Declaración sobre las orientaciones de la Comisión de las Comunidades Europeas hecha ante el Parlamento Europeo por el presidente Jacques Delors y su respuesta al término del debate parlamentario sobre dicha declaración. Estrasburgo, 14 y 15 de enero de 1985. Suplemento 1/85 del Boletín de las Comunidades Europeas
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Boletín DE LAS COMUNIDADES EUROPEAS Suplemento 1/85 Declaración sobre las orientaciones de la Comisión de las Comunidades Europeas hecha ante el Parlamento Europeo por el presidente Jacques Delors y su respuesta al término del debate parlamentario sobre dicha declaración Estrasburgo, 14 y 15 de enero de 1985 Comisión de las Comunidades Europeas
Boletín de las Comunidades Europeas Suplemento 1/85 Declaración sobre las orientaciones de la Comisión de las Comunidades Europeas hecha ante el Parlamento Europeo por el presidente Jacques Delors su respuesta al término del debate Estrasburgo, 14 y 15 de enero de 1985 COMUNIDADES EUROPEAS Comisión
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índice Declaración sobre las orientaciones de la Comisión de las Comunidades Europeas 5 Principales pasajes de la respuesta dada por el Presidente Jacques Delors a la conclusión del debate parlamentario sobre las orientaciones de la Comisión 16 S. 1/85
Declaración sobre las orientaciones de la Comisión de las Comunidades Europeas Estrasburgo, 14 de enero de 1985 «Señor Presidente, Señoras y Señores Diputados, al presentarse ante vosotros desde el comienzo de su mandato, tal como lo habéis pedido explícitamente, la Comisión es consciente plenamente de la importancia de estas dos jornadas. Quiere marcar así su responsabilidad política ante el Parlamento e iniciar con él un diálogo de confianza y un trabajo útil para Europa, tal como lo queremos ardientemente. En nuestro espíritu, este acto colectivo ante los representantes de la Comunidad de los ciudadanos está acompañado del empeño individual de cada comisario ante el Tribunal de Justicia, símbolo de la Comunidad de derecho. Señor Presidente, Señoras y Señores Diputados, una Comisión se va y llega otra. Cuatro años se terminan, cuatro años comienzan. Pero no pueden apreciarse en función de ese período ni la historia de la construcción europea, ni el papel que en ella juega la Comisión. Con mayor razón aun, si se considera que la Comisión es uno de los dispositivos esenciales de nuestras instituciones y que tampoco es el único. Y aun más —y tendré la ocasión de volverlo a tratar— si se piensa que el esquema institucional previsto por el Tratado de Roma, lo menos que se puede decir, es que ha funcionado cada vez peor. Pero al tratarse, al principio del año, de un paso de testigo, diría con gusto que la Comisión presidida por el señor Gaston Thorn nos transmite un mensaje de esperanza. Un mensaje de esperanza Ante todo, porque ha contribuido incansablemente — y en primer lugar su Presidente— a provocar saludables tomas de conciencia y a recordar «por qué combatimos» o más bien «por qué debemos vivir y actuar conjuntamente». Y también es verdad que, desde ese punto de vista, la desilusión europea ha retrocedido, el ambiente ha cambiado. Luego, porque Europa se encuentra a punto de salir, al menos así lo espero, de sus disputas familiares que desde hace varios años la paralizan completamente. No me compete atribuir los respectivos méritos de esa solución positiva, pero quisiera decir sin embargo que las propuestas de la Comisión Thorn, su incesante recuerdo del contrato inicial que nos une, han ayudado a la solución de esas disputas de familia, cuyo carácter irrisorio será denunciado por los historiadores con relación a los desafíos que nos lanzan el presente y el futuro. Se presenta, por lo tanto, ante vosotros una nueva Comisión impregnada de humildad intelectual y de una gran determinación política. Tengo particularmente un sentimiento de humildad. A menudo me pregunto, ¿cómo puede ser posible que esta Comunidad animada por personalidades de convicción y de talento, no ha terminado aún de despegar? ¿Por qué no ha podido realizar los objetivos del Tratado, sobre el que existía un consenso mínimo, es decir, la realización de una integración económica, social y monetaria que es el indispensable soporte del progreso de cada una de nuestras naciones? Perdonadme esta idea trivial surgida de la experiencia: los artífices de la construcción europea acollan menos el «qué hacer» que el «cómo hacerlo». No se puede uno contentar por lo tanto, con explicaciones muchas veces dadas, tales como el peso paralizante de la crisis, la falta de voluntad política o aun la inercia de las administraciones nacionales. ¡No! es preciso ahondar más. Y aquí también, otro rayo de esperanza, tanto el Consejo Europeo como el Parlamento sienten la necesidad de hacer funcionar mejor las instituciones. Seguramente, es más fácil provocar aplausos evocando objetivos entusiasmantes que tratando sobre los medios para alcanzarlos. Pero ahí es donde se encuentra la dificultad. Es decir, no es suficiente el hechizo. ¿Sabremos aprovechar esta especie de ambiente propicio a un salto hacia adelante? No me atrevo a hablar mucho de ello, he percibido en el transcurso de mis conversaciones exploratorias en las diversas capitales tantas divergencias de fondo, restricciones mentales, interpretaciones diferentes de las reglas que nos rigen. Pero, finalmente, nos encontramos aquí en una coyuntura en la que la Comunidad puede aprovechar los vientos favorables o bien, una vez más, dejar pasar su oportunidad. No lo dudemos, mientras que todo se mueve a nuestro alrededor, mientras que se refuerzan las S. 1/85
potencias actuales, haciéndose las potencias de mañana, se pone en juego la credibilidad de Europa frente a los habitantes de la Comunidad, frente a los grandes del mundo, frente al Tercer Mundo. ¿Sí o no, Señoras y Señores Diputados, Europa quiere existir, Europa quiere hacerse respetar? Aquí cada uno lo sabe, ya que está investido por el sufragio universal, porque siente que debe rendir cuenta de su acción ante los ciudadanos de Europa, credibilidad que debe conquistarse duramente. Depende de la fuerza de Europa, de su fuerza económica y financiera, así como de su ejemplaridad social y de sociedad. Con ese fin, os propondré orientaciones y un método, reservándome, de acuerdo con vuestra Mesa directiva ampliada, presentaros en el período de sesiones del próximo mes de marzo un programa de trabajo para el presente año. Programa que comprenderéis que se debe preparar colectivamente, lo que exige cierto tiempo. ¿De qué se trata, ya que he hablado sobre todo del «cómo hacerlo» y que hablaré, sobre todo, del «cómo hacerlo»? El método para realizar el consenso y la convergencia de las voluntades, el método para actuar y tener éxito, es con la búsqueda de la credibilidad el punto esencial. Lo que me llevará a evocar ante vosotros el funcionamiento de las instituciones y el proceso de decisión. Lo haré tratando de introducir un poco más de claridad en un sector en el que nadie niega ni su importancia ni la urgencia de reformas. Pero ahí también, ¡cuántas ambigüedades en el debate actual, y también cuántas oposiciones! La credibilidad de Europa Los parlamentarios europeos han estado siempre en la vanguardia del combate por Europa de los ciudadanos. Habiendo sido miembro de vuestra Asamblea, habiendo presidido una de sus comisiones encargada en particular de los problemas de la libre circulación de las personas, de los bienes, de los servicios y de los capitales, he sostenido los esfuerzos de quienes se indignan, justamente, de la persistencia y de la amplitud de los obstáculos. Era y sigue siéndolo, a los ojos de todas —de personas privadas o de empresasuna especie de Europa feudal que sólo ofrece barreras, aduanas, formalidades, estorbos burocráticos. Para dar ejemplo, para hacer romper todas las formas explícitas o implícitas a la libre circulación, algunos jefes de Estado y de gobierno han decidido poner su poder en la balanza. Por eso, ¿es, acaso, presuntuoso anunciar y luego ejecutar la decisión de suprimir todas las fronteras en el interior de Europa de aquí a 1992? Ocho años para realizar esta supresión, es decir, el tiempo de dos Comisiones. Por nuestra parte, estamos listos a trabajar para ello, en unión con el Comité sobre Europa de los ciudadanos, presidido por el Sr. Adonino. Permitidme entrar un momento en los detalles. El Consejo y el Parlamento han aprobado el programa de consolidación del mercado interior presentado por la antigua Comisión. Debe ser puesto en práctica en tiempo hábil, correspondiéndonos realizarlo, os proponemos el contenido de una nueva etapa acompañada también de un calendario. Creo que respondo así a una de vuestras preocupaciones esenciales; incluso diría, vitales. Me habéis hablado. Queréis, queremos que al fin de vuestro mandato, al fin de 1988, los europeos, vuestros electores puedan palpar en su vida cotidiana, una Europa concreta, una Europa real donde se pueda, sin obstáculos, circular, dialogar, comunicar, intercambiar. Si logramos alcanzarlo, las elecciones de 1989 serán las de un renuevo, de la ciudadanía asumida, de un nuevo impulso de la democracia. Circular libremente no es sin duda el deseo principal de los europeos en lucha contra las incertidumbres, incluso contra sus angustias del futuro. Nos hablan, os hablan de las razones de vivir, posibilidades de inserirse en la sociedad y por lo tanto de trabajar, equilibrios a encontrar entre vida personal y vida profesional, sociedad postindustrial medio ambiente natural. Suprimir las fronteras no les convencerá de nuestra voluntad de suprimir el paro masivo. Ahí también se juega la credibilidad de la gran aventura europea tanto a nivel de cada nación como de la Comunidad. A nivel de cada nación, que nada la dispensará del esfuerzo que debe hacer para volver a encontrar estructuras competitivas y el camino del crecimiento económico. Pero también a nivel de la Comunidad que debe desempeñar el papel de multiplicador de los esfuerzos nacionales. La convergencia de las economías sólo tendrá sentido para los europeos, si de aquí a diez años hemos invertido la curva infernal del paro. Esto depende de nosotros mismos, de nuestra fuerza, de nuestra capacidad de llevar adelante S. 1/85
paralelamente la adaptación de las estructuras y la activación de la coyuntura. Por último, no dejemos de lado nosotros las generaciones de cabellos y sienes plateadas, las aspiraciones nacidas en el transcurso de los «Golden Sixties», en el seno de la sociedad de la abundancia. Lo sé, esas aspiraciones son diversas, a veces confusas, a menudo llenas de contradicciones. Pero ¿acaso no ha sido siempre así? Es imaginable que nuestra Europa esté ausente de este gran debate de civilización, ella, quien por encima de sus bajezas y de sus guerras fratricidas, ha aportado a la humanidad modelos de pensamiento, donde la colectividad, el individuo y la naturaleza tienden a un equilibrio armonioso. Esta sería nuestra manera de festejar, en 1985, el Año Internacional de la Juventud, de dar eco a las preguntas, esperanzas y angustias de las nuevas generaciones. Esta sería la manera de afirmar nuestra identidad, nuestras identidades culturales, en un mundo trastornado por las tecnologías de la información. Se aspira, y con razón, a una Europa de la cultura. Pero de la cultura vivida, Señoras y Señores Diputados, es también la posibilidad para cada uno de alcanzar su plenitud en una sociedad donde tiene algo que decir y en espacios organizados o naturales que favorecen el desarrollo humano. He ahí por qué —y con razón— se intima a que luchemos contra todo tipo de ruidos ambientales, a que mejoremos las condiciones de trabajo, que reconsideremos nuestras ciudades y nuestros tipos de vivienda, que preservemos esa base irreemplazable de regeneración de recursos que es la naturaleza. En todos esos sectores, muchos de los cuales se refieren a la política del medio ambiente, la Comunidad debe llevar a cabo una acción ejemplar y realista, se debe estimular la creación, se le debe coronar a nivel europeo, animar y difundir las innovaciones, con el fin de que sean la base de los necesarios renovamientos. Ahí es donde está el sueño europeo, que encuentra sus fundamentos en una historia marcada por la creación al servicio del hombre. Procuremos que este sueño se nutra de nuestro ideal y de las realizaciones. Y cómo no maravillarse aun hoy por la actualidad de las afirmaciones de Jean Monnet, quien hablaba así de los comienzos de la Comunidad : «El comienzo de Europa fue una visión política, pero aun más una visión moral. Los europeos habían perdido poco a poco la facultad de vivir conjuntamente y de asociar su fuerza creadora. Su contribución al progreso, su papel en la civilización que ellos mismos habían creado parecían en decadencia». ¡Ya en ese momento! Al recordar esas palabras de Jean Monnet, quisiera invitaros a resistir a las modas, a que volváis a encontrar la confianza en vosotros mismos, en esta Comunidad que dentro de poco se ampliará a doce, que de Norte a Sur reunirá casi todas las corrientes del humanismo europeo. Esta exigencia cultural no nos separará de las realidades de nuestro mundo. Cada uno sufre la dureza de los tiempos actuales. Por esta razón la Comunidad podría emitir los mensajes más nobles que sólo se escucharían, si se convierte en un sujeto de la historia. Ahora bien, ¿por qué esconderlo? Esto es verdaderamente lo que nos amenaza. Allí se habla de euroesclerosis y se nos trata como tales. En otra parte, se deplora nuestra falta de iniciativa y de generosidad. ¿Dónde se encuentra, pues, el mensaje de esperanza del que acabo de hablar? Responderé : en nuestra capacidad de hablar con una sola voz y de actuar conjuntamente. ¿Somos capaces de ello nosotros, los europeos? Esa es la pregunta que se nos hace. A decir verdad, la demostración apenas si ha sido probatoria en estos últimos años. La Comunidad, demasiado a menudo a la defensiva, ha batallado ciertamente por sus intereses puntuales, limitando del mejor modo los daños. La mayor parte del tiempo no han sido las posiciones comunes las que se han expresado fuertemente, sino más bien intenciones vagas y matizadas según los países miembros. Ahí está el resultado, Señoras y Señores Diputados, la Comunidad no ha logrado convencer a sus otros dos grandes interlocutores y amigos, los Estados Unidos y el Japón, a poner remedio de común acuerdo a los desórdenes evidentes de la economía mundial : ya sea la inestabilidad de las monedas, las tasas de interés prohibitivas, los proteccionismos implícitos, el retroceso de las diferentes formas de ayuda a los países más pobres. En todo esto, Europa no ha sabido dar pruebas ni influir. Los «doctores tanto-mejor» me responderán que se ha evitado. Esto es verdad, los problemas del endeudamiento se han resuelto caso por caso. El comercio internacional a vuelto a tomar S. 1/85
do de Roma. Esto sin descuidar ni una ni otra. Es decir, rechazar a la vez las trampas de un pragmatismo, en fin de cuentas limitado, pero rechazar también la huida hacia adelante. Con relación al marco actual, el del Tratado de Roma, modificado por acuerdos o por no acuerdos, la Comisión se compromete a explorar todas las posibilidades. La Comisión usará plenamente su derecho de iniciativa para realizar las prioridades que he expuesto ante vosotros. La Comisión pedirá al Consejo de ministros el regreso al espíritu del parágrafo 2 del artículo 149, que conocéis tan bien. No dudará en retirar una propuesta, si estima que su contenido es demasiado alterado o si comprueba el rechazo explícito o implícito de debatirla. El Parlamento será asociado plenamente a esta experiencia que tendrá el valor de prueba para la voluntad real de los países miembros, así como para la validez de nuestras reglas y de nuestras prácticas institucionales. Cuando surja una dificultad entre dos instituciones, la Comunidad se esforzará en evaluar lo que resulta de una divergencia de fondo entre los países miembros, o lo que es propio del enfrentamiento de los poderes. Iba a decir, y me lo perdonaréis, los enfrentamientos de las susceptibilidades entre las instituciones. En la primera hipótesis, las discrepancias de fondo, es en el seno del Consejo donde se deberá instaurar una explicación franca. Al Parlamento le corresponderá debatirla y presentar el testimonio de las opiniones públicas. En la segunda hipótesis —enfrentamiento de poderes, enfrentamiento de susceptibilidades— la Comisión tratará de jugar el papel de buenos oficios, con el fin de que lo accesorio, las fricciones institucionales no oculten lo esencial, es decir, el progreso de la integración europea. Detrás de su aspecto operacional, no os equivoquéis, Señoras, Señores, la exigencia es muy ambiciosa. La Comisión se encuentra también entre la espada y la pared. Debe definir los medios realistas de estos objetivos. La Comisión debe inventar la simplicidad en el contenido de sus propuestas, actuar de común acuerdo con las otras dos instituciones. Pero no aceptará alterar al comienzo el vigor de su empeño y el contenido de su propuesta. Por lo tanto, encontraréis Comisarios disponibles para intercambios útiles en el seno de vuestras comisiones, así como en la Asamblea plenaria. Sólo lo lograremos, el Parlamento y la Comisión, mediante un esfuerzo riguroso de dominio de nuestros trabajos respectivos, mediante una programación de nuestros intercambios y de nuestros debates. Es una aventura difícil, pero que merece intentarse. Quisiera convencer, por la acción, a aquellos de entre vosotros que se encuentran desanimados ante tantos asuntos a los que se les ha dado largas, ante tantas complejidades inútiles, ante tantos obstáculos secundarios. La Comisión debe desempeñar de cualquier modo el papel central de ingeniero de la construcción europea. Entendámosnos bien, con el fin de que nuestra colaboración no comience en la ambigüedad. No estoy seguro de nada en este campo, es decir, la óptima utilización de las reglas del Tratado. Pero quiero actuar. Soy partidario de nuevos horizontes para Europa. Estoy a favor de la Unión Europea. Pero, ¿es esa una razón determinante para no abrir ya desde hoy las obras del progreso económico y social? Dicho esto, es preciso que haya un más allá del Tratado de Roma. Hay proyectos sobre la mesa, y en primer lugar el del Parlamento Europeo. El comité Dooge trabaja por su lado con plazos precisos, una primera discusión en el Consejo Europeo de marzo, un debate profundo seguido, lo espero, de decisiones en el Consejo Europeo de junio. La Comisión ha participado y participará en él de una manera activa, animada por el ideal de una Europa finalmente unida y dotada de los medios de sus ambiciones. Ahí también, la Comisión piensa desempeñar un papel de arrastre y de propuesta. Quiere responder a las llamadas y a las esperanzas de todos aquellos que en este Parlamento mantienen viva la llama del ideal europeo. Queremos responderles ; responderles por una seria toma en consideración de las resoluciones, dictámenes y tabajos del Parlamento Europeo, responderles contribuyendo al indispensable salto adelante para ampliar nuestras perspectivas y reforzar nuestra acción. Desde ahora la Comisión quiere instaurar un dinamismo de la decisión y de la acción, dar sentido y eficacia al trílogo institucional. Tiene la voluntad de asumir con los brazos abiertos sus responsabilidades, ampliar sus posibilidades de ejecución en el marco de las delegaciones que pedirá al Consejo de ministros. La Comisión tomará sus riesgos. Toca a las otras dos instituciones tomar también sus riesgos. 14 S. 1/85
El movimiento dará sus pruebas caminando y a medida que volvamos a encontrar la capacidad de actuar, seremos cada vez más confortados en nuestra idea de trazar nuevos horizontes. Procuremos que desde el próximo mes de junio, por lo tanto en la fecha fijada por el Consejo Europeo para un debate de la mayor importancia; desde el próximo mes de junio los pasos ya dados en el fortalecimiento de nuestra Comunidad justificarán la voluntad de ir mucho más allá hacia la Unión Europea. La Comisión no desconoce ninguna de las dificultades que le esperan, creedlo bien. Sin olvidar lo que queda por solucionar y que, por lo tanto, volveremos a tratar: llevar a buen término el presupuesto de 1985, los desacuerdos sobre la disciplina presupuestaria, los programas integrados mediterráneos, la fijación de los precios agrícolas, la solución de puntos litigiosos sobre el medio ambiente y sobre el acero. En breve, la presión cotidiana sería suficiente para llenar nuestros empleos de tiempo, tanto de la Comisión como del Parlamento. A pesar de ello, es preciso trazar perspectivas, recrear dinamismos al servicio de una Comunidad digna de ese nombre, fuerte por una economía renovada y por un sistema social ejemplar. Con relación al método, debemos demostrar que se puede actuar a doce y no simplemente estancarse y vivir sin largas perspectivas. En términos de influencia, tenemos que procurar que la Comunidad hable con una sola voz y sea un actor y no un sujeto de la historia contemporánea. Por último, un desafio de civilización, esencial en este mundo en profundo cambio. Es preciso afirmar nuestros valores, realizar las nuevas síntesis entre las inspiraciones a menudo contradictorias de nuestros contemporáneos. Lo repito : tenemos los medios, los europeos tienen los medios. Por lo tanto, seremos juzgados una vez más por nuestra fuerza de carácter. Y en este momento no puedo dejar de pensar a las máximas enunciadas por Winston Churchill en 1946: «In war, resolution; in defeat, defiance; in victory, magnanimity; in peace, goodwill». ¡Ah! en este mundo tan duro y tan difícil, si nuestra Europa pudiera ser digna de estos preceptos y encontrar así toda la confianza en sí misma. Señoras y Señores Diputados, debemos afrontar tres importantes desafíos : el método, la influencia, la civilización. Pero después de todo, Señoras y Señores Diputados, esto depende de nosostros mismos, sólo de nosotros mismos». S. 1/85 15
Principales pasajes de la respuesta dada por el Presidente Jacques Delors a la conclusion del debate parlamentario sobre las orientaciones de la Comisión Estrasburgo, 15 de enero de 1985 «La declaración que hice ayer era una declaración para los próximos cuatro años, y no la presentación de un programa detallado para un año... Esta declaración de orientación, si después se le detalla para tratar de transformarla en programa y se le agregan las otras realizaciones, de las cuales no pude hablar —como, por ejemplo, la conservación de la energía, la política de la energía en general— se verá que tiene mucho trabajo para los próximos cuatro años... Debemos hacer un gran esfuerzo en nuestros métodos de trabajo. Por tal razón, será preciso seleccionar nuestros temas, seleccionar nuestras discusiones en el interior de una Comisión cuyos miembros han recordado que querían formar un verdadero colegio, lo que no es siempre fácil, porque incluso la Comisión expresa las tensiones, las diversas oposiciones que existen en la Comunidad, sobre las que me permití recordar que eran importantes. ¿Qué no se hubiera dicho de mi discurso, si me hubiera hundido en el idealismo? Este trabajo de puesta en limpio, de clarificación, debe hacerse en el seno de la Comisión, en el seno del Parlamento, así como en el seno del Consejo. Pero nosotros tenemos un deber suplementario: llegar a posiciones comunes cuya fuerza obligue a las otras dos instituciones, también ellas, a que digan claramente lo que quieren y lo que no quieren... Ayer, sin ignorar las dificultades, sin ignorar las diversas posiciones, con el riesgo de aburriros, quise hablaros más del «cómo hacer» que del «qué hacer». Y sin embargo, observo que todo lo que dije, parecía muy ambicioso e incluso, para algunos, fuera de alcance. Esa es la dificultad de nuestra larea. Se me dijo inmediatamente que no olvidara los problemas en suspenso: el presupuesto 1985 y la disciplina presupuestaria, por jemplo. Excelente ocasión para mí de ilustrar en dos minutos la dificultad de encontrar nuevamente un buen manejo de las instituciones. Sobre estos dos asuntos, presupuesto 1985 y disciplina presupuestaria, si queremos proceder rápidamente, nosotros, la Comisión, deberíamos desempeñar los buenos oficios y entregarnos más al papel de secretaría del Consejo, tratando de acercar los puntos de vista, es decir, hacer un trabajo implícito. Pero incluso si tenemos éxito en ese trabajo, daremos la espalda al origen, al carácter de base de las instituciones comunitarias, que obliga a la Comisión a hacer una propuesta y a las otras dos instituciones a desmarcarse, a tomar una posición frente a ella. Veis cómo es difícil nuestra posición, incluso mañana, en nuestra tarea cotidiana. Esta semana, al encontrar, por ejemplo, la Presidencia italiana, tuve la tentación yo mismo de hacer una propuesta para tratar de solucionar uno de los problemas en suspenso. Pero inmediatamente me dije: si hago eso, me alejo aun más de la pureza del esquema inicial, esquema que tenía su parte de genio, cuando se le mira de cerca. Así mismo, no ignoramos ninguna de las dificultades con relación a la política agrícola común. Dije que era preciso dar razones de esperar a los agricultores. Verdaderamente lo creo. No era un medio utilizado por mí para evitar hablar de los precios, del exceso de producción, de los graves litigios que tenemos con los Estados Unidos y con otras potencias. No, simplemente porque al recibir esta semana a los representantes de las organizaciones agrícolas, sentí que a sus ojos Europa se alejaba, fuere lo que fuere y, por consiguiente, volver a dar perspectivas a mediano plazo a la agricultura europea, no es el medio para resolver todos los problemas, sino trazar una línea. No obstante, es preciso mirar el futuro. Gaston Berger decía: mirar el futuro, es ya cambiarlo. Lo mismo será para la ejecución del presupuesto y tendremos la ocasión, por supuesto, de volver a hablar de esta importante materia. Mi declaración de ayer era voluntariamente desequilibrada. No hablaba suficientemente del exterior, porque no quería sobrepasar un discurso de una hora, sobre todo un discurso sobre el método. 16 S. 1/85
Firmeza impregnada de apertura Con relación a la credibilidad hacia el exterior, sólo dije algunas palabras, depende, según mi parecer, de nuestra fuerza de carácter, lo dije ayer, pero también de nuestra fuerza económica. En primer lugar, incluso si va más allá de los estrictos dominios del Tratado de Roma, es necesaria una visión amplia con relación a los problemas de la paz, del equilibrio de las fuerzas en el mundo, de todo lo que amenaza el círculo ya restringido, o siempre restringido, de las democracias. Pero también todo lo que amenaza a los derechos humanos, en todas parte, e incluso entre nosotros, si queremos barrer delante de nuestra puerta. Tenemos necesidad de firmeza impregnada de apertura. No me entregué ayer como a veces lo hago, porque no hablaba en mi nombre y era respetuoso de los otros, a esa forma de diálogo brutal que utilizaba en cuanto ministro con los representantes de la administración estadounidense. Me autorizaba con mayor razón a ser franco delante de ellos, al considerarme su amigo, pero a veces eso no era comprendido así. Será necesario volver a encontrar esa firmeza. La firmeza no excluye ni la apertura, ni la amistad, pero es preciso un estilo y, como lo decía ayer —ahí es la experiencia que habla, mi experiencia personal, así como la experiencia de los otros— cuando nos presentamos nosotros los europeos frente a los Estados Unidos con disposiciones cuya claridad no es muy grande, con no sé qué matiz sobre la manera de abordarles o sobre la manera de convencer, incluso si estamos de acuerdo sobre el diagnóstico, entonces no lo pensamos. Podría ilustrar hoy tres años y medio de historia monetaria del mundo para demostrar que sólo una vez logramos convencer a nuestros amigos americanos, pero ese día hablábamos con una voz fuerte y unida. Teníamos el mismo diagnóstico, las mismas propuestas e intervinimos todos en el mismo sentido. Es preciso una presencia efectiva... La Comisión, y Europa en general, no se encuentran suficientemente presentes en América Latina, en América Central, en los países subdesarrollados no miembros del Convenio de Lomé. Y Europa, que se amplía a España y a Portugal no tiene una gran política mediterránea. No tengo necesidad de desarrollarlo. Por esta razón, tenía la intención de confiar ese puesto a un comisario en acuerdo, por supuesto, con los que están encargados de las relaciones exteriores y del desarrollo. Pudo hacerlo confiándolo a una persona generosa y competente, pero antes incluso de que se hubiera encontrado a la persona adecuada, se tomó la decisión, por las razones que os acabo de indicar y que por otra parte, estuvieron confortadas por las consultas que había pedido a varios altos funcionarios de la Comunidad y a varios comisarios. Es necesario que aseguremos nuestra presencia efectiva en el mundo... Estar presente, estar presentes para que Europa sea conocida. Por supuesto que en nuestro comportamiento, no estamos siempre a la altura de lo que predecimos, de lo que queremos, de lo que recomendamos, pero hay que estar presentes, y pienso que con esta nueva organización, la Comunidad estará más presente y que los tres comisarios interesados trabajarán de común acuerdo, unidos por la voluntad de mejorar el sistema mundial. Personalmente, en cuanto ciudadano, una de mis grandes angustias, ¿cómo nosotros los europeos, que, volviéndonos hacia nuestro pasado, por encima de nuestras bajezas y de nuestras guerras fratricidas, tenemos un tal patrimonio de civilización, pudimos ser tan potentes, a veces hasta llegar a arrastrar a los otros en caídas y en guerras? ¿Cómo podemos aceptar una lenta decadencia, incluso cuando esa decadencia es dorada para muchos? ¿Nuestros nietos nos perdonarán por no haberles legado una Europa capaz de expresarse y de influenciar los asuntos del mundo? Uno de los rasgos característicos, también, de Europa ha sido su voluntad de universalidad y, desde luego, cuando hablo de Europa no la limito a diez o a doce países, como se me reprochó. Es preciso comenzar, sin embargo, por quienes quieren estar juntos, por quienes quieren vivir y actuar juntos. Se trata, por lo tanto, de la orientación de los flujos comerciales y financieros, de la extensión de la ayuda, de la revisión del papel de las organizaciones internacionales. La Comunidad Europea estará presente. Los tres comisarios encargados de esos asuntos harán lo necesario. No seremos agresivos verbalmente, pero seremos firmes y os rendiremos cuentas de nuestra acción —y esperamos que los gobiernos querrán seguirnos, porque no tenemos nada que ganar olvidándonos a nosotros mismos, en olvidar nuestra idenS. 1/85 17
tidad. Lo que os quise decir ayer, y que algunos pudieron tomar como un prejuicio sobre este o aquel tipo de organización social, no era eso. Era una noción simple, importante, que no impide la revisiones desgarradoras de sí mismos. Sigamos siendo los mismos, os ruego, sigamos siendo los mismos. Acción estructural y acción coyuntural Con relación a lo anterior, para volver a tratarlo, quise vincular, en mi discurso de ayer, la acción estructural y la acción coyuntural. Y además, en el transcurso de las consultas que he comenzado con los grandes interlocutores de la vida económica —empresarios, sindicatos, organizaciones agrícolas— he vinculado siempre la acción estructural y la acción coyuntural. ¿Por qué? Porque es la verdad. Es preciso adaptar nuestra oferta de producción a la nueva situación internacional, pero al mismo tiempo es necesario, en los próximos meses, demostrar que somos capaces de progresar, y con mayor razón aun cuando hay ocasiones propicias. ¿Creen que se puede decir hoy a los jóvenes que se encuentran en la escuela o que se encuentran en paro: dentro de cinco o diez años, cuando hayamos adaptado nuestras estructuras, encontraréis un empleo? Por otra parte, ¿creen que se puede uno lanzar en una política de reflation de la economía, de reactivación de la economía, con estructuras tan débiles como las nuestras, sin haber movilizado antes nuestros medios? ¡No! Ambas cosas están vinculadas. Están en juego nuestra eficacia y nuestra credibilidad... El Sistema Monetario Europeo y el ECU Sobre las perspectivas monetarias he sido prudente... Si lo he sido, es porque no ignoro ninguna de las condiciones en las que ha sido creado el Sistema Monetario Europeo ni los debates doctrinales que se oponían en ese momento, no sólo entre los especialistas mismos, sino también entre los gobiernos y los presidentes de los bancos centrales. Habéis visto sin duda en estos últimos tiempos que las epidermis se han vuelto a enrojecer por los dos lados, que todo el mundo se ha exasperado y se ha refugiado en cuestiones de principio. No es un clima propicio para avanzar y responder de una manera bastante distendida a las cuestiones que he planteado ayer. Por esa razón hice esas preguntas. Para ir algo más allá, quisiera simplemente recordar tres puntos. En primer lugar, supongamos que tenemos la voluntad de ir más allá del sistema actual. Supongamos que se considera prematuro acceder a la fase definitiva prevista en 1979. Supongamos que se tranquilicen los bancos centrales. Queda que para avanzar, cada país miembro debe hacer un esfuerzo; algunos para reducir su margen de fluctuación ; otros para entrar en el sistema; otros aun, para liberar los movimientos de capitales. Porque, ¿para qué querer un ECU fuerte en un mercado fraccionado? El feudalismo tiene la misma validez tanto para los asuntos monetarios como para los asuntos económicos y comerciales. A partir de ahí, podemos considerar trabajar en dos direcciones, e incluso más allá del pequeño «paquete» que se ha rechazado en el mes de diciembre. Por una parte, por el dominio del desarrollo del ECU privado —ayer he indicado las razones, que son serias— y, por otra, por la ampliación de la utilización del ECU oficial en el interior del sistema, e incluso fuera del sistema. Si llegamos a definir un paquete más ambicioso que el de diciembre y hacerlo aceptar por todos, habremos realizado un progreso real. Es preciso hacerlo bastante rápidamente, una vez que las susceptibilidades vuelvan a la calma, y esto nos permitirá impulsar los trabajos en curso en el seno de las instituciones internacionales. Os recordáis que hace dos años, el Presidente de la República Francesa había hecho una llamada a una conferencia monetaria internacional. Inmediatamente presenté propuestas. En cuanto ministro de finanzas, promoví la resurrección de lo que se llama «el grupo de los Diez», en cuyo seno se encuentran representados todos los países europeos. Es necesario que no se abandonen esos trabajos, porque las dos o tres personas que eran partidarias ya no hacen más parte del club. Estos trabajos plantean algunas cuestiones. Por ejemplo, ¿existe una relación entre fluctuaciones excesivas de las monedas y el proteccionismo? ¿Las excesivas fluctuaciones de las monedas no obstaculizan el desarrollo del comercio internacional? ¿Se quiere responder, sí o no a esta pregunta? 18 S. 1/85
Si no se quiere responder, es que se ha tomado ya el partido de rechazar todo cambio; es decir, que el statu quo actual es totalmente satisfactorio. Os hacemos esta pregunta, que tendréis la ocasión de debatirla: ¿encontráis el sistema actual satisfactorio? Las relaciones institucionales Con relación a las cuestiones institucionales, he dicho : el Tratado, todo el Tratado. El deber de la Comisión es salir de la crispación institucional actual. Todos estamos demasiado crispados y nos crisparemos también aquí, si nos precipitamos a hacer inmediatamente, para mostrar que tenemos el derecho de iniciativa, cuatro o cinco propuestas que presentamos golpeando la mesa. Sobre las relaciones entre el Parlamento y la Comisión —me había propuesto volver sobre este punto, ya que se me habían hecho preguntas precisas a la conclusión del debate— preferiría escucharos antes de pronunciarme. En primer lugar, una palabra para la sensibilidad, que no va a agradar a todo el mundo. Cuando dejé el Parlamento, me encontraba un poco desengañado. Me decía: no se llega a discutir sobre el Tratado; cuando hay un debate sobre las cuestiones del Tratado, se encuentran diez personas en la sala... Por último, estaba un poco desilusionado y en este verano, tomando un poco de distancia, escuchando a la vez a los padres del Tratado de Roma, a eminentes especialistas de derecho público o a eminentes historiadores, releyéndoles, me di cuenta de una cosa : que la constitución de nuestras democracias nacionales se ha hecho por un combate incansable de los parlamentos para obtener un buen equilibrio de poder con los ejecutivos. Y me dije, aunque algunos lo lamentan ahora, la elección por sufragio universal del Parlamento Europeo era el símbolo. Por supuesto que es difícil a diez o a doce, pero existen sin embargo ideas fuerza a las que es preciso permanecer atado. El Parlamento ha sido elegido por sufragio universal. Como lo dije ayer, queremos procurar que en la próxima elección, los ciudadanos puedan palpar a Europa de la vida cotidiana, pero también queremos procurar que podáis llevar adelante vuestro combate en la democracia. Es vuestra responsabilidad, y no simplemente vuestra conciencia, saber hasta dónde no debéis ir demasiado lejos... Y cuando iréis demasiado lejos con nosotros, os lo diré. Sin embargo, creo que es preciso volver a colocar esta elección por sufragio universal dentro de la perspectiva de la creación difícil de una vida democrática a escala europea. Y es precisamente esta vida democrática la que dará el gusto a los europeos de incitar, de vivir y de construir Europa. No puede ser de otra manera. Es una lección que he asimilado este verano. Se me han hecho cuatro preguntas y las responderé. En primer lugar, la Comisión comunicará al Parlamento todas las propuestas que ha hecho con todos los requisitos. En segundo lugar, la Comisión se compromete a tener en cuenta el máximo de las enmiendas, pero a no aceptarlas como un cheque en blanco. Simplemente, cuando no estemos de acuerdo, será necesario hacer una buena explicación, bien sea a nivel de la Asemblea plenaria, o bien a nivel de las comisiones. En tercer lugar, cuando se dé un conflicto que no sea, como lo dije ayer, un enfrentamiento de susceptibilidades, sino un verdadero conflicto sobre lo que hay que hacer, con esta tensión útil, dialéctica, entre gobiernos, que siguen el interés de su país e instancias que tienen un objetivo más comunitario —esa es nuestra responsabilidad — procuraré una nueva consulta, un nuevo debate ante el Parlamento. Por último, en cuarto lugar, cuando una propuesta se le altere demasiado, será retirada. Pero no lo será antes de haber sido discutida. Si no lo diremos a la opinión pública, porque sería demasiado fácil a otra institución dejar arrastrar una propuesta durante seis meses y decir luego que de todos modos las otras la retiraron. El retiro es un arma de doble filo, lo habéis comprendido bien. Agregaría una propuesta, si me lo permitís. ¿Porqué no escogéis, en acuerdo con vuestra Mesa directiva ampliada, dos veces por año, por ejemplo, un tema cuyo estudio comenzaríais, en lugar de nosotros, la Comisión? Procederíais a las audiciones necesarias —si es un tema difícil, que implica la consulta de interlocutores, de eminentes especialistas— elaboraríais una resolución en base a la cual podríamos trabajar. Creo que si logramos establecer un tal sistema, habría mejores posibilidades de trabajo entre nuestras dos instituciones, una mejor comprensión. Y S. 1/85 19
creo que no estaríamos solos en la cordada, estaríais con nosotros, al menos para ese proyecto. Más allá del Tratado de Roma Suponed que por definición, a priori, los diez países estén de acuerdo sobre un nuevo tratado. Supongamos incluso que para simplificar las cosas, este nuevo Tratado englobe lo antiguo; sabéis ya todos los problemas que planteo. Algunos son favorables a un pequeño tratado en el interior del Tratado actual; otros están a favor de un tratado al lado; y aun otros son favorables a un tratado que lo reemplace. Tomad una hipótesis sencilla: por un milagro una conferencia intergubernamental se reúne en junio de 1986. Llega a un acuerdo sobre un nuevo tratado, que sustituirá al antiguo. ¿Cuando se aplicará este Tratado? A lo mejor dentro de tres años. ¿Durante tres años qué hay que hacer? ¿ Reunimos para simplemente brillar ese proyecto? ¿Mejorarlo? ¿O bien no debemos trabajar? Si no hacemos nada durante tres años, ¿creen que nuestras opiniones públicas, nuestros parlamentos nacionales tendrán el ánimo para votar esc nuevo proyecto? Creo que esto merecía que se le señalara. Por lo tanto, es preciso encontrar el justo medio, no abandonar el proyecto del «más allá», pero también trabajar desde hoy en el Tratado, en todo el Tratado. Actualmente se desarrolla un mercado de la imagen. He visto incluso a escenógrafos italianos hacer «clips» de publicidad, como se dice hoy, con mucho éxito. Y sueño y me pregunto a veces, si no podríamos pedir a esos grandes artistas que nos digan en tres o cinco minutos lo que es Europa. Si el Parlamento y la Comisión, tal vez incluso el Consejo de ministros, lo aceptan, hablaríamos de Europa. La información sería, por lo tanto, en dos direcciones : se tendría la información para los especialistas, indispensable; la vida económica, social y cultural está hecha de esto; pero se tendría también una información que, aun a nosostros mismos nos sorprendería. Pienso que si los alemanes supieran, por ejemplo, lo que les aporta y lo que les cuesta Europa; pienso que si los franceses supieran cuál es la parte de su legislación que es europea y no nacional, etc.. pienso que si los ingleses supieran mejor lo que les ha aportado su entrada en el Mercado común, aun en aquellos aspectos en que no se lo esperaban, pienso, pienso... Es siempre verdad que con hombres de talento, podríamos hacerlo. Os pido examinar esta propuesta. Es un cambio de estilo. Es la utilización del nuevo espacio de comunicación que se nos ofrece. Tanto mejor dárselo a personas de talento. Hablar con talento de Europa, es también seducir para Europa. El equilibrio La comunicación Por supuesto que para hacer entender esto a los ciudadanos, es necesario otra política de comunicación. Por mi parte, he pedido, aun antes de consultar a mis colegas, que en la política de información de la Comisión, se hable menos de Dupont o de Durand, tal vez menos de la Comisión, y más de Europa. Y si estáis de acuerdo, podríamos agrupar nuestras políticas de información, de tal manera que se vea lo que se hace. Cuando se considera una noticia que viene de Europa y que se dice, por ejemplo, que existe un conflicto entre la Comisión y el Consejo, esto sólo interesa a una «happy few», a los especialistas. ¿Pero cuándo hablaremos de Europa hoy, como se habla de otros problemas en la televisión o en los periódicos? Europa, para mí, es la defensa e ilustración del equilibrio. El equilibrio para la paz, el equilibrio en el compartir responsabilidades en el mundo. El equilibrio entre el Norte y el Sur. Esto para la concepción del mundo. En el plano institucional, es el equilibrio entre las instituciones. ¡ Que cada uno haga su trabajo! Y por último, en el plano de la sociedad, es el equilibrio entre la sociedad, el individuo y la naturaleza y es también el equilibrio entre los interlocutores sociales. Un paréntesis : hablé ayer de convención colectiva europea. Evidentemente, es una palabra difícilmente traducible, ¿pero qué quiere decir? Significa que los intelocutores interesados, los empresarios y los sindicatos, discutan juntos, hagan un contrato conjuntamente sin intervención del Estado o de las instituciones. Hecha esta precisión, ¿por qué rehusar a Europa este elemento fundamental de la democracia y del reconocimiento del uno por el otro y recíprocamente? 20 S. 1/85
Pero más allá de esto, el equilibrio es una actitud Tendremos, por lo tanto, debates rudos y franfilosófica, una filosofia del pluralismo y de la eos. Se tendrán momentos difíciles entre el Pardemocracia, porque Europa sólo se hará en el lamento y la Comisión; pero esa es la condición pluralismo. Pero hay que poner atención que no de nuestra salud y, lo espero, de nuestro éxisea un pretexto para conciliar puntos de vista to», contrarios en el inmovilismo. S. 1/85 21
Comunidades europeas — Comisión Declaración sobre las orientaciones de la Comisión de las Comunidades Europeas Suplemento 1/85 del Boletín de las CE Luxemburgo: Oficina de las publicaciones oficiales de las Comunidades europeas 1985 - 00 p. - 17,6x25,0cm DA, DE, GR, EN, FR, IT, NL, ES, PT ISBN 92-825-5121-0 No. de catálogo: CB-NF-85-001-ES-C Precios públicos en Luxemburgo, IVA excluido: ECU 2,24 BFR 100 PTA 340 Mientras se espera la presentación, en el transcurso de las sesiones de marzo del Parlamento Europeo, del programa-marco de la Comisión para el año 1985, el Presidente Delors hizo, el 14 de enero, una declaración sobre las orientaciones de la Comisión y respondió a las preguntas hechas durante el debate parlamentario sobre esta declaración, el 15 de enero.