El Líder como factor de decisión y explicación de voto
Abstract
Justel, Manuel
Full text
El líder como factor de decisión y explicación de voto Manuel JUSTEL Universidad Complutense de Madrid Working Paper n.51 Barcelona 1992
"La democracia ha recurrido de buena: gana en la practica al mismo liderazgo que habla rechazado en la teoría" (SCHLESINGER 1988) Las teorías clásicas de la democracia, en la medida en que surgen como protesta contra el absolutismo o contra el derecho divino de los reyes, siempre han hecho mayor hincapié en el autogobierno y en el principio de soberanía popular que en el liderazgo. Cabe decir que tanto por motivos políticos como por motivos doctrinales, morales, y hasta emocionales los filósofos y teóricos de la democracia se han opuesto a una teoría del liderazgo. En este aspecto, ha prevalecido el criterio de LOCKE y se ha minimizado en términos teóricos la necesidad del liderazgo político (SCHLESINGER 1988). Sin embargo, a medida que se han abierto paso las llamadas teorías empíricas, más atentas a describir o explicar las democracias liberales realmente existentes que a polemizar en términos prescriptivos sobre el nunca bien definido “ideal democrático”, el liderazgo como tal, así como el papel que desempeña tanto en el ejercicio del poder como en los procesos electorales y propagandísticos para alcanzarlo, ha ido tomando nuevo relieve en la investigación (SCHUMPETER 1976). Desde el punto de vista analítico, la tradición metodológica basada en datos agregados se ha visto inclinada a tomar en consideración, a la hora de explicar los outputs electorales, aquellos factores como la religión, la raza o la clase social que podían discriminar entre los conglomerados o áreas geográficas que constituían sus unidades de análisis. En los estudios electorales a partir de encuestas se ha prestado cada vez mayor atención al factor líder, pero no pocas veces en desventaja respecto a otros factores actitudinales o issues de coyuntura. Y sin embargo, de algún modo las elecciones toman forma o están moldeadas por la relación entre líderes y “liderados” (“are shaped by both leaders and led”), como dice STOKES, y deben ser analizadas desde la perspectiva de ambos (1981, p. 268). Por otra parte, quienes interpretan globalmente los fenómenos políticos nunca han dejado de apuntar hacía la llamada "personalización del poder", también en el seno de las democracias liberales. De manera especial en los regímenes democráticos más presidencialistas, pero también en las democracias parlamentarias. Nuestra propia historia política, a partir de principios del siglo XIX, sigue sembrada de llamativos ejemplos de personalización del poder, a nivel nacional y local. La tradición caciquil, así como aquellas formas paralegales que las sucesivas legislaciones electorales iban alimentando o encubriendo así lo testifican-(De ESTEBAN y LOPEZ GUERRA 1982; TUSELL 1991). Partimos, por tanto, de un primer supuesto de alta dosis de personalización del poder en la cultura política española. Así lo han resaltado permanentemente los
investigadores y comentaristas políticos. A este respecto, me gusta recordar una anécdota que considero expresiva. Con ocasión de una de mis primeras investigaciones empíricas, allá por el año 1975-76 una anciana de El Atazar, pequeña aldea de la sierra norte de Madrid, al ser requerida por la entrevistadora para responder a un breve cuestionario, dijo: "No hija, no. Yo no entiendo de política. Lo que hace falta es que el Franco de ahora sea tan bueno como el de antes" Por si no bastaban las experiencias históricas anteriores, 40 años de régimen autoritario bajo la dictadura de Franco, sin duda dejaron huella en la cultura política de los españoles. Pero no parece que la personalización del poder sea un fenómeno exclusivo de España o del área mediterránea. (MABILEAU 1986). Además, nos encontramos en los últimos tiempos con un nuevo fenómeno que va situando cada vez más, según muchos observadores, al líder o candidato en lugar prominente a la hora de atraer apoyos políticos y respaldo electoral. Siendo cada vez más los medios de comunicación de masas el canal privilegiado que centraliza la acción comunicativa de los partidos políticos en campaña electoral, la imagen de los líderes y candidatos se ha convertido en foco principal de proyección. Tanto mas cuando se trata de campañas presidenciales. (R. CAYROL, 1985, p. 392; PERRY 1986). El éxito electoral de los partidos parece depender de manera creciente de la imagen pública de sus líderes o candidatos. Este hecho resulta potenciado por una serie de factores y tendencias que han evolucionado sensiblemente en las últimas décadas: han perdido efectividad factores estructurales como la clase social, la raza o la religión; se han debilitado de manera creciente las tramas y recursos organizativos de base de los partidos políticos y consecuentemente la capacidad de movilización y de contactos cara a cara; y finalmente, el desarrollo de los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión, han dado prominencia a las actividades directas de los líderes en ruedas de prensa, debates y discursos que alcanzan al público en general o a amplias capas de la población de forma simultánea y fácil (GRAETZ and McALLISTER 1987). Sobre la relación entre el liderazgo político y los mass media siguen existiendo aún más hipótesis e interrogantes que respuestas. Sin embargo, nadie duda del papel primordial que desempeñan los medios de comunicación, y especialmente la televisión, en los procesos electorales. Pero la mediación de la televisión y de otros medios de comunicación -aquí si vale la redundanciaresulta preponderante no sólo en campaña electoral. La agenda diaria de los mass media suele reservar un puesto destacado, a favor o en contra en términos consecuenciales -no siempre fácil de constatar o anticipara los líderes políticos. Por ello mismo, los líderes pueden reforzar día a día su papel referencial en lo político en función de su capacidad de hacerse ver
es decir, de llamar la atención, en primer lugar, de los profesionales de la comunicación con uno u otro acto, texto o pretexto y de hacerlo de tal modo que sirva a los intereses de imagen pública personal y de la del partido al que representan. Como dice SEYMOUR-URE, todo comportamiento político está condicionado hasta cierto punto por los medios de comunicación a través de los cuales se transmite y de modo especial el comportamiento político de los líderes ante el público del que dependen. Y el político no puede olvidar que, desde el punto de vista de los mass media, el liderazgo político consiste en personas haciendo o diciendo algo (1987, p. 3 y 6). Pero no es este el momento de profundizar en el proceso de formación de líderes ni tampoco de los escenarios de comunicación (NIMMO 1974). Lo que aquí pretendemos, de manera, circunscrita en tiempo y espacio, es explorar la influencia del líder en la decisión del voto y en el resultado electoral del partido al que representa. Más concretamente, con apoyo empírico del Banco de Datos del CIS, hacemos, en primer lugar, un análisis exploratorio del peso relativo atribuido al líder entre los factores o motivos de decisión de voto en las elecciones generales de 1986 y 1989, a partir de la declaración expresa de los votantes de cada partido en sendas encuestas poselectorales; y en segundo lugar, en esas mismas fechas y encuestas, mediante una serie de análisis de correlación y regresión múltiple, exploramos en qué medida la valoración política del líder contribuye a explicar el resultado electoral de cada partido en combinación con otras variables o factores. La decisión de voto resulta influida o puede serlo por un gran número dé factores. Algunos de ellos, como la pertenencia a grupos religiosos o de clase, suelen considerarse como factores estructurales con efectos de largo alcance. Otros factores parecen tener consecuencias de alcance más coyuntural. Entre ellos se citan a menudo las actividades de partido, los temas relevantes en cada ocasión y la popularidad de los líderes y candidatos. Como ponen de relieve KLINGEMANN y TAYLOR (1978), la mayor parte de la investigación empírica sobre comportamiento electoral se ha referido a factores estructurales y sólo en segundo lugar a los factores coyunturales antes mencionados. A ese predominio de la investigación cabe atribuir el escaso éxito que ha tenido en la explicación de las oscilaciones bruscas a favor o en contra del apoyo a los partidos políticos. Las investigaciones realizadas a partir de los años cincuenta han venido a descubrir que esas oscilaciones se explican mejor por factores coyunturales como la valoración política de los candidatos o la identificación o aprecio por el partidoque por factores estructurales como la clase social. Es obligado recordar aquí los trabajos del equipo de Michigan. De manera especial, la investigación de Warren E. MILLER y Teresa E. LEVITIN, Leadership and Change: Presidencial .Electiones from 1952 to 1976 publicado en 1976. Esta y las investigaciones ya citadas de GRAETZ y McALLISTER en Gran Bretaña y de KLINGEMANN y TAYLOR en Alemania son, a mi entender, de las que mejor han afrontado el estudio del impacto del líder en la decisión de voto.
Sobre el caso español, cabe destacar la meritoria labor de algunos autores que vienen prestando destacada atención a la evolución de nuestro sistema de partidos, y a las pautas de comportamiento político y de decisión de voto. Por lo que se refiere al tema que nos ocupa, tanto SANI como GUNTHER (1986) y de manera especial el último (1991), han insistido en el papel destacado de los principales líderes políticos nacionales como factores de movilización política y de voto. Recojo a continuación una síntesis de los hallazgos de éstas y otras investigaciones que puede servir de marco de referencia a la hora de interpretar los datos españoles que voy a manejar aquí. a) El líder (popularidad/valoración política) como factor de decisión de voto - "El liderazgo de partido es importante en el proceso electoral, pero es sólo uno de los factores que influyen en el resultado electoral... sus efectos están más sujetos a grandes oscilaciones en el tiempo que los derivados de la identificación de partido o de otros factores estructurales" (GRAETZ y McALLISTER 1987, p. 502). - "El efecto neto aportado por los líderes es suficiente para alterar el saldo de votos en un pequeño porcentaje, pero no es generalmente suficiente para cambiar el resultado final de la elección" (Ibidem). - "En comparación con el poder explicativo de la lealtad al partido (party loyalty), el significado de la orientación a un candidato (candidate orientation) no es grande" (NATCHEZ 1985, p. 182) - "Una vez controlada la influencia de la identificación con el partido, se constata que la valoración del líder o candidato y los temas (issues) aportan una contribución significativa y propia a la explicación del comportamiento de voto" (KLINGEMANN y TAYLOR, 1978, p. 126). - "Cuando la competición electoral abierta deviene turbulenta, el rol de los líderes de partido presenta gran importancia y riesgo" (ROSE and McALLISTER, 1986, p. 161). - "En 1983 la valoración de los líderes de partidos explicaba en su conjunto un 6% de la varianza de voto entre Conservadores y Laboristas ingleses, porcentaje digno de consideración, aunque no grande, en comparación con la publicidad dada a los líderes por los mass media" (Ibidem, P. 131). - "La habilidad de los líderes de los partidos para liderar la opinión pública acerca de los temas (issues) se sobrestima habitualmente -especialmente por parte de los líderes de los partidos" (Ibidem, p. 147).
- "Nuestra predicción consiste en que cuando en una elección hay eventos y temas que conciernen al electorado y los candidatos discrepan consistentemente sobre las políticas requeridas, en esa elección el voto por temas (issue voting) será relativamente más importante, en la determinación del resultado electoral" (MILLER and LEVITIN, 1976, p. 200, nota. 5). b) Actitudes políticas y comportamiento de voto Ingleses y americanos parecen estar de acuerdo en que la competición electoral es cada vez más abierta y el comportamiento de voto más inestable e impredecible: - "Cómo vota una persona es una indicación pobre actualmente para saber cómo piensa acerca de la mayor parte de los temas" (ROSE and McALLISTER, 1986 p.147) - "Incluso cuando muchos votantes parecen compartir un punto de vista, puede resultar azaroso predecir su voto en función del conocimiento de sus preferencias políticas" (MILLER and LEVITIN, 1976, p. 47). c) Los líderes políticos españoles y la decisión de voto - "La conclusión general que se deriva de la comparación del análisis multivariable del comportamiento de voto en España en 1979 y 1982 en que nuestro énfasis original en variables de liderazgo, y nuestros hallazgos concernientes al relativamente débil anclaje social de la participación, eran igualmente válidos en los primeros años ochenta que en los años setenta" (GUNTHER 1991, p.50). - "En la España actual, la debilidad relativa de las organizaciones partidistas, de las asociaciones secundarias y la prensa cualificada (“quality” press) como fuentes de información política significan que el tipo de imágenes superficiales y personalizadas de los políticos, que pueden ser difundidas mejor a través de la televisión y de las revistas populares, han surgido, por defecto, como influencias importantes sobre la opción electoral" (Ibidem, p.65). Con estas afirmaciones en mente, vamos a entrar en los datos españoles. Como antes se dijo, se trata de datos individuales obtenidos por encuesta con sendas muestras nacionales de población adulta a los pocos días de celebrarse las elecciones generales de 1986 y 1989. En primer lugar, presentaremos la información directa de los votantes sobre la razón principal de su voto. Entre tales razones aparece el líder. 1. MOTIVACIONES DEL VOTO: EL LÍDER COMO PRIMERA RAZÓN DE VOTO
Tanto en 1986 como en 1989 se plantearon preguntas casi idénticas a los votantes de los respectivos partidos mayoritarios. Literalmente se les preguntaba “Cuál de estas posibles razones le ha llevado a Vd. a votar a... en estas últimas elecciones?”. En 1986 la pregunta se formuló en plural (“Cuáles...”) pidiendo al votante que especificara primera y segunda razón. En todos los casos, entre las razones sugeridas, estaba el líder, el partido y la ideología, además de otras de carácter táctico (conseguir o evitar la mayoría absoluta), premiar el buen hacer del partido en el Gobierno o castigarlo por decepción o incumplimiento de promesas, asegurar estabilidad democrática, etc. Para quien, celoso de la metodología estrictamente sociológica, que ha de explicar lo social por lo social, considere excesivamente ingenuo este modo de proceder, me permito recordar un comentario de Allport: "Si queremos saber qué siente la gente, cuáles son sus expectativas y qué recuerdan, como son sus emociones y motivos y la razón para actuar de la manera que lo hacen ¿por qué no preguntarles a ellos?". Así se hace, de hecho, dentro y fuera de nuestras fronteras -sin renunciar por ello al análisis agregadoy esto es lo que ha hecho el CIS en 1986 y 1989 con el resultado que recogen los Cuadros 1 y 2. En 1982 aplicó un cuestionario parecido el equipo DATA, S.A. (LINZ y MONTERO 1986). En 1986 prácticamente todos los electores de uno u otro partido señalan alguna de las razones de voto propuestas en cuestionario. No así en 1989 en que dos o tres de cada diez no se adscriben a razón explícita alguna. Sólo en parte se explica técnicamente la diferencia por el hecho de que la pregunta de 1989 era más cerrada (no daba opción a “otras” razones) pues en 1986 la suma del NS/NC más “otras” razones sigue siendo inferior al NS/NC de 1989, en tres de los electorados. Otra explicación técnica pudiera ser que la selección de opciones coyunturales (issues), que se mantuvo prácticamente inalterada respecto a 1986, se adapta menos a la realidad de 1989. Cuadro1 Cuadro2 Desde el punto de vista analítico es de agradecer que los tres factores. principales incluidos en la mayoría de los modelos de explicación de voto se hayan mantenido intactos en ambas fechas, posibilitando así el análisis comparativo. Nos referimos al líder, al partido y a la ideología (Gráficos 1 y 2). Grafico1 Grafico2
Así las cosas, hay una primera constatación interesante que contradice la tendencia señalada por los estudiosos, a saber, que el predominio creciente de los medios masivos de comunicación provoca un incremento del influjo del líder/candidato (o de su imagen) en la decisión de voto, por cuanto las campañas electorales se focalizan en el líder "cada vez más". Comparando los datos de 1986 y 1989, resulta contradicha esa tendencia para tres de los electorados (PSOE, PP y CDS).En términos absolutos y relativos el voto "por el líder" lo señalan proporciones la mitad menores en 1989 que en 1986 (Gráfico 3). Grafico3 Ante la hipótesis de que la contienda electoral de 1989 estuviese más centrada en issues con relevancia coyuntural, cabe contrastar, para los diferentes electorados, la proporción de electores que en una y otra fecha explican su voto por alguno de esos tres factores habituales (Identificación de partido, ideología y líder). Hecho este cálculo (véase Cuadro 3) resulta lo siguiente: Cuadro3 - En todos los electorados, la suma de los tres factores habituales es inferior en 1989. - En todos los electorados, la suma de “issues” resulta inferior en 1989, con la excepción del PSOE, a cuyos votantes se les propusieron idénticas "razones" que en 1986, excepto una (“porque es moderado”) que no se incluyó y que seria suficiente para explicar el ligero incremento del 4% al 8% del NS/NC, entre los votantes de este partido. Esta variación de resultados, una vez señalados los cambios en la literalidad de los indicadores, parecen apuntar a que en la formulación de las preguntas hubo mayores aciertos en 1986 que en 1989, con excepción de la planteada al electorado del PSOE. Curiosamente, se ofreció la posibilidad de "otras razones" en 1986, sin que fuese utilizada por casi nadie y con una proporción despreciable de "indecisos" (NS/NC), mientras que no se ofreció esa opción abierta en 1989, cuando, a juzgar por el incremento del NS/NC, pudiera haberse enriquecido con ello la información, detectando "issues" nuevos, no relevantes en 1986. No es segura, en todo caso, la interpretación que aquí se sugiere, es decir, que la elección de 1989 operó más en base a otros “issues” coyunturales además de los contemplados. Yo me inclino, no obstante, por esta interpretación. De hecho, tampoco cabe aducir una razón técnica poco consoladora para
explicar el incremento notable en 1989 de respuestas "mudas" (NS/NC): que este incremento suele correlacionar positivamente con el tamaño de la muestra, como se ha verificado reiteradamente. Pero en este caso la muestra de 1989 es mucho menor que la de 1986 (3084 vs 8286 entrevistas). Hechas las precisiones anteriores, vamos a centrar el análisis en el factor líder. Al respecto cabe resaltar lo siguiente: a) El factor líder parece haber contado más en 1986 que en 1989 para tres de los cuatro electorados (Cuadro 4). No varió en términos absolutos en el caso de IU. Cuadro4 Cabe señalar colateralmente que entre 1986 y 1989 se produjo una baja generalizada en la valoración política de los líderes, según las encuestas que estamos manejando (Cuadro 5). Sólo el nuevo líder de IU en 1989 obtiene una valoración media notablemente superior a la de su antecesor en 1986 (5.1 vs 3.0). González, Fraga y más marcadamente Suárez obtenían en 1989 puntuaciones medias más bajas. Esta caída de valoración política algo tendrá que ver con su menor influjo en la decisión de voto, tal como resulta de la declaración de los votantes mismos. Cuadro5 b) Tanto en 1986 como en 1989, el factor líder resulta especialmente influyente entre los electores de CDS; no tanto en los del PSOE y PP; y marginalmente en los de IU. Señalan el líder respectivo como primera razón de voto al partido o coalición en 1986 uno de cada tres electores del CDS, uno de cada cuatro electores del PSOE y PP y ni siquiera uno de cada diez entre los votantes de IU. En 1989 la proporción se reduce a casi la mitad en PSOE, PP y CDS y permanece en el 7% entre los votantes de IU. c) Idéntico rango de influencia se constata si se contabilizan la primera y la segunda razón aducida de voto en 1986 (Cuadro 6). En este caso la mención del líder alcanza a la, mitad de los votantes del CDS; a un tercio de los del, PP y PSOE; y al 12% de los. de IU. Cuadro6 d) Del conjunto de la información que expresamente ofrecen los electores se concluye, por una parte, que el líder y candidato es un factor relevante de decisión de voto para muchos electores, especialmente cuando se trata de líderes consolidados (González, Fraga y Suárez), y, por otra, que, contrariamente a lo que se afirma tendencialmente, entre 1986 y 1989 en España la influencia relativa del líder como primer factor de decisión de voto ha disminuido (1).
de IU. Hay que recordar, sin embargo, que en esa fecha Anguita obtenía una valoración media superior al 5 en el conjunto de la población adulta española. De hecho, antes que Anguita entra el factor ideológico y probablemente es ese mismo factor el que modula o estructura a todos los que le preceden (identificación negativa con PSOE, CDS y PP) y baja valoración de Guerra por parte de los votantes de IU (9). Con estos comentarios acerca de la influencia relativa del líder cuando compite con una amplia serie de factores políticos y no políticos, se obtiene una impresión general. El factor líder precede en relevancia explicativa a todas las variables sociodemográficas. En esto se alinea -no podía ser menoscon el resto de las variables políticas. Respecto de éstas, dependiendo de que se trate de electorados más o menos ideologizados (más en los polos del espectro político y menos en las zonas templadas) el líder ocupa una posición diferente: más directamente influyente en el PSOE y CDS y menos tanto en la franja conservadora como en la izquierda más radical (PP y IU) (10). En la medida en que el objetivo de esta exploración no implica la determinación de la mejor ecuación predictiva del voto, sino que se limita a detectar por aproximaciones sucesivas como opera cada uno de los factores en la determinación o explicación del output electoral y de manera prioritaria el factor líder, tiene interés analítico a partir de ahora que atendamos a las transformaciones que se producen cuando prescindimos de algunas de las variables. También se podía haber seguido un itinerario inverso, a saber, comenzar incluyendo factores no políticos y una vez analizado su comportamiento estadístico, ir enriqueciendo el modelo con variables más estrechamente relacionadas con el voto. Pero el resultado puede ser el mismo. El paso siguiente por el que hemos optado consiste en sacar de la regresión sobre el voto de cada partido las variables que tienen como referencia otros partidos. Es decir, ahora, además de las variables más neutras políticamente y aquellas otras que se refieren a características personales de los sujetos o de su contexto social y cultural, incluimos únicamente para cada partido la valoración política de su líder, no de lo demás, y la cercanía o lejanía a ese partido, no a los demás. Lo primero que se aprecia es que la fuerza explicativa del nuevo modelo estadístico no ha variado gran cosa. Ello nos exime de presentar pormenorizadamente los resultados. Únicamente merece destacar la pérdida de poder explicativo en cuanto al CDS. Era previsible en la medida en que ya habíamos avanzado la hipótesis interpretativa de que el voto por este partido, tanto en 1986 como en 1989, parecía explicarse en gran parte por distanciamiento o rechazo de otras opciones y menos que en otros casos por identificación expresa con lo que CDS pueda ser o representar. De hecho, ningún entramado estructural autónomo, ni en lo político-ideológico ni en lo socioestructural, parece dar consistencia propia a este electorado; (11). Por lo demás, que la proporción de varianza explicada siga siendo
prácticamente la misma, como sucede de hecho, una vez descartados los factores antes mencionados, tiene clara explicación: que, tratándose de factores de naturaleza política y de idéntica definición que los que siguen ocupando los primeros puestos del ranking explicativo, están muy relacionados entre sí, como se pudo comprobar en la matriz de correlaciones simples. De ahí que no reparemos en más detalles. Únicamente señalar cómo se van abriendo paso ya hacia puestos de segundo orden algunas variables sociodemográficas como la edad o el nivel de estudios. Pero sobre este tipo de factores nos detendremos mas en el paso siguiente. Respecto de los líderes, que es nuestro principal objeto de interés, nada relevante ha cambiado por el momento. 4. MODELOS SIMPLIFICADOS DE EXPLICACIÓN DE VOTO: RELEVANCIA SECUNDARIA DE LOS FACTORES SOCIOLÓGICOS El itinerario analítico seguido hasta ahora aconseja ya la confección de modelos simplificados, una vez detectada la relación predominante entre unos y otros factores y la aportación marginal significativa de cada uno respecto de los anteriores. Pero el criterio último de selección no es otro que el carácter sustantivo y apto para la especificación teórica. A este respecto, damos entrada únicamente a aquellas variables políticas y sociodemográficas que tradicionalmente han utilizado los investigadores del comportamiento político y electoral, a los que nos hemos venido refiriendo desde el principio. Entre los factores políticos seleccionamos la identificación de partido, la valoración del líder, la ideología y los issues políticos disponibles (en rigor únicamente el posicionamiento táctico respecto al voto de mayoría). Y entre los factores llamados sociológicos se incluyen la clase social, el nivel de estudios, la religión, el sexo, la edad y el hábitat, en la medida en que tales factores pueden aportar -al menos así cabría suponerloel influjo sobre el voto de la posición de los votantes sobre la dimensión religiosa, la dimensión de status o clase social y el grado de integración social, socioeconómica y cultural. Como estaba previsto, la preponderancia de los factores políticos expulsa del modelo a todos o casi todos los factores sociológicos. A ello apuntaba, sin la menor duda, la exploración realizada en pasos anteriores. Y así sucede en realidad (12). Únicamente el nivel de estudios alcanza a entrar, aunque en último lugar, en la ecuación de regresión sobre el voto de PSOE, PP e IU en 1989 (Cuadro 17). Y excepcionalmente el factor religión, con signo negativo, en el Modelo de explicación de voto de IU, situándose en segundo lugar, inmediatamente después de la identificación de partido y antes que el líder y la ideología. En 1986 el modelo alcanza a explicar una proporción algo superior de la varianza en casi todos los casos y son más las variables que entran en las respectivas
ecuaciones en regresión (Cuadro 16). La aportación de varianza explicada por los factores no políticos sigue siendo, no obstante, muy pequeña. El líder se anticipa siempre a las variables no políticas disputando el segundo puesto bien a la ideología bien al voto táctico a voto a favor o en contra de un gobierno de mayoría. Cuadro16 Cuadro17 También se anticipa sistemáticamente al factor religioso, que ha venido siendo considerado uno de los cleavages, junto a la clase social y la dimensión regionalista/nacionalista, que mejor discriminan los outputs políticos y electorales en la democracia española (LINZ 1986; MCDONOUGH y LOPEZ PINA 1984; SANI y SHABAD 1986); Estos factores han ido perdiendo fuerza discriminante a medida que se ha ido asentando la democracia, el sistema autonómico y el sistema de partidos, tanto a nivel nacional como regional. Nosotros no hemos dispuesto de un indicador adecuado para analizar la dimensión regional en este trabajo exploratorio. Desde las elecciones generales de 1982 no se percibe ya el problema regional como "incandescente", como lo fue en años anteriores (SHABAD 1986). Tampoco la dimensión religiosa mantiene intacto su influjo, aunque persista. Respecto de los modelos tradicionales de explicación de voto, el hecho más llamativo parece ser el que el factor de clase ni siquiera alcance a entrar de forma mínimamente significativa en la explicación del voto a los partidos políticos. Durante mucho tiempo, tanto desde la teoría como desde la especificación empírica se atribuyó al factor clase social una fuerza explicativa notable, sobre todo en Los Estados Unidos y en Gran Bretaña. Es verdad que, en los últimos tiempos, varios autores han detectado y señalado la perdida creciente de influencia y poder explicativo de la clase social sobre el comportamiento político en las sociedades democráticas y especialmente en el Reino Unido (CREWE et ALTRI 1977; ROSE and McALLISTER 1977 y 1986; FRANKLIN 1985; ALT 1984; KELLY et ALTRI 1985; EVANS, HEATH and PAYNE 1991). También en España se ha observado ya esa misma dinámica desde hace varios años (MCDONOUGH y LOPEZ PINA 1984; GUNTHER 1991). La inclusión de otra variable de status tan importante como el nivel de estudios (que suele correlacionar mucho con el nivel de ingresos y con la ocupación, puede dar razón, en buena medida, del desplazamiento de la clase social a la hora de explicar el comportamiento de voto. Así lo señalan otros autores de análisis semejantes al realizado aquí (KIM, PETROCIK and ENOKSON 1975). Como indicador de clase social utilizamos la ocupación o profesión, agrupándolas en tres categorías Jerarquizadas que definimos como clases (Alta, Media y Baja). Siendo cierto que la aceptación del indicador está muy extendida,
secundando a REISSMAN cuando dice que "la profesión ha llegado a ser el índice de clase más frecuentemente utilizado, sea como índice único, sea combinado con otros índices" (1963), también lo es que la agrupación de profesiones es compleja y se presta a gran discusión (CACHON 1989). No descartamos, pues, que nuestro modo de proceder resulte poco adecuado a la realidad, repercutiendo en la escasa significación estadística. Pero tampoco podemos descartar la hipótesis de un creciente interclasismo de las clientelas políticas en nuestra sociedad de hoy. En todo caso, lo que sí parece evidente, a partir de los datos de encuesta aquí utilizados, es que la dimensión ideológica, de identificación con el partido y de liderazgo político son las verdaderamente relevantes a la hora de dar cuenta del output electoral y no la dimensión de clase social. Y que por sí sola, la variable nivel de estudios tiene más poder explicativo que el factor "clase social" definido a partir de la escala ocupacional. Comentarios y conclusiones finales Del análisis exploratorio practicado sobre datos españoles obtenidos por encuesta en torno a las dos últimas elecciones generales de 1986 y 1989 se obtienen resultados en gran medida coincidentes con los aportados en las últimas décadas por otros autores, especialmente en lo relativo al influjo del líder como factor de decisión y explicación del voto a los partidos que representan. En primer lugar, se confirma el mayor poder explicativo de las actitudes hacia el partido (proximidad, pertenencia, lealtad o identificación), definidas en nuestro análisis por el indicador de "cercanía-lejanía". Este factor se revela actualmente con mucha mayor fuerza explicativa -al menos estadísticamente hablandoque factores estructurales clásicos como la religión o la clase social. Otro dato no , desdeñable es el que se refiere a la escasa fuerza explicativa del voto por parte de los factores o variables no políticas o menos políticas, como la clase social o la religión. Véase a título de ejemplo el resultado obtenido en una regresión sobre el voto de esas y otras variables sociodemográficas como el sexo, la edad, el nivel de estudios y el tamaño de hábitat de residencia en 1986 (Cuadro 18). La varianza explicada oscila entre el 1% para el voto de CDS y el 7% para el del PP. Una cosa es afirmar que estas variables influyen poco en la decisión o explicación del voto y otra comprobar que su poder explicativo es insignificante desde el punto de vista puramente estadístico (13). No parece razonable atribuir únicamente a problemas de medición o definición operativa de los factores su mínima significación. Más bien creemos que de manera sustantiva hay que pensar que en sociedades cada vez más abiertas, como empieza a serlo la nuestra, los vínculos primordiales están perdiendo fuerza. Richard GUNTHER concluye acertadamente que el nuevo sistema de partidos español se ha creado en el seno de una sociedad relativamente abierta y no muy modernizada, con un sistema de comunicaciones plenamente desarrollado y que es en ese contexto en el que se debe ver analizado el comportamiento político. Ello explicaría
la pérdida de influencia de vínculos primordiales heredados del pasado (1991). Cuadro18 Se confirma también que el factor partido prevalece sobre el liderazgo a la hora de explicar el voto, si bien este último, en unos casos, y la ideología del sujeto, en otros, preceden siempre al factor de clase y casi siempre a la religión. Por lo que se refiere a los influjos netos del factor líder en la decisión de voto, los análisis de regresión múltiple permiten un cálculo de aproximación: - La valoración política de González (si se deja fuera del modelo al segundo líder del PSOE) incrementa el porcentaje de varianza explicada por la identificación con el partido en torno al 5% tanto en 1986 como en 1989 (cuadros 10 y 11). - Tanto Fraga como Aznar acumulan un porcentaje de varianza explicada muy pequeño a otros factores previos como la identificación de partido y la ideología (en torno al 2%). - En 1986 la valoración de Suárez no añade mucho a la explicación de voto que aporta la identificación con el CDS o la distancia con el PP o el PSOE, que le preceden. Sin embargo, en 1989, es el primer factor explicativo (13% de la varianza) dentro de un modelo pobre, por comparación con los demás (Cuadro 11). - La valoración de G. Iglesias aporta un 3% de varianza explicada a la de otros factores más influyentes (identificación de partido e ideología, por este orden). Y en 1989, la valoración de Anguita aporta aún menos a la varianza explicada por esos mismos. factores. En ambos casos explica mucho más el factor cercanía-lejanía del PSOE que el propio líder de la coalición. Los resultados obtenidos apuntan también a que el factor ideológico tiene tanto mayor poder explicativo cuanto más nítido resulta el antagonismo o la polarización entre algunos de los partidos contendientes (PP e IU en España). En estos casos, la ideología juega un papel preponderante sobre el factor líder, aunque siempre menor que la actitud hacia el partido, al menos en términos de proximidad afectivo-cognitiva. El contraste entre 1986 y 1989 por lo que se refiere al influjo específico de issues coyunturales nos hace pensar que también en nuestro medio tales issues tienden a predominar sobre otros factores políticos clásicos y más estructurales como la identificación de partido y con mayor claridad sobre la dimensión ideológica y el liderazgo político. Pero esto es sólo una apreciación hipotética, que requiere contrastación empírica. El análisis multivariado que hemos realizado no puede responder a esa suposición por cuanto la información disponible sobre issues
coyunturales era muy escasa. De cara al próximo futuro sería aconsejable una mayor atención a los issues de coyuntura y a la definición precisa de sus componentes. Ello permitiría, por un lado, atender a las relaciones mutuas entre dichos componentes, como reclama Alain GARRIGOU (1985), y, por otro, comprobar no sólo si se da un mayor o creciente predominio explicativo del voto por los issues de coyuntura, sino también la hipótesis avanzada por ROSE and McALLISTER,(1976, p.200) respecto a que ese predominio depende de que frente a tales issues se posicionen y polemicen públicamente los líderes o candidatos: Si esto fuera así, no parece que issues concretos puedan competir en términos estadísticos a la hora de explicar la varianza de voto "con factores de síndrome." como son la identificación de partido y la propia valoración política general de los líderes. Una vez más habría que referirse al hecho de que la televisión tienda a personalizar en gran medida las noticias políticas sin mostrar al espectador suficiente información acerca de los temas políticos predominantes y controvertidos ni acerca de la gestión política y de sus consecuencias (GUNTHER 1991, p. 64). Por lo que se refiere concretamente a los últimos procesos electorales en España, en el sentido antes resaltado de que entre 1986 y 1989 (y en algún caso desde 1982) ha disminuido el llamado “leader voting”, la contrastación de las hipótesis señaladas en el párrafo anterior ayudarían a confirmar o relativizar el alcance real de este dato provisional sobre el influjo decreciente de los líderes. Téngase en cuenta que ningún indicio apunta a que ello pueda deberse a un menor uso de los mass media por los líderes de los partidos y si quizás a la coacidad o filtro cara al gran público de los aspectos polémicos respecto a los issues más relevantes. Dicho de otro modo, la práctica persistente de acudir al monólogo y de evitar el debate de confrontación entre candidatos de primera fila (a diferencia de lo que es habitual en otras democracias) puede ser la variable interviniente que dé razón realmente de lo que venimos planteando (IBAÑEZ 1989). Está por ver si la aparición de canales privados de televisión, además de las autonómicas que se van consolidando, modifica substancialmente este estado de cosas. El solo dato acerca de la actitud favorable o contraria, tanto en 1986 como en 1989, a la mayoría absoluta en manos de un sólo partido no nos ha servido para desentrañar el contraste entre los motivos de voto expresados por los diferentes electorados en ambas fechas. Queda pendiente, por tanto, la verificación de si el factor líder cobra mayor relevancia en función del grado de controversia alcanzado en los escenarios preelectorales y en la campaña propiamente dicha, bien por la dureza del debate en torno a temas relevantes de coyuntura, bien por lo apretado de la pugna en función de la incertidumbre del resultado. Hasta el momento se puede afirmar que este segundo supuesto no parece haberse dado en nuestra corta historia de democracia reciente, salvo en las elecciones generales de 1979 y quizás en otro escenario no estrictamente electoral como el del referéndum sobre la OTAN. En el resto de los escenarios, sobre todo en los diez últimos años, era masiva la percepción previa sobre el partido que resultaría ganador, como atestiguan sistemáticamente los sondeos
preelectorales (14). En todo caso, lo que parece imprescindible, si se quiere seguir contrastando en España los modelos de explicación de voto utilizados asiduamente en otras latitudes, es la inclusión de indicadores apropiados en nuestras encuestas pre y poselectorales. Desafortunadamente, no siempre es así. Con los que de forma más sistemática se vienen utilizando hasta ahora se puede seguir explicando suficientemente bien cuál es la dimensión del “núcleo duro”, y estructuralmente consistente en el tiempo, de cada una de las opciones políticas, pero no avanzar significativamente en la previsión o explicación de las fluctuaciones de coyuntura que se revelan cada vez más significativas en muchos sistemas democráticos, bien por transformaciones socioculturales que poco a poco se abren paso en las sociedades occidentales (INGLEHART 1984 y 1990) bien por el repetidamente señalado fenómeno del creciente interclasicismo de las clientelas políticas de nuestros días. Tanto los procesos de creciente complejidad de las sociedades industriales avanzadas en las que, hoy por hoy, se han abierto paso las diferentes formas de democracia liberal, como la consecuencia visible de una mayor incertidumbre sobre los outputs políticos y electorales a que en esas sociedades más abiertas pueda dar lugar, hacen que el empeño analítico de predicción y explicación del voto presente cada vez mayor dificultad. Requerirá, por tanto, un esfuerzo creciente de análisis y de explicación teórica de modelos adaptados a las nuevas realidades. De ningún modo el análisis exploratorio que aquí hemos hecho responde a tan alta exigencia, pero sí puede ayudar a desbrozar parcialmente el camino (15). No estará de más, en todo caso, redoblar también la guardia ante las posibles reacciones de los poderes establecidos para limitar o neutralizar la incertidumbre, aunque sea a costa de algunas conquistas y valores básicos de la democracia misma. Los líderes políticos siguen siendo piezas claves de este puzzle. Y de su actitud y comportamientos políticos en clave de profundización o mistificación democrática dependerá en buena dosis que se evite o se produzca el "camuflaje" y la "despolitización" que algunos detectan en nuestra democracia por el procedimiento espureo de hacer que la forma sustituya al contenido (IBAÑEZ 1989), o de sucumbir al encanto de "los nuevos fabricantes de reyes" (PERRY 1986). Sirvan estas pinceladas finales en clave prescriptiva de mínimo contrapeso al seco empirismo analítico del resto del trabajo. Coincido con Salvador GINER cuando dice que todo esfuerzo de teoría política sobre la democracia y sobre sus componentes, para tener sentido, ha de poseer una dimensión prescriptiva (1986, p.4). Y desde este punto de vista, investigar algún aspecto de la democracia debe significar también trabajar e investigar para la democracia.
Cuadro1
Cuadro2
Gráfico1
Cuadro7
Cuadro8
Cuadro9
Cuadro10
Cuadro11(I)
Cuadro11(II)
Cuadro12
Cuadro13
Cuadro14
Cuadro15
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