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El estudio de la estructura social desde la perspectiva procesal

Garmendia, José A.

Abstract

Garmendia, José A.

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EL ESTUDIO :DE LA ESTRUCTURA SOCIAL DESDE LA PERSPECTIVA PROCESAL José A. Garmendia (Univei~idad de Málaga) Los análisis estructural y f~ncional no son bloques cerrados sino que pueden existir distintas interpretaciones. La práctica conservadora de ciertos enfoques del análisis funciond (o estructural) no implica necesariamente que s610 pueda ser utilizado en este sentido. <(Estructura)> y y(cambio)> no son conceptos contradictorios ccbmo tampoc0 10 son ctestabilidadn y <(carnbion. El análisis de la estructu.:a social a partir de la profundización en 10s procesos desarrollados en esi:e articulo es una superación de las teorías clásicas partiendo precisamente del legado funcionalista y estructuralista. Papers: Rev~sta de Sociologia: 10 (1978) La acusación más repetida contra el funcionalismo es probablemente la de su incapacidad para expliclr el cambio con la consiguiente tendencia inevitable al conservadurismo. l'ambién el estrt~cturalismo ha sido ocasionalmente blanco de parecidos ataques, aunque no todo estructuralismo haya sido tratado del mismo modo. C!uiero mostrar el grado de verdad de tales acusaciones, al mismo tiempo qte sus inexactitudes a causa de la ambigiie dad definitoria del funcionalismo y del estructuralismo, la cua1 debe ser clarificada desde la perspectiva sistémiceprocesal. El enfoque procesal ha id3 aproximándose gradualmente al análisis de sistemas, tratando el problema del cambio de un modo peculiar: es decir, 10s sistemas sociales aparecen como elaboradores de sus propias estructuras. La concepción de la sociedad como sistema abierto, en el que la acción social se explica sobre la base de múltiples interacciones (mejor, retroalimentaciones) entre las Fartes y con el Umwelt (entorno), podria incluso encajar el marxismo si se parte de la teoria de que la infraestructura económica determina en última instancia el cuadro de retroalimentaciones. A continuación me ocuparti de un ejemplo clásico, ilustrativo de las diferencias teóricas y metodológ;cas del funcionalismo establecido respecto de otros enfoques, basados inclllso en el análisis funcional. Ello dará pie a la exposición de las variedades de análisis funcional y estructural (estructuralista), de la explicación del cambio sobre la base del análisis de sistemas, y de 10s procesos de instit ~cionalizacicim. Funcionalisme tradicional y tratamiento de 10s procesos sociales: Un ejemplo cldsico Muchas de las acusaciones Ianzadas contra el funcionalismo se refieren a la presunta identificacidn, más o merios explícita, de funciones y necesidades. (Consecuentemente, entre funcionamiento y estructura. Tales inconvenientes parecen persistir en la práctica, pese al recurso último de <(Papers)>: Revista de Sociologia las funciones latentes, según trataré de mostrar10 en seguida a propósito del caso de E. Durkheim. Durkheim hizo una importante distinción entre funciones manifiestas y funciones latentes, como 10 hiciera mis tarde Merton, aunque utilizando otro vocabulario. Apunt6 también a 10s inconvenientes de quedarse en una explicación funcional de los hechos sin recurrir también a la inquisición de la <(causa &ciente)>.' Por otra parte, existen en la producción durkheimiana importantes momentos relacionados con el conflicto y el poder, que necesariamente invitan al sociólogo a cuestionar la fácil equiparación funcionalista de funciones y estructuras. Asi, el sociólogo francés subrayó la carga conflictiva que supone la marcha progresiva de la división del trabajo y la consiguiente amenaza del proceso de bur~cratización.~ Con todo, no parece fácil reducir aquella producción a una condición no funcionalista, como 10 ha intentado alguien. Albert Pierce, por ejemplo, ha tratado de demostrar esta circunstancia, aunque, en mi opinión, sin éxito. Pierce se empeña en descubrir en el sociólogo francés la ausencia de un inconveniente tipico del funcionalismo: <(La amplia tendencia moderna a equiparar " funciones " y " necesidadesn, mientras que en Durkheim es innegable la aguda distinción entre ambas.)> Con tal propósito trae a colación aquel principio que figura en las primeras páginas de La División del Trabajo Social: <(En primer lugar, habremos de buscar cdl es la función de la división del trabajo: es decir, a qué necesidad corresponde.>> Más aún (como afirinará en su siguiente gran obra): {(Preguntarse cuál sea la función de la división del trabajo es [ . . . ] buscar a qué necesidad corresponde. )> Se habla, pues --observa A. Pierce-, de <tcorrespondencia)> y no de <(equivalencia)> o <tecuaciÓn)>, como erróneamente expresan las malas traducciones del francés al inglés. La argumentación parece más convincente todavía, de tenerse en cuenta otra conocida afirmación: <(Sobre este asunto se suele razonar como si, en un organisme sano, cada detalle C.. .I tuviese un papel útil para su desempeño; como si cada estado interno respondiese exactamente a alguna condición externa y, por consiguiente, contribuyera a asegurar, por su parte, el equilibri0 vital.), Poco después 1. E. Durkheim, Las reglas del método socioldgico (Buenos Aires: La Pleyade, 1970), p. 139. 2. E. Allardt, <(E. Durkheim: Sein Beitrag zur Politisehen Soziologiea, Koelner Zeitschrift fuer Soziologie und Sozialpsychologie (1968): 1. 3. A. Pierce, ctDurkheim and Functionalisms, en Kurt H. Wolff, Emile Durkheim (Ohio: Ohio State University Press, 1960). 4. E. Durkheim, op. cit., p. 51. la estructura social desde la perspectiva procesal apunta: <(Es legitimo suponer que ciertos arreglos anatómicos o funcionales no sirven directarnente a nada.)> (El énfasis de 10s adverbios <{exactamentel> y adirectarnente)> utilizados por Durkheim, es mío.) Se ve, pues, cóm0 tales p~.oposiciones encajan en 10s prop6sitos encaminados a demostrar la condilión no funcjonalista: en este caso la presunta distinción conceptual entrz funciones y necesidades, funcionamiento y estructura. Sin embargo, habrenos de preguntarnos acerca del por qué del vocablo <(directarnente)>. En efec o, <(indirectarnente)> ~podrán aquellos arreglo~ servir de algo? ~Podrá hablarse entonces de la ecuación -no s610 ccrrespondenciade necesidades y funciones? El término <(indirectarnente)> cabe ser enfocado muy bien tlesd:: una perspectiva de vocabulario ya clásico. En efecto, aludiria a 10 que Mcrton designó por <(funciones latentes)>. El crimen, el comportamiento desviado tienen la función indirecta (latente) de conseguir precisamente la armonía funciones-necesidades del sistema. ctIndirectamente)> establece Durlrheim la correspondencia <(exacta)> entre el estado interno (condiciones, necesidades, estructuras) y la condición externa (funciones). Es la ecuación ratificada por la demostración del carácter estructural de la desviación ssiernpre que se respete la invariancia estructural, que, por 10 mismo, es sólo relaivarnente (lirnitadamente) modificable. De 10 contrario, el diagnóstico reza <{anomíaa o arnenaza grave al sistema mismo. Se presupone, pues, la ma-cha conjunta de funciones y necesidades, aunque sea bajo la concesión de ciertas perturbaciones hemeostáticas: es decir, asimilables por 10s umbrales de reducida variabilidad del sistema. Cuando aquella marcha conjunta aparece insostenible, es que ha irrumpido la anomia en el castillo inexpugnable del funcionalismo, es que simplemente aentonces no hay división del trabajol>.' Se (comprende asi que el intento de explicación causal, tan reclamado por el sociólogo francés, la misma separación causa-función deban cliestionarse sariamente. En efecto, si el estudio de las funciones ha de con:$tituir un instrumental para la explicación causal, ~qué sucederá al pretencierse averiguar las causas de un fenómeno -la moda (por ejemplo, en su versión de lucha de c1ases)- por la maníaca atención a las funciones que, según la particular visión (conservadora quizás) del autor, no cumple? El funcionalismo teleológico clásico o el juicio de valor se han introducido por la puerta falsa Se comprende, pues, el aratamiento durkheimiano (parsoniano, etc.), del conflicte como fenómeno furdamentalmente <{accidental)> -por su condici6n de institucionalizado-- ), de rebasarse ciertos limites, patológico. 5. E. Durlrheim, De la divi.rion du travail social (Paris: Lacan, 1893), p. 396. <(Papers,: Revista de Sociologia Sin embargo, teniéndose en cuenta la reiterada y constante periodicidad de 10s mismos conflictos -el mismo Durkheim habla en tal sentido, al mencionar el estado <ccrÓnico)> en que <tlamentablemente)> se encontraban- (por qué no presumir la posibilidad de su carácter estructural: es decir, estructural a la misma diferenciación funcional o, 10 que es 10 mismo, la expresa equiparación estructura-cordicto, estructura-proceso, etc? En el esquema durkheimiano, la acción social discurre entre dos polos: integración funcional y anomia (disfuncionalidad), <<desdiferenciaciÓn)> social. La constante amenaza del diagnóstico de anomía implica la relativización, en el sentido de descubrir funcionalidad en muchos cambios <tbruscosn. Este adjetivo "iene a significar <(no espontáneo>>, asistémico o extra-sistémico. Se parte, pues, de la consideración de que est6 desprovisto de grandes problemas o graves perturbaciones. Sin embargo, se habla de crisis <tagudas)> y de que existe una esfera de la vida social donde la anomia se encuentra actualmente en estado <tcróni~o)>.~ La inmediata vecindad de 10s términos <tactualmente>> y <tcrÓnico)> constituye un claro síntoma de la crítica situación que atravesaba un análisis sistémico más bien cerrado en la difícil tarea de explicación del cambio y del contlicto. Se observa claramente el manejo durkheimiano de un modelo de sistema regido por procesos de retroalimentación hemeostáticos. El sistema es s610 relatiuamente abierto, dominando 10s mecanismos de autorregulación o compensación, más o menos espontáneos, de perturbaciones (crisis <mormales)>, <(felices)>). Cuando tal autorregulación no se da, el sistema agoniza anómicamente. Con todo, aunque la metodologia peculiar (peculiar por su trasfondo teórico) seleccionada por Durkheim encaja en su marco teórico conservador, la metodologia funcional (que enfoca la sociedad como sistema abierto) no es necesariamente conservadora. Asi, el análisis funcional no es ajeno al marxismo mismo, según ha observado A. Stinchcombe? Marx explicó repetidas veces la existencia (mis que la estructura) de una institución en función de la contribución (positiva/negativa) a 10s intereses y jerarquia de poder de la estructura de clases. Así, el parlamentarismo <tburguésk> s610 podria imponerse cuando se reunieran las condiciones de funcionalidad respecto de 10s estados meta de una clase social (la burguesa), y de existencia de relaciones de poder favorables a dicha clase. Por el10 mismo, el 6. E. Durkheim, El suicidio (Buenos Aires: Schapire, 1969), p. 203. 7. A. L. Stinchcombe, Constructing Social Theovies (Nueva York: Harcourt Brace, 1968), pp. 93 y SS. La estructura social desdc la perspectiva procesal parlamentarisme <<burgués)> no ;e dio en modos de producción diferentes al capitalista. Naturalmente, Ma~x manejó una estrategia funcional sobre el trasfondo del materialismo histó -ico, siendo el modo de producción el marco explicativo Último del cuadro de funciones. Como se ve, el análisis funcional no es en si conservador, aunque se dé tal tendencia por basarse fundan~entalmente en el estudio de las consecuencias, statu quo u operaciones-resultado de una estructura, las cuales actúan como causa de la explicación. Puede, sin embargo, ser conservador incluso en un contexto sefialadamente dillámico y hasta revolucionario: por ejemplo, ¿basta qué punto se han tenido 2n cuenta 10s efectos disfuncionales (y por 10 mismo, destructores) del parl:.mentarismo respecto del sistema establecido y capitalista? Por otra partr:, no debe olvidarse que el carácter conservador, reformador, revolucionario, etc., del análisis funcional dependerá de la defmición de 10s estados-meta (que pueden ser hasta utópicos) en función de 10s cuales se apreciará la comribución (positiva/negativa) de 10s hechos sociales. La práctica conservadora del análisis funcional (en buena medida, por encontrarse atada a una estructura social que se resiste al análisis profundo) ha divulgado una imagen conservadora del mismo, que reflejaria una fatal incapacidad de explicación de 10s procesos sociales. Sin embargo, hay una gran variedad de funcionalismos y estructuralismos, que tratan también de muy diversa forma el capitulo del cambio. Variedades de análisis estructun'l y funcional': conuergencias y divergencias Muchas explicaciones funcionales han sido deficientes científicamente a causa de la imprecisión definitoria de términos claves, tales como <cadaptaciÓn)>, aintegraciÓn)>, icsupervi.irencia)>, etc. El esquema funcionalista habría sido más útil, de renuncialse a establecer a priori, sin previa justificación teórica, el sentido de ccmceptos mencionados o la lista de requisitos y alternativas, especificando, en cada caso, las significaciones correspondientes: por ejemplo, <tadaptaciÓnn pero, ¿para qui grupos? A partir de una previa justificación teórica puede da.rse una mayor colaboración entre análisis causal (aunque sl:a entendido tradicionalmente: es decir, linealmente) y análisis funcional, flste siempre será, por otra parte, útil, aunque s610 sea por esclarecer las relaciones entre elementos (funcionalismo relacional), funciones respecto de G (propiedades del sistema), listas de requisitos considerados mis o menos importantes (una nueva versión de las alternativas funcionales), etc. Teniendo en cuenta las apuntadas difi- ctPaperss: Revista de Sociologia cultades, señaladas por Francesca M. Cancian, han ido apareciendo paradigma~ de análisis alternativos reseñados por la misma autora:' es decir, inversión de las explicaciones funcionales en beneficio de las causales, reducción del alcance, demasiado abstracto y consecuentemente de escaso poder explicativo de las proposiciones funcionales clásicas, introducci6n de modelos de retroalimentación de variables: que supondria un nuevo enfoque del análisis de la estructura y del cambio,1° no concebible ya al modo esencialista tradicional de simple <ctransustancialización de esenciaw. En efecto, la sociedad se concibe como sistema o conjunt0 interrelacionado de elementos, que, a su vez, se interrelaci~na con todo 10 demás: es decir, el entorno o ambiente. Interesa analizar su estructura o el modo de organización de las partes y con el entorno, librándose series de retroalimentaciones procesadoras o generadoras de nuevas estructuras. Se trata, pues, de una estrategia estructural diacrónica (el tiempo no es un peligro sino elemento constitutivo de la estructura del sistema) y transformacional (necesidad de interrelación dialéctica y retroalimentación de elementos para la solución de problemas y contradicciones)." Ya no se ve la sociedad como una <tsustancia% o sistema cerrado y prácticamente inmóvil sobre el que acontecen (la historia seria fundamentalmente acontecimiento, accidente) accidentes diversos: por ejemplo, el cambio. Al desprenderse de esta estrategia fundamental, el análisis funcional -basándose en modelos de análisis mecánicos y biológicos, cibernéticosexperiment6 un cambio radical en el modo de estudiar la sociedad. El estructuralismo y el funcionalismo subrayan la organización. El axioma <cel todo es más que la suma de las partes)> -siendo el más que precisamente la organizaciónrefleja la sustitución del interés en la sustantividad por la consideración sist6mice estructural del objeto. El ser de éste, del todo, se explica por su organización: en esto se diferencia de la simple suma de las partes. Las diferencia~ <tsustanciales)> entre <(todos)> se explican por su diferente organización, tanto interna como en relación con el entorno. La consideración organizacional y relacional se encuentra presente en cualquier análisis funcional, aunque el funcionalismo tradicional la haya viciado de fuertes residuos esencialistas y sustancializantes. Los primeros pasos del análisis funcional o del funcionalismo tradicio8. F. M. Cancian, ctvarieties o£ functional analysisn, International Encyclopedia o/ the Social Sciences, vol. IV, p. 37. 9. E. Nagel, La lógica sin metafisica (Madrid: Tecnos, 1962), pp. 240 y SS. 10. F. M. Cancian, op. cit., p. 39. 11. W. B. Buehl, Struktur und Funktion (Munich: NTW, 1973), p. 11. Ia estructura social desde la perspectiva procesal nal (Malinowski, Radcliffe-T3roum, Durkheim, el mismo Lévi-Strauss) no logran liberarse del lastre sustarcialista, como 10 prueban 10s famosos postulados del análisis funcional (imidad, universalisme, indispensabilidad y reciprocidad) por 10s que <ctodo)> funciona ((para todo), y de modo más bien recíproco y simétrico. Es lm todo <<abstracto)> e indiferenciado cuya organización no se analiza, pese a que, claro está, una institución puede ser funcional a una parte de acluel todo o a un determinado tipa de su organización y disfuncional respxto de otras partes. Se descuida, pues, el aspecto relacional en favor del elfoque sustancialista y burdamente holista. Por 10 mismo, la estructura institucional y la misma estructura social no se analizan como resultado procesal y siempre efímer0 de interacciones y retroalimentaciones (conflictos, Luchas de clases, desviaciones). Todo 10 más, se admiten mecanismos de retroalimentación relativamente abiertos (homeostáticos), que <ctolera~is cambios modestos entre umbrales de invariancia limitados. La otra salida ,-s simplemente la destrucción del sistema, la anomia. En el caso del mismcr Lévi-Strauss, su estructuralisrno de corte fundamentalmente sincrónico y de oposición binaria -a diferencia del estructuralisrno más bien genéti:~ y diacrónico de J. Piaget y L. Goldman-= queda anquilosado en Is simetria: <{Como consecuencia de la tesis de la reciprocidad fundamental je pierde de vista todo 10 que interesa a sociólogos y antropólogos de la cultura: es decir, la desviación respecto de las reglas de matrimoni0 (al ?arecer, sólo de carácter prescriptivo), las complicaciones del proceso de ir~tercambio, el afianzamiento de asimetrias a 10 largo de prolongadas secuer cias, la complejidad del orden social y la invasión, incluso exterminio, de la ordenación matrimonial por factores politicos y ec~nÓmicos.~>~~ Con ello, Lévi-Strauss <(no tlifiere mucho de la posición en sociologia de la primitiva escuela estructuri~l funcionalista que se asignaba como objetivo la búsqueda de ciertos prerrequisitos funcionales universales de la sociedad,.14 Distanciándose prog~)esivamente de la preocupación por la simetria y de la voluntad de descubrir <(la)> estructura del orden universal (y del cerebro mismo), otros han dedicado sus esfuerzos al estudio de <<epistemesn o formas de inteligibilidad de cada 6poca,l5 pluralidad de prácticas, etc. Tal pluralidad (también de niveles, regiones, etc.), de la estructura aparece en un discípulo de M. Foucault, L. Althusser, que, dentro del marxismo, interpreta el mat~:rialismo histórico desde perspectivas es12. Zbid., pp. 38 y SS. 13. Ibid., p. 41. 14. T. Bottomore, La sociologia marxista (Madrid: Alianza, 1976), p. 94. 15. M. Foucault, Las palabras y las cosas (Mixico: Siglo XXI, 1961). apapers,: Revista de Sociologia tructuralistas, formalistas y mis o menos anhistóricas y deterministas,16 continuada~ en NI. Godelier, E. Balibar y N. Poulantzas. En todos ellos juega un importante papd el concepto de <<estructura a dominantel,, que <{define la totalidad marxista como un todo complejo que posee la unidad de una estructura articulada, en la que existe un elemento que desempeña el papel dominante y otros que le están subordinados; unidad dinámica en la que hay un intercambio de papeles, siendo el nivel económico el que determina en última instancia el elemento de la estructura social que desempeñará el papel dominantee.17 Asi, pues, 10s procesos y retroalimentaciones de la estructura obedecen, en última instancia, a las relaciones de producci6n, aunque, por el carácter sobredeterminante de las contradicciones, un nivel (por ejemplo, el ideológico o el política-juridico) puede afectar y dominar incluso 10s procesos de estructuración y reestructuración. Esa instancia última y fundamental, que para Althusser est6 representada por las relaciones de producción, parece diluirse en N. Poulantzas y otros en la articalación misma de las partes del sistema, la cual se constituiria en auténtica matriz de un modo de producción: alo que distingue un modo de producción y, consecuentemente, especifica al mismo en esa forma particular de articulación que mantienen sus niveles: es lo que se designará en 10 sucesivo como matriz de un modo de produ~ción>>.'~ Con el10 se privilegiaria la combinación frente al contenido, la sintaxis frente a la semántica, y el hombre corre peligro de dejar de ser protagonista de la historia,19 reflejándose asi el impacto de la sociedad programada y burocrati~ada.'~ Asi, pues, frente a la tendencia rectificadora del funcionalismo clásico, privilegiando el estudio de las consecuencias <(establecidas>> -las cuales actuarían como causas explicativas de 10s fenómenos sociales-, el estructuralismo parece haberse inclinado hacia el formalismo y la combinatoria. Sin embargo, ambos convergen no s610 en llamativas deficiencias (respecto de la explicación del cambio: sobre todo, en el funcionalismo tradicional y en el estructuralismo sincrónico de oposición binaria) sino fundamentalmente en su común perspectiva relacional. Ambos se despegan gradualmente de posiciones claramente especulativas y esencialistas en beneficio 16. L. Althusser, La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1969); con E. Balibar, Para leer El Capital (México: Siglo XXI, 1974). 17. L. Althusser, La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1967), p. 166. 18. N. Poulantzas, Poder politico y clases sociales en el Estado capitalista (Madrid: Siglo XXI, 1972), p. 6. 19. E. Mandel et al., Contra Althusser [Barcelona: Madrágora, 1974), pp. 39 y SS. 20. C. Moya, <(Sobre la actualidad del sujeto,, Sistema (octubre 1973). I Lai estructura social desde la perspectiva procesal ampliación de las teorías durl<heimiana y mertoniana de la anomía (por ejemplo, R. Cloward, que, partimdo de la <tinvisibilidadn de ciertos comportamientos, incluye explicitarrente la referencia del acceso a la estructura de medios ilegítimos) han encajado progresivamente en el nuevo enfoque interaccionista y sistémlco de teorías psiquiátrico-sociales (antipsiquiatría) de R. D. Laing, D. Cooper, T. Schaeff y T. S. Szasz, que registran muchos puntos en contacto cor\ la llamada labeling theory o teoria del etiquetamiento. La desviación aparece, pues, como un proceso (mis que como un estado) de etiquetamiento, en el sentido de que hay desviaciones que se amplif~can (en función de factores, tales como clase social, campo-ciudad, etcétera), y otras que no se amplifican e incluso se reducen (el <(desviado secreto)> de H. Becker, el c(de1incuente de cuc:llo blanca)> de E. H. Sutherland), no entrando estas Últimits a constituir necesariamente parte integrante de la estructura de roles (desviación secundaria): <tCuando una persona empieza a utilizar su conducta desviada o un rol basado en ésta como medio de defensa, ataque o ajuste a 10s problemas manifiestos o encubiertos creados por la consiguiente reacción de la sociedad, su desviación es secunda ria.^^^ En parecido marco interaccionista sinibólico y sistemático, E. Goffmann?' aunque sea conrciente de que son 10s actores 10s que van <telaborando el sistema%, ha exp~esto magistralmente 10s procesos de <(despojo del rols, ccmortificación del yo)>, etc., en el marco sistémico de las llarnadas <tinstituciones totalesv y de sus relaciones con el exterior. Se estudia, pues, la desviación más rdá de la consideración estática (funcionalismo tradicional) o individual (psicoanálisis freudiano), incluyendo explícitamente un tratamiento procesal y social en el que <(la enfermedad mental es un mito, cuya función co~isiste en enmascarar y transformar en dgo más aceptable la amarga pildo-a de 10s conflictes morales presentes en las relaciones humanas~.~~ Gof 'mann ha reEerido aquella a <tausencias)>, <cparticipaciones ocultas)> realizadas por personas no autorizadas y en contextos <cindebidos~.~~ Así, la ctalsencias de un grupo en una función religiosa <(convenientemente institucionalizada)> (convencionalmente) no se la define como enfermedad (por ejemplo, esqu.izofrenia), mientras que otras ausencias son tenidas como sírtomas de la enfermedad mental. Algunas 37. E. Lemert, Social Patology (Nueva York: McGrown Hill, 1951), p. 76. 38. E. Goffrnann, Internados :Buenos Aires: Amorrortu, 1970). 39. T. S. Szasz, ctThe Myth c~f Mental Iiiness,, en American Psychologist 15 (1960), p. 115. 40. E. Goffman, Behavior in E'ublic Plgces (Nueva York: Free Press, 1964). <(Papers)>: Revista de Sociologia investigaciones -así, la de J. Marsholl To~nsend--~' han corroborado esta correlación entre <tconcepciones popularess y <tsintomatología~>, aunque se haya puesto en duda la especial eficacia atribuida a 10s estereotipos en la formación del sintoma. En general, queda en pie la tesis de que la sintomatología de la enfermedad mental, como <ctransgresión de reglas re- ~iduales)>~~ debe comprenderse y explicarse en función del contexto social en que se producen. La misma intervención del psiquiatra -y, correlativamente, del juezy el correspondiente diagnóstico fallo <es un paso fundamental que organiza y activa la reacción de la s~ciedadn:'~ siendo, en general definido como desviado -mental o noaquel o aquellos grupos a 10s que se la través del precipitante de 10s crempresarios morales*) haya aplicado con éxito dicho rótulo. Asi, la desviación social es <(parte de una actividad social)>, es la actividad social misma [Albert K. Cohen: Desviance and Control (Englewood Sliffs: Prentice-Hall; 1966) Cap. 91. Desde una perspectiva igualmente sistémica e interaccionista he enfocado yo mismo cruciales aspectos de la desviación en la estructura social de España. Así, se ha utilizado el dato de la mayor tasa -al menos, con un peso relativo sensiblemente superior al observado en otros paises europeosde suicidios en el campo respecto de la ciudad como indicador de un sistema de retroalimentación positivo/negativo (anomia ambivalente) en el que la fuerte emigración refleja el intento de superación de un connicto entre modos de producción diferentes, en el seno de una misma formación social, y, consecuentemente, entre sistemas de valores, normas y comportarnientos diferentes. Los procesos han sido únicamente insinuados y requieren, naturalmente, un análisis más detallado. El modelo sistémicoanalític0 me ha ayudado a descubrir y explicar, al mismo tiempo, 10s momentos de ritualismo de 10s comportamientos del campo y del emigrante. En consecuencia, el conformisrno -y también el fatalismeson más aparentes de 10 que normalmente --es decir, desde perspectivas estáticasse piensa y se ha pensado desde que, incluso desde posiciones manristas, se ha ignorado la capacidad de cambio, incluso revolucionaria, de las estmcturas mrales. Las perturbaciones procedentes del entorno (mundo ur41. J. M. Townsead, ctCultural conceptions, mental disorders and social roles: A comparison of Germany and Americab, American Sociological Review 40 (1975), PP. 739-752. 42. Th. Scheff, El rol del enfermo mental (Buenos Aires: Amorrortu, 1974), pp. 38 y SS. 43. Th. Scheff, op. cit., p. 121. ],a estructura social desde la perspectiva procesal bano) tienden a registrarse en el sistema ccrnsiderado (campo, emigrante) como imposiciones, provocaciores, etc., que generan una reelaboración de estructuras siguiendo incluso la via de la violencia. Esta circunstancia se aprecia en la mayor carga violenta en la estructura delictiva del campo y del emigrante, pese a que sus delitos registren a menudo una frecuencia relativa menor que 10s de la ciudad o de la sociedad aníitriona. La apuntada violencia puede concebirse comD el producto de retroalimentaciones (producto reprimido) ciudad-campo. Sucede que <(la crisis del campo es factor de la emigración, que, a su ve;:, contribuye, de rebote, a agravar aquélla. La situación especialmel-te anórnica del campo espaiiol explica el sorprendente hecho de que éste supere actualmente a la ciudad en su tasa de sui- ~idiosu.~~ Esta circunstancia, clu? hasta cierto punto podria parecer normal dada la peculiar estructura de edades del campo español (más vieja y, por 10 mismo, más proclive al suicidio), sitúa a España en una situación especial dentro del contexto europc~occidental, incluso controlando el factor edad. La explicación del fenórnenlo apuntado tiene, pues, sentido en el marco de un análisis sistémico basado en la interacción, con retroalimentaciones más bien positivas, de las siguit:ntes variables: u) urbanización, m) modernización-industrialización, a) arlomia, e) ernigración). Cada una actuaria sobre la siguiente y la últirnri alimentaria la primera cerrando el circuito. Como se ha indicado, el etlfoque sistétrdco cuadra con el esquema de la teoria del etiquetamiento conio alternativa al enfoque estmctural-funcional-tradicional. Éste ha visto el orden social como resultado de socializaciones compartidas, sin tener suficientemente ert cuenta que el orden social es siempre problemático por su c~mdición de negociado y legitimado (interpretado) en la práctica cotidiana (etnometodologia): Asi, <<se considera el orden social no como producto de fuerzas externas (absolutas) a 10s individuos, sino más bien como retiultado de construcciones intencionadas del orden social en el que 10s significados morales y problemáticos se consideran parte de 10s recursos simbtjlicos requeridos en la construcción exitosa del orden de nuestra so~iedadwt?~ Se ve, pues, cómo el enfoque sistémico analític0 puede encajar la teoríil del etiquetamiento y las nuevas contribuciones de corrientes, tales corpo la etnometodología, como se apuntar6 luego. 44. J. A. Garmendia, Esquernc;~ del delito en España (Barcelona: Plaza y Janés, 1974), p. 94. 45. J. D. Douglas, Deviance and Respectability (Nueva York: Basic Books, 1970), p. 8. <<Papers>: Revista de Sociologia Estructura social: procesos de institucionalización y su relación con las ideologias Lo estructural no se reduce, pues, a 10 normativo, a la cultura normativa institucionalizada, que, desde un análisis profundo, aparece como producto del juego de fuerzas o simple <{modelo consciente)> (Lévi-Strauss): es decir, el sistema institucional no refleja sino de modo imperfecto la estructura social. Sin compartir necesariamente el conocido enfoque de N. Poulantzas, cabe aceptar la siguiente observación: <{Estructura-institución: deben distinguirse bien estos dos conceptos. Se entenderá por institución un sistema de normas o de reglas socialmente sancionado [...I. Por el contrario, el concepto de estructura comprende la matriz organizadora de las instituciones. Por el funcionamiento ideológico, la estructura siempre permanece oculta en -y porel sistema institucional que ella organiza. Las anteriores puntualizaciones implican necesariamente una referencia a la ideologia en el estudio de la institución, incluida la de la sociologia y de sus usos. Desde la perspectiva de una <tsociología de la sociologia~>, <tsociologia reflexiva),, <tetnometodologias (H. Garfinkel), etc., la sociologia misma, como institucionalización del saber acerca de lo social debe enmarcarse, para su explicación y también aplicación, en la estructura social: precisamente, el cuestionamiento radical de ésta --o sea, una pregunta mis profunda sobre ellaha sido, al mismo tiempo, un importante momento en la génesis y desarrollo de la sociologia. Esta disciplina ha seguido diversas peripecias, y las más prometedoras no parecen haberse registrado precisamente cuando aquel cuestionamiento ha sido institucionalizante y reiíicante. El consensus normativo, que priva a menudo en el análisis institucional, pasa por alto 10s aspectos conflictivos y negociadores del mismo entre fuerzas sociales diversas. Desde las perspectivas apuntadas, la institucionalización aparece cotno proceso siempre inestable o resultado insegur0 de una negociación, acompaiiada siempre de alguna imposición, entre partes y grupos de la estruztura social en <tdesarrollo desigual)>.47 El consensus normativo institucional alcanzado en cada momento aparece, pues, como algo tenue y siempre revisable. Desde el punto de vista del análisis de sistemas, el orden institucional se concibe como <<recresindose)> continuamente, presidido por re46. N. Poulantzas, Poder politico y cluses sociales en el Estado capitalista (Madrid: Siglo XXI, 1972), p. 140. 47. G. Lapassade, Las claves de la sociologia (Barcelona: Laia, 1973), pp. 189-223. I,a estructura social desde la perspectiva procesal I troalimentación negativa (que fe~vorece la estabilidad) y positivas (que contribuyen a la elaboración de nuevas estrucrulras y sitúan el sistema en niveles diferentes), de forma que 10s estados finales aparecen no s610 coao resultado de las condiciones inkciales sino de la reciproca interacción de variables o ccprocesos causde!; s mutu os de amplificación o reducción de la desviaciÓn)> (NI. Maruyama). Los procesos no siguen, pues, una trayectoris determinista y lineal. La sociologia, no s610 la marxista, abunda en este enfoque necess riamente confiictivo y dinámic~~ de 10s procesos de institucionalización: así, G. C. Homans recordó la imposibilidad de que las normas cubran toda la regulación de la condul ta, haciendo referencia explicita al correspondiente desarrdlo subinstitucional : capaz de sustituir el orden instituci* rial vigente; Peter Blau" llamiu. la atención a 10s momentos de transformación dialéctica del cuadro i~lstitucional desde el intercambio social, el juego del poder y el proceso c/ie legitimación; David Eastonso estudia la conversión de deseos en demar~~das dentro del sistema politico y de su entorno; R. H. Turner analiza llos procesos morfogénicos de ccasunción de roles)> y, en consecuencia, de Irp institucionalización o proceso de <(resoIución de la tensión del rol)> (Gi~ode); Nadel 52 apunta a la insuficiencia de las normas en la explicación de la estructura social si no se tiene en cuenta el cálculo de 10s riesgos de la expectativa del éxito. Lo apuntado reclama la nelcesidad de considerar la institucionalización como un proceso inseparable d~e la desviación. Por 10 mismo, debe darse siempre por supuesta la presencia del poder P = p~ - p2, donde p~ representa la probabilidad de que ejecute las instrucciones de A, mientras que p2 simboliza la probabilidad de una ejecución mota propio (R. A. Dahl: <tThe concept of power)>, en Behavioral Science, 2, 1975, p. 106): es decir, el poder condiciona la a~ltoridad (concebida como ccpoder legitimo)>) y ha de saltar en su auxilio, dado que no es fácil la existencia de un sistema de dominación plenamente legitimado o de consensus n~rmativo.~~ 48. G. C. Homans, Social Beliavior: Its Elementary Forms (Nueva York: Harcourt Brace, 1961). 49. Peter M. Blau, Exchange and Power in Social Life (Nueva York: John Wiley, 1964). 50. David Easton, A Framework of Political Analysis (Englewood Cliffs: Prentice-Hall, 1965). 51. R. H. Turner, itRole-Tnki~lgn, en A. Rose: H2cman Behavior and Social Processes, cap. 11. 52. S. F. Nadel, <(Social Cont~ol and Self-Regulation~, Social Forces 31 (1953), pp. 256-273. 53. Cf. J. A. Garmendia, ctPcder)>, en Dicczonario ..., op. cit., p. 513. ((Papers*: Revista de Sociologia Aparece así la estructura institucional como permanente colaboración por parte de 10s protagonistas de la negociación (intento de dominio) y, en última instancia, de la actividad humana. Se la concibe, pues, como producto que, como tal, tiende a cristalizar en moldes bien perfilados. Los mismos actores reifican fácilmente comportamientos que comportan habituación, tipificación, rutinización o control en base a la asunción recíproca de roles. Sin embargo, por 10 que tiene de negociación, la institucionalización tiende, por otra parte, a descosificarse. Por 10 mismo, la institución necesita, para conservarse, de cierta legitimación frente a un mundo de actores no <csupersocializados~>. Se ha dicho que la lógica institucional <(no reside en las instituciones y sus funcionalidades externas sino en la manera como éstas son tratadas cuando se reflexiona sobre ellas. Dicho de otro modo, la conciencia reflexiva superpone la Iógica al orden institucional C.. .I. La <clógica)> que así se atribuye al orden institucional es parte del acopio de conocimiento socialmente disponible (de forma que) la integración de un orden institucional puede entenderse sólo en términos del icconocimient~)>,~" entendido éste como el propio de la reflexión generalizada, que incluye también (pero no exclusivamente) el conocimiento especializado del sociólogo. En este contexto encaja perfectamente la afirmación de que <ela sociologia del conocimiento se ocupa del análisis de la construcción social de la realidad)>.55 La sociologia del conocimiento debe investigar, pues, no s610 el conocimiento <ccientífico)>, sino el conocimiento ceno científicon o precientífic0 propio de la estructura del sentido común (A. Schuetz) de las distintas instancias negociadoras de la instit~ción.~ En tal sentido, <tel abandono del método puede ser una condición necesaria para la mejora de nuestro conocimiento y de nuestras vidas)>." Se construye (y legitima) y destruye (deslegitima) un orden institucional en función de un forcejeo dialéctico entre <cconocimientos~> (reflexiones, interpretaciones, ideologías, ciencia) diversos de 10 social, que, por otra parte, aparecen como prácticas enraizadas en una estructura social. La pretendida desideologización supondria, pues, la afirmación de un orden estático. Ello implicaria una completa coincidencia de 10s ccconocimientos~> disponibles, que, entre otras cosas, comporta la tesis de una conciencia social axiológicamente neutral: así, desde bases opuestas a la conocida tesis del final de las ideologías, 54. P. L. Berger y Th. Luckrnann, La construccicin social de la realidad (Buenos Aires: Amorrortu, 1968), p. 88. 55. Ibid. 56. A. Schuetz, Der sinnhafte Aufbau der sozialen Welt (Viena: Springer, 1960). 57. Derek L. Phiiiips, Abzndoning method (Londres: Jossey-Bass, 1973), p. 151. La estructura social desde la perspectiva procesal Adam Schaff se niega a contraponer ciencia e ideologia, en el sentido mis común de este termino, porque el10 supondría admitir la posibilidad de una ciencia desprovista de juicios de valor. Para A. Schaff, la ideologia es simplemente <<un sistema de opiniones), -se excluye la caracterización como deformada o noque puede ser cientifico o correcto (ideologia científica) y 10 es en el caso del marxismo, encarnado en el proletariado y su conciencia histórica (Lukács). En el fondo subyace la creencia de haber descubierto finalmente la estructura oculta, al ser bajo las apariencias (por ejemplo, las relaciones abstracto-formales) del capitalismo. Por su parte, L. Althusser considera la ideologia como una <trepresentaci6n de la relación imaginaria de 10s individuos con sus condiciones reales de existencian:*' es decir, las condiciones reales o estructuras son ocultas al pensamiento ideológico y es la ciencia la que debe ocuparse de investigar la estructura. Se ha visto en esta posición una mutilación del papel que la lucha de clases tiene en la génesis de la deformación ideológica, siendo aquél más bien suplementari0 o <tsobredeterminante>> en una sociedad capitali~ta.~ De todos modos, aparece bien claro en Althusser el <(corte epistemolÓgico~> entre ideologia y ciencia. Los obstáculos ideológicos al conocimiento cientifico han querido ser soslayados desde otros puntos de partida por K. Mannheim (Ideologia y utopia. Madrid: Aguilar, 1958), que propuso una formulación general de la ideologia, según la cual estarian deformados todos 10s <(conocimientos)> aisladamente (desde la propia perspectiva) considerados, dada la constitutiva udeterminación existencial del pensamiento>> (Seinglebundendenheit des Denkes), imponiéndose el relacionismo como solución de objetividad, especialmente asequible a 10s intelectuales (freischwebende intelligenz). Es una postura diferente a la de Max Scheler, para quien 10s <(factores reales)> sólo determinan la existencia (Daseis) pero no el contenido (Sosein) de los ufactores ideale~)?.~' De cualquier modo, el descuido del aspecto organizacional y negociador (entre instancias, ccconocimientos)>, etc.), de la estructura social propicia el dogmatismo y la tesis del final de las ideologías. Desde la persI pectiva de la razón hholistica totalizadora, incluso bajo la autocaliicación 58. A. Schaff, Sociologia e ideologia (Barcelona: A. Redondo, 1969). 59. L. Althusser, ctldéologie t appareils idéologiques d'état*, La Pensée, 151 (19701, D. 25. .. 60. M. A. Quintanilla, <(Sobre el concepto marxista de ideologia>>, Sistema 7 (1974), pp. 29 y SS. 61. Menci6n sobre Max Scheler, en P. L. Berger y T. Luciunann, op. cit., p. 22. <(Papers)>: Revista de Sociología de dialéctica, se relegan a un segundo plano 10s elementos de negociación y lucha propios de la sociedad concebida fundamentalmente como organización rnás que como sustancia, como proceso más que como resultado. He intentado exponer en qué medida el estudio de la estructura social desde la perspectiva de los procesos supone una superación de teorias clásicas. Es una superación (Aufhebung) que arranca, superándolo luego, del primitivo énfasis del mismo funcionalisme (al igual que del estructuralismo) en la relación (función) u organización frente al tradicional enfoque sustancialista. La apuntada superación ha sido gradual. En efecto, las primeras versiones del análisis estructural-funciona1 están tefiidas todavia de sustancialismo al preferir la concepción de la sociedad como sistema cerrado al que accidentalmente sobrevendria el cambio. Finalmente, se ha mostrado cómo el tratarniento de 10 sociocultural como sistema abierto se combina satisfactoriamente con teorias, tales como las del etiquetamiento, etnometodologla, etc. Facultad de Ciencias Económicas Universidad de Málaga Málaga