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Organización industrial y crecimiento económico en la España contemporánea : tecnología y estructura productiva

Maluquer de Motes, Jordi

Abstract

El análisis del crecimiento económico moderno debe partir, en cada caso, del escenario natural en el que los procesos históricos tienen lugar. Los datos de naturaleza geográfica son muy importantes en orden al condicionamiento de las actividades de los hombres y de las sociedades. En el caso español, las constricciones del ecosistema han jugado seguramente, un rol muy destacado.

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6/2001-UHE/UAB-15.06.2001 ORGANIZACIÓN INDUSTRIAL Y CRECIMIENTO ECONOMICO EN LA ESPAÑA CONTEMPORANEA: TECNOLOGIA Y ESTRUCTURA PRODUCTIVA Jordi Maluquer de Motes Bernet (Universidad Autónoma de Barcelona) Primer Congreso Internacional "Historia de la Empresa Ibérica". Fundación Rei Afonso Henriques (Zamora, 18-19 de octubre del 2000) 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 El análisis del crecimiento económico moderno debe partir, en cada caso, del escenario natural en el que los procesos históricos tienen lugar. Los datos de naturaleza geográfica son muy importantes en orden al condicionamiento de las actividades de los hombres y de las sociedades. En el caso español, las constricciones del ecosistema han jugado seguramente, un rol muy destacado. Las condiciones ambientales, sin embargo, no pueden ser usadas de explicación universal. Como escribiera Pierre Vilar, y ha recordado muy recientemente Ernest Lluch, “la geografía propone, pero no dispone”. Me he referido en otro lugar1 a los efectos de estos condicionamientos geográficos sobre la economía española en el sentido de favorecer la existencia de un excedente estructural de trabajo y de contribuir a generar los problemas de rigidez del mercado laboral en nuestro país, así como al éxito de todas las ideologías que se han manifestado de un modo abiertamente hostil al libre juego de las fuerzas del mercado. No voy a entretenerme ahora en ello, ni tampoco a resumir lo que allí señalé acerca de la herencia de la historia, a través de dos apartados dedicados a lo que llamé el “mal francés” y sobre la “enfermedad holandesa” de la economía española. Recordaré, tan sólo, que la presencia desmesuradamente grande del Estado en la actividad económica y la persistencia de un déficit crónico en la balanza comercial son hechos que han caracterizado a la economía española desde fechas muy antiguas. Las páginas que siguen, no obstante, se orientan en otra dirección y presentan algunos datos especialmente relevantes relativos al secular atraso tecnológico, a la muy baja acción en Investigación y Desarrollo (I+D) tradicionalmente efectuada por los agentes económicos en España y a la preocupante debilidad de las empresas en este terreno. Esta mediocridad de nuestro sistema en lo que se refiere a la creación de conocimiento y a la gestación de tecnología como característica de muy largo plazo se halla estrechamente relacionada con aquellas dos plagas –el “mal francés” y el “síndrome holandés”-. El remedio de cada una de estas enfermedades tendrá que ser, a mi modo de ver, el mismo, de modo que todas ellas deben ser abordadas simultánea y conjuntamente. 1 En un artículo en curso de publicación en Papeles de Economía Española. 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 Una precaria dotación de capital humano Señalaba ya hace muchos años Alfred Marshall que “el conocimiento es nuestro motor de producción más poderoso”. El paso del tiempo no ha hecho sino confirmar y profundizar esa convicción. Unas palabras mucho más recientes, de Paul Krugman, servirán para subrayar la actual valoración de este factor: “existe amplia evidencia de que las diferencias en las tecnologías, más que las diferencias en cuanto a la disponibilidad de recursos, son los más importantes determinantes de las pautas de la ventaja comparativa” de las economías y, por tanto del desarrollo económico. La situación española en este ámbito es especialmente desfavorable. El evidente desinterés por la formación y por la educación de nuestra sociedad se ha puesto de manifiesto en una muy mediocre dotación de recursos humanos. Las cifras del analfabetismo han sido históricamente muy elevadas y, además, hasta fechas muy recientes. En 1910 todavía más del 50 % de la población masculina y más del 66 % de la población femenina no sabían leer ni escribir. Tales cifras situaban a nuestro país a la cola de la Europa occidental, sólo por delante de Portugal, pero por detrás de otros países de desarrollo tardío como Italia, Irlanda y Grecia. La corrección de estos datos tan negativos ha sido muy lenta durante la mayor parte del siglo XX. Otros indicadores clásicos de la dotación de capital humano apuntan a una situación también muy desfavorable a fines del siglo XX. La duración de la escolaridad de la población activa –el mejor indicador de la dotación de capital humanoclasificaba en 1985 a España en la cuarta peor posición de una muestra de veinte países europeos, sólo por delante de Portugal, Turquía y Yugoeslavia, según datos de un amplio estudio al respecto realizado por Psacharopoulos y Arriagada. Una estadística mucho más reciente –de 1998-, elaborada por la OCDE, coloca a España en el cuarto lugar más bajo según la proporción de la población entre 25 y 64 años que posee un nivel de instrucción al menos igual al segundo ciclo de secundaria. Se trata de una posición muy inferior a la de Grecia o Italia. El país se halla situado por debajo de la mitad de la gran mayoría de los veintiséis que integran el cuadro y también por debajo de la mitad del nivel promedio de la OCDE, aunque por encima de Portugal y Turquía. 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 En los comienzos del siglo XXI, las grandes cifras relativas a los niveles de formación se han ido mejorando, pero todos los indicios sugieren que la corrección revelada por la información cuantitativa no se corresponde enteramente con la realidad cuando se dispone de indicadores de calidad. La formación media y superior en nuestro país muestra sesgos evidentes hacia estudios de escasa dificultad y de bajo nivel y denota carencias inmensas en lo que atiende a los estudios de mayor contenido tecnológico y científico. La calidad de la gran mayoría de los centros de educación secundaria y universitaria es claramente insuficiente. Se trata, sin duda, de uno de los mayores elementos de debilidad de nuestro sistema económico en la hora actual. Un retraso tecnológico de larga duración Si en términos de capital humano la situación histórica ha sido débil, en el ámbito del capital tecnológico ha sido mediocre sin paliativos de ninguna clase. Los datos históricos – todavía muy escasosacerca del esfuerzo llevado a cabo en España en investigación y desarrollo tecnológico (I+D) proporcionan una base sólida para mejor comprender nuestra trayectoria pasada y para preparar y –si fuera necesariocorregir nuestra andadura en lo porvenir. No existen variables específicas relativas al nivel tecnológico de los países en los sistemas de contabilidad agregada hasta los años 1960, pero sí algunos elementos por el lado de los resultados de la acción creadora en el mismo. Los registros de patentes de los distintos países forman un indicador de gran interés en cuanto a la creación e introducción de nuevas tecnologías. Pero las comparaciones internacionales realizadas a partir de datos de países distintos sufren de una grave falta de homogeneidad, a causa de las muy importantes diferencias existentes en las respectivas legislaciones nacionales. Los datos españoles han sido objeto de investigaciones modélicas por parte de J. Patricio Sáiz González y José María Ortiz-Villajos. Una vía indirecta permite sortear estas dificultades: los registros solicitados en los Estados Unidos desde el extranjero forman una base de comparación perfectamente homogénea puesto que la ley norteamericana es, naturalmente, igual para todos los extranjeros. 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 El Cuadro 1 reúne en porcentajes, para algunos años seleccionados, las demandas presentadas desde diez países durante más de un siglo. Los datos del cuadro, dejando aparte a los Estados Unidos, reflejan fielmente los cambios extraordinarios que se han producido en las posiciones de los restantes países en lo que se refiere al desarrollo tecnológico mundial a lo largo del siglo XX. Cuadro 1 Patentes solicitadas en los USA por no residentes (en porcentajes) 1234567891011 1883 47,2 25,5 19,4 2,4 2,2 1,3 0,3 - 0,2 0,2 1,3 1891 48,2 29,2 12,1 2,9 1,4 2,4 0,9 0,6 0,3 0,1 1,3 1901 38,7 38,9 11,4 2,1 2,0 2,0 1,4 0,7 0,0 0,0 2,8 1911 31,9 42,9 11,3 3,5 1,2 3,0 2,0 0,6 0,6 0,4 2,6 1921 45,1 12,8 15,5 5,9 1,7 5,7 3,2 1,9 0,4 2,3 5,5 1931 23,6 43,2 23,2 5,4 1,7 4,0 2,6 2,2 0,7 1,4 2,0 1941 25,3 47,5 7,2 6,0 0,9 4,5 2,0 4,3 0,1 0,8 1,4 1951 43,6 2,0 17,3 11,0 2,3 8,3 2,1 9,2 0,7 0,1 3,4 1961 25,6 32,1 12,3 8,6 1,5 5,0 3,6 5,6 0,4 3,7 1,6 1971 17,8 28,4 11,4 6,6 1,6 4,3 3,7 3,6 0,4 20,7 1,5 1981 10,6 26,7 9,3 5,3 1,1 3,3 3,8 2,8 0,3 35,8 1,0 1989 7,7 20,7 7,8 3,4 0,9 2,1 3,2 2,6 0,3 50,1 1,2 (1) Gran Bretaña, (2) Alemania, (3) Francia, (4) Suiza, (5) Bélgica, (6) Suecia, (7) Italia, (8) Holanda, (9) España, (10) Japón, (11) otros. En efecto, mientras que en los últimos decenios del siglo XIX el liderazgo tecnológico mundial correspondía a Gran Bretaña, desde el comienzo del XX fue desplazada por Alemania, salvo en los años correspondientes a las dos guerras mundiales. Francia se mantuvo siempre en una muy destacada tercera posición. Tomando en cuenta las muy menores dimensiones económicas y demográficas, Suiza, Suecia y Holanda también consiguieron niveles sobresalientes. 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 A partir de la década de 1960, todos los países europeos han visto muy reducidos sus porcentajes. Alemania es el único que conserva una posición destacada, si bien con tendencia descendente. Al mismo tiempo, se ha producido una auténtica aparición en tromba del Japón, que en el último año documentado patentaba por sí sólo más que todos los demás países del mundo juntos. Los demás casos que tienen una dimensión suficiente para merecer la inclusión en el cuadro son Bélgica, Italia y España. Los dos primeros alcanzan una presencia limitada. Pero los datos españoles son todavía mucho más modestos. Los registros del cuadro muestran que el porcentaje de las patentes solicitadas en los Estados Unidos por residentes españoles nunca alcanzó el uno por ciento. El Gráfico 1 representa los porcentajes que corresponden a España entre el total de las patentes solicitadas en Estados Unidos por extranjeros en los años indicados. Estos datos demuestran, contra lo que se podría pensar a la vista de aquello que sabemos sobre la trayectoria del crecimiento económico español de la segunda mitad del siglo XX, que este porcentaje ha ido cayendo desde 1951 de forma sistemática. La época mejor de la tecnología española, a juzgar por tales indicadores, se habría encontrado entre 1911 y 1931 –o, quizá, 1951-. Contemplando el movimiento de largo plazo, se concluye que España no ha conseguido reducir la distancia con los países más desarrollados, por lo menos hasta el Gráfico 1 0 0,1 0,2 0,3 0,4 0,5 0,6 0,7 0,8 1883 1891 1901 1911 1921 1931 1941 1951 1961 1971 1981 1989 Patentes norteamericanas solicitadas desde España (porcentaje sobre el total de solicitudes extranjeras) 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 fin de la década pasada. Por el contrario, las ha aumentado continuamente. La representación gráfica de estos datos confirma la trayectoria declinante de la segunda mitad del siglo XX. Escasez de recursos del sistema español de innovación Al término del siglo XX, cuando ya se dispone de información puntual sobre el sistema español de innovación, la penuria de recursos económicos y humanos aparece como la característica más relevante. La ausencia de una estructura científica y tecnológica que se corresponda con el nivel de desarrollo económico conseguido tiene su causa directa en la debilidad de los recursos a disposición de las actividades de I+D. Los indicadores del input tecnológico más adecuados son los referidos al Gasto interior bruto en I+D. El Cuadro 2 permitirá una comparación bastante ilustrativa del esfuerzo de generación científica y tecnológica entre España y un grupo importante de países de nuestro entorno entre 1981 y 1997. La primera lectura del mismo, y las más obvia, consiste en el bajo nivel que distingue al país frente a todos los demás. En la más reciente de las fechas correspondientes a los datos que contiene el cuadro, España figura en penúltima posición de la lista de los dieciséis países, sólo por delante de Portugal. Se encuentra, además, por debajo de la mitad del promedio de la Unión Europea y más baja todavía en relación con el conjunto de la OCDE. Salvo con los casos de Italia y de Portugal, todavía, las diferencias entre el Gasto interior bruto en I+D como porcentaje del PIB de España y de los demás países son enormes. No obstante, hay algunos elementos esperanzadores. En efecto, desde 1981 hasta 1997 los recursos invertidos en I+D han crecido más, pese a su modestia, que en ningún otro país con excepción tan sólo de Islandia y Portugal. 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 Cuadro 2 Gasto interior bruto en I+D en porcentaje del PIB 1981 1997 1981 1997 Canadá1,2 1,6 Irlanda 0,7 1,4 USA 2,4 2,7 Italia 0,9 1,1 Japón 2,1 2,9 Noruega 1,2 1,7 Austria 1,1 1,5 Portugal 0,3 0,7 Dinamarca 1,1 2,0 España 0,4 0,9 Finlandia 1,2 2,8 Suecia 2,3 3,9 Francia 2,0 2,2 Gran Bretaña 2,4 1,9 Alemania 2,4 2,3 Unión Europea 1,7 1,8 Islandia 0,6 1,6 OCDE 2,0 2,2 Fuente: OCDE Los Gráficos 2 y 3 permiten prolongar en el tiempo esta indagación, mediante series históricas que cubren la larga etapa entre 1967 y 1998. Recogen las cifras correspondientes al Gasto interior bruto de I+D en España entre esos dos años, en pesetas constantes y en porcentaje del PIB, respectivamente. La primera constatación que salta a la vista consiste en que, únicamente entre 1985 y 1992 ha habido un esfuerzo realmente importante, en aportación de recursos monetarios, para corregir la atonía española en el ámbito de la I+D. Gráfico 2 0 100000 200000 300000 400000 500000 600000 1967 1969 1971 1973 1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995 1997 Gasto en I+D (en millones de pesetas constantes) 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 Posteriormente, este impulso desaparece para recuperarse un poco tan sólo en el año 1998. En porcentajes sobre el PIB –es decir, el esfuerzo de creación de tecnología en relación con el valor total del producto nacional-, los datos son aún más decepcionantes. Si se desciende a nivel del Gasto en I+D del sector empresas, los resultados son aún más débiles. En parte, esta pésima trayectoria de la I+D empresarial se explica, sin embargo, por la reciente reestructuración de las grandes empresas públicas tras su privatización casi generalizada. En cualquier caso, un análisis de los datos en los últimos años del siglo XX, tomado directamente de las publicaciones de la OCDE, presenta un balance desolador. El Cuadro 3 muestra los resultados. La magnitud que se trata de observar es la tasa de crecimiento medio anual del Gasto interior bruto en I+D del sector empresas, en dólares de 1990 y paridades de poder adquisitivo. Los datos expresados de la manera indicada colocan a España en una posición muy negativa, que sólo Italia y Alemania empeoran. En cambio, tanto Irlanda como Portugal registran importantes avances. Gráfico 3 0 0,1 0,2 0,3 0,4 0,5 0,6 0,7 0,8 0,9 1 1967 1969 1971 1973 1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995 1997 Gasto en I+D (en porcentaje del PIB) 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 “¿Qué inventen ellos?”. Las causas del atraso El desestimiento de las tareas de creación tecnológica, simbolizada en la pregunta emblemática “¿qué inventen ellos?” con que Santiago López y Jesús María Valdaliso reflexionaron acerca de esta problemática, constituye una de las grandes interrogaciones de la historia económica española. Las posibles explicaciones del atraso tecnológico son múltiples. Evidentemente, la propia modestia del capital humano, la permanente inexistencia de un sistema de formación profesional moderno, el mismo atraso de la enseñanza superior en España y la penuria de recursos con que actúan las instituciones universitarias han debido tener una importante contribución a la mediocridad tecnológica del país. Algunos indicios sugieren que el tradicional abandono de la educación a todos los niveles por las clases dirigentes españolas puede relacionarse con otras realidades más específicamente económicas. En la misma dirección apunta el hecho, bien establecido, de que el nivel científico del país, medido por la producción de artículos para las publicaciones académicas, es francamente más elevado que el nivel tecnológico. Santiago López ha apuntado, de manera sagaz, que el sistema pudo progresar sin innovar. Cabe pensar, por ello, que el problema estuvo agravado porque se pudo esquivar sin encontrarle soluciones auténticas. Las causas de la debilidad tecnológica pueden encontrarse, en una gran parte, en el seno de las mismas empresas y en su forma tradicional de operar. Las empresas españolas han actuado durante décadas con una orientación exclusivamente dirigida a un mercado interior poco exigente, bajo la insuperable protección de elevadas barreras arancelarias y de subvenciones, y aprovechando unos costes laborales francamente inferiores a los de la mayoría de los países de su entorno. Además, los saldos activos de la balanza de pagos, producidos básicamente por el turismo, permitían recurrir con comodidad al exterior para adquirir la tecnología necesaria. El esfuerzo innovador nunca llegó a ser una prioridad social y política porque el sistema no lo necesitaba. La evidencia disponible sugiere que la causa mayor de la atonía tecnológica reside en el hecho de que las empresas y el sistema económico han podido crecer sin necesidad de incurrir en los riesgos que implica siempre la acción de I+D. 6 /2001-UEH/UAB-15.06.2001 El tradicional proteccionismo que constituía el entorno básico de toda la actividad productiva tenía dos consecuencias negativas para el sistema de ciencia y tecnología. Por un lado, permitía a las empresas el mantenimiento de costes y precios superiores a los del mercado mundial sin soportar la competencia exterior y, por lo mismo, sin la exigencia de la innovación. Por otro lado, alimentaba una estructura industrial dominada por pequeñas empresas, sin dimensión ni posibilidades reales de operar de forma competitiva a nivel internacional, lo que, a su vez, convertía al proteccionismo en una necesidad. Al mismo tiempo, esta debilidad intrínseca de la empresa española facilitaba la penetración de capital y tecnología exterior. La situación se ha ido corrigiendo lentamente en los últimos años. Pero la velocidad a que se realiza el cambio es insuficiente. Es seguro que sólo una apuesta decidida por la innovación y la aplicación de recursos públicos muy superiores en la formación de capital humano –tanto al nivel de la enseñanza superior como en el ámbito de la formación profesional-, así como un renovado protagonismo social de las empresas y de los empresarios, pueden conseguir mejoras apreciables.