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La huelga en los ferro-carriles de los Estados Unidos de la América del Norte en 1877 : estudio hecho por el Marqués de la Vega de / Armijo sobre dos artículos ... leídos en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en las sesiones del 14, 21 y 28 de enero y 4 de febrero de 1879

Aguilar y Correa, Antonio, Marqués de la Vega de Armijo, 1824-

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| . LA HUELGA en los ferro-carriles I DE LOS ESTADOS-UNIDOS DE LA AM ÉRICA DEL N O RT E EN 1877 . ESTUDIO HECHO POR EL MARQUÉS DE LA VEGA DE ARUIJO .. SOBRE DOS ARTÍCULOS PUBLICADOS EN LA REV ISTA DE AM BOS MUNDOS CON EL MISMO EPÍGRAFE, Y LEIDOS tu la Hcal ¿Uábtmia Se (Ciencias íflorales v jpotiticttí cu las sesiones del 14, 21 y 28 de Enero y 4 de Febrero de 1879. 1 - J, - MADRID, IMPRENTA Y LIBRERÍA DE EDUARDO MARTINEZ, CALLE DEL PRÍN CIPE , 25. i co c» LA HUELGA en los ferro-carriles DE LOS ESTADOS-UNIDOS DE LA AM ÉRICA DEL N O R T E  EN J8T7. ' ¿ ESTUDIO HECHO j , . POR EL MARQUÉS DE LA VEGA DE ARMIJO '* SOBRE DOS ARTÍCULOS PUBLICADOS EN LA REV ISTA d e a m b o s m u n d o s CON EL MISMO EPÍGRAFE, Y LEIDOS tu la Ucal academia be dicncias íftornlcs g políticas en las sesiones del 14, 21 y 28 de Enero y 4 de Febrero de 1879. vA'dJU í cC/} universitaria MADRID, IMPRENTA Y LIBRERÍA DE EDUARDO MARTINEZ C a l l e d e l p r í n c i p e , 25. 18 79. LA HUELGA en los ferro-carriles DE LOS ESTADOS-UNIDOS DE LA AM ÉRICA DEL N O R T E EN 1877. ESTUDIO HECHO POR EL MARQUÉS DE LA VEGA DE SOBRE DOS ARTÍCULOS PUBLICADOS EN LA REVISTA d e AMBOS M U N DOo CON EL MISMO EPÍGRA FE, Y LEIDOS en la Ueal ^cabcinia be fluencias litorales j¡ políticas en las sesiones del 14, 21 y 2S de Enero y 4 de Febrero de 1879. MADRID, IMPRENTA Y LIBRERÍA DE EDUARDO MARTINEZ, C a l l e d b l p r í n c i p e , 25. 18 79. Ante la preocupación de muchas naciones de Europa sobre el socialismo, que con dife rentes nombres se presenta lo mismo en Ru sia bajo el de Nihilistas, que se atreve en Alemania á proclamar abiertamente su doc trina, gracias á la gran libertad que hasta ahora han tenido todas las opiniones en aquel país, coincidiendo su desarrollo con haberse atentado en el corto espacio de un mes por dos veces contra la vida de su anciano Em perador, que á pesar de su edad avanzada, ha visto la Europa á la cabeza de su ejército y constituir la unidad alemana, sufriendo las fatigas de una gran campaña; ante el espec táculo que uno y otro dia están dando los Ro jos en Francia, no sólo pidiendo la aplicación de la amnistía á los desterrados de la Com- muñe, sino proclamando las doctrinas socia listas más absurdas, con el asentimiento y entusiasmo de las masas de poblaciones im portantes de Francia; cuando hace poco tiem po, sucesos que han ocurrido en España y en Italia, llenando de horror y espanto no sólo á estos dos países sino al mundo entero, re velan que ciertas doctrinas llevan cuando ménos la perversión de la humanidad á que se acepte como arma política lo que no pue de ser más que un abominable delito, me ha parecido que tomando por base dos artículos notables publicados en la Revista de Ambos Mundos por Mr. Cucheval-Clarigny (1) con el título de Las huelgas en los caminos de hierro, se debia hacer un estudio sobre esta importantísima cuestión, que exige ne cesariamente que los hombres pensadores busquen el verdadero origen de semejantes males para combatirlos en la esfera de los principios, sin que por eso se desatiendan los medios de defensa material que hasta aho ra han sido casi únicamente los empleados, pero con las consecuencias inherentes á esta «lase de luchas. — 6 — (1) t.° y 15 de O ctubre de 1877. Al llevar á cabo esta idea, 110 hago por otra parte más que secundar el pensamiento que hace algunos años inició la Academia, la cual, comprendiendo toda la importancia de su alta misión en la esfera científica, excitó una y otra vez á sus individuos á tratar estas cues tiones de verdadera actualidad, que han pro ducido notabilísimos trabajos que el público conoce. No tengo la pretensión de que el presente estudio alcance la importancia de aquellos; pero mis deseos quedarán satisfechos si con sigo llamar la atención de la Academia sobre el árduo problema que aflige las sociedades modernas, y si he acertado á interpretar su pensamiento, señalando el derrotero que debe seguirse para combatir el mal y conjurar el peligro. Mr. Gucheval-Clarigny examina primero las causas que á su juicio influyeron en la huel ga, la organización de las asociaciones obre ras, y los medios y precauciones que emplea ron para llevarla á cabo, señalando despues las peripecias de la lucha y su terminación. Un método análogo he de seguir en el es tudio que presento á la Academia, recogien do los datos más curiosos aducidos por el autor de los artículos, para venir á sacar — 7 — dia ser duradero. Unos ferro-carriles queda ban sin concluir por haberse disipado el ca pital en especulaciones y agiotaje sobre los títulos; otros, que estaban acabados, dejaban de abrirse por falta de recursos para organi zar la explotación, y todos carecían de los trasportes, como consecuencia de la para lización creciente de la industria y del comer cio. Desde 1873, para algunos ramos de la industria, y desde el verano de 1874 para otros, fueron desapareciendo los últimos ves tigios de la actividad pasada, y ya se pudie ron medir en toda su extensión las conse cuencias que la guerra civil habia producido en la fortuna nacional con la inmensa des trucción de hombres y capitales. Empobrecido el Sud, no podia dar la salida que el Norte esperaba para sus productos, y bien pronto el exceso de estos mismos pro ductos fué dificultando la situación de las di ferentes industrias, disminuyéndose en unos la obra, y en todos los operarios, rebajándo les los jornales hasta el punto de calcularse ya en 1877 en medio millón los que quedaron sin trabajo, y en otro medio los que lo te nían solamente algunos días de la semana. Una de las cosas que más dificultaba la si tuación de los trabajadores, era la esperanza — 14 — que les habian hecho concebir algunas socie dades en los dias de prosperidad, de hacerlos propietarios de las casas en que vivían, me diante el pago de cierta cantidad mensual, en lo que consumieron lo que de otra suerte hu bieran economizado. En los Estados-Unidos, las mujeres de la clase obrera no suelen ser sobrias, ni económicas, y por lo tanto care cían de medios de fortuna para seguir cu briendo los compromisos adquiridos. Comen zóse por la tardanza en el pago de la suma tomada á préstamo, y se concluyó por la im posibilidad de satisfacerla, dando por resul tado, no sólo la pérdida de la habitación, sino del dinero adelantado. Los mejores operarios emigraron á la Aus tralia y al Canadá. Según la estadística oficial fue nula, en los últimos dieziocho meses, la emigración procedente de Europa. Como no todos los obreros querían ó podían emigrar, la miseria aumentaba por dias, sintiéndose sus funestas consecuencias en todas partes. La mayoría de las compañías carboníferas de Pensylvania habia reducido en 10 por 100 los jornales de sus operarios, y como conse cuencia de ello vino la huelga que duró seis meses. Los mineros que querían volver al tra bajo eran maltratados y algunos asesinados — 15 — por sus mismos camaradas que habían recibi do tan horrible misión. Sus almacenes fueron entregados á las llamas con las máquinas y los edificios. La fuerza puso término á esta situación en que perdieron la vida, condena dos por los tribunales, once de los revoltosos. La calma se restableció, aunque sólo en la su perficie.. Por desgracia, influencias maléficas se apo deraron bien pronto de este descontento y redoblaron sus esfuerzos los Trades-unions y La Internacional, á la sombra de la liber tad absoluta de asociación que existe en los Estados-Unidos y ha llegado á penetrar en sus costumbres, hasta el punto de que toda socie dad que reviste su organización de ciertas formas cabalísticas, tiene siempre asegurado un éxito completo. Convidando á ello una si tuación tan favorable, se fundaron las socie dades obreras que ántes de 1851 no habían podido establecerse. Operarios mecánicos in gleses, que al ver el ningún resultado de las huelgas prefirieron expatriarse á someterse, importaron en los Estados-Unidos y en la Aus tralia las teorías y organización con las que nada habían conseguido en Inglaterra. Esta clase de asociaciones se ha extendido rápi damente por todos los Estados, hasta el pun - 16 — to de que no hay profesionque no tenga la su ya. Lejos de recomendarse por su filantropía, deja este cuidado á las sociedades de socorros mutuos, y reduce su misión al aumento de jornal, y como medio de conseguirlo la huelga. Los Trades-unions americanos se distin guen de los de Europa por la rigidez con que se cumplen sus reglamentos, á cuya observan cia se comprometen mediante juramento, al extremo de que al ingresar en ellos se enagena por completo la libertad de acción, y el obrero se obliga á obedecer cuantas órde nes reciba de la asociación, á no trabajar con obreros libres, y á no recibir aprendices, me dios eficaces de aumentar el jornal. Sobre este punto se ejerce tal vigilancia por los consejos directivos, que los mismos padres no pueden enseñar á sus hijos, ni aun por caridad se per mite hacerlo á los desvalidos. Contra este mo nopolio se va levantando la opinion, que ve en la existencia de tales sociedades un peí*- pétuo atentado contra la libertad humana. Cuando la asociación ha conseguido de esta manera convertir en esclavos á sus miembros, se vuelve contra el capital, y ha ciendo caso omiso de la ley de la oferta y la demanda y de las condiciones económicas del mercado, pretende, empleando la amena — 17 — za, influir sobre el capitalista para que no pueda cumplir sus compromisos, y aspira así mismo á organizar la mano de obra de que ha de servirse. La honrosa vanidad de los americanos, a) recordar que algunos de sus hombres más importantes habian salido de la clase obrera, va á desaparecer con la nueva organización que dan al trabajo esas modernas sociedades. Teniendo por principio capital la igualdad en los jornales, y no pudiendo establecer la menor distinción entre sus miembros, nin gún trabajador puede señalarse por su ha bilidad ni por su comportamiento, y es inú til que con su conducta y su economía trate de echar los cimientos para establecerse, pues to que ha de trabajar las mismas horas y al mismo precio que los demás obreros. Este sis tema, como dice muy bien Mr. Cucheval-Cla- 1 ignj, decapita el trabajo rechazando á cuan tos pueden sobresalir por cualquier concepto. Si los obreros en general apreciasen bien sus intereses, calculando los descuentos de sus jornales y las privaciones que sufren du rante las huelgas, verían claro, que en vez de favorecerlos, los convierte en verdaderas víctimas al enagenar su independencia y su libertad. — 18 — II. La Federación Internacional del traba jo, tiene como los Trades-unions una impor tancia europea; pero no deben confundirse sus partidarios con los socialistas propiamen te tales. Hay, en efecto, en los Estados-Unidos mu chas sociedades que han fundado estableci mientos que se acercan más ó ménos al falansterio. Estas asociaciones tienen por ór ganos periódicos y otras publicaciones. El principal entre los primeros es el Socialismo Americano. Su objeto es la reforma ó la trasformacion de la sociedad actual. No se mezcla en la política, ni en las cuestiones in dustriales, y conserva los caractéres de secta filosófica. A esta clase de asociaciones llaman en la América del Norte socialistas. Los americanos dan el nombre de comunistas á los comités, á los oradores ambulantes y á los periódicos que dependen de la Federa ción Internacional del trabajo. Esta última asociación, establecida el año de 1867 bajo la influencia de Karl-Marx, to mando por modelo y siendo auxiliar de la Internacional europea, ha debido su desarro llo á los emigrados procedentes de Alemania, imbuidos en doctrinas materialistas y revo lucionarias. Antes de su organización se habian hecho algunas tentativas en América para reunir á las sociedades de obreros, pero sin resultado, como la de la Union del tra bajo nacional, nacida en 1866 en Baltimore, y la Liga del trabajo, cuyo centro está en Washington, que por la prudencia y timidez de sus doctrinas no ha podido adquirir in fluencia en la clase obrera. Sólo la Federa ción Internacional, estimulada por el ardor y la perseverancia de los sectarios que la fun daron, y fortalecida con su sistema de hacer prosélitos en la emigración europea, ha adqui rido verdadera importancia. Tiende á exten derse por todo el territorio americano, y con este objeto procura atraerse á todos los Trades-unions, no para absorberlos, pues les deja su existencia independiente, sino para some terlos á su influencia, y dándoles un impulso común, trasformarlos en sus instrumentos. Los Trades-unions limitan su acción á la cuestión de los jornales, cuya obra le parece — 20 — á la Internacional mezquina en comparación de sus más vastas aspiraciones. Los Tradesunions aspiran á poner de acuerdo á los operarios de una misma industria para opo nerlos á los jefes de ella. La Internacional pretende unir en un fin común los obreros de todas las profesiones y de todos los paí ses, creando una fuerza irresistible que se imponga á la sociedad entera. Está en rela ción constante con la asociación europea del mismo nombre, de la que se considera una rama, como se demostró bien clara mente en los esfuerzos que hizo para que no fuesen aceptadas las ofertas de los industriales ingleses durante la última huelga en el Reino- Unido por algunos trabajadores americanos, y en la suscricion abierta á favor de los des terrados de la Commune en los Estados- Unidos. La Internacional, para asegurar sus adep tos, á la par que justificar su nombre, se di vide en secciones. Las de los Estados-Unidos son tres: la alemana, la inglesa, que com prende á los americanos y á los irlandeses, y por último, la sección bohemia, que de bería llamarse la eslava, pues forman parte de ella todos los afiliados de origen eslavo, entre los cuales llevan la supremacía los po- / universitaria — 21 — lacos. Los franceses, por su escaso número, están englobados en la sección inglesa. Todos dependen del centro común y obedecen á la misma dirección. Los Estados del Oeste, á donde se dirige especialmente la emigración alemana, han sido la cuna de la Internacional, y allí es en donde cuenta con más sectarios. En Chicago reside el comité directivo, en el que están igualmente representadas las tres secciones. La Federación hace esfuerzos extraordina rios para extenderse por los Estados del At lántico; pero le embarazan para ello los Trades-unions y las sociedades de socorros mútuos, así como en la Nueva Inglaterra tiene que luchar con el sentimiento religioso. El carácter principal de la Internacional es ser profundamente hostil á toda idea reli giosa. Rechaza las sectas cristianas y pros cribe todo culto. El libro de Büchner com pendiado y comentado, reimpreso hasta lo infinito, es su evangelio, el materialismo su filosofía y el ateísmo su religión. Otro carácter de la Internacional es colo car en segundo término las cuestiones polí ticas, subordinándolas siempre á las econó micas. Siendo el Congreso delegado de la nación, dice, tiene el deber de arreglar todas — 22 - las cuestiones políticas, y clebe asumir tam bién y ejercer la misma soberanía en las cuestiones económicas. La soberanía nacional de que es represen tante y mandatario, no reconoce límites, y no se le puede oponer lísy ni institución alguna que embarace su acción. El legisla dor se ha contentado hasta ahora con ha cer leyes para asegurar el goce y trasmi sión de la propiedad y del capital. Tiene el derecho y el deber de hacer leyes para ar reglar su distribución. El primer paso para llegar á la trasformacion de la sociedad, es que se dicte una ley que fije la extensión de la propiedad inmueble, y que por la aplica ción del impuesto progresivo, limite y para lice también la acumulación de capitales y de la riqueza mobiliaria entre las mismas ma nos, haciéndola improductiva en las de los llamados detentadores. El segundo paso que realizará la revolución social, es hacer que toda propiedad, todo capital y toda industria vengan á ser dominio del Estado, el cual ar reglará la explotación en Ínteres de la colec tividad y beneficiará los productos. ¿Cómo se llegará á esta trasformacion social y á que se modifiquen las leyes que rigen la pro piedad? — 23 - Pensylvama Central, teniendo por cabeza de línea á Filadelfia, cuya prosperidad debia estar al abrigo de todo ataque, si se conside ra el número é importancia de las cuencas carboníferas que atraviesa y de los altos hor nos que comunica, ya con el valle del Misisipí, ya con los Estados Atlánticos. La Erié sir ve el estado de Nueva Jersey y parte con la Central Pensylvama los trasportes de la re gión hullera, reuniendo áNueva-York con los puertos del lago Erice en Búffalo, uno de los grandes depósitos de granos, llegando por último al Canadá. El Nueva-York Central cubre con sus empalmes el Centro y el Norte del Estado de Nueva-York, se enlaza con las líneas de la Nueva Inglaterra, y costeando la frontera del Canadá, llega á Chicago, el puerto de ese Mediterráneo que se llama el lago Michigan. Otra línea, Boston, Albany Hoosac, sirve el Massachusetts y los demás estados de la Nueva Inglaterra, prolongán dose hasta la región de los lagos. Aunque ali mentada por Boston y otros puertos que no carecen de importancia, esta red tiene ménos tráfico que las otras, porque no llega al va lle del Misisipí. Los productos manufactureros de la Euro pa que van destinados al Oeste, y los agrí — 30 — colas del Oeste que vienen á Europa, pueden tomar otra linea, la del Canadá, que pone la navegación del San Lorenzo en relación di recta con Chicago y todos los puertos de los lagos inmensos que separan los Estados-Uni dos del Canadá. Así cada puerto de los situa dos sobre el Océano Atlántico puede ser considerado como el clavillo de un inmenso abanico cuyas varillas llegan á los grandes depósitos del Oeste, y cada uno de estos de pósitos es á su vez el clavillo de otro abani co cuyo varillaje cubre el valle del Misisipí. Esta explicación es de todo punto necesaria para la inteligencia de los acontecimientos que más tarde se relatan al ver la huelga en acción. La red general de ferro-carriles, admira blemente combinada para que si no se pue den hacer los trasportes por una línea, se hagan por otra ú otras, permitió á la compa ñía Boston resistir al principio las consecuen cias de la huelga, hasta que los organizado res de ella determinaron en el mes de Julio atacar simultáneamente todas las compañías. Las grandes empresas habian reconocido al fin la inconveniencia de hacerse la guer ra, estableciéndose un acuerdo de tarifas uniformes y un sistema de división en el — 31 — pago de los trasportes bajo la dirección de tui sindicato con miembros de las diferentes compañías que permitió reducir el número de los trenes, disminuir la velocidad y au mentar los vagones en los de mercancías. Todas estas resoluciones que el público no veia con gusto, principiaron á preocupar á los empleados de las compañías, que com prendieron que la reducción de un 10 por 100 en sus haberes, ya llevada á efecto en algu nas empresas, habia de generalizarse á las restantes. Dos grandes asociaciones comprenden la casi totalidad del personal de explotación en los ferro-carriles norte-americanos. La primera en antigüedad y en importancia es La Fraternidad de los maquinistas conduc tores de locomotoras. (1) Esta sociedad, que fué en su origen de socorros mútuos y de tem planza, y con este título protegida por las compañías, se ha separado luégo del objeto para que fué instituida. Según sus estatutos, es necesario para pertenecer á ella tenel ínas de veintiún años de edad y uno de servicio como maquinista; no admite á los — 32 — (1) B rotherhood oí locom otive engineers. negros ni á los hombres de color, si bien es verdad que unos y otros se hallan ex cluidos de todas las asociaciones obreras. A cambio de los dividendos, bastante duros por cierto, que reparte la Fraternidad, ase gura la vida, socorre á los enfermos y heri dos y ofrece una viudedad á las mujeres de los socios; pero los estatutos establecen que el que se retira voluntariamente ó el que es expulsado, no tiene derecho á reclamar re embolso de cantidad alguna. Esta cláusula liga al maquinista á la asociación con un lazo indisoluble, y le pone á la merced del comité directivo irresponsable. Así es que si el maquinista toma parte en una huel ga sin la autorización del comité directivo, no tiene opcion á ningún socorro, y el que rehúsa entrar en una organizada ó aceptada por los directores de la asociácion, está com prendido en la otra cláusula y puede ser ex pulsado. La lucha contra las compañías es hoy el objeto principal de la asociación y los socor ros el accesorio. La sociedad abraza todas las compañías de los ferro-carriles america nos; pero cada red está dividida en grupos. Los maquinistas de un mismo grupo forman una logia con su jefe electivo: los jefes délas 3 — 33 - logias nombran á su vez los miembros del comité ejecutivo que tiene poderes discreccionales. Este comité decide sin apelación si deben ó no aceptarse las proposiciones de las compañías al variar sus reglamentos de servicios en la parte referente á las remune raciones de los maquinistas, aprueba ó des aprueba las medidas propuestas por los jefes de las logias contra una compañía, ordena las huelgas y fija la época en que han de tener lugar, estatuye sobre las proposiciones de las compañías, multa ó despide á los asociados que incurren en falta, y por último, adminis tra y emplea los fondos de la asociación. El presidente actual del comité ejecutivo, lla mado Arturo, no ha tenido reparo en de cir en una información al comenzar el año de 1877, que bastaría que levantase el dedo para que todos'los maquinistas de los Esta dos-Unidos se bajaran de las locomotoras, sin acabar siquiera el trayecto comenzado. La asociación dispone de fondos de bastante consideración, pues un maquinista tiene en aquel país de 90 á 120 dollards al mes, y la cifra de la cotización de cada uno es muy elevada; así es que en la caja social, al termi nar el año de 1876, habia 9.000.000 dispo nibles para socorros ó huelgas. El número - 34 — de los asociados se aproxima á 14.000 rerepartidos en 192 logias. La segunda asociación, organizada recien temente, es la llamada Union de los hombres de los ferro-carriles (1), que comprende los agentes inferiores de la explotación, los fo goneros y guarda-frenos, cuyo salario varía de 50 á 60 dollards al mes y los guarda-agu jas y mozos. Los conductores de tren no for man parte de la asociación, porque se les considera como dependientes del servicio mercantil, y porque no exigiendo sus funcio nes ningún aprendizaje, pueden ser fácil mente reemplazados. Esta asociación, fundada por un fogonero echado de la compañía de Fort-Wayne, lla mado Ammon, y por un guarda-freno de la del Erié de nombre Barney Donahue, está calca da en los Trades-unions, y tiene por objeto esencial la organización de las huelgas. En cuanto se estableció la buena armonía entre las compañías y comenzaron los temo res de sus dependientes, hubo diversas reu niones para saber cuál habia de ser la con ducta que se debería seguir; pero no habien- — 35 — (1) T ra in -m en U nion. do conformidad de pareceres, se decidió que se tendría una nueva reunión en Pittsburg, en la cual quedó acordado en principio la huelga, aunque hasta entonces no se habia indicado ninguna reducción en los salarios. Recogiéronse despues las adhesiones de las logias, y los detalles se acordaron en una conferencia tenida en Jersey-Citty, en Mayo de 1877. Los malos resultados de las huelgas del invierno anterior en la Nueva Inglaterra de mostraron su inutilidad siendo aisladas, pues to que no conducían más que á malgastar los fondos de la asociación. La huelga debia ser por lo tanto general, para poner á las compañías en la imposibilidad de ayudarse mutuamente. Debería tener lugar en los pri meros dias del otoño, época del mayor trá fico. Toda reducción que hicieran las compa ñías en medio del verano debia aceptarse, hasta que el comité central enviase sus ins trucciones. El otoño es en efecto la estación en que el tráfico de los caminos de hierro americanos es más activo, por ser el tiempo de la recolección, cuando se envían los frutos á las costas del Océano y se hace la provi sión de carbones para el invierno. Los pro movedores de la huelga calculaban que la pa- — 36 - ralizacion del movimiento comercial en esos momentos ejercería una presión irresistible sobre los consejos de administración de las compañías de ferro-carriles, que les obligaría á transigir con las exigencias de sus em pleados. Siendo la interrupción de las relaciones comerciales entre el Oeste y los Estados del Atlántico la base de la huelga, se resolvió que para que esta interrupción fuese inme diata y completa, comprometiendo el número menor posible de asociados, la huelga comen zase en el centro de cada una de las redes de ferro-carriles, y en los puntos más importan tes en que enlazan con otras líneas, exten diéndose luégo á los grandes centros del Oeste. Los agentes empleados en las líneas secundarias, mucho ménos productivas que las otras, continuarían su servicio á fin de alimentar las cajas sociales con sus divi dendos. Los puntos de ataque designados fueron las ciudades de Martinsburg y de Cumberland por las líneas de Baltimore y Oliio, Pittsburg y Reading por el Central Pensylvania, Hornesville por la de Erié, y Alvany por el Nueva-York Central. Con sólo dirigir la vista á un plano de ferro-carriles de los — 37 — Estados-Unidos se comprende que la inter rupción del tráñco entre estas ciudades era bastante para dejar sin movimiento la ex plotación de todos los caminos cercanos al Atlántico. Con el objeto de no hacerse ene miga la opinion pública ni llamar la aten ción de las autoridades federales, se con vino que la huelga no se extendiese más que á los trenes de mercancías que quedarían en un dia suspendidos, siguiendo los de viajeros y el correo. El plan fué comunicado en todos sus detalles al comité ejecutivo de la Frater nidad de los maquinistas que lo aprobó, y prometió que sus asociados prestarían el con curso á la guerra contra las compañías. El programa acordado en la conferencia de Jersey Citty se ejecutó completamente, me nos en la época en que la huelga debia co menzar. La circunstancia de haber rebajado la compañía de Baltimore á Ohio un 10 por 100 los haberes de sus operarios, cuyo ejem plo siguieron otras compañías, señalando para llevarlo á cabo, unas el 1.° de Junio y otras el 15, precipitó la huelga, pues los de pendientes de estas compañías, que veian en perspectiva cuatro meses de disminución de sus salarios ántes de la fijada por la huelga, propusieron que esta se adelantase al 16 de — 38 — Julio, que era la en que la mayor parte de los operarios habrían sufrido la disminución. To dos aceptaron la propuesta excepto el comité de los maquinistas, que no creia en la efica cia de la huelga ántes del otoño. El impulso estaba dado, y esa negativa no detuvo á los organizadores de la huelga. La Union de los caminos de hierro, envalento nada con el rápido progreso que habia adqui rido, deseaba probar sus fuerzas: todas las logias se presentaron llenas de ardor, y la mayor parte de las asociaciones ofrecieron su cooperacion. Se tenia pues la seguridad de detener en dos ó tres dias el movimiento co mercial de diez Estados en un territorio tri ple de la Francia. El resultado parecía indu dable fijándose el 16 de Julio para comenzar la huelga, comunicando en este sentido todas las órdenes. El más profundo misterio habia reinado en las deliberaciones de las logias, guardándose en todo el mayor secreto. Un incidente, sin embargo, que hubiera podido dar la voz de alerta á las compañías, pasó inadvertido: el 30 de Junio, uno de los or ganizadores de la huelga por la Union de los ferro-carrriles, Barney Donahue, se presentó con otros delegados de los fogoneros y guar da-frenos del Erié al director de la explota- — 39 — muchedumbre impedia á los bomberos apa gar el fuego, hasta el punto que la policía, que habia sido armada, tuvo que dar varias cai gas para conseguir que las bombas llegasen á su destino. Bien pronto el fuego se propa gó á los almacenes del puerto y estalló en dos ó tres puntos de la ciudad. Al dia siguiente comenzó de nuevo el sitio de la estación, logrando los amotinados pren der por segunda vez fuego á los almacenes, de los que al fin fueron desalojados á viva fuer za. En el entretanto las tiendas de los arme ros eran saqueadas, y también lo habría sido el depósito de armas de la milicia sin el va lor de los que lo custodiaban. Al mismo tiempo el Tesorero de la aduana telegra fiaba á Washington que no creia seguras las cajas. 10.000.000 de dollards que debían remitirse á Europa para el pago de la deu da, hubieran corrido gran peligro, si dete nidos en el camino, gracias al telégrafo, no hubiesen sido puestos en seguridad. La poli cía, muerta de fatiga, no podia resistir ya á la multitud, y el mismo Alcalde, que tan vale rosamente se habia sostenido, comenzaba á perder la esperanza de salvar la ciudad, cuan do llegaron algunos destacamentos mandados por el comandante del fuerte Mac-Henry con — 46 — artillería, que situó en batería en el puerto, al mismo tiempo que saltaban en tierra sus tripulaciones y algunas compañías de marina. Al medio dia el general Haneck, llamado por el Presidente, desembarcó con nuevas tropas y tomó inmediatamente el mando. Las fuerzas que desplegó intimidaron á los sublevados, que habian tenido más de 20 muertos y 100 heridos graves, restablecién dose la calma. Miéntras que la sangre corria en las calles de Baltimore, la huelga se generalizaba en el Ohio, desafiando las fuerzas de la autoridad civil. Ante las quejas de la compañía, que por todas partes veia sus líneas interrumpidas y maltratados sus dependientes, el Gobernador llamó á Columbia cuatro compañías, presen ciando él mismo su embarque para Newark, punto de empalme de varios ramales de fer ro-carril. Los empleados del camino de hier ro acogieron á los milicianos con silbidos, el tren que habia conducido otras fuerzas de la milicia habia estado á pique de descarrilar, y el que fué á Newark hizo reventar varios torpedos á su paso. Al llegar á su destino las fuerzas procedentes de Columbia, encontra ron toda la vía ocupada con más de 3.000 ope rarios de otras industrias que fraternizaban — 47 — con los huelguistas. Tuvieron pues que limi tarse á defender el edificio de la estación, y al amanecer dos buques de guerra salvaban los depósitos de mercaderías del robo y el incendio. Era imposible pensar en restable cer las comunicaciones, puesto que los ma quinistas habian sido arrojados de sus loco motoras al llegar los trenes, previniéndoles que los que se prestaran á servir, serian in mediatamente fusilados. Los sublevados ofrecieron á la milicia que no la atacarían ínterin no saliese de la esta ción y tratase de tomar posesion de la vía, añadiendo que no comprendían por qué les hacían fuego, cuando ellos no maltrataban á nadie. En realidad la milicia estaba prisio nera. El Gobernador quiso hacer venir nuevas fuerzas de milicianos; pero ántes de que pu dieran reunirse, el movimiento habia tomado proporciones considerables. Por todas partes los sectarios de la Internacional conmina ban á los obreros para que se uniesen á los huelguistas contra la autoridad del Gober nador, y hombres armados recorrían los ta lleres con este mismo objeto, diciendo que de otro modo prenderían fuego á las fábricas. Tan seguros se creían de su triunfo, que llegaron á expedir un despacho telegráfico, — 48 - que apareció en los periódicos de Nueva York, diciendo: «Ningún acto de violencia es de temer, siendo los huelguistas dueños de la ciudad.» Fué suspendiéndose el movimiento en las demás líneas férreas; y como los dependien tes de la Lahe Shoi'e no quisieron asociarse á la huelga, se les obligó á encerrar las lo comotoras en las cocheras, impidiendo así los huelguistas la salida de los trenes. Una ciudad de 200.000 habitantes se deja ba imponer de esta manera por los revolto sos, haciendo imposible su comercio é inco municándola con el resto de la Confederación, hasta el punto que el Gobernador de Ohio se declaró impotente contra el desorden, como lo habían hecho también los de la Virginia Occidental y del Maryland, dirigiéndose al Presidente de los Estados-Unidos en deman da de auxilio del Gobierno federal. — 49 - 4 Y. Pittsburg, ciudad de 90.000 habitantes, situada sobre el Ohio en el punto de con fluencia de este rio con el Monongahela, navegable para buques de muchas toneladas, enclavada en medio de la región en que se extrae el petróleo, es uno de los centros co merciales más activos de los Estados-Unidos, y por eso sin duda habia sido elegido para iniciar la huelga en el Central Pensylvama. El 19 de Julio, al medio dia, los fogoneros y los guarda-frenos, alegando que la compañía aumentaba el número de vagones en los trenes de mercancías de 18 á 30, y se ponia de esta manera en condiciones de suprimir la mitad del personal de la pequeña veloci dad, se declararon también en huelga. Habia quince trenes formados que debían salir en el dia de la estación de Pittsburg. Los maquinistas y empleados que se presentaron para hacerlos marchar, fueron arrancados de las locomotoras y lanzados á pedradas de la estación, hiriendo gravemente á un emplea do superior de la compañía. Lo mismo suce día en la estación de East-Liberty, en que se obligaba á los operarios de la compañía á abandonar sus talleres. Los huelguistas obe decían á un Roberto Ammon, uno de los fundadores de los Trades-unions, venido de Pittsburg para tomar la dirección del mo vimiento. La policía municipal hizo algunas prisiones; pero cuantos arrestaba, otros tan tos eran rescatados por los huelguistas que los llevaban en triunfo. Gomo á medida que llegaban los trenes eran detenidos, al fin del dia llenaban 900 vagones todas las vías, lle gando á 1.500 los que se juntaron con los venidos aquella noche. Cada tren que quedaba parado era saluda do por las aclamaciones de los huelguistas, repetidas desde las tabernas contiguas. Ante las reclamaciones de los administra dores de las compañías, el Sherif se presen tó á media noche entre los huelguistas, y hasta Jas tres de la mañana hizo cuanto pudo para convencerlos de lo ilegal de su con ducta, sin obtener resultado alguno; por el contrario, le manifestaron que impedirían el paso de todos los trenes. Habiéndoles indica do que se vería en la precisión de requerir — 51 — el auxilio de la milicia, uno de los circuns tantes le gritó: «¡Mañana seremos 20.000!» En efecto, por todas partes llegaban los obreros de las fábricas, minas y muelles que se unían á los huelguistas. Al medio dia se convocó á una reunión general en que el presidente dió lectura en medio de estrepi tosos aplausos de un telégrama fechado en Hornelsville y firmado por Berney Donahue, anunciando que aquella mañana los depen dientes de las líneas del Erié habían suspen dido su servicio. Con esta noticia todo el personal que estaba en relación con aquellas compañías se declaró en huelga, uniéndose á los del Central Pensylvania. Pittsburg estaba incomunicado con Filadelfia, Chicago, Cincinati y otras principales poblaciones mercantiles; de suerte que el bloqueo era completo. La ciudad se hallaba á merced de bandas de huelguistas que la recorrían. El Alcalde no tomaba ninguna medida, y la policía permanecía mera espectadora de los desórdenes que se cometían. Sin embargo, el Sherif al salir de su con ferencia infructuosa con los huelguistas, ha bia telegrafiado al Gobernador manifestándo le su impotencia para restablecer el órden. El Gobernador llamó por telégrafo dos regí- — 52 — mientos de milicia y la batería del Condado, que puso á las órdenes del general Browne, y dió á Filadelfia la de enviar dos regimien tos de infantería, dos destacamentos de caballería y tres ametralladoras con el gene ral Brinton. Encargó al general Pearson que tomase el mando de todas las fuerzas. En cuanto llegó el general á Pittsburg, hizo pasar la loco motora al otro lado de la estación. El Sherif desde el ténder leyó la proclama del Gober nador que fué recibida con silbidos lo mismo que sus exhortaciones. El General les dirigió entonces la palabra haciéndoles comprender Jas órdenes terminantes que tenia, y que seria inútil detener los trenes, porque estaba resuelto á que saliesen. Tanto el General como el Sherif eran sin cesar interrumpidos, y no sin trabajo se logró hacer evacuar á los amotinados la estación. Muy pocos milicianos habian concurrido ai llamamiento, y era necesario esperar la lle gada de las tropas que venían de Filadelfia para obrar. Así se convino en junta de auto ridades, y el 21 por la mañana ya estaba la milicia local sobre las armas, y se le encargó que guardase la estación de East-Liberty y las vías que la comunican con la central. Co — 53 — mo la mayor parte de los milicianos pertene: cian á la clase obrera, y otros ó tenian sim patías con los huelguistas ó eran por ellos in timidados, no fué posible decidirlos á tomar la ofensiva. «¿Qué quereis que haga? decia el General al Sherif. Mi gente no me obedece: estamos en el reinado del terror.» No así los milicia nos venidos de Filadelfia que se hallaban ani mados del mejor espíritu. Al ñn se resolvió dar lectura de la ley so bre los tumultos; pero ántes, aunque sin éxi to, se trató de hacer evacuar la vía por el in terior de la poblacion. El Sherif dijo que iba á prender á quince de los alborotadores cuyos nombres leyó. Al oir el suyo uno de los nom brados, se adelantó hácia él como para desa fiarle á que lo hiciese, y con el sombrero en la mano, volviéndose á la multitud, gritó: «¡darle el infierno!» Esta era sin duda una señal, pues inmediatamente lanzaron sobre el magistrado una lluvia de enormes piedras, disparando también algunos tiros de fusil y de revolver. El Sherif y el general Pearson cayeron heridos, el segundo de gravedad, así como algunos milicianos. En aquel ins tante la milicia formó el cuadro y rompió el fuego haciendo huir á ios revoltosos, que — 54 — dejaron en el campo algunos muertos y he ridos. Mientras que se recogian los heridos, los milicianos locales huyeron dejando abando nadas las piezas de artillería. Los venidos de Filadelfia no eran en número suficiente para emprender la ofensiva, y sus jefes resolvieron retirarlos al interior de la estación para espe rar los refuerzos que habian pedido al Gober nador. La deserción de los unos y la retirada de los otros animaron á los revoltosos, que vien do que no podian desalojar á los milicianos, se decidieron á prender fuego á la estación. La lucha duró toda la noche, consumiendo las llamas 300 vagones y muchos edificios de los pertenecientes á la compañía, y empezando á arder algunos puntos de la ciudad que recor rían aquellos foragidos. Al amanecer y en medio de los gritos del triunfo, colocaron uno de los cañones (aban donados por la milicia local y de que se ha bian apoderado) contra la estación; pero los sitiados, con un fuego bien dirigido, hicieron inútiles sus esfuerzos. Indignados con aquel fracaso, reúnen todos los vagones cargados de carbón y petróleo, y prendiéndoles fuego, los lanzan contra la estación. Al poco tiempo co — 55 — sin esperar la petición de las autoridades lo cales. En su consecuencia todas las milicias, así como los cuerpos de voluntarios, debían ponerse á las órdenes de los jefes de las fuer zas federales. El general Hancock fué nombrado para to mar el mando en los Estados del Atlántico, de todas las guarniciones de la costa del Océano, las tripulaciones de la escuadra y la infantería de marina. El comandante en jefe de la región de Oeste, general Pope, que es taba en el fuerte Leavenworth, recibió orden de trasladar su cuartel general á Luisville, y de llevar todas las fuerzas de que disponía, reforzadas con los regimientos que el Pre sidente habia retirado de la Luisiana y de otros Estados del Sud. Todas las guarnicio nes de las fronteras del Canadá debían con centrarse en Chicago bajo las órdenes del general Drum. Al general Sheridan que ha bia salido para mandar las tropas contra los Sioux, se le mandó dirigirse á Cincinati y Pittsburg con la mayor parte de sus fuerzas. Se pusieron armas y municiones á disposi ción de los Alcaldes de Baltimore, Filadelíla y Nueva-York, y se resolvió hacer un llama miento de 75.000 hombres, si se creyese ne cesario, convocando al efecto el Congreso. — 62 — Tiempo era de que el Gobierno supremo se decidiese á obrar, pues en todas partes se sentía una fuerza oculta que empujaba á los obreros á abandonar sus talleres. Los mismos huelguistas encontraban auxiliares que los llevaban más allá del fin que se habian pro puesto, hasta el punto de que un periódico de Cincinati publicó una protesta de los em pleados de los caminos de hierro contra la paralización de los trabajos en las fábricas de hierro. A pesar de todo esto, la Internacional con vocó varios meetings en Cincinati, ya para asociarse á la huelga, ya para protestar con tra la intervención de la autoridad federal é invitar á todos los trabajadores á tomar par te en la lucha. Los discursos desde la tribu na, siempre adornada con la bandera roja, eran cada vez más revolucionarios, y el espí ritu que allí prevalecía se revela á las claras en los acuerdos tomados en el de San Luis de Misuri. «Considerando, decían, que los obreros de los caminos de hierro se han levantado en masa para reclamar sus justos derechos;» «Considerando que el Gobierno de los Es tados-Unidos se ha puesto del lado del capital contra el trabajo;» — 63 — «Resolvemos: que el partido de los traba jadores simpatiza de todo corazon con los empleados de los ferro-carriles, que se es fuerzan por obtener una justa y equitativa remuneración de su trabajo.» «Y acordamos también que los sostendre mos en esta lucha legítima del trabajo contra el robo y la opresion, sean las que fueren las consecuencias, y hasta el último extremo.» El comité supremo de la Internacional que reside en Chicago dirigió una circular á todos los comités y sub-comités, excitándoles á pres tar apoyo en todas partes á los huelguistas. El 22 de Julio, cuando vió el mismo comi té que la perturbación era general y que po dían alarmarse todos los intereses, propuso indirectamente su mediación dirigiéndose á la prensa periódica para que el Gobierno na cional se hiciese propietario de todas las lí neas de ferro-carriles, limitando las horas de trabajo á ocho á fin de ocupar á los jornaleros que estaban sin trabajo, y que habían de au mentarse necesariamente con la introducción de la maquinaria, llegando á reducir los jor nales á una cantidad incompatible con la existencia del operario, pudiéndose también con este medio utilizar el trabajo de los ménos inteligentes. — 64 — Como se vé, el objeto principal era pro clamar sus doctrinas, y al efecto provoca ban reuniones en todos los pueblos, que daban por resultado la suspensión del traba jo, atacando á pedradas á los agentes de la autoridad en cuanto trataban de restablecer el orden, y acabando siempre por robar la casa del Alcalde y de los principales fabri cantes. Habiéndose opuesto á la huelga el periódico de San Luis de Misuri, El Re publicano, tuvieron que armarse y rodearse de barricadas los redactores y sus depen dientes para defenderse. Las diputaciones de los obreros se presentaban á los Alcaldes para decirles que la intervención de la auto ridad federal no haria más que agravar la situación. El Estado que se encontró en posicion más difícil fué el de Indiana, porque el Gober nador no quería perder su popularidad mez clándose en las cuestiones de los obreros, y el Sherif, que formaba parte de la Fraterni dad de los maquinistas, tampoco quería pro ceder á los arrestos que el juez federal le pe dia. Ante esta debilidad de las autoridades, los huelguistas creyeron que 110 tenían más que apoderarse del mando para realizar sus aspiraciones, y así lo declararon en una alo- 5 — G5 — cucion en que proponían crear un comité di rectivo sacado de los mismos obreros, que ejercería el poder supremo. Esto era sencillamente sustituir al gobier no establecido con una dictadura obrera. Ante el grito de la opinion pública indig nada, el Gobernador se decidió á llamar la milicia; pero ya era tarde. Por todas partes estaba interrumpida la circulación y las comunicaciones habian sido cortadas. El Gobernador tuvo en su vista y contra la opinion que siempre habia sostenido, que reclamar el apoyo de la autoridad federal. Una prueba de la influencia oculta de la Internacional en la dirección de la huelga, fué lo que pasó con los obreros del Nuem-York Central, que no queriendo aso ciarse al movimiento, se les requirió á que lo hiciesen; y como no tenían motivo de queja contra la compañía, exigieron que se les aumentasen sus haberes en 25 por 100. Negada por la compañía tan monstruosa pe tición, que no era más que un pretexto, estalló la huelga, á la que se sometieron con gran trabajo los operarios del Nueva- York Central, ayudando á realizarla los de las líneas de Erié y de las manufacturas vecinas. Era necesario bloquear Nueva-York, — 66 — cortándole las comunicaciones con la región de los lagos y la Nueva Inglaterra. Otro de los resultados del concurso de la Internacional, fué que los distritos carboní feros de Pensylvania, que acababan de pasar por una huelga sin resultados y duramente reprimida, se asociaron á la de los caminos de hierro. Cuando los agentes de la Interna cional se vieron á la cabeza de los obreros de las minas de carbón, hicieron cesar el trabajo en todas las otras minas, dejando sin ocupa ción á 60.000 ú 80.000 obreros. Con estos medios pudieron atacar á Nueva Jersey, en donde sus esfuerzos hasta entonces habían sido impotentes. La legislatura de aquel Estado hizo en 1875 una ley draconiana contra los huelguistas. Para aplicarla, el Gobernador se habia prepa rado concentrando la milicia y ocupando las principales estaciones, á fin de conservar el movimiento y las comunicaciones. Uno de los corifeos de los Trades-unions, Thomp son, convocó un meeting en que se pronun ciaron los discursos más feroces resolviendo: «que la resistencia á la opresion es un deber; que la abolicion del poder del dinero es una necesidad que debemos á nuestros hijos, y que el porvenir aprobará nuestra conduc — 67 — ta.» El contagio de la región de las minas se propagó por último, y con la paralización del servicio quedaron cortadas las comunicacio nes entre Nueva-York y Filadelfia. Casi al mismo tiempo se sabia que los em pleados de las líneas de la parte superior del lago Erié se habían declarado en huelga, cortando la última comunicación con el Océa no Atlántico.—¿Qué iba á suceder en Chicago con su comercio de granos y maderas, no pudiendo comunicar ni con Europa ni con Nueva-York? ¿En Chicago, en donde cabalmente descuentan su papel los interesados en estos ramos de la industria? ¡Qué de catástrofes comerciales podria traer el bloqueo financiero de aquella ciudad! La situación de una poblacion que á pesar de no llevar más que cuarenta años de existencia cuenta 350.000 habitantes, era por demás di fícil, porque encierra en su seno los elemen tos más disolventes entre los trabajadores, como son los que se emplean en la carga y descarga, que no tienen necesidad de apren dizaje, bastándoles su fuerza física, ácuyo tra bajo se acogen también los malos obreros de las demás industrias, así como los delincuen tes fugados de Europa y del Canadá. Entre esta masa se notaba ya una agitación que te- — 68 — nia preocupadas grandemente á las autorida des. Los obreros de los caminos de hierro no habian podido, al parecer, entenderse con ellos, y al efecto el 23 de Julio, despues de la distribución de la proclama de la Internacio nal que ya conocemos, se convocó una reu nión general con objeto de someterla á la aprobación de los obreros. Se calculan en 15 ó 20.000 los que asistieron al meeting. Las resoluciones no fueron más que la confir mación del programa de la Internacional y la organización de una federación del trabajo para llegar á las soluciones que convenían á los obreros, y como único medio de conse guirla, el empleo de la fuerza. Por todas partes, más ó ménos voluntaria mente, cesaba el trabajo, paseándose por las calles 30 ó 35.000 operarios que impedían ' la circulación y maltrataban á la policía bus cando un conflicto. Gomo en Chicago se creia que el horroroso incendio que habia tenido lugar algún tiempo ántes destruyendo la ter cera parte de la ciudad, fué obra de la Inter nacional para dar trabajo á los operarios, el pánico era general, pues se comprendía la fa cilidad con que podrían reproducirse los in cendios. Todos los dueños de fábricas repar tían armas á sus empleados, la autoridad mu- — 69 - nicipal armaba la policía y la aumentaba con condestables especiales, y los veteranos de la guerra civil se organizaban en compañías para mantener el orden. Aun cuando la milicia estaba en los cuarteles hacia cua renta y ocho horas, no se consideraba sufi ciente para obrar, y se esperaban otros regi mientos, y sobre todo las tropas del ejército. Al fin llegaron los refuerzos compuestos de caballería y artillería y la autoridad se consi deró en situación de poder tomar la ofensiva. Ocupáronse los puntos principales de la ciu dad, principiando por algunos barrios en que comenzaban á cometerse robos, y la artillería se colocó en batería. Roto el fuego, más de 20 cayeron muertos y 92 fueron heridos grave mente, restableciéndose la tranquilidad. Al dia siguiente se reprodujo el tumulto, pero ya ménos grave. Sin embargo, fué necesario se guir ocupando militarmente la ciudad. Todas las miradas se volvían hácia Nueva- York, cuyas turbulencias del año de 1874 no se habian aun olvidado. Una ciudad de cerca de 2.000.000 de habitantes, con tan malos ele mentos como encierran siempre esas grandes poblaciones, y sin guarnición alguna, ¿de qué medios habia de valerse para mantener el orden? — 70 — Los periódicos de Nueva-York atacaban la huelga y probaban su injusticia. El domingo 22 de Julio, todos los predicadores de los di ferentes cultos sostenían el mismo tema y recomendaban el respeto á la ley. Dos cor rientes se manifestaban entre los obreros. Los unos,—los más inteligentes,—opinaban que debia obedecerse la ley, y que toda pertur bación era contraria á sus intereses, no que riendo tampoco hacerse responsables de los incendios de Pittsburg. Otros, por el contra rio, entre los que se distinguían los del puer to, no disimulaban sus simpatías por los huel guistas, criticando la actitud de las autorida des, y hablando de contestarlas con una huel ga general. Estos se acercaban á los sitios de reunión de la milicia, y miéntras que algunos indicaban la conveniencia de anatematizar toda violencia, otros hacían la apología de los incendios de Pittsburg. ¿Cuál de estas tendencias seria la que triun fase? La Internacional, queriendo dar un gran golpe, convocó para el dia 25 un meeting mónstruo de todos los oficios en la gran plaza, en que hizo levantar dos tablados, uno para los oradores ingleses y otro para los alema nes. El comité directivo llevó su audacia hasta — 71 — creia contar con los medios suficientes para hacer respetar la ley. Si la huelga, que á pesar de sus inmensas consecuencias, no se ha desenvuelto más que en la tercera parte de la Confederación, se hubiese ex tendido por toda la república, habría sido necesario, como decia el general Sherman, un ejército permanente de 50.000 hombres y aun más, si se observa la sagacidad con que han sido elegidos los sitios en que ha bia de realizarse. Otra ilusión y de las más encarnadas en aquel pueblo, habia, pues, desaparecido con’ la necesidad de sostener un numeroso ejér cito permanente, necesidad también reco mendada por la mayor parte de los periódi cos norte-americanos. Sin embargo, el partido democrático no ha dejado de hacer cargos al gobierno por ha ber intervenido en aquellos tristes sucesos, suponiendo bastante la iniciativa individual para contenerlos. ¿Qué es en el fondo esta iniciativa particu lar, sin regla ni límite, que puede á su vez ser arbitraria é injusta, más que una aplica ción de la ley de Lynch, que una sociedad civilizada no podría tolerar sin vergüenza? Y si faltos de armas hubiesen llevado á cabo - 78 — — TO- lo que proponían los amotinados en Nueva York, esto es, organizar en cada distrito una compañía de cien hombres para contener, decían, los excesos de la policía, ¿se han cal culado las consecuencias de dejar la repre sión del desórden á la iniciativa individual? Aun cuando los huelguistas no se daban por vencidos, la verdad es que, presos mu chos de los principales autores, y descora zonados otrosno habiendo realizado por com pleto su pensamiento, si bien en el fondo de aquella sociedad han quedado gérmenes de futuros trastornos y quizás de guerra civil, la tranquilidad se fué restableciendo paulati namente. La Internacional, sin embargo, al establecerse en poblaciones en que hasta ahora no habia podido extender su acción, provocó el antagonismo entre la clase obre ra y la milicia que se ha prestado á reprimir con las armas sus exigencias. En Baltimore, á raíz de los sucesos, y cuando aun campaba en las calles la fuerza pública para evitar nuevos trastornos, más de 6.000 obreros que asistían á un meeting convocado por Mac- Donnell, redactor de El Estandarte del tra bajo, cada vez que se nombraba á los admi nistradores de las compañías, aquella multi tud gritaba: «al cadalso con ellos.» Explican- — se  do la huelga, decía también Mac-Donnell que «era la consecuencia de la tiranía del capital, del hambre y de la miseria, y que para reme diarla debían los obreros comprender la ne cesidad de una acción común y política. Si sa ben hacerlo así, conseguirán que prevalezca un nuevo régimen en armonía con sus de seos. Si los soldados quieren dificultarlo, los trabajadores sabrán organizar regimientos para barrer á los que osen hacerles fuego.» Al terminar este discurso fué votado por aclamación el programa ya conocido de la Internacional. La misma propaganda se ha hecho en las ciudades de Pensylvania, dando por resulta do el triunfo en las elecciones municipales de candidatos socialistas en el Ohio. Uno de los grandes defectos de que todos los cargos públicos sean producto de la elec ción, es que los partidos procuran atraerse las diferentes tendencias, por descabelladas que sean, para conseguir el triunfo que da el número. Esto, que en diversas ocasiones habia tenido lugar en los Estados-Unidos, se ha reproducido ahora por hombres relaciona dos con los mismos ministros de la repúbli ca. El senador Stanley Matthews no ha teni do inconveniente en patrocinar un manifiesto -S i en que se pedia que el Congreso estableciese una administración nacional de la industria, con todas las consecuencias inherentes á se mejante absurdo en favor de los obreros. No sólo aceptan los obreros la interven ción del gobierno central en la administración de las compañías, sino que la solicitan, y por su parte Donahue, uno de los organiza dores de la huelga, admitía el nombramiento de árbitros para arreglar la cuestión de los salarios; pero la dificultad está, además del nombramiento de los árbitros, en excogitar los medios oportunos para que prevalezcan sus acuerdos y determinar la base de estos. Por desgracia tales cuestiones formarán de ahora en adelante parte de los programas políticos de los partidos, sin resolver por eso las numerosas dificultades que entrañan. La aparición de ellas no provocará en los Estados de la Union Americana un cambio en las instituciones políticas, porque hasta aho ra no hay en aquel país ningún partido que las combata; pero traerá las perturbaciones y los desórdenes en las calles, y la inseguri dad en la propiedad, como habia predicho Macaulay. Despues de haber sido conducidos ante los tribunales por autoridades pusilánimes que 6 no querían perder su influencia, los valero sos ciudadanos que se pusieron al lado del orden el dia del peligro, como ha sucedido en algünos pueblos, es bien íácil comprender la penosa situación de una sociedad que tie ne que elegir todos los cargos, y que se des pierte entre los liberales más probados la idea de la restricción del sufragio, cuando ménos para las elecciones municipales. No es fácil que triunfen estas ideas, y los Esta dos-Unidos pasarán como consecuencia de ello por guerras civiles, como sucedió en los pueblos antiguos, que comenzarán bajo la forma de huelgas, y que no tendrán más remedio, si se obstinan en no reformar su» instituciones, que la fuerza con todos sus peligros y todas sus desdichas. — 82 - VIII. Útil enseñanza puede sacarse por los hom bres pensadores de la cuestión que motiva este trabajo. Hemos visto la imprevisión de aquel Go bierno, que á pesar de haber tenido el duro aviso de los motines de 1874 en Nueva York y los terribles incendios de Chicago, aun seguía creyendo en la fuerza de sus institu ciones, á la sombra de las cuales no podían ocurrir los sucesos que tantas veces han afligido á la Europa, porque como decia Macaulay, aun no se habían puesto á prueba: La impotencia constante de sus autorida des locales, como consecuencia de su exclu sivo origen electivo, unido á la falta de medios de represión: La inutilidad de la milicia, si se exceptúa el solo caso de la conducta heróica de la de Filadelfia venida á Pittsburg: La escasez de fuerza militar permanente, probada ante una huelga que en último resultado no llegó á apoderarse, como hemos dicho, más que de la tercera parte del terri torio, de cuya debilidad se lamentaba lo mismo el Presidente Haes que el Ministro de la Guerra. Agréganse á todo esto el mayor de los peligros, el que vicia por completo el dogma de todas las agrupaciones políticas, hacién dolas buscar en la adopcion de ciertos prin cipios la fuerza numérica que lo representa y de que necesita para su triunfo en los co micios, desnaturalizando los suyos hasta po ner en duda la propiedad, base de la socie dad presente, sin satisfacer por eso á la cla se obrera: Los grandes perjuicios á que han dado lugar en los Estados-Unidos la huelga llamamada «de los ferro-carriles,» por más que hayan tomado parte en ella todas las indus trias: El desarrollo de las asociaciones obreras, viniendo á influir sobre la situación penosa de los trabajadores, cuya organización públi ca hemos podido conocer en sus menores detalles, así como la terrible intervención de la Internacional en aquel país en donde, á la sombra de sus libres instituciones, ha hecho alarde do sus verdaderos principios, que no — 84 - tienen más norte que el cambio completo de nuestra organización social, formando todo esto un cuadro verdaderamente aterrador. Pero si hemos podido apreciar hasta dón de han llevado aquellas asociaciones sus mi nuciosos preparativos para realizar su pen samiento de trastorno social, también hemos podido considerar cuál fué la suerte de las poblaciones indefensas, en que los hombres de órden encerrados en sus casas, esperaban del poder supremo federal la salvación de sus vidas y propiedades. Nunca como en los Estados-Unidos se ha visto lo peligroso de la apatía de los hom bres amantes del órden, que casi siempre buscan en la política pesimista la salvación de sus intereses, sin reparar en las tristes y penosas consecuencias para todos. ¿De qué sirvió en Pittsburg la tardía intervención del poder federal para aquellos cuyas propie dades habían sido quemadas y sus mercan cías y ganados destruidos? En todas las sociedades es peligrosa esta conducta; pero más aun, si cabe, en un país como aquel en que la fuerza pública es tan escasa, y en que todas las autoridades pen den de la elección, siempre vária, por sufra gio universal. — 85 — No es que yo crea que la salvación de toda sociedad está únicamente en la fuerza; pero no puede tampoco ocultarse que cuando los que no tienen inconveniente en declararse enemigos públicos del orden social se lan zan al terreno del combate, la sociedad no tiene más recurso que defenderse con la fuer za. Esto mismo ha sucedido en los conflictos que en aquel país libre por excelencia han sobrevenido; pero indudablemente si desde el principio se hubiera dado á la huelga su verdadera importancia, y los elementos de orden hubiesen hecho lo que en Nueva-York al anunciarse el gran meeting, la autoridad liabria tenido, aun en aquel país que cuenta con tan pocos medios de fuerza material, el recurso de la opinion, siempre poderoso has ta entre los mismos alborotadores. Es indudablemente un deber de los gobier nos prevenir con sábias é inteligentes medi das las exigencias de las clases trabajadoras, ilustrándolas para evitar los conflictos; y el de los Estados-Unidos, en la ocasion que mo tiva el presente estudio, desconoció por com pleto esta importante obligación, tanto más necesaria, cuanto menores son los medios de represión con que cuenta aquella sociedad. Entre ellos constituyen el más eficaz los — 86 — hombres de orden, no dejándose intimidar y poniéndose desde iuégo al lado del gobierno establecido para darle fuerza y evitar des pues del triunfo su abuso, origen las más veces de futuras revoluciones. La mejor de las batallas para los gobiernos es la que no se da, y si al fin hay que librar la, la verdadera represión no debe ir más léjos de lo absolutamente necesario, pues no habiendo medio de evitar que al dia siguiente del combate haya vencedores y vencidos, es necesario que la generosidad del vencedor gane á sus adversarios. Si esta conducta es conveniente siempre, lo es aun más en las monarquías, pues por lo mismo que tienen mayor fuerza, como decia el ilustre Macaulay, que los gobiernos en todo dependientes de la elección, dentro del sufragio universal deben más que ningún otro evitar la lucha en que, si triunfan los gobiernos, salen siempre perdiendo los mo narcas. Verdaderamente no se concibe el abando no del gobierno de los Estados-Unidos ante problemas tan graves como eran los que sur gieron á consecuencia de la guerra de sepa ración, cuando las costumbres de aquel país se prestan como las de ningún otro, si se — 87 — 1