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Oracion fúnebre pronunciada en las solemnes exequias que el Excmo. Ayuntamiento de ... Madrid, celebró ... el dia 27 de marzo de 1819 por ... María Luisa de Borbon / por el R.P.M. Fr. Miguel Huerta ...

Huerta, Miguel

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1 , ¡ ¡ o ORACION FÚNEBRE PRONUNCIADA EN LAS SOLEMNES EXEQUIAS QUE EL EXCMO. AYUNTAMIENTO DE ESTA MUY NOBLE, MUY LEAL, MUY HEROICA, IMPERIAL Y CORONADA VILLA DE MADRIDCELEBRÓ EN LA IGLESIA DE PADRES AGUSTINOS DE SAN FELIPE EL REAL, E L D IA 27 DE MARZO DE 1819* POR EL ALMA DE LA CATÓLICA REINA DOÑA MARÍA LUISA DE BORBON, POR EL R. P. M. Fr. MIGUEL HUERTA, Examinador Sinodal del Consejo Real de las Or denes , y Predicador del Reí nuestro Señor, del Orden de San Agustín. K - l Z r < r t i r • -a Mídier timens Deum, zjwa laudabitur. Prov. 3i, v. 3o. 3 Ex c e l e n t ís im o Se ñ o r . P -iocas veces he subido á la eminente altura de este respetable sitio, único asilo que casi ha que dado ya á la voz deliciosa de la verdad, el solo lu gar donde su celestial idioma hace resonar sus ar moniosos acentos , descargados de aquel infame peso con que la adulación, la lisonja y un fastuoso follage de vana elocuencia la oprimen torpemente, de bilitando su nervio, y haciéndola sospechosa ; po cas veces, digo, he anunciado la divina palabra des de esta cátedra santa con tanta confianza de hacer la fructuosa, ni con tan alegre satisfacción de mi ánimo, como en este dia en que la caridad, la gran de caridad nos ha reunido en este magestuoso tem plo para implorar las misericordias del Dios criador en favor del hombre. Porque ¿qué no deberé prometerme? ¿qué no debo esperar de mi discurso al considerar que todo cuanto se presenta á mis ojos habla al corazon con un mudo, pero elecuente lenguage, y publica lo mas grande, lo mas sublime que tiene la religión, lo mas c C o i - o f r ( io ) : :.":'b?2ea 5 5 S7Í1 ' RANAD* . H :;0. , -A | ■ .... 7 ■ ' I R - Z Z 'í't1) ' . 5 Miilier timens Deum, laudabitur. Prov. 3i, v. 3o. 7 v - rj,-. ?; 1. ;.r« „C'jc\U! ¿OlQ !*J :-?*i Ex c e l e n t ís im o Se ñ o r . P ocas veces he subido á la eminente altura de este respetable sitio, único asilo que casi ha que dado ya á la voz deliciosa de la verdad, el solo lu gar donde su celestial idioma hace resonar sus ar moniosos acentos , descargados de aquel infame peso con que la adulación, la lisonja y un fastuoso follage de vana elocuencia la oprimen torpemente, de bilitando su nervio, y haciéndola sospechosa ; po cas veces, digo, he anunciado la divina palabra des de esta cátedra santa con tanta confianza de hacer la fructuosa, ni con tan alegre satisfacción de mi ánimo, como en este dia en que la caridad, la gran de caridad nos ha reunido en este magestuoso tem plo para implorar las misericordias del Dios criador en favor del hombre. Porque ¿qué no deberé prometerme? ¿qué no debo esperar de mi discurso al considerar que todo cuanto se presenta á mis ojos habla al corazon con un mudo, pero elecuente lenguage, y publica lo mas grande, lo mas sublime que tiene la religión, lo mas consolador para el hombre, siempre animado de la infalible certeza de morir, y de presentarse algún dia ante el Dios justo, que ha de residir sus justicias y sus delitos ? La caridad, este don inefable, descendido del cie lo á la tierra para bien y consuelo del humano linage, dividido cruelmente por los intereses de sus pa siones ; la caridad, este vínculo sagrado, que une y enlaza los hombres entre sí, haciendo de todos una sola familia, animada de unas mismas ideas, de unos mismos sentimientos y de unos mismos deseos; la ca ridad, por la que el cristiano, á no abjurar la reli gión, á no renegar de Jesucristo y blasfemar del evangelio, no puede menos de tolerar los defectos de los demas hombres sus hermanos, de escusar sus estravíos , y de atribuir á un fin bueno y ho nesto lo que la evidencia no le obliga á condenar: la caridad, por la que todo hombre cree sin violen cia todo el bien que le dicen de otro, y nunca desespera de su salud, sino que confia fundadamente en que Dios le mirará con ojos de misericordia; la ca ridad , cuyas miras no se limitan á lo presente, sino que se extienden mas allá de la vida de los hombres, inspirando sus tiernos y amorosos oficios en favor de los que arrebató la muerte; la caridad. . . Esto es todo lo que descubren mis ojos en este fúnebre aparato, triste recuerdo de lo q u e es el hombre, é imagen de la muerte. 6 ¿ Y desmayaré yo en este dia? ¿Se arredrará mi corazon, cuando todo concurre á confortarlo? ¡O augusta caridad! ¡El hombre mas feroz, el corazon mas implacable, mas inhumano y cruel, n o , no resistirá nunca á tus cordiales demostraciones! ¿ Có mo pues, cómo yo, no insensible á su amable lenguage, he de decaer de ánimo en este dia y en este templo, donde todo la predica, todo la intima, todo la persuade? no: veo que aun humea en el altar del Dios eterno y omnipotente la sangre del cordero, que aca ba de inmolar el Pontífice santo con la espada del amor, de la cordialidad y compasion: la veo derra mada por los pecados del hombre. Aun resuenan en nuestros oidos los dulces cánti cos con que la mas tierna y amorosa de todas las madres reclama de su inmortal esposo los preciosos frutos de su inalterable amor. Observo este magní- .fico y decoroso mausoléo, símbolo de la consolado ra esperanza de nuestra resureccion en el último dia; y cuando reparo detenidamente sus hermosas y va riadas formas, veo la caridad demostrando en su ap titud que ella, ella sola es el alma que le anima Os veo á vosotros, católicos, adornados de un ex terior modesto y silencioso, viva expresión de aque llos tiernos y compasivos sentimientos que penetran al cristiano, cuando por un efecto de su piadosa sensibilidad pide al Dios de la clemencia por la sal vación de sus hermanos difuntos. 7 Y cuando todo respira caridad, cornpasion, be neficencia y dulce amor fraternal; cuando todo nos inspira y nos mueve eficazmente á interesarnos en lo que nos es á todos tan connatural y tan análogo á nuestras religiosas ideas, en el alivio y socorro de las penas con que la justicia de Dios purifica á los que durmieron el santo sueño de la paz; cuando to do se dirige á aliviar á nuestro prógimo necesitado, ¿no he de creer yo que mis palabras han de ser fructuo. sas? ¡Ah! hablo á un pueblo cristiano y católico; á unos fieles que se glorían de adorar á un Dios, cuyo nombre es el Dios que perdona; á unos hombres que profesan una religión de caridad y de paz, que nada prefieren á los deberes imprescriptibles del amor para con sus semejantes, y que los saben amar como á sí mismos. Si alguno de mi auditorio se halla decidido con obstinación á ahogar sacrilegamente estos sacrosantos principios , cuya práctica distingue al cristiano del infiel, y al católico del mahometano; si alguno. . . me es muy violento decirlo; si alguno en su corazon no advierte ninguna de estas generosas y cordiales disposiciones, que tanto honran al cristianismo y á sus profesores, mis palabras no se dirigen á él. Hablaré, Excelentísimo Señor, á los que se pres tan amorosos á las insinuaciones de la caridad. A estos diré que el Dios justo , ante cuya presencia ningún viviente podrá creerse justificado, y que in 8 variable en la ejecución de la terrible sentencia pro nunciada contra el primer pecador, exige de todos los mortales la paga y sueldo del pecado; el Dios justo terminó los dias de la muy alta y muy pode rosa Señora D o ñ a M a r í a L u i s a , augusto é ínclito vástago de la esclarecida y R e a l estirpe, que ha tantos años ocupa gloriosamente el brillante y magestuoso trono de la monarquía de las Españas; es pañola por descendencia; nuestra R ein a y S eñ o r a por espacio de veinte años ; madre de nuestro amado y virtuoso Monarca D O N FERN A N D O VII; y que en sus dias fue como una vid abundante que produjo para nuestro consuelo y felicidad renuevos preciosos, hijos de hijos que ennoblecen los dos he misferios, Sí, ca tó lico s; el cielo a rre b a tó , sa có d e en tre los m o rta le s , y p a ra sie m p re , á D o ñ a M a r í a L u is a d e B o rb o n : m u rió la R e in a M ad re. L a c ap ita l del o rb e c ristia n o lloró el d ia 2 de E n e ro de 1 8 1 9 , co m o u n d ia q u e la p riv ó de la p resen cia de u n a ilu stre m a tro n a q u e la en g ran d ec ía, ¡Q u é suceso ta n p ro  pio p a ra e stim u la r la religiosa p ie d ad , la c a rid a d c ristia n a de n o so tro s , q u e fuim o s u n d ia su p u eb lo y v a sa llo s , y q u e h o y no s reco n oce m o s d eudo res su  y o s c o n re la c ió n á n o d efra u d a rla de n uestro s su  frag io s y o ra cio nes! ¡q u é m u e rte ta n d ig n a de n u es tr a p iad o sa sensibilidad ! ¿ m u rió la R e in a m a d re ...? ¡ Ah! basta, basta á un español, benéfico por carácter, 2 9 día: piadosa, inclinada á lo bueno, exacta en cum plir diariamente y con religiosidad los ejercicios y prácticas de devocion que inspira el evangelio, y que la iglesia inculca frecuentemente á sus queridos hijos. Todavia se conserva entre los parmesanos la memoria interesante de la cristiana juventud de la P r i n c e s a M a r ía L u is a , y aun acaso permanece rán recientes las lágrimas que derramaron cuando la Divina Providencia, y no las manos de los hom bres , cuando Dios nuestro Señor la trasplantó á nuestra España, jAh! Seamos justos, católicos: no desmintamos: nuestra fé: demos gloria á Dios: el Señor es celo so de su honor, y no se olvida nunca de lo que el hombre vil y despreciable le promete, y lo que se digna aceptar en su bondad. Nosotros bendeci mos á Dios con inmortales y no interrumpidas ac ciones de gracias cuando nos vimos engrandecidos con la gallarda presencia de la P r i n c e s a d e A s t u r i a s D o ñ a M a r í a L u is a : nosotros prometimos en presencia de los altares una fidelidad inviolable, y de consiguiente una caridad sin límites hácia su augusta persona ; y esta caridad (1) nunca fenece, nun ca debe fenecer, aun cuando se acaben las profecías, ce sen las lenguas y se destruya la ciencia. Nosotros ju ramos amor constante á la P r i n c e s a d e A s t u r i a s . 16 (i) i. Corint. 13. 3. Las bibliotecas públicas y privadas; los archi vos de todas las ciudades y pueblos de la Monar quía ; todas las corporaciones eclesiásticas, civiles y militares ; nuestros periódicos son fieles testigos de este juramento de fidelidad, el que renovamos lle nos de júbilo y de gozo en la época en que subió al trono. La elocuencia agotó entonces en nuestros sabios todas sus riquezas para celebrar con elogios, y la poesía todas sus bellezas para cantar la ge nerosa caridad de la R e in a para con las viudas, huérfanos , infelices y menesterosos. Hasta en los mas escondidos ángulos de la Península se hacia sa brosa conversación de la afabilidad con que recibía á todos los que concurrían á depositar en su Real seno ó su vergüenza ó su miseria. No hubo enton ces uno solo que habiendo logrado su audiencia, no refiriese con asombro y admiración la delicadeza con que se instruía, se enteraba y se informaba hasta de los mas pequeños por menores de su solicitud. ¡ Qué razón tan despejada! este fue el lenguaje común de todos: ¡qué perspicacia la de la Re in a ! nada huye á su penetración: ¡qué corazon tan gran de el suyo! así hablaron entonces los que solicita ron sus bondades. Estos encomios, vosotros, cató licos , muchos de vosotros lo sabéis porque los vis teis , y vuestros oidos los oyeron: estos encomios fueron incesantes: ocuparon muchos años vuestros labios, y vuestra cristiandad los creyó debidos á i? los virtuosos sentimientos que penetraban el cora zon de la R e t n a madre; á aquellos sentimientos que son peculiares de los que conocen á Dios, de los que le temen, y esperan en su misericordia. El tiempo, que todo lo consume, que todo lo devora y sepulta en la noche eterna del olvido; las vicisitudes é inconstancia de las cosas humanas, que nada respeta, aun lo mas santo y sagrado; la nin guna estabilidad y permanencia que caracteriza á los hombres, y de la que ninguno. .. . no nos en gañemos, católicos: no nos dejemos deslumbrar de nuestro injusto orgullo: no quememos sacrilego in cienso en las locas aras de nuesti o amor propio. La ninguna estabilidad que nos es á todos connatural pudo hacer que estos frutos, que el conocimiento de Dios produjo en la R e in a madre, se empaña sen ; y la meledicencia, que siempre ha sabido con servar en las cortes hombres injustos que defrau dan á sus príncipes de los elogios que la justicia reclama en su favor, hasta graduar de excesiva adulación las alabanzas que merecen; la maledicen cia , que se cree autorizada para acriminar las mas irreprensibles acciones de los ungidos del Señor, ha brá podido anonadarlos. Pero ¡y qué! ¿no conservan su frescura y primitivo verdor los que su caridad cristiana hizo nacer en la Cárcel de Corte, donde...? •(Perdonable humanidad! ¡débil naturaleza humana! i tu corrupción cundirá hasta la clase mas hermosa y 18 bella! muchas desgraciadas jóvenes llorarán oprimi das del peso amargo de su debilidad y estravios; pero la R e in a madre enjugará sus lágrimas, hacien do preparar una sala en la Cárcel de Corte , defen dida del sigilo, guardada del silencio, y guarneci da de las centinelas de la caridad y compasion. Su generosidad irá mas lejos. Los tiernos é inocentes frutos del crimen hallarán quien los fomente y ro bustezca ; la Real casa de la Inclusa. Las amables plantas que los producen no escasearán asilos donde expiar saludablemente su fragilidad; la Real casa de las Arrepentidas. ¡Ah! si como estos rasgos gloriosos de su cató lica generosidad, y del conocimiento que tuvo de Dios , permanecen siempre vivos , hubieran logrado igual fortuna los que su cristano fervor hizo brillar en la época en que el temor de Dios y la esperan za de su misericordia.... ¡Oh! ¡Gran Dios! ¡Dios de amor, á quien nada agraba tanto como la ca ridad para con las almas que mientras vivieron no olvidaron nunca ni tu poder ni tu justicia! ¡ Dios de caridad! ¿por qué no hicisteis que fuesen cono cidos de todos vuestros siervos los españoles aquellos dias, dias de maravillosa edificación en que vuestra sierva D o ñ a M a r í a L u is a . . . ? ¡Reales guardias! ¡fie les centinelas del Real Palacio! no , no os afanéis por saber quién es ese pobre y andrajoso eclesiástico que todos los dias al amanecer, sin cuidarse de las liU* 19 vías de la nieve y del yelo, os sorprende entrando silencioso, y subiendo á Palacio. ¡Nobles criados! destinados al servicio del oratorio de damas! ceded, ceded á la repugnancia que opone vuestro corazon á la curiosidad, que os hace desear el conocimiento de esa muger, que os mueve á pretender saber quien es esa joven que tan de mañana, y bajo un trage humilde y honesto, recibe con tanta frecuencia el sacramento de la reconciliación. Ese eclesiástico es un sacerdote ejemplar, es un sabio, acaso el mayor de toda la Europa : esa joven es la R e in a D o ñ a M a r í a L u is a . ¿Por qué, ¡Señor, ó Dios mió! por qué habrá estado oculto este rasgo del conoci miento que tuvo siempre de Vos la R e i n a madre? ¿por qué no duraria. . .? ¡ah! ¡lloremos, católicos, lloremos nuestra humana inconstancia! Pidamos al Señor nos sostenga con su gracia, sin la que los deseos mas fervorosos, los propósitos mas santos, las mas edificantes resoluciones no serán nun ca en nosotros mas que unas luces que desaparecen al mismo tiempo que se manifiestan. No nos olvide mos de que, si este divino auxilio no nos socorre, si el Espíritu Santo no corrige con su virtud omnipoten te la viciosa inclinación de nuestra voluntad, todas • las gracias exteriores, reunidas á los mas grandes co nocimientos , no podrán nunca, ni apartarnos del mal, ni aplicarnos al bien. Hagamos valer en nuestro corazon las verdades *20 que nos inspira el conocimiento de Dios, por las que sabemos que el Señor substrae algunas veces, y priva á sus escogidos del socorro de sus gracias, negándo les su auxilio por un justo juicio. Acordémenos para nuestro consuelo, que esta privación es en los planes de su misericordia un beneficio; pues que sirve á man tenerlos en la humildad, á hacerlos mas perseveran tes en la oracion, y á esforzarlos a apreciar debida mente las mas pequeñas de sus inspiraciones. Confe semos á consecuencia que esta substracción de la gracia, que algunas veces notamos en nuestros se mejantes, léjos de autorizarnos para escandecernos contra sus flaquezas, debe estimularnos á ejercer la caridad hácia ellos, mayormente si Dios los ha co locado sobre los demas; esto, como dice el Apóstol hablando del amor é indulgencia que debemos á los Reyes y á los que están puestos en altura, es bueno y honesto delante de nuestro Dios Salvador (1). Este es un deber inviolable: lo ordena la caridad; y el pue blo, que no descuida su cumplimiento, merecerá siempre el honroso dictado de heroico. Este augusto dictado, ¡ noble y generosa capital del imperio español! este honroso título, el titulo de heroica, que por tantos medios has merecido, ¡ó Villa de Madrid! le ganastes colmándote en los dias 19, 20 y 21 de Marzo de 1808. ¡Qué pueblo tan 21 (i) i. Thimot. 2. 2. 3. sabio! ¡ Ah! en aquellos días se vió de Un modo so lemne que hasta los menestrales y artesanos espa ñoles saben que los Reyes, como establecidos por Dios, de quien es una emanación su autoridad Real, deben ser obedecidos religiosamente y respetados de sus vasallos; que nuestro deber, hagan el uso que quieran de su poder, es amarlos y rogar á Dios por ellos; y que como dice Jeremías, los que dicen á los demás no sirváis al Rei de Babilonia, son falsos profetas que hablan mentira (1). Estas verdades fue ron públicas en aquellos dias; ¿pero cómo? ¡Ah! un mudo y profundísimo silencio salió entonces de en tre la lisongera confusion y alborozada alegría de todos los que nos hallamos presentes: un silencio que se propondrá á las generaciones futuras, como un monumento público, como un testimonio inconcuso de la cristiana caridad de los madrileños para con la R e in a madre. ¿Y cómo menos? D o ñ a M a r í a L u is a era ma dre de nuestro ansiado REI FERNANDO VIL D o ñ a M a r í a L u i s a era católica; conocia á Dios; temia su santo nombre; su alma era objeto del amor del Dios de la misericordia. ¿Y no lo había de ser del de sus vasallos? ¡Ah! los habitantes de Madrid saben qué es lo que les ordena la caridad, y esto les bas ta para reverenciarla con el silencio, y darla prue 22 (0 Jerem. 27. 9. 10. bas de su amor. ¿Y las rehusaremos hoy? Católicos: escasearemos nuestros caritativos y religiosos servi cios á la R e i n a madre hoy que la contemplamos vuelta á las manos del que la crió? ¿y que sabemos murió en el conocimiento de Dios? Es mi segunda proposicion, que manifestaré en dos palabras. 23 I I. Seria inútil , Excelentísimo Señor , seria ente ramente ocioso, y de ninguna utilidad, ni aun apa rente, el referir lo que la caridad mira como ageno de sus cordiales oficios, los varios y deseme jantes sucesos que la condujeron á la capital del cris tianismo. Haria yo una notable injuria á la piedad de V. E: obraria en contrario sentido á la devocion de vosotros, oyentes, si me emplease en otra cosa que en lo que publica vuestra caridad, en la salva ción de la R e in a madre. ¡O qué abuso tan sacri lego y horrible haria yo de mi ministerio, si me ocu pase en examinar aquellas acciones de la R e in a ma dre, que pudieron influir directa ó indirectamente en la suerte de la monarquía!!!! Su salvación, la vista de Dios, cuya posesion sostiene al cristiano duran te su vida, y que es fruto del temor de Dios y de la confianza en su misericordia: la salvación de la Augusta Madre de nuestro REI y SEÑOR, es lo que debe ocupar y ocupa con efecto toda nuestra aten ción: su salvación , la que debemos creer piadosa mente habrá conseguido , ó que conseguirá con el socorro de nuestra caridad, prévio el conocimiento de Dios, que la animó en su muerte. ¡Oh! ¡qué edificante! ¡qué muerte tan deseable y ejemplar! ¡cuán propia para enardecer la caridad de aquellos que, instruidos en las bellezas consola doras de la religión, saben que el Dios de misericor dia espera muchas veces este momento terrible para conducir á los que le conocen, y asociarlos á la glo ria eterna! ¡Ah! el Señor, juez justo y paciente que visita con la férula y el castigo á todo hijo que (1) reconoce por suyo: que castiga á los que ama, no co mo juez inexorable, sino como Padre tierno y amo roso , la probó en sus últimos años con la tribulación para purificarla. Continuos y amargos dolores; una enfermedad que á cada paso le presentaba mayores penas y agudísimas angustias. . . ¡qué sumisión tan perfecta á las disposiciones de Dios! ¡qué paciencia la suya! ¡con qué resignación sufrió sus dolorosos -Km a'WWÍI £Í '>I> zsíioioT!; ,s¡ ’nr r.-v e? b«; (i) Hebreor. xs. 5. 24 males! con la conformidad que es Inseparable al co nocimiento de Dios sobrellevó estas duras pruebas que el cielo envía sobre los que temen al Señor, y esperan en su misericordia. Con la misma inaltera ble resignación recibió la noticia de su próxima muerte. Apénas la intiman que se acercaba. .. ¡qué espectáculo tan interesante á la religión! ¡Angeles del cielo! que os regocijáis cuando el hombre pecador reclama la aplicación de la sangre de Jesucristo; vosotros, que presenciasteis la muerte de D o ñ a M a r í a L u is a d e B o r b o n , decidnos, ¿co nocía entonces al verdadero Dios? ¡oh, y con qué conocimiento tan digno de la Magestad divina! To da ocupada del temor santo del Señor, y toda es peranzada en su misericordia, clava sus ojos en la imágen de Jesucristo: le contempla un largo rato: le mira sin moverse como arrobado su espíritu, co mo suspensos sus sentidos; y cuando su Real servi dumbre esperaba los ocupase en procurarle su ali vio, la ven que se esfuerza sobre sí misma, que con un tono y lenguage fuerte les dice: ¡hijos, ved el fin de las criaturas! \vsd a lo que viene á parar la gloria del mundo! á una muerte cierta, á la que su cede prontamente la sentencia decisiva de la eternidad! ¡ Hijos , añadió cubiertas sus mejillas de lágrimas, hijos, os ruego me perdoneisl Por este divino Señor crucificado, que tengo en mis manos, os suplico que me perdonáis. 25