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Buenas y malas mujeres de la antigua Grecia

Aguilar, Rosa

Abstract

La autora trata en este trabajo de la condición de la mujer en Grecia a través de testimonios literarios, desde los primeros texros: Homero, Hesíodo, hasta la literatura helenística e imperial: Menandro, Plutarco. El juicio sobre la mujer como una terrible desgracia en Hesíodo va iluminándose algo paulatinamente pero, con todo, la situación de la mujer en Grecia estuvo marcada constantemente por una enorme falta de libertad y de subordinación al varón. Si bien las fuentes son literarias, no dejan por ello de reflejar bastante bien la realidad y, además, no se cuenta con otras muchas de índole diferente que, por otra parte, cuando existen, ofrecen datos semejantes o más negativos.

Full text

Ruenas y malas rnujeres de la antigua Grecia Rosa Aguilar Ur~ivctsidad Complutenrc. kculrad dc Filologia Madrid. Spain Rcsumcn . . La aurora trata en csrc rrabjo de la condicidn dc la mujcr cn Crccia a rravis de restirnonios lirerarios, desde los primeros rexros: Homero, Heslodo, hasra lc literatura l~rlrrtirtica e imperial: Merv~ndro, Plu~aico. El juicio sobre la rnujcr cama una cctcrrihlc desgraciax cn Hesiodo va iluminándosc aleo ~aulatinamcnre nero, con rodo, la sir~lacirin de la muier en L. . Grec.2 zrtu\.o mx.=ul .un,tmrcrncnrc pJr urli rllurll~c falta rl~ I~Lc~cid ! dr rubu~'ll..li- :nu11 L. ~111111 S. hic.1 _ai ruCnte5 ron ,ircrarlas. no dcian par cllo de rcflrlar hartanr< hi:n , . la rcalidad y, adcmás, no se cnrcnra con orras mt~chas de indole difereire que, por otra parre, cuando existen, ofreccn datus scrnc,mrrr u nxís neg~tivos. Absrracr: Goodr and badi womenr ofrhe Ancienr Greece ... In this srudy, thc aurhor discusses rhc condirion ofwnmen in Ancienr Greece, as seen rhrough lirerq accounts, from rhe earliest text uf Humrr and Hesiod u~~til rhe lire~arure of rhe IIcllenist and Imperial ager: Menander and Plutarch. The judgrmcnrs of wamcn as na rcrriblc misfortoncu rhar we find in Hesiod gradually aives way ro a more enlightened view, bur cven so, thc circunsranccs uf wunlrrl i,, Ancierit Gtccce weie consrantly characrerized by a hck of freedarn and hy chcir subordination to mcn. Thc facr rhat rhe sources arc lirrrary docs nor mean rhar rhey sre any rhe less accurare in rheir retlecrion of redity; moreuver, fw uthcr sourcca ufa dikrcnt nature arc availablc and where thc latter do urisr, thcy pravide ur with comparable or even more negativc data. ~~- ~- - La rnaldad de las mujeres es un hecho constatado y narrado, obviamenre por 10s horr~bres, desde 10s albores de la lirer-atul-a ggriega. Como dicc Helen P. Foley (Rejecteons of Womcn in AnMqwity, p. 127), pern refirikndose a la p~~siciór~ dc la mujcr en Atenas, .todas nuestras tuentes son masculinas y por cllo represenran un punto de visla lirniiado de una realidad complejan. Por mis que pueda resultar inclusa r6pic0, no podemos comen7ar sin dejar de referirnns al catd~~~o dc desgracias que representa la rnujer a 10s ojos de Hcsíodo. Pasando de largo sohre su nacimicnto (Zug., 570 y s. y Cub., 70 y s.), donde se resume su existir como .una terrible calamidadr: 82 Er~rnhonar 26, 1996 -~ -- -- Rosa Aguilsr De ésta procede el funesto linaje y la rza de las mujeres, terrible calamidad.. . la mujer aparece como un ser insarisfecho, que solamente se acomoda a la abundancia, criatura inútil a la que, curiosatnmte, se compara no con la abcja, ser de su mismo sexo, sino con el zángano que vive alitnmtado por Bta. Pero, con rodo, aquél que rehuye. el matrimonio por huir dc la mujer se ve abocado a una vejez sin hijos que le sostengan, mientras que quien se casa, incluso con una buena esposa, ve durante roda su vida que el mai compensa el bien y no digatnos nada del que tiene una de la peor condicihn, pues SC acarrea una desgracia incurable (Trug., 603-612). De manera parecida se muestra Hesíodo en 10s consejas que cia para cazarse en 10s Trabajory Lx Dias: no debe perder ei sentido por una mujer de marcada caderas que seduce con su charla insinuante (373-374), se ha de casar con una virgen, a ser posible que viva cerca, pero cuidando de no convertirse en el hazmerreir del vccindario, porque no hay cosa mejor que una buena esposa ni peor que una maia, sien~pre al acecho de la comida, que consume a su maridn y 10 entrega a una vcjez prematura (699-705). Mis elaborados se muestran 10s yambos de Sem6nides (7 D), estableciendo diversas categorias de mujeres, codas cllas indescablrs salvo la última. Asi nos vamos enconrrando con la mujer nacida de una puerca de largas cerdas, con la hija de una zorra maligna, con la hija de una perra, respccrivamente sucias, cotillas, habladoras. Las dos categorias siguientes proceden del barro y del mar y así les corresponde una condici6n inútil a la primera y variable a la segunda. Las siguientes vuelven a nacer de animales. La que nace del asno se resigna a todo y trabaja a la fuerza, pero es hambrona, come tudo el dia y la noche y acepta a cudquier hombre. La que nace de la comadreja no tiene nada hueno ni bello, pero está ansiosa de placeres amorosos. La que engendró la yegua es hermosa, pero rehuye cualquier trabajo y súlo sabe acicalarse. La que procede del mono es la mayor calamidad enviada por Zeus, porque además de fea posee todo género de artimañas y s610 piensa en hacer daño a 10s demás. Así se llega a la nacida de la abeja. Solamente ésra hace afortunada a su marido, ya que no da lugar a murmuraciones ni rampoco le gusta hablar vanamente con otras mujeres, es hacendosa, ama a su marido y tiene una hermosa descendencia. Hay, sin duda, una relación entre este detallado catáiogo y 10s apuntes que va sembrando Hesiodo en sus poemas. Probahlemente no existe una distancia temporal extremada entre ambos. Un fragmento de Srmónides nos ofrece un total paralelismo entre ambos autores: Ninguna cosa mejor que una mujcr buena se procura el hombre ni nada peor que una mala. (6 D) Buenar y malas mujerer de la anrigua Grecia Enrahonar 26, 1996 83 dice el lirico y 10s versos antes citados de Hesiodo: Un hombre no se procura nada mejor que una mujer buena, ni de otra parte orra cosa peor que una mala, (T y D, 702-703) vienen a contar lo rnisrno. En catnbio, el poeta por excrlencia, Humrru, no prrscnti, un cuadm tan siniesrro de las mujeres. En la IIt~Itzs61o seria relativamente mala Helena, pcrsonaje un tanto ambigua, adúltera respecto a Menelao a quicn siguc considerando su esposo, pero a la vez esposa fiel de Paris rriieritras no regrese a Lparta, donde se encr~entra en la Odisea ('. IV), felizmente acomodada. Respecto a cstc pcrsonajc rcsulta importante el canto 111 de la Ilíada (121-180), donde aparece en una posición un tanto equivoca entre ambos niaridos, auri cuando Menelao aparece nombrado s610 como primer esposo. Pero las exclamaciones cnccndidas dc las vicjos troyanos, esemejantes a cigarras. y la llarnada cariñosa de su suegro Priamo ace~ltuan una apreciación positiva del persorraje. Es ella la que se hace a si rnisrna repmches, comparandose con una perra: cufiado era irliu, de esta perrd, si aigund vcz 10 he. (v. 180) dicc, rcfiritndosc a Agarnenón. En cambio las troyanas, con Andrómaca a la cabem, son un elenco de virtudes. En la Odzscavaria quizis alga el cuadro. I'odria decirse que hay mis maticcs. DC una parte se hallan las mujeres buenas, Penélope. Arete, Nausicaa; de otra estarían las malas, Circe, Calipso. Esto se repetiria en el rnurldu dr Ins servidores con la fiel Euriclea, el aya de Ulises, o con las esclavas que acompañan a Nausicaa en sus trabajos y juegos por un lado y por el otro con las esclavas infieles que se dejan seducir por las ptetendietltes. Prru ¿Calips[, o Circe son realmenre malas? En primer lugar son, aun de una segunda clasc, diosas, como también sucedia con Helena. En segundo lugar, las mujeres mis cercanas a Ulises, incluso las cavalogadas dcsF~vurablrmcntc, siempre le han ayudado en sus empresas. Circe, no sabemos muy bicn por quC cn vista de las resultados que Ulises obtendria de ella, lc cnvia a consultar a Tiresias en el inundo de ultratwnba. Para el viaje al Hades lr da rxcelentes consejos, le provee de rodo e incluso le da el carnera y la ovcja ncgra rcqucridos para el sacrificio a las muertos. La travesia hacia el Mas Allá será la única que el 11Croe redice si11 problernas (Od Xi 1-1 I). A su vuelta, sin haher sacado nada en limpio del ciego adivino, será clla quicn lc prcstc su ayuda para la posterior travesía, dándole indicaciones de 10s obsticulos que va a encontrar (Sirenas, Rucas Errantes, Escila y Carihdis) y proporcionándole alimentos (Od MI 9 y s). 84 EnnhonarZti, L996 Korr Aguilar ia maldad de Calipso consiste en su afán de rerener a Ulises amorosatttmte en la isla de Ogigia, cuando 10s dioses han decretado su regreso (Od. V). No parece que en un principio éste se sintiera descontento, pero termina finalmente cansado de ella, xporque ya no le agradaba la ninfan (fnei odniriijv6avc virpcpll v. 151), frase realmente importante y que no se destaca suficientemente. Entonces, cuando manifiesta su volunmd firme de marchar, Calipso le proporciona rodo el material que necesira para la consrrucci6n de la balsa, en la que cargará toda clasc de provisiones, incluído vino y agua, y ropas para que se pueda proteger de las inclemencias del tiempo (w. 264-267). En resurnen, a lo sulrlo son algo malvadas Circe o Calipso por su afán de rerener al héroe, un humano al fir~ y al cabo, y por eso empeño impropio de una diosa. De el10 se queja Calipso cuando ante el mensaje de Hermes de que dcbe dejar partir a Ulises por voluntad de Zeus exclama (<;Sois crueles, dioses, envidiosos por encima de los dem&, porque os irritáis contra 1% diosas que duermen abiertamente con hombres si alguna lo hace su esposo!,, A Calipso lc fastidia la desigualdad de normas para las relaciones mixtas de diosas y hombres y así pone 10s ejemplos de Aurora con Orión o de Demtter con Jasión a quicnes también lns dioses les echaron abajo sus planes amorosos. En fin, Calipso también se ha salido de su papel. Pero la Odisea todavia ofrece otro material sobre mujeres. En el canto XI, la Nékyia, rras la respuesta del adivino a Ulises y la entrevista de éste con su madre, Anticlea, aparece el cadlogo de hrroinas donde se enumeran mujeres dc uno u otro signo pero cn el que apenas hay juicios de valor sobre ellas, salvo el caso dc rla torva Erifila, que por oro vendio a su marido poniendole precio),, donde vemos la alusión al collar de oro de Harmonia por el que mandaria a la muerte a su esposo Anfiarao, argurncnco birn caro luego a la tragedia (sobre el tema de Erifila en la tragcdia puedc versc C. Garcia Gual, 1991a). Lucgo vendrá el Ama de Agarnenbn para conrar su mucrte rriisrrable a manos de Egisto. No obsrante, aurlque Homero no achaca el asesinato a Clitrmestra, tampoco sale isra nada bien parada, ya que la trama del crimen se le arribuye y su impudencia en proyectarlo lleva a su esposo a llamarla la de cara de perra y compararla con un perro por el atrevimiento de su cot~cc.pción. Diferentemente Pomeroy (1 987, p. 114) hace recaer el peso cn Egisto, conIu ejecutor de la muerte. Una lectura de ese pasaje de la Odisea no deja tan patente esa interpretació~~. A nuestro ver no es esto motivo bastante para considerar que hay una intensificacion en el papel del personaje en su paso del epos a la rragcdia. Cuando Agamenón se refiere a su esposa en el pasaje ya mencionado de la Nékyia (w. 430 y s.) cree que el crimen concebido por ella no s610 La ha revestido de infarrlia sino ramhién a todas las mujeres venideras, incluso buenas. Estc prtsonaje atroz que es Cliremestra nos lleva a la consideraci6n de las mujcres como protoripos de bondad o maldad en la tragedia. Efectivamentc esta ha bebido sus argunrentos en 10s rnitos lejanos que remontan a la Edad del Bronce, aunque su puesta en cscrna sea posterior en siere siglos y por cllo esos personajes femeninos pucdan ser reflejo m cierta mancra de la sociedad ateniense en que fneron creados. No podemos imaginar a 10s tdgicos haciendo reconstrucciones histhricas de las mrljeres del miro. Comenzando por la Cliremestra que nos prcscnta Esquilo su mayor culpa se halla en la desn~esura de su comportamiento, pues ella misma perpetra la lnuerte de su esposo, frente a la versión hornirica. En el Agamendn, corno ha hecho notar B. Knox ( Word and Artion, p. 232), el oculto prop6sito dc Clitemestra es la norma a lo largo de la cua1 se mueve la acción inexorablenente: no habri vacilaciórl en cl corazón de la mujer que plailra cclrno un hnrnhre. Parecidamenre se manifiesta Diego I anza (<<La donna nella tragcdia grccah, p. 97): la primera connotación sobrc clla es la de la virilidad cuando ya en 10s w. 10-1 1, el guardiitu dice: wAsi lo ha decretado el cora~ón et1 espera de una mujer de varoniles prop6sitosr Por cso quizás el mayor aspecto dc maldad que presenca esca Clicenuestra no radica tanto en la nluerte que comete cuantn en la jactancia de que hace gala despulés, al hablar de la red en que ha envuclto a Agamenón o del tercer golpe fatal, ascstado después de ya caido (Agam., 1372-1398). Y con rodo clla no ha hecho, como expone a cotitituuaciún, sino vengarse del sacrificio de su hija, -a la que llama cel parto mis querido de mi vicnrrcn (v. 1417-1418)-. realizado por cl padre para aplacar 10s vientos de Tracia. Pero el coro no parece haccr caso de sus razones. El nial cotnrtido rs salirse de s11 papel de mujer. Otrn tanrn decirse de otras heroínas dc la tragedia. Pensemos en Antigona. No parece que podríarnos incluirla en la nómina de las mujeres malas y, con todo, tambitn ella ha irlcurrido en desmesura al transgredir clararnrntr las leyes dicradas por Creonte, o al mcnos cs 10 ue esre piensa cuando, rras la primcra justificación de Antígona (AntiR.,, w. 1 50-470), le cotltesta entre otras cosas al coro que i1 tio setia un hornhre, sino que la muchacha 10 scria, si esas acciones de fiterza fueran a qucdar impuucs (w. 484-485). Al final del enfrcntamicnto entre Antigona, Ismene y Creonte, éste ordena a 10s criados meterlas dentro y que desde esc mommrn fiestas sean mujeres y no de las sueltas~ (w. 578-579), con 10 que parcce qucdar claro el pensamiento rnasculino cn cste caso: Antigona tambitn se ha salido de su papel de mujer. Tatuto Ismene en esta obra cotrio Crisdtemis m la Elcctm sofoclea son las mujeres huenas las que se resignan con su cstatus culrural aunque reciban *un tratamicnro ambivalente y quizi ncgativo en comparación cot1 sus icotloclastas hrrmanasn, al decir de Folcy (op. cit., p: 142). Salramos a otro personajc fcmcn~no culpable, la Fedra euripídca en 13 tragedia de Hipólito. Sabemos que este IIipólito he llamado Ehúo (428 aC) frente a la primera versiún, Hiphlito Coronado (434 ?), en la cual Fedra proclamaba abierramente su amor al hijastro. Frente a tal impudicia quc hizo fracasar la obra, Eurípides pons el lenguaje más prudente o itucluso mL pacaro en hnca de Fedrz en cl parlamento que. 6ra dirige a las mujeres de 'liccCn (w. 373- 430). Es la nodriza la que traiciona a su ama revelando el amor dc aquélla a Hipólito ;Y cuil es la reacción de éste? Un alegaco contra la< rnujeres (w. 616- 86 Enrahonar 26, 19Y6 Roxa Aguilar 668) quc poco tiene que envidiar a las rústicas considcraciones de Hesfodo y que se completa con la manifestaci6n de su odio a la mujer sabia y su complacencia en la corra de mcnte. Fedra decidiri arruinar a su hijastro en su propia muerte. Otra tragedia euripídea que presenta tambien el tema de Putifar, la Estenebea, termina, en cambio, con la muerte de ésta a Ixranos de Belerofonte, su huésped, al que requerió de amores. De otra parte cl tema de la mujer sabia fue desarrollado en la Melanipa, de la que han quedado hasrantes referencias. En cualquiera de estos casos parece claro que la maldad de la mujer ha consisrido sobte todo en salirse de su papel asignado, declarando abierramente sus senrimientos o compitiendo en conocimientos con el hornbre. I'ero la presentari611 de tanta mujer desaforada a 10s ojos de los espectadores contemporáneos ha tenido un reflrjo en la ironia de Arist6fanes. Por su crírica directa a Eurípidcs nos vamos a centrar s610 en las Esmafortantei. Durante la fiesra de las Tesmoforias las mujeres celebran una asamblea cuyo tema principal u Eurlpides, cuya insisrencia en presentar desfiavorablemente a las mujeres las tiene totalmente indignadas. En ella logra introducirse para espiarlas un pariente del autor. Es la intervención de la primera mujcr oradora y linalmenre la del patiente las que present~n un resrimonio mis adecuado a esre tema. La primera mujer, quien por otra pa muestra la rerórica propia de la tribuna, hace su alegato contra Euripides recordando sus calumnias en cuaiquier ocasi6n, dice, en que haya espectadores, tragedias y coros. En efrb0, las moteja de ser de humor galante, apasionada por 10s hombres, bcbedoras de vino, rraidoras, charlatanas, inútiles, desdicha para sus maridos. Así, estos, en cuanto regresan del teatro las miran con desconfianza y buscan algú11 amante oculto. Ya no pueden hacer nada como antes, porque Eurípides 10s ha dejado bien enseñados y continuamenre les vienen a las mientes en cada circunstancia sospechosa un verso de Eurípides. Pero aún es peor la vigiiancia que ahora tienen sobre sus provisionrs si11 permirirles como antes administrar la casa (w. 383-432). DespuCs del parlarnenro de la mujer segunda, que ataca la impiedad del autor, interviene el pariente disfrazado de mujer con las ropas de Agatón y en su defensa de Eurípides dcja las cosas aún peor y se manifiesta como quien es. ;Que diw? Basindose en ue están solas y ningún hombre las oye quiere hacerlas reconocer r111e su con 1 ucta es todavía mis censurable que la que pinta el poeta y así enumera todo gknero de tropelías que las mujeres cometen y que Eurípides ni siquicra ha mencinnado (w. 466-519). En el vivo diáiogo que se mantiene a continuaci6n y en el que el parienre acabará por ser desrubierto, Csre asegura a la mujer primera quc, si Euripides ha urilizado solamcnte argumentos de mujeres malvadas, con Fedras y Melanipas y ni una Penélope, cs porque entre las mujeres actuales son todas Fedras y no se padría citar ninguna I'enéiope. Dejando a salvo todo la exagerac.ión requerida por el juego dc la comcdia, pienso que ai llegar aquí podriamos considerar hasta qui punto no pucde ser váiido plantearse si todo ei tearro areniense, tanto tragedia como comedia, no rrtlejaba algo al fin y al cabo de la sociedad de su tiempo. Que la tragedia emplcaba mitos rernotos cuyns argumentos no sucedían en cl mundo real cir- cundante no deja de ser obvio; que, sin embargo, las mujcres de Euripides fueran un trasunto de cierta realidad dc la mujcr o de 10s temores que 10s hombres albergabal ante ella, parece que podria sostcnersc. La indignación de las mujeres que celebran las Tesmnforias, aunquc exagerada en su afán de dar lnayor comicidad, ante 10s malcs quc Ics atrihuía Eurlpides no era seguramenre ran irreal. Y no vamos a entrar en el tema dc la supuesta misoginia de Eurípidcs, quc a nuesrro ver no era ral. Efectivamet~te la prosa de 10s oradores del s. IV ofrece en sus discursos civilcs no pocos casos que manifiesran ejemplos que podrían estar entre 10s enumerados por el pariente. Veamos uno. T.isias en s11 Drfensupur la tnurrte de Eru~dstmrs (Discurso I) llos ha dcjado un cjcmplo de mujer parangonable con las retratadas por Arisrhfanes al dccir de la primera oradora. Eufileto decide casarse y cuandu ya ricnc a su mujer en casa se decide a nu rnulestarla pero tampoco a dejarla a su antojo y así la vigilaba y ponia su atención en ella. En cuanto les nace un hijn confia ya plerrarleriie en su mujer. Ademds al principio era un ama dc casa cxcclcntc y ahorrativa. Pert~ mucre la madre de Eufileto y aili empiezan todas las desgracias. En primer lugar es vista en el enrierro de la suegra y ahí le echa el ajo Erat6steties. En segundo ic Falta la vigilancia que antes tenia por partc dc aquella. Entonces la criada que va a la plza se convierte en la 1-ecadera del amantc al que introducen en la casa mienrras Eufilero esrB en el campn e inclusc por la noche con el pretexto de que el niiio llora y ha de darle el pccho. El marido complaciente ocupa ahora las habicaciones superiores y las mujeres fss del bajo para comodidad de la joven madre. ha llega incluso a la impudicia de ir a las Tesrrloforias con la madrc de Eratóstenes. Pero una amante anrcrior dc Eratóstenes, despechada put su actual abandono, hace denullciar el caso al marido. &te, finalmcnte, preparará el sorprender al amante in fragant¡ y así cun numerosos testigos 10s cncontrari en la cama. Las trapacerias y mcnriras que ha empleado la cspusa para corlvencer al tnarido de que todo era normal algunas noches son dignas de un argumento de comedia de enredo. Frente a cste modelo negativo otro auror contemporánco nos prcscnra otro irrepmchahle. Es iste la rrlujer de Iscótnaco tal como la 1-etrata Jenofontc en cl Erondmico. Según aqud mismo cuenta no tenia quince aríos cuando vino a su casa y había vivido rodcada del mayor celo para que viera, oycra y hablara lo rnenns posihle (Econ., VI1 5), Iu que no deja de evocar las palabras de Pericles (Tuc., I1 46) sobrc que lo mejor es que las mujeres no estuvicran en hoca de 10s varones ni por su virtud ni para su censura. Cuando ya se ha cstablccido entre arnhns cierta confiama, Ischrrraco decide alecciollarla y antc sus palabras sobre la mutua ayuda quc habrán de presrarse, la joven esposa le pregunta en qui le podria ayudar, qué capacidad tcnía ella a quien su madre le habia cnscfiado como principal nhligaciim el ser juiciosa (owtppov~iv, VI1 14). Iscómaco le va a responder que lc pucdc ayudar cn 10s trabajos para 10s que 10s dinses la han capacitado por naturaleza y que ademis sancionan las leyes. En suma tcrmina por compararia cnn la aheja reina dc la culmerra (VI1 17 y 321, -en lo que no deja de entreverse cicrta alusión a 10s yambos semonideos-, dirigiPndolc seguidanlente una prolija explicación sobre la cultura humana en la que 88 Enrahonar 7.6, 19?6 Rosa Aguilar la mujer ticne a su cargo por naruraleza 10s trabajos de la casa y el homhre las labores de fuera, 10 quc los antropólugos han definido en la dicotomia mujer: naruraleza y hombre: cultura. Isdmaco sigue explicando multitud de cosas enojosas sobre el orden de la casa y disimula su desazór~ cuando la esposa inexperta no atina todavia. Desde luego Jenofonte, <<a pesar de que repetia ciertos cemas socráticos y admitia igualdad de mujer y hombre cn memoria y atención, rescablecia con absoluta seguridad la nocion de que las rnujeres están destinada~ por naturalem a 10s trabajos domésticos aun cuando Zeus haya dado a 10s dos sexos una facultad igual para dominar las pasionesx, como recuerda E. Cantarella (Pandora; Daughterr, p. 55). No vamos a acotrlpahar más a Iscómaco y a su mujer en sus tareas adrninistrativas y dornCsricas. En catrlbio querríamos hacer notar cómo, en el fondo, son dos casos muy sirnilares 10s del aratrimonio del discurso de Lisias y el del Económico, aunque con rcsulrados diferentcs. De la nlujer de Iscómaco sabemos la edad, de la de Eufilcto la presumimos semejante. Sus maridos son mucho mayores, seguramente por poc0 les doblan la edad si pensamos que 10s tteinca anog es ya la edari recomendada por Hesiodo para la boda del varóu. Ambos son hacendados ruraies. La vida que les espeta es una vida en el interior, con saiidas ocasiotxdes, un entierro, la fiesra de las Tesmoforias. Deben administrar la casa. La mujer de Eufileto habia rcsultado al principio una administradora excelente y ahorrativa. La de Iscómaco. indudablcmente de una clase social superior, s610 habia aprendido a sophronein, que podria~nos traducir por ser juiciosa o rambién por ser casta; las tareas dc administrar la hasienda se las quiere ensenar el marido. En cambio en Las Esmoforiantes la pri~rlcra oradora se queja de que antes les estaba permitido administrar la casa y sacar las provisiones de la despensa, cosa que ahora ya no Ics est& permirido (w. 418 y s.), scguramente una exageración con fines c6micos fiente a estos dos ejemplos de la realidad. Pero lo quc denotan 10s tres casos es la vida encerrada de la mujer ateniense, al rncnos para determinada clase social. Incluso las palabras de la rnujer primera de Las Zsmoforiantes 110s dejan en la duda de si las mujeres asistian al teatro, cuando dice que 10s maridos se ponen a buscar por la casa posibles amantes a la vuelta de las representacioneq de Euripides. En este caso no podcmos dar la ra~hn a quienes (Gomme, Kitto, Seltman, véase Porneroy, 1987, p. 114) deducen la libertad de movimiento de la mujer ateniense del hecho de que las heroinas de la tragedia aparezcan hablando libremente filera de las casas. Esto no pasaba de ser un convencionalisrno impuesto por la escena. Ese encierro es, a nuestro ver, el faclor dererminante de conductas como la de la mujer de Eufileto y quién sabe si no debería~rlos imaginar un final igual para la de Iscómaco, harta de 10s consejos sobre el ordeu de las ollas que le administraba su marido. Diferente es el mundo femenino que nos presenta la Comedia Nuevn, o mis bien Menandro, Único representante de ella del que podemos leer parte de su obra. El Díscolo o Misánwopo es la nlejur conservada y a ella vamos a referirnos en primer lugar. Sóstrato va a encontrarse cou la muchacha de la que se enamora en la gruta de las Ninfas, donde cstá ofreciendo coronas de florcs. El no busca en ningún caso seducirla sino casarse con ella, pero al prin- Buens y rnalar mujeres de la anriguz Crecia -. . kncahn~nar LG, LY96 89 - cipio cs mal comprendido por el hermanasrro, Gorgiaa, y rlo digamos por el padre, Cnernón, el viejo cascarrabias que la manriene aislada del m~indn. Gnrgias confia desputs en Sósrrato y le invita a vestit ropas de campcsino y pasar por un trabajador anre el padre de la chira. El azal, en forma de caída al pozo dc Cste, hari que el vicjo, aun a rcgahadienres, comprenda qlle no se pueda vivir totdt~ienre separado de 10s demás seres humanos y consicnta cn la boda, que ser6 doble, pues el herrnanastru, Gorgias, tarnbién se casaca con Plangón, la hermana de Sostrato. DC las mujeres que desfilan por la ol~ra el prrsorraje casi rnenos dibujado es la propia protagonisra, hija dcl misánrropo, joven ingenua e inorente que suscira si11 darse cuenra el ellarnoramiento de Sbsrrato. La mujer de Calípidcs y madre de Sbsrraro es una especie de bcata de su época que va haciendo sacrificios a 10s dioses por todar parres, llevada por suefios premonitorios. Su hija Plarlgón es una hija de buena familia. Pero tarnbién estin las pobres: Mirrina, la madre de Gorgias y esposa separada del inaguantable misántropo, mujer sacrificada y bondadosa y la pobre nodriza Simica a la que rnalrrara Cncmúrl por sus descuidos. Aquí todas las mujeres son, en cierto modo, bucnas, pero Sósrraro ramhih tiene un recuerdo para la educación habitual de la mujer cuando dice: *Pues si la muchacha no se ha criado entre mujeres y nada aabr de los rnales de csta vida sin haber sido asustadal aleccionada (6efitooopkvq: Lloyd-Tones / iir.h~,Enlr,ivrl: Bingen) por ninguna tia o nodriza, sino que se ha criado en cierto modo cn libertad con su padre, odiadnr de la maldaci...)' (vv. 384-388), en lo que vemos también destacada aquí la prcvcnción anre la mujer. En I.a Snmza o m Elarbitraje 10s argumentos son lnucho mis complicados y no vamos a cntrar cn ellos, pero en cualq~lier caso, las mujrrrs sor1 yrcsenradas bajo sus rasgos amables y la maldad es solo una aparicncia. Asi ocurre con la aparente infidrlidad de Crisis, la tnudracha de Samos, que no ha sido tal, o la de Pánfila, ambas con hijos nacidos en la clandcsrinidad. Peru Crisis, que es adenlis solamente una concubina, pues no es arenicnsc, y Habr6ronon, la corresana de El arhitraje, sor1 personajes fenleninos sumarnente simpiticos. El rnundo atcnicnsc a finales del s. IV ha camhiado m~lchi.simo. Corno dicr C. Mossé (Lu mujer e,$ la Grecia Clásica, p. 79): *Una ve2 mis, no podemos dejar de sehalar la relacihn que cxiste entre la cortesana y la transgresi6n de las seglas de la ciudad. Una transgresi6n que seguramente se va afianzandu a rnedida que Arenas ve disminuir su protagonisrno politico en un mundo domiriado en 10 sucrsivo por lns soberarios que ae han repartida el i~nperio de Alejandro)>. Seguimos avanmndo en el rirmpu y Teócrito nos ofrece en 10s Idilios mis de un tip0 femenino digno dc consideraci6n, pero vamos a tener en cuerlta sularrlente a La ruga (Id, 11). La maga o hechicera, pues es difícil traducir el 161- mino de rpaepax'vrp~~n, es una muchacha jovell, Silileta quien, desdeñada por su amante. Delfis, se apresta a preparar filrros para que vuelva a s11 amor. Y es que frace doce dias no ha venido por su puerta ni se ha ocupado dc sabcr cómo cstá. El idilio revisre la forma de un monillugo, por mis que la protagonisra se dirija en ocasiones a otra mujcr, TL(.stilis, probablemenre su sirvienra, dr la que srguranirtlte no espera respuesta. Simeta est6 decidida a ir en busca dc su