano tengan la capacidad de ab stenerse de actuar de tal modo. Hay otr os animales no h umano s que tienen la capa cidad de renunciar a co mport arse de tal forma, aunque no lo hagan de un modo tan desarrollado y hasta un punto tal como un ser humano. Un simio macho pued e querer aparearse con una hembra de su grupo, pero renun ciar a hacerlo, pues sab e que un macho dominante le atacará si lo intenta. Y ciertos animales no hu manos que son mantenidos en un entorno hu mano son usualmente obliga dos a adecuar su conducta a ciertas regla s, lo cual son capaces de h acer ( esto ocur re, par ticular mente, en el ca so de los perros). Puede responderse que la razón por la que se inhiben es simplemente el miedo: creen que serán dañados si actúan de cierto modo y por ell o evitan hacerlo. Ahor a bien: esto precisament e muestra qu e pueden to mar decisi ones al re specto. Una r espue sta en términos puramente conductistas no se sostiene ( hemos visto ya algunas razones por las que lo s supu est o s sobre los que esta d escansa son cue stionabl es ). Mucho s humanos querrían actua r de un cierto modo, per o evitan hacerlo porque el daño que sufrirían de hacerlo serí a más signi ficativo que el bene ficio que obtendr ían. El tipo Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 318 de acción e s el mismo, solo varía el nivel de complejid ad entre las decisiones que unos y otros pueden tomar. 3.5.6.4. Construyendo al ani mal no humano co mo “otro” A la luz de lo que hem os visto cabe concluir que la visión que se mantiene de los animales no human os no está caracterizada por la imparcialidad. E n cada uno de los casos que hemos repasado se ha dado por obvio que las capacida des aludida s son exclusivas del grup o humano, pese a existi r argumentos para cues tionar esto. Ocurre que fenómenos constatables de modo p aralelo dentro del gr upo humano y en otros animales reci ben una explicación completa mente distinta según nos refiramos a unos u otros. En lo que concierne a las capa cidades cultur ales, por ejemplo, lo que en el caso humano se considera un comportamiento cul tural, en el de los animales no humanos se ve co mo instint o, precondicion amiento. Lo que en un caso se ve como un co mportamiento qu e se elige en con sonanci a con lo aprendido en la vida en sociedad, en el otr o se ve como algo condicionado biológicamente. Co mo dice Lynd a Birke: Animals’ different experiences are tipically re legated to some feature of th e ir b iology, their intrins i c nature; for humans, by contrast, we see e xplanation in terms of c ultural dif ference. 380 Esta idea la co menta co n perspicaci a Barbara Noske, que i ndi cará: Cuando ese reduccionismo biológico se apl ica a los seres humanos, pero sol o en e se caso, pon en los cient ífico s sociales el grito en el cielo. En cambio, los estudiosos de la 380 Birke, Ly nda , Feminism , Animals and Sc ience: The Naming of the Shr ew , Ope n University P ress, London, 1994, p. 97. Distintas defensas del antr opocentrismo 319 sociedad y la cultura humanas parecen apoyar sin sentido crítico toda imagen animal que propongan los científ ic os que estud ian a los animal es. Es car acteríst ico que l o que lo s científ ico s soci ales no sab en disc ernir es si es a im agen ani mal refleja la ‘v erdad’ sobre los animal es. Al contrario de lo qu e ocurre con las imágenes del ‘hombre’, y más rec ientement e con las de la ‘muj er’, ha habido h asta ahora muy esca so debat e sobre la imag en de los ani males como prod ucto de la interpretación humana. 381 Este reduccionismo con respecto a los animales no humanos sería lo que permitiría redu cirlo s a seres carecient es de la s capacid ades relevante s, al ver los a través de un pri s ma reduccionista: La p a rt e de los ani males que se somete a estudi o en el laboratorio y al control de l científico n atural positivi sta, viene a representar al ani mal en su conjun to. A esta conc epción s e le sob repon e la noc ión cart esiana de l a máqu ina anim al, visión que negaba a los animales toda sub j etividad, sentimiento, capacidad de sufrimiento, necesidades, miedo o conocimiento. En resumen, los animales terminaro n convirtiéndose en produc tos pasiv os de las leyes de la materia vi v a, su jetos a d ich as ley es. 382 Toda esta concepción de las cosas casa con una división del mundo animal destinada a apar tarnos de los animale s que no pertenecen a nue stra especie. Com o ha indicado Marian Sch oltmeijer: 381 Noske, Barbara, “L os grandes simios como sujet os antropológ icos”, in Cav alieri & Singer (eds.), El Proyecto “Gran Simio” , 321- 34, p. 328. 382 Ibid., pp. 326-27. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 320 Animality as a c oncept is de rived f rom the human/animal div i sion in W este rn thought. Bec a use h uma n kind has been interested in explain ing and reinf orcing its preeminence, anim ality has been defined by what i t lacks. The search for the special defining trait of humanity has involved underestimating other animals. 383 Birke ha indicad o a su v ez a e ste respecto: Entrenched in the biological/social and animal/hu man dichotomies lies a bel ief in ani mals as ‘other’ [...] This is not only to sa y that we human s are no t like an imals; i t is also to project onto them an alter ego. 384 Ello cobra sentido a la l uz de una voluntad de jerar quización 385 que se val e de tal diferenci a: Separating ourselves f rom le ss worthy ‘others’ is, as we have seen, a common tr ait [...] ‘O thering’ is a trait t hat links to concepts of global domination, in its r eliance on def ining 383 Scholtmeijer, Marian, “Animality ” , in Bekoff & Meaney (eds.), Encyclopedia o f Animal Rights and Animal Welfare , 64-66, p. 64. 384 Birke, Femi nism, Animals and Science , p. 12. 385 Como hemos v isto que indicaba Mason, e sta difer e nciación se l l eva a cabo a menud o de la mano de un a asignación de atributos n e gativ os y hasta odiosos. Así, Ray m ond Corbey irá más allá y afirma rá: “ La filosofía trad icional no ha r e flexionad o sobre los animales reales, sino sobre estereotipos maliciosos que convertían a estos en monstruos brutales” (Corbey , Ra ymond, “Simios ambiguo s”, in Cavalieri & Singer (eds.), El Proyecto “Gran Simio” , 163-75, p. 173). Con todo, como se apun tó ya en su moment o, una animosidad de este tip o, si bien en ciertos casos e stá presente, no r esulta univ ersal. Distintas defensas del antr opocentrismo 321 w hat is human a gainst thos e who a re conquered (of whatever speci es). 386 Así, al relegar a los animales no hu manos a la categor ía del “otro”, la desconsideración por sus intereses se torna más fácil de presentar como justificabl e. 3.5.6.5. Prejuicios antr op ocentristas El carácter tan gener alizado de lo que acab amos de ver lleva a d erivar conclusiones. Parece q ue las posiciones especistas no son adopt adas por tant os seres h u mano s (de hecho, por la mayoría aplas tante de la humanidad) por casualidad. P or el contr ario, el enor me consens o alrededor de ellas es debido a la existencia de prejuicios especistas pro fundamente enraizados e n nuest ro contexto (en los que somos soci alizad as y socializado s ). En otro lugar de esta investigación se distingue entre posiciones moral es y disposiciones psicológi cas (algunas de las c uales pueden ser prej uicios). No examinaremos en detalle esta cuestión. Aquí no buscamos conocer los mecanismos psicológicos, sociológic os o históricos por los que la gente adopta un punto de vista esp eci sta, sino anali zar l a posición moral q ue el especis mo consti tuye y los argumentos que pode mos esgrimir en su favor y en su contra. Sin embargo, no deja de ser intere sante ten er en cuenta qu e la exi stencia de pr ejuicio s esp ecistas, cu ya presencia pued e s er muy sutil, distorsiona la clase de posición moral que adopta mo s ( al igual que puede condicionar la apl icación de principios neutrales en sí). El antropocentrismo lleva asignados toda una serie de valore s. Buscando justificarl o, se apela a numerosas cir c unstancias tomadas como representativas de los miembros del grupo humano. Se con sidera así que tales factores los dotan de una significación singular . Ello ocurre, por ejemplo, cuando se afir ma que la posesión de deter minad as capacidade s es lo que hace que un individu o pueda ser 386 Birke, Feminism, Animals and Science , p. 109. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 322 considerable moral mente. Ahor a bien, cabría también plant earse si l a relación valorativa no es asi mismo recíproca. Esto es a sí debido a que da la i mpresión de que también tales f acultades son v aloradas, a su vez, por el solo h echo d e ser tomadas por especí fica o caracter ística mente hu manas. A la h ora d e consider ar que tales propiedades son tan notables, y releva ntes para cualquier evaluación moral, parece jugar un papel fundamental el hecho de que sean propi edades que se identific an co mo paradigmática mente humanas – independiente mente de lo acert ada o desacertada qu e tal asimil ación pueda ser – . T al vez si fuésemos águilas estimaría mos particular mente la capacida d de la vista, mientr as que si fuésemo s lobos haríamos lo propi o con el ol fato, o con el sónar d e ser del fines. E sto no tiene por qué ser algo que hagamos a propósito. Es perfectamente entendible que lo hagamos incon sciente mente. E l hecho d e tener ciertas c apacid ades que resultan tan útiles o, aun m ás, tan necesar ias para que vivamos nuestras vidas es algo que comprensiblemente nos hace valorarlas muchísi mo. Es así fácil dar el salto de aquí a la idea d e que son i ntrínsica mente valiosas. A e sto se su ma el he cho de que normalmente creemos que nosotros mismos o mi s ma s somos consider ab le s moralmente. Y, así, es l ógico que al busc ar una caracter ística moral men te relevante pensemos en a quella s que tom amos por caracter ística mente nuestras. Puede ser, por supuesto , que todo esto no sea más que una mera casu alidad. Quizás quienes a firman que caracter ísticas como las referidas arriba son moralmente r elevante s simple mente evalú an la cu estión d e un modo verdadera mente impar c ial, sin s er influi dos o influidas en absoluto en un modo como el que se ha descrito aquí. Quizás simplemente coincide qu e la s característica s que r esultan v aliosas son aquell as que son caracter ística mente nuestras. S i tal fuese el caso, se tratar ía un a coinci dencia cier ta mente pecul iar. M uy peculiar, de hecho. Tant o, que parece bastante razonable dudar q ue sea una coinciden cia en ab soluto. L a hipótesis de que t ales criterios son elegidos debido a prejuicios parec e mucho más convin cente. Para concluir , cabe des tacar que pode mos rec hazar el antr opocentri s mo de manera conscie nte, pero todaví a, inconscient emente, mantener ciert as actitud es antropocéntricas. Y, de hecho, podemos mante ner ciertos prejuicio s y otros no, a Distintas defensas del antr opocentrismo 323 pesar de que su base s ea la misma. (Todo es to puede ayudarnos a entender la diferencia entre una posición moral y un prejuicio). Por otr a parte, vem o s de este modo que el rechazo formal del antropocentrismo ha de ir tambié n acompañado de una reflexión crítica so bre la carga d e prejuici os que arra stra. Po demos tener una actitud sin cera d e rech azo de esta di scrimin ació n, pero contin uar manteni endo toda una serie de pr ejuicios de especie, como lógico resultado de una profunda socialización en ellos. E l especismo, co mo cualquier otro prejuicio de su tipo, puede cobrar múltiples y variadas for mas, y podemos adoptarlas sin percatarnos. 3.6. Defensa s del antro pocent rismo apelando a factores relacionale s En este punto, una vez he mos visto rebatido s los argu mentos a favor del antropocentrismo que aluden a las cap acidades individuales, es el momento de acercarse a aquell os otr os que se refieren a la clase de relacio nes da das entr e los seres humanos como lo moralmente relevante . Quienes defienden posicione s de este tipo pueden obviar o incluso rech azar toda alusión a atri butos individuales, como hace Lawrence Becker al indicar qu e ese sería un mal ca mino par a defender el antro pocentris mo: This line of re asoning is i ncorrect – not bec ause it f ails to find some pa tent and morally rele vant disti nguishing characteristics that it ou ght to have f ound, but because it assumes that such a characteristic mus t be found in order to justif y preferential treatment for humans. 387 Veamos, pues, si ha y al guna clase de relación que pueda result ar relevante para establecer una di ferenciación moral allí dond e las capacid ades indi viduales han fracasad o. 387 Becker, Lawrence C., “The Priority of Human Interests”, in Mil ler & W illiams (eds.) , Ethics and Animals , 225-4 2, p. 227. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 324 3.6.1. Mera similitud biologica Una de las de fensas del antropocentri smo más s imples sugiere que podemos privar de plena consid eración a los animales no humanos y no a los hu manos simplemente porque los humanos pertenecemos a la misma especie biológica y los no humanos a otras difer entes. Una posici ó n de este tipo ha sid o defendida por Scanlon, quien ha considerado que lo relevante sería nacer de una m a dre humana ( “of human born” ) 388 pues tendríamo s una s uerte de vínculo de nacimiento ( “tie of birth” ) con quienes han nacido como miembros de nuestra espe cie. 389 Este argumento resulta muy cercano a lo que sería una de fensa definicional del antropocentr ismo. La única diferencia r adicar ía en la apelación a un hecho biológico. Matt Ball y Jack Norris han planteado una serie de observacion es interes antes respect o de una posici ón de este tipo . Dado que esta asu me la especie co mo la característica relevante por sí, p ara dar cuenta d e ella habrá qu e bu scar el cr iterio en el que podría descansar una definición de la propia definición de especie. Explicar án que este argument is that hu mans hav e rights because t he y belong to the species Homo sapiens [...] In the p ast, there have been a numb e r of biological definitions of what constitutes a species. Toda y , it is def ined genet ically . 390 La idea de que nu estra s consider aci ones mora les deberían descansar en una cuestión genética parec e como mínimo cur iosa a primera vi sta. De hecho, quiene s defienden el antropo ce ntrismo podrían apelar a ella, pero se verían c ontradichos por toda una serie de consecuencias indeseables que se derivan de tal punto de 388 Scanlon, What We Owe to Each Oth er , p. 185. 389 Ibid. 390 Ball, Matt & Norris Jack , “Bey ond Might Makes Right”, Vegan O utreach , http://www.veg a noutreach.org /advocacy/bey ond.html [visitado el 15 marzo de 2005]. Distintas defensas del antr opocentrismo 325 vista. Podemos aproxi marnos a estas con la ayuda de do s clases de experimentos mentales que cue stionan la validez de este cr iterio: i) Humanoides con un A DN no humano: Para cuestionar la val idez de la apelació n a los genes, Ball y Norris presentan la siguiente suposición: Consider if we could genetically e ngineer hum anoids who were biologically disti nct from humans ( could not reproduce with humans) but s hared human emotions and intelligence. Could w e justifiably ensla ve, experi men t on, a nd eat su ch peop le? 391 La hipótesis es intere sante puesto qu e parte de la que par ece ser la in tención de quienes defienden este argumento para confrontarla con la formulación que este mismo argumento tiene. Mantener la idea de que los humanoides arri ba descrit os deberían ser con siderad os moral mente implicar á tener qu e rechazar la idea de que hay algo e specífico en el hecho d e perten ecer bi ológica mente a la esp ecie humana. ii) Cuerpos no sintientes con un A DN humano: Perz ha presentado una obj eción diferente a este cri terio, advirtiendo: If g e netic humanity was the requir ement for f ull moral standing, then it would be immoral to ‘h arm’ a hy pothe tical 391 Ibid. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 332 lugar, pasar a defender que sería de todos modos deseable que así o curriese. No parece que podamos defender un argu mento con éxito si una de sus pre misas ha de ser rechazada. Y no po demos justificar que la existencia de un he cho que no tiene lugar sería moralmente positiva sobre la ba se de que tal propio hecho tiene lugar. Al hacer algo como e sto estamos suponiendo ya en las premisas la conclusión a la que queremos llegar. Así, la petición de principi o en la que incur rimos es evidente. Un punto co mo este qu eda constatado de modo muy claro si analiza mos otra defensa del antr opocentrismo sem ejante a la de Becker, la que lleva a cabo Al fredo Marcos. E ste autor comien za su argu mentaci ón indicando que el c oncepto de especie es un concepto de la biolog ía que no sirv e en conte xtos morales y políticos. Introduce más confusión que otra cosa. L a noción de especie pertenece a l a biología, y y a de ntro d e esta ciencia [...] es consid e rada confus a y prob lemáti ca. 405 Este es un apunte en lín ea con lo que hemos venido vi endo , que in siste en el rechazo a una cate goría biológica como criter io moral. Si n embargo, contradiciéndolo, Marc os intentará todavía defender el antropocentris mo mediante un argumento como el q ue sigue: Cuando queramos referirn os a los seres humanos en su conjunto es pref erible utilizar una expr e sión c on claras connotaciones morales como “f a milia humana”. Esta expresión no tra e consig o toda la complejid ad de la noc ión d e espec ie. L a f amilia h u mana es un a ent idad concreta , localizada en el tiempo y en el espacio, m ientras que la especie humana es una idea abstracta. El lla mado problem a del esp ecismo tien e su s ra íces en es a conf usión cat eg orial. L a 405 Marcos, Alfredo, Ética Ambien tal , Univ ersidad de Valladolid, V alladolid, 2001, p. 113. Distintas defensas del antr opocentrismo 333 coespecificidad no es una relación qu e conllev e neces ariame nte v ínculos emoti vo s, socia les, af ectiv os y moral es, mient ras que la perten encia a la m isma fam ilia, s í. Una vez que consig amos reconocer en l os otros humanos – en todos – las s eñas d e la f amili arid ad, un a vez que consigamos extender primero a los más próxi m os y después a los más alejados, los vínc ulos de respeto y a mor que nos unen – o deberían unirnos – a nuestr a f amili a, y que nace n del más elemental amor propio, solo enton ces estar emos en condiciones de proced er a una nu e va extensión, sol o enton ces podremos hacer que nuestra compasión alcance t a mbién a otros viv ientes. 406 El argumento de este autor resulta bastante co nfuso, pero podemos in tentar reconstruirlo como sigue: 1. La coespecifidad no conl leva vínculos morales. 2. La pertenencia a una familia conll eva víncul os morales hacia lo s demás miembros de esta. 3. La críti ca del especis mo se dirige a la categor ía de la “coespeci fidad”. 4. La críti ca del especi smo n o puede di rigir se a la concep ción del grupo humano como “familia”. 5. Es preferible deno minar al grupo humano co mo “familia” que como mera e specie (co especi fidad). 6. Hemos de conseguir que todos los seres humanos no s consideremos entre nos otros como una “fa milia”. 7. La consideración moral de los ani males no hu manos depende de que se dé previ ament e una con sideración mor al de los seres humanos. 406 Ibid., pp. 113-14. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 334 Como no es difícil constatar, un planteamien to como el de Marcos busca descartar como inválid a la críti ca del e specis mo. De fiende que l a satisfa cción de los intereses hu manos te nga prioridad sobre la d e los de más animales. U na posición así parece que clara mente constitu ye una forma de discri minación en fun ción de la especie. Sin embargo, Marcos quiere n egar qu e su posición pueda ser tachada de especista. Para ello, pr etende dar el p aso de la mer a coespeci fidad ( que, como en la premisa 1 se co menta, no t iene repercusione s morales) a la “familia”. P or supuesto, para que esto pueda resultar operativo, es preci so que se dé también la premisa 2 (que sería lo que t ornaría al hecho de formar parte d e una “familia” alg o moralmente relevante). Un punto como este es más que cuestionable ( de hecho lo discutiremos más adelante), pero por a hora, solo para poder conti nuar con el argumento, vamos a mantener todavía nuestro s ilencio al respecto y actuar co mo si efectiva mente fue se esta una pre misa libre de objeciones. Pues bi en, ll egado tal punto, nos encontra mos con que para que el argumento p ueda tener éxito necesitar á que se introduzca en él otra pr emisa distint a, qu e sería la sigui ente: 6’. Los seres humano s nos consideramos entre nosotros como miembros de una “familia” común. Sin embargo, la premisa con la que a continu ación nos encontramos difiere sustancial mente de e sta, r ezando: 6. Hemos de conseguir que todos los seres humanos no s consideremos entre nos otros como una “fa m ilia”. Y esto apunta a algo qu e se ant icipa ya cu ando se ech a atrás Mar cos al hablar de “los vínculos de respeto y amor que no s unen – o deberían unirno s – a nuestra familia”. S e trata de una premisa que echa abaj o el r esto del argu mento de Marco s: Los se r es hu manos no nos considera mos entre nosotros como una “familia”. Distintas defensas del antr opocentrismo 335 La necesidad de esta prem isa arruina su argu mento. Si los seres humanos no consideran a otro s hu manos como parte de su “familia” el ar gumento carecerá de una premisa nece saria para tener éxi to. 407 De este m odo, Marcos no consigue dotar de justificación a la d e fensa de la de scon sider ación de los animales no humanos que emprende. Asimi smo, la conclusión po sterior a la que pretende llega r este autor (la de que la consid e ración moral de lo s anim ale s depende de que se de previamente una con sid eración moral de lo s ser es humanos), car ece igu almente de base. Becker va a in tentar d ar un ar gumento que esquive este tipo d e crí ticas, afirmando: The argument I ha ve g iven is not based only on fac t s about soc ial d ist ance – as found in people’s actu al attitudes [...] the arg um ent I hav e giv en is based inste ad on th e logic of various elements of moral character – namely the dispositions to reciprocate and to empathize. 408 Apela Becker a que son det er minados elem ent os del carácter moral ( po r él postulado s) lo que resu lta central, refiriéndos e explí citamente al áni mo de actuar con reciprocidad y de empatizar. Ahora bien, e l primero de estos clara mente entra en contradicción con lo que ha estado defendie ndo Becker hasta aquí, pues, como debemos r ecordar, r ech aza este ter minantemen te que l a consider ación hacia los demás sere s humano s haya de d epender d e sus capacidad es intel ectuales. Y mucho s humanos car ecen de la posibilidad d e recipr ocar . De manera qu e s olo e l ánimo por empatizar puede brindar aquí alguna clase de respuesta. Ahora bien, l o que en seguida nos habre mos de preguntar a este re specto es: ¿por qu é motivo tal empatía 407 Puede comprobarse, a may ores de lo di cho, que Marcos introduce premisas no l igadas realmente con la conclusi ón a la que llega con las que confunde la cuestió n. En re alidad, por el modo e n que pr e senta su arg um entación M arcos habría que ind icar que incurr e en una fala cia de l a pist a falsa, y más aun, de pérd ida del h ilo . 408 Becker, “The Priority of Human Intere sts ”, p. 240. Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o 336 ha de extenders e a la tot alidad de los ser es humanos y tan solo a ello s? De hecho, existe hoy qui en afir ma empatizar solo c on quien tiene un color de pi el como el suyo propio, o quiene s muestran que su c onsideración se li mita a ellos mi smos, a su círculo de amigos, sus conciudadanos, etc. Y, en contraposición, existen también muchos cuya capacid a d de empatía se extiende sobre individuos que no son seres humanos. De man era qu e no hay base fáctic a algun a para supon er que el alcance de tal disposición haya de ser el que indica Becker . Y si en lo qu e nos fija mos es en el alcance posible de nuestra e mpatía, entonces no habre mos de li mitarnos a to mar como referente las expresiones más reducidas de e sta, sino que deberemos comprobar cuál es el al cance máxi mo de su ext ensión, lo que i mplica tomar co mo relevante el domini o más amplio que est a pued a alcanzar , que, como hemos visto, estará mucho más allá d el gr upo hu mano. De este modo, co mprobamos lo q ue antic ipamos ya en un ej emplo anterior mente dado: el ar gumento de la sup erposición de especie s va a ent rar en juego también en el ca so de los criterio s relacio nales. En concreto, en lo tocante a los vínculos emotivos, hay que indicar que dentr o del grupo humano también se dan distintos tipos de relaciones em o cionale s. De hecho, hay una premisa en el argumento anterior que no ha sido explicada, y que no e s otra q ue l a ne cesidad de que tomemos como el g rupo de a finidad pertine nte al humano. Pod e mos sustituir la especie por el gr upo de a migos, o el col or de piel, de maner a que las diferenciacio nes moral es justificada s serán otras, a saber, aquellas que tomen por bas e grupos más reducidos. Y es algo que , de hecho, ocurre: mucha gente mantiene actitudes de preferencia por quienes poseen un color de piel como el suyo, por citar tan solo un eje mplo. Podemos comprobar est o aproximándonos a la posición de otra defensora de este argumento, Bonnie Steinbock. E sta ha a firmado que e s normal y aceptable mostrar sentimientos de simpatía, deseo de protección y otros ligados hacia algunos individuos específicos, de manera que lo s favor ezcamos frente a otros. En opini ón de Steinbock, el únic o r equisito con el que no s encontr aríamos para a ctuar de tal modo sería no privar a quienes no favorez camo s de aquello q ue e stá en su der echo disfrutar (lo cu al podr ía ser sus der echos o la consideraci ón mínima de su s Distintas defensas del antr opocentrismo 337 intereses). De ese modo , no e s racista, dice Steinbock, quien atiende primero a los que considera miembros de “s u raza”, sino quien no tr ata como es debi do a quienes no entrarían en tal colectivo. 409 De esta posición s e deriva que qui enes manifie stan un favoritismo hacia aquellos con su mismo color de piel, pero res petan los derechos de los demás no pueden ser llamados racistas. Una posición así seguramente resultará cuestionada por mucho s, que a firmarán que sí r esulta un ejemplo de actitud racist a. El modo en que S teinbock procede es intent ando justificar que po demos manifestar una actitud preferente hacia alguno s de esto s individuos. Ello, de ser aceptable, habrá de se rl o en el ám bito de lo supererogatorio. De este modo, quienes tengan una preferencia por los sere s humanos podrán tal ve z ver su actit ud justificada, pero mediante la asunción de un principio que jusiti fica igualmente que quienes manifiesten otr o tipo de preferencias p uedan continuar sin pro blema algun o utilizando en su bene ficio por igual a animales no humanos y a los miembros del citado colectivo de seres humanos. D e modo coherente con esto, un autor como William Ti mberlake d e fenderá una parcial idad co mo la d escrita t ambi én para lo s casos intrahu manos: Equality of moral status is s omething we aspire to in specif ic circums tan ces in leg al sys te ms, bu t a few moments of conversation with the averag e person should conv inc e one that this is not a com mon belief. Children do not have the moral st atus of ad ults, th e mental ly ill are not judg ed by the same s tan dar ds as th e mental ly c ompeten t, illeg al immig rants do not have the moral status of c itizens, nonresident poor do not have the mor a l status of reside nt poor, strangers do not have the moral status of friends, someone who has stolen 409 Steinbock, Bonnie, “ Speciesism and the Idea of E quality ”, Phi losophy , 53, 1 978, 247- 56, p. 256. [Document text truncated for crawler view.]