Unir un cuerpo roto: La poesía y los poetas en la revista Encuentro de la Cultura Cubana (1996–2009)
Abstract
Este artículo se inscribe dentro del proyecto de investigación estatal "Escritores latinoamericanos en los países europeos durante la Guerra Fría", ELASOC (Escuela de Estudios Hispanoamericanos/CSIC, 2020-2024)
Full text
545 Unir un cuerpo roto Revista de Estudios Hispánicos 58 (2024) MILENA RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ Unir un cuerpo roto: la poesía y los poetas en la revista Encuentro de la Cultura Cubana (1996–2009) This article deals with the presence of poetry and poets in the exiled magazine Encuentro de la Cultura Cubana, directed by Jesús Díaz, and published in Madrid from 1996 to 1999. The article takes a tour of the various issues of the publication to approach the space dedicated to poetry and the tribute made to authors such as Gastón Baquero, Dulce María Loynaz, Roque Dalton, Heberto Padilla, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Rafael Alcides, among others. Based on these texts, and also appealing to the novel by Jesús Díaz Las palabras perdidas (1992), and one of its protagonists El Rojo, the role played by poetry and poets in the magazine is traced. This function would be twofold: on the one hand, to unite that broken body and divided what is the island of Cuba and, on the other, to highlight the total disagreement between poetry and politics. ˙ ˙ ˙ ˙ ˙ En su artículo “Cuba: una literatura sin residencia fija”, Ottmar Ette se refiere a Encuentro de la Cultura Cubana como “una revista cu‑ bana que en los últimos años ha alcanzado gran prestigio”, colocándola como un ejemplo que “esboza un espacio de acción para una literatura sin residencia fija que ha aumentado considerablemente sus coeficien‑ tes de movimiento tanto del lado de acá como de allá de una escritura diaspórica” (751). Para Ette, la literatura cubana es “una literatura sin residencia fija” debido a los numerosos desplazamientos, migraciones y exilios en los que esta ha estado inmersa desde el siglo XIX hasta la actualidad. Dentro de ese espacio vectorializado, para utilizar otro tér‑ mino del romanista alemán, y con un centro difuso, en medio de un país desterritorializado, la revista Encuentro de la Cultura Cubana buscó los acercamientos, los puntos en los que podían cruzarse los múltiples caminos, las múltiples rectas de la cubanidad; la literaria, pero también la cultural y la política. [140.234.253.9] Project MUSE (2024-09-19 05:15 GMT) Ebsco Publishing
546 Milena Rodríguez Gutiérrez La revista Encuentro de la Cultura Cubana apareció en Madrid en el verano de 1996 y se editó en esta ciudad durante trece años, hasta el verano de 2009. Tuvo una frecuencia cuatrimestral, llegando a alcan‑ zar la cantidad de cincuenta y cuatro números, varios de ellos, dobles1. A lo largo de esos años, la revista se fue convirtiendo en un referente imprescindible sobre Cuba y hoy puede afirmarse que Encuentro ha sido la revista más reconocida, influyente y prestigiosa del exilio y la diáspora cubanos. Encuentro fue fundada, y dirigida hasta su muerte, por el escri‑ tor cubano Jesús Díaz (La Habana, 1941–Madrid, 2002), cuentista, novelista, guionista y director de cine; autor, entre otros, del libro de cuentos Los años duros (1966, Premio Casa de las Américas) y de dos novelas de gran relevancia en la literatura cubana del siglo XX, aunque la segunda no se haya editado todavía en Cuba: Las iniciales de la tierra (1987) y, sobre todo, Las palabras perdidas (1992, finalista del Premio Nadal)2. A partir de la muerte de Díaz, que coincidió con el número 25, editado en 2002, y hasta el 53–54, último y doble, la revista pasó a tener dos directores: el historiador y ensayista Rafael Rojas (Santa Clara, 1965), exiliado en México, y el poeta Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, 1936–Las Palmas de Gran Canaria, 2023), exiliado en España, en las Islas Canarias3. En el texto de “Presentación” de su primer número, la revista hacía una declaración de intenciones explícita y arriesgada dentro del contexto cubano: La revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA tendrá como objetivo primordial el constituirse en un espacio abierto al examen de la realidad nacional. En nuestras páginas hallarán cabida tanto contri‑ buciones de cubanos que viven en la isla como de aquellos que residen en otros países, y también, desde luego, reflexiones de intelectuales extranjeros sobre nuestro país y su circunstancia. Pretendemos contri‑ buir así a que nuestra cultura aparezca en su diversidad, en su vocación contemporánea e internacional, como una de las principales esperanzas de la nación. (3) De entre la extraordinaria labor desarrollada por la revista en numero‑ sos ámbitos para cumplir estos propósitos, este artículo se enfocará en indagar sobre la presencia y la función que en ella jugaron la poesía y los poetas.
547 Unir un cuerpo roto Dentro del contexto de las revistas del exilio y la diáspora cuba‑ nos, posteriores al triunfo de la Revolución de 1959, Encuentro resulta un caso singular. Gran parte de las revistas del exilio cubano se han publicado en Estados Unidos, país que ha acogido al mayor número de exiliados de la isla desde 19594. En su artículo “Exilio y ‘desexilio’ en las revistas culturales cubanas de la diáspora”, Iraida H. López sitúa en “alrededor de 30” el número de “revistas culturales dirigidas por cubanos en Estados Unidos desde los años sesenta” (354). Entre estas, menciona publicaciones como Cuadernos desterrados (1964–66), Revista Cubana (1968), Alacrán Azul (1970–71), Cubanacán (1974), Areíto (1975–84), Escandalar (1978–84), Palabras y papel (1981–88?), Término (1982–84), Unveiling Cuba (1982–86), Mariel (1983–86) y Linden Lane Magazine (1982–actualidad)5. Ivette Leyva agrega a estos, otros títulos como los de Guánguara Libertaria (1980–92), Apuntes postmodernos (1990–?), Catálogo de Letras (1994–?) y otros de revistas exclusivamente literarias, como Punto Cardinal (1967–69), Enlace (1975–76, 1984–85), Újule (1994–95), y las digitales Nexos (1997–?) y Revista Cultural Baquiana (1999‑actualidad). A estos títulos cabe añadir la académica Cuban Studies (1974‑actualidad), las literarias y digitales Decir del agua (2002–08), Cubista Magazine (2004–06), La Habana Elegante (1998–2015), una de las revistas de ámbito literario y también académico más prestigiosa que ha tenido el exilio cubano, y Rialta Magazine, surgida en 2016 y editada, en este caso, desde México6. Como escribe López, “la mayoría de las publicaciones ha com‑ binado el marcado interés en la literatura y el arte con la preocupación social y política” (354), percibiéndose también en ellas “el empeño por dar a conocer y/o rescatar valores culturales de la isla y del exilio” (355). Estos propósitos los compartió la revista Encuentro, que surge, además, en uno de los momentos de mayor crisis del sistema en Cuba, tanto política como ideológica y económica, el de la década de los 90, con la caída del Muro de Berlín y del Campo Socialista, el fin de la Guerra Fría y el comienzo en Cuba del llamado “Período Especial”, que marcan la tremenda escasez económica y la bárbara consigna de “Socialismo o Muerte”, que lanzara Fidel Castro para intentar la sobrevivencia a toda costa del régimen político7. Frente a las revistas mencionadas, Encuentro tiene esa vocación de “espacio abierto”, que supone incluir no solo a autores de fuera y de dentro de la isla, sino buscar el diálogo, el debate y el encuentro; es
548 Milena Rodríguez Gutiérrez precisamente esta última característica la que marcó su singularidad, la que supuso el principal valor de la revista8. En este sentido, decía el poeta Raúl Rivero: “[l]o que Jesús [Díaz] proponía era un sitio para encontrarnos todos. Cada uno con su pensamiento y dueño y diseña‑ dor de su universo privado, pero con quicios y espacios en una franja donde se pudiera hablar de todo y debatir, polemizar y, por lo tanto, enriquecer la cultura del país donde nacimos” (204). Escribía también Antonio Elorza, quien fuera colaborador de la revista, en El País: “La novedad de Encuentro de la cultura cubana residió en la novedad del destinatario, que no fueron solo exiliados o disidentes, sino también quienes dentro del espacio revolucionario podían contribuir al cambio”. De otra manera, viene a decirlo Julio Ortega: En una época en que los cubanos del exilio solían saldar cuentas entre ellos, no sin encarnada aplicación, Jesús Díaz fundó Encuentro para dar a todos el beneficio de la palabra. Esta revista se convirtió en la esfera pública de una república cubana del exilio, allí donde asomaban unos y otros, de pronto tocados por la civilidad de los turnos. En una república de más condenados que salvados, donde cada quien ha ejercido de juez y parte de los otros, Jesús les vino a demostrar a todos que Encuentro era un lugar de recuperaciones; en primer lugar, de la credibilidad mutua. (26) La novedad, el civismo de la revista, ese conseguir ser una “repú‑ blica cubana del exilio” pensada con todos y para el bien de todos, ofre‑ ció una imagen diferente del exilio cubano, identificado habitualmente, dentro de Cuba, pero también fuera, con el pensamiento de derecha y más conservador. En este sentido, apunta Jorge Luis Arcos: Encuentro . . . se constituía, por primera vez en el exilio, como una re‑ vista que presuponía la colaboración constante de intelectuales insulares y, sobre todo, se proyectaba con una política cultural muy definida y de largo alcance, que no podía vincularse unilateralmente con el llamado exilio histórico, e incluso detentaba una orientación ideológica que tampoco podía identificarse con un pensamiento de derecha. (“Diez años” 211) Este rasgo motivó, paradójicamente, las mayores críticas que sufrió la publicación, tanto desde dentro como desde fuera de la isla. Escribía Andreas Siemmen en el Homenaje que Encuentro dedicara a su direc‑ tor‑fundador tras su muerte: “[a] Jesús Díaz no le amaban ni los em‑ pedernidos anticastristas (que no se fiaban de él), ni los glorificadores [140.234.253.9] Project MUSE (2024-09-19 05:15 GMT) Ebsco Publishing
549 Unir un cuerpo roto de la revolución (para ellos era un traidor)” (68). Un sentimiento que, más que Jesús Díaz escritor, motivó Jesús Díaz director de la revista Encuentro. Habría que añadir que, a diferencia del resto de revistas del exilio, Encuentro fue muy conocida y difundida en la isla. Entre otras ra‑ zones, porque ese momento de grave crisis política en que surge la publi‑ cación hace coincidir, acaso como en pocos momentos de la cubanidad, a los cubanos de fuera y de dentro. Explica Raúl Rivero, en “Contar una revista”, el porqué de la aprobación, de la alegría con la que era recibido cada número de la revista en la isla: “. . . eso que estaban pensando Jesús y otros amigos en el exilio de Madrid y Miami, estaba también en el pensamiento de muchos artistas que vivían y viven en Cuba” (205). A pesar de esto, o quizás precisamente por este motivo, Encuentro nunca pudo distribuirse en Cuba más que de modo informal, o clandestino9. Pero todavía resulta necesario mencionar otros aspectos que distinguieron a Encuentro: la destacada presencia de colaboradores extranjeros, los asuntos internacionales que se trataron y los textos en torno a la cultura latinoamericana. Hechos que le hicieron afirmar a Julio Ortega: “Desde Encuentro, el exilio cubano se ha convertido en un interlocutor fundamental de la cultura actual latinoamericana” (26); y, a Gustavo Guerrero, decir que Encuentro quiso: “sacar a la literatura insular del obsesivo monólogo de Cuba con Cuba” y “hacer posible un diálogo no sólo entre los cubanos de dentro y fuera de la isla sino entre todos ellos y nosotros, los otros” (17). Por último, Encuentro logró constituirse no solo en la revista más relevante que ha tenido el exilio cubano, sino que consiguió tras‑ cender este estatus marginal, convirtiéndose en una de las más notables revistas cubanas del siglo XX. Antonio Elorza la compara con Lunes de Revolución: “En cierto sentido, Encuentro es el punto de llegada lógico de la trayectoria de brillantes frustraciones que en los primeros años del castrismo iniciara Lunes de Revolución, bajo la guía de Guillermo Cabre‑ ra Infante”. En 2009, en el editorial del que fuera el último número de la revista (número 53–54), podía leerse “Un hasta luego”: “[d]esde su nacimiento, Encuentro ha sido una revista sin territorio, o destinada a ese país virtual que es la diáspora y al país real que le cierra sus puertas” (3). Esa “revista sin territorio” es hoy un referente imprescindible para leer la cubanidad; una revista‑red, como la propia Cuba; una red “sin residencia fija”.
550 Milena Rodríguez Gutiérrez Si se considera de manera exclusiva la cantidad de poetas, poemas o artículos sobre poesía que se publicaron en cada uno de los números de Encuentro, se podría pensar que la presencia de la poesía en la revista no fue demasiado relevante. Encuentro no era una revista poé‑ tica, ni siquiera específicamente literaria; era una revista con vocación amplia, inclusiva en diversos sentidos; una revista de pensamiento, de cultura, tal como se anunciaba en su título. La poesía era un elemento más dentro de ella; un elemento acaso menor dentro de la totalidad de las varias secciones. Pero esta sería una conclusión apresurada y, proba‑ blemente, incierta. En realidad, la poesía tuvo una función central en Encuentro de la Cultura Cubana; una función que acaso podría resumir‑ se en dos principios. El primero, y el que se advierte con mayor transparencia, lo sintetiza el propio Jesús Díaz en la presentación del número 11 de la revista, al introducir el “Homenaje” que esta hace a la poeta origenista Fina García Marruz con las siguientes palabras: “[q]uizá sea necesario insistir en que la obra de Fina nos pertenece a todos, vivamos donde vivamos y sea cual sea nuestra opción política” (3), para escribir des‑ pués: “[s]i algo debe y puede unir un cuerpo roto, ese algo es la poesía” (3). En esta breve, pero concluyente frase, Díaz atribuye a la poesía, y a los poetas, nada más—y nada menos—, que la función, el deber y la capacidad de unir ese “cuerpo roto” que es la isla. Y ese “algo”, repetido dos veces, subraya tanto la intensidad de la hendidura, de la herida del cuerpo insular, como la excepcionalidad de la poesía, frente a cualquier otro discurso, o fórmula, para conseguir su sanación y su soldadura. El segundo principio no se expresa de manera explícita, y resul‑ ta más complejo formularlo. Pero cabe inferirlo tras la revisión de los cincuenta y cuatro números de la revista y de ciertos artículos y textos que en ella se incluyeron sobre la poesía y los poetas. Se trata de poner de manifiesto, dentro de los encuentros que se buscan, el casi imposible entre poesía y política. Es decir, se pone en evidencia cómo en Cuba la poesía y la política han transcurrido, durante el período revolucio‑ nario, por caminos opuestos, des‑encontrados, y cómo el poeta fue, ha sido, una de las víctimas con las que la política se ha ensañado de manera más feroz. Resulta pertinente citar aquí a Rafael Rojas, quien ha resaltado cómo en Cuba, “en los momentos de mayor despotismo del régimen, ha habido siempre un poeta víctima” y los va nombran‑ do: “Reinaldo Arenas en los 60, Heberto Padilla en los 70, María
551 Unir un cuerpo roto Elena Cruz Varela en los 80 y Raúl Rivero en los 90” (Tumbas 326). La poesía, los poetas, son, así, ejemplos del máximo desencuentro en Cuba entre política y literatura y, por añadidura, del máximo desen‑ cuentro entre política y vida, y esta noción se percibe nítidamente en Encuentro, desde el primer número. Como conclusión de este segundo principio, cabría pensar que la revista se empeñó en exponer y exhibir ese cuerpo mortificado, violentado, roto, de los poetas, en su desen‑ cuentro con la Revolución y con la política. Tomando como referencia a Antonio José Ponte en su artículo “La ópera y la jaba”, publicado en el homenaje que la revista dedicó a Virgilio Piñera, podría decirse que los poetas simbolizaron, en la revista, en su sentido máximo, esa “jaba” (muy agujereada y rota en este caso) que sería emblema de la vida, frente a la “ópera” de la representación revolucionaria10. Estos dos principios podrían creerse contradictorios, pero no lo son. Precisamente porque el poeta conoce desde su propio cuerpo la brutalidad del desencuentro con la política, precisamente porque el poeta ya ha sido convertido por ella en “cuerpo roto”, puede saber— sabe—mejor que nadie, la urgencia de “unir” ese otro, y mayor, cuerpo roto que es la isla. En última instancia, estos dos principios supondrían algo así como la luz y la sombra, Eros y Tánatos, la vida y la muerte, las “dos patrias” poéticas de José Martí: Cuba y la noche; dos princi‑ pios enfrentados, pero, ¿no son acaso uno los dos? La figura de José Martí, en última instancia, sería inspiración para estos dos principios; ese poeta fundamental para la cubanidad, que quiso “unir” con todos y para el bien de todos, y que ofreció también su “cuerpo roto” para esa unidad. Sobre esa primera función de “unir un cuerpo roto”, habría que mencionar dos hechos centrales que lo avalan, dos secciones habituales de la revista: la sección de “Homenajes” y la sección de “Poesía”. En una y otra se alternaron los nombres de poetas cubanos residentes dentro de la isla y residentes en el exilio o en la diáspora. El número 2 de la revista, publicado en el otoño de 1996, inauguró la sección “Homenaje”, que se convertiría en habitual en la publicación. Ese primer homenaje fue dedicado al poeta origenista Gastón Baquero, y contó con una entrevista al poeta y un artículo so‑ bre su poesía, ambos firmados por Efraín Rodríguez Santana, así como con poemas del propio Baquero. Otros poetas a los que se rindieron “Homenajes” fueron: Eliseo Diego (n. 3), Fina García Marruz (n. 11), [140.234.253.9] Project MUSE (2024-09-19 05:15 GMT) Ebsco Publishing
552 Milena Rodríguez Gutiérrez Virgilio Piñera (n. 14), César López (n. 16–17), Heberto Padilla (n. 19), Antón Arrufat (n. 20), Lorenzo García Vega (n. 21–22), Reina María Rodríguez (n. 30–31), Rafael Alcides (n. 36), José Kozer (n. 37–38), Nivaria Tejera (n. 39) y Manuel Díaz Martínez (n. 40). Doce nombres de poetas: siete de dentro de la isla, cinco de la diáspora. Hay, además, otras ocasiones en que la poesía desempeña esta función de unir, en un sentido amplio; así, por ejemplo, los artículos sobre el bilingüismo cubano en Estados Unidos, escritos por dos poetas del exilio, Gustavo Pérez Firmat y José Kozer (n. 14). En esos textos, se exponen las complejas circunstancias, pero también se demuestra la po‑ sibilidad de existencia de, como diría Kozer, la “vida bilingüe”, y cómo incluso la llamada literatura cubanoamericana “se caracteriza no por oposición, sino por aposición”, al decir de Pérez Firmat (134)11. Es de‑ cir, dos poetas cubanos proponen otro modo más ancho de entender la cubanidad, sumando, en este caso, a la cubanidad más clásica, esa de los escritores cubanos bilingües de Estados Unidos, como el poeta Ricardo Pau‑Llosa, al que se refiere Pérez Firmat. Él y Kozer muestran también, así, otro modo de encuentro, el del espacio de la cultura cubana con el de la cultura en inglés; un encuentro construido desde el bilingüismo— cotidiano y/o literario—de los cubanos en Estados Unidos. Hay tres momentos en que esta función de la poesía, y los poe‑ tas, se hace más patente. Ocurre en los primeros números de la revista. Ya desde el primero, no puede dejar de advertirse que la declaración de intenciones que hacía Encuentro estaba reforzada por las palabras de un poeta, y no cualquier poeta, el origenista Gastón Baquero, quien escri‑ bía a continuación del editorial: “La cultura es en sí misma un lugar de encuentro, una suma” (4), y también: “[e]ncontrándonos todos en las páginas impresas de una revista, o en los coloquios u otras citas cultu‑ rales, es un anticipo, una puesta en práctica del inesquivable Encuentro mayor que mantendremos un día en el escenario común” (4). Así, la invitación de la revista para los encuentros y el “Encuentro mayor” entre cubanos de todas partes se apoyaba en la voz de uno de los poetas más relevantes de la literatura cubana contemporánea, quien era, además, en aquellas fechas, el poeta más prestigioso del exilio cubano. Las palabras de Baquero hallaron acaso su eco más notable en el número 4–5, correspondiente a primavera/verano de 1997. En este número se publican algunos textos de lo que iba a ser un “Homenaje a Dulce María Loynaz”, fallecida antes de que el número apareciera. Entre
553 Unir un cuerpo roto estos, se incluye el poema “Isla entera”, que, según aclara Jesús Díaz en la presentación, la autora enviara manuscrito en 1994 con motivo del que Díaz considera el “acta fundacional” de Encuentro, el evento “justa y premonitoriamente llamado ‘La isla entera’, que en noviembre de 1994 reunió en Madrid a poetas cubanos de dentro de la isla y exiliados” (4)12. Dice el poema de la autora de Últimos días de una casa: Si me quieres, quiéreme toda: no por zonas de luz o sombra. Quiéreme día; quiéreme noche . . . ¡Y madrugada en la ventana abierta! Si me quieres, no me recortes: quiéreme toda . . . o no me quieras. (“Isla entera” 7) El texto iba acompañado de un breve escrito de Loynaz, donde decía: “[a]quí va mi saludo a todos los escritores cubanos que van a unirse bajo el bello lema de Isla Entera” (7). El poema es, en realidad, un fragmento de uno suyo anterior, incluido en el libro Versos (1938), y titulado “Si me quieres, quiéreme entera”. Resulta llamativo que Dulce María Loynaz, con 92 años, rees‑ cribiera este poema de los años 30 para ese evento de 1994. La reescri‑ tura parece mínima: un cambio de título y la supresión de unos pocos versos13. Sin embargo, se produce una notable transformación: de un poema que alude y reivindica una feminidad que pretende ser aceptada en su totalidad, surge, reforzado por el nuevo contexto, un poema otro, que reclama una cubanía diversa, y completa—entera—, exigiendo su reconocimiento. Esta segunda lectura hubiera sido posible conservan‑ do el texto original; sin embargo, la poeta quiso, sin duda, evidenciar y subrayar su apuesta por esa cubanidad inclusiva a la que apelaba el evento, eliminando los elementos que podían prestarse a otro tipo de interpretaciones y cambiando, además, el propio título del poema. Así, volviendo al número de la revista, habría que concluir que Dulce María Loynaz, la poeta y escritora más reconocida de Cuba (en 1992 había obtenido el Premio Cervantes) secundaba, desde la isla, el llamado de Baquero en el número fundacional de Encuentro. Fuera de Cuba, y lue‑ go dentro, los poetas estaban clamando, estaban siendo la voz que pedía “unir” el “cuerpo roto” de la cubanidad.
560 Milena Rodríguez Gutiérrez do, “Representaciones” 97). Como señala Cordero, el libro “tiene como centro . . . la poética del Rojo, clave de lectura e interpretación del sen‑ tido de Las palabras perdidas” (225). Es decir, son el Rojo, el poeta por antonomasia en la obra, y su poética, los que otorgan su sentido mayor a la novela de Díaz y, por añadidura, a la propia realidad nacional20. Pero el Rojo es también Díaz, su escritura, aunque podamos reconocer en ella los rasgos de la poesía de Luis Rogelio Nogueras. En el poema “Nuestra Amada Kaär” escribe así el Rojo‑Nogueras‑Díaz (vale la pena reproducir el poema en extenso): La estrella del destino de Nuestra Amada Kaär, oh, hija mía, brilló una sola noche entre montañas hace cuarenta siglos; fue tan bella que su fulgor cegó por un instante a los guerreros. En una pobre tienda, por una única vez se entrevistaron Omik Issula, general de los cobres, Damir Alej, padre de la palabra, y el viejo John Adduá, patriarca de las tropas. . . . Preparaban, venéralos, la libertad de Nuestra Amada Kaär, pero la libertad es en sí misma una pregunta. . . . ¿Qué dijeron? . . . ¿Te afanas, lloras, te interrogas, temes? Perdóname, hija mía, es la condena de los nacidos en Nuestra Amada Kaär mirar de frente el punto ciego, el tokonoma, el horrendo vacío que alguien creó en nosotros para siempre al quemar esos signos . . . Ya cumpliste el castigo tutelar, ya sabes que perdimos las palabras. Ahora, si puedes, duerme. (Díaz, Las palabras 139–40)21 Más adelante, el Rojo presenta su texto‑ensayo sobre esta ci‑ vilización inventada por él, Nuestra Amada Kaär, que será el prólogo de su futuro libro de poemas, el cual se titulará, cómo no, Las palabras perdidas. En ese prólogo del Rojo se lee: [140.234.253.9] Project MUSE (2024-09-19 05:15 GMT) Ebsco Publishing
561 Unir un cuerpo roto Occidente se ha habituado a aceptar la separación entre libertad y poesía, reservándole a esta última una función puramente ornamental; de ahí la tranquilidad atroz, la irredimible angustia de los poetas occi‑ dentales, a quienes el poder ha reducido a esa mezquina condición de adorno contra la que tanto luchó el malogrado Theodor W. En cambio, Henri Masperó afirma que en Nuestra Amada Kaär libertad y poesía eran un solo concepto, que se expresaba con la misma palabra. (159–60) El poema y el texto son dos espejos, de la cubanidad y de la poesía: la civilización que ha perdido las palabras; la poesía (y la nación), que ha perdido la libertad. Por otra parte, son también el Rojo y Una, los dos poetas que viven para la belleza, la poesía, la libertad (¿no son una las tres?), quie‑ nes ponen el cuerpo cuando la revista y, por añadidura, lo que podía haber sido la Revolución, fracasan. El Rojo y Una, los que no se rinden ante las exigencias del poder, son, también, o por esa misma causa, los dos personajes que enfrentan la muerte en la novela. Por cierto, en el libro aparece, como un Güije más y por su propio nombre, el salvado‑ reño Roque Dalton, gran amigo de los dos poetas y referente esencial de los cuatro escritores22. En Las palabras perdidas hay también pequeños homenajes a los grandes poetas cubanos del siglo XX: Lezama, Diego, Guillén, Piñera, a quienes visitan, desafían y emulan los tres jóvenes poetas. Cuenta Rafael Rojas—y llegó a comentárselo a Jesús Díaz— que, al leer Las palabras perdidas, no podía dejar de asociar la novela con la canción “A dónde van”, de Silvio Rodríguez, incluida en su disco Mujeres (1978): “¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / ¿A dónde van las miradas que un día partieron?” (“Jesús”). Pero habría que recordar, sin desmerecer esa hermosa canción de Silvio, y sin negar su probable sintonía con la novela de Díaz, que mucho antes, en “Canción de otoño”, uno de los grandes poemas de Las miradas perdidas, de Fina García Marruz y de la poesía cubana, la poeta había escrito, varias veces, al hablar del pasado, del tiempo ya ido: “[c]ómo volver allí, / cómo vol‑ ver” (105)23. Esa es, quizás, la insistente pregunta que se hace el poeta Jesús Díaz, que escribe, acaso para responderla, Las palabras perdidas, y funda, poco tiempo después, la revista Encuentro de la Cultura Cubana. Volver al pasado, como intentan, a pesar de todo, los poetas y, si es que acaso se puede, volver desde una novela y desde una revista (¿o son una las dos?); volver al pasado para contarlo, pero también para encontrar‑
562 Milena Rodríguez Gutiérrez le, si es que acaso se puede, otro presente, otro futuro. Como quien reescribe, tal vez, esos bellísimos versos finales de “Canción de otoño”: “¿[c]onoces tú el país en que se vuelve? / Y sin embargo escribo sobre su polvo ‘siempre’. / Yo digo siempre como el que dice adiós” (106). Universidad de Granada NOTAS 1 La revista se editó en papel; posteriormente fueron digitalizados todos sus números, que hoy pueden consultarse en el “Archivo” de la página web Cubaencuentro. 2 Las iniciales de la tierra “estuvo vetada” en Cuba durante catorce años, desde 1973 hasta 1987, como recuerda Rafael Rojas (Tumbas 317). 3 Desde el número 4/5, Díaz Martínez formaba parte de la Redacción de la revista. Rafael Rojas se había integrado a la Redacción a paritr del número 10. Durante los tres primeros números de la revista, Pío Serrano, fundador de la Editorial Verbum en Madrid, ejerce como director adjunto, y Felipe Lázaro, responsable de la Editorial Betania, también fundada en Madrid, como Secretario. Ambos dejan de formar parte del equipo de la revista a partir del número 4/5, correspondiente a primavera/verano de 1997. 4 Hay, sin embargo, una continuidad con respecto a los exilios cubanos del siglo XIX. Como escribe Lourdes Gil en un artículo en la revista Encuentro: “[d]esde la extrate‑ rritorialidad, y sobre todo desde Estados Unidos, se ha pensado a la nación cubana. Gran parte de los textos fundacionales cubanos se han gestado o publicado en Estados Unidos” (145). 5 En un artículo publicado en la propia revista Encuentro, Leyva indica que Cuadernos desterrados fue la primera revista creada en Miami por exiliados cubanos, y que continuó publicándose hasta 1967 con otros nombres: Cuadernos 66 y Cuadernos del Hombre Libre. Leyva también se refiere a una segunda etapa de Mariel —la revista más conocida del exilio cubano de Miami—, entre 1986 y 1987. 6 Cabe mencionar también, en el ámbio europeo, la plataforma digital InCUBAdora, que se define a sí misma como una plataforma de publicación, investigación y reciclaje, fundada hace más de 15 años en Praga. En el número 40 (2006) de Encuentro de la Cultura Cubana se incluyó un dossier dedicado a las “Revistas cubanas del exilio”, coordinado por Jorge Ferrer, con artículos específicos sobre algunas de las más relevantes.
563 Unir un cuerpo roto 7 Esta consigna la lanza Fidel Castro en un discurso en que celebraba el triunfo de la Revolución el día 2 de enero de 1989 (El País, 3 de enero de 1989). 8 Según señala Ivette Leyva, también Catálogo de Letras “incluye una sección de cola‑ boradores dentro de la isla” (161). 9 En una entrevista con François Maspero en Le Monde en 1998, reproducida en Encuentro, declaraba Díaz: “[d]e tres mil ejemplares de tirada, mil se envían a Cuba a través de amigos, viajeros . . . En la Isla, cada ejemplar lo leen más de treinta per‑ sonas. La policía ha visitado a nuestros amigos y colaboradores, pero ellos han deci‑ dido continuar” (101). Por su parte, Raúl Rivero cuenta su experiencia como lector de Encuentro dentro de Cuba: “[y]o vi la revista correr de mano en mano. Sentí la corriente de aprobación que viajó por las ciudades, porque allá se recibió como una puerta abierta, una publicación hecha con rigor y profesionalismo, que podría acoger poemas, cuentos, artículos, ensayos que en las revistas especializadas y controladas por el Partido Comunista no iban a entrar” (205). 10 Para Ponte, la jaba (bolsa cubana) que llevaba Piñera en los últimos años de su vida era símbolo de la cotidianidad, “el arte de vivir, la memoria del cuerpo” (“La ópera” 16), desterrados por la Revolución; frente a la ópera, la representación, “la cultura vuelta gestos enormes” (15), que la propia Revolución promovía y acabó encarnando. 11 Estas tesis se desarrollan en el ensayo de Pérez Firmat Life on the Hyphen: The Cuban American Way (1994), traducido como Vidas en vilo: la cultura cubanoamericana (2000). 12 En su artículo “Diez años de Encuentro”, Jorge Luis Arcos señala que en las “Jorna‑ das de Poesía La isla entera” fue donde “por primera vez, se reunieron en un evento eminentemente literario, poetas y ensayistas cubanos de la isla y el exilio para conme‑ morar los 50 años de la revista Orígenes”. Sigue apuntando Arcos que en este coloquio “predominó el diálogo libre y democrático y el respeto a la diferencia” (209). 13 En el poema original de Dulce María Loynaz se leía: “Si me quieres, quiéreme entera, / no por zonas de luz o sombra . . . / Si me quieres, quiéreme negra / y blanca. Y gris, y verde, y rubia, / y morena . . . / Quiéreme día, / quiéreme noche . . . / ¡Y madrugada en la ventana abierta! . . . / Si me quieres, no me recortes: / ¡Quiéreme toda . . . o no me quieras!” (Poesía 33). 14 Aunque Eliseo Diego representa a los poetas “de dentro”, habría que precisar que terminó sus días en 1994 viviendo en México junto a su hijo, el novelista Eliseo Al‑ berto (Lichi), poco después de que el poeta obtuviera el Premio Juan Rulfo en 1993. 15 En Sobre la revolución, Hannah Arendt subraya la importancia del “recurso a Dios” en las revoluciones; recurso que defiende ya Maquiavelo, y después Robespierre, como necesario cuando “se funda una nueva comunidad”, y se necesita “un nuevo absoluto que reemplace al poder divino” (51). [140.234.253.9] Project MUSE (2024-09-19 05:15 GMT) Ebsco Publishing
564 Milena Rodríguez Gutiérrez 16 Encuentro en la Red. Diario independiente de asuntos cubanos se creó en el año 2000 concebido como un portal periodístico que complementaría el trabajo de la revista y albergaría además su versión digital. En diciembre de 2009, tras el cierre de Encuentro, gran parte del consejo de la revista decidió crear un nuevo periódico sobre temas cubanos: Diario de Cuba. 17 En Los detectives salvajes, por cierto, y como recuerda Osmar Sánchez Aguilera, Luis Rogelio Nogueras aparece mencionado entre los poetas cubanos como Rogelio Nogueras (“Nogueras al trasluz” 109). 18 Las miradas perdidas (1951), de Fina García Marruz, es uno de los grandes poemarios de la literatura cubana del siglo XX. 19 La fidelidad a las figuras de los poetas que inspiran los personajes del Rojo y el Gordo es muy notable: rasgos físicos, psicología, circunstancias de vida, anécdotas, poéticas. Díaz llega a imitar, con éxito, en sendos poemas, “Nuestra Amada Kaär” y “Fiesta”, los estilos poéticos de Nogueras y Rodríguez Rivera. 20 También son significativas las ideas del Gordo sobre la poesía, colocada por encima de la política; por ejemplo, en su monólogo imaginado con el Ministro, donde se dice: “[l]a poesía, compañero Ministro, era una forma de conocimiento muchísimo más útil y profunda que la ciencia y que la política . . .” (Díaz, Las palabras 99). 21 Un lector familiarizado con la poesía de Luis Rogelio Nogueras podría creer suyo este poema, que presenta importantes cercanías con poemas de Nogueras, como “En Bjöor”, “Le digo a mi hijo”, “Oración por el hijo que nunca va a nacer” y “Un tesoro”. 22 Puede observarse una cercanía llamativa entre el poema de Una que aparece en la novela, “Me confieso culpable ante los hombres”, y el titulado “El hombre del orden”, de Roque Dalton. Solo que el de Dalton es el poema del desparpajo del asesino cínico, ese que defiende un determinado orden—“Yo fusilé a un tal Farabundo Martí a un tal Gerardo Barrios” (Dalton, Taberna 32)—, mientras el de Una es la voz del desparpajo irónico, sarcástico, de la mujer que cuestiona precisamente el orden establecido: “[s] i hemos de darle crédito a la historia, / yo, Carlota Corday, / asesiné a Marat en la bañera, desatando el terror” (Díaz, Las palabras 183). 23 Silvio Rodríguez fue también gran amigo de Jesús Díaz y de los poetas de El Caimán, a cuya generación pertenece. Luis Rogelio Nogueras, junto a Víctor Casaus, otro de los poetas de El Caimán, es autor del libro Silvio: Que levante la mano la guitarra (1984). Guillermo Rodríguez Rivera prologó la edición de las letras de Silvio, Te doy una canción (2006).
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