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Una Seguridad ilusoria

Curbet, Jaume

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Curbet, Jaume

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Una seguridad ilusoria JAUME CURBET Consultor y especialista en temas de seguridad Wp núm. 214 Institut de Ciències Polítiques i Socials Barcelona, 2003 2 El Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS) es un consorcio creado en 1988 por la Diputación de Barcelona y la Universitat Autònoma de Barcelona, institución esta última a la que está adscrito a efectos académicos. “Working Papers” es una de las colecciones que edita el ICPS, especializada en la publicación -en la lengua original del autorde trabajos en elaboración de investigadores sociales, con el objetivo de facilitar su discusión científica. Su inclusión en esta colección no limita su posterior publicación por el autor, que mantiene la integridad de sus derechos. Este trabajo no puede ser reproducido sin el permiso del autor. Edición: Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS) Mallorca, 244, pral. 08008 Barcelona (España) http://www.icps.es © Jaume Curbet Diseño: Toni Viaplana Impresión: a.bís Travessera de les Corts, 251, entr. 4a. 08014 Barcelona ISSN: 1133-8962 DL: 3 INTRODUCCIÓN La seguridad, circunscrita a las políticas tradicionales de aplicación de las leyes y mantenimiento del orden –en el interior de los Estadosnación– y de protección de las fronteras exteriores ante las posibles agresiones de otros Estados, no parece encajar en el mundo de este inicio de milenio. Los nuevos retos globales: el riesgo de desastre ecológico, el crimen organizado global, el terrorismo transnacional, la diseminación (e, incluso, la privatización) de armas bacteriológicas y químicas, los grandes flujos migratorios descontrolados, la extensión epidémica de la inseguridad pública, o, en definitiva, la panoplia de conflictos (especialmente los relativos al control del acceso a los recursos indispensables para la supervivencia humana), derivados de la creciente fractura social entre ricos y pobres, desbordan y ponen en evidencia una visión estrecha y, por tanto, inadecuada de la seguridad. Hoy, más que nunca, resulta imprescindible cuestionar las premisas que han venido sosteniendo esta visión desfasada de la seguridad, como tarea previa y del todo necesaria a fin de facilitar la emergencia de una nueva visión que nos permita abarcar en una única mirada la globalidad del fenómeno de la (in)seguridad en la era actual. A este propósito pretende contribuir la recopilación de cinco artículos publicados –entre los números 3 (febrero 2002) y 7 (octubre 2002), ambos inclusive– en la revista electrónica Seguridad Sostenible (ISSN: 16951115) –que se halla disponible en http://www.iigov.org/seguridad– y que edita el Instituto Internacional de Gobernabilidad. Las políticas de seguridad seguirán siendo, en el mejor de los casos, una infructuosa traca de palos de ciego hasta que no abordemos una evidencia molesta: los desastres, tanto como las violencias, no son, en ningún caso, naturales. Manifestaciones extremas de los riesgos/conflictos manufacturados socialmente, la proliferación de desastres/violencias locales, tanto como el desastre global que se halla en proceso, no son los efectos colaterales no deseados de un progreso, por 4 lo demás, esencialmente benefactor sino el resultado de un modelo de crecimiento desalmado. De la misma forma, nos conviene descubrir los mecanismos que convierten a nuestro miedo natural en una auténtica epidemia de inseguridad pública que si bien, de entrada, puede facilitar (en su dimensión estricta de ejercicio del poder) la gobernabilidad, termina por corroer los pilares de confianza y solidaridad que sustentan toda comunidad humana. Sólo después de haber afrontado las cuestiones esenciales que determinan el escenario de la nueva inseguridad global, puede tener sentido incorporarse al esfuerzo –de pensamiento tanto como de acción– destinado a descubrir las posibilidades reales de reorientar el desarrollo humano y la gobernabilidad democrática (y, por tanto, la gestión de la seguridad) hacia la atención de la necesidad primordial de las poblaciones humanas en cualquier parte del planeta: disponer de la seguridad mínima de que podrán acceder, en condiciones de igualdad, a los recursos indispensables para el despliegue completo del potencial individual y colectivo contenido en la existencia humana. Primera parte REPENSAR LA (IN)SEGURIDAD “Con más urgencia que nunca necesitamos conceptualidades que nos permitan pensar de una manera nueva lo nuevo que se nos echa encima y vivir y actuar con ello”. Ulrich Beck LA AMENAZA HUMANA La delincuencia, la guerra, el crimen organizado, el terrorismo en todas sus formas, las catástrofes nucleares, así como el resto de violencias y desastres que asolan el paisaje humano tanto como al 5 ecosistema que –aunque precariamente– lo sustenta, no pueden entenderse, cada uno de ellos, como fenómenos aislados. Al olvidarlo, generamos una constelación de círculos herméticos que, girando sobre sí mismos impulsados ciegamente por los correspondientes gremios de especialistas, nos llevan irremediablemente a ninguna parte. Necesitamos, con absoluto apremio, disponer de una nueva estructura de significado que, a modo de un eje magnético, atraiga cada uno de los elementos (actualmente en compartimentos estancos) al lugar que le es propio en un universo de sentido en el que, al poner en contacto los fenómenos entre sí y a éstos con sus procesos de gestación, nos sea factible formular un conjunto articulado y coherente de proposiciones que venga a dar cumplida cuenta de las causas que producen las manifestaciones más extremas del lado oscuro de la existencia humana. Se trata de una tarea realmente difícil y, quizás por ello, ineludible y acuciante. La lógica presunción que nos advierte de la más que probable inexistencia de soluciones mágicas a las violencias y a los desastres, lejos de excusar el esfuerzo por fundar una nueva estructura de significado, nos urge ante todo a pensar sin restricciones, con la mayor apertura, holísticamente. No es éste un llamamiento que interpele únicamente a los científicos sociales –que sí los apremia a desbordar los confortables círculos gremiales– o a los decisores políticos y técnicos, cada cual en su nivel de responsabilidad –a los que reclama mirar más allá de los intereses inmediatos–, sino también a los ciudadanos –quienes debemos cuestionarnos la validez de cada una de nuestras decisiones cotidianas generadoras de riesgo o conflicto en la sociedad. Con todo, esta nueva estructura de significado sólo podrá tenernos una utilidad transitoria: propiciar una mirada nueva, más profunda y más nítida, que nos permita advertir significados que habían quedado ocultos y, con ello, deshacer los prejuicios que vienen, indisolublemente, respaldando las actitudes individuales y justificando las decisiones públicas destinadas a apaciguar la creciente ansia de seguridad causada por los efectos aterradores de la destructividad humana. Todo ello, claro 6 está, hasta donde nos lleve el impulso. Luego, con el mismo apremio, una nueva estructura de significado acabará por abrirse paso. Un mundo que son tres El ansia de seguridad, aunque propia de la condición humana, sólo resulta plenamente inteligible en el contexto social en el que se manifiesta. Ante todo, pues, necesitamos trazar una suerte de mapa en el que podamos situar las dificultades del terreno que deberemos sortear. Eugenio Trías1 acierta espléndidamente a hacernos inteligible la complejidad del mundo contemporáneo como la intersección –que es fuente de toda experiencia– potencialmente conflictiva y trágica de tres niveles o planos a los que denomina ‘mundos’. Un primer mundo, o plano máximamente universal, en el que la realidad contemporánea se muestra como un ‘casino global’ (casino, por la ausencia de controles cívicos sobre su funcionamiento) en el que todos los eventos que lo constituyen se hallan en radical interacción, de manera que cualquier acaecer de cualquier lugar termina repercutiendo en cualquier otro; siendo sobre todo la razón técnico-científica, convenientemente sacralizada, bien entramada con el complejo financiero, empresarial (multinacional) y político, la que se constituye en su motor. Ese mundo global genera un desarraigo generalizado que altera el plano de lo particular (segundo mundo), que consecuentemente reacciona ante ese proceso con la creación de núcleos duros de particularismo excluyente. Un segundo mundo, pues, o plano de lo particular, en el que ese acoso de lo global da lugar a una afirmación de la propia identidad en forma excluyente, de manera que se perturba la relación de alteridad con otras comunidades, las cuales suelen ser percibidas como “chivos expiatorios”. Este ‘santuario local’ halla su forma ideológica a través de los integrismos religiosos, presentes en todas las religiones y en multitud de formas nacionalistas radicales. Y el tercer mundo, o plano de lo personal y subjetivo, dónde la doble acometida del ‘casino global’ que parece deglutir el primer mundo, y 7 del ‘santuario local’ que se enseñorea del segundo, da lugar a un “individualismo de la desesperación” (que aparece en ocasiones en forma obscena y salvajemente cínica) como forma espontánea de responder a ese doble y amenazante envite. Ese “individualismo desesperado” constituye el salvoconducto de un individualismo neoliberal que asume la despiadada “lucha por la vida”, bien engrasada por la dinámica de un capitalismo internacional que genera graves desequilibrios, desigualdades e injusticias. Un individualismo desesperado Los ‘tres mundos’ con que Trías cartografía la contemporaneidad, siendo como son planos de una realidad única y por ello peculiarmente compleja, están entretejidos –como se ha visto– por una cadena de flujos: del ‘casino global’ al ‘santuario local’ y, de éstos, al ‘individualismo desesperado’. Pero también, a mi entender, por otra de reflujos en la que, tanto en el ámbito individual como en el colectivo, la exasperación de la ‘voluntad de poder’ genera y amplifica ‘riesgos’ y ‘conflictos’ y éstos, en sus manifestaciones extremas, degeneran en ‘desastres’ y ‘violencias’ respectivamente. Presumiblemente, esta cadena de reflujos constituya el eje que nos permita poner en pie una nueva estructura de significado que, como nos proponíamos al principio, pretende –en esta primera parte– establecer un nuevo centro de gravedad en torno al cual revisar y reubicar, en su caso, los ingredientes esenciales del fenómeno de la destructividad humana en la sociedad contemporánea. La formulación de esta nueva estructura de significado será expuesta con la mayor claridad que sea posible [Wittgenstein: lo que puede pensarse se ha de pensar claramente]; abierta, como proposición, al debate sin el cual no podría validar su fortaleza; y, finalmente, la forma argumental, aunque se reconozca deudora de todas ellas, no será la propia de ninguna de las distintas disciplinas que vienen ocupándose de la cuestión. En la Figura 1 (La destructividad humana) –que, aún sin ser esa 8 su intención inicial, no reniega de la resultante evocación simbólica de la mariposa– se condensan y articulan con la mayor simplicidad posible [Lao Tse: el arte de vivir sólo consiste en proceder con sencillez] tres proposiciones yuxtapuestas: Proposición primera: El desastre es la manifestación extrema del riesgo. Proposición segunda: La violencia es la manifestación extrema del conflicto. Proposición tercera: El riesgo y el conflicto son el producto de la voluntad de poder. Figura 1 La destructividad humana El desastre no nace, se hace El desastre, en tanto que suceso que causa o implica grave daño o destrucción (Diccionario del Español Actual, Aguilar), sólo adquiere plenamente su significado por la terca destrucción humana de su interacción armónica con la Naturaleza. No es tan obvio como pudiera parecer. Un movimiento sísmico, el desbordamiento de un río o una erupción volcánica constituyen fenómenos naturales que resultan Violencia Conflicto PODER Riesgo Desastre 9 indispensables para el desarrollo de la Vida en la Tierra. Y la Vida en la Tierra incluye, en una compleja y sutil red de interdependencias que une entre sí a todos sus elementos, también al Hombre. No cabe, pues, hablar de graves daños ni de destrucciones para nombrar lo que en realidad son los efectos inevitables de procesos naturales. El desastre no nace, se hace y el Hombre, ¿quién si no?, es su alfarero. Paradójicamente, esa reconstrucción social de los procesos naturales –el desastre– resulta extremadamente dañina, catastrófica, para la Civilización. ¿Qué obra humana es esa que devora al propio Hombre? ¿Qué impulso autodestructivo nos lleva, de una forma tan temeraria, a poner en peligro la continuidad misma de la Vida en la Tierra? No es hablar por hablar. A partir del siglo XX, la explotación comercial y militar de la energía nuclear, el desbocamiento científico-tecnológico (todo lo que se puede hacer, debe hacerse) o el deterioro en masa de la Naturaleza, dibujan un horizonte nada lejano de desastre global. Este horizonte aciago de catástrofe planetaria no se halla, sin embargo, fuera de nuestro tiempo y lugar. Se anticipa y se metastatiza, ahora mismo, en una multiplicidad de calamidades cotidianas que corroen por doquier nuestro frágil universo de Humanidad: la agonía de millones de seres humanos debida a un reparto injusto del acceso al agua, a los alimentos y a las medicinas; la devastación reiterada de colectividades humanas, producida por fenómenos naturales, a causa de una impuesta e inapropiada ubicación territorial; la destrucción de la capa de ozono y el consiguiente efecto invernadero; la deforestación y la lluvia ácida; la contaminación del aire, el agua y la tierra; la esquilmación de los recursos energéticos no renovables; el envenenamiento gradual de la cadena alimentaria; la eliminación constante, imputable a la acción humana, de especies animales y vegetales; el progreso de la desertificación y la reducción de los territorios habitables; el crecimiento temerario de la población humana; la pandemia del sida; o la carnicería, estadísticamente pronosticada, de los accidentes de tráfico. Reza la proposición primera, de la nueva estructura de significado, que el desastre es la manifestación extrema del riesgo. Extrema aunque 16 neurosis de inseguridad y, consiguientemente, del ansia de seguridad mediante el despliegue de tres nuevas proposiciones: Proposición cuarta: La neurosis de inseguridad es inherente a la voluntad de poder. Proposición quinta: La neurosis de inseguridad engendra el ansia de seguridad. Proposición sexta: El conflicto/violencia y el riesgo/desastre, así como la neurosis de inseguridad/ansia de seguridad retroalimentan la voluntad de poder. Figura 2 Repensar la inseguridad VIOLENCIA / DESASTRE Conflicto/Riesgo PODER Miedo S E G U R I D A D Explosión Implosión LA DESTRUCTIVIDAD HUMANA EL ANSIA DE SEGURIDAD 17 La neurosis de inseguridad De la escisión egocéntrica, por la que se libera la voluntad de poder y que nos aisla y nos confronta a lo(s) demás, surge conflicto/violencia y riesgo/desastre pero también miedo. Como dice Jiddu Krishnamurti, «el miedo parece ser una de las cosas más comunes en la vida; y extrañamente lo hemos aceptado como una forma de vida –al igual que hemos aceptado la violencia en todas sus variadas formas como una manera de vivir– y nos hemos acostumbrado a estar psicológicamente atemorizados»10. Existe un miedo ‘físico’ que nos advierte de peligros ciertos e inmediatos que debemos, por imperativo de supervivencia, eludir. Pero existe, también, un miedo ‘psicológico’, aunque no por ello menos real, que expresa una difusa inseguridad existencial y que, con enorme facilidad, se enquista en forma de neurosis11. No se trata pues de empeñarnos, a toda costa –a menos que queramos exponernos a arrojar, con el agua sucia, también al niño–, en alejar de nosotros el miedo, sin antes haber comprendido su ambivalente utilidad: de supervivencia pero, a su vez, de dependencia. Es por ello que esta tarea delimitadora resulta crucial. Enraizado en el instinto de supervivencia, el miedo constituye una facultad humana indispensable: aunque sea por negativa (avisa, advierte categóricamente y, llegado el caso, paraliza) nos reporta, paradójicamente, la única seguridad positiva a la que podemos razonablemente aspirar. De esta forma, el miedo constituye una visión completa, sana, que fusiona en una acción única, sin vacilación posible, el ver directamente –el peligro, la amenaza– y el actuar directamente –eliminando el peligro, evitando la amenaza. Sucede, sin embargo, que la expansión metastásica de la voluntad de poder –a través del conflicto/violencia y el riesgo/desastre– tiene como efecto, no precisamente secundario, el embotamiento del miedo como facultad de supervivencia y, con ello, su conversión en neurosis de inseguridad. Debido, justamente, a su condición neurótica, la inseguridad diluye la originaria función del miedo –de alarma ante peligros y amenazas directas e inminentes– en este estado –psicológico tanto como cultural y 18 social– de temor difuso, aunque constante, frente a las incertidumbres que caracterizan a la modernidad. A través del miedo ‘físico’ vemos y eludimos un peligro. En la neurosis de inseguridad percibimos peligros y queremos eludirlos. No es de poca importancia la novedad: entre la observación directa del peligro y la acción elusiva se ha insertado, aislándonos así de la realidad, la creencia: nos creemos en peligro, nos sentimos inseguros, nos queremos proteger. ¿Pero cuál es exactamente la amenaza? ¿Qué nos produce la inseguridad? ¿Cómo vamos a protegernos? La cuestión es que, una vez cortocircuitada la conexión que unía la observación directa del peligro y la correspondiente acción elusiva, la neurosis de inseguridad adquiere vida propia y se nutre tanto de los peligros y las amenazas reales como, aún con mayor razón, de las remotas e incluso de las imaginarias. Esta distorsión de las propiedades originarias del miedo está en el origen de una de las paradojas más significativas de nuestra época: tememos, en no poca medida, aquello que es más improbable que nos suceda y viceversa [Las posibilidades que tiene una persona de morir a manos de un desconocido son por lo menos 10 veces menores a las que tiene de morir a causa de un accidente de circulación]; y, con la misma sinrazón, tememos, casi siempre, a quién no debiéramos: una buena parte de los actos de violencia no suceden entre extraños, sino entre personas que ya se conocían; muchas de las personas ‘violentas’ pertenecen al círculo familiar o de amistad de la víctima, carecen de antecedentes delictivos previos y no se ven a sí mismas como delincuentes12. De esta forma, la neurosis de inseguridad se convierte en una brújula enloquecida que, lejos de orientarnos, nos induce a generar, y a su vez a padecer, nuevos y mayores riesgos/desastres y conflictos/violencias. Los riesgos de las decisiones que se toman son cada vez mayores por el enorme potencial adquirido para actuar sobre la naturaleza y sobre los demás13. Lo cual, unido a la extraordinaria acumulación de poder en unas pocas manos –las decisiones de unos pocos pueden llevar el horror y la muerte a centenares de miles e incluso a millones de personas14– termina transformando, monstruosamente, la benéfica facultad autoprotectora del 19 miedo en profecía apocalíptica de autocumplimiento. El ansia de seguridad A diferencia del miedo ‘físico’, que conlleva un acto reflejo de prudencia –dictado por el instinto de conservación–, la neurosis de inseguridad causa un ansia de seguridad (estar libre de peligro o riesgo, según el Diccionario del Español actual), que es deseo vehemente, apremiante, que se convierte en exigencia. En última instancia, el ansia de seguridad expresa, aunque a su vez acrecienta, el radical aislamiento ético propio del individualismo desesperado. Una mujer que vivía próxima al campo de exterminio de Mauthausen vio gente fusilada que sobrevivió varias horas antes de morir. Escribió para protestar: «A menudo le toca a uno ser testigo involuntario de tales atrocidades. Estoy en todo caso asqueada, y semejante espectáculo me pone tan nerviosa que a largo plazo no puedo soportarlo. Pido que se ordene poner fin a esos actos inhumanos, o bien que se realicen donde nadie los vea»15. La cruel agonía de los fusilados, contemplada desde el prisma egocéntrico, se reduce a espectáculo, en este caso atroz, que me altera. La conclusión resulta ineludible: que los actos inhumanos se perpetren donde nadie los vea. Es decir, pero sin ir tan lejos, que: los indigentes agonicen fuera del alcance de mi vista; los drogroadictos no se envenen en mi calle; los delincuentes roben en otra parte; los presos se pudran en una cárcel lejana; y, los extranjeros –todo extraño parece un enemigo, dijo Freud– cuanto más lejos mejor. Pero, también, que sólo se devaste la tierra que no habito; se envenenen mares que no bañen mi playa; se contamine aquel aire que, presumo, no necesitaré respirar. El ansia de seguridad, concebida egocéntricamente como deseo vehemente de poner fin a la neurosis de inseguridad, está condenada a perseguir perpetuamente a su propia sombra. Este ingente y tenaz esfuerzo destinado a eliminar la inseguridad (individual) provoca un proceso constante de redistribución forzada de los riesgos en la sociedad que, en términos globales, sólo consigue, paradójicamente, aumentar la inseguridad (general). Sin embargo, el intercambio y transferencia de 20 riesgos, como ha señalado Giddens, no es un rasgo accidental en una economía capitalista. De hecho, el capitalismo es impensable e inviable sin ellos16. A principios de los años ochenta en Estados Unidos, con los pequeños coches japoneses medrando en el mercado, tanto la Administración pública como la empresa privada apoyaron públicamente los coches de mayor tamaño (‘the American car’) por su mayor seguridad. Se decía, en publicaciones oficiales y se repetía en la publicidad de la General Motors, que un coche de dos toneladas es dos veces más seguro que un coche de una tonelada. Sin embargo, aunque es cierto que un impacto coche-coche es más seguro para los ocupantes del vehículo más pesado, el incremento de seguridad que gana el coche más pesado lo pierde el más ligero. De modo que ese crecimiento individual de seguridad sólo se obtiene a través de una redistribución del riesgo, donde los que pierden son los usuarios de automóviles más económicos (normalmente los más ligeros) y con menor poder adquisitivo. Es decir, los perdedores son nuevamente los más débiles. Y ello sin tener en cuenta factores psicológicos donde la mayor potencia, habitual en los automóviles más pesados y más costosos, tiende a producir una conducción más rápida y, por ello, una mayor inseguridad general17. Aunque ello pueda retar a nuestra fragmentada visión del mundo, inseguridad (neurosis de) y seguridad (ansia de), lejos de constituir dos realidades independientes la una de la otra, conforman, en esencia, dos aspectos distintos de la misma cosa. Sin embargo, nos empeñamos en pensar acerca del miedo y la seguridad en términos dicotómicos y de relación causa-efecto. Es por ello que el ansia de seguridad, nos lleva a trazar todo tipo de fronteras ilusorias para que, como el avestruz, nos podamos sentir seguros. Un caso: la ‘impermeabilización’ de la frontera española con Marruecos ha significado el desplazamiento inmediato de las pateras llenas de inmigrantes ilegales que antes arribaban a las costas de Andalucía hacia las costas de Canarias, con el agravante que, a los costes de todo tipo (humanos, sobre todo, pero también económicos) que ha supuesto la construcción del muro en la frontera de Ceuta y Melilla, hay 21 que añadirle ahora los derivados del traslado de los inmigrantes, que ya saturan la capacidad de acogida del archipiélago, desde Canarias hasta la Península. Pero no sólo se trata de fronteras físicas, ya que criminalizando la droga, por ejemplo, se reproduce el delito al elevar los precios y forzar a delinquir para conseguirla18. Y lo mismo ocurre en el control de catástrofes de origen tecnológico: si se intenta aumentar la seguridad de sistemas complejos, ello hará que su complejidad se vea también aumentada, haciéndose más propensos a fallos y menos controlables19. Como advirtió Paul Virilio, el invento más brillante, favorable y útil del mundo, sea cual fuere su naturaleza, lleva en sí mismo su propio accidente específico, inherente y virtual20. El peligro radica, pues, en confundir el mapa (el ansia de seguridad) con el territorio (la inseguridad). Sólo desde esta confusión puede ignorarse la lúcida advertencia de Wilber: «cada demarcación es también un frente de batalla potencial, de manera que el mero establecimiento de una frontera equivale a prepararse para el conflicto. Cuanto más firmes son nuestras fronteras, más encarnizadas son nuestras batallas»21. El corazón de las tinieblas La utilidad del lenguaje –concebido para nombrar, delimitar, diferenciar– resulta claramente limitada cuando se pretende transmitir la realidad esencial de las cosas. La sexta y última de las proposiciones postuladas, en esta incitación a repensar la inseguridad –“el conflicto/violencia y el riesgo/desastre, así como la neurosis de inseguridad/ansia de seguridad, retroalimentan la voluntad de poder”–, supone un reconocimiento tácito de esta limitación expresiva. Probablemente, la propia estructura de este texto facilite más la identificación (es decir la delimitación, la diferenciación, la ubicación) –por otra parte, previa y necesaria– de los fenómenos constitutivos de la destructividad humana y el ansia de seguridad, que no una visión completa de la realidad única que subyace a la globalidad de dichos fenómenos: la explosión y la implosión, de acuerdo con el esquema biológico del sístole y el diástole, de la voluntad de poder. La Figura 1 y, aún más, la Figura 2 22 pretenden paliar, siquiera en parte, esta carencia. Claro que no estamos hablando de cualquier cosa. Se trata de alumbrar, con la claridad de la inteligencia, el corazón de las tinieblas (Conrad), es decir la fuente del conflicto y la violencia, la causa del riesgo y el desastre, el gérmen de la neurosis de inseguridad y del ansia de seguridad: la liberación de la voluntad de poder debida a la originaria escisión egocéntrica. Alumbrar el corazón de las tinieblas, donde quiera que éstas se hallen, significa literalmente su fin: dónde llega la luz ya no hay lugar para las tinieblas. Esta es la buena noticia, la mala es que se trata de una odisea –a estas alturas ya está claro que no sólo intelectual– que nadie puede realizar por nosotros. No existen cartas de viaje fiables; acaso, en un momento dado, la fugaz estela luminosa trazada por otro ser humano; venturosamente, una momentánea compañía iniciática; e, incluso, la dicha de una inesperada intuición. Pero la cuestión principal no es ésta. Porque para esta odisea no basta la curiosidad intelectual, el ansia de conocimiento. La motivación no es positiva sino negativa y surge, sin ser buscada, en el preciso instante en el que la barbarie humana –en todas sus formas, la mía tanto como la de los demás– y el miedo se hacen insoportables. Ni un momento antes, ni un momento después. Segunda parte SEGURIDAD (IN)SOSTENIBLE A menos que la mente esté absolutamente libre del temor, toda acción produce más daño, más desdicha, más confusión. Jiddu Krishnamurti Los desastres son el producto de la interacción de individuos que no se entienden entre sí y que se temen unos a otros. 23 Jonathan Glover Quien pueda ver más allá del miedo siempre estará a salvo. Lao Tse LA ECONOMÍA POLÍTICA DE LA INSEGURIDAD La amenaza de violencia contenida en los riesgos y en los confictos producidos socialmente constituye el núcleo de la inseguridad pública. Lo cual explica, aunque pueda parecer obvio, la imposibilidad de lograr una seguridad sostenible en nuestras vidas. Este es un hecho crucial que nos urge comprender plenamente en todas sus implicaciones, por tantas razones decisivas, para el futuro de la Humanidad. Pero no es esto lo que hacemos. Más que a descifrar la realidad de la inseguridad, dedicamos nuestras energías a la búsqueda de seguridad. Como aquel hombre que al regresar, de noche, hacia su casa vio que alguien estaba agachado debajo de una farola como si buscara alguna cosa. Al llegar ahí, le preguntó qué se le había perdido. A lo que aquél respondió que se le habían caído las llaves del coche y que no conseguía encontrarlas. Con intención de ayudarle, volvió a preguntarle si era justo ahí, debajo de la farola, dónde se le habían caído las llaves. No, dijo aquél, se cayeron por allí, y señaló hacia una parte alejada y especialmente oscura de la calle. Sorprendido, el hombre que pretendía ayudarle, le replicó: Pero, entonces ¿por qué las busca aquí? Y el hombre que seguía agachado bajo la farola respondió: Pues porque aquí hay luz. Y, sin embargo, ahí estamos todos, agolpados bajo la luz de la farola, entrechocando y pisándonos los unos a los otros, buscando empecinadamente una seguridad que hemos perdido en otra parte. De nada parece habernos servido la sabia advertencia de Albert Einstein: cuando un problema, por más que uno haga por resolverlo, se resiste, es que está mal planteado. Y éste, parece indudable que lo está. Pero, por alguna oscura razón, preferimos la cómoda aunque inútil búsqueda de seguridad al pie de la farola antes que admitir (en el sentido fuerte del término) que el problema está en otra parte: en la creciente inseguridad 24 generada socialmente. Si dispusiéramos de un improbable indicador relativo al enorme dispendio de energía que consumimos, tanto en nuestras relaciones interpersonales como en las colectivas, en los esfuerzos por huir de los efectos temidos de riesgos y conflictos, ya sean reales o bien imaginarios, y lo contrapusiéramos a otro indicador que, a su vez, diera cuenta de la escasa atención que prestamos a los procesos de generación y desarrollo de estos mismos riesgos y conflictos, es decir de la fuente real de nuestra inseguridad, probablemente nos fuera difícil seguir manteniendo este descomunal despropósito. Pero lo cierto es –y sólo esto cuenta– que, contrariando toda lógica, preferimos seguir imaginando mundos seguros antes que afrontar conscientemente, es decir con una atención plena, el inseguro mundo real. Y así, paradójicamente, vemos como se aleja de nuestro horizonte cualquier opción razonable de seguridad humana. Una simbiosis inquietante La búsqueda de seguridad, al margen del proceso que produce la inseguridad pública, no es el camino. Y es que, en la búsqueda ansiosa de soluciones, nos alejamos del problema, y lejos del problema ¿qué solución podremos hallar? No se trata de estar de acuerdo o bien en desacuerdo. Examinémoslo. Veamos, como un caso paradigmático, qué sucede con esa catástrofe cotidiana que viene asolando, desde hace más de un siglo, las sociedades desarrolladas y que, en las últimas decádas, se extiende imparable al resto del mundo: me refiero a la siniestralidad provocada por los accidentes de automóvil, a la que Antonio Estevan –en un artículo22 que, por su insólita e implacable lucidez, puede ser nuestra mejor guía en esta indagación– cualifica de “matanza calculada”. El “Observatorio del Riesgo de Catalunya”, en su primer informe, correspondiente al año 200123, nos recuerda que el accidente de automóvil –1.171.000 muertes en todo el mundo durante el año 199824 y con una tendencia claramente creciente– ya es la primera causa externa de muerte en el mundo, superando ampliamente las muertes provocadas por las guerras, las catástrofes naturales, los homicidios, los accidentes laborales 25 o deportivos y, en definitiva, cualquier muerte violenta. Constituye, asimismo, el factor de riesgo que, en nuestra sociedad, más muertes provoca entre los jóvenes comprendidos entre los 16 y los 35 años. Y no sólo eso, porque un estudio relativamente reciente25 de las repercusiones económicas mundiales de los accidentes de automóvil estimaba su coste anual en 500.000 millones de dólares, en rápida progresión, en especial en los países en desarrollo, los cuales pierden por esta causa un volumen de recursos muy superior al monto que reciben en concepto de Ayuda al Desarrollo. Asimismo, los análisis prospectivos indican que en el año 2020 la atención a las víctimas de accidentes de tráfico podría llegar a consumir el 25 por ciento de todos los recursos sanitarios mundiales, condicionando severamente la viabilidad financiera de las políticas globales de salud. No puede, pues, sino resultar sorprendente la aparente naturalidad con la que hemos asumido, no sólo socialmente sino también psicológicamente, esa “matanza calculada”, así como tantas otras, como inevitables efectos colaterales del progreso que, incuestionablemente, parece tener que asumir la colectividad. Ello explicaría, quizás, la perplejidad con que Narcís Mir concluye su análisis de la incidencia de las políticas de seguridad vial en la evolución de la siniestralidad debida a los accidentes de automóvil en España entre los años 1972 y 1996: «Creo que si tenemos en cuenta, por una parte, las numerosas medidas aplicadas a corregir la accidentalidad en el período estudiado y, por la otra, los resultados obtenidos, deberemos concluir que es probable que exista una fuerza latente que empuje hacia el crecimiento relativo del riesgo». Dado que esa misteriosa fuerza latente se hace visible también en otros riesgos, como el laboral y en los de accidente en la industria química o en el transporte de mercancías peligrosas, «parece posible afirmar la existencia de indicadores inquietantes que reflejan la existencia de fuerzas estructurales que impiden una reducción o bien el mantenimiento de los valores de riesgo y que confirman el cumplimiento de una ley de desbordamiento del riesgo26»27. No nos hallamos pues ante una fuerza natural e inevitable, sino estructural, que resulta imprescindible identificar y a la que, llegado el 32 El origen común Joxe Azurmendi nos advierte que el problema de la violencia política, y de la terrorista en particular, no es un problema abstracto, absoluto; es un problema que tiene raíces históricas, políticas, sociales y culturales, por ello relativas y condicionadas y, por consiguiente, que sólo se podrían superar o arreglar si se ponen las condiciones adecuadas36. En realidad, una parte muy significativa de lo que entendemos como terrorismo contemporáneo tiene su orígen común en las movilizaciones políticas protagonizadas por nuevos movimientos sociales y otros más tradicionales que, entre la segunda mitad de la década de los sesenta e inicios de los setenta, zarandearon a la mayor parte de las sociedades occidentales. Dichas movilizaciones, a su vez, constituían la expresión de nuevos conflictos originados por transformaciones socioeconómicas de gran alcance y al consiguiente cambio generalizado de valores37. Una aplicación muy deliberada La violencia terrorista, en sus diversas formas, constituye una de las manifestaciones extremas, con la guerra, del conflicto por el poder político, ya sea para adquirirlo, para ampliarlo o bien para conservarlo. Toda política es una lucha por el poder y el poder es, en esencia, violencia. Así, en el terrorismo, confluyen política y violencia con la perspectiva de conseguir poder: poder para dominar y obligar, para intimidar y controlar y, finalmente, para forzar el cambio político. Por tanto, la violencia (o la amenaza de violencia) es la condición sine qua non de los terroristas, que están firmemente convencidos de que sólo a través de la violencia podrá triunfar su causa, y sus fines políticos a largo plazo podrán cumplirse. Con este propósito en mente, los terroristas planean sus operaciones para conmocionar, impresionar e intimidar, asegurándose de que sus actos sean lo suficientemente arriesgados y violentos como para captar la atención de los medios y, a través de ellos, del público y del gobierno. A menudo, el terrorismo que consideramos como indiscriminado y sin sentido no lo es, sino que es una aplicación muy deliberada y pensada de la violencia38. 33 Todos formamos parte de la tragedia En el debate sobre el problema terrorista se recurre abusivamente a argumentaciones absolutistas del tipo “la vida es sagrada” o “toda violencia es perversa” que, en realidad, sólo sirven para eludir el incómodo deber ilustrado del razonamiento. Quizás, en una hipotética situación en la que la violencia aún no hubiera estallado, pudieran sernos de alguna utilidad, en la medida que consiguieran frenarla, argumentos del tipo “toda violencia es perversa”; pero, una vez producida la fractura social, ya no es posible situarse fuera ni por encima: nos guste o no, todos formamos parte de la tragedia y a todos nos corresponde razonar por nosotros mismos, con radical libertad y responsabilidad, buscando la salida, como no podría ser de otra forma, desde dentro. Asimismo, recogiendo un argumento de Sass, si la vida es de veras tan sagrada, no debería costar nada, por ejemplo, imponer la tasa cero de alcohol tolerado en la sangre de los conductores, y la edad mínima para obtener el permiso de conducir en los 28 años; sólo con ello se reduciría en un 80% la tasa de mortalidad entre los jóvenes de USA37. Desatar el nudo «Es tan estrecha, dice Jünger, la conexión que hay entre el miedo y los peligros amenazadores (en este caso la violencia terrorista) que resulta muy difícil decir cuál de esos dos poderes es el que engendra al otro. El miedo es más importante; de ahí que haya que empezar por él si se quiere desatar el nudo. Es menester prevenir de lo contrario, es decir, del intento de comenzar por los peligros que nos amenazan. Si tratásemos de hacernos más peligrosos que aquellos a quienes tememos no contribuiríamos a la solución»40. Desatar el nudo que enlaza terror y terrorismo, ese es el reto planteado por Jünger y que Antonio Escohotado hizo suyo en su, premiada aunque no sé si debidamente reconocida, obra “El espíritu de la comedia”. En ella, sostiene Escohotado: «La escalada terrorista es un fenómeno esencial para la legitimación contemporánea de Leviatán que viene promovido directa e indirectamente por sus propios gestores. Apenas hemos empezado a disolver las nubes de humo que 34 todavía ocultan esta evidencia»41. Y esa es justamente la tarea –la de aclarar lo oscurecido–, democráticamente ineludible e inaplazable, en la que no sería sensato dejar sólo a Antonio Escohotado. Quizás hoy más que nunca, gobernar equivale a administrar el miedo de los demás. Ello explica la perversión por la cual resulta que el interés objetivo del guardián sea que el temor se mantenga e incluso que aumente –como sabemos bien, las policías secretas están especializadas en crear los peligros que se ofrecen a resolver–. En particular, el pánico a la violencia terrorista nos lleva a fortalecer los poderes coactivos – hacernos más peligrosos que aquellos a quienes tememos (Jünger)– y, reduciendo la responsabilidad de los protectores ante los protegidos, a cronificar las amenazas más graves a la civilidad. De esta forma, en pleno siglo XXI, una parte importante de la población mundial sigue pagando, con sus bienes tanto como con su libertad, por la protección ante unos enemigos que no siempre resultan claramente discernibles de sus protectores. Con todo, la manipulación interesada del temor ajeno no podría ser patrimonio exclusivo de nadie. Estatal por nacimiento y vocación, la instrumentalización política del terror se produce, obviamente, también en los ámbitos paraestatal y extraestatal. Sin embargo, como advierte Escohotado, a lo que hoy llamamos ‘terrorismo’ sólo incluye actos contrarios a la seguridad de algún Estado, y de ahí nacen ciertos equívocos de no poca trascendencia. «Lo extraño, y merecedor de atención –apunta Escohotado, en esa larga pero entiendo que justificada cita, refiriéndose a la lucha contra el terrorismo de ETA en España–, es que las masacres indiscriminadas parecen “desestabilizar” al poder en funciones, cuando ese tipo de acciones contribuyen –y mucho– a acrecentar la llamada gobernabilidad de un país. Si el ciudadano tiende de modo espontáneo a exigir cuentas de sus representantes políticos, sin querer que acumulen demasiadas prerrogativas, con un comprensible deseo de que administren escrupulosamente los asuntos comunes y nada más, la masacre sugiere suspender toda suspicacia, conferir poderes de excepción y tolerar cualquier irregularidad en la gestión del derecho y la cosa pública mientras 35 dure semejante amenaza. Funcionarios que en otro caso podrían ser vistos con desconfianza, pasan a asumir el papel de abnegados héroes, y cualquier problema de abuso en su conducta queda radicalmente abolido. Se pone así en marcha una dialéctica compleja. (...) Por una parte, el Gobierno hace suyo el mandato de aniquilar al enemigo, y para conseguirlo no vacila en provocar la exasperación de los sectores sociales donde se originó, cuya inmediata consecuencia es más terrorismo o, cuando mucho, una pausa para devolver luego los golpes sin el menor escrúpulo. Por otra parte, antes o después comprende que así no será posible vencer, y que sólo una solución negociada puede evitar la sangría económica; pero eso contraviene al principio de su autoridad soberana, y tropieza con núcleos de su propio aparato hechos a las rentas del matadero. (...) Desde el lado de los terroristas, (...) sus desinteresados combatientes de la libertad pasan a ser profesionales del exterminio, metidos en una espiral de violencia que les enajena el apoyo de incondicionales previos y provoca una involución hacia el fanatismo, único recurso para ejecutar también a camaradas disconformes con la línea. Esperaríamos entonces que su contrincante, el Gobierno en vigor, aprovechara la coyuntura para acelerar al máximo el proceso de autodeterminación, defendiendo un escrupuloso cumplimiento de las leyes ante sujetos que han empezado a desvariar. Con todo, en vez de eso transige con torturas e inexplicables asesinatos, promulga una legislación incompatible con cualquier Estado de Derecho y sufraga la formación de otro grupo terrorista, borrando la diferencia esencial que podría deslindar su conducta de la conducta perseguida. Bastaba con esto para asegurar un encono crónico, y en la ulterior serie de agresiones se han producido demasiadas atrocidades para que ninguno de los bandos acepte cosa distinta de una desnuda rendición, inaceptable para ambos. Quizá haya llegado, pues, el momento de insistir precisamente en los beneficios que uno y otro obtienen manteniendo las cosas como están. Hecho cada cual a las rentas políticas de aparecer como un San Jorge en lucha contra el Dragón, es problemático que alguno encuentre la energía ética y la humildad precisa para clausurar un desolladero nutrido con puntuales 36 aportaciones mutuas»42. Los vínculos del terrorismo Uno de los aspectos más inquietantes del terrorismo contemporáneo quizás radique en su dimensión transnacional y en el entrelazamiento, de una parte significativa de su actividad, con el Crimen Organizado Global, especialmente con el tráfico de armas y el narcotráfico. Para Reinares, los vínculos existentes entre terrorismo y otras formas de seria delincuencia organizada como el narcotráfico, no constituyen un hecho novedoso: los gobiernos patrocinadores del terrorismo internacional, así como servicios secretos implicados en acciones subversivas fuera de sus fronteras estatales vienen financiando buena parte de dichas actividades mediante los dividendos que origina el tráfico ilegal de sustancias estupefacientes. Asimismo, la actual estructura del mercado negro internacional de armas tiende a impedir transacciones que no descansen sobre las mismas infraestructuras logísticas, informativas y financieras utilizadas para el comercio ilegal de drogas y otras formas de grave criminalidad organizada43. Aunque, el proceso de inserción del terrorismo en el mercado global no se reduce a su articulación en el seno del Crimen Organizado Global, sino que a través de éste rompe la ficticia frontera entre economía legal e ilegal mediante el blanqueo de dinero procedente de las actividades extorsionadoras. De esta forma, se hace imposible considerar el terrorismo como un fenómeno exógeno a nuestro ordenamiento económico y político. Bien al contrario, surge y crece en medio de nuestros conflictos políticos, acompañado directa o indirectamente por el Estado, a través de sus servicios secretos, y participa activamente en la nueva economía mundial, a través de un sector tan relevante para el equilibrio financiero global como el representado por el conjunto articulado de traficantes de casi todo: armas, drogas, personas, residuos radioactivos, etc. El lenguaje del terror El terrorismo, como lo describe Juergensmeyer, es el lenguaje 37 para llamar la atención. Sin llamar la atención, el terrorismo no existiría. Lo que convierte en tal a un acto de terrorismo es que aterroriza. Los actos a los que asignamos esta etiqueta son acontecimientos deliberados, explosiones y ataques llevados a cabo en lugares y momentos calculados para ser advertidos. El terrorismo sin sus testigos horrorizados sería tan inútil como una obra de teatro sin público. Cuando a nosotros, observadores de esos actos, nos afectan –nos disgustan o repelen y empezamos a desconfiar de la tranquilidad del mundo que nos rodea–, es que ese teatro consigue sus propósitos44. Frecuentemente, los medios de comunicación responden a las propuestas de los terroristas con demasiada prontitud, incapaces de ignorar algo que ha sido adecuadamente descrito como “un acontecimiento construido de forma específica para sus necesidades”. Lo cual no puede extrañar en una época de declaraciones y titulares en la que, con frecuencia, se da prioridad a las imágenes impactantes y a las frases enérgicas –que a menudo se confunden con el buen periodismo– sobre el análisis deliberado y la exégesis detallada. Un columnista norteamericano, refiriéndose a la manera con que los medios de comunicación norteamericanos cubrieron el secuestro del vuelo 847 de la TWA por terroristas chiítas libaneses en 1985, escribió: «los terroristas explotaron la codicia normal de los medios de comunicación, especialmente la televisión, para dar informaciones de impacto internacional, por lo dramático y por la dimensión humana de la noticia... En esta atmósfera la competitividad de los medios, siempre brutal, se convierte en algo especialmente feroz, en parte porque el público está más atento, y en parte porque algunos pueden estar jugándose el estrellato mediático»45. El terrorismo religioso El terrorismo es uno de los fenómenos políticos más fluidos y dinámicos, que evoluciona constantemente hacia formas nuevas y cada vez más peligrosas con la intención de evitar las medidas de seguridad existentes en cada momento46. A pesar de esa fluidez, algunos de nuestros conceptos básicos acerca de este fenómeno se vienen abajo 38 cuando introducimos en el estudio del terrorismo internacional los nuevos datos sobre el crecimiento del terrorismo religioso y la extraordinaria multiplicación de su potencial de violencia y destrucción. Más que como elementos de una estrategia política global, las acciones del nuevo terrorismo religioso aparecen como declaraciones simbólicas, cuyo fin parece ser el de otorgar un cierto poder a comunidades desesperadas. Los activistas religiosos han desafiado la idea de que la sociedad laica y el moderno Estado-nación puedan proporcionar el tejido moral que aúne a las comunidades nacionales o la fuerza ideológica que sustenta a los Estados zarandeados por fracasos éticos, económicos y militares. Su mensaje ha sido fácil de creer y ampliamente aceptado por lo aparentes que han sido los fracasos del Estado laico. Tanto la violencia como la religión han surgido en tiempos en que la autoridad está cuestionada, ya que ambas son modos de desafiar y sustituir a la autoridad. Una consigue su poder de la fuerza y la otra de sus pretensiones de orden definitivo. La combinación de las dos en actos de terrorismo religioso ha sido ciertamente una poderosa afirmación. Los rebeldes religiosos posmodernos no son, pues, ni anomalías ni anacronismos y, por todo ello, la estrategia de guerra-contra-el-terrorismo puede ser muy peligrosa, ya que parece seguir el guión escrito por los terroristas religiosos: la imagen de un mundo en guerra entre las fuerzas laicas y religiosas47. La nueva economía de la guerra Las nuevas guerras implican un desdibujamiento de las distinciones entre guerra, crimen organizado y violaciones a gran escala de los derechos humanos. Las nuevas guerras son el símbolo de una nueva división mundial y local entre los miembros de una clase internacional que saben inglés, tienen acceso al correo electrónico y a la televisión por satélite, utilizan dólares o euros o tarjetas de crédito, y pueden viajar libremente, y los que están excluidos de los procesos globales, que viven de lo que pueden vender o intercambiar o de lo que reciben en concepto de ayuda humanitaria, cuyos movimientos están restringidos por los controles, los visados y los costes de los viajes, y que son víctimas de 39 asedios, hambrunas forzosas, minas, etc.48. Pero tampoco resulta más fácil distinguir entre la guerra y la paz. La nueva economía de guerra puede representarse como un continuo que empieza con la combinación de delincuencia y racismo existente en los barrios más pobres de las ciudades europeas y de Norteamérica y alcanza su manifestación más aguda en las zonas donde la violencia tiene mayor dimensión. La capacidad de las instituciones políticas formales, sobre todo del Estadonación, para regular la violencia, está erosionada, y hemos entrado en una era de violencia informal de bajo nivel y a largo plazo, la guerra posmoderna49. El terrorismo es, por tanto, un problema sin solución obvia. Es decir, mientras las relaciones de poder sigan inalteradas, la violencia surgirá de nuevo, tarde o temprano, aquí o allá, una y otra vez. EL SUICIDIO DE LA ESPECIE «Los metales saldrán de oscuras y lóbregas cavernas y pondrán a la raza humana en un estado de gran ansiedad, peligro y confusión. (...) Conducirán a cometer un sinnúmero de crímenes; aumentarán el número de hombres perversos y les estimularán al asesinato, al robo y a la esclavitud; (...) privarán a las ciudades de su feliz estado de libertad, acabarán con la vida de muchos y serán causa de que muchos hombres se torturen con infinidad de fraudes, engaños y traiciones. (...) Con ellos las inmensas selvas serán arrasadas de sus árboles y por su causa perderán la vida infinito número de animales. Se verán sobre la Tierra seres que siempre están luchando unos contra otros con grandes pérdidas y frecuentes muertes en ambos bandos. Su malicia no tendrá límite. (...) Cuando se sientan hartos de alimentos, su acción de gracias consistirá en repartir la muerte, la aflicción, el sufrimiento, el terror y el destierro a toda criatura viviente. (...) Nada de lo que existe sobre la Tierra, debajo de ella o en las aguas, quedará sin ser perseguido, molestado o estropeado; y lo que existe en un país será traspasado a otro. (...) Muchos niños serán maltratados sin piedad por sus mismas madres, 40 tirados por tierra y después mutilados. (...) Algo maligno y terrorífico se extenderá de tal manera entre los hombres que éstos, en su deseo alocado de huir de ello, se apresurarán a aumentar ilimitados poderes». Leonardo da Vinci (1452-1519), Cuaderno de Notas A los peligros naturales que vienen acompañando a la Humanidad a lo largo de su historia (terremotos, inundaciones, hambrunas, epidemias) se le han añadido, en esta última etapa, los nuevos riesgos producidos por el desarrollo industrial (debido en gran medida a un desbocado progreso científico-tecnológico). A su vez, la interacción de los peligros naturales y los modernos riesgos tecnológicos en el contexto de la mundialización de la economía, el transporte y las comunicaciones ha supuesto la aparición, en estas últimas décadas, de un auténtico riesgo global de catástrofe humana y ecológica que viene manifestándose en un in crescendo de espantosos desastres locales. La dimensión global del desastre viene a cuestionar los modelos imperantes de desarrollo y gobernabilidad, que todavía siguen anclados en principios y estrategias propias del siglo XIX, pero también el dominio tecnocientífico de la cultura y la política en las sociedades desarrolladas. En este nuevo escenario, ya no resultan adecuados los tradicionales sistemas de gestión estructurados entorno a los dispositivos de detección, intervención y rehabilitación (protección civil) y casi exclusivamente dedicados a la intervención humanitaria una vez se ha producido la manifestación extrema del riesgo (el desastre) y, una vez concluido éste, a restablecer la situación preexistente. En última instancia, los desastres a escala local o bien global, activados por un fenómeno natural o bien provocados por el desarrollo tecnológico, ya sean visibles o bien imperceptibles para los sentidos humanos, no pueden ser comprendidos ni como fatalidades fuera del alcance de nuestra inteligencia ni como accidentes que escapan a nuestra responsabilidad. El desastre global, visible ya en sus crecientes manifestaciones locales, evidencia la fractura profunda que explica el desatino de la Humanidad sobre la Tierra, es decir la quiebra de nuestra 41 interacción armónica con la Naturaleza, tanto como la disolución de la unidad consciente de la especie. Riesgo global, desastres locales ¿Hay desastres naturales o es natural que haya desastres? Existe una confusión generalizada, en parte comprensible pero también interesada, que identifica los peligros que suponen para la supervivencia humana determinados sucesos físicos (terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, deslizamientos de tierras, sequías) con los desastres que estos fenómenos naturales pueden llegar a provocar en determinadas poblaciones humanas. Conviene pues, ante todo, poner las cosas en su sitio: la totalidad de estos fenómenos, desde mucho antes que apareciera el Hombre y probablemente hasta mucho después que éste haya desaparecido, constituyen el fluir mismo de la Vida en la Tierra. La realidad, de no verse deformada por una visión antropocéntrica, es simple: el terremoto no va al Hombre sino que es el Hombre quién se expone a los efectos del terremoto. En otras palabras, la comprensión plena de los desastres mal llamados naturales, requiere prestar por lo menos la misma atención a las condiciones inseguras que hacen vulnerables a determinadas comunidades humanas a los efectos de fenómenos naturales, que la que dedicamos a intentar desvelar las reglas misteriosas que rigen dichos fenómenos susceptibles de activar desastres. Visto así, el desastre natural sólo es posible cuando, en un lugar determinado y en un momento dado, entran en contacto dos elementos complementarios: la circunstancia (una población vulnerable) y la oportunidad (un suceso físico peligroso para el Hombre). Aunque no hay acuerdo sobre si, en los últimos decenios, ha aumentado el número de desastres de origen físico, sí sabemos que no cesan de crecer sus efectos devastadores para la supervivencia, a corto o a medio plazo, de numerosísimas comunidades humanas. En todo el mundo, pero trágicamente en buena parte de África, Asia y América Latina, cada vez son más los seres humanos que se ven forzados a vivir en lugares (laderas inestables en los suburbios de grandes ciudades, tierras 48 credibilidad con cada accidente o indicio de accidente?55 Además, ese poder irresponsable e impotente descarga, sin pudor alguno, la responsabilidad en los individuos (véase, sino, las campañas de seguridad vial). La ciencia se cierne ciegamente sobre el límite de las amenazas. Es preciso producir primero niños probeta, liberar criaturas artificiales genéticamente modificadas y construir reactores nucleares para poder estudiar sus propiedades y características de seguridad. Los ingenieros pueden pasar directamente a la aplicación, en tanto que los políticos, primero, deben aconsejar, convencer, votar y, luego, llevar a efecto las políticas venciendo la resistencia. Esto confiere a la tecnología la capacidad de desempeñar una política de hechos consumados que no sólo impone a los políticos y a la opinión pública la presión constante de reaccionar, sino que también los deja a merced del criterio de los ingenieros en cuanto a evaluar y evitar el desastre56. Una sociedad que no es capaz de garantizar, a todos sus miembros, una mínima seguridad ante la violencia y la inanición merece, como dijo Maximilien Robespierre, ser cambiada. Ciertamente, la sociedad actual viene haciendo méritos suficientes como para seguir este camino ominoso: la conjunción entre un incesante crecimiento económico, un progreso científico y tecnológico desbocado y la extensión del sistema democrático de gobierno no sólo no ha permitido, en términos globales, cumplir esta condición ineludible, sino que no cesa de extender la pobreza, ahondar las diferencias sociales y producir e imponer nuevos y mayores riesgos que, a su vez, resultan cada vez menos controlables. El desatino humano Al cierre de uno de los siglos más devastadores de la existencia humana, el fragmento del Cuaderno de notas de Leonardo da Vinci57 que encabeza este texto ya no puede seguir siendo considerado como la profecía excéntrica de un genio. Con cinco siglos de anticipación, el sabio renacentista intentó, inútilmente, advertirnos del desatino al que nos abocaba la liberación de la más oscura de las fuerzas: la voluntad de 49 poder. Fruto de la escisión egocéntrica, la voluntad de poder corroe en el individuo el sentido de especie y la conciencia del Todo. En su lugar, como si de una sutil alteración genética se tratara, se extiende metastásicamente la ambición –inevitablemente desmedida– de ser, cada uno de nosotros, quién en realidad no es. Esta violencia primigenia, que enfrenta al individuo consigo mismo y, por extensión, a los demás y a lo demás, impregna las relaciones sociales y las convierte en un campo de batalla. Se asemeja así, la especie humana, a un hormiguero enloquecido en el que sus individuos hubieran perdido el lugar en el conjunto: es decir, una agitación caótica que ya no conduce a la realización global de la Vida sino a su destrucción. Olvidado el sentido de especie y la conciencia del Todo, las acciones humanas no pueden sino crear confusión: como nuestros objetivos no son elevados –escribió Wittgenstein –, sino ilusorios, nuestros problemas no son difíciles sino absurdos. Aislados egoicamente, el deseo de acaparar más energía y recursos de los que necesitamos para vivir, nos lleva a una competencia extrema con los demás por alterar, someter, consumir o simplemente destruir las otras formas de vida. Paradójicamente, esta competencia avariciosa y destructiva, orientada a alcanzar una imaginaria seguridad individual, genera y extiende el miedo en la sociedad y nos obliga a vivir en condiciones crecientemente inseguras para la supervivencia humana. Lo cual nos aboca, irremediablemente, a intentar la cuadratura del círculo: queremos seguir compitiendo, acaparando y destruyendo, pero seguros! Así, nuestra ansia de seguridad nos lleva a imponer innumerables fronteras (físicas o legales, pero también psicológicas) que, lejos de reducir una inseguridad implícita a nuestro obrar, abren nuevos y mayores frentes de conflicto y riesgo. El desastre global, es decir la destrucción gradual de las bases que sustentan la vida humana en la Tierra, tiene un punto final –acerca del cual sólo caben especulaciones– pero también un inicio –que ya hemos dejado atrás– y, lo que verdaderamente debiera importarnos, un proceso –en el que nos hallamos actualmente inmersos. No se trata, pues, de un peligro 50 exterior –proveniente de otro planeta, de otra especie, de otra raza o de otra nación– del que debamos protegernos. El desastre global se nutre, como si de afluentes se tratara, de la infinidad de conflictos y riesgos que brollan, sucesivamente, de nuestras relaciones interpersonales, de la vida social, de las relaciones internacionales, así como de nuestra interacción con el resto de formas de vida. Y se manifiesta en el desbordamiento de violencias y desastres, sólo en apariencia locales, que tienden vertiginosamente a complementarse y a acrecentarse mútuamente en una espiral de destrucción que amenaza con concluir el inexplicable suicidio de la especie humana. EPÍLOGO Una paz que sólo diera seguridad a algunos individuos, o que sólo aportara cierta estabilidad a algunos estados, sería (...) una ‘pax imperata’ o ‘pax violenta’. Sería una ‘falsa pax’. Raimon Panikkar PAZ IMPUESTA, SEGURIDAD ILUSORIA El lenguaje contemporáneo, tanto de los individuos como de las colectividades, está lleno de palabras que vienen cargadas con más significado del que aparentan. Es sabido que cuando hablamos no nos limitamos a describir hechos estrictamente objetivos y, por tanto, indiscutibles. Hablando, eventualmente, nos entendemos, pero también increpamos, persuadimos, seducimos o bien nos imponemos y, llegado el caso, juzgamos y condenamos (a muerte, cuando hace falta). Porque no es sólo la razón que se expresa en el lenguaje, sino también la emoción; y porque es tanta la parte que manifestemos conscientemente como la que brota desde lo más profundo del inconsciente individual y colectivo. Todo ello se halla mezclado, y bien difícil de deslindar, en cuatro palabras –paz, seguridad, miedo, libertad– que, clavadas en el corazón mismo de la actual civilización laica, no pueden desprenderse, a pesar de todo, de su significación trascendente. De hecho, su presencia reiterada, 51 dominante incluso, en las formas diversas de expresar los deseos individuales y colectivos de los seres humanos en esta peculiar etapa de la evolución, vincula indisolublemente el propósito racional que rige el ámbito externo de nuestras vidas con un anhelo bastante más profundo y misterioso. Son múltiples las utilidades específicas que pueden tener cada una de estas palabras utilizadas en uno u otro contexto –las relaciones internacionales, el orden interno de los Estados, las relaciones interpersonales o intergrupales, la vida interior de los individuos– y con una u otra intencionalidad –denunciar la injusticia, imponer un orden, pedir auxilio, reclamar libertad–; en su sentido último, sin embargo, todos y cada uno de estos usos remite a un núcleo común de significado que no se acomoda fácilmente a las reducciones disciplinarias del derecho, las ciencias políticas y sociales o la sicología. Alejado de su raíz, el significado de estas palabras fuertes se seca; y perdemos así la posibilidad de comprender plenamente la realidad crucial, para el destino humano, que pugna por emerger a través de todas y cada una de ellas. De esta forma, la paz se nos queda en ausencia de guerra (cercana o que nos afecte directa e inmediatamente); la seguridad no alcanza más que a mi seguridad personal y a la de mis posesiones; el miedo natural justifica la neurosis colectiva; la libertad se reduce, como en un supermercado, a escoger entre las opciones preestablecidas. Es indispensable, ante todo, que restituyamos el sentido olvidado de estas palabras esenciales. Hoy más que nunca. A esta tarea colectiva, que no exime sino que requiere la participación consciente de cada individuo, quieren contribuir estas cuatro proposiciones: La paz no es un ‘status quo’ a defender, sino una utopía imprescindible. La seguridad es el sucedáneo de la paz. El miedo provoca ansia de seguridad. La libertad nos da miedo. Un conjunto de proposiciones que invita a ser re-citado no sólo de arriba hacia abajo sino, complementariamente, también de abajo hacia arriba: La libertad nos da miedo. El miedo provoca ansia de seguridad. La seguridad es el sucedáneo de la paz. La paz no es un ‘status quo’ a defender, sino una utopía imprescindible. 52  LA PAZ NO ES UN ‘STATUS QUO’ A DEFENDER, SINO UNA UTOPÍA IMPRESCINDIBLE  Nuestra paz es un espejismo. Nos creemos en paz si la guerra aún no nos alcanza. Paz, en la civilización de los individuos aislados, es la guerra lejana en el espacio o en el tiempo pasado o por venir. Nuestra paz es ciega. Contemplamos las erupciones de los volcanes, tanto físicos como sociales, como sucesos locales e inexplicables, que nada tienen que ver con la necesidad imperiosa de liberar tensiones sistémicas de ámbito planetario. No hay más ciego que el que no quiere ver. La paz no se impone. Ni nos la otorgan ni la conquistamos. Viene dada, la paz. Nada tiene que ver con la victoria: jamás ninguna victoria trajo la paz. La victoria trae la victoria y nada más. La paz no es una tregua. Más pronto que tarde los vencidos retomarán las hostilidades. La paz no se conserva. Si se inmoviliza se rompe, la paz. Porque no se trata, la paz, de un elemento estático sino de un proceso dinámico. La paz no se defiende. Se vive, se disfruta. Estamos en paz o bien luchamos por la paz. Repitámoslo: de la lucha puede obtenerse la victoria, pero no la paz. La paz es un problema. En un mundo escindido, sólo existe espacio para el conflicto y la lucha, la victoria y la derrota. En un mundo de vencedores y vencidos, la paz no es posible. Buscar la paz desde la escisión supone una tensión añadida. La paz es una utopía. Nunca, los humanos, habíamos estado tan cerca de la autodestrucción de la especie y, por extensión, del planeta. Más que nunca, por tanto, la paz es una utopía imprescindible, una operación a vida o muerte.  LA SEGURIDAD ES EL SUCEDÁNEO DE LA PAZ  Buscamos seguridad porque no estamos en paz. ¿Cómo podríamos estarlo? Nuestra realidad es la guerra, la más global y devastadora que se hubiera podido imaginar. Es la guerra desigual entre quiénes temen perderlo todo y quiénes saben que no hay nada que perder. Está en juego el acceso a los recursos que garantizan la supervivencia, pero también lo está la dignidad humana o, más bien, la posibilidad de desplegar plenamente el potencial que cada existencia contiene. Vencedores y vencidos. Es, también, la guerra de la especie humana 53 contra el resto de las formas de vida y contra los elementos (el aire, el agua, la tierra) que nos sustentan. Escupimos, insensatos de nosotros, en la mano que nos da de comer. Vencidos y vencidos. Buscamos seguridad porque no creemos en la paz. Y no es por falta de fe, como se acostumbra a decir. En la sociedad tecnocrática se cree, y mucho, en el progreso. El progreso nos traerá la paz. Si no ahora, más adelante, o algún día. Vete a saber. No hay más sordo que el que no quiere oír. El progreso, como la victoria, sólo trae progreso. Como un dios del Antiguo Testamento, el progreso es devastador, aterrorizante, desconcertantemente cruel. ¿Qué nos creíamos? Se trata del progreso del afán de lucro, de la codicia, de la satisfacción ilimitada de los deseos y de la exaltación del aislamiento exacerbado del individuo. El progreso no trae paz. En realidad, ya lo sabíamos. La mala noticia la hemos conocido hace poco: el progreso tampoco trae seguridad. Buscamos seguridad para ahorrarnos la paz. La paz es exigente, insobornable, una piedra en nuestro calzado deportivo. Mala cosa, la paz, en el reino de la pusilanimidad. La paz quiere serenidad, reflexión, contemplación. No hay tiempo para la paz, en la cultura de la intranquilidad. La paz requiere una visión amplia y profunda de la realidad, capaz de fusionar el antes y el después en el ahora, de trascender toda división dicotómica, de reconocerse en los demás. ¿Quién quiere la paz en el dominio de la trivialidad?  EL MIEDO PROVOCA ANSIA DE SEGURIDAD  El deseo, motor de la historia, es un tirano. Liberado, temerariamente, de las riendas de la sabiduría perenne, el deseo es un caballo desbocado que nos precipita al vacío. En esta carrera suicida ya no sirve de nada el freno ancestral del miedo: no hay tiempo de ver-yeludir, de un golpe, el peligro. El miedo (mecanismo instintivo de seguridad) ha derivado en sentimiento angustiante, tanto como inoperante, de inseguridad. Si el miedo nos hace prudentes, la inseguridad nos convierte en cobardes. No es el miedo, entonces, sino la inseguridad quién alimenta la peligrosa ansia de seguridad que enferma a nuestra época. La seguridad no es hija de la prudencia. Probablemente, ni 54 parienta lejana. Sentimos ansia de seguridad en la medida que la prudencia deja de regir nuestros actos: liberamos fuerzas de efectos desconocidos; alteramos drásticamente el curso natural de la vida; agotamos recursos no renovables; envenenamos el agua, el aire y la tierra, tanto como la convivencia humana; eliminamos innumerables especies animales y vegetales; oprimimos, esclavizamos, torturamos y asesinamos seres humanos; e, incomprensiblemente, queremos poder hacerlo con una total seguridad, es decir impunidad. Alguien le ha llamado ‘sociedad del riesgo’ a esta paradoja amenazadora. La seguridad, sucedáneo de la paz, es ilusoria. Porque está hecha, este tipo de seguridad, de fronteras –físicas y legales, conceptuales y sicológicas– que, lejos de la pretensión de garantizar ámbitos seguros para la existencia humana, no para de dibujar nuevos y mayores frentes de batalla. He aquí el despropósito: no sabemos avanzar –¿alguien sabe, por cierto, hacia dónde?– si no es cavando trincheras. Un progreso inquietante. Mi seguridad en detrimento de la seguridad de otros, es siempre paz impuesta y, en definitiva, seguridad ilusoria.  LA LIBERTAD NOS DA MIEDO  Contraponemos libertad y seguridad. Queremos ser libres pero nos dan miedo las consecuencias. Creamos, así, poderes aterrorizantes que, lejos de generar seguridad, no paran de extender la injusticia y el conflicto, es decir la inseguridad, y que nos hacen cada vez más vulnerables a los peligros y las amenazas de los que pretendíamos alejarnos. Queremos equiparar seguridad y libertad. Nadar y guardar la ropa: la panacea democrática. Pretendemos que los poderes encargados de imponer la paz que nos conviene lo hagan sin extralimitarse, es decir sin invadir mi espacio de libertad. Mi libertad, mi seguridad. Ésta es la paz ciega que es incapaz de reconocer la condición indispensable de toda paz auténtica: la libertad y la seguridad de los demás. Los israelíes no tendrán libertad ni seguridad en tanto deban ser los carceleros de los palestinos. Pero tampoco la tendré Yo, ni Nosotros, en el seno de un orden que no garantice efectivamente la libertad y la seguridad de Todos. La paz impuesta no es, en definitiva, 55 libertad ni seguridad para nadie. Ni la libertad ni la seguridad, como la paz auténtica, son posibles desde el miedo. El miedo, alejado de su utilidad primaria, no genera sino ansia de seguridad. Y el ansia de seguridad forma parte del problema más que de la solución. Notas 1. TRÍAS, Eugenio: Ciudad sobre ciudad. Barcelona, Destino, 2001. ISBN 84233-3342-6. 2. ECKHARDT, William en LEGER SIVARD, Ruth (ed.): World Military Expenditures, 1988 y 1989, citado en GLOVER, Jonathan: Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX. Madrid, Cátedra, 2001. ISBN 84-376-1925-4. 3. KEANE, John: Reflexiones sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2000. ISBN 84-206-6766-8. 4. FISAS, Vicenç: Cultura de paz y gestión de conflictos. Barcelona, Icaria Editorial y Ed. UNESCO, 1998. ISBN 84-7426-357-3. 5. ROUSSEAU, Jean Jacques: Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes (traducción de Mauro Armiño, Madrid, Alianza, 1996) citado en HIRSCHMAN, Albert O.: Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos a favor del capitalismo previos a su triunfo. Barcelona, Península, 1999. ISBN 84-8307-178-9. 6. EINSTEIN, Albert: Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos del mundo, Editado por Ken Wilber. Barcelona, Kairós, 1987. ISBN 84-7245-172-0. 7. SCHRÖDINGER, Erwin en WILBER: op. cit. 8. Más allá del bien y del mal, sec. 265, citado en GLOVER: op. cit. 9. VINYAMATA, Eduard: Conflictología. Teoría y práctica en Resolución de Conflictos. Barcelona, Ariel, 2001, p. 21. ISBN 84-344-2889-X. 10. KRISHNAMURTI, Jiddu: Más allá de la violencia. Buenos Aires, Estaciones, 1999, p. 63. 56 11. RAMONEDA, Josep: Después de la pasión política. Madrid, Taurus, 1999, p. 229. ISBN 84-306-0372-7. 12. TORRENTE, Diego: Desviación y delito. Madrid, Alianza Editorial, 2001, p. 78. ISBN 84-206-8658-1. 13. RAMONEDA: op. cit., p. 63. 14. GLOVER: op. cit., p. 20. 15. HORWITZ, Gordon J.: In the Shadow of Death: Living Outside the Gates of Mauthausen. Londres, 1991, p. 60-61, citado en GLOVER: op.cit., p. 517. 16. GIDDENS, Anthony: Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid, Taurus, 2000, p. 37. ISBN 84-306-0385-9. 17. JOKSCH, Hans y otros: ¿Selfish Safety or Redistributed Risk? Lave, 1987, citado en LÓPEZ CEREZO, J.A.; UJÁN, J.L.: Ciencia y política del riesgo. Madrid, Alianza Editorial, 2000, p. 81. ISBN 84-206-6745-5. 18. TORRENTE: op cit. 19. CEREZO; LUJÁN: op. cit. 20. Citado en GEORGE, Susan: Informe Lugano. Barcelona, Icaria Editorial, 2001, p. 38. ISBN 84-7426-483-9. 21. WILBER, Ken: La conciencia sin fronteras. Barcelona, Kairós, 1999, p. 37. ISBN 84-7245-278-6. 22. ESTEVAN, Antonio: “Los accidentes de automóvil: una matanza calculada”, Revista Sistema, n. 162/163, Junio 2001 y disponible en http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/aaest2.html 23. PEDRAGOSA, Josep Lluís; ARAGALL, Josep Maria: “Com ens movem” en INSTITUT D’ESTUDIS DE LA SEGURETAT: Observatori del Risc de Catalunya. Informe 2001. Barcelona, Beta Editorial, septiembre 2001, p. 50. ISBN 84-7091-404-9. 24. ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD. Informe de 1999 [WHO, 1999], citado en ESTEVAN: op. cit. 25. Estudio realizado, en 1998, por la Universidad de Harvard, por encargo del Banco Mundial y la OMS, citado en ESTEVAN: op. cit. 26. Mir formula así la ley del debordamiento del riesgo: en la fase actual de desarrollo de la sociedad industrial, la tasa de crecimiento natural del riesgo es superior a la tasa de crecimiento de la renta. 57 27. MIR, Narcís: Societat, Estat i Risc. Barcelona, Beta Editorial, diciembre 1999, p. 17 (la cursiva es mía). ISBN 84-7091-392-1. 28. ESTEVAN: op. cit. 29. BAUMAN, Zygmunt: “Los usos de la pobreza”, La sociedad individualizada. Madrid, Cátedra, 2001, p. 133-141. ISBN 84-376-1936-X. 30. ESTEVAN: op. cit. 31. CASTELLS, Manuel: La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volumen III: Fin de milenio. Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 191. 32. REINARES, Fernando: Terrorismo y antiterrorismo. Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, 1998, p. 156-166. ISBN 84-323-1075-1. 33. RESTA, Eligio: “La enemistad, la humanidad, las guerras” en EINSTEIN, Albert; FREUD, Sigmund: ¿Por qué la guerra? Barcelona Editorial Minúscula, 2001. ISBN 84-95587-03-3. 34. JUERGENSMEYER, Mark: Terrorismo religioso. El auge global de la violencia religiosa. Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2001, p. 271. ISBN 84-323-1075-1. 35. AZURMENDI, Joxe: La violencia y la búsqueda de nuevos valores. Hondarribia: Argitaletxe Hiru, 2001. ISBN 84-95786-01-X. 36. Ibid., p. 28. 37. REINARES: op. cit., p. 75. 38. HOFFMAN, Bruce: A mano armada. Historia del terrorismo. Madrid, Espasa Calpe, 1999, p. 275. ISBN 84-239-7783-8. 39. AZURMENDI: op. cit. 40. JÜNGER, Ernst: La emboscadura. Barcelona, Tusquets Editores, 1988, p. 67. ISBN 84-7223-850-4. 41. ESCOHOTADO, Antonio: El espíritu de la comedia. Barcelona, Editorial Anagrama, 1991, p. 43. ISBN 84-339-1348-4. 42. Ibid., p. 164-167. 43. REINARES: op. cit., p. 193-212. 44. JUERGENSMEYER: op. cit.