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Panegírico de Ntra. Sra. la Virgen de las Angustias, Patrona de Granada pronunciado en su templo el día de la función principal del solemne octavario consagrado á sus dolores gloriosos

Jiménez Campaña, Francisco

Abstract

An ms. en la antep.: "Al Sr. Licenciado en Medicina D. José Hidalgo Rodríguez... El Autor"

Full text

i u PANEGIRICO DE PATRONA DE GRANADA PRONUNCIADO EN SU TEMPLO EL DÍA DE LA FUNCION PRINCIPAL DEL SOLEMNE OCTAVARIO CONSAGRADO A SUS DOLORES GLORIOSOS J F. F rancisco J im é n e z Campaña RECTOR DE LAS ESCUELAS PIAS G R A N A D A I M PUF. NT A DE I). JOSÉ LÓPEZ GUEVARA S an Jeró n im o , 29 1 S 9 5 ifc m m PANEGÍRICO NTRA. SRA. LA VIRGEN D E L A S ANGUSTIAS V «2#/f PANEGÍRICO DE P A T R O N A D E G R A N A D A PRONUNCIADO EN SU TEMPLO EL DÍA DE LA FUNCIÓN PRINCIPAL DEL SOLEM NE O CTAVARIO CONSAGRADO A SD S DO LO RES GLO RIOSO S POR EL \ y , Ifrmtmtír imujmím RECTOR DE LAS ESCUELAS PIAS Con licencia del Ordinario y á expensas de un ferviente devoto de la Santísima Virgen é ilustre cofrade de su Reul Hermandad Donado á la Biblioteca Umversitái ia de GRADADA por FmnSE L. Hidalgo Rodríguez GRANADA Es t a b l e c im ie n t o t ip o g r á f ic o d e D. José Ló p e z G u e v a r a S an Jeró n im o , 29 1895 5H55gHSa5H5Hgasa5a5H5a5H5H5a5H55S5Sa5H5HE555555H5H55Sa5g5E5H5HS5S5SHSH5H5H5Hga5Z5H5aSH5E5Z5asgSHSa5a5gsa Tu gloria Jerusnlem , tu Irctitia Israel', tu honorificentia populi nostri. Tú eres la gloria de Jerusaiem, tú la ale gría de Israel, tú la honra de nuestro pueblo. (Del libro ele Juclit, X V , 10). Excmos. Sres.: di l egoísmo de la vieja sociedad ha llegado á su apogeo en este siglo en que se han derramado por el mundo las doc trinas de Voltaire y de Proudhon. Como por esas ideas se conculcan todos los derechos y no son respetadas las ins tituciones más venerandas, ya ni el templo de Dios está seguro: la grandiosa catedral de espléndido pórtico y atrevida cúpula, en cuyas naves las artes derramaron sus maravillas y los genios encontraron la morada donde lucir mejor los vivos portentos de sus creaciones; la Casa milagrosa del Señora donde vienen á curarse repentinamente los enfermos del alma; el Altar donde Dios quiere que todos los días se re presente y de nuevo se ofrezca el sacrificio del Gólgota, vendrá estre pitosamente á tierra el día que los discípulos de Proudhon quieran for mar una plaza, lugar escandaloso de públicas orgías y vergonzosas ba canales. Ya no están seguras detrás de los sagrados muros del cenobio las vírgenes esposas del Cordero divino, que elevan á los cielos sus ple garias para apagar el rayo, que arde en las manos del Eterno irritado con los crímenes del mundo; porque serán arrojadas de su casa ben dita, como las aves de su propio nido, el día en que los discípulos de Epicuro quieran formar con sus huertos de rosales babilónicos pensi les. Ya no reposarán tranquilas en sus urnas artísticas de plata las ce nizas de los santos, ni en los soberbios panteones los restos venerandos de los sabios y guerreros, ni en su penoso caminar encontrará el pere- (1) El Excmo. Sr. Dr. D. José Moreno Mazón, Arzobispo de Granada y el Excmo. Ayuntamiento. diendo con la una mano el puñal homicida, y con la otra la lea en cendida de la discordia. Allí se mira ciega y calva la Fortuna, apoyada en la rueda que gira por los aires, repartiendo el mal entre los buenos y las dichas entre los malos. Allí se ve á Pandora escapada de las ma nos de Yulcano, hermosa por Venus, sabia por Palas y elocuente por Mercurio, entregando á Prometeo la caja que encerraba los males que habían de afligir al mundo. Allí, en fin, se levanta la Muerte, diosa sin templos, ni sacerdotes, agitando sus negras alas y sembrando el espanto con los giros de su guadaña. Y como al espirar Nuestro Señor Jesucristo, todos estos ídolos que eran personificaciones del espíritu del mal, saltaron hechos pedazos de sus pedestales, ved aquí cómo María, la Virgen Madre de este Dios línico y verdadero, es en el Gólgota al lado de la Cruz, el fin del gentilismo, noche sombría y llena de tempestad, entre cuyas tinieblas se revolvían las bacantes, agitando el tirso é iluminando con el siniestro fulgor de sus teas los rostros des compuestos de los dioses del paganismo. ¡Oh hermosa aurora de la igle sia de Jesús, que vistes la tierra de los colores de tus rayos! Tú eres la alegría de Israel. Tu lacetitia Israel. Pero ¿qué cánticos de muerte, tétricos como noche tempestuosa, son esos que nacen de las llanuras del Danubio y que se esparcen por la tierra, amedrentándola, como voces de maldición? Son las exequias que las hordas húnicas hacen á Alila, rasgándose las mejillas, para llo rar lágrimas de sangre. Escuchad: «Duerme, ¡oh Atila!, hijo de Mondzuch. Tú apuraste la copa de la vida, llena de sangre de héroes. Tú arrojabas como pasto al pájaro de la muerte los corazones de los gue rreros, que tu espada tendía. Dejas á tus hijos el mundo por herencia: bástales alargar un brazo hacia al Oriente y otro al Occidente. Al eco de tu nombre, Roma bamboleó, y al rumor de tus funerales se desmo ronará alrededor de tu hoya; pero tú nos despertarás.» ¡Oh!, que aque llos cánticos de muerte no eran la vana amenaza de espíritus cobardes, que eran la expresión salvaje de una triste realidad. Atila, el azote de Dios, nacido al parecer de las revueltas aguas del Volga, se levanta como una tromba devastándolo todo; derrota en Basilea á los Borgoñones, asalta las murallas de Tréveris y Maguncia, penetra en Metz, Strasburgo y Spira, perdona como el ángel exterminador de los egip cios, las casas teñidas con la sangre del cordero, á Troya por San Lupo, á París por Santa Genoveva y á Roma por el pontífice San León; y al morir deja abiertos á los bárbaros los caminos que han de seguir para sus devastaciones. Alarico entra en Roma después de haber de vastado la Grecia y la Macedonia; y Genserico, al frente de los van- — 12 - dalos, después de asolar España y África y de enardecer allí su sed de sangre, viene sobre la ciudad de los Césares á atormentarla en su ago nía. San Agustín en Hipona, sitiada por los vándalos, y San Jerónimo en la soledad de su retiro, lloran con piadosas lágrimas la ruina del imperio, señalando con el dedo á los amigos de los placeres y de la fama, cuán efímera es la gloria del mundo y con cuántas amarguras están mezcladas sus delicias. Cuando los hijos de Dios, esto es, los descendientes de Seth, se reunieron con las hijas de los hombres, procrearon una generación tan perversa y corrompida, que mereció ser exterminada por las aguas del diluvio: todo desapareció debajo de las olas; las riquezas, la hermosura y los días de placer. Cuando el imperio romano de Occidente, por lo que tenía de gentílico colmó de ira la copa del Señor, ya lo habéis vis to, un diluvio de gentes salvajes y bárbaras vino sobre él arrebatado y furioso, y el imperio se hundió y desapareció entre las hordas feroces de vándalos y de hunos, que bramaban cantando su victoria, como rugen las olas del Occeano sobre la nave desbaratada que se pierde entre sus revueltos senos. El arca de Noé sobrenadó sobre las impe tuosas aguas del diluvio, llevando dentro de sí la salvación del género humano; y sobre las irritadas muchedumbres de Atila y Genserico, se levantaba una imagen del cielo de la que no apartaban los cristianos los ojos de su fe, alzándole súplicas y lamentos y por la que los bárbaros, instrumentos de la ira de Dios, respetaban sin darse cuenta de ello, á los hijos de Jesús en el día del extrago y la matanza. Podía decirse que los cristianos estaban cobijados con su manto de protección, y que en aquel diluvio de sangre, la celeste imagen era como el arca de Noé salvadora de la humanidad y respetada por las olas. ¡Oh!, arca era de salvación, no sólo para las entonces tristes regiones de Occidente, sino para todos los hombres de la tierra, en sus presentes y futuras gene raciones. Arca de salvación preservada del castigo por carecer de la mancha del pecado. Arca viviente de salud, que al ser puesta por las iras de los hombres y por los impulsos de su amor sobre la cumbre del Gólgota, ofrece á Dios en sacrificio al Hijo querido de sus entrañas; porque esa imagen del cielo es la santa Madre de Dios. Los hijos de las selvas por cuyas venas corre la sangre que desea los combates; cuyos ojos brillan ébrios de placer, cuando escuchan sus oídos el alarido que precede á la pelea y cuyas nervudas manos sólo acarician las crines de sus corceles, se olvidan del batallar, cuando es cuchan de los labios de los cristianos la historia de su heroísmo. Parécerne que los veo sentados sobre las ruinas de Roma, anudada sobre la — 13 — cabeza la enmarañada cabellera por parecer más formidables, ennegre cidas las mejillas por el viento frío de su patria y con los ojos hundidos y feioces escuchar respetuosos de labios del sacerdote cristiano la inmensa generosidad de un Dios que muere por salvará los hombres y el inmenso amor de su Santísima Madre, que da á su Hijo en sacrificio porque la humanidad sea redimida de la esclavitud del pecado. Aque llos hombres de indómito corazón, pero no corrompido por los vicios, se exaltan primero contra los perseguidores de Jesús y de María, sien ten después los ímpetus del llanto conmover sus robustos pechos, y lloran por último cuando llegan á comprender que María sufre el dolor inmenso de los tormentos de Jesús por amor nuestro é inocentemente, estando como estaba exenta de aquel pecado, por el cual este mundo es un valle de lágrimas. Y aquellos fieros salvajes, hambrientos de destrucción, mansamente cautivados por el generoso heroísmo de Ma ría y enamorados de la caridad que practicaban sus humildes hijos, arrojaron la espada destructora y con las ruinas de los palacios y cas tillos que destruyeron, levantaron las basílicas cristianas, anchas y sombrías como las selvas de donde salieron, pero llenas de imponente majestad como la imagen de Jesús en el Calvario, dando á la humani dad por Madre á su Santísima Madre. Vedlos en las inmensas naves del templo de Toledo; ya ha desapa recido la ferocidad en sus miradas; su rostro no está ennegrecido por el polvo de los combates, sino escaldado por el llanto de la penitencia; sus manos no están manchadas de sangre humana, sino ungidas por el óleo santo de los sacerdotes; sus cuerpos no visten los arreos de campaña, sino las blancas vestiduras de los ministros del santuario'; ya no empuñan el acero, rayo destructor en la pelea, sino la cruz de Je sucristo, que es signo de paz y bienandanza. Ya no se llaman Alarico, Atila y Genserico, que se nombran Leandro, Isidoro é Ildefonso, que fijos los ojos en la imagen de María y dando alas al pensamiento para que vuele á los cielos, mientras doblan reverentes en la tierra la rodi lla, exclaman en el colmo de su admiración y su cariño: Tú eres la alegría de Israel. Tu Icetitia Israel. Y si queremos encontrar en una sola nación lo que esta Virgen an gustiada ha hecho por los hombres, volvamos los ojos á España, san tificada por sus huellas, terrible y nunca vencida en los combates, cuando invocó su nombre; maravillosa en sus genios á quienes el amor á María parece como que les dió alas para subir á los cielos, verla ves tida de gloria entre auroras de blanca luz, y trasladar al lienzo su so berana hermosura con mano arrebatada por la inspiración. Volvamos - 14 — los ojos á España salvada en Covadonga, triunfante en los campos de las Navas, y rematando la victoria en la vega granadina, amparada siempre de la Santa Madre de Dios. Volvamos los ojos á España que esciibe su nombre en Otumba con la espada de "Cortés, que le entona himnos de victoria al son de la corriente del Careliano y que enseña á las olas de Lepanlo su inefable hermosura entre los gritos del combate y el íugii de los bronces, para que eternamente la bendiga al reclinar sus cabellos de espuma durmiéndose en la playa. Y España cuando co mienza á formar aquella habla sonora, escogida por Carlos V para ha blar con Dios, como hija pequeña que no sabe hablar y aprende á bal bucir tiernas palabras con las que siempre envuelve el nombre de su madre, prorrumpe en balbucientes canciones á María, que son los him nos de Berceo y las regaladas cantigas del Rey Sabio. Y yo tengo para mí, que María se contenta de que los ángeles se las canten en el cielo, como reina que escucha embelesada repetir á las damas de su corte las primeras frases incoherentes de su pequeña hija primogénita. Que los príncipes palatinos doblen la rodilla al escuchar el nombre déla Madre de Dios; que los anglo-sajones eleven á María capillas de paja larga, como trasunto del pesebre de Belén; que la Polonia nos muestre la imagen de la Virgen sobre su victorioso estandarte; que la Dinamarca esgrima el heroico broquel de Valdemaro, en el que cam pea la imagen de la Reina de los cielos; que el Oriente deslumbre nuestros ojos con la magnificencia de las inmensas basílicas consagra das á María; que los galos nos presenten sus madonas en los huecos de sus viejas encinas, como santificando los claros manantiales de las aguas; que los armoricanos bardos celebren en sencillas baladas las grandezas de la Reina de los ángeles y la veamos cruzar el lago azul coronada de rosas blancas, con las manos levantadas á los cielos en ap titud de suplicar por la tierra; que sobre todas estas muestras do devo ción á la Madre de Dios se levantarán en nuestra patria un santuario de cada risco, de cada valle el murmullo de un río, de cada aldea una ora ción, y de cada batalla un estandarte proclamando á María gloria de Jerusalem, alegría de Israel y honra de nuestro pueblo. Tu gloria Jerusalem, tu Imtitia Israel, tu lionorijiccntia pogmli nostri. Gomo fué de terrible la batalla de sus dolores, así es de excelsa su gloria en los cielos y en la tierra. Nadie la aventajó en valentía para sufrir los recios golpes del pesar; ni nadie puede subir más alto, fuera de Dios, que María en la gloria. Sufrió con denuedo para ser Madre de los hombres, y siendo Madre de los hombres, es gloria de Jerusalem, alegría de Israel y honra clarísima de nuestra patria. — 15 — Venid, hijos de Granada que la proclamáis vuestra Madre bienhe chora; venid, desamparados de la fortuna, que la llamáis vuestro auxi lio; venid, gremios de las artes y del trabajo, que dais al aire vuestras banderas, apellidándola luz, que alegra vuestras horas de fatiga; venid, labradores, que echáis en su nombre el grano en los removidos surcos de la tierra; venid, hijos del pueblo, que arriesgáis vuestras vidas en defensa de vuestros prójimos, llamándola, cuando el fuego os envuelve en sus llamas homicidas; venid, caballeros horquilleros, ilustres cofra des y mayordomos, más legítimamente ufanados en llevar por Granada en son de triunfo á la Virgen de las Angustias, que con los heráldicos blasones de vuestros nobilísimos escudos; venid, ediles que presidís al pueblo granadino en la más grande y entusiasta de sus fiestas religio sas; ven, en fin, venerable Pastor de nuestras almas, que bendiciendo á tu Granada al pie de los altares de su Patrona, te abismas en la más inmensa de las alegrías, porque jamás se vio Pastor más compenetrado de la ventura de sus ovejas; venid todos y caigamos de rodillas delante su trono, y digámosle de lo íntimo de nuestro corazón: ¡Oh Virgen de las Angustias! ¡Oh embeleso y dulzura y claridad y gloria del pueblo de Granada! ¡ Olí sol de nuestros campos, atmósfe ra de nuestras vidas y Madre de nuestras almas: rneg^i por nosotros. Granada entera de rodillas al pie de tus altares, dando al olvido sus propias desventuras y fundiendo sus penas y sus deseos en una sola esperanza, te pide por aquellos bravos dragones de Santiago que antes de partir para aquel suelo cubano, donde se respiran en la atmósfera átomos de muerte, vinieron á despedirse de Tí y á ponerse bajo el res guardo de tu dulce misericordia. Guárdalos, Virgen de las Angustias, conserva en sus pechos el denuedo de Pizarra y de Cortés, y haz que vuelvan todos triunfantes de los rebeldes enemigos de la Patria, al pie de tus altares,' para que cubiertos aún del polvo de los combates, te pregonen una vez más Capitana de nuestras huestes y honra de nues tro pueblo. Y haz que agradeciendo todos estos insignes favores, junta mente con todos los otorgados por Tí á nuestra Patria y á nuestras al mas, merezcamos decirte en el cielo, bañándonos en los resplandores de tus ojos de misericordia: Tú eres la gloria de Jerusalem, Tú la ale gría de Israel y la honra de nuestra Patria, por los siglos de los siglos. Tu gloria Jerusalem, tu lostitia Israel, tu honorijicentia populi nostri. — 16 — Amén.