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Notas sobre un imposible sujeto de la historia

Loraux, Nicole

Abstract

Informe de una breve exposición introductoria a un debate alrededor de Façons tragiques de tuer une femme (Paris, Hachette, 1985; trad. cast.: Maneras trágicas de matar a una mujer, Madrid, Visor, 1989). En la pregunta planteada por el título del seminario "Femme, sujets de discours, femmes sujets d'histoire" , vi la oportunidad de realizar una suerte de balance, tras un trabajo de diversos años sobre las representaciones griegas de lo femenino. Porque he reflexionado menos sobre las mujeres griegas, en tanto que sujetos de historia o tema de la historia, de lo que me he preocupado por el discurso: inencontrable discurso de las mujeres -está Safo, ciertamente, pero convendría aún que ésta no se contentase solo con darle la vuelta al discurso masculino, interminable discurso griego sobre lac mujeres, inmensidad de discursos a propósito de esos seres para quienes "el silencio es un adorno" -como diría el Ayax de Sófocles a su compañera. Pero del discurso griego sobte las mujeres he tenido que pasar, muy pronto, al discurso griego sobre lo femenino, a lo que podría denominarse de modo más general la relación griega con lo femenino.

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Notas sobre un imposible sujeto de la historia* Nicole Loraux Ecole des Hautes Etudes en Scicnces Sociales de Paris Paris. Fraoce Resumen Informe de una brevc exporición introductoris a un debare airedednr de Fagonr tragiquer de rrm unefmme (Paris, Hachetre, 1985; trad. cas.: Ma,ierm hdgicmde matar a una mujer, Madrid, Visar, 1789). En la pregunta planteada por el titulo del seminari0 *Femme, rujztr de discourr, femmes rt4cr1 d'histoirea, vi la oportunidad de realizar una stlerte de balance, tras un trabajo de diversos aftos sobre las reprercntaciones griegas de 10 fcmenino. Porque he reflexionado mcnos sobre hs mujeres griegas, en tanto quc sujetas de historia o tema de la historia, de lo que me hc preocupado por el discurso: inenconrrable disct~rso de las mujcrcs -stá Safo, ciertamenre, pero convendria aún quc Crta no se conrentase sdlo con darle la vuelta al discurso masculin-, interminable discurso griego robre lar nrujerer, lnmensidad de discursos a propórito dc eros scres para quicnes *el silencio es un adornon --como dirá el Ayax de Sófocles a su cornpafiera. Pero del discurso griego sobte las mujeres he tenido que parat, muy pronto, ai disrursv griego sobre lo femenino, a lo que podria denominxsr de modo mb general la rehción griega con lofemenino. Palahras clave: historia, Grecia, mujeres, sujeto. Abstract. Noter abour a impnrrible su&ect ofhirtory ~ ~ Keoorr on a brief introduction to a debate on Faconr mapiouer de tuer une femme (Paris, .. . IlXl~rtLc. LOXi: bpantch ir,nslallon .W,me,ur n.rf!iu dt ,,r 2rJr.r INJ 111up1, iladrld, \'¡,or, 198')~ ln thc auerLruo vu,cd bv rhe r.tle ot rhe srminnr , Fr,n,nrr ;rrrrrr drL.:oz.,,. l'rnmr, sujen d'hirtoiues I saw thi oppor;unity to, as it wcrr, rake stvck afrer working for scvc;al years on Greek troresenrarions of temininitv. I had eiven las consideration ro Greek women, as the subjects br thcme af hisrory, than ;o thedi~course, the untraceable discourse of women (there is, of course, Sappho, buc unfonunately evcn rhe contens herseli with tutning round rhe prevailing rnasculine discourse), rhat interminable Greek disroursr on women, a huge numbcr af ~erorarions on hos se beines in whnm dence is an adornment,,, as Sovhocles' Ajax said rdhis female companion. ~Yowever, fronr thr Greek discourse on women, I have quicklv maved un to rhe Greek discoorre on the femininc, to what in rnure reneral terms ior~ld bc called rhe Greek relarionrhip wirh rhefnninin~ Key words: history, Greece, women, subject. * Este texto se publicó originalmentc cn francés en La cablers du grif; nLe genre de I'hisrorieo, 37/38 (primavera de 1988), 113-124. Traducción de Rosa Rius Gatcll. L4 Enrrhonac 26, 1996 Nicole Loraux ¿Las mujeres griega, sujeros de historia? Para la época dá~ica, a la quc me dedico, será absoluramente neccsario que el historiador renuncie al poderosísimo fantasma de la realidad para entrar en el universo dc las representaciones. Sin duda, no renunciará a ell0 sin antes intentar10 todo: pedirá en primer lugar a las pinturas de las jarras y a las chanzas del génrro cómico quc se conviertan en documentos, en una via de acceal a 10 real, como si las mujeres pintadas en las jarras no estuvieran inmovilizadas en la generalidad de un ripo, como si la comedia nu fi~ese un géncro literario, con sus thpicos, orientados a suscitar ante rodo la tisa. Quizás entoncrs el hisroriador acudirá a 10s epigramas funerarios, cuya respuesta a una definición de documento es considerada más satisfactoria. Pero, sobre 10 que fue realmente la vida de la difunta, en 10s siglos v o IV, esras inscripciones dan muy poca inforrnación: una vez mis y cornc siempre nas ofrecen estereotipos, y a menudo la idea de que, xcerca de una mujer, no hay nada que decir, salvo conceder la yalabra al marido quien, lo mis brrvemente posible, atestiguad que fue una buena csposa. Desde la uibuna oficial del Cerámico Pcricles afirmaba solemnemente que la virtud de una mujer co~lsiste en que se hable lo menos posiblr de ella, ya sea para alabula o vituperada (dcclaración que no uapb a la vigilancia de Virginia Woolf)', y no es otra la opinión que se expresa en las tumbas privadas a pn,pósito de las allí enterradas, nvmbradas y sin embargo anónimas. Tamhién 10s epigramas manifiestan, pues, una duda que se repite: si existe una gloria de las mujeres, si existe un kleosgz~naik87z, la rnuerta parricipó de ella. Un modo de alabar a cada difunta en detrimenro de la <<raza de las mujeres>>. Detengámonos unos instantes en kleor. En la epopeya, este vocablo designa a la vez el genero épico y la gloria: el rumor generado alrededor de un nombre. Si existe un kkor de las mujeres, éste se ha refugiada por entero en algunas ilustres desconocidas, difuntas por anadidura. Pero, sobre éstas, no habria nada que decir, ni por parte del portavoz de la ciudad, ni del de la casa, ni del historiador, ese guardiin de la memoria. Por lo que se refiere al historiador, deberíamos realizar algunas precisiones: sin duda Herodoto trata a rnenudo de mujeres, pero éstas son hijas o esposas de reyes y dinastas, hijas o esposas de tiranos; son mujeres individualizadas. Después están las mujeres en general, que aparecen en todos 10s tratados sobre 10s usos y costumbres de loslas ottoslas, 10s que no hablan el griego )a quienes, sin duda alguna, se les denomina barbaros. Pero por parre griega, desde que Herodoto procede a la narración propiamenre dicha de las guerras rnédicas, en el libro V, sus apariciones son mis raras, salvo quizás en Esparta. Es verdad que en Esparta hay dos reyes y problemas de legitimidad: 10s alumbramientos de las mujeres de 10s reyes constituyen momentos de crisis, que el relato tiene en cuenta; es cierto tarnbién que, tradicionalmente, las mujeres roman allí la palabra. Así, por ejemplo, Herodoto nombra a Gorgo, hija del 1. Tuclolo~s, 11, 45, 2, con el comentaria dc WOOLF, Virginia, Una bnhitncidnpropia. Barcelona: Seix Barral, 1980, 71: .la mayor gloria de una mujer es que no hablen de ella, dijo Pericles, <I, del quc se habld muchoa (trad. PUJOL, Laura). rey Cledrnenes y esposa dc Lcónidas, y menciona sus sagacrs consejos. I'ero, ;es realrnentc distinto el caso de las esyartanas il~lsrres que el dc las mujeres de dinasras? Sc dudará de ello viendo a Herodoto subrayar con insistencia el cckter arcaic0 de las cosrumbres cspartanas, casi bkbaras, según dice. Peto en Atcnas ya no ocurre nada semejanre -y lo mismo sucede en Tucidides con respecto a otras ci~ldades-. lntc~cnciones raras, y no orgatiizadas, de grupus de rnujeres en 10 que he denominado 10s ~ititenticins de la historia,,', esos momcntos de crisis aguda en que la esencia de la ciudad se discute dc nuevo. En Herodoto, y en dus ocasiones, las mujeres de Atcnas intervieneri violentamente m la narración. Matan, acribillando con sus prendedores (arma tipicarnenre femenina, de la que Edipo sabe algu, y ramhien el rey I'oliméstor en la Hécuba de Euripides), ai úriico superviv~enre dc una batalla pcrdida, y lapidan a la mujer y los hijos de un conscjcro que habia osado sugerir que se escucliascn por lo menos las proposiciones de un et~viadn del rey de l'crsia (esto succdc durante las guerras midicas; los hombres de Atcnas, por su parte, Lpidan al desgraciado consejero). En Laguma &IPelopone~a nu-rada pur Tucidides, h~~~amlls, como ejemplos Únicos, peco en esta ocasi6n f~~era de Atenas, La ciudad-modelo, dos inrervenciones de mujeres en grupos. En la ciudad de Platea asediada, el enerriigu se ha deslizado a rraición, y en la caile el cornbare adqr~iere una violencia extrcma; las mujcres deciden participar e.ntonces cn 61 a su modo (Cste será un topo~de la Ilisturiografia griega: cuando el combate se desarrolla dentro de la ciudad, las mujeres -hermanas, hijas y esposa-, destinadas a permanecer en cl interior, corren en ayuda dc los s~iyos). Y, en plena guerra civil, al lado del pucblo de Corcira, hay rnojeres. Si sc afiade que la guerra civil de Corcira es, para Tucidides, paradigmárica del horror que suponc la divisidn para una Ciudad, se cornprenderi la importancia del episodio. Hc aquí como, de dos modos, la rscrinlra histórica debe tomar nota de la división. La que disgrcga la cirldad y la que opone y ywtapone dos sexus. En ambos casus, para 10s griegos SC trara de una catástrofe, y, sin embargo, se adapran necesariamcnre a ello. Mai que bien se acnrnodan a la división de 10s scxos, y, aun cotisiderando la guerra civil como la pcste por excclencia, no pueden ahsrenerse de introd~lcirla siemprc en el seno de la ciudad *sa> se denomina historia y, desdc la C oca arcaica mis antigua hasta la epoca helcnisrica, la historia de Grecia esti hcc i a de guerms civiles. Uesearia prccisar 10s signos de coincidencia 4, por 10 mmos, de intersccciónentre cstas dos divisiones. Me bastard por ahora cl tcstimonio dc una paiabra: cl adjerivo nntinneira, que significa a la vez ~ho~til a 10s hombresn e <<iglal a los hombrcsn, caracteriza en I-Io~rleto a las Arnarnnas, esas guerreras equiparables a 10s machos; Pindaru, sin embargo, lo dcsvía para designar la guerra ckil cortio drsrr~rcrora de hornbres3. La suerte está echada: una divisióti llama a otra, y es así como las mujeres se colocaran en e1 limite dc la disgregación dcl orden cívico. En el conflicte, como en su clcmento más propio. 2 VCarc ,<La ci~t, I'hirrorien, les Fernrnes,i, PnNnr, Rcvuc d'Erudes Arltlqurs. Universire de Toulousc. 12 (1985), 7-30. 3. Amazonas: IIOMERO, Iliada, 111, 189; iraric PINI~ARO, OlimpicnXII, 15-16, 16 Enrahonar 26, 1996 ~. Kicolc Lorau* ;Todo csto son representaciones? Hay que aceptarlo, a menos que 110s collvirtamos en historiadores de la tpoca hele~lística. Entonces, cn sociedades mb aliertas y fluidas, los documentos sobre las mujcrcs scrían mis abundantes. I'ara no abandonar totalmente las representaciones, ofrecería como prueba el tratado que Plutarco collsaga a las avir~udcs dc las rnuieresv, o, mis rxacta- IIL~I~~C, a 10s rcactos valerosos de las mujeresr, rexto situado bajo el signo de la refurac.ión dc Tucídidcs (siern re aquella frase que pretende que la gloria de una mujer consiste en no tener 7 a), y que, cu cotltra clr la autoridad de Pericles, sos~icnc quc la virtud dc una mujer es de igual naruralcza quc la de un hombre. De ello se desprcndc que esta virtud comporta en sí lo histórico, apto a ser expuesto para el placer y la edificacid~l del lec~or (historikun apodciktikon). Recorde~lloa que en la ciudad clásica hahía una lllnica definición dc la nvirrud)), corno valor del homhrc viril (aizer, andws) que combate por la ciudad (virtud: era tanto como decir andreia, el coraje). De Plutuco a Tucídidcs, patmte la desviaiidrl ... Pcro me rnantengo en la epoca clisica, y vuclvo a 10 quc podria ser en ella una avirtud dc las mujcres>,. Sin duda alguna, una noción tan sin uiar y específica como aquella, tan cara a 10s nlédicos, de <<cnfcrrncdades de f~s muieresn (llay mfcrmcdades de 10s hurnanos, que todos, hombrcs y mujeres, cornparren sin disrinción, y, dcspués, aquellas otras que las misrnas cnfermas sdlo nombran bajando la voz). Supongamos, pues, la ciudad cla~ica. NO hay orra soluci6n que considcrar a la rnrjer, como siempre, ya constituida por 10s a?zdresen objeto de discurso. Objeto de discurso: desde Hesíodo, con su primera mujer, trullpa pca la hurnanidad; desde Homero, con Helena, sed~ictora causa de la guerra de 'lioya ... cn Grecia resnzna el discurso sobrc las mujcrcs. Y, en este punto, como en tantos otros, Hesíodo instaura la tradición según la cual, de nlodo rcpc~itivo, la rnlijrr será ,<un bel10 mdn. Dicha tradicihn cuenra con sus moderados, quc sc adapran a la calamidad hasra el extremo dc cncerrarla bajo llave para guardársela4, y sus ertremisras, que sueñan con un mundo en que podria prescindirse de las mujeres para tener hijos. Todo esto es conocido, y no me detendré ahora en ello. Pero este discurso demasiado simple cuenta a pes= de todo con sus noras discordu~tes, y cstu es 10 que le cnnfierz su interes. Deliberadarncntc, hc escogido dos de ellas. Habría mucho que bablar todavía aierca de la rlu~iirn de +ria de las mujeresn, a la vcz irnposihie de adrnitir y de. evitar, y quc s610 cobra su sentido referido al uso griego, cn virtud del cual quien dice r$gloria* dice .gloria viril,,. Así, al enumerar 10s modos ferlleninos de ~llurir en la tragedia griega, debelllos prcguntarncls: jexisre, en la gloria de las mujcrcs trágicas (Polixena. la virgen; Evadne, la esposa; Yocasta, la madre), un wntenido que podríamos designar como específicamente femenino?, u bicn, ¿para acceder a la gloria, 4. AI<I~I~IANI'\, LA< tflnloforid~, 791 (y már gcneralmentc, 785-800: piribarn en forma de elogio de la rAn rlc la& n~ujcres). Nores sobre un imposible rujcco dc la hi~roria Enrahonar 26, 1996 17 debe una mujer, de un modo u ouo, actuar como un hombre? Yo no he encontrado ese contenido femenino de la gloria. Y ello no es una razón para subestimar la invención trhgica en materia de feminidad; pero no conviene tampoc0 supervalorarla, pues esa nota discordante se une finalrnente al discurso doniinante. Es cierto quizá que el sintagma kleorgunazk~n est6 marcado para siempre por su primera aparición en un texto gricgo: el10 sucede en la Odirea; Penélope habla con Ulises, a quien todavía no ha reconocido, y se confia a il. Es Ulises quien invierte la norma y dice: ,(tu gloria llega hasra el anchuroso cielo como la de un rey eximio y temeroso de 10s dioses, que impera sobre muchos y esforzados hombres, hace que triunfe la justicia.. .,), y es ella quien responde: *Mis gracias (la belleza y la gala de mi cuerpo) destruykronlas 10s inmortales cuando 10s argivos parrieron para Ilión y se fuc con ellos mi esposo Ulises. Si este volviendo cuidara de mi vida, mayor y mas hermosa fuera mi gloria,,5. En el origen, de la disonancia surge lo unísono. De hecho, en Grecia, para aislar lo femenino en su especificidad fascinanre hay que buscar su incidencia en 10s discursos que se mantienen sobre el hombre verdaderamente anir. Se aprenderá allí que un cuerpo de hombrr no puede experimentarsr a sí mismo, en el placer y en el dolor, mb que imitando mejor, sintiendola expcriencia femenina del cuerpo, a la que un griego dota de un valor paradigmático. Hipótesis griegas: la mujer siente el placer de moda mis intens0 que el hombre (asi Tiresias, hombre y despues mujer, y convertido de nuevo en hombre, encolerizó a Hera al revelar 10 que la diosa del tnatrir~~onio no qurría que se supiese: que en el goce del amor, sobre diez parres, la mujer se quedaba con nueve, y el hombre con una sola; el desvergonzado fue entonces privado de la vista, y Atenea, que huye del placer, 10 consolo otorgindole el don de la adivinación). En cuanto al dolor, la referencia esencial es la del parto, sufrimien- to y prueha a la vez, proeza y fatiga, 10 que 10s gricgos dcsignan con la palabra ponos. ;Un hombre experinier~ta intcnsamrnrr placer o dolor? Se dirá que actua como una mujer, o mis bien que da ricnda suclta a la mujer que hay en él. Los griegos plantean, explícitamente y sin reticencias, que exisien lror~ibres- ... hombres, rnujeres-rnujcrcs, ilomhres-m11,eeres y rnujeres-hombres, ral como afirma un pasaje asombroso del tratado hipocrático Sobre /a dieta Demasiada virilidad amenaia ai hombre, o al héroe: si, por el contrario, éste libera a la rtlujcr que llera dentro de sí, su virilidad se ver4 reabada. Heracles, el supermacho, neccsira bahos calientes (su virtud cmolicntc, esto es, deminante, es bien conocida de 10s griegos), y yo añadiría que en 111ás de una ocasió11 el li6ro~ sr viste de mujer. ;Qui611 osaria rlcgar la virilidad de Heracles? Esroy convencida de quc cl hijo dc Zeus sabe sustentarla libcrando precisamente su parte femenina. 5. Odiren, XIX, 108-1 11 y 124-128; trad. (citada por exrenso) de SEGALA, Lluís, Barcelona, en Ediciones B, 1990, inrroduccidn y noras de MIRALLES, Carles. Véase el comenrario de FOLEY, Helene P. .?Reverse Similes" and Scx Roler in thc OdYey,, Arethan, Universiry of New York ar Buffalo, 11 (1978), 7-26. Veamos todavía algunos ejemplos de esa apropia~iún por parte dr 10s hombres del placer y del dolor. El10 comienza con Homero, cuando en el canto XI de la iíiada Agamenón herido siente 10s dolores *penerrantesD; miis cxacramente, esos dolores (adunar) se hunden en su cuerpo (y he aquí que aparece el vcrbo duri;, bundirsp, he aquí, sobre todo, bdines, nombre de 10s dolorcs del parto). Presa del sufrimienro de su herida -la ha recibido en el brazo, como corresponde al guerrer*, Agamenón sufre agudamente lo que experimentan las mujeres en el parto. Pcro, iquién distinguirá ciertos dolores del placer que desgarra? En el otro extremo de mi selección, la palma le corresponde a Platón, ejemplar porque moviliza la feminidad -y la desviaciún de 10 femenino- en provrcho del hombre filósofo, y de las emociones de su dma. Cuando sc acerca a ur1 ser bello lo que está prehado se sosiega; se derrama de degris, alumbra y procrea. En cambio, cuandu se aproxima a un ser feo, su rosrro se ensombrece, se conrrae entristecido en sí mismo, se aparca, sc replicga y no procrea, sino que reticne dolorosamente el fruro de su fecundidad. De &i precisamentc que sea grande la pasidn por 10 bcllo que seda en cl ser que est5 preñado y abulrado ya por su fruro, porque 10 bello libera al que 10 pusee de 10s grandes dolores drl parto (El barryuete, 206d-e; rrad. de Luis Gil). ¿Hay que precisarlo! El parto es designadn fidinos. Y todavía en el Pedra esta es la palabra que caracterim rl adoloroso esfuerzon del alma loca de deseo. Paradoja hien griega del pensmiento platúnico: pasarse el tiempo queriendo liberar ai dina del cuerpo, y evocar ai dma en el l&ico de la mayor sensualidad (esto es, la sensualidad femenina). El dma, pues, se agitará locarnente bajo el dolor del deseo y la alegria del recuerdo; presa en esta confusión de scntimientos correrá, ansiosa, hacia la helleza (o hacia aquel que la posec). Y, en ese lnismo instante, el alma fil6sofa experimenta por última vez el doloroso esfuerzo y recoge cl placer más dcliciosoG. ;Qui ganan cn el10 las rnujeres? No lo d; pero si s6 que l'lathn reserva al hombre filósofo el suntuoso regalo dr la feminidad. Este excursus podria continuar; pero regreso a la ciudad del siglo V, provista de estas pocas notas, para insralar cn ella algunas siluetas femeninas sobre la escena tragica. Porque, m& que en cudquicr otro lugar civil, en el teatro se trara de mujeres. De mr~jeres y de 10 femenino, sin duda. Pero también de mujeres cn ranto que son a la ver esa .raza>l tan vituperada y la imposible milad dc la ciudad. En la cscena trágica, frcnte a 10s humbres hay unas mujeres, y a menudo, por 10 menos en Eurípides, aritc hombres inseguros de su virilidad -Jason, Hipúlito, Admeto. ..-, Medeas, Fedras, Ncesris, muy diferenrrs entre sí, pero con un punto en común: se atrcven a amar (y también, inis de una vez, a odiar). Mujeres que aman y hombres que huyen. Cun frecuencia nlr he preguntado por qui, en una sociedad en que la homosexualidad nrasculina es la lm&\ 6. PLnlOu, F~dro, 251 c-e. reconocida dc las pricricas sociales, sólo el amor heterosexual riene derccho de ciudadania en el tatro de Dioniso, iSimple coyuntura?, jc~ necesidad estruaural de un género! A decir vcrdad, nlrnca he sabido por cuái de las dos respilesras opcar. La coyuntura seria alejandrina -o romana: nada prohihe imputar este silencio s610 a 10s erudiros, aquellos que expurgan (en Alejandrla) o aqucllos que, en época rotnana, escogen, para uso dc las clases, enrre tragedias que deben conservarse y tragedias perdidas para sienlpre: la virtud sacaria provecho dc cllo, pero no la verdad de un género (porqrre la cvocacion fugitiva dc Ganimedes, amado por Zeus, no borra el recuerdo, conservado por la rradición, de un 1,ayo inventor de la homoscxualidad o de una tragedia de Esquilo -Las mirmedone+ quc escenificaba el amor de Aquiles por Parroclo). Pero siempre, cuando creo rener esta respucsta, vuclve, insistenre, la cuestión del genero. Me digo cnronces que, por naturaleza, la tragedia dramatiza la divisián, todas las divisiones, cornenzando por la que separa la hunlanidad en dos sexos, y que la represenración cdgica se propone situar la cirrdad a distancia de si misma (y he aqr~í a las excluidas de lo polírico que ocupan la esce~ra). Rien, termino concluyendo que se debe a razones de esrrucrura.. ., basta que la duda tr~r asalra de nuevo. Mantenghnonos por ahora en un hecho: la tragedia tiene rnucho que decir acerca de las rnujeres, y mucho que hacer con ellas. En primera fila de 10s trágicos debemos citar a Eurípidcs, el Último de 10s tres ve gran des n. ¿Es Eurlpides amigo o enemigo de las mujeres? Esta cuesrión se ha discutida desde la Antigüedd, y ya cn las comcdias de su contemporkneo Aristófanes, las mujeres dc Atenas proclarnan su misoginia (pero, iquién hablari de la misoginia de Aristófanes?). Releyendo las tragedias dc Eurípides se observa rambiérl qrle, mis de utla vez, las hombres represcntan en ellas un pobre papel. (Hay que buscar enronces en su obra algo asi conlo xel partido de las mujercs>>?' Nada se opone a ello, a condición, sin embargo, de que esta bi~squeda no anule la cuestión, a mi parccer csencial: ¿por qui Eurípides ponc a tantas rnujeres sobre la escena? ;Po'or qué untar mujeres sobre Iu excrnn?Porque, por una parte, la tragedia esri hecha de la represcntacion dc las mujeres por y para 10s hombres. Por 10s hombres, ya quc son hombres -c incluso ciudadanosquienes actúan, con toda la arnbigüedad y el placer que el juego dc la interprcracibn implica (el placer del descmrramicnro, el placer del transvestistno, quc borra y subraya a la vez la diferencia de sexos). Penscmos en la recienre represenracihn del Edipo rey et1 el Odéon de Paris, donde todos 10s pa eles, corno en la Antigüedad, eran intcrpretados por hambres: la Yocasta 8 e Arrdrt Wirns turbaba, sorprcndia, sugerla por esa tubación, apcnas desplazada, la turbación dr pensar -¿qui digo pensar?- de ver el incesro, Adrniramos que la turl~acidn cs mayor rara nosotros, que estamos habituados a la presencia de las mujcres en escena. Admiramos que haya podido ser distinta para un ateniensc, pero queda la fucrte rransgre- 7. Nahl~Y, Clairr, nEuripidr et le pani rler fcmmesu, en LE~Y, E. (cd.), Lufimmedami l~riociiri~ dotiques. Eslrwburgo: Ilniucrri~6 drs Scitncer Humnines dc Srrarho~lrg, 1983, 73-92. 20 Enrahonar 26, 1996 - Nicolc Lorlux sión del transvestisme, ciertamente dionisíaca y, por tanto, tópica en el teatro! Ahora bien, turbar es precisamente la hnción de Dioniso.. . Y todo el10 para 10s aizdres.. . :Para 10s andred No piautearé la cuesrión, todavia ahierta, de la composición del pilblico areniense: ;s610 10s ciudadanos (y 10s extranjeros de paso; 10s metecos, acaso, pero no se sabe con certeza -en todo caso hombres-)?, o: ,-ILIS ciudadanos y sus esposa? El problema ha apasionado y apasiona. Por mi parre, no lo considero muy importante. Platón, a quien, oficiaimc~~te, no le gusta la tragedia, hacr de ella un especdculo para mujeres; un especdculo que, por lo menos, cn un certanleri para ver aquién regocijaba más a 10s espectadores., seria el preferida de alas rnujeres mis educadas, de 10s jóvenes y, podemos decir, de la multitud todav? Puede forzarse el texto y, combinindolo con 10 que el filósofo dice también sobre la xteatrocracia,,, esto es, la democracia, hallar ahí la inenconrrable prueba de la presencia de las rnujeres entre el público atenicnse: se apelará entonces al bon sens, categoria de la quc 10s hisroriadores nunca desconfían 10 bastantc. Es mejor leer el texro en su propia cohercncia: enconaaremos entonces en i1 una declaración sobre la naturaleza -eminentemmte femeninade la tragedia, pero en ningún caso sobre la composicihn de su público. Pero, insisto, en el fondo esta cuestidn carece de importancia. Porquc es en el corazdn mismo de la tragedia, cn cada una de sus palabras, donde hay que dibujar el rostro, s610 punteado, de su destinatario. Más allá del publico, el destinatario; o el beneficiari0 que es el mismo. Del modo en que las tragedias, tanto las de Esquilo o Sdfncles como las de Eurípides, cst~blcce~~~los 1ín1itr.x quc nadic ptlc~lr rr.~.n,~rerl~r, rcrulra quc I<,\ hornh~ir son lo\ tin~cos bcnc~;~~.~rios Jel cq~crdct~lo rri,:i~o Porque, .II r¿tlcxionu sol>rr la muerte dc las rrlujeres en la trigedia, se comprueba &e en el seno mismo de la alteración más sistcmática, hay lírnitrs que no deben transgredirse, porque determinan lo que corresponde a un hombre y a una mujer. Ya sea una tnujer que, virilmente, asume el poder -por ejcmplo, Clitemesua-, o un hombre al que se lc ha asignado un comportamiento femenino, llega un nlomento en que la ortodoxia debe ser rrinsraurada (y la muerte constituye cl momento privilegiado de dicha restauración). Reneficiarios del espectáculo trágico, 10s andm de Atenas capitalizan cntonces el doble beneficio de haber dterado totalmentc el orden civico en su pensamienro, y de haberlo rcstablecido toralmente después. Añadire ahora algunas notar; a modo de post-rcrip~um a Maneras vágica de macar a una mujer En un libro en el que se traca extensamentr del suicidio, queria sugetir que son 10s hombres de Atenas (10s espectadores) quienes, por medio de la representación trágica, proceden ficticiamente a la rnucrte. Sucede que, para las virgcnes sacrificadas, la muerte es efectiva. He tenido allí la ocasión de explicarme sobre lo que entiendo por ln palabra benejcio. 8. VCasc ZEIILIN, Frurna, iil'laying rhc Orher: Theatcr, I'hearricalicy and the Fcmini~~c in Greek Drama,,. R~cprermratiom. Urliversiry of California Pres. 11 (1985), 63-94. 9. PLnroN, LmItyei, 11, 658 d; trad. PA BON,]^^^ Man~xly FERNÁNDIZ-GALIANO, Manucl, Madrid: lnrtiruto dc Estudios Poliricos, 1960. Noms sobre un imposiblc rujeco de la hisroria Enrahonar 26, 1796 21 No hace falta insistir en que normalmentela ciudad clásica ignora 10s sacrificios hurnanos y s610 ofrece a 10s dioses inmolaciones animales. Pero en el mito se sacrifica a una jwen y, rrasladado a la escena, ese escandalosa sacrificio (qFue inevitable fuerza que humanos sacrificios I impuso ante un sepulcro para el que bueyes bastan?.)1° es doblemente -y más aún, sin dudasigno del imaginaria: porque el mito es un pasadu cumplido que se confronta con el presente, ya que no se mata a una vitgen, tierna y amenazadora a la vez, si11 que intervenga en ello una seductora confusión de afectos. Jamás, ni siquiera en la tragedia, un padre mata a su hijo -son las rnujeres las que actúan en ese caso, y su acto es un crimen, destinado a umatarx simbólicarnente al marido (véase Medea), y nunca se traca de sacrificio. S610 la guerra civil, esa calamidad absoluta, puede inducir a un padre a lenntar la mano contra su hijo, y el horror carece entonces de apelativo. Pero el gPnero trágico 10 techaza, y asi, cuando la inrnolación de su hijo menor salvaria a Tebas del asedio. Creonte rechaza con violencia la petición del adivino Titesias (*;No 10 oi, no 10 he escuchado! ¡No me importa la ciudad en sí!>>), y el adolescente deberá recurrit ai engafi0 para alejar a ese padre demasiado amante, y se autoinmolará, en pie, como un guerrerol1. No hay duda alguna de que, en la tragedia, se degüella más fácilmente a las hijas, aunque el sacrificador no sea sienlpre -como en el caso de la Ifigenia de Esquilo-- un padre. Desde luego, nadie esd obligado a justificar el sacrificio de una hija recurriendo al temible razonamiento de Praxitea, reina de Atenas, en el Erecteo de Eurípides: Si sé contar bien y discernir la diferencia entre el m% y el menos, la ruina de un s610 hogar es un mal menor que la de una ciudad entera y no riene las mismos efecros. Si en lugar de hijas, a mi alrcdedor hubiesen crecido hijos varones, en la hora en que la lama enemiga amena6 la ciudad, jno 10s habria equipada con una lama para enviarlos al combare, sin temer su rnuerte? ¡Ah! ;Que no renga yo una dcscendencia capaz de luchar y de comportarse de modo convenienre a 10s hombres, y que no sea un adorno inútil de la ciudad!12. Praxitea, es cierto, es una exaltada; mujer incluso en su modo de denegar todo valor a la feminidad. Más vale -esta eleccibn tiene en todo caso la preferencia en Eurípidesrodear el sacrificio de metáforas eque expliquenu la condición de victimas de las vírgenes por su estatuto, sexual y social. La joven es pdrthenor puesto que todavía no ha dado el paso del matrirnonio; y, si el matrirnonio es domesticación, la partbenor, becerra o caballo salvaje, es la rnás indicada para reemplazar al animal que debe sacrificatse, para que se realice la 10. EUKIPIDES, Hicabe, 260-261 a propdsiro del sacrificio de Polirena; trad. FERNAUDEZ-Gam. NO, Manuel, Tragcdia hoyanar. Barcelona: Planeta, 1986. 11. Remito aquí a Larfixicia de EunieroEs. 12. Errctto, pieza perdida de la que el orador areniense Licurga nas ha transmirido un fragmento en su Contrn Lrdcnrrpr, I00 (ciro 10s versos 19-27; trad. sugcrida por la Dra. Montserrat ]ufresa).