Full text
UN DESAFÍO PARA L A BIOÉTICA
LA CUESTIÓN DEL ESPECIS MO
TESIS DOC TORAL
Autor: Óscar Hort a Álvarez
Director: Dr . Luís Garcia Soto
Facu lda de de Fi los of ía
Depart am ento de L óxic a e Filosof ía M or al
Univ er sid ad e de Sa n tia go de C om post el a
2007
Quero agradecer a axuda que rec ebi n de Luís Garci a Soto, as i como de Ingmar Persson,
Barbro Nordling, Dagma r Borchers, Anabel García, Iria Vázqu ez Si lva , Lars Hert zberg ,
Alicia Pu leo e Kas p er L ipp ert - Rasmus sen, e daqueles e aquelas que discutiron s eccións
deste traballo nos seminários levados a termo en Åb o Akademi e Göteborgs U niversitet.
Esta investigación tivo o apoio económico da Co nsell ari a de Inovación e Indú st ria d a
Xunta de Galicia ao longo dos anos académicos 200 3-04 e 2004-05.
UN DES AF ÍO PAR A L A BIO ÉTI CA
LA CUESTI ÓN DEL ES PECISMO
1
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1
INTR ODUC CIÓN *
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1.1. Punt o de parti da de la i nve st igac ión
1.1.1. El uso de ani males no hu manos en el á mbito bio médico
Los animales no hu man os 1 son utilizado s rutinari amente en toda una ser ie de
procedimientos en el ámbito biomédico. E n la práctica totalida d de los casos estos
consisten en trata mientos notable mente agresivos, que ade más conll evan la
* Esta es una versión d e est a tesis doctoral rev isad a a f ech a de 20 1 5 , en la cual s e h an
corregido distintos errore s, de tipo lingüístico o estilístico y de contenido. No se ha
realizado e n ella, sin emba rgo, una act uali za c ión de la bibliograf ía , con lo que las
referencias más t ardías continúan sien do de 2006, dado qu e fue a f inales de tal año cuando
se con cl uy ó esta te sis (defendida el año sig ui ente). Tampoco se ha a ña dido ning una nueva
secci ón , permaneciendo si n m odificaciones t oda la e structura de la i nvestig ación y la tesis
defendida en ella .
1 A pesar de que la d e nominación m á s común que estos recib en hab i tu almen te es
simple mente l a de “ani males ”, cuando nos refiramo s a animal es de es pecies distint as de l a
humana utilizaremos términos como el que aca ba mos de introduc ir (“animales n o
humanos”) para una may or precisión (a l a luz de que ta mbién los humanos so mos
anim ales ).
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
2
reclusión, aislamiento y, finalmente, l a muerte de los animales e mpleados. 2 Todo
esto tiene lugar de un m odo generalizado e in stitucionalizado, dándose un amplio
consenso alrededor de su aceptabi lidad. Se a sume comú nmente que lo s in tereses de
los animale s que no per tenecen a nuestra especie pueden ser dejados a un lado si
ello resulta conveni ente para la satis facción de i nter eses humano s, sin necesid ad de
efectuar ponder ación algu na del peso de lo s int ereses i mplicado s en ca da caso. 3
2 El daño ocasionado a los animale s no humanos es a menudo olvidado o infravalorado .
En relación a nuestra relación actual con los a ni males no humanos, L eahy ha afirma do
que “the prevailing social climate is one of extreme generosity to a nim als, with pro lific
leg islat ion af fecting every as pect of their tr eatmen t fro m zo os t o slaug hterhous es” (L eahy ,
Michael P.T., Against Liberation: Putting in Animals in Perspective , Routledg e , London,
1991, p. 265). Esto tiene poco que ver con la realidad del uso ampliamente extendido de
los animales no human os. No es la intención de este trabajo dar una descripción
pormenorizada del modo e n que este tiene lugar. Puede consultarse a este respecto, por
ejemplo, Ryder, Richard D., Victims of Scienc e. The Use of Animals in Re search , Da vi s -
Poynter, London, 1975; Vyvy an, J ohn, In Pity and in Anger: A Study of the Use of
Animals in Science , M i cah Publishing , Marbl ehead, 1988; L angle y , Gill (ed.), An i mal
Experimentation: The Consensus Changes , MacMillan, London, 1990 ; Singer, Peter,
Liberación animal , Tro tta, M adrid, 1999; y Rowan, Andrew N. & L oe w, F ra nklin M.,
“Animal Research: A Rev ie w of Developments, 1950-2000”, in Sale m, Deborah J. &
Rowan, Andrew N. (eds .), The State of the Anima ls 2001 , HSUS , Washing ton, 2001, 111-
20.
3 Podría ser que se considerase que los intereses humanos tienen un m ay or pe so, sin negar
que los de los d emás animal es car ezcan d e este. P ero es ta n o es r ealm ente l a posició n qu e
de forma habitua l se sos tiene. Como indi ca Robert Ba ss: “once y ou a dmit som e weig ht to
animal interests, y ou may say , for example, that a hum an life is a thousa nd t imes as
valuable as a r a t’s life, bu t y ou wil l also have to draw the consequence t hat it is not worth
sacrificing 1001 rats to save a human lif e ” (Bass, Robert, “Undermining Indirect Duty
Theor ies” Between the Sp ecies , 6, 2006, http://www.cla.calpoly .edu/%7E jlynch/there
albass.htm [visitado el 24 de octubre de 2006] ). Hoy en día se actú a asum iend o que
cualquier suma de intere ses de animal es no humanos , por alta que pueda s er, resultará
siempre insuficiente par a ser comparada co n la de un ser humano.
Introducción
3
1.1.2. Una disanalogía definida por la pertenencia a la es pecie
Encontramos, a la luz de esto , que la co nsideración dada a los ani males no
humanos contrasta con l a que, de manera general, se asume que los hu m anos deben
recibir. Los animales no humanos son utilizados en práctic as en los que se censura
el uso de humanos, y ello se lleva adelante con un notable consenso. E n el á mbito
biomédico esto puede verse con claridad ex aminando el doc umento que se ha
convertido en la re feren cia para la regula ción d e la inv estigació n llev ada a cabo en
humanos, la D eclaraci ón de Helsinki. En e sta se incl uye toda u na serie de
consideraciones sobre el modo en que la e xperimentación con sujetos humanos ha
de ser llevada a cabo. Se com ienza indicando que el individuo en tanto tal es el
principal be neficiari o de esta:
1) En inv estigación médica en s eres humanos, la
preocupación por el bie nestar de los seres humanos debe
tener siempre primacía so bre los intereses de la cie nc ia y de
la sociedad. 4
2) En la investigación médica, es deber d el médico
pro teger la v ida, la salud, la intimid ad y la dig nidad del ser
humano . 5
Asimismo, se introducen distintas garantías de stinadas a salvaguardar en la
mayor medida posible la seguridad de aq uellos en qui enes la investigación se
realiza.
4 Asociación Médica Mundial, D eclaració n d e Helsinki de la Asociación Médica
Mundial , 1964 (Helsinki), revisada en 1975 (Tok io), 1983 (Veneci a), 1989 (Hong Kon g),
1996 (Somerset W e st) y 2000 (Edimburgo), párrafo 5.
5 Ibid., párrafo 10.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
4
Todo proy ecto de i nvest ig ación médic a en seres
humanos debe ser prece di do de una cuidadosa comparación
de los riesgos calculados c on los beneficios previsi bles para
el individuo o para otros [ ...]
L o s médicos deben absten erse de part icipar en
proyectos de investigació n e n seres humanos a menos de que
estén seguros de que l os riesgos inherentes han sido
adecuadamente evaluados y de que es posible hacerles f rente
de ma ner a sat isfacto ri a. 6
Y se estable cen requi sitos refer entes al cons enti miento de los p artici pantes: 7
Para tomar pa rte e n un p ro y ecto de investig ación, los
individuos deben ser participantes vo l untarios e inform ados . 8
Sin embargo, en el c aso de los ani males no hu manos, la situac ión es
completa mente diferent e. Leemos en esta misma declaració n:
L a in ves tigación m édica en seres humanos de be
conformarse con los principios ci entíficos gen e ralmente
aceptados, y debe apoyarse en un profundo conocimiento d e
la bibliografía científ ica, en ot ras fuentes d e informa ción
pertinentes, así como en experimentos de labor atorio
corr ect amente realizados y en animales , cuando sea oportuno
[...]
6 Ibid., párrafos 16 y 17.
7 En lo referente a este punto s e dan salvedades de di stinta índole, como puede ocurrir po r
ejemp lo en el c aso d e la ex per iment ació n ter apéutic a y si el s ujeto no puede dar su
consentimiento, pero e l lo no alt era el hecho de que la v ol untariedad es con todo un
princi pio bás ico ten ido en cuen ta en esta d eclar ación .
8 Ibid., párrafo 20.
Introducción
5
Al investigar, hay que prestar atención adecuad a a los
factores que puedan p erjudicar el m edio ambiente. S e deb e
cuidar también del bienestar de los a ni males utiliza dos e n l o s
experimentos. 9
Podem os co mprobar a sí el di ferente rasero al q ue hu manos y no humanos se
enfrentan. Tal trato dist intivo proviene de una diferencia ción en la con sideració n
mor a l dada a unos y otros (en breve, una diferenciación moral) que se encuentra, de
hecho, profundamente enr aizada en esta declaraci ón. No es ya que la
experimentación con animales no humanos no esté cubierta por las salvaguardas
por las que lo está la llevada a cabo en humanos, sino que constituye un r equisito
previo par a la r ealización de esta. La experi men tación con ani males no humanos se
lleva a cabo en bas e a los b ene ficios que se esp era que ello prop or cionará a
miembros de la esp ecie hu mana. 10 El abismo entre la consideración dada a unos
9 Ibid., párrafos 11 y 12.
10 Podría plantearse l a posi bilidad de qu e la experim ent ació n con an im ales se llev ase a
cabo con el fin de benef iciar a estos. Esto ocurriría en el caso de l a investigaci ón con fines
veterinarios. Con todo, l a defensa d e esta práctica sigue mostrando el segui m iento de un
rasero distinto al empleado en el caso de los s eres humanos. Y es que, dej ando a un lado la
investigación clínica terapéutica, aun en aquellas situaciones en que algún animal no
humano pudiese beneficiarse de estos experimentos, en ningún caso sería uno de aquellos
que padecen estos e n s u pro pi a pi el. S e tr atar ía, ló gicamen te, de otros ani males. A este
respecto hay que tener en cuenta que el móvil de esta práctica, como no es difícil intuir,
es, en el caso g eneral de los an i males emple ados para su consumo u ot ros usos, el de
refinar el modo en que aquellos puedan ser más f á cilmente utilizados. En muchos casos
los procedimientos están directamente dirigidos a la consecución de un aumento en l os
ingresos conseg uidos a c osta de los ani males – c om o cuando se r e alizan altera ciones
gen éticas para au me ntar o especificar la productivid ad de su explotación, muchas veces a
costa d e su b ien est ar – . En otros, a paliar los efectos de su abuso, disminu y é ndose los
gas tos lig ados a est e – como en el caso d el torr ente d e antibi óticos ad min is trado a lo s
anim ales de granja, infestados de enfermedades por mor de las pésimas condiciones en
que se encuentran–. Algo semejante ocurriría también en el caso de la reducidísima
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
12
considerada de maner a desvent ajosa . E sto es así debido a que en ocasione s se
defiende que la int ensidad con l a que se traza una diferencia ción moral r esulta algo
relevante para qu e esta pueda estar justi ficada o no. De s er así, en el caso d el
especismo podría pens arse que solo cuando este supone la privaci ón total de
consideració n de quien es son considerado s o consideradas desfavorabl emente por
él podemos estar ante una posi ción objetable. El capítu lo 4 estar á ded icado a dar
cuenta de esta id ea.
d) Análisis de la cuestión del valor de la vida . Por otra part e, se defiende en
ocasiones que los ani males no humanos pose en un inter és en no sufrir o disfrutar de
bienestar, pero no en vivir . De ser esto así, l as conclusiones a la s que llegue mos en
lo que respecta a si el antropocentrismo es una posición justificable r esultarán de
una relevancia limitada. Esto sería así debido a que, independientemente de cuál
fuese el resultado al qu e hubiése mos llegado e n lo que toca a e sta cuestión, e ste
como mucho re sultarí a signific ativo en lo relat ivo a aqu ellas pr ácticas en l as que s e
ocasiona sufrimiento a los animales no humanos, pero no en lo concerniente a
aquellas otras en l as que se les provoca una muerte i ndolora. Se hace pr eciso, pues,
investigar si efectivamente es ci erto que los ani males no humanos no ti enen interés
en no morir. Para ello será preciso analizar qué motivos pue de haber para
considerar que la mu erte es un daño, y comprobar si estos son ocur ren tes
únicamente en el caso d e aquellos y aquella s que per tenezcan a la e speci e humana .
Asimismo, en ocasiones se mantiene que podríamos caracter izar el dilema
que nos presenta la experimentación con animales co mo de “conflicto entre vidas”.
Este dilema s urgiría al tener que elegir s e en tr e las vidas de lo s animales n o
humanos utilizado s y la s de aquellos seres hum anos que se pu edan ben eficiar de lo s
resultados obtenidos. De acuerdo con esto, nos encontra mos con que, incluso en el
caso de qu e lo s animale s n o humanos teng an interés en vi vir, habrá que indagar qué
criterios han de ser c onsiderados cuando nos e ncontremos ante caso s en los qu e la
continuidad de la vida de distintos individuos e ntre en conflicto. Todas estas
cuestiones serán examin adas en el capí t ulo 5.
Introducción
13
e) Examen de los criterios posible s para la conside rabilidad moral . Otro
problema, que quizás cabría pensar que el capítulo 3 dejaría pendiente, s ería el de
las alternativas posibles al antropocentr ismo. La cuestión de si esta posición está
justif icada o no va de la mano de la de cuál puede ser la opción que, si rechazamos
el antropocentrismo, ha de ser abrazada. Deber emos contra star, pues, las distint as
posiciones alter nativa s que quepa de fender ante este. Esto será llevado a cabo en el
capítulo 6, partiendo de las conclusione s a la s que h ayamos ll egado con
anterior idad. Los punto s de vi sta que habr á qu e poner cara a cara a este resp ecto
serán tres: el enfoque centrado en la posibilidad de tener experiencias positivas y
negativas, el b asado en el hecho de estar viv o y el c entr ado en l a defen sa de lo s
ecosiste mas. El análi sis de l as do s últim as perspectiv as re feridas llevará a
introducir la cuestión d e los criterios a favor o en contra del conservac ionismo del
medio a mbiente o de las especies, d e los que ha bremo s de dar cuent a.
f) E xamen de la cuestión desde distintas perspectivas. Finalmente, resultará
preciso cotej ar el modo en que el te ma ha de ser tratado desde diferent es posicio nes
teóricas. Esto es así porque podría ocurr ir que el anális is llevado a cabo en los
capítulos anteriores estuviese condicionado p or la adopción de unos principio s
normativos determinados. Para co mprobar si ello es el caso, en el capítulo 7 se
llevará adela nte un examen de la cu estión con forme a alguna s de la s perspectiva s
más pujant es en el pa norama de la éti ca nor mativa actual (en conc reto, desde
planteamien tos utilitaristas, d eontológicos – diferenciando estos según d escansen o
no en una propuesta contractualista–, de inspiración aristotélica y basados en una
ética del c uid ado –de inspiración feminista– ).
g) Derivación de co nclu siones. Una vez que tod as estas cuestiones hayan sido
tratadas, podremos vol ver de nuevo nuestra mirada a la conclusión pr esentada en
función de los resultados obtenidos en el capítulo 3. Contrastando estos con las
distintas conclusiones a las que ha yamos llegado a lo largo de lo s capítulos
siguientes podremos llegar a for mular una conclusión definitiva. L os corolarios
prácticos a derivar de ello a nivel general serán explorados en el capítulo 8.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
14
C omprobaremos, tras haber repasado cuáles son estos, si la tesis formulada
anterior mente se sosti ene o deb e ser ret irada.
h) P lanteamiento de la panorámica gene ral y c onclusiones en inglé s. Una vez
desarrollada la investigación y derivadas las conclusiones se expo ndr á, en el
capítulo 9, un resu men de est as en lengua ingl esa, exponiendo los dist intos pasos
seguidos para su formul ación y los argu mentos más destacables utilizad os en estos.
i) Formulación de un a teoría gene ral de la diferenciación m oral y la
discriminación. Como se ha indicado, lo s pl anteamientos que s e procederá a
presentar a lo largo de toda la inve stigación descansarán en el e squema conceptual
formulado en el capítulo 2. Ahor a bien este te ndrá que ba sarse, a su vez, en una
teoría más amplia de la di ferenciación moral y la discri minación ( la di ferenciació n
moral injustif icada) . M ás aun, ta mbién las co nsideracione s qu e se e fectúen en el
capítulo 4 precisarán, para su enunciación, u na teoría de e ste tipo en la que
asentarse. E sta debe apor tar un a concepción de qué significa ser considerable
moralmente y, con forme a esta, una for mulación an alítica d e l as var iable s
implicadas en el trazado de las diferenci aciones morales. Y, s obre esta b ase, deberá
dar cuenta de qué es un a discr iminación y de qué f actores han de tener se en cu enta
para su análi sis. Serán las catego rías a sí re sultantes l as que per mitan efectu ar u n
análisis del especismo y el antropocentrismo, así como de las distintas posiciones
especi st a s.
Ahora bien, la exposición de tal teoría (aun que sea únicamente de sus líneas
generales) re sulta po sib lemente de masiado exte nsa para ser incluid a en el capítulo
2 (o para ser dividida entre este y el 4, algo que, por otr a parte, puede no s er lo más
adecuado para su for mulación más ordenad a). Por este motivo será incluida d e
manera independiente, a modo de apéndice, en el capítulo 10. Con todo, ello no
debe llevar a sube stimar su importancia para la formula ción de las tesis más
relevantes qu e serán pl anteadas en esta inv estig ación.
15
____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _
2
QUÉ ES E L ESPECIS MO
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2.1 . Def i ni ción
2.1.1. Una caracterizaci ón inicial
En principio, el espec ismo puede ser defini do como una di scriminación
ligada a la pertenencia a una e specie . A este r especto cabe i ndicar qu e puede ser
que las discri minacione s ligadas a la pertenen cia a una especie co ns tituyan una
clase vacía, lo cual ocu rrir ía si no existiesen diferenci aciones moral es de este tipo o
si todas las diferenci aciones morale s traza das en base a esto estuvi esen
justif icadas. 14 Lo pr imero no parece que sea el ca so: de hecho , la existe nc ia de tales
diferenciaciones morales ha constituido el punto de partida afirmado al inicio de
esta investigación. Lo segundo ya no e stá en principio tan clar o: po dría ser,
ciertamente, que t odas las diferenci aciones morales de e ste tipo est uviese n
justificadas. Ahora bien , ello no supondría que la búsqu eda de una de finición de
especismo carezca de sentido, ni que la definic ión dada del especis mo hubiese de
ser incorrecta. Por el contr ario, al definir a qué podemos llamar especis mo lo que
estamos hac iendo es facilitar el análisis s obre si ef ectivamente hay distincion es de
14 Vere mos e n detalle de los conceptos de di fer enciación moral y discriminación en e l
apéndice, “Consideración moral, diferenci ación moral y discriminación”, en el capítulo
10.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
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especie que son moralmente injustificable s. Esta cuestión será, de hecho, la que en
últ ima instancia no s inte rese, y en función d e la cual se e mprender á en este capítulo
un trabajo de clar i ficación acerca de qué pode mos entend er que e s el es pecismo.
2.1.2. Problemas al def inir el especismo
La definición qu e acabamo s de dar pue de ser cuestionad a si ate ndemo s al
hecho de que, como hemos visto, l as discriminaciones pueden tener di ferentes
dimensiones (psicológi ca, socio - econó mica, p olítica, leg al…) q ue n o se verían
reflejadas nece saria mente en una definición c omo la que he mos dado. El especis mo
puede c onstituir un fenómeno muy complejo, y dar de él una definición completa y
precisa no es una tar ea fácil. E s por lo tanto import ante clari ficar q ué ámbito
buscamos que cubra l a definición que quer emos dar aq uí. Ahora bien, he mos
anticipado ya cuál ser á este: vendr á dete rminado p or el ob jeto d e esta
investigación , que consi ste en evaluar si una serie de diferenci aciones mor ales
trazadas en ba se a l a pert enencia a la e specie son moral mente ju stifica bles. A sí, lo
que aquí se busca e s dar cuent a de la cuestión en el plano de la justificación moral
objeto de la éti ca normativa. La d efinición aquí pr esentada as pira a cu brir el
fenómeno del e speci smo en tal marco. Desde e l momento en q ue ob ser vamos esto
evitamos los problemas relacionados con la naturaleza multid imensional de la
discriminación (psicológica, socio - econó mica, política, legal, moral…). No
obstante, queda todavía trabajo que hacer para encontrar una definición adecuad a
que satisfaga lo que cabr ía esperar de ella incl uso solo en el plano moral. En efecto,
la definición que acab amo s de ver al inicio de este capítulo está lejos de estar libre
de controversia. Podemos, de hecho, presentar varios sentidos posibles que pueden
ser asignados de manera significativa a este tér mino pero que reflejan ideas que son
diferentes e incluso inconsistentes. Cada una de ellas conlleva un modo particular
de entender qué es el especism o que parece tener sentido en cierto modo, y dispone
de razones propia s para ser la preferida. Por ot ra parte, tod as ellas tien en tamb ién
que hacer frente a argu mentos en co ntra. Una de las razon es más i mportant es para
¿Q ué es el es pe cismo?
17
tal pluralidad de en foques se deriva del hec ho de qu e ha habido va rias formas
distintas de def ender u na diferenci ación moral de especi e, y estas ha n aludido a
criterios m u y diverso s. De acuerdo con esto, puede surgir l a cuestión de si alguna
de ellas deber ía ser con siderada especista o no. Y también en rela ción con e sto –
dependiendo de lo s factores que to memos en c uenta – una definición u otr a puede
parecer aprop iada y las otras, en contraste, inad ecuadas. Por esta r azón, decant arse
por una de ellas no será una misión fácil.
Abordaremos en breve esta tarea. Pero antes, con el fin de poder consider ar
las diferentes altern ativas disponibles, ne cesitamos pon er sobre l a mesa la c ausa de
tal pluralidad, esto es, las diferentes maneras en las que se ha defendido una
diferenciación moral en función de la especie. U na vez pres entadas esta s, podre mos
analizar cu ál de l as d istintas definicione s p osibles de especis mo resulta más
adecuada . Par a ello veremos en pri mer lugar cuál puede ser su estructur a.
2.1.3. Estructura de la diferenciación moral ligada a la pertenencia a la especie
El especismo efectú a una diferencia ción moral entre miembros de di stintas
especies. Est a adopta la siguie nte for ma:
1. Quienes satisfagan el cri terio C serán consid erad os moral mente.
2. So lo los m iembro s de una determinada especie (o especies)
satisfacen C.
3. So lo los m ie mbros de una determinada especie serán
considerado s moralmente.
Como veremos posterio r mente, esta constitu ye una car acter ización gener al.
Cuando una di ferenciación moral de e spe cie se efectúe con r especto a
circunstanci as part icula res entrarán en jue go d istintos factores. Pero l a estructur a
básica del especis mo, sobre la que otras posicion es más co mplejas pueden
descansar, e s esta.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
18
Al quedar abier ta la var iable C se introdu ce la posibilidad de que se
propongan distintas d efensas del especis mo. Esto es lo que nos p ermitirá establecer
las distinciones que veremo s a continuación.
2.1.4. Dife rentes modos en los que p ued e ser de fendida una diferenciaci ón
moral ligada a la perte nencia a la especie
La clasificación de l os distintos criter ios en lo s que se basan la s defen sas de
una diferenciación moral de e specie puede tomar distinta s for mas. Aqu í se
distinguirán dos de ellas que parecen las más relevantes. 15 En primer lugar, v a mo s
a ver una que pivote so bre las diferencias entre los argumentos utilizad os en base a
tales criterios (esto es, en función de la lógica confor me a la cual se entienda que la
satisfacción de un criter io puede ser vinculante) . En segun do lugar, se clasificarán
los distintos criterios confor me a la posibilidad de comprobación d e su satisfacción.
2.1.4.1. Clasificación e n función de la clase d e argumento basado en el criteri o
diferenciad or
1) Especismo definicional
Se han esgrimido múltiples razone s con la intención de defender una
diferenciació n moral lig ada a la pertenencia a una especie. Sin e mbarg o, hay casos
en los que esta es mantenida sin mayores exp licaciones. Podemos llam ar a es ta
posición “ especismo definicional ” , pue s lo que la distingue de otr as posibles
15 Podríamos utilizar otros metacriterios para esta blecer una clasificación entre las
defensas del espe cismo. Pero parece qu e no nos da rí an ninguna clase de inf ormación de
inter és a la hor a d e juz g ar la re levanc ia mo ral qu e un criterio pueda tener. Sin embargo,
los do s met acrit erios in cluid o s aquí resultan, ambos , básicos para juzg a r esta cuestión.
¿Q ué es el es pe cismo?
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versiones de especis mo es que, en lugar de verse respaldada por ar gumento alguno,
se sostiene so bre la ba se de una mera definic ión. Se a firma si mple mente que el
hec ho de ser humano es moralmente relevante de por sí. En ocasio nes, podrá
mantenerse que lo es en sí mismo, en otras, que lo es para no sotros y nosotras que
so mos ser e s humanos.
2) Defensas argument adas de una diferenciación moral ligada a la
pertenencia a una e spec ie
En muchas otras ocasiones, sin e mbargo, quienes de fienden el esp ecism o
intentan presentar razon es que, argu mentan, son de hec ho relevantes para justificar
la exclusión de qui enes no pertene cen a una c ierta esp ecie. S apontzi s car acteriza
estas posiciones co mo sigue:
A speciesist doct rine is one whi ch giv es such great
moral importance to what ty pi call y di stinguishes one species
from others that it l eads to disregarding the interests of those
others in fav or of satisfying the interests of memb er s o f t he
fav ored s pecies. 16
Como pod emos ver, esta definició n se refier e a aquell as d efensas d el
especismo que inte ntan aportar razones para justificar este, apuntando a lo que, s e
afirma, “typically di stinguishes one species fr om others” (cabr ía plantear, com o
crítica a esta definición dada por Sapontzi s, que no deja hu eco a las posiciones
especista s meramente d efinicional es).
Ahora bien, las posicio nes que defiendan quie nes asuman po sturas d e este
tipo podrán ser muy diferentes en cada caso, dependiendo d e la clase de cr iterio en
el que basen su argu mento. Veremos a continua ción qué distintas alternativas hay:
16 Sapontzis, Steven F , “The Meaning of Speciesism and the Forms of Anima l Suffering”,
Behavioral and Brain Sci ences , 13, 1990, 35-36, p. 3 5.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
20
2.1) Defensas de una diferenciación mo ral ligada a la p ertenencia a una
especie que aluden a criter ios metafísicos cuya satisfacción no es susceptib le de
comprobación
En ocasione s se defiend e una dif erenciación moral d e este tipo sobr e la base
de criterios cuya satisfacción no puede ser cons tatada en modo alguno. Esto será lo
que ocurri rá en el caso de la cre encia de qu e lo s intere ses de lo s miembros de una
cierta especie son en ellos m i smos más valiosos que los de otros individuos por
motivos que no tien en que ver con las cap acidades comprobable s que estos t engan,
sino que s on de tipo metafísi co (en ciert os ca sos podrán tener una ba se religiosa). 17
2. 2) Defensas de una diferenciación mo ral ligada a la p ertenencia a una
especie que aluden a características individuale s comprobables
Otras perspe ctivas han defendid o una di ferenciación moral conect ada con la
pertenencia a una espec ie o especi es ar gument a ndo que solo qui enes per tenecen a
una cierta e specie ( o de una serie de especie s) tienen ciert as caract erísticas cu ya
posesión es comproba ble, y que sería n necesari as para que lo s intere ses de alguien
sean considerable s moralmente. L as caracter ísti cas que prácti camente sie mpre son
citadas a tal respecto consisten en ci ertas ca p acidades , motivo por el cual para
referirnos a tale s caract erísticas de aqu í en adelant e hablare mos básicamente de
capacidades. Estas pueden consistir, por ejemplo, en facultades de tipo intelectual,
el dominio de un lengua je, la posibilidad de a sumir responsabilidades, etc.
17 Cabría así llamar metaf ísicos a estos criterios cuy a ocurrencia no resulta empíricam en te
comprobable, en línea con la terminolog í a empleada por Moore (Moore, Geo rge Edward,
Principia Ethica , Cambridg e Universit y Press, Cambridge, 1976, pp. 1 10 -12) – si bi e n a q uí
los atributos a los que nos estaríamos refiriendo serían aquellos susceptibles no de ser
identificables con “bueno”, sino de g arantizar considerabilidad a las entidades de las que
se pr edi carí an –.
¿Q ué es el es pe cismo?
21
2.3 ) Defensas de una diferenciación mo ral ligada a la p ertenencia a una
especie que aluden a fa ctores relacionale s comprobables
Finalmente, algunas posicione s han indicado que debemos dar una mayor
consideració n moral a aquellos seres qu e man tienen cierta s relacio ne s especial es
con otros cuya existe ncia es comprob able . Una perspectiv a como esta s erá
mantenida, por ejemplo, por quienes sost enga n las siguientes dos afir maciones: i)
tenemos e l imperativo moral de asis tir a aquellos individuos con lo s que tenemos
un vínculo e mocional; y ii ) tenemos tal vínculo con todo s los de más hu manos y no
con otros individuos. Otros ejemplos de este tipo de posición se rán aquellos que se
refieran a la r eproducció n soci al, la s posibili dades d e interac ción o las r elaci ones de
poder. 18
Por último, p ode mos consider ar ta mbién do s di stintos modos de cla sificar las
diferenciacio nes mor al de quienes per tenecen a especies distint as gen er al es en los
que también cabe. A lg unas perspectivas d efienden que existe una di ferencia de
especie que h a de re sult ar moralment e relevant e en un sentido univ ers al. Afirman
que, independientemente de cuál sea nue stra situación y nues tra relación con los
entes de distintas espe cies, habremos de defender una diferenciació n moral de
18 Mark Bernstein i ntroduce e l término “ne oespecis mo” (“ neo - sp ecie sism ”) p ara ref erirs e
a aquellas defensas del especismo basa das en criterios rel acionales (Bern ste in, Mark,
“Neo - species is m”, Journal of Social Philosophy , 35, 2004, 380 -90). N o parece que result e
conv eniente es tab lece r una dis tin ción en tre “es pec is mo” y “neoesp ecismo ” ( al men os s i
esta ter minolo gí a pret ende apli carse par a dif erenci ar entr e las distin tas defens as de una
dif erenciac ión d e espec ie). El lo es as í en la m edid a en q ue las p osicio nes d e est e tip o no
result an cualita tivamente d if erentes d e las otras d ef ensas d el espe cismo antr opocéntr ico
(independientemente de que pudiese haber una dif erencia temporal clara entre la
emerg encia d e cad a una d e las d istint as def ensas del esp ecis mo antro po céntrico, lo que
tampo co parec e ser el c as o). Parece, pues, que quizás sea mejor no establecer una
distin ció n e ntre estas d efensas del especi s mo qu e as igne a una d e ellas u n a de nomin ación
de novedad.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
28
2.1.4.4. Sumario: ti pos de d efensas de l a difer enciación moral de e speci e
Así pues, vistas las di stintas manera s de defender la diferenciació n moral
basada en la especie, p rocede en conse cuencia clasific ar los distintos modos de
defender el esp ecismo c omo sigue:
DEFENSAS D E LA D IFERENCI ACIÓN M ORAL DE ESP ECI E (1)
No argumentadas Argumentadas
Especismo d efinicional Alusión a
característica s
individuales
comprobables
Alusión a
relaciones
comprobables
Alusión a
atributos
metafísicos
no
comprobables
DEFENSAS D E LA D IFERENCI ACIÓN M ORAL D E ESPECI E (2)
Basadas en criterios cu ya satisfacción es
susceptible de comprob ación
Basadas en criterios cu ya
satisfacción no es
susceptible de
comprobación
Especismo
definicional
Alusión a
característica s
individuales
comprobables
Alusión a
relaciones
comprobables
Alusión a atributos
metafísicos no
comprobables
¿Q ué es el es pe cismo?
29
2.1.5. Diferent es defini ciones po sibles de especis mo
Como ya se observó en un principio, los diferentes modos en los que ha sido
defendida una di ferenci ación moral ligada a l a per tenencia a un a espec ie han dado
lugar a varias definiciones de es pecismo. Podemos, por eje mplo, considerar que
todos lo s casos de di ferencia ción moral lig ada a la e specie son for mas de
especismo. O pode mos entender que s olo el especis mo definicional es d e hecho
especismo. Asi mismo, cabe sostener que el es pecismo de finicional y las defensas
de una diferenci ación moral l igada a la espe cie que no aluden a c apacidade s
individ uales son a mbas posicion es genu in amente es pecistas, pero no a quellas que
aluden a las capacidade s individuales, incluso s i trazan un ámbito moral similar en
términos extensivos. O, todavía, que una distin ción de especie solo es especista si
se encuentra injustificada. E xaminaremos ahora estas posiciones y los distintos
argumentos de los que podemos disponer para adoptar cada una de ellas.
Comenzaremo s con la q ue en pri ncipio p arecerí a adaptars e más a la pre sentada con
anterioridad de maner a provisional, para lu ego dar cuenta de l as posi bles
alternativas por las que poda mos optar.
2.1.5.1. Una d efinición omniabarcante de la diferenciación moral ligad a a la
especie
Espe cism o 1 es la diferenciación moral desfav orable de quienes
no pertenecen a u na cie rta especie.
Esta definición es la más simple que podemos dar, pero es ta mbién, sin
embargo, cier tament e ind efinida. Ob sérvese q ue se refiere únicament e al do minio
constituido por quienes no di sfrutan de plen a consider ación debido a l especi smo ,
sin apuntar a l os motiv os por lo s que ello se b uscaría ju sti ficar. De e st a forma, s e
trata de una suert e de definición omniabarcan te, en la que todos los diferentes
modos de defend er una diferencia ción moral lig ada a la especie serán in cluidas. Sin
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
30
embargo, podemos demandar que una definició n de especismo incluya no solo el
ámbito que sería tr azado sino t ambién el criter io en función del c ual e ste se traza.
La cuestión en este pu nto sería, pues: ¿no de bería el tér mino “espec is mo” decir
algo más acerca de l a diferencia ción moral efectu ada, en lu gar de limitarse a
delimitar qué cla se de entes serían los ex clui dos? Las siguientes definiciones
intentan solv entar este pr oblema.
2.1.5.2. Una supuesta d istinción entre “e specismo estricto” y otras posiciones
Espe cism o 2 e s la diferenciación moral desfav orable de quien es
no perten ecen a un a cierta esp ecie po r motivo s que no tienen que ve r
con las capacidades ind ividuales que tienen. Po r lo tanto, una posición
es especista si d efiende la diferen ciación moral de cierto s sere s por n o
ser mie mbros de un a cier ta especie a no ser qu e ello se deba al hecho
de que, por tal m otiv o, carecen d e cierta s capacidad es q ue son
considerada s moral mente relevante s.
Quienes asu man esta d efinición negarán q ue l a defens a como m oralmente
relevantes de cierta s capacid ades usual mente tomadas co mo típicas de una cierta
especie sea un a forma d e especismo. En ri gor, di rán, tal posición no sería especist a.
El argumento para opt ar por una definición de este tipo sería q ue una decisión
puede basar se en u n crit erio que no tenga n ada que ver con l a especie de
pertenencia de cada individuo y, aun así, favorecer a los individuo s de una especie
determinada sobre miembros de otra. Est e ar gumento parece contu ndente. De
acuerdo con él, qui zás esta de finición de esp ecismo sería más apropi ada que la
anterior. Como apunta R yder:
Two slightly di fferent, but not often cle arly
distinguished usages of “speciesism” should be n oted [...] Bu t
more strictly , i t is when the discrimination or exploitation [se
¿Q ué es el es pe cismo?
31
justif ica sobr e la bas e única mente d e la] spe cies th at it is
spec iesi st. This [...] usage should perhaps be call ed stric t
spec iesi sm . 25
De este modo, la de fini ción previa mente dada de especis mo (esp ecismo 1 ) no
sería adecuada, al ti ldar de especistas a posicion es que realmente no l o serían. Esto
ocurrir á en el caso de aquellas per spectivas c entradas en la s diferenc ias entre las
capacidades indiv idual es. Es cier to que estas defend erían la exclusión del mismo
colectivo de sujetos que el especismo en sentido estricto (los animales no
humanos). Per o la razón en la que se basaría t al diferenciació n moral sería ot ra
distint a, s in nada qu e ver con la pertenencia a un determinado gr upo biológico.
La apelación a las capacidades individuales y el concepto de pers oneidad
plena de Pluhar
Una posición si milar parece ser t ambién manten ida por Evel yn Pluhar, que ha
propuesto lo siguiente:
L et us identi fy those who locate the sourc e of maximum
moral signif icance in the capaci ty for fully developed
personhood as followers o f the full -p ersonhood view . 26
De este modo, ha agrup ado esta autor a todas aquellas p osiciones que aluden a
las capacidades in divid uales bajo una sola etiqueta: “la persp ecti va de la
personeidad plena”. L a razón para dicho nombr e es que quienes mantienen tal
25 Ryder, Richard, “S peciesism”, in Bekof f, M arc & Meaney , Ca rron A., (eds.),
Encyclopedia of Animal Rights and Animal Welfare , Fitzroy Dea rborn Publishers,
Chicago, 1998, 320, p. 32 0.
26 Pluhar, Evely n, Beyond Prejudice. The Moral Significance of Human a nd Nonhuman
Animals , Duke Univ ersity Press, Durham, 1995, p. 57.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
32
posición d efenderían l a idea de qu e para qu e los inter eses de algui en sean
plenamente c onsiderad os debe ser u n sujeto plenamente considerable en un sentido
moral, y par a ello es p reciso ser lo que se denomina en un sentido técnico una
“persona” : un ser que tiene ciertas ca pacidad es (ciertas facultades i ntelectuale s,
competencia s lingüí sticas, c apacid ad de tener r esponsabilidades …). Así , el
requisito para no ser considerado desfavorablemente sería ser una persona en
sentido pleno. Un ejemplo de este tipo de posturas lo representa la posición de H.
Tristram Engelhardt. En opinión de este autor, ser una person a (algo ne cesario para
ser plenamente considerable en un sentido moral) i mplica ser “self conscious,
rational, and in possession of a minimal moral sense”. 27 Por ello indica lo siguiente:
Adult higher mammals e nj oy t heir lives, pursue their
pleasures, and av oid suff e rings in elaborate and complex
ways. Their lives in this very straight forward sense can hav e
both value and disvalue for them. But since they are not
persons, they cannot require that they be re spected. 28
La definición de Pluhar es sin lugar a dudas ingeniosa. Resume una idea
bastante compleja con u n término corto y preciso. Debemo s, sin embargo, tener e n
cuenta que no todas las pos iciones que aluden a las capacidades individuales lo
hacen por con siderar es tas un requisito para se r una persona en sentid o pleno. S e
puede manten er si mplemente que el hecho de tener tales capa cidades hace de quie n
las po see un ser con intereses más significativos, de manera que es tos han de ser
considerados por encima de aquellos que otro s seres puedan poseer. Si defendemos
tal posición no sostenemo s necesariamente qu e quienes tien en tale s capaci dades
son personas en un sentido pleno. Simplemente afirmamos que sus inter eses tienen
un peso mayor. En consecuencia, parece apr opiado mantener la terminología
27 Engelhardt, Jr., Hug o T ri stram., The Foundat i ons of B ioethics , Oxford Univ ersity Press,
Oxford, 1986, p. 109.
28 Ibid., p. 112.
¿Q ué es el es pe cismo?
33
inicialmente propuest a y simple mente hablar d e perspectivas que est ablecen una
diferenciación moral en función d e las capacida des individuales.
Esto no quiere decir que el término “full - personhood view” sea impreciso. Ni
tampoco que no describa adecuada mente muchas de las po siciones que son de
hecho defendidas para excluir a quiene s carecen de cierta s capacidad es.
Simplemente comporta que hay ta mbién otras posiciones que, con el fin de
establecer un a diferenci ación mor al, aluden a l as capacidade s individ uales que no
se encuentr an ba sadas en el requer imiento de ser una persona en un sent ido pleno.
En cualquier caso, este comenta rio acerca de la designación propuest a por
Pluhar no supone rebatir la idea de que las posici ones que esta autora d enomina con
ella puedan ser consider adas especist as. Se trata de pr oblemas diferentes. Debemos,
pues, examinar si espe cismo 2 es una buena definición independientemente de lo
dicho sobre el término “full personhood”. A este respecto cabrá apuntar dos
factores que llevarán a dudar de que proceda tr azar una distinción entre aquellos
argumentos que aluden a capacid ades indiv iduales y aquellos que aluden a
circunstanci as de otro ti po. E l primero de ellos apuntará a la e structur a similar a la
que ambos tipos de argumentos se ajustan. E l segundo, al he cho de que el
especismo definicional no solo será inco mpatible con aquellas posiciones que
defienden como criterio la posesión de capacidades individuales, sino también con
otras defens as de una di ferencia ción moral ligad a a la especie.
La e struc tu ra sim ila r de aquellos argumentos que aluden a las capacidades
individuales y aquellos que no
Pluhar distingue clarament e la perspectiva de la personeida d plena de la que
llama “ho mocentrismo” ( homocentrism ) – qu e sería en términos generales la
versión antropocé ntr ica del espe cismo 2 . 29 Dice:
29 L a definición que da Pluhar de homocentrismo es: “all and only human beings can be
maximally morally signif ic ant” (Pluhar, Beyond Prejudice , p. 10).
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
34
Although the full-personhood v ie w can arise out of the
homocentric concern to find a morally relevant tra it that is
exclusively huma n, it is not at all a hom ocentri c v iew [...]
“ful l - personhood”, not “humanity ”, i s claimed to be t he
sour ce of maximu m moral s ign ifican ce. Kant w a s certain ly
aware of this when he spoke of “rational beings in g e neral”
being ends in themselv es. 30
El supuesto aquí viene a ser que, a diferencia de otr as defen sas de
diferenciació n moral de especi e antropocént ri ca, la apelación a la s capacidad es
individuales apunt aría a un criterio más imparcial, que no d elimitaría di rectamente
la especie como el dominio resultante. Ahora bi en, debemos recordar aquí lo que se
apuntó ya cuando e xa min amos los diferentes tipos de defensas de una
diferenciación moral ligada a la especie. Se advirtió allí , cuando discutimos las
diferentes ter minología s propuesta s para nom brar las que apelan a las capacidad es
individuales y las que no lo ha cen que no s olo aquellas, sino también estas últimas
introducen argumentos que a menudo son notablemente ela borados. C iertamente,
introducen consideraciones que llevan a que el ámbito moral trazado sea
coincidente con el de ci erta especie o esp ecies – usual mente la hu mana – (veremos
esto con posterioridad cuando analicemos la siguiente posible d efinición e
introduzcamos el que ll ama mos “argumento de la premisa menor”). Tomemos, por
ejemplo, la idea de que los humanos d ebemos excluir a los otros ani males porque
tenemos deberes haci a los demás humanos que surgen de nuestros lazo s
emocionales exclusivo s con ellos. Este ar gumento no solo asume como pre mis a la
idea de qu e debería mos tener d eberes haci a aquello s individuos c on quienes
tenemos un vínculo e mocional: ta mbién incluye la i mportante con sideración de que
tales individuos con quienes tenemos lazos emocionales son los humanos. Y lo
mismo ocurr e en el c a so de aquella s po siciones qu e aluden a la s capacidad es
individuales. Estas no solo indic an que par a ser tenidos o tenidas en cuenta
moralmente deb e mos satisf acer un cierto criter io: afir man ta mbién que ello so l o
30 Ibid., p. 61.
¿Q ué es el es pe cismo?
35
ocurre en el caso de quienes pertene cen a una cierta especie. De este modo,
tenemos que afirmar que hay un c laro paral elismo entre la estructura de los
argumentos de ambo s tipos. Todos ellos precisa n hacer s uposiciones en referencia a
quié n puede satisfacer los criterios que propon en. No parece, pues, que deba mos
trazar una disti nción e n la consid eración q ue se a signa a cada u na de estas
posiciones de m anera que solo algunas de ellas sean esp e cist a s. N o solo los
argumentos basados en las capacidade s individuales van más allá de la mera
afirmación d efinicional del espe cismo: otr os arg umento s también lo hacen.
Delineando distintos ám bitos
La otra razón para adoptar la definición de especismo co mo especis mo 2 ser í a
la que Pluhar llama “the incompatibility of the full - personhood view and
homocentris m”. 31 E sta incompatibilidad tendría lugar debido a los diferentes
dominios que estas dos pos iciones delinearían. Co mo observa Pluhar, “it is entirely
c onceivable that God, extr aterrestrials, or even other animals are full persons”. 32
Comenta así que, aunq ue el crit erio estaría funda mentalment e pens ado para su
satisfación por los hu manos, también s ería posible qu e hubiese a nimales no
humanos que lo satisfi ci esen:
The view certa inly leaves room f or nonhuman
membership in the moral community . However, t he view
remains “human centered” in as much as, to the b est of our
knowledge, only hum ans can be fu ll pe rsons. 33
Pero quizás lo s casos más interesant es en los que la incompatibilidad tendrá
lugar serán aquellos en los que haya hu manos que no satisfagan lo e xigido par a ser
31 Ibid.
32 Ibid.
33 Ibid.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
36
personas en un sentido pleno, como los niño s y niñas d e corta ed ad o a quellos que
no poseen cier tas ca paci dades intelectu ales ( v e r emo s e sto c on mucho más detalle
en capítulos posteriores).
Dado esto, par ece que l a inconsi stencia que apunt a Pluhar es b astante clara.
Sin embargo, debemos tener de nuevo en cuenta que tal incompatibilidad no ocur re
solamente en el cas o de aquell as de fensas del antr opocentrismo que aluden a las
capacidades indiv idual es. Algo se mejante tend rá lugar en el caso de lo s criterios
relacionales. Como ver emos más en detall e poster iormente, ta mbién h ay seres
humanos que se ven excluidos por e stos. No par ece que haya motivo, p ues, p ara
distinguir entre ambas p osiciones tildando de especista s solo a una s de ell as.
Hay que concluir, pue s, que tenemos que desec har la de finición de especis mo
como especismo 2 . Esta no aporta una buena caracterización de lo que entende mos
que es el e s pecismo. Sie ndo esto así, parece qu e la primer a alternativa q ue tenemos
es volver a l a definición de especismo pr opuesta anteriormente. P ero hay otra
opción, que pasará por p resentar una tercera de finición.
2.1.5.3. Especismo co mo especis mo definicional
Espe cism o 3 e s la diferenciación moral desfav orable de quienes
no pertenecen a una cierta e specie efectua da ún icamente en función de
la especie a la que pertenecen. Conforme a esto, una posición no e s
especista si defiend e una d iferenciación moral des favor able de quie nes
no pertenecen a una esp ecie o e sp eci es por otros motivo s.
Como podemos ver, esta definición reserva la denom inación “especismo”
para aquella s diferencia ciones morale s que no se hacen s obre la base de ningún
criterio a m ayo res de la me ra pe rt enencia a una cierta e specie . Y asu me que estas,
por su arbitrariedad, no están nunca justificadas, siendo, pues, discriminator ias. De
este modo , u s ar í a mo s el tér mino “especis mo” p ara no mbrar sol a mente la r azón por
la cual discrimina mos a algunos seres, y no el dominio que cubrir ía a quiene s
¿Q ué es el es pe cismo?
37
sufrirían tal discri minació n. De esta manera, en caso de conflicto entr e interese s de
miembros de espe cies distintas, el es pecismo as í definido toma a l a mera especie a
la que esto s perte necen como un cr iterio de di fe renciac ión moral,
independientemente de cualquier otr o factor ligado a este. A sí , e sta definición
asume las razones para rechazar l a definición especi smo 1 en favor de especi smo 2 .
Pero evita la objeción que le presentamos, pues rechaza también que las defen sa s
argumentadas de una diferencia ción moral liga da a la especie que no aludan a las
capacidades indiv idual es puedan ser con siderad as especistas.
Al igual que las anteriores, es ta definición entr aña serios problemas. Estos
afectarán ta mbién a la definició n anter ior mente dada (e specis mo 2 ) , pero serán má s
clar o s en este c aso. Ver emos a c ontinuación do s objecion es que cabe presentar le.
Selección de criterios sesgada
Cabría inicia lmente cuestionar si las defensas no definicionales de una
diferenciación mora l de especie no constituye n una forma de especismo. Podría
afirmarse qu e tales po siciones e starían a sentadas en un pr ejuici o especista.
Diríamos que, a l a hora de der ivarlas, no es que, t ras reflexi onar i mparcialm ente
sobre la cuestión, se concluya que los criterios que tales po siciones defi enden sean
moralmente relevantes y que, con posterioridad, se descubra que vienen a delimitar
un ámbito moral cuya ext ensión coin cidiría co n el que tr azaría el e specis mo. En
lugar de e sto, p arece qu e el modo en el qu e se r azona va justo en senti do inverso .
Los criterios en los qu e estos se basan son e legidos e introducidos ad hoc , de
manera que se ade cuan al pr opósito que ha sido establecid o de ant eman o para ell os:
trazar, de cualqu ier manera posibl e , el á mbito moral que incluye a todos los
animales no humanos y e xcluye a todos los no humanos. Se puede considerar
razonable mente, una ve z hemos llegad o a este punto, que lo que aquí tenemos entre
manos es un modo de intentar justif i car una posición antropocéntrica evitando la
acusación de arb itrari edad.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
44
de su comunidad de a finidad, ocupan un lugar secund ario en la concep ción divina
del mundo o carece n de algún atributo que él considera moralmente relevante. Si
aceptamos la d efini ción de raci smo coher ente con especi smo 3 , habr emos d e
convenir en que no se rá racista. Co mo ta mpoco será sexista discri minar a la s
mujeres no por el mero hecho de que lo sean, sino conforme a la idea de que fueron
elegidas por la divinidad para servir a lo s varones o de que se encuentr an en una
situación de sfavorable e n las relacion es de pod er con respecto a esto s.
Esto choca con la p ostura mantenida d e manera gener al ho y en día.
Posiciones como la que acaba mos de examin ar son v ist a s de manera c omún co mo
efectiva mente racistas y sexistas. Si aceptá semos la d efinición ar riba pr esentad a, la
tarea más difícil que ell o implic aría s ería que te ndríamo s que ca mbiar el signi ficad o
que de hecho es tos tér minos tienen hoy. Por racismo se entiende normalmente
cualquier discri minació n de quienes no tienen ciertos rasgos f ísi co s o de modo más
preciso, de los colect ivos a los qu e históricamente se les ha a plicado la
denominación de “raza”. Y por sexismo, todo tipo de discri minación de quienes no
poseen un sexo determinado. Y la cuestión es que es tos términos han llegado a
co nseguir una notable difusión entre el público, de for ma que parece muy poco
posible que podamos cam biar su sentido de la mane ra en que hemos visto . El
especismo es un tipo d e discriminación menos reconocido, y esa e s la razón por la
cual pued e ser más difíci l referir qué es lo que e xacta mente quier en deci r al utilizar
el término que lo denot a quienes lo utiliz an hoy en día. Tal vez por ese motivo sería
más fácil en e ste caso i ntroducir instruccione s técnicas esp ecíficas sobr e el modo
en que el espe cismo se define qu e garan tizar ían que ello se llevase a cabo de
acuerdo con la de finición de e speci smo 3 . Pero e sto no tiene por qué entrañ ar que al
final tal definició n fue se a ser general mente ace ptada. E n el escenario más probable
el término “ especis mo ” ser ía ent endido de un modo muy si milar a aquel en el que
lo son hoy en día el racismo y el s exismo. Lo que es más importante: podemo s
imaginar lo que sería esperable que sucedi ese si intentáse mos introdu cir la
distinción conceptual qu e hemos visto y, así, re serváse m os el uso de térm in os c om o
“especismo”, “raci smo” y “sexismo ” a caso s parti cularmente r estringi dos. Parec e
que, inclus o aunqu e llegáse mos a ten er éxito al hacerlo en el ca so del es pecismo, en
¿Q ué es el es pe cismo?
45
lo que toca al sexismo y el racismo no se conseg uiría tal cambi o en el modo común
de entender estos términos. Como resultado de esto, parecería que hay una
diferencia con ceptual ent re la s diferencia ción es mora l e s sexi st a s y ra ci stas y las
especista s . De hecho, es ta es la visión del a sunto que resulta más común hoy en día,
dado que vivi mos e n sociedade s en las q ue el especis mo es aceptado de manera
general, mientras que el racis mo y el sexi smo han comenzado a s er cuest ionados. 38
En definitiva, parece qu e hay razones para no intentar r estringir el significado
de “es pecis m o”, “racis mo” o “sexismo” con el fin de denotar única mente aquellas
diferenciaciones morales basadas únicamente en la pertenencia a un grupo definido
por la especie, la raza o el sexo (como se define especi smo 3 ). La posible luz que se
arrojar ía sobre la cuesti ón no merecería la pena frente a la gran confu sión que sería
asimismo generada. Más aun, pr obable mente conduciría a una di vergencia e n la
práctica entre el modo en que se conciben por una parte el e specismo y por otra
diferenciacio nes morales co mo el r acismo o el sexis mo. Esto, de hec ho, servirí a
para socavar la cau sa contr a la di scriminació n de qui enes no per tenecen a una
cierta especie o e speci es , lo cual no parece ade cuado.
Considerando esto, da la impresión de que la primera definición vendría a
rec obrar fuerzas, aunqu e, ciertamente, no con gran ímpetu. Todavía no parece que
tengamos una solución p lenamente sati sfactor ia. P arece apropiado en este punto,
pues, enfocar l a cuestió n desde u na perspect iva más a mplia.
2.1.5.4. Discriminación de quienes n o pe rtene cen a una esp ecie
Espe cism o 4 es la discriminación de quienes no pertenecen a una
cierta especie (o especies).
38 Si bi en ac aba lleg ando a u na d ef inició n de es p ecis mo que aquí no s erá co mp artid a, est as
razones son considerad as también por Jo an Dunay er con e l objeto de rech azar la
reducción de la acepción de este término como sinó ni mo de especismo def i nicional (véase
Dunayer, Joan, Species ism , Ryce, Derwood, 2004, p p. 2-3).
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
46
Ante el proble ma que s e puede ac haca r a la an terior propuesta, parece que l a
definición m ás adecuad a será la qu e acaba mos de ver . Ahora bien, habrá quien
pueda suger ir que e sta definición est aría ya ad o ptando una posició n sobre si está
justif icado o no conside rar desfavorable mente a quienes no pertene cen a una cierta
especie (pues, recorde mos, una discriminación es una diferenciación moral
injustif icada). 39 Pero el hecho es que esta objeci ón incurre en una confusión. E st a
definición de esp ecismo lo i dentifica como una discriminación, pero no afirma que
todas la s di ferenciacio nes morales de qui enes no perten ecen a una ciert a se an
necesariament e casos d e discrimin ación. A l aceptar esta definición no estamos
tomando ninguna posic ión acerca de esta cuestión . S olo v aría la int erpr etación
terminológica y concept ual que hace mos de cuál es son las difer enciacion es morales
injustif icadas que con stituye n form as de especismo y cuále s no . Así, s i una
posición está justificada, no será una forma de especismo conforme a esta
definición. En cambio, si sí está injustificada , sí ser á discriminatoria . Y s i suced e
que, además , a qui enes considera desventajo sa mente es a quiene s no pertenecen a
cierta especie o espe cies, será t ambién es pe cist a . Afirmar eso no supone decir nada
acerca de qu é diferenci aciones morales d e esp ecie están ju stific adas. Quizás to da
diferenciació n moral de especie est é justificada , quizás ninguna lo est é , quizás lo
est é n algunas. No pode mos saber esto en principio, con solo dar una definición y
sin examinar la cuesti ón. Pero ello no impide tildar de esp ecistas a aquell as
discriminaciones que e fectivamente no tengan justificación . (En el capít ulo 3 y
posteriores se defenderá que toda s las diferen ci aciones mor ales de e ste ti po serán ,
de hecho, especistas. Pe ro esto no es algo que vaya i mplicado necesariamente por
la definición del especis mo que esta mos viendo).
De hecho, el mis mo uso del tér min o “ especi smo ” parece v erse lig ado a la
creencia de que una discriminación e stá teniendo lugar. El par alelismo c on otras
discriminaciones que resultan más familiares a la mayoría de la gente , y que son
usualmente co nsider adas arbit rarias, parece a p untar pr ecisamente a e sto. Co mo
Shanks y L aFollete co mentan:
39 De nuevo, v éase en e s te punto el capítulo 10 p ara una explicación en det alle del asunto.
¿Q ué es el es pe cismo?
47
Anima l liberation ists comp are s pecies ism with r acis m
to focus our attention on the human tendency t o
unref lectiv ely accep t con tempor ary moral s tandards . W e are
fallible. Even our de e ply held views may be wrong. O ur
ancestors forg ot (or ne ver knew) this important lesson. Thus ,
although most were not evil people, they indi sputably did ev il
things. We must be leer y le ss we likewise err in our t reatment
of animals. 40
Así, la co mparació n entr e racis mo, sexis mo y especis mo a yuda a ver lo
inadecuado de las inv itaciones a de spreciar por ir relevante la cue st ión de la
discriminación de especie. En las sociedades modernas se da un amplio r echazo de
discriminaciones como el racis mo y el se xis mo, y de hecho es significativo que
incluso quienes m antienen posturas que se muestran co mo racistas o s existas
defienden que sus posiciones no son de este tipo. Así que se asu me generalmente
que el suf ijo “- i s mo ” en t ales términos arr astra una connotación nega tiva. De est e
modo, su inc lusión en la expresión “ especis mo ” de nota este mismo tono de
desaprobación. Estaría así transmitiendo no so lo una de signación para un t ipo de
diferenciación moral, sino también una evaluación negativa de ella. Lo que es más:
tal estimación tendría una relevan cia mu y nota ble. El par aleli smo traz ado con el
racismo y el sexismo nos llevaría a consider ar qu e el especismo no sería un
pequeño vicio más o menos susceptible de indulgencia. Vendría, por e l contrario, a
constituir una fa lta moral inadmisible, tan censurabl e co mo cual quier otr a
exclusión moral arbitr aria.
Puede parecer que, co n esto, estamos hacien do depender la re futación del
especismo en su analogí a como siste ma con el r acismo o el sexi smo ( apoyándo nos
en que para muchos y muchas estas po sici ones resultan inac eptables). Por el
contrario, lo que se pon e de manifiesto con to d o esto es algo muy distinto. Se trata
de explicar que am bos sistemas responderían a un modelo común. La falta de
justificación, tanto del racismo como del especismo o de cualqui er otro sis tema de
40 L aFollette & Sha nks, “ T he Origin of Spec iesism”, p. 41.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
48
este tipo, derivaría de la de es te mismo modelo que compartirían. El especismo
continuaría careciendo de justificación, de acuerdo con ello, aunque nunca
hubiesen existido el sexis mo o el racismo.
Otra objeción a e sta def inición va a ser , en c ambio, m ucho más preo cupante.
Esta la podrán esgrimir quienes defiendan defini ciones como la que v i mos en tercer
lugar . Se refiere al escaso poder des criptiv o de esta última defini ción. Serí a
seguramente bueno que el término qu e usásemos se refiriese a la razó n por l a cual
la discriminación de es pecie tiene lugar ( hici mos precisa mente hincapi é en esto al
hablar de la deno minación a d ar a los di stintos t ipos de defen sas de discr iminación
ligada a la especie). El hecho de que la definición arrib a presen tada no lo haga
constituye sin duda un defecto. El motivo por el que, pe se a ello, aquí se seguirá
defendiend o es que las consideraciones pr ác ticas ya señalad as parecen tener más
peso que tal ob jeción, pese a ser esta cier tament e notable.
2.1.5.5. Conclu sión en relac ión a las dis tintas definic iones posibl es de
“especis mo”
Mediante este examen de la cuestión he mos visto que la discriminación ligada
a la especie es un fenómeno co mplejo y poliédrico, con distintas d imensiones,
incluso si nos limitamos a inv estigar su vertie nte moral. El problema al que no s
tuvimos qu e enfrent ar aquí r esulta a l a ve z inter esante y co mplejo , debido a qu e las
distintas definiciones de l especismo de las que pode mos dispon er delimitan
dominios diferentes. Una posibilidad por la q ue optar ante esto podr ía ser la de
mantener las po sible s definiciones y no rechazar, a fav or de una d e ellas, la s
restantes. Qui zás para i nvestigar un cierto fenó meno no necesita mos re almente un a
única definición satisfactor ia de él, sino todas las diferentes opciones en las que
podemos pensar, con el fin de m ostrar sus distintas facetas. Sin embargo, ello
parece contradecir claramente el id eal de claridad que deber ía guiar nuestr a
investigación. Lo más procedente parece qu e es llevar adel ante esta una vez se h a
delimitado clar amente su objeto. Esto lo confir marían la s consideracio nes prácti cas
¿Q ué es el es pe cismo?
49
ya señaladas . De lo con tr ario, estarí amos prese ntando de finicione s que acarr earían
una mayor confusión, indeseable, al te ma, sin realmente a yudar a dilucidarlo. Así ,
de acuerdo con el significado que hoy en día tienen aquellos términos referidos a
discriminaciones , esto es, a di ferenciacion es moral es injustificadas, t en e mo s
razones de peso para ad optar la siguiente definición del tér mino “especis mo”:
El especi smo es l a dis criminación de quiene s no pe rtenecen a
una cierta espe cie (o especies ).
En términos más for males podemos presentar e sta definición co mo sigue:
El especismo es la prescripción de (E) :
(E) Quienes no sati sfagan cierto criterio C no deben disfrutar d e
un cierto benef icio B , 41 siendo C (i ) un criterio no moral mente
justificado, y (ii) un criter io satisfecho por y solo por quienes
pertenecen a una cierta especi e (o es pecies ).
Podríamos pensar en presentar una prescripción más si mple en es te punto
como d efinitoria de aquello en lo que consi ste el especismo, indicando:
(E’) Quienes no p ertenezcan a una dete rminada es pecie ( o
especies) no deben disfr utar de un cierto benefi cio B .
Sin embargo, esta definición podría ser interpr etada de tal modo que result a se
equivalente a l a de esp ecismo definici onal, al entender se que en ella estaríamos
fijando el m otivo último que determina que se pu eda disfrutar o no de cierto s
41 L a variable B cubrirá tanto un benefic io concre to individual como un conjunto d e
beneficios, en plural.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
50
beneficios. Debe mos q uedarnos , pues, con la definición dada en función de l a
prescripción anterior. El especis mo es la prescri pción de (E).
2.2. Algu nas conf usio nes e n torno al c oncepto de espe cism o
Una vez que tenemos una definición del concepto con el que estamos
tratando, ha y algunas co nfusiones co munes qu e es necesario clari ficar e n relación a
lo que es y lo que no es el especismo.
2.2.1. Especismo significa di scriminación de ind ividuos, no de especi es
No son las e species, sin o los individuo s miembr os de estas , quienes su fr en l a
discriminación en la q ue con siste el especi smo. Lo s animal es no humanos son
usualmente considerado s no como individuos, sino como meras ejemplificaciones
de una especie . Así, es habitual que al hablar de ellos se haga hincapié no en ellos
mismos, sino en la especie a la que pertenecen. Podemos distinguir dos factore s
que llevan a qu e ello sea así:
i) En primer lugar, cabe observar que esto se debe básic amente a las actitudes
antropocéntr icas a mpliamente ext endi das. Andr ew L inzey se re fiere a esto cu ando
afirma:
Piv otal to spec iesist th ink ing is the us e of the notio n of
‘species’ – rather than the individual within the sp ecies – to
make assesments of their ontological or mora l worth. 42
42 L inzey, Andrew, “S peciesism”, in Linzey , Andrew (ed.) & Cl arke, Paul Barry ,
Dictionary of Ethics, Theo logy and Society , Rout ledge, L ondon, 1996, 788-91, p. 788.
¿Q ué es el es pe cismo?
51
ii) En segundo lugar, habría que apuntar, co mo una segunda causa , a la
presencia de concep ciones ontoló gicas resulta do de redu cciones simplistas. Estas
tendrían su reflejo en problemas de ex presión lingüística que con fundirían la
especie con los individuos que pertenecen a ella. Es habitual utilitar t érminos
genéricos incluso cuando son individuos, y no grupos, las entidades a las que n os
referi mos, y esto condi ciona nu estra for ma de v er las co sas. 43
En cualquier caso, no es difícil ver de qué manera esto resulta equiv ocado.
Los intereses de un individuo son suyos propios, no de la especie a la que
pertenecen. La i dea de los inter eses de una especi e es en sí misma altamente
confusa, como se verá posterior mente. Mas incluso aunque u sáse mo s
(erro neamente) el tér mino “ interés ” como apli cable en el ca so de la s especies ( de
manera que la expr esión “ intere ses de una especie ” signi ficase algo re lativo a su
existencia continuada, su número de individu os o el grado de diferen ciación con
respecto a otros de estos), el hecho es que no vamos a poder relacionar t al “interés”
con los intereses (que son algo bien di stinto) de l os miembros de tal e specie.
Podríamos pe nsar que la conservaci ón de las especi es es una con secu encia
directa de nuestra preocupación por las vidas y el bienestar de sus miembros. Pero,
como veremos en su momento, incluso esto va a ser cuestionable en términos tanto
teóricos como prácticos. A nivel teórico, resulta claro que conc eptualmente
estamos ante cosas distintas si hablamos de respeto por individuos o por los grupos
de los que estos for man parte. De hecho, p odremos comprobar c uando de mos
cuenta de la cuestión que el interés por la con servación de las e species puede
descansar en difer entes posicion es de cor te antr opocéntrico , pero no depende d el
bienestar de los individuos. Y en un nivel práct ico, la conservación de las especie s
puede entrar en cl ara confrontación con e ste. Hay v arios ejemplos típicos que han
sido utilizado s repetida mente par a rechazar la i dea de un vín culo ne cesario ent re
43 Esto ocurre a sí también d ent ro del g rupo humano, en determ inadas o casiones en l as qu e
se hab la d e “la h um anid ad” o “ el homb re”, así c omo cuan do s e ref ieren na cionalid ades en
contextos en los que a lo q ue se alude es a indiv iduos.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
52
preocupación por los individuos y protección de las especies. Quizás el caso más
interesante al que nos p odemos referir sea el d e nuestra propi a especie. Muy poco s
entre los seres hu manos apo yarían un desdén masivo por los intereses de los
individuos humanos por el bien de la es pecie humana como tal (por ejemplo,
matando a aquello s individuos con pr oblemas d e salud con el objeto de obtener una
es pecie más fuerte, en u n modo per feccioni sta). Se con sidera co mún mente que lo s
seres humanos , en tanto que individuos, debemos ser objeto de respeto de un m odo
tal que prohíba tal trato, incluso si la especie h umana, como entidad separada, se
beneficiase co mo result ado de ello ( lo cual, por otra parte, es ta mbién cuestionable,
pues, ¿cómo identificar lo que podamos consid erar un beneficio para la especie?) .
A pesar de esto, po siciones de e ste tipo son mantenidas a menudo e n el caso de
poblaciones de animales no humanos (como ocurr e cuando se m at a a algunos
miembros de estas con el fin de mantener su “pureza”). Po de mos d ecir que en
casos como estos hay una preocupación por la especie, pero que esto significa poco
o nada a la hora de respetar a sus mie mbros. Es ta di ferencia de tr ato es un claro
ejemplo de una actitud e specista.
En consecu encia, el ab andono de una posició n esp ecista ( y de la s pr ácticas
derivadas de esta) no supone un beneficio para la especie (o no lo supone, al
menos, necesaria mente). Son los individuos qui enes se podrán ben efici ar por ello.
Como advierte Edward Johnso n, en un caso así, “it is not the species that is being
liberated, but individual member s of the species ”. 44
2.2.2. La con sideraci ón ecuáni me de intere ses no signi fica que l os inte reses
sean idénticos
El especismo no deberí a ser confundid o con la consideración (de algún modo
obvia) de que ani males d e diferentes especies pu edan tener n ecesidade s di ferentes.
44 Johnson, Edward, “Animal L iberati on ag ainst the Land Ethic”, Environmental Ethics , 4,
1981, 265-73, p. 267.
¿Q ué es el es pe cismo?
53
En primer lugar, es i mportante aclarar que por especismo se entiende una
dis criminación moral en función de la especie . Su rechazo exige, por tanto, que
nuestros intereses sean ecuánimemente ponder ados y respetados. Ahora bien, es
claro que de l a consider ación imparcial de los i nterese s de dos sujetos distintos se
puede perfecta me nte d erivar que cada uno de ellos sea tratado de un modo
diferente. Esta pu ede p arecer una observa ción bastante simplista, p ero el hecho es
que tal confusión no es inusual, como m uestra el siguiente ejemplo. E n un intento
de diferenciar al especi smo de otras for mas de discrimin ación (co mo el r acismo o
el sexismo), Mary Midg ley argumenta como sig ue:
Race in humans is not a sig nificant grouping at a l l, bu t
species in animals certainly is. It is never true that, in order to
know how to treat a hu man being, y ou must find out what
race he belongs to [...] But with an animal, to know the
speci es is absolu tely essential. Ev en member s of quite similar
and closely related species can have entirely diff ere nt needs
about temperature and water-supply , bedding, exercise- sp a ce,
solitude, company a nd many other things. Their vision an d
experience of th e world must ther efore be p rofoundl y
diff erent. 45
Podría decirse que las afirmacione s de Midgley aquí no son del todo pr ecisas.
En algunos casos, el conocimiento de l as circu nst anci a s relativas a distintos seres
humanos pueden ser rel evante s para di scernir algunos interes es que pueden tener.
Por ejemplo, quienes han defendido políticas de acción positiva a favor de quienes
forman parte de grupos discriminados asumen esta idea. En tales c asos se asume
que sí hay dif erencias q ue pueden ser relevante s a la h ora de cono cer l o que cada
uno o un a necesit a, incluso si estas son menos s ignificativas – o hasta mucho menos
45 Midgley, M ary, Animals and Why They Matter , U niversity of G eorgia Press, Athens,
1983, pp. 98-99.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
60
solo uno de los nu merosos ámbitos que la discr iminación ligada a la especie puede
trazar, aquel q ue levant a una bar rera moral ent re humanos y no hu manos (que, si n o
está justifi cada, será especi sta). Inclu so si la ma yoría de l os ca sos de especis mo son
también instancias de especismo antropocéntrico, no todos lo son. L a especie
humana no es la única existente, de manera que cabe e sta blecer otr as
discriminaciones que acoten co mo grupo a f avorecer a los mie mbros de alguna o
algunas de las muchas otras especies existentes. Es arbitrario limitar la clase de
especies susceptible s de ser el referente de una discriminación esp ecista . Podr íam os
pensar que el especi smo sería una cl ase cuyo únic o ele mento sería el
antropocentrismo si solo existie se la especie h umana. Per o si fuese a sí no habría
ningún individuo discriminado, pues n o habría miembro s de especies distintas. No
habría, pues, especismo. Y aun en el caso de q ue solo exi stiesen dos especies, una
compuesta por los sere s humanos y otra por tod os los demás seres, sería ya posible
También la definición de Waldau es problemática , si bien por motivos bien distintos.
Cualquier tipo de discriminación que fav orezca a los mie mbros de una especie
determinada sería espe cista, aunque no implique que los seres discrimi nados sean
excluidos de lo que cabe llamar cí rculo moral –si entendemos que inclusión en el c írculo
moral es sinóni mo de ser moralmente considerado–. A sí, la def i nición de W a ldau puede
dar la impresión, eq uivocada, de que una discri minación será espe cista s olo si priva
totalmente de co nsideraci ón a los ser e s discri minados. Ahora b ien, ocurre que, como se
expondrá en detalle en el capít ulo 4, las posiciones especista s pueden ser combin adas o
simples, siendo las simp les definibles al modo en q ue lo hace W a ldau, y las combinad as
una agreg ación de estas c on otr as d ifer en ciac iones morales. Una posi ción especis ta pu ede
basarse solamente en un a discriminación de espe cie o puede levantarse sobre v arios
criterios, siendo tal discri minación uno de ellos. So bre esta base, se concluy e que hemos
distinguir entre especism o y pos ición especista (esto es, aquel la posición que incluy e a l
especismo entre sus premisas). Por ese motiv o una definición de especismo en términos
de inclusión en el círculo moral, como la de W a ldau, sería en última inst ancia correcta.
Pero es s usce ptible de ser malint erpretad a con enorme f acilid ad si no v a aco mpañad a d e
un análisis de l a cuestión de la com binación de diferenciaciones morales, dado que no e s
una definición correcta de lo que sería una posición e specista. Véase el capítulo 4 para una
expli cación d e esta cu estión .
¿Q ué es el es pe cismo?
61
formular dos tipos de discri minaciones especistas ( la que favoreciese a lo s
humanos y l a que favor eciese al res to d e los ser es).
Vemos, pues, que el especis mo puede ta mbién oper ar en el caso de es pecie s
distintas de l a hu mana. Si decidi mos est ablecer una difer enciación mora l semejant e
entre, digamos, reptile s y el re sto de los animales no humanos, n uestra posición
será igualmente especista, aunque cierta mente no de un tipo antropocéntrico. El
olvido de esta cuestión resulta enormemente problemático. Un ejemplo de ello lo
podemos encontrar en la siguiente afirmación de Edwin Hettinger:
Since an ti - specie sism allows f or discriminating between
animals, critics can consistently object to the raising,
slaughtering, and consu mpt ion of veal calves while not
objecting to commerci a l shrimp farming an d shrim p
consumption. 53
Como no es dif ícil de comprobar, las consecuencia s su sceptibles de ser
derivadas de esto podrán ser enorme mente significativas. Pode mos verlo en el caso
de un autor que def ender á una diferenci ación moral de especie entre animales no
humanos, Jesú s Mosterín. E ste se referirá a la caza tildándol a de inmoralida d y d e
falta de consideració n por sus víctimas, afirmand o que carece de justificaci ón
alguna: 54
Matar g ratuita mente a u n anim al salv aje, es d ecir ,
cazarlo, es una inmoralidad sin justif icación pos ible, una
53 Hettinger, Edwin Conv erse, “The Responsible Use of Animals in Biomedical
Research”, in Miller, Harlan B. & W illiams, William H. (eds.), Ethics and Animals ,
Humana Press, Clifton, 19 83, 115-27, p. 125.
54 Aun aquí establece Most e rín diferencias, consid erando la caza de un l ince mucho peo r
que la de un conejo y la de un urogallo mucho p eor que la de una p a loma por m otivos de
tipo conservacionista. V éase Mosterín, Jesús, ¡ Viva n los animales! , Debate, M a drid, 1998.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
62
completa falta de respeto y consideración al a nima l matado, a
su vida y sus i nte re ses. 55
Sin embargo , algo má s adelante, cu ando s e trata de dar cuent a de la pe sca su
criterio cambia, y pasamos ya a estar frent e a una práctica que úni camente ha y que
reducir y controlar, manifestándose dispuesto a asumir el precio que ello conlleva
(mediante lo cu al no s e refiere Mo sterín a l a muerte o el su frimien to de e stos
animales, sino a que el precio que tendrían est os animales para sus co nsumidores
sería más caro) :
Hay que red ucir y limit ar sev era men te la pesca, sus
artes y captur as, au nque e llo pued a ser p arcialm ente
compensado con la moderna piscicultura. El pescado ser á
algo más caro, pero en un mundo en el que cada vez hay más
gen te y men os p eces es ló g ico que as í sea. 56
Estas últi mas afir maciones d e Mosterín re su ltan chocantes, pues ¿de qué
manera puede ser esto así, si previ a mente se nos había indi cado qu e d ar muerte a
un ani mal salvaje er a una co mplet a inmorali dad? ¿Por qu é no es l a caza una
práctica que única mente hay que reducir y por qué no es la pesc a una in moralidad
sin justificación alguna y una total falta de resp eto? Ello solo puede ser el caso si
damos una distinta consideración a los seres que viven en el m ar y los que viven en
tierra firme. Lo que ocurre es que Mos t erín entiende que debemos considerar los
intereses de los mam ífer os y de las aves de un modo distinto a los de los peces .
Pues bien, si una di fer enciación como e sta no encuentr a ju stificación , habrá que
55 Ibid., pp. 285-86.
56 Ibid., p. 308. En una pr i mera lectura po drí a no quedar clara l a posición d e Mos terín an te
el uso de animales en l a s piscifactorías. S i vemos el contexto de su af irmación, sin
embargo, entendemos que lo que defiende Mosterín es que las piscifactorías pueden paliar
el imp acto en la r edu cción de la of erta que t enga la d isminu ción d e la pes ca.
¿Q ué es el es pe cismo?
63
considerarla especista. No es preci so en modo alguno que el grupo fa vorecido no
sea el hum ano.
Podemos entender esto de for ma más sencilla si echa mos mano de nue vo del
paralelismo con otras formas discri minatorias internas al colectivo humano. Por
ejemplo, no consid era mos menos r acista a qui en desprecia a tod os aquello s
individuos que no tiene n unos rasgo s y color d e piel como l os suyos ( por eje mplo,
un individuo de ascende ncia nórdica europea) que a l que di scrimina solo a quienes
tienen unos rasgos y color de piel deter minados (por ejemplo, si ese m i s mo
individuo, en lugar de discriminar a todos aquellos y aquella s que no sean de
ascendencia nór dica, di scrimina solo quienes tienen los ojo s rasgados).
Esto ha sido adecuadamente señalado por Joan Duna yer, 57 quien, con el fin
evitar esta confusión, ha definido espe cismo co mo
a failur e, in at titude of prac tice, to accord a ny
nonhuman being equal co nsideracion and respect. 58
Esta definición esquiva así el problema que acaba mos de apuntar. Co n todo,
hay que decir que incurre en otros dos. Primeramente, deja de lado el hecho de que
la discri minación esp e cista no tiene por qué ser una discri minación de seres no
humanos. Incluso aunque en la práctica ning ún ser hu mano sea discri minado en
función de una di ferenciación e specista, ello e s lógica mente posible. Por otra part e,
la definición de Dunayer conllevar ía el p roblema de que no acota l a especie co mo
dominio de diferenci ación moral. Ello implica que cubriría aqu ellos c asos en los
que un animal no h umano no r ecibiese con sideración y resp eto igualitar io en
función de factores que no trazasen extensionalmente una dif erenciación de
especie. Supongamos, por ejemplo, que alguien considera de modo igualitario a,
digamos, todas las ov ejas excepto a u na. Ello podría ocurrir por cualquier motivo,
por ejemplo, por sentir una antipatía par ticular hacia tal oveja. O pe n s em os e n
57 Véas e Dun ay er, Speciesism , pp. 2-4.
58 Dunay e r, Species ism , p. 5.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
64
alguien que sostuviese un sexismo tr ansespecífico que lleva se a discriminar a todo s
los seres de sexo fe menino, ind ependiente mente de la especie a la que pertenezcan,
de manera que haya hembras no humanas discriminadas por él. Pues bien, amba s
dis criminaciones serían consideradas especista s de acuerdo con esta definición.
Este uso del tér mino parece clar amente i nade cuado. Un a dis criminac ión co mo la
descrita no sería m ás e specista de l o que serí a sexista la discri minación de una
muj er – por ejemplo, por otra mu je r – por razones diferente s al sexo o género (por
ejemplo, por el motivo r acista d e no ser de ascen dencia europe a).
2.3.3. Antropocentrismo y posiciones basadas en pre misas antropocentristas
Puede ocurrir, por otr a parte, que d eter minados pre juicios antropocentristas
nos lleven a defender una posición que no sería realmente antropocéntrica en el
sentido literal del término. Supongamos que, en base a un prejuicio
antropocentr ista, consi deramo s que ciert as capacidad es que toma mos por
típicamente humanas so n moralmente relevantes. Ahora bien, ponga mos por caso
que no todos los humanos las pos een, de modo que habrá humanos que, se gún tal
criterio, no serán moralmente con siderables. Una posición así no se rá, en rigor,
antropocéntrica. Es fun damental entender e sto, pues, de lo contrario, pode mos
efectuar análi sis qu e ll even a mezclar posici ones di stintas. Dav id Sztyb el, por
ejemplo, ha presentado una posición cu yo criterio se basaría en las posibi lidades de
enriquecimiento de una vida con el fin de mostrar que, conforme a ella, los
animales no humanos n o serían moralmente co nsiderables. Ahora bien, conclu ye de
ahí que ello supondría una de fensa del antropo centrismo. Sin embargo, co mo por
otra parte el propio Sztybe l adecuadamente señala, no todos los seres humanos se
verían favorecido s en función de tal criterio. Más aun, otros seres hi potéticos (por
ejemplo, extr aterrestre s, androides o seres fantástico s – como comenta remos en el
capítulo siguiente–) podrían tal vez cumplir tal requisito. Con lo cua l, lo que se ha
de concluir e s que t al pl anteamiento no se ría en r ealidad un a d efensa del
antropocentrismo. L o que e s más: lo que la argumentación de Szt ybel muestra a lo s
¿Q ué es el es pe cismo?
65
defensores y de fen sora s del antropocentris mo es que no pueden defender este
aludiendo a un criterio como el que Szt ybel apunt a. 59
Dicho esto, pode mos considerar qu e, pese a no con stituir una forma de
antropocentrismo, parecería que un pla nteamiento co mo el arriba citado sí qu e
estaría, de un m odo u otro, basándose en premisas que serían asumid as so br e la
base de prejuicios antropocentristas. S e hace preciso distinguir, así, entre
antropocentrismo y posiciones basadas en premisas antropocentristas. Tal
diferenciación se basa en la que se da entre antr opocéntrico y antropocentr ista. Por
“antropoc éntrico ” se entiende aquello que es relativo al antropocentrismo. Por
“antropocentrista” , aquell o que está o a quien e stá a favor del antropoc entrismo. 60
De tal modo, un a pre misa antropocéntri ca h abrá de ser u na que sustente una
posición antropocéntrica, mientras una pre misa antropocentrista será una asumida
con la idea de que sus tente una posi ción antropocéntr ica. 61 De esta manera, las
posiciones basadas en premisa s antropocentristas pueden no coinc idir con el
antropocentrismo. Lo que las definirá será, s imp lem ente, el hecho de descansar en
supuestos que se a sume (o que se pudo asumir en el momento de ado ptarlas) que
llevarán a so stener un a posición antropo céntric a.
59 Véas e Szty bel, David, Empathy and Rationa lity i n Ethics , tesis doctoral, University of
Toronto, Toronto, 2000 ; y “ Taking Humanism Serio usl y: ‘Oblig a tory’ A nthropoc entrism”,
Journal of Agricultural an d E nvironmental Ethics , 1 3, 2000, 181–203.
60 Obsérvese que no existe una dualidad terminológica se mej ante en el caso d e la v oz
“es pecis ta”, que s ig nif ica ig ualment e aquell o que es rela tiv o al es pe cismo y aqu ello o
aquél que es partidario del especismo. Esto puede dar lugar a confus iones más fácilmente
aun que en el caso del antropocen trismo.
61 Comprob a mos as í que, mientras el q ue un a pr emis a sea ant ropoc éntr ica es alg o
independiente de la intención de quien la fórmul a, es precisamente tal inten ción lo que la
puede definir como antrop oc entrista.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
66
2.3.4. Posiciones basad as en premisas antrop ocentristas extendidas
Como hemos visto, hay di ferentes formas posi bles de especismo segú n cuál
sea el grupo de sere s que resultan favorecidos. Esta s pueden adop tar distinta s
formas sobre las que podemos no haber reflexionado anterior mente, pero que sin
embargo se dan en muchos casos. Por ejemplo, hay quien ha defendido que no solo
los humanos, sino también aquellos animales más cercanamente e mparentados con
nosotros merecen consideración moral, sin extender tal consideración a otros seres
con la capacidad de su fri r y disfrutar. 62 O que quienes mere cen c onside ración son
aquellos y aquella s que poseen cierta s capacid ades, 63 de manera tal que se dé l ugar
a propuestas que limiten su atención al gr upo constituido por los mamíferos
denominados “superiores” – terminología qu e, como se comentará en su mo mento,
res ulta muy cues tio na ble – . En este se ntido, Marc Bekof f ha denunciado, por
ejemplo, lo que ha llamado “primatocentris m” 64 para denotar la que sería una
diferenciació n moral muy caract erística resulta nte de la apl icación de los criter ios
indicados. Y Sapontzis ha indicado qu e un pl anteamiento de este tip o puede se r
criticado por suponer un paso del “chauvinismo del humano” al “chauvinismo del
humanoide”. 65 Pero puede haber otros factores menos explí citos en la base de una
62 Esta será l a posición que mantendrá Mos terín, que estar á en la base d e las tom as de
postura por las que hemos visto más arr iba que opt a (véase Mos terín, ¡ Vivan los
animales!).
63 Véas e W ise, Steven M., Rattling th e Cage: Towar d Legal Rights for An imals , P rofile,
L ondon, 2000; y Unlocking t he Cage: Science and the Case for Animal Rights , Per seus,
Oxford, 2002.
64 Bekoff , Marc, “Deep Ethology, Animal Rights, and the Great Ape/An i mal Proje ct:
Resisting Speciesism and E xpanding th e Communi t y of E quals”, Journal of Agricultural
and Environmental Ethics , 10, 1998, 269–96 , p. 269.
65 Véase Sapontzis, Steve F ., “Imita ndo a las personas : pros y contras”, in Cavalieri, Pao la
& Sing er, Peter (eds.), El Proyecto “Gran Simio”: l a i gualdad más allá d e la humanidad ,
Trotta, Madrid, 1998, 335-46, p. 338.
¿Q ué es el es pe cismo?
67
posición de este tipo, que den lugar a di ferenciaciones di stintas. David Morton
apunta a una forma inter esante en l a que esta p u ede tener lugar , señalan do:
Siz eism, a f orm of s peciesis m, specif ically relates to the
failu re to emp athize w ith [. ..] or g ive s mall ani mals the sam e
consideration that would be g i ven to la rger animals [...]
scientific procedures are carried out on them that w ould not
be carried out on larger animals without an anaesthetic, for
example, amputation of digits, docking of tails, c astration,
cardiac puncture, and intracerebra l injections. 66
Parece que las po siciones de est e tipo no r esultar ían antropocéntr icas en el
sentido más inmediato que la de finición de este término nos muestra, ya que los
límites del dominio moral delineado por ellas no se corresponden con el del grupo
h umano. Ahora bien, lo cierto es que a m enudo las posiciones especistas no
coincidentes con el ant ropocentris mo suelen estar vinculad as a este de un modo
como el descri to en el p unto anterior. Mantienen en c omún con el antro pocentrismo
toda una ser ie de carac terí sticas. A la luz de esto, p uede de fender se que lo que
encontramos en l a práctica cu ando analizam os las diferentes di scriminaciones
ligadas a la especie es q ue muchas de las que se establecen entre di stintos ani males
no humanos tienen su raíz en un prejuicio antropocentrista. Michael L ockwood
ejemplifica esto cuando indica:
If we are con c erned abou t puppies, b ut indiff e rent to th e
fat e of , say , v eal calv es, this may well b e be cause we,
understandably but irrationally , accord the latter, but not the
fo rme r, some sort of “associate membership in the family of
men”. 67
66 Morton, David B., “S izeism”, in Bekoff , & Meaney, Encyclopedia of Animal Rights an d
Animal Welfare , 318, p. 318.
67 L ockwood, Michael, “Sin ger on Killing and the Pre ference for L i fe”, Inquiry , 22, 1979,
157-69, p. 169.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
68
Parece que al asu mir una po sición co mo esta lo que e stamo s hacie ndo e s
pasar a a dopta r una suer te de punto de vista basado en premisas antropocentristas
extendidas, que incluirí a en su dom ini o a aquellos seres no humanos con
característica s se mejan tes a aqu ellas t enidas por tí picamen te human as. Una
perspectiva de este t ipo, aunque diferiría de lo que en ri gor sería el
antropocentr ismo, mani festaría las dos siguient es característi cas definit or ias que lo
vincularían a aquel : i) compartiría la asunción de alguno de lo s criterios
esgrimidos como mo ralmente relevante s para la def ensa de posicione s
antropocéntricas (por ejemplo, la ap elaci ón a determinad as capacidad es
intelectuale s o a cri teri os rel acionales); y ii) d elimitaría un dominio d e individuos
favorecidos que, sin coincidir en sus límites con los de la especie humana,
contendría a los miembros de e sta .
Una posición co mo esta es l a que adoptarían las de fensas de una apert ura del
dominio m oral li mitada s en exclusiva a aquell os animale s más cercan os al grupo
humano (bien por sus características, bien en un sentido parentela r), pero sin
extenderse más allá.
Podemos así deri var de lo anterior , en de finitiva, una últi ma se mejanza entre
las posiciones antropo céntricas (ceñidas al g rupo humano) y las q ue asumen
premisas antropocentristas en un sentido a mpliado: estas últimas posiciones estarán
también motivadas, en último término , por prej uicios antropocentrista s, que op eran
incluso cuando se busca conscientemente evitar una posición antropocéntrica.
Estaríamos, pues, ante un tipo particular de posiciones derivadas de planteamien tos
antropocentristas, tal como e sta s fuer on descri tas en el punto anterior.
Hay algunas for mas de diferenciación e specist a e ntre distintos animales no
humanos que no e stá claro ha sta qué punt o se adecuan a lo q ue sería un
planteamiento de este t ipo. Un eje mplo de e sto sería el p arci alismo h acia ci ertos
animales deno minado s comúnment e “domésti cos” o “de compañía ”. 68 Por una
68 Keith Burgess-Jackson, por ejemplo, ha defendido la consideración de estos,
independiente de una c onsideración del resto de lo s animales con capacidad de suf ri r y
¿Q ué es el es pe cismo?
69
parte , podría con siderarse que se aplica en e ste caso un criteri o que en tra en juego
también en la d efensa del antropocentri smo, si entende mos que lo q ue ocurre es
que se siente una simpatía particular por estos ani males. Por otra, según otros
criterios blandid os com únmente en pro de una distinción antropoc éntrica (como los
referidos a ci ert as capacidade s cognitivas), otros animales habr ían de ser
considerado s antes que estos. Parece, a p esar de esto, que efe ctiva mente sí esta mos
ante una posición b asada en pre m isas antropo ce ntristas. La razón para a firmar lo e s
que no hay motivo por el que cons iderar que una defensa del antropocentrismo
haya de re sultar “más antr opocéntrica” o “más ant ropocentr ista” que ot ra.
Dunayer ha introducido una categoría que podría ser confundida, en términos
prácticos, con una posición basada en premisas antr opocentristas extendidas. La ha
llamado “nue vo especismo”, y la ha de finido como sigue:
New - speciesist advocate rights for only some non-
humans, those whose thoughts and behavior see m most
human- like. They mai ntain a moral div ide betwee n humans
and most other animals, w hom they de value. 69
Parece, cuando le emos esto, que lo que de nota Dunayer con e ste término se
identificaría con el tipo de posiciones caracterizada s arriba. Con todo, l a
caracterización qu e co ntinúa r ealizando d e lo q ue sería el “nu evo especi smo”
comienza a di vergir a p art ir de aquí de aquell as. Prosigue Dunayer dicie ndo:
Further, new-speciesist accord greater mora l
consideration and strong e r basic rights to humans t ha n to any
other animals. 70
disfrutar. Véas e Burg ess - J ackson, Keith, “Doing Ri ght by Our Animal C ompanions”,
Journal of Ethics , 2, 1998, 159-85.
69 Dunay e r, Species ism , p. 77.
70 Ibid.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
76
aff etto, di sim patia, di cura, perché no i dobbiamo trattar e
imparzi almente tu tti quan ti. 76
Lo que resulta nece sar io, dice Battaglia, par a rechazar el esp ecis mo
antropocéntrico es oponerse a la discriminación, lo que no implica amar a quienes
la sufren . N o se requier e ser lo que ha sido a v eces denominado co mo “ amante d e
los animale s ”. Sentir cariño por los humanos con un cierto color de piel o s in
recursos económicos no es un requisito para oponerse a su discriminación: lo
mismo ocurr e en el ca so de la discr iminación ligada a la e specie. U n crítico del
antropocentrismo como Leonard Nelson irá d e hecho más allá al hablar no ya de
simpatía, sino in clu so de altruis mo, indicando:
Our analy sis must not be interpreted as an attemp t to
champion altruism in rela tion to animals. It me r el y r ea ffi r m s
the principle of justice. 77
Esto no conlleva, obvia mente, que una a ctitud de si mpatía hacia los an imales
no humanos no pueda ir de la mano de un rechazo del antropocentrismo. Solamente
que no hay un vínculo n ecesario entre estas do s actitudes.
Puede apuntars e aquí que el rechazo d el antr opocentri smo necesari amente
comporta la capacid ad d e empatizar con los anima les no hu manos. Pero, aun si esto
es así, ello no tiene consecuencias a mayores en el sentido que esta mos viendo ,
dada la di ferencia entr e empat ía y simp atía.
76 Batt ag lia, L uisell a, “Esis te un’ etica per gli ani mali ?”, Encicloped ia multim edia le d elle
scienze filo so fiche , 1998, htt p://www.emsf .rai.it/grillo/trasmission i.asp?d=210
[visitado el 3 de enero de 2006].
77 Nelson, L eonard, System of Ethics , Yale University P ress, New Hav en, 1956, p. 142.
¿Q ué es el es pe cismo?
77
2.4. Sum ario, disc usió n de r esultados y c onclusi ón de l capít ulo 2
En este capítulo se han presentado las bas es a nivel conceptual para poder
desarrollar la investiga ción que nos ocupa. Hemos da do con una d efinición d e
especismo sati sfactoria, tras valor ar los pros y contras de cada una de las opcione s
a nuestro alcance a tale s efectos. En el ínter i n, en este capítulo se ha n introducido
tamb ién otros concepto s (bien definiéndolos de modo ya explícito, bi en dando a
entender este i mplícitament e) . E ntr e est os que cabe citar el de antropocentr ismo
mor al, el de di ferenci ación moral y el de discrimi nación. 78 E stos resultarán
fundamentales a la hor a de e structurar la inve stigación que seg uirá a lo l argo de los
capítulos siguientes. A simismo, se ha aporta do una cartogra fía de las distintas
defensas po sibles de una distinció n de e specie ( que re sultará bá sica pa ra l a
indagación que llevare mos a cabo en el capítul o siguiente).
¿Cabría plantear un ma rco alternativo?
Cabría tal vez señalar, una vez vistos los resulta dos a los que se ha lleg ado en
este capítulo, que el tr abajo que habría mos llevado a cabo en él se ría m ás de
construcción que de descubrimiento. Se podría afirmar que las conclusiones a las
que hemos llegado aquí podrían per fectamente haber sido di stintas. El especis mo
podría haber sido cara cter izado de un modo diferente: aquí habría mos postulado
una definición de conveniencia, que habría mos elegido entre otra s igualmente
plausibles. Así, la s razones aportadas a lo lar go del c apítulo mostra rían lo que
podría resultar más o menos conveniente en un sentido u otro, pero no argum ento s
concluyentes para optar por una definición u otr a.
Este apunte es correcto hasta cierto punto. Es innegable que definicio nes de
especismo di stintas a la que s e ha defendido aq uí pueden se r mantenidas de forma
plenamente con sistente, y que en base a ella s es posible e fectuar aná lisis de la
78 Una d efi nic ión m ás detal lada d e est as noc iones s e encontrará en el capítulo 10 .
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
78
cuestión perfecta mente válidos (de hecho, est o ha ocurrido en el caso de otro s
trabajos sobre el tema qu e distintos autores h an llevado adelante ant eri ormente).
Ahora bien, cabe indi car que los motivos para optar por la defini ción aquí
propuest a no resultan f ortuitos. Descansan en los resultados del aná lisis de dos
cuestiones clara mente r elevant es de cara a opt ar por una definición u otr a: a) los
distintos modos en lo s que cabe de fender una di stinción de e specie; y b) el modo en
que se entiende ho y en día qué es una discri minación, así co mo, en rel ación a ello,
qué quieren de cir tér minos co mo “racis mo” o “sexismo”. Y pare ce que tal es
resultados difícilmente podrían haber sido muy distintos de los plant eados aquí:
En primer lugar, en lo que respec ta a la tipología d e las defensas del
especismo, esta podría, cier tamente, haber sido elabor ada en base a factores
distintos de los criterio s asumidos en cada ca so. Ahora bien, si el obj eto de la
clasifica ción es el es tudio de la posible jus tifi cación de e stas defensas, entonces la
variable a tener en cue nta ha de ser el crit erio en el que se basan. Y, si este es el
factor que asu mimos como relevant e, la tipol ogía r esultante no puede ser arbitr aria:
los tipos de criterios q ue pueden ser invo cados en d efensa del antr opocentrismo
caen dentro de las clases que hemo s determinado. Otras posible s tipologías
alternativas válidas basadas en criterios tendría n que dar cuenta de las distinciones
que se han llevado a cabo aquí o resultarían incom pl etas, aun cuand o pudi ese n
añadir otras dimensiones de interés a la cues tión de las que aquí no se hay a dad o
cuenta.
En lo referido al modo en que se entiende qué es una dis criminación, y qué
cabe llamar racis mo o sexismo, el tema puede resultar tal vez más prob lemático. A
fin d e cu entas, no se tra ta ya d e una cl asi ficació n analítica, si no de un a apreciación
del modo en el que en la prácti ca son comprendidos ciertos conceptos. Si tal
valoración resulta incor recta, la propue sta efect uada sobre su bas e lo s erá también.
Sin embargo , no par ece que ello sea el caso: lo s conceptos de racis mo, sexismo y
discriminación en g ene ral vien en a ser realmente los que se ha n referido: las
discriminacione s en fun ción de di ferenci as sexual es, o en el color d e piel y otros
rasgos físicos, s on vi sta s como sexis mo y racismo re spectivamente, a no ser que
¿Q ué es el es pe cismo?
79
apelen a criterios claramente relevantes (como podrí a ocurrir, por ejemplo, si se
dice que los varones no han de recibir atención ginecológica).
La conclusión a este re specto e s, pues, que aunq ue cabría haber pr opuesto ot ra
definición de especismo, hay motivos para considerar que la que se ha presentado
aquí resulta la más apr opiada.
81
____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _
3
ANÁLIS IS Y CRÍT IC A DE LAS
DISTI NTA S DEFENS AS DEL
ANTR OPO CENTR IS MO
____ ___ ______ ___ ______ ___ ______ ___ ______ _
Una vez clarificado el esque ma conceptual ne c esario pode mos ya pasa r a dar
cuenta del probl ema a l que se en frenta est a i nvestigació n: el examen d e los
distintos argu mentos que pueden apo yar o rebat ir el antropocentri s mo. La totalidad
de este capítulo estará d edicada a esta tare a. Cabe apuntar que lo s argu mentos que
pueden ser e mpleados p ara defender tal po sición r esultarán ta mbién apl icables a la
hora de proponer otras formas de discriminación, tanto de especie como d e otro
tipo. De esta manera, a l llevar a cabo el examen de los argu mentos esgrimido s a
favor del antropocentri smo podr emos sacar con clusiones relativas al modo en qu e
tales argumentos podrían o no j ustificar otras diferenciaciones morales susceptible
de ve rse basad as en ello s.
De acuerd o con la d isti nción ( anticipad a ya d e maner a muy breve) en tre los
distintos tipos de defensas del especismo, nos aproximaremos pr imero al
antropocentrismo defini cional. A continuaci ón, consider aremos las d ef ensas
argumentadas del antro pocentrismo. En pri mer lugar, vere mos qué su cede en el
caso de aquella s que apel an a cr iterios su sceptibles de ser co mprobados ,
comenzando por la s que aluden a l as capa cidades individ uales y sigui endo por la s
que se refieren a factor es relacional es. Finalmente, examinar emos aquellas
argumentaciones basadas en supue stos cuyo cu mplimiento no resulta c omprobable.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
82
3.1. Defensa s definici ona les del antropo centr ismo
El antropocentrismo es en ocasiones defendido sin dar ningún argumento en
que lo pueda j ustif icar , asumiendo que constituye una posición que deberíamos
aceptar por mera defini ción. Estas defensas d el antropocentri smo se presentan de
forma mucho más común de lo que en prin cipio podría pare cer. S in embargo,
resultan enormemente c uestionables. 79 Veremos a continuación por qué.
3.1.1. Elfos, extraterrestres y androides sintie ntes
Una primera línea de cr ítica a este tipo d e posiciones pa sa por indicar que en
toda una serie de ca sos contr afáctico s el ant r opocentris mo defini cio nal tendría
consecuen cia s que se guramente no s resulta rían d ifíciles de a ceptar . Varios
ejemplos en los que podemos pensar (algunos de los cuale s nos resultarán muy
familiares ) muestran esto. Los cuentos, las historias fantásticas y las pe lículas están
79 Habría otro pro bl ema que podría s er suscitad o e n relac ión al an tropocentrism o
definicional: el que surg e a la hora de ad optar un a u otra def inición de es pec ie. ¿Cuá l
adoptaremos, la que nos ofrece la biología o la construida socialmente? Ocurre que la idea
aceptada de especie, a lo largo de la historia , no ha estado siempre de acuerdo con lo que
sería la clasif icación biol ógica . Muchos hum a nos no han sido c onsiderad os por otros
humanos como miembros de su misma espec ie. Midgle y ha afirmado en re lación a esto:
“th e speci es - barrier, as we now f ind, i s not even accepted in t he same f orm by all human
communities” (Midg ley , Animals and W hy They M atter , p. 111). De acuerdo con esto, ha
echado mano Midgley de una categorización de identidades en la que, ademá s de humanos
y no humanos, entrarían los que ll ama “Human non-huma ns” y “non-human humans”
(ibid., pp. 109-10).
Pero el problema no se limita a lo arriba indicado. Aunque no desarrollaremos aquí una
crít ica al es pecis mo sobre es ta base, cabe i nd icar que el con cepto de es pecie r esul ta
problemático incluso en la biología. Véase Dupré, John, Humans and O the r Animals ,
Claredon Press, Oxf ord, 2002.
Distintas defensas del antr opocentrismo
83
llenos de ellos. Podemos, por eje mplo, echar una mirada a los que podemos
encontrar en novelas o películas muy conocidas. Los elfos y enanos de El señor de
los anillos , los extraterrestres de E .T. o La guerra de las galaxias o los androides
conscientes de las hi stor ias de Philip K . Dick o Isaac Asi mov son clar os ejemplo s
de esto. Todo s ellos son individuos que no pert enecen a la e specie Ho mo sapiens .
Con todo, el público puede empatizar fue rtemente con ellos, y la mayoría
defendería que deber ían ser considerados moralmen te si fuese n sere s r eales. De
hecho, algunas de estas historias, como E.T. o B lade Runner , por ejemplo,
precisamente tratan de l a cuestión a la que nos estamos en frentando aquí: si
aquellos sere s que no pe rt enecen a una cierta e speci e deber ían ser tr atad os de modo
de sventajoso o no. Su s prot agonistas no human os son forzados o forza das a luchar
o escapar par a no ser víct imas de los sere s humano s. En relación a esto resulta
significativo q ue en rel atos como estos l a línea argument al y la caract erización de
estos personajes estén dirigidas a persuadirnos de que nos posicionemos de s u lado
y en contra de quiene s , exclu yéndolos moralmente, quieren dañarlo s. Y tienen, la
verdad, bastante éxito: la mayoría ciertamente adopta mos una postura a favor de
estos seres no humanos. Cuando lo hacemos estamos de hecho rechazando
implícitamente que ser humano sea un req uisito para ser tenido en cuenta
moralmente.
Por supuesto, puede afirmarse que todos estos s eres son (1) personajes
ficticios, ine xistentes; y (2) m uy similares al es tereo tipo de ser humano, entre otras
cosas en s us r asgos inte lectuales y e motivos. Pe ro el lo no altera l a valid ez de e stos
ejemplos para desafiar al antropocentrismo definicional. En pri mer lugar, el hecho
de que estos individu os sean ficticio s no cambia el que su exi stencia sea
lógicamente posible, ni que sirvan para objetar al antropocentrismo definicional de
un modo perfectamente válido. Parece que nue str as propuestas morales no deberí an
descansar en supuesto s contingentes que no resisten objeciones basadas e n
hipótesis que nos presentan escenarios lógicamente posibles. En lo tocante a la
segunda objeción, resul ta funda mental tener en cuenta que poseer ca racterísticas
semejantes a las de ci ertos individuos miembros de un gr upo determinado no
signif ica ser ta mb ién miembro de tal grupo. Más aun, si lo que el argu mento afirma
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
84
es que poseer ciertos atributos que resultan comunes entre lo s humanos es
moralmente r elevante, entonces es q ue ya no estamos so steniendo una def ensa
definicional del antropocentr ismo, sino más bie n una defensa de esta p osición que
se refiere a las capacid ades individuale s que p oseerían quienes perten ecen a una
cierta especie ( en este c aso la hu mana).
3.1.2. Una definición q ue no puede validars e a s í m is ma
A menudo s e adopta un punto de vis ta antropocéntrico si n que es te sea
siquiera tematizado de for ma explícita, dánd ose por sentada su val idez sin un
cuestionamiento de las razones que lo puedan fundamentar . Esto ocurr e en la
mayoría de los caso s porque las actitudes esp ecistas mantenidas no s on siquiera
pensadas: se sostienen irr eflexivamente, sin plantearse si se encuentran fundadas o
no. Se a sume que qui enes h an de dis frutar de plena consideración han de ser
únicamente los seres humanos, sin aportar ninguna justificación a mayores al
resp e cto.
Co mo Plu mwood y Sylvan (Routle y y R outley ) comentan:
According to the definitional appro ach, moral and
eval uat iv e ter ms are, as a matter o f the ir def inition s, restri cted
in their application to m embers of the human spe cies; only in
a secon d way at be st do such terms find a wider application,
according as evaluated items are instrumental t o human
inter ests. 80
Routley y Routley explican lo que consider an un error en tal posición,
afirmando qu e esta
80 Plumwood & Routley , “Against the Inevitability of Human Chauvinism”, p. 105.
Distintas defensas del antr opocentrismo
85
inv olv es the f allacy of taking def initions to b e self -
validating and unchallengeable, and appears to be based on
the confusion of a bbreviative definitions with those inv ol ving
or presupposing subs tantive claims, such as cre ative
definitions, which may be ac cepted or reject ed. 81
Contra lo que esta forma de antropocentris mo asumiría, una mera definición
no proporciona una justificación si surge un desacuerdo y no disponemos de
motivos convin cente s par a aceptarla. Un a vez que expl icita mos cualqui er clase de
posición es necesario dar cuenta de los argumentos que p u edan s ostenerla si
queremos que esta sea co nsiderada j ustificada . Es más, si la justific ación de ta l
posición es tan ob vi a, no debería h aber pr oblemas para proporcionar tal
explicación. Ahora bien , no aportamos ninguna razón nueva si, para v ernos libres
d e tal tarea, lo que hacemo s es si mplement e afi rmar que l a mera p erte nencia a t al
grupo resulta ya de por sí de terminante. Procedi endo de tal ma nera tan solo da mos
vueltas en una explicación circular. No estamos, pue s, ante un argumento que
justif ique la co nsideraci ón desfavorable de los seres no humanos: de alguna for ma,
se asume que la corr ección d e tal posición re sulta autoevide nte. Per o esta mera
suposición no con stituye argu mento alguno par a quienes podamos dudar de la
corrección de la posición asumi da. Una defi nición pued e ser acep tada co mo
premisa si todos aquellos y aquellas que se supone que han de ser convencidos por
el argumento en el q ue se inclu ye la dan por válida. Pero una po sición moral qu e
tenemos motivos para cuestionar no puede cumplir tales requisitos. En este punto
resulta claro que ha cen falta más ra zones para encontr ar convinc entes las de fensas
definicional es del antro pocentrismo. Con todo, esto no significa que una posición
de este tipo no vaya a tener quienes la si gan . La s posiciones morales son a menudo
asumidas incluso cuand o se c arece de razone s que puedan j usti ficarlas. Lo que se
podrá apuntar al respecto es que al proceder así los y las de más pasan a encon trarse
en situación de poder p romover po siciones a la s que pode mos oponernos en todo
punto, pero sin que podamos argumentar de forma cons istente cont ra e llas . El
81 Ibid., p. 106.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
92
impulsos o intuicione s con el fin de hacer val er modos de co mportamiento a lo s
que preferi mos dar prioridad. 90
El camino a la irracion alidad
Hay algo más que comentar en relación a una posición como la de Posner.
Esta queda seriamente tocada desde s u propia formulación, puesto que, por su
propia lógica, no puede ser defe ndida contra una crítica r acional. Cier tamente,
Posner la defiende a firmando que tal objeción no debería res ultar aplicable (puest o
que censura l a própia crítica éti ca). Pero ¿có mo puede tal afir mación r esultar
convincente en modo alguno, si ha rec hazado el mecanis mo mediante el qu e ello
resultaría posible – e l razonamiento sobre cuestiones morales– ? R enunciar a
justificar las posiciones que mantenemos lleva d e hecho, en última instancia, a una
posición irracional. Podemos co mprobar esto de modo bastante claro en el
siguiente pasaje.
I feel no obligation to d e fend this reaction, any more
than I do to prov e that my legs remain attached to m y bod y
when I am asleep, or for tha t matter when I awake. M y
certitude about my bodi ly integrity is deeper than any proof
that could be of fered of it to refute a s kept ic. L ik ewise th e
superior claim of t he human inf ant than of the d og on our
consideration is a moral i ntuition deeper than any r eason that
could be giv en for it and imperv ious to any r eason that
any one could give agains t it. Membership in the human
speci es is not a morally irrelev ant f act, as the ra ce an d g ender
of human bei ngs hav e come t o seem. If t he moral irrelevanc e
of humanity is what philosophy t eaches, so that we ha ve to
90 Y es muy proba ble que así sea debido a que las con ductas que prior izamos la s
derivamos de lo que dicta n otros impulsos cuy a sati sfacción nos parece más i m portante.
Distintas defensas del antr opocentrismo
93
choose between ph ilosophy and the intuition that says that
memb ersh ip in the hu man sp ecies is morally relev ant,
philosophy will have to go. 91
Una respuesta de este ti po resulta ciert ament e pr eocupante. Las consecu encias
de adoptar tal posición son altam ent e problemáticas, puesto que esta dej a de lado la
propia posibilidad de discusión y la evaluación racional de diferent es posturas
alternativas.
3.1.4. La apelación a lo s pre- juicios II: el rech azo d e la justific ación en éti ca
También Cora Dia mond ha afir mado que defi ende una po sición semejante.
Adopta Diamond un enfoque de in spiración wi ttgensteini ana, conf orme al cual se
opone a toda reflexión que intente probar la falsedad del sentido que les damos a
las cosas. Considera, así, que el pensamiento moral debería tener como objeto
descubrir tal sent ido, no i mponer uno nuev o. No int entaría bus car justificacione s
morales, sino descubrir qué es lo que queremos decir cuando hablamos en términos
morales. Parte así Diamond de una crítica de la que llama “ the orthodox view”, 92
que sería aqu ella qu e buscaría e fectiv amente j u stif icar las opciones morales para
considerarla s aceptabl es o no. Contr a esta, lo qu e asume como relev ant e Diamond
son las convicc iones y las ideas que hemos adquirido en nuestra vi da como
miembros de una comu nidad lingüística respec to de cómo hemos d e act uar. E stas
darían lugar a una seri e de concepciones i maginativas que articularí an nuestras
conviccione s morale s. Cabe a sí reflexionar sobr e estas para co mprender las mejor e
intentar transmitirlas a otros sujetos mediante razone s que sugi eran se mejantes
91 Posner, “Animal Rig hts”, pp. 64-65.
92 Diamond, Cora, “The Importance of Being Human”, in Cockburn, Dav id (ed.), Human
Beings , Supplement to Philosophy 29, Roy al Institute of Philosophy , Ca mbridge, 1991,
35- 62, p. 53. Dirá Diamond que esta posición se cara cterizarí a por sostener que “conce rn
for a being is moral only if it rests on m orally r elev ant prop er ties ” (ibid .).
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
94
con tenidos i maginativos a los demás, pero no p ara so meterlas a crítica y pretender
mostrar sus contradiccio nes. Ello signi ficaría, dice Diamond,
to treat thought about morality as capable of g oin g on
withou t los s in a cont ext emptied of all intimacy with suc h
imagin ativ e shaping s [d e s ig nif icado mor al] 93
En los contenidos imaginativos a los que se refiere Diamond residiría algo
esencial para el fenómeno moral. La filosofía moral habría construido una ficción
irreal, en l a que se buscaría determinar prin cipio s relevantes para que los agentes
morales se co mportasen con respecto a ot ro s entes con res pecto a las propi edades
(y consiguientes necesidades) de e stos. Sin embargo, la moralidad tradicional mente
vigente ha bría prescindido por completo de tales m ecanis mos . E sta asu miría ciertas
diferenciaciones morales independientemente de toda pretensió n de justificación,
las cuales confor ma rí a n el c entro de la vid a moral. Y así h a de ser, en opinión d e
Diamond. La cuestión , así, no sería si la s difer encias morale s traza das serían o no
relevantes. Esto no inte resa, pues la cuestión no r adicaría realmente en buscar una
posición no arbitraria, sino en dar cuenta de los s entidos que viven en nuestro
imaginario. De este modo, la filosofía moral no debería adoptar una posición
imparcial, sino una c a racterística mente hu mana (Dia mond sosti e ne que nue stra
filosofía moral deberí a ser cl ara mente distint a de la que d esarrollar í an “rational
robots or Martians”). 94 Afirma así que “the teaching of philo sophy” 95 separar ía a
quienes cuestio nan la v alidez de nuestra s conc epciones irreflexiv as d e lo qu e sería
“their sense of their humanity ”. 96 La labor de la reflexión sobre la moral tendría
93 Ibid., p. 48n.
94 Ibid., p. 48.
95 Ibid., p. 57.
96 Ibid.
Distintas defensas del antr opocentrismo
95
que ser di ferente: de berí a partir de nu estr as acti tudes, entr e ell as, de la s
antropocentr icas. 97 Así, in di cará con resp ecto a esto:
Critical reflection consis t s in asking whether some
imaginative conception of what it is to be a cert ain kind of
being is a precious part of human life, whether its ending
would be a loss or a benef it. 98
De este modo, en línea co n lo señalado arriba, la filosofía moral no debería
cuestionar el antropocen trismo. Según Diamond, esta tendría qu e llevarse a cabo de
un modo “continuous with or fed by i maginative response to hu man life”. 99
Sostiene Diamond que los conc eptos morales se desarrollan en un conte xto dado en
función de una forma concreta de vida, que es la que los torna significativos. Y esta
sería una for ma de vid a humana. Es así como nuestr as concep cio nes morale s
partirían de una elaboración imaginativa de qué es, qué significa ser humano y
tener una vida humana. Y esto implicaría, a su vez, una concepción imaginativa de
la diferencia entre humano y no hu mano. Sosti ene así Diamond, en línea con esto,
lo siguiente:
97 En cierto sentido, l a filosof ía moral, más que prescrib ir nos llevaría a d escubrir las
prescripciones y a exi stentes (y s us orígenes). Dice sobre esto Di amond: “I f you w ant to
know whether it is a good thing to treat men and women diff e rently, or to treat the old with
respect simply because they are old, or to t reat dog s differently from other animals, or
cows diff e rently from other an imals – it is absurd to think th e se are questions you s hould
try to answer in some sort of totall y general terms, quite independent ly of seei ng what
particular human sense pe opl e have actually made out of the differences or similarities y ou
are concerned wi t h” (Diamond, Cor a, “Eat ing Meat and Eating Peopl e”, in The Realis tic
Spirit: Wittgenstein, Philosophy and the Mind , MIT Press, Ca mbridge, 199 5, 319-34, p.
351).
98 Ibid.
99 Diamond, “The Import ance of Being H uman”, p. 47.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
96
In the cas e of the differ en ce be twee n animals and
people, it is clear that we form the idea of this diff e rence,
create the concept of the difference, knowing perfectly well
the overwhelming obv i ous similarities. 100
De esta manera surgiría la que ll ama esta autora “the invention of the idea of
human life as something s pecial ”, 101 invento sobr e el que descansarían nuestras
concepciones morales. El antropocentrismo se basaría a sí, mantiene Diamond, en
una noción, no biológica sino imaginativa, de lo que es ser humano, que los seres
humanos habríamos ideado. Y ello constituiría un motivo suficiente para
discriminar a los demás ani males, algo que no tendría p or qué ser justificado
mediante una argument ación a mayores. 102
De este modo, aunqu e en tér minos prácticos los argu mentos de Diamon d y de
Posner conlleven por ig ual un rech azo de la búsqueda de razones r elevantes para
nuestras tomas d e decisi ón morales, en contramos que difieren entre sí. Diamond no
renuncia al razonamiento moral en sí, sino a la idea de dar justificaciones m ediante
este. Lo que Diamond intenta e s: i) mostrar los motivos por lo s que def ender el
antropocentrismo; y ii) negar que deba h aber una justi ficación de las posiciones
morales. Como resultado de co mbinar ambas ideas, lo que encontra mos es que
Diamond dice que renu ncia a justificar su po sición, pero no a d ar argumentos para
100 Diamond, “E ating M eat and Eating P eople”, p. 324. Le seg ui rá en este pu nt o R a i mond
Gaita, que indica la importancia moral, que no necesitarí a una justificación ulterior, de
“our sense of the dif fere n ce ” (Gaita, Raimond, The P hilosopher’s Dog: Friendships with
Animals , Routledge, L ondon, 2003, p. 117).
101 Diamond, Cora, “Exp erimenting on Anim als”, in T he Realis tic Spir it , 335-65, p. 352.
102 L a otra cara de la moneda sería, claro está, que, conf orm e a una visión del rol de la
reflexión sobre la moral c omo la de Diamond, nuest ro entendimiento de lo qu e signif ica el
término “animales” inc luye y a nue stro trato con ello s, se v e determinado, conformado p or
este, que a su vez s e ve caracterizado por su uso. Así, obv iamente, da do que su no
consideración resulta con venie nte, es claro que est a, si aceptamos un pl anteamiento como
el de D i amond, nunca llegará a tener lugar.
Distintas defensas del antr opocentrismo
97
defenderla. R echazar l a posibilidad de justif ica r nuestras posiciones no implicaría ,
así, car ecer de motivo s para decantarnos por un a u otra po sición. Y, de acuerdo con
esto, lo que Diamond vendría a hacer es explicarnos los motivos que e lla reconoce
para optar por la posici ón que ell a asu me , que intenta que lleven a otros y o tras a
que también lo s acepten .
Para analizar la po sició n de Di amond proc ede remos ex aminando en primer
lugar las ideas que presenta para explicar por qué tendríamos unas concepciones
imaginativas antr opocén tr icas (o para inclin arnos a tener esta s). Una vez hecho esto
evaluaremos su abando no de la justificación co mo baremo en filosofía moral.
La base del antropocent rismo para Diamond
Introduce Diamond distintas sugerencias a re specto de por qué habríamo s de
ser antropocentristas. Di ce así:
A human being is someone who has a huma n life to
lead, as do I , so meon e whos e fate is a human f ate, as is
mine. 103
Ligado a esto, dirá que los humanos tendría mos en común el que lla ma
“feeling of solidari ty in mysteriou s origin an d uncertain fate”, 104 lo cual, dice,
“binds us to eac h other”. 105 Y añade que tendríamos una solidaridad de este tipo
con alguien por el mero hecho de haber sido engendrado o engendr ada por dos
seres h u mano s. 106
103 Diamond, “The Import ance of Being H uman”, p. 59.
104 Ibid., p. 55.
105 Ibid.
106 Ibid., p. 35.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
98
E stos argumentos han sido re spondidos crític amente por Jeff Mc Mahan. 107
Como ha indicado est e, no e stá claro por qué nos tendría que resultar c onvincente,
a la hora de trazar una distinción entre la c onsideración que deba mos dar a distintos
individuos , el mer o hecho de la espe cie de proc edencia de nue stros progenitores. Ni
parece que haya r ealmente nada de misterioso en nue stro origen. Y ta mpoco da l a
impresión de que el tener un destino incierto (algo que no es exclusivamente
humano) deba res ultar algo que no s impr esione moralmente en p erjuicio de
terceros. Estamos, así, ante r azones muy poco convincente s a la hora de inclinar nos
a ser antropoce ntristas.
Diamond abre otr a línea de especula ción distint a para sosten er sus posi ciones.
Esta, en lugar d e cent rar se en los motivos p or los que tendrí amos que poseer
determinados contenidos imaginativos, vendr á a remitirnos a lo s r esultados
derivados de la posesión de estos últimos. Señala Diamond con respecto a las
diferenciaciones morales que habrían sido traz adas a lo largo d e la hi stor ia:
W hat we hav e made o f t hese d if f erences may be
valueless or valuable or a m ixture of g ood and bad. 108
De este modo, dice D iamond, habremos de preguntarnos qué es lo que ocurre
en el caso de la consideración desfavorable de lo s animales no hum anos:
W e can, for instance, ask what human b eings have
made of the diff erence between humans and animals . 109
En el caso de l a diferenci ación antropo cén trica deber íamos decir que
habríamos sin duda gan ado mucho con ella:
107 Véase McMahan, Jeff , “ ‘ Our F ellow Creat ures’ ”, J ournal of Ethics , 9, 2005, 353-80.
108 Diamond, “Experimentin g on A nimals”, p. 352.
109 Ibid.
Distintas defensas del antr opocentrismo
99
W e have made s omethin g of g reat human signific ance
out of the very notion of human life . 110
Sin e mbargo, en el c aso de otras d iferenci aciones intraesp ecífica s cree
Diamond que los resulta dos serían dispare s:
W e have made somethin g of human signif i cance and
great depth out of the difference betwe en men and women –
and we have nev er made any thi ng humanly valuable of the
diff erences between races, the my thology of the America n
South notwithstanding . 111
Esta argumentación resulta enor memente objetable. En lo que toca a la
significación de la noción de “vida humana”, lo que señala Diamond es que ha sido
importante para los propios humanos, lo que resulta un argumento circular, pues
está intentando explica rnos por qu é ser antro pocéntricos. E n lo que toca a la
diferenciación de género, es muy cuestionable que la significación q ue esta ha
tenido haya de ser evaluada po sitivamente. Sin entrar en la pol émica entre
feminismos de la i gualdad y de la diferencia, pa rece que los re sultados de conjunto
que tal diferenciación ha aportado han sido negativos , en la medida en que ha
venido de la mano de la opresión patriarcal de las mujeres. En lo referido al
racismo cabría llegar a una conclusió n semejante. Ahor a bien, ello no implica que,
como dice Dia mond, no haya habido nada “h umana mente valioso” que se h a ya
derivado de ello. La opresión racista ha resultado, a lo largo de la historia, algo
muy valioso para quien es se beneficiaban de ella. Ahor a bien, por su puesto, para
los oprimidos no fue así, y ello es el motivo de q ue ha ya que evaluarla
negativamente en tér minos generales. La cue stión depende del gr upo que tome mos
como referencia. Y lo mis mo ocurre en el caso del antropoc entrism o. Desde el
punto de vista mera mente hu mano puede ser evaluado po sitivamente, p ero no si se
110 Ibid.
111 Ibid.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
100
ve desde la posición d e todos los afectado s y afectadas . A e sto se responder ía ,
desde una posición como la de Dia mond, que nuestra perspectiva solo puede s er
antropocéntrica. Ante lo cual podría haber una contr arrépli ca esperable: sobr e la
base de los mismos pl anteamientos que a sume Dia mo nd en cuanto al modo d e
reflexionar en ética po drían defend erse po siciones que exclu yesen mor almente a
miembros de la especi e humana . Así, a sumiendo su concepción de la ética, un texto
como el de Dia mond podr ía haber sido escrito con vari aciones en l o toca nte a l
racismo . El t exto de Diamond fue inicialmen te redactado en la década de los
setenta. En tal mom ento el apartheid en Su dáfrica gozaba de una salud
considerable. Quienes se bene ficiaban d e él ciertam ente tení an una concep ción
imaginativa de lo q ue er a ser de ascendencia eur opea y de la difer encia en tre ello y
el ser de ascenden cia na tiva africana . Confor me a una visión de la éti ca como la de
Diamond podríamos i ntentar que lo s racist as sudafricanos cam biasen sus
concepciones i maginativas. Pero de ningún modo podría mos afirmar que e l
antirraci smo esté más j ustificado que el raci s mo. Quiene s así pien sen habrán de
abandonar la concepción de la étic a que de fiende Diamond. Indic ar aquí que
nuestro punto de vista ha de ser ne cesariamente antropocéntrico, como asum e
Diamond, no soluciona el caso, pues esto está todavía por probar, de modo que
suponerlo previamente en nuestras pre misas no aporta nada. Como señal a
McMahan, lo que quiere Diamond que conciba mos imaginativamente acaba siendo
algo puramente imagina tivo. 112
Los problemas del aban dono de la justificación
Pese a las diferencia s pr esentes entre el pl anteamiento de Dia mond y el de
Posner, cabe indicar que, como en el caso de este últi mo, Diamond puede
únicamente hablar en nombre de quienes compartan su pun to de v ista. Dada la
posición que asu me Diamond en epistemología moral, todo l o que pue de hacer es
112 McMahan, “ ‘Our F e llow Creatures’ ”, p. 376.
Distintas defensas del antr opocentrismo
101
insistir en que los agentes morales humanos vemos a los humanos como
moralmente considerab les de un modo cuali tativamente distinto. Vimos que
rechaza Diamond la ide a de fundamentar en criterios anteriores nues tras posiciones
morales. Con esto, e ncontramos que solo quienes puedan co mparti r ciertos
contenidos i maginativos podrán a sentir a tal d efensa del antropocentri smo. Ahora
bien, cierta mente, una autor a como Dia mond puede re sponder que, del mismo
modo, las po siciones de quienes busqu en justi ficar sus po sturas sol o podrán ser
compartidas por quien es asuman tal pre misa, esto es, que nue stras posiciones d eben
ser consistentes (pues esto es básicamente lo que la justif icación , en el sentido más
básico, que es el coh erentista, i mpli ca: la b úsqueda de con sisten cia entre la s
posiciones mantenidas). 113 Podrá decir Diamond que quienes no comparta n la idea
de que es preci so ju stificar nuestro s juicios morales per manecerán i mpasibles ante
la argumentación que poda mos da r en búsqueda de una propuesta que resulte
consistente. 114 Así las co sas, ¿qué motivos podr íamos tener para r ealme nte exigir
113 Esto es, al menos, la base que tienen en común todos aquellos planteamientos qu e
buscan justificar una posición. Para defender una posición fundacionalista se requerirán
adem ás c iertos f a ctores a m ay ores, como el d e la asunción de l principio que se a dopta
como base de la postura defendida. Pero este no re sulta esencial para otr as propuestas d e
justificación, que pueden asumirlo de manera única mente hipotética. De manera que, dado
que lo que a quí buscam os es lo que caract eriza a las posi ciones que bus ca n justific ar
nuestras posiciones m orales, tom aremos como idea c e ntral la de la b úsqueda de
consistencia. De todos modos, el planteamiento d e la idea de justificación de Diamond no
est á claro. Par ece red ucir la jus tifica ción a aque llas posicion es que ape lan a la posesió n d e
ciertas capacidad es, dejando de lado otros crit erios “ the only tool used in th em to explain
what d if f erences in tr eatmen t ar e ju stif ied is the ap peal to th e capaci ti es of the beings in
question” (Cora Diamond, “Eat ing Meat and Eating Peopl e,” p. 322).
114 Para una explicación m ás en detalle de las con cepciones de Diamond s obre est as
cuestiones pueden verse sus comentarios en Diamond, Cora, “ Anything but Argument?”,
in T he Re ali st ic S pi rit , 291-308; “Hav i ng a Rough Story about What Moral Philosophy
Is”, in Th e Realistic Spir it , 367-81; y “How Many Legs?”, in Gaita, Raimond (e d.), V al ue
and Understanding: Essay s for Pe ter W inch , Routledg e, L ondon, 1990, 149-78.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
108
resulta incon v eniente p ara estos. Si l a esclavi tud humana ha p erdurado durante
milenios es porque se trata de algo que ha sido, y todavía es, útil para quienes se
benefician de ella. Su abandono i mplica consec uencias indeseables par a quienes se
han estado beneficiand o de ella, y ese es el motivo por el que la esclavitud h a
persistido tanto y todavía a día de ho y lo sigue haciendo. E l argu mento que
Beauchamp y Cohen h an defendido en este pu nto no puede más que oponerse de
plano a su abolición. Much a gente , sin embargo, se opondrá a tal uso y considerará
que las consecuencias indeseables para un cierto gr upo no justifican la explotac ión
de otros u otras . Dado esto, ¿có mo podrá r esult ar aplicable este argumento en el
caso de los no hu manos? Un trato diferen ciado podría re sul tar aceptable si
probásemo s la existencia de una di ferencia mor almente rel evante entre humanos y
no humanos. Pero precisamente esta cuestión, la de si es justificable o no dar este
paso en el caso de los sujetos no humanos, es la que este argumento rechaza tratar.
De manera que re spuestas co mo la de B eauchamp no hac en sino a sumir como una
premisa para dar una respuesta al problema la propia respuesta que concluyen. Si
los intereses humanos tienen pr ioridad, ello habr á de ser mostrado con algún
argumento distinto. La conclusión, pues, es que tampoco esta clase de motivos van
a resultar acepta bles a l a hora de jus tificar una di ferenciaci ón moral
antropocéntrica. Estamos ante una posición que no va a poder servir para justificar
una diferenciación en la consideración moral de animales no hu manos y humanos.
3.1.6. La falacia ad hom inem
Otro de los argumentos que han sido empleados cont ra la oposic ión al
antropocentrismo ( y la defensa de lo s intere ses de los anim ales no hu manos)
procede mediante un ata que a sus de fensores, acusando a esto s, sorprend entemente,
de discriminar a los seres humanos. Este argumento ha sido pre sentado de distinta s
maneras, pero una particular mente notable pasa por a firmar que el na zismo
mantuvo una actitud de simpatía por los animales no humanos, reconociéndoles,
Distintas defensas del antr opocentrismo
109
supuestamente, los derechos que se les negaban a los humanos. Posner, por
ejemplo, ha afirmado
The Nazis [...] believ ed passionately in a nimal rights. 126
En ocasiones se defiend e esta idea argumentand o que durante el régimen na zi
los animales no humanos disfrutaron de prote cción legal, o que Hitle r tenía gran
afición por estos. Est o constitu ye un claro eje mplo de falacia ad homin em . En lugar
de dar una explicación de los m otivo s por los que el antropocentrismo debería ser
consid erado una posició n aceptable, se ata ca a sus críticos afirmando q ue su punto
de vista sería mantenido ta mbién por quienes mantienen una po sición que se
considera inaceptable, e sto es, la exclusión moral de seres hu manos.
Una respuesta que tal v ez cabría dar a est e argu mento en pr imer lugar sería l a
misma que probabl emente daría mos a otr os raz onamientos de este tipo : el que una
posición resulte justificable no dep ende de que quienes la mantengan puedan tener
actitudes cuestion able s. Veremos más ad elan te que t en e mo s ar g u me nt o s má s
fuertes que d ar en e ste ca so. Pero va mos a dar cuenta antes de esta pri mera
respuesta.
Incluso aunque el régimen nazi hubiese mantenido una actitud favorable hacia
los animales no humanos ello no i mplicaría, ciertamente, que el rechazo del
especismo suponga la a ceptación del nazismo. Pensemos igual mente, por ejemplo,
que en el rég imen nazi se hablaba un idioma germánico, que sus promotores eran
de ascenden cia europe a y que algunos de s us líderes estimaban l a música de
Wagner. Con todo , el h echo de habl ar un a lengu a ger mánica, de te ner ascendencia
europea o de apr eciar las composicio nes d e Wagner no es un motivo par a ser
considerado un seguidor del nazis mo. El antiespecis mo simplemente defiend e que
la pertenenci a a la es pecie no puede s er u na razón para con side rar o t ratar
126 Posner, “Animal Rig hts”, p. 61. L lama l a atención es ta afirmación viniendo d e parte de
un jurista como Posner.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
110
desfavorablemente a nadie. La falacia resulta t an evident e que parece baladí entr ar
a rebatirl a. 127 El propio Posner ha subra yado esto. Dirá:
I am n ot sug g esting that the ani mal r igh ts mov ement is
tainted by Hitler’s s u pport, any more t han Hitler’s enthusiasm
fo r limited - access hig hways should be a n embarras sment to
our highway builde rs. The po int is only tha t ani m al rights
have no particular politic al v alence. 128
En este punto pode mos introducir un segundo apunte para a firmar que una
posición a favor de la c onsideración igualitaria de todos los seres sintientes no sol o
no tiene por qué derivarse del nazis mo, sino que no puede inferirse en absoluto de
este. Con esto nos vamos a oponer a lo que pr ecisamente defiende Posner en la
última frase del pasaje anterior . Veremos aquí los motivos a los que antes hicimos
alusión cuando observa mos que había raz ones para ir más allá de un a refutación
típica de un argumento ad hominem .
El rechazo de la di scriminación de los ani males no hu manos se enco ntrará
basada en principios que coinciden con aquellos en los que de scansará la oposición
a la discriminación de seres hu manos. Y el caso del nazismo nos sirve de utilidad
para mostrar esto. Veá moslo.
La afir mación de que lo s Nazis manifestar on simpatía hacia el pl anteamient o
de los derechos ani males resulta total mente insostenibl e. En el Tercer Reich en
ningún momento se abrazó la idea de que todos los animales deberían ser
moralmente con siderad os. De hecho, el régi men nazi masacró a innu merab les
animales con intereses, tanto par a conseguir sus objetivos políticos co mo por otros
motivos. Esto inclu ye a muchos seres hu manos, que encontraron la muerte a su s
manos por el único motivo de pertenecer a ciertos grupos –como judíos, romaníe s y
127 Estaríamos aquí ante un caso de generalización incorrecta – al asu mirse que s i cie rt os
individuos manifiestan una ciert a actitud, todos aquellos que manifiesten tal actitud
pertenecerán al mismo g rupo del que f orman parte los primeros–.
128 Ibid.
Distintas defensas del antr opocentrismo
111
mie mb r o s de otras comunidades – (o d e ser clasificado s como tales, –disidentes,
homosexuales…– ). Tod os ellos eran se res con i ntereses, y, por tanto, una posición
que base la c onsidera ci ón moral en tal cri terio se opon drá ter minante mente a tal
masacre. Pero no d ebe mos olvidar que el Tercer Reich no solo acabó con la vid a de
seres humanos, sino también con la de millones de animales no hu manos. 129 Es
claro que durante el régimen nazi estos continuaron siendo considerado s
propiedades para uso humano, y su utilización siguió ininterrumpida mente. 130 E s
absurdo pensar que dis frutasen de pr ivilegios de los que se privó a ciert os hu manos.
Se discriminó y agred ió en con secuencia tanto a no hu manos como ciertos
humanos. Es cierto qu e durante el T ercer Reich se introdujeron ciertas r egulaciones
en Alemania en rela ció n a ciertos modos en que l os animales no hu manos eran
utilizados: al igual que ha ocurrido en toda una serie de país es desde el siglo XIX.
Esto no supone en mod o alguno que se ha ya reconocido derechos a los animales no
humanos ni durante el T ercer Reich ni ho y en día. Debemos recor dar que la s
citadas regul acione s aprueban co mo plen ament e aceptable el u so de animales no
humanos. Simplemente establecen normas en el modo en que tal uso debe tener
lugar. In cluso cab e apu ntar que, en realidad, e n el régi men nazi exi stían ta mbién
regulaciones re specto d el modo en que debía matar se a aquellos ser es humano s
129 Ver Patterson, Charles, Eternal Treblinka: Our Treatment of Animals and the
Holocaust , Lantern Books , New York, 2002.
130 Se di ce en o casion es que H itler er a veg etaria no y un aman te d e l os animal es .
Apar ent emen te, Hitl er (bajo cu y o mandato v arias asoci aciones v eg etari anas f ueron
cerradas) se abstenía de cierta clase de productos animales mo tivado por preocupaciones
propagandísticos y de bienestar físico, no porqu e sostuviese ninguna clase de pos ic ión
igualitarista, y s egún parece continuó comiendo pro ductos animales de otro tipo. También
es conocida su af ición por algunos animales como l os pastore s aleman es, lo que de nuev o
carece de relevancia para mantener un punto de vista no discrimin atorio. Hemos v isto que
el antiespecismo es dif e rente del sentimiento de s impatía o amor por los a nimales no
humanos. De hecho, co mo ejemplo de esto podemos recordar, en este punto , que bajo el
mandato de Hitl er se mató a aquellos p e rros que era n propied ad de los j udíos, llamándo los
“perros judíos”. Véase d e nuevo P atterson, Eternal Treblinka .
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
112
confinados en campos de concentración. P ero ello, por supuesto, no significa en
modo alguno que se estuviese respetando lo s intereses de aquello s y aquellas que
estaban siendo asesinad a s. A sí, la afirmación de que los nazis respetar on a los
animales no h umano s se encuent ra total mente de sinfor mada.
Valga todo esto en r elación a cuestione s de hecho, pero es pre ciso hacer algún
ap unte má s en el plano de las id eas. Lo s plantea mientos del r égi men nazi tienen
muy poco que v er con una per spectiva moral de re speto hacia quie nes pu eden
experimentar sufrimient o y bienestar. La ideología nazi se opone a un punto de
vista igua litario como e ste. A sume, por el cont rario, una posición disc riminatoria
antitética con la consi deración igualitaria de intereses. Así, una consideración
igualitari a nos llevará a oponernos al raci smo y la xeno fobia propios del r égimen
nazi. Pero t a mbién a r echazar el e speci smo. Es así paradójic o que Posner haya
presentado un argu mento como este. Sostien e es te autor:
The Nazis were contanstl y blurring the line betwee n the
human and a nim al kingdoms, as when they described Jews as
ver min. Th e other sid e of the coin w as th e g lorification of
animals that had g ood Nazi virtues, predatory animals like the
eagle [...] the tiger and the panther [...] These examples show
how animal rights th inki ng c an assimilate people to animals
as well as assim ilating animals to people. 131
Sin e mbargo, como acabamo s de ver, la supuesta “glorifi cación” de la i magen
de ciertos ani males no ti ene nada que ver con un respeto por e stos, que sigui eron
siendo explot ados dur ant e el Tercer Reich.
Por otra parte, el motivo por el que Posner afirma que duran te el régimen nazi
la línea entre ani males humanos y no hu manos era di fuminada es que los nazi s no
solo dis criminaron, co mo hace Posner, a lo s animales no hu manos, sino también a
muchos seres humanos. Ahora bien, la cue stión es que no hemos encon trado hast a
el momento argu mento alguno que permit a justifica r ninguna de esta s
131 Ibid., p. 62.
Distintas defensas del antr opocentrismo
113
discriminaciones. Y, en tanto tal argumento no sea aportado, encontraremos que
todas ellas result an ina ceptable s. Las mi smas razones qu e llevan a cuestionar la
actitud mantenid a hacia lo s humanos durante el r égimen nazi c uestionan su actitud
y la de Posner (qu e r esulta coinci dente) en la medida en que lo s afectados y
afectadas son ani males de otra s especies. De hecho, el pr ejuicio ma ntenido por
Posner sale a la l uz co n clari dad cuando d efie nde la exi stencia de un a línea ent re
humanos y no hu manos: en la medida en que n o demos argu mentos convincentes
para que tal fronter a pueda ser t razada, esta res ulta arbi traria, como lo serán las qu e
podamos trazar entre miem bros del propio gr upo humano con intere ses propios.
3.2. De fensas ar gum entadas de l an tropoc entris m o: re quisi tos a
sati sfac er par a su justi ficació n
Para dar una razón verdaderamente válida a favor del antropocentr ismo
tendremos que poder citar alguna circun stancia moralmente relev ante i denti ficable
con el hecho de per tenecer a e se grupo, que explique la distinción c onsiguiente.
Como adelantamos ya al discutir la definición de especismo, esto podremos hacerlo
de varias manera s, resultando de ello distin tas for mas de d efender el
antrop ocentrismo. Una de ellas consistirá e n definir como releva nte alguna
característica indi vidu al cuya pose sión sea exclusiva de los mi emb ros de una
especie concreta, en e st e caso la humana. Otr a posibilidad consistirá en intentar
mostrar que una deter minada distinción de espec ie resulta moralmente si gnificativa
por motivos que tienen que ver con la clase de relaciones que mantienen quienes
pertenecen a esta. F inalmente, otr a solución consistirá en sostener que los interes es
de los individuos pert enecientes a una deter minada especie tienen prioridad debido
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
114
a razones basada s en premisas no verifi cables (co mo ocurre en el caso de la
apelación a la intuición o a supue stos de tipo metafísico) . 132
Daremos cuenta, pues, de las di stintas razones q ue han sido pre sentadas con la
intención de justi ficar cada uno de e stos criterios de fendidos co mo relevantes para
justificar un a diferencia ción moral. La vali dez de estos arg ument os pa ra legiti mar
la adopción de una posición antropoc éntrica dependerá de que lo s criterios
invoca dos cumplan do s r equisitos: 1) ser efect ivos en el caso d e todos lo s seres
humanos y tan solo en tales casos; y, sobre todo, 2) ser de hecho c apacidades
verdadera mente rele vant es en un sentido moral. Veremos a continuación do s
argumentos que cuesti onarán r espectiv amente el primero y el segun do de estos
supuestos. 133
132 Se puede encontrar un a nálisis muy de talla do y ri guroso de las distintas def e nsas de l
especismo en Pluhar, Bey ond Prejudice . Se t rata d el t rab aj o más profundo en este s entido
de los que se han publicad o hasta el momento sobr e el tema.
133 No se plan tear á aquí un tercer arg um ento, de meno r fuerza, referido al hecho de que es
dif ícil a menudo plan tear u na dif erencia cua litat iv a clara a la hor a de dis tin g uir una
espec ie, por cons tituir r ealmen te la i dea d e espe cie un in stru mento clas ificado r cuya
ref erenc ia es real mente alg o dinámico y cambi ante, de f ronteras a v eces bo rros as. Es to se
ref leja en par ticula r en e l momen to de limitar temp oralm ent e a la es pec ie hu mana. Como
indica DeGrazia: “I t might be c laimed that our unique kind is that of H omo sapiens – a
social animal with the capacity for autonomy, creativity , knowledge, and enj oyment. But
species evolv e graduall y . If Homo sapie ns is a unique kind, di d our hominid ancestors
jump from kind to kind –say, f rom Homo ha bilis to Ho mo erectus, and from Hom o
erectus to Homo Sapiens? If so, at what points in the gradual e volution proces s did these
jumps occur? No poss ible answer seems credible ” (DeGrazia, David, Ta king Animals
Seriously: Mental Life and Moral Status , Cambridge University Press, Cambridge, 1996,
p. 230). Si bi en esta cu e stión vo lve r á a sa l i r en algún pun t o más adelante, no será
desarrollada en d etalle.
Distintas defensas del antr opocentrismo
115
3.3 . El a rgu ment o d e l a s up erpo s ici ón de es p ecies
Este argumento apunta a algo que es habitua lmente olvidado por quiene s
defienden la pri vación de plena consideración moral a los animales no hu m a nos .
Los diferentes modos d e argumentación en defensa de esta posición asum en q ue l os
criterios que presentan son cumplidos por todos los humanos. Pero esta es una
asunción equivocada. Podemos comprobarlo e n el caso de aquellos criter ios que
apelan a una cierta capacidad individual (c omo, por ejemplo, las facultades
intelectuales, el do minio de un lenguaje o l a posibilidad d e tener respo nsabilidades
o deberes morales o legales). Ha y un gran número de humanos que no poseen tales
capacidades. 134 E ste es el ca so de aquellos con lo que se ha deno minado diversidad
funcional intelectual o de los bebés (esto es, de todos los humanos al pr incipio de
sus vidas). 135 Y conclu si ones si milares pued en ser in ferida s en el caso de las
134 Esta idea f ue y a apunt ada y a en el s ig lo XV III por filósof os mora les como Hum e y
Bentham – como s e com entará m ás adel ante – (Ver Hume, David, Tr eatise on Human
Nature , §176 [edición m aneja da: S cientia Valag A alen, L ondon, 1964]; Bentham, Jeremy,
Introduction to the principles of moral and legislation , Clarendon Press, Oxford, 1996, p.
282n). Humph ry Primatt es c rib ía ta mbién en ese mismo s iglo: “ if amon gs t men, the
diff erences of their powers of the mind, and of their comp lexion [...] do not give any one
man a right to abuse or insult any othe r man on ac count of these diff e rences; for the same
reason, a man can h ave no nat ural right t o abuse and torment a beast, merely beca use a
beast has not the mental powers of a m an” (Primatt, Humphry , A Disser tation on the Du ty
of Mercy and the Sin of Cruelty to Brute Animals , T . Cad ell , J. Dodsley & Co., London,
1776, p. 12).
135 Pued e pens arse q u e la po sesión d e det erm inad as facult ades cog nitiv as es gener al en tr e
los seres humanos, de modo que los casos de se res humanos afectado s serán m uy
reducidos. Ahora bien, e l hec ho e s que aunque su n úmero sea reducido, no por ello van a
dejar de vers e af ectados . Además, n o h a de perd erse d e v ista lo que s e acaba de indica r: se
da el caso de que un supuesto así se ve negado por e l hecho de que t odos los se res
humanos , al menos dura nte un a etap a de su s v idas, v an a carecer de t ales c apacidad es.
Has ta un a cierta edad lo s seres hum anos no lleg amos a pos eer las facult ades que quienes
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
116
defensas del antropoce ntrismo basada s en factor es relacion ales tale s como lo s
vínculos emocionales, las posibilidades de inte racción o las relaciones de poder.
Hay muchos seres humanos con quienes nadi e tiene ningún vínculo emoc ional .
Hay quien sostendrá a e ste respecto que los humanos ti enen un víncul o emocional
universal entre ellos, esto es, que todo s los hu manos sienten af ecto p or el resto de
los seres humanos. Sin embargo, aunqu e hay quienes pu eden efect ivament e tener
tales sentimientos, no es difícil comprobar q ue estos no son poseíd os de fo rma
unánime entre los seres humanos: hay muchos que no a man a los demás miembros
de su especie ( de lo co ntrario, las terri bles agr esiones entre los humanos qu e hoy
vemos diariamente no tendrían lugar). De modo similar, hay muchos h umanos con
los cuales no tene mos posibilidades de int eractuar . Al igual que ha y muchos otro s
que se ven clara mente desfavoreci dos por la s relacion es de pod er. E sto s ser án
privados de plena cons ideración, como lo son hoy los animales no humanos, si
aceptamos que tal es crit eri os son moralmente re levantes.
3.3.1. Formulación del argu m ento
La consecuencia de todo esto es que no se da una identificación entr e el
cumplimiento de tales criterios y la pertenencia al grupo humano, de f orma que no
resulta posible una defensa del antropoc entrismo sobre la base de tale s criterios. En
consecuencia, cabe formular el ar gument o de l a superposició n de es pecies co mo
sigue:
1. Debe mos justifi car nue stras decisione s morale s sobre la ba se de
razones válidas de un modo universalizable.
defienden el especismo afirman que son mor alment e relev antes. Cab e indic ar, finalmen te,
a este r especto que r esulta ex tr emad amen te lla mativ a la form a en que l os de f enso res d el
antropocentrismo han olvi da do todo esto al f ormular s us propuestas.
Distintas defensas del antr opocentrismo
117
2. E stá j ust ifi cado con side rar d esfavorable mente a los animales no
humanos con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de
que no satisfacen un cierto criterio C (donde C podrá denotar,
entre otr os requisitos, l a posesión de cie rtas capacid ades
cognitivas o lingüí sticas o la po sibilidad de t ener deberes, así
como circunstanci as rel acionale s como el hecho de tener vínculos
emocionales con nosotros, de encontrarse en una situación en la
que tienen poder sobr e otros u otra s o de inter actuar
habitualmente con nosot ros).
3. Está j ustificado cons iderar desfavorable mente a los seres
humanos con la cap acidad de sufrir y dis frutar que no satisfacen
un cierto criterio C.
Es perfecta mente clar o el modo en q ue de l as dos pre misas asu midas se
infiere la con clusión señalada . Por l o tanto, esta solo puede ser falsa si lo e s
también alguna d e las p r emisas (o ambas). Y no par ece que pu eda serl o la pr imera,
el requisito de qu e nuestros jui cios sean uni versalizables (lo s costes que ello
entrañaría serí an enor mes, muy difícile s de asumir). Parece que tendremos, por lo
tanto, que renunciar a la segunda de las pre misas.
Esto implica qu e cabrá pro ceder de d os modo s en lo tocante a lo s crit erios
soste nidos hasta el momen to para intentar justificar el aislamiento moral del grupo
humano:
a) Podemos seguir manteniéndolos, con lo que defendere mos la
desconsideración de lo s ani males no humanos y de los hu manos que no cumplan
los requis itos citados. Ello podrá servir para justificar las prácticas para las que
actualmente lo s animal es no huma nos son utilizados, pero extendiendo, eso sí,
dicha autorización al uso en ellas de los seres hu manos referidos. Deb emos
recordar lo que advierte S ônia Felipe al apunt ar que en nuestras deci sion es morales
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
124
Esto no será óbic e para que en algunos c asos hable mos de diferenci as e nt re
humanos. El motivo es, obvia mente, que cuando hablemos de l os criterios
blandidos en defensa del antropocentrismo enco ntraremos que la superposición de
especies se da sobre la b ase de tales di feren cias.
3.3.4. Diferent es ver sio nes del argu mento
Existen varias maneras mediante las que pode mos pre sentar y entend er este
argumento. Las diferenc ias entre est as tienen q ue ver básicamente con l as pre misas
que estas asumen. Las e xaminaremos ahora.
3.3.4.1. La versión cate górica
La versión categór ica de l argumento se basa en dos pre misas:
1. Debemos justific ar nuestras deci sione s morales sobre la base de
razones válidas de un modo universalizable.
2. No está ju stificado co nsiderar de s favorablem ente a ningún ser
humano con la capacida d de sufrir y dis f ruta r.
Según esto, el argu mento continúa como sigue:
3. No está justificad o considerar des favorable mente a ciertos
humanos con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de
que no sati sfacen un cier to criter io C (donde C podrá denotar,
entre otros requisitos, la posesión de cier tas capacidades
cognitivas o lingüística s o la posibilid ad de tener debere s, así
como circunstancia s relacionale s como el hecho de tener ví nculos
emocionales con no sotros, de encont rarse en u na situación en l a
Distintas defensas del antr opocentrismo
125
que tienen pod er sobre otr os o de interactu ar habit ualmente co n
nosotros).
4. No está justificado considerar desfavorabl e mente a los ani males
no humanos con la cap acidad de sufrir y disfrut ar sobre la base
de que no satisfacen un cierto criterio C . 142
142 Regan ha llevado a cabo un análisis de la estructura del arg um ento que se vendría a
corresponder con su f ormul ación categóric a. En esta ha distinguido dos f ases: a ) una
p rimera, crítica, que llevaría al rechazo de los criterios comúnmente invoc ados en defensa
de l a desconsidera c ión de los an imales no hu m anos; y b) una segunda, constructiva, qu e
buscaría encontrar un nuevo criterio que se viese libre de l as objeciones lig a d as a los
criterios y a rechazados. D e acuerdo con la p ropuesta de Regan, ta les f ases se
desarrollarían como sigue:
“The Critical Phase 2 [El s ubíndi ce se debe al h echo de que c onsider a prev iament e Reg an
otra posibilidad de formulación de las fases del argum ento menos refinad a, que acab a
dejando paso a la seg unda presentación que aquí se i ncluy e]
1. Given certain criteria of the possession of rights, some marginal humans who are not
irreversibly comatose and nor just all animals wi l l be exc luded from t he class of right
holders.
2. Humans, howev e r, including all those who, t hough marg inal, are not irrev ersibly
comatose, do have rig hts, and so belong in the class of right holders.
3. Therefore, each and e very one of the criteria satisfy i ng (1) must be rejected as setti ng a
requirement for the posses sion of rights.
The Constructive Phase 2
4. Humans, including al l those who, t hough they a re marginal, ar e not irreversibly
comatose, have rig hts and therefore belong in the clas s of right holders.
5. Given the most reasonable criterion of t he po ssession of rights, however, one th a t
permits us to inc lude all non com atose marg inal humans in the class of rig ht s holde rs, this
same criterion will requ ire us to include so me, and exclude some other, animals .
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
126
Objeciones a la vers ión categórica
Se pueden pres entar dos obje ciones a esta versión del argu mento, o lo que
viene a ser lo m ismo, a su asunción a modo de prem isa de la idea de que los
6. Therefore, if we include these margina l human in the class of right holders, w e must
also in clude s ome an im als in this cl ass” (R egan, To m, “ An Ex aminat ion an d Defen se of
one Argument Concerning Anima l Rights”, in All That Dwell Therein. Essays on Animal
Rights and Env ironm enta l Eth ics , Univ ersity of California Press, Berk eley , 19 82, 113 -47,
p. 131).
Cabe presentar est a formulación en dos f ases del arg um ento de un m odo menos
comprometido, sin embar go, de forma que no tenga por qué asum ir necesariamente n i el
leng uaje d e los dere chos n i el d e la m arginal id ad:
F ase cr ítica:
1. Hay c iertos criterios ( c 1 , c 2 , c 3 ... ) para recibir un a c ons i de ra ci ón moral igualitaria que
excluyen a toda una serie de seres humanos.
2. Tales seres humanos d eben recibir una considera ción m o ra l igu ali ta ria .
3. Hay que rechazar tales criterios ( c 1 , c 2 , c 3 ...).
F ase co nstr uctiv a:
4. Todos los seres humanos deben recibir una considera ción moral ig ualitaria.
5. Si buscamos un criteri o que justifique que todo s los seres huma nos deb a n rec ibir una
con si d e ra ció n m ora l igual itaria, este o p erar á tamb ién en el cas o de los de más animales no
humanos.
6. Considerar moralmente de maner a igualitaria a los humanos que no satisf acen los
criterios que discriminan a los animales no humanos implica tener que conside ra r
moral mente d e man er a ig uali tar ia tam bi én a los animal es no hum anos.
Distintas defensas del antr opocentrismo
127
humanos no deben ser considerado s desfav orablement e. Las anali zaremos a
continuación.
a) Una premisa controv ertida
La idea de que todos los humanos que pueden experimentar su frimiento y
disfrute merecen una consideración moral notable no debe darse po r asumida.
Históricamente ha habido un debate muy extenso sobre el asunto. Y en muchos
casos esta suposición ha sido rechazada. Hoy en día, hay un consenso más o menos
amplio alrededo r de ell a, per o eso no signific a que deba ace ptarse acr íticamente
como correcta. Introduc iendo el argumento de l a superposición d e especies, lo que
estamos buscando es un a plataforma imparcial desde la que podamos examinar qué
posiciones son aceptabl es y cuáles no. Por consiguiente, par ece que no debe mos
partir de supuestos cuesti onables.
Esta objeción tiene mucho sentido. Con todo, p uede argu mentarse que h oy en
día parece h aber un co nsenso más o meno s gener alizado sobr e la cuestión de la
igualdad entre los hu manos. 143
b) Una premisa explícit amente antropocént rica
La idea de que todos los humanos merecen consideración moral puede ser
ciertamente co mpartida de manera m uy amplia. Pero podría plantea rse que su
143 Por otra parte, merece la pena apuntar u n comentario de tipo táctico respecto de est a
cuestión. Quienes se oponen a esta idea asume n normalmen te posicion es discr iminator ias,
como el racismo o el sexismo, que se ade cuan al mismo modelo que el es pe cismo. El
argumento probablemente no s ea mu y tenido en c uenta por estos, pero parece que algo así
sucedería también aun en el caso de que fuese pre sentado de otro modo, pu esto que de
hecho pa recen menos dis puestos a cuestion arse el especismo d e bido a su aceptación d e
otras discriminaciones s emejant es .
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
128
aceptación co mo pr emisa signifi ca la aceptaci ón de supuestos antrop océntr icos.
Evidentemente, no se necesita mantener un p unto de vista antr opocéntrico para
afirmar que ningún ser hu mano con l a capacidad de sufrir y disfrut ar debe ser
privado de plena co nsideración . De hecho , qu ienes defienden el argu mento que
esta mo s ex a mi n ando mantienen comúnmente que nadie que pueda exper imentar
placer y dolor debe ser desconsiderado , y esto incluye a los humanos. Pero asu mir
expl ícitamente que los miembro s de la especie humana deben ser teni dos en cuenta
mientras la pregunta t odavía está debatiéndo se en el ca so de los no hu manos
implica afir mar una diferenci a que puede dar fácilment e la impresión de que la
igualdad humana es anterior a la igualdad entre todos los demás se res conscientes.
Partir de tal asunción es quizás, en ci ertos casos, una bue na estr ategia para
cuestionar el antropocentrismo, pues muestra que es una posición que termina por
rebatirse a sí misma. Pero, por otr o lado, puede ser un punto de partida
problemático, dado qu e, como esta mos viendo, podría esgri mirse que quiene s
atacan a l antropocentris mo tienen en la práctica , de hecho, la obligación de aceptar
esta premi sa. Por con sigu iente, parece q ue ser ía mejor evitar incluirla como tal.
3.3.4.2. La versión bico ndicional
A la luz d e estas do s objeciones, funda mentalm ente de la segu nda, par ece qu e
sería prefer ible for mular el ar gumento sin tene r que compr ometerse d e la maner a
en la que l o hace la v ersión c ategórica, manten iendo al mis mo tie mpo el poder de
convicción argumentativo. Esto lleva a la presentación de la versión bi condicional
del argumento. Esta constitu ye una formulación que no da por sentada la idea de
que los hu manos no deben ser m oralmente excluido s. La pr emi sa que la
presentación categórica del argumento asume ( la idea que todos los intereses
humanos deben teners e en cuenta), no e s presupuesta por la presentación
bicondicional. E sta afir ma si mplemente que si no acepta mos ciertos criter ios en
algunos casos (por ejemplo, cuando hay se res hu manos afectad os) ento nces no
Distintas defensas del antr opocentrismo
129
podemos aceptarlos cu ando otros individuos se ven afectados por e llo. Evelyn
Pluhar ha enunciado esta versión del argumento como sigue:
1. Beings who are similar i n a ll import ant morally re le va nt
respects are equally mora lly s ignificant.
2. Nonhumans exist who are s imilar in all important morally
relevant respects to marg inal humans.
3. The ref ore, those nonhumans who are similar in all
important morally re levant respects to marginal h um ans
are max imally morally signif icant if and only if marg inal
humans are m aximally morally sig nificant. 144
En realidad, hay algo que objetar a una formulación de este tipo, y es que esta
supone ya en su redacción que estamo s hablando de car acterística s “moral m ente
importante s” cuando nos referi mos a aqu ellas que quienes defienden el
antropocentrismo han citado como tales. Sin embargo, tal suposición es
precisamente la que este argu mento busca mostrar, en últi mo término, co mo
improcedente. S u utilid ad es la de h a cernos ver que los motivos para considerar
moralmente a los seres humanos no tienen nada que ver con sus fa cultades
cognitivas, lingüísticas o culturales; y que, por lo tanto, estas ya no podrán ser
aducidas p ara justi ficar ninguna clas e de consid eración des favorable, sean humanos
o no quienes la sufran. En la form ulación que aquí se propondrá se intentará, por
t anto, evitar una form ulación que implique una confusión en esta línea. De este
modo, esta versión del a rgumento será expre sada, más bien, como si gue:
1. Debemos justific ar nuestras deci sione s morales sobre la base de
razones válidas de un modo universalizable.
144 Pluhar, Beyond Prej udice , p. 65. Una primera versión de su aport ación en este punto s e
encuentra en Pluhar, Evely n, “The Personhood View and t he Argument from Marginal
Cases ”, Philosophica , 39, 1987, 23-38.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
130
2. Si está jus tificado privar de plena consideración a ciertos seres
con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de que no
satis facen ciertos criterios, ello supone que está justificado privar
de plena con sideración a otro s seres con la capacidad de sufrir y
disfrutar que tampoco cumplen tale s criterios; y si no está
justif icado privar de plena con sideració n a cier tos seres con l a
capacidad de su frir y di sfrutar sobr e la base de que no sati sfacen
ciertos criterios, ello supone que no está justificado privar de
plena con sideración a ot ros seres con la capacidad de sufrir y
disfrutar que tampoco cumplen tales criterios.
Llegados a es te punto p odríamos introducir una premisa como la sigui ente a
modo de postulado:
3. Está justificad o privar de plena con sideració n a los ani males no
humanos con la capacidad de sufrir y disfrutar sobre la base de
que no sati sfacen un cier to criter io C (d onde C podrá denotar,
entre otr os requisitos, l a posesión de cier tas capacidades
cognitivas o lingüística s o la posibilid ad de tener debere s, así
como circunstancia s relacionale s como el hecho de tener ví nculos
emocionales con no sotros, de encontr arse en u na situació n en l a
que tienen poder sobre otros o de interactuar habitual mente con
nosotros).
Y concluiríamos entonces:
4. Está justif i cado privar de plena consideración a los s eres
humanos con la cap acidad de sufrir y dis frutar que no satisfacen
un cier to criterio C .
Distintas defensas del antr opocentrismo
131
De manera alternativa, se podría haber pre sentado una premisa diferente en
lugar de la que introducimo s. Pudimos haber supuesto que está justifica do pri var de
consideració n moral a seres hu manos por las razones mencionadas. Habr ía mos
conclu ido, en consecue ncia, que está ju stificado hacerlo en el caso d e los ani males
no humanos. O pudimos haber supuesto que no está justificado excluir moral mente
ni a humanos ni a no humanos. En tal caso, habr íamos concluido que tampoco lo
está hacérselo a los miembros del otr o grupo.
Objeciones a la versión bicondicional: ¿de vu elta a la versión categórica?
Los defensores de la versión categórica p ueden aún objetar que para tener
éxito el argumento nec esita asumir la pre misa de que ningún h umano consciente
puede ser privado de plena consideración. E xaminaremos dos posibles objeciones a
la versión bicondicion al que se pueden pre sentar co n el fin de defender la
categórica.
a) La premisa categóric a todavía resulta necesa ria
Se puede decir que incluso si no q uere mos present ar explícit ament e la
premisa de que ni ngún hu mano debe ser priv ado de consideración, el argumento
todavía hace desc ansar su causa en dicha a sunción. Si no qui siéramos proteger a
todos los humanos, no tendríamos ninguna ra zón para rechazar la privación de
consideració n de los n o humanos. Aquello s y aquellas que han defendido l a
exclusión moral de quie nes no pertenecen a la e specie humana deben abandonar s u
posición antropocéntric a solo en un c aso: en l a medida en que q uieran pr oteger a
los hum ano s. 145
145 De este modo podemos entender qu e Regan, qu e ha presentado una f ormulació n
categórica del argumento, mantenga que la conclus ión a la que pretendía lleg ar con ell o
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
132
Esta afir mación es acert ada en un punto. De u na manera u ot ra, lo que este
argumento hace es mostr ar que las defe nsas del antrop ocentr ismo acaban
rebatiéndose a sí mismas. Por consiguiente, el argumento tiene sentido cuando es
presentado a quienes s ostienen que todos lo s humanos deben ser pro tegidos. Sin
embargo, de aquí no se sigue que debamos asumir tal idea de partida para pr esentar
el argumento. Para func ionar, el argumento sol o necesita manifestar una condici ón:
si se asume como pre misa que todos los hu manos deben ser protegidos, entonces se
tiene n que aceptar ci ertas consecuen cias. Afir mar que p i mplica q no conlleva
afirmar p .
b) La necesidad como premi sa de la protección contra la descon sideración
moral
Hay otra manera en la que pu ede a fir m arse que, de hecho, para el éxito de
este argumento resulta necesaria la suposición de que todos lo s intereses hu manos
han de ser considerados. Se podría argu mentar que si queremos garantizar pleno
respeto moral a los animales no humanos, la r elación bicondicional no será
suficiente. Podríamos, de hecho, decidir d esconsider ar a todo el mundo y
universalizar t al criteri o. Si queremo s que la consideració n igualitar ia se vea
universalizada necesitamo s introducirla en el argumento de un modo u otro. La
premisa de la universali zación es insu ficiente par a tal fin. Es to es , necesitamos otra
pr e mi sa , en la q ue se a firme que al men os algunos seres tien en que ser
era mer amente bi condi ciona l (en correspondencia personal). De ac uerdo con esto, cabría
plantear que un modo de present ar una versión categ órica con un fondo bicondi cional
sería es ta:
1. Supongamos como premisa que todos los seres humanos son considerables
moral mente.
2. Se sigue entonces el arg umento de la superposició n de e species (v e rsión categ órica).
Distintas defensas del antr opocentrismo
133
considerados para pode r universalizar tal prote cción. Por tanto , la pre misa que la
visión categórica i ncluirí a (la asunción d e que ning ún humano debe ser
desconsiderado ) serí a necesaria despu és de tod o. La única maner a en que podr ía
universalizar se la protección contra la pr ivación de consider ación moral ser ía
asumiendo que los hu manos deben tenerla.
Esta obje ción puede p arecer convincent e a pr imera vista. P ero, u na vez
analizada cuidadosamente la cue stión, descubr imos razones para cues tionarl a . La
objeción asume que el f i n que tiene el argumento de la superposición de especies es
inferir la univer salizaci ón de la pr otecció n con tr a la desconsid eración moral . Per o
esto no es real mente el c aso. Vere mos por qué.
3.3.4.3. Lo que el arg umento de la superpo sición de e species de muestra y lo
que no
a) Lo que no demuestra
La versión categ óri ca asu me que hemos de as um ir como premisa qu e todos
los humanos debe n se r plenamente consider ados, cumplan o no los criterios
esgrimidos por quienes defienden el antropocentri smo . Esta es una manera de
argumentar que hasta cierto punto es compren sible, pero se enfrenta a un ser io
p roblema: el argumento de la s uperposición de especies no de muestra que los
humanos no deban ser excluidos. No ofrece ninguna prueba en absoluto de tal
creencia. Ni siqui era la ver sión categórica lo ha ce. Esta si mplemente la presupone
en una de sus pre misas . Pero n o la ju stific a: si mplement e la da po r ci erta. El
argumento solo de muestra que si se debe prote ger de la exclusión a los hu manos,
entonces también se debe prot eger a los no h umanos, y viceversa. P ero eso no
significa que humanos y no humanos deban ser protegidos: el argumento no ofrece
ninguna demostración de por qué no debemos descon siderar a unos y otros. Los
defensores d e la ver sión categór ica asu men una premi sa más que q uienes opt an por
la versión bicondicional , pero no la prueban.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
140
Nothing much [...] should be inferred from our not
presently ha ving a theory of the moral importance of speci es
membership that no one has spent muc h time trying to
formulate one because th e issue hasn’t seem ed pressing . 152
Esta respuesta puede ser cr iticada por distintos motivos:
i) Una solución de este tipo resulta sorpr endente por el hecho de que no aporta
razón alguna. No parec e que sea nec esario ex tender se en expli car esto, p ues parec e
algo cierta mente patente .
ii) Por otra parte, esta respuesta, al margen de su limitad a meticul osidad
reflexiva, va a s er, asi mismo, fácilmente rebatible por lo discutible de sus
supuestos. Y es que, a la luz de la evolución del debate en lo s últi mas tr es décadas,
en las que se han ensayado por parte de quienes defienden el antropocen trismo toda
suerte de argu mentos y propuestas, parece que podemos afir mar que l o que hace
Nozick es más bien ign orar el fraca so cosech a do en tal bú squeda. C o mo c o men t a
Singer:
1) The sear ch fo r a def ence of s peciesism was
contrary t o Nozick’s remark, already well under w ay b y
1983, and has not abated s inc e. 153
2) The time has co me to rev erse Noz ick’s r emark :
there is, by no w, a good dea l to be inf erred from the failure of
all this philosophical activ ity to find a sound defence of
spec iesi sm. 154
152 Ibid., p. 308.
153 Singer, Peter, “ A Response”, in Jamieson, Dale (ed.), Singer and H i s Critics ,
Blackwell, Oxf ord, 1999, 269-335, pp. 295-96.
154 Ibid., p. 296.
Distintas defensas del antr opocentrismo
141
iii) Po r otra par te, es imp ortante desta car de qu é forma la solució n de Nozick
puede ser esgri mida para justificar t oda suert e de abuso. Richard Arneson lo pone
de manifiesto del siguiente modo, señalando:
The problem with this sugg e stion is that if it works at
all, it works t oo ef fectiv e l y . Asked to justify fav oring a
demented human ov er a cog ni tively better endowed non-
human, one responds that we see the human against a
dif f erent tapestry of co mplex as sociat ions than w e see the
non- human animal. But b y the same token, asked to justify
discriminating in fav or of Ary a ns and against Jews, the
would- be discriminator can respond th a t there is no simpl e
moral ly relevant dis tin ctio n, bu t rather a diff erence so
compl ex as to b e ef f ectiv el y unstateabl e. W e see the J ew
placed in an intricate tape stry that is quite diff erent from the
Aryan tapestry . 155
Cabría aun complementar lo que Arneson i ndica añadiendo que no so lo
podemos ver en un distinto tapete a quienes p ert enezcan al grupo qu e queramo s
beneficiar, sino que si no tenemos ningún argumento para hacerlo es porque este no
ha sido aún adecuada mente buscado.
Una postura como la aq uí caracterizada p or Arneson no sería aceptad a por el
propio Nozick. Sin embar go, este argumenta de un modo que la po sibilit a.
c) Necesidad de aceptaci ón social de la filosofía
Nozick va a apelar a otro motivo distinto para no tener en cuen ta este
argumento. Partirá del hecho de que l a mayor ía de la gente (inclui do él mismo)
155 Arneson, Rich ard J., “ What, if Any t hing, Renders All Huma n s Mo r a ll y Eq ua l ” , in
Jamieson (ed.), Singer an d His Critics , 103-28, p. 1 24.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
142
asu me la s actitudes es pecistas como algo evi dente y necesario. En base a esto,
afirma Nozick que las opiniones de l os filósofos morales no serán tenidas en serio
mientras no prueben l a existen cia de una dif er encia moral mente rel evante ent r e
humanos y otros animales. 156
Este argu mento ter mina con l a po sibilidad d e reflexio nar más allá de l o
comúnmente aceptado. Ahor a bien, las opiniones i mperantes puede n incurrir en
contradiccione s flagr antes. Ac eptar el pl antea miento de Nozick en este punto
supone cerrar toda posi bilidad de mostrar tales inconsistencias y, en consecu encia ,
de corregirlas. Ello puede quizás resultarnos confortable y fácil de asumir a corto
plazo. Pero implica, en realidad, renunciar a l a reflexión.
Por otr a parte, la r enu ncia a cuestionar contr adicciones nor mativas entraña
consecuencias que antes o después resultan inaceptable s. Para mos trar lo, cabe
incidir aquí en una idea que se repetirá a lo larg o de esta inve stigación: los distintos
ejemplos de actitud es ampliamente suscrit as en el pasado que hoy en día much a
gente con sidera in justifi cables, co mo el raci smo y el sexis mo. De haber se aceptado
en su momento el plan teamiento que d efiende aquí Nozick, nunca habrían sido
contradichas. Con todo, pode mos ver como muy positivo que ta l cuestionami ento
haya tenido lugar. En cualquier caso, incluso sin recurrir a ejemplos de este tipo
tenemos motiv os par a rechazar un a autoc ensur a del pen samiento co mo la qu e aquí
defiende Nozick , que re sulta cognit ivam ente irracion al.
d) Acusación de degradar a much os seres huma nos
Algunos autores, como Richard Nor man y Leslie Francis, 157 arr emeterán
contra este argumento por considerarlo ofensivo para muchos seres hu manos.
Posner ha explicado est a idea, sosteniendo:
156 Nozick, “Do A nimals Have Rights?”, p. 307.
157 Francis, Leslie & Norman, Richard, “S ome Ani mals Are More Equal th a n Others” ,
Philosophy , 53, 1978, 5 07 -27. Francis y Norma n conside rar án as imismo of ensiv a la
Distintas defensas del antr opocentrismo
143
If we f a il to ma intain a br ight lin e b et ween an ima l s an d
human beings, we may end up treating human being s a s badly
as w e tre at an imals , rath er than tr eating animals as well as we
treat (or aspire t o treat) hu man beings. Equation is a transitive
relation. 158
Cabría responder t al vez que el objetivo de quienes plantean e ste argumento
es ciertement e diferent e. Co mo señala Waldau:
It is not mere ly the inclus ion of all humans tha t is th e
target of antispe ciesism adv ocates. Rather, the prob lem is th e
exclusion of all o t her animals s olely be cause the y ar e not
members of the human species. I t is the concentration on the
speci es line as the b ord er of moral co nsid erabili ty that has led
to the charge that membership in the human species has been
the real criterion for det er mining which a nimals are valued. 159
Pero habr ía algo más que decir a este respect o. Lo cier to es que, com o no
resulta difícil consta tar, son precisament e los pr opios defe nsores del
antropocentrismo quienes están excluyendo (incluso aunque lo hagan de un modo
tal vez inconscie nte) a quienes pertene cen al amplio colectivo de seres humanos
que no cumplen los criterios que ellos mismos han planteado como relev antes. Y no
solo eso: la ú nica a ct itud auténti camente r espetuo sa po sible con estos ser es
humanos es justamente destapar e ste hecho y mostrar los motivos que o casionan su
exclusión ( la apela ción a la racio nalidad, el l enguaje o facultade s r elacionada s
como moralmente relevantes), para proc eder a su supr esión, con todas la s
comparación de la l iberación animal y la de los c olectivos humanos desf avorecidos,
enten dien do que triv ializ a esta últi ma.
158 Posner, “Animal Rig hts”, p. 61.
159 W aldau, Paul, “Speciesism: Historical Views”, in Bekoff & Meaney (eds. ),
Encyclopedia of Animal Rights and Animal W e lfare , 321-22, p. 321.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
144
consecuencias que ello tenga. Así, son c uriosamente aquello s y aquel la s que
critican el antr opo centr ismo quiene s realm ente acuden en ayuda d e todo e ste
colectivo de seres humanos excluidos i mplícitamente por los criterios
antropocéntr icos, al opo nerse a estos. Cierta mente, la r elación que el argumento
plantea es bicon dicio nal. P ero la asunción de que se ha de privar de con sideración a
los animales no human os (de donde se deriva ría también la exclusió n moral de
ciertos humanos) no s ol o no está implícita en el argumento, si no que es
precisamente defendid a por quiene s critican e ste. Por ot ra parte, e s impo rtante tener
en cuenta qu e no es el argumento el que crea l a relación bicond icion al qu e señala:
lo que este hace es, si mplement e, mostr árnosla.
e) Acusación de degradar a los animale s no humanos
John Rodman ha sostenido que el uso de este ar gumento supon e una
degradación de los animales no hu manos. Mediante él, argu menta Rodman, estos
son comparado s a seres humanos carente s de ci ertas capacidades. E llo resulta
análogo, dice Rodman, a si dijésem o s que las mujeres equivaldrían a hombres
incompletos o de fectuosos, por car ecer de al gunas de las caracte rísticas que
normalmente los ho mbres poseen; o los h umanos a cetáceos de fectuosos, por estar
privados de sónar. 160
De hecho, e sta línea d e crítica a sume lo q ue se supone qu e el ar gume nto
pretende cuestionar. Si los animales no hu manos son degradados al ser comparados
con los hum anos que n o poseen ciertas capa ci dades, ello conllev a que la car encia
de estas es algo d egradante. Per o si la pos esión de tale s capacid ades re sult a
moralmente i rrelevante ( como s e intenta mostrar mediante el uso del argumento),
entonces no hay razón para pensar que es to sea así. 161 El supuesto en que se bas a
160 Rodman, John, “The L ibe ration of Nature?”, Inquiry , 20, 1977, 83- 131, p. 94.
161 Curiosamente, acaba Rodman concluy e ndo que no existe ning una obligación para qu e
abandonemos el uso de ani males no hum a nos –se opone a su do m esticación, mas no a su
Distintas defensas del antr opocentrismo
145
Rodman para crit icar el argumento es preci samente un a de las id eas que el
argumento viene a cue stionar.
3.3. 5.2. Respuestas que no aceptan el argumento de la superposición de
especies
a) Negación de las difer encias
William Paton responderá al argumento afir mando que la existencia de seres
humanos con diver sidad funcional intelectu al es puramente accidental y que futuro s
adelantos médicos eliminarán tal problema (poniendo como ejemplo el caso del
cretinis mo, para el que, i ndica, fue encontr ada l a cura en la década de 1890). Dir á
así:
W e could indeed assert strictly the re are no
“h opeles sly ” def ective human b ein gs. 162
Respuestas semejantes, aunque puedan r esultar lla mativas, han sid o dada s
también, con alguna va riación, por otr os autores. De e ste modo, H. J. McCloske y
afirmará
It is s eldom th at we c an say with conf idence t hat t here
is not potentiality for sanity and moral autonomy . 163
consumo (véase ibid., p. 106) – , pero sin aña dir que el uso de los seres humanos que
teng an capac idad es equiv alentes a las de estos sea igualmen te adm isible. As ume así las
prescripciones prácticas que el argumento de la superposición de especies cues tiona como
especistas. Con esto nos encontramos con que en re a lidad Rodman acaba dis criminando,
y, con ello, degradando a los animales no humanos, no por utilizar este argumento, sino
por no considerar q ué cr iterios han de s er relev antes a la hora de ten er i nteres es que
respetar, algo que pre cisamente el argumento ay uda a ver.
162 Paton, W illiam, Man and Mouse , Oxford University Press, O xford, 1984, p. 33.
163 McCloskey , Henry John, “M oral Rights and Animals”, Inquiry , 22, 1979, 23- 54, p. 42.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
146
No parece que un argumento a sí vaya a permitir saldar la cuestió n. L as
razones que este alega no resultan en absoluto convincentes. ¿Pued e ser que en un
futuro llegue el día e n el que no nazcan h umanos con div ersidad fun cional
intelect ual o mental? E sto parece, com o mínimo, contr overtido. Pero, en cualquier
caso, lo más importante es que, aun si efec tivamente Paton estuviese e n lo cierto y
ese día fuese a llegar , en este momento con cret o la situación e s otra: hoy en día
existen efectiva ment e seres hu manos privado s de las capacidad es citadas. Par a
muchos de ellos, pace Mc Closkey, no exi ste posibilidad alguna de llegar a ser
autónomos en el s entido asu mido por qui en es defien den esta capacidad co mo
criterio para establecer una diferencia ció n moral. E l problema queda, por lo tanto,
todavía abierto.
Para terminar, no d ebemos olvid ar que, incluso aunque ning ún h umano
tuviese div ers idad funcional alguna, h abría aú n humanos qu e carece rían d e las
capacidades señaladas: los bebé s. El argumento que Pat on y McC losk ey esgrimen
los deja de lado.
Jon Wetlesen ha intentado dar una solución distinta en este punto m e diante la
introducción de la que, en su opinión, sería la diferencia entre “ability” y
“ capability ” . De a cuerd o con Wetlesen, el pr i mero de est os tér minos signific aría la
capacidad de algo, mientras el segundo de ellos denotaría la posibili dad de ser
capaz de algo. P or “capabil ity” se entend erí a así la posibil idad d e tener una ciert a
“ability”. Y lo moralmente relevante, en opinión de Wetlesen, n o sería la posesió n
de una cierta capacidad, sino la de la posibilid ad de esta. L a cuestión, pues, sería si
los seres humanos que no poseen ciertas capac idades – “ abilities” – po seerían, sin
embargo, la s “capabil iti es” vinculada s a ellas. Esto es, si, a pesa r de n o poseer de
hecho ciertas capacidad es, poseer ían la po sibilidad de pose erlas. Segú n Wetlesen ,
no pode mos real mente saber si ello es a sí: p uede ser que esto s ser es hu manos
carezcan tanto de la s capacidade s como de la p osibil idad de tenerla s, o puede q ue
Distintas defensas del antr opocentrismo
147
aú n mantengan esta últ ima. De este modo, pr opone Wetlesen que le s demos el
beneficio de la dud a. 164
Un argumento co mo est e parece cierta mente po br e. El propio Wetlesen dice:
Admit edly, this is a somew hat ad hoc assumption. Even
if it is not a good scientific explanation, how ever, it may be a
good moral reason. 165
Se trata a todas l uces de un r ecurso ing eniado con el fin de parchear
consecuencias no des eadas de una posición qu e, por lo de más, disfrut a del apo yo
de Wetlesen. Ello puede llevarnos a sospechar que probable mente constitu ya un
mal argumento. Es ciert o que no e s algo que t enga que i mplicar necesari amente que
así sea. Sin e mbargo, cu ando se analiza la cue stión se descu bre que e fectiva mente
es así. En primer lugar, la distinción entre “ abilit y” y “capability” no es
completamente clara en términos prácticos. En segundo lugar, incluso si la
aceptamos acrí ticamen te, encontramos que la solución de Wetlesen sigue
resultando muy cue stionable. Si habl amos de capacidade s cuya posició n puede ser
confirmada em p írica mente, encontramos que muchos seres hu manos no solo no
poseen ciert as capacid ades, sino ta mpoco la po sibilidad de t ener las. L a diferencia
entre la po sesión d e un a cierta “capab ility” y su cor respondi ente “abili ty” se dar ía
únicamente en la medida en q ue algún factor contingente i mpidiese que una
facultad poseída de he cho por ciertos sere s humanos pudies e ser ejerc ida por estos.
Ahora bien, si es así, es claro que muchos seres humanos no po seerán determinadas
“capabilitie s” que autores co mo Wetlesen ent i enden como relevantes. E l propio
hecho de que Wetle sen tenga qu e asumir qu e no pode mos saber si estos seres
humanos las poseen o n o muestra esto. D e este modo, cabe concluir qu e la posesión
de una cierta “ capabili ty” no es susceptible de ser comprobada. P asa mos a sí a
asumir una po sición de tipo metafísico cu ya plausibilidad n o tene mos forma algun a
164 W etlesen, Jon, “The Moral Status of Being s Who Are Not Persons: A Casuist ic
Argument”, Envi ron men tal Valu es , 8, 1999, 287-323 , pp. 301-2.
165 Ibid., p. 302.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
148
de comprobar . Revisare mos las po siciones de este tipo más adelant e (y veremos
entonces que ha y razones de pe so para con sider ar que estas no se encuentran
justif i cadas). Por lo de ahor a, valga decir que no pod emos con siderar que una
solución co mo la de Wetlesen reali ce real mente una ap elación a l a pose sión de
ciertas capacid ades cu ya pose sión result a co mprobable.
Cabe indicar, final mente, que no se puede soste ner con éxito una po sición que
trace un dominio moral sobr e la base de la posesión de ciertas capa cidades sin
poder dar cuent a de hecho de que tales capaci dades sean e fectivame nte po seídas
por aquellos en torno a los que tal dominio se traza. Por este moti vo hay que
concluir que, si su explicación no es una buena explicación empírica, no podr á ser
una bue na explicación m oral en modo alguno, como sugiere Wetlesen.
b) Negación de la utilid ad del uso de sere s humanos
Jan Narveson plantea el siguiente argumento para distinguir l a situación de
los seres humanos con diversidad funcion al intelectual o los niños de la de los
animales no h umano s:
1) There is an evident pr oblem about the treatment of
what I have ca lled “ marg inal cas es” on t his v iew, of course:
infants, the feeble - mind ed, and the in capacita ted are in
vary ing degrees in the positi on of the animals in relation to
us, are they not? True: b ut the situa tion is v ery different in
several way s. For one thing , we generally ha ve ver y littl e to
gain from treating th e m well. F or another, margin a l humans
are invariably members of families or members of other
grouping s, which makes them the obje ct of love and
inter est. 166
166 Narv eson, Jan, “A nimal Rig hts Rev isited”, in Mi ller & W illiams (eds.), E t hi c s and
Animals , 45-59, p. 58.
Distintas defensas del antr opocentrismo
149
2) Various animals have much to of fer us whi ch
motiv ates imposi tions o n them : th e culin ary interest, o f
course, but also in furs, etc. Apart f rom the special case of
medical experimenta tion there is no comparable sy stem atic
interest in marginal huma ns. 167
De este modo, lo único que distinguiría la situación de uno s de la de ot ros
sería el i nterés q ue teng amos en su explotaci ón. S e apela a la circunsta nci a práctica
de que no tenemo s interés en usar a ningún se r humano. Esta asunción no e s ya
dudosa, sino claramente falsa. Los seres human os son susceptible s de ser util izados
en prácticas en las que hoy día se usan animales no humanos. Y, en realidad, lo han
sido en el pasado y lo continúan siendo hoy (los experimentos realizados con
prisioneros en Alemani a durante la Segunda Guerra Mundial son solo un ejemplo
de ello). De hec ho, expl ícitamente r econoce Na rves on que en est e ámbito sí podría
resultar de utilida d tal empleo. 168 P aton ha intentado destac ar una diferen c ia en este
punto, señalando que
as a practica l point, it is unlik ely to be r egarded as
scient ifica lly satisf actory that whatev er exp eri men ts do n e
sho uld be done, not on normal adult organisms, b ut on the
infantile, congenitally defic ient, senile, or dise ased. 169
Sin embargo, e sto par ece ser una racion aliz ación dirigi da a justificar el
empleo de no hu manos censurando el d e humanos. Es pr esumible que el o rganis mo
167 Narveson, Jan, “On a Case for Anima l Rights”, The Monist , 70, 1987, 31-49, pp. 46-
47.
168 Tiene en mente est e autor otros us os, como el cu linario, pero incluso e n un caso co mo
este se podría r ecordar que muchas so ci edades hum anas han sido antropófag a s, de manera
que, ni aun llev a ndo el ar gumento a lo que se tend rí an por extre mos, se ve este libre d e
répli ca.
169 Paton, Man and Mouse , p. 33.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
252
mor de las otras variab les que han deter minado en el pasado y en el presente su
constitución, que han dado por re sultado pr ocesos evolutivos opues tos), han de
enfrentarse a problemas o situaciones muy semejantes o inclu so coincid entes. Y, en
tales situaciones, las soluciones aportada s a estos proble mas resultan ,
funcionalmente, de una gran se mejanza, incluso entre seres que gua rdan escaso
parentesco ent re sí. E s este el caso de la s lla madas con vergen cias evo lutivas. Par a
mantenerse en el aire, tanto los insect os como lo s murciélago s o las aves han
de sarrollado si stemas semejant es. Co mo ta mbién la for ma de la s patas delanter as
de un topo nos recuerdan en todo a la s de un gr illo por las similitudes p resentes en
las funciones que debe n cumplir en el medio en el que viven . Por no hablar del
parecido entr e escu álidos y cetáceo s. Ah ora bien, sabemo s que, pese a tal
coincidencia en lo fun cional, los mecanis mos mediante lo s que tales propi edades se
han desarrollado difieren profundamente entre si, por razón, como venimo s
insistiendo, de las diferencias bioquím icas y an atómicas previa s de las que par tían.
Este hecho h a sido r eferido por L aFoll ette y Shanks co mo asim et ría
causal/funcional ( “ causal/functional asymmetry ”) : 295 la no nece sidad de que una
determinada p ropiedad funcional de un org anismo implique un d eter mi na do
mecanismo cau sal . Est a asimetría pu ede ser formulada con t res r eglas bá sicas
bastante clar as y sen cillas que lo s propios LaFo llett e y Shanks for mulan :
i) De se mejantes propie dades funcionales biológicas no podemo s inferir una
semejanza e n los meca n ismos cau sales . 296 Esto ser ía precisament e lo qu e ocur riría
en los anteriores eje mplos, y básic amente en cada ca so de convergen cia evolutiva.
Una misma solución a un mismo probl ema se origina a partir d e distintos
mecanismos. Ello no quiere decir que los organismos que han dado lugar a estas
presenten idénticas estr ucturas. Los recursos utilizados varían, el resultado
coincide.
295 Ibid., pp. 99-101.
296 Ibid., p. 100.
Distintas defensas del antr opocentrismo
253
ii) De diferencias entre mecanis mos causales no podemo s inferir diferente s
propiedades funcionale s . 297 Esta regla no sería m ás que una implica ción de la
anterior . Si puede haber un a convergencia de ca racterísticas funcional es sin haberla
de las estructuras bioló gicas que las originan, es obvio que, ante una disi milaridad
de mecanis mos cau sales no vamos a e star en situ ación de con cluir ni una
semejanza, ni un a difere ncia de funciones cubi ertas.
iii) De semejante s mecani smos causale s sí pod emos inferir una semeja nza de
propiedades funcionale s . 298 Ahora bien, aquí ca be apuntar una últi ma c uestión, y
de una r elevancia difíci lmente de spreciable. Y es qu e, si bi en r esultados an álogos
podían ser debidos a diferentes soporte s biológicos, si la si militud se da en los
propios mecanismos el r esultado solo pued e ser coincidente.
Es así como LaFollette y Shanks nos facilitan una explicación de por q ué los
sistemas receptores de dolor y, más generalmente, la constitución física que nos
permite ser consciente s n o tienen por qu é ser iguales en cada s er: puede haber
variaciones que, con todo, ocasion en los mismos efectos.
En consecuencia, podemos concluir que tenemos razones fisiológic as para
pensar que muchos animales no humanos pueden tener experi encias positivas y
negativas, que las posibles objeciones n o acaban de rebatir.
3.5.1.3.4. Lógica evolut iva
La constitución fisiológica que tenemos los organismos vivos viene dada en
función de los di stintos proble mas y retos c on los que nue stros an tepasados y
antepasadas se en contrar on en su momento, por constituir una solu ción a estos. A sí,
los animales tenemos aparatos dige stivos porque nos nutrimos de mater iales
297 Ibid., p. 101.
298 Ibid.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
254
externos qu e necesit a mos tran sformar en sustan cias nutr itivas. O ten emos
determinados sentidos, como la vista o el oído, par a manejarnos en nu estro medio.
Todas estas cara cteríst icas han apar ecido y han sido trans mitidas a t ravés de
generaciones debido a su utilidad para la supervivencia: aquello s organis mos que
las han poseído ha n estado mejor c apacita dos y capacit adas par a pasar su
información genética a otros seres (su descen dencia).
Pues bien, la cu estión en el caso de la consci encia r adicará en c uáles s on las
circunstancias que hacen que sea algo que h aya podido surgir a lo largo de la
evolución natural. En o tras palabras: ¿por qué ha sido seleccionada la consciencia
como una solución úti l? Lo que n os ll eva a la si guiente pregunt a: ¿en q ué punto e n
la evolución natural es r azonable pen sar que la consciencia apare ce? ¿Qué ti po de
seres será, en con secue ncia, razonable p ensar que son con scientes de acuerdo con
el rol que la con sciencia pueda jugar para pres ervar y, más aun, hacer posible su
existenci a pr ecisamente en función del tipo de seres que son?
En relación a esto, un especialista en el tema de la bas e fisiológica de la
consciencia, António D amásio ha indicado:
Survival depends on finding and incorporating sources
of energy and on prev enting all sorts of situations which
threaten th e integ rity o f liv ing tissues . I t is certainl y true that
without actions organisms such as ours w ould not surviv e
since the sources of energy required for renewing t he
organism’s structure and mainta ining life would no t be found
and harnessed to t he ser vice of the org ani sm, ne ver mind
staving off environment al dangers. But o n their own, w ithou t
the guidance of i mages, a ctions would no t take us far. Good
actions need the comp a ny of good images. Images al low us to
choos e among repertoir es of prev iously available pattern of
actions and optimize the delibery o f the chosen action – we
can, more or less deliberately , more or less automatic ally,
rev iew men tally the imag es w hich rep resent dif ferent op tion s
of action. We can pick and choose the most appropriate and
Distintas defensas del antr opocentrismo
255
reject the bad ones. Images also allow us to in vent new
actions to be applied to novel situations and to c onstruct plans
for f ut ure act ions – the ab ility to trans fo rm an d comb ine
images of actions and scenarios is the wellspring of
creativ ity . 299
La conscien cia habría así sido selec cionad a en la historia natur al por
constituir una herra mienta excelente que propo rcionaría una ventaja considerable a
la hora de adaptar nuestr a actividad a los desa fíos de nuestro entorno:
Eff icient management of life regulation depends on
taking the right action, and, tha t, in turn, can be greatley
improved by purposeful preview and manipulation of images
in mind and optimal planning. Cons ciousness allowed the
connection of the two disparate aspects of the process – inner
life regulation and imag e making. 300
Tenemos, así, argu mentos convincente s para d a r cuenta de lo s motivos por los
que muchos animales no humanos son conscientes. La consciencia es una
herramienta poderosa que hace posible dirigir de modo integrado num er osas
actividades que posibil itan una existen cia que requiere re spuestas c omplejas al
medio:
Consciousness opens the possibility o f constructing in
the mind some count erpart to th e regulatory speci fications
hidden in the br ain core, a new way for the li fe ur ge to press
its claims and for th e organism to act on th em. Consciousness
is the rite of pass age whi ch allows an org a nism armed wi th
the abili ty to reg ulate its metab olism, wi th inna te reflexes ,
299 Damásio, An tónio R., Th e Feeling of What Happens: Body and E motion in th e Makin g
of Consciousness , Harcou rt, San Diego, 1999.pp. 23 -24.
300 Ibid., p. 24.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
256
and with the form of learning known as conditioning to
become a minded organism, the kind of org anism in which
responses are shaped by a mental concer n over the
organism’s own life. 301
Vemos, pues, que cuando partimos de una perspectiva evoluc ionista
comprobamos que hay ar gumentos de peso para reafir mar lo ya apuntado de
acuerdo a criterios ante riores. Lo que se deriva de todo ello es, pues, que tene mos
argumentos de pe so par a considerar que un gra n número de ani males no hu manos
son seres con scientes.
3.5.1.3.5. Conclusión
Tener exper iencias positi vas y/o negativa s parece cier tamente un cri terio a la
vez suficiente y necesar io par a ser consider able moral mente. P ero tene mos fuertes
razones para de fender que no es satisfecho solo por los seres hu manos, sino
también por muchos otr os animales. Ante estas, la a cusación de antrop omorfismo
se viene abajo. E xpone estas Rollin al afir mar:
It is not the people w ho impute pain t o animals who ar e
anthropomorphic; they ha ve good evolutionary, physiological
and behavioural reasons to do so. It is, rathe r, those who deny
pain to animals on the gr ounds tha t their behav i our is unlike
ours who are anthropomorphic; for who else besides s omeone
guilty of t he grossest anthropomorphism woul d expect
expressions of animal fee ling s to be precisely like ours . 302
301 Ibid., p. 25.
302 Rollin, The Unheeded Cr y , pp. 146-47.
Distintas defensas del antr opocentrismo
257
Hemos repasado los indicadores a los que Rollin se refiere. Y pudimos ver, al
hilo de lo que estos no s indicaron, que l a actitud antropomor fizante no la muestran
quienes, a la luz de razones como las expuesta s, reconocen la posesión de
determinadas facult a des (incluyendo fundament almente la de sufrir y disfrutar) por
parte de los animales no humanos. Como vi mos, la defensa de que los ani males no
humanos tienen experiencias conscient es no se asienta en afirmacione s dudosas,
sino en una apr oximación rigur osa a los he chos y explicacione s disponible s.
Afirma de nuevo Rollin:
Ther e is nothin g mys tical in attribu tin g men tal s tate s to
animals. Mental states a re just like any othe r theoretical
entity , not dire ctly observ able but ha ving explanat ory a nd
predictive po wer. 303
Considerado esto, viendo las evidencias pr oporcionadas mediante los
anteriores argumentos, cabe concluir que la ne gación de la posibilidad de que lo s
animales no humanos puedan poseer experienci as estaría incurriendo en una visión
reduccionista qu e, fren te a la presenci a de dato s coincident es para expli car un
mismo fenómeno en casos distintos aceptaría solo la posibilidad de afirmarlo en
uno de ellos, sin más criterio que la presencia d e individuos hu manos implicados en
un caso y no en el otr o. La conclusión, pues, será la que ha s eñalado (tras su
proceso auto crítico) Michael All en Fox:
W e share with al l sentient being s the capacity to suffer,
and hence with all an interest in not being caused to do e ither
or both. 304
303 Ibid., p. 204.
304 Fox, M ichael Allen, D eep Veg etarian ism , T emple Univ ersity P ress, Philadelphia ,
1999, p. 82.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
258
A este respecto e s imp ortante acl ar ar que, sin embargo, co mo se ha referido
ya, toda un a serie d e ani males carec en de l as caracter ísticas qu e pode mos
considerar rel evantes (e ste parec e ser con clar idad el ca so de ani male s como lo s
protozoos o los espongiar ios y cabe la po sibilidad que t ambién e l de otros
invertebrados). Así, au nque hablamos aquí de l reino animal co mo fronter a en un
sentido amplio, e s claro que esto s animale s carecen de la nece sidad de ser obj eto de
atención moral. En rigor, parece que, aun int roduciendo esta aclaración,
de beríamos hablar de una parte o de un gran núm ero de ani males no humanos,
puesto que es a ellos a q uienes nos re ferimos, más que de los ani males no humanos
en general. (E xisten, sin e mbargo, razone s para que optemos por no r emarcar tal
puntualización. Esta s son, en primer lugar, de carácter co municativo, para ha cer
más sencilla de exponer la idea que queremos tr ansmitir. Y ta mbién, por otro lado,
de tipo estratégic o, debido a l a existencia, a l a que he mos hecho ya alusión, de
distinciones especista s –muchas de ellas d e ra íz antropocentr ista – ent re especies
distintas de l a hu mana. 305 De esta forma, si hablásemo s de “algunos ani males no
humanos” o incluso de “ la mayor parte de los animales no humanos”, podr ía darse
pié a entender qu e nos r eferimos no al conjunto de los animale s con la c apacidad de
sufrir y disfrutar, sino s olo a un cierto grupo de ellos dentro de este).
3.5.2. Capacidades inte lectuales complejas
Se afirma en ocasione s que l a pose sion de ca pacidade s intelect uales de una
cierta co mplejidad r esul t a moralmente relevante. E sta idea p uede ser de fendida de
dos modos distintos. En primer lugar, se ha i ndicado que para ser cons ciente es
preciso poseer capacidades intel ectuales de una cierta compl ejidad. De a cuerdo con
esto, su carencia signi ficar ía no se r susceptible de perjuicio o beneficio alguno. En
segundo lugar, se ha afirm ado también que incluso si la poses ión de tales
305 Incluso autores y autoras considerados import antes entre quienes han cuestionado el
antropocentrismo han traz ado distinciones en este s entido. L o veremos más adelante.
Distintas defensas del antr opocentrismo
259
capacidades no e s nec esaria par a ser con scie nte, quiene s las posee n resultar án
mayormente con siderab les. Exa minare mos a conti nuación ambo s argumentos.
3.5.2.1. Consciencia y capacidades intelectual es
La afirmación de qu e solo los humanos poseerían las capac idades
intelectuale s que r esultar ían precisa s para s er c onsiderado s seres con scientes vi ene
de lejos, habiendo sido sostenida en particul ar por Descar tes. 306 He mo s v i st o ya el
modo en que este afirmó que los animales no h umanos vendrían a ser una suerte de
autómatas mecáni cos in capaces de ten er exper ien cias de ningún tipo, y cómo tales
afirmacione s pueden ser rebatidas. P arece qu e lo s requisitos p ara estar dotado de
consciencia son mucho menos estrict os de los que el plantea miento cartesiano
exigiría. No es así extra ño que un autor co mo Damásio ha ya rechazado firme mente
tal visión, apuntando qu e
not infrequently , consci ousness is simply explained in
terms of other cognitiv e functions, such as languag e,
memory , rea son, attention, and working m emory. W hi le such
functions are indeed nece ssary for the top tiers of extended
consciousness to operate norma lly , the stud y o f neurol ogical
pa tie nts sugg ests tha t they are not required for core
con sci ousness. 307
Para poseer capacidad es co mo las mencionada s necesita mos ser consc ientes.
Pero el inver so no es el caso. La cons ciencia, señala Da másio, tien e lug ar a un niv el
mucho más básico. T ener ciertas capacida des i ntelectuales compl ejas no es un
requisito par a ser cons ci ente.
306 Para una defensa contemporánea de pos iciones co mo las cartesianas v er Carruthers, La
cuestión de los animales , por ej emplo, pp. 172- 73, 192 y 194.
307 Damásio, The Feeling of What Happens , p. 18.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
260
3.5.2.2. Intereses y complejidad
El segundo tipo de argu mento de fiende que la complejidad de la s capacidades
intelectuale s significarí a la posesió n de intereses más significati vos. 308 Sin
embargo, no está claro que esta conexión pueda sostenerse. Co mo indica R obin
Attfield:
308 En ocasiones se presenta esta idea introduci endo un paso intermedio en la
arg ument ación: l a apelac ión al h ech o de s er un “s er complejo ”. Así, el argumento
procedería como sig ue:
1. Aqu ellos s eres qu e ti enen cap acid ades i nte le ctu ales complej as s on s eres co m plejos .
2. L o s ser es comp lejo s t iene n inter eses m ás s ig nif icativ os.
3. L a satisfacción de los intereses más signif i cativos debe tener prior i dad.
4. L a satisf acción de los inte reses de los ser es más co mple jos deb e ten er pr ioridad .
Una variación del argumento que si tu aría la r elev anc ia mo ral d irect amen te d e la
complejidad, sin la apela ción a los intereses m ás signif i cati vos, proc e dería como s igue:
1. Aqu ellos s eres qu e ti enen cap acid ades i nte lect u ales compl ejas s on s eres co mplejo s.
2. L a satisf acción de los inte reses de l os seres más co mplejos debe tener pr ioridad.
Estos argumentos son cuestionables. Al marg e n de los proble mas env ueltos en la supuesta
inf erencia d e interes es más sig nificativ os de la complej idad de l as capa cidad es poseídas ,
hay problemas relati vos a l a pro pia id ea de co mplejid ad. Est a, ap li cada en u n cont exto
como el presente, es bas tante ambigua y , de he cho, puede posiblemente constituir un
concepto que no es posible definir distintivamente. ¿Qué puede querer decir exactamente
ser un ser complejo? Quiz ás podemos tener solo una ca pacidad (por eje mplo, la vista) y
desarrollarla de un modo muy compl ejo. O tal v ez podemos tener un g ra n número de
capacidades muy simples organizadas conjuntamente de un modo complejo. Aparte de
esto, la segunda f orma del argumento i mpl icar ía as unciones acerca d el s ignif icado en
términos morales de la c omplejidad que estarían fundadas en r azones no morales s ino
metaf ísicas no v erif icables .
Distintas defensas del antr opocentrismo
261
The interests of an au tonomous creature should not take
preference when autonom y is not itself at stake. 309
Con esta a firmación se vendr ía a recha zar algo que o curre a menudo: que una
cierta caracter ística que pu ede ser relevante en ciertos ca sos es in vocada para
justificar una consideración desfavorable en casos en los que no resultaría de
aplicación. A la l uz d e est o, la a firmación de Att field qu e a cabamos de l eer
resultaría apropiada, pero sie mpre y cuando se cumpliese una condición: las
capacidades co mplejas deben ser considerada s única y exclusivamente cuando su
desarrollo está en juego de un modo moralmente relevante. Ahor a bien, de acuerdo
con ello, en el c aso de las diferenciacione s morales debemo s probar, par a tener en
cuenta a la complejid ad , que su desarr ollo o ejer cicio es algo que det erminará un a
diferencia m oralmente r elevant e con r especto a los interes es del ser que las pos ee.
¿En qué sentido, pues, cabe decir que tener es tas capacidade s o carec er de
ellas es relevante? Vere mos ahora do s respu estas posibl es.
a) Capacidades intelectuales complejas e intere ses más significativos
En ocasiones, se argumenta que los s eres dotados de c apacidade s más
co mp l ejas po seen cier tas caract erísti cas partic ular es que hacen que sus inter eses
tengan un peso mayor. Se aduce que la posesión de ciertas capacidades cognitivas
complejas influiría en nuestra posibilidad de experimentar sufrimiento o bienestar,
pues tales fa cultades p ueden generar nos , en ciertas situaciones de malestar, u n
padecimiento extra, dad o que al reflexion ar sobre nuestro sufrimiento o l a previsión
de estados futuros se mejantes nos angustiaremo s y padeceremos todaví a más. Esto
puede ocurrir , sin luga r a dudas. Sin e mbargo, debemos t ener en c uenta algo
importante: lo opuesto puede ser tam bi én el caso. Lo cierto es que tam bién la
capacidad de co mpren der nuestra situación pu ede hacer q ue, en to da o tra seri e de
309 Attfield, Robin, A Theory of Value and Obligation , Croom Helm, New York, p. 85.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
268
point d’autre ani mal, tant parf ait et tant h eureusement né qu’ il
puis se êtr e, que f asse le s emb lab le. 317
Esta afirmación resulta, obviamente, err ónea: hay seres humanos con una
diversidad funcional tal que les hacen i mposible el uso de un le nguaje. Pero esto n o
es lo único problemá tico en el planteamiento de la cuestión que realiza el f ilósofo
francés. Descartes pasa a concluir, a partir de lo ya indicado, lo siguiente :
Et cec i ne t émo ig ne pas seule men t qu e les bê tes on t
moins de raison que les hommes, mais qu’elles n’ en ont point
du tout. Car on voit qu ’il n’en faut que fort p eu savoir
parler. 318
Vemos que Descartes ar gumenta qu e los humanos se diferen cian de los demás
animales en el h abla y l a razón ( siendo esta so l o posible si a qu ella se da) . 319 No
debemos olvidar que D escartes viene a identificar aquí la posesión de consciencia
con la de ciertas capaci dades intelectu ales. De acuerdo con esto, lo que hace no es
negar que los no hu manos carezc an de ciertas capacidades intel ectual es, sino que
carecen de to da capacid ad en ab soluto a e se res pecto. Esto r esulta par ti cularmente
relevante por que, co mo he mos visto , De scartes a sume que de tal carencia se
desprende la imposibilidad de su frir daños o be neficios. 320
317 Des cart es, D iscours de la méthode , p. 57.
318 Ibid., p. 58.
319 Argumenta Descartes af i rmando que, a diferen cia de lo que ocu rriría en el c a so de u n
autómata con la forma d e un anima l no humano, uno que en todo se par e ciese a un
humano ni hablaría ni ra z onaría, por lo que sería distinguido como no huma no (ibid., pp.
56- 57). (Vimos y a su compa ración, precisa mente, de los animales no humanos con
autómatas).
320 De hecho, en f unción de esto po drí amos h aber dado cuenta de este ar gumen t o d e ntro
del apartado aquí dedica do a la idea de que los animales no humanos n o son seres
conscientes. Tanto por las conclusiones finales del argumento cartesiano considerado en
Distintas defensas del antr opocentrismo
269
Parece que es mucho l o que est á en juego, pues. Si el argumento cartesiano
tiene éxito las con secue ncias serán no tables. S in emb argo, parece que e se no será el
caso, pues este incurr e en una falacia fácil mente r econocible. E fectúa Descarte s
una negació n del ant ecedente falaz. Dad o A → B ( si un ser do mina un lenguaje,
entonces ese ser tien e c apacidades intele ctuale s) , deriva Descar tes qu e ¬A → ¬B
(si un ser no domina un lenguaje, entonces ese ser no tiene capacidad es
intelectuale s). De esta forma, la argu mentación que aporta para negar las
capacidades de los animales no hum anos queda invalidada.
3.5.3.3. F rey: i ntereses, prop osicione s y creen cias
Aunque de corte di stinto, la po sición de Fre y tiene muchos elementos en
común con la de Desca rtes. Su intención será mostrar q ue solo qu ienes poseen un
lenguaje pued en tener d eseos. E l argumento que pr esenta es el siguiente:
If interests are analy sed in t erms of desires and desires
at least p ar tially in terms of specif ied sor ts, then bein gs who
cannot form beliefs of the requisite sorts just do not have
desi re s. 321
El motivo por el que lo s animales no hu manos no podrían tener creencias l o
expondría Donald Davi dson al defender que
su conjunto, como por economía a la hora de presentar este de manera un itaria, podríamos
haber optado por haberlo hecho así. El motivo por el que aq uí se ha preferido dar cu enta
de modo separado de su alusión al leng uaje ra dica en que, pese a lo dicho, esto parece más
conveniente para poder presentar de modo conju nt o las propuestas que r ealizan una
apelación semejante, y as í hacernos una idea más ordenada de los dist i nt os argumentos
presentados a fav or del antropocentrismo.
321 Frey, Interests and Rights , 163.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
270
in order to have a belief it is necessary to have the
concept of belief. 322
y continuar so steniendo que “in oder to it one must have language”. 323 L o s
supuestos teóricos en los que se basa Davidson para afir mar esto son lo s siguientes:
1) Because of the fact th at beliefs are individuated and
identified by t heir relations to other b e liefs, one m ust have a
large number of bel iefs if one is to hav e any . Beli ef s support
one another, and give each oth er content. Be l iefs also hav e
logical relations to one a nother. As a resu lt , unl ess one’s
beliefs are roughly c onsistent with each other, th ere is no
identify ing the cont ents of beliefs. A degree of rationality or
consistency i s therefore a condition for hav ing belief s. 324
2) In these remarks, I am emphasizing the holism of the
mental, the extent to which v arious aspects of the mental
depend conceptually , and in fact, on each other. The re are, as
I hav e argued, no beliefs without many rela ted belief s, no
beliefs without desires, no de sires withou t beliefs , no
intentions without both be liefs and desires. 325
En opinión de t eóricos como Fre y y Davidson, desear algo es desear que el
e nunciado que describe el estado de co sas en el que tal de seo se cumple sea
322 Davidson, Donald, “Ra t ional Animals”, in L ePore, E rnest & M cL aughlin, Bri an ,
Actions and Events: Persp e ctives on the Philosophy of Donald Davidson , Basi l Blackwell ,
Oxford, 1989, 473-80, p. 478. En base a este argumento sugiere Davidson que la conducta
de los animales no hum anos podría ser explicada sin apelar a la consciencia, poni endo el
símil d e un misil g uiado p or sensor es tér micos (ibid. , p. 477).
323 Ibid.
324 Dav idson, Donald, “The Emergence of Thought”, Er kenn tnis , 51, 1999, 7-17 , p. 9.
325 Ibid., p. 10.
Distintas defensas del antr opocentrismo
271
verdadero. Y ell o solo va a ser posible en el caso de seres que posean un dominio
del lenguaje (pues sol o quien tenga este podr á distinguir si un enunciado e s
verdadero o fal so). Pero única mente lo s seres hu manos poseen tal domin io: por esta
razón, afirmará Frey, los ani males no humanos no pueden po seer intereses.
Hay tres pasos distintos en su argum ento. El primero, el que afirma que es la
capacidad de ten er deseos ( wa nt s ) lo que h a de decidir si un ser es o no
considerable moralment e. El segundo, que tal c apacidad es reducible a la de tener
creencias sobr e estado s del mun do posibl es en el futuro relativos a las necesid ades
y de seo s del pr opio individuo. El tercero, que la posesión d e tales creencias tien e
como requisito indispen sable el dominio de un lenguaje.
El primero de los pa sos resulta ciertamente cont rovertido. Distintas teorí as del
valor han defendido concepciones diferente s de lo qu e resulta estimable y
moralmente pr eceptivo . Una de ellas es f or mulable en función de preferencias, o
deseos. Si entend emos que Fre y utiliza el tér mino “want” de tal modo que i mplica
que su posición e s de tipo preferencialista, estar emos ante un criterio q ue podemos
considerar moralmente relevante en conformidad con lo qu e se h a señalado
anteriormente, aunque haya también otr as concepcione s rivales puedan r eivindicar
que son ellas l as qu e verd aderamente c apturan lo rel evante en l a idea de int erés.
Ahora bien, como ya se indicó más arriba, aquí no ne cesitamo s entrar en esta
disputa. Si aceptamos lo indicado acerca del concepto de interés y el argumento de
la relevancia, para qu e un cri terio sea un c andidato sólido a ser moral mente
relevante solo resulta necesaria una condición. Tal condición consiste en que tal
criterio se debe adecuar a una de finición amplia de los requi sitos para la posesión
de interes es co mo la formulada más arriba. Y el criter io prefere ncialist a sí satisfa ce
tal condición.
Para la cuestión que e stamos tr atando re sulta mucho más pro blemáti co, sin
embargo, el segundo su puesto. Este viene a i mplicar que para que podamos desear
algo debemos poder h a cernos una id ea de un estado de cosas en el que lo q ue
deseamos se ha ya cump lido. Tal idea no está muy clara. S in lu gar a d ud as es así en
ci ertos casos, pero no en otros. Podemos dar ejemplos de ello. Si estamos
padeciendo un su frimiento podemos de sear qu e este finalice sin necesidad de que
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
272
nos podamos hac er una idea clara de c ó mo puede ser la situa ción en la que
estaremo s cuando tal su frimi ento de saparezca. Alguien que haya p erm anecido to da
su vida en una silla de ruedas p uede d esear lleg ar a ca minar algú n día, a pesar d e no
poderse hacer en modo alguno una idea muy c lara de lo que ello pue de ser, pues
nunca ha tenido tal exp eri encia. Mucha gente c ree en la existencia d e un paraí so y
un infierno al que podrán ir en alma una vez hayan m uerto y desean poder i r al
primero, y no al segund o, a pesar de no t ener re almente ni l a más re mota noción de
cómo puede ser la exi stencia en t ales l ugares. E l pr opio hecho de que poda mos
estar hablando del d eseo de q ue algo ter mine y el concebir c ó mo puede ser nuestro
estado cuando ello s uce da revela que hay una d istinción entre desear y concebir un
mundo en el que ta l deseo fuese cumplido. El argumento de Frey mu estra que estos
pueden ir ligados, pero no prueba que haya de ser así siempre.
Con todo, v a a ser po sible mente el ter cero d e los paso s el más alt amente
problemático de todos. Como ya se ha apuntado, Fr ey tomará como base para darlo
la conocida propue sta davidsoniana de entender el conc epto de sig nificado en
función de la co ncepción sem ántica de l a verdad formulada por Tarski ( “p” es
verdadero si y solo si p) . 326 Co mo es sabido, indica Davidson que conocer el
significado de “p”, sup one saber bajo qué condicion es será el caso que “p” e s
verdadero, lo que en otras palabras, de acue rdo con la formulación de Tarski,
equivaldrá a decir bajo qué condiciones será el caso que p.
Se ha vertido mucha tinta a propósito de una noción tan resbaladiza com o es
la de signi fica do, sin que poda mos decir aún ho y que dispon emos de una
concepción perfecta mente sati sfactoria de est e concepto . No es n ec esario entrar
aquí a dar cuenta d e los distintos proble mas que una concepción como la de
326 Véase Tarski, Alf re d, “The Co ncept of Tru t h in F ormalized Languag e s”, in Logic,
Semantics, Metamathema tics: Papers from 1923 to 1938 , Hacket t, Indianapolis, 1983 ,
152- 278; y Davidson, D onald, Inquiries in to Truth and In te rpretation , Cl a rendon Press,
Oxford, 1984 (en particular la primera sección, de título T ruth and Meaning (pp. 1- 75) y
más en concreto el art ículo de mismo nombre “Tru th and Meaning ” , (pp. 17-36).
Distintas defensas del antr opocentrismo
273
Davidson puede implicar. P odemos quedarnos, simple mente, con un análisis del
argumento para la exclu sión de los ani males no humanos que la asu me.
El problema con que se encuentra una argumen tación como la de Frey es que
los resultados a los que nos lleve podrán ser correctos, en el caso de que lo sea n,
únicamente dentro del campo de aplicació n adecuado, cuando estudiemos como
son los fenómenos mentales de los individuos dotados de tal tipo de lenguaje. Frey
incurre en un a fal acia se mejante a aquell a en la que v imo s que caía el
planteamiento d e De scart es. Parte de qu e podemos afirmar que quie nes creen q ue
una proposición “p” es verdadera han de creer que es el he cho que p. Y de ahí
infiere que qui enes creen que es el h echo que p han d e cre er que una pr oposición
“p” es verdadera. En ot ras palabras, incur re aquí Fr ey en una a firmación del
consecuente falaz: de A → B, in fiere B → A. Y cuando lleg a aquí, de riva Fr ey ¬A
→ ¬B, esto es: que quienes no pued an creer que una proposición “p” es verdadera,
no podrán creer de hecho que p pueda dar se. Esto constituye una negación del
antecedente i gualmente falaz (al inferi rse de la anter ior afirmación d el consec uente
inválida). Lo que ocurre es que toma Fre y por una conectiva bicondicional una
ligación que es válida solo en uno de los sentidos. Puede afir marse que tene r a la
proposición “p” por verdadera supon e creer que p ocurr e (lo cual supone tener un
determinado dominio de un lenguaj e a través d el cual enunciar “p”). Pero de aqu í
no puede inferirse que, inversamente, creer que es el caso que p im plic a tener a la
pro posición “p” por verdadera. Que de lo primero se desprenda lo segundo no
supone que de lo segun do se derive lo primero.
Por supuesto, no sería im posible que la r elació n fuese de hecho bicond icional.
Pero no existe ningu na implic ación ne cesari a para que sea a sí . Y no tene mos
prueba alguna de que ello tenga qu e ser a sí en e ste caso: más bien, por el contrar io,
argumentos como lo s in dicados con ant eri oridad en lo r elativo a otra s capacidad es
de los animales no humanos muestran que ha y seres que no utili zan un lenguaj e
pero poseen, sin e mbargo, creencias. Al asdair MacInt yre, por ejemplo, va a
defender esta idea, ind icando q ue, en el caso de los animales no hu manos (por
ejemplo, en el de un animal que per sigue a otro que se desplaza de un lu gar a otro) ,
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
274
hay un r econoc imiento ru dimen tario de la distin ción
entre verdad y falsedad i ncorporado en l a for ma como
cambian las creenc ias del animal, siguie ndo los ca mbios en el
objeto percibi do. 327
En realidad, el argumento del que Frey e cha mano para oponerse a esta
posició n se reduce a afi rmar que, dado que te ner una propo sición po r verdadera
supone tener una creencia, tener una creencia h a de implicar tener una proposición
por verdader a. Así, in cur re en una falacia de afir mación del cons ecu ente. Esto le
lleva a concl uir qu e no poder tener una propo sición por ver dadera supo ne no poder
tener creencias, lo que constituye una negación del antecedente falaz, como ocurría
en el caso del ar gument o cartesiano.
Al margen de este erro r, es significativo por otra parte que descubra mos de
nuevo en un enfoque com o este otro ejemplo más de reduccionismo
antropocéntrico. Otra vez se da una confusión de la parte por el todo: s e pretende
que, para poder tener creencias, ha ya que tenerl as de un determinado modo (a la
sazón, caract erístico de gran nú mero de sere s humanos, aquellos qu e dominan un
lenguaje). Pero esto es asumido sin aportar ningún motivo para ello. S implemente
se parte de analizar la cuestión presuponie ndo ya tal punto de partid a. La única
base para as umir tal posición e s que aquello s a quienes se dir ige la arg umentación
(sus lectores) son ciert amente individuos que pueden formular su s creencias en
términos de enunciados tenidos por verdad eros. Pero de ello no s e puede deducir
que un sujeto que carezca de la posibilidad de formula r así sus creencia s no pueda
tener estas. 328
327 MacIntyre, Alasdair, Animales racionales y dependientes: por qué los seres humanos
necesitamos las virtudes , Paidós, Barcelona, 2001, p. 53.
328 A su vez, Stephen Stich ha presentado otro a rgumento que en cierto modo pu ed e
recordar a los de Frey y Davidson . As ume que p ara poder ten er in tereses es ne cesari o ten er
creencias. Añade a esto otro requisito: en su opi ni ón, podemos atribuir c ontenido a l a
creencia de un indiv i duo si tal individuo posee un a red de creencias sem ejante a la nuestra.
Se requiere un iso morf ismo en tre nues tras cr eenc ias y las de aqu el par a q ue po dam os
Distintas defensas del antr opocentrismo
275
Un argumento se mejante resulta apl icable para i ndicar qu e la red de creencias
que Davidson defiende que es preci sa para te ner una creencia no ti e ne por qué
coincidir con l a red de cr eencias que lo s seres h umanos a costumbr amos a ten er. La s
creencias de un perro no son las mismas que las de un ser humano, de modo que,
cuando ve a un gato r efugiar se en un árbol, el contenido de su creencia será
diferente del que tendr á la creenci a que yo pueda tener. Pero ello no i mpl ica que el
perro no tenga ninguna cr eencia en absoluto.
Cabe añadir, finalmente , que la mejor prueba de que un plantea miento como
el de Frey resulta confuso radica en el hecho de que no niega este autor que los
afirmar que efectivamente posee una creencia. De este modo, procedería su argumento,
como los animales no humanos no pueden tener u na red de creencias como la nuestra, no
puede decirse ta mpoco que t engan creenci as. Conforme a e ste argumen to, lo que m ás bien
cabría concluir es que n o pode mos saber exa ctamente qué es lo que creen aquellos
animales que no comparten nuestra red de creencias. (Véa se Stich, Stephen, “Autonomous
Psy chology and the B e lief - Desire Th esis ”, The Mo nist , 61, 1978, 573- 91; “ Do Animals
Hav e Beliefs ? ”, Australa sian J ournal of Philosophy , 57, 1979, 15- 28; y F rom Folk
Psychology to Cognitive Science: T he Case agains t Belief , MIT Press, Ca mbridge, 1991,
pp. 103 -5). Este arg ument o tampoco parece conv i ncente. El hecho de que un no humano
no comparta nuestra red de creencias no supone que no pueda tener creencias propias
(algunas de las cuales, o quizás muchas, serán compartidas por mu chos seres humanos ).
Una ar di lla q u e es capa d e u n p eligro s ubiéndose a un á rbol posiblem ente no co m parte
nuestra red de creencias. Sin embargo, no parece muy a venturado conjeturar que, cuando
asciende por el tron co del árbol hasta encaramarse e n un lugar seguro en é l la ard illa no
está actuando por azar. La ardill a ha decidio trepar por el árbol. Y lo ha hec ho aunque no
hay a subido nunca a e se á rbol en concreto. Parece ciertam ente que cree que si s ube por el
árbol podrá evitar el pe ligro que la acecha.
Un argumento muy semejante sería sostenido por Davidson para negar qu e los an imales
tengan creencias, al indic ar que “each belief requires a world of further beli efs to give it
content and identity ” (Davidson, “Rational Animals”, p. 475). Argumenta Dav idson
indicando que un animal no humano, a la vista de un árbol, no podría tener una serie de
creen cias genera les sobr e él – po r ejemplo, no podría tener el concepto de “e l árbol más
vi ejo a l a v ista” ( i bid., 474) – . L a réplica dada a S tich sería pro cedent e aquí t ambién.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
276
animales no h umano s posean la capacidad d e s ufrir y di sfrutar. Señ ala este autor
que esto sería aceptad o por “everyone exce pt rabid cart esians” 329 (señalando
además que estos últimos constituirían lo que llama “an extin ct species”). 330 Así ,
vemos que Fre y presenta un con cepto de in terés que, aun en el c a so de ser
aceptado, n o puede r esultar aceptable como moral mente r elevante, pues dej a de
lado verdaderamente la posibilidad recibir un perjuicio o un beneficio en un sentido
moralmente r elevante.
Casos humanos
i) El problema de la adquisición del lenguaj e. Regan ha dado otr o argumento
contra el modo de entender por parte de Frey la relación entre poseer un lenguaje,
tener creenci as y desear . Ha indi cado que si ac eptamos el ar gum ento d e este autor
tendríamos que concluir que aprender un lenguaje sería im po sible, pues la falta de
creencias pr evias ( así como d e deseo s) h aría que re sulta se un a tarea de
cumplimiento inalcanza ble.
A esta objeción, qu e par ece ciertamente de peso, ha respondido Leahy
afirmando que puede ser dejada de lado dando una explicación alt ernativa del
modo en el que surge el lenguaje:
The acquisition of a first l anguage, howev e r, requires a
diff erent explanation and there is no shor t age of ca ndidates.
Noam Chomsky has argued t hat chi ldren are born with th e
knowledge of univ e rsal principles of grammat ical structure.
This might appear to give comfort to Regan’s pre -verbal
beliefs but, upon inspect ion, does not. Ch omsky ’s principles
manifest themselves as an innate ‘determina tions’ or
‘predispositions’ requirin g no mediation of belief , a situa ti on
329 Frey, Interests and Rights , p. 163.
330 Ib id.
Distintas defensas del antr opocentrismo
277
not unlike the pec king habits of the newly hatched chicks,
although of a d iff e rent order of complexity . Another, even
more plausible, account is that the baby begins randomly to
imitate sounds, much like a parrot. When certain utterances
are reinforced by rewards it re sponds to these e ver more
predicably, much like r ats or pig eons in Skinner boxes, but
soon outstrips the animal s in l earning to replace be haviour
[...] with speech acts. 331
Con todo, este argumento no parece que vay a a tener éxito. Supongamos que
aceptamos la explicació n dada p or Cho msk y a l a pregunta sobre có mo es posible
que adquiramos un len guaje (aunque se podr ían presentar distinta s objeciones a
esta, la asu miremos para poder seguir c on el ar gumento). E l hecho e s que, aunque
tengamos una estructura predispuesta, seguimos necesitando dotarla llenando de
contenido, que e s lo que vamos haci endo segú n vamos adquiriendo competencia s
lingüísticas, de acuerdo con este enfoque. Sin embargo, no re sulta po sible llevar
adelante t al adqu isición si no pod emos tener creencias sobre los hecho s que tiene n
lugar en el mundo que podemos ir identifican do con expresiones lin güísticas, de
manera que e stas cobren signi ficado. Si la posesión de un lenguaje e s pr ecisa para
tener creenci as l os niño s peq ueños car ecerí an de e stas. Ocur rirí a que, c iertament e,
los niños pequeños simplemente i mitarían sonidos de manera aleatoria sin asignar
significado alguno a tales di cciones. Pero esto, en sí mismo, resultaría insuficiente
para poder llegar a aprender un lenguaje. Como el propio L eahy indica, para poder
aprender a uti lizar est e de for ma correct a, un a vocalización al eatoria n ecesita ser
reforzada o corregida por quienes tienen ya un do minio adecuado del lenguaje.
Pero sería imposible qu e los niños pudiesen ap render na da de tales cor r ecciones si
no fuesen ya de for ma previ a seres con scientes, con ciertas creenci as sobr e el
mundo, que pudiesen a sociar con la s expresione s corregidas previa mente proferidas
por ellos. Imaginemos, por ejemplo, que un niñ o pronuncia la palabr a “azul ” frente
a un coche rojo y un adulto le corrige diciendo “no, rojo”. Si el niño puede
331 Leahy , A gainst Liberation , p. 65.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
284
Por qué es cuestionable este argumento
Hay razone s para dud ar d e que la ar gumen tación de Leah y con siga su
objetivo. Es cierto que pode mos hablar y reflexionar sobre experienci as como el
dolor y que, de tal modo, algo como lo que Leahy lla ma un “complex social
phenomeno m” puede surgir alrededor de el las. Pero parece que se trat a de
experiencia s que ciertamente existen ante s de que podamos hablar de ellas; no
pueden ser reducidas a un fenómeno social/lingüístico. El dolor es un tipo de
experiencia que aquel los a los que se refier e Leahy como “animale s pre -
lingüísticos” también poseen. El hecho de que algunos de los seres que pueden
sentir dolor pueden también realizar algunas re flex iones sobr e ello es di ferente del
hecho de que pueda n experimentarlo. Sentir dol or es diferent e de reflex ionar sobre
el dolor. La reflexión sobre el dolor nos puede reportar sufrimiento a mayores (o
aliviarlo, como ya vimos). Per o este sería más sufrimiento a añadir al previamente
existente. Si tengo qu e pasar por un a operación quir úrgica sin anestesia sentiré
dolor. Si puedo también reflexionar al respecto sufriré también porqu e me sentire
angustiado por ello. No parece que lo que ocurra sea que experiment aré el dolo r
que sufriré durante l a operación de un modo di ferente e inten sificado, como Leah y
defiende. Si no he sido nunca capaz de apre nder un lenguaje y me rompo una
pierna no sentiré menos dolor qu e el q ue sentir é si me la ro mpo de hecho ahora.
Todo esto dejando d e lado otr a asunción dud osa que Leah y da por cierta: que
podemos tener el tipo de reflexiones sobre el su frimiento a las que se refiere solo si
podemos involucrarnos en juegos del lenguaje. Si esta mos dispuestos a referirnos a
modos determinad o s en los que tal reflexión puede tener lugar, puede entonces ser
cierto que ciertas formas de reflexión conllevan una implicac ión previa en procesos
sociales que para tener l ugar necesitan del len guaje. Ahor a bien, ta mbién será el
caso que otros tipos de pensamiento deter minados sobre el sufri miento,
seguramente menos complejos pero pensamientos de todos modos, no requieren
satisfacer t ales requi sito s co mplejos r especto a la socializació n en una comu nidad
lingüística . Pode mos imaginarnos exp eriment ando una experiencia dolorosa que
h emo s pasado o espera mo s pasar, y reflexionar sobre ella sin que tal proceso
Distintas defensas del antr opocentrismo
285
necesite satisfacer lo s estrictos requisitos exigidos por Leah y. El su yo no es un
argumento convincente para considerar que no sería posible que alguien fue se
capaz de i maginar se a sí mism a o mi s m o en tal situación si no hubiese aprendido
un lenguaje.
Podría mantener se que la afirmació n de Leahy en este punto má s bien
consiste en que in cluso aunque este sea el caso, el he cho de que una cierta
experiencia n o sea expe rimentada del modo en que lo son los fenómen os sociales
hace que sea sentida de un modo mucho menos intenso. Pero no hay ningún motivo
claro para que esto ha ya de ser así. No solu ciona el prob lema baja r el listón y
afirmar que una experiencia no lingüística del d olor no es qu e no s e dé, sino que se
da en un grado menor. Se ha defendido aquí q ue no hay razones para considerar
que el hecho de que un a experiencia se dé e n un contexto lingüí stico dote de un a
intensidad nueva al mo do en que se siente t al experi encia. La a firmac ión de que
ello sería compatible con la posibilidad de tener experiencias no lingüísticas torn a
esta tesis menos implausible, pero no proporc iona realmente un argumento a s u
favor más allá de esto. 346
Así las cosas, parece q ue he mos de contin uar teniendo por válid as las
conclusion es a las que h emos llegado en lo s anteriores apart ados, r eferidas a la
posibilidad d e ten er exp eriencias y a las capaci dades intelectual es de l os ani males
no humanos. El argumento de L eahy no parece r ebatirl as.
3.5.4. La posibilidad d e asumir responsabilid ades morales
Una defensa co mún del an tropocentr ismo basada en las capaci dades
individuales s e refiere a l a capacidad de efect uar reflexiones de tip o moral. Se
346 Puede cotejarse, por otr a parte, un pl anteamiento d e corte wittgensteiniano q ue l lega a
concl usiones o pu estas a las de L eahy en Pleasants, Nigel, “ Nonsense on Sti l ts?
W ittgenstein, Eth ics, and the L ives o f A nimals”, Inquiry , 49, 2006, 314-336.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
286
argumenta que solo qui enes sean capa ces de a s umir responsa bilidades pueden a su
vez ser re spetados co mo seres hacia qu ienes otr os pueden t ener deber es.
Este punto de vi sta po demos verlo r eflejado en la siguiente afir mación de
Kant:
Contando con toda nuestra experiencia, no conocemos
ningún otro ser capaz de o bligación ( activ a o pasiv a) más qu e
el hombre. De ahí que el h om bre no pueda tener ning ún debe r
hacia cualquier otro ser más que hacia e l hombre. 347
Esta posición ha sido de fendida también por Scr uton, quien a firma:
1) Because animals cannot deliberate and take no
responsibility for themselv e s and others, human b e ings f ind
no moral obstacle to breeding them with their future use in
mind. 348
2) The concept of th e person belong s to the ongoing
dialogue which binds the moral community . Creat ures who
a re by nature incapable of entering into this dialog ue ha ve
neither rights nor duties n or personality . If anima ls had rights,
then we should require th e ir consent bef ore taking them into
captiv ity , training them, domest icating th em or in an y way
putting the m to o ur uses. But there is no c onceiv a ble process
whereby this consent could be delibered or w ithheld. 349
347 Kant, I mmanuel, La metafísica de las costumbres , 6:442 [edición manejada: Tecno s,
Madrid, 1999].
348 Scruton, Animal Rights and Wrongs , p. 91.
349 Ibid., p. 80.
Distintas defensas del antr opocentrismo
287
3.5.4.1. Una relación n o bicondicional
La posición que de esta forma de fiende Scruton es que para tener de rechos
hay que t ener deb eres. Asu miéndose que lo s animales no humanos no pueden ten er
esto, la conclusión será, en cons ecuencia, que se verán privados de derec hos. 350
La idea en la que descansan tales afir maciones es alta mente cuestionab le. No
hay una relación bi con dicional entre ser ca paz de tener respon sabilid ades hacia
otros y necesitar ser co nsiderado moral mente. El requisito de reciprocidad pued e
que sea necesario para alguna clase de práctica, pero en abs ol uto supone una
exigencia que podemos afir mar allí donde nos relaciona mos con los demás (d e
seguir tal visión de las cosas, p arece que de beríamos obtener el d octorado en
Medicina antes de pod er acudir a la unidad de ur gencias, por poner un ejemplo
llamativo pero que se adecua al pl anteamiento que estamos analiz ando) . Poder
asumir responsabilida des no e s neces ario par a tener interes es. S e puede
experimentar algo positivo o negativo de maneras que no se encuentran
relacionadas con la capacidad de tomar decisiones morales. Por t anto, no hay
razón, en principio, p a ra considerar que resul te un criter io distintivo a tener en
cuenta. 351 Que se dé el caso de que quie nes puedan tener deberes sean hum anos no
350 Al proponer es ta idea, as ume equivocadamente S cruton que conceder dere chos a lo s
anim ales no human os i mplicar ía neces ariamen te obligar les a ten er d ebe res h acia los
demás. Afir ma as í: “A ny morality which really attribut ed rights to an imals wou ld
theref ore con stitu te a g ros s and callous abuse of them” (ibid .). Esta id ea r esul ta chocan te,
pues parece que el abuso que estos pueden sufrir depende más bien del hecho de no
disfrutar de considerac ión moral. Parece, más bien, que el móv i l de Scruton al no
considerar a los anim ales no humanos no es su pre oc upación por ellos, s ino más bien lo
contrario.
351 En rela ción a la ap elació n concre ta a este cr iterio para ju st ificar e l espe cismo, Carme n
Velayos , en línea con la distin ción que resul ta necesario llev ar a cabo entre lo
“antropog énico” y lo “an tropocéntrico”, ha diferen ciado entre deberes antro pogénicos y
antropotélicos. Véase V e lay o s Castelo, Carmen, “Los dere chos de los an imales: un reto
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
288
significa que aquello s individuos ha cia quien es estos se dirigen tengan que ser ello s
mismos humanos.
3.5.4.2. Intereses no ex presados
Podría indicarse que el hecho de as umir responsabilidade s tiene otra
dimensión a mayores, en el sentido de que implica la posibilidad de tomar parte en
un debate entre agentes morales en el cual p odemo s expres ar nue stros inter eses.
Este argu mento se encont raría ínt imame nte liga do al de tipo lingüísti co, que he mos
repasado ya. Respect o a él cabría ob serv ar que lo s ani males usado s en
investigaciones bio médicas y con ot ros fines son cierta mente incapaces de entender
los objetivos y el contexto en el que estas tienen lugar, ni l a lógica de la mayor
parte de lo s de más usos que p adecen. P ero lo relevante es que de ell o no se deriva
que estos animales sean indiferentes a lo s daños que su fren al ser utilizados. A sí, no
puede ser un requisito para que una práctica no pueda ser rea lizada el q ue el sujeto
perjudicado por ella ten ga que expres ar su disconfor midad. Debe ser a la invers a.
Para que tal procedimiento pueda ten er lugar la expresión de dicha conformidad ha
de ser un requisito obligado. Si un sujeto, sea este humano o no, no pue de asentir a
un experimento que se va a reali zar en él, y que le va a ocasionar al guna clase de
daño, tal experimento n o puede ser justi ficado.
Finalmente, y al marg en de las anter iores c onsideracion es, cabe ta mbién
señalar qu e muchos animales no humanos, si bi en no expre san su desacuerdo con el
hecho de sufrir daños d e forma explícita y mediante un lengu aje , sí m anifiestan a
menudo su m alestar de otras f or mas cuando son utilizados. Un conejo que c hilla y
patalea cuando sus ojos son ulcerados con quí micos abrasivos, o un per ro que gime
mostrando miedo cua ndo ya ha sido utili zado en un laborator io para un
procedimiento y ve que este va a s er repetido, tal vez no estén dictando una
para la ética”, in Riechmann, Jorge (coord.), Ética ecológica , Nordan, Mont e video, 2004,
135-43.
Distintas defensas del antr opocentrismo
289
declaración for mal de rechazo del exp eri mento que van a sufrir. P ero result a
bastante evidente que están mostrando su malestar, malestar provocado por los
experimentos a los que son sometidos. Está n exhibiendo con su conducta que no
darían su aprobación a esto s experimentos si mediante un a expresión lingüística
explícita se pudiesen dar las condiciones pa ra ello. Acerca de est o Catharine
MacKinnon ha apuntad o:
Do animals dissent from h um an hegemony ? I think they
often do. They vote with their feet by runni ng away. They
bite back, screa m in pain, wi thhold aff ec tion, approach
wari l y, fly a nd swim away 352
Niegan así implí citamente tal c onsentimiento. Esto, obviamente, no i mplica
que para que un ser sea dañado deba m a nif estar su des contento de forma que nos
resulte visible . Muchos animales no ex presan e ste de manera externa, sin que po r
ello dejen de estar pade ciendo co mo lo h acen lo s que sí lo muestran abier tamente
(determinados animales pueden dar menos muestras de su frimiento que otr os a
pesar de estar padeci endo más) . Hay que prestar atenció n aquí al hecho de que
determinadas di fere ncias entre distintos animales llevan a unos a protestar má s ante
el daño que a otros. Per o nue stro conocimiento de sus se mejanzas en ot ros a spectos
debe llevarnos a concl uir que no ha y necesari amente una mayor c apacidad de
sufrimiento en unos ca sos que en otros.
3.5.4.3. Salvaguarda s para la to ma de decisiones morales
Otro modo en que este cr iterio ha sido defendido es mediante la afirmación de
que quiene s son agente s morale s necesit an pro tección co n el fin de po der r ealizar
decisiones morales. Ma chan a rgumenta en tal s entido, indicando:
352 MacKinnon, Catharine, “ Of Mice and Men: A F e minist Fragment on Anim al Rights” ,
in Sunstein & Nussbaum (eds.), Anima l Rights , 263–76, p. 270.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
290
Rights are borders n e eded by mora l agents so t hat they
are secure in their sov ereignity , in their freedom to make
moral decisions. To be ing s tha t do not make such decisions
the concept of rig hts is, then, out of pla ce. 353
Es innegable que, como Machan asume, quienes pueden t omar decisiones
morales tienen un interés en poder hacerlo li bremente. Así que podría mos sostener
que se les debería garan tizar la pro tección necesaria para hacerlo. Per o aquellos
seres que carecen de la po sibilidad de to mar t ales decision es no car ecen tampo co
de intereses. Tienen inte reses de otro tipo, no lig ados a la to ma de deci siones. Y los
mismos motivos que ent ren en juego en el caso de quiene s pueden to mar decisiones
morales habrán d e ser a plicad os para pr oteger los interes es de otros.
Ahora bien, Machan y otros proponentes de este argumento pueden a firmar
que hay algo especial e n el hecho de tomar de cisiones morales. Puede n defender
que cuando decimos que los agente s morales necesitan protección no s olo sugieren
que su interés en tomar decisiones debe ser respetado. Pueden indic ar que lo que
quieren decir es que si necesitan protección en cualquier c aso es por que son
agentes morales. Todos sus intereses deben ser protegidos con el fin de garantiza r
que no encuentren obstá culo alguno para to mar sus decisiones morales.
¿Cuál puede ser la base de tal posición? Como podemos compro bar, la
defensa de est e argu mento implic a asu mir que la toma de d ecisiones morales e s
algo valioso en sí m i smo. Lo que es má s, lleva a dar más valor a las decisione s
morales que a la met a que est as supue stament e buscan cu mplir. Esto parece, sin
embargo, una objetab le inversión de prior idades. Poder re flexionar sobre
cuestiones morales no par ece tener valor si las conclusiones que de rivamos de
nuestras delibera cione s carecen de relevancia a lguna. L a reflexión sobr e la moral
puede tener significado en tanto pueda tener un efecto en el modo en qu e las cosas
ocurren en el mundo real. Pode mos ilustrar est o mediante el siguiente exper imento
mental.
353 Machan, Tibor, “W h y Humans May Use Animals”, Journal of Value Inquiry , 36, 2002,
9-14, p. 13.
Distintas defensas del antr opocentrismo
291
Felinonmor y Nonfelimor . Imagine mos dos mundos diferentes.
En ambos ha y un gra n número de sere s que pueden experi mentar
sufrimiento y bienestar. Pero difieren en dos modos i mportantes. En el
primer mundo, que lla maremos Felinonmor , tod o el mundo vive vidas
muy felices. Los y las que moran aquí tienen to do lo que precisan para
satisfacer sus di ferentes interese s. Aunque ha y mo mentos en los que
pueden sentirse tr istes o su frir dolor, estos son poco habitu ales, y el
sufrimiento que entonces pade cen es real mente muy reducido . E xisten
recursos disponibles par a todos sin necesidad de competición por ellos.
Más aun, todo el mundo par ece capaz de consegui r lo que nece sita por
sí mismo, sin necesidad de la ayuda de otros. Todo parece irles bien a
los h abitante s de este mundo. No tienen ta mpoco pr oblemas personales
notables (dado su particular carácter pací fico) entre ell os. Pues bien,
comentemo s ahora una cir cunstancia dif eren te que ti ene lug ar en
Felinonmor . Ocurre que en este lugar no existe a quello q ue ll a ma mo s
reflexión moral. Quizá s hay seres intelige ntes en este mundo, pero,
dada la forma en la qu e l as cosas funcionan en él no hay confli ctos de
intereses y no tiene luga r ninguna reflexión sobr e el tema.
Dirijámonos ahora a ot ro mundo, Nonfelimor . Aquí las cosas
funcionan de modo muy diferente. Todos lo s individuos que viven
aquí padecen vi das mi serables. Su existencia es co mo vivir en un
infierno, de forma que quienes habita n este mundo s e suicidarían si
pudiesen. Este es, pu es, un mundo muy distinto de Felinonmo r . Pero
diverge de él ta mbién con r especto a otra cir cunstanci a. Los tr istes
seres que pueblan Nonfelimor sí reflexionan profunda mente sobre
temas morale s y han desarr ollado ética s teóricas de una gr an
profundidad. Aunque l a dura situació n en la qu e v iven hace di fícil par a
ellos la puesta en práct ica de muchas de sus ideas morales, de todas
maneras i ntentan con a hínco actu ar moral mente en la med ida en q ue
pueden.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
292
Ahora bien, dados esto s dos mundos, si tuviés emos que elegir c uál de ellos
consi deraría mos pre feribl e que existie se, ¿q ué r espuesta daría mos? A la lu z de la
descripción reali zada pa rece que carecer ía de mucho sentido optar por Nonfelimor .
Nonfelimor puede s er más rico en lo tocante a su filosofía moral, y podemos
encomiar el c arácter moral de su s habitantes (es probable qu e nos i nspiren, de
hecho, una simpatía que los m oradore s de Felinonmor , en cambio, no nos
despierten). Pero no debemos olvidar que para ellos y ellas su vida es un infierno.
Preferirí an la muerte si esta estuvi ese al alc an ce de su m an o. Nonfeli mor resulta,
por lo tanto, un mundo terr ible. Parece clar o que Felinon mor es cier tamente
preferible (en r ealidad, parece que hast a la nada resultar ía mejor que la existenci a
pavorosa de Nonfelimor ).
Un resultado así lleva a pensar que la discu sión éti ca (más allá de ci ertos
intereses intelectuale s que deberían ocupar un l ugar secundario) tiene v alor en ta nto
que puede ayudarnos a hacer del mundo un l ugar mejor . Si sostene mos lo opuesto,
y defendemos que la reflexión moral tiene valor en sí mism a, independientemente
de esto, estaremos manteniendo una posi ción para cuya validación ca recemos de
argumentos que puedan estar ba sados en premisas susceptibles d e const atación.
Este argumento impli ca así, paradójica mente, s ustituir la que de b ería ser la
meta para la cual tendría sentido la reflexión sobre la moral, poniendo en su lugar
algo que resulta sola mente instru mental para tal fin. Y esto es especial mente
preocupante cuando, como consecuencia de ello, implica e l propio sacrificio del f in
en aras del m edio. Hemos de concluir, pues, que este argumento se rebate a sí
mi s mo .
3.5.4.4. ¿Un criterio dirigido a maximizar los bene ficios de aquellos
indirecta mente afectad os?
Otro modo posible de defender este criterio pa sa por a firmar que su a plicación
vendría a garantizar las me jores consec uencias globales para todos los
involucrados, incluyend o a quienes se ven directam ente afectado s o afectada s. Al
Distintas defensas del antr opocentrismo
293
favorecer a los agentes morales estaríamos, de acuerdo con este argumento,
promoviendo que estos beneficiasen a otros mediante sus tomas de decisión
morales. Esto justificaría pri orizar sus intereses. Sapont zis ha indic ado que un
criterio como este se de finir ía por dar preferenci a
to fulf illing the in t erests of t hose beings capable o f the
gr eater r ange of moral actions. 354
Una posición se mejante puede tal vez ser de fendida si lo qu e a sumimos que
implica es q ue debe mos favorec er a aquello s y aquel las que a yudarán a los de más,
pues de este modo estaremos ayudando indire ctamente a todos. Ahora bien, es te
argumento sería di ferente del pre sentado en el punto a nterior. En e ste caso, el
hecho de ayudar primariamente a alguno s individuos sería únicamente algo
instrumental para ayuda r, realmente, a todo s los implicados.
Esta idea tiene, cier tamente, sentido, pero no deja de resultar controverti da.
De hecho, no supone u n planteamiento que separ e claramente entre quienes son
agentes morales y quienes no lo son. Es un plantea miento que tiene, en realidad,
muchas más i mplicacio nes. Supo ne qu e deber íamos hacer u na di feren ciación entr e
quienes parece que pueden ayudar a los demás y quienes no. Y deberíamos también
distinguir entre quienes parece que puedan beneficiar de un modo más o m enos
importante a los de más. De manera inversa, los intereses de quiene s podemos
es perar una dispo sición a dañar a los y las dem ás deberían ser t enido s en cuenta
mucho menos, especial mente si cabe l a posibil idad de que tal dañ o sea notable. E n
realidad, aplicando este principio de manera co nsistente, parece qu e es tos últimos
deberían ser dañ ados o dañadas, con el fin de r educir sus po sibilidades de dañar a
los de más. 355 Podemos tal vez indicar en este punto que e l hecho de causar
354 Sapontzis, Morals, R eason, and Animals , p. 80.
355 Tal y como se co menta rá m ás ade lante, u n arg umento determ inist a podr ía ta l v ez
oponerse a este modo de proceder sobre la base d e que quienes p erjudicasen a los d e más
no habrían elegido en últ ima instancia las circunst ancias q ue l es ll evarían a ello (v éase
Persson, The R etreat of R eason ). Ahora bien, téngase en cuenta que la propuesta que se
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
300
cumplan. En otra s palabr as: hay razone s para considerar que la s premisas en l as
que estos argu mentos d escansan h an sido sel eccionadas ex pr ofeso , con el fi n de
que acaben por defender un punto de vista antro pocéntrico.
3.5.6.2. Criterios elegid os ad hoc
Es significativo que t antos argumentos di ferentes h ayan llevado a una
conclusión coi ncid ente. Da la i mpre sión de q ue l os criter ios a lo s qu e apelan no han
sido propuestos de manera independiente d el fin buscado. La creencia en l a
exclusivida d de las car acterí sticas “humanas” es, así, r ealimentad a: el punto de
partida antropocéntrico condiciona por co mpleto el modo d e analizar l os hechos,
para que estos finalmente se adecuen al que había sido el pr esupuesto inicial.
Parece que quien es defiend en el antrop ocen tri smo eligen cuidado sament e los
criterio s a los qu e alud en con t al fin , e st o es, pa ra que ex cluyan a lo s no hu manos.
Podemos co mprobar esto simplemente repa sando las defensas del antro pocentrismo
y las capacidades pue stas de manifie sto por muc hos animales no hu manos. Quien es
argumentan que estos deberían ser discri minados intenta n hacer aparecer su
posición como neutral, afirmando que los criterios que defiende n son los
moralmente relevantes independientemente de su sati sfacción por los hu manos.
Afirma sobr e esto Scr uton:
If there ar e non-human a nimals who are rational and
sel f -c onscious, then they , like us, are persons, and s houl d be
described and treated a ccordingly . 359
Pero debemos observar que est a no es la for ma en la que proceden cuan do hay
no humanos que satisfacen alguno de estos requisitos. Co mo de nuevo apunta
Francione,
359 Scruton, Animal Rights and Wrongs , p. 79.
Distintas defensas del antr opocentrismo
301
we do not consider it suf ficie nt that an an imal poss ess a
char acter ist ic tha t we have f or centur ies denied them – t h e y
must possess some undetermined quan t ity of tha t quality, and
this allows us to up the stakes every tim e we encounter proof
that ani mals p oss ess such a characteristic. W he n we f i nd out
that parrots or chimps ha ve the capacity t o understand and
manipulate beyond single- digit numbers, w e demand th at
they be able to mani pulate bey ond single digits to be “like
us”. In this game of special charac teris tics , animals can nev er
win. The irony , of course, is that some animals m ay possess
the sp ecial charac teristic to a greater deg ree than do some
humans. Some animals m ay have more intellig e nce, or
greater ability to engage in rational thinking , than so me
humans, such as infants or severely retarded adults. A parrot
with the conceptu al a bi lity of a fiv e - y e ar old chi ld by
definition has more cognitive ability than a four - y ear - old
child and may ha ve more than some brain- da maged adults. 360
Vemos, pues, que los pr ejuicios especistas propi cian una búsqued a cuidadosa
del criter io esgrimido p ara excluirl os , con el fi n de que este pueda ar r eglarse al fin
procurado: ser adecuado para separar a los humanos de los no huma nos. Esto puede
suceder de dos maneras:
a) S ele ccionando una ci erta capacidad
Como hemos visto, pa rece que las capacidad es que son apuntada s como
moralmente relevantes lo son porque se espera que sean exclusiv amente humanas.
De nuevo Francion e co mentará a cola ción de e sto:
360 Francione, Gary L., Introduction to Animal Right s: Your Child or th e Dog? , Temple
University P ress, Philadelphia, 2000, pp. 117-18.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
302
Birds can fly ; we cannot . What mak es th e abili ty to use
words and sy mbols better for moral purposes than the ability
t o fl y? T he answer, of course, is that we sa y s o . 361
b) Estableciendo un u mbral determin ado en relación a la po sesión de una
cierta capacidad
Las capacidade s eleg id as no son el único factor que a yuda a separar a
humanos de no human os. En muchos casos p arece que, más que a d eterminadas
capacidades en gen eral, a lo que se apela para defender el antr opocen trismo es a
ciertos grados o niv eles en la po sesión de estas, c uidados amente sele cci onados par a
que sirvan para excluir a los animales no hu manos e incluir a lo s humanos. Y, una
vez que tal estándar queda deter minado, se pasa a identificar la pose sión de una
determinada capacidad en un cierto modo o grado con su pose sión en términos
absolutos. Se asu me, así, que la posesión de un determinado tipo y grado de
inteligencia, cultura o sistema de comunicaci ón equivale a la po sesión de e stas
facultades como tal es. De est a maner a, se con sider ará que aqu ellos in di viduos que
no manifiesten la posesión de tales facultades en el modo citado no la s poseerán en
absoluto. Si, por ejemplo, el grado de desarrollo cultural de una comunidad de
animales no humanos no llega al po seído por las comunidades humanas, se
considera que esto s ani males no son seres cultu rales. Si las cap acidad es cognit ivas
de un animal son inferior es o distintas en función del patrón tomado co mo típico de
los humano s, se afir ma que carece d e ellas. Se f ija un umbral o lí mite dent ro del tal
continuo, a partir del cu al aquellos sujetos cu yas capacidades superen un
determinado nivel serán admitidos como “rac ionales”, mientras que los que no
lleguen a tal listón se verán privados de tal atributo. Ello lo m uestra de modo m uy
claro otro defensor del antropocentris mo, Jame s Reich mann que afir mará, de un
modo cierta mente par adój ico:
361 Ibid., p. 119.
Distintas defensas del antr opocentrismo
303
Though the animal is a living a nd sentient being, an d
thus capable of expe riencing pain, and th ough it acts in a
hig hly intell igen t mann er, the animal is not a n in t ell i gen t
being ; it is not refle xiv e ly conscious o f itself as a knowing
subject or agent. 362
Vemos, pues, que el he cho de “actuar de un modo altamente inteligen te” no
es suficiente para ser in teligente, en opinión de un autor co mo Reichmann, pue sto
que para ser “intelig ente” en el modo en que estos definen tal término, las
capacidades de un sujet o tienen que sobrepa sar un determinado u mbral.
Parece bastante claro qu e un modo de proceder como este ha brá de ser t ildado
de arbitrario, y nos conduce de vuelta al punt o central que esta sección ayuda a
subrayar: los criterios aludidos para defender e l antropocentrismo sobre la base de
característica s individu ales parec e que son pr eviamente seleccionado s para jugar
este rol. Así, más qu e ser las distincio ne s especistas el re sult ado de tal
argument ación, parece que son tales argument os los que vienen a s er el resultado
de actitude s especistas.
3.5.6.3. La infravalora ción de las capacidad es de los ani males no humanos
Con todo, las as uncion es que parecen condicionadas por el prejuicio no se
limitan simplem ente a la selección de un cier to criter io específico como
moralmente r elevant e. P arece tambié n que la vi sión de lo s ani males no human os es
desfigurada par a que pu edan ser d esconsider ados de forma más aceptabl e.
De hecho, toda una serie de animales n o humanos muestran poseer
capacidades suficiente s par a satis facer algun os de los cr iterios a duc idos con l a
intención de justificar una diferenci ación moral de especi e. No es nec esari o entrar a
examinar en detall e como ocurre esto , pero se puede indicar mu y brevemente alg o
362 Reich mann, J ames , Evolution, Animal ‘Rights’ a nd the Environm ent , The Ca tholi c
University of America Press, W ashington DC, 2000, p. 374.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
304
al respecto. El motivo por el que e sto puede ser de interés es que pue de servirnos
de complemento a otras indicacione s que podamos hacer respecto del punto hasta
el cual los prejuicios a ntropocentristas dan forma a la visión de lo s animal es n o
humanos que hoy en día común mente se mantiene, dist orsionando est a. Al bu scar
presentar una caracter ísti ca cuya posesion abri ría una brecha ent re humanos y no
humanos, se a signa a estos un a serie de característica s que no se ajustan
necesariamen t e a sus capacidade s reale s. Ell o r esulta nece sario para que estos no se
adecuen a lo s requisito s morale s establ ecidos par a que lo s inter eses de alguien
reciban plena consideración.
Es importante tener en cuenta, pues, que, cu ando nos aproxi mamos a la s
capacida des que alg uno s no humanos tienen, nuestra inten ción es la de arrojar más
luz sobre el modo en que el antropoce ntrism o afecta a nuestra visió n de los no
humanos: no es, en modo alguno, una forma d e intentar reb atir los arg umentos que
defienden su exclusión moral. La raz ón es si mple: si intentá semos oponernos al
antropocentrismo mostrando que lo s no human os tienen las capacid ades alegadas
en su de fensa podrí amos e star i mplícitament e asu miendo que tale s criteri os serían
moralmente r elevantes, q ue es precisame nte lo que hemos estado intentando
refutar. Hemos visto ya que el hecho de que haya o no anim ale s no humanos que
carezcan de e sta s capac idades resulta i rreleva nte para l a consid eración que deb an
recibir sus intereses. Ga ry Francione h a co mentado esta id ea indicando que
the att empt to iden tify whether animals , or cer tain
anim als, p oss ess char acteri sti cs that w e hav e histo ric ally
thought to be the sole province of human beings may be
inter esting from a s cientif ic point o f v iew. But it h as
absolutely nothing to do with the moral iss ue of how w e
should treat animals w ho are sentient but who l a ck a giv en
characteristic. Althoug h the work of cognitive etho l ogists has
been very important, it is also dangerous in that it threatens to
creat e new hierar chies in w hich we mov e some an imals, such
as the great apes, into a “ preferred” group based on their
Distintas defensas del antr opocentrismo
305
similarity to hum ans, and conti nue to tre at other animals as
our property and re sources. 363
Este comentario debería ser tenido muy en cuen ta, aunque ello no es sie mpre
lo que ocurre: en mucho s casos, quienes argumentan contr a la ide a de q ue los ser es
humanos son los únicos considerables moral mente lo hacen af ir mando que otros
animales pos een cierta s capacidad es habi tual mente con sideradas pa radigmáticas
humanas (siendo Steven Wise un exponente bien conocido de tal forma de
argumentar ). 364 E l resultado de esto es, c omo Francione apunta, que de este modo
muchos otros animales son dejados sin consideración. Esto puede quizás ayudarnos
a entender por qué u na línea de razona miento como la de Wise puede ser
cuestionable: pero no es el motivo en sí por el cual lo es. La razón de fondo por la
que tal modo de argu mentar no resulta adecuado es, co mo se ha dicho an tes, porque
asume un criterio moral que no resulta relevante (la posesión de cierta s capacidade s
que no deter minan la posibilidad d e recibir un perjuicio o un bene ficio en sentido
experiencial) .
Una vez que se ha hecho esta muy impor tante clarificación, po demo s
aproximarnos ya al modo en que la visión actual de los animales no hu ma nos e s
prejuiciosa y, como consecuencia, distorsion ada, no reconociendo, en muchos
casos, las car acterísti cas que pueden manif estar.
a) Capacidades intelectuales
A menudo se afirma qu e solo los hu manos po seen capa cidades int electuales,
solo ellos pu eden tener concepto s y conoci mient os. Pero ¿es tal asunci ón cier ta? ¿O
pueden ser estos también poseído s por otros seres que no son hu manos? Rollin ha
defendido esto últi mo. De un modo original, ha expue sto un argument o a favor de
363 Francione, Introduction t o Animal Rights , p. 119.
364 Véas e W ise, Rattling the Cage y Unlocking the Cage .
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
306
la posibilidad de cognición no hu mana por medio de una e structura conceptual
epistemológica kantiana . Expl ica esta idea co mo sigue:
1) In his epistemology, Kant clearly ass ets t hat
everything he is saying about knowledg e and experience is
true for any be ing possessed of an “ecty pal intell ect”, – th at
is, an intellect wi c h depends on material receiv ed from
outside itself for its experience. No one, including Kant, can
deny that ani mals with sen se-organs perceive objects. 365
2) They ob viously experience obj e cts and c ausal
interaction. By the same token, their access t o t he w orl d is via
sense - organs which are e xt remely similar to ours, and which
in and of th e mselves, can provide only fragmented atoms of
experience. Theref ore, as Kantians, we m ust con clude tha t
they, too, poss ess a priori concepts fairly similar t o our own.
And since they l earn from e xperience, ev en, as Hume points
out, from single experiences – for example, to avoid hot
objects after b e ing hurt – they must sur el y posse ss a
mechanisn f or generating empirical conc e pts. Afte r al l , an
organism with no power of generalization and abstraction,
which could experience only partic ulars, could neit he r learn
nor surviv e . 366
Rollin nos recuerda que los principios de la epistemología kantiana no eran
por sí mismos antropocéntricos, aunq ue Kant asu miese finalmente que solo los
humanos fuesen individuos dotado s de razón. Por tanto, pode mos considerar de
manera separ ada la defi nición de Kant de có mo el conoci miento pu ede t ener lugar
y s us opinione s posteriores acerca de quiénes cumplirían los requisitos precisos
para ello. Y, sigue el argum ento de Rollin, si seguimos un enfoque episte mológico
365 Rollin, The Unheeded Cr y , p. 138-39.
366 Ibid., p. 139.
Distintas defensas del antr opocentrismo
307
kantiano concluiremos que los animales no hu manos, co mo los humanos, satisfacen
los requisitos que Kant establece para conocer, incluso a unque él mismo no fuese
capaz de verlo en su mo mento. Y, como Rollin i ndica que el argu mento muestra, si
aceptamos que los animales no hu manos per ciben lo que les ocurr e, tendremos qu e
aceptar que, de acuerdo con la teor ía de Kant, sí tienen concept os. Esto l o afirmaría
asimismo Hume, a quie n también Rollin se re fiere, al indicar que
the animal infers s ome f act bey ond what immediately
strikes his senses [...] this inference is altogether founded on
past experience, whi le the crea ture expects from the present
objec t the s ame consequences, which it has alway s found in
its obs e rv ation to resu lt from s imilar ob jects . 367
De modo consistente co n esto, Rollin seguirá co n el argumento indicand o:
One can take Kant’s logic a bit further. According to
Kant, having innate concepts allows one to have a
“tr anscen d ent al un ity o f appercep tion ” – that is, a unity of
sel f - awareness [...] They must be able to realize that an ev e nt
is happening to them i n order to learn f rom it. We are surely
licen sed, I beli ev e, to as er t th at an imal s h ave a sen se of self as
distinguished from th e world [...] Co mmon sense assumes
that animals know the difference between what happens to
them and what doesn’t. 368
Una vez que hemos visto que hay un caso definitivamente de peso a favor de
la cognición no humana, a quellas afirmacio nes desestimand o las capacidade s
intelectuale s de los ani males no human os debe n ser re estimad as. Pued e so stenerse
367 Hume, David, Enquiries Concerning Human Understanding and Concerning t he
Principles of Morals , § 83 [edición manejada: Clarendon Press , Oxf ord, 1978].
368 Rollin, The Unheeded Cr y , p. 140.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
308
que las capacidade s que mucho s (o la mayoría) de los humanos manifiestan a este
respecto son cier tament e mucho más co mpleja s que aquellas de los no humanos.
Pero es ciertament e falaz inferir de aquí que carecen de ellas total mente. Algo q ue
en su momento señaló ya, de un tan sencillo co mo claro, Porfirio, con comentarios
como los que siguen:
1) Por supuesto, s i nue stra activ ida d intele ctu al es
superior a la de los animales, no debemos tampoco por ello
quitar les la f aculta d de pensar , co mo igual mente no le vamo s
a suprimir a las perdices la f aculta d de v olar, porque l os
halco nes vu elen más a lto que el las. 369
2) Pues muchos de ellos d e jan atrás a todos los hom bre s
por su tamaño y agilidad, por un l a do, y , por otro, por la
potencia de su vista y la agudeza de su oído, pero no por ello
es el hombre sordo, cieg o ni incapa z; ta mbién corre mos,
aunque con mayor lentitud que los ciervos, y v emos, aunque
peor que los halcones. L a naturaleza no nos privó de potenci a
y t amaño, a unque nada se amos en este aspecto con relación a
un elefante y un camello. Por consiguiente, de igual modo, no
digamos que los a nimale s salvajes, si sus p e nsamientos s on
más len tos y sus r efl exiones más def icient es, n o tien en
inteligencia ni p iensan d el todo ni poseen un a razón , sino que
la tienen dé bil y pert urbada, com o un ojo con escasa v isión y
alterado. 370
Podemos así de scartar la idea de que lo s no h umanos car ecen de cualquier
capacidad cogn itiva o in telectual.
369 Porfirio, Sobre la abst inencia , 3, 8, 8 [edición ma nejada: Gredos, Madr id, 1984].
370 Ibid., 3, 23, 7-8.
Distintas defensas del antr opocentrismo
309
b) Lenguaje
La comunicación e s un a faceta co mún entre un gr an número d e animales no
humanos. No es un fenómeno restringido a los hum anos. Más aun, hab ría una base
evolutiva común sobre la que se desarroll aría la comunicación en el caso de los
seres humanos y en el de otros animales. Radner y Radner han comentado al
respecto:
According to the theor y of ev olution, al l complex
biolog ical sy stems have resulte d from h istorica l develo pmen t
through v arious stage s. Huma n speech is not an exception. 371
Ahora bien, algunas defensa s del antropocen trismo indican que todos los
casos de comunicación entre no humanos s on esencialmente diferentes de lo que
debemos llamar lenguaje en sí, incluso aunque claramente impliquen una
transmisión de sentido mediante signo s. Podría sostenerse que el lenguaje hablado
típico de los humanos es una forma p articular, muy compleja, de lenguaje. Pero lo
que se sos tiene es algo distinto: que solo este es lenguaje, que otras formas de
comunic ación no podrán disfrutar de tal denominación. Esto supon e limitarse a una
definición d e lo qu e e s un len guaje cier tament e r estrictiva. P arece q ue estamos aquí
ante un ejemplo claro de lo que sería un um br al levantado con el fin de distinguir a
humanos de no humanos.
Por otr a parte, puede tal v ez ser interesant e apunt ar que en el caso del
lenguaje hu mano hay a lgunos no hu manos que tienen cierto do minio de él. Cab e
referir a propós ito de esto los resultados de distintas investigaciones realizadas
desde los setenta con algunos grandes s imios no humanos (gorilas, chimpancés,
bonobos y orangutanes). S e ha hecho aprender a varios de estos animales el
lenguaje sígnico utilizado por los sordos, mediante el cual se han podid o comunicar
371 Radner, Daisie & Radn er, Michael, Anima l Consciousness , P rometeus B ooks, New
York, 1989, p. 172.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
316
concluir en este punto q ue toda una serie de ani males no humanos manifiestan una
serie de capacidad es y comporta mientos su ficientes co mo para qu e poda mos
considerar que el fenómeno que conoce mos como moral est á ya pres ente en ellos.
Han mostrado esto tanto en la convivencia en los grupos de los que f orman parte en
estado natural, como en situacione s forzadas por seres humanos – al pr ecio de
frustrar s u libertad y t oda otr a serie de inter ese s básico s de esto s animal es – .
Ciertamente, no parece que de esto podamos inferir la posibilidad de exigirl es
cuent as sobre sus actos del mismo modo en que podemos hacerlo a un gr an número
de seres hu manos adultos. A pesar del reconocimiento y respecto q ue pueden
presentar con respecto a ciertas normas, el grado en que podem o s considerarles
sujetos responsables es muy reducido. Pero, de nuevo, el hecho de que las
capacidades de otros an imales no lleguen a ser como las manifestadas por un gran
número de sere s humanos no entr aña en modo alguno que carezcan tot almente de
ellas. Al igu al que en l o tocante a la s capacida des cognitivas de modo general, en
este punto podemos ver de nuevo que lo q ue se da es un continuo entre las
capacidades poseídas entre los distintos animales. No es que estas estén por
completo ausen tes y aparezcan solo cuand o estamos frente a seres humano s, s ino
que toda una serie de a nimales sociales las poseen, si bien la forma pa rticular que
cobren y su grado de de sarrollo es diferente en cada caso.
d) Libertad
Tampoco la posesión d e liber tad par ece una c aracterística que in dicar ía una
diferencia clara entre los no humanos y el paradigma de hu mano que vimo s que un
teórico como Fer ry asume. Existe, de hecho, u n continuo a tal re specto. Por libertad
(en el sentido uti lizado p or Ferr y) se quiere decir la capacidad de to mar decisione s
de un cierto nivel, que los animales no humanos serían incapaces de tomar. En su
opinión, lo que resultaría específico del tipo d e decisiones que muchos hu manos
pueden to mar es que estos serían capaces, a través d e ellas, d e evitar las
restricciones q ue lo que se denomina “la natura leza” le s habría i mpuest o. Mientras
Distintas defensas del antr opocentrismo
317
los animales no hu manos tendrían que vivir de ac uerdo con su “naturaleza” o
“instintos”, mu chos humano s (o al menos la mayoría) serían c apaces de dejar esto
atrás y co mportarse co mo solo ellos decidiesen. Aquí encontra mos uno de los mitos
más profunda mente ar raigados en lo que c oncierne a las caracte rísti cas que
humanos y no hu manos manifiestan. V ea mos est e breve men te .
En pri mer lugar, es int eresante const atar que tal concep ción de lo qu e es
“natural” e n cada caso dep ende bá sicamente de lo qu e e ntendamos por nuestra
“naturaleza”. Si co n este tér mino denota mos el conjunto de voli ciones que un
individuo tiene, entonces por supuesto ningún animal, ni humano ni no humano,
será capaz de evitar ha cer lo que su “naturale za” o rdena, simplemente porque tal
concepto d e naturale za es tan a mplio que e star á siempre en la nat ural eza de uno
actuar de un ci erto modo. Si, por otra parte, r estringi mos la definición de nu estra
“naturaleza”, y simplemente denota mos con tal término nuestro des eo de actuar en
función de razones fácilmente distin guibles (co mo, por eje mplo, apare arse, comer,
descansar, etc.), entonc es no es cierto que solo los individuo s pertenecientes al
grupo humano tengan la capacidad de ab stenerse de actuar de tal modo. Hay otr os
animales no h umano s que tienen la capa cidad de renunciar a co mport arse de tal
forma, aunque no lo hagan de un modo tan desarrollado y hasta un punto tal como
un ser humano. Un simio macho pued e querer aparearse con una hembra de su
grupo, pero renun ciar a hacerlo, pues sab e que un macho dominante le atacará si lo
intenta. Y ciertos animales no hu manos que son mantenidos en un entorno hu mano
son usualmente obliga dos a adecuar su conducta a ciertas regla s, lo cual son
capaces de h acer ( esto ocur re, par ticular mente, en el ca so de los perros). Puede
responderse que la razón por la que se inhiben es simplemente el miedo: creen que
serán dañados si actúan de cierto modo y por ell o evitan hacerlo. Ahor a bien: esto
precisament e muestra qu e pueden to mar decisi ones al re specto. Una r espue sta en
términos puramente conductistas no se sostiene ( hemos visto ya algunas razones
por las que lo s supu est o s sobre los que esta d escansa son cue stionabl es ). Mucho s
humanos querrían actua r de un cierto modo, per o evitan hacerlo porque el daño que
sufrirían de hacerlo serí a más signi ficativo que el bene ficio que obtendr ían. El tipo
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
318
de acción e s el mismo, solo varía el nivel de complejid ad entre las decisiones que
unos y otros pueden tomar.
3.5.6.4. Construyendo al ani mal no humano co mo “otro”
A la luz de lo que hem os visto cabe concluir que la visión que se mantiene de
los animales no human os no está caracterizada por la imparcialidad. E n cada uno
de los casos que hemos repasado se ha dado por obvio que las capacida des aludida s
son exclusivas del grup o humano, pese a existi r argumentos para cues tionar esto.
Ocurre que fenómenos constatables de modo p aralelo dentro del gr upo humano y
en otros animales reci ben una explicación completa mente distinta según nos
refiramos a unos u otros. En lo que concierne a las capa cidades cultur ales, por
ejemplo, lo que en el caso humano se considera un comportamiento cul tural, en el
de los animales no humanos se ve co mo instint o, precondicion amiento. Lo que en
un caso se ve como un co mportamiento qu e se elige en con sonanci a con lo
aprendido en la vida en sociedad, en el otr o se ve como algo condicionado
biológicamente. Co mo dice Lynd a Birke:
Animals’ different experiences are tipically re legated to
some feature of th e ir b iology, their intrins i c nature; for
humans, by contrast, we see e xplanation in terms of c ultural
dif ference. 380
Esta idea la co menta co n perspicaci a Barbara Noske, que i ndi cará:
Cuando ese reduccionismo biológico se apl ica a los
seres humanos, pero sol o en e se caso, pon en los cient ífico s
sociales el grito en el cielo. En cambio, los estudiosos de la
380 Birke, Ly nda , Feminism , Animals and Sc ience: The Naming of the Shr ew , Ope n
University P ress, London, 1994, p. 97.
Distintas defensas del antr opocentrismo
319
sociedad y la cultura humanas parecen apoyar sin sentido
crítico toda imagen animal que propongan los científ ic os que
estud ian a los animal es. Es car acteríst ico que l o que lo s
científ ico s soci ales no sab en disc ernir es si es a im agen ani mal
refleja la ‘v erdad’ sobre los animal es. Al contrario de lo qu e
ocurre con las imágenes del ‘hombre’, y más rec ientement e
con las de la ‘muj er’, ha habido h asta ahora muy esca so
debat e sobre la imag en de los ani males como prod ucto de la
interpretación humana. 381
Este reduccionismo con respecto a los animales no humanos sería lo que
permitiría redu cirlo s a seres carecient es de la s capacid ades relevante s, al ver los a
través de un pri s ma reduccionista:
La p a rt e de los ani males que se somete a estudi o en el
laboratorio y al control de l científico n atural positivi sta, viene
a representar al ani mal en su conjun to. A esta conc epción s e
le sob repon e la noc ión cart esiana de l a máqu ina anim al,
visión que negaba a los animales toda sub j etividad,
sentimiento, capacidad de sufrimiento, necesidades, miedo o
conocimiento. En resumen, los animales terminaro n
convirtiéndose en produc tos pasiv os de las leyes de la materia
vi v a, su jetos a d ich as ley es. 382
Toda esta concepción de las cosas casa con una división del mundo animal
destinada a apar tarnos de los animale s que no pertenecen a nue stra especie. Com o
ha indicado Marian Sch oltmeijer:
381 Noske, Barbara, “L os grandes simios como sujet os antropológ icos”, in Cav alieri &
Singer (eds.), El Proyecto “Gran Simio” , 321- 34, p. 328.
382 Ibid., pp. 326-27.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
320
Animality as a c oncept is de rived f rom the
human/animal div i sion in W este rn thought. Bec a use h uma n
kind has been interested in explain ing and reinf orcing its
preeminence, anim ality has been defined by what i t lacks.
The search for the special defining trait of humanity has
involved underestimating other animals. 383
Birke ha indicad o a su v ez a e ste respecto:
Entrenched in the biological/social and animal/hu man
dichotomies lies a bel ief in ani mals as ‘other’ [...] This is not
only to sa y that we human s are no t like an imals; i t is also to
project onto them an alter ego. 384
Ello cobra sentido a la l uz de una voluntad de jerar quización 385 que se val e de
tal diferenci a:
Separating ourselves f rom le ss worthy ‘others’ is, as we
have seen, a common tr ait [...] ‘O thering’ is a trait t hat links
to concepts of global domination, in its r eliance on def ining
383 Scholtmeijer, Marian, “Animality ” , in Bekoff & Meaney (eds.), Encyclopedia o f
Animal Rights and Animal Welfare , 64-66, p. 64.
384 Birke, Femi nism, Animals and Science , p. 12.
385 Como hemos v isto que indicaba Mason, e sta difer e nciación se l l eva a cabo a menud o
de la mano de un a asignación de atributos n e gativ os y hasta odiosos. Así, Ray m ond
Corbey irá más allá y afirma rá: “ La filosofía trad icional no ha r e flexionad o sobre los
animales reales, sino sobre estereotipos maliciosos que convertían a estos en monstruos
brutales” (Corbey , Ra ymond, “Simios ambiguo s”, in Cavalieri & Singer (eds.), El
Proyecto “Gran Simio” , 163-75, p. 173). Con todo, como se apun tó ya en su moment o,
una animosidad de este tip o, si bien en ciertos casos e stá presente, no r esulta univ ersal.
Distintas defensas del antr opocentrismo
321
w hat is human a gainst thos e who a re conquered (of whatever
speci es). 386
Así, al relegar a los animales no hu manos a la categor ía del “otro”, la
desconsideración por sus intereses se torna más fácil de presentar como justificabl e.
3.5.6.5. Prejuicios antr op ocentristas
El carácter tan gener alizado de lo que acab amos de ver lleva a d erivar
conclusiones. Parece q ue las posiciones especistas no son adopt adas por tant os
seres h u mano s (de hecho, por la mayoría aplas tante de la humanidad) por
casualidad. P or el contr ario, el enor me consens o alrededor de ellas es debido a la
existencia de prejuicios especistas pro fundamente enraizados e n nuest ro contexto
(en los que somos soci alizad as y socializado s ).
En otro lugar de esta investigación se distingue entre posiciones moral es y
disposiciones psicológi cas (algunas de las c uales pueden ser prej uicios). No
examinaremos en detalle esta cuestión. Aquí no buscamos conocer los mecanismos
psicológicos, sociológic os o históricos por los que la gente adopta un punto de vista
esp eci sta, sino anali zar l a posición moral q ue el especis mo consti tuye y los
argumentos que pode mos esgrimir en su favor y en su contra. Sin embargo, no deja
de ser intere sante ten er en cuenta qu e la exi stencia de pr ejuicio s esp ecistas, cu ya
presencia pued e s er muy sutil, distorsiona la clase de posición moral que
adopta mo s ( al igual que puede condicionar la apl icación de principios neutrales en
sí). El antropocentrismo lleva asignados toda una serie de valore s. Buscando
justificarl o, se apela a numerosas cir c unstancias tomadas como representativas de
los miembros del grupo humano. Se con sidera así que tales factores los dotan de
una significación singular . Ello ocurre, por ejemplo, cuando se afir ma que la
posesión de deter minad as capacidade s es lo que hace que un individu o pueda ser
386 Birke, Feminism, Animals and Science , p. 109.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
322
considerable moral mente. Ahor a bien, cabría también plant earse si l a relación
valorativa no es asi mismo recíproca. Esto es a sí debido a que da la i mpresión de
que también tales f acultades son v aloradas, a su vez, por el solo h echo d e ser
tomadas por especí fica o caracter ística mente hu manas. A la h ora d e consider ar que
tales propiedades son tan notables, y releva ntes para cualquier evaluación moral,
parece jugar un papel fundamental el hecho de que sean propi edades que se
identific an co mo paradigmática mente humanas – independiente mente de lo acert ada
o desacertada qu e tal asimil ación pueda ser – . T al vez si fuésemos águilas
estimaría mos particular mente la capacida d de la vista, mientr as que si fuésemo s
lobos haríamos lo propi o con el ol fato, o con el sónar d e ser del fines. E sto no tiene
por qué ser algo que hagamos a propósito. Es perfectamente entendible que lo
hagamos incon sciente mente. E l hecho d e tener ciertas c apacid ades que resultan tan
útiles o, aun m ás, tan necesar ias para que vivamos nuestras vidas es algo que
comprensiblemente nos hace valorarlas muchísi mo. Es así fácil dar el salto de aquí
a la idea d e que son i ntrínsica mente valiosas. A e sto se su ma el he cho de que
normalmente creemos que nosotros mismos o mi s ma s somos consider ab le s
moralmente. Y, así, es l ógico que al busc ar una caracter ística moral men te relevante
pensemos en a quella s que tom amos por caracter ística mente nuestras.
Puede ser, por supuesto , que todo esto no sea más que una mera casu alidad.
Quizás quienes a firman que caracter ísticas como las referidas arriba son
moralmente r elevante s simple mente evalú an la cu estión d e un modo
verdadera mente impar c ial, sin s er influi dos o influidas en absoluto en un modo
como el que se ha descrito aquí. Quizás simplemente coincide qu e la s
característica s que r esultan v aliosas son aquell as que son caracter ística mente
nuestras. S i tal fuese el caso, se tratar ía un a coinci dencia cier ta mente pecul iar. M uy
peculiar, de hecho. Tant o, que parece bastante razonable dudar q ue sea una
coinciden cia en ab soluto. L a hipótesis de que t ales criterios son elegidos debido a
prejuicios parec e mucho más convin cente.
Para concluir , cabe des tacar que pode mos rec hazar el antr opocentri s mo de
manera conscie nte, pero todaví a, inconscient emente, mantener ciert as actitud es
antropocéntricas. Y, de hecho, podemos mante ner ciertos prejuicio s y otros no, a
Distintas defensas del antr opocentrismo
323
pesar de que su base s ea la misma. (Todo es to puede ayudarnos a entender la
diferencia entre una posición moral y un prejuicio). Por otr a parte, vem o s de este
modo que el rechazo formal del antropocentrismo ha de ir tambié n acompañado de
una reflexión crítica so bre la carga d e prejuici os que arra stra. Po demos tener una
actitud sin cera d e rech azo de esta di scrimin ació n, pero contin uar manteni endo toda
una serie de pr ejuicios de especie, como lógico resultado de una profunda
socialización en ellos. E l especismo, co mo cualquier otro prejuicio de su tipo,
puede cobrar múltiples y variadas for mas, y podemos adoptarlas sin percatarnos.
3.6. Defensa s del antro pocent rismo apelando a factores relacionale s
En este punto, una vez he mos visto rebatido s los argu mentos a favor del
antropocentrismo que aluden a las cap acidades individuales, es el momento de
acercarse a aquell os otr os que se refieren a la clase de relacio nes da das entr e los
seres humanos como lo moralmente relevante . Quienes defienden posicione s de
este tipo pueden obviar o incluso rech azar toda alusión a atri butos individuales,
como hace Lawrence Becker al indicar qu e ese sería un mal ca mino par a defender
el antro pocentris mo:
This line of re asoning is i ncorrect – not bec ause it f ails
to find some pa tent and morally rele vant disti nguishing
characteristics that it ou ght to have f ound, but because it
assumes that such a characteristic mus t be found in order to
justif y preferential treatment for humans. 387
Veamos, pues, si ha y al guna clase de relación que pueda result ar relevante
para establecer una di ferenciación moral allí dond e las capacid ades indi viduales
han fracasad o.
387 Becker, Lawrence C., “The Priority of Human Interests”, in Mil ler & W illiams (eds.) ,
Ethics and Animals , 225-4 2, p. 227.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
324
3.6.1. Mera similitud biologica
Una de las de fensas del antropocentri smo más s imples sugiere que podemos
privar de plena consid eración a los animales no humanos y no a los hu manos
simplemente porque los humanos pertenecemos a la misma especie biológica y los
no humanos a otras difer entes. Una posici ó n de este tipo ha sid o defendida por
Scanlon, quien ha considerado que lo relevante sería nacer de una m a dre humana
( “of human born” ) 388 pues tendríamo s una s uerte de vínculo de nacimiento ( “tie of
birth” ) con quienes han nacido como miembros de nuestra espe cie. 389
Este argumento resulta muy cercano a lo que sería una de fensa definicional
del antropocentr ismo. La única diferencia r adicar ía en la apelación a un hecho
biológico.
Matt Ball y Jack Norris han planteado una serie de observacion es interes antes
respect o de una posici ón de este tipo . Dado que esta asu me la especie co mo la
característica relevante por sí, p ara dar cuenta d e ella habrá qu e bu scar el cr iterio en
el que podría descansar una definición de la propia definición de especie.
Explicar án que este
argument is that hu mans hav e rights because t he y
belong to the species Homo sapiens [...] In the p ast, there
have been a numb e r of biological definitions of what
constitutes a species. Toda y , it is def ined genet ically . 390
La idea de que nu estra s consider aci ones mora les deberían descansar en una
cuestión genética parec e como mínimo cur iosa a primera vi sta. De hecho, quiene s
defienden el antropo ce ntrismo podrían apelar a ella, pero se verían c ontradichos
por toda una serie de consecuencias indeseables que se derivan de tal punto de
388 Scanlon, What We Owe to Each Oth er , p. 185.
389 Ibid.
390 Ball, Matt & Norris Jack , “Bey ond Might Makes Right”, Vegan O utreach ,
http://www.veg a noutreach.org /advocacy/bey ond.html [visitado el 15 marzo de 2005].
Distintas defensas del antr opocentrismo
325
vista. Podemos aproxi marnos a estas con la ayuda de do s clases de experimentos
mentales que cue stionan la validez de este cr iterio:
i) Humanoides con un A DN no humano:
Para cuestionar la val idez de la apelació n a los genes, Ball y Norris presentan
la siguiente suposición:
Consider if we could genetically e ngineer hum anoids
who were biologically disti nct from humans ( could not
reproduce with humans) but s hared human emotions and
intelligence. Could w e justifiably ensla ve, experi men t on, a nd
eat su ch peop le? 391
La hipótesis es intere sante puesto qu e parte de la que par ece ser la in tención
de quienes defienden este argumento para confrontarla con la formulación que este
mismo argumento tiene. Mantener la idea de que los humanoides arri ba descrit os
deberían ser con siderad os moral mente implicar á tener qu e rechazar la idea de que
hay algo e specífico en el hecho d e perten ecer bi ológica mente a la esp ecie humana.
ii) Cuerpos no sintientes con un A DN humano:
Perz ha presentado una obj eción diferente a este cri terio, advirtiendo:
If g e netic humanity was the requir ement for f ull moral
standing, then it would be immoral to ‘h arm’ a hy pothe tical
391 Ibid.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
332
lugar, pasar a defender que sería de todos modos deseable que así o curriese. No
parece que podamos defender un argu mento con éxito si una de sus pre misas ha de
ser rechazada. Y no po demos justificar que la existencia de un he cho que no tiene
lugar sería moralmente positiva sobre la ba se de que tal propio hecho tiene lugar.
Al hacer algo como e sto estamos suponiendo ya en las premisas la conclusión a la
que queremos llegar. Así, la petición de principi o en la que incur rimos es evidente.
Un punto co mo este qu eda constatado de modo muy claro si analiza mos otra
defensa del antr opocentrismo sem ejante a la de Becker, la que lleva a cabo Al fredo
Marcos. E ste autor comien za su argu mentaci ón indicando que el c oncepto de
especie es
un concepto de la biolog ía que no sirv e en conte xtos
morales y políticos. Introduce más confusión que otra cosa.
L a noción de especie pertenece a l a biología, y y a de ntro d e
esta ciencia [...] es consid e rada confus a y prob lemáti ca. 405
Este es un apunte en lín ea con lo que hemos venido vi endo , que in siste en el
rechazo a una cate goría biológica como criter io moral. Si n embargo,
contradiciéndolo, Marc os intentará todavía defender el antropocentris mo mediante
un argumento como el q ue sigue:
Cuando queramos referirn os a los seres humanos en su
conjunto es pref erible utilizar una expr e sión c on claras
connotaciones morales como “f a milia humana”. Esta
expresión no tra e consig o toda la complejid ad de la noc ión d e
espec ie. L a f amilia h u mana es un a ent idad concreta ,
localizada en el tiempo y en el espacio, m ientras que la
especie humana es una idea abstracta. El lla mado problem a
del esp ecismo tien e su s ra íces en es a conf usión cat eg orial. L a
405 Marcos, Alfredo, Ética Ambien tal , Univ ersidad de Valladolid, V alladolid, 2001, p.
113.
Distintas defensas del antr opocentrismo
333
coespecificidad no es una relación qu e conllev e
neces ariame nte v ínculos emoti vo s, socia les, af ectiv os y
moral es, mient ras que la perten encia a la m isma fam ilia, s í.
Una vez que consig amos reconocer en l os otros
humanos – en todos – las s eñas d e la f amili arid ad, un a vez que
consigamos extender primero a los más próxi m os y después a
los más alejados, los vínc ulos de respeto y a mor que nos unen
– o deberían unirnos – a nuestr a f amili a, y que nace n del más
elemental amor propio, solo enton ces estar emos en
condiciones de proced er a una nu e va extensión, sol o enton ces
podremos hacer que nuestra compasión alcance t a mbién a
otros viv ientes. 406
El argumento de este autor resulta bastante co nfuso, pero podemos in tentar
reconstruirlo como sigue:
1. La coespecifidad no conl leva vínculos morales.
2. La pertenencia a una familia conll eva víncul os morales hacia lo s
demás miembros de esta.
3. La críti ca del especis mo se dirige a la categor ía de la
“coespeci fidad”.
4. La críti ca del especi smo n o puede di rigir se a la concep ción del
grupo humano como “familia”.
5. Es preferible deno minar al grupo humano co mo “familia” que
como mera e specie (co especi fidad).
6. Hemos de conseguir que todos los seres humanos no s
consideremos entre nos otros como una “fa milia”.
7. La consideración moral de los ani males no hu manos depende de
que se dé previ ament e una con sideración mor al de los seres
humanos.
406 Ibid., pp. 113-14.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
334
Como no es difícil constatar, un planteamien to como el de Marcos busca
descartar como inválid a la críti ca del e specis mo. De fiende que l a satisfa cción de
los intereses hu manos te nga prioridad sobre la d e los de más animales. U na posición
así parece que clara mente constitu ye una forma de discri minación en fun ción de la
especie. Sin embargo, Marcos quiere n egar qu e su posición pueda ser tachada de
especista. Para ello, pr etende dar el p aso de la mer a coespeci fidad ( que, como en la
premisa 1 se co menta, no t iene repercusione s morales) a la “familia”. P or supuesto,
para que esto pueda resultar operativo, es preci so que se dé también la premisa 2
(que sería lo que t ornaría al hecho de formar parte d e una “familia” alg o
moralmente relevante). Un punto como este es más que cuestionable ( de hecho lo
discutiremos más adelante), pero por a hora, solo para poder conti nuar con el
argumento, vamos a mantener todavía nuestro s ilencio al respecto y actuar co mo si
efectiva mente fue se esta una pre misa libre de objeciones. Pues bi en, ll egado tal
punto, nos encontra mos con que para que el argumento p ueda tener éxito necesitar á
que se introduzca en él otra pr emisa distint a, qu e sería la sigui ente:
6’. Los seres humano s nos consideramos entre nosotros como
miembros de una “familia” común.
Sin embargo, la premisa con la que a continu ación nos encontramos difiere
sustancial mente de e sta, r ezando:
6. Hemos de conseguir que todos los seres humanos no s
consideremos entre nos otros como una “fa m ilia”.
Y esto apunta a algo qu e se ant icipa ya cu ando se ech a atrás Mar cos al hablar
de “los vínculos de respeto y amor que no s unen – o deberían unirno s – a nuestra
familia”. S e trata de una premisa que echa abaj o el r esto del argu mento de Marco s:
Los se r es hu manos no nos considera mos entre nosotros como una
“familia”.
Distintas defensas del antr opocentrismo
335
La necesidad de esta prem isa arruina su argu mento. Si los seres humanos no
consideran a otro s hu manos como parte de su “familia” el ar gumento carecerá de
una premisa nece saria para tener éxi to. 407 De este m odo, Marcos no consigue dotar
de justificación a la d e fensa de la de scon sider ación de los animales no humanos
que emprende. Asimi smo, la conclusión po sterior a la que pretende llega r este autor
(la de que la consid e ración moral de lo s anim ale s depende de que se de
previamente una con sid eración moral de lo s ser es humanos), car ece igu almente de
base.
Becker va a in tentar d ar un ar gumento que esquive este tipo d e crí ticas,
afirmando:
The argument I ha ve g iven is not based only on fac t s
about soc ial d ist ance – as found in people’s actu al attitudes
[...] the arg um ent I hav e giv en is based inste ad on th e logic of
various elements of moral character – namely the dispositions
to reciprocate and to empathize. 408
Apela Becker a que son det er minados elem ent os del carácter moral ( po r él
postulado s) lo que resu lta central, refiriéndos e explí citamente al áni mo de actuar
con reciprocidad y de empatizar. Ahora bien, e l primero de estos clara mente entra
en contradicción con lo que ha estado defendie ndo Becker hasta aquí, pues, como
debemos r ecordar, r ech aza este ter minantemen te que l a consider ación hacia los
demás sere s humano s haya de d epender d e sus capacidad es intel ectuales. Y mucho s
humanos car ecen de la posibilidad d e recipr ocar . De manera qu e s olo e l ánimo por
empatizar puede brindar aquí alguna clase de respuesta. Ahora bien, l o que en
seguida nos habre mos de preguntar a este re specto es: ¿por qu é motivo tal empatía
407 Puede comprobarse, a may ores de lo di cho, que Marcos introduce premisas no l igadas
realmente con la conclusi ón a la que llega con las que confunde la cuestió n. En re alidad,
por el modo e n que pr e senta su arg um entación M arcos habría que ind icar que incurr e en
una fala cia de l a pist a falsa, y más aun, de pérd ida del h ilo .
408 Becker, “The Priority of Human Intere sts ”, p. 240.
Un desafío para la bioétic a: l a cuestión del espec ism o
336
ha de extenders e a la tot alidad de los ser es humanos y tan solo a ello s? De hecho,
existe hoy qui en afir ma empatizar solo c on quien tiene un color de pi el como el
suyo propio, o quiene s muestran que su c onsideración se li mita a ellos mi smos, a su
círculo de amigos, sus conciudadanos, etc. Y, en contraposición, existen también
muchos cuya capacid a d de empatía se extiende sobre individuos que no son seres
humanos. De man era qu e no hay base fáctic a algun a para supon er que el alcance de
tal disposición haya de ser el que indica Becker . Y si en lo qu e nos fija mos es en el
alcance posible de nuestra e mpatía, entonces no habre mos de li mitarnos a to mar
como referente las expresiones más reducidas de e sta, sino que deberemos
comprobar cuál es el al cance máxi mo de su ext ensión, lo que i mplica tomar co mo
relevante el domini o más amplio que est a pued a alcanzar , que, como hemos visto,
estará mucho más allá d el gr upo hu mano.
De este modo, co mprobamos lo q ue antic ipamos ya en un ej emplo
anterior mente dado: el ar gumento de la sup erposición de especie s va a ent rar en
juego también en el ca so de los criterio s relacio nales. En concreto, en lo tocante a
los vínculos emotivos, hay que indicar que dentr o del grupo humano también se
dan distintos tipos de relaciones em o cionale s. De hecho, hay una premisa en el
argumento anterior que no ha sido explicada, y que no e s otra q ue l a ne cesidad de
que tomemos como el g rupo de a finidad pertine nte al humano. Pod e mos sustituir la
especie por el gr upo de a migos, o el col or de piel, de maner a que las
diferenciacio nes moral es justificada s serán otras, a saber, aquellas que tomen por
bas e grupos más reducidos. Y es algo que , de hecho, ocurre: mucha gente mantiene
actitudes de preferencia por quienes poseen un color de piel como el suyo, por citar
tan solo un eje mplo.
Podemos comprobar est o aproximándonos a la posición de otra defensora de
este argumento, Bonnie Steinbock. E sta ha a firmado que e s normal y aceptable
mostrar sentimientos de simpatía, deseo de protección y otros ligados hacia algunos
individuos específicos, de manera que lo s favor ezcamos frente a otros. En opini ón
de Steinbock, el únic o r equisito con el que no s encontr aríamos para a ctuar de tal
modo sería no privar a quienes no favorez camo s de aquello q ue e stá en su der echo
disfrutar (lo cu al podr ía ser sus der echos o la consideraci ón mínima de su s
Distintas defensas del antr opocentrismo
337
intereses). De ese modo , no e s racista, dice Steinbock, quien atiende primero a los
que considera miembros de “s u raza”, sino quien no tr ata como es debi do a quienes
no entrarían en tal colectivo. 409 De esta posición s e deriva que qui enes manifie stan
un favoritismo hacia aquellos con su mismo color de piel, pero res petan los
derechos de los demás no pueden ser llamados racistas. Una posición así
seguramente resultará cuestionada por mucho s, que a firmarán que sí r esulta un
ejemplo de actitud racist a.
El modo en que S teinbock procede es intent ando justificar que po demos
manifestar una actitud preferente hacia alguno s de esto s individuos. Ello, de ser
aceptable, habrá de se rl o en el ám bito de lo supererogatorio. De este modo, quienes
tengan una preferencia por los sere s humanos podrán tal ve z ver su actit ud
justificada, pero mediante la asunción de un principio que jusiti fica igualmente que
quienes manifiesten otr o tipo de preferencias p uedan continuar sin pro blema algun o
utilizando en su bene ficio por igual a animales no humanos y a los miembros del
citado colectivo de seres humanos. D e modo coherente con esto, un autor como
William Ti mberlake d e fenderá una parcial idad co mo la d escrita t ambi én para lo s
casos intrahu manos:
Equality of moral status is s omething we aspire to in
specif ic circums tan ces in leg al sys te ms, bu t a few moments of
conversation with the averag e person should conv inc e one
that this is not a com mon belief. Children do not have the
moral st atus of ad ults, th e mental ly ill are not judg ed by the
same s tan dar ds as th e mental ly c ompeten t, illeg al immig rants
do not have the moral status of c itizens, nonresident poor do
not have the mor a l status of reside nt poor, strangers do not
have the moral status of friends, someone who has stolen
409 Steinbock, Bonnie, “ Speciesism and the Idea of E quality ”, Phi losophy , 53, 1 978, 247-
56, p. 256.
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