¿Es posible una lingüística inmanente?
Abstract
Osuna García, Francisco
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Language Design 7 (2005, 51-84) ¿Es posible una lingüística inmanente? FRANCISCO OSUNA GARCÍA Universidad de Córdoba 0.- INTRODUCCIÓN El objeto de esta reflexión es sugerir la posibilidad de que las relaciones entre los componentes de una construcción sean interpretadas como relaciones semánticas inmanentes. Para ello es necesario partir de una teoría funcional del significado, según la cual los significados no son ni objetos mentales ni realidades extralingüísticas, sino un valor instrumental. Presento de manera esquemática –y espero que no esté demasiado alejada de la realidad del lenguajelas dificultades que la lingüística ha tenido, a partir del estructuralismo, para incorporar el significado a la descripción gramatical. En este trabajo, el análisis y la argumentación se explican siempre por medio de ejemplos del castellano, pues, por una parte, no me atrevo a hacer afirmaciones seguras acerca del valor de los signos y las construcciones en otras lenguas -como pudiera hacerlas un hablante nativo-, y por otra, entiendo que las funciones instrumentales de los signos y de las construcciones deben tener un valor semejante en las diferentes lenguas. Insistiendo en este último punto, pienso, aunque no me atrevo a asegurarlo, que, si pudiéramos explicar de manera adecuada cómo funcionan - para qué sirvenlos signos y las construcciones de una lengua particular, tendríamos un buen modelo para aplicarlo a otras lenguas. Sobre esta cuestión W. Von Humboldt, refiriéndose en concreto a las lenguas indígenas de América, escribió lo siguiente: De ahí que sea importante analizar con detenimiento todas ellas. Pues lo que sigue faltándole a la lingüística general es esto: una presentación suficiente en el conocimiento de las lenguas singulares. Sin eso será escasa la ayuda que podrá aportar la comparación de las lenguas, por muy grande que sea el número de las comparadas [...]. De ahí que la primera regla sea estudiar antes que nada cada lengua conocida en su conexión interna (1991[1820]: 40-41). Y, en fechas más recientes, N. Chomsky, seguramente el lingüista que más ha contribuido al desarrollo de la Gramática Universal y de los universales del lenguaje, de manera que puede resultar paradójica, según
Francisco Osuna García 52 apreciación del propio Chomsky, afirmaba lo siguiente: “Por razones ya discutidas amplia y detenidamente, por el estudio de determinadas lenguas naturales se puede alcanzar mejor comprensión de la GU (Gramática Universal) que por el estudio menos profundo de una mayor variedad de lenguas (una idea que a menudo ha sido considerada erróneamente como paradójica” (1988: 117). Las ejemplificaciones sobre lenguas remotas son difíciles de verificar. Franz von Kutschera (1979:363), refiriéndose al nootka nos confiesa que “la afirmación de Whorf sólo puede ser comprobada y precisada por uno que domine esa lengua”. Y las ejemplificaciones sobre lenguas próximas corren el peligro de no ser adecuadas. Sirvan estas aclaraciones de explicación, si no de justificación, para lo que podría ser considerado un atrevimiento por mi parte, ya que, al presentar mi reflexión bajo la denominación de “lingüística” sin otras restricciones que delimiten su ámbito, se supone que es un planteamiento de carácter general, aunque la ejemplificación se limite al castellano. 1.- LA LINGÜÍSTICA ESTRUCTURAL La lingüística estructural trató desde su comienzo, desde el Curso de lingüística general de Saussure, de constituirse en un estudio inmanente y autónomo de la lengua. F. de Saussure (1971[1916]: 51) insistió en la dificultad para estudiar la lengua desde diferentes perspectivas, y señaló el peligro que supondría abordar su estudio atendiendo a aspectos tan diversos, pues el objeto de la lingüística podría resultar confuso. Por este motivo considera que “no hay más que una solución para todas esas dificultades: hay que colocarse desde el primer momento en el terreno de la lengua y tomarla como norma de todas las manifestaciones del lenguaje”. La lengua, para Saussure, es una totalidad en sí y un principio de clasificación. En cuanto le damos el primer lugar entre los hechos del lenguaje, introducimos un orden natural en un conjunto que no se presta a ninguna otra clasificación. L. Hjelmslev continuó y desarrolló la propuesta de Saussure para una lingüística autónoma e inmanente. Para él (1971[1943]: 14), los estudios sobre el lenguaje corren el peligro de pasar por alto el lenguaje mismo: “es un peligro real porque, por su propia naturaleza, el lenguaje se presta a que se le pase por alto, a que se le considere medio y no fin, y sólo por artificio se dirija la atención al medio mismo del conocimiento. Esto ocurre a diario”. Por ello
¿Es posible una lingüística inmanente? 53 para establecer una verdadera lingüística que sea algo más que una ciencia auxiliar o derivada, es preciso actuar de otro modo, la lingüística ha de esforzarse por comprender el lenguaje no como un conglomerado de fenómenos lingüísticos (físicos, fisiológicos, psicológicos, lógicos, sociológicos), sino como una totalidad autosuficiente, como una estructura sui generis. Sólo de este modo puede el lenguaje por sí mismo someterse a tratamiento científico, sin que de nuevo queden defraudados quienes lo estudian, y pierdan la perspectiva (1971[1943]: 14-15). Para entender el estructuralismo como proyecto científico para el estudio del lenguaje, lo mismo que para comprender otras propuestas en la historia de la lingüística, tenemos que situarlo en su contexto histórico. Según expuso E. Bernárdez, la lingüística, desde el s. XIX, ha tenido la constante pretensión de ser científica. La noción de ciencia ha dependido siempre de la concepción dominante en cada momento, pero la lingüística ha intentado siempre aproximarse a las disciplinas científicas que en cada caso resultaban dominantes o paradigmáticas (1995: 17). En el caso de Saussure, entiende que el modelo fue la sociología de Durkhein. Podríamos quizás precisar que tanto la sociología como la lingüística emanan del discurso filosófico positivista, que llevó a la parcelación de los saberes. Con estos presupuestos teóricos, el estructuralismo supuso un desarrollo extraordinario de la ciencia del lenguaje, pues delimitó de manera precisa su objeto y el carácter sistemático del mismo. El concepto de estructura implicaba también enfoque sincrónico. Pero los estudios realizados con estos planteamientos mostraron pronto algunas limitaciones, que, en mi opinión, derivan en buena medida de la consideración del significado como concepto. Una teoría conceptual del significado resultaba difícil de abordar, pues, en definitiva, sólo podía ser sometida a un tratamiento intuitivo, ya que las realidades mentales no parecen observables. Por otra parte, una teoría conceptual del significado, suponiendo que sea válida, no podría dar cuenta del significado de todos los signos y construcciones de la lengua. Por este motivo, el estructuralismo adoleció de formalismo, con lo cual renunció a algo esencial en la naturaleza del lenguaje, el significado. Sin embargo, hemos de reconocer que ni en Saussure ni en Hjelmslev se propone teóricamente esta renuncia al significado, pues, de manera inequívoca, se contempla la unión de significante y significado, o expresión y contenido, en su definición del signo, como dos componentes inseparables. Sobre todo L. Hjelmslev plantea esta cuestión de forma rigurosa, ya que, para él, la función signo viene dada por una forma de
Francisco Osuna García 54 expresión y una forma de contenido, que son sus funtivos y que, como tales, no pueden existir de manera independiente. La mayor o menor atención al significado en la descripción de la lengua da lugar, de hecho, a diferentes posiciones o corrientes dentro del estructuralismo. P. Guiraud afirma que la significación conceptual es por sí misma una entidad objetiva y autónoma de que la lengua no podría prescindir, por la excelente razón de que un valor tiene su origen en una oposición entre signos, que un signo es a la vez una forma y una significación; y no es posible eliminar esta noción, como lo quiere toda un ala radical del estructuralismo, que se niega a ver en el lenguaje otra cosa que un sistema de valores puramente formales (1979[1958]:71). Este sacrificar –llamémoslo asíel significado en aras del rigor fue expuesto por E. Benveniste, pues, en su opinión, debido a la enorme preocupación por que la descripción sea sistemática, con un escrúpulo técnico que nunca fue tan minucioso, se exige a la descripción que sea explícita y coherente y que el análisis sea conducido sin consideración de la significación, únicamente en virtud de criterios formales. Es sobre todo en Estados Unidos donde han sido afirmados estos principios, y han sido motivo de prolongadas discusiones (1982[1966]: 12). Estamos ante una exposición del método según la cual (1982[1966:13]) “queda admitido, por principio, que el análisis lingüístico, para ser científico, debe abstraerse de la significación y vincularse únicamente a la definición y a la distribución de los elementos”. El propio E. Benveniste insiste en que se aprecia por todas partes un esfuerzo por someter a la lingüística a métodos rigurosos. Efectivamente, en el estructuralismo americano, encontramos algunos de los lingüistas más representativos de esta corriente, que tratan de conseguir una explicación rigurosa prescindiendo del significado. A modo de ejemplo citamos la opinión de Zellig S. Harris (1969[1951]: 363) acerca de que los morfemas no se identifican directamente sobre la base de un significado o sus diferencias de significado, sino a partir de su distribución: “The morphemes are grouped into morpheme classes or classes of morphemes-in-environments, such that the distribution of one member of a class is similar to the distribution of any other member of the class”. Producto de este mismo planteamiento asemántico son todas las propuestas estructuralistas o funcionalistas que, de manera semejante a lo expuesto en el párrafo anterior, defienden el criterio funcional, o sintáctico, frente al criterio semántico, para la clasificación de los signos; y también son producto de este planteamiento esas otras definiciones totalmente asemánticas en las que se dice que los morfemas gramaticales (B.
¿Es posible una lingüística inmanente? 55 Pottier, 1971: 35) “constituyen un inventario finito y poco extendido” y los lexemas, en cambio, constituyen un inventario abierto y muy extendido. La utilización de términos, al menos entre los estructuralistas y funcionalistas españoles, como “adyacencia” o “adyacente” para denominar determinadas relaciones sintácticas, responde también a este mismo punto de vista. Parece claro que este tipo de términos apuntan exclusivamente a aspectos formales o posicionales y no dicen nada acerca de las relaciones semánticas que se dan entre los componentes de la estructura. No hay nada en este tipo de denominaciones que se pueda considerar útil desde el punto de vista del principio de la composicionalidad, tan repetido en la lingüística más reciente, según el cual el significado de una expresión compleja es una función del significado de sus componentes. En lo que se refiere a la clasificación de las relaciones sintácticas, numerosos lingüistas, siguiendo a L. Hjelmslev, van a distinguir tres grandes tipos de relaciones: interdependencia, determinación y constelación. Así lo podemos ver, entre otros, en A. Martinet (1979[1975]) y (1987[1985]), en E. Alarcos (1969) y en S. Gutiérrez (1997[1978]), aunque este último cambia la terminología usual por “interdependencia, coordinación y subordinación”. Estamos de nuevo ante términos que, al menos algunos de ellos, no dicen nada acerca de la relación semántica que se establece entre los componentes de una estructura y que ha llevado frecuentemente a interpretaciones –sobre todo basándose en el concepto de interdependenciaque no consideramos adecuadas. La búsqueda de rigor llevó a la utilización de la conmutación como procedimiento para identificar las invariantes frente a las formas que sólo eran variantes, es decir, para identificar las unidades funcionales. La conmutación fue aplicada en primer lugar en la fonología, y L. Hjelmslev propuso su aplicación a las unidades significativas. Según B. Malmberg (1971[1967]: 225), “el procedimiento para determinar las invariantes es la conmutación”. J. P. Corneille (1979[1976]: 269) escribió que “la conmutación permite establecer el inventario de las unidades significativas, con independencia de las variantes accidentales (contextuales o situacionales) del sentido (de la sustancia)”. Para A. Martinet (1993[1989]: 15), “tenemos a nuestra disposición ese instrumento precioso que es la conmutación para clasificar la realidad física que nos presenta el habla”. También en E. Alarcos (1979: 52) encontramos una exposición de las ventajas del procedimiento: “tendrá, pues, valor lingüístico toda expresión que, cambiada por otra, produzca también un cambio de contenido”. Recordemos que es este procedimiento el que le lleva a
Francisco Osuna García 56 rechazar la existencia de una voz pasiva en español como forma diferenciada de las construcciones atributivas. Recogemos finalmente la opinión de S. Gutiérrez, para quien la prueba de la conmutación ha sido, sin duda, el gran hallazgo de la lingüística europea. Hasta tal punto es así que resulta difícil determinar quién ha creado a quién: si el estructuralismo el que ha descubierto la conmutación, o si, más bien, ha sido la conmutación la que ha permitido el desarrollo del estructuralismo (1997[1983]: 445). Sin embargo, a pesar de la coincidencia generalizada en defender la validez del procedimiento, los resultados no nos parecen tan definitivos como cabría esperar. Esta falta de unos resultados indiscutibles se debe, en mi opinión, a que el plano del contenido no se maneja de una manera adecuada. Así nos encontramos con resultados válidos en su aplicación a la identificación de los fonemas; y, en cambio, tenemos unos resultados discutibles en su aplicación a la identificación de los morfemas o de las relaciones sintácticas. Si no se parte de una definición adecuada del significado, no estaremos realmente seguros, en muchos casos, de si la conmutación de un segmento formal por otro produce realmente un cambio en el plano del contenido; y, en última instancia, o prescindimos totalmente del significado, como hace E. Alarcos en su Gramática estructural, o estaremos tratando de realidades mentales difíciles de contrastar y de compartir. Ante la constatación de estas limitaciones, surgirán voces que reclamarán la necesidad de atender al significado. Así E. Coseriu escribió que en lo que concierne en particular a la lingüística, el lenguaje no puede estudiarse y ni siquiera deslindarse prescindiendo del significado, ya que sin el significado el lenguaje deja de ser lenguaje: el lenguaje es esencialmente finalidad significativa y no puede considerarse como lenguaje independientemente de su significado (1986[1973]: 119). La reducción que hemos tratado de exponer, la atención exclusiva a los aspectos formales, se manifiesta fundamentalmente en el nivel gramatical de la lengua -el que más se presta, por otra parte, a una descripción formal-; pero, de manera sintomática, también la encontramos cuando los lingüistas se dedican al estudio del plano del contenido, a la semántica. Y, en este caso, podríamos decir que estamos ante una doble reducción, pues, por una parte, al seguir una teoría conceptual del significado, la semántica es exclusivamente semántica léxica, ya que los lexemas son los únicos signos que comportan una categorización y, consecuentemente, una conceptualización de la realidad; y, por otra parte, a pesar de la
¿Es posible una lingüística inmanente? 57 definición rigurosa del signo como la unión de una forma de expresión y de una forma de contenido, cuando se estudia el contenido se prescinde de las formas que lo manifiestan o lo expresan. Así, A. J. Greimas (1976[1966]: 47), después de aludir a los diferentes tipos de significantes, afirma que “sea cual fuere el estatuto del significante, no es posible ninguna clasificación de los significados a partir de los significantes. La significación, por consiguiente, es independiente de la naturaleza del significante gracias al cual se manifiesta”; y también explica que el registro de las separaciones diferenciales en el nivel de la expresión, por muy seguro y exhaustivo que sea, no constituirá nunca sino un sistema de exclusiones y no aportará jamás la menor indicación acerca de la significación. Dicho de otro modo, las separaciones de significación no se deducen a partir de las separaciones del significante, y la descripción semántica corresponde a una actividad metalingüística situada a un nivel diferente y que obedece a leyes de la articulación estructural de la significación las cuales aparecen como constitutivas de la lógica lingüística inmanente (1976[966]: 47-48). Esta parece ser la posición de los semantistas que, de manera poco precisa, podríamos situar dentro de la corriente estructural y funcional, y cuyo objeto de estudio es la lexicología. Si el testimonio de A. J. Greimas corresponde a los primeros desarrollos de la semántica estructural, el que citamos a continuación de M. Casas es bastante más reciente, pero nos parece, en lo esencial, coincidente con el anterior: surge de aquí, pues, la demostración de que, para un análisis de la semántica en sus distintos niveles, hemos de partir necesariamente del plano del contenido y no del plano de la expresión, perspectiva esta última cuya extrapolación del ámbito de las unidades distintivas al de las unidades significativas implica una incorrecta aplicación metodológica, pues, de la misma manera que en fonología se parte del plano de la expresión para describir la naturaleza de los significantes, hemos de hacer lo propio cuando nos situamos en el dominio de la semántica, es decir, tomar como punto de partida el plano del contenido y analizar sus significados, no los significantes, que sirven únicamente como meros correlatos de las unidades funcionales (1997: 47). Vemos, pues, que el estructuralismo deriva hacia un análisis formalista, asemántico, o hacia un análisis semántico al margen de su manifestación formal. Según B. Pottier (1992: 97), las investigaciones semánticas han recobrado interés por diversas razones, entre ellas, “el agotamiento de las posibilidades de las gramáticas estrictamente formales”. Pero, a pesar de estos planteamientos, que podemos considerar reduccionistas, el estructuralismo supuso un extraordinario esfuerzo para dotar a la lingüística de un estatus científico. Si los resultados no fueron totalmente satisfactorios, en mi opinión, no se debió a la perspectiva
Francisco Osuna García 58 inmanente, a la consideración del lenguaje como un fin en sí mismo, con la que se abordó su estudio, según expuso E. Alarcos (1969: 13), sino al hecho de que el lenguaje en sí es un instrumento para el pensamiento y la comunicación: un sistema de representación, según afirman D. Sperber y D. Wilson (1994[1986]) y D. Bickerton (1994[1990]). Y quizás no captemos la naturaleza del lenguaje –el lenguaje en sí, sus estructuras y su carácter sistemático- si no atendemos al hecho de que realmente lo que lo constituye como tal es su función instrumental. Para ello no me parece válida una teoría conceptual del significado, pues supone la consideración del significado como un objeto de carácter mental y, según he afirmado, es una definición metonímica e insuficiente. Por otra parte, parece natural que el lenguaje sea visto como una realidad material “sui generis” que o bien se asocia con realidades mentales o bien con realidades empíricas. La atención a estos dos polos la podemos comprobar en la tendencia, desde Platón y Aristóteles, a considerar que el significado son las cosas (Platón) o las afecciones del alma (Aristóteles); pero, en ambos casos, nos estamos saliendo de ese espacio – interfaz o sistema de representaciónentre nuestra mente y el mundo, que es el lenguaje. Ahora bien, según decíamos, el estructuralismo hay que entenderlo y ponderarlo atendiendo al contexto histórico en el que se produce. Es cierto, como escribió E. Alarcos (1969: 11-12) que la gramática tradicional se equivocaba al “partir de supuestos extralingüísticos y afirmar la tesis del perfecto paralelismo entre el pensar y el hablar”. Sabemos que la gramática tradicional no nos ofrece una interpretación homogénea de las formas lingüísticas (sobre esta cuestión, ver Mª. L. Calero, 1986), y no es este el momento de exponer las diferentes tendencias que se puedan establecer en ese bloque de doctrina lingüística que llamamos gramática tradicional; para nuestro propósito, es suficiente recoger una afirmación de una de las gramáticas más conocidas e influyentes, la de Port-Royal (1980[1640]: 53), donde leemos que “podemos definir las palabras como sonidos distintos y articulados que los hombres han convertido en signos para significar sus pensamientos”. Las clases de palabras estarán, por lo tanto, en correspondencia con las operaciones del espíritu. Según escribió I. Bosque (1989: 37), “el inmanentismo postulado por la lingüística estructural insistió con argumentos muy claros en lo errado de este planteamiento”. Queremos insistir en que el inmanentismo derivado de la pretensión de estudiar la lengua en sí nos parece correcto, pero quizás no se tuvo clara conciencia de la naturaleza del lenguaje, de su función instrumental
¿Es posible una lingüística inmanente? 59 como sistema de representación. Es evidente que la mente, la lengua y el mundo son entidades, en alguna medida, relacionadas: el hecho de que las cosas sean como son determina de alguna manera la naturaleza de la lengua. Un sistema de representación no puede ser completamente ajeno a la realidad representada. Por otra parte, la naturaleza de nuestro entendimiento, que procede mediante la categorización del mundo empírico, también determina de alguna manera la naturaleza de la lengua. W. Von Humboldt escribió que el lenguaje es el instrumento mediante el cual organizamos el mundo fenomenológico; y algún filósofo ha dicho que la Crítica de la razón pura de Kant es en el fondo una crítica del lenguaje; al mismo tiempo, tenemos que reconocer que los estudios sobre el lenguaje terminan explicando la naturaleza del conocimiento. Pero esto no quiere decir que tengamos que ocuparnos, en el estudio del lenguaje, de las realidades mentales ni de las realidades materiales, sino de la función de las formas lingüísticas como instrumento de representación. Este es, en mi opinión, el problema que impidió a la lingüística estructural ofrecer resultados más adecuados. Por lo demás, entendemos que toda lingüística debe ser estructural, funcional, sistemática e inmanente. Las insuficiencias de este modelo explicativo se deben, según hemos señalado, a una hipótesis poco adecuada de la naturaleza del lenguaje, que, a su vez, deriva de una teoría poco adecuada del significado: si el significado es un concepto, estaremos abordando entidades mentales, con lo cual, de hecho, estamos desviándonos del principio de inmanencia, del proyecto de estudiar la lengua en sí. Es normal que, ante esta dificultad para tratar los contenidos mentales, la lingüística estructural derivara hacia un riguroso formalismo. Se suele poner como ejemplo de esta orientación el estructuralismo americano; pero, entre nosotros, tenemos la Gramática estructural (1969) de E. Alarcos, que, por lo que yo conozco, es uno de los ejemplos más representativos de rigor formal. 2.-EL ASEMANTISMO DE LA PRIMERA GRAMÁTICA GENERATIVA La gramática generativa, en sus primeras etapas, no supuso un cambio demasiado radical, y continuó excluyendo la semántica de la descripción lingüística. Según expone J. C. Moreno (2003), la gramática que se propone en la obra de N. Chomsky, Estructuras sintácticas, (1957) no tiene nada que ver con la semántica. Es una actitud heredada del estructuralismo formalista estadounidense, uno de cuyos máximos representantes fue Z. S. Harris, maestro de Chomsky. Creo que no sería demasiado
Francisco Osuna García 66 necesarios para la descripción de la lengua. Nos referiremos más detenidamente a dos de estas funciones más adelante. Por todo ello, entendemos que Timothy Potts (1994: 43) escribiera que la semántica era sin duda el talón de Aquiles de la gramática transformacional. Quizás podríamos extender esta apreciación a toda la lingüística, y afirmar que la semántica es el talón de Aquiles, como siempre lo ha sido, de toda la lingüística actual. Por este motivo, afirmó (1994: 45) que “it is idle to speculate further about syntax however until we have a much clearer idea of semantic structures”. Pero, en realidad, tengo la impresión de que, en la lingüística actual, frente al formalismo asemántico de etapas anteriores, nos encontramos con un semantismo al margen de, o separado de, su manifestación formal. Y este semantismo, según se puede desprender de la terminología utilizada y de las explicaciones propuestas, es de carácter ontológico o, como afirma J. Carlos Moreno (2003), de carácter cosmomórfico. Posiblemente esta sea la causa de las dificultades para identificar y definir las categorías. Naturalmente, ni los signos ni las construcciones pueden ser estudiados prescindiendo del significado; fue precisamente esta limitación la que agotó el modelo estructural. Este hecho es reconocido de manera general, y ya me he referido a la recurrencia con la que se cita el principio de composicionalidad. Los testimonios sobre la necesidad de incluir la semántica en la explicación de las estructuras son innumerables; y, dado el carácter necesariamente esquemático de esta reflexión, me limito a recoger alguno de ellos. Gazdar, Klein, Pullum y Sag escriben lo siguiente: While a purely syntactic approach to a language takes it to be a simply collection of expressions or other linguistic objects, natural languages have meanings associated with their expressions. Presumibly it is only because of the meanings carried by expressions in natural languages that they exist at all (1985: 6). Efectivamente –se podría decirparece evidente que, si el hablante recurre a una construcción sintáctica, es porque necesita representar aquello a lo que se quiere referir. Por lo tanto (1985: 6), “thus it is uncontroversial (or should be) to asume that the specification of a relation between the expressions of a language and their meanings is a central goal of linguistic theory”. Y, si parece que hay unanimidad en considerar que la semántica debe ser atendida en la explicación de las construcciones, es normal que la controversia se centre en la naturaleza de esa explicación, pues, como afirma Flip G. Droste y E. J. Joseph (1991: 11), “one of the most controversial and important issues in gramatical theory has long been the
¿Es posible una lingüística inmanente? 67 question of how the syntactic component is related to the semantic component”. Hemos calificado el semantismo de la lingüística actual de ontológico o cosmomórfico, siguiendo en este último caso el término utilizado por J. C. Moreno (2003). Y queremos insistir en la visión lúcida de este trabajo y en la constatación que en él se expresa acerca de que algunas de las explicaciones propuestas por la lingüística actual no son gramatomórficas -término también utilizado por J. C. Morenosino cosmomórficas. Sin embargo, a pesar del esfuerzo demostrado por este estudioso para delimitar ambos espacios, el de la lengua y el del mundo o la realidad, entiendo que algunas de sus propuestas caen también dentro de la visión cosmomórfica. En primer lugar, la terminología utilizada nos muestra que su proyecto descriptivo trata de establecer tipos de eventos y tipos de papeles semánticos. En segundo lugar, la argumentación utilizada se basa frecuentemente en el estado de cosas referido, más que en la forma en que lo representamos. Así, a modo de ejemplo, considera que oraciones como la ventana da al patio denotan estados, aunque no sea una oración atributiva. Justifica su interpretación recurriendo a la paráfrasis, pues puede sustituirse (2003: 75) “sin perder contenido semántico, es decir, sin referirnos a un suceso diferente”, por la ventana está en el patio. Quizás no todos los hablantes acepten que la segunda expresión se refiere al mismo evento que la primera; pero, incluso aunque así fuera, la representación lingüística es distinta y, por lo tanto, parece que no se deberían incluir en ningún caso en la misma categoría, excepto si, como parece que ocurre frecuentemente, lo que hacemos realmente es clasificar estados de cosas o eventos. En cualquier caso, al menos por lo que yo conozco, es el primer trabajo que, de manera reiterada, advierte sobre los peligros del cosmomorfismo, u ontologismo, en la lingüística actual. No estoy seguro de que el calificativo sea adecuado; pero, si la lingüística estructural era considerada inmanente, podríamos decir que la lingüística actual es, al menos en algunas de sus manifestaciones, lingüística transcendente, en el sentido de que el centro de reflexión no es la lengua en sí, sino la proyección de la realidad extralingüística en la lengua. L. Wittgenstein (1987[1922]: 161) escribió que la lógica no es una teoría, sino una figura especular del mundo; y, por ello, utilizó el adjetivo ‘transcendetal’ para caracterizar a la lógica. En cualquier caso, la preocupación teórica en la lingüística actual por explicar las construcciones atendiendo al significado parece que es algo indiscutible y, por lo tanto, podríamos decir que estamos ante un proceso necesario y positivo en el que la discusión, como ha quedado recogido, se centrará en qué signifi-
Francisco Osuna García 68 cado debe incorporarse. La pregunta genérica podría ser, por lo tanto, sobre qué significado debemos tomar en consideración. Entendemos que ni la teoría conceptual, significado como entidades mentales, ni las teorías referenciales, entendidas como la realidad referida –estados de cosas o relaciones entre las entidades que participan en un estado de cosaspare- cen caminos viables. Mediante cualquiera de estos supuestos, estaríamos situando el significado fuera de las formas lingüísticas; y así no parece posible un estudio inmanente de la lengua como realidad autónoma. Pero decíamos que la lengua en sí es un instrumento para el pensamiento y la comunicación, un sistema de representación. Por este motivo, el único significado que de manera solidaria estará asociado a las formas lingüísticas, sean signos o construcciones, es un significado instrumental, funcional. En mi opinión, aunque ha sido muy criticada y quizás no bien entendida, la teoría que mejor representa este punto de vista es la de L. Wittgenstein, desarrollada en Investigaciones filosóficas, pero, en lo esencial, expuesta ya con anterioridad en Los cuadernos azul y marrón. Desde este punto de vista, el significado de un signo o de una construcción es el uso que hacemos de ella, su función instrumental; y la pregunta que deberíamos hacernos ante cualquier signo o construcción es ¿para qué los usamos?, o ¿para qué nos sirven? Como escribió Strawson (1983 [1971]), explicamos el significado de una forma dando cuenta de las convenciones que regulan su uso. Las relaciones sintácticas serían la manifestación de las relaciones semánticas; pero no en el sentido, expuesto por Montague, de una relación de uno a uno, como si a cada relación sintáctica correspondiera una relación semántica, sino en el sentido más directo de que cada tipo de relación sintáctica es la expresión de una relación semántica. Naturalmente, si no queremos caer en el psicologismo o en el cosmomorfismo (mente y mundo son los dos espacios entre los que se sitúa la lengua) sólo podremos establecer tipos de relaciones semánticas o tipos de construcciones, o de categorías en general, si la lengua los diferencia formalmente. Este divorcio entre la semántica y las formas que la manifiestan es el que explica el ontologismo o cosmomorfismo del que adolece la lingüística actual. Me referiré sólo a dos aspectos, entre otros muchos posibles, que manifiestan -de una manera clara, en mi opiniónel divorcio señalado y la dificultad para dar una explicación adecuada de las formas lingüísticas, a pesar del extraordinario esfuerzo y capacidad intelectual que hay detrás de muchos de estos trabajos.
¿Es posible una lingüística inmanente? 69 3.3.1. Dificultades para la definición de las relaciones semánticas: el Agente Es normal admitir el rol, función semántica, caso, papel temático, etc. Agente; pero no hay unanimidad a la hora de definir en qué consiste la relación semántica desempeñada por el término que funciona como Agente en el estado de cosas referido. Naturalmente, el término Agente, como signo perteneciente al léxico, es una palabra mediante la cual clasificamos una realidad bastante diversa e indefinida; y, como afirmaba Wittgenstein respecto a la palabra “juego”, no sería posible señalar qué requisitos debe cumplir algo para ser clasificado como agente en el juego del lenguaje, pues, en realidad, no habría ningún límite, sólo un cierto “parecido de familia”. Esto es lo que posteriormente algunos pensadores (Hilary Putnam (1990[1988])) han llamado “textura abierta” de los significados. La definición de agente como categoría ontológica o cosmomórfica no parece posible; pero, si la usamos como un tecnicismo en lingüística, debería ser posible dar una definición rigurosa, en un sentido técnico. Esto es lo que pretenden las diferentes definiciones de este término dadas por los lingüistas. Sin embargo, como he afirmado, las definiciones difieren bastante entre lingüistas y entre corrientes lingüísticas. Parece que no podría ser de otra manera. No voy a recoger todas las caracterizaciones que se han dado del Agente en la lingüística actual; me referiré sólo a algunas de ellas que podrían ser representativas de cómo se define esta relación semántica (rol, papel temático, función semántica, etc.). Eugene A. Nida (1975: 40) da una caracterización bastante ecléctica, ya que considera que la relación más común del participante en un evento es la de agente: John ran, the bird sang, the wind blew. Y reconoce que algunos analistas prefieren distinguir los agentes animados de los agentes inanimados, a los que llaman “fuerza”. Dentro de la corriente generativa, Ch. J. Fillmore (1975: 376) afirma que el Agente es “the instigator of the event”. Por su parte, Violeta Demonte (1990: 121-122) escribe lo siguiente: llamaré Agente al argumento que designa al realizador directo, animado o inanimado, de la acción que el verbo menciona o la causa voluntaria o involuntaria de la misma. Asumo, pues, en alguna medida, la concepción de Jackendoff (1972) de que la propiedad fundamental de una parte importante de los verbos activos es llevar asociada una subfunción semántica de CAUSA; cuando un verbo contiene esta subfunción, prototípicamente, pero sólo prototípicamente, el Agente o Actor es el argumento de CAUSA, que es un individuo. Podemos decir, con palabras de Culicover (1987), que el agente es aquel elemento ‘que
Francisco Osuna García 70 desempeña un papel causal ‘sobresaliente’ en la realización del evento’ (1990: 121-122). Algunos años después vuelve a tratar el tema y caracteriza al Agente en los términos siguientes: Identificamos al Agente, en la línea de Davidson (1971), no simplemente como la entidad que realiza una acción intencional, sino con la que causa algo, voluntaria o involuntariamente. Más precisamente, lo que ha de tenerse presente es que la intencionalidad implica agentividad, pero no viceversa. Así, si Juan derrama el café porque alguien le da un codazo, no parece que por ello deje de ser la causa directa del acontecimiento y, en consecuencia, el agente, si bien inintencionado, de este acto (1994: 540). Liliane Haegeman (1991: 41), en cambio, reduce la función de Agente /Actor a “the one who intentionally initiates the action expresed by the predicate”. Según Francesco D’Introno (2001: 83), el Agente es simplemente “el que realiza la acción expresada por el verbo”. Ángel Alonso- Cortés (2002: 278) entiende que el Agente es “el que hace inintencionadamente y ejerce un control sobre lo que hace”. Finalmente en Marina Fernández Lagunilla y Alberto Anula Rebollo (2004: 86) leemos que el Agente es “el que voluntariamente causa y realiza la acción expresada por el predicado”. De la gramática funcional, tomamos la caracterización de S. C. Dik (1989: 101), para quien el Agente es “the entity controlling an Action (Activity or Accomplishment)”. Con estos mismos términos aparece caracterizado el Agente en A. Siwierska (1991: 67). Talmy Givón nos ofrece una explicación más pormenorizada; pero muy sintomática: The agent is always a conscious participant in an event, since he is a volitional initiator of the change –which is thus referred to as action. In addition to be conscious –and thus peforce sharing the major properties of dativesthe agent is also the responsible initiator of the event. The agent is thus further marked than the dative. The assumption of responsability for initiating action also implies having control and being subject to blame” (1984: 88-89). Finalmente, como ejemplo de una de las caracterizaciones más repetida, recogemos la de Juan de Dios Luque (2001: 325), según la cual el Agente es “el instigador deliberado de una acción o suceso”. En su interpretación más restringida, el Agente es controlador del estados de cosas; pero, si tuviéramos que decidir, ante cada uno de los estados de cosas referidos, si realmente había control o no lo había, estaríamos ante una reflexión que trata sobre la realidad extralingüística, por una parte, y, por otra, habría muchos casos en los que seríamos incapaces de asegurar si se trata de un agente o no. Con estos planteamientos entra-
¿Es posible una lingüística inmanente? 71 ríamos en un campo que, en alguna medida, estaría relacionado con cuestiones que tradicionalmente incumben a la moral. Decíamos que la caracterización de Talmy. Givón es sintomática porque habla, efectivamente, de culpa y de responsabilidad. A pesar del aparente rigor de la definición, en muchos casos estaríamos ante hechos que podrían admitir diferentes interpretaciones; sólo sería válida para los casos más prototípicos. El problema, en mi opinión, no es que tengamos muchas caracterizaciones para una misma función semántica o papel temático, sino que la variedad de caracterizaciones son sólo un síntoma de la imposibilidad de dar definiciones ontológicas. El problema es que ninguna de ellas nos permitirá identificar de manera inequívoca qué término es “realmente” Agente y cuál no lo es. Para demostrar que la función Agente es una categoría lingüística, sería indispensable que esa función se manifestara mediante algún rasgo formal que la diferenciara de otras categorías y que nos permitiera identificarla, pues sólo así podríamos realizar afirmaciones seguras. Y, como ocurre en todo el proceso de conformación, o representación, de la realidad mediante la lengua, si esta función se asocia a una manifestación formal, tendríamos que considerar Agente todo aquello que el hablante represente de la forma que corresponde a la categoría, independientemente de cómo sea el estado de cosas referido. Tendríamos que decir, si este fuera el caso, que en las dos oraciones siguientes, el sujeto es agente en ambas: nos protegimos de la lluvia bajo los árboles y los árboles nos protegieron de la lluvia, pues, de la misma manera que no hay límites para lo que puede ser categorizado como “juego” (este es el término favorito en la reflexión de L. Winttgenstein; pero podríamos decir, de la misma manera, que no podemos establecer límites para lo que se puede categorizar como “silla”), no hay límites para lo que puede ser representado como agente. 3.3. 2. La problemática del complemento circunstancial de modo La segunda cuestión a la que nos vamos a referir como muestra de las dificultades con las que la lingüística actual se encuentra para incorporar el significado a la explicación de las construcciones, es el llamado complemento circunstancial de modo. Este es un complemento difícil de encajar en una teoría que utiliza la lógica de predicados para representar las relaciones semánticas, pues, normalmente, el llamado complemento circunstancial de modo no es un término en el sentido lógico de la expresión –o no es un nombre propio, si utilizamos la terminología empleada
Francisco Osuna García 72 por G. Frege. Es un complemento que, por otra parte, no suele incluirse entre los complementos regidos, pues parece que no suele entenderse como argumento ni como actante, de ahí que no se lo incorpore al predicado en el lexicón. Sin embargo, nos atreveríamos a decir que es el complemento más íntimamente unido al lexema verbal. Y, cuando hablamos de unión, hablamos naturalmente de unión semántica. Tradicionalmente, con una perspectiva que podríamos calificar de lógica –y así se le ha censurado a vecesha sido considerado una circunstancia (me estoy refiriendo a esa lógica aristotélica que da hegemonía a lo sustancial frente a lo accidental); y, en la lingüística actual, aunque cambie la perspectiva y la denominación, cuando se lo incluye entre los satélites o entre los adjuntos, podríamos decir que, generalmente, se sigue considerando que el modo es una circunstancia. L. Tesnière (1994: 170) (seguramente el estructuralista que más influencia ha tenido en la lingüística actual), frente a los actantes, que “participan en el proceso”, considera que “los circunstantes expresan la circunstancia de lugar, tiempo, modo, etc. en las que se desarrolla el proceso”. El criterio que utiliza para distinguir entre actantes y circunstantes es muy parecido al que se utilizará después para distinguir entre argumentos y satélites o entre complementos subcategorizados y no subcategorizados por el verbo, pues, según dice (1994: 208), “desde el punto de vista del sentido, el actante forma cuerpo con el verbo hasta el punto de ser a menudo indispensable para completar el sentido del verbo; en cambio los circunstantes son elementos esencialmente facultativos”. También A. Martinet habla de funciones no obligatorias; y, entre ellas, hay algunas que pueden aparecer en relación con cualquier tipo de predicado o, más generalmente, de un núcleo. Todo proceso o todo estado puede ser situado por el pensamiento en un lugar, puede ser considerado como manifestación de una época o en un lapso de tiempo determinado, o acompañado de tal o cual circunstancia. Se puede afirmar de esta manera, que las expresiones con valor local, temporal o modal, no pueden caracterizar un núcleo particular o un tipo particular de núcleo (1987[1985]: 256). Pero, al explicar las denominaciones de actante y circunstante, A. Martinet considera que en la presentación sincrónica de la estructura sintáctica de una lengua, lo importante es la oposición de lo específico a lo no específico. En cualquier corriente lingüística en la que indaguemos, encontraremos esta consideración de marginalidad para el complemento modal. Recojo sólo unos cuantos testimonios más. Mª. Lluisa Hernanz y J. Mª.
¿Es posible una lingüística inmanente? 73 Brucart (1997: 267) señalan que, además de los complementos subcategorizados, que dimanan de las exigencias léxicas del verbo, están los complementos circunstanciales, que son elementos relativamente periféricos: “Los CC constituyen, sin duda, una clase muy heterogénea de elementos, semántica y formalmente. En el plano semántico, es notable la gran variedad de significados que recubren: tiempo, lugar, modo (o manera), causa, finalidad, instrumento, etc”. M. A. K. Halliday (1975[1970]) habla de funciones participantes frente a funciones circunstanciales, que son las condiciones y construcciones asociadas tales como tiempo, lugar, manera. S. C. Dik (1989: 192-195) incluye el modo (Manner) en el primer grupo de satélites; y la justificación para incluirlo entre los satélites se basa en que, en su opinión, los satélites son siempre adiciones opcionales al estado de cosas referido. Esta misma caracterización y esta misma explicación la encontramos en A. Siwierska (1991: 390). Sin embargo, estaríamos dando una imagen sesgada de la interpretación más reiterada, si no dejáramos constancia de que, en la mayoría de los análisis, aunque se le llame circunstancial, satélite o adjunto, se ha percibido, como no podría ser de otro modo, la diferencia entre este complemento y otros también incluidos en los circunstanciales, satélites o adjuntos, como el tiempo y el lugar. E. Alarcos, con su habitual agudeza, captó que no todos los circunstanciales tienen la misma independencia respecto al núcleo y que algunos inciden sobre la referencia del verbo: En una oración como Anoche leí de prisa tu carta, el circunstancial anoche se refiere a una circunstancia, por decirlo así, externa, que configura el marco en que se produce la experiencia manifestada por el resto de la oración (Leí de prisa tu carta); pero el circunstancial de prisa afecta a la referencia expresada por el núcleo leí e indica una particularidad interna [cursiva mía] a la actividad designada (“leer”) (1994: 297). De manera parecida, A. López (1989: 165-175) separó de los “objetos circunstanciales” el “objeto interstancial”, en el cual incluye el modo y el instrumento. El modo y el instrumental son incluidos por S. C. Dik (1989) en el primer grupo de satélites, aquellos que, según A. Siwierska (1991: 39) “are characterized as specifying aditional internal [cursiva mía] properties of the SoA designated by the nuclear predication”. El mismo Dik (1989: 72) reconoce que el estatus del satélite de modo es menos claro que en otros casos: “For example, does a Manner satellite such as gracefully refer to an entity of any kind?”. Dado que tanto argumentos como satélites son términos que se refieren a entidades,
Francisco Osuna García 74 resulta difícil admitir esta función designativa para el llamado complemento modal. Por este motivo, T. Givón (1984: 131) afirma que “manner adverbs are the least referential of all arguments of the verb, the most likely to undergo incorporation into the verb-stem, and are thus at the extreme bottom of the case-role hierarchy”. Este carácter resbaladizo del complemento modal lo encontramos también en otras corrientes lingüísticas. Así, en E. Ungerer y H. J. Schmid (1999[1996]: 237), que estudian los verbos de movimiento desde un punto de vista cognitivo, encontramos alguna reflexión que nos resulta sintomática. Reconocen que, cuando miramos a una persona o un objeto en movimiento, el recorrido (path) y la manera en que se ejecuta no son aspectos separados, sino claramente relacionados entre sí, al menos perceptualmente. Pero añaden que esto no elimina la distinción establecida entre el movimiento y el modo (manner), pues el modo es un elemento opcional que puede permanecer inexpresado y el recorrido es uno de los elementos centrales en los sucesos de movimiento. Si nos fijamos en algunas interpretaciones propuestas por la gramática generativa, también podemos comprobar cómo el circunstancial de modo ha sido distinguido de la expresión del tiempo y el lugar. El mismo N. Chomsky (1975[1965]: 98) reconoció que “los Adverbiales de Tiempo y Lugar pueden aparecer libremente con tipos varios de Frase Verbal, mientras que muchos tipos de Frase Preposicional parecen bastante más íntimamente ligados a los verbos”. Esta observación le lleva a modificar varias reglas de la base, que, por lo que en este momento interesa, consisten en incluir Manera dentro de la frase verbal, y, de modo más general, en reconocer que los verbos pueden ser subcategorizados respecto a un número más amplio de complementos verbales (1975[1965]: 100): “en especial el Adverbial de Manera participa en la subcategorización del verbo”. Mª. Lluisa Hernanz y J. Mª. Brucart (1987) aunque, según hemos visto, incluyen el modo entre los circunstanciales, afirman lo siguiente: parece claro que si bien existe un acuerdo general en lo tocante al carácter periférico de los locativos y temporales –todo enunciado se inscribe, en efecto, en unas coordenadas espacio-temporales que implícita o explícitamente envuelven el contenido reallas opiniones resultan mucho más divergentes a la hora de abordar el status de los complementos circunstanciales de modo (1987: 276). Y, efectivamente, consideran que, en algunos casos, como en Aquella dama vestía elegantemente, el adverbio léxico es fruto de las exigencias léxicas del verbo, dado que *Aquella dama vestía no es aceptable. Por lo tanto, debe analizarse como un complemento subcategorizado. Un ejem-
¿Es posible una lingüística inmanente? 75 plo muy parecido y con una interpretación semejante encontramos en Marina Fernández y Alberto Anula (2004: 129): Ángel viste {con elegancia / elegantemente}. Este breve muestreo de la difícil incorporación del circunstancial de modo en la explicación lingüística no pretende ser un panorama del estado de la cuestión sobre este tema; pero puede ser representativo. Y, en él, lo mismo que he tratado de poner de relieve respecto a la función semántica de Agente, quizás se manifiesten de manera clara las dificultades con las que se encuentra la semántica cosmomórfica para incorporar el significado a la descripción gramatical. Efectivamente, como hemos visto, el segmento que funciona como circunstancia de modo no se corresponde con los “términos” de la lógica, atendiendo a su función referencial, ni suele ser un complemento regido. En realidad, la función referencial (preferiríamos hablar de función semántica; pero, dado que es una denominación utilizada por la gramática funcional para designar un tipo de relaciones semánticas, utilizaremos la expresión función referencial) del segmento que funciona como circunstancial de modo suele ser de carácter intensional, no designativo; y, por lo tanto, la relación semántico-sintác- tica con el verbo sólo puede ser la de determinar la intensión del lexema verbal, en el caso en que forme con el verbo una construcción referencial más precisa; de no ser así, funcionará como una predicación secundaria. Entiendo que no debemos entrar en la cuestión de si es un complemento regido o no es un complemento regido. La relación semántico-sintáctica con el verbo es siempre la misma, pues la aportación que realiza el segmento modal, aquello a lo que se refiere, es de carácter intensional; y por esto sirve para desempeñar un tipo particular de determinación. Naturalmente, a una ampliación de la intensión corresponde una reducción de la extensión; y el segmento VERBO + MODO tiene menos extensión que el lexema verbal solo: son los casos de leer de prisa o vestir elegantemente, que hemos recogido. 4.- LAS RELACIONES SEMÁNTICAS DESDE UNA PERSPECTIVA INSTRUMENTAL E INMANENTE Las insuficiencias que, en mi opinión, se pueden comprobar en el modelo más extendido actualmente para la explicación lingüística, me llevan a sugerir un espacio diferente para la semántica y para su incorporación al estudio de las construcciones, pues entiendo que el principio de composicionalidad, que propone la atención al significado en la explicación de las
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