Con Frederic Morin a comienzos de 1858
Abstract
Morin, Frederic
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Enrahonar 25, 1996 139-153 Con Frédéric Morin a comienzos de marzo de 1858' Frédéric Morin El hombre más sorprendente que jamás haya encontrado en Alemania es, sin duda alguna, Arthur Schopenhauer. Eso fue en 1858. Por entonces había Ilegado a la cima de la su gloria. Todo el mundo me había hablado de él en Heidelberg, en Weimar, en Jena, en Berlín, en Halle. Había tenido en mis manos sus libros extraños y potentes en los que una voz polémica, llena de elocuencia, de humor y a menudo de un superior sentido común terminaba, tras bruscos giros, en las ensofiaciones más excéntricas. Sabía que Schopenhauer había sido el hacha brillante, terrible, a veces brutal del hegelianismo, al igual que Proudhon lo había sido entre nosotros del sansimonismo. Así que me decidí a no regresar a Francia sin haber visto al último superviviente de las grandes batallas del pensamiento alemán. Un hermoso día de marzo me fui andando por las calles de Francfort en busca de Schopenhauer, después de haberme anunciado a través de un amigo común. Una vieja y pretenciosa ama de llaves, acompañada de un puddel con aspecto de holgazán, me abrió la puerta y me condujo hasta un despacho espacioso, bien decorado, y donde resplandecía la limpieza y el sol. El busto de Goethe coronaba la biblioteca. Schopenhauer entró unos minutos más tarde. Me estrechó la mano con un semblante lleno de cordialidad pero con una mirada penetrante e inquieta. Sus sesenta y ocho años', aunque activos, eran evidentes en su cara seca y arrugada; el continuo temblor y la sonrisa burlona de unos labios arrugados le habrían otorgado el aspecto de un Mefistófeles aristocrático, si en su amplia y bien formada frente no hubieran destacado los rasgos de la benevolencia e incluso del candor. Mientras él sostenía entre sus manos la carta de nuestro amigo común, se desarrolló la siguiente conversación. Schopenhauer: ¡Así que ha estudiado usted en algunas universidades alemanas! Los franceses son todos iguales, creen en la Alemania de la ((Revue des deux Mondes». Apuesto a que se toma en serio la filosofía de Hegel. * Traducción de Victoria Ribas. 1. Schopenhauer tenía ya por aquel entonces setenta años.
140 Enrahonar 25. 1996 Arxiu Yo: No soy ningún seguidor de esa filosofía, pero puedo ver en ella una grandiosa revelación del pensamiento humano e incluso creo que después de su muerte dejará tras de sí ciertas teorías inmortales. S: No, no va a quedar nada de Hegel, absolutamente nada, porque Hegel no pensó, sino que cavó su propia tumba con sus fórmulas. ¡Hegel, un filósofo grandioso! No olvide nunca que en este mundo sólo se han dado tres grandes filósofos: Buda, Platón y Kant. Pero él no se merece ni estar clasificado entre los Dii Minores de la filosofía. Efectivamente, yo, como viejo alemán, le puedo decir que en un sólo verso de Lamartine, e incluso en una palabra chistosa de su Chamfort, hay más metafísica escondida que en toda la fenomenología, incluidos los gruesos comentarios de Michelet y Rosenkranz. Compruebe usted sólo por una vez y bien, hasta dónde ha llegado él con su pedante aparato tan rico en vocablos. En el lugar del sentido común, aquel que es hijo del carácter y el padre del conocimiento, coloca un culto gélido e incomprensible a un gran Pan2 progresivo que trabaja esforzadamente como un demonio bajo la pomposa lógica del ser del no ser y del devenir y en el fatigoso camino al que le ha condenado su descubridor, sólo es bueno para cantar a las ardillas3 y hacer sonar a los cocheros de fiacre. ¡Hegel descubriendo a un Dios que se busca a sí mismo! jRisum teneatis, amici! ¿No le admira por este final? Muy bonito; pero el sistema sobre el cual él se arquea como una monstruosa bóveda es todavía más monstruoso; pues al final encontramos un cierto panteísmo, que así podríamos denominarlo. Cuando, como filósofo, se va un poco más al fondo se tiene que llegar al gran Abismo, a la unidad de la sustancia. ¿Pero dónde ha buscado Hegel esa unidad? La ha buscado como un maestro de escuela, que es lo que era, en los conceptos vacíos del pensamiento, en las vanas imaginaciones del espíritu, porque Hegel no estaba capacitado para comprender que el intelecto es sólo una posibilidad subordinada de la vida, o mejor, el fruto bastardo del cerebro, la pompa de jabón que se desprende de nuestras sensaciones, que se alza hacia el cielo y que se deja adorar por los nifios, pero después explota en sus manos4. Sin embargo no vaya a creer que soy un consumado discípulo de Condillac5. No, sino que creo que el mundo sólo se revela en la Voluntad, o, si quiere, en el corazón de los hombres buenos, capaces de sacrificarse. El mundo visto desde esta así Ila- 2. Referencia al panlogismo hegeliano que quiere tomar la ley de la naturaleza como ley Iógica. <(La sabiduría hegeliana, en pocas palabras, es como si el mundo fuera un silogismo cristalizado)) (Gr.N.IV.71). 3. Comparación similar a las aardillas que andan en la rueda)): Manuscritos. NachlaJI, Die geneszs des Systems, 1 .Teil, DXi, 1 56. 4. Cf. la carta de Schopenhauer a Brockhaus el 14 de junio de 1843 (D XIV, 541): nla gran, abultada pompa de jabón de la filosofía de Fichre-Schelling-Hegel incluso se capta en lugares finitos)). 5. Etienne Bonnor de Mably de Condillac (1715-1780), discípulo de Locke, cuya teoría rrabajó en Francia. Fundador del sensualismo y materialismo francés. Muy mencionado por Schopenhauer.
Con Frédéric iMorin a comienzos de marzo de 1858 Enrahotiar 25, 1996 141 mada razón, en torno a la que se hace tanto misterio y que sólo es una letra de cambio hecha sobre las más humildes percepciones de los sentidosG, el mundo visto en el espíritu y a través del espíritu, es sólo una sombra caprichosa proyectada por estas percepciones, un reflejo de nuestras fantasías, la Maya de los hindúes, una fiesta saturnal de apariencias, en cuyo centro se dejaba bailar la ley de la causalidad, como la leyenda de las escobas encantadas7, un suntuoso arabesco, que cada uno se describe y se construye a su gusto. El trazado de este arabesco puede ser una obra de arte pero no es ningún trabajo científico. De esta manera Hegel no es ni un pensador, ni un filósofo, y ni tan siquiera un sofista. Permito únicamente a todos los pedantes de las universidades alemanas que le describan como artista, siempre que afiadan que se trata de un artista de la última categoría y el penúltimo de su generación: después de él todavía encontramos a su discípulo Rosenkranz. Yo: ¿Y los demás? S: No hay otros. Yo: Me resulta difícil entenderle. ¡Cómo! Una teoría, la teoría hegeliana se sostiene desde hace más de cincuenta anos en medio de los aplausos de una juventud de élite, pues sin duda usted no rehusará esa denominación a la generación competente que se ha introducido en la profundidad de Kant, que puso a Fichte, Schelling y Jacobi8 frente a frente, que ha cantado a la espada de Korner, que sintió, vivió y pensó los sentimientos, las ideas y la vida de Schiller y Goethe. ¿No? Esta generación privilegiada y vigorosa ha considerado el hegelianismo como un increíble sistema discutible e incluso pernicioso según algunos, sorprendente por su verdad y claridad según otros, y según todos una obra genial, una teoría de primer orden. Y todavía más, esta teoría no sólo ha tenido la rara suerte de triunfar en Alemania, en una de sus épocas intelectuales más brillantes, sino que se ha infiltrado en Francia, Italia, América y en la misma Inglaterra; ha encontrado en todo el mundo civilizado mejores o peores representantes; ha tenido suerte durante más de cuarenta años y usted me dice: siempre ha sido sólo una nada. Dígame si cree que hoy se está muriendo, dígame incluso que está muerta y que no mereció vivir. Dígame que la han matado en un duelo, pero no me niegue que ha vivido. Un verdadero fantasma no agita los espíritus y los pueblos de un extremo del mundo hasta el otro durante medio siglo. 6. Cf. Weltals Wzlh und VorstellungII, D 11, 76: nuestro intelecto es igual a «un papel bancario que si fuera sólido tendría que tener diferentes cuentas corrientes para poder cambiarlo por dinero: las intuiciones son las cuentas corrientes, los conceptos el papel bancario)). 7. Cf. la ley de la causalidad igual al ser viviente de Goethe que estaba encantado y el cual una vez puesto en marcha no dejaría nunca de brincar y saltar (Satz vom Grunde, D 111, 146); también en Parerga L, D IV, 123. 8. Friedrich Heinrich Jacobi (1 743-1 8 19), poeta y filósofo (contrario a Spinoza, Kant y Fichte).
142 Enrahonar 25, 1396 hiu S: Usted es joven, amigo mío, y todavía no sabe que existen malas filosofías, igual que gobiernos malos: incluso se les alaba en atención a sus fallos. El peor gobierno es aquél del que uno se ve forzado a decir cosas buenas. Yo: ;Muy bien! Pero un gobierno se nos impone, y una filosofía, en cambio, se nos propone. Hegel no tuvo ningún Líctor como Nerón, para forzar una ovación para él. ;De nuevo explíqueme usted su gran éxito universal! S: No es nada fácil. Se lo aclararé a través de un cuento español que siempre he leído con inifinito placer, como la más perfecta alegoría de la estupidez humana. Y por ello le pido que reflexione para que se convenza de que también en filosofía el éxito es casi siempre un error. Yo: ;Y la fama? S: La fama es el ruido de la vida, y la vida es la gran parodia de la voluntad; en pocas palabras esto quiere decir que todavía es más embustera que el propio hombre. Pero vayamos a mi apólogo. Un hermoso día se encontraba un charlatán (de Berlín, o de París, eso no lo dice el escritor) en una situación peor que muy mala. Su bufón se había escapado, los diferentes animales de su colección se habían muerto; sólo le quedaba un pobre asno que estaba cojo. Nuestro hombre, que había viajado por el mundo, pensó, y no pensó mal, que él con su pico de oro y su asno podría atraer al público para estimular su placer. Así que se puso delante de su chiringuito y gritó: ((;Entren señoras y señores, entren en esta incomparable carpa! ;Van a ver aquí una de las águilas más hermosas que jamás en el mundo se han visto, un águila increíble, la más hermosa de todas las águilas a la que se ha concedido por el cielo el privilegio de que sus características aguileñas no sean visibles a la plebe sino que sólo sean evidentes para la gente entendida!,). Esa curiosa multitud se va apretujando cada vez más desconcertada de ver delante de sí al más tonto de los animales con cuatro patas. Pero como se les había enseñado que toda la gente de conocimiento podían ver el ave de Júpiter, creyeron que debían mostrar su asombro a través de gritos, y así demostrar que eran entendidos; y claro está, al final uno incluso se lo cree un poco. El entusiasmo llegó a su apogeo. Entonces el charlatán se dirigió a toda la multitud: «Los tontos sólo pueden percibir una piel gris en el cuerpo de este noble animal, pero los entendidos tienen que distinguir suntuosas y hermosas plumas. ;Pueden ustedes distinguirlas?». «¡Sí señor, claro que sí!)), gritaron miles de voces. «;Se alegran del espectáculo de esta enérgica carpa cuya contemplación no le es permitida a la masa?)). «iCierto!), «¿No es indiscutible para toda la honorable sociedad que este animal tiene alas de gran envergadura?,). «iIndiscutible!». En esto que entre los presentes se encontraba un hombre de conocimiento, el cual observaba sucesivamente al asno, al charlatán y a la multitud. Y de repente dice: «Estoy de acuerdo si usted quiere en que su animal tiene alas, per se tiene que aceptar que son pero que muy pequefias,,. Al mismo tiempo la multitud rompió en un terrible bravo. El hechizo
Con Frédéric Morin a comienzos de marzo de 1858 Enrahonar 25. 1996 143 se deshizo y el charlatán fue insultado y perseguido hasta las afueras de la ciudad. ¿Lo entiende?9 Yo: Ya lo creo, pero continúe. S: ;Pues bien! La historia que le acabo de explicar es precisamente la historia de su Hegel y de Schopenhauer. Hegel es sólo un charlatán privilegiado por la fortuna, cuyo éxito ha tenido que agradecérselo a una astucia política. Enseñó durante diez años sin conseguir un mínimo de prestigio en esta pobre Alemania, donde todo profesor se convierte en famoso tan rápidamente. En plena desesperación de sus sentidos se le ocurrió al pobre y desconocido maestro hacer una teoría sobre el Estado, para el Estado de Prusia. Después de la reconstrucción del Estado prusiano en 18 15 los ministros berlineses estaban encantados de encontrarse en las manos de un doctor, el cual dio a sus pequeñas maldades una base ontológica incomprensible y por lo tanto tres veces santificada. La Tugendbund se resentía; decepcionados los pueblos alemanes se ocuparon de problemas sobre el origen y límites del poder. ;No fue eso el descubrimiento de un manjar, en el cual y en un preciso momento llegó un maestro, que se convirtió en filósofo y que de la inmóvil burocracia hizo una manifestación del desarrollo del gran plan? Los ministros fueron con gran pompa a los tenebrosos cursos serviles de Hegel. Naturalmente, un ejemplo tan augusto fue copiado por todos; por los directores de departamento, los directores de despacho y por sus representantes, por los consejeros secretos, por los altos cargos de la policía, por cualquier hombre que tuviera grado, título, función o pensión, y por último por todos los burgueses ingenuos de Berlín. Aquí tiene el simple secreto del abominable triunfo del hegelianismo. El charlatán de la metafísica tuvo como cómplices a los charlatanes políticos. Pero yo soy el que no se sorprendió, el que grita: <<No es un águila lo que veis aquí, mirad sus orejas)). Y así le pregunto a usted, ;qué se ha hecho hoy de esta filosofía de la adulación universal, destinada a hacer cloquear a todos los tenderos de Prusia en torno a los ministros. ;Se encuentran discípulos entre la juventud? Se me ha asegurado que en Berlín y con la excepción de dos o tres pedantes de la universidad, hay sólo un hombre que lee y admira a Hegel: es el barbero de la avenida Unter den Linden. Yo: Me sentiría mal si tuviera que defender a Hegel ante el hombre que ha contribuido a aniquilar tan radicalmente sus teorías. Veo que para las generaciones venideras dichas teorías no son válidas y que casi no encuentran seguidores. Pero jcree usted que estas reacciones tan violentas contra estas teorías, que todavía ayer admiraban, siguen siendo correctas, y que es justo apoyarlas sin pruebas? Si tomamos como árbitro a estas nuevas generaciones a las que usted apela con tanta complacencia, ;no teme que podrían estar dispuestas en gene- 9. La historia es una adaptación de la narración de Baltasar Gracián en El C~iticón, la cual Schopenhauer tradujo literalmente en el prólogo de la primera edición de Beiden Grundprobleme der Ehik, D 111, 458 ff.
144 Enrahonar 25, 1996 A~xiu ral a condenar y a arrinconar al trastero no sólo a Hegel, sino a toda metafísica, toda filosofía, incluyendo la suya propia? S: Se equivoca mi querido amigo, ;y doblemente! Usted habrá escuchado seguramente por todas partes controversias sobre la frase fundamental de mi filosofía: el mundo es una grandiosa voluntad que penetra en la vida1'. Usted me hace una señal para que no me confunda, de lo que estaba seguro. Ponga atención, ayer fue mi cumpleaños". Mire que hermosa juguetería de recuerdos me han mandado en esta ocasión de todos los rincones de Alemania, incluso de ese país terrible y podrido por la burocracia y la universidad que se llama Prusia. Esa hermosa copa ha venido directamente de Berlín12. ¿No le gustaría decir: un cáliz con el que me podría comunicar con Buda? Le digo con toda inocencia que en todo el mundo hay gente buena que desea mi muerte, para hablar de mí como de un santo; y si no hubiera vigilantes en el cementerio no podría garantizar que cualquiera tomara mis huesos para convertirlos en reliquias. Yo: Esas reliquias equilibrarían a otras. No obstante, si me permite hablar con toda sinceridad filosófica, la que no hiere a los sabios, de esta manera confieso que he encontrado en su teoría muchas cosas magníficas, pero que no he encontrado pasiones verdaderamente ardientes más que en los estudios especiales y sobre todo en los estudios fisiológicos. S: Tanto mejor. Esto demuestra que ganaré. Alemania tiene que comprender a Bichat13 para comprenderme a mí. Parece que la metafísica hoy está muriendo; pero no se muere, ya que nada muere -el nacimiento y la muerte son sólo ilusiones como la vida misma-: no muere sólo cambia. La verdadera metafísica que me imaginé cuando me dí las primeras razones de la libertad absoluta, o sea la libertad que se cierne sobre cualquier causalidad es el vínculo entre las experiencias internas y externas, es el sentimiento profundo de esta voluntad indivisible, indestructible e invariable que se percibe a sí misma en el hombre cuando éste se desinteresa del torbellino sin sentido de causas y efectos y que es también el substrato, adivinado por su espíritu, de todos los fenómenos físicos y fisiológicos. A las ciencias experimentales tiene que llegarles su tiempo para que a mi filosofía le llegue el suyo. 10. Esta forma tan imprecisa no se encuentra en ningún trabajo de Schopenhauer. Sólo un resumen parecido en forma aforística se encuentra en Gr.N.IV, &638: (,El mundo es el auroconocimiento de la voluntadn (año 18 17). 11. La visira se tendría que haber celebrado el 23 de febrero de 1858. Lo que se contradice con una información de Morin (marzo de 1858). 12. Se refiere a un regalo de C.F. Wiesik para su septuagésimo cumpleaños. La copa, con el nombre de Schopenhauer y con una máxima «de alabanza a la verdad y su fuerza)) (hoy en el museo germánico de Nuremberg) aparece también en la carta de Schopenhauer a Becker del 1 de marzo de 1858 como <<una especie de cáliz para la comuniónn. 13. Marie Fran~ois Xavier Bichat, anatomista y fisiólogo francés (1771-1802). La oposición que establecía entre la vida orgánica y animal es equivalente a la oposición de Schopenhauer entre la voluntad y el intelecto. Cf. Welt als Wille und Vorstellung 11, D 11, 296 ff.
Con Frédéric ~Morin a comienzos de marzo de 1858 Erirahonar 25, 1996 145 Yo: Quizás en su propia teoría hay más de Hegel de lo que usted piensa. Usted habla de la voluntad casi como él del espíritu y me parece que el fundamento de todo su sistema es la teoría metafísica de Leibniz, la teoría de la Fuerza, y su culminación un panteísmo, el cual no es fácil de diferenciar del que usted critica. S: Por favor querido amigo, no me compare con Hegel bajo el simple pretex- to de que ambos somos panteístas. En el fondo yo no soy panteísta sino budista; en todo caso Hegel es sólo el panteísta del intelecto, es decir de lo vano; yo soy el panteísta del corazón, es decir, el filósofo del ser verdadero, del ser completo. Por lo que respecta a Leibniz, admito mis relaciones con él: la filosofía de la fuerza es la predecesora de mi filosofía de la voluntad; la voluntad es el principio, allí donde cualquiera demuestra fuerza, en las tranquilas, eternas y brillantes profundidades de nuestra alma. Sólo que, aun cuando admita el concepto de la sustancia al eminente predecesor de Kant, no le admitiré nada más, y ante todo su optimismo me horroriza. Yo: Pero dése cuenta de que el optimismo es la continuación directa del principio de razón suficiente y de que en el sistema de Leibniz la idea de razón suficiente y la idea de fuerza son una y la misma idea. S: Usted capta muy bien la estrecha relación entre las dos teorías, sobre las cuales se apoya el sistema de Leibniz, pero lo que acaba de decir sólo demuestra una cosa: que el optimismo no es en este sistema ningún vano detalle, ninguna excrecencia insignificante. Es la expresión soberana del sistema y por ello, en el fondo, a pesar de algunos puntos comunes, una diferencia absoluta entre Leibniz, cuyo ser es en virtud optimista, y yo, que tengo el honor de considerarme por naturaleza un pesimista. Yo: ¿Usted tiene por lo tanto mucho en contra de la humanidad? S: Contra la humanidad no, pero sí contra la vida. Soy pesimista, pero no misántropo; por el contrario, he dirigido todo mi odio contra el optimismo porque enerva y deshonra a los hombres, les induce a creer que ho hay nada malo contra lo que luchar, que todo está justificado, está en orden y que todo es necesario, todo, con la excepción de la ambición, que es el principio de la virtud, y del sacrificio, que les otorga la solemnidad. El hombre es, como usted ha dicho antes, sobre todo mediocre; pero fíjese que el hombre está contento con ello, ser débil, aceptar los influjos que provienen del exterior y transigir a la vida, en una palabra, naufragar en el tenebroso reino de la maldad. La vida es por tanto el Mal. La vida es el velo que oculta el Ser; el peso que entrafia la voluntad. La vida es envilecimiento, el pecado original. Un ser que fuera sólo un poco mejor que el hombre no estaría en condiciones de soportar ni por un momento la miseria, la tribulación y los pequefios infortunios. Aristóteles escribió: «La naturaleza no es celestial, es dernoníaca»14. Hoy lo podríamos tradu- 14. Cf. Welt als Wille und Vorstelltlng 11, D 11, 399.
146 Enrahonar 25, 1996 hiu cir así: ((El infierno es el mundo)). Los viejos y santos faquires de la India ya lo sabían y los venerables y ascéticos monjes de la Edad Media también. Ellos negaban la vida de manera tan consciente que la moral se definía ante ellos en sólo una palabra: mortificación. Los otros actuaban de otra manera aún mejor; vivían inactivos en la tranquila y callada contemplación del Nirvana, es decir, en el éxtasis del aniquilamiento. Yo: Ahora comprendo por qué ha glorificado usted tan a menudo el budismo y el cristianismo. S: Sí, el budismo y el cristianismo son las dos únicas religiones verdaderamente religiosas de la humanidad, pues las dos enaltecen el culto al sufrimiento, las dos tienen el santo dolor, las dos presentan principios doctrinales, que estremecen a cualquier ser vivo. Hoy los insípidos y corrompidos neocristianos, imbuidos de espíritu burgués y afeminado, rascan el viejo y santo color del sacrificio como si fuera herrumbre, para colocar encima una miserable veneración al amor. Renuncian a todo lo que es terrible y profundo, a la predestinación, a la teoría de la gracia, al carácter demoníaco de las cosas; se separan del gran Lutero, quien en sueños luchó contra el ángel del Mal. Necesitan afectaciones santurronas y un hermoso cielo, al cual se llega por caminos agradables. iOh! ;Esos falsificadores! ;Cuántas conciencias han destruido con sus engañosos idilios! Han perdido todo lo que tenían a su alrededor porque ellos mismos se han perdido, no sólo por la falsa bondad de nuestros tiempos blandengues, sino también por un libro esencialmente fatal, por el libro del error supremo, por el libro de los judíos. ;Los judíos! ¡Maldición sobre ellos! ¡Son peores que los hegelianos! Schopenhauer había pronunciado sus últimas palabras con un acento especial que llamó vivamente mi atención. Una mueca casi salvaje atravesó su ancha cara. Tuve que reírme de la súbita reacción y le dije libremente: «Parece que aquí los filósofos son como los ciudadanos: no les gustan los israelitas)). Estas palabras le irritaron enormemente. ¡(Usted dice que no les gustan los israelitas y tiene mil veces razón! Es Moisés quién escribió la frase repetida hasta la saciedad después de él de que Dios echó una mirada al mundo después de la creación y vio que todo estaba bien. Panta ta kala. Oh!, el buen dios de Moisés no era ciertamente delicado!>). Schopenhauer empezó a medir a pasos su habitación enfundado en su enorme bata y murmurando entre sus dientes apretados: ((jPanta kala!;Panta kalah15. Entonces se dirigió a mí y me ofreció la mano con un movimiento que me invitaba a responderle. S: Mire, usted parece tener por lo menos treinta años. Ha seguido los acontecimientos y los hombres, entre los sobresaltos de Francia. Ha visto usted hegelianos. Ha soportado la vida. Pues bien, con la mano en el corazón, dígame si este Panta kala no le parece una broma atroz. Veamos, jes bueno el mundo 15. Cf. Welt als Wille und Vo/oistellung 11, D 11, 710 ff., y en las cartas de Schopenhauer a Frauenstadt el 12 de agosto y el 12 de octubre de 1852.
Con Frédéric ~Morin a comienzos de marzo de 1858 Enrahonar 25, 1996 147 con todas sus partes y según su criterio? ¿Es bueno el hombre? Responda sin rodeos, sí o no. Yo: Respondo que sí, sin rodeos; sí, el hombre es bueno, pues puede llegar a serlo. Cuando uno contempla el presente, encuentra sin duda arriba en la escalera muchas y diversas virtudes; abajo maldiciones horribles; en el medio algo indeterminado, inmenso, flotando, que no se ha ganado ningún nombre. Pero este algo indeterminado, esta masa enorme que no tiene características propias porque puede revestirlas todas, es la materia espiritual moral que nosotros los filósofos, científicos, políticos tenemos que modelar según la forma de la justicia eterna. Por lo que a mí respecta, de esta manera no justifico los crímenes y las debilidades bajo el pretexto de que con el progreso se terminarán; más de una vez he maldecido ciertos fenómenos de mi tiempo; pero ya veo venir en un futuro próximo la imagen de una cambiada humanidad transformada y, por así decirlo, creada de nuevo por lo que en ella hay de mejor; y por esta razón le digo que vale la pena vivir por ella; y por esta razón siento también que la existencia humana tiene sus cosas hermosas, puesto que tiene sus deberes. S: Oh, veo que usted es un hombre de 1789, como se dice entre nosotros; que cree ingenuamente en las revoluciones populares: nos costará ponernos de acuerdo. Su revolución ha tenido impulsos sublimes y por esto más que nada fracasó. La revolución que intentamos aquí hace diez anos fue estupida y suficientemente mezquina, creo yo, para tener éxito, y así ocurrió lo que usted ya sabe. Todo el mundo se ha reído de ello, incluso el señor Von ~anteuffel'~. El carácter moral del individuo no cambia nunca, ¿cómo podría cambiarse el de los pueblos? Pero dejemos de un lado las esperanzas puestas en la humanidad, que tienen la ventaja de proporcionarle un motivo para vivir, y vamos a tocar temas más serios. ¿Acepta usted al igual que Leibniz que el verdadero mundo es el mejor de todos los mundos posibles? Yo: Ya me he esforzado suficientemente en encender este mundo real y no tengo el honor de conocer los mundos posibles. Por lo tanto no puedo saber si dentro de esta jerarquía ocupamos el primer o segundo puesto, ni tampoco si forman una jerarquía o más bien una escala como pensó Leibniz. No soy ni pesimista ni optimista; no sé nada sobre ello. S: ¡Bien! Yo he ido un poco más allá o soy menos escéptico que usted. Voy a explicarle concretamente que nuestro mundo es el peor de todos los mundos posibles. Yo: iDemuéstremelo, por favor! 16. Orto Tehodor Frhr. Manreuffel (1805-1882), desde 1845 director del ministerio prusiano del interior, en 1847 luchó contra el liberalismo constirucional; desde noviembre de 1848 fue ministro del inrerior.