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Mamá Mandinga. Entre África y el Caribe

Naranjo Orovio, Consuelo,Puig-Samper Mulero, Miguel Ángel

Abstract

Ilustraciones: Ulises González Silva

Full text

Mamá Mandinga Entre África y el Caribe Chelo Naranjo Orovio y Miguel Ángel Puig-Samper Ilustraciones, Ulises González Silva Mamá Mandinga Entre África y el Caribe Chelo Naranjo Orovio y Miguel Ángel Puig-Samper Ilustraciones, Ulises González Silva Ãi-Õ«iÀÀ`iÛiÃÌ}>ViÃiÌwV>à Madrid, 2022 Este es un libro de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). Más información sobre esta licencia en https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/ Las noticias, los asertos y las opiniones contenidos en esta obra son de la exclusiva responsabilidad del autor >ÕÌÀið>i`ÌÀ>]«ÀÃÕ«>ÀÌi]ÃÃi>ViÀiëÃ>Li`iÌiÀjÃViÌwV`iÃÕÃ«ÕLV>Við «Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World». This project has received funding from the European Union´s Horizon 2020 research and innovation programme under the Marie Sklodowska Curie grant agreement Nº 823846. This project is directed by professor Consuelo Naranjo Orovio, Institute of History-CSIC. Catálogo de publicaciones de la Administración General del Estado: https://cpage.mpr.gob.es EDITORIAL CSIC: http://editorial.csic.es (correo: [email protected]) Edición no venal © CSIC © De los textos, Consuelo Naranjo Orovio y Miguel Ángel Puig-Samper © De las ilustraciones, Ulises González Silva NIPO: 833-22-125-3 e-NIPO: 833-22-126-9 Depósito Legal: M-19171-2022 Diseño y maquetación: >ÀÌ>ÀV>j}Õiâ6Vi«ÀiÃ`iV>`iÕÌÕÀ>iÌwV>ÞiV>Õ`>`>>]-® Impresión y encuadernación: Doce Calles Impreso en España. Printed in Spain En esta edición se ha utilizado papel ecológico sometido a un proceso de blanqueado ECF, VÕÞ>wLÀ>«ÀVi`i`iLõÕiÃ}iÃÌ>`Ã`ivÀ>ÃÃÌiLi° Mamá Mandinga Entre África y el Caribe Caridad Pérez Zulueta, conocida por todos como Mamá Mandinga, había participado en el movimiento campesino de los años cincuenta en Cuba y era santera en La Habana. Habían pasado muchos años y la situación de la ciudad no había cambiado `i>Ã>`]>iÃiÃÕ>ëiVÌ]Ãi«ÀiµÕiÃÀiwÀ>Ã>>ÃV>Ã>Ã]Ã monumentos, las calles, etc., aunque ahora las religiones afrocubanas, sus manifestaciones artísticas, su música con tambores y güiros, sus ritos y sus bailes comenzaban a ser tolerados. El carnaval había decaído, pero conservaba ese aire desenvuelto en el que se mezclaba lo español con lo afroamericano en las danzas, los disfraces y las máscaras. 7 Su madre, Margot, procedía de una familia esclava propiedad del alavés Julián de Zulueta, muy conocido por su actividad política, en la que llegó a ser alcalde de La Habana, y por sus empresas dedicadas a la trata de africanos. Su historia familiar se había transmitido de forma oral de una generación a otra. El bisabuelo había sido secuestrado en las costas africanas de aquello que los capitanes llamaban Guinea desde tiempo inmemorial y que en realidad era un vasto territorio de la costa occidental de África en la que convivían culturas diferentes. Siempre dijeron que su nombre real era Kumba, pero que fue bautizado al llegar al puerto habanero como Francisco Mandinga, porque al parecer pertenecía a esta etnia africana. La historia que contaba Mamá Mandinga a sus nietas, nietos y otros jóvenes del pueblo sobre el secuestro en África de su bisabuelo era un episodio más de la larga sombra que fue la esclavitud africana. En ella, desde el siglo XVI estuvieron involucradas todas las potencias europeas y posteriormente Norteamérica. Portugal, Gran ÀiÌ>>]>`>]À>V>Þë>>ÌÀ>wV>À con más de 12 500 000 de africanos en un comercio que se prolongó hasta mediados del siglo XIX. La historia de Kumba es un relato más que hace volver a algún rincón de África cuando caminaba cerca de su aldea con un amigo, también muy joven, en busca de caza. Estaban descansando al pie de un gran árbol, 9 La venta de Kumba se realizó al tercer día en uno de los muelles de la ciudad sin problemas e inmediatamente fue marcado por el hierro abrasador del carimbo. Su comprador fue un hacendado de Matanzas, socio de la familia Zulueta, que se dedicaba al cultivo de caña y la producción de azúcar. Tras un examen minucioso de su cuerpo y al no encontrar tachas, lo compró. Mamá Mandinga abría su boca recordando cómo les examinaban los dientes, los músculos, la vista, la falta de señales de enfermedades como la viruela, además de hacerles caminar para comprobar si tenían algún defecto, si eran cojos, quebrados o patizambos. Lo curioso es que además los compradores buscaban que los esclavos tuvieran cualidades morales como la obediencia y la sumisión a los amos o la falta de ánimo para escapar. Kundingo, ahora bautizado como Antonio Mandinga, se quedó en La Habana, un lugar ajeno a su cultura y a su vida. No se supo nada más de él. Kumba subió a una carreta la misma mañana en que fue vendido. Iba acompañado por Ángel Congo, Venancio Mina, Marcelo Mandinga, Pilar Conga y Rosalía Mina. Rosalía llevaba una pequeña criatura que, como hija de esclavizada, también tenía el mismo destino: la esclavitud. Los cuatro hombres iban a trabajar en el cañaveral cortando caña de azúcar y realizando las tareas propias del ingenio, en tanto que las dos mujeres fueron llevadas a la casa grande del hacendado como esclavas domésticas. Pilar Conga, que por entonces tenía 17 años, terminaría siendo la esposa de Kumba, ya reconvertido en Francisco. Llegaron a tener cinco hijos en el barracón del ingenio, donde nacieron. Entre ellos estaba su abuelo Manuel, el padre de Margot. 16 Años más tarde, trabajó también como esclavo alquilado. Ello le permitió ahorrar algún dinero con el que pudo comprar su libertad y soñar con la posibilidad de comprar también la de sus hijos. Los ojos de los jóvenes y de los niños se abrían más y más según Mamá Mandinga hablaba. Sus palabras los trasportaban a África y de allí al Caribe, deshaciendo el viaje que sus antepasados fueron forzados a hacer. Nadie se atrevía a interrumpir. Aquel relato, lleno de música, contenía códigos que en sus cabezas se transformaban en caminos por los que las mujeres y los hombres esclavizados se deslizaban dejando entrever un pasado que permanecía vivo, y que quería escapar del olvido. Era fascinante lo que Mamá Mandinga les había contado: ¡los esclavos podían negociar la compra de su libertad! Cuando regresaron a sus casas, los más mayores preguntaron a sus padres y se afanaron por buscar información sobre los reglamentos que reglaban la vida de los esclavizados. Fue al que llamaban Luis Mandinga, por su parecido con su abuela, quien encontró algunas respuestas. Una larga lista de deberes y derechos regularon durante siglos la relación entre amos y esclavos: la vida, los castigos, la jornada laboral, la vestimenta, la cristianización, pero también la posibilidad del esclavo de solicitar amparo a la justicia. El abuelo Manuel, el padre de Margot, siempre luchó por ser libre. Primero con fugas constantes hacia el monte como cimarrón, como se les llamaba a los que huían. En el monte se unió a otros cimarrones en el poblado que habían 19 construido y que, en algunos territorios como Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo o Colombia llamaban palenques o manieles. Su huida la recuerda como un acto de heroísmo, de lucha y de resistencia frente al amo, pero también como una vivencia de miedo constante por la persecución a la que eran sometidos. Con el tiempo, pudo contar aquella experiencia de gloria y de dolor que terminó con la llegada de una cuadrilla de hombres experimentados en su captura, los llamados rancheadores que, a caballo y con una jauría de perros, redujeron a algunos de los huidos. El silencio llenó el espacio con horror y rabia contenidos. Desde el fondo, los más mayores de la comunidad entonaron un canto que recordaba las hazañas de algunos fugitivos que habían conseguido la libertad. Los menores quisieron saber más y comprender aquellos versos en los que se mezclaban distintas lenguas que ellos desconocían. El cántico, explicó Mamá Mandinga, era la llamada a la rebelión y el grito de libertad pronunciado por el esclavo Makandal en el Saint-Domingue francés a mediados del siglo XVIII, cuando se alzó y consiguió que muchos le siguieran. Fue durante unos años una pesadilla para las autoridades, que solo acabó con su captura y su muerte en la hoguera en 1758. Los blancos, prosiguió Mamá Mandinga, pensaron que Makandal había muerto pero, en realidad, mientras las llamas consumían su cuerpo, una de las brasas se escapó hasta perderse en el horizonte. Era el espíritu de Makandal que volvía a África para reunirse con sus antepasados, y desde allí continuar nuestra lucha. 20 Hechizados por el relato, un aire frío recorrió la sala. ¿Era el preludio del regreso de Makandal? En un momento de silencio, Ernesto Lucumí, esposo de Caridad, Mamá Mandinga, que seguía el relato desde el patio, se acercó al grupo. Desde pequeño en su casa había oído historias sobre las luchas de los esclavos para conseguir >LiÀÌ>`Þiw`i>iÃV>ÛÌÕ`]>>>`>>LV]µÕii}`i`viÀiÌi manera y en distintos momentos. En una ocasión, Ernesto recordó que un nonagenario de nombre Cándido, del pueblo de Alacranes donde él se crio, le dijo que hasta los años sesenta del siglo XIX el comercio clandestino desde África se mantuvo. Y con él permaneció la esclavitud, al menos allí donde ellos vivían. Cándido cerraba sus ojos hundidos y hablaba de aquellos años en los que corría el rumor de que los amos liberarían a los esclavos por orden del rey. Corrían los años setenta del siglo XIX. Unos años después, Cándido y su familia consiguieron ser libres, allá por 1886. Fue entonces cuando miles de afrodescendientes nacidos en la esclavitud acce dieron a la libertad tras la abolición. Algunas personas como Margot pudieron mejorar un poco su situación por sus habilidades como curandera y herbolaria, lo que le hacía ingresar algo de dinero y sobre todo comida que conseguía por trueque a cambio de sus medicinas, casi siempre procedentes del campo. 23 Mamá Mandinga era fruto de aquel pasado. Las historias que escuchó desde niña encerraban la vida de sus antepasados, que ahora con orgullo relataba a los más jóvenes del grupo. No estáis solos, les decía. Sois parte de un pueblo antiguo con unas tradiciones valiosas que debéis aprender y contar a otros. Aunque llegamos aquí como esclavos, aunque aquí nacimos esclavos, aunque nos quisieron quitar nuestra condición de persona y nos eliminaron nuestros nombres e inventaron otros, desde el comienzo de ser atrapados y vendidos, muchos de nuestros antepasados opusieron resistencia en los barcos esclavistas y en América. La resistencia también la realizamos conservando nuestros valores, creencias, maneras de ver el mundo, comidas, músicas y bailes. Formar parte de una religión, sentirse miembro de un grupo, les decía Mamá Mandinga, nos ayudó a permanecer unidos. Rodeada de otras personas como yo, sentía que el espacio ritual donde hacíamos las ofrendas a nuestros dioses, era un lugar sagrado y reservado, privado y propio. Las deidades africanas y católicas, nos dieron la fuerza para sentirnos parte de otro mundo. Un mundo >µÕiÃVÀ«À?L>ÃiÕ>ÃViÀi>Ã`i«ÕÀwV>VÞ`iÕV los espíritus, vestidos de blanco como símbolo de pureza. El babalao nos iniciaba en la santería inoculándonos, a través de sus manos en nuestra cabeza, saberes que se transformaban en un poder sobrenatural. Así fue cómo recibí los poderes de mi santo patrón, que es desde entonces mi ángel de la guarda; me «hice santa» e ingresé en la regla de ocha-ifá. 24 En las paredes del amplio salón contiguo al porche colgaban máscaras. Uno de los jóvenes entró y cogió la más grande poniéndosela sobre su cara. Mamá Mandinga con una gran risotada preguntó: ¿Quién es, qué es? Muchos levantaron sus manos y se apresuraron a contestar: es un guerrero; es un dios; es un hechicero; es un muerto…. Mamá Maninga, que no paraba de reír, dijo: no, no es un guerrero. Tampoco es un dios, ni un hechicero, ni un muerto. Esta máscara es un objeto que nos protege de los malos espíritus, guarda nuestras cosechas, y nos alivia en los males. Esta y otras máscaras se usaban en África en las ceremonias para proteger a la comunidad. Así me lo enseñaron mis abuelos y mis padres, y a ellos sus padres y sus abuelos, y así sucesivamente hasta llegar al principio de los tiempos cuando todo nació allí, en África. La luz se iba haciendo cada vez más tenue en medio de las historias de cuyo poder embelesador pocos podían escapar. 32 Nzinga Zulueta, una de las más jóvenes afrodescendientes cuyo apellido era la memoria de la esclavitud, y cuya imagen simbolizaba varios siglos de mestizaje, se levantó y con voz grave comentó que ahora sabía porqué en la escuela una niña, durante una pelea, le había dicho con enfado que ella era negra. Al regresar a su casa había preguntado a sus padres qué había querido decir aquella niña. ¿Por qué se enfadó conmigo y me dijo que era negra? ¿Qué quiere decir que alguien es negra? Su pregunta hizo recordar a Mamá Mandinga lo que ella nunca entendió ni aceptó, el trágico sino de una parte de la humanidad, condenada a deambular simplemente porque su color de piel era diferente a la de los europeos blancos. Alzando la voz, Caridad les habló de cómo su madre le enseñó a sentirse orgullosa de su origen y de su negritud. Nuestro color de piel, prosiguió, recuerda nuestra procedencia africana, nuestro origen y el de nuestros antepasados esclavizados. Nuestro color es, además, la muestra del mestizaje y de la diversidad. La noche cayó sobre el porche poco iluminado, en el que de nuevo se escucharon los tambores. Su sonido recordaba el ritmo que desde hacía siglos retumbaba en África. Su melodía era densa y estaba cargada de tradición, resistencia y orgullo. Su sonido convocaba a seguir luchando por conseguir que su color no fuera una marca de desigualdad ni de rechazo. Su música es ya patrimonio de la humanidad. 35 «Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World». This project has received funding from the European Union´s Horizon 2020 research and innovation programme under the Marie Sklodowska Curie grant agreement Nº 823846. This project is directed by professor Consuelo Naranjo Orovio, Institute of History-CSIC.