Casandra trágica
Abstract
Este artículo centra su dircurso en la figura de Casandra, pero no para insistir de nuevo sobre esta princesa troyana en cuanto que símbolo de la falta de reconocimienro público del discurso femenino. Se analiza cómo aparece inscrita Casandra en el contexto de la tragedia griega. Casandra constituye uno de los paradigmas trágicos mejor cualificados para explicar el matizado razonamiento que tragedia despliega al poner en escena la siempre polémica relación entre el principio femenino y el principio masculino. Por ello la figura de Casandra es analizada en cuanto que prototipo de doncella, esposa legítima y extranjera en territorio griego y, por último, como potencia vengadora.
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Enrahonar 26, 1996 65~80 Casandra trágica Ana Iriarte Universidad del País Vasco Sumario 1. Casandra parth6nor 3. Casandra Erinia 2. Carandra espasa legítima y extranjera 4. La mucrte de Casandra Erase wra veLCasancha, la princwa truyna que uhtuvo de Apul[, el don ptofitico a cambio de la promesa de entregarse a 61, pero quc finalmente recha& el amor del dios, por lo que ésre la condenó a que nadie creyera jamis sus oriculos.
Desde el arcaismo gricgo rsra celehre figura mitológica aparece con tanto recato como perseverancia en la tradiciún literaria occidental, llegando a convertirse en símbolo de la falta dc reconoci~niento público del discurso femenino. No obstante, las páginas que siguen se limitaráu a considerarla tal y como aparccc inscrita en el conrexto de la tragedia griega, 10 cual requiere algún comentario inicial sobre este genero triunfante en la Atcnas del s. v. aC. Las obras de las poetas trágicos no se representaban para complacer a 10s aficionados al tearro, sino quc iban dirigidas a todo el cuerpo civico atenicnse. Un publico, eso sl, del que no parece que formatan parte las mujeres. En estas representaciones, 10s relatos míticos referidos a una sociedad heroica ya desaparecida se reurilizan para interpretar el presente de la ciudad y curstionar 10s discursos oficiales que en ella imperan. De tal manera que pucde decirse que la base fundamental de la rragedia es el pensamiento social caracrerfstico de la palisL. O, si se prefiere, el pensamiento politico entendido globalmentc. Contrariamente a esa función marginal, o simplemente recreativa, a la que el tcatro ha sido relegado en sociedades como la nuestra, la tragedia gricga se sitúa en cl centro de la reflexión de 10s ciudadanos atenienses sohre su propia identidad. Ahora bien, si tenemos en cuenta que, en Atenas, el ciudadano se define mediante la doble afirnlacidn .de su estatus de vardn, y de su fhirin ateniense,,*, resulta fácil entcnder que la polaridad masculinolfemenino ocupe un lugar destacado en esta forma de discurso civico que es la tra- - gedia. La importancia de los papelcx que esras obras reservan a la mujer he obsrrvada desdc la propia antigiiedad, dandn lugar a una serie de comentarios sobre la ventaja o el inconveniente que el protagonist~lo de las heroinas trágicas podia suponer para la considcración del ggnero fcmenino. Asi, en la obra del cómico Aristófanes, Euripidcs es acusado en 10s siguientes tkrminos por una de las participantcs en las Tesr~loforias, fiesta que reunia exclusivamente a las esposas de 10s atenienses: vEstoy indignada desde hace tiempo ai ver como sornos injuriadas por Euripides cl hijo de la verdulera y que recibimos de él toda clase de acusaciones. ¿Pues con quC desgracia deja éste de ensuciarnos? iY en que lugar no nos ha calumniado, con tal que haya espectadores, tragedias y coros, llarnandonos adillreras, locas por 10s hombrcs, borrachas, pura corrupción, gran desgracia para 10s varones?n3. Varios siglos después Ateneo (s. rr o rrr dC) retomari esta polémica relatando, con evidenre ironia, que cuando alguicn comento ante Sófocles que Eutípides cera misóginob,, el primero contestó que Euripides amaba a las mujeres *al menos en la cama)>*. Puedc dccirse que, drsde la denuncia de Aristúfanes, eldebatc sobre la posi- 1. VERNANT, J.P. y VIDAL-NAQUET P. Miro y tragráia. Madrid: Taurus, 1987 y 1989, 2 t.; Mcicr, Ch. Lu rrogPdiegrecqu6 comme artpoliriqur Paris: Les Belles ILettres, 1991. 2. Loraux, N. Lei enfanird;4thPna. Paris: F. Maspero, 1981, p. 20. 3. AriscGFancs. Tesmofortlrr, 384-39 1 (trad. F Rodrigua Adradas). 4. Areneo, XllI,557e. Cf. ibídcm, XIII, 603e.
Carandla tlágicn Enrahonar 26, 1996 67 ble nlisoginia de ~uri~ides~ y del genero rrágico en general se ha prolongado hasta nuestros dfas manteniendo un enfoque muy similar: a la consideración de la tragedia como megativa. para la imagen femenina, viene a oponerse la corriente que atribuye a dicho género una visión feminista nuant ln lettre 6. El protagonismo femenino en el teatro trágico ha sido también muy estudiado desde el punto de vista de su contraste con una realidad histórica que exigla la máxima discreción a la mujer. En este sentido Helene Foley7 ha avanzado la hipótesis de que se trata de una compensación necesaria al eclipse que la mujer griega sufre en su vida cotidiana. Para ello la autora establece una distinción, demasiado estricta quizás, entre el drama ático como reflejo de lo imaginari~ y 10s textos en prosa como portadores de una información real sobre el esratus juridico y social de la mujer en Atenas. Retomando obras en prosa del s. IV, en especial 10s discursos de 10s oradores, Helene Foley llega a la conclusión de que en dichas fuentes da funci6n reproductora de la mujer justifica su exclusión de la vida publica*. En cuanto a su propuesta para el análisis del propio drama ático entronca con una corriente interpretativa muy fructlfera que critica la aplicación rigurosa de la ecuación según la cual la mujer se situaria sistemáticamente del lado de la naturaleza y del espacio interior, rnienrras que el hombre 10 haria del lado de la cultura y del dominio pliblico. Esta ecuación, tan utilizada por 10s estructuralistas, tiene una indiscutible razón de ser. El antagonisn~o entre rnujerlespacio interior, hombreldominio publico es central en la tragedia a partir del momento en que hta acostumbra a representar el univers0 doméstico del antiguo -y en gran parte imaginario- sistema palacial para reflexionar sobre el sistema radicalmente diferenre de la ciudad-estado. Ahora bien, el marcado carácter politico de 10s enredos que afectan a las familias reales señala por si solo la interacción inevitable que se va a producir entre dominio publico y privado, entre funciones femeninas y masculinas. Una interacción que no puede ser desatendida cn nombre de reivindicaciones excluyentes de cualquiera de estos polos opuestos. Lo que quisiera mostrar al hilo de esras consideraciones es que la figura de Casandra constituye uno de 10s paradigmas trágicos mejor cualificados para 5. Sobre la ambigiiedad de la postura de Euripides can rqecto al género femenino, vcr Nancy. ~Euripide et le parti dcs fcmmes,,. En La fmmtd?ni irirociPtPr ann$uer. Srrasbourg, 1983, p. 73-92. Eva Cantarella (L Cahmidadambigua. Trad. esp. Madrid: Ediciones Clásicas, 1991) evoca el debate al que nor referimos posicionándose sin rodeoa al concluir que es fácil detectar en la rragrdia .la anrigua misoginia y la igualmente anrigua idea de la neceraria subordinación femenina. (p. 112). 6. Por ejemplo, para Sarah B. Pomeroy (Dzoiiu, ramera, eeipoiary erchvar. Madrid: Akal, 1987, p. 127) la postura de Euripides resulta muy favacable: .Ya no le creo misógino por el hecho de que presente a mujerer fuertcs, discutidoras, rriunfantes y sexualmentr rxlgentes, aunque rambién sean egoistas o perversa. Orras feminisras comparten mi opinián, y las sufrngistas brirdnicas rolian recitar fragmentos de Euripides cn sus mítinern. 7. .Thc Conception of Women in Athenian Dramax. En FOLEY, Helene P. (ed.). Reflectionr of Women in Anriquiry NuevaYork-Londres-Paris, 1981, p. 132.
68 Enrahonar 26, 1996 Ana Irisrre dar cuenta del matizado razonamiento que los oetas trágims dcsplicgan cuan- P. do se trata de presentar en escena la siempre po émrca telacion entre el principio femenino y el masculino. IJara ello consideraré fundamentamente a Casandm como prototipo de doncella, como esposa legitima y exrranjera en territorio griego y, finalmente, como potencia vengadora. Pero ante todo debo señalar que me escudo en el hecho de haber publicado algunas paginas sobre esta figuras para dejar de lado en esta ocasión la importante faceta sobrenatural que le otorga su relación con Apolo, así como el particular discurso por rl quc se le reconoce como una wnujcr sabia,,. Resulta difícil imaginar a Casandra desprovista de su función profética. Sin embargo, así es como aparece por primera vez en la literatura: en la Ilíaaú Casandra es simplemente la m& bella de las hijas de Priamo, la única a la ue 9 se le conoce por su nombre. Este monarca la hahía prometido a Otrioneo a cambio dc una gran hazafia en la guerra contra 10s griegos. Pcro Otrioneo muere en el campo de batalla y, desaparecido el pretendientc, cl intcrcambio en el que Casandra había sido propuesta como reconlpensa no se llevará a cabo. Asi es como se inaugura su carrera de donc cella^. En la visita que, de camino ;I Traca, Ulises hace a 10s infiernos, Agamenón le cuenta que en el momento de ser asesinado, escuchó <<la miskrrima vol de Casandra, hija de Priamon, a la cual estaban matando junto a dl. Estos versos de la Odisel7 permiten adivinar cómo la princesa fue otorgada a Agamenón cras la caída de Troya y asesinada junto a este rey ai llegar a Grecialo. Píndaro es el primer autor conocidn que alrlde al don profético de Casandra reconociéndola como la svirgen profeta,>l1. Y el poeta Alceo la presenta como víctima dc los cxccsos de Ayante duranre el saqueo de Troya1? concretamente en el templo de Atenea, diosa protectora dc la virginidad, cn donde Casandra SC habia refugiado''. Tales son 10s rasgos básicos de la biografia quc la literatura arcaica conservada hasta nrlesrros días atrihuye a Casandra. Entre ellos la conflictiva relación con el jefe de la armada griega, junto con la que la une a Apolo, serán privile- 8. A. Iriarre. Lar rcder del enigmn. Vocerfcrncnindi tn rlpcmamirnro griego. Madrid: Taurus, 1990, p. 104 SS. 9. Homero, Illada, XII, 363 rr. 10. ídem, Odirea, XI, 421 Il. Píndaro. Piticm, X1, 32. 12. Seguramente la escena fue rratada en derdle por el poeta de la epopeya IliupeFrri Esquilo no alude a ella, pero el episodio scrá cvacado por Euripides en el prólogo dc las Toyanar --en dande Atenea se lamenta junto con Poseidón de que 10s griegnr no han usrigado a Ayante por su componarnicnto-- y en el v. 617 -en dondr Agamenón es considerado como un regundo Ayante. Licofrón (Ahandra, 348-364) dcsignarb rxplícitamcnrc el acto de Ayame corno una v¡alar:ión. 13. Fr. 138 cn PAGE D.L. Lyk Grueu Seierrn Oxíord, 1968, p. 75. Fragmenro reedrrado por LLoYD-J0NF.q. aThe Cologne Fragment of Alcaeuw. GRBS, IX (1968), p. 125.39, TARDITI, G. .L'mebeia di &\lace e quella dr Pitcacau. QUCC, VIII(1969). p. 86-96. Para la imporrancia de este episodio en la tradición artística, vtase DAVREIIXJ. La légtnde de Iu prophétes~e Casrandre. Licja. 1949.p.138-211.
Caiandra rrPgiw Enrahonar 26, 1996 69 giados en las dos obras trágicas que mis atención le dedican: el Agamenón de Esquilo y las liqanasde Euripides. Dos abras muy relacionadas entre si, pues, a mi modo de ver y en 10 que a Casandra se refiere las fioyanar -representa- das en el 415 aC- tienen mucho de lectura-respuesta a la obra que Esquilo había representada unos 40 afios antes -en el 458 aC14. Como personaje trágico prototipo, Casandra se sitúa en ambas ocasiones en un momento de transición, un recurso que es del todo propio del genero: la escena de Casandra en el Agamenón transcurre cuando acaba de llegar a la ciudad griega de Argas, entre el momento en que su carruaje se detiene ante el palacio real y el momento en que penetra en dicho palacio para morir, mientras que las versos que se le dedican en las Troyanar refieren el estada de Casandra en otro mornento de transición: aquel en el que sigue en Troya junto a su madre aunque ya ha sido desrinada a Agamendn. Pero, además de ser representada en el umbra1 que separa el mundo de 10s vivos del de las muertos y en la frontera entl-e Oriente y Occidente, Casandra se sitúa permanentemente en un espacio indeterminado entre el hurnano que le es propio y el divino al que le da acceso la inspiración profética. Su existencia se desarrolla aiternativamente en las dos niveles dada que ella misma racionaliza las orliculos que ha pronunciada en estada de posesión divina. Esras siruaciones equfvocas se revelan especialmente adecuadas para exponer las diferentes estatus sociales que, según la atípica Iógica del discurso trágico, van a manifestarse en el personaje simultáneamente: el de doncella, el de esposa legfrima y el de exrranjera. Repetidamente amenazada por la violación, el deseo de Apolo y la unión forzosa con Agamenón, Casandra refuerza en cada una de estas situaciones su condición de fidoncella),. Dicho de orra forma, el rapro de Ayanre, la presión apolínca y cl tipa de vasailaje que le impone Agamenón, son tres tipos de comportamiento masculino que dan cuenta del marcada carácter nvirginaln de nuesrra figura, pues *en la perspecriva griega la adolescencia se caracteriza precisamente por el hecho de que durante este periodo la joven, que ya es púber pero todavia no esta casada, suscita el deseo de las hombres rechazando al mismo riempo sus proposiciones. Por consiguiente induce a 10s seducidos al acta violent^^^'^. Con respecto a Apolo, la virginidad de Casandra se explica desde dos coordenada~ que no tienen por que converger. La conversación que Casandra mantiene con el caro del Agamenón deja constancia de que su eiección fue perpetuar su condición virginal a pesar drl 14. Por mucho que Rachel Aélion (Euripide héririer á'Esrhyle. Paris, 1983) no preste especial interés par nuestro personaje. 15. Como sehala CWE. Claude. Les choeurr de jc~nerjiller en Grh archaiqmp. Roma, 1977, t. I, p. 256.
deseo del dios y de que $u rechazo provocó la cblera y el castigo del misrn~'~. Esta experiencia awcia el caso de Casandra al tcrrla rnitico de las doncellas forzadas por A olo entre la? < ue se encuentra la princesa ateniense Creusa, que se vio forzaia a unirsc a't?d7: Dafne, la ninfa que tuvo que transformarse en laurel para <virar al dios18; o la ca7adora C:irmen, que fue raptada por el rnismo, al igual . . que Marprsazo. la1 y como ncurre con Casandra, la venganza de Apolo se cierne sobre todas aquellas que, dc una fornla u otra, lo rechazan, ln engaíuian o se le resisten. hi, Creusa ermanecera estéril rras haber dado a luz un hijo del dios. La P juven Corónidez monri abrsada por habcrle sido infiel y la Sibila dc Cumas"., que se habfa negado a uentregarle su virginidadr, será condenada a una vcjez interminable durante la cual disminuye de ramdo hasta alem las dimensiones de una cigarra23. No obstante, la lectura que Eurípides hace de la obra de Esquilo corrige esta versibn de 10s hechos que riende a incluir a Casanha en la larga lista de jbveries vicrimas de Apolo. En las Troyunmla virginidad de la profetisa se explica en tanro que recompensa del dios al que csti consagrada2*, por lo que la decisi611 del rey griego que la ha elegido como compañcra ser6 rachada de impia en 10s siguientes rérrninos: CA (Iasandra, a la cual convirtió Apolo en drliranre virgeu, Agamenbn quicre, con desprecio dei dios y la piedad, tornarla por fuerza como esposa secreta^^^. Así es como Eurípides se refiere cxplícitanrenre a la conccpción, habitual entre 10s griegor, de que las profetisas no dcben unirsc a ninghn mortal para prtservar la estrecha rclación que las une a la divinidad. La ambigüedad de esta figura dividida entre su condiciórr de profetisa, de hija y de cautiva, queda rcflejada en esta obra mediante trcr rerminos: Casandm se~íparthtno~~, kh2' o ny'mph&$ ssegún se rrate de su relaci6n con Apolo, con su rnadre o con Agarnenh. Ties térrninos que se fijan en una noción inter- 16. Esquil?, Agnmcndn,1203-14. Aunquc en cua ubra Casandta no es designada explír~tzmenrc como sviqcn.. 17. Euuípro~s. lon, 10 I 1 IB. O\qnru. Meramorfoiir, 1,452 rs. 19. P~NL~ARO. Pifica, K, 20-75. 20. HOMERO. Iliada, IX. 557-564. 21. PLNDARO. I'ificar, 111, 25-45. 22. VIIGILIO. Eller&, VI, 10 SS. 23. C. Miralles, m su miculo &e spose dl Zeus e I'nrJine del rnondo nella Eopnja di hiodan. En BF:~NI, M. (ed.). Marrhilr/Frmminilr. Gmzcre r moli nellc nrlrure antirhr Rr,ma-Bari: Larcr~a, 1992, scñala cdmo estos cncoentroa violenros o frustrados con niula resiruan pcrtnanenterncnte a Apolo cn su crrarus de kokroi. Ma T. Clavo, par su parte, propone una explicacidn del rema mítica de 10s amores de Apolo en basc a la furlción inicidtica de este dios: .Ninfas dc Apolo, nirrfas dc Dionisor, Favenna, 812 (1986), p. 5-20. 24. 253-254 y 451-454. 25. 41-44. 26. 44.251 v 324
Cajandra rrágica Enrahonar 26, 1996 71 ~~ - media entre wnuchachan y ~recién dando cuenta, en todo caso, de la condición de una joven que en moda alguna se ha convertido en esposa realizada, es decir, en madre. Como ya hemos recordado, en las %anar Casandra todavia no se ha alejado definitivamenre del espacio familiar y este hecho autoriza una particular insistencia en su .castidad,>, hágneurndO. La pureza reconocida en Casandra llega incluso a refor~arse en relación con el matrimonio que la unirá ai rey griego a partir del mornento en que dicha unión solo se concibe en el colltexro del Hades''. En efeito, esta asociación entre rnatrimnnin y rnuerte dehe enrenderse como manera de acentuar la idea de su condición virginal, pucs en Grecia existe una concepción rnuy arraigada scgún la cual el matrimonio de ulla doncella es collcebido corno mucrte y ~iccvcra~~~. Una vez mis, la fiel lectura que Euripides hace de la obra dc Esquilo SC dcja adivinar hajo forma de inversión, pues cn las Troyanai la unión de la profetisa con INI mort~l se piensa en forn~a de rnucrtc, mirntras que m el Agamcnhn la milerre conjunta se convierre en slmbolo de la unión entrc cstas dos figuras. Asi 10 dan a entender las palabras con las que Clitcmestra, la madl-e de 10s hijos de Agamenón, acomyafia su doble asesirlato: ~Ahi yacc cl i~fensor de esra espnsa [. . .], y ramhien la prisionera, la adivina, su videntc y compañcra dc Iccho, com artiendo ahora fielmente su cama como habla companido su bmco en el rnarn8. Asimismo, Casandra identificari las pucrtas del palacirr con las puerras del Hades3< ppuesto que atravesar las primeras implica unirsc con cl rcy cn una mucrte conjunta. Pasemos, pues, a ocuparnos del trararrlienro juridico que merece esra 11ni6n. 2. Casandre esposa legitima y exrranjera En la nhra de F,sq~lilo Casandra es una esclava que forma partc dcl botin dc gucrra dc Agamenón y la imporrancia que rcvistc para Cste se manifiesta en la 29. Sin dcsigr~ar concraamrntc ninguno de elbs, como sehala GERNET, L. ~~Frairies anriques's. AnrhropoLyiz de Lz GICCP Antiqu~ París: F. Maspcro, 1976, p. 41. P. Chanrraine (Dictionnaire irimoloF$ur de la lanpcegreryur. Htrroire dt~ mou. Paris, 1768, ,.".I señal6, no obstante. que el r6rminopanhPnoses el que mis claramente traduce la idea dc vir@nihd Snhrr rsrr tema consultar cl significarivo trabajo de SISSA, G. Le rorpr uirgwtal. La oir~trrrtr'P~~~;nzrrr m Grice ancienne. Parls: Vrin, 1987. 30. 457 y 5D1. 31. 445. 32. Ver, por ejemplo, Eua11'111ts, Hécuba, 368 y Antologin Palocino, VII, 182. El paradigma mirico que con mayar rranrparcncin refleja esra conccpclón del prnsa~r~icntu plrfiu rs rl de I'erstfone, quien, [ras haberse casado con Hades, dior de las infiernos, siguc respondirndo a la dcnominacidn de Corc, de nhija,, dc Demttcr. Vtarc, KAHN,L. y LOKAUX, N. ~Pcrniphorie: la jrurlr fillc et la mortn. En BONNEFOY, Y. (ed.). Dirnonnairt des myrholo @a. Paris, IgRl, t. 11, p. 117 3s.: aMorr comme mariagc, mariage commc mort: cc sont li der mtta~horcr équivdentes ec coujours grnr~uv~blou. . . 33. ESQUILO: ~~arnenbn, 1438 41. 34. Ibidem. 1291.
72 Enml~unar 26, 1996 Ana lrlarre ~ - solicitud con la que la confia a su esposa: 4coge en palacio benévolatnmre a esta exrranjera, que con agrado mira la deidad desdc lejos al quc ejcrce el poder con benignidad, porque nadie lleva por su gusro el yugo de la esclavi~ud. Ella, como flor escogida de entre muchas ri uezas, un regalo (ddrenm) que me ha 3? hecho eel ejtrcito, ha venido conmigo. . Esclava se considel-ari a sí misma CasandragG, y como tal será acogida tanto por Cliterne~tra~~ como por el coro de ancianos que la recibegR. I'ero lo cierro es que en 10s versos que acabo de citar se lrace un empleo muy astuto del cautiverio de Cnsandra para suavizar ante la esposa legitima la noticia de la relación mAs íntima que la une ai rey, ya que un poca mis adelar~te se la identificará como nesposa legítima,, (gyndg9 del mismo. Dicha legitimidad"' se da a entender sobre todo mediantc la identificaci6n constante entre la princesa troyana y Clitemesrra4'. Así, cuando Casandra profetiza que la reina será asesinada, dice texrualmmte: *como compensacibn por mi muerte, la muerte de una mujer, orra mujer morir&), utilizando tanro para Clitemestra como para sí misma el término gynk2, que es el mis usual para designar a la mujer casada43. Esta tendencia a la le~ción de 10s Lm que unen a Casandra con su amo sed acentuada por Eurípides. Como decia, estc poeta s610 puede evoclu la unión de Casandra y Agamenhn como LUI proyecto de hturo, ya que en la T~awria primccsa todxvía no ~YA saldo de s11 entorno familiac l'ero ella no impide que, cuando se evoca la futura uni6n dr la princesa con el rey, se hable de amatrimoni0,,4~. 35. Ibide~n, 950955. 36. lhídem. 1326. 37. Ibidem, 1035. 38. Ibidcrn, 1084. 31. lbidzm, 954 y 1296. 40. Pauaanias (11, 16, 6) ca rl Únlco autor que atribuyc dos hijas a Carandra y Agamenón: Teledamo y Pélope, quicnes babriarr hido ascsinados por Eglsro. 41. Para la misma idennfrcaci6n de estas dos &as mediante d tirmino nymphe, vcr Eurípi&~,, Troyanar, 337 y 420 (a propósiro de Casandra), 250 (a propósito de Cliternestra); para la scnlejanza del lenguaje que se les atribuye, vcr, IRIARTE, A. Rede,. p. 122 SS. 42. 1318. 43. Además, las dos muieres desienan su relacidn con el rev medianre cl lnismo calificativo. ryarr'rror la profetisa anunciaya que la anesina de Agamen6n es so xrompañera dr caman (1 116), mientrar que Cliremcstra, una vez realizado el doble asesinato, comunica a1 coro que el rey ha caidoiunto con su ~ecomoañera de camas 11442). Svncunoas un termino ambi- . , guo para definir la legalidad de estas uniones ya que renute a !un& la icaman como el lecho amoroso más que como insrirución lir rho^). Pero, como sehala P. Chanrraine (s.v. eune), es frccuente quc en poesia rsre término desiene el lrcho nupcial v el marrimon~o. De hecho. so y la esposa riene más fuerza q~~r un juramento, parque Gra custo&ado por la j,,sriciau. 44. Medintlte la urilizaclón del verbo gamjo, que expresa el lazo social quc une a marido y mujer. Erte verbo, con sus formas nontinales, se emplea con insisrencia a propósito de la unidn entrc Agamcnótl y Casandra: Etrripider, T~oyaanar, 44,3 11,3 13,3 17,339,343,347, 352,357,363,405,445.
Si en Esquilo el esrado juridico de Casandra se situa entre el de esclava y el de esposa legitima, la lectura de Eurípides subraya esta ambigiiedad intentando zanjarla al mismo tiempo. Asi, cuando la madre de Casandra pregunta al mensajero si su hija ha sido otorgada a Agamenón para ser esclava, Cste le tesponde: <<no, un matrimoni0 secreto (léktron ikótia) la unirá a su no~io~~. En Euripides 10s diferentes estatus de Casandra con respecto a 10s rnortales se presentan como problemáticos desde el punto de visra de la relación fundamental que esta doncella mantiene con el dios. Sin embargo, la cuestión que Esquilo prefierc interrogar cn csccna cs la indererminación del estado de Casandra, esposa legitima y cautiva, con respecto al palacio de 10s Atridas y, en ~ilrirna insrancia, a la ciudad griega. DC la cxistcncia dc tal prcocupación da cuenta, adernb, una tercera facera que vamos a considerar: la dc <<extranieran. En principio, la denorninaciiltl de xinPG sefiala tan s610 el estatus de la asiática Casandra con respecto al territorio griego4', aunque, como veremos, dicha denominación vuelve a reunir varias hcetas de nuestra protagonista. Cuando Agarnetlúrl pidc a Clitet~iesrra que ~acojan"~ a Casandra está evocando una instirución cuya existencia se remonta al alba de la crllrura grirga: la dc la hospitalidad o xenía. En sentido estricto la hospitalidad cra cl pacto de acogida establecido entre dos raniilias extranjeras, psincipalmente aristócratas. Dicho pacto obligaba al anfirrión a comportarse con arreglo a un rsrric- to código moral y podia desembocar en intercambios matrimonialcs. Pcro la xrnia pucdc consistir tarrlbitn en una prdctica hospitdaria mis simple que se cstablecia entre individuos, no entre grupos familiares, y de la que podia hrnrficiarsc cualquier viajero, rico o pobre, que llegara al Visiblernente la acogida que Agatrletlón reclanla para Casandra tiene mis quc ver con esta segunda forma de hospitalidad. La insistencia por parre del rey en que la princesa troyana merece mis atención que cualquier otro dc 10s rrcikn llegados irldica que lo que deCrie la particular siruación de Casandra no cs tanto su condición de extranjera y de esclava como la deferencia de la q~lr parece merecedora5'. 45. Euripidfr, T~voyonnr 253. Esrr pocta m rndavia mis explicito en la Elecrra (10371034) cuardu alnbuyr a Clitcmes~ra la s~guicntc queja: meramas dar crporar viviendo bajo cl rnisrno rechon. 46. En el Agilmrnór~ Carandra cr denominada asi cn dos ocasiones: por el rey en cl vcrso 950 y por el caro en el verso 1062. 47 S610 Clirernestra aludirá indirectamrnrr a cnndicirin dc hirhara rnediante el termino kdrbanur: ESQUILO. Aramamendn, 1 U6 1. 48. El vrrhn crnpleado e< knnzizn, que puede urilizarse en el renrido de ,,dar la hospitalidad a algulcn>>: I IOMEKO. Illada, VIII, 284. 49. Sobrc errar dos modalidades de xcnia. ver GAUTHIER, Ph. Symbola. LPI 4rr~ngcrs et la j~titic< dnni les citirgrecquex Nancy: Université de Nancy,197?., p.1 8 SS., y p. 24-25 para orms ejernplos rr5gicos de ssugida y prutrrclGn dc rnujrrcs rxl~at~jetas par pArre del rry. 50. P. Roth (aTla illm~r olCorrupredXetu~ in Aescllylus' Oresria,. Mnrmoyzr, XLVI, 1(1993), p. 5-7) ha señdada cómo Clirernescra xurne el papel de anfirrión cuando recibe a su rnari-
dad, en ideal de feminidad. Aun considerando que dicha pasividad es el .arma de rnujcrn con el que ella actúa en el universa de la guerra, no puede afirmarse que la complcjidad del ca~.dr:ter de Casandra se resuelve cn una sin~ylr inversión de 10s roles sexualcs. En la tragedia se dan hombres aferninados como Egisto8?, el amantc de Cliremestra que vive como un <cextranjero* en el palacio de Agamenón miencras éste se encuentra en la guerra. La tragedia también presenta en escena mujcres hombrunas como Cliremestra, a la que se designa como la rnujer-hombre y cuya virilidad va en detriment0 de la de Agamenón, al que ha deparada una muerte ran poco valerosa. Peto este caso de completa inversihn no es el de la figura que hemos trarado. A mi modo de ver, con Casandra se sehala más bien la inevirahle trascendencia del comportamiellto fcmenino en el ámhito masculino de la accihn. Trascendencia que no sicmpre tietle porque presentarse en Forma de usurpacihn de 10s valores masculinos. Cuando se trara de dar cuenta de la gama de matices que conecta el polo femenina con el masculino, 10s trágicos hilan fino, por niucho que permanezcan encorsctados en era lengua griega de la que podria decirse, al igual que de la nuestra, que escasea en terrnioología precisa para dar cucnta del heroismo en femenino. Cuando se trata de reflexionar dcsde el punto de vista del género, 10s trágicos no se limitan a reproducir la diferencia entre holribres y mujeres tornando partido por una de las dos facciones, sino que arienden muy rspecialmente a 10s grados de reciprocidad que pueden darse entre género mascl~lino y femenino. Lo cuai implica la convicción de que la diferencia entre 10s scxos devende de convencioies sociales; convenciones que, al menos en el escenari0 tI&ico, purden rambalear al verse confrontadas con otros sisternas a través de bárbaras legendarias como Casandra o sus hermanas rrágicas Nota biográfka Ans lriarte es profesora titular dc Historia Antigua en la Universidad del I'aís Vascn. Es autora de diversos artículos de cacicter científica y ha publicado el libro Lm redei delenigma. bócerfemeninar m elp~nmmimt~~riego (Madrid, Taurus 1990). 89. '?ERNAVT, J.P. MytbeerPmée. Cic., cn la nora 52, r. I, p. 134-135.